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Los secretos de las ciencias para
los que también son de letras

Esta es la gran diferencia entre el CSI y la vida real

El asunto de Brandon Mayfield que conté ayer es un caso de ciencia forense, pero también es un caso de ciencia sin apellidos. Con frecuencia me refiero aquí a ciertas situaciones en las que se desprecia el conocimiento científico en cuestiones como las vacunas, la homeopatía o el cambio climático. Pero consecuencias igualmente graves tiene lo opuesto, creer que la ciencia puede aportar más de lo que realmente puede, y basar en ello decisiones tan trascendentales que pueden llevar a alguien a prisión, o incluso al corredor de la muerte en según qué países.

Como suelo decir aquí, la ciencia no es infalible. Aunque, como suelo añadir, la ciencia se refuta con ciencia, y no con folclore, creencias o intuición. Pero no es lo mismo un campo como las vacunas o el cambio climático, donde muchos científicos han trabajado mucho durante muchos años desde muchos enfoques distintos y han llegado a una misma conclusión mayoritaria, que una prueba individual practicada por un laboratorio individual sobre una muestra individual. Cuando digo una, entiéndase que igual da dos o tres; en todo caso no hay una población estadísticamente significativa.

No es que la ciencia forense se equivoque; sí pueden equivocarse las personas que la practican al interpretar la solidez de sus conclusiones. Y así pueden atraer a su equívoco a quienes toman las decisiones judiciales, ya sean jueces o jurados, a quienes no se les supone ni se les exige ningún grado por encima del analfabetismo científico.

CSI: ¿la verdad está ahí dentro? Imagen de CBS.

CSI: ¿la verdad está ahí dentro? Imagen de CBS.

Pero como no tienen por qué aceptar la validez del argumento solo de mi palabra, aquí les traduzco las del Consejo de Asesores en Ciencia y Tecnología del presidente de EEUU (PCAST, por las siglas en inglés), que en un informe publicado hace un año escribían esto:

Más allá de este tipo de limitaciones con respecto a los métodos fiables en las disciplinas forenses de comparación de rasgos, las revisiones han descubierto que los testigos expertos a menudo sobreestiman el valor probatorio de sus pruebas, yendo mucho más allá de lo que la ciencia relevante puede justificar. Por ejemplo, los examinadores testifican que sus conclusiones son “cien por cien ciertas”, o que tienen una probabilidad de error “cero”, “virtualmente cero” o “despreciable”. Sin embargo, como muchas revisiones han notado […], estas afirmaciones no son científicamente defendibles: todas las pruebas de laboratorio y análisis de comparación de rasgos tienen tasas de error que son distintas de cero.

Es decir, que según los expertos del PCAST, basándose en una concienzuda revisión de numerosos casos en EEUU (y el resto del mundo no tiene por qué ser diferente), los peritos científicos que testifican en los juicios a menudo tienden a otorgar un valor de certeza absoluta a sus análisis que no se corresponde con la realidad.

Todo el que tenga conocimiento de cómo funciona la ciencia sabe que los estudios científicos discuten sus conclusiones con expresiones del tipo “nuestros resultados sugieren…” o “los datos son compatibles con…”, siempre con su buena guarnición de subjuntivos y condicionales. Muy raramente, si es que alguna vez ocurre, un estudio científico afirma demostrar algo categóricamente y sin resquicios. Sencillamente, esto no pasa. Y en cambio, según los expertos del PCAST, parece que este tipo de lenguaje dogmático tan impropio de la ciencia sí es habitual cuando un perito científico sube al estrado.

Una aclaración: cuando estos expertos se refieren a análisis de comparación de rasgos, hablan de las técnicas más habituales de la ciencia forense que vemos en telediarios, películas y series como CSI: estudio microscópico del pelo, análisis de huellas (también dactilares), mordeduras, pruebas de ADN… En resumen, todo.

Algunas de estas pruebas quedan pulverizadas en el informe, como el análisis de marcas de mordeduras, que según el PCAST “no reúne los estándares científicos de validez en sus fundamentos, y está muy lejos de reunirlos”. En el caso de las huellas de calzado, los expertos descubren que “no existen estudios empíricos apropiados” para justificar su fiabilidad real, por lo que “no es científicamente válido”.

Tampoco se salvan los exámenes balísticos, otro clásico del género. En este caso, dice el PCAST, no hay datos suficientes: “actualmente no alcanzan los criterios de validez porque solo hay un único estudio apropiadamente diseñado para medir su validez y su fiabilidad estimada”.

¡Tenemos una coincidencia! Imagen de Ubisoft.

¡Tenemos una coincidencia! Imagen de Ubisoft.

Pero es que en el caso de las huellas dactilares, que solemos interpretar como la prueba incuestionable de culpabilidad, el informe apunta que la tasa de falsos positivos –identificaciones erróneas, como en el caso de Mayfield– puede llegar a un caso de cada 306 según un estudio; y según otro, nada menos que a ¡un caso de cada 18!

Multiplíquenlo por la cifra que les parezca adecuada para estimar el número de juicios que se celebran a diario en el mundo; sea cual sea la cifra real, la conclusión es la misma: todos los días las huellas dactilares pueden estar acusando a una multitud de inocentes. Y como consecuencia, dejando a los culpables en la calle. Dado que en países como el nuestro todos cedemos generosamente nuestras huellas al estado cuando tramitamos el DNI o el pasaporte, cualquiera podríamos vernos algún día en un trance como el de Mayfield.

Por supuesto, hoy la regla de oro es el ADN. Pero también en este caso hay que diferenciar entre muestras simples individuales, como por ejemplo el esperma de un violador recogido del interior de la vagina, y muestras complejas como las tomadas en el escenario de un crimen por el cual ha pasado un número incontable de fuentes de material genético, no solo humanas.

En este segundo caso, el informe considera que los métodos a menudo utilizados actualmente para analizar muestras complejas “no son válidos en sus fundamentos” porque “pueden llevar a resultados erróneos”. Pero incluso en el caso de una sola fuente, para el cual el análisis de ADN sí se considera “un método válido y fiable”, los expertos advierten: “en la práctica no es infalible. En las pruebas de ADN los errores pueden ocurrir y ocurren”.

Los autores del informe aluden sobre todo a errores humanos o interpretaciones equivocadas de los resultados. En la vida real, a diferencia de lo que muestran la tele o el cine, las máquinas de análisis de ADN no devuelven la foto de carné de un tipo, sino datos que deben procesarse con los programas adecuados y compararse con las muestras pertinentes para al final obtener algo que no es un veredicto de culpabilidad o inocencia, sino una cifra estadística.

El problema con la estadística es que tendemos a interpretarla en términos de fe; claro que el problema no está en la estadística, sino en nosotros. Compramos el Euromillones porque creemos que va a tocarnos. Pero salimos cada día a la calle sin casco porque de ninguna manera creemos que vaya a caernos un meteorito encima. Y sin embargo, como ya conté aquí, es 87 veces más probable morir por el impacto de un asteroide que ganar el Euromillones.

Los miembros del PCAST ponen un ejemplo muy ilustrativo. Imaginen un test que tiene una tasa de falsos positivos de 1 de cada 100. Desde un punto de vista probabilístico puramente intuitivo, un juez y un jurado tenderán a inculpar al acusado si el test resulta positivo.

Pero si surge ese testigo providencial, tan típico de las películas, asegurando haber visto al acusado a la hora de los hechos a más de mil kilómetros del lugar del crimen, la balanza justiciera se inclina hacia el lado contrario: lo más probable es que se trate precisamente de ese único caso de cada cien. Con una misma prueba forense e idéntico resultado, la diferencia entre la libertad y la cárcel depende de un testigo que en la vida real, a diferencia de las películas, tampoco suele aparecer.

El caso de Brandon Mayfield y el fiasco de las huellas dactilares del 11-M

Probablemente no les suene el nombre de Brandon Mayfield. Abogado estadounidense, 51 años, residente en Oregón… ¿Nada? ¿Y si les cuento que este tipo fue arrestado por el FBI en 2004 como sospechoso de haber perpetrado la masacre del 11-M en Madrid? ¿Y que la detención fue motivada por una presunta coincidencia de sus huellas dactilares con las halladas en una mochila con explosivos utilizada en los atentados… a pesar de que Mayfield jamás había estado en España?

Atentados del 11-M. Imagen de EFE/20 Minutos.

Atentados del 11-M. Imagen de EFE/20 Minutos.

La historia de Brandon Mayfield tiene diversos matices, pero me interesa destacar uno: la ciencia no es infalible, pero lo verdaderamente grave sucede cuando quienes toman las grandes decisiones no saben distinguir la ciencia buena de la mala o la pseudociencia.

Después de los atentados del 11-M, la policía española envió a Interpol las huellas dactilares halladas en los escenarios de los ataques. Las huellas llegaron así hasta el FBI, que las cotejó con sus bases de datos. La comparación resultó en posibles coincidencias con 20 individuos fichados. Uno de ellos era Brandon Mayfield, cuyas huellas figuraban en los archivos del FBI por haber servido en el ejército.

Pero Mayfield era, además, musulmán, convertido al islam a través de su mujer egipcia. Y aún peor (para el FBI), como abogado había defendido a un integrante de los llamados Siete de Portland, un grupo de estadounidenses que habían tratado de viajar a Afganistán para unirse a Al Qaida; pero no en un juicio relacionado con este hecho, sino en un caso de custodia.

Al FBI le bastaron estos débiles indicios para seleccionar a Mayfield de su lista de 20 y convertirlo en su sospechoso favorito, sometiéndole a un dispositivo de vigilancia. Sus teléfonos fueron pinchados y su casa allanada. Finalmente, a principios de mayo, Mayfield fue detenido y puesto en aislamiento, sin contacto con su familia y con limitada asistencia legal.

Lo curioso y terrible del caso es que en abril, semanas antes del arresto de Mayfield, nuestra Policía Nacional había enviado un escrito al FBI descartando la concidencia entre las huellas del abogado y las halladas en la mochila, y apuntando a otros posibles sospechosos. ¿Cuál fue entonces la respuesta de la agencia estadounidense? Simplemente, ignorar la conclusión de la policía española y aferrarse a su tesis de que la coincidencia estaba verificada al cien por cien.

A la izquierda, huella dactilar recuperada de una mochila de los atentados del 11-M. A la derecha, huella dactilar de Brandon Mayfield en el archivo del FBI. Imagen de Science.

A la izquierda, huella dactilar recuperada de una mochila de los atentados del 11-M. A la derecha, huella dactilar de Brandon Mayfield en el archivo del FBI. Imagen de Science.

El 19 de mayo, la policía española anunciaba por fin que las huellas pertenecían al argelino Daoud Ouhnane. Sólo al día siguiente, cuando la prensa internacional divulgó la noticia, el FBI se vio obligado a liberar a Mayfield. Unos días después, un juez estadounidense archivaba el caso.

Según el posterior informe del Departamento de Justicia de EEUU, por cierto censurado en las partes que refieren los métodos de seguimiento y obtención de pruebas, “después de que el Laboratorio del FBI hubiera examinado las huellas dactilares del argelino, retiró la identificación de Mayfield y lo liberó de su custodia”. El informe exculpaba al FBI de mala praxis, limitándose a sugerir que todo se había debido a “errores” y que existían ciertos “problemas de desempeño”.

Mayfield recibió una disculpa y una indemnización de dos millones de dólares. Pero aunque tal vez lo más llamativo de esta historia sea la chapuza del presuntamente todopoderoso FBI y su olímpico menosprecio hacia la policía de otro país, en este caso el nuestro, en la raíz de todo ello yace un problema que no es político ni policial, sino científico. El FBI encontró no una coincidencia, sino 20. ¿Es que acaso las huellas dactilares no son una prueba tan inequívoca como siempre se nos ha hecho creer?

La respuesta, en la próxima entrega.

Así es un cerebro humano fresco

Un cerebro humano fresco no es algo con lo que uno se encuentre habitualmente, salvo que se dedique profesionalmente a la neurocirugía o a la ciencia forense. Por supuesto, en la carrera de biología nunca veíamos algo así, pero incluso muchos estudiantes de medicina de todo el mundo no tienen contacto sino con cerebros conservados en formol, un agente fijador que desnaturaliza las proteínas, confiriendo una consistencia firme y gomosa muy distinta de la del tejido fresco.

Personalmente, a lo más que he llegado es al de cordero, y fue hace ya varias décadas, con ocasión de un trabajo escolar. Si no me falla la memoria, fui con mi amigo Pablo al mercado, donde compramos un blíster de plástico que contenía un seso entero y fresco. Aquella mercancía debía haber encontrado su destino más probable en unos huevos revueltos, como en aquellos Duelos y Quebrantos del Quijote. Pero aquel cerebro en concreto sirvió al improbable propósito de un trabajo de ciencias de dos críos de la extinta EGB.

Imagen de YouTube.

Imagen de YouTube.

Recuerdo que aquel órgano se notaba extremadamente delicado y frágil al tacto, como gelatina. Se le quedaba marcada la forma del blíster, y uno comprendía entonces por qué la naturaleza nos ha dado un robusto baúl de hueso para guardarlo y un cojín líquido para amortiguar los golpes.

Sin embargo, entre un cerebro de cordero y otro humano hay un enorme salto que trasciende lo evolutivo. Nos reconocemos, nos relacionamos e incluso nos gustamos o no a través de nuestra fachada. Pero en realidad todo lo que somos, lo que hemos sido y lo que seremos está en ese poco menos de kilo y medio, en su mayoría grasa, que el físico Michio Kaku y otros científicos han calificado como el objeto más complejo del universo. Así lo escribió Francis Crick, el codescubridor de la doble hélice de ADN:

Tú, tus alegrías y tus penas, tus recuerdos y ambiciones, tu sentido de identidad personal y de libre albedrío, de hecho no son más que el comportamiento de un vasto ensamblaje de células nerviosas y sus moléculas asociadas.

Hoy les traigo este vídeo con fines didácticos presentado por la neuroanatomista Suzanne Stensaas, de la Universidad de Utah (EEUU). Stensaas muestra un cerebro humano fresco extraído de una persona fallecida de cáncer que ha donado su cadáver a la ciencia. “Es mucho más blando que la mayoría de la carne que puedes ver en el mercado”, dice la doctora, explicando que el cerebro lleva un cordón atado para poder suspenderlo en un cubo y fijarlo en formol, ya que si lo dejaran simplemente en el fondo se desparramaría como lo que es, un pedazo de grasa. Pásmense ante esta increíble y vulnerable maravilla, pero no lo olviden: ahí dentro está toda una vida.

Los Nobel, uno fresco, otro rancio, y siempre dejan a alguien fuera

Como cada año por estas fechas, no puede faltar en este blog un comentario sobre lo que nos ha traído la edición de turno de los premios Nobel. Y aunque cumplo con esta autoimpuesta obligación, debo confesarles que lo hago con la boca un poco pastosa. No por desmerecer a los ganadores, siempre científicos de altísimos logros, sino por otros motivos que año tras año suelo traer aquí y que conciernen a los propios premios.

Imagen de Wikipedia.

Imagen de Wikipedia.

En primer lugar, están los merecimientos no premiados de los que siempre se quedan por debajo de la línea de corte. Ya lo he dicho aquí, y no descubro nada nuevo: ya no hay Ramones y Cajales encerrados a solas en su laboratorio. Vivimos en la época de la ciencia colaborativa y a veces incluso multitudinaria, donde algunos estudios vienen firmados por miles de autores. No exagero: hace un par de años, un estudio de estimación de la masa del bosón de Higgs batió todos los récords conocidos al venir firmado por una lista de 5.154 autores. Nueve páginas de estudio, 24 páginas de nombres.

En el caso que nos ocupa, el Nobel de Física 2017 anunciado esta semana ha premiado la detección de ondas gravitacionales, un hito histórico que se anunció y publicó por primera vez en febrero de 2016, que confirmó la predicción planteada por Einstein hace un siglo y que según los físicos abre una nueva era de la astronomía, ya que enciende una nueva luz, que en este caso no es luz, para observar el universo.

Pero aunque sin duda el hallazgo merece los máximos honores que puedan concederse en el mundo de la ciencia, el problema es que los Nobel fueron instituidos por un tipo que murió hace 121 años, cuando la ciencia era cosa de matrimonios Curies investigando en un cobertizo. Y las normas de los Nobel dicen que como máximo se puede premiar a tres científicos para cada categoría.

Los agraciados en este caso han sido Rainer Weiss, Barry Barish y Kip Thorne, los tres estadounidenses, el primero nacido en Alemania. Weiss se queda con la mitad del premio, mientras que Barish y Thorne se reparten el otro 50%.

No cabe duda de que los tres lo merecen. Weiss fue quien inventó el detector que ha servido para pescar por primera vez las arrugas en el tejido del espacio-tiempo, producidas por un evento cataclísmico como la fusión de dos agujeros negros. Thorne ha sido la cabeza más visible en el desarrollo de la teoría de las ondas gravitacionales, además de ser un divulgador mediático y popular: creó el modelo de agujero negro que aparecía en la película Interstellar. Por su parte, Barish ha sido el principal artífice de LIGO, el detector que primero observó las ondas gravitacionales y que se construyó según el modelo de Weiss apoyado en la teoría de Thorne.

Pero más de mil científicos firmaron el estudio que describió la primicia de las ondas gravitacionales. Sus diversos grados de contribución no quedan reflejados en la lista de autores, ya que en casos así no se sigue la convención clásica de situar al principal autor directo del trabajo en primer lugar y al investigador senior en el último; aquí la lista es alfabética, sin un responsable identificado. El primero de la lista era un tal Abbott, cuyo único mérito para que aquel estudio histórico ahora se cite como “Abbott et al.” fue su ventaja alfabética. De hecho, había tres Abbotts en la lista de autores.

¿Se hace justicia premiando solo a tres? Tengo para mí que los físicos especializados en la materia, sobre todo quienes hayan participado de forma más directa o indirecta en este campo de estudio, tal vez tengan la sensación de que queda alguna cuenta no saldada.

Como mínimo, habrá quienes achaquen al jurado que haya olvidado la importantísima contribución de Virgo, el socio europeo del experimento LIGO. Ambos nacieron de forma independiente en los años 80, LIGO en EEUU y Virgo en Italia como producto de una iniciativa italo-francesa. Con el paso de los años, LIGO y Virgo comenzaron a trabajar en una colaboración que estaba ya muy bien trabada antes de que el detector estadounidense lograra la primera detección de las ondas gravitacionales. La cuarta detección de ondas de este tipo, anunciada hace solo unos días, se ha producido en paralelo en LIGO y en Virgo. ¿Es justo dejar a los artífices del proyecto europeo sin el reconocimiento del Nobel?

Por supuesto, son las normas de los premios. Pero miren esto: el testamento de Nobel no mencionaba en absoluto a tres premiados por cada categoría, sino que se refería simplemente a “la persona que…”. Por lo tanto, si se trata de ceñirse estrictamente a la última voluntad del fundador de los premios, estos no deberían repartirse.

Pero la limitada representatividad de la lista de premiados no es el único defecto de los Nobel. Otro que también he comentado aquí en años anteriores es la tendencia a premiar trabajos tan antiguos que ni sus autores ya se lo esperaban, si es que siguen vivos. Y en esto tampoco se respetan las instrucciones de Alfred Nobel, ya que él especificó que los premios deberían concederse a quien “durante el año precedente haya conferido el mayor beneficio a la humanidad”.

Si al menos este año en Física se ha premiado ciencia fresca y puntera, no ocurre lo mismo con la categoría de Fisiología o Medicina. Los tres galardonados, Jeffrey Hall, Michael Rosbash y Michael Young, todos estadounidenses, lograron sus avances fundamentales sobre los mecanismos moleculares del reloj biológico (los ritmos circadianos) allá por los años 80.

De hecho, hay un dato muy ilustrativo. A diferencia del caso de las ondas gravitacionales, en el campo de los ritmos circadianos sí hay dos nombres que muy claramente deberían encabezar una lista de candidatos a recibir los honores: Seymour Benzer y su estudiante Ron Konopka, los genetistas estadounidenses que primero descubrieron las mutaciones en los genes circadianos con las cuales pudo escribirse la ciencia moderna de la cronobiología. Pero Benzer falleció en 2007, y Konopka en 2015. Y no hay Nobel póstumo. El premio en este caso se ha concedido a una segunda generación de investigadores porque se ha concedido tan a destiempo que los de la primera murieron sin el debido reconocimiento.

En este caso, los Nobel pecan una vez más de conservadurismo, de no apostar por avances más recientes cuyo impacto está hoy de plena actualidad en las páginas de las revistas científicas. Por ejemplo, CRISPR, el sistema de corrección de genes que abre la medicina del futuro y en el que nuestro país tiene un firme candidato al premio, el alicantino Francisco Martínez Mojica. Pero dado que este avance también puede optar al Nobel de Química, que se anuncia hoy miércoles dentro de un rato, de momento sigamos conteniendo la respiración.

De la cerveza al urinario, y de vuelta a la cerveza

A propósito de mi anterior artículo sobre el Marmite, ese extraño alimento de origen británico creado con los restos de la fermentación industrial de la levadura, Alicia me hacía la observación en Twitter de que posiblemente en los países del norte aprovechen al máximo la cerveza tal y como nosotros hacemos con el cerdo.

El comentario de Alicia me trajo a la memoria una noticia que circuló a finales de la primavera de este año y que pone lacre y sello a esa idea. Porque ¿qué mayor aprovechamiento de la cerveza que recoger el resultado de su paso por el cuerpo humano y volver a convertirlo en cerveza?

Esto es exactamente lo que ha hecho el Consejo de Agricultura y Alimentación de Dinamarca (para abreviar, DAFC, en inglés), con la colaboración de la empresa danesa Nørrebro Bryghus. Se lo explico. A nadie se le escapa que en los festivales de música se consumen océanos de cerveza, y todo asiduo a los conciertos en grandes recintos ha tenido que esperar pacientemente alguna vez al final de una larga fila para devolver al mundo el líquido ingerido, del modo que narraban Pablo Carbonell y los Toreros Muertos.

Pues bien, en 2015 al DAFC se le ocurrió recoger la orina vertida por los asistentes al Festival de Roskilde, celebrado anualmente cerca de Copenhague y que pasa por ser uno de los mayores eventos musicales de Europa. Nada menos que 54.000 litros; piensen en esa botella de agua que tienen en la nevera, y multiplíquenla por 54.000.

Asistentes al Festival de Roskilde en 2015, contribuyendo al proyecto. Imagen de Beercycling.

Asistentes al Festival de Roskilde en 2015, contribuyendo al proyecto. Imagen de Beercycling.

En la primavera de 2016, esas 54 toneladas de agüita amarilla se emplearon como fertilizante en los campos daneses para producir 11 toneladas de malta de cebada. Y después, otra vez a fabricar cerveza. El resultado: 60.000 botellas de cerveza Pilsner que se lanzaban a la venta el pasado junio bajo la marca, no había otra, Pisner.

Los responsables del Proyecto Beercycling aclaraban que los granjeros han utilizado durante siglos la orina del ganado para fertilizar sus cultivos, y que en este caso solo se ha añadido la idea innovadora de aprovechar la humana, con el añadido de que en este caso la materia prima procedía principalmente del consumo de cerveza. Lo cual no es un factor relevante técnicamente, pero le da al proyecto un interesante carácter circular, además de ser hermosamente alegórico.

Cerveza Pisner. Imagen de Beercycling.

Cerveza Pisner. Imagen de Beercycling.

Pero si han suspirado de alivio al saber que la orina no se transforma directamente en cerveza, sino que simplemente se esparce por los campos, no suspiren tan deprisa: en otro proyecto, científicos de la Universidad de Gante (Bélgica) han creado una máquina que recicla directamente la orina en agua potable y fertilizante.

En este caso, sí: los 1.000 litros de orina recogidos de los asistentes al Festival de Música y Teatro de Gante por el investigador Sebastiaan Derese y sus colaboradores estaban destinados a elaborar cerveza sin pasar por el filtro de la naturaleza, sino solo por el de la máquina. “Recuperación completa de nutrientes de la orina humana”, es el tema en el que investiga Derese para su tesis doctoral.

Puede que ideas como la de Derese tengan que vencer algunas resistencias, pero háganse a la idea de que ese es el futuro al que nos dirigimos. Claro que tal vez sea necesario recordar un axioma básico, no por evidente menos incomprendido:

Toda el agua de la Tierra es reciclada.

El agua que bebemos es la misma que llevan bebiendo y excretando todos los seres vivos que han pasado por este planeta durante millones de años. La naturaleza actúa como gran máquina de filtro, devolviéndonos lo que expulsamos después de cubrir un gran ciclo de reciclaje.

Lo cierto es que actualmente lo más común es reciclar el agua usada en las plantas de depuración para destinos diferentes al consumo humano, como el riego o la recarga de acuíferos. Pero solo porque la tecnología aún no está lo suficientemente extendida como para que se nos devuelva al grifo lo que hemos vertido por el desagüe.

Curiosamente, en 2008, cuando la NASA instaló en la Estación Espacial Internacional su primer sistema para reciclar la orina y el sudor de los astronautas en agua potable, publicó el avance bajo el título “reciclar agua ya no es solo para la Tierra”. Pero lo cierto es que en la Tierra aún no hemos llegado a ese nivel de reciclaje que en el espacio es una necesidad. Aunque sin duda, llegaremos, porque cada vez más es también una necesidad aquí abajo. Así que vayan haciéndose a la idea: en un futuro tal vez cercano, reciclar orina para beber ya no solo será para el espacio.

Marmite, el residuo industrial que se convirtió en alimento de culto

Si no están seguros de haber probado alguna vez el Marmite, probablemente es que nunca lo han hecho. No es algo que se olvide con facilidad. Yo tuve la oportunidad de hacerlo este verano en Gran Bretaña, donde lo fabrican, y mi impresión fue la de estar saboreando una mezcla de ácido de batería y aceite de motor usado.

Marmite. Imagen de Wikipedia.

Marmite. Imagen de Wikipedia.

Claro está que jamás he probado estas dos sustancias, así que la descripción es completamente imaginaria. Pero el sabor del Marmite tiene algo en común con lo que uno puede atribuir al de los fluidos del motor de un coche, y es que no parece haber sido creado para consumo humano, salvo si acaso por prescripción médica, sino para otros fines, como encajar tapas de alcantarilla en su hueco o verterlo sobre las cabezas de los enemigos desde lo alto de la muralla de un castillo.

De hecho, algo hay de cierto en que no fue inventado para que entrara por boca humana, ya que en realidad el Marmite es literalmente un desecho: es el extracto de la levadura que queda como residuo después de la fermentación de la cerveza. En el siglo XIX un químico alemán llamado Justus von Liebig, considerado el padre de la industria de los fertilizantes, descubrió que no había por qué tirarlo, que podía comerse sin morir, y a comienzos del XX empezó a comercializarse en Reino Unido.

Lo curioso es que para los británicos y sus primos antípodas, australianos y neozelandeses, es más que un alimento popular: es casi un objeto de culto. En el mundo anglosajón el Marmite suele utilizarse como ejemplo de algo que se ama o se odia, ya que la marca ha utilizado esta idea como eslogan durante años. Pero quienes lo aman, lo aman a muerte. Los fabricantes han lanzado ediciones especiales del producto con ocasión de múltiples eventos, incluido el 60º aniversario del reinado de Isabel II, y los amantes del Marmite las adquieren con devoción.

En 2011, un terremoto en Nueva Zelanda causó el cierre de la fábrica de la versión local, y se desencadenó lo que vino a llamarse el Marmageddon: cundió el pánico, las muchedumbres invadieron los supermercados para hacerse con provisiones, proliferaron en internet las subastas de botes del producto, incluso usados, y el primer ministro tuvo que reconocer desconsolado que se vería obligado a consumir la marca australiana una vez que se acabaran sus existencias. Cuando la fábrica volvió a abrir, inicialmente se impuso un racionamiento de dos botes por persona y día.

Marmite surafricano. Imagen de James Cridland / Flickr / CC.

Marmite surafricano. Imagen de James Cridland / Flickr / CC.

El Marmite es también objeto de investigaciones. Recientemente la revista Annals of Improbable Research, cuyos responsables lo son también de los premios Ig Nobel que conté ayer, ha recopilado algunos de ellos. Por ejemplo, en 2008 un equipo de la Universidad de Cambridge estudió las transiciones de sólido a líquido en la pasta de Marmite, y este mismo año un grupo de científicos de la Universidad australiana de Wollongong ha demostrado la aptitud del Marmite para ser utilizado con impresoras 3D de productos comestibles.

Pero si están esperando a que les desvele las razones objetivas de esta Marmamanía, me temo que deberán seguir esperando, porque no las hay. Es cierto que al Marmite se le suelen suponer ciertas cualidades. Es fuerte en vitaminas; tan fuerte que por este motivo fue prohibido temporalmente en Dinamarca, y existen recomendaciones de máximo consumo diario por riesgo de daños al hígado.

Por lo demás, el amor al Marmite no tiene otra explicación más razonable que el amor a nuestra infancia. Generaciones de anglosajones lo han devorado untado en tostadas desde que eran pequeñitos, y quién no ama los sabores de su niñez, incluso si uno se alimentaba a base de ácido de batería y aceite de motor usado.

Por poderse, se puede tomar también con queso. Imagen de Wikipedia.

Por poderse, se puede tomar también con queso. Imagen de Wikipedia.

De hecho, los mecanismos por los que sentimos pasión o aversión hacia ciertos alimentos son una bonita materia de estudio científico, pero también una complicada. Este mes, la revista New Scientist tiraba por tierra un estudio de una compañía de pruebas de ADN que pretendía atribuir el amor o el odio por el Marmite a ciertas variantes de genes. Como bien señalaba la revista, un pequeño estudio de correlación no demuestra nada, y en cualquier caso es más probable que los padres amantes del Marmite lo sirvan a sus hijos, con quienes comparten genes, y que estos se aficionen a los sabores de su infancia.

Todo esto nos lleva de vuelta a uno de los estudios ganadores de los premios Ig Nobel de este año y que les conté ayer, el de los investigadores franceses que han examinado qué regiones del cerebro se activan cuando se les presenta queso a personas que lo aman o lo odian. Los científicos descubrieron que ciertos centros cerebrales implicados en la recompensa se desactivan tras la estimulación con este alimento en quienes lo aborrecen. ¿Para cuándo un estudio similar con el Marmite? De hecho, y como se comprueba en la foto adjunta, hay quien lo toma también con queso. Sería el experimento definitivo.

Gatos líquidos, sexo al revés y cómo no derramar el café al andar: Ig Nobel 2017

Lo prometido. Después de la influencia de sostener un cocodrilo en las apuestas en los juegos de azar, investigación merecedora del premio Ig Nobel 2017 de Economía, aquí les enumero el resto de los trabajos ganadores de esta edición. Pero como les dije, y siguiendo el espíritu de los premios que primero hacen reír, y luego hacen pensar, en cada uno de ellos les explico brevemente por qué, no por más sorprendentes, (casi) todos estos estudios dejan de tener su mayor o menor relevancia para la ciencia. Recuerden: (casi) todas estas investigaciones están publicadas en revistas científicas, algunas de gran impacto. No, a pesar de lo que lean por ahí, (casi siempre) no son absurdas.

Por cierto, las categorías no son las mismas todos los años; se designan en cada edición a medida de las investigaciones premiadas.

Ceremonia de entrega de los premios Ig Nobel 2017. Imagen de Improbable Research.

Ceremonia de entrega de los premios Ig Nobel 2017. Imagen de Improbable Research.

Ig Nobel de Física: ¿puede un gato ser sólido y líquido al mismo tiempo?

Comienzo con la excepción a la regla, que justifica los paréntesis en los párrafos anteriores. El estudio firmado por el físico francés Marc-Antoine Fardin no es realmente tal estudio, sino una broma para reólogos, los científicos que estudian la dinámica de los fluidos. Fardin publicó en 2014 un artículo en el Boletín de la Sociedad de Reología (no una revista científica, sino un boletín) que aplica los conceptos de esta ciencia a los gatos. Puro humor científico.

Ig Nobel de la Paz: tocar el didyeridú alivia la apnea y los ronquidos

Didyeridús. Imagen de Wikipedia.

Didyeridús. Imagen de Wikipedia.

Un grupo de investigadores de Suiza, Canadá, Holanda y EEUU ha ensayado el tratamiento más improbable contra la apnea del sueño y los ronquidos: tocar el didyeridú, una especie de enorme trompeta que es tradicional entre los aborígenes de Australia. Y según el estudio publicado en la revista British Medical Journal, el tratamiento es eficaz para los pacientes con síntomas moderados. Claro que habría que valorar si merece la pena: el régimen impuesto a los participantes en el ensayo fue tocar el didyeridú durante casi media hora al día, seis días a la semana durante cuatro meses.

Ig Nobel de Anatomía: ¿por qué los ancianos tienen orejas grandes?

El médico inglés James Heathcote aborda en la revista British Medical Journal una de las más curiosas peculiaridades anatómicas del ser humano: las orejas no dejan de crecer desde que nacemos hasta que morimos. En realidad Heathcote no es ni mucho menos el primero en fijarse en ello. Esta peculiaridad ya se había estudiado científicamente al menos desde los años 50, y hace 10 años un estudio exhaustivo investigó el crecimiento de las orejas a lo largo de la vida de casi 1.500 voluntarios. Los resultados fueron sorprendentes: las orejas crecen más en los hombres que en las mujeres, sobre todo en los primeros 10 años de vida, pero no aumentan de tamaño uniformemente. Los investigadores proponían el tamaño de la oreja como un parámetro a tener en cuenta a la hora de estimar la edad de un cadáver en los análisis forenses.

Ig Nobel de Biología: el insecto con pene femenino y vagina masculina

Órganos sexuales del macho y la hembra de Neotrogla. Imagen de Yoshizawa et al., Current Biology.

Órganos sexuales del macho y la hembra de Neotrogla. Imagen de Yoshizawa et al., Current Biology.

En la naturaleza se han encontrado rarezas genitales de todo tipo, pero nunca antes una como la de Neotrogla, un pequeño insecto que vive en las cuevas de Brasil alimentándonse del guano de los murciélagos. En el mundo de estas criaturas, es la hembra la que posee un órgano parecido a un pene que introduce en una abertura en el cuerpo del macho. Aunque se conocen otros casos de animales con los papeles cambiados, sólo la hembra del Neotrogla posee un auténtico pene con todas las de la ley, pero en vez de expulsar, succiona; tanto el esperma del macho como los nutrientes de su fluido seminal. Y lo hace hasta 70 horas seguidas, el tiempo que puede durar una cópula en estos bichos. Los científicos piensan que es una adaptación a la escasez de recursos nutritivos en las cuevas, donde las hembras compiten por los machos.

Ig Nobel de Dinámica de Fluidos: el café se derrama menos caminando hacia atrás

Postura de garra. Imagen de Jiwon Han, Achievements in the Life Sciences.

Postura de garra. Imagen de Jiwon Han, Achievements in the Life Sciences.

El coreano Jiwon Han sabe mirar las cosas al revés que los demás. ¿Quién no ha caminado con sumo cuidado llevando una taza de café en la mano para terminar derramando una parte? El accidente se debe a las ondas que se forman en la taza al caminar, y que chocan con las paredes. Han se preguntó si el movimiento armónico sería diferente caminando hacia atrás, y creó un modelo matemático aplicando las ecuaciones de Euler-Lagrange. Y según los resultados, sí, el método es eficaz. Pero para evitar colisiones con el mobiliario o con otros humanos, Han recomienda una alternativa que también funciona, y es caminar hacia delante agarrando la taza con los cinco dedos por la parte superior, lo que llama la “postura de garra”. Nótese que Han elaboró este trabajo cuando aún era estudiante de instituto.

Ig Nobel de Nutrición: dieta de sangre humana cuando escasea el pollo

Cráneo del murciélago vampiro Diphylla ecaudata. Imagen de Wikipedia.

Cráneo del murciélago vampiro Diphylla ecaudata. Imagen de Wikipedia.

Existen tres especies de murciélagos vampiros, es decir, que se alimentan exclusivamente de sangre. Mientras que dos de ellas son poco selectivas con sus presas, se pensaba que la especie Diphylla ecaudata bebía únicamente sangre de pájaros. Un estudio descubre que no es así: gracias a las técnicas de biología molecular, ya no es necesario perseguir a los animales para observarlos en el momento de alimentarse. Basta recoger sus heces y comprobar el ADN que contienen. Los investigadores descubrieron que el guano del ecaudata contenía ADN de pollo, pero también humano, y sospechan que estos murciélagos cambian su dieta en tiempos de escasez. Y advierten: la destrucción de los recursos llevará a estos animales cada vez más a buscar la abundante sangre humana, dejando a cambio un regalo indeseable, el virus de la rabia.

Ig Nobel de Medicina: la firma cerebral del odio al queso

Hoy en día, las técnicas de imagen cerebral se aplican a todo. Se ha escaneado el cerebro de personas mientras realizan todo tipo de actividades, incluyendo el sexo. Los aparatos de Resonancia Magnética Funcional por Imagen (fMRI, en inglés) permiten descubrir qué áreas del cerebro se nos activan cuando hacemos cualquier cosa, y estos estudios sirven a los neurocientíficos para identificar la implicación de las regiones cerebrales en distintas funciones. Un grupo de investigadores ha estudiado por este método la aversión a la comida. A la hora de elegir un alimento concreto, descubrieron que el queso se ama tanto como se odia: al parecer, hay un mayor porcentaje de personas que odian el queso que otros alimentos. Los autores del estudio han identificado regiones del cerebro implicadas en esta aversión al queso.

Ig Nobel de Cognición: los gemelos no se distinguen entre ellos

Yo sé que soy yo. Pero si tuviera un clon, ¿sabría distinguirme de él en una prueba visual? Al parecer no, según los resultados de un estudio. Los investigadores descubren que muchos gemelos idénticos tienen serios problemas para distinguirse en fotografías. A quienes no tenemos gemelo tal vez nos sorprenda o al contrario, nos resulte obvio. Tanto como la siguiente afirmación de los investigadores: “especulamos que en gemelos monocigóticos la representación visual de la propia cara solapa con la del co-gemelo”. Los autores añaden que, para distinguirse de su gemelo, estas personas tienen que confiar mucho más que el resto de los humanos en “procesos de integración multisensorial en los que se basa el sentido del propio yo”.

Ig Nobel de Obstetricia: el Babypod

Imagen de Babypod.

Imagen de Babypod.

El premio en la infrecuente categoría de obstetricia ha agraciado a un equipo íntegramente español, por mostrar que los fetos en desarrollo reaccionan de forma más notoria a la música cuando suena directamente dentro de la vagina, y no a través de la pared abdominal. Nace así el Babypod, un altavoz cuyo uso resulta evidente a partir de lo anterior. No cabe duda de que a todos nos gusta más escuchar la música en nuestra propia habitación que desde la casa del vecino. El problema puede surgir cuando la música del vecino nos resulta odiosa. Y dado que los fetos aún no pueden elegir una playlist de acuerdo a sus propios gustos, el peligro del Babypod es que, dependiendo de los gustos musicales de la madre, pueda resultar tan nocivo para el bebé como los altavoces aquellos de la prisión de Guantánamo.

¿Para qué sirve sostener un cocodrilo mientras se juega a las tragaperras?

Posiblemente algunos de ustedes, que están leyendo estas líneas, habrán colegido que la pregunta que titula este artículo debe de esconder algún tipo de sentido metafórico pretendidamente profundo. Pues nada de eso: parafraseando a Hemingway cuando explicaba el significado de El viejo y el mar, el cocodrilo es el cocodrilo y la tragaperras es la tragaperras.

O sea: el significado es literal. Y esta pregunta es exactamente la que han respondido Matthew Rockloff y Nancy Greer, investigadores de la Universidad de Queensland Central (Australia). Aunque en realidad la respondieron allá por 2010; si su estudio vuelve a ser pertinente ahora es porque ha ganado un premio. Pero tampoco se trata de una distinción convencional. Síganme, que se lo explico.

Imagen de Javier Yanes.

Imagen de Javier Yanes.

En 2010, Rockloff y Greer estudiaban qué papel desempeñan las emociones en los juegos de azar para las personas en posible riesgo de ludopatía; es decir, cómo la excitación generada por el juego puede influir a la hora de apostar. Como ven, un tema muy relevante y de indudable impacto social. Pero para sus experimentos de campo con voluntarios, los dos investigadores necesitaban introducir un método para controlar la variable emocional, una forma de provocar la excitación en el jugador, pero ajena al propio juego para poder medir su efecto en relación con los controles.

Lo solucionaron a la australiana: ¿qué tal darles a sostener un cocodrilo? Así que Rockloff y Greer se desplazaron a la granja de cocodrilos de agua salada de Koorana, en Coowonga, y allí abordaron a los turistas en un total de 100 visitas guiadas.

A la mitad de los participantes les invitaron a jugar a una simulación de máquina tragaperras en un ordenador portátil antes de su visita a la granja. A la otra mitad, inmediatamente después de la visita, cuya última actividad consiste en ofrecer a los turistas un cocodrilo de un metro para que lo sostengan mientras se hacen una foto. Por otra parte, los investigadores registraron diversos datos sobre los voluntarios, sus estados de ánimo y la existencia o no de problemas previos con el juego.

Tras el experimento, los dos científicos descubrieron que la excitación de sostener el cocodrilo aumentaba la cantidad de las apuestas en las personas en riesgo de ludopatía sin frecuentes emociones negativas. Por el contrario, los voluntarios con problemas con el juego y abundantes emociones negativas apostaban menos después de sujetar el reptil. “Los resultados sugieren que la excitación puede intensificar el juego en los jugadores de riesgo, pero solo si este estado emocional no se percibe como negativo”, escribían Rockloff y Greer en su estudio.

Pero si aún continúan estupefactos ante el inusual método elegido por los investigadores, y siguen preguntándose con juicioso criterio por qué no se fueron a un casino, como parecería lógico, la respuesta es que precisamente trataban de evitar esto último. El ambiente del casino, alegan Rockloff y Greer, tiene un elemento intrínsecamente excitante, al estar concebido como un lugar de entretenimiento.

El objetivo del estudio era poner a prueba la influencia de las emociones en una situación más cotidiana, fuera del entorno de los grandes centros de juego; algo más parecido a echar monedas en la tragaperras de un bar. Y es precisamente este tipo de situación la que suele ser problemática para muchos adictos al juego.

Así que ya lo ven: una investigación en apariencia rocambolesca tiene un trasfondo serio y valioso. Y son todas estas cualidades las que han hecho a Rockloff y Greer merecedores de uno de los premios Ig Nobel 2017, entregados la semana pasada en la Universidad de Harvard por los editores de la web Improbable Research, como cada año desde 1991.

Los investigadores Nancy Greer y Matthew Rockloff, pertrechados con ocasión de la ceremonia de los premios Ig Nobel. Imagen de CQUniversity.

Los investigadores Nancy Greer y Matthew Rockloff, pertrechados con ocasión de la ceremonia de los premios Ig Nobel. Imagen de CQUniversity.

Si han oído alguna vez hablar de estos premios, tal vez hayan leído que son una parodia de los Nobel. No estoy muy de acuerdo con esta descripción. La parodia es imitación burlesca, según el diccionario, y que se sepa los Ig Nobel no son un remedo de nada, sino una iniciativa cien por cien original. Ni mucho menos pretenden burlarse de nadie. En la era de las redes sociales ya hay suficiente graciosismo por el mundo.

La intención de los Ig Nobel y de su fundador, Marc Abrahams, no es premiar imbecilidades ni ocurrencias graciosas. Los premios, cuyo nombre es un juego de palabras que en inglés significa “innoble”, distinguen cada año investigaciones legítimas, válidas y publicadas, pero inusualmente extrañas, imaginativas o aberrantes. Como dice Abrahams, “investigaciones que primero hacen reír y luego hacen pensar”. Y que, dicho sea de paso, entroncan formidablemente con la veterana y muy honorable tradición de la ciencia punk.

Mañana les contaré algo más sobre otras de las investigaciones premiadas este año.

Esta es la última imagen de Saturno tomada por Cassini

No es una imagen espectacular; para asombrarnos, ya tenemos los miles de fotografías tomadas por Cassini durante su larga misión en Saturno. Pero esta que traigo hoy aquí tiene el valor histórico de ser la última capturada por la cámara de la sonda de la NASA que ayer terminó sus 20 años de travesía espacial con una zambullida a muerte en la atmósfera del planeta anillado.

La imagen muestra el acercamiento de Cassini hacia la región de la atmósfera donde quedaría desintegrada. Lo que se observa, según explica la NASA, es la cara nocturna del planeta iluminada por el reflejo de la luz del Sol en los anillos, a 634.000 kilómetros de distancia. La fotografía original es en blanco y negro, pero los responsables de la misión le han aplicado filtros para obtener un color natural, tal como veríamos la escena con nuestros propios ojos.

Última imagen de Saturno tomada por la sonda Cassini, el 14 de septiembre de 2017. Imagen de NASA/JPL-Caltech/Space Science Institute.

Última imagen de Saturno tomada por la sonda Cassini, el 14 de septiembre de 2017. Imagen de NASA/JPL-Caltech/Space Science Institute.

Este otro montaje, tomado al mismo tiempo que la fotografía anterior, muestra imágenes térmicas en infrarrojos, como los visores nocturnos, de las nubes de Saturno. La marca blanca muestra el lugar por el que Cassini penetraría en la atmósfera de Saturno hacia su destrucción.

Imagen térmica de infrarrojos de Saturno tomada por Cassini el 14 de septiembre de 2017. Imagen de NASA/JPL-Caltech/Space Science Institute.

Imagen térmica de infrarrojos de Saturno tomada por Cassini el 14 de septiembre de 2017. Imagen de NASA/JPL-Caltech/Space Science Institute.

Finalmente, les dejo este souvenir de Saturno preparado por la NASA, un vídeo de animación que resume la misión de Cassini y su Grand Finale.

Adiós, Cassini

Hoy brillará un meteorito en el cielo de Saturno. Aproximadamente a las 13:54, la sonda Cassini de la NASA comenzará a adentrarse en la atmósfera del planeta anillado a 113.000 kilómetros por hora. Un minuto más tarde, el vínculo de comunicación entre el aparato y el control de la misión en la Tierra se perderá definitivamente, después de que la sonda haya enviado sus últimos y valiosos datos.

En ese momento, Cassini se hallará a unos 1.500 kilómetros sobre las nubes de Saturno, la altura a la cual la presión atmosférica es equivalente a la del nivel del mar en nuestro planeta. Entonces el rozamiento atmosférico empezará a incinerar y desintegrar las piezas de la sonda. Un par de minutos después, Cassini ya solo será un recuerdo, aunque sus últimos datos tardarán casi una hora y media más en llegar hasta las antenas terrestres.

Una de las últimas imágenes de Saturno enviadas por Cassini el día antes de su final. Imagen de NASA/JPL-Caltech/Space Science Institute.

Una de las últimas imágenes de Saturno enviadas por Cassini el día antes de su final. Imagen de NASA/JPL-Caltech/Space Science Institute.

Imagino que sobre todo los científicos, y los que alguna vez lo hemos sido, podremos comprender la sensación de vacío y el nudo en la garganta de los responsables de la misión después de un momento como este. Por supuesto, los datos de Cassini, como los de cualquier otra gran misión espacial, continuarán dando mucho trabajo a los científicos durante los años venideros. Pero ya no será lo mismo para quienes la vieron tomar forma primero en el papel, después convertirse en un objeto real, luego despegar hacia el espacio profundo, y desde entonces le han dedicado todo su trabajo durante décadas.

En una de las muchas notas de prensa que han circulado estos días sobre Cassini, la científica del Instituto de Ciencias Planetarias de Tucson (EEUU) Candy Hansen recordaba que comenzó a trabajar con Cassini en 1990, cuando aún era solo un proyecto, siete años antes de su lanzamiento al espacio. Han pasado 27 años, casi toda una vida profesional, y Hansen decía sentir que hoy perderá a un viejo amigo.

He estado revisando algunos datos y, si la información no me falla, Cassini será hasta el momento de su destrucción la sonda aún activa más longeva en el espacio profundo, exceptuando las dos Voyager, lanzadas en 1977 y que continúan operando desde los confines del Sistema Solar. Alguna de las Pioneer de la NASA es aún más antigua, pero no se ha intentado contactar con ellas desde hace años y se desconoce si siguen funcionando.

Pero además de su veteranía, Cassini ha sido una misión favorita de muchos por otros motivos. Al fin y al cabo, ¿a quién no le gusta Saturno? Desde pequeños, cuando empezamos a aprender que hay otros mundos por ahí fuera, el planeta de los anillos es el más reconocible, el más dibujado, el que nadie confunde con ningún otro.

Y en adelante, gran parte de lo que sabemos y sabremos sobre Saturno deberemos agradecérselo a Cassini. Desde su llegada a su objetivo en 2004, la sonda ha enviado a sus cuidadores terrestres una inmensa cantidad de datos sobre Saturno, sus anillos y sus lunas. Ha descubierto mares de metano y etano en Titán, y un probable océano bajo el hielo de Encélado que podría ser apto para la vida. En sus últimas semanas, ha completado su brillante carrera con una última aproximación a Titán y un total de 22 órbitas enhebrándose en el hueco entre Saturno y sus anillos, una proeza técnica inédita hasta ahora.

Pero además hay otro poderoso motivo que ha prestado un carácter especial a esta misión, y que hoy debemos recordar de nuevo: su otra mitad. Originalmente la misión tuvo un segundo componente, la sonda Huygens de la Agencia Europea del Espacio (ESA). Ambas viajaron juntas hasta 2005, cuando la fase europea se separó de su media naranja americana para aterrizar en Titán, la mayor de las lunas de Saturno.

Huygens fue un completo y rotundo éxito; en mi modesta opinión personal y con permiso de Rosetta, el más espectacular en la historia espacial europea. La imagen de la superficie de Titán enviada por Huygens a Cassini y de ahí a la Tierra es la fotografía más lejana de la superficie de otro mundo que hemos tenido nunca, y que tendremos probablemente durante muchos años más. No me he resistido a publicarla aquí varias veces, y tampoco me resisto hoy.

Imagen de la superficie de Titán tomada por la sonda Huygens. ESA/NASA/JPL/University of Arizona.

Imagen de la superficie de Titán tomada por la sonda Huygens. ESA/NASA/JPL/University of Arizona.

Aunque Huygens dio su misión por concluida solo unos 90 minutos después de su asombrosa conquista de Titán, 12 años después y con ocasión del final definitivo de la misión es obligado rememorar de nuevo la hazaña del aterrizaje más lejano jamás logrado por un artefacto construido por el ser humano.

El final de Cassini puede seguirse ahora en directo en la web de la NASA.