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¿Para qué sirve sostener un cocodrilo mientras se juega a las tragaperras?

Posiblemente algunos de ustedes, que están leyendo estas líneas, habrán colegido que la pregunta que titula este artículo debe de esconder algún tipo de sentido metafórico pretendidamente profundo. Pues nada de eso: parafraseando a Hemingway cuando explicaba el significado de El viejo y el mar, el cocodrilo es el cocodrilo y la tragaperras es la tragaperras.

O sea: el significado es literal. Y esta pregunta es exactamente la que han respondido Matthew Rockloff y Nancy Greer, investigadores de la Universidad de Queensland Central (Australia). Aunque en realidad la respondieron allá por 2010; si su estudio vuelve a ser pertinente ahora es porque ha ganado un premio. Pero tampoco se trata de una distinción convencional. Síganme, que se lo explico.

Imagen de Javier Yanes.

Imagen de Javier Yanes.

En 2010, Rockloff y Greer estudiaban qué papel desempeñan las emociones en los juegos de azar para las personas en posible riesgo de ludopatía; es decir, cómo la excitación generada por el juego puede influir a la hora de apostar. Como ven, un tema muy relevante y de indudable impacto social. Pero para sus experimentos de campo con voluntarios, los dos investigadores necesitaban introducir un método para controlar la variable emocional, una forma de provocar la excitación en el jugador, pero ajena al propio juego para poder medir su efecto en relación con los controles.

Lo solucionaron a la australiana: ¿qué tal darles a sostener un cocodrilo? Así que Rockloff y Greer se desplazaron a la granja de cocodrilos de agua salada de Koorana, en Coowonga, y allí abordaron a los turistas en un total de 100 visitas guiadas.

A la mitad de los participantes les invitaron a jugar a una simulación de máquina tragaperras en un ordenador portátil antes de su visita a la granja. A la otra mitad, inmediatamente después de la visita, cuya última actividad consiste en ofrecer a los turistas un cocodrilo de un metro para que lo sostengan mientras se hacen una foto. Por otra parte, los investigadores registraron diversos datos sobre los voluntarios, sus estados de ánimo y la existencia o no de problemas previos con el juego.

Tras el experimento, los dos científicos descubrieron que la excitación de sostener el cocodrilo aumentaba la cantidad de las apuestas en las personas en riesgo de ludopatía sin frecuentes emociones negativas. Por el contrario, los voluntarios con problemas con el juego y abundantes emociones negativas apostaban menos después de sujetar el reptil. “Los resultados sugieren que la excitación puede intensificar el juego en los jugadores de riesgo, pero solo si este estado emocional no se percibe como negativo”, escribían Rockloff y Greer en su estudio.

Pero si aún continúan estupefactos ante el inusual método elegido por los investigadores, y siguen preguntándose con juicioso criterio por qué no se fueron a un casino, como parecería lógico, la respuesta es que precisamente trataban de evitar esto último. El ambiente del casino, alegan Rockloff y Greer, tiene un elemento intrínsecamente excitante, al estar concebido como un lugar de entretenimiento.

El objetivo del estudio era poner a prueba la influencia de las emociones en una situación más cotidiana, fuera del entorno de los grandes centros de juego; algo más parecido a echar monedas en la tragaperras de un bar. Y es precisamente este tipo de situación la que suele ser problemática para muchos adictos al juego.

Así que ya lo ven: una investigación en apariencia rocambolesca tiene un trasfondo serio y valioso. Y son todas estas cualidades las que han hecho a Rockloff y Greer merecedores de uno de los premios Ig Nobel 2017, entregados la semana pasada en la Universidad de Harvard por los editores de la web Improbable Research, como cada año desde 1991.

Los investigadores Nancy Greer y Matthew Rockloff, pertrechados con ocasión de la ceremonia de los premios Ig Nobel. Imagen de CQUniversity.

Los investigadores Nancy Greer y Matthew Rockloff, pertrechados con ocasión de la ceremonia de los premios Ig Nobel. Imagen de CQUniversity.

Si han oído alguna vez hablar de estos premios, tal vez hayan leído que son una parodia de los Nobel. No estoy muy de acuerdo con esta descripción. La parodia es imitación burlesca, según el diccionario, y que se sepa los Ig Nobel no son un remedo de nada, sino una iniciativa cien por cien original. Ni mucho menos pretenden burlarse de nadie. En la era de las redes sociales ya hay suficiente graciosismo por el mundo.

La intención de los Ig Nobel y de su fundador, Marc Abrahams, no es premiar imbecilidades ni ocurrencias graciosas. Los premios, cuyo nombre es un juego de palabras que en inglés significa “innoble”, distinguen cada año investigaciones legítimas, válidas y publicadas, pero inusualmente extrañas, imaginativas o aberrantes. Como dice Abrahams, “investigaciones que primero hacen reír y luego hacen pensar”. Y que, dicho sea de paso, entroncan formidablemente con la veterana y muy honorable tradición de la ciencia punk.

Mañana les contaré algo más sobre otras de las investigaciones premiadas este año.

Los controles de seguridad antiterrorista fallan más de lo que creemos

Durante un viaje hacia el norte, con rebote en la punta boreal de Escocia, nos llegaba la noticia del terrible atentado de Barcelona. Pero a lo largo de nuestro camino observábamos cómo esta nueva forma de terrorismo religioso ya ha dejado su huella física en otros lugares que lo han padecido.

En París, Londres y otras ciudades los principales espacios peatonales están protegidos por pesadas barreras o bloques, y la entrada a todo enclave de importancia turística pasa ahora por un control de seguridad con arcos, rayos X y revisión de mochilas. Todo el espacio entre las cuatro patas de la Torre Eiffel, por donde antes se podía pasear libremente, está ahora vallado y es accesible por un único paso. En los parques al pie de la torre, solo los patos tienen ya acceso ilimitado. El pasadizo bajo la cascada, donde imagino que sería fácil esconder una bomba, está vedado al público por una verja cerrada con una gruesa cadena. En unos pocos años, los candados de París han cambiado de significado.

Escaneo de equipaje por rayos X. Imagen de Wikipedia.

Escaneo de equipaje por rayos X. Imagen de Wikipedia.

Todo lo anterior, aunque deje un regusto amargo, es inevitable y necesario, y es de esperar que cumpla su función; al menos como disuasión. Y probablemente así lo espera la mayoría: nos llamó la atención el contraste entre el abarrotado parque de Disneyland, todo él protegido por controles de seguridad, y la semivacía ciudad de París, donde siempre hay oportunidades para cualquiera de esos fanáticos religiosos descerebrados.

Y pese a todo, es fácil descubrir que los controles no son tan eficaces como esperamos. En uno de ellos, una de nosotros recordó de repente que llevaba en el bolso unas tijeras, las típicas de costura de toda la vida, con puntas afiladas; exactamente iguales que las dibujadas y tachadas en el cartel que aparecía pegado en la pared. Ella ya esperaba perder sus tijeras. Pero para nuestra sorpresa, el bolso pasó el escáner y la revisión manual sin que los agentes descubrieran una peligrosa arma blanca.

¿Falla la tecnología de detección de amenazas? ¿Falla el entrenamiento de los agentes? No lo sé. Pero casualmente, ya de vuelta, me topo con un estudio recién publicado que llega a una inquietante conclusión: en un control de seguridad, no hay diferencias significativas entre la detección de un arma o una bomba escondida por parte de un agente entrenado y de una persona de la calle sin ninguna formación específica. “La probabilidad de que un agente de policía identifique a alguien que lleve escondida un arma o una bomba es solo ligeramente superior a la probabilidad por azar”, dicen los autores, psicólogos de la Universidad Estatal de Iowa (EEUU).

La conclusión se basa en tres experimentos que los autores han llevado a cabo para analizar la capacidad de los agentes de detectar que una persona oculta un arma o una bomba a través de su comportamiento, lo que se conoce como comunicación no verbal. Los agentes están normalmente entrenados para identificar las conductas reveladoras, pero el estudio demuestra que algo falla estrepitosamente en el sistema.

En el primer experimento, los agentes y un grupo de control de estudiantes universitarios debían ver un vídeo de un hombre entrando a un palacio de justicia y decidir si ocultaba un arma o no, enumerando los indicadores que les llevaban a esa conclusión. En general los participantes acertaban cuando el hombre no llevaba un arma, no tanto cuando sí la llevaba, pero sin diferencias apreciables entre la tasa de acierto de los policías y los estudiantes.

En el segundo caso, los participantes presenciaban un vídeo de tres personas caminando a través de una multitud, y debían determinar si uno de ellos escondía una bomba en su mochila. Una vez más, no hubo diferencias entre agentes y controles. Ambos grupos tendían a detectar correctamente una amenaza, pero fallaban a la hora de precisar cuál de los tres hombres era el responsable.

Para el último experimento, se informaba a los participantes de que uno de los dos hombres de un vídeo ocultaba un explosivo o arma en su mochila, y ellos debían decidir cuál de ellos era. Una vez más, los policías no lo hicieron mejor que los estudiantes, pero se obtuvo un resultado aún más pasmoso: los agentes novatos acertaban más que los veteranos.

Control de seguridad en los Juegos Olímpicos de 2012 en Londres. Imagen de Wikipedia.

Control de seguridad en los Juegos Olímpicos de 2012 en Londres. Imagen de Wikipedia.

Los autores del estudio, publicado en la revista Law and Human Behavior, no cuestionan la habilidad de los agentes, como tampoco pretenden echar por tierra la validez de la comunicación no verbal para detectar posibles amenazas en los controles de seguridad. Pero sí creen que se está confiando en una serie de parámetros equivocados, escogidos sin una base científica real, y que por tanto se está entrenando a los policías sobre unos criterios que no funcionan.

“Esperamos que los agentes de policía hagan algo muy difícil y complejo sin darles las herramientas que necesitan para hacerlo”, dice Dawn Sweet, la primera autora del trabajo. “La formación que los agentes reciben no está basada en la investigación, sino en anécdotas y criterios cuya fiabilidad no conocemos. Hacen falta pruebas de que estos criterios funcionan, y carecemos de esas pruebas”.

Los autores sugieren que no existen criterios universalmente válidos de comportamiento, y que por tanto no se puede confiar únicamente en estas pistas de conducta que pueden variar según las situaciones. Sweet reconoce que nuestro cuerpo es incapaz de ocultar la verdad por completo durante largos períodos de tiempo y que por tanto es “un canal de comunicación extraordinariamente revelador”, pero la psicóloga y sus colaboradores sugieren que los controles incluyan también una interacción verbal estratégica con los sospechosos que ayude a entender la causa de sus comportamientos. Según los autores, una simple y breve entrevista que rompa la rutina prevista por el sospechoso puede descolocarle y obligarle a revelar más de lo que pretendía, ya sea verbalmente o no.

Para empeorar las cosas, este estudio no es el único que ha cuestionado la eficacia de los controles de seguridad. Los autores citan también un reciente informe de la Government Accountability Office de EEUU, la agencia de auditoría y evaluación del gobierno federal, según el cual 28 de los 36 indicadores de conducta empleados para la detección de amenazas en los controles de los aeropuertos son inservibles, o al menos no existe ninguna prueba científica válida de su efectividad.

Todavía hay quienes discuten si les gusta vivir en un mundo cada vez más intervenido por controles de seguridad. Pero hay algo en lo que probablemente todos estaremos de acuerdo: si es lo que hay, lo menos que podríamos esperar es poder sentirnos más seguros.

El cómico John Oliver habla sobre las vacunas, y no se lo pierdan

Decía Carl Sagan que en ciencia es frecuente comprobar cómo un científico cambia de parecer y reconoce que estaba equivocado, cuando las pruebas así lo aconsejan. Y que aunque esto no ocurre tanto como debería, ya que los científicos también son humanos y todo humano es resistente a abandonar sus posturas, es algo que nunca vemos ocurrir en la política o la religión.

Imagen de YouTube.

Imagen de YouTube.

Los que tratamos de adherirnos a esta manera de pensar, sea por formación científica o por tendencia innata, que no lo sé, solemos hacerlo con cierta frecuencia. Personalmente, durante años estuve convencido de que la solución a la creencia en las pseudociencias estaba en más educación científica y más divulgación. Hasta que comencé realmente a indagar en lo que los expertos han descubierto sobre esto. Entonces me di cuenta de que mi postura previa era simplista y poco informada, y cambié de parecer.

Resulta que los psicólogos sociales descubren que los creyentes en las pseudociencias son generalmente personas con un nivel educativo y un interés y conocimiento científicos comparables al resto. Resulta que los mensajes públicos basados en las pruebas científicas no solo no descabalgan de sus posturas a los creyentes en las pseudociencias, sino que incluso les hacen clavar más los estribos a su caballo. Resulta que los psicólogos cognitivos y neuropsicólogos estudian el llamado sesgo cognitivo, un mecanismo mental por el cual una persona tiende a ignorar o minimizar toneladas de pruebas en contra de sus creencias, y en cambio recorta y pega en un lugar prominente de su cerebro cualquier mínimo indicio al que pueda agarrarse para darse la razón a sí misma. Es, por ejemplo, la madre de un asesino defendiendo pese a todo que su hijo es inocente, aunque haya confesado.

Pero el sesgo cognitivo no solo actúa a escala personal, sino también corporativa, en el sentido social de la palabra, como identificación y pertenencia a un grupo: parece claro que muchas organizaciones ecologistas jamás de los jamases reconocerán las apabullantes evidencias científicas que no han logrado, y mira que lo han intentado, demostrar ningún efecto perjudicial de los alimentos transgénicos. Lo cual aparta a muchas organizaciones de lo que un día fue una apariencia de credibilidad científica apoyada en estudios. Y tristemente, cuando esa credibilidad científica desaparece, a algunos no nos queda más remedio que apartarnos de esas organizaciones: si niegan los datos en una materia, ¿cómo vamos a creérselos en otras?

El neurocientífico y divulgador Dean Burnett me daba en una ocasión una interesante explicación evolutiva del sesgo cognitivo. Durante la mayor parte de nuestra historia como especie, decía Burnett, aún no habíamos descubierto la ciencia, la experimentación, la deducción, la inducción, la lógica. En su lugar, nos guiábamos por la intuición, la superstición o el pensamiento mágico. Desde el punto de vista de la evolución de nuestro cerebro, apenas estamos estrenando el pensamiento racional, y todavía no acabamos de acostumbrarnos; aún somos niños creyendo en hadas, duendes y unicornios.

Así, la gente en general no piensa como los científicos, me decían otros. No es cuestión de mayor o menor inteligencia, ni es cuestión de mejor o peor educación. De hecho, muchas personas educadas tratan de disfrazar sus sesgos cognitivos (y todos los tenemos) bajo una falsa apariencia de escepticismo racional, cuando lo que hacen en realidad es lo que uno de estos expertos llamaba “pensar como un abogado”, o seleccionar cuidadosamente (en inglés lo llaman cherry-picking) algún dato minoritario, irrelevante o intrascendente, pero que juega a su favor. Un ejemplo es este caso tan típico: “yo no soy [racista/xenófobo/machista/homófobo/negacionista del holocausto/antivacunas/etc.], PERO…”.

Estos casos de sesgos cognitivos disfrazados, proseguían los expertos, son los más peligrosos de cara a la sociedad; primero, porque su apariencia de acercamiento neutral y de escepticismo, de no ceñirse a un criterio formado a priori, es más poderosa a la hora de sembrar la duda entre otras personas menos informadas que una postura fanática sin tapujos.

Segundo e importantísimo, porque el disfraz a veces les permite incluso colarse en la propia comunidad científica. Es el caso cuando unos pocos científicos sostienen un criterio contrario al de la mayoría, y son por ello destacados por los no científicos a quienes no les gustan las pruebas mayoritarias: ocurre con cuestiones como el cambio climático o los transgénicos; cuando hay alguna voz discrepante en la comunidad científica, en muy rarísimas ocasiones, si es que hay alguna, se trata de un genio capaz de ver lo que nadie más ha logrado ver. Es mucho más probable que se trate de un sesgo disfrazado, el del mal científico que no trata de refutar su propia hipótesis, como debe hacerse, sino de demostrarla. Pero hay un caso aún peor, y es el del científico corrupto guiado por motivaciones económicas; este fue el caso de Andrew Wakefield, el que inventó el inexistente vínculo entre vacunas y autismo.

He venido hoy a hablarles de todo esto a propósito del asunto antivacunas que comenté ayer, porque algunas de estas cuestiones y muchas otras más están genialmente tratadas en este vídeo que les traigo. John Oliver es un cómico, actor y showman inglés que presenta el programa Last Week Tonight en la HBO de EEUU. Habitualmente Oliver suele ocuparse de temas políticos, pero de vez en cuando entra en harina científica. Y sin tener una formación específica en ciencia, es un paladín del pensamiento racional y de la prueba, demostrando una lucidez enorme y bastante rara entre las celebrities. Y por si fuera poco, maneja con maestría esas cualidades que solemos atribuir al humor británico.

Por desgracia, el vídeo solo está disponible en inglés, así que deberán conocer el idioma para seguirlo, pero los subtítulos automáticos de YouTube les ayudarán si no tienen el oído muy entrenado. Háganme caso y disfrútenlo: explica maravillosamente la presunta polémica de las vacunas, tiene mucho contenido científico de interés, y además van a reírse.

Campeones y princesas: ¿los desigualamos desde pequeñitos?

¿Educamos igual a nuestros hijos que a nuestras hijas? Sí, contestaría probablemente la mayoría de los padres y madres actuales, preocupados porque todos sus hijos tengan las mismas oportunidades en la vida. O al menos, asegurarían de buena fe estar haciendo todo lo posible según su mejor saber y entender.

Imagen de dominio público.

Imagen de dominio público.

Personalmente no puedo aplicarme este dilema, porque solo tengo niños. Pero como observador, cualquiera como yo puede notar cómo existen pequeños tics que continuamente marcan una diferencia de trato de los adultos hacia los niños y las niñas. Hay infinidad de ejemplos, desde el típico “los niños no lloran” hasta los juguetes que les regalamos a unos y a otras, sin tener en cuenta que tal vez a ese niño le gusten los peluches y esa niña prefiera los superhéroes. Un ejemplo clásico es el que menciono en el título: campeón y princesa, pero no campeona ni príncipe.

Nunca he llamado “campeón” a ninguno de mis hijos, pero no por escrúpulos de sexismo, sino simplemente porque es una palabra que no suele acudirme de forma natural; imagino que por sus implicaciones deportivas, más que por su origen militar. Tanto niños como niñas tienen perfecto derecho a sentirse lo que les dé la gana; pero ¿por qué tenemos los adultos que repartirlos en categorías ya desde pequeñitos?

Si tuviera solo niñas en lugar de niños, apostaría a que no sería tan frecuente que en el trato casual con desconocidos les espetaran a mis hijos esa típica pregunta formulada con la respetable intención de romper el hielo: “¿y tú de qué equipo eres?”. Los niños suelen callar, porque a esas edades se sienten avergonzados si no pueden responder satisfactoriamente a la pregunta de un adulto; y entonces tengo que salir rápidamente al paso para aclarar que nosotros no somos futboleros.

Cuál puede ser el impacto real de estas pequeñas diferencias en la educación, es difícil saberlo, incluso para los expertos; si traigo hoy este asunto es a causa de un interesante estudio que ha constatado la existencia de esos tics diferenciadores, pero cuyos autores reconocen: “Debemos investigar más para tratar de entender si estas diferencias sutiles pueden tener efectos importantes a largo plazo”.

Los investigadores, de la Universidad Emory (EEUU), diseñaron un ingenioso experimento para estudiar la interacción real de los padres (en este caso, solo con p) con sus hijos e hijas, evitando los típicos tests de preguntas y respuestas que no necesariamente reflejarían la realidad.

Para ello, reclutaron a un grupo de 52 voluntarios, padres de 30 niñas y 22 niños de entre uno y tres años, y los equiparon con una grabadora que se activaba periódicamente para registrar los diálogos entre ellos y sus hijos e hijas. Una vez obtenidos los datos, clasificaron las conversaciones en función de las palabras empleadas por los padres, según categorías establecidas. Por último, sometieron a los padres a un ensayo de Imagen por Resonancia Magnética Funcional (IRMf), un aparato que permite medir la actividad neuronal en distintas regiones del cerebro cuando el sujeto realiza una tarea; en este caso, mirar imágenes de adultos o niños desconocidos, o de sus propios hijos o hijas con distintas expresiones faciales.

Los resultados, publicados en la revista Behavioral Neuroscience, se resumen en el título del estudio: “El género del niño [en inglés, la palabra child es neutra] influye en el comportamiento, el lenguaje y la función cerebral del padre”. En concreto, los investigadores descubrieron que los padres estaban más atentos a las emociones de sus hijas que de sus hijos, respondiendo en mayor grado a sus llantos y cantándoles más. Con las niñas empleaban más palabras emocionales, como cry (llorar), tears (lágrimas) o lonely (solitario/a), y relacionadas con el cuerpo, como belly (tripa), cheek (moflete o mejilla), face (cara), fat (gordo/a) o feet (pies).

Por el contrario, con los niños se empleaban más palabras relacionadas con poder y logros, como best (mejor, el mejor), win (ganar, victoria), super o top, y los padres jugaban más con ellos al tipo de actividad física que en inglés llaman rough-and-tumble play; imagino que existirá una traducción técnica que ignoro, que me perdonen los expertos, pero es el clásico juego de hacer el bestia: perseguirse, tirarse por el suelo, pelearse en broma…

Por último, en el experimento de IRMf, las áreas del cerebro relacionadas con el procesamiento emocional se activaban más con las expresiones felices de las hijas y, curiosamente, con las expresiones neutras de los hijos.

En resumen: sí, las diferencias de trato son sutiles, pero comunes; algo que ya han revelado antes muchos otros estudios citados por los autores, pero que en este caso se analiza con una metodología más rigurosa.

Insisto en que los propios autores del estudio no aventuran conclusiones sobre cuáles pueden ser las consecuencias en la educación de los niños; esto es ciencia, no ideología. Pero sí mencionan el conocimiento actual sobre cómo unas actitudes y otras influyen en el desarrollo de distintas capacidades en los niños: el lenguaje emocional se asocia a la educación en la empatía, el juego físico se relaciona con la interacción social, y la atención al cuerpo se revela después en la definición y valoración de la propia imagen corporal. Si hay algo que debemos tener siempre presente, es que la mente de los niños es material muy delicado.

Ciencia semanal: comer sin gluten puede ser perjudicial para los no celíacos

Una ronda de las noticias científicas más destacadas de la semana.

Gluten-free, solo para celíacos

Hace tan poco tiempo que aún podemos recordarlo, a los celíacos y otros afectados por trastornos metabólicos les costaba encontrar alimentos adaptados a sus necesidades, o al menos encontrarlos a precios asequibles. Por suerte esto fue cambiando, con la intervención destacada de algunos distribuidores. Hoy muchas tiendas y restaurantes ofrecen opciones para celíacos y detallan la idoneidad de sus productos para otros perfiles de trastornos y alergias.

Imagen de @joefoodie / Flickr / CC.

Imagen de @joefoodie / Flickr / CC.

Pero entonces comenzó a producirse un extraño fenómeno, cuando personas perfectamente sanas empezaron a adoptar la costumbre de evitar el gluten en su dieta en la errónea creencia de que es más sano. Y como no podía ser de otra manera, ciertas marcas aprovechan el tirón para fomentar tramposamente esta idea de forma más o menos velada. Mientras, los nutricionistas científicos se tiran de los pelos tratando de desmontar este mito absurdo y sin fundamento.

Estudios anteriores ya han mostrado que el consumo de alimentos libres de gluten no aporta absolutamente ningún beneficio a los no celíacos. Pero ahora estamos avanzando un paso más con la simple aplicación a este caso de un principio general evidente, y es que la restricción de nutrientes en la dieta cuando no hay necesidad de ello solo puede conducir a una dieta deficitaria.

Un estudio con más de 100.000 pacientes a lo largo de 26 años, elaborado en las facultades de medicina de Columbia y Harvard (EEUU) y publicado esta semana en la revista British Medical Journal, confirma que el consumo de gluten en las personas sin celiaquía no aumenta el riesgo de enfermedad coronaria (como sí hace en los celíacos), pero aporta algo más: la reducción del gluten en la dieta disminuye el consumo de grano entero (integral), que se asocia a beneficios en la salud cardiovascular, por lo que la dieta sin gluten puede aumentar el riesgo coronario en los no celíacos.

Los autores son conscientes de las limitaciones de todo estudio epidemiológico, aunque el suyo es muy amplio y excepcionalmente prolongado en el tiempo. Pero como conclusión, advierten: “no debe fomentarse la promoción de dietas libres de gluten entre personas sin enfermedad celíaca”.

Cassini, en el meollo de Saturno

Continuamos siguiendo la odisea de la sonda Cassini de la NASA en sus últimos meses de vida, mientras orbita entre Saturno y sus anillos antes de la zambullida que la llevará a su fin el próximo septiembre. La NASA ha publicado esta semana un vídeo elaborado con las imágenes de la atmósfera de Saturno tomadas por la sonda durante una hora de su recorrido alrededor del planeta gigante. Los científicos de la misión se han encontrado con la sorpresa de que la brecha entre Saturno y sus anillos está prácticamente limpia de polvo, al contrario de lo que esperaban.

Ataque al centro de mando del cáncer

Lo que han conseguido estos investigadores de la Universidad de Pittsburgh (EEUU) no es una de esas noticias que acaparan titulares, pero es un hito sobresaliente en la aplicación de una nueva tecnología de edición genómica (corrección de genes por un método de corta-pega) llamada CRISPR-Cas9, de la que se esperan grandes beneficios en las próximas décadas.

Los autores del estudio, publicado en Nature Biotechnology, han logrado por primera vez emplear esta herramienta para neutralizar un tipo de genes del cáncer llamados genes de fusión. Estos se forman cuando dos genes previamente separados se unen por un error genético, dando como resultado un gen de fusión que promueve el crecimiento canceroso de la célula. Los investigadores trasplantaron a ratones células cancerosas humanas que contienen un gen de fusión llamado MAN2A1-FER, responsable de cánceres de próstata, hígado, pulmón y ovarios. Luego introdujeron en los ratones un virus modificado artificialmente que contiene CRISPR, específicamente diseñado para cortar el gen de fusión y reemplazarlo por otro que induce la muerte de la célula.

El resultado fue que todos los ratones sobrevivieron durante el período total del estudio, sin metástasis y con una reducción considerable de sus tumores, mientras que todos los animales de control, a los que se les suministró un virus parecido pero ineficaz contra su gen de fusión, sucumbieron al cáncer.

Una ventaja adicional es que la técnica puede ir adaptándose a la aparición de nuevas mutaciones en las células cancerosas. Según el director del estudio, Jian-Hua Luo, es un ataque al “centro de mando” del cáncer. Y aunque aún queda un largo camino por delante hasta que el método sea clínicamente utilizable, sin duda es una brillante promesa en la lucha contra esta enfermedad.

Decir tacos nos hace más fuertes

Uno de esos estudios que no van a cambiar el curso de la historia, pero que tal vez confirma lo que algunos ya sospechaban; y que sobre todo dará un argumento científico a quienes sientan la necesidad de vomitar tacos, insultos e improperios durante un gran esfuerzo físico (desde deportistas a madres pariendo sin epidural), pero que tal vez se cohíban por aquello de guardar las formas: háganlo sin miedo. Si alguien se lo reprocha, cítenles los resultados presentados por el doctor Richard Stephens, de la Universidad de Keele (Reino Unido), en la Conferencia Anual de la Sociedad Británica de Psicología: gritar palabras malsonantes nos hace más fuertes.

Los investigadores compararon el rendimiento de un grupo de deportistas en pruebas de esfuerzo, sin y con tacos, descubriendo que en el segundo caso las marcas mejoraban. Curiosamente, y aunque la hipótesis de los autores era que este efecto se produciría a través del sistema nervioso simpático, como ocurre con la mayor tolerancia al dolor en estos casos, no encontraron signos que confirmaran esta asociación. “Así que aún no conocemos por qué decir tacos tiene estos efectos en la fuerza y la tolerancia al dolor”, dice Stephens. “Todavía tenemos que comprender el poder de las palabrotas”.

Fidget Spinner, la nueva tontería pseudocientífica con onda expansiva periodística

Mientras espero con mis hijos ante el portón del patio del colegio, esperando a que lo abran para despedirlos con el beso de buenos días, observo varios niños y niñas a mi alrededor que de repente parecen sacados de El pueblo de los malditos, o de cualquier otra de esas películas en que los niños empiezan a actuar de forma rara, pero todos de la misma forma rara. En este caso, haciendo girar una especie de gadget con aspas sobre sus dedos.

Un Fidget Spinner. Imagen de Wikipedia.

Un Fidget Spinner. Imagen de Wikipedia.

Mientras me fijo mejor en ello, tratando de romper los candados de legañas de mis ojos, pregunto a mis hijos: “chicos, ¿qué diablos es eso?”. “No sé”, me contesta mi hijo mayor. “Gonzalo lo tiene. Dice que lo ha comprado en el Supersol”.

Todo el que haya dado continuidad biológica a la especie humana sabe que los niños son presa fácil, cándida y permanente de cada nuevo fad, craze o llámese como se llame. En mi experiencia curricular como padre han sido los gormitis, las peonzas, las pulseras de gomas o los hama beads, por citar algunos que me vienen ahora. Y nosotros también tuvimos nuestras modas, aunque menos comerciales. Aún recuerdo, qué tiempos aquellos, cuando llevábamos al colegio un destornillador, mejor cuanto más pesado y afilado, para jugar al clavo, consistente en lanzarlo al suelo para hincarlo en la tierra e ir avanzando sobre una especie de rayuela con puntuaciones. Hoy seguramente nuestros padres perderían la custodia.

Así que no le di la menor importancia. Por suerte, de momento los míos siguen prefiriendo los hama beads, algo más creativo que embobarse mirando cómo gira un cachivache.

Pero hete aquí que de repente empiezan a saltarme en internet artículos en medios de todo tipo, en español e inglés, sobre algo llamado Fidget Spinner. Descubro que no es solo Gonzalo y que Torrelodones no es el pueblo de los malditos, sino que la cosa es internacional.

Pero hete aquí que de repente descubro algo más: varios medios atribuyen a este cacharro presuntas propiedades terapéuticas contra el Trastorno por Déficit de Atención con Hiperactividad (TDAH), e incluso contra los Trastornos del Espectro Autista (TEA).

Con la ciencia hemos topado, Sancho. Y aquí estoy.

En una sociedad cada vez más obsesionada por la salud, más medicalizada y más afectada por el fenómeno del disease mongering, cada vez va a ser más frecuente que todo aquello que se nos trata de vender se apoye en presuntas propiedades beneficiosas para la salud. Lo vemos hasta el hastío en los intermedios de la televisión: solo una pequeña parte de los anuncios con proclamas terapéuticas llevan esas advertencias clásicas sobre leer el prospecto y consultar al farmacéutico; el resto de los productos (sobre todo alimentos, pero también muchos gadgets de las teletiendas) no están obligados a llevarlas porque no son medicamentos, pero se publicitan descaradamente como si lo fueran. Hace unos días se me caían las pestañas del susto al ver en un telediario un reportaje sobre el Salón de Gourmets celebrado en Madrid, que más parecía el Salón de la Pseudociencia Nutricional, infestada de alimentos exhibiendo proclamas saludables de muy dudosa base científica.

Así que no es de extrañar que a alguien se le hayan puesto los ojos de dólar, como en los dibujos animados, con la idea de vender juguetitos que mejoran los síntomas del TDAH o los TEA sin que ninguna pelmaza autoridad sanitaria pueda meter las narices en su negocio.

Por su parte, los pobres redactores de algunos medios (sí, esos que no pueden decir a su jefe “no voy a hacer eso”, lo mismo que usted) tiran de teléfono para lanzarse a llamar al Doctor X, especialista en Y del Hospital Z. Y el pobre Doctor X, que no sabe ni por dónde le ha venido, trata de salir del paso como puede, sin la menor idea de qué demonios es esa chorrada que le están preguntando, pero sin atreverse tampoco a calificarlo como chorrada, no vaya a ser que luego haya algo.

El resumen: ningún artículo que mencione presuntas (algunos artículos incluso lo dan como hecho cierto) propiedades terapéuticas del Fidget Spinner aporta una sola fuente científica válida. Y el redactor que no puede decir “no” a su jefe tampoco debe llegar al otro extremo de renunciar a su ética profesional atribuyendo propiedades milagrosas al nuevo cacharro de moda solo porque otros medios a su vez le atribuyen propiedades milagrosas basándose en otros medios que antes le han atribuido propiedades milagrosas. Por favor, cuestiónense la veracidad de lo que escriben ustedes mismos, de lo que escriben otros, de lo que escribo yo. Investiguen las fuentes.

Y por favor, no llamen al Doctor X. Lo que pueda decirles sobre este asunto en un asalto telefónico entre la ronda de planta y el café tiene muy poca validez. Lo único válido sería la existencia de estudios clínicos serios que revelen indicios científicos de que este cacharro (o al menos otro similar, dado que este aún es novedad) muestre algún beneficio terapéutico frente a los trastornos referidos. Y por lo que se sabe hasta ahora, eso no existe.

Ni siquiera si se trata de colocar este nuevo gadget como un stress toy, o juguete contra el estrés, aprovechando la avalancha de literatura científica que avala la eficacia de los stress toys. Porque tal avalancha no existe: la eficacia de los stress toys no está ni mucho menos demostrada, por no decir que posiblemente sean del todo inútiles, salvo por la socorrida intervención de nuestro común amigo, el Doctor Placebo.

Un juguete es un juguete. Y si mis hijos mañana me lo piden y el precio es razonable (que no lo sé), no tendré ningún inconveniente en que puedan jugar con sus amigos a ver quién gira mejor el molinillo.

Pero esperemos a ver qué pasa: un artículo en el Boston Globe, un medio que en este caso sí ha hecho bien sus deberes, cuenta cómo Julie Schweitzer, profesora del Instituto de Investigación Médica de Trastornos del Neurodesarrollo de la Universidad de California en Davis, ya ha rechazado varias ofertas de fabricantes de este tipo de fidgets para que avale sus productos (no se menciona, pero siempre es a cambio de un sustancioso cheque), algo a lo que ella se ha negado por falta de pruebas científicas.

Obviamente, no todos los expertos son tan insobornables como Schweitzer. Y si empezamos a ver por ahí que los vendedores del cachivache se tiran finalmente a la piscina de la proclama terapéutica, sin o (mejor) con el apoyo de algún presunto experto, entonces estaremos asistiendo al amanecer de un nuevo caso como el de Power Balance; de esos en los que la justicia acaba actuando, pero cuando la pasta ya está a buen recaudo.

Ciencia semanal: el reciclaje llega a los cohetes, y por qué tus ex se parecen

Cada semana el mundo de la ciencia produce cientos de noticias, la mayoría de las cuales se asfixian intentando abrirse paso entre la vorágine de informaciones de eso que un director de periódico al que conocí llamaba “actualidad”, con la intención explícita de insinuar que lo otro no lo era. Aquí les he seleccionado algunas píldoras científicas producidas en estos últimos siete días, desde lo relevante a lo curioso.

Despega el primer cohete reciclado

El tecnomagnate Elon Musk y su compañía SpaceX han superado un hito histórico en la tecnología espacial: utilizar un cohete por segunda vez; lanzarlo de nuevo al espacio tras rescatarlo de una misión anterior, y volver a recuperarlo una vez más sano y salvo. Hasta ahora los operadores espaciales, tradicionalmente organismos públicos, habían trabajado con la herencia de la edad dorada del boom de los 60, cuando había dinero a mansalva para gastar. Los cohetes eran de usar y tirar; era más fácil gastar millones de dólares o rublos cada vez que se lanzaba uno de ellos, que invertir en buscar la manera de recuperarlos y reutilizarlos para ahorrar en futuras misiones.

Un cohete Falcon 9 de SpaceX con la primera fase reciclada despega del Centro Espacial Kennedy el 30 de marzo de 2017. Imagen de SpaceX.

Un cohete Falcon 9 de SpaceX con la primera fase reciclada despega del Centro Espacial Kennedy el 30 de marzo de 2017. Imagen de SpaceX.

En este siglo, las empresas privadas han ascendido desde su papel anterior de simples contratistas al de operadores; es lo que algunos expertos llaman el New Space. Para los inversores, esto significa poder hacer lo mismo por menos dinero (y por tanto, con más beneficio); para quienes –por desgracia– no tenemos intereses económicos en el espacio, pero sí mucho interés, significa poder hacer más con el mismo dinero. Aún es muy dudoso que Musk pueda hacer realidad su proyecto de colonizar Marte en la próxima década, como ha anunciado. Pero algunos de los que comenzaron acogiendo la aventura espacial de Musk con las cejas arqueadas ya han tenido que desarquearlas.

Lujo espacial

Sin salir del New Space, otro de los nuevos magnates tecnológicos con gusanillo espacial también ha sido noticia esta semana. Jeff Bezos, el mandamás de Amazon, ha desvelado esta semana el aspecto que tendrá el interior de la cápsula New Shepard de su compañía Blue Origin, con la que pronto espera lanzar sus vuelos suborbitales de pago. Como se espera de un servicio de lujo para clientes acaudalados, el habitáculo de la nave no tiene nada que ver con esa apariencia de almacén de ferretería de la Estación Espacial Internacional.

Interior de la nave New Shepard de Blue Origin. Imagen de Blue Origin.

Interior de la nave New Shepard de Blue Origin. Imagen de Blue Origin.

Con sus asientos de cuero negro y sus acabados a lo PlayStation, el interior de la New Shepard realmente recuerda más a una cabina de videojuegos en grupo que a una Soyuz. Incluso lleva en el centro algo que parece una consola o una mesa de pulsadores para algún concurso televisivo, pero que en realidad es el motor de escape de emergencia por si el cohete falla. Como no podía faltar, cada pasajero dispondrá de su propio amplio ventanal con vistas a la Tierra. Si no quieren perdérselo, vayan guardando las vueltas del pan en el cerdito hasta que sumen entre 100.000 y 200.000 dólares.

En qué se parecen tus ex

Uno de esos estudios curiosones que suelen tener buena acogida en los medios: un equipo de psicólogos, dirigido por Paul W. Eastwick, de la Universidad de California en Davis (EEUU), descubre que los o las exparejas de una persona concreta suelen parecerse en distintos rasgos, tanto físicos como psicológicos.

Según el extenso estudio, publicado en la revista Journal of Personality and Social Psychology, estas similitudes aparecen sobre todo por dos factores: por un lado, cada uno y una tenemos nuestras preferencias en lo tocante al físico; pero además, criterios demográficos como dónde vivimos o trabajamos determinan que con mayor probabilidad vayamos a conocer a personas que se parecen en rasgos como educación, inteligencia o religiosidad. Los investigadores aclaran: no es que a la hora de elegir tengamos en cuenta estos criterios, sino que en parte nos vienen condicionados por el ambiente en el que nos manejamos. Pero recuérdenlo si sienten antipatía por algún ex de su pareja: puede que se parezca a usted más de lo que sospecha.

Los chimpancés no aprecian la música

Vaya usted a saber si la música realmente amansa a las fieras; desde luego, no funcionaba con Keith Moon, el batería de los Who, entre cuyas célebres aficiones se contaba detonar explosivos en los inodoros de los hoteles. Pero ahora tampoco parece que a los chimpancés les entusiasme; y a pesar de que los resultados de investigaciones previas arrojan conclusiones confusas, está comúnmente extendida la costumbre de amenizarles con música la reclusión perpetua en los zoos a nuestros parientes más próximos.

Un estudio de la Universidad de York publicado en PLOS One ha analizado detalladamente la reacción de estos simios a la música de distintas clases, incluyendo la colocación de una gramola donde los chimpancés podían elegir piezas clásicas de Bach, Chopin, Beethoven, o Mozart (nota: curiosamente e ignoro si por casualidad, aunque lo dudo, de este último eligieron el Adagio del Concierto para clarinete en La mayor, la misma pieza que Robert Redford/Denys Finch Hatton reproducía para los babuinos en Memorias de África, con escaso éxito), o en su lugar, temas de Justin Bieber, Adele o Katy Perry, que los autores del estudio etiquetan libremente como “pop/rock”.

Pues bien, a los chimpancés les daba lo mismo Mozart que Bieber o simplemente el dorado silencio. La conclusión de los investigadores es que nuestros parientes no aprecian la música en absoluto; un estudio previo, citan, mostraba que los orangutanes eran incapaces de distinguir la música del ruido aleatorio generado digitalmente. Lo cual nos lleva a plantearnos la posibilidad de que la música sea una maravillosa creación ¿evolutiva-cultural? de exclusividad humana; y no hay muchas de estas que no estén restringidas por capacidades también exclusivas como el habla.

Pero hombre, a los investigadores debería caerles un pequeño tirón de orejas: diría yo que Justin Bieber no podría calificarse precisamente como un fenómeno musical; cuando lo sitúan como alternativa a Mozart o Beethoven, solo les falta bailar sobre las tumbas de estos genios. Y aunque a los chimpancés les importe un ardite, para otra ocasión, si se refieren a rock, pónganles rock; ya que la música no les alivia la reclusión, al menos no se la hagan aún más penosa.

Invasión de anuncios de pseudociencia en Google

Últimamente, el mundo académico y científico viene preocupándose por el hecho de que internet, con todas sus indudables ventajas (el que suscribe no podría trabajar en lo que trabaja y como trabaja sin la existencia de internet), ha traído un daño colateral difícil de paliar: la dificultad de distinguir el grano de la paja, o la noticia real del rumor o la simple invención (ver, por ejemplo, comentarios aquí, aquí, aquí o aquí, y estudios aquí, aquí, aquí o aquí).

En el gran caldero de la red todo se mezcla de modo que el origen de los diferentes ingredientes resulta indistinguible. Por supuesto que no tiene el mismo valor de rigor y veracidad una noticia aparecida en el New York Times que lo dicho por cualquier tuitero o YouTuber, por muchos millones de seguidores que tengan; incluso hoy, el periodismo de verdad sigue sirviendo para algo. Pero para el lector acrítico y perezoso, el origen del material se pierde una vez que forma parte de la pulpa hirviente del caldero de internet.

Anuncio publicado por Google Ad Services.

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Con lo de “lector acrítico y perezoso” no pretendo afearle la conducta a nadie en particular, o a ningún colectivo concreto en general. Todos, en algún momento, podemos ser lectores acríticos y perezosos. Pero me llama la atención el caso de Twitter. Casi a diario, cuando publico el titular de uno de mis artículos enlazando al texto, me encuentro con respuestas al titular del artículo. Es decir, gente que no se ha molestado, ni piensa hacerlo, en leer el artículo, y que simplemente tuitea opinando sobre lo que dice el titular. A menudo además esas respuestas tratan de ser graciosas u ocurrentes, y entonces me pregunto qué tiene Twitter que ha hecho del graciosismo una forma de vida online.

Evidentemente, falta profundidad: lectura, comprensión, reflexión. A esto me refiero con lo de lector perezoso. Pero por otra parte está la falta de herramientas para la formación de un juicio crítico. Un ejemplo offline aplicable online: suelo evitar hablar con mis amigos de temas relacionados con la diferencia entre ciencia y pseudociencia. Como he dicho aquí varias veces, no tengo vocación de martillo de herejes, y no pretendo ofender a nadie con esta expresión; cada uno tiene su papel en la vida. Yo me crié en los 80 (en lo que se refiere a la transición a la madurez). Pero cuando algún amigo menciona tal o cual patraña dándole visos de veracidad (homeopatía, los peligros de las vacunas o de los transgénicos, etcétera), no tengo más remedio que, como decía Woody Allen, introducir un término en esa coyuntura.

Y a menudo pasa esto: después de explicar, evitando ser cargante ni petulante, qué es la homeopatía y por qué no sirve para nada, tal vez mi amigo responde a mi explicación comenzando con esta fórmula: “pues yo opino que…”. Y entonces me vienen a la mente esas películas, parodiadas en Aterriza como puedas, en las que un piloto experto da instrucciones por radio a un pasajero para aterrizar el avión: “mueve la palanca hacia abajo…”. ¿Respondería entonces el pasajero: pues yo opino que es mejor moverla hacia arriba?

Es decir: cuando explico qué es la homeopatía y por qué no sirve, no estoy opinando; estoy exponiendo datos. No tengo motivo para pensar que mis opiniones deban ser más dignas de consideración que las de cualquier otro. Pero sí mis datos; sin tratar de resultar petulante ni cargante, en esos casos yo soy el piloto y mi amigo es el pasajero tratando de pilotar, como lo sería al contrario si yo le preguntara a él sobre otra cosa de la que él supiera y yo no tuviera la menor idea; por ejemplo, cómo se programa en Java o cómo se tira un córner. De algo debería servir llevar casi 30 años dedicado a esto; si no, sería preferible que hiciera el hatillo.

Pero claro, la situación podría tornarse incómoda, y este es el motivo por el que trato de evitar este tipo de conversaciones con mis amigos. Porque, y en contra de la visión simplista, la lucha contra las pseudociencias NO es (solo) cuestión de educación. No lo digo yo; por si no lo he dicho (que sí lo he dicho), mis opiniones importan poco; lo dicen los expertos que dedican su trabajo a esta cuestión, y que llegan a conclusiones muy trabajadas y valiosas como para que aquí salga cualquiera, sea yo u otro, diciendo que esto se arregla con educación. Que no. No voy a explicarlo otra vez; ya lo hice aquí.

Sí puedo poner un ejemplo personal; aunque repito por enésima vez: es lo que dicen los expertos, que no cuentan casos personales, sino que estudian amplias muestras de población y sacan conclusiones generales y generalizables. Pero ahí va mi ejemplo: una persona amiga mía, con toda una carrera de ingeniería de las más difíciles, y con muchos años de experiencia de puesta en práctica de esa carrera de ingeniería, cree muy sinceramente que el color de las cortinas del salón de su casa puede determinar su suerte a la hora de encontrar un empleo.

O eso es poco más o menos lo que afirma esa patraña tronchante y mondante que circula por ahí en forma de libro con millones de ejemplares vendidos en todo el mundo bajo el título El secreto, y que viene a decir: si tu vida va mal, es culpa tuya, porque tienes pensamientos negativos y entonces las piezas de tu vida no encajan bien. Ten pensamientos positivos y desea las cosas muy fuerte muy fuerte muy fuerte, y entonces el universo conspirará para hacer realidad tus deseos.

No, no es la última de Disney. Para quien no lo conozca, esto realmente es un libro que los adultos compran, leen y muchos se creen, y cuya pretendida eficacia se avala (naturalmente) con infinidad de testimonios de los convertidos a la secretología o como se llame. Es la versión New Age del clásico “sé bueno y Dios te premiará; sé malo y Dios te castigará”. Es la religión para los no religiosos, o los desengañados con las religiones tradicionales. Se ve que la humanidad aún no ha acumulado suficientes pruebas de que, ni karmas, ni pepinillos en salmuera; si hay alguien que castigue a los malos, es como mucho la legalidad vigente, y depende.

En un estudio que comenté recientemente sobre la creencia en las pseudociencias, los autores prestaban apoyo a una hipótesis que, esta vez sí, sostengo como opinión personal: que las pseudociencias no están en declive a pesar de la mayor abundancia y facilidad de acceso a la información científica, sino que al contrario, están viviendo una época dorada. Los autores del estudio observaban un “auge del movimiento anti-ilustración”, y lo explicaban alegando que actualmente ha disminuido la influencia de la ilustración, o el seguimiento consensuado de las conclusiones científicas por parte de los liderazgos políticos y sociales.

Sería un buen asunto de debate si ahora tenemos aquí y en otros países los líderes políticos y sociales (insisto, y sociales; no piensen solo en personas con cargos, sino también en lo que ahora llaman influencers) menos ilustrados casi desde el nacimiento de la propia Ilustración; por cierto que hace unos días escribí un reportaje sobre Thomas Jefferson, el tercer presidente de EEUU que fue un entusiasta de la ciencia y, aunque equivocado en sus teorías, un pionero de la paleontología de vertebrados en su país. Pero desde luego, dudo que alguien defienda que hoy tenemos los líderes más ilustrados de la historia.

Las señales del auge del movimiento anti-ilustración llegan a extremos que nos habrían parecido inconcebibles hace solo unos años. Últimamente se viene hablando bastante del resurgimiento de la idea de que la Tierra es plana, apoyada por algunas llamadas celebrities.

Hoy quiero mencionar otra señal más de ese auge del movimiento anti-ilustración, y es una repentina e insólita invasión de pseudociencias en los anuncios de Google que muestran muchas páginas web, incluyendo esta que están ustedes leyendo. Suelen decir que los anuncios se adaptan según los historiales de navegación; pero si algún algoritmo realmente ha deducido de mi perfil algún tipo de interés en las pseudociencias, deberían darle el premio a la Inteligencia Artificial Menos Inteligente. No solo la mayor parte de mi navegación se mueve en páginas de ciencia por cuestiones de trabajo, sino que ni siquiera suelo ocuparme a menudo de las pseudociencias, como sabrán los lectores de este blog.

Escribir sobre ciencia junto a un anuncio que afirma “sintoniza tu poder de energía sanadora”, “sana tus heridas emocionales o traumas pasados”, “curso gratis para revelar los secretos de la sanación de chakras: solo cinco días para desbloquear tus chakras para mejorar tu salud, amor, riqueza y creatividad”, “da el siguiente paso en tu ascensión espiritual” o “revelado el método número uno de meditación: descubre los secretos de las personas más extraordinarias”, viene a ser como publicar un artículo sobre violencia de género junto a una publicidad de aquella discoteca que prometía copas gratis y cien euros a las mujeres que acudieran sin bragas. A ver si se nos mete en la cabeza. No es solo cuestión de educación; sobre esto sí haría falta algo más de meditación.

Por qué no se puede ganar la guerra contra las pseudociencias

Quisiera pensar de otro modo, pero uno es congénitamente dado a rendirse a la evidencia. Y si algo parece sugerirnos la evidencia, no es precisamente que estemos ganando la guerra contra las pseudociencias. A lo más que podemos aspirar, y debemos aspirar a ello, es a que no reciban financiación pública, y a que los fraudes delictivos sean castigados por la justicia. Pero ni siquiera estamos cerca de lograr estos objetivos.

Imagen de Wikipedia.

Imagen de Wikipedia.

Personalmente, ya lo he dicho aquí, no siento vocación de azote de herejes. No por desimplicación, sino porque mi opción contra las pseudociencias es hablar de ciencia. De hecho, más que ocuparme de las pseudociencias, últimamente me he adentrado en lo que neurocientíficos y psicólogos experimentales tienen que decir sobre por qué los humanos somos tan propensos a creer en patrañas; la ciencia de la pseudociencia.

Y es precisamente el contacto con estos expertos lo que en parte me lleva a la pesimista conclusión de que la lucha contra el movimiento anti-ilustración, como algunos lo están llamando ahora, es una guerra perdida (lo cual no quita que deba librarse de todos modos). Seis razones:

1. No es cuestión de nivel educativo o de formación científica

Entre esas observaciones de los neurocientíficos y psicólogos experimentales dedicados a estudiar el fenómeno del movimiento anti-ilustración, destaca una conclusión contraintuitiva.

Lo natural sería pensar que quienes creen que el movimiento de los astros puede influir sobre su personalidad o su futuro, o quienes creen que un vial de agua o una pastilla de azúcar pueden curar enfermedades, son auténticos zotes con un paupérrimo nivel educativo y menos luces que un ovni de madera. Y que un poco de educación y de información bastaría para barrer sus telarañas mentales y abrirles los ojos a la luz de la razón.

Pero no es así. Como recientemente he comentado aquí, un reciente estudio revelaba que los adeptos al movimiento anti-ilustración no tienen en general menor inteligencia o nivel educativo que el resto, y ni siquiera menos interés por la ciencia. Simplemente, prefieren elegir selectivamente, sabiamente pero tramposamente, los datos que corroboran sus ideas preconcebidas; los autores del estudio lo llamaban “pensar como un abogado”.

Como también he contado aquí, neurocientíficos como Dean Burnett argumentan que, nos guste o no, la creencia en patrañas forma parte del funcionamiento normal de un cerebro humano sano. Y aunque otro estudio reciente sugiere que es posible proteger a las personas contra la influencia de la pseudociencia mediante lo que los autores definían como una especie de vacuna psicológica, parece que lograrlo requiere algo más sutil y complejo que simplemente más información científica o una mejor educación en el empirismo.

2. La pseudociencia mola más que la ciencia

Imagen de Wikipedia.

Imagen de Wikipedia.

¿Que no? ¿Acaso molan las farmacéuticas? ¿Molan los transgénicos? ¿Mola contar a los amigos que vas a hacerte una diálisis o un PET? No, lo que mola es decirles que vas a tu sesión de reiki o de shiatsu. Lo que mola es todo aquello basado en energías fantasmales que fluyen sin que podamos percibirlas, detectarlas o medirlas, pero que se designa con nombres que suenan a oriental y se describe con frases a lo Paulo Coelho o Deepak Chopra, mejor cuanto más carentes de sentido, mientras sean lo suficientemente cursis.

Ya ni siquiera hace falta pensarlas uno mismo: hay en internet al menos un par de generadores automáticos de lo que un estudio de 2015 llamaba “gilipolleces pseudoprofundas”. Recuerdo la conclusión de aquel estudio, que comenté aquí:

Los más receptivos a las gilipolleces son menos reflexivos, tienen menor capacidad cognitiva (es decir, inteligencia verbal fluida y alfabetización numérica), son más propensos a confusiones ontológicas e ideas conspirativas, sostienen con más frecuencia creencias religiosas y paranormales, y respaldan medicinas alternativas y complementarias.

No hay que confundir esta conclusión con la que mencionaba en el punto anterior: nótese que el estudio se fijaba en un sector específico de población definido por un parámetro diferente: en un caso era el negacionismo del cambio climático, en otro la afición por esas “gilipolleces pseudoprofundas”.

Las encuestas suelen coincidir en que la ciencia académica goza de cierto respeto general entre la población. Pero cuando esta ciencia se convierte en una directriz, surge la paradoja de los dos extremos: muchos están dispuestos a aceptar sin rechistar, solo “porque lo dice la ciencia”, la idea de que el chocolate adelgaza o que mirar tetas alarga la vida, aunque no haya nada de cierto en ello. Y en el extremo contrario, ya puede la ciencia de verdad certificar que los transgénicos son completamente inocuos, que en este caso siempre se sospechará de algún gato encerrado. Lo primero mola; lo segundo, no.

En definitiva, hoy hay pocas maneras mejores de caer simpático en Twitter o en cualquier otro sitio que lanzar acusaciones contra las farmacéuticas o los transgénicos, como si los vendedores de motos terapéuticas varias o de alimentos milagrosos no trataran de lucrarse con sus productos.

3. …Y quienes molan también la fomentan

¿A qué estrella del cine o del rock hemos visto defender el rigor de la ciencia cuando se trata de juzgar las infinitas proclamas pseudocientíficas que por ahí circulan? Más bien al contrario. Estos personajes mediáticos son los líderes sociales actuales, y parecen especialmente propensos a popularizar y promover todo tipo de eso que llaman terapias alternativas y otros disparates pseudocientíficos, ya sea que el desodorante provoca cáncer o que el agua tiene sentimientos.

Ignoro si tales celebrities molan porque se apuntan a las causas que molan, o si sus causas molan porque ellos molan; pero el caso es que muy raramente suelen declararse públicamente a favor de causas que no molan, como los transgénicos. Y su influencia social no es en absoluto desdeñable: ¿cuántas dietas han triunfado entre millones de consumidores gracias al respaldo de tal o cual famoso/a, a pesar de que muchos de estos métodos de adelgazamiento queden desacreditados por los nutricionistas?

Los propios diseñadores de dietas milagrosas y fabricantes de píldoras lo saben; algunos de ellos han llegado a emplear de forma fraudulenta el nombre de alguna estrella para promocionar sus productos. Y poco importa que algunos de ellos acaben en prisión o pierdan su licencia para practicar la medicina (los que la tienen).

4. La frontera entre ciencia y pseudociencia es difusa en los medios populares

En la sección de Ciencias de un diario en el que trabajé, recibimos el encargo de que una de las subsecciones, la dedicada a Salud, se centrara en lo que la dirección del periódico llamaba “vida saludable”.

Pero ¿qué es “vida saludable”? Basta abrir casi cualquier revista, escuchar casi cualquier programa generalista de radio o ver casi cualquier magazine de televisión para encontrar una sección destinada a aconsejar a la audiencia sobre cómo llevar una vida más sana, comiendo o dejando de comer tal alimento, tomando o abandonando cual hábito. Pero ¿cuántas de estas proclamas están fundamentadas en ciencia sólida?

Imagen de Wikipedia.

Imagen de Wikipedia.

Muchas menos de las que ustedes imaginan. He tratado aquí algunos de estos casos; por ejemplo, las investigaciones que están desmontando el viejo dogma clásico sobre el papel de las grasas como grandes satanes de la dieta. También he comentado cómo algunos tótems sagrados de la nutracéutica actual, como el archifamoso omega 3, no aguantan un asalto cuando se pone sobre ellos la lupa científica.

Lo cierto es que muchas de esas ideas populares sobre lo saludable versus lo dañino en realidad no proceden de la ciencia, sino de simples reclamos publicitarios (más sobre esto abajo), o de viejas hipótesis plausibles que llegaron a instalarse como dogmas antes de su imprescindible corroboración científica.

Y a menudo, cuando se busca esta corroboración, no se encuentra. Otro ejemplo: cualquiera sabe que quien pretende adelgazar debería comenzar por apuntarse a un gimnasio. ¿No? Pues no tan deprisa. Lo cierto es que últimamente varios estudios, como este publicado en enero, están cuestionando que el ejercicio físico sea un factor realmente decisivo en la pérdida de peso para la mayoría de las personas. También hay razones científicamente lógicas para esto, que si acaso trataremos otro día.

Y si en la práctica resulta que muchas de esas proclamas sobre lo que es saludable, incluso las aparentemente más obvias, no están respaldadas por ciencia real, ¿cómo pueden los medios distinguir lo que es simplemente dudoso de lo rotundamente falso? Llegados a ese punto, anything goes: de creer que el omega 3 previene el cáncer (que no) a aceptar que el zumo de limón hace lo mismo (¡que, por supuesto, ni de broma!) hay una línea muy fina que muchos medios cruzan, por ignorancia o por cifras de audiencia. De hecho, algunos incluso viven de cruzarla.

El remedio a esta profusión de pseudociencia en los medios es, naturalmente, la ciencia; pero muchas de esas revistas, programas de radio o de televisión no cuentan con especialistas capaces de acudir a las fuentes originales para verificar su credibilidad.

5. El márketing publicitario explota, e incluso se basa en, las pseudociencias

Una cosa es que la publicidad sea especialmente propensa a tirar de argumentos pseudocientíficos para enganchar un producto a una idea facilona. Cuando esto simplemente se utiliza como estrategia de márketing para vender productos no relacionados con la idea, como hablar del destino para vender loterías, o reavivar esa falacia del cerebro racional y el emocional para vender un coche, el daño no es grande. El problema surge cuando un producto se promociona publicitando presuntas virtudes nacidas de ideas pseudocientíficas.

En un mundo obsesionado por la salud, parece que es necesario revestir casi cualquier alimento de propiedades beneficiosas; ya no basta solo con decir que sabe bien. Los patés que comíamos cuando éramos pequeños porque estaban ricos hoy tienen que publicitarse como fuente de hierro, a pesar de que una persona sana con una dieta normal cubre perfectamente sus necesidades de este metal.

Pero el problema surge cuando esta necesidad de apelar a la salud para vender un alimento pretende crear alimentos funcionales donde no los hay. Y así es como surgen los yogures que hacen cosas nunca demostradas, o marcas de agua mineral que presumen de liberar a bellas modelos de las toxinas que su cuerpo ha acumulado por alguna extraña razón no especificada (tal vez las ha mordido una serpiente). Alimentos que se pretende funcionalizar hasta convertirlos en disfuncionales.

Aún peor es el caso de productos o marcas originalmente destinados a personas con deficiencias metabólicas, como celiaquía o intolerancia a la lactosa, y cuyos dueños de repente descubren el lucrativo negocio que han estado perdiéndose: tratar de convencer a la población sana de que la lactosa o el gluten les hacen daño, lo cual es mentira. Este sí es un negocio turbio, y no vender un anticatarral a la persona que tiene un catarro.

Pero naturalmente, la publicidad se autocontrola; es decir, que nadie la controla. Porque alguien así lo permite. Y esto nos lleva al último punto:

6. Los responsables públicos no saben de ciencia ni preguntan a quienes saben

Ejem… ¿Hace falta explicarlo?

 

Hay una vacuna contra la ignorancia, pero no es (solo) la ciencia

Allá por los 90, tuve un profesor de sociología de la ciencia que distinguía entre ignorancia y nesciencia, dos términos que la RAE no delimita tan claramente, pero que son instrumentos semánticos más útiles si se interpretan como él lo hacía: nesciente es quien no sabe algo que no tiene por qué saber, mientras que ignorante es el que prefiere no saber, o prefiere actuar como si no supiera.

La distinción es útil porque en el mundo de hoy se da la extraña paradoja de que la nesciencia y la ignorancia parecen seguir tendencias opuestas: mientras la primera cae, la segunda sube. Cada vez se sabe más, esto es innegable; y en cambio, la impresión (solo impresión, porque realmente es difícil medirlo) es que cada vez se prefiere más ignorar lo que se sabe. O al menos, la diferencia entre lo que se sabe y lo que a menudo se cree resulta más vertiginosa.

Imagen televisada de Neil Armstrong pisando la Luna por primera vez el 20 de julio de 1969. Imagen de NASA.

Imagen televisada de Neil Armstrong pisando la Luna por primera vez el 20 de julio de 1969. Imagen de NASA.

Un ejemplo: podía resultar hasta cierto punto admisible, sobre todo por aquellos a quienes les llegaba de sorpresa, que el 20 de julio de 1969 muchos de los que veían por televisión el descenso de Neil Armstrong a la Luna pensaran aquello de “¡venga ya, eso es todo mentira!”.

Pero cuando en los años posteriores otras cinco misiones aterrizaron allí; cuando se trajeron cerca de 400 kilos de rocas y arena que se distribuyeron por el mundo y se han venido analizando desde entonces para publicar innumerables estudios; cuando se han fotografiado los vestigios de aquellas expediciones desde la órbita lunar; cuando de todo aquello se ha podido construir todo un cuerpo de conocimiento científico para comprender la historia antigua de la Tierra y su satélite; cuando una gran parte de la ciencia y la tecnología espacial actuales está funcionando gracias a las lecciones aprendidas de aquel programa; y cuando algunos tipos llegaron a dar sus vidas para que todo aquello fuera posible (hace pocos días recordaba en un reportaje la tragedia del Apolo 1 con ocasión del 50 aniversario)… ¡Buf, seguir defendiendo en 2017 que todo esto ha sido un inmenso montaje…!

En este mundo de hoy se da una sorprendente circunstancia de la que ya he hablado aquí alguna vez. Y es que la publicidad y la propaganda parecen resultar más creíbles que la ciencia para una gran capa de la población.

Otro ejemplo: cuando un anuncio asegura que un yogur mejora las defensas, nadie parece ponerlo en duda, a pesar de que quien lo dice es precisamente quien pretende lucrarse con la venta de esos yogures. Sin embargo, cuando la ciencia concluye que esa proclama es puro bullshit, la gente desconfía, pese a que los científicos carezcan de todo interés económico en la venta o la no venta de los yogures, y su única intención sea informar de la verdad para iluminar a los consumidores en sus decisiones, sin que tales decisiones les vayan a hacer ganar más o menos dinero.

Dentro de la propaganda se incluye también el periodismo sensacionalista televisivo. Es curioso que algunos afirmen con orgullo que en España no existen tabloides (prensa amarilla) como los que tanto éxito cosechan en otros países, véase Reino Unido. ¡Pero si en España no se leen periódicos! Hace poco recordaba unos datos de circulación de diarios de pago en Europa. Tal vez no estén actualizados (creo recordar que eran de hace unos cinco o seis años, quizá algo más); pero el dibujo general era este: de los diez periódicos más vendidos en Europa, cinco eran británicos, y no todos tabloides. Ningún diario español entre los 20 primeros; El País era el número 21.

Pero es que, en cambio, en España somos los reyes del tabloide televisivo. Los hay en todas las cadenas, en todos los formatos y en todas las franjas horarias. Y no piensen en el Sálvame; algunos de esos programas se disfrazan de espacios de investigación periodística, cuando lo único que hacen es presentar historias irrelevantes (que hay un edificio ocupado; ¿en serio?) o vergonzosamente sesgadas y falaces para prender una alarma social. Todo ello con el tono narrativo de un abogado de película americana disertando ante el jurado. No lo olviden: el periodismo también vive de vender, y hoy la competencia por los índices de audiencia es feroz y despiadada. Hasta ahí puedo leer, pero créanme.

Un ejemplo de esto último lo hemos tenido en el caso del panga que comenté esta semana. Creo que una gran parte de la patraña forjada en torno a este alimento procede de ciertos espacios televisivos amarillistas desesperados por arañar puntos de audiencia. Y contra eso, ya pueden los científicos presentar todos los datos veraces del mundo, que sirve de poco. Ya se han encendido las antorchas y se han empuñado los tridentes; unos cuantos datos científicos no van a conseguir que se apaguen y se desempuñen.

Extraño, el ser humano, pero es lo que somos. Y estas paradojas son precisamente el objeto de estudio de muchos psicólogos. Hace poco traje aquí a uno de ellos; se llama Dean Burnett, neuropsicólogo que dobla como humorista de monólogos. En su reciente libro El cerebro idiota explicaba por qué somos así; por qué esa refinada habilidad que tenemos los seres humanos de preferir ignorar la realidad y acogernos a supersticiones, intuiciones infundadas o proselitismos interesados forma parte del funcionamiento normal de un cerebro completamente sano.

Donald Trump se ha destacado por su negacionismo del cambio climático. Imagen de Gage Skidmore / Wikipedia.

Donald Trump se ha destacado por su negacionismo del cambio climático. Imagen de Gage Skidmore / Wikipedia.

Todo esto viene a propósito de dos interesantes estudios recién divulgados. Uno de ellos se ha presentado (aún no se ha publicado formalmente) hace dos semanas en la reunión anual de la Sociedad para la Personalidad y la Psicología Social celebrada en San Antonio (Texas, EEUU), dentro de un simposio denominado “Rechazo a la ciencia: nuevas perspectivas sobre el movimiento anti-ilustración”, tal como se está dando últimamente en llamar a las corrientes sociales que niegan el cambio climático, la seguridad de las vacunas o la evolución biológica. A ello se unen casos aún más extremos, como el reciente crecimiento de la creencia en la Tierra plana.

La conclusión de los investigadores, de EEUU, Australia y Reino Unido, sigue la línea apuntada por Burnett: a grandes rasgos, el rechazo a la ciencia de estas personas no depende de su inteligencia ni de su nivel de educación, y ni siquiera su interés por la ciencia es particularmente menor que el de la población general.

Simplemente, dicen los psicólogos, se trata de que las personas no piensan como científicos; no reúnen los datos disponibles para analizarlos en su conjunto y adoptar una conclusión razonada, les guste esa conclusión o no. En su lugar, decía a Phys.org el coautor del estudio Matthew Hornsey, de la Universidad de Queensland, “piensan como abogados”; es decir, eligen selectivamente los pedazos de información que les interesan para “llegar a conclusiones que quieren que sean ciertas”. Los psicólogos llaman a esto sesgo cognitivo.

“Vemos que la gente se apartará de los hechos para proteger todo tipo de creencias, incluyendo sus creencias religiosas, políticas o simplemente personales, incluso cosas tan simples como si están eligiendo bien su navegador de internet”, decía otro de los coautores, Troy Campbell, de la Universidad de Oregón. “Tratan los hechos como más relevantes cuando tienden a apoyar sus opiniones”, proseguía Campbell. “Cuando van en contra de su opinión, no necesariamente niegan los hechos, pero dicen que son menos relevantes”. Los psicólogos obtienen estas conclusiones de un estudio de entrevistas con un grupo de voluntarios y de un metaestudio de investigaciones anteriores publicadas sobre la materia.

Gran parte de estos prejuicios, añadían los investigadores, nace de la asociación entre opiniones y afiliaciones políticas o sociales. Por ejemplo: si alguien es de izquierdas, obligatoriamente tiene que adherirse a la postura de rechazo a la energía nuclear, ya que se considera que defenderla es de derechas. Los autores añaden que este fenómeno se ha exacerbado en el presente (confirmando esa impresión que he mencionado más arriba de que la brecha se acentúa) porque en el pasado existía una mayor influencia de la ilustración, un mayor seguimiento consensuado de las conclusiones científicas por parte de los liderazgos políticos y sociales.

Este auge del movimiento anti-ilustración, añadían los investigadores, es enormemente preocupante y debe mover a la acción. “El movimiento anti-vacunas cuesta vidas”, decía Hornsey. “El escepticismo sobre el cambio climático ralentiza la respuesta global a la mayor amenaza social, económica y ecológica de nuestra época”.

¿Cómo arreglar todo esto? Los investigadores vienen a sugerir que el mensaje de la ciencia debe alinearse con las motivaciones de la gente. Pero este parece un principio muy general al que no será fácil encontrar aplicación práctica concreta.

El segundo estudio que traigo hoy, este ya publicado, aporta un enfoque más práctico. Un equipo de investigadores de las universidades de Cambridge (Reino Unido), Yale y George Mason (EEUU) sugiere que es posible “vacunar” a la población contra el negacionismo del cambio climático. En sentido psicológico, claro.

El propósito de los investigadores era ensayar si era posible traspasar al ámbito de la psicología el principio general de la vacunación: ¿puede una pequeña inoculación con un fragmento de información proteger al individuo contra el virus de la desinformación?

Para ello, reunieron a un grupo de más de 2.000 voluntarios estadounidenses representando una muestra variada de población según varios criterios demográficos, y alternativamente les presentaron una diferente información sobre el consenso relativo al cambio climático: a unos, una serie de datos científicos, incluyendo el hecho de que el 97% de los científicos del clima coinciden en la conclusión de que el cambio climático causado por el ser humano es un fenómeno real; a los otros, información extraída de una web fraudulenta llamada Oregon Global Warming Petition Project, según la cual “31.000 científicos estadounidenses dicen que no hay pruebas de que el CO2 liberado por causa humana provoque cambio climático”.

Captura de pantalla de la web Oregon Global Warming Petition Project.

Captura de pantalla de la web Oregon Global Warming Petition Project.

Los científicos comprobaron cómo estas informaciones condicionaban las opiniones de los voluntarios en un sentido y en otro: la percepción de que sí existe un consenso científico sobre el cambio climático crecía un 20% en el primer grupo, y disminuía un 9% en el segundo.

A continuación, los investigadores presentaron a los voluntarios ambos paquetes de información a la vez, el verdadero y el falso. Y sorprendentemente, en este caso ambos efectos se cancelaban: la variación entre el antes y el después era solo del 0,5%. De alguna manera, los participantes regresaban a la casilla de salida, cayendo en una indecisión sin saber qué creer.

Por último, repitieron los experimentos aplicando dos tipos de “vacunas”. Una más general consistía en presentar la información, pero añadiendo esta frase: “algunos grupos políticamente motivados utilizan tácticas engañosas para tratar de convencer al público de que existe un fuerte desacuerdo entre los científicos”. La segunda, que los autores definen como una “inoculación detallada”, destapaba específicamente las mentiras de la web de Oregón, revelando por ejemplo que menos del 1% de los presuntos firmantes de la petición (algunos de los cuales eran nombres ficticios) eran realmente científicos climáticos.

Los investigadores descubrieron que la vacuna general desplazaba las opiniones a favor del consenso de los científicos en un 6,5%, mientras que la detallada lo lograba en un 13%, incluso cuando ambos grupos también habían tenido acceso a la información falsa. Es decir, que la vacuna protegía a una parte de la población frente a los efectos nocivos de la desinformación.

Tal vez los porcentajes no parezcan demasiado impresionantes si se observan aisladamente, pero lo cierto es que el 13% de protección conseguido con la vacuna detallada equivale a dos terceras partes del efecto logrado cuando se presenta la información correcta sin la falsa; es decir, que la inoculación protege en un 67% contra la desinformación. Lo cual ya se parece bastante a lo que puede hacer una vacuna.

La idea, en palabras del director del estudio, el psicólogo social Sander van der Linden (Universidad de Cambridge), es “proporcionar un repertorio cognitivo que ayude a crear resistencia a la desinformación, para volver a la gente menos susceptible a ella”. La motivación del estudio nació del hecho de que en el pasado las compañías tabaqueras y de combustibles fósiles han empleado esta táctica para sembrar dudas entre la población y apartarla del consenso científico. En este caso, los investigadores querían comprobar si el mismo procedimiento podía usarse para promover la creencia en el consenso científico en lugar de minarla, y dirigido al bien público en lugar de a intereses particulares.

También es interesante el dato de que la protección se logró en la misma medida entre los voluntarios de filiación política republicana, más propensos a desconfiar del cambio climático, los demócratas, más próximos a aceptarlo, y los independientes. Y que los investigadores no observaron un efecto rebote entre los grupos más predispuestos a la negación: “no parecían regresar a teorías conspirativas”, dice van der Linden. El psicólogo admite que “siempre habrá gente completamente resistente al cambio”, pero confía en que “siempre hay espacio para un cambio de opinión, aunque sea solo un poco”.