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Las mascarillas desechables son “un desastre medioambiental que durará generaciones”

Resulta incomprensible la promoción que ciertos sectores están haciendo del uso de mascarillas desechables quirúrgicas y tipo EPI (N95, FFP2-3) entre la población general sana no expuesta a situaciones de alto riesgo, y uno no puede evitar pensar que este empeño debe de venir motivado por alguna razón ajena al interés de la salud pública. Creo que es oportuno repasar algunos aspectos sobre los distintos tipos de mascarillas, y explicar por qué toda persona con un mínimo de preocupación por la conservación medioambiental debería limitar el uso de las desechables en la medida de lo posible.

En primer lugar, en cuanto a las mascarillas, conviene recordar algo que he contado aquí repetidamente. Existen tres tipos de estudios fundamentales para evaluar la utilidad de las mascarillas contra la pandemia: experimentales, observacionales y clínicos. Los primeros examinan el funcionamiento de las mascarillas en condiciones de laboratorio, con aparatos de medida y escenarios simulados con soportes artificiales o con personas o animales. Pero aunque en estos se encuentre hasta un noventa y tantos por ciento de retención y/o protección, como ha sucedido en algunos estudios, hay que irse a los observacionales (recogen datos del mundo real) o clínicos (diseñados para evaluar el funcionamiento en el mundo real) para comprobar qué sucede en la práctica.

En biomedicina en general, ya sea para fármacos, vacunas u otras intervenciones, suele haber grandes diferencias entre dos términos que parecen sinónimos, pero que en este caso se emplean con significados diferentes: la eficacia, medida en laboratorio, y la eficiencia, resultante en el mundo real. Y cuando se analiza esta última en los estudios observacionales y clínicos, el resultado es que la eficiencia de las mascarillas es siempre mucho menor que su eficacia en el laboratorio: protegen, pero solo parcialmente; no son una garantía contra el contagio.

Mascarilla desechada. Imagen de Pikist.

Mascarilla desechada. Imagen de Pikist.

Como ya he explicado aquí, hay una ensalada de estudios y datos dispares que por el momento, a la espera de resultados de nuevos ensayos clínicos, impide concretar una cifra (que, de todos modos, variaría según el contexto), pero podemos quedarnos con estos datos: desde un 40% de reducción de riesgo, según experimentos con animales que tratan de simular situaciones del mundo real, hasta un 65% según una revisión reciente de estudios en el mundo real (la distancia social, que se está respetando mucho menos que el uso de mascarillas, reduce el riesgo en un 90%). Pese a que estas cifras no sean tan altas como las de los estudios experimentales, recordemos que, como también he contado aquí, el hecho de que las mascarillas reduzcan la cantidad de virus que inhalamos puede ser crucial si resulta en una enfermedad más leve que sin embargo nos aporte una cierta inmunidad contra el virus.

Dicho esto, incluso en los ensayos experimentales se ha comprobado que la eficacia de las mascarillas higiénicas, que incluyen las reutilizables de tela que muchos usamos, es solo ligeramente menor, prácticamente equivalente a la de las quirúrgicas desechables (aquí un buen resumen gráfico, estudio original aquí), siempre que estas mascarillas estén fabricadas siguiendo las normativas que establecen sus requisitos, motivo por el cual el Ministerio de Consumo de España ha puesto en marcha una iniciativa para endurecer la normativa y controlar con mayor exigencia el etiquetado en las mascarillas.

Pero recordemos: las mascarillas recomendadas por las autoridades sanitarias para las personas sanas son las higiénicas; las quirúrgicas solo se recomiendan para las personas contagiadas, y las tipo EPI para quienes están en contacto con estas. Para quienes gustan de hacer lo contrario de lo que diga el gobierno, tanto la Organización Mundial de la Salud como el Centro para el Control de Enfermedades de EEUU, su homólogo europeo, el Servicio de Salud de Reino Unido, instituciones científicas como la Universidad Johns Hopkins, la Royal Society, la Universidad de Oxford (por citar alguna) y cientos de expertos recomiendan para la población general sana el uso de mascarillas no médicas de tela, lavables y reutilizables, incluyendo las fabricadas en casa, siempre que cumplan los requisitos necesarios. Para quienes gustan de hacer lo contrario de lo que digan todos los expertos que se basan en los datos científicos, no tengo ningún argumento.

Recomendaciones del Ministerio de Consumo sobre mascarillas.

Recomendaciones del Ministerio de Consumo sobre mascarillas.

En cambio, sí tengo un argumento para quienes prefieren usar mascarillas quirúrgicas desechables porque creen que son mucho más seguras: según los datos enlazados más arriba, en filtración de aerosoles solo añaden en torno a un 7% más (de un 82 a un 89%; siempre en estudios experimentales, entiéndase). Y para quienes a pesar de todo prefieren agarrarse a ese escaso 7% extra, también tengo un argumento muy poderoso. Que explico con unos cuantos datos:

  • Las mascarillas desechables están hechas de materiales plásticos que tardan décadas o siglos en degradarse, y al hacerlo quedarán en el medio ambiente como microplásticos. Algunos expertos alertan de que el uso masivo de mascarillas desechables es “un desastre medioambiental que durará generaciones”.
  • La Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo estima que en 2020 la venta global de mascarillas desechables va a multiplicarse por más de 200, subiendo de 800 millones de dólares el año pasado a 166.000 millones en este año. El 75% de ellas, dicen, acabarán en vertederos o en el mar. El programa medioambiental de Naciones Unidas (UNEP) calcula que el daño económico para el turismo y la pesca será de 40.000 millones de dólares.
  • Para Naciones Unidas, el vertido de miles de millones de mascarillas desechables está asestando un duro golpe a la lucha contra la contaminación plástica. Según Laurent Lombard, de la ONG francesa Opération Mer Propre, pronto habrá “más mascarillas que medusas en las aguas del Mediterráneo”. En las playas de islas remotas ya se están recogiendo masas de mascarillas desechables. Según el Foro Económico Mundial, “la basura del coronavirus se ha convertido en una nueva forma de contaminación, a medida que los equipos de protección desechables llenan nuestros océanos”.
  • Un estudio del University College London estima que el uso exclusivo de mascarillas desechables por parte de la población británica supondría un consumo de 24.700 millones de mascarillas al año, lo que produciría 124.000 toneladas de basura plástica. Si solo se usaran mascarillas reutilizables, la basura generada se reduciría en un 95%.
  • Según un reciente artículo en Science, si la población global utiliza mascarillas desechables a razón de una al día, cada mes se utilizarían y se tirarían a la basura 129.000 millones de mascarillas. Repitamos con todas las letras: CIENTO VEINTINUEVE MIL MILLONES DE MASCARILLAS usadas y tiradas CADA MES. Eso hace más de UN BILLÓN Y MEDIO DE MASCARILLAS AL AÑO.
  • Según el UCL, la opción más ecológicamente responsable es utilizar mascarillas de tela sin filtros desechables y lavarlas a máquina. Lavar a mano mascarillas reutilizables con filtros desechables es incluso peor para el medio ambiente que las mascarillas desechables.

En definitiva, cada cual es libre de hacer su elección. Pero cuando hace unos días en un informativo se hablaba de la carga económica que supone el gasto en mascarillas desechables para una familia, y se comentaban las medidas de limitaciones de precios o de reducción de impuestos, se olvidaba una medida mucho más sencilla, racional y urgente: no utilizar mascarillas que no están recomendadas para la población general por la gran mayoría de los expertos y que no aportan prácticamente nada respecto a las higiénicas reutilizables. Y que no solo representan un gasto abultado para quienes las compran, sino también un coste inmenso para el medio ambiente que, a su vez, repercutirá en nuevos y mayores riesgos para la salud humana.

Ojo con la distracción: plantar árboles no va a arreglar el clima

El pasado julio, un estudio en la revista Science dirigido por el Instituto Federal de Tecnología de Suiza en Zurich (ETH) calculaba que la biosfera actual podría soportar un aumento de más del 25% en superficie de bosques, respetando las áreas urbanas y las dedicadas a producción de alimentos, y que este incremento de la masa forestal podría absorber un 25% del carbono presente en la atmósfera, contrarrestando una gran parte del exceso de emisiones vertidas a la atmósfera durante la era industrial. “Nuestros resultados subrayan la oportunidad de mitigar el cambio climático mediante la restauración global de árboles, pero también la necesidad de acciones urgentes”, escribían Jean-François Bastin y sus colaboradores.

El estudio rebotó de un rincón a otro de la internet mediática. National Geographic titulaba: “¿Cómo borrar cien años de emisiones de carbono? Plantar árboles –montones de ellos”. Pero mientras, otros científicos arrugaban el ceño. Poco después, Science recibía varias cartas firmadas por distintos grupos de investigadores que respondían al estudio del ETH, cuestionando sus resultados.

“Creemos que esta conclusión es errónea a causa de una mala interpretación de los autores tanto del potencial de almacenamiento de carbono como de la respuesta del ciclo global de carbono a las emisiones antropogénicas”, escribían Pierre Friedlingstein y sus colaboradores. “La proclama de que la restauración global de árboles es nuestra solución más eficaz contra el cambio climático es simplemente incorrecta científicamente y peligrosamente engañosa”. Otros grupos de investigadores se manifestaban de forma similar.

También en las redes sociales, otros expertos criticaban el estudio: en Twitter el director de investigación del Centro de Investigación Internacional del Clima en Noruega, Glen Peters, escribía: “Podría llevar cientos de años añadir suficientes bosques maduros para eliminar lo que emitiremos en 20 años al ritmo actual de 40 gigatoneladas de CO2 al año”.

Imagen de pixabay.

Imagen de pixabay.

Los científicos que rebatían el estudio encabezado por Bastin argumentaban distintas razones. Entre las más importantes, que los autores del análisis original habían asumido incorrectamente que solo los árboles secuestran carbono y que el suelo carece de esta capacidad; pero, según apuntaban Joseph Veldman y sus colaboradores, el 86% del carbono almacenado en las sabanas tropicales y el 64% del capturado en los bosques boreales no está en los árboles, sino en el suelo.

Aún más llamativo: en ciertas zonas del planeta, dicen los expertos, plantar árboles no haría sino aumentar el CO2 vertido a la atmósfera. Este es el caso de las tundras heladas del norte donde existe una capa de suelo congelado, el permafrost. Este sustrato mantiene capturada una enorme cantidad de carbono. Cuando se descongela, los microbios presentes en el suelo comienzan a descomponer la materia orgánica, liberando metano y CO2 a la atmósfera. En estos lugares, plantar árboles calentaría el suelo y derretiría el permafrost, por lo que no haría sino agravar el problema.

Este es uno de los argumentos que llevó a dos científicos rusos, Sergey Zimov y su hijo Nikita, a crear el Parque del Pleistoceno, una reserva natural en Siberia en la que están restaurando el ecosistema de praderas de tundra que se cubrió de árboles cuando los grandes mamíferos herbívoros desaparecieron de allí. Los Zimov aspiran a añadir a su ecosistema una especie ya extinguida, el mamut. Si los actuales proyectos de crear un mamufante llegan a algún resultado, estos animales podrían contribuir a ese aclaramiento de las praderas árticas para mantener el permafrost.

Naturalmente, el proyecto de los Zimov tampoco va a arreglar el desastre climático, ni ellos aspiran a tal cosa. Es solo una muestra más de que los árboles no son la solución. Nadie duda de que la Tierra puede albergar más bosques ni de que esto puede brindar beneficios, ni de que, sobre todo, es esencial conservar los que aún tenemos. Los bosques, en especial los tropicales, cobijan una gran parte de la biodiversidad terrestre; y según el concepto de límites planetarios introducido en 2009, y que ofrece una serie de indicadores del estado de distintas amenazas medioambientales, la pérdida de biodiversidad es ya el que más ha traspasado con diferencia los límites seguros.

Pero cuando ciertas líneas aéreas han anunciado su propósito de contrarrestar sus emisiones plantando árboles; cuando recientemente grandes nombres como el emprendedor en serie Elon Musk o el CEO de Twitter, Jack Dorsey, han donado abultadas cantidades a la campaña #TeamTrees, promovida por un youtuber y que pretende plantar 20 millones de árboles desde el próximo 1 de enero; cuando la web de #TeamTrees afirma que “la restauración de bosques tiene el mayor potencial global de mitigación climática en comparación con todas las restantes soluciones naturales”, basándose en un estudio de 2017

Cuando ocurre todo esto, el principal efecto es que estos nombres y compañías consiguen visibilidad y vestir su imagen de verde. Pero en esta pequeña serie de artículos que vengo publicando aquí con motivo de la COP25 celebrada en Madrid, he tratado de destacar no lo que los expertos dicen que debe hacerse para mitigar el cambio climático, algo que ya está suficientemente claro, sino las distracciones: todo aquello que desde distintas fuentes externas al ámbito científico se está vendiendo al público, en muchos casos con la colaboración de los medios, como soluciones al cambio climático, y que según los expertos no lo son. Y cuanto mayores son las distracciones, más fuertes deben ser las voces para amplificar el mensaje de los científicos.

Por eso conviene aclarar que la afirmación de #TeamTrees puede ser equívoca, ya que las “restantes soluciones naturales” con las que aquel trabajo comparaba la reforestación eran cosas como restaurar las costas, mejorar las plantaciones de arroz o atajar los incendios. Es decir, algo así como defender que el ajo tiene el mayor potencial de mitigación de la septicemia en comparación con todos los restantes tratamientos naturales, siendo estos las flores de Bach, el reiki, la manipulación de los chakras o convencerse uno mismo de que en realidad no está enfermo, sino que son sus emociones.

Reducir el plástico, reciclar, usar coches eléctricos, comer menos carne o plantar árboles son todas ellas buenas medidas, pero ninguna de ellas ni todas en conjunto van a arreglar el clima. Los expertos no ponen en cuestión que deba potenciarse la capacidad de los ecosistemas de absorber carbono mediante una mejor gestión del uso de las tierras, y de hecho el Panel Intergubernamental de Cambio Climático de la ONU ha insistido recientemente en esto.

Pero como decía alguien: “Sí, por supuesto que necesitamos plantar tantos árboles como podamos. Sí, por supuesto que necesitamos conservar los árboles existentes y restaurar la naturaleza. Pero no hay absolutamente ningún camino alternativo a detener nuestras emisiones de gases de efecto invernadero y dejar los combustibles fósiles en el suelo”.

Y quien decía esto era… sí, ella. Greta Thunberg. Y así se entiende que esta niña moleste tanto, cuando hay tantos señores importantes y sus importantes compañías contándonos las cosas tan importantes que hacen por el clima, para que tenga que venir una niña de 16 años a dar lecciones a nadie…

Esto es lo que puedes hacer tú contra el cambio climático, y lo poco que sirve

En estos días de la celebración de la COP25 en Madrid, no hay medio que no nos haya informado sobre qué podemos hacer cada uno de nosotros para contribuir a detener el avance de la crisis climática, si tal cosa es aún posible. Y dado que la pregunta “¿qué puedes hacer tú contra el cambio climático?” se ha repetido estos días hasta la saciedad, ¿qué necesidad hay de repetirla una vez más?

Pero hay una razón para traer de nuevo aquí esta cuestión. Y es que, a poco que uno sea una persona con una cierta mentalidad científica o tirando a racionalista, o simplemente un ciudadano curioso, quizá le interese saber cuál es el beneficio real de las distintas acciones que se nos proponen. Esto ya no se ha tratado con tanta frecuencia durante estos días. Y es aquí donde surgen las sorpresas.

Ese fue el trabajo que emprendieron en 2017 Seth Wynes y Kimberly Nicholas, investigadores de la Universidad de Lund (Suecia) especializados en sostenibilidad contra el cambio climático, y en especial en cómo los comportamientos personales, la educación y las políticas pueden ayudar a mitigar la emergencia climática en la que estamos inmersos.

Para su estudio, publicado en la revista Environmental Research Letters, Wynes y Nicholas examinaron los libros de texto de ciencias que se utilizan en los institutos de secundaria en Canadá, para recopilar las acciones que en ellos se recomiendan a los alumnos como medidas contra el cambio climático. A continuación, rastrearon los estudios publicados anteriormente para poner en cifras el ahorro de emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) que se logra con estas medidas y otras no mencionadas en los libros.

Imagen de pixabay.

Imagen de pixabay.

Y aquí, los resultados. Los investigadores identificaron seis medidas de alto impacto, es decir, considerablemente beneficiosas para el ahorro de emisiones que cada uno producimos:

  • Tener un hijo menos.
  • Vivir sin coche.
  • Evitar el transporte aéreo.
  • Reducir los efectos de la conducción, por ejemplo comprar un coche más eficiente.
  • Comprar energía verde.
  • Comer una dieta vegetal.

Sin embargo, Wynes y Nicholas advertían de que el impacto de comprar energía verde varía según los países, siendo mayor en aquellos en los que la generación de electricidad depende en mayor medida de los combustibles fósiles.

A las anteriores les siguen diez medidas de impacto moderado:

  • Aumentar la eficiencia de la calefacción y el aire acondicionado en el hogar.
  • Instalar paneles solares u otras fuentes de energía renovable en casa.
  • Utilizar el transporte público, la bicicleta o caminar.
  • Comprar productos energéticamente eficientes.
  • Conservar energía.
  • Comer menos carne.
  • Reducir el consumo.
  • Reutilizar.
  • Reciclar.
  • Comer productos locales.

Y por último, existen ocho medidas, algunas de ellas a menudo muy publicitadas, pero cuyo impacto real en el ahorro de emisiones es bajo:

  • Conservar agua.
  • Minimizar los residuos y comprar menos envoltorios.
  • Plantar un árbol.
  • Compostar.
  • Comprar reducciones de emisiones.
  • Cortar menos el césped.
  • Eliminar los viajes innecesarios.
  • Comprar alimentos ecológicos.

Aquí ya surgen algunas sorpresas respecto a dogmas que normalmente se dan por supuestos, pero que tienen más de mito que de realidad. Como conté aquí ayer, la biosfera padece un evidente problema de contaminación plástica, pero es un problema que solapa solo mínimamente con el cambio climático, por lo que puede decirse que en su gran mayoría es un problema diferente. Reducir el uso de plásticos sin duda rebajará la contaminación plástica, pero su impacto de cara al cambio climático es mínimo.

Otro tanto sucede con los tan cacareados alimentos ecológicos u orgánicos, un negocio floreciente que a menudo se apoya en proclamas sobre sus beneficios contra el cambio climático. Beneficios que no son tales: como diversos investigadores se han ocupado de mostrar rigurosamente, suele ocurrir que la producción de estos alimentos requiere una mayor ocupación de tierras que el producto convencional, ya que su rendimiento es menor, por lo que aumenta el consumo de recursos y reduce la capacidad de captura de carbono de los ecosistemas. Los investigadores insisten en que la clave no está en la producción ecológica, sino en mejorar la eficiencia y la sostenibilidad de la producción convencional.

Pero a todo lo anterior hay que añadirle las cifras, y es aquí donde aparecen nuevas sorpresas. Porque cuando Wynes y Nicholas califican las seis primeras medidas como de alto impacto, no significa ni mucho menos que todas ellas sean igual de beneficiosas de cara al recorte de emisiones. De hecho, existe una de ellas que rompe la escala respecto a todas las demás y que ni siquiera aparece en ninguno de los libros de texto: tener un hijo menos ahorra al año casi 60 toneladas de equivalentes de CO2 (CO2e), mientras que la siguiente medida de alto impacto, vivir sin coche, solo evita 2,4 toneladas de CO2e, casi 25 veces menos. Estas son las cifras de toneladas de CO2e al año que ahorran algunas medidas:

  • Tener un hijo menos: 58,6.
  • Vivir sin coche: 2,4.
  • Evitar un vuelo trasatlántico: 1,6.
  • Comprar energía verde: 1,5.
  • Economizar combustible (cambiar a un coche más eficiente): 1,19.
  • Cambiar de un coche eléctrico a no tener coche: 1,15.
  • Comer una dieta vegetal: 0,8.
  • Hacer la colada con agua fría: 0,247.
  • Reciclar: 0,2125.
  • Secar la colada al aire (no utilizar secadora): 0,21.
  • Cambiar las bombillas convencionales por las de bajo consumo: 0,10.
Gráfico de ahorro de emisiones al año con distintas medidas. Imagen de Wynes y Nicholas, Environmental Research Letters., 2017.

Gráfico de ahorro de emisiones al año con distintas medidas. Imagen de Wynes y Nicholas, Environmental Research Letters., 2017.

¿No es una sorpresa saber que cambiar a un coche más eficiente en el uso de combustible ahorra más emisiones que tener un coche eléctrico?

¿O que una dieta exclusivamente vegetal, en la que tanto parece insistirse últimamente como si fuera la solución al cambio climático (aunque los científicos ya han dejado claro que no es así), en realidad solo ahorra la mitad de CO2 que evitar un solo vuelo trasatlántico al año, la tercera parte que vivir sin coche, una vez y media menos que tener un coche más eficiente y más de 70 veces menos que tener una familia más reducida?

¿Y qué hay de que todos nuestros esfuerzos por reciclar la basura de casa solo ahorren más de cinco veces menos que usar un coche más eficiente, o de que ese vuelo a Nueva York en Navidad, solo la ida, va a producir unas emisiones equivalentes a las de no reciclar absolutamente nada de nuestra basura durante más de siete años? ¿Y qué ocurrió con todos nuestros esfuerzos por utilizar solo bombillas de bajo consumo, creyendo que se trataba de una medida significativa contra el cambio climático, cuando el beneficio es ridículo?

Evidentemente, todo lo anterior no significa que no debamos reciclar, emplear bombillas eficientes o aplicar el resto de acciones en la medida de nuestras posibilidades. El plástico sirve de nuevo como ejemplo: aunque nuestro esfuerzo por evitar los envases y los plásticos de un solo uso apenas sirva de nada contra el cambio climático, estaremos contribuyendo a reducir la contaminación. En un mundo cada vez más acuciado por diversos problemas medioambientales, la adopción y la promoción de modelos de vida y sistemas económicos y políticos más sostenibles es una obligación no ya moral, sino simplemente práctica.

Pero datos como los de Wynes y Nicholas son inmensamente valiosos por varios motivos. Para ser ciudadanos informados. Porque ponen las cosas en su sitio. Para conocer el verdadero valor climático de nuestros actos. Para que cuando se nos dice “cada gesto cuenta”, sepamos realmente cuánto cuenta cada gesto. Para responder a esas campañas agresivas que pretenden culpabilizar a todo ciudadano de a pie por igual del desastre en el que estamos inmersos, mientras quienes proyectan esa culpabilización a menudo son más culpables que aquellos a quienes culpan. Y por último, pero no menos importante, para no caer en trampas; el cambio climático se combate recortando emisiones de GEI. Lo demás son distracciones. Como cuando el mago consigue que nos fijemos en su mano para desviar nuestra atención del lugar donde realmente está el truco, porque las distracciones rara vez son desinteresadas.

Esto es lo que ha matado a dos millones de murciélagos en España

Esta semana se ha celebrado una reunión entre responsables del Ministerio para la Transición Ecológica (MITECO) y representantes de la Asociación Española para la Conservación y el Estudio de los Murciélagos (SECEMU), la entidad que agrupa a los científicos y otras personas dedicadas a la investigación y conservación del grupo de mamíferos con mayor número de especies en los ecosistemas terrestres españoles: por aquí contamos nada menos que con 35 especies, y en todo el mundo superan las 1.300, siendo la quinta parte de todos los mamíferos que existen y el segundo grupo más numeroso después de los roedores.

Nos acordamos poco de los murciélagos, quizá porque sus costumbres los suelen mantener a escondidas de nosotros, y tal vez porque han sido objeto de supersticiones y leyendas; curiosamente, la existencia de murciélagos hematófagos (bebedores de sangre) en América se conocía al menos desde 1526, aunque estos animales no aparecieron en la literatura científica hasta 1810. Entonces se tiró del viejo mito euroasiático de los vampiros para llamar así a estos murciélagos tropicales de América. Enterado de ello o quizá no, que al parecer no está claro, en 1897 Bram Stoker decidió que su famoso conde Drácula podía transformarse en murciélago o en lobo, y de aquella novela inmortal –o deberíamos decir no-muerta– nació la idea de asociar a los murciélagos con los vampiros de ficción.

Pero aunque la obra de Stoker nos legara uno de los iconos imprescindibles de la cultura popular, si los murciélagos pudieran opinar sin duda renegarían de una novela que ha hecho tanto daño a su imagen. Por supuesto, sobra decir que no hay murciélagos hematófagos en Europa, y que los americanos no suelen morder a los humanos. Pero la aparición casual de un murciélago en una vivienda provoca en muchos casos más miedo que fascinación.

Por supuesto que manipular un murciélago sin unos gruesos guantes protectores no es una buena idea, pero lo mismo puede decirse de cualquier animal salvaje que podamos encontrarnos. Y quienes tenemos la suerte de poder contemplar sus revoloteos al atardecer, mientras cumplen la importante misión de mantener las poblaciones de insectos a raya, lo que sentimos es pura fascinación.

Un murciélago de cueva Miniopterus schreibersii, la especie en la que se encontró el virus de Lloviu. Imagen de Steve Bourne / Wikipedia.

Un murciélago de cueva Miniopterus schreibersii. Imagen de Steve Bourne / Wikipedia.

Hasta que ese vuelo queda bruscamente interrumpido por las aspas giratorias de un aerogenerador o molino eólico. Lo cual no es un fenómeno raro, sino inusitadamente común; tanto que en los últimos 20 años han muerto en España dos millones de murciélagos a causa de los parques eólicos. Y este ha sido precisamente el motivo de la reunión del Comité de energía eólica de la SECEMU con los responsables del MITECO.

Obviamente, la SECEMU reconoce “la necesidad de promover, desarrollar y optimizar sistemas de aprovechamiento energético sin emisiones asociadas”, dicen en una nota de prensa. Sin embargo, añaden que una energía considerada limpia debe respetar el medio ambiente en el que se produce, y parece claro que este no es el caso de los parques eólicos.

Durante años se ha hablado del daño que estas instalaciones causan a las poblaciones de aves, pero el caso de los murciélagos ha pasado hasta ahora bajo el radar de los medios y del público: actualmente, dice la SECEMU, “los parques eólicos convencionales se han convertido ya en la primera causa de mortalidad de los murciélagos a nivel mundial”, y “el número de ejemplares muertos es además notablemente superior al de las aves”.

En contra de lo que a veces se cree, los murciélagos no son ciegos. De hecho, algunos de ellos ven mejor que nosotros, sobre todo en condiciones de poca luz. Según las especies, las hay que ven colores e incluso el ultravioleta, pero muchas de ellas tienen además un sexto sentido: la ecolocalización, el sonar que les permite escuchar el entorno y sus obstáculos por el eco de los sonidos que ellos mismos producen.

Claro que probablemente ni la vista ni la ecolocalización sirven de mucho cuando a un pequeño animalito se le viene encima una inmensa aspa giratoria a toda velocidad. Según la SECEMU, con 20.306 turbinas eólicas funcionando en España, y creciendo, no es de extrañar que la expansión de estos generadores esté ya amenazando la supervivencia de algunas especies de murciélagos. Y el panorama en otros países europeos y en Norteamérica es similar. Se da el agravante, añade la SECEMU, de que estos animales se recuperan muy mal de la zozobra de sus poblaciones, ya que las hembras generalmente solo tienen una cría al año.

Una turbina eólica. Imagen de freestockphotos.biz.

Una turbina eólica. Imagen de freestockphotos.biz.

Ante este problema, la SECEMU pide intervenciones eficaces, antes de que tengamos que comenzar a tachar especies del todavía nutrido inventario de murciélagos de nuestro país. Una solución tan obvia como perentoria, dice la asociación, es un mayor rigor en la evaluación del impacto ambiental de los parques eólicos; que estos estudios no sean “un mero formalismo burocrático más”. La SECEMU denuncia que no se tienen en cuenta los criterios adecuados, que se ignora a los murciélagos o que los estudios se realizan en fechas de baja actividad de estos animales, por lo que no reflejan la realidad del problema.

Los expertos están especialmente preocupados por el hecho de que en la próxima década está previsto que se duplique con creces la producción de energía eólica en España. “De mantenerse la situación actual, sin adoptar actuaciones tan básicas como por ejemplo evitar el arranque de las máquinas a bajas velocidades de viento (menos del 1 % de la producción de energía), cuando se registra la mayor mortalidad, el impacto supondrá una mortalidad de otros dos millones de murciélagos, pero en apenas diez años”, advierten.

Huelgas por el clima: ¿sirven para algo?

Hoy se celebra una nueva huelga mundial por el clima, un movimiento que arrancó en 2015 por iniciativa de un grupo de estudiantes, pero que ha cobrado fuerza sobre todo desde 2018 a raíz de las manifestaciones impulsadas por la joven sueca Greta Thunberg. Si una huelga es o no un paso correcto en la dirección adecuada, es algo que podría discutirse. Una gran manifestación consigue el objetivo de la visibilidad, pero si algo requiere la lucha contra el cambio climático, es precisamente mucho trabajo.

Tampoco parece del todo justificado el enfoque de los niños/víctimas protestando contra los adultos/responsables. Todos somos víctimas y responsables al mismo tiempo, ya que las emisiones de gases de efecto invernadero no son solo responsabilidad de los productores, sino también de los consumidores. Sin un consumo responsable, nada cambiará.

Y los niños también son consumidores, hoy más que nunca, y cada vez desde más jóvenes. Un ejemplo: las tecnologías digitales. El inmenso impacto de este consumo sobre las emisiones de gases de efecto invernadero es algo que ya no puede ignorarse: su huella de carbono supera a todo el sector global de la aviación. El uso de un móvil durante una hora al día produce más de una tonelada de CO2 al año. Dos horas, dos toneladas. Tres horas, tres toneladas. Y así. Multiplíquese por los miles de millones de móviles en uso en todo el mundo. ¿Quién está dispuesto a reducir su uso del móvil por el clima?

Greta Thunberg en agosto de 2018. Imagen de Anders Hellberg / Wikipedia.

Greta Thunberg en agosto de 2018. Imagen de Anders Hellberg / Wikipedia.

Pero más que por lo que logran, que es cuando menos dudoso, estas huelgas y manifestaciones son relevantes por lo que muestran. Sirven como termómetro del poder de movilización de la preocupación por el cambio climático: el hecho de que este problema haya logrado permear la sociedad en tal grado, un triunfo logrado después de años de ciencia, divulgación, información y lucha contra la desinformación.

No se trata de que ya no existan resistencias al reconocimiento del efecto de la actividad humana sobre el clima terrestre y sobre la biosfera. Pero hoy estos resistentes difícilmente pueden ya convencer a los demás de que la teoría del cambio climático (una teoría científica es el punto final de la ciencia, “una explicación completa de algún aspecto de la naturaleza que está apoyado por un vasto cuerpo de evidencias”) es una invención ideológicamente propulsada, porque son los demás quienes ya están convencidos de que son esos resistentes los que aún defienden una invención ideológicamente propulsada, la negación del cambio climático.

Pero en fin, nada que objetar a las performances y a los discursos más emocionales que racionales, a veces rozando lo pueril (sí a sus vestiduras anti-Ilustración, pero esta sería otra historia). Todo este folclore forma parte habitual de las protestas por el problema del clima. Pero todo ello no debe distraer de dónde debe estar el verdadero foco de atención: en la ciencia del clima. Y esta semana, este foco está en el Informe especial sobre el océano y la criosfera en un clima cambiante, presentado por el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) en la reciente cumbre del clima celebrada en Nueva York.

El informe del IPCC hace hincapié en un aspecto esencial, un paso en el que quizá aún no se ha avanzado lo suficiente. Aunque la materia del documento, elaborado por más de un centenar de expertos y basado en más de 7.000 estudios, es el estado del océano (uno solo, global) y sus regiones heladas, lo explica el presidente de esta organización, Hoesung Lee:

“Puede que, para muchas personas, el mar abierto, el Ártico, la Antártida y las zonas de alta montaña parezcan muy distantes, pero dependemos de esas regiones, que inciden directa e indirectamente en nuestras vidas de formas muy diversas, por ejemplo, en lo concerniente al tiempo y el clima, la alimentación y el agua, la energía, el comercio, el transporte, las actividades de ocio y turísticas, la salud y el bienestar, la cultura y la identidad”.

El mensaje del IPCC es que la crisis climática debe dejar de contemplarse como un riesgo medioambiental a largo plazo; es una emergencia con impactos concretos actuales que nos afectan a todos. Hasta ahora, quizá la mayor frecuencia de los fenómenos meteorológicos extremos, como las recientes lluvias torrenciales en España, es el único impacto que puede palparse de forma directa y sufrirse en propia carne. Por lo demás, cuando los científicos hablan del deshielo del Ártico, la crecida del nivel del mar o la desaparición de islas, puede que todo esto a muchos ciudadanos de los países desarrollados les suene a un cambio ante el cual podemos simplemente adaptarnos y continuar.

Por ello, los autores repasan también todos los impactos cercanos derivados de estos cambios: ciclones, inundaciones, olas de calor, incendios forestales, deslizamientos de tierras y avalanchas, reducción de la pesca, empeoramiento de la seguridad alimentaria, aumento de los microbios patógenos en las aguas costeras, escasez de las fuentes de agua, reducción de la energía hidroeléctrica, deterioro de la agricultura, amenaza a las infraestructuras, el transporte, los recursos turísticos y de ocio…

Los mayores de entre nosotros vivieron la psicosis nuclear de los 60, cuando una guerra a golpe de misil parecía inminente. Visto desde ahora en perspectiva (cuando el riesgo no ha desaparecido, pero no es comparable al de entonces), sería fácil acusar de catastrofismo a quienes advertían del peligro inminente. Pero si entonces no hubo una Tercera Guerra Mundial, no fue porque la tensión se resolviera sola, sino gracias a los inmensos esfuerzos de numerosas partes por promover un clima de distensión y congelar la carrera de armamento nuclear.

La crisis climática debería contemplarse hoy del mismo modo, y afrontarse también con el mismo esfuerzo y urgencia. No, dejar las aulas o los centros de trabajo por unas horas no va a solucionar nada. Pero tampoco va a agravarlo. Siempre, claro, que esas horas no se dediquen en su lugar a disparar el consumo de, por ejemplo, tecnologías digitales…

España, entre los países más “feos y malos” de la contaminación lumínica

España es uno de los países con mayor contaminación lumínica del mundo. Cerca de la mitad del territorio español está expuesta a los mayores niveles de esta forma de polución, lo que nos coloca en sexto lugar de los países del G20, por debajo de Italia, Corea del Sur, Alemania, Francia y Reino Unido. Si consideramos la proporción de población que vive en estas zonas excesivamente iluminadas, ocupamos el quinto puesto del G20 con más de un 40%, por detrás de Arabia Saudí, Corea del Sur, Argentina y Canadá. En el total del mundo, bajamos al puesto 18º.

Al mismo tiempo, y dado que el nuestro es un país relativamente despoblado en comparación con otros de nuestro entorno, y con enormes diferencias de densidad de población entre regiones, tenemos también algunos de los cielos más oscuros en ciertas zonas de Castilla-La Mancha y Teruel, algo en lo que solo nos igualan Suecia, Noruega, Escocia y Austria. Es más, un enclave concreto de nuestra geografía, el Roque de los Muchachos, la segunda cumbre más alta de Canarias, en la isla de La Palma, exhibe con orgullo el cielo más oscuro de Europa occidental. Y no por casualidad, es un lugar privilegiado para la observación astronómica.

Todos estos son datos ya conocidos, en concreto desde 2016, cuando el investigador Fabio Falchi, del Instituto de Ciencia y Tecnología de la Contaminación Lumínica de Italia, dirigió a un equipo de investigadores de Italia, Estados Unidos, Alemania e Israel para publicar en la revista Science Advances un completo atlas mundial del brillo del cielo nocturno.

Pero ¿por qué preocupa la contaminación lumínica? Es un error pensar que el problema es puramente estético, más allá del estorbo que ocasiona a los astrónomos. Aquellos muy obsesionados con todo lo que produce cáncer deberían saber que la luz también está entre esos factores. No solo la solar, que por supuesto: el astro que nos da la vida y sus versiones artificiales a pequeña escala, las cabinas de bronceado, ocupan el top del cáncer de la Organización Mundial de la Salud junto con agentes como el tabaco, el alcohol, la contaminación atmosférica, la píldora anticonceptiva, la carne procesada o ciertos compuestos de la Medicina Tradicional China. Pero en el grupo inmediatamente inferior está la luz artificial nocturna, junto a factores como el herbicida glifosato o la carne roja, entre muchos otros.

El motivo de esta acción nociva de la luz nocturna es que rompe los ritmos circadianos, nuestros ciclos metabólicos de día/noche, por lo que las personas que trabajan en turnos de noche soportan el mayor riesgo, pero también todas aquellas expuestas a un exceso de iluminación nocturna. Si añadimos a ello que la contaminación lumínica daña los ecosistemas naturales, y que según algún estudio además obstaculiza la limpieza natural de la contaminación atmosférica que se produce en las ciudades por las noches, queda claro que se trata de algo mucho más serio que el placer de tumbarse a ver las estrellas.

La novedad ahora es que tenemos nuevos datos más precisos, gracias a un nuevo estudio de Falchi y sus colaboradores, publicado en la revista Journal of Environmental Management. En su anterior atlas, los autores dibujaban el panorama general de la contaminación lumínica en el mundo, pero era evidente que las regiones con el problema más agudizado serían las más pobladas, desarrolladas e industrializadas, sobre todo las grandes ciudades. Es decir, que los datos crudos no se ponían en el contexto del nivel de desarrollo de las distintas zonas del mundo y de su cantidad de población, con lo cual no había una medida de la eficiencia en la gestión de la iluminación nocturna.

Esto es precisamente lo que aborda el nuevo estudio. Los investigadores han relacionado ahora los datos de contaminación lumínica para las distintas regiones administrativas –en el caso de España, provincias, islas individuales o ciudades autónomas– con el nivel de bienestar económico y el tamaño de la población, con el fin de saber si esas distintas áreas geográficas son más o menos virtuosas en su gestión de la iluminación.

Y aquí tampoco salimos bien parados. Es más, se revela la desastrosa gestión de la iluminación nocturna en nuestro país y en otros del sur de Europa en comparación con naciones más desarrolladas como Alemania y Reino Unido. Basta echar un vistazo al siguiente mapa, que muestra las unidades de luz por habitante. Los azules y verdes representan un flujo menor de luz per cápita, mientras que amarillo, naranja, rojo y morado señalan las regiones que derrochan más luz por persona.

Mapa de flujo de luz nocturna per cápita en Europa. Imagen de Falchi et al, Journal of Environmental Management 2019.

Mapa de flujo de luz nocturna per cápita en Europa. Imagen de Falchi et al, Journal of Environmental Management 2019.

Al primer vistazo queda claro que el sur de Europa, y especialmente España y Portugal (Escandinavia es un caso aparte a comentar más abajo), es la región que más luz malgasta por habitante en comparación sobre todo con las islas británicas y Europa central y oriental, que hacen un uso mucho más comedido de la iluminación nocturna de acuerdo al tamaño de su población. En concreto, Alemania ocupa el primer puesto global en el uso racional de la iluminación nocturna.

Según me cuenta Falchi, “nosotros, los de los países del sur, usamos más luz que la misma cantidad de gente en Europa central. No creo que la diferencia se deba a las luminarias más o menos apantalladas”; es decir, que el director del estudio no atribuye la diferencia a que aquí usemos farolas menos dirigidas hacia el suelo, sino simplemente a que derrochamos más luz.

Llama la atención el morado extendido por Escandinavia e Islandia, pero según Falchi esto es un artefacto debido simplemente a que la nieve refleja más luz hacia el cielo y a que las auroras son poco luminosas, lo que también revela en mayor grado la iluminación nocturna. Lo mismo ocurre en Alaska, en el caso de EEUU.

Con todos estos datos, los autores han creado una clasificación de “el bueno, el feo y el malo”, como en la película de Sergio Leone. Y en lo que se refiere a la iluminación con relación al nivel de desarrollo y la población, estamos una vez más en la parte fea y mala. En el top 25 de “el bueno” tenemos únicamente un lugar: una vez más, la isla de La Palma, que ocupa el sexto puesto de Europa en esta escala de gestión eficiente. Por lo demás, el top 25 europeo está copado por Alemania (17 regiones), seguida por Suiza (3) y por Dinamarca, Lituania, Austria y Rumanía, que como nosotros aportan cada uno una zona.

En contraste, en la clasificación de “el feo y el malo” aportamos cuatro provincias entre las 50 peores de Europa: Cádiz (5º puesto, de mejor a peor), Murcia (14º), Alicante (25º) y Melilla (32º). Esta ciudad autónoma es, por tanto, la que más luz derrocha en nuestro país con relación a su nivel de desarrollo y el tamaño de su población, mientras que en la España peninsular el premio al malgasto de luz se lo lleva la provincia de Alicante.

En cuanto a los países europeos con más regiones derrochadoras, la clasificación la encabeza Portugal, con 13 entre las 50 peores, seguido de Italia con 9, Finlandia con 7, Países Bajos con 6, España con 4, 3 en Reino Unido y Bélgica, 2 en Noruega y una en Croacia, Islandia y Francia (si bien en el caso de los países nórdicos se aplica lo dicho antes; por ejemplo, Islandia cuenta como una sola región, pero este dato se considera falseado).

Los autores del estudio llaman la atención sobre la necesidad de aplicar regulaciones más estrictas para el uso de la iluminación nocturna, especialmente en aquellas regiones que más lo necesitan, como es el caso de nuestro país. Sin embargo, advierten también contra una confusión frecuente: mayor eficiencia energética no siempre significa menor contaminación lumínica.

De hecho, las luces LED blancas, que en muchos lugares han sustituido a las bombillas incandescentes y a las tradicionales farolas amarillas de sodio por su mayor eficiencia energética, no aminoran la contaminación lumínica, sino que, al contrario, la agravan, ya que emiten más luz azul, la más contaminante. No ocurre lo mismo con las luces LED de color ámbar, una solución más respetuosa con ese patrimonio natural que a veces apreciamos tan poco, la oscuridad.

“El planeta”, la boba (e incorrecta) muletilla medioambiental de moda

Ahora que por fin la conciencia sobre el medio ambiente ha entrado a formar parte de las preocupaciones del ciudadano medio, ocurre sin embargo que “el medio ambiente” ha desaparecido de la faz del planeta, siendo sustituido, precisamente, por “el planeta”.

Salvar “el planeta”. Preocuparse por “el planeta”. Reciclar por “el planeta”. Incluso, según he oído, al parecer un diputado prometió su lealtad a la Constitución “por el planeta”. Pero ¿tiene esto algún sentido?

Evidentemente, alerto de que todo esto en realidad no tiene la menor importancia. Si desean asuntos de verdadera trascendencia para “el planeta”, estoy seguro de que en las pestañas que coronan estas líneas encontrarán esas precisas y preciosas informaciones sobre qué diputado aplaudió o dejó de aplaudir en cada discurso, o de qué color eran las chapitas que llevaba. Pero si todavía queda por ahí alguien a quien le guste hablar con propiedad, le invito a seguir leyendo.

Estructura de la Tierra. Imagen de Kelvinsong / Wikipedia.

Estructura de la Tierra. Imagen de Kelvinsong / Wikipedia.

¿Qué es un planeta? Les advierto: para conocer su definición no se les ocurra acudir al diccionario de la RAE, esa institución que dice no imponer la lengua, sino recoger el uso que los ciudadanos le dan. En este empeño recolector, se diría que la noble academia debe de sufrir una artritis galopante, porque lleva 13 años sin reaccionar a la actualización de la definición de “planeta”. La definición de nuestro diccionario oficial es para hundir la cabeza entre las manos (entre paréntesis, mis comentarios):

Cuerpo celeste (hasta ahí, bien) sin luz propia (no exactamente: los planetas pueden emitir luz infrarroja) que gira en una órbita elíptica (no es cierto: se han detectado exoplanetas con órbitas circulares; es raro, pero no imposible, y de hecho la de la Tierra es casi circular) alrededor de una estrella (nada de eso; hay planetas sin estrella), en particular los que giran alrededor del Sol: Mercurio, Venus, la Tierra, Marte, Júpiter, Saturno, Urano, Neptuno y Plutón (¿cómooo?).

Eso es; dejando aparte todo lo demás, 13 años después del derrocamiento oficial de Plutón como planeta, la RAE aún no se ha enterado. Profesores de ciencias: si un alumno les pone en un examen a Plutón como planeta y se lo dan por malo, vayan pensando en qué responder a los padres cuando les pongan delante el diccionario de la RAE.

En realidad, hasta 2006 se venía utilizando una definición informal de planeta. Pero ocurrió que para otros objetos del Sistema Solar muy similares a Plutón podía reclamarse este estatus planetario. Así que la Unión Astronómica Internacional (UAI) decidió que debía aprobarse una definición científica precisa; de hecho, en ciencia es imprescindible que los términos sean unívocos y explícitos.

Básicamente, había dos posturas enfrentadas: o se adoptaba una definición más amplia, y la lista de planetas del Sistema Solar empezaba a crecer sin medida, quizá incluso cada año, o se elegía una más restrictiva que dejaba fuera a Plutón. Ganaron los partidarios de esta última opción, aunque la polémica nunca ha dejado de colear.

Así, la UAI decidió que un planeta del Sistema Solar es un cuerpo celeste que orbita alrededor del Sol, tiene suficiente masa para estar en equilibrio hidrostático (una forma redondeada) y ha aclarado su órbita de otros objetos.

Es decir, que el tal diputado, sin que probablemente él tenga la menor idea, prometió la Constitución española por el cuerpo celeste que orbita alrededor del Sol, tiene suficiente masa para estar en equilibrio hidrostático (una forma redondeada) y ha aclarado su órbita de otros objetos.

Pero ¿dónde está aquí el medio ambiente?

Sencillamente, en ninguna parte. “Planeta” es un concepto astronómico, sin más; no tiene nada que ver con la vida en él. Hasta ahora, lo que sabemos es que lo normal en un planeta es que no haya vida. Y si hablamos del nuestro, al planeta le da exactamente igual que toda la vida sobre él se extinga.

De hecho, “el planeta” seguirá siendo “el planeta” cuando toda la vida sobre él se haya extinguido, lo que esperemos no ocurra hasta dentro de miles de millones de años; pero si ocurriera mañana mismo, “el planeta” no dejaría de ser “el planeta”, ni sería un planeta peor, ni menos planeta. A menos que Thanos y su guante de pedrería fina destruyan el equilibrio hidrostático de la Tierra y le hagan perder su forma redondeada, o llenen su órbita de escombros intergalácticos.

Entonces, ¿de dónde viene esta bobería? Aunque es difícil encontrar una referencia clara y directa de esto, puedo intuir que el término se ha introducido a raíz de la popularización del cambio climático, ya que se habla de calentamiento global del planeta. Pero en realidad no es más que una sinécdoque, el todo por la parte: aumenta la temperatura media global del aire y de los océanos, no la de “el planeta”. El 99% del volumen total de la Tierra lo ocupan el manto y el núcleo, donde las temperaturas son de cientos o miles de grados. Así que el impacto de la variación en el aire y el agua sobre la temperatura media del planeta tomada en su conjunto es más que despreciable. “El planeta” ni se entera.

Así pues, ¿cuál es el antídoto contra esta bobada? ¿Qué tal regresar a “el medio ambiente” de toda la vida? O para quien quiera ser algo más técnico, lo correcto sería decir “la biosfera”, que se define como la zona de la Tierra donde hay vida o puede haberla; los ecosistemas en su conjunto con todas sus interacciones entre sí y con su medio, ya sea sólido, líquido o gaseoso.

Todo esto trata de la preocupación por la biosfera, que es la que estamos destruyendo a marchas forzadas. Pero para los preocupados por “el planeta”, tengo una buena noticia que les dejará dormir tranquilos: el planeta está perfectamente a salvo, y nadie se lo cargará ni queriendo. Ni siquiera Thanos, que solo podía con la biosfera.

Así que, dejemos a los planetas donde deben estar:

La meditación cítrica y el pensamiento crítico (o cómo usar la fama para engañar a un montón de gente)

Ocurrió el mes pasado en el programa de televisión The Ellen DeGeneres Show, cuando la presentadora entrevistaba a la actriz Anne Hathaway. La ganadora del Óscar por la versión de 2012 de Los miserables se dirigió de repente a los espectadores presentes en el plató, a quienes dijo que bajo su asiento encontrarían una clementina. Mientras les pedía que la pelaran y ella hacía lo propio con la suya, comenzó a contar una historia.

“Durante las vacaciones, hicimos un viaje familiar por la costa de California”, dijo Hathaway, mientras ella y la presentadora arrancaban la cáscara anaranjada. “Y encontramos este increíble antiguo enclave hippie de los 60. Allí había una pequeña tienda de libros de segunda mano… y encontré un libro de este tipo que solía ser muy conocido, el Dr. Q. Escribió un libro titulado Sanación cítrica. Y era sobre todas las maneras para incorporar los cítricos en tu vida para mejorar tu salud. Y una de las cosas era cómo incorporar los cítricos en tu práctica de meditación. Se llamaba Clementime [un juego de palabras con “clementina” y “tiempo”]. Era bonito”.

Anne Hathaway. Imagen de John Harrison / Wikipedia.

Anne Hathaway. Imagen de John Harrison / Wikipedia.

Con todas las clementinas ya peladas, Hathaway prosiguió: “Así que, si abres un hueco a través de tu clementina, lo que vas a hacer es pegarlo a tus dientes y poner tu boca alrededor de él”. La actriz entonces instruyó a toda la audiencia a respirar a través del hueco central que quedaba entre los gajos, algo que la mayoría de los espectadores hicieron. “¿Estáis todos respirando?”. Y en efecto, ahí tenías a varias decenas de humanos adultos respirando a través de la clementina y repitiendo los sonidos idiotas que Hathaway les animaba a proferir.

“¿Qué, os sentís un poco mejor?”, preguntó la actriz entre los gruñidos y murmullos del público, para seguidamente sorprender a todos con un giro inesperado: “¡Es imposible! ¡Me lo he inventado todo!”, exclamó.

Mientras la presentadora la miraba atónita con su clementina en la boca, Hathaway concluía: “El mensaje es: no te pongas algo en la boca solo porque alguien famoso te lo dice”. Por último, invitaba al público a lanzar sus clementinas contra ella si lo deseaban, cosa que ninguno de los avergonzados espectadores hizo. “Una de mis resoluciones para 2019 era usar mi fama para engañar a un montón de gente al mismo tiempo”, dijo.

Ciertos medios en EEUU han interpretado que la broma de Hathaway, con su referencia a usar la fama para engañar a un montón de gente, era una parodia mordaz dirigida contra Gwyneth Paltrow y su portal de pseudoterapias Goop, del que hablé hace unos días y que no solo vende cosas raras para ponerse en la boca: los huevos vaginales de jade y los enemas de café son dos buenos ejemplos.

Hathaway, aficionada a la física e impulsora de la vacunación, es una rareza en Hollywood, donde la norma entre las celebrities parece ser abrazar todo tipo de pseudociencias y pseudoterapias. Algunas, como Paltrow, han hecho de ello un gran negocio, alimentado esencialmente por la tendencia de parte de la humanidad a respirar a través de una clementina si alguien famoso se lo aconseja.

Frente al engreimiento de personajes como Paltrow, que acusa a quienes la critican de resistirse al empoderamiento de las mujeres –insistamos: enemas de café y huevos vaginales de jade, por no mencionar el repelente de vampiros psíquicos que debe pulverizarse “alrededor del aura”–, Hathaway suele destacar en sus intervenciones públicas no solo por su sentido común, sino también por su humildad. Para defender el pensamiento crítico sobre la meditación cítrica no es necesario encaramarse a ningún argumento demagógico.

Por fortuna, Hathaway tampoco está del todo sola en esa aldea gala que resiste al imperio hollywoodiense de las pseudociencias. Otro firme defensor de la ciencia y la razón es, cómo no, el más grande: Harrison Ford.

Harrison Ford. Imagen de US National Archives.

Harrison Ford. Imagen de US National Archives.

El soporte humano de Indiana Jones, Han Solo y Deckard lleva más de un cuarto de siglo batallando por la conservación de la naturaleza desde la organización Conservation International. Durante la cumbre mundial de gobiernos celebrada hace unas semanas en Dubái, Ford insistió en el mensaje que repite desde hace años: “Dejad de dar el poder a gente que no cree en la ciencia”. En esta ocasión, una vez más, su referencia a Donald Trump fue todo lo explícita que permite un discurso formal desde un estrado: “En todo el mundo, incluyendo en mi propio país, elementos de liderazgo niegan o denigran la ciencia para preservar su estado y el statu quo. Están en el lado equivocado de la historia”.

Naturalmente, a la causa medioambiental no le falta popularidad en Hollywood; incluso Paltrow dice sumarse a ella. Pero lo que distingue a Ford de otros, aparte de hacer algo más que sujetar pancartas y narrar documentales, es lo que trasluce su discurso: “La negación de la ciencia me asusta a morir”, decía en una entrevista. “La ciencia es real. La ciencia es lo más real de nuestro mundo además de la naturaleza. Tengo la esperanza de que todos volvamos realmente a comprender que la ciencia es conocimiento comprobado”.

En resumen, lo que diferencia a Harrison Ford de la típica celebrity ecologista es que otros están en el lado equivocado del ecologismo, el que no se sustenta en la ciencia.

Esto es lo que les pasará a los insectos con el cambio climático

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

No, no le ocurre nada a su ordenador o móvil (¿recuerdan aquella tentadora intro de Más allá del límite?). Tampoco es un error de edición. Si al entrar en esta página se han encontrado con un gran espacio en blanco sobre estas líneas y bajo el título, es porque la respuesta más honesta a la pregunta planteada es precisamente esa: en realidad, nadie sabe con certeza qué les sucederá a los insectos con el cambio climático, una incógnita que mantiene a los entomólogos rascándose la cabeza en busca de los escenarios más plausibles.

Como decíamos ayer, los insectos se esfuman con el frío y conquistan el planeta con el calor, así que la pregunta parecería de examen de primaria: si el cambio climático trae más calor, los bichos heredarán la Tierra. Fin de la historia. ¿No?

Insectos en un girasol. Imagen de pxhere.

Insectos en un girasol. Imagen de pxhere.

Pero evidentemente, no es tan sencillo. Basta pensar en lo que conté ayer: dado que el frío del invierno aumenta la tolerancia de los insectos tanto a temperaturas altas como bajas, sin este choque glacial sus cuerpos estarán menos preparados para soportar el calor. Precisamente es en primavera y en otoño cuando su capacidad de aguantar temperaturas extremas es menor, y por tanto una primavera cálida después de un invierno templado podría matarlos.

Pero mejor lo cuentan cuatro entomólogos especializados en biología térmica de los insectos, a los que he formulado esta pregunta. Henry Vu, coautor del estudio que conté ayer sobre cómo el frío prepara a los insectos para tolerar el calor, lo detalla así:

Con el cambio climático, es probable que observemos más ciclos de congelación y descongelación, primaveras más tempranas y cálidas, y tiempo más extremo. De mis observaciones, yo esperaría que los insectos se vean más afectados por el cambio climático en primavera, ya que entonces se encuentran a unos 5 o 6 °C de su límite superior de temperatura de supervivencia. La primavera es cuando más cerca se encuentran de su límite de temperaturas letales, porque es cuando pierden su tolerancia al calor y encuentran temperaturas más altas al no contar con la protección de la cobertura de hojas. Debido al cambio climático, las primaveras más cálidas podrían acercarlos aún más a ese límite letal de temperaturas altas.

La misma idea la resume Simon Leather, de la Universidad Harper Adams (Reino Unido):

Algunos insectos, como ocurre con la llamada vernalización en las plantas, requieren un periodo frío para resetear sus relojes. Si no reciben suficiente frío, algunos insectos no emergerán en primavera.

Efímera al atardecer. Imagen de Bob Fox / Flickr / CC.

Efímera al atardecer. Imagen de Bob Fox / Flickr / CC.

Por su parte, David Denlinger, de quien también hablé ayer y que descubrió varias proteínas de choque térmico en los insectos, destaca otro aspecto, y es que si los insectos no sufren el golpe de frío que les ordena entrar en diapausa (su versión de la hibernación) para pasar el invierno en reposo, se verán obligados a consumir sus reservas de energía en una época del año en que no hay recursos suficientes para reponerlas:

Esto puede sonar contrario a la intuición, pero los inviernos más cálidos no necesariamente son buenos para los insectos. Como ectotermos [lo que tradicionalmente se ha llamado de sangre fría], su tasa metabólica depende de la temperatura, y una de las ventajas del invierno para los insectos es que las bajas temperaturas les ayudan a conservar sus reservas de energía. Cuando las temperaturas son demasiado altas, pueden quemar sus reservas demasiado rápido y quizá no aguanten hasta que regresen las condiciones favorables.

Por último, Brent Sinclair, experto en criobiología de los insectos de la Universidad Western de Ontario (Canadá), resume: “¡Ja! ¡El invierno es complicado!”.

Los inviernos cambiantes dependerán de una combinación de temperatura media, variabilidad y precipitación. Por ejemplo, si la temperatura media es más alta, puede haber menos cobertura de nieve, lo que significa que los insectos del suelo experimentarán temperaturas más frías [paradójicamente, la nieve actúa como aislante térmico]. De modo similar, si la temperatura es más variable, la nieve podría fundirse, y entonces las temperaturas bajas más extremas serían más bajas. Por otra parte, si hay más precipitación en forma de nieve, puede tardar más en derretirse en primavera, haciendo los inviernos más largos para los insectos que se ocultan debajo.

En resumen, y si parece haber algo claro, es que el cambio climático desbarata el actual equilibrio ecológico del que dependen no solo los insectos, sino todas las criaturas vivas, y de un modo demasiado rápido. A estas alturas ya debería saberse que, exceptuando las repercusiones más directas como la crecida del nivel del mar en islas y costas, las principales consecuencias del cambio climático son biológicas, incluyendo las de impacto económico como el efecto sobre las cosechas. La naturaleza es una mesa de mezclas llena de palancas que no pueden tocarse sin ton ni son, porque el sonido resultante ya no será el mismo.

Por qué los insectos resisten mejor el calor en invierno (sí, el calor)

Nos han acompañado durante todo el verano, para bien y para mal. Para bien, porque cumplen funciones esenciales en la naturaleza. Para mal, porque a veces pueden llegar a ser tremendamente irritantes, ya sea el trompeteo del mosquito en el oído cuando estás a punto de abrazar el sueño, la mosca cosquilleando la pierna en idéntica situación pero en la siesta, las hormigas en procesión a la alacena, o las avispas que por estas fechas del año se convierten en escuadrillas de flying dead (ya expliqué por qué).

Pero dentro de poco, se irán. Uno de los grandes misterios del universo es la desaparición de los insectos cuando empieza el frío. ¿A dónde se marchan? ¿De dónde vuelven? No, en la mayoría de los casos no mueren de frío, como sería fácil pensar. Es un misterio resuelto solo a medias, porque si bien los científicos saben exactamente qué hace cada tipo de bicho para salvar el invierno, los mecanismos biológicos que utilizan para ello aún son fuente de secretos y sorpresas.

Una mariquita en la nieve. Imagen de pxhere.

Una mariquita en la nieve. Imagen de pxhere.

Hace unos días he publicado un reportaje en el que explicaba las distintas estrategias que emplean diferentes tipos de insectos para sobrevivir al invierno. A los más curiosos les recomiendo su lectura si desean sorprenderse ante las maravillas que la evolución biológica puede operar incluso en criaturas (solo aparentemente) tan simples. A los más perezosos, les resumo que básicamente existen dos opciones, evitar el frío o soportar la congelación. Los primeros emigran o, más frecuentemente, se ocultan en lugares templados y cómodos a la espera de que vuelva el buen tiempo. En cuanto a los segundos, sus cuerpos experimentan transformaciones químicas que les permiten tolerar la congelación sin morir.

Esta transformación química es todavía uno de esos secretos parcialmente guardados en el cofre del tesoro de la naturaleza. Todos los insectos que se quedan a aguantar el tirón invernal producen algún tipo de compuesto que los protege del frío, también aquellos que lo evitan; pero los científicos aún están descubriendo cuáles son esos mecanismos y cómo funcionan.

Una muestra de que aún falta mucho por conocer sobre los insectos y el invierno es una curiosidad que me saltó a la atención: el año pasado, los investigadores Henry Vu y John Duman, de la Universidad de Notre Dame (EEUU), descubrieron que al menos tres especies de insectos, los escarabajos Dendroides canadensis y Cucujus clavipes, y la típula Tipula trivittata (esos bichos que muchos suelen aplastar por confundirlos con inmensos mosquitos, pero que son del todo inofensivos), toleran mejor el calor durante el invierno que en verano.

Un escarabajo Dendroides canadensis. Imagen de Robert Webster / xpda.com / Wikipedia.

Un escarabajo Dendroides canadensis. Imagen de Robert Webster / xpda.com / Wikipedia.

Como escriben los investigadores en su estudio, publicado en la revista Journal of Experimental Biology, es lógico pensar que los insectos aguantarán temperaturas más bajas durante el invierno, debido a que su cuerpo se defiende produciendo esas sustancias. De hecho, en la estación fría pueden sobrevivir incluso a temperaturas de entre 20 y 30 °C más bajas que en verano. Pero cuando Vu y Duman sospechaban que su tolerancia al calor sería menor en invierno, lo que descubrieron fue lo contrario: el Dendroides canadensis soporta en verano un máximo de 36 °C, pero en invierno puede aguantar hasta los 38 o 40 °C. El resultado es que en verano este escarabajo puede vivir en un rango de temperaturas que abarca 41 °C, mientras que en invierno esta franja se expande hasta los 64 °C.

¿Por qué los insectos resisten mejor el calor precisamente en la estación más fría del año? Los autores del estudio escriben que se trata de un “fenómeno inesperado” que “no ha sido previamente documentado”; según me cuenta Vu, “¡la gente no suele pensar en analizar qué pasa a altas temperaturas en invierno!”. Pero aunque aún no se sabe si es algo generalizado entre los insectos, el entomólogo apunta que el hecho de que las especies examinadas comprendan tanto los que evitan el frío como los que se congelan sugiere que podría ser un fenómeno común.

Aunque no era el objetivo del estudio, es inevitable preguntarse qué sentido o razón biológica tiene esta rareza, y cuál puede ser el mecanismo responsable. Vu me cuenta que aún no puede arriesgar una explicación, pero que “es posible que sea solo un efecto secundario de la adaptación a la tolerancia al frío”. Es decir, dado que esta adaptación al frío promueve la estabilidad de las membranas y las proteínas celulares, el resultado es que estos componentes están también mejor preparados entonces para aguantar el calor. “Estas adaptaciones al frío ayudan a temperaturas bajas, pero también pueden ayudar a estabilizar las proteínas y las membranas a temperaturas altas”, señala Vu.

Un escarabajo en invierno. Imagen de pixabay.

Un escarabajo en invierno. Imagen de pixabay.

Con respecto al mecanismo biológico concreto, la respuesta podría estar en un campo que ha investigado extensamente el entomólogo David Denlinger, de la Universidad Estatal de Ohio (EEUU). Hasta hace unos años se sabía que, entre los compuestos que protegen a los insectos del frío, se encontraban un par de proteínas de choque térmico (heat shock proteins o HSP), una clase de moléculas descritas en muchos otros organismos y que acuden al socorro de las células cuando las condiciones ambientales son amenazantes; no solo calor extremo, sino también frío glacial, radiación ultravioleta o heridas en los tejidos.

En 2007, Denlinger y sus colaboradores descubrieron que el arsenal de HSP de los insectos es mucho mayor de lo que se creía. Los investigadores descubrieron casi una docena de HSP adicionales que se activan cuando los insectos entran en diapausa, su versión de la hibernación que los deja en estado de reposo durante el invierno.

Dado que las HSP se activan en respuesta a condiciones de estrés ambiental y preparan el organismo para resistir agresiones externas, ¿podrían ser las responsables de que el invierno induzca en los insectos una mayor tolerancia tanto al frío como al calor? “Sí, creo que las HSP pueden estar implicadas tanto en la tolerancia a temperaturas más altas como más bajas”, me cuenta Denlinger.

“Su papel a altas temperaturas es bien conocido, pero el hecho de que estas mismas HSP las utilicen los insectos en invierno sugiere puntos en común”. El entomólogo añade que otros compuestos producidos por los insectos en invierno, como el aminoácido prolina o el anticongelante glicerol, también pueden aparecer tanto a temperaturas demasiado altas como demasiado bajas, y que sus experimentos también han mostrado cómo un choque de calor puede proteger a los insectos contra el frío.

En resumen, y aunque suene a tópico, se trata de uno más de esos casi infinitos mecanismos de relojería biológica refinados a lo largo de millones de años de evolución, y que está perfectamente sincronizado con los ciclos naturales. Lo cual nos lleva a una pregunta. Por supuesto que las condiciones ambientales en este planeta no han sido siempre las actuales, sino que han variado salvajemente a lo largo de su historia, también desde que existen los insectos. Pero normalmente estas variaciones se producen a lo largo de las eras geológicas, dando tiempo suficiente a la vida para abrirse camino a través de un mundo cambiante. Ahora la situación es otra; y si las condiciones climáticas cambian bruscamente a lo largo de apenas un siglo, ¿qué les ocurrirá a los insectos? Mañana lo contaremos.