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Los secretos de las ciencias para
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Estudio: las letras de Black Sabbath no incitan al consumo de drogas

Esta mañana he recordado un artículo que escribí hace siete años en el diario Público, en el que trabajaba entonces, y en el que dejé de trabajar cuando el millonario trotskista que se había levantado un día con el capricho de fundarlo se levantó otro día con el capricho de cerrarlo (que nadie se alarme, no tendré ningún problema en borrar esta frase, mis hijos necesitan comer).

Está mal que yo lo diga, pero me he reído releyéndome a mí mismo en aquella historia sobre un test genético que le habían practicado a Ozzy Osbourne, por entonces exvocalista de Black Sabbath, para tratar de explicar cómo era humanamente posible que siguiera vivo. “Has pasado 40 años en una juerga de alcohol y drogas. Te rompiste el cuello en un quad. Has muerto dos veces en un coma químicamente inducido. Saliste sin un rasguño después de que tu autobús de la gira fuera embestido por un avión. Tu sistema inmune estaba tan comprometido que tuviste un diagnóstico positivo de VIH durante 24 horas hasta que descubrieron el error. Y estás aquí, vivo y coleando”, le dijeron los responsables de la empresa de pruebas genéticas de la que partió la idea.

Black Sabbath, con su formación original en 1970. Imagen de Wikipedia / Vertigo Records.

Black Sabbath, con su formación original en 1970. Imagen de Wikipedia / Vertigo Records.

Aunque sin duda, lo más gracioso del artículo eran los comentarios del propio Ozzy a propósito de los resultados del test, como cuando le descubrieron un parentesco con los habitantes de Pompeya que quedaron sepultados por la erupción del Vesuvio en el año 79: “Si alguno de los Osbourne romanos bebía tanto como yo, ni siquiera habría sentido la lava”, decía.

El análisis de sus genes supuestamente atribuía su capacidad de sobrevivir al trasiego de cuatro botellas de coñac diarias (entre otros hábitos escasamente aconsejables) a una variante hiperactiva de la alcohol deshidrogenasa 4 (ADH4), una enzima metabólica encargada de procesar el alcohol. Digo supuestamente porque, hasta donde sé, el estudio jamás llegó a publicarse; ignoro por qué motivo, pero esto es de lo más irregular, ya que la ciencia solo es ciencia cuando otros científicos tienen la oportunidad de certificarla como tal (aunque a veces fallen estrepitosamente, como en el estudio que conté ayer).

El primer vocalista de Black Sabbath y padrino del heavy metal, que el día 3 de este mes ha cumplido 69, representa ese estilo de vida autodestructivo tan frecuentemente asociado a las estrellas del rock. Aunque en su caso, parece que no lograría autodestruirse ni aunque se tragara el mecanismo de autodestrucción de la nave Nostromo.

Ozzy Osbourne durante el último concierto de Black Sabbath hasta hoy, en febrero de 2017 en Birmingham. Imagen de Wikipedia / Egghead06.

Ozzy Osbourne durante el último concierto de Black Sabbath hasta hoy, en febrero de 2017 en Birmingham. Imagen de Wikipedia / Egghead06.

Sobre esto del sexo, drogas y rock & roll en los músicos y en sus seguidores, tengo en la recámara un par de estudios interesantes que les traeré otro día. Pero hoy vengo a contarles una curiosidad, un estudio que por primera vez analiza en profundidad las letras de un solo grupo de largo recorrido considerado uno de los más influyentes en la historia del heavy metal, y que lógicamente no es otro que Black Sabbath. Los autores trataban de responder a una pregunta: ¿es cierto el tópico de que las canciones de Black Sabbath incitan al consumo de drogas?

La motivación del estudio se remonta a 1985, año en que se formó en EEUU el llamado Parents Music Resource Center (Centro de Recurso de Música para Padres), un comité fundado por cuatro esposas de políticos de Washington que nació con el ánimo de censurar la música con contenidos (para ellas) ofensivos. Al parecer, la idea partió de una de sus fundadoras, Tipper Gore, mujer de Al Gore, que un día descubrió a su hija escuchando Darling Nikki de Prince, un tema con explícitas referencias a la masturbación.

Tipper Gore, promotora y confundadora del Parents Music Resource Center, en 1985. Imagen de Wikipedia / PD-USGov.

Tipper Gore, promotora y confundadora del Parents Music Resource Center, en 1985. Imagen de Wikipedia / PD-USGov.

Ante el descubrimiento de aquella verdad incómoda, la señora Gore decidió hacer todo lo que estuviera en su mano por borrarla del mapa; por ejemplo, poner toda la industria de la música patas arriba. Las fundadoras del PMRC pretendían retirar todos los discos peligrosos de la vista del público en las tiendas y de la difusión por radio y televisión, e incluso que las discográficas reconsideraran los contratos con los músicos (ir)responsables. Y como tenían maridos poderosos, lograron que su pretensión llegara al Senado de EEUU.

Como no podía ser de otra manera, una buena parte de las sesiones del comité en el Senado estuvo dedicada al heavy metal; nueve de las canciones seleccionadas por el PMRC como las “quince sucias” (The Filthy Fifteen) eran temas de grupos heavy (curiosamente, ni uno solo punk; probablemente los miembros del PMRC no se habían molestado en escucharlos, tal vez porque pensaban que sus hijos jamás caerían tan bajo, aunque más tarde Jello Biafra de los Dead Kennedys se convertiría en una de las figuras más perseguidas por esta censura). El profesor de música Joe Stuessy, de la Universidad de Texas en San Antonio, declaró lo siguiente a propósito del heavy metal:

Contiene el elemento de odio, una maldad de espíritu. Sus temas principales son, como ustedes ya han escuchado, violencia extrema, rebelión extrema, abuso de sustancias, promiscuidad sexual y perversión y satanismo. Personalmente no conozco otra forma de música popular hasta ahora que haya tenido como uno de sus elementos centrales el elemento del odio.

Y añadía, al más puro estilo de Texas:

Espero que este comité encuentre una manera de enviar un mensaje a la industria: limpiad vuestra casa, o nosotros lo haremos por vosotros.

Versión actual de la etiqueta de advertencia en los discos en EEUU. Imagen de Wikipedia / RIAA.

Versión actual de la etiqueta de advertencia en los discos en EEUU. Imagen de Wikipedia / RIAA.

Al final todo quedó en esa famosa pegatina negra y blanca con la leyenda “Parental Advisory: Explicit Lyrics que se convirtió casi en una decoración estándar de los discos en EEUU, pero que también hizo a grandes cadenas de distribución abstenerse de vender la música así etiquetada. Por otra parte, el PMRC recibió la amplia condena del mundo musical en bloque. Las señoras se quedaron con dos palmos de narices cuando incluso el cantante folk John Denver (coautor e intérprete de la gran Take Me Home, Country Roads), cuyo apoyo esperaban, declaró en el Senado que era “enérgicamente contrario a la censura de cualquier clase en nuestra sociedad o en cualquier otro lugar del mundo”. En cierto modo al PMRC le salió el tiro por la culata, ya que algunos músicos insinuaban que la pegatina aumentaba sus ventas.

Uno de los aspectos en los que el comité más insistió es en que las letras del heavy metal incitan al consumo de drogas, y según Stuessy, los mensajes se repetían hasta 30 o 40 veces en la misma canción. Así que el año pasado Kevin Conway, del Instituto Nacional de Abuso de Drogas de EEUU, y Patrick McGrain, de la Universidad Gwynedd Mercy del mismo país, decidieron destripar el contenido de todas las canciones de Black Sabbath grabadas en estudio de 1970 a 2013, un total de 156 temas en 19 álbumes, para entresacar todas las referencias a las drogas, directas o indirectas, explícitas o implícitas, y analizar su valencia (positiva o negativa; digamos, buen o mal rollo).

Black Sabbath en Brasil en 2013, durante la gira de su último álbum '13'. Imagen de Wikipedia / Robson Batista.

Black Sabbath en Brasil en 2013, durante la gira de su último álbum ’13’. Imagen de Wikipedia / Robson Batista.

Los resultados sorprenderán incluso a algunos fans de la banda: solo el 13% de las canciones de Black Sabbath contienen algún tipo de alusión a las drogas, y de estas, en el 60% de los casos las referencias son “abrumadoramente negativas, un patrón que aumentó con el tiempo”, escriben los autores. En cambio, un dato que no sorprenderá es que todos los temas que hablan de drogas excepto uno fueron cantados por ningún otro que Ozzy, y compuestos por el bajista y letrista Geezer Butler. Los autores concluyen:

Nuestros resultados no apoyan la idea de que Black Sabbath glorifica o alienta al uso de sustancias, una denuncia a veces esgrimida contra la música heavy metal. Por el contrario, las letras de las canciones en su conjunto tejen un relato de advertencia sobre cómo el uso persistente de sustancias puede secuestrar la voluntad, convertirse en el foco dominante del individuo afectado y producir una miríada de formas de miseria humana.

En varias declaraciones, los componentes de Black Sabbath han coincidido en que fueron las drogas lo que destrozó el grupo en su primera etapa, y lo que llevó al despido de Ozzy. En enero de 2016, Butler declaraba a Rolling Stone que lleva tres años limpio de alcohol y drogas. Por su parte, el hombre que llegó a arrancar de un mordisco la cabeza de un murciélago en directo recayó en el alcohol y las drogas sin conocimiento del resto del grupo mientras grababan en 2013 su (hasta hoy) último álbum, 13. Tres años antes y a propósito del test genético, y a pesar de los resultados del test genético, los investigadores de la compañía de análisis genómico habían identificado lo que en realidad le ha mantenido vivo hasta hoy: su mujer, Sharon.

¿Y qué fue de Tipper Gore?, tal vez se pregunten. Ya que me tiran de la lengua… En 2010 se separó de su marido, el exvicepresidente de EEUU y campeón medioambiental Al Gore. Sus tres hijas también han fracasado en sus matrimonios. Una de ellas, Kristin, está actualmente casada con el cantante y guitarrista de Ok Go, ese grupo que graba unos vídeos increíblemente elaborados… y que en su tema You’re A Fucking Nerd And No One Likes You repite 34 veces la palabra “fuck“. En cuanto al benjamín de la familia y único chico, Al Gore III, ha sido detenido varias veces por posesión de drogas y por conducir borracho a 160 km/h… eso sí, en un coche híbrido.

Científicos chinos dicen que el heavy metal daña el cerebro (pero sus datos no)

Géneros musicales como el punk y el metal arrastran tradicionalmente un sambenito de asociación con la violencia y con vidas, digamos, deconstruidas. En nuestras sociedades occidentales de hoy ya no suele estigmatizarse a nadie por este motivo (y quien piense que sí, probablemente no conoció la España de los 80). Pero esta asociación persiste en forma de sesgo.

Metalheads. Imagen de Flickr / Staffan Vilcans / CC.

Metalheads. Imagen de Flickr / Staffan Vilcans / CC.

Este es un ejemplo que una vez me contó un psicólogo (no he sido capaz de encontrar la fuente original, si es que existe): “¿te cuento un chiste?”, le decimos a alguien. “El gobierno va a encarcelar a todos los homosexuales, los negros y los fisioterapeutas”. Es muy probable que la respuesta de quien escucha sea: “¿y por qué a los fisioterapeutas?”.

Esto no implica en absoluto que la persona que responde así sea racista u homófoba, ni que sea favorable al encarcelamiento de nadie por su condición; es posible que una persona de color o gay también respondan de la misma manera. Simplemente, quien responde esto espera que la gracia del falso chiste-trampa esté en explicar qué tienen en común los fisioterapeutas con los otros dos grupos. Inconscientemente, la mente establece una división en dos categorías, las personas que pueden ser estigmatizables, negros y homosexuales, y quienes no, fisioterapeutas.

No es difícil encontrar ejemplos de este tipo en la prensa cuando se trata de sucesos violentos; hay datos sobre sus protagonistas que tienden a aparecer, y no así otros, porque se considera que los primeros pueden tener relación con las causas del suceso:

“¡AJÁ, ASÍ QUE LE GUSTABA EL HEAVY METAL!”

O bien:

“¡AJÁ, ASÍ QUE LE GUSTABA EL PUNK!”

Por el contrario, esto no ocurre:

“¡AJÁ, ASÍ QUE LE GUSTABA PINTAR SOLDADITOS DE PLOMO!”

Ni, ciñéndonos a la música, esto:

“¡AJÁ, ASÍ QUE LE GUSTABA JUSTIN BIEBER!”

Imagen de Wikipedia / Robin Krahl.

Imagen de Wikipedia / Robin Krahl.

Sesgo es precisamente lo que he encontrado en un estudio publicado en septiembre en la revista NeuroReport por investigadores de la Universidad Normal de Liaoning, en China. El título viene a decir lo siguiente: “Conectividad funcional alterada en estado de reposo en la red neuronal por defecto y en la red sensorimotora en los amantes de la música heavy metal”.

Traducido, el título sugiere que los amantes del heavy metal tienen un mapa de conexiones cerebrales funcionales y una actividad en reposo diferentes a otras personas; en concreto, a los amantes de la música clásica, el grupo utilizado como control. La red neuronal por defecto citada en el título es un conjunto de regiones del cerebro que permanecen activas espontáneamente cuando no estamos haciendo nada en particular; se activa cuando divagamos, y se apaga cuando realizamos una tarea. En cuanto a la red sensorimotora, es el conjunto de conexiones cerebrales encargadas de vincular nuestros movimientos con la información que recibimos a través de los sentidos corporales.

Resumiendo, el estudio trata de analizar si el cerebro de los amantes del heavy metal (para no repetirlo, utilizaré HMML de Heavy Metal Music Lovers, como hacen los autores) es diferente al de los amantes de la música clásica (CML). Y por lo que apuntan en la introducción, parece que es así: los HMML, dicen los autores, tienen una mayor actividad en tres regiones concretas, menor en una cuarta, y algunas diferencias en la conectividad entre ciertas áreas.

Todo esto en sí no es ni bueno ni malo. Una miríada de estudios emplean el mismo método, introducir a un grupo de personas (una a una, claro) en un escáner de resonancia magnética funcional (fMRI), decirlas que no piensen en nada, medir su actividad cerebral en reposo y buscar las diferencias entre participantes agrupados por una característica concreta, ya sea un trastorno o no; por ejemplo, se han hecho estudios de este tipo comparando el cerebro de atletas y de quienes no lo son, o incluso de hombres y mujeres. Sin ningún ánimo de desmerecer estos trabajos, son estudios fáciles, fast food científico; basta disponer del aparato, pensar en dos grupos de personas con alguna diferencia, hacerles la prueba, meter los datos en el software que se encarga de hacer los cálculos y las comparaciones, y muy probablemente saldrá algo que pueda publicarse.

Amon Amarth en 2016. Imagen de Wikipedia / Sven Mandel.

Amon Amarth en 2016. Imagen de Wikipedia / Sven Mandel.

Pero hay algo ya en el título del estudio que me llama la atención, y es el motivo por el que sigo leyendo: el uso del término “alterada”. Cuando se hace un estudio de este u otro tipo en un grupo de pacientes enfermos en comparación con controles sanos, parece comprensible hablar de alteraciones, ya que existe un trastorno. Sin embargo, si se compara el patrón de fMRI en reposo de atletas y no atletas, o de hombres y mujeres, no se habla de “alteraciones”, sino de “diferencias”. ¿Imaginan que un estudio dijera que las mujeres tienen “alteraciones” en sus patrones cerebrales con respecto a los hombres? Es más: repasando otros estudios, incluso he encontrado que muchos autores hablan simplemente de “diferencias” también cuando estudian trastornos como la esclerosis múltiple, la depresión o el síndrome de colon irritable.

El hecho de que los autores del estudio hablen de “alteraciones” en el cerebro de los HMML revela un evidente sesgo. Pero la alarma sube de tono cuando leo el abstract (introducción-resumen) y me encuentro lo siguiente: “los resultados pueden explicar parcialmente los trastornos cognitivos emocionales y de conducta en los HMML comparados con los CML, y son consistentes con nuestras predicciones”.

¡¿Cómo?!

¿Quién ha dicho que los amantes del heavy metal estén trastornados?

Por suerte, y al contrario de lo que ocurre en el periodismo, donde eso de la confidencialidad de las fuentes da carta blanca para publicar cualquier dato sin demostrarlo, en ciencia toda afirmación debe ir sustentada: si uno menciona en un estudio que la naranja tiene mucha vitamina C, al final de la frase hay que poner un numerito que le lleva a uno a una lista de referencias, donde se cita un estudio previo en el que unos tipos han medido el contenido en vitamina C de las naranjas.

Así que me voy al texto, y encuentro en primer lugar esta afirmación: “el estilo musical del heavy metal muestra efectos negativos relacionados con el estrés, incluyendo trastornos del sueño, fatiga y ansiedad [2, 3]”. Busco entonces la bibliografía al final del estudio, y compruebo las referencias 2 y 3. ¿Qué dicen estos dos estudios?

Pues en resumen, absolutamente nada que tenga que ver con lo que los autores afirman. Uno de ellos, publicado en 2013 en la revista Computers in Human Behavior, se titula: “Mozart o Metallica, ¿quién te hace más atractivo? Un test de música, género, personalidad y atractivo en el ciberespacio”. Y trata exactamente sobre lo que el título resume, con una curiosa conclusión: “los participantes masculinos perciben como más atractiva a una mujer con música clásica de fondo en su web, mientras que las participantes femeninas consideran más atractivo a un hombre con heavy metal de fondo en su web”. Discutible, pero en fin, no nos desviemos.

El segundo estudio es más estrambótico. Publicado en 2014 por un grupo de investigadores brasileños en la revista turca Archives of the Turkish Society of Cardiology, analiza las variaciones en el ritmo cardíaco en un grupo de hombres cuando escuchan música clásica barroca o heavy metal. Y los resultados explican por qué los autores han tenido que recorrer medio mundo para conseguir colar su estudio en algún sitio: “la estimulación musical auditiva de diferentes intensidades no influye en la regulación del ritmo cardíaco en los hombres”. Es decir, que nada de nada; al músculo cardíaco le da exactamente igual Pachelbel que Gamma Ray.

Vuelvo entonces al estudio chino, y sigo leyendo. Yan Sun y sus colaboradores vuelven a la carga, y no se lo pierdan: “entender los mecanismos neurales de los HMML puede ayudarnos a desarrollar un desarrollo saludable de un plan de personalidad para los HMML”. Sí, sí, no se fijen siquiera en la desastrosa redacción; ¿un plan saludable de personalidad para los amantes del heavy? Pero esperen, que sigue: “escuchar música heavy metal a largo plazo conduce a trastornos cognitivos de conducta y emocionales [3-5]”.

Vamos a ello. ¿Qué dicen estas referencias? La 3 era la de la revista turca, así que continuamos con las 4 y 5. Y les va a sorprender, porque estos dos estudios ¡dicen precisamente todo lo contrario de lo que defienden los autores!

Descubro que uno de los estudios es un viejo conocido, porque en su día ya lo conté aquí. Lo publicaron en 2015 las psicólogas australianas Leah Sharman y Genevieve Dingle en la revista Frontiers in Human Neuroscience. Mediante tests y parámetros biológicos en un grupo de voluntarios, las dos investigadoras ponían a prueba la hipótesis de si “la música extrema produce furia”. Y esto es lo que concluían: “los resultados indican que la música extrema no ponía furiosos a los participantes; más bien parecía encajar con su estado fisiológico y resultar en un aumento de las emociones positivas. Escuchar música extrema puede representar una manera saludable de procesar la furia para estos oyentes”. O dicho de otro modo, que géneros musicales como el punk o el metal son beneficiosos para la salud emocional de sus fans, como titulé en su momento.

Lars Ulrich, batería de Metallica, en 2008 en Londres. Imagen de Wikipedia / Kreepin Deth.

Lars Ulrich, batería de Metallica, en 2008 en Londres. Imagen de Wikipedia / Kreepin Deth.

El último cartucho que les queda a Yan Sun y sus colaboradores para tratar de justificar esas afirmaciones sobre los supuestos efectos nocivos del heavy metal es un estudio publicado en la revista Self and Identity por un grupo de investigadores de la Humboldt State University de California. Los autores se preguntaron qué había sido de los metalheads de los 80, y para ello reclutaron por Facebook a 377 músicos, fans y groupies de aquella época, a los que sometieron a una encuesta para conocer sus circunstancias actuales. Como grupos de control, utilizaron adultos de la misma generación que no eran –en términos de Yan Sun– HMML, y a jóvenes universitarios actuales.

Los resultados son demoledores para la pretensión del estudio chino: citando a los Who, los chicos están bien: “hoy, estos metalheads de mediana edad son de clase media, se ganan la vida, están relativamente bien formados y recuerdan con añoranza los tiempos salvajes de los 80″, escriben los investigadores. “Fueron significativamente más felices en su juventud y están mejor ajustados actualmente que los grupos de comparación de mediana edad o de edad universitaria”.

Naturalmente, una limitación del estudio es que a quienes no les fue tan bien ya no están aquí para contarlo, o tal vez no estén en Facebook. Pero una observación de los autores resulta especialmente reveladora, y es que según las encuestas, muchos de aquellos metalheads de los 80 atravesaron existencias problemáticas y estuvieron expuestos a conductas de riesgo; y lo superaron no a pesar del metal, sino gracias a él: “las culturas de estilo extremo pueden atraer a jóvenes con problemas que pueden implicarse en conductas de riesgo, pero también pueden ejercer una función protectora como fuente de pertenencia y conexión para jóvenes que buscan consolidar el desarrollo de su identidad”, reflexionan los autores.

Por supuesto, también en China hay heavy metal. Tang Dynasty en 2004. Imagen de Wikipedia / Paul Louis.

Por supuesto, también en China hay heavy metal. Tang Dynasty en 2004. Imagen de Wikipedia / Paul Louis.

Para terminar, vayamos al resumen de todo esto: incluso si los investigadores chinos presentan diferencias entre el cerebro de los HMML y los CML (los datos muestran diferencias, pero para rematar el desastre, las imágenes de fMRI anotadas con código de color están en blanco y negro en el PDF publicado por la revista; esto sin contar que la muestra es pequeña y que un valor p de 0,05 se considera cada vez menos estadísticamente significativo), no pueden concluir nada de ellas, por una razón.

He repetido mil veces aquí que correlación no significa causalidad. Pero aquí tenemos un caso particular de este problema especialmente interesante. Los neurocientíficos expertos en imagen hablan de la falacia de la inferencia inversa; consiste en que a partir de un estado puede observarse qué regiones del cerebro se activan, pero a partir de la activación de regiones cerebrales no puede inferirse un estado tan fácilmente; el razonamiento no funciona lo mismo hacia atrás que hacia delante. Aunque este tipo de asociaciones son frecuentes en los estudios de fMRI, los expertos advierten de que hacer inferencias inversas válidas es enormemente complicado y requiere unas ciertas condiciones adicionales, incluyendo información de contexto ajena al propio estudio; es decir, una teoría previa validada en la cual los resultados encajen.

El estudio de Yan Sun y sus colaboradores está sembrado de afirmaciones que vinculan alegremente las diferencias particulares observadas en los HMML con “comportamientos impulsivos e hiperactividad”, “menor capacidad de control cognitivo”, “trastornos del sueño, tristeza y fatiga”, “comportamientos de riesgo” o “inclinación a emprender acciones provocadoras para resolver la hostilidad y el antagonismo”. Pero lo único que los autores han hecho es un estudio de neuroimagen; ni siquiera les han preguntado a los voluntarios otra cosa que no sea el tipo de música que les gusta, ni mucho menos han realizado ninguna encuesta ni test con ellos. Así que ¿dónde está la teoría que demuestra estas conductas de los amantes del heavy metal?

Desde luego, tampoco está en las referencias que aportan. Donde sí está es en la propia fantasía de los autores: “los resultados son consistentes con nuestras predicciones”. Es decir, yo me invento que los metalheads son una panda de taraos, y luego con mis pinturas del cerebro justifico por qué son una panda de taraos. Bien por Yan Sun y compañía. O mejor, \m/.

Por si quieren seguir dañándose el cerebro, aquí les dejo una propina. Esto ocurrió el mes pasado en La Riviera (Madrid), donde una horda de impulsivos trastornados emocionales con escaso control cognitivo, tristeza y tendencias provocadoras hostiles nos reunimos para dar la bienvenida a Blackie Lawless y sus W.A.S.P. en el 25º aniversario de esa joya (para tarados) llamada The Crimson Idol. Disculpen la penosa calidad, mi móvil es de esos que en los comentarios de Amazon suelen aparecer como “se lo regalé a mi madre”.

¿Hay relación entre violencia y ciertos tipos de música?

Mi afición a la música y mi trabajo en esto de la información científica me llevan a curiosear en todo aquello que los estudios tienen que decir sobre el fenómeno musical. Uno de los avances más interesantes del conocimiento en las últimas décadas es el encuentro entre ciencias y humanidades, tradicionalmente separadas por esa frontera artificial y artificiosa del ser de letras o de ciencias. Fíjense en las tertulias radio/televisivas: ¿verdad que en alguna ocasión han escuchado a alguno de sus participantes decir “yo no sé nada de ciencia?” ¿Y alguna vez han escuchado a uno de sus participantes decir “yo no sé nada de historia/arte/literatura/música/filosofía”?

Hoy cada vez es más habitual encontrar estudios firmados al unísono por filólogos y científicos computacionales, historiadores y químicos, o arqueólogos y físicos, porque las ciencias experimentales están aportando enfoques y técnicas que permiten profundizar en las investigaciones humanísticas de una forma antes inaccesible. La frontera se ha derribado; hoy el conocimiento es multidisciplinar. Ya no es posible saber mucho sin saber algo de ciencia. Y por cierto, este es precisamente el motivo que da a este blog el título de Ciencias Mixtas.

El grupo de Black Metal Gorgoroth, cuyo exlíder Gaahl (en el centro) fue encarcelado dos veces por agresión y ha alentado a la quema de iglesias. Imagen de Wikipedia / Alina Sofia.

El grupo de Black Metal Gorgoroth, cuyo exlíder Gaahl (en el centro) fue encarcelado dos veces por agresión y ha alentado a la quema de iglesias. Imagen de Wikipedia / Alina Sofia.

En lo referente a la música, tengo amplias tragaderas. Digamos que desde Mozart a System of a Down, me cabe mucho (aunque desde luego no todo, ni muchísimo menos). Pero como he contado aquí regularmente y sabrá cualquier visitante asiduo de este blog, tengo una especial preferencia por ciertos estilos de música que convencionalmente suelen considerarse extremos, como el punk o el metal. Mis raíces estuvieron en lo primero, y lo segundo me lo aportó la otra mitad con la que comparto mi vida desde hace ya décadas.

De hecho, creo que mi caso no es nada original: en el mundo de la ciencia es frecuente encontrar gustos parecidos, y algunos científicos han llegado incluso a triunfar en estos géneros musicales; aquí conté tres casos, los de Greg Graffin (Bad Religion), Dexter Holland (The Offspring) y Milo Aukerman (Descendents). Sí, sí, también está Brian May (Queen), pero ya en otro estilo musical, alejado de los extremos y mucho más mayoritario.

El líder de Bad Religion, Greg Graffin (en el centro), es doctor en biología evolutiva. Imagen de Wikipedia / Cecil.

El líder de Bad Religion, Greg Graffin (en el centro), es doctor en biología evolutiva. Imagen de Wikipedia / Cecil.

Respecto a esta relación entre ciencia y punk (que es bastante profunda), lo que era solo mi impresión personal quedó curiosamente refrendado por un estudio que conté aquí hace algo más de un par de años, y que descubría una asociación entre los perfiles de personalidad más analíticos y el gusto por géneros musicales como el hard rock, el punk o el heavy metal; y dentro de otros géneros menos extremos, con sus versiones más duras; por ejemplo, John Coltrane y otros intérpretes de jazz de tendencia más vanguardista.

Y sin embargo, suele circular perennemente esa idea que asocia este tipo de géneros, digamos, no aptos para el hilo musical del dentista, con tendencias violentas y criminales, delincuencia, conductas antisociales y vidas desestructuradas.

No vamos a negar que el rock en general tiene su cuota de existencias problemáticas. Pero si hay adolescentes que se suicidan después de escuchar a Judas Priest, a My Chemical Romance o a Ozzy Osbourne (o a Iggy Pop, como hizo Ian Curtis de Joy Division), o desequilibrados que matan inspirándose en Slayer o en Slipknot, en ninguno de estos casos pudo sostenerse responsabilidad alguna de la música o de sus creadores. Si existe un desequilibrio ya prexistente, puede buscar un molde en el que encajarse. Y esos moldes pueden ser muy diversos: el asesino de John Lennon, Mark Chapman, que venía tarado de casa, encontró su misión precisamente en la música del propio Lennon.

Slipknot. Imagen de Wikipedia / Krash44.

Slipknot. Imagen de Wikipedia / Krash44.

Un caso particular es el del Black Metal, asociado a cultos satánicos y en algunos casos a grupos neonazis. En los años 90 esta corriente acumuló en Noruega, su cuna de origen, un macabro historial de suicidios, asesinatos, torturas y quema de iglesias; no por parte de los fans, sino de los propios músicos. Pero es evidente que la inmensa mayoría de la comunidad del Black Metal, músicos y fans, no ha hecho daño a una mosca ni piensa hacerlo, por mucho que alguno de sus líderes les anime a ello. No hay más que darse una vuelta por los comentarios de los foros para comprobar que los fans condenan la peligrosa estupidez de algunos de estos personajes, quienes simplemente han encontrado un outlet a su perversidad; parece concebible que, para quien ya viene malo de fábrica, el Black Metal tenga más glamour que la jardinería o el macramé.

Indudablemente, para algunos fans el Black Metal será solo música. Y quien piense que no es posible admirar la creación sin admirar a su creador, debería abstenerse de disfrutar de las obras de los antisemitas Degas, Renoir o T. S. Eliot, los racistas Lovecraft y Patricia Highsmith, el fascista Céline, los pedófilos Gauguin y Flaubert, el machista Picasso, el maltratador y homófobo Norman Mailer, el incestuoso Byron o incluso la madre negligente y cruel Enid Blyton (autora de Los cinco). Y por supuesto, jamás escuchar a Wagner, el antisemita favorito de Hitler. Esto, solo por citar algunos casos; con demasiada frecuencia, una gran obra no esconde detrás a una gran persona.

Una seguidora del Black Metal. Imagen de Flickr / Robert Bejil / CC.

Una seguidora del Black Metal. Imagen de Flickr / Robert Bejil / CC.

También sin duda, habrá en la comunidad del Black Metal quienes se sumerjan en ese culto sectario (no puedo evitar que me venga a la memoria aquel momento genial de El día de la bestia de Álex de la Iglesia, cuando Álex Angulo le pregunta a Santiago Segura: “tú eres satánico, ¿verdad?”. Y él responde: “Sí, señor. Y de Carabanchel”). Pero nos guste o no el oscurantismo malvado, mientras mantengan a Hitler y a Satán dentro de sus cabezas, y sus cabezas dentro de la ley, quienes defendemos la luz de la razón rechazamos el delito de pensamiento. Y no olvidemos: ¿cuántos crímenes se han perpetrado enarbolando la Biblia? Culpar a la música es como culpar a la religión musulmana en general de las atrocidades cometidas en su nombre (sí, algunos lo hacen).

Pero en fin, en realidad yo no venía a hablarles del Black Metal, aunque por lo que he podido ver, o más bien por lo que no he podido ver, sobre este género aún hay mucho campo para la investigación; abundan los estudios culturales, antropológicos y etnográficos, pero parece que aún faltan algo de psicología experimental y de sociología cuantitativa que sí se han aplicado a otros géneros.

A lo que iba: últimamente he reunido algún que otro estudio científico-musical que creo merece la pena comentar. Uno de ellos habla sobre esto de los presuntos comportamientos alterados y antisociales en los seguidores del heavy metal. ¿Quieren saber lo que dice? El próximo día se lo cuento. No se lo pierdan, que hay miga.

Diez reglas que debería cumplir todo alienígena (también los de ficción)

Hace cosa de un mes, un equipo de zoólogos de la Universidad de Oxford publicaba un estudio destinado a especular sobre cuál podría ser el retrato biológico de un alienígena. Como ya he contado aquí, los científicos no suelen arriesgarse a lanzar divagaciones de este tipo, y cuando lo hacen es en tiempo de extraescolares, después de quitarse la bata. Las revistas científicas tampoco son el lugar donde ponerse a inventar ciencia ficción.

Pero el estudio de Oxford era tan contenido que resultaba casi frustrante. El trabajo de los investigadores puede resumirse en dos ideas: los alienígenas estarán sometidos a evolución por selección natural, como nosotros los terrícolas, y estarán formados por partes más pequeñas en una jerarquía de niveles, como nosotros los terrícolas (genes, células, tejidos, órganos, individuos, sociedades…).

Tal vez no parezcan pistas como para parar las máquinas, aunque como guinda y gancho de cara a los medios, los autores se permitían adornarlo con una propina: el octomita, nombre que daban a un alienígena hipotético basado en estas reglas y que les presento aquí. Aclaro que su aspecto es puramente imaginario; lo esencial del octomita es el esquema basado en niveles crecientes de organización.

El octomita, un alienígena hipotético. Imagen de Levin et al., International Journal of Astrobiology 2017.

El octomita, un alienígena hipotético. Imagen de Levin et al., International Journal of Astrobiology 2017.

Si el estudio no llegaba más allá es porque un trabajo científico (también los teóricos) solo debe llegar hasta donde le deja el suelo bajo sus pies. Mirado de este modo, el hecho de que la argumentación teórica permita sostener estos dos requisitos de la vida extraterrestre cierra bastante el campo de lo que podríamos encontrarnos por ahí fuera, si es que existe algo y si es que algún día lo encontramos.

Como ya expliqué en dos entregas anteriores (aquí y aquí), no todo vale en biología, ni aquí ni en GN-z11 (la galaxia más lejana conocida, a 13.400 millones de años luz). Por tanto, no todo vale a la hora de imaginar la vida extraterrestre. Estudios como el de Oxford, que aplican las reglas de la biología, restringen el repertorio de opciones posibles para cualquier tipo de vida que pueda considerarse como tal, con independencia de cómo sea su planeta natal.

Es más: como les conté anteriormente, y por mucho que las ideas del biólogo y divulgador Stephen Jay Gould sobre la imprevisibilidad absoluta de la evolución hayan calado no solo en la comunidad científica, sino incluso entre el público interesado en estas cosas, los experimentos tienden a quitarle al menos una parte de razón: si nos fiamos de los datos reales que tenemos hasta hoy (y no podemos fiarnos de otra cosa), parece que la evolución tiene algo de margen para lo diferente, pero también algo de determinismo, convergencia y cánones comunes; lo que el biólogo Víctor Soria Carrasco llamaba “un tema central”.

Vida en la atmósfera de un planeta similar a Júpiter, según Carl Sagan. Imagen de la serie Cosmos (1980) / PBS.

Vida en la atmósfera de un planeta similar a Júpiter, según Carl Sagan. Imagen de la serie Cosmos (1980) / PBS.

En conclusión, la idea que por ahí circula sobre vida alienígena tan diferente de nosotros que tal vez ni siquiera la veríamos delante de nuestras narices es un buen argumento para el cine, los periódicos y las charlas de café, pero no se compadece con las reglas de la biología.

Así, recogiendo trocitos como el aportado por los investigadores de Oxford y otros, y añadiendo unas gotas de biología esencial, podemos armar una lista con unos cuantos requisitos que debería cumplir todo alienígena, por muy diferente que sea de la vida terrícola; también los de ficción, si pretenden ser plausibles. Por supuesto que esta es una lista en construcción y provisional, que trataré de ir actualizando-completando-rectificando con los datos que nos traigan los nuevos estudios.

  1. Todo ser vivo debe nacer, crecer, (tener capacidad de) reproducirse y morir. De acuerdo, esto es ponerlo muy fácil; pero es la definición más básica y clásica de la vida, aunque hoy se prefiere introducir criterios metabólicos y evolutivos. Qué menos que empezar por esto, pero también tiene su miga: algo tan aparentemente sencillo es uno de los motivos (el otro es el metabolismo, a lo que iré más abajo) por los cuales se discute si los virus son seres vivos. No solamente es que sean parásitos dependientes de piezas ajenas; muchos otros seres vivos también lo son. Es que los virus no crecen.
  2. Todo ser vivo está constituido por materia. Sí, también es fácil llegar a sacar un 2 en esta prueba. Pero ¿en cuántas películas los alienígenas se nos presentan como seres de energía pura que pueden adoptar cualquier forma que se les antoje? Si algo no está formado por materia no es un ser vivo, sino un poltergeist, por muy alienígena que sea. El payaso de It no es un ser vivo.
  3. Todo ser vivo debe estar formado por unidades elementales repetidas en varios niveles jerárquicos, la más básica de las cuales es un gen. La biología se basa en un principio de construcción según el cual hay una coherencia entre las partes pequeñas y el conjunto, o entre genes, células, órganos, individuos y sociedades. Por ejemplo, con células humanas no se puede construir un perro, ni con células alienígenas se puede construir un humano. Esto implica la existencia de genes en sentido amplio; no necesariamente como los terrestres, pero sí como unidades materiales mínimas que llevan la información esencial para construir el siguiente nivel jerárquico.
  4. Todo ser vivo debe respetar las leyes universales de la física. No es posible violar los principios de conservación de la materia, la energía o la cantidad de movimiento, o las leyes de la termodinámica en general.
  5. Todo ser vivo debe estar sujeto a evolución por selección natural y exhibir un cierto grado de adaptación a su entorno de origen. La evolución funciona a escalas temporales dependientes de los procesos biológicos, y estos a su vez dependen de la velocidad de los ritmos físicos y químicos. La evolución funciona en escalas espaciales que permitan la interacción entre un ser vivo y su entorno.
  6. Todo ser vivo debe estar enclavado en un ecosistema que lo sostenga. Una especie alienígena no puede ser la única forma de vida presente en su planeta, a no ser que sea la primera (esta sería una discusión interesante, pero lo cierto es que la abiogénesis aún es una caja negra para la biología) o la última superviviente, en cuyo caso está abocada a la extinción. Un ser vivo, incluso los quimio o fotosintéticos, es parte de la biomasa, pertenece a un ecosistema que lo alimenta pero también lo limita, actuando como cinta transportadora de la energía a lo largo de la cadena alimentaria.
  7. Todo ser vivo debe mantener poblaciones mínimas viables y conexas. La idea del Arca de Noé no permite la supervivencia de una especie. Debe existir un número suficiente de ejemplares en un mismo entorno físico que asegure un tamaño de diversidad genética capaz de sostener la supervivencia de la especie. Para los científicos esta es una estimación compleja que varía para cada especie y que hoy se calcula con simulaciones matemáticas por ordenador. Pero la naturaleza lo sabe.
  8. Todo ser vivo debe tener un metabolismo y una fisiología intrínsecamente plausibles y coherentes. Por ejemplo, los procesos metabólicos producen energía, y parte de esta energía se traduce en calor. Esto impone ciertas limitaciones de cara a construir un organismo, sin importar cómo sean las condiciones de su planeta de origen. Si un ser vivo es muy grande, también lo será el calor interno generado. Su temperatura de funcionamiento debe mantener el solvente biológico (en nuestro caso, el agua) en un estado que facilite las reacciones químicas y que permita a las biomoléculas conservar su configuración estructural nativa (en nuestro caso, el ADN y las proteínas pierden su estructura a temperaturas demasiado altas). Por tanto, toda forma de vida está limitada por su propio rango de temperaturas. Por otra parte, esta regla impone también la necesidad de un metabolismo, al menos durante alguna fase de la vida. Volvemos a lo mencionado antes sobre los virus: no tienen metabolismo cuando están en forma de virión (estado libre), pero sí cuando se activan en su célula hospedadora, aunque para ello utilicen piezas ajenas (algo que también necesitan otros parásitos). Desde este punto de vista, un virión puede entenderse como una fase de resistencia, como una espora o una semilla, y un virus puede caber en la definición de ser vivo. Incluso en cierto sentido, el hecho de subcontratar el metabolismo puede interpretarse como un refinamiento evolutivo que permite ahorrar energía, al menos si es que los virus se han desarrollado a partir de otros organismos que sí tenían metabolismo propio.
  9. Todo ser vivo debe tener un metabolismo y una fisiología plausibles en las condiciones de su entorno original. Por ejemplo, para que un parásito prospere, incluso aunque sea capaz de parasitar formas de vida como los humanos con las que nunca antes haya tenido contacto (lo cual puede ocurrir), ha tenido que coevolucionar con algún hospedador original en su entorno primitivo.
  10. Todo alienígena que baje a la Tierra y prospere debe tener una biología compatible con las restricciones impuestas por las condiciones terrestres. Por ejemplo, es posible que un ser de cincuenta kilos (medidos en condiciones de gravedad terrestre) pueda flotar sin esfuerzo en la atmósfera densa de su planeta de origen, como podría ocurrir en Venus si estuviera habitado. Pero en la Tierra no puede seguir haciendo lo mismo impunemente.

¿Son plausibles los alienígenas (parecidos a nosotros) de la ciencia ficción? (II)

Un humano es un organismo con forma de tubo (boca y ano), simetría bilateral, un bloque central que contiene los órganos internos flanqueado por pares de extremidades para la movilidad y la interacción, y un control centralizado (el cerebro) situado en un apéndice específico (la cabeza) que contiene además los principales mecanismos sensoriales.

Desde los hombrecillos verdes o grises hasta las variaciones como los xenomorfos de Alien, infinidad de películas nos presentan seres antropomorfos, que comparten con nosotros estos mismos planos generales de construcción. Pero ¿es esto posible? ¿Es plausible que un alienígena se parezca tanto a nosotros?

Alienígenas de 'Encuentros en la tercera fase'. Imagen de Columbia Pictures.

Alienígenas de ‘Encuentros en la tercera fase’. Imagen de Columbia Pictures.

La respuesta corta es que nadie lo sabe, dado que, una vez más, aún no conocemos alienígena. Para la respuesta larga, debemos comenzar respondiendo a otra pregunta: ¿la evolución es determinista o indeterminista? Es decir: a partir de una situación inicial y si jugamos la partida dos veces, en la Tierra y en otro planeta, ¿cuánto se parecerá el resultado final en los dos casos?

A su vez, la respuesta corta a esta pregunta es que nadie lo sabe. Hay quienes intuyen que un alienígena debería parecerse algo a nosotros, porque… ¿no? Y hay quienes intuyen que debería ser completamente distinto, porque… también, ¿no?

Pero la simple intuición no responde a la pregunta de hasta qué punto un experimento evolutivo paralelo encontraría o no algunas de las mismas soluciones como adaptaciones favorables en un medio parecido o diferente del terrestre. Haría falta repetir el experimento completo de la evolución, primero en nuestra propia Tierra, después en otros planetas habitables.

Por desgracia, esto no está a nuestro alcance. Tal vez algún día la Inteligencia Artificial logre refinar una simulación lo bastante completa como para darnos pistas reales, pero son tantas las variables implicadas que no será tarea fácil aproximarse lo suficiente a un escenario comparable a la realidad. Sería la simulación más complicada jamás emprendida.

A pesar de todo, tampoco estamos completamente perdidos. Tenemos teorías razonables, y tenemos también algunos datos experimentales que pueden tirar algún que otro raíl en el camino hacia estas respuestas. A continuación les cuento algunas de estas pistas, pero ya les adelanto que la conclusión nos devuelve a la respuesta corta: en realidad, nadie lo sabe.

E. T. Imagen de Universal Pictures.

E. T. Imagen de Universal Pictures.

Comencemos por la teoría. En los años 70 Stephen Jay Gould, una de las mentes más preclaras de la biología evolutiva del siglo XX, defendió la hipótesis de que la evolución no es determinista sino imprevisible, y que si pudiéramos rebobinar la cinta del planeta Tierra unos cuantos millones de años y volver a ejecutar el programa, los humanos ni siquiera estaríamos aquí.

Hay que tener en cuenta que toda la vida en la Tierra (al menos la que conocemos hasta ahora) procede de un antepasado común, el cual ya había adoptado ciertas opciones evolutivas que todos hemos heredado. Al ir diversificándose en ramas separadas, estas a su vez también fueron optando por determinadas soluciones que restringían el repertorio de configuraciones de sus descendientes. Pero según la hipótesis de Gould, que siguen muchos otros biólogos evolutivos, si pudiéramos regresar al comienzo quizá la segunda vez se elegirían soluciones diferentes y todos tendríamos, por ejemplo, simetría radial, como los equinodermos (estrellas y erizos de mar).

La teoría de Gould tendería a rechazar la posibilidad de alienígenas antropomorfos. Pero no todos los expertos están de acuerdo con él. Otros biólogos evolutivos, como Richard Dawkins o Simon Conway Morris, piensan que la evolución es al menos en parte un proceso determinista. Es decir, que desde la misma situación de partida, hay sucesos que tienden a repetirse.

Para comprender lo complicado que resulta teorizar sobre esto, tengamos en cuenta que incluso desde enfoques opuestos puede llegarse a conclusiones parecidas, pero también desde un mismo enfoque puede llegarse a conclusiones opuestas. Dos ejemplos: Conway Morris es creyente, Dawkins es ateo, y ambos son deterministas. Conway Morris es determinista, Gould lo contrario, y ambos se basan en las mismas pruebas, el esquisto de Burgess, un conjunto de fósiles hallado en Canadá a comienzos del siglo XX.

Un fósil de Anomalocaris del esquisto de Burgess. Imagen de Wikipedia / Keith Schengili-Roberts.

Un fósil de Anomalocaris del esquisto de Burgess. Imagen de Wikipedia / Keith Schengili-Roberts.

La razón principal que suelen esgrimir los deterministas es la evolución convergente. A lo largo de la historia de la vida en la Tierra, ha habido innumerables ocasiones en que la evolución ha encontrado las mismas soluciones en ramas independientes del árbol genealógico de los seres vivos.

Por ejemplo, los murciélagos y las aves tienen alas, pero las desarrollaron de forma independiente. Los ojos de los pulpos son pasmosamente parecidos a los nuestros, pero es evidente que ellos y nosotros no procedemos de un antepasado común con ojos. Este año un estudio descubrió que el apéndice, ese colgajo intestinal al que tradicionalmente no se le suponía otra función que llevarnos a Urgencias, ha surgido en la evolución más de 30 veces de forma independiente en unos animales y otros. ¡Más de 30 veces! Esto no solamente nos dice que muy probablemente el apéndice sirve para algo más, sino que es otro magnífico ejemplo de evolución convergente. El propio Conway Morris ha documentado muchos ejemplos en los fósiles de Burgess.

Así que la teoría no nos ofrece una respuesta clara. Pasemos ahora a la práctica: ¿qué nos dicen los experimentos? Obviamente, no podemos regresar al pasado, volver a jugar la partida de la evolución desde el principio y ver qué ocurre. Pero sí podemos hacer lo segundo mejor: ver qué hace la naturaleza en situaciones de evolución a corto plazo, y diseñar experimentos en condiciones controladas donde puedan estudiarse estos trocitos parciales de evolución.

Sobre lo primero, se han estudiado casos en animales como peces y lagartos. Respecto a lo segundo, hace tres años y medio les conté aquí un precioso ejemplo, un experimento con insectos palo llevado a cabo por el español Víctor Soria-Carrasco en la Universidad de Sheffield (Reino Unido). Los investigadores emplearon un tipo de insecto palo californiano que prácticamente nace, vive y muere en la misma planta, y del que existen dos variedades diferentes adaptadas al camuflaje en dos tipos de arbustos. Intercambiando los bichos de planta en unos lugares y otros, podían comparar los cambios genéticos que se producían entre dos de estos experimentos evolutivos independientes.

El resultado fue que en la evolución de estos bichos palo había un 80% de cambios diferentes y un 20% de cambios comunes. O sea, que a pesar de que mayoritariamente la evolución seguía caminos distintos en dos partidas diferentes, había un 20% de evolución convergente, o un 20% de determinismo evolutivo. Por supuesto que entre este caso y la evolución de la vida en otro planeta media un abismo, pero esta era la especulación de Soria-Carrasco sobre si los alienígenas podrían seguir caminos evolutivos parecidos a los nuestros: “muchas cosas serían diferentes, pero probablemente seríamos capaces de distinguir un tema central que siempre sería el mismo”.

El experimento más extenso de la historia de la ciencia para entender cómo funciona la evolución se desarrolla desde hace 30 años en la Universidad de Harvard. En febrero de 1988, el biólogo evolutivo Richard Lenski sembró bacterias Escherichia coli en 12 frascos con medio líquido de cultivo, algo habitual en muchos laboratorios de biología. Pero Lenski dejó a las bacterias la glucosa justa solo para sobrevivir durante la noche hasta la mañana siguiente, y por la tarde recogió a las supervivientes para trasvasarlas a un nuevo cultivo. Así, día tras día, durante más de 29 años.

Con la limitación de alimento, Lenski introducía un factor de presión para dirigir la evolución de las bacterias; tal como hace la selección natural, solo las bacterias mejor adaptadas al medio sobrevivirían. Cada 75 días, lo que equivale a unas 500 generaciones de E. coli, los investigadores congelan una parte de los cultivos para capturar una foto del proceso evolutivo. Analizando los genes de las bacterias en estos distintos momentos del proceso, pueden observar cómo están evolucionando, y comparar las 12 líneas entre sí para analizar si siguen los mismos caminos evolutivos o no. En total, en los casi 30 años del experimento se han sucedido más de 68.000 generaciones de bacterias, lo que equivale a más de un millón de años de evolución humana.

Y después de todo esto, el resultado es…

Durante los primeros miles de generaciones, los investigadores observaron que las bacterias seguían caminos al menos no totalmente separados. Los diferentes cultivos tendían a mostrar mutaciones diferentes, pero en los mismos genes. E incluso con las diferencias, todas mostraban un patrón común: las células se hacían más grandes, crecían más deprisa y aprovechaban mejor la glucosa. Esto parece un claro caso de evolución convergente.

Pero ¡oh, sorpresa! De repente, transcurridas unas 31.000 generaciones, una de las 12 líneas empezó a dejar de lado la glucosa y a comer citrato, otra fuente de carbono presente en el medio. Solo una de las 12 líneas. Dado que una característica de E. coli es la incapacidad de metabolizar el citrato, esta línea está evolucionando por el camino de convertirse en una nueva especie diferente. Y esto parece un claro caso de evolución no determinista.

Con todo esto, ¿qué opinan Lenski y sus colaboradores sobre el grado de determinismo de la evolución? Según su último estudio, esto: “nuestros resultados muestran que la adaptación a largo plazo a un ambiente constante puede ser un proceso más complejo y dinámico de lo que a menudo se asume”.

Sí, sí, vuelvan a leer la frase, y la segunda vez les dirá lo mismo: nada. Una paráfrasis para decir que, en realidad, no se sabe. Ya les advertí de que aún no tenemos una respuesta definitiva sobre si Gould o Conway Morris, y por tanto sobre si sería posible que en otro planeta evolucionara una especie básicamente similar a la nuestra. Pero quiero dejarles otro ejemplo de un experimento natural que nos ha permitido observar cómo funciona la evolución. Ese experimento se llama Australia.

La idea, de la que también les hablé aquí, es del científico planetario Charley Lineweaver. Es lo que él llama “la falacia del planeta de los simios”, o la idea popular de que, como decía Carl Sagan, en otros planetas habitados debe llegarse a un equivalente funcional del ser humano. Lineweaver pone como ejemplo su propio país, una gran isla separada del resto de los continentes desde hace unos 100 millones de años.

De este modo, Australia ha sido un experimento natural de evolución independiente durante millones de años. Y como decía Lineweaver, ¿qué es lo que ha surgido allí? Canguros. La aparición de los humanos en el gran bloque Eurasiafricano no ha interferido absolutamente de ninguna manera en la evolución australiana. Y sin embargo, allí la evolución no ha producido nada similar a los seres humanos. Si Australia fuera la única tierra seca de todo el planeta, no estaríamos aquí. Y por tanto, no hay evolución convergente; si los canguros tienen brazos y piernas como nosotros, es solo porque el antepasado común que compartimos con ellos ya los tenía.

Por todo lo anterior, los científicos no suelen arriesgarse a inventar aliens, a riesgo de ver su credibilidad dañada. Hay excepciones: en los años 70, Carl Sagan propuso un ecosistema modelo para un planeta joviano, un gigante gaseoso como Júpiter. Sagan imaginó varios linajes de seres voladores que controlarían su flotación a través de los distintos niveles de densidad de la atmósfera, formando una cadena alimentaria cuya base estaría sustentada por una especie de plancton atmosférico que se alimentaría de los nutrientes moleculares presentes en el gas. Así lo contaba Sagan en su mítica serie Cosmos:

Como resumen de todo lo contado aquí, mejor quédense con esta cita del gran maestro Sagan:

La biología es más parecida a la historia que a la física. Hay que conocer el pasado para comprender el presente. No hay predicciones en la biología, igual que no hay predicciones en la historia. La razón es la misma: ambas materias son todavía demasiado complicadas para nosotros. Aunque podemos comprendernos mejor comprendiendo otros casos.

A pesar de todo, si es extremadamente difícil aventurar cómo podría ser un alienígena, en cambio es más posible predecir cómo no podría ser. Como les contaba en la entrega anterior, no todo vale, y con esto podríamos arriesgarnos a construir una lista de reglas que debería cumplir un alienígena de ficción para ser mínimamente plausible. Vuelvan otro día y se lo cuento.

¿Son plausibles los alienígenas de la ciencia ficción? (I)

En una ocasión ya conté aquí que ocurre algo muy curioso con la relación entre cine y ciencia. Mientras que múltiples expertos en mútiples webs suelen llevar las películas de ciencia ficción a la rueda de interrogatorios para destripar su plausibilidad científica y sacar a relucir sus errores, tanto los expertos como los errores suelen ceñirse a la física. En cambio, la biología suele olvidarse. Al fin y al cabo, como aún no tenemos la menor idea de cómo son los alienígenas –si es que existen–, todo vale. ¿No?

Pues no, no todo vale. De hecho, probablemente no valgan más cosas de las que valen. La biología tiene sus propias reglas. En último término, la biología es una aplicación de la física y la química, y aunque el mayor número de variables aumenta la cota de incertidumbre, está claro que hay cosas que no pueden ser de ninguna manera.

Por ejemplo, las críticas científicas de la saga Alien analizan los bocados relativos a las naves, el espacio, la presión, la gravedad y cosas por el estilo. Pero nunca he leído ninguna (aunque probablemente exista sin que yo la haya descubierto) que abra el siguiente y evidente melón: es enormemente cuestionable que un organismo pueda multiplicar su tamaño y peso de forma desmedida en horas o días; pero desde luego, es absolutamente imposible que lo haga sin alimentarse de la materia necesaria para ganar ese aumento de peso y volumen.

Alien: Covenant. Imagen de 20th Century Fox.

Alien: Covenant. Imagen de 20th Century Fox.

La materia no se crea ni se destruye; para que un ser vivo multiplique su peso por diez, necesita incorporar una cantidad de materia aún mayor, teniendo en cuenta que una gran parte de su alimento se excretará en forma de desechos o para mantener funciones básicas como la refrigeración (sudor). Conclusión: a no ser que se inflen simplemente con aire, ni un pulpo, ni un percebe ni un xenomorfo pueden crecer de la nada en unas horitas.

Plantear un alienígena plausible no es tarea fácil, dado que en efecto aún no conocemos ninguno. Pero son tantos los frentes a cubrir, el biofísico, el bioquímico, el bioenergético, el fisiológico, el ecológico o el evolutivo, que casi todo alienígena inventado corre el riesgo de hacer aguas por un lado u otro, incluso en aspectos tan aparentemente nimios como el que ya conté aquí a propósito de Chewbacca: dado que el folículo piloso y la glándula sudorípara son especializaciones de la piel mutuamente excluyentes, los animales peludos (salvo los caballos, un caso peculiar que también comenté) no sudan lo suficiente como para regular su temperatura, por lo que los wookies deberían pasarse toda la saga de Star Wars jadeando como los perros.

Ya, ya, es cierto que George Lucas nunca ha pretendido que Star Wars sea científicamente creíble. (Pero esperen: ¿no era este el mismo tipo que se inventó aquello de los midiclorianos en analogía con la teoría de la endosimbiosis para convertir la Fuerza en, según sus propias palabras, “una metáfora de una relación simbiótica que permite la existencia de vida”?)

Es más; incluso solucionar el problema del frío cubriendo a los alienígenas de una gruesa capa de pelo es cuando menos infundado. Hoy parece suficientemente demostrado que el pelo de los mamíferos y las plumas de las aves proceden evolutivamente de las escamas de los reptiles, y que los genes específicos para fabricar pelo ya existían en estos últimos antes de que engendraran las ramas que darían lugar a los otros dos grupos.

Por lo tanto, los mamíferos no inventaron realmente el material básico del pelo, sino que se limitaron a modificar algo que habían heredado de los reptiles para acomodarlo a sus necesidades (por decirlo de algún modo; entiéndase que la evolución no tiene propósitos ni intenciones); entre ellas, la protección térmica. Esto de aprovechar un invento de la evolución para otro fin diferente al original se conoce en biología como exaptación.

Pero los reptiles en los que surgió el material necesario para crear el pelo vivían en climas cálidos, por lo que originalmente este mecanismo no era un invento contra el frío. En resumen, es probable que una especie alienígena que ha evolucionado en un planeta helado no lleve pelo para abrigarse, sino algún otro tipo de ingenio evolutivo más específicamente adaptado a esa misión.

Recordando los alienígenas de casi cualquier película que nos venga a la mente, es inmediato que suelen fallar en un aspecto u otro, o en todos. Por ejemplo, todo ser complejo tiene una forma definida, ya que es una regla básica de la biología que la complejidad requiere un alto grado de especialización estructural. Así que no es posible cambiar de forma alegremente cada minuto o tomar el aspecto de otros organismos, salvo que seas algo tan poco inteligente como un moho mucilaginoso. Adiós a La cosa y a las múltiples versiones de La invasión de los ultracuerpos.

La cosa (versión de 1982). Imagen de Universal Pictures.

La cosa (versión de 1982). Imagen de Universal Pictures.

Tampoco existen los seres vivos aislados, ni como especies ni como individuos. En su día, el astrofísico Carl Sagan hizo un cálculo de cuántos monstruos del lago Ness podrían existir si existía alguno, aunque aplicó exclusivamente criterios de física de colisiones. Pero además todo organismo necesita lo que en biología se conoce como Población Mínima Viable, un número de ejemplares que permita la supervivencia de la especie con una diversidad genética suficiente como para perpetuarse sin acabar degenerando hasta la extinción. Y toda especie requiere un aporte de biomasa, así que un alienígena viable depende de un ecosistema que le sostiene.

Otro error frecuente es pasear a los alienígenas por el medio terrestre como si estuvieran en su casa. No se trata solo de la respiración de nuestra atmósfera, sino que la Tierra impone una multitud de condiciones ambientales que podrían resultar hostiles y hasta invivibles para una especie surgida en otro planeta diferente, desde nuestra gravedad hasta nuestros niveles de irradiación, o incluso las amenazas biológicas que nosotros hemos aprendido durante millones de años a mantener a raya.

Un ejemplo muy bien concebido de esto último eran los marcianos de H. G. Wells en La guerra de los mundos, que sucumbían a las bacterias terrestres al carecer de nuestra inmunidad. Wells era biólogo, así que ya hace un siglo predecía que el mayor riesgo para un marciano durante una invasión terrestre no serían los humanos, sino las infecciones.

La guerra de los mundos (versión de 2005). Imagen de Paramount Pictures / DreamWorks Pictures.

La guerra de los mundos (versión de 2005). Imagen de Paramount Pictures / DreamWorks Pictures.

En cuanto a las presuntas bioquímicas alternativas propuestas a menudo en la ciencia ficción, a veces son pura fantasía sin el menor sustento científico. El ejemplo más clásico es el silicio como alternativa al carbono. Una regla básica de la vida es que empleamos materia para alimentar nuestros procesos vitales gracias a la energía almacenada en los enlaces químicos de esas sustancias. Como resultado del proceso, generamos compuestos degradados con un nivel energético menor; es una simple resta. Cuando los organismos terrestres consumimos compuestos orgánicos para alimentarnos, producimos agua y dióxido de carbono (CO2) como productos finales. Son los residuos oxidados de la actividad biológica.

El CO2 es un gas a temperatura ambiente, motivo por el cual lo evacuamos fácilmente. Pero aunque el silicio ofrezca una estructura atómica equiparable a la del carbono en sus posibilidades de formar enlaces, algunos de sus compuestos tienen propiedades químicas notablemente diferentes.

Por ejemplo, el dióxido de silicio (SiO2) es sólido; para entendernos, básicamente es arena. Su temperatura de fusión es de 1.713 ºC, y la de ebullición es de 2.950 ºC; nos pongamos como nos pongamos, temperaturas incompatibles con cualquier forma de vida. En la Tierra, muchos organismos emplean SiO2 precisamente por su dureza, como material de construcción o defensa contra depredadores. Pero una situación muy diferente sería producirlo como residuo metabólico, ya que sería muy difícil eliminarlo de forma constante y en grandes cantidades. ¿Imaginan cómo podríamos estar continuamente expulsando arena de nuestros pulmones?

Un alienígena basado en el silicio en el episodio 'The Devil in the Dark' de la serie 'Star Trek' (1967). Imagen de CBS Television Distribution.

Un alienígena basado en el silicio en el episodio ‘The Devil in the Dark’ de la serie ‘Star Trek’ (1967). Imagen de CBS Television Distribution.

En la próxima entrega seguiremos hablando de esta cuestión, entrando en otro de los clásicos de la ciencia ficción: los alienígenas con forma más o menos humana. ¿Es plausible que en un planeta muy diferente del nuestro evolucionen seres antropomorfos?

¿Adiós al agua líquida en Marte?

Cualquiera que haya dado un paseo por este blog sabrá que aquí se apoya la exploración espacial tripulada. Los motivos no son estrictamente científicos. Ateniéndonos solo a la ciencia, la defensa de las sondas robóticas tiene todos los argumentos a favor. El uso de máquinas para explorar el Sistema Solar ha aportado innumerables hallazgos valiosos, a un precio ridículo en comparación con lo que costaría enviar gente a las mismas misiones. Y los ingenieros cada vez están logrando avances más increíbles al lograr empaquetar en estas sondas tipos de aparatos que antes solo eran concebibles en un laboratorio terrestre, como el espectrómetro Raman que viajará a Marte en 2020 a bordo del rover europeo de la misión ExoMars.

Pero dejando aparte que la especie humana está destinada o condenada (utilícese el verbo que cada cual prefiera según que esto le parezca un destino o una condena) a expandirse algún día más allá de su cuna, como ha hecho a lo largo de toda su historia, las sondas tienen limitaciones. Los datos que aportan a veces dejan tanto margen a la interpretación que las conclusiones pueden fallar. Les cuento un caso actual.

En 2010, el entonces estudiante universitario (y guitarrista de heavy metal, que esto también suma) Lujendra Ojha, trabajando en la Universidad de Arizona bajo la dirección del geólogo planetario Alfred McEwen, analizó las fotos de Marte tomadas por la cámara HiRISE de la sonda Mars Reconaissance Orbiter (MRO) de la NASA. En las imágenes observó unas peculiares marcas oscuras en algunas laderas marcianas, como las que dejaría un torrente de agua al fluir por una duna de arena.

Al año siguiente, el análisis de los datos se publicaba en la revista Science. Los investigadores llamaban a estas marcas Líneas Recurrentes en Pendiente (en inglés, Recurring Slope Lineae o RSL), un nombre que no hacía referencia alguna a una posible naturaleza líquida. Pero en el estudio se atrevían a apostar: “Salmueras líquidas cerca de la superficie podrían explicar esta actividad, pero el mecanismo exacto y la fuente de agua aún no se conocen”.

RSL (marcas oscuras) en el cráter Horowitz de Marte. Imagen de NASA/JPL/University of Arizona.

RSL (marcas oscuras) en el cráter Horowitz de Marte. Imagen de NASA/JPL/University of Arizona.

En el ambiente marciano es difícil que exista agua líquida. Su atmósfera es tan tenue que el agua pura hierve a solo 10 ºC, lo que unido al intenso frío deja muy poco margen: en las condiciones más habituales allí, el hielo se sublima, pasa directamente a la fase de vapor. Únicamente el agua con una gran concentración de sal, una salmuera, podría circular en estado líquido, y solo en ciertos lugares del planeta y durante ciertas épocas del año. Pero curiosamente, Ojha había detectado que las RSL aparecían en las estaciones templadas para desaparecer en las más frías.

Con todo esto, la posibilidad de que las RSL contuvieran agua líquida tenía bastante sentido, sobre todo después de que en 2009 la sonda Phoenix de la NASA posada en suelo marciano hubiera detectado unas gotitas en sus propias patas que los responsables de la misión interpretaron como agua líquida (lo conté aquí en el diario para el que entonces trabajaba). Había sed de agua en Marte, y el estudio de Ojha y McEwen fue recibido con enorme entusiasmo: donde hay agua líquida, puede haber vida.

El entusiasmo se desbordó cuatro años después, en 2015, cuando un nuevo estudio publicado en Nature Geoscience por Ojha, McEwen y sus colaboradores presentaba los datos del espectro luminoso en la región de las RSL. Estudiando la composición de las ondas de la luz reflejada, los científicos pueden aproximarse a saber qué tipo de compuestos están presentes en el terreno. Y en este caso, los resultados indicaban que las RSL contenían sales hidratadas.

Aún más, las sales presentes parecían ser percloratos, un tipo de sustancia descubierta en Marte años antes por la Phoenix y que, en suficiente cantidad, podría dar un margen a la existencia de agua líquida entre -70 y 24 ºC. “Nuestros hallazgos apoyan poderosamente la hipótesis de que las RSL se forman como resultado de la actividad contemporánea de agua en Marte”, escribían los investigadores. Pero en la rueda de prensa celebrada para presentar los resultados, el Director de Ciencia Planetaria de la NASA, Jim Green, dejaba de lado el prudente lenguaje formal de los estudios científicos: “Bajo ciertas circunstancias, se ha encontrado agua líquida en Marte”.

Con esta tajante afirmación de Green, la presencia de agua líquida en Marte quedaba a todos los efectos oficialmente convertida en eso que en el lenguaje de la calle suele llamarse algo “científicamente demostrado”. Pero ya lo he dicho aquí muchas veces: la ciencia sirve para refutar, no para demostrar. Y en efecto, refuta.

Las dudas comenzaron a surgir en agosto de 2016, cuando un nuevo estudio dirigido por el investigador de la Universidad del Norte de Arizona Christopher Edwards y publicado en Geophysical Research Letters analizaba datos térmicos de las RSL recogidos por la sonda Mars Odyssey de la NASA, en la órbita marciana. La conclusión desinflaba el globo del agua marciana: “las diferencias de temperatura superficial entre los terrenos con y sin RSL son consistentes con la ausencia de agua en las RSL”, decía el estudio. También en este caso, Edwards era más contundente en sus declaraciones, comparando el contenido en agua de las RSL con el de “las arenas desérticas más secas de la Tierra”.

El estudio de Edwards aún dejaba la puerta entreabierta a la posibilidad de que existiera algo de agua en las cabeceras de las RSL. Pero ahora, un nuevo estudio añade un clavo más al ataúd del agua líquida marciana. Algunos de los autores originales del descubrimiento de las RSL, incluyendo a McEwen pero no a Ojha, han vuelto a analizar imágenes en 3D de 151 RSL tomadas por la MRO, llegando ahora a la conclusión de que los presuntos torrentes marcianos probablemente no contienen otra cosa que polvo y arena, como las pequeñas avalanchas que se producen en las dunas de los desiertos terrestres.

RSL en el cráter Tivat de Marte. Imagen de NASA/JPL/University of Arizona/USGS.

RSL en el cráter Tivat de Marte. Imagen de NASA/JPL/University of Arizona/USGS.

“Los volúmenes de agua líquida pueden ser pequeños o cero”, escriben los investigadores en su estudio, publicado en Nature Geoscience. Según el coautor del trabajo Colin Dundas, “las pendientes son más bien lo que esperaríamos de arena seca. Esta nueva comprensión de las RSL apoya otras pruebas de que hoy Marte es muy seco”.

Los científicos aún no saben cómo se forman las RSL, ni por qué son estacionales. Tampoco descartan la posibilidad de que algo de agua intervenga en su origen, ya que la presencia de las sales hidratadas parece firme. Pero en cualquier caso, la cantidad de agua posiblemente asociada a los percloratos sería insuficiente para sostener la vida microbiana, según los investigadores.

Dejando aparte la valiosa lección –que otros ámbitos de la actividad humana deberían imitar– de cómo los científicos son capaces de rectificar, llegamos a una conclusión obvia. Y es que todo este batiburrillo, con años de investigación y resultados inciertos o conflictivos, se resolvería en apenas unas horas con un ser humano pisando el terreno, acercándose a una RSL, observando, recogiendo muestras y analizándolas in situ. Sin errores, dudas ni rectificaciones, mañana mismo sabríamos definitivamente si hay o no hay agua líquida en las RSL.

La Tierra, como nunca antes la han visto y escuchado

Hay pocas palabras que añadir al vídeo que hoy les traigo. Si acaso, detallarles a quién debemos esta obra.

Lo que van a ver es un vídeo de grabaciones tomadas desde la Estación Espacial Internacional (ISS, en inglés) por los miembros de la expedición número 52, que subió al ganso espacial en un cohete Soyuz el pasado 28 de julio. En concreto, las imágenes fueron capturadas entre agosto y octubre por el comandante Randy Bresnik, de la NASA, y los ingenieros de vuelo Sergey Ryazanskiy de la agencia rusa Roscosmos y Paolo Nespoli de la Agencia Europea del Espacio (ESA).

Imagen de la costa sureste de España (abajo a la izquierda) y norte de Marruecos y Argelia desde la Estación Espacial Internacional. Imagen de NASA.

Imagen de la mitad sur de España (abajo a la izquierda) y norte de África desde la Estación Espacial Internacional. Imagen de NASA.

Con el extenso material captado por los astronautas, el equipo de comunicación del Centro Espacial Johnson de la NASA creó un montaje de unos cuatro minutos que ya de por sí es estremecedor, pero que lo es mucho más gracias a la elección del fondo musical: la versión del clásico The sound of silence de Simon & Garfunkel que hace un par de años catapultó a las listas de éxitos a la banda de heavy metal de Chicago Disturbed.

La versión es excelente, pero si manejan el inglés les aconsejo vivamente que no se pierdan la letra de la canción, si no la conocían o no se habían fijado en ella. Pueden encontrar el texto aquí. Las crónicas que circulan no aclaran de forma inequívoca cuál fue la inspiración de Paul Simon cuando la compuso a comienzos de los 60, o si había una referencia oculta tras aquellos versos. Pero está claro que la canción habla de la incomunicación entre los seres humanos, de los errores de la humanidad y de lo perdidos que estamos a la hora de seleccionar nuestros ídolos. Todo ello pensado, escuchado y observado mientras contemplamos el paso por nuestro gran y maltrecho hogar común a 400 kilómetros de altura adquiere un significado especialmente demoledor.

El vídeo se cierra con una cita de los astronautas: “compartiendo la incomparable belleza silenciosa de nuestro planeta con todos nuestros compañeros de viaje en esta nuestra nave Tierra”.

Tuve un compañero periodista que aborrecía la palabra “hermoso” por cursi. Y probablemente tenía razón. Pero cuando uno rastrea el diccionario de sinónimos y encuentra cosas como bello, bonito, lindo, agraciado, precioso y majo, pues qué quieren que les diga: hermoso. Entre un amanecer y un anochecer recorremos un lugar increíblemente hermoso, una joya del universo que a vuelo de satélite parece relajante y apacible, pero donde al mismo tiempo se están cometiendo miles de actos atroces.

Si el vídeo les pone la piel de gallina, esto también puede explicarlo la ciencia. Otro día si acaso se lo cuento.

Así se forja un Ig Nobel: las ovejas reconocen a Obama y Emma Watson

Hace cosa de un par de meses contaba aquí el palmarés de este año de los premios Ig Nobel, entregados cada año por la web Improbable Research a investigaciones publicadas que “primero hacen reír y luego hacen pensar”.

Acaba de publicarse un estudio que está pidiendo a gritos un premio en una próxima edición: las ovejas aprenden rápidamente a identificar a personajes como Barack Obama o la actriz Emma Watson (Hermione en Harry Potter), con un grado de acierto que se queda ligeramente por debajo del de nosotros los humanos. Que, dicho sea de paso, y con la excepción de los pastores, difícilmente somos capaces de diferenciar a una oveja de otra oveja.

Tres investigadoras del Departamento de Fisiología, Desarrollo y Neurociencias de la Universidad de Cambridge (Reino Unido) entrenaron a un grupo de ovejas de la raza galesa de montaña para reconocer fotos de Obama, Watson, el también actor Jake Gyllenhaal y la presentadora británica Fiona Bruce. En el dispositivo utilizado por las científicas, en primer lugar se mostraba a las ovejas una pantalla con la foto del personaje, junto a otra pantalla en negro. Cada vez que el animal escogía la imagen, recibía comida como recompensa.

Después del aprendizaje, las ovejas regresaban al recinto a hacer el test. En este caso se les volvían a presentar los rostros de los mismos personajes, pero en la otra pantalla se mostraba la cara de otra persona del mismo género y etnia. En el 80% de las ocasiones, las ovejas elegían la foto del personaje famoso. Ensayos similares realizados en humanos con imágenes de caras desconocidas –las ovejas no leen el New York Times ni van al cine– han dado tasas de reconocimiento del 90%.

Experimento de reconocimiento facial. Imagen de Knolle et al., Royal Society Open Science.

Experimento de reconocimiento facial. Imagen de Knolle et al., Royal Society Open Science.

Pero esperen, que aún hay más. Para comprobar si las ovejas en realidad reconocían a las personas o simplemente habían aprendido a distinguir una imagen concreta, a continuación las investigadoras repitieron la prueba, pero en este caso cambiando las fotos presentadas a los animales durante el entrenamiento por otras de los mismos personajes con la cara girada en un ángulo. Incluso en este caso, acertaron en el 66% de las ocasiones. En humanos, la tasa de acierto en esta prueba es del 76%, solo diez puntos por encima de las ovejas. Cuando las investigadoras hicieron el ensayo de reconocimiento con fotos de los cuidadores de las ovejas en el recinto de la Universidad, los animales acertaban en 7 de cada 10 ocasiones sin ningún entrenamiento previo.

Vean un resumen del experimento en este vídeo:

Por algún motivo, los humanos tendemos a pensar en las ovejas como animales estultos o simplones. Probablemente sea por nuestros criterios antropocéntricos: los animales que más se nos parecen tienden a percibirse como más a nuestra altura, y esos ojos de algunos herbívoros con sus pupilas horizontales nos resultan extraños y poco familiares. Confieso que creo haber empleado alguna vez la metáfora de la mirada ovina para describir a una persona con un aspecto poco avispado. Sin embargo, varias investigaciones anteriores han revelado que las ovejas son notablemente listas a la hora de reconocer no solo a sus semejantes, sino también caras humanas y objetos.

El nuevo estudio muestra por primera vez que también son capaces de interpretar los rasgos de un rostro humano cuando se presenta en una perspectiva diferente a la que han aprendido; esta capacidad de extrapolar una imagen de dos dimensiones a tres “anteriormente solo se había demostrado en los humanos”, escriben la neurocientífica Jennifer Morton y sus colaboradoras en su estudio, publicado en la revista Royal Society Open Science. Las autoras concluyen que la capacidad de las ovejas de reconocer caras es comparable a la de los humanos y otros primates.

Pero más allá de lo anecdótico, el estudio tiene un propósito relevante no solo en el campo del comportamiento animal. Morton y su grupo se dedican a estudiar la enfermedad de Huntington, un mal neurodegenerativo que va socavando las capacidades mentales de quienes lo sufren. Morton emplea las ovejas como modelo para estudiar esta dolencia. De hecho, algunos de los animales de este peculiar rebaño universitario llevan una mutación que produce la enfermedad, y la investigadora espera poder estudiar el deterioro cognitivo con el fin de mejorar los tratamientos. Primero reír, luego pensar; por favor, marchando un Ig Nobel.

Inteligencia Artificial sin supervisión humana: ¿qué puede salir mal?

El físico Stephen Hawking lleva unos años transmutado en profeta del apocalipsis, urgiéndonos a colonizar otros planetas para evitar nuestra pronta extinción, advirtiéndonos sobre los riesgos de contactar con especies alienígenas más avanzadas que nosotros, o alertándonos de que la Inteligencia Artificial (IA) puede aniquilarnos si su control se nos va de las manos.

En su última aparición pública, en una entrevista para la revista Wired, Hawking dice: “Temo que la IA reemplace por completo a los humanos. Si la gente diseña virus informáticos, alguien diseñará IA que mejore y se replique a sí misma. Esta será una nueva forma de vida que superará a los humanos”. Los temores de Hawking son compartidos por personajes como Elon Musk (SpaceX, Tesla), pero no por otros como Bill Gates (Microsoft) o Mark Zuckerberg (Facebook).

Stephen Hawking en la Universidad de Cambridge. Imagen de Lwp Kommunikáció / Flickr / CC.

Stephen Hawking en la Universidad de Cambridge. Imagen de Lwp Kommunikáció / Flickr / CC.

La referencia de Hawking a los virus informáticos es oportuna. Como he contado recientemente en otro medio, los primeros virus creados en los años 70 y a principios de los 80 en los laboratorios de investigación no eran agresivos, sino que eran herramientas experimentales destinadas a medir el tamaño de la red o a probar su capacidad de diseminación. O se trataba de simples bromas sin malicia. El primer virus nocivo, llamado Brain y creado por dos hermanos paquistaníes en 1986, era tan inocente que sus autores incluían su información de contacto para distribuir la cura. Brain era un virus justiciero, que tenía por objeto castigar a quienes piratearan el software desarrollado por los dos hermanos.

Pero cuando la computación viral escapó del laboratorio y llegó a los garajes, pronto comenzaron a aparecer los virus realmente tóxicos, algunos creados con ánimo de lucro, otros simplemente con ánimo de hacer daño por hacer daño. Una vez que los sistemas de IA se popularicen y se pongan al alcance de cualquier persona con más conocimientos informáticos que conciencia moral, es evidente que habrá quienes quieran utilizarlos con fines maliciosos.

Y cuando esto ocurra, puede ser difícil evitar desastres, dado que uno de los objetivos actuales de los investigadores es precisamente desarrollar sistemas de IA que puedan funcionar sin intervención humana.

Un ejemplo lo conté ayer a propósito de la aproximación de la realidad virtual a la real, y es importante insistir en cuál es la diferencia entre los rostros creados por NVIDIA que mostré ayer y las casi perfectas recreaciones digitales que hoy vemos en el cine de animación y los videojuegos. Como ejemplo, el Blog del Becario de esta casa contaba la historia de una pareja de artistas digitales japoneses que producen caracteres humanos hiperrealistas como Saya, una chica virtual. Pero los personajes que producen Teruyuki y Yuka Ishikawa, aunque lógicamente generados por ordenador, llevan detrás un largo trabajo de artesanía digital: según los Ishikawa, todas sus texturas son pintadas a mano, no clonadas de fotografías.

Por el contrario, en la creación de las celebrities virtuales de NVIDIA que traje ayer aquí no ha intervenido la mano de ningún artista: han sido generadas enteramente por las dos redes neuronales que componen la GAN, en un proceso sin supervisión humana.

La eliminación del factor humano ha sido la clave también en el desarrollo de AlphaGo Zero, la nueva máquina de DeepMind (Google) para jugar al juego tradicional chino Go. La generación anterior aprendía analizando miles de partidas de los mejores jugadores del mundo. Gracias a este aprendizaje, la anterior versión de AlphaGo consiguió vencer al campeón mundial, el chino Ke Jie. Ke describió la máquina de DeepMind como el “dios del Go”.

Juego del Go. Imagen de PublicDomainPictures.net.

Juego del Go. Imagen de PublicDomainPictures.net.

Pero para crear AlphaGo Zero, los investigadores de DeepMind han decidido prescindir de la enseñanza humana: simplemente le han suministrado las reglas básicas del juego, y han dejado que sea la propia máquina la que se enseñe a sí misma. Los resultados son escalofriantes: en solo tres días de aprendizaje, Zero ganó cien partidas de cien a AlphaGo Lee, una versión más antigua. En 21 días alcanzó el nivel de AlphaGo Master, la versión que venció a Ke. En 40 días, Zero se convirtió indiscutiblemente en el mejor jugador de Go del mundo y de la historia, acumulando un conocimiento superior a miles de años de práctica.

Los creadores de la red neuronal de Zero escribieron en la revista Nature que su capacidad es “sobrehumana”. El científico computacional Nick Hynes, que no participó en el trabajo, dijo a Gizmodo que Zero es “como una civilización alienígena inventando sus propias matemáticas”.

La lección aprendida del caso de Zero es que, al menos en ciertos campos, la IA progresa mucho más deprisa y con mayor eficacia cuando prescinde de la enseñanza de esos torpes seres orgánicos llamados humanos. Basándose en este principio, la nueva tecnología desarrollada por Google y llamada AutoML consiste en dejar que las redes neuronales las diseñen las propias redes neuronales; es decir, crear IA que a su vez crea mejores versiones de IA. Máquinas que diseñan máquinas. Como Skynet, pero sin robots.

¿Qué puede salir mal? Es cierto que numerosos expertos en computación y en IA califican a Hawking de alarmista, y sus opiniones de perniciosas para la imagen pública de la IA, y aclaran que los sistemas con capacidad de traernos el apocalipsis de la saga Terminator aún son solo cosas de la ciencia ficción. Al fin y al cabo, concluyen estos expertos, Hawking no es un especialista en IA.

Pero dejando aparte que una de las mentes más brillantes del mundo merece crédito y atención cuando opina sobre cualquier cosa que le dé la gana –faltaría más, si hasta se les pregunta a los futbolistas sobre política–, y que en realidad la especialidad de Hawking, y lo que ha hecho maravillosamente bien, es precisamente hacer predicciones teóricas a través de largas y complicadas cadenas de razonamientos lógicos con variables a veces desconocidas… Incluso dejando aparte todo esto, ¿quién es el que despacha los títulos de especialista en predecir el futuro?