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Claves para entender el caso de Carla, la niña con un corazón incompatible

Una de las noticias de esta semana ha sido el alta médica de Carla, la niña que el mes pasado recibió un corazón con un grupo sanguíneo incompatible con el suyo. No hay historia de amor como la que se mantiene con la propia progenie, así que San Valentín habrá tenido este año un significado auténticamente feliz para esa familia. Pero ante todo quiero subrayar lo que suele olvidarse en tales casos: Carla vive por mediación del magnífico equipo médico que la ha atendido en el Hospital Gregorio Marañón de Madrid, pero Carla vive gracias a que otros padres tuvieron el coraje de donar el órgano de su propio bebé fallecido, en medio del desconsuelo más terrible que personalmente puedo imaginar. Es poco probable que leáis esto, pero gracias. Y ánimo.

Carla. Imagen del Hospital Gregorio Marañón / Comunidad de Madrid.

Carla. Imagen del Hospital Gregorio Marañón / Comunidad de Madrid.

Y ya. A quien le baste con la noticia del feliz desenlace de la hipoplasia del ventrículo izquierdo de una niña que hace solo un par de décadas no habría sobrevivido, lo que sigue le sobra. Pero para esos inquietos que desean saber más, qué tiene de especial el trasplante de Carla, cómo se ha conseguido y si “España marca un hito en la historia de los trasplantes”, como se ha dicho en algún medio, aquí va una serie de preguntas y respuestas.

¿Qué tiene que ver el grupo sanguíneo en un trasplante?

Es sabido que todo trasplante necesita que el órgano sea compatible con el receptor. Cuando se habla de esta compatibilidad, generalmente se refiere a lo que se llama MHC o HLA. Lo primero significa Complejo Mayor de Histocompatibilidad, y lo segundo Antígeno Leucocitario Humano. Son la misma cosa, pero MHC se usa también para los animales, mientras que el nombre de HLA se reserva solo para los humanos. El MHC/HLA es un tipo de moléculas esenciales para la respuesta inmunitaria. Gracias a ellas podemos reaccionar contra los antígenos extraños y potencialmente peligrosos, como los de bacterias o virus; pero a cambio, su desventaja es que también reconocemos como extraños los MHC/HLA de otras personas. Por eso en los trasplantes se busca la compatibilidad, y por eso es más probable que esta se encuentre dentro de la misma familia, donde se comparten algunos de los mismos genes.

Sin embargo, otro factor adicional de compatibilidad es el grupo sanguíneo. Hay más de 30 clasificaciones de grupos sanguíneos, pero el más importante es el sistema AB0 (por cierto que originalmente es ABO, es decir, con una O mayúscula, aunque en España y otros países la O se sustituye por el cero, 0, mientras que en Rusia los grupos se llaman I, II, III y IV). Como sabemos, las personas del grupo A llevan en sus glóbulos rojos el antígeno A, las del grupo B el B, las del AB los dos y las del 0 ninguno de ellos. Dado que nuestro cuerpo reacciona contra lo extraño, las personas del grupo A tienen anticuerpos contra el B, las del B contra el A, las del AB contra ninguno y las del 0 contra ambos. Por este motivo las personas del grupo 0 son donantes universales, ya que su sangre está libre de esos antígenos que otros podrían rechazar, mientras que las del AB son receptores universales, dado que carecen de anticuerpos capaces de rechazar esos antígenos de la sangre de otros.

Lo mismo se aplica a los trasplantes: un órgano del grupo 0 sirve para cualquier persona, mientras que un paciente del grupo AB puede recibir un órgano de cualquier donante; por supuesto, siempre que exista compatibilidad MHC/HLA. Esto implica que las personas del grupo 0 son las que tienen más dificultad para encontrar un donante.

Los anticuerpos contra los antígenos de los grupos sanguíneos reciben el nombre particular de isohemaglutininas; iso, porque reaccionan contra antígenos de la misma especie, y aglutininas, porque su efecto es aglutinar los glóbulos rojos que llevan esos antígenos de otro grupo sanguíneo distinto al propio. Esta aglutinación es precisamente la que llevó a la identificación de los distintos grupos hace más de un siglo, ya que en el laboratorio se observaba cómo la sangre formaba grumos por efecto de estos anticuerpos. Una transfusión incompatible formaría estos grumos en nuestras venas y arterias, lo que sería letal.

¿Por qué se ha podido trasplantar a Carla?

Con las isohemaglutininas ocurre algo bastante extraño, y es que las personas estamos inmunizadas, digamos vacunadas de forma natural, contra los antígenos sanguíneos que no llevamos y con los que por tanto nunca hemos tenido contacto. Hasta donde sé, no hay una hipótesis lo suficientemente contrastada para explicar esto. Lo que suele suponerse es que algunos antígenos ajenos a nosotros pero que llegan a nuestro interior, como los de virus, bacterias o alimentos, tienen una forma parecida a los de los grupos sanguíneos, y que por tanto son reconocidos por las isohemaglutininas, actuando así como una vacunación espontánea. Personalmente la hipótesis me parece un poco traída por los pelos, pero lo cierto es que no hay otra mejor.

Pero dado que esta vacunación natural se produce durante los primeros años de vida, los recién nacidos aún apenas llevan isohemaglutininas contra los grupos sanguíneos ajenos, por lo que en principio pueden tolerar el trasplante de un órgano procedente de un donante con un grupo incompatible con el suyo. Por este motivo se dice que los bebés tienen un “privilegio inmunológico”. Esta posibilidad se sugirió por primera vez en los años 60 y se empezó a estudiar clínicamente en los 80.

Es más, en 2004 se descubrió que cuando a un bebé se le trasplanta un órgano de un grupo incompatible con el suyo, su sistema inmunitario desarrolla tolerancia hacia esos antígenos extraños, sin que se sepa con total certeza cuál es el mecanismo que lo causa; y que por tanto, exponiendo a los bebés del grupo 0 a los antígenos A y B es posible prolongar ese período en el cual pueden aceptar un órgano de un grupo incompatible.

¿Es la primera vez que se hace?

No. Los primeros trasplantes en bebés de órganos con grupos AB0 incompatibles se hicieron en 1996 en el Hospital Infantil de Toronto (Canadá) a cargo de la cardiocirujana pediátrica Lori West. Los resultados se publicaron en 2001 con un rotundo éxito, sin fallecimientos debidos a la incompatibilidad. La introducción de este procedimiento consiguió reducir en Canadá la mortalidad infantil en las listas de espera de trasplantes de un 58% a un 7%. En países como Reino Unido el trasplante cardíaco AB0 incompatible en bebés ya es estándar, pero el de Carla ha sido el primero en España.

¿Se podría aplicar a los adultos? ¿Y a otros órganos?

En los adultos es más complicado debido a que ya poseen esa vacunación natural contra los antígenos diferentes a los de su propio grupo sanguíneo. Pero en algunos casos se está aplicando, sobre todo a los trasplantes de riñón en adultos eliminando antes las isohemaglutininas y conteniendo el rechazo con la medicación. Es muy probable que en los próximos años veamos aumentar las tasas de éxito de estos trasplantes, lo que reduciría una de las barreras de las listas de espera.

Una bola de discoteca orbita sobre nuestras cabezas

El riesgo de la grandilocuencia siempre es caer en la pedantería. Pero cuando además nadie comparte tu visión de grandeza, corres el riesgo añadido de caer en el más sonrojante de los ridículos. Cuando el neozelandés Peter Beck decidió poner una estrella artificial en el cielo, lo hizo bajo el discurso de que “durante milenios, los humanos se han concentrado en sus problemas y vidas terrestres. Raramente nos paramos como especie, miramos a las estrellas y tomamos conciencia de nuestra posición en el universo como una mota de polvo dolorosamente minúscula en la grandeza del todo”. Pero poco podía imaginar Beck que su grandioso proyecto recibiría calificativos tan afectuosos como “basura”, “vandalismo astronómico”, “graffiti” o “spam espacial”.

Beck es el fundador de Rocket Lab, una compañía aeroespacial que ha desarrollado un cohete ligero para lanzar satélites de pequeño tamaño al espacio. Pero quién sabe cómo, a Beck se le ocurrió emplear su lanzadera para otro fin: poner en órbita una esfera geodésica de un metro de diámetro fabricada en fibra de carbono y con 76 paneles de espejo. Es decir, algo parecido a una bola de discoteca.

El creador de la idea bautizó su bola como Humanity Star, la Estrella de la Humanidad, y la lanzó al espacio el pasado 21 de enero. Según Beck, la bola gira rápidamente reflejando el sol y creando “un flash de luz que puede verse contra un fondo de estrellas”. Completa una vuelta a la Tierra cada 90 minutos y será visible desde cualquier lugar del mundo (lógicamente, no al mismo tiempo) como “símbolo brillante y recordatorio para todos aquellos en la Tierra de nuestro frágil lugar en el universo”.

Humanity Star. Imagen de Rocket Lab.

Humanity Star. Imagen de Rocket Lab.

Pero a Beck debió de calentársele alguna neurona, y decidió proseguir: “La humanidad es finita y no estaremos aquí para siempre. Y aún a pesar de esta casi inconcebible insignificancia, la humanidad es capaz de grandes y amables cosas cuando nos reconocemos como una especie, responsable de cuidar juntos unos de otros y de nuestro planeta…”. No importa en qué lugar del mundo estés, rico o pobre, en conflicto o en paz…”. “Espera a que la Estrella de la Humanidad esté sobre ti, lleva al exterior a tus seres queridos para mirar arriba y reflexionar…”.

Aquí es donde, si este blog tuviera efectos sonoros, la aguja del tocadiscos saltaría chillando ese clásico “riiiiip”. Porque como era de esperar, los astrónomos no solamente no han elevado sus mecheros encendidos, sino que casi han hecho un remake de aquella escena de la lapidación de La vida de Brian. Estos son algunos de sus comentarios en Twitter:

¿Así que estás bloqueando nuestra visión de las estrellas reales y creando contaminación lumínica atmosférica para recordarnos que miremos a las estrellas que no podemos ver en parte gracias a tu estúpido satélite? Buen trabajo.

Wow. Graffiti espacial intencionadamente brillante y a largo plazo. Muchas gracias, Rocket Lab.

Así que el primer acto de Nueva Zelanda como potencia espacial es contaminar el cielo nocturno. Para toda la humanidad. Esta es buena.

Lo único bueno de la Estrella de la Humanidad (también conocida como proyecto neozelandés de polución del cielo nocturno) es que se quemará en nueve meses.

Quizá estén pensando que la operación de Elon Musk y su deportivo espacial es igualmente ridícula. Puede ser, pero a diferencia de Beck, tal vez a Musk le ha salvado el no tratar de revestir su proyecto de grandilocuencia. Al contrario, cultiva una cierta imagen gamberra, como cuando justificó la elección de la carga de su cohete diciendo que cualquier otra opción habría sido “aburrida”. En el fondo, lo cierto es que Musk no tenía ninguna garantía de que el cohete despegara sin volar en mil pedazos, y aprovechar el primer lanzamiento del Falcon Heavy para transportar una misión científica habría sido demasiado arriesgado.

Conviene aclarar que no todos los comentarios sobre la Humanity Star han sido negativos; buena parte del público en general ha acogido la iniciativa con agrado, pero es evidente que Beck no se ha ganado el aplauso de los astrónomos, lo cual por otra parte él ya debía de tener previsto. En el fondo, y con un presupuesto infinitamente menor que el de Musk, Beck ha conseguido algo de publicidad extra para su compañía.

Por cierto y por si les interesa verla, ya que está ahí arriba, el localizador de la web del proyecto me informa hoy de que en mi posición (cerca de Madrid) “la Humanity Star tiene la mejor oportunidad de visibilidad dentro de 17 días. Durará unos 4 minutos. Un horario más preciso estará disponible 3 días antes del paso previsto”. Así que volveremos a consultarlo dentro de un par de semanas. Y si les apetece, vayan preparando el disfraz de Tony Manero.

Qué es y qué no es el lanzamiento del cohete Falcon Heavy de SpaceX

El episodio del primer lanzamiento del cohete Falcon Heavy de SpaceX ha sido lo más cool que ha ocurrido en el espacio en mucho tiempo. Si es que alguna vez ha habido algo más cool que la versión en carne y hueso de Tony Stark (Iron Man) llevando al espacio un superdeportivo rojo descapotable conducido por un astronauta maniquí al ritmo del Space Oddity de Bowie. Mi detalle favorito es que Starman, el piloto, lleve el brazo apoyado en la ventanilla.

Lanzamiento del cohete Falcon Heavy de SpaceX el 6 de febrero de 2018 desde el Centro Espacial Kennedy. Imagen de SpaceX.

Lanzamiento del cohete Falcon Heavy de SpaceX el 6 de febrero de 2018 desde el Centro Espacial Kennedy. Imagen de SpaceX.

Creo inobjetable que la operación diseñada y ejecutada con éxito por Elon Musk es la mayor, más grandiosa, insuperable, estrambótica y cara maniobra publicitaria de la historia. Lo cual no implica que sea solo una maniobra publicitaria. Pero otra cuestión es que la misión en sí esté realmente a la altura de todo lo que la maniobra publicitaria ha inspirado.

Es posible que el gran éxito del espectáculo haya llevado a sobrevalorar el alcance real de lo conseguido ayer: ni es el cohete más grande de la historia, ni el primero privado que se lanza al espacio, ni el primero cuyos propulsores se recuperan para reutilizarse, ni nos llevará a Marte en el futuro. Sí es el primero que lleva un coche al espacio con un maniquí como conductor. Más detalles en esta serie de preguntas y respuestas:

¿Es el Falcon Heavy el cohete más grande de la historia?

El Falcon Heavy es el cohete más grande actualmente en servicio, pero no el mayor de la historia; este puesto continúa ocupándolo el Saturno V de la NASA, que llevó las misiones Apolo a la Luna. El Saturno V era 40 metros más alto, pesaba el doble y su capacidad de carga multiplicaba la del Falcon Heavy.

¿Qué tiene de especial el Falcon Heavy?

El cohete de Musk es, evidentemente, mucho más barato que el Saturno V, ya que sus propulsores son reutilizables. Su puesta en marcha con éxito parece garantizar que en el futuro será una de las opciones disponibles para enviar grandes cargas al espacio.

¿Es el primer cohete con propulsores reutilizables?

Una de las claves de la apuesta tecnológica de Musk es la recuperación de los propulsores de los cohetes para volver a utilizarlos en nuevas misiones, lo que abarata los costes. El Falcon Heavy sigue la estela de su hermano más pequeño el Falcon 9, que ya ha despegado en varias ocasiones con la recuperación de su fase propulsora. El Falcon Heavy lleva dos propulsores laterales y uno central. Los dos primeros han podido recuperarse, mientras que el tercero se ha perdido en el océano.

Aterrizaje de los propulsores laterales del cohete Falcon Heavy de SpaceX el 6 de febrero de 2018 en el Centro Espacial Kennedy. Imagen de SpaceX.

Aterrizaje de los propulsores laterales del cohete Falcon Heavy de SpaceX el 6 de febrero de 2018 en el Centro Espacial Kennedy. Imagen de SpaceX.

¿Por qué no se han fabricado antes cohetes reciclables?

En los tiempos de la carrera espacial entre EEUU y la URSS, es poco probable que alguien llegara a plantearse el diseño de cohetes reciclables, porque no tenía sentido. En EEUU, el gobierno federal pagaba los cohetes y los contratistas privados los construían. Parece lógico que a estas empresas les interesara seguir fabricando y vendiendo cohetes nuevos para cada misión. Por otra parte, la carrera espacial era una guerra, y en una guerra nadie se detiene a recoger los casquillos. Interesaba la eficacia, no la eficiencia. Hoy las empresas privadas no se limitan a fabricar componentes para las agencias espaciales públicas, sino que actúan también como operadores, por lo que su negocio depende de su capacidad de reducir los costes.

¿Es el primer cohete privado que se lanza al espacio?

No, no lo es. Desde 2012 SpaceX ha utilizado el antecesor del Falcon Heavy, el Falcon 9, para enviar misiones no tripuladas de suministro de carga a la Estación Espacial Internacional.

¿Nos llevará el Falcon Heavy a Marte?

Musk ha desechado ya la idea de utilizar el Falcon Heavy para su plan de establecer una colonia en Marte en la próxima década. En su lugar creará un cohete aún mayor llamado informalmente Big Fucking Rocket (BFR) y que por el momento solo es un dibujo animado. Será tarea de los expertos en ingeniería aeroespacial determinar cuánto de lo ya desarrollado para los Falcon podrá aplicarse al BFR, pero en cualquier caso, todo nuevo vehículo espacial es un proyecto diferente que deberá emprender su propia carrera de fracasos y éxitos.

¿Ha marcado el éxito del Falcon Heavy un hito histórico en la exploración espacial?

Así lo han presentado muchos medios, y desde luego que es cuestión de opiniones, pero tal vez esta afirmación sea como mínimo una exageración muy generosa. Sería acertado decir que el Falcon Heavy reabre una etapa en el transporte espacial estadounidense que se entrecerró con el fin de los grandes cohetes de la NASA, y que se cerró del todo cuando se jubiló la flota de transbordadores espaciales. Las misiones de carga han dependido en los últimos años sobre todo de los cohetes Soyuz rusos y los Ariane europeos, sin contar los de desarrollo propio que utilizan otras potencias espaciales. En cuanto a las misiones científicas, actualmente existe una gran variedad de vehículos lanzadores que se emplean regularmente, ya que en general las sondas científicas no requieren cohetes de carga muy pesada.

La reducción al absurdo de las terapias milagrosas: yema de huevo

Hay una explicación para que timos como las bayas de goji y otros similares hayan llegado a calar en nuestra sociedad. Rectifico: probablemente haya varias razones; se me ocurren algunas más, como la sed de novedad, la necesidad social de apuntarse a las tendencias, el orientalismo, la rentabilidad que cualquier nuevo producto milagroso aporta a los medios que viven de divulgarlos (como webs y revistas de estilo de vida) y, por supuesto, la falta de criterio científico general. Y habrá otras que ahora no me vienen a la neurona. Pero me interesa destacar una que vengo a traerles, y que les explico seguidamente.

Bayas de goji. Imagen de Wikipedia / Myrabella.

Bayas de goji. Imagen de Wikipedia / Myrabella.

Pensemos, por ejemplo, en la aspirina. La aspirina, exactamente tal como hoy la conocemos, fue introducida en el mercado por la compañía Bayer en 1899. Lleva más de un siglo vendiéndose, hoy también bajo otras marcas y como medicamento genérico. Es probable que nunca desaparezca, y hay una razón sencilla y evidente: porque funciona. Podríamos citar otros muchos ejemplos; la penicilina se conoce desde 1928 y, aunque la extensión de cepas resistentes obliga al desarrollo de nuevos antibióticos, nadie podrá dudar de que también funciona.

Ahora, desplacemos el foco de los fármacos a los remedios naturales. En el folclore de todas las culturas tradicionales se aprecian los beneficios y perjuicios relativos que el consumo de ciertos remedios naturales puede aportarnos, y es lógico que tales beneficios y perjuicios existan: tanto nosotros como cualquier otra especie de la Tierra no somos más que sacos químicos, y cuando ponemos en contacto la química de otro organismo con la nuestra pueden ocurrir cosas; incluyendo que nos mate, si es el veneno de una serpiente de cascabel, o que nos ayude a mejorar el tránsito intestinal, si es la ciruela.

Pero los beneficios de los remedios naturales tienen un límite. Por supuesto, también lo tienen los fármacos. De hecho, aclaro que esta distinción entre fármacos y remedios naturales se refiere principalmente a que para los primeros se exige un proceso de revisión, validación y aprobación científica, mientras que no para los segundos. En cambio, la distintión no se aplica necesariamente a su origen: tanto la aspirina (ácido acetilsalicílico) como la penicilina son productos naturales.

Sin embargo, mientras que los fármacos no prometen milagros ni se esperan de ellos, los remedios naturales que triunfan y se convierten en la tendencia del momento sí suelen presentarse como cuasimilagrosos. Pero por supuesto, todo el mundo sabe que al romero, la manzanilla o la melisa, plantas medicinales de nuestra cultura, ya no se les puede sacar más partido; no es posible atribuirles ninguna propiedad mágica porque son sobradamente conocidos. Así que ¿de qué chistera podemos extraer la próxima gran panacea?

Imagen de Wikipedia / FDA / Michael J. Ermarth.

Imagen de Wikipedia / FDA / Michael J. Ermarth.

Muy fácil: del Oriente. De otra cultura diferente a la nuestra donde, por supuesto, ese remedio milagroso estará respaldado, sin que los pobres ignorantes occidentales lo supiéramos, por milenios y milenios de curaciones fabulosas y longevidades centenarias entre sus consumidores tradicionales. Y ahí es donde aparecen las bayas de goji.

Curiosamente, y como bien explicó ya hace muchos años mi buen vecino de blog César-Javier Palacios, finalmente resultó que las bayas de goji no venían del Himalaya, y que ni siquiera son autóctonas de China; aunque en la breve historia humana en este planeta el Lycium barbarum (su nombre científico) nos haya llegado desde allí, su origen evolutivo está en un taxón vegetal de la cuenca mediterránea. Pero esto es lo de menos. A donde quiero llegar es a que hoy en día los productos milagrosos, para venderse como tal, tienen que proceder de regiones exóticas donde hasta el momento de su gran descubrimiento mundial hayan permanecido ocultos solo para disfrute de algunos pocos sabios locales.

Como no podía ser de otra manera, finalmente el mito de las bayas de goji se pinchó. No es que hoy no sigan promocionándose, vendiéndose, encomiándose, cacareándose y ensalzándose; por supuesto que sí, dado que quienes invirtieron en bayas de goji tienen que rentabilizar su inversión. Pero cualquiera que desee enterarse ya puede saber que en realidad las bayas de goji no poseen ningún ingrediente mágico que no posean otras muchas frutas y verduras, y que por lo tanto no añaden a estas ninguna propiedad beneficiosa extra (ver, por ejemplo, este comentario de la Universidad de Granada o este del Servicio Nacional de Salud de Reino Unido, o esta conclusión de la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria).

Es probable que dentro de una década las bayas de goji se recuerden como una moda de principios del XXI, como en su día lo fueron la pulsera Power Balance o la magnética Rayma. Es el sino de los remedios milagrosos: vienen, se quedan un rato y después desaparecen, una vez que la realidad acaba desmontando el mito (o a veces, una vez que la justicia acaba desmontando el tinglado). Mientras, la aspirina y la penicilina se quedan.

Pero lógicamente, incluso el Oriente tiene sus límites. Por mucho que China sea infinitamente más grande que Piquillo, y miren que de Piquillo nos vienen miles de millones de toneladas de pimientos. No me cabe duda de que aún se descubrirán muchas más plantas portentosas cuyo secreto aún hoy sus escasos conocedores, un puñado de viejecitos chinos de 150 años, continúan custodiando férreamente. Pero entretanto nos llega otra panacea oriental, a los vendedores de crecepelos no les queda otra que tirar de algo que quede a mano.

Y aquí es donde llegamos a la reducción al absurdo: gracias a una amable comunicante que me lo ha contado por correo electrónico (como ya he explicado aquí, no suelo seguir estas cosas), he sabido que una compañía se dedica a comercializar un prodigio salutífero cuyo principio activo es nada menos que… la yema de huevo.

Imagen de Max Pixel.

Imagen de Max Pixel.

Eso es; cuando no hay venta exótica que echarnos a la cuenta corriente, algún comerciante tiene que descubrir de repente las taumatúrgicas propiedades de algo que hemos estado comiendo toda la vida. Pero incluso si hasta ahora no éramos conscientes del bien que nos hacía, ¿por qué debería comprar unos sobres de yema de huevo en polvo en lugar de zamparme unos ricos huevos fritos?, tal vez se pregunten ustedes.

¿Será porque los sobres en cuestión llevan algún ingrediente modificado a partir de la yema de huevo que le confiere su poder mágico? Pero por desgracia para los vendedores de poción mágica, esta opción ya no está disponible. Hace 50 años era así; en la época de la modernidad, cuando algo solo era bueno si salía de un reactor industrial de síntesis, los vendedores de aceite de serpiente publicitaban sus prodigios alegando que solo ellos conocían la fórmula secreta. En cambio, hoy no hay fórmula que valga: en la era de la post-posmodernidad, lo que triunfa es todo lo que pueda llevar la etiqueta “natural”, sobre todo para quienes compran este tipo de productos. Así pues, ya no es posible presumir de fórmula secreta. A falta de este recurso, los vendedores de yema de huevo citan vaguedades tales como ciertos procesos patentados por ellos en virtud de los cuales sus presuntas propiedades, ¡abracadabra!, aparecen.

Termino con un detalle que enlaza con mi reciente carta a un creyente en terapias milagrosas. A propósito de aquella carta, hubo quien me achacó una aparente tolerancia con el amimefuncionismo. Debo explicar que no puedo explicar por qué era así en aquel caso concreto, el que motivó mi carta y cuyos detalles personales por supuesto omití. Aunque mi carta se publicó también en la versión impresa de 20 Minutos, en realidad originalmente no fue concebida como una carta abierta al estilo de las que suelen publicarse en los medios, sino como una carta real a una persona concreta en una situación concreta. Por supuesto que nunca alentaría al amimefuncionismo como actitud general, y que suscribo plenamente la denuncia de la explotación de esta actitud por parte de los vendedores de ojos de murciélago.

Pero, y espero explicarme mejor ahora, si alguien que sigue su terapia médica se siente más vivo, más fuerte y más capaz de enfrentarse a su enfermedad después de ejecutar un ritual diario de, por ejemplo, escuchar la 40ª de Mozart al atardecer mirando el vuelo de las bandadas de estorninos mientras se bebe un vaso de zarzaparrilla, desde luego que tampoco voy a objetárselo. Y añado: pero ni siquiera en este caso merece la pena, de verdad, gastarse ni un céntimo en comprar yema de huevo que no venga dentro de su cáscara y de su clara. Porque incluso lo absurdo también tiene un límite.

Los astronautas del futuro podrían (y deberían) reciclar sus heces para comer

Suele creerse que los astronautas comen píldoras, lo cual no es cierto. En los primeros vuelos espaciales se experimentó con tubos de pasta alimenticia, cubitos y comida en polvo. De hecho, en aquellos viajes pioneros los expertos ni siquiera estaban seguros de si sería posible comer en el espacio, ya que no sabían cómo la microgravedad podía afectar a la deglución.

La astronauta Sandra Magnus fue la primera que experimentó con la cocina en el espacio. Imagen de NASA.

La astronauta Sandra Magnus fue la primera que experimentó con la cocina en el espacio. Imagen de NASA.

Pero pasados aquellos tanteos iniciales, los astronautas comenzaron a alimentarse con comidas muy parecidas a las que tomamos aquí abajo, y su dieta está vigilada por nutricionistas que se aseguran de su correcta alimentación. No se preparan un solomillo Wellington, pero sí han llegado a experimentar con la cocina.

El principal problema allí arriba es que las cosas flotan, y por lo tanto no se puede echar un filete a una sartén ni hervir un huevo (el vapor no sube), se sustituye el pan por tortillas mexicanas para no crear una nube de migas y la sal viene en forma líquida. Pero comen pollo, ternera, fruta, verduras, pescado, e incluso en algunos casos pizza o hamburguesas. Las raciones preparadas suelen ir en paquetes sellados y deshidratados por comodidad y conservación, pero no por una cuestión de aligerar el peso del agua, ya que todo alimento seco debe rehidratarse, y en el espacio no es posible ir al río a por agua.

Pero todo esto se refiere a la única presencia humana actual en el espacio, la Estación Espacial Internacional (ISS). Y como siempre aclaro aquí, no olvidemos que la ISS, en términos de viajes espaciales, es casi un simulacro; la estación orbita a solo unos 400 kilómetros sobre la Tierra, algo menos de la distancia en AVE entre Madrid y Sevilla, que el tren recorre en unas dos horas y media. La diferencia en el caso de la ISS es que, al poner esos kilómetros de pie, llevar cualquier cosa allí es más complicado por la pegajosa gravedad de la Tierra. Pero recuerden que si todo flota en la ISS no es porque esté tan lejos que escapa del influjo gravitatorio terrestre, ni mucho menos, sino solo porque está continuamente en caída libre, como en esas atracciones de los parques donde te sueltan de golpe y sientes que la sangre se te sube a la cabeza.

Otra cosa muy diferente serían los viajes espaciales de verdad, esos que nunca parecen llegar. Pero si algún día ocurren, ¿cómo se alimentarán sus tripulantes? En el cine de ciencia ficción que se preocupa de estos asuntos, suelen plantearse posibilidades como los cultivos hidropónicos, que se crecen en agua y sin tierra. Esta es una opción real, y de hecho se practica en la ISS.

El astronauta Ed Lu, comiendo con palillos en la ISS. Imagen de NASA.

El astronauta Ed Lu, comiendo con palillos en la ISS. Imagen de NASA.

Pero tengamos en cuenta una realidad física: la materia no se crea ni se destruye, solo cambia de forma. Para que una tomatera produzca un tomate de 100 gramos, esos 100 gramos de materia debe robárselos a su entorno; otra cosa tiene que perder esos 100 gramos. Este es uno de los fallos más habituales en las otras películas de ciencia ficción, las que no se preocupan de estos detalles, y donde los seres crecen aparentemente de la nada.

En la ISS esto no supone un problema, porque los tripulantes reciben periódicamente naves de la Tierra con suministros frescos. Pero en un supuesto viaje interplanetario largo, no digamos ya interestelar, donde no pudiera llevarse toda la comida desde la Tierra y tuviera que fabricarse a bordo, los astronautas producirían sus propios alimentos, comerían, defecarían; si, como se hace en la ISS, expulsaran sus residuos al exterior, poco a poco irían robando materia al hábitat de la nave hasta que no quedara suficiente para seguir sosteniendo la producción de alimentos.

En el espacio abierto no hay materia que pueda recogerse; salvo que encontraran un oasis (como un planeta) donde repostar la química básica necesaria para sus alimentos, sobre todo carbono, hidrógeno, oxígeno, nitrógeno, fósforo y azufre, la situación sería insostenible. Por supuesto, otro tanto ocurre con el agua. Los viajeros también podrían fabricar su propia agua, pero igualmente necesitarían ir reponiendo su stock de hidrógeno y oxígeno.

Así pues, no les quedaría otro remedio: deberían reciclar sus propias heces para producir alimentos. Por asqueroso que esto pueda parecer, mirémoslo desde un punto de vista estrictamente químico: las heces son materia rica en nutrientes. La mayor parte se compone de bacterias, pero contiene todos esos elementos que los viajeros espaciales no podrían permitirse el lujo de tirar al espacio.

Simplemente, esos átomos y moléculas se encuentran en una forma no utilizable directamente, porque han perdido la energía que podemos extraer de ellos. Los seres vivos somos vampiros energéticos. Al digerir el alimento, le robamos energía (y materia, por supuesto). Para transformar esos residuos otra vez en alimento, simplemente debemos aportarles energía para convertirlos en otras formas moleculares que podamos aprovechar como fuente de energía.

Y por suerte, energía sí la hay en el espacio: hay luz, viento solar, rayos cósmicos, partículas que viajan a alta velocidad… La solución consistiría en cosechar esa energía y utilizarla para recargar las moléculas de las heces, como se recarga una pila, y así convertirlas de nuevo en alimento.

Desde hace años, en la ISS se recicla la orina de los astronautas para producir agua potable, y como conté aquí hace unos meses, en la Tierra también se están probando sistemas con este mismo fin. Lo de las heces llevará más trabajo, pero esta semana se ha publicado un estudio que aporta un sistema completo. No es ni mucho menos autosuficiente ni recicla todos los componentes de las heces sino solo un compuesto concreto, pero es un comienzo.

La astronauta italiana Samantha Cristoforetti explica el funcionamiento del retrete de la ISS. Imagen de ESA.

La astronauta italiana Samantha Cristoforetti explica el funcionamiento del retrete de la ISS. Imagen de ESA.

Los investigadores, de la Penn State University, no han utilizado (aún) heces ni orina, sino un residuo sólido y líquido que se emplea habitualmente para testar los sistemas de reciclaje; algo así como una caca humana industrial. El primer paso de su sistema consiste en utilizar ese residuo como comida para microorganismos; aunque nosotros no podemos alimentarnos directamente de nuestras heces, para muchos microbios son un manjar. Este proceso se llama digestión anaerobia. Es similar al que tiene lugar en nuestro tubo digestivo y se aplica en la Tierra al tratamiento de los residuos.

De esta digestión anaerobia, para la cual el aparato utiliza filtros modificados de los que se ponen en los acuarios, los investigadores cosecharon uno de sus preciados productos: el metano, el componente fundamental del gas natural, que contiene carbono e hidrógeno. El metano se sirve entonces a otro tipo de bacteria que lo usa como alimento y que crece muy a gusto comiéndoselo. Esta bacteria, llamada Methylococcus capsulatus, tiene un 52% de proteína y un 36% de grasa, y todo ello en forma comestible; actualmente se emplea como alimento para el ganado. Y no piensen que comer bacterias continúa siendo algo extraño y repelente; ¿qué si no es el yogur?

Los investigadores han probado su sistema asegurándose de que no crecen bacterias tóxicas, aplicando rangos de pH (acidez/alcalinidad) muy restrictivos y temperaturas altas para que la comida no se estropee. De momento es solo un prototipo y aún está muy lejos de convertirse en un aparato práctico; pero hasta el día en que tengamos naves interestelares, hay tiempo de sobra para desarrollarlo. El director del estudio, el geocientífico Christopher House, dice: “imaginen si alguien pudiera refinar nuestro sistema para poder recuperar un 85% del carbono y el nitrógeno del residuo en forma de proteínas sin tener que utilizar hidropónicos o luz artificial; sería un desarrollo fantástico para los viajes al espacio profundo”.

Esto es lo que hace un científico cuando se encuentra larvas de mosca bajo la piel

Como otras muchas personas, Piotr Naskrecki se fue de vacaciones al Caribe. Como muchas de ellas, regresó a casa con más de lo que llevó. Pero como algunas de ellas, aquello que se trajo de más no fue solo un bonito recuerdo o alguna artesanía local, sino un souvenir infinitamente menos grato: una colección de larvas de mosca que habían anidado bajo su piel.

Dermatobia hominis, hembra adulta. Imagen de Wikipedia / J. Eibl, U.S. Department of Agriculture.

Dermatobia hominis, hembra adulta. Imagen de Wikipedia / J. Eibl, U.S. Department of Agriculture.

La Dermatobia hominis, que vive en la América tropical y que según la Wikipedia por allí llaman “rezno” o “tórsalo”, es una mosca. Sí, es una mosca grande, del tamaño de un abejorro, e incluso su aspecto es parecido. Puede intimidar a primera vista, pero es del todo inofensiva. No pica ni muerde; de hecho, no se alimenta, y ni siquiera tiene boca. En su fase adulta solo vive unos tres o cuatro días, que dedica exclusivamente a tratar de apañarse una First Date para copular. Es básicamente una máquina reproductiva.

El problema son las larvas. Las maravillas de la evolución biológica han llevado a este insecto a especializarse en enterrar sus huevos en la carne humana (aclaro que no es el único, ni parasita solo a los humanos). Y lo hace de una manera increíblemente astuta. Si un insecto nos hincara en la piel un aguijón para poner los huevos, muy probablemente nos daríamos cuenta y lo aplastaríamos de un manotazo. Así que el tórsalo ha encontrado otra estrategia: subcontratárselo a otro que de todos modos vaya a pegarnos un picotazo.

Larva de Dermatobia hominis en fase temprana. Imagen de Wikipedia / Colombo973.

Larva de Dermatobia hominis en fase temprana. Imagen de Wikipedia / Colombo973.

La mosca no pone sus huevos en la piel humana, sino en la chepa de un mosquito o una garrapata. Cuando alguno de estos molestos chupasangres decide abrirnos un bar en la piel, el calor de nuestro cuerpo hace que los huevos caigan y eclosionen, y entonces las larvas entran para acodarse y anclarse a la barra. Nunca mejor dicho, ya que para evitar que las echen del bar, se fijan a través de una especie de coronas de púas. Allí viven durante un par de meses, hasta que por fin salen al exterior, caen al suelo y duermen una resaca de dos o tres semanas en forma de crisálida o pupa para finalmente despertar como moscas adultas. Y entonces, a buscar el amor de su (breve) vida.

Todo este drama biológico fue el que se ventiló en la piel de Naskrecki en 2014. Al regresar de sus vacaciones en Belice, donde como fotógrafo estuvo capturando las bellezas naturales del trópico, se dio cuenta de que se había traído una de ellas consigo. Lo que le dio la pista fue la presencia en su piel de picaduras de mosquito que no parecían cicatrizar. Por repugnante que resulte estar incubando larvas de mosca, al menos no suele ser doloroso: otra maravilla de la evolución es que las larvas, como otros insectos parásitos, probablemente producen sus propios analgésicos para intentar pasar inadvertidas y completar su ciclo.

Como cualquier otro haría, Naskrecki compró un kit de succión de veneno para extraerse las larvas de la piel. Este es uno de los remedios más recomendados, junto con aplicar vaselina en la herida para asfixiar a las larvas. En algunos lugares también ponen carne sobre la piel como cebo para que la larva salga a probar.

Larva de Dermatobia hominis. Imagen de Wikipedia / Geoff Gallice.

Larva de Dermatobia hominis. Imagen de Wikipedia / Geoff Gallice.

Pero Naskrecki, además de fotógrafo y viajero, es un científico, entomólogo de la Universidad de Harvard. Así que hizo lo que solo algún científico haría: dejarse dos larvas para permitirlas que completaran su ciclo y filmar y documentar todo el proceso. Además, y como narra Naskrecki en el vídeo que relata toda la experiencia (y que por desgracia no puedo pegarles aquí porque el autor lo ha restringido), pensó: “al ser un hombre, esta era mi única oportunidad de producir otro ser que viviera y respirara a partir de mi carne y de mi sangre”. Ya, ya, la analogía con un embarazo es siniestra, pero también algo nerdie.

Les animo a que se pasen por Vimeo a ver el vídeo, pero les prevengo: lo que se dice bonito, solo lo será para quienes lo contemplen como un documental de naturaleza en el que se disfruta de ver cómo van creciendo los cachorrillos. El propio Naskrecki advierte en el vídeo: “una vez visto, ya no se puede desverlo“.

Y como Naskrecki no me permite mostrarles el vídeo aquí, en lugar de la Human Botfly, como la llaman en inglés, les traigo la Human Fly, una canción de 1978 de los Cramps, aquel fantástico grupo garage que inventó el psychobilly y que tocaba con dos guitarras y sin bajo.

Carta a un creyente en una terapia milagrosa

De vez en cuando, cada cierto tiempo, recibo un correo de una persona que está atravesando el peor trance de su vida: una enfermedad incurable en su propio cuerpo o en el de alguien de su círculo íntimo. No sé cómo me han encontrado, ni si escriben a todo periodista de ciencia que han podido localizar; no importa, no se lo pregunto. Pero no puedo no responder. No puedo desentenderme.

Pero tampoco puedo hacer lo que me piden: divulgar una presunta terapia milagrosa creada por algún personaje improbable. Nunca son los propios creadores de estos milagros quienes me escriben; solo en alguna rara ocasión he recibido comunicación de alguien con claros intereses directos, como ciertas asociaciones estrambóticas. A estos no les presto la menor atención. Pero al resto solo les mueve una esperanza que no me siento con derecho a apagar. Y no puedo aportar ningún consuelo: no existe un solo caso histórico confirmado y documentado, ni ciencia, ni lógica, que puedan sostener su esperanza.

Imagen de Pixabay.

Imagen de Pixabay.

Hace unos días recibí uno de estos correos, y me ha parecido que puede ser útil traer aquí mi respuesta, por si a alguien le sirve. Porque peor que no tener esperanza es perderla.

Hola, Xxxxx,

Gracias por tu mensaje y por tu interés. Ante todo quiero transmitirte mi aliento y mis deseos de mejora y recuperación para ti o la persona cercana a ti que esté sufriendo las enfermedades que citas. Espero que de una manera u otra encontréis alivio y fuerzas para afrontar esa lucha. Imagino que todos tenemos algún caso cercano de una persona muy querida que padece una enfermedad aún incurable, y sabemos lo que se sufre, y entendemos que en casos así se busque cualquier cualquier resquicio de ayuda, por remoto que parezca.

Pero me temo que el resto de este mensaje no te va a gustar. Con cierta frecuencia recibo correos como el tuyo, en el que personas bienintencionadas como tú me piden ayuda para divulgar algún nuevo tratamiento revolucionario aplicado por tal persona contra tal enfermedad. Y siempre suelen ser historias similares: la persona que ha descubierto el presunto tratamiento es alguien con escasa o nula formación específica, que no pertenece a la comunidad científica, y que pese a todo ha conseguido acertar allí donde todos los demás antes han fallado. Y que normalmente ha descubierto una panacea, ya que se trata de algo muy sencillo para tratar enfermedades muy graves, a menudo varias enfermedades distintas. Como ves, el caso que me cuentas calca el perfil.

El problema, Xxxxx, es que todo esto siempre es demasiado bonito para ser cierto. Según he comprobado, no hay un solo estudio científico publicado firmado por X, que por lo que he visto es [profesión no relacionada con la ciencia ni la medicina]. Para demostrar la eficacia de un tratamiento hay que emprender un ensayo clínico estandarizado y aprobado por las autoridades sanitarias, con un amplio grupo de pacientes en condiciones controladas, y que después los resultados de ese ensayo sean analizados y validados por otros expertos para finalmente publicarse y convertirse en ciencia real.

Si esto llega a producirse, no te quepa duda de que lo divulgaré con mucho gusto. Pero hasta entonces es anécdota, no ciencia. Me dirás que hay infinidad de testimonios de que su idea funciona. No lo dudo, siempre los hay. Pero hay otros motivos que pueden explicar esto, como la remisión espontánea, los ciclos de la enfermedad, el sesgo de confirmación, el efecto placebo… En ciencia llamamos a esto el “amimefuncionismo”. Si a ti te funciona, adelante, pero al menos aún, esto no es ciencia. Y aunque no tengo motivos para dudar de la buena fe de X, tampoco tengo motivos para lo contrario, y no te imaginas la inmensa cantidad de casos parecidos en los que luego se han revelado intenciones no tan loables.

Lo cierto es que no existe un solo caso, hasta donde sé, en que se haya producido algo como lo que me cuentas, que un diletante (solo es una descripción, sin ánimo peyorativo) haya encontrado la piedra filosofal de un problema donde han fallado miles de médicos e investigadores profesionales especializados con impresionantes credenciales e intensa dedicación. Es curioso, porque nadie creería jamás la historia de que un aficionado ha construido una nave para viajar a la velocidad de la luz, y sin embargo en biomedicina circulan historias así continuamente. Repito, sin que hasta ahora ninguno de esos casos haya conducido a nada útil y real. Repito también, si se demuestra que este es el primer caso, desde luego que lo contaré. Pero previo paso por el filtro del reconocimiento científico de los expertos.

Por último, quería hacerte un comentario a propósito de lo que mencionas sobre la “big pharma”. Hice mi tesis en un departamento público cofinanciado por una farmacéutica, pero yo cobraba una beca pública. En otro momento trabajé para una biotecnológica, pero esa ha sido toda mi vinculación, y desde hace décadas no tengo ninguna relación profesional con la industria, así que puedo hablar con total neutralidad.

No cabe duda de que algunas compañías han cometido malas prácticas e incluso delitos, los cuales deben achacarse a esas compañías concretas y no al sector en general. La mala fama que tiene esta industria entre ciertos colectivos se reduce en el fondo a la absurda acusación de tener ánimo de lucro, algo aplicable a cualquier otra empresa del mundo, hasta al bar de la esquina. Las farmacéuticas no son ONG, y es comprensible que no inviertan en tratamientos no rentables.

A quienes sí podemos y debemos exigir esa inversión a fondo perdido en investigación sobre enfermedades minoritarias es a las entidades públicas, que manejan nuestro dinero. Yo estoy encantado de apoyar esa investigación con mis impuestos. De hecho, quisiera que mi declaración de Hacienda tuviera más casillas donde poner o no poner una equis, para que mi dinero fuera a fines como este y no a otros que me parecen perfectamente prescindibles.

Mucha suerte y un cordial saludo,
Javier

Diez ideas para entender la clonación (6-10)

Les traigo hoy la segunda parte de las diez ideas para entender qué es y para qué sirve la clonación, con el fin de evitar esa desinformación que, como les decía ayer, solo lleva al lado oscuro… Empiezo con algo que contradice lo que quizá hayan escuchado muchas veces:

6. Dolly no fue el primer animal clonado, ni el primer mamífero, y ni siquiera la primera oveja.

Como les conté ayer, entre finales del siglo XIX y principios del XX se clonaron erizos de mar y tritones, y en 1938 el alemán Hans Spemann propuso por primera vez (hay quienes lo sugirieron incluso antes, como el francés Yves Delage) la Transferencia Nuclear de Células Somáticas (SCNT en inglés), lo que hoy conocemos como el “método Dolly”. Spemann nunca lo puso en práctica, y fueron los estadounidenses Robert Briggs y Thomas King quienes primero lo aplicaron con éxito en 1952 para obtener ranas clónicas.

Suele decirse que Briggs y King no conocían las ideas de Spemann, lo que resulta difícil de creer teniendo en cuenta que Spemann había ganado un Nobel. En efecto no hay ninguna referencia al alemán en el estudio de los americanos. Pero hay que tener en cuenta que, como expliqué ayer, Spemann era un científico trabajando para el Tercer Reich, por lo que no habría sido adecuado citarle.

Aún había una diferencia entre el experimento de Briggs y King y el “método Dolly”: para clonar la oveja en 1996 se utilizó el núcleo de una célula adulta (ayer expliqué brevemente el proceso), pero los dos estadounidenses tuvieron que emplear una célula embrionaria porque no lograron que funcionara con células adultas. Sin embargo, este obstáculo fue superado en 1958 por el inglés John Gurdon, que consiguió clonar ranas a partir de células adultas del intestino de un renacuajo.

El salto a los mamíferos llegó en 1975, cuando el también inglés Derek Bromhall obtuvo embriones clónicos de conejo. Dada la mayor dificultad de trabajar con células de mamíferos, Bromhall lo hizo solo con células embrionarias, y se detuvo en el paso de los embriones sin llegar a intentar producir conejos clónicos. En su día el trabajo de Bromhall fue muy divulgado, motivo por el cual el director de cine Franklin J. Schaffner solicitó la asesoría científica del británico para su película Los niños del Brasil, en la que se contaba la ficticia historia de la creación de clones de Hitler (y de la que hablé recientemente en otro medio).

La película ayudó a espolear el debate sobre la clonación humana, que tomó fuerza cuando en 1981 un investigador en Ginebra publicó la clonación de ratones, un experimento que hoy muchos consideran fraudulento. Pero poco después el danés Steen Willadsen obtuvo ovejas clónicas a partir de células embrionarias. Las de Willadsen, y no Dolly, fueron las primeras ovejas y los primeros mamíferos clonados.

Curiosamente, los experimentos del danés no fueron recibidos con tanto bombo y platillo como Dolly en la década posterior. Incluso se lee por ahí que Willadsen no llegó más allá de los embriones, a pesar de que su estudio de 1986 dice: “tres de los cuatro blastocistos [embriones] transferidos a ovejas receptoras durante la temporada de cría 1983-84 se desarrollaron hasta ovejas completas”. Seguramente le faltó algo de marketing y relaciones públicas. Además de bautizarlas con nombres pegadizos.

No, no es Dolly. Primeras ovejas clonadas en 1984 por el danés Steen Willadsen. Imagen de Willadsen, Nature 1986.

No, no es Dolly. Primeras ovejas clonadas en 1984 por el danés Steen Willadsen. Imagen de Willadsen, Nature 1986.

Antes de Dolly aún hubo un paso más, el que en 1987 lograron Neal First, Randal Prather y Willard Eyestone clonando dos terneros a partir de células embrionarias. Y por fin, en 1996 llegó Dolly, creada por Ian Wilmut y Keith Campbell en el Instituto Roslin de Edimburgo. La novedad que aportó Dolly fue que por primera vez se empleó el núcleo de una célula adulta cultivada. Es decir, que Dolly fue el primer mamífero clonado a partir de una célula adulta, en concreto de la glándula mamaria. Lo cual inspiró a los científicos para bautizarla en honor a los grandes pechos de la cantante Dolly Parton; esto sí es marketing, aunque la broma no fue bien recibida por todo el mundo.

Después de Dolly llegaría la clonación en otras especies, incluyendo los primeros monos clónicos creados con células embrionarias y los primeros embriones de monos clonados con células adultas. El nuevo estudio chino que comenté ayer ha conseguido los primeros monos clonados con células adultas. Entiendo que lo de células adultas, células embrionarias y embriones puede parecer un trabalenguas, pero quédense con este mensaje: todo lo contado hasta aquí se refiere a la clonación llamada reproductiva. El fin que se busca en humanos, la clonación terapéutica (que ahora explicaré), requiere poder utilizar células adultas. Esto lo logró por primera vez en 2013 el investigador ruso en EEUU Shoukrat Mitalipov.

7. Hay dos tipos de clonación, reproductiva y terapéutica.

La clonación reproductiva consiste en obtener un organismo clónico de otro. El interés en humanos es otro, la clonación terapéutica. Consiste en utilizar el núcleo de la célula adulta de una persona, por ejemplo de la piel, para producir un embrión clónico de esa persona. El embrión no se utiliza entonces para crear un bebé, sino para obtener células madre embrionarias con las cuales puedan fabricarse tejidos y órganos de reemplazo que puedan trasplantarse al paciente con un 100% de compatibilidad, ya que son sus propias células.

8. La clonación en animales es una valiosa herramienta de investigación.

Experimentos como el de Dolly y otros que he mencionado no se hacen por diversión o por un “mira lo que sé hacer”, sino que son parte de algo mucho mayor, un paso en el camino hacia un objetivo: disponer de modelos animales con los que investigar nuevos tratamientos para enfermedades hoy incurables. Aunque la clonación, como ya expliqué, no es ingeniería genética, combinándola con métodos de modificación del ADN (lo que se conoce como edición genómica) pueden crearse animales idénticos excepto en un gen, por ejemplo el causante de una enfermedad.

Actualmente esto se logra con cepas puras de animales, por ejemplo de ratones, ratas o moscas, obtenidas mediante cruces endogámicos hasta que todos los individuos son genéticamente muy parecidos. Esta semejanza genética es necesaria para experimentar sobre un fondo genético conocido y uniforme, sin variables desconocidas que puedan afectar a los resultados, y con animales de control muy similares a los del ensayo. Los investigadores llevan décadas empleando estos modelos para simular enfermedades humanas, desde la diabetes al cáncer pasando por las neurodegenerativas, y estos experimentos han aportado inmensos avances a la medicina. La posibilidad de crear animales clónicos, idénticos excepto en los genes responsables de ciertas enfermedades, permitirá evitar pasos en falso y reducir los controles necesarios, lo que acelerará las investigaciones.

Algunas áreas de investigación se bastan con cultivos celulares, como era el caso de mi campo durante mi época de investigador, los procesos moleculares en células inmunitarias. Pero para estudiar la respuesta inmune in vivo o la neurodegeneración en el cerebro, o para las investigaciones farmacológicas, los animales son irremplazables. Oigan lo que oigan por ahí, es extremadamente improbable que en el futuro un sistema in vitro o in silico (informatizado) pueda sustituir por completo a un sistema vivo. Hoy las autoridades y los propios centros de investigación manejan normativas muy estrictas de bienestar animal que tratan de evitar todo sufrimiento innecesario, pero si queremos medicina, la experimentación animal continúa siendo imprescindible y probablemente siempre lo será.

Quienes se oponen a la experimentación con animales tienen todo el derecho a sostener sus convicciones, pero no tienen derecho a privar al resto de la población de los beneficios que estos ensayos aportan a la medicina. Tampoco parecería sensato que tuvieran que acogerse a la opción personal de la objeción de conciencia, renunciando a todo tratamiento médico obtenido por experimentación animal, lo que más o menos equivale a decir todo tratamiento médico. Y a falta de esta renuncia, el argumento pierde toda fuerza.

9. En humanos, la clonación terapéutica puede ser una herramienta curativa insustituible.

La clonación terapéutica en humanos es una de las líneas más prometedoras de la medicina regenerativa personalizada, aquella en la que podrán crearse órganos y tejidos a demanda para un paciente concreto con sus propias células; serán como los repuestos “de la casa”.

Este procedimiento provoca rechazo por parte de ciertos grupos religiosos, ya que supone destruir un embrión viable para obtener sus células sueltas y cultivarlas. Pero la creación de embriones que no se llevan a término no es ni mucho menos una novedad: los centros de fertilidad congelan embriones que en muchos casos se desechan sin encontrar ningún fin beneficioso. Negar la posibilidad de que un embrión creado sirva para dar la vida a un paciente incurable por otras vías no parece demasiado compatible con los principios básicos del humanismo.

Extracción del ADN de un cigoto humano para introducirle después el de una célula somática. Imagen de Cell / Tachibana et al.

Extracción del ADN de un cigoto humano para introducirle después el de una célula somática. Imagen de Cell / Tachibana et al.

Existe una posible alternativa sin objeciones éticas, y es la reprogramación de células adultas; por ejemplo, tomar una célula de la piel y obligarla a que se desdiferencie, a que rejuvenezca para que pueda producir células cardíacas o hepáticas. Se está avanzando mucho en esta línea, y ya se han anunciado procedimientos que consiguen células reprogramadas muy similares a las embrionarias. En la práctica, unos métodos tendrán que medirse con otros no solo por su eficacia, sino también por su coste, para que la medicina regenerativa personalizada no sea algo reservado solo para los más pudientes.

10. Nadie en la comunidad científica está intentando crear bebés clónicos.

A lo largo de los últimos años, varios presuntos investigadores han anunciado la supuesta clonación de bebés humanos. En todos los casos se trataba de personajes pintorescos que no formaban parte de la comunidad científica, que no han publicado sus resultados ni los han puesto a disposición de otros investigadores. La clonación humana con fines reproductivos ha sido rechazada abiertamente por la comunidad científica en bloque, y no existe ningún indicio de que ningún investigador reconocido esté trabajando en esta línea.

Insisto en que esto se refiere a la comunidad científica. En China, una potencia científica creciente, muchas investigaciones aún son opacas hasta el momento en que se publican. Y esto por no hablar de casos como el de Corea del Norte, que están fuera no ya de la comunidad científica, sino casi de este planeta.

Diez ideas para entender la clonación (1-5)

Desde China ya no solo nos vienen productos baratos, comida con palillos o turistas. La ciencia china está respirándole en la nuca a la primera potencia mundial, EEUU, y cada vez son más las primicias científicas que nos llegan del este de forma inesperada (dado que aquel país no se distingue por su transparencia informativa, a lo que se une la barrera del idioma).

Lo que ha venido de Oriente esta semana ha sido la primera clonación exitosa de primates por el mismo procedimiento que en 1996 sirvió para crear la oveja Dolly. El resultado del experimento, publicado en la revista Cell, son dos pequeños macacos sanos llamados Zhong Zhong y Hua Hua, nombres tomados, según han explicado los autores, de “Zhonghua“, un término que significa “pueblo chino” o “nación china”.

Zhong Zhong y Hua Hua, los primeros macacos clonados por el "método Dolly". Imágenes de Qiang Sun and Mu-ming Poo / Chinese Academy of Sciences.

Zhong Zhong y Hua Hua, los primeros macacos clonados por el “método Dolly”. Imágenes de Qiang Sun and Mu-ming Poo / Chinese Academy of Sciences.

La clonación es un campo científico tan potencialmente productivo como popularmente malentendido. Decían los jedis aquello de que el miedo lleva a la ira, la ira lleva al odio, el odio lleva al sufrimiento y el sufrimiento lleva al lado oscuro. Con ciertos avances científicos ocurre que empiezan la cadena un poco antes, en la desinformación. La desinformación lleva al desconocimiento, el desconocimiento lleva a la incomprensión y la incomprensión lleva al miedo. Y etcétera.

Es dudoso que alguien reniegue de la posibilidad de conseguir avances médicos antes inalcanzables; pero continuando con las citas de fuentes eruditas, con el progreso de la medicina a veces ocurre lo que Homer Simpson le decía a su hija Lisa: te gustan las salchichas, pero no quieres saber cómo se hacen. Nadie quiere ver cómo muere su padre/madre/hermana/hermano/hijo/hija/pariente/amigo/amiga, y deseará que se le aplique todo tratamiento disponible que pueda evitarlo. Pero paradójicamente, hay quienes se oponen a los métodos utilizados para lograr estos avances, como la experimentación con animales, que en muchos campos de la biomedicina va a continuar siendo insustituible durante décadas, tal vez siglos.

Para romper la cadena lógica de los jedis hay que comenzar por el principio, en la información. Aquí van las cinco primeras de diez ideas para entender mejor qué es y qué no es la clonación, por qué se hace y para qué sirve.

1. La clonación es obtener un organismo genéticamente idéntico a otro.

Sí, todos sabemos esto, aunque esta definición básica se matizará un poco más abajo al hablar de dos tipos de clonación. Pero es importante comenzar aclarando que la clonación, en esencia, busca copiar algo que la naturaleza ya ha creado. Crear cosas nuevas con fines de mejora es una constante en ciencia, pero en el caso de la clonación el objetivo primordial no es fabricar un diseño nuevo, sino aplicar tecnología para imitar a la naturaleza, como se hace con la inseminación artificial o la fecundación in vitro. Hablar de “Frankenciencia”, como ha hecho alguna organización animalista esta semana a propósito de la clonación de los macacos, revela un propósito deliberado y demagógico de fomentar la desinformación. Deliberado, porque cuesta creer que sea una cuestión de ignorancia.

2. La clonación no es manipulación genética.

Parece haber una cierta confusión en algunas personas que identifican la clonación con los procedimientos de modicación del ADN. La llamada ingeniería genética es la línea que a lo largo de este siglo puede llegar a salvarnos de males hoy incurables, como muchas enfermedades heredables o degenerativas, entre otras. Pero en concreto la clonación no es ingeniería genética; no manipula ADN. No actúa al nivel de las moléculas, sino de las células y sus partes. De hecho, como contaré ahora, cuando se inventó la clonación aún ni siquiera se sabía que la herencia genética reside en el ADN, ni se conocía cómo era esta molécula.

3. La naturaleza clona organismos continuamente, incluso humanos.

Muchos organismos se reproducen asexualmente por métodos de clonación, copiando exactamente la información genética de la madre para crear una hija igual a ella. Una forma de reproducción de este tipo es la partenogénesis, donde un óvulo sin fecundar produce un embrión. Ocurre en algunos invertebrados como los insectos, pero también en peces, anfibios y reptiles. En los humanos y otras muchas especies puede suceder que un óvulo fecundado se divida en dos embriones que son genéticamente diferentes de sus padres, pero iguales entre sí; son los gemelos idénticos.

4. Las técnicas de clonación no son un invento reciente, sino que nacieron en el siglo XIX.

Según lo dicho antes, y dado que la clonación no requiere el manejo de moléculas, estos procesos existen desde que la biología era mucho más rudimentaria que hoy. A finales del siglo XIX, el alemán Hans Adolf Eduard Driesch descubrió que si agitaba un embrión de erizo de mar cuando aún solo tenía dos células, podía separarlas y cada una de ellas daba lugar a un erizo completo. En 1902, el también alemán Hans Spemann trató de hacer lo mismo con un embrión de vertebrado, un tritón (en muchas referencias aparece como salamandra, pero si no me falla la taxonomía, era más bien un tritón). Dado que en este caso no bastaba con agitar para disgregar las células, fabricó una especie de lazo con un fino pelo de bebé (de su hija Margerete) para separarlas, obteniendo tritones gemelos.

5. El procedimiento de clonación de la oveja Dolly se ideó en los años 20 y 30.

La denominación técnica del llamado “método Dolly” es Transferencia Nuclear de Células Somáticas. El nombre puede asustar, pero en realidad es un concepto muy simple. Consiste en sacar el núcleo de una célula del cuerpo (somática) de un individuo, por ejemplo de una célula viva de la piel, y trasplantarlo a un óvulo fecundado (cigoto o huevo) al que previamente se le ha extraído su propio núcleo. El cigoto tiene capacidad para generar un embrión, pero dado que su genoma (contenido en el núcleo que se le ha trasplantado) es el de otro individuo, dará lugar a un clon de ese otro individuo.

La idea es sencilla, pero en la práctica es más complicado. No solo porque requiere instrumentos precisos para manejar células y sus núcleos, sino por un impedimento técnico adicional: el cigoto es una célula no diferenciada, es decir, que es capaz de generar cualquier tipo de tejido del organismo, como neuronas, músculo, hígado, etc. Por el contrario, el núcleo que se le ha implantado es el de una célula diferenciada, en concreto de la piel. Dado que este núcleo ha perdido esa versatilidad, uno de los obstáculos a superar en la clonación es conseguir que ese núcleo se reprograme para recuperar esa capacidad de generar un embrión completo.

Esta idea, la de que un cigoto vacío podía dar lugar a un embrión con el núcleo de una célula más diferenciada, fue intuida y puesta en práctica por Spemann. A partir de 1914, emprendió experimentos en los que recurría a su lazo de pelo de bebé para atarlo fuertemente alrededor de un cigoto de tritón, dividiéndolo en dos células pero de modo que no se separaran por completo, sino que quedaban unidas por un estrecho puente. El núcleo quedaba en una de las dos partes. El científico observó que la célula con el núcleo comenzaba a dividirse, pero no así la vacía. Una vez que la mitad con el núcleo se había dividido varias veces, soltaba el lazo, y así la célula vacía recuperaba el núcleo, ya más diferenciado. Spemann descubrió que entonces esta célula actuaba como un cigoto normal, dando lugar a un segundo embrión.

Método de Spemann y Mangold. Con un lazo de pelo de bebé se divide la célula en dos partes, de modo que el núcleo queda en una de ellas. Esta se divide, pero no así la otra. Cuando el lazo se libera y la parte vacía recupera su núcleo, ambas dan lugar a sendos embriones. Imagen de Spemann 1928, 1936.

Método de Spemann y Mangold. Con un lazo de pelo de bebé se divide la célula en dos partes, de modo que el núcleo queda en una de ellas. Esta se divide, pero no así la otra. Cuando el lazo se libera y la parte vacía recupera su núcleo, ambas dan lugar a sendos embriones. Imagen de Spemann 1928, 1936.

Por este descubrimiento de que el núcleo bastaba para dirigir el desarrollo del embrión, Spemann recibió el premio Nobel de Fisiología o Medicina en 1935. Pero es imprescindible subrayar la contribución a este trabajo de otra persona, su estudiante la zoóloga Hilde Mangold. El trabajo por el que Spemann recibió el Nobel era, tal cual, la tesis doctoral de Mangold, pero por desgracia ella no tuvo ni siquiera la oportunidad de ser discriminada por ser becaria o mujer: en 1924, mientras rellenaba una estufa de petróleo para calentar la comida de su bebé, un derrame de combustible la hizo salir corriendo de la casa envuelta en llamas. Murió al día siguiente. Hoy la teoría de la organización del embrión por el núcleo se conoce como de Spemann-Mangold.

Hans Spemann y Hilde Mangold. Imágenes de Wikipedia.

Hans Spemann y Hilde Mangold. Imágenes de Wikipedia.

Años más tarde, en 1938, Spemann propuso en un libro lo que entonces parecía un experimento fantástico, la Transferencia Nuclear de Células Somáticas, lo que después sería el método Dolly. Sin embargo, el trabajo de Spemann y Mangold fue casi olvidado durante años, tal vez porque provenía de la Alemania nazi. En 1935, cuando Spemann recibió el Nobel, la revista Time publicaba que el premio se había concedido a un “científico nazi”. Spemann nunca se afilió al Partido Nacionalsocialista, pero un libro recoge su amistad con el filósofo nazi Heidegger, y refiere un artículo en el que elogiaba el esfuerzo científico del Tercer Reich y bendecía al que llamaba “nuestro Führer”. Quien en cambio sí fue miembro del partido y activo defensor del nazismo fue Otto Mangold, marido de Hilde y también estudiante de Spemann. Dado que Hilde murió antes del ascenso de Hitler, tal vez la tragedia la libró de pasar a la historia como científica nazi.

Por último, conviene aclarar que el motivo de las investigaciones de Spemann y Mangold era demostrar cómo el núcleo celular dirigía el desarrollo del embrión, algo que hoy nos resulta evidente, pero por entonces aún ni siquiera se sabía cuál era la sede de la información hereditaria en la célula. Aquellas investigaciones no estaban encaminadas a obtener clones idénticos. Pero como contaré mañana, en décadas posteriores la idea de Spemann se emplearía para obtener los primeros animales clónicos, mucho antes de la oveja Dolly.

La gripe se contagia solo con la respiración, sin tos ni estornudos

Nunca es de agradecer que a uno le estornuden o le tosan encima. Y si después de la agresión aérea notamos una cierta humedad en el área afectada por el disparo, la cosa se torna francamente repugnante. Pero al menos a partir de ahora podrán estar más tranquilos, o más preocupados, según se mire: más tranquilos, porque ese estornudo tan grosero del vecino con el que acaban de cruzarse no necesariamente va a contagiarles su gripe; más preocupados porque, de hecho, basta con que les haya respirado cerca para que se la hayan llevado puesta a casa.

Imagen de James Gathany / Wikipedia.

Imagen de James Gathany / Wikipedia.

Uno de los mayores enigmas científicos sobre la gripe es por qué la sufrimos sobre todo en invierno. En el hemisferio sur les ocurre lo mismo que a nosotros, la padecen en sus meses invernales. En los países tropicales tampoco se libran de esta enfermedad, pero a diferencia de nosotros, ellos no tienen un pico anual en una temporada concreta, sino una transmisión más repartida a lo largo del año.

Tradicionalmente se decía que el invierno favorece el contagio de gripe porque los humanos nos apelotonamos en los espacios cerrados, pero este argumento ha perdido sentido en sociedades donde pasamos la mayor parte de nuestro tiempo en interiores y en los mismos lugares tanto en verano como en invierno, con calefacción o aire acondicionado, así que hacía falta otra explicación más plausible. Como ya conté aquí hace un par de años, ciertos estudios muestran que el frío y la sequedad ambiental, condiciones típicas del invierno, favorecen la transmisión de la gripe. Es decir, que en contra de lo que normalmente se cree, es más fácil que nos contagiemos en la calle, y no en el lugar de trabajo.

Sin embargo, los porqués aún no están del todo resueltos. Se habla tanto de factores del propio virus como de las vías respiratorias: a bajas temperaturas el virus es más estable, pero también parece que en frío y en experimentos con cobayas, los animales producen virus durante 40 horas más, lo que se atribuye a que en estas condiciones el moco es más espeso y permanece durante más tiempo.

En cuanto a la humedad, también se especula con razones relativas al cenagoso mundo del moco, pero se apunta otra posibilidad que parece tener sentido: dado que el virus se transporta por el aire en diminutas gotas llamadas aerosoles, cuando el aire es seco estas gotitas son más pequeñas y pueden recorrer mayores distancias, mientras que en tiempo húmedo recogen más agua del ambiente, crecen demasiado y tienden a caer.

Este contagio a través del aire es lo que ha estudiado ahora un equipo de investigadores de la Universidad de Maryland, según publica la revista PNAS. Los científicos se preguntaron con cuánta facilidad podía transmitirse el virus de la gripe a través de la simple respiración, en comparación con lo que normalmente entendemos como papeletas de premio seguro, la tos y el estornudo.

Para ello reunieron a 142 voluntarios, griposos confirmados, y les recogieron 218 muestras de moco con bastoncillos, junto a otras 218 muestras de aire exhalado en la respiración, tos y estornudo, durante los tres primeros días de síntomas. A continuación analizaron la presencia de virus activo y de ARN del virus (su genoma) en todas las muestras.

Como era de esperar, el material más peligroso resulta ser el moco: 150 muestras, el 89% del total, llevaban el virus. En cambio, solo 52 muestras (el 39%) de los aerosoles eran infecciosos. Pero lo curioso en este último caso es que los investigadores han detectado el virus en el 48% de las muestras de aerosoles sin tos, es decir, solo de la respiración. “Los estornudos son raros, y ni el estornudo ni la tos son necesarios para la generación de un aerosol infeccioso”, concluyen los autores. Pese a todo, admiten la posibilidad de que los estornudos contribuyan a la contaminación de superficies con el virus.

Los resultados están en consonancia con otros estudios anteriores en animales. En el de las cobayas mencionado más arriba, los autores notaban que no había toses ni estornudos, y que los animalitos simplemente se contagiaban la gripe unos a otros a través de los aerosoles que expulsaban al aire y que circulaban entre las jaulas. Por muy tentador que resulte interpretar la tos y el estornudo como mecanismos evolutivos conseguidos por el virus de la gripe para transmitirse más fácilmente, parece que no es así, sino que simplemente tosemos y estornudamos porque tenemos las vías respiratorias irritadas, sin que esto le aporte al virus ninguna ventaja.

Finalmente, el hecho de que el virus se transmita fácilmente solo con respirar es un motivo más para que todo afectado por la gripe se quede unos días en casa cuando aparece la enfermedad. Los autores del nuevo estudio descubren también que la presencia del virus en los aerosoles desciende en los tres primeros días desde que comienzan los síntomas, aunque no así en el moco. Pero cuando llevamos el virus a cuestas, nuestros movimientos no son una decisión personal que nos afecte únicamente a nosotros, sino que podemos contagiar a otros. Así que no pensemos en la epidemia de gripe de cada año solo como algo de lo que podemos ser víctimas, sino también como algo de lo que podemos ser responsables.