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“El planeta”, la boba (e incorrecta) muletilla medioambiental de moda

Ahora que por fin la conciencia sobre el medio ambiente ha entrado a formar parte de las preocupaciones del ciudadano medio, ocurre sin embargo que “el medio ambiente” ha desaparecido de la faz del planeta, siendo sustituido, precisamente, por “el planeta”.

Salvar “el planeta”. Preocuparse por “el planeta”. Reciclar por “el planeta”. Incluso, según he oído, al parecer un diputado prometió su lealtad a la Constitución “por el planeta”. Pero ¿tiene esto algún sentido?

Evidentemente, alerto de que todo esto en realidad no tiene la menor importancia. Si desean asuntos de verdadera trascendencia para “el planeta”, estoy seguro de que en las pestañas que coronan estas líneas encontrarán esas precisas y preciosas informaciones sobre qué diputado aplaudió o dejó de aplaudir en cada discurso, o de qué color eran las chapitas que llevaba. Pero si todavía queda por ahí alguien a quien le guste hablar con propiedad, le invito a seguir leyendo.

Estructura de la Tierra. Imagen de Kelvinsong / Wikipedia.

Estructura de la Tierra. Imagen de Kelvinsong / Wikipedia.

¿Qué es un planeta? Les advierto: para conocer su definición no se les ocurra acudir al diccionario de la RAE, esa institución que dice no imponer la lengua, sino recoger el uso que los ciudadanos le dan. En este empeño recolector, se diría que la noble academia debe de sufrir una artritis galopante, porque lleva 13 años sin reaccionar a la actualización de la definición de “planeta”. La definición de nuestro diccionario oficial es para hundir la cabeza entre las manos (entre paréntesis, mis comentarios):

Cuerpo celeste (hasta ahí, bien) sin luz propia (no exactamente: los planetas pueden emitir luz infrarroja) que gira en una órbita elíptica (no es cierto: se han detectado exoplanetas con órbitas circulares; es raro, pero no imposible, y de hecho la de la Tierra es casi circular) alrededor de una estrella (nada de eso; hay planetas sin estrella), en particular los que giran alrededor del Sol: Mercurio, Venus, la Tierra, Marte, Júpiter, Saturno, Urano, Neptuno y Plutón (¿cómooo?).

Eso es; dejando aparte todo lo demás, 13 años después del derrocamiento oficial de Plutón como planeta, la RAE aún no se ha enterado. Profesores de ciencias: si un alumno les pone en un examen a Plutón como planeta y se lo dan por malo, vayan pensando en qué responder a los padres cuando les pongan delante el diccionario de la RAE.

En realidad, hasta 2006 se venía utilizando una definición informal de planeta. Pero ocurrió que para otros objetos del Sistema Solar muy similares a Plutón podía reclamarse este estatus planetario. Así que la Unión Astronómica Internacional (UAI) decidió que debía aprobarse una definición científica precisa; de hecho, en ciencia es imprescindible que los términos sean unívocos y explícitos.

Básicamente, había dos posturas enfrentadas: o se adoptaba una definición más amplia, y la lista de planetas del Sistema Solar empezaba a crecer sin medida, quizá incluso cada año, o se elegía una más restrictiva que dejaba fuera a Plutón. Ganaron los partidarios de esta última opción, aunque la polémica nunca ha dejado de colear.

Así, la UAI decidió que un planeta del Sistema Solar es un cuerpo celeste que orbita alrededor del Sol, tiene suficiente masa para estar en equilibrio hidrostático (una forma redondeada) y ha aclarado su órbita de otros objetos.

Es decir, que el tal diputado, sin que probablemente él tenga la menor idea, prometió la Constitución española por el cuerpo celeste que orbita alrededor del Sol, tiene suficiente masa para estar en equilibrio hidrostático (una forma redondeada) y ha aclarado su órbita de otros objetos.

Pero ¿dónde está aquí el medio ambiente?

Sencillamente, en ninguna parte. “Planeta” es un concepto astronómico, sin más; no tiene nada que ver con la vida en él. Hasta ahora, lo que sabemos es que lo normal en un planeta es que no haya vida. Y si hablamos del nuestro, al planeta le da exactamente igual que toda la vida sobre él se extinga.

De hecho, “el planeta” seguirá siendo “el planeta” cuando toda la vida sobre él se haya extinguido, lo que esperemos no ocurra hasta dentro de miles de millones de años; pero si ocurriera mañana mismo, “el planeta” no dejaría de ser “el planeta”, ni sería un planeta peor, ni menos planeta. A menos que Thanos y su guante de pedrería fina destruyan el equilibrio hidrostático de la Tierra y le hagan perder su forma redondeada, o llenen su órbita de escombros intergalácticos.

Entonces, ¿de dónde viene esta bobería? Aunque es difícil encontrar una referencia clara y directa de esto, puedo intuir que el término se ha introducido a raíz de la popularización del cambio climático, ya que se habla de calentamiento global del planeta. Pero en realidad no es más que una sinécdoque, el todo por la parte: aumenta la temperatura media global del aire y de los océanos, no la de “el planeta”. El 99% del volumen total de la Tierra lo ocupan el manto y el núcleo, donde las temperaturas son de cientos o miles de grados. Así que el impacto de la variación en el aire y el agua sobre la temperatura media del planeta tomada en su conjunto es más que despreciable. “El planeta” ni se entera.

Así pues, ¿cuál es el antídoto contra esta bobada? ¿Qué tal regresar a “el medio ambiente” de toda la vida? O para quien quiera ser algo más técnico, lo correcto sería decir “la biosfera”, que se define como la zona de la Tierra donde hay vida o puede haberla; los ecosistemas en su conjunto con todas sus interacciones entre sí y con su medio, ya sea sólido, líquido o gaseoso.

Todo esto trata de la preocupación por la biosfera, que es la que estamos destruyendo a marchas forzadas. Pero para los preocupados por “el planeta”, tengo una buena noticia que les dejará dormir tranquilos: el planeta está perfectamente a salvo, y nadie se lo cargará ni queriendo. Ni siquiera Thanos, que solo podía con la biosfera.

Así que, dejemos a los planetas donde deben estar:

Madres nevera, videojuegos violentos… La psicología no siempre es ciencia

Ayer les hablaba del psicoanálisis de Freud como ejemplo de lo que parece ciencia, pero no lo es. Y les decía que en el campo de la psicología abundan especialmente los casos en que pasa por ciencia algo que no lo es. Déjenme que prosiga con otros ejemplos.

Desde aquel 1896 en que Freud comenzó a hablar del psicoanálisis, saltemos ahora a 1943. Aquel fue el año en que el psiquiatra austro-estadounidense Leo Kanner describió por primera vez el síndrome del autismo infantil. Estudiando diversos casos, Kanner definió las que desde entonces han perdurado como las principales líneas generales en las que hoy se basan los diagnósticos del autismo.

Durante sus investigaciones, Kanner observó que a menudo los padres de los niños con autismo, y especialmente las madres, mostraban una llamativa frialdad en el trato hacia sus hijos. Dado que en muchos casos los niños con autismo muestran carencias en su capacidad de relación y comunicación, el psiquiatra especuló con la posibilidad de que fuera la falta de afecto y calidez la que sumía a los niños en aquella especie de mundo interior cerrado.

Leo Kanner. Imagen de Johns Hopkins University / Wikipedia.

Leo Kanner. Imagen de Johns Hopkins University / Wikipedia.

Así fue como llegó a acuñarse el término “madres nevera”, y la hipótesis de Kanner fue aceptada por muchos, sin más, porque sonaba bien y explicaba algo hasta entonces inexplicable. Y qué mejor que explicarlo culpando a las propias madres. Y por cierto, entre quienes se lanzaron entusiasmados de cabeza a la hipótesis de Kanner estaban muchos psicoanalistas: ¡trauma de la infancia, allá vamos!

Sería injusto cargar las tintas culpabilizando a Kanner de aquella especulación, que se cayó por el peso de infinidad de datos en contra. Sí se le puede culpar de no haber pensado lo suficiente al revés: ¿no sería que el trastorno de los niños creaba una barrera que muchas madres no sabían cómo superar?

Pero además de que Kanner fue pionero en el estudio del autismo y hoy se le considera el padre de la psiquiatría infantil, en años posteriores se mató a decir que nunca fue su intención atribuir el autismo a esta causa. “Desde la primera publicación hasta la última, hablé de esta condición en términos inequívocos como innata. Pero por haber descrito algunos rasgos de los padres como personas, a menudo se me ha citado mal como si yo hubiera dicho que era culpa de los padres”, dijo en 1969.

Lo cual tal vez era demasiado indulgente consigo mismo; la visión más comúnmente transmitida hoy es que Kanner no comenzó desde el principio culpando a las madres, pero que después se sumó a la idea cuando vio que tanto los profesionales como el público la aplaudían. Y lo cierto es que sus escritos parecen reflejar más una cierta ambigüedad, siempre en la cuerda floja, que una evolución consistente de sus ideas en una dirección determinada.

En realidad, Kanner nunca propuso una teoría de las “madres nevera”. Pero sus seguidores, que han perdurado hasta hoy, tampoco han propuesto una teoría de las “madres nevera” (me remito a lo que expliqué ayer sobre qué es una teoría científica). Lo de las “madres nevera” fue solo una ocurrencia, no una teoría. Repito, hoy refutada por infinidad de datos y ampliamente desacreditada.

Pero no acabamos aquí. Ahora, saltemos de nuevo hasta el presente. Hace unos días, un telediario hablaba sobre la violencia relacionada con los videojuegos. Allí intervenía un famoso psicólogo español, famoso de salir en la tele, pero de gran prestigio profesional y que ha desempeñado algún importante cargo público. Me ahorro el nombre porque no importa, ya que esto no pretende ser un ataque ad hominem. Lo que importa es la declaración de este psicólogo a propósito del tema en cuestión. Cito de memoria, pero era más o menos así: “Los jóvenes juegan a videojuegos violentos, y luego, claro, trasladan esa violencia a la vida real”.

Punto. Firmado, sellado y rubricado. En Madrid, a tantos de mayo de 2019.

Pero ¿es verdad?

No, no lo es. O al menos, no es ciencia.

Imagen de Max Pixel.

Imagen de Max Pixel.

La influencia de la violencia en los videojuegos o en otros medios audiovisuales sobre la violencia en la vida real es una cuestión enormemente debatida por psicólogos, psiquiatras y neurólogos, y sobre la que se han hecho infinidad de estudios. Por pura inclinación personal, aquí he contado varios de los que se han publicado sobre el (hasta ahora nunca demostrado) presunto vínculo entre la música violenta y la violencia real.

Pero centrándonos en los videojuegos, ¿quieren saber cuál es el balance final de todos estos estudios? Se lo resumo en dos titulares publicados en sendos medios científicos populares, los dos en distintos momentos de 2018:

“Sí, los videojuegos violentos disparan la agresividad” (Scientific American)

“No hay pruebas que apoyen un vínculo entre los videojuegos violentos y la conducta” (ScienceDaily)

Entonces, ¿cuál es la verdad? En el fondo, el único titular cien por cien fiel al estado actual del conocimiento científico es este:

“¿Los videojuegos violentos hacen más violentos a los niños?” (Psychology Today)

Sí, eso es: un titular en forma de pregunta, ese gran satán del periodismo. Porque la realidad es que la respuesta, si es que existe una respuesta, aún no se conoce. Por cada estudio que encuentra una relación entre videojuegos y violencia, hay otro que no la encuentra (o que sí la encuentra, pero que es justamente la contraria a la esperada), diga lo que diga el famoso psicólogo, que en ese momento no está contando lo que se sabe, sino lo que él cree.

Como vengo explicando estos días, es la ciencia versus la voz del experto. Por suerte, la ciencia no es una sabiduría arcana para la cual debamos fiarnos ciegamente de las visiones del hombre-medicina. Cualquiera con el suficiente conocimiento sobre qué es la ciencia y cómo funciona puede buscar las fuentes y acceder a ese conocimiento por sí mismo.

Por supuesto, todo lo anterior no menoscaba las inmensas aportaciones de la psicología científica, sobre todo la experimental. Pero en estos tiempos en que no hay magacín, ya sea digital, en papel, en radio o en televisión, que no incluya entre sus colaboradores habituales a un psicólogo y un nutricionista, hace falta más que nunca rescatar una vieja fórmula, hoy tan injustamente olvidada e infrautilizada: “yo creo que…”.

Por qué el psicoanálisis no es ciencia (ni es una teoría)

Hace unos días, mi vecina de blog Madre Reciente tuiteaba un comentario aparecido al pie de un post en el que reflexionaba sobre su manera de encarar la imposibilidad de conocer las causas del autismo de su hijo. El comentario en cuestión, que parecía sospechosamente motivado por una ideología (que su autor es perfectamente libre de sostener, faltaría más), hacía referencia a una presunta frialdad de las madres hacia sus hijos como supuesta causa del autismo; el llamado síndrome de las “madres nevera”.

Pero no, esto de hoy no va sobre el autismo ni sus causas. Si, como contaré mañana, no solo no existe tal síndrome, sino que ni siquiera ha existido jamás una teoría sobre la existencia de tal síndrome, es para ilustrar un propósito diferente.

Ayer expliqué que la ciencia ha derrocado la “voz del experto”, pero que esta continúa muy presente en los medios públicos, suplantando en buena medida el papel que en tiempos precientíficos desempeñaban las personas mágicas, como los augures o los chamanes. El experto habla, sienta cátedra y sus palabras se toman como verdades absolutas, con independencia de que correspondan a datos científicos reales o a su opinión personal; experimentada, pero personal.

Es decir, y por dejarlo aún más claro: siempre que escuchen a un experto en radio o televisión pontificando rotundamente sobre su campo de especialización, no acepten sus palabras como dogma sin más. Pregúntense: ¿está contando lo que se sabe, o está contando lo que él cree? Y si se toman la molestia de llegar al fondo de ello, más de una vez se sorprenderán.

Quizá haya campos científicos en los que esto ocurra más que en otros. O al menos, en ciertos campos este fenómeno es hoy especialmente visible. Uno de ellos es la nutrición. A diario estamos invadidos por infinidad de proclamas sobre nutrición saludable, muchas de las cuales en realidad no se apoyan en datos científicos suficientemente contrastados. Por este motivo encontramos tan a menudo expertos en nutrición divididos en equipos: grasas sí, grasas no, y así sucesivamente. Ningún biólogo cuestiona la evolución de las especies, y ningún físico pone en duda la existencia del electrón; es la ciencia versus la “voz del experto”.

Y otro de estos campos, del que sí vengo a hablar hoy, es la psicología. Para conducir esta explicación, creo que conviene remontarnos hacia atrás algo más de un siglo, a 1896. Aquel año, Sigmund Freud empleaba por primera vez en un artículo el término “psicoanálisis”. Con él designaba un método de psicoterapia que llevaba una década desarrollando.

Sigmund Freud. Imagen de Tullio Saba / Flickr / Dominio público.

Sigmund Freud. Imagen de Tullio Saba / Flickr / Dominio público.

Mediante un diálogo libre con sus pacientes en el que estos relataban sus recuerdos y sueños, Freud creía poder acceder a las memorias reprimidas que explicaban la psicopatología del sujeto, normalmente de su infancia y de carácter sexual. Freud creía también que existían ciertos modelos comunes a muchos de sus pacientes, como el complejo de Edipo o la envidia del pene.

Freud creía todo esto. Pero nunca lo demostró. Porque, de hecho, no podía demostrarse.

Unas décadas más tarde, el filósofo de la ciencia Karl Popper investigó cuáles eran las teorías científicas más prometedoras y revolucionarias de su época, y entre ellas incluyó el psicoanálisis, que en un primer momento se le presentó como la llave maestra hacia el misterioso reino de la mente humana.

Pero cuando Popper comenzó a estudiar el psicoanálisis, pronto llegó a una conclusión: aquello no era ciencia. Los psicoanalistas, decía Popper, siempre encontraban explicaciones a posteriori, como los videntes que dicen “yo ya lo sabía” o quienes interpretan las supuestas profecías de Nostradamus a toro pasado. Pero como estos y aquellos, el psicoanálisis era incapaz de elaborar una predicción consistente y general a priori, una que fuera empíricamente testable y demostrable o refutable.

Así, Popper relegó el psicoanálisis al cajón de las pseudociencias junto con la astrología. Pero evidentemente, el psicoanálisis no murió. Hoy sigue muy extendido y vigente, lo cual no lo convierte en ciencia; nunca podrá serlo, a menos que reconozcamos como tal también la astrología.

Entonces, ¿de dónde sacó Freud su teoría? Observaciones, experiencia, intuición… En resumen, la voz del experto.

Pero es necesario hacer una aclaración esencial. Y es que si he escrito la palabra “teoría” en cursiva, es porque el psicoanálisis no lo es. En ciencia, este término significa algo muy diferente que en el lenguaje común. A pie de calle, hablamos de cualquier especulación sin fundamento como “teoría”, por absurda que sea: tengo la teoría de que nos envenenan fumigando desde aviones. Pero en ciencia, una teoría es algo muy distinto. Así de bien (al contrario que nuestro diccionario de la RAE) lo explica la Academia Nacional de Ciencias de EEUU (NAS):

La definición científica formal de “teoría” es muy diferente del significado cotidiano de la palabra. Se refiere a una explicación completa de algún aspecto de la naturaleza que está apoyado por un vasto cuerpo de evidencias. Muchas teorías científicas están tan bien establecidas que probablemente ninguna nueva prueba podrá alterarlas sustancialmente. Por ejemplo, ninguna nueva prueba demostrará que la Tierra no gira en torno al Sol (teoría heliocéntrica) […] Una de las propiedades más útiles de las teorías científicas es que pueden utilizarse para hacer predicciones sobre eventos naturales o fenómenos que aún no se han observado.

En resumen, teorías son la relatividad, la evolución o el cambio climático. No son “solo teorías”; como también dice la NAS, “en ciencia, las teorías no se convierten en hechos a través de la acumulación de pruebas. Más bien, las teorías son el punto final de la ciencia. Son conocimientos que se derivan de extensa observación, experimentación y reflexión creativa”.

Incluso en ciencia, a veces se olvida esta definición. Por ejemplo, no debería hablarse de la teoría de cuerdas, o de la de los universos paralelos, porque no lo son. Y tampoco lo es el psicoanálisis. Es una especulación, una ocurrencia, incluso un conjunto de hipótesis; pero no de hipótesis científicas, dado que no pueden testarse.

Pero el psicoanálisis no es ni mucho menos la única propuesta en el campo de la psicología que pasa por científica sin serlo. Mañana seguimos, y volveremos a aquello de las “madres nevera”.

Y por cierto, si les interesa algo más de información sobre la polémica que rodea al psicoanálisis, precisamente hace unos días he publicado un reportaje que lo cuenta con más detalle. Y que les invito a leer, si les apetece.

La “voz del experto” solo tiene valor si se apoya en la ciencia

Cuando se saca a la calle una encuesta sobre conocimientos científicos, suele indagarse en el grado de familiaridad con multitud de conceptos relacionados con la ciencia; por ejemplo, el cambio climático, las vacunas o los organismos transgénicos. Y también a veces en la manera en que se obtienen esos datos; por ejemplo, qué es una hipótesis, o si la ciencia busca demostrar o refutar verdades.

Pero no recuerdo haber encontrado ninguna encuesta que pregunte algo muy simple: ¿qué es la ciencia?

No, en serio. Si se encuestara a la gente sobre, no sé, perros, en primer lugar sería conveniente asegurarse de que todos sabemos y estamos de acuerdo en lo que es un perro, sabiendo diferenciarlo de un gato, un baryonyx o una mesa camilla.

Por supuesto que esto se da por hecho; todo el mundo sabe lo que es un perro. Pero ¿sabe todo el mundo qué es la ciencia?

Como he dicho, no tenemos datos poblacionales sobre esto, ya que al menos por mi parte no he sido capaz de encontrar una encuesta en la que se incluya esta pregunta. Pero en conversaciones casuales, a menudo me encuentro con que existe una idea muy equivocada sobre qué es la ciencia. Y qué no lo es.

Y en el fondo, las respuestas a ambas cuestiones son enormemente sencillas. Aquí van:

La ciencia es un método.

La ciencia no son personas.

Bajando un poco más al detalle, deberíamos decir que la ciencia es un método para conocer la realidad. Y aún más: a lo largo de siglos y siglos de civilización humana, la ciencia ha mostrado de manera suficientemente consistente que es el mejor método que hemos encontrado para conocer la realidad. Así que, siempre que encontremos algo como esto, “la ciencia dice que…”, debemos traducirlo como “el conocimiento que mejor nos acerca a la realidad dice que…”.

Estatua de Copérnico frente a la Academia Polaca de Ciencias. Imagen de Helga Bevilacqua / pexels.com.

Estatua de Copérnico frente a la Academia Polaca de Ciencias. Imagen de Helga Bevilacqua / pexels.com.

Aunque no lo parezca a primera vista, las implicaciones de esto son brutales, porque no es así como suele entenderse en muchos casos. A menudo escuchamos a quienes dicen disentir de lo que afirma la ciencia porque ellos opinan de otra manera. Lo cual es una clara muestra de no haber entendido qué es la ciencia: no es opinable ni disentible. Es. A menos que uno quiera crearse la ilusión de una realidad alternativa.

Por supuesto, la ciencia no tiene todas las respuestas. Por su propia definición es imposible que las tenga, ya que no es un conocimiento omnisciente, sino, repito, un método. A veces este método puede aplicarse de forma errónea o incompleta, o bien el método debe aplicarse con más profundidad y durante más tiempo del que llevamos manejándolo para llegar a obtener respuestas fiables sobre ciertas realidades concretas extremadamente complejas.

Un ejemplo típico de esto último es el efecto sobre la salud de ciertos alimentos o sustancias. El público en general puede tener la sensación de que la ciencia es opinable, dado que, por ejemplo, siempre se ha dicho que los alimentos con mucho colesterol son malos para la salud, mientras que últimamente se viene diciendo que no es así.

La explicación es que en muchos casos se presenta como realidad científica algo que aún no lo es. Ciertos indicios preliminares pueden sugerir que una dieta alta en colesterol podría ser perjudicial para la salud. Como esto apoya una idea intuitivamente razonable, ya que los depósitos de colesterol pueden cegar los vasos sanguíneos, pasa por cierta la idea de que comer alimentos ricos en colesterol es desaconsejable. Y los medios de comunicación, siempre hambrientos de titulares contundentes, convierten esto en una verdad absoluta: comer colesterol provoca infartos.

Pero el efecto del colesterol sobre la salud es una de esas cuestiones extremadamente complejas, para las cuales, incluso cuando el método se aplica correctamente, es necesario seguir investigando durante más tiempo del que llevamos usando esa herramienta llamada ciencia. Y resulta que, según se va profundizando en el estudio de esta cuestión, ocurre que los datos van inclinando la balanza en sentido contrario.

Y entonces una vez más los medios de comunicación, siempre hambrientos de titulares contundentes, convierten esto en una verdad absoluta: comer colesterol no provoca infartos.

(Nota al margen: la relación entre ciencia y periodismo es complicada. Los cánones enseñan que al periodismo le repugnan las incertidumbres y las no-noticias, como los titulares en forma de pregunta, o que contengan el condicional “podría” o el adverbio “quizá”. Sin embargo, la ciencia es siempre algo en proceso, y en muchos casos todo lo que puede ofrecer en un momento dado es una pregunta, un “podría” o un “quizá”; en estos casos, eliminar dichas fórmulas es sencillamente publicar un titular falso.)

Entonces, ¿cuál es la respuesta real? ¿Ingerir alimentos ricos en colesterol es bueno, malo o indiferente?

Con el estado actual de la ciencia, lo único que puede afirmarse es que aún no puede afirmarse nada. Hoy los datos tienden a indicar que no es lo perjudicial que se creía, pero aún faltan muchos minutos de partido. Se necesita seguir investigando.

Pero, espera… De vez en cuando aparecen médicos o científicos en televisión, radio o prensa, afirmando categóricamente que el colesterol es malo, o que el colesterol es bueno, o que el colesterol es indiferente. Y son expertos, así que deben de saber lo que dicen.

Imagen de Animalparty / Wikipedia.

Imagen de Animalparty / Wikipedia.

Aquí llegamos a la segunda respuesta que he mencionado más arriba: la ciencia no son personas.

Hubo un tiempo, antes de que tuviéramos la ciencia, en que intentábamos acercarnos al conocimiento de la realidad a través de personas mágicas: augures, adivinos, oráculos, chamanes, brujos, hechiceros… Ellos y solo ellos estaban dotados de ese don, esa conexión mística que les permitía acceder al conocimiento. Lo cual era un fastidio, porque si la persona mágica desaparecía, desaparecía con ella el conocimiento.

Lo grande de la ciencia es precisamente que no depende de las personas. Dado que es un método, cualquiera puede aplicarlo, y por lo tanto cualquiera puede acceder al conocimiento. Si un científico desaparece, no desaparece el conocimiento.

Y a pesar de esto, el mito de la persona mágica sigue muy arraigado: vemos en la televisión o escuchamos en la radio a un experto disertando sobre el tema científico de su especialidad. Y dado que se trata de un experto, tomamos sus palabras como dogma, asumiendo que es cierto lo que dice porque, vaya, es un experto, y tiene más experiencia que nosotros en esa materia concreta.

Solo que no es necesariamente así. En multitud de ocasiones uno se encuentra con que el experto en cuestión en realidad no está transmitiendo el conocimiento científico actual y corriente, sino su propia opinión como experto. Naturalmente, un científico es un ser humano como cualquier otro, y puede tener sus opiniones sobre cualquier materia. Pero cuando se trata de transmitir mensajes públicos, debería diferenciarse muy bien entre lo que es ese conocimiento científico actual y corriente, y lo que es su propia opinión. Porque su opinión, por muy experto que sea, es solo una opinión. Y por lo tanto, opinable.

Si algo ha conseguido la ciencia, aparte de darnos conocimiento, es derrocar la “voz del experto”. Un médico con cuarenta años de experiencia podrá opinar que recitar todas las mañanas la declaración de independencia de Camerún (que no sé si existe) va muy bien para la inflamación de las amígdalas, porque él lleva recomendándolo toda la vida y le funciona. Pero si no existen ensayos clínicos controlados y aleatorizados que lo corroboren y que hayan superado un proceso adecuado de revisión por pares, sencillamente… No. Es. Ciencia.

En resumen, el mensaje es este: la voz del experto solo tiene verdadero valor cuando se apoya en la ciencia. De hecho, tiene más valor la voz de una persona no experta cuando está citando datos científicos que la de una persona experta cuando está diciendo simplemente lo que a ella le da en la nariz.

Dicho de otro modo, esto tiene otra implicación brutal: dado que la ciencia es un método, que no depende de las personas que lo aplican, y que por tanto es accesible a cualquiera que lo conozca, no es necesario ser un experto en una materia concreta para valorar lo que es ciencia y lo que no respecto a esa materia; solo es necesario saber de ciencia. Un paleoantropólogo puede no tener la menor idea sobre climatología. Y sin embargo, dado que conoce la ciencia, puede perfectamente valorar si lo que afirma un experto en clima es ciencia o no lo es, accediendo a las fuentes y comprobando lo que dice la ciencia sobre ello. Incluso puede valorar un estudio a poco que entienda los conceptos, ya que los métodos estadísticos y los umbrales de significación generalmente aceptados son comunes a todas las ciencias.

Todo lo anterior tal vez suene demasiado teórico, pero lo cierto es que casi a diario estamos inundados por casos concretos que tienen repercusiones prácticas de gran interés en nuestras vidas. Los ejemplos, mañana.

Los órganos de los presos políticos impulsan el avance de la ciencia china

A finales de enero las autoridades chinas publicaron los primeros resultados de la investigación sobre He Jiankui, el científico que dijo haber creado los primeros bebés con genomas manipulados. Según la agencia estatal Xinhua, He falsificó la aprobación ética de su universidad y “condujo su investigación en busca de fama y fortuna personal”.

La situación actual de He es confusa: se dijo que el investigador estaba bajo arresto domiciliario y que incluso podía enfrentarse a una sentencia de muerte, mientras que al parecer él mismo contó a un colega que se encontraba bien y que estaba vigilado por “mutuo acuerdo” para su propia protección, pero que tenía libertad de movimientos. En cualquier caso, parece confirmado que ha sido expulsado de su universidad y que aún deberá afrontar las consecuencias legales de sus presuntos delitos. Que no se sabe cuáles son; ni las consecuencias legales, ni los delitos.

El caso de He sirve para introducir lo que vengo a contar hoy: desde el principio ha sido una historia narrada en forma de rumores, desde los propios experimentos de He –que aún no se han publicado– hasta su situación actual –si es libre, ¿por qué no ha declarado públicamente para desmentir las alegaciones sobre su cautiverio?–. Y frente a esta opacidad informativa por parte de las autoridades chinas, ha contrastado su reacción exageradamente teatral a los experimentos de He, calificándolos como “extremadamente abominables”.

Ahora la pregunta es: ¿reaccionarán estas mismas autoridades chinas con la misma contundencia contra su propia y extremadamente abominable práctica de trasplantar órganos extraídos de presos políticos y de condenados a muerte?

Operación de trasplante de órgano. Imagen de Global Panorama / Flickr / CC.

Operación de trasplante de órgano. Imagen de Global Panorama / Flickr / CC.

La revista BMJ Open ha dado a conocer un estudio dirigido por investigadores australianos, en el que se han analizado 445 trabajos de investigación publicados entre 2000 y 2017 por científicos chinos. En estos estudios, difundidos en revistas en lengua inglesa y con sistema de revisión por pares, se daba cuenta de un total de 85.477 trasplantes de pulmón, hígado o corazón.

Como puede imaginarse, toda investigación basada en trasplantes de órganos debe ir acompañada por la aprobación ética de los procedimientos, incluyendo la fuente del material trasplantado y el consentimiento del donante. Así lo exigen los estándares internacionales de la Sociedad de Trasplantes. Pero en el caso de China, investigaciones anteriores ya habían hecho notar una discrepancia entre las cifras de donantes de órganos y el número de trasplantes, y se ha alegado que muchos de los órganos trasplantados proceden de presos políticos y de condenados a muerte.

El nuevo estudio pone cifras a la situación: mientras que el 73% de estos estudios chinos dice contar con la aprobación de comités éticos, el 99% no especifica la donación voluntaria de los órganos, y el 92,5% no aclara si los órganos proceden de presos ejecutados. Más chocante, entre los que sí dicen no haber utilizado órganos de presos se encuentran 2.688 trasplantes anteriores a 2010, el año en que se puso en marcha el programa de donación voluntaria de órganos en China.

En un artículo publicado en The Conversation, dos de los autores del estudio escriben:

Un volumen creciente de pruebas creíbles sugiere que la recolección de órganos no se limita a presos condenados, sino que también incluye presos políticos. Por lo tanto, es posible –aunque no verificable en ningún caso particular– que las revistas revisadas por pares puedan contener datos obtenidos de presos de conciencia asesinados con el fin de extraer sus órganos.

Para añadir a lo ya de por sí extremadamente abominable, algunos de estos estudios se han publicado en la revista Transplantation, editada por la Sociedad de Trasplantes, la cual prohíbe la publicación de trabajos que incluyan trasplantes en los que no se especifique con total transparencia el origen de los órganos y su aprobación ética.

Los autores del estudio piden una moratoria para la publicación de cualquier trabajo sobre trasplantes procedente de China, y sugieren la celebración de una cumbre internacional en la que se solidifiquen los compromisos éticos que la comunidad médica y científica debe respaldar en relación con los trasplantes. Entretanto, solicitan la retractación de todos los estudios dudosos, algo que difícilmente va a ocurrir.

Un cartel contra la recolección de órganos para trasplante en China. Imagen de 上達 葉 / Flickr / CC.

Un cartel contra la recolección de órganos para trasplante en China. Imagen de 上達 葉 / Flickr / CC.

Hace unos días se ha celebrado en todo el mundo el año nuevo chino, una fiesta que ilustra cómo la superstición está fuertemente enraizada en todos los aspectos de la vida cotidiana en China, a un nivel que las sociedades occidentales han dejado atrás. Esto incluye también el gran arraigo de la pseudomedicina, por lo que el avance de la ciencia china es sin duda un progreso; ya he contado aquí que China está escalando hacia el primer puesto de la ciencia mundial en número de publicaciones, y que le está respirando en la nuca al líder, EEUU.

Pero mientras se discuten y condenan los abusos contra los derechos humanos en otros países, parece que China se mantiene fuera de todo debate, siempre que continúe fabricando productos baratos y comprando los nuestros.

La ciencia, que no es una institución sino simplemente el mejor sistema de conocimiento que ha inventado el ser humano, no debería caer en este juego de vendarse los ojos y doblegarse ante el yuan; su supervivencia y su credibilidad dependen de la transparencia y el respeto a los estándares éticos aceptados por la comunidad.

Las revistas científicas son negocios, y muy lucrativos. Pero si aceptan el abundante dinero de la investigación china tapándose la nariz, actúan en su propio beneficio perjudicando el fin al que sirven. Y facilitando que el liderazgo de la ciencia global caiga en manos de un sistema regido por la opacidad, la arbitrariedad y el abuso. Será una vuelta a tiempos más oscuros, cuando las instituciones políticas y religiosas decidían qué y cómo debía conocerse.

Este paciente pide que cada médico se decante: medicina basada en ciencia, o no

Hace unos días ordenaba uno de esos pequeños agujeros negros donde solemos almacenar medicamentos que caducaron cuando aún se prescribían sangrías (de las de sanguijuelas, no de las de tinto). Obviamente, rechazo y desaconsejo este acaparamiento farmacológico; claro que nos lo pondrían más fácil si, en lugar de obligarnos a comprar la caja de 500 píldoras, pudiéramos adquirir un botecito con el tratamiento exacto que necesitamos, como ocurre en otros países.

Pues resultó que, navegando entre las reliquias fósiles de enfermedades pasadas, de pronto mis ojos se posaron en una caja de jarabe para la tos donde, en letra menuda, aparecía una leyenda lacerante para mi vista: “medicamento homeopático”. ¿Cómo? ¿Cuándo? Aquel descubrimiento fue como… en fin, como encontrar homeopatía en mi botiquín. Para qué buscar una metáfora sobre algo más absurdo y humillante.

No tengo la menor idea de cómo ni cuándo aquel producto llegó a mi armario. Pero parece probable que, en algún momento del pasado, alguno de los pediatras que alguna vez ha atendido a alguno de mis hijos nos la ha colado. Sin avisarnos de que nos la iba a colar. Y que, por algún motivo que no me explico, nosotros, posiblemente confiando en que el médico al que visitábamos ejercería como médico de verdad, ni siquiera nos molestamos en leer lo que decía la letra pequeña. Un incomprensible error por mi parte que reconozco y que no se repetirá. Pero también un acto médico que, como mínimo, solo debería tolerarse previa información al paciente.

En realidad no he venido a contar una anécdota personal que poco importa, sino que este episodio me ha sugerido dos reflexiones. La primera, respecto al propio producto concreto que se escondía en mi casa, la dejo para la próxima ocasión, ya que tiene bastante zumo que exprimir. La segunda se refiere precisamente a lo que acabo de mencionar: ¿sería mucho pedir que, al menos a quienes así lo deseemos, se nos trate exclusivamente con medicina de verdad?

Homeopatía. Imagen de Pixabay.

Homeopatía. Imagen de Pixabay.

Disculpen si prosigo con otra referencia personal, pero me sirve para explicar lo que pretendo. Tuve un abuelo médico. Recuerdo su consulta en su propia casa, como era costumbre antes; con una camilla de metal y vidrios sobre la cual no podía existir una postura cómoda, y con un aparato de rayos X casi de cuando Curie. Al fondo del pasillo, una sala le servía como laboratorio, con microscopios que eran verdaderas joyas y toda una cacharrería de retortas y cristalería antigua que venía incluso grabada a mano con la firma del fabricante, Fulano de Tal, Calle Arenal, Madrid. Allí mi abuela le ayudaba con los análisis, centrifugando las muestras de sangre y tiñéndolas con Giemsa para luego contar las células una a una bajo el microscopio, hematíes, eosinófilos, basófilos…

La casa-consulta de mis abuelos fue una de las patrias de mi infancia, y por ello la recuerdo con cariño y nostalgia. En aquella época se contemplaba a los médicos como sabios avalados por una experiencia de la que emanaba su poder de curar. Cuando decían “esta fórmula funciona”, nadie osaba jamás ponerlo en duda. Eran infalibles, tanto que los regalos de sus pacientes eran casi más bien ofrendas a los dioses de la salud: por Navidad les traían pollos y pavos. No, no en un blíster de plástico, sino crudos, vivos y con todas sus plumas. En casa de mis abuelos los encerraban en el baño de servicio hasta que entraba la cocinera a retorcerles el pescuezo. Cosas de entonces.

¿Y dónde quedaba la ciencia? Bueno, por supuesto que en aquel entonces ya se publicaban el New England Journal of Medicine y el British Medical Journal (hoy BMJ). Por supuesto que se celebraban congresos de medicina, y que se investigaba, y que se publicaba, y que se avanzaba descubriendo nuevos compuestos y métodos terapéuticos. Pero para un médico de a pie como mi abuelo, formado en la España de los años 20, todo aquello quedaba tan lejos como la galaxia de Andrómeda.

Para empezar, él ni siquiera hablaba inglés; había estudiado francés, como la mayoría en su generación. Naturalmente, seguía las publicaciones en castellano que le llegaban a través del Colegio de Médicos y de otras organizaciones profesionales, pero recuerdo su biblioteca dominada sobre todo por antiguos volúmenes encuadernados en piel que contenían verdades médicas, al parecer, inmutables. Por descontado, él se relacionaba con sus colegas, con quienes intercambiaba observaciones sobre sus casos y sobre la eficacia percibida de diversos tratamientos. Pero todo aquello no llegaba a formar una comunidad científica, el pilar sobre el que se construye el conocimiento científico.

Aquella versión romántica de la medicina hoy ya no tiene cabida. Aquella época murió.

Pero ¿murió de verdad? Todavía me sorprende seguir escuchando en la radio, en pleno siglo XXI, esas cuñas en las que el Doctor Mengano recomienda tal producto farmacéutico o parafarmacéutico. Porque, en realidad, lo único que revela la recomendación del Doctor Mengano es que al Doctor Mengano le han pagado para recomendar tal producto farmacéutico o parafarmacéutico. Aún, si el Doctor Mengano dedicara sus diez segundos de micrófono a dar cuenta de los ensayos clínicos y metaensayos que avalan la eficacia del producto, su intervención tendría sentido. Pero no es así. Y hoy el argumento de autoridad no basta.

Sin embargo, este continúa siendo un debate dentro de la comunidad médica. El mes pasado conté aquí un artículo aparecido en la última edición navideña de la revista BMJ, siguiendo esa tradición de algunas publicaciones médicas de cerrar el año con temas humorísticos. Sus autores describían el primer ensayo clínico comparando el efecto de utilizar un paracaídas al saltar de un avión con el de no usarlo.

Como expliqué, no era una simple gracieta: los investigadores se apoyaban en el ejemplo absurdo para argumentar la importancia de la medicina basada en ciencia, aquella que se guía exclusivamente por las conclusiones de los ensayos clínicos controlados y aleatorizados. Y lo hacían en respuesta a otro artículo anterior cuyos autores habían propuesto precisamente el mismo ejemplo absurdo para defender la medicina no basada en ciencia, aquella que se orienta por la experiencia profesional individual del médico, la plausibilidad biológica y el argumento de autoridad. Como en otros tiempos.

Evidentemente, ni un servidor ni otros miles más gozamos de la autoridad para decir a los médicos cómo tienen que hacer su trabajo. Pero soy un paciente. Y como tal creo que sí puedo reclamar esto: mi derecho a poner mi salud y la de mi familia exclusivamente en manos de los profesionales que se ciñan a la medicina basada en ciencia. Que al menos mientras un médico siga teniendo el derecho legal a especiar sus prescripciones con unas gotas de homeopatía, acupuntura, risoterapia o reiki, yo tenga el derecho a estar advertido de ello para no pasar por su consulta.

Los detractores extremos de los alimentos transgénicos saben menos, pero piensan que saben más

La frase sobre estas líneas es, tal cual, el título del estudio que vengo a contar hoy. Pocas veces se encuentra un trabajo científico cuyo encabezado exprese de forma tan llana y transparente lo que expone. Así que, ¿para qué buscar otro?

Como conté aquí ayer, la ciencia está cada vez más implicada en las cosas que afectan a la gente, por lo que hoy es inexcusable que cada ciudadano cuente con la suficiente educación científica para entender el mundo que le rodea. Cuando falta esta educación, triunfa el rechazo como mecanismo de defensa frente a lo desconocido, y nos convertimos en fácil objeto de manipulación por parte de quienes siembran bulos y desinformación, sean cuales sean sus fines.

Uno de los ejemplos que mejor ilustran el papel crítico de esta educación es el de los alimentos transgénicos (genéticamente modificados, GM). Probablemente no muchas cuestiones de seguridad biológica han sido tan extensamente investigadas como los efectos de estas variedades vegetales sobre el medio ambiente y la salud humana y animal.

Manifestación antitransgénicos en Chile. Imagen de Mapuexpress Informativo Mapuche / Wikipedia.

Manifestación antitransgénicos en Chile. Imagen de Mapuexpress Informativo Mapuche / Wikipedia.

Como ya conté aquí en su día, en 2016 un informe de 400 páginas elaborado por más de 100 expertos de las academias de ciencia, ingeniería y medicina de EEUU resumió dos años de análisis de casi 900 estudios científicos publicados desde los años 80, cuando las variedades transgénicas comenzaron a cultivarse.

El veredicto era contundente: no existe ninguna prueba de que los cultivos GM sean perjudiciales para la salud humana o animal ni para el medio ambiente. Sin embargo y como aspecto menos favorable, los autores del informe concluían que los beneficios económicos para los agricultores han sido desiguales en diferentes países, lo mismo que el aumento de la producción esperado del uso de estas variedades (aunque otros estudios previos como este y este han mostrado que el balance es positivo tanto en incremento de las cosechas como en beneficios para los agricultores).

Por si estas pruebas no bastaran, en febrero de 2018 un grupo de investigadores del Instituto de Ciencias de la Vida y de la Universidad de Pisa (Italia) publicó un nuevo metaestudio que revisaba más 6.000 estudios previos, elaborados entre 1996 y 2016, para seleccionar específicamente aquellos que comparaban datos de campo rigurosos y extensos sobre el maíz transgénico y el no transgénico.

En consonancia con metaestudios previos, los resultados indicaban que no se han detectado daños medioambientales derivados del cultivo de maíz transgénico, y que se han demostrado “beneficios en términos de aumento de la cantidad y la calidad del grano”, con un incremento en las cosechas de entre un 5,6 y un 24,5% en las plantaciones de las variedades GM (tolerantes a herbicidas o resistentes a insectos).

Sumado a esto, los investigadores apuntaban que el maíz transgénico es una opción más saludable que el convencional, ya que contiene un 28,8% menos de micotoxinas (junto con un 30,6% menos de fumonisina y un 36,5% menos de tricotecenos), compuestos producidos por hongos contaminantes que son nocivos a corto plazo y potencialmente cancerígenos a largo. “Los resultados apoyan el cultivo de maíz GM, sobre todo debido al aumento de la calidad del grano y a la reducción de la exposición humana a micotoxinas”, escribían los autores. A ello se unen estudios previos que han estimado en un 37% la reducción del uso de pesticidas gracias a las variedades GM, lo que también disminuye los restos de estas sustancias en el producto final para el consumo.

Mazorcas de maíz de distintas variedades. Imagen de Asbestos / Wikipedia.

Mazorcas de maíz de distintas variedades. Imagen de Asbestos / Wikipedia.

Pese a todo ello, sería una ingenuidad confiar en que estos estudios u otros miles más consigan por fin disipar la feroz oposición de ciertos colectivos a los alimentos transgénicos. Pero ¿en qué se basa esta cerril negación de la realidad? La respuesta no parece sencilla, teniendo en cuenta que, según algún estudio, las personas defensoras de posturas pseudocientíficas o anticientíficas no tienen necesariamente un nivel educativo inferior al de la población general.

A primera vista, se diría que esto contradice lo que expliqué ayer sobre la necesidad de la educación científica. Pero solo a primera vista: la necesidad no es suficiencia; y en cualquier caso, lo que vienen a revelar estas observaciones es que el nivel medio de formación científica de toda la población en conjunto es deficiente. Y sin embargo, no toda la población en conjunto está abducida por la pseudociencia o la anticiencia.

Para explicar por qué unas personas sí y otras no, los expertos hablan de efectos como el sesgo cognitivo –básicamente, quedarse con lo que a uno le interesa, sin importar siquiera su nivel de credibilidad– o de la mentalidad conspiranoica (sí, esto existe: más información aquí y aquí). Para los conspiranoicos, nunca importará cuántos estudios se publiquen; para ellos, quienes exponemos la realidad científica sobre los alimentos transgénicos (incluido un servidor) estamos sobornados por las multinacionales biotecnológicas, incluso sin prueba alguna y pese a lo absurdo del planteamiento. Y todo hay que decirlo, la conspiranoia también puede ser un negocio muy rentable.

Sin embargo, todo lo anterior no termina de aclararnos una duda: si hablamos en concreto de los cultivos transgénicos y de sus detractores, ¿hasta qué punto estos conocen la ciencia relacionada con aquellos? Podríamos pensar, y creo que yo mismo lo he escrito alguna vez, que un conspiranoico es casi un experto amateur en su conspiranoia favorita, aunque sea con un sesgo cognitivo equivalente a medio cerebro arrancado de cuajo. Pero ¿es así, o es que simplemente creen ser conocedores de una materia que en realidad ignoran?

Precisamente estas son las preguntas que han inspirado el nuevo estudio, dirigido por Philip Fernbach, científico cognitivo especializado en marketing de la Universidad de Colorado (EEUU). Para responderlas, los investigadores han encuestado a más de 3.500 participantes en EEUU, Alemania y Francia, interrogándoles sobre su nivel de aceptación u oposición a los alimentos GM y sobre el conocimiento que ellos creen tener de la materia, contrastando los datos con un examen de nociones sobre ciencia y genética.

Y naturalmente, los resultados son los que ya he adelantado en el título extraído del propio estudio, publicado en la revista Nature Human Behaviour. Los investigadores escriben: “Hemos encontrado que a medida que crece el extremismo en la oposición y el rechazo a los alimentos GM, el conocimiento objetivo sobre ciencia y genética disminuye, pero aumenta la comprensión percibida sobre los alimentos GM. Los detractores extremos son los que menos saben, pero piensan que son los que más saben”.

Curiosamente, sucede lo mismo en los tres países incluidos en el estudio. Pero más curiosamente aún, ocurre algo similar con otro caso que los investigadores han empleado como comparación, el uso de ingeniería genética en terapias génicas destinadas a curar enfermedades. También en este caso quienes más se oponen son quienes menos saben, pero quienes creen saber más.

Más asombroso aún: el estudio confirma resultados previos de otro trabajo publicado en junio de 2018, en el que investigadores de las universidades de Pensilvania, Texas A&M y Utah Valley (EEUU) se hicieron las mismas preguntas sobre los activistas antivacunas y el (inexistente) vínculo entre la vacunación y el autismo en los niños. En aquella ocasión, los autores descubrían que quienes más fuertemente se oponían a las vacunas y defendían su relación con el autismo eran quienes menos sabían sobre las causas del autismo, pero también quienes creían conocer este terreno incluso mejor que los científicos y los médicos especialistas.

Un manifestante antivacunas en un mitin del movimiento ultraconservador estadounidense Tea Party. Imagen de Fibonacci Blue / Flickr / CC.

Un manifestante antivacunas en un mitin del movimiento ultraconservador estadounidense Tea Party. Imagen de Fibonacci Blue / Flickr / CC.

Claro que tantos resultados en la misma dirección no pueden obedecer a la simple casualidad; y es que, de hecho, todos ellos responden a un fenómeno detallado en 1999 por los psicólogos David Dunning y Justin Kruger. El llamado efecto Dunning-Kruger consiste en la incapacidad de valorar el propio conocimiento sobre algo que en realidad se desconoce; o dicho de otro modo, es la ignorancia de la propia ignorancia.

No se aplica solo a las materias científicas: el estudio de Dunning y Kruger describió el efecto aplicado a campos tan diversos como el conocimiento de la gramática inglesa, el razonamiento lógico y la habilidad para el humor. En resumen, el efecto Dunning-Kruger es una denominación más elegante y científica para lo que en este país viene conociéndose de forma vulgar e insultante como cuñadismo.

Según Fernbach, esta “psicología del extremismo” es difícilmente curable, ya que se da la paradoja de que quienes más necesitan conocimientos son quienes menos dispuestos están a adquirirlos, ya que se creen sobrados de ellos. Por tanto, lo más probable es que continúen cómodamente sumergidos en su ignorada ignorancia; otra razón más para explicar por qué la difusión de la ciencia no basta para acabar con las pseudociencias.

Al final, hemos llegado a descubrir lo que ya había descubierto Sócrates hace más de 24 siglos: el verdadero conocimiento comienza por ser consciente de la propia ignorancia. A partir de ahí, podemos empezar a aprender.

Bisfenol A, vacunas… Sin educación científica, es el país de los ciegos

Decía Carl Sagan que hoy una verdadera democracia no es posible sin una población científicamente educada. “Científicamente” es la palabra clave, la que da un sentido completamente nuevo a una idea que a menudo se ha aplicado a otra educación, la cultural.

Pero en cuanto a esto último, no por muy repetido es necesariamente cierto. Al fin y al cabo, la cultura en general es una construcción humana que no acerca a ninguna verdad per se; y sabemos además, creo que sin necesidad de citar ejemplos, que a lo largo de la historia pueblos razonablemente cultos han regalado su libertad en régimen de barra libre a ciertos sátrapas. Por tanto, es como mínimo cuestionable que cultura equivalga a democracia.

En cambio, la realidad –el objeto del conocimiento científico– no es una construcción humana, sino una verdad per se. A veces ocurre que cuando hablamos de “la ciencia” parece que nos estamos refiriendo a una institución, como “el gobierno” o “la Iglesia”. Pero no lo es; la ciencia es simplemente un método para conocer la realidad; por tanto, “la ciencia dice” no es “el gobierno dice” o “la Iglesia dice”; no es algo que uno pueda creer o no. “La ciencia dice” significa “es” (por supuesto, la ciencia progresa y mejora, pero también rectifica y se corrige; está en su esencia, a diferencia del gobierno y la Iglesia).

Por ejemplo, a uno puede gustarle más un color u otro, pero la existencia de la luz es incuestionable; no es algo opinable. Y sin embargo, la falta de un conocimiento tan obvio podría llevar a una visión deformada del mundo. Así lo contaba H. G. Wells en su relato El país de los ciegos, en el que un montañero descubre un valle andino aislado del mundo cuyos habitantes nacen sin la facultad de ver. El montañero, Núñez, trata de explicarles la visión, pero se encuentra con una mentalidad cerrada que solo responde con burlas y humillaciones. Así, Núñez descubre que en el país de los ciegos el tuerto no es el rey, sino un paria y un lunático.

Imagen de pixabay.com.

Imagen de pixabay.com.

Ignoro cuál era el significado que Wells pretendía con su relato. Se ha dicho que el autor quería resaltar el valor de la idiosincrasia de otras culturas, por extrañas o absurdas que puedan parecernos, y la necesidad de respetarlas sin imponer la nuestra propia. Lo cual podría ser una interpretación razonable… si el autor fuera otro.

Pero no encaja con Wells. Científico antes que escritor, era un entusiasta de las posibilidades de la ciencia para mover el mundo y mejorar las sociedades. En una ocasión escribió sobre el “poder cegador” que el pasado puede tener en nuestras mentes. Y por si quedara alguna duda, en 1939 añadió un nuevo final a su relato de 1904: en la versión original, Núñez terminaba escapándose sin más. Sin embargo, en su posterior director’s cut contaba cómo Núñez, en su huida, observaba que un corrimiento de tierra amenazaba con arrasar el valle. Advertía a sus habitantes, pero una vez más se reían de aquella imaginaria facultad suya. Como resultado, el valle quedaba destruido. Así, parece claro que El país de los ciegos no habla de la multiculturalidad, sino de la ignorancia frente a la ciencia: Núñez puede equivocarse, pero ve.

Si este es el verdadero sentido del relato, entonces Wells se adelantó una vez más a su tiempo, como hacía en sus obras de ciencia ficción. En su día mantuvo un acerado debate con George Orwell, un escéptico de la ciencia –1984 es una distopía tecnológica, con sus telepantallas al servicio del Gran Hermano–. Ambos vivieron en una época de grandes cambios; uno de ellos fue que la ciencia dejó de ser algo que solo interesaba a los científicos, con sus discusiones sobre la estructura de los átomos y la evolución de las especies, para comenzar a estar cada vez más implicada en las cosas que afectan a la gente: en aquella época, Segunda Guerra Mundial, podían ser cosas como el triunfo contra las infecciones –la penicilina–, la energía –el petróleo– o la tecnología bélica –la bomba atómica–.

Años después, fue Sagan quien recogió este mismo testigo, porque la ciencia continuaba aumentando su implicación en esas cosas que afectan a la gente. En 1995, un año antes de su muerte, escribía en su libro El mundo y sus demonios:

Hemos formado una civilización global en la que la mayoría de los elementos más cruciales –transportes, comunicaciones y todas las demás industrias; agricultura, medicina, educación, entretenimiento, protección del medio ambiente; e incluso la institución democrática clave, el voto– dependen profundamente de la ciencia y la tecnología. También hemos hecho las cosas de modo que casi nadie entiende la ciencia y la tecnología. Esta es una prescripción para el desastre. Podemos salvarnos durante un tiempo, pero tarde o temprano esta mezcla combustible de ignorancia y poder va a estallarnos en la cara.

Una aclaración esencial: con este discurso, Sagan no trataba de ponderar la importancia de la ciencia en la democracia. Bertrand Russell escribió que “sin la ciencia, la democracia es imposible”. Pero lo hizo en 1926; desde que existen la ciencia moderna y la democracia, han sido numerosos los pensadores que han trazado sus estrechas interdependencias. Pero lo que Sagan subrayaba –y junto a él, otros como Richard Feynman– es la imperiosa necesidad de una cultura científica para que la población pueda crecer en libertad, a salvo de manipulaciones interesadas.

Hoy ese repertorio de cosas de la ciencia que afectan a la gente no ha cesado de crecer y hacerse más y más prevalente. El cambio climático. La contaminación ambiental. Las nuevas epidemias. Las enfermedades emergentes. Las pseudomedicinas. El movimiento antivacunas. La nutrición sana. El riesgo de cáncer. La salud cardiovascular. El envejecimiento, el párkinson y el alzhéimer. Internet. Los teléfonos móviles. Y así podríamos continuar.

Y sin embargo, no parece evidente que el nivel de cultura científica haya crecido, lo que no hace sino subir la temperatura de esa mezcla combustible de la que hablaba Sagan. Cualquier estudio irrelevante que no ha descubierto nada nuevo puede disfrazarse de noticia, y venderse arropándolo convenientemente con un titular suficientemente alarmista. La manipulación explota el temor que nace de la ignorancia, y es rentable; los clics son dinero. Porque en realidad, ¿quién diablos sabe qué es el bisfenol A?

Un ticket de papel térmico. El calor hace que se oscurezca. Imagen de IIVQ - Tijmen Stam / Wikipedia.

Un ticket de papel térmico. El calor hace que se oscurezca. Imagen de IIVQ – Tijmen Stam / Wikipedia.

El del bisfenol A (BPA) –y aquí llega la percha de actualidad– es uno de los dos casos de esta semana que merece la pena comentar sobre esas cosas de la ciencia que afectan a la gente. Con respecto a los riesgos del BPA, nada ha cambiado respecto a lo que conté aquí hace más de cuatro años, y recuerdo: “La exposición típica al BPA procedente de todas las fuentes es unas 1.000 veces inferior a los niveles seguros establecidos por las autoridades gubernamentales en Estados Unidos, Canadá y Europa”.

Y por otra parte, descubrir que los tiques de la compra contienen BPA es como descubrir que el zumo de naranja lleva naranja; el BPA se emplea como revelador en la fabricación del papel térmico, no aparece ahí por arte de magia. En resumen, un titular como “No guarde los tiques de compra: contienen sustancias que provocan cáncer e infertilidad” es sencillamente fake news, aunque se publique en uno de los diarios de mayor tirada nacional.

El segundo caso tiene implicaciones más preocupantes. Esta semana hemos sabido que una jueza ha dado la razón a una guardería municipal de Cataluña que denegó la admisión a un niño no vacunado por decisión de sus padres. Casi sobra mencionar que en este caso la ignorancia cae de parte de los padres, convirtiéndolos en víctimas fáciles de la manipulación de los movimientos antivacunas. Al parecer, durante la vista los padres aseguraron que los perjuicios de la vacunación superan a sus beneficios, como si el beneficio de conservar a su hijo vivo fuera superable.

Por suerte, en este caso la jueza ha actuado bien informada, denegando la matriculación del niño por el riesgo que comportaría para sus compañeros. Pero no siempre tiene por qué ser así. A los jueces no se les supone un conocimiento científico superior al nivel del ciudadano medio. Y si este nivel es excesivamente bajo, las repercusiones de esta carencia pueden ser especialmente graves en el caso de quienes imparten justicia, ya que un juez con una educación científica deficiente puede también ser víctima de manipulación por parte de presuntos asesores o peritos guiados por intereses anticientíficos.

Mañana contaré otro caso concreto de cómo la falta de información y formación científica es la raíz de uno de los mitos más clásicos y extendidos sobre cierto avance tecnológico de nuestro tiempo.

El avance de China amenaza con oscurecer la ciencia

El pasado día 3, cuando la sonda china Chang’e 4 se posó en la Luna, la televisión china CGTN y el diario China Daily publicaron sendos tuits anunciando el éxito de la misión. Un par de minutos después los retiraron. No fue hasta una hora después cuando la noticia volvió a aflorar, esta vez sin rectificaciones.

Naturalmente, los tuits en falso son algo habitual, y pueden deberse a infinidad de motivos. Pero cuando se trata de China, entre estos posibles motivos siempre destaca la sospecha del control y la censura de los medios por parte del gobierno. Aunque esto se da por supuesto cuando se trata de política, el progresivo ascenso de China hacia el primer puesto de la ciencia mundial amenaza con empañar la transparencia que es mecanismo esencial para que funcionen los engranajes del avance científico.

Imagen de David Shankbone / Wikipedia.

Imagen de David Shankbone / Wikipedia.

Claro que es justo reconocer el esfuerzo de China por adaptarse a los estándares internacionales de transparencia en la ciencia; no les queda otro remedio, ya que de lo contrario su producción científica no podría homologarse a la de otros países, no se publicaría en las revistas por las que debe pasar la ciencia para ser tal y por tanto China no entraría en esa carrera en el ranking global.

Pero esa apertura está muy lejos de ser suficiente. De hecho, en muchos casos es pura chapa y pintura: en el mundo de la ciencia se sabe que, por ejemplo, la regulación ética de la investigación en China es aproximadamente tan vinculante como un matrimonio oficiado por Carlos Sobera. Cuando el pasado noviembre el científico He Jiankui anunciaba el nacimiento de dos bebés con genomas retocados, las autoridades chinas reaccionaban con una indignación exagerada y algo teatral, teniendo en cuenta que los experimentos de He constaban en el registro de los proyectos teóricamente sometidos a aprobación ética.

Para rematar la faena, las autoridades chinas parecen haber recluido a He en arresto domiciliario bajo la custodia de hasta una docena de guardas armados, según han publicado varios medios, algunos de los cuales han intentado contactar con él sin éxito. Incluso se dice que podría enfrentarse a una sentencia de muerte. Todo ello sin haber cometido ningún delito; como máximo, He habría quebrantado un código ético, lo que podría justificar una sanción administrativa o económica y hasta su expulsión de la universidad, pero jamás una condena penal, y ya ni hablar de una ejecución. O una “desaparición”.

Pero volviendo a la Chang’e 4, el progreso de China en la exploración espacial plantea una situación muy diferente a la que hemos vivido cuando el liderazgo en el espacio lo ostentaba EEUU (sería discutible si lo ha perdido, pero no que lo está perdiendo). Con todos sus defectos, si algo no se puede reprochar a la administración espacial estadounidense es su falta de transparencia. La maquinaria de comunicación de la NASA es un brillante modelo de esfuerzo informativo y divulgativo. Gracias a ello hemos podido asistir a todos los logros de EEUU en el espacio en primera fila, con retransmisiones en directo y siempre con una información exhaustiva e inmediata.

¿Y China? Algo hemos mejorado: antes de la Chang’e 4 ni siquiera solían informar puntualmente de los lanzamientos ni de los hitos de las misiones, ya no digamos retransmitirlos en directo. Esto es lo que escribía el periodista científico Stephen Chen en el periódico South China Morning Post, el diario de referencia de Hong Kong en lengua inglesa, a propósito del alunizaje de la Chang’e 4. “Plenamente consciente de los riesgos involucrados en la misión Chang’e 4, China decidió no retransmitirla en directo para reducir la presión sobre los científicos e ingenieros involucrados, según un investigador con conocimiento de la materia”. Y si existe una web de la misión en la que se publique toda la información relevante y los datos recogidos por la sonda, desde luego yo no he sido capaz de encontrarla.

Todo lo cual, en último término, convierte la información sobre las misiones espaciales chinas en algo más parecido a rumores que a verdadera información, al menos hasta que se publiquen formalmente los resultados científicos, que pueden tardar meses. Si es que se publican. Mañana contaré un ejemplo concreto que ilustra cómo lo difundido sobre un experimento de la Chang’e 4 no solo es confuso, sino probablemente incorrecto.

Un estudio investiga el gran ‘spoiler’ de nuestra infancia sobre la “magia” de la Navidad

Siguiendo con mi línea de ayer, ¿por qué la RAE no acepta el término “spoiler“? Parece claro que su uso está muy extendido y que no va a desaparecer ni a ser reemplazado por una traducción. En algún momento los académicos deberán percatarse de que “no me hagas una descripción de un importante desarrollo de la trama de una serie/película/libro que si se conoce de antemano puede reducir la sorpresa o el suspense para quien la ve o lee por primera vez” (según la definición del diccionario de inglés de Oxford) es una frase que sencillamente no va a ocurrir (no, “no me cuentes el final” no es equivalente, ya que los spoilers no tienen por qué referirse necesariamente al final).

Pero en fin, a lo que voy: uno de los spoilers más memorables de la realidad de nuestras vidas es el que nos llega durante la infancia y que nos desvela cuál es la maquinaria real de esa magia de la Navidad. Es una revelación de tal trascendencia que muchos recuperamos aquella memoria durante toda nuestra vida, y la compartimos: y tú, ¿cómo te enteraste?

Imagen de pixabay.

Imagen de pixabay.

Sin embargo y curiosamente, ha sido una experiencia relativamente ignorada por los estudios, hasta que el psicólogo Chris Boyle, de la Universidad de Exeter (Reino Unido), decidió emprender la primera gran encuesta. La Exeter Santa Survey, actualmente en progreso, “tiene como objetivo obtener una mejor comprensión de las diferentes creencias que las personas tienen en torno a Papá Noel y a la Navidad”, dice la web del proyecto. Por cierto, estoy copiando literalmente en castellano; la encuesta tiene versión en nuestro idioma, por lo que pueden participar si les apetece. Imagino que a Boyle no le importará si en nuestro caso las respuestas se refieren a los Reyes Magos.

Boyle añade: “Mi interés se centra en comprender cómo se siente un niño/a cuando se entera de que Papá Noel xxxxxxxx” (elimino la última parte para no incurrir aquí en ese spoiler). “Por ejemplo, ¿qué edad tenías cuando te enteraste? ¿Viviste la Navidad de forma diferente después de eso? Este proyecto pretende ser una investigación informal sobre el fenómeno de Papá Noel y espero que puedas participar”.

Aunque el proyecto está en curso, las 1.200 respuestas ya reunidas han proporcionado a Boyle el suficiente volumen de información para extraer algunas conclusiones parciales. Por ejemplo, la media de edad a la que los niños suelen acceder al secreto mejor guardado de la Navidad: ocho años. Recordemos que la encuesta está dirigida a los adultos, por lo que los datos se refieren a tiempos pasados, no a los actuales. Al menos en mi sola experiencia personal y por lo que veo en mi entorno, hoy puede que este momento se haya retrasado, lo cual es una paradoja en estos tiempos de mayor acceso a la información; paradoja que tal vez se explique porque también son tiempos de mayor sobreprotección de los niños.

En cuanto al cómo, las respuestas son muy variadas. “La causa principal es la acción deliberada o accidental de los padres, pero algunos niños empezaron a unir las piezas por sí mismos a medida que crecían”, dice Boyle. El investigador cuenta cómo algunos errores de los padres descubren el pastel: un participante los descubrió disfrutando de las viandas y las bebidas que un rato antes habían colocado para Papá Noel y sus renos. Otro los pilló con las manos en la masa tras el estrépito causado cuando a su padre se le cayó uno de los regalos.

En otros casos la torpeza cayó a cargo de los profesores, como cuando eligieron para interpretar el papel del mismísimo y único Papá Noel a uno de ellos a quien los niños conocían sobradamente. Otro contó a sus alumnos de siete años que en el Polo Norte no vivía nadie, una metedura de pata con difícil vuelta atrás. Pero peor fue el caso de otro profesor que, seguramente sin mala intención, pidió a sus alumnos de siete años que escribieran una redacción sobre cómo descubrieron la verdad sobre Papá Noel.

En casos como estos últimos, los padres pierden el control de la situación, como cuando el rumor comienza a extenderse entre los propios niños. Algunos logran inmunizarse contra lo que consideran un flagrante ejemplo de fake news: un participante contó que a los siete años pegó a otro niño por tratar de convencerle de aquella absurda hipótesis, y continuó creyendo en la versión oficial durante tres años más.

En cuanto a la labor detectivesca de los propios niños, un participante contó que reconoció uno de los regalos para su hermana, que había visto en las semanas previas en la habitación de sus padres. Otro fue lo suficientemente astuto para percatarse de que la caligrafía de Papá Noel y la de su padre eran sospechosamente idénticas, mientras que otro encontró las cartas en la habitación de sus padres después de haber sido presuntamente enviadas a su destinatario. Los niños también ataron cabos cuando unos padres algo despistados dejaron las etiquetas de los precios en los regalos, o firmaron un libro destinado a uno de sus hijos como “mamá y papá”.

Imagen de pixabay.

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Pero sin duda el premio al joven científico lo merece el encuestado que a los nueve años “había aprendido lo suficiente sobre matemáticas, física, viajes y la relación entre el número de niños del planeta y el tamaño del trineo”. O el que decidió poner en marcha su propio experimento independiente, enviando una carta sin conocimiento de sus padres; ni uno solo de los juguetes de aquella lista apareció al pie del árbol. O el que notó la imposibilidad de que un hombre notablemente obeso pudiera deslizarse por el hueco de su chimenea… sobre todo, estando encendida.

Por su parte, el premio a la sensatez se lo lleva el niño al cual, a sus ocho años, nadie supo explicar “por qué Papá Noel no llevaba comida a los niños de los países pobres”. Finalmente, uno de los casos más curiosos es el del niño de cinco años a quien sus padres tuvieron que tranquilizar porque le aterrorizaba la idea de que un extraño allanara su casa en plena noche.

Quizá la faceta más llamativa del estudio es la que descubre cómo reaccionan los niños cuando conocen la realidad de esa magia navideña: la tercera parte de los encuestados recibieron la noticia con disgusto, pero un 15% se sintieron traicionados por sus padres y un 10% incluso furiosos; a un 30% aquella revelación les minó su confianza en los adultos. “En los últimos dos años me he sentido apabullado por la cantidad de gente cuya confianza resultó afectada”, dice Boyle. En el otro extremo están los más pragmáticos, el 65% que prefirió no darse por enterado y seguir actuando como si no hubiera pasado nada.

Lo cual es sin duda una manera bastante conveniente de afrontar esa transición a la madurez; según el estudio de Boyle, a un 34% de los encuestados les encantaría volver a creer en Papá Noel, pero también un 72% de los padres se sienten aliviados de revelar la verdad a sus hijos y, pese a todo, continúan representando esa ceremonia anual dejándose llevar por el juego y la ilusión de estas fechas. Al fin y al cabo, nada nos impide seguir disfrutando de la fantasía… siempre que sepamos distinguirla de la realidad. Y siempre que no confiemos en ella para que nos deje al pie del árbol nada más milagroso que una guitarra nueva, si he sido lo suficientemente bueno este año.