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El Nobel de Química que murió en España

Los nombres de Santiago Ramón y Cajal y Severo Ochoa son hoy de sobra conocidos incluso para el ciudadano medio sin conocimientos de ciencia. Pero esto, más que un motivo para celebrar, es una razón para el sonrojo: son las dos únicas personas nacidas en España que han alcanzado el reconocimiento de un Nobel de ciencia.

El número de españoles ganadores de un Nobel de Literatura más que duplica esta cifra (cinco, para ser exactos). El historiador del CSIC Ricardo Campos, en un estudio sobre la eugenesia del franquismo (que conté en detalle aquí), escribía que el psiquiatra franquista Juan José López Ibor definía al hombre español como “estoico, sobrio, buscador de gloria militar y literaria, despectivo hacia la ciencia y la técnica e impasible frente la muerte”. Y así hemos llegado a donde estamos.

Para un estadounidense o un británico, aprenderse la lista de sus científicos laureados con el Nobel sería casi misión imposible. Y ni siquiera la diferencia entre su potencia científica y la nuestra es suficiente justificación: como conté aquí en una ocasión, España es el undécimo país en número de publicaciones científicas (de hecho, cuando lo conté éramos los décimos, pero la reciente edad oscura para la ciencia española nos ha hecho perder un puesto que será muy complicado volver a recuperar), pero se queda en un vergonzoso vigésimo séptimo lugar en número de premios Nobel de ciencia, a la altura de Luxemburgo o Lituania.

Wendell Meredith Stanley en 1946, el año en que ganó el Nobel de Química. Imagen de Wikipedia.

Wendell Meredith Stanley en 1946, el año en que ganó el Nobel de Química. Imagen de Wikipedia.

Todo lo anterior me ha venido al hilo del recuerdo de un episodio poco conocido, y es que si este país solo ha alumbrado dos Nobel de ciencia, en cambio ha matado a uno más. Es un decir, claro; en realidad fue su corazón lo que mató a Wendell Meredith Stanley el 15 de junio de 1971, unas horas después de pronunciar una conferencia en la Universidad de Salamanca. Al día siguiente, 16 de junio, el diario ABC (que daba la noticia a toda página bajo el epígrafe “vida cultural”) contaba que Stanley, profesor de la Universidad de Berkeley y Nobel de Química en 1946, había fallecido de madrugada a la edad de 67 años por un infarto de miocardio en su alojamiento, el Colegio Fonseca.

Stanley había viajado a Barcelona con motivo de un congreso científico en compañía de Severo Ochoa, con quien mantenía amistad, y había sido invitado a Salamanca por el bioquímico Julio Rodríguez Villanueva, quien antes de la conferencia de Stanley advirtió de que “las preguntas que formularan al premio Nobel se le hicieran despacio, a causa de que había sufrido varios ataques al corazón”, contaba ABC. La preocupación de Villanueva no pudo ser más premonitoria.

Pero ¿quién era Wendell Meredith Stanley? Resulta curioso que para un país como EEUU un Nobel de ciencia sea algo tan de andar por casa que algunos de ellos sean casi unos completos desconocidos. Fuera de los círculos de la microbiología y la biología molecular (y tal vez dentro), el nombre de Stanley solo invita a encoger los hombros, e incluso su página en la Wikipedia inglesa no le dedica más de cuatro o cinco párrafos.

Casi oculto, Wendell Stanley asoma la cabeza al fondo de esta foto tomada en la Casa Blanca en 1961, durante un encuentro con científicos del presidente John F. Kennedy. Imagen de White House / Wikipedia.

Casi oculto, Wendell Stanley asoma la cabeza al fondo de esta foto tomada en la Casa Blanca en 1961, durante un encuentro con científicos del presidente John F. Kennedy. Imagen de White House / Wikipedia.

Y sin embargo, podríamos decir que Wendell Stanley fue nada menos que el descubridor de los virus. Para los iniciados en el tema esta afirmación puede ser discutible, pero démosle la vuelta: si hubiera que nombrar a un solo científico/a como descubridor de los virus, ¿quién merecería este título más que Wendell Stanley?

En la segunda mitad del siglo XIX el francés Louis Pasteur y el alemán Robert Koch sentaron la teoría microbiana de la enfermedad, según la cual las infecciones estaban provocadas por los microbios. Pasteur, Koch y otros científicos comenzaron a identificar las bacterias responsables de numerosas enfermedades, y las infecciones dejaron de ser un misterio a medida que iban cayendo una tras otra bajo el microscopio de los investigadores.

Pero una se les resistía: la rabia. Nadie era capaz de aislar bajo las lentes una bacteria a la que culpar de la rabia. Lo mismo ocurría con ciertas enfermedades de las plantas, en las cuales los investigadores buscaban causas bacterianas al hilo de los trabajos de Pasteur y Koch, pero sin éxito. Uno de estos científicos era el químico alemán Adolf Mayer, que en 1886 describió una plaga a la que denominó mosaico del tabaco, que arruinaba las hojas de esta planta entonces tan apreciada. Mayer extraía savia de una planta afectada y la inoculaba en un ejemplar sano, observando que la enfermedad se transmitía. Pero cuando estudiaba la savia al microscopio, no encontraba nada.

Mayer y otros investigadores, como el ruso Dmitri Ivanovsky, descubrieron que el misterioso causante del mosaico del tabaco era algo capaz de atravesar no solo un papel de filtro, sino también unos filtros de porcelana inventados por el francés Charles Chamberland y que servían para limpiar un líquido de bacterias. ¿Qué era lo que causaba aquella infección del tabaco?

La teoría de la época suponía que se trataba de una toxina o de una bacteria diminuta, hasta que en 1898 el holandés Martinus Beijerinck se atrevió a aventurar que aquella enfermedad del tabaco estaba causada por otro tipo de agente infeccioso que no era una bacteria, al que llamó “virus”, “veneno” en latín, un término que ya se había empleado siglos antes en referencia a agentes contagiosos desconocidos. Beijerinck acertó al sugerir que el virus era algo más o menos vivo (no como una toxina), ya que solo afectaba a las células que se dividían. Pero se equivocó al proponer que era de naturaleza líquida.

A partir de los experimentos de Beijerinck, los microbiólogos comenzaron a llamar “virus” a todo agente infeccioso invisible al microscopio y que atravesaba los filtros. El primero en detectarse en animales fue el de la fiebre aftosa, y después llegaron los humanos, el de la fiebre amarilla, la rabia, la viruela y la poliomielitis. Pero aunque ya era de conocimiento común que todas estas enfermedades eran víricas, en realidad aún no se tenía la menor idea sobre qué y cómo eran estos virus. Aún se seguía admitiendo generalmente que no eran partículas, sino misteriosos líquidos infecciosos, una especie de veneno vivo.

Aquí es donde entra nuestro Stanley. En la década de los 30 apareció el microscopio electrónico, una herramienta que permitía hacer visible lo invisible al microscopio óptico tradicional. Y con el potencial que ofrecía esta nueva tecnología, en 1935 Stanley se propuso destripar de una vez por todas la naturaleza del virus del mosaico del tabaco, emprendiendo uno de esos trabajos penosos que alguien tenía que hacer en algún momento: despachurró una tonelada de hojas de tabaco, extrajo su jugo, lo purificó, y de todo ello finalmente obtuvo una exigua cucharadita de polvo blanco. Pero allí estaba el virus del mosaico del tabaco, una especie de minúsculo ser con forma alargada que seguía siendo infectivo incluso cuando estaba cristalizado; es decir, lo que llamaríamos más o menos muerto.

El virus del mosaico del tabaco al microscopio electrónico. Imagen de Wikipedia.

El virus del mosaico del tabaco al microscopio electrónico. Imagen de Wikipedia.

En realidad fueron otros investigadores los que después obtuvieron las primeras imágenes de microscopía electrónica del virus del mosaico del tabaco, y Stanley se equivocó en algunas de sus hipótesis, como cuando propuso que el virus solo estaba compuesto por proteínas. Pero no solo su virus fue realmente el primer virus que ya era algo más que un nombre, sino que aquella extraña capacidad de infectar incluso cuando estaba cristalizado descubrió para la ciencia el rasgo fundamental de los virus, y es que no son exactamente seres vivos, o al menos no como los demás. Pero esta ya es otra historia.

¿Podría hacerse un test de ADN a los presuntos restos del autor de ‘El principito’? (II)

Ayer conté aquí que hoy existen parientes vivos por línea materna de Antoine de Saint-Exupéry, el autor de El principito, y que por tanto el ADN mitocondrial de estos familiares serviría de patrón de comparación para estudiar si los restos del aviador desconocido enterrados en Carqueiranne (Francia) son los del escritor.

Antoine de Saint-Exupéry. Imagen de Zyephyrus / Wikipedia.

Antoine de Saint-Exupéry. Imagen de Zyephyrus / Wikipedia.

Pero ¿qué posibilidades habría de recuperar ADN mitocondrial viable de la tumba de Carqueiranne? Siempre que los restos del aviador desconocido no fueran incinerados, es posible que aún quede algún fragmento de hueso o algún diente que pudieran servir para la identificación. Una dificultad añadida es que probablemente el cuerpo se enterró junto a otros, ya que se trataba de una fosa común; en este caso un resultado positivo sería una confirmación, mientras que uno negativo no refutaría la posibilidad de que St-Ex fuera enterrado allí, ya que los restos analizados podrían ser los de otro cadáver sepultado en la misma tumba.

Respecto a la posibilidad de que quede algún fragmento del que pueda extraerse material, hay precedentes en los que se ha logrado rescatar y analizar ADN mitocondrial de restos aún más antiguos y conservados en condiciones parecidas. Uno de los casos más notables es el del “niño desconocido” del Titanic, el cadáver de un bebé que se recuperó del mar a los pocos días del naufragio y que fue enterrado en Halifax (Canadá), donde permaneció sin identificar hasta hace solo unos años.

Aunque el clima en Halifax es más frío que en el sur de Francia, lo que favorece la conservación, en su contra tenía el hallarse en una zona permeada por aguas subterráneas, que en combinación con los ácidos del suelo disolvieron la mayor parte de los restos. Cuando se abrió la tumba en 2001, se recuperaron tres piezas dentales y un fragmento de 6 centímetros de un hueso del brazo, suficiente material para extraer ADN mitocondrial que llevó a la identificación del niño como Sidney Leslie Goodwin, un bebé inglés de 19 meses (este estudio rectificaba un análisis anterior que resultó erróneo).

El "niño desconocido" del Titanic, Sidney Goodwin. Imagen de Wikipedia.

El “niño desconocido” del Titanic, Sidney Goodwin. Imagen de Wikipedia.

Por lo tanto, es posible que a pesar del tiempo transcurrido aún quede algún fragmento recuperable en la tumba de Carqueiranne que permitiera un análisis de ADN mitocondrial. Pero si persistiera algún resto, incluso no sería descartable que pudiera además extraerse algo de ADN nuclear. En 2013, un estudio estableció un protocolo para extraer y secuenciar ADN cromosómico de restos sumergidos en agua de mar durante ocho meses, a pesar de que el material se encontraba altamente degradado y con un número de copias muy escaso. Incluso en algún caso se ha logrado un análisis de ADN nuclear de restos hallados en el mar después de 10 años; concretamente, huesos del pie en una bota de goma.

Si pudiera extraerse algo de ADN nuclear, quizá podría compararse con los parientes vivos actuales, pero de esas secuencias también podría obtenerse información complementaria de cara a una identificación. Por ejemplo, hoy los genetistas tienen localizadas ciertas regiones del genoma que pueden relacionarse con rasgos físicos como el color del pelo o de los ojos.

Es más, el análisis de los restos antiguos hoy tampoco se limita al ADN, sino que el estudio de los isótopos (variantes concretas de los átomos) presentes en huesos y dientes puede revelar pistas que no bastan para una identificación, pero que pueden servir como indicios adicionales. Los isótopos presentes en el esmalte dental, que se forma durante la infancia, permiten conocer detalles sobre el lugar geográfico donde se crió el personaje y cuál era su dieta predominante durante sus primeros años de vida, mientras que los huesos desvelan datos sobre ubicación y alimentación también en la edad adulta, ya que el tejido óseo se renueva a lo largo de la vida.

Un ejemplo brillante del uso de estas técnicas fue la investigación que en 2014 llevó a la identificación de los huesos del rey inglés Ricardo III, que vivió en el siglo XV y cuyos restos yacían bajo un aparcamiento en Leicester. Gracias al análisis de isótopos los investigadores pudieron saber que el personaje allí enterrado se crió en Northamptonshire, que a los siete años había emigrado hacia el oeste del país y que en sus últimos años bebía mucho vino y comía sobre todo peces de río y aves de caza. Estos detalles cuadraban con los datos históricos, lo que sirvió para confirmar los resultados de las pruebas de ADN.

Claro que, para que todo esto pueda hacerse, es necesario que alguien esté interesado, y no parece que sea el caso: hasta donde he podido saber, no ha existido siquiera una insinuación de practicar un análisis a los restos del aviador desconocido enterrados en Carqueiranne. Aún más, y como conté hace unos días, parece que en varias ocasiones los herederos de Saint-Exupéry han tratado de boicotear las investigaciones encaminadas a esclarecer el misterio de su desaparición en el mar. En primer lugar trataron de desacreditar al pescador que halló la pulsera del escritor, y posteriormente lograron bloquear durante años el examen de los restos del avión.

¿Cuál es el motivo de esta oposición? En 2004, tras el hallazgo de los restos del avión en el Mediterráneo, uno de los buceadores que participaron en la operación dijo a la agencia France Press: “no había una hélice doblada ni agujeros de bala… Viendo los fragmentos, pensamos en una hipótesis de una caída casi vertical a alta velocidad. Pero es solo una conjetura”.

Dibujo del Lockheed P-38 F-5 Lightning que Saint-Exupéry pilotaba cuando desapareció. Imagen de Cédric Chevalier / Wikipedia.

Dibujo del Lockheed P-38 F-5 Lightning que Saint-Exupéry pilotaba cuando desapareció. Imagen de Cédric Chevalier / Wikipedia.

La teoría principal hasta entonces proponía que el avión de St-Ex, un aparato de reconocimiento sin armas, había sido abatido por un caza alemán. Por ello, en 1948 sus herederos obtuvieron para el escritor el reconocimiento legal de Mort pour la France, muerto por Francia. Sin embargo, a raíz de las pruebas halladas en 2004, cobró fuerza la hipótesis de que St-Ex había decidido poner fin a su vida, una idea defendida por el historiador de la aviación Bernard Mark.

Deprimido por los problemas con su esposa, las deudas y las falsas acusaciones de colaboracionismo con los nazis, bebía en exceso, y “ocho días antes de su última misión había dado pistas de que pensaba en el suicidio”, dijo Mark. La noche antes de aquel vuelo final no durmió. Había dejado sus papeles en orden, había regalado su máquina de escribir y su juego de ajedrez, y había escrito sobre su indiferencia hacia la vida. Cuando el comandante de su escuadrilla supo aquella mañana que había partido, reprendió al personal de tierra: “¿Por qué diablos le habéis dejado volar?”.

A raíz de todo aquel revuelo, un sobrino del escritor, Jean d’Agay, dijo que “las leyendas como Saint-Exupéry no deberían tocarse”. Al parecer, incomodaba la posibilidad de que la reputación del héroe quedara deteriorada. Para dar carpetazo al asunto, el gobierno francés se adhirió a la hipótesis de que St-Ex había caído al mar debido al agotamiento del suministro de oxígeno, una idea sin prueba alguna.

Pero la historia dio un curioso giro en 2008, cuando un expiloto de la Luftwaffe alemana llamado Horst Rippert dio un paso al frente afirmando que él había derribado a St-Ex aquel 31 de julio de 1944. La historia de Rippert fue entonces cuestionada por la prensa francesa. Sin embargo, en octubre del pasado año se publicaba el libro Saint-Exupéry, révélations sur sa disparition, en el que Luc Vanrell (el buceador que encontró los restos del avión) y tres colaboradores dicen presentar pruebas de que Rippert abatió el aparato del escritor. Los autores explican la ausencia de agujeros de proyectil alegando que la parte del avión que recibió los balazos no se ha conservado.

¿Caso resuelto? Tal vez. O tal vez no. Al menos el libro quizá contribuya a que la leyenda no se toque, como deseaba Jean d’Agay. Evidentemente, una eventual identificación de los restos de Carqueiranne no aportaría nada respecto a si St-Ex fue abatido o se suicidó, pero removería un pasado que algunos prefieren dejar como está.

Sin embargo, llama la atención que uno de los firmantes del nuevo libro sea François d’Agay, otro sobrino del escritor. A esto se le pueden poner muchos nombres, pero el más aséptico de ellos es “conflicto de intereses”. Aunque solo sea por el hecho de que, cuando a un artista se le concede la designación de Mort pour la France, sus herederos reciben una extensión de copyright de 30 años para sus obras en Francia. Lo que, sumado a los 70 años habituales, aún les deja a los d’Agay un par de décadas por delante para seguir percibiendo derechos por las ventas de El principito y por el uso del personaje en su país.

¿Podría hacerse un test de ADN a los presuntos restos del autor de ‘El principito’? (I)

Como conté hace unos días, en el cementerio de Carqueiranne (Francia) reposan los restos de un aviador desconocido que apareció muerto en la costa unos días después de la desaparición en vuelo del escritor y aviador Antoine de Saint-Exupéry. ¿Sería posible averiguar si aquel cuerpo era el del autor de El principito?

Y en primer lugar, ¿a alguien le importa? Las actitudes con respecto a esto son diversas: para algunos, más aferrados a una mentalidad tradicional, el análisis de los restos humanos es una quiebra del respeto al difunto, mientras otros opinan que precisamente el respeto a la persona fallecida exige la identificación de su cadáver por los medios técnicos disponibles.

En cualquier caso y como explicaré mañana, es improbable que alguien vaya a promover el examen de los restos de Carqueiranne. Y tal vez ni siquiera quede nada que analizar. Pero si lo hubiera, ¿sería posible practicar una prueba de ADN después de tantas décadas? ¿Habría alguien con quien compararla?

Antoine de Saint-Exupéry, en Canadá en mayo de 1942. Imagen de Wikipedia.

Antoine de Saint-Exupéry, en Canadá en mayo de 1942. Imagen de Wikipedia.

Hoy los expertos en ADN antiguo son capaces de recuperar material legible de miles de años, o incluso cientos de miles de años. Pero los científicos especializados en este campo suelen coincidir en dos cosas: una, que el éxito del test no depende tanto de la edad de las muestras como de su estado de conservación; las muestras más antiguas de ADN que han podido secuenciarse se extrajeron de cadáveres conservados en suelos congelados o de huesos encontrados en cuevas frescas y secas.

En el caso de St-Ex, como se le conoce en Francia, un cuerpo que flotó en el mar durante varios días y después permaneció enterrado durante más de siete décadas, con un traslado de restos incluido, no es desde luego la fuente óptima para obtener una muestra viable. Pero la segunda cosa en la que coinciden los expertos es: hasta que no se intenta, no se sabe si será posible; y si no se intenta, nunca se sabrá.

Una breve explicación sobre los test genéticos. Nuestras células contienen ADN en dos lugares distintos. Por un lado, el núcleo celular alberga los cromosomas que heredamos de nuestros progenitores, 22 del padre y 22 de la madre (llamados autosomas), y un par de cromosomas sexuales; XX en las mujeres, XY en los hombres.

Cromosomas humanos: pares de autosomas (1-22) y cromosomas sexuales (un par de X y una copia de Y). Los hombres llevan XY, las mujeres XX. Imagen de Nami-ja / Wikipedia.

Cromosomas humanos: pares de autosomas (1-22) y cromosomas sexuales (un par de X y una copia de Y). Los hombres llevan XY, las mujeres XX. Imagen de Nami-ja / Wikipedia.

Los test genéticos clásicos, inventados en los años 80 por el británico Alec Jeffreys y que se han empleado desde entonces para las pruebas de paternidad y los estudios forenses, se basan en el análisis de ciertas regiones de los autosomas –llamadas microsatélites– que varían en distintas personas, y que son muy diferentes entre los sujetos no emparentados. Pero este método, llamado Huella Genética o DNA Fingerprinting, es poco útil cuando se trata de muestras antiguas; en los espermatozoides y los óvulos, los pares de cromosomas paterno-materno se intercambian fragmentos entre sí, por lo que la huella genética de una persona se va diluyendo en las generaciones sucesivas.

En cambio, esto no sucede con el cromosoma sexual masculino Y, que no tiene pareja y por tanto no intercambia fragmentos con otro. Por ello, este cromosoma suele servir como referencia válida para comprobar el parentesco incluso entre dos personas separadas por muchas generaciones. Pero para que este análisis sea posible, es necesario que esas dos personas compartan el mismo cromosoma Y. Dado que este se hereda de padre a hijos varones, se incluyen en este caso los hermanos y sus ascendientes y descendientes por línea paterna masculina.

St-Ex no tuvo hijos, y su único hermano varón, François, murió a los 15 años; por cierto, sirviendo de inspiración para el personaje del principito. Para comprobar si existe hoy algún patrón de comparación del cromosoma Y sería necesario estudiar si queda algún otro descendiente masculino de sus ancestros por línea paterna; básicamente se trataría de buscar a algún pariente varón que hoy lleve el Saint-Exupéry como primer apellido. De lo contrario, si no existe, el cromosoma Y del escritor se habría extinguido con él, por lo que no habría hoy ningún familiar que sirviera como patrón de comparación.

De todos modos, la mayor dificultad con el ADN antiguo es recuperar muestras viables de los cromosomas nucleares, ya que solo hay una copia por cada célula y el material genético tiende a degradarse con el tiempo. En cambio, la probabilidad de obtener una muestra válida aumenta enormemente con el segundo lugar de nuestras células que alberga ADN, las mitocondrias.

Esquema de la célula, la mitocondria y el ADN mitocondrial. Imagen de National Human Genome Research Institute / Wikipedia.

Esquema de la célula, la mitocondria y el ADN mitocondrial. Imagen de National Human Genome Research Institute / Wikipedia.

Las mitocondrias son las pilas de la célula. Son los orgánulos que proporcionan la energía necesaria para todos los procesos celulares. Hoy se piensa que originalmente, hace miles de millones de años, eran bacterias de vida libre, que en algún momento se fusionaron con otras células para vivir en simbiosis, aportando energía y recibiendo cobijo a cambio. Como herencia de aquel pasado independiente, las mitocondrias conservan su propio ADN, que sirve para producir componentes de consumo propio. Dado que cada célula contiene cientos o incluso miles de mitocondrias, y que cada una de ellas lleva entre 2 y 10 copias de su ADN, esto significa cientos o miles de copias del ADN mitocondrial en una sola célula, lo que mejora inmensamente las perspectivas de conseguir una muestra analizable.

Sin embargo, como ocurre con el cromosoma Y, el ADN mitocondrial tampoco sirve para estudiar el parentesco entre dos personas cualesquiera, sino que deben estar relacionadas por las reglas de la herencia de este material genético. Cuando un espermatozoide fecunda un óvulo, del primero solo se conserva el núcleo, mientras que el segundo aporta la mayor parte de las estructuras celulares. Por lo tanto, hombres y mujeres llevamos el ADN mitocondrial de nuestra madre. Así, para que este genoma secundario confirme el parentesco entre dos personas, es necesario que ambas estén relacionadas por línea materna.

St-Ex tuvo tres hermanas, Marie-Madeleine, Simone y Gabrielle, con quienes compartía el ADN mitocondrial de su madre. Que yo haya podido encontrar, al menos una de ellas, Gabrielle, tuvo dos hijas, Marie Magdeleine y Mireille, y estas a su vez han tenido un total de cinco hijas (además de algún varón que, de seguir vivo, llevaría también el mismo ADN mitocondrial), por lo que parece que el ADN mitocondrial del escritor sigue vivo y que por tanto en este caso sí habría un patrón de comparación.

(Continuará mañana)

Qué fue de Antoine de Saint-Exupéry… y de sus posibles restos

Parecería aquí que estoy invadiendo el terreno de mi vecina de blog Jessica Gómez, que en Qué fue de… todos los demás nos actualiza el paradero de todos aquellos ídolos desvanecidos. Pero siendo este un blog de ciencia, y tratándose de un personaje desaparecido hace 74 años, ya imaginarán que la cosa va a ir más bien de algo mucho menos agradable; a saber, identificación de restos mortales.

Antoine de Saint-Exupéry en Toulouse en 1933. Imagen de NYT / AFP / WIkipedia.

Antoine de Saint-Exupéry en Toulouse en 1933. Imagen de NYT / AFP / WIkipedia.

Ayer les traía aquí el recuerdo de Antoine de Saint-Exupéry, autor de El principito, ese cuento que ha sido la referencia infantil más imborrable para muchos de nosotros, y ese entre muy pocos que uno puede seguir leyendo bajo el peso de las canas y continuar preguntándose cómo uno había sido tan imbécil de no haberse dado cuenta antes de tal o cual detalle.

El principito es un cuento monstruoso en el sentido número 2 del DRAE, “excesivamente grande o extraordinario en cualquier línea”. En cualquiera. Es el hallazgo de una vida, es el relato que muchos de los que escribimos hubiéramos querido escribir, y por el cual cambiaríamos todo lo que hemos escrito. Pero solo hubo un Saint-Exupéry, y solo hubo un principito. Y es por ello que, cuando el 31 de julio de 1944 el también aviador despegó en un Lockheed P-38 Lightning para nunca regresar, la conmoción rodeó el planeta.

Curiosamente, fueron sus trabajos anteriores los que le elevaron a la fama; El Principito se había publicado ya en EEUU, pero no en la Francia ocupada. Con la resonancia de su obra más conocida y el misterio que rodeó su prematura desaparición, Saint-Exupéry ascendió a la categoría de héroe nacional en su país.

Durante décadas, el último vuelo del escritor fue un enigma insondable. Hasta que en 1998 el pescador Jean-Claude Bianco hizo una captura rutilante: una pulsera identificativa de plata que llevaba el nombre del autor, de su mujer y de su editorial en EEUU. La autenticidad de la pieza fue cuestionada, y aquí entra en escena una parte determinante en la historia que sigue: los herederos de Saint-Exupéry, que llegaron a acusar a Bianco de fraude.

Pero la controversia se extinguiría pocos años después. Luc Vanrell había oído hablar a su padre de los restos de un avión cerca de las coordenadas donde Bianco había encontrado la pulsera. En 2000 se calzó el traje de buceo y documentó decenas de pecios de aeronaves en la zona hasta dar con lo que era inequívocamente un P-38. Cándidamente, Vanrell pensaba que la autorización para investigar los vestigios llegaría con facilidad y urgencia ante la posible resolución de un episodio histórico de tal magnitud. Pero se equivocó. El gobierno francés tardó tres años en conceder el permiso, y solo lo hizo cuando otros equipos y cámaras de televisión comenzaron a merodear por el yacimiento.

La causa de este bloqueo fue, una vez más, la influencia de la poderosa familia de Saint-Exupéry. Pero cuando en 2003 los restos del avión fueron por fin examinados y recuperados, pudo confirmarse inequívocamente que aquel era el P-38 que Saint-Exupéry pilotaba el último día de julio del 44.

La pulsera de Saint-Exupéry, hallada en 1998. Imagen de Fredriga / Wikipedia.

La pulsera de Saint-Exupéry, hallada en 1998. Imagen de Fredriga / Wikipedia.

Por fin se rellenaba una página histórica en blanco, pero los nuevos datos podrían llevar a otra revelación aún más sensacional. La ubicación de aquellos hallazgos cerca de la costa de Marsella rescató de la memoria un suceso que en su momento apenas llamó la atención. A los pocos días de la desaparición de Saint-Exupéry, las olas dejaron en la costa un cadáver imposible de identificar, vestido con uniforme de vuelo francés. Aquel aviador anónimo fue enterrado en una fosa común en la localidad de Carqueiranne. Por entonces una mujer dijo también haber presenciado la caída al mar de un aeroplano.

¿Sería aquel cuerpo el de Saint-Exupéry? Al parecer, en su día el sepulturero de Carqueiranne y el guarda del cementerio describieron que el cadáver, con graves lesiones en la cabeza y en las piernas, poseía una corpulencia que se correspondía con la del escritor. En los años 60 los restos de la fosa común se reubicaron, pero según parece aún están localizados. Es posible que quede poco o nada de ellos. Pero siempre que los restos no fueran incinerados y que aún persista algún fragmento, una posible identificación no sería en principio del todo descartable, incluso aunque se hayan mezclado con los de otras personas.

¿Por qué entonces no se ha intentado, o ni siquiera se ha planteado la posibilidad? Hoy existen tecnologías cada vez más potentes para la identificación de los restos antiguos. Gracias a estas herramientas, muchas personas pueden llegar a saber qué fue de sus parientes desaparecidos, como en el caso de aquellos que perdieron a sus familiares en la Guerra Civil.

En el caso de figuras de relevancia histórica, solventar las dudas sobre la atribución de restos mortales tiene un evidente interés público, algo que solo se cuestiona en países como el nuestro con mayor tradición religiosa que científica (como conté aquí hace tres años a propósito del análisis de los restos de Cervantes, un proyecto al que se opuso incluso algún académico cavernícola). Y para muchas personas que admiran la obra de Saint-Exupéry, visitar el lugar donde yacen sus restos sería una experiencia sensible. Los humanos somos así; nos gustan estas cosas.

En resumen, ¿qué posibilidades habría de determinar si aquel aviador desconocido enterrado en Carqueiranne era el autor de El principito? Mañana lo contamos. Y también por qué, incluso aunque un análisis genético o bioquímico fuera posible, es improbable que nunca llegue a hacerse. Y la respuesta a esto último podría estar en los mismos motivos por los cuales los herederos del escritor parecen haber hecho lo imposible por obstaculizar las investigaciones sobre su muerte.

¿Hora de enterrar para siempre a Hans Asperger, médico nazi?

El pediatra austríaco Hans Asperger (1906-1980), cuyo nombre se utiliza desde 1981 para designar un síndrome relacionado con los Trastornos del Espectro del Autismo (TEA), comenzó en 1938 a firmar sus diagnósticos con un “Heil Hitler“. De por sí, alguien podría argumentar que este hecho no es suficiente motivo para descalificar a Asperger: ¿quizá estaría obligado? ¿Pudo ser un trampantojo para mostrar una fachada aceptable ante el régimen nazi que le permitiera proteger a sus pequeños pacientes, como hacía Oskar Schindler cuando agasajaba a los jerarcas del III Reich?

Hans Asperger, circa 1940. Imagen de Wikipedia.

Hans Asperger, circa 1940. Imagen de Wikipedia.

Precisamente el caso de Schindler, si es que la película es fiel a la historia real, sirvió para popularizar a través del cine la figura del personaje con claroscuros frente a la dictadura de Hitler, lejos del clásico esquema de los buenos sin sombras y los malos sin luces. En aquel guion fluía maravillosamente la transición del personaje: desde el especulador sin remordimientos deseoso de lucrarse a costa de la guerra y el sufrimiento, al empresario interesado en defender a los suyos en pro de su propio beneficio, y finalmente al benefactor dispuesto a arruinarse por salvar una vida más.

Después de la Segunda Guerra Mundial y aparte de los juicios como los de Nuremberg, infinidad de personajes de la época fueron sometidos a escrutinio para determinar cuál había sido su relación real con el III Reich. Muchos salieron de aquel proceso legalmente exonerados pero con su reputación comprometida, como el director de orquesta Herbert von Karajan, muy representativo del caso del oportunista que prefirió mirar para otro lado: von Karajan no era nazi ni colaboró de ningún modo con el régimen, pero sí fue miembro del partido y se aprovechó de esta condición para edificar su carrera llevando su música por los países invadidos.

Esta ambigüedad tuvo su propio capítulo en el mundo de la ciencia. Es bien sabido cómo se hizo la vista gorda con el ingeniero Wernher von Braun y otros 1.600 científicos y especialistas nazis, reclutados después de la guerra por el gobierno de EEUU con sus expedientes limpios de polvo y paja. Pero quizá no tan conocido es el hecho de que algunas de las crueles investigaciones llevadas a cabo por los científicos con los prisioneros de los campos de concentración continuaron sirviendo después como referencias en ciertas líneas científicas.

Experimento de hipotermia con un prisionero en el campo de concentración de Dachau. Imagen de Wikipedia.

Experimento de hipotermia con un prisionero en el campo de concentración de Dachau. Imagen de Wikipedia.

Un ejemplo es el efecto de la hipotermia en el cuerpo humano. Con el fin de investigar cómo proteger a los pilotos de la Luftwaffe si caían derribados en el mar, los científicos nazis sumergían a los prisioneros en bañeras de hielo con uniforme de vuelo, cronometrando el tiempo que tardaban en morir. Durante décadas, estudios posteriores sobre esta materia han citado aquellas investigaciones, obviando el pequeño detalle de que los resultados se obtuvieron torturando hasta la muerte a los sujetos humanos.

De cuando en cuando, en los foros científicos resurge el debate sobre la necesidad de terminar de limpiar la ciencia de aquella herencia macabra. Y esta discusión concierne también a ciertos trastornos que aún hoy continúan llevando el nombre de médicos presunta o probadamente relacionados con el régimen nazi. Probablemente el más conocido de estos nombres es el de Asperger.

Pero ¿quién era Hans Asperger? ¿Era un Schindler, o al menos un mero von Karajan? ¿O era en realidad un médico nazi? Durante décadas su figura ha estado envuelta en una neblina de incertidumbre: “la literatura existente sobre el tema ha tendido a minimizar o pasar por alto cualquier implicación [con el régimen nazi], o incluso a postular que Asperger adoptó una posición de resistencia activa”, escribía el mes pasado en la revista Molecular Autism el historiador de la Universidad Médica de Viena (Austria) Herwig Czech.

Sin embargo, según muestra el trabajo de Czech, parece que la versión más ajustada a la realidad es la más terrible. A lo largo de un decenio, Czech ha desenterrado y analizado una vasta documentación sobre el pediatra austríaco que hasta ahora dormía en los archivos, además de reunir y repasar las diversas y a veces discrepantes fuentes ya conocidas. Y de su amplio estudio de 43 páginas se desprende un veredicto contundente. Según resume un editorial que acompaña al estudio de Czech, Asperger “no solo colaboró con los nazis, sino que contribuyó activamente al programa nazi de eugenesia enviando a niños profundamente discapacitados a la clínica Am Spiegelgrund de Viena”.

Am Spiegelgrund es uno de los nombres más infames en la historia de las atrocidades nazis. “Era una clínica que él [Asperger] sabía que participaba en el programa de eutanasia infantil del III Reich, donde se mataba a los niños como parte del objetivo nazi de crear por ingeniería eugenésica una sociedad genéticamente pura a través de la higiene racial y de la eliminación de las vidas consideradas una carga y no merecedoras de vivir”, prosigue el editorial. Como parte del programa de eutanasia Aktion T4, en aquella siniestra institución 789 niños murieron por gas, inyección letal o desnutrición, muertes que en los certificados oficiales se atribuían a la neumonía. La clínica conservó en tarros los cerebros de cientos de niños para su estudio.

Memorial en Viena por los niños asesinados por el régimen nazi en Am Spiegelgrund. Imagen de Haeferl / Wikipedia.

Memorial en Viena por los niños asesinados por el régimen nazi en Am Spiegelgrund. Imagen de Haeferl / Wikipedia.

La investigación de Czech no descubre, ni el historiador pretende alegar, que Asperger participara directamente en las muertes de aquellos niños. Pero con diagnósticos “marcadamente duros”, como calificar a un niño de “carga insoportable”, el pediatra recomendaba el internamiento de los pequeños en Am Spiegelgrund, donde sabía que muchos de ellos eran asesinados. La jerarquía nazi consideraba a Asperger “políticamente irreprochable” y un firme defensor de los principios de higiene racial, y su lealtad al régimen fue recompensada con progresos en su carrera.

Como conclusión principal, Czech señala: “A la luz de la evidencia histórica, la narrativa de Asperger como destacado oponente del Nacional Socialismo y valiente defensor de sus pacientes contra la eutanasia nazi y otras medidas de higiene racial no se sostiene”.

Por si no fueran pruebas suficientes, la publicación del estudio de Czech ha coincidido con la del libro de Edith Sheffer Asperger’s Children: The Origins of Autism in Nazi Vienna, que expone una tesis similar: “Asperger no solo estuvo implicado en las políticas raciales del III Reich de Hitler, sino que además fue cómplice en el asesinato de niños”.

Recientemente se ha informado de que en la nueva versión –que entra en vigor este mes– de la Clasificación Internacional de Enfermedades (CIE) de la Organización Mundial de la Salud (OMS), una de las dos referencias globales utilizadas por la psiquiatría, desaparece definitivamente el diagnóstico de Síndrome de Asperger, pasando a fusionarse dentro de los TEA. Algunas personas diagnosticadas con Asperger van a echar de menos este epónimo, algo comprensible después de una vida acostumbrados a él. Pero la decisión adoptada por la OMS, que responde a motivos clínicos, va a evitar algo que para otros muchos sí puede ser una carga insoportable: llevar en su condición el nombre de quien mandaba a los niños al exterminio.

Marconi, el pionero de la radio que escapó de morir en el Titanic (y en el Lusitania)

Hace unos días les contaba aquí cómo una mala casualidad llevó al químico francés René Jacques Lévy a perder la vida en el Titanic, un barco en el que no debería haber viajado. Pero la suerte viene en dos sabores, y a algunos les toca la versión dulce. Este fue el caso del inventor y empresario italo-británico Guglielmo Marconi, uno de los pioneros de la radio y premio Nobel de Física en 1909 por su aportación al desarrollo de la telegrafía sin hilos (hoy más conocida como wireless).

Debido a dos casualidades afortunadas, Marconi y su mujer se libraron de viajar en la funesta travesía del Titanic. Pero además, y para los fans de esa divertidamente gore saga de películas titulada Destino final, el italiano burlaría una segunda vez a la muerte que le esperaba en el mar, para finalmente fallecer en su cama de un prosaico ataque cardíaco.

Guglielmo Marconi con sus equipos en 1901. Imagen de Wikipedia.

Guglielmo Marconi con sus equipos en 1901. Imagen de Wikipedia.

En su libro My Father, Marconi, su hija Degna contaba que su familia tenía alquilada una propiedad cerca de Southampton (Inglaterra), en cuyo extremo se erguía una torre de tres pisos a la orilla del mar. En la mañana del 10 de abril de 1912, Degna y su madre ascendieron a la torre para ver pasar al Titanic, que acababa de zarpar con rumbo a América.

La niña solo tenía entonces tres años y medio, pero recordaba bien la escena: “juntas saludamos al barco, inmenso y resplandeciente al sol de primavera, y docenas de pañuelos y bufandas nos saludaron de vuelta. Mientras el Titanic desaparecía de nuestra vista sobre las aguas calmadas, descendimos lentamente los escalones”. Sin embargo, Degna recordaba también cómo entonces su madre le apretaba la mano con tristeza. Años después supo por qué: “ella deseaba estar a bordo”.

Marconi y su esposa, Beatrice, habían sido invitados por la White Star Line para viajar en la travesía inaugural del Titanic por cuenta de la naviera (algunos relatos de la historia se refieren a la familia entera, pero lo cierto es que el libro de Degna solo menciona a sus padres). Según contaba Degna, su padre tenía mucho trabajo pendiente que resolver y para ello necesitaba la ayuda de un taquígrafo. Marconi disponía del suyo propio, un tal Magrini, pero “era inservible a bordo de un barco; pasaba el viaje mareado de costa a costa”. Así que debía recurrir al taquígrafo del propio buque. Pero, casualidad afortunada número uno, Marconi sabía que el taquígrafo del Lusitania era más rápido y competente, por lo que cambió su pasaje a este barco, que zarpaba tres días antes.

El Titanic, el 2 de abril de 1912. Imagen de Wikipedia.

El Titanic, el 2 de abril de 1912. Imagen de Wikipedia.

Así, la idea era que Beatrice tomara el Titanic y se reuniera con su marido en Nueva York. Pero, casualidad afortunada número dos, el pequeño de los Marconi enfermó. “Entonces Giulio lo arruinó todo cayendo presa de una de esas alarmantes fiebres de bebé que pueden ser el preludio de algo o de nada”, escribía Degna. “Ella cableó que debía posponer su viaje y quedarse a cuidar a su pequeño, y afrontar otra de esas separaciones interminables que tanto afectaban a su matrimonio”.

A su llegada a Nueva York en el Lusitania, Marconi supo que un mensaje recibido por una de sus estaciones traía noticias de un desastre en el mar. La mañana del 15 de abril el diario The New York Times publicaba la información: “a las 10:25 de anoche, el barco de la White Star Titanic emitió un CQD [de Come Quick, Danger, la señal de auxilio anterior al SOS] a la estación inalámbrica Marconi local informando de que había colisionado con un iceberg. El barco dijo necesitar ayuda inmediata”. El periódico había tratado de contactar telegráficamente con el capitán, sin éxito.

Lo que siguió fue, según Degna, un “pandemonio” de confusión y rumores, hasta tal punto que el diario Evening Sun de Nueva York informó aquella tarde de que todos los ocupantes del Titanic habían sido rescatados y que el buque estaba siendo remolcado con destino a Halifax, en Canadá. A última hora de la tarde se conoció una realidad muy diferente, que unos 700 supervivientes viajaban en el Carpathia hacia Nueva York, y que el resto hasta los más de 2.200, junto con el barco, habían quedado en el mar.

Cuando el 18 de abril el Carpathia atracó en el puerto neoyorquino, Marconi fue uno de los primeros en abordarlo, y por una buena razón. En medio de la consternación provocada por la tragedia del Titanic, el día anterior Marconi había recibido un entusiasta homenaje en la Sociedad Eléctrica de Nueva York. Según relataba el Times, el motivo lo había resumido en aquel acto el inventor estadounidense Frank Sprague: “Cuando mañana por la noche 700 u 800 personas pisen tierra en Nueva York, podrán mirarle a usted como su salvador”.

El primer sistema práctico y comercial de telegrafía inalámbrica, desarrollado por Marconi, había sido clave para que el Carpathia supiera del naufragio del Titanic y acudiera a rescatar a los supervivientes. De hecho, los dos radiotelegrafistas del barco siniestrado no eran empleados de la naviera White Star, sino de la compañía Marconi. El primer oficial, Jack Phillips, había perecido en el desastre; el segundo, Harold Bride, viajaba en el Carpathia.

Réplica de la sala de radiotelegrafía Marconi del Titanic. Imagen de Cliff1066 / W. Rebel / Wikipedia.

Réplica de la sala de radiotelegrafía Marconi del Titanic. Imagen de Cliff1066 / W. Rebel / Wikipedia.

Cuando Marconi subió al barco apenas tocó puerto, fue para entrevistarse con Bride y el telegrafista del Carpathia. Ambos operadores, junto con el fallecido Phillips, habían sido los artífices del rescate de más de 700 personas, gracias a la tecnología de Marconi. Unos días después, relataba Degna, los supervivientes se congregaron en el hotel donde se alojaba Marconi para expresarle su gratitud con una medalla de oro.

Según narraba Degna, paradójicamente el desastre del Titanic propició el ascenso de su padre a la cumbre de su carrera: el mundo entero fue consciente del inmenso poder de la telegrafía inalámbrica para salvar vidas, y desde entonces los equipos de Marconi se convirtieron en una herramienta imprescindible en la navegación marítima. Anecdóticamente, también el accidente cambió el estándar internacional de socorro: además de la señal usada hasta entonces, CQD, el Titanic emitió también el nuevo código propuesto, SOS, más fácil de marcar en Morse. Según Degna, aquella fue la primera vez que se lanzó al aire un SOS.

Llegamos así al “destino final” que Marconi logró evitar: tres años después del desastre del Titanic, en abril de 1915, el inventor embarcó de nuevo en Inglaterra en el Lusitania rumbo a Nueva York para testificar en un juicio por una patente. La Primera Guerra Mundial había comenzado, y Alemania había declarado las aguas británicas como zona de guerra. Cuando el trasatlántico regresaba de vuelta a Liverpool, la tarde del 7 de mayo, fue torpedeado y hundido por un submarino alemán cerca de la costa de Irlanda. Casi 1.200 personas perdieron la vida, mientras Marconi estaba sano y salvo en América.

Ilustración del hundimiento del Lusitania por Norman Wilkinson. Imagen de Circumscriptor / Wikipedia.

Ilustración del hundimiento del Lusitania por Norman Wilkinson. Imagen de Circumscriptor / Wikipedia.

Quien sí viajaba aquel día en el Lusitania y se hundió con él fue el millonario estadounidense Alfred Gwynne Vanderbilt. Cuenta la historia de su familia que Vanderbilt estuvo a punto de viajar tres años antes en el Titanic. Lo cierto es que hay cierta neblina al respecto: una investigación histórica determinó que el Vanderbilt que había comprado pasaje en el Titanic y finalmente decidió no viajar fue en realidad el tío de Alfred, George Washington Vanderbilt (que no murió en el Lusitania). Sin embargo, un descendiente de la saga escribía en una web sobre el Lusitania que, de acuerdo a la tradición de su familia, “Alfred también había considerado seriamente viajar en el Titanic”. Fuera cual fuese la realidad, la conclusión es la misma; no hay destinos finales, pero la suerte viene en dos sabores, y a algunos les toca la versión amarga.

El científico que sobrevivió al Titanic y escribió el primer testimonio

Anoche se cumplió un nuevo aniversario del desastre que por algún motivo continúa excitando hoy un morbo tan potente como el primer día. Es lógico que entonces, cuando aún no existía acceso global e inmediato a la información en cualquier parte del mundo, causara un enorme horror una tragedia en tiempos de paz que se llevó de un plumazo la vida de más de 1.500 personas.

Pero incluso más de un siglo después, con dos guerras mundiales a nuestras espaldas y otras locales incontables, y cuando todos los días los telediarios nos presentan un amplio desfile de cifras de víctimas de todo tipo, la fascinación por el hundimiento del Titanic sigue tan viva como siempre, sobre todo después de que en 1997 James Cameron convirtiera el episodio en una de las superproducciones más exitosas de la historia del cine.

El hundimiento del 'Titanic'. Dibujo de Willy Stöwer / Wikipedia.

El hundimiento del ‘Titanic’. Dibujo de Willy Stöwer / Wikipedia.

Como soy un tipo curioso, un devorador de conocimientos y de historias, me ha dado por preguntarme: ¿había científicos a bordo del Titanic? Sabemos, en parte gracias a Cameron, que aquel buque era un microcosmos representativo de la sociedad de entonces donde viajaban desde magnates a obreros, compartiendo el mismo casco pero sin jamás mezclarse. Parecería lógico que entre sus pasajeros hubiese también al menos algún investigador científico, pero esto es algo que no suele encontrarse en los relatos al uso.

Por suerte, cuento con la ayuda de la Encyclopedia Titanica, un recurso que contiene una inconcebible cantidad de datos sobre el buque y su primera y única travesía, incluyendo biografías más o menos extensas de todos sus ocupantes. Allí descubro que en el barco viajaban varios ingenieros, profesores, académicos y seis médicos, dos de ellos pertenecientes a la tripulación. Pero ninguno parece haber destacado por una labor investigadora sobresaliente.

Entre los pasajeros había un químico industrial, el francés René Jacques Lévy, de 36 años. El de Lévy fue un caso desafortunado, ya que el suyo no era un viaje de placer, ni debía haber estado aquella noche a bordo del Titanic. Su especialidad era la producción de tintes textiles, un trabajo que había ejercido en Inglaterra antes de regresar a París para casarse. En 1910 emigró con su mujer y sus tres hijas pequeñas a Montreal.

Posiblemente Lévy habría vivido una larga existencia en Canadá, de no haber sido por la circunstancia casual de la muerte de un familiar, que le llevó a viajar a Francia en marzo de 1912. Una vez cumplida aquella desagradable obligación, el químico debía regresar a América el 20 de abril a bordo del France. Pero cuando supo que otro barco le llevaría de vuelta con su familia 10 días antes, cambió su pasaje por uno de segunda clase en el Titanic.

Durante la travesía, Lévy comentó que los cabos para arriar los botes salvavidas le parecían demasiado cortos, y que en caso de accidente preferiría hundirse con el barco que sentarse en uno de ellos. La noche del 14 al 15 de abril, tras la colisión con el iceberg y cuando comenzó la evacuación del Titanic, el químico y sus dos compañeros de camarote se aseguraron de encontrarle una plaza en uno de los botes a una mujer con la que habían coincidido durante el viaje. Desde la cubierta la despidieron con un “au revoir!“, y ese fue el fin de la historia de Lévy. En 2012 la Real Sociedad de Química de Reino Unido concedió a Lévy su premio Presidencial a título póstumo por su “sobresaliente acto de cortesía”.

Lawrence Beesley y otra pasajera en el gimnasio del 'Titanic'. Imagen de Central News And Illustrations Bureau / Wikipedia.

Lawrence Beesley y otra pasajera en el gimnasio del ‘Titanic’. Imagen de Central News And Illustrations Bureau / Wikipedia.

El caso más notable es el del profesor de ciencias de 34 años Lawrence Beesley. Según la Encyclopedia Titanica, Beesley viajaba en segunda clase en el Titanic para tomarse unas vacaciones en EEUU y visitar a su hermano en Toronto tras haber abandonado su trabajo en Inglaterra. Viajaba solo, ya que había enviudado unos años antes. Según las crónicas, Beesley pasó gran parte de la travesía leyendo en la biblioteca. En esta curiosa foto se le puede ver junto a otra pasajera en el gimnasio del barco, haciendo bicicleta estática con un atuendo dudosamente cómodo.

La noche del 14 de abril, Beesley leía en su camarote. De repente notó un tirón en el movimiento del barco, pero ningún impacto. Al salir al pasillo a informarse, un miembro de la tripulación le tranquilizó asegurándole que no ocurría nada anormal. Pero tras comprobar que se estaban preparando los botes salvavidas, regresó a su camarote a buscar algunas pertenencias y se dirigió a cubierta, notando ya una cierta inclinación anómala en las escaleras.

Cuando llegó a cubierta, se estaba organizando el arriado del bote número 13. Al no haber más mujeres ni niños a la vista, Beesley fue invitado a abordar el bote, de donde él y el resto de sus ocupantes fueron rescatados durante la madrugada del 15 de abril por el buque Carpathia.

La evacuación de Beesley fue sorprendentemente tranquila y sencilla. Solo después supo de la magnitud de la tragedia y, sobre todo, de cómo su caso había sido excepcional: pese a que la película de Cameron se centraba en las diferencias entre primera y tercera clase, en realidad el grupo que se llevó la peor parte fue el de los hombres de segunda clase, de los que solo sobrevivió el 8%, la mitad que en tercera. “Los hombres de segunda clase no tenían el prestigio social y la notoriedad para ser favorecidos por el capitán y la tripulación en la primera oleada del rescate, y al mismo tiempo podían no tener la fortaleza física de algunos de los pasajeros de tercera clase para abrirse camino a través del caos”, dice el psicólogo Daniel Kruger en este documental del canal Historia.

Beesley narró su experiencia en el libro The Loss of the SS Titanic: its Story and its Lessons, que se publicó solo nueve semanas después del hundimiento. Fue la primera crónica escrita por un superviviente del desastre, y una de las principales fuentes en las que Cameron se inspiró para su película. Pero la obra de Beesley no es un simple relato de una catástrofe, sino que analizaba también los aspectos técnicos, incluyendo una discusión basada en un artículo publicado en la revista Scientific American sobre la tan cacareada insumergibilidad del Titanic. Gracias a su mentalidad científica, Beesley repasaba los errores y las posibles mejoras, con un alcance que habría sido imposible en una persona sin su formación.

A ese espíritu científico de Beesley debemos agradecerle también que se ocupara, ya en aquel relato temprano, de criticar toda la charlatanería sobrenatural de historias de premoniciones que ya entonces comenzó a aflorar, y que ha persistido hasta hoy. “Una cosa más debe señalarse: la prevalencia de creencias supersticiosas referentes al Titanic“, escribió. “Imagino que ningún otro barco zarpó jamás con tanta tontería miserable vertida sobre él”.

Beesley volvió a casarse, tuvo tres hijos más –ya tenía uno de su primera esposa– y vivió hasta los 89 años, falleciendo en 1967. Uno de sus nietos es Nicholas Wade, reputado escritor de ciencia en medios como The New York Times y las revistas científicas Science y Nature.

Pero la historia más extraña de su vida, dejando aparte su afortunada huida del Titanic, tuvo lugar en 1958. Suelen decir los psicólogos que a menudo los supervivientes de tragedias se ven afectados por una especie de sentimiento de culpa por continuar vivos. Tal vez fuera esta la razón, o quizá no. Pero aquel año Beesley servía como asesor en el rodaje en Londres de la película La última noche del Titanic, cuando el director, Roy Ward Baker, le descubrió de repente infiltrado entre los actores durante la escena del naufragio. Cuando Baker le preguntó qué hacía allí, Beesley respondió que en aquella ocasión quería hundirse con el barco. Pero por segunda vez fue desalojado antes del hundimiento, ya que las normas del rodaje impedían la participación de actores no sindicados.

Aún me queda en la recámara una historia más que contarles sobre los científicos y el Titanic. Mañana seguiremos.

Así seríamos hoy si fuéramos neandertales

Juguemos a la historia-ficción: ¿qué habría ocurrido si nosotros, los que nos autodenominamos Homo sapiens, nos hubiéramos extinguido, y en nuestro lugar hubieran prosperado quienes realmente se extinguieron, los neandertales?

Naturalmente, no tenemos la menor idea, y lo que sigue no es otra cosa que un ejercicio de imaginación sin más pretensiones. Para empezar, los científicos aún no se han puesto de acuerdo en muchas de las características que definían a esta especie, como tampoco en qué fue lo que la llevó a la extinción.

Sobre esto último, tradicionalmente se ha supuesto que nosotros teníamos alguna ventaja adaptativa de la que ellos carecían, y/o que el cambio climático tuvo algo que ver, y/o que nuestra mayor población y expansión los fue reduciendo hasta eliminarlos.

Esta semana se ha publicado un interesante estudio en Nature Communications que no dirime la intervención de los dos primeros factores, las ventajas adaptativas y el cambio climático, pero que sí llega a la interesante conclusión de que en todo caso ambos habrían sido irrelevantes.

Los investigadores han creado un modelo matemático para simular la dinámica de las poblaciones de sapiens y neandertales dejando fuera estos dos factores. Tras correr el modelo cientos de miles de veces, cambiando los valores de diversas variables para dejar el margen necesario a las muchas incertidumbres sobre el pasado y sobre los propios neandertales, en la inmensa mayoría de los casos el resultado terminaba siendo el mismo: ellos se extinguían, nosotros prosperábamos, simplemente porque éramos más.

“Sugerimos que, aunque la selección y los factores ambientales pueden o no haber jugado un papel en la dinámica entre especies de neandertales y humanos modernos, el eventual reemplazo de los neandertales lo determinó la repetida migración de humanos modernos desde África hacia Eurasia”, escriben los investigadores.

Pero ¿y si no hubiera sido así? Demos marcha atrás al reloj unos miles de años e imaginemos que los hoy llamados humanos modernos desaparecieron, y que en su lugar sobrevivimos nosotros, los neandertales.

Lo primero que necesitamos es desprendernos de un tópico erróneo. Apostaría el caballo que no tengo a que, cuando el titular de este artículo llegue a Twitter, provocará algún que otro comentario equiparando los neandertales a salvajes brutos sin el menor atisbo de inteligencia, y probablemente asociando esta categoría al nombre de algún político. Nunca falta.

Pero no: hoy los científicos tienden a pensar que los neandertales eran similares en inteligencia a sus coetáneos antepasados nuestros, los humanos modernos del Paleolítico, antiguamente conocidos como Hombres de Cromañón o cromañones por el hallazgo de sus restos en la cueva francesa de Cro-Magnon.

Probablemente nuestra inteligencia se ha desarrollado desde el Paleolítico, pero podemos imaginar que lo mismo habría ocurrido con los neandertales si hubieran sido ellos los triunfadores en la competición por la supervivencia. Así que aquí estaríamos nosotros, los neandertales, una especie pensante.

Por ello y como es natural, no nos llamaríamos a nosotros mismos neandertales, sino que reservaríamos este apelativo para nuestros antepasados cuyos restos se encontraron en el valle alemán de Neander. Nosotros nos llamaríamos, lógicamente, Homo sapiens. Y esta denominación nos diferenciaría de otra especie humana extinguida sobre la que aún tendríamos muchas incógnitas: los cromañones, que habríamos designado Homo cromagnonensis.

Nuestro aspecto físico sería distinto. El Museo Neanderthal, en Alemania, nos muestra cómo seríamos hoy:

Recreación de un neandertal en el Museo Neanderthal. Imagen de Clemens Vasters / Flickr / CC.

Recreación de un neandertal en el Museo Neanderthal. Imagen de Clemens Vasters / Flickr / CC.

Recreación de un neandertal en el Museo Neanderthal. Imagen de suchosch / Flickr / CC.

Recreación de un neandertal en el Museo Neanderthal. Imagen de suchosch / Flickr / CC.

Seríamos físicamente más robustos, con miembros más cortos, tórax amplio, una fuerte mandíbula, mentón pequeño, cejas prominentes, nariz grande, frente huidiza y un cráneo de mayor tamaño. Existía una app para Android y iPhone, creada por el Museo Smithsonian de EEUU, que neandertalizaba el rostro a partir de una foto, pero por desgracia parece que ya no está disponible. En cualquier caso, podemos imaginar que nuestros cánones de belleza serían algo diferentes, y tal vez el número uno en la lista de los hombres más atractivos del mundo estaría invariablemente ocupado por alguien del estilo del actor Ron Perlman (El nombre de la rosa, Hellboy, Alien resurrección…):

Ron Perlman. Imagen de Wikipedia / Gage Skidmore.

Ron Perlman. Imagen de Wikipedia / Gage Skidmore.

O quizá alguien como Steven Tyler de Aerosmith:

Steven Tyler (Aerosmith). Imagen de Wikipedia.

Steven Tyler (Aerosmith). Imagen de Wikipedia.

En cuanto a las chicas, tal vez las proporciones faciales de Linda Hunt (NCIS: Los Angeles) nos parecerían cercanas a la perfección:

Linda Hunt en NCIS: Los Ángeles. Imagen de CBS.

Linda Hunt en NCIS: Los Ángeles. Imagen de CBS.

La nariz de Rossy de Palma ya no sería, como suele decirse, picassiana, sino que sería el modelo más solicitado en las clínicas de rinoplastia:

Rossy de Palma. Imagen de Wikipedia / Georges Biard.

Rossy de Palma. Imagen de Wikipedia / Georges Biard.

Por supuesto, seríamos más fuertes, aunque según los expertos la mayor fortaleza física de los neandertales no se distribuía por igual en todo su cuerpo. Seríamos más potentes arrastrando y levantando pesos; probablemente no habríamos tenido que recurrir tanto al uso de animales de carga o, más modernamente, a las máquinas. Cualquier persona media sería capaz de levantar pesos similares a los que hoy soportan los atletas halterofílicos.

Al contrario que nosotros, los neandertales tenían espacio suficiente en sus anchas mandíbulas para acomodar todas sus piezas dentales, por lo que no sufriríamos con las muelas del juicio, y los problemas de dientes montados y descolocados serían más bien raros. En la sociedad neandertal, la de ortodoncista no sería una salida profesional muy recomendable.

Los neandertales estaban mejor adaptados que nosotros al clima de la Eurasia templada, aunque los científicos aún debaten por qué esta presunta adaptación al frío no se reflejaba en algunos rasgos como la nariz. Pero asumamos la hipótesis tradicional de la adaptación al frío: según esto, no usaríamos tanta ropa de abrigo, y tal vez nos habríamos expandido a las regiones más gélidas del planeta. Quizá nos encontraríamos más cómodos en la Antártida que en los trópicos.

Los ojos de los neandertales eran más grandes que los nuestros, y tal vez también la región de la corteza cerebral dedicada al procesamiento visual. Algunos científicos suponen que su visión en condiciones de poca luz era superior a la nuestra. Si fuéramos neandertales, no necesitaríamos tanta iluminación nocturna. Y esto, unido a la mayor resistencia al frío, sugiere que tal vez nos ahorraríamos un buen dinero en luz y calefacción.

Pero ¿cómo sería nuestra sociedad neandertal? Aquí es donde surgen los problemas. Ciertos expertos proponen que los neandertales eran menos gregarios que nosotros, y que vivían en grupos más pequeños y dispersos. Y se ha propuesto que precisamente este mayor gregarismo nuestro, de los Homo sapiens de la realidad real, fue uno de los factores clave de nuestro éxito: nos unió en grandes grupos para establecernos en asentamientos estables, nos permitió crear las ciudades e inventar la agricultura, y por tanto más tarde la industria, la mecanización, las tecnologías de la comunicación y la información, los transportes globales, y todo aquello en lo que hoy se basan nuestras sociedades.

Si fuéramos neandertales, tal vez viviríamos en pequeñas comunidades desconectadas, cazando y recolectando, pero sin haber desarrollado el conocimiento, la cultura (aún se debate en qué grado los neandertales tenían o no pensamiento simbólico), el orden social, la economía, la industria, la ciencia…

Lo cual pone de manifiesto que, incluso si su supervivencia se hubiera prolongado unos miles de años más, los neandertales lo habrían tenido difícil para sobrevivir en el mundo de los Homo sapiens de la edad contemporánea. Y así es como nuestro experimento mental se desploma.

Claro que tal vez este planeta hoy gozaría de mayor salud si lo hubieran colonizado los neandertales en lugar de nosotros. Eso sí, también nos habríamos perdido muchas cosas por las que merece la pena ser un Homo sapiens.

Thomson, el físico que (realmente no) descubrió el electrón

Dicen los libros de texto que el físico inglés Joseph John Thomson descubrió el electrón el 30 de abril de 1897. De lo cual se sigue que la primera partícula subatómica acaba de cumplir 120 años.

Pero en realidad no fue exactamente así.

J. J. Thomson en su laboratorio. Imagen de Wikipedia.

J. J. Thomson en su laboratorio. Imagen de Wikipedia.

A los humanos nos vuelven locos los aniversarios, sobre todo cuando hacen números redondos. En cuanto algo cumple un año, ya nos estamos lanzando a celebrarlo, y luego vienen los cinco, los diez… Y todo hay que decirlo, es uno de los recursos de los que vive el periodismo, incluido el que practica este que suscribe. Y tampoco está mal recordar nuestra historia reconociendo a quienes lo merecen.

Pero a veces, estas efemérides deben servir para aclarar cómo no sucedieron las cosas. Los grandes descubrimientos científicos no suelen ser cuestión de una fecha concreta, ya que normalmente son fruto de un largo proceso de investigación. Incluso cuando hay un momento de eureka, un experimento que revela de súbito un resultado largamente esperado, este deberá esperar a ser divulgado, y a que la comunidad científica le dé su asentimiento.

Las fechas que asociamos a ciertos hallazgos, como la relatividad general de Einstein cuyo  centenario celebrábamos en 2015, suelen ser las de su divulgación. Antes era común que los científicos leyeran sus trabajos ante los miembros de alguna institución científica. Hoy la fecha de un descubrimiento es la de su publicación en una revista después de que los resultados hayan sido validados por otros expertos en un proceso llamado revisión por pares.

En el caso de Thomson, la fecha del 30 de abril corresponde al día en que presentó sus resultados ante la Royal Institution. Pero el físico no presentó el electrón, sino el “corpúsculo”, una partícula constituyente de los rayos catódicos que tenía carga negativa y cuya masa era unas mil veces menor que la del ion de hidrógeno.

En realidad, Thomson no fue el primero en intuir que el átomo no era tal á-tomo (indivisible), sino que contenía partículas subatómicas. Tampoco fue el primero en sugerir que esas partículas eran unidades elementales de carga eléctrica. Tampoco fue el primero en deducir que los rayos catódicos estaban formados por algo cargado negativamente, ni fue el primero en intentar calcular una masa para ese algo. Y por último, tampoco inventó la palabra “electrón”; esta había sido acuñada por el irlandés George Johnstone Stoney en 1891, un término esperando algo que designar.

El de Thomson es un caso peculiar. Acudo a Isobel Falconer, historiadora de matemáticas y física de la Universidad de St. Andrews (Reino Unido), experta en la figura de Thomson y autora del libro J.J. Thompson And The Discovery Of The Electron (CRC Press, 1997), entre otros muchos trabajos sobre el físico. Le pregunto si debemos considerar a Thomson el descubridor del electrón, y esta es su respuesta: “descubrir es una palabra muy resbaladiza”.

“El trabajo de Thomson reunió un número de líneas separadas que presagiaron el electrón como lo conocemos”, prosigue Falconer. “Al demostrar que podía manipular y adscribir masa y velocidad a cargas unitarias, concebidas como estructuras en el éter, reunió la visión mecanística británica y la visión continental de la relación entre electricidad y materia, haciendo de los electrones algo real para los físicos experimentales”.

Más que un padre natural para el electrón, Thomson fue el padre adoptivo; recogió a una criatura ya casi existente entonces para presentarla en sociedad y hacerla visible ante los demás. La historiadora añade que la constatación de que los electrones podían explicar las propiedades periódicas de los elementos de la tabla consiguió unificar las visiones del átomo que hasta entonces separaban a físicos y químicos.

Todo lo cual es motivo más que suficiente para conceder a Thomson un lugar de privilegio en el hall of fame de la ciencia, sin necesidad de recordarle por el electrón. “Pienso que Thomson debería ser recordado como un físico prolífico y muy creativo, con gran visión y con olfato para los problemas interesantes, que estaba preparado para romper las reglas en la prosecución de esos problemas”, dice Falconer. Tanto la historiadora como otros expertos en la obra de Thomson coinciden en su papel crucial en el cambio de siglo de la física, en su transición hacia la física de partículas. Y no solo a través de su propio trabajo, sino como director del laboratorio Cavendish de la Universidad de Cambridge, un criadero de premios Nobel.

De hecho, cuando Thomson recibió el Nobel en 1906 no fue por el electrón, sino por su línea principal de trabajo, la conducción de electricidad en recipientes llenos de gas. Curiosamente, el electrón llegó en tubos al vacío, algo que era más bien una rareza en su trabajo.

Tal vez al propio Thomson le sorprendería verse hoy en los libros como el padre del electrón. Según Falconer, era un tipo modesto. Y seguro que de otra paternidad se sentía mucho más orgulloso: vivió para ver cómo su hijo George Paget Thomson le seguía los pasos hasta el mismísimo altar de los Nobel, donde un segundo Thomson recogería su premio en 1937.

Halloween, un viaje de ida y vuelta Europa-EEUU

Sin ánimo de pasar por el antropólogo que no soy, sino como mirón de la realidad, veo dos perfiles básicos de odiadores de Halloween: quienes aborrecen todo lo que lleve la marca de las barras y estrellas, y un sector del cristianismo empeñado, por razones que no me corresponde analizar, en erradicar una inocente diversión laica que tiene como protagonistas a los niños (quienes, por cierto, no suelen celebrarlo como una fiesta pagana). Y que pretenden reemplazar por una contraversión llamada Holywin que, no puedo evitarlo, me trae a la mente aquellos alambicados deportes pergeñados por el Estado Mundial de Un mundo feliz para mantener a la población ideológicamente encarrilada.

Imagen de Wikipedia.

Imagen de Wikipedia.

Y si se fijan, no abro un tercer taxón para los puristas de las tradiciones propias; en mi sola experiencia (ya lo he dicho, simple mirón), esto suele ser una excusa bajo la cual se esconde uno de los otros dos motivos. Hay pretendidos puristas que nunca se pierden el festival del año nuevo chino, y otros que han adoptado el Holywin con los brazos abiertos.

Tanto a unos como a otros les recomendaría una lectura nada sofisticada: la entrada sobre Halloween en la versión española de la Wikipedia. No voy a descubrir nada nuevo; ahí encontrarán, para su probable sorpresa, que la fiesta de Halloween y la mayor parte de sus tradiciones y simbología no se han inventado en la patria del Capitán América, sino que viajaron hasta allí desde la cristiana Europa ancestral para luego regresar a casa. Eso sí, convertidas en un exitoso producto comercial, que para eso no hay nadie como ellos.

Por servirles la carne magra de lo que cuenta la Wikipedia, Halloween (venga, que es muy fácil: ja-lo-güin) es una contracción de All Hallows Eve, o “víspera de Todos los Santos”; aunque otro posible origen del término sería Hellequin, nombre que daban los galos a la leyenda de las cabalgatas de muertos y espíritus que en diferentes lugares de España se conocen como Santa Compaña (Galicia), Estantiga (Castilla) o Güestia (Asturias). Misma cosa, distintos nombres.

Graffiti de la Santa Compaña en Pontevedra. Imagen de Wikipedia.

Graffiti de la Santa Compaña en Pontevedra. Imagen de Wikipedia.

En la tradición de inspiración cristiana de la víspera de Todos los Santos, llamada Noche de Difuntos, aparecen casi todos los elementos del armazón de la moderna fiesta de Halloween. Comencemos por el rollo muertos, zombis y esqueletos:

…cuando llega la noche de difuntos se oye doblar sola la campana de la capilla, y que las ánimas de los muertos, envueltas en jirones de sus sudarios, corren como en una cacería fantástica por entre las breñas y los zarzales. Los ciervos braman espantados, los lobos aúllan, las culebras dan horrorosos silbidos, y al otro día se han visto impresas en la nieve las huellas de los descarnados pies de los esqueletos.

No, no es un párrafo del guión de una de Tim Burton, sino un fragmento de El Monte de las Ánimas, el cuento de Gustavo Adolfo Bécquer sobre la leyenda de la Noche de Difuntos en Soria; cuento que, al menos antes, solía ser lectura obligatoria en los colegios, incluyendo los católicos.

¿Calabazas? Corto y pego textualmente de la Wikipedia: “dentro de Castilla, en la actual comunidad de Madrid, se tienen registros de numerosos municipios como Ambite, Canencia, El Vellón, Estremera, Manzanares el Real, Loeches, Fuentidueña de Tajo en los que se decoraban las casas con calabazas, a las que le hacían agujeros en su interior para simular una cara con ojos, nariz y boca y se introducía una vela o luz dentro de la calabaza, con el objetivo de invocar espíritus protectores y asustar a la gente generando una atmósfera de terror”.

¿Niños pidiendo chuches de puerta en puerta? Por entonces aún no se habían inventado los Peta Zetas, los Sugus ni las gominolas, pero cito de la misma fuente: “En Asturias, en el siglo XVIII, los niños llevaban lámparas y pedían comida a las puertas de las casas durante esa noche”.

Dicho todo esto, hago una salvedad, y es que por desgracia la Wikipedia tiene sus peligros. Me refiero a la calidad de las fuentes. Como suelo explicar aquí, la ventaja del sistema de las revistas científicas (también para las ciencias sociales y las humanidades) es que todo lo publicado ha sido validado por otros especialistas en la misma materia, certificando que el contenido de un estudio es legítimo y no una veleidad de los autores. La Wikipedia a menudo cita fuentes académicas, pero otras veces refiere a páginas web o blogs que a su vez no enlazan a fuentes originales contrastables.

En el caso de las tradiciones asturianas, por ejemplo, hay garantías en la referencia a una entrevista con un etnógrafo especializado en la mitología local. En cambio, lo relativo a Castilla se basa en un blog que ofrece abundante información elaborada, pero sin citar una sola fuente verificable.

Entiéndanme, no estoy calificando el blog como pura fantasía, pero hay que justificar que lo contado no se lo ha inventado uno mismo, sobre todo cuando ni siquiera se sabe quién es “uno mismo” (el blog parece ser anónimo). ¿Dónde se han publicado o documentado esas costumbres de tantos pueblos madrileños? Es el doble filo de la internet 2.0; lo bueno es que cualquiera puede publicar lo que quiera, pero lo malo es que cualquiera puede publicar lo que quiera. Con mucha frecuencia, los rumores falsos se propagan y rebotan de unas webs a otras hasta que todo el mundo los da por ciertos. Frente a este círculo vicioso, las revistas académicas crean un círculo virtuoso: estudios aprobados por expertos que citan otros estudios a su vez también aprobados por expertos.

Hecha esta salvedad y volviendo al asunto, lo que sí parece aceptado comúnmente por los eruditos es que las raíces de todo esto se remontan a más atrás, a la festividad céltica del Samhain, el fin de la cosecha y el cambio de estación, ligada al culto a los espíritus; que perdura en el paganismo, y que la Iglesia Católica trató de reconducir haciéndola coincidir con la celebración de Todos los Santos, pero que popularmente conservó sus evocaciones siniestras en la Noche de Difuntos.

Y con todo este equipaje cultural, emprendamos viaje, de Europa a América. Como es bien conocido, las tradiciones españolas se difundieron al Nuevo Continente, y en el caso que nos ocupa tomaron forma en fiestas como el Día de Muertos de México. Pero antes de que algún mexicano se me enfade, aclaremos: ellos también aportaron sus propias costumbres. Aquí sí puedo citar a un académico, el experto en historia celta Manuel Alberro, escribiendo en 2004 en Araucaria, Revista Iberoamericana de Filosofía, Política y Humanidades:

Tanto Halloween como el Día de los Difuntos y su Día de Muertos no son más que modernas versiones de las arcaicas festividades del céltico Samain y de la Festividad de los Muertos de los aztecas.

Cráneos de cerámica decorada del Día de Muertos en México. Imagen de Wikipedia.

Cráneos de cerámica decorada del Día de Muertos en México. Imagen de Wikipedia.

Es decir, que la rama céltica se enlazó con una rama cristiana, a cuyo resultado se le unió en México otra rama mesoamericana. Más al norte, la tradición llegó a EEUU desde Irlanda. A estas costumbres se les aplicaron formatos locales de acuerdo a la idiosincrasia de cada pueblo. Pero curiosamente, y para horror de los alérgicos al mestizaje (que los hay aquí, en México y en EEUU), todo acaba mezclándose: si a muchos mexicanos la versión estadounidense de la fiesta les indigna tanto o más que a muchos españoles, resulta que en algunos lugares de EEUU el Día de Muertos está comenzando a teñir también las celebraciones de Halloween.

Pero si en EEUU (y de rebote, aquí) Halloween carece de todo aquel carácter de solemnidad, de rezo y de veneración hacia los antepasados, no es más que una secularización idéntica a la que ha experimentado, por ejemplo, la Navidad, que obviamente ya no es una celebración exclusiva de los cristianos. Parecería lógico que los odiadores de Halloween por razones religiosas despreciaran con la misma contundencia todo aquello de la Navidad que no es estrictamente cristiano; y no hablo solo del árbol y el Jingle Bells: desde el turrón, que es de origen árabe, hasta la Nochevieja, una fiesta civil, y sus uvas, una costumbre de origen digamos socioagrícola. Eh, y nada de regalos a los adultos, que los Reyes Magos se fueron con las manos vacías.

Me reservo para el final la guinda del pastel. Resumiendo todo lo anterior, Halloween es una fiesta popularizada en EEUU pero llevada allí desde Irlanda, con influencia cristiana y raíz celta en la celebración del Samhain o Samaín. Pero ¿quién inventó el Samaín?

Según la mitología gallega, los descendientes del rey Breogán conquistaron Irlanda y llevaron allí las tradiciones celtas; entre ellas, el Samaín. Hoy esta fiesta se celebra como tradición recuperada en muchos lugares de Galicia. Pero resulta que también leyendas irlandesas hablan de invasiones desde la cornisa cantábrica de la Península Ibérica. Así que, si las leyendas fueran ciertas, los irlandeses habrían heredado el origen de Halloween de los celtas gallegos.

Claro que solo son leyendas. ¿O no? De hecho, ciertos estudios sugieren que tal vez realmente existan vínculos genéticos entre ambos pueblos actuales, aunque aún hay controversia al respecto (y con razón: el principal proponente de la hipótesis es Bryan Sykes, genetista de Oxford que protagonizó un gran bluf cuando publicó que el Yeti era un descendiente de un oso polar del Paleolítico, como conté aquí y aquí).

Y sin más, les dejo con unos minutos musicales para Halloween: una joya clásica de los Bauhaus, padres del post-punk gótico, y la cuasi-banda sonora oficial de la fiesta, del inclasificable Marilyn Manson, sobre (esta vez sí) vídeo de Pesadilla antes de Navidad de Tim Burton. Felices sustos.