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No, la OMS no ha dicho que el coronavirus de la COVID-19 no se transmite por el contacto con superficies

Nada tiene de raro que durante esta pandemia del coronavirus SARS-CoV-2, causante de la COVID-19, estén proliferando infinidad de bulos; o sea, lo que el diccionario define como “noticia falsa propalada con algún fin”. Si hay o no un fin en todas las desinformaciones o noticias falsas difundidas sobre el virus y sus circunstancias, es imposible saberlo con certeza. Pero en algunos casos hay claros intereses económicos involucrados, y no nos fijemos solo en quienes tratan de vender curas milagrosas, algo que probablemente no engañe a la mayoría; publicar libros o vídeos en YouTube difundiendo teorías conspiranoides sobre, por ejemplo, el origen del virus, también es un negocio.

Pero dejando de lado estos bulos más evidentes (para los interesados, algunos de ellos se refutan en esta página de la Organización Mundial de la Salud), hay una tendencia creciente que ha venido en estas últimas semanas para hacer saltar la alarma antibulos. Y es que la pandemia también puede ser un jugoso nicho comercial: bienvenidos al nuevo negocio de la desinfección y la seguridad contra el coronavirus, en el que ya comienzan a florecer las proclamas contrarias a la evidencia científica; algunas de ellas, incluso peligrosas.

Pero antes de entrar en esta cuestión, que dejaremos para mañana, hay otra previa que conviene aclarar hoy. Dado que la desinfección busca eliminar el coronavirus de las superficies, antes debemos preguntarnos: ¿puede el coronavirus transmitirse por el contacto con superficies?

Desinfección del metro de Teherán contra el coronavirus. Imagen de Zoheir Seidanloo / Wikipedia.

Desinfección del metro de Teherán contra el coronavirus. Imagen de Zoheir Seidanloo / Wikipedia.

Y la respuesta es sí. Era sí desde el principio, y continúa siendo sí. Nada ha cambiado. Y no, como voy a explicar, la Organización Mundial de la Salud (OMS), ni ha publicado ningún estudio al respecto, ni mucho menos las conclusiones de tal inexistente estudio contradicen ninguno anterior, afirmando que el coronavirus no pueda contraerse por el contacto con superficies.

Esta es la historia: me llega por amigos la noticia de que, según la OMS, el virus no se contagia por las superficies. Y al parecer, lo están publicando grandes medios de toda solvencia.

De entrada, la noticia no es que sea sorprendente, sino más bien increíble. Con estudio científico o sin él, en ciencia a menudo ocurre –y este es un caso claro– que es imposible demostrar un negativo. Jamás ningún científico, ni tampoco un organismo como la OMS, afirmaría categóricamente que este virus no puede de ningún modo transmitirse por el contacto con superficies.

Al ir a las noticias publicadas, aparece un titular casi idéntico en varios medios: “La OMS no encuentra pruebas del contagio del coronavirus por el contacto con objetos”. También el texto se repite de forma muy similar en todos los casos, ya que es un teletipo enviado por una de las principales agencias de noticias del país.

A primera vista, podría parecer un simple caso de interpretación confusa por parte de algunos lectores. En ciencia es muy diferente decir “NO hay pruebas de que” que decir “hay pruebas de que NO”; el viejo lema de que la ausencia de prueba no es prueba de ausencia. Pero incluso si se tratara simplemente de que algunos lectores han ido más allá de lo que realmente dice el titular, sería relevante que la OMS hubiera emprendido un estudio científico destinado a comprobar la transmisión del virus por superficies y objetos, y que dicha investigación hubiera encontrado solo resultados negativos; no probaría la no transmisión, pero sería un fuerte indicio. “Este estudio contradice algunos anteriores sobre la permanencia del virus en superficies”, dice un vídeo publicado en un diario.

Pero es que nada de lo anterior es cierto. Ni existe ningún estudio que por tanto no contradice nada, ni la OMS ha dicho tal cosa. La OMS no encuentra pruebas de que el coronavirus se transmita a través de objetos o superficies, sencillamente porque no puede encontrarlas si no las ha buscado, pero la OMS no ha pretendido en ningún momento decir que lo ha hecho y no las ha encontrado.

La fuente a la que se refiere la noticia en cuestión no es un estudio científico ni un informe, sino un documento de directrices publicado el 15 de mayo por la OMS y titulado “Limpieza y desinfección de superficies ambientales en el contexto de la COVID-19”. Su propósito es, según aclara la propia OMS, servir de guía sobre los procedimientos a adoptar para limpiar y desinfectar superficies de cara al control de la propagación del virus.

En este documento, la OMS no describe ningún dato nuevo, sino que se limita a recordar lo ya publicado en los estudios anteriores: “El virus de la COVID-19 se transmite sobre todo a través del contacto físico estrecho y las gotitas respiratorias, mientras que la transmisión por el aire es posible durante los procedimientos médicos que generan aerosoles. En el momento de esta publicación, la transmisión del virus de la COVID-19 no se ha vinculado de forma concluyente a superficies ambientales contaminadas en los estudios disponibles”, resume la OMS.

Sin embargo, el documento pasa entonces a dedicar casi cinco páginas a describir los procedimientos recomendados de limpieza y desinfección de superficies, dado que sí existen tanto “pruebas de superficies contaminadas en entornos de cuidado sanitario” como “experiencias pasadas de contaminación de superficies que se vincularon a transmisión de la infección con otros coronavirus”, lo que sugiere que la transmisión por superficies contaminadas es perfectamente posible, aunque aún no se haya demostrado. Por ello, la recomendación de la OMS es que las superficies, “sobre todo donde se atiende a los pacientes de COVID-19, deben ser correctamente limpiadas y desinfectadas para prevenir nuevas transmisiones”.

Por último, hay otro error de bulto en la noticia publicada que también puede confundir a los lectores. La OMS menciona dos estudios anteriores, muy difundidos en su día, según los cuales el virus puede permanecer activo durante 4 horas en cobre, 1 día en telas, madera y cartón, 2 días en vidrio, 4 días en acero inoxidable y plástico, y 7 días en el exterior de una mascarilla. Pero según el mismo vídeo publicado en uno de los medios, “la OMS advierte que esos estudios hacían pruebas en laboratorios y no en la vida real, por lo que no eran concluyentes”.

No es cierto. La OMS no dice tal cosa ni jamás lo diría, ya que los experimentos citados son perfectamente válidos y concluyentes de cara a la información que aportan, y es la permanencia del virus viable en distintos tipos de superficies en condiciones controladas de laboratorio, que es como se hacen estos experimentos. De ninguna manera el mensaje de la OMS es que “ahora” haya señalado esos estudios “como no concluyentes por estar realizados en un laboratorio”, como dice la noticia; simplemente se trata de advertir de que, como precisa el documento de la OMS, los experimentos “deben interpretarse con precaución en un ambiente real”, donde muchos otros factores pueden afectar a la viabilidad del virus.

Conclusión: todo lo anterior es un perfecto ejemplo de esas viejas historias del teléfono roto, donde el contenido inicial se deforma hasta convertirse en algo que no tiene nada que ver con lo dicho ni lo pretendido. Claro que hay una razón para que esto haya ocurrido; en su documento, la OMS aclara a quién iba dirigido: “profesionales sanitarios, profesionales de la salud pública y autoridades sanitarias que estén desarrollando e implantando políticas y procedimientos operativos sobre la limpieza y desinfección de superficies ambientales en el contexto de la COVID-19”. No era una nota de prensa ni ninguna clase de nueva información de interés público destinada a los medios. Y se entiende qué ocurre cuando alguien a quien no va dirigido lo interpreta a su manera y lo convierte en un titular tan bonito como falso.

Una vez aclarado esto, podemos pasar a la siguiente pregunta: ¿qué hay de las desinfecciones y medidas de seguridad que estamos viendo estos días en los medios? ¿Qué hay de esos reportajes que están apareciendo en los telediarios, sin el menor contraste crítico con una fuente científica acreditada, sobre restaurantes con túnel de desinfección a la entrada, centros comerciales donde la luz ultravioleta impide que el virus se adhiera, ozono a gogó, detección de coronavirus por cámaras térmicas o termómetros sin contacto, desinfección de calles… Ha nacido la nueva pseudociencia del siglo XXI, la de la seguridad anti-covid. Mañana seguimos.

Si todo vuelve a ser igual después del coronavirus, esto volverá a suceder

Ayer y anteayer explicábamos aquí las principales razones por las que el mundo está sucumbiendo ante el coronavirus. Por un lado, y a pesar de las continuas e innumerables advertencias de expertos y organismos sobre la inminencia de una pandemia que mataría a millones de personas —el SARS-CoV-2 aún no llega a esos niveles de letalidad, pero puede llegar, según los modelos—, ni siquiera los gobiernos de los países más poderosos y con más recursos se lo tomaron lo suficientemente en serio como para desplegar planes sólidos de preparación, exceptuando a Corea del Sur, que en 2015 le vio las orejas al lobo con el peligroso brote del Síndrome Respiratorio de Oriente Medio (MERS), mucho más letal que la COVID-19.

Por otro lado, y como también conté aquí, el SARS-CoV-2 se ha revelado como el equivalente biológico de un grupo terrorista encubierto, lo que ha cogido desprevenidos a los propios científicos y expertos: pasa desapercibido y viaja oculto, pero cuando actúa, puede ser extremadamente letal para sus objetivos. La preparación era mayor para un virus como el ébola, menos contagioso, que no se esconde y es por ello más fácil de contener: solo lo transmiten las personas enfermas, que padecen una fiebre hemorrágica muy incapacitante. Por el contrario, el virus de la COVID-19 es de fácil transmisión, asintomático en un enorme número de casos, y tanto estos como los preclínicos –antes de mostrar síntomas– son también potenciales focos de contagio; pero cuando alcanza a los grupos más vulnerables puede ser devastador, como estamos viendo en los brotes surgidos en residencias de ancianos.

Imagino que a estas alturas casi todos conocemos ya casos de contagio, en propia carne o en nuestro entorno cercano, entre nuestros familiares, amigos y conocidos. Y casos de muertes. Hay quienes ya han perdido de un plumazo a su padre y a su madre, o a sus abuelos. Y aunque los fallecimientos entre las personas más jóvenes son raros, también ocurren.

Pero por encima de esta tragedia colectiva, no debemos perder de vista que podía haber sido mucho peor. El coronavirus MERS tiene una letalidad reportada del 35% (Case Fatality Ratio, que como ya expliqué es el porcentaje de personas enfermas que mueren, no el de contagiadas o Infection Fatality Ratio). La gripe aviar H5N1 se lleva por delante al 60% de las personas enfermas; es más probable morir que vivir. Es más: tanto esta gripe como la pandémica de 1918 mataron con preferencia a niños y adultos jóvenes y sanos. Imaginemos por un momento cómo sería la actual pandemia de la COVID-19 si en lugar de perder a nuestros ancianos estuviéramos perdiendo a nuestros hijos. Si los telediarios se llenaran día a día con cifras de NIÑOS muertos. Sí, podría haber sido muchísimo peor. Y puede serlo en el futuro.

Imagen de Studio Incendo / Wikipedia.

Imagen de Studio Incendo / Wikipedia.

Ya es hora de que, de una vez por todas, el mundo desarrollado comience a tomarse en serio la preparación contra futuras epidemias. Hay quienes han denominado a la COVID-19 “la pandemia del siglo”. Pero queda mucho siglo por delante, y los expertos advierten de que llegarán otras y podrían ser infinitamente más graves. Además de que muchos parecen ignorar que la pandemia de gripe A de 2009 causó unas 280.000 muertes, una consulta muy recomendable para tomar perspectiva es la página de alertas de brotes infecciosos en la web de la Organización Mundial de la Salud (OMS): en lo que llevamos de año y además del infame SARS-CoV-2, hemos tenido ya brotes de ébola (por suerte, en este caso para anunciar su inminente fin), MERS, sarampión, dengue, fiebre de Lassa y fiebre amarilla.

Así pues, para que todo vuelva a ser como antes, como reza uno de los lemas que se repiten estos días, no todo puede volver a ser como antes. Algunas cosas tienen que cambiar para que otras no cambien. No se trata de que convirtamos el distanciamiento social en una costumbre; sino al contrario, para que el distanciamiento social no tenga que convertirse en una costumbre, deberán tomarse otras medidas. Será tarea de los expertos en salud pública decidir qué cosas y cómo, diseñar protocolos, destinar recursos… Pero algunas medidas muy concretas son evidentes y/o han sido repetidas (y desoídas) también innumerables veces por los expertos, cosas que han sido hasta ahora y que no pueden ser. Por ejemplo:

No puede ser que los productos antibacterianos se despachen como si fueran caramelos

El peligro no está solo en los virus. Uno de los mayores riesgos infecciosos para el panorama de la salud pública global son las bacterias resistentes, que según la OMS causan 700.000 muertes al año y podrían llegar a los 10 millones en 2050. Esta inmensa amenaza es desconocida para el público en general, pero los expertos llevan también años advirtiendo de que nos estamos quedando sin antibióticos, ya que el abuso de estos medicamentos durante décadas ha seleccionado y propiciado la proliferación de las cepas más resistentes.

Hoy el uso de los antibióticos está más controlado en los países desarrollados. Pero en cambio, se ha extendido la estúpida moda de los productos con compuestos antibacterianos (no confundir con los desinfectantes como la lejía): jabones, geles, champús, limpiadores, toallitas, e incluso tablas de cocina, esponjas… Y también estos compuestos, como el triclosán o el triclocarbán, conducen a su propia inutilidad, favoreciendo el crecimiento de las cepas resistentes. Algunas personas desarrollan una histeria germófoba que no se corresponde en absoluto con la realidad del riesgo habitual. La venta de los productos con compuestos antibacterianos debería restringirse a los usos para los que realmente son necesarios, como en los entornos hospitalarios. Y eso, si es que realmente son eficaces, lo cual ni siquiera parece claro.

No puede ser que la higiene pública sea solo una prioridad relativa

Podríamos pensar que vivimos en una sociedad bastante higiénica. Pero ¿es así? Hoy quien encienda un cigarrillo en un bar o un restaurante puede recibir una multa de cientos o miles de euros, a pesar de que esta sola acción esporádica no va a causar ningún daño a nadie; el tabaco mata, pero lo hace por exposición repetida. Sin embargo, en estos días están muriendo personas por contagios que pueden haberse producido con un simple contacto esporádico de la mano con una superficie contaminada.

¿Podemos llamar a la policía para que se clausure un bar o un restaurante por riesgo a la salud pública cuando encontramos los baños sucios, o cuando no hay jabón o ni siquiera agua para lavarnos las manos (o no hay agua caliente, la recomendada para un correcto lavado)? Nos resultaría inaceptable que pidiéramos un tenedor en un restaurante y nos dijeran que no tienen más. El local en cuestión pasaría de inmediato al fondo del pozo de TripAdvisor. Y sin embargo, hemos aceptado la ausencia de papel higiénico en los baños como algo normal, hasta el punto de que llevamos toallitas o pañuelos de papel para usarlos en tales casos.

Por supuesto que existen normativas sanitarias e inspecciones periódicas. Pero ¿cómo se compadece esta presunta vigilancia con lo que todos podemos ver fácilmente a diario en innumerables baños públicos? Y no se trata solo de lo que descubrimos a simple vista: ¿existe una vigilancia microbiológica constante y rigurosa de estos locales? Cuando se hace un verdadero estudio de este tipo, tomando muestras para la comprobación genética (por PCR) de la contaminación microbiológica, surgen los horrores: en 2014, un estudio en EEUU encontró casi 78.000 tipos de bacterias en los baños de una universidad, casi la mitad de origen fecal, e incluyendo bacterias multirresistentes a antibióticos y virus de papiloma y herpes. Y eso que aquellos baños se desinfectaron antes del experimento y parecían limpios a simple vista. Imaginemos los otros.

Imagen de pexels.com.

Imagen de pexels.com.

No puede ser que nos expongamos a un riesgo de contagio por sacar dinero de un cajero o comprar un billete de metro

Pero cuidado: el riesgo no está solo en los baños públicos, ni mucho menos. Cajeros automáticos, terminales de pago, pantallas táctiles de uso público, pistolas de gasolineras, pomos de puertas… Todo aquello que muchos tocamos a diario y que también tocan muchas otras personas son focos de infecciones, e incluso más que un inodoro público, ya que, como ha quedado bien claro en los mensajes transmitidos durante la actual pandemia, las manos son la principal vía de contagio. Como conté aquí recientemente, un estudio en el aeropuerto de Helsinki (Finlandia) descubrió que una de cada dos bandejas de plástico de las que se usan para pasar por los escáneres de rayos contenía virus patógenos.

No es descartable que muchas personas contagiadas por el virus de la COVID-19 lo hayan contraído por el simple contacto con una de estas superficies de uso tan común. Y parece evidente que los responsables de la salud pública deberían buscar las maneras de evitarlo. El cómo, ellos sabrán: guantes (como los de las gasolineras, que muchas veces se acaban y no se reponen), sistemas sin contacto como el pago por móvil o las tarjetas de pago contactless (¡pero buscando un sistema que evite marcar el PIN con los dedos!), más puertas automáticas, más grifos y dispensadores de jabón automáticos…

Pero sobre todo, es necesario que se nos facilite el lavado de manos frecuente y en cualquier lugar. Que en todos los lugares de gran tráfico, como aeropuertos, estaciones de autobús, tren o metro, intercambiadores de transportes, centros comerciales, estadios, etcétera, haya puntos de lavado de manos obligatorios por ley. Que los baños públicos de todos los locales, bares y restaurantes, bien surtidos de agua caliente, jabón y dispensadores y grifos sin contacto físico, estén disponibles por ley a cualquier viandante, consuma o no consuma. Y que nosotros, todos, convirtamos la correcta higiene de manos en un precepto básico del orden social.

No puede ser, por el Dios cristiano, el musulmán, los siete dioses antiguos y los nuevos, el señor de luz, y todos los dioses de Asgard y Vanaheim, que las vacunaciones sigan siendo voluntarias

Para conducir una moto es obligatorio llevar casco, a pesar de que no hacerlo únicamente perjudica al propio motorista. Sin embargo, una persona que no se vacuna es un gravísimo e inaceptable riesgo para la comunidad, ya que rompe la inmunidad grupal y pone en riesgo a aquellos vacunados que no han desarrollado inmunidad, y a quienes no pueden vacunarse por motivos médicos. La vacunación no puede ser una decisión personal, porque sus efectos no lo son: TODA persona no vacunada es un posible foco de contagio. No puede permitirse jamás que un niño no vacunado entre en un aula.

Vivimos engañados por el concepto de las “vacunas obligatorias”, ya que en realidad no lo son. Es un eufemismo que distingue a las cubiertas por la sanidad pública de las que no lo están. La sanidad pública debe ampliar su cobertura de vacunas, y las obligatorias deben serlo de verdad. En varios países se están adoptando diferentes medidas para que así sea, desde negar las coberturas públicas a quienes rehúsan las vacunas, hasta multas e incluso penas de prisión.

El sarampión, una enfermedad contra la que existe una vacuna totalmente segura y eficaz, mató en 2018 a 140.000 niños en todo el mundo. Repetimos con letras: ciento cuarenta mil niños muertos. La inmensa mayoría de ellos no tuvieron acceso a una vacuna por haber tenido la mala fortuna de nacer en países pobres. Pero en los países ricos, el cáncer social de los movimientos antivacunas ha hecho repuntar enfermedades que estaban controladas. En abril de 2019 la ciudad de Nueva York, afectada por un peligroso brote de sarampión en Brooklyn, ordenó la vacunación obligatoria en 48 horas, bajo penas de multa o prisión. En Europa, nuestro Centro para el Control de Enfermedades ha alertado de que los casos de sarampión se han multiplicado en los últimos años; en 2017 se cuadruplicaron respecto al año anterior.

Recientemente dos expertos en salud pública de la Universidad de Arizona, Christopher Robertson y Keith Joiner, especializados en el estudio de cómo el transporte aéreo facilita la expansión de brotes epidémicos, recomendaban en un artículo en The Conversation que se dispongan medidas legales para denegar el embarque en los aviones a las personas que no cumplan con las vacunaciones obligatorias, y que se construyan bases de datos para que las autoridades y las aerolíneas puedan comprobar el estado de vacunación de los posibles pasajeros. Según estos dos expertos, al menos en EEUU estas medidas no entrarían en conflicto con los derechos constitucionales. En los aviones compartimos durante horas el aire, los baños y las superficies con otras muchas personas, y todos nos dispersamos una vez que hemos llegado al destino; son perfectos incubadores de epidemias.

No puede ser que la protección de datos prevalezca sobre la protección de vidas

Al hilo de lo anterior, y si a alguien le parece que poner nuestros datos de vacunación a disposición de autoridades o incluso de compañías privadas es un atentado contra nuestra privacidad, hay una decisión que deberíamos tomar, y es si preferimos la protección de datos o la protección de vidas. Aquí comenté ayer el caso de Corea del Sur, que al menos hasta ahora ha contenido la epidemia de SARS-CoV-2 no solo con los test masivos, sino también con una flagrante invasión de la privacidad: por medios tecnológicos se han rastreado los movimientos de las personas contagiadas a través de cámaras de televisión, teléfonos móviles y tarjetas de crédito, y estos datos se han publicado, sin información identificativa, para que cualquier persona pudiera comprobar si había podido tener contacto con algún contagiado.

Por muy escrupulosos que seamos hoy con nuestra privacidad de datos, que en circunstancias normales está bien que así sea, en circunstancias excepcionales como las actuales la protección de vidas debe prevalecer. En los medios occidentales se ha criticado la invasión de la privacidad en Corea y se ha dicho que esto sería inaceptable para nuestra mentalidad. Pues deberá dejar de serlo: debería ser una obligación de ciudadanos solidarios y responsables poner nuestros datos a disposición de las autoridades si con ello pueden rastrearse los posibles contagios. Y quien tenga algo que ocultar en los datos de su teléfono móvil o de su tarjeta de crédito, será su problema personal con aquellos a quienes está ocultando dichos datos.

No puede ser que las personas con enfermedades transmisibles vayan alegremente por la calle dispersando su infección

En estos días se repiten los grandes elogios hacia la solidaridad y la responsabilidad de la población española, y todo el que elogia recibe a su vez el afectuoso aplauso social. Pero en fin, alguien tendrá que hacer el papel antipático; no se trata de entrar en valoraciones, sino solo de constatar los hechos: ¿quién en este país se ha puesto alguna vez una mascarilla para no contagiar a otros su gripe?

Y sin embargo, ahora la visita al súper nos descubre una clara mayoría de personas con mascarillas para no contagiarse ellas mismas, desoyendo la recomendación de las autoridades, privando de estos recursos a quienes realmente los necesitan —personal sanitario y de emergencias— y, además, utilizándolos mal: mascarillas por debajo de la nariz, manos tocando la cara para recolocarlas, mascarillas que se bajan y se arrugan bajo el labio inferior para hablar por el móvil y luego vuelven a subirse (todo ello visto personalmente)… Los defensores de la mascarilla se basan en que ayuda a no tocarse la cara; bien, ¿y los datos?

¿Quién se ha quedado alguna vez en casa con gripe para no contagiar a otras personas, y no por el propio malestar? Pongámoslo aún más difícil y excluyamos las bajas laborales, que a eso es fácil apuntarse: ¿quién alguna vez ha rechazado una quedada, unas cañas, un cine, una cena, para no esparcir su gripe a los cuatro vientos?

La gripe mata. Mucho. Concretamente, las gripes estacionales causan cada año hasta 650.000 muertes por enfermedad respiratoria, según la OMS, y en España la temporada de gripe 2018-2019 dejó 6.300 muertes, según el Informe de Vigilancia de la Gripe en España del Instituto de Salud Carlos III; fue un balance mejor que la temporada anterior. Y en las cadenas de transmisión que conducen a esas muertes podemos haber participado cada uno de nosotros, transmitiendo la gripe a otros por haber salido de casa cuando sabíamos que estábamos enfermos.

No puede ser que esto no importe a nadie simplemente porque las decenas de miles de hospitalizaciones por gripe (35.000 la pasada temporada, 50.000 la anterior) no saturan los sistemas de salud, que generalmente ya están dimensionados para acoger esos picos invernales (ver figura). Entre el pánico y los confinamientos de la COVID-19, y el encogimiento general de hombros ante la mortalidad de la gripe, hay un término medio que sería deseable mantener siempre: aplicarnos el #QuédateEnCasa para no contagiar a otros siempre que nos encontremos enfermos; ponernos una mascarilla si no nos queda más remedio que salir estando enfermos; y el lavado de manos, etcétera, etcétera.

Los picos invernales de la mortalidad de la gripe en España. Imagen del ISCIII.

Los picos invernales de la mortalidad de la gripe en España. Imagen del ISCIII.

Conclusión:

Quizá algo de lo anterior, o incluso todo, pueda a muchos parecerles exagerado, propio de germófobos obsesivos como aquel Howard Hughes que retrataba Leonardo DiCaprio en la película El aviador. Pero quienes ya tenemos edad recordamos la época en que se fumaba incluso en los aviones. Hubo un cambio drástico de mentalidad respecto al tabaco. Urge un cambio de mentalidad aún más radical frente a las enfermedades infecciosas; estamos hablando de algo que, esperemos que sea solo por unos meses, ha sido capaz de cambiar la vida del planeta tal como la conocíamos. Y que volverá a suceder, incluso en una versión mucho más aterradora, si después del coronavirus todo vuelve a ser como antes; si, como decía un reciente artículo editorial en The Lancet, no conseguimos romper el “ciclo de pánico y después olvido” al que estamos acostumbrados.

España creía estar preparada al 100% para contener una epidemia: por qué el mundo sucumbe al coronavirus

Hace tiempo, mucho antes de que todo esto comenzara, recuerdo que una newsletter de un medio científico llevaba un artículo titulado “La gran pandemia de nuestro tiempo”, o algo parecido. Uno, que fue investigador en inmunología, trata de mantenerse al día sobre todo lo nuevo relativo a enfermedades infecciosas. Así que pinché en el titular. Resultó que el artículo hablaba de la obesidad.

No se trata de desdeñar el papel de la obesidad como factor de riesgo de enfermedades, que lo es. Pero hablar de la obesidad como pandemia no solo es técnicamente incorrecto, algo impropio de un medio científico, sino que ahora, frente a lo que estamos padeciendo, casi parecería un mal chiste, si no fuera porque no estamos para chistes.

(Nota aclaratoria: “pandemia” es un término reservado para las enfermedades infecciosas. Nada impide utilizarlo en sentido metafórico, como cuando se dice que “fulano ha provocado un terremoto con sus declaraciones”. Pero llamar pandemia a cualquier cosa que nos apetezca confunde y no ayuda. Y por otra parte, la obesidad es un factor de riesgo, no una causa de muerte, excepto quizá para casos como el de la mujer obesa de Pensilvania que mató a su novio sentándose sobre él. Por más veces que se repita hasta el hartazgo “la obesidad mata a X millones de personas“, no, la obesidad no mata. Facilita que otras cosas maten).

La anécdota ilustra una realidad alarmante. El mundo (rico) suele estar hoy inmensamente preocupado por la obesidad, el cáncer, las enfermedades cardiovasculares, el alzhéimer… Pero ha olvidado las enfermedades infecciosas. Suele citarse el ejemplo de William Stewart, que fue cirujano general de EEUU y que en 1967 dijo: “Es hora de cerrar el libro de las enfermedades infecciosas, y de declarar ganada la guerra contra las pestes”.

El problema es que, en realidad, Stewart jamás dijo tal cosa, como demostró un estudio en 2013, por lo que al pobre doctor se le ha colgado un injusto sambenito por algo que nunca dijo. Pero sí es cierto que, como reconocían los propios autores de aquel estudio absolutorio, la frase falsamente atribuida a Stewart refleja una forma de pensar y una tendencia entre muchos de sus contemporáneos, y desde entonces largamente instalada en nuestra sociedad.

Y eso es lo que nos ha llevado a este desastre.

Por mucho que pueda criticarse la actuación frente al coronavirus SARS-CoV-2 de la COVID-19 por parte de tal o cual gobierno, nacional o autonómico, propio o extranjero, las críticas a un bando de la trinchera y al otro que tanto están proliferando en estos días simplemente nacen de un interés político partidista-guerrillero. No aportan absolutamente nada útil. Porque lo único cierto es que, en realidad, nadie ha sabido qué hacer ante esta crisis. Y si nadie ha sabido qué hacer ante esta crisis es porque nadie tenía buenos planes sobre qué hacer ante esta crisis. Y si nadie tenía buenos planes sobre qué hacer ante esta crisis es porque nadie esperaba esta crisis. Y si nadie esperaba esta crisis es porque nadie creyó a quienes llevan años avisando de esta crisis.

Desinfección en Bilbao por el coronavirus de COVID-19. Imagen de Eusko Jaurlaritza / Wikipedia.

Desinfección en Bilbao por el coronavirus de COVID-19. Imagen de Eusko Jaurlaritza / Wikipedia.

Esta semana, el magnate de la prensa Juan Luis Cebrián escribía en su periódico El País un artículo titulado “Un cataclismo previsto”, con este subtítulo: “Las principales instituciones mundiales denunciaron hace meses que un brote de enfermedad a gran escala era una perspectiva tan alarmante como realista y alertaron de que ningún Gobierno estaba preparado”.

Cebrián se refería sin duda, aunque no lo detallaba, a un informe titulado “A World at Risk” (Un mundo en riesgo), publicado en septiembre de 2019 por el Global Preparedness Monitoring Board (GPMB) –un organismo de la Organización Mundial de la Salud y el Banco Mundial– y que advertía de la amenaza de una pandemia por un posible nuevo patógeno respiratorio altamente contagioso que podría matar a millones de personas, y de que los gobiernos del mundo no estaban preparados para ello.

Ahora bien, ¿escribió algo Cebrián sobre dicho informe cuando este se publicó, en septiembre, en aquellos tiempos en que la vida era normal? Cebrián tiene una silla en Davos, el lugar donde se cocinan las decisiones del planeta, además de ser una de las personas más influyentes en nuestro país. ¿No podía haber llevado aquel informe a la atención de los líderes mundiales antes, cuando habría servido de algo? Porque ser profeta del pasado es muy fácil. De hecho, es una ocupación tan desvalorizada que ahora los tenemos a millones en Twitter.

Pero el informe citado por Cebrián es solo uno más de una larga cadena de voces de expertos y de organismos científicos y sanitarios que durante años han advertido del riesgo de una gran pandemia que pondría el mundo patas arriba. Escojo solo tres ejemplos de mi propio archivo de tiempos ya relativamente lejanos, pre-COVID-19:

En 2007, hace 13 años, cuando el peligro era la muy letal gripe aviar H5N1, escribí esto:

A tenor de la expansión de este virus y a juicio de la Organización Mundial de la Salud, “el mundo está más cerca que nunca de otra pandemia desde 1968”, año en que acaeció la última del siglo XX. Los autores del presente estudio confían en que los nuevos datos contribuyan a la lucha contra “la inevitable pandemia que puede matar a decenas de millones”.

En 2015, hace cinco años, con ocasión del brote del coronavirus del Síndrome Respiratorio de Oriente Medio (MERS) en Corea del Sur, escribí esto:

Ya son muchos los expertos que advierten de que, en materia de nuevas enfermedades infecciosas, es prioritario que los esfuerzos, la financiación y los protocolos clínicos se adecúen en tiempo y forma a lo que aún no ha llegado, pero sin duda llegará.

La última de las voces advirtiendo sobre el hielo delgado que pisamos ha sido la de Bill Gates. En la cuarta cumbre anual sobre filantropía celebrada este mes por la revista Forbes, el cofundador de Microsoft participó en un coloquio sobre las lecciones aprendidas de la crisis del ébola. En opinión de Gates, la próxima epidemia de este virus no nos sorprenderá sin preparación, pero no podemos decir lo mismo de futuras pandemias causadas por otros patógenos de más fácil contagio. Y advertía: “Lo que con más probabilidad puede matar a diez millones de personas en los próximos 30 años es una epidemia”. “La filantropía no es lo suficientemente grande para ocuparse de todo el problema. El gobierno debe asumir el papel dominante”, demandaba Gates. Y lo cierto es que ya son demasiados avisos como para seguir ignorándolos.

Y en 2016 hablé de otro de esos estudios que nos habían advertido:

La fundación sueca Global Challenges Foundation y el Global Priorities Project de la Universidad de Oxford acaban de publicar su informe anual Riesgos Catastróficos Globales 2016, que analiza las amenazas debidas a “eventos o procesos que podrían llevar a la muerte de aproximadamente una décima parte de la población mundial, o que tengan un impacto comparable”. Al frente de estos riesgos se encuentran los únicos que históricamente han alcanzado este nivel de letalidad: las pandemias.

Son solo tres ejemplos de cómo a innumerables expertos se les ha secado la boca durante años alertando de que esto iba a llegar, y de que no estábamos preparados. También durante años, todos los que nos dedicamos a comunicar la ciencia hemos hecho de altavoz de esas demandas, pero por desgracia sin los miles de vatios de sonido de un Cebrián. Bien, aquello sobre lo que se lleva años advirtiendo por fin ha llegado. ¿Y quién estaba preparado?

Corea del Sur.

Durante estos días se ha hablado mucho de cómo este país asiático ha conseguido, al menos por el momento, contener la epidemia de COVID-19 sin recurrir a medidas drásticas de confinamiento de la población. Pero no se ha contado la historia completa, ya que la realización de test masivos a la población y otras medidas más controvertidas, como el rastreo y la vigilancia de movimientos de las personas contagiadas y sus contactos, no son fruto de la improvisación, de una ocurrencia repentina. A diferencia de otros, Corea ya estaba preparada.

En 2015, cuando surgió el brote de MERS mencionado más arriba, el gobierno coreano se tomó muy en serio la preparación del país contra futuras epidemias. El Centro para el Control de Enfermedades de aquel país hizo un reanálisis completo y concienzudo de sus estrategias, y elaboró un plan detallado y exhaustivo contra futuras amenazas. Aquella preparación de ayer es el éxito de hoy.

Sin embargo, exceptuando Corea, el resto de los países han ignorado sistemáticamente las advertencias de los expertos sobre terribles pandemias inminentes. En EEUU, por ejemplo, el diario The New York Times ha revelado en estos días que en 2019 se llevó a cabo un gran proyecto gubernamental de simulación de una pandemia, llamado Crimson Contagion, y no era el primer proyecto de este tipo. Pero la preparación real de aquel país para la COVID-19 queda patente en la situación actual. Concluye el NYT: “El conocimiento y el sentido de urgencia sobre el peligro parece no haber llegado nunca a recibir la suficiente atención al más alto nivel del ejecutivo o del Congreso, dejando a la nación con fondos insuficientes, carencia de equipos y desorganización dentro y entre diversas ramas y niveles del gobierno”.

Y ¿qué hay de nuestro país? Las cifras actuales también hablan por sí solas. Pero la situación actual, se engañe quien se engañe dando vueltas en su rueda política de hámster, no se debe a lo hecho o no hecho ahora, sino a lo no hecho durante años, con gobiernos del PP y del PSOE, y autonómicos de otros colores diversos.

Y esto es lo más irónico: existe un sistema de autoevaluación de los países para la OMS sobre las capacidades del sistema nacional de salud en materia, entre otras, de vigilancia, enfermedades zoonóticas, respuesta, coordinación, laboratorios, políticas reguladoras y comunicación de riesgos. El informe de España de 2018 que, repito, es una autoevaluación del propio país, se ponía una nota de entre 80 y 100% en todo, excepto en comunicación de riesgos, con una nota del 60%.

Por ejemplo, en “mecanismos de financiación y fondos para la respuesta a tiempo a emergencias de salud pública”, España se ponía a sí misma un 80%; un 8, notable. En “función de alerta temprana: vigilancia basada en indicadores y datos”, otro 8, lo mismo que en recursos humanos. Pero en “planificación de preparación para emergencias y mecanismos de respuesta”, nos dábamos a nosotros mismos un 10. Y en “capacidad de prevención y control de infecciones”, pues otro 10, para qué menos.

En resumen: hemos vivido engañados. Y ahora nos gusta seguir engañándonos a nosotros mismos fingiendo que la situación actual es culpa del gobierno central, si somos de derechas, o del autonómico de Madrid, si somos de izquierdas.

Y ¿qué nos enseña todo esto? Nos enseña que esto no puede volver a ocurrir. Que ya es hora de que, de una vez por todas, todos los gobiernos de todos los países, en la medida de su nivel de desarrollo, comiencen a tomarse realmente en serio la preparación contra enfermedades infecciosas epidémicas. En estos días se transmite la idea de que algún día todo volverá a ser igual que antes, y se entiende que mensajes como este son necesarios ahora para reforzar la moral durante el confinamiento. Pero no puede ser así: para que algunas cosas no cambien, otras deberán cambiar para siempre, o pronto nos encontraremos con la próxima pandemia, de un virus quizá mucho más letal que el SARS-CoV-2. Mañana seguimos.

¿Las palomas pueden transmitir enfermedades? Sí, como cualquier otro animal (I)

Recojo el testigo de mi compañera Melisa Tuya, que ayer daba voz en su blog En busca de una segunda oportunidad a la asociación Mis Amigas Las Palomas, dedicada a promover la protección de estos animales tan desdeñados y aborrecidos por muchos. El espíritu crítico debe incitar siempre a cuestionar los tópicos, y cuando la pregunta es de carácter científico, los que tenemos la suerte de haber recibido formación en este campo contamos con la oportunidad impagable de encontrar una respuesta basada en datos reales. Ah, ¿he dicho impagable? No: si además nos pagan por nuestra curiosidad, mejor que mejor.

La gente en la ciudad y la gente en el campo tenemos en común el hecho de compartir nuestros espacios vitales con las palomas. Y aunque las nuestras, las torcaces (Columba palumbus) puedan parecer subjetivamente más bonitas que las de ellos, las domésticas o comunes (Columba livia domestica), no es más que un juicio opinable sobre dos especies estrechamente emparentadas. Sin embargo, suelen ser las segundas las que reciben el calificativo desdeñoso de “ratas con alas” y el desprecio de infinidad de urbanitas.

Palomas domésticas. Imagen de pixabay.

Palomas domésticas. Imagen de pixabay.

Debo aclarar que, aunque no creo que pueda llegar a considerarme un ornitólogo aficionado, tengo aprecio por las aves, los únicos dinosaurios que lograron sobrevivir a su gran extinción. Pero para dar respuesta a la pregunta “¿son las palomas tan peligrosamente contagiosas como todo el mundo parece creer repitiendo lo que todo el mundo dice?”, lo único que voy a hacer aquí es contrastar datos extraídos de fuentes científicas.

Por supuesto, todo el que haya cursado alguna asignatura de microbiología y parasitología ya conoce la respuesta: ¿pueden las palomas transmitir enfermedades peligrosas a los humanos? Sí, por supuesto que pueden. Hay un dato concreto que aparece en múltiples artículos periodísticos, y es el de 60: sesenta enfermedades que las palomas pueden contagiarnos.

Buscando una referencia científica, he encontrado una revisión publicada en 2004 por dos investigadores de la Universidad de Basilea (Suiza) que mencionaba el dato, aunque no puedo saber si es la fuente original (dado que muchos artículos periodísticos no suelen incluir esos subrayados en azul que yo procuro siempre añadir). Pero ahí está el hecho: “la paloma doméstica alberga 60 organismos patógenos humanos diferentes”, escribían los autores.

En 2010 tuvo bastante resonancia por aquí un estudio del Centro de Investigación en Sanidad Animal de Valdeolmos (CISA-INIA) que analizó la presencia de microbios patógenos para los humanos en 118 palomas de los parques y jardines de Madrid. Los investigadores encontraron que más de la mitad de los animales (52,6%) llevaban la bacteria Chlamydia psittaci, que puede causar una grave enfermedad respiratoria llamada psitacosis, y que más de dos terceras partes (69,1%) contenía Campylobacter jejuni, otra bacteria causante de diarreas que es una frecuente culpable de las intoxicaciones alimentarias. Los autores concluían: “Por tanto, estas aves pueden suponer un riesgo de salud pública para las poblaciones humanas. Estos datos deberían tenerse en cuenta de cara a la gestión de la población de palomas”.

Naturalmente, la información se difundió en muchos medios, que titularon con alguna variación más o menos afortunada, o más o menos alarmista, de la frase con la que Biomed Central, la editorial de la revista científica, lanzó su nota de prensa: “las palomas llevan bacterias dañinas”.

Por otra parte y si uno busca casos en las bases de datos de estudios científicos, es innegable que pueden encontrarse casos reales de enfermedades transmitidas al ser humano por las palomas. Si no me falla la búsqueda, el último caso reportado hasta hoy se publicó en enero de este año, y corresponde a una mujer holandesa de 54 años que murió por un fallo respiratorio debido a una infección por Paramixovirus de Paloma de Tipo 1 (PPMV-1). Los autores escriben que la probable ruta de contagio fue “el contacto directo o indirecto con palomas infectadas”.

La mujer seguía un tratamiento de inmunosupresión por haber recibido un trasplante de médula ósea, pero a nuestros efectos no nos fijemos en este dato, sino más bien en el hecho de que además de las bacterias analizadas en el estudio de Madrid, las palomas puede también albergar otros organismos peligrosos, como ciertos parásitos y virus transmisibles a los humanos (la gripe aviar es un ejemplo conocido).

Por todo ello, a la menor búsqueda en Google es inmediato encontrar infinidad de webs, incluso de organismos públicos, que advierten contra el contacto con las palomas, incluso indirecto, por el grave riesgo de contraer alguna terrible enfermedad.

Aquí termina el alegato de la acusación. Si ya se han cansado de leer, pueden quedarse con todo lo anterior y utilizarlo como referencia sólida (al menos ahí tienen los enlaces a los estudios) para defender ante sus amigos que las palomas son ratas aladas, sucias y contagiosas. Pero si les interesa conocer la otra cara de la realidad para formarse un juicio crítico, les invito a volver aquí mañana para leer el alegato de la defensa: ahora toca situar todo lo anterior en su contexto más amplio para valorarlo en su justa medida. Y como comprobarán, la cosa cambia radicalmente.

Ahora les toca al panga y a la tilapia: ¡a por las antorchas y los tridentes!

[Suspiro] No sé si servirá de algo tratar de poner las cosas en su sitio. Probablemente sea un empeño estéril, dado que algunos reportajes televisivos vergonzosamente sensacionalistas ya se han encargado de extender su muy rentable mancha amarilla entre el público. Pero alguien tiene que dejar constancia escrita de ciertas cosas, para que al menos estén accesibles a quien busque una verdad desprovista de interés por los índices de audiencia.

Filete de panga. Imagen de Wikipedia.

Filete de panga. Imagen de Wikipedia.

Primero, lo verdadero. Sí, es cierto, el panga y la tilapia no son los pescados más nutritivos del mundo. Hablando llanamente, cualquiera podría decir que son la versión piscícola de lo que suele llamarse comida basura: alimentos de consumo fácil y atractivo que resultan sabrosos por su grasa, y que son perfectamente mejorables desde el punto de vista nutritivo.

Imagino que a nadie se le escapa que no conviene abusar de este tipo de comida. Pero una cosa es consumir con moderación y otra erradicarla, como algunos pretenden hacer (y han hecho) con los comedores escolares. Y si se trata de esto último, imagino que a todos esos portadores de antorchas y tridentes jamás de los jamases se les ocurrirá llevar a sus hijos a una hamburguesería, pizzería, puesto de hot dogs o tienda de chuches, ni les comprarán nunca ningún tipo de bollo, galleta o refresco.

Segundo, también verdadero: el panga se cría en condiciones medioambientalmente irresponsables, motivo que ha llevado a Carrefour a retirarlo de sus hipermercados. Pero ¿desde cuándo se ha vuelto el ciudadano medio tan ecológicamente concienciado con la huella medioambiental de los alimentos que consume?

Si este se ha convertido de repente en un criterio principal de valoración para el consumidor sin que nos hayamos enterado, es de suponer que la inmensa mayoría de la población ya será vegetariana, dado que, citando palabras de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) relativas a la producción ganadera de carne:

El sector ganadero es una amenaza principal para muchos ecosistemas y para el planeta en su conjunto. Globalmente es una de las mayores fuentes de gases de efecto invernadero y uno de los factores dominantes en la pérdida de biodiversidad, mientras que en los países desarrollados y emergentes es tal vez la primera causa de contaminación del agua.

Lo verdadero acaba aquí. Ahora, lo falso: NO es cierto que el panga o la tilapia sean especies ricas en contaminación por mercurio. Según los expertos, el problema de la contaminación por mercurio en el pescado no es un fenómeno estrictamente local, sino regional e incluso global. Esta polución se vierte a las aguas por la minería, pero también a la atmósfera por la quema de carbón, circulando por el aire hasta depositarse en el agua. En su forma orgánica muy tóxica, metilmercurio, es absorbida por el escalón más bajo de la pirámide trófica, las algas. A partir de ahí va progresando y aumentando su concentración a lo largo de la cadena: un pez se come el alga, otro pez se come al pez.

La consecuencia es que la contaminación por mercurio es mayor cuanto más arriba está una especie en la pirámide; los superpredadores como el tiburón, el atún o el emperador son los peces con mayor concentración de mercurio. El panga es un omnívoro, no un superpredador.

Un informe de la OCU encontró bajos niveles de mercurio (dentro de los límites legales) en panga y tilapia. Pero es un inmenso error de comunicación pública lanzar estos datos alegremente sin compararlos para ponerlos en su contexto. Uno de los estudios más exhaustivos sobre la contaminación del mercurio en especies marinas de consumo es el realizado por la Administración de Fármacos y Alimentos de EEUU (FDA) de 1990 a 2012. En una lista de casi 70 animales marinos que podemos encontrar en los mercados, este es el resumen de los resultados:

  • Las especies con mayores niveles de mercurio son, en este orden, el blanquillo (Malacanthidae), emperador, tiburón, sierra (Scomberomorus cavalla) y atún. Todas las especies de atún utilizadas para consumo figuran en la mitad superior de la tabla de los más contaminados con mercurio.
  • La tilapia es el sexto pescado que menos mercurio contiene, igualado con la sardina, por debajo del salmón y la anchoa.
  • La concentración de mercurio en el emperador es 75 veces mayor que en la tilapia. En el atún es 53 veces mayor que en la tilapia.
  • La lista de la FDA no incluye individualmente el panga, sino su grupo, los siluriformes, ya que el panga en EEUU sustituye a la producción local de estos peces. Sin embargo, el panga solo se incluye en este grupo hasta 2003, año en que la legislación en EEUU retiró la etiqueta de siluriformes al panga para evitar la competencia con el producto local. Así pues, en este caso el dato solo es válido de 1990 a 2003. Los siluriformes quedan en la lista en el décimo lugar de los menos contaminados con mercurio, igualado con el calamar, por debajo del abadejo, el cangrejo de río, el arenque y la caballa. El atún tiene casi 29 veces más mercurio.
  • Muchas de las especies con mayores niveles de mercurio son las empleadas para la elaboración de sushi, ya que esta preparación suele utilizar peces en la cúspide de la pirámide trófica. Y no se fíen del etiquetado: según un estudio reciente que he contado en otro medio, una gran cantidad del pescado vendido como sushi es fraudulento; no pertenece en realidad a la especie que se anuncia.

Otros estudios recientes del panga vendido en Europa no han encontrado contaminaciones de mercurio alarmantes ni por encima de los niveles legales. En junio de 2016 y debido a la expansión de las proclamas contra el panga en los medios europeos, un estudio elaboró todo un perfil toxicológico de este pescado.

La conclusión de los autores fue que una persona podría consumir entre 3 y 166 kilos de panga al día durante todos los días de su vida antes de sufrir algún efecto adverso debido a sus contaminantes. “La evaluación del riesgo toxicológico no apoya ninguno de los riesgos toxicológicos sugeridos en los medios”, escribían los investigadores. “Se concluye que el consumo del panga disponible en el mercado europeo no representa ningún riesgo para la salud del consumidor”.

Nos queda el alegato sobre la baja cantidad de omega 3 que contiene el panga, como se ha pregonado en muchos medios. Como he dicho arriba, no pretendo defender que este pescado sea una opción nutritiva, pero de todos modos tampoco soy nutricionista. Sin embargo, respecto a las presuntas virtudes milagrosas del omega 3, creo que también conviene poner las cosas en su sitio con unos cuantos datos estrictamente científicos. Para ello traigo aquí las conclusiones literales no de una, sino de cuatro revisiones sistemáticas recientes, esos estudios que a su vez reúnen los datos de otros muchos estudios previos para analizarlos en su conjunto:

Nuestro meta-análisis muestra pruebas insuficientes de un efecto preventivo de los suplementos de ácido graso omega 3 contra accidentes cardiovasculares entre los pacientes con historial de enfermedad cardiovascular

(Kwak et al, 2012)

Dados los inconsistentes beneficios reportados en estudios clínicos y experimentales y los efectos potencialmente adversos en el ritmo cardíaco […], el omega 3 debe prescribirse con precaución y deben reconsiderarse las recomendaciones generalizadas de aumentar el consumo de pescado o tomar suplementos de omega 3.

(Billman, 2013)

En conjunto, los suplementos de omega 3 no se asocian con un riesgo más bajo de mortalidad por cualquier causa, ni con muerte cardiaca, muerte súbita, infarto de miocardio o accidente cerebrovascular.

(Rizos et al, 2012)

Un gran volumen de literatura que comprende numerosos estudios de muchos países y con diferentes características demográficas no ofrece pruebas que sugieran una asociación significativa entre los ácidos grasos omega 3 y la incidencia de cáncer. Es improbable que los suplementos de omega 3 en la dieta prevengan el cáncer.

(MacLean et al, 2006)

Después de todo esto tal vez se pregunten, y con razón: ¿a qué se debe entonces la mala fama de estos peces? Yo no puedo responderles a esta pregunta; hágansela a quienes se han ocupado de crear y fomentar esta histeria colectiva. Ya lo dijo Séneca: cui prodest scelus, is fecit. A quien aprovecha el crimen, ese es su autor.

Cuidado con el radón, el monstruo que vive en el sótano

Como en los cuentos de Lovecraft, la amenaza llega desde el submundo. Si usted vive en la franja occidental de la Península que desciende desde Galicia hasta el Sistema Central, esto le interesa. Sepa que tal vez se encuentre en una zona de alta exposición al radón, un gas radiactivo que aparece en el ambiente durante la desintegración del uranio-238 atrapado en el suelo y en las rocas, y que está presente de forma natural en pequeñísima proporción en el aire que respiramos.

Con el radón sucede como con los virus: la percepción pública tiende a desplazarse fácilmente del cero al infinito sin término medio. La mayoría de la gente no conoce el problema de este gas, pero a veces ocurre que quienes se enteran de ello pasan de inmediato al extremo del pánico.

Lo cierto es que el radón es un problema de salud pública reconocido por la Organización Mundial de la Salud, que mantiene un proyecto internacional al respecto. Pero como recordaba el pasado 7 de noviembre (Día Europeo del Radón) el experto del Ilustre Colegio Oficial de Geólogos (ICOG) Luis S. Quindós Poncela, que dirige el Grupo Radón en la Cátedra de Física Médica de la Universidad de Cantabria, lo prioritario es presentar el problema a los poderes públicos y a los ciudadanos para facilitar la información primero, y la actuación después.

El problema con el radón no es que estemos potencialmente expuestos a una fuente de radiación externa, como cuando nos hacemos una radiografía, sino que estamos potencialmente expuestos a contaminación radiactiva: cuando respiramos, introducimos el radón en nuestros pulmones, y así llevamos la fuente de radiación con nosotros. Y si bien el propio gas se desintegra en unos propios días, al hacerlo origina otros compuestos también radiactivos que nos someten a una exposición más prolongada. Esta radiación sostenida puede provocar mutaciones en el ADN cuya consecuencia más fatal es el cáncer.

El radón se filtra al aire desde el suelo, por lo que el riesgo es mayor cuanto más permeable es el terreno bajo nuestros pies. Según Quindós Poncela, las arcillas contienen una concentración de uranio apreciable, pero “su elevada impermeabilidad hace que la cantidad de radón que alcanza la superficie sea muy pequeña”. En cambio el granito es más poroso y suele formar paisajes muy rotos, como ocurre en la Sierra de Guadarrama, y es en este tipo de suelos donde “el radón se desplaza más fácilmente y puede alcanzar la superficie del suelo en mayor proporción”, añade el experto.

Vías de entrada del radón en una casa. Imagen de la Universidad de Cantabria.

Vías de entrada del radón en una casa. Imagen de la Universidad de Cantabria.

Dado que el radón surge desde lo profundo, las zonas de mayor riesgo en las viviendas son los sótanos y plantas bajas. Suele decirse que a partir del segundo piso ya no existe riesgo, pero no siempre es así: Quindós Poncela advierte de que el suelo no es la única fuente del gas. Los materiales de construcción, si se han extraído de una zona con presencia de uranio, también pueden desprender radón. Además el gas se disuelve en el agua, lo que añade otro factor de riesgo en viviendas que reciban el suministro de un pozo.

Curiosamente, la eficiencia energética de las viviendas actuales es un factor que juega en contra de la seguridad contra el radón. Según Quindós Poncela, la construcción de casas cada vez más herméticas no favorece la eliminación del gas: “Mientras que una vivienda antigua renueva el aire de su interior unas tres veces por hora, una moderna necesita dos horas para llevar a cabo dicha renovación. Este hecho favorece la presencia y acumulación de radón en el interior de las casas”, dice.

En los años 90 se emprendió una campaña de medición de radón en viviendas en toda España, gracias a la cual hoy tenemos el mapa de riesgo publicado por el Consejo de Seguridad Nuclear y que pego a continuación. Pero para Quindós Poncela, las 9.000 mediciones tomadas todavía son insuficientes. Y no solo hace falta una mayor vigilancia: el ICOG reclama a las autoridades “que se apliquen cuanto antes medidas constructivas frente al radón (diseño de cimentaciones, ventilación pasiva, análisis de materiales de construcción, etc.), incluyéndolas en el Código Técnico de la Edificación, y mejorando además la definición de las zonas de riesgo en nuestro país”.

Mapa de riesgo del radón en España. Imagen del Consejo de Seguridad Nuclear.

Mapa de riesgo del radón en España. Imagen del Consejo de Seguridad Nuclear.

En cuanto a las zonas de riesgo, un caso particular estudiado por el Grupo Radón de Quindós Poncela es el de Torrelodones, el pueblo de la sierra madrileña donde vivo, y donde el granito aflora del suelo en cada recodo del paisaje.

Las medidas tomadas en Torrelodones muestran una amplia variación de los niveles de radón, pero en casi todos los casos se mantienen bastante por debajo de los 200 becquerelios por metro cúbico (Bq/m³). En este rango, los expertos recomiendan simplemente “incrementar la ventilación natural de la vivienda para conseguir concentraciones tan bajas como sea posible”.

Solo en una ubicación la medida llega a los 266 Bq/m³, y es en la zona de Colonia Varela; si lo conocen, a la espalda del centro comercial Espacio Torrelodones. Pero incluso en este lugar no hay motivo para la alarma: por debajo de 400 Bq/m³ no se considera necesario aplicar medidas de remedio, sino solo aumentar la ventilación, especialmente en sótanos y plantas a ras de suelo.

Es de esperar que la insistencia de los expertos y la divulgación del problema del radón facilite una mayor vigilancia y una ampliación de las mediciones. Pero si viven en una zona propensa a este riesgo y quieren quedarse más tranquilos, ustedes mismos pueden medir el nivel de radón en su casa: la web del Grupo Radón ofrece un kit, con dos detectores y sus instrucciones, por 80 euros más IVA y gastos de envío.

Fiebre hemorrágica Crimea-Congo, una nueva-vieja lacra esperada

Regresa uno de vacaciones y se encuentra con un nuevo susto sanitario. Esta vez en forma de una “nueva” infección que ha matado a un hombre de 62 años y que mantiene en jaque la vida de una enfermera que le atendió. Ayer fue ingresado un hombre que estaba sometido a seguimiento y que tuvo contacto con los afectados.

Una garrapata 'Hyalomma marginatum' conservada en alcohol. Imagen de Wikipedia.

Una garrapata ‘Hyalomma marginatum’ conservada en alcohol. Imagen de Wikipedia.

La fiebre hemorrágica de Crimea-Congo (FHCC) no es una sorpresa, sino la desgraciada materialización de una amenaza que lleva tiempo flotando sobre nosotros y que no tomamos suficientemente en serio. A través de las crisis del ébola y del zika, epidemiólogos, virólogos y microbiólogos nos están advirtiendo de que nuestros fortines sanitarios del primer mundo se van a ver cada vez más invadidos por infecciones antes desconocidas en nuestras latitudes, y que debemos estar preparados para responder a ello. Es cierto que en general no se tratará de pandemias generalizadas y apocalípticas; pero que se lo cuenten a la familia del hombre que simplemente decidió salir a dar un paseo por el campo en Ávila.

En octubre de 2014, aún en plena crisis del ébola, publiqué un reportaje enumerando otras amenazas infecciosas de las que muy pocos han oído hablar, pero que cualquier día podrían convertirse en tristemente familiares. Entre ellas estaba el virus de la FHCC. No tengo dotes adivinatorias: el virus es uno de los patógenos incluidos en el grupo de máximo riesgo biológico por la legislación española. Y teniendo en cuenta que su presencia en España se conoce desde 2011, era cuestión de tiempo.

La FHCC no es una enfermedad nueva. Su primera aparición identificada en tiempos modernos fue durante la Segunda Guerra Mundial en la península de Crimea, entonces en la URSS. Hasta un par de decenios después no se comprendería que se trataba del mismo virus detectado unos años antes en el Congo. Estos dos lugares tan distantes son muestra de la enorme dispersión geográfica del virus, presente en una gran franja tropical y templada de todo el Viejo Mundo, desde China hasta Europa y Suráfrica.

El salto del virus a humanos es raro, ya que se produce a través de una desagradable garrapata que causa heridas muy feas con necrosis del tejido allí donde pica. Pero una vez que surge un caso, el contagio es probable, ya que se transmite entre personas a través de los fluidos corporales. Otra vía de transmisión es la carne, sangre o fluidos de animales infectados. Aún no hay una vacuna aprobada ni un tratamiento específico; la enfermedad suele tratarse con el antiviral ribavirina, pero es más una cuestión de fe: su eficacia real no está demostrada.

En 2010, un equipo del Centro de Investigación Biomédica de La Rioja y de las Universidades de Zaragoza y Extremadura detectó el virus en garrapatas de ciervos de la provincia de Cáceres. Era la primera vez que se encontraba el virus en Europa occidental. En 2013, el mismo equipo descubrió el virus en garrapatas de aves migratorias en Marruecos, estableciendo así una posible vía de entrada del patógeno desde África hacia Europa.

Frente a ciertas informaciones publicadas, una cosa debe quedar clara. Se ha dicho que las garrapatas transmisoras están presentes sobre todo en el suroeste de la Península. Probablemente este dato procede originalmente de un estudio de 2013 dirigido por Agustín Estrada-Peña, experto de la Universidad de Zaragoza que participó en la identificación del virus en las garrapatas de Cáceres. En aquel estudio se localizaban en el cuadrante suroeste de la Península dos de las más de 30 especies de garrapatas que transmiten la FHCC, Hyalomma marginatum y Rhipicephalus sanguineus (la típica de los perros).

En el estudio de los ciervos de Cáceres el virus se encontró en otra especie de garrapata en la que no se había hallado antes, Hyalomma lusitanicum, que también está presente en la misma zona de la Península. Sin embargo, los datos más recientes del Centro Europeo para el Control de Enfermedades (ECDC) indican que Hyalomma marginatum, la especie que con más frecuencia transmite la FHCC, está presente en la mayor parte de la Península, como se ve en este mapa:

Distribución en 2016 en Europa y Asia occidental de la garrapata 'Hyalomma marginatum', transmisora de la Fiebre Hemorrágica Crimea-Congo. Imagen de ECDC.

Distribución en 2016 en Europa y Asia occidental de la garrapata ‘Hyalomma marginatum’, transmisora de la Fiebre Hemorrágica Crimea-Congo. Imagen de ECDC.

Por otra parte, Hyalomma marginatum es una garrapata de las aves, por lo que su movilidad está asegurada. Esta especie fue la que se encontró en las aves migratorias de Marruecos. Además, las aves (al parecer, salvo el avestruz) no sufren la infección por FHCC, mientras que el ganado sí adquiere el virus pero no desarrolla síntomas, por lo que no puede confiarse en la observación de si el animal está enfermo o no.

¿Significa todo esto que debemos alarmarnos? Desde luego, una picadura de garrapata siempre debe ser motivo para acudir de inmediato a buscar ayuda médica, ya que estos parásitos transmiten también otras enfermedades. Y es importante que los especialistas puedan comprobar de qué especie se trata; si la extraemos (más información aquí), debemos llevarla al centro médico conservada en alcohol.

Por lo demás, el hecho de que el paciente fallecido contrajera la enfermedad en Ávila sugiere que las garrapatas infectadas podrían estar presentes en otros lugares de la Península. En 2011 ya escribían los expertos en un informe del Ministerio de Sanidad: “En general, en España, la probabilidad actual de infección en humanos se estima baja, pero dada la presencia del vector en algunas zonas del territorio español y el hecho de que haya sido detectado el virus productor de la FHCC en garrapatas, la posibilidad de infección no puede descartarse”.

Por desgracia, esta posibilidad ya es real. Lo necesario ahora es que se cumplan las recomendaciones del ECDC y que el asunto no caiga en el olvido cuando no haya más muertes que echar a los titulares.

El virus asturiano de Lloviu vuelve a la cueva

Hasta hoy, el número total de estudios experimentales sobre el virus de Lloviu, ese primo español del ébola descrito por primera vez en 2011, asciende a… cinco. Trece, si añadimos las revisiones. Desde aquí y en algún otro medio, he dado cuenta de todo lo que se ha publicado sobre el virus (la última vez, aquí). Que, como ven, es muy poco.

Colonia de murciélagos de cueva ('Miniopterus schreibersii'), la especie en la que se descubrió el virus de Lloviu. Imagen de Wikipedia.

Colonia de murciélagos de cueva (‘Miniopterus schreibersii’), la especie en la que se descubrió el virus de Lloviu. Imagen de Wikipedia.

Y menos aún que va a publicarse. Porque, por desgracia, las muestras que contenían el virus, todas ellas recogidas en 2003 de cadáveres de murciélagos hallados en la cueva asturiana de Lloviu, ya se han terminado. Así lo revela una revisión sobre filovirus olvidados publicada ahora en la revista FEMS Microbiology Reviews por investigadores de Fort Detrick, el gigantesco complejo militar de Maryland que alberga el programa de defensa biológica de EEUU. “Todo el material de muestra se ha consumido”, dice el estudio.

Uno de sus firmantes es Gustavo Palacios, investigador estadounidense que tras el descubrimiento del virus se encargó de los experimentos que no podían realizarse en España por la carencia de instalaciones de nivel 4 de contención biológica. Palacios fue el coautor principal del estudio que describía el virus por primera vez. He tratado de confirmar el dato del agotamiento de las muestras con la otra coautora principal, Anabel Negredo, del laboratorio de referencia del Instituto de Salud Carlos III de Madrid, pero no ha tenido a bien responder a mis preguntas.

Así pues, tal como el virus salió de la cueva, a ella vuelve. Esto no significa que no se vaya a poder estudiar absolutamente nada más sobre el lloviu. Dado que se dispone de su secuencia genómica, los investigadores podrán recrear las piezas del virus. Construir el virus completo es poco probable, ya que uno de los extremos del genoma no pudo secuenciarse. Pero sí es posible fabricar sus proteínas y estudiar qué hacen en cultivos celulares, y emplearlas para poner un disfraz de lloviu a otros virus relacionados, como el ébola.

Este método se conoce como seudotipado, y es lo que se ha hecho hasta ahora para tratar de comprender cómo se comportaría el lloviu auténtico si se le pusieran delante células humanas o de otras especies. Los virus seudotipados sirven también para producir anticuerpos contra las proteínas del lloviu, lo que ofrecería un método de diagnóstico.

Pero lo que de momento no va a poder hacerse es aislar el virus en cultivo, lo único que garantiza la posibilidad de investigar sus efectos reales en células humanas y en otras especies o en modelos animales de laboratorio. Los intentos de aislar el virus han fracasado, y ya no quedan muestras. Y con esto, de momento seguiremos sin saber si el virus es inocuo para nosotros o si podría ser un patógeno peligroso.

Cito lo que recoge la nueva revisión respecto a lo que sabemos del lloviu:

El análisis de los datos disponibles no permite extraer conclusiones sobre si el LLOV [lloviu] causó las muertes de los murciélagos. De modo similar a lo que ocurre con murciélagos infectados por MARV [marburgo] y RAVV [Ravn], los murciélagos infectados por LLOV podrían haber estado infectados por LLOV de forma persistente y subclínica, y haber muerto por otras causas.

El potencial de LLOV de infectar a los humanos es desconocido. Debido a la ausencia de un aislado de LLOV con capacidad de replicación, no se dispone de un modelo animal de la infección por LLOV. En consecuencia, la posible persistencia del LLOV en animales, su patogenicidad/virulencia, patogénesis o posibles contramedidas contra la infección son desconocidas.

Termino con la parte menos agradable, pero cuya divulgación es más necesaria:

A causa de esta falta de conocimiento ecológico [sobre los filovirus en general], la predicción de cuándo y dónde pueden surgir brotes de enfermedad de filovirus humanos y/o animales es imposible. Dado que el conocimiento de los filovirus olvidados (BDBV, LLOV, RAVV, RESTV y TAFV) es extremadamente limitado, no se puede excluir la posibilidad de grandes brotes futuros de EVD [enfermedad del virus del Ébola] o MVD [marburgo] causados por estos virus.

Un brote de enfermedad de la magnitud del brote de EVD causado por un filovirus olvidado podría resultar incluso más desastroso para África o el mundo. Entre los ya muy escasos institutos en todo el mundo que pueden investigar con filovirus con un nivel de seguridad biológica 4, pocos tienen siquiera acceso a filovirus olvidados.

Por consiguiente, hay pocas vacunas candidatas específicas y prácticamente no existen terapias específicas en preparación para prevenir o tratar infecciones por filovirus olvidados.

Por tanto, apelamos a la comunidad internacional de investigación en filovirus, y aún más a los financiadores de actividades de investigación y desarrollo en filovirus (hoy casi exclusivamente EBOV), para crear y mantener un programa global coordinado de colaboración con vistas a la creación de reactivos, ensayos, metodologías, bases de datos, modelos animales y contramedidas médicas que incluyan de forma rutinaria los filovirus olvidados.

No será porque nadie advirtió.

Por qué he firmado la carta a la OMS sobre el zika y los Juegos Olímpicos

He viajado a Brasil solo una vez, hace ya muchos años, en el siglo pasado. Por entonces, en la terminal de llegadas del aeropuerto de Río había un curioso sistema que ignoro si seguirá existiendo. Tras el control de pasaportes y la recogida de maletas, uno debía ponerse en cola para apretar un botón que encendía un indicador luminoso. Si salía luz verde, uno pasaba sin problemas. Pero si te tocaba luz roja, los amables agentes de aduanas te sacaban de la fila y te destripaban hasta el último dobladillo del equipaje con apasionado ensañamiento. No tengo la menor idea de si el sistema era simplemente aleatorio o si había alguien moviendo los hilos al otro lado de una cámara y eligiendo rojo o verde en función del aspecto del viajero, esa eterna discriminación silenciosa e impune.

Modelo del virus del Zika. Imagen de Manuel Almagro Rivas / Wikipedia.

Modelo del virus del Zika. Imagen de Manuel Almagro Rivas / Wikipedia.

Curiosamente (tratándose de Brasil), algo parecido ocurre con el virus del Zika. De todos aquellos que lo contraen, algunos reciben luz verde y pasan la infección sin siquiera enterarse. En cambio a otros les toca una terrible luz roja con funestas secuelas para toda la vida. Y dos son los problemas. Primero, que aún no sabemos si hay algún patrón oculto que dirige la luz que recibe cada uno (es probable, pero es una incógnita). Y segundo, que los expertos aún ni siquiera están seguros de si han llegado a comprender todo el alcance y las consecuencias de lo que significa una luz roja.

Es la primera vez en toda la historia de la ciencia que ocurre algo parecido. En otro tiempo, las enfermedades simplemente se revelaban cuando se padecían. En épocas más recientes se lograba identificar los agentes infecciosos, y tanto médicos como científicos sabían a qué cuadro diagnóstico atenerse y cuáles eran los riesgos para el paciente. Por ejemplo, el ébola es devastador, pero no engaña; siempre es muy claro en sus intenciones. Sus signos y síntomas son comunes y son evidentes, más allá de la efectividad de los tratamientos y de que en la vida o la muerte del paciente siempre haya un cierto margen reservado a la resistencia individual.

Algo parecido ha sucedido últimamente con el brote de enterovirus en Cataluña: algunos niños solo han sufrido síntomas leves, mientras que para otros el virus ha sido letal o enormemente dañino. Es posible que, si antes no han surgido situaciones semejantes de evolución tan diferenciada, ha sido más bien porque las infecciones no se detectaban en los casos benignos o porque en muchas ocasiones las visitas a Urgencias continúan resolviéndose sin diagnóstico concreto (“ha dicho el médico que es un virus”) y sin consecuencias graves.

La confusión provocada por las primeras informaciones sobre el zika fue además amplificada por esos agentes tóxicos que nunca faltan en estos casos, conspiranoicos y otros elementos que aprovecharon la ocasión para atribuir la microcefalia a las causas de sus propias obsesiones. Ahora ya sabemos que el zika puede causar microcefalia, puede causar síndrome de Guillain-Barré y puede causar potencialmente otras anomalías neurológicas. Pero aún no sabemos por qué a veces puede y otras no. Y si un contagio grave es algo temible, la incertidumbre de una lotería es casi peor, sobre todo porque hay muchos vectores ocultos.

El problema con los Juegos Olímpicos de Río es que las opiniones al respecto pueden estar sesgadas. En otras ocasiones he defendido aquí la necesidad de un margen de crédito para la Organización Mundial de la Salud (OMS), dado que solo puede jugar con modelos y probabilidades que llevan implícita la posibilidad de equivocarse. Los economistas también juegan en este terreno, y nadie pide su defenestración cuando fallan una y otra vez en sus previsiones. Pero es cierto que a la OMS se le acaban los comodines. Y cuando defiende la celebración de un evento en el que tiene intereses, como es el caso de los Juegos, se acabó el margen y se acabó el crédito.

Parece curioso que el asunto sobre la conveniencia o no de celebrar los Juegos de Río según lo previsto haya trascendido más aquí a raíz del artículo publicado por Pau Gasol en El País. Está claro que esto es España, y aquí no tiene nada de raro que un deportista consiga más eco que cien científicos. Pero en este caso es de agradecer: Gasol no solo parece un tipo con cabeza, sino que esa cabeza la dedicó en tiempos a estudiar parte de la carrera de medicina. Para variar, esta vez tenemos la opinión de una figura con tirón público que sabe de lo que habla.

Pero es que, además, toda opinión merece más crédito cuando es contraria al sesgo esperado. De un deportista se esperaría que se aferrara a la opción de celebrar los Juegos, incluso en un caso como Gasol, que (según creo) ya lo ha conseguido casi todo en su carrera. El hecho de que un deportista olímpico con formación médica cuestione la conveniencia de acudir a los Juegos debería zanjar cualquier duda.

Personalmente el deporte no me interesa, así que la celebración de los Juegos, su aplazamiento, su reubicación o su cancelación son opciones que en circunstancias normales me resultan indiferentes. Por supuesto que respeto el trabajo de quienes se esfuerzan durante años con vistas a ese momento crucial de éxito o fracaso. Pero sin discursos de anuncio de Cola-Cao: para mí vale lo mismo que el de cualquier otro humano que batalla cada día en total anonimato y sin reconocimientos, medallas ni himnos. Tampoco respaldo la crítica principal a los Juegos, el lucrativo negocio del deporte. Que yo sepa, es legal; unos tipos venden, y otros compran voluntariamente.

Con esto quiero decir que mi postura no es ni a favor ni en contra de los Juegos, sino a favor del sentido común y en contra de una celebración multitudinaria en la zona cero de una enfermedad infecciosa imprevisible y semidesconocida, que miles de personas podrían llevarse para sembrarla en sus países, algunos de ellos campos muy fértiles para la reproducción de los mosquitos responsables de diseminarla. Y esto sin contar con la vía sexual de transmisión, que no discrimina entre países. Por supuesto que siempre hablamos de modelos y probabilidades que pueden fallar. Pero ¿y si no? ¿Servirá de algo saber a quién hay que culpar?

Por todo esto he roto mi norma habitual de no firmar nada de lo que yo mismo no sea autor (exceptuando quizá el contrato de la hipoteca, que personalmente habría redactado en otros términos). Soy uno de los firmantes (a título exclusivamente personal) de la carta abierta titulada “Rio Olympics Later”, dirigida a Margaret Chan, directora general de la OMS, para que recomiende el aplazamiento o la reubicación de los Juegos Olímpicos. Esta es una ocasión propicia ideal para aplicar el famoso principio de precaución, y que por una vez no tengamos que arrepentirnos de un error histórico.