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La última aventura de Richard Leakey

Hasta hace no mucho se manejaba la cifra de unos 100.000 años como la edad de nuestra especie, y este dato continúa apareciendo en muchas fuentes, incluyendo los libros de texto (algunos no nos quejamos de los abultados precios de los libros de texto si esto se justifica por el coste de actualizarlos; pero si es así, que por favor realmente los actualicen, que algunos se han quedado anclados en la ciencia de mediados del siglo pasado). Esta frontera temporal se rompió hace tiempo, empujando el origen de la humanidad hasta los 200.000 años en África oriental, aunque en Marruecos se han hallado restos de Homo sapiens de rasgos arcaicos de hace 300.000 años. Pero esta semana la revista Nature le ha dado un nuevo empujón a la prehistoria de nuestra especie en el este de África, con una datación que otorga una edad de 230.000 años a unos restos encontrados hace décadas en Omo, Etiopía.

Lo cual me da ocasión para hablar de quien dirigió aquellas excavaciones en Omo en los años 60 y 70, ya que se trata de todo un personaje que falleció el pasado 2 de enero, y a quien hace unos días prometí dedicarle unos párrafos. Porque, si quienes somos africanistas apasionados y además nos dedicamos a contar la ciencia no le dedicamos un obituario a Richard Leakey, ¿quién va hacerlo?

Richard Leakey. Dibujo de Patrick L. Gallegos. Imagen de ELApro / Wikipedia.

Richard Leakey. Dibujo de Patrick L. Gallegos. Imagen de ELApro / Wikipedia.

A quien tenga algún interés por la paleoantropología, o por la historia de la conservación natural, o simplemente por África en general, no le resultarán extraños los nombres de Louis y Mary Leakey. Esta pareja de paleoantropólogos anglo-kenianos —Louis era hijo de misioneros anglicanos, de los que pueden casarse, en el entonces protectorado británico de África Oriental— estableció el origen de la humanidad en el este de África, sobre todo a través de sus descubrimientos en Olduvai. Louis Leakey fue también quien creó el grupo de las Trimates (juego de palabras entre trío y primates) o los Ángeles de Leakey, las tres mujeres que dedicaron su vida a la investigación y la protección de los grandes simios: Jane Goodall con los chimpancés en Tanzania, Dian Fossey con los gorilas de montaña en Ruanda, y Biruté Galdikas con los orangutanes en Borneo.

Louis y Mary tuvieron tres hijos: Jonathan, Richard y Philip. Los niños Leakey tuvieron una infancia libre y salvaje en África, viviendo en tiendas en la sabana y excavando con sus padres. Más allá del romanticismo que evoca la idea de aquel tiempo y lugar, fue también una época muy convulsa y sangrienta. En los años 50 el viejo poder colonial británico se desmoronaba. Quienes aún querían hacer de Kenya “el país del hombre blanco” respondieron con enorme brutalidad a la igualmente enorme brutalidad de la rebelión nativa del Mau Mau. Louis, como miembro de una saga familiar que ya entonces era muy prominente allí, tuvo un papel contradictorio: por un lado defendía los derechos de los nativos kikuyu y abogaba por un gobierno multirracial, pero al mismo tiempo fue reclutado para la defensa de los colonos blancos, hablando y actuando en su nombre.

Mientras, los niños Leakey vivían el final de una época y el comienzo de otra, un cambio tan turbulento como lo eran sus propias vidas. De los tres hijos de los Leakey, Richard comenzó a ganarse el perfil de personaje novelesco desde bien pequeño. La primera vez que estuvo a punto de morir fue a los 11 años, cuando se cayó de su caballo y se fracturó el cráneo. No solo sobrevivió, sino que además la reunión de la familia en torno al pequeño en peligro de muerte consiguió que Louis no abandonara a Mary por su secretaria.

Ya de adolescente, Richard se alió con su amigo Kamoya Kimeu, desde entonces su mano derecha y después ilustre paleoantropólogo keniano, para montar en la sabana un negocio de búsqueda y venta de huesos y esqueletos de animales, que después derivó hacia los safaris. Por entonces obtuvo su licencia de piloto y fue desde el aire como observó el potencial del lago Natron (entre Kenya y Tanzania) para la búsqueda de fósiles. La actitud de Richard hacia la profesión de sus padres era ambivalente: por un lado, fue el único de los tres hermanos que eligió seguir la vocación científica de sus padres, a pesar de que no se llevaba demasiado bien con la idea de seguir los caminos marcados. Pero al mismo tiempo le molestaba que no le tomaran suficientemente en serio, para lo cual había una razón: nunca fue capaz de completar estudios.

Lo intentó en Inglaterra con su primera esposa, Margaret, pero solo tuvo paciencia para obtener su graduación de bachillerato. Cuando ya había superado los exámenes para entrar en la universidad, en lugar de eso regresó a Kenya. Allí comenzó a montar lo que después serían los Museos Nacionales de Kenya, al tiempo que, con el apoyo de su padre, emprendía excavaciones en Etiopía —donde estuvo nuevamente a punto de morir cuando los cocodrilos se comieron su bote— y en el lago Rodolfo, hoy Turkana, en el norte de Kenya. Kimeu y otros colaboradores comenzaban a destellar con grandes hallazgos de restos de varias especies humanas, como Homo habilis y Homo erectus.

Una gran parte de lo que hoy sabemos de la evolución humana en el este de África se debe a las excavaciones dirigidas por Leakey. Pero en realidad muchos de aquellos hallazgos y su estudio científico fueron obra de sus colaboradores formados en la universidad, de quienes Leakey sentía celos por su propia falta de formación. Y al mismo tiempo, otros le envidiaban; de Donald Johanson, el descubridor de la famosa australopiteca Lucy, en un tiempo colaborador de Leakey y después rival, se ha dicho que él realmente quería ser Richard Leakey.

En 1969 se le diagnosticó una enfermedad renal terminal. Los médicos le dieron diez años de vida. Cuando comenzó a empeorar, recibió un trasplante de su hermano Philip, pero lo rechazó. Una vez más estuvo al borde de la muerte. De nuevo sobrevivió y salió adelante. Divorciado de su primera esposa, en 1970 se casó con la también paleoantropóloga Meave Epps, quien tomaría —junto con su hija Louise— el principal relevo de la tradición científica familiar con descubrimientos de gran alcance como el del Kenyanthropus platyops, una rama temprana del linaje humano. En 2009 tuve la ocasión de entrevistar en Madrid a Meave Leakey, una gran dama, cercana y cordial. Le pregunté cuándo tendríamos por fin una idea clara sobre la historia de la evolución humana. Me respondió que dentro de unos cien años, y a fecha de hoy aún no sé si se estaba quedando conmigo. Es lo que tiene la sutileza del humor británico.

Meave Leakey en 2014. Imagen de Pierre-Selim / Wikipedia.

Meave Leakey en 2014. Imagen de Pierre-Selim / Wikipedia.

En 1989 Richard se apartó definitivamente de la paleoantropología cuando el presidente keniano, Daniel arap Moi, le ofreció dirigir el departamento de conservación de fauna, poco después renombrado como Kenya Wildlife Service (KWS). El nombramiento fue recibido con sorpresa, ya que Leakey y Moi no eran precisamente amigos. El que fue el segundo presidente de Kenya después del héroe de la independencia, Jomo Kenyatta, gobernó el país como una dictadura fáctica, cruel y corrupta. Aquello le llevó a perder la confianza de los donantes internacionales, quienes además protestaban por la sangría de elefantes que se estaba cobrando la caza furtiva en Kenya (la caza es ilegal en todo el país desde 1977). Muchos vieron en la designación de Leakey un intento de agradar a la comunidad internacional.

Pero también es cierto que, si alguien podía actuar de forma contundente contra el furtivismo, nadie mejor que Leakey. Nótese que no estamos hablando de lugareños que cazan para su propio consumo; el perfil del furtivo en África no es, pongamos, el del extremeño. En África los furtivos son mercenarios, grupos fuertemente armados que aprovechan cualquier oportunidad para asaltar y a menudo matar a quienes tienen la desgracia de cruzarse en su camino.

Leakey emprendió una cruzada contra los furtivos, dotando patrullas armadas hasta los dientes con la orden de disparar antes de preguntar. Al estilo Leakey, organizó en el Parque Nacional de Nairobi un acto público de incineración de 12 toneladas de marfil incautado a los furtivos, que fue noticia en todo el mundo. Los restos carbonizados de aquellos colmillos hoy todavía pueden verse en el emplazamiento de la pira en el parque.

Pero si Moi esperaba con aquello corromper a Leakey y atraerlo a su bando, no lo consiguió. Leakey podía ser muchas cosas; hay quienes lo han calificado como ególatra, arrogante o engreído. Pero nunca se puso en duda su honradez. Las chispas saltaron entre él y el presidente. En 1993 Leakey pilotaba su avioneta cuando el motor falló y el aparato cayó al suelo. Una vez más sobrevivió milagrosamente, pero perdió las dos piernas por debajo de la rodilla. Él siempre mantuvo que la avioneta había sido saboteada, aunque nunca hubo pruebas. Poco después Moi acusó a Leakey de corrupción, y en 1994 este dimitió del KWS para crear su propio partido político, Safina, El Arca. El gobierno hizo todo lo que pudo por bloquear su reconocimiento legal, y lo consiguió durante años.

Pero todo aquello no era contemplado con buenos ojos por los donantes internacionales, que bloquearon las ayudas a Kenya debido a la corrupción galopante en el país. Como respuesta, Moi nombró a Leakey director de los servicios públicos, una especie de ministro de administraciones públicas. Leakey emprendió una lucha contra la corrupción que incluyó el despido de 25.000 funcionarios. Resultado: dos años después él mismo fue despedido.

Richard Leakey en 2010. Imagen de Ed Schipul / WIkipedia.

Richard Leakey en 2010. Imagen de Ed Schipul / WIkipedia.

Expulsado de la política keniana, emigró a EEUU, donde se dedicó a la conservación de la naturaleza africana. La Universidad Stony Brook de Nueva York le fichó como profesor de antropología, convalidando su falta de estudios con una vida dedicada a la investigación. Regresó a Kenya en 2015 cuando el entonces y actual presidente, Uhuru Kenyatta (hijo de Jomo), le ofreció la presidencia del KWS. Desde entonces y hasta su muerte el pasado 2 de enero de 2022 se ha dedicado a las políticas de conservación. Ya durante este siglo sobrevivió a un nuevo trasplante de riñón, a otro de hígado y a un cáncer de piel. Parecía inmortal. Pero finalmente nadie lo es.

Y si todo lo anterior les ha parecido una vida de película, frente a la cual incluso la de un Hemingway parecería aburrida, no son los únicos: hace unos años se anunció que Angelina Jolie iba a dirigir un biopic sobre Leakey con su entonces marido Brad Pitt en el papel de Richard. El proyecto tenía incluso un título, África (no muy original que digamos, es cierto), y un guion que el propio Leakey leyó y sobre el que protestó porque, según se dijo, el excesivo contenido de violencia y sexo iba a impedirle verla con sus nietos.

Pero a los problemas de presupuesto —es muy caro filmar en Kenya, aunque todo ese dinero nunca se nota en mejoras para la población local— se sumó la separación de la pareja estelar. Angelina ya no quería trabajar con su ex. Se dijo entonces que el proyecto continuaba sin ella, pero eso fue todo. Por mi parte, ignoro si sigue vivo o si se abandonó definitivamente. Ojalá algún día pudiéramos ver terminada esta película; aunque, por desgracia, el propio Leakey ya no podrá verla con sus nietos.

Leakey, Wilson, Lovejoy: la biología pierde tres nombres brillantes

Tal vez hayan aparecido solo como notas breves en las páginas menos leídas de los diarios, o ni eso. Pero durante estas fiestas navideñas de 2021, con pocos días de diferencia, el mundo de la ciencia –sobre todo la biología y aledaños– ha perdido a tres figuras irrepetibles: E. O. Wilson, Thomas Lovejoy y Richard Leakey. Con variadas trayectorias, perfiles y ocupaciones, los tres tenían algo en común: dieron lo mejor de sí mismos vistiendo camisa caqui y calzando botas de campo, como grandes campeones de la conservación de la naturaleza en tiempos en que esta misión es cada vez más urgente y necesaria.

De izquierda a derecha, Thomas Lovejoy (1941-2021) en 1974, E. O. Wilson (1929-2021) en 2003, y Richard Leakey (1944-2022) en 1986. Imágenes de JerryFreilich, Jim Harrison y Rob Bogaerts / Anefo vía Wikipedia.

De izquierda a derecha, Thomas Lovejoy (1941-2021) en 1974, E. O. Wilson (1929-2021) en 2003, y Richard Leakey (1944-2022) en 1986. Imágenes de JerryFreilich, Jim Harrison y Rob Bogaerts / Anefo vía Wikipedia.

El mismo día de Navidad fallecía a los 80 años de un cáncer pancreático el estadounidense Thomas Lovejoy. Su nombre no resultará muy familiar para la mayoría, pero sí la expresión que en 1980 popularizó entre la comunidad científica: diversidad biológica, después acortada a biodiversidad.

Lovejoy fue un biólogo conservacionista que combinó la ciencia con la política en busca de nuevas fórmulas y propuestas que contribuyeran a la protección de la naturaleza, sobre todo en los países con menos recursos para ello, que suelen coincidir también con los de mayor biodiversidad. De joven dedicó su trabajo a las aves de la Amazonia brasileña, lo que le reveló cómo la deforestación estaba provocando una sangría de especies. Esto le llevó a organizar en 1978 en California la primera conferencia internacional sobre biología de la conservación, que sirvió para dar un encaje académico formal a la investigación en esta área de la ciencia.

Pero si Lovejoy sabía moverse en la selva real, fue en la jungla de los despachos donde hizo sus mayores aportaciones, como gran influencer de la conciencia medioambiental. Bajo su liderazgo en EEUU, una pequeña organización llamada WWF se convirtió en el gigante que es hoy. Trabajó con instituciones como National Geographic, Naciones Unidas, Smithsonian o el Banco Mundial, entre otras, perteneció a diversas sociedades científicas y colaboró con varios presidentes de EEUU. Sus estimaciones de 1980 abrieron los ojos al mundo sobre el deterioro de la biodiversidad y la pérdida de especies. Entre los muchos premios que recibió, en 2008 obtuvo el de Fronteras del Conocimiento de la Fundación BBVA.

Con Lovejoy estuvo relacionado el también estadounidense Edward Osborne Wilson, más popular que su colega, conocido como E. O. o por sus sobrenombres, como Ant Man o el Señor de las Hormigas. Fue el mayor especialista mundial en mirmecología, el estudio de este enorme grupo de insectos. El interés por las hormigas le sobrevino a raíz de un accidente infantil de pesca: al tirar demasiado del pez que había mordido su anzuelo, la presa salió disparada del agua y se estrelló contra su cara. Era una clase de perca con duras espinas en la aleta dorsal, una de las cuales le perforó la pupila derecha, lo que unido a un tratamiento médico tardío y defectuoso le arrebató la visión de ese ojo. Más tarde, en la adolescencia le sobrevino una sordera que le incapacitaba para guiarse por el canto de los pájaros o las ranas. Pero su visión del ojo izquierdo era tan fina que comenzó a fijarse en los pequeños seres que no cantan ni croan.

Más allá de las fronteras de su especialidad, el trabajo de Wilson trascendió a la comunidad biológica en general a través de sus estudios sobre sociobiología, la ciencia que busca las raíces biológicas en la evolución del comportamiento y la organización de las sociedades de los vertebrados, incluidos los humanos, basándose en sus teorías sobre los insectos. Su visión de la biología evolutiva fue pionera y original; controvertida, pero inspiradora de grandes debates científicos.

Si Lovejoy era el conseguidor, Wilson era el académico y naturalista, un Darwin de nuestros tiempos. Su trabajo de divulgación y popularización, que llevó a dos de sus libros a ganar sendos premios Pulitzer, le convirtió en una figura mundial de la conservación de la naturaleza, un campo por el que comenzó a interesarse ya en su madurez. Junto a Lovejoy y otros como Paul Ehrlich formaron la primera generación que desde la ciencia hizo saltar la alarma sobre el enorme peligro de la pérdida de biodiversidad para la salud de la biosfera terrestre.

Wilson falleció el 26 de diciembre, un día después que Lovejoy, a los 92 años. Según Science, su muerte se debió a complicaciones después de una punción pulmonar.

El que completa la terna de las figuras de la biología fallecidas estos días es un favorito personal: Richard Leakey nunca fue formalmente un científico, ya que no llegó a estudiar una carrera; su vida no le dejó tiempo para eso. Pero a pesar de ello se le nombra como uno de los paleoantropólogos más reconocibles del siglo XX, y uno de los mayores impulsores de la investigación sobre los orígenes de la humanidad en su cuna africana. El último científico victoriano, se ha dicho de él.

Leakey fue un personaje de novela: un niño de la sabana, un joven aventurero y explorador, guía de safaris, trampero, aviador y buscador de fósiles, un keniano blanco que se metió en política, comprometido con la conservación de la naturaleza y con la lucha contra el totalitarismo y la corrupción política. Y un tipo carismático, inquieto, incómodo y hasta quizá tan difícil de trato que se creó muchos y poderosos enemigos, y su propia mala suerte. Murió este 2 de enero a los 77 años en su casa de Nairobi, sin que se hayan detallado las causas. Pero su vida merece un capítulo aparte. Mañana hablaremos de él.

Esto es lo que quedará de nuestro mundo cuando hayamos desaparecido

En 2007 el periodista y escritor Alan Weisman publicó The World Without Us (El mundo sin nosotros), un aclamado ensayo en el que imaginaba qué sería del mundo si los humanos desapareciéramos por completo de la noche a la mañana. Naturalmente, la premisa planteada por Weisman no era novedosa; ha sido propuesta incontables veces en la ciencia ficción, antes y después de su libro. Pero a diferencia de otras obras, Weisman trató de ir más allá de la mera fantasía para plantear escenarios creíbles, para lo cual contó con la asesoría de varios expertos en diversas ramas científicas.

Así, el autor describía cómo la vegetación comenzaba a colonizar las ciudades y las construcciones comenzaban a ceder y derrumbarse por la acción de los elementos, mientras los suelos cedían por la acción de las corrientes subterráneas. Cientos, miles y cientos de miles de años después del fin de la humanidad, nuestro legado permanecería en forma de cacharros de acero inoxidable, piezas de electrodomésticos, estatuas de bronce, construcciones como el Monte Rushmore de EEUU o el eurotúnel del Canal de la Mancha –inundado, pero aún ahí–, residuos radiactivos y, cómo no, plástico, mucho plástico.

El libro de Weisman sigue y seguirá incluso más vigente que el día de su publicación; no porque el fin súbito de la humanidad sea algo más probable hoy que entonces, sino porque en los últimos años ha cobrado fuerza entre los científicos la propuesta de declarar oficialmente el fin del Holoceno, el periodo geológico que comenzó al terminar la última glaciación hace unos 12.000 años, y dar la bienvenida al Antropoceno, la era del ser humano.

Las épocas geológicas son los capítulos de la historia de la Tierra que quedan grabados en los estratos de roca del suelo, cada uno con su composición particular. Geólogos, paleontólogos, paleobiólogos o paleoclimatólogos leen estas páginas de roca para comprender cómo era el mundo en cada periodo del pasado. Desde hace décadas, los científicos debaten cómo nuestra época dejará una huella definida en ese libro rocoso de la Tierra a través de nuestros residuos plásticos, las construcciones de hormigón, las pruebas nucleares, el boom poblacional o el cambio climático antropogénico.

En 2016, el Grupo de Trabajo del Antropoceno de la Comisión Internacional de Estratigrafía (CIE) decidió votar la declaración oficial de esta nueva época geológica, cuyo comienzo se situaría en torno a 1950, con los primeros ensayos nucleares. El pasado año este grupo aprobó la presentación de una propuesta formal que la CIE deberá votar en 2021.

Esa capa rocosa del Antropoceno será todo lo que quedará de nuestro mundo millones de años en el futuro, cuando el ser humano haya desaparecido. Quizá entonces alguien, si es que existe algún alguien que no seamos nosotros, excavará y analizará esos estratos en busca de los testimonios de nuestra época. Y entre los distintos artefactos y materiales, cuando los paleontólogos de ese lejano mañana estudien los fósiles del Antropoceno para entender cómo era entonces la vida terrestre, ¿qué encontrarán? Por supuesto, a nosotros. Pero también algo más:

Sobre todo, huesos de pollo.

Huesos de pollo. Imagen de pixabay.

Huesos de pollo. Imagen de pixabay.

Sí, los huesos de pollo se contarán entre los restos fósiles que mejor definirán nuestra época. Desde sus orígenes salvajes en Asia, este animal se ha convertido desde mediados del siglo XX en uno de los alimentos más consumidos del mundo: cada año se comen unos 60.000 millones de pollos en todo el planeta. La mayoría de sus restos acaban en vertederos; cuando estos se fosilicen, allí quedará para siempre la huella del ave más abundante de la era humana.

Junto a los pollos, también se encontrarán a mansalva fósiles de vacas, ovejas, cabras y cerdos. Esta es la conclusión de la paleobióloga Karen Koy y el paleontólogo Roy Plotnick, que acaban de publicar un estudio en la revista Anthropocene en el que han condensado la información de más de 200 trabajos previos para entender cómo será el registro fósil del Antropoceno.

Según Plotnick y Koy, entre tal avalancha de fósiles de humanos y sus animales –que incluyen también perros y gatos–, será difícil encontrar restos de alguna especie salvaje. Además, añaden los autores, los cementerios y vertederos ofrecerán mejores condiciones de conservación de los restos que los lugares de fosilización natural, por lo que a esos hipotéticos paleontólogos del futuro les costará mucho hacerse una idea de cómo era la biodiversidad salvaje de nuestra época. “La posibilidad de que un animal salvaje forme parte del registro fósil es muy pequeña”, escriben. Una posible excepción, dicen, serían ciertos animales de caza como el ciervo.

¿Qué llegarán a saber de nosotros esos hipotéticos visitantes del futuro? Por desgracia y a no ser que encontremos un modo de preservar toda la información de nuestra civilización en un formato que resista el paso de los evos y que no necesite un soporte tecnológico para ser leída e interpretada, solo podremos pasar a la historia del universo, si llega a existir tal cosa, como los comedores de pollo.

Según la biología, podríamos ser la única especie inteligente en el universo

El universo no es eterno, y por lo tanto comenzó en algún momento. Lo cual implica que hubo un tiempo en que la vida no existía. Y tan evidente como esto es también que hoy la vida existe; al menos nosotros, todos los seres terrícolas, estamos aquí.

La conclusión es innegable: en algún episodio de la historia del cosmos, al menos una vez, la vida pasó de no ser a ser. Esto es lo que se conoce como abiogénesis. Y es un problema. Un gran problema, porque nadie sabe cómo se produjo. De hecho, es el problema central de la biología: ¿cómo comenzó todo?

Estas rocas de la región de Pilbara, en Australia, contienen los fósiles de microbios más antiguos conocidos, de 3.500 millones de años de antigüedad. Imagen de Baumgartner et al., Geology, 2019.

Estas rocas de la región de Pilbara, en Australia, contienen los fósiles de microbios más antiguos conocidos, de 3.500 millones de años de antigüedad. Imagen de Baumgartner et al., Geology, 2019.

La dificultad de la abiogénesis es obvia: que la vida aparezca a partir de la no vida es algo que, en principio, no ocurre. Solemos llamarlo generación espontánea, y Pasteur y otros demostraron que no existe. Hay ciertas diferencias considerables entre la generación espontánea y la abiogénesis: una de ellas, que rescataremos más abajo, es que la primera ocurriría de forma rápida y rutinaria, como una especie de mecanismo naturalmente programado, mientras que la segunda sería un proceso lento, gradual y excepcional. Pero en el fondo, el resumen es el mismo: vida que surge de algo no vivo.

Tan grande es el problema que tradicionalmente ha dado pie a muchos a defender explicaciones sobrenaturales de la aparición de la vida (en contra de lo que muchos creen, la evolución definida primero por Darwin y Wallace y después reconstituida por otros no explica el origen de la vida, sino solo cómo unas especies dan lugar a otras). Francis Crick, codescubridor de la doble hélice del ADN y un crítico feroz de las religiones, trató de salvar el obstáculo de la abiogénesis proponiendo la panspermia dirigida, la idea de que una civilización alienígena sembró la vida terrestre a propósito.

Lo cual, en realidad, no solamente no resolvía el problema, sino que le daba una patada para alejarlo (¿cómo surgió la vida de la que esa civilización evolucionó?); y, en el fondo, ¿cuál es la diferencia entre hablar de Dios y de una entidad alienígena inteligente, creadora y con un poder incomprensible para nosotros?

Todo hay que decirlo, Crick moderó su postura en años posteriores, cuando se descubrió la capacidad catalítica del ARN, que rompía el ciclo del huevo y la gallina: si la formación del ADN requiere proteínas y la formación de proteínas requiere ADN, ¿cómo empieza el proceso? El descubrimiento de las ribozimas, ARN que actúa como enzimas, conseguía cortar el círculo y convertirlo en una línea con una casilla de salida.

Pero incluso con las ribozimas, la abiogénesis continúa siendo hoy una píldora difícil de tragar. O lo sería, si no fuera porque tenemos la prueba irrefutable de su existencia: nosotros. Por supuesto y dado que la vida es un fenómeno natural, recurrir a explicaciones sobrenaturales es solo negarnos a nosotros mismos nuestra capacidad para comprender el universo por medio del razonamiento y la investigación.

Esta explicación sobre la abiogénesis sirve para entender por qué se ha popularizado tanto la idea de que la vida es abundante en el universo, y por qué en cambio esta idea es, como mínimo, poco razonable. Los primeros que comenzaron a interesarse científicamente por la vida alienígena fueron físicos y matemáticos, como los fundadores de los proyectos SETI (Búsqueda de Inteligencia Extraterrestre). Para un físico, la naturaleza funciona aquí lo mismo que en GN-z11, que creo es la galaxia más lejana conocida hasta ahora. Para un matemático, es un disparate estadístico pensar que la vida terrestre es un fenómeno único.

Físicos y matemáticos han ignorado tradicionalmente el punto de vista biológico, y el público en general simplemente lo desconoce. Desde este enfoque, la vida es lo normal. Pero cuando se introduce el problema espinoso y aún inexplicado de la abiogénesis, lo normal es pensar que la vida es algo muy raro. Y que la vida inteligente, como nosotros, es algo que sencillamente no debería existir.

Pero mejor lo explica Nick Longrich. Este paleontólogo y biólogo evolutivo de la Universidad de Bath, en Inglaterra, atrajo el foco de los medios en 2015 gracias a un hallazgo espectacular, el primer fósil conocido de una serpiente de cuatro patas que vivió en el Cretácico, en la era de los dinosaurios. Este animal, llamado Tetrapodophis, rellenaba el hueco del fósil de transición entre los lagartos y las serpientes; lo que suele llamarse un eslabón perdido.

Reconstrucción de Tetrapodophis, la serpiente de cuatro patas del Cretácico. Imagen de Julius T. Cstonyi.

Reconstrucción de Tetrapodophis, la serpiente de cuatro patas del Cretácico. Imagen de Julius T. Cstonyi.

Recientemente, Longrich ha publicado un artículo en The Conversation cuyo título resume perfectamente el mensaje: “La evolución nos dice que podríamos ser la única vida inteligente en el universo”. Y sí, por supuesto que, como siempre ocurre con esta hipótesis, quienes no observan la naturaleza desde el conocimiento de la biología saldrán a opinar que tal cosa es absurda, que por narices (las narices de los físicos y matemáticos) la vida, incluyendo la inteligente, tiene que ser algo inmensamente extendido por todo el cosmos, y que blablablá… Pero de verdad, lean a Longrich.

En resumen, lo que el biólogo viene a exponer es que, si bien no tenemos ejemplos de vida extraterrestre que poder estudiar, al menos tenemos 4.500 millones de años de historia terrestre. Y eso equivale a muchísimos datos, a un experimento natural inmensamente rico.

Lo primero que podemos concluir de ese experimento natural es que, en un planeta tan sumamente habitable como el nuestro, y en más de 4.500 millones de años, la abiogénesis solo se ha producido una única vez. Si la vida surge inevitablemente allí donde puede, como han defendido los físicos, ¿por qué aquí solo una vez? ¿Por qué no dos, tres, miles, millones?

Este argumento biológico, llamado del segundo génesis (por un segundo origen independiente de la vida, y un tercero, y un cuarto…), ha sido comentado en este blog innumerables veces. Es un argumento que físicos y matemáticos pasaron por alto completamente cuando crearon esas fantasías de un universo rebosante de vida alienígena. Y es un argumento demoledor. Si la vida fuera algo de aparición tan común, en la Tierra lo veríamos casi a diario. Según lo dicho arriba, sería una especie de mecanismo naturalmente programado. En el fondo, lo que defiende la idea de la vida como fenómeno inevitable es una especie de generación espontánea. Pero entonces no tendría ningún sentido biológico que este fuera un proceso autolimitado a una vez por planeta a lo largo de toda su historia de miles de millones de años. Se mire como se mire, se llega a una reducción al absurdo.

Lo que hace Longrich en su artículo es aplicar la misma línea de razonamiento a otros pasos críticos para conducir desde la aparición de la vida, una célula simple, a algo tan complejo como nosotros. Por supuesto, con una célula sencilla no acaba el problema: hay otros muchos complicados procesos que tienen que darse para llevar a la vida inteligente. Y para cada uno de esos pasos, se pregunta Longrich, ¿existe una segunda ocasión en que se haya repetido?

Longrich da cuenta de cómo, en efecto, en muchos casos la evolución ha repetido sus soluciones en distintos linajes de la vida. El ejemplo más típico es el de las alas: las aves vuelan, pero también los insectos y los murciélagos. En todos estos casos las alas aparecieron de forma independiente en distintas líneas evolutivas. Es lo que llamamos evolución convergente. Otro ejemplo son los ojos, que surgieron de modo separado en los vertebrados y en diferentes líneas de invertebrados como los artrópodos, las medusas o los moluscos.

Entonces la pregunta es: ¿ha ocurrido esto mismo en ciertos pasos críticos, como semáforos de la evolución que deben superarse en el camino desde la célula simple a la vida inteligente? De ser así, dice Longrich, la aparición de vida compleja inteligente no solo sería probable, sino casi inevitable.

Pero la respuesta, oh sorpresa, es que no es así: no solo la propia aparición de la vida, sino también la célula eucariota, los seres multicelulares, la reproducción sexual, la fotosíntesis, el esqueleto, y por supuesto la inteligencia, todo ello apareció en la evolución solo una única vez. Según Longrich, “la convergencia parece ser la norma, y nuestra evolución parece probable. Pero cuando buscas la no convergencia, está por todas partes, y las adaptaciones críticas complejas parecen ser las menos repetidas, y por tanto improbables”.

“Estas innovaciones únicas, golpes de suerte críticos, pueden crear una cadena de cuellos de botella evolutivos o filtros”, escribe Longrich. “Si es así, nuestra evolución no fue como ganar la lotería. Fue como ganar la lotería una vez, y otra, y otra, y otra. En otros mundos, estas adaptaciones críticas pueden haber evolucionado demasiado tarde para que emergiera la inteligencia antes de que sus soles hayan degenerado, o no haber evolucionado nunca”.

Longrich hace unos números rápidos: si la aparición de vida inteligente depende, por ejemplo, de siete de estos semáforos evolutivos críticos, cada uno de ellos con un 1% de posibilidades de ponerse en verde (lo cual sería infinitamente mayor de lo que nos muestra el experimento natural de la Tierra), entonces la inteligencia ocurre en uno de cada cien billones de mundos habitables; 100.000.000.000.000. Y, continúa Longrich, “si los mundos habitables son raros, entonces podríamos ser la única vida inteligente en la galaxia, o incluso en todo el universo visible”.

Y lo cierto es que sí, los mundos habitables parecen ser raros. En los últimos años, los científicos planetarios parecen estar asumiendo con perplejidad una evidencia inesperada: hasta ahora y de más de 4.000 exoplanetas conocidos, no hay ni uno solo similar a la Tierra. En un reportaje reciente, el científico planetario Edward Schwieterman, de la Universidad de California en Riverside y el Instituto de Astrobiología de la NASA, me decía: “No debería sorprendernos si las condiciones exactas que encontramos hoy en la Tierra resultan ser raras”.

Así que, antes de caer en ese pensamiento simple de que la vida debe de estar por todas partes, escuchen a la biología; que si de algo sabe, es de vida.

¿De verdad se ha descubierto una nueva especie humana?

Cuando hace unos días leí la noticia de que se ha descubierto una nueva especie humana, Homo luzonensis, que vivió hace al menos 67.000 años y cuyos restos se han hallado en una cueva de Filipinas, me vinieron a la cabeza dos pensamientos. En concreto, dos nombres: denisovanos y Darren Curnoe.

Dientes del Homo luzonensis. Imagen de Callao Cave Archaeology Project (Florent Détroit).

Dientes del Homo luzonensis. Imagen de Callao Cave Archaeology Project (Florent Détroit).

Los denisovanos son los eternos aspirantes a nueva especie humana que nunca terminan de conseguir este estatus; algo así como el príncipe Carlos de la paleoantropología. Su primer resto se desenterró en una cueva de Siberia en 2008, un fragmento de hueso de un dedo meñique de un niño o niña. En 2010 se publicó y se nos presentó a los medios como “mujer X”, no porque los investigadores supieran que se trataba de una niña, sino porque el estudio analizó la secuencia de su genoma mitocondrial, que se transmite por línea materna.

Aquel estudio marcaba un nuevo hito en la paleoantropología: por primera vez se presentaba un humano antiguo solo por una secuencia de ADN; de hecho, el único resto, aquel trozo de dedo, fue destruido para obtener el genoma mitocondrial. De este ADN se obtuvo mucha información; la suficiente para saber que aquel individuo, contemporáneo de humanos modernos y neandertales, era diferente de estos.

Sin embargo, no se le podía dar el estatus de nueva especie porque no había suficientes restos para establecer un holotipo, el espécimen al que se refieren los estudios posteriores. La paleoantropología tiene sus normas, y en una ciencia en la que tradicionalmente se ha estimado el volumen cerebral de los fósiles llenando el cráneo con semillas, los denisovanos quedaban como algo parecido a una especie virtual, sin un sustrato físico tangible.

Pero con el paso del tiempo se han desenterrado más restos: piezas dentales y fragmentos de hueso de extremidades, de un total de cuatro individuos. Posteriormente se ha podido también secuenciar el genoma nuclear de los denisovanos, y el pasado febrero se informó por fin del hallazgo de dos pedazos de hueso parietal de un quinto individuo. Los fragmentos de cráneo son como la regla de oro de los paleoantropólogos. Cuando por fin se publiquen formalmente estos resultados, ¿entrarán por fin los denisovanos en la categoría de nueva especie? ¿O deberán seguir esperando… hasta cuándo?

Por el contrario, el Homo luzonensis se ha publicado como nueva especie con todas las bendiciones de Nature, a pesar de que no existen fragmentos de cráneo, sino solo algunos dientes y pedazos de extremidades. Evidentemente, corresponde a los expertos decidir si estos restos son suficientes como para admitir la denominación de nueva especie, y parece que así ha sido. Pero se me ocurrió que tal vez no todos estarían de acuerdo. Y fue así como me vino a la memoria el segundo nombre, Darren Curnoe.

Curnoe es un paleoantropólogo australiano que en 2012 describió un intrigante hallazgo, un cráneo parcial descubierto en una cueva de China, datado en menos de 15.000 años y que presentaba una mezcla de rasgos arcaicos y modernos, como si fuera un híbrido entre sapiens y otra especie humana más primitiva. Respecto a la posible identidad de esta última, las posteriores excavaciones de Curnoe dieron sus frutos: en 2015 publicaba el descubrimiento de un fémur de hace 14.000 años que perteneció a un tipo de humano más parecido a especies arcaicas como el Homo habilis o el Homo erectus que a nosotros.

Cráneo del pueblo de la cueva del ciervo rojo. Imagen de Curnoe, D.; Xueping, J.; Herries, A. I. R.; Kanning, B.; Taçon, P. S. C.; Zhende, B.; Fink, D.; Yunsheng, Z. / Wikipedia.

Cráneo del pueblo de la cueva del ciervo rojo. Imagen de Curnoe, D.; Xueping, J.; Herries, A. I. R.; Kanning, B.; Taçon, P. S. C.; Zhende, B.; Fink, D.; Yunsheng, Z. / Wikipedia.

Curnoe llamó a estos humanos el pueblo de la cueva del ciervo rojo. A pesar de tratarse de los humanos arcaicos más recientes que se conocen, el paleoantropólogo se ha mostrado muy prudente a la hora de asignarles una identidad: podrían ser denisovanos, o un cruce entre estos y los humanos modernos, o una especie totalmente nueva, o simplemente sapiens con una anatomía peculiar. Curnoe piensa que aún es pronto para saberlo, y por ello ha preferido mantener una postura discreta.

Pero frente a esta extrema prudencia del australiano, llama la atención cómo los descubridores del Homo luzonensis se han lanzado directamente a la audaz hipótesis de proponer una nueva especie con restos tan relativamente escasos. Y se me ocurrió que tal vez Curnoe tendría algo que decir al respecto.

Y en efecto, así es. En un artículo publicado en The Conversation, Curnoe deja clara su postura desde el título, en forma de pregunta: “¿Cuántas pruebas son suficientes para declarar una nueva especie humana de una cueva de Filipinas?”. El investigador aclara que se sitúa en un término medio entre quienes “saludan la publicación [del Homo luzonensis] con entusiasmo” y quienes “aúllan furiosamente, opinando que la declaración va demasiado lejos con muy pocas pruebas”.

“Debemos mantener la cabeza fría, porque la designación de una nueva especie todavía es una hipótesis científica, de obligada comprobación y lejos de estar inscrita en piedra, incluso si se publica en las apreciadas páginas de una revista como Nature“, escribe Curnoe. El investigador objeta que el holotipo está representado solo por unos pocos dientes de la mandíbula superior, “todos los cuales están fuertemente desgastados o rotos”. “No hay mucha anatomía conservada aquí, y esto me deja con la sensación de que el caso para nombrar una nueva especie es un poco endeble”, dice.

“Creo que preferiría dejar el fósil en lo que el arqueólogo y antropólogo keniano Louis Leakey solía llamar la cuenta del suspense hasta que tengamos muchas más pruebas”, concluye Curnoe. Porque, y esto no lo dice él pero lo sabe cualquier científico, mucho peor que no publicar jamás un Nature es publicarlo y luego tener que retractarse.

El grave error de concepto sobre nosotros y los neandertales

En este blog es algo consuetudinario que nunca se entra en política, en el sentido de jalear o vilipendiar a uno de los bandos concretos solo por el hecho de ser uno de los bandos concretos; para eso ya están otros. Pero también es algo consuetudinario que aquí se abomina del hecho de estar gobernados por ignorantes, sobre todo en cuestiones relacionadas con la ciencia, y que aquí sí se atiza por igual a derecha e izquierda cuando quienes ostentan el poder o aspiran a ostentarlo demuestran su vasta, o basta, incultura científica.

Habrán imaginado que me refiero a las alusiones a los neandertales que circulan esta semana por los medios a propósito de las declaraciones de un candidato político, quien dijo –entre otras cosas– que los neandertales les cortaban la cabeza a los bebés recién nacidos. Este ejercicio de bocachancla ya ha levantado suficiente polvareda, pero aquí lo traigo por un motivo diferente que no solo afea al susodicho, sino también a quienes le han vituperado afirmando que el neandertal es él. Porque están igual de equivocados.

Al parecer, el candidato ha matizado sus palabras, pero hasta donde sé, sin referirse específicamente a los neandertales. Porque en cualquier caso, están extinguidos, así que esto no resta votos. Si se le hubiera escapado que los negros o los orientales cortan la cabeza a sus bebés recién nacidos, quién duda de que habría rectificado de inmediato. Y si piensan que con esto estoy comparando a los negros o los orientales con los neandertales, han acertado; estoy comparando a los negros y a los orientales con los neandertales, y también a los blancos. Porque todos tienen en común el hecho de ser igualmente humanos.

Pregunta de Trivial: ¿qué homininos tienen el récord del cerebro más grande de toda nuestra familia evolutiva? No, no somos nosotros, sino los neandertales.

Cráneo de Homo sapiens (izquierda) frente a otro de neandertal. Imagen de hairymuseummatt (original photo), DrMikeBaxter (derivative work) / Wikipedia.

Cráneo de Homo sapiens (izquierda) frente a otro de neandertal. Imagen de hairymuseummatt (original photo), DrMikeBaxter (derivative work) / Wikipedia.

Pero es cierto que dejar el dato ahí sería una pequeña trampa, dado que en los humanos nunca se ha demostrado una correlación clara y directa entre el tamaño del cerebro y eso que entendemos como inteligencia. Los neandertales probablemente tenían el cerebro más voluminoso que nosotros porque su corteza visual estaba más desarrollada.

Por lo demás, iría siendo hora ya de meternos de una vez en ese gran cerebro nuestro que los neandertales no eran esos cavernícolas gorileros encorvados y con el garrote sobre el hombro. Aunque los expertos aún se resisten a cerrar el debate sobre si ejercían el pensamiento simbólico y tenían lo que llamamos cultura o arte, eran humanos sofisticados; no tanto como nosotros actualmente, pero probablemente sí tanto como los humanos modernos de su misma época, o incluso más en ciertos aspectos. Neandertales y sapiens no eran tan diferentes por entonces, ni más ni menos bárbaros, violentos o primitivos.

A menudo se dice que si los neandertales hubieran sobrevivido, hoy compartiríamos la misma sociedad. Pero es probable que compartiéramos mucho más: dado que los cruces entre ellos y nosotros dejaron algo de sus genes en los nuestros, es probable que nos hubiéramos fusionado por completo en una sola especie. Pero perdieron en el juego de la supervivencia. Y como dice el Museo de Historia Natural de Londres, “es injusto para ellos que la palabra neandertal se utilice hoy como insulto”.

Reconstrucciones de un Homo sapiens de hace unos 40.000 años (izquierda) y un neandertal (derecha), ambas en el Museo Neanderthal de Alemania. Imagen de The Nature Box / Wikipedia.

Reconstrucciones de un Homo sapiens de hace unos 40.000 años (izquierda) y un neandertal (derecha), ambas en el Museo Neanderthal de Alemania. Imagen de The Nature Box / Wikipedia.

De hecho y si hablamos del trato a los recién nacidos, eran humanos perfectamente modernos, Homo sapiens, quienes solían practicar lo que eufemísticamente se llamaba exposición, consistente en abandonar a su suerte a los bebés no deseados por el motivo que fuera; es decir, los tiraban. La teoría era que los recogieran otros, ya fueran seres reales o imaginarios, como divinidades o personajes mitológicos. La práctica era que morían de hambre, frío, sed o comidos por animales. Y esto se hacía en culturas consideradas las cunas de la civilización occidental, como la Roma y la Grecia clásicas.

Pero volviendo a los neandertales, en el fondo subyace un error de concepto que va más allá de los neandertales, y es el mito de que existe una escala evolutiva en los humanos. Ese famoso dibujo en el que se observa una fila de seres caminando, que van evolucionando desde un mono peludo y encorvado hasta un humano lampiño y erguido con una lanza, es un completo y absoluto error. O mejor dicho, tres errores: ni nosotros somos la culminación de nada, ni la evolución funciona mejorando o perfeccionando nada, ni existe ningún proceso temporal lineal.

Nosotros somos solo una especie más de la biosfera terrestre, una que hoy está pasando por aquí como han pasado antes otras muchas, y como pasarán otras muchas cuando hayamos desaparecido, quizá alguna que surgirá a partir de la nuestra. Tenemos ciertos rasgos y características propias, como cualquier especie; las aves vuelan, nosotros componemos música.

Pero estos rasgos no surgen porque la evolución desee mejorar sus creaciones, sino porque en un momento determinado del tiempo geológico esas características han permitido a esa especie adaptarse mejor a las condiciones de su entorno. La capacidad de componer música es probablemente solo un efecto colateral de un desarrollo cognitivo que permitió a nuestros ancestros perdurar y reproducirse mejor en el medio en que les tocó vivir.

Y por último, tampoco existe ninguna línea o escala evolutiva, incluso aunque a veces se utilicen estos conceptos como una simplificación con fines didácticos. Hoy la representación más utilizada de la familia evolutiva humana tiene forma de árbol con diversas ramificaciones, pero incluso esto es también una simplificación; faltan las especies que aún no hemos descubierto, pero sobre todo falta lo que ya conocemos y lo que todavía no sobre los entrecruzamientos entre especies coetáneas.

Los humanos modernos tuvieron descendencia con neandertales y denisovanos, y estos entre ellos, y los análisis genéticos que revelan estas hibridaciones entre especies han mostrado también que en este lío familiar participaron además otros tipos de humanos que todavía son un completo misterio para la ciencia. En resumen, los conceptos de línea evolutiva y árbol evolutivo hoy ya no tienen sentido; la realidad es más bien una red, la red social de la evolución humana.

Un microparque del Pleistoceno en una placa de cultivo: minicerebros neandertales

Es curioso cómo esto mismo que estoy haciendo ahora, escribir, algo que una inmensa cantidad de humanos hacemos a diario (desde el WhatsApp a los estudios de metafísica), ha tenido un poder tan inmenso en nuestro conocimiento del pasado. Llamamos historia a lo que podemos leer de un modo u otro, y prehistoria a aquello de lo que aún no quedaba registro escrito. Los investigadores dedicados a estudiar aquel periodo que nadie pudo contarnos –arqueólogos, paleontólogos, paleoantropólogos, paleoclimatólogos, paleobotánicos, paleozoólogos y otros paleos– tenían que bastarse tradicionalmente con intentar leer los vestigios que nuestro planeta dejó enterrados, como un juego de pistas.

Y es asombroso cómo estas investigaciones están cambiando gracias a la tecnología y al cruce de disciplinas. Los arqueólogos utilizan la física atómica para fechar las piezas, conocer la historia de su conservación, estudiar su estructura interna o incluso conocer el interior de una pirámide sin entrar. Los paleontólogos aplican modelos de computación para saber si un ave prehistórica podía volar o a qué velocidad corría un tiranosaurio.

Ayer hablaba de esto último entre los mitos y realidades de los dinosaurios a propósito de la nueva entrega de la saga jurásica en los cines. Y mencionaba también que, a una escala mucho más modesta que la imaginada por Michael Crichton, la reconstrucción del pasado es ya uno de los métodos que hoy se utilizan para conocerlo. Como he contado aquí y en algún otro medio, el paleontólogo Jack Horner y otros investigadores tratan de recrear los rasgos de los dinosaurios en las aves actuales.

Pero gracias al ingenio y a la tecnología, tampoco es necesario llegar a resucitar especies largamente extinguidas para aprender algunos de sus rasgos. Estudiando los cráneos de antiguos homininos y relacionando su estructura con la de nuestro cerebro, los investigadores han llegado a deducir cómo era el suyo y cuáles eran sus facultades mentales.

Ahora, los científicos han llevado esta reconstrucción del pasado un poco más allá, creando una especie de microparque del Pleistoceno en una placa de laboratorio: minicerebros neandertales en una placa de cultivo.

Cráneo de Homo sapiens (izquierda) frente a otro de neandertal. Imagen de hairymuseummatt (original photo), DrMikeBaxter (derivative work) / Wikipedia.

Cráneo de Homo sapiens (izquierda) frente a otro de neandertal. Imagen de hairymuseummatt (original photo), DrMikeBaxter (derivative work) / Wikipedia.

La tecnología de los minicerebros, o en general organoides, consiste en el uso de células madre para crear un pequeño bloque de tejido que reproduce la matriz celular tridimensional de un órgano a escala diminuta, en el tamaño de un grano de arroz. La tecnología, desarrollada en esta década, se está aplicando sobre todo a la creación de minicerebros.

Si tenemos en cuenta que el cerebro de un ratón es aproximadamente como un garbanzo, un minicerebro no está tan alejado de un órgano real. Y aunque su estructura es más simple y solo representan un estado temprano de desarrollo, los investigadores han conseguido que sus neuronas formen conexiones y funcionen como pequeños circuitos. Algunos científicos que trabajan en este campo dicen que esto equivale a una forma primitiva de pensamiento, y creen que en un futuro próximo los minicerebros llegarán a ejecutar tareas sencillas de computación, que al fin y al cabo es lo que las neuronas saben hacer.

Sí, parece ciencia ficción, pero ya no lo es. De hecho, un equipo de la Universidad de California en San Diego (UCSD) está estudiando la manera de conectar minicerebros humanos a pequeños robots con forma de cangrejo para que aprendan a controlar sus movimientos. Por supuesto que estos organoides no llegarán a simular un cerebro humano completo, pero dado que al fin y al cabo se trata de células cerebrales humanas, células pensantes, también se están desarrollando estándares éticos que regulen el tratamiento y el alcance de estas investigaciones.

Además de la utilidad más obvia, que sería investigar el funcionamiento del órgano al que simulan, los organoides servirán también para ensayar el efecto de los medicamentos, reemplazando a los animales de laboratorio. Otra de las aplicaciones más jugosas es estudiar cómo funcionan los cerebros enfermos: modificando los genes de las células madre, pueden obtenerse minicerebros con alzhéimer o, por ejemplo y como ya se ha hecho, entender cómo el virus del Zika provoca esas terribles malformaciones en el cerebro de los fetos.

Pero si es posible modificar genéticamente las células madre para que creen un minicerebro enfermo, ¿por qué no un cerebro neandertal? La desaparición de estos primos nuestros que convivieron con nosotros miles de años atrás es un eterno misterio, para cuya resolución los científicos solo cuentan con esas pistas enterradas durante la prehistoria. Pero hoy se conoce el genoma neandertal, que pudo secuenciarse a partir de algunos de esos huesos, y esta información abre la posibilidad de manipular el genoma de las células madre para neandertalizarlas, crear minicerebros, y ver si sus diferencias con los humanos puede revelar alguna otra pista sobre cómo eran distintos a nosotros.

Minicerebro humano. Imagen de Robert Krencik y Jessy van Asperen.

Minicerebro humano. Imagen de Robert Krencik y Jessy van Asperen.

Dos equipos de investigadores están trabajando en esta línea, uno en el Instituto Max Planck de Alemania, y el segundo es el mismo de la UCSD que intenta conectar los minicerebros humanos a los cangrejos robots. En una conferencia reciente la directora de este grupo, Alysson Muotri, presentó un estudio que se publicará próximamente y en el que ha conseguido minicerebros neandertalizados (los llama neanderoides) cambiando una sola letra (o base) del ADN de las células madre; solo una base en un gen llamado NOVA1, que está implicado en el desarrollo del cerebro y que presenta esta ínfima diferencia entre nosotros y los neandertales, y el cambio provoca una reacción en cadena que afecta a otro centenar de proteínas, las cuales comienzan a producirse en sus versiones neandertales.

En su trabajo, que han titulado “Reconstruir la mente neandertal en una placa de cultivo”, los investigadores han comprobado que el impacto de este minúsculo cambio es brutal: mientras que los minicerebros humanos son esféricos, los neandertalizados crecen con forma de palomita de maíz, crean menos conexiones neuronales y forman redes anómalas. Muotri compara algunos de los cambios a los que se han observado en personas con Trastornos del Espectro del Autismo (TEA).

Durante la presentación, según cuenta Science, Muotri aclaró que ni mucho menos pretende comparar a las personas con TEA con los neandertales; ella misma tiene un hijastro con uno de estos trastornos. Pero si el cableado cerebral que tenían los neandertales les dificultaba la socialización y la comunicación al mismo nivel que los humanos actuales neurotípicos, quizá aquellos parientes nuestros estaban peor adaptados para el desarrollo de sociedades complejas. Y de hecho, esta es una posible razón para la extinción de los neandertales que ya ha sido previamente propuesta por otros investigadores.

Los dinosaurios de la saga jurásica: ¿distingues la realidad de la ficción?

Hay dos constantes que han acompañado siempre a la imagen popular de los dinosaurios. Primero, que fascinan a la gente; no tanto desde que el nombre de este grupo de reptiles fue acuñado en 1842, pero sí desde comienzos del siglo XX, cuando novelas como El mundo perdido de Arthur Conan Doyle –no la primera, pero sí la más exitosa– comenzaron a popularizarlos. Segundo, que casi siempre su retrato se desvía de la realidad, precisamente para exagerar todo aquello que fascina a la gente. Es como si los dinosaurios hubieran contratado a una agencia publicitaria: ¿es esto muy diferente del marketing?

Las novelas de Michael Crichton y la saga de películas que han inspirado no son una excepción; más bien son el caso típico. Pero esto no debe interpretarse como una crítica desdeñosa; al contrario, lo que los dinosaurios de Spielberg y sus sucesores han aportado al interés de los niños en la ciencia difícilmente se consigue en el colegio. Y Crichton tampoco era ningún papanatas, sino un bioantropólogo y médico que escribió buena ciencia ficción y que se documentaba conciencizudamente para sus novelas. Y aunque llegó a flirtear con las pseudociencias, su visión de la recreación de los dinosaurios por ingeniería genética estaba muy adelantada a su tiempo allá por 1990.

Imagen de Universal Pictures.

Imagen de Universal Pictures.

Es más: el traslado de los dinosaurios de Crichton al cine ha contado desde el inicio de la saga con la asesoría del paleontólogo Jack Horner, que dirige su propio proyecto de tuneado de pollos para asemejarlos a los dinos clásicos, y que por cierto hacía un cameo en Jurassic World, en la primera escena de Owen (Chris Pratt) con los velocirraptores.

Pero sea por licencias creativas, por errores no intencionados o por nuevos descubrimientos que refutan ideas anteriores –66 millones de años después, los dinosaurios continúan actualizándose–, lo cierto es que la saga cae en una serie de inexactitudes que al menos merece la pena conocer. Aquí están, en formato interactivo.

Así seríamos hoy si fuéramos neandertales

Juguemos a la historia-ficción: ¿qué habría ocurrido si nosotros, los que nos autodenominamos Homo sapiens, nos hubiéramos extinguido, y en nuestro lugar hubieran prosperado quienes realmente se extinguieron, los neandertales?

Naturalmente, no tenemos la menor idea, y lo que sigue no es otra cosa que un ejercicio de imaginación sin más pretensiones. Para empezar, los científicos aún no se han puesto de acuerdo en muchas de las características que definían a esta especie, como tampoco en qué fue lo que la llevó a la extinción.

Sobre esto último, tradicionalmente se ha supuesto que nosotros teníamos alguna ventaja adaptativa de la que ellos carecían, y/o que el cambio climático tuvo algo que ver, y/o que nuestra mayor población y expansión los fue reduciendo hasta eliminarlos.

Esta semana se ha publicado un interesante estudio en Nature Communications que no dirime la intervención de los dos primeros factores, las ventajas adaptativas y el cambio climático, pero que sí llega a la interesante conclusión de que en todo caso ambos habrían sido irrelevantes.

Los investigadores han creado un modelo matemático para simular la dinámica de las poblaciones de sapiens y neandertales dejando fuera estos dos factores. Tras correr el modelo cientos de miles de veces, cambiando los valores de diversas variables para dejar el margen necesario a las muchas incertidumbres sobre el pasado y sobre los propios neandertales, en la inmensa mayoría de los casos el resultado terminaba siendo el mismo: ellos se extinguían, nosotros prosperábamos, simplemente porque éramos más.

“Sugerimos que, aunque la selección y los factores ambientales pueden o no haber jugado un papel en la dinámica entre especies de neandertales y humanos modernos, el eventual reemplazo de los neandertales lo determinó la repetida migración de humanos modernos desde África hacia Eurasia”, escriben los investigadores.

Pero ¿y si no hubiera sido así? Demos marcha atrás al reloj unos miles de años e imaginemos que los hoy llamados humanos modernos desaparecieron, y que en su lugar sobrevivimos nosotros, los neandertales.

Lo primero que necesitamos es desprendernos de un tópico erróneo. Apostaría el caballo que no tengo a que, cuando el titular de este artículo llegue a Twitter, provocará algún que otro comentario equiparando los neandertales a salvajes brutos sin el menor atisbo de inteligencia, y probablemente asociando esta categoría al nombre de algún político. Nunca falta.

Pero no: hoy los científicos tienden a pensar que los neandertales eran similares en inteligencia a sus coetáneos antepasados nuestros, los humanos modernos del Paleolítico, antiguamente conocidos como Hombres de Cromañón o cromañones por el hallazgo de sus restos en la cueva francesa de Cro-Magnon.

Probablemente nuestra inteligencia se ha desarrollado desde el Paleolítico, pero podemos imaginar que lo mismo habría ocurrido con los neandertales si hubieran sido ellos los triunfadores en la competición por la supervivencia. Así que aquí estaríamos nosotros, los neandertales, una especie pensante.

Por ello y como es natural, no nos llamaríamos a nosotros mismos neandertales, sino que reservaríamos este apelativo para nuestros antepasados cuyos restos se encontraron en el valle alemán de Neander. Nosotros nos llamaríamos, lógicamente, Homo sapiens. Y esta denominación nos diferenciaría de otra especie humana extinguida sobre la que aún tendríamos muchas incógnitas: los cromañones, que habríamos designado Homo cromagnonensis.

Nuestro aspecto físico sería distinto. El Museo Neanderthal, en Alemania, nos muestra cómo seríamos hoy:

Recreación de un neandertal en el Museo Neanderthal. Imagen de Clemens Vasters / Flickr / CC.

Recreación de un neandertal en el Museo Neanderthal. Imagen de Clemens Vasters / Flickr / CC.

Recreación de un neandertal en el Museo Neanderthal. Imagen de suchosch / Flickr / CC.

Recreación de un neandertal en el Museo Neanderthal. Imagen de suchosch / Flickr / CC.

Seríamos físicamente más robustos, con miembros más cortos, tórax amplio, una fuerte mandíbula, mentón pequeño, cejas prominentes, nariz grande, frente huidiza y un cráneo de mayor tamaño. Existía una app para Android y iPhone, creada por el Museo Smithsonian de EEUU, que neandertalizaba el rostro a partir de una foto, pero por desgracia parece que ya no está disponible. En cualquier caso, podemos imaginar que nuestros cánones de belleza serían algo diferentes, y tal vez el número uno en la lista de los hombres más atractivos del mundo estaría invariablemente ocupado por alguien del estilo del actor Ron Perlman (El nombre de la rosa, Hellboy, Alien resurrección…):

Ron Perlman. Imagen de Wikipedia / Gage Skidmore.

Ron Perlman. Imagen de Wikipedia / Gage Skidmore.

O quizá alguien como Steven Tyler de Aerosmith:

Steven Tyler (Aerosmith). Imagen de Wikipedia.

Steven Tyler (Aerosmith). Imagen de Wikipedia.

En cuanto a las chicas, tal vez las proporciones faciales de Linda Hunt (NCIS: Los Angeles) nos parecerían cercanas a la perfección:

Linda Hunt en NCIS: Los Ángeles. Imagen de CBS.

Linda Hunt en NCIS: Los Ángeles. Imagen de CBS.

La nariz de Rossy de Palma ya no sería, como suele decirse, picassiana, sino que sería el modelo más solicitado en las clínicas de rinoplastia:

Rossy de Palma. Imagen de Wikipedia / Georges Biard.

Rossy de Palma. Imagen de Wikipedia / Georges Biard.

Por supuesto, seríamos más fuertes, aunque según los expertos la mayor fortaleza física de los neandertales no se distribuía por igual en todo su cuerpo. Seríamos más potentes arrastrando y levantando pesos; probablemente no habríamos tenido que recurrir tanto al uso de animales de carga o, más modernamente, a las máquinas. Cualquier persona media sería capaz de levantar pesos similares a los que hoy soportan los atletas halterofílicos.

Al contrario que nosotros, los neandertales tenían espacio suficiente en sus anchas mandíbulas para acomodar todas sus piezas dentales, por lo que no sufriríamos con las muelas del juicio, y los problemas de dientes montados y descolocados serían más bien raros. En la sociedad neandertal, la de ortodoncista no sería una salida profesional muy recomendable.

Los neandertales estaban mejor adaptados que nosotros al clima de la Eurasia templada, aunque los científicos aún debaten por qué esta presunta adaptación al frío no se reflejaba en algunos rasgos como la nariz. Pero asumamos la hipótesis tradicional de la adaptación al frío: según esto, no usaríamos tanta ropa de abrigo, y tal vez nos habríamos expandido a las regiones más gélidas del planeta. Quizá nos encontraríamos más cómodos en la Antártida que en los trópicos.

Los ojos de los neandertales eran más grandes que los nuestros, y tal vez también la región de la corteza cerebral dedicada al procesamiento visual. Algunos científicos suponen que su visión en condiciones de poca luz era superior a la nuestra. Si fuéramos neandertales, no necesitaríamos tanta iluminación nocturna. Y esto, unido a la mayor resistencia al frío, sugiere que tal vez nos ahorraríamos un buen dinero en luz y calefacción.

Pero ¿cómo sería nuestra sociedad neandertal? Aquí es donde surgen los problemas. Ciertos expertos proponen que los neandertales eran menos gregarios que nosotros, y que vivían en grupos más pequeños y dispersos. Y se ha propuesto que precisamente este mayor gregarismo nuestro, de los Homo sapiens de la realidad real, fue uno de los factores clave de nuestro éxito: nos unió en grandes grupos para establecernos en asentamientos estables, nos permitió crear las ciudades e inventar la agricultura, y por tanto más tarde la industria, la mecanización, las tecnologías de la comunicación y la información, los transportes globales, y todo aquello en lo que hoy se basan nuestras sociedades.

Si fuéramos neandertales, tal vez viviríamos en pequeñas comunidades desconectadas, cazando y recolectando, pero sin haber desarrollado el conocimiento, la cultura (aún se debate en qué grado los neandertales tenían o no pensamiento simbólico), el orden social, la economía, la industria, la ciencia…

Lo cual pone de manifiesto que, incluso si su supervivencia se hubiera prolongado unos miles de años más, los neandertales lo habrían tenido difícil para sobrevivir en el mundo de los Homo sapiens de la edad contemporánea. Y así es como nuestro experimento mental se desploma.

Claro que tal vez este planeta hoy gozaría de mayor salud si lo hubieran colonizado los neandertales en lugar de nosotros. Eso sí, también nos habríamos perdido muchas cosas por las que merece la pena ser un Homo sapiens.

La historia humana se complica: a cambiar los libros de texto

Los libros de texto de ciencias deberían imprimirse a lápiz, para que el profesor pudiera indicar a los alumnos qué deberían borrar y qué deberían escribir sobre lo borrado. No, es broma, pero no lo es tanto. Lo cierto es que el conocimiento científico avanza todos los días, a veces matizando o incluso rectificando ideas básicas, y sería de esperar que cada año se revisaran las ediciones de los libros de texto para incluir lo nuevo.

Esto justificaría que los hermanos no puedan heredar los libros y que deban comprarse nuevos cada año. Pero lamentablemente, no parece que sea el caso. Ya conté aquí que al menos un libro de texto de primaria de una de las principales editoriales, aunque imagino que ocurrirá lo mismo con otros, emplea una clasificación de los seres vivos en cinco reinos que está obsoleta desde hace décadas.

Otra de esas ideas básicas es: ¿desde hace cuánto tiempo existe nuestra especie? Cuando yo era estudiante, aprendíamos que el Homo sapiens surgió hace unos 100.000 años en África. Después, nuevos descubrimientos en Etiopía duplicaron la historia de los humanos modernos: 200.000 años. Y cuando ya nos habíamos acostumbrado a esta cifra, se nos cae de nuevo.

Esta semana, dos estudios publicados en Nature (uno y dos) describen nuevos huesos humanos y restos de industria lítica hallados en un enclave conocido desde los años 60, Jebel Irhoud, un afloramiento rocoso unos 100 kilómetros al oeste de Marrakech que antiguamente formaba una cueva. Los huesos incluyen parte de un cráneo con ciertos rasgos arcaicos, como la forma de la caja encefálica, pero cuyos rostro y dientes son inequívocamente Homo sapiens.

Reconstrucción del cráneo de Homo sapiens de 300.000 años de edad hallado en Jebel Irhoud (Marruecos). Imagen de Philipp Gunz / MPI EVA.

Reconstrucción del cráneo de Homo sapiens de 300.000 años de edad hallado en Jebel Irhoud (Marruecos). Imagen de Philipp Gunz / MPI EVA.

La clave de los resultados está en la datación de los restos. La nuevas tecnologías de fechado por métodos físicos avanzados están permitiendo datar muestras allí donde la cronología de los estratos del terreno no es una referencia fiable. Hace unas semanas conté aquí cómo estas técnicas han revelado que el Homo naledi, una especie hallada en Suráfrica, vivió hasta hace algo más de 200.000 años, y que este posible solapamiento histórico de una especie humana primitiva con los sapiens en África era hasta entonces algo totalmente inesperado.

Ahora parece confirmarse que los sapiens y los naledi coincidieron en África: según las técnicas de datación utilizadas por los investigadores, los restos de Jebel Irhoud tienen una antigüedad de unos 300.000 años. Esta es la nueva cifra que desde ahora deberemos citar sobre la edad de nuestra especie.

Pero sus implicaciones van mucho más allá: no solo tendremos que acostumbrarnos a la nueva idea de que nuestros ancestros sapiens compartían el continente africano al menos con otra especie humana más, si no con varias; además, los restos de Marruecos, los más antiguos de Homo sapiens conocidos ahora, están muy lejos de África Oriental, que se consideraba la cuna de la humanidad. ¿Qué hacían aquellos sapiens precoces tan lejos de su presunta cuna?

Obviamente, la respuesta es que la idea de la cuna, otro de los pilares clásicos de la paleoantropología, también se tambalea. Según escriben los investigadores, encabezados por el Instituto de Antropología Evolutiva Max Planck de Alemania y el Instituto Nacional de Ciencias de la Arqueología y el Patrimonio de Marruecos, los resultados “muestran que los procesos evolutivos detrás de la aparición del Homo sapiens implicaron a todo el continente africano”. “Estos datos sugieren un origen a mayor escala, potencialmente panafricano”, concluyen.

Y eso, si es que nuestro origen africano no acaba también cayéndose. Hoy está generalmente aceptado que el Homo sapiens surgió en África (a diferencia del neandertal, de origen europeo), y nadie podrá defender algo diferente con pruebas en la mano mientras no se hallen claros restos de nuestra especie anteriores a los 300.000 años de antigüedad fuera de aquel continente.

Pero otra cosa es que sus ancestros también fueran africanos. Hasta ahora se asumía que era así; al menos hasta que el mes pasado dos controvertidos estudios (uno y dos) afirmaran que el hominino más antiguo conocido hasta hoy (los homininos incluyen a los humanos y sus parientes antiguos más próximos que no eran simios) es una especie llamada Graecopithecus freybergi, de más de siete millones de años de antigüedad y hallada en un lugar tan inesperado como Grecia.

En resumen, y si añadimos otros estudios que he comentado recientemente aquí, como el que atribuye al hobbit de Flores un origen africano y el que ha empujado la edad de los primeros restos humanos en América desde los 24.000 años a los 130.000, este está siendo un año especialmente intenso para la paleoantropología, con descubrimientos que están resquebrajando algunos de los muros que hasta ahora sostenían el edificio de la evolución humana.

Hace tiempo, un eminente genetista evolutivo se me quejaba de la aparente tendencia que tenemos los periodistas de ciencia a caer en ese tópico de “esto obligará a reescribir…”. Pero qué le vamos a hacer: con cierta frecuencia, en ciencia hay que demoler lo resquebrajado para construir algo nuevo. Podemos llamarlo reconstruir, reconfigurar, reformular, o todos los res que a uno se le puedan ocurrir, pero en el fondo no dejan de ser lo mismo: reescribir. Y por eso, la ciencia hay que escribirla a lápiz.