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Podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera. (Pablo Neruda)

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Los grandes árboles nos descubren el secreto de la eternidad

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Lo aseguraba hace muy poco en El País Semanal Manuel Rivas, nuestro escritor naturalista por antonomasia: “Los árboles son buena gente“.

Y añadía, con la genialidad que le caracteriza:

La sensación que tenemos ante un árbol, y más ante un viejo árbol, es que es una expresión de lo humilde y lo sublime a la vez. Hay una gran verdad en comparar la arquitectura de un buen árbol con una catedral. Hay una voluntad de unir cielo y tierra.

Qué razón tiene. Como eterno admirador de árboles singulares, a los que he dedicado ya tres libros y una larga serie periodística, publicada precisamente en El País Semanal, no puedo estar más de acuerdo con Manuel Rivas. Por eso acuñé hace mucho tiempo una frase que resume perfectamente mi fascinación hacia los árboles monumentales:

Tan antiguos como una catedral, tan bellos como un paisaje y tan frágiles como una flor.

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Somos biofilios, aunque no lo sepas

Senderismo

© Wikimedia Commons

Biofilio es un nuevo palabro, de momento con escasa aceptación popular. Viene a describir a aquellas personas con una inusitada pasión por todo lo que tiene vida y el contacto directo con la naturaleza. Me la apunto. Yo y todos esos de miles de personas que en cuanto tenemos un momento libre salimos al campo a pasear, a ver pájaros, a contemplar el paisaje o, sencillamente, a disfrutar del aire puro. En el campo o en el parque, pues a fin de cuentas los jardines son reductos mínimos de naturaleza en las ciudades, pero naturaleza a fin de cuentas.

En realidad no es una pasión. Es una necesidad de los seres humanos. En el mes pasado ya os hablé aquí de esos estudios médicos que confirman el valor terapéutico de los bosques, especialmente los que cuentan con árboles centenarios y para dolencias como las fibromialgias.

Gracias a un reportaje de la Agencia SINC, descubro ahora que este poder benéfico es aún más genérico. La hipótesis de la biofilia del entomólogo y biólogo estadounidense Edward O. Wilson señala que, aunque vivamos en las ciudades, nuestro sistema nervioso aún echa de menos el tipo de estimulación psicofísica de los entornos naturales.

Este rasgo heredado se traduce en el hecho de que nuestro sistema nervioso mantiene una conexión emocional intensa con la naturaleza que facilita el desempeño y funcionamiento psicológico. Por ello hay médicos nórdicos que recomiendan a personas mayores con riesgo de enfermedades de deterioro neurológico, como párkinson o alzhéimer, estancias prolongadas en entornos naturales. No se curan, pero sí se reducen los síntomas depresivos y de irritabilidad ¡y sin medicamentos ni efectos secundarios!

Por el contrario, cuando optamos por aislarnos en las ciudades vienen los problemas. Una carencia de contacto con la naturaleza a la que los científicos se refieren como ‘trastorno por déficit natural‘. No se trata de un síndrome, pero sí conlleva patologías asociadas como la hiperactividad, el sobrepeso, las enfermedades neumónicas y respiratorias, y el déficit de vitamina D. Especialmente cuando afecta a la población infantil, urbana y teleadicta.

Hasta para estudiar y trabajar mejor es bueno el paseo por el campo. La psicología ambiental ha demostrado el efecto restaurador de la naturaleza sobre la fatiga causada por un exceso de atención concentrada. Poner la mente en verde nos ayuda a reprogramar nuestro cerebro.

¿Necesitas más razones para ponerte las botas y pisar barro? No lo pienses más. Apaga el ordenador, desconecta el móvil y hazte biofilio.

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Confirmado el valor terapéutico de los bosques maduros

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Los árboles no hacen bosque, un complejo ecosistema donde se entrecruzan infinidad de seres vivos en difícil equilibrio dinámico, pues eso es la vida, frenética actividad por la supervivencia.

Las plantaciones de eucaliptos o de pinos o de chopos bien alineados, todos de la misma especie, sin apenas arbustos ni otras plantas como obligadas compañeras, son lo más parecido a un desierto verde. Paseas por ellos y, qué quieres que te diga, a mí no me saben a nada. Ocurre todo lo contrario cuando te adentras en una foresta sana, biodiversa.

Pero si el bosque elegido es una de esas pocas agrupaciones forestales maduras que aún nos quedan en España, reductos de viejos árboles centenarios e ilustre cementerio de colosos vegetales, el sentimiento experimentado al caminar bajo su dosel resulta extraordinario. Huele diferente. Se camina diferente. Te sientes mejor.

¿Exagerado? La ciencia acaba de confirmar lo que muchos sabíamos por experiencia propia: los bosques con árboles viejos son medicinales. Profesionales sanitarios e investigadores de la Universidad de Girona han demostrado estos beneficios entre enfermos de fibromialgia que realizan un ejercicio moderado en este tipo de bosques terapéuticos.

Su curioso y novedoso estudio médico demuestra que los paseos entre árboles centenarios mejoran el dolor y combaten el insomnio de los pacientes.

Para que no hubiera dudas, seleccionaron a 30 mujeres con esta enfermedad que, separadas en dos grupos, pasearon unas por un bosque joven y otras por uno con árboles centenarios. Las segundas fueron las que experimentaron un mayor grado de mejoría en sus dolencias. Y sin necesidad de medicinas.

Según parece, los árboles vetustos emiten al aire ciertas sustancias beneficiosas para nuestra salud. Una razón más para protegerlos.

Foto: Tres pacientes pasean por un bosque cerca de Olot como parte de la terapia contra la fibromialgia. EFE/Robin Townsend

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