La radiación estelar, un arma de doble filo para la vida en otros planetas

La semana pasada, dos científicos del Instituto Carl Sagan de la Universidad de Cornell publicaban un interesante estudio con una conclusión sugerente: la alta irradiación estelar que reciben algunos de los exoplanetas descubiertos no sería un obstáculo para la supervivencia, ya que la Tierra logró engendrar vida a pesar de que en sus comienzos también estaba sometida a un elevado nivel de radiación del Sol.

En su estudio, publicado en Monthly Notices of the Royal Astronomical Society, Lisa Kaltenegger y Jack O’Malley-James cuentan que Proxima-b, un planeta rocoso en la zona habitable de Proxima Centauri (una de las estrellas del sistema estelar más cercano a nosotros, Alfa Centauri), recibe 30 veces más radiación ultravioleta (UV) que la Tierra actual y 250 veces más bombardeo de rayos X.

En su día, estos datos desinflaron las expectativas de encontrar vida allí, ya que estos niveles de radiación se consideraban demasiado hostiles. Algo similar ocurre con otros exoplanetas potencialmente habitables que también orbitan en torno a enanas rojas, estrellas pequeñas, poco brillantes y templadas que suelen tener un comportamiento temperamental.

Kaltenegger y O’Malley-James han construido modelos de simulación computacional del ambiente de radiación UV en los cuatro exoplanetas habitables más próximos, Proxima-b, TRAPPIST-1e, Ross-128b y LHS-1140b, y con distintas composiciones atmosféricas para imponer diferentes grados de protección frente a los embates de sus estrellas, todas ellas enanas rojas. Al mismo tiempo, los dos investigadores simularon también las condiciones a lo largo de la historia de la Tierra, desde hace 3.900 millones de años hasta hoy.

Ilustración de un planeta habitable en la órbita de una estrella enana roja. Imagen de Jack O’Malley-James/Cornell University.

Ilustración de un planeta habitable en la órbita de una estrella enana roja. Imagen de Jack O’Malley-James/Cornell University.

Los resultados muestran que incluso en las peores condiciones atmosféricas y de irradiación, los exoplanetas analizados soportarían niveles de UV inferiores a los que experimentaba nuestro planeta hace 3.900 millones de años, cuando posiblemente la vida comenzaba a dar sus primeros pasos; unos primeros pasos que llegaron increíblemente lejos. “Dado que la Tierra temprana estaba habitada, mostramos que la radiación UV no debería ser un factor limitante para la habitabilidad de los planetas”, escriben los investigadores. “Nuestros mundos vecinos más cercanos permanecen como objetivos interesantes para la búsqueda de vida más allá de nuestro Sistema Solar”.

El estudio de Kaltenegger y O’Malley-James es sin duda un argumento a favor de que la vida pueda progresar en entornos más hostiles de lo que solemos imaginar (aunque no aborda otras agresiones como los rayos X). De hecho, sus implicaciones van aún más allá de lo que los autores contemplan, porque la radiación es una causa de variabilidad genética, el sustrato sobre el que actúa la evolución. La radiación mata, pero también muta: puede generar esporádicamente ciertas variantes genéticas que casualmente resulten en individuos mejor adaptados y en el primer paso hacia nuevas especies. Otro estudio reciente muestra que el sistema TRAPPIST-1 puede estar sometido a un intenso bombardeo de protones de alta energía; y una vez más, esto puede ser tan dañino para la vida como generador de diversidad.

Sin embargo, al leer el estudio es inevitable regresar al viejo problema, el principal: sí, la vida puede perdurar, pero para ello antes tiene que haber surgido. ¿Y cómo?

Hasta que un experimento logre reproducir a escala acelerada el fenómeno de la abiogénesis –un término elegante para referirse a la generación espontánea en tiempo geológico, la aparición de vida a partir de la no-vida–, o hasta que un algoritmo de Inteligencia Artificial sea capaz de simular el proceso, seguimos completamente a oscuras.

La especiación es un fenómeno continuo y abundante. La eclosión de seres complejos a partir de otros más sencillos es algo que ha ocurrido infinidad de veces a lo largo de la evolución, incluso cuando se ha hecho borrón y cuenta nueva, como pudo ser el caso de la biota ediacárica hace 542 millones de años. Pero todas las pruebas apuntan a que en 4.500 millones de años la vida solo ha surgido una única vez. Y lo cierto es que aún no tenemos la menor idea de cómo ocurrió.

Lo cual nos lleva una vez más a la misma idea planteada a menudo en este blog, y es que si la abiogénesis ha sido un fenómeno tan inconcebiblemente extraordinario y excepcional en un planeta también inusualmente raro —como conté recientemente aquí–, defender la abundancia de la vida en el universo es más un deseo pedido a una estrella fugaz que un argumento basado en ciencia. Al menos, con las pruebas que tenemos hasta ahora.

Esta ausencia de pruebas obliga a los defensores de la profusión de la vida en el universo a explicar por qué no tenemos absolutamente ninguna constancia de ello. Y a veces les empuja a esgrimir teorías que llegan a rayar en lo delirante. Como les contaré el próximo día.

¿De verdad se ha descubierto una nueva especie humana?

Cuando hace unos días leí la noticia de que se ha descubierto una nueva especie humana, Homo luzonensis, que vivió hace al menos 67.000 años y cuyos restos se han hallado en una cueva de Filipinas, me vinieron a la cabeza dos pensamientos. En concreto, dos nombres: denisovanos y Darren Curnoe.

Dientes del Homo luzonensis. Imagen de Callao Cave Archaeology Project (Florent Détroit).

Dientes del Homo luzonensis. Imagen de Callao Cave Archaeology Project (Florent Détroit).

Los denisovanos son los eternos aspirantes a nueva especie humana que nunca terminan de conseguir este estatus; algo así como el príncipe Carlos de la paleoantropología. Su primer resto se desenterró en una cueva de Siberia en 2008, un fragmento de hueso de un dedo meñique de un niño o niña. En 2010 se publicó y se nos presentó a los medios como “mujer X”, no porque los investigadores supieran que se trataba de una niña, sino porque el estudio analizó la secuencia de su genoma mitocondrial, que se transmite por línea materna.

Aquel estudio marcaba un nuevo hito en la paleoantropología: por primera vez se presentaba un humano antiguo solo por una secuencia de ADN; de hecho, el único resto, aquel trozo de dedo, fue destruido para obtener el genoma mitocondrial. De este ADN se obtuvo mucha información; la suficiente para saber que aquel individuo, contemporáneo de humanos modernos y neandertales, era diferente de estos.

Sin embargo, no se le podía dar el estatus de nueva especie porque no había suficientes restos para establecer un holotipo, el espécimen al que se refieren los estudios posteriores. La paleoantropología tiene sus normas, y en una ciencia en la que tradicionalmente se ha estimado el volumen cerebral de los fósiles llenando el cráneo con semillas, los denisovanos quedaban como algo parecido a una especie virtual, sin un sustrato físico tangible.

Pero con el paso del tiempo se han desenterrado más restos: piezas dentales y fragmentos de hueso de extremidades, de un total de cuatro individuos. Posteriormente se ha podido también secuenciar el genoma nuclear de los denisovanos, y el pasado febrero se informó por fin del hallazgo de dos pedazos de hueso parietal de un quinto individuo. Los fragmentos de cráneo son como la regla de oro de los paleoantropólogos. Cuando por fin se publiquen formalmente estos resultados, ¿entrarán por fin los denisovanos en la categoría de nueva especie? ¿O deberán seguir esperando… hasta cuándo?

Por el contrario, el Homo luzonensis se ha publicado como nueva especie con todas las bendiciones de Nature, a pesar de que no existen fragmentos de cráneo, sino solo algunos dientes y pedazos de extremidades. Evidentemente, corresponde a los expertos decidir si estos restos son suficientes como para admitir la denominación de nueva especie, y parece que así ha sido. Pero se me ocurrió que tal vez no todos estarían de acuerdo. Y fue así como me vino a la memoria el segundo nombre, Darren Curnoe.

Curnoe es un paleoantropólogo australiano que en 2012 describió un intrigante hallazgo, un cráneo parcial descubierto en una cueva de China, datado en menos de 15.000 años y que presentaba una mezcla de rasgos arcaicos y modernos, como si fuera un híbrido entre sapiens y otra especie humana más primitiva. Respecto a la posible identidad de esta última, las posteriores excavaciones de Curnoe dieron sus frutos: en 2015 publicaba el descubrimiento de un fémur de hace 14.000 años que perteneció a un tipo de humano más parecido a especies arcaicas como el Homo habilis o el Homo erectus que a nosotros.

Cráneo del pueblo de la cueva del ciervo rojo. Imagen de Curnoe, D.; Xueping, J.; Herries, A. I. R.; Kanning, B.; Taçon, P. S. C.; Zhende, B.; Fink, D.; Yunsheng, Z. / Wikipedia.

Cráneo del pueblo de la cueva del ciervo rojo. Imagen de Curnoe, D.; Xueping, J.; Herries, A. I. R.; Kanning, B.; Taçon, P. S. C.; Zhende, B.; Fink, D.; Yunsheng, Z. / Wikipedia.

Curnoe llamó a estos humanos el pueblo de la cueva del ciervo rojo. A pesar de tratarse de los humanos arcaicos más recientes que se conocen, el paleoantropólogo se ha mostrado muy prudente a la hora de asignarles una identidad: podrían ser denisovanos, o un cruce entre estos y los humanos modernos, o una especie totalmente nueva, o simplemente sapiens con una anatomía peculiar. Curnoe piensa que aún es pronto para saberlo, y por ello ha preferido mantener una postura discreta.

Pero frente a esta extrema prudencia del australiano, llama la atención cómo los descubridores del Homo luzonensis se han lanzado directamente a la audaz hipótesis de proponer una nueva especie con restos tan relativamente escasos. Y se me ocurrió que tal vez Curnoe tendría algo que decir al respecto.

Y en efecto, así es. En un artículo publicado en The Conversation, Curnoe deja clara su postura desde el título, en forma de pregunta: “¿Cuántas pruebas son suficientes para declarar una nueva especie humana de una cueva de Filipinas?”. El investigador aclara que se sitúa en un término medio entre quienes “saludan la publicación [del Homo luzonensis] con entusiasmo” y quienes “aúllan furiosamente, opinando que la declaración va demasiado lejos con muy pocas pruebas”.

“Debemos mantener la cabeza fría, porque la designación de una nueva especie todavía es una hipótesis científica, de obligada comprobación y lejos de estar inscrita en piedra, incluso si se publica en las apreciadas páginas de una revista como Nature“, escribe Curnoe. El investigador objeta que el holotipo está representado solo por unos pocos dientes de la mandíbula superior, “todos los cuales están fuertemente desgastados o rotos”. “No hay mucha anatomía conservada aquí, y esto me deja con la sensación de que el caso para nombrar una nueva especie es un poco endeble”, dice.

“Creo que preferiría dejar el fósil en lo que el arqueólogo y antropólogo keniano Louis Leakey solía llamar la cuenta del suspense hasta que tengamos muchas más pruebas”, concluye Curnoe. Porque, y esto no lo dice él pero lo sabe cualquier científico, mucho peor que no publicar jamás un Nature es publicarlo y luego tener que retractarse.

Un anillo de fuego, la primera foto de un agujero negro

En días como hoy y con noticias como esta, hay que recurrir al tópico: una imagen vale más que mil palabras. Y aquí está:

Imagen del agujero negro supermasivo en el centro de la galaxia M87 resuelta por la red Event Horizon Telescope.

Imagen del agujero negro supermasivo en el centro de la galaxia M87 resuelta por la red Event Horizon Telescope.

Este anillo de fuego es la primera fotografía de un agujero negro, un monstruo de 6.500 millones de veces la masa de nuestro Sol, situado a 55 millones de años luz, en el centro de la galaxia gigante M87. Este logro histórico, presentado hoy en varias ruedas de prensa simultáneas, se ha conquistado gracias a la participación de más de 200 científicos y ocho radioobservatorios dispersos por todo el mundo; solo uno de ellos en Europa, la antena de 30 metros situada en el pico Veleta de Sierra Nevada (Granada) y operada por el Institut de Radioastronomie Millimétrique, una colaboración franco-germano-española.

Esta red de observatorios forma el Event Horizon Telescope (EHT), un telescopio virtual del tamaño de todo el planeta que ha conseguido lo que de otro modo solo podría haberse logrado con un gran telescopio espacial que hoy ni siquiera existe. Según los expertos, la idea de crear la red del EHT ha robado décadas al progreso en el conocimiento de los agujeros negros. La resolución alcanzada por esta red global es equivalente, según los investigadores, a la que permitiría leer un periódico en Nueva York desde un café de París.

En realidad, la imagen es una representación visual de una reconstrucción; en este caso no se trata simplemente de mirar por un telescopio y tomar una foto. Lo que se ve es la emisión luminosa del disco de acreción –el centro lo ocupa la sombra del propio agujero negro, unas 2,5 veces mayor que su límite externo– en todo el espectro electromagnético, desde las ondas de radio a los rayos gamma, a partir de los datos recogidos por los ocho observatorios, sincronizados por relojes atómicos para trabajar en secuencia en función de la rotación terrestre. Los petabytes de datos recogidos se transportaron en unos 1.000 discos duros hasta el Instituto Max Planck en Bonn (Alemania) y el observatorio Haystack del MIT (EEUU), donde las supercomputadoras aplicaron novedosos algoritmos para producir el resultado final.

Finalmente el primer éxito del EHT ha sido una imagen de un agujero negro, no de nuestro agujero negro; Sagitario A*, en el centro de la Vía Láctea. Hay poderosas razones para que el de M87 haya sido un objetivo más asequible: a pesar de su mayor distancia, su tamaño es inmensamente más masivo; el diámetro del disco de acreción observado en la imagen se estima en 0,39 años luz, más o menos la undécima parte de la distancia del Sol al sistema estelar más próximo, Alfa Centauri.

Pero sobre todo, la línea visual al centro de M87 es relativamente más limpia, mientras que para observar el corazón de la Vía Láctea es necesario abrirse paso a través de la densa nube de material en el plano de la galaxia. Los científicos del EHT confían en que la ampliación de la red de observatorios permita en el futuro obtener una imagen de Sagitario A* y mejorar la resolución del agujero negro de M87.

Los detalles de las investigaciones del EHT se describen en seis estudios publicados en un número especial de la revista The Astrophysical Journal Letters. Además de servir para estimar con más precisión la masa del agujero negro estudiado, las observaciones han confirmado las teorías y las simulaciones empleadas hasta ahora, incluyendo la estructura predicha por la relatividad general de Einstein, así como la asimetría en el brillo del disco debida al efecto Doppler que expliqué ayer (el disco gira a toda velocidad, y el lado más brillante corresponde a la parte que se acerca hacia nosotros).

En definitiva, lo que esta imagen representa en el avance de la investigación astronómica lo ha resumido el astrofísico Michael Kramer, del Instituto Max Planck: “Los libros de historia se dividirán entre los de antes de la imagen y después de la imagen”.

Qué significa el nuevo hallazgo de Barbacid contra el cáncer

Imaginemos que un grupo de climatólogos construye un modelo de simulación computacional del cambio climático. Los científicos ponen su modelo a trabajar e imponen una condición: mañana, a las 9 en punto, cesan todas las emisiones antropogénicas de gases de efecto invernadero en la Tierra. Después de ejecutar la simulación, el resultado es que pasado el tiempo no solo se revierten los efectos del cambio climático hasta ahora, sino que desaparece la amenaza del calentamiento en las décadas venideras (es solo un ejemplo hipotético).

Naturalmente, los científicos estimaban que los resultados podían ser favorables, ya que están actuando sobre la causa raíz, pero resultan ser más espectaculares incluso de lo que sospechaban. Sin embargo, es solo una simulación; no existe manera humana de que mañana a las 9 cesen las emisiones de gases de efecto invernadero. Y aunque de alguna manera fuera posible, los daños colaterales superarían a los beneficios: no tendríamos transporte, energía, comunicaciones, comercio, industria, agricultura… Los centros de trabajo se vaciarían, las fábricas pararían, no habría alimentos en las tiendas, ni tendríamos electricidad, telefonía, internet. Sería un apocalipsis, un colapso de la civilización.

Este caso imaginario sirve como ejemplo para ilustrar lo que ha logrado el equipo del investigador Mariano Barbacid, y que ayer se presentó en rueda de prensa en el Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas (CNIO). Barbacid y sus colaboradores han creado un modelo de simulación del cáncer de páncreas, solo que en lugar de tratarse de un algoritmo, es un modelo biológico en ratones. A continuación han impuesto a su modelo una condición drástica, la anulación de ciertos genes implicados en el cáncer y cuya inactivación, esperaban los investigadores, podía revertir el proceso canceroso. Los resultados han superado sus expectativas, logrando en varios casos una curación total.

Pero es solo una simulación. Incluso en el caso de que fuera posible anular dichos genes en los pacientes con cáncer, que hoy por hoy no lo es, los efectos secundarios serían peores que la propia enfermedad, ya que se trata de genes que desempeñan funciones esenciales en el organismo.

Imagen de archivo del investigador Mariano Barbacid. Imagen de Chema Moya / EFE.

Imagen de archivo del investigador Mariano Barbacid. Imagen de Chema Moya / EFE.

Durante la rueda de prensa, Barbacid insistió en que sus nuevos resultados, publicados en Cancer Cell, no deben despertar falsas esperanzas entre los enfermos de cáncer, y así lo han reflejado los medios. Pero también se ha dicho que el tratamiento podría estar disponible para humanos en unos cinco años. Solo que en este caso no existe ningún tratamiento.

En los centros de investigación del cáncer no es raro recibir llamadas de familiares de pacientes, amargamente rotos y deseando agarrarse al menor resquicio de esperanza, dispuestos a abrazar cualquier posible terapia, por experimental y peligrosa que sea. Pero en este caso no hay ninguna terapia que deba demorarse unos años por el proceso de ensayos clínicos. No existe ningún fármaco nuevo, sino solo una posible estrategia, un indicio de enfoque, que es y será por mucho tiempo totalmente inaplicable en humanos.

Con todo, por supuesto que la investigación de Barbacid aporta novedades enormemente valiosas. La principal, la regresión total de este tipo de cáncer en algunos casos, algo que se ha conseguido por primera vez en un modelo experimental; hasta ahora, en los modelos de cáncer de páncreas solo se habían logrado remisiones temporales. Es especialmente destacable que se haya obtenido una paralización del proceso canceroso en los ratones trasplantados con tumores humanos, ya que el cáncer de páncreas en nuestra especie es más complejo que los modelos genéticamente modificados en ratones.

De hecho, este es el dato más intrigante del estudio de Barbacid; los investigadores aún no están seguros de por qué las células tumorales humanas resultan ser tan sensibles en los ratones a esta modificación genética, ni de por qué los efectos tóxicos son mucho más leves de lo esperado.

Curiosamente, esto último parece deberse a que la supresión de uno de los genes (c-Raf) no ha anulado la función que esta enzima desempeña en los sistemas esenciales para la supervivencia celular, algo que sí sucede cuando se emplea un fármaco que inhibe dicha enzima. Lo cual sugiere que el efecto beneficioso observado en los ratones cuando se suprime este gen no está mediado por esa actividad enzimática, sino por alguna otra función de c-Raf que aún es un misterio, y que delata lo mucho que queda por conocer sobre los mecanismos moleculares del cáncer.

Si fuera posible reproducir este último efecto en humanos, se abriría una nueva vía hacia futuros tratamientos. Pero aún quedaría por superar el escollo de cómo conseguir esta inhibición selectiva, inocua para el funcionamiento de las células normales. Esto implica obtener no solo los agentes o fármacos adecuados, sino diseñar una estrategia para su acción específica en los tumores.

Actualmente se ensayan enfoques como la inmunoterapia o la optogenética (controlar funciones de los genes con luz) que pueden lograr esta acción específica. Estudios como el de Barbacid pueden dibujar la equis sobre los genes en los que sería necesario aplicar estas nuevas técnicas para aplacar la furia proliferativa de los tumores. Aún queda mucho camino por recorrer, pero al menos ya se está recorriendo.

Mañana, ¿la primera foto de un agujero negro?

Mañana miércoles llegará por fin una de las noticias más esperadas en el mundo de la ciencia en los últimos años. Y no es una frase hecha: a un servidor le toca cada mes de enero escribir una previsión para algún medio sobre lo que nos deparará la investigación científica en el año que empieza, y desde 2017 ha figurado en esos pronósticos una noticia que finalmente se nos escapó durante los dos años pasados, y que por fin verá la luz mañana: la primera foto de un agujero negro.

Los agujeros negros, esos objetos de densidad tan inmensa que se tragan cuanto cae bajo su influjo gravitatorio, son uno de los fenómenos cósmicos más populares, a pesar de que hasta ahora jamás han sido vistos directamente; en realidad, nadie sabe con certeza qué aspecto tendrían si pudiéramos contemplarlos desde una distancia segura.

Simulación de un agujero negro creada por Jean-Pierre Luminet en 1979.

Simulación de un agujero negro creada por Jean-Pierre Luminet en 1979.

Las razones por las que nadie ha podido contemplar hasta ahora un agujero negro son de lo más trivial: están muy lejos y son, ejem, negros. Respecto a lo primero, el más cercano que se conoce es Sagitario A*, el agujero negro supermasivo que ocupa el centro de la galaxia, a unos 26.000 años luz de la Tierra. Pese a su masa equivalente a cuatro millones de soles, desde nuestra segura lejanía solo ocupa en el cielo el espacio de un punto diminuto.

En cuanto a lo segundo, vemos los objetos gracias a la luz que reflejan, pero los agujeros negros se la tragan. Sin embargo y aunque no podamos observarlos directamente porque no ofrecen ninguna imagen, sí es posible vislumbrar sus efectos. Por ejemplo, su enorme masa actúa como lente gravitatoria; es decir, deforma la luz de los objetos que se encuentran detrás desde nuestro punto de vista. Así, si pudiéramos acercarnos lo suficiente como para entrar en su órbita, contemplaríamos algo parecido a esta simulación construida en 2016 por el astrofísico francés Alain Riazuelo (y que, por cierto, recuerda a un salvapantallas de las antiguas versiones de Windows):

Pero esta fantasmagórica deformación de los objetos alrededor de una nada en movimiento no es lo único que puede observarse de un agujero negro. Su enorme masa convierte a estos objetos en sumideros cósmicos; y tal como el agua gira en espiral alrededor de un drenaje, un agujero negro puede formar a su alrededor un disco de acreción, compuesto por gases y polvo girando a velocidades cercanas a la de la luz. El calentamiento debido a la fricción de los materiales genera un plasma luminoso, que justo en la frontera del horizonte de sucesos –la distancia del agujero negro a la cual la radiación y la materia ya no pueden escapar– dibuja un anillo de luz donde los fotones describen círculos antes de ser tragados por el sumidero.

Durante décadas, los astrofísicos han formulado predicciones sobre el aspecto de esta “sombra”, donde la luz del horizonte de sucesos desaparece. La relatividad general de Einstein predice una forma circular, mientras que otras hipótesis han propuesto que podría tener una imagen más achatada.

En 1979, el matemático francés Jean-Pierre Luminet utilizó por primera vez un modelo computacional para simular el aspecto de un agujero negro con disco de acreción (el modelo de Riazuelo simula un agujero negro desnudo). Con los medios rudimentarios de la época, tuvo que dibujar a mano uno a uno todos los puntos que la computadora le iba indicando. Lo hizo sobre papel fotográfico de negativo, para que al positivarlo después se vieran como brillantes los puntos que él había dibujado, correspondientes a la luminosidad del disco de acreción. El resultado fue la imagen mostrada más arriba.

La imagen de Luminet muestra el disco de acreción visto desde una ligera altura con respecto a su plano. Para comprender lo que estamos viendo debemos entender que las extrañas propiedades del agujero negro nos ofrecen una imagen diferente a la real; el disco es simplemente un disco luminoso, tal cual. Pero mientras que en una imagen de Saturno los anillos desaparecen detrás del planeta, esto no ocurre en el agujero negro: debido a que actúa como lente gravitatoria, la deformación de la luz hace que veamos la parte posterior del disco por encima, como si se desbordara sobre él.

Por otra parte, el efecto Doppler –el mismo que hace cambiar la sirena de una ambulancia cuando pasa junto a nosotros– hace que se vea más luminosa la parte del disco que se acerca hacia nosotros, y más oscura la que se aleja; por eso lo vemos más brillante a un lado y más apagado al otro. Por último, hay que tener en cuenta que la imagen de Luminet muestra el espectro electromagnético completo, y no solo lo que observaríamos como luz visible.

Décadas más tarde, el físico Kip Thorne se basó en esta imagen de Luminet para crear su propia simulación, que sirvió como base para crear el agujero negro de la película de Christopher Nolan Interstellar. Sin embargo, los responsables de la producción optaron por una versión simplificada y estéticamente más llamativa, con una simetría que desprecia el efecto Doppler (la imagen estaría tomada desde el plano del disco de acreción):

Agujero negro retratado en la película 'Interstellar'. Imagen de Paramount Pictures.

Agujero negro retratado en la película ‘Interstellar’. Imagen de Paramount Pictures.

Como respuesta a esta licencia artística de la película, Thorne y sus colaboradores publicaron una versión más realista:

Simulación de un agujero negro creada por Kip Thorne y sus colaboradores. Imagen de James et al / Classical and Quantum Gravity.

Simulación de un agujero negro creada por Kip Thorne y sus colaboradores. Imagen de James et al / Classical and Quantum Gravity.

En 2007, tres radiotelescopios se unieron para resolver la estructura de Sagitario A*. Con el paso de los años, otros observatorios radioastronómicos se han sumado, creándose una red global llamada Event Horizon Telescope (EHT) cuyo objetivo es convertir la Tierra en un enorme ojo, un telescopio virtual global con la suficiente capacidad de resolución como para poder captar una imagen de Sagitario A*.

El trabajo ha sido titánico; el volumen de datos era tal que no podían transmitirse por internet, sino que debían transportarse en discos físicos por avión hasta las sedes centrales del proyecto en Bonn (Alemania) y el Instituto Tecnológico de Massachusetts.

Pero por fin y después de años de espera, mañana es el día: a las 3 de la tarde en horario peninsular español (13:00 en tiempo universal coordinado), los científicos del EHT darán a conocer los resultados del proyecto mediante siete ruedas de prensa simultáneas en distintos lugares del mundo, una de ellas en castellano desde Santiago de Chile. Si todo ha salido como se espera, será un hito en la historia de la ciencia. Y aquí se lo contaré.

La campaña #coNprueba: buena intención, mal enfoque

Las pseudoterapias matan.

En España y según un informe reciente, a entre 1.200 y 1.400 personas al año, una cifra similar a la de las víctimas mortales de accidentes de tráfico. Citando un artículo de hace unos años escrito por el ingeniero químico argentino Eduardo Nicolás Schulz, “la pseudociencia no es un crimen contra la ciencia sin víctimas”. No es una cuestión de ideologías o creencias. Es una cuestión de salud pública.

Conviene repetirlo todas las veces que sea necesario, porque esta es además una epidemia silenciosa. En parte, porque tradicionalmente ha sido ignorada. En parte, porque para los responsables públicos es una piedra en el zapato. Y en parte, porque a quienes manejan los hilos de la opinión pública les suele pillar revisando los apuntes. En estos días, la eutanasia y el suicidio asistido han vuelto a saltar a titulares a raíz del caso de actualidad. Sobre esto no hay comentarista que no tenga opinión, en muchos casos marcada por apriorísticos ideológicos. Pero cuando se trata de pseudoterapias… Porque la homeopatía es una ciencia milenaria, ¿no? Y los alemanes y los franceses la utilizan mucho…

La puesta en marcha del plan del gobierno contra las pseudoterapias es una magnífica noticia, con independencia de cuál sea el partido político que lo impulse. Escribiría esto mismo si lo hubiera impulsado el bando contrario, solo que esto no ha ocurrido; por desgracia, el bando contrario ha fulminado sistemáticamente los ministerios de Ciencia y ha puesto al frente de los de Sanidad a filólogos y abogadas inmobiliarias.

Pero sí, este plan será una incómoda china en el zapato para el próximo gobierno, sea del color que sea, y aún deberemos verlo para creer que pueda llevarse a buen puerto. Y no solo por las enormes y poderosas resistencias que genera; esto era esperable, dado que amenaza a un gran negocio. Pero es que, además, las dificultades inherentes a la propia definición del plan y a su implantación serán un enorme escollo a superar. Entre otras muchas razones, quizá la menos importante, incluso quienes estamos a favor tampoco vamos a callarnos nuestras opiniones si pensamos que algo no se está haciendo como debería.

Esto es precisamente lo que quiero traer hoy, y se refiere a la campaña #coNprueba, el vehículo de comunicación puesto en marcha para divulgar y publicitar el plan contra las pseudoterapias y pseudociencias. Si uno bucea en la información disponible en la web publicada al efecto, encuentra contenidos interesantes. Pero parece probable que solo van a bucear en esta información los ya convencidos, a quienes no les hace falta. Aquellos a quienes se supone que debería ir dirigida la campaña, los pacientes de pseudoterapias o los ciudadanos indecisos, no van a bucear, sino que van a estar expuestos únicamente a lo más superficial, los carteles publicitarios y los anuncios en radio y televisión. Y respecto a estos, tengo dos críticas.

Primera crítica:

Pero ¿de verdad alguien ha pensado que mostrar a un tipo tratando de arreglar un móvil por (algo que claramente es una parodia del) reiki va a servir para algo?

El uso del humor no es de por sí algo reprobable. Vivimos en la sociedad del humor. Se puede ser influencer en YouTube o Twitter sin tener nada realmente valioso que aportar, pero solo si se es gracioso. El humor abre la mente para que entren los mensajes, incluso cuando no los hay.

En especial, es un recurso muy útil el uso de la ironía, como la parodia que realmente pretende el sentido contrario al expresado literalmente. Como ejemplo y preaviso de lo que hoy quiero decir, ayer publiqué aquí un texto que pretendía ser una sátira de las pseudoterapias. Pero, y esto es lo esencial, estaba cien por cien basado en la realidad; no había nada en él que no tenga un parangón real. Si alguien piensa que la ficticia suriaterapia es un disparate imposible, que lo piense dos veces. Ejemplos:

La pseudoterapia de las flores de Bach, de la que hablé aquí hace unas semanas, se basa en recoger el espíritu de las plantas que el sol de la mañana transmite al rocío. La homeopatía es solo agua; en el caso de las píldoras, agua seca, ya que se rocían con ella las pastillas de azúcar que luego se dejan secar.

Hay homeópatas que creen en la posibilidad de transmitir por correo electrónico las presuntas vibraciones curativas de sus aguas (nota al margen: uno de los defensores de esta idea es el excientífico Luc Montagnier, y aunque a los homeópatas les encanta esgrimir esta figura como fuente de autoridad, curiosamente no suelen promover esta práctica; ¿será porque este do-it-yourself arruinaría el negocio de vender viales y píldoras?). Hay quienes creen sinceramente que el agua recoge las buenas o malas vibraciones de la palabra que se escribe en la etiqueta del envase que la contiene, y que estas vibraciones del agua pueden curar.

Para delatar lo ridículo de las pseudociencias solo hay que mostrarlas tal cual; son en sí mismas ridículas, sin necesidad de añadir un extra de ridiculización mostrando a un tipo haciéndole reiki a un móvil. Este sarcasmo, que va más allá de la ironía, puede servir para provocar unas risas a los ya convencidos, a los defensores del pensamiento crítico y la medicina basada en ciencia. Nadie podrá negar que el efecto de autocomplacencia está bien conseguido.

Pero obviamente, este no es el objetivo. Y el único efecto que puede provocar en los pacientes de las pseudoterapias es llevarles a pensar que los están llamando imbéciles. E incluso, posiblemente el efecto que provoque en el ciudadano indeciso sea llevarle a empatizar con aquellos a quienes se está ridiculizando. En definitiva, el anuncio en cuestión va de cabeza a los ejemplos de libro del efecto bumerán, los casos en que un mensaje corre el riesgo de lograr justo el efecto contrario al que pretende.

Como corolario, me gustaría añadir algo más. Sí, el humor ayuda a que entre el mensaje, como el agua ayuda a tragar la pastilla. Pero el humor puede considerarse algo improcedente cuando se trata de ciertos mensajes o de ciertas causas. Jamás se utilizaría una campaña humorística contra la violencia de género o contra el abuso infantil. Hace ya décadas se decidió que la publicidad contra la siniestralidad en las carreteras debía mostrar las consecuencias de los accidentes con toda su crudeza, porque nadie cree que en este asunto quepa la menor frivolidad. ¿Y he dicho ya que las pseudoterapias matan?

Segunda crítica:

Pero ¿de verdad alguien ha pensado que mostrar una foto de astronomía y otra de una vidente bajo el mensaje “solo hay una forma de entender los astros” va a servir para algo?

De nuevo estamos ante el efecto bumerán, tal como lo expliqué recientemente a propósito de un estudio que había analizado la influencia de las series de televisión en las creencias conspiranoicas. Repito las palabras de los investigadores que ya cité entonces: “Las personas pueden percibir el mensaje persuasivo como un intento de restringir su libertad de pensamiento o expresión y por tanto reafirmarse en esta libertad rechazando la actitud defendida por el mensaje”. Solo hay una forma de entender los astros. ¿Quién lo dice? ¿El gobierno? ¿El PSOE? ¿Pedro Duque? ¿La ciencia?

Toda persona tiene el libre derecho a creer que la posición de Júpiter en la semana del 8 de abril va a determinar el éxito de su entrevista de trabajo, el resultado de la cita con esa persona o el diagnóstico de su enfermedad. Por delirante que sea creer esto. Porque al reconocimiento de este carácter delirante no se llega por real decreto ni porque lo diga un cartel, sino por el conocimiento profundo de cómo funciona la realidad y cómo la ciencia, a diferencia de la magia, es capaz de explicar cómo funcionan las reglas de la realidad.

Una de las corrientes de investigación más interesantes de la ciencia actual es el estudio de cómo y por qué la mente humana cree en lo irracional, lo improbable o lo refutado, como las supersticiones, las pseudociencias o las conspiranoias. El estudio que acabo de mencionar es un ejemplo.

Un dato ya suficientemente contrastado y difundido, aunque a algunos no termine de entrarles en la cabeza, es que las personas que creen en la magia y lo esotérico no son en general menos inteligentes que el resto, ni han sido peor educadas. De hecho, muchos académicos coinciden en señalar que la actual prevalencia de estas supersticiones es heredera del revival del movimiento esotérico que cobró fuerza en Alemania y Austria entre finales del siglo XIX y comienzos del XX, y que prendió en los ambientes cultos y bohemios de los cafés, entre las clases medias-altas. Esta tendencia pervivió abrazada e impulsada por el nazismo, que imprimió a lo esotérico, las filosofías orientales, la moda de lo natural, la pseudociencia y la anticiencia ese estatus de modernidad del que todavía hoy disfrutan en la percepción de muchos ciudadanos del siglo XXI (para quien quiera saber más, sugiero un par de reportajes que escribí sobre esto, aquí y aquí; y por cierto, los títulos no son míos: nunca utilizo la palabra magufos).

Entre la comunidad investigadora que se dedica a estas cosas, hay una conclusión en la que confluyen distintos enfoques, y es una que también he traído ya aquí en varias ocasiones: contra las pseudociencias es esencial explicar cómo se hace la ciencia, no solo sus resultados.

Para llegar a comprender por qué la ciencia ofrece respuestas donde otros presuntos sistemas de conocimiento no alcanzan, es indispensable comprender el porqué. Y a diferencia de esos otros sistemas, la ciencia no es una caja negra, sino una totalmente transparente. La percepción de esta transparencia y la comprensión de lo que esa transparencia permite observar son requisitos necesarios –aunque no suficientes– para fomentar el pensamiento crítico: no se trata de que el gobierno o la ciencia traten de imponer ninguna clase de pensamiento único. Es que, cuando se mira la realidad, lo que se ve es esto. Pero uno tiene que verlo por sí mismo. De nada sirve contar lo que se ve si no se logra convencer de que antes hay que abrir los ojos.

Bienvenidos a la suriaterapia, lo último en terapias naturales

Estoy pensando en fundar mi propia rama de la medicina. No veo por qué no, si me ampara el mismo motivo que a Samuel Hahnemann en 1796 (homeopatía), Andrew Taylor Still en 1874 (osteopatía), Edward Bach en 1930 (flores de Bach), William Fitzgerald y Edwin Bowers en 1913 (reflexología), Mikao Usui en 1922 (reiki) o Paul Nogier en 1957 (acupuntura auricular), entre otros muchos pioneros. A saber, que la medicina alopática convencional al servicio de los corruptos intereses farmacéuticos no cura, sino que nos enferma deliberadamente para que consumamos más medicamentos; seguro que yo puedo hacerlo mucho mejor.

Y de hecho, me ampara otra razón más que a ellos: hoy cualquier doctorado en ciencias de la vida –casi diría que cualquier estudiante– sabe infinitamente más que todos ellos sobre el funcionamiento del organismo, por el progreso acelerado del conocimiento en el último medio siglo. Así que, terapias naturales, ¡allá voy!

Estoy pensando en alquilar un local y comenzar a administrar mis tratamientos contra… ¿contra qué enfermedades? Digamos que, en principio, todas. Para qué menos. Ahora la cuestión es decidir cuál será mi especialidad. Veamos. Desde luego, debe ser una terapia natural, que es lo que se lleva ahora. ¿Y… qué hay más natural que el sol? Ya lo decía mi guía espiritual, Gwyneth Paltrow: “Somos seres humanos y el sol es el sol. ¿Cómo puede ser malo para ti?”.

El sol emergiendo del Himalaya en India. Imagen de Abhijit Kar Gupta / Wikipedia.

El sol emergiendo del Himalaya en India. Imagen de Abhijit Kar Gupta / Wikipedia.

Bueno, sí, está esa absurda mentira de que el sol provoca cáncer de piel, uno de esos bulos difundidos por la corrupta Organización Mundial de la Salud comprada por la Big Pharma. Pero por si acaso y para evitar líos, mejor voy a recoger el influjo benéfico del sol en… frasquitos de vidrio, eso es. Nadie podrá decir que los rayos del sol cargados en un cristal y después redistribuidos generosamente por el organismo pueden causar cáncer. Si acaso, podrán curarlo. Esas vibraciones tienen que ser buenas a la fuerza, y al fin y al cabo la culpa del cáncer es de las malas vibraciones de la gente, que se atiborra de toxinas.

Lo llamaré helioterapia. Ah, no, que según Google eso ya existe. Pues entonces, suriaterapia. Este nombre no está cogido. Y según la Wikipedia, Suria es “sol” en sánscrito, y el nombre del dios del sol en el hinduismo. Todo lo oriental es tan cool. Y es sabiduría milenaria, ya se sabe. Solo me falta decorar mi local con piedras, hierbas y motivos orientales, todo muy natural y chill. Y vestirme de blanco. Y colgar de la pared tres o cuatro diplomas con mis titulaciones de especialista en suriaterapia. Al fin y al cabo, si la he inventado yo, ¡automáticamente me concedo el grado de doctor y máster, faltaría más!

Todo esto es perfectamente legal en España y casi en cualquier otro país. Eso sí, siempre que cumpla dos condiciones: primera, que mis tratamientos sean del todo inocuos. Concedido; abrir un frasquito y aspirar la energía del sol no puede hacer ningún daño, se pongan como se pongan. Segunda, que me abstenga de publicitar de ningún modo mi actividad como sanitaria, o mis productos como curativos. Lo cual no impide que pueda venderlos en las farmacias, siempre que me asegure de repartir generosas comisiones y de anunciar mis frasquitos solo como productos de bienestar. A ver quién va a negármelo, si no hay pruebas en contra.

Respecto a esto y para asegurarme de que me mantengo en el lado bueno de la ley, deberé contratar a unos buenos abogados que me informen de hasta dónde puedo llegar. Bueno, sí, ahora está el plan ese del gobierno contra lo que llaman “pseudoterapias” y “pseudociencias”. Que por cierto y como bien dice la Fundación Terapias Naturales, “dichos términos no vienen incluidos en el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, ni existe consenso jurídico, técnico, médico ni científico sobre el sentido y contenido de dichos neologismos. No obstante, se están empleando para denostar, denigrar y difamar a distintos profesionales de una manera arbitraria e injusta”.

Para eso untaremos bien a nuestros abogados; para que denuncien al gobierno por malversación de fondos públicos y para que hagan declaraciones altisonantes a los medios sobre el acoso y los ataques que sufrimos los practicantes de terapias naturales. Si hasta se está incitando a la violencia contra nosotros, como dice la Fundación. No explican cómo se está incitando, pero eso da igual. ¡Si tuviéramos que justificarlo todo no estaríamos haciendo esto, sino ensayos clínicos!

Suria, dios hindú del sol. Imagen de Bazaar Arts / Wikipedia.

Suria, dios hindú del sol. Imagen de Bazaar Arts / Wikipedia.

Al fin y al cabo, y por mucho que se esfuercen, no les va a servir de nada. Nos prohibirán introducir nuestros tratamientos en los centros sanitarios. ¿Quién los necesita? En cuanto empiece a correrse la voz de que “a mí me funciona”, el boca a oreja me bastará para tener cola en la puerta. Y nos vetarán en los estudios universitarios oficiales. ¿Quién los necesita? Yo mismo me basto y me sobro para organizar la formación necesaria. Que, entre nosotros y para qué vamos a decir lo contrario, también es un pedazo de negocio: una pequeña inversión en un cursillo, y a vivir de la suriaterapia. ¿Quién va a decir que no?

En resumen y por más que se empeñen los cientifistas y la secta escéptica con sus patéticas campañitas de sabelotodos arrogantes, no van a conseguir borrarnos del mapa. Nos ampara la libertad de elección del paciente. Mientras no digamos que curamos, sino que acompañamos, aconsejamos y guiamos, y mientras no cobremos por vender productos sanitarios, sino que aceptemos generosas donaciones de nuestros clientes, somos legales. Y tengan por seguro que siempre, siempre lo vamos a ser.

Estas personas no existen, y crearlas puede ser adictivo

Fíjense en estas personas:

Parecen individuos perfectamente normales… salvo por el hecho de que jamás han existido. Las imágenes han sido creadas por inteligencia artificial; no son copias modificadas de personas reales, ni son pastiches de diversos rostros. Son caras cien por cien originales generadas por un algoritmo que ha aprendido a crearlas, del mismo modo que un músico utiliza su conocimiento adquirido para componer piezas nuevas sin copiar –se supone– otras existentes.

El secreto de esta perfección es un sistema llamado Red Generativa Antagónica o GAN (siglas de su nombre en inglés, Generative Adversarial Network), creado en 2014 por el científico computacional Ian Goodfellow, aunque la idea ya había sido anticipada en años anteriores por otros como Jürgen Schmidhuber y Roderich Gross.

La clave de la GAN es utilizar dos redes neuronales artificiales que compiten entre si: una genera las caras, mientras que la otra las evalúa para descubrir sus defectos. Ambas aprenden de sus errores, de modo que la primera va mejorando sus creaciones y la segunda va perfeccionando su capacidad de discriminación.

En un breve periodo de tiempo y con algo de entrenamiento previo, el sistema aprende no solo a reconocer patrones –qué hace que una cara sea una cara y no un frigorífico–, sino a crear nuevas representaciones extremadamente realistas, todo ello sin supervisión humana. Según los expertos, esta capacidad es una manera de dotar a las máquinas de imaginacion, algo que ya no es un privilegio exclusivo de nuestro cerebro.

Por el momento, las GAN se han utilizado con preferencia para producir representaciones visuales, no solo de rostros, sino también de gatos, coches o dormitorios. Como ya conté aquí, en 2017 la compañía de procesadores gráficos NVIDIA desarrolló una GAN para crear rostros de falsos famosos. Desde entonces, esta tecnología se ha perfeccionado; la última versión de NVIDIA, llamada StyleGAN, es capaz de manejar los diferentes rasgos de la cara de forma independiente para controlar el resultado general de su integración.

Las fotos mostradas en esta página se han creado mediante esta nueva tecnología, que el ingeniero de Uber Phillip Wang –sí, Uber es una compañía tecnológica, no un sindicato privado de taxis– ha aplicado en su web ThisPersonDoesNotExist.com (esta persona no existe); cada vez que se refresca la página, en unos segundos la GAN genera una nueva cara de una persona completamente inexistente.

A la vista está que los resultados son impresionantes. En el rato que he dedicado a juguetear con la GAN para escribir esta página, he comprobado que en general el resultado es casi irreprochable; al tamaño y la resolución mostrados, en la mayoría de los casos prácticamente no se aprecian errores de bulto.

Pero sí, también hay fallos. Y si uno se dedica a buscarlos, descubre que el juego de generar caras y buscar errores puede ser casi adictivo. Un caso curioso es el de los pendientes; al parecer, la GAN aún no ha aprendido que en la mayor parte de los casos las mujeres suelen llevar pendientes iguales en ambas orejas:

Y aunque muchos hombres también utilizamos pendientes, la GAN tampoco parece contemplar generalmente este caso; solo en una ocasión me ha aparecido un hombre con un pendiente, y es esta especie de popstar indonesio entrado en años:

A la GAN a veces le cuesta resolver el encaje de las gafas en la cara, lo que da lugar a efectos aberrantes, como las cejas dobles:

Otro error frecuente es el de los dientes. Fíjense en estos dos jóvenes:

Parecen muy bien logrados, hasta que uno se fija en que sus dientes están descolocados; hay un incisivo que cae justo en el centro de la boca. Esto es algo que se aprecia en muchas de las imágenes en las que el rostro aparece ligeramente ladeado.

Pero sin duda, donde la GAN falla con más frecuencia es en la resolución de los contornos y fondos. En muchos casos parece que la persona está posando delante de una obra de arte abstracta, o incluso que forma parte de ella:

Y cuando se añaden gorros o tocados, el resultado puede ser algo esperpéntico:

Claro que los gustos en cuestión de moda son enormemente personales:

Pero sin duda el caso más curioso, a la par que aterrador, es que en muchas imágenes parece existir alguien junto al rostro retratado que intenta sin éxito colarse en la foto. Y generalmente se trata de seres horripilantes. Con menos que esto, Iker Jiménez ha montado muchos programas:

A lo que se añaden los casos, raros pero también los hay, en los que la GAN directamente entra en barrena:

Y los casos en los que la GAN parece no decidirse entre crear un niño, una anciana u otra cosa que no se sabe muy bien qué es:

O si crear un clon infantil de Mickey Rourke, o variaciones de Jeff Goldblum virando hacia… ¿Oriental? ¿Mujer?

En definitiva y a la espera de que las GAN se apliquen a otros usos más útiles y prácticos, por el momento podemos entretenernos jugando a crear personas imaginarias. O para quien lo prefiera, gatos, que también tienen su versión. Respecto a si antes de eso las GAN llegarán a emplearse para otros usos menos edificantes, como poner a personas reales en situaciones en las que dichas personas no se pondrían ante una cámara… Deberemos acostumbrarnos a que en el futuro cada vez nos va a costar más diferenciar la realidad de la ficción.

El grave error de concepto sobre nosotros y los neandertales

En este blog es algo consuetudinario que nunca se entra en política, en el sentido de jalear o vilipendiar a uno de los bandos concretos solo por el hecho de ser uno de los bandos concretos; para eso ya están otros. Pero también es algo consuetudinario que aquí se abomina del hecho de estar gobernados por ignorantes, sobre todo en cuestiones relacionadas con la ciencia, y que aquí sí se atiza por igual a derecha e izquierda cuando quienes ostentan el poder o aspiran a ostentarlo demuestran su vasta, o basta, incultura científica.

Habrán imaginado que me refiero a las alusiones a los neandertales que circulan esta semana por los medios a propósito de las declaraciones de un candidato político, quien dijo –entre otras cosas– que los neandertales les cortaban la cabeza a los bebés recién nacidos. Este ejercicio de bocachancla ya ha levantado suficiente polvareda, pero aquí lo traigo por un motivo diferente que no solo afea al susodicho, sino también a quienes le han vituperado afirmando que el neandertal es él. Porque están igual de equivocados.

Al parecer, el candidato ha matizado sus palabras, pero hasta donde sé, sin referirse específicamente a los neandertales. Porque en cualquier caso, están extinguidos, así que esto no resta votos. Si se le hubiera escapado que los negros o los orientales cortan la cabeza a sus bebés recién nacidos, quién duda de que habría rectificado de inmediato. Y si piensan que con esto estoy comparando a los negros o los orientales con los neandertales, han acertado; estoy comparando a los negros y a los orientales con los neandertales, y también a los blancos. Porque todos tienen en común el hecho de ser igualmente humanos.

Pregunta de Trivial: ¿qué homininos tienen el récord del cerebro más grande de toda nuestra familia evolutiva? No, no somos nosotros, sino los neandertales.

Cráneo de Homo sapiens (izquierda) frente a otro de neandertal. Imagen de hairymuseummatt (original photo), DrMikeBaxter (derivative work) / Wikipedia.

Cráneo de Homo sapiens (izquierda) frente a otro de neandertal. Imagen de hairymuseummatt (original photo), DrMikeBaxter (derivative work) / Wikipedia.

Pero es cierto que dejar el dato ahí sería una pequeña trampa, dado que en los humanos nunca se ha demostrado una correlación clara y directa entre el tamaño del cerebro y eso que entendemos como inteligencia. Los neandertales probablemente tenían el cerebro más voluminoso que nosotros porque su corteza visual estaba más desarrollada.

Por lo demás, iría siendo hora ya de meternos de una vez en ese gran cerebro nuestro que los neandertales no eran esos cavernícolas gorileros encorvados y con el garrote sobre el hombro. Aunque los expertos aún se resisten a cerrar el debate sobre si ejercían el pensamiento simbólico y tenían lo que llamamos cultura o arte, eran humanos sofisticados; no tanto como nosotros actualmente, pero probablemente sí tanto como los humanos modernos de su misma época, o incluso más en ciertos aspectos. Neandertales y sapiens no eran tan diferentes por entonces, ni más ni menos bárbaros, violentos o primitivos.

A menudo se dice que si los neandertales hubieran sobrevivido, hoy compartiríamos la misma sociedad. Pero es probable que compartiéramos mucho más: dado que los cruces entre ellos y nosotros dejaron algo de sus genes en los nuestros, es probable que nos hubiéramos fusionado por completo en una sola especie. Pero perdieron en el juego de la supervivencia. Y como dice el Museo de Historia Natural de Londres, “es injusto para ellos que la palabra neandertal se utilice hoy como insulto”.

Reconstrucciones de un Homo sapiens de hace unos 40.000 años (izquierda) y un neandertal (derecha), ambas en el Museo Neanderthal de Alemania. Imagen de The Nature Box / Wikipedia.

Reconstrucciones de un Homo sapiens de hace unos 40.000 años (izquierda) y un neandertal (derecha), ambas en el Museo Neanderthal de Alemania. Imagen de The Nature Box / Wikipedia.

De hecho y si hablamos del trato a los recién nacidos, eran humanos perfectamente modernos, Homo sapiens, quienes solían practicar lo que eufemísticamente se llamaba exposición, consistente en abandonar a su suerte a los bebés no deseados por el motivo que fuera; es decir, los tiraban. La teoría era que los recogieran otros, ya fueran seres reales o imaginarios, como divinidades o personajes mitológicos. La práctica era que morían de hambre, frío, sed o comidos por animales. Y esto se hacía en culturas consideradas las cunas de la civilización occidental, como la Roma y la Grecia clásicas.

Pero volviendo a los neandertales, en el fondo subyace un error de concepto que va más allá de los neandertales, y es el mito de que existe una escala evolutiva en los humanos. Ese famoso dibujo en el que se observa una fila de seres caminando, que van evolucionando desde un mono peludo y encorvado hasta un humano lampiño y erguido con una lanza, es un completo y absoluto error. O mejor dicho, tres errores: ni nosotros somos la culminación de nada, ni la evolución funciona mejorando o perfeccionando nada, ni existe ningún proceso temporal lineal.

Nosotros somos solo una especie más de la biosfera terrestre, una que hoy está pasando por aquí como han pasado antes otras muchas, y como pasarán otras muchas cuando hayamos desaparecido, quizá alguna que surgirá a partir de la nuestra. Tenemos ciertos rasgos y características propias, como cualquier especie; las aves vuelan, nosotros componemos música.

Pero estos rasgos no surgen porque la evolución desee mejorar sus creaciones, sino porque en un momento determinado del tiempo geológico esas características han permitido a esa especie adaptarse mejor a las condiciones de su entorno. La capacidad de componer música es probablemente solo un efecto colateral de un desarrollo cognitivo que permitió a nuestros ancestros perdurar y reproducirse mejor en el medio en que les tocó vivir.

Y por último, tampoco existe ninguna línea o escala evolutiva, incluso aunque a veces se utilicen estos conceptos como una simplificación con fines didácticos. Hoy la representación más utilizada de la familia evolutiva humana tiene forma de árbol con diversas ramificaciones, pero incluso esto es también una simplificación; faltan las especies que aún no hemos descubierto, pero sobre todo falta lo que ya conocemos y lo que todavía no sobre los entrecruzamientos entre especies coetáneas.

Los humanos modernos tuvieron descendencia con neandertales y denisovanos, y estos entre ellos, y los análisis genéticos que revelan estas hibridaciones entre especies han mostrado también que en este lío familiar participaron además otros tipos de humanos que todavía son un completo misterio para la ciencia. En resumen, los conceptos de línea evolutiva y árbol evolutivo hoy ya no tienen sentido; la realidad es más bien una red, la red social de la evolución humana.

Razones para desterrar de una vez por todas los bastoncillos de los oídos

Hay varias buenas razones para dejar de utilizar bastoncillos de los oídos, y no es solo por la imagen que se ve a la derecha.

La estampa fue captada en aguas de Indonesia por el fotógrafo estadounidense Justin Hofman, y en 2017 quedó finalista en el concurso Wildlife Photographer of the Year organizado por el Museo de Historia Natural de Londres. Es uno de esos casos en los que la imagen vale más que mil palabras; ningún discurso sobre la contaminación plástica de los océanos puede ser tan poderoso como la visión de este frágil animalito aferrado a un pedazo de basura.

De hecho, los bastoncillos figuran en la lista de plásticos de un solo uso que quedarán prohibidos en la Unión Europea en 2021. Pero eliminado el plástico, no se acabó el problema; ya existen marcas que utilizan otros materiales degradables como el cartón. Y sin embargo, los perjuicios de los bastoncillos no son solo para el medio ambiente, sino también para el medio en el que se utilizan: el oído.

Bastoncillos para los oídos. Imagen de Pixabay.

Bastoncillos para los oídos. Imagen de Pixabay.

Los otorrinos llevan años y años desaconsejando el uso de los bastoncillos para los oídos. La Sociedad Española de Otorrinolaringología y Cirugía de Cabeza y Cuello insiste en que los bastoncillos no hacen otra cosa que “empujar la cera hacia dentro y compactarla”, por lo que pueden crear tapones y provocar infecciones. Además, en realidad no se necesitan, ya que “el cerumen ayuda a proteger al oído, funciona como hidratante del canal auditivo y lo protege del polvo y las bacterias”. El exceso se expulsa solo, y en caso de taponamiento lo recomendable y sensato es acudir al especialista.

Y a pesar de que algunos otorrinos llegan a pregonar a los cuatro vientos que en el oído no debe meterse nada más fino que un codo, parece que el mensaje no llega a calar. Para los recalcitrantes que continúan sondeándose los oídos con estos adminículos tan contaminantes como peligrosos, la revista BMJ Case Reports publica un espeluznante caso que debería servir para disuadir a los exploradores auriculares.

Al servicio de urgencias de un hospital inglés llegó una ambulancia con un hombre de 31 años presa de graves convulsiones, con náuseas, vómitos y pérdida de memoria. Antes del ingreso debido a su empeoramiento, había sufrido dolores en el oído izquierdo durante 10 días, que no habían remitido con el antibiótico oral prescrito por el médico general.

Tras un escáner TAC y los pertinentes análisis del líquido que supuraba su oído, los médicos le diagnosticaron una otitis externa maligna, una versión enfurecida de la típica otitis de los niños en las piscinas. Esta forma maligna, que suele afectar sobre todo a personas ancianas diabéticas, se extiende invadiendo hacia el interior y puede llegar al cráneo, aunque curiosamente los síntomas aparentes pueden ser menos insidiosos que en la típica otitis aguda. En el caso del paciente inglés, dijo llevar nada menos que cinco años con dolores intermitentes y pérdida de oído.

Escáner TAC del paciente. Las flechas azules marcan los lugares de la infección. Imagen de Charlton et al / BMJ Case Reports.

Escáner TAC del paciente. Las flechas azules marcan los lugares de la infección. Imagen de Charlton et al / BMJ Case Reports.

El análisis reveló que el bicho causante era Pseudomonas aeruginosa, un sospechoso habitual en estos casos. La grave infección en el interior del cráneo, rodeando el cerebro, desconcertó a los médicos, ya que era un cuadro relativamente raro en una persona joven y sana. Hasta que dieron con el culpable: al explorar el oído del paciente bajo anestesia general, descubrieron un pedazo de algodón de un bastoncillo, que probablemente llevaba años atascado allí y que los especialistas identificaron como el foco de la infección.

Por suerte, esos maravillosos sistemas de alarma que tiene el organismo, como la inflamación, el dolor y las consecuencias que provocan, permitieron atajar a tiempo lo que podría haber sido una infección mortal. Tras una cirugía y un tratamiento de choque con antibióticos intravenosos, el paciente llegó a recuperarse por completo, y se supone que se sentirá como un hombre nuevo. Y como escriben los médicos en su informe del caso, “¡lo más importante es que ya no utiliza bastoncillos de algodón para limpiarse los oídos!”. “El presente caso reitera aún más los peligros del uso de bastoncillos de algodón”, añaden.

La conclusión es obvia: por incómodo que pueda resultar que un grumo de cerumen seco le asome a uno a la oreja en el momento menos oportuno, bastante más incómodo es tener que someterse a una neurocirugía.