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Las picaduras de arañas no suelen ser de arañas

Ocurrió en el verano de 2021, y fue una de esas noticias que ningún medio se resistió a contar, porque sus responsables saben que son caramelitos que los visitantes devoran con ansia. Por supuesto, nada que objetar al hecho de que los medios cuenten algo que es noticia. Pero sí a cómo lo cuentan.

El relato fue más o menos este. Un turista británico de vacaciones en Ibiza sufrió un mordisco en la mano de una araña violinista o reclusa parda mediterránea (Loxosceles rufescens), que pasa por ser una de las más venenosas de España. Aunque recibió tratamiento a las pocas horas, la picadura le produjo una reacción necrótica en los dedos, dos de los cuales se le tuvieron que amputar. El turista regresó después a Reino Unido a completar su tratamiento. En algunos medios la noticia vino acompañada por informaciones de contexto sobre la araña en cuestión, a menudo pintándola como un monstruo peligroso y aterrador.

Sobre todo, lo que faltaba en esta información era salpicarla con algunas palabras: presunto/presuntamente, posible/posiblemente… Porque lo cierto es que, salvando una vaga referencia del propio afectado a que le pareció ver una araña, no hay absolutamente ninguna prueba de que una de esas criaturas fuese la responsable del suceso, mucho menos de que se tratara de esa especie concreta. Más que contar una noticia con los estándares de rigor que se aplican a otro tipo de informaciones, daba la sensación de que los medios estaban relatando no el hecho, sino lo que anteriormente otro medio —el primero que lo dio— había publicado sobre el hecho. Y si el primer medio dijo araña, pues araña.

Pero… un momento: si los médicos que le atendieron declararon que esa era la causa, se supone que debemos fiarnos, ¿no? Ellos sabrán.

Araña violinista o reclusa parda mediterránea (Loxosceles rufescens). Imagen de Antonio Serrano / Wikipedia.

Bueno… No necesariamente. Un estudio clásico citado a menudo llegó a la conclusión de que el 80% de 600 presuntas picaduras de araña reclusa no eran realmente tales, cuando quienes las examinaban eran expertos en arañas. En otro más reciente, de 2009, solo 7 de 182 presuntas picaduras de araña lo eran. El resto de las lesiones se debían a picaduras de otros animales o, sobre todo y en una abrumadora mayoría (el 86%), a infecciones.

En la revista Western Journal of Medicine, el entomólogo de la Universidad de California Richard Vetter también advertía de que la gran mayoría de las presuntas picaduras de araña diagnosticadas por los médicos no lo son, y que incluso le han llegado cientos de consultas de médicos por picaduras de araña reclusa… en lugares donde estas arañas no existen. Vetter enumeraba una lista de 14 causas distintas que suelen ser las verdaderas causantes de las lesiones necróticas atribuidas a las arañas, incluyendo infecciones bacterianas, víricas (como el herpes) o fúngicas, y enfermedades como la diabetes o algunos tipos de cáncer.

En la misma revista, el toxicólogo Geoffrey Isbister avala la misma tesis, que la mayoría de las picaduras de araña no son tales. Añade que generalmente las arañas a las que se les atribuye la culpa de lesiones necróticas no tienen en su veneno los componentes necesarios para causar este efecto —la reclusa mediterránea sí los tiene—, a pesar de que en su país (Australia) son frecuentes los diagnósticos de necrosis causadas por arañas. Entre las causas verdaderas de estas lesiones cita infecciones fúngicas como esporotricosis o candidiasis, bacterianas por estafilococos, Mycobacterium ulcerans (causante de la úlcera de Buruli) o Chromobacterium violaceum, por virus como el herpes zóster, enfermedades inflamatorias raras como el pioderma gangrenoso, o reacciones a picaduras de otros artrópodos.

Con respecto a los otros culpables, tengo una experiencia personal que aportar. Por eso de ser biólogo (aunque soy inmunólogo, no zoólogo ni experto en picaduras de bichos), a uno suelen enseñarle picaduras cuyos portadores atribuyen a alguna araña, dado que no es la típica de mosquito o avispa. Y casi en el cien por cien de los casos el aspecto es tan característico que no deja lugar a dudas: moscas negras. Lo más curioso es que en muchas ocasiones quien pregunta ni siquiera ha oído hablar de la mosca negra.

Tengo también otra anécdota en primera persona sobre las infecciones, la causa mayoritaria de esas picaduras aparentemente aparatosas. Este verano a mi hijo pequeño le picó una avispa en el pie, algo típico en la combinación de niños y verano. Pero a la mañana siguiente el pie se había hinchado y enrojecido, con zonas entre los dedos de un alarmante color violáceo. De inmediato, a Urgencias. La médica diagnosticó con todo acierto: infección causada por la picadura. Antibiótico, y a los dos o tres días el pie recuperó su aspecto normal. En muchos de estos casos el culpable es el estafilococo, una bacteria que solemos llevar en la piel. Por suerte contamos con esa maravilla de la ciencia, los antibióticos. Pero si por mala fortuna diéramos con una variedad resistente a antibióticos, las cosas podrían complicarse.

Volviendo al caso del turista británico, su compatriota y naturalista Molly Grace, residente en España y experta en arañas, descartaba en su blog que la culpable fuese una de estas criaturas, menos aún una reclusa, al menos sin pruebas al respecto. Lo más chocante de todo es que, según publicó algún medio, un médico que atendió al paciente afirmó que el caso era «uno entre un millón». ¿Cómo es que un médico está dispuesto a certificar alegremente un diagnóstico que ocurre una vez de cada millón sin basarse en otra cosa que una conjetura, una hipótesis sin absolutamente ninguna prueba? ¿Cómo era aquello? Ah, sí: afirmaciones extraordinarias requieren pruebas extraordinarias.

Esto encaja perfectamente en el mensaje de un nuevo estudio publicado en Current Biology por un amplio grupo internacional de investigadores dirigido desde la Universidad de Helsinki. Los autores han rastreado los medios de 81 países en 40 idiomas en busca de noticias sobre picaduras de arañas publicadas de 2010 a 2020, recogiendo un total de 5.348 informaciones. Todo ello con el objetivo de comprobar hasta qué punto los medios son rigurosos cuando publican noticias sobre encuentros humano-araña, o no.

Y no: según los investigadores, el 47% de los artículos contenían errores, y el 43% podían calificarse de sensacionalistas. Los autores apuntan que «el flujo de noticias relacionadas con arañas ocurre por medio de una red global muy interconectada». Incluso un presunto incidente con arañas en una remota aldea de Australia puede propagarse por los medios de todo el mundo, que se limitan a copiar lo que otros han contado antes, sin molestarse lo más mínimo en cuestionar la información, contrastarla o buscar otras fuentes: si el Daily Bugle (por poner un medio ficticio) dice que la araña ha hecho tal cosa, pues sea.

Y así, dicen los autores, «el sensacionalismo es un factor clave que subyace a la propagación de la desinformación». Según el director del estudio, Stefano Mammola, «el nivel de sensacionalismo y desinformación cae cuando los periodistas consultan al experto adecuado, un experto en arañas y no un médico u otro profesional».

Podría parecer que todo esto no tiene la menor importancia. Salvo que las fake news son fake news, se trate de políticos o de arañas, y ningún medio que se precie está autorizado para criticar a otros si se las deja colar de este modo. Salvo que meter miedo a la gente pone en peligro especies que desempeñan funciones útiles en los ecosistemas. Las arañas no suelen morder a la gente. No obtienen ningún beneficio de ello, y en cambio es un desperdicio del veneno que necesitan para cazar. Solo atacan si se sienten amenazadas o si protegen su puesta de huevos. El hecho de que para la gran mayoría de la gente las arañas no sean cute no debería traducirse en una licencia para matarlas a diestro y siniestro.

El contacto sano con los microbios puede favorecer la respuesta contra la COVID-19

El ABC de la inmunología, del que casi todo el mundo tiene una vaga idea, dice que una infección o vacunación nos arma contra un futuro contacto con el mismo patógeno. En junio un estudio en The Lancet Infectious Diseases, que modelizaba matemáticamente la pandemia de COVID-19 simulando un mundo con y sin vacunas, estimaba que estas han salvado casi 20 millones de vidas.

Esto se logra gracias a una de las dos grandes fuerzas del sistema inmune, el llamado adquirido o adaptativo (el otro es el innato). Este a su vez tiene dos divisiones celulares, los linfocitos B y T. Los primeros se arman en su cubierta celular con los anticuerpos, moléculas en forma de Y cuyos dos rabitos superiores están recortados a la medida de los antígenos del patógeno en cuestión para que encajen con ellos como una llave en una cerradura. Un antígeno es, en general, cualquier molécula capaz de estimular esta respuesta. Y un patógeno, como un virus, suele tener varios antígenos diferentes; por ejemplo, la proteína Spike o S del coronavirus SARS-CoV-2 contra la cual nos hemos vacunado es uno de sus antígenos, pero tiene otros.

Además, las células B pueden soltar esos anticuerpos a la sangre y por los tejidos para que actúen como vigilantes; si alguno de ellos encuentra el antígeno y se une a él, otras células inmunitarias lo detectan y se activan. Por su parte, las células T se recubren de otro tipo de moléculas —llamadas receptores de células T, o TCR— que también reconocen los antígenos, aunque mediante otro mecanismo algo más complicado. Cuando las células T reconocen los antígenos contra los cuales están programados, hacen varias cosas diversas que pueden resumirse en un mismo objetivo: guerra al invasor.

También el ABC de la inmunología dice que tanto los anticuerpos como los TCR reconocen específicamente un, y solo un, antígeno. O más concretamente, solo una parte de él llamada epítopo; un antígeno puede tener varios epítopos, como distintas caras que pueden ser reconocidas por anticuerpos o TCR diferentes.

Niños jugando en un parque de agua. Imagen de needpix.com.

Pero cuando pasamos del ABC a una explicación algo más detallada y realista, ocurre que esto último no es exactamente así: resulta que los anticuerpos y los TCR pueden reconocer también, por error, otros antígenos diferentes a aquel contra el cual fueron programados. Sería como colocar una pieza de un puzle en otro puzle distinto al que esa pieza no pertenece, pero donde por casualidad encaja. Esto se llama reactividad cruzada.

Hemos dicho que esto se produce por error, pero lo he puesto en cursiva por una razón: lo consideramos un error del sistema, pero no sabemos hasta qué punto puede ser un inconveniente o una ventaja. De hecho, puede ser una cosa u otra, según el caso: la reactividad cruzada puede ser el origen de algunas alergias; por ejemplo, se ha descrito que este es el caso de algunas personas que son alérgicas al mismo tiempo al látex y al plátano. En ocasiones este fenómeno puede reducir o perjudicar la respuesta contra un antígeno. Pero en otras ocurre lo contrario: la reactividad cruzada posibilita que el organismo inmunizado contra una cepa de gripe responda contra otra cepa distinta.

Podría pensarse que esta reactividad cruzada sucede solo entre, por ejemplo, dos virus muy parecidos, como dos cepas de gripe. Pero este tampoco es siempre el caso: ocurre, por ejemplo, entre el virus de la gripe y el de la hepatitis C, muy distintos entre sí.

Hecha esta introducción, pasemos a lo que vengo a contar. Un equipo de investigadores de la Universidad de Pensilvania ha analizado muestras de sangre de 12 personas sanas recogidas antes de 2020, para asegurarse de que los donantes no hubieran estado expuestos al coronavirus SARS-CoV-2. En estas muestras han encontrado un total de 117 poblaciones de células T que reconocen el virus, en personas que no habían tenido contacto con él. Y pese a ello, estas poblaciones incluyen células T de memoria; es decir, células resultantes de un encuentro previo con el antígeno, a pesar de que es imposible que estas personas se hubiesen infectado con el coronavirus.

Este resultado no es sorprendente; se trata de reactividad cruzada. De hecho, varios estudios anteriores ya habían encontrado estas células T contra el virus en personas no expuestas a él. Pero ¿cuál es la reactividad original de estas células T? ¿Contra qué antígenos estaban programadas, y cuáles han sido los que las han activado previamente? Hasta ahora se ha asumido que estas células eran reactivas contra los coronavirus del resfriado, cuatro virus de la misma familia que el SARS-CoV-2, más o menos parecidos a este, que llevan mucho tiempo circulando entre nosotros y que nos provocan catarros, sobre todo en invierno.

Según lo dicho arriba sobre los efectos variables de la reactividad cruzada, los estudios no son unánimes respecto a si una inmunidad previa contra los coronavirus del resfriado ayuda al organismo a luchar contra la cóvid. Algunos estudios han encontrado que ayuda, otros que perjudica, y otros que ni una cosa ni la otra.

En su estudio, publicado en Science Immunology, los investigadores de Pensilvania han comprobado que sí, existe una cierta reactividad cruzada de estas células T anti-SARS-CoV-2 con los coronavirus del resfriado. Pero lo novedoso es que esta fuente de reactividad cruzada no parece ser la única, ni siquiera la más potente. En su lugar, los científicos han descubierto que estas células T responden contra ciertas bacterias que forman parte de la microbiota natural de nuestra piel, como Staphylococcus epidermidis, o del intestino, como Prevotella copri y Bacteroides ovatus.

Es decir, que en nuestro organismo existen células T programadas y activadas por las bacterias que forman parte de nuestra flora normal, pero casualmente esas células T tienen reactividad cruzada contra el coronavirus SARS-CoV-2, y por lo tanto nos ayudan a luchar contra esta infección incluso si nunca antes la hemos padecido. O dicho de otro modo, algo de lo que ya hay evidencias previas sobradas, que una flora bacteriana sana mantiene al sistema inmune preparado para responder mejor contra las amenazas peligrosas.

Cabe decir que, en realidad, los experimentos del estudio no pueden determinar cómo esta reactividad cruzada concreta afecta a la respuesta contra la cóvid. Pero los autores apuntan que, según estudios anteriores, «la frecuencia de células T preexistentes específicas contra el SARS-CoV-2 se asocia con efectos beneficiosos, como una enfermedad más suave y una infección fallida».

En resumen, los datos sugieren que un sistema inmune más entrenado y en funcionamiento normal puede ayudarnos también a luchar contra la cóvid. De forma más general, esto es precisamente lo que propone la mal llamada hipótesis de la higiene, más correctamente hipótesis de la microbiota: el sistema inmune necesita un contacto sano con los antígenos normales del entorno para funcionar de forma óptima. Intentar evitar este contacto, por ejemplo con desinfecciones innecesarias u otras medidas, puede perjudicarnos.

Se ha barajado la posibilidad de que los casos de hepatitis aguda grave en niños que se han detectado meses atrás estén relacionados con un entrenamiento deficiente del sistema inmune por un exceso de aislamiento. Ahora dos estudios en Reino Unido, aún sin publicar, han detectado en casi todos los niños afectados unos niveles anormalmente altos de Virus Adenoasociado 2 (AAV2), un pequeño parvovirus peculiar que no puede replicarse por sí mismo; necesita la coinfección con otro virus, que puede ser un adenovirus o un herpesvirus. El AAV2 es muy común y suele contraerse durante la infancia. Hasta ahora no se había asociado a ninguna enfermedad. Y si en efecto este virus es el responsable de los casos de hepatitis, en combinación con un adenovirus o quizá con el herpesvirus HHV6, aún no se sabe cuál puede ser el mecanismo implicado. Pero ambos grupos de investigadores han mencionado la posibilidad de que el descenso en la inmunidad de los niños por el aislamiento durante la pandemia haya provocado un posterior pico de infecciones por adenovirus que podrían estar relacionadas con las hepatitis.

En resumen, no solo el SARS-CoV-2 tiene un impacto sobre nuestra salud, sino también las medidas que tomamos contra él y que rompen la convivencia normal del sistema inmune con el mundo de antígenos que nos rodea. Salvando las precauciones debidas en las situaciones en las que exista un riesgo real de contagio, el sistema inmune también necesita volver a la normalidad para seguir protegiéndonos.

La increíble historia de los médicos del gueto de Varsovia que respondieron al nazismo con ciencia

Durante la 2ª Guerra Mundial, los campos de concentración nazis y japoneses fueron escenarios de brutales y aberrantes torturas disfrazadas de experimentos médicos. También en los gulags soviéticos se practicó esta falsa ciencia monstruosa. Pero según escribía en 2016 en la revista Bulletin of the History of Medicine la especialista en estudios rusos de la Universidad del Sur de Florida Golfo Alexopoulos, basándose en los primeros documentos desclasificados de estas prácticas en los campos soviéticos, «aunque la ciencia de los gulags aparentemente no poseyó el carácter letal de la medicina nazi, tampoco este trabajo fue enteramente benigno». Tal vez el diagnóstico de Alexopoulos sea demasiado indulgente, conociéndose, por ejemplo, los experimentos con venenos en los gulags.

Y para que no quede nada sin citar, cabría mencionar otros casos como el infame estudio sobre sífilis de Tuskegee que EEUU llevó a cabo desde 1932, en el que se reclutó a cientos de hombres negros afectados por la enfermedad sin informarles de su diagnóstico y proporcionándoles tratamientos falsos, para estudiar su evolución. Aquello no tuvo ninguna relación con la guerra; de hecho, se prolongó durante 40 años. Pero es una muestra de que fueron muchos los países en los que se diría que se aprovechó una especie de periodo propicio para las atrocidades en nombre de la ciencia: esta ya tenía una estructura y un desarrollo, pero aún no se habían impuesto los estándares éticos que hoy imperan. Y en este contexto, la guerra aportaba los ingredientes de caos, excepción e impunidad que faltaban para que se cometieran tales barbaridades.

Pero sin duda, y con la información disponible hoy, fueron los campos y centros de investigación nazis y japoneses (en Japón no fue solo la infame Unidad 731) los que superaron todos los límites imaginables de vileza y repugnancia. No voy a abundar aquí en enumerar algunos de estos espantosos crímenes; quien esté interesado podrá encontrar información sobrada en internet, y que prepare el estómago para encajar un puñetazo de horror real. Pero un caso especial que merece comentario es el de los experimentos de hipotermia en los campos nazis.

A diferencia de los delirios sádicos de los médicos Josef Mengele en Auschwitz o Aribert Heim en Mauthausen, en los que no existía realmente el menor método ni ánimo científico, se sabe de unos 30 proyectos de investigación desarrollados con lo que era un pretendido enfoque científico, en versión nazi. Y entre ellos, el más conocido es el de los experimentos de hipotermia en el campo de Dachau. Para estudiar cómo proteger de las aguas gélidas del mar a los tripulantes de la Luftwaffe que caían abatidos, y a los soldados del frente ruso, los médicos nazis sumergían a los prisioneros en bañeras de hielo desnudos o con trajes especiales y registraban el tiempo que tardaban en morir, así como la respuesta a distintos métodos de reanimación.

Dada la pulcritud con la que se recogieron aquellos datos, ocurrió que los experimentos nazis fueron citados en estudios posteriores sobre la hipotermia; hasta 1984, más de 45 los habían incluido en sus referencias. La ciencia siempre se basa en el conocimiento previo y este tiene que quedar bien detallado en las referencias, un apartado esencial de todo artículo en el que también se invierte esfuerzo y tiempo.

Pero durante décadas ha coleado un debate ético: incluso si sus datos fuesen válidos, ¿deberían citarse estos estudios, dadas las circunstancias en que se llevaron a cabo? La controversia ha continuado hasta hoy, a pesar de que ya hace décadas algunos expertos reanalizaron los estudios nazis y juzgaron que «ni la ciencia ni los científicos de Dachau eran fiables, y los datos no tenían ningún valor», según citaba un estudio de 1994.

Frente a estos casos tan vergonzantes para la historia de la ciencia, los profesores de nutrición de la Universidad Tufts de Massachusetts Merry Fitzpatrick e Irwin Rosenberg contaban esta semana en The Conversation un ejemplo contrario que, si bien no era del todo desconocido, debe difundirse más: cómo un grupo de médicos judíos del gueto de Varsovia, ellos mismos sufriendo la misma hambruna que todas las personas confinadas allí por los nazis, recogieron observaciones científicas de los efectos de la inanición hasta la muerte, con la esperanza de que sus estudios pudiesen servir de algo a la ciencia y perdurasen además como testimonio de aquellos horrores.

Tras la invasión nazi de Polonia, en la capital se amuralló un área de poco menos de 4 kilómetros cuadrados (unas 3 veces el Retiro de Madrid) donde se confinó a más de 450.000 personas. Fitzpatrick y Rosenberg apuntan que los alemanes de Varsovia recibían raciones de 2.600 calorías al día, lo que hoy se considera correcto para una dieta normal, pero los judíos sobrevivían con menos de la tercera parte, unas 800 calorías a las que llegaban complementando sus raciones con el contrabando. Según los investigadores, un estudio sobre inanición a finales de la 2ª Guerra Mundial en EEUU se hizo con voluntarios a los que se les daba el doble de calorías que esto.

El gueto albergaba dos hospitales, para adultos y niños, en los que se permitía el tratamiento de los pacientes con los recursos que pudieran conseguir, pero se prohibió la investigación. Y pese a ello, desde febrero de 1942 un grupo de médicos judíos puso en marcha un estudio en secreto sobre la inanición en sus pacientes, dirigido por Israel Milejkowski.

Una de las fotografías del hambre en el gueto de Varsovia incluidas en el libro ‘Maladie de famine’. Imagen de American Joint Distribution Committee.

Así, los médicos registraron datos de sus pacientes hasta una muerte por hambre que ellos no podían evitar de ningún modo, recogiendo observaciones valiosas; por ejemplo, que incluso al borde de la muerte la mayoría de las personas no mostraban síntomas de enfermedades típicas de la carencia de vitaminas, como el escorbuto (C), la ceguera nocturna (A) o el raquitismo (D). Y en cambio, sufrían más la falta de minerales: solían desarrollar osteomalacia, un ablandamiento de los huesos por desmineralización, cuando el organismo tiraba de esas reservas de minerales para luchar contra la inanición. Los médicos observaron también que la energía proporcionada por el azúcar, y no la carencia de otros nutrientes, era el factor limitante para la vida.

El 22 de julio de 1942 el Tercer Reich comenzó a aplicar su infame «solución final» al gueto de Varsovia. Aquel día las fuerzas nazis arrasaron el gueto, destruyendo los hospitales y comenzando la masacre o deportación de sus habitantes hacia los campos de exterminio. Para entonces el equipo dirigido por Milejkowski había recogido infinidad de datos valiosos, y durante varias noches los médicos participantes en el programa se dedicaron a intentar salvar sus cuadernos de la destrucción y a encontrarse en secreto en los pabellones del cementerio para poner por escrito una serie de estudios documentando su investigación. Según los cálculos de aquellos médicos, unas 100.000 personas habían muerto en el gueto de hambre y enfermedad. En octubre, cuando terminaban de reunir en un libro los seis estudios que habían podido salvar, otros 300.000 habitantes del gueto habían sido asesinados en los campos de exterminio.

Aquel manuscrito, titulado en francés Maladie de Famine, en inglés The Disease of Starvation: Clinical Research on Starvation in the Warsaw Ghetto in 1942, fue entregado a alguien que lo enterró en el cementerio del hospital para salvarlo de la destrucción. Según Fitzpatrick y Rosenberg, menos de un año después la mayoría de sus 23 autores habían muerto. Después de la guerra el manuscrito se recuperó y se entregó a uno de los autores que aún vivían, Emil Apfelbaum, y a una organización destinada a ayudar a los supervivientes judíos, el American Joint Distribution Committee. Ellos se encargaron de editar y publicar el libro entre 1948 y 1949, casi coincidiendo con la muerte de Apfelbaum.

En EEUU se distribuyeron 1.000 copias de la versión francesa. Fue rebuscando en los depósitos del sótano de la biblioteca de su universidad cuando Fitzpatrick y Rosenberg, que se dedican a estudiar los efectos biológicos de la inanición, descubrieron un ejemplar, y decidieron que debían contarlo. El libro de Milejkowski y sus colaboradores no había desaparecido ni era del todo ignorado; de hecho, el catálogo mundial de bibliotecas muestra que hay más de un centenar de ejemplares repartidos por el mundo, dos de ellos en España: uno en la Residencia de Estudiantes del Consejo Superior de Investigaciones Científicas y otro en la biblioteca de la IE University, ambas en Madrid. Pero sin duda es una historia muy poco conocida que merece mayor difusión, tanto por el heroísmo de los autores, combatiendo la barbarie con ciencia, como por el escalofriante prólogo de Milejkowski, en el que escribía:

«Qué puedo deciros, mis amados colegas y compañeros de miseria. Sois una parte de todos nosotros. Esclavitud, hambre, deportación, esas cifras de muertes en nuestro gueto son también vuestro legado. Y vosotros, mediante vuestro trabajo, podréis dar a los esbirros la respuesta Non omnis moriar, [no moriré del todo]».

Milejkowski escribió estas palabras al final de las deportaciones, en un gueto ya casi desierto, sabiendo que vivía las que serían sus últimas horas:

«Este trabajo se originó y emprendió bajo condiciones inconcebibles. Sostengo mi pluma en la mano y la muerte me observa en mi habitación. Mira a través de las ventanas negras de casas tristes y vacías, en calles desiertas donde se acumulan las posesiones vandalizadas y saqueadas… En este silencio dominante residen la fuerza y la profundidad de nuestro dolor, y los gemidos que un día sacudirán la conciencia del mundo».

Tener un hijo de otra persona sin sus gametos: la biología lo está haciendo posible

Decíamos ayer que en los círculos jurídicos de bioética y privacidad se habla últimamente de los nuevos conflictos legales que pueden surgir si el ADN de una persona se usa sin su consentimiento. Y aunque pudiera parecer de sentido común que absolutamente ningún uso esté permitido sin esa autorización expresa y consciente, ¿hemos autorizado que nos frían a spam telefónico, por email o por apps de mensajería? Quizá resulte que, sin saberlo, lo hemos hecho. Lo peor de todo es que ni siquiera lo sabemos. Pero esto es solo un ejemplo de cómo realmente no tenemos control sobre nuestra privacidad online, incluso con leyes supuestamente cada vez más estrictas. Porque poco nos ayudan estas leyes si pulsamos «acepto» solo por no leernos los rollos del mar Muerto en versión «términos y condiciones», un error en el que todos caemos.

Es por esto que los expertos, alarmados por las posibilidades que ofrece y va a ofrecer aún más en el futuro la piratería genética, están clamando por la necesidad de leyes específicas. Un artículo escrito hace ya 12 años por la profesora de leyes de la Universidad de California Elizabeth Joh decía que generalmente, con los marcos legales actuales, «el robo de ADN no es un delito. Al contrario, la recolección no consensuada y el análisis del ADN de otra persona no tienen prácticamente ninguna restricción legal».

Planteemos un caso hipotético extremo. Ayer recordábamos el caso del extenista Boris Becker cuando culpó a una camarera de haber guardado su esperma en la boca para inseminarse, historia que el juicio desmontó en contra de Becker. Pero imaginemos ahora que una mujer, fan de tal celebrity, decide que quiere tener un hijo de esta. Recoge un vaso que el personaje en cuestión ha utilizado, y que contiene células de su piel. Lo envía a un laboratorio donde esas células de la piel se transforman en espermatozoides. Se insemina con ellos. Y tiene un hijo de su celebrity favorita.

Ahora, ricemos aún más el rizo: ni siquiera es necesario que la celebrity sea un hombre y su fan una mujer. Una fan de Madonna también podría pedir que las células de piel de la cantante se conviertan en espermatozoides. Y si el fan es un hombre, podría utilizar sus propios espermatozoides para fecundar un óvulo creado a partir de las células de la piel de su celebrity favorita, sea hombre o mujer, o bien, si le da el capricho, incluso pedir que las células de esta se transformen en espermatozoides y las suyas propias en óvulos. Aunque, claro, en cualquier caso necesitaría una gestación subrogada.

¿Suena suficientemente extremo? Pues todo esto ya es posible… en ratones. Y recientemente se ha conseguido también en ratas. Es lo que se conoce como gametogénesis in vitro (IVG, siglas en inglés), y se basa en la tecnología de células madre.

Fertilización in vitro. Imagen de DrKontogianniIVF / pixabay.com.

Un breve recordatorio. En 2006 el grupo dirigido por Shinya Yamanaka en la Universidad de Kioto consiguió, primero en ratones y después en humanos, obtener células madre a partir de células somáticas; es decir, tomar células de la piel y devolverlas a su estado desprogramado desde el cual puede obtenerse cualquier tipo de célula del organismo. Algo así como reconstruir el huevo a partir de la tortilla, o destallar una escultura para volver a obtener el bloque de piedra en bruto.

Estas iPSC (siglas en inglés de células madre pluripotentes inducidas) tienen una potencia similar a las embrionarias, mayor que la de otros tipos de células madre como las de cordón umbilical. Dado que las embrionarias se obtienen de los procedimientos de fertilización in vitro, de cigotos descartados y congelados que los padres donan voluntariamente, las iPSC son aceptables para los sectores de la sociedad opuestos a estos usos, y también compatibles con la regulación de los estados que no los permiten.

A partir de las iPSC se ha logrado obtener células y tejidos diferenciados que sirven como repuesto y tratamiento de numerosas enfermedades mediante trasplantes. Estas terapias ya se están aplicando con éxito, aunque dada su especialización y por lo tanto su coste, no se han generalizado, y es una incógnita si llegarán a hacerlo algún día.

Entre las células del organismo que pueden generarse a partir de las células madre están también los gametos o células germinales, es decir, óvulos y espermatozoides. Estas células son diferentes a todas las demás del organismo en un aspecto, y es que durante su maduración la cantidad de cromosomas se reduce a la mitad, para que la unión entre ambas restaure la dotación cromosómica completa. Además, los óvulos son células muy peculiares, complejas, las más grandes del organismo; son tan especiales que cada mujer nace con todo su repertorio completo de óvulos sin posibilidad de producir más.

Pero en ratones ya se han superado muchos de los grandes obstáculos. Se han obtenido espermatozoides y óvulos a partir de células de la piel, y crías sanas a partir de estos gametos generados in vitro. En estos animales se ha conseguido saltar la barrera del sexo, es decir, obtener óvulos de las células masculinas y espermatozoides de las femeninas. Estos casos son especialmente complicados: en el primero, el cromosoma masculino Y tiene genes que inhiben la generación del óvulo, mientras que en el segundo ocurre lo contrario, falta ese cromosoma que dirige la producción del esperma. En ratones se han vencido estas trabas mediante procedimientos muy complejos que difícilmente serían aplicables en humanos.

Ratones nacidos de óvulos creados in vitro a partir de células madre iPSC. Imagen de Katsuhiko Hayashi / Hayashi et al, Science 2012.

En infinidad de técnicas biológicas, el salto desde los roedores hasta los humanos requiere años de investigación adicional y nuevos desarrollos, y este es uno de esos casos. Ya se ha logrado convertir las iPSC en precursores de células germinales, pero aún falta superar el último paso para obtener espermatozoides y óvulos funcionales. Por el momento no se sabe con certeza si será posible producir in vitro gametos humanos del sexo contrario.

Pero ya hay compañías startup creadas para investigar y aplicar estas futuras tecnologías, y los expertos llevan años discutiendo cuáles serán las implicaciones éticas y dónde deberían establecerse las líneas rojas sobre sus usos aceptables: entre estos, la IVG revolucionará la medicina reproductiva al permitir concebir a parejas estériles sin aportación de otros donantes, o a las mujeres después de la menopausia. La técnica facilitaría además la obtención de embriones libres de enfermedades genéticas presentes en los padres.

Aunque la aceptación de otros usos variará con las ideologías y las creencias religiosas, otra aplicación obvia que generalmente se contempla es la concepción por parte de parejas del mismo sexo. Solo se necesitaría aplicar la IVG a una de las personas de la pareja para obtener espermatozoides, en el caso de dos mujeres, u óvulos si son dos hombres, pero estos además necesitarían una gestación subrogada, que en muchos países aún no es legal.

En cambio, otros casos suscitan mayores objeciones, como un hijo concebido por una sola persona que aporte las células para producir espermatozoides y óvulos (esto no sería una clonación), o la creación de bebés de diseño. Hay dudas respecto al caso de la participación de tres personas; hay un precedente de esto que hoy ya se aplica sustituyendo las mitocondrias enfermas del óvulo de una mujer por las de otra persona.

Y luego están los casos delictivos, la obtención de un hijo de alguien sin su consentimiento; lo planteado más arriba, y que algunos expertos llaman el «escenario celebrity«.

Todo esto no va a ocurrir de hoy para mañana; salvo avances inesperados, superar los obstáculos técnicos tardará años, pero es dudoso incluso cómo podría emprenderse el proceso necesario para certificar la seguridad del procedimiento sin sobrepasar los límites de lo aceptable. Y conseguir células de alguien, idóneas, viables y en número suficiente para aplicar estas técnicas tampoco es algo que pueda resolverse con unos restos dejados en un vaso o una servilleta. Aún.

Pero dado que la ciencia avanza en esa dirección, las reflexiones éticas y las leyes deberían anticiparse para que esos futuros logros no lleguen por sorpresa sin una regulación a la que acogerse. Parecería claro que crear un hijo de una persona sin su permiso siempre debería ser ilegal. Salvo que, recordando el caso de Boris Becker o muchos otros, esta no es una discusión nueva. ¿Qué ocurriría en un caso de fertilización por IVG? Si, como debaten los expertos en leyes, no es descartable que el ADN de un personaje famoso sea considerado dominio público (dado que no se puede condenar a alguien por recoger restos biológicos y procesarlos), ¿dónde comenzaría el delito? Y aunque llegar a la creación de ese hijo quebrante la barrera de lo legal, una condena no sería suficiente para arreglar el embrollo: ¿estaría obligado el padre o la madre a asumir la paternidad o maternidad legal, habiendo una persona afectada (el hijo) que no tiene culpa de nada?

Esto es lo que dura activo el virus de la COVID-19 en el aire

Hace unos meses, en la cafetería del Parador de Gijón observé sobre una encimera un cacharro que parecía una lamparita; una de esas que realmente no dan luz y que pretenden aparentar decoración de vanguardia hasta que pasan de moda y entonces quedan como decoración de retaguardia. Pero el camarero explicó que no era eso, sino un monitor de CO2: verde, bien; amarillo, abrir las ventanas; rojo, desalojar hasta que vuelva el amarillo.

No soy cliente habitual de bares ni restaurantes, así que no puedo juzgar ni siquiera por impresión personal si aquello era una excepción insólita o si ya existen muchos locales con medidores de este tipo. Ojalá sea lo segundo. Porque desde luego, si no es lo segundo, entonces es que la torpeza del ser humano no se cura ni con seis millones de muertos.

Pero con independencia de que muchos o pocos hosteleros hayan adoptado esta simplicísima medida, que no lo sé, lo que sí es constatable es que los gobiernos que nos gobiernan y los legisladores que nos legislan, estatales, autonómicos o de comunidad de vecinos, continúan silbando, mirando para otro lado y rascándose el ombligo en todo lo relativo a las medidas de calidad del aire. Que son LA MEJOR arma contra la pandemia de COVID-19. En su lugar, se sigue hablando de mascarilla sí, mascarilla no, mascarilla tralará.

Sí, las mascarillas funcionan (hasta cierto punto). Pero como ya he repetido aquí una y otra vez, las mascarillas han sido un parche, una chapuza de emergencia, incómoda e indeseable, cuando no teníamos otro modo de enfrentarnos al virus. Después de más de dos años, se diría que ya ha habido tiempo más que suficiente para cambiar el parche por medidas serias y definitivas de calidad del aire de cumplimiento obligatorio en todos los espacios públicos cerrados, que los expertos han pedido hasta la ronquera.

Pero es evidente que esto no ha ocurrido. El riesgo de contagio se sigue dejando a la mascarilla. No es asunto de los hosteleros ni de los dueños de los locales. No es su aire. Como si se sirvieran agua o comida sin el menor control sanitario, y allá cada cual si enferma, no haber bebido o comido, qué culpa tendrá el dueño. En resumen: que aún sigamos hablando de mascarillas, dos años y pico después, revela el fracaso de la respuesta contra la pandemia.

Partículas virales del SARS-CoV-2 al microscopio electrónico de transmisión. Imagen de NIAID.

Partículas virales del SARS-CoV-2 al microscopio electrónico de transmisión. Imagen de NIAID.

En la revista BMJ (antiguo British Medical Journal) la microbióloga de la Universidad Napier de Edimburgo Stephanie Dancer escribía hace unos días: «Es hora de una revolución en el aire de interiores». En fin, lo mismo que otros cientos de expertos en todo el mundo han repetido hasta la saciedad. «Se espera que las autoridades de salud pública desarrollen directivas prácticas e inclinen a la gente y a los locales hacia una mayor seguridad». Se espera. Y seguimos esperando, mientras nadie hace nada.

El artículo de Dancer venía a propósito de una nueva revisión de estudios sobre la transmisión del SARS-CoV-2 por aerosoles publicada el mismo día en BMJ. Habrá a quienes les sorprenda que a estas alturas se sigan publicando estudios y revisiones sobre la transmisión por aerosoles. Pero no debería; eso es precisamente lo que distingue a la ciencia de todo lo demás, que continúa indagando, obteniendo nuevos datos, validando sus afirmaciones, revisándolas y refutándolas si es necesario. Frente a quienes dicen que ellos ya sabían desde el principio que eran los aerosoles, la ciencia no sabe nada desde el principio, sino solo al final. Y el hecho de que esta conclusión final pueda coincidir a veces con lo que a algunos les daba en la nariz no convierte a esos de la nariz en científicos; científico es quien investiga para saber, no quien ya sabía.

Y sí, la nueva revisión valida una vez más la transmisión por aerosoles: «La transmisión del SARS-CoV-2 por el aire a larga distancia podría ocurrir en lugares de interior como restaurantes, centros de trabajo y locales de coros, y un insuficiente recambio del aire probablemente contribuya a la transmisión», escriben los autores, de la UK Health Security Agency. «Estos resultados refuerzan la necesidad de medidas de mitigación en interiores, sobre todo una adecuada ventilación».

Además, con las últimas subvariantes de Ómicron las reglas del juego han cambiado radicalmente. El virus ancestral de Wuhan (el original) tenía una infectividad tan baja que por entonces el riesgo de contagio en exteriores se consideraba mínimo o prácticamente inexistente, a juzgar por los estudios de aquellos primeros tiempos. Con un número de reproducción básico (R0, recordemos que este es el número medio de personas a las que contagia cada infectado en una población sin inmunidad y mezclada al azar) de en torno a 3,3, era necesario un contacto muy estrecho y prolongado para contagiarse al aire libre, a pesar de que a posteriori algunos sectores políticamente interesados, pero científicamente desinformados, hicieran tanto ruido con aquello del 8-M de 2020 (que de todos modos y por principio de precaución no debería haberse celebrado, ya que por entonces aún no se conocía la infectividad del virus; pero una cosa es que debiera haberse suspendido, y otra que en la práctica tuviera un impacto real en la expansión de los contagios, que no fue así).

Pero con las nuevas variantes, todo ha cambiado. En la mayoría de ellas se ha cumplido que las que reemplazan a las anteriores tienen mayor infectividad. Y para las Ómicron BA.4 y BA.5, alguna estimación ha calculado que su R0 se ha disparado a un brutal 18,6. Implica que estos virus serían los más contagiosos jamás conocidos, tanto como el sarampión, del cual se contagian 9 de cada 10 personas no vacunadas que están cerca de un infectado. Lo cual aumenta enormemente el riesgo de contagio también en aglomeraciones al aire libre, como los festivales que se celebran en esta época. Y aún queda por estimar la infectividad de la nueva subvariante de segunda generación Ómicron BA.2.75 detectada primero en India (a la que algunos en redes sociales han apodado «Centaurus»), pero que podría ser incluso más infecciosa que las anteriores.

Un nuevo estudio publicado en PNAS ha analizado la dinámica del riesgo de contagio por aerosoles en interiores, aportando datos sobre cuánto dura el virus infeccioso en el ambiente. Los autores, de la Universidad de Bristol, han medido cuál es la infectividad del virus en al aire a lo largo del tiempo y a distintas temperaturas y humedades, en condiciones controladas de laboratorio.

Los resultados indican que, en condiciones de baja humedad relativa (menor del 50%), solo 10 segundos después de exhalarse el aerosol la infectividad ya ha descendido a la mitad, debido a que las gotitas del aerosol se secan y cristalizan. En condiciones de alta humedad, como ocurriría en las zonas de costa, el virus en el aire se mantiene activo durante más tiempo: comienza a perder infectividad a los 2 minutos, a los 5 minutos ha perdido el 50%, y a los 10 minutos el 90%. En cambio, la temperatura no afecta demasiado. Estos efectos de las condiciones ambientales coinciden a grandes rasgos con lo descrito previamente en otros estudios, pero en cambio estos nuevos datos rebajan drásticamente la vida media infectiva del virus en el aire, que hasta ahora se estimaba en 1 o 2 horas.

Debo aclarar que estos datos no deben utilizarse como guía práctica para valorar el riesgo en interiores en situaciones reales. Es un solo estudio (aunque muy bueno), y en condiciones controladas de laboratorio. También conviene mencionar que los experimentos se refieren a variantes antiguas, como Alfa y Beta, y no a las nuevas. Según los autores, «no hay razón para creer que las medidas en este estudio no sean representativas de variantes posteriores del virus». Pero también hay algún estudio de hace unos meses según el cual Ómicron es más estable en superficies que variantes anteriores, y no puede darse por hecho que la estabilidad en aerosoles sea la misma.

Pero en cambio, hay dos conclusiones interesantes con las que conviene quedarse. Primera, en una época en que los humidificadores de aire se han convertido en una especie de electrodoméstico de moda que muchas veces se usa sin necesidad, ni sin que quien lo usa sepa realmente por qué lo usa, algo que subrayan este y otros estudios es que el aire seco es mejor para evitar la transmisión del virus: «El aire seco puede ayudar a limitar la exposición general», escriben los autores.

Segunda, el estudio confirma la validez de los monitores de CO2 para medir el riesgo de exposición al virus. Aunque esto es algo bastante aceptado, algunos expertos todavía no están del todo convencidos. Pero además de que un exceso de CO2 en una habitación es siempre señal de aire viciado y mala ventilación, el nuevo estudio revela que la evaporación del CO2 de las gotitas de los aerosoles parece ser en parte responsable de esa pérdida de infectividad del virus por un aumento del pH de las gotitas (baja su acidez, sube su alcalinidad; el CO2 disuelto forma ácido carbónico, el de las bebidas con gas). Por lo tanto, en una habitación con mucho CO2, este gas mantendrá más bajo el pH de las gotitas y por tanto favorecerá la infectividad del virus.

Claro que de poco servirán todos estos estudios mientras las autoridades sigan mirando para otro lado. Como conté aquí, la situación la resumía en pocas palabras el especialista en infecciosas de Stanford Abraar Karan: tomar medidas para asegurar la calidad del aire cuesta dinero a los gobiernos y a los negocios. Así que prefieren que sigamos con el mascarillas sí, mascarillas no.

Uno de cada 500 hombres tiene un cromosoma sexual de más (X o Y)… y no lo sabe

No sé qué opinaría Clint Eastwood de que su imagen se haya convertido en un frecuente avatar de los sectores ultraconservadores en internet. Teniendo en cuenta que él es pacifista, defensor del control de las armas, del derecho al aborto y a la eutanasia, de la igualdad de las mujeres y del matrimonio igualitario, y que además no es creyente, posiblemente le parecería cuando menos chocante. Pero como es libertario y además parece un buen tipo, quizá diría simplemente aquello de Clark Gable al final de Lo que el viento se llevó: «Frankly, my dear, I don’t give a damn».

El motivo para traer aquí al bueno de Clint es por ser un ejemplo de cómo en ocasiones en la mente de las personas se sustituye algo por una caricatura de ese algo, un cliché prefabricado que en absoluto se corresponde con la realidad; por ejemplo, un personaje del actor. El resultado final es que se está utilizando la imagen de una persona para sostener ideas que esa persona jamás defendería. Luego, además, otros copian e imitan este meme (en su sentido original) perpetuando el error, como ocurre con esa ingente cantidad de citas falsas que circulan en internet y que sus presuntos autores jamás dijeron ni escribieron: lo del «ladran, luego cabalgamos» del Quijote, lo de Einstein sobre que la estupidez humana es infinita, lo de Bertolt Brecht de que primero vinieron a por los comunistas…

Y llego ya a lo que voy: quizá cuando alguien esgrime el nombre de la ciencia para negar la realidad de las personas trans, intersexuales y no binarias, para afirmar que según la biología solo hay dos clases de personas, hombres XY y mujeres XX, y que según la ciencia tener pene o vulva son condiciones necesarias y suficientes para ser niño o niña, respectivamente, quienes sí conocemos la ciencia y sabemos la enorme falacia que están propagando deberíamos simplemente don’t give a damn.

Pero si no podemos hacer esto es porque en este caso hay personas que resultan dañadas, excluidas, ridiculizadas y estigmatizadas por algo que, sencillamente, es mentira; por algo dicho por quienes esgrimen la ciencia por una vez en su vida ignorando por completo qué es o qué dice la ciencia, con una caricatura de la ciencia que no se corresponde en absoluto con la realidad, sino solo, si acaso, con un conocimiento científico de nivel EGB de hace cincuenta años.

La bandera arco iris. Imagen de Piqsels.

Ignoro por completo qué dice la nueva llamada ley trans en España; no la he leído ni pienso hacerlo, porque las leyes no son lo mío. No tengo el criterio jurídico o legal para opinar (y no soy el único, aunque quizá otros no lo admitan públicamente). Pero leí hace unos días un (otro más) comentario en Twitter de un periodista conservador opinando alegremente al respecto que el no binarismo, la transexualidad y el género son un invento ideológico de moda contrario a la ciencia. Y de esto sí sé: miren, ni puñeterísima idea.

No voy a extenderme hoy en explicar qué es realmente lo que dice la ciencia actual sobre esto. He hablado de ello aquí varias veces, la última hace unos meses. Quizá aún deba aquí una explicación más larga y detallada, pero si alguien está realmente interesado en conocer la ciencia real actual al respecto, Scientific American tiene un ebook de 2018 titulado The New Science of Sex and Gender, una completa colección de ensayos de algunos de los principales especialistas en los enfoques médico, biológico y psicológico sobre los muy complejos mosaicos genotípicos, epigenéticos y fenotípicos del sexo, la orientación sexual y la identidad de género.

Pero en estos días estamos celebrando la diversidad, la aspiración (todavía no la realidad, como demuestran comentarios como el citado) de que las personas pertenecientes a esas minorías puedan disfrutar de ser lo que son y expresarlo libremente sin negárselo a sí mismas, sin pensar que son un error o que están enfermas o que deberían forzarse a no ser ellas mismas, sin que nadie las rechace o se mofe de ellas; y sobre todo, sin pensar que tienen a la ciencia en contra, porque es justo lo contrario. En resumen, la aspiración de que puedan vivir su vida exactamente igual que quienes pertenecemos a la mayoría.

Y para traer aquí algo nuevo, me ha venido al pelo un nuevo estudio dirigido por las universidades de Cambridge y Exeter y publicado en Genetics in Medicine. Los autores han buceado en el UK Biobank, una base de datos genómica y de salud de la población británica que está resultando un filón científico para infinidad de estudios, y han reunido los datos de genomas de más de 207.000 hombres británicos de ascendencia europea, con el fin de estudiar la presencia de cromosomas sexuales extra, X o Y.

Estas condiciones son conocidas desde que se conocen los cromosomas humanos (o incluso antes). Tanto las personas con 47, XXY como las 47, XYY, es decir, que tienen un cromosoma Y y un cromosoma sexual de más, tienen genitales masculinos y son asignadas a este sexo al nacer. Las primeras, 47, XXY, suelen detectarse con cierta frecuencia, sobre todo en la pubertad, porque padecen una serie de síntomas que se conocen como síndrome de Klinefelter y que incluyen rasgos como poco vello, crecimiento de los pechos, testículos poco desarrollados, problemas de fertilidad y otros de coordinación motora y a veces de aprendizaje. Pero la visibilidad de los síntomas varía, y en muchos casos son tan sutiles que no llega a detectarse. En el caso de las personas 47, XYY, los síntomas pueden ser mucho menos aparentes y no se ve afectada su fertilidad, aunque pueden presentar ciertos problemas motores y de aprendizaje.

Lo que han descubierto los investigadores es que la presencia de un cromosoma sexual extra en los hombres es mucho más frecuente de lo que se creía: un 0,17%, o 1 de cada 580, si bien sospechan que probablemente el porcentaje real sea algo mayor, de un 0,2% o 1 de cada 500, ya que los voluntarios del UK Biobank tienen unos parámetros de salud superiores a los de la población general y menor incidencia de condiciones genéticas.

Lo más curioso es que la mayoría no tenían la menor idea de su cromosoma sexual extra: un 23% de los XXY lo sabían, pero solo un 0,7% de los XYY estaban enterados de ello.

Relacionando estos datos con los de salud, los investigadores han detectado que las personas de estos grupos podrían tener un riesgo algo más elevado de sufrir ciertas dolencias, como diabetes de tipo 2, aterosclerosis, trombosis, embolia pulmonar o enfermedad pulmonar obstructiva crónica. Por lo tanto, la detección de la presencia de estos cromosomas extra puede servir para poner sobre aviso con respecto al riesgo de desarrollar enfermedades vasculares, metabólicas o respiratorias.

En fin, esto es solo una pequeña muestra más de lo diversos que somos los humanos, frente a quienes piensan que solo existen hombres XY y mujeres XX, y que todo lo demás es ideología. Y es inevitable pensar que, dada la frecuencia descubierta por los autores, es probable que alguno de quienes piensan así tenga un cromosoma sexual de más sin saberlo. Lo cual sería una fina ironía del azar genético.

¿Existe realmente un brote de hepatitis aguda grave infantil?

Uno de los aspectos en los que la COVID-19 ha cambiado el mundo es en que ahora los medios y el público prestan mucha más atención a las enfermedades infecciosas y a los presuntos brotes epidémicos extraños. Por ejemplo, las 6.300 muertes por gripe en España en la temporada 2018-2019, la última completa anterior a la pandemia, no parecían importar a casi nadie. Por ejemplo, los brotes de otros coronavirus previos al SARS-CoV-2, que también han causado sus cuotas de muertes, sobre todo cuando se han producido brotes en residencias de ancianos, eran tan desconocidos para la gente que incluso se encuentran por ahí graciosas conspiranoias de quienes ignoraban por completo la existencia de estos virus.

Por ejemplo, en este blog he seguido durante años los nuevos descubrimientos en torno al virus de Lloviu, ese pariente del ébola descubierto en una cueva asturiana, que durante años ha pasado inadvertido para el público. Hace algo más de un mes me escribía Félix González, codescubridor de los murciélagos en los que se halló el virus, alarmado porque de repente en un mismo día le habían llovido las llamadas de varios medios para preguntarle por ello. Y realmente no había ninguna noticia, nada nuevo; al parecer, alguien en un medio de gran difusión de repente descubrió que existía este virus (existe oficialmente para la ciencia desde 2011) y pensó que en estos momentos de histeria infecciosa era un buen reclamo para conseguir clicks.

Es por ello que algunos de quienes hemos estado profesionalmente involucrados en este campo reaccionamos con bastante escepticismo ante la oleada inicial de alarma desbocada sobre el SARS-CoV-2, a comienzos de 2020. Y sí, en este caso nos equivocamos. Pero en el extremo contrario, también es cierto que ahora cualquier pequeña posible alarma sanitaria es un imán de clicks, y los medios no van a resistirse a este caramelo. Por ello, probablemente en estos tiempos sería conveniente que el público leyera los titulares grandilocuentes sobre nuevas epidemias, brotes o infecciones con una ceja levantada. Sobre todo cuando incluso las propias fuentes sanitarias pueden propiciar alarmas sin una confirmación sólida.

Imagen de Pixabay.

Un posible caso de esto, aunque todavía confuso, es el supuesto brote de una hepatitis aguda grave en niños que se detectó en varios países europeos, incluyendo España, y en EEUU. El pasado abril, cuando estas alarmas saltaron, traté aquí este tema con las hipótesis que se estaban barajando, por separado o combinadas: una rara complicación o secuela de la COVID-19, un adenovirus, o incluso una reacción inmunitaria errónea o autoinmunitaria alimentada por un descenso de estimulación antigénica durante la pandemia. Un posible efecto secundario de las vacunas de la cóvid se descartó desde el primer momento, ya que los niños afectados no estaban vacunados.

Ahora, he aquí el plot twist: nuevos estudios en Europa y EEUU dicen que quizá no exista tal brote; los datos presentados indican que la incidencia de hepatitis aguda grave en niños se mantiene en los mismos niveles de antes.

El estudio europeo se ha publicado en Eurosurveillance, revista del Centro Europeo para el Control de Enfermedades (eCDC). Los autores han recabado datos de 34 centros de 22 países europeos e Israel (en España, de Madrid y Barcelona) que forman parte de la red de referencia europea de enfermedades hepáticas y que tratan a niños con hepatitis, entre el 1 de enero y el 26 de abril de 2022.

De los 34 centros, 22 dijeron que no han observado un aumento de niños con hepatitis grave. Los 12 restantes informaron de una sospecha de aumento de casos, pero lo cierto es que sus cifras no lo reflejaban. El número de trasplantes pediátricos de hígado en los centros consultados ha sido menor en los meses analizados de 2022 que en años anteriores: una media de 2,5 en 2022 frente a 4,9 en 2021, 3,7 en 2020 y 4,9 en 2019, con la salvedad de que en 2022 solo se incluyen los casos de 4 meses y no del año completo.

La conclusión de los investigadores: «En comparación con la media de casos en cada año completo previo de 2019-21, no hay un incremento absoluto de casos con los criterios considerados en el periodo de estudio, basado en los datos de los centros participantes. Sin embargo, los datos de 2022 comprenden solo los primeros 3,8 meses del año y deberían considerarse preliminares». Otro dato aportado por los autores es que en la mayoría de los niños no se detectó adenovirus, una de las posibles causas que se habían apuntado, ni ningún otro virus en particular.

Sin embargo y como subrayan los investigadores, los datos deben tomarse con precaución, ya que son incompletos: en el estudio solo se incluyeron centros especializados, no hospitales generalistas. En Nature la hepatóloga pediátrica de la Universidad de Birmingham (Reino Unido) Deidre Kelly, coautora de este estudio, afirma que el número de casos que ella ha visto este año ha sido anormalmente alto; este estudio europeo no incluye datos de Reino Unido. Y lo cierto es que en aquel país sí se ha observado un aumento de casos respecto a años anteriores.

Conclusiones parecidas, aunque distinto método, tiene el estudio estadounidense, publicado en Morbidity and Mortality Weekly Report, la revista del CDC de EEUU. En este caso los investigadores han reunido los datos sobre hepatitis aguda, inflamación hepática o trasplantes de hígado en niños en las consultas de Urgencias y hospitalizaciones, comparando el periodo de octubre de 2021 a marzo de 2022 con un intervalo desde 2017 anterior a la pandemia, para evitar posibles sesgos durante los peores tiempos de la COVID-19. Además, también han recolectado los datos sobre positividad a adenovirus.

La conclusión: «Los datos actuales no sugieren un incremento en hepatitis pediátricas o adenovirus de tipos 40/41 por encima de los niveles de base pre-pandemia de COVID-19». Pero como en el estudio europeo, los autores advierten de que son datos preliminares e incompletos, y que por lo tanto aún no puede llegarse a una conclusión definitiva.

En resumen, todavía no hay respuestas firmes. Pero lo que sin duda ahora sí hay es una duda que antes no existía, cuando se daba por hecho que estábamos ante una nueva y misteriosa pequeña epidemia.

Por mi parte, ya lancé aquí mi apuesta: durante la pandemia muchas personas, ante un miedo perfectamente comprensible, han tratando de encerrarse en una burbuja inmunitaria minimizando todo tipo de contacto con el entorno; muchos padres han actuado así con sus hijos, con el propósito de protegerlos al máximo (aunque en muchos casos cayendo en el error de tratar de sustituir así a la vacunación, que es la mejor protección, según toda la ciencia disponible). Pero un sistema inmune sano necesita un contacto sano con los antígenos del entorno. Y una carencia de este contacto puede dar lugar a reacciones inmunitarias erróneas o descontroladas, especialmente en los niños, cuyo sistema inmune está en proceso de maduración y necesita esos estímulos para madurar.

Curiosamente, el estudio europeo de Eurosurveillance aporta una pista en esta dirección: recuerda que en 1923, después de la gran pandemia de gripe de 1918, se registraron numerosos casos de hepatitis grave con síntomas abdominales que sugerían un virus gastrointestinal. «Se consideró entonces que estaba relacionado con la susceptibilidad a virus a los que la gente no había estado expuesta durante la contención social», escriben los autores, añadiendo que en este caso podríamos estar ante «una interacción entre el sistema inmune inmaduro o inexperto y el hígado», en el contexto de alguna posible infección viral.

Por último, en Nature la hepatóloga Deidre Kelly apunta la posibilidad de que, con independencia de cuáles sean las causas primarias, quizá estos casos de hepatitis infantil estén delatando la existencia de ciertos factores de riesgo en algunos niños que antes no se conocían. Y que tal vez este brote, si lo es, pueda ayudar a identificarlos, lo que serviría para prevenir futuros casos. Por el momento, todas las hipótesis siguen abiertas.

MPXV, la viruela del mono que no es del mono, y contra la que habríamos podido estar ya protegidos

Siempre he pensado que llegará el día en que apreciemos esa leve areola en el hombro que tenemos los nacidos antes de 1980. Y ese día no es hoy; me refiero a un posible día futuro, en el que pudiera haber una amenaza mucho mayor que la actual. Y contra la cual pudiera protegernos aquella vacuna contra la viruela que recibimos.

Vivimos tiempos extraños. No porque el rechazo y el odio al conocimiento sean algo nuevo; son tan viejos como la humanidad. Pero resultan más insólitos hoy, cuando el conocimiento está fácilmente al alcance de cualquiera que desee acercarse a él, algo que nunca ha ocurrido en tiempos en que había que comprarlo con dinero y posición. Y sin embargo, expertos en lo que se ha dado en llamar el movimiento anti-Ilustración han observado que, cuanto más fuertes son la ciencia y el conocimiento, más lo son también la anti-ciencia y la apología de la ignorancia. Hace unos días surgió en Twitter una imagen de una pintada contra los libros en una biblioteca de Cataluña. Con independencia de que fuese legítima o impostada, que no me importa, lo innegable es que sí hubo algún perfil de Twitter, bot o no, pero declaradamente de extrema derecha, que escribió «basta ya de ciencia».

Aunque estas corrientes siempre son minoritarias, el mayor problema no es que esa minoría sea cuantiosa, sino que logra contagiar sus proclamas a una parte más importante del resto de la sociedad. Tengo un amigo, profesor de colegio de matemáticas pero sin formación en ciencia, que rechaza los cultivos transgénicos. No de forma militante, sino simplemente como quien se deja llevar por la ola. Nunca se ha interesado ni molestado en buscar información veraz sobre este tema. Simplemente se guía por lo que se dice por ahí. Y la voz de la anti-ciencia es más potente que la de la ciencia, porque para entender la primera realmente no hay que entender nada.

Los transgénicos son un ejemplo de algo motivado por estas corrientes que sí ocurre ahora por primera vez en la historia, y es que la humanidad o buena parte de ella está renunciando a grandes avances de la ciencia y la tecnología que ya están disponibles, cuando los odiadores del conocimiento han conseguido sembrar dudas y recelos entre la población general. Un segundo ejemplo son, obviamente, las vacunas, como hemos visto durante la pandemia de COVID-19.

No pretendo sugerir que el cese de la administración de la vacuna contra la viruela estuviese motivado por el sentimiento antivacunas. Simplemente, se consideró que la enfermedad estaba erradicada y que ya no era necesaria. Pero esto último es discutible. De hecho, aún existe virus de la viruela en dos laboratorios —en EEUU y… Rusia—, y el último brote conocido se originó en un laboratorio.

Pero más allá de estos casos esporádicos, pensar que una vacuna ya no es necesaria es bastante atrevido, como ahora la realidad ha demostrado. Si el conocimiento humano ha logrado crear una protección eficaz contra varias posibles enfermedades, algunas de las cuales tal vez aún ni siquiera existan, ¿por qué renunciar a ella? En 2013 un estudio reveló que 146 de entre 363 procedimientos médicos analizados siguen aplicándose a pesar de haberse demostrado que son inútiles o incluso perjudiciales (la mayoría de los médicos no son científicos, como ya hemos explicado aquí). El mismo autor, Vinay Prasad, del Instituto Nacional del Cáncer de EEUU, publicó un nuevo estudio en 2019 ampliando su búsqueda para elevar a 396 el total de procedimientos médicos inservibles o dañinos, pero utilizados habitualmente. Y, en cambio, ¿por qué se suspendió la vacunación contra la viruela, que sí funciona, que tantas vidas salvó y podría seguir salvándolas en un futuro potencial?

Imagen del Monkeypox Virus, MPXV. Dominio público.

Debo aclarar que voy a referirme al virus de la mal llamada viruela del mono como MPXV, MonkeyPoX Virus, que es su nombre oficial. Los propios virólogos reconocen que muchas veces los nombres que se da al objeto de su trabajo no son muy afortunados, porque ellos saben de qué están hablando, pero no la población no viróloga. El virus de Marburgo no es de Marburgo, el virus de Lloviu no es de Lloviu. En inglés la varicela (que en realidad es un herpesvirus) se llama Chickenpox, pero nadie imagina que sea la viruela del pollo. La mal llamada «viruela del mono» se llama Monkeypox, pero esto no significa «viruela del mono»; «viruela del mono» sería, en todo caso, Monkey Smallpox. De hecho, en algunas publicaciones científicas lo llaman Human Monkeypox para aclarar que no es un virus del mono. Se le añade el «Human» para especificar que es un virus patógeno para los humanos. Pero su reservorio está sobre todo en los roedores, y son estos animales los que lo transmiten a los humanos. Su descubrimiento en monos fue una mera carambola.

Esto no tendría mayor importancia para el público en general si no fuese porque muchos, en la misma línea ideológica en la que coincide el grueso de los movimientos anti-ciencia, han aprovechado la referencia al mono para hinchar la vena xenófoba y racista, suya y de sus correligionarios. Por otra parte, los chistes con El planeta de los simios no deberían tener mayor importancia, aunque es curioso cómo se ha repetido la forma de pensar del siglo XVIII, cuando la vacuna de Jenner contra la viruela motivó caricaturas en los periódicos en las que aparecían personas medio transformadas en vacas. Sí, será cierto que quienes ahora han publicado esos chistes sobre los simios probablemente lo han hecho como simple broma. Exactamente igual que lo hicieron los caricaturistas de Jenner con las vacas.

Más concretamente, conviene aclarar, respecto al MPXV, que no es un virus nuevo; existe desde hace miles de años, y hace 600 años surgió el subtipo de África occidental que ahora nos ocupa. Se descubrió en monos en 1958, por primera vez en humanos en 1970, y ha causado pequeños brotes recurrentes ocasionales. El mayor de ellos antes de ahora, en 2003 en EEUU, con más de 70 casos. Como otros virus de su misma familia (ortopoxvirus), incluida la viruela, el MPXV suele figurar en las listas de posibles armas biológicas.

Y sí, hay vacunas: las de la viruela. Aunque no hayan sido desarrolladas contra el MPXV, se estima que ofrecen una protección cruzada del 85%, más que suficiente. Aunque sería genial disponer de vacunas específicas contra el MPXV, démonos con un canto en los dientes por el hecho de que en 2022 aún existan vacunas contra la viruela. Y recordemos que también contra la variante Ómicron del SARS-CoV-2 nos hemos protegido con una vacuna que se desarrolló contra otra bastante diferente. Una de las vacunas contra la viruela llamada Jynneos (Imvamune o Imvanex), que es la versión de una vacuna clásica fabricada por la biotecnológica danesa Bavarian Nordic A/S, está aprobada contra la viruela por la Agencia Europea del Medicamento desde 2013. En EEUU está aprobada también contra el MPXV desde 2019; o sea, es oficialmente una vacuna contra el Monkeypox.

Esta nueva irrupción (como he dicho, ha habido otras) del MPXV puede haber sorprendido a la gente, pero no a los científicos. Como siempre, llevan tiempo advirtiendo de ello, pero nadie les ha escuchado. Por citar solo algunos ejemplos muy recientes:

El pasado febrero, una colaboración internacional de investigadores describía un aumento de los casos de MPXV en las últimas décadas, y apuntaba: «Esta observación puede estar relacionada con el cese de la vacuna contra la viruela, que ofrecía protección cruzada contra el MPXV, lo que ha llevado a un aumento de la transmisión entre humanos. La aparición de brotes fuera de África subraya la relevancia global de esta enfermedad».

El pasado enero las médicas estadounidenses Marlyn Moore y Farah Zahra escribían: «La vacunación de la viruela la conseguido inmunidad coincidente con el MPXV; sin embargo, la erradicación de la viruela y la posterior ausencia de esfuerzos de vacunación han abierto el camino para que el MPXV gane relevancia clínica. Aún más, debido a que la mayoría de los casos de MPXV ocurren en la África rural, la falta de registro puede traducirse en una infravaloración de la amenaza potencial de este patógeno».

En agosto de 2021, a propósito de otro brote el año pasado en EEUU, otro grupo de investigadores de EEUU y Paquistán escribía: «El cese de la vacunación contra la viruela en tiempos recientes podría ser la causa de estos brotes y deberían tomarse diferentes medidas para prevenir la expansión de esta enfermedad […] Se ha hecho muy poco esfuerzo para desarrollar una vacuna específica para la eliminación de esta enfermedad. Aunque la vacuna contra la viruela es efectiva en un 85%, debería desarrollarse una vacuna similar contra el MPXV […] Como ciudadanos globales, no estamos exentos de brotes que surjan en cualquier rincón del mundo. Se recomienda que los dirigentes sanitarios, en coordinación con virólogos de salud pública, formulen un plan para erradicar esta enfermedad».

Realmente no sabemos hasta qué punto los vacunados contra la viruela estamos protegidos contra el MPXV, porque sencillamente no se conoce la duración de esta inmunidad (seguro que ya hay laboratorios diseñando experimentos de seropositividad y neutralización contra el MPXV entre los que nacimos antes del 80). Pero el MPXV, siendo actualidad ahora, no es el único que nos amenaza: también hay camelpox, cowpox, buffalopoxLos científicos han dejado claro que el cese de la vacunación contra la viruela ha significado renunciar a una protección; quizá a nivel individual, seguro a nivel grupal. Por suerte, es muy improbable que el MPXV pueda causar algo ni remotamente similar a lo que ya hemos vivido; un estudio reciente de modelización epidemiológica del MPXV indica que, a diferencia de la COVID-19, los brotes deberían contenerse fácilmente con el aislamiento de casos.

Así que, avisado estaba. Pero, como siempre, nadie hizo caso. El ser humano continuará tropezando en la misma piedra aunque se la pinten de amarillo fosforescente y pongan una señal diciendo «¡cuidado, no tropezar en esta piedra!».

Médicos antivacunas, más influidos por la ideología que por la ciencia

En 2004 el médico Richard Smith, entonces director del BMJ (antiguo British Medical Journal, una de las revistas médicas más importantes del mundo), publicó un artículo titulado «Los doctores no son científicos». Entre otras cosas, decía:

Algunos doctores son científicos —del mismo modo que algunos políticos son científicos—, pero la mayoría no lo son. Como estudiantes de medicina se les llenó de información sobre bioquímica, anatomía, fisiología y otras ciencias, pero la información no hace a un científico —de otro modo, podrías convertirte en científico viendo el Discovery Channel. Un científico es alguien que constantemente cuestiona, genera hipótesis falsables y recoge datos mediante experimentos bien diseñados —el tipo de gente que se cepilla los dientes solo en un lado de la boca para ver si cepillarse los dientes tiene algún beneficio. La mayoría de los doctores siguen patrones y reglas familiares, a menudo improvisando en torno a esas reglas. En sus métodos de trabajo se parecen más a los músicos de jazz que a los científicos.

Cuestionar si los doctores son científicos puede parecer ofensivo, pero la mayoría de los doctores saben que no son científicos. Una vez pregunté a una audiencia de quizá 150 docentes de medicina cuántos se veían como científicos. Unos cinco levantaron la mano.

La consecuencia inevitable es que la mayoría de los lectores de las revistas médicas no leen los artículos originales. Pueden mirar el abstract [resumen inicial], pero es raro el que lee un artículo de principio a fin, evaluándolo críticamente mientras lo hace. De hecho, la mayoría de los doctores son incapaces de evaluar críticamente un artículo. Nunca se les ha formado para hacer esto. En su lugar, deben aceptar el juicio del equipo editorial y de los revisores por pares, hasta que uno de esos raros escribe y apunta que un artículo es científicamente ridículo.

El artículo de Smith recibió respuestas, unas a favor de su visión, otras en contra. El alergólogo David Freed escribía: «Hay que tener agallas para que un editor médico desengañe a sus lectores de su más preciada suposición de que los doctores son científicos, pero es cierto que no lo son». Freed explicaba que los médicos tienen que ser convincentes en su apariencia de que siempre lo saben todo: «Resulta tan fácil para nosotros los doctores comenzar a creer que lo sabemos todo, y eso nos hace irracionalmente hostiles a nuevas ideas». En cambio, el científico vive en la incertidumbre. ¿A cuántos médicos oímos decir «no sé»? Sin embargo, esta es, o debería ser, la expresión de cabecera de todo científico.

Vacunación de COVID-19 en Madrid. Imagen de Comunidad de Madrid.

Vacunación de COVID-19 en Madrid. Imagen de Comunidad de Madrid.

Probablemente a muchos les sorprenderá todo esto, y habrá quienes no estén de acuerdo. En cambio para otros será algo ya sabido, especialmente en los laboratorios. Durante mi etapa de investigación predoctoral estuve un tiempo trabajando en la sección de Inmunología del Hospital de la Princesa, en Madrid. Incluso en un departamento de investigación de un hospital, los médicos eran minoría; la mayoría éramos biólogos, incluyendo al jefe de la sección, Paco Sánchez-Madrid, que luego fue miembro de mi tribunal de tesis. Al menos por entonces, en la carrera de medicina no se enseñaba ciencia, método científico, enfoque científico. No se enseñaba a investigar, ni se orientaba la carrera hacia esta posibilidad. Ojalá ahora sí, no lo sé. Lo cierto es que, incluso si más médicos quisieran dedicarse a hacer ciencia, tampoco las obligaciones de su trabajo lo facilitan, y ese es un potencial que todos estamos perdiendo. Porque, como escribían en 2019 en el New York Times tres médicos de la Fundación de Apoyo a los Médicos-Científicos de EEUU, «necesitamos más médicos que sean científicos».

Un amigo farmacéutico decía que Medicina es una carrera de letras: del mismo modo que los abogados aprenden una tríada delito-ley-pena, los médicos aprenden síntomas-diagnóstico-tratamiento (este es el enfoque de exámenes como los de residencia). El autor de un estudio sobre la anti-ciencia que comenté aquí hace unos años explicaba que estas corrientes se basan precisamente en «pensar como abogados»: elegir solo aquellos argumentos seleccionados que apoyan su postura, como los estudios de casos frente a la más amplia evidencia de los ensayos clínicos aleatorizados.  Por ello y según Freed, «las disputas médicas se vuelven enconadas porque siempre en el fondo está el pensamiento de que el otro tipo está dañando a los pacientes». En cambio, un científico debe reunir toda la información relevante y sopesarla para llegar a una conclusión. Debe desafiar su propia creencia y aceptar lo que digan los datos, ya sea que avalen lo que él pensaba o lo contrario.

Si los médicos deberían o no ser científicos, es otro debate en el que cabría argumentar. Muchos profesionales dedican su trabajo a manejar desarrollos de la ciencia que no tienen por qué conocer en más detalle del que exige su tarea. Un excelente piloto de aviación no tiene por qué ser físico atmosférico ni ingeniero aeronáutico. Pero a ninguno se le ocurriría actuar en contra de las reglas que han establecido quienes sí son físicos atmosféricos o ingenieros aeronáuticos, y sí conocen profundamente toda la ciencia por la que se guían las reglas para elevar un avión y mantenerlo en el aire.

Del mismo modo, no existe ningún científico, médico o no, relevante en el campo, reputado y con credibilidad, que sostenga posturas negacionistas de las vacunas de COVID-19, porque los científicos han podido entender y analizar los datos de cientos de estudios publicados para llegar por sí mismos a la conclusión de que las vacunas son seguras y eficaces. Pero sí hay médicos antivacunas, como los hay que avalan pseudoterapias.

Los médicos antivacunas, siendo minoría, son una cuantiosa minoría: según un estudio en EEUU publicado ahora, dirigido por la Universidad de Texas A&M, un 10% de los médicos de atención primaria encuestados en aquel país no cree que las vacunas sean seguras, casi el mismo porcentaje no cree que sean efectivas, y algo más de un 8% no cree que sean importantes.

Además de revelar la extensión de esta corriente anticientífica, el estudio ha indagado en la tipología del perfil de estos médicos antivacunas, y ha encontrado que «algunos de los factores que influyen en la confianza en las vacunas en el público en general afectan de manera similar a la confianza en las vacunas entre los médicos», escriben los autores. Uno de estos factores principales, señalan, es la ideología política conservadora. Es bien sabido que en EEUU el movimiento antivacunas está alineado con la sintonía política del expresidente Donald Trump.

En aquel país ciertos médicos conocidos por sus apariciones en los medios han extendido desinformación y bulos sobre las vacunas. Algunas de las posturas antivacunas más beligerantes proceden incluso de organizaciones médicas, como la American Association of Physicians and Surgeons (AAPS), una asociación de ideología conservadora —del tipo de entidades gremiales y políticas que, también aquí, a menudo los medios no especializados etiquetan erróneamente como «sociedades científicas»— conocida por su desinformación médica, como el negacionismo del VIH-sida o la difusión de bulos como la relación entre el aborto y el cáncer de mama o entre el autismo y las vacunas. En cuanto a España, también aquí los datos indican que entre las corrientes antivacunas predominan las ideologías de derechas.

«Una proporción preocupante de médicos de atención primaria carece de altos niveles de confianza en las vacunas», concluye el estudio. Los autores comentan que tanto los medios de comunicación como los políticos están confiando en los médicos como la fuente primordial para impulsar la vacunación; y que, sin embargo, «estas observaciones sugieren que no siempre será posible confiar en los médicos para alentar a la vacunación de COVID-19, mucho menos para otras enfermedades evitables mediante vacunas», añadiendo que esto es especialmente acusado en las zonas rurales de lo que llamamos la América profunda, donde más coinciden la renuencia a las vacunas y la ideología conservadora.

En resumen, el estudio constata que la postura de los médicos antivacunas (al menos en EEUU) no nace de criterios científicos, sino ideológicos, y que se defiende no solo a pesar, sino en contra de la ciencia. Si ya se sabía que este es el retrato de los movimientos antivacunas en general, es mucho más grave en el caso de los médicos, ya que se les toma erróneamente como referentes de la ciencia por el mero hecho de ser médicos.

¿Cuántos médicos antivacunas existen en España? Que yo sepa, no tenemos datos. Pero sabemos que existen, los hemos oído. Incluso los hemos visto repartiendo panfletos a la entrada de los colegios, instando a los padres a no vacunar a sus hijos. Su voz es poderosa, porque no importa que sea minoritaria; la presunción de que todo médico es un científico, junto con esa falsa seguridad que transmiten, tienen una inmensa influencia sobre los pacientes. No sabemos cuánta enfermedad y muerte podrían haberse evitado si los pilotos de la salud se hubieran limitado a seguir lo que dice la ciencia que aplican. Porque, a diferencia de los aviones, en este caso es mucho más difícil evaluar las consecuencias trágicas de una decisión errónea; con la COVID-19, acaba muriendo gente que ni siquiera iba en ese avión.

No, ningún alimento con moho debe comerse

A veces ocurren cosas bastante extrañas en el ecosistema informativo/desinformativo. Escucho hace unos días en un programa de radio que la Organización de Consumidores y Usuarios (OCU) ha dicho que los alimentos con moho deben tirarse a la basura, excepto tres, a los que basta con quitarles la parte afectada con un margen generoso: los embutidos curados, el queso compacto y los vegetales duros como la zanahoria. Lo más sorprendente del caso, que podría llamarse anecdótico si no fuera porque revela el conocimiento de la propia fuente de origen del consejo sobre aquello acerca de lo cual está aconsejando, es cuando en un corte de audio un portavoz de la OCU habla, literalmente, de «las bacterias que producen el moho».

A favor del programa de radio en cuestión (Julia en la Onda, en Onda Cero) hay que decir que desmintieron este consejo desaconsejable. Pero si he comenzado calificando el caso como extraño es porque, buscando en internet, encuentro que la OCU publicó esta información en su web allá por diciembre de 2019, y que ya entonces algunos medios hablaron de ello. Por motivos que no alcanzo a entender, ha ido resurgiendo en los medios periódicamente desde entonces.

Por lo que veo (y seguro que se me escapan muchos eslabones de esta cadena), en agosto de 2021 la OCU tuiteó su artículo de 2019. Y entonces algunos medios volvieron a rebotarlo. Como muestra del extraño recorrido y tratamiento de esta noticia, el diario El Correo lo contaba en su web, citando palabras de un experto al que se describe como «responsable de Bioensayos del Centro Nacional de Tecnología y Seguridad Alimentaria» (un centro tecnológico privado), pero cuyo nombre no aparece en el artículo. A favor de este experto anónimo hay que decir que él o ella no anima a nadie a consumir alimentos con moho. Tampoco lo contrario. Porque, sencillamente, esto no se le pregunta.

Más extrañamente, la misma información continúa goteando en diversos medios, en noviembre de 2021, en enero de 2022… El pasado enero Business Insider (BI) lo publicaba de nuevo, enlazando al artículo de la OCU de 2019, y sin contrastar lo afirmado por esta organización con ningún experto. Aunque BI tiene una reputación discutida, sobre todo por acusaciones de titulares clickbait, hay que decir que en su versión original en inglés suele publicar artículos de ciencia bien construidos y documentados, algo que contrasta con el caso que nos ocupa.

Y, como el monstruo del lago Ness, esta afirmación de la OCU resurge de nuevo en mayo de 2022, lo que supongo habrá motivado su mención en el programa de Onda Cero. Pero la continua reaparición de este consejo obliga a dejar constancia, al menos para cualquier usuario curioso que decida hacer algo de googleo antes de creerse sin más todo lo que escucha o lee, de que no: no es aconsejable consumir ningún alimento con moho.

Nectarinas con moho. Imagen de Roger McLassus 1951 / Wikipedia.

Ante todo, debe aclararse que ninguna bacteria produce ningún moho. Los mohos son hongos, organismos muy distintos de las bacterias. De hecho, los hongos están mucho más emparentados con nosotros los animales que con las bacterias.

La cuestión aquí, y el resumen de lo que sigue, no es tanto si se puede o no consumir ciertos alimentos con moho después de retirarles la parte afectada. Sino que nadie puede garantizar de forma general que sea seguro consumir cualquier alimento que se haya estropeado. Si hay un consejo general, es que todo alimento estropeado debe tirarse.

La razón por la que no comemos el moho es que muchos de ellos producen micotoxinas, compuestos tóxicos que no suelen causar envenenamiento agudo en los humanos, pero que sí pueden provocar efectos muy nocivos por exposición repetida, incluyendo cáncer o toxicidad para órganos como el hígado o el riñón. Además, algunas personas desarrollan reacciones alérgicas a ciertos mohos. Dado que es imposible, sin ser experto en mohos y sin disponer de un laboratorio de análisis, determinar si el moho que ha crecido en un alimento es nocivo o no, y que en realidad ni siquiera puede asegurarse por completo que ninguna especie concreta de moho sea siempre del todo inofensiva (ver abajo lo referente a los quesos), el consejo general es tratarlos todos como lo que son, signo de que un alimento se ha estropeado y debe tirarse.

Los mohos, como otros hongos, se expanden mediante hifas, filamentos que forman una trama llamada micelio. El micelio se extiende más fácilmente en los alimentos blandos y esponjosos, como el pan, que en los duros y compactos, como una zanahoria o un queso manchego. Pero pueden existir grietas en el alimento que no apreciemos a simple vista y a través de las cuales las hifas hayan podido crecer. Por lo tanto, el consejo más sensato es no tentar a la suerte y tirar el alimento contaminado, sea cual sea. Por último, los mohos, como otros hongos, se reproducen mediante esporas. Por este motivo, el moho de un alimento suele extenderse a otros en un mismo recipiente cerrado.

Ante lo anterior, a muchas personas les puede surgir una pregunta lógica: ¿no es cierto que algunos quesos se elaboran precisamente con moho? ¿Qué pasa en estos casos?

Por supuesto que existen muchos hongos comestibles. Y no solo los champiñones, los boletus, las trufas u otras setas. Lo que solemos llamar levadura, en realidad una especie concreta de levadura, Saccharomyces cerevisiae, es el hongo comestible más presente en nuestra dieta, utilizado para elaborar pan, cerveza, vino y otros alimentos. Pero incluso esta especie puede provocar enfermedades en humanos si coloniza lugares donde no debería estar. Por ejemplo, S. cerevisiae puede causar infecciones vaginales, aunque generalmente es otra levadura la responsable de las vaginitis por hongos: Candida albicans, causante de la candidiasis.

Como precaución, no está de más lavarse las manos después de manipular levadura fresca o de panadería (el mismo hongo, pero deshidratado), ya que hay casos descritos de infecciones con S. cerevisiae en personas que manejan la levadura en su trabajo. Esto no se aplica a la llamada levadura química, que en realidad no es levadura, sino bicarbonato sódico con alguna sal ácida para producir el CO2 que hincha la masa en repostería, y que por tanto es completamente inocua.

En concreto, con respecto a los mohos, hay principalmente dos que se usan para producir alimentos, Penicillium camemberti y Penicillium roqueforti. Como ya se adivina por sus nombres, se usan para elaborar quesos, junto con otro moho llamado Geotrichum candidum. Y como también se sigue adivinando por sus nombres, los dos son parientes del hongo en el que se halló el mayor descubrimiento de la historia de la medicina, la penicilina. Otro moho, Botrytis cinerea, causa la llamada podredumbre noble de la uva, que permite la elaboración de ciertos vinos dulces.

Ahora bien, ¿significa esto que podemos hincharnos tranquilamente a comer estos mohos, o que un queso azul nunca se estropea? ¿Penicilina gratis?

La respuesta es no y no. El ser humano ha aprendido a explotar estos organismos para obtener de ellos lo que necesita: en el caso del P. rubrum (antes chrysogenum, antes notatum), la penicilina (que hoy se obtiene por métodos industriales); para los mohos de los quesos, se utilizan cepas concretas que se añaden en la cantidad justa y en las condiciones adecuadas para controlar su crecimiento de modo que no alcancen niveles tóxicos. Tanto P. camemberti como P. roqueforti producen micotoxinas, pero en los procesos de elaboración de los quesos se controlan su producción y el crecimiento del hongo de modo que no haya riesgo para la salud.

Como dijo Paracelso, todo es veneno y nada es veneno, depende de la dosis. Y como dice la ciencia moderna, muy lejos de esa imagen clásica bucólica y pastoril de la botica de la naturaleza, en la biosfera no existen dos equipos, buenos y malos. La naturaleza no ha sido diseñada para servirnos a los humanos. Incluso alimentos muy comunes que creemos inofensivos son potencialmente venenosos: las pepitas y los huesos de las frutas contienen un precursor del cianuro, y las patatas o los tomates contienen solanina, una toxina peligrosa si la ingerimos en gran cantidad.

De todo lo cual se intuye la respuesta a otra pregunta que puede surgir: no, tampoco deben comerse los quesos azules si han criado moho.

Como conclusión, el único consejo sensato y responsable que puede darse de forma general es no consumir nunca alimentos con moho. Las organizaciones de consumidores asumen una función muy necesaria comparando productos, precios y calidades, y vigilando el cumplimiento de las normativas. Pero no son instituciones científicas ni médicas. Deberían dejar los consejos de salud alimentaria en manos de las entidades con el conocimiento y la autoridad pertinentes.

Por último, conviene mencionar que el desperdicio de alimentos es uno de los grandes males de las sociedades de consumo, y ahora además una carga para el cambio climático, ya que la alimentación es la mayor industria emisora de gases de efecto invernadero en su cadena de producción. Pero la solución no es comer alimentos estropeados, sino consumirlos antes de que se estropeen. Comprar con cabeza y con planificación. Y cuando se trata de alimentos que vayan a abrirse y consumirse a lo largo de un tiempo dilatado, por ejemplo, un bote de mermelada, hacer uso de ese gran recurso de la humanidad:

Los conservantes.

Elegir marcas CON conservantes. Al contrario del mito popular, los conservantes no estropean los alimentos. Sirven nada menos que para conservar, impidiendo el crecimiento de hongos y bacterias peligrosas, y por lo tanto reducen el desperdicio de alimentos. A las marcas les interesa vendernos alimentos sin conservantes que se estropeen rápido. A nosotros debería interesarnos, hoy más que nunca, comprar alimentos que duren más, y los conservantes ayudan a mantenerlos en condiciones óptimas de calidad y frescura durante más tiempo.