No, la ganadería no emite más gases de efecto invernadero que el transporte

Uno de los grandes logros de la lucha contra el cambio climático, aparte por supuesto de impulsar las acciones destinadas a combatirlo, es conseguir que la realidad científica se imponga a los prismas ideológicos o políticos. El hecho de que uno sea de derechas o de izquierdas, mainstream o alternativo, mediopensionista o de solo desayuno, defensor del roscón de reyes con fruta escarchada o sin ella, no cambia el hecho científico de que el cambio climático antropogénico existe. Y aunque algunos no reconocerían que el ácido fluoroantimónico es extremadamente corrosivo ni aunque vieran cómo disuelve su propio dedo, en estos casos es evidente de qué parte está la realidad y de cuál la fantasía.

No obstante, el trabajo de la ciencia no ha terminado, ni muchísimo menos. Y en esta época en que las fake news suelen ser más virales que las noticias verídicas, la ciencia no debe perder la vigilancia para salir al paso de aquellas proclamas que no son ciertas, pero que muchos aceptan como tales sin espíritu crítico, solo por el hecho de que nadan a favor de su corriente.

Sobre todo cuando es la ciencia la que ha metido la pata en primer lugar. Por supuesto, la ciencia no es infalible. Se equivoca, y por eso se vigila a sí misma para corregir continuamente sus errores, al contrario que los sistemas subjetivos de conocimiento como las ideologías o las religiones. Cada año se retractan cientos de estudios, una media de cuatro de cada 10.000 publicados; trabajos en los que se demuestra que hubo fraude deliberado por parte de los autores (un 60% de los casos), o mala ciencia, o situaciones aún más complicadas, cuando se hace ciencia rigurosa y concienzuda pero se descubre de repente que la metodología era defectuosa.

De esto hemos conocido un caso curioso esta semana, al detectarse que un software estadístico usado en ciertos estudios arroja resultados distintos según el sistema operativo del ordenador en el que se ejecuta, por un fallo en el código. Como ya he explicado aquí, solo cuando numerosos estudios impecables apuntan a las mismas conclusiones es cuando puede darse una conclusión por válida.

Lo que ocurre es que, cuando se trata de conclusiones que entroncan directamente con sesgos ideológicos o políticos, la retracción suele causar el mismo efecto en la opinión de muchos que el ácido disolviendo el dedo: ninguno.

Este es el caso de la historia que traigo hoy. A propósito de mi anterior artículo, en el que describía la visión de numerosos expertos sobre la necesidad de consumir menos, y no de consumir verde, para luchar contra el cambio climático (el artículo no estaba escrito para dar voz a mi propia opinión, a pesar de la impresión que pueda dar el título; me limito a traer la ciencia que publican los científicos, aunque soy consciente de que no incluir el típico y pesado arranque de “investigadores dicen que…” puede dar la impresión errónea de que esto es una tribuna personal, cosa que no es), ha sucedido algo completamente esperable.

Y es que algunos lectores han aprovechado la ocasión para airear la proclama de que sobre todo hay que dejar de consumir carne, ya que, dicen, la ganadería produce más emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) que todo el sector global del transporte. Sobre los móviles y la tecnología que menciono en el artículo, ni pío.

Mercado de ganado en Mali. Imagen de ILRI / Wikipedia.

Mercado de ganado en Mali. Imagen de ILRI / Wikipedia.

El hecho de que alguien piense que es un asesinato matar animales para alimentarnos es una opinión subjetiva defendible; no avalada por las leyes, pero filosóficamente defendible (filosóficamente, porque viene arraigada y avalada en el trabajo de ciertos filósofos). Siempre que uno acepte eso, que es solo una opinión subjetiva. Yo podría pensar que debería ser un delito de tentativa de homicidio imprudente utilizar el móvil mientras se conduce, lo cual sería simplemente una opinión subjetiva, incluso a pesar de que el uso del móvil al volante está prohibido; asignar categorías morales a los hechos o conductas es algo que no viene marcado por las leyes de la naturaleza, sino solo por las nuestras.

El problema viene cuando se defiende una opinión subjetiva aportando datos científicos que son falsos; cuando se trata de justificar un argumento con ciencia fallida que no deja de serlo simplemente por su viralidad, imposible de extinguir aunque se meta el dedo en el ácido.

Esta es la historia. En 2006, la Organización de Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, la FAO, publicó un informe titulado Livestock’s Long Shadow, o la larga sombra de la ganadería. El documento afirmaba que la ganadería produce un 18% de las emisiones globales de GEI, más que todo el sector global del transporte.

Naturalmente, el informe de la FAO se convirtió de inmediato en el poster child de todos los movimientos animalistas y veganos. Pero en el mundo de la ciencia, las reacciones fueron inmediatas. Numerosos científicos que manejaban sus propios datos alzaron la voz denunciando que aquella conclusión de la FAO era del todo falsa. No olvidemos un detalle: aunque evidentemente la ONU y la FAO no son cualquier mindundi, ya expliqué aquí que un informe de la ONU no es un estudio científico, ya que no ha pasado por el sistema de revisión por pares de las publicaciones científicas.

Finalmente, los responsables del informe tuvieron que admitir que, en efecto, sus datos estaban sesgados. Para el cómputo de las emisiones de la ganadería se había tenido en cuenta todo el ciclo de vida, mientras que para el transporte solo se había considerado la quema de combustibles fósiles; los gases de los tubos de escape. Pierre Gerber, uno de los autores del informe, admitió a la BBC: “Hemos sumado todo para las emisiones de la carne, y no hemos hecho lo mismo para el transporte”.

Para entender el fallo, basta pensar en el caso de los móviles y la tecnología que ya he mencionado anteriormente: un móvil no tiene tubo de escape, por lo que sus emisiones son cero. Pero cuando se suma la producción de energía necesaria no solo para recargar su batería, sino para mantener las redes, servidores, centros de datos y demás infraestructuras necesarias para que un móvil sea algo más que un pisapapeles, el resultado es que la tecnología digital produce el 4% de las emisiones de GEI.

Desde entonces, el grupo de la FAO que produjo el informe ha retractado sus conclusiones. Y no solo porque el dato del 18% se rebajara al 14,5%, sino sobre todo por lo que el director del informe, Henning Steinfeld, escribía en 2018 junto a su colaboradora Anne Mottet: “No podemos comparar el 14% del sector del transporte calculado por el IPCC [el panel de la ONU sobre cambio climático] con el 14,5% de la ganadería usando el enfoque del ciclo de vida”.

Henning y Mottet rectificaban su informe con nuevos datos: en emisiones directas, un 5% para la ganadería y un 14% para el transporte; en emisiones de ciclo de vida, un 14,5% para la ganadería, y “hasta donde sabemos no existe una estimación disponible de ciclo de vida para el sector del transporte a nivel global”, escribían, añadiendo que, según los estudios, “las emisiones del transporte aumentan significativamente cuando se considera todo el ciclo de vida del combustible y los vehículos, incluyendo las emisiones de la extracción de combustibles y del desechado de los vehículos viejos”.

Gráfico de la FAO comparando las emisiones directas y del ciclo de vida de la ganadería y el transporte. Imagen de FAO.

Gráfico de la FAO comparando las emisiones directas y del ciclo de vida de la ganadería y el transporte. Imagen de FAO.

Claro que, podría alegarse, existen otras estimaciones además de las del IPCC. Por ejemplo, según la Agencia de Protección Medioambiental de EEUU, en aquel país el 29% de las emisiones de GEI proceden del transporte, el 28% de la producción de electricidad, un 22% de la industria y un 9% del sector primario, del cual algo menos de la mitad corresponde a la ganadería, lo que cuadra a grandes rasgos con el dato de la FAO.

Los propios autores del informe de la FAO que reconocieron su error insistían además en algo que no debería dejar de imprimirse siempre con letras mayúsculas, en negrita y con todos los subrayados posibles:

La carne, la leche y los huevos son cruciales para atajar la malnutrición. De los 767 millones de personas que viven en extrema pobreza, la mitad de ellos dependen del pastoralismo, son pequeños propietarios o trabajadores que extraen de la ganadería su alimentación y sustento. La fallida comparación y la mala prensa sobre la ganadería puede influir en los planes de desarrollo y las inversiones y aumentar aún más la inseguridad alimentaria.

Finalmente, los expertos de la FAO subrayan algo que ya otros muchos científicos se han encargado de mostrar en numerosos estudios, y es que ni toda la ganadería ni todos los sistemas de ganadería son iguales en cuanto a su impacto ambiental. Por ejemplo, un estudio reciente detallaba que en general el cerdo, el pollo, el pescado, los huevos y los vegetales tienen un impacto menor que el vacuno y el ovino. Como escribía el experto en ciencias animales y calidad del aire de la Universidad de California Frank Mitloehner, “evitar la carne y los productos de la carne no es la panacea medioambiental que muchos quieren hacernos creer. Y si se lleva al extremo, podría tener consecuencias nutricionales dañinas”.

Por supuesto que eliminar la ganadería reduciría las emisiones de GEI: un 2,6%, según un estudio reciente, y a cambio de condenar a millones de personas a la desnutrición. En su lugar, los científicos expertos aducen que hay un gran potencial de mitigación de las emisiones en mejorar las actividades ganaderas y hacerlas más eficientes. Por ejemplo, Mitloehner cita datos de la FAO según los cuales las emisiones directas de la ganadería en EEUU se han reducido un 11,3% desde 1961, mientras que la producción de carne ha aumentado a más del doble. En resumen, quien quiera rechazar el consumo de carne por motivos ideológicos es muy libre de hacerlo. Pero por favor, no en nombre de los datos, ni del cambio climático, ni mucho menos de la ciencia.

La solución contra el cambio climático no es comprar “verde”, sino comprar menos

He aquí una idea provocadora: el consumo verde –elegir productos y servicios supuestamente menos contaminantes– no servirá para combatir el cambio climático. Sencillamente, hay que consumir menos.

Vaya por delante que esto no es la reinvención de la rueda. Es evidente que a lo largo de este siglo no va a haber menos gente en este planeta, sino más. Y que por lo tanto el consumo va a aumentar. Y que a mayor consumo, mayor producción. Y que a mayor producción, mayor agotamiento de recursos, mayor necesidad de generación de energía, mayor cantidad de basura y mayor contaminación.

De hecho, un reciente documento de Naciones Unidas, titulado Governance of Economic Transition y elaborado como documentación de base para uno de los capítulos del Global Sustainable Development Report 2019, hacía hincapié precisamente en algo de esto: la lucha contra el cambio climático y un crecimiento económico permanente –lo que incluye el consumo– son difícilmente compatibles.

El documento de la ONU subrayaba además un aspecto esencial que a menudo se olvida: parece que hoy se confía todo a las energías verdes como si fueran la bala mágica, pero no lo son. “Por primera vez en la historia humana, las economías se están desplazando hacia fuentes de energía que son energéticamente menos eficientes, por lo que la producción de energía utilizable requerirá más, y no menos, esfuerzo de las sociedades para alimentar las actividades humanas, básicas o no”, dice el documento.

Contenedores de reciclaje. Imagen de pixabay.

Contenedores de reciclaje. Imagen de pixabay.

Esta llamada de atención sobre la necesidad de reducir el consumo nos llega ahora nuevamente por medio de la experta en consumo de la Universidad de Arizona Sabrina Helm, primera autora de un nuevo estudio que enfrenta la postura de consumir verde con la de consumir menos, y en especial en el contexto de la generación de consumidores más jóvenes, los millennials.

“Hay pruebas de que existen materialistas verdes”, dice Helm. “Si puedes comprar productos medioambientalmente responsables, aún puedes vivir con tus valores materialistas. Estás comprando cosas nuevas, y eso encaja en nuestro patrón mayoritario de la cultura de consumo, mientras que reducir el consumo es algo más novedoso y probablemente más importante desde una perspectiva de sostenibilidad”.

Y sin embargo, es difícil que la idea de reducir el consumo llegue a calar, dado que se trata de algo impopular y enormemente polémico. Por varias razones.

La primera. Quienes ya tenemos algunos años recordamos la época en que a nuestro alrededor aún muchos no habían oído hablar del cambio climático, y quienes sí lo habían hecho solían pensar que era una ficción inventada por algún lobby anticapitalista. Hoy las tornas han cambiado considerablemente: es difícil encontrar a alguien que no sepa qué es el cambio climático, y la inmensa mayoría de la población ha aceptado esta realidad científica. Según una encuesta reciente, incluso en EEUU, el país occidental con una mayor proporción de negacionistas del cambio climático –y gobernado por un presidente negacionista–, esta postura apenas llega al 13% de la población.

Pero curiosamente, esta popularización del cambio climático ha coincidido –si hay una relación de causa y efecto, es algo que deberán investigar los expertos– con el momento en que la industria se ha sumado a la idea, convirtiéndola en una nueva oportunidad de negocio: es la industria verde contra el cambio climático. Desde la panadería de la esquina hasta las grandes corporaciones, el producto verde se ha convertido en un gancho publicitario. Pero tanto a la panadería de la esquina como a las grandes corporaciones les interesa que sigamos consumiendo más, y cuanto más mejor, por lo que la idea de reducir el consumo no va a ser algo que vayamos a ver enormemente promocionado por la industria.

La segunda razón estriba en que la idea de reducir el consumo atenta directamente contra uno de los pilares del ambientalismo actual: el reciclaje. Evidentemente, puestos a desechar cosas, es mejor desecharlas bien –reciclar– que mal –no hacerlo–. Pero mejor que tirar las cosas, bien o mal, es no tirarlas: reutilizar y reparar. Hoy existe toda una industria del reciclaje que vive de nuestra basura, y a la que evidentemente le interesa que sigamos tirando, lo que implica que sigamos consumiendo, para que luego además compremos los productos reciclados. Así que tampoco parece que la industria del reciclaje vaya a sumarse con entusiasmo a la idea de reducir el consumo.

La tercera razón atenta contra uno de los tópicos relativos al cambio climático, y entronca con el estudio de Helm y sus colaboradores. Hemos aceptado la idea de que las generaciones más jóvenes, los millennials, son la punta de lanza en la lucha contra el cambio climático, y que su estilo de vida más verde justifica que culpabilicen a la generación de sus padres del desastre que les han dejado. Solo que no parece ser así: como sugieren tanto Helm como otros expertos, los más jóvenes no son menos consumistas que sus padres, sino más. Los millennials “están destinados a ser los mayores gastadores de la nación”, decía un reciente artículo en Forbes relativo a EEUU. Es el materialismo verde del que habla Helm, que tranquiliza la conciencia mientras permite mantener el tren de consumo. Pero que no es la solución contra el cambio climático.

En especial, los más jóvenes son fervientes consumistas tecnológicos. Alguien los ha llamado “vampiros energéticos”, ya que constantemente necesitan energía para recargar sus dispositivos. Y este excesivo consumismo tecnológico también agrava el cambio climático; incluso aunque uno recargara su móvil solo con sus propios paneles solares, la energía necesaria para mantener todas las infraestructuras, redes, servidores, centros de datos y demás sistemas es hoy tan inmensa que la tecnología digital es responsable del 4% de las emisiones globales de gases de efecto invernadero, el doble que la aviación comercial, y crece más deprisa que esta. Pero no parece que la propuesta de cambiar de móvil con menos frecuencia y de utilizarlo menos vaya a ser muy popular.

En resumen, las ciencias puras ya han hecho su trabajo, mostrar al mundo que el cambio climático es real. Sobre qué y cómo debe hacerse para atajarlo, aún habrá mucho que decir, y este es un territorio en el que los enfoques de ciencias mixtas como el de Helm tienen mucho que aportar, especialmente para derribar dogmas, tópicos e ideas preconcebidas. Pero no parece que ideas revolucionarias como la de reducir el consumo vayan a abrirse camino fácilmente.

Una última cosa: después de todo lo anterior habrá quien se quede con el mensaje de que, en cualquier caso, siempre será mejor para el medio ambiente y contra el cambio climático consumir productos verdes. Pero como ya han señalado diversos estudios, esto tampoco es siempre así (más detalles en este reportaje); se trata de otro más de los falsos dogmas a rebatir en estos difíciles tiempos en los que incluso el cambio climático se ha convertido en un buen negocio.

El uso de la violencia no reduce el apoyo a los grupos violentos, pero sí a los no violentos

Soy perfectamente consciente de que el titular que cubre estas líneas puede resultar algo confuso e incluso trabalingüístico. Pero con la que está cayendo hoy, y siendo quizá una de las pocas personas de este país que no van a opinar sobre el tema, en cambio me ha llamado la atención encontrarme justo en estos momentos con este bonito estudio, cortesía de tres investigadores de las universidades de Carolina del Sur, Stanford (California) y Toronto.

Y cuya conclusión es exactamente la que resume el título: cuando un grupo político o ideológico del que se espera un comportamiento no violento se enzarza en altercados violentos, se reduce su apoyo popular. Sin embargo y al contrario, la conducta violenta no menoscaba el apoyo popular hacia aquellos de los que ya se supone que son violentos. Lo cual, obviamente, da mucho que pensar.

Imagen de US Marine Corps.

Imagen de US Marine Corps.

Para su estudio, publicado en la revista Socius: Sociological Research for a Dynamic World, los sociólogos Brent Simpson, Robb Willer y Matthew Feinberg han reclutado a un grupo de 800 voluntarios y les han sometido a un experimento consistente en responder a un test después de leer distintas versiones modificadas de artículos de periódico referentes a un mismo suceso: las confrontaciones entre supremacistas blancos y manifestantes contra el racismo en dos lugares de EEUU, Charlottesville (Virginia) y Berkeley (California).

Los investigadores descubren que “el uso de la violencia lleva al público en general a ver a un grupo de protesta como menos razonable, una percepción que reduce la identificación con el grupo. Esta menor identificación, a su vez, reduce el apoyo público para el grupo violento”. Como consecuencia, prosiguen los autores, la violencia aumenta el apoyo hacia los grupos que se oponen al grupo violento.

Lo anterior podría parecer más o menos esperable si uno piensa en esos grupos violentos como aquellos de los que habitualmente no se espera otra cosa que violencia, como los supremacistas.

Lo curioso es que, según descubre el estudio, en realidad no es así como funciona: los actos de violencia por parte de los grupos antirracistas erosionan el apoyo hacia ellos, aumentando la simpatía hacia los supremacistas, mientras que la violencia de estos no afecta a su apoyo, “quizá porque el público ya percibe estos grupos como muy poco razonables y se identifica con ellos a bajos niveles”, escriben los autores.

Resultados curiosos, y de los que se podrían extraer varias enseñanzas. No todas ellas buenas. Y mejor lo dejamos ahí.

Los Nobel vuelven a premiar ciencia de los 90

En este mundo en que todo avanza tan deprisa, incluida la ciencia, hay algo que no: los premios científicos más importantes del mundo.

Por supuesto, no hay nada que objetar al hecho de que los Nobel se concedan del modo y manera que a quienes los conceden y los pagan les venga en su kungliga gana (creo que así es como se dice “real” en sueco). Solo faltaría. Pero sí al hecho de que digan hacerlo basándose en lo que Alfred Nobel dejó dicho en su testamento, en el que instituyó los premios, ya que no es exactamente así: el padre de la dinamita y la gelignita quiso que sus distinciones se otorgaran a los hallazgos científicos más importantes del año precedente.

Es cierto que Nobel, aunque químico, era de espíritu más inventor que científico, y que la mentalidad del inventor atisba a un horizonte mucho más corto que la del científico. Pero entre premiar la ciencia del año precedente y premiar la ciencia del siglo precedente continúa abriéndose un abismo que podría visitarse con mayor frecuencia, como sí hacen otros premios, véanse los Breakthrough.

Imagen de Wikipedia.

Imagen de Wikipedia.

Tomemos como ejemplo el Premio Nobel de Química 2019, anunciado hoy y concedido a John B. Goodenough (por supuesto, en serio), a M. Stanley Whittingham y a Akira Yoshino por el desarrollo de las baterías de ion litio. Es evidente que el trabajo de estos investigadores (y de otros más que, como siempre, se quedan sin premio, ya que en el Nobel solo caben tres) merece todos los premios que a uno se le puedan ocurrir. Sin él ni siquiera podría estar escribiendo estas líneas, ya que las baterías de litio iónico son el forraje de nuestros dispositivos electrónicos. Y ahora, hasta de los coches eléctricos.

Pero ya lo eran también hace diez años, hace veinte y casi treinta. La batería de iones de litio fue investigada en los 70, desarrollada en los 80 y comercializada en los 90. Y aunque los expertos dicen que a estas pilas aún les queda recorrido, ya que por el momento aún no existe nada mejor a escala industrial, también dicen que va siendo hora de inventar algo mejor, con más autonomía y de carga más rápida. Algunos discuten si las baterías de iones de litio ya son tecnología obsoleta. Incluso el propio Goodenough ha creado en los últimos años una nueva batería de estado sólido que asegura supera a la de ion litio en prestaciones. Quizá hoy le ha sorprendido recibir un premio que le llega a los 97 años de edad, por trabajos que hizo hace cuatro décadas.

Un caso similar es el del Nobel de Fisiología o Medicina, que este año ha sido para William G. Kaelin Jr., Peter J. Ratcliffe y Gregg L. Semenza. De forma independiente, los trabajos de los tres consiguieron desentrañar los mecanismos biológicos por los que el organismo detecta los niveles de oxígeno y reacciona a ellos: células especializadas en el riñón son capaces de sentir la carencia de oxígeno y promover la síntesis de la hormona eritropoyetina, que estimula la fabricación de eritrocitos (los glóbulos rojos de la sangre). Esto es lo que ocurre, por ejemplo, en las personas que viven a grandes altitudes, donde el oxígeno es más escaso. Los trabajos de los tres investigadores, sobre todo los de Kaelin, descubrieron además cómo ciertos tumores son capaces de hackear este mecanismo para promover la creación de vasos sanguíneos que aporten nutrientes al tumor.

Como suele ocurrir en biomedicina, las aplicaciones de esta ciencia básica llegan a un plazo mucho más largo, si es que llegan. Sobre el cáncer, es una incógnita. Actualmente los fármacos que interfieren en este proceso se ensayan contra enfermedades como las anemias. En resumen, se trata también de ciencia de los 90, que al borde de la tercera década del siglo XXI aún no ha demostrado su posible utilidad clínica (esto último va por el hecho de que suele esgrimirse el argumento de las aplicaciones sobradamente demostradas, como en el caso de las baterías de litio, para justificar por qué los descubridores del sistema de edición genómica CRISPR, entre los cuales está el español Francis Mojica, aún no han recibido un Nobel).

Y una vez más, también de ciencia de los 90 va este año el Nobel de Física. En esta edición se ha hecho un curioso arreglo que, si de algo da la impresión, es de que en el comité había opiniones discrepantes. Aunque es frecuente que el premio se reparta en dos mitades, y que una de ellas a su vez se subdivida entre dos investigadores (respetando la regla del máximo de tres), lo más habitual en estos casos es que se trate de investigaciones relacionadas entre sí. Este no es el caso: lo que liga las investigaciones de los tres investigadores premiados es, dijo el comité, “el universo”. Dado que el universo es todo lo existente, no es precisar demasiado.

La primera de las mitades ha ido para James Peebles, cuyo nombre suena más, al menos para quienes no somos físicos, como uno de los científicos que elaboraron la teoría sobre la radiación cósmica de fondo, una radiación fósil (desde nuestra perspectiva temporal) del Big Bang que luego las sondas espaciales WMAP de la NASA y Planck de la ESA se encargaron de estudiar.

Lo curioso es que, para describir en conjunto las aportaciones de Peebles sobre la materia oscura, la energía oscura y otros campos, el comité Nobel le ha premiado “por sus descubrimientos teóricos en cosmología física”. Lo cual nos recuerda algo: ¿no habíamos quedado en que el Nobel no se otorga a descubrimientos teóricos, y que, por ejemplo, por ello a Einstein se le concedió por el efecto fotoeléctrico y no por la relatividad? ¿Y que por ello a Stephen Hawking nunca se le dio? ¿No habíamos quedado en que debía tratarse de descubrimientos sobradamente demostrados? ¿Y la materia oscura?

Así, el premio para Peebles queda en realidad más bien como uno de esos Nobel que se conceden como el Óscar a toda una carrera. En cambio, más concreta es la otra mitad, repartida entre Michel Mayor y Didier Queloz por… no, nada de cosmología, sino por el descubrimiento del primer exoplaneta en torno a una estrella similar al Sol. No fue el primer exoplaneta, pero el método de velocidad radial puesto en práctica por Mayor y Queloz es uno de los que después han permitido hallar muchos más planetas extrasolares. En concreto, el premio llega más de 4.000 exoplanetas después, por un trabajo publicado en… 1995. Y por cierto, Mayor y Queloz ya recibieron el Premio Fronteras del Conocimiento de la Fundación BBVA en 2012, hace siete años.

Con lo fácil que lo habría tenido el comité Nobel este año premiando a los responsables de la primera foto de un agujero negro, como han hecho los premios Breakthrough Claro que fueron 347 los investigadores premiados por los Breakthrough. En el caso del Nobel, 344 de ellos se habrían quedado con las ganas.

Cuidado con la idea de la obsolescencia programada, y con el negocio en torno a ella

¿Quién no ha dicho alguna vez eso de “hoy las cosas ya no duran como antes”? Yo lo he dicho y, es más, pienso que hoy algunas cosas ya no duran como antes. Pero cuidado: del hecho, si es que lo es*, de que hoy las cosas ya no duren como antes, a tragarnos sin más la idea de que existe una estrategia oculta y generalizada en la industria basada en fabricar deliberadamente cosas que se autodestruyen, y de que existen por ahí ciertos beatíficos ángeles salvadores (amenazados de muerte por ello) para quienes en realidad lo de menos es vender sus propios productos, ya que les basta con vivir de las hierbas que recogen en el campo, sino que les mueve sobre todo su incontenible pasión por el bien, la justicia y la salvación del planeta y la humanidad, hay un abismo.

Y antes de saltar ese abismo alegremente, por lo menos informémonos.

Vaya por delante que, como es evidente, no soy un experto en márketing, ni en industria, ni en mercado, ni en economía. Así como en temas directamente científicos procuro aportar aquí la visión de quien tiene ya muchas horas de vuelo en ello, en cambio no puedo ni jamás trataría de alzarme como una voz autorizada en esto de la obsolescencia programada. Pero como exinvestigador científico, periodista de ciencia, y por tanto aficionado a los hechos, cuando una teoría de la conspiración comienza a convencer a todo el mundo a mi alrededor, y cuando además hay claramente quienes basan su propia estrategia de negocio en fomentar esta teoría de la conspiración, uno no puede menos que preguntarse qué hay de cierto en todo ello y buscar las fuentes de quienes están más informados que uno. Cosa que invito a todos a hacer por medio de las siguientes líneas.

Comencemos, en primer lugar, por el típico tópico que inicia y anima todos los reportajes, opiniones, discusiones y charlas de bar sobre la obsolescencia programada: la famosa bombilla del parque de bomberos de California que lleva luciendo casi sin interrupción desde 1901, y que tiene su propia web con webcam. Si una bombilla puede lucir durante más de un siglo, ¿por qué nos venden basura que se funde a las primeras de cambio?, se preguntan muchos, y allá que vamos a por las antorchas y los tridentes.

Sin embargo, cuidado, hay algún matiz más que relevante. Los estudios sobre la bombilla de California –fabricada en Ohio– han determinado que su filamento es de carbono, no de tungsteno o wolframio (por cierto, el único elemento químico de la tabla periódica aislado en España, por los hermanos Delhuyar en 1783), ya que este material no se convertiría en el estándar hasta comienzos del siglo XX. Y que es ocho veces más grueso de lo normal. Obviamente, a mayor grosor, mayor durabilidad; la bombilla de California podrá estropearse, pero jamás va a fundirse, salvo quizá si le cae un rayo.

La bombilla centenaria en Livermore, California. Imagen de LPS.1 / Wikipedia.

La bombilla centenaria en Livermore, California. Imagen de LPS.1 / Wikipedia.

No hay que saber nada de física, sino simplemente haber utilizado alguna vez un calefactor o un hornillo, para saber que si se aplica electricidad a una barra de metal, se pone al rojo. Pero eso sí: un calefactor o un hornillo no alumbran, y no serían de ningún modo una opción energéticamente eficiente para alumbrarse. Y tampoco la bombilla de California alumbra, ya que luce con una potencia de 4 vatios, con un brillo similar a las luces quitamiedos que ponemos a los niños por la noche. Así que, lo que se dice un producto modelo, no es: a la pregunta de por qué no nos vendieron a todos bombillas con filamentos ocho veces más gruesos, la respuesta es que los filamentos más gruesos desperdician más energía alumbrando menos. Precisamente las bombillas tradicionales fueron víctimas de su ineficiencia energética.

Pero sí, es cien por cien cierto que existió una conspiración de los grandes fabricantes de bombillas para ponerse de acuerdo en hacer productos menos duraderos de lo que era tecnológicamente posible. Ocurrió en los años 20, se conoce como el cártel de Phoebus, y en él las empresas acordaron fabricar bombillas con una duración de 1.000 horas, la mitad de lo normal entonces. A cambio, las bombillas serían más luminosas, más eficientes y de mayor calidad. Pero obviamente lo que movía a aquellos empresarios no era el interés del consumidor, sino su propio ánimo de lucro.

Ahora bien: ¿basta esta historia para asumir la generalización de que todos los grandes líderes de todos los sectores industriales conspiran para fabricar productos que se autodestruyen?

Hay por ahí un buen puñado de trabajos periodísticos rigurosos de lectura vivamente recomendable para quienes prefieran no dejarse llevar por la demagogia dominante, al menos no sin antes basar su juicio en hechos informados. En 2016, Adam Hadhazy se preguntaba en la BBC: ¿existe en realidad la obsolescencia programada?

Esta era la respuesta de Hadhazy: “sí, pero con limitaciones”. “En cierto modo, la obsolescencia programada es una consecuencia inevitable de los negocios sostenibles que dan a la gente los productos que la gente quiere. De esta manera, la obsolescencia programada sirve como reflexión de la voraz cultura consumista que las industrias crearon para su beneficio, pero que no crearon ellas solas”, escribía el periodista.

Por su parte, en la web Hackaday, Bob Baddeley escribía: “Toda la teoría de la conspiración se explica cuando consideras que los fabricantes están dando a los consumidores exactamente lo que piden, lo que a menudo compromete el producto de diferentes maneras. Siempre es un toma y daca, y las cosas que hacen a un producto más robusto son las cosas que los consumidores no consideran cuando compran un producto”.

Como ejemplo, Baddeley cita su propia experiencia; él ayudó a desarrollar un producto que lleva una pila de botón no reemplazable. La imposibilidad de cambiar la batería cuando se agota en los smartphones actuales es otro de los tópicos esgrimidos en todo reportaje, documental o charla sobre la obsolescencia programada. Cito a Baddeley:

Las razones que llevaron a esta decisión [de la pila no reemplazable] son esclarecedoras:

  • No conseguimos que a los consumidores les interesara usar el producto durante más tiempo que el que duraba la pila.

  • Incluso si les interesaba, no conseguíamos que compraran el tipo correcto de pila (CR2032).

  • Incluso si lo hacían, no podíamos confiar en ellos para tener la destreza de quitar la tapa y cambiar la pila.

  • Protestaban porque la tapa de la pila hacía que el producto pareciera barato y endeble.

  • Protestaban porque el agua y el polvo entraban con más facilidad.

  • Tristemente, todas estas protestas solo eran posibles entre los usuarios que entendían que su dispositivo de comunicación sin cable llevaba una pila.

En resumen, el mensaje es este: la cultura consumista pone el acento en los productos más nuevos, con más prestaciones, la última tecnología y el diseño más actual; y todo ello al precio más barato posible. Pero la durabilidad no es una prioridad. Por lo tanto, los fabricantes buscan producir bienes siempre nuevos, con más prestaciones, la última tecnología y el diseño más actual. Y para que el precio sea lo más barato posible, reducen costes en procesos y materiales. Aunque a causa de ello los productos duren poco. De hecho, si duran poco, mejor para el negocio; de todos modos, piensan, nadie quiere seguir usando un smartphone de hace cinco años.

“Sobre todo, las compañías reaccionan a los gustos del consumidor”, dice en el artículo de Hadhazy la profesora de finanzas y economía de la Universidad de Yale Judith Chevalier. “Creo que existen ocasiones en que las empresas están engañando al consumidor de alguna manera, pero también pienso que hay situaciones en las que yo pondría la culpa en el consumidor”.

Según Hadhazy, “aunque algunos de estos ejemplos de obsolescencia programada son indignantes, es enormemente simplista condenar la práctica como mala. A escala macroeconómica, el rápido recambio de los productos alimenta el crecimiento y crea montones de puestos de trabajo; piensen en el dinero que la gente gana, por ejemplo, fabricando y vendiendo millones de fundas de móviles. Aún más, la introducción continua de nuevos artilugios para conquistar (o reconquistar) la pasta de nuevos y viejos consumidores tenderá a promover la innovación y mejorar la calidad de los productos”.

Incluso Giles Slade, autor del libro Made to Break: Technology and Obsolescence in America, reconoce: “No hay ninguna duda: más gente ha obtenido una mejor calidad de vida como resultado de nuestro modelo de consumo que en ningún otro momento de la historia”. Sin embargo, añade: “Por desgracia, también es responsable del calentamiento global y los residuos tóxicos”.

Por lo tanto, todo ser humano que se indigne y proteste por la obsolescencia programada quizá debería hacerse esta pregunta: ¿estoy dispuesto a quedarme con el mismo móvil, el mismo coche o la misma ropa durante años y años, cuando mi ropa ha pasado de moda, mi coche no tiene Bluetooth ni pantallas ni contesta cuando le hablo, y cuando todo el mundo tiene móviles más nuevos que el mío? (Y por cierto, todo humano medioambientalmente responsable también debería saber que actualmente el uso de los móviles en todo el mundo genera 125 millones de toneladas de CO2 al año).

Y también por cierto, rescato aquí el asterisco que dejé más arriba* respecto a las cosas de ahora que duran menos: el artículo de Hadhazy cita también el dato de que actualmente la edad media del coche que circula por las carreteras de EEUU es de 11,4 años, mientras que en 1969 era de 5,1 años. ¿Duran más los coches hoy? ¿Se cambian menos? ¿Ha bajado la fiebre del coche nuevo respecto a otros tiempos? ¿No hay dinero para cambiar de coche? No tengo la menor idea de cuál es la respuesta, pero el dato es interesante. Ya que al menos no parece apoyar la idea generalizada de que hoy todo dura menos.

A todo lo anterior, Hadhazy cita una excepción: la tecnología de lujo. Quien se compra un Rolex espera que le dure toda su vida y hasta la de sus nietos. Se supone que un Rolex está bien hecho, con procesos y materiales de calidad suprema. Y es, por tanto, más caro. Al ser una minoría quienes lo compran, seguirá siendo caro. Pero, sigue el artículo de la BBC:

“Con el paso de los años, las características de una versión de lujo de un producto pueden abrirse camino al mercado de masas a medida que su producción se abarata y los consumidores esperan esos beneficios. Pocos discutirían que la mayor disponibilidad de dispositivos de seguridad como los airbags en los coches, que originalmente solo se encontraban en los modelos más caros, ha sido un avance positivo. Así que, en su reconocido propio interés, la competición de un capitalismo influido por la obsolescencia programada puede también favorecer el interés de los consumidores”.

Todo lo anterior nos lleva ahora a la segunda parte: el negocio basado en fomentar la teoría de la conspiración de la obsolescencia programada. Cuando uno observa a su alrededor que numerosos medios están poniendo la alfombra roja a determinados personajes que se presentan a sí mismos como salvadores de la humanidad y del planeta contra la obsolescencia programada y como probables víctimas inminentes de un sicario o un francotirador a sueldo de los poderosos oligopolios, pero que en el fondo tales personajes no están haciendo otra cosa que publicitar y promocionar su propio negocio con evidente ánimo de lucro, uno no puede sino oler un cierto tufillo a chamusquina.

No voy a citar aquí nombres de personas o productos, dado que no he investigado sobre ellos personalmente. Pero a quien en estos días escuche una nueva oleada, recurrente cada cierto tiempo, sobre las bondades del español inventor de la bombilla eterna y paladín contra la malvada industria, le recomiendo que como mínimo lea este artículo de Rocío P. Benavente para Teknautas en El Confidencial o este análisis del producto en cuestión de Michel Silva en la web iluminaciondeled.com, junto con, quizá, esta nota de prensa. Y después, fórmense su propia opinión, pero al menos después de haber escuchado a las dos partes.

¿Por qué olvidamos los sueños? ¿Y por qué en los sueños olvidamos la vida?

Esta noche no he soñado nada, decimos a veces, y esto es aceptable si comprendemos lo que significa: que no recordemos haber soñado no significa que no lo hayamos hecho. Soñamos, sobre todo en la fase REM (de Rapid Eye Movement, que algunos traducen como MOR, Movimiento Ocular Rápido, pensando quizá que eso de la univocidad del lenguaje científico está bien, siempre que no se imponga por encima del nacionalismo lingüístico). Lo que ocurre es que en muchos casos no recordamos lo que soñamos, y despertamos con la impresión de haber pasado la noche en un estado cuasicomatoso de actividad cerebral nula.

Pero esto último no ocurre. Mientras dormimos, nuestro cerebro hace de todo menos descansar; más bien se va de juerga por sus propios mundos sin que nosotros lo controlemos. Y aunque difícilmente hacen falta motivos para justificar que el cerebro humano es uno de los campos de investigación más increíblemente asombrosos de la ciencia actual –suele decirse que este XXI es el siglo del cerebro–, en especial el universo del sueño y de los sueños es uno de sus misterios más extraños.

Sobre los sueños, es mucho lo que falta por comprender. Ni siquiera aún se entiende del todo por qué soñamos, ni por qué tenemos la necesidad de hacerlo. Pero hay una pregunta que todos nos hemos hecho alguna vez: ¿por qué solemos olvidar la mayoría de los sueños?

La ciencia dice que también sueñan quienes nunca lo recuerdan, y que lo recordarán si se despiertan en el momento adecuado. Tienden a recordarse con más facilidad los sueños que tenemos justo antes de despertarnos, y dado que soñamos más en la fase REM, si despertamos en ese momento tendremos más probabilidad de recordar los sueños inmediatamente anteriores. Esto significa además que quienes tienen la suerte de dormir a pierna suelta hasta que se despiertan por sí solos, si es que hay algún afortunado, tenderán menos a recordar sus sueños, ya que despertarán con más probabilidad al terminar un ciclo completo de sueño y no durante la fase REM.

Imagen de pxhere.

Imagen de pxhere.

En los últimos años, los neurocientíficos han encontrado una posible explicación de por qué tendemos a olvidar los sueños (al menos el 95% de ellos, según un dato): en resumen, se trata de que durante la fase REM el almacenamiento de memoria a largo plazo está desactivado, como si nos funcionara la memoria RAM pero no la escritura en el disco duro. Cuando despertamos, el cerebro tarda un par de minutos en poner en marcha este mecanismo. Si durante ese par de minutos tratamos de retener ese recuerdo fugaz volviendo a reproducir el sueño en nuestra mente, podremos fijarlo y recordarlo después. De lo contrario, aunque en el mismo momento de despertarnos recordemos el sueño, lo olvidaremos.

Más concretamente, los científicos han descubierto que así como en la corteza cerebral despierta hay altos niveles de dos neurotransmisores, acetilcolina y norepinefrina (o noradrenalina), ambos se desploman cuando nos dormimos. Sin embargo, al entrar en la fase REM, la acetilcolina vuelve a sus niveles de vigilia, lo que provoca un estado de activación similar a cuando estamos despiertos, mientras que por el contrario la norepinefrina permanece baja, y esto nos impide fijar recuerdos en la memoria.

Pero naturalmente, como siempre en ciencia, esto no zanja la cuestión. El balance entre estos dos neurotransmisores durante el sueño REM puede ser una parte de la explicación, pero no tiene por qué ser la explicación completa. De hecho, ahora un nuevo estudio publicado en Science aporta otro mecanismo que puede contribuir a la facilidad con la que olvidamos los sueños.

Los investigadores, de Japón y EEUU, han detectado que un conjunto de neuronas de una región del cerebro llamada hipotálamo y que producen una sustancia denominada Hormona Concentradora de Melanina (MCH) controlan la escritura de recuerdos en el hipocampo, un área del cerebro implicada en la memoria. En concreto, los científicos han visto que la activación de estas neuronas inhibe la formación de recuerdos. Estudios anteriores ya habían observado que estas neuronas están especialmente activas durante el sueño REM. La conclusión del nuevo estudio es que la activación de estas neuronas olvidadoras durante la fase REM impide que recordemos los sueños.

Según el coautor del estudio Thomas Kilduff, “dado que los sueños ocurren sobre todo durante el sueño REM, la fase en que las neuronas MCH se encienden, la activación de estas células puede impedir que el contenido de un sueño se almacene en el hipocampo; como consecuencia, el sueño se olvida rápidamente”.

Pero incluso si llegara a comprenderse por completo cómo olvidamos esa especie de segunda vida que vivimos en los sueños, aún queda también comprender cómo hacemos el recorrido inverso: olvidar nuestra primera vida durante la segunda. En un artículo publicado hace años en la revista Scientific American, el neurocientífico Christof Koch –conocido por sus trabajos sobre las bases neuronales de la consciencia– escribía lo siguiente:

La consciencia del sueño no es la misma que la consciencia de la vigilia. En su mayor parte somos incapaces de hacer introspección, de preguntarnos por nuestra insólita capacidad de volar o de encontrarnos con alguien muerto hace mucho tiempo.

Dicho de otro modo: en el sueño hemos olvidado que ni nosotros ni ningún otro ser humano puede volar. En el sueño hemos olvidado que esa persona lleva muerta mucho tiempo. Y podemos extenderlo a otros aspectos de nuestra vida en los que seguro que todos reconoceremos algunos de nuestros sueños: olvidamos que nuestra pareja es nuestra pareja, o que nuestro trabajo es nuestro trabajo, o incluso que nuestros hijos, padres o hermanos son nuestros hijos, padres o hermanos.

Naturalmente, alguno de esos psicólogos de cromo de Phoskitos diría que en realidad nuestra mente está liberando el deseo reprimido inconsciente de librarnos de nuestra pareja, nuestro trabajo o nuestros hijos, padres o hermanos. Pero ante todo lo que suene a freudiano, hay que colgarse del cuello la ristra de ajos: como ya he contado aquí, Freud no era un científico, sino solo un tipo inteligente e innovador que hacía conjeturas sin demostrarlas, porque no podían demostrarse (y algunos dirán incluso que lo de “inteligente e innovador” es muy generoso, ya que muchos científicos le consideran simplemente un charlatán).

Pero en fin, el hecho de que olvidemos todas esas cosas sobre nosotros mismos mientras soñamos es algo sorprendente, teniendo en cuenta que los sueños también se alimentan de nuestra memoria; al parecer, solo de trozos incompletos de memoria, con el resultado de que el yo del sueño en muchos casos es distinto del yo normal. Y esto equivale a decir que, en cierto modo, a veces durante los sueños olvidamos quiénes somos en realidad.

Raro, ¿verdad? Y por desgracia, imagino que difícil de esclarecer, porque a ver a quién se le ocurre un diseño experimental para estudiar esto.

Huelgas por el clima: ¿sirven para algo?

Hoy se celebra una nueva huelga mundial por el clima, un movimiento que arrancó en 2015 por iniciativa de un grupo de estudiantes, pero que ha cobrado fuerza sobre todo desde 2018 a raíz de las manifestaciones impulsadas por la joven sueca Greta Thunberg. Si una huelga es o no un paso correcto en la dirección adecuada, es algo que podría discutirse. Una gran manifestación consigue el objetivo de la visibilidad, pero si algo requiere la lucha contra el cambio climático, es precisamente mucho trabajo.

Tampoco parece del todo justificado el enfoque de los niños/víctimas protestando contra los adultos/responsables. Todos somos víctimas y responsables al mismo tiempo, ya que las emisiones de gases de efecto invernadero no son solo responsabilidad de los productores, sino también de los consumidores. Sin un consumo responsable, nada cambiará.

Y los niños también son consumidores, hoy más que nunca, y cada vez desde más jóvenes. Un ejemplo: las tecnologías digitales. El inmenso impacto de este consumo sobre las emisiones de gases de efecto invernadero es algo que ya no puede ignorarse: su huella de carbono supera a todo el sector global de la aviación. El uso de un móvil durante una hora al día produce más de una tonelada de CO2 al año. Dos horas, dos toneladas. Tres horas, tres toneladas. Y así. Multiplíquese por los miles de millones de móviles en uso en todo el mundo. ¿Quién está dispuesto a reducir su uso del móvil por el clima?

Greta Thunberg en agosto de 2018. Imagen de Anders Hellberg / Wikipedia.

Greta Thunberg en agosto de 2018. Imagen de Anders Hellberg / Wikipedia.

Pero más que por lo que logran, que es cuando menos dudoso, estas huelgas y manifestaciones son relevantes por lo que muestran. Sirven como termómetro del poder de movilización de la preocupación por el cambio climático: el hecho de que este problema haya logrado permear la sociedad en tal grado, un triunfo logrado después de años de ciencia, divulgación, información y lucha contra la desinformación.

No se trata de que ya no existan resistencias al reconocimiento del efecto de la actividad humana sobre el clima terrestre y sobre la biosfera. Pero hoy estos resistentes difícilmente pueden ya convencer a los demás de que la teoría del cambio climático (una teoría científica es el punto final de la ciencia, “una explicación completa de algún aspecto de la naturaleza que está apoyado por un vasto cuerpo de evidencias”) es una invención ideológicamente propulsada, porque son los demás quienes ya están convencidos de que son esos resistentes los que aún defienden una invención ideológicamente propulsada, la negación del cambio climático.

Pero en fin, nada que objetar a las performances y a los discursos más emocionales que racionales, a veces rozando lo pueril (sí a sus vestiduras anti-Ilustración, pero esta sería otra historia). Todo este folclore forma parte habitual de las protestas por el problema del clima. Pero todo ello no debe distraer de dónde debe estar el verdadero foco de atención: en la ciencia del clima. Y esta semana, este foco está en el Informe especial sobre el océano y la criosfera en un clima cambiante, presentado por el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) en la reciente cumbre del clima celebrada en Nueva York.

El informe del IPCC hace hincapié en un aspecto esencial, un paso en el que quizá aún no se ha avanzado lo suficiente. Aunque la materia del documento, elaborado por más de un centenar de expertos y basado en más de 7.000 estudios, es el estado del océano (uno solo, global) y sus regiones heladas, lo explica el presidente de esta organización, Hoesung Lee:

“Puede que, para muchas personas, el mar abierto, el Ártico, la Antártida y las zonas de alta montaña parezcan muy distantes, pero dependemos de esas regiones, que inciden directa e indirectamente en nuestras vidas de formas muy diversas, por ejemplo, en lo concerniente al tiempo y el clima, la alimentación y el agua, la energía, el comercio, el transporte, las actividades de ocio y turísticas, la salud y el bienestar, la cultura y la identidad”.

El mensaje del IPCC es que la crisis climática debe dejar de contemplarse como un riesgo medioambiental a largo plazo; es una emergencia con impactos concretos actuales que nos afectan a todos. Hasta ahora, quizá la mayor frecuencia de los fenómenos meteorológicos extremos, como las recientes lluvias torrenciales en España, es el único impacto que puede palparse de forma directa y sufrirse en propia carne. Por lo demás, cuando los científicos hablan del deshielo del Ártico, la crecida del nivel del mar o la desaparición de islas, puede que todo esto a muchos ciudadanos de los países desarrollados les suene a un cambio ante el cual podemos simplemente adaptarnos y continuar.

Por ello, los autores repasan también todos los impactos cercanos derivados de estos cambios: ciclones, inundaciones, olas de calor, incendios forestales, deslizamientos de tierras y avalanchas, reducción de la pesca, empeoramiento de la seguridad alimentaria, aumento de los microbios patógenos en las aguas costeras, escasez de las fuentes de agua, reducción de la energía hidroeléctrica, deterioro de la agricultura, amenaza a las infraestructuras, el transporte, los recursos turísticos y de ocio…

Los mayores de entre nosotros vivieron la psicosis nuclear de los 60, cuando una guerra a golpe de misil parecía inminente. Visto desde ahora en perspectiva (cuando el riesgo no ha desaparecido, pero no es comparable al de entonces), sería fácil acusar de catastrofismo a quienes advertían del peligro inminente. Pero si entonces no hubo una Tercera Guerra Mundial, no fue porque la tensión se resolviera sola, sino gracias a los inmensos esfuerzos de numerosas partes por promover un clima de distensión y congelar la carrera de armamento nuclear.

La crisis climática debería contemplarse hoy del mismo modo, y afrontarse también con el mismo esfuerzo y urgencia. No, dejar las aulas o los centros de trabajo por unas horas no va a solucionar nada. Pero tampoco va a agravarlo. Siempre, claro, que esas horas no se dediquen en su lugar a disparar el consumo de, por ejemplo, tecnologías digitales…

Así es como Thomas Cook impulsó el conocimiento

En las películas sobre el futuro se muestran a veces marcas comerciales que nos resultan conocidas. Imagino que, lógicamente, se trata de patrocinios a golpe de dólar, pero supongo también que los productores tratan con esto de acercar más la historia al espectador para que le resulte más realista. Claro está, debe tratarse de marcas incombustibles, eternas. Pero el tiempo nos ha enseñado que no las hay. Imagino que los productores de 2001: Una odisea del espacio y Blade Runner nunca habrían imaginado entonces que la todopoderosa Pan Am, la mayor aerolínea del mundo, cuya marca aparecía en ambas películas, desaparecería del mapa en 1991.

No recuerdo si Thomas Cook ha llegado a figurar en alguna película futurista. Pero para quienes somos adictos a los viajes, la idea de que la primera agencia turística de la historia y del mundo haya desaparecido de la noche a la mañana es toda una conmoción. Aunque sus problemas vinieran ya de lejos, uno, ignorante en cosas de economía y negocios, siempre espera que aparezca algún salvador al rescate, sobre todo por el bien de sus empleados y clientes.

Thomas Cook inventó el turismo de masas. Y bueno, a nadie nos gusta el turismo de masas. Pero si no fuera por el turismo de masas, quienes no somos millonarios no podríamos viajar a donde lo hacemos a los precios a los que lo hacemos. El mundo sería un lujo económicamente inalcanzable para nosotros. Y por tanto, en lo que vale, le debemos algo de gratitud a aquel ebanista inglés del siglo XIX.

Sin embargo, este no es un blog de viajes, por mucho que esta sea una de las debilidades de su autor. Pero lo que hoy vengo a contarles es una de las historias menos divulgadas en la historia de Thomas Cook y su legendaria, ya difunta, compañía de viajes: cuál fue su papel decisivo en el impulso a la investigación arqueológica en el Oriente Próximo. Incluso aunque sus intenciones fueran realmente otras.

Petra en 1917. Imagen de Wikipedia.

Petra en 1917. Imagen de Wikipedia.

Cook no era un viajero, ni un aventurero, ni un explorador, ni mucho menos un científico. Si dos palabras le definían, eran estas: religioso y abstemio. Baptista estricto, y activista en contra del consumo de bebidas alcohólicas. En 1841 se le ocurrió la idea de organizar el viaje en tren de 500 enemigos del alcohol desde Leicester para un mítin en Loughborough, a solo 11 millas de distancia. Y así fue como comenzó: unos años más tarde ya estaba organizando viajes por Europa y EEUU.

Pero en las décadas posteriores, lo que hizo crecer la compañía de Cook como un hojaldre en el horno fue el destino estrella en la Gran Bretaña victoriana: Egipto. Y sin embargo, aunque el país de los faraones era la fuente más jugosa de ingresos para la compañía, el propio Cook tenía un mayor interés personal en otra región: Oriente Próximo. O sería más adecuado decir Tierra Santa, ya que ese interés no era geográfico, sino religioso: Cook quería utilizar su oferta de viajes a aquella región como una vía de expresión y expansión de sus creencias.

Según contaba Felicity Cobbing en un artículo publicado en 2012 en la revista Public Archaeology, en 1865 se fundó en Londres el Palestine Exploration Fund (PEF), una organización dedicada, escribía Cobbing, a “explorar, mapear y estudiar la Tierra Santa, su historia antigua, arquitectura y arqueología, su historia natural y su población”.

En el último cuarto del siglo XIX, el PEF produjo un valioso volumen de documentación sobre toda la región de Tierra Santa, incluyendo mapas, descripciones y estudios sobre todos los aspectos históricos, arqueológicos, antropológicos y naturales. Aunque los intereses del PEF eran sobre todo religiosos y, cómo no, coloniales, aquellos trabajos fueron fuentes imprescindibles para los viajeros, exploradores y científicos que abrieron aquellas tierras al conocimiento occidental.

Pero aunque por entonces las actuales Palestina e Israel eran frecuentemente visitadas por viajeros y estudiosos, en cambio existía un gran desconocimiento sobre la región al otro lado del río Jordán; Transjordania, la actual Jordania. El Oriente Próximo se hallaba bajo el dominio del imperio Otomano. Pero la zona oriental, desde el Jordán hasta el Éufrates, era territorio inexplorado, desconocido, abandonado por las autoridades otomanas y controlado por las tribus locales, en permanente conflicto. Todo esto hacía de la región un lugar extremadamente peligroso, como atestiguan las historias de la época de los pocos pioneros que se atrevían a aventurarse por aquel territorio.

Y entonces llegó Thomas Cook. El ya exitoso empresario de viajes era un devoto miembro del PEF. En 1874, Cook pasó los trastos del negocio a su hijo, John Mason Cook. Durante aquella época, padre y después hijo comenzaron a ocuparse de organizar los viajes del PEF a Tierra Santa, y a proporcionar a sus miembros los famosos cheques de viaje. En 1868, los Cook organizaron la primera expedición a Transjordania, dirigida por el ingeniero militar Charles Warren. Aquella expedición mapeó las ruinas de Jerash (Gerasa) y Amán, pero sobre todo estuvo involucrada en el hallazgo y la investigación de la estela de Mesha o piedra moabita, una valiosa pieza del siglo IX a. C. hoy conservada en el Museo del Louvre.

Posteriormente, la compañía fue extendiendo sus operaciones al este del Jordán. Y tras las expediciones de arqueólogos y cartógrafos, comenzaron a llegar los viajeros de a pie, los primeros turistas. La guía de Cook de Palestina de 1876 ya incluía dos itinerarios en Transjordania, pero fue a partir de 1890 cuando aquella región empezó a convertirse en foco de atracción. A partir de 1907, ya era posible contratar en Thomas Cook & Son un viaje a lugares como Petra, Amán o Jerash. En 1922, la compañía abrió el primer hotel al este del Jordán, el Philadelphia, en la nueva capital de Amán. Al mismo tiempo, la apertura de la región también facilitó a los arqueólogos un estudio más detallado de los restos.

Así pues, quien hoy se acerque a conocer maravillas como la soberbia Petra, las ruinas de Jerash, el desierto de Wadi Rum o el castillo de Kerak (Karak), haría bien en recordar que la posibilidad de visitar aquellos lugares y lo que hoy conocemos sobre ellos se la debemos en parte a un hombre. De no haber sido él, lo habría hecho otro, pero lo hizo Thomas Cook.

Experimentos sobre vida alienígena “exótica”: este es el resultado

Una idea muy extendida, cuando se trata de debatir la posibilidad de vida en otros mundos, es que los alienígenas no tendrían por qué parecerse a ninguno de los seres que conocemos aquí en la Tierra, sino que podrían ser tan diferentes que incluso nos costara reconocerlos como algo vivo.

Esta es una hipótesis de por sí irrefutable; no hay manera de demostrar que no pueda ser así. Y aunque en apariencia esto pudiera hacerla más atractiva, en realidad es más bien lo contrario: en ciencia, las hipótesis que no pueden someterse a refutación no tienen interés. De hecho, desde cierto punto de vista ni siquiera pueden considerarse hipótesis científicas.

Imagen de Max Pixel.

Imagen de Max Pixel.

Pero (¡atención, viene una quíntuple negación!) el hecho de que no sea posible probar que no pueda construirse vida radicalmente diferente a la terrestre no significa que no puedan aportarse razones científicas de que esto no es en absoluto probable. Anteriormente he dedicado aquí tres articulitos a contar por qué, con la biología en la mano, los seres vivos no materiales, no basados en el carbono o no dependientes del agua dan buen material para la ciencia ficción, pero siempre conservando el apellido: ficción.

Un ejemplo. Los físicos suelen coincidir en que Interstellar es una película científicamente muy seria y concienzuda, como no podía ser de otra manera, dado que el físico Kip Thorne ha estado involucrado en la producción y el guion. Pero ¿qué ocurre cuando uno le pregunta a un físico teórico si los agujeros de gusano existen? Naturalmente, dicen a veces; dado que son soluciones a las ecuaciones de campo de la relatividad general de Einstein, existen. Pero no, si existen en la realidad, insiste uno. ¿Realidad?, preguntan ellos.

Bromas aparte: lo cierto es que, aunque la mayor parte de la biología sea demasiado compleja como para describirla a través de ecuaciones (quién sabe si la Inteligencia Artificial llegará a ser capaz de hacer algo parecido), en este caso podría decirse que la vida alienígena exótica es incluso más improbable que los agujeros de gusano, dado que ni siquiera en la teoría pura se ha justificado un sistema coherente y científicamente sólido de vida no basada en el carbono o en el agua.

Claro que, suele argumentarse, dado que no nos es posible poner el pie en esos mundos lejanos tan radicalmente distintos a la Tierra, no podemos asegurar que no haya vida en ellos.

Solo que esto no es exactamente así. Imaginemos que pudiéramos ponernos manos a la obra para simular condiciones extremadamente distintas de las terrestres: combinaciones de ingredientes raros, temperaturas gélidas o ardientes, atmósferas con gases venenosos para nosotros, sustratos de todas clases, gravedades aplastantes o livianas, radiaciones estelares achicharrantes o casi inexistentes, sustitutos del agua… Casi todo tipo de variaciones extremas que se nos puedan ocurrir a eso que los científicos, con sus mentes pobremente reduccionistas, llaman “condiciones habitables”. Lo metemos todo ello en la Thermomix y esperamos unos cuantos miles de millones de años a ver si sale algo vivo.

Pues bien, ese experimento ya se ha hecho: ante ustedes, les presento el Sistema Solar. ¿El resultado? Que no hay vida compleja en otro lugar más que en la Tierra. Y aunque no podamos asegurar que no haya vida simple en algún otro mundo de nuestro vecindario, si esto existiera, personalmente apostaría solo a dos caballos: Origen Común y Evolución Paralela.

Tomemos como ejemplo Júpiter y Saturno, dos planetas casi tan diferente a la Tierra como pueda llegar a imaginarse. Si fuera posible que en semejantes condiciones raras surgiera la vida, ¿por qué no en Júpiter y Saturno? De hecho, Carl Sagan imaginó un ecosistema joviano formado por varias especies de criaturas flotantes y voladoras que viven y se comen unas a otras. Pero dejando de lado las especulaciones, podemos estar bastante seguros de que en Júpiter no existe una civilización inteligente. Ni muy probablemente nada vivo.

Naturalmente, el hecho de que –que sepamos– no haya vida en Júpiter o en Saturno tampoco descarta por completo que en lugares como Júpiter o Saturno pueda aparecer algo vivo. Merece la pena buscar. Es casi obligado buscar, ya que esta búsqueda siempre aportará resultados valiosos: si no se encuentra nada, un clavo más en el ataúd de la idea sobre la vida “como no la conocemos”. Y si se encuentra algo, el descubrimiento más importante de la historia de la ciencia.

Y a este respecto, hay buenas noticias. Por fin parece que, tras décadas de abandono, la biología está dejando de ser el patito feo de las misiones de exploración espacial. Y en concreto, una misión ya confirmada para los próximos años podría responder a la pregunta de si existe algo vivo en uno de los lugares del Sistema Solar más propicios para la presencia de alguna forma de vida posiblemente exótica. Mañana lo contaremos.

¿Y si no hay nadie más en el universo?

Hace unos días escuché a un tertuliano de radio decir que tal asunto a tal político le interesaba tanto como el ciclo de reproducción del pingüino. Es curioso con qué frecuencia se utilizan ejemplos de la biología, y no por ejemplo de la pintura flamenca o del baloncesto, para denotar las cosas que, al parecer, no deben interesar a ninguna persona interesada en las cosas que deben interesar a todo el mundo; el ciclo de reproducción del pingüino, la cría del mejillón, el ritual de apareamiento del cangrejo australiano…

Y es curioso, porque ni la pintura flamenca ni el baloncesto pueden responder a preguntas verdaderamente trascendentales para la humanidad; mientras que, la biología, sí.

Por ejemplo: ¿estamos solos en el universo? Es una pregunta puramente biológica, a pesar de que los primeros en interesarse científicamente por esta cuestión fueron físicos y matemáticos. Quienes, por cierto, dieron por hecho que la respuesta era “no”, creyendo que la astrofísica y las conjeturas matemáticas bastaban para responder a la pregunta.

¿Un universo vacío? Imagen del telescopio espacial Hubble / Wikipedia.

¿Un universo vacío? Imagen del telescopio espacial Hubble / Wikipedia.

Tratando de ser lo más ecuánime posible, no se me ocurre ninguna otra pregunta más trascendental que esta, exceptuando una: ¿existe (lo que suele llamarse) Dios, o algo más allá de la muerte? Pero dado que esto, en el fondo, pasa por la posibilidad de que pueda existir algún tipo o forma de vida no biológica, llámese como se llame, resulta que volvemos a rozar la biología sin pasar ni de lejos por la pintura flamenca ni por el baloncesto.

Y sí, aunque pueda no parecerlo, esto incluye también el conocimiento del ritual de apareamiento del cangrejo australiano, dado que puede desvelar pistas sobre cómo funciona la evolución, y por tanto la biología terrestre, y por tanto la biología en general, incluyendo la de otros lugares del universo, que debe regirse por las mismas reglas que aquí.

Es difícil aventurar si el descubrimiento de que existe vida en otros lugares cambiaría mucho o poco nuestro mundo. Obviamente, el impacto social sería mucho mayor si se hallara otra civilización inteligente que si solo se encontraran formas de vida simple. Pero incluso teniendo en cuenta que muchos estarán en su perfecto derecho de declarar que les importa tres pimientos la existencia de vida alienígena, con los problemas que ya tenemos en la Tierra y blablablá, el hecho de que parezcan ser mayoría quienes creen en la vida alienígena es un buen motivo para intentar, al menos, presentar la ciencia que revele si esa creencia tiene algún fundamento real.

Y la respuesta es que no; al menos con lo que sabemos hasta ahora, no hay ningún motivo de peso, más allá de la conjetura puramente teórica, para pensar que pueda existir vida en algún otro lugar del universo. Al menos, vida compleja, autoconsciente, tecnológica… Vida como nosotros, casi como nosotros, o muy superior a nosotros. No tenemos ninguna evidencia de ello, y el conocimiento solo puede agarrarse a las evidencias.

Pese a todo, resulta chocante que esta sea la única creencia en el universo de las pseudociencias que un científico puede abrazar y defender sin poner en riesgo su reputación. De hecho, en algunos casos ha servido para construirla o reforzarla: Carl Sagan, Frank Drake, Paul Davis, Seth Shostak, Freeman Dyson…

Sin embargo, en estos años del siglo XXI, algo nuevo está ocurriendo: cada vez es más visible entre los científicos, y puede que más abundante, la idea de que en realidad podríamos estar solos en el universo actual.

(Nota: entiéndase “actual” en sentido einsteniano; es decir, que no existe nadie cuyas señales podamos recibir, o que pueda recibir las nuestras, en el breve periodo de la historia del universo en el que el ser humano existe y existirá. Lo cual no quiere decir que no pueda existir dentro de mucho tiempo en una galaxia muy, muy lejana.)

¿Por qué este cambio? A riesgo de equivocarme, me atrevería a aventurar dos razones: por una parte, la paradoja de Fermi (tanta gente por ahí y nosotros aquí solos) ya empieza a cansar, y hay quienes creen que, atendiendo a la navaja de Ockham, o al sentido común, quizá no haya tal paradoja, sino que sencillamente no haya tales millones de civilizaciones por ahí desperdigadas.

En segundo lugar, los biólogos han irrumpido en el debate. Por supuesto que no hay razón para pensar que el biólogo medio descarte la existencia de vida alienígena, ni muchísimo menos. Es más, la fusión entre biología y vida alienígena ha creado una nueva ciencia, la astrobiología. Pero aunque esta disciplina aporta valiosísimas investigaciones sobre el origen de la vida terrestre y sus límites, probablemente no pocos astrobiólogos lamentan en silencio la posibilidad, cada vez más cercana, de morir sin llegar a ver descubierto el objetivo último de su trabajo. Y por el contrario, haber biólogos que con la biología en la mano no se creen el cuento de los aliens, haylos. Y lo dicen.

Pero no se trata solo de biólogos. Como ejemplo, hoy les traigo un estudio elaborado el año pasado por tres investigadores de la Universidad de Oxford. Aunque los autores anunciaron que lo habían enviado a la revista Proceedings of the Royal Society, hasta donde sé aún no se ha publicado formalmente, pero al fin y al cabo se trata de una aportación teórica especulativa.

Primero, el perfil de los autores: el sueco Anders Sandberg es un transhumanista, neurocientífico computacional de formación; el estadounidense Eric Drexler es ingeniero nanotecnólogo; y el australiano Toby Ord es filósofo ético, interesado sobre todo en la erradicación de la pobreza en el mundo.

Es decir, que a primera vista no hay motivos para pensar que los autores se agarren a argumentos biológicos terracéntricos y reduccionistas (una acusación frecuente) con el fin predeterminado de negar la existencia de vida alienígena. Por el contrario, el trabajo de los autores consiste en revisitar la famosa ecuación de Frank Drake, esa que durante décadas se ha esgrimido para defender que nuestra galaxia debería albergar miles o millones de civilizaciones.

Así, Sandberg, Drexler y Ord escriben que la ecuación de Drake “implícitamente asume certezas respecto a parámetros altamente inciertos”. Para solventar estas incertidumbres, los autores han construido un modelo que incorpora los recorridos químicos y genéticos en el origen de la vida –es decir, la biología–, teniendo en cuenta que “el conocimiento científico actual corresponde a incertidumbres que abarcan múltiples órdenes de magnitud”.

Y este es el resultado: “Cuando el modelo se recompone para representar las distribuciones de incertidumbre de forma realista, encontramos una probabilidad sustancial de que no haya otra vida inteligente en nuestro universo observable”. En concreto, estas son las cifras a las que llegan los autores: entre un 53 y un 99,6% de que no haya nadie más en la galaxia, y entre un 39 y un 85% de que estemos completamente solos en el universo observable.

“Este resultado disuelve la paradoja de Fermi”, escriben. En una presentación de su trabajo disponible en la web, tachan la palabra “paradoja” y la sustituyen por “pregunta”. “¿Dónde están?”, es la pregunta. Y esta es su respuesta: “Probablemente, extremadamente lejos, y muy posiblemente más allá del horizonte cosmológico y eternamente inalcanzables”.

¿Vida inteligente más allá del horizonte cosmológico? ¿Eternamente inalcanzable y, por tanto, incognoscible para nosotros? ¿A qué recuerda esta descripción? Inevitablemente, llega un punto en el que hablar de vida alienígena inteligente llega a ser algo bastante parecido a hablar de… Dios. O a ver si no qué era el 2001 de Arthur C. Clarke.