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La reconquista de la Luna, la gran carrera del siglo

La sonda china Chang’e 4 ha sido la primera en posarse sana y salva en la cara oculta de la Luna, la que permanece siempre invisible para nosotros debido al llamado acoplamiento de marea, que sincroniza la rotación lunar con su tránsito alrededor de la Tierra. En esta cara lunar solo existe otro artefacto humano, la Ranger 4 estadounidense, que en 1962 se estrelló según lo previsto, pero sin enviar datos a causa de una avería durante el descenso.

No es la primera vez que China conquista la Luna. En 2009 la Chang’e 1 fue estrellada deliberadamente contra la superficie lunar después de 16 meses en órbita. Su sucesora, la Chang’e 2, orbitó la Luna antes de partir para explorar el asteroide Tutatis. En 2013 la Chang’e 3 se posó en la cara lunar visible con su rover Yutu, siendo la primera misión en operar sobre la superficie del satélite terrestre desde la sovietica Luna 24 en 1976.

El rover Yutu 2, tras su descenso al suelo desde la sonda Chang'e 4. Imagen de CNSA.

El rover Yutu 2, tras su descenso al suelo desde la sonda Chang’e 4. Imagen de CNSA.

Sin embargo y a pesar de la novedad que supone pisar la cara oculta de la Luna –este hemisferio ya había sido fotografiado numerosas veces por sondas orbitales rusas y estadounidenses–, en realidad la Chang’e 4 es una repetición de la Chang’e 3, una misión de transición hacia el siguiente paso del programa lunar chino: traer muestras lunares a la Tierra, algo que hizo por última vez la Luna 24 y que será el objetivo de la Chang’e 5 en diciembre de este año y de la Chang’e 6 en 2020. Más adelante, en la década de los 30, llegará el gran salto de China a la Luna con las misiones tripuladas y la posible construcción de una estación lunar.

Desde que EEUU y la antigua URSS abandonaron la Luna como objetivo de sus landers (sondas aterrizadoras), el satélite terrestre se ha convertido en la meta de otras potencias emergentes. El próximo mes está previsto que India e Israel lancen sus respectivas misiones lunares no tripuladas, Chandrayaan 2 y Beresheet. Tras el retraso de la misión india, cuyo despegue estaba previsto para comienzos de este mes, ambas naciones compiten ahora por ser la cuarta del mundo que posa un aparato en la superficie lunar.

Otro país que quiere unirse al club lunar es Japón; después de la cancelación de la misión SELENE/Kaguya 2, la agencia nipona JAXA ha revitalizado el programa lunar con la intención de enviar una sonda robótica en un par de años y con la aspiración de plantear quizá más adelante misiones tripuladas.

Primera imagen de la superficie lunar enviada por la sonda china Chang'e 4. Imagen de CNSA.

Primera imagen de la superficie lunar enviada por la sonda china Chang’e 4. Imagen de CNSA.

Así, parece que para la próxima década se abre una nueva carrera lunar; pero a diferencia de la que EEUU y la URSS libraron en el siglo pasado, esta vez el motivo de conquistar la Luna no es meramente plantar una bandera, sino que también hay dinero en juego, el que puede rendir la explotación de los recursos lunares para el primero que se haga con ellos. Obviamente, este no es un objetivo inmediato, pero en el camino se abren grandes oportunidades de negocio para quienes aporten la tecnología necesaria. Es el viejo dicho: si hay fiebre del oro, vende palas.

Todo ello ha llevado a las potencias tradicionales a desempolvar sus programas lunares. EEUU, la Unión Europea y Rusia han reaccionado con nuevos planes y alianzas para no perder la posición de cabeza en la que promete ser, por ahora, la gran carrera espacial de este siglo.

Pero para quienes seguimos esta carrera desde las sillas de la grada, no será indiferente quién se lleve los triunfos. Según reflejaba esta semana el South China Morning Post, el diario de referencia de Hong Kong en lengua inglesa, algunos observadores chinos ven en esta nueva carrera una extensión de la actual guerra comercial entre China y EEUU. Y como contaré mañana, la ciencia y la exploración espacial pueden ser las víctimas inocentes de la opacidad informativa que envuelve toda guerra.

Año nuevo, mundo nuevo: 2019 se abre con la conquista más lejana del ser humano

El próximo 1 de enero, exactamente a las 6:33 de la mañana (hora peninsular), cuando muchos estén durmiendo la mona en el rincón de algún garito con un hilillo de baba colgando del matasuegras, otros arrastrando los pies en busca de un taxi, y algunos simplemente descansando plácidamente en su cama, tendrá lugar la visita de un artefacto de fabricación humana a la frontera física más lejana en toda la historia de la humanidad.

Cuidado, que vienen cifras: a unos 6.600 millones de kilómetros de nosotros, la sonda de la NASA New Horizons volará a 62.764 km/h (más o menos de Madrid a Barcelona en menos de medio minuto) para acercarse a 3.540 km de un pedrusco de unos 30 km de largo llamado (486958) 2014 MU69, alias Ultima Thule; en la literatura clásica y medieval, Thule designaba la tierra más lejana de las fronteras del norte, ya fuera Noruega, Islandia o Groenlandia, y Ultima Thule se aplicaba metafóricamente a cualquier lugar ignoto más allá de los límites del mundo conocido.

A la izquierda, imagen de Ultima Thule (en el círculo amarillo) tomada por New Horizons el 2 de diciembre de 2018, a 38,7 millones de kilómetros. A la derecha, el detalle del recuadro amarillo, en el que se ha eliminado el brillo de las estrellas del fondo. Imagen de NASA/JHUAPL/SwRI.

A la izquierda, imagen de Ultima Thule (en el círculo amarillo) tomada por New Horizons el 2 de diciembre de 2018, a 38,7 millones de kilómetros. A la derecha, el detalle del recuadro amarillo, en el que se ha eliminado el brillo de las estrellas del fondo. Imagen de NASA/JHUAPL/SwRI.

El objeto transneptuniano (más allá del planeta Neptuno) Ultima Thule es ese lugar: aunque las dos sondas gemelas Voyager han llegado aún más lejos, traspasando los límites del Sistema Solar, lo han hecho en mitad del inmenso vacío del espacio, sin una referencia geográfica cercana. New Horizons se acercará por primera vez en la historia a un objeto del cinturón de Kuiper, el disperso anillo de asteroides que abraza el Sistema Solar.

El aparato recogerá datos científicos y tomará imágenes con una resolución de 30 metros, para después enviar todos estos paquetes de información a las antenas terrestres, que los recibirán seis horas después de su emisión (ya, ya, y nuestra wifi apenas llega del salón al dormitorio…). Casos como este nos recuerdan que la velocidad de la luz es en realidad una magnitud de caracol si la contemplamos contra las inabarcables distancias del cosmos.

La historia de New Horizons y Ultima Thule es también una primicia en la exploración espacial por otros motivos. La sonda ya disfrutó de su momento de gloria en 2015, cuando nos reveló por primera vez cómo es en realidad el explaneta Plutón. Una vez completada la que era la misión primaria de New Horizons, los responsables de la misión se encontraron con la posibilidad de emplear su flamante y potente aparato para conquistar nuevas metas. Con este fin, el telescopio espacial Hubble emprendió una búsqueda de objetos lejanos a los que New Horizons pudiera dirigirse, y allí apareció Ultima Thule, que aún no se conocía cuando la sonda despegó de la Tierra.

Ilustración de la sonda New Horizons acercándose a Ultima Thule. Imagen de NASA/JHUAPL/SwRI.

Ilustración de la sonda New Horizons acercándose a Ultima Thule. Imagen de NASA/JHUAPL/SwRI.

Los terrícolas tendremos que esperar quizá a los primeros días de 2019 para empezar a conocer los datos y el aspecto de este lejano asteroide. Y los científicos confían en que esas primeras observaciones logren resolver el primer misterio sobre este distante objeto. La forma concreta de Ultima Thule aún se desconoce, aunque se sabe que no es esférico. Pero durante su acercamiento, las imágenes tomadas por New Horizons han revelado un patrón luminoso inusual.

Mientras que un objeto irregular reflejando la tenue luz solar debería comportarse como un faro, emitiendo un pulso luminoso periódico debido a la rotación, en cambio las fotos muestran una luz muy uniforme, como la que se esperaría de una esfera. Para explicarlo, los investigadores han propuesto varias hipótesis: tal vez el eje de rotación esté dirigido precisamente hacia la trayectoria de la nave, lo que sería una improbable casualidad; o bien quizá Ultima Thule esté rodeado por una nube de polvo como la cabellera de un cometa, pero para esto se necesitaría que el Sol lo calentara lo suficiente como para provocar esta emisión, lo que no parece posible a tal distancia. Por último, se ha apuntado la posibilidad de que el asteroide esté rodeado por varias lunas diminutas, con patrones luminosos diferentes que se suman. Sin embargo, según los científicos, este sería un caso único entre los objetos conocidos del Sistema Solar.

La respuesta, que podremos conocer a través de los canales de la NASA y del Laboratorio de Física Aplicada de la Universidad Johns Hopkins, será probablemente el primer hallazgo científico destacable de 2019, pero no será el único descubrimiento que nos revelará este histórico encuentro de la tecnología humana con las lejanías del Sistema Solar. Según el investigador principal de New Horizons, Alan Stern, Ultima Thule “es una cápsula del tiempo que nunca antes hemos visto y que nos llevará en un viaje en el tiempo hasta 4.500 millones de años atrás, al nacimiento del Sistema Solar”.

Marte y la tarta de manzana: una nueva misión que tampoco buscará vida

Alfredo y Bárbara regresan a su casa al salir del colegio. Mientras cruzan el umbral, Bárbara le pregunta a su hermano: ¿crees que mamá habrá hecho tarta de manzana? ¡Vamos a averiguarlo!, responde él. Alfredo corre a la despensa, mira dentro del cesto de manzanas y descubre que está vacío. Dado que el día anterior había bastantes manzanas en el cesto, y que es dudoso que alguien se las haya comido todas de una sentada, esta observación sugiere que tal vez su madre las haya utilizado para elaborar una tarta.

A continuación, Alfredo comprueba el cubo de la basura, en el que encuentra abundantes mondas y corazones de manzana. Este dato refuerza su hipótesis de que probablemente su madre haya cocinado una tarta, una idea avalada también por el hecho de que junto al fregadero hay un cuchillo húmedo con restos de lo que parece pulpa de manzana, y que es pulpa de manzana, como puede verificar Alfredo al pasar la lengua por la hoja.

Finalmente, Alfredo se acerca al horno, cuya puerta aún está caliente. Cuando la abre, surge de su interior un inconfudible aroma a tarta de manzana, lo cual parece confirmar definitivamente su hipótesis. Alborozado por su descubrimiento, Alfredo corre a buscar a su hermana, y la encuentra sentada tranquilamente frente a la mesa del comedor, degustando un pedazo de tarta de manzana.

Pero ¿qué diablos tiene esto que ver con Marte?, tal vez se pregunten. El ser humano lleva décadas haciendo lo mismo que Alfredo con respecto a la posible vida marciana: en lugar de intentar comprobar directamente si existe o no, envía misiones destinadas a estudiar si el cesto de manzanas está lleno o vacío, si hay mondas en la basura o si la puerta del horno está caliente. No si hay una tarta de manzanas sobre la mesa del comedor.

Como recordé aquí recientemente, desde las sondas gemelas Viking en 1976 no ha vuelto a enviarse ninguna misión a Marte destinada a analizar la presencia de vida, sino como máximo de posibles condiciones de habitabilidad. Pero si el objetivo final es dilucidar si hay vida, y si hoy existen tecnologías aplicables a este fin que hace 40 años eran inimaginables, ¿por qué no se llevan a Marte?

Ilustración de la sonda InSight en la superficie de Marte. Imagen de NASA/JPL-Caltech.

Ilustración de la sonda InSight en la superficie de Marte. Imagen de NASA/JPL-Caltech.

Los científicos planetarios, geólogos y climatólogos podrán acusarme de biocentrismo, y con razón. Obviamente, conocer la historia de la formación de Marte y su composición actual o su clima son objetivos científicos valiosos por sí mismos, y no simples hitos en el camino hacia la búsqueda de vida. Pero tampoco ellos podrán negar que durante décadas la biología ha permanecido castigada en el rincón, en lo que se refiere a la instrumentación y los objetivos de las misiones interplanetarias. Como también conté aquí recientemente, incluso los organismos científicos en EEUU lo han reconocido y han instado a la NASA a dar un golpe de timón para incluir objetivos biológicos en sus misiones.

Sin embargo, esto no va a ocurrir de la noche a la mañana. Precisamente hoy está previsto que toque suelo marciano una nueva misión de la NASA, la única agencia espacial que hasta ahora ha logrado explorar la superficie del planeta vecino. InSight (de Interior Exploration using Seismic Investigations, Geodesy and Heat Transport, o Exploración Interior usando Investigaciones Sísmicas, Geodesia y Transporte de Calor), que terminará su viaje hacia las 9 de esta noche –hora peninsular española– en la región volcánica ecuatorial de Elysium Planitia, tiene un aspecto que resultará familiar a quienes siguen la exploración de Marte, ya que para economizar el coste de la misión se ha construido sobre la misma plataforma que ya se empleó hace años para la sonda Phoenix.

Ilustración del descenso de InSight en Marte. Imagen de NASA/JPL-Caltech.

Ilustración del descenso de InSight en Marte. Imagen de NASA/JPL-Caltech.

Por medio de sus instrumentos, que incluyen un sismómetro y una sonda de calor, InSight estudiará la estructura del interior de Marte. De hecho, es la primera misión dedicada a la investigación de las profundidades del suelo marciano. Según sus responsables, los datos que esta nueva estación robótica recogerá durante dos años aportarán nuevas pistas sobre el proceso de formación de aquel planeta, y por lo tanto sobre las diferencias en su evolución respecto a la Tierra, Venus o Mercurio.

Sin duda los resultados de InSight, si todo funciona como se espera, serán de enorme valor para la ciencia planetaria –y justificarán la cuantiosa inversión, mayor de lo inicialmente previsto a causa de ciertos problemas técnicos que retrasaron dos años el lanzamiento. Pero por si alguien se lo está preguntando: no, tampoco es esta la misión que nos desvelará si hay vida allí. Por desgracia, parece que la única forma de que InSight detectara vida sería que algún alienígena de tamaño natural se paseara frente a su cámara.

El aterrizaje de InSight podrá seguirse hoy en directo a partir de las 8 de la tarde (hora peninsular española) en la web de la NASA.

Sin transporte al espacio, como en 1961

En 1961 un ser humano voló por primera vez al espacio. Cuando Yuri Gagarin completó su única y famosísima órbita a la Tierra, solo las pruebas previas con perros demostraban que un ser vivo podía sobrevivir a un viaje espacial, pero ni siquiera se sabía con certeza cuáles serían los efectos en el organismo humano; tal era la incertidumbre que el vuelo se controló enteramente desde tierra y por sistemas automáticos, ya que los médicos de la misión no descartaban que Gagarin perdiera la consciencia en cualquier momento.

Aquel abril del 61 se abrió una vía al espacio que nunca había vuelto a cerrarse. Hasta ahora. Por primera vez en 57 años, el ser humano no tiene acceso al espacio (de acuerdo, exceptuando el ser humano chino, pero ellos no lo prestan a nadie más). Probablemente no por mucho tiempo, quizá solo unos meses. Pero en este momento se da una extraña situación inédita en décadas, y es que actualmente no existe ninguna nave a disposición de las principales potencias espaciales (una vez más, sin contar a China) capaz de transportar tripulantes.

Durante años convivieron los transbordadores espaciales de la NASA con las viejas y fiables Soyuz rusas. Pero en 2011 EEUU jubiló sus shuttles después de cancelar el programa Constellation que debía haberlos reemplazado, en una serie de decisiones discutidas que finalmente retrasaron el comienzo del sistema que tomará el relevo, llamado anodinamente Space Launch System (SLS).

Imagen del lanzamiento del cohete Soyuz el pasado 11 de octubre, antes del fallo que obligó a abortar la misión. Imagen de NASA.

Imagen del lanzamiento del cohete Soyuz el pasado 11 de octubre, antes del fallo que obligó a abortar la misión. Imagen de NASA.

Así, desde 2011 todos los vuelos tripulados al espacio (insisto, salvo los chinos) han utilizado los cohetes rusos, con un largo historial de éxitos en misiones tripuladas. Que se rompió la semana pasada.

El jueves 11, un cohete Soyuz que llevaba al cosmonauta ruso Alexey Ovchinin y al astronauta estadounidense Nick Hague con destino a la Estación Espacial Internacional (ISS) falló dos minutos después del despegue, cuando el propulsor de la segunda fase no se activó después de desprender los motores de la primera. El fallo, a 48 kilómetros de altura, provocó la expulsión automática de la cápsula, y sus dos tripulantes se vieron sometidos a un incómodo descenso en lo que los ingenieros llaman modo balístico, y los demás llamamos caer a plomo. Finalmente, los paracaídas de la nave se activaron según lo previsto para que la Soyuz se posara suavemente en el suelo.

El momento en que se abortó el lanzamiento de la Soyuz, cuando el propulsor no se encendió tras la separación de los laterales. Imagen de NASA / Bill Ingalls.

El momento en que se abortó el lanzamiento de la Soyuz, cuando el propulsor no se encendió tras la separación de los laterales. Imagen de NASA / Bill Ingalls.

Como consecuencia de esta avería, cuya causa aún no se conoce, el gobierno ruso ha decidido cancelar las misiones tripuladas hasta que la investigación determine qué fue lo que falló. Dado que el SLS estadounidense no estará preparado para transportar tripulaciones hasta dentro de quizá un par de años, y que algo similar ocurre con las futuras naves operadas por empresas como SpaceX, la situación abre una brecha indefinida en el transporte humano al espacio.

Curiosamente, quienes más inquietos deben de estar por esta situación son quienes ya están en el espacio. El alemán Alexander Gerst, la estadounidense Serena Auñón-Chancellor y el ruso Sergey Prokopyev forman la tripulación actual de la ISS, a la que debían haberse unido Ovchinin y Hague. La ISS siempre cuenta con una Soyuz anclada a su estructura para el recambio de tripulaciones y para servir como cápsula de escape en caso de emergencia. Pero estas naves solo tienen una vida útil en el espacio de unos 200 días, para garantizar que ninguno de sus componentes se haya deteriorado por la exposición al ambiente espacial.

Dado que la Soyuz anclada a la ISS fue enviada al espacio en junio, esto implica que los tripulantes de la ISS solo tienen de margen hasta enero para regresar a la Tierra. Y que, si para entonces no se ha lanzado una nueva misión (la siguiente está prevista para diciembre), entonces la ISS quedará vacía por primera vez desde hace 18 años, cuando se instaló la primera tripulación residente.

Esto no supondría un desastre, ya que la estación puede operarse desde tierra al menos durante un tiempo. Pero resulta curioso, y algo descorazonador para quienes defendemos la exploración humana del espacio, que medio siglo después de haber iniciado esta gran aventura de la humanidad, de haber enviado seis misiones a la Luna, de haber puesto en órbita varias estaciones y de haber dispuesto de opciones a elegir para enviar tripulaciones al espacio, nos encontremos de repente con la sensación de que estamos de nuevo varados en tierra. Si esto no es un paso atrás, no sé qué es.

En cuanto a cuándo podrán restablecerse los lanzamientos de las Soyuz, por el momento las autoridades rusas no han concretado detalles. Se da la circunstancia de que esta investigación se une a otra en marcha por un extraño suceso ocurrido a finales de agosto, cuando los tripulantes de la ISS descubrieron en la Soyuz anclada a la estación una perforación en su casco que estaba robando aire del interior, y que parecía haber sido practicada deliberadamente con un taladro. El descubrimiento de este aparente sabotaje creó una cierta tensión entre la NASA y Roscosmos (la agencia rusa). Ahora, a esta última se le acumulan las investigaciones.

 

¿Adiós al agua líquida en Marte?

Cualquiera que haya dado un paseo por este blog sabrá que aquí se apoya la exploración espacial tripulada. Los motivos no son estrictamente científicos. Ateniéndonos solo a la ciencia, la defensa de las sondas robóticas tiene todos los argumentos a favor. El uso de máquinas para explorar el Sistema Solar ha aportado innumerables hallazgos valiosos, a un precio ridículo en comparación con lo que costaría enviar gente a las mismas misiones. Y los ingenieros cada vez están logrando avances más increíbles al lograr empaquetar en estas sondas tipos de aparatos que antes solo eran concebibles en un laboratorio terrestre, como el espectrómetro Raman que viajará a Marte en 2020 a bordo del rover europeo de la misión ExoMars.

Pero dejando aparte que la especie humana está destinada o condenada (utilícese el verbo que cada cual prefiera según que esto le parezca un destino o una condena) a expandirse algún día más allá de su cuna, como ha hecho a lo largo de toda su historia, las sondas tienen limitaciones. Los datos que aportan a veces dejan tanto margen a la interpretación que las conclusiones pueden fallar. Les cuento un caso actual.

En 2010, el entonces estudiante universitario (y guitarrista de heavy metal, que esto también suma) Lujendra Ojha, trabajando en la Universidad de Arizona bajo la dirección del geólogo planetario Alfred McEwen, analizó las fotos de Marte tomadas por la cámara HiRISE de la sonda Mars Reconaissance Orbiter (MRO) de la NASA. En las imágenes observó unas peculiares marcas oscuras en algunas laderas marcianas, como las que dejaría un torrente de agua al fluir por una duna de arena.

Al año siguiente, el análisis de los datos se publicaba en la revista Science. Los investigadores llamaban a estas marcas Líneas Recurrentes en Pendiente (en inglés, Recurring Slope Lineae o RSL), un nombre que no hacía referencia alguna a una posible naturaleza líquida. Pero en el estudio se atrevían a apostar: “Salmueras líquidas cerca de la superficie podrían explicar esta actividad, pero el mecanismo exacto y la fuente de agua aún no se conocen”.

RSL (marcas oscuras) en el cráter Horowitz de Marte. Imagen de NASA/JPL/University of Arizona.

RSL (marcas oscuras) en el cráter Horowitz de Marte. Imagen de NASA/JPL/University of Arizona.

En el ambiente marciano es difícil que exista agua líquida. Su atmósfera es tan tenue que el agua pura hierve a solo 10 ºC, lo que unido al intenso frío deja muy poco margen: en las condiciones más habituales allí, el hielo se sublima, pasa directamente a la fase de vapor. Únicamente el agua con una gran concentración de sal, una salmuera, podría circular en estado líquido, y solo en ciertos lugares del planeta y durante ciertas épocas del año. Pero curiosamente, Ojha había detectado que las RSL aparecían en las estaciones templadas para desaparecer en las más frías.

Con todo esto, la posibilidad de que las RSL contuvieran agua líquida tenía bastante sentido, sobre todo después de que en 2009 la sonda Phoenix de la NASA posada en suelo marciano hubiera detectado unas gotitas en sus propias patas que los responsables de la misión interpretaron como agua líquida (lo conté aquí en el diario para el que entonces trabajaba). Había sed de agua en Marte, y el estudio de Ojha y McEwen fue recibido con enorme entusiasmo: donde hay agua líquida, puede haber vida.

El entusiasmo se desbordó cuatro años después, en 2015, cuando un nuevo estudio publicado en Nature Geoscience por Ojha, McEwen y sus colaboradores presentaba los datos del espectro luminoso en la región de las RSL. Estudiando la composición de las ondas de la luz reflejada, los científicos pueden aproximarse a saber qué tipo de compuestos están presentes en el terreno. Y en este caso, los resultados indicaban que las RSL contenían sales hidratadas.

Aún más, las sales presentes parecían ser percloratos, un tipo de sustancia descubierta en Marte años antes por la Phoenix y que, en suficiente cantidad, podría dar un margen a la existencia de agua líquida entre -70 y 24 ºC. “Nuestros hallazgos apoyan poderosamente la hipótesis de que las RSL se forman como resultado de la actividad contemporánea de agua en Marte”, escribían los investigadores. Pero en la rueda de prensa celebrada para presentar los resultados, el Director de Ciencia Planetaria de la NASA, Jim Green, dejaba de lado el prudente lenguaje formal de los estudios científicos: “Bajo ciertas circunstancias, se ha encontrado agua líquida en Marte”.

Con esta tajante afirmación de Green, la presencia de agua líquida en Marte quedaba a todos los efectos oficialmente convertida en eso que en el lenguaje de la calle suele llamarse algo “científicamente demostrado”. Pero ya lo he dicho aquí muchas veces: la ciencia sirve para refutar, no para demostrar. Y en efecto, refuta.

Las dudas comenzaron a surgir en agosto de 2016, cuando un nuevo estudio dirigido por el investigador de la Universidad del Norte de Arizona Christopher Edwards y publicado en Geophysical Research Letters analizaba datos térmicos de las RSL recogidos por la sonda Mars Odyssey de la NASA, en la órbita marciana. La conclusión desinflaba el globo del agua marciana: “las diferencias de temperatura superficial entre los terrenos con y sin RSL son consistentes con la ausencia de agua en las RSL”, decía el estudio. También en este caso, Edwards era más contundente en sus declaraciones, comparando el contenido en agua de las RSL con el de “las arenas desérticas más secas de la Tierra”.

El estudio de Edwards aún dejaba la puerta entreabierta a la posibilidad de que existiera algo de agua en las cabeceras de las RSL. Pero ahora, un nuevo estudio añade un clavo más al ataúd del agua líquida marciana. Algunos de los autores originales del descubrimiento de las RSL, incluyendo a McEwen pero no a Ojha, han vuelto a analizar imágenes en 3D de 151 RSL tomadas por la MRO, llegando ahora a la conclusión de que los presuntos torrentes marcianos probablemente no contienen otra cosa que polvo y arena, como las pequeñas avalanchas que se producen en las dunas de los desiertos terrestres.

RSL en el cráter Tivat de Marte. Imagen de NASA/JPL/University of Arizona/USGS.

RSL en el cráter Tivat de Marte. Imagen de NASA/JPL/University of Arizona/USGS.

“Los volúmenes de agua líquida pueden ser pequeños o cero”, escriben los investigadores en su estudio, publicado en Nature Geoscience. Según el coautor del trabajo Colin Dundas, “las pendientes son más bien lo que esperaríamos de arena seca. Esta nueva comprensión de las RSL apoya otras pruebas de que hoy Marte es muy seco”.

Los científicos aún no saben cómo se forman las RSL, ni por qué son estacionales. Tampoco descartan la posibilidad de que algo de agua intervenga en su origen, ya que la presencia de las sales hidratadas parece firme. Pero en cualquier caso, la cantidad de agua posiblemente asociada a los percloratos sería insuficiente para sostener la vida microbiana, según los investigadores.

Dejando aparte la valiosa lección –que otros ámbitos de la actividad humana deberían imitar– de cómo los científicos son capaces de rectificar, llegamos a una conclusión obvia. Y es que todo este batiburrillo, con años de investigación y resultados inciertos o conflictivos, se resolvería en apenas unas horas con un ser humano pisando el terreno, acercándose a una RSL, observando, recogiendo muestras y analizándolas in situ. Sin errores, dudas ni rectificaciones, mañana mismo sabríamos definitivamente si hay o no hay agua líquida en las RSL.

Ahora va en serio: volvemos a la Luna, y esta vez para quedarnos

Si, como contaba ayer, en realidad todo y todos no somos sino personajes de una simulación, se diría que el posthumano del cual depende nuestra existencia debe de ser un hacker adolescente con una fértil imaginación y un peculiar sentido del humor: ¿quién iba a pensar que Trump nos llevaría de vuelta a la Luna?

Como ya he contado aquí en numerosas ocasiones, la NASA lleva unos cuantos años correteando como pollo sin cabeza en lo que respecta a la exploración humana del espacio. Quemó sus naves, los shuttles, sin tener aún un plan B, o teniendo uno que luego fue cancelado y sustituido por un plan C, cuyo propósito ha sido incierto. Durante años la NASA ha pegado las narices al escaparate marciano deseando lo que había dentro y haciéndose ilusiones con unos bonitos Power Points, pero siendo consciente de que no podía pagárselo.

Ahora, por fin, parece que comienza a haber un objetivo claro. Renunciar a Marte es doloroso, pero inevitable. Y al menos, siempre nos quedará la Luna. Este mes, la NASA insinuó que estaba preparada para olvidarse del planeta vecino y desplazar el foco hacia nuestro satélite, un objetivo más asequible y al alcance de las nuevas naves y cohetes actualmente en desarrollo. La agencia esperaba la respuesta de la nueva administración, y esta llegó primero en forma de un artículo firmado por el vicepresidente Mike Pence en The Wall Street Journal, donde anunciaba la restauración del National Space Council (NSC).

Concepto de hábitat lunar. Imagen de ULA/Bigelow Aerospace.

Concepto de hábitat lunar. Imagen de ULA/Bigelow Aerospace.

El NSC es un órgano del máximo nivel, que mete directamente la cabeza de la exploración espacial en la Oficina Ejecutiva del Presidente. Fue creado en 1989, pero en 1993 se desmanteló por disensiones internas debidas a la diferencia de criterios entre la NASA y los responsables políticos. Obama prometió resucitar el NSC, pero nunca llegó a hacerlo.

Según escribió Pence y ratificó en una conferencia con motivo de la primera reunión del nuevo NSC, astronautas estadounidenses volverán a pisar la Luna. Añadió que de este modo se asentarán los cimientos para futuras misiones “a Marte y más allá”.

Esto último ya cae en el folclore habitual en tales ocasiones. Pero en realidad el empujón de la administración Trump a la exploración espacial tripulada no es sorprendente. Como ya conté aquí, era previsible que el furor patriotero del nuevo presidente buscara llevar de nuevo estadounidenses al espacio como una manera de Make America Great Again, según su eslogan.

Entre los recortes presupuestarios y los titubeos de la NASA, en los últimos años EEUU se ha quedado mirando las estelas de los cohetes rusos y sintiendo en la nuca el aliento de China. El mensaje de Pence es recuperar el liderazgo espacial para su país, y no solo por una cuestión de sacar pecho: la fórmula actual del New Space deja buena parte del liderazgo en manos de las empresas, que tradicionalmente se limitaban a actuar como contratistas, para convertir el espacio en el nuevo filón comercial.

Una de estas nuevas compañías espaciales acaba también de apuntarse a la renovada carrera hacia la Luna. En colaboración con el fabricante de cohetes United Launch Alliance (ULA), Bigelow Aerospace ha anunciado que construirá un hábitat hinchable en la órbita terrestre para después enviarlo a la órbita lunar, y todo ello en 2022. La empresa del magnate hotelero Robert Bigelow ya ha demostrado que sus estructuras hinchables son una opción viable, versátil y asequible para establecer hábitats orbitales.

La propuesta de Bigelow ilustra también cuál será otra de las diferencias entre esta nueva carrera lunar y la de los años 60: esta vez es para quedarnos. Los hábitats de Bigelow proporcionarían una estación permanente en órbita, pero en paralelo ya existen otras ideas de las principales agencias espaciales del mundo, incluyendo la europea (ESA), destinadas a construir asentamientos en la Luna. En general estos planes contemplan colaboraciones entre distintas potencias. Por mucho que Trump y Pence se empeñen, la Luna ya no será cosa de un solo país: EEUU y Rusia cooperarán en el proyecto Deep Space Gateway para situar una estación en la órbita de la Luna, mientras que la ESA y China podrían compartir esfuerzos en la construcción de una base lunar.

Concepto de base lunar. Imagen de ESA.

Concepto de base lunar. Imagen de ESA.

Entonces, ¿nos olvidamos de Marte? Nada de eso. Elon Musk, el creador de SpaceX, continúa adelante con sus planes de enviar humanos al planeta vecino en 2024. Y aunque este plazo es sencillamente imposible de creer –el propio Musk lo definió como “aspiracional”–, parece claro que un astuto empresario de tan probada solvencia no va a embarcarse en una aventura marciana para cometer un suicidio financiero. Musk ha puesto ya demasiados huevos en esta cesta. Y el último es de avestruz: recientemente anunció el soporte destinado a hacer realidad su sueño de colonización marciana, un sistema de lanzamiento todo-en-uno que de momento responde al nombre de BFR, por Big Falcon Rocket o, también, Big Fucking Rocket.

¿Por qué invadir otro planeta, si se puede ‘teleinvadir’?

Dado que no tengo plan de escribir próximamente ninguna historia de ciencia ficción (mi Tulipanes de Marte era una novela con ciencia ficción, no de ciencia ficción), de vez en cuando dejo caer aquí alguna idea por si a alguien le apetece explorarla.

Tampoco pretendo colgarme ninguna medalla a la originalidad, dado que en general es difícil encontrar algo nuevo bajo el sol, o cualquier otra estrella bajo la cual haya alguien, si es que hay alguien bajo otra estrella. Imagino que ya se habrán escrito historias que no recuerdo o no conozco, y que plantean este enfoque. Pero en general, las ficciones sobre invasiones alienígenas se basan en la presencia física de los invasores en el territorio de los invadidos.

¿Por qué unos alienígenas sumamente avanzados iban a tomarse la molestia, poniendo en riesgo incluso sus propias vidas, de invadir ellos mismos?

Imagen de 'Mars Attacks!' (1996), de Tim Burton. Warner Bros.

Imagen de ‘Mars Attacks!’ (1996), de Tim Burton. Warner Bros.

Futurólogos como Ray Kurzweil pronostican un mañana en que los humanos cargaremos nuestras mentes en máquinas, llámense internet o la nube, y podremos alcanzar la inmortalidad prescindiendo de nuestros cuerpos biológicos. Descontando el hecho de que sería una inmortalidad insoportablemente aburrida, y de que los biólogos nos quedaríamos sin tarea, lo cierto es que hoy son muchos los investigadores en inteligencia artificial que trabajan inspirados por este horizonte. Así que sus razones tendrán.

Imaginemos una civilización que ha alcanzado semejante nivel de desarrollo. ¿No sería lógico que evitaran el riesgo de mancharse las manos (o sus apéndices equivalentes) con una invasión presencial, y que en su lugar teleinvadieran, sirviéndose de máquinas controladas a distancia o capaces de razonar y actuar de forma autónoma?

Una buena razón para ello aparecía ya en la novela que comenzó a popularizar el género en 1897. En La guerra de los mundos de H. G. Wells, los marcianos llegaban a la Tierra a bordo de sus naves, un esquema copiado después una y otra vez. La última versión para el cine, la que dirigió Spielberg en 2005, aportaba una interesante variación: las máquinas de guerra ya estaban presentes en la Tierra desde tiempos antiguos. Pero también en este caso, sus creadores se desplazaban hasta nuestro planeta para pilotarlas.

Como biólogo que era, Wells resolvió la historia con un desenlace científico genial para su época. Aunque el concepto de inmunidad venía circulando desde antiguo, no fue hasta finales del XIX cuando Pasteur y Koch le dieron forma moderna. Wells tiró de esta ciencia entonces innovadora para matar a sus marcianos por una infección de bacterias terrestres, contra las cuales los invasores no estaban inmunizados. La idea era enormemente avanzada en tiempos de Wells, y si hoy parece casi obvia, no olvidemos que prácticamente todas las ficciones actuales sobre alienígenas la pasan por alto (una razón más que hace biológicamente implausibles la mayoría de las películas de ciencia ficción).

Marciano moribundo en 'La guerra de los mundos' (2005). Imagen de Paramount Pictures.

Marciano moribundo en ‘La guerra de los mundos’ (2005). Imagen de Paramount Pictures.

Así, cualquier especie alienígena invasora preferiría evitar riesgos como el de servir de comida a una legión de microbios extraños y agresivos, lo que refuerza la opción de la teleinvasión. Pero hay una limitación para esta idea: la distancia a la que se puede teleinvadir.

Dado que la velocidad máxima de las transmisiones es la de la luz, una teleinvasión en tiempo real obligaría a los alienígenas a acercarse lo más posible a la Tierra. Ya a la distancia de la Luna, una transmisión de ida y vuelta requiere 2,6 segundos, un tiempo de reacción demasiado largo. Probablemente les interesaría mantenerse en una órbita lo suficientemente alejada para evitar una respuesta de la Tierra en forma de misiles.

Y lo mismo que sirve para una invasión alienígena, podría aplicarse a la visita humana a otros mundos. Precisamente esta telepresencia es el motivo de un artículo que hoy publica la revista Science Robotics, y cuyos autores proponen esta estrategia para explorar Marte. Naturalmente, esta ha sido hasta ahora la fórmula utilizada en todas las misiones marcianas. Pero el retraso en las comunicaciones entre la Tierra y su vecino, que oscila entre 5 y 40 minutos según las posiciones de ambos planetas en sus órbitas, impide que los controladores de la misión puedan operar los robots en tiempo real.

Los autores proponen situar un hábitat no en la superficie marciana, sino en la órbita, lo que reduciría los costes de la misión y los riesgos para sus tripulantes. Los astronautas de esta estación espacial marciana podrían controlar al mismo tiempo un gran número de robots en la superficie, que les ofrecerían visión y capacidad de acción inmediatas, casi como si ellos mismos estuvieran pisando Marte. Las posibilidades son casi infinitas, por ejemplo de cara a la ejecución de experimentos biológicos destinados a buscar rastros de vida pasada o presente. Los autores apuntan que ya hay un grupo en el Instituto Keck de Estudios Espaciales dedicado a evaluar la teleexploración de Marte.

Concepto para una exploración de Marte por telepresencia desde un hábitat en órbita. Imagen de NASA.

Concepto para una exploración de Marte por telepresencia desde un hábitat en órbita. Imagen de NASA.

Claro que otra posibilidad, quizá más lejana en el futuro, es que estas máquinas puedan pensar por sí mismas sin necesidad de que nadie las controle a distancia. En el mismo número de Science Robotics se publica otro artículo que evalúa un software inteligente llamado AEGIS, instalado en el rover marciano Curiosity y que le ha permitido seleccionar de forma autónoma las rocas y suelos más interesantes para su estudio, con un 93% de precisión.

Pero esto es solo el principio. En un tercer artículo, dos científicos de la NASA reflexionan sobre cómo las futuras sondas espaciales inteligentes podrán trabajar sin intervención humana para la observación de la Tierra desde el espacio, para la exploración de otros mundos del Sistema Solar e incluso para viajar a otras estrellas. Escriben los investigadores:

El último desafío para los exploradores científicos robóticos sería visitar nuestro sistema solar vecino más próximo, Alfa Centauri (por ejemplo, Breakthrough Starshot). Para recorrer una distancia de más de 4 años luz, un explorador a este sistema probablemente se enfrentaría a una travesía de más de 60 años. A su llegada, la sonda tendría que operar de forma independiente durante años, incluso décadas, explorando múltiples planetas en el sistema. Las innovaciones actuales en Inteligencia Artificial están abriendo el camino para hacer realidad este tipo de autonomía.

Y eso no es todo. Hay un paso más en la telepresencia en otros planetas que aún es decididamente ciencia ficción, pero que hoy lo es un poco menos, dado que ya se ha colocado la primera piedra de lo que puede ser una tecnología futura casi impensable. Si les intriga saber de qué se trata, vuelvan mañana por aquí.

La NASA empieza a detallar su plan para viajar a Marte

Ante todo, las cosas claras: a día de hoy, los planes de la NASA para la exploración tripulada de Marte se reducen a unos cuantos Power Point. Si hubiera alguna raza alienígena por ahí fuera observándonos y estudiándonos, le costaría comprender cómo y por qué una especie que conquistó la Luna hace casi medio siglo ha vuelto desde entonces a encerrarse en su planeta; y cómo y por qué la agencia espacial responsable de aquel logro hoy ya ni siquiera tiene naves para enviar a los suyos a la órbita terrestre.

Probablemente no sería necesario explicarles a esos hipotéticos alienígenas todo aquello de la carrera espacial y la guerra de Vietnam. Bastaría con resumirles las dos razones básicas de lo anterior: falta de dinero y falta de voluntad. Una financiación que se ha desplomado desde el 4% del presupuesto de EEUU hasta el 0,5%, y una opinión pública con intereses y enfoques muy diferentes a los que primaban hace medio siglo.

Para viajar a Marte se necesita mucho, mucho dinero; algo fácilmente comprensible para cualquiera, excepto al parecer para Donald Trump. El presidente de EEUU ha expresado su apoyo a la exploración humana del espacio, y en concreto de Marte. Y sin embargo, su propuesta de presupuesto anual para la NASA recorta en 400 millones de dólares el aprobado por el Congreso de EEUU, y en 200 el de 2016.

La ley aprobada por el Congreso y firmada por Trump a finales de marzo obliga a la NASA a empezar a convertir sus Power Point sobre Marte en una realidad. En concreto y entre otros mandatos, la ley impone a la NASA el desarrollo de una hoja de ruta para la exploración humana del espacio “con el objetivo a largo plazo de misiones humanas en o cerca de la superficie de Marte en la década de 2030”. El documento añade que la NASA deberá entregar una primera hoja de ruta tentativa el 1 de diciembre de este año.

La agencia espacial estadounidense está inmersa en el desarrollo de su nueva generación de cohetes y naves tripuladas, que en los próximos años deberán llevar astronautas a la Estación Espacial Internacional y a la Luna. El Space Launch System (SLS), el mayor cohete construido desde los Saturno V del programa Apolo, debería despegar por primera vez en noviembre de 2018, aunque noticias recientes sugieren que probablemente se retrasará.

La nueva cápsula tripulada, Orión, superó su primera prueba de vuelo sin tripulación en diciembre de 2014, que conté en directo en este blog. Pero fíjense: según la NASA, aquella misión, llamada Exploration Flight Test 1, se correspondía en su concepto y objetivos con la Apolo 4 de 1967. Solo dos años después, Armstrong y Aldrin pisaban la Luna. Hoy, sin embargo, las primeras misiones tripuladas de las Orión al espacio no se esperan antes de 2021, y probablemente aún después.

Esta dilatación de los plazos, que no parece llevar a ningún objetivo visible en el horizonte, debería cesar si la agencia espacial tiene que cumplir los plazos impuestos ahora legalmente por el Congreso. Y parece que la fusta de los legisladores en el culo de la NASA ya ha empezado a surtir efecto: recientemente el jefe de exploración humana de la agencia, William Gerstenmeier, ha presentado al consejo asesor de la NASA un documento que comienza a definir las fases a abordar para el regreso a la Luna y el viaje a Marte.

Ilustración de la estación lunar DSG y la lanzadera marciana DST. Imagen de NASA.

Ilustración de la estación lunar DSG y la lanzadera marciana DST. Imagen de NASA.

El documento desglosa el proceso en cinco fases. En resumen, plantea el establecimiento de una pequeña estación en la órbita lunar, llamada Deep Space Gateway (DSG), que servirá como apoyo a las misiones lunares de la NASA y otras agencias, y como escala en el viaje hacia Marte. Los astronautas volarán hasta la DSG en las Orión, pero allí tendrán que hacer transbordo a la línea marciana que estará operada por una nave más grande y capaz: el Deep Space Transport (DST), un tubo de 41 toneladas que servirá como lanzadera reutilizable para los trayectos Luna-Marte y Marte-Luna. Los plazos van más o menos así:

Fase 0: es el momento actual. El objetivo es desarrollar las tecnologías necesarias y probarlas en la Estación Espacial Internacional, además de estudiar el posible aprovechamiento de recursos lunares para las futuras misiones. Durante el proceso se consolidará una colaboración con las compañías espaciales privadas, como SpaceX y Boeing.

Fase 1: de 2018 a 2025 se lanzarán seis misiones que sostendrán la construcción de la DSG.

Fase 2: en 2027 se lanzará el DST a la DSG. Como ensayo general antes de la travesía hacia Marte, cuatro astronautas permanecerán en órbita lunar durante 400 días a bordo del DST.

Fase 3: a partir de 2030, nuevas misiones abastecerán a la DSG y al DST y transportarán a este último a cuatro astronautas, los tripulantes del primer viaje a Marte. La misión durará tres años y no incluirá el aterrizaje, sino solo la aproximación.

Fase 4: en esta última etapa es cuando deberían llevarse a cabo las misiones tripuladas a la superficie de Marte y el establecimiento de una base marciana, pero el documento de Gerstenmeier no lo detalla.

Sí, por el momento todo esto es solo… ¿adivinan? Eso es, un Power Point. Pero la fusta amenaza, y para el 1 de diciembre deberá ser algo más. Como mínimo, un PDF.

Ya tenemos chips a prueba de Venus, pero no tenemos misiones a Venus

Venus fue el primer mundo extraterrestre visitado por un artefacto humano. En 1966, tres años antes del primer viaje a la Luna, la sonda soviética Venera 3 se reventó contra las rocas de Venus, si es que quedaba algo aún intacto al llegar a los 460 ºC y las 90 atmósferas de presión de su superficie.

Imaginen lo que sería encontrarse a cuerpo gentil a 900 metros bajo el mar. ¿Pueden? No, yo tampoco; a un par de metros de profundidad en la piscina ya me viene el recuerdo de que los humanos hemos evolucionado en tierra firme. Tampoco podemos imaginar fácilmente lo que es una temperatura ambiente de 460 grados, casi el doble que el máximo en muchos de nuestros hornos; suficiente para fundir el plomo. Por no hablar del ácido sulfúrico atmosférico que nos disolvería como una couldina en un vaso de agua.

Venus es nuestro vecino más próximo y más parecido en algunos aspectos a nuestro planeta, por ejemplo en masa y tamaño. Pero lo fue aún más: los científicos estiman que tuvo océanos y temperaturas habitables tal vez durante sus primeros 2.000 millones de años, hasta que un efecto invernadero catastrófico fue convirtiéndolo en un infierno. Hoy es el planeta más caliente del Sistema Solar, superando a Mercurio.

Estas condiciones extremas son las que hacen de Venus un planeta difícil de explorar a ras de suelo. Aunque han sido varias las sondas que se han posado en su superficie, el récord de funcionamiento de un aparato en aquel ambiente ardiente y opresivo es de 127 minutos, establecido por la también soviética Venera 13 en 1981.

Fotografía tomada en 1981 por la sonda Venera-13 en la superficie de Venus. Imagen de Wikipedia.

Fotografía tomada en 1981 por la sonda Venera-13 en la superficie de Venus. Imagen de Wikipedia.

Todo esto ha relegado a Venus a un segundo plano en el interés del público con respecto a Marte, más accesible a futuras misiones tripuladas. Y sin embargo, el segundo planeta esconde algunas sorpresas en la manga.

Para empezar, su densa atmósfera permitiría que un globo lleno de nuestro aire respirable flotara en el cielo como un corcho en el agua, y precisamente en una franja de altura en la cual la temperatura es similar a la terrestre. Ya se han enviado globos no tripulados allí, pero la NASA tiene un concepto llamado HAVOC (Concepto Operativo a Gran Altitud en Venus) para misiones tripuladas que incluso sería aplicable a una hipotética colonización de la atmósfera de Venus con ciudades flotantes, como la Ciudad de las Nubes de Lando Calrissian en Star Wars.

Pero por supuesto, es solo una idea que no se llevará a la práctica. De hecho, en su última selección de próximas misiones el pasado enero, la NASA dejó fuera a Venus. Actualmente la única misión planificada específicamente venusiana que parece seguir viva es la rusa Venera-D. Un plan europeo que lleva años circulando parece entre dormido y muerto. La NASA aún tiene en reserva una propuesta que pretende enviar un aparato a la superficie de Venus con el propósito de analizar el suelo, pero para conseguir su aprobación deberá competir con otros proyectos menos complicados.

Otro posible tesoro que podría esconder Venus es el rastro de antigua vida, como conté ayer. Los expertos apuntan que la búsqueda de alguna huella no sería tarea fácil, ya que la mayor parte de la superficie del planeta está formada por rocas recientes de origen volcánico que habrían borrado cualquier posible resto de la época más temprana. Sin embargo, los científicos sostienen que tal vez sería posible encontrar rastros de vida pasada encerrados en algunos minerales especialmente resistentes, como el cuarzo o la tremolita.

Circuito integrado de carburo de silicio, antes (arriba) y después (abajo) de probarse en un simulador de Venus. Imagen de NASA.

Circuito integrado de carburo de silicio, antes (arriba) y después (abajo) de probarse en un simulador de Venus. Imagen de NASA.

Pero si buscar este tipo de indicios ya es complicado en nuestro planeta, hacerlo en la superficie de Venus con una sonda robótica es un “más difícil todavía” que parece casi inalcanzable. Aunque hoy lo parece un poco menos. Un equipo de ingenieros del centro de investigación Glenn de la NASA ha fabricado un microchip capaz de funcionar en la superficie de Venus durante semanas, lo que supone aumentar en dos órdenes de magnitud el tiempo operativo conseguido hasta ahora por las sondas allí enviadas.

El secreto es el material: carburo de silicio, mucho más resistente que el silicio normal empleado como semiconductor en los microprocesadores actuales. Los investigadores probaron los chips en una cámara calentada y presurizada que simula las condiciones de Venus, consiguiendo una resistencia récord de 521 horas, unas tres semanas. Este fue el período que los ingenieros tardaron en cansarse de esperar para analizar los resultados; pero cuando sacaron los chips del simulador venusiano, aún funcionaban. Y esto con los componentes desnudos, sin protegerlos en cápsulas herméticas presurizadas como se hizo en las misiones que anteriormente aterrizaron en Venus.

De modo que ya tenemos las herramientas, pero por desgracia aún no tenemos la misión. Hoy es difícil creer que en algún plazo razonable vayamos a solventar la gran incógnita de si Venus fue alguna vez un planeta habitado. Piénsenlo la próxima vez que contemplen esa brillante chispa en la noche: tal vez allí reposen los restos de nuestros antiguos vecinos, pero tal vez nunca lleguemos a saberlo.

Houston, tenemos un problema: SpaceX

Hace unos días escribí en un reportaje que, 45 años después del último salto del ser humano más allá de la órbita baja terrestre (Apolo 17, en 1972), los viajes espaciales se iban haciendo tan distantes en el pasado como aún nos lo parecen en el futuro. Si no fuera porque el diario en el que escribí esto es digital, haría como el año pasado hizo un columnista del Washington Post, que literalmente se comió sus columnas en las que había asegurado que Donald Trump jamás sería el candidato republicano a la Casa Blanca.

Bien, tampoco es que lo mío fuera exactamente una predicción, sino más bien un comentario colateral, pero confieso que no esperaba tener que informar aquí tan pronto de lo que parece será un muy pronto regreso de los terrícolas al espacio profundo. Si Elon Musk cumple su promesa.

El fundador de SpaceX –entre otros ambiciosos y visionarios proyectos que están dejando a otros famosos genios tecnológicos como simples fabricantes de teléfonos– ha anunciado que su compañía está ya formalmente inmersa en una operación destinada a enviar a dos civiles a un vuelo alrededor de la Luna, como hizo por primera vez la misión Apolo 8 en 1968. La identidad de los dos pasajeros no ha sido revelada, ni he leído que hayan empezado las especulaciones al respecto; lo único que se supone de ellos es su condición de milmillonarios.

Ilustración de la nave Dragon 2 de SpaceX. Imagen de SpaceX.

Ilustración de la nave Dragon 2 de SpaceX. Imagen de SpaceX.

Si tuviera que apostar, y dado que este artículo tampoco se publicará en papel, diría que alguno de los pasajeros de pago que volaron a la Estación Espacial Internacional (ISS), o alguno de los que reservaron billete pero no llegaron a hacerlo, tendría el dinero y las ganas necesarias para ocupar uno de esos dos asientos. Pero ya veremos.

Musk se propone lanzar esa histórica misión de circunvuelo lunar a finales del próximo año. Un retraso sería esperable; las nuevas compañías espaciales suelen arriesgar en sus anuncios de previsiones. Antes de eso, Musk necesita demostrar que su cohete y su nave funcionan. Respecto a la segunda, la versión 1 de la cápsula Dragon, no tripulada, ya ha volado al espacio e incluso a la ISS. De hecho una de ellas, lanzada al espacio el pasado 19 de febrero, se encuentra actualmente anclada a la estación. Pero la versión tripulada, la Dragon 2, aún no ha debutado; se espera que lo haga en noviembre sin ocupantes en una misión a la ISS, y que en el segundo trimestre de 2018 vuele con sus primeros tripulantes, astronautas de la NASA.

Respecto al cohete, también queda mucho camino por delante. Para la Dragon 1, SpaceX ha estado utilizando su propulsor ligero, el Falcon 9. Pero el monstruo que deberá llevar la Dragon 2 a la Luna, el Falcon Heavy, aún no ha debutado. El cohete más potente que jamás ha volado desde el Saturno V de las Apolo debía haberse estrenado a comienzos de este año. La previsión actual de Musk es que lo haga el próximo verano.

Y la NASA, ¿qué opina de esto? La relación entre Musk y la agencia espacial de su país adoptivo es más que cordial: es comercial. SpaceX es una de las compañías contratadas por el gobierno estadounidense para proporcionar los nuevos vehículos espaciales con los que aquel país evitará tener que seguir comprando carísimos pasajes en las Soyuz rusas. Actualmente SpaceX tiene previstas, según su contrato con la NASA, cuatro misiones Dragon 2 a la ISS cada año, de las cuales tres serán de carga y una de tripulación.

Lo que esto significa es que quien ha pagado el desarrollo de la Dragon 2 es la NASA. Y ahora, de repente, Musk se descuelga con el anuncio de que utilizará su cápsula pagada por los contribuyentes para pasear a millonarios.

No es que la NASA debiera tener objeciones al respecto, dado que los precios astronómicos que (muy apropiadamente) SpaceX cargará a sus dos pasajeros (aún no se han revelado las cifras) ayudarán a reducir los costes para el gobierno a largo plazo, según el comunicado de la compañía.

Y sin embargo, fíjense en lo que dice la segunda de las cuatro escuetas frases con las que la NASA ha reaccionado al anuncio de Musk: “Trabajaremos estrechamente con SpaceX para garantizar que cumple con seguridad las obligaciones contractuales de devolver el lanzamiento de astronautas a suelo estadounidense y continuar transportando suministros con éxito a la Estación Espacial Internacional”. No suena demasiado a felicitación, ¿no creen? Yo diría que más bien la frase podría resumirse aún más en solo tres letras: ¿WTF?