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Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí: tras dos meses confinados, estamos como hace dos meses

Como persona con un doctorado en eso de la inmunología, suelen preguntarme: ¿cuándo se irá el covid?

(Nota for the record: si no recuerdo mal, oficialmente mi título de la UAM, expedido bajo mis propios apellidos y no el de mi abuela con el que siempre firmo mis escritos, dice que soy Doctor en Ciencias, especialidad de Bioquímica y Biología Molecular; hice mi tesis sobre la interleuquina-2 en un laboratorio de inmunología).

Primero y sin ánimo de ser jodión, como dicen por allá, sino por un puro ejercicio didáctico, suelo aclarar que LA covid ni viene ni va a ninguna parte porque no es un virus, sino una enfermedad: COVID-19, COronaVIrus Disease surgida en 2019. La “D” no es de “diciembre”, como creía la persona al frente de uno de los mayores gobiernos de España. Es de “Disease“, “enfermedad”, y por eso es femenino. Es cierto que Fundéu tolera el masculino y la RAE hasta lo prefiere, amparándose en razones que se resumen en el desconocimiento de la población. Pero es curioso que en los 80 todo el mundo entendiera a la primera la diferencia entre el virus, VIH, y su enfermedad, sida (en este caso un síndrome, masculino), y en cambio ahora no. Pero también es cierto que el de la denominación del nuevo coronavirus y su enfermedad ha sido un ejemplo histórico de descoordinación y torpeza que ha favorecido esta confusión (como conté aquí en febrero).

Pero ¿cómo? ¿Descoordinación y torpeza? ¿No es esto una opinión y, por tanto, opinable? En efecto, lo es. Hoy toca. A menudo me escriben lectores de este blog refiriéndose a mis “opiniones”, y siempre aclaro que mis opiniones personales solo las conocen mis amigos. Por lo general y casi siempre, aquí cuento solo ciencia: los datos y el análisis, que es la interpretación de los datos para explicarlos al público. Decía un famoso asesor de presidentes de EEUU que cada uno tiene derecho a sus propias opiniones, pero no a sus propios datos. Hay personas que tienden a calificar como opiniones los datos que no les gustan, pero no lo son. Puede que no nos guste la gravitación porque sería más divertido flotar, pero no es opinable.

Y sin embargo, hoy toca opinar. Que, como decía el asesor, todos tenemos derecho. Vuelvo a la pregunta del primer párrafo, aunque corregida: ¿cuándo se irá el virus SARS-CoV-2, causante de la COVID-19 o covid?

Mi respuesta: nunca. Probablemente, añado a veces.

Confinamiento. Imagen de EFE / 20Minutos.es.

Confinamiento. Imagen de EFE / 20Minutos.es.

Igual que no es concebible un mundo sin sarampión, gripe o paperas, hoy ya no es concebible un mundo sin covid. Que yo sepa, no existe constancia confirmada de ningún caso en el que un virus haya desaparecido de la naturaleza por arte de magia. El virus del SARS de 2002 (Síndrome Respiratorio Agudo Grave, del que ha tomado su nombre también el nuevo coronavirus, muy parecido a aquel) no ha resurgido desde entonces, pero los expertos piensan que sigue agazapado en sus reservorios animales. Las nuevas gripes más peligrosas, como la H5N1, reaparecen esporádicamente, lo mismo que el MERS (Síndrome Respiratorio de Oriente Medio) o el ébola. Solo dos virus, el de la viruela y el de la peste bovina, han sido erradicados, pero ha sido gracias a enormes esfuerzos internacionales. Un virus no se va por sí solo mientras siga encontrando huéspedes susceptibles.

Y de esto de los huéspedes susceptibles se trata hoy. Mi respuesta a la pregunta, que obviamente nunca gusta a quien la escucha, no es la opinión a la que me refiero. Más bien es una previsión fundada en la ciencia; falible, pero alineada con lo dicho por los expertos: ayer, por fin, la Organización Mundial de la Salud (OMS) ha dicho clarito y con todas sus letras algo que los científicos llevan meses repitiendo: que el nuevo coronavirus “podría no irse nunca”.

Las voces de esos expertos han sido mucho más claras en este aspecto desde hace meses, como conté aquí el 11 de marzo. Aquel día se cerraron los colegios en la Comunidad de Madrid, pero aún no se había decretado el estado de alarma y por tanto todavía no estábamos confinados. Y, sin embargo, la petición popular de confinamiento era un clamor en Twitter. Que después se concedió. Entonces escribí aquí (pido disculpas por la larguísima autocita, pero importa para continuar el hilo):

Todas las medidas de contención, incluso si causan perjuicios, son bienvenidas si se trata de conseguir un bien mayor. Pero ¿se está teniendo en cuenta si esas medidas procuran ese bien mayor, de acuerdo a los estudios científicos de los expertos y las experiencias previas? ¿Se tiene la seguridad de que los beneficios esperables superan a los perjuicios? ¿O incluso si esos beneficios son realmente esperables? ¿Esas decisiones se basan en ciencia, o corren los gobiernos como pollos sin cabeza, legislando para el miedo y arrojando a la gente a vaciar supermercados?

[…]

En el fondo, la diferencia entre la moderación y el alarmismo apocalíptico es que quienes defienden esta segunda postura parecen creer que esto es cosa solo de unos meses, que si resistimos lo suficiente, podremos apechugar con ello y el virus se esfumará por sí solo. Un artículo publicado ayer en la revista The Atlantic bajo el título de “Cancel Everything” (“Cancelarlo todo”), y cuya autoexplicativa tesis es que hay que cancelarlo absolutamente todo, dice sin embargo: “¿Estás organizando un congreso? Retrásalo al otoño”.

¿Al otoño? Es decir, que el autor (como dato adicional, experto en política, no en epidemias), quien defiende cancelarlo todo –“la gente se pondrá furiosa contigo. Serás ridiculizado como un extremista o un alarmista. Pero aun así, es lo correcto”–, parece dar por naturalmente supuesto que en otoño esto habrá terminado. Que en solo unos meses nos sacudiremos las manos, el coronavirus se habrá desvanecido por arte de magia, y podremos retomar nuestras vidas coronavirus-free.

Solo que no es esto lo que dicen ni la experiencia ni los epidemiólogos. En cuanto a lo primero, ¿qué fue del virus de la gripe pandémica de 2009? Pues ahora es una de las gripes que regresan todos los inviernos. No desapareció, sino que ya está con nosotros para siempre. Y la gripe causa cada año hasta 650.000 muertes.

Y respecto a lo segundo, ¿qué es lo que están diciendo los epidemiólogos respecto a la futura evolución de la COVID-19?

Maciej Boni, epidemiólogo de la Universidad de Pensilvania: “Con seguridad, hay cientos de miles de casos, quizá un millón de casos que simplemente no se han registrado”. “Como balance, es razonable asumir que la COVID-19 infectará a tantos estadounidenses durante el próximo año como la gripe en un invierno normal: entre 25 millones y 115 millones”.

Stephen Morse, de la Universidad de Columbia: “Puedo imaginar un escenario donde este se convierte en el quinto coronavirus endémico en los humanos”. “Dependiendo de lo que haga el virus, posiblemente podría consolidarse como una enfermedad respiratoria que volvería estacionalmente”.

Amesh Adalja, de la Universidad Johns Hopkins: “Creo que es muy posible que el brote actual termine con este virus convirtiéndose en endémico”.

Michael Osterholm, de la Universidad de Minnesota: “Muy bien podría convertirse en otro patógeno estacional que causa neumonía”.

Marc Lipsitch, de la Universidad de Harvard: “Pienso que el resultado probable es que al final no podrá contenerse”. En el año próximo, calcula Lipsitch, entre el 40 y el 70% de la población mundial habrá contraído el virus de la COVID-19.

Allison McGeer, del Hospital Mount Sinai: “Cuanto más sabemos de este virus, mayor es la posibilidad de que su transmisión no podrá controlarse con medidas de salud pública”. “Estamos viviendo con un nuevo virus humano, y sabremos si se extenderá por todo el globo”.

Robert Redfield, director del CDC de EEUU: “Pienso que este virus estará probablemente con nosotros más allá de esta estación, más allá de este año, y que finalmente se instalará”.

Nathan Grubaugh, de la Universidad de Yale: “Sin una vacuna eficaz, no veo que esto acabe sin millones de infecciones”.

También en este caso podríamos continuar, pero parece claro que el consenso emergente entre los epidemiólogos no sugiere precisamente que el coronavirus vaya a desaparecer, sino que ha venido para quedarse. ¿Podrían todos los epidemiólogos estar equivocados? No puede descartarse, dado que nadie tiene una bola de cristal. Pero ahora mismo no parece probable. Y dado que sus predicciones parecen los argumentos más fiables a los que ahora podemos agarrarnos, estos deberían ser los que guiaran la toma de decisiones.

Hoy, más de dos meses después, muchos se muestran sorprendidos y desalentados por los resultados del gran estudio del Instituto de Salud Carlos III (ISCIII) de la seroprevalencia en España: solo hay un 5% de población seroconvertida, que ha desarrollado anticuerpos contra el SARS-CoV-2. En un informe del 30 de marzo que conté aquí, los epidemiólogos del Imperial College London (ICL) calculaban un 15% para España.

Es cierto que la cifra real del 5% puede parecer muy alejada del 15% estimado por el ICL. Pero no olvidemos esto: la estimación del ICL para un intervalo de credibilidad del 95% era de entre el 3,7% y el 41% de seroprevalencia. Así que puede decirse que no andaban tan desencaminados. Y menos aún lo estaban en que la seroprevalencia era mayor en España que en otros países europeos, como están revelando los datos.

Pero si la conclusión del estudio es desalentadora (el porcentaje del 60% necesario para la inmunidad grupal que hoy se está difundiendo en los medios está desactualizado; con una R0 que ahora se estima probablemente más cercana al 6 que al 2, los expertos están calculando ahora más de un 80%), en cambio no debería ser sorprendente: después de dos meses confinados en casa, ¿qué esperábamos?

Desde el comienzo de esta crisis han existido dos posturas, la moderada y la apocalíptica. La apocalíptica defendía un cierre total de la sociedad confiando en que un par de mesecitos en casa bastarían para exorcizar el maldito virus. Por nuestra parte, los moderados decíamos esto que escribí aquel mismo 11 de marzo:

En contra de lo que parece entenderse, la postura de la moderación, frente al alarmismo apocalíptico, no se basa en la idea de que esta epidemia sea poco relevante o de que vaya a desaparecer pronto, sino justamente en todo lo contrario: que no va a desaparecer, y que más tarde o más temprano es probable que la mayoría de nosotros vayamos a contraer el virus, a no ser que una vacuna llegue sorprendentemente antes de lo esperado. ¿Durante cuánto tiempo estamos dispuestos a vivir con colegios y centros de trabajo cerrados, sin espectáculos ni reuniones públicas, sin viajar, sin salir de casa? ¿Quince días? ¿Un mes? ¿Un año? ¿Siempre?

Todo sea dicho, las medidas de contención sí consiguen un objetivo esencial: comprar tiempo para retrasar el avance de una epidemia. Como ya están explicando las autoridades sanitarias, reduciendo la interacción social se logra que la curva de contagios se aplane, repartiéndose más a lo largo del tiempo; el número final de infectados será el mismo en cualquier caso, pero un largo goteo en lugar de un chorro instantáneo tiene la ventaja de no saturar los sistemas de salud, y de que estos tengan en todo momento la capacidad de atender en óptimas condiciones a los enfermos para reducir al mínimo el número de muertes. Eso sí, el autor de The Atlantic lo ha entendido justamente al revés: cancelarlo todo ahora no conseguirá que en otoño haya terminado, sino lo contrario, que dure más.

Así que, de acuerdo, compremos ese tiempo. Pero cuanto antes asumamos que todo esto es como tratar de detener el mar con una raqueta de tenis, y cuanto antes avancemos hacia la mitigación, antes nos libraremos del pánico, la histeria constante del recuento de infectados, los telediarios monotemáticos, los tertulianos desinformados, los supermercados vacíos y la locura de las mascarillas. Sí, quizá haya algunas cosas que cambien para siempre. Pero tarde o temprano tendremos que continuar con nuestras vidas. Incluso si es el coronavirus el que les pone fin.

Si después de dos meses encerrados en nuestras casas se hubiera descubierto de repente que la mayoría de la población ya ha pasado la infección, esto obligaría a buscar una explicación no científica, sino mágica. Pero la magia no existe. Y el resultado de dos meses de confinamiento es el que no debería sorprender a nadie: solo una pequeña parte de la población está inmunizada, de un modo que, además, si se cumplen las previsiones de los científicos, será solo temporal, de uno o dos años. Y dentro de uno o dos años el virus seguirá aquí. Así que hoy es el día adecuado para rescatar el mil veces citado microrrelato de Monterroso: “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”.

Una vez más: el confinamiento no estaba destinado a, porque no podía lograr que, el virus desapareciera. Su objetivo era aplanar la curva, y en cierta medida probablemente lo ha conseguido. Pero el virus no va a marcharse. Continuará propagándose hasta que alcance su máximo natural de infecciones, que será muy elevado, dada su alta capacidad de transmisión. La mayoría nos contagiaremos tarde o temprano. Los expertos del ICL recomendaban repartir los contagios de forma equitativa entre los distintos picos como mejor estrategia para reducir la mortalidad.

Un confinamiento tan estricto como el impuesto en España solo retrasa lo inevitable. Medidas menos drásticas y más llevables a muy largo plazo, sobre todo el distanciamiento social y el lavado de manos (no tanto las mascarillas, cuya protección es mínima), junto con el famoso “test-trace-isolate” que han puesto en práctica diversos países con más éxito que el nuestro, son el camino a seguir.

Podemos seguir confinados durante un mes. Dos. Un año. Un lustro. Cerremos el mundo el tiempo que se quiera. Por mi parte, he respetado estrictamente el confinamiento porque lo marca la ley. Pero no importa cuánto dure, algún día acabaremos saliendo. Y el virus no tiene ninguna prisa, porque seguirá aquí. Frente a la opción de que sea la aclamación popular (léase Twitter) la que continúe marcando las líneas de actuación de los distintos gobiernos, he aquí una sugerencia alternativa: escuchar a la ciencia. Y sí, es solo una opinión.

Avalancha de familias en la calle: irresponsabilidad, pero no cambiará el curso de la epidemia a largo plazo

Es lógico pensar que hoy, domingo 26 de abril, se hayan iniciado nuevas cadenas de contagios del coronavirus SARS-CoV-2 de la COVID-19, de acuerdo a las imágenes de familias enteras en la calle, juntándose entre ellas. Algunos niños portadores asintomáticos, cuyas familias también hayan pasado la infección sin saberlo, quizá habrán contagiado el virus a otros niños que ahora lo llevarán a sus casas. Por desgracia, y dado que aún no se conocen los factores causales que gobiernan la aparente lotería de los síntomas de covid, es posible que algunos familiares de esos niños nuevamente contagiados desarrollen enfermedad grave.

Por todo lo anterior, hay razones para la ola de indignación que se ha levantado en las redes sociales. Puede decirse que quienes así han actuado son irresponsables, o incluso algo aún más subido de tono, ya que han decidido ignorar olímpicamente las regulaciones prescritas por las autoridades sanitarias, lo que, si no me equivoco y a falta de un abogado en la sala, supone algún tipo de contravención legal punible de las normas que todos debemos respetar.

La salida de los niños a la calle el 26 de abril. Imagen de EFE / 20 Minutos.

La salida de los niños a la calle el 26 de abril. Imagen de EFE / 20 Minutos.

Pero más allá de esto, hay algo que conviene aclarar, y es que, de acuerdo a las previsiones de los epidemiólogos y sus modelos, esto no tiene por qué suponer ninguna alteración seria del curso de la pandemia a largo plazo. Cuando en las mismas redes sociales se está diciendo que esto supone un retroceso y que va a ser gravísimamente nocivo, hay algo fundamental que se está olvidando. Y es que aún estamos solo al principio.

Lo estamos consiguiendo, ya se ve la luz, ya queda poco, está llegando a su fin, dentro de nada esto habrá acabado y volveremos a nuestra vida normal; son mensajes que se están difundiendo en estos días con una cierta euforia a la luz del descenso de las curvas de contagios y muertes, e incluso en forma de hashtags gubernamentales. Hay previsión de medidas de mayor apertura, y todo ello parece haber llevado a muchos a pensar que estamos acabando con el virus.

Pero lamentablemente, no es esto lo que los epidemiólogos llevan meses repitiéndonos.

Un virus, este virus, continuará circulando y propagándose mientras haya una población de huéspedes susceptibles. Y dado que la mayoría de la población aún es susceptible, la epidemia va a continuar progresando. Como ya he explicado aquí, lo único que podrá detenerlo es la inmunidad, no el confinamiento. El confinamiento tiene por objeto reducir la velocidad de los contagios para que los hospitales y las UCI no se vean sobrepasados y puedan tratar adecuadamente a los pacientes, y dar más tiempo a la búsqueda de posibles tratamientos.

Pero según el modelo de los epidemiólogos del Imperial College de Londres que ya he comentado aquí anteriormente, en el mejor de los casos la predicción de muertes en EEUU para la duración total de la epidemia es de 1,1 millones; en aquel país se han producido hasta ahora algo más de 54.000 fallecimientos. Esto implica, salvo que el modelo del ICL esté tan garrafalmente equivocado que deba tirarse a la basura (lo cual no es descartable; recordemos que solo los videntes, pitonisos y astrólogos ven el futuro de forma precisa e infalible; la ciencia solo puede hacer predicciones fundadas y razonables), que la inmensa mayoría de los contagios del coronavirus aún no se han producido, y que las muertes ocurridas hasta ahora son solo una pequeña fracción de las que provocará en total. Si quieren, hagan ustedes la regla de tres para calcular las cifras en España.

Esto puede sonar desalentador. No, no puede: es muy desalentador. Pero para no llevarnos a engaños, es algo que en estos momentos no debemos olvidar. Aún se ignora si la epidemia verá un descenso en verano; aunque muchos virólogos –los expertos en los malos– piensan que no será así, algunos inmunólogos –los expertos en los buenos– advierten de que no sabemos absolutamente nada sobre el comportamiento estacional del sistema inmune. Pero incluso si finalmente la epidemia nos diese una tregua en verano, volverá en otoño.

La segunda oleada de pandemias como las de gripe de 1918-19 y 1957-58 fue mucho peor que la primera. Incluso en el caso de la mal llamada gripe española del 18, fue entonces cuando comenzó a cebarse con los jóvenes y niños. Esto NO tiene por qué suceder con este virus. No existe actualmente ningún motivo conocido que apoye una posible deriva de este tipo. Pero ningún experto duda de que esto va para largo, y que probablemente el coronavirus ha venido para quedarse, al menos hasta que haya una o varias vacunas eficaces y ampliamente disponibles.

Para ilustrarlo, les traigo aquí un estudio publicado la semana pasada en la revista Science, y elaborado por el equipo de epidemiólogos de Harvard dirigido por Marc Lipsitch, uno de los grupos que más resuenan en la investigación de esta pandemia. Lipsitch y sus colaboradores han utilizado estimaciones de estacionalidad, inmunidad al virus y su posible inmunidad cruzada (una respuesta que actúa contra varios virus parecidos) con coronavirus del resfriado para predecir qué ocurrirá en los próximos años.

“Proyectamos que probablemente sucederán brotes recurrentes invernales de SARS-CoV-2 después de la ola inicial más grave”, escriben. Los autores calculan que deberán mantenerse medidas de distanciamiento social prolongadas o intermitentes como mínimo hasta 2022, pero que “incluso en el caso de una aparente eliminación, la vigilancia del SARS-CoV-2 deberá mantenerse, ya que un resurgimiento de los contagios puede producirse hasta 2024”.

Aunque la memoria inmunitaria que deja el virus es un importantísimo factor que aún no se conoce, los investigadores han considerado dos posibilidades razonables de acuerdo a lo ya sabido de otros coronavirus: si el de la covid solo proporciona inmunidad a corto plazo, unas 40 semanas, como los coronavirus del resfriado, habrá brotes anuales, mientras que si la inmunidad llega a los dos años es posible que veamos inviernos con brotes alternos, o que el virus desaparezca durante tres años para resurgir en 2024. Si los contagios descienden en verano, la oleada posterior será mayor que la primera. Y solo si la inmunidad es permanente el virus podría llegar a desaparecer por sí solo, quizá en 2021.

Pero creo que el párrafo más destacable del estudio, y el que más viene a propósito del tema de hoy sobre los niños en la calle y su efecto en el curso de la epidemia, es este, que recomiendo leer muy detenidamente:

Bajo TODOS los escenarios [mayúsculas mías], hubo un resurgimiento de la infección cuando las medidas de simulación de distanciamiento social se levantaron. Sin embargo, un distanciamiento social temporal más largo y más restrictivo no siempre se correlacionó con mayores reducciones en el tamaño de los picos de la epidemia. En el caso de un periodo de 20 semanas de distanciamiento social con una reducción del 60% de la R0 [número de personas a las que en promedio infecta cada persona contagiada], por ejemplo, el tamaño del pico del resurgimiento fue prácticamente el mismo que el tamaño del pico de la epidemia sin ningún control: el distanciamiento social fue tan eficaz que no se construyó nada de inmunidad poblacional. La mayor reducción en el tamaño de los picos vino de una intensidad y una duración del distanciamiento social que divide aproximadamente el número de casos de forma igualitaria entre los distintos picos.

En resumen, sí, llamemos irresponsables a quienes quebrantan las normas en momentos en que el respeto al orden social es más que nunca una cuestión de solidaridad. Pero no caigamos en engaños de que en tal o cual país “solo han tenido” x muertes o de que lo ocurrido el 26 de abril de 2020 va a cambiar sustancialmente el curso de la historia. Porque, o mucho se equivocan los científicos, o esta historia no ha hecho más que comenzar.

¿Los enfermos de coronavirus más graves son más contagiosos? ¿Y contagian más gravemente a otros?

Siento hacer de aguafiestas, pero no va a existir ninguna app que le notifique a uno cuando ha estado en contacto con una persona contagiada por el coronavirus SARS-CoV-2 de la COVID-19, en contra de lo que se está extendiendo estos días. Si acaso, lo que podrá existir es una app que le notifique a uno si ha estado en contacto con una persona diagnosticada positiva en un test de SARS-CoV-2 y cuyo diagnóstico figure en algún registro accesible por la app.

Lo cual es muy diferente. Porque a estas alturas ya ha debido quedar claro, si nos fiamos de los datos conocidos sobre el virus y de los modelos epidemiológicos (a la espera de que los test serológicos los confirmen, corrijan o desmientan) que las personas diagnosticadas positivas en un test de SARS-CoV-2 y cuyo diagnóstico figura en algún registro son solo un subconjunto de las personas contagiadas con SARS-CoV-2: la mayoría de los infectados, o no experimentan síntomas, o solo síntomas leves. Y de todos estos, la inmensa mayoría no pasan por un test ni reciben un diagnóstico, por lo que una app que registra una ínfima minoría de casos es dudosamente beneficiosa, cuando no perjudicial, si crea en los usuarios una falsa sensación de seguridad.

Este es un ejemplo de cómo, incluso cuando la mayoría ciudadana ya ha podido aprender más sobre el coronavirus de lo jamás pensó que llegaría a saber sobre un virus, aún pueden circular ideas confusas y equívocas. No es necesario irse al extremo de los bulos y las conspiranoias, ya convenientemente desmentidas incluso por la Organización Mundial de la Salud. En ocasiones esas ideas engañosas más sutiles pueden ser incluso más venenosas.

Otro ejemplo de lo mismo: en mi correo he recibido algún anuncio de negocios que intentan medrar a la sombra del coronavirus aprovechando la confusión y el miedo. Por ejemplo, que unas cámaras termográficas de mano se vendan como un artefacto contra la proximidad de personas contagiadas es un abuso de la confusión y del miedo del público, teniendo en cuenta los numerosos estudios que han mostrado la nula eficacia de sistemas como estos en los aeropuertos y estaciones. Pero cuando además tales cámaras se venden bajo el reclamo “detección de coronavirus a distancia”, es pura y llanamente un engaño.

Tanto para los casos noblemente intencionados de las apps, como para los caraduras de las cámaras, conviene recordar una vez más: las personas contagiadas asintomáticas o con síntomas leves, que son la gran mayoría, pueden contagiar el virus del mismo modo que las gravemente enfermas de COVID-19.

Partículas virales del SARS-CoV-2 al microscopio electrónico de transmisión. Imagen de NIAID.

Partículas virales del SARS-CoV-2 al microscopio electrónico de transmisión. Imagen de NIAID.

Pero ¿en la misma medida? Esta es una de las dudas que pueden surgir. Si nos atenemos a lo más intuitivo, podría pensarse:

1) Las personas con síntomas más graves de COVID-19 tienen mayor carga viral, y por lo tanto son más contagiosas.

2) Al desprender mayor cantidad de virus, estas personas pueden a su vez provocar síntomas más graves en aquellos a quienes contagian.

De hecho, estas ideas intuitivas pueden funcionar en otras infecciones respiratorias: en el caso de la gripe, se ha observado que una exposición a una mayor dosis del virus se correlaciona con el desarrollo de síntomas más fuertes. Ciertos estudios en animales con los anteriores coronavirus del Síndrome Respiratorio Agudo Grave (SARS) y del Síndrome Respiratorio de Oriente Medio (MERS) sugieren que también podría ocurrir algo similar. Y en el caso actual del nuevo coronavirus, esto podría explicar más fácilmente los fallecimientos entre el personal sanitario contagiado, ya que los trabajadores que tratan a los enfermos más graves pueden exponerse a dosis mayores del virus.

Pero lo cierto es que, por el momento, aún no se sabe si esto es lo que ocurre con el SARS-CoV-2. Podríamos suponer que, si existiera una evidente relación directa de mayor gravedad de un paciente –> más virus liberado –> mayor gravedad en un contagiado, los estudios la habrían confirmado. Y sin embargo, esto no ha ocurrido. Hasta ahora, todo lo que puede decirse es que los datos son contradictorios. Veámoslo por partes:

¿Tienen mayor carga viral las personas con síntomas más graves de COVID-19, y son por ello más contagiosas?

Según explican esta semana en The Conversation las virólogas Marta Gaglia y Seema Lakdawala, aún no se sabe cuál es la dosis mínima infecciosa del SARS-CoV-2, es decir, cuál es el número mínimo de partículas virales que se necesita para que una persona adquiera la infección; este valor puede variar enormemente entre unos virus y otros.

Respecto a la carga viral, un estudio en China encontró que era 60 veces mayor en los pacientes graves que en los leves. Pero por el contrario, otra investigación en el mismo país encontró niveles similares de carga viral en pacientes graves, leves y asintomáticos, el mismo resultado que un tercer estudio en China y otro más en Italia. De todo lo cual solo puede concluirse con certeza algo que ya sabíamos: que los contagiados asintomáticos son también fuente de nuevos contagios. Si al mismo nivel o a un nivel inferior que el de los pacientes graves, es algo que aún no se sabe.

Vayamos ahora al segundo término de la relación, el que invierte la causa y el efecto:

¿Recibir una mayor dosis del virus implica que los síntomas serán más graves?

Según lo anterior, no parece claro que los pacientes más graves expulsen necesariamente más virus. Pero ¿más virus causa síntomas más graves? “La carga viral por sí sola no permite predecir claramente el desarrollo de la enfermedad”, escriben Gaglia y Lakdawala. Y por lo tanto, respecto a si el personal sanitario más expuesto puede por ello padecer síntomas más graves, “ahora mismo simplemente no sabemos si este es el caso”, añaden.

Es decir, que la relación mayor gravedad –> más virus liberado –> mayor gravedad no se ha demostrado para el nuevo coronavirus. Lo cual lleva a otra pregunta: entonces, si no puede confirmarse hasta ahora que una mayor dosis del virus empeore la enfermedad, ¿qué es lo que determina que unas personas pasen la infección sin enterarse y otras mueran?

Por supuesto, los grupos de mayor riesgo están bien definidos, sobre todo personas de mayor edad y con patologías previas. Pero incluso en estos grupos, no hay que olvidar los datos; dado que el baile de cifras es inevitable en toda situación como esta, tomemos las publicadas en uno de los últimos estudios, del Imperial College de Londres y otras instituciones británicas en The Lancet Infectious Diseases. Este es el resumen: la letalidad general del virus es del 0,66% (Infection Fatality Rate, o muertes estimadas del total de contagios). La letalidad asciende desde el 0,00695% en el grupo de edad de 10-19 años hasta el 7,8% en los mayores de 80 años, siendo del 0,145% en los menores de 60 y del 3,28% en los mayores de 60.

En todos los grupos de edad, incluso en los más ancianos, hay una inmensa mayoría de personas contagiadas que sobreviven al virus. Pero también hay personas jóvenes que mueren, incluso sin factores de riesgo conocidos. ¿Por qué? ¿De qué depende entonces esta especie de siniestra lotería?

En cuatro palabras: aún no se sabe. Desentrañar este misterio es uno de los mayores objetivos de la ciencia del coronavirus. Pero podría tener que ver con algo que ya anticipé aquí ayer, y que explicaré mañana: que quizá, y al menos en una proporción de los casos, no sea el virus el que mata, sino el propio sistema inmune del enfermo. Y aunque hay datos y algo de conocimiento al respecto, en gran medida esto aún es terra incognita.

¿Nos dará una tregua el coronavirus en verano?

La asociación entre el invierno y las infecciones respiratorias es quizá una de las más viejas intuiciones de un factor de riesgo de contagio en la historia de la humanidad. Una de las correctas, porque también se pensaba que las acacias amarillas desprendían un mal aire, o malaria, cuando en realidad eran los mosquitos que criaban en las zonas húmedas donde crecían estos árboles. Pero en cuanto a resfriados y gripes, el clásico “vas a coger frío” de madres y abuelas ha resistido la prueba del tiempo.

Y pese a ello, ya en pleno siglo XXI, si la pregunta es ¿por qué en invierno cogemos más catarros o gripes?, la respuesta corta es: no se sabe. La estacionalidad de estas enfermedades es todavía uno de los grandes misterios de la ciencia.

Imagen de Andrés Dávila en Pixabay.

Imagen de Andrés Dávila en Pixabay.

No es que la ciencia no sepa nada al respecto, pero las explicaciones que hasta ahora han podido mostrarse, siendo probablemente parte de la respuesta, no son toda la respuesta. Y esta respuesta apremia más ahora, en plena pandemia del coronavirus SARS-CoV-2 de la COVID-19, cuando en el hemisferio norte se acercan los meses calurosos.

Como ya hemos contado aquí, no parece haber nada que pueda eliminar eficazmente la expansión progresiva del nuevo coronavirus excepto la inmunidad, sea por infección o vacuna. Pero queda una pregunta pendiente: ¿nos dará al menos una tregua en verano? Para predecir qué puede ocurrir una vez que empiece a llegarnos el calor, podemos encontrar alguna pista en nuestros virus invernales por excelencia: catarros y gripe.

Hace años solía primar la explicación social para la estacionalidad de la gripe: en invierno tendemos a juntarnos más en espacios cerrados, reducidos y caldeados, compartiendo el mismo aire. Y desde luego, ahora, con la COVID-19, hemos aprendido por las malas cómo el distanciamiento social puede ayudar a no contagiarnos los unos a los otros.

Pero esta explicación nunca ha parecido suficiente. Al fin y al cabo, en nuestras sociedades, la mayor parte del tiempo que estamos despiertos lo pasamos trabajando, en los mismos espacios tanto en verano como en invierno, respirando el aire que recircula por los sistemas de ventilación de los centros de trabajo. Así que lo del contacto social más estrecho en invierno, aunque pueda contribuir, no basta.

Al menos desde los años 60, los investigadores se lanzaron a estudiar lo que parecía la clave del misterio: el comportamiento de los virus en distintas condiciones de temperatura y humedad. Algunos científicos descubrieron que los rinovirus, una de las familias causantes de los resfriados (hay más de 200 virus que pueden producir un catarro; quienes se preguntan por qué no hay vacuna, ahí tienen la respuesta), se reproducían mejor a temperaturas ligeramente más frescas, como la de las fosas nasales cuando se ventilan con el aire frío.

Con el tiempo, otros estudios más precisos han seguido indagando en la respuesta de los virus invernales al factor ambiental. Para la gripe, este es el resumen de lo que se sabe: el virus es más estable e infectivo en tiempo frío y seco, las condiciones típicas del invierno. En latitudes como las nuestras, las estaciones más húmedas son la primavera y el otoño, y a temperaturas más bajas el aire tiende a perder el vapor de agua por condensación.

Curiosamente, estas evidencias dan la razón a las madres y abuelas, y contradicen la hipótesis de los humanos muy juntos en espacios calentitos: si ciertos virus estacionales se encuentran más a gusto en el tiempo frío y seco del invierno, entonces realmente es cierto que vamos a “coger frío”: quizá donde más peligro corremos de contraer una gripe o un catarro sea en el exterior, no en los interiores.

El coronavirus de la COVID-19 es un virus de una clase distinta a las gripes, pero tiene con estas algunos rasgos en común. Uno de ellos es su envoltura lipídica: cada partícula viral nueva que se fabrica en la célula le arranca a esta un trocito de su membrana que le sirve al virus de envoltura externa. Esta cubierta de grasa se mantiene con la consistencia de un gel a temperaturas más bajas, pero con el calor se funde y deja al virus desprotegido. Joshua Zimmerberg, científico de los Institutos Nacionales de la Salud de EEUU que investigó este comportamiento de la cubierta del virus, lo comparaba con los M&Ms, que se funden en tu boca, no en tu mano: la envoltura del virus se funde en las vías respiratorias, lo que deja al virus listo para infectar. Pero si se funde en el ambiente exterior, el virus pierde su protección frente a las agresiones del medio como la luz UV del sol.

Basándose en lo que se conoce sobre los virus de la gripe, desde el principio de la epidemia del SARS-CoV-2 los científicos se han preguntado si algo similar ocurriría con este nuevo coronavirus, y han estudiado el efecto de la temperatura y la humedad en su capacidad de infectar. Hay varios estudios ya elaborados sobre esto, cuyos resultados se resumen en un nuevo informe de las Academias Nacionales de Ciencias, Ingeniería y Medicina de EEUU. Y la conclusión general es esta: el virus no es insensible al calor y a la humedad. La doble negación no es una simple filigrana retórica: no es lo mismo decir “estoy contento” que “no estoy descontento”. Hay un matiz. Por ejemplo, uno de los estudios descubre que este nuevo virus es algo más resistente al calor y a la humedad que la gripe o el coronavirus del SARS.

(Nota: por cierto, uno de estos estudios descubre un dato interesante. En el exterior de una mascarilla quirúrgica, después de 7 días sigue presente un 0,1% de la cantidad de virus infectivo que se depositó originalmente. Esto ilustra por qué las mascarillas no deben tocarse nunca por la parte de fuera y no pueden reutilizarse, sino que deben desecharse después de cada uso, y por qué pueden ser más peligrosas que no usarlas si no se siguen estas instrucciones).

Otra manera indirecta de estudiar estos efectos es comprobar cómo el virus ha atacado hasta ahora en regiones de climas diferentes. Es evidente que en zonas de clima más tropical como el sur de China o Singapur sí se han producido contagios. Pero ¿en menor medida que en áreas más frías? Esto es lo que concluye el informe:

Hay algunas evidencias de que el SARS-CoV-2 puede transmitirse con menos eficiencia en ambientes con mayor temperatura y humedad; sin embargo, dada la falta de inmunidad global, esta reducción de la eficiencia de la transmisión puede no llevar a una reducción significativa de la expansión de la enfermedad sin la adopción concomitante de importantes intervenciones de salud  pública. Aún más, los otros coronavirus que causan enfermedades humanas potencialmente graves, como los del SARS y el MERS, no han demostrado evidencias de estacionalidad cuando han surgido.

La conclusión de todo lo anterior es que, con los estudios que existen hasta ahora, y a falta de más investigaciones, sería una sorpresa que el virus desapareciera por sí solo en verano como lo hace la gripe. Es posible que el buen tiempo contribuya a que haya menos contagios, pero uno de los estudios señalaba que en las regiones más cálidas de China la tasa de reproducción del virus (número de personas a las que infecta cada contagiado como promedio) aún estaba cerca de 2, lo que todavía sostendría un crecimiento exponencial de la epidemia. Es posible que en pleno verano el virus tampoco se comporte igual en regiones cálidas y húmedas que, por ejemplo, en un páramo manchego. En el fondo, lo único cierto es que no hay nada cierto.

De hecho, si todo lo anterior puede dar una idea de cierta lógica y coherencia sobre el comportamiento de las infecciones estacionales, en realidad resulta que es aún mucho más complicado. Digamos que el tiempo húmedo debilita al virus de la gripe. Bien. Pero al mismo tiempo, ciertos estudios han descubierto que las gotitas en las que viaja el virus se secan más fácilmente con clima seco, por lo que una mayor humedad debería favorecer la infección, y no al revés. Por otra parte, en ciertas regiones tropicales, donde la gripe tiene un ritmo más uniforme a lo largo del año, resulta que a veces se observan picos epidémicos en las estaciones de lluvias, cuando el tiempo es más húmedo. ¿Cómo cuadra todo esto?

¿He dicho ya que la estacionalidad de estas enfermedades es uno de los grandes misterios de la ciencia?

Pero aparte de todo lo anterior, hay un factor más, uno que no se revela en ninguno de los estudios sobre el comportamiento del virus en distintas condiciones ambientales. Y es que, si una enfermedad infecciosa se compone de dos partes, un virus y un organismo humano, estos estudios están dando por hecho que el segundo no tiene nada que decir al respecto y se comporta siempre igual, en invierno o en verano, en el páramo manchego o en esos veranos de Levante en los que las toallas jamás llegan a secarse.

Y puede que no sea así. Puede que una de las claves de la estacionalidad de ciertos virus no esté solo en ellos, sino también en cómo respondemos nosotros a ellos. Mañana seguimos.

Por qué hay motivos para el optimismo si en España ya hay un 15% de población contagiada de COVID-19

Allá por los años 90, cuando hacía mi tesis en inmunología, tuvimos de sabático en el laboratorio a uno de los inmunólogos más reputados del mundo, el profesor Melvin Cohn, del Instituto Salk. Si me propusiera aquí repasar sus méritos científicos, esta página no daría para otra cosa. Sin duda le debo un obituario en condiciones, ya que falleció hace solo año y medio a la edad de 96. Hoy me quedo con esto: era, además, una persona maravillosa; durante esos meses en que disfrutamos de su presencia, de su buen humor y de sus enseñanzas, Mel se convirtió en el abuelo de todos los becarios. Y a efectos de lo que vengo a contar, de él aprendí una de las lecciones fundamentales de la ciencia.

En uno de los seminarios informales que nos impartía una vez por semana, nos contó que un periodista, quizá de la Agencia Efe, aunque esto no lo recuerdo bien, le visitó para entrevistarle en el lugar donde se alojaba: no un hotel de cinco estrellas, sino la austera Residencia de Estudiantes del CSIC. Después de posar para varias fotografías tratando de satisfacer sin rechistar la petición del fotógrafo –“haga como que piensa”–, el periodista le hizo su batería de preguntas. Por entonces el sida estaba en plena efervescencia, y una de las preguntas fue: “¿Cuándo tendremos la vacuna y la cura del sida?”.

“No lo sé”, respondió Mel. Y calló.

Estupefacto, el periodista esperó unos segundos. Pero al ver que el entrevistado no tenía la menor intención de ampliar su respuesta, insistió: “Pero ¿cómo es posible? ¿Uno de los mejores inmunólogos del mundo no puede decir cuándo tendremos la vacuna del sida?”.

La aclaración de Mel fue más o menos así: “No lo sé, porque soy un científico. Si yo fuera un político o un sacerdote, seguro que podría darle a usted una respuesta. Pero un científico solo puede decir lo que la ciencia sabe, y la ciencia no sabe eso que usted me pregunta”.

Esta sabia enseñanza de Mel cobra una especial relevancia en estos días, cuando una gran proporción de los ciudadanos de España y probablemente del mundo entero han añadido a su currículum el título de doctor en epidemiología por la Universidad de Twitter. Hoy los únicos que continúan diciendo “no lo sé” son los científicos. Cuando recientemente a Fernando Simón se le preguntaba por qué en apariencia la letalidad del coronavirus era mucho mayor en España que en Alemania, quienes todo lo que recuerdan de ciencias es que les coincidía a la misma hora del entrenamiento hicieron burla y escarnio de un científico que se comportaba como un científico, confesando no saber lo que, simplemente, nadie sabía.

Imagen al microscopio electrónico de transmisión del coronavirus SARS-CoV-2, causante de la COVID-19. Imagen de NIAID/RML.

Imagen al microscopio electrónico de transmisión del coronavirus SARS-CoV-2, causante de la COVID-19. Imagen de NIAID/RML.

Pero naturalmente, el hecho de que en aquel momento Simón no pudiera dar públicamente una respuesta científicamente sustanciada no significa que no hubiese una hipótesis preferente. En concreto, había dos, pero quedémonos con una: en Alemania la contabilización de casos registrados de COVID-19 estaba mucho más cerca del número de contagios reales que aquí, por lo que su letalidad reportada era más próxima a la Infection Fatality Ratio (IFR, fallecimientos entre los contagiados), mientras que en España la tasa aparente de letalidad estaba más cerca de la Case Fatality Ratio (CFR, fallecimientos entre los enfermos), que es lógicamente mucho mayor.

Posteriormente, nuevos indicios han venido a apoyar esta hipótesis. Y hace un par de días, los epidemiólogos del equipo de respuesta a la COVID-19 del Imperial College de Londres (ICL) han puesto cifras concretas: se estima que en Alemania hay unas 600.000 personas contagiadas, el 0,7% de la población, mientras que en España alcanzan los 7 millones, el 15% de la población.

Nuevamente, quienes cada día desayunan cadáveres para alimentar su sectarismo, ya sea de un lado, contra el gobierno central, o del otro, contra el autonómico de Madrid, han utilizado estos datos para cacarear sobre la desastrosa gestión de la trinchera opuesta que ha llevado al contagio del 15% de la población. Demostrando así que no han entendido nada. Paso a explicarlo.

Desde hace meses, los epidemiólogos se han preocupado de intentar explicar cuál es la utilidad de las medidas de confinamiento: el ya famosísimo “aplanar la curva”. Pero también han explicado que aplanar la curva significa repartir los contagios a lo largo del tiempo para que los sistemas de salud no se colapsen y puedan responder y atender adecuadamente a los enfermos de modo que se minimice el número de muertes. Y como bottom line, han insistido en algo que debemos entender, y es que a esta fuerza de la naturaleza que es el SARS-CoV-2 solo hay una cosa en el mundo que pueda pararla:

La inmunidad.

Y solo hay dos cosas que pueden proporcionar esta inmunidad: la infección o una vacuna. Dado que esta última aún parece estar muy lejana, lo único en lo que ahora puede confiarse a plazo más corto es en la inmunidad grupal, es decir, que la infección quede contenida cuando se haya contagiado una proporción suficiente de la población para extinguir la mayoría de las cadenas de contagios, reduciendo la tasa de reproducción del virus por debajo de 1.

Sobre cuál es esta proporción de población contagiada que puede apagar la epidemia, aún no parece haber acuerdo. Los epidemiólogos del ICL han estimado que en ausencia de intervenciones el virus habría infectado al 90% de la población mundial, 7.000 millones de personas. Este cálculo es mucho más alto que el de otros expertos como Marc Lipsitch de Harvard, que situó la cifra límite en el 60%. Curiosamente en el barco Diamond Princess, que sirvió como experimento natural de la epidemia, solo se infectó en torno a un 20% de los pasajeros, lo cual es sorprendentemente bajo, aunque sería necesario saber si todos ellos compartían los mismos espacios y estuvieron de igual modo expuestos al virus.

Pero resumiendo, lo que nos dicen los expertos es esto: hagamos lo que hagamos, incluso con las medidas más restrictivas, y mientras no dispongamos de una vacuna que fuerce la inmunización, el virus continuará avanzando hasta llegar a su máximo natural de contagios. Es por ello que debemos entender que esto no va a arreglarse con dos o tres meses de confinamiento. Este gráfico del ICL dibuja el futuro que nos espera en el próximo año y medio:

Gráfico del ICL de las oleadas previstas de casos de UCI de la COVID-19 con ciclos de intervenciones.

Gráfico del ICL de las oleadas previstas de casos de UCI de la COVID-19 con ciclos de intervenciones.

La línea naranja representa la evolución de las sucesivas oleadas de los casos más graves de COVID-19 a lo largo del tiempo hasta el final de 2021, suponiendo ciclos de on-off de las medidas de distanciamiento social y cierre de colegios y universidades (rectángulos azules). El gráfico supone que en todo momento se aplican el aislamiento de los casos positivos y la cuarentena de los contactos. Es decir: cuando las medidas logren reducir el número de casos por debajo de un límite, se abrirán las restricciones, que deberán imponerse de nuevo cuando los casos vuelvan a superar un umbral. Y así, una y otra vez, hasta que tengamos una vacuna, o hasta que alcancemos una inmunidad grupal duradera.

Por lo tanto, y sin contar a corto plazo ni con la vacuna ni con un tratamiento específico eficaz, puede entenderse que el país con más éxito contra la epidemia será aquel que consiga llegar antes gradualmente a la inmunidad grupal sin que sus sistemas de salud se saturen de modo que pueda reducirse todo lo posible el número de muertes. ¿Y cuál es el país que ahora está más cerca de la inmunidad grupal?

España, con un 15% de población contagiada, seguida de Italia, con un 9,8%.

(Actualización del 2 de abril: añado aquí la tabla de la estimación de contagios por países publicada por el ICL porque creo que es de interés. Debe quedar claro que es una estimación de los modelos matemáticos epidemiológicos; la realidad no se sabrá mientras no se apliquen test serológicos masivos, los de anticuerpos, no los actuales de detección genética del virus por PCR).

Con todo, sigue siendo cierto que España tiene una letalidad ligeramente mayor que Alemania: según los datos del ICL, aquí estaríamos en el 0,07%, frente a un 0,05% en Alemania (la cifra real será algo mayor en ambos países si se aplica el efecto retraso). Parece evidente que el alto número de casos ya ha forzado nuestro sistema de salud más allá del límite. Pero sin olvidar que cada muerte es una tragedia, deberíamos tener motivos para la esperanza.

Por un lado, si las cifras del ICL son correctas (lo sabremos cuando lleguen los test serológicos de anticuerpos), el virus es en realidad mucho menos letal (como ya conté aquí) de lo que el alarmismo apocalíptico ha tratado de transmitir: la IFR estaría en torno al 0,1%, similar a la gripe estacional; puede ser que añadiendo el efecto retraso sea quizá el doble o algo más, pero ni de lejos treinta o cuarenta veces más como se ha dicho, pese a que la expansión explosiva de la pandemia esté concentrando una alta mortalidad en un plazo muy corto.

Por otro, porque quizá aquí hayamos recorrido ya un mayor trecho del camino que todos los países deberán recorrer más tarde o más temprano. En el mejor de los escenarios, han dicho los epidemiólogos del ICL, este virus va a costar 20 millones de vidas, y es algo que debemos asumir. Pero también según estos expertos, las medidas adoptadas están salvando más vidas de las que se pierden: frente a 28.000 muertes en 11 países europeos, hay 59.000 más que se han evitado, 16.000 de ellas en España. Y esto es gracias al esfuerzo de todos, descontada la toxicidad de quienes no solamente no saben, que en eso estamos todos, unos más que otros, sino que además ni siquiera saben que no saben.

Si todo vuelve a ser igual después del coronavirus, esto volverá a suceder

Ayer y anteayer explicábamos aquí las principales razones por las que el mundo está sucumbiendo ante el coronavirus. Por un lado, y a pesar de las continuas e innumerables advertencias de expertos y organismos sobre la inminencia de una pandemia que mataría a millones de personas —el SARS-CoV-2 aún no llega a esos niveles de letalidad, pero puede llegar, según los modelos—, ni siquiera los gobiernos de los países más poderosos y con más recursos se lo tomaron lo suficientemente en serio como para desplegar planes sólidos de preparación, exceptuando a Corea del Sur, que en 2015 le vio las orejas al lobo con el peligroso brote del Síndrome Respiratorio de Oriente Medio (MERS), mucho más letal que la COVID-19.

Por otro lado, y como también conté aquí, el SARS-CoV-2 se ha revelado como el equivalente biológico de un grupo terrorista encubierto, lo que ha cogido desprevenidos a los propios científicos y expertos: pasa desapercibido y viaja oculto, pero cuando actúa, puede ser extremadamente letal para sus objetivos. La preparación era mayor para un virus como el ébola, menos contagioso, que no se esconde y es por ello más fácil de contener: solo lo transmiten las personas enfermas, que padecen una fiebre hemorrágica muy incapacitante. Por el contrario, el virus de la COVID-19 es de fácil transmisión, asintomático en un enorme número de casos, y tanto estos como los preclínicos –antes de mostrar síntomas– son también potenciales focos de contagio; pero cuando alcanza a los grupos más vulnerables puede ser devastador, como estamos viendo en los brotes surgidos en residencias de ancianos.

Imagino que a estas alturas casi todos conocemos ya casos de contagio, en propia carne o en nuestro entorno cercano, entre nuestros familiares, amigos y conocidos. Y casos de muertes. Hay quienes ya han perdido de un plumazo a su padre y a su madre, o a sus abuelos. Y aunque los fallecimientos entre las personas más jóvenes son raros, también ocurren.

Pero por encima de esta tragedia colectiva, no debemos perder de vista que podía haber sido mucho peor. El coronavirus MERS tiene una letalidad reportada del 35% (Case Fatality Ratio, que como ya expliqué es el porcentaje de personas enfermas que mueren, no el de contagiadas o Infection Fatality Ratio). La gripe aviar H5N1 se lleva por delante al 60% de las personas enfermas; es más probable morir que vivir. Es más: tanto esta gripe como la pandémica de 1918 mataron con preferencia a niños y adultos jóvenes y sanos. Imaginemos por un momento cómo sería la actual pandemia de la COVID-19 si en lugar de perder a nuestros ancianos estuviéramos perdiendo a nuestros hijos. Si los telediarios se llenaran día a día con cifras de NIÑOS muertos. Sí, podría haber sido muchísimo peor. Y puede serlo en el futuro.

Imagen de Studio Incendo / Wikipedia.

Imagen de Studio Incendo / Wikipedia.

Ya es hora de que, de una vez por todas, el mundo desarrollado comience a tomarse en serio la preparación contra futuras epidemias. Hay quienes han denominado a la COVID-19 “la pandemia del siglo”. Pero queda mucho siglo por delante, y los expertos advierten de que llegarán otras y podrían ser infinitamente más graves. Además de que muchos parecen ignorar que la pandemia de gripe A de 2009 causó unas 280.000 muertes, una consulta muy recomendable para tomar perspectiva es la página de alertas de brotes infecciosos en la web de la Organización Mundial de la Salud (OMS): en lo que llevamos de año y además del infame SARS-CoV-2, hemos tenido ya brotes de ébola (por suerte, en este caso para anunciar su inminente fin), MERS, sarampión, dengue, fiebre de Lassa y fiebre amarilla.

Así pues, para que todo vuelva a ser como antes, como reza uno de los lemas que se repiten estos días, no todo puede volver a ser como antes. Algunas cosas tienen que cambiar para que otras no cambien. No se trata de que convirtamos el distanciamiento social en una costumbre; sino al contrario, para que el distanciamiento social no tenga que convertirse en una costumbre, deberán tomarse otras medidas. Será tarea de los expertos en salud pública decidir qué cosas y cómo, diseñar protocolos, destinar recursos… Pero algunas medidas muy concretas son evidentes y/o han sido repetidas (y desoídas) también innumerables veces por los expertos, cosas que han sido hasta ahora y que no pueden ser. Por ejemplo:

No puede ser que los productos antibacterianos se despachen como si fueran caramelos

El peligro no está solo en los virus. Uno de los mayores riesgos infecciosos para el panorama de la salud pública global son las bacterias resistentes, que según la OMS causan 700.000 muertes al año y podrían llegar a los 10 millones en 2050. Esta inmensa amenaza es desconocida para el público en general, pero los expertos llevan también años advirtiendo de que nos estamos quedando sin antibióticos, ya que el abuso de estos medicamentos durante décadas ha seleccionado y propiciado la proliferación de las cepas más resistentes.

Hoy el uso de los antibióticos está más controlado en los países desarrollados. Pero en cambio, se ha extendido la estúpida moda de los productos con compuestos antibacterianos (no confundir con los desinfectantes como la lejía): jabones, geles, champús, limpiadores, toallitas, e incluso tablas de cocina, esponjas… Y también estos compuestos, como el triclosán o el triclocarbán, conducen a su propia inutilidad, favoreciendo el crecimiento de las cepas resistentes. Algunas personas desarrollan una histeria germófoba que no se corresponde en absoluto con la realidad del riesgo habitual. La venta de los productos con compuestos antibacterianos debería restringirse a los usos para los que realmente son necesarios, como en los entornos hospitalarios. Y eso, si es que realmente son eficaces, lo cual ni siquiera parece claro.

No puede ser que la higiene pública sea solo una prioridad relativa

Podríamos pensar que vivimos en una sociedad bastante higiénica. Pero ¿es así? Hoy quien encienda un cigarrillo en un bar o un restaurante puede recibir una multa de cientos o miles de euros, a pesar de que esta sola acción esporádica no va a causar ningún daño a nadie; el tabaco mata, pero lo hace por exposición repetida. Sin embargo, en estos días están muriendo personas por contagios que pueden haberse producido con un simple contacto esporádico de la mano con una superficie contaminada.

¿Podemos llamar a la policía para que se clausure un bar o un restaurante por riesgo a la salud pública cuando encontramos los baños sucios, o cuando no hay jabón o ni siquiera agua para lavarnos las manos (o no hay agua caliente, la recomendada para un correcto lavado)? Nos resultaría inaceptable que pidiéramos un tenedor en un restaurante y nos dijeran que no tienen más. El local en cuestión pasaría de inmediato al fondo del pozo de TripAdvisor. Y sin embargo, hemos aceptado la ausencia de papel higiénico en los baños como algo normal, hasta el punto de que llevamos toallitas o pañuelos de papel para usarlos en tales casos.

Por supuesto que existen normativas sanitarias e inspecciones periódicas. Pero ¿cómo se compadece esta presunta vigilancia con lo que todos podemos ver fácilmente a diario en innumerables baños públicos? Y no se trata solo de lo que descubrimos a simple vista: ¿existe una vigilancia microbiológica constante y rigurosa de estos locales? Cuando se hace un verdadero estudio de este tipo, tomando muestras para la comprobación genética (por PCR) de la contaminación microbiológica, surgen los horrores: en 2014, un estudio en EEUU encontró casi 78.000 tipos de bacterias en los baños de una universidad, casi la mitad de origen fecal, e incluyendo bacterias multirresistentes a antibióticos y virus de papiloma y herpes. Y eso que aquellos baños se desinfectaron antes del experimento y parecían limpios a simple vista. Imaginemos los otros.

Imagen de pexels.com.

Imagen de pexels.com.

No puede ser que nos expongamos a un riesgo de contagio por sacar dinero de un cajero o comprar un billete de metro

Pero cuidado: el riesgo no está solo en los baños públicos, ni mucho menos. Cajeros automáticos, terminales de pago, pantallas táctiles de uso público, pistolas de gasolineras, pomos de puertas… Todo aquello que muchos tocamos a diario y que también tocan muchas otras personas son focos de infecciones, e incluso más que un inodoro público, ya que, como ha quedado bien claro en los mensajes transmitidos durante la actual pandemia, las manos son la principal vía de contagio. Como conté aquí recientemente, un estudio en el aeropuerto de Helsinki (Finlandia) descubrió que una de cada dos bandejas de plástico de las que se usan para pasar por los escáneres de rayos contenía virus patógenos.

No es descartable que muchas personas contagiadas por el virus de la COVID-19 lo hayan contraído por el simple contacto con una de estas superficies de uso tan común. Y parece evidente que los responsables de la salud pública deberían buscar las maneras de evitarlo. El cómo, ellos sabrán: guantes (como los de las gasolineras, que muchas veces se acaban y no se reponen), sistemas sin contacto como el pago por móvil o las tarjetas de pago contactless (¡pero buscando un sistema que evite marcar el PIN con los dedos!), más puertas automáticas, más grifos y dispensadores de jabón automáticos…

Pero sobre todo, es necesario que se nos facilite el lavado de manos frecuente y en cualquier lugar. Que en todos los lugares de gran tráfico, como aeropuertos, estaciones de autobús, tren o metro, intercambiadores de transportes, centros comerciales, estadios, etcétera, haya puntos de lavado de manos obligatorios por ley. Que los baños públicos de todos los locales, bares y restaurantes, bien surtidos de agua caliente, jabón y dispensadores y grifos sin contacto físico, estén disponibles por ley a cualquier viandante, consuma o no consuma. Y que nosotros, todos, convirtamos la correcta higiene de manos en un precepto básico del orden social.

No puede ser, por el Dios cristiano, el musulmán, los siete dioses antiguos y los nuevos, el señor de luz, y todos los dioses de Asgard y Vanaheim, que las vacunaciones sigan siendo voluntarias

Para conducir una moto es obligatorio llevar casco, a pesar de que no hacerlo únicamente perjudica al propio motorista. Sin embargo, una persona que no se vacuna es un gravísimo e inaceptable riesgo para la comunidad, ya que rompe la inmunidad grupal y pone en riesgo a aquellos vacunados que no han desarrollado inmunidad, y a quienes no pueden vacunarse por motivos médicos. La vacunación no puede ser una decisión personal, porque sus efectos no lo son: TODA persona no vacunada es un posible foco de contagio. No puede permitirse jamás que un niño no vacunado entre en un aula.

Vivimos engañados por el concepto de las “vacunas obligatorias”, ya que en realidad no lo son. Es un eufemismo que distingue a las cubiertas por la sanidad pública de las que no lo están. La sanidad pública debe ampliar su cobertura de vacunas, y las obligatorias deben serlo de verdad. En varios países se están adoptando diferentes medidas para que así sea, desde negar las coberturas públicas a quienes rehúsan las vacunas, hasta multas e incluso penas de prisión.

El sarampión, una enfermedad contra la que existe una vacuna totalmente segura y eficaz, mató en 2018 a 140.000 niños en todo el mundo. Repetimos con letras: ciento cuarenta mil niños muertos. La inmensa mayoría de ellos no tuvieron acceso a una vacuna por haber tenido la mala fortuna de nacer en países pobres. Pero en los países ricos, el cáncer social de los movimientos antivacunas ha hecho repuntar enfermedades que estaban controladas. En abril de 2019 la ciudad de Nueva York, afectada por un peligroso brote de sarampión en Brooklyn, ordenó la vacunación obligatoria en 48 horas, bajo penas de multa o prisión. En Europa, nuestro Centro para el Control de Enfermedades ha alertado de que los casos de sarampión se han multiplicado en los últimos años; en 2017 se cuadruplicaron respecto al año anterior.

Recientemente dos expertos en salud pública de la Universidad de Arizona, Christopher Robertson y Keith Joiner, especializados en el estudio de cómo el transporte aéreo facilita la expansión de brotes epidémicos, recomendaban en un artículo en The Conversation que se dispongan medidas legales para denegar el embarque en los aviones a las personas que no cumplan con las vacunaciones obligatorias, y que se construyan bases de datos para que las autoridades y las aerolíneas puedan comprobar el estado de vacunación de los posibles pasajeros. Según estos dos expertos, al menos en EEUU estas medidas no entrarían en conflicto con los derechos constitucionales. En los aviones compartimos durante horas el aire, los baños y las superficies con otras muchas personas, y todos nos dispersamos una vez que hemos llegado al destino; son perfectos incubadores de epidemias.

No puede ser que la protección de datos prevalezca sobre la protección de vidas

Al hilo de lo anterior, y si a alguien le parece que poner nuestros datos de vacunación a disposición de autoridades o incluso de compañías privadas es un atentado contra nuestra privacidad, hay una decisión que deberíamos tomar, y es si preferimos la protección de datos o la protección de vidas. Aquí comenté ayer el caso de Corea del Sur, que al menos hasta ahora ha contenido la epidemia de SARS-CoV-2 no solo con los test masivos, sino también con una flagrante invasión de la privacidad: por medios tecnológicos se han rastreado los movimientos de las personas contagiadas a través de cámaras de televisión, teléfonos móviles y tarjetas de crédito, y estos datos se han publicado, sin información identificativa, para que cualquier persona pudiera comprobar si había podido tener contacto con algún contagiado.

Por muy escrupulosos que seamos hoy con nuestra privacidad de datos, que en circunstancias normales está bien que así sea, en circunstancias excepcionales como las actuales la protección de vidas debe prevalecer. En los medios occidentales se ha criticado la invasión de la privacidad en Corea y se ha dicho que esto sería inaceptable para nuestra mentalidad. Pues deberá dejar de serlo: debería ser una obligación de ciudadanos solidarios y responsables poner nuestros datos a disposición de las autoridades si con ello pueden rastrearse los posibles contagios. Y quien tenga algo que ocultar en los datos de su teléfono móvil o de su tarjeta de crédito, será su problema personal con aquellos a quienes está ocultando dichos datos.

No puede ser que las personas con enfermedades transmisibles vayan alegremente por la calle dispersando su infección

En estos días se repiten los grandes elogios hacia la solidaridad y la responsabilidad de la población española, y todo el que elogia recibe a su vez el afectuoso aplauso social. Pero en fin, alguien tendrá que hacer el papel antipático; no se trata de entrar en valoraciones, sino solo de constatar los hechos: ¿quién en este país se ha puesto alguna vez una mascarilla para no contagiar a otros su gripe?

Y sin embargo, ahora la visita al súper nos descubre una clara mayoría de personas con mascarillas para no contagiarse ellas mismas, desoyendo la recomendación de las autoridades, privando de estos recursos a quienes realmente los necesitan —personal sanitario y de emergencias— y, además, utilizándolos mal: mascarillas por debajo de la nariz, manos tocando la cara para recolocarlas, mascarillas que se bajan y se arrugan bajo el labio inferior para hablar por el móvil y luego vuelven a subirse (todo ello visto personalmente)… Los defensores de la mascarilla se basan en que ayuda a no tocarse la cara; bien, ¿y los datos?

¿Quién se ha quedado alguna vez en casa con gripe para no contagiar a otras personas, y no por el propio malestar? Pongámoslo aún más difícil y excluyamos las bajas laborales, que a eso es fácil apuntarse: ¿quién alguna vez ha rechazado una quedada, unas cañas, un cine, una cena, para no esparcir su gripe a los cuatro vientos?

La gripe mata. Mucho. Concretamente, las gripes estacionales causan cada año hasta 650.000 muertes por enfermedad respiratoria, según la OMS, y en España la temporada de gripe 2018-2019 dejó 6.300 muertes, según el Informe de Vigilancia de la Gripe en España del Instituto de Salud Carlos III; fue un balance mejor que la temporada anterior. Y en las cadenas de transmisión que conducen a esas muertes podemos haber participado cada uno de nosotros, transmitiendo la gripe a otros por haber salido de casa cuando sabíamos que estábamos enfermos.

No puede ser que esto no importe a nadie simplemente porque las decenas de miles de hospitalizaciones por gripe (35.000 la pasada temporada, 50.000 la anterior) no saturan los sistemas de salud, que generalmente ya están dimensionados para acoger esos picos invernales (ver figura). Entre el pánico y los confinamientos de la COVID-19, y el encogimiento general de hombros ante la mortalidad de la gripe, hay un término medio que sería deseable mantener siempre: aplicarnos el #QuédateEnCasa para no contagiar a otros siempre que nos encontremos enfermos; ponernos una mascarilla si no nos queda más remedio que salir estando enfermos; y el lavado de manos, etcétera, etcétera.

Los picos invernales de la mortalidad de la gripe en España. Imagen del ISCIII.

Los picos invernales de la mortalidad de la gripe en España. Imagen del ISCIII.

Conclusión:

Quizá algo de lo anterior, o incluso todo, pueda a muchos parecerles exagerado, propio de germófobos obsesivos como aquel Howard Hughes que retrataba Leonardo DiCaprio en la película El aviador. Pero quienes ya tenemos edad recordamos la época en que se fumaba incluso en los aviones. Hubo un cambio drástico de mentalidad respecto al tabaco. Urge un cambio de mentalidad aún más radical frente a las enfermedades infecciosas; estamos hablando de algo que, esperemos que sea solo por unos meses, ha sido capaz de cambiar la vida del planeta tal como la conocíamos. Y que volverá a suceder, incluso en una versión mucho más aterradora, si después del coronavirus todo vuelve a ser como antes; si, como decía un reciente artículo editorial en The Lancet, no conseguimos romper el “ciclo de pánico y después olvido” al que estamos acostumbrados.

¿Se subestimó la amenaza del coronavirus de la COVID-19?

Parece que han pasado meses. Y, de hecho, han pasado; en concreto, ya casi dos. Fue el 24 de enero, al día siguiente de que en China se decretaran los cierres, las cuarentenas y las restricciones de viaje en Wuhan y otras ciudades de Hubei, cuando aquí escribí esto:

Pero a segunda vista, lo cierto es que hay motivos para que el 2019-nCoV sea incluso más preocupante que el ébola para la población en general. En primer lugar, y mientras que la posibilidad de transmisión del temible virus africano por el aire (aerosoles) aún es controvertida, en el caso del nuevo coronavirus chino parece confirmada, lo que apunta a un contagio fácil como el de una gripe. Y este es precisamente uno de los rasgos que los expertos suelen atribuir al hipotético virus que podría causar la próxima gran pandemia.

Por otra parte, también suele señalarse que el ébola mata demasiado y demasiado deprisa, por lo que resulta más asequible localizarlo y contenerlo. El causante ideal de una futura pandemia global sería, dicen los expertos, un virus con síntomas más leves e inespecíficos, lo que dificultaría su reconocimiento, y con una mortalidad baja, lo que le daría ocasión de expandirse. Pero incluso con una letalidad de solo un 2%, su impacto podría ser devastador; pensemos que la gripe de 1918 infectó a la tercera parte de la población mundial. Si algo semejante llegara a ocurrir hoy, imaginemos lo que supondrían más de 300.000 víctimas mortales en una población como la española.

En resumen, el coronavirus chino se parece bastante al retrato robot del virus que a juicio de los expertos podría causar el próximo gran desastre epidémico. Y aunque en estos días a todos aquellos que tenemos una cierta relación con estos asuntos suelen preguntarnos si hay motivos para la preocupación, en realidad no se trata tanto de temer la posibilidad de que un virus como este pueda llevarnos al otro barrio a cada uno de nosotros en particular, sino de la perspectiva, que nadie puede descartar, de un azote global que deje una herida profunda en nuestro mundo, como lo hizo la gripe de 1918.

Por entonces, al virus se le conocía simplemente como el nuevo coronavirus chino, y la Organización Mundial de la Salud (OMS) le había asignado el nombre provisional de 2019-nCoV. Aún había causado solo 26 muertes entre un millar de afectados en China, y muchos lo veían como un problema ajeno, algo que nunca llegaría aquí.

Poco después, todo comenzó a desbordarse. Los casos empezaron a detectarse fuera de China y comenzaron a crecer. Del relativo desinterés anterior se pasó en solo unos días al pánico y la histeria colectiva. El foco del interés público se desplaza y se concentra fácilmente por la acción de los medios y por la amplificación de las redes sociales. Se malentendieron algunas cosas. Entonces, y por tratar de contribuir a mantener las cosas en su contexto, a no perder la perspectiva general y evitar el inmenso sesgo cognitivo que se estaba generando con respecto al nuevo virus, escribí esto:

Y, mientras, aquí estamos, inmersos en una epidemia de pánico e histeria por un virus que hasta ahora ha matado a 425 personas en todo el mundo (dato de hoy), y cuya letalidad, en el peor de los casos, será solo un poco más elevada que la de cualquier gripe; en el mejor, podría ser incluso menor, una vez que se tengan mejores estimaciones de los casos asintomáticos.

[…]

Hoy la gripe continúa siendo el problema epidemiológico infeccioso presente y futuro que más preocupa a los expertos y a las autoridades.

[…]

Pero arriesgando un poco, me atrevería a proponer uno de los posibles factores que quizá hayan contribuido a inflar ese globo: el nombre. La gripe ya es algo cotidiano y conocido.

Durante aquellos días, hubo medios que empezaron a difundir la idea errónea de que la nueva enfermedad era “como una gripe”, confundiendo el mensaje que en aquel momento entidades como la OMS y otras autoridades trataban de transmitir: no se trataba de que la hoy llamada COVID-19 fuera una gripe, sino que la gripe era, y hoy todavía es, la mayor lacra infecciosa permanente con efectos mucho más graves para la salud pública en los países desarrollados (el resto tienen otros problemas probablemente más acuciantes) que cualquier otro tipo de patógeno epidémico surgido hasta ahora, incluido el coronavirus SARS-CoV-2. Mientras el mundo está sumido en la locura del coronavirus, en esta temporada la gripe ha infectado ya solo en EEUU a 36 millones de personas, provocando 370.000 hospitalizaciones y 22.000 muertes, según datos del Centro de Control de Enfermedades de aquel país.

¿Por qué estas miles de muertes no parecen importar a nadie? ¿Por qué no provocan cada invierno el pánico, los cierres, las cuarentenas? Quizá por el mismo motivo por el que esto tampoco satura los sistemas sanitarios: simplemente, ya lo tenemos asumido y absorbido en el sistema y en nuestras mentes, porque es el pan nuestro de cada invierno. Quisiera ofrecer aquí datos de España o de Europa, pero estos no se facilitan con tanta actualización, o al menos yo no los he encontrado. Pero es tan interesante como aterrador contemplar este gráfico de EuroMoMo, la entidad que vigila el exceso de mortalidad y sus causas en Europa. Aquí vemos cómo se dispara la mortalidad cada invierno, sobre todo en las personas de mayor edad. Este es el trágico balance de la gripe y de las otras 67 enfermedades estacionales que padecemos.

Número de muertes en Europa por semanas y años en cuatro grupos de edad. Fuente: EuroMoMo.

Número de muertes en Europa por semanas y años en cuatro grupos de edad. Fuente: EuroMoMo.

La interpretación errónea de las referencias a la gripe se sumó a los argumentos, por parte de medios no especializados y de un sector del público, según los cuales la epidemia del SARS-CoV-2 se ha gestionado mal, o se ha reaccionado tarde. Se han ensalzado las desafortunadas palabras del cirujano Pedro Cavadas cuando dijo que el gobierno chino estaba maquillando las cifras para ocultar un número de enfermos y de muertos diez o cien veces mayor, algo que entonces era una mera especulación sin el menor fundamento y que hoy es simplemente falso a todas luces. En el colmo del disparate, incluso ha llegado a decirse que acertaron más en la previsión sobre esta pandemia ciertos personajes que viven de alarmar al público hasta por una sombra en la foto de un cementerio o por un ruido de fondo en una grabación en un pueblo en ruinas.

Pero que haya ocurrido todo lo anterior es natural, o al menos esperable. Como también lo es que incluso la reacción a una pandemia se haya politizado, hasta el punto de que apoyar la acción de las autoridades de este país o denostarla parece depender del color político que tiña el cerebro de cada cual.

Y sin embargo, lo único que en el fondo impera es esto: las autoridades de este país, con Fernando Simón a la cabeza en los aspectos científicos de la epidemia, se han ceñido en todo momento a la ciencia vigente y han actuado de acuerdo al conocimiento científico disponible. Digan lo que digan Twitter o los tertulianos de turno. Ni siquiera, pongamos por ejemplo, un doctorado en inmunología, como el mío, faculta para cuestionar las decisiones de los expertos en epidemiología cuando dichas decisiones se ciñen a la ciencia vigente. Pero sí para apreciar que la inmensa mayoría de las opiniones que se vierten por ahí libremente criticando esas decisiones tienen el mismo valor que las que yo podría aportar sobre las decisiones económicas del gobierno; o sea, ninguno.

El problema obvio es que el conocimiento científico de hoy no es el mismo que el de hace semanas. Y las decisiones de hace semanas se tomaron con el conocimiento correcto, pero incompleto, de hace semanas. Cuando ahora en los medios aparecen personajes como el médico Oriol Mitjà exigiendo la dimisión de los responsables de la epidemia en España por lo que según él son graves errores cometidos en la gestión de esta crisis, es tentador empuñar los tridentes y prender las antorchas. Pero probablemente muchos de quienes ahora le jalean ignoran que este es el mismo Mitjà que el 11 de febrero calificaba al coronavirus como “infección leve” a la cual atribuía una letalidad baja, del 0,2%, “muy similar a la de la gripe epidémica que padecemos todos los inviernos”.

(Lo más curioso de todo es que, en el fondo, Mitjà tenía razón entonces en sus datos, por lo que habría hecho mejor en ceñirse a sus anteriores declaraciones. Pero no adelantemos).

Cuando en España no se tomaron esas decisiones drásticas que posteriormente se han tomado, era porque se desconocían datos esenciales sobre la epidemia que hoy se conocen. Y entre todos ellos, fundamentalmente este: según dos estudios recientes, la inmensa mayoría de los infectados por el SARS-CoV-2 no se conocen ni se contabilizan, por no presentar síntomas o solo muy leves, pero son focos potenciales de transmisión.

Uno de los estudios, publicado en Science, estima que el 86% de los contagiados no aparecen en los datos, y que estos son responsables del 79% de las infecciones que sí aparecen finalmente como casos documentados. El otro, aún sin publicar (hasta donde sé), calcula que en total el virus ha infectado al 19,1% de la población de la ciudad de Wuhan, lo que asciende a 1.905.526 personas. Casi dos millones, frente a los algo más de 50.000 que sí presentaron síntomas y necesitaron atención hospitalaria.

Estos datos explican que el virus escapara tan fácilmente de Wuhan, retrasando la propagación de la epidemia a otros lugares pero sin lograr reducirla, en contra de lo que las drásticas medidas adoptadas allí invitaban a suponer. Se ha dicho que hasta cinco millones de habitantes abandonaron aquella región antes de los cierres. Muchas de estas personas estaban ya contagiadas sin saberlo. Y sin que los científicos lo supieran. Para las autoridades de otros países, era imposible adoptar medidas basadas en una avalancha de personas contagiadas que entonces aún no se conocía. Y para quienes ahora quieren destacar como los salvadores de la humanidad, es muy fácil hacerse los listos a toro pasado, como decía alguien en Twitter.

Pero los datos de estos estudios son también una buena noticia. Porque si los contagiados asintomáticos o levemente sintomáticos son la inmensa mayoría, esto implica que la peligrosidad del virus es, en efecto, mucho menor de lo que se ha manejado en un principio, dando la razón a la anterior encarnación de Mitjà. Conviene aclarar que los epidemiólogos manejan dos conceptos muy diferentes que en los medios y entre el público suelen confundirse. Uno es el Case Fatality Ratio (CFR), o mortalidad entre las personas que están enfermas y que por tanto en su mayoría requieren atención hospitalaria. Y otro diferente es el Infection Fatality Ratio (IFR), o mortalidad entre todas las personas que están contagiadas, estén enfermas o no.

Una parte del pánico viene provocada por el cálculo de la OMS de que el virus tiene una mortalidad del 3,4%. El mensaje que cala entre el público es este: entre 3 y 4 personas de todas las que contraen el virus mueren. Pero ya expliqué aquí que esto no es cierto: en el infortunado experimento natural del barco Diamond Princess, más de la mitad de los pacientes eran asintomáticos, y el IFR fue del 0,85%. Pero los nuevos estudios arrojan datos aún más esperanzadores. Según los datos de Wuhan, el IFR es de 0,04%; mueren 4 de cada 10.000 personas que contraen el virus. Incluso sumando el efecto retraso (que ya expliqué aquí), la cifra sube solo al 0,12%. Una letalidad incluso menor que la aventurada por Mitjà cuando era de la opinión de que la del coronavirus es una infección leve.

A estas alturas, ya no pueden ignorarse los datos de que la gran mayoría de las infecciones son asintomáticas y de que, entre las sintomáticas, la gran mayoría son leves. Por supuesto que esto no disminuirá la tragedia de los casos que sí son graves o letales, ni la desolación de quienes están perdiendo a los suyos en esta batalla.

Pero de cara a cómo se están presentando los datos al público, y del efecto que esta presentación de datos ejerce sobre el público, surge una pregunta: cuando se informa diariamente del número de infectados y del número de muertes, y para evitar que cualquier tuitero haga una regla de tres que lleva a una conclusión errónea, ¿no sería conveniente aclarar que la cifra de contagiados corresponde solo a los casos registrados, la mayoría sintomáticos y/o hospitalizados, y que en realidad el número total de personas con el virus es probablemente hasta 40 veces mayor? ¿Y que por lo tanto la mortalidad es entre uno y dos órdenes de magnitud más baja de lo que se entiende?

Es decir: cuando hoy se cuenta que en España hay cerca de 14.000 contagiados, los estudios de los expertos dicen que sencillamente eso no puede ser cierto. Debería decirse que hay cerca de 14.000 personas en atención sanitaria o testados positivos con o sin síntomas, pero se supone que estos últimos son una pequeñísima minoría, por lo que, si los datos de los dos estudios anteriores son aplicables, el número total de contagiados en España podría andar hoy en torno al medio millón.

Y del mismo modo, las decisiones de hoy no pueden tomarse con los datos que aún no se conocen y que, esperemos, se acabarán conociendo algún día. Por ejemplo, son pocas las personas jóvenes y sanas que mueren por este virus, pero las hay. ¿Por qué? Hoy no se sabe. Quizá estas personas tengan propensión a reacciones hiperinmunes en las que es el propio sistema inmunitario el que provoca la catástrofe del organismo. O tal vez algún día se conozca algún factor de riesgo adicional, hoy inimaginable, que de haberse conocido hoy habría permitido proteger a estas personas. Pero por desgracia, una bola de cristal es solo una esfera de vidrio.

Claro que este altísimo porcentaje de casos no detectados ni registrados implica también una mala noticia. Mañana seguimos.

¿Podrá contenerse el coronavirus? Esto ya ha ocurrido antes

Con las medidas que pretenden contener la propagación del coronavirus SARS-CoV-2, causante de la COVID-19, como el cierre de colegios y otros centros y la cancelación de espectáculos y reuniones, se dice en estos días que estamos viviendo una situación sin precedentes, y esto es cierto si centramos el foco en nuestras pequeñas comunidades. Pero si lo ampliamos al mundo más grande, he aquí lo que encontramos.

Hace once años surgía en México una nueva cepa de gripe A H1N1 epidémica (no endémica, como las estacionales) que guardaba similitud con el virus que provocó la catástrofe de la gripe de 1918 (la que en todo el mundo continúa llamándose gripe española, a pesar de que se sabe que no nació aquí y que la Organización Mundial de la Salud, OMS, ahora recomienda no vincular patógenos a lugares geográficos).

Parece que hoy ya pocos recuerdan aquello, pero en su día, y durante meses, se vivió en gran parte del mundo una situación similar a la actual. Aquí nos llegó la práctica monopolización de los telediarios, las imágenes de gente con mascarillas y poco más. Pero se cerraron escuelas al menos en EEUU (donde llegaron a cerrarse 700 colegios), Reino Unido, Tailandia, Sudáfrica, Serbia, Nueva Zelanda, Italia, Japón, Hong Kong, China, Bulgaria y Francia. Se recomendó no viajar, se establecieron controles de temperatura corporal en los aeropuertos y se impuso cuarentena a las personas que habían viajado a zonas afectadas por la epidemia, aconsejándose vivamente el aislamiento voluntario a las personas que notaran síntomas. Hubo cuarentenas en hoteles enteros y en barcos de cruceros. Se recomendó el teletrabajo. Cundió también la locura de las mascarillas.

Una imagen de México D.F. en la pandemia de gripe A de 2009. Imagen de Eneas de Troya / Flickr / CC.

Una imagen de México D.F. en la pandemia de gripe A de 2009. Imagen de Eneas de Troya / Flickr / CC.

¿Cuál fue el resultado de todo aquello? El brote se detectó en abril. Ese mismo mes y debido a la rápida expansión de la epidemia, la OMS declaraba la emergencia de salud internacional. Dos meses después, en junio, se declaraba la pandemia y dejaban de contarse los casos; a partir de entonces se hablaba de porcentajes de población infectada.

Afortunadamente, la gripe A pandémica de 2009 (mal llamada gripe porcina) resultó ser mucho menos letal de lo que parecía en un principio. Lo cual instigó acusaciones contra la OMS de haber sobreactuado. La revista BMJ publicó una investigación que demostraba intereses económicos en compañías farmacéuticas por parte de algunos asesores de la OMS durante la crisis de la gripe. Esto suponía un conflicto de intereses inaceptable; sobre todo teniendo en cuenta que todas las voces que a diario y a través de múltiples cauces están guiando las prescripciones sobre, por ejemplo, vida sana y saludable, carecen por completo de intereses económicos en la industria de la vida sana y saludable, como es bien sabido.

La OMS, por su parte, reconoció ciertos errores técnicos en su gestión de la pandemia, pero defendió los criterios epidemiológicos y virológicos que habían guiado sus decisiones. Y a pesar de ello, si algo de aquello queda hoy en la memoria de algunos, es que la OMS se vendió a las farmacéuticas y que la gripe de 2009 fue un montaje.

Solo que ese supuesto montaje causó, en un año, unas 280.000 muertes (entre 151.700 y 575.400).

Digámoslo también con letras: más de un cuarto de millón de personas murieron en todo el mundo a causa de la pandemia de gripe A de 2009. La enfermedad resultó ser mucho menos letal de lo que se sospechó inicialmente, pero la contrajo entre el 11 y el 21% de la población mundial. A pesar de todas las medidas de contención.

Así que, no, en realidad nada de lo que estamos viviendo ahora es tan nuevo como para que nuestra flaca memoria no pueda recordar situaciones anteriores similares. A esto hay que añadir que había un factor extra de pánico en la pandemia de gripe de 2009, y es que, como ocurrió antes con la de 1918, la enfermedad afectaba sobre todo a niños y adultos jóvenes y sanos.

Volvamos al presente, al coronavirus nuestro de cada día. Todas las medidas de contención, incluso si causan perjuicios, son bienvenidas si se trata de conseguir un bien mayor. Pero ¿se está teniendo en cuenta si esas medidas procuran ese bien mayor, de acuerdo a los estudios científicos de los expertos y las experiencias previas? ¿Se tiene la seguridad de que los beneficios esperables superan a los perjuicios? ¿O incluso si esos beneficios son realmente esperables? ¿Esas decisiones se basan en ciencia, o corren los gobiernos como pollos sin cabeza, legislando para el miedo y arrojando a la gente a vaciar supermercados?

Un ejemplo: como conté aquí hace unos días, se dio por hecho que cerrar Wuhan y otros lugares de China ayudaría a que el virus no escapara de allí, o que al menos la epidemia fuese menos grave en el resto del mundo. Pero cuando un estudio científico ha evaluado esta proclama con modelos matemáticos de simulación, ha descubierto que en realidad aquellas medidas no lograron en absoluto cambiar el curso de la epidemia, sino solo retrasar su expansión de tres a cinco días al resto de China, y de dos a tres semanas al resto del mundo.

Otro ejemplo: en nuestro país (aún) no se han implantado los controles de temperatura corporal en los aeropuertos. Pero solo hay que darse una vuelta por el Twitter, nuestro equivalente actual de los Dos Minutos de Odio orwellianos, para encontrar innumerables voces exigiendo tal medida. Y sin embargo, ninguna de esas voces parece preguntarse: ¿sirven para algo esos controles?

Un estudio de 2011 en Japón: “Confiar solo en la fiebre es una medida probablemente ineficaz como comprobación de entrada”.

Otro estudio de 2005 en Canadá a propósito del coronavirus del Síndrome Respiratorio Agudo Grave (SARS): “El valor predictivo positivo del escaneo es esencialmente cero”.

Otro estudio de 2014 en Australia: “Los escaneos en los aeropuertos fueron ineficaces para detectar los casos de gripe A pandémica H1N1 de 2009 en Nueva Gales del Sur”.

Y hay varios más, pero dejémoslo ya con esta revisión de varios estudios de 2019: “El porcentaje de casos confirmados identificados de entre el total de viajeros que pasaron a través de los escaneos de entrada en varios países de todo el mundo para la pandemia de gripe (H1N1) y el ébola en África occidental fue cero, o extremadamente bajo. Las medidas de escaneo de entrada para el Síndrome Respiratorio Agudo Grave (SARS) no detectaron ningún caso confirmado de SARS en Australia, Canadá y Singapur”.

En la presente epidemia de COVID-19 ya se han documentado también varios casos de viajeros que han dado positivo en los test del virus y que pasaron sin problemas los escaneos de temperatura corporal de los aeropuertos.

En el fondo, la diferencia entre la moderación y el alarmismo apocalíptico es que quienes defienden esta segunda postura parecen creer que esto es cosa solo de unos meses, que si resistimos lo suficiente, podremos apechugar con ello y el virus se esfumará por sí solo. Un artículo publicado ayer en la revista The Atlantic bajo el título de “Cancel Everything” (“Cancelarlo todo”), y cuya autoexplicativa tesis es que hay que cancelarlo absolutamente todo, dice sin embargo: “¿Estás organizando un congreso? Retrásalo al otoño”.

¿Al otoño? Es decir, que el autor (como dato adicional, experto en política, no en epidemias), quien defiende cancelarlo todo –“la gente se pondrá furiosa contigo. Serás ridiculizado como un extremista o un alarmista. Pero aun así, es lo correcto”–, parece dar por naturalmente supuesto que en otoño esto habrá terminado. Que en solo unos meses nos sacudiremos las manos, el coronavirus se habrá desvanecido por arte de magia, y podremos retomar nuestras vidas coronavirus-free.

Solo que no es esto lo que dicen ni la experiencia ni los epidemiólogos. En cuanto a lo primero, ¿qué fue del virus de la gripe pandémica de 2009? Pues ahora es una de las gripes que regresan todos los inviernos. No desapareció, sino que ya está con nosotros para siempre. Y la gripe causa cada año hasta 650.000 muertes.

Y respecto a lo segundo, ¿qué es lo que están diciendo los epidemiólogos respecto a la futura evolución de la COVID-19?

Maciej Boni, epidemiólogo de la Universidad de Pensilvania: “Con seguridad, hay cientos de miles de casos, quizá un millón de casos que simplemente no se han registrado”. “Como balance, es razonable asumir que la COVID-19 infectará a tantos estadounidenses durante el próximo año como la gripe en un invierno normal: entre 25 millones y 115 millones”.

Stephen Morse, de la Universidad de Columbia: “Puedo imaginar un escenario donde este se convierte en el quinto coronavirus endémico en los humanos”. “Dependiendo de lo que haga el virus, posiblemente podría consolidarse como una enfermedad respiratoria que volvería estacionalmente”.

Amesh Adalja, de la Universidad Johns Hopkins: “Creo que es muy posible que el brote actual termine con este virus convirtiéndose en endémico”.

Michael Osterholm, de la Universidad de Minnesota: “Muy bien podría convertirse en otro patógeno estacional que causa neumonía”.

Marc Lipsitch, de la Universidad de Harvard: “Pienso que el resultado probable es que al final no podrá contenerse”. En el año próximo, calcula Lipsitch, entre el 40 y el 70% de la población mundial habrá contraído el virus de la COVID-19.

Allison McGeer, del Hospital Mount Sinai: “Cuanto más sabemos de este virus, mayor es la posibilidad de que su transmisión no podrá controlarse con medidas de salud pública”. “Estamos viviendo con un nuevo virus humano, y sabremos si se extenderá por todo el globo”.

Robert Redfield, director del CDC de EEUU: “Pienso que este virus estará probablemente con nosotros más allá de esta estación, más allá de este año, y que finalmente se instalará”.

Nathan Grubaugh, de la Universidad de Yale: “Sin una vacuna eficaz, no veo que esto acabe sin millones de infecciones”.

También en este caso podríamos continuar, pero parece claro que el consenso emergente entre los epidemiólogos no sugiere precisamente que el coronavirus vaya a desaparecer, sino que ha venido para quedarse. ¿Podrían todos los epidemiólogos estar equivocados? No puede descartarse, dado que nadie tiene una bola de cristal. Pero ahora mismo no parece probable. Y dado que sus predicciones parecen los argumentos más fiables a los que ahora podemos agarrarnos, estos deberían ser los que guiaran la toma de decisiones.

En contra de lo que parece entenderse, la postura de la moderación, frente al alarmismo apocalíptico, no se basa en la idea de que esta epidemia sea poco relevante o de que vaya a desaparecer pronto, sino justamente en todo lo contrario: que no va a desaparecer, y que más tarde o más temprano es probable que la mayoría de nosotros vayamos a contraer el virus, a no ser que una vacuna llegue sorprendentemente antes de lo esperado. ¿Durante cuánto tiempo estamos dispuestos a vivir con colegios y centros de trabajo cerrados, sin espectáculos ni reuniones públicas, sin viajar, sin salir de casa? ¿Quince días? ¿Un mes? ¿Un año? ¿Siempre?

Todo sea dicho, las medidas de contención sí consiguen un objetivo esencial: comprar tiempo para retrasar el avance de una epidemia. Como ya están explicando las autoridades sanitarias, reduciendo la interacción social se logra que la curva de contagios se aplane, repartiéndose más a lo largo del tiempo; el número final de infectados será el mismo en cualquier caso, pero un largo goteo en lugar de un chorro instantáneo tiene la ventaja de no saturar los sistemas de salud, y de que estos tengan en todo momento la capacidad de atender en óptimas condiciones a los enfermos para reducir al mínimo el número de muertes. Eso sí, el autor de The Atlantic lo ha entendido justamente al revés: cancelarlo todo ahora no conseguirá que en otoño haya terminado, sino lo contrario, que dure más.

Así que, de acuerdo, compremos ese tiempo. Pero cuanto antes asumamos que todo esto es como tratar de detener el mar con una raqueta de tenis, y cuanto antes avancemos hacia la mitigación, antes nos libraremos del pánico, la histeria constante del recuento de infectados, los telediarios monotemáticos, los tertulianos desinformados, los supermercados vacíos y la locura de las mascarillas. Sí, quizá haya algunas cosas que cambien para siempre. Pero tarde o temprano tendremos que continuar con nuestras vidas. Incluso si es el coronavirus el que les pone fin.

Por qué el coronavirus debería preocupar mucho menos de lo que preocupa

En la actual epidemia del coronavirus SARS-CoV-2, causante de la COVID-19, a la inmensa mayoría del público le interesan, por encima de todo, dos datos: el número de muertes y el porcentaje que esto representa entre quienes se contagian. Son estas dos cifras las que marcan la diferencia entre un asunto de cuarta fila y otro que es tendencia día tras día en las redes, apertura día tras día en telediarios y periódicos, tema dominante de conversación en cualquier reunión y motivo de la histeria colectiva que estamos viviendo.

En el momento de escribir estas líneas, así son los datos: 3.825 fallecidos entre 110.041 contagiados. Si hacemos una sencilla cuenta, obtenemos un 3,4%. Clavado a la mortalidad actualizada hace unos días por la Organización Mundial de la Salud (OMS). Tema cerrado. Punto.

Pero ¿realmente es tan simple?

Imagen al microscopio electrónico de partículas del coronavirus 2019-nCoV/SARS-CoV-2/virus de COVID-19 (amarillo) emergiendo de una célula en cultivo (rosa). Imagen de NIAID/RML.

Imagen al microscopio electrónico de partículas del coronavirus 2019-nCoV/SARS-CoV-2/virus de COVID-19 (amarillo) emergiendo de una célula en cultivo (rosa). Imagen de NIAID/RML.

No, no lo es. Hay un primer factor que puede falsear los datos, y que ya hay quienes se han encargado de subrayar. Y es el lag effect, o “efecto retraso”. Pensemos, por ejemplo, en el VIH/sida. Imaginemos que nos fijamos en los primeros tiempos del contagio, o en una población en la que el virus acaba de introducirse. Si en un momento determinado se compara la cifra de contagiados con la de fallecidos, el resultado será que la mortalidad del virus es nula, ya que el VIH tarda mucho tiempo en matar (o mejor dicho, tarda mucho tiempo en dejar el organismo mortalmente expuesto a las infecciones oportunistas y tumores). Y sin embargo, sabemos que no es así: la mortalidad del VIH sin tratar excede el 90%.

Es decir, no pueden compararse los enfermos de hoy con los fallecidos de hoy, sino que deben compararse los enfermos de hoy con los fallecidos dentro del tiempo que una enfermedad tarda en matar, una vez que este parámetro sea lo suficientemente conocido. Aunque el aumento del tiempo transcurrido desde el comienzo de un brote va refinando la apreciación de esta medida, solo los resultados globales tras el final de un brote podrán dar datos definitivos.

Si nos atenemos a esto, podríamos tener aún más motivos para alarmarnos, dado que la cifra acumulada de muertes dentro de, digamos, un mes, será aún más abultada que la actual con respecto al número de personas contagiadas en este momento. Pero no nos precipitemos. Existe otro factor que es necesario considerar y cuyo efecto debería ser justamente el opuesto, disipar los temores y reducir el pánico. Y es lo que se conoce como exceso de mortalidad.

Cada día mueren en el mundo unas 150.000 personas, 100.000 de ellas por causas relacionadas con la edad. Muchas de estas personas tenían ya graves problemas de salud y finalmente acaban cayendo víctimas de los efectos, directos o indirectos (como un fallo cardíaco), de alguna infección desafortunada, ya sea la gripe, una neumonía bacteriana o… el coronavirus. Estas personas han tenido la desgracia de contraer una infección circulante cuando su cuerpo estaba indefenso o menos preparado para combatirla. Y esta infección puede ser la gripe, una neumonía bacteriana o… el coronavirus.

Por lo tanto, el dato más importante de cara al interés del público en general, o al menos el de quienes siguen las cifras de muertes con angustia, no es cuántas personas fallecen con coronavirus, sino cuántas de estas personas habrían continuado viviendo si el coronavirus no se hubiera cruzado en sus vidas. Esto es el exceso de mortalidad: cuánto aumenta el coronavirus la mortalidad en la población respecto a la mortalidad básica habitual. Y esto no lo da la cifra neta de fallecidos ni el porcentaje respecto a los contagiados.

Naturalmente, este es un dato que aún no puede conocerse con precisión y que va construyéndose poco a poco a base de registros y estudios. Pero quizá no estaría de más que organizaciones y autoridades como la OMS explicaran un poco este tipo de cosas cuando se presentan ante las cámaras arrojando a los medios hambrientos la carnaza del 3,4% de mortalidad.

Traigo aquí una referencia de las pocas aún disponibles, y por supuesto no en un medio generalista, que se han preocupado de indagar en esto. Es un artículo en la revista Slate escrito por Jeremy Samuel Faust, médico de emergencias en el Brigham and Women’s Hospital de Boston y profesor de salud pública y políticas de salud en la Facultad de Medicina de Harvard.

“Probablemente estos números aterradores no se sostengan”, escribe Faust, en referencia a las cifras oficiales de mortalidad que se están difundiendo. “La verdadera tasa de letalidad de este virus es probablemente mucho menor de lo que sugieren los actuales informes. Incluso algunas estimaciones bajas, como el 1% mencionado por los directores de los Institutos Nacionales de la Salud [de EEUU] y el Centro para el Control y la Prevención de Enfermedades, probablemente sobreestiman el caso sustancialmente”. “Lo que necesitamos saber es cuántas muertes en exceso causa este virus”, resume el experto (cursivas suyas).

Faust utiliza un ejemplo enormemente ilustrativo: el barco Diamond Princess, que estuvo sometido a cuarentena en la costa de Japón después de que se detectara la irrupción del coronavirus. “Un barco en cuarentena es el laboratorio natural ideal –si bien infortunado– para estudiar un virus”, escribe el experto. En un caso como este, prosigue, es posible controlar muchas variables que están fuera de control en la expansión de un brote entre la población general. En este último caso, “¿cuántas personas ya estaban hospitalizadas por otra enfermedad amenazante y después contrayeron el virus? ¿Cuántas estaban completamente sanas, contrayeron el virus, y desarrollaron una enfermedad crítica? En el mundo real, no lo sabemos”.

Faust apunta, por ejemplo, que la provincia china de Hubei tiene tasas de enfermedades respiratorias superiores a la media nacional en China, “un país donde la mitad de los hombres fuman. ¿Cómo se supone que los médicos podrían determinar cuáles de esas 25 muertes diarias de entre 25.000 se debieron solamente al coronavirus, y cuáles eran más complicadas?”.

Faust pone en claro las cifras del Diamond Princess: de las 3.711 personas a bordo, al menos 705 han testado positivas para el virus, “lo cual, considerando el confinamiento, las condiciones y lo contagioso que este virus parece, es sorprendentemente bajo”, dice. De ellos, más de la mitad son asintomáticos. “Solo esto sugiere que la verdadera tasa de letalidad del virus es la mitad” de lo que se dice. Hubo seis muertes (hoy ya siete). De lo cual se obtiene una tasa de letalidad del 0,85%. “Podemos asumir que esto es un exceso de mortalidad; no habría ocurrido sin el SARS-CoV-2”.

El barco Diamond Princess en 2008. Imagen de Bernard Spragg NZ / Flickr / Dominio público.

El barco Diamond Princess en 2008. Imagen de Bernard Spragg NZ / Flickr / Dominio público.

Pero Faust añade: todas estas muertes ocurrieron en pacientes mayores de 70 años. “Si los números reportados en China se sostuvieran, deberíamos haber esperado [en el barco] unas cuatro muertes de personas menores de 70 años”. Es más, el número de fallecidos por encima de 70 años reduce en ocho veces las cifras de mortalidad que se han manejado en China.

Y hay más motivos para continuar disipando pánicos y temores: “Los pacientes [del barco] probablemente estuvieron expuestos repetidamente a cargas virales concentradas”. “Algunos tratamientos se retrasaron”. Y no hay por qué asumir que todos los pasajeros del barco viajaban libres de enfermedades crónicas. Faust no menciona, pero también es información relevante, que los cruceros son focos habituales de contagios: cada año hay al menos una decena de brotes víricos en cruceros, sobre todo norovirus, que justamente se conoce como el “virus de los cruceros”.

Así, concluye Faust, “todo esto sugiere que la COVID-19 es una enfermedad relativamente benigna para la mayoría de la gente joven, y potencialmente devastadora para los ancianos y los enfermos crónicos, aunque ni de lejos tan peligrosa como se ha dicho”. Ni Faust ni nadie trata de desdeñar lo que indudablemente es una nueva amenaza para la salud que antes no existía. Pero sí insiste en que las personas sanas que están acumulando mascarillas, alimentos y geles desinfectantes simplemente padecen una “ansiedad mal dirigida”, y que estos esfuerzos deben concentrarse en proteger a los ancianos y enfermos, para quienes se deben reservar estos “recursos preciosos y limitados”.

En resumen, solo las personas pertenecientes a los grupos más vulnerables deberían preocuparse por este nuevo coronavirus, pero tampoco de cero a cien, sino simplemente como una dosis extra de preocupación añadida a la que ya tienen, o deberían tener, por otras infecciones amenazantes endémicas que circulan habitualmente y contra las que deberían protegerse; por ejemplo, vacunándose contra la gripe. Y por supuesto, lavándose las manos con frecuencia.

De lo contrario, ¿qué ocurrirá cuando nos llegue la próxima epidemia realmente preocupante, como una gripe aviar H5N1, con un 60% de víctimas mortales, o una gripe pandémica como las de 1918 y 2009, mucho menos letales pero que afectaron sobre todo a niños y adultos jóvenes y sanos? ¿Se habrán agotado ya para entonces los cartuchos del apocalipsis?

Las restricciones de viaje en China solo retrasaron la expansión del coronavirus, no la redujeron

A finales de febrero, una misión de la Organización Mundial de la Salud (OMS) a China para estudiar la situación respecto al nuevo coronavirus SARS-CoV-2, causante de la COVID-19, publicó sus conclusiones en un informe. “La atrevida estrategia de China para contener la rápida expansión de este nuevo patógeno respiratorio ha cambiado el curso de una epidemia mortal de rápida escalada”, concluía el informe de la OMS.

La conclusión de la OMS se basaba en lo observado in situ: mientras que pocas semanas antes los hospitales y el personal sanitario en varias ciudades chinas no daban abasto, en cambio la delegación de la OMS encontró entonces camas vacías, un crecimiento cada vez menor del número de casos, e incluso las autoridades encontraban problemas para reclutar grupos suficientes de pacientes válidos para los numerosos ensayos clínicos de tratamientos experimentales.

Con estas conclusiones, la OMS validaba lo que el mundo entero antes había aplaudido: el cierre a cal y canto de la ciudad de Wuhan y otros enclaves afectados, que restringía drásticamente la libertad de desplazamiento de las personas. Al observarse una clara correlación entre la adopción de estas medidas y la desaceleración de la epidemia, el organismo validaba la eficacia del abordaje del problema por parte de las autoridades chinas. El mundo entero se reafirmaba en su aplauso, y comenzaba a valorarse en otros países hasta qué punto era posible, dado que sí era deseable, aplicar medidas similares extremas para contener la epidemia.

Policías patrullando el aeropuerto de Wuhan en enero de 2020. Imagen de Chinanews.com / China News Service / Wikipedia.

Policías patrullando el aeropuerto de Wuhan en enero de 2020. Imagen de Chinanews.com / China News Service / Wikipedia.

Pero correlación no significa causalidad. Como este blog y otros muchos medios de contenidos científicos no nos cansamos de repetir, el hecho de observar una coincidencia entre la evolución de dos parámetros no implica necesariamente que exista una relación de causa y efecto entre ambos. Para que esta asociación deje de ser simplemente una curiosa coincidencia, es preciso demostrar que existe esa relación causal. Lo cual no siempre es posible o fácil. Pero cuando no puede confirmarse este vínculo, lo observado debe quedar solo como una sospecha sugerente, sin dar por hecho que dicha relación está demostrada.

Por supuesto, en el caso de las medidas de las autoridades chinas es imposible saber qué hubiese ocurrido sin la imposición de tan drásticas medidas, ya que no podemos rebobinar el tiempo y volver a correr el experimento cambiando las condiciones. Pero gracias a la ciencia y la tecnología, al menos podemos recurrir a una herramienta de cierta fiabilidad: la simulación.

La simulación es un modelo matemático que se alimenta con todas las variables de las que es posible disponer. Una vez construido el modelo, se introducen en él las condiciones que uno quiere evaluar; en un caso como el que nos ocupa, las condiciones iniciales extraídas del mundo real. A continuación los investigadores pueden ir tocando palancas (en sentido figurado) para cambiar distintas variables, y el modelo se encarga de contarnos qué puede ocurrir en el futuro, o qué habría ocurrido si…

En un estudio publicado esta semana en la revista Science, investigadores de Italia, EEUU y China han publicado los resultados de un modelo matemático de simulación destinado a evaluar cuál ha sido el efecto real –todo lo real que una simulación puede aportar– de las restricciones de movimiento aplicadas en China durante la primera fase explosiva de la epidemia del coronavirus. Y qué habría pasado si dichas medidas no se hubieran aplicado.

Y, oh, sorpresa.

Según escriben los autores, “la cuarentena de viajes en torno a Wuhan solo ha retrasado modestamente la expansión de la epidemia a otras áreas de China”. Según el modelo utilizado por los científicos, lo único que logró el cierre de la ciudad de Wuhan decretado el 23 de enero fue retrasar entre tres y cinco días la expansión de la epidemia en China. Cuando a comienzos de febrero las aerolíneas comenzaron a suspender los vuelos a y desde China, inicialmente se frenó la expansión del virus al resto del mundo. Pero incluso con una reducción de los viajes del 90%, lo único que se consigue es un retraso de dos a tres semanas en el crecimiento de la epidemia en otros países.

Así pues, las conclusiones del estudio no avalan la tesis de la OMS de que la estrategia aplicada en China “ha cambiado el curso” de la epidemia, sino que simplemente la ha retrasado.

Por supuesto que las predicciones de un modelo matemático, cuando se trata de una materia de tanta complejidad como la epidemiología, no deben tomarse como verdades grabadas en piedra; no tenemos más que ver las enormes variaciones entre los resultados de distintas investigacones con respecto a las predicciones de la evolución de la epidemia de aquí unos meses. Pero, al menos, en las intensas reuniones que las autoridades sanitarias de decenas de países mantienen, debatiendo las medidas a aplicar, encima de todas esas mesas no debería faltar este número de la revista Science para imponer un poco de cordura entre el caos.

La anterior no es la única conclusión del estudio. Además de decirnos qué es lo que en el fondo no sirve, que desde luego está muy bien saberlo, por fortuna los investigadores nos cuentan también qué es lo que sí sirve: la detección temprana, el aislamiento de las personas infectadas, la cuarentena voluntaria de quienes sospechan que podrían estar enfermos y, una vez más, el lavado de manos, son las medidas que tienen un mayor impacto en la contención de la epidemia. “Mirando hacia delante, las restricciones de viaje en las áreas afectadas por la COVID-19 tendrán efectos modestos, y el mayor beneficio para mitigar la epidemia vendrá de las intervenciones en la reducción de la transmisión”, escriben los investigadores.

Por último, también ayer Science publicaba un artículo –no un estudio–, escrito por el corresponsal de la revista en Shanghái, Dennis Normile, que explica por qué el control de temperatura de los viajeros en los aeropuertos no sirve para reducir la expansión de la epidemia. En este blog ya se ha aplaudido la decisión de nuestras autoridades sanitarias de no imponer una medida que, dijeron nuestros responsables, solo sirve para crear una falsa sensación de seguridad.

“La experiencia con otras enfermedades muestra que es excepcionalmente raro que estos controles detecten a los pasajeros infectados”, escribe Normile. “Por ejemplo, la semana pasada, ocho pasajeros que posteriormente resultaron positivos en el test de COVID-19 llegaron a Shanghái desde Italia y pasaron los controles de los aeropuertos sin ser detectados. Incluso si los controles encuentran algún caso ocasional, no tiene prácticamente ningún impacto en el curso de la epidemia”. Según señala en el artículo el epidemiólogo de la Universidad de Hong Kong Ben Cowling, “a largo plazo, las medidas destinadas a detectar infecciones en los viajeros solo retrasarán epidemias locales, pero no las evitarán”.