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¿Fue Rosalind Franklin, codescubridora de la hélice de ADN, discriminada por ser mujer?

Rosalind Franklin, la mujer cuya aportación fue esencial para el descubrimiento de la estructura de la doble hélice de ADN, sufrió discriminación por ser mujer. Dicho esto, pensarán que este va a ser el artículo más corto en la historia de este blog. Pero lo cierto es que la historia de Franklin, de cuya muerte hoy se cumplen 60 años, es más complicada de lo que una simple afirmación categórica puede dar a entender.

Rosalind Franklin.

Rosalind Franklin.

Conviene detenerse un poco en los detalles para comprender hasta qué punto la contribución de Franklin fue infravalorada, y si en ello existió una discriminación de género o si se debió a otras causas más relacionadas con el (mal) proceso científico. Sobre todo por evitar la frivolización que lleva a reconstruir la historia como una fábula de buenos y malos; y que especialmente en las redes sociales a veces tiende a prender las antorchas hasta los extremos delirantes –como he podido leer hoy– de escribirse barbaridades tales como calificar al resto de los implicados en la historia de “celosos” y “mediocres”.

En los años 50 la discriminación hacia las mujeres era indudablemente mayor que hoy, y la ciencia no escapaba a este estado de cosas. En el terreno científico, inumerables mujeres fueron históricamente apartadas o menospreciadas. Incluso aquellas que conseguían superar los impedimentos sociales para labrarse una carrera científica difícilmente conseguían hacerse ver tras la sombra de sus colegas masculinos; un ejemplo clamoroso es el de Marie Curie, quien nunca habría recibido su primer Nobel en 1903 de no haber sido porque su marido Pierre, que sí estaba nominado, presionó con la ayuda de un miembro del comité para que a su esposa se le reconociera el que legítimamente era su trabajo.

Sin embargo, es esencial distinguir entre la discriminación de una mujer por el hecho de ser mujer, y por otros motivos diferentes de su género. Para ilustrarlo, traigo de nuevo un ejemplo que ya he contado aquí extensamente: el de Jocelyn Bell Burnell, la codescubridora del primer púlsar. Cuando el hallazgo trascendió y los medios se interesaron por este nuevo objeto astronómico, Bell Burnell fue tratada por los periodistas con un sesgo (hoy) intolerablemente machista, como cuando le preguntaban si tenía muchos novios o si era más alta que la princesa Margarita.

Pero cuando en 1974 el premio Nobel de Física distinguió únicamente a su supervisor, Antony Hewish, aquello no fue discriminación sexista, sino científica. Bell Burnell era la becaria, y los Nobel no se conceden a los becarios. Esta norma se aplica no solo en los premios suecos, sino de forma general, salvo excepciones, en todo el mundo de la ciencia. La propia Bell Burnell (con la humildad que suele distinguir a muchos de los grandes científicos) tuvo que salir al paso de ciertas manipulaciones sesgadas: “Pienso que los premios Nobel quedarían degradados si se concedieran a estudiantes de investigación, excepto en casos muy excepcionales, y no creo que este sea uno de ellos”, dijo.

El caso de Franklin es aún más complicado, porque concurrieron otros numerosos factores, incluyendo una mala gestión por parte de los responsables, algún malentendido, cierto juego sucio y una dosis de enemistades personales. Para no extenderme demasiado voy a ahorrarles los antecedentes de la historia del descubrimiento de la estructura del ADN para ir directamente al grano.

Debo comenzar desmontando la crítica de trazo más grueso, aunque este dato es ya conocido y evidente para los informados: si Watson, Crick y Wilkins recibieron el Nobel de Química en 1962, y Franklin no, fue porque Franklin había fallecido de cáncer en 1958, y el premio nunca se concede a título póstumo. Es más: los tres científicos fueron nominados por primera vez para el premio en 1960, dos años después de la muerte de Franklin. En ciencia nunca se conceden los premios en caliente, sino que los hallazgos deben dejarse reposar no solamente para corroborar su veracidad, sino para que pueda comprobarse su impacto posterior.

¿Habría recibido Franklin el Nobel de no haber quedado su vida prematuramente segada por el cáncer? Nunca lo sabremos. El premio sueco solo puede partirse en tres. De haberse tenido que establecer un rango de contribuciones exclusivamente a la estructura del ADN, creo que pocos cuestionarán que Franklin tendría que haber figurado en tercer lugar por encima de Wilkins. Pero aquí regresamos a la cuestión de las jerarquías y explicamos lo dicho más arriba sobre la gestión deficiente y los malentendidos.

Cuando Franklin dejó París para incorporarse al King’s College de Londres, lo hizo bajo la invitación de John Randall, el director del grupo de biofísica, y ante la insistencia de Wilkins, quien deseaba contar con la participación de la brillante investigadora. De hecho, Wilkins insistió en que Franklin debía dejar su trabajo en proteínas para centrarse en el ADN.

Pero Randall cometió una enorme torpeza: al escribir a Franklin, la informó de que la línea del ADN sería de su exclusiva competencia, lo cual equivalía a equipararla con Wilkins en la jerarquía del laboratorio. Sin embargo, Randall jamás planteó esta situación a Wilkins, quien pensaba que la investigadora trabajaría en su equipo. Lo que siguió era lo esperable: Franklin pensaba que Wilkins se inmiscuía en su trabajo, y este que ella pretendía quitarle su línea.

Añadimos ahora el ingrediente de las enemistades personales: Wilkins y Franklin no se soportaban. Él era tímido, y ella tenía un carácter difícil. Según escribió Matthew Cobb en su libro Life’s Greatest Secret: The Race to Crack the Genetic Code, una amiga de Franklin decía de ella que “sus maneras eran bruscas y a veces buscaba la confrontación; suscitó bastante hostilidad entre la gente con la que se trataba y parecía bastante insensible a ello”.

En medio de todo este embrollo, el becario de Wilkins, Raymond Gosling, quedó en un extraño limbo entre ambos investigadores; una situación (y doy fe de ello en primera persona porque viví algo similar) tremendamente incómoda y difícil de manejar. Y entonces, sucedió que Gosling tomó la famosa Foto 51, la que más claramente mostraba la estructura helicoidal del ADN. Es importante insistir en este detalle: fue el becario Gosling quien obtuvo la imagen; aunque naturalmente y como ya he explicado, el éxito debía apuntarse en el haber de su supervisor. Pero ¿cuál de ellos? Gosling había sido reasignado a Franklin por Randall sin el conocimiento de Wilkins, pero según cuenta Cobb, para entonces había sido devuelto de nuevo a Wilkins cuando Franklin ya preparaba su nuevo traslado a otro laboratorio. Probablemente Gosling ya no sabía realmente a quién debía reportar, pero era perfectamente natural que mostrara la imagen también a Wilkins.

Llegamos ahora al juego sucio: Wilkins mostró a Watson una imagen tomada por quien él creía su becario, pero que se había obtenido bajo la dirección de Franklin. ¿Hubo mala intención por parte de Wilkins? No puede descartarse. ¿Fue sexismo? No hay ningún motivo de peso para creerlo. Sin embargo, la foto es solo una parte de la historia: la imagen revelaba claramente una estructura helicoidal, pero para definirla con precisión fueron necesarios los datos numéricos del King’s College que fueron proporcionados por este laboratorio al de Watson y Crick en la Universidad de Cambridge, y que la propia Franklin había presentado antes en un seminario.

Pero seguimos con el juego sucio. Dado que Watson y Crick basaron su modelo teórico en gran medida en los datos de Franklin, debieron hacerla partícipe de ello desde el principio. No la informaron, pero tampoco a Wilkins, que era quien les había mostrado la imagen. Los investigadores de Cambridge desarrollaron su trabajo gracias en buena parte a los datos del King’s College, pero a espaldas del King’s College. Es mala práctica científica, pero de nuevo no hay motivos para una acusación de discriminación sexista.

Rosalind Franklin. Imagen de Jewish Chronicle Archive / Heritage-Images / Wikipedia.

Rosalind Franklin. Imagen de Jewish Chronicle Archive / Heritage-Images / Wikipedia.

Con todo, Franklin casi logró llegar en solitario y por su cuenta a las mismas conclusiones que Watson y Crick, lo que demuestra el enorme talento de la investigadora. Pero los dos de Cambridge se adelantaron con un modelo completo. Cuando finalmente Watson y Crick revelaron su estructura a sus rivales del King’s College, la carrera hacia el ADN ya era historia. Finalmente la solución de compromiso fue publicar tres artículos independientes en Nature, uno firmado por Watson y Crick, otro por Wilkins y sus colaboradores, y el tercero por Franklin y Gosling.

Este resumen de la historia muestra que no puede achacarse justificadamente una falta de reconocimiento científico a Franklin por el hecho específico de ser mujer. Durante su confección del modelo, Watson y Crick dejaron de lado tanto a Franklin como a Wilkins, y no digamos al becario Gosling, autor material de la Foto 51. Cuando llegó el momento de las nominaciones al Nobel, Franklin ya había fallecido. De no haber sido así, a menudo se ha sugerido la hipótesis de que Watson y Crick podrían haber recibido el Nobel de Medicina, y Wilkins y Franklin el de Química. La científica podría además haber optado a un segundo galardón: en 1982 se concedió el Nobel a Aaron Klug por su trabajo en los cristales de proteínas y ácidos nucleicos en los virus, una línea que Klug había iniciado como becario de Franklin después de su etapa en el King’s College.

Pero como he sugerido al comienzo, esto tampoco implica que la científica no sufriera discriminación de género. En su época, las mujeres investigadoras eran una minoría. Muchas de ellas debían demostrar mucho más que los hombres para ganarse el respeto de sus colegas masculinos. El King’s College heredaba la apolillada tradición anglosajona de los gentlemen’s clubs, y tenía un comedor solo para hombres. Durante aquellos años, Watson mostró una actitud desdeñosa hacia Franklin que era incuestionablemente machista, y que solo rectificó años después. Sí, Franklin fue víctima del machismo, como muchas otras mujeres de su época e incluso de la nuestra. Pero lo que cercenó su carrera no fue el machismo, sino el cáncer.

Westworld, la teoría bicameral y el fin del mundo según Elon Musk (I)

Hace unos días terminé de ver la primera temporada de Westworld, la serie de HBO. Dado que no soy un gran espectador de series, no creo que mi opinión crítica valga mucho, aunque debo decir que me pareció de lo mejor que he visto en los últimos años y que aguardo con ansiedad la segunda temporada. Se estrena a finales del próximo mes, pero yo tendré que esperar algunos meses más: no soy suscriptor de teles de pago, pero tampoco soy pirata; como autor defiendo los derechos de autor, y mis series las veo en DVD o Blu-ray comprados con todas las de la ley (un amigo se ríe de mí cuando le digo que compro series; me mira como si viniera de Saturno, o como si lo normal y corriente fuera robar los jerséis en Zara. ¿Verdad, Alfonso?).

Pero además de los guiones brillantes, interpretaciones sobresalientes, una línea narrativa tan tensa que puede pulsarse, una ambientación magnífica y unas sorpresas argumentales que le dan a uno ganas de aplaudir, puedo decirles que si, como a mí, les añade valor que se rasquen ciertas grandes preguntas, como en qué consiste un ser humano, o si el progreso tecnológico nos llevará a riesgos y encrucijadas éticas que no estaremos preparados para afrontar ni resolver, entonces Westworld es su serie.

Imagen de HBO.

Imagen de HBO.

Les resumo brevemente la historia por si aún no la conocen. Y sin spoilers, lo prometo. La serie está basada en una película del mismo título escrita y dirigida en 1973 por Michael Crichton, el autor de Parque Jurásico, y que aquí se tituló libremente como Almas de metal. Cuenta la existencia de un parque temático para adultos donde los visitantes se sumergen en la experiencia de vivir en otra época y lugar, concretamente en el Far West.

Este mundo ficticio creado para ellos está poblado por los llamados anfitriones, androides perfectos e imposibles de distinguir a simple vista de los humanos reales. Y ya pueden imaginar qué fines albergan los acaudalados visitantes: la versión original de Crichton era considerablemente más recatada, pero en la serie escrita por la pareja de guionistas Lisa Joy y Jonathan Nolan el propósito de los clientes del parque viene resumido en palabras de uno de los personajes: matar y follar. Y sí, se mata mucho y se folla mucho. El conflicto surge cuando los anfitriones comienzan a demostrar que son algo más que máquinas, y hasta ahí puedo leer.

Sí, en efecto no es ni mucho menos la primera obra de ficción que presenta este conflicto; de hecho, la adquisición de autonomía y consciencia por parte de la Inteligencia Artificial era el tema de la obra cumbre de este súbgenero, Yo, robot, de Asimov, y ha sido tratado infinidad de veces en la literatura, el cine y la televisión. Pero Westworld lo hace de una manera original y novedosa: es especialmente astuto por parte de Joy y Nolan el haber elegido basar su historia en una interesante y algo loca teoría sobre la evolución de la mente humana que se ajusta como unos leggings a la ficticia creación de los anfitriones. Y que podría estar más cerca del futuro real de lo que sospecharíamos.

La idea se remonta a 1976, cuando el psicólogo estadounidense Julian Jaynes publicó su libro The Origin of Consciousness in the Breakdown of the Bicameral Mind (está traducido al castellano, El origen de la conciencia en la ruptura de la mente bicameral), una obra muy popular que desde entonces ha motivado intensos debates entre psicólogos, filósofos, historiadores, neurocientíficos, psiquiatras, antropólogos, biólogos evolutivos y otros especialistas en cualquier otra disciplina que tenga algo que ver con lo que nos hace humanos a los humanos.

Julian Jaynes. Imagen de Wikipedia.

Julian Jaynes. Imagen de Wikipedia.

El libro de Jaynes trataba de responder a una de las preguntas más esenciales del pensamiento humano: ¿cómo surgió nuestra mente? Es obvio que no somos la única especie inteligente en este planeta, pero somos diferentes en algo. Un cuervo puede solucionar problemas relativamente complejos, idear estrategias, ensayarlas y recordarlas. Algunos científicos piensan que ciertos animales tienen capacidad de pensamiento abstracto. Otros no lo creen. Pero de lo que caben pocas dudas es de que ninguna otra especie como nosotros es consciente de su propia consciencia; podrán pensar, pero no pueden pensar sobre sus pensamientos. No tienen capacidad de introspección.

El proceso de aparición y evolución de la mente humana tal como hoy la conocemos aún nos oculta muchos secretos. ¿Nuestra especie ha sido siempre mentalmente como somos ahora? Si no es así, ¿desde cuándo lo es? ¿Hay algo esencial que diferencie nuestra mente actual de la de nuestros primeros antepasados? ¿Pensaban los neandertales como pensamos nosotros? Muchos expertos coinciden en que, en el ser humano, el lenguaje ha sido una condición necesaria para adquirir esa capacidad que nos diferencia de otros animales. Pero ¿es suficiente?

En su libro, Jaynes respondía a estas preguntas: no, desde hace unos pocos miles de años, sí, no y no. El psicólogo pensaba que no bastó con el desarrollo del lenguaje para que en nuestra mente surgiera esa forma superior de consciencia, la que es capaz de reflexionar sobre sí misma, sino que fue necesario un empujón propiciado por ciertos factores ambientales externos para que algo en nuestro interior hiciera “clic” y cambiara radicalmente la manera de funcionar de nuestro cerebro.

Lo que Jaynes proponía era esto: a partir de la aparición del lenguaje, la mente humana era bicameral, una metáfora tomada del sistema político de doble cámara que opera en muchos países, entre ellos el nuestro. Estas dos cámaras se correspondían con los dos hemisferios cerebrales: el derecho hablaba y ordenaba, mientras el izquierdo escuchaba y obedecía. Pero en este caso no hay metáforas: el hemisferio izquierdo literalmente oía voces procedentes de su mitad gemela que le instruían sobre qué debía hacer, en forma de “alucinaciones auditivas”. Durante milenios nuestra mente carecía de introspección porque las funciones estaban separadas entre la mitad que dictaba y la que actuaba; el cerebro no podía pensar sobre sí mismo.

Según Jaynes, esto fue así hasta hace algo más de unos 3.000 años. Entonces ocurrió algo: el colapso de la Edad del Bronce. Las antiguas grandes civilizaciones quedaron destruidas por las guerras, y comenzó la Edad Oscura Griega, que reemplazó las ciudades del período anterior por pequeñas comunidades dispersas. El ser humano se enfrentaba entonces a un nuevo entorno más hostil y desafiante, y fue esto lo que provocó ese clic: el cerebro necesitó volverse más flexible y creativo para encontrar soluciones a los nuevos problemas, y fue entonces cuando las dos cámaras de la mente se fusionaron en una, apareciendo así esa metaconsciencia y la capacidad introspectiva.

Así contada, la teoría podría parecer el producto de una noche de insomnio, por no decir algo peor. Pero por ello el psicólogo dedicó un libro a explicarse y sustentar su propuesta en una exhaustiva documentación histórica y en el conocimiento neuropsicológico de su época. Y entonces es cuando parece que las piezas comienzan a caer y encajar como en el Tetris.

Jaynes mostraba que los escritos anteriores al momento de esa supuesta evolución mental carecían de todo signo de introspección, y que en los casos en que no era así, como en el Poema de Gilgamesh, esos fragmentos había sido probablemente añadidos después. Las musas hablaban a los antiguos poetas. En el Antiguo Testamento bíblico y otras obras antiguas era frecuente que los personajes actuaran motivados por una voz de Dios o de sus antepasados que les hablaba, algo que luego comenzó a desaparecer, siendo sustituido por la oración, los oráculos y los adivinos; según Jaynes, aquellos que todavía conservaban la mente bicameral y a quienes se recurría para conocer los designios de los dioses. Los niños, que quizá desarrollaban su mente pasando por el estado bicameral, han sido frecuentes instrumentos de esa especie de voluntad divina. Y curiosamente, muchas apariciones milagrosas tienen a niños como protagonistas. La esquizofrenia y otros trastornos en los que el individuo oye voces serían para Jaynes vestigios evolutivos de la mente bicameral. Incluso la necesidad humana de la autoridad externa para tomar decisiones sería, según Jaynes, un resto del pasado en el que recibíamos órdenes del interior de nuestra propia cabeza.

Jaynes ejemplificaba el paso de un estado mental a otro a través de dos obras atribuidas al mismo autor, Homero: en La Ilíada no hay signos de esa metaconsciencia, que sí aparecen en La Odisea, de elaboración posterior. Hoy muchos expertos no creen que Homero fuese un autor real, sino más bien una especie de marca para englobar una tradición narrativa.

Por otra parte, Jaynes aportó también ciertos argumentos neurocientíficos en defensa de la mente bicameral. Dos áreas de la corteza cerebral izquierda, llamadas de Wernicke y de Broca, están implicadas en la producción y la comprensión del lenguaje, mientras que sus homólogas en el hemisferio derecho tienen funciones menos definidas. El psicólogo señalaba que en ciertos estudios las alucinaciones auditivas se correspondían con un aumento de actividad en esas regiones derechas, que según su teoría serían las encargadas de dictar instrucciones al cerebro izquierdo.

Las pruebas presentadas por Jaynes resultan tan asombrosas que su libro fue recibido con una mezcla de incredulidad y aplauso. Quizá las reacciones a su audaz teoría se resumen mejor en esta cita del biólogo evolutivo Richard Dawkins en su obra de 2006 El espejismo de Dios: “es uno de esos libros que o bien es una completa basura o bien el trabajo de un genio consumado, ¡nada a medio camino! Probablemente sea lo primero, pero no apostaría muy fuerte”.

El libro de Jaynes y algunas obras influidas por él. Imagen de Steve Rainwater / Flickr / CC.

El libro de Jaynes y algunas obras influidas por él. Imagen de Steve Rainwater / Flickr / CC.

La teoría de la mente bicameral hoy no goza de aceptación general por parte de los expertos, pero cuenta con ardientes apoyos y con una sociedad dedicada a su memoria y sus estudios. Los críticos han señalado incoherencias y agujeros en el edificio argumental de Jaynes, que a su vez han sido contestados por sus defensores; el propio autor falleció en 1997. Desde el punto de vista biológico y aunque la selección natural favorecería variaciones en la estructura mental que ofrezcan una ventaja frente a un entorno nuevo y distinto, tal vez lo más difícil de creer sea que la mente humana pudiera experimentar ese cambio súbito de forma repentina y al mismo tiempo en todas las poblaciones, muchas de ellas totalmente aisladas entre sí; algunos grupos étnicos no han tenido contacto con otras culturas hasta el siglo XX.

En el fondo y según lo que contaba ayer, la teoría de la mente bicameral no deja de ser pseudociencia; es imposible probar que Jaynes tenía razón, pero sobre todo es imposible demostrar que no la tenía. Pero como también expliqué y al igual que no toda la no-ciencia llega a la categoría de pseudociencia, por mucho que se grite, tampoco todas las pseudociencias son iguales: la homeopatía está ampliamente desacreditada y no suscita el menor debate en la comunidad científica, mientras que por ejemplo el test de Rorschach aún es motivo de intensa discusión, e incluso quienes lo desautorizan también reconocen que tiene cierta utilidad en el diagnóstico de la esquizofrenia y los trastornos del pensamiento.

La obra de Jaynes ha dejado huella en la ficción. El autor de ciencia ficción Philip K. Dick, que padecía sus propios problemas de voces, le escribió al psicólogo una carta entusiasta: “su soberbio libro me ha hecho posible discutir abiertamente mis experiencias del 3 de 1974 sin ser llamado simplemente esquizofrénico”. David Bowie incluyó el libro de Jaynes entre sus lecturas imprescindibles y reconoció su influencia mientras trabajaba con Brian Eno en el álbum Low, que marcó un cambio de rumbo en su estilo hacia sonidos más experimentales.

Pero ¿qué tiene que ver la teoría bicameral con Westworld, con nuestro futuro, con Elon Musk y el fin del mundo? Mañana seguimos.

 

¿Ver porno daña el cerebro? No se sabe, pero el titular consigue clics

Hace unos días escribí un artículo a propósito de un estudio reciente que ha investigado si los jóvenes en España y EEUU piensan que su pareja los engaña cuando ve porno (les ahorro el suspense: no, la gran mayoría no lo cree). Y entonces recordé otro estudio publicado hace unos años que por entonces causó un tremendo revuelo cuando los medios difundieron titulares con este mensaje: ver porno reduce el cerebro. Probablemente el más gracioso fue el publicado por Deutsche Welle: “Cerebro de guisante: ver porno online desgastará tu cerebro y lo hará marchitarse”.

Evidentemente, ya habrán imaginado que la fórmula elegida por DW para presentar la noticia era un inmenso globo fruto de ese mal por desgracia tan extendido ahora, la feroz competencia de los medios por hacerse con el favor de los clics de los usuarios. Sí, critiquen a los medios por esto, tienen razón y están en su derecho, pero tampoco olviden lo siguiente: lo cierto es que hoy a los medios no les queda otra que sobrevivir a base de clics. Pero los autores de los clics son ustedes, somos todos. Así que hagamos todos un poco de autocrítica. Entre el titular de DW y otro más neutro como “ver porno se correlaciona con ciertas diferencias cerebrales”, ¿a cuál le darían su clic?

Pero en fin, a lo que voy. Si les traigo hoy este tema, ya habrán imaginado que no es lo que parece a primera vista. Pero también es cierto que es más complicado de lo que parece a segunda vista. Les resumo el estudio. Lo que hicieron los alemanes Simone Kühn y Jürgen Gallinat fue reclutar por internet a 64 hombres sanos de entre 21 y 45 años y someterlos a un cuestionario sobre sus hábitos de consumo de porno online. A continuación los metieron uno a uno en una máquina de Imagen por Resonancia Magnética Funcional (fMRI), que permite estudiar la estructura y la actividad del cerebro. Los investigadores analizaron tres aspectos: la estructura cerebral, la respuesta del cerebro cuando veían imágenes sexuales y la actividad cerebral en reposo.

Los resultados mostraron que un mayor número de horas de porno a la semana se correlacionaba con una menor cantidad de sustancia gris (lo que más popularmente se conoce como materia gris) asociada a una región concreta del cerebro, el núcleo caudado del estriado en el hemisferio derecho, así como con una menor respuesta a imágenes sexuales en otra región, el putamen izquierdo, y con una menor conectividad entre el caudado derecho y la corteza prefrontal dorsolateral izquierda.

En resumen, sí, se observan ciertas (relativamente pequeñas) diferencias cerebrales que se correlacionan con el número de horas de porno online. Aunque en el estudio se echa de menos la presentación de más datos detallados en figuras y tablas, es posible que los autores no hayan tenido posibilidad de mostrarlos por criterios de formato y espacio de la revista JAMA Psychiatry, aunque podrían haberlos facilitado como material suplementario. Pero los datos que sí muestran son buenos y los resultados se ajustan a los umbrales que hoy se aceptan como estadísticamente significativos. Dentro del campo de los estudios de neuroimagen, el de Kühn y Gallinat parece metodológicamente bastante sólido, incluyendo alguna comprobación extra que les detallaré más abajo.

Pasemos ahora a las conclusiones. Como repito aquí con frecuencia, la penúltima vez hace unos días, correlación no implica causalidad. Una cosa es observar que hay una relación entre dos fenómenos, y otra muy diferente saber si uno causa el otro, si el otro causa el uno, si en realidad bajo los fenómenos observados se esconden otros no considerados que son los verdaderamente relacionados como causa y efecto, o si no es nada de lo anterior y se trata tan solo de una extraña casualidad.

Como les contaba hace unos días, para establecer una relación de causalidad (no casualidad) es necesario tener en cuenta si existe algún mecanismo plausible que pueda explicarla. De lo contrario, y salvo que puedan presentarse pruebas extraordinarias de una relación implausible, se aplica lo que decía el personaje de Sidney Wang en Un cadáver a los postres: “teoría estúpida”.

En el caso del estudio de Kühn y Gallinat, sí existe un mecanismo plausible. El cerebro es plástico, cambia todos los días con nuestra experiencia y nuestro aprendizaje. Lo que hacemos, lo que vemos, lo que experimentamos y lo que memorizamos están continuamente remodelando nuestras conexiones neuronales y provocando microcambios que se acumulan y que resultan en macrocambios. Así que en este caso no se aplica el principio de Wang: aprender a tocar el piano, o cambiar de idioma habitual, o tomar drogas de forma habitual, pueden modificar la estructura y la función del cerebro. Ver porno también puede hacerlo.

En concreto, los cambios observados refuerzan la plausibilidad. Las regiones donde aparecen diferencias están implicadas en funciones como el sistema de recompensa y la inihibición. El sistema de recompensa se activa cuando experimentamos sensaciones placenteras, ya sea comer chocolate, ver fotos de nuestros hijos o marcharnos de vacaciones. Los investigadores descubrieron que quienes consumen más porno tienen una menor respuesta del sistema de recompensa ante imágenes sexuales. Digamos que el cerebro está más habituado. Los autores lo equiparan a otros estudios que han encontrado diferencias parecidas en los jugadores de azar o los consumidores de drogas. En cuanto al sistema de inihibición, actúa como freno de nuestra conducta, por lo que quienes ven más porno lo utilizan menos.

Pero en cualquier caso, incluso existiendo una relación plausible, aún no hemos llegado al titular “ver porno reduce el cerebro”. Para ello hace falta demostrar el vínculo causal, y como mínimo hay que empezar descartando otras posibilidades. Esta era la conclusión de Kühn y Gallinat en su estudio:

Uno estaría tentado de asumir que la frecuente activación cerebral causada por la exposición a pornografía podría llevar al desgaste y la regulación negativa de la estructura cerebral subyacente, así como de su función, y a una mayor necesidad de estimulación externa del sistema de recompensa y una tendencia a buscar material sexual nuevo y más extremo.

Naturalmente y como es obligado, consideran también la hipótesis recíproca: en lugar de A luego B, B luego A. Es decir, que sean esas diferencias cerebrales las que lleven a ver porno:

Los individuos con menor volumen del estriado pueden necesitar más estimulación externa para experimentar placer y por tanto pueden experimentar el consumo de pornografía como más placentero, lo que a su vez puede llevar a un mayor consumo.

Eso de “uno estaría tentado de asumir” es una fórmula peculiar que aparece en los estudios con bastante frecuencia. Los trabajos científicos tienen que ceñirse a un lenguaje formal y prudente donde nada puede afirmarse o darse por hecho si no se prueba claramente. Cuando un investigador escribe en un estudio “uno estaría tentado de asumir”, en realidad lo que quiere decir es: “esto es lo que creo y lo que me gustaría, pero no puedo demostrarlo”. De hecho, en una nota de prensa publicada por el Instituto Max Planck, donde se hizo el experimento, los investigadores reconocían que se inclinaban por la primera hipótesis.

Imagen de deradrian / Flickr / CC.

Imagen de deradrian / Flickr / CC.

Esto no implica necesariamente que Kühn y Gallinat estén motivados por una postura contraria al porno. Para un investigador demostrar la segunda hipótesis, que ciertos rasgos cerebrales incitan a consumir más porno, sería un buen resultado. Pero demostrar la primera hipótesis, que ver porno reduce la sustancia gris, aunque sea mínimamente, supondría un bombazo: no solo la fama efímera de los titulares de prensa, sino cientos de citaciones en otros estudios, más financiación para proyectos, puede que alguna oferta de trabajo e incluso quizá una llamada para dar una charla TED.

Con todo, es justo decir que Kühn y Gallinat no se dejaron llevar por sesgos, ni en su estudio ni en sus declaraciones a los periodistas. Lo curioso (no, realmente no lo es) es que bajo los titulares del estilo “ver porno daña el cerebro”, los artículos mencionaban también la posibilidad de la segunda hipótesis en palabras de los propios investigadores. Como he dicho arriba, es cuestión de clics.

Pero es evidente que la difusión de la información sí estaba afectada por claros sesgos. Cuando se trata de cosas como el porno, hay sectores que van a presentar toda información de modo condicionado por sus prejuicios. En EEUU, un país de población mayoritariamente creyente y de tendencia política conservadora, algunas webs religiosas y de defensa de la familia se lanzaron a cargar de plomo los titulares sobre los efectos negativos del porno. Curiosamente, la pornografía es uno de los raros casos que pone de acuerdo a grupos de los dos extremos políticos: para los más religiosos y conservadores es inmoral, mientras que la izquierda suele acentuar que el porno degrada a las mujeres y alimenta negocios ilegales de trata y explotación de personas.

Sin embargo y con independencia de la opinión que a cada uno le merezca el porno, la ciencia debe iluminar los hechos. Y las dos hipótesis anteriores no son las únicas en juego; además existe una tercera posibilidad que he mencionado más arriba, y es que las diferencias cerebrales observadas en el estudio obedezcan a otras variables ocultas que no se han considerado en el estudio. Esto se conoce como confounding variables, o variables de confusión.

Un ejemplo lo conté aquí hace unos años, a propósito de un estudio sueco que supuestamente mostraba una relación entre el consumo de Viagra y el desarrollo de melanoma maligno. En aquel caso, los propios investigadores reconocían que tal vez el melanoma no tenía absolutamente nada que ver con la Viagra, sino que quienes más toman este caro fármaco son aquellos con mayor nivel económico y que por tanto disfrutan de más vacaciones al sol; cuya incidencia en el melanoma sí parece suficientemente probada.

En el caso del porno, los propios Kühn y Gallinat se ocuparon de descartar dos posibles factores de confusión, el mayor uso de internet y la adicción al sexo. Las diferencias cerebrales observadas podían deberse realmente no a ver porno, sino a alguno de estos dos rasgos que a su vez podrían asociarse con un mayor consumo de contenidos sexuales. Los resultados muestran que ninguno de estos dos factores parece ser la causa, lo que aumenta el valor del estudio.

El problema es que la lista de posibles factores de confusión puede ser muy amplia, y es difícil descartarlos todos. En la revista Wired, el psicólogo y escritor Christian Jarrett se ocupaba de plantear certeramente un factor muy plausible: dado que fueron los propios participantes en el experimento quienes declararon su consumo de porno online (un aspecto que los propios autores mencionaban como la principal limitación), según Jarrett lo que el estudio realmente revela son las diferencias en el cerebro de quienes dicen ver más porno. Pero aquellos dispuestos a confesar más libremente este hábito pueden ser los más desinhibidos y con menor aversión al riesgo; o sea, precisamente los que muestran los rasgos cerebrales observados. Así, concluía Jarrett, el estudio podría no estar mostrando el efecto del porno en el cerebro, sino la huella cerebral de unos determinados rasgos de personalidad.

Claro que habría otro factor de confusión enormemente obvio. Lo explico con un viejo chiste: un tipo va al médico. “Doctor, vengo a consultarle un extraño problema. Ver porno en internet me pone el pene naranja”. “¿Cómo dice, naranja?”, replica el médico, sorprendido. “Eso es, doctor”, confirma el paciente. “A ver, explíqueme exactamente qué es lo que hace”. A lo que el paciente responde: “Pues mire, me siento frente al ordenador con mi bolsa de ganchitos…”

Es decir, es casi evidente que los usuarios de porno generalmente están realizando al mismo tiempo otra tarea manual que también le pega un buen repaso al sistema de recompensa. Y por supuesto, no solamente el estudio de Kühn y Gallinat no puede descartar esta posibilidad, sino que sería muy complicado diseñar un estudio que lo hiciera.

Pero claro, aquí llegamos a otra implicación mucho más espinosa: después de haber conseguido por fin librarnos de tabús y de supercherías sobre la masturbación, como cuando se creía que causaba ceguera, ¿habría alguien dispuesto a sostener que masturbarse daña el cerebro? Así llegamos a los motivos que han llevado a algunos investigadores a definir los estudios sobre el cerebro y el porno como un cenagal del que siempre se sale enfangado…

Les dejo con unos minutos musicales alusivos al tema. Por desgracia, Adictos de la lujuria de los incomparables Parálisis Permanente no tuvo un vídeo oficial, que yo sepa, pero las poses de Ana Curra en la funda del disco alimentaron las fantasías de muchos en la era preinternet. Y ya en la era de internet, nada mejor que Pussy, de Rammstein.

¿Debe una prueba de trastorno mental influir en las sentencias judiciales?

Esta mañana he podido escuchar cómo el primer tertuliano de radio de la temporada se transmutaba en psiquiatra experto para afirmar sin rubor ni duda que la ya asesina confesa de Gabriel Cruz es “una evidente psicópata”. Lamentablemente, el tertuliano no ha detallado el contenido de sus análisis periciales ni las fuentes de su documentación, aunque algo me dice que probablemente estas últimas se resumirán en Viernes 13 parte I, II, III, IV, V y VI.

Gabriel Cruz. Imagen tomada de 20minutos.es.

Gabriel Cruz. Imagen tomada de 20minutos.es.

Sí, todos hemos visto películas de psicópatas, tanto como hemos visto películas de abogados. Pero lo único evidente es que solo los psiquiatras están cualificados para emitir un diagnóstico de trastorno mental, y que solo los juristas están cualificados para establecer cómo este diagnóstico, si llega a existir, influye en el dictamen de una sentencia de acuerdo a la ley.

El problema es que quizá la influencia de estos diagnósticos en las sentencias no siempre sea bien recibida o entendida por el público. Obviamente, el código penal no es una ley de la naturaleza, sino una construcción humana. El diagnóstico de un psiquiatra puede ser científico (sí, el filósofo de la ciencia Karl Popper alegaba que el psicoanálisis era una pseudociencia, aunque no creo que hoy pensara lo mismo de otros enfoques como la neuropsiquiatría), pero el papel del médico forense acaba cuando presenta su dictamen, y su impacto sobre la jurisdicción es una decisión humana; que no debería ser arbitraria, pero que en ciertos casos o para muchas personas puede parecerlo.

La Ley de Ohm es la misma aquí que en Novosibirsk, pero la ley de Ohm-icidios cambia en cuanto nos desplazamos unos cuantos cientos de kilómetros. Cuando se trata de crímenes tan atroces como el de Gabriel, hemos visto de todo: asesinos convictos con una frialdad glacial sin confesión ni arrepentimiento, pero también madres destrozadas al ser conscientes de la barbaridad que cometieron cuando mataron a sus hijos en la creencia de que iban a ahorrarles sufrimiento y llevarlos a “un lugar mejor”. Imagino que a su debido tiempo los psiquiatras forenses deberán determinar si la asesina de Gabriel está afectada por algún trastorno o no, ya sea transitorio o permanente, y un posible diagnóstico podría influir en su sentencia. Pero esta influencia es algo que puede variar de un país a otro.

Si no he entendido mal, y que me corrija algún abogado en la sala si escribo alguna burrada, una parte de esta heterogeneidad de criterios se debe a las diferencias en los sistemas legales. España y la mayor parte del mundo se basan en el llamado Derecho Continental, en el que prima el código legal. Por el contrario, Reino Unido, EEUU, Australia y otros países de influencia británica se rigen por el Derecho Anglosajón (Common Law), en el que la jurisprudencia manda sobre la ley. Al parecer este es el motivo de esas escenas tan repetidas en el cine de abogados, donde la presentación del precedente del estado de Ohio contra Fulano consigue finalmente que el protagonista gane el caso cuando ya lo tenía perdido.

En concreto, en EEUU esta primacía de la jurisprudencia parece marcar diferencias en cómo jueces y jurados integran un diagnóstico de trastorno mental en sus sentencias. Un estudio publicado en 2012 en la revista Science llegaba a la conclusión de que una defensa basada en un diagnóstico de psicopatía es una “espada de doble filo”: algunos jueces lo interpretan como un atenuante porque el psicópata no es plenamente responsable de sus actos, mientras que otros lo aprovechan como agravante con el fin de que una condena mayor proteja a la sociedad del psicópata.

En concreto, los autores descubrieron que los 181 jueces de EEUU participantes en el estudio tendían a aumentar sus condenas a causa de un diagnóstico de psicopatía, pero se inclinaban a aliviar este aumento de la pena cuando se les explicaban las bases biológicas y neurológicas del trastorno mental. En España y según leo en webs jurídicas como aquí, aquí o aquí, además de lo que dice al respecto el Código Penal, los trastornos mentales actúan como atenuantes o eximentes.

En los últimos años parece existir además una tendencia hacia una mayor biologización de los diagnósticos de trastorno mental en el ámbito jurídico. En EEUU llevan ya unos años utilizándose los escáneres de neuroimagen para mostrar cómo un reo muestra ciertas alteraciones en su actividad cerebral que se asocian con determinados trastornos mentales.

En algunos juicios se han presentado también análisis genéticos de Monoamino Oxidasa A (MAO-A), un gen productor de una enzima cuya carencia se ha asociado con la agresividad en ciertos estudios. Estos argumentos también han llegado a Europa, donde ya han servido para aminorar algunas condenas cuando los estudios genéticos y de neuroimagen mostraban que el condenado estaba, según ha presentado la defensa y ha admitido el juez, genéticamente predispuesto a la violencia.

Pero aunque sea una práctica común y aceptada que un trastorno mental influya en una sentencia criminal, parece evidente que este enfoque no cuenta con la comprensión general. Y no solo por parte del público. En el estudio de Science, la coautora y profesora de Derecho de la Universidad de Utah Teneille Brown concluía: “A la pregunta de ¿influye esta prueba biológica [de un trastorno mental] en el dictamen de los jueces?, la respuesta es absolutamente sí; entonces eso nos lleva a la interesante pregunta: ¿debería?”

Para algunos la respuesta es no. En un análisis publicado en 2009 en la revista Nature, el genetista Steve Jones, del University College London, decía: “el 90% de los asesinatos son cometidos por personas con un cromosoma Y; hombres. ¿Deberíamos por esto dar a los hombres condenas más leves? Yo tengo baja actividad MAO-A, pero no voy por ahí atacando a la gente”.

Pero para otros, en cambio, los estudios biológicos son una interferencia irrelevante que no debería influir en la consideración de un trastorno como atenuante; en un análisis relativo al estudio de Science, el experto en leyes y neurociencia Stephen Morse, de la Universidad de Pensilvania, decía: “si la ley establece que una falta de control de los impulsos debe influir en la sentencia, ¿por qué debería importar si esa falta de control de los impulsos es producto de una causa biomecánica, psicológica, sociológica, astrológica o cualquier otra de la que el acusado no es responsable?”

Con independencia de si el trastorno debiera influir o no, como agravante o atenuante, podría parecer que pruebas como las genéticas al menos deberían ayudar a certificar el estado mental del sujeto en el momento del crimen. El pasado noviembre, el psicólogo criminal Nicholas Scurich y el psiquiatra Paul Appelbaum publicaban un artículo en la revista Nature Human Behaviour en el que notaban cómo “la introducción de pruebas genéticas de una predisposición a una conducta violenta o impulsiva está en alza en los juicios criminales”.

Sin embargo, la aportación de la genética es cuestionable: los autores advertían de que esta tendencia puede ser contraproducente, ya que no existen pruebas suficientes de una vinculación directa entre ciertos perfiles genéticos y los comportamientos antisociales. “Aunque aún hay controversia, algunos juristas teóricos han sugerido que la genética del comportamiento y otras pruebas neurocientíficas tienen el potencial de socavar la noción legal del libre albedrío”, escribían Scurich y Appelbaum.

En resumen, la polémica se sintetiza en una pregunta ya clásica:¿la biología le obligó a hacerlo?Parece que seguirá siendo un asunto controvertido, sobre todo porque toca materias muy sensibles, como la esperanza de unos padres destrozados de que se haga justicia con el asesinato de su hijo. ¿Hasta qué punto puede considerarse que una persona afectada por ciertos trastornos es responsable o no de sus actos? ¿Hasta qué punto deben estas condiciones influir en una sentencia judicial? Si hoy no creemos en el determinismo genético de la conducta, ¿tiene sentido seguir aplicando este concepto a la atenuación de penas? ¿Es una idea obsoleta? Ni la ciencia ni el derecho parecen tener todas las respuestas a unas preguntas que posiblemente vuelvan a resonar cuando se celebre el juicio de la asesina de Gabriel.

Un pez para Gabriel que Mola #TodosSomosGabriel

Seguro que Gabriel conoce muy bien este pez, porque puede encontrarlo cerca de su casa y no es un pez cualquiera: es un pez con raspa que pesa más que cuatro vacas. O el pez de esqueleto óseo más pesado del mundo. Por aquí lo conocemos como pez luna porque su forma recuerda a una luna llena con aletas. En ciertos idiomas se traduce como cabeza nadadora, porque realmente parece como si se hubiera olvidado el resto del cuerpo en algún lugar.

Un pez luna. Imagen de Per-Ola Norman / Wikipedia.

Un pez luna. Imagen de Per-Ola Norman / Wikipedia.

En algunos países lo llaman pez sol, no tanto por su forma, sino por su costumbre de tumbarse de costado en la superficie del mar para tomar el sol. Aunque según parece, no es por su afición a broncearse, sino para una sesión de limpieza: hay unas 54 especies de parásitos que se aprovechan de él sin que pueda quitárselos de encima por sí solo, así que se deja ver en la superficie para que las aves marinas puedan disfrutar de un bufé libre de parásitos.

Pero su nombre científico es aún mejor: se llama Mola mola. El nombre procede del latín muela, y hace referencia a las muelas de molino, una comparación que les pareció acertada cuando se describió en el siglo XVIII. Leo por ahí que en ciertos lugares de Andalucía se le llama mula, así que es posible que Gabriel lo conozca por este nombre.

Un pez luna en el acuario de Monterrey (California). Imagen de Fred Hsu / Wikipedia.

Un pez luna en el acuario de Monterrey (California). Imagen de Fred Hsu / Wikipedia.

Recientemente se ha descubierto que los científicos se habían equivocado al etiquetar el ejemplar más grande que se conoce, capturado en Japón en 1996 y que pesa 2.300 kilos. Ha resultado que no es un Mola mola, sino un pariente suyo llamado Mola alexandrini, que se convierte así en el rey de los peces óseos del mundo. Hasta donde sé, esta otra especie no tiene un nombre común diferenciado en castellano, pero en inglés lo llaman pez sol de cabeza jorobada, por el bulto en la frente.

Estas inmensas maravillas marinas no son fáciles de estudiar, pero los tests genéticos y la investigación de numerosos ejemplares y fotos ha permitido ahora a los científicos de la Universidad de Hiroshima aclarar que en realidad los Mola se clasifican en tres especies, Mola mola, Mola tecta y Mola alexandrini, y que por ahora este último merece el premio al pez óseo más gigantesco.

Los pulpos, más protegidos en el laboratorio que en la cocina

Cuando en 2010 se aprobó la nueva directiva europea sobre experimentación con animales, que entró en vigor en 2013, hubo uno de sus aspectos que sorprendió a muchos. La normativa a aplicar en los países de la Unión establecía unas condiciones mucho más restrictivas que las existentes hasta entonces –es tal vez la más estricta del mundo después de la británica– para toda investigación que pretenda utilizar animales vertebrados; es decir, en una escala evolutiva, digamos que desde las lampreas hasta los primates no humanos. Pero la directiva incluía también un extra, un grupo de animales invertebrados: los cefalópodos; pulpos, sepias, calamares y nautilos.

Un pulpo Dumbo (Grimpoteuthis). Imagen de NOAA / Wikipedia.

Un pulpo Dumbo (Grimpoteuthis). Imagen de NOAA / Wikipedia.

¿Por qué los cefalópodos? ¿Y por qué no otros invertebrados? En primer lugar debo explicar que la presencia de este grupo de moluscos en los laboratorios no es rara, especialmente en los de neurociencias. De hecho, una gran parte de lo que hoy se sabe sobre el funcionamiento de las neuronas se lo debemos al humilde calamar.

En 1909 el anatomista y embriólogo estadounidense Leonard Worcester Williams descubrió que los axones de ciertas neuronas del calamar –los cables que transmiten el impulso eléctrico de unas neuronas a otras– tenían un grosor de hasta un milímetro, un tamaño gigantesco en comparación con los de otras especies.

Unos 30 años más tarde el inglés John Zachary Young comprobó que estas neuronas gigantes le sirven al calamar para propulsarse rápidamente por el agua mediante contracciones de los músculos del manto. En la misma década, los también ingleses Alan Hodgkin y Andrew Huxley descubrieron que en el axón del calamar era tan grueso que podían introducir un fino hilo de plata para medir cómo se transmitía la corriente eléctrica del impulso nervioso. A partir de entonces otros muchos investigadores comenzaron a estudiar el sistema nervioso utilizando el axón gigante del calamar. Los estudios con estos animales sentaron las bases de gran parte de lo que hoy se conoce sobre cómo funciona el sistema nervioso, y por tanto sobre lo que hoy puede hacerse para curar sus enfermedades.

Pero los estudios posteriores con cefalópodos comenzaron a revelar a los investigadores que estos animales son los invertebrados más sofisticados que existen (intento evitar el término “más evolucionados” porque suele ser erróneo casi todas las veces que se emplea). Su cerebro es comparativamente más grande que el de los vertebrados conocidos como “de sangre fría” (otro término erróneo), y su inteligencia es sorprendente: son capaces de aprender, encontrar soluciones a problemas y utilizar herramientas que guardan para más tarde.

En algunos casos se han escapado de sus acuarios para comerse los cangrejos de otro tanque y regresar después a su casa. Un famoso pulpo de un acuario de Alemania llamado Otto lanzaba piedras al cristal y disparaba chorros de agua a una lámpara para provocar cortocircuitos. En internet incluso circulan listas de octópodos famosos por sus habilidades (sí, uno de ellos fue aquel Pulpo Paul del Mundial de Fútbol). Y todo esto sin mencionar su increíble capacidad de camuflaje, aún más pasmosa teniendo en cuenta que la mayoría de los cefalópodos tienen una visión aguda, pero son ciegos a los colores.

Un pulpo abriendo un bote con tapa de rosca en Salzburgo (Austria). Imagen de MatthiasKabel / Wikipedia.

Un pulpo abriendo un bote con tapa de rosca en Salzburgo (Austria). Imagen de MatthiasKabel / Wikipedia.

Debido a su complejo sistema nervioso, muchos expertos consideraron que los cefalópodos debían recibir la misma protección que cualquier vertebrado de cara a la experimentación con animales, y por ello las leyes europeas y británicas los incluyeron en sus regulaciones como caso especial de invertebrados. Lo cual llevó a las organizaciones animalistas a protestar por la no inclusión de otros grupos de invertebrados como los crustáceos decápodos (genéricamente, los cangrejos). Pero la diferencia con los cefalópodos en cuanto a su sistema nervioso es muy amplia, y los legisladores debían poner el punto de corte en algún lugar; de haber incluido los cangrejos, no habría motivos fundamentados para no extenderlo también a los insectos.

Sin embargo, la inclusión de los cefalópodos en la norma europea levantó bastante revuelo. Esta ley comunitaria (que cada país ha traspasado a su propia legislación) establece la necesidad de que todo experimento con animales de las especies protegidas pase un proceso de aprobación de varios pasos en el que tiene que justificarse la imposibilidad de realizar la misma investigación sin utilizar animales, y en todo caso obliga a que el daño y el estrés se minimicen por todos los medios posibles, por supuesto empleando siempre anestesia.

El problema, decían los investigadores que trabajan con cefalópodos, es que nadie sabe si la anestesia funciona en estos animales ni cómo, y podría hacerles más daño que bien. Para estos investigadores, la ley europea era “mamiferocéntrica”. Los resultados de la nueva norma los resumía en 2016 la bióloga marina Belinda Tonkins, especialista en bienestar animal de la Universidad de Middlesex (Reino Unido): “entre 2005 y 2011, es decir, antes de la legislación, hubo en Europa al menos 370 estudios científicos revisados por pares sobre cefalópodos que hoy requerirían una licencia […] Entre 2013 y 2015, no se efectuó ningún procedimiento experimental con cefalópodos”.

Está claro que a la investigación basada en el uso de cefalópodos la normativa actual le ha complicado mucho la tarea, pero la inclusión de estos animales en la legislación parece suficientemente justificada, y la legislación sobre protección animal en los laboratorios es una exigencia moral promovida por los propios científicos. Hoy la mayoría de los países desarrollados, los más pujantes en ciencia, cuentan con leyes orientadas hacia lo que desde 1959 se conoce como las 3R: reemplazamiento (tratar en la medida de lo posible de sustituir los animales por otros sistemas in vitro o in silico), reducción (reducir el número de animales utilizados) y refinamiento (mejorar las técnicas para minimizar el daño y el estrés).

Estas normas imponen una vigilancia estrecha de la experimentación con animales para garantizar una armonización entre el progreso biomédico y nuestras obligaciones éticas hacia los seres con los que compartimos este planeta. Todo ello teniendo en cuenta que para ciertas investigaciones es y será imposible sustituir un sistema tan complejo como un organismo por un cultivo de células, un órgano in vitro o una simulación informática.

Pero frente a todo esto, llama la atención que en otro ámbito tan indiferente al progreso de la humanidad como es la gastronomía sigan empleándose métodos que suponen una evidente tortura para los cefalópodos: apalearlos, congelarlos o “asustarlos” introduciéndolos en agua hirviendo. Todo ello mientras el animal aún está vivo, salvo que alguien conozca la manera de practicar una eutanasia rápida e indolora a un pulpo. Basta una ligera búsqueda en Google para encontrar infinidad de recetas y vídeos que informan sobre cómo preparar el pulpo utilizando alguno de estos procedimientos que serían inadmisibles si se aplicaran a cualquier vertebrado.

Y sin embargo, las críticas de ciertos grupos animalistas radicales se focalizan en los laboratorios, no en los restaurantes. Pero la ciencia, que es simplemente algo tan modesto como una herramienta esencial para el conocimiento y el progreso, no puede competir en popularidad con artes tan espiritualmente elevadas y trascendentales como la cocina; donde esté un buen pulpo a la gallega, que se quite la investigación del alzhéimer.

Para acercarles un poco más al mundo de estos bellos e inteligentes animales, les dejo un par de vídeos que han circulado últimamente por internet. El primero se tomó minutos después del nacimiento de un ejemplar de Grimpoteuthis, llamado pulpo Dumbo (es evidente por qué), a bordo de un buque oceanográfico de la NOAA (Administración Atmosférica y Oceánica de EEUU), algo observado por primera vez por los científicos. El segundo muestra en directo cómo emerge de su huevo un bebé de pulpo del Caribe (Octopus briareus) en el Acuario de Virginia, y cómo desde su primer segundo de vida empieza a entrenar su habilidad para el camuflaje.

Nightwish y Darwin, música y ciencia, metal sinfónico y biología evolutiva

No es frecuente que el rock en general se ocupe de temas de ciencia, a pesar de que un puñado de músicos prominentes tienen formación científica e incluso se han doctorado. Uno de estos últimos, Greg Graffin de Bad Religion, suele salpicar sus temas con reflexiones antropológico-evolutivas. Están, por supuesto, las magníficas serenatas espaciales de Bowie, el Astronomy Domine de Pink Floyd, las referencias tecnocientíficas de Kraftwerk…

Mike Oldfield le dedicó un álbum a la novela de Arthur C. Clarke The Songs of Distant Earth. Y por supuesto, no olvidemos ’39, ese gran tema del astrofísico y guitarrista de Queen Brian May que cuenta cómo un grupo de colonos espaciales regresa a la Tierra para descubrir que el año transcurrido para ellos ha sido un siglo aquí, debido a la dilatación del tiempo según la relatividad especial de Einstein.

Pero no, The Scientist de Coldplay no cuenta: la tribulación de un científico arrepentido por abstraerse en sus números y en sus “preguntas de ciencia, ciencia y progreso”, mientras su chica se le escapa porque él no ha escuchado los gritos de su corazón, es, además de una sobredosis de azúcar, si acaso un tema anti-ciencia.

He sabido que el próximo 9 de marzo sale a la venta Decades, un doble álbum recopilatorio que celebra los 20 años de Nightwish, y es una buena ocasión para traerles aquí una recomendación músico-científica. Nightwish es el grupo finlandés que más discos vende en el mundo, una banda de metal sinfónico con toques folk, power y alguna gota gótica. Su estilo se caracteriza por una densa atmósfera sonora que construye capas sobre una base orquestal, coronada por una voz femenina que ya ha cambiado dos veces en la historia de la banda; la vocalista actual es la holandesa Floor Jansen. Pero el alma de Nightwish, su fundador, líder y compositor, es el multiinstrumentista Tuomas Holopainen, ese tipo con aire a lo Íñigo Montoya que se sienta a los teclados.

Imagen de Nightwish.

Imagen de Nightwish.

Hace unos años, Holopainen comenzó a interesarse por la obra de Charles Darwin y del biólogo evolutivo Richard Dawkins. Lo que descubrió de la historia y del funcionamiento de la naturaleza en aquellos libros le fascinó de tal modo que decidió dedicarle todo un álbum. El resultado fue Endless Forms Most Beautiful, el octavo disco de Nightwish, publicado en 2015 y que en palabras de Holopainen es un “tributo a la ciencia y el poder de la razón” a través de “la belleza de la vida, la belleza de la existencia, la naturaleza y la ciencia”.

El propio título del álbum está extraído de la última frase de El origen de las especies, el libro en el que Darwin sentó las bases de la selección natural. En este cierre, Darwin resumía el núcleo de su teoría, la evolución de todos los seres vivos a partir de un ancestro común. La cita sirvió también para titular un influyente libro de biología evolutiva publicado en 2005 por el biólogo molecular Sean Carroll.

There is grandeur in this view of life, with its several powers, having been originally breathed into a few forms or into one; and that, whilst this planet has gone cycling on according to the fixed law of gravity, from so simple a beginning endless forms most beautiful and most wonderful have been, and are being, evolved.

Hay grandeza en esta visión de que la vida, con sus diferentes fuerzas, ha sido originalmente alentada en unas pocas formas o en una; y de que, mientras este planeta ha continuado girando según la ley invariable de la gravedad, desde un comienzo tan simple infinidad de formas de lo más bello y maravilloso han evolucionado y están evolucionando.

Imagen de Nightwish.

Imagen de Nightwish.

El disco cuenta también con la colaboración estelar de Richard Dawkins, que ha leído citas de Darwin y de sus propias obras para abrir y acompañar algunos de los temas. En el single que da título al álbum se narra el viaje de la vida en la Tierra desde sus inicios, pasando por las células eucariotas y por el tiktaalik, un pez fósil que para algunos científicos representa una posible forma de transición hacia los anfibios.

El último tema, The Greatest Show on Earth, una expresión referida a la evolución e inspirada en un libro de Dawkins, es una pequeña joya sinfónica de 24 minutos que pone banda sonora épica y emocionante a la historia de la naturaleza terrestre. La única pega es que el CD no incluya el tema Sagan, dedicado al astrofísico Carl Sagan y que aparece únicamente en el single Élan.

En resumen, Endless Forms Most Beautiful es uno de los mayores homenajes que el rock ha rendido a la ciencia, y probablemente el más profundo que la biología evolutiva ha recibido de la música. Y la demostración de que, al contrario de lo que parecen creer los chicos de Coldplay, las emociones de una persona adulta se alimentan de algo más que el me-quiere-no-me-quiere; y que en concreto, la ciencia es capaz de transmitir emociones enormemente inspiradoras también a quienes se acercan a ella por simple curiosidad.

Les dejo con el clip oficial del tema que da título al álbum, y con un estupendo vídeo subtitulado en castellano que el YouTuber SynnöBlop ha montado para The Greatest Show on Earth. Pero les animo a que escuchen el disco entero –y en su orden, como le gusta a Holopainen– siguiendo este enlace. Y si tienen la fortuna de encontrarse cerca de Villena (Alicante) el próximo 9 de agosto, gozarán de la oportunidad de disfrutar en directo de Nightwish en el festival Leyendas del Rock. Quienes han podido hacerlo aseguran que tienen un directo espectacular.


¿Y si los alienígenas nos enviaran un virus por correo electrónico?

A estas alturas todo usuario del correo electrónico debería saber que los mensajes sospechosos se tiran sin abrirlos, e incluso sin previsualizarlos, y que jamás de los jamases debe cometerse la insensatez de pinchar en un enlace contenido en un mensaje de cuya legitimidad tengamos la más mínima duda. Imagino que a la mayoría el simple uso nos ha entrenado para saber reconocer los mensajes sospechosos, incluso cuando llegan disfrazados bajo la dirección de correo de nuestro mejor amigo.

Pero ¿y si un día recibiéramos el primer correo electrónico desde fuera de nuestro Sistema Solar? ¿Deberíamos abrirlo?

Imagen de William Warby / Flickr / CC.

Imagen de William Warby / Flickr / CC.

Esto es lo que opinan al respecto el astrónomo amateur Michael Hippke y el astrofísico John Learned, autores de un nuevo estudio disponible en la web arXiv.org y aún no publicado formalmente:

Un mensaje complejo del espacio puede requerir el uso de ordenadores para mostrarlo, analizarlo y comprenderlo. Un mensaje semejante no puede descontaminarse con seguridad, y los riesgos técnicos pueden suponer una amenaza existencial. Los mensajes complejos deberían destruirse en el caso de aversión al riesgo.

Hace algo menos de un año les hablaba aquí de la teleexploración. Actualmente los humanos estamos teleexplorando nuestro Sistema Solar, es decir, utilizando sondas robóticas que trabajan a distancia sin nuestra presencia física. Por medio de transmisiones de radio, los responsables de estas misiones reciben información de los robots y les envían comandos para ejecutar determinadas acciones, pero los aparatos también tienen una capacidad limitada de actuar por sí solos de acuerdo a su programación previa; por ejemplo, si detectan una amenaza a su integridad pueden proteger sus sistemas entrando en modo de reposo.

En el futuro, podemos esperar que el desarrollo de la Inteligencia Artificial nos lleve a fabricar sondas que sean capaces de diseñar sus propias programaciones, y que por tanto actúen de forma autónoma: a dónde dirigirse, qué muestras recoger, cómo analizarlas, cómo actuar en función de los resultados… Como conté, algunas misiones actuales ya utilizan plataformas de software con cierta capacidad de tomar decisiones complejas.

En un futuro aún más lejano, tal vez sea posible extender esta telepresencia de las máquinas a la creación de organismos biológicos en el lugar a explorar. Es decir, que los robots sean capaces de imprimir seres vivos. En los laboratorios ya se utilizan impresoras 3D que emplean células en lugar de plástico para crear tejidos y simulaciones de órganos. En otros casos, se imprime en 3D una especie de base biodegradable que sirve como esqueleto para que las células crezcan sobre él y fabriquen un tejido con la forma deseada. Un ejemplo es un estudio publicado el mes pasado, en el que científicos chinos han fabricado orejas para cinco niños con las propias células de cada paciente.

Pero el futuro de la teleimpresión biológica podría ir mucho más allá: como conté aquí, ya existe una máquina capaz de imprimir virus a distancia a partir de sus componentes básicos (los virus más simples solo son cristales de proteínas con un ADN o ARN dentro), y algunos científicos contemplan la idea de crear una especie de bacteria nodriza, a la que una máquina pueda cargarle el ADN de otra especie (por ejemplo, la humana) para recrear ese organismo (por ejemplo, un humano) en el lugar deseado. Y no son guionistas de ciencia ficción, sino investigadores líderes en biología sintética quienes fantasean con la idea de utilizar este sistema para que el ser humano se expanda por el cosmos, enviando naves ocupadas por bacterias que lleven el genoma humano o de otras especies y que puedan crear personas, animales y plantas en rincones alejados del universo. O sea, una versión futurista del Arca de Noé.

Imagen de Pixabay.

Imagen de Pixabay.

Todo lo dicho para la teleexploración podría aplicarse también a la teleinvasión. Si una civilización lo suficientemente avanzada quisiera conquistar nuevos territorios, como nuestro hermoso y fértil planeta, subyugar a distancia sería sin duda la opción recomendada por el comparador de paquetes de invasión interplanetaria. Bastaría con enviar un correo electrónico con un virus inteligente que pudiera ejecutar el programa deseado; por ejemplo, destruir todos los sistemas computacionales de la Tierra y volar por los aires todas las infraestructuras que dependen de ellos, lanzar los misiles nucleares, liberar todos los virus almacenados en los laboratorios y construir máquinas que fabriquen terminators para acabar con los flecos.

Y todo ello sin mancharse las manos o sus extremidades equivalentes; fácil, barato, rápido y limpio. Nueve de cada diez alienígenas hostiles inteligentes elegirían la teleinvasión y la recomendarían a sus amigos. Tiene mucho más sentido que otras opciones como, por ejemplo, enviar una flota de absurdas naves con forma de plato de postre que presuntamente tratan de ocultarse pero que se esconden con la misma facilidad que un elefante detrás de una palmera, ya que algún diseñador torpe las llenó de luces por todas partes. Hippke y Learned lo plantean de forma más seria:

Aunque se ha argumentado que una ETI [inteligencia extraterrestre] sostenible no será probablemente dañina, no podemos excluir esta posibilidad. Después de todo, es más barato para una ETI enviar un mensaje malicioso para erradicar a los humanos en comparación con enviar naves de guerra.

Respecto a si una ETI sería hostil o no, nadie puede saberlo. Nuestra visión fluctúa con el espíritu de los tiempos entre los invasores despiadados y los semidioses benevolentes. Desde hace años, el físico Stephen Hawking ha advertido repetidamente de que enviar mensajes al espacio delatando nuestra presencia puede no ser una buena idea. Incluso alguien que se dedica a escuchar posibles emails de las estrellas como Seth Shostak, el astrónomo jefe del Instituto SETI (Búsqueda de Inteligencia Extraterrestre), suele comparar nuestro posible encuentro con alienígenas a la llegada de los europeos a América, lo que no resultó demasiado grato para los americanos.

Si alguien decidiera teleinvadirnos, su único riesgo sería que tiráramos su correo sin abrirlo. Pero tratándose de una especie como la nuestra, incauta y deseosa de conseguir algún follower galáctico, no sería difícil hacernos caer en la trampa si recibiéramos un correo bajo el encabezado “I love you“. Sobre todo si además llevara algún emoji simpático:

Resultado de imagen de alien emoji

Ante todo este panorama, Hippke y Learned recomiendan varias líneas de acción: encerrar el mensaje en una prisión, una especie de cuarentena informática aislada de la red, aunque esto podría resultar imposible si los destinatarios fueran múltiples y en todo caso el virus podría encontrar la manera de escapar, incluso convenciendo a sus captores; descontaminarlo, aunque sería complicado garantizar una descontaminación completa, sobre todo si el mensaje no se conoce en profundidad; o simplemente imprimirlo para analizarlo, porque es difícil que el papel haga ningún daño.

Claro que en su estudio Hippke y Learned pasan por alto un salto conceptual algo aventurado, y es dar por hecho que los alienígenas serían tan expertos en nuestros sistemas de computación como para poder explotarlos en su propio beneficio. Pero en cualquier caso, concluyen que finalmente solo nos quedarían dos opciones: “podemos escoger entre destruir el mensaje o asumir el riesgo”, aunque advierten de que “los posibles beneficios de unirnos a una red galáctica podrían ser considerables”.

Por si acaso, y si reciben un mensaje de alguien que solicita su ayuda para sacar cien mil millones de créditos galácticos de una cuenta corriente en un banco de Alfa Centauri y a cambio les promete el 10%, mejor no lo abran: reenvíenlo al Instituto SETI, que ellos ya sabrán qué hacer. Y si no es así, al menos no habrán sido ustedes los responsables del exterminio de la humanidad.

Los astronautas del futuro podrían (y deberían) reciclar sus heces para comer

Suele creerse que los astronautas comen píldoras, lo cual no es cierto. En los primeros vuelos espaciales se experimentó con tubos de pasta alimenticia, cubitos y comida en polvo. De hecho, en aquellos viajes pioneros los expertos ni siquiera estaban seguros de si sería posible comer en el espacio, ya que no sabían cómo la microgravedad podía afectar a la deglución.

La astronauta Sandra Magnus fue la primera que experimentó con la cocina en el espacio. Imagen de NASA.

La astronauta Sandra Magnus fue la primera que experimentó con la cocina en el espacio. Imagen de NASA.

Pero pasados aquellos tanteos iniciales, los astronautas comenzaron a alimentarse con comidas muy parecidas a las que tomamos aquí abajo, y su dieta está vigilada por nutricionistas que se aseguran de su correcta alimentación. No se preparan un solomillo Wellington, pero sí han llegado a experimentar con la cocina.

El principal problema allí arriba es que las cosas flotan, y por lo tanto no se puede echar un filete a una sartén ni hervir un huevo (el vapor no sube), se sustituye el pan por tortillas mexicanas para no crear una nube de migas y la sal viene en forma líquida. Pero comen pollo, ternera, fruta, verduras, pescado, e incluso en algunos casos pizza o hamburguesas. Las raciones preparadas suelen ir en paquetes sellados y deshidratados por comodidad y conservación, pero no por una cuestión de aligerar el peso del agua, ya que todo alimento seco debe rehidratarse, y en el espacio no es posible ir al río a por agua.

Pero todo esto se refiere a la única presencia humana actual en el espacio, la Estación Espacial Internacional (ISS). Y como siempre aclaro aquí, no olvidemos que la ISS, en términos de viajes espaciales, es casi un simulacro; la estación orbita a solo unos 400 kilómetros sobre la Tierra, algo menos de la distancia en AVE entre Madrid y Sevilla, que el tren recorre en unas dos horas y media. La diferencia en el caso de la ISS es que, al poner esos kilómetros de pie, llevar cualquier cosa allí es más complicado por la pegajosa gravedad de la Tierra. Pero recuerden que si todo flota en la ISS no es porque esté tan lejos que escapa del influjo gravitatorio terrestre, ni mucho menos, sino solo porque está continuamente en caída libre, como en esas atracciones de los parques donde te sueltan de golpe y sientes que la sangre se te sube a la cabeza.

Otra cosa muy diferente serían los viajes espaciales de verdad, esos que nunca parecen llegar. Pero si algún día ocurren, ¿cómo se alimentarán sus tripulantes? En el cine de ciencia ficción que se preocupa de estos asuntos, suelen plantearse posibilidades como los cultivos hidropónicos, que se crecen en agua y sin tierra. Esta es una opción real, y de hecho se practica en la ISS.

El astronauta Ed Lu, comiendo con palillos en la ISS. Imagen de NASA.

El astronauta Ed Lu, comiendo con palillos en la ISS. Imagen de NASA.

Pero tengamos en cuenta una realidad física: la materia no se crea ni se destruye, solo cambia de forma. Para que una tomatera produzca un tomate de 100 gramos, esos 100 gramos de materia debe robárselos a su entorno; otra cosa tiene que perder esos 100 gramos. Este es uno de los fallos más habituales en las otras películas de ciencia ficción, las que no se preocupan de estos detalles, y donde los seres crecen aparentemente de la nada.

En la ISS esto no supone un problema, porque los tripulantes reciben periódicamente naves de la Tierra con suministros frescos. Pero en un supuesto viaje interplanetario largo, no digamos ya interestelar, donde no pudiera llevarse toda la comida desde la Tierra y tuviera que fabricarse a bordo, los astronautas producirían sus propios alimentos, comerían, defecarían; si, como se hace en la ISS, expulsaran sus residuos al exterior, poco a poco irían robando materia al hábitat de la nave hasta que no quedara suficiente para seguir sosteniendo la producción de alimentos.

En el espacio abierto no hay materia que pueda recogerse; salvo que encontraran un oasis (como un planeta) donde repostar la química básica necesaria para sus alimentos, sobre todo carbono, hidrógeno, oxígeno, nitrógeno, fósforo y azufre, la situación sería insostenible. Por supuesto, otro tanto ocurre con el agua. Los viajeros también podrían fabricar su propia agua, pero igualmente necesitarían ir reponiendo su stock de hidrógeno y oxígeno.

Así pues, no les quedaría otro remedio: deberían reciclar sus propias heces para producir alimentos. Por asqueroso que esto pueda parecer, mirémoslo desde un punto de vista estrictamente químico: las heces son materia rica en nutrientes. La mayor parte se compone de bacterias, pero contiene todos esos elementos que los viajeros espaciales no podrían permitirse el lujo de tirar al espacio.

Simplemente, esos átomos y moléculas se encuentran en una forma no utilizable directamente, porque han perdido la energía que podemos extraer de ellos. Los seres vivos somos vampiros energéticos. Al digerir el alimento, le robamos energía (y materia, por supuesto). Para transformar esos residuos otra vez en alimento, simplemente debemos aportarles energía para convertirlos en otras formas moleculares que podamos aprovechar como fuente de energía.

Y por suerte, energía sí la hay en el espacio: hay luz, viento solar, rayos cósmicos, partículas que viajan a alta velocidad… La solución consistiría en cosechar esa energía y utilizarla para recargar las moléculas de las heces, como se recarga una pila, y así convertirlas de nuevo en alimento.

Desde hace años, en la ISS se recicla la orina de los astronautas para producir agua potable, y como conté aquí hace unos meses, en la Tierra también se están probando sistemas con este mismo fin. Lo de las heces llevará más trabajo, pero esta semana se ha publicado un estudio que aporta un sistema completo. No es ni mucho menos autosuficiente ni recicla todos los componentes de las heces sino solo un compuesto concreto, pero es un comienzo.

La astronauta italiana Samantha Cristoforetti explica el funcionamiento del retrete de la ISS. Imagen de ESA.

La astronauta italiana Samantha Cristoforetti explica el funcionamiento del retrete de la ISS. Imagen de ESA.

Los investigadores, de la Penn State University, no han utilizado (aún) heces ni orina, sino un residuo sólido y líquido que se emplea habitualmente para testar los sistemas de reciclaje; algo así como una caca humana industrial. El primer paso de su sistema consiste en utilizar ese residuo como comida para microorganismos; aunque nosotros no podemos alimentarnos directamente de nuestras heces, para muchos microbios son un manjar. Este proceso se llama digestión anaerobia. Es similar al que tiene lugar en nuestro tubo digestivo y se aplica en la Tierra al tratamiento de los residuos.

De esta digestión anaerobia, para la cual el aparato utiliza filtros modificados de los que se ponen en los acuarios, los investigadores cosecharon uno de sus preciados productos: el metano, el componente fundamental del gas natural, que contiene carbono e hidrógeno. El metano se sirve entonces a otro tipo de bacteria que lo usa como alimento y que crece muy a gusto comiéndoselo. Esta bacteria, llamada Methylococcus capsulatus, tiene un 52% de proteína y un 36% de grasa, y todo ello en forma comestible; actualmente se emplea como alimento para el ganado. Y no piensen que comer bacterias continúa siendo algo extraño y repelente; ¿qué si no es el yogur?

Los investigadores han probado su sistema asegurándose de que no crecen bacterias tóxicas, aplicando rangos de pH (acidez/alcalinidad) muy restrictivos y temperaturas altas para que la comida no se estropee. De momento es solo un prototipo y aún está muy lejos de convertirse en un aparato práctico; pero hasta el día en que tengamos naves interestelares, hay tiempo de sobra para desarrollarlo. El director del estudio, el geocientífico Christopher House, dice: “imaginen si alguien pudiera refinar nuestro sistema para poder recuperar un 85% del carbono y el nitrógeno del residuo en forma de proteínas sin tener que utilizar hidropónicos o luz artificial; sería un desarrollo fantástico para los viajes al espacio profundo”.

Esto es lo que hace un científico cuando se encuentra larvas de mosca bajo la piel

Como otras muchas personas, Piotr Naskrecki se fue de vacaciones al Caribe. Como muchas de ellas, regresó a casa con más de lo que llevó. Pero como algunas de ellas, aquello que se trajo de más no fue solo un bonito recuerdo o alguna artesanía local, sino un souvenir infinitamente menos grato: una colección de larvas de mosca que habían anidado bajo su piel.

Dermatobia hominis, hembra adulta. Imagen de Wikipedia / J. Eibl, U.S. Department of Agriculture.

Dermatobia hominis, hembra adulta. Imagen de Wikipedia / J. Eibl, U.S. Department of Agriculture.

La Dermatobia hominis, que vive en la América tropical y que según la Wikipedia por allí llaman “rezno” o “tórsalo”, es una mosca. Sí, es una mosca grande, del tamaño de un abejorro, e incluso su aspecto es parecido. Puede intimidar a primera vista, pero es del todo inofensiva. No pica ni muerde; de hecho, no se alimenta, y ni siquiera tiene boca. En su fase adulta solo vive unos tres o cuatro días, que dedica exclusivamente a tratar de apañarse una First Date para copular. Es básicamente una máquina reproductiva.

El problema son las larvas. Las maravillas de la evolución biológica han llevado a este insecto a especializarse en enterrar sus huevos en la carne humana (aclaro que no es el único, ni parasita solo a los humanos). Y lo hace de una manera increíblemente astuta. Si un insecto nos hincara en la piel un aguijón para poner los huevos, muy probablemente nos daríamos cuenta y lo aplastaríamos de un manotazo. Así que el tórsalo ha encontrado otra estrategia: subcontratárselo a otro que de todos modos vaya a pegarnos un picotazo.

Larva de Dermatobia hominis en fase temprana. Imagen de Wikipedia / Colombo973.

Larva de Dermatobia hominis en fase temprana. Imagen de Wikipedia / Colombo973.

La mosca no pone sus huevos en la piel humana, sino en la chepa de un mosquito o una garrapata. Cuando alguno de estos molestos chupasangres decide abrirnos un bar en la piel, el calor de nuestro cuerpo hace que los huevos caigan y eclosionen, y entonces las larvas entran para acodarse y anclarse a la barra. Nunca mejor dicho, ya que para evitar que las echen del bar, se fijan a través de una especie de coronas de púas. Allí viven durante un par de meses, hasta que por fin salen al exterior, caen al suelo y duermen una resaca de dos o tres semanas en forma de crisálida o pupa para finalmente despertar como moscas adultas. Y entonces, a buscar el amor de su (breve) vida.

Todo este drama biológico fue el que se ventiló en la piel de Naskrecki en 2014. Al regresar de sus vacaciones en Belice, donde como fotógrafo estuvo capturando las bellezas naturales del trópico, se dio cuenta de que se había traído una de ellas consigo. Lo que le dio la pista fue la presencia en su piel de picaduras de mosquito que no parecían cicatrizar. Por repugnante que resulte estar incubando larvas de mosca, al menos no suele ser doloroso: otra maravilla de la evolución es que las larvas, como otros insectos parásitos, probablemente producen sus propios analgésicos para intentar pasar inadvertidas y completar su ciclo.

Como cualquier otro haría, Naskrecki compró un kit de succión de veneno para extraerse las larvas de la piel. Este es uno de los remedios más recomendados, junto con aplicar vaselina en la herida para asfixiar a las larvas. En algunos lugares también ponen carne sobre la piel como cebo para que la larva salga a probar.

Larva de Dermatobia hominis. Imagen de Wikipedia / Geoff Gallice.

Larva de Dermatobia hominis. Imagen de Wikipedia / Geoff Gallice.

Pero Naskrecki, además de fotógrafo y viajero, es un científico, entomólogo de la Universidad de Harvard. Así que hizo lo que solo algún científico haría: dejarse dos larvas para permitirlas que completaran su ciclo y filmar y documentar todo el proceso. Además, y como narra Naskrecki en el vídeo que relata toda la experiencia (y que por desgracia no puedo pegarles aquí porque el autor lo ha restringido), pensó: “al ser un hombre, esta era mi única oportunidad de producir otro ser que viviera y respirara a partir de mi carne y de mi sangre”. Ya, ya, la analogía con un embarazo es siniestra, pero también algo nerdie.

Les animo a que se pasen por Vimeo a ver el vídeo, pero les prevengo: lo que se dice bonito, solo lo será para quienes lo contemplen como un documental de naturaleza en el que se disfruta de ver cómo van creciendo los cachorrillos. El propio Naskrecki advierte en el vídeo: “una vez visto, ya no se puede desverlo“.

Y como Naskrecki no me permite mostrarles el vídeo aquí, en lugar de la Human Botfly, como la llaman en inglés, les traigo la Human Fly, una canción de 1978 de los Cramps, aquel fantástico grupo garage que inventó el psychobilly y que tocaba con dos guitarras y sin bajo.