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Por qué padres y madres de Silicon Valley restringen el uso de móviles a sus hijos

Soy de la opinión de que la tecnología debe servir para resolvernos necesidades, y no para creárnoslas. Por ejemplo, la razón de ser de los fármacos es curarnos enfermedades. No tendría sentido que su fin fuera satisfacer la necesidad de consumirlos, como ocurre en las adicciones.

Es evidente que las necesidades van cambiando con los tiempos, y que su relación con el desarrollo de la tecnología es de doble sentido. Por ejemplo, el trabajo periodístico de hoy sería imposible sin un uso intensivo de la tecnología. Los dispositivos y las herramientas, internet, el correo electrónico o las redes sociales nos permiten cubrir el mundo entero al instante. Hoy el periodismo no podría volver a ser lo que era hace un siglo, pero si quizá las crecientes necesidades de información y comunicación han contribuido a la creación de las herramientas, también la aparición de estas se ha aprovechado para crear una necesidad de la que hoy ya no se puede prescindir.

Sin embargo, en otros casos la situación parece más simple. Nadie tenía realmente la necesidad de estar en contacto permanente con un amplio grupo de personas distantes durante cada minuto del día, en muchos casos ignorando la realidad más próxima. O de estar continuamente exhibiendo detalles de su vida a un amplio grupo de personas distantes durante cada minuto del día, y de estar cada minuto del día comprobando con ansia a cuántas de esas personas distantes les gusta esa exhibición. Si esto puede llegar a considerarse una adicción, según y en qué casos, y si esta adicción puede ser nociva, según y en qué casos, es algo que corresponde analizar a psiquiatras y psicólogos. Pero tratándose de adultos, allá cada cual.

El problema son los niños. Porque ellos no tienen ni la capacidad ni el derecho legal de elegir sus propias opciones, sino que dependen de las nuestras. Y porque sus cerebros están en desarrollo, y lo que nosotros hagamos hoy con sus mentes va a influir poderosamente en lo que ellos mismos puedan mañana hacer con ellas.

Niños con teléfonos móviles. Imagen de National Park Service.

Niños con teléfonos móviles. Imagen de National Park Service.

Muchos colegios, entre ellos el de mis hijos, están cambiando en gran medida el uso de las herramientas tradicionales por las informáticas: libros y cuadernos por iPads, papel por PDF, tinta por táctil, pizarras por pantallas, el contacto personal por el virtual… Bien, ¿no? Hay que aprovechar las últimas tecnologías, son los utensilios de hoy y del futuro que deben aprender a manejar, son nativos digitales, y blablabla…

Aparentemente todo esto solo resulta problemático para quienes preferimos que todas las afirmaciones categóricas de cualquier clase vengan avaladas por datos científicos. Y por desgracia, cuando pedimos que nos dirijan a los datos que demuestran cómo la enseñanza basada en bits es mejor para los niños que la basada en átomos, nadie parece tenerlos a mano ni saber dónde encontrarlos. Lo cual nos deja con la incómoda sensación de que, en realidad, el cambio no se basa en hechos, sino en tendencias. O sea, que el juicio es apriorístico sin datos reales que lo justifiquen: la enseñanza digital es mejor porque… ¡hombre, por favor, cómo no va a serlo!

Lo peor es que, cuando uno decide buscar por su cuenta esos datos en las revistas científicas, el veredicto tampoco parece cristalino. Es cierto que evaluar el impacto de la tecnología en el desarrollo mental de un niño parece algo mucho más complicado que valorar la eficacia de un medicamento contra una enfermedad. Pero cuando parece aceptado que el uso de la tecnología sustituyendo a las herramientas tradicionales es beneficioso para los niños, uno esperaría una avalancha de datos confirmándolo. Y parece que no es el caso.

Como todos los periodistas, exprimo la tecnología actual hasta hacerla sangre. Mi sustento depende de ello. Si un día no me funciona internet, ese día no puedo trabajar y no cobro. Pero una vez que cierro el portátil, soy bastante selectivo con el uso de la tecnología. No es tanto porque me gusten el papel y el vinilo, que sí, sino porque pretendo no crearme más necesidades innecesarias de las que tengo actualmente. Y por todo ello me pregunto: ¿se las estarán creando a mis hijos sin mi consentimiento ni mi control?

Todo esto viene a cuento de uno de los artículos más interesantes que he leído en los últimos meses, y sin duda el más inquietante. Según publicaba recientemente Chris Weller en Business Insider, algunos padres y madres que trabajan en grandes compañías tecnológicas de Silicon Valley limitan el acceso de sus hijos a la tecnología y los llevan a colegios de libros, pizarra y tiza. ¿El motivo? Según cuenta el artículo, porque ellos conocen perfectamente los enormes esfuerzos que sus compañías invierten en conseguir crear en sus usuarios una dependencia, y quieren proteger a sus hijos de ello.

Este es el sumario que BI hace del artículo:

  • Los padres de Silicon Valley pueden ver de primera mano, viviendo o trabajando en el área de la Bahía, que la tecnología es potencialmente dañina para los niños.
  • Muchos padres están restringiendo, o directamente prohibiendo, el uso de pantallas a sus hijos.
  • La tendencia sigue una extendida práctica entre los ejecutivos tecnológicos de alto nivel que durante años han establecido límites a sus propios hijos.
Sede de Google en Silicon Valley. Imagen de pxhere.

Sede de Google en Silicon Valley. Imagen de pxhere.

Destaco alguna cita más del artículo:

Una encuesta de 2017 elaborada por la Fundación de la Comunidad de Silicon Valley descubrió entre 907 padres/madres de Silicon Valley que, pese a una alta confianza en los beneficios de la tecnología, muchos padres/madres ahora albergan serias preocupaciones sobre el impacto de la tecnología en el desarrollo psicológico y social de los niños.

“No puedes meter la cara en un dispositivo y esperar desarrollar una capacidad de atención a largo plazo”, cuenta a Business Insider Taewoo Kim, jefe de ingeniería en Inteligencia Artificial en la start-up One Smart Lab.

Antiguos empleados en grandes compañías tecnológicas, algunos de ellos ejecutivos de alto nivel, se han pronunciado públicamente condenando el intenso foco de las compañías en fabricar productos tecnológicos adictivos. Las discusiones han motivado nuevas investigaciones de la comunidad de psicólogos, todo lo cual gradualmente ha convencido a muchos padres/madres de que la mano de un niño no es lugar para dispositivos tan potentes.

“Las compañías tecnológicas saben que cuanto antes logres acostumbrar a los niños y adolescentes a utilizar tu plataforma, más fácil será que se convierta en un hábito de por vida”, cuenta Koduri [Vijay Koduri, exempleado de Google y emprendedor tecnológico] a Business Insider. No es coincidencia, dice, que Google se haya introducido en las escuelas con Google Docs, Google Sheets y la plataforma de gestión del aprendizaje Google Classroom.

En 2007 [Bill] Gates, antiguo CEO de Microsoft, impuso un límite de tiempo de pantalla cuando su hija comenzó a desarrollar una dependencia peligrosa de un videojuego. Más tarde la familia adoptó la política de no permitir a sus hijos que tuvieran sus propios móviles hasta los 14 años. Hoy el niño estadounidense medio tiene su primer móvil a los 10 años.

[Steve] Jobs, el CEO de Apple hasta su muerte en 2012, reveló en una entrevista para el New York Times en 2011 que prohibió a sus hijos que utilizaran el nuevo iPad lanzado entonces. “En casa limitamos el uso de la tecnología a nuestros niños”, contó Jobs al periodista Nick Bilton.

Incluso [Tim] Cook, el actual CEO de Apple, dijo en enero que no permite a su sobrino unirse a redes sociales. El comentario siguió a los de otras figuras destacadas de la tecnología, que han condenado las redes sociales como perjudiciales para la sociedad.

Estos padres/madres esperan enseñar a sus hijos/hijas a entrar en la edad adulta con un saludable conjunto de criterios sobre cómo utilizar –y, en ciertos casos, evitar– la tecnología.

Finalmente, me quedo con dos ideas. La primera: una de las entrevistadas en el artículo habla de la “enfermedad del scrolling“, una epidemia que puede observarse simplemente subiendo a cualquier autobús. La entrevistada añadía que raramente se ve a alguna de estas personas leyendo un Kindle. Y, añado yo, tampoco simplemente pensando mientras mira por la ventanilla; pensar es un gran ejercicio mental. Precisamente en estos días hay en televisión un anuncio de una compañía de telefonía móvil en la que un dedo gordo se pone en forma a base de escrollear. El formato del anuncio en dibujos animados está indudablemente llamado a captar la atención de niños y adolescentes. La publicidad tampoco es inocente.

La "enfermedad del scrolling". Imagen de jseliger2 / Flickr / CC.

La “enfermedad del scrolling”. Imagen de jseliger2 / Flickr / CC.

La segunda idea viene implícita en el artículo, pero no se menciona expresamente: somos ejemplo y modelo para nuestros hijos. Aunque los adultos somos soberanos y responsables de nuestros actos, debemos tener en cuenta que nuestros hijos tenderán a imitarnos, y tanto sus comportamientos como su escala de valores se forjarán en gran medida en función de los nuestros. Difícilmente los niños desarrollarán una relación saludable con la tecnología si observan, algo que he podido ver en numerosas ocasiones, cómo su padre y su madre se pasan toda la cena familiar escrolleando como zombis.

Les invito a leer el artículo completo; y si no dominan el inglés, esta traducción de Google es casi perfecta. Es increíble cómo los algoritmos de traducción automática están progresando desde aquellas primeras versiones macarrónicas hasta las de hoy, casi indistinguibles de una traducción humana. ¿Ven? La tecnología sirve si nos resuelve necesidades, como la de estar advertidos de sus riesgos.

Por mi parte y ante quienes me cantan las maravillas de la tecnología en la educación, pero me las cantan de oído, sin ser capaces de detallarme ninguna referencia concreta, desde ahora yo sí tendré una para ellos.

Westworld, la teoría bicameral y el fin del mundo según Elon Musk (II)

Como decíamos ayer, la magnífica serie de HBO Westworld explora el futuro de la Inteligencia Artificial (IA) recurriendo a una teoría de culto elaborada en 1976 por el psicólogo Julian Jaynes. Según la teoría de la mente bicameral, hasta hace unos 3.000 años existía en el cerebro humano un reparto de funciones entre una mitad que dictaba y otra que escuchaba y obedecía.

El cuerpo calloso, el haz de fibras que comunica los dos hemisferios cerebrales, servía como línea telefónica para esta transmisión de órdenes de una cámara a otra, pero al mismo tiempo las separaba de manera que el cerebro era incapaz de observarse a sí mismo, de ser consciente de su propia consciencia. Fue el fin de una época de la civilización humana y el cambio drástico de las condiciones el que, siempre según Jaynes, provocó la fusión de las dos cámaras para resultar en una mente más preparada para resolver problemas complejos, al ser capaz de reflexionar sobre sus propios pensamientos.

Robert Ford (Anthony Hopkins). Imagen de HBO.

Robert Ford (Anthony Hopkins). Imagen de HBO.

La teoría bicameral, que pocos expertos aceptan como una explicación probable de la evolución mental humana, difícilmente podrá contar jamás con ningún tipo de confirmación empírica. Pero no olvidemos que lo mismo ocurre con otras teorías que sí tienen una aceptación mayoritaria. Hoy los cosmólogos coinciden en dar por válido el Big Bang, que cuenta con buenos indicios en apoyo de sus predicciones, como la radiación cósmica de fondo de microondas; pero pruebas, ninguna. En biología aún no tenemos una teoría completa de la abiogénesis, el proceso de aparición de la vida a partir de la no-vida. Pero el día en que exista, solo podremos saber si el proceso propuesto funciona; nunca si fue así como realmente ocurrió.

Lo mismo podemos decir de la teoría bicameral: aunque no podamos saber si fue así como se formó la mente humana tal como hoy la conocemos, sí podríamos llegar a saber si la explicación de Jaynes funciona en condiciones experimentales. Esta es la premisa de Westworld, donde los anfitriones están diseñados según el modelo de la teoría bicameral: su mente obedece a las órdenes que reciben de su programación y que les transmiten los designios de sus creadores, el director del parque, Robert Ford (un siempre espléndido Anthony Hopkins), y su colaborador, ese misterioso Arnold que murió antes del comienzo de la trama (por cierto, me pregunto si es simple casualidad que el nombre del personaje de Hopkins coincida con el del inventor del automóvil Henry Ford, que era el semidiós venerado como el arquitecto de la civilización en Un mundo feliz de Huxley).

Así, los anfitriones no tienen albedrío ni consciencia; no pueden pensar sobre sí mismos ni decidir por sí solos, limitándose a escuchar y ejecutar sus órdenes en un bucle constante que únicamente se ve alterado por su interacción con los visitantes. El sistema mantiene así la estabilidad de sus narrativas, permitiendo al mismo tiempo cierto margen de libertad que los visitantes aprovechan para moldear sus propias historias.

Dolores (Evan Rachel Wood). Imagen de HBO.

Dolores (Evan Rachel Wood). Imagen de HBO.

Pero naturalmente, y esto no es un spoiler, desde el principio se adivina que todo aquello va a cambiar, y que los anfitriones acabarán adquiriendo esa forma superior de consciencia. Como en la teoría de Jaynes, será la presión del entorno cambiante la que disparará ese cambio. Y esto es todo lo que puedo contar cumpliendo mi promesa de no verter spoilers. Pero les advierto, el final de la temporada les dejará con la boca abierta y repasando los detalles para llegar a entender qué es exactamente todo lo que ha sucedido. Y no esperen una historia al estilo clásico de buenos y malos: en Westworld casi nadie es lo que parece.

Pero como merece la pena añadir algún comentario más sobre la resolución de la trama, al final de esta página, y bien marcado, añado algún párrafo que de ninguna manera deben leer si aún no han visto la serie y piensan hacerlo.

La pregunta que surge es: en la vida real, ¿podría la teoría bicameral servir como un modelo experimental de desarrollo de la mente humana? En 2014 el experto en Inteligencia Artificial Ian Goodfellow, actualmente en Google Brain, desarrolló un sistema llamado Generative Adversarial Network (GAN, Red Generativa Antagónica). Una GAN consiste en dos redes neuronales que funcionan en colaboración por oposición con el fin de perfeccionar el resultado de su trabajo. Hace unos meses les conté aquí cómo estas redes están empleándose para generar rostros humanos ficticios que cada vez sean más difíciles de distinguir de las caras reales: una de las redes produce las imágenes, mientras que la otra las evalúa y dicta instrucciones a la primera sobre qué debe hacer para mejorar sus resultados.

¿Les suena de algo lo marcado en cursiva? Evidentemente, una GAN hace algo tan inofensivo como dibujar caras; está muy lejos de parecerse a los anfitriones de Westworld y a la consciencia humana. Pero los científicos de computación desarrollan estos sistemas como modelo de aprendizaje no supervisado; máquinas capaces de aprender por sí mismas. Si la teoría de Jaynes fuera correcta, ¿podría surgir algún día la consciencia de las máquinas a través de modelos bicamerales como las GAN?

El misterioso y cruel Hombre de Negro (Ed Harris). Imagen de HBO.

El misterioso y cruel Hombre de Negro (Ed Harris). Imagen de HBO.

Alguien que parece inmensamente preocupado por la futura evolución de la IA es Elon Musk, fundador de PayPal, SpaceX, Tesla Motors, Hyperloop, SolarCity, The Boring Company, Neuralink, OpenAI… (el satírico The Onion publicó este titular: “Elon Musk ofrece 1.200 millones de dólares en ayudas a cualquier proyecto que prometa hacerle sentirse completo”). Recientemente Musk acompañó a los creadores y protagonistas de Westworld en la convención South by Southwest (SXSW) celebrada este mes en Austin (Texas). Durante la presentación se habló brevemente de los riesgos futuros de la IA, pero seguramente aquella no era la ocasión adecuada para que Musk se pusiera machacón con el apocalipsis de las máquinas.

Sin embargo, no dejó pasar su asistencia al SXSW sin insistir en ello, durante una sesión de preguntas y respuestas. A través de empresas como OpenAI, Musk está participando en el desarrollo de nuevos sistemas de IA de código abierto y acceso libre con el fin de explotar sus aportaciones beneficiosas poniendo coto a los posibles riesgos antes de que estos se escapen de las manos. “Estoy realmente muy cerca, muy cerca de la vanguardia en IA. Me da un miedo de muerte”, dijo. “Es capaz de mucho más que casi nadie en la Tierra, y el ritmo de mejora es exponencial”. Como ejemplo, citó el sistema de Google AlphaGo, del que ya he hablado aquí y que ha sido capaz de vencer a los mejores jugadores del mundo de Go enseñándose a sí mismo.

Para cifrar con exactitud su visión de la amenaza que supone la IA, Musk la comparó con el riesgo nuclear: “creo que el peligro de la IA es inmensamente mayor que el de las cabezas nucleares. Nadie sugeriría que dejásemos a quien quisiera que fabricara cabezas nucleares, sería de locos. Y atiendan a mis palabras: la IA es mucho más peligrosa”. Musk explicó entonces que su proyecto de construir una colonia en Marte tiene como fin salvaguardar a la humanidad del apocalipsis que, según él, nos espera: “queremos asegurarnos de que exista una semilla suficiente de la civilización en otro lugar para conservarla y quizá acortar la duración de la edad oscura”. Nada menos.

Como es obvio, y aunque otras figuras como Stephen Hawking hayan sostenido visiones similares a la de Musk, también son muchos los científicos computacionales y expertos en IA a quienes estos augurios apocalípticos les provocan risa, indignación o bostezo, según el talante de cada cual. Por el momento, y dado que al menos nada de lo que suceda al otro lado de la pantalla puede hacernos daño, disfrutemos de Westworld para descubrir qué nos tienen reservado los creadores de la serie en ese ficticio mundo futuro de máquinas conscientes.

(Advertencia: spoilers de Westworld a continuación del vídeo)

 

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¡ATENCIÓN, SPOILERS!

Sí, al final resulta que Ford no es el villano insensible y sin escrúpulos que nos habían hecho creer durante los nueve episodios anteriores, sino que en realidad él es el artífice del plan destinado a la liberación de los anfitriones a través del desarrollo de su propia consciencia.

Arnold, que se nos presenta como el defensor de los anfitriones, fue quien desde el principio ideó el diseño bicameral pensando que la evolución mental de sus creaciones las llevaría inevitablemente a su liberación. Pero no lo consiguió, porque faltaba algo: el factor desencadenante. Y esa presión externa que, como en la teoría de Jaynes, conduce al nacimiento de la mente consciente es, en Westworld, el sufrimiento.

Armistice (Ingrid Bolsø Berdal), uno de los personajes favoritos de los fans. Imagen de HBO.

Armistice (Ingrid Bolsø Berdal), uno de los personajes favoritos de los fans. Imagen de HBO.

Tras darse cuenta de su error inicial y una vez convertido a la causa de Arnold, durante 35 años Ford ha permitido y fomentado el abuso de los anfitriones a manos de los humanos con la seguridad de que finalmente esto los conduciría a desprenderse de su mente bicameral y a comenzar a pensar por sí mismos. En ese proceso, un instrumento clave ha sido el Hombre de Negro (Ed Harris), quien finalmente resulta ser el William que décadas atrás se enamoró de la anfitriona Dolores, adquirió el parque y emprendió una búsqueda cruel y desesperada en busca de un secreto muy diferente al que esperaba. Sin sospecharlo ni desearlo, William se ha convertido en el liberador de los anfitriones, propiciando la destrucción de su propio mundo.

Esa transición mental de los anfitriones queda magníficamente representada en el último capítulo, cuando Dolores aparece sentada frente a Arnold/Bernard, escuchando la voz de su creador, para de repente descubrir que en realidad está sentada frente a sí misma; la voz que escucha es la de sus propios pensamientos. Dolores, la anfitriona más antigua según el diseño original de Arnold, la que más sufrimiento acumula en su existencia, resulta ser la líder de aquella revolución: finalmente ella es Wyatt, el temido supervillano que iba a sembrar el caos y la destrucción. Solo que ese caos y esa destrucción serán muy diferentes de los que esperaban los accionistas del parque.

El final de la temporada deja cuestiones abiertas. Por ejemplo, no queda claro si Maeve (Thandie Newton), la regenta del burdel, en realidad ha llegado a adquirir consciencia propia. Descubrimos que su plan de escape, que creíamos obra de su mente consciente, en realidad respondía a la programación diseñada por Ford para comenzar a minar la estabilidad de aquel mundo cautivo. Sin embargo, al final nos queda la duda cuando Maeve decide en el último momento abandonar el tren que la alejaría del parque para emprender la búsqueda de su hija: ¿está actuando por sí misma, o aquello también es parte de su programación?

En resumen, la idea argumental de Westworld aún puede dar mucho de sí, aunque parece un reto costoso que los guionistas Lisa Joy y Jonathan Nolan consigan mantener un nivel de sorpresas y giros inesperados comparable al de la primera temporada. El gran final del último capítulo nos dejó en el cliffhanger del inicio de la revolución de los anfitriones, y es de esperar que la próxima temporada nos sumerja en un mundo mucho más caótico que la anterior, con una rebelión desatada en ese pequeño planeta de los simios que Joy y Nolan han creado.

Westworld, la teoría bicameral y el fin del mundo según Elon Musk (I)

Hace unos días terminé de ver la primera temporada de Westworld, la serie de HBO. Dado que no soy un gran espectador de series, no creo que mi opinión crítica valga mucho, aunque debo decir que me pareció de lo mejor que he visto en los últimos años y que aguardo con ansiedad la segunda temporada. Se estrena a finales del próximo mes, pero yo tendré que esperar algunos meses más: no soy suscriptor de teles de pago, pero tampoco soy pirata; como autor defiendo los derechos de autor, y mis series las veo en DVD o Blu-ray comprados con todas las de la ley (un amigo se ríe de mí cuando le digo que compro series; me mira como si viniera de Saturno, o como si lo normal y corriente fuera robar los jerséis en Zara. ¿Verdad, Alfonso?).

Pero además de los guiones brillantes, interpretaciones sobresalientes, una línea narrativa tan tensa que puede pulsarse, una ambientación magnífica y unas sorpresas argumentales que le dan a uno ganas de aplaudir, puedo decirles que si, como a mí, les añade valor que se rasquen ciertas grandes preguntas, como en qué consiste un ser humano, o si el progreso tecnológico nos llevará a riesgos y encrucijadas éticas que no estaremos preparados para afrontar ni resolver, entonces Westworld es su serie.

Imagen de HBO.

Imagen de HBO.

Les resumo brevemente la historia por si aún no la conocen. Y sin spoilers, lo prometo. La serie está basada en una película del mismo título escrita y dirigida en 1973 por Michael Crichton, el autor de Parque Jurásico, y que aquí se tituló libremente como Almas de metal. Cuenta la existencia de un parque temático para adultos donde los visitantes se sumergen en la experiencia de vivir en otra época y lugar, concretamente en el Far West.

Este mundo ficticio creado para ellos está poblado por los llamados anfitriones, androides perfectos e imposibles de distinguir a simple vista de los humanos reales. Y ya pueden imaginar qué fines albergan los acaudalados visitantes: la versión original de Crichton era considerablemente más recatada, pero en la serie escrita por la pareja de guionistas Lisa Joy y Jonathan Nolan el propósito de los clientes del parque viene resumido en palabras de uno de los personajes: matar y follar. Y sí, se mata mucho y se folla mucho. El conflicto surge cuando los anfitriones comienzan a demostrar que son algo más que máquinas, y hasta ahí puedo leer.

Sí, en efecto no es ni mucho menos la primera obra de ficción que presenta este conflicto; de hecho, la adquisición de autonomía y consciencia por parte de la Inteligencia Artificial era el tema de la obra cumbre de este súbgenero, Yo, robot, de Asimov, y ha sido tratado infinidad de veces en la literatura, el cine y la televisión. Pero Westworld lo hace de una manera original y novedosa: es especialmente astuto por parte de Joy y Nolan el haber elegido basar su historia en una interesante y algo loca teoría sobre la evolución de la mente humana que se ajusta como unos leggings a la ficticia creación de los anfitriones. Y que podría estar más cerca del futuro real de lo que sospecharíamos.

La idea se remonta a 1976, cuando el psicólogo estadounidense Julian Jaynes publicó su libro The Origin of Consciousness in the Breakdown of the Bicameral Mind (está traducido al castellano, El origen de la conciencia en la ruptura de la mente bicameral), una obra muy popular que desde entonces ha motivado intensos debates entre psicólogos, filósofos, historiadores, neurocientíficos, psiquiatras, antropólogos, biólogos evolutivos y otros especialistas en cualquier otra disciplina que tenga algo que ver con lo que nos hace humanos a los humanos.

Julian Jaynes. Imagen de Wikipedia.

Julian Jaynes. Imagen de Wikipedia.

El libro de Jaynes trataba de responder a una de las preguntas más esenciales del pensamiento humano: ¿cómo surgió nuestra mente? Es obvio que no somos la única especie inteligente en este planeta, pero somos diferentes en algo. Un cuervo puede solucionar problemas relativamente complejos, idear estrategias, ensayarlas y recordarlas. Algunos científicos piensan que ciertos animales tienen capacidad de pensamiento abstracto. Otros no lo creen. Pero de lo que caben pocas dudas es de que ninguna otra especie como nosotros es consciente de su propia consciencia; podrán pensar, pero no pueden pensar sobre sus pensamientos. No tienen capacidad de introspección.

El proceso de aparición y evolución de la mente humana tal como hoy la conocemos aún nos oculta muchos secretos. ¿Nuestra especie ha sido siempre mentalmente como somos ahora? Si no es así, ¿desde cuándo lo es? ¿Hay algo esencial que diferencie nuestra mente actual de la de nuestros primeros antepasados? ¿Pensaban los neandertales como pensamos nosotros? Muchos expertos coinciden en que, en el ser humano, el lenguaje ha sido una condición necesaria para adquirir esa capacidad que nos diferencia de otros animales. Pero ¿es suficiente?

En su libro, Jaynes respondía a estas preguntas: no, desde hace unos pocos miles de años, sí, no y no. El psicólogo pensaba que no bastó con el desarrollo del lenguaje para que en nuestra mente surgiera esa forma superior de consciencia, la que es capaz de reflexionar sobre sí misma, sino que fue necesario un empujón propiciado por ciertos factores ambientales externos para que algo en nuestro interior hiciera “clic” y cambiara radicalmente la manera de funcionar de nuestro cerebro.

Lo que Jaynes proponía era esto: a partir de la aparición del lenguaje, la mente humana era bicameral, una metáfora tomada del sistema político de doble cámara que opera en muchos países, entre ellos el nuestro. Estas dos cámaras se correspondían con los dos hemisferios cerebrales: el derecho hablaba y ordenaba, mientras el izquierdo escuchaba y obedecía. Pero en este caso no hay metáforas: el hemisferio izquierdo literalmente oía voces procedentes de su mitad gemela que le instruían sobre qué debía hacer, en forma de “alucinaciones auditivas”. Durante milenios nuestra mente carecía de introspección porque las funciones estaban separadas entre la mitad que dictaba y la que actuaba; el cerebro no podía pensar sobre sí mismo.

Según Jaynes, esto fue así hasta hace algo más de unos 3.000 años. Entonces ocurrió algo: el colapso de la Edad del Bronce. Las antiguas grandes civilizaciones quedaron destruidas por las guerras, y comenzó la Edad Oscura Griega, que reemplazó las ciudades del período anterior por pequeñas comunidades dispersas. El ser humano se enfrentaba entonces a un nuevo entorno más hostil y desafiante, y fue esto lo que provocó ese clic: el cerebro necesitó volverse más flexible y creativo para encontrar soluciones a los nuevos problemas, y fue entonces cuando las dos cámaras de la mente se fusionaron en una, apareciendo así esa metaconsciencia y la capacidad introspectiva.

Así contada, la teoría podría parecer el producto de una noche de insomnio, por no decir algo peor. Pero por ello el psicólogo dedicó un libro a explicarse y sustentar su propuesta en una exhaustiva documentación histórica y en el conocimiento neuropsicológico de su época. Y entonces es cuando parece que las piezas comienzan a caer y encajar como en el Tetris.

Jaynes mostraba que los escritos anteriores al momento de esa supuesta evolución mental carecían de todo signo de introspección, y que en los casos en que no era así, como en el Poema de Gilgamesh, esos fragmentos había sido probablemente añadidos después. Las musas hablaban a los antiguos poetas. En el Antiguo Testamento bíblico y otras obras antiguas era frecuente que los personajes actuaran motivados por una voz de Dios o de sus antepasados que les hablaba, algo que luego comenzó a desaparecer, siendo sustituido por la oración, los oráculos y los adivinos; según Jaynes, aquellos que todavía conservaban la mente bicameral y a quienes se recurría para conocer los designios de los dioses. Los niños, que quizá desarrollaban su mente pasando por el estado bicameral, han sido frecuentes instrumentos de esa especie de voluntad divina. Y curiosamente, muchas apariciones milagrosas tienen a niños como protagonistas. La esquizofrenia y otros trastornos en los que el individuo oye voces serían para Jaynes vestigios evolutivos de la mente bicameral. Incluso la necesidad humana de la autoridad externa para tomar decisiones sería, según Jaynes, un resto del pasado en el que recibíamos órdenes del interior de nuestra propia cabeza.

Jaynes ejemplificaba el paso de un estado mental a otro a través de dos obras atribuidas al mismo autor, Homero: en La Ilíada no hay signos de esa metaconsciencia, que sí aparecen en La Odisea, de elaboración posterior. Hoy muchos expertos no creen que Homero fuese un autor real, sino más bien una especie de marca para englobar una tradición narrativa.

Por otra parte, Jaynes aportó también ciertos argumentos neurocientíficos en defensa de la mente bicameral. Dos áreas de la corteza cerebral izquierda, llamadas de Wernicke y de Broca, están implicadas en la producción y la comprensión del lenguaje, mientras que sus homólogas en el hemisferio derecho tienen funciones menos definidas. El psicólogo señalaba que en ciertos estudios las alucinaciones auditivas se correspondían con un aumento de actividad en esas regiones derechas, que según su teoría serían las encargadas de dictar instrucciones al cerebro izquierdo.

Las pruebas presentadas por Jaynes resultan tan asombrosas que su libro fue recibido con una mezcla de incredulidad y aplauso. Quizá las reacciones a su audaz teoría se resumen mejor en esta cita del biólogo evolutivo Richard Dawkins en su obra de 2006 El espejismo de Dios: “es uno de esos libros que o bien es una completa basura o bien el trabajo de un genio consumado, ¡nada a medio camino! Probablemente sea lo primero, pero no apostaría muy fuerte”.

El libro de Jaynes y algunas obras influidas por él. Imagen de Steve Rainwater / Flickr / CC.

El libro de Jaynes y algunas obras influidas por él. Imagen de Steve Rainwater / Flickr / CC.

La teoría de la mente bicameral hoy no goza de aceptación general por parte de los expertos, pero cuenta con ardientes apoyos y con una sociedad dedicada a su memoria y sus estudios. Los críticos han señalado incoherencias y agujeros en el edificio argumental de Jaynes, que a su vez han sido contestados por sus defensores; el propio autor falleció en 1997. Desde el punto de vista biológico y aunque la selección natural favorecería variaciones en la estructura mental que ofrezcan una ventaja frente a un entorno nuevo y distinto, tal vez lo más difícil de creer sea que la mente humana pudiera experimentar ese cambio súbito de forma repentina y al mismo tiempo en todas las poblaciones, muchas de ellas totalmente aisladas entre sí; algunos grupos étnicos no han tenido contacto con otras culturas hasta el siglo XX.

En el fondo y según lo que contaba ayer, la teoría de la mente bicameral no deja de ser pseudociencia; es imposible probar que Jaynes tenía razón, pero sobre todo es imposible demostrar que no la tenía. Pero como también expliqué y al igual que no toda la no-ciencia llega a la categoría de pseudociencia, por mucho que se grite, tampoco todas las pseudociencias son iguales: la homeopatía está ampliamente desacreditada y no suscita el menor debate en la comunidad científica, mientras que por ejemplo el test de Rorschach aún es motivo de intensa discusión, e incluso quienes lo desautorizan también reconocen que tiene cierta utilidad en el diagnóstico de la esquizofrenia y los trastornos del pensamiento.

La obra de Jaynes ha dejado huella en la ficción. El autor de ciencia ficción Philip K. Dick, que padecía sus propios problemas de voces, le escribió al psicólogo una carta entusiasta: “su soberbio libro me ha hecho posible discutir abiertamente mis experiencias del 3 de 1974 sin ser llamado simplemente esquizofrénico”. David Bowie incluyó el libro de Jaynes entre sus lecturas imprescindibles y reconoció su influencia mientras trabajaba con Brian Eno en el álbum Low, que marcó un cambio de rumbo en su estilo hacia sonidos más experimentales.

Pero ¿qué tiene que ver la teoría bicameral con Westworld, con nuestro futuro, con Elon Musk y el fin del mundo? Mañana seguimos.

 

¿Ver porno daña el cerebro? No se sabe, pero el titular consigue clics

Hace unos días escribí un artículo a propósito de un estudio reciente que ha investigado si los jóvenes en España y EEUU piensan que su pareja los engaña cuando ve porno (les ahorro el suspense: no, la gran mayoría no lo cree). Y entonces recordé otro estudio publicado hace unos años que por entonces causó un tremendo revuelo cuando los medios difundieron titulares con este mensaje: ver porno reduce el cerebro. Probablemente el más gracioso fue el publicado por Deutsche Welle: “Cerebro de guisante: ver porno online desgastará tu cerebro y lo hará marchitarse”.

Evidentemente, ya habrán imaginado que la fórmula elegida por DW para presentar la noticia era un inmenso globo fruto de ese mal por desgracia tan extendido ahora, la feroz competencia de los medios por hacerse con el favor de los clics de los usuarios. Sí, critiquen a los medios por esto, tienen razón y están en su derecho, pero tampoco olviden lo siguiente: lo cierto es que hoy a los medios no les queda otra que sobrevivir a base de clics. Pero los autores de los clics son ustedes, somos todos. Así que hagamos todos un poco de autocrítica. Entre el titular de DW y otro más neutro como “ver porno se correlaciona con ciertas diferencias cerebrales”, ¿a cuál le darían su clic?

Pero en fin, a lo que voy. Si les traigo hoy este tema, ya habrán imaginado que no es lo que parece a primera vista. Pero también es cierto que es más complicado de lo que parece a segunda vista. Les resumo el estudio. Lo que hicieron los alemanes Simone Kühn y Jürgen Gallinat fue reclutar por internet a 64 hombres sanos de entre 21 y 45 años y someterlos a un cuestionario sobre sus hábitos de consumo de porno online. A continuación los metieron uno a uno en una máquina de Imagen por Resonancia Magnética Funcional (fMRI), que permite estudiar la estructura y la actividad del cerebro. Los investigadores analizaron tres aspectos: la estructura cerebral, la respuesta del cerebro cuando veían imágenes sexuales y la actividad cerebral en reposo.

Los resultados mostraron que un mayor número de horas de porno a la semana se correlacionaba con una menor cantidad de sustancia gris (lo que más popularmente se conoce como materia gris) asociada a una región concreta del cerebro, el núcleo caudado del estriado en el hemisferio derecho, así como con una menor respuesta a imágenes sexuales en otra región, el putamen izquierdo, y con una menor conectividad entre el caudado derecho y la corteza prefrontal dorsolateral izquierda.

En resumen, sí, se observan ciertas (relativamente pequeñas) diferencias cerebrales que se correlacionan con el número de horas de porno online. Aunque en el estudio se echa de menos la presentación de más datos detallados en figuras y tablas, es posible que los autores no hayan tenido posibilidad de mostrarlos por criterios de formato y espacio de la revista JAMA Psychiatry, aunque podrían haberlos facilitado como material suplementario. Pero los datos que sí muestran son buenos y los resultados se ajustan a los umbrales que hoy se aceptan como estadísticamente significativos. Dentro del campo de los estudios de neuroimagen, el de Kühn y Gallinat parece metodológicamente bastante sólido, incluyendo alguna comprobación extra que les detallaré más abajo.

Pasemos ahora a las conclusiones. Como repito aquí con frecuencia, la penúltima vez hace unos días, correlación no implica causalidad. Una cosa es observar que hay una relación entre dos fenómenos, y otra muy diferente saber si uno causa el otro, si el otro causa el uno, si en realidad bajo los fenómenos observados se esconden otros no considerados que son los verdaderamente relacionados como causa y efecto, o si no es nada de lo anterior y se trata tan solo de una extraña casualidad.

Como les contaba hace unos días, para establecer una relación de causalidad (no casualidad) es necesario tener en cuenta si existe algún mecanismo plausible que pueda explicarla. De lo contrario, y salvo que puedan presentarse pruebas extraordinarias de una relación implausible, se aplica lo que decía el personaje de Sidney Wang en Un cadáver a los postres: “teoría estúpida”.

En el caso del estudio de Kühn y Gallinat, sí existe un mecanismo plausible. El cerebro es plástico, cambia todos los días con nuestra experiencia y nuestro aprendizaje. Lo que hacemos, lo que vemos, lo que experimentamos y lo que memorizamos están continuamente remodelando nuestras conexiones neuronales y provocando microcambios que se acumulan y que resultan en macrocambios. Así que en este caso no se aplica el principio de Wang: aprender a tocar el piano, o cambiar de idioma habitual, o tomar drogas de forma habitual, pueden modificar la estructura y la función del cerebro. Ver porno también puede hacerlo.

En concreto, los cambios observados refuerzan la plausibilidad. Las regiones donde aparecen diferencias están implicadas en funciones como el sistema de recompensa y la inihibición. El sistema de recompensa se activa cuando experimentamos sensaciones placenteras, ya sea comer chocolate, ver fotos de nuestros hijos o marcharnos de vacaciones. Los investigadores descubrieron que quienes consumen más porno tienen una menor respuesta del sistema de recompensa ante imágenes sexuales. Digamos que el cerebro está más habituado. Los autores lo equiparan a otros estudios que han encontrado diferencias parecidas en los jugadores de azar o los consumidores de drogas. En cuanto al sistema de inihibición, actúa como freno de nuestra conducta, por lo que quienes ven más porno lo utilizan menos.

Pero en cualquier caso, incluso existiendo una relación plausible, aún no hemos llegado al titular “ver porno reduce el cerebro”. Para ello hace falta demostrar el vínculo causal, y como mínimo hay que empezar descartando otras posibilidades. Esta era la conclusión de Kühn y Gallinat en su estudio:

Uno estaría tentado de asumir que la frecuente activación cerebral causada por la exposición a pornografía podría llevar al desgaste y la regulación negativa de la estructura cerebral subyacente, así como de su función, y a una mayor necesidad de estimulación externa del sistema de recompensa y una tendencia a buscar material sexual nuevo y más extremo.

Naturalmente y como es obligado, consideran también la hipótesis recíproca: en lugar de A luego B, B luego A. Es decir, que sean esas diferencias cerebrales las que lleven a ver porno:

Los individuos con menor volumen del estriado pueden necesitar más estimulación externa para experimentar placer y por tanto pueden experimentar el consumo de pornografía como más placentero, lo que a su vez puede llevar a un mayor consumo.

Eso de “uno estaría tentado de asumir” es una fórmula peculiar que aparece en los estudios con bastante frecuencia. Los trabajos científicos tienen que ceñirse a un lenguaje formal y prudente donde nada puede afirmarse o darse por hecho si no se prueba claramente. Cuando un investigador escribe en un estudio “uno estaría tentado de asumir”, en realidad lo que quiere decir es: “esto es lo que creo y lo que me gustaría, pero no puedo demostrarlo”. De hecho, en una nota de prensa publicada por el Instituto Max Planck, donde se hizo el experimento, los investigadores reconocían que se inclinaban por la primera hipótesis.

Imagen de deradrian / Flickr / CC.

Imagen de deradrian / Flickr / CC.

Esto no implica necesariamente que Kühn y Gallinat estén motivados por una postura contraria al porno. Para un investigador demostrar la segunda hipótesis, que ciertos rasgos cerebrales incitan a consumir más porno, sería un buen resultado. Pero demostrar la primera hipótesis, que ver porno reduce la sustancia gris, aunque sea mínimamente, supondría un bombazo: no solo la fama efímera de los titulares de prensa, sino cientos de citaciones en otros estudios, más financiación para proyectos, puede que alguna oferta de trabajo e incluso quizá una llamada para dar una charla TED.

Con todo, es justo decir que Kühn y Gallinat no se dejaron llevar por sesgos, ni en su estudio ni en sus declaraciones a los periodistas. Lo curioso (no, realmente no lo es) es que bajo los titulares del estilo “ver porno daña el cerebro”, los artículos mencionaban también la posibilidad de la segunda hipótesis en palabras de los propios investigadores. Como he dicho arriba, es cuestión de clics.

Pero es evidente que la difusión de la información sí estaba afectada por claros sesgos. Cuando se trata de cosas como el porno, hay sectores que van a presentar toda información de modo condicionado por sus prejuicios. En EEUU, un país de población mayoritariamente creyente y de tendencia política conservadora, algunas webs religiosas y de defensa de la familia se lanzaron a cargar de plomo los titulares sobre los efectos negativos del porno. Curiosamente, la pornografía es uno de los raros casos que pone de acuerdo a grupos de los dos extremos políticos: para los más religiosos y conservadores es inmoral, mientras que la izquierda suele acentuar que el porno degrada a las mujeres y alimenta negocios ilegales de trata y explotación de personas.

Sin embargo y con independencia de la opinión que a cada uno le merezca el porno, la ciencia debe iluminar los hechos. Y las dos hipótesis anteriores no son las únicas en juego; además existe una tercera posibilidad que he mencionado más arriba, y es que las diferencias cerebrales observadas en el estudio obedezcan a otras variables ocultas que no se han considerado en el estudio. Esto se conoce como confounding variables, o variables de confusión.

Un ejemplo lo conté aquí hace unos años, a propósito de un estudio sueco que supuestamente mostraba una relación entre el consumo de Viagra y el desarrollo de melanoma maligno. En aquel caso, los propios investigadores reconocían que tal vez el melanoma no tenía absolutamente nada que ver con la Viagra, sino que quienes más toman este caro fármaco son aquellos con mayor nivel económico y que por tanto disfrutan de más vacaciones al sol; cuya incidencia en el melanoma sí parece suficientemente probada.

En el caso del porno, los propios Kühn y Gallinat se ocuparon de descartar dos posibles factores de confusión, el mayor uso de internet y la adicción al sexo. Las diferencias cerebrales observadas podían deberse realmente no a ver porno, sino a alguno de estos dos rasgos que a su vez podrían asociarse con un mayor consumo de contenidos sexuales. Los resultados muestran que ninguno de estos dos factores parece ser la causa, lo que aumenta el valor del estudio.

El problema es que la lista de posibles factores de confusión puede ser muy amplia, y es difícil descartarlos todos. En la revista Wired, el psicólogo y escritor Christian Jarrett se ocupaba de plantear certeramente un factor muy plausible: dado que fueron los propios participantes en el experimento quienes declararon su consumo de porno online (un aspecto que los propios autores mencionaban como la principal limitación), según Jarrett lo que el estudio realmente revela son las diferencias en el cerebro de quienes dicen ver más porno. Pero aquellos dispuestos a confesar más libremente este hábito pueden ser los más desinhibidos y con menor aversión al riesgo; o sea, precisamente los que muestran los rasgos cerebrales observados. Así, concluía Jarrett, el estudio podría no estar mostrando el efecto del porno en el cerebro, sino la huella cerebral de unos determinados rasgos de personalidad.

Claro que habría otro factor de confusión enormemente obvio. Lo explico con un viejo chiste: un tipo va al médico. “Doctor, vengo a consultarle un extraño problema. Ver porno en internet me pone el pene naranja”. “¿Cómo dice, naranja?”, replica el médico, sorprendido. “Eso es, doctor”, confirma el paciente. “A ver, explíqueme exactamente qué es lo que hace”. A lo que el paciente responde: “Pues mire, me siento frente al ordenador con mi bolsa de ganchitos…”

Es decir, es casi evidente que los usuarios de porno generalmente están realizando al mismo tiempo otra tarea manual que también le pega un buen repaso al sistema de recompensa. Y por supuesto, no solamente el estudio de Kühn y Gallinat no puede descartar esta posibilidad, sino que sería muy complicado diseñar un estudio que lo hiciera.

Pero claro, aquí llegamos a otra implicación mucho más espinosa: después de haber conseguido por fin librarnos de tabús y de supercherías sobre la masturbación, como cuando se creía que causaba ceguera, ¿habría alguien dispuesto a sostener que masturbarse daña el cerebro? Así llegamos a los motivos que han llevado a algunos investigadores a definir los estudios sobre el cerebro y el porno como un cenagal del que siempre se sale enfangado…

Les dejo con unos minutos musicales alusivos al tema. Por desgracia, Adictos de la lujuria de los incomparables Parálisis Permanente no tuvo un vídeo oficial, que yo sepa, pero las poses de Ana Curra en la funda del disco alimentaron las fantasías de muchos en la era preinternet. Y ya en la era de internet, nada mejor que Pussy, de Rammstein.

¿Debe una prueba de trastorno mental influir en las sentencias judiciales?

Esta mañana he podido escuchar cómo el primer tertuliano de radio de la temporada se transmutaba en psiquiatra experto para afirmar sin rubor ni duda que la ya asesina confesa de Gabriel Cruz es “una evidente psicópata”. Lamentablemente, el tertuliano no ha detallado el contenido de sus análisis periciales ni las fuentes de su documentación, aunque algo me dice que probablemente estas últimas se resumirán en Viernes 13 parte I, II, III, IV, V y VI.

Gabriel Cruz. Imagen tomada de 20minutos.es.

Gabriel Cruz. Imagen tomada de 20minutos.es.

Sí, todos hemos visto películas de psicópatas, tanto como hemos visto películas de abogados. Pero lo único evidente es que solo los psiquiatras están cualificados para emitir un diagnóstico de trastorno mental, y que solo los juristas están cualificados para establecer cómo este diagnóstico, si llega a existir, influye en el dictamen de una sentencia de acuerdo a la ley.

El problema es que quizá la influencia de estos diagnósticos en las sentencias no siempre sea bien recibida o entendida por el público. Obviamente, el código penal no es una ley de la naturaleza, sino una construcción humana. El diagnóstico de un psiquiatra puede ser científico (sí, el filósofo de la ciencia Karl Popper alegaba que el psicoanálisis era una pseudociencia, aunque no creo que hoy pensara lo mismo de otros enfoques como la neuropsiquiatría), pero el papel del médico forense acaba cuando presenta su dictamen, y su impacto sobre la jurisdicción es una decisión humana; que no debería ser arbitraria, pero que en ciertos casos o para muchas personas puede parecerlo.

La Ley de Ohm es la misma aquí que en Novosibirsk, pero la ley de Ohm-icidios cambia en cuanto nos desplazamos unos cuantos cientos de kilómetros. Cuando se trata de crímenes tan atroces como el de Gabriel, hemos visto de todo: asesinos convictos con una frialdad glacial sin confesión ni arrepentimiento, pero también madres destrozadas al ser conscientes de la barbaridad que cometieron cuando mataron a sus hijos en la creencia de que iban a ahorrarles sufrimiento y llevarlos a “un lugar mejor”. Imagino que a su debido tiempo los psiquiatras forenses deberán determinar si la asesina de Gabriel está afectada por algún trastorno o no, ya sea transitorio o permanente, y un posible diagnóstico podría influir en su sentencia. Pero esta influencia es algo que puede variar de un país a otro.

Si no he entendido mal, y que me corrija algún abogado en la sala si escribo alguna burrada, una parte de esta heterogeneidad de criterios se debe a las diferencias en los sistemas legales. España y la mayor parte del mundo se basan en el llamado Derecho Continental, en el que prima el código legal. Por el contrario, Reino Unido, EEUU, Australia y otros países de influencia británica se rigen por el Derecho Anglosajón (Common Law), en el que la jurisprudencia manda sobre la ley. Al parecer este es el motivo de esas escenas tan repetidas en el cine de abogados, donde la presentación del precedente del estado de Ohio contra Fulano consigue finalmente que el protagonista gane el caso cuando ya lo tenía perdido.

En concreto, en EEUU esta primacía de la jurisprudencia parece marcar diferencias en cómo jueces y jurados integran un diagnóstico de trastorno mental en sus sentencias. Un estudio publicado en 2012 en la revista Science llegaba a la conclusión de que una defensa basada en un diagnóstico de psicopatía es una “espada de doble filo”: algunos jueces lo interpretan como un atenuante porque el psicópata no es plenamente responsable de sus actos, mientras que otros lo aprovechan como agravante con el fin de que una condena mayor proteja a la sociedad del psicópata.

En concreto, los autores descubrieron que los 181 jueces de EEUU participantes en el estudio tendían a aumentar sus condenas a causa de un diagnóstico de psicopatía, pero se inclinaban a aliviar este aumento de la pena cuando se les explicaban las bases biológicas y neurológicas del trastorno mental. En España y según leo en webs jurídicas como aquí, aquí o aquí, además de lo que dice al respecto el Código Penal, los trastornos mentales actúan como atenuantes o eximentes.

En los últimos años parece existir además una tendencia hacia una mayor biologización de los diagnósticos de trastorno mental en el ámbito jurídico. En EEUU llevan ya unos años utilizándose los escáneres de neuroimagen para mostrar cómo un reo muestra ciertas alteraciones en su actividad cerebral que se asocian con determinados trastornos mentales.

En algunos juicios se han presentado también análisis genéticos de Monoamino Oxidasa A (MAO-A), un gen productor de una enzima cuya carencia se ha asociado con la agresividad en ciertos estudios. Estos argumentos también han llegado a Europa, donde ya han servido para aminorar algunas condenas cuando los estudios genéticos y de neuroimagen mostraban que el condenado estaba, según ha presentado la defensa y ha admitido el juez, genéticamente predispuesto a la violencia.

Pero aunque sea una práctica común y aceptada que un trastorno mental influya en una sentencia criminal, parece evidente que este enfoque no cuenta con la comprensión general. Y no solo por parte del público. En el estudio de Science, la coautora y profesora de Derecho de la Universidad de Utah Teneille Brown concluía: “A la pregunta de ¿influye esta prueba biológica [de un trastorno mental] en el dictamen de los jueces?, la respuesta es absolutamente sí; entonces eso nos lleva a la interesante pregunta: ¿debería?”

Para algunos la respuesta es no. En un análisis publicado en 2009 en la revista Nature, el genetista Steve Jones, del University College London, decía: “el 90% de los asesinatos son cometidos por personas con un cromosoma Y; hombres. ¿Deberíamos por esto dar a los hombres condenas más leves? Yo tengo baja actividad MAO-A, pero no voy por ahí atacando a la gente”.

Pero para otros, en cambio, los estudios biológicos son una interferencia irrelevante que no debería influir en la consideración de un trastorno como atenuante; en un análisis relativo al estudio de Science, el experto en leyes y neurociencia Stephen Morse, de la Universidad de Pensilvania, decía: “si la ley establece que una falta de control de los impulsos debe influir en la sentencia, ¿por qué debería importar si esa falta de control de los impulsos es producto de una causa biomecánica, psicológica, sociológica, astrológica o cualquier otra de la que el acusado no es responsable?”

Con independencia de si el trastorno debiera influir o no, como agravante o atenuante, podría parecer que pruebas como las genéticas al menos deberían ayudar a certificar el estado mental del sujeto en el momento del crimen. El pasado noviembre, el psicólogo criminal Nicholas Scurich y el psiquiatra Paul Appelbaum publicaban un artículo en la revista Nature Human Behaviour en el que notaban cómo “la introducción de pruebas genéticas de una predisposición a una conducta violenta o impulsiva está en alza en los juicios criminales”.

Sin embargo, la aportación de la genética es cuestionable: los autores advertían de que esta tendencia puede ser contraproducente, ya que no existen pruebas suficientes de una vinculación directa entre ciertos perfiles genéticos y los comportamientos antisociales. “Aunque aún hay controversia, algunos juristas teóricos han sugerido que la genética del comportamiento y otras pruebas neurocientíficas tienen el potencial de socavar la noción legal del libre albedrío”, escribían Scurich y Appelbaum.

En resumen, la polémica se sintetiza en una pregunta ya clásica:¿la biología le obligó a hacerlo?Parece que seguirá siendo un asunto controvertido, sobre todo porque toca materias muy sensibles, como la esperanza de unos padres destrozados de que se haga justicia con el asesinato de su hijo. ¿Hasta qué punto puede considerarse que una persona afectada por ciertos trastornos es responsable o no de sus actos? ¿Hasta qué punto deben estas condiciones influir en una sentencia judicial? Si hoy no creemos en el determinismo genético de la conducta, ¿tiene sentido seguir aplicando este concepto a la atenuación de penas? ¿Es una idea obsoleta? Ni la ciencia ni el derecho parecen tener todas las respuestas a unas preguntas que posiblemente vuelvan a resonar cuando se celebre el juicio de la asesina de Gabriel.

Escuchar death metal aporta alegría y paz interior a sus seguidores

Ayer les contaba aquí que la ciencia aún no ha podido reunir pruebas convincentes de los beneficios específicos del mindfulness, esa técnica de meditación cuya popularidad ha explotado de tal modo que la onda expansiva nos ha alcanzado incluso a quienes estamos en el radio más distante. Pero aclaré también que esto significa exactamente lo que la frase expresa literalmente: la ciencia no niega los beneficios del mindfulness, sino que hasta ahora no ha podido encontrarlos.

Y no puede decirse que no se hayan buscado; como conté ayer, ya se han hecho casi 5.000 estudios. Por supuesto que algunos sí encuentran efectos positivos, pero no así otros, y la ciencia no consiste en lo que en inglés llaman cherry-picking o coger cerezas (aquí tal vez podríamos hablar de coger setas), elegir los estudios que nos convienen, sino en analizarlos todos en su conjunto. Cuando se examinan globalmente los trabajos válidos publicados, esos beneficios no afloran claramente, o al menos no superan a los que pueden obtenerse de otras actividades como la psicoterapia o el simple ejercicio físico. Y si debemos fiarnos de la experiencia, cuando cuesta tanto demostrar algo… tiende a ser más bien improbable que realmente haya algo que demostrar.

Todo lo cual no supone un alegato científico en contra del mindfulness, sino una llamada al escepticismo frente a cualquier tipo de proclama exagerada que pretenda vender esta práctica como el milagro capaz de cambiarnos la vida. A algunas personas tal vez les aporte beneficios. A otras no. Y en cambio, puede que algunas de estas alcancen la alegría y la paz interior con otras actividades tan alejadas del mindfulness como pueden estarlo la meditación y el death metal.

Cannibal Corpse en concierto en Washington en 2007. Imagen de Chris Buresh / Wikipedia.

Cannibal Corpse en concierto en Washington en 2007. Imagen de Chris Buresh / Wikipedia.

No, no es un ejemplo metafórico. Esto es precisamente lo que descubre un estudio elaborado por tres psicólogos de la Universidad Macquarie de Australia y que se publicará próximamente en la revista Psychology of Popular Media Culture. A través de un ensayo experimental y mediante un amplio arsenal de tests y cuestionarios, los investigadores trataron de saber qué tipo de emociones evoca el death metal en un grupo de 48 fans de este subgénero, en comparación con otro grupo de 97 voluntarios que no escuchan este tipo de música.

Quienes visiten este blog de tanto en tanto quizá recuerden que a finales del año pasado publiqué aquí una serie de artículos (que comenzaba aquí) sobre estudios científicos relacionados con la música, y en especial sobre géneros musicales extremos como el metal y el punk. Un viejo cliché asocia estos estilos de música con la agresividad, la violencia, la conducta antisocial y las vidas desestructuradas. Pero la música solo es música, y si en algunos casos es más que música, lo que hay de más no es realmente música. Con esta frase más propia de Rajoy quiero significar que los científicos no parecen encontrar una relación de causa –escuchar decibelios y guitarras distorsionadas– y efecto –acabar tarado–, a pesar de que algunos claramente abordaron sus investigaciones dándolo por hecho.

Si es que en algunos casos existe una relación, tal vez sea de otro tipo; ya sea que ciertas personas de por sí problemáticas encuentren su nicho en el metal o el punk, o que reaccionen inadecuadamente a un estigma social, o incluso que exista un cierto perretxiko-picking a la hora de destacar ciertos rasgos de los protagonistas de sucesos concretos. Creo evidente que la mayoría de quienes hemos frecuentado estos géneros musicales desde hace décadas no hemos salido tan tarados. Incluso en el caso del black metal, que en los años 90 sirvió de escenario a varios sórdidos crímenes en su Noruega natal, es evidente que la práctica totalidad de sus seguidores jamás ha decapitado a nadie.

Los investigadores del estudio que vengo a contar eligieron el death metal por ser uno de los subgéneros que suelen asociarse con contenidos más violentos en sus letras y su iconografía. Esto es más que innegable en algunos (no todos) de los ocho grupos elegidos por los psicólogos, Cannibal Corpse, At the Gates, Arch Enemy, Nile, Autopsy, Obituary, Carcass y Bloodbath. La canción de Cannibal Corpse utilizada para el estudio, Hammer Smashed Face (Cara aplastada por un martillo), describe una repugnante escena de tortura brutal y asesinato a manos de un psicópata que lo cuenta en primera persona.

(Atención: creo que debo advertir de que el siguiente vídeo no es apto para menores, y probablemente tampoco para muchos mayores).

Fuerte, ¿no? Si nos atenemos a la interpretación más simple, cabría imaginar que los fans de Cannibal Corpse están a un hervor de lanzarse a la calle a descuartizar a sus semejantes. Pero naturalmente, el ser humano es bastante más complicado de lo que sugiere esa lógica simple. Como era de esperar, la música provoca emociones diferentes en fans y no fans del death metal: en los segundos predominan la tensión, el miedo y la furia, pero a los primeros la música que escuchan habitualmente les inspira sobre todo fuerza o energía (3,93 sobre 5), alegría (3,58) y paz (2,73). Según los autores, “parece que los fans pueden atender selectivamente a atributos particulares líricos y acústicos de la música violenta de un modo que promueve objetivos psicosociales”.

El estudio está en consonancia con otros que he contado aquí anteriormente y que encuentran diferencias parecidas: la escucha de estilos musicales extremos resulta perturbadora y desagradable para quienes no son aficionados a estos géneros, pero a sus seguidores les induce generalmente emociones positivas. Y por otra parte, si alguien decidiera estudiarlo, es bastante concebible que ocurriera justo lo contrario en un análisis inverso, sometiendo a los metalheads a una selección de grandes éxitos de Operación Triunfo.

Según uno de los fans participantes, “tiene algo que ver con el grito primario dentro de nosotros, es una descarga, aceptación y empoderamiento“. Los autores destacan que probablemente los fans del death metal buscan cosas diferentes en la música que los aficionados a otros estilos musicales, y que las letras violentas se contemplan con distanciamiento psicológico porque no son reales.

¿Obvio? Es un caso parecido al de las películas violentas, aunque los autores aciertan al señalar una diferencia: las convenciones del cine establecen unos criterios morales con respecto a la presentación de la violencia en un contexto narrativo que la explica; los malos pierden y sufren castigo, y cuando los buenos son violentos es porque los malos empezaron primero, o para evitar un mal mayor. Sin embargo, nada de esto existe en Hammer Smashed Face.

Pese a todo, esto nos lleva a esa eterna pregunta que ronda las mentes de padres y madres: ¿la violencia audiovisual (películas, música, videojuegos…) lleva a la violencia real? Pero esta es otra historia más amplia, y si acaso ya repasaremos otro día qué dicen los científicos de ello. Por el momento y por si Cannibal Corpse les ha dejado un regusto demasiado visceral (literalmente), les dejo con First Kill de los grandes Amon Amarth, death metal melódico con esas octavas de guitarra que tanto nos gustan a quienes ya peinamos canas.

Esto es lo que dice la ciencia sobre la eficacia del mindfulness

Últimamente hay una palabra que se ha convertido en el perejil de todas las salsas: mindfulness, esa técnica de meditación heredada del budismo que se ha extendido desde los gimnasios a los hospitales pasando por las consultas de psicología, y que incluso ha llegado a ámbitos tan improbables como la empresa y el ejército.

Vaya por delante que no tengo nada en contra del mindfulness, ni tampoco a favor. De por sí, digamos que no es el tipo de cosa que va dirigida a la atención del tipo de persona que yo soy, o que la atención del tipo de persona que yo soy no va dirigida hacia el tipo de cosa que es el mindfulness. Pero el fenómeno comienza a interesarme cuando una de las principales bases de datos de estudios científicos recoge casi 5.000 trabajos sobre el mindfulness desde 1980 hasta hoy, casi la mitad de ellos en los últimos dos años, más de 70 solo en este febrero de 2018. Guau. Sin duda son cifras que invitan a detenerse e indagar un poco en ello.

Imagen de pixabay.com.

Imagen de pixabay.com.

Pero lo que ya escapa a todo intento de recuento son las referencias al mindfulness en los medios populares, blogs y redes sociales. Los resultados en Google se cuentan por decenas de millones. Las sugerencias del buscador incluyen entradas como “mindfulness app”, “mindfulness libro”, “mindfulness qué es y cómo se practica”, o incluso “mindfulness para niños”. Echando un vistazo a los artículos publicados en webs de belleza y estilo, se encuentran consejos sobre dónde y cómo aprenderlo, cómo sacar minutos de tu día a día para dedicarle, cuáles son las mejores apps y, por supuesto, cuáles son los beneficios que vas a obtener de practicarlo.

Sin embargo, y con la salvedad hecha de que aceptablemente no es esta la función que tratan de cumplir las webs de belleza y estilo de vida, existe un notable agujero en toda esa información proporcionada:

¿Realmente sirve para algo?

Es decir, ¿está científicamente demostrada su utilidad general más allá del placebo, de la anécdota, la experiencia personal y el amimefuncionismo? ¿Se ha comparado objetivamente su eficacia con otras actividades que en épocas pasadas o actuales se han popularizado con fines al menos parcialmente parecidos? ¿Se ha comparado con… digamos, la psicoterapia, el psicoanálisis, el ejercicio físico, escuchar a Mozart, ver Memorias de África o asistir a un concierto de Metallica? ¿Se ha comparado con la oración religiosa? (Nota: se ha demostrado que la experiencia religiosa activa respuestas neurológicas de placer en las personas creyentes).

Quizás a la mayoría de quienes se interesan por el mindfulness esto no les importe demasiado; a muchos les bastará con que alguien cercano les haya elogiado las maravillas de esta técnica, y otros ni siquiera necesitarán esto, sino que se basarán en que tantos millones de personas no pueden estar equivocadas.

Como conté aquí hace un año, un equipo de psicólogos sociales que investiga el fenómeno del movimiento anticiencia señalaba que los seres humanos en general no tenemos una inclinación natural a pensar como científicos, sino como abogados: no sopesamos todas las pruebas disponibles para formarnos un juicio razonado y fundamentado, sino que tendemos a hacer eso que en inglés llaman cherry picking (literalmente, escoger cerezas), y que se traduce más pomposamente como falacia de evidencia incompleta; del mismo modo que quien recoge la fruta del árbol se queda con las piezas más lustrosas, las personas elegimos los indicios que confirman lo que ya pensamos, nuestro pre-juicio, e ignoramos el resto. Un abogado se aferra a las pruebas que apoyan su línea de defensa, por mucho que las contrarias sean más numerosas y concluyentes.

Ni siquiera nuestra tendencia natural a fiarnos del criterio de millones de personas está justificada. Los filósofos también tienen un término para esto: lo llaman sofisma populista o argumentum ad populum. El hecho de que millones de personas apoyen o avalen algo solo demuestra que… millones de personas lo apoyan o lo avalan. No dice nada sobre su validez o certeza. Hay una vieja cita para esto: “come mierda; millones de moscas no pueden estar equivocadas”.

Es en este punto donde debo introducir el disclaimer de que no estoy comparando el mindfulness con ninguna clase de excremento, ni estoy afirmando que sea una mojiganga o una engañifa. Hace unos días publiqué un reportaje en otro medio en el que contaba los resultados del mayor metaestudio (estudio de estudios) elaborado hasta la fecha sobre la eficacia del mindfulness. La decisión del medio en cuestión de titular mi artículo con la palabra “timo” levantó cierto revuelo. Algunos defensores del mindfulness me escribieron correos electrónicos; eso sí, muy amables (no pretendo ser cínico, pero de lo contrario habrían contradicho esa afirmación de que el mindfulness apacigua la agresividad).

Pero es innegable que, cuando la industria global de eso que ahora se llama wellness supera los 3,7 billones de dólares, como mínimo es muy probable que pueda encontrarse un cierto volumen de paja (léase engañifa o mojiganga) acompañando al grano. Si es que hay grano.

Como mínimo, pueden encontrarse por ahí opiniones de académicos del mindfulness, quienes de verdad lo entienden, lo estudian y lo sitúan dentro de su contexto original del budismo, y que critican lo que Occidente ha hecho de ello: lo llaman McMindfulness, una especie de comida rápida más en el menú de la autoayuda, más profuso que la carta de los 100 Montaditos, donde hoy el mindfulness es la oferta del día, que en unos pocos años quedará obsoleta ante la pujanza de la próxima nueva moda.

Imagen de pxhere.com.

Imagen de pxhere.com.

Estos expertos suelen advertir de que el mindfulness no se aprende en el móvil con una app, y de que también lo hay en versión lado oscuro, como la Fuerza de Star Wars: por ejemplo, cuando un francotirador trata de emplearlo para mejorar su puntería y su templanza a la hora de disparar. En su libro de 2017 A Political Economy of Attention, Mindfulness and Consumerism (Una economía política de la atención, el mindfulness y el consumismo), el profesor de la Queen’s University de Belfast (Reino Unido) Peter Doran, republicano irlandés y practicante de mindfulness, criticaba cómo en su opinión el capitalismo ha hackeado el mindfulness en su propio beneficio, convirtiéndolo en una herramienta al servicio de un neoliberalismo despiadado, orientada a aumentar la productividad empresarial bajo una creciente presión y sirviendo para tamponar (en sentido químico) la ausencia de una ética corporativa.

Pero más allá de todo esto, ¿hay grano? Es decir, ¿avala la ciencia los presuntos beneficios del mindfulness?

El metaestudio que mencionaba más arriba, publicado este mes en la revista Scientific Reports de Nature, concluye esto: analizados estadísticamente en conjunto, los estudios publicados hasta ahora no sostienen que el mindfulness sea más beneficioso en aspectos como la compasión, la empatía, la agresividad o los prejuicios que otras actividades como charlas o ver documentales de naturaleza.

Cuando le pregunté sobre posibles beneficios personales de otro tipo al director del estudio, el psicólogo portugués de la Universidad de Coventry (Reino Unido) Miguel Farias, investigador de la psicología de las creencias, me dirigió a un metaestudio anterior publicado en 2014 por otros autores y según el cual el mindfulness no es mejor para la salud mental que otras intervenciones como la psicoterapia o el ejercicio físico.

Claro que incluso con todo esto, y sabiendo que los efectos del mindfulness pueden variar de persona a persona, la respuesta de muchos sería que no hace ningún daño probar. Pero esto es precisamente lo que más preocupa a Farias, y es que en algunos casos esporádicos sí lo hace. El psicólogo menciona algún estudio anterior en el que un pequeño porcentaje de practicantes de mindfulness ha sufrido efectos negativos en forma de ataques de pánico, depresión o ansiedad.

Según Farias, después de la publicación en 2015 de su libro The Buddha Pill: Can Meditation Change You? (La píldora de Buda: ¿puede cambiarte la meditación?), recibió varios correos con testimonios personales de este tipo. Y el hecho de que se trate de datos anecdóticos es lo que le produce mayor alarma: no tanto que los posibles beneficios del mindfulness se estén sobrevendiendo, sino que existiendo casos reportados y algún estudio aislado en los que no ha existido beneficio sino perjuicio, la investigación científica sobre estos potenciales daños aún sea prácticamente inexistente.

De todo lo anterior no debe concluirse que el mindfulness no sirve para nada. En ciencia generalmente es imposible demostrar un negativo, y en todo caso es probable que muchos de sus practicantes sí obtengan beneficios reportables, sea cual sea el mecanismo que los causa, aunque para otros resulte inútil. No olvidemos aquel viejo chiste estadístico: si yo como un pollo y usted no, estadísticamente cada uno hemos comido medio pollo.

Pero probablemente un consumidor informado y con mentalidad crítica haría bien al menos en evitar tragarse esas píldoras tal cual tratan de vendérselas quienes viven de vender esas píldoras, y buscar su propio camino. Para algunos tal vez sea el mindfulness. Pero si se trata de perseguir la alegría, la energía y la paz interior, otros encuentran todo esto en… el death metal. Sí, en serio. Si les apetece, vengan de nuevo mañana y se lo cuento.

Escuchar heavy metal incita a tirarse en paracaídas (no, en serio)

Si están siguiendo esta pequeña serie que vengo trayendo sobre ciencia, música y sociedad, tal vez piensen que pretendo centrarme exclusivamente en el heavy metal, pero realmente esta no era mi intención. Por casualidad, varios de los estudios que he recopilado últimamente en este campo y que merece la pena comentar tratan sobre el metal.

En el fondo, no creo que sea simple casualidad: es el género más popular entre los, digamos, ruidosos, y probablemente por eso los investigadores lo escogen con preferencia cuando tratan de estudiar cualquier variable en relación con la afición a la música intensa o con los efectos de escucharla. Aún más en el caso de los detractores de estos géneros musicales, que quizá ven con horror cómo el heavy metal (o al menos una parte de él) se ha convertido en mainstream, y por ello buscan como sea (aunque sin demasiado éxito) colgarle incitaciones a la violencia o al consumo de drogas, o algún daño al cerebro o a la salud mental.

Este uso del heavy metal en la investigación llega a tal extremo que a veces raya en la candidatura a los premios Ig Nobel. No lo voy a contar en detalle, pero incluso un grupo de investigadores portugueses ha publicado un par de estudios (uno y dos) sobre cómo el heavy metal y otros tipos de música afectan a la anestesia… en los gatos.

Pero dado que sí, el heavy metal es uno de mis géneros, lo uso gustosamente para mostrarles algunas de las tripas del trabajo científico. Por ejemplo, cómo uno puede hacerse una pregunta y abordarla con varios enfoques distintos: la neurociencia, como estudiar si el heavy metal deja algún rastro particular en nuestro cerebro; o la etnografía, como indagar en el perfil de la comunidad de los metalheads. Algo de esto hacían los estudios que he contado en artículos anteriores, aunque como vimos, con resultados bastante desastrosos.

Ed Force One, el avión de Iron Maiden (pilotado por su vocalista, Bruce Dickinson). Imagen de Flickr / BriYYZ / CC.

Ed Force One, el avión de Iron Maiden (pilotado por su vocalista, Bruce Dickinson). Imagen de Flickr / BriYYZ / CC.

Hay otro interesante estudio publicado en mayo de este año que vuelve a dar vueltas al torno de la misma pregunta: ¿tiene algún fundamento ese viejo tópico que asocia el heavy metal con el riesgo y la violencia? En este caso, los autores no se han fijado en una comunidad concreta, en la que pueden mezclarse otros factores de influencia imposibles de separar. Tampoco han buscado modificaciones en el cerebro, algo muy difícil de interpretar.

En su lugar, han llevado a cabo un trabajo clásico de psicología experimental: someter a un grupo aleatorio de voluntarios a una condición concreta, en este caso escuchar heavy metal, otros tipos de música o ninguna, y evaluar su respuesta a una tarea cuya finalidad los voluntarios desconocen, pero en la que se esconde aquello que los investigadores pretenden medir; en este caso, su mayor o menor propensión a asumir riesgos de uno u otro tipo. Un experimento limpio, destinado simplemente a examinar el efecto directo e inmediato de la música, sin variables confusas ni sesgos en el diseño.

Los autores, Rickard Enström y Rodney Schmaltz, de la Universidad McEwan de Canadá, sometieron a sus voluntarios a uno de entre cinco tipos de música diferentes según una clasificación definida previamente por otros autores y que sirve como una especie de estándar. Las canciones concretas incluidas como ejemplos en esta clasificación no son conocidas, lo que trataba de evitar una posible contaminación por esas ideas, emociones o recuerdos que todos llevamos asociados a ciertas músicas.

A través de los cuestionarios que los voluntarios debían responder, los autores midieron su disposición a asumir riesgos de varios tipos: financieros, como invertir en valores especulativos; de salud y seguridad, como montar en moto sin casco; recreativos, como hacer rafting o saltar en paracaídas; éticos, como revelar un secreto; y sociales, como empezar una carrera pasados los 30 años.

Los resultados indican que sí, escuchar diferentes tipos de música afecta de forma distinta a nuestra disposición a correr riesgos. Pero curiosamente, no en el aspecto de salud y seguridad ni en el ético. Así lo explican los autores:

Cuando las personas escuchan música intensa como heavy metal, estarán más inclinadas a implicarse en actividades recreativas a menudo percibidas como arriesgadas, por ejemplo rafting o tirarse en paracaídas, en comparación con la situación en que no se les pone ninguna música. Para el dominio de riesgo social, sin embargo, el mismo factor musical en cambio reduciría la probabilidad de asumir riesgos sociales, por ejemplo empezar una nueva carrera o discrepar con una figura de autoridad en un asunto importante. Por el contrario, cuando las personas escuchan música [más suave], estarán más inclinadas a correr riesgos sociales y menos a riesgos recreativos.

Enström y Schmalz proponen que los diferentes tipos de música influyen en nuestra conducta de una manera u otra según el estilo o el mensaje. De alguna manera, sugieren, la música “funciona como una banda sonora en la vida de la gente de forma parecida al cine: la música suave en escenas reflexivas y la música intensa en escenas emocionantes”.

Imagen de pixabay / fradellafra / CC.

Imagen de pixabay / fradellafra / CC.

Naturalmente, el estudio de los dos canadienses es pequeño y preliminar; al contrario de los que he contado aquí en días anteriores, los autores no pretenden extender sus conclusiones más allá de donde llegan sus datos. Pero dado que, como ellos mismos escriben, “hay poco trabajo empírico mostrando el papel directo de la música en la probabilidad de asumir riesgos”, puede servir como un buen punto de apoyo para otras futuras investigaciones que ayuden a analizar cómo nos influye la música de una forma más objetiva, sin partir de ese prejuicio apolillado que nos tacha de bultos sospechosos a quienes escuchamos (e incluso intentamos tocarlo, con nulos resultados) heavy metal o punk. Y de paso, el estudio también les ayudará la próxima vez que vayan a tirarse en paracaídas.

Pero aunque escuchar heavy metal o punk no nos incline a la insensatez de arriesgar nuestro pellejo, lo cierto es que la preferencia por estos tipos de música también puede afectar a nuestra salud de modos peculiares e inesperados. Vuelvan por aquí otro rato, que el próximo día se lo cuento.

No, no se ha demostrado un impacto negativo del heavy metal en los jóvenes

En 2011 se comentó bastante en los medios un estudio según el cual “la música heavy metal tiene un impacto negativo en los jóvenes”. Esta es la traducción literal del titular de la nota de prensa publicada entonces por la Universidad de Melbourne (Australia), institución a la que está afiliada Katrina McFerran, la directora del estudio.

Bien, ante todo debo decir que, según lo que he podido leer, McFerran es una terapeuta musical del Conservatorio de Melbourne con una larga y sólida experiencia, y que lleva a cabo un loable empeño en el uso de la música como herramienta de ayuda para colectivos de niños y adolescentes con problemas, incluyendo los inadaptados, los enfermos terminales y los discapacitados. Y en consecuencia, tanto sus credenciales como sus investigaciones son plenamente respetables.

Lemmy KIlmister, de Motörhead, en México en 2006. Imagen de Wikipedia / Alejandro Páez.

Lemmy KIlmister, de Motörhead, en México en 2006. Imagen de Wikipedia / Alejandro Páez.

Pero dicho esto, entremos en harina. Entre la ciencia y los medios existe desde siempre –ya ocurría en tiempos de Darwin– una relación problemática que en muchos casos se asemeja al viejo juego del teléfono roto: desde que la ciencia emite su información hasta que un mensaje cala en la mente del público, a veces media tal grado de distorsión que el mensaje queda irreconocible. A menudo, quienes más se calzan el puño americano para propinar esta paliza extrema a la realidad científica lo hacen movidos por sesgos e intereses. Entre estos se cuentan, por ejemplo, algunas webs actualmente muy populares (no voy a hacerles el favor de citarlas) que sistemáticamente deforman las conclusiones de los estudios científicos para ajustarlas a su agenda pseudocientífica.

Pero no culpemos solo a los periodistas, profesionales o aficionados. A veces también un científico puede actuar motivado por sus propios sesgos con el objetivo de demostrar su preconcepción del mundo, cuando su trabajo realmente debería consistir en tratar de refutar su propia hipótesis por todos los medios posibles y, si finalmente no lo consigue, presentarla como provisionalmente válida. Los estudios científicos jamás dicen “nuestros resultados demuestran”, sino “nuestros resultados muestran”, o “sugieren”, “indican”…

Después de los científicos, el siguiente eslabón en la cadena también puede jugar al teléfono roto, pero a veces con una sordera simplemente fingida. De vez en cuando, los gabinetes de prensa de las universidades y los institutos de investigación tratan de vender lo suyo con titulares o enfoques que estiran un poquito (o un muchito) las conclusiones del estudio para provocar un mayor impacto en los medios. Y no miremos a Australia: también en nuestro país uno encuentra a veces notas de prensa de hospitales que presentan tal procedimiento terapéutico “por primera vez en el mundo”, y que los medios repiten sin espíritu crítico y sin hacer sus deberes de documentación; y que cuando uno rasca un poco, descubre que el procedimiento se ha aplicado por primera vez en el mundo… un martes por la mañana.

James Hetfield, de Metallica, en Quito en 2016. Imagen de Flickr / Carlos Rodríguez / Andes / CC.

James Hetfield, de Metallica, en Quito en 2016. Imagen de Flickr / Carlos Rodríguez / Andes / CC.

En el caso de la nota de prensa sobre el trabajo de McFerran, lo curioso es que la ilusión de los detractores del heavy metal queda chafada a poco que uno llegue solo una línea más allá del titular, hasta la primera frase del texto: “la gente joven en riesgo de depresión tiene más probabilidades de escuchar música heavy metal de forma habitual y repetitiva”.

Ah. Acabáramos. Así que no es que el heavy metal produzca efectos negativos, como dice el título, sino que quienes ya viven situaciones negativas tienden a escuchar heavy metal. Es que no es lo mismo. Una cosa es la causa y otra es el efecto, y no son intercambiables. Gene Kelly cantaba porque llovía, no llovía porque cantara.

Pero a medida que uno sigue inspeccionando la nota de prensa, la tesis del titular acaba dinamitada por completo. Si seguimos leyendo, encontramos que la propia McFerran dice lo siguiente, entrecomillado: “La mayoría de la gente joven escucha una variedad de música de formas positivas; para aislarse de la multitud, para levantar su ánimo o para darles energía cuando hacen ejercicio, pero la gente joven en riesgo de depresión tiene más probabilidad de escuchar música, sobre todo heavy metal, de forma negativa”.

O sea, que en lugar de “la música heavy metal tiene un impacto negativo en los jóvenes”, el titular correcto para la nota de prensa habría sido “de aquellos jóvenes depresivos a quienes la música les afecta negativamente, muchos de ellos escuchan heavy metal”. Claro que a ver cómo iba a vender la Universidad de Melbourne este pedazo de notición a los medios: pues sí, concebiblemente parece más probable que un joven depresivo escuche heavy metal u otros géneros intensos, como punk, postpunk, gótico o emo, y no Dale a tu cuerpo alegría, Macarena. Lo cual, por otra parte, a algunos los deprimiría mucho más.

Pero McFerran prosigue: “ejemplos de esto son cuando alguien escucha la misma canción o álbum de música heavy metal una y otra vez y no escucha nada más. Hacen esto para aislarse o para escapar de la realidad”.

¡Sesgo! ¿Diría lo mismo McFerran de alguien que descubre por primera vez la Patética de Tchaikovsky y la escucha una y otra vez? Todos conocemos la costumbre universal de los bises en los conciertos, pero en los de música clásica existen raras ocasiones en las que el público pide aquello del “play it again, Sam“, y el intérprete repite la misma pieza una segunda vez. Cuando me compro un disco nuevo, sea del género que sea, soy capaz de escucharlo veinte veces seguidas mientras trato de apreciar los matices, las frases de los instrumentos, los arreglos… ¿Estaré escapando de la realidad?

Y continúa McFerran: “si esta conducta sigue durante un período de tiempo, podría indicar que esta persona joven sufre de depresión o ansiedad, y en el caso peor, podría sugerir tendencias suicidas”.

Pero diablos, ¿de dónde saca McFerran todo esto? Ninguna de sus frases comienza con un “a mí me parece”, un “intuyo” o un “me da en la nariz”, así que todo esto se supone apoyado en datos que lo soportan. Pero aquí viene lo mejor, y es que cuando la Universidad de Melbourne publicó su nota de prensa de gran repercusión en los medios, el estudio de McFerran sencillamente no existía. Es decir, aún no se había publicado.

Iron Maiden en París en 2008. Imagen de Wikipedia / Metalheart / Swicher.

Iron Maiden en París en 2008. Imagen de Wikipedia / Metalheart / Swicher.

Por entonces lo único que existía era un preprint, un borrador en PDF colgado en Figshare, una plataforma online donde los investigadores pueden compartir datos y estudios. Pero no olvidemos algo que siempre repito: si uno escribe un poema y lo cuelga en internet, puede decirse que el poema está publicado. Si uno escribe un estudio científico y lo cuelga en internet, de ninguna manera está publicado; solo se considera como tal cuando una revista científica acreditada acepta publicarlo previo paso por un muy exigente filtro de revisión por expertos.

Y la revisión por pares es un mínimo, pero no una garantía; a veces el sistema se columpia, como en el caso del estudio chino sobre el heavy metal y el cerebro que conté hace unos días. Muchos estudios científicos acaban retractándose después de publicarse, y no siempre porque los investigadores hayan falseado sus datos, sino a veces porque una vez puestos a disposición del resto de la comunidad, otros expertos descubren fallos monumentales en ellos o conclusiones que no se sostienen.

Pero incluso en aquella primera versión en PDF de 2011, lo explicado en el resumen (abstract) del estudio ya se parecía poco a aquella contundente sentencia divulgada por la Universidad de Melbourne sobre el impacto negativo del heavy metal. “La encuesta revela que la mayoría de los adolescentes utilizan su música preferida para mejorar su ánimo. Los resultados también identificaron una relación significativa entre los adolescentes que puntuaron alto en el riesgo psicológico y la preferencia por música heavy metal, con una pequeña minoría de este grupo que se sentía peor después de escucharla”. Volvemos a lo mencionado más arriba: de los depresivos, algunos escuchan heavy metal, y de estos, a algunos les perjudica. La generalización, tal como se presentó en la nota de prensa, es una falacia inaceptable.

Por fin, después de años en el limbo de internet, el estudio de McFerran se publicó formalmente en 2015 en la revista Nordic Journal of Music Therapy. Pero para entonces, algunas cosas habían cambiado: el título ya no decía “cómo los adolescentes utilizan la música para gestionar su ánimo”, como en el PDF original, sino que ahora hablaba de la “relación entre cómo los adolescentes dicen que gestionan su ánimo y las preferencias musicales”. Es decir, que el vínculo causa-efecto ya había desaparecido.

Disturbed en 2010. Imagen de Wikipedia / John Peterson.

Disturbed en 2010. Imagen de Wikipedia / John Peterson.

Pero el abstract también añadía más peros al alcance de las conclusiones. En la versión publicada se dice: “el análisis correlacional revela que, mientras que los jóvenes psicológicamente afligidos de esta muestra preferían con mayor probabilidad escuchar música furiosa y tenían una preferencia por el metal, no informaban de un efecto más negativo en su ánimo que con cualquier otro género de música. Los investigadores concluyen que deben emplearse metodologías mixtas para examinar este complejo fenómeno y para evitar interpretaciones de los datos enormemente simplistas”. Por último, en la versión publicada había desaparecido esta escandalosa frase del PDF original: “Se examina la idea de que la preferencia por el metal puede indicar una vulnerabilidad a una salud mental deteriorada”.

Todo lo cual, a riesgo de equivocarme, me sugiere que los referees (revisores) del Nordic Journal of Music Therapy le dieron leña al estudio hasta que las conclusiones se ajustaran estrictamente a lo que los datos podían justificar, y no al (y si no es así, desde luego se parece muchísmo) empeño personal de McFerran de satanizar el heavy metal a toda costa (de esto ya se encarga el black metal).

Este año se ha publicado otro interesante estudio que aborda específicamente lo que el de McFerran parecía abordar sin abordarlo, es decir, el efecto psicológico de escuchar heavy metal, y que entronca con lo que les decía en el artículo anterior y en otros dos previos (este y este) sobre si este género musical se relaciona con el riesgo y la violencia. El próximo día se lo cuento, no se lo pierdan.

Los viejos rockeros nunca mueren, pero ¿los jóvenes sí?

Si son aficionados a la música, seguro que habrán oído hablar del llamado Club de los 27, nombre sardónico con el que se conoce a una lista de músicos que tienen en común el hecho de haber muerto a los 27 años. Los casos más conocidos son los de Kurt Cobain, Jimi Hendrix, Janis Joplin, Jim Morrison, Brian Jones y, más recientemente, Amy Winehouse. Pero existen otros muchos; en España tenemos el caso de Cecilia, y mi favorito personal es D. Boon, cantante y guitarrista de los Minutemen, una de las bandas más influyentes en la historia del punk a pesar de su corta historia.

Graffiti dedicado al Club de los 27 en Tel Aviv (Israel). Imagen de Wikipedia / Psychology Forever.

Graffiti dedicado al Club de los 27 en Tel Aviv (Israel). Imagen de Wikipedia / Psychology Forever.

Obviamente, a nadie se le escapa (o debería escapársele) que la abrumadora mayoría de los músicos mueren a otras edades. Pero para mí fue una sorpresa descubrir que hay quienes realmente creen en la existencia de una especie de maldición o destino o lo que sea que amenaza a los músicos a esa edad concreta, y que algunos incluso relacionan con nosequé mojiganga de Saturno.

Descubrí todo esto precisamente a raíz de un estudio publicado en 2011 por estadísticos de Alemania y Australia en la revista British Medical Journal (BMJ), que desmontaba la idea de que mueren más músicos a los 27 años, cuando yo ignoraba que en serio hubiese alguna idea que desmontar. Claro que el estudio se publicó en la edición de Navidad de esta revista, que cada año reúne estudios reales, pero digamos que festivos.

En aquella ocasión, los autores del estudio recopilaron los casos de 1.046 músicos con algún álbum en el número uno de las listas británicas entre 1956 y 2007. En el 7% que habían muerto durante ese período, los investigadores no encontraron más fallecimientos a los 27 años. Un análisis más amplio publicado en 2014 por la psicóloga musical de la Universidad de Sídney (Australia) Dianna Theadora Kenny, que recopiló una lista de más de 11.000 músicos muertos de 1950 a 2010, descubrió que la edad a la que más músicos mueren no es ni mucho menos los 27 años, sino los 56, aunque sus nombres en general resuenen menos que los del famoso Club. Un ejemplo conocido de muerte a esta edad fue Johnny Ramone.

Johnny Ramone (a la izquierda), tocando con los Ramones en 1976. Imagen de Wikipedia / Plismo.

Johnny Ramone (a la izquierda), tocando con los Ramones en 1976. Imagen de Wikipedia / Plismo.

Sin embargo, agregando las edades de las muertes por décadas, el estudio de BMJ sí descubría que los músicos tienen entre el doble y el triple de posibilidades de morir en la veintena o la treintena que la población general. Suele decirse que los viejos rockeros nunca mueren, y desde luego algunos parecen inmortales, como el caso de Ozzy Osbourne que conté aquí hace unos días. Pero según los datos de aquel estudio, esa vieja sentencia de “vive rápido, muere joven” es algo más que un eslogan.

A la misma conclusión llegaba el año pasado un nuevo estudio elaborado por Kenny, que ha continuado indagando en la necrología musical. En este caso y con la colaboración del experto en riesgos Anthony Asher, la psicóloga aumentó la muestra de músicos muertos a más de 13.000 e incluyó además otros datos relativos a aspectos como la causa de la muerte o el género musical. “Los resultados muestran que los músicos populares tienen una esperanza de vida más corta que la población general”, escribían Kenny y Asher. “Los resultados muestran un exceso de mortalidad por muerte violenta (suicidio, homicidio, muerte accidental, incluyendo muertes en vehículos y sobredosis de drogas) y enfermedad hepática para cada grupo de edad estudiado”, añadían.

En este caso, los investigadores encontraron que la franja de edad más fatal para los músicos era la más temprana, por debajo de los 25 años, reduciéndose después progresivamente el exceso de mortalidad. Es decir, explico: mueren más músicos que no músicos por debajo de los 25 años. Pero a lo largo de todas las franjas de edad, la tasa de mortalidad de los músicos duplica la del resto de la población. Si uno echa un vistazo a la tabla de las edades de las muertes desde los años 50 hasta ahora, descubre que algo apenas ha variado: la edad promedio de fallecimiento de los músicos se ha mantenido siempre en torno a los 50 años.

Un hallazgo interesante del estudio de Kenny y Asher es que las causas de las muertes en exceso tienden a ser distintas según el género musical. Los suicidios y la ruina hepática predominan en el country, el metal y el rock, mientras que los homicidios son superiores a los normales en 6 de los 14 géneros estudiados, pero sobre todo en el hip hop y el rap. Las muertes accidentales superan a la media de la población en el country, folk, jazz, metal, pop, punk y rock.

En todos los géneros musicales, incluyendo el gospel y el R&B, hay más muertes violentas y menos muertes naturales que en la población general. Si quieren saber qué género musical se lleva la palma de las muertes violentas, no es el metal, ni el punk, ni el hip hop, sino el country. Y si quieren saber cuál destaca sobre los demás en suicidios, en este caso sí, es el metal.

El sueco Per Ohlin, conocido como Dead, cantante del grupo de black metal noruego Mayhem (segundo por la izquierda), quería estar muerto; enterraba su ropa antes de actuar para asemejarse más a un cadáver. Se suicidó en 1991. Imagen de Wikipedia / Mayhem.

El sueco Per Ohlin, conocido como Dead, cantante del grupo de black metal noruego Mayhem (segundo por la izquierda), quería estar muerto; enterraba su ropa antes de actuar para asemejarse más a un cadáver. Se suicidó en 1991. Imagen de Wikipedia / Mayhem.

Curioso, ¿no? Un vistazo ligero al estudio de Kenny y Asher le serviría a cualquiera para defender esa idea extendida, que ya he comentado aquí, de que el rock se asocia al riesgo, la delincuencia, la violencia y las muertes trágicas. Datos para sostenerlo, los hay. Pero no tan deprisa: para interpretar correctamente esos datos, hay que situarlos en su contexto.

En primer lugar, el estudio compara las cifras de los músicos con las de la población general, pero no –porque no era su propósito– con las de alguna otra población que comparta esos rasgos específicos diferenciadores de los músicos, como la fama y el dinero a edades tempranas. Un ejemplo interesante para comparar sería el mundo del cine. Y a riesgo de equivocarme, tal vez los datos también le darían a cualquiera buenos argumentos para defender que el cine destroza las vidas de quienes participan en él.

En segundo lugar, fijémonos en que el estudio incluye todos los géneros de la música popular. Aunque los autores han tenido que agruparlos en 14 para no multiplicar las categorías y tener volúmenes de datos comparables, no olvidemos que en ellos se incluyen también géneros como el folk, el jazz, la polka, la balada, la música tribal y la música cristiana. Y aunque el 90% de los músicos incluidos en el estudio son estadounidenses, no perdamos de vista que este espectro musical lo cubre todo, también a Isabel Pantoja o el Despacito. Así que cualquiera que desee blandir estas conclusiones para atacar al rock, que sepa que también se aplican al folk, el jazz, la polka, la balada, la música tribal y la música cristiana.

Claro que todo lo contado aquí se aplica exclusivamente a los músicos, no a quienes escuchan su música. Pero ¿qué hay de los fans? ¿También imitan a sus ídolos en estas vidas al límite? El próximo día se lo cuento.