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Lo dice un estudio científico. ¿Qué significa esto realmente?

Lo dice un estudio científico. Es una frase que escuchamos a menudo en la calle, aplicado a todo tipo de situaciones. Pero ¿qué significa realmente que un estudio científico diga tal cosa? ¿Significa lo que creen que significa quienes emplean la frase?

Así es como muchos pretenden que funcione: si un estudio científico apoya nuestra postura ideológica preconcebida, lo levantamos como un baluarte con el que pretendemos barnizar de objetividad dicha postura ideológica. En cambio, si los resultados del estudio no nos complacen, es que los científicos publican lo que les parece y, además, están vendidos a los intereses de x, y o z.

Pero no es así como funciona. En primer lugar, un estudio científico solo debe valorarse por su propia calidad, y no por el sentido de sus resultados, gusten o no. Esto no debería sorprender a nadie, pero probablemente lo hará: el propósito de la ciencia es únicamente conocer la realidad, no presentarla más agradable al gusto de nadie. Por ejemplo, puede que no guste saber que la identidad y la orientación sexual vienen sobre todo definidas desde el útero materno (según la ciencia actual, por factores genéticos y bioquímicos intrauterinos), ya que encaja mejor con la mentalidad de hoy pensar que es una cuestión de libertad y elección personal. Pero la ciencia deja de serlo cuando se pliega a las tendencias sociales políticas para convertirse en un instrumento al servicio de ideologías, como ocurrió durante el nazismo, el estalinismo o incluso el franquismo.

En segundo lugar, en muchos casos –sobre todo en ciertas áreas de investigación, y especialmente en aquellas que suelen estar afectadas por posturas ideológicas– un solo estudio científico aislado puede tener una relevancia muy escasa. En realidad, siempre que alguien defienda ante nosotros una postura concreta porque “lo dice un estudio científico”, la réplica correcta es: y los demás estudios, ¿qué dicen?

Imagen de pxhere.

Imagen de pxhere.

Un ejemplo de esto último ha sido la percepción social del cambio climático. Durante años, numerosos medios políticos y periodísticos de tendencia conservadora en todo el mundo se aferraron a la idea de que el cambio climático era una ficción inventada por un lobby anticapitalista para derribar el libre mercado y la economía de las grandes corporaciones. Por supuesto, había estudios científicos que negaban el cambio climático. El hecho de que fueran de calidad deficiente o que incluso quedaran retractados no impedía que pudiera esgrimirse la famosa frase. Solo cuando la avalancha de estudios de calidad presentando pruebas del calentamiento global se hizo ya imposible de ocultar y negar, algunos de estos medios –no todos– terminaron rindiéndose a la evidencia (podríamos también decir que solo lo han hecho cuando el capitalismo y la economía de las grandes corporaciones han incorporado el cambio climático como fuente de negocio, pero sería otra historia).

Otras pseudociencias también se apoyan en este argumento, como es el caso de las pseudoterapias que sostienen intereses económicos. No hay web defensora de la homeopatía que no despliegue una lista de docenas de estudios científicos con los que pretenden avalar sus proclamas. Estas listas suelen estar confeccionadas al montón, sin otro propósito que servir a los ya adeptos o epatar y apabullar a los dubitativos. Pero cualquiera con un cierto conocimiento de la ciencia y sus mecanismos encuentra rápidamente que todo ese presunto aluvión es finalmente un leve chispeo: o los estudios realmente no defienden lo que pretenden quienes los han recopilado, o son de calidad muy deficiente, casos anecdóticos y sin controles. Y sobre todo, por cada uno de esos estudios que dicen encontrar efectos beneficiosos en la homeopatía, hay otros diez, cincuenta o cien que no los han encontrado, pero que no aparecen en la lista.

Respecto a esto último, tampoco hay que hacer cábalas sobre si son más o menos los que defienden una postura o la contraria. Aquí no existe aquello de un millón de manifestantes según los convocantes y un par de autobuses llenos según el gobierno. En la ciencia nada se deja al azar, y también existe un método perfectamente sistematizado para valorar ese “¿y qué dicen los demás estudios?”. Se conoce como metaanálisis, y se rige por un conjunto de reglas precisas.

Los metaanálisis o metaestudios son imprescindibles especialmente cuando se analizan efectos que tal vez sean pequeños, pero que podrían ser reales (es decir, poco potentes, pero que aparecen de forma consistente, estadísticamente significativa). Estas grandes revisiones recopilan todos los estudios existentes sobre una misma cuestión, los examinan uno a uno para evaluar su nivel de calidad, y aquellos que superan un umbral mínimo se someten conjuntamente a un tratamiento estadístico informatizado para disponer de un volumen de datos que preste mayor fiabilidad a las conclusiones, según unos parámetros definidos y aceptados por la comunidad.

Es aquí donde las pseudoterapias se caen del todo: con independencia de que los principios de la homeopatía vayan en contra de todo lo conocido por la ciencia, todos los metaanálisis han concluido que el único efecto observable es el placebo. Incluso si se dejaran de lado las objeciones teóricas, los resultados prácticos confirman que no hay resultados prácticos, y esto es lo que científicamente descarta su validez.

Homeopatía. Imagen de pxhere.

Homeopatía. Imagen de pxhere.

Pero estos casos tampoco se restringen a las pseudoterapias o a otras propuestas que deambulan más allá de los límites de la ciencia real; en muchas ocasiones, más de las que cabría esperar, también se encuentran dentro de lo que se considera ciencia legítima y formal. Uno de los campos en los que esto está ocurriendo hoy de forma más flagrante es el de la nutrición y la vida saludable en general.

Evidentemente, también este es un negocio millonario; no solo por la venta directa de productos, sino también por la industria profesional y mediática que engorda a costa de prestar consejos sobre costumbres, dietas y alimentos sanos. E incluso muchos grupos de investigación de instituciones absolutamente respetables han aprendido que fomentar la psicosis quimiófoba o buscar las siempre presuntas virtudes del último alimento de moda es mucho más rentable, en todos los sentidos, que investigar sobre el cáncer o el alzhéimer.

Esta diferencia entre los estudios aislados y los metaanálisis es la raíz de un fenómeno que a menudo desconcierta a los ciudadanos, y que a algunos les hace incluso desconfiar de la ciencia: cuando hoy resulta ser malo lo que antes era bueno, o viceversa. Ha ocurrido históricamente con el aceite de oliva y el pescado azul, y más recientemente con la ingesta de colesterol en los alimentos.

El problema en estos casos es que se divulgan como definitivos lo que solo son resultados preliminares, pobres o dudosos, muy a menudo basados únicamente en correlaciones de datos sin una causalidad demostrada. A medida que se acumulan más estudios, se profundiza en las relaciones causales, aumenta el volumen de datos y comienzan a aparecer metaanálisis, ocurre a veces que el balance refuta una creencia antes tenida por cierta.

En resumen, frente a cada nueva noticia sobre un estudio científico que ensalza las supuestas virtudes del chocolate o alerta sobre el presunto peligro mortal de tocar los recibos de la compra, la actitud correcta es el escepticismo; no tomarlo por principio como dogma ni tampoco como falacia, y mucho menos aún en función de que sus resultados gusten o no. Para valorar la relevancia de un estudio y saber distinguir el grano de la paja hay que formarse un espíritu crítico, y esto solo se consigue conociendo cómo funciona la ciencia. La verdadera educación científica no consiste en repetir hasta la saciedad que las vacunas funcionan y no causan daño alguno, sino en enseñar a comprender cuáles son los mecanismos que tiene la ciencia para llegar a saber que esto es así.

Pero en todo lo anterior hay un concepto clave que casi se da por sentado, y tampoco es obvio: ¿qué es un estudio científico? ¿Es todo aquel cuyo autor dice que lo es? Mañana veremos que no todo lo que se anuncia como estudio científico realmente lo es.

Bisfenol A, vacunas… Sin educación científica, es el país de los ciegos

Decía Carl Sagan que hoy una verdadera democracia no es posible sin una población científicamente educada. “Científicamente” es la palabra clave, la que da un sentido completamente nuevo a una idea que a menudo se ha aplicado a otra educación, la cultural.

Pero en cuanto a esto último, no por muy repetido es necesariamente cierto. Al fin y al cabo, la cultura en general es una construcción humana que no acerca a ninguna verdad per se; y sabemos además, creo que sin necesidad de citar ejemplos, que a lo largo de la historia pueblos razonablemente cultos han regalado su libertad en régimen de barra libre a ciertos sátrapas. Por tanto, es como mínimo cuestionable que cultura equivalga a democracia.

En cambio, la realidad –el objeto del conocimiento científico– no es una construcción humana, sino una verdad per se. A veces ocurre que cuando hablamos de “la ciencia” parece que nos estamos refiriendo a una institución, como “el gobierno” o “la Iglesia”. Pero no lo es; la ciencia es simplemente un método para conocer la realidad; por tanto, “la ciencia dice” no es “el gobierno dice” o “la Iglesia dice”; no es algo que uno pueda creer o no. “La ciencia dice” significa “es” (por supuesto, la ciencia progresa y mejora, pero también rectifica y se corrige; está en su esencia, a diferencia del gobierno y la Iglesia).

Por ejemplo, a uno puede gustarle más un color u otro, pero la existencia de la luz es incuestionable; no es algo opinable. Y sin embargo, la falta de un conocimiento tan obvio podría llevar a una visión deformada del mundo. Así lo contaba H. G. Wells en su relato El país de los ciegos, en el que un montañero descubre un valle andino aislado del mundo cuyos habitantes nacen sin la facultad de ver. El montañero, Núñez, trata de explicarles la visión, pero se encuentra con una mentalidad cerrada que solo responde con burlas y humillaciones. Así, Núñez descubre que en el país de los ciegos el tuerto no es el rey, sino un paria y un lunático.

Imagen de pixabay.com.

Imagen de pixabay.com.

Ignoro cuál era el significado que Wells pretendía con su relato. Se ha dicho que el autor quería resaltar el valor de la idiosincrasia de otras culturas, por extrañas o absurdas que puedan parecernos, y la necesidad de respetarlas sin imponer la nuestra propia. Lo cual podría ser una interpretación razonable… si el autor fuera otro.

Pero no encaja con Wells. Científico antes que escritor, era un entusiasta de las posibilidades de la ciencia para mover el mundo y mejorar las sociedades. En una ocasión escribió sobre el “poder cegador” que el pasado puede tener en nuestras mentes. Y por si quedara alguna duda, en 1939 añadió un nuevo final a su relato de 1904: en la versión original, Núñez terminaba escapándose sin más. Sin embargo, en su posterior director’s cut contaba cómo Núñez, en su huida, observaba que un corrimiento de tierra amenazaba con arrasar el valle. Advertía a sus habitantes, pero una vez más se reían de aquella imaginaria facultad suya. Como resultado, el valle quedaba destruido. Así, parece claro que El país de los ciegos no habla de la multiculturalidad, sino de la ignorancia frente a la ciencia: Núñez puede equivocarse, pero ve.

Si este es el verdadero sentido del relato, entonces Wells se adelantó una vez más a su tiempo, como hacía en sus obras de ciencia ficción. En su día mantuvo un acerado debate con George Orwell, un escéptico de la ciencia –1984 es una distopía tecnológica, con sus telepantallas al servicio del Gran Hermano–. Ambos vivieron en una época de grandes cambios; uno de ellos fue que la ciencia dejó de ser algo que solo interesaba a los científicos, con sus discusiones sobre la estructura de los átomos y la evolución de las especies, para comenzar a estar cada vez más implicada en las cosas que afectan a la gente: en aquella época, Segunda Guerra Mundial, podían ser cosas como el triunfo contra las infecciones –la penicilina–, la energía –el petróleo– o la tecnología bélica –la bomba atómica–.

Años después, fue Sagan quien recogió este mismo testigo, porque la ciencia continuaba aumentando su implicación en esas cosas que afectan a la gente. En 1995, un año antes de su muerte, escribía en su libro El mundo y sus demonios:

Hemos formado una civilización global en la que la mayoría de los elementos más cruciales –transportes, comunicaciones y todas las demás industrias; agricultura, medicina, educación, entretenimiento, protección del medio ambiente; e incluso la institución democrática clave, el voto– dependen profundamente de la ciencia y la tecnología. También hemos hecho las cosas de modo que casi nadie entiende la ciencia y la tecnología. Esta es una prescripción para el desastre. Podemos salvarnos durante un tiempo, pero tarde o temprano esta mezcla combustible de ignorancia y poder va a estallarnos en la cara.

Una aclaración esencial: con este discurso, Sagan no trataba de ponderar la importancia de la ciencia en la democracia. Bertrand Russell escribió que “sin la ciencia, la democracia es imposible”. Pero lo hizo en 1926; desde que existen la ciencia moderna y la democracia, han sido numerosos los pensadores que han trazado sus estrechas interdependencias. Pero lo que Sagan subrayaba –y junto a él, otros como Richard Feynman– es la imperiosa necesidad de una cultura científica para que la población pueda crecer en libertad, a salvo de manipulaciones interesadas.

Hoy ese repertorio de cosas de la ciencia que afectan a la gente no ha cesado de crecer y hacerse más y más prevalente. El cambio climático. La contaminación ambiental. Las nuevas epidemias. Las enfermedades emergentes. Las pseudomedicinas. El movimiento antivacunas. La nutrición sana. El riesgo de cáncer. La salud cardiovascular. El envejecimiento, el párkinson y el alzhéimer. Internet. Los teléfonos móviles. Y así podríamos continuar.

Y sin embargo, no parece evidente que el nivel de cultura científica haya crecido, lo que no hace sino subir la temperatura de esa mezcla combustible de la que hablaba Sagan. Cualquier estudio irrelevante que no ha descubierto nada nuevo puede disfrazarse de noticia, y venderse arropándolo convenientemente con un titular suficientemente alarmista. La manipulación explota el temor que nace de la ignorancia, y es rentable; los clics son dinero. Porque en realidad, ¿quién diablos sabe qué es el bisfenol A?

Un ticket de papel térmico. El calor hace que se oscurezca. Imagen de IIVQ - Tijmen Stam / Wikipedia.

Un ticket de papel térmico. El calor hace que se oscurezca. Imagen de IIVQ – Tijmen Stam / Wikipedia.

El del bisfenol A (BPA) –y aquí llega la percha de actualidad– es uno de los dos casos de esta semana que merece la pena comentar sobre esas cosas de la ciencia que afectan a la gente. Con respecto a los riesgos del BPA, nada ha cambiado respecto a lo que conté aquí hace más de cuatro años, y recuerdo: “La exposición típica al BPA procedente de todas las fuentes es unas 1.000 veces inferior a los niveles seguros establecidos por las autoridades gubernamentales en Estados Unidos, Canadá y Europa”.

Y por otra parte, descubrir que los tiques de la compra contienen BPA es como descubrir que el zumo de naranja lleva naranja; el BPA se emplea como revelador en la fabricación del papel térmico, no aparece ahí por arte de magia. En resumen, un titular como “No guarde los tiques de compra: contienen sustancias que provocan cáncer e infertilidad” es sencillamente fake news, aunque se publique en uno de los diarios de mayor tirada nacional.

El segundo caso tiene implicaciones más preocupantes. Esta semana hemos sabido que una jueza ha dado la razón a una guardería municipal de Cataluña que denegó la admisión a un niño no vacunado por decisión de sus padres. Casi sobra mencionar que en este caso la ignorancia cae de parte de los padres, convirtiéndolos en víctimas fáciles de la manipulación de los movimientos antivacunas. Al parecer, durante la vista los padres aseguraron que los perjuicios de la vacunación superan a sus beneficios, como si el beneficio de conservar a su hijo vivo fuera superable.

Por suerte, en este caso la jueza ha actuado bien informada, denegando la matriculación del niño por el riesgo que comportaría para sus compañeros. Pero no siempre tiene por qué ser así. A los jueces no se les supone un conocimiento científico superior al nivel del ciudadano medio. Y si este nivel es excesivamente bajo, las repercusiones de esta carencia pueden ser especialmente graves en el caso de quienes imparten justicia, ya que un juez con una educación científica deficiente puede también ser víctima de manipulación por parte de presuntos asesores o peritos guiados por intereses anticientíficos.

Mañana contaré otro caso concreto de cómo la falta de información y formación científica es la raíz de uno de los mitos más clásicos y extendidos sobre cierto avance tecnológico de nuestro tiempo.

¿Ver porno daña el cerebro? No se sabe, pero el titular consigue clics

Hace unos días escribí un artículo a propósito de un estudio reciente que ha investigado si los jóvenes en España y EEUU piensan que su pareja los engaña cuando ve porno (les ahorro el suspense: no, la gran mayoría no lo cree). Y entonces recordé otro estudio publicado hace unos años que por entonces causó un tremendo revuelo cuando los medios difundieron titulares con este mensaje: ver porno reduce el cerebro. Probablemente el más gracioso fue el publicado por Deutsche Welle: “Cerebro de guisante: ver porno online desgastará tu cerebro y lo hará marchitarse”.

Evidentemente, ya habrán imaginado que la fórmula elegida por DW para presentar la noticia era un inmenso globo fruto de ese mal por desgracia tan extendido ahora, la feroz competencia de los medios por hacerse con el favor de los clics de los usuarios. Sí, critiquen a los medios por esto, tienen razón y están en su derecho, pero tampoco olviden lo siguiente: lo cierto es que hoy a los medios no les queda otra que sobrevivir a base de clics. Pero los autores de los clics son ustedes, somos todos. Así que hagamos todos un poco de autocrítica. Entre el titular de DW y otro más neutro como “ver porno se correlaciona con ciertas diferencias cerebrales”, ¿a cuál le darían su clic?

Pero en fin, a lo que voy. Si les traigo hoy este tema, ya habrán imaginado que no es lo que parece a primera vista. Pero también es cierto que es más complicado de lo que parece a segunda vista. Les resumo el estudio. Lo que hicieron los alemanes Simone Kühn y Jürgen Gallinat fue reclutar por internet a 64 hombres sanos de entre 21 y 45 años y someterlos a un cuestionario sobre sus hábitos de consumo de porno online. A continuación los metieron uno a uno en una máquina de Imagen por Resonancia Magnética Funcional (fMRI), que permite estudiar la estructura y la actividad del cerebro. Los investigadores analizaron tres aspectos: la estructura cerebral, la respuesta del cerebro cuando veían imágenes sexuales y la actividad cerebral en reposo.

Los resultados mostraron que un mayor número de horas de porno a la semana se correlacionaba con una menor cantidad de sustancia gris (lo que más popularmente se conoce como materia gris) asociada a una región concreta del cerebro, el núcleo caudado del estriado en el hemisferio derecho, así como con una menor respuesta a imágenes sexuales en otra región, el putamen izquierdo, y con una menor conectividad entre el caudado derecho y la corteza prefrontal dorsolateral izquierda.

En resumen, sí, se observan ciertas (relativamente pequeñas) diferencias cerebrales que se correlacionan con el número de horas de porno online. Aunque en el estudio se echa de menos la presentación de más datos detallados en figuras y tablas, es posible que los autores no hayan tenido posibilidad de mostrarlos por criterios de formato y espacio de la revista JAMA Psychiatry, aunque podrían haberlos facilitado como material suplementario. Pero los datos que sí muestran son buenos y los resultados se ajustan a los umbrales que hoy se aceptan como estadísticamente significativos. Dentro del campo de los estudios de neuroimagen, el de Kühn y Gallinat parece metodológicamente bastante sólido, incluyendo alguna comprobación extra que les detallaré más abajo.

Pasemos ahora a las conclusiones. Como repito aquí con frecuencia, la penúltima vez hace unos días, correlación no implica causalidad. Una cosa es observar que hay una relación entre dos fenómenos, y otra muy diferente saber si uno causa el otro, si el otro causa el uno, si en realidad bajo los fenómenos observados se esconden otros no considerados que son los verdaderamente relacionados como causa y efecto, o si no es nada de lo anterior y se trata tan solo de una extraña casualidad.

Como les contaba hace unos días, para establecer una relación de causalidad (no casualidad) es necesario tener en cuenta si existe algún mecanismo plausible que pueda explicarla. De lo contrario, y salvo que puedan presentarse pruebas extraordinarias de una relación implausible, se aplica lo que decía el personaje de Sidney Wang en Un cadáver a los postres: “teoría estúpida”.

En el caso del estudio de Kühn y Gallinat, sí existe un mecanismo plausible. El cerebro es plástico, cambia todos los días con nuestra experiencia y nuestro aprendizaje. Lo que hacemos, lo que vemos, lo que experimentamos y lo que memorizamos están continuamente remodelando nuestras conexiones neuronales y provocando microcambios que se acumulan y que resultan en macrocambios. Así que en este caso no se aplica el principio de Wang: aprender a tocar el piano, o cambiar de idioma habitual, o tomar drogas de forma habitual, pueden modificar la estructura y la función del cerebro. Ver porno también puede hacerlo.

En concreto, los cambios observados refuerzan la plausibilidad. Las regiones donde aparecen diferencias están implicadas en funciones como el sistema de recompensa y la inihibición. El sistema de recompensa se activa cuando experimentamos sensaciones placenteras, ya sea comer chocolate, ver fotos de nuestros hijos o marcharnos de vacaciones. Los investigadores descubrieron que quienes consumen más porno tienen una menor respuesta del sistema de recompensa ante imágenes sexuales. Digamos que el cerebro está más habituado. Los autores lo equiparan a otros estudios que han encontrado diferencias parecidas en los jugadores de azar o los consumidores de drogas. En cuanto al sistema de inihibición, actúa como freno de nuestra conducta, por lo que quienes ven más porno lo utilizan menos.

Pero en cualquier caso, incluso existiendo una relación plausible, aún no hemos llegado al titular “ver porno reduce el cerebro”. Para ello hace falta demostrar el vínculo causal, y como mínimo hay que empezar descartando otras posibilidades. Esta era la conclusión de Kühn y Gallinat en su estudio:

Uno estaría tentado de asumir que la frecuente activación cerebral causada por la exposición a pornografía podría llevar al desgaste y la regulación negativa de la estructura cerebral subyacente, así como de su función, y a una mayor necesidad de estimulación externa del sistema de recompensa y una tendencia a buscar material sexual nuevo y más extremo.

Naturalmente y como es obligado, consideran también la hipótesis recíproca: en lugar de A luego B, B luego A. Es decir, que sean esas diferencias cerebrales las que lleven a ver porno:

Los individuos con menor volumen del estriado pueden necesitar más estimulación externa para experimentar placer y por tanto pueden experimentar el consumo de pornografía como más placentero, lo que a su vez puede llevar a un mayor consumo.

Eso de “uno estaría tentado de asumir” es una fórmula peculiar que aparece en los estudios con bastante frecuencia. Los trabajos científicos tienen que ceñirse a un lenguaje formal y prudente donde nada puede afirmarse o darse por hecho si no se prueba claramente. Cuando un investigador escribe en un estudio “uno estaría tentado de asumir”, en realidad lo que quiere decir es: “esto es lo que creo y lo que me gustaría, pero no puedo demostrarlo”. De hecho, en una nota de prensa publicada por el Instituto Max Planck, donde se hizo el experimento, los investigadores reconocían que se inclinaban por la primera hipótesis.

Imagen de deradrian / Flickr / CC.

Imagen de deradrian / Flickr / CC.

Esto no implica necesariamente que Kühn y Gallinat estén motivados por una postura contraria al porno. Para un investigador demostrar la segunda hipótesis, que ciertos rasgos cerebrales incitan a consumir más porno, sería un buen resultado. Pero demostrar la primera hipótesis, que ver porno reduce la sustancia gris, aunque sea mínimamente, supondría un bombazo: no solo la fama efímera de los titulares de prensa, sino cientos de citaciones en otros estudios, más financiación para proyectos, puede que alguna oferta de trabajo e incluso quizá una llamada para dar una charla TED.

Con todo, es justo decir que Kühn y Gallinat no se dejaron llevar por sesgos, ni en su estudio ni en sus declaraciones a los periodistas. Lo curioso (no, realmente no lo es) es que bajo los titulares del estilo “ver porno daña el cerebro”, los artículos mencionaban también la posibilidad de la segunda hipótesis en palabras de los propios investigadores. Como he dicho arriba, es cuestión de clics.

Pero es evidente que la difusión de la información sí estaba afectada por claros sesgos. Cuando se trata de cosas como el porno, hay sectores que van a presentar toda información de modo condicionado por sus prejuicios. En EEUU, un país de población mayoritariamente creyente y de tendencia política conservadora, algunas webs religiosas y de defensa de la familia se lanzaron a cargar de plomo los titulares sobre los efectos negativos del porno. Curiosamente, la pornografía es uno de los raros casos que pone de acuerdo a grupos de los dos extremos políticos: para los más religiosos y conservadores es inmoral, mientras que la izquierda suele acentuar que el porno degrada a las mujeres y alimenta negocios ilegales de trata y explotación de personas.

Sin embargo y con independencia de la opinión que a cada uno le merezca el porno, la ciencia debe iluminar los hechos. Y las dos hipótesis anteriores no son las únicas en juego; además existe una tercera posibilidad que he mencionado más arriba, y es que las diferencias cerebrales observadas en el estudio obedezcan a otras variables ocultas que no se han considerado en el estudio. Esto se conoce como confounding variables, o variables de confusión.

Un ejemplo lo conté aquí hace unos años, a propósito de un estudio sueco que supuestamente mostraba una relación entre el consumo de Viagra y el desarrollo de melanoma maligno. En aquel caso, los propios investigadores reconocían que tal vez el melanoma no tenía absolutamente nada que ver con la Viagra, sino que quienes más toman este caro fármaco son aquellos con mayor nivel económico y que por tanto disfrutan de más vacaciones al sol; cuya incidencia en el melanoma sí parece suficientemente probada.

En el caso del porno, los propios Kühn y Gallinat se ocuparon de descartar dos posibles factores de confusión, el mayor uso de internet y la adicción al sexo. Las diferencias cerebrales observadas podían deberse realmente no a ver porno, sino a alguno de estos dos rasgos que a su vez podrían asociarse con un mayor consumo de contenidos sexuales. Los resultados muestran que ninguno de estos dos factores parece ser la causa, lo que aumenta el valor del estudio.

El problema es que la lista de posibles factores de confusión puede ser muy amplia, y es difícil descartarlos todos. En la revista Wired, el psicólogo y escritor Christian Jarrett se ocupaba de plantear certeramente un factor muy plausible: dado que fueron los propios participantes en el experimento quienes declararon su consumo de porno online (un aspecto que los propios autores mencionaban como la principal limitación), según Jarrett lo que el estudio realmente revela son las diferencias en el cerebro de quienes dicen ver más porno. Pero aquellos dispuestos a confesar más libremente este hábito pueden ser los más desinhibidos y con menor aversión al riesgo; o sea, precisamente los que muestran los rasgos cerebrales observados. Así, concluía Jarrett, el estudio podría no estar mostrando el efecto del porno en el cerebro, sino la huella cerebral de unos determinados rasgos de personalidad.

Claro que habría otro factor de confusión enormemente obvio. Lo explico con un viejo chiste: un tipo va al médico. “Doctor, vengo a consultarle un extraño problema. Ver porno en internet me pone el pene naranja”. “¿Cómo dice, naranja?”, replica el médico, sorprendido. “Eso es, doctor”, confirma el paciente. “A ver, explíqueme exactamente qué es lo que hace”. A lo que el paciente responde: “Pues mire, me siento frente al ordenador con mi bolsa de ganchitos…”

Es decir, es casi evidente que los usuarios de porno generalmente están realizando al mismo tiempo otra tarea manual que también le pega un buen repaso al sistema de recompensa. Y por supuesto, no solamente el estudio de Kühn y Gallinat no puede descartar esta posibilidad, sino que sería muy complicado diseñar un estudio que lo hiciera.

Pero claro, aquí llegamos a otra implicación mucho más espinosa: después de haber conseguido por fin librarnos de tabús y de supercherías sobre la masturbación, como cuando se creía que causaba ceguera, ¿habría alguien dispuesto a sostener que masturbarse daña el cerebro? Así llegamos a los motivos que han llevado a algunos investigadores a definir los estudios sobre el cerebro y el porno como un cenagal del que siempre se sale enfangado…

Les dejo con unos minutos musicales alusivos al tema. Por desgracia, Adictos de la lujuria de los incomparables Parálisis Permanente no tuvo un vídeo oficial, que yo sepa, pero las poses de Ana Curra en la funda del disco alimentaron las fantasías de muchos en la era preinternet. Y ya en la era de internet, nada mejor que Pussy, de Rammstein.

No, los estudios científicos no dicen lo que quiere quien los paga

Esta semana, en un programa de radio, una periodista daba el boletín de noticias, en el que comentaba un nuevo estudio según el cual el consumo de café se relaciona con un menor riesgo de muerte prematura. No vengo hoy a comentar este estudio; en realidad eran dos, aquí y aquí, muy amplios y documentados, pero con la eterna objeción de la epidemiología: correlación no significa causalidad.

Mi objetivo hoy es otro. Mientras la periodista contaba la noticia, de pronto entraba improvisadamente y sin invitación la voz de otra persona, también periodista, pero que estaba allí presente para participar en la tertulia posterior. Este periodista decía que había que mirar quién pagaba el estudio, porque los estudios científicos “dicen lo que quiere quien los paga”.

Revistas científicas. Imagen de Wikipedia.

Revistas científicas. Imagen de Wikipedia.

El error es garrafal, monumental, astronómico. Y a pesar de eso, realmente lo de menos es el nombre del periodista. Si lo omito no es por corporativismo; los lectores de este blog sabrán que uno de los argumentos que suelo traer aquí es la mala visibilidad de la ciencia en la prensa de este país, y la escasa implicación de muchos de los medios generalistas en la información científica elaborada (repito, elaborada, no fusilada de agencias) por verdaderos especialistas al mismo nivel que la información cubierta en otras áreas como política, economía, deportes o cultura.

Pero en este caso, y tal vez sin que él mismo fuera consciente de ello, este periodista no estaba actuando como analista de nada, sino como público en general; no quiero aplicarle ese término de parentesco político que tanto se emplea ahora con fines peyorativos. Y aunque un periodista se responsabiliza de sus palabras con su firma, es evidente que se trataba de un comentario casual al margen sobre algo que ignora profundamente, y no de una declaración de opinión.

Lo cual no le quita importancia al error: precisamente el motivo de que sea enormemente preocupante es la medida en que el comentario puede representar a un amplio sector de población que ignora cómo funciona la ciencia, y que puede dejarse seducir por argumentos de este tipo. Y los argumentos de este tipo están en la raíz de las posturas anticiencia, del movimiento anti-Ilustración y del camino hacia lo que ahora recibe tantos nombres: muerte de los expertos, postverdad, relativismo… En fin, llamémoslo pseudociencias.

Así que creo que esta es una buena ocasión para explicar cómo funciona la ciencia a quienes hasta ahora no lo sabían. Y conviene empezar explicando qué es lo que yace en los cimientos de todo el conocimiento científico. Se trata de una palabra mágica:

Publicación.

Pongámoslo así: probablemente un estudio científico sea lo más difícil de publicar que existe hoy en el mundo. Algunos de ustedes pensarán que es muy complicado publicar una novela, y que estoy minimizando este problema porque, como figura en el recuadro de la derecha, hay una editorial que publica las mías. Pero lo cierto es que hoy en día una novela puede autopublicarse en internet y conseguir miles de lectores; hay innumerables ejemplos de ello.

En cambio, uno no puede autopublicarse un estudio científico. Para que un estudio científico se considere publicado no basta con colgarlo en internet o pegarlo con celo a una farola. Tiene que ser admitido para su publicación, y eso requiere atravesar la puerta grande de la academia custodiada por un fiero guardián llamado…

Revisión por pares.

¿Qué es la revisión por pares? No, no es que un par de editores con algo de conocimiento sobre el tema en cuestión lo revise para comprobar que el corrector automático no ha cambiado “el Kremlin” por “el Cremilla”, como en aquel famoso artículo de La Vanguardia. Es un proceso extremadamente concienzudo y riguroso que puede llevar meses, o un año, o más; al menos en mi época, los años 90, cuando los estudios aún se enviaban en papel y por correo. El formato digital ha reducido algo los plazos de espera, pero no los del trabajo, que sigue siendo el mismo.

Así es como funciona: un equipo de investigadores dedica meses o años a un estudio, a lo que una vez completado el trabajo se suman semanas o meses para detallarlo por escrito según los formatos estándar requeridos por las revistas. Para ello hay que elegir la revista en la que se intentará publicar, una elección de los propios investigadores que se basa en factores como la novedad de los resultados, la solidez de los datos y el impacto de las conclusiones.

Una vez enviado el estudio a la revista, el equipo editorial decide si lo canaliza para su revisión, o si directamente lo rechaza. En mi experiencia, lo segundo es lo más común. En ese caso, vuelta a empezar: los autores deben entonces elegir otra revista, tal vez de menor nivel o más sectorial, y volver a comenzar el proceso. No es raro que un estudio resulte rechazado por los editores dos, tres o cuatro veces antes de que alguna revista acepte darle una oportunidad e ingresarlo en el proceso de revisión por pares.

Los pares en cuestión, llamados reviewers o referees, no forman parte del equipo de la revista. Como indica el término, son iguales, investigadores en activo, científicos reputados con experiencia en el área del estudio, pero se supone que no son colaboradores ni competidores directos de los autores. Son, por tanto, completamente independientes. Un trabajo se envía como mínimo a dos referees, pero pueden ser hasta cuatro o cinco, y sus nombres permanecerán ocultos para los autores.

El proceso de revisión es un durísimo y despiadado destrozo del trabajo de los investigadores, de cabo a rabo. Algunos referees puntillosos pueden sugerir algún cambio en el estilo de redacción, pero el proceso de revisión está enfocado a diseccionar, destripar y despiezar el estudio, desde la concepción y el diseño experimental, pasando por los materiales y métodos utilizados, la ejecución de los experimentos y los resultados, hasta su análisis, presentación, conclusiones y discusión, y si todo ello es lo bastante transparente y está lo suficientemente detallado y documentado como para que otros investigadores puedan repetir los mismos experimentos.

Comprenderán que el resultado de todo este proceso suele ser en muchos casos un pulgar hacia abajo. Es frecuente que el veredicto de los referees sea tan negativo que desaconsejen a la revista la publicación del trabajo. Y entonces, vuelta a la casilla de salida.

Por fin, en algún momento de albricias, de repente el juicio de los referees concede la remota posibilidad de que el trabajo llegue algún día a ver la luz, si bien no antes de unos pequeños cambios. Pero estos pequeños cambios no consisten en sustituir un “sin embargo” por un “no obstante”, sino que generalmente requieren hacer nuevos experimentos. Y esto ya no es volver a la casilla de salida, sino sacar la carta de la cárcel. Nuevos experimentos implican guardar el estudio en el cajón durante semanas, tal vez meses, para después sacarlo del cajón y tirarlo a la papelera con el fin de incluir los nuevos resultados.

Si todo va bien y los nuevos experimentos confirman las conclusiones, al menos ya no estamos en la casilla de salida. Pero el trabajo debe volver a pasar una vez más por los referees. Se supone que, satisfechas ya sus exigencias, deberían finalmente aprobar el estudio para su publicación. Pero no hay garantías, y no es algo inédito que a las antiguas objeciones se superpongan ahora otras nuevas que al referee se le han ocurrido a propósito de los últimos resultados.

Eventualmente, por fin el trabajo llega algún día a publicarse. Para entonces, desde que los investigadores tuvieron la idea de emprender aquel estudio, los becarios ya han terminado la tesis y se han marchado a otros laboratorios. Algunos de los investigadores han tenido hijos. Alguno ha muerto. No es frecuente, pero sí esporádico, que en la lista de los autores alguno de ellos lleve junto a su nombre una llamada que a pie de página aclara: “deceased”.

A propósito de la lista de autores, conviene también explicar que todos los nombres van acompañados de llamadas que llevan al pie de la página, donde se enumeran las respectivas filiaciones de los investigadores. Pero además, los estudios detallan qué entidades los han financiado. Y desde hace varios años, es obligatorio también que cada uno de los autores firme una declaración individual en la que exponga sus conflictos de intereses; es decir, si recibe algún tipo de beneficio por parte de alguna entidad que pueda tener intereses en el área del estudio.

Por supuesto, esto no impide que las compañías financien estudios de sus productos, y de hecho todas lo hacen. Pero esto siempre queda especificado en el estudio como un conflicto de interés, y en cualquier caso estos trabajos deben pasar por todo el proceso anterior de evaluación independiente si aspiran a ser verdaderas publicaciones científicas, y no artículos en el boletín mensual de la empresa.

Naturalmente, como todo sistema, el de la ciencia también tiene sus defectos. Y como en todo colectivo humano, siempre hay ovejas negras. Hay ejemplos a gran escala, como los complots de las tabaqueras y de las azucareras para ocultar los perjuicios de sus productos, y a pequeña, como el de Andrew Wakefield, el médico que inventó la relación entre vacunas y autismo para hacer caja con ello, o el de Hwang Woo Suk, el biotecnólogo coreano que falseó un estudio sobre clonación humana. Pero de todo ello el sistema aprende y se perfecciona, del mismo modo que los accidentes de aviación sirven para corregir fallos, sin que los siniestros aéreos logren evitarse por completo.

Afirmar alegremente que los estudios científicos dicen lo que quiere quien los paga no solamente es ignorar todo esto, ni es solamente llamar a los referees idiotas o corruptos. La generalización supone acusar de corrupción a todos los actores del largo y complejo proceso científico; a todo el sistema en su conjunto. No, los estudios científicos no dicen lo que quiere quien los paga. Esos son los artículos periodísticos.

Fidget Spinner, la nueva tontería pseudocientífica con onda expansiva periodística

Mientras espero con mis hijos ante el portón del patio del colegio, esperando a que lo abran para despedirlos con el beso de buenos días, observo varios niños y niñas a mi alrededor que de repente parecen sacados de El pueblo de los malditos, o de cualquier otra de esas películas en que los niños empiezan a actuar de forma rara, pero todos de la misma forma rara. En este caso, haciendo girar una especie de gadget con aspas sobre sus dedos.

Un Fidget Spinner. Imagen de Wikipedia.

Un Fidget Spinner. Imagen de Wikipedia.

Mientras me fijo mejor en ello, tratando de romper los candados de legañas de mis ojos, pregunto a mis hijos: “chicos, ¿qué diablos es eso?”. “No sé”, me contesta mi hijo mayor. “Gonzalo lo tiene. Dice que lo ha comprado en el Supersol”.

Todo el que haya dado continuidad biológica a la especie humana sabe que los niños son presa fácil, cándida y permanente de cada nuevo fad, craze o llámese como se llame. En mi experiencia curricular como padre han sido los gormitis, las peonzas, las pulseras de gomas o los hama beads, por citar algunos que me vienen ahora. Y nosotros también tuvimos nuestras modas, aunque menos comerciales. Aún recuerdo, qué tiempos aquellos, cuando llevábamos al colegio un destornillador, mejor cuanto más pesado y afilado, para jugar al clavo, consistente en lanzarlo al suelo para hincarlo en la tierra e ir avanzando sobre una especie de rayuela con puntuaciones. Hoy seguramente nuestros padres perderían la custodia.

Así que no le di la menor importancia. Por suerte, de momento los míos siguen prefiriendo los hama beads, algo más creativo que embobarse mirando cómo gira un cachivache.

Pero hete aquí que de repente empiezan a saltarme en internet artículos en medios de todo tipo, en español e inglés, sobre algo llamado Fidget Spinner. Descubro que no es solo Gonzalo y que Torrelodones no es el pueblo de los malditos, sino que la cosa es internacional.

Pero hete aquí que de repente descubro algo más: varios medios atribuyen a este cacharro presuntas propiedades terapéuticas contra el Trastorno por Déficit de Atención con Hiperactividad (TDAH), e incluso contra los Trastornos del Espectro Autista (TEA).

Con la ciencia hemos topado, Sancho. Y aquí estoy.

En una sociedad cada vez más obsesionada por la salud, más medicalizada y más afectada por el fenómeno del disease mongering, cada vez va a ser más frecuente que todo aquello que se nos trata de vender se apoye en presuntas propiedades beneficiosas para la salud. Lo vemos hasta el hastío en los intermedios de la televisión: solo una pequeña parte de los anuncios con proclamas terapéuticas llevan esas advertencias clásicas sobre leer el prospecto y consultar al farmacéutico; el resto de los productos (sobre todo alimentos, pero también muchos gadgets de las teletiendas) no están obligados a llevarlas porque no son medicamentos, pero se publicitan descaradamente como si lo fueran. Hace unos días se me caían las pestañas del susto al ver en un telediario un reportaje sobre el Salón de Gourmets celebrado en Madrid, que más parecía el Salón de la Pseudociencia Nutricional, infestada de alimentos exhibiendo proclamas saludables de muy dudosa base científica.

Así que no es de extrañar que a alguien se le hayan puesto los ojos de dólar, como en los dibujos animados, con la idea de vender juguetitos que mejoran los síntomas del TDAH o los TEA sin que ninguna pelmaza autoridad sanitaria pueda meter las narices en su negocio.

Por su parte, los pobres redactores de algunos medios (sí, esos que no pueden decir a su jefe “no voy a hacer eso”, lo mismo que usted) tiran de teléfono para lanzarse a llamar al Doctor X, especialista en Y del Hospital Z. Y el pobre Doctor X, que no sabe ni por dónde le ha venido, trata de salir del paso como puede, sin la menor idea de qué demonios es esa chorrada que le están preguntando, pero sin atreverse tampoco a calificarlo como chorrada, no vaya a ser que luego haya algo.

El resumen: ningún artículo que mencione presuntas (algunos artículos incluso lo dan como hecho cierto) propiedades terapéuticas del Fidget Spinner aporta una sola fuente científica válida. Y el redactor que no puede decir “no” a su jefe tampoco debe llegar al otro extremo de renunciar a su ética profesional atribuyendo propiedades milagrosas al nuevo cacharro de moda solo porque otros medios a su vez le atribuyen propiedades milagrosas basándose en otros medios que antes le han atribuido propiedades milagrosas. Por favor, cuestiónense la veracidad de lo que escriben ustedes mismos, de lo que escriben otros, de lo que escribo yo. Investiguen las fuentes.

Y por favor, no llamen al Doctor X. Lo que pueda decirles sobre este asunto en un asalto telefónico entre la ronda de planta y el café tiene muy poca validez. Lo único válido sería la existencia de estudios clínicos serios que revelen indicios científicos de que este cacharro (o al menos otro similar, dado que este aún es novedad) muestre algún beneficio terapéutico frente a los trastornos referidos. Y por lo que se sabe hasta ahora, eso no existe.

Ni siquiera si se trata de colocar este nuevo gadget como un stress toy, o juguete contra el estrés, aprovechando la avalancha de literatura científica que avala la eficacia de los stress toys. Porque tal avalancha no existe: la eficacia de los stress toys no está ni mucho menos demostrada, por no decir que posiblemente sean del todo inútiles, salvo por la socorrida intervención de nuestro común amigo, el Doctor Placebo.

Un juguete es un juguete. Y si mis hijos mañana me lo piden y el precio es razonable (que no lo sé), no tendré ningún inconveniente en que puedan jugar con sus amigos a ver quién gira mejor el molinillo.

Pero esperemos a ver qué pasa: un artículo en el Boston Globe, un medio que en este caso sí ha hecho bien sus deberes, cuenta cómo Julie Schweitzer, profesora del Instituto de Investigación Médica de Trastornos del Neurodesarrollo de la Universidad de California en Davis, ya ha rechazado varias ofertas de fabricantes de este tipo de fidgets para que avale sus productos (no se menciona, pero siempre es a cambio de un sustancioso cheque), algo a lo que ella se ha negado por falta de pruebas científicas.

Obviamente, no todos los expertos son tan insobornables como Schweitzer. Y si empezamos a ver por ahí que los vendedores del cachivache se tiran finalmente a la piscina de la proclama terapéutica, sin o (mejor) con el apoyo de algún presunto experto, entonces estaremos asistiendo al amanecer de un nuevo caso como el de Power Balance; de esos en los que la justicia acaba actuando, pero cuando la pasta ya está a buen recaudo.

Stop a los charlatanes, pero también a la política que los promueve

La química y divulgadora Patricia Rodríguez me pide apoyo a su iniciativa para que a un tal Josep Pàmies, de quien no había oído hablar hasta ahora, se le impida disfrutar de un espacio-tiempo público en el Ayuntamiento de Logroño bajo el propósito de divulgar ideas pseudocientíficas con ánimo de lucro.

Después de dedicar cinco minutos a googlear a este personaje, no dudo en apoyar la petición de Patricia divulgándola a través de este medio. Insisto en la letra pequeña que siempre trato de hacer constar cuando abordo esta línea temática: este no es un blog sobre pseudociencias. Aplaudo y apoyo que numerosos científicos y ciudadanos en general dediquen el grueso de su labor comunicadora a la lucha contra las pseudociencias.

Pero si el grueso de la mía no está dedicado a ello no es porque, como ya he explicado aquí, esta sea una guerra perdida; me atraen las causas desesperadas como al que más. El motivo es otro: en mi particular trade-off evolutivo (más bien ontogénico, para ser precisos) he optado por la ciencia y no por la pseudociencia como objeto principal de mi tarea como periodista. Y al menos a mí, me cuesta horrores hacer una cosa diferente con cada mano al mismo tiempo.

Yendo al grano y de acuerdo a ese breve googleo, el tal Josep Pamiès parece ser un ilustre continuador de uno de los oficios más antiguos del mundo. No, no ese que ustedes piensan. En mi humilde conocimiento de las tribus esteafricanas (una referencia antropológica de las sociedades ancestrales) no he conocido ninguna en la que realmente existiera como tal oficio ese oficio del que suele decirse que es el más antiguo del mundo. Pero en ninguna tribu falta jamás un hechicero, brujo, hombre-medicina, chamán o equis; aquel que posee un conocimiento revelado de cómo curar las enfermedades del cuerpo y el alma.

Según leo en los medios, Pamiès es un agricultor catalán que parece vender el kit completo deluxe executive: no a las vacunas, no a los transgénicos, el VIH es una mentira, las plantas curan el cáncer, deje usted su tratamiento médico y abrace la naturaleza, y perdonen, que me entra el sueño. Y naturalmente, Pamiès parece disponer de la solución a todo ello, obteniendo a cambio de su sabiduría el equivalente moderno de los privilegios tradicionales del hechicero: pasta.

No entro en si, como cuentan algunos medios, Pamiès vende como agricultura ecológica productos que no reúnen las condiciones adecuadas para ser publicitados y comercializados como tales. Este no es mi territorio, aunque como simple observador recordaría cómo nadie fue capaz de contener a la criatura del Doctor Frankenstein, que acabó escapando al Ártico. La ilusión de pretender que un monstruo podrá dominarse con cadenas suele acabar con el monstruo sembrando el caos encaramado a algún rascacielos. Y entiéndanme: el monstruo al que me refiero aquí no es Pamiès.

Pero el caso de Pamiès y lo que se ha escrito sobre él en los medios me ha empujado a golpearme la frente con el talón de la mano, y es que en su día olvidé estúpidamente una razón más, añadida a las seis que enumeré, por la que no puede ganarse la guerra contra las pseudociencias. No es porque alguno de los medios más leídos de este (u otro) país permita la chorrimangarrianada de que un personaje como Pamiès aparezca presentado como un “ecohéroe”. No, esto si lo incluí entre mis razones, la número 4: la frontera entre ciencia y pseudociencia es difusa en los medios populares.

El problema aquí es que a cualquiera se le permita escribir sobre cualquier cosa, como si a mí se me diera escribir sobre fútbol (cosa en la que no tengo el mínimo interés). Y que en alguno de los medios más leídos de este (u otro) país el colador del rigor sea un hula hoop, con el que cualquiera pueda hacer bailar ideas como que tal planta controla la diabetes o que tal otra ha sido durante miles de años la panacea de los guaraníes, que como es bien sabido tienen una esperanza de vida superior a la nuestra (que no, oigan, que es una ironía: 45 años; yo ya estaría muerto).

La razón a la que me refiero es otra, y antes de explicarla debo recordar otra cláusula suelo que ya he expresado regularmente aquí: mi suelo es el que me separa del sótano del partidismo político. Si se trata de atrincherarse tras los sacos terreros de un color u otro, cito a los Beatles: count me out; no tengo bando, qué le vamos a hacer. Pero (una vez más) como observador externo, perplejo ante la abundancia de hámsters corriendo en su rueda en los medios oficiales y sociales, noto que se da una curiosa paradoja, que explico.

No estoy muy seguro de que tradicionalmente, como algunos afirman, la ciencia haya sido más patrimonio de la izquierda que de la derecha, dado que durante la mayor parte de la historia la ciencia ha sido preferentemente una ocupación más (junto con, por ejemplo, la literatura, la música o la pintura) de quienes podían dedicar tiempo a ello en lugar de dejarse las uñas escarbando la tierra por un jornal.

Sí es cierto que ciencia significa progreso, que el progreso ha sido tradicionalmente ideal teórico de la izquierda (digo teórico, y subrayo teórico porque no encuentro en esta herramienta cómo subrayar físicamente), y que la derecha ha estado tradicionalmente más vinculada a ideas que la ciencia ha socavado, como la concepción religiosa del universo; resultando en un mayor o menor recelo hacia la ciencia por parte de los sectores más conservadores.

Perdonen el uso repetido de la palabra “tradicionalmente”, pero es que una cosa es el arquetipo y otra la realidad. Y en la realidad, y ya viene la paradoja, en la izquierda existen hoy dos sectores claramente divididos: el del fomento de la ciencia y el del fomento de la pseudociencia.

Respecto a lo primero, y con la salvedad expresada arriba –por no desviarme con ejemplos históricos, como la perversión política de la ciencia en la URSS–, lo cierto es que los estudios suelen revelar una mayor presencia de la tendencia de izquierdas entre los científicos que entre la población general, o una mayoría de científicos de izquierdas (ver, por ejemplo, un resumen aquí, o aquí una encuesta en EEUU; ignoro si en España se ha hecho algún estudio similar).

Pero por otra parte, y no creo necesario justificarlo, ciertos sectores de la izquierda cargan con una principal responsabilidad en la compra y la venta de ese kit completo deluxe executive del que hablaba más arriba. Son incontables los movimientos variopintos que por ahí circulan, ideológicamente vinculados a la izquierda, y que están extendiendo y fomentando la creencia en las pseudociencias bajo el paraguas de ese kit. A los especialmente interesados en este paradójico fenómeno les recomiendo este demoledor artículo (en inglés) del reconocido escéptico y divulgador Michael Shermer en Scientific American, cuyo título y subtítulo resumen la idea: “La guerra de la izquierda contra la ciencia – Cómo la política distorsiona la ciencia en ambos extremos del espectro”.

Así que aquí va, a modo de apostilla, mi séptima razón, que podría formular de innumerables maneras distintas y más complejas, pero elijo la más simple porque creo que se entiende a la perfección:

7. La pseudociencia es progre.

En el fondo, personajes como Pamiès son solo la flor. Pero si la planta florece es porque tiene raíces. Y cortar la flor sirve de poco si la raíz no solamente persiste, sino que lo hace regada con fondos públicos. Que cada palo aguante su vela, porque el kit no suele venderse por partes.

Marcha por la Ciencia, ¿una buena idea? Sí, pero cuidado con el mensaje

Yo lo he explicado. Otros lo han explicado. Y cualquier ciudadano con la menor curiosidad por la ciencia podrá explicárselo por si mismo: el devenir de la investigación en la primera potencia científica mundial no es un asunto local, porque la ciencia hace muchas décadas que dejó de ser un asunto local.

Para ser justos, debo introducir una aclaración. Actualmente, la suma de los países de la Unión Europea sitúa al bloque comunitario en el primer puesto de la producción científica mundial; y no lo perderemos después del Brexit, aunque nos arrancará un bocado muy sustancioso.

Esto es más importante de lo que parece: si prescindimos de los nacionalismos, la diferencia de lenguas entre los diferentes países no tiene la menor relevancia, porque en la ciencia solo existe una, el inglés. Y dado que en la UE la financiación de la ciencia depende de muchos gobiernos separados, el impacto de las decisiones particulares de cada uno de ellos, por ejemplo si se recortan los presupuestos, queda más diluido en el conjunto.

EEUU es un gigante similar a la UE, pero con la diferencia de que allí sí existe un único gobierno con competencias sobre el presupuesto de todos. Aunque hay organizaciones de investigación que dependen de administraciones más locales, y también la financiación privada tiene un peso en general mayor que en Europa, las entidades federales son en buena parte responsables de ese primer puesto mundial en producción científica por países individuales.

Con la llegada de Donald Trump al poder, la salud de la ciencia estadounidense se encuentra amenazada. No toda, ni toda por igual: es probable que la exploración espacial tripulada saque jugo del Make America Great Again; de hecho, incluso sin cambios aún en el Congreso tras la elección de Trump, el recién aprobado presupuesto de la NASA incluye ahora el mandato específico de regresar a la Luna en 2021 y poner el pie en Marte en 2033. La agencia deberá entregar antes del 1 de diciembre de este año un documento que convierta la aspiración en una hoja de ruta creíble.

Por el contrario, entre quienes tiemblan están los climatólogos, geofísicos y en general los especialistas de cualquier otra disciplina que no ayude a Trump a sacar pecho frente al mundo. Por ello y de inmediato tras el resultado de las pasadas elecciones, entre los investigadores comenzó a circular la idea de celebrar una gran Marcha por la Ciencia, que se ha concretado en una convocatoria integrada en el Día de la Tierra, el próximo 22 de abril, y que se ha extendido desde la cita central en Washington a cientos de manifestaciones en distintos lugares del planeta, también en España.

Parecería que la iniciativa es impecable y valiosa. Sin embargo, hay investigadores que han expresado sus dudas. Y no, no necesariamente son los seguidores de Trump. En el diario The New York Times, el geólogo de costas Robert S. Young expresaba su temor de que un gran pronunciamiento político perjudique más que beneficie al intento de transmitir el mensaje de que el cambio climático no es una propuesta política, sino una realidad. Él lo sabe bien, puesto que su estudio pronosticando un considerable ascenso del nivel del mar en la costa este de EEUU para el final de este siglo sufrió un intenso bombardeo por parte de los estamentos políticos y de ciertos sectores económicos con intereses afectados. Para Young, la Marcha por la Ciencia remachará la opinión de que la ciencia es opinión y no datos.

El artículo de Young es una muestra del debate suscitado sobre si la marcha es o no, o debe ser o no, política. Pero leyendo las opiniones de distintos científicos, la discusión deja una cierta sensación de que que algunos están lanzándose pelotas en pistas distintas, dado que el término “político” puede interpretarse de distintas maneras.

Por supuesto que una actividad dependiente del sector público está involucrada en, y afectada por, el rumbo de la política. Pero otra cuestión es que sea conveniente para la ciencia la existencia de un liderazgo representativo a favor o en contra de opciones políticas concretas. Aunque sea simplemente a través de un colectivo autoerigido en portavoz de “la ciencia”, si la ciencia gusta de ciertos bandos políticos y no gusta de otros, lo único que puede esperar es una respuesta equivalente hacia ella por parte de esos bandos políticos. Es decir, que la mitad del tiempo sea considerada por el gobierno de turno como un sector siempre sospechoso que debe ser vigilado; sí, algo así como los autónomos para Montoro.

Pero en realidad no he venido hoy aquí a hablar de política, sino de otro asunto relacionado con la Marcha. La discusión política puede oscurecer otro aspecto que personalmente me parece más importante. En días como el 22 de abril, la ciencia se retrata. Pero ¿cómo será ese retrato?

Si tanteamos las opiniones fuera del ámbito científico, mi experiencia personal es que la principal crítica hacia el mundo de la ciencia va más o menos en esta línea: aunque los científicos llevan a cabo un trabajo muy valioso y su competencia no se pone en duda, a veces pecan de elitismo, arrogancia y de tratar con condescendencia o prepotencia a quienes no comprenden o no quieren comprender la verdad científica.

Está claro que negar esto no haría más que dar la razón a quienes así piensan. Y de hecho, quienes tenemos un pie en la ciencia y otro en la calle, como es el caso de quienes nos dedicamos a informar, comentar y explicar la ciencia, nos encontramos a veces sumidos en un fuego cruzado: desde la calle, algunos nos hacen objeto de ese reproche; pero desde la ciencia, quienes sin duda deberían ser ese objeto nos recriminan que nuestro esfuerzo por explicar conlleve una pérdida de pureza. Naturalmente, ellos no lo llaman así, sino que nos acusan de ser imprecisos, inexactos, o directamente de no tener ni idea de lo que estamos hablando.

Con respecto a nosotros mismos, qué le vamos a hacer, son gajes del oficio. Y este oficio, al menos tal como yo lo entiendo, va dirigido a ayudar a comprender la ciencia y a interesarse por ella a quienes ni la comprenden ni se han interesado por ella, no a recibir el aplauso de los científicos ni a aquello que tan certeramente expresaba el señor Lobo en Pulp Fiction.

Pero dos cosas son indudables, créanlo o no, y hablo en defensa de esta profesión en general: primero, sabemos de lo que hablamos. Segundo, estamos dispuestos a sacrificar toda la pureza que sea necesario sacrificar con el fin de que cualquier persona sin formación científica entienda bien lo que queremos contar. No siempre lo conseguiremos. Pero quien por ejemplo haya aprendido a tocar un instrumento, sabrá que no hay nada más estomagante que un profesor de guitarra o de piano cuya intención primordial es hacerte ver desde el primer momento lo bien que él toca y lo torpe e ignorante que tú eres.

Por esto es importante tratar de que no sea este pobre retrato de elitismo y arrogancia el que trascienda en una jornada como la Marcha por la Ciencia, y me alegra saber que a alguien más le preocupa; en un artículo publicado estos días, Will J. Grant y Rod Lamberts, del Centro Australiano para la Comunicación Pública de la Ciencia, advertían de este mismo riesgo, ofreciendo siete sugerencias sobre cómo celebrar el evento del 22 de abril. Las dejo aquí traducidas para quien quiera escuchar.

  1. No presumas de tu conocimiento científico. No es el momento de demostrar lo terriblemente listo que eres, o cuánta jerga científica puedes manejar. No pongas esas cosas en una camiseta o en un cartel. Puede ser alienante, y en este foro público específico es condescendiente de narices.

  2. Escribe tus mensajes en términos cotidianos. Evita la jerga y usa lenguaje común.

  3. No te vistas de científico, sino de ciudadano. Si tu meta es mostrar que la ciencia importa a todos, trata de parecer como todos.

  4. Habla de cómo puedes ayudar y de lo que la ciencia puede hacer por otros, no de lo que otros deberían hacer por la ciencia. Incluso con la mejor de las intenciones, los manifestantes que piden cosas de otros pueden terminar pareciendo miopes e interesados. Esta es una gran manera de repeler a la gente [nota mía: aplíquese también a tantas otras manifestaciones].

  5. No te enredes en peleas, ya sean verbales, físicas o metafóricas, con quienes juzgas como tontos, equivocados, peligrosos o desagradables. No es el momento de tratar de corregir los conceptos erróneos ni de despreciar a quienes no están tan científicamente informados como tú. Asumiendo que quieres tener una influencia positiva en otros, ladrarles solo va a enfatizar el propio conflicto, no a concentrarlos en tus mensajes.

  6. Pero apégate a tus objetivos. Apelar a intereses más amplios no implica consentir intereses tontos, equivocados, peligrosos o desagradables. Estamos aquí para defender aquello en lo que creemos, así que tampoco suavicemos tanto el mensaje que pierda todo su significado.

  7. Acoge públicamente a otros, y consigue que otros te acojan. Si alguien debería destacar en esta marcha, son aquellos que no son científicos. ¿Conoces a un grupo de bomberos/as, tercera edad o trabajadores/as del sexo que estén dispuestos a marchar con carteles que digan “(grupo de no-científicos) por la ciencia”? Llámalos y súbelos a bordo. ¡Incluso pídeles que lleven su uniforme!

Invasión de anuncios de pseudociencia en Google

Últimamente, el mundo académico y científico viene preocupándose por el hecho de que internet, con todas sus indudables ventajas (el que suscribe no podría trabajar en lo que trabaja y como trabaja sin la existencia de internet), ha traído un daño colateral difícil de paliar: la dificultad de distinguir el grano de la paja, o la noticia real del rumor o la simple invención (ver, por ejemplo, comentarios aquí, aquí, aquí o aquí, y estudios aquí, aquí, aquí o aquí).

En el gran caldero de la red todo se mezcla de modo que el origen de los diferentes ingredientes resulta indistinguible. Por supuesto que no tiene el mismo valor de rigor y veracidad una noticia aparecida en el New York Times que lo dicho por cualquier tuitero o YouTuber, por muchos millones de seguidores que tengan; incluso hoy, el periodismo de verdad sigue sirviendo para algo. Pero para el lector acrítico y perezoso, el origen del material se pierde una vez que forma parte de la pulpa hirviente del caldero de internet.

Anuncio publicado por Google Ad Services.

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Con lo de “lector acrítico y perezoso” no pretendo afearle la conducta a nadie en particular, o a ningún colectivo concreto en general. Todos, en algún momento, podemos ser lectores acríticos y perezosos. Pero me llama la atención el caso de Twitter. Casi a diario, cuando publico el titular de uno de mis artículos enlazando al texto, me encuentro con respuestas al titular del artículo. Es decir, gente que no se ha molestado, ni piensa hacerlo, en leer el artículo, y que simplemente tuitea opinando sobre lo que dice el titular. A menudo además esas respuestas tratan de ser graciosas u ocurrentes, y entonces me pregunto qué tiene Twitter que ha hecho del graciosismo una forma de vida online.

Evidentemente, falta profundidad: lectura, comprensión, reflexión. A esto me refiero con lo de lector perezoso. Pero por otra parte está la falta de herramientas para la formación de un juicio crítico. Un ejemplo offline aplicable online: suelo evitar hablar con mis amigos de temas relacionados con la diferencia entre ciencia y pseudociencia. Como he dicho aquí varias veces, no tengo vocación de martillo de herejes, y no pretendo ofender a nadie con esta expresión; cada uno tiene su papel en la vida. Yo me crié en los 80 (en lo que se refiere a la transición a la madurez). Pero cuando algún amigo menciona tal o cual patraña dándole visos de veracidad (homeopatía, los peligros de las vacunas o de los transgénicos, etcétera), no tengo más remedio que, como decía Woody Allen, introducir un término en esa coyuntura.

Y a menudo pasa esto: después de explicar, evitando ser cargante ni petulante, qué es la homeopatía y por qué no sirve para nada, tal vez mi amigo responde a mi explicación comenzando con esta fórmula: “pues yo opino que…”. Y entonces me vienen a la mente esas películas, parodiadas en Aterriza como puedas, en las que un piloto experto da instrucciones por radio a un pasajero para aterrizar el avión: “mueve la palanca hacia abajo…”. ¿Respondería entonces el pasajero: pues yo opino que es mejor moverla hacia arriba?

Es decir: cuando explico qué es la homeopatía y por qué no sirve, no estoy opinando; estoy exponiendo datos. No tengo motivo para pensar que mis opiniones deban ser más dignas de consideración que las de cualquier otro. Pero sí mis datos; sin tratar de resultar petulante ni cargante, en esos casos yo soy el piloto y mi amigo es el pasajero tratando de pilotar, como lo sería al contrario si yo le preguntara a él sobre otra cosa de la que él supiera y yo no tuviera la menor idea; por ejemplo, cómo se programa en Java o cómo se tira un córner. De algo debería servir llevar casi 30 años dedicado a esto; si no, sería preferible que hiciera el hatillo.

Pero claro, la situación podría tornarse incómoda, y este es el motivo por el que trato de evitar este tipo de conversaciones con mis amigos. Porque, y en contra de la visión simplista, la lucha contra las pseudociencias NO es (solo) cuestión de educación. No lo digo yo; por si no lo he dicho (que sí lo he dicho), mis opiniones importan poco; lo dicen los expertos que dedican su trabajo a esta cuestión, y que llegan a conclusiones muy trabajadas y valiosas como para que aquí salga cualquiera, sea yo u otro, diciendo que esto se arregla con educación. Que no. No voy a explicarlo otra vez; ya lo hice aquí.

Sí puedo poner un ejemplo personal; aunque repito por enésima vez: es lo que dicen los expertos, que no cuentan casos personales, sino que estudian amplias muestras de población y sacan conclusiones generales y generalizables. Pero ahí va mi ejemplo: una persona amiga mía, con toda una carrera de ingeniería de las más difíciles, y con muchos años de experiencia de puesta en práctica de esa carrera de ingeniería, cree muy sinceramente que el color de las cortinas del salón de su casa puede determinar su suerte a la hora de encontrar un empleo.

O eso es poco más o menos lo que afirma esa patraña tronchante y mondante que circula por ahí en forma de libro con millones de ejemplares vendidos en todo el mundo bajo el título El secreto, y que viene a decir: si tu vida va mal, es culpa tuya, porque tienes pensamientos negativos y entonces las piezas de tu vida no encajan bien. Ten pensamientos positivos y desea las cosas muy fuerte muy fuerte muy fuerte, y entonces el universo conspirará para hacer realidad tus deseos.

No, no es la última de Disney. Para quien no lo conozca, esto realmente es un libro que los adultos compran, leen y muchos se creen, y cuya pretendida eficacia se avala (naturalmente) con infinidad de testimonios de los convertidos a la secretología o como se llame. Es la versión New Age del clásico “sé bueno y Dios te premiará; sé malo y Dios te castigará”. Es la religión para los no religiosos, o los desengañados con las religiones tradicionales. Se ve que la humanidad aún no ha acumulado suficientes pruebas de que, ni karmas, ni pepinillos en salmuera; si hay alguien que castigue a los malos, es como mucho la legalidad vigente, y depende.

En un estudio que comenté recientemente sobre la creencia en las pseudociencias, los autores prestaban apoyo a una hipótesis que, esta vez sí, sostengo como opinión personal: que las pseudociencias no están en declive a pesar de la mayor abundancia y facilidad de acceso a la información científica, sino que al contrario, están viviendo una época dorada. Los autores del estudio observaban un “auge del movimiento anti-ilustración”, y lo explicaban alegando que actualmente ha disminuido la influencia de la ilustración, o el seguimiento consensuado de las conclusiones científicas por parte de los liderazgos políticos y sociales.

Sería un buen asunto de debate si ahora tenemos aquí y en otros países los líderes políticos y sociales (insisto, y sociales; no piensen solo en personas con cargos, sino también en lo que ahora llaman influencers) menos ilustrados casi desde el nacimiento de la propia Ilustración; por cierto que hace unos días escribí un reportaje sobre Thomas Jefferson, el tercer presidente de EEUU que fue un entusiasta de la ciencia y, aunque equivocado en sus teorías, un pionero de la paleontología de vertebrados en su país. Pero desde luego, dudo que alguien defienda que hoy tenemos los líderes más ilustrados de la historia.

Las señales del auge del movimiento anti-ilustración llegan a extremos que nos habrían parecido inconcebibles hace solo unos años. Últimamente se viene hablando bastante del resurgimiento de la idea de que la Tierra es plana, apoyada por algunas llamadas celebrities.

Hoy quiero mencionar otra señal más de ese auge del movimiento anti-ilustración, y es una repentina e insólita invasión de pseudociencias en los anuncios de Google que muestran muchas páginas web, incluyendo esta que están ustedes leyendo. Suelen decir que los anuncios se adaptan según los historiales de navegación; pero si algún algoritmo realmente ha deducido de mi perfil algún tipo de interés en las pseudociencias, deberían darle el premio a la Inteligencia Artificial Menos Inteligente. No solo la mayor parte de mi navegación se mueve en páginas de ciencia por cuestiones de trabajo, sino que ni siquiera suelo ocuparme a menudo de las pseudociencias, como sabrán los lectores de este blog.

Escribir sobre ciencia junto a un anuncio que afirma “sintoniza tu poder de energía sanadora”, “sana tus heridas emocionales o traumas pasados”, “curso gratis para revelar los secretos de la sanación de chakras: solo cinco días para desbloquear tus chakras para mejorar tu salud, amor, riqueza y creatividad”, “da el siguiente paso en tu ascensión espiritual” o “revelado el método número uno de meditación: descubre los secretos de las personas más extraordinarias”, viene a ser como publicar un artículo sobre violencia de género junto a una publicidad de aquella discoteca que prometía copas gratis y cien euros a las mujeres que acudieran sin bragas. A ver si se nos mete en la cabeza. No es solo cuestión de educación; sobre esto sí haría falta algo más de meditación.

Por qué no se puede ganar la guerra contra las pseudociencias

Quisiera pensar de otro modo, pero uno es congénitamente dado a rendirse a la evidencia. Y si algo parece sugerirnos la evidencia, no es precisamente que estemos ganando la guerra contra las pseudociencias. A lo más que podemos aspirar, y debemos aspirar a ello, es a que no reciban financiación pública, y a que los fraudes delictivos sean castigados por la justicia. Pero ni siquiera estamos cerca de lograr estos objetivos.

Imagen de Wikipedia.

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Personalmente, ya lo he dicho aquí, no siento vocación de azote de herejes. No por desimplicación, sino porque mi opción contra las pseudociencias es hablar de ciencia. De hecho, más que ocuparme de las pseudociencias, últimamente me he adentrado en lo que neurocientíficos y psicólogos experimentales tienen que decir sobre por qué los humanos somos tan propensos a creer en patrañas; la ciencia de la pseudociencia.

Y es precisamente el contacto con estos expertos lo que en parte me lleva a la pesimista conclusión de que la lucha contra el movimiento anti-ilustración, como algunos lo están llamando ahora, es una guerra perdida (lo cual no quita que deba librarse de todos modos). Seis razones:

1. No es cuestión de nivel educativo o de formación científica

Entre esas observaciones de los neurocientíficos y psicólogos experimentales dedicados a estudiar el fenómeno del movimiento anti-ilustración, destaca una conclusión contraintuitiva.

Lo natural sería pensar que quienes creen que el movimiento de los astros puede influir sobre su personalidad o su futuro, o quienes creen que un vial de agua o una pastilla de azúcar pueden curar enfermedades, son auténticos zotes con un paupérrimo nivel educativo y menos luces que un ovni de madera. Y que un poco de educación y de información bastaría para barrer sus telarañas mentales y abrirles los ojos a la luz de la razón.

Pero no es así. Como recientemente he comentado aquí, un reciente estudio revelaba que los adeptos al movimiento anti-ilustración no tienen en general menor inteligencia o nivel educativo que el resto, y ni siquiera menos interés por la ciencia. Simplemente, prefieren elegir selectivamente, sabiamente pero tramposamente, los datos que corroboran sus ideas preconcebidas; los autores del estudio lo llamaban “pensar como un abogado”.

Como también he contado aquí, neurocientíficos como Dean Burnett argumentan que, nos guste o no, la creencia en patrañas forma parte del funcionamiento normal de un cerebro humano sano. Y aunque otro estudio reciente sugiere que es posible proteger a las personas contra la influencia de la pseudociencia mediante lo que los autores definían como una especie de vacuna psicológica, parece que lograrlo requiere algo más sutil y complejo que simplemente más información científica o una mejor educación en el empirismo.

2. La pseudociencia mola más que la ciencia

Imagen de Wikipedia.

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¿Que no? ¿Acaso molan las farmacéuticas? ¿Molan los transgénicos? ¿Mola contar a los amigos que vas a hacerte una diálisis o un PET? No, lo que mola es decirles que vas a tu sesión de reiki o de shiatsu. Lo que mola es todo aquello basado en energías fantasmales que fluyen sin que podamos percibirlas, detectarlas o medirlas, pero que se designa con nombres que suenan a oriental y se describe con frases a lo Paulo Coelho o Deepak Chopra, mejor cuanto más carentes de sentido, mientras sean lo suficientemente cursis.

Ya ni siquiera hace falta pensarlas uno mismo: hay en internet al menos un par de generadores automáticos de lo que un estudio de 2015 llamaba “gilipolleces pseudoprofundas”. Recuerdo la conclusión de aquel estudio, que comenté aquí:

Los más receptivos a las gilipolleces son menos reflexivos, tienen menor capacidad cognitiva (es decir, inteligencia verbal fluida y alfabetización numérica), son más propensos a confusiones ontológicas e ideas conspirativas, sostienen con más frecuencia creencias religiosas y paranormales, y respaldan medicinas alternativas y complementarias.

No hay que confundir esta conclusión con la que mencionaba en el punto anterior: nótese que el estudio se fijaba en un sector específico de población definido por un parámetro diferente: en un caso era el negacionismo del cambio climático, en otro la afición por esas “gilipolleces pseudoprofundas”.

Las encuestas suelen coincidir en que la ciencia académica goza de cierto respeto general entre la población. Pero cuando esta ciencia se convierte en una directriz, surge la paradoja de los dos extremos: muchos están dispuestos a aceptar sin rechistar, solo “porque lo dice la ciencia”, la idea de que el chocolate adelgaza o que mirar tetas alarga la vida, aunque no haya nada de cierto en ello. Y en el extremo contrario, ya puede la ciencia de verdad certificar que los transgénicos son completamente inocuos, que en este caso siempre se sospechará de algún gato encerrado. Lo primero mola; lo segundo, no.

En definitiva, hoy hay pocas maneras mejores de caer simpático en Twitter o en cualquier otro sitio que lanzar acusaciones contra las farmacéuticas o los transgénicos, como si los vendedores de motos terapéuticas varias o de alimentos milagrosos no trataran de lucrarse con sus productos.

3. …Y quienes molan también la fomentan

¿A qué estrella del cine o del rock hemos visto defender el rigor de la ciencia cuando se trata de juzgar las infinitas proclamas pseudocientíficas que por ahí circulan? Más bien al contrario. Estos personajes mediáticos son los líderes sociales actuales, y parecen especialmente propensos a popularizar y promover todo tipo de eso que llaman terapias alternativas y otros disparates pseudocientíficos, ya sea que el desodorante provoca cáncer o que el agua tiene sentimientos.

Ignoro si tales celebrities molan porque se apuntan a las causas que molan, o si sus causas molan porque ellos molan; pero el caso es que muy raramente suelen declararse públicamente a favor de causas que no molan, como los transgénicos. Y su influencia social no es en absoluto desdeñable: ¿cuántas dietas han triunfado entre millones de consumidores gracias al respaldo de tal o cual famoso/a, a pesar de que muchos de estos métodos de adelgazamiento queden desacreditados por los nutricionistas?

Los propios diseñadores de dietas milagrosas y fabricantes de píldoras lo saben; algunos de ellos han llegado a emplear de forma fraudulenta el nombre de alguna estrella para promocionar sus productos. Y poco importa que algunos de ellos acaben en prisión o pierdan su licencia para practicar la medicina (los que la tienen).

4. La frontera entre ciencia y pseudociencia es difusa en los medios populares

En la sección de Ciencias de un diario en el que trabajé, recibimos el encargo de que una de las subsecciones, la dedicada a Salud, se centrara en lo que la dirección del periódico llamaba “vida saludable”.

Pero ¿qué es “vida saludable”? Basta abrir casi cualquier revista, escuchar casi cualquier programa generalista de radio o ver casi cualquier magazine de televisión para encontrar una sección destinada a aconsejar a la audiencia sobre cómo llevar una vida más sana, comiendo o dejando de comer tal alimento, tomando o abandonando cual hábito. Pero ¿cuántas de estas proclamas están fundamentadas en ciencia sólida?

Imagen de Wikipedia.

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Muchas menos de las que ustedes imaginan. He tratado aquí algunos de estos casos; por ejemplo, las investigaciones que están desmontando el viejo dogma clásico sobre el papel de las grasas como grandes satanes de la dieta. También he comentado cómo algunos tótems sagrados de la nutracéutica actual, como el archifamoso omega 3, no aguantan un asalto cuando se pone sobre ellos la lupa científica.

Lo cierto es que muchas de esas ideas populares sobre lo saludable versus lo dañino en realidad no proceden de la ciencia, sino de simples reclamos publicitarios (más sobre esto abajo), o de viejas hipótesis plausibles que llegaron a instalarse como dogmas antes de su imprescindible corroboración científica.

Y a menudo, cuando se busca esta corroboración, no se encuentra. Otro ejemplo: cualquiera sabe que quien pretende adelgazar debería comenzar por apuntarse a un gimnasio. ¿No? Pues no tan deprisa. Lo cierto es que últimamente varios estudios, como este publicado en enero, están cuestionando que el ejercicio físico sea un factor realmente decisivo en la pérdida de peso para la mayoría de las personas. También hay razones científicamente lógicas para esto, que si acaso trataremos otro día.

Y si en la práctica resulta que muchas de esas proclamas sobre lo que es saludable, incluso las aparentemente más obvias, no están respaldadas por ciencia real, ¿cómo pueden los medios distinguir lo que es simplemente dudoso de lo rotundamente falso? Llegados a ese punto, anything goes: de creer que el omega 3 previene el cáncer (que no) a aceptar que el zumo de limón hace lo mismo (¡que, por supuesto, ni de broma!) hay una línea muy fina que muchos medios cruzan, por ignorancia o por cifras de audiencia. De hecho, algunos incluso viven de cruzarla.

El remedio a esta profusión de pseudociencia en los medios es, naturalmente, la ciencia; pero muchas de esas revistas, programas de radio o de televisión no cuentan con especialistas capaces de acudir a las fuentes originales para verificar su credibilidad.

5. El márketing publicitario explota, e incluso se basa en, las pseudociencias

Una cosa es que la publicidad sea especialmente propensa a tirar de argumentos pseudocientíficos para enganchar un producto a una idea facilona. Cuando esto simplemente se utiliza como estrategia de márketing para vender productos no relacionados con la idea, como hablar del destino para vender loterías, o reavivar esa falacia del cerebro racional y el emocional para vender un coche, el daño no es grande. El problema surge cuando un producto se promociona publicitando presuntas virtudes nacidas de ideas pseudocientíficas.

En un mundo obsesionado por la salud, parece que es necesario revestir casi cualquier alimento de propiedades beneficiosas; ya no basta solo con decir que sabe bien. Los patés que comíamos cuando éramos pequeños porque estaban ricos hoy tienen que publicitarse como fuente de hierro, a pesar de que una persona sana con una dieta normal cubre perfectamente sus necesidades de este metal.

Pero el problema surge cuando esta necesidad de apelar a la salud para vender un alimento pretende crear alimentos funcionales donde no los hay. Y así es como surgen los yogures que hacen cosas nunca demostradas, o marcas de agua mineral que presumen de liberar a bellas modelos de las toxinas que su cuerpo ha acumulado por alguna extraña razón no especificada (tal vez las ha mordido una serpiente). Alimentos que se pretende funcionalizar hasta convertirlos en disfuncionales.

Aún peor es el caso de productos o marcas originalmente destinados a personas con deficiencias metabólicas, como celiaquía o intolerancia a la lactosa, y cuyos dueños de repente descubren el lucrativo negocio que han estado perdiéndose: tratar de convencer a la población sana de que la lactosa o el gluten les hacen daño, lo cual es mentira. Este sí es un negocio turbio, y no vender un anticatarral a la persona que tiene un catarro.

Pero naturalmente, la publicidad se autocontrola; es decir, que nadie la controla. Porque alguien así lo permite. Y esto nos lleva al último punto:

6. Los responsables públicos no saben de ciencia ni preguntan a quienes saben

Ejem… ¿Hace falta explicarlo?

 

Hay una vacuna contra la ignorancia, pero no es (solo) la ciencia

Allá por los 90, tuve un profesor de sociología de la ciencia que distinguía entre ignorancia y nesciencia, dos términos que la RAE no delimita tan claramente, pero que son instrumentos semánticos más útiles si se interpretan como él lo hacía: nesciente es quien no sabe algo que no tiene por qué saber, mientras que ignorante es el que prefiere no saber, o prefiere actuar como si no supiera.

La distinción es útil porque en el mundo de hoy se da la extraña paradoja de que la nesciencia y la ignorancia parecen seguir tendencias opuestas: mientras la primera cae, la segunda sube. Cada vez se sabe más, esto es innegable; y en cambio, la impresión (solo impresión, porque realmente es difícil medirlo) es que cada vez se prefiere más ignorar lo que se sabe. O al menos, la diferencia entre lo que se sabe y lo que a menudo se cree resulta más vertiginosa.

Imagen televisada de Neil Armstrong pisando la Luna por primera vez el 20 de julio de 1969. Imagen de NASA.

Imagen televisada de Neil Armstrong pisando la Luna por primera vez el 20 de julio de 1969. Imagen de NASA.

Un ejemplo: podía resultar hasta cierto punto admisible, sobre todo por aquellos a quienes les llegaba de sorpresa, que el 20 de julio de 1969 muchos de los que veían por televisión el descenso de Neil Armstrong a la Luna pensaran aquello de “¡venga ya, eso es todo mentira!”.

Pero cuando en los años posteriores otras cinco misiones aterrizaron allí; cuando se trajeron cerca de 400 kilos de rocas y arena que se distribuyeron por el mundo y se han venido analizando desde entonces para publicar innumerables estudios; cuando se han fotografiado los vestigios de aquellas expediciones desde la órbita lunar; cuando de todo aquello se ha podido construir todo un cuerpo de conocimiento científico para comprender la historia antigua de la Tierra y su satélite; cuando una gran parte de la ciencia y la tecnología espacial actuales está funcionando gracias a las lecciones aprendidas de aquel programa; y cuando algunos tipos llegaron a dar sus vidas para que todo aquello fuera posible (hace pocos días recordaba en un reportaje la tragedia del Apolo 1 con ocasión del 50 aniversario)… ¡Buf, seguir defendiendo en 2017 que todo esto ha sido un inmenso montaje…!

En este mundo de hoy se da una sorprendente circunstancia de la que ya he hablado aquí alguna vez. Y es que la publicidad y la propaganda parecen resultar más creíbles que la ciencia para una gran capa de la población.

Otro ejemplo: cuando un anuncio asegura que un yogur mejora las defensas, nadie parece ponerlo en duda, a pesar de que quien lo dice es precisamente quien pretende lucrarse con la venta de esos yogures. Sin embargo, cuando la ciencia concluye que esa proclama es puro bullshit, la gente desconfía, pese a que los científicos carezcan de todo interés económico en la venta o la no venta de los yogures, y su única intención sea informar de la verdad para iluminar a los consumidores en sus decisiones, sin que tales decisiones les vayan a hacer ganar más o menos dinero.

Dentro de la propaganda se incluye también el periodismo sensacionalista televisivo. Es curioso que algunos afirmen con orgullo que en España no existen tabloides (prensa amarilla) como los que tanto éxito cosechan en otros países, véase Reino Unido. ¡Pero si en España no se leen periódicos! Hace poco recordaba unos datos de circulación de diarios de pago en Europa. Tal vez no estén actualizados (creo recordar que eran de hace unos cinco o seis años, quizá algo más); pero el dibujo general era este: de los diez periódicos más vendidos en Europa, cinco eran británicos, y no todos tabloides. Ningún diario español entre los 20 primeros; El País era el número 21.

Pero es que, en cambio, en España somos los reyes del tabloide televisivo. Los hay en todas las cadenas, en todos los formatos y en todas las franjas horarias. Y no piensen en el Sálvame; algunos de esos programas se disfrazan de espacios de investigación periodística, cuando lo único que hacen es presentar historias irrelevantes (que hay un edificio ocupado; ¿en serio?) o vergonzosamente sesgadas y falaces para prender una alarma social. Todo ello con el tono narrativo de un abogado de película americana disertando ante el jurado. No lo olviden: el periodismo también vive de vender, y hoy la competencia por los índices de audiencia es feroz y despiadada. Hasta ahí puedo leer, pero créanme.

Un ejemplo de esto último lo hemos tenido en el caso del panga que comenté esta semana. Creo que una gran parte de la patraña forjada en torno a este alimento procede de ciertos espacios televisivos amarillistas desesperados por arañar puntos de audiencia. Y contra eso, ya pueden los científicos presentar todos los datos veraces del mundo, que sirve de poco. Ya se han encendido las antorchas y se han empuñado los tridentes; unos cuantos datos científicos no van a conseguir que se apaguen y se desempuñen.

Extraño, el ser humano, pero es lo que somos. Y estas paradojas son precisamente el objeto de estudio de muchos psicólogos. Hace poco traje aquí a uno de ellos; se llama Dean Burnett, neuropsicólogo que dobla como humorista de monólogos. En su reciente libro El cerebro idiota explicaba por qué somos así; por qué esa refinada habilidad que tenemos los seres humanos de preferir ignorar la realidad y acogernos a supersticiones, intuiciones infundadas o proselitismos interesados forma parte del funcionamiento normal de un cerebro completamente sano.

Donald Trump se ha destacado por su negacionismo del cambio climático. Imagen de Gage Skidmore / Wikipedia.

Donald Trump se ha destacado por su negacionismo del cambio climático. Imagen de Gage Skidmore / Wikipedia.

Todo esto viene a propósito de dos interesantes estudios recién divulgados. Uno de ellos se ha presentado (aún no se ha publicado formalmente) hace dos semanas en la reunión anual de la Sociedad para la Personalidad y la Psicología Social celebrada en San Antonio (Texas, EEUU), dentro de un simposio denominado “Rechazo a la ciencia: nuevas perspectivas sobre el movimiento anti-ilustración”, tal como se está dando últimamente en llamar a las corrientes sociales que niegan el cambio climático, la seguridad de las vacunas o la evolución biológica. A ello se unen casos aún más extremos, como el reciente crecimiento de la creencia en la Tierra plana.

La conclusión de los investigadores, de EEUU, Australia y Reino Unido, sigue la línea apuntada por Burnett: a grandes rasgos, el rechazo a la ciencia de estas personas no depende de su inteligencia ni de su nivel de educación, y ni siquiera su interés por la ciencia es particularmente menor que el de la población general.

Simplemente, dicen los psicólogos, se trata de que las personas no piensan como científicos; no reúnen los datos disponibles para analizarlos en su conjunto y adoptar una conclusión razonada, les guste esa conclusión o no. En su lugar, decía a Phys.org el coautor del estudio Matthew Hornsey, de la Universidad de Queensland, “piensan como abogados”; es decir, eligen selectivamente los pedazos de información que les interesan para “llegar a conclusiones que quieren que sean ciertas”. Los psicólogos llaman a esto sesgo cognitivo.

“Vemos que la gente se apartará de los hechos para proteger todo tipo de creencias, incluyendo sus creencias religiosas, políticas o simplemente personales, incluso cosas tan simples como si están eligiendo bien su navegador de internet”, decía otro de los coautores, Troy Campbell, de la Universidad de Oregón. “Tratan los hechos como más relevantes cuando tienden a apoyar sus opiniones”, proseguía Campbell. “Cuando van en contra de su opinión, no necesariamente niegan los hechos, pero dicen que son menos relevantes”. Los psicólogos obtienen estas conclusiones de un estudio de entrevistas con un grupo de voluntarios y de un metaestudio de investigaciones anteriores publicadas sobre la materia.

Gran parte de estos prejuicios, añadían los investigadores, nace de la asociación entre opiniones y afiliaciones políticas o sociales. Por ejemplo: si alguien es de izquierdas, obligatoriamente tiene que adherirse a la postura de rechazo a la energía nuclear, ya que se considera que defenderla es de derechas. Los autores añaden que este fenómeno se ha exacerbado en el presente (confirmando esa impresión que he mencionado más arriba de que la brecha se acentúa) porque en el pasado existía una mayor influencia de la ilustración, un mayor seguimiento consensuado de las conclusiones científicas por parte de los liderazgos políticos y sociales.

Este auge del movimiento anti-ilustración, añadían los investigadores, es enormemente preocupante y debe mover a la acción. “El movimiento anti-vacunas cuesta vidas”, decía Hornsey. “El escepticismo sobre el cambio climático ralentiza la respuesta global a la mayor amenaza social, económica y ecológica de nuestra época”.

¿Cómo arreglar todo esto? Los investigadores vienen a sugerir que el mensaje de la ciencia debe alinearse con las motivaciones de la gente. Pero este parece un principio muy general al que no será fácil encontrar aplicación práctica concreta.

El segundo estudio que traigo hoy, este ya publicado, aporta un enfoque más práctico. Un equipo de investigadores de las universidades de Cambridge (Reino Unido), Yale y George Mason (EEUU) sugiere que es posible “vacunar” a la población contra el negacionismo del cambio climático. En sentido psicológico, claro.

El propósito de los investigadores era ensayar si era posible traspasar al ámbito de la psicología el principio general de la vacunación: ¿puede una pequeña inoculación con un fragmento de información proteger al individuo contra el virus de la desinformación?

Para ello, reunieron a un grupo de más de 2.000 voluntarios estadounidenses representando una muestra variada de población según varios criterios demográficos, y alternativamente les presentaron una diferente información sobre el consenso relativo al cambio climático: a unos, una serie de datos científicos, incluyendo el hecho de que el 97% de los científicos del clima coinciden en la conclusión de que el cambio climático causado por el ser humano es un fenómeno real; a los otros, información extraída de una web fraudulenta llamada Oregon Global Warming Petition Project, según la cual “31.000 científicos estadounidenses dicen que no hay pruebas de que el CO2 liberado por causa humana provoque cambio climático”.

Captura de pantalla de la web Oregon Global Warming Petition Project.

Captura de pantalla de la web Oregon Global Warming Petition Project.

Los científicos comprobaron cómo estas informaciones condicionaban las opiniones de los voluntarios en un sentido y en otro: la percepción de que sí existe un consenso científico sobre el cambio climático crecía un 20% en el primer grupo, y disminuía un 9% en el segundo.

A continuación, los investigadores presentaron a los voluntarios ambos paquetes de información a la vez, el verdadero y el falso. Y sorprendentemente, en este caso ambos efectos se cancelaban: la variación entre el antes y el después era solo del 0,5%. De alguna manera, los participantes regresaban a la casilla de salida, cayendo en una indecisión sin saber qué creer.

Por último, repitieron los experimentos aplicando dos tipos de “vacunas”. Una más general consistía en presentar la información, pero añadiendo esta frase: “algunos grupos políticamente motivados utilizan tácticas engañosas para tratar de convencer al público de que existe un fuerte desacuerdo entre los científicos”. La segunda, que los autores definen como una “inoculación detallada”, destapaba específicamente las mentiras de la web de Oregón, revelando por ejemplo que menos del 1% de los presuntos firmantes de la petición (algunos de los cuales eran nombres ficticios) eran realmente científicos climáticos.

Los investigadores descubrieron que la vacuna general desplazaba las opiniones a favor del consenso de los científicos en un 6,5%, mientras que la detallada lo lograba en un 13%, incluso cuando ambos grupos también habían tenido acceso a la información falsa. Es decir, que la vacuna protegía a una parte de la población frente a los efectos nocivos de la desinformación.

Tal vez los porcentajes no parezcan demasiado impresionantes si se observan aisladamente, pero lo cierto es que el 13% de protección conseguido con la vacuna detallada equivale a dos terceras partes del efecto logrado cuando se presenta la información correcta sin la falsa; es decir, que la inoculación protege en un 67% contra la desinformación. Lo cual ya se parece bastante a lo que puede hacer una vacuna.

La idea, en palabras del director del estudio, el psicólogo social Sander van der Linden (Universidad de Cambridge), es “proporcionar un repertorio cognitivo que ayude a crear resistencia a la desinformación, para volver a la gente menos susceptible a ella”. La motivación del estudio nació del hecho de que en el pasado las compañías tabaqueras y de combustibles fósiles han empleado esta táctica para sembrar dudas entre la población y apartarla del consenso científico. En este caso, los investigadores querían comprobar si el mismo procedimiento podía usarse para promover la creencia en el consenso científico en lugar de minarla, y dirigido al bien público en lugar de a intereses particulares.

También es interesante el dato de que la protección se logró en la misma medida entre los voluntarios de filiación política republicana, más propensos a desconfiar del cambio climático, los demócratas, más próximos a aceptarlo, y los independientes. Y que los investigadores no observaron un efecto rebote entre los grupos más predispuestos a la negación: “no parecían regresar a teorías conspirativas”, dice van der Linden. El psicólogo admite que “siempre habrá gente completamente resistente al cambio”, pero confía en que “siempre hay espacio para un cambio de opinión, aunque sea solo un poco”.