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Quimiofobia, la pseudociencia de no tomar, tan dañina como la de tomar

No se trata de descubrir nada nuevo, sino de insistir en algo que debería difundirse más: pseudociencias dañinas no son solo aquellas que quieren vender como beneficioso algo inútil o nocivo, como la homeopatía, sino también aquellas que quieren tachar como perjudicial algo beneficioso.

Tal vez el ejemplo más peligroso de esto sea el movimiento antivacunas. Hasta tal punto llega hoy la confusión que en una tertulia de radio, de esas sobre política pero donde los tertulianos no dudan en morder cualquier bocado que se les eche a las fauces, uno de esos verborreicos omniscientes decía algo así: la mayoría de los estudios científicos más serios y rigurosos dicen que las vacunas no causan autismo.

Lo cual, aun reconociendo la buena intención del tertuliano, es una barbaridad; una peligrosísima desinformación y deformación de la realidad, ya que da a entender que los hay. Es decir, estudios científicos, aunque sean de los menos serios y rigurosos, que sí muestran una relación entre las vacunas y el autismo. Lo que a su vez dará pie a algunos para pensar que esos estudios descalificados son los buenos, los good guys, los que la malvada Big Pharma intenta soterrar, frente a los otros, los de los codiciosos científicos untados por la industria.

Un manifestante antivacunas en un mitin del movimiento ultraconservador estadounidense Tea Party. Imagen de Fibonacci Blue / Flickr / CC.

Un manifestante antivacunas en un mitin del movimiento ultraconservador estadounidense Tea Party. Imagen de Fibonacci Blue / Flickr / CC.

A ver, no. No los hay. Ni uno solo. Jamás ha existido un estudio científico, ni más riguroso ni menos ni poco serio ni mucho, que haya mostrado ningún tipo de vínculo entre las vacunas y el autismo. Se trata de una idea falsa inventada y publicada en un estudio fraudulento por un médico sin escrúpulos que esperaba lucrarse con ello por una doble vía: el acuerdo de una demanda millonaria con un bufete de abogados, y un plan de negocio también millonario basado en un kit de diagnóstico inventado por él mismo. Aquel estudio fue retractado y aquel médico perdió su licencia. Punto final. Esta es toda la historia. Pero probablemente aquel tertuliano, ignorante de todo esto, logró lo contrario de lo que pretendía: sembrar la duda entre algún que otro oyente.

Esta pseudociencia de vender como malo algo útil o beneficioso entronca de lleno con la quimiofobia, hoy una tendencia tan popular que las marcas de productos de consumo han encontrado un nuevo filón de ventas acogiéndose a una palabra mágica: “sin”. Sin algo. Sin lo que sea. Se trata de retirar a toda costa algún componente de sus productos y de publicitarlo como un beneficio, incluso si esas sustancias son inofensivas o no existen pruebas concluyentes de ningún efecto indeseable.

Pero ¿qué ocurre cuando se retiran esos componentes? ¿Realmente el nuevo producto resultante es mejor o más saludable? ¿O es una mera trampa publicitaria?

Algunos pensarán que, total, quitar algo en ningún caso puede hacer daño. Y que en lo que respecta a los componentes retirados, es preferible acogerse al principio de precaución, el “por si acaso”: mejor retirarlos aunque finalmente sean inocuos, que mantenerlos incluso si finalmente son inocuos.

Solo que, aunque sobre el principio de precaución también hay mucho que discutir (más sobre esto, mañana), en muchos casos no es así. En la práctica, el sufrido consumidor se ve engañado sin saberlo, porque solo se le cuenta “sin qué”, pero no “con qué en su lugar”. Es decir, qué componentes se emplean ahora para reemplazar a los antiguos. Simplemente, se le ha cambiado la bolita para despistarle.

Y puede resultar que esos compuestos sustitutivos sean igual de dudosos que los anteriores, pero no tan impopulares en ese momento; el criterio no es el perjuicio demostrado de los compuestos, que no existe, sino su mala fama entre los consumidores desinformados. Por ejemplo, los cosméticos sustituyen el aluminio por parabenos, luego los parabenos por mineral de alumbre, y dado que este también contiene aluminio, se sustituye a su vez por otra cosa… cuya identidad no conoceremos hasta que anuncien que la han quitado.

Un ejemplo particular curioso es el aceite de palma. Particular, porque a pesar de no ser ni siquiera sintético –el terror de los quimiófobos–, se ha convertido de repente en una grasa maldita, a la que el consumidor medio le supone gravísimos perjuicios para la salud… que no existen. El aceite de palma no podrá presumir de los beneficios del de oliva, pero tampoco es diferente a cualquiera de sus alternativas; no es una grasa dañina. En realidad, el motivo por el que las marcas lo están retirando de sus productos solo lo conocen los más enterados: no son razones de salud, sino ecológicas. Su cultivo en el sureste asiático está causando una deforestación que amenaza los ecosistemas y la supervivencia de especies como los orangutanes.

Pero curiosamente, también en este caso los sustitutos pueden ser peores. Algunos expertos, incluyendo un informe de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza, han alertado de que un boicot al aceite de palma solo logrará que esta cosecha se reemplace por otra, y que las alternativas provocarán aún más deforestación, ya que su rendimiento por unidad de superficie cultivada es mucho más bajo. Los campesinos de Indonesia no tomarán crema de cacao con avellanas, pero también tienen que comer.

Recolección de fruto de aceite de palma. Imagen de pixabay.

Recolección de fruto de aceite de palma. Imagen de pixabay.

El mensaje viene a ser: cuidado con las trampas del marketing. Actuar como ciudadanos informados y responsables consiste en exigir productos con certificación de sostenibilidad, ya sea para el aceite de palma o para cualquier otra cosa. Los expertos suelen advertir de que las certificaciones de sostenibilidad tampoco son la panacea, pero ¿quién cree que la panacea exista? Quizá deberemos conformarnos con la opción menos mala.

Existe un tercer caso especialmente preocupante, y es la moda de “sin conservantes”. Estos aditivos, cuya inocuidad está demostrada por décadas de estudios, se han incorporado a los alimentos durante siglos para evitar que muramos de intoxicaciones alimentarias.

Últimamente se ha hablado de la listeriosis, una infección alimentaria desconocida para muchos. Como ya he contado aquí, científicos de la alimentación están alertando de que la retirada de los conservantes de los alimentos por una simple cuestión de moda puede devolvernos a los tiempos oscuros en los que la gente moría a mansalva por comer alimentos contaminados con microbios peligrosos. El consumidor está acostumbrado a que los alimentos duren; pero si se les quitan los conservantes, ya no duran tanto, y en ciertos casos no se nota a la vista ni al olfato.

También en este caso está ocurriendo algo aberrante denunciado por esos científicos conscientes, y es que para poder anunciar sus productos como “sin conservantes artificiales”, pero evitando el riesgo de que sus consumidores mueran intoxicados y los familiares presenten demandas, muchas marcas están sustituyendo los nitratos producidos industrialmente por el zumo de apio, que también contiene nitratos. El nitrato es exactamente el mismo compuesto químico en los dos casos. Pero con la diferencia de que se sabe exactamente cuánto nitrato purificado debe añadirse para impedir que crezca la bacteria causante del botulismo, y en cambio el zumo de apio lleva una cantidad de nitrato variable según el caso, por lo que los alimentos pueden no quedar suficientemente protegidos.

En esto de la quimiofobia, el premio a la popularidad en los últimos tiempos lo disputan los llamados disruptores endocrinos (abreviados como EDC, en inglés), compuestos que supuestamente causarían daños a la salud interfiriendo con el sistema hormonal del organismo, haciendo el papel de falsas hormonas. A los EDC se les atribuyen toda clase de males: diabetes, obesidad, problemas reproductivos, alteraciones del desarrollo fetal, trastornos de atención en los niños, cáncer… En fin, que solo Atila causaba más devastación.

Entre los supuestos EDC, existe uno en concreto que últimamente aparece bastante en las noticias, llamado bisfenol A (BPA). Y aparece bastante en las noticias porque, deduciría alguien leyendo tales noticias, parece que estamos amenazados por el peligrosísimo BPA en todos los frentes de nuestra vida, desde cuando comemos casi cualquier cosa, sobre todo si viene envasada, hasta cuando hacemos algo tan inocente como coger con la mano un recibo de la compra.

Lo cual lleva a una lógica preocupación: ¿sin saberlo, hemos estado durante años y años peligrosamente expuestos a una sustancia capaz de provocarnos un montón de terribles enfermedades? La respuesta, mañana.

Qué es y qué no es un estudio científico

La revisión por pares es el mecanismo imprescindible que otorga el marchamo de estudio científico. En el origen del progreso de la ciencia moderna está la decisión de la comunidad científica de que todo estudio debe ser evaluado por varios investigadores expertos en la misma materia, seleccionados por el editor de la revista a la cual se ha enviado el estudio, y cuyas identidades normalmente son desconocidas para los autores.

Naturalmente, la revisión por pares debe ser real y rigurosa. Hace unos días, el blog del CSIC en esta casa publicaba un artículo del investigador Mariano Campoy sobre las revistas y entidades depredadoras, un negocio fraudulento que parasita al sistema científico: un fulano (que no suele ser un científico) decide montar una publicación científica digital y espamea a miles de investigadores ofreciéndoles sus páginas, previo pago de sumas anormalmente abultadas para tratarse de revistas desconocidas. El fulano en cuestión promete una revisión por pares, que en realidad no existe. El fulano en cuestión se lucra con ello y algunos investigadores pican, o bien por desconocimiento de que se trata de una revista depredadora, o bien con pleno conocimiento, pero con el –igualmente fraudulento– objetivo de engordar su lista de estudios publicados.

La revisión por pares real, la de las revistas científicas legítimas, es no ya rigurosa, sino implacable y despiadada, a veces llegando a lo cruel. Jamás un estudio científico se acepta a la primera. Como decíamos ayer, una gran parte de los estudios recibidos por una revista ni siquiera llegan a la revisión, ya que el propio editor considera que no alcanzan el nivel mínimo de calidad o relevancia para enviarlos a los expertos. Si el estudio consigue superar este primer filtro, otro desenlace enormemente común es que los revisores o referees recomienden su no publicación. Y vuelta a empezar: a probar suerte con otra revista diferente.

Revistas científicas. Imagen de Selena N. B. H. / Flickr / CC.

Revistas científicas. Imagen de Selena N. B. H. / Flickr / CC.

Una vez salvado este segundo obstáculo, lo habitual es que los revisores pidan infinidad de cambios, no solo en el texto, sino también nuevos experimentos, controles y figuras. Y una vez que los autores han cumplido todas estas exigencias, el estudio irá de nuevo a revisión, pudiendo ocurrir que de todos modos sea finalmente rechazado. Es muy habitual que un estudio deba pasar por varias revistas antes de que consiga finalmente ser aceptado en alguna de ellas, después de cambios extensos y nuevos experimentos que pueden llevar meses o incluso años.

Así, y en contra de lo que suele escucharse en la calle como respuesta frecuente al “lo dice un estudio científico”, no, los científicos no publican lo que les parece. Solo publican lo que la comunidad científica, delegada en los referees, decide tras un arduo y largo proceso que finalmente puede considerarse ciencia.

Otro error habitual, que está en el manual básico de todo conspiranoico, es creer que los estudios científicos tienen intereses ocultos. Desde hace años las revistas obligan a los investigadores a declarar sus conflictos de intereses, y estos aparecen detallados en sus estudios publicados. A un científico que recibe financiación de una compañía de chocolatinas no se le impide publicar un estudio sobre las virtudes del chocolate, siempre que el trabajo sea científicamente sólido y relevante, pero al final de su estudio aparecerá claramente especificado este conflicto de intereses. Y si un científico lo oculta, puede dar su carrera por terminada. ¿Cuántos opinadores profesionales, líderes mediáticos, influencers y demás fauna son transparentes con sus fuentes de financiación y sus conflictos de intereses?

Por último, otra idea equivocada es pensar que los científicos cobran por sus estudios publicados. No cobran, pagan. Las revistas suelen cargar una tarifa a los autores, que en muchos casos se justifica por la publicación del estudio bajo el concepto de material publicitario. Así, los científicos no ven ni un céntimo por ninguna clase de derechos relacionados con sus estudios. Pero estos sí generan ingresos, ya que quien quiera leer los estudios debe pagar. Es más, en muchos casos, si a un investigador le interesa que su estudio sea de lectura gratuita con el fin de aumentar su difusión, la revista sube la tarifa para compensar la pérdida de ingresos de los lectores. La revista se lo lleva todo; la banca gana.

Esta anacrónica injusticia ha dado origen a ciertas corrientes en alza. Una de ellas es el Open Access, el libre acceso total. Las revistas que eligen esta opción no son de publicación gratuita para los autores, pero al menos aseguran a sus estudios una gran difusión por ser de lectura gratuita. Aunque a regañadientes, algunas revistas tradicionales van sumándose poco a poco a esta tendencia.

Otra corriente es la piratería, pero en un escenario totalmente contrario al de los contenidos digitales culturales. Los autores de música, películas o libros no quieren que sus obras se pirateen porque esto les priva del fruto legítimo de su trabajo, la ganancia económica directa por las ventas de sus obras. En el caso de los científicos, su beneficio es indirecto: un investigador progresa en su carrera cuanto más y mejor publica y cuanto más impacto tienen sus trabajos en la comunidad. Por ello, le interesa la máxima difusión de sus estudios, pero tal vez no pueda pagarse un Open Access.

Así, los investigadores son los primeros que desean que sus estudios se pirateen; de hecho, suelen colgarlos ellos mismos en las webs de piratería, y los facilitan gustosamente si uno se los pide por correo electrónico (algo que los periodistas de ciencia hacemos de forma habitual). Mientras tanto, son las editoriales de las revistas quienes tratan de impedir la libre difusión de la ciencia. Por suerte, con no demasiado éxito.

Con todo esto, y a pesar de las limitaciones que decíamos ayer respecto a lo que debe o no debe interpretarse del hecho de que algo “lo dice un estudio científico”, sí debe quedar claro que un estudio científico es una cosa radicalmente diferente a lo que no lo es. ¿Y qué no lo es?

Todo lo demás: un informe publicado por Naciones Unidas, Greenpeace o la Sociedad de Cardiólogos de Cercedilla puede ser todo lo apreciable y valioso que a cada uno le parezca según la confianza que le inspire la entidad en cuestión. Pero no es un estudio científico; no ha sido validado por nadie más que por la propia entidad que lo publica (y quizá, por algún revisor presuntamente independiente que, sin embargo, ha facturado por su independencia). Y por lo tanto, no tiene la credibilidad de un estudio científico, por muy Naciones Unidas que sea (en honor a la verdad, los organismos de Naciones Unidas también publican muchos estudios científicos revisados por pares, algo que en cambio otras entidades no suelen hacer).

Lo mismo se aplica a los estudios publicados por empresas y corporaciones, una tendencia que parece estar en alza fuera del ámbito estrictamente científico; hasta las compañías de condones o las webs inmobiliarias publican ya sus propios estudios. Lo cual puede tener su valor, siempre que no se pierda de vista cuál es realmente ese valor. Que una empresa que vende alimentos para reforzar el sistema inmunitario diga en su publicidad que sus alimentos refuerzan el sistema inmunitario, como lo demuestran sus propios “estudios científicos” no revisados por pares, tiene un valor aproximado de… cero. Que una compañía de cosméticos antiarrugas diga en su publicidad que sus cosméticos son antiarrugas, como lo demuestran sus propios “estudios científicos” no revisados por pares, tiene un valor aproximado de… cero. Y así.

La pretensión de presentar como estudio científico algo que no lo es suele entroncar de lleno con el mundo de la pseudociencia y la mala ciencia. En España, el CSIC no acepta patrocinios (al menos hasta donde sé, salvo que las cosas hayan cambiado en los últimos años), en el sentido de que una compañía no puede alquilar a uno de sus investigadores para que realice un estudio destinado a confirmar los enormes beneficios de su producto. Sin embargo, otras muchas entidades científicas o paracientíficas (y sus científicos o paracientíficos) gustosamente aceptan generosas donaciones para respaldar la venta de colchones (perdón, creo que ahora se llaman “equipos de descanso”), pseudoterapias, suplementos alimenticios o lo que sea que se especifique en el cheque.

El valor de estas proclamas es nulo, pero en cambio no lo son sus efectos: estos falsos “estudios científicos” son enormemente negativos por la confusión que causan respecto a un sistema que desde luego no es ni mucho menos perfecto, pero que, además de ser el mejor que ha podido crearse y de funcionar razonablemente bien, tiene la gran virtud de mejorarse a sí mismo, reconociendo sus errores y rectificando cuando es necesario. Y a ver qué otro sistema puede decir lo mismo.

Así es y se hace un estudio científico

En el mundo del arte circula una frase con muchos padres y madres: arte es lo que yo decido que lo es. Y aunque todo aspirante que pretenda ascender por esa sacrosanta pirámide difícilmente pondrá en duda el juicio de los que se sientan en la cúspide, es evidente que bajo ese presunto argumento solo se esconde una arbitrariedad injustificada. Personalmente, recibí una de mis mejores enseñanzas de periodismo de un antiguo jefe, editor de revistas de viajes: cuando se trata de diseño, “porque a mí me gusta más así” no es una razón válida.

Otro ejemplo: imagino que cuando un filósofo profesional lleva su coche al taller y allí le explican que la “filosofía” de la marca es poner solo recambios originales, al filósofo quizá tengan que practicarle la reanimación cardiopulmonar. Pero, total, también se llama “cultura” a cosas que no lo son: la cultura de la corrupción, la cultura funcionarial…

Entonces, ¿por qué no llamar también “estudio científico” a lo que a cada uno le apetece? “He hecho un estudio científico y he visto que mi vecino siempre viste de verde cuando llueve”. ¿No?

Pero no. Por supuesto que cada uno es perfectamente libre de llamar orégano al orgasmo si le apetece. Pero si hablamos de estudios científicos de verdad, los que permiten esgrimir aquello de “lo dice un estudio científico” que veíamos ayer, aquí no hay la menor arbitrariedad, como no puede haberla en nada relacionado con la ciencia. La comunidad científica ha establecido unas reglas muy claras sobre qué es un estudio científico y qué no lo es. Y básicamente, todos los mandamientos se resumen en uno: un estudio científico es el que se publica en una revista científica con una rigurosa revisión por pares.

Referencias en un estudio científico. Imagen de Mike Thelwall, Stefanie Haustein, Vincent Larivière, Cassidy R. Sugimoto (paper). Finn Årup Nielsen (screenshot) / Wikipedia.

Referencias en un estudio científico. Imagen de Mike Thelwall, Stefanie Haustein, Vincent Larivière, Cassidy R. Sugimoto (paper). Finn Årup Nielsen (screenshot) / Wikipedia.

Pero comencemos por el principio. Un grupo de investigadores concluye una determinada fase de su línea de investigación y reúne suficientes resultados como para extraer una conclusión novedosa. Se ha hecho nueva ciencia. Y ahora, ¿qué?

Lo primero, claro, es escribir el estudio, o paper. Esto suele hacerlo (normalmente) el jefe del grupo. Que no es (normalmente) el autor material del trabajo. Aunque en las películas de Hollywood suele verse a supercientíficos trabajando en el laboratorio, el mundo real no funciona así. A partir de un determinado nivel, todo científico dedica el cien por cien de su tiempo a leer, escribir estudios y solicitudes de becas y proyectos, impartir seminarios, discutir resultados, asistir a congresos, hacer eso que ahora llaman networking… Ahora muchos dedican también parte de su tiempo a la divulgación mediante blogs, libros y otros medios. El trabajo de laboratorio, el de bata (que por cierto, no se lleva más veces de las que sí), corre a cargo de su equipo: becarios predoctorales, postdoctorales, técnicos…

Esto se refleja en las firmas que aparecerán en el estudio. El primer firmante (o los primeros en igualdad de contribución, si así se especifica) es el autor material del trabajo, que suele ser un predoctoral o postdoctoral. Los siguientes son otras personas que han contribuido, en orden decreciente según su aportación. Lo justo y decente es que esto incluya también a los técnicos, pero hay investigadores que no les permiten firmar los estudios por no ser personal científico.

Finalmente, el último nombre de la lista de autores es el del o la investigador(a) senior, el jefe del grupo o de la línea. Si hay más de uno, aparecerán desde el último hacia el penúltimo, antepenúltimo, etc., también según su aportación. El último autor y director del estudio suele figurar también como autor de correspondencia, aquel al que otros científicos deberán dirigirse para discutir sobre su trabajo, aunque es frecuente que este delegue esa función en el primer firmante si le considera suficientemente formado y él lleva varias líneas al mismo tiempo.

A la hora de escribir el estudio en sí, también hay reglas que no pueden romperse. El esquema estándar de todo estudio científico experimental se compone de seis partes: abstract (resumen), introducción (estado de la cuestión y propósito del trabajo), materiales y métodos (explicación detalladísima de todos los experimentos para que cualquier otro investigador pueda repetirlos), resultados, discusión (conclusiones) y referencias bibliográficas (estudios anteriores que se citan o en los que se basa el trabajo). Dado que muchas revistas imponen ligeras variaciones a este esquema básico, desde el principio el investigador suele escribir el estudio ateniéndose al formato requerido por la revista a la cual va a enviarlo. Además, todo estudio experimental incluye varias figuras que muestran los resultados.

El estilo y el tono tampoco dejan margen a la fantasía. Los estudios científicos se escriben en un lenguaje claro, conciso, directo y aséptico, sin retórica ni literatura. Pero al mismo tiempo, deben ser impolutos en su gramática y su ortografía. Y por supuesto, generalmente todo ello en inglés, el idioma de la ciencia. En cuanto a las conclusiones, el tono de los estudios científicos es justo el opuesto al de cualquier artículo de opinión o discurso político, ideológico o religioso. En los estudios científicos no se pontifica ni se dogmatiza, o ni siquiera se “demuestra”, sino que solo se “muestra”. “Nuestros resultados sugieren”, “los datos son compatibles con”, “es razonable pensar” o “podría pensarse” son fórmulas habitualmente utilizadas. A menudo la última conclusión es que deberán realizarse nuevos estudios para confirmar los resultados.

Una vez escrito el estudio, se envía a la revista previamente elegida. De esta elección depende críticamente el destino futuro de ese papelito. Obviamente, todo científico aspira a publicar en Nature o Science, las revistas de mayor prestigio, pero en la mayor parte de los casos picar tan alto sería una pérdida de tiempo, y podría incluso perjudicar al propio investigador si los editores de estas revistas le etiquetan como alguien incapaz de valorar la relevancia real de su trabajo. O simplemente, como un pelmazo.

Se entiende entonces que no todas las revistas son iguales, y esto tampoco es arbitrario. Existen índices que miden el impacto de las revistas y las clasifican en listas jerárquicas. Tampoco el impacto de una revista suele ser el mismo si se trata de una publicación multidisciplinar, como Nature o Science, que leen todos los científicos, o si se ciñe a un ámbito especializado muy concreto. Para un científico, saber elegir la revista adecuada a la que enviar un trabajo es tan importante como hacer el trabajo en sí.

Una vez enviado el estudio, el primer filtro al que se enfrenta es el de los propios editores de la revista. Como puede suponerse, las revistas generalmente reciben muchos más estudios de los que pueden publicar, por lo que se rechazan muchos más de los que se aceptan. Así, es muy habitual que al primer intento, con la revista que el investigador ha elegido como su opción más deseable a la par que razonable, la respuesta sea una carta del editor diciendo que el estudio no reúne la suficiente calidad o relevancia como para que le interese publicarlo. Y entonces, toca probar con la siguiente de la lista.

En un momento determinado, por fin el investigador consigue que un editor se interese por su estudio. Pero el calvario no ha terminado; en realidad no ha hecho sino comenzar: llega entonces la revisión por pares. Mañana seguiremos.

Lo dice un estudio científico. ¿Qué significa esto realmente?

Lo dice un estudio científico. Es una frase que escuchamos a menudo en la calle, aplicado a todo tipo de situaciones. Pero ¿qué significa realmente que un estudio científico diga tal cosa? ¿Significa lo que creen que significa quienes emplean la frase?

Así es como muchos pretenden que funcione: si un estudio científico apoya nuestra postura ideológica preconcebida, lo levantamos como un baluarte con el que pretendemos barnizar de objetividad dicha postura ideológica. En cambio, si los resultados del estudio no nos complacen, es que los científicos publican lo que les parece y, además, están vendidos a los intereses de x, y o z.

Pero no es así como funciona. En primer lugar, un estudio científico solo debe valorarse por su propia calidad, y no por el sentido de sus resultados, gusten o no. Esto no debería sorprender a nadie, pero probablemente lo hará: el propósito de la ciencia es únicamente conocer la realidad, no presentarla más agradable al gusto de nadie. Por ejemplo, puede que no guste saber que la identidad y la orientación sexual vienen sobre todo definidas desde el útero materno (según la ciencia actual, por factores genéticos y bioquímicos intrauterinos), ya que encaja mejor con la mentalidad de hoy pensar que es una cuestión de libertad y elección personal. Pero la ciencia deja de serlo cuando se pliega a las tendencias sociales políticas para convertirse en un instrumento al servicio de ideologías, como ocurrió durante el nazismo, el estalinismo o incluso el franquismo.

En segundo lugar, en muchos casos –sobre todo en ciertas áreas de investigación, y especialmente en aquellas que suelen estar afectadas por posturas ideológicas– un solo estudio científico aislado puede tener una relevancia muy escasa. En realidad, siempre que alguien defienda ante nosotros una postura concreta porque “lo dice un estudio científico”, la réplica correcta es: y los demás estudios, ¿qué dicen?

Imagen de pxhere.

Imagen de pxhere.

Un ejemplo de esto último ha sido la percepción social del cambio climático. Durante años, numerosos medios políticos y periodísticos de tendencia conservadora en todo el mundo se aferraron a la idea de que el cambio climático era una ficción inventada por un lobby anticapitalista para derribar el libre mercado y la economía de las grandes corporaciones. Por supuesto, había estudios científicos que negaban el cambio climático. El hecho de que fueran de calidad deficiente o que incluso quedaran retractados no impedía que pudiera esgrimirse la famosa frase. Solo cuando la avalancha de estudios de calidad presentando pruebas del calentamiento global se hizo ya imposible de ocultar y negar, algunos de estos medios –no todos– terminaron rindiéndose a la evidencia (podríamos también decir que solo lo han hecho cuando el capitalismo y la economía de las grandes corporaciones han incorporado el cambio climático como fuente de negocio, pero sería otra historia).

Otras pseudociencias también se apoyan en este argumento, como es el caso de las pseudoterapias que sostienen intereses económicos. No hay web defensora de la homeopatía que no despliegue una lista de docenas de estudios científicos con los que pretenden avalar sus proclamas. Estas listas suelen estar confeccionadas al montón, sin otro propósito que servir a los ya adeptos o epatar y apabullar a los dubitativos. Pero cualquiera con un cierto conocimiento de la ciencia y sus mecanismos encuentra rápidamente que todo ese presunto aluvión es finalmente un leve chispeo: o los estudios realmente no defienden lo que pretenden quienes los han recopilado, o son de calidad muy deficiente, casos anecdóticos y sin controles. Y sobre todo, por cada uno de esos estudios que dicen encontrar efectos beneficiosos en la homeopatía, hay otros diez, cincuenta o cien que no los han encontrado, pero que no aparecen en la lista.

Respecto a esto último, tampoco hay que hacer cábalas sobre si son más o menos los que defienden una postura o la contraria. Aquí no existe aquello de un millón de manifestantes según los convocantes y un par de autobuses llenos según el gobierno. En la ciencia nada se deja al azar, y también existe un método perfectamente sistematizado para valorar ese “¿y qué dicen los demás estudios?”. Se conoce como metaanálisis, y se rige por un conjunto de reglas precisas.

Los metaanálisis o metaestudios son imprescindibles especialmente cuando se analizan efectos que tal vez sean pequeños, pero que podrían ser reales (es decir, poco potentes, pero que aparecen de forma consistente, estadísticamente significativa). Estas grandes revisiones recopilan todos los estudios existentes sobre una misma cuestión, los examinan uno a uno para evaluar su nivel de calidad, y aquellos que superan un umbral mínimo se someten conjuntamente a un tratamiento estadístico informatizado para disponer de un volumen de datos que preste mayor fiabilidad a las conclusiones, según unos parámetros definidos y aceptados por la comunidad.

Es aquí donde las pseudoterapias se caen del todo: con independencia de que los principios de la homeopatía vayan en contra de todo lo conocido por la ciencia, todos los metaanálisis han concluido que el único efecto observable es el placebo. Incluso si se dejaran de lado las objeciones teóricas, los resultados prácticos confirman que no hay resultados prácticos, y esto es lo que científicamente descarta su validez.

Homeopatía. Imagen de pxhere.

Homeopatía. Imagen de pxhere.

Pero estos casos tampoco se restringen a las pseudoterapias o a otras propuestas que deambulan más allá de los límites de la ciencia real; en muchas ocasiones, más de las que cabría esperar, también se encuentran dentro de lo que se considera ciencia legítima y formal. Uno de los campos en los que esto está ocurriendo hoy de forma más flagrante es el de la nutrición y la vida saludable en general.

Evidentemente, también este es un negocio millonario; no solo por la venta directa de productos, sino también por la industria profesional y mediática que engorda a costa de prestar consejos sobre costumbres, dietas y alimentos sanos. E incluso muchos grupos de investigación de instituciones absolutamente respetables han aprendido que fomentar la psicosis quimiófoba o buscar las siempre presuntas virtudes del último alimento de moda es mucho más rentable, en todos los sentidos, que investigar sobre el cáncer o el alzhéimer.

Esta diferencia entre los estudios aislados y los metaanálisis es la raíz de un fenómeno que a menudo desconcierta a los ciudadanos, y que a algunos les hace incluso desconfiar de la ciencia: cuando hoy resulta ser malo lo que antes era bueno, o viceversa. Ha ocurrido históricamente con el aceite de oliva y el pescado azul, y más recientemente con la ingesta de colesterol en los alimentos.

El problema en estos casos es que se divulgan como definitivos lo que solo son resultados preliminares, pobres o dudosos, muy a menudo basados únicamente en correlaciones de datos sin una causalidad demostrada. A medida que se acumulan más estudios, se profundiza en las relaciones causales, aumenta el volumen de datos y comienzan a aparecer metaanálisis, ocurre a veces que el balance refuta una creencia antes tenida por cierta.

En resumen, frente a cada nueva noticia sobre un estudio científico que ensalza las supuestas virtudes del chocolate o alerta sobre el presunto peligro mortal de tocar los recibos de la compra, la actitud correcta es el escepticismo; no tomarlo por principio como dogma ni tampoco como falacia, y mucho menos aún en función de que sus resultados gusten o no. Para valorar la relevancia de un estudio y saber distinguir el grano de la paja hay que formarse un espíritu crítico, y esto solo se consigue conociendo cómo funciona la ciencia. La verdadera educación científica no consiste en repetir hasta la saciedad que las vacunas funcionan y no causan daño alguno, sino en enseñar a comprender cuáles son los mecanismos que tiene la ciencia para llegar a saber que esto es así.

Pero en todo lo anterior hay un concepto clave que casi se da por sentado, y tampoco es obvio: ¿qué es un estudio científico? ¿Es todo aquel cuyo autor dice que lo es? Mañana veremos que no todo lo que se anuncia como estudio científico realmente lo es.

“El planeta”, la boba (e incorrecta) muletilla medioambiental de moda

Ahora que por fin la conciencia sobre el medio ambiente ha entrado a formar parte de las preocupaciones del ciudadano medio, ocurre sin embargo que “el medio ambiente” ha desaparecido de la faz del planeta, siendo sustituido, precisamente, por “el planeta”.

Salvar “el planeta”. Preocuparse por “el planeta”. Reciclar por “el planeta”. Incluso, según he oído, al parecer un diputado prometió su lealtad a la Constitución “por el planeta”. Pero ¿tiene esto algún sentido?

Evidentemente, alerto de que todo esto en realidad no tiene la menor importancia. Si desean asuntos de verdadera trascendencia para “el planeta”, estoy seguro de que en las pestañas que coronan estas líneas encontrarán esas precisas y preciosas informaciones sobre qué diputado aplaudió o dejó de aplaudir en cada discurso, o de qué color eran las chapitas que llevaba. Pero si todavía queda por ahí alguien a quien le guste hablar con propiedad, le invito a seguir leyendo.

Estructura de la Tierra. Imagen de Kelvinsong / Wikipedia.

Estructura de la Tierra. Imagen de Kelvinsong / Wikipedia.

¿Qué es un planeta? Les advierto: para conocer su definición no se les ocurra acudir al diccionario de la RAE, esa institución que dice no imponer la lengua, sino recoger el uso que los ciudadanos le dan. En este empeño recolector, se diría que la noble academia debe de sufrir una artritis galopante, porque lleva 13 años sin reaccionar a la actualización de la definición de “planeta”. La definición de nuestro diccionario oficial es para hundir la cabeza entre las manos (entre paréntesis, mis comentarios):

Cuerpo celeste (hasta ahí, bien) sin luz propia (no exactamente: los planetas pueden emitir luz infrarroja) que gira en una órbita elíptica (no es cierto: se han detectado exoplanetas con órbitas circulares; es raro, pero no imposible, y de hecho la de la Tierra es casi circular) alrededor de una estrella (nada de eso; hay planetas sin estrella), en particular los que giran alrededor del Sol: Mercurio, Venus, la Tierra, Marte, Júpiter, Saturno, Urano, Neptuno y Plutón (¿cómooo?).

Eso es; dejando aparte todo lo demás, 13 años después del derrocamiento oficial de Plutón como planeta, la RAE aún no se ha enterado. Profesores de ciencias: si un alumno les pone en un examen a Plutón como planeta y se lo dan por malo, vayan pensando en qué responder a los padres cuando les pongan delante el diccionario de la RAE.

En realidad, hasta 2006 se venía utilizando una definición informal de planeta. Pero ocurrió que para otros objetos del Sistema Solar muy similares a Plutón podía reclamarse este estatus planetario. Así que la Unión Astronómica Internacional (UAI) decidió que debía aprobarse una definición científica precisa; de hecho, en ciencia es imprescindible que los términos sean unívocos y explícitos.

Básicamente, había dos posturas enfrentadas: o se adoptaba una definición más amplia, y la lista de planetas del Sistema Solar empezaba a crecer sin medida, quizá incluso cada año, o se elegía una más restrictiva que dejaba fuera a Plutón. Ganaron los partidarios de esta última opción, aunque la polémica nunca ha dejado de colear.

Así, la UAI decidió que un planeta del Sistema Solar es un cuerpo celeste que orbita alrededor del Sol, tiene suficiente masa para estar en equilibrio hidrostático (una forma redondeada) y ha aclarado su órbita de otros objetos.

Es decir, que el tal diputado, sin que probablemente él tenga la menor idea, prometió la Constitución española por el cuerpo celeste que orbita alrededor del Sol, tiene suficiente masa para estar en equilibrio hidrostático (una forma redondeada) y ha aclarado su órbita de otros objetos.

Pero ¿dónde está aquí el medio ambiente?

Sencillamente, en ninguna parte. “Planeta” es un concepto astronómico, sin más; no tiene nada que ver con la vida en él. Hasta ahora, lo que sabemos es que lo normal en un planeta es que no haya vida. Y si hablamos del nuestro, al planeta le da exactamente igual que toda la vida sobre él se extinga.

De hecho, “el planeta” seguirá siendo “el planeta” cuando toda la vida sobre él se haya extinguido, lo que esperemos no ocurra hasta dentro de miles de millones de años; pero si ocurriera mañana mismo, “el planeta” no dejaría de ser “el planeta”, ni sería un planeta peor, ni menos planeta. A menos que Thanos y su guante de pedrería fina destruyan el equilibrio hidrostático de la Tierra y le hagan perder su forma redondeada, o llenen su órbita de escombros intergalácticos.

Entonces, ¿de dónde viene esta bobería? Aunque es difícil encontrar una referencia clara y directa de esto, puedo intuir que el término se ha introducido a raíz de la popularización del cambio climático, ya que se habla de calentamiento global del planeta. Pero en realidad no es más que una sinécdoque, el todo por la parte: aumenta la temperatura media global del aire y de los océanos, no la de “el planeta”. El 99% del volumen total de la Tierra lo ocupan el manto y el núcleo, donde las temperaturas son de cientos o miles de grados. Así que el impacto de la variación en el aire y el agua sobre la temperatura media del planeta tomada en su conjunto es más que despreciable. “El planeta” ni se entera.

Así pues, ¿cuál es el antídoto contra esta bobada? ¿Qué tal regresar a “el medio ambiente” de toda la vida? O para quien quiera ser algo más técnico, lo correcto sería decir “la biosfera”, que se define como la zona de la Tierra donde hay vida o puede haberla; los ecosistemas en su conjunto con todas sus interacciones entre sí y con su medio, ya sea sólido, líquido o gaseoso.

Todo esto trata de la preocupación por la biosfera, que es la que estamos destruyendo a marchas forzadas. Pero para los preocupados por “el planeta”, tengo una buena noticia que les dejará dormir tranquilos: el planeta está perfectamente a salvo, y nadie se lo cargará ni queriendo. Ni siquiera Thanos, que solo podía con la biosfera.

Así que, dejemos a los planetas donde deben estar:

Madres nevera, videojuegos violentos… La psicología no siempre es ciencia

Ayer les hablaba del psicoanálisis de Freud como ejemplo de lo que parece ciencia, pero no lo es. Y les decía que en el campo de la psicología abundan especialmente los casos en que pasa por ciencia algo que no lo es. Déjenme que prosiga con otros ejemplos.

Desde aquel 1896 en que Freud comenzó a hablar del psicoanálisis, saltemos ahora a 1943. Aquel fue el año en que el psiquiatra austro-estadounidense Leo Kanner describió por primera vez el síndrome del autismo infantil. Estudiando diversos casos, Kanner definió las que desde entonces han perdurado como las principales líneas generales en las que hoy se basan los diagnósticos del autismo.

Durante sus investigaciones, Kanner observó que a menudo los padres de los niños con autismo, y especialmente las madres, mostraban una llamativa frialdad en el trato hacia sus hijos. Dado que en muchos casos los niños con autismo muestran carencias en su capacidad de relación y comunicación, el psiquiatra especuló con la posibilidad de que fuera la falta de afecto y calidez la que sumía a los niños en aquella especie de mundo interior cerrado.

Leo Kanner. Imagen de Johns Hopkins University / Wikipedia.

Leo Kanner. Imagen de Johns Hopkins University / Wikipedia.

Así fue como llegó a acuñarse el término “madres nevera”, y la hipótesis de Kanner fue aceptada por muchos, sin más, porque sonaba bien y explicaba algo hasta entonces inexplicable. Y qué mejor que explicarlo culpando a las propias madres. Y por cierto, entre quienes se lanzaron entusiasmados de cabeza a la hipótesis de Kanner estaban muchos psicoanalistas: ¡trauma de la infancia, allá vamos!

Sería injusto cargar las tintas culpabilizando a Kanner de aquella especulación, que se cayó por el peso de infinidad de datos en contra. Sí se le puede culpar de no haber pensado lo suficiente al revés: ¿no sería que el trastorno de los niños creaba una barrera que muchas madres no sabían cómo superar?

Pero además de que Kanner fue pionero en el estudio del autismo y hoy se le considera el padre de la psiquiatría infantil, en años posteriores se mató a decir que nunca fue su intención atribuir el autismo a esta causa. “Desde la primera publicación hasta la última, hablé de esta condición en términos inequívocos como innata. Pero por haber descrito algunos rasgos de los padres como personas, a menudo se me ha citado mal como si yo hubiera dicho que era culpa de los padres”, dijo en 1969.

Lo cual tal vez era demasiado indulgente consigo mismo; la visión más comúnmente transmitida hoy es que Kanner no comenzó desde el principio culpando a las madres, pero que después se sumó a la idea cuando vio que tanto los profesionales como el público la aplaudían. Y lo cierto es que sus escritos parecen reflejar más una cierta ambigüedad, siempre en la cuerda floja, que una evolución consistente de sus ideas en una dirección determinada.

En realidad, Kanner nunca propuso una teoría de las “madres nevera”. Pero sus seguidores, que han perdurado hasta hoy, tampoco han propuesto una teoría de las “madres nevera” (me remito a lo que expliqué ayer sobre qué es una teoría científica). Lo de las “madres nevera” fue solo una ocurrencia, no una teoría. Repito, hoy refutada por infinidad de datos y ampliamente desacreditada.

Pero no acabamos aquí. Ahora, saltemos de nuevo hasta el presente. Hace unos días, un telediario hablaba sobre la violencia relacionada con los videojuegos. Allí intervenía un famoso psicólogo español, famoso de salir en la tele, pero de gran prestigio profesional y que ha desempeñado algún importante cargo público. Me ahorro el nombre porque no importa, ya que esto no pretende ser un ataque ad hominem. Lo que importa es la declaración de este psicólogo a propósito del tema en cuestión. Cito de memoria, pero era más o menos así: “Los jóvenes juegan a videojuegos violentos, y luego, claro, trasladan esa violencia a la vida real”.

Punto. Firmado, sellado y rubricado. En Madrid, a tantos de mayo de 2019.

Pero ¿es verdad?

No, no lo es. O al menos, no es ciencia.

Imagen de Max Pixel.

Imagen de Max Pixel.

La influencia de la violencia en los videojuegos o en otros medios audiovisuales sobre la violencia en la vida real es una cuestión enormemente debatida por psicólogos, psiquiatras y neurólogos, y sobre la que se han hecho infinidad de estudios. Por pura inclinación personal, aquí he contado varios de los que se han publicado sobre el (hasta ahora nunca demostrado) presunto vínculo entre la música violenta y la violencia real.

Pero centrándonos en los videojuegos, ¿quieren saber cuál es el balance final de todos estos estudios? Se lo resumo en dos titulares publicados en sendos medios científicos populares, los dos en distintos momentos de 2018:

“Sí, los videojuegos violentos disparan la agresividad” (Scientific American)

“No hay pruebas que apoyen un vínculo entre los videojuegos violentos y la conducta” (ScienceDaily)

Entonces, ¿cuál es la verdad? En el fondo, el único titular cien por cien fiel al estado actual del conocimiento científico es este:

“¿Los videojuegos violentos hacen más violentos a los niños?” (Psychology Today)

Sí, eso es: un titular en forma de pregunta, ese gran satán del periodismo. Porque la realidad es que la respuesta, si es que existe una respuesta, aún no se conoce. Por cada estudio que encuentra una relación entre videojuegos y violencia, hay otro que no la encuentra (o que sí la encuentra, pero que es justamente la contraria a la esperada), diga lo que diga el famoso psicólogo, que en ese momento no está contando lo que se sabe, sino lo que él cree.

Como vengo explicando estos días, es la ciencia versus la voz del experto. Por suerte, la ciencia no es una sabiduría arcana para la cual debamos fiarnos ciegamente de las visiones del hombre-medicina. Cualquiera con el suficiente conocimiento sobre qué es la ciencia y cómo funciona puede buscar las fuentes y acceder a ese conocimiento por sí mismo.

Por supuesto, todo lo anterior no menoscaba las inmensas aportaciones de la psicología científica, sobre todo la experimental. Pero en estos tiempos en que no hay magacín, ya sea digital, en papel, en radio o en televisión, que no incluya entre sus colaboradores habituales a un psicólogo y un nutricionista, hace falta más que nunca rescatar una vieja fórmula, hoy tan injustamente olvidada e infrautilizada: “yo creo que…”.

Por qué el psicoanálisis no es ciencia (ni es una teoría)

Hace unos días, mi vecina de blog Madre Reciente tuiteaba un comentario aparecido al pie de un post en el que reflexionaba sobre su manera de encarar la imposibilidad de conocer las causas del autismo de su hijo. El comentario en cuestión, que parecía sospechosamente motivado por una ideología (que su autor es perfectamente libre de sostener, faltaría más), hacía referencia a una presunta frialdad de las madres hacia sus hijos como supuesta causa del autismo; el llamado síndrome de las “madres nevera”.

Pero no, esto de hoy no va sobre el autismo ni sus causas. Si, como contaré mañana, no solo no existe tal síndrome, sino que ni siquiera ha existido jamás una teoría sobre la existencia de tal síndrome, es para ilustrar un propósito diferente.

Ayer expliqué que la ciencia ha derrocado la “voz del experto”, pero que esta continúa muy presente en los medios públicos, suplantando en buena medida el papel que en tiempos precientíficos desempeñaban las personas mágicas, como los augures o los chamanes. El experto habla, sienta cátedra y sus palabras se toman como verdades absolutas, con independencia de que correspondan a datos científicos reales o a su opinión personal; experimentada, pero personal.

Es decir, y por dejarlo aún más claro: siempre que escuchen a un experto en radio o televisión pontificando rotundamente sobre su campo de especialización, no acepten sus palabras como dogma sin más. Pregúntense: ¿está contando lo que se sabe, o está contando lo que él cree? Y si se toman la molestia de llegar al fondo de ello, más de una vez se sorprenderán.

Quizá haya campos científicos en los que esto ocurra más que en otros. O al menos, en ciertos campos este fenómeno es hoy especialmente visible. Uno de ellos es la nutrición. A diario estamos invadidos por infinidad de proclamas sobre nutrición saludable, muchas de las cuales en realidad no se apoyan en datos científicos suficientemente contrastados. Por este motivo encontramos tan a menudo expertos en nutrición divididos en equipos: grasas sí, grasas no, y así sucesivamente. Ningún biólogo cuestiona la evolución de las especies, y ningún físico pone en duda la existencia del electrón; es la ciencia versus la “voz del experto”.

Y otro de estos campos, del que sí vengo a hablar hoy, es la psicología. Para conducir esta explicación, creo que conviene remontarnos hacia atrás algo más de un siglo, a 1896. Aquel año, Sigmund Freud empleaba por primera vez en un artículo el término “psicoanálisis”. Con él designaba un método de psicoterapia que llevaba una década desarrollando.

Sigmund Freud. Imagen de Tullio Saba / Flickr / Dominio público.

Sigmund Freud. Imagen de Tullio Saba / Flickr / Dominio público.

Mediante un diálogo libre con sus pacientes en el que estos relataban sus recuerdos y sueños, Freud creía poder acceder a las memorias reprimidas que explicaban la psicopatología del sujeto, normalmente de su infancia y de carácter sexual. Freud creía también que existían ciertos modelos comunes a muchos de sus pacientes, como el complejo de Edipo o la envidia del pene.

Freud creía todo esto. Pero nunca lo demostró. Porque, de hecho, no podía demostrarse.

Unas décadas más tarde, el filósofo de la ciencia Karl Popper investigó cuáles eran las teorías científicas más prometedoras y revolucionarias de su época, y entre ellas incluyó el psicoanálisis, que en un primer momento se le presentó como la llave maestra hacia el misterioso reino de la mente humana.

Pero cuando Popper comenzó a estudiar el psicoanálisis, pronto llegó a una conclusión: aquello no era ciencia. Los psicoanalistas, decía Popper, siempre encontraban explicaciones a posteriori, como los videntes que dicen “yo ya lo sabía” o quienes interpretan las supuestas profecías de Nostradamus a toro pasado. Pero como estos y aquellos, el psicoanálisis era incapaz de elaborar una predicción consistente y general a priori, una que fuera empíricamente testable y demostrable o refutable.

Así, Popper relegó el psicoanálisis al cajón de las pseudociencias junto con la astrología. Pero evidentemente, el psicoanálisis no murió. Hoy sigue muy extendido y vigente, lo cual no lo convierte en ciencia; nunca podrá serlo, a menos que reconozcamos como tal también la astrología.

Entonces, ¿de dónde sacó Freud su teoría? Observaciones, experiencia, intuición… En resumen, la voz del experto.

Pero es necesario hacer una aclaración esencial. Y es que si he escrito la palabra “teoría” en cursiva, es porque el psicoanálisis no lo es. En ciencia, este término significa algo muy diferente que en el lenguaje común. A pie de calle, hablamos de cualquier especulación sin fundamento como “teoría”, por absurda que sea: tengo la teoría de que nos envenenan fumigando desde aviones. Pero en ciencia, una teoría es algo muy distinto. Así de bien (al contrario que nuestro diccionario de la RAE) lo explica la Academia Nacional de Ciencias de EEUU (NAS):

La definición científica formal de “teoría” es muy diferente del significado cotidiano de la palabra. Se refiere a una explicación completa de algún aspecto de la naturaleza que está apoyado por un vasto cuerpo de evidencias. Muchas teorías científicas están tan bien establecidas que probablemente ninguna nueva prueba podrá alterarlas sustancialmente. Por ejemplo, ninguna nueva prueba demostrará que la Tierra no gira en torno al Sol (teoría heliocéntrica) […] Una de las propiedades más útiles de las teorías científicas es que pueden utilizarse para hacer predicciones sobre eventos naturales o fenómenos que aún no se han observado.

En resumen, teorías son la relatividad, la evolución o el cambio climático. No son “solo teorías”; como también dice la NAS, “en ciencia, las teorías no se convierten en hechos a través de la acumulación de pruebas. Más bien, las teorías son el punto final de la ciencia. Son conocimientos que se derivan de extensa observación, experimentación y reflexión creativa”.

Incluso en ciencia, a veces se olvida esta definición. Por ejemplo, no debería hablarse de la teoría de cuerdas, o de la de los universos paralelos, porque no lo son. Y tampoco lo es el psicoanálisis. Es una especulación, una ocurrencia, incluso un conjunto de hipótesis; pero no de hipótesis científicas, dado que no pueden testarse.

Pero el psicoanálisis no es ni mucho menos la única propuesta en el campo de la psicología que pasa por científica sin serlo. Mañana seguimos, y volveremos a aquello de las “madres nevera”.

Y por cierto, si les interesa algo más de información sobre la polémica que rodea al psicoanálisis, precisamente hace unos días he publicado un reportaje que lo cuenta con más detalle. Y que les invito a leer, si les apetece.

La “voz del experto” solo tiene valor si se apoya en la ciencia

Cuando se saca a la calle una encuesta sobre conocimientos científicos, suele indagarse en el grado de familiaridad con multitud de conceptos relacionados con la ciencia; por ejemplo, el cambio climático, las vacunas o los organismos transgénicos. Y también a veces en la manera en que se obtienen esos datos; por ejemplo, qué es una hipótesis, o si la ciencia busca demostrar o refutar verdades.

Pero no recuerdo haber encontrado ninguna encuesta que pregunte algo muy simple: ¿qué es la ciencia?

No, en serio. Si se encuestara a la gente sobre, no sé, perros, en primer lugar sería conveniente asegurarse de que todos sabemos y estamos de acuerdo en lo que es un perro, sabiendo diferenciarlo de un gato, un baryonyx o una mesa camilla.

Por supuesto que esto se da por hecho; todo el mundo sabe lo que es un perro. Pero ¿sabe todo el mundo qué es la ciencia?

Como he dicho, no tenemos datos poblacionales sobre esto, ya que al menos por mi parte no he sido capaz de encontrar una encuesta en la que se incluya esta pregunta. Pero en conversaciones casuales, a menudo me encuentro con que existe una idea muy equivocada sobre qué es la ciencia. Y qué no lo es.

Y en el fondo, las respuestas a ambas cuestiones son enormemente sencillas. Aquí van:

La ciencia es un método.

La ciencia no son personas.

Bajando un poco más al detalle, deberíamos decir que la ciencia es un método para conocer la realidad. Y aún más: a lo largo de siglos y siglos de civilización humana, la ciencia ha mostrado de manera suficientemente consistente que es el mejor método que hemos encontrado para conocer la realidad. Así que, siempre que encontremos algo como esto, “la ciencia dice que…”, debemos traducirlo como “el conocimiento que mejor nos acerca a la realidad dice que…”.

Estatua de Copérnico frente a la Academia Polaca de Ciencias. Imagen de Helga Bevilacqua / pexels.com.

Estatua de Copérnico frente a la Academia Polaca de Ciencias. Imagen de Helga Bevilacqua / pexels.com.

Aunque no lo parezca a primera vista, las implicaciones de esto son brutales, porque no es así como suele entenderse en muchos casos. A menudo escuchamos a quienes dicen disentir de lo que afirma la ciencia porque ellos opinan de otra manera. Lo cual es una clara muestra de no haber entendido qué es la ciencia: no es opinable ni disentible. Es. A menos que uno quiera crearse la ilusión de una realidad alternativa.

Por supuesto, la ciencia no tiene todas las respuestas. Por su propia definición es imposible que las tenga, ya que no es un conocimiento omnisciente, sino, repito, un método. A veces este método puede aplicarse de forma errónea o incompleta, o bien el método debe aplicarse con más profundidad y durante más tiempo del que llevamos manejándolo para llegar a obtener respuestas fiables sobre ciertas realidades concretas extremadamente complejas.

Un ejemplo típico de esto último es el efecto sobre la salud de ciertos alimentos o sustancias. El público en general puede tener la sensación de que la ciencia es opinable, dado que, por ejemplo, siempre se ha dicho que los alimentos con mucho colesterol son malos para la salud, mientras que últimamente se viene diciendo que no es así.

La explicación es que en muchos casos se presenta como realidad científica algo que aún no lo es. Ciertos indicios preliminares pueden sugerir que una dieta alta en colesterol podría ser perjudicial para la salud. Como esto apoya una idea intuitivamente razonable, ya que los depósitos de colesterol pueden cegar los vasos sanguíneos, pasa por cierta la idea de que comer alimentos ricos en colesterol es desaconsejable. Y los medios de comunicación, siempre hambrientos de titulares contundentes, convierten esto en una verdad absoluta: comer colesterol provoca infartos.

Pero el efecto del colesterol sobre la salud es una de esas cuestiones extremadamente complejas, para las cuales, incluso cuando el método se aplica correctamente, es necesario seguir investigando durante más tiempo del que llevamos usando esa herramienta llamada ciencia. Y resulta que, según se va profundizando en el estudio de esta cuestión, ocurre que los datos van inclinando la balanza en sentido contrario.

Y entonces una vez más los medios de comunicación, siempre hambrientos de titulares contundentes, convierten esto en una verdad absoluta: comer colesterol no provoca infartos.

(Nota al margen: la relación entre ciencia y periodismo es complicada. Los cánones enseñan que al periodismo le repugnan las incertidumbres y las no-noticias, como los titulares en forma de pregunta, o que contengan el condicional “podría” o el adverbio “quizá”. Sin embargo, la ciencia es siempre algo en proceso, y en muchos casos todo lo que puede ofrecer en un momento dado es una pregunta, un “podría” o un “quizá”; en estos casos, eliminar dichas fórmulas es sencillamente publicar un titular falso.)

Entonces, ¿cuál es la respuesta real? ¿Ingerir alimentos ricos en colesterol es bueno, malo o indiferente?

Con el estado actual de la ciencia, lo único que puede afirmarse es que aún no puede afirmarse nada. Hoy los datos tienden a indicar que no es lo perjudicial que se creía, pero aún faltan muchos minutos de partido. Se necesita seguir investigando.

Pero, espera… De vez en cuando aparecen médicos o científicos en televisión, radio o prensa, afirmando categóricamente que el colesterol es malo, o que el colesterol es bueno, o que el colesterol es indiferente. Y son expertos, así que deben de saber lo que dicen.

Imagen de Animalparty / Wikipedia.

Imagen de Animalparty / Wikipedia.

Aquí llegamos a la segunda respuesta que he mencionado más arriba: la ciencia no son personas.

Hubo un tiempo, antes de que tuviéramos la ciencia, en que intentábamos acercarnos al conocimiento de la realidad a través de personas mágicas: augures, adivinos, oráculos, chamanes, brujos, hechiceros… Ellos y solo ellos estaban dotados de ese don, esa conexión mística que les permitía acceder al conocimiento. Lo cual era un fastidio, porque si la persona mágica desaparecía, desaparecía con ella el conocimiento.

Lo grande de la ciencia es precisamente que no depende de las personas. Dado que es un método, cualquiera puede aplicarlo, y por lo tanto cualquiera puede acceder al conocimiento. Si un científico desaparece, no desaparece el conocimiento.

Y a pesar de esto, el mito de la persona mágica sigue muy arraigado: vemos en la televisión o escuchamos en la radio a un experto disertando sobre el tema científico de su especialidad. Y dado que se trata de un experto, tomamos sus palabras como dogma, asumiendo que es cierto lo que dice porque, vaya, es un experto, y tiene más experiencia que nosotros en esa materia concreta.

Solo que no es necesariamente así. En multitud de ocasiones uno se encuentra con que el experto en cuestión en realidad no está transmitiendo el conocimiento científico actual y corriente, sino su propia opinión como experto. Naturalmente, un científico es un ser humano como cualquier otro, y puede tener sus opiniones sobre cualquier materia. Pero cuando se trata de transmitir mensajes públicos, debería diferenciarse muy bien entre lo que es ese conocimiento científico actual y corriente, y lo que es su propia opinión. Porque su opinión, por muy experto que sea, es solo una opinión. Y por lo tanto, opinable.

Si algo ha conseguido la ciencia, aparte de darnos conocimiento, es derrocar la “voz del experto”. Un médico con cuarenta años de experiencia podrá opinar que recitar todas las mañanas la declaración de independencia de Camerún (que no sé si existe) va muy bien para la inflamación de las amígdalas, porque él lleva recomendándolo toda la vida y le funciona. Pero si no existen ensayos clínicos controlados y aleatorizados que lo corroboren y que hayan superado un proceso adecuado de revisión por pares, sencillamente… No. Es. Ciencia.

En resumen, el mensaje es este: la voz del experto solo tiene verdadero valor cuando se apoya en la ciencia. De hecho, tiene más valor la voz de una persona no experta cuando está citando datos científicos que la de una persona experta cuando está diciendo simplemente lo que a ella le da en la nariz.

Dicho de otro modo, esto tiene otra implicación brutal: dado que la ciencia es un método, que no depende de las personas que lo aplican, y que por tanto es accesible a cualquiera que lo conozca, no es necesario ser un experto en una materia concreta para valorar lo que es ciencia y lo que no respecto a esa materia; solo es necesario saber de ciencia. Un paleoantropólogo puede no tener la menor idea sobre climatología. Y sin embargo, dado que conoce la ciencia, puede perfectamente valorar si lo que afirma un experto en clima es ciencia o no lo es, accediendo a las fuentes y comprobando lo que dice la ciencia sobre ello. Incluso puede valorar un estudio a poco que entienda los conceptos, ya que los métodos estadísticos y los umbrales de significación generalmente aceptados son comunes a todas las ciencias.

Todo lo anterior tal vez suene demasiado teórico, pero lo cierto es que casi a diario estamos inundados por casos concretos que tienen repercusiones prácticas de gran interés en nuestras vidas. Los ejemplos, mañana.

Los órganos de los presos políticos impulsan el avance de la ciencia china

A finales de enero las autoridades chinas publicaron los primeros resultados de la investigación sobre He Jiankui, el científico que dijo haber creado los primeros bebés con genomas manipulados. Según la agencia estatal Xinhua, He falsificó la aprobación ética de su universidad y “condujo su investigación en busca de fama y fortuna personal”.

La situación actual de He es confusa: se dijo que el investigador estaba bajo arresto domiciliario y que incluso podía enfrentarse a una sentencia de muerte, mientras que al parecer él mismo contó a un colega que se encontraba bien y que estaba vigilado por “mutuo acuerdo” para su propia protección, pero que tenía libertad de movimientos. En cualquier caso, parece confirmado que ha sido expulsado de su universidad y que aún deberá afrontar las consecuencias legales de sus presuntos delitos. Que no se sabe cuáles son; ni las consecuencias legales, ni los delitos.

El caso de He sirve para introducir lo que vengo a contar hoy: desde el principio ha sido una historia narrada en forma de rumores, desde los propios experimentos de He –que aún no se han publicado– hasta su situación actual –si es libre, ¿por qué no ha declarado públicamente para desmentir las alegaciones sobre su cautiverio?–. Y frente a esta opacidad informativa por parte de las autoridades chinas, ha contrastado su reacción exageradamente teatral a los experimentos de He, calificándolos como “extremadamente abominables”.

Ahora la pregunta es: ¿reaccionarán estas mismas autoridades chinas con la misma contundencia contra su propia y extremadamente abominable práctica de trasplantar órganos extraídos de presos políticos y de condenados a muerte?

Operación de trasplante de órgano. Imagen de Global Panorama / Flickr / CC.

Operación de trasplante de órgano. Imagen de Global Panorama / Flickr / CC.

La revista BMJ Open ha dado a conocer un estudio dirigido por investigadores australianos, en el que se han analizado 445 trabajos de investigación publicados entre 2000 y 2017 por científicos chinos. En estos estudios, difundidos en revistas en lengua inglesa y con sistema de revisión por pares, se daba cuenta de un total de 85.477 trasplantes de pulmón, hígado o corazón.

Como puede imaginarse, toda investigación basada en trasplantes de órganos debe ir acompañada por la aprobación ética de los procedimientos, incluyendo la fuente del material trasplantado y el consentimiento del donante. Así lo exigen los estándares internacionales de la Sociedad de Trasplantes. Pero en el caso de China, investigaciones anteriores ya habían hecho notar una discrepancia entre las cifras de donantes de órganos y el número de trasplantes, y se ha alegado que muchos de los órganos trasplantados proceden de presos políticos y de condenados a muerte.

El nuevo estudio pone cifras a la situación: mientras que el 73% de estos estudios chinos dice contar con la aprobación de comités éticos, el 99% no especifica la donación voluntaria de los órganos, y el 92,5% no aclara si los órganos proceden de presos ejecutados. Más chocante, entre los que sí dicen no haber utilizado órganos de presos se encuentran 2.688 trasplantes anteriores a 2010, el año en que se puso en marcha el programa de donación voluntaria de órganos en China.

En un artículo publicado en The Conversation, dos de los autores del estudio escriben:

Un volumen creciente de pruebas creíbles sugiere que la recolección de órganos no se limita a presos condenados, sino que también incluye presos políticos. Por lo tanto, es posible –aunque no verificable en ningún caso particular– que las revistas revisadas por pares puedan contener datos obtenidos de presos de conciencia asesinados con el fin de extraer sus órganos.

Para añadir a lo ya de por sí extremadamente abominable, algunos de estos estudios se han publicado en la revista Transplantation, editada por la Sociedad de Trasplantes, la cual prohíbe la publicación de trabajos que incluyan trasplantes en los que no se especifique con total transparencia el origen de los órganos y su aprobación ética.

Los autores del estudio piden una moratoria para la publicación de cualquier trabajo sobre trasplantes procedente de China, y sugieren la celebración de una cumbre internacional en la que se solidifiquen los compromisos éticos que la comunidad médica y científica debe respaldar en relación con los trasplantes. Entretanto, solicitan la retractación de todos los estudios dudosos, algo que difícilmente va a ocurrir.

Un cartel contra la recolección de órganos para trasplante en China. Imagen de 上達 葉 / Flickr / CC.

Un cartel contra la recolección de órganos para trasplante en China. Imagen de 上達 葉 / Flickr / CC.

Hace unos días se ha celebrado en todo el mundo el año nuevo chino, una fiesta que ilustra cómo la superstición está fuertemente enraizada en todos los aspectos de la vida cotidiana en China, a un nivel que las sociedades occidentales han dejado atrás. Esto incluye también el gran arraigo de la pseudomedicina, por lo que el avance de la ciencia china es sin duda un progreso; ya he contado aquí que China está escalando hacia el primer puesto de la ciencia mundial en número de publicaciones, y que le está respirando en la nuca al líder, EEUU.

Pero mientras se discuten y condenan los abusos contra los derechos humanos en otros países, parece que China se mantiene fuera de todo debate, siempre que continúe fabricando productos baratos y comprando los nuestros.

La ciencia, que no es una institución sino simplemente el mejor sistema de conocimiento que ha inventado el ser humano, no debería caer en este juego de vendarse los ojos y doblegarse ante el yuan; su supervivencia y su credibilidad dependen de la transparencia y el respeto a los estándares éticos aceptados por la comunidad.

Las revistas científicas son negocios, y muy lucrativos. Pero si aceptan el abundante dinero de la investigación china tapándose la nariz, actúan en su propio beneficio perjudicando el fin al que sirven. Y facilitando que el liderazgo de la ciencia global caiga en manos de un sistema regido por la opacidad, la arbitrariedad y el abuso. Será una vuelta a tiempos más oscuros, cuando las instituciones políticas y religiosas decidían qué y cómo debía conocerse.

Este paciente pide que cada médico se decante: medicina basada en ciencia, o no

Hace unos días ordenaba uno de esos pequeños agujeros negros donde solemos almacenar medicamentos que caducaron cuando aún se prescribían sangrías (de las de sanguijuelas, no de las de tinto). Obviamente, rechazo y desaconsejo este acaparamiento farmacológico; claro que nos lo pondrían más fácil si, en lugar de obligarnos a comprar la caja de 500 píldoras, pudiéramos adquirir un botecito con el tratamiento exacto que necesitamos, como ocurre en otros países.

Pues resultó que, navegando entre las reliquias fósiles de enfermedades pasadas, de pronto mis ojos se posaron en una caja de jarabe para la tos donde, en letra menuda, aparecía una leyenda lacerante para mi vista: “medicamento homeopático”. ¿Cómo? ¿Cuándo? Aquel descubrimiento fue como… en fin, como encontrar homeopatía en mi botiquín. Para qué buscar una metáfora sobre algo más absurdo y humillante.

No tengo la menor idea de cómo ni cuándo aquel producto llegó a mi armario. Pero parece probable que, en algún momento del pasado, alguno de los pediatras que alguna vez ha atendido a alguno de mis hijos nos la ha colado. Sin avisarnos de que nos la iba a colar. Y que, por algún motivo que no me explico, nosotros, posiblemente confiando en que el médico al que visitábamos ejercería como médico de verdad, ni siquiera nos molestamos en leer lo que decía la letra pequeña. Un incomprensible error por mi parte que reconozco y que no se repetirá. Pero también un acto médico que, como mínimo, solo debería tolerarse previa información al paciente.

En realidad no he venido a contar una anécdota personal que poco importa, sino que este episodio me ha sugerido dos reflexiones. La primera, respecto al propio producto concreto que se escondía en mi casa, la dejo para la próxima ocasión, ya que tiene bastante zumo que exprimir. La segunda se refiere precisamente a lo que acabo de mencionar: ¿sería mucho pedir que, al menos a quienes así lo deseemos, se nos trate exclusivamente con medicina de verdad?

Homeopatía. Imagen de Pixabay.

Homeopatía. Imagen de Pixabay.

Disculpen si prosigo con otra referencia personal, pero me sirve para explicar lo que pretendo. Tuve un abuelo médico. Recuerdo su consulta en su propia casa, como era costumbre antes; con una camilla de metal y vidrios sobre la cual no podía existir una postura cómoda, y con un aparato de rayos X casi de cuando Curie. Al fondo del pasillo, una sala le servía como laboratorio, con microscopios que eran verdaderas joyas y toda una cacharrería de retortas y cristalería antigua que venía incluso grabada a mano con la firma del fabricante, Fulano de Tal, Calle Arenal, Madrid. Allí mi abuela le ayudaba con los análisis, centrifugando las muestras de sangre y tiñéndolas con Giemsa para luego contar las células una a una bajo el microscopio, hematíes, eosinófilos, basófilos…

La casa-consulta de mis abuelos fue una de las patrias de mi infancia, y por ello la recuerdo con cariño y nostalgia. En aquella época se contemplaba a los médicos como sabios avalados por una experiencia de la que emanaba su poder de curar. Cuando decían “esta fórmula funciona”, nadie osaba jamás ponerlo en duda. Eran infalibles, tanto que los regalos de sus pacientes eran casi más bien ofrendas a los dioses de la salud: por Navidad les traían pollos y pavos. No, no en un blíster de plástico, sino crudos, vivos y con todas sus plumas. En casa de mis abuelos los encerraban en el baño de servicio hasta que entraba la cocinera a retorcerles el pescuezo. Cosas de entonces.

¿Y dónde quedaba la ciencia? Bueno, por supuesto que en aquel entonces ya se publicaban el New England Journal of Medicine y el British Medical Journal (hoy BMJ). Por supuesto que se celebraban congresos de medicina, y que se investigaba, y que se publicaba, y que se avanzaba descubriendo nuevos compuestos y métodos terapéuticos. Pero para un médico de a pie como mi abuelo, formado en la España de los años 20, todo aquello quedaba tan lejos como la galaxia de Andrómeda.

Para empezar, él ni siquiera hablaba inglés; había estudiado francés, como la mayoría en su generación. Naturalmente, seguía las publicaciones en castellano que le llegaban a través del Colegio de Médicos y de otras organizaciones profesionales, pero recuerdo su biblioteca dominada sobre todo por antiguos volúmenes encuadernados en piel que contenían verdades médicas, al parecer, inmutables. Por descontado, él se relacionaba con sus colegas, con quienes intercambiaba observaciones sobre sus casos y sobre la eficacia percibida de diversos tratamientos. Pero todo aquello no llegaba a formar una comunidad científica, el pilar sobre el que se construye el conocimiento científico.

Aquella versión romántica de la medicina hoy ya no tiene cabida. Aquella época murió.

Pero ¿murió de verdad? Todavía me sorprende seguir escuchando en la radio, en pleno siglo XXI, esas cuñas en las que el Doctor Mengano recomienda tal producto farmacéutico o parafarmacéutico. Porque, en realidad, lo único que revela la recomendación del Doctor Mengano es que al Doctor Mengano le han pagado para recomendar tal producto farmacéutico o parafarmacéutico. Aún, si el Doctor Mengano dedicara sus diez segundos de micrófono a dar cuenta de los ensayos clínicos y metaensayos que avalan la eficacia del producto, su intervención tendría sentido. Pero no es así. Y hoy el argumento de autoridad no basta.

Sin embargo, este continúa siendo un debate dentro de la comunidad médica. El mes pasado conté aquí un artículo aparecido en la última edición navideña de la revista BMJ, siguiendo esa tradición de algunas publicaciones médicas de cerrar el año con temas humorísticos. Sus autores describían el primer ensayo clínico comparando el efecto de utilizar un paracaídas al saltar de un avión con el de no usarlo.

Como expliqué, no era una simple gracieta: los investigadores se apoyaban en el ejemplo absurdo para argumentar la importancia de la medicina basada en ciencia, aquella que se guía exclusivamente por las conclusiones de los ensayos clínicos controlados y aleatorizados. Y lo hacían en respuesta a otro artículo anterior cuyos autores habían propuesto precisamente el mismo ejemplo absurdo para defender la medicina no basada en ciencia, aquella que se orienta por la experiencia profesional individual del médico, la plausibilidad biológica y el argumento de autoridad. Como en otros tiempos.

Evidentemente, ni un servidor ni otros miles más gozamos de la autoridad para decir a los médicos cómo tienen que hacer su trabajo. Pero soy un paciente. Y como tal creo que sí puedo reclamar esto: mi derecho a poner mi salud y la de mi familia exclusivamente en manos de los profesionales que se ciñan a la medicina basada en ciencia. Que al menos mientras un médico siga teniendo el derecho legal a especiar sus prescripciones con unas gotas de homeopatía, acupuntura, risoterapia o reiki, yo tenga el derecho a estar advertido de ello para no pasar por su consulta.