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Así es un cerebro humano fresco

Un cerebro humano fresco no es algo con lo que uno se encuentre habitualmente, salvo que se dedique profesionalmente a la neurocirugía o a la ciencia forense. Por supuesto, en la carrera de biología nunca veíamos algo así, pero incluso muchos estudiantes de medicina de todo el mundo no tienen contacto sino con cerebros conservados en formol, un agente fijador que desnaturaliza las proteínas, confiriendo una consistencia firme y gomosa muy distinta de la del tejido fresco.

Personalmente, a lo más que he llegado es al de cordero, y fue hace ya varias décadas, con ocasión de un trabajo escolar. Si no me falla la memoria, fui con mi amigo Pablo al mercado, donde compramos un blíster de plástico que contenía un seso entero y fresco. Aquella mercancía debía haber encontrado su destino más probable en unos huevos revueltos, como en aquellos Duelos y Quebrantos del Quijote. Pero aquel cerebro en concreto sirvió al improbable propósito de un trabajo de ciencias de dos críos de la extinta EGB.

Imagen de YouTube.

Imagen de YouTube.

Recuerdo que aquel órgano se notaba extremadamente delicado y frágil al tacto, como gelatina. Se le quedaba marcada la forma del blíster, y uno comprendía entonces por qué la naturaleza nos ha dado un robusto baúl de hueso para guardarlo y un cojín líquido para amortiguar los golpes.

Sin embargo, entre un cerebro de cordero y otro humano hay un enorme salto que trasciende lo evolutivo. Nos reconocemos, nos relacionamos e incluso nos gustamos o no a través de nuestra fachada. Pero en realidad todo lo que somos, lo que hemos sido y lo que seremos está en ese poco menos de kilo y medio, en su mayoría grasa, que el físico Michio Kaku y otros científicos han calificado como el objeto más complejo del universo. Así lo escribió Francis Crick, el codescubridor de la doble hélice de ADN:

Tú, tus alegrías y tus penas, tus recuerdos y ambiciones, tu sentido de identidad personal y de libre albedrío, de hecho no son más que el comportamiento de un vasto ensamblaje de células nerviosas y sus moléculas asociadas.

Hoy les traigo este vídeo con fines didácticos presentado por la neuroanatomista Suzanne Stensaas, de la Universidad de Utah (EEUU). Stensaas muestra un cerebro humano fresco extraído de una persona fallecida de cáncer que ha donado su cadáver a la ciencia. “Es mucho más blando que la mayoría de la carne que puedes ver en el mercado”, dice la doctora, explicando que el cerebro lleva un cordón atado para poder suspenderlo en un cubo y fijarlo en formol, ya que si lo dejaran simplemente en el fondo se desparramaría como lo que es, un pedazo de grasa. Pásmense ante esta increíble y vulnerable maravilla, pero no lo olviden: ahí dentro está toda una vida.

Los Nobel, uno fresco, otro rancio, y siempre dejan a alguien fuera

Como cada año por estas fechas, no puede faltar en este blog un comentario sobre lo que nos ha traído la edición de turno de los premios Nobel. Y aunque cumplo con esta autoimpuesta obligación, debo confesarles que lo hago con la boca un poco pastosa. No por desmerecer a los ganadores, siempre científicos de altísimos logros, sino por otros motivos que año tras año suelo traer aquí y que conciernen a los propios premios.

Imagen de Wikipedia.

Imagen de Wikipedia.

En primer lugar, están los merecimientos no premiados de los que siempre se quedan por debajo de la línea de corte. Ya lo he dicho aquí, y no descubro nada nuevo: ya no hay Ramones y Cajales encerrados a solas en su laboratorio. Vivimos en la época de la ciencia colaborativa y a veces incluso multitudinaria, donde algunos estudios vienen firmados por miles de autores. No exagero: hace un par de años, un estudio de estimación de la masa del bosón de Higgs batió todos los récords conocidos al venir firmado por una lista de 5.154 autores. Nueve páginas de estudio, 24 páginas de nombres.

En el caso que nos ocupa, el Nobel de Física 2017 anunciado esta semana ha premiado la detección de ondas gravitacionales, un hito histórico que se anunció y publicó por primera vez en febrero de 2016, que confirmó la predicción planteada por Einstein hace un siglo y que según los físicos abre una nueva era de la astronomía, ya que enciende una nueva luz, que en este caso no es luz, para observar el universo.

Pero aunque sin duda el hallazgo merece los máximos honores que puedan concederse en el mundo de la ciencia, el problema es que los Nobel fueron instituidos por un tipo que murió hace 121 años, cuando la ciencia era cosa de matrimonios Curies investigando en un cobertizo. Y las normas de los Nobel dicen que como máximo se puede premiar a tres científicos para cada categoría.

Los agraciados en este caso han sido Rainer Weiss, Barry Barish y Kip Thorne, los tres estadounidenses, el primero nacido en Alemania. Weiss se queda con la mitad del premio, mientras que Barish y Thorne se reparten el otro 50%.

No cabe duda de que los tres lo merecen. Weiss fue quien inventó el detector que ha servido para pescar por primera vez las arrugas en el tejido del espacio-tiempo, producidas por un evento cataclísmico como la fusión de dos agujeros negros. Thorne ha sido la cabeza más visible en el desarrollo de la teoría de las ondas gravitacionales, además de ser un divulgador mediático y popular: creó el modelo de agujero negro que aparecía en la película Interstellar. Por su parte, Barish ha sido el principal artífice de LIGO, el detector que primero observó las ondas gravitacionales y que se construyó según el modelo de Weiss apoyado en la teoría de Thorne.

Pero más de mil científicos firmaron el estudio que describió la primicia de las ondas gravitacionales. Sus diversos grados de contribución no quedan reflejados en la lista de autores, ya que en casos así no se sigue la convención clásica de situar al principal autor directo del trabajo en primer lugar y al investigador senior en el último; aquí la lista es alfabética, sin un responsable identificado. El primero de la lista era un tal Abbott, cuyo único mérito para que aquel estudio histórico ahora se cite como “Abbott et al.” fue su ventaja alfabética. De hecho, había tres Abbotts en la lista de autores.

¿Se hace justicia premiando solo a tres? Tengo para mí que los físicos especializados en la materia, sobre todo quienes hayan participado de forma más directa o indirecta en este campo de estudio, tal vez tengan la sensación de que queda alguna cuenta no saldada.

Como mínimo, habrá quienes achaquen al jurado que haya olvidado la importantísima contribución de Virgo, el socio europeo del experimento LIGO. Ambos nacieron de forma independiente en los años 80, LIGO en EEUU y Virgo en Italia como producto de una iniciativa italo-francesa. Con el paso de los años, LIGO y Virgo comenzaron a trabajar en una colaboración que estaba ya muy bien trabada antes de que el detector estadounidense lograra la primera detección de las ondas gravitacionales. La cuarta detección de ondas de este tipo, anunciada hace solo unos días, se ha producido en paralelo en LIGO y en Virgo. ¿Es justo dejar a los artífices del proyecto europeo sin el reconocimiento del Nobel?

Por supuesto, son las normas de los premios. Pero miren esto: el testamento de Nobel no mencionaba en absoluto a tres premiados por cada categoría, sino que se refería simplemente a “la persona que…”. Por lo tanto, si se trata de ceñirse estrictamente a la última voluntad del fundador de los premios, estos no deberían repartirse.

Pero la limitada representatividad de la lista de premiados no es el único defecto de los Nobel. Otro que también he comentado aquí en años anteriores es la tendencia a premiar trabajos tan antiguos que ni sus autores ya se lo esperaban, si es que siguen vivos. Y en esto tampoco se respetan las instrucciones de Alfred Nobel, ya que él especificó que los premios deberían concederse a quien “durante el año precedente haya conferido el mayor beneficio a la humanidad”.

Si al menos este año en Física se ha premiado ciencia fresca y puntera, no ocurre lo mismo con la categoría de Fisiología o Medicina. Los tres galardonados, Jeffrey Hall, Michael Rosbash y Michael Young, todos estadounidenses, lograron sus avances fundamentales sobre los mecanismos moleculares del reloj biológico (los ritmos circadianos) allá por los años 80.

De hecho, hay un dato muy ilustrativo. A diferencia del caso de las ondas gravitacionales, en el campo de los ritmos circadianos sí hay dos nombres que muy claramente deberían encabezar una lista de candidatos a recibir los honores: Seymour Benzer y su estudiante Ron Konopka, los genetistas estadounidenses que primero descubrieron las mutaciones en los genes circadianos con las cuales pudo escribirse la ciencia moderna de la cronobiología. Pero Benzer falleció en 2007, y Konopka en 2015. Y no hay Nobel póstumo. El premio en este caso se ha concedido a una segunda generación de investigadores porque se ha concedido tan a destiempo que los de la primera murieron sin el debido reconocimiento.

En este caso, los Nobel pecan una vez más de conservadurismo, de no apostar por avances más recientes cuyo impacto está hoy de plena actualidad en las páginas de las revistas científicas. Por ejemplo, CRISPR, el sistema de corrección de genes que abre la medicina del futuro y en el que nuestro país tiene un firme candidato al premio, el alicantino Francisco Martínez Mojica. Pero dado que este avance también puede optar al Nobel de Química, que se anuncia hoy miércoles dentro de un rato, de momento sigamos conteniendo la respiración.

El ébola puede esconderse en el semen durante dos años

Hace unos días conté que un oscuro tipo de virus, cuyos efectos reales en el ser humano aún son inciertos, podría convertirse en un protagonista de la investigación en los próximos años, ya que un estudio lo revela como el principal invasor vírico desconocido de nuestro organismo.

Popularmente la palabra virus se asocia con enfermedad, y es lógico que así sea; al fin y al cabo su nombre procede del latín veneno, y se denominaron así por sus efectos antes de saberse qué eran realmente.

Pero aquí hay un biólogo que opina que la designación de un tipo de programas informáticos como virus, en analogía con los biológicos, es engañosa, ya que lleva a una idea equivocada. Los virus informáticos son maliciosos, creados ex profeso para hacer daño, corromper otros programas y sistemas. Hay una intencionalidad destructiva en su acción, y este propósito que sus creadores les otorgan es su única razón de ser.

Reconstrucción del virus del ébola. Imagen de Wikipedia.

Reconstrucción del virus del ébola. Imagen de Wikipedia.

Por el contrario, y dejando claro que en la naturaleza no existe una finalidad, si pudiera hablarse de un “objetivo” de los virus biológicos este no sería destruir, sino simplemente perdurar. Un virus es un parásito, y la lógica bio-lógica de un parásito es utilizar a su anfitrión para perpetuarse; matar es solo un efecto secundario, pero uno generalmente perjudicial para el propio parásito si muere con su hospedador antes de poder infectar a otro.

Esta es la razón de que los virus extremadamente y rápidamente letales tengan unas perspectivas de perpetuación bajas. Los expertos en bioterrorismo no suelen considerarlos una principal amenaza, y en contra de lo que cuentan todas y cada una de las películas del género, si alguna vez la humanidad se extingue debido a un virus, no será por uno de estos.

En biología existe un tradicional y entretenido debate sobre si los virus pueden considerarse seres vivos. Por supuesto, todo depende de la definición de ser vivo, que algunos biólogos simplemente consideran entre innecesaria e inaplicable. Respecto a los virus, la objeción más común para llamarlos seres vivos es que carecen de metabolismo. Otros reparos, como el hecho de que no pueden reproducirse de forma autónoma, dejarían también fuera del club de los seres vivos a muchos otros parásitos celulares.

Pero respecto al metabolismo, hay distintas formas de verlo. Dado que en realidad nadie sabe qué fue antes, si huevo o gallina, virus o célula anfitriona, nadie puede descartar que los virus nacieran como entidades vivas completas para después prescindir de la carga de un metabolismo propio que les lleva a consumir energía y por tanto les pone en riesgo de morir de hambre. Según esta idea, los virus no solo serían seres vivos; serían de hecho las formas de vida más sofisticadas y perfeccionadas que existen, aquellas que se las han ingeniado para prescindir de todo lo que no es necesario llevar encima.

Todo esto que he contado tiene un propósito, y es explicar que los virus no existen para fastidiarnos. Simplemente, existen porque han logrado existir. Desde el punto de vista de un virus, sus hospedadores no somos más que maquinaria de repuesto para utilizar por el camino. Pero dado que tradicionalmente los hemos estudiado por su condición de patógenos infecciosos, muchas de las cosas que pueden hacer probablemente se nos hayan escapado.

Y como consecuencia, cuando nos topamos con alguna de esas cosas inesperadas que pueden hacer, nos preguntamos: ¿por qué? ¿Por qué algunos virus nos infectan sin provocarnos ningún síntoma aparente? La respuesta está en el argumento anterior: un virus que logra instalarse en la mayor parte de la población y perdurar a lo largo de toda la vida del individuo sin causarle ningún daño es un triunfador de la evolución. Un ejemplo podría ser el TTV que comenté el otro día. Y otro ejemplo, aunque tal vez con una estrategia alternativa, podría ser ahora el ébola.

Pero el ébola sí mata, dirán ustedes. Cierto, pero nos mata a nosotros; no a otras especies. Olvidemos nuestro punto de vista antropocéntrico y aprendamos a pensar como un virus, si se me permite la incongruencia. Los virus tienen lo que se conoce como reservorios, especies en las que habitan indefinidamente sin causarles ningún daño. En el caso del ébola, son los murciélagos; nosotros somos solo un accidente en su camino, así que el virus no pierde nada matándonos.

Así, la infección del ébola es crónica y aparentemente asintomática en los murciélagos, mientras que es aguda y a menudo letal en los humanos. O así lo creíamos hasta ahora, cuando un nuevo estudio viene a plantearnos nuevos porqués. Un equipo de investigadores de la Universidad de Carolina del Norte (EEUU) ha descubierto que el semen de algunos supervivientes a la enfermedad del ébola sigue conteniendo ARN del virus (el soporte de su material genético) hasta dos años después de la infección.

Hasta ahora, y para evitar un posible contagio por vía sexual debido a posibles restos del virus en el esperma, las directrices de la Organización Mundial de la Salud (OMS) dictadas en 2016 aconsejaban a los hombres que han sobrevivido a la infección no mantener relaciones sexuales sin preservativo durante 12 meses después de la enfermedad, o hasta que los análisis de su semen hayan resultado negativos para el ARN del virus al menos dos veces.

Los autores del estudio, publicado en la revista Open Forum Infectious Diseases, examinaron el semen de 149 hombres en Monrovia, la capital de Liberia, uno de los países afectados por el brote de 2014. De este grupo, 13 dieron resultado positivo de ARN del ébola, y 11 de ellos habían pasado la infección hace ya dos años. Aún más preocupante, algunos de estos voluntarios ya habían obtenido un resultado negativo en análisis anteriores.

“Parece claro que en algunos supervivientes pueden quedar restos del virus en el tracto genital masculino durante largos períodos de tiempo, lo que tiene posibles implicaciones importantes para la transmisión”, ha dicho el primer autor del estudio, William Fischer.

Lo cierto es que estas implicaciones aún son una incógnita. Se conocen casos de transmisión sexual del ébola al poco tiempo de terminar la fase aguda, pero los investigadores ignoran si la detección de ARN dos años después de la infección puede corresponderse o no con la presencia de virus activo capaz de transmitir la enfermedad. En cualquier caso, tal vez este nuevo hallazgo podría invitar a una revisión de las directrices de la OMS como medida de precaución.

Todo lo cual nos lleva de vuelta al punto de vista del virus. Según Fischer, esta persistencia del ARN, que en algunos casos parece intermitente, “sugiere que necesitamos cambiar nuestra manera de pensar sobre el ébola, ya que ahora no es solo una enfermedad aguda, sino también una con posibles efectos a largo plazo”. De hecho, los autores del estudio descubrieron que la presencia del ARN a largo plazo parece estar asociada a problemas de visión.

Por el momento, la conclusión de todo ello no es una respuesta, sino varias preguntas: ¿por qué? ¿Por qué hace esto el ébola en nosotros? ¿Es una estrategia de supervivencia? ¿Ha aprendido el virus a hacerse un reservorio en algunos de sus huéspedes accidentales? ¿Cómo logra cronificarse sin los estragos de la fase aguda? Solo aprendiendo a pensar como un virus lograremos obtener las respuestas.

El 99% de los microbios que viven en nosotros son desconocidos para la ciencia

La ciencia tiene algo de carrera hacia el horizonte: cuanto más corremos, más parece alejarse, ya que cada nueva respuesta levanta una cantidad ingente de preguntas. Lo importante es el nuevo territorio que descubrimos por el camino, aunque sirva también para hacernos notar todo lo que nos queda aún delante por conocer.

Uno de esos territorios entre los más desconocidos es el de los microbios, los verdaderos reyes de la naturaleza, los seres más abundantes del planeta, los que estaban aquí mucho antes que nosotros, seguirán cuando nosotros ya no estemos, y en el camino se han adueñado de todos los hábitats terrestres, incluso aquellos en los que cualquier otro ser vivo moriría cocido, asado, asfixiado, irradiado o congelado.

Incluso nuestro propio cuerpo: si contamos por número de células, somos tanto o más microbios de lo que somos nosotros mismos. Hasta hace poco solía pensarse que el organismo humano tenía diez veces más células microbianas que propias. En 2016 un estudio corrigió la estimación, calculando que ambas cifras están más próximas, unos 38 billones de bacterias frente a 30 billones de células humanas en una persona media de 70 kilos.

Bacterias Pseudomonas aeruginosa al microscopio eléctronico. Imagen de Wikipedia.

Bacterias Pseudomonas aeruginosa al microscopio eléctronico. Imagen de Wikipedia.

Claro que si añadiéramos los virus, que este estudio no incluía, las cifras volverían a volcarse masivamente a favor de nuestros pequeños huéspedes. Durante una gripe nuestro cuerpo puede verse invadido por cien billones de virus. Un estudio descubrió que cada persona sana alberga en su cuerpo una media de cinco tipos de virus que pueden hacernos enfermar, pero además llevamos dentro otros muchos que son inofensivos para nosotros, incluyendo los que no infectan a nuestras propias células, sino a esos 38 billones de bacterias. El número de ceros casi llega a marear.

La inmensa mayoría de todos estos microbios (incluyo a los virus, aunque para muchos científicos no son realmente seres vivos) son desconocidos para la ciencia. Tradicionalmente los científicos solo podían llegar a conocer los microbios que podían cultivarse en el laboratorio, y estos son solo una pequeñísima proporción, incluyendo los que requieren medios de cultivo con ingredientes tan exóticos como la sangre. Los virus, además, necesitan células en las que vivir.

Con todo esto, no sorprende que un estudio de 2016 cifrara en un 99,999% la proporción de tipos de microbios que aún no se conocen, de un total estimado de un billón de especies en la Tierra. Y esto contando bacterias, protozoos y hongos, pero sin incluir los virus.

Más recientemente, los investigadores comenzaron a ser capaces de tomar muestras complejas, por ejemplo agua del océano, y pescar la diversidad de microbios presente en ellas a través de su ADN. Es algo así como una versión genética de hacer una foto a una muchedumbre, pero el resultado es más o menos igual de frustrante: un montón de caras, o fragmentos de ADN, pertenecientes a un montón de personas, o microbios, de los que no se sabe absolutamente nada y a los que es imposible identificar.

Esta pesca de ADN en masa es la que ha aplicado ahora un equipo de investigadores de la Universidad de Stanford (EEUU) a otro peculiar océano, el que circula por nuestras venas. En realidad el propósito inicial de los científicos no era pescar microbios; su intención era examinar el ADN libre que circula por la sangre de los pacientes trasplantados para ver si podían correlacionar la cantidad de ADN del donante con el rechazo del órgano. Este estudio suele hacerse mediante una biopsia molesta e invasiva, y los investigadores trataban de comprobar si podía sustituirse por un simple análisis de sangre: si hay mucho ADN del órgano trasplantado en la sangre, significa que el cuerpo del paciente lo está destruyendo.

Pero en esta pesca masiva de ADN en el río de la sangre, los investigadores encontraron también algo que ya esperaban: innumerables trocitos de genes de microbios. Lo que no esperaban tanto era la proporción de estos microbios que son unos completos desconocidos para la ciencia: un 99%. Solo uno de cada cien de estos microbios es algo cuyos genes ya figuran en las bases de datos, según el estudio publicado en PNAS.

Lo que sí han podido hacer los científicos es comparar estos misteriosos microbios con otros que ya se conocen, y así han llegado a la conclusión de que la mayoría de las bacterias pertenecen a un grupo llamado proteobacterias. Lo cual tampoco es mucho decir, ya que se trata de un grupo inmenso que incluye bacterias tan diversas como las que causan diarreas, cólera, peste o úlceras, o las que viven en las plantas para chupar el nitrógeno de la atmósfera.

En cuanto a los virus, el resultado es más sorprendente, porque la mayoría de los detectados pertenecen a un grupo que no se descubrió hasta 1997, conocido como Torque Teno Virus (TTV) o Virus Transmitidos por Transfusión. Hasta ahora se conocían dos grupos, uno que vive en animales y otro que infecta a las personas, pero sobre este último no está del todo claro hasta qué punto son peligrosos para nosotros. Se sabe que es muy común en las personas sin síntomas aparentes, pero también que aparece en enfermedades hepáticas, sobre todo en pacientes trasplantados, y posiblemente en otras patologías.

Los TTV descubiertos por los investigadores de Stanford son totalmente nuevos, distintos a los ya conocidos en humanos y animales. Lo cual implica que no se sabe absolutamente nada sobre lo que podrían hacernos. Pero los resultados del estudio sugieren que un grupo de virus hasta ahora minoritario y casi desconocido tiene en realidad un protagonismo en nuestro cuerpo mucho mayor de lo que nadie sospechaba. Y teniendo en cuenta que están presentes hasta en más del 90% de los adultos y que se transmiten por transfusión sanguínea, ¿hace falta algo más para llegar a la conclusión de que nos conviene bastante saber más sobre los TTV?

Esta niña estuvo muerta dos horas, y hoy lleva una vida normal

En febrero de 2016, la madre de Eden Carlson estaba tomando una ducha en su casa de Fayetteville, Arkansas (EEUU), sin saber que aquel rato rutinario de aseo iba a cambiar su vida trágicamente. La pequeña de dos años, al parecer una auténtica exploradora y escapista, burló la valla antibebés, abrió la pesada puerta de su casa y caminó por el jardín hasta caer a la piscina. Cuando su madre la encontró, llevaba 15 minutos flotando en el agua, sin vida.

Eden Carlson, antes del accidente. Imagen de YouTube.

Eden Carlson, antes del accidente. Imagen de YouTube.

De inmediato, la madre le practicó Reanimación Cardiopulmonar (RCP), sin éxito. Eden fue trasladada al Centro Médico Regional Washington de su ciudad, donde los médicos comprobaron que no tenía latido cardíaco ni pulso, no respiraba, tenía las pupilas fijas y dilatadas y una temperatura corporal de 28,9 °C. En la Escala de Coma de Glasgow, que suma las puntuaciones del grado de respuesta según tres criterios diferentes, era un 3, el equivalente a la muerte.

Pero los médicos se resistían a perderla. Por fin, después de casi dos horas de resucitación y 17 inyecciones de epinefrina, el corazón de la niña volvió a latir. Una vez estabilizada, fue trasladada por aire al Hospital Infantil de Arkansas, en Little Rock, donde los médicos encontraron un panorama devastador: sus órganos vitales no funcionaban, su sangre tenía un peligroso nivel de acidez y una presión por los suelos, y los daños cerebrales eran profundos, con una extensiva pérdida de las sustancias gris y blanca. Le dieron entre 2 y 48 horas de vida.

Eden Carlson, después de su reanimación. Imagen de YouTube.

Eden Carlson, después de su reanimación. Imagen de YouTube.

Contra toda esperanza, la niña resistió. Durante 10 días recibió ventilación mecánica, hasta que pudo empezar a respirar de forma autónoma. A los 35 días de su ahogamiento fue dada de alta y regresó a casa, pero en estado semivegetativo: “sin respuesta a ningún estímulo, inmóvil, con las piernas flexionadas sobre el pecho y con constante agitación y movimiento de cabeza”, escriben los médicos en el informe del caso, publicado en la revista Medical Gas Research.

La pequeña Eden parecía encarar la perspectiva de una vida muy mermada y completamente dependiente de cuidados constantes. Pero de alguna manera que no se precisa en el estudio, sus padres oyeron hablar de la terapia hiperbárica de oxígeno aplicada por Paul Harch, un médico de la Facultad de Medicina y Hospital de la Universidad Estatal de Luisiana en Nueva Orleans.

La terapia hiperbárica de oxígeno (HBOT, en inglés) es algo que todos hemos visto en las películas de submarinismo. Son esas cámaras de alta presión donde los buceadores deben permanecer para evitar que la descompresión les forme burbujas letales en la sangre. Al reducir la presión atmosférica lentamente y no de golpe, el tamaño de las burbujas disminuye y se consigue que el gas se disuelva en la sangre sin efectos dañinos.

Este fue el uso original para el que se inventaron las cámaras hiperbáricas (de alta presión), pero con el tiempo los médicos han ido explorando otras aplicaciones, como el tratamiento de la gangrena gaseosa (la necrosis de tejidos por una infección que produce gas) o del envenenamiento con monóxido de carbono. Actualmente se ensaya su posible utilidad en un sinnúmero de enfermedades y trastornos, pero en la mayoría de los casos sin resultados convincentes.

Harch, uno de los principales especialistas mundiales en HBOT, pensó que el caso de Eden era potencialmente apto para beneficiarse de esta terapia, ya que se trataba de una niña muy pequeña, y por tanto con tejidos, incluido el cerebral, que aún conservaban una gran capacidad de regeneración. Dado que no existía cámara hiperbárica en el lugar donde Eden vive, Harch prescribió terapia normobárica (a presión ambiental) de oxígeno puro durante 45 minutos dos veces al día, comenzando en el día 55 después del ahogamiento.

“Al cabo de horas, la paciente estaba más alerta, despierta, y dejó de agitarse”, escriben Harch y su colaborador, el radiólogo Edward Fogarty. “La tasa de mejora neurológica aumentó durante los 23 días posteriores con la capacidad de reír, mover los brazos y manos, agarrar objetos con la mano izquierda, alimentación oral parcial, seguimiento con los ojos y un nivel de habla similar al preahogamiento, pero con menor vocabulario”.

La niña siguió también terapias de rehabilitación, y 78 días después del accidente se trasladó a Nueva Orleans para seguir un programa de HBOT dirigido por Harch, con un total de 40 sesiones de 45 minutos al día. Y como muestran los vídeos, el estado de Eden mejoró espectacularmente hasta un nivel, según su madre, “casi normal, excepto por la función motora general”.

Eden Carlson, nueve meses después del ahogamiento. Imagen de YouTube.

Eden Carlson, nueve meses después del ahogamiento. Imagen de YouTube.

Al término del tratamiento, esta era la situación de la niña descrita en el estudio: “camina asistida, nivel de habla superior al preahogamiento, función motora casi normal, cognición normal, mejora en casi todas las anomalías neurológicas examinadas, interrupción de la medicación, y déficits residuales emocionales, en el temperamento y la marcha”. Los escáneres cerebrales mostraban una “casi completa reversión de la atrofia cortical y de sustancia blanca”. Harch y Fogarty subrayan que, hasta donde han podido saber, la impresionante recuperación de Eden es un caso “no descrito con ninguna otra terapia”.

Pero mejor que leerlo es verlo. El primero de los vídeos recoge la historia y los progresos de Eden hasta mayo de 2016, al comienzo del tratamiento HBOT. En el segundo, publicado en noviembre de 2016, Eden da las gracias a todas las personas que la ayudaron en esta cuasimilagrosa recuperación. Así es hoy la niña que estuvo casi dos horas muerta, y para quien aquella dramática experiencia apenas dejará otra secuela que un mal recuerdo, si es que llega a recordar algo. Y les aviso: tengan los pañuelos de papel a mano.

Pero no; esperen, que aún no hemos terminado. No creo oportuno comentar nada sobre la aureola de plegarias respondidas y milagros divinos con la que los padres rodean la historia de la recuperación de Eden. Pero sí es importante indagar en las implicaciones científicas del caso, y en concreto la respuesta a la pregunta que cualquiera se formulará después de leer la historia de Eden:

¿Es la terapia hiperbárica de oxígeno una nueva panacea?

No soy yo quien puede responder a esta pregunta, excepto con una regla general: casi nada es una nueva panacea. En el caso de Eden y con independencia de la eficacia de la HBOT, se aliaban dos circunstancias sin las cuales esta deslumbrante recuperación habría sido más que improbable.

Por un lado, la pequeña cayó a la piscina en febrero. El agua, según documentan los autores del estudio, estaba a 5 °C. El frío conservó el organismo de Eden casi en hibernación, ralentizando la degeneración de los tejidos. Durante todo el proceso de resucitación, el cuerpo de la pequeña se mantuvo en hipotermia; para eso servían las fundas azules que la niña lleva en la foto de arriba.

Por otro, a la edad de dos años la capacidad de recuperación del organismo es pasmosa. Hoy se ha abandonado el dogma clásico según el cual el sistema nervioso humano era una máquina terminada sin ninguna posibilidad de reparación tras una avería; las neuronas tienen una cierta capacidad regenerativa que puede potenciarse con ayudas terapéuticas. Además, el cerebro posee también un cierto margen para desviar algo de las funciones de los circuitos dañados a otras zonas sanas, como cuando se desvía el tráfico de una carretera cortada a otra abierta. Tanto esta plasticidad cerebral como la capacidad de regeneración son especialmente aprovechables en niños pequeños, cuando el sistema nervioso aún está creciendo.

El problema con la HBOT es que, más allá de su acción física en la descompresión, en lo referente a su actuación celular y molecular aún no se sabe cómo funciona, si es que realmente funciona. Se asume que el mayor flujo de oxígeno facilita la cicatrización celular y dispara señales metabólicas que activan los procesos regenerativos para combatir los daños en los tejidos y las infecciones. En casos concretos de estas dos situaciones se ha mostrado eficaz, pero los mecanismos aún solo pueden explicarse a grandes rasgos. En su estudio, Harch y Fogarty se limitan a una especulación razonable en una sola frase para justificar la recuperación de Eden: “La explicación más probable es el crecimiento de las sustancias [cerebrales] gris y blanca inducido por la señalización génica hiperóxica e hiperbárica”.

De hecho, los dos médicos ni siquiera están seguros de hasta qué punto la secuencia concreta del tratamiento de Eden ha sido importante o no en su recuperación: “aunque es imposible concluir de este caso individual si la aplicación secuencial de oxígeno normobárico y después HBOT es más eficaz que solo HBOT, en ausencia de HBOT la terapia normobárica de oxígeno repetitiva y de corta duración puede ser una opción hasta que la HBOT esté disponible”, dice Harch en una nota de prensa.

¿Por qué entonces no se sometió a la niña a HBOT desde un principio? No se explica, pero se sospecha que la razón no es médica, sino simplemente económica; el cochino dinero. En el primer vídeo, los padres aclaran que su seguro médico no cubre la HBOT. La web de Medicare, el pálido remedo de Seguridad Social en EEUU, recoge que la HBOT está cubierta solo en ciertas circunstancias, entre las cuales no se incluyen los casos de ahogamiento, y siempre con un 20% de copago por parte del paciente. Según cifras que circulan por ahí, una hora de HBOT puede costar más de 1.000 dólares. Y dado que en sus vídeos los Carlson agradecen la ayuda de los donantes, todo indica que Eden no recibió esta terapia hasta el momento en que sus padres pudieron costearla con donaciones.

Y por supuesto, también en el caso de Eden hay un conflicto de interés que queda bien especificado en el estudio, como ahora es obligatorio en (casi) toda publicación científica, según expliqué recientemente: Harch es “copropietario de Harch Hyperbarics, Inc., una corporación dedicada a la consultoría y el testimonio experto sobre medicina hiperbárica”. Es decir, que Harch posee una empresa dedicada a promover el uso de la HBOT. También es necesario destacar que el caso de Eden se ha publicado en una revista científica muy sectorial y minoritaria, Medical Gas Research, a cuyo comité editorial pertenecen tanto Harch como los dos referees o revisores que han aprobado su estudio (en las revistas de acceso abierto como esta, a menudo los nombres de los referees se hacen públicos después de la aceptación de un estudio).

¿Significa todo esto que habría que marcar el estudio con un banderín rojo de alerta? ¿Significa que la HBOT podría caer en el terreno gris cercano a la pseudociencia?

No y no. En cuanto a lo primero, ahí están los evidentes progresos de Eden. La ventaja que tienen los médicos con casos clínicos como el de la pequeña es que los resultados son indiscutibles. Incluso aunque las causas no lo sean: los propios autores reconocen las limitaciones del estudio. Y por supuesto, no hay otras Edens que no hayan seguido el mismo curso terapéutico para comparar su evolución sin terapia normobárica, sin HBOT o sin ninguna de las dos.

Respecto a lo segundo, la medicina hiperbárica se ha ensayado desde hace siglos, desde los años 30 del siglo pasado se ha empleado en submarinismo, y desde hace décadas se estudia en una amplísima gama de trastornos. Para la mayoría de ellos no hay pruebas de eficacia real, pero sí para algunos. Si se prescribe un anticatarral contra el catarro, es ciencia; si se prescribe contra el cáncer, es pseudociencia. La HBOT también se ha probado contra el cáncer, sin éxito aparente. Harch está demostrando que puede ser útil para la neurorregeneración en ciertos casos, pero aún queda mucho camino por delante.

Así que no se apresuren a comprarse una cámara hiperbárica, si es que pueden costearla. No, Michael Jackson no dormía en una de estas cámaras. Es solo un mito: la compró para un hospital local y se hizo una foto dentro de ella para alimentar su imagen excéntrica. Y lo cierto es que la HBOT también tiene sus riesgos, razón por la cual se limitan los tiempos de tratamiento. La alta presión puede perjudicar los huecos corporales rellenos de aire, como el oído interno o los senos nasales. Tampoco se apresuren a buscar el bar de oxígeno más próximo a su casa; somos seres que nacimos respirando una atmósfera con solo un 21% de oxígeno. Una dosis más alta puede ser entre inútil y muy tóxica; tal vez incluso un factor de riesgo de cáncer. Por el momento, esperemos a ver si la HBOT va superando pequeños grandes pasos como el de Eden.

¿Es posible dispararse uno mismo en el pecho con un arma de caza?

La idea de una persona disparándose en el pecho con una escopeta o un rifle puede encajar casi en cualquier posición entre lo lógico y lo absurdo, según como cada cual quiera planteárselo. Imagino que lo hemos visto muchas veces en el cine, lo cual no es en absoluto una garantía de que pueda corresponder a una situación real. Pero entre la duda natural, y los esfuerzos que últimamente hace la actualidad por convertir en real lo impensable, es esperable que circulen las verdades alternativas.

Así que, donde muchos suelen invocar el imperio de la ley, algunos estamos aquí para invocar el imperio de la ciencia, que a diferencia del primero no viene arbitrariamente impuesto. Alguien tiene que actuar como simple pregonero de lo que la ciencia tiene que decir al respecto, siempre que la ciencia tenga algo que decir al respecto.

Miguel Blesa. Imagen de 20Minutos.es.

Miguel Blesa. Imagen de 20Minutos.es.

Y la ciencia ya lo ha dicho, hablando por boca de los científicos forenses, que son quienes en este caso tienen la experiencia y el conocimiento necesarios para llegar a una conclusión razonable amparada en las pruebas. La autopsia confirma que Miguel Blesa se suicidó, y punto. Ante este dictamen no cabe nada más que añadir.

Pese a todo, parece que no basta. Un ligero vistazo a Twitter y a los comentarios en las noticias de los medios descubre una avalancha de opiniones anónimas sosteniendo que los brazos son demasiado cortos para poder apretar el gatillo sujetando una escopeta o un rifle en el sentido contrario a su uso normal, es decir, con el cañón hacia el pecho.

Debo aclarar que por supuesto no soy un experto en ciencia forense, y que por añadidura no tengo la menor idea sobre el mundo de las armas de fuego. Pero creo que sí soy experto en dos cosas: una, en manejar documentación científica. Y dos, en hacerme preguntas y buscar fuentes autorizadas para responderlas. Así que animo a quien quiera verter conjeturas a que antes se decida a hacer esto mismo que he hecho yo. De verdad, incluso con el calor del verano, poner las neuronas a funcionar siempre es un ejercicio interesante que no enseñan en el gimnasio.

Lo primero que me viene a la mente tras leer sobre la muerte de Blesa es un nombre: Ernest Hemingway. Tratándose de uno de mis autores favoritos, de inmediato recuerdo que murió en su casa de Idaho por un disparo con una de sus escopetas. En un primer momento el suceso se hizo pasar por un accidente de caza, pero pronto quedó aclarado que se descerrajó el tiro voluntariamente. Hemingway padecía hemocromatosis, una rara enfermedad que se ha relacionado con diversos suicidios en su familia. En sus últimos tiempos, la cabeza ya no le regía bien.

Pero Hemingway se disparó en la cabeza, no en el pecho. Así, lo segundo que hago es telefonear a un amigo cazador. Le encuentro en su retiro vacacional, y apenas se ha enterado de lo de Blesa. A mi pregunta de si es posible dispararse a uno mismo en el pecho con una escopeta o un rifle, me regala una larga y profusa explicación sobre los tipos de armas, la longitud de los cañones, la sensibilidad de los gatillos y las posturas de disparo. Pero cuando le pido el monosílabo que necesito como conclusión, es un sí; sí, es perfectamente posible dispararse a uno mismo en el pecho con un arma de caza utilizando solo los dedos de las manos, sin ayudarse con un palo o con los pies. Aunque, añade, no todas las personas podrían hacerlo con todas las armas.

Lo siguiente que hago es bajar al sótano y simular mi propio suicidio. A falta de escopeta, bien viene una escoba. Compruebo que obviamente el gatillo quedaría más accesible si uno se dispara en la frente que en el pecho, pero también que todo es cuestión del ángulo de disparo. El ángulo de 90 grados es el que obliga a estirar más los brazos, pero reduciendo el ángulo en cualquier de los dos sentidos las manos llegan fácilmente a partes más lejanas del palo. Así que, imagino, los forenses de Córdoba habrán dictaminado que la longitud de los brazos de Blesa es compatible con el ángulo de entrada del disparo para que él mismo pudiera apretar el gatillo.

Un rifle de caza del mismo calibre (.270) que el utilizado por Miguel Blesa para suicidarse. Imagen de Wikipedia.

Un rifle de caza del mismo calibre (.270) que el utilizado por Miguel Blesa para suicidarse. Imagen de Wikipedia.

Lo último que hago es recurrir a las publicaciones científicas. Y sí, como era de esperar, hay infinidad de casos descritos de suicidios con escopetas o rifles de caza; de hecho, son las armas de fuego mayoritariamente elegidas para quitarse la vida en algunos países europeos, pero también en Canadá.

Yendo a datos concretos, un estudio de 2014 recopiló 57 suicidios con escopeta en una región de Turquía entre 2000 y 2007. De ellos, 34 fueron por disparos en la cabeza, 9 en el abdomen y 7 en el pecho, un 12,3% de los casos. En otro estudio de 2016 en Minnesota (EEUU), los disparos en el pecho sumaban el 21,5% de los casos de suicidios con escopeta. Curiosamente, en otro estudio recopilatorio en Estambul, casi la mitad de las mujeres que se disparaban con escopetas lo hacían en el abdomen, a pesar de tener generalmente los brazos más cortos que los hombres.

Por los datos de los expertos, parece claro que los suicidas suelen elegir dispararse en la cabeza; otro estudio publicado por forenses indios en 2015 dice: “Las heridas en los casos de suicidios por arma de fuego son generalmente en la región de la cabeza. Cuando se encuentra una herida en otro lugar, se levanta una ceja de sospecha”. Pero precisamente el motivo de este último estudio era el caso de un hombre muerto por un disparo de escopeta en el pecho y sobre el que existían sospechas de homicidio.

Con los datos recogidos en la escena del crimen y el resultado de la autopsia, los forenses concluyen que se trataba de un suicidio. El suicida había apoyado la culata del arma en el suelo y se había inclinado sobre ella para alcanzar el gatillo con la mano derecha, lo que había resultado en una trayectoria del disparo de derecha a izquierda y hacia abajo, es decir, desde la parte alta del pecho hacia la parte baja. Este último dato era el que había despistado inicialmente a los forenses, pero de hecho el estudio de Minnesota descubría que casi el 65% de los autodisparos con escopeta en el pecho estaban dirigidos hacia abajo.

Pero la mayor enseñanza que puede extraerse de dedicar un rato a escuchar lo que dicen los expertos es que emitir opiniones infundadas solo lleva a aumentar la confusión improductiva: entre los casos descritos de suicidios con rifles o escopetas se encuentran algunos muy rocambolescos, que cualquiera a primera vista creería imposibles. Un hombre en Turquía se suicidó con un disparo de escopeta por la espalda a 1,4 metros de distancia; ató el arma a un árbol y accionó el gatillo con una cuerda. Hay varios casos descritos en que, sí, por increíble que parezca, una persona se ha disparado a sí misma más de una vez. En un caso en Australia, un hombre se disparó tres veces con una escopeta. Otro suicida se disparó dos veces sucesivas con dos armas distintas.

Naturalmente, también hay casos en los que se intenta hacer pasar por suicidio lo que en realidad es un homicidio. En un caso en Sri Lanka, los forenses dictaminaron que las características de la herida de un hombre eran incompatibles con la posibilidad de que sus propios brazos de 65 centímetros hubieran podido dispararse a sí mismo un arma cuya longitud desde el extremo del cañón hasta el gatillo era de 79 centímetros.

Pero la ciencia forense no se deja engañar fácilmente; hoy incluso existen análisis estadísticos que permiten a los patólogos calcular la probabilidad de homicidio o suicidio a través del estudio de las heridas. La ciencia no es infalible, pero es lo más parecido que tenemos al mundo real. Claro que todo ser humano es libre para elegir si prefiere vivir en el mundo real o en su mundo imaginario favorito.

El cómico John Oliver habla sobre las vacunas, y no se lo pierdan

Decía Carl Sagan que en ciencia es frecuente comprobar cómo un científico cambia de parecer y reconoce que estaba equivocado, cuando las pruebas así lo aconsejan. Y que aunque esto no ocurre tanto como debería, ya que los científicos también son humanos y todo humano es resistente a abandonar sus posturas, es algo que nunca vemos ocurrir en la política o la religión.

Imagen de YouTube.

Imagen de YouTube.

Los que tratamos de adherirnos a esta manera de pensar, sea por formación científica o por tendencia innata, que no lo sé, solemos hacerlo con cierta frecuencia. Personalmente, durante años estuve convencido de que la solución a la creencia en las pseudociencias estaba en más educación científica y más divulgación. Hasta que comencé realmente a indagar en lo que los expertos han descubierto sobre esto. Entonces me di cuenta de que mi postura previa era simplista y poco informada, y cambié de parecer.

Resulta que los psicólogos sociales descubren que los creyentes en las pseudociencias son generalmente personas con un nivel educativo y un interés y conocimiento científicos comparables al resto. Resulta que los mensajes públicos basados en las pruebas científicas no solo no descabalgan de sus posturas a los creyentes en las pseudociencias, sino que incluso les hacen clavar más los estribos a su caballo. Resulta que los psicólogos cognitivos y neuropsicólogos estudian el llamado sesgo cognitivo, un mecanismo mental por el cual una persona tiende a ignorar o minimizar toneladas de pruebas en contra de sus creencias, y en cambio recorta y pega en un lugar prominente de su cerebro cualquier mínimo indicio al que pueda agarrarse para darse la razón a sí misma. Es, por ejemplo, la madre de un asesino defendiendo pese a todo que su hijo es inocente, aunque haya confesado.

Pero el sesgo cognitivo no solo actúa a escala personal, sino también corporativa, en el sentido social de la palabra, como identificación y pertenencia a un grupo: parece claro que muchas organizaciones ecologistas jamás de los jamases reconocerán las apabullantes evidencias científicas que no han logrado, y mira que lo han intentado, demostrar ningún efecto perjudicial de los alimentos transgénicos. Lo cual aparta a muchas organizaciones de lo que un día fue una apariencia de credibilidad científica apoyada en estudios. Y tristemente, cuando esa credibilidad científica desaparece, a algunos no nos queda más remedio que apartarnos de esas organizaciones: si niegan los datos en una materia, ¿cómo vamos a creérselos en otras?

El neurocientífico y divulgador Dean Burnett me daba en una ocasión una interesante explicación evolutiva del sesgo cognitivo. Durante la mayor parte de nuestra historia como especie, decía Burnett, aún no habíamos descubierto la ciencia, la experimentación, la deducción, la inducción, la lógica. En su lugar, nos guiábamos por la intuición, la superstición o el pensamiento mágico. Desde el punto de vista de la evolución de nuestro cerebro, apenas estamos estrenando el pensamiento racional, y todavía no acabamos de acostumbrarnos; aún somos niños creyendo en hadas, duendes y unicornios.

Así, la gente en general no piensa como los científicos, me decían otros. No es cuestión de mayor o menor inteligencia, ni es cuestión de mejor o peor educación. De hecho, muchas personas educadas tratan de disfrazar sus sesgos cognitivos (y todos los tenemos) bajo una falsa apariencia de escepticismo racional, cuando lo que hacen en realidad es lo que uno de estos expertos llamaba “pensar como un abogado”, o seleccionar cuidadosamente (en inglés lo llaman cherry-picking) algún dato minoritario, irrelevante o intrascendente, pero que juega a su favor. Un ejemplo es este caso tan típico: “yo no soy [racista/xenófobo/machista/homófobo/negacionista del holocausto/antivacunas/etc.], PERO…”.

Estos casos de sesgos cognitivos disfrazados, proseguían los expertos, son los más peligrosos de cara a la sociedad; primero, porque su apariencia de acercamiento neutral y de escepticismo, de no ceñirse a un criterio formado a priori, es más poderosa a la hora de sembrar la duda entre otras personas menos informadas que una postura fanática sin tapujos.

Segundo e importantísimo, porque el disfraz a veces les permite incluso colarse en la propia comunidad científica. Es el caso cuando unos pocos científicos sostienen un criterio contrario al de la mayoría, y son por ello destacados por los no científicos a quienes no les gustan las pruebas mayoritarias: ocurre con cuestiones como el cambio climático o los transgénicos; cuando hay alguna voz discrepante en la comunidad científica, en muy rarísimas ocasiones, si es que hay alguna, se trata de un genio capaz de ver lo que nadie más ha logrado ver. Es mucho más probable que se trate de un sesgo disfrazado, el del mal científico que no trata de refutar su propia hipótesis, como debe hacerse, sino de demostrarla. Pero hay un caso aún peor, y es el del científico corrupto guiado por motivaciones económicas; este fue el caso de Andrew Wakefield, el que inventó el inexistente vínculo entre vacunas y autismo.

He venido hoy a hablarles de todo esto a propósito del asunto antivacunas que comenté ayer, porque algunas de estas cuestiones y muchas otras más están genialmente tratadas en este vídeo que les traigo. John Oliver es un cómico, actor y showman inglés que presenta el programa Last Week Tonight en la HBO de EEUU. Habitualmente Oliver suele ocuparse de temas políticos, pero de vez en cuando entra en harina científica. Y sin tener una formación específica en ciencia, es un paladín del pensamiento racional y de la prueba, demostrando una lucidez enorme y bastante rara entre las celebrities. Y por si fuera poco, maneja con maestría esas cualidades que solemos atribuir al humor británico.

Por desgracia, el vídeo solo está disponible en inglés, así que deberán conocer el idioma para seguirlo, pero los subtítulos automáticos de YouTube les ayudarán si no tienen el oído muy entrenado. Háganme caso y disfrútenlo: explica maravillosamente la presunta polémica de las vacunas, tiene mucho contenido científico de interés, y además van a reírse.

Vuelve el ébola, pero esta vez estamos (algo más) preparados

Era cuestión de tiempo, y ya lo tenemos otra vez aquí. La Organización Mundial de la Salud (OMS) ha informado en su página de brotes epidémicos de la aparición de nueve casos de fiebre hemorrágica en la República Democrática del Congo (RDC). Tres de los pacientes han fallecido. Una de las muestras ha dado resultado positivo para el virus del Ébola, y el resto están a la espera de confirmación.

Partículas del virus del Ébola (en verde) sobre una célula infectada (azul). Imagen de NIAID / Wikipedia.

Partículas del virus del Ébola (en verde) sobre una célula infectada (azul). Imagen de NIAID / Wikipedia.

Es inevitable que este nuevo brote reviva la pesadilla de la epidemia que causó más de 11.000 muertes desde 2014. Lo cierto es que a estas alturas sería aventurado estimar cuál llegará a ser el alcance del nuevo brote, pero los precedentes históricos juegan a favor: la epidemia de 2014 surgió en África Occidental, una región con más de 370 millones de habitantes y con bastante movilidad poblacional.

Por el contrario, las pasadas apariciones del ébola en el Congo han podido contenerse por tratarse de un país con muchas comunidades enclavadas en la selva y malas infraestructuras. La OMS señala que el brote actual “se ha detectado en un área remota y de difícil acceso, y parece estar relativamente limitado geográficamente. Sin embargo, se están llevando a cabo investigaciones para valorar la extensión real del brote, y por tanto debe mantenerse una alta vigilancia”.

Por suerte, en esta ocasión estamos algo mejor preparados que en 2014. Pero el “por suerte” es simplemente una muletilla; no es por suerte, sino gracias a la preocupación, el esfuerzo y la inversión de ciertas instituciones cuando casi nadie más creía que el ébola pudiera ser una amenaza para el mundo. Hoy existe una docena de vacunas en distintas fases de desarrollo. Pero en concreto una de ellas, llamada rVSV-ZEBOV, está ya lista para su uso gracias a que el gobierno canadiense creyó en el proyecto antes del brote de 2014.

Es importante destacar esta idea, sobre todo porque con ocasión del reciente brote de virus del Zika hubo quienes se preguntaban por qué no podía desarrollarse una vacuna con la misma rapidez que se había hecho en el caso del ébola. No es así: la Agencia de Salud Pública de Canadá patentó la vacuna rVSV-ZEBOV en 2003, más de un decenio antes del brote de 2014. En 2005 ya se demostró su eficacia en monos. Por aquel entonces, otros países dejaban de lado el desarrollo de vacunas contra el ébola porque este virus no se consideraba un agente utilizable en bioterrorismo.

El pasado diciembre, un equipo internacional de investigadores publicaba los resultados del primer ensayo de campo de la vacuna, aprovechando los últimos coletazos del brote en Guinea. Los autores remataban el título del estudio con un “Ebola Ça Suffit!“, o “ébola, ¡ya basta!”: de 11.841 personas incluidas en el estudio, ninguna de las 5.837 que recibieron la inmunización desarrolló la enfermedad en los diez días posteriores, mientras que en el grupo de control hubo 23 casos de ébola. Los investigadores estimaban la efectividad de la vacuna en un 75-100%.

El pasado abril, la OMS daba la aprobación preliminar a la vacuna, y actualmente se está valorando la posibilidad de lanzar una inmunización en el Congo, donde las autoridades locales ya se han movilizado con el apoyo de la OMS.

Ciencia semanal: comer sin gluten puede ser perjudicial para los no celíacos

Una ronda de las noticias científicas más destacadas de la semana.

Gluten-free, solo para celíacos

Hace tan poco tiempo que aún podemos recordarlo, a los celíacos y otros afectados por trastornos metabólicos les costaba encontrar alimentos adaptados a sus necesidades, o al menos encontrarlos a precios asequibles. Por suerte esto fue cambiando, con la intervención destacada de algunos distribuidores. Hoy muchas tiendas y restaurantes ofrecen opciones para celíacos y detallan la idoneidad de sus productos para otros perfiles de trastornos y alergias.

Imagen de @joefoodie / Flickr / CC.

Imagen de @joefoodie / Flickr / CC.

Pero entonces comenzó a producirse un extraño fenómeno, cuando personas perfectamente sanas empezaron a adoptar la costumbre de evitar el gluten en su dieta en la errónea creencia de que es más sano. Y como no podía ser de otra manera, ciertas marcas aprovechan el tirón para fomentar tramposamente esta idea de forma más o menos velada. Mientras, los nutricionistas científicos se tiran de los pelos tratando de desmontar este mito absurdo y sin fundamento.

Estudios anteriores ya han mostrado que el consumo de alimentos libres de gluten no aporta absolutamente ningún beneficio a los no celíacos. Pero ahora estamos avanzando un paso más con la simple aplicación a este caso de un principio general evidente, y es que la restricción de nutrientes en la dieta cuando no hay necesidad de ello solo puede conducir a una dieta deficitaria.

Un estudio con más de 100.000 pacientes a lo largo de 26 años, elaborado en las facultades de medicina de Columbia y Harvard (EEUU) y publicado esta semana en la revista British Medical Journal, confirma que el consumo de gluten en las personas sin celiaquía no aumenta el riesgo de enfermedad coronaria (como sí hace en los celíacos), pero aporta algo más: la reducción del gluten en la dieta disminuye el consumo de grano entero (integral), que se asocia a beneficios en la salud cardiovascular, por lo que la dieta sin gluten puede aumentar el riesgo coronario en los no celíacos.

Los autores son conscientes de las limitaciones de todo estudio epidemiológico, aunque el suyo es muy amplio y excepcionalmente prolongado en el tiempo. Pero como conclusión, advierten: “no debe fomentarse la promoción de dietas libres de gluten entre personas sin enfermedad celíaca”.

Cassini, en el meollo de Saturno

Continuamos siguiendo la odisea de la sonda Cassini de la NASA en sus últimos meses de vida, mientras orbita entre Saturno y sus anillos antes de la zambullida que la llevará a su fin el próximo septiembre. La NASA ha publicado esta semana un vídeo elaborado con las imágenes de la atmósfera de Saturno tomadas por la sonda durante una hora de su recorrido alrededor del planeta gigante. Los científicos de la misión se han encontrado con la sorpresa de que la brecha entre Saturno y sus anillos está prácticamente limpia de polvo, al contrario de lo que esperaban.

Ataque al centro de mando del cáncer

Lo que han conseguido estos investigadores de la Universidad de Pittsburgh (EEUU) no es una de esas noticias que acaparan titulares, pero es un hito sobresaliente en la aplicación de una nueva tecnología de edición genómica (corrección de genes por un método de corta-pega) llamada CRISPR-Cas9, de la que se esperan grandes beneficios en las próximas décadas.

Los autores del estudio, publicado en Nature Biotechnology, han logrado por primera vez emplear esta herramienta para neutralizar un tipo de genes del cáncer llamados genes de fusión. Estos se forman cuando dos genes previamente separados se unen por un error genético, dando como resultado un gen de fusión que promueve el crecimiento canceroso de la célula. Los investigadores trasplantaron a ratones células cancerosas humanas que contienen un gen de fusión llamado MAN2A1-FER, responsable de cánceres de próstata, hígado, pulmón y ovarios. Luego introdujeron en los ratones un virus modificado artificialmente que contiene CRISPR, específicamente diseñado para cortar el gen de fusión y reemplazarlo por otro que induce la muerte de la célula.

El resultado fue que todos los ratones sobrevivieron durante el período total del estudio, sin metástasis y con una reducción considerable de sus tumores, mientras que todos los animales de control, a los que se les suministró un virus parecido pero ineficaz contra su gen de fusión, sucumbieron al cáncer.

Una ventaja adicional es que la técnica puede ir adaptándose a la aparición de nuevas mutaciones en las células cancerosas. Según el director del estudio, Jian-Hua Luo, es un ataque al “centro de mando” del cáncer. Y aunque aún queda un largo camino por delante hasta que el método sea clínicamente utilizable, sin duda es una brillante promesa en la lucha contra esta enfermedad.

Decir tacos nos hace más fuertes

Uno de esos estudios que no van a cambiar el curso de la historia, pero que tal vez confirma lo que algunos ya sospechaban; y que sobre todo dará un argumento científico a quienes sientan la necesidad de vomitar tacos, insultos e improperios durante un gran esfuerzo físico (desde deportistas a madres pariendo sin epidural), pero que tal vez se cohíban por aquello de guardar las formas: háganlo sin miedo. Si alguien se lo reprocha, cítenles los resultados presentados por el doctor Richard Stephens, de la Universidad de Keele (Reino Unido), en la Conferencia Anual de la Sociedad Británica de Psicología: gritar palabras malsonantes nos hace más fuertes.

Los investigadores compararon el rendimiento de un grupo de deportistas en pruebas de esfuerzo, sin y con tacos, descubriendo que en el segundo caso las marcas mejoraban. Curiosamente, y aunque la hipótesis de los autores era que este efecto se produciría a través del sistema nervioso simpático, como ocurre con la mayor tolerancia al dolor en estos casos, no encontraron signos que confirmaran esta asociación. “Así que aún no conocemos por qué decir tacos tiene estos efectos en la fuerza y la tolerancia al dolor”, dice Stephens. “Todavía tenemos que comprender el poder de las palabrotas”.

Ciencia semanal: el hobbit de Flores salió de África, y el “cero” no es mejor que el azúcar

He aquí un repaso a algunas de las noticias científicas más sonadas de la semana, y que no he cubierto en artículos anteriores.

El viaje inesperado del hobbit de Flores

Desde su descubrimiento en 2003, los restos de un humano de un metro de estatura en la isla indonesia de Flores han mantenido a los paleoantropólogos enzarzados en un debate sin fin. Oficialmente los restos de Flores, de varios individuos distintos, pertenecen a una especie separada de la nuestra, Homo floresiensis; llamada informalmente el hobbit de Flores (al menos hasta que los herederos de Tolkien prohibieron a un científico que empleara este término en la promoción de una conferencia). Frente a esto, una corriente minoritaria ha sostenido que el hobbit era en realidad una población de Homo sapiens afectada por una enfermedad.

Reconstrucción del 'Homo floresiensis'. Imagen de Katrina Kenny, SA Museum.

Reconstrucción del ‘Homo floresiensis’. Imagen de Katrina Kenny, SA Museum.

En un principio, la datación de los restos sugería que los hobbits vivieron hasta hace unos 12.000 años, la época del Mesolítico, cuando el resto de los humanos aún vivíamos de la caza y la recolección, pero estábamos cerca de plantearnos que quizá domesticar animales y sembrar podía llegar a hacernos personas de provecho. Pero esta datación fue después corregida, y la era de los hobbits se retrasó hasta los 50.000 años atrás, el comienzo del Paleolítico Superior, cuando los neandertales aún andaban por aquí.

Una gran incógnita pendiente ha sido el origen de los hobbits. Dos teorías han tratado de explicarlo. La primera, que eran descendientes del Homo erectus, el primer humano que emigró desde África a Eurasia. Estos erectus asiáticos habrían colonizado la isla de Flores para después seguir una evolución separada por un proceso llamado enanismo insular. La segunda hipótesis, en cambio, sugiere que los hobbits descienden directamente de ancestros africanos pequeñitos, como los australopitecos, y que por tanto no son erectus modificados.

Un estudio publicado esta semana en la revista Journal of Human Evolution pretende zanjar por fin el debate. Un equipo de investigadores de la Universidad Nacional de Australia ha emprendido el mayor estudio estadístico comparativo hasta hoy de los fósiles del Homo floresiensis, llegando a la conclusión de que no pudo evolucionar a partir del Homo erectus, ya que es más primitivo que este. En su lugar, el hobbit parece compartir un ancestro común con el Homo habilis, una especie africana que vivió hace 1,75 millones de años, aunque el Hombre de Flores podría haber aparecido en un momento aún anterior.

Los científicos no pueden asegurar si aquel ancestro común abandonó África y después dio lugar al hobbit, o si este surgió directamente en el continente africano. Pero según el coautor del estudio Michael Lee, los resultados sí confirman la identidad y el origen de la especie: “podemos estar seguros en un 99% de que no está relacionado con el Homo erectus, y casi en un 100% de que no es un Homo sapiens malformado”.

Un asteroide visible, pero lejano

La noche del miércoles al jueves pasó por nuestro cielo el asteroide 2014 JO25, más conocido por su tamaño como The Rock, en referencia al montañoso exluchador y actor Dwayne Johnson. Aunque su tamaño de unos 650 metros lo convierte en la mayor roca voladora en nuestro barrio desde el Toutatis en 2004, los titulares aludiendo a que “rozaría” la Tierra son una exageración alarmista; el asteroide pasó a 1,8 millones de kilómetros, casi cinco veces la distancia a la Luna. En una conversión grosera de escala, es como decir que una bomba roza nuestra casa cayendo a más de un kilómetro de distancia.

Esquema a escala del paso del asteroide 2014 JO25. Imagen de NASA/JPL-Caltech.

Esquema a escala del paso del asteroide 2014 JO25. Imagen de NASA/JPL-Caltech.

La Tierra, entre los anillos de Saturno

Mientras se prepara para su última ronda de órbitas, enhebrándose entre Saturno y sus anillos antes de su zambullida final en septiembre, la sonda Cassini de la NASA nos ha enviado este retrato de su casa desde su lejano paradero. La Tierra aparece como una chispa luminosa entre los anillos de Saturno. Y ese puntito que se aprecia a su izquierda no es una mota de polvo en su pantalla; es la Luna.

Imagen tomada por la sonda 'Cassini' de la Tierra y la Luna entre los anillos de Saturno. Imagen de NASA/JPL-Caltech/Space Science Institute.

Imagen tomada por la sonda ‘Cassini’ de la Tierra y la Luna entre los anillos de Saturno. Imagen de NASA/JPL-Caltech/Space Science Institute.

Los endulzantes no son mejores que el azúcar

Los propios autores del estudio que vengo a contar reconocen con total honestidad que correlación no significa causalidad; y que multiplicar por tres un riesgo mínimo continúa siendo un riesgo mínimo. Cualquier lector de este blog sabrá que los estudios epidemiológicos basados en correlacionar estadísticamente factores de estilo de vida con manifestaciones clínicas siempre deben recibirse con enorme escepticismo e inmensa cautela.

Pero creo que merece la pena comentar brevemente el estudio por una razón: entre la población existe una evidente afición desmedida a los refrescos dulces. Y muchos de quienes antes al menos restringían su consumo para limitar la cantidad de azúcar en su dieta se lanzan ahora como posesos a consumir sin medida las versiones “cero”, en la creencia de que estos son idénticos a los otros, pero “sin”.

No es cierto, por mucho que la publicidad se esfuerce en hacer calar esta idea. Los refrescos “sin” no son realmente “sin”, sino “sin, pero con”. No llevan azúcar, pero sí endulzantes. Todo lo que sabe dulce lleva un endulzante, ya sea azúcar u otra sustancia. Y por cierto, tal vez a los fanáticos de eso que ahora se da en llamar “lo natural” les interese saber que el azúcar es natural; los endulzantes, no.

Como ya he contado aquí en varias ocasiones (y esta próxima semana tendremos nuevas noticias al respecto), el azúcar es el nuevo gran satán de la dieta, asumiendo la condena que antes recaía sobre el colesterol y las grasas saturadas, hoy absueltos de sus efectos nocivos por muchos expertos. El consejo básico que favorecen es que debe vigilarse todo el contenido dulce de la dieta; los productos que se publicitan como “sin azúcares añadidos” pueden ser menos nocivos por llevar menos cantidad de dulce, pero la intervención o no de la mano humana no es un factor de riesgo. Y que debe evitarse el error de consumir endulzantes de forma desmedida.

Que quede claro: no se han demostrado efectos perjudiciales inmediatos asociados al consumo de sacarina o aspartamo. Pero es probable que el creciente auge de los endulzantes induzca una mayor vigilancia sobre posibles consecuencias no tan claras ni inmediatas, si es que la tendencia general es a reemplazar el azúcar por estos productos sin que disminuya el consumo total de alimentos dulces.

Fruto de esta mayor vigilancia es un estudio epidemiológico publicado esta semana en la revista Stroke. La conclusión de los autores es que el consumo frecuente (uno al día o más) de refrescos con endulzantes artificiales, como los llamados “cero”, se asocia a un riesgo triple de infarto cerebral y demencia/alzhéimer, algo que no se observa en el caso de las bebidas azucaradas.

Los propios autores son conscientes de las limitaciones de su estudio, y desde luego evitan caer en afirmaciones facilonas que harían buenos titulares; no, los refrescos “cero” no provocan alzhéimer. Pero el estudio es valioso para sugerir que quien prefiera evitar el azúcar por motivos de salud no debería engañarse con la creencia infundada de que los edulcorantes artificiales dejan barra libre. Lo resume el coautor del estudio Sudha Seshadri, de la Facultad de Medicina de la Universidad de Boston (EEUU): “parece que no hay muchas ventajas en tomar bebidas azucaradas, pero sustituir el azúcar por edulcorantes artificiales tampoco parece ayudar”.