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Los secretos de las ciencias para
los que también son de letras

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El reiki y el ayurveda no son pseudociencias. Ni siquiera son pseudociencias

Cuentan que en una ocasión al físico Wolfgang Pauli le mostraron un trabajo, tan deficiente que su respuesta fue: “no es que no sea bueno, es que ni siquiera es malo”.

O algo parecido. Lo cierto es que circulan distintas versiones de la historia, y en castellano la cita suele traducirse utilizando las palabras correcto/falso. Pero personalmente prefiero bueno/malo, o correcto/erróneo-equivocado, porque el matiz es fundamental: parece claro que lo expresado en aquel trabajo sí era indiscutiblemente falso; en cambio, lo que Pauli probablemente quería decir es que ni siquiera llegaba al nivel de erróneo. Que no es lo mismo. En el alemán natal de Pauli la cita aparece con la palabra “falsch“, que según el diccionario significa indistintamente “falso” e “incorrecto”/”equivocado”, pero creo que en este caso es más adecuada la versión inglesa “wrong“, que no significa “falso”, pero sí “incorrecto”/”equivocado”.

Un ejemplo: si le damos a alguien una raqueta de tenis y una pelota, y ni siquiera es capaz de acertar a dar con la primera en la segunda, puede decirse que es un pésimo jugador de tenis. Pero si deja la pelota en el suelo, agarra la raqueta por la parte ancha y trata de empujar la bola con el mango como si fuera un taco de billar, entonces ni siquiera podremos afirmar que es un mal tenista.

Cuento esto porque a menudo calificamos como pseudociencias cosas que realmente no deberían clasificarse como tales, ya que ni siquiera llegan a serlo. Hoy el término “pseudociencia” se ha extendido, y muchos, también mea culpa, lo utilizamos indiscriminadamente para referirnos a todo lo que no es científico. Sin embargo, tal vez deberíamos reservar este término exclusivamente para lo que de verdad puede calificarse como pseudociencia.

Imagen de Pixabay.

Imagen de Pixabay.

Hoy existe un término alternativo muy popular, “magufo” o “magufería”. Pero personalmente no me gusta, porque su carácter peyorativo es interpretado por muchas personas ajenas a la ciencia, y me consta, como un signo de prepotencia de la élite científica. Se convierte en un insulto, como el “hereje” del siglo XVI cuando la sociedad estaba regida por la religión. La ciencia debe ser inquisitiva, pero no inquisitorial; debe ser inclusiva y amable, debe explicar y convencer simplemente porque sus argumentos son mejores. Insultar al contrario es una buena manera de estigmatizarlo, pero no es una buena manera de lograr abrirle los ojos, ya que probablemente reaccionará cerrándolos aún más. La letra con sangre no entra.

Pero ¿qué es pseudociencia? Aunque la palabra se emplea desde hace siglos, fue el filósofo de la ciencia Karl Popper quien a mediados del siglo XX puso orden en el método científico, convirtiéndolo en lo que hoy entendemos como tal. Según Popper, la ciencia no demuestra, sino que falsa (del verbo falsar, recogido por la RAE). Es decir, que algo es científico no cuando se demuestra irrefutablemente que es cierto, un horizonte al que nunca se llega, sino cuando puede demostrarse que es falso, se demuestre o no.

Por supuesto, la teoría de Popper también ha sido criticada, ya que algunos consideran la falsación como un ideal impracticable que haría imposible el progreso real de la ciencia. En la práctica, los científicos tienden a aplicar un popperismo de baja graduación, tratando para sus adentros de demostrar sus hipótesis, pero sabiendo que formalmente solo pueden corroborarlas hasta un cierto grado y que por tanto pueden ser falsadas en el futuro; más bien un cóctel de falsacionismo de Popper y positivismo clásico.

Pero así como los criterios de Popper y otros permiten distinguir lo que es ciencia de lo que no lo es, esto no implica que todas las no-ciencias sean pseudociencias. Para que algo pueda calificarse como pseudociencia, debe presentarse con pretensiones de ciencia, utilizando principios, sistemas y leyes similares a los de la ciencia. Una pseudociencia debe parecer en principio que podría ser ciencia, y si no logra desprenderse del prefijo es porque no consigue sobrevivir a esa especie de selección natural que impone el método científico.

Dos ejemplos son la homeopatía y la osteopatía. Ambas fueron inventadas cuando aún no se conocían las causas por las que enfermamos, ni por qué ciertos compuestos o procedimientos tienen propiedades curativas. Médicos como Samuel Hahnemann, inventor de la homeopatía en 1796, o Andrew Taylor Still, de la osteopatía en 1874, propusieron nuevas teorías sobre el origen de las dolencias y el funcionamiento de los remedios.

Lo que hizo el progreso de la ciencia fue mostrar que la enfermedad y su curación obedecen a causas muy distintas de las que proponían Hahnemann y Still, y que por tanto sus ideas estaban muy lejos de los mecanismos reales de la naturaleza. Pero hoy los defensores de ambas pseudociencias se aferran a un argumento inválido, que la ciencia no las ha refutado, cuando ellos saben, o deberían saber, que precisamente son no-ciencias porque son irrefutables: es imposible demostrar que el agua no tiene memoria (homeopatía), tanto como es imposible demostrar que la manipulación de un músculo no se transmite de alguna forma al cerebro o al intestino (osteopatía).

El propio Popper puso la astrología y el psicoanálisis como ejemplos de pseudociencias. Y además de la homeopatía y la osteopatía, en esta categoría también se han incluido el test de Rorschach de las manchas de tinta, la frenología que pretendía relacionar la personalidad con la forma del cráneo, la fisiognomía que hacía lo mismo con los rasgos de la cara, la grafología, el polígrafo o detector de mentiras, la llamada ciencia creacionista y el diseño inteligente, el lysenkoísmo soviético que se presentaba como alternativa a la genética y el darwinismo, ciertas interpretaciones de la comunicación no verbal como la sinergología, la criptozoología o incluso las bolas para la lavadora sin detergente.

Incluso hay quienes califican la astrobiología como algo próximo a la pseudociencia, ya que aún no se ha descubierto el objeto de su estudio –los alienígenas–, sin que al mismo tiempo sea posible refutar su existencia. Para otros, astrobiología es simplemente un oxímoron.

Todo esto viene a propósito de un cartel que vi hace unos días anunciando un gimnasio. Me llamó la atención que hoy en estos establecimientos lo mismo te enseñan a pelear o a hacer ejercicio sin romperte los huesos, o a bailar salsa, que te ayudan a equilibrarte física y espiritualmente mediante la meditación mindfulness, o te curan enfermedades mediante la imposición de manos del reiki. Los gimnasios se han convertido en templos de la salvación física, mental y espiritual donde anything goes; todo vale en esa amalgama de ciencia (del deporte) y pseudociencias.

Imagen de Pixabay.

Imagen de Pixabay.

Y sin embargo, se me ocurrió pensar entonces que llamar pseudociencia a cosas como el reiki, el feng shui, el ayurveda o la medicina tradicional china en realidad es un insulto a las pseudociencias. Las pseudociencias han tenido que trabajar muy duro para ganarse el prefijo; han tenido que presentarse como teorías con aspecto científico, e incluso en la mayoría de los casos han hecho el esfuerzo de intentar probarse.

En cambio, todo aquello que se basa en el qi, el karma o los chakras, en la influencia de presuntas energías cósmicas indetectables, inmensurables, iparametrizables e irrelacionables con cualquier magnitud física, y que resultan alteradas por la colocación de los muebles, o que fluyen por ciertos canales invisibles y pueden administrarse a través de las manos o de sustancias o adminículos, son no-ciencias, pero no son pseudociencias. Al designarlas como tales podemos transmitir la impresión de que solo un prefijo las separa de las ciencias, pero en realidad son casos de la cita de Pauli: “not even wrong“; ni siquiera son erróneas.

Sus proponentes no pretenden en absoluto disfrazarlas de ciencias ni presentarlas como tales, y en algunos casos incluso se sitúan abiertamente en posturas anticiencia, acogiéndose en su lugar a la experiencia propia y a la tradición milenaria (aunque el reiki lo convalida con menos de un siglo). Y negando los argumentos de que lo primero es fácilmente explicable como placebo, y de que lo segundo olvida que precisamente sus prácticas acumulan milenios de fracaso en la eliminación de enfermedades y en el aumento de la esperanza de vida de la población.

En el fondo, el reiki o el ayurveda son las versiones orientales de nuestro milagro, el mal de ojo, el castigo de Dios, el embrujo, la maldición, la posesión demoníaca, la buenaventura y la ramita de romero. Son simplemente magia, pensamiento mágico precientífico, obra de humanos en busca de explicaciones pero que ni en sus sueños más locos llegaban aún al conocimiento de un Hahnemann o un Still. Así que quizá deberíamos hacer el pequeño esfuerzo de llamar pseudociencias solo a las que realmente lo son. Incluso las pseudociencias merecen un respeto.

¿Y si en realidad no somos reales, sino personajes de un videojuego?

Cuando Trump ganó las elecciones en EEUU y triunfó el Brexit, hubo muchos que se dijeron: esto no puede estar pasando. Pero entre estos, hay algunos para los que no es simplemente una frase hecha, sino que realmente creen que esto no pude estar pasando. O sea, que no es real. Que es una simulación. Que somos una simulación. O dicho de otro modo, un videojuego carísimo e increíblemente complejo. Y si añadimos todo lo que está ocurriendo últimamente por nuestros pagos, los defensores de esta hipótesis pueden frotarse las manos.

Mario Bros. Imagen de Nintendo.

Mario Bros. Imagen de Nintendo.

En efecto, como en Matrix. Tal vez ya hayan oído hablar de lo que corre en ciertos círculos como la hipótesis de la simulación. O si es la primera vez que leen sobre ello, puede que les parezca el mayor hallazgo intelectual de la historia de la humanidad, o todo lo contrario, una pura masturbación mental a la que no merece la pena dedicar ni medio segundo y que provoca risa con esa flojera del sonrojo. Incluso a lo largo de un mismo día, dependiendo de si pierden el autobús o se les queman las tostadas, puede que piensen ambas cosas indistintamente. A mí me ocurre.

Los antecedentes de esta loca idea son ilustres, desde la caverna de Platón a La vida es sueño de Calderón. Cuatro siglos antes de nuestra era, el filósofo chino Zhuang Zhou se enfrentaba a la imposibilidad de distinguir cuál era la verdadera realidad, si la que entendemos como real o la que experimentamos durante nuestros sueños, que nos parece igualmente real cuando estamos inmersos en ella. Bertrand Russell inventó una idea llamada Tierra de Cinco Minutos, según la cual el universo podría haberse creado hace cinco minutos y nosotros sin enterarnos, creyendo recordar un pasado que podría ser totalmente ficticio. En los años 70, el genial Philip K. Dick también planteó la posibilidad de que vivamos en una realidad programada por ordenador.

Pero el responsable de haberla liado definitivamente es Nick Bostrom, filósofo sueco de la Universidad de Oxford. En 2003 Bostrom publicó un trabajo en el que desarrollaba la hipótesis más o menos según la siguiente línea lógica: el desarrollo tecnológico es imparable y nos lleva a construir simulaciones informatizadas cada vez más complejas. En un futuro con una tecnología infinitamente superior a la actual, los posthumanos llegarán a ser capaces de crear simulaciones a cuyos personajes se les pueda dotar incluso de consciencia.

Estos posthumanos crearán simulaciones del pasado, de sus antepasados, de nosotros. Dado que en el futuro esto será un ejercicio tan corriente y extendido como lo son hoy nuestros videojuegos, se crearán millones de estas simulaciones; al fin y al cabo, ¿cuántas copias de juegos como Los Sims existen en el mundo? Y si existen millones de estas simulaciones y solo una única realidad, la probabilidad de que nosotros seamos reales, que vivamos en la “realidad base”, es ínfima: tenemos una posibilidad contra millones de no ser una simulación.

Todo esto, argumentaba Bostrom, siempre que la humanidad no se extinga antes de llegar al estado posthumano, y a no ser que por algún motivo nuestros futuros descendientes decidan no crear simulaciones. Resumiendo, Bostrom afirmaba que al menos una de estas tres proposiciones tiene que ser cierta: a) La humanidad queda aniquilada antes de alcanzar la fase posthumana. b) Los posthumanos no están interesados en construir simulaciones. c) Vivimos en una simulación.

El gusanillo de la simulación ha cautivado a un buen número de científicos y tecnólogos. Elon Musk, multimagnate tecnológico y en quien confiamos para que algún día nos lleve a Marte, está completamente convencido de que, en efecto, vivimos en una simulación. La idea ha llegado a cautivar tan obsesivamente a algunos que, según contaba la revista The New Yorker el año pasado, dos millonarios del Silicon Valley cuyos nombres no se revelaban habrían contratado a un equipo de científicos para tratar de “sacarnos de la simulación”.

Pero naturalmente, los filósofos se mueven en un plano diferente al de los científicos. Los científicos trabajan en la realidad, mientras que el deber de un filósofo es calzarse las botas, ponerse el casco y bajar al sótano para inspeccionar los cimientos de esa realidad. Por desgracia, suelen alegar Bostrom y otros, es prácticamente imposible que científicamente lleguemos a conocer la verdad. Demostrar que no vivimos en una simulación es por definición impracticable: cualquier indicio que pudiera aportarse podría formar parte de la simulación. En ciencia a menudo suele ser inviable demostrar un negativo.

Y en cuanto a probar que vivimos en una simulación, y por mucho que algunas de las mejores mentes del mundo se ocupen en tratar de sacarnos de ella… Admitámoslo: si realmente fuéramos una simulación, salir de ella parece algo tan factible como que, de repente, Mario abandone la pantalla y comience a saltar por encima de los champiñones de nuestra pizza.

Aquí les dejo un vídeo que lo explica muy certeramente. En inglés, pero con subtítulos. Que disfruten de su cena simulada.