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Esta niña estuvo muerta dos horas, y hoy lleva una vida normal

En febrero de 2016, la madre de Eden Carlson estaba tomando una ducha en su casa de Fayetteville, Arkansas (EEUU), sin saber que aquel rato rutinario de aseo iba a cambiar su vida trágicamente. La pequeña de dos años, al parecer una auténtica exploradora y escapista, burló la valla antibebés, abrió la pesada puerta de su casa y caminó por el jardín hasta caer a la piscina. Cuando su madre la encontró, llevaba 15 minutos flotando en el agua, sin vida.

Eden Carlson, antes del accidente. Imagen de YouTube.

Eden Carlson, antes del accidente. Imagen de YouTube.

De inmediato, la madre le practicó Reanimación Cardiopulmonar (RCP), sin éxito. Eden fue trasladada al Centro Médico Regional Washington de su ciudad, donde los médicos comprobaron que no tenía latido cardíaco ni pulso, no respiraba, tenía las pupilas fijas y dilatadas y una temperatura corporal de 28,9 °C. En la Escala de Coma de Glasgow, que suma las puntuaciones del grado de respuesta según tres criterios diferentes, era un 3, el equivalente a la muerte.

Pero los médicos se resistían a perderla. Por fin, después de casi dos horas de resucitación y 17 inyecciones de epinefrina, el corazón de la niña volvió a latir. Una vez estabilizada, fue trasladada por aire al Hospital Infantil de Arkansas, en Little Rock, donde los médicos encontraron un panorama devastador: sus órganos vitales no funcionaban, su sangre tenía un peligroso nivel de acidez y una presión por los suelos, y los daños cerebrales eran profundos, con una extensiva pérdida de las sustancias gris y blanca. Le dieron entre 2 y 48 horas de vida.

Eden Carlson, después de su reanimación. Imagen de YouTube.

Eden Carlson, después de su reanimación. Imagen de YouTube.

Contra toda esperanza, la niña resistió. Durante 10 días recibió ventilación mecánica, hasta que pudo empezar a respirar de forma autónoma. A los 35 días de su ahogamiento fue dada de alta y regresó a casa, pero en estado semivegetativo: “sin respuesta a ningún estímulo, inmóvil, con las piernas flexionadas sobre el pecho y con constante agitación y movimiento de cabeza”, escriben los médicos en el informe del caso, publicado en la revista Medical Gas Research.

La pequeña Eden parecía encarar la perspectiva de una vida muy mermada y completamente dependiente de cuidados constantes. Pero de alguna manera que no se precisa en el estudio, sus padres oyeron hablar de la terapia hiperbárica de oxígeno aplicada por Paul Harch, un médico de la Facultad de Medicina y Hospital de la Universidad Estatal de Luisiana en Nueva Orleans.

La terapia hiperbárica de oxígeno (HBOT, en inglés) es algo que todos hemos visto en las películas de submarinismo. Son esas cámaras de alta presión donde los buceadores deben permanecer para evitar que la descompresión les forme burbujas letales en la sangre. Al reducir la presión atmosférica lentamente y no de golpe, el tamaño de las burbujas disminuye y se consigue que el gas se disuelva en la sangre sin efectos dañinos.

Este fue el uso original para el que se inventaron las cámaras hiperbáricas (de alta presión), pero con el tiempo los médicos han ido explorando otras aplicaciones, como el tratamiento de la gangrena gaseosa (la necrosis de tejidos por una infección que produce gas) o del envenenamiento con monóxido de carbono. Actualmente se ensaya su posible utilidad en un sinnúmero de enfermedades y trastornos, pero en la mayoría de los casos sin resultados convincentes.

Harch, uno de los principales especialistas mundiales en HBOT, pensó que el caso de Eden era potencialmente apto para beneficiarse de esta terapia, ya que se trataba de una niña muy pequeña, y por tanto con tejidos, incluido el cerebral, que aún conservaban una gran capacidad de regeneración. Dado que no existía cámara hiperbárica en el lugar donde Eden vive, Harch prescribió terapia normobárica (a presión ambiental) de oxígeno puro durante 45 minutos dos veces al día, comenzando en el día 55 después del ahogamiento.

“Al cabo de horas, la paciente estaba más alerta, despierta, y dejó de agitarse”, escriben Harch y su colaborador, el radiólogo Edward Fogarty. “La tasa de mejora neurológica aumentó durante los 23 días posteriores con la capacidad de reír, mover los brazos y manos, agarrar objetos con la mano izquierda, alimentación oral parcial, seguimiento con los ojos y un nivel de habla similar al preahogamiento, pero con menor vocabulario”.

La niña siguió también terapias de rehabilitación, y 78 días después del accidente se trasladó a Nueva Orleans para seguir un programa de HBOT dirigido por Harch, con un total de 40 sesiones de 45 minutos al día. Y como muestran los vídeos, el estado de Eden mejoró espectacularmente hasta un nivel, según su madre, “casi normal, excepto por la función motora general”.

Eden Carlson, nueve meses después del ahogamiento. Imagen de YouTube.

Eden Carlson, nueve meses después del ahogamiento. Imagen de YouTube.

Al término del tratamiento, esta era la situación de la niña descrita en el estudio: “camina asistida, nivel de habla superior al preahogamiento, función motora casi normal, cognición normal, mejora en casi todas las anomalías neurológicas examinadas, interrupción de la medicación, y déficits residuales emocionales, en el temperamento y la marcha”. Los escáneres cerebrales mostraban una “casi completa reversión de la atrofia cortical y de sustancia blanca”. Harch y Fogarty subrayan que, hasta donde han podido saber, la impresionante recuperación de Eden es un caso “no descrito con ninguna otra terapia”.

Pero mejor que leerlo es verlo. El primero de los vídeos recoge la historia y los progresos de Eden hasta mayo de 2016, al comienzo del tratamiento HBOT. En el segundo, publicado en noviembre de 2016, Eden da las gracias a todas las personas que la ayudaron en esta cuasimilagrosa recuperación. Así es hoy la niña que estuvo casi dos horas muerta, y para quien aquella dramática experiencia apenas dejará otra secuela que un mal recuerdo, si es que llega a recordar algo. Y les aviso: tengan los pañuelos de papel a mano.

Pero no; esperen, que aún no hemos terminado. No creo oportuno comentar nada sobre la aureola de plegarias respondidas y milagros divinos con la que los padres rodean la historia de la recuperación de Eden. Pero sí es importante indagar en las implicaciones científicas del caso, y en concreto la respuesta a la pregunta que cualquiera se formulará después de leer la historia de Eden:

¿Es la terapia hiperbárica de oxígeno una nueva panacea?

No soy yo quien puede responder a esta pregunta, excepto con una regla general: casi nada es una nueva panacea. En el caso de Eden y con independencia de la eficacia de la HBOT, se aliaban dos circunstancias sin las cuales esta deslumbrante recuperación habría sido más que improbable.

Por un lado, la pequeña cayó a la piscina en febrero. El agua, según documentan los autores del estudio, estaba a 5 °C. El frío conservó el organismo de Eden casi en hibernación, ralentizando la degeneración de los tejidos. Durante todo el proceso de resucitación, el cuerpo de la pequeña se mantuvo en hipotermia; para eso servían las fundas azules que la niña lleva en la foto de arriba.

Por otro, a la edad de dos años la capacidad de recuperación del organismo es pasmosa. Hoy se ha abandonado el dogma clásico según el cual el sistema nervioso humano era una máquina terminada sin ninguna posibilidad de reparación tras una avería; las neuronas tienen una cierta capacidad regenerativa que puede potenciarse con ayudas terapéuticas. Además, el cerebro posee también un cierto margen para desviar algo de las funciones de los circuitos dañados a otras zonas sanas, como cuando se desvía el tráfico de una carretera cortada a otra abierta. Tanto esta plasticidad cerebral como la capacidad de regeneración son especialmente aprovechables en niños pequeños, cuando el sistema nervioso aún está creciendo.

El problema con la HBOT es que, más allá de su acción física en la descompresión, en lo referente a su actuación celular y molecular aún no se sabe cómo funciona, si es que realmente funciona. Se asume que el mayor flujo de oxígeno facilita la cicatrización celular y dispara señales metabólicas que activan los procesos regenerativos para combatir los daños en los tejidos y las infecciones. En casos concretos de estas dos situaciones se ha mostrado eficaz, pero los mecanismos aún solo pueden explicarse a grandes rasgos. En su estudio, Harch y Fogarty se limitan a una especulación razonable en una sola frase para justificar la recuperación de Eden: “La explicación más probable es el crecimiento de las sustancias [cerebrales] gris y blanca inducido por la señalización génica hiperóxica e hiperbárica”.

De hecho, los dos médicos ni siquiera están seguros de hasta qué punto la secuencia concreta del tratamiento de Eden ha sido importante o no en su recuperación: “aunque es imposible concluir de este caso individual si la aplicación secuencial de oxígeno normobárico y después HBOT es más eficaz que solo HBOT, en ausencia de HBOT la terapia normobárica de oxígeno repetitiva y de corta duración puede ser una opción hasta que la HBOT esté disponible”, dice Harch en una nota de prensa.

¿Por qué entonces no se sometió a la niña a HBOT desde un principio? No se explica, pero se sospecha que la razón no es médica, sino simplemente económica; el cochino dinero. En el primer vídeo, los padres aclaran que su seguro médico no cubre la HBOT. La web de Medicare, el pálido remedo de Seguridad Social en EEUU, recoge que la HBOT está cubierta solo en ciertas circunstancias, entre las cuales no se incluyen los casos de ahogamiento, y siempre con un 20% de copago por parte del paciente. Según cifras que circulan por ahí, una hora de HBOT puede costar más de 1.000 dólares. Y dado que en sus vídeos los Carlson agradecen la ayuda de los donantes, todo indica que Eden no recibió esta terapia hasta el momento en que sus padres pudieron costearla con donaciones.

Y por supuesto, también en el caso de Eden hay un conflicto de interés que queda bien especificado en el estudio, como ahora es obligatorio en (casi) toda publicación científica, según expliqué recientemente: Harch es “copropietario de Harch Hyperbarics, Inc., una corporación dedicada a la consultoría y el testimonio experto sobre medicina hiperbárica”. Es decir, que Harch posee una empresa dedicada a promover el uso de la HBOT. También es necesario destacar que el caso de Eden se ha publicado en una revista científica muy sectorial y minoritaria, Medical Gas Research, a cuyo comité editorial pertenecen tanto Harch como los dos referees o revisores que han aprobado su estudio (en las revistas de acceso abierto como esta, a menudo los nombres de los referees se hacen públicos después de la aceptación de un estudio).

¿Significa todo esto que habría que marcar el estudio con un banderín rojo de alerta? ¿Significa que la HBOT podría caer en el terreno gris cercano a la pseudociencia?

No y no. En cuanto a lo primero, ahí están los evidentes progresos de Eden. La ventaja que tienen los médicos con casos clínicos como el de la pequeña es que los resultados son indiscutibles. Incluso aunque las causas no lo sean: los propios autores reconocen las limitaciones del estudio. Y por supuesto, no hay otras Edens que no hayan seguido el mismo curso terapéutico para comparar su evolución sin terapia normobárica, sin HBOT o sin ninguna de las dos.

Respecto a lo segundo, la medicina hiperbárica se ha ensayado desde hace siglos, desde los años 30 del siglo pasado se ha empleado en submarinismo, y desde hace décadas se estudia en una amplísima gama de trastornos. Para la mayoría de ellos no hay pruebas de eficacia real, pero sí para algunos. Si se prescribe un anticatarral contra el catarro, es ciencia; si se prescribe contra el cáncer, es pseudociencia. La HBOT también se ha probado contra el cáncer, sin éxito aparente. Harch está demostrando que puede ser útil para la neurorregeneración en ciertos casos, pero aún queda mucho camino por delante.

Así que no se apresuren a comprarse una cámara hiperbárica, si es que pueden costearla. No, Michael Jackson no dormía en una de estas cámaras. Es solo un mito: la compró para un hospital local y se hizo una foto dentro de ella para alimentar su imagen excéntrica. Y lo cierto es que la HBOT también tiene sus riesgos, razón por la cual se limitan los tiempos de tratamiento. La alta presión puede perjudicar los huecos corporales rellenos de aire, como el oído interno o los senos nasales. Tampoco se apresuren a buscar el bar de oxígeno más próximo a su casa; somos seres que nacimos respirando una atmósfera con solo un 21% de oxígeno. Una dosis más alta puede ser entre inútil y muy tóxica; tal vez incluso un factor de riesgo de cáncer. Por el momento, esperemos a ver si la HBOT va superando pequeños grandes pasos como el de Eden.

¿Es posible dispararse uno mismo en el pecho con un arma de caza?

La idea de una persona disparándose en el pecho con una escopeta o un rifle puede encajar casi en cualquier posición entre lo lógico y lo absurdo, según como cada cual quiera planteárselo. Imagino que lo hemos visto muchas veces en el cine, lo cual no es en absoluto una garantía de que pueda corresponder a una situación real. Pero entre la duda natural, y los esfuerzos que últimamente hace la actualidad por convertir en real lo impensable, es esperable que circulen las verdades alternativas.

Así que, donde muchos suelen invocar el imperio de la ley, algunos estamos aquí para invocar el imperio de la ciencia, que a diferencia del primero no viene arbitrariamente impuesto. Alguien tiene que actuar como simple pregonero de lo que la ciencia tiene que decir al respecto, siempre que la ciencia tenga algo que decir al respecto.

Miguel Blesa. Imagen de 20Minutos.es.

Miguel Blesa. Imagen de 20Minutos.es.

Y la ciencia ya lo ha dicho, hablando por boca de los científicos forenses, que son quienes en este caso tienen la experiencia y el conocimiento necesarios para llegar a una conclusión razonable amparada en las pruebas. La autopsia confirma que Miguel Blesa se suicidó, y punto. Ante este dictamen no cabe nada más que añadir.

Pese a todo, parece que no basta. Un ligero vistazo a Twitter y a los comentarios en las noticias de los medios descubre una avalancha de opiniones anónimas sosteniendo que los brazos son demasiado cortos para poder apretar el gatillo sujetando una escopeta o un rifle en el sentido contrario a su uso normal, es decir, con el cañón hacia el pecho.

Debo aclarar que por supuesto no soy un experto en ciencia forense, y que por añadidura no tengo la menor idea sobre el mundo de las armas de fuego. Pero creo que sí soy experto en dos cosas: una, en manejar documentación científica. Y dos, en hacerme preguntas y buscar fuentes autorizadas para responderlas. Así que animo a quien quiera verter conjeturas a que antes se decida a hacer esto mismo que he hecho yo. De verdad, incluso con el calor del verano, poner las neuronas a funcionar siempre es un ejercicio interesante que no enseñan en el gimnasio.

Lo primero que me viene a la mente tras leer sobre la muerte de Blesa es un nombre: Ernest Hemingway. Tratándose de uno de mis autores favoritos, de inmediato recuerdo que murió en su casa de Idaho por un disparo con una de sus escopetas. En un primer momento el suceso se hizo pasar por un accidente de caza, pero pronto quedó aclarado que se descerrajó el tiro voluntariamente. Hemingway padecía hemocromatosis, una rara enfermedad que se ha relacionado con diversos suicidios en su familia. En sus últimos tiempos, la cabeza ya no le regía bien.

Pero Hemingway se disparó en la cabeza, no en el pecho. Así, lo segundo que hago es telefonear a un amigo cazador. Le encuentro en su retiro vacacional, y apenas se ha enterado de lo de Blesa. A mi pregunta de si es posible dispararse a uno mismo en el pecho con una escopeta o un rifle, me regala una larga y profusa explicación sobre los tipos de armas, la longitud de los cañones, la sensibilidad de los gatillos y las posturas de disparo. Pero cuando le pido el monosílabo que necesito como conclusión, es un sí; sí, es perfectamente posible dispararse a uno mismo en el pecho con un arma de caza utilizando solo los dedos de las manos, sin ayudarse con un palo o con los pies. Aunque, añade, no todas las personas podrían hacerlo con todas las armas.

Lo siguiente que hago es bajar al sótano y simular mi propio suicidio. A falta de escopeta, bien viene una escoba. Compruebo que obviamente el gatillo quedaría más accesible si uno se dispara en la frente que en el pecho, pero también que todo es cuestión del ángulo de disparo. El ángulo de 90 grados es el que obliga a estirar más los brazos, pero reduciendo el ángulo en cualquier de los dos sentidos las manos llegan fácilmente a partes más lejanas del palo. Así que, imagino, los forenses de Córdoba habrán dictaminado que la longitud de los brazos de Blesa es compatible con el ángulo de entrada del disparo para que él mismo pudiera apretar el gatillo.

Un rifle de caza del mismo calibre (.270) que el utilizado por Miguel Blesa para suicidarse. Imagen de Wikipedia.

Un rifle de caza del mismo calibre (.270) que el utilizado por Miguel Blesa para suicidarse. Imagen de Wikipedia.

Lo último que hago es recurrir a las publicaciones científicas. Y sí, como era de esperar, hay infinidad de casos descritos de suicidios con escopetas o rifles de caza; de hecho, son las armas de fuego mayoritariamente elegidas para quitarse la vida en algunos países europeos, pero también en Canadá.

Yendo a datos concretos, un estudio de 2014 recopiló 57 suicidios con escopeta en una región de Turquía entre 2000 y 2007. De ellos, 34 fueron por disparos en la cabeza, 9 en el abdomen y 7 en el pecho, un 12,3% de los casos. En otro estudio de 2016 en Minnesota (EEUU), los disparos en el pecho sumaban el 21,5% de los casos de suicidios con escopeta. Curiosamente, en otro estudio recopilatorio en Estambul, casi la mitad de las mujeres que se disparaban con escopetas lo hacían en el abdomen, a pesar de tener generalmente los brazos más cortos que los hombres.

Por los datos de los expertos, parece claro que los suicidas suelen elegir dispararse en la cabeza; otro estudio publicado por forenses indios en 2015 dice: “Las heridas en los casos de suicidios por arma de fuego son generalmente en la región de la cabeza. Cuando se encuentra una herida en otro lugar, se levanta una ceja de sospecha”. Pero precisamente el motivo de este último estudio era el caso de un hombre muerto por un disparo de escopeta en el pecho y sobre el que existían sospechas de homicidio.

Con los datos recogidos en la escena del crimen y el resultado de la autopsia, los forenses concluyen que se trataba de un suicidio. El suicida había apoyado la culata del arma en el suelo y se había inclinado sobre ella para alcanzar el gatillo con la mano derecha, lo que había resultado en una trayectoria del disparo de derecha a izquierda y hacia abajo, es decir, desde la parte alta del pecho hacia la parte baja. Este último dato era el que había despistado inicialmente a los forenses, pero de hecho el estudio de Minnesota descubría que casi el 65% de los autodisparos con escopeta en el pecho estaban dirigidos hacia abajo.

Pero la mayor enseñanza que puede extraerse de dedicar un rato a escuchar lo que dicen los expertos es que emitir opiniones infundadas solo lleva a aumentar la confusión improductiva: entre los casos descritos de suicidios con rifles o escopetas se encuentran algunos muy rocambolescos, que cualquiera a primera vista creería imposibles. Un hombre en Turquía se suicidó con un disparo de escopeta por la espalda a 1,4 metros de distancia; ató el arma a un árbol y accionó el gatillo con una cuerda. Hay varios casos descritos en que, sí, por increíble que parezca, una persona se ha disparado a sí misma más de una vez. En un caso en Australia, un hombre se disparó tres veces con una escopeta. Otro suicida se disparó dos veces sucesivas con dos armas distintas.

Naturalmente, también hay casos en los que se intenta hacer pasar por suicidio lo que en realidad es un homicidio. En un caso en Sri Lanka, los forenses dictaminaron que las características de la herida de un hombre eran incompatibles con la posibilidad de que sus propios brazos de 65 centímetros hubieran podido dispararse a sí mismo un arma cuya longitud desde el extremo del cañón hasta el gatillo era de 79 centímetros.

Pero la ciencia forense no se deja engañar fácilmente; hoy incluso existen análisis estadísticos que permiten a los patólogos calcular la probabilidad de homicidio o suicidio a través del estudio de las heridas. La ciencia no es infalible, pero es lo más parecido que tenemos al mundo real. Claro que todo ser humano es libre para elegir si prefiere vivir en el mundo real o en su mundo imaginario favorito.

El cómico John Oliver habla sobre las vacunas, y no se lo pierdan

Decía Carl Sagan que en ciencia es frecuente comprobar cómo un científico cambia de parecer y reconoce que estaba equivocado, cuando las pruebas así lo aconsejan. Y que aunque esto no ocurre tanto como debería, ya que los científicos también son humanos y todo humano es resistente a abandonar sus posturas, es algo que nunca vemos ocurrir en la política o la religión.

Imagen de YouTube.

Imagen de YouTube.

Los que tratamos de adherirnos a esta manera de pensar, sea por formación científica o por tendencia innata, que no lo sé, solemos hacerlo con cierta frecuencia. Personalmente, durante años estuve convencido de que la solución a la creencia en las pseudociencias estaba en más educación científica y más divulgación. Hasta que comencé realmente a indagar en lo que los expertos han descubierto sobre esto. Entonces me di cuenta de que mi postura previa era simplista y poco informada, y cambié de parecer.

Resulta que los psicólogos sociales descubren que los creyentes en las pseudociencias son generalmente personas con un nivel educativo y un interés y conocimiento científicos comparables al resto. Resulta que los mensajes públicos basados en las pruebas científicas no solo no descabalgan de sus posturas a los creyentes en las pseudociencias, sino que incluso les hacen clavar más los estribos a su caballo. Resulta que los psicólogos cognitivos y neuropsicólogos estudian el llamado sesgo cognitivo, un mecanismo mental por el cual una persona tiende a ignorar o minimizar toneladas de pruebas en contra de sus creencias, y en cambio recorta y pega en un lugar prominente de su cerebro cualquier mínimo indicio al que pueda agarrarse para darse la razón a sí misma. Es, por ejemplo, la madre de un asesino defendiendo pese a todo que su hijo es inocente, aunque haya confesado.

Pero el sesgo cognitivo no solo actúa a escala personal, sino también corporativa, en el sentido social de la palabra, como identificación y pertenencia a un grupo: parece claro que muchas organizaciones ecologistas jamás de los jamases reconocerán las apabullantes evidencias científicas que no han logrado, y mira que lo han intentado, demostrar ningún efecto perjudicial de los alimentos transgénicos. Lo cual aparta a muchas organizaciones de lo que un día fue una apariencia de credibilidad científica apoyada en estudios. Y tristemente, cuando esa credibilidad científica desaparece, a algunos no nos queda más remedio que apartarnos de esas organizaciones: si niegan los datos en una materia, ¿cómo vamos a creérselos en otras?

El neurocientífico y divulgador Dean Burnett me daba en una ocasión una interesante explicación evolutiva del sesgo cognitivo. Durante la mayor parte de nuestra historia como especie, decía Burnett, aún no habíamos descubierto la ciencia, la experimentación, la deducción, la inducción, la lógica. En su lugar, nos guiábamos por la intuición, la superstición o el pensamiento mágico. Desde el punto de vista de la evolución de nuestro cerebro, apenas estamos estrenando el pensamiento racional, y todavía no acabamos de acostumbrarnos; aún somos niños creyendo en hadas, duendes y unicornios.

Así, la gente en general no piensa como los científicos, me decían otros. No es cuestión de mayor o menor inteligencia, ni es cuestión de mejor o peor educación. De hecho, muchas personas educadas tratan de disfrazar sus sesgos cognitivos (y todos los tenemos) bajo una falsa apariencia de escepticismo racional, cuando lo que hacen en realidad es lo que uno de estos expertos llamaba “pensar como un abogado”, o seleccionar cuidadosamente (en inglés lo llaman cherry-picking) algún dato minoritario, irrelevante o intrascendente, pero que juega a su favor. Un ejemplo es este caso tan típico: “yo no soy [racista/xenófobo/machista/homófobo/negacionista del holocausto/antivacunas/etc.], PERO…”.

Estos casos de sesgos cognitivos disfrazados, proseguían los expertos, son los más peligrosos de cara a la sociedad; primero, porque su apariencia de acercamiento neutral y de escepticismo, de no ceñirse a un criterio formado a priori, es más poderosa a la hora de sembrar la duda entre otras personas menos informadas que una postura fanática sin tapujos.

Segundo e importantísimo, porque el disfraz a veces les permite incluso colarse en la propia comunidad científica. Es el caso cuando unos pocos científicos sostienen un criterio contrario al de la mayoría, y son por ello destacados por los no científicos a quienes no les gustan las pruebas mayoritarias: ocurre con cuestiones como el cambio climático o los transgénicos; cuando hay alguna voz discrepante en la comunidad científica, en muy rarísimas ocasiones, si es que hay alguna, se trata de un genio capaz de ver lo que nadie más ha logrado ver. Es mucho más probable que se trate de un sesgo disfrazado, el del mal científico que no trata de refutar su propia hipótesis, como debe hacerse, sino de demostrarla. Pero hay un caso aún peor, y es el del científico corrupto guiado por motivaciones económicas; este fue el caso de Andrew Wakefield, el que inventó el inexistente vínculo entre vacunas y autismo.

He venido hoy a hablarles de todo esto a propósito del asunto antivacunas que comenté ayer, porque algunas de estas cuestiones y muchas otras más están genialmente tratadas en este vídeo que les traigo. John Oliver es un cómico, actor y showman inglés que presenta el programa Last Week Tonight en la HBO de EEUU. Habitualmente Oliver suele ocuparse de temas políticos, pero de vez en cuando entra en harina científica. Y sin tener una formación específica en ciencia, es un paladín del pensamiento racional y de la prueba, demostrando una lucidez enorme y bastante rara entre las celebrities. Y por si fuera poco, maneja con maestría esas cualidades que solemos atribuir al humor británico.

Por desgracia, el vídeo solo está disponible en inglés, así que deberán conocer el idioma para seguirlo, pero los subtítulos automáticos de YouTube les ayudarán si no tienen el oído muy entrenado. Háganme caso y disfrútenlo: explica maravillosamente la presunta polémica de las vacunas, tiene mucho contenido científico de interés, y además van a reírse.

Vuelve el ébola, pero esta vez estamos (algo más) preparados

Era cuestión de tiempo, y ya lo tenemos otra vez aquí. La Organización Mundial de la Salud (OMS) ha informado en su página de brotes epidémicos de la aparición de nueve casos de fiebre hemorrágica en la República Democrática del Congo (RDC). Tres de los pacientes han fallecido. Una de las muestras ha dado resultado positivo para el virus del Ébola, y el resto están a la espera de confirmación.

Partículas del virus del Ébola (en verde) sobre una célula infectada (azul). Imagen de NIAID / Wikipedia.

Partículas del virus del Ébola (en verde) sobre una célula infectada (azul). Imagen de NIAID / Wikipedia.

Es inevitable que este nuevo brote reviva la pesadilla de la epidemia que causó más de 11.000 muertes desde 2014. Lo cierto es que a estas alturas sería aventurado estimar cuál llegará a ser el alcance del nuevo brote, pero los precedentes históricos juegan a favor: la epidemia de 2014 surgió en África Occidental, una región con más de 370 millones de habitantes y con bastante movilidad poblacional.

Por el contrario, las pasadas apariciones del ébola en el Congo han podido contenerse por tratarse de un país con muchas comunidades enclavadas en la selva y malas infraestructuras. La OMS señala que el brote actual “se ha detectado en un área remota y de difícil acceso, y parece estar relativamente limitado geográficamente. Sin embargo, se están llevando a cabo investigaciones para valorar la extensión real del brote, y por tanto debe mantenerse una alta vigilancia”.

Por suerte, en esta ocasión estamos algo mejor preparados que en 2014. Pero el “por suerte” es simplemente una muletilla; no es por suerte, sino gracias a la preocupación, el esfuerzo y la inversión de ciertas instituciones cuando casi nadie más creía que el ébola pudiera ser una amenaza para el mundo. Hoy existe una docena de vacunas en distintas fases de desarrollo. Pero en concreto una de ellas, llamada rVSV-ZEBOV, está ya lista para su uso gracias a que el gobierno canadiense creyó en el proyecto antes del brote de 2014.

Es importante destacar esta idea, sobre todo porque con ocasión del reciente brote de virus del Zika hubo quienes se preguntaban por qué no podía desarrollarse una vacuna con la misma rapidez que se había hecho en el caso del ébola. No es así: la Agencia de Salud Pública de Canadá patentó la vacuna rVSV-ZEBOV en 2003, más de un decenio antes del brote de 2014. En 2005 ya se demostró su eficacia en monos. Por aquel entonces, otros países dejaban de lado el desarrollo de vacunas contra el ébola porque este virus no se consideraba un agente utilizable en bioterrorismo.

El pasado diciembre, un equipo internacional de investigadores publicaba los resultados del primer ensayo de campo de la vacuna, aprovechando los últimos coletazos del brote en Guinea. Los autores remataban el título del estudio con un “Ebola Ça Suffit!“, o “ébola, ¡ya basta!”: de 11.841 personas incluidas en el estudio, ninguna de las 5.837 que recibieron la inmunización desarrolló la enfermedad en los diez días posteriores, mientras que en el grupo de control hubo 23 casos de ébola. Los investigadores estimaban la efectividad de la vacuna en un 75-100%.

El pasado abril, la OMS daba la aprobación preliminar a la vacuna, y actualmente se está valorando la posibilidad de lanzar una inmunización en el Congo, donde las autoridades locales ya se han movilizado con el apoyo de la OMS.

Ciencia semanal: comer sin gluten puede ser perjudicial para los no celíacos

Una ronda de las noticias científicas más destacadas de la semana.

Gluten-free, solo para celíacos

Hace tan poco tiempo que aún podemos recordarlo, a los celíacos y otros afectados por trastornos metabólicos les costaba encontrar alimentos adaptados a sus necesidades, o al menos encontrarlos a precios asequibles. Por suerte esto fue cambiando, con la intervención destacada de algunos distribuidores. Hoy muchas tiendas y restaurantes ofrecen opciones para celíacos y detallan la idoneidad de sus productos para otros perfiles de trastornos y alergias.

Imagen de @joefoodie / Flickr / CC.

Imagen de @joefoodie / Flickr / CC.

Pero entonces comenzó a producirse un extraño fenómeno, cuando personas perfectamente sanas empezaron a adoptar la costumbre de evitar el gluten en su dieta en la errónea creencia de que es más sano. Y como no podía ser de otra manera, ciertas marcas aprovechan el tirón para fomentar tramposamente esta idea de forma más o menos velada. Mientras, los nutricionistas científicos se tiran de los pelos tratando de desmontar este mito absurdo y sin fundamento.

Estudios anteriores ya han mostrado que el consumo de alimentos libres de gluten no aporta absolutamente ningún beneficio a los no celíacos. Pero ahora estamos avanzando un paso más con la simple aplicación a este caso de un principio general evidente, y es que la restricción de nutrientes en la dieta cuando no hay necesidad de ello solo puede conducir a una dieta deficitaria.

Un estudio con más de 100.000 pacientes a lo largo de 26 años, elaborado en las facultades de medicina de Columbia y Harvard (EEUU) y publicado esta semana en la revista British Medical Journal, confirma que el consumo de gluten en las personas sin celiaquía no aumenta el riesgo de enfermedad coronaria (como sí hace en los celíacos), pero aporta algo más: la reducción del gluten en la dieta disminuye el consumo de grano entero (integral), que se asocia a beneficios en la salud cardiovascular, por lo que la dieta sin gluten puede aumentar el riesgo coronario en los no celíacos.

Los autores son conscientes de las limitaciones de todo estudio epidemiológico, aunque el suyo es muy amplio y excepcionalmente prolongado en el tiempo. Pero como conclusión, advierten: “no debe fomentarse la promoción de dietas libres de gluten entre personas sin enfermedad celíaca”.

Cassini, en el meollo de Saturno

Continuamos siguiendo la odisea de la sonda Cassini de la NASA en sus últimos meses de vida, mientras orbita entre Saturno y sus anillos antes de la zambullida que la llevará a su fin el próximo septiembre. La NASA ha publicado esta semana un vídeo elaborado con las imágenes de la atmósfera de Saturno tomadas por la sonda durante una hora de su recorrido alrededor del planeta gigante. Los científicos de la misión se han encontrado con la sorpresa de que la brecha entre Saturno y sus anillos está prácticamente limpia de polvo, al contrario de lo que esperaban.

Ataque al centro de mando del cáncer

Lo que han conseguido estos investigadores de la Universidad de Pittsburgh (EEUU) no es una de esas noticias que acaparan titulares, pero es un hito sobresaliente en la aplicación de una nueva tecnología de edición genómica (corrección de genes por un método de corta-pega) llamada CRISPR-Cas9, de la que se esperan grandes beneficios en las próximas décadas.

Los autores del estudio, publicado en Nature Biotechnology, han logrado por primera vez emplear esta herramienta para neutralizar un tipo de genes del cáncer llamados genes de fusión. Estos se forman cuando dos genes previamente separados se unen por un error genético, dando como resultado un gen de fusión que promueve el crecimiento canceroso de la célula. Los investigadores trasplantaron a ratones células cancerosas humanas que contienen un gen de fusión llamado MAN2A1-FER, responsable de cánceres de próstata, hígado, pulmón y ovarios. Luego introdujeron en los ratones un virus modificado artificialmente que contiene CRISPR, específicamente diseñado para cortar el gen de fusión y reemplazarlo por otro que induce la muerte de la célula.

El resultado fue que todos los ratones sobrevivieron durante el período total del estudio, sin metástasis y con una reducción considerable de sus tumores, mientras que todos los animales de control, a los que se les suministró un virus parecido pero ineficaz contra su gen de fusión, sucumbieron al cáncer.

Una ventaja adicional es que la técnica puede ir adaptándose a la aparición de nuevas mutaciones en las células cancerosas. Según el director del estudio, Jian-Hua Luo, es un ataque al “centro de mando” del cáncer. Y aunque aún queda un largo camino por delante hasta que el método sea clínicamente utilizable, sin duda es una brillante promesa en la lucha contra esta enfermedad.

Decir tacos nos hace más fuertes

Uno de esos estudios que no van a cambiar el curso de la historia, pero que tal vez confirma lo que algunos ya sospechaban; y que sobre todo dará un argumento científico a quienes sientan la necesidad de vomitar tacos, insultos e improperios durante un gran esfuerzo físico (desde deportistas a madres pariendo sin epidural), pero que tal vez se cohíban por aquello de guardar las formas: háganlo sin miedo. Si alguien se lo reprocha, cítenles los resultados presentados por el doctor Richard Stephens, de la Universidad de Keele (Reino Unido), en la Conferencia Anual de la Sociedad Británica de Psicología: gritar palabras malsonantes nos hace más fuertes.

Los investigadores compararon el rendimiento de un grupo de deportistas en pruebas de esfuerzo, sin y con tacos, descubriendo que en el segundo caso las marcas mejoraban. Curiosamente, y aunque la hipótesis de los autores era que este efecto se produciría a través del sistema nervioso simpático, como ocurre con la mayor tolerancia al dolor en estos casos, no encontraron signos que confirmaran esta asociación. “Así que aún no conocemos por qué decir tacos tiene estos efectos en la fuerza y la tolerancia al dolor”, dice Stephens. “Todavía tenemos que comprender el poder de las palabrotas”.

Ciencia semanal: el hobbit de Flores salió de África, y el “cero” no es mejor que el azúcar

He aquí un repaso a algunas de las noticias científicas más sonadas de la semana, y que no he cubierto en artículos anteriores.

El viaje inesperado del hobbit de Flores

Desde su descubrimiento en 2003, los restos de un humano de un metro de estatura en la isla indonesia de Flores han mantenido a los paleoantropólogos enzarzados en un debate sin fin. Oficialmente los restos de Flores, de varios individuos distintos, pertenecen a una especie separada de la nuestra, Homo floresiensis; llamada informalmente el hobbit de Flores (al menos hasta que los herederos de Tolkien prohibieron a un científico que empleara este término en la promoción de una conferencia). Frente a esto, una corriente minoritaria ha sostenido que el hobbit era en realidad una población de Homo sapiens afectada por una enfermedad.

Reconstrucción del 'Homo floresiensis'. Imagen de Katrina Kenny, SA Museum.

Reconstrucción del ‘Homo floresiensis’. Imagen de Katrina Kenny, SA Museum.

En un principio, la datación de los restos sugería que los hobbits vivieron hasta hace unos 12.000 años, la época del Mesolítico, cuando el resto de los humanos aún vivíamos de la caza y la recolección, pero estábamos cerca de plantearnos que quizá domesticar animales y sembrar podía llegar a hacernos personas de provecho. Pero esta datación fue después corregida, y la era de los hobbits se retrasó hasta los 50.000 años atrás, el comienzo del Paleolítico Superior, cuando los neandertales aún andaban por aquí.

Una gran incógnita pendiente ha sido el origen de los hobbits. Dos teorías han tratado de explicarlo. La primera, que eran descendientes del Homo erectus, el primer humano que emigró desde África a Eurasia. Estos erectus asiáticos habrían colonizado la isla de Flores para después seguir una evolución separada por un proceso llamado enanismo insular. La segunda hipótesis, en cambio, sugiere que los hobbits descienden directamente de ancestros africanos pequeñitos, como los australopitecos, y que por tanto no son erectus modificados.

Un estudio publicado esta semana en la revista Journal of Human Evolution pretende zanjar por fin el debate. Un equipo de investigadores de la Universidad Nacional de Australia ha emprendido el mayor estudio estadístico comparativo hasta hoy de los fósiles del Homo floresiensis, llegando a la conclusión de que no pudo evolucionar a partir del Homo erectus, ya que es más primitivo que este. En su lugar, el hobbit parece compartir un ancestro común con el Homo habilis, una especie africana que vivió hace 1,75 millones de años, aunque el Hombre de Flores podría haber aparecido en un momento aún anterior.

Los científicos no pueden asegurar si aquel ancestro común abandonó África y después dio lugar al hobbit, o si este surgió directamente en el continente africano. Pero según el coautor del estudio Michael Lee, los resultados sí confirman la identidad y el origen de la especie: “podemos estar seguros en un 99% de que no está relacionado con el Homo erectus, y casi en un 100% de que no es un Homo sapiens malformado”.

Un asteroide visible, pero lejano

La noche del miércoles al jueves pasó por nuestro cielo el asteroide 2014 JO25, más conocido por su tamaño como The Rock, en referencia al montañoso exluchador y actor Dwayne Johnson. Aunque su tamaño de unos 650 metros lo convierte en la mayor roca voladora en nuestro barrio desde el Toutatis en 2004, los titulares aludiendo a que “rozaría” la Tierra son una exageración alarmista; el asteroide pasó a 1,8 millones de kilómetros, casi cinco veces la distancia a la Luna. En una conversión grosera de escala, es como decir que una bomba roza nuestra casa cayendo a más de un kilómetro de distancia.

Esquema a escala del paso del asteroide 2014 JO25. Imagen de NASA/JPL-Caltech.

Esquema a escala del paso del asteroide 2014 JO25. Imagen de NASA/JPL-Caltech.

La Tierra, entre los anillos de Saturno

Mientras se prepara para su última ronda de órbitas, enhebrándose entre Saturno y sus anillos antes de su zambullida final en septiembre, la sonda Cassini de la NASA nos ha enviado este retrato de su casa desde su lejano paradero. La Tierra aparece como una chispa luminosa entre los anillos de Saturno. Y ese puntito que se aprecia a su izquierda no es una mota de polvo en su pantalla; es la Luna.

Imagen tomada por la sonda 'Cassini' de la Tierra y la Luna entre los anillos de Saturno. Imagen de NASA/JPL-Caltech/Space Science Institute.

Imagen tomada por la sonda ‘Cassini’ de la Tierra y la Luna entre los anillos de Saturno. Imagen de NASA/JPL-Caltech/Space Science Institute.

Los endulzantes no son mejores que el azúcar

Los propios autores del estudio que vengo a contar reconocen con total honestidad que correlación no significa causalidad; y que multiplicar por tres un riesgo mínimo continúa siendo un riesgo mínimo. Cualquier lector de este blog sabrá que los estudios epidemiológicos basados en correlacionar estadísticamente factores de estilo de vida con manifestaciones clínicas siempre deben recibirse con enorme escepticismo e inmensa cautela.

Pero creo que merece la pena comentar brevemente el estudio por una razón: entre la población existe una evidente afición desmedida a los refrescos dulces. Y muchos de quienes antes al menos restringían su consumo para limitar la cantidad de azúcar en su dieta se lanzan ahora como posesos a consumir sin medida las versiones “cero”, en la creencia de que estos son idénticos a los otros, pero “sin”.

No es cierto, por mucho que la publicidad se esfuerce en hacer calar esta idea. Los refrescos “sin” no son realmente “sin”, sino “sin, pero con”. No llevan azúcar, pero sí endulzantes. Todo lo que sabe dulce lleva un endulzante, ya sea azúcar u otra sustancia. Y por cierto, tal vez a los fanáticos de eso que ahora se da en llamar “lo natural” les interese saber que el azúcar es natural; los endulzantes, no.

Como ya he contado aquí en varias ocasiones (y esta próxima semana tendremos nuevas noticias al respecto), el azúcar es el nuevo gran satán de la dieta, asumiendo la condena que antes recaía sobre el colesterol y las grasas saturadas, hoy absueltos de sus efectos nocivos por muchos expertos. El consejo básico que favorecen es que debe vigilarse todo el contenido dulce de la dieta; los productos que se publicitan como “sin azúcares añadidos” pueden ser menos nocivos por llevar menos cantidad de dulce, pero la intervención o no de la mano humana no es un factor de riesgo. Y que debe evitarse el error de consumir endulzantes de forma desmedida.

Que quede claro: no se han demostrado efectos perjudiciales inmediatos asociados al consumo de sacarina o aspartamo. Pero es probable que el creciente auge de los endulzantes induzca una mayor vigilancia sobre posibles consecuencias no tan claras ni inmediatas, si es que la tendencia general es a reemplazar el azúcar por estos productos sin que disminuya el consumo total de alimentos dulces.

Fruto de esta mayor vigilancia es un estudio epidemiológico publicado esta semana en la revista Stroke. La conclusión de los autores es que el consumo frecuente (uno al día o más) de refrescos con endulzantes artificiales, como los llamados “cero”, se asocia a un riesgo triple de infarto cerebral y demencia/alzhéimer, algo que no se observa en el caso de las bebidas azucaradas.

Los propios autores son conscientes de las limitaciones de su estudio, y desde luego evitan caer en afirmaciones facilonas que harían buenos titulares; no, los refrescos “cero” no provocan alzhéimer. Pero el estudio es valioso para sugerir que quien prefiera evitar el azúcar por motivos de salud no debería engañarse con la creencia infundada de que los edulcorantes artificiales dejan barra libre. Lo resume el coautor del estudio Sudha Seshadri, de la Facultad de Medicina de la Universidad de Boston (EEUU): “parece que no hay muchas ventajas en tomar bebidas azucaradas, pero sustituir el azúcar por edulcorantes artificiales tampoco parece ayudar”.

Esta máquina puede funcionar durante 80 años sin apagarse jamás

¿Cuánto les duró su último teléfono móvil? ¿Su último ordenador? ¿Impresora, televisor, coche…? ¿Imaginan una máquina capaz de funcionar de forma continua sin un segundo de descanso durante más de 80 años, sin repuestos, con un mantenimiento sencillo y sin visitas al servicio técnico?

Imagen de Beth Scupham / Flickr / CC.

Imagen de Beth Scupham / Flickr / CC.

Cualquiera que alguna vez se haya sentido víctima de esa rápida obsolescencia –sea realmente programada o no– que sufren casi todas las máquinas presentes en nuestra vida debería balbucir de estupefacción ante la maravilla que guardamos en la jaula de huesos del pecho. Tal vez no suelan pensar en ello, pero su corazón no ha dejado de contraerse y expandirse a un ritmo preciso ni un solo momento en todos los años que han vivido.

Sí, es cierto que en una persona sana el resto de sus órganos también trabajan durante décadas. Pero a diferencia de otros, como el hígado o el riñón, el corazón es una máquina electromecánica, con partes móviles. Y todos los demás órganos dependen de este movimiento: si el corazón se detiene, aunque sea por un ratito, se acabó todo lo demás.

Hace unos tres meses, un análisis publicado en Nature sostenía que hay un límite máximo para la longevidad humana, y que ya lo hemos alcanzado: unos 115 años. Cuidado, no confundir longevidad con esperanza de vida. Esta última se refiere a la posibilidad de evitar la muerte por enfermedad u otro motivo mientras nuestro cuerpo aún podría seguir funcionando.

La longevidad planteada por los autores, de la Facultad de Medicina Albert Einstein de Nueva York, se refiere a la (posible) existencia de un límite biológico intrínseco que no puede romperse. Un cuerpo humano no puede vivir 150 años, del mismo modo que un nuevo récord de los 100 metros lisos arañará alguna centésima a la marca previa, pero un cuerpo humano no puede correr esa distancia en dos segundos (odio las metáforas deportivas, pero viene muy al pelo).

La longevidad máxima propuesta por los autores es un techo que no puede romperse simplemente progresando en la lucha contra la enfermedad y en los estándares de salud. Aunque ellos no lo ponían de este modo, en cierto modo seríamos víctimas de una obsolescencia programada, en nuestro caso genéticamente programada.

El artículo fue controvertido, ya que otros expertos en envejecimiento no están de acuerdo; al contrario que los autores, piensan que es demasiado pronto para fijarnos una fecha de caducidad, y que los avances científicos en este campo pueden ser hoy insospechados. Algunos de los críticos incluso afirmaban que el artículo no alcanzaba la categoría necesaria para haber sido aceptado por la revista Nature.

En el extremo opuesto al de los autores de este artículo se encuentran personajes como Aubrey de Grey, el gerontólogo británico que vive de afirmar que el ser humano alcanzará los mil años, y que el primer milenario del futuro ya está hoy caminando sobre la Tierra.

Ya he expresado antes mi opinión sobre las proclamas de De Grey, así que no voy a insistir en lo mismo, sino solo recordar un hecho inopinable: las Estrategias para la Senescencia Mínima por Ingeniería (SENS, en inglés), como De Grey denomina a su proyecto, aún no han logrado alargar la vida de ningún ser humano o animal. La propuesta de De Grey es actualmente tan indemostrable como irrefutable, lo que la deja en un limbo que muchos identificarían con la seudociencia. De Grey es un científico que no se gana la vida con lo que hace, sino con lo que dice que va a hacer.

La ciencia ficción nos deja imaginar cómo cualquiera de nuestras piezas defectuosas podría reemplazarse por una nueva gracias a la medicina regenerativa, hasta hacernos dudar de cuándo dejamos de ser nosotros mismos. Es la vieja paradoja del barco de Teseo (¿cuándo el barco de Teseo deja de ser el barco de Teseo a medida que se le van reemplazando piezas?), que la ficción ha explorado una y otra vez: en El mago de Oz, el Hombre de Hojalata era originalmente un humano que vio todo su cuerpo sustituido por piezas de metal… y que encontraba a su novia casada con el hombre construido con las partes del cuerpo que él perdió.

Claro que pasar de la ficción a la realidad puede ser no solo difícilmente viable, sino también espantoso; cada cierto tiempo resurge en los medios la historia del neurocirujano italiano que pretende llevar a cabo el primer trasplante de cabeza (o de cuerpo, según se mire), una propuesta increíble que nos recuerda otro hecho increíble, pero cierto: hay empresas de crionización que ofrecen a sus clientes la posibilidad de congelarse… solo la cabeza.

¿A dónde nos lleva todo esto? Tal vez a lo siguiente: antes de tratar de prolongar la vida más allá de lo que actualmente se nos presenta como un límite de longevidad, sea este límite quebrantable o no… ¿no sería más deseable alcanzar el ideal de que la esperanza de vida fuera una esperanza real para todos? Un cuerpo humano de 100 años de edad está esperando a ver cuál de sus órganos vitales es el primero en fallar. En lugar de suspirar por el hombre bicentenario, ¿y si pudiéramos evitar el fallo de un órgano vital cuando todos los demás aún están en perfecto funcionamiento?

Un ejemplo: de los millones de personas que cada año mueren por enfermedad cardiovascular, muchas de ellas sufren parada cardíaca. Otras sufren infartos de miocardio o cerebrales. Pero los infartos, provocados por un bloqueo arterial, pueden conducir también a un paro cardíaco, al cese de esa máquina aparentemente incesante. Estas muertes serían evitables si se pudiera mantener artificialmente el bombeo del corazón, pero lo normal es que la posibilidad de reiniciar esa máquina llegue demasiado tarde, cuando ya el daño en el resto del sistema es irreparable.

Un estudio publicado esta semana en la revista Science Translational Medicine describe una nueva tecnología que está muy cerca de evitar estas muertes. Investigadores de EEUU, Irlanda, Reino Unido y Alemania han creado una especie de funda robótica que envuelve el corazón y lo hace bombear artificialmente, sin perforarlo de ninguna manera ni entrar en contacto con la sangre, a diferencia de otros sistemas ya existentes. La funda está compuesta por músculos artificiales de silicona que se accionan por un sistema de aire comprimido, imitando el latido normal del corazón. Los investigadores lo han probado con corazones de cerdo y en animales vivos, con gran éxito.

Hoy los científicos tratan de reparar con células madre los daños en el corazón provocados por los infartos, lo que puede dar nueva vida al órgano de las personas que han sufrido daños en el músculo cardíaco. Incluso se apunta al objetivo final, aún lejano, de fabricar un corazón completo con células madre. Pero cuando un corazón se detiene, nada de esto sirve de mucho. Donde existe un órgano intacto, aunque incapaz de cumplir su función por sí mismo, una prótesis de bioingeniería como la del nuevo estudio podría permitir que una persona por lo demás sana pueda vivir muchos años más de lo que su corazón le permitiría.

Ya hay otros avances previos en esta misma línea. Naturalmente, desde el laboratorio hasta el hospital hay un larguísimo camino que no admite atajos. Pero este camino es genuinamente el de la ciencia de la prolongación de la vida: lograr que cumplir los 80 no sea un sueño inalcanzable para una gran parte de la humanidad. Lo de llegar a los 150, qué tal si lo dejamos para después. Y en cuanto a los mil años, hoy ni siquiera podemos saber si es ciencia ficción o solo fantasía, pero me vienen a la memoria las palabras de un personaje novelesco llevado al cine que vio pasar los siglos por delante de sus ojos:

To die,

To be really dead,

That must be glorious!

(Conde Drácula / Bela Lugosi)

Los alergenos ayudan a los bebés a evitar las alergias

Creo que fue Jesús Hermida el primero a quien le oí definir a un periodista como un especialista en ideas generales. Un amigo y gran periodista lo expresó de otra manera; cuando alguien le dijo en una ocasión “es que los periodistas no tenéis ni puta idea de nada”, él respondió: “ni falta que nos hace”. Se puede saber mucho de algo o poco de todo, pero saber mucho de todo es algo de pocos, y desde luego no es la misión de un periodista.

Cuando además en uno conviven dos personas, el especialista en ideas generales de ciencia y el experto que por definición es un doctor, las cosas se complican aún más: no siempre se entiende bien que un biólogo escriba sobre física o un físico sobre biología, pero lo que en realidad no se está entendiendo es que quien escribe no es el físico ni el biólogo, sino el periodista.

Sin embargo, de vez en cuando surge la oportunidad de desempolvar el doctor que uno lleva dentro. Y en lo que se refiere a un servidor, aunque esa sabanita de papel con la firma fotocopiada del anterior rey diga que se concede a su portador el título de doctor en bioquímica y biología molecular, el campo al que más dediqué esos años de estudio e investigación es la inmunología.

La inmunología es un área de la biología con mucho espacio para estimulantes exploraciones teóricas. Mírenlo de esta manera: el sistema inmune, esa especie de difuso órgano de órganos que permea todo nuestro organismo, dispone de un repertorio tal que es capaz de responder con una defensa (anticuerpos y otros receptores) específicamente ajustada a la forma de cualquier posible molécula invasora (antígeno), acoplándose a ella como un guante.

Incluso si algún día llegáramos a entrar en contacto con un microorganismo alienígena del que jamás habíamos tenido noticia, nuestro sistema inmunitario sería capaz de crear anticuerpos que se unieran específicamente a él. Y esto vale tanto para un elefante como para una musaraña enana, a pesar de que el primero tiene un volumen más de 300.000 veces mayor que la segunda (haciendo un rápido cálculo de servilleta de bar) y por tanto unas 300.000 veces más células. Pero ambos, elefante y musaraña enana, tienen un repertorio completo y aparentemente infinito de anticuerpos.

¿Cómo es posible? La resolución de algunos de estos misterios, como el mecanismo de piezas genéticas móviles responsable de ese inacabable repertorio, ha merecido algún premio Nobel. Pero el sistema inmune aún esconde muchas incógnitas no siempre sencillas de despejar, porque algunas hipótesis no son fáciles de corroborar o refutar con ensayos controlados.

Un ejemplo es la llamada hipótesis de la higiene, según la cual mantener a los bebés en un ambiente excesivamente aséptico les impide el contacto necesario con antígenos de su entorno para que su sistema inmune aprenda a reaccionar contra lo peligroso y a no hacerlo contra lo inofensivo. La idea es que la obsesión por la esterilidad en el entorno del bebé (productos antibacterianos, biberones esterilizados antes de cada toma, agua embotellada, tirar el chupete que se ha caído al suelo…) resulta en una mayor probabilidad de que el niño padezca alergias, asma y enfermedades autoinmunes.

La hipótesis tiene sus variantes, ya que no es lo mismo discutir qué grado de limpieza es el adecuado que hablar del papel de las infecciones en la maduración del sistema inmune. Pero en una forma u otra, la hipótesis de la higiene ha sido largamente discutida, dado que es difícil llegar a un veredicto irrefutable más allá de los datos epidemiológicos, los experimentos con modelos animales y ciertas intervenciones clínicas. Y como suelo decir aquí, una correlación no basta para deducir una relación. Por todo ello, algunos expertos cuestionan la hipótesis, en todo o en parte.

Pero hay algo que sí parece claro: la hipótesis tiene sentido biológico. El principio básico del sistema inmune es que aprende por experiencia (un ejemplo son las vacunas), así que no tiene nada de raro suponer que la privación de estímulos obstaculice ese aprendizaje, del mismo modo que un niño aislado sensorialmente tendría dificultades en su maduración cognitiva.

También tiene sentido desde el punto de vista evolutivo, ya que nuestro sistema inmune ha evolucionado en un mundo sucio que lo desafía desde la cuna, y este desafío es necesario para que aparezca la respuesta; se resume en el refrán: lo que no nos mata, nos hace más fuertes. Y sin que esto baste para dar la hipótesis por válida, sí desplaza la carga de la prueba hacia quienes defienden lo contrario.

En un sentido más amplio, la (tal vez mal llamada) hipótesis de la higiene puede aplicarse también a la exposición a antígenos de otra clase, los alimentarios. Lo cierto es que, como ya conté aquí, los datos confirman un aumento en las alergias alimentarias en las últimas décadas. Y aunque no se puede asumir una causa a la ligera, la tendencia actual reconoce que privar a los bebés de alimentos alergénicos tal vez esté contribuyendo a crear adultos alérgicos.

Cacahuetes. Imagen de Wikipedia.

Cacahuetes. Imagen de Wikipedia.

Un caso típico es el del cacahuete, un alimento clásico en las alergias. Durante años los especialistas recomendaban a los padres que evitaran este fruto seco en la dieta de los bebés. Pero un creciente volumen de estudios ha ido mostrando que tal vez la ausencia de contacto con el antígeno impide desarrollar tolerancia hacia él; o incluso que la exposición a ciertas concentraciones de proteína de cacahuete en el aire puede inducir una alergia que podría prevenirse por el desarrollo de tolerancia a través de la dieta (esto se conoce como hipótesis de exposición dual).

En vista de las investigaciones de los últimos años, en 2015 la Academia de Pediatría de EEUU comenzó a recomendar la introducción de cacahuetes en la dieta a partir de los cuatro meses para los bebés con alto riesgo de padecer alergias alimentarias (por ejemplo, hijos de alérgicos o que ya padecen alguna), siempre con la aprobación del pediatra.

La última noticia es que a esta recomendación se ha unido ahora el Instituto Nacional de la Salud de EEUU (NIH), que en sus nuevas directrices recomienda también introducir los cacahuetes en la dieta del bebé a partir de los cuatro meses. Por supuesto, siempre bajo consejo del pediatra.

Es de esperar que en los próximos años este tipo de recomendaciones se extiendan aún más a otros alimentos. En algunos países, como Australia, las directrices actuales de alimentación infantil establecen específicamente la introducción de alimentos alergénicos como la manteca de cacahuete, el huevo, los lácteos y el trigo antes de cumplir el primer año.

Y en lo que se refiere a la higiene, está claro que entre la limpieza y la esterilidad hay una gran diferencia. Según los estudios, en general los microbios que pueden encontrarse en cualquier hogar con una limpieza regular no son peligrosos; de hecho, la mayoría de ellos son nuestros, y muchos lo son para bien. Pero es comprensible que los mensajes publicitarios lleguen a confundir a muchos padres y madres, ya que también hay toda una industria de la esterilidad para bebés. Simplemente hay que recordar que lo razonable es lo razonable; lo que está limpio para nosotros, también lo está para ellos.

Cuidado con el radón, el monstruo que vive en el sótano

Como en los cuentos de Lovecraft, la amenaza llega desde el submundo. Si usted vive en la franja occidental de la Península que desciende desde Galicia hasta el Sistema Central, esto le interesa. Sepa que tal vez se encuentre en una zona de alta exposición al radón, un gas radiactivo que aparece en el ambiente durante la desintegración del uranio-238 atrapado en el suelo y en las rocas, y que está presente de forma natural en pequeñísima proporción en el aire que respiramos.

Con el radón sucede como con los virus: la percepción pública tiende a desplazarse fácilmente del cero al infinito sin término medio. La mayoría de la gente no conoce el problema de este gas, pero a veces ocurre que quienes se enteran de ello pasan de inmediato al extremo del pánico.

Lo cierto es que el radón es un problema de salud pública reconocido por la Organización Mundial de la Salud, que mantiene un proyecto internacional al respecto. Pero como recordaba el pasado 7 de noviembre (Día Europeo del Radón) el experto del Ilustre Colegio Oficial de Geólogos (ICOG) Luis S. Quindós Poncela, que dirige el Grupo Radón en la Cátedra de Física Médica de la Universidad de Cantabria, lo prioritario es presentar el problema a los poderes públicos y a los ciudadanos para facilitar la información primero, y la actuación después.

El problema con el radón no es que estemos potencialmente expuestos a una fuente de radiación externa, como cuando nos hacemos una radiografía, sino que estamos potencialmente expuestos a contaminación radiactiva: cuando respiramos, introducimos el radón en nuestros pulmones, y así llevamos la fuente de radiación con nosotros. Y si bien el propio gas se desintegra en unos propios días, al hacerlo origina otros compuestos también radiactivos que nos someten a una exposición más prolongada. Esta radiación sostenida puede provocar mutaciones en el ADN cuya consecuencia más fatal es el cáncer.

El radón se filtra al aire desde el suelo, por lo que el riesgo es mayor cuanto más permeable es el terreno bajo nuestros pies. Según Quindós Poncela, las arcillas contienen una concentración de uranio apreciable, pero “su elevada impermeabilidad hace que la cantidad de radón que alcanza la superficie sea muy pequeña”. En cambio el granito es más poroso y suele formar paisajes muy rotos, como ocurre en la Sierra de Guadarrama, y es en este tipo de suelos donde “el radón se desplaza más fácilmente y puede alcanzar la superficie del suelo en mayor proporción”, añade el experto.

Vías de entrada del radón en una casa. Imagen de la Universidad de Cantabria.

Vías de entrada del radón en una casa. Imagen de la Universidad de Cantabria.

Dado que el radón surge desde lo profundo, las zonas de mayor riesgo en las viviendas son los sótanos y plantas bajas. Suele decirse que a partir del segundo piso ya no existe riesgo, pero no siempre es así: Quindós Poncela advierte de que el suelo no es la única fuente del gas. Los materiales de construcción, si se han extraído de una zona con presencia de uranio, también pueden desprender radón. Además el gas se disuelve en el agua, lo que añade otro factor de riesgo en viviendas que reciban el suministro de un pozo.

Curiosamente, la eficiencia energética de las viviendas actuales es un factor que juega en contra de la seguridad contra el radón. Según Quindós Poncela, la construcción de casas cada vez más herméticas no favorece la eliminación del gas: “Mientras que una vivienda antigua renueva el aire de su interior unas tres veces por hora, una moderna necesita dos horas para llevar a cabo dicha renovación. Este hecho favorece la presencia y acumulación de radón en el interior de las casas”, dice.

En los años 90 se emprendió una campaña de medición de radón en viviendas en toda España, gracias a la cual hoy tenemos el mapa de riesgo publicado por el Consejo de Seguridad Nuclear y que pego a continuación. Pero para Quindós Poncela, las 9.000 mediciones tomadas todavía son insuficientes. Y no solo hace falta una mayor vigilancia: el ICOG reclama a las autoridades “que se apliquen cuanto antes medidas constructivas frente al radón (diseño de cimentaciones, ventilación pasiva, análisis de materiales de construcción, etc.), incluyéndolas en el Código Técnico de la Edificación, y mejorando además la definición de las zonas de riesgo en nuestro país”.

Mapa de riesgo del radón en España. Imagen del Consejo de Seguridad Nuclear.

Mapa de riesgo del radón en España. Imagen del Consejo de Seguridad Nuclear.

En cuanto a las zonas de riesgo, un caso particular estudiado por el Grupo Radón de Quindós Poncela es el de Torrelodones, el pueblo de la sierra madrileña donde vivo, y donde el granito aflora del suelo en cada recodo del paisaje.

Las medidas tomadas en Torrelodones muestran una amplia variación de los niveles de radón, pero en casi todos los casos se mantienen bastante por debajo de los 200 becquerelios por metro cúbico (Bq/m³). En este rango, los expertos recomiendan simplemente “incrementar la ventilación natural de la vivienda para conseguir concentraciones tan bajas como sea posible”.

Solo en una ubicación la medida llega a los 266 Bq/m³, y es en la zona de Colonia Varela; si lo conocen, a la espalda del centro comercial Espacio Torrelodones. Pero incluso en este lugar no hay motivo para la alarma: por debajo de 400 Bq/m³ no se considera necesario aplicar medidas de remedio, sino solo aumentar la ventilación, especialmente en sótanos y plantas a ras de suelo.

Es de esperar que la insistencia de los expertos y la divulgación del problema del radón facilite una mayor vigilancia y una ampliación de las mediciones. Pero si viven en una zona propensa a este riesgo y quieren quedarse más tranquilos, ustedes mismos pueden medir el nivel de radón en su casa: la web del Grupo Radón ofrece un kit, con dos detectores y sus instrucciones, por 80 euros más IVA y gastos de envío.

EEUU pone coto a la homeopatía obligándola a reconocer su inutilidad

Tengo la convicción de que la mayoría de quienes consumen homeopatía lo hacen por desconocimiento. Entiéndase: todos lo hacen por desconocimiento, ya que están consumiendo un simple placebo al que atribuyen propiedades curativas más allá del efecto placebo. Lo que quiero decir es que, intuyo, quienes realmente conocen y aclaman los absurdos principios de la homeopatía son una minoría; el resto creen estar consumiendo algo diferente de lo que realmente están tomando, y muchos de ellos se quedan de piedra cuando conocen la verdad.

Un producto homeopático. Imagen de Wikipedia.

Un producto homeopático. Imagen de Wikipedia.

Extraigo esta conclusión de la pequeña muestra de mi entorno. Si preguntan a algún consumidor de homeopatía que les explique en qué consisten esos productos y cuáles son sus ventajas, probablemente su respuesta se basará en estas dos ideas:

  • La homeopatía es una medicina tradicional, cuya eficacia viene avalada por miles de años de sabiduría popular colectiva.
  • La homeopatía es una medicina natural que emplea hierbas en lugar de productos químicos.

Cuando se quedan de piedra es cuando se les hace saber que ninguna de estas dos ideas se corresponde con la realidad:

  • La homeopatía NO es una medicina tradicional. La inventó un señor concreto con nombre y apellidos, el alemán Samuel Hahnemann, en un año concreto, 1796, cuando aún no se conocían las causas de muchas enfermedades ni se disponía de tratamiento para ellas.
  • La homeopatía NO es el uso de plantas medicinales. Beber una infusión de tila para calmar los nervios NO es homeopatía. Tomar vahos de menta para la congestión NO es homeopatía.

(Nota: la medicina, la de verdad, hunde sus raíces más profundas en el uso ancestral de productos naturales con fines terapéuticos. La farmacología moderna nace cuando la ciencia hace posible aislar los principios activos de estos remedios, identificarlos, recrearlos, sintetizarlos y mejorarlos. Medicamentos como la quinina o la aspirina no cayeron de otro planeta ni se inventaron en las probetas de un científico loco, sino que se descubrieron y se extrajeron de las plantas en primer lugar.)

¿Qué es entonces la homeopatía? Hahnemann creía que las enfermedades estaban causadas por unas entidades misteriosas llamadas miasmas, un término que todavía se empleaba en tiempos de mis abuelos. Las miasmas explicaban para Hahnemann el origen de enfermedades muy variadas cuyas causas concretas aún no se conocían, ya fuera sífilis, cáncer, cataratas o epilepsia. Para tratar estas diversas dolencias, Hahnemann formuló los dos alucinatorios principios fundacionales de la homeopatía:

  • Lo similar cura lo similar: una sustancia que provoca una enfermedad en personas sanas cura esa misma dolencia en los enfermos. Hahnemann llegó a esta disparatada conclusión cuando padeció fiebre tras comer la corteza de la quina, propuesta como remedio contra la malaria.
  • Dilución límite: dado que las dosis altas de las sustancias podían agravar los síntomas, decidió diluirlas sucesivamente en agua con la idea (contraria a la evidencia y al sentido común) de que, a menos dosis, más eficacia. La homeopatía utiliza diluciones tan elevadas de las sustancias de partida que matemáticamente no queda ni una sola molécula de ellas en el agua.

En resumen: los preparados homeopáticos líquidos son solo agua. Cuando se presentan en forma de pastillas, se añade azúcar para que tengan un sustrato sólido. La idea de que los productos homeopáticos son naturales tiene en el fondo una verdad irónica, ya que no hay nada más natural que el agua. Las sustancias de partida son preferentemente (no siempre) de origen natural, ya que en tiempos de Hahnemann no las había de otra clase. Poco importa, ya que en cualquier caso no están presentes en el preparado final que es simplemente agua milagrosa, pero más cara que la de Lourdes.

Todo lo cual, por cierto, me lleva a una reflexión. Algunas organizaciones escépticas han escenificado los llamados suicidios homeopáticos, ingestiones masivas de estos productos para demostrar que carecen de ningún principio activo. Pero si se me permite la ironía, tal vez debería hacerse lo contrario: si la homeopatía afirma que a menor dosis, mayor efecto, los suicidios deberían llevarse a cabo tomando los preparados aún mucho más diluidos de como vienen de fábrica, y en cantidades infinitésimas; idealmente, como en aquel Dry Martini de Buñuel, dejar que un rayo de sol atraviese el frasquito antes de impactar en la boca debería ser mortal de necesidad.

Algo que nunca he podido comprender es bajo qué justificación las farmacias venden estos productos. Algún amigo farmacéutico me ha confirmado que la (o al menos su) carrera de Farmacia no incluye ninguna enseñanza sobre homeopatía. Pero si algún farmacéutico licenciado tratara de excusarse en este vacío formativo para no descalificar la validez de esta seudociencia, el pretexto no sirve: la ciencia que sí aprendió durante su carrera es suficiente para certificar la absoluta inutilidad de los preparados homeopáticos.

Especialmente, esto me choca con la función que los farmacéuticos defienden para sí mismos como asesores expertos en materia terapéutica. Siempre que a alguien se le ocurre levantar la mano para preguntar por qué aquí las gasolineras y los supermercados no pueden despachar medicamentos sin receta, como ocurre por ejemplo en EEUU, los cuerpos y fuerzas del sector farmacia saltan de inmediato con la cantinela de la asesoría experta. ¿Asesoría experta, alguien que vende agua milagrosa?

Dicen algunas malas lenguas que el margen comercial de estos productos es superior al de los medicamentos, y que las grandes multinacionales de la homeopatía se ocupan de mimar a los farmacéuticos con atenciones –llamémoslas– extracurriculares. Ignoro si será cierto. Por mi parte, y dado que no es fácil encontrar farmacias que no dispensen homeopatía, al menos evito aquellas que la publicitan en sus rótulos, e invito a cualquier consumidor concienciado con el fraude comercial y sanitario a que haga lo mismo.

Por todo ello, la lucha contra el gran negocio fraudulento de la homeopatía está en la información al consumidor. Por mi parte, he conseguido que algún despistado con esa idea errónea de la “medicina tradicional natural” renuncie para siempre a la homeopatía. Es obvio que a los practicantes de esta seudociencia y a las compañías que fabrican sus productos no les interesa nada la divulgación de los fundamentos reales de sus negocios.

Y en cuestión de información, la Comisión Federal de Comercio de EEUU (FTC) acaba de dar un paso ejemplar. En un nuevo dictamen, el organismo regulador estadounidense obligará a los productos homeopáticos a que justifiquen sus proclamas del mismo modo que los medicamentos. Estos están siempre sometidos a rigurosos ensayos que demuestran su eficacia; sin embargo, hasta ahora los preparados homeopáticos podían venderse en EEUU con todas las indicaciones que a su fabricante le apeteciera inventarse sin ninguna obligación de justificar su utilidad, bajo el amparo de una regulación de 1988 de la Administración de Fármacos y Alimentos (FDA) que así lo permitía.

Esto se acabó: la FTC recuerda que sus estatutos prohíben la publicidad de falsas proclamas en la información comercial sobre productos y que por tanto deben aportarse justificaciones razonables. Sin embargo, el organismo reconoce que durante décadas se ha producido una dejación de estas exigencias que debe corregirse.

“La homeopatía, que data de finales del siglo XVIII, se basa en la idea de que los síntomas de enfermedad pueden tratarse con dosis diminutas de sustancias que producen síntomas similares cuando se suministran en dosis mayores a personas sanas”, dice la FTC. “Muchos productos homeopáticos se diluyen en tal grado que no contienen niveles detectables de la sustancia inicial. En general, las proclamas de los productos homeopáticos no se basan en métodos científicos modernos y no son aceptadas por los expertos médicos modernos, pero no obstante la homeopatía tiene muchos seguidores”.

La FTC no obligará a los productos homeopáticos a nada más ni nada menos que lo obligado para los medicamentos: justificar que funcionan; y si no pueden, confesarlo en sus envases y prospectos. “La promoción de un producto homeopático para una indicación que no esté fundamentada en pruebas científicas creíbles y competentes puede no ser un engaño si tal promoción comunica de forma efectiva a los consumidores que (1) no hay pruebas científicas de que el producto funcione y (2) las proclamas del producto se basan solo en teorías de homeopatía del siglo XVIII que no son aceptadas por la mayoría de los expertos médicos modernos”.

Resulta curioso que tenga que ser la FTC y no la FDA quien ponga coto a la homeopatía, pero se trata de un asunto siempre delicado, lleno de resquicios legales por los que esta seudociencia suele colarse aprovechando la completa inocuidad de sus productos y acogiéndose a las políticas que protegen la libertad de información comercial. La FTC precisa que su dictamen es compatible con la regulación de la FDA y con la Primera Enmienda de la Constitución de EEUU, que garantiza la libertad de expresión. Esperemos que los efectos de esta nueva normativa se noten pronto, y que cunda el ejemplo en otros países.