BLOGS
Ciencias mixtas Ciencias mixtas

Los secretos de las ciencias para
los que también son de letras

Archivo de la categoría ‘Psicología’

Así se forja un Ig Nobel: las ovejas reconocen a Obama y Emma Watson

Hace cosa de un par de meses contaba aquí el palmarés de este año de los premios Ig Nobel, entregados cada año por la web Improbable Research a investigaciones publicadas que “primero hacen reír y luego hacen pensar”.

Acaba de publicarse un estudio que está pidiendo a gritos un premio en una próxima edición: las ovejas aprenden rápidamente a identificar a personajes como Barack Obama o la actriz Emma Watson (Hermione en Harry Potter), con un grado de acierto que se queda ligeramente por debajo del de nosotros los humanos. Que, dicho sea de paso, y con la excepción de los pastores, difícilmente somos capaces de diferenciar a una oveja de otra oveja.

Tres investigadoras del Departamento de Fisiología, Desarrollo y Neurociencias de la Universidad de Cambridge (Reino Unido) entrenaron a un grupo de ovejas de la raza galesa de montaña para reconocer fotos de Obama, Watson, el también actor Jake Gyllenhaal y la presentadora británica Fiona Bruce. En el dispositivo utilizado por las científicas, en primer lugar se mostraba a las ovejas una pantalla con la foto del personaje, junto a otra pantalla en negro. Cada vez que el animal escogía la imagen, recibía comida como recompensa.

Después del aprendizaje, las ovejas regresaban al recinto a hacer el test. En este caso se les volvían a presentar los rostros de los mismos personajes, pero en la otra pantalla se mostraba la cara de otra persona del mismo género y etnia. En el 80% de las ocasiones, las ovejas elegían la foto del personaje famoso. Ensayos similares realizados en humanos con imágenes de caras desconocidas –las ovejas no leen el New York Times ni van al cine– han dado tasas de reconocimiento del 90%.

Experimento de reconocimiento facial. Imagen de Knolle et al., Royal Society Open Science.

Experimento de reconocimiento facial. Imagen de Knolle et al., Royal Society Open Science.

Pero esperen, que aún hay más. Para comprobar si las ovejas en realidad reconocían a las personas o simplemente habían aprendido a distinguir una imagen concreta, a continuación las investigadoras repitieron la prueba, pero en este caso cambiando las fotos presentadas a los animales durante el entrenamiento por otras de los mismos personajes con la cara girada en un ángulo. Incluso en este caso, acertaron en el 66% de las ocasiones. En humanos, la tasa de acierto en esta prueba es del 76%, solo diez puntos por encima de las ovejas. Cuando las investigadoras hicieron el ensayo de reconocimiento con fotos de los cuidadores de las ovejas en el recinto de la Universidad, los animales acertaban en 7 de cada 10 ocasiones sin ningún entrenamiento previo.

Vean un resumen del experimento en este vídeo:

Por algún motivo, los humanos tendemos a pensar en las ovejas como animales estultos o simplones. Probablemente sea por nuestros criterios antropocéntricos: los animales que más se nos parecen tienden a percibirse como más a nuestra altura, y esos ojos de algunos herbívoros con sus pupilas horizontales nos resultan extraños y poco familiares. Confieso que creo haber empleado alguna vez la metáfora de la mirada ovina para describir a una persona con un aspecto poco avispado. Sin embargo, varias investigaciones anteriores han revelado que las ovejas son notablemente listas a la hora de reconocer no solo a sus semejantes, sino también caras humanas y objetos.

El nuevo estudio muestra por primera vez que también son capaces de interpretar los rasgos de un rostro humano cuando se presenta en una perspectiva diferente a la que han aprendido; esta capacidad de extrapolar una imagen de dos dimensiones a tres “anteriormente solo se había demostrado en los humanos”, escriben la neurocientífica Jennifer Morton y sus colaboradoras en su estudio, publicado en la revista Royal Society Open Science. Las autoras concluyen que la capacidad de las ovejas de reconocer caras es comparable a la de los humanos y otros primates.

Pero más allá de lo anecdótico, el estudio tiene un propósito relevante no solo en el campo del comportamiento animal. Morton y su grupo se dedican a estudiar la enfermedad de Huntington, un mal neurodegenerativo que va socavando las capacidades mentales de quienes lo sufren. Morton emplea las ovejas como modelo para estudiar esta dolencia. De hecho, algunos de los animales de este peculiar rebaño universitario llevan una mutación que produce la enfermedad, y la investigadora espera poder estudiar el deterioro cognitivo con el fin de mejorar los tratamientos. Primero reír, luego pensar; por favor, marchando un Ig Nobel.

¿Para qué sirve sostener un cocodrilo mientras se juega a las tragaperras?

Posiblemente algunos de ustedes, que están leyendo estas líneas, habrán colegido que la pregunta que titula este artículo debe de esconder algún tipo de sentido metafórico pretendidamente profundo. Pues nada de eso: parafraseando a Hemingway cuando explicaba el significado de El viejo y el mar, el cocodrilo es el cocodrilo y la tragaperras es la tragaperras.

O sea: el significado es literal. Y esta pregunta es exactamente la que han respondido Matthew Rockloff y Nancy Greer, investigadores de la Universidad de Queensland Central (Australia). Aunque en realidad la respondieron allá por 2010; si su estudio vuelve a ser pertinente ahora es porque ha ganado un premio. Pero tampoco se trata de una distinción convencional. Síganme, que se lo explico.

Imagen de Javier Yanes.

Imagen de Javier Yanes.

En 2010, Rockloff y Greer estudiaban qué papel desempeñan las emociones en los juegos de azar para las personas en posible riesgo de ludopatía; es decir, cómo la excitación generada por el juego puede influir a la hora de apostar. Como ven, un tema muy relevante y de indudable impacto social. Pero para sus experimentos de campo con voluntarios, los dos investigadores necesitaban introducir un método para controlar la variable emocional, una forma de provocar la excitación en el jugador, pero ajena al propio juego para poder medir su efecto en relación con los controles.

Lo solucionaron a la australiana: ¿qué tal darles a sostener un cocodrilo? Así que Rockloff y Greer se desplazaron a la granja de cocodrilos de agua salada de Koorana, en Coowonga, y allí abordaron a los turistas en un total de 100 visitas guiadas.

A la mitad de los participantes les invitaron a jugar a una simulación de máquina tragaperras en un ordenador portátil antes de su visita a la granja. A la otra mitad, inmediatamente después de la visita, cuya última actividad consiste en ofrecer a los turistas un cocodrilo de un metro para que lo sostengan mientras se hacen una foto. Por otra parte, los investigadores registraron diversos datos sobre los voluntarios, sus estados de ánimo y la existencia o no de problemas previos con el juego.

Tras el experimento, los dos científicos descubrieron que la excitación de sostener el cocodrilo aumentaba la cantidad de las apuestas en las personas en riesgo de ludopatía sin frecuentes emociones negativas. Por el contrario, los voluntarios con problemas con el juego y abundantes emociones negativas apostaban menos después de sujetar el reptil. “Los resultados sugieren que la excitación puede intensificar el juego en los jugadores de riesgo, pero solo si este estado emocional no se percibe como negativo”, escribían Rockloff y Greer en su estudio.

Pero si aún continúan estupefactos ante el inusual método elegido por los investigadores, y siguen preguntándose con juicioso criterio por qué no se fueron a un casino, como parecería lógico, la respuesta es que precisamente trataban de evitar esto último. El ambiente del casino, alegan Rockloff y Greer, tiene un elemento intrínsecamente excitante, al estar concebido como un lugar de entretenimiento.

El objetivo del estudio era poner a prueba la influencia de las emociones en una situación más cotidiana, fuera del entorno de los grandes centros de juego; algo más parecido a echar monedas en la tragaperras de un bar. Y es precisamente este tipo de situación la que suele ser problemática para muchos adictos al juego.

Así que ya lo ven: una investigación en apariencia rocambolesca tiene un trasfondo serio y valioso. Y son todas estas cualidades las que han hecho a Rockloff y Greer merecedores de uno de los premios Ig Nobel 2017, entregados la semana pasada en la Universidad de Harvard por los editores de la web Improbable Research, como cada año desde 1991.

Los investigadores Nancy Greer y Matthew Rockloff, pertrechados con ocasión de la ceremonia de los premios Ig Nobel. Imagen de CQUniversity.

Los investigadores Nancy Greer y Matthew Rockloff, pertrechados con ocasión de la ceremonia de los premios Ig Nobel. Imagen de CQUniversity.

Si han oído alguna vez hablar de estos premios, tal vez hayan leído que son una parodia de los Nobel. No estoy muy de acuerdo con esta descripción. La parodia es imitación burlesca, según el diccionario, y que se sepa los Ig Nobel no son un remedo de nada, sino una iniciativa cien por cien original. Ni mucho menos pretenden burlarse de nadie. En la era de las redes sociales ya hay suficiente graciosismo por el mundo.

La intención de los Ig Nobel y de su fundador, Marc Abrahams, no es premiar imbecilidades ni ocurrencias graciosas. Los premios, cuyo nombre es un juego de palabras que en inglés significa “innoble”, distinguen cada año investigaciones legítimas, válidas y publicadas, pero inusualmente extrañas, imaginativas o aberrantes. Como dice Abrahams, “investigaciones que primero hacen reír y luego hacen pensar”. Y que, dicho sea de paso, entroncan formidablemente con la veterana y muy honorable tradición de la ciencia punk.

Mañana les contaré algo más sobre otras de las investigaciones premiadas este año.

Los controles de seguridad antiterrorista fallan más de lo que creemos

Durante un viaje hacia el norte, con rebote en la punta boreal de Escocia, nos llegaba la noticia del terrible atentado de Barcelona. Pero a lo largo de nuestro camino observábamos cómo esta nueva forma de terrorismo religioso ya ha dejado su huella física en otros lugares que lo han padecido.

En París, Londres y otras ciudades los principales espacios peatonales están protegidos por pesadas barreras o bloques, y la entrada a todo enclave de importancia turística pasa ahora por un control de seguridad con arcos, rayos X y revisión de mochilas. Todo el espacio entre las cuatro patas de la Torre Eiffel, por donde antes se podía pasear libremente, está ahora vallado y es accesible por un único paso. En los parques al pie de la torre, solo los patos tienen ya acceso ilimitado. El pasadizo bajo la cascada, donde imagino que sería fácil esconder una bomba, está vedado al público por una verja cerrada con una gruesa cadena. En unos pocos años, los candados de París han cambiado de significado.

Escaneo de equipaje por rayos X. Imagen de Wikipedia.

Escaneo de equipaje por rayos X. Imagen de Wikipedia.

Todo lo anterior, aunque deje un regusto amargo, es inevitable y necesario, y es de esperar que cumpla su función; al menos como disuasión. Y probablemente así lo espera la mayoría: nos llamó la atención el contraste entre el abarrotado parque de Disneyland, todo él protegido por controles de seguridad, y la semivacía ciudad de París, donde siempre hay oportunidades para cualquiera de esos fanáticos religiosos descerebrados.

Y pese a todo, es fácil descubrir que los controles no son tan eficaces como esperamos. En uno de ellos, una de nosotros recordó de repente que llevaba en el bolso unas tijeras, las típicas de costura de toda la vida, con puntas afiladas; exactamente iguales que las dibujadas y tachadas en el cartel que aparecía pegado en la pared. Ella ya esperaba perder sus tijeras. Pero para nuestra sorpresa, el bolso pasó el escáner y la revisión manual sin que los agentes descubrieran una peligrosa arma blanca.

¿Falla la tecnología de detección de amenazas? ¿Falla el entrenamiento de los agentes? No lo sé. Pero casualmente, ya de vuelta, me topo con un estudio recién publicado que llega a una inquietante conclusión: en un control de seguridad, no hay diferencias significativas entre la detección de un arma o una bomba escondida por parte de un agente entrenado y de una persona de la calle sin ninguna formación específica. “La probabilidad de que un agente de policía identifique a alguien que lleve escondida un arma o una bomba es solo ligeramente superior a la probabilidad por azar”, dicen los autores, psicólogos de la Universidad Estatal de Iowa (EEUU).

La conclusión se basa en tres experimentos que los autores han llevado a cabo para analizar la capacidad de los agentes de detectar que una persona oculta un arma o una bomba a través de su comportamiento, lo que se conoce como comunicación no verbal. Los agentes están normalmente entrenados para identificar las conductas reveladoras, pero el estudio demuestra que algo falla estrepitosamente en el sistema.

En el primer experimento, los agentes y un grupo de control de estudiantes universitarios debían ver un vídeo de un hombre entrando a un palacio de justicia y decidir si ocultaba un arma o no, enumerando los indicadores que les llevaban a esa conclusión. En general los participantes acertaban cuando el hombre no llevaba un arma, no tanto cuando sí la llevaba, pero sin diferencias apreciables entre la tasa de acierto de los policías y los estudiantes.

En el segundo caso, los participantes presenciaban un vídeo de tres personas caminando a través de una multitud, y debían determinar si uno de ellos escondía una bomba en su mochila. Una vez más, no hubo diferencias entre agentes y controles. Ambos grupos tendían a detectar correctamente una amenaza, pero fallaban a la hora de precisar cuál de los tres hombres era el responsable.

Para el último experimento, se informaba a los participantes de que uno de los dos hombres de un vídeo ocultaba un explosivo o arma en su mochila, y ellos debían decidir cuál de ellos era. Una vez más, los policías no lo hicieron mejor que los estudiantes, pero se obtuvo un resultado aún más pasmoso: los agentes novatos acertaban más que los veteranos.

Control de seguridad en los Juegos Olímpicos de 2012 en Londres. Imagen de Wikipedia.

Control de seguridad en los Juegos Olímpicos de 2012 en Londres. Imagen de Wikipedia.

Los autores del estudio, publicado en la revista Law and Human Behavior, no cuestionan la habilidad de los agentes, como tampoco pretenden echar por tierra la validez de la comunicación no verbal para detectar posibles amenazas en los controles de seguridad. Pero sí creen que se está confiando en una serie de parámetros equivocados, escogidos sin una base científica real, y que por tanto se está entrenando a los policías sobre unos criterios que no funcionan.

“Esperamos que los agentes de policía hagan algo muy difícil y complejo sin darles las herramientas que necesitan para hacerlo”, dice Dawn Sweet, la primera autora del trabajo. “La formación que los agentes reciben no está basada en la investigación, sino en anécdotas y criterios cuya fiabilidad no conocemos. Hacen falta pruebas de que estos criterios funcionan, y carecemos de esas pruebas”.

Los autores sugieren que no existen criterios universalmente válidos de comportamiento, y que por tanto no se puede confiar únicamente en estas pistas de conducta que pueden variar según las situaciones. Sweet reconoce que nuestro cuerpo es incapaz de ocultar la verdad por completo durante largos períodos de tiempo y que por tanto es “un canal de comunicación extraordinariamente revelador”, pero la psicóloga y sus colaboradores sugieren que los controles incluyan también una interacción verbal estratégica con los sospechosos que ayude a entender la causa de sus comportamientos. Según los autores, una simple y breve entrevista que rompa la rutina prevista por el sospechoso puede descolocarle y obligarle a revelar más de lo que pretendía, ya sea verbalmente o no.

Para empeorar las cosas, este estudio no es el único que ha cuestionado la eficacia de los controles de seguridad. Los autores citan también un reciente informe de la Government Accountability Office de EEUU, la agencia de auditoría y evaluación del gobierno federal, según el cual 28 de los 36 indicadores de conducta empleados para la detección de amenazas en los controles de los aeropuertos son inservibles, o al menos no existe ninguna prueba científica válida de su efectividad.

Todavía hay quienes discuten si les gusta vivir en un mundo cada vez más intervenido por controles de seguridad. Pero hay algo en lo que probablemente todos estaremos de acuerdo: si es lo que hay, lo menos que podríamos esperar es poder sentirnos más seguros.

El cómico John Oliver habla sobre las vacunas, y no se lo pierdan

Decía Carl Sagan que en ciencia es frecuente comprobar cómo un científico cambia de parecer y reconoce que estaba equivocado, cuando las pruebas así lo aconsejan. Y que aunque esto no ocurre tanto como debería, ya que los científicos también son humanos y todo humano es resistente a abandonar sus posturas, es algo que nunca vemos ocurrir en la política o la religión.

Imagen de YouTube.

Imagen de YouTube.

Los que tratamos de adherirnos a esta manera de pensar, sea por formación científica o por tendencia innata, que no lo sé, solemos hacerlo con cierta frecuencia. Personalmente, durante años estuve convencido de que la solución a la creencia en las pseudociencias estaba en más educación científica y más divulgación. Hasta que comencé realmente a indagar en lo que los expertos han descubierto sobre esto. Entonces me di cuenta de que mi postura previa era simplista y poco informada, y cambié de parecer.

Resulta que los psicólogos sociales descubren que los creyentes en las pseudociencias son generalmente personas con un nivel educativo y un interés y conocimiento científicos comparables al resto. Resulta que los mensajes públicos basados en las pruebas científicas no solo no descabalgan de sus posturas a los creyentes en las pseudociencias, sino que incluso les hacen clavar más los estribos a su caballo. Resulta que los psicólogos cognitivos y neuropsicólogos estudian el llamado sesgo cognitivo, un mecanismo mental por el cual una persona tiende a ignorar o minimizar toneladas de pruebas en contra de sus creencias, y en cambio recorta y pega en un lugar prominente de su cerebro cualquier mínimo indicio al que pueda agarrarse para darse la razón a sí misma. Es, por ejemplo, la madre de un asesino defendiendo pese a todo que su hijo es inocente, aunque haya confesado.

Pero el sesgo cognitivo no solo actúa a escala personal, sino también corporativa, en el sentido social de la palabra, como identificación y pertenencia a un grupo: parece claro que muchas organizaciones ecologistas jamás de los jamases reconocerán las apabullantes evidencias científicas que no han logrado, y mira que lo han intentado, demostrar ningún efecto perjudicial de los alimentos transgénicos. Lo cual aparta a muchas organizaciones de lo que un día fue una apariencia de credibilidad científica apoyada en estudios. Y tristemente, cuando esa credibilidad científica desaparece, a algunos no nos queda más remedio que apartarnos de esas organizaciones: si niegan los datos en una materia, ¿cómo vamos a creérselos en otras?

El neurocientífico y divulgador Dean Burnett me daba en una ocasión una interesante explicación evolutiva del sesgo cognitivo. Durante la mayor parte de nuestra historia como especie, decía Burnett, aún no habíamos descubierto la ciencia, la experimentación, la deducción, la inducción, la lógica. En su lugar, nos guiábamos por la intuición, la superstición o el pensamiento mágico. Desde el punto de vista de la evolución de nuestro cerebro, apenas estamos estrenando el pensamiento racional, y todavía no acabamos de acostumbrarnos; aún somos niños creyendo en hadas, duendes y unicornios.

Así, la gente en general no piensa como los científicos, me decían otros. No es cuestión de mayor o menor inteligencia, ni es cuestión de mejor o peor educación. De hecho, muchas personas educadas tratan de disfrazar sus sesgos cognitivos (y todos los tenemos) bajo una falsa apariencia de escepticismo racional, cuando lo que hacen en realidad es lo que uno de estos expertos llamaba “pensar como un abogado”, o seleccionar cuidadosamente (en inglés lo llaman cherry-picking) algún dato minoritario, irrelevante o intrascendente, pero que juega a su favor. Un ejemplo es este caso tan típico: “yo no soy [racista/xenófobo/machista/homófobo/negacionista del holocausto/antivacunas/etc.], PERO…”.

Estos casos de sesgos cognitivos disfrazados, proseguían los expertos, son los más peligrosos de cara a la sociedad; primero, porque su apariencia de acercamiento neutral y de escepticismo, de no ceñirse a un criterio formado a priori, es más poderosa a la hora de sembrar la duda entre otras personas menos informadas que una postura fanática sin tapujos.

Segundo e importantísimo, porque el disfraz a veces les permite incluso colarse en la propia comunidad científica. Es el caso cuando unos pocos científicos sostienen un criterio contrario al de la mayoría, y son por ello destacados por los no científicos a quienes no les gustan las pruebas mayoritarias: ocurre con cuestiones como el cambio climático o los transgénicos; cuando hay alguna voz discrepante en la comunidad científica, en muy rarísimas ocasiones, si es que hay alguna, se trata de un genio capaz de ver lo que nadie más ha logrado ver. Es mucho más probable que se trate de un sesgo disfrazado, el del mal científico que no trata de refutar su propia hipótesis, como debe hacerse, sino de demostrarla. Pero hay un caso aún peor, y es el del científico corrupto guiado por motivaciones económicas; este fue el caso de Andrew Wakefield, el que inventó el inexistente vínculo entre vacunas y autismo.

He venido hoy a hablarles de todo esto a propósito del asunto antivacunas que comenté ayer, porque algunas de estas cuestiones y muchas otras más están genialmente tratadas en este vídeo que les traigo. John Oliver es un cómico, actor y showman inglés que presenta el programa Last Week Tonight en la HBO de EEUU. Habitualmente Oliver suele ocuparse de temas políticos, pero de vez en cuando entra en harina científica. Y sin tener una formación específica en ciencia, es un paladín del pensamiento racional y de la prueba, demostrando una lucidez enorme y bastante rara entre las celebrities. Y por si fuera poco, maneja con maestría esas cualidades que solemos atribuir al humor británico.

Por desgracia, el vídeo solo está disponible en inglés, así que deberán conocer el idioma para seguirlo, pero los subtítulos automáticos de YouTube les ayudarán si no tienen el oído muy entrenado. Háganme caso y disfrútenlo: explica maravillosamente la presunta polémica de las vacunas, tiene mucho contenido científico de interés, y además van a reírse.

Campeones y princesas: ¿los desigualamos desde pequeñitos?

¿Educamos igual a nuestros hijos que a nuestras hijas? Sí, contestaría probablemente la mayoría de los padres y madres actuales, preocupados porque todos sus hijos tengan las mismas oportunidades en la vida. O al menos, asegurarían de buena fe estar haciendo todo lo posible según su mejor saber y entender.

Imagen de dominio público.

Imagen de dominio público.

Personalmente no puedo aplicarme este dilema, porque solo tengo niños. Pero como observador, cualquiera como yo puede notar cómo existen pequeños tics que continuamente marcan una diferencia de trato de los adultos hacia los niños y las niñas. Hay infinidad de ejemplos, desde el típico “los niños no lloran” hasta los juguetes que les regalamos a unos y a otras, sin tener en cuenta que tal vez a ese niño le gusten los peluches y esa niña prefiera los superhéroes. Un ejemplo clásico es el que menciono en el título: campeón y princesa, pero no campeona ni príncipe.

Nunca he llamado “campeón” a ninguno de mis hijos, pero no por escrúpulos de sexismo, sino simplemente porque es una palabra que no suele acudirme de forma natural; imagino que por sus implicaciones deportivas, más que por su origen militar. Tanto niños como niñas tienen perfecto derecho a sentirse lo que les dé la gana; pero ¿por qué tenemos los adultos que repartirlos en categorías ya desde pequeñitos?

Si tuviera solo niñas en lugar de niños, apostaría a que no sería tan frecuente que en el trato casual con desconocidos les espetaran a mis hijos esa típica pregunta formulada con la respetable intención de romper el hielo: “¿y tú de qué equipo eres?”. Los niños suelen callar, porque a esas edades se sienten avergonzados si no pueden responder satisfactoriamente a la pregunta de un adulto; y entonces tengo que salir rápidamente al paso para aclarar que nosotros no somos futboleros.

Cuál puede ser el impacto real de estas pequeñas diferencias en la educación, es difícil saberlo, incluso para los expertos; si traigo hoy este asunto es a causa de un interesante estudio que ha constatado la existencia de esos tics diferenciadores, pero cuyos autores reconocen: “Debemos investigar más para tratar de entender si estas diferencias sutiles pueden tener efectos importantes a largo plazo”.

Los investigadores, de la Universidad Emory (EEUU), diseñaron un ingenioso experimento para estudiar la interacción real de los padres (en este caso, solo con p) con sus hijos e hijas, evitando los típicos tests de preguntas y respuestas que no necesariamente reflejarían la realidad.

Para ello, reclutaron a un grupo de 52 voluntarios, padres de 30 niñas y 22 niños de entre uno y tres años, y los equiparon con una grabadora que se activaba periódicamente para registrar los diálogos entre ellos y sus hijos e hijas. Una vez obtenidos los datos, clasificaron las conversaciones en función de las palabras empleadas por los padres, según categorías establecidas. Por último, sometieron a los padres a un ensayo de Imagen por Resonancia Magnética Funcional (IRMf), un aparato que permite medir la actividad neuronal en distintas regiones del cerebro cuando el sujeto realiza una tarea; en este caso, mirar imágenes de adultos o niños desconocidos, o de sus propios hijos o hijas con distintas expresiones faciales.

Los resultados, publicados en la revista Behavioral Neuroscience, se resumen en el título del estudio: “El género del niño [en inglés, la palabra child es neutra] influye en el comportamiento, el lenguaje y la función cerebral del padre”. En concreto, los investigadores descubrieron que los padres estaban más atentos a las emociones de sus hijas que de sus hijos, respondiendo en mayor grado a sus llantos y cantándoles más. Con las niñas empleaban más palabras emocionales, como cry (llorar), tears (lágrimas) o lonely (solitario/a), y relacionadas con el cuerpo, como belly (tripa), cheek (moflete o mejilla), face (cara), fat (gordo/a) o feet (pies).

Por el contrario, con los niños se empleaban más palabras relacionadas con poder y logros, como best (mejor, el mejor), win (ganar, victoria), super o top, y los padres jugaban más con ellos al tipo de actividad física que en inglés llaman rough-and-tumble play; imagino que existirá una traducción técnica que ignoro, que me perdonen los expertos, pero es el clásico juego de hacer el bestia: perseguirse, tirarse por el suelo, pelearse en broma…

Por último, en el experimento de IRMf, las áreas del cerebro relacionadas con el procesamiento emocional se activaban más con las expresiones felices de las hijas y, curiosamente, con las expresiones neutras de los hijos.

En resumen: sí, las diferencias de trato son sutiles, pero comunes; algo que ya han revelado antes muchos otros estudios citados por los autores, pero que en este caso se analiza con una metodología más rigurosa.

Insisto en que los propios autores del estudio no aventuran conclusiones sobre cuáles pueden ser las consecuencias en la educación de los niños; esto es ciencia, no ideología. Pero sí mencionan el conocimiento actual sobre cómo unas actitudes y otras influyen en el desarrollo de distintas capacidades en los niños: el lenguaje emocional se asocia a la educación en la empatía, el juego físico se relaciona con la interacción social, y la atención al cuerpo se revela después en la definición y valoración de la propia imagen corporal. Si hay algo que debemos tener siempre presente, es que la mente de los niños es material muy delicado.

Ciencia semanal: comer sin gluten puede ser perjudicial para los no celíacos

Una ronda de las noticias científicas más destacadas de la semana.

Gluten-free, solo para celíacos

Hace tan poco tiempo que aún podemos recordarlo, a los celíacos y otros afectados por trastornos metabólicos les costaba encontrar alimentos adaptados a sus necesidades, o al menos encontrarlos a precios asequibles. Por suerte esto fue cambiando, con la intervención destacada de algunos distribuidores. Hoy muchas tiendas y restaurantes ofrecen opciones para celíacos y detallan la idoneidad de sus productos para otros perfiles de trastornos y alergias.

Imagen de @joefoodie / Flickr / CC.

Imagen de @joefoodie / Flickr / CC.

Pero entonces comenzó a producirse un extraño fenómeno, cuando personas perfectamente sanas empezaron a adoptar la costumbre de evitar el gluten en su dieta en la errónea creencia de que es más sano. Y como no podía ser de otra manera, ciertas marcas aprovechan el tirón para fomentar tramposamente esta idea de forma más o menos velada. Mientras, los nutricionistas científicos se tiran de los pelos tratando de desmontar este mito absurdo y sin fundamento.

Estudios anteriores ya han mostrado que el consumo de alimentos libres de gluten no aporta absolutamente ningún beneficio a los no celíacos. Pero ahora estamos avanzando un paso más con la simple aplicación a este caso de un principio general evidente, y es que la restricción de nutrientes en la dieta cuando no hay necesidad de ello solo puede conducir a una dieta deficitaria.

Un estudio con más de 100.000 pacientes a lo largo de 26 años, elaborado en las facultades de medicina de Columbia y Harvard (EEUU) y publicado esta semana en la revista British Medical Journal, confirma que el consumo de gluten en las personas sin celiaquía no aumenta el riesgo de enfermedad coronaria (como sí hace en los celíacos), pero aporta algo más: la reducción del gluten en la dieta disminuye el consumo de grano entero (integral), que se asocia a beneficios en la salud cardiovascular, por lo que la dieta sin gluten puede aumentar el riesgo coronario en los no celíacos.

Los autores son conscientes de las limitaciones de todo estudio epidemiológico, aunque el suyo es muy amplio y excepcionalmente prolongado en el tiempo. Pero como conclusión, advierten: “no debe fomentarse la promoción de dietas libres de gluten entre personas sin enfermedad celíaca”.

Cassini, en el meollo de Saturno

Continuamos siguiendo la odisea de la sonda Cassini de la NASA en sus últimos meses de vida, mientras orbita entre Saturno y sus anillos antes de la zambullida que la llevará a su fin el próximo septiembre. La NASA ha publicado esta semana un vídeo elaborado con las imágenes de la atmósfera de Saturno tomadas por la sonda durante una hora de su recorrido alrededor del planeta gigante. Los científicos de la misión se han encontrado con la sorpresa de que la brecha entre Saturno y sus anillos está prácticamente limpia de polvo, al contrario de lo que esperaban.

Ataque al centro de mando del cáncer

Lo que han conseguido estos investigadores de la Universidad de Pittsburgh (EEUU) no es una de esas noticias que acaparan titulares, pero es un hito sobresaliente en la aplicación de una nueva tecnología de edición genómica (corrección de genes por un método de corta-pega) llamada CRISPR-Cas9, de la que se esperan grandes beneficios en las próximas décadas.

Los autores del estudio, publicado en Nature Biotechnology, han logrado por primera vez emplear esta herramienta para neutralizar un tipo de genes del cáncer llamados genes de fusión. Estos se forman cuando dos genes previamente separados se unen por un error genético, dando como resultado un gen de fusión que promueve el crecimiento canceroso de la célula. Los investigadores trasplantaron a ratones células cancerosas humanas que contienen un gen de fusión llamado MAN2A1-FER, responsable de cánceres de próstata, hígado, pulmón y ovarios. Luego introdujeron en los ratones un virus modificado artificialmente que contiene CRISPR, específicamente diseñado para cortar el gen de fusión y reemplazarlo por otro que induce la muerte de la célula.

El resultado fue que todos los ratones sobrevivieron durante el período total del estudio, sin metástasis y con una reducción considerable de sus tumores, mientras que todos los animales de control, a los que se les suministró un virus parecido pero ineficaz contra su gen de fusión, sucumbieron al cáncer.

Una ventaja adicional es que la técnica puede ir adaptándose a la aparición de nuevas mutaciones en las células cancerosas. Según el director del estudio, Jian-Hua Luo, es un ataque al “centro de mando” del cáncer. Y aunque aún queda un largo camino por delante hasta que el método sea clínicamente utilizable, sin duda es una brillante promesa en la lucha contra esta enfermedad.

Decir tacos nos hace más fuertes

Uno de esos estudios que no van a cambiar el curso de la historia, pero que tal vez confirma lo que algunos ya sospechaban; y que sobre todo dará un argumento científico a quienes sientan la necesidad de vomitar tacos, insultos e improperios durante un gran esfuerzo físico (desde deportistas a madres pariendo sin epidural), pero que tal vez se cohíban por aquello de guardar las formas: háganlo sin miedo. Si alguien se lo reprocha, cítenles los resultados presentados por el doctor Richard Stephens, de la Universidad de Keele (Reino Unido), en la Conferencia Anual de la Sociedad Británica de Psicología: gritar palabras malsonantes nos hace más fuertes.

Los investigadores compararon el rendimiento de un grupo de deportistas en pruebas de esfuerzo, sin y con tacos, descubriendo que en el segundo caso las marcas mejoraban. Curiosamente, y aunque la hipótesis de los autores era que este efecto se produciría a través del sistema nervioso simpático, como ocurre con la mayor tolerancia al dolor en estos casos, no encontraron signos que confirmaran esta asociación. “Así que aún no conocemos por qué decir tacos tiene estos efectos en la fuerza y la tolerancia al dolor”, dice Stephens. “Todavía tenemos que comprender el poder de las palabrotas”.

Fidget Spinner, la nueva tontería pseudocientífica con onda expansiva periodística

Mientras espero con mis hijos ante el portón del patio del colegio, esperando a que lo abran para despedirlos con el beso de buenos días, observo varios niños y niñas a mi alrededor que de repente parecen sacados de El pueblo de los malditos, o de cualquier otra de esas películas en que los niños empiezan a actuar de forma rara, pero todos de la misma forma rara. En este caso, haciendo girar una especie de gadget con aspas sobre sus dedos.

Un Fidget Spinner. Imagen de Wikipedia.

Un Fidget Spinner. Imagen de Wikipedia.

Mientras me fijo mejor en ello, tratando de romper los candados de legañas de mis ojos, pregunto a mis hijos: “chicos, ¿qué diablos es eso?”. “No sé”, me contesta mi hijo mayor. “Gonzalo lo tiene. Dice que lo ha comprado en el Supersol”.

Todo el que haya dado continuidad biológica a la especie humana sabe que los niños son presa fácil, cándida y permanente de cada nuevo fad, craze o llámese como se llame. En mi experiencia curricular como padre han sido los gormitis, las peonzas, las pulseras de gomas o los hama beads, por citar algunos que me vienen ahora. Y nosotros también tuvimos nuestras modas, aunque menos comerciales. Aún recuerdo, qué tiempos aquellos, cuando llevábamos al colegio un destornillador, mejor cuanto más pesado y afilado, para jugar al clavo, consistente en lanzarlo al suelo para hincarlo en la tierra e ir avanzando sobre una especie de rayuela con puntuaciones. Hoy seguramente nuestros padres perderían la custodia.

Así que no le di la menor importancia. Por suerte, de momento los míos siguen prefiriendo los hama beads, algo más creativo que embobarse mirando cómo gira un cachivache.

Pero hete aquí que de repente empiezan a saltarme en internet artículos en medios de todo tipo, en español e inglés, sobre algo llamado Fidget Spinner. Descubro que no es solo Gonzalo y que Torrelodones no es el pueblo de los malditos, sino que la cosa es internacional.

Pero hete aquí que de repente descubro algo más: varios medios atribuyen a este cacharro presuntas propiedades terapéuticas contra el Trastorno por Déficit de Atención con Hiperactividad (TDAH), e incluso contra los Trastornos del Espectro Autista (TEA).

Con la ciencia hemos topado, Sancho. Y aquí estoy.

En una sociedad cada vez más obsesionada por la salud, más medicalizada y más afectada por el fenómeno del disease mongering, cada vez va a ser más frecuente que todo aquello que se nos trata de vender se apoye en presuntas propiedades beneficiosas para la salud. Lo vemos hasta el hastío en los intermedios de la televisión: solo una pequeña parte de los anuncios con proclamas terapéuticas llevan esas advertencias clásicas sobre leer el prospecto y consultar al farmacéutico; el resto de los productos (sobre todo alimentos, pero también muchos gadgets de las teletiendas) no están obligados a llevarlas porque no son medicamentos, pero se publicitan descaradamente como si lo fueran. Hace unos días se me caían las pestañas del susto al ver en un telediario un reportaje sobre el Salón de Gourmets celebrado en Madrid, que más parecía el Salón de la Pseudociencia Nutricional, infestada de alimentos exhibiendo proclamas saludables de muy dudosa base científica.

Así que no es de extrañar que a alguien se le hayan puesto los ojos de dólar, como en los dibujos animados, con la idea de vender juguetitos que mejoran los síntomas del TDAH o los TEA sin que ninguna pelmaza autoridad sanitaria pueda meter las narices en su negocio.

Por su parte, los pobres redactores de algunos medios (sí, esos que no pueden decir a su jefe “no voy a hacer eso”, lo mismo que usted) tiran de teléfono para lanzarse a llamar al Doctor X, especialista en Y del Hospital Z. Y el pobre Doctor X, que no sabe ni por dónde le ha venido, trata de salir del paso como puede, sin la menor idea de qué demonios es esa chorrada que le están preguntando, pero sin atreverse tampoco a calificarlo como chorrada, no vaya a ser que luego haya algo.

El resumen: ningún artículo que mencione presuntas (algunos artículos incluso lo dan como hecho cierto) propiedades terapéuticas del Fidget Spinner aporta una sola fuente científica válida. Y el redactor que no puede decir “no” a su jefe tampoco debe llegar al otro extremo de renunciar a su ética profesional atribuyendo propiedades milagrosas al nuevo cacharro de moda solo porque otros medios a su vez le atribuyen propiedades milagrosas basándose en otros medios que antes le han atribuido propiedades milagrosas. Por favor, cuestiónense la veracidad de lo que escriben ustedes mismos, de lo que escriben otros, de lo que escribo yo. Investiguen las fuentes.

Y por favor, no llamen al Doctor X. Lo que pueda decirles sobre este asunto en un asalto telefónico entre la ronda de planta y el café tiene muy poca validez. Lo único válido sería la existencia de estudios clínicos serios que revelen indicios científicos de que este cacharro (o al menos otro similar, dado que este aún es novedad) muestre algún beneficio terapéutico frente a los trastornos referidos. Y por lo que se sabe hasta ahora, eso no existe.

Ni siquiera si se trata de colocar este nuevo gadget como un stress toy, o juguete contra el estrés, aprovechando la avalancha de literatura científica que avala la eficacia de los stress toys. Porque tal avalancha no existe: la eficacia de los stress toys no está ni mucho menos demostrada, por no decir que posiblemente sean del todo inútiles, salvo por la socorrida intervención de nuestro común amigo, el Doctor Placebo.

Un juguete es un juguete. Y si mis hijos mañana me lo piden y el precio es razonable (que no lo sé), no tendré ningún inconveniente en que puedan jugar con sus amigos a ver quién gira mejor el molinillo.

Pero esperemos a ver qué pasa: un artículo en el Boston Globe, un medio que en este caso sí ha hecho bien sus deberes, cuenta cómo Julie Schweitzer, profesora del Instituto de Investigación Médica de Trastornos del Neurodesarrollo de la Universidad de California en Davis, ya ha rechazado varias ofertas de fabricantes de este tipo de fidgets para que avale sus productos (no se menciona, pero siempre es a cambio de un sustancioso cheque), algo a lo que ella se ha negado por falta de pruebas científicas.

Obviamente, no todos los expertos son tan insobornables como Schweitzer. Y si empezamos a ver por ahí que los vendedores del cachivache se tiran finalmente a la piscina de la proclama terapéutica, sin o (mejor) con el apoyo de algún presunto experto, entonces estaremos asistiendo al amanecer de un nuevo caso como el de Power Balance; de esos en los que la justicia acaba actuando, pero cuando la pasta ya está a buen recaudo.

Ciencia semanal: el reciclaje llega a los cohetes, y por qué tus ex se parecen

Cada semana el mundo de la ciencia produce cientos de noticias, la mayoría de las cuales se asfixian intentando abrirse paso entre la vorágine de informaciones de eso que un director de periódico al que conocí llamaba “actualidad”, con la intención explícita de insinuar que lo otro no lo era. Aquí les he seleccionado algunas píldoras científicas producidas en estos últimos siete días, desde lo relevante a lo curioso.

Despega el primer cohete reciclado

El tecnomagnate Elon Musk y su compañía SpaceX han superado un hito histórico en la tecnología espacial: utilizar un cohete por segunda vez; lanzarlo de nuevo al espacio tras rescatarlo de una misión anterior, y volver a recuperarlo una vez más sano y salvo. Hasta ahora los operadores espaciales, tradicionalmente organismos públicos, habían trabajado con la herencia de la edad dorada del boom de los 60, cuando había dinero a mansalva para gastar. Los cohetes eran de usar y tirar; era más fácil gastar millones de dólares o rublos cada vez que se lanzaba uno de ellos, que invertir en buscar la manera de recuperarlos y reutilizarlos para ahorrar en futuras misiones.

Un cohete Falcon 9 de SpaceX con la primera fase reciclada despega del Centro Espacial Kennedy el 30 de marzo de 2017. Imagen de SpaceX.

Un cohete Falcon 9 de SpaceX con la primera fase reciclada despega del Centro Espacial Kennedy el 30 de marzo de 2017. Imagen de SpaceX.

En este siglo, las empresas privadas han ascendido desde su papel anterior de simples contratistas al de operadores; es lo que algunos expertos llaman el New Space. Para los inversores, esto significa poder hacer lo mismo por menos dinero (y por tanto, con más beneficio); para quienes –por desgracia– no tenemos intereses económicos en el espacio, pero sí mucho interés, significa poder hacer más con el mismo dinero. Aún es muy dudoso que Musk pueda hacer realidad su proyecto de colonizar Marte en la próxima década, como ha anunciado. Pero algunos de los que comenzaron acogiendo la aventura espacial de Musk con las cejas arqueadas ya han tenido que desarquearlas.

Lujo espacial

Sin salir del New Space, otro de los nuevos magnates tecnológicos con gusanillo espacial también ha sido noticia esta semana. Jeff Bezos, el mandamás de Amazon, ha desvelado esta semana el aspecto que tendrá el interior de la cápsula New Shepard de su compañía Blue Origin, con la que pronto espera lanzar sus vuelos suborbitales de pago. Como se espera de un servicio de lujo para clientes acaudalados, el habitáculo de la nave no tiene nada que ver con esa apariencia de almacén de ferretería de la Estación Espacial Internacional.

Interior de la nave New Shepard de Blue Origin. Imagen de Blue Origin.

Interior de la nave New Shepard de Blue Origin. Imagen de Blue Origin.

Con sus asientos de cuero negro y sus acabados a lo PlayStation, el interior de la New Shepard realmente recuerda más a una cabina de videojuegos en grupo que a una Soyuz. Incluso lleva en el centro algo que parece una consola o una mesa de pulsadores para algún concurso televisivo, pero que en realidad es el motor de escape de emergencia por si el cohete falla. Como no podía faltar, cada pasajero dispondrá de su propio amplio ventanal con vistas a la Tierra. Si no quieren perdérselo, vayan guardando las vueltas del pan en el cerdito hasta que sumen entre 100.000 y 200.000 dólares.

En qué se parecen tus ex

Uno de esos estudios curiosones que suelen tener buena acogida en los medios: un equipo de psicólogos, dirigido por Paul W. Eastwick, de la Universidad de California en Davis (EEUU), descubre que los o las exparejas de una persona concreta suelen parecerse en distintos rasgos, tanto físicos como psicológicos.

Según el extenso estudio, publicado en la revista Journal of Personality and Social Psychology, estas similitudes aparecen sobre todo por dos factores: por un lado, cada uno y una tenemos nuestras preferencias en lo tocante al físico; pero además, criterios demográficos como dónde vivimos o trabajamos determinan que con mayor probabilidad vayamos a conocer a personas que se parecen en rasgos como educación, inteligencia o religiosidad. Los investigadores aclaran: no es que a la hora de elegir tengamos en cuenta estos criterios, sino que en parte nos vienen condicionados por el ambiente en el que nos manejamos. Pero recuérdenlo si sienten antipatía por algún ex de su pareja: puede que se parezca a usted más de lo que sospecha.

Los chimpancés no aprecian la música

Vaya usted a saber si la música realmente amansa a las fieras; desde luego, no funcionaba con Keith Moon, el batería de los Who, entre cuyas célebres aficiones se contaba detonar explosivos en los inodoros de los hoteles. Pero ahora tampoco parece que a los chimpancés les entusiasme; y a pesar de que los resultados de investigaciones previas arrojan conclusiones confusas, está comúnmente extendida la costumbre de amenizarles con música la reclusión perpetua en los zoos a nuestros parientes más próximos.

Un estudio de la Universidad de York publicado en PLOS One ha analizado detalladamente la reacción de estos simios a la música de distintas clases, incluyendo la colocación de una gramola donde los chimpancés podían elegir piezas clásicas de Bach, Chopin, Beethoven, o Mozart (nota: curiosamente e ignoro si por casualidad, aunque lo dudo, de este último eligieron el Adagio del Concierto para clarinete en La mayor, la misma pieza que Robert Redford/Denys Finch Hatton reproducía para los babuinos en Memorias de África, con escaso éxito), o en su lugar, temas de Justin Bieber, Adele o Katy Perry, que los autores del estudio etiquetan libremente como “pop/rock”.

Pues bien, a los chimpancés les daba lo mismo Mozart que Bieber o simplemente el dorado silencio. La conclusión de los investigadores es que nuestros parientes no aprecian la música en absoluto; un estudio previo, citan, mostraba que los orangutanes eran incapaces de distinguir la música del ruido aleatorio generado digitalmente. Lo cual nos lleva a plantearnos la posibilidad de que la música sea una maravillosa creación ¿evolutiva-cultural? de exclusividad humana; y no hay muchas de estas que no estén restringidas por capacidades también exclusivas como el habla.

Pero hombre, a los investigadores debería caerles un pequeño tirón de orejas: diría yo que Justin Bieber no podría calificarse precisamente como un fenómeno musical; cuando lo sitúan como alternativa a Mozart o Beethoven, solo les falta bailar sobre las tumbas de estos genios. Y aunque a los chimpancés les importe un ardite, para otra ocasión, si se refieren a rock, pónganles rock; ya que la música no les alivia la reclusión, al menos no se la hagan aún más penosa.

Invasión de anuncios de pseudociencia en Google

Últimamente, el mundo académico y científico viene preocupándose por el hecho de que internet, con todas sus indudables ventajas (el que suscribe no podría trabajar en lo que trabaja y como trabaja sin la existencia de internet), ha traído un daño colateral difícil de paliar: la dificultad de distinguir el grano de la paja, o la noticia real del rumor o la simple invención (ver, por ejemplo, comentarios aquí, aquí, aquí o aquí, y estudios aquí, aquí, aquí o aquí).

En el gran caldero de la red todo se mezcla de modo que el origen de los diferentes ingredientes resulta indistinguible. Por supuesto que no tiene el mismo valor de rigor y veracidad una noticia aparecida en el New York Times que lo dicho por cualquier tuitero o YouTuber, por muchos millones de seguidores que tengan; incluso hoy, el periodismo de verdad sigue sirviendo para algo. Pero para el lector acrítico y perezoso, el origen del material se pierde una vez que forma parte de la pulpa hirviente del caldero de internet.

Anuncio publicado por Google Ad Services.

Anuncio publicado por Google Ad Services.

Con lo de “lector acrítico y perezoso” no pretendo afearle la conducta a nadie en particular, o a ningún colectivo concreto en general. Todos, en algún momento, podemos ser lectores acríticos y perezosos. Pero me llama la atención el caso de Twitter. Casi a diario, cuando publico el titular de uno de mis artículos enlazando al texto, me encuentro con respuestas al titular del artículo. Es decir, gente que no se ha molestado, ni piensa hacerlo, en leer el artículo, y que simplemente tuitea opinando sobre lo que dice el titular. A menudo además esas respuestas tratan de ser graciosas u ocurrentes, y entonces me pregunto qué tiene Twitter que ha hecho del graciosismo una forma de vida online.

Evidentemente, falta profundidad: lectura, comprensión, reflexión. A esto me refiero con lo de lector perezoso. Pero por otra parte está la falta de herramientas para la formación de un juicio crítico. Un ejemplo offline aplicable online: suelo evitar hablar con mis amigos de temas relacionados con la diferencia entre ciencia y pseudociencia. Como he dicho aquí varias veces, no tengo vocación de martillo de herejes, y no pretendo ofender a nadie con esta expresión; cada uno tiene su papel en la vida. Yo me crié en los 80 (en lo que se refiere a la transición a la madurez). Pero cuando algún amigo menciona tal o cual patraña dándole visos de veracidad (homeopatía, los peligros de las vacunas o de los transgénicos, etcétera), no tengo más remedio que, como decía Woody Allen, introducir un término en esa coyuntura.

Y a menudo pasa esto: después de explicar, evitando ser cargante ni petulante, qué es la homeopatía y por qué no sirve para nada, tal vez mi amigo responde a mi explicación comenzando con esta fórmula: “pues yo opino que…”. Y entonces me vienen a la mente esas películas, parodiadas en Aterriza como puedas, en las que un piloto experto da instrucciones por radio a un pasajero para aterrizar el avión: “mueve la palanca hacia abajo…”. ¿Respondería entonces el pasajero: pues yo opino que es mejor moverla hacia arriba?

Es decir: cuando explico qué es la homeopatía y por qué no sirve, no estoy opinando; estoy exponiendo datos. No tengo motivo para pensar que mis opiniones deban ser más dignas de consideración que las de cualquier otro. Pero sí mis datos; sin tratar de resultar petulante ni cargante, en esos casos yo soy el piloto y mi amigo es el pasajero tratando de pilotar, como lo sería al contrario si yo le preguntara a él sobre otra cosa de la que él supiera y yo no tuviera la menor idea; por ejemplo, cómo se programa en Java o cómo se tira un córner. De algo debería servir llevar casi 30 años dedicado a esto; si no, sería preferible que hiciera el hatillo.

Pero claro, la situación podría tornarse incómoda, y este es el motivo por el que trato de evitar este tipo de conversaciones con mis amigos. Porque, y en contra de la visión simplista, la lucha contra las pseudociencias NO es (solo) cuestión de educación. No lo digo yo; por si no lo he dicho (que sí lo he dicho), mis opiniones importan poco; lo dicen los expertos que dedican su trabajo a esta cuestión, y que llegan a conclusiones muy trabajadas y valiosas como para que aquí salga cualquiera, sea yo u otro, diciendo que esto se arregla con educación. Que no. No voy a explicarlo otra vez; ya lo hice aquí.

Sí puedo poner un ejemplo personal; aunque repito por enésima vez: es lo que dicen los expertos, que no cuentan casos personales, sino que estudian amplias muestras de población y sacan conclusiones generales y generalizables. Pero ahí va mi ejemplo: una persona amiga mía, con toda una carrera de ingeniería de las más difíciles, y con muchos años de experiencia de puesta en práctica de esa carrera de ingeniería, cree muy sinceramente que el color de las cortinas del salón de su casa puede determinar su suerte a la hora de encontrar un empleo.

O eso es poco más o menos lo que afirma esa patraña tronchante y mondante que circula por ahí en forma de libro con millones de ejemplares vendidos en todo el mundo bajo el título El secreto, y que viene a decir: si tu vida va mal, es culpa tuya, porque tienes pensamientos negativos y entonces las piezas de tu vida no encajan bien. Ten pensamientos positivos y desea las cosas muy fuerte muy fuerte muy fuerte, y entonces el universo conspirará para hacer realidad tus deseos.

No, no es la última de Disney. Para quien no lo conozca, esto realmente es un libro que los adultos compran, leen y muchos se creen, y cuya pretendida eficacia se avala (naturalmente) con infinidad de testimonios de los convertidos a la secretología o como se llame. Es la versión New Age del clásico “sé bueno y Dios te premiará; sé malo y Dios te castigará”. Es la religión para los no religiosos, o los desengañados con las religiones tradicionales. Se ve que la humanidad aún no ha acumulado suficientes pruebas de que, ni karmas, ni pepinillos en salmuera; si hay alguien que castigue a los malos, es como mucho la legalidad vigente, y depende.

En un estudio que comenté recientemente sobre la creencia en las pseudociencias, los autores prestaban apoyo a una hipótesis que, esta vez sí, sostengo como opinión personal: que las pseudociencias no están en declive a pesar de la mayor abundancia y facilidad de acceso a la información científica, sino que al contrario, están viviendo una época dorada. Los autores del estudio observaban un “auge del movimiento anti-ilustración”, y lo explicaban alegando que actualmente ha disminuido la influencia de la ilustración, o el seguimiento consensuado de las conclusiones científicas por parte de los liderazgos políticos y sociales.

Sería un buen asunto de debate si ahora tenemos aquí y en otros países los líderes políticos y sociales (insisto, y sociales; no piensen solo en personas con cargos, sino también en lo que ahora llaman influencers) menos ilustrados casi desde el nacimiento de la propia Ilustración; por cierto que hace unos días escribí un reportaje sobre Thomas Jefferson, el tercer presidente de EEUU que fue un entusiasta de la ciencia y, aunque equivocado en sus teorías, un pionero de la paleontología de vertebrados en su país. Pero desde luego, dudo que alguien defienda que hoy tenemos los líderes más ilustrados de la historia.

Las señales del auge del movimiento anti-ilustración llegan a extremos que nos habrían parecido inconcebibles hace solo unos años. Últimamente se viene hablando bastante del resurgimiento de la idea de que la Tierra es plana, apoyada por algunas llamadas celebrities.

Hoy quiero mencionar otra señal más de ese auge del movimiento anti-ilustración, y es una repentina e insólita invasión de pseudociencias en los anuncios de Google que muestran muchas páginas web, incluyendo esta que están ustedes leyendo. Suelen decir que los anuncios se adaptan según los historiales de navegación; pero si algún algoritmo realmente ha deducido de mi perfil algún tipo de interés en las pseudociencias, deberían darle el premio a la Inteligencia Artificial Menos Inteligente. No solo la mayor parte de mi navegación se mueve en páginas de ciencia por cuestiones de trabajo, sino que ni siquiera suelo ocuparme a menudo de las pseudociencias, como sabrán los lectores de este blog.

Escribir sobre ciencia junto a un anuncio que afirma “sintoniza tu poder de energía sanadora”, “sana tus heridas emocionales o traumas pasados”, “curso gratis para revelar los secretos de la sanación de chakras: solo cinco días para desbloquear tus chakras para mejorar tu salud, amor, riqueza y creatividad”, “da el siguiente paso en tu ascensión espiritual” o “revelado el método número uno de meditación: descubre los secretos de las personas más extraordinarias”, viene a ser como publicar un artículo sobre violencia de género junto a una publicidad de aquella discoteca que prometía copas gratis y cien euros a las mujeres que acudieran sin bragas. A ver si se nos mete en la cabeza. No es solo cuestión de educación; sobre esto sí haría falta algo más de meditación.

¿Los niños tienen pene y las niñas tienen vulva? No siempre

¿Los niños tienen pene y las niñas tienen vulva? No: los machos tienen pene y las hembras tienen vulva. Que no es lo mismo. Los seres humanos con pene son machos (o hermafroditas), pero no en todos los casos niños u hombres. Y los seres humanos con vulva son hembras (o hermafroditas), pero no en todos los casos niñas o mujeres.

En España, e imagino que del mismo modo en otros países hispanohablantes, existe una frecuente confusión entre sexo y género. Muchas personas confiesan no aclararse entre ambos términos, o creen que “género” es una especie de invento ideológico. Nada más lejos de la realidad; pero hasta cierto punto es comprensible el embrollo, porque la confusión viene propiciada por un lamentable error lingüístico.

Autobús de la campaña contra los transexuales. Imagen de 20Minutos.es.

Autobús de la campaña contra los transexuales. Imagen de 20Minutos.es.

En 1955, el sexólogo y psicólogo kiwiestadounidense (acabo de inventarme este término, pero “kiwi” se lo aplican los neozelandeses a sí mismos) introdujo la acepción de la palabra “género” (gender) para hacer referencia a la identidad sexual y a los roles sociales, diferenciando este concepto del referido al fenotipo de los caracteres sexuales primarios (genitales) y secundarios (pechos, vello corporal, etcétera). En inglés, male (macho) y female (hembra) se refieren al sexo, no al género, y se aplican con total naturalidad a las personas.

Por algún motivo que desconozco, en el idioma español hemos prescindido de los términos macho y hembra para referirnos a los seres humanos. Lo cual no solamente es equivocado, sino habitualmente estúpido: parece que hay quienes piensan que el uso de este término nos animaliza. Pero les voy a dar una noticia fresca: los Homo sapiens también somos animales.

Es más: la eliminación de estos dos términos es precisamente la causante de la confusión entre sexo y género. Cuando en un DNI u otro documento se especifica que el sexo de una persona es “varón/hombre” o “mujer”, se está cayendo en un error que en muchos casos se convierte en una mentira con sello oficial. Lo único que estos documentos deberían hacer constar es si se trata de una persona de sexo masculino (macho) o femenino (hembra). No puede certificarse que alguien es varón o mujer sin tener en cuenta la identidad de género que la propia persona manifiesta. Y como sabe todo el que no pretenda esforzarse en no saberlo, en ciertos casos el sexo no se corresponde con el género.

¿Por qué?, tal vez pregunte alguien. Simplemente, porque forma parte de la variabilidad biológica natural del ser humano. En el caso más general, los humanos somos cromosómicamente XX (hembras) o XY (machos), lo que determina nuestro sexo por la anatomía de los genitales, y los caracteres secundarios a través de cascadas bioquímicas en las que también intervienen otros órganos del sistema endocrino.

Pero el género está en un órgano diferente, el cerebro. Que también es solo química, mientras nadie demuestre otra cosa. Hoy la mayoría de los científicos expertos coinciden en que la orientación sexual y la identidad de género también están biológicamente determinadas, como he contado antes aquí y en otros medios (recomiendo sobre todo leer este reportaje que aborda la cuestión en profundidad), aunque aún no se conozcan con precisión los mecanismos responsables, o si existen influencias epigenéticas y hormonales in utero además de las puramente genéticas.

Lo anterior es importante porque desmiente otro mito clásico: la orientación sexual y la identidad de género no dependen de la educación o el ambiente. Una mujer no es lesbiana porque su padre quisiera un niño y la llevara al fútbol, ni un hombre es homosexual porque su madre lo mimara mucho de pequeño o lo vistiera de rosa. También es erróneo hablar de “opción sexual”; “orientación” o “preferencia” pueden ser correctos, pero en la inmensa mayoría de los casos nadie opta; simplemente es quien es.

A propósito de lo anterior, recuerdo el caso de Michael Ferguson, neurocientífico y bioingeniero de la Universidad de Cornell (EEUU) con quien hablé para un reportaje. Ferguson optó por ser heterosexual, porque esta era la única opción tolerada por su religión, la mormona. No solamente se esforzó en convencerse a sí mismo, en salir con chicas y en aparecer ante todos como heterosexual, sino que incluso se enroló en presuntas terapias (obviamente fraudulentas) de reorientación sexual.

Naturalmente, nada de ello sirvió para otra cosa que provocarle angustia y desasosiego. Ferguson nunca ha dejado de ser homosexual; en cambio, es mucho más feliz desde que dejó de ser mormón. Aprendió a aceptarse a sí mismo, contrajo el primer matrimonio gay del estado de Utah y decidió prestar su experiencia, su apoyo y su voz a otras personas de la comunidad LGBT que puedan verse en trances parecidos al que él sufrió.

El determinismo biológico de la orientación sexual y la identidad de género no es algo que siempre guste a todos (aunque no por ello deja de ser cierto). Algunas personas LGBT temen que esta raíz biológica sea explotada por los sectores sociales más rancios para sostener proclamas de que la homosexualidad o la discordancia entre sexo y género podrían curarse. Y de hecho, como sabemos, esos sectores y esas proclamas existen.

Claro que la simple mención del verbo curar revela un punto de vista que no solo es intolerante, sino que además es erróneo. En las últimas décadas, la psiquiatría ha ido desclasificando de la categoría de trastornos las condiciones que simplemente son minoritarias, pero que en sí mismas no provocan daño a la propia persona ni a otras, como la homosexualidad, la bisexualidad, la transexualidad o, más recientemente, las parafilias como el fetichismo o el sado. La edición actual del Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM) de la Asociación Psiquiátrica Estadounidense, el texto de referencia empleado en todo el mundo, solo considera que existe un trastorno parafílico psiquiátrico cuando hay “consecuencias negativas para el individuo o para otros”, como es el caso de la pedofilia.

Por lo tanto, hoy ni la psiquiatría ni la biología consideran que las orientaciones sexuales minoritarias o las discordancias de género y sexo sean otra cosa que parte de la variabilidad biológica natural, del mismo modo que una minoría de la población tenemos, por ejemplo, tubérculos de Darwin en las orejas.

Pero claro, a los que tenemos tubérculos de Darwin nadie nos persigue o nos margina por ello, ni trata de curarnos. Hablar de una cura de algo que es pura diversidad humana sin ningún daño para nadie es justo lo que pretendía el doctor Josef Mengele al inyectar tintes azules en los ojos oscuros de los niños judíos. Lo único que necesitan las personas LGBT es, como otras minorías en riesgo, el apoyo de la sociedad contra la ignorancia de los peores ignorantes, aquellos que no saben que lo son. Y que creen que los engañados son los otros.

(Nota: al colocar la imagen en este artículo he descubierto que, irónicamente, las dos últimas frases de la campaña del autobús son inobjetablemente ciertas. “Si naces hombre, eres hombre. Si eres mujer, seguirás siéndolo”. En efecto, es así; claro está, con independencia de tu fenotipo sexual.)