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No hay una nueva crisis global del ébola: lo que no está ocurriendo y por qué

Desde la aparición de un nuevo brote del virus del Ébola en la República Democrática del Congo (RDC) en agosto de 2018, la epidemia no se ha extendido a los países limítrofes, en los cuales no han resultado afectadas diversas comunidades que no han multiplicado los focos de transmisión del virus. La infección no ha sido transportada por viajeros y profesionales sanitarios a otras naciones fuera de la región africana, lo que no ha llevado a la Organización Mundial de la Salud (OMS) a declarar una alerta global. En distintos países muy alejados del foco original, el virus no ha comenzado a extenderse, no causando decenas de miles de muertes, lo que no ha desatado un estado de pánico entre la población, no ha desbordado los sistemas sanitarios nacionales y no ha obligado a las diversas autoridades a adoptar medidas excepcionales ante lo que no se ha considerado la mayor emergencia sanitaria global de la historia.

Y si todo esto no ha ocurrido, es gracias a un superhéroe que responde al anodino nombre de V920, o también al aún más críptico de rVSVΔG-ZEBOV-GP. Lo cual parece una contraseña de wifi, pero en el fondo es sencillo: un virus de la estomatitis vesicular (VSV) recombinante (r), es decir, producido en laboratorio, al cual se le ha eliminado (Δ, que en genética significa deleción) su principal proteína de virulencia (G) y se le ha añadido la glicoproteína (GP) del Zaire Ebolavirus (ZEBOV).

En resumen, la vacuna del ébola. A ella le debemos que, al menos hasta ahora, todo lo relatado arriba no haya sucedido.

Ante todo, no debemos minimizar lo que sí está ocurriendo en África y está padeciendo la población africana. Aunque no atraiga la atención de los flashes porque lo que sucede en África nos importa a pocos (en comparación con todo aquello que se dice geoestratégico, que les importa a muchos), el brote de ébola continúa activo, y ya acumula 1,632 casos confirmados, con 1.048 muertes confirmadas, según cifras del 13 de mayo. La situación no está controlada, y de hecho fue hace un par de meses cuando el número de casos comenzó a dispararse.

Imagen de CDC.

Imagen de CDC.

Pero podía estar siendo mucho peor. Y no lo es, dicen los epidemiólogos, gracias a la vacuna patentada por el gobierno canadiense en 2003, que ya se ha administrado a más de 96.000 personas, incluyendo unos 30.000 profesionales sanitarios y de atención.

La vacuna, cuya eficacia supera el 97%, se ha administrado en anillo, una estrategia que consiste en vacunar al círculo de personas que han estado en contacto con un enfermo. El problema, según contaba a AP una portavoz de Médicos sin Fronteras, es que el 75% de los nuevos casos que están apareciendo no tienen ningún vínculo aparente con enfermos previos, lo que ha alarmado a las autoridades y los organismos implicados, ya que equivale a decir que no se sabe cómo ni por dónde se está propagando el virus.

Imagen al microscopio electrónico de partículas del virus del Ébola (coloreadas en verde) en una célula de riñón de mono. Imagen de BernbaumJG / Wikipedia.

Imagen al microscopio electrónico de partículas del virus del Ébola (coloreadas en verde) en una célula de riñón de mono. Imagen de BernbaumJG / Wikipedia.

Pero a pesar de lo amenazador y terrible que resulte lo que está ocurriendo, debemos subrayar lo que no está ocurriendo, y que esto es gracias a uno de los mayores esfuerzos puntuales de vacunación de la historia. Las cifras son impresionantes: 145.000 dosis de la vacuna ya distribuidas (donadas, repito, donadas por Merck, una de esas malvadas compañías farmacéuticas), otras 195.000 listas para ser enviadas y 100.000 más que lo estarán en los próximos meses.

Y entre todo ello, se da una chocante circunstancia. Hace un par de semanas, la revista The Lancet Infectious Diseases publicaba un estudio que detalla los resultados de una encuesta realizada el pasado septiembre en la región de la RDC afectada por el brote. Los datos, según escriben los autores, muestran que “la creencia en la desinformación está ampliamente extendida”: el 26% de los encuestados piensan que el ébola no existe, el 33% que el brote es un invento promovido por intereses económicos, y el 36% que tiene como fin desestabilizar la región. Casi la quinta parte creían las tres cosas.

Y naturalmente, también aparece el factor de la reticencia hacia la vacuna. Solo algo más de la mitad de los encuestados dijeron que aceptarían vacunarse contra el ébola. Las razones aducidas para no hacerlo suenan familiares: la vacuna no es segura, no funciona o no es necesaria.

Pero no debemos olvidar que estamos hablando de regiones de África donde el acceso a la educación y a las fuentes fiables de información es escaso, donde los sistemas sanitarios son deficientes, donde los conflictos son crónicos, y donde la corrupción campa a sus anchas. Como recuerda un editorial que acompaña al estudio, “la cancelación de las elecciones presidenciales de 2018 en las regiones de Beni y Butembo, afectadas por el ébola, está fuertemente vinculada en la mente del público con el amaño de las votaciones”. Por todo ello, decía el director del estudio, Patrick Vinck, “las respuestas médicas por sí solas no bastan para detener la extensión del ébola”; es necesario, añadía, “construir confianza”.

En cambio, nada de esto se aplica a los ciudadanos de los países desarrollados, donde el acceso a la educación y a las fuentes fiables de información es mayoritario, donde los sistemas sanitarios son universales y excelentes, donde disfrutamos de paz y seguridad, y donde la corrupción conduce a la cárcel. Y donde, pese a todo ello, estamos inmersos en lo que los máximos responsables de Unicef y la OMS han calificado como “una crisis global” por el aumento en un año de un 300% de los casos de sarampión, una enfermedad potencialmente letal para la cual existe una vacuna y que está repuntando en países donde casi se había eliminado, según el Centro Europeo para el Control de Enfermedades.

Y si todo esto sí está ocurriendo es por culpa de un supervillano que responde al nombre, fácilmente comprensible, de movimiento antivacunas.

Fiebre hemorrágica Crimea-Congo, una nueva-vieja lacra esperada

Regresa uno de vacaciones y se encuentra con un nuevo susto sanitario. Esta vez en forma de una “nueva” infección que ha matado a un hombre de 62 años y que mantiene en jaque la vida de una enfermera que le atendió. Ayer fue ingresado un hombre que estaba sometido a seguimiento y que tuvo contacto con los afectados.

Una garrapata 'Hyalomma marginatum' conservada en alcohol. Imagen de Wikipedia.

Una garrapata ‘Hyalomma marginatum’ conservada en alcohol. Imagen de Wikipedia.

La fiebre hemorrágica de Crimea-Congo (FHCC) no es una sorpresa, sino la desgraciada materialización de una amenaza que lleva tiempo flotando sobre nosotros y que no tomamos suficientemente en serio. A través de las crisis del ébola y del zika, epidemiólogos, virólogos y microbiólogos nos están advirtiendo de que nuestros fortines sanitarios del primer mundo se van a ver cada vez más invadidos por infecciones antes desconocidas en nuestras latitudes, y que debemos estar preparados para responder a ello. Es cierto que en general no se tratará de pandemias generalizadas y apocalípticas; pero que se lo cuenten a la familia del hombre que simplemente decidió salir a dar un paseo por el campo en Ávila.

En octubre de 2014, aún en plena crisis del ébola, publiqué un reportaje enumerando otras amenazas infecciosas de las que muy pocos han oído hablar, pero que cualquier día podrían convertirse en tristemente familiares. Entre ellas estaba el virus de la FHCC. No tengo dotes adivinatorias: el virus es uno de los patógenos incluidos en el grupo de máximo riesgo biológico por la legislación española. Y teniendo en cuenta que su presencia en España se conoce desde 2011, era cuestión de tiempo.

La FHCC no es una enfermedad nueva. Su primera aparición identificada en tiempos modernos fue durante la Segunda Guerra Mundial en la península de Crimea, entonces en la URSS. Hasta un par de decenios después no se comprendería que se trataba del mismo virus detectado unos años antes en el Congo. Estos dos lugares tan distantes son muestra de la enorme dispersión geográfica del virus, presente en una gran franja tropical y templada de todo el Viejo Mundo, desde China hasta Europa y Suráfrica.

El salto del virus a humanos es raro, ya que se produce a través de una desagradable garrapata que causa heridas muy feas con necrosis del tejido allí donde pica. Pero una vez que surge un caso, el contagio es probable, ya que se transmite entre personas a través de los fluidos corporales. Otra vía de transmisión es la carne, sangre o fluidos de animales infectados. Aún no hay una vacuna aprobada ni un tratamiento específico; la enfermedad suele tratarse con el antiviral ribavirina, pero es más una cuestión de fe: su eficacia real no está demostrada.

En 2010, un equipo del Centro de Investigación Biomédica de La Rioja y de las Universidades de Zaragoza y Extremadura detectó el virus en garrapatas de ciervos de la provincia de Cáceres. Era la primera vez que se encontraba el virus en Europa occidental. En 2013, el mismo equipo descubrió el virus en garrapatas de aves migratorias en Marruecos, estableciendo así una posible vía de entrada del patógeno desde África hacia Europa.

Frente a ciertas informaciones publicadas, una cosa debe quedar clara. Se ha dicho que las garrapatas transmisoras están presentes sobre todo en el suroeste de la Península. Probablemente este dato procede originalmente de un estudio de 2013 dirigido por Agustín Estrada-Peña, experto de la Universidad de Zaragoza que participó en la identificación del virus en las garrapatas de Cáceres. En aquel estudio se localizaban en el cuadrante suroeste de la Península dos de las más de 30 especies de garrapatas que transmiten la FHCC, Hyalomma marginatum y Rhipicephalus sanguineus (la típica de los perros).

En el estudio de los ciervos de Cáceres el virus se encontró en otra especie de garrapata en la que no se había hallado antes, Hyalomma lusitanicum, que también está presente en la misma zona de la Península. Sin embargo, los datos más recientes del Centro Europeo para el Control de Enfermedades (ECDC) indican que Hyalomma marginatum, la especie que con más frecuencia transmite la FHCC, está presente en la mayor parte de la Península, como se ve en este mapa:

Distribución en 2016 en Europa y Asia occidental de la garrapata 'Hyalomma marginatum', transmisora de la Fiebre Hemorrágica Crimea-Congo. Imagen de ECDC.

Distribución en 2016 en Europa y Asia occidental de la garrapata ‘Hyalomma marginatum’, transmisora de la Fiebre Hemorrágica Crimea-Congo. Imagen de ECDC.

Por otra parte, Hyalomma marginatum es una garrapata de las aves, por lo que su movilidad está asegurada. Esta especie fue la que se encontró en las aves migratorias de Marruecos. Además, las aves (al parecer, salvo el avestruz) no sufren la infección por FHCC, mientras que el ganado sí adquiere el virus pero no desarrolla síntomas, por lo que no puede confiarse en la observación de si el animal está enfermo o no.

¿Significa todo esto que debemos alarmarnos? Desde luego, una picadura de garrapata siempre debe ser motivo para acudir de inmediato a buscar ayuda médica, ya que estos parásitos transmiten también otras enfermedades. Y es importante que los especialistas puedan comprobar de qué especie se trata; si la extraemos (más información aquí), debemos llevarla al centro médico conservada en alcohol.

Por lo demás, el hecho de que el paciente fallecido contrajera la enfermedad en Ávila sugiere que las garrapatas infectadas podrían estar presentes en otros lugares de la Península. En 2011 ya escribían los expertos en un informe del Ministerio de Sanidad: “En general, en España, la probabilidad actual de infección en humanos se estima baja, pero dada la presencia del vector en algunas zonas del territorio español y el hecho de que haya sido detectado el virus productor de la FHCC en garrapatas, la posibilidad de infección no puede descartarse”.

Por desgracia, esta posibilidad ya es real. Lo necesario ahora es que se cumplan las recomendaciones del ECDC y que el asunto no caiga en el olvido cuando no haya más muertes que echar a los titulares.

Oído en los medios: los militares causan cáncer y la roña da tétanos

Desde hace tiempo estoy tentado de abrir aquí una minisección, errática y de periodicidad sorpresiva como todas las de este blog (incluso las de mi propia vida), dedicada a burradas seudocientíficas oídas/leídas en los medios y originadas por personajes de la vida pública o en ocasiones, tristemente, por los propios periodistas.

Siempre me resulta curioso cómo en este mundo de ahora, tan tuiterizado, todo el que habla en público tiende a medir sus palabras por el riesgo de convertirse en un Trending Topic de los que nadie quiere para sí mismo; excepto cuando se trata de temas relacionados con la ciencia. Aquí, ancha es Castilla: con frecuencia esos personajes introducen en su discurso conceptos científicos de los que no tienen la menor idea ni la menor intención de tener la menor idea, y sobre los que patinan más que el campeón ese de Madrid.

Como digo siempre, es un trabajo sucio (la burrada seudocientífica no es patrimonio exclusivo de ningún bando político concreto) y a muchos ni siquiera les importará, pero alguien tiene que hacerlo, y para eso está un servidor.

Los militares causan cáncer

Lo peor que la ciencia ha tenido que sufrir machaconamente a lo largo de su historia, y tendrá que seguir sufriendo, es que ciertos líderes políticos o ideológicos se coloquen en la boca argumentos seudocientíficos (aclaración lingüística: “seudo-” significa “falso”) para tratar de apoyar sus prejuicios (otra: “opinión previa y tenaz, por lo general desfavorable, acerca de algo que se conoce mal”). Personalmente me recuerda a cuando los niños se ponen en el pecho una de esas estrellas de sheriff de pega porque así se sienten como revestidos de cierta autoridad.

Teresa Rodríguez, secretaria general de Podemos en Andalucía y epidemióloga. Imagen de Wikipedia.

Teresa Rodríguez, secretaria general de Podemos en Andalucía y epidemióloga. Imagen de Wikipedia.

El pasado 21 de junio, la secretaria general de Podemos en Andalucía, Teresa Rodríguez, se quejó en la cadena SER de las bases militares estadounidenses de Rota y Morón, denunciando que no crean empleo local. Hasta ahí, nada que objetar, más que nada porque desconozco por completo si esas instalaciones crean empleo o no. Pero a continuación, Rodríguez se vino arriba y añadió que las bases militares provocan cáncer. Sí, han leído bien.

“Es cierto que no se ha hecho ningún estudio epidemiológico serio, pero en la zona se habla mucho de cómo afecta el cáncer la presencia militar”, dijo.

De verdad que aportaría aquí algún argumento si hubiera algún argumento pertinente que aportar, y explicaría algún estudio científico si hubiera alguno pertinente que explicar. Pero comprenderán que no hay absolutamente nada que decir al respecto. Bueno, solo una cosa: cuando un líder político comete la barbaridad de crear alarma social con un argumento que ni siquiera tiene la credibilidad de una estrella de disfraz de sheriff, está moralmente obligado a rectificar públicamente para disolver el atroz bulo que ha hecho correr. ¿A quién nunca se le ha calentado la boca en un momento determinado? Pero cuando esta rectificación no llega es cuando se comprende que, en efecto, ¡lo piensa!

Lo cual dibuja un cuadro radicalmente opuesto al que probablemente la propia Rodríguez creería que está dibujando: el de la España profunda, supersticiosa e ignorante; bañarse con la regla provoca pérdida de pelo; si te masturbas te salen granos; meigas, haberlas, haylas; la señora del ramito de romero te puede echar mal de ojo si no le das unas monedas; los militares provocan cáncer. Nada más que añadir.

La roña provoca tétanos

Pasamos al lado contrario de la barrera política para destacar aquí a un político del Partido Popular en cuya mente el último siglo y medio de ciencia microbiológica no ha logrado dejar ni la más leve mácula. Durante un debate sobre la Memoria Histórica, el concejal del Ayuntamiento de Madrid Pedro Corral dijo lo siguiente: “La cuestión era sacar del baúl antes de las elecciones para llevarse algo de Memoria Histórica a la boca y una colección de condecoraciones roñosas; tanto, que si te pinchas o te cortas con ellas te tienen que poner la vacuna antitetánica”.

Pedro Corral, concejal del PP en el Ayuntamiento de Madrid y experto en enfermedades infecciosas. Imagen de su Twitter.

Pedro Corral, concejal del PP en el Ayuntamiento de Madrid y experto en enfermedades infecciosas. Imagen de su Twitter.

Por supuesto que, cuando yo era pequeño, las abuelas solían imbuirte de esta conexión entre el óxido y el tétanos, que nadie sabía muy bien lo que era, pero sonaba tan feo y temible al oído como la pelagra o las paperas. Pero entonces llegó Louis Pasteur (perdónenme la hipérbole; es obvio que no llegué a ser coetáneo suyo) y explicó que muchas enfermedades que antes te llegaban por cosas como un clavo oxidado no tenían en realidad nada que ver con el clavo oxidado.

El tétanos es una enfermedad potencialmente mortal causada por una bacteria llamada Clostridium tetani, prima de la que produce el botulismo. Esta bacteria vive a nuestro alrededor, comúnmente en el suelo, donde se atrinchera en forma de esporas resistentes a la espera de las condiciones adecuadas para crecer. Porque nuestras condiciones adecuadas no son las suyas: para este clostridio no hay nada más letal que el oxígeno. Es una bacteria anaerobia estricta, lo que significa que solo puede prosperar en lugares donde no hay aire.

Cuando nos hacemos una herida profunda con algo que ha estado en contacto con el suelo, es posible que ese objeto sea portador de esporas del clostridio. Y si estas llegan a un entorno en el interior de nuestros tejidos sin exposición al aire, las esporas pueden activarse y la bacteria se reproduce. En nuestro organismo esponjado de oxígeno el clostridio no puede montar una invasión en toda regla, pero para eso tiene otras armas: dos toxinas, tetanolisina y tetanospasmina. Sobre todo la segunda, se distribuye libremente por el torrente sanguíneo y llega a las terminaciones nerviosas de los músculos, por donde penetra en el circuito neuronal hasta llegar a la médula espinal y el cerebro. Y entonces ocurren cosas muy malas, si la enfermedad no se trata a tiempo.

Pero aunque un clavo oxidado tenga más tiempo a la intemperie y por tanto más probabilidad de contener esporas, lo cierto es que estas también se encuentran en la piel humana. Es decir, que podríamos pincharnos o cortarnos con una condecoración impuesta ayer mismo y facilitar con ello la entrada de las esporas de la piel a nuestros tejidos profundos. En resumen: creer en la relación entre óxido y tétanos es como creer que la malaria, “mala aria“, “mal aire”, se cogía por acampar al pie de los árboles de la fiebre (la acacia amarilla, Vachellia xanthophloea) y respirar aquel aire insano. Cuando Corral hizo la EGB, seguro que Pasteur ya estaba bien muerto. Lo único roñoso aquí es el conocimiento científico de este concejal.

Por qué he firmado la carta a la OMS sobre el zika y los Juegos Olímpicos

He viajado a Brasil solo una vez, hace ya muchos años, en el siglo pasado. Por entonces, en la terminal de llegadas del aeropuerto de Río había un curioso sistema que ignoro si seguirá existiendo. Tras el control de pasaportes y la recogida de maletas, uno debía ponerse en cola para apretar un botón que encendía un indicador luminoso. Si salía luz verde, uno pasaba sin problemas. Pero si te tocaba luz roja, los amables agentes de aduanas te sacaban de la fila y te destripaban hasta el último dobladillo del equipaje con apasionado ensañamiento. No tengo la menor idea de si el sistema era simplemente aleatorio o si había alguien moviendo los hilos al otro lado de una cámara y eligiendo rojo o verde en función del aspecto del viajero, esa eterna discriminación silenciosa e impune.

Modelo del virus del Zika. Imagen de Manuel Almagro Rivas / Wikipedia.

Modelo del virus del Zika. Imagen de Manuel Almagro Rivas / Wikipedia.

Curiosamente (tratándose de Brasil), algo parecido ocurre con el virus del Zika. De todos aquellos que lo contraen, algunos reciben luz verde y pasan la infección sin siquiera enterarse. En cambio a otros les toca una terrible luz roja con funestas secuelas para toda la vida. Y dos son los problemas. Primero, que aún no sabemos si hay algún patrón oculto que dirige la luz que recibe cada uno (es probable, pero es una incógnita). Y segundo, que los expertos aún ni siquiera están seguros de si han llegado a comprender todo el alcance y las consecuencias de lo que significa una luz roja.

Es la primera vez en toda la historia de la ciencia que ocurre algo parecido. En otro tiempo, las enfermedades simplemente se revelaban cuando se padecían. En épocas más recientes se lograba identificar los agentes infecciosos, y tanto médicos como científicos sabían a qué cuadro diagnóstico atenerse y cuáles eran los riesgos para el paciente. Por ejemplo, el ébola es devastador, pero no engaña; siempre es muy claro en sus intenciones. Sus signos y síntomas son comunes y son evidentes, más allá de la efectividad de los tratamientos y de que en la vida o la muerte del paciente siempre haya un cierto margen reservado a la resistencia individual.

Algo parecido ha sucedido últimamente con el brote de enterovirus en Cataluña: algunos niños solo han sufrido síntomas leves, mientras que para otros el virus ha sido letal o enormemente dañino. Es posible que, si antes no han surgido situaciones semejantes de evolución tan diferenciada, ha sido más bien porque las infecciones no se detectaban en los casos benignos o porque en muchas ocasiones las visitas a Urgencias continúan resolviéndose sin diagnóstico concreto (“ha dicho el médico que es un virus”) y sin consecuencias graves.

La confusión provocada por las primeras informaciones sobre el zika fue además amplificada por esos agentes tóxicos que nunca faltan en estos casos, conspiranoicos y otros elementos que aprovecharon la ocasión para atribuir la microcefalia a las causas de sus propias obsesiones. Ahora ya sabemos que el zika puede causar microcefalia, puede causar síndrome de Guillain-Barré y puede causar potencialmente otras anomalías neurológicas. Pero aún no sabemos por qué a veces puede y otras no. Y si un contagio grave es algo temible, la incertidumbre de una lotería es casi peor, sobre todo porque hay muchos vectores ocultos.

El problema con los Juegos Olímpicos de Río es que las opiniones al respecto pueden estar sesgadas. En otras ocasiones he defendido aquí la necesidad de un margen de crédito para la Organización Mundial de la Salud (OMS), dado que solo puede jugar con modelos y probabilidades que llevan implícita la posibilidad de equivocarse. Los economistas también juegan en este terreno, y nadie pide su defenestración cuando fallan una y otra vez en sus previsiones. Pero es cierto que a la OMS se le acaban los comodines. Y cuando defiende la celebración de un evento en el que tiene intereses, como es el caso de los Juegos, se acabó el margen y se acabó el crédito.

Parece curioso que el asunto sobre la conveniencia o no de celebrar los Juegos de Río según lo previsto haya trascendido más aquí a raíz del artículo publicado por Pau Gasol en El País. Está claro que esto es España, y aquí no tiene nada de raro que un deportista consiga más eco que cien científicos. Pero en este caso es de agradecer: Gasol no solo parece un tipo con cabeza, sino que esa cabeza la dedicó en tiempos a estudiar parte de la carrera de medicina. Para variar, esta vez tenemos la opinión de una figura con tirón público que sabe de lo que habla.

Pero es que, además, toda opinión merece más crédito cuando es contraria al sesgo esperado. De un deportista se esperaría que se aferrara a la opción de celebrar los Juegos, incluso en un caso como Gasol, que (según creo) ya lo ha conseguido casi todo en su carrera. El hecho de que un deportista olímpico con formación médica cuestione la conveniencia de acudir a los Juegos debería zanjar cualquier duda.

Personalmente el deporte no me interesa, así que la celebración de los Juegos, su aplazamiento, su reubicación o su cancelación son opciones que en circunstancias normales me resultan indiferentes. Por supuesto que respeto el trabajo de quienes se esfuerzan durante años con vistas a ese momento crucial de éxito o fracaso. Pero sin discursos de anuncio de Cola-Cao: para mí vale lo mismo que el de cualquier otro humano que batalla cada día en total anonimato y sin reconocimientos, medallas ni himnos. Tampoco respaldo la crítica principal a los Juegos, el lucrativo negocio del deporte. Que yo sepa, es legal; unos tipos venden, y otros compran voluntariamente.

Con esto quiero decir que mi postura no es ni a favor ni en contra de los Juegos, sino a favor del sentido común y en contra de una celebración multitudinaria en la zona cero de una enfermedad infecciosa imprevisible y semidesconocida, que miles de personas podrían llevarse para sembrarla en sus países, algunos de ellos campos muy fértiles para la reproducción de los mosquitos responsables de diseminarla. Y esto sin contar con la vía sexual de transmisión, que no discrimina entre países. Por supuesto que siempre hablamos de modelos y probabilidades que pueden fallar. Pero ¿y si no? ¿Servirá de algo saber a quién hay que culpar?

Por todo esto he roto mi norma habitual de no firmar nada de lo que yo mismo no sea autor (exceptuando quizá el contrato de la hipoteca, que personalmente habría redactado en otros términos). Soy uno de los firmantes (a título exclusivamente personal) de la carta abierta titulada “Rio Olympics Later”, dirigida a Margaret Chan, directora general de la OMS, para que recomiende el aplazamiento o la reubicación de los Juegos Olímpicos. Esta es una ocasión propicia ideal para aplicar el famoso principio de precaución, y que por una vez no tengamos que arrepentirnos de un error histórico.

El zika en tres ideas: hay riesgo, puede llegar y hay que actuar

La primera vez que vi la película Contagio, de Steven Soderbergh, lo hice con un díptero revoloteando por el reverso de mi pabellón auricular; con la mosca tras la oreja, más aún con la primera aparición del guaperas de Jude Law en el papel de bloguero conspiranoico. Law no se ha prodigado en papeles de villano; ¿caería Soderbergh en el facilón (y económicamente rentable en taquilla) argumento a lo Le Carré en El jardinero fiel, dar carnaza a las masas favoreciendo el punto de vista conspiranoico y dejando al personaje de Law como héroe triunfante? (No obstante aclaro, for the record, que la novela de Le Carré estaba basada en un caso real de experimentación clínica ilegal en África).

Así que, cuando la película terminó, casi me faltaron manos para apludir. Soderbergh no solo había reflejado con absoluta veracidad un hipotético caso fielmente realista de pandemia vírica, con epidemiólogos que parecían epidemiólogos y virólogos que parecían virólogos, sino que además había dejado a los conspiranoicos en el lugar que les corresponde, el de trileros de toda la demagogia que se sirve a diario como fast food en internet.

Imagen del virus del Zika al microscopio electrónico de transmisión (partículas oscuras), recientemente publicada por el CDD/ Cynthia Goldsmith.

Imagen del virus del Zika al microscopio electrónico de transmisión (partículas oscuras), recientemente publicada por el CDC/ Cynthia Goldsmith.

Viene esto a cuento del increíble cuento, valga la…, que se ha prodigado en la red a partir de la proclama de un descerebrado en la sección de conspiraciones de Reddit. El tipo en cuestión dijo que el origen de la epidemia de virus del Zika y de los casos de bebés con microcefalia en Brasil coincide geográficamente con el lugar donde hace cuatro años se soltó una población de mosquitos genéticamente modificados para producir descendencia no viable. Y a partir de ahí, la teoría más estúpida jamás lanzada en internet ha tenido que comentarse, para desmentirse, incluso en medios serios (como este).

El conspiranoico en cuestión ni siquiera mencionó, obviamente, que dichos mosquitos se liberaron también en otros lugares donde no ha surgido una epidemia de zika ni de microcefalia (como las islas Caimán o Florida), ni que anteriormente se han ligado casos de microcefalia a virus emparentados con el zika como el del Nilo Occidental, ni que el estudio retrospectivo del anterior brote de zika en la Polinesia ha sacado a la luz anomalías neurológicas que en su día no se relacionaron con una infección antes considerada benigna. Ni por supuesto, y esto es lo fundamental, que la afirmación es un completo disparate biológico sin pies ni cabeza; más allá de la (presunta) coincidencia geográfica, no hay ni siquiera un argumento coherente que rebatir.

Lo anterior no implica que en este preocupante episodio del zika no haya, como ha ocurrido en ocasiones anteriores, elementos perturbadores que obliguen a vigilar muy de cerca todo lo que autoridades y otros actores implicados están haciendo al respecto. En particular, resulta pasmoso que la Organización Mundial de la Salud (OMS) no haya emitido una recomendación de evitar los viajes a Brasil, al menos para las mujeres embarazadas. No hay que ser conspiranoico para sospechar que aquí ha mediado un probable trabajo de lobby por parte de algún organismo para no arruinar los Juegos Olímpicos de Río.

A estas alturas a Margaret Chan, directora general de la OMS, le quedan ya pocos argumentos para defender su gestión. Fue criticada por exceso de reacción con la pandemia de gripe A H1N1 en 2009 (un diagnóstico que no comparto: no olvidemos que la gripe pudo infectar a 200 millones de personas y dejó unos 19.000 muertos) y por defecto de reacción en la epidemia de ébola de 2014. Pero ya llevaba detrás un legado polémico por su actuación como directora de Salud de Hong Kong, cuando se le criticaron su “ayer cené pollo” a propósito de la gripe aviar H5N1 de 1997 y su pasividad en el brote de SARS de 2003. Chan está pisando un terreno pantanoso que puede acabar con su defenestración si no sale airosa de la emergencia del zika.

Pero aunque Chan se haya convertido en el blanco propicio de este tiro al pato, no olvidemos que uno de los factores destacados por los expertos a la hora de mitigar el impacto de una epidemia como el zika es la respuesta de los sistemas de salud de los países. Y como ya he señalado en ocasiones anteriores, en España tenemos ahora como ministro de Sanidad (en funciones) a un filólogo a quien el cargo le cayó como prebenda por los servicios prestados al partido; una situación que pasa inadvertida cuando se trata de ejercer como burócrata gestor de la maquinaria de salud pública, pero que se convierte en un peligro igualmente público cuando toca gestionar una crisis sanitaria. Los brasileños al menos tienen en ese cargo a un médico.

Es evidente que por debajo del burócrata hay una gruesa capa de expertos y técnicos de alto nivel. Pero en el mundo real difícilmente se admitiría poner al frente de lo que sea a alguien sin el conocimiento profesional necesario para saber de lo que habla, y que ha aprendido lo que debe decir al público cinco minutos antes de decirlo. O dicho de otro modo: el ciudadano que paga tiene derecho a que su ministro de Sanidad sea el ventrílocuo, y no el muñeco.

Pero ¿crisis sanitaria, aquí, en España? Lo cierto es que aún es tanto lo que se desconoce sobre el zika que nadie apuesta un céntimo sobre cómo puede evolucionar esto. Pero casi todos los virólogos y epidemiólogos con los que he hablado últimamente reconocen off the record que el riesgo aquí, sin ser comparable al de las latitudes cálidas, es mayor de lo que se está transmitiendo, ya que muy probablemente el mosquito tigre es o acabará siendo un vector competente para el zika. Ya se han dado recientemente brotes de transmisión autóctona de dengue en el sur de Europa, virus muy próximo al zika y que comparte los mismos vectores; con lo que hoy se conoce del zika, no hay (todavía) ninguna razón científica para sostener que el riesgo de transmisión autóctona estacional del virus en España es mínimo, como se está diciendo.

Aún nos quedan unos meses de reacción hasta que comience la eclosión masiva de mosquitos en nuestras latitudes. Y no podemos esperar a llevarnos las manos a la cabeza cuando nazca en España el primer bebé con microcefalia, una enfermedad horriblemente atroz que deja empequeñecido el antiguo fantasma de la polio. Aunque hayan oído que todavía no se ha confirmado científicamente el vínculo con el zika, no piensen por ello que se trata de un síntoma surgido de la nada y nunca antes visto: las complicaciones en el desarrollo neurológico, incluyendo la microcefalia, son frecuentes en los casos de transmisión infecciosa de la madre al feto. La microcefalia se ha descrito sobradamente para viejos conocidos como el citomegalovirus o el VIH, e incluso para virus emparentados con el zika como el del Nilo Occidental. A efectos de salud pública hay que dar este síntoma por descontado, y que la ciencia concluya lo que tenga que concluir, pero a su propio ritmo.

En resumen, es preciso exigir a las autoridades involucradas una toma de postura drástica encaminada hacia la contención del zika. Ninguna medida es excesiva, y el papel de la OMS no es servir de garante del comercio internacional o de la industria turística, sino de la salud de los ciudadanos de los países a los que representa; una caída de los ingresos por turismo puede embocar a algunos países hacia un difícil trance económico, pero una epidemia de microcefalia sería infinitamente peor, algo que quedaría marcado como la funesta huella de un trágico error. Y si el Comité Olímpico Internacional pierde su multimillonario negocio, que digan dónde hay que firmar.

¿Que los presidentes de gobierno viven menos? Y dale…

Hombre, a ver: no es que los estudios que se publican en el número de Navidad del British Medical Journal sean falsos. Son reales; no los inventa el personal de la redacción echándose unas risas después de haber abusado de las nubes de leche en el té de las cinco o’clock. Como mínimo, no son necesariamente más falsos que los que se publican en cualquier otro número de la misma revista, o en cualquier número de cualquiera de las muchas revistas médicas dedicadas principalmente al turbio mundo de la correlación estadística.

Para no repetirme demasiado, invito al lector interesado a consultar lo que he comentado antes sobre este tema aquí, aquí, aquí, aquí o aquí. Y al lector muy interesado, le invito a leer el artículo publicado en 2005 por el profesor de la Universidad de Stanford John Ioannidis en el que aseguraba que “la mayoría de los resultados de investigación publicados son falsos”, debido a planteamientos defectuosos e interpretaciones sesgadas de las estadísticas.

Resumiendo e ilustrando, digamos que nos acodamos en la barra de un bar durante una jornada entera y anotamos lo que pide cada cliente, junto con el color de su jersey. Si al final de la jornada reunimos los datos y los procesamos, es muy probable que podamos extraer un resultado “estadísticamente significativo”; por ejemplo, que quienes piden calamares tienden a llevar jersey verde. ¿Podemos por ello concluir que comer calamares induce en el ser humano una predilección por el verde, o que vestir de este color provoca una imperiosa necesidad de ingerir moluscos cefalópodos? No, ¿verdad? Pues a diario le están vendiendo milongas semejantes. La idea clave es: correlación no implica causalidad.

¿No del todo convencido? Lo del jersey y los calamares es un ejemplo hipotético, pero se han publicado estudios reales para denunciar los abusos estadísticos en los cuales se basan muchos médicos para recomendarle o desaconsejarle a usted que coma tal cosa o deje de hacer cual otra. Uno de los más célebres fue el publicado en 2006 por el profesor de la Universidad de Toronto (Canadá) Peter Austin, y según el cual los registros clínicos de Ontario demostraban que los nacidos bajo el signo de sagitario padecían más fracturas de húmero.

Barack Obama. Imagen de Wikipedia.

Barack Obama. Imagen de Wikipedia.

Todo esto viene a propósito de dos estudios publicados en el British Medical Journal que se han comentado esta semana en varios telediarios, y que sus presentadores expusieron con ese ceño apretado de las ocasiones en que cuentan noticias serias de política o de economía, y no con esa sonrisa candorosa de cuando presentan simpáticos temas de ciencia.

Los estudios en cuestión decían, respectivamente, que los presidentes de gobierno electos viven unos cuatro años menos que sus rivales perdedores, y que en cambio los parlamentarios viven más. En algunos de esos informativos incluso se colocó la alcachofa en la boca de un psicólogo, y ahí lo ves con grave gesto disertando sobre la problemática del estrés en el poder, la somatización, y que en cambio el parlamentario que no gobierna disfruta de la representatividad sin responsabilidad en el marco de la cómoda protección del grupo político, y blablablá…

Lo que no dijeron en ninguno de esos telediarios, probablemente porque no lo sabían, es que los estudios en cuestión se han publicado en el número de Navidad del British Medical Journal. Ni tampoco que esta revista, por lo demás prestigiosa, mantiene la tradición de dedicar su número navideño a publicar estudios que no son inventados ni falsos, pero que son… En fin, mejor que calificarlos yo mismo, les enumero algunos de los publicados en el número de este año; repito, todos ellos son estudios reales:

Y así. Imagino que ya han cogido la idea. Pues ahí están también los dos estudios citados. En el primero, investigadores de Harvard y otras instituciones de EEUU han reunido los datos de 540 candidatos a la presidencia, 279 ganadores y 261 perdedores, en 17 países (incluyendo España) desde 1722 hasta 2015. De todos estos candidatos, 380 han muerto. Los autores examinan cuántos años vivieron después de sus últimas elecciones, ajustan los datos según la esperanza de vida en función de la edad, y concluyen que los ganadores viven un promedio de 4,4 años menos que los perdedores, con un intervalo de confianza del 95% entre 2,1 y 6,6; es decir, que están seguros al 95% de que los ganadores viven como mínimo 2,1 años menos.

Pero los propios autores desgranan las limitaciones del estudio, y son varias. Cuando los investigadores aplican sus resultados como ejemplo a un país concreto, Reino Unido, comprueban que no funciona como debería. Además, reconocen: “sin conocimiento detallado de la política y la historia electoral de cada país, podrían surgir errores de medición en nuestra base de datos”. También admiten que el estudio no considera cuál es el umbral de nivel de salud que induce a los presidentes a presentarse o no a la reelección, ni han tenido en cuenta la posibilidad de que ambos grupos partan de unas expectativas de vida reducidas por su dedicación a la política, ni se fijan en cuál es la posible influencia en unos y otros casos del origen socioeconómico de los candidatos y, por tanto, de su estilo de vida previo o de sus posibilidades de acceso a la sanidad.

Es decir, que han dejado fuera todas las variables realmente relevantes, o más relevantes, para la salud de los candidatos; las que más probablemente podrían explicar los resultados observados. Calamares y jersey: encontrar diferencias estadísticas en un parámetro concreto entre grupos que no se diferencian por un criterio claramente relacionado con ese parámetro puede llevar a cualquier descubrimiento que a uno le resulte aprovechable. Y en este tipo de correlaciones forzadas, por no decir estrafalarias (aquí hay muchos ejemplos deliberadamente absurdos) se basan algunos de esos estudios de la edición navideña del BMJ. No son falsos si nos atenemos a los criterios que se dan por buenos en muchos estudios epidemiológicos serios (lo cual, como suelo repetir, no dice mucho en favor de estos últimos). Pero cuando escuchen en el telediario esa coletilla de “demostrado científicamente”, ya saben cómo interpretarla.

Y no digamos ya el segundo de los estudios, el que atribuye a los parlamentarios una vida más larga que la de la población general. Los propios autores mencionan la primera, gran y enorme pega: es probable que, en general e históricamente, los parlamentarios hayan tenido más acceso a mejores médicos y tratamientos que la media de la población general. Así que el hecho de que vivan más, si es que viven más, posiblemente no tenga nada que ver con el Parlamento, ni con la política, ni con esas gaitas que decía el psicólogo de la representatividad, la responsabilidad y el grupo, sino simplemente con el hecho de que un diputado quizá lleve una vida sensiblemente más saludable, y haya recibido un cuidado sanitario de mayor calidad, que el que cava zanjas.

Y dado que casi estamos en Navidad, permítanme que remate con una cita de un eminente personaje de la literatura navideña universal:

“¡Bah, tonterías!”

–Ebenezer Scrooge

Les dejo aquí el Don’t Believe What You Read de los Boomtown Rats, de 1978, cuando Bob Geldof era un artista. Disfruten.

La OMS, los medios y el público montan la feria de la carne

Parafraseando a Eslava Galán, esta es una historia de la carne que no va a gustar a nadie. El insólito circo de las salchichas, el beicon y el chuletón, que tal vez se convierta en un modelo para analizar en los cursos de periodismo de ciencia, es el resultado de una desafortunada concatenación de circunstancias en la que cada parte ha cumplido su obligada función, pero con graves defectos. Son estos defectos los que han inflado la carpa del circo de un modo que no sucedió por ejemplo en 1992, cuando el mismo organismo de la OMS incluyó la luz del Sol en el mismo Grupo I de carcinógenos al que ahora pertenece la carne procesada, ni en 2012, cuando se ratificó este dictamen. La función de este periodista de ciencia, seguro que también con sus defectos, es explicarlo. Y a ello voy.

Imagen de Steven Depolo / Wikipedia.

Imagen de Steven Depolo / Wikipedia.

La Agencia Internacional de Investigación sobre el Cáncer (IARC) es la rama de la Organización Mundial de la Salud dedicada a promover la colaboración internacional en el progreso científico del conocimiento del cáncer. Una de sus funciones es mantener reuniones periódicas en las cuales se revisa y se estudia la bibliografía científica respecto a los factores de riesgo. En función de los resultados derivados de estas investigaciones, la IARC encaja dichos factores en una de cinco categorías, desde el Grupo 1, carcinógenos para humanos, hasta el Grupo 4 (el 2 tiene A y B), probablemente no carcinógeno para humanos.

Para empezar a situar las cosas en su contexto adecuado, comencemos con una aclaración. ¿Imaginan cuántas sustancias comprende el Grupo 4, el supuestamente inofensivo?

Una.

La caprolactama, un intermediario en la fabricación del náilon, es la única sustancia analizada sobre la cual la IARC ha valorado que probablemente no es cancerígena para los humanos.

Es importante también precisar que hoy no existe ninguna prueba científica adicional sobre la posible carcinogenicidad del consumo de carne que no existiera ayer. Simplemente la IARC ha hecho su trabajo, reunirse (en este caso en Lyon, Francia), presentar, discutir y votar. El material considerado comprendía más de 800 trabajos en los que se ha investigado la correlación entre el consumo de carnes y la aparición del cáncer, y que se han ido publicando a lo largo de décadas. Hoy no toca insistir en ese mantra repetido con frecuencia en este blog: correlación no implica causalidad. Siempre con este principio ineludible en mente, la revisión de 800 estudios es casi lo más que uno puede acercarse a encontrar un apoyo científico para una hipótesis epidemiológica.

Cuando la IARC resuelve que existen suficientes indicios científicos consistentes para clasificar una sustancia o factor como carcinogénico, por mínimo que sea el aumento de los cánceres asociado a ese elemento, tiene la obligación lógica de clasificarlo dentro del Grupo 1. En el caso de la carne procesada, y según el resumen publicado en la revista The Lancet Oncology, se detectó una asociación positiva entre el consumo y la aparición de cáncer colorrectal en 12 de 18 estudios, mientras que para la carne roja solo se encontró esta correlación en aproximadamente la mitad de los ensayos revisados. En la votación, una mayoría de los 22 miembros del Grupo de Trabajo decidió incluir la carne procesada en el Grupo 1, mientras que las pruebas relativas a la carne roja se consideraron insuficientemente concluyentes, por lo que se asignó al Grupo 2A.

Hasta aquí, nada que objetar. Pero a continuación vienen los problemas.

En primer lugar, la IARC emite una nota de prensa sin haber publicado aún la monografía en la que detallará todos los resultados. El resumen aparecido en The Lancet Oncology es claramente insuficiente, ya que solo incluye un comentario general sin presentar los datos, la metodología empleada y sus resultados. Por lo tanto, ninguno de los expertos consultados estos días por los medios puede juzgar por sí mismo los resultados epidemiológicos bajo la imprescindible premisa científica del rigor.

En segundo lugar, la nota de prensa, difundida tanto en la web de la OMS como en la de la IARC, y distribuida convenientemente en varios idiomas, es una completa aberración. Bajo un titular que no comunica absolutamente nada (El Centro Internacional de Investigaciones sobre el Cáncer evalúa el consumo de la carne roja y de la carne procesada / Monografías de la IARC evalúan el consumo de la carne roja y de la carne procesada), la sensación inevitable es que alguien buscaba un ascenso al incluir entre los primeros párrafos la siguiente frase:

Los expertos concluyeron que cada porción de 50 gramos de carne procesada consumida diariamente aumenta el riesgo de cáncer colorrectal en un 18%.

Inevitablemente y de forma inmediata, los medios y la gente han echado cuentas: 50 gramos de carne al día, un 18% de riesgo de cáncer colorrectal. Por lo tanto, 100 gramos, un 36%. Y en consecuencia, si consumimos diariamente algo más de un cuarto de kilo de salchichas, tenemos una certeza absoluta del 100% de irnos al otro barrio a causa del cáncer.

Lo gritaría si esto fuera un videoblog, pero por desgracia ni siquiera puedo aumentar el tamaño de la tipografía.

¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡NOOOOOO!!!!!!!!!!!!!!!!

Un aumento del 18% sobre el riesgo de base, si este es ínfimo, es tan solo algo un poco mayor que ínfimo, ligeramente por encima del “multiplícate por cero” de Bart Simpson.

Pero para rematar el despropósito, la nota de la OMS añade las siguientes declaraciones:

“Para un individuo, el riesgo de desarrollar cáncer colorrectal por su consumo de carne procesada sigue siendo pequeño, pero este riesgo aumenta con la cantidad de carne consumida”, dijo el doctor Kurt Straif, Jefe del Programa de Monografías del CIIC.

“Estos hallazgos apoyan aún más las actuales recomendaciones de salud pública acerca de limitar el consumo de carne”, dijo el doctor Christopher Wild, director del CIIC. “Al mismo tiempo, la carne roja tiene un valor nutricional”.

Las declaraciones literales eran en este caso perfectamente prescindibles, ya que no aportan nada de luz sobre el asunto; al contrario, tanto las palabras de Straif como las de Wild son un no, pero sí, sí, pero no.

Esta mañana, una representante española de la OMS prácticamente ha acusado a los medios de “quedarse solo con el titular”. ¿Cuál titular? ¿El de la nota de prensa? Obviamente, no. Pero ante el desastroso comunicado, confuso, contradictorio y alarmista, ningún medio se ha sustraído a hacer lo mismo que estaban haciendo todos los demás: abrir sus páginas, pantallas o minutos con titulares a cuál más bestia: La OMS alerta de que las salchichas son cancerígenas, Las salchichas son tan cancerígenas como el tabaco… Los medios cargan con su cuota de responsabilidad, porque titulares como estos son sencillamente engañosos.

Lo dicen los propios expertos del IARC: el riesgo es muy bajo. El Grupo 1 es como la lista de artículos prohibidos en el equipaje de mano de los aviones. Esta lista prohíbe llevar encima tijeras y bombas nucleares (de hecho, la lista no menciona estas últimas, que yo sepa), pero equiparar el poder mortífero de ambas sería sencillamente una inconmensurable torpeza, cuando no una manipulación interesada.

Para ilustrar un poco más cuán diferentes son las salchichas y el tabaco en el potencial cancerígeno según la definición de la IARC, fijémonos en otros factores de riesgo también incluidos en el mismo Grupo 1 y de los que ningún medio ha dicho ni pío:

La radiación solar (mencionada más arriba).

La polución atmosférica (aclaración: esto significa respirar el aire de las ciudades, no poner la boca en un tubo de escape, que mataría más rápidamente).

Los anticonceptivos orales (la píldora).

Los pescados en salazón, como el bacalao.

El serrín.

La terapia de estrógenos en la menopausia.

Las camas de bronceado.

El tamoxifeno, un fármaco que, curiosamente, se emplea en los tratamientos contra el cáncer de mama y que figura en la lista de medicamentos esenciales de la propia OMS.

O la exposición ocupacional de los pintores, alquitranadores, zapateros y muchos otros profesionales de varias industrias.

Por último, en esta función circense no puede soslayarse la reacción del público. Si contáramos con una mayor cultura científica, tendríamos algo más de juicio mesurado y fundamentado en lugar de, como se ha hecho en Twitter y en los comentarios en los medios, sacar los tridentes y las antorchas contra la OMS, que primero nos trajo el ébola y ahora quiere quitarnos el beicon. La OMS se ha convertido en el blanco de un pimpampum injustificado: se criticó tanto su excesiva reacción ante la gripe A o el SARS como su falta de reacción en la crisis del ébola. El verdadero problema de la OMS es que su credibilidad se ve dañada no tanto por defectos de función, sino sobre todo de comunicación.

Añado un apunte para quienes ahora aprovechan el río revuelto con vistas a ensalzar las (algunas indudables) virtudes de la dieta mediterránea frente a la malignidad de la carne. Uno de los componentes responsables del riesgo cancerígeno de la carne es el nitrito, que reacciona con las aminas formando nitrosaminas, potentes carcinógenos. Pues bien, ¿adivinan cuál es la principal fuente de nitritos de nuestra dieta? No es la carne, sino los vegetales y la fruta, que aportan hasta el 80%. Y la formación de nitrosaminas a partir de los nitritos de la dieta ni siquiera tiene que deberse a la cocción, ya que la reacción se produce espontáneamente en el medio ácido del estómago. Y ¿qué hay del pescado?, se preguntarán. El proceso de cocinado del pescado produce, como el de la carne, aminas heterocíclicas (AHC), también carcinógenas. Aún más: el pescado contiene más AHC que el cerdo o las salchichas. Y cómo no, el pescado ahumado contiene hidrocarburos policíclicos, también cancerígenos.

¿Es que no se puede comer nada que no dé cáncer?, se preguntará alguien. En 2013 John Ioannidis, profesor de la Universidad de Stanford que hace unos años convulsionó el mundo de la ciencia al demostrar la falsedad de muchos estudios basados en correlaciones estadísticas, decidió elegir al azar 50 ingredientes comunes de un libro de cocina y revisar la literatura científica buscando su posible relación con el cáncer. Los resultados mostraron que 40 de los 50 ingredientes se habían relacionado de alguna manera con el cáncer, para bien o para mal; Ioannidis y sus colaboradores denunciaban la debilidad de los datos en la mayor parte de los casos, y una conclusión evidente era la obsesión de ciertos investigadores por encontrar vínculos cancerígenos que aseguran una publicación e incluso tal vez un titular en algún medio. Un editorial que acompañaba al estudio decía: “Parece, entonces, que según la literatura publicada casi todo lo que comemos está de hecho asociado al cáncer”.

Y para terminar de poner todo esto en perspectiva, no puedo evitar citar un dato relativo a la referencia que pone el listón más alto del riesgo cancerígeno, el gran satán del cáncer: el tabaco. No cabe duda de que fumar es enormemente perjudicial y un importante factor de mortalidad. Pero incluso la incidencia del cáncer de pulmón entre los fumadores se sitúa, dependiendo de las diferentes estadísticas, como mucho en un 20%. En otras palabras, la realidad es esta:

La gran mayoría de los fumadores NO desarrollarán cáncer de pulmón.

Pues prepárense, y ya les aviso: en mayo del año que viene, el IARC se reunirá de nuevo, en esta ocasión para valorar el riesgo cancerígeno del café, el mate y otras bebidas calientes. Así que vayan bebiendo, ahora que aún pueden.

La Viagra aumenta el riesgo de melanoma y no aumenta el riesgo de melanoma

¿Le gustaría publicar un estudio científico? ¿Sueña con adornar su nombre con una credencial académica que exhibir en reuniones sociales ante amigos y familiares? ¡No hay problema! Usted puede hacer su propio estudio epidemiológico. Tome nota: reúna a un puñado largo de personas. Si no tiene suficientes amigos en Facebook, puede anunciar una convocatoria por internet, ofreciendo, si acaso, una pequeña compensación económica a los participantes.

A continuación, hágalos rellenar un cuestionario completo sobre sus datos demográficos, costumbres, hábitos de vida, alimentación, enfermedades, etcétera. Todo lo que se le ocurra; ningún dato sobra. Después, búsquese un programa de análisis estadístico, introduzca todos los datos y espere a que el ordenador comience a escupir correlaciones. ¡Y ya tiene su resultado! Conducir con el codo en la ventanilla acelera el crecimiento de las uñas, tomar el metro en Argüelles causa ojo vago, o comer nachos con queso eleva el riesgo de sufrir de pies planos. Lo único que debe comprobar es que el valor p sea menor de 0,05, idealmente menor de 0,01. ¿Cómo? ¿Que no sabe qué es el valor p? ¡No se preocupe! ¿Y quién demonios lo sabe?

En ocasiones anteriores he comentado aquí con la debida seriedad el serio problema de muchos estudios epidemiológicos que se están publicando a diario en la literatura científica, y que tratan de presentar casualidades como causalidades amparándose en una muletilla que casi invita a santiguarse: que los resultados son “estadísticamente significativos” (eso es lo que significa la p). Y aunque generalmente los estudios científicos deben limitar el alcance de sus afirmaciones con el fin de respetar las formas, para convertir las conclusiones en titulares jugosos ya están las notas de prensa de las instituciones a las que pertenecen los autores, o incluso de las propias revistas.

Viagra. Imagen de SElefant / Wikipedia.

Viagra. Imagen de SElefant / Wikipedia.

Pero en este caso no cabe otro tono que el de la parodia, si se trata de contar lo que esta semana ha hecho una de las revistas médicas más reputadas del mundo, The Journal of the American Medical Association, alias JAMA. Empecemos por los antecedentes. En junio de 2014, un equipo de la Universidad de Harvard publicó un estudio que concluía: “El uso de sildenafilo [Viagra] puede estar asociado con un aumento en el riesgo de desarrollar melanoma”. Este sí es un buen titular; tanto que resonó en medios de todo el mundo.

Los autores de aquel estudio reunieron una muestra de 25.848 hombres, perteneciente a una población más amplia de profesionales de la salud que durante varias décadas han completado cuestionarios como los que mencionaba al principio. De todos estos, 24.470 no tomaron Viagra recientemente, y 1.378 sí. De la muestra general, 142 desarrollaron melanoma. De estos, 128 no habían tomado el fármaco, y 14 sí. Es decir, que de los 25.848, en 14 coincidían las circunstancias de melanoma y Viagra. Tal vez la cifra parezca ridícula. Y de hecho, lo es. Pero cuando la trituradora de datos compara 14 con 1.378, 128 con 24.470, y hace los ajustes necesarios, el resultado es que el consumo de Viagra aumenta en un 84% el riesgo de padecer melanoma. Los investigadores concluían: “Los hombres que utilizaron sildenafilo para la disfunción eréctil tenían un riesgo elevado de melanoma estadísticamente significativo” (amén). La cursiva es mía.

Hay que reconocerles a los autores que hicieron el esfuerzo de fundamentar la correlación en un mecanismo bioquímico. La Viagra inhibe una enzima de las células llamada fosfodiesterasa 5A (PDE5A), y previamente se había demostrado que esta inhibición aumenta la agresividad de ciertas células de melanoma con determinadas mutaciones malignas. Aun así, una cosa es potenciar la capacidad invasiva de las células malignas, y otra muy diferente convertir células sanas en malignas. El hecho de que la Viagra pueda empeorar el comportamiento de un melanoma es muy diferente de la posibilidad de que lo cause.

Con todo esto, llega ahora un nuevo estudio que ha tratado de confirmar o desmentir la relación entre Viagra y melanoma. Los investigadores, de la Universidad de Nueva York, la de Umeå (Suecia) y otras instituciones, han triturado varias bases de datos médicos y demográficos de más de 20.000 residentes suecos, extrayendo 4.065 casos de melanoma diagnosticados entre 2006 y 2012. De este último grupo, un total de 435 (un 11%) habían recibido recetas de inhibidores de PDE5, ya fuera sildenafilo (Viagra), vardenafilo (Levitra) o tadalafilo (Cialis), frente a 1.713 con historial de prescripción de estos medicamentos entre los 20.325 no enfermos (un 8%).

Es decir, que hay un porcentaje ligeramente mayor de presunto consumo de estos fármacos (presunto porque únicamente se consideraron las prescripciones) entre los enfermos de melanoma que entre los sanos. El análisis estadístico arroja un aumento de riesgo del 21%. La conclusión de los investigadores comienza así: “En una cohorte sueca de hombres, el uso de inhibidores de PDE5 se asocia con un aumento del riesgo de melanoma maligno, modesto pero estadísticamente significativo” (amén). Y la cursiva también es mía.

A primera vista ya se comprende que el aumento es, en efecto, más que modesto, sobre todo teniendo en cuenta que solo el margen de error ya estaría en torno a un 1%. Pero lo que definitivamente anula por completo cualquier validez de la conclusión es que según los datos, y agárrense, el mayor aumento de riesgo lo sufren quienes tomaron el fármaco solo una vez, un 32%, frente a quienes lo consumieron entre dos y cinco veces (14%) o en más de seis ocasiones (17%). Poca Viagra, riesgo. Más Viagra, menor riesgo. Así que ya saben: si lo prueban, mejor atibórrense (es broma).

En biología experimental, la observación de un efecto que aparece con un estímulo y disminuye al aumentar la dosis se tiraría directamente a la basura para regresar a la pizarra; o algo se está haciendo tremendamente mal, o se trata simplemente de un curioso artefacto del experimento. Un resultado negativo también puede ser publicable, aunque luzca menos; pero el estudio de JAMA no es ni positivo ni negativo. Ninguna revista publicaría jamás semejantes resultados; salvo, claro está, las que aceptaron el estudio inventado por el periodista John Bohannon del que hablé aquí recientemente. Precisamente los datos fabricados por Bohannon como ejemplo de pésima ciencia mostraban también un efecto prácticamente inverso a la dosis.

Y ¿qué dicen los investigadores de esto? No se puede negar su honestidad: “El patrón de asociación (la falta de asociación con múltiples prescripciones) suscita preguntas sobre si esta asociación es casual”. Pero resulta asombroso lo que añaden en otro párrafo del estudio: “Los hombres que toman inhibidores de PDE5 tienen un mayor nivel educativo e ingresos anuales, factores que también se asocian significativamente con el riesgo de melanoma”.

Para dejar más claro de qué demonios están hablando, el codirector del estudio, Pär Stattin, explica en una nota de prensa difundida por la Universidad de Umeå: “Nuestros resultados hablan en contra de que los fármacos para la impotencia aumenten el riesgo de melanoma. Los datos más bien sugieren que los hombres que usan Viagra, Cialis y Levitra tienden a tomar más el sol, son más conscientes de su salud y buscan atención médica más a menudo para los lunares de la piel; lo que lleva a un mayor riesgo de diagnóstico de melanoma”.

Esperen, que ahí no acaba la cosa. Por si fuera poco, la codirectora del estudio Stacy Loeb, de la Universidad de Nueva York, insiste en otra nota de prensa de su institución: “Lo que muestran los resultados de nuestro estudio es que los grupos de hombres con más probabilidad de desarrollar melanoma maligno son aquellos con mayor educación y más ingresos disponibles, hombres que probablemente pueden costearse más vacaciones al sol y que también tienen los medios para comprar medicamentos contra la disfuncion eréctil, que son muy caros”.

¿Cómo?

¿Son los mismos investigadores quienes publican un estudio en el que defienden un aumento del riesgo de melanoma asociado a la Viagra, y que luego de viva voz niegan su propia conclusión para decir en cambio que la causa no es el fármaco, sino que quienes lo consumen son ricos y por tanto toman más el sol? Y por otra parte, ¿dónde están los datos que lo demuestran? Si llegaron a esta conclusión, ¿por qué no tiraron el estudio a la basura y comenzaron de nuevo estudiando el efecto del sol? Ah, claro, que la implicación de la luz solar en los melanomas ya está sobradamente demostrada.

Al menos, ambas notas de prensa, la de Umeå y la de Nueva York, titulan sin engaños que los fármacos contra la impotencia NO aumentan el riesgo de melanoma; sin engaños, aunque con una afirmación contraria a la conclusión escrita en el estudio. Pero aún más descacharrante es la intervención en esta historia de la prestigiosa revista que no solo acepta un estudio que debería haber ido a la basura, sino que además se permite rematarlo con su propia nota de prensa titulada: “Un fármaco utilizado en la medicación contra la disfunción eréctil se asocia con un pequeño aumento del riesgo de melanoma maligno”.

¿Es o no es para morirse de risa (si no fuera, claro, por el hecho de que el melanoma es una terrible enfermedad mortal)?

Ni el chocolate adelgaza, ni mirar tetas alarga la vida: mala ciencia y mal periodismo

Desde hace tiempo, infinidad de medios han publicado la noticia de un presunto estudio según el cual la contemplación diaria de los pechos femeninos alargaría la vida de los hombres (he dicho la vida) en unos cinco años. El supuesto trabajo venía firmado por la doctora Karen Weatherby de Fráncfort y fue publicado en The New England Journal of Medicine, una de las revistas médicas más poderosas del mundo.

¿El secreto de una vida larga y sana? Imagen de PhotoPin / CC.

¿El secreto de una vida larga y sana? Imagen de PhotoPin / CC.

Naturalmente, ni la doctora Weatherby ni su estudio existieron jamás; se trata solo de una broma que comenzó a circular por internet hace más de una década y cuyo origen se remonta a ese entrañable tabloide de supermercado de EE. UU., el Weekly World News, que publicó la misma noticia sucesivamente en 1997 y en 2000 –de hecho, casi la misma página completa, con el faldón sobre el iraní condenado a latigazos por poseer visión de rayos X–.

Pero por increíble que parezca, la noticia no solo se coló en numerosos medios respetables de todo el mundo, sino que a pesar de haber transcurrido 15 años desde que se aireó por primera vez y de haberse reiterado una y otra vez su falsedad, aún resurge periódicamente, y todavía sigue publicada en las webs de algunos medios. Con solo una búsqueda ligera, he comprobado que El Diario Vasco, del grupo Vocento, mantiene la noticia en su web desde 2007, lo mismo que el suplemento Campus del diario El Mundo desde 2008. El asturiano El Comercio (Vocento) la publicó en julio de 2014, y el Ideal de Granada (también Vocento) en ¡enero de 2015! Tal vez lo mejor, el titular en el Times of India, nada menos que en febrero de este mismo año: ¡Contemplar domingas (boobs) para vivir más! A fecha de hoy, la falsa investigación de la falsa Weatherby permanece mencionada sin rectificación en artículos de distintos medios, como la revista Quo, la web de Antena 3 y, ay, en una lista de esta casa.

Pero lo más pasmoso es que ¡en marzo de 2015! los diarios Hoy de Extremadura y El Norte de Castilla –¿adivinan de qué grupo?– han vuelto a publicar la noticia con la siguiente (e inaudita) aclaración: “Este diario no ha podido contrastar ni la veracidad de este hecho ni la existencia de la doctora Karen Weatherby”. ¿En serio? Basta una búsqueda instantánea en Google para comprobar al instante lo que Hoy y El Norte de Castilla no han podido contrastar. Pero no se trata de cargar las tintas contra Vocento; el día en que el archivo de internet habilite una búsqueda por texto, podremos comprobar quién más publicó la noticia en su día sin la menor contrastación; simplemente, Vocento ha sido más lento que otros en reaccionar. Hace solo unos meses pude escuchar una mención a la noticia dándola por auténtica en la cadena de radio Onda Cero.

El episodio serviría como punto de partida para pontificar contra el nivel del periodismo científico en ciertos medios españoles, muchos de los cuales aplicaron sus recortes comenzando por hincar la tijera a sus secciones de ciencia para pasar a nutrirse exclusivamente de teletipos de agencias y de rumores rebotados y manejados por sufridos becarios a quienes les cae en suerte la tarea de enfrentarse a una materia compleja sobre la que no han recibido ninguna formación.

Pero lo cierto es que no se trata solo de un problema nuestro. Ayer conté el montaje de John Bohannon, biólogo y periodista de Science, destinado a destapar el negocio de las falsas revistas de ciencia. Más recientemente, Bohannon ha protagonizado otro escándalo al demostrar cómo un titular llamativo referente a un estudio sin verdadero soporte científico puede abrirse hueco en medios de todo el mundo, especialmente en lo que el propio periodista denomina “complejo investigación-medios sobre dietas”.

En esta ocasión la idea no partió del propio Bohannon, sino de los reporteros de televisión alemanes Peter Onneken y Diana Löbl. Los dos periodistas acariciaban el proyecto de realizar un documental sobre la seudociencia en la industria dietética y llamaron a Bohannon para que les ayudara a llevarlo a cabo, a raíz del trabajo del estadounidense relativo a las revistas depredadoras. El grupo reclutó después a un médico, Gunter Frank, que había escrito un libro sobre el tema y que sugirió la idea del chocolate; según Frank, es “un favorito de los fanáticos de los alimentos integrales”. “El chocolate amargo sabe mal, así que debe de ser bueno para ti. Es como una religión”, dijo Frank, según publicó Bohannon en el artículo en el que explicaba todo el montaje.

Contando además con la ayuda del analista financiero Alex Droste-Haars para manejar los datos estadísticos, el grupo reclutó a (solo) 15 voluntarios y se dispuso a conducir un ensayo clínico real: un tercio de los participantes mantuvo durante tres semanas una dieta baja en carbohidratos, otro siguió el mismo patrón añadiendo una barra de chocolate de 42 gramos al día, y finalmente el tercero actuó como grupo de control sin cambios en su alimentación. Los sujetos fueron monitorizados en 18 parámetros, incluyendo nivel de colesterol, de sodio, peso, proteínas en sangre, calidad de sueño y bienestar general.

Y después de recopilar, tratar y analizar los datos, ahí estaba: los dos grupos con tratamiento habían perdido algo más de dos kilos a lo largo del estudio, con un adelgazamiento un 10% más rápido en los que tomaron chocolate, quienes además mostraban mejores niveles de colesterol y de bienestar. Todo ello, con diferencias “estadísticamente significativas”, siguiendo el típico mantra de los estudios al uso.

Pero si algún mantra se repite aquí, en este blog, es que “correlación no significa causalidad”. He explicado ya varias veces que, si uno trata de correlacionar dos conjuntos de datos sin ninguna relación entre ellos, se puede demostrar que las ancianas británicas tienen la culpa del crecimiento del autismo, o que los huracanes con nombre de mujer son más letales, o que las películas de Nicolas Cage son causantes de los ahogamientos en piscinas en EE. UU., o que los sagitario sufren más fracturas de húmero. Como aclara Bohannon, “si mides un gran número de cosas en un pequeño número de personas, casi tienes la garantía de conseguir un resultado estadísticamente significativo”. Con un sencillo cálculo, el autor ilustra que el estudio tenía un 60% de posibilidades de obtener algún resultado “significativo”, es decir, con un valor p menor de 0,05, un estándar muy utilizado en los ensayos epidemiológicos.

Desde hace años se viene reflexionando sobre la errónea interpretación del valor p. En 2005, un famoso trabajo hizo notar la falta de fundamento de numerosas conclusiones por una mal entendida aplicación de los conceptos estadísticos: el valor p realmente no demuestra la probabilidad de que la correlación entre dos conjuntos de datos sea aleatoria, sino la probabilidad de que la hipótesis nula, la que refuta lo que queremos demostrar, sea cierta.

Hay una gran diferencia: en el segundo caso, no se demuestra que la hipótesis alternativa sea correcta; para ello sería necesario conocer la probabilidad de que realmente exista un efecto, y esto depende de otros conceptos como la plausibilidad biológica, algo tan etéreo a veces que no puede justificarse sino sobre la base de un mecanismo experimentalmente demostrable. Algunos estadísticos han tratado de establecer una regla de uso general, estimando que con un valor p < 0,01, el riesgo de falsa alarma aún es como mínimo del 11% en el mejor de los casos, subiendo al menos al 29% con una p < 0,05. ¿Alguien jugaría a la ruleta rusa sabiendo que en el cargador de diez disparos hay como mínimo 1,1 balas, tal vez más?

Pero volviendo a la historia, Bohannon y sus colaboradores rápidamente escribieron su estudio, titulado Chocolate with high cocoa content as a weight-loss accelerator (Chocolate con alto contenido en cacao como acelerador de la pérdida de peso) y firmado por Johannes Bohannon, Diana Koch, Peter Homm y Alexander Driehaus, todos ellos del (recién creado por ellos mismos) Institute of Diet and Health de Mainz; lo enviaron a 20 revistas de las que Bohannon conoce, y en apenas 24 horas el manuscrito fue aceptado por varias de ellas. Los autores eligieron una, International Archives of Medicine, que calificó el trabajo como “sobresaliente” y se ofreció a publicarlo por 600 euros. Según Bohannon, el artículo fue publicado menos de dos semanas después de que Onneken recibiera el cargo en su tarjeta de crédito, y sin que se modificara ni una coma. El montaje aún requería un último paso, y era producir una nota de prensa espectacular y atractiva. Delgados gracias al chocolate, decía. Después, a distribuirla a los medios.

Y picaron, claro. Muchos, comenzando por el tabloide alemán Bild, el primer diario de Europa en tirada. La nota de prensa no mencionaba cuántos sujetos habían participado en el estudio, ni cuánto peso habían perdido, ni ningún otro detalle relativo al estudio, pero tampoco los periodistas interrogaron a Bohannon sobre nada de ello; lo único que interesaba era el titular. En cuanto al estudio, fue retractado por la revista que lo publicó al descubrirse el pastel. “De hecho, ese manuscrito fue finalmente rechazado y nunca se publicó como tal”, alega la web de la publicación, atribuyéndolo todo a un infortunado malentendido.

Quiero dejar claro cuál NO debe ser la conclusión a extraer de esta historia: que el chocolate NO adelgaza. Y por si la doble negación lleva a confusión, aclaro aún más: el estudio (real, pero deliberadamente malo) de Bohannon no demuestra que el chocolate adelgaza, ni lo contrario. No demuestra absolutamente nada, como tantos otros estudios (reales, pero inintencionadamente malos) que a diario se están publicando en revistas médicas y, de rebote, en los medios, atribuyendo toda clase de propiedades a toda clase de productos, hábitos o estilos de vida.

Los titulares dietéticos son un triunfo seguro: no importa que el estudio ni siquiera se base en ningún tipo de ensayo controlado; basta con reunir un grupo de voluntarios, hacerles rellenar un cuestionario sobre qué es lo que comen (o más bien, lo que dicen que comen), medirles una serie de parámetros y meter los datos en la churrera, hasta que ¡bang!, el chocolate adelgaza, con valor p < 0,01. Un estudio a gran escala en EE. UU. sobre la salud de las mujeres en función de la dieta reconocía: “La validez de los datos de estudios de observación como estos depende en gran parte de mediciones precisas de la dieta, y no es posible tener mediciones precisas”. En resumen, podrá ser ciencia, pero mala, y el periodismo que le otorga credibilidad sin hacer notar las objeciones a la validez de los resultados es mal periodismo.

Los suicidios en el puesto de trabajo, ligados al “acceso a medios letales”

En estos funestos días, periodistas de todos los medios rebuscan entre sus contactos por la “p” de psicólogo o de psiquiatra, en el intento de localizar a un profesional experto que les explique cómo es posible que un ser humano decida estrellarse contra una montaña a 500 kilómetros por hora arrastrando detras de sí a otras 149 personas, algunas de las cuales apenas habían tenido la oportunidad de empezar a vivir. Si se confirma que fue eso lo que realmente sucedió –de lo cual ya parece que quedan pocas dudas–, y por mucho que nos lo expliquen, si es que alguien puede llegar a explicárnoslo, nunca lo entenderemos.

De hecho, a quien suscribe el suicidio le parece la suprema manifestación de no haber merecido la vida, salvando las excepciones a esta regla general en las que alguien sufre un dolor insoportable o una existencia apreciablemente peor que el carecer de ella. Y salvando también los casos esporádicos en los que existe un trastorno clínico objetivo que obliga a ello. Ojo: no me refiero a la incapacidad de encontrarle sentido a seguir caminando por el mundo, se le ponga a esto el nombre que se le ponga; allá cada cual. Pero que no jodan a otros.

Sin embargo, existen determinados casos en los que una condición médica puede verdaderamente inducir una propensión al suicidio. El gran Ernest Hemingway dijo que “la verdadera razón para no cometer suicidio es que sabes cuán formidable se vuelve la vida de nuevo una vez que el infierno ha acabado”. En la madrugada del 2 de julio de 1961, el escritor se volaba la cabeza con una escopeta. Pero no fue hasta años después cuando se descubrió que Hemingway padecía hemocromatosis, una dolencia genética heredable que inunda la sangre con niveles tóxicos de hierro.

La actriz Margaux Hemingway en la película 'Lipstick' (1976). Imagen de Paramount Pictures.

La actriz Margaux Hemingway en la película ‘Lipstick’ (1976). Imagen de Paramount Pictures.

No parece claro si fue el dolor o el estado mental inducido por la enfermedad lo que llevó a Hemingway a quitarse la vida; pero es un hecho que su abuelo, su padre, su hermano, su hermana y su nieta, la preciosa actriz y modelo Margaux, también cometieron suicidio. La hermana menor de Margaux, Mariel, decía en un reciente documental sobre el historial de enfermedad mental de su familia: “El suicidio no tiene razón de ser. Algunas personas piensan en ello durante años y lo planean. Para otras, son 20 minutos oscuros de su vida en los que deciden quitarse la vida sin venir a cuento. Es muy aleatorio, es muy aterrador”. Las palabras de Mariel casi parecen pronunciadas esta misma semana.

También entre los presuntos condicionantes clínicos, en 2012 un inquietante estudio en la revista The Journal of Clinical Psychiatry vinculaba los daños cerebrales causados por el parásito Toxoplasma gondii con intentos de suicidio. Este protozoo es el causante de la toxoplasmosis, y el motivo por el que los médicos suelen aconsejar a las embarazadas que eviten el contacto con los gatos. Sin embargo, la infección es tan común que su prevalencia se calcula entre un 10 y un 20% de la población. La codirectora del estudio, Lena Brundin, de la Universidad Estatal de Michigan (EE. UU.), dijo entonces a propósito de su trabajo: “Investigaciones anteriores han encontrado signos de inflamación en el cerebro de víctimas de suicidio y de personas que luchan contra la depresión, y también hay informes previos que ligan a Toxoplasma gondii con intentos de suicidio”. “En nuestro estudio encontramos que si eres positivo para el parásito, es siete veces más probable que intentes suicidarte”.

Pero si el suicidio más cruel y atroz es aquel que se convierte en el dato anecdótico de un asesinato en masa, en cambio el más vacío es quizá el que se lleva a cabo por simple imitación, una práctica terrible que afecta en mayor medida a los adolescentes. En 1974 el sociólogo David Phillips, entonces en la Universidad Estatal de Nueva York en Stony Brook, acuñó el término Efecto Werther por la novela de Goethe publicada 200 años antes, cuyo protagonista ponía fin a su vida con una pistola tras ser rechazado por su amada. En su estudio en la revista American Sociological Review, Phillips escribía: “La novela de Goethe fue ampliamente leída en Europa, y se dijo que personas de muchos países imitaron la manera de morir de Werther”.

El sociólogo incluía una cita del propio Goethe mencionando el fenómeno y añadía que el contagio de suicidios nunca fue demostrado de forma concluyente, pero que la novela fue prohibida en Italia, Leipzig (Alemania) y Copenhague (Dinamarca). Lo que sí demostraba Phillips es que “los suicidios aumentan inmediatamente después de que una historia de suicidio se haya publicitado en los periódicos en Gran Bretaña y en Estados Unidos”, algo que el autor analizó para el período 1947-1968. La descripción del Efecto Werther impuso en la prensa de muchos países la costumbre de no informar sobre suicidios. Los comportamientos de imitación han sido corroborados por estudios posteriores, e incluso la Organización Mundial de la Salud dispone de unas directrices destinadas a los medios de comunicación para orientar sobre cómo informar de suicidios (versión española aquí).

Andreas Lubitz, copiloto del Airbus A320 de Germanwings estrellado esta semana en los Alpes. Imagen de ATLAS.

Andreas Lubitz, copiloto del Airbus A320 de Germanwings estrellado esta semana en los Alpes. Imagen de ATLAS.

El suicidio en el puesto de trabajo es otra forma particular de este acto final de insania. Será tarea de los psicólogos encajar la conducta del copiloto Andreas Lubitz en un patrón que resulte académicamente canónico, o que abra un nuevo epígrafe en los textos de psicología. Pero si todo procedió como se dice, lo cierto es que la monstruosidad de Lubitz fue un suicidio en el puesto de trabajo, algo que a quienes hemos trabajado en ciencia no nos resulta desconocido. Algunos científicos se han incluido a sí mismos dentro de esta nómina, incluyendo un eminente investigador español. El último caso, hasta donde me consta, sucedió el 5 de agosto del año pasado, cuando el científico japonés Yoshiki Sasai, de 52 años, se ahorcó en su centro de investigación tras haberse demostrado la falsedad de dos estudios sobre células madre en los que había participado, aunque él no tenía culpa alguna del fraude.

Ahora, un nuevo estudio aborda específicamente el suicidio en el puesto de trabajo, y la alarmante conclusión es que se trata de un fenómeno escaso, pero en crecimiento. Según las estadísticas recogidas por los investigadores del Instituto Nacional de Seguridad y Salud en el Trabajo de EE. UU. (NIOSH), en aquel país 1.700 personas se quitaron la vida en su puesto de trabajo entre 2003 y 2010, una cifra aún pequeña en comparación con los 270.500 que cometieron suicidio fuera de sus ocupaciones laborales. En el período estudiado la tendencia fue decreciente de 2003 a 2007, pero a partir de ese año se disparó. El total de suicidios, dentro y fuera del trabajo, está a la par con las muertes por accidente de tráfico como primera causa de muerte violenta en EE. UU.

Según detallan los investigadores en la revista American Journal of Preventive Medicine, el perfil del suicida en el puesto de trabajo es un hombre (15 veces más que mujeres) que supera lo que tradicionalmente solíamos entender como edad de jubilación; la incidencia de los 65 a los 74 años es cuatro veces mayor que de los 16 a los 24, y en general crece con la edad. En cuanto a las profesiones más afectadas, los investigadores agrupan los datos por epígrafes; pero desglosando por ocupaciones concretas (entre paréntesis, la tasa de suicidios por cada millón de trabajadores), en cabeza figuran los granjeros y rancheros (10,0), seguidos de los empleados de mantenimiento y reparación (7,1) y sus supervisores (7,1), mecánicos de automóviles (6,2), guardas de seguridad y de parques (5,9), agentes de la ley, bomberos y detectives (5,1), empleados en agricultura, pesca o alimentación (5,1), supervisores de servicios de comidas (4,5), supervisores de la construcción (3,2) y camioneros (3,1).

En total, el 48% de estos suicidios se llevaron a cabo con armas de fuego, mucho más extendidas en EE. UU. que en otros países. Este porcentaje sube al 84% para los agentes de la ley y cuerpos de seguridad. En los granjeros, el grupo de mayor riesgo, los métodos más empleados son también las armas, junto con el ahorcamiento. Según expone en un comunicado la directora del estudio, la epidemióloga Hope Tiesman, “la ocupación puede definir en gran medida la identidad de una persona, y el puesto de trabajo puede afectar a los factores psicológicos de riesgo de suicidio, como la depresión y el estrés”.

En su artículo, los investigadores añaden una conclusión que resulta trágicamente lapidaria en estos días: “Este estudio también parece apoyar la hipótesis de que el acceso a medios letales está ligado con métodos específicos de suicidio en ciertas ocupaciones”. Y una recomendación: “El lugar de trabajo debería considerarse un emplazamiento potencial para implementar tales programas [de prevención] y formar a los supervisores en la detección de conductas suicidas”. Ante lo que cabe preguntarse: ¿es posible detectar conductas suicidas? ¿Preguntar a un piloto en un test psicológico si tiene intenciones de suicidio no recuerda algo a los famosos formularios de entrada a EE. UU. en los que uno debe responder si alberga planes de matar al presidente?