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El caso del coronavirus chino: preocupante y a la vez esperanzador

En poco más de un mes, el nuevo coronavirus chino 2019-nCoV ya ha recibido inmensamente más atención mediática y pública que el aún vigente brote de ébola en la República Democrática del Congo en casi año y medio. Y ello a pesar de que el segundo ya ha causado 2.237 muertes entre 3.416 casos (65% de mortalidad), mientras que el primero ha matado a 26 personas (datos de hoy) entre un millar de afectados que podrían subir hasta los 4.000, según el Centro de Análisis de Enfermedades Infecciosas Globales del Medical Research Council de Reino Unido.

No es una novedad, ni requiere explicación, ni por ello deja de ser triste, que los virus de por ahí abajo no preocupan siempre que no se les ocurra cruzar a este lado del Sáhara. Pero a primera vista resultaría curioso: aunque aún no se han publicado datos oficiales de la tasa de mortalidad del 2019-nCoV –un nombre provisional que en algún momento se sustituirá por el definitivo–, actualmente se maneja una cifra en torno a un 2% de los pacientes sintomáticos; podría ser menor si se descubriera que la condición asintomática es frecuente. Y en cambio, el ébola tiene una mortalidad de hasta el 90%. Por arrojar un dato de comparación, la gripe de 1918 mató a entre el 10 y el 20% de los infectados, mientras que la mortalidad de las gripes actuales es menor del 1%.

El personal de la estación de ferrocarril de Wuhan controla en los monitores la temperatura de los viajeros. Imagen de China News Service / Wikipedia.

El personal de la estación de ferrocarril de Wuhan controla en los monitores la temperatura de los viajeros. Imagen de China News Service / Wikipedia.

Pero a segunda vista, lo cierto es que hay motivos para que el 2019-nCoV sea incluso más preocupante que el ébola para la población en general. En primer lugar, y mientras que la posibilidad de transmisión del temible virus africano por el aire (aerosoles) aún es controvertida, en el caso del nuevo coronavirus chino parece confirmada, lo que apunta a un contagio fácil como el de una gripe. Y este es precisamente uno de los rasgos que los expertos suelen atribuir al hipotético virus que podría causar la próxima gran pandemia.

Por otra parte, también suele señalarse que el ébola mata demasiado y demasiado deprisa, por lo que resulta más asequible localizarlo y contenerlo. El causante ideal de una futura pandemia global sería, dicen los expertos, un virus con síntomas más leves e inespecíficos, lo que dificultaría su reconocimiento, y con una mortalidad baja, lo que le daría ocasión de expandirse. Pero incluso con una letalidad de solo un 2%, su impacto podría ser devastador; pensemos que la gripe de 1918 infectó a la tercera parte de la población mundial. Si algo semejante llegara a ocurrir hoy, imaginemos lo que supondrían más de 300.000 víctimas mortales en una población como la española.

En resumen, el coronavirus chino se parece bastante al retrato robot del virus que a juicio de los expertos podría causar el próximo gran desastre epidémico. Y aunque en estos días a todos aquellos que tenemos una cierta relación con estos asuntos suelen preguntarnos si hay motivos para la preocupación, en realidad no se trata tanto de temer la posibilidad de que un virus como este pueda llevarnos al otro barrio a cada uno de nosotros en particular, sino de la perspectiva, que nadie puede descartar, de un azote global que deje una herida profunda en nuestro mundo, como lo hizo la gripe de 1918.

Al menos existe también una visión esperanzadora, y es la respuesta que se ha puesto en marcha. Sea cual sea el sentido de la flecha que define cuál es la causa y cuál el efecto, lo cierto es que la gran atención mediática ha venido acompañada por medidas rápidas, algunas de ellas sin precedentes, como las cuarentenas en ciudades y las cancelaciones de festivales. Nadie sabe aún si todo esto bastará para minimizar o contener el contagio. En este momento, ni el más experto de los expertos se atrevería a apostar cuál será el alcance de la epidemia de aquí a unos meses. Pero entre la comunidad científica y adláteres circula ya desde hace años la idea de que la pregunta no es si la nueva gran pandemia llegará, sino cuándo. Y ya iría siendo hora de que todos empezáramos a tomarnos interés por lo verdaderamente preocupante.

Más cerca de la píldora del ejercicio físico, ahorrándonos el sudor y el chándal

Hubo un tiempo en que los humanos aquejados por alguna dolencia acudíamos al brujo o al chamán, quien nos administraba una pócima preparada con hierbajos y raíces, de sabor repugnante y que llevaba inherente el tributo a los dioses en forma de otros efectos indeseados, pero que al menos era capaz de aliviar hasta cierto punto algunos de esos males que motivaban la consulta.

Entra la ciencia. Y entonces, los químicos conseguían identificar lo que se llamó principios activos, compuestos concretos de esos hierbajos y raíces que eran responsables del poder curativo. Por ejemplo, el chamán no sabía que el espíritu benéfico que vivía en las hojas del sauce en realidad no era tal, sino el ácido 2-hidroxibenzoico, también llamado ácido salicílico. Así, con el tiempo se logró purificar esos ingredientes y separarlos de otros no tan beneficiosos, de modo que, por ejemplo, ya no era necesario beber tanta pócima para notar la mejora que otros compuestos de las hierbas nos dejaran los riñones como papas arrugás. O que hubiera que comerse tantos mohos que algunos de ellos a la larga provocaran cáncer de hígado.

Aún más, incluso se logró que ya no fuera necesario recoger hierbas, sino que esos principios activos pudieran crearse a partir de piezas más básicas. Por ejemplo, el ácido acetilsalicílico, una versión mejorada del ácido salicílico que hoy conocemos como aspirina, podía obtenerse mezclando cloruro de acetilo con salicilato sódico, y este a su vez se preparaba con dióxido de carbono y fenolato sódico, y este resultaba de combinar fenol e hidróxido sódico, y así.

Como resultado de todo ello, hoy ya no vamos al brujo o al chamán, sino al médico y a la farmacia. Por supuesto que los efectos secundarios adversos siempre existirán incluso con compuestos sintéticos puros, porque un organismo biológico no es un videojuego en el que uno gana o pierde vidas, sino un sistema muy complejo que mantiene un equilibrio llamado homeostasis, como un inmenso castillo de dominó, donde al mover una pieza se mueven también otras.

Pero no, en contra de lo que pueda parecer, esto de hoy no va de quimiofobia ni de chamanismo, sino que todo esto tiene también otra veta interesante. Si hemos conseguido aislar los principios activos buenos de las plantas medicinales para no tener que llevarnos todo el lote, ¿no podríamos hacer lo mismo con otras cosas que pueden proporcionarnos beneficios, recortando la parte que no queremos?

¿Por ejemplo, el ejercicio físico?

Imagen de pxfuel.

Imagen de pxfuel.

Cierto ejercicio físico reporta beneficios para la salud, en términos de regulación metabólica y capacidad motora. Esto es escasamente discutible, ya que está suficientemente avalado por la ciencia. Pero entran los matices: “cierto”, porque no todo. También la ciencia ha descubierto que un exceso de ejercicio físico puede ser perjudicial; los corredores de maratón sufren daño renal agudo, con lesiones estructurales en sus túbulos renales. O también la ciencia ha mostrado, por si hacía falta mostrarlo, que los niños con mayor actividad deportiva sufren más daños osteomusculares.

(Nota: a pesar de ello, en la Comunidad de Madrid, en la que vivo, a algún genio se le ha ocurrido que es una buena idea aumentar en una hora más a la semana la educación física en los colegios, algo a lo que alguna otra voz más sensata ya ha respondido advirtiendo de que se hará a costa de la enseñanza de las ciencias. Total, qué importa tener niños un poco más necios, siempre que estén más esbeltos y fuertotes, si al fin y al cabo somos una potencia mundial en deportes, no en ciencias).

Pero no solo sería ampliamente cuestionable que a todos los efectos se metan en el mismo saco la actividad física beneficiosa y el deporte extremo agresivo hacia el organismo y causante de dolencias que también suman al gasto sanitario. Sino que, además, es ampliamente rechazable que se identifiquen ejercicio físico y deporte. La distinción es lo suficientemente clara como para no tener que explicarla. Pero se concederá que uno puede apreciar los beneficios científicamente avalados de la actividad física sin que necesariamente tenga por qué gustarle el deporte.

Conozco personas que no han leído un libro desde que dejaron los estudios –si es que lo leyeron entonces–, y otros muchos que si leen algo –no, Twitter no cuenta– es por la información que ese algo les aporta (libros de autoayuda, ensayos políticos o históricos, etcétera, etcétera, etcétera), y no por disfrutar del placer de la lectura, porque carecen del gen (gen en sentido metafórico) del placer de la lectura. Para estas personas, leer es como máximo un peaje a pagar para obtener otra cosa, y están en su perfecto derecho. Algunos carecemos del gen del disfrute del deporte y lo sufrimos más bien como una tortura si queremos obtener el beneficio que puede reportarnos. También estamos en nuestro perfecto derecho. Y nos llevaremos bien, siempre que los unos no nos pongamos pelmazos tratando de convertir a los otros a nuestra causa.

Así que, para ese sector de la población no practicante del culto al deporte, y que pondríamos en una lista cien cosas más gratificantes y enriquecedoras para ocupar cualquier retal de nuestro tiempo antes que ponernos un chándal, ¿no sería posible que la ciencia recreara ese principio activo beneficioso del ejercicio físico sin tener que tragarnos el resto?

Bien, pues aunque esto aún no existe, la buena noticia es que sí hay investigadores trabajando en ello desde hace tiempo. El último estudio en esta línea acaba de publicarse ahora en Nature Communications. Un equipo de investigadores de la Universidad de Michigan y la Universidad Estatal Wayne de Detroit ha indagado en los resortes genéticos mediadores de esos beneficios metabólicos del ejercicio físico. Es decir, qué genes se activan gracias a la actividad física y qué hacen las proteínas producidas por ellos para poner en marcha esos efectos provechosos.

Los científicos han descubierto en todo ello un papel central para las sestrinas, una familia de proteínas ya conocidas por su intervención en la respuesta al estrés: se activan cuando el ADN sufre daños, o en condiciones de hipoxia o de daño oxidativo. Según lo que se conoce, las sestrinas son como una especie de brigada de emergencias, entrando en acción para proteger el organismo de ciertas agresiones y restablecer la homeostasis. Y hacen todo esto actuando sobre otras moléculas implicadas en distintas vías metabólicas, del mismo modo que la brigada de emergencias moviliza a los bomberos o a los sanitarios.

El estudio muestra que en moscas y ratones las sestrinas son “mediadores críticos de los beneficios del ejercicio”, escriben los autores: no solo se activan en respuesta al ejercicio, sino que este no produce ningún provecho cuando estas proteínas faltan. Y del mismo modo, al promover la activación de las sestrinas, se mimetizan los efectos favorables del ejercicio sin necesidad de practicarlo. Los investigadores han identificado también los efectores de las sestrinas en estos casos, las moléculas sobre las cuales actúan.

Sin embargo, no debe perderse de vista un detalle esencial: todo lo anterior se aplica a moscas y ratones. Los autores mencionan que se ha descrito también la activación de las sestrinas en humanos en respuesta al ejercicio físico, y estas proteínas aparecen evolutivamente conservadas en distintas especies, pero ello no quiere decir que automáticamente los resultados sean aplicables a nosotros. Se llenarían las bodegas del Titanic hasta hundirlo de nuevo con los estudios de resultados en animales que no han sido finalmente extrapolables a humanos.

Pero aún hay más: un segundo estudio, publicado también ahora en la misma revista y dirigido por investigadores de la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona y el Centro Nacional de Investigaciones Cardiovasculares (CNIC), en colaboración con algunos de los autores del trabajo anterior, muestra que la activación de las sestrinas previene la atrofia de los músculos debida a la edad o a la inactividad.

Todo lo cual convierte a las sestrinas en las nuevas proteínas favoritas de quienes carecemos del gen del gusto por el deporte. Y aunque obviamente aún queda mucho camino por recorrer, estos estudios sugieren que la idea de llegar algún día a obtener los beneficios del ejercicio físico con una píldora, ahorrándonos el chándal y el sudor a quienes no nos agradan el chándal ni el sudor, ya no es una mera fantasía. Qué grande es la ciencia.

Según la biología, podríamos ser la única especie inteligente en el universo

El universo no es eterno, y por lo tanto comenzó en algún momento. Lo cual implica que hubo un tiempo en que la vida no existía. Y tan evidente como esto es también que hoy la vida existe; al menos nosotros, todos los seres terrícolas, estamos aquí.

La conclusión es innegable: en algún episodio de la historia del cosmos, al menos una vez, la vida pasó de no ser a ser. Esto es lo que se conoce como abiogénesis. Y es un problema. Un gran problema, porque nadie sabe cómo se produjo. De hecho, es el problema central de la biología: ¿cómo comenzó todo?

Estas rocas de la región de Pilbara, en Australia, contienen los fósiles de microbios más antiguos conocidos, de 3.500 millones de años de antigüedad. Imagen de Baumgartner et al., Geology, 2019.

Estas rocas de la región de Pilbara, en Australia, contienen los fósiles de microbios más antiguos conocidos, de 3.500 millones de años de antigüedad. Imagen de Baumgartner et al., Geology, 2019.

La dificultad de la abiogénesis es obvia: que la vida aparezca a partir de la no vida es algo que, en principio, no ocurre. Solemos llamarlo generación espontánea, y Pasteur y otros demostraron que no existe. Hay ciertas diferencias considerables entre la generación espontánea y la abiogénesis: una de ellas, que rescataremos más abajo, es que la primera ocurriría de forma rápida y rutinaria, como una especie de mecanismo naturalmente programado, mientras que la segunda sería un proceso lento, gradual y excepcional. Pero en el fondo, el resumen es el mismo: vida que surge de algo no vivo.

Tan grande es el problema que tradicionalmente ha dado pie a muchos a defender explicaciones sobrenaturales de la aparición de la vida (en contra de lo que muchos creen, la evolución definida primero por Darwin y Wallace y después reconstituida por otros no explica el origen de la vida, sino solo cómo unas especies dan lugar a otras). Francis Crick, codescubridor de la doble hélice del ADN y un crítico feroz de las religiones, trató de salvar el obstáculo de la abiogénesis proponiendo la panspermia dirigida, la idea de que una civilización alienígena sembró la vida terrestre a propósito.

Lo cual, en realidad, no solamente no resolvía el problema, sino que le daba una patada para alejarlo (¿cómo surgió la vida de la que esa civilización evolucionó?); y, en el fondo, ¿cuál es la diferencia entre hablar de Dios y de una entidad alienígena inteligente, creadora y con un poder incomprensible para nosotros?

Todo hay que decirlo, Crick moderó su postura en años posteriores, cuando se descubrió la capacidad catalítica del ARN, que rompía el ciclo del huevo y la gallina: si la formación del ADN requiere proteínas y la formación de proteínas requiere ADN, ¿cómo empieza el proceso? El descubrimiento de las ribozimas, ARN que actúa como enzimas, conseguía cortar el círculo y convertirlo en una línea con una casilla de salida.

Pero incluso con las ribozimas, la abiogénesis continúa siendo hoy una píldora difícil de tragar. O lo sería, si no fuera porque tenemos la prueba irrefutable de su existencia: nosotros. Por supuesto y dado que la vida es un fenómeno natural, recurrir a explicaciones sobrenaturales es solo negarnos a nosotros mismos nuestra capacidad para comprender el universo por medio del razonamiento y la investigación.

Esta explicación sobre la abiogénesis sirve para entender por qué se ha popularizado tanto la idea de que la vida es abundante en el universo, y por qué en cambio esta idea es, como mínimo, poco razonable. Los primeros que comenzaron a interesarse científicamente por la vida alienígena fueron físicos y matemáticos, como los fundadores de los proyectos SETI (Búsqueda de Inteligencia Extraterrestre). Para un físico, la naturaleza funciona aquí lo mismo que en GN-z11, que creo es la galaxia más lejana conocida hasta ahora. Para un matemático, es un disparate estadístico pensar que la vida terrestre es un fenómeno único.

Físicos y matemáticos han ignorado tradicionalmente el punto de vista biológico, y el público en general simplemente lo desconoce. Desde este enfoque, la vida es lo normal. Pero cuando se introduce el problema espinoso y aún inexplicado de la abiogénesis, lo normal es pensar que la vida es algo muy raro. Y que la vida inteligente, como nosotros, es algo que sencillamente no debería existir.

Pero mejor lo explica Nick Longrich. Este paleontólogo y biólogo evolutivo de la Universidad de Bath, en Inglaterra, atrajo el foco de los medios en 2015 gracias a un hallazgo espectacular, el primer fósil conocido de una serpiente de cuatro patas que vivió en el Cretácico, en la era de los dinosaurios. Este animal, llamado Tetrapodophis, rellenaba el hueco del fósil de transición entre los lagartos y las serpientes; lo que suele llamarse un eslabón perdido.

Reconstrucción de Tetrapodophis, la serpiente de cuatro patas del Cretácico. Imagen de Julius T. Cstonyi.

Reconstrucción de Tetrapodophis, la serpiente de cuatro patas del Cretácico. Imagen de Julius T. Cstonyi.

Recientemente, Longrich ha publicado un artículo en The Conversation cuyo título resume perfectamente el mensaje: “La evolución nos dice que podríamos ser la única vida inteligente en el universo”. Y sí, por supuesto que, como siempre ocurre con esta hipótesis, quienes no observan la naturaleza desde el conocimiento de la biología saldrán a opinar que tal cosa es absurda, que por narices (las narices de los físicos y matemáticos) la vida, incluyendo la inteligente, tiene que ser algo inmensamente extendido por todo el cosmos, y que blablablá… Pero de verdad, lean a Longrich.

En resumen, lo que el biólogo viene a exponer es que, si bien no tenemos ejemplos de vida extraterrestre que poder estudiar, al menos tenemos 4.500 millones de años de historia terrestre. Y eso equivale a muchísimos datos, a un experimento natural inmensamente rico.

Lo primero que podemos concluir de ese experimento natural es que, en un planeta tan sumamente habitable como el nuestro, y en más de 4.500 millones de años, la abiogénesis solo se ha producido una única vez. Si la vida surge inevitablemente allí donde puede, como han defendido los físicos, ¿por qué aquí solo una vez? ¿Por qué no dos, tres, miles, millones?

Este argumento biológico, llamado del segundo génesis (por un segundo origen independiente de la vida, y un tercero, y un cuarto…), ha sido comentado en este blog innumerables veces. Es un argumento que físicos y matemáticos pasaron por alto completamente cuando crearon esas fantasías de un universo rebosante de vida alienígena. Y es un argumento demoledor. Si la vida fuera algo de aparición tan común, en la Tierra lo veríamos casi a diario. Según lo dicho arriba, sería una especie de mecanismo naturalmente programado. En el fondo, lo que defiende la idea de la vida como fenómeno inevitable es una especie de generación espontánea. Pero entonces no tendría ningún sentido biológico que este fuera un proceso autolimitado a una vez por planeta a lo largo de toda su historia de miles de millones de años. Se mire como se mire, se llega a una reducción al absurdo.

Lo que hace Longrich en su artículo es aplicar la misma línea de razonamiento a otros pasos críticos para conducir desde la aparición de la vida, una célula simple, a algo tan complejo como nosotros. Por supuesto, con una célula sencilla no acaba el problema: hay otros muchos complicados procesos que tienen que darse para llevar a la vida inteligente. Y para cada uno de esos pasos, se pregunta Longrich, ¿existe una segunda ocasión en que se haya repetido?

Longrich da cuenta de cómo, en efecto, en muchos casos la evolución ha repetido sus soluciones en distintos linajes de la vida. El ejemplo más típico es el de las alas: las aves vuelan, pero también los insectos y los murciélagos. En todos estos casos las alas aparecieron de forma independiente en distintas líneas evolutivas. Es lo que llamamos evolución convergente. Otro ejemplo son los ojos, que surgieron de modo separado en los vertebrados y en diferentes líneas de invertebrados como los artrópodos, las medusas o los moluscos.

Entonces la pregunta es: ¿ha ocurrido esto mismo en ciertos pasos críticos, como semáforos de la evolución que deben superarse en el camino desde la célula simple a la vida inteligente? De ser así, dice Longrich, la aparición de vida compleja inteligente no solo sería probable, sino casi inevitable.

Pero la respuesta, oh sorpresa, es que no es así: no solo la propia aparición de la vida, sino también la célula eucariota, los seres multicelulares, la reproducción sexual, la fotosíntesis, el esqueleto, y por supuesto la inteligencia, todo ello apareció en la evolución solo una única vez. Según Longrich, “la convergencia parece ser la norma, y nuestra evolución parece probable. Pero cuando buscas la no convergencia, está por todas partes, y las adaptaciones críticas complejas parecen ser las menos repetidas, y por tanto improbables”.

“Estas innovaciones únicas, golpes de suerte críticos, pueden crear una cadena de cuellos de botella evolutivos o filtros”, escribe Longrich. “Si es así, nuestra evolución no fue como ganar la lotería. Fue como ganar la lotería una vez, y otra, y otra, y otra. En otros mundos, estas adaptaciones críticas pueden haber evolucionado demasiado tarde para que emergiera la inteligencia antes de que sus soles hayan degenerado, o no haber evolucionado nunca”.

Longrich hace unos números rápidos: si la aparición de vida inteligente depende, por ejemplo, de siete de estos semáforos evolutivos críticos, cada uno de ellos con un 1% de posibilidades de ponerse en verde (lo cual sería infinitamente mayor de lo que nos muestra el experimento natural de la Tierra), entonces la inteligencia ocurre en uno de cada cien billones de mundos habitables; 100.000.000.000.000. Y, continúa Longrich, “si los mundos habitables son raros, entonces podríamos ser la única vida inteligente en la galaxia, o incluso en todo el universo visible”.

Y lo cierto es que sí, los mundos habitables parecen ser raros. En los últimos años, los científicos planetarios parecen estar asumiendo con perplejidad una evidencia inesperada: hasta ahora y de más de 4.000 exoplanetas conocidos, no hay ni uno solo similar a la Tierra. En un reportaje reciente, el científico planetario Edward Schwieterman, de la Universidad de California en Riverside y el Instituto de Astrobiología de la NASA, me decía: “No debería sorprendernos si las condiciones exactas que encontramos hoy en la Tierra resultan ser raras”.

Así que, antes de caer en ese pensamiento simple de que la vida debe de estar por todas partes, escuchen a la biología; que si de algo sabe, es de vida.

Esto es lo que ha matado a dos millones de murciélagos en España

Esta semana se ha celebrado una reunión entre responsables del Ministerio para la Transición Ecológica (MITECO) y representantes de la Asociación Española para la Conservación y el Estudio de los Murciélagos (SECEMU), la entidad que agrupa a los científicos y otras personas dedicadas a la investigación y conservación del grupo de mamíferos con mayor número de especies en los ecosistemas terrestres españoles: por aquí contamos nada menos que con 35 especies, y en todo el mundo superan las 1.300, siendo la quinta parte de todos los mamíferos que existen y el segundo grupo más numeroso después de los roedores.

Nos acordamos poco de los murciélagos, quizá porque sus costumbres los suelen mantener a escondidas de nosotros, y tal vez porque han sido objeto de supersticiones y leyendas; curiosamente, la existencia de murciélagos hematófagos (bebedores de sangre) en América se conocía al menos desde 1526, aunque estos animales no aparecieron en la literatura científica hasta 1810. Entonces se tiró del viejo mito euroasiático de los vampiros para llamar así a estos murciélagos tropicales de América. Enterado de ello o quizá no, que al parecer no está claro, en 1897 Bram Stoker decidió que su famoso conde Drácula podía transformarse en murciélago o en lobo, y de aquella novela inmortal –o deberíamos decir no-muerta– nació la idea de asociar a los murciélagos con los vampiros de ficción.

Pero aunque la obra de Stoker nos legara uno de los iconos imprescindibles de la cultura popular, si los murciélagos pudieran opinar sin duda renegarían de una novela que ha hecho tanto daño a su imagen. Por supuesto, sobra decir que no hay murciélagos hematófagos en Europa, y que los americanos no suelen morder a los humanos. Pero la aparición casual de un murciélago en una vivienda provoca en muchos casos más miedo que fascinación.

Por supuesto que manipular un murciélago sin unos gruesos guantes protectores no es una buena idea, pero lo mismo puede decirse de cualquier animal salvaje que podamos encontrarnos. Y quienes tenemos la suerte de poder contemplar sus revoloteos al atardecer, mientras cumplen la importante misión de mantener las poblaciones de insectos a raya, lo que sentimos es pura fascinación.

Un murciélago de cueva Miniopterus schreibersii, la especie en la que se encontró el virus de Lloviu. Imagen de Steve Bourne / Wikipedia.

Un murciélago de cueva Miniopterus schreibersii. Imagen de Steve Bourne / Wikipedia.

Hasta que ese vuelo queda bruscamente interrumpido por las aspas giratorias de un aerogenerador o molino eólico. Lo cual no es un fenómeno raro, sino inusitadamente común; tanto que en los últimos 20 años han muerto en España dos millones de murciélagos a causa de los parques eólicos. Y este ha sido precisamente el motivo de la reunión del Comité de energía eólica de la SECEMU con los responsables del MITECO.

Obviamente, la SECEMU reconoce “la necesidad de promover, desarrollar y optimizar sistemas de aprovechamiento energético sin emisiones asociadas”, dicen en una nota de prensa. Sin embargo, añaden que una energía considerada limpia debe respetar el medio ambiente en el que se produce, y parece claro que este no es el caso de los parques eólicos.

Durante años se ha hablado del daño que estas instalaciones causan a las poblaciones de aves, pero el caso de los murciélagos ha pasado hasta ahora bajo el radar de los medios y del público: actualmente, dice la SECEMU, “los parques eólicos convencionales se han convertido ya en la primera causa de mortalidad de los murciélagos a nivel mundial”, y “el número de ejemplares muertos es además notablemente superior al de las aves”.

En contra de lo que a veces se cree, los murciélagos no son ciegos. De hecho, algunos de ellos ven mejor que nosotros, sobre todo en condiciones de poca luz. Según las especies, las hay que ven colores e incluso el ultravioleta, pero muchas de ellas tienen además un sexto sentido: la ecolocalización, el sonar que les permite escuchar el entorno y sus obstáculos por el eco de los sonidos que ellos mismos producen.

Claro que probablemente ni la vista ni la ecolocalización sirven de mucho cuando a un pequeño animalito se le viene encima una inmensa aspa giratoria a toda velocidad. Según la SECEMU, con 20.306 turbinas eólicas funcionando en España, y creciendo, no es de extrañar que la expansión de estos generadores esté ya amenazando la supervivencia de algunas especies de murciélagos. Y el panorama en otros países europeos y en Norteamérica es similar. Se da el agravante, añade la SECEMU, de que estos animales se recuperan muy mal de la zozobra de sus poblaciones, ya que las hembras generalmente solo tienen una cría al año.

Una turbina eólica. Imagen de freestockphotos.biz.

Una turbina eólica. Imagen de freestockphotos.biz.

Ante este problema, la SECEMU pide intervenciones eficaces, antes de que tengamos que comenzar a tachar especies del todavía nutrido inventario de murciélagos de nuestro país. Una solución tan obvia como perentoria, dice la asociación, es un mayor rigor en la evaluación del impacto ambiental de los parques eólicos; que estos estudios no sean “un mero formalismo burocrático más”. La SECEMU denuncia que no se tienen en cuenta los criterios adecuados, que se ignora a los murciélagos o que los estudios se realizan en fechas de baja actividad de estos animales, por lo que no reflejan la realidad del problema.

Los expertos están especialmente preocupados por el hecho de que en la próxima década está previsto que se duplique con creces la producción de energía eólica en España. “De mantenerse la situación actual, sin adoptar actuaciones tan básicas como por ejemplo evitar el arranque de las máquinas a bajas velocidades de viento (menos del 1 % de la producción de energía), cuando se registra la mayor mortalidad, el impacto supondrá una mortalidad de otros dos millones de murciélagos, pero en apenas diez años”, advierten.

Esto es lo que hizo Margarita Salas, y este es el reconocimiento que nunca se le dio

Esta semana conocíamos la triste noticia del fallecimiento de Margarita Salas, bioquímica y bióloga molecular, probablemente la científica más importante en toda la historia de España, al menos hasta los comienzos de este siglo; existen ahora otros numerosos ejemplos brillantes de investigadoras con carreras ya distinguidas por grandes logros y aún con mucho recorrido por delante.

Comprensiblemente, en estos días los medios se han centrado de forma preferente, a veces casi exclusiva, en la cuestión de género: cómo Salas sufrió discriminación en épocas anteriores por su condición de mujer y cómo su trayectoria ha servido de escaparate para visibilizar el trabajo de las mujeres científicas y de modelo para presentar a las niñas en esa difícil etapa de la elección de carrera.

Nunca está de más recordar esto. Es necesario promocionar el trabajo de las mujeres investigadoras y seguir insistiendo en fomentar la vocación por la ciencia entre las niñas. Y sin duda también en la ciencia quedan sexismo y barreras por demoler.

Margarita Salas en 2011, recibiendo el doctorado honoris causa por la UNED. Imagen de honoris023 / Wikipedia.

Margarita Salas en 2011, recibiendo el doctorado honoris causa por la UNED. Imagen de honoris023 / Wikipedia.

Pero dejarlo aquí sería hacer un demérito al perfil de Salas o reducir su figura a la de una pancarta, a la de alguien que solo destacó por lo que dijo (lo cual sería admisible en quienes solo se dedican a decir). No es así: Margarita Salas no era una activista, sino una científica. Destacó por lo que hizo, no por lo que dijo. Y tanto su trabajo como su legado se abrieron paso simplemente por su importancia y su calidad, no por el hecho de que en algún momento haya resultado oportuno ondear una bandera concreta.

Dicho de otro modo, la importancia de su trabajo y de su legado es independiente del hecho de que fuera mujer u hombre. E incluso considerando que el éxito de su carrera haya tenido un mérito mayor por el hecho de haber sido mujer en una época de ciencia dominada por hombres, en la ciencia no cuenta el mérito; solo los resultados, que se acaban abriendo paso.

Anteriormente he contado aquí la historia de Jocelyn Bell Burnell, la astrofísica primero ignorada por el Nobel y después ampliamente reconocida. Algunos trataron de convertirla en una bandera; ella no se dejó, porque eran sus resultados lo único que podía colocarla en el lugar que merecía. Esto es ciencia, no política. Y para quienes piensan que la política debería introducirse en la ciencia, este es un claro argumento en contra.

En cuanto al legado de Margarita Salas, ha sido omnipresente para todos los que nos hemos dedicado a la biología molecular. Un servidor lleva ya décadas sin coger una pipeta, pero en aquellos tiempos era habitual encontrarse continuamente con Margarita Salas a través de sus exbecarios (trabajé con alguno de ellos) y los exbecarios de sus exbecarios. Formó a varias generaciones de científicos y científicas, que salían preparados para dirigir muchos de los mejores grupos del país. Ser exbecario de Margarita era casi el mejor argumento que podía presentarse en un currículum. Ella era como un hub de la biología molecular española. Y a pesar de ello nunca cayó en el divismo; era afable, cordial, sencilla.

En cuanto a su trabajo, los medios ya han resaltado la enorme rentabilidad de sus patentes. Pero esto tampoco le hace justicia. Para comprender lo que hizo y su importancia, hay que contar que en 1993 un norteamericano loco (muy loco) llamado Kary Mullis ganó el premio Nobel por inventar una técnica llamada Reacción en Cadena de la Polimerasa, o PCR.

En cierto modo, la PCR es algo parecido a un microscopio: amplifica algo que no podemos apreciar directamente por su pequeño tamaño. El microscopio nos ofrece una imagen magnificada de algo minúsculo, mientras que la PCR produce muchas copias de ese algo para que podamos detectarlo, estudiarlo y trabajar con ello. Lo que amplifica la PCR es el ADN presente en una muestra. Para hacer copias de un ADN es necesario disponer de una enzima fotocopiadora llamada ADN polimerasa. Existen muchas de estas, cada especie tiene la suya propia, y la clave del método de Mullis fue encontrar una que hacía exactamente lo que se necesitaba. Gracias a la PCR hoy existe la genómica; por ejemplo, pudo secuenciarse el genoma humano.

En 1989, pocos años después de que Mullis inventara la PCR (1983), Margarita Salas y sus colaboradores descubrieron una nueva ADN polimerasa en el fago Φ29. Un fago es el diminutivo de un virus bacteriófago, llamado así porque infecta a las bacterias, no a otras especies como nosotros. Los fagos son seres (si vivos o no, es una eterna polémica en biología) muy simples y es sencillo trabajar con ellos en el laboratorio. Y en cuanto a esto, Φ, es la letra griega Phi (“fi“).

La ADN polimerasa del Φ29 resultó tener unas propiedades muy interesantes. Con el tiempo llegó a utilizarse para desarrollar una técnica alternativa a la PCR llamada Multiple Displacement Amplification (MDA), o Amplificación por Desplazamiento Múltiple. La MDA hace básicamente lo mismo que la PCR, pero tiene ciertas ventajas frente a algún inconveniente.

Entre las primeras, produce cadenas de ADN más largas con menos errores, por lo que es especialmente apropiada para muestras muy escasas –como el ADN de una sola célula– donde interesa amplificar fragmentos largos sin errores –por ejemplo, genes humanos donde puede haber una mutación de una sola letra del ADN–. Entre los segundos, cuando en una muestra hay dos versiones del mismo ADN ligeramente diferentes –por ejemplo, las dos copias de un gen que hemos recibido de papá y mamá–, la polimerasa del Φ29 tiene una molesta tendencia a amplificar una de ellas y olvidarse de la otra.

En los últimos años, la MDA se ha convertido en una verdadera alternativa a la PCR, utilizándose extensamente para amplificar y leer genomas completos, incluso de una sola célula. Entre sus usos destacan la detección de mutaciones causantes de enfermedades genéticas o las pruebas forenses de ADN; lo que hace el CSI. Pero no olvidemos que frente a estos usos más populares, las técnicas de amplificación de ADN son lo que hoy sostiene toda la investigación en genética y biología molecular en todo el mundo; siempre que oigan o lean sobre un nuevo avance biomédico, casi seguro que se ha podido llegar a él gracias al uso intensivo de las técnicas de amplificación de ADN.

Así pues, ¿habría merecido un Nobel el trabajo de Margarita Salas? Bueno, en su momento la PCR ofreció la posibilidad de hacer fácilmente cosas que hasta entonces no podían hacerse o era demasiado laborioso, y a eso fue Mullis quien llegó primero. Una segunda técnica alternativa no suele llevarse un Nobel. También debe tenerse en cuenta que el desarrollo de la MDA fue un trabajo de varios grupos a lo largo del tiempo, aunque también hubo otros implicados en la invención de la PCR que, como siempre ocurre con los Nobel, se quedaron sin premio. Pero mientras que la PCR es una técnica ya veterana, la MDA está en crecimiento, y se han destacado sus aplicaciones en campos relativamente nuevos como la biología sintética. Como mínimo, lo que sí puede decirse es que su trabajo está a la altura de un Nobel.

De lo que no puede caber la menor duda es de que, por muchos galardones y reconocimientos que haya recibido en vida, Margarita Salas era sobrada acreedora de un premio que nunca se le concedió: el Príncipe/Princesa de Asturias.

En estos premios irregulares, el fallo del jurado a veces es un fallo garrafal; por ejemplo, cuando se otorgó a las creadoras del sistema de edición genómica CRISPR olvidando a quien descubrió aquello que lo hizo posible, el español Francis Mojica. En otros casos los fallos parecen venir motivados por criterios no estrictamente científicos (dejando aparte el de la nacionalidad, que se supone). E incluso teniendo en cuenta que en dicho jurado se ha sentado alguna persona que le debe mucho a Margarita Salas, la más importante científica del siglo XX en España nos ha dejado sin haber recibido el máximo galardón que se concede a la ciencia en este país. Los premios no se hacen grandes por quien los concede, sino por los premiados.

Los bebés CRISPR, un año después: confusión, mala ciencia e incoherencia

Nada es ciencia de verdad hasta que sale en los papeles. El experimento de los bebés CRISPR al que ayer me refería, anunciado hace ya casi un año por el investigador chino He Jiankui, no ha salido en los papeles, ni parece que vaya a salir, dado que las revistas científicas rechazan publicarlo por motivos éticos. Quizá por primera vez en la historia de la ciencia moderna, o al menos de la biología, una primicia mundial en un campo científico de gran relevancia (objetivamente es así, con independencia de todo lo demás) no va a publicarse, como si jamás hubiera ocurrido.

El problema es que sí ha ocurrido. El nacimiento de los bebés fue confirmado por las propias autoridades chinas. Y aunque no estemos hablando precisamente de una fuente de transparencia modélica, lo cierto es que nadie con un cierto conocimiento del asunto y de la ciencia implicada duda de que los experimentos de He sean reales, aunque sin una publicación sea imposible valorar hasta qué punto los resultados son tal como los ha contado.

El experto en leyes y ética de la biociencia Henry Greely, al que citaba ayer, escribe en su reciente artículo: “La escasez de las fuentes no significa que las proclamas de He sean falsas. De hecho, sospecho que la mayoría de ellas son ciertas, aunque solo sea porque, si se hubiera inventado los resultados, los habría inventado mejores”.

Y por lo tanto, dado que esto realmente sí ha ocurrido, ¿qué es preferible: que todos los detalles, los métodos y los resultados estén a disposición de la comunidad científica para que otros investigadores puedan evaluarlos y criticarlos, o que todo ello quede encerrado para siempre bajo siete llaves?

El investigador chino He Jiankui en la Segunda Cumbre Internacional de Edición del Genoma Humano, en noviembre de 2018. Imagen de VOA - Iris Tong / Wikipedia.

El investigador chino He Jiankui en la Segunda Cumbre Internacional de Edición del Genoma Humano, en noviembre de 2018. Imagen de VOA – Iris Tong / Wikipedia.

Quizá alguien podría pensar que es preferible lo segundo para evitar que otros científicos puedan repetirlo. Pero no, no es así. He no ha descubierto nada nuevo. No ha inventado la poción mágica ni la rueda; simplemente, ha traspasado una barrera que otros muchos investigadores conocedores de las mismas técnicas también podrían traspasar, pero que no lo han hecho por motivos éticos. No es necesario que el trabajo de He se publique para que otros investigadores puedan repetirlo. Y de hecho, en cambio no se suscitaron escándalos ni remotamente similares cuando se publicaron otros estudios cuya información sí podrían emplear otros con fines muy peligrosos: por ejemplo, las secuencias genéticas del virus de la viruela y de la gripe de 1918.

Otra muestra de los curiosos criterios con los que se está manejando el asunto de He la hemos conocido recientemente. El pasado junio, la revista Nature Medicine, que no es cualquier cosa, publicó un estudio en el que dos investigadores afirmaban que la mutación introducida en las niñas podía hacerlas enfermar y morir jóvenes. Los autores se basaban en un banco de datos de ADN de casi medio millón de personas de Reino Unido, en el que habían descubierto menos personas con esta mutación de las que se esperarían por azar.

De inmediato, hubo otros investigadores que repitieron el análisis y no encontraron los mismos resultados. Finalmente los propios autores han retractado su estudio, reconociendo que cometieron un error garrafal: el sistema utilizado para el genotipado en la base de datos produce un número muy elevado de falsos negativos; es decir, gente que tiene la mutación sin que esta aparezca en sus datos de ADN, porque al método utilizado se le ha escapado.

¿Cómo es posible que una revista como Nature Medicine publicara un estudio fallido, con un error que cualquier estudiante de primero de doctorado habría detectado si hubiera tenido acceso a la misma información que tenían los autores y los revisores del trabajo? ¿Es que cualquier estudio que incite a sacar las antorchas y los tridentes contra He va a aceptarse solo por este motivo, aunque sea mala ciencia?

Por supuesto, es importante aclarar que nadie en la comunidad científica ha defendido las posturas de He, porque son indefendibles. Pero frente a lo que parece una mayoría de voces relevantes que han condenado por entero la edición genómica de la línea germinal humana (embriones y células reproductoras), casi podrían contarse con los dedos los científicos que se han atrevido a defender públicamente que el problema del trabajo de He no es lo que ha hecho, sino que lo haya hecho sin las garantías, la supervisión, la aprobación ética y la transparencia que estos experimentos requieren.

La voz más prominente en este sentido ha sido la del genetista de Harvard George Church, uno de los expertos más prestigiosos y respetados en su campo. Casi podría decirse que fue la única voz relevante que después del anuncio de He se alzó defendiendo, no a este investigador ni sus experimentos, pero sí la edición genómica de la línea germinal humana. Y ello a pesar de que en 2017 un informe de las Academias Nacionales de Ciencias, Ingeniería y Medicina de EEUU abría la puerta a estos procedimientos siempre que se apliquen criterios estrictos.

Un último dato sobre la forma tan curiosa, por decirlo de forma neutra, con que la sociedad y los medios han tratado este tema. La semana pasada, todos los medios hacían la ola a un nuevo método desarrollado por David Liu, uno de los creadores de la herramienta de edición genética CRISPR. El prime editing, como ha llamado Liu a su nuevo sistema, es más limpio y preciso que la técnica original de CRISPR y más apto para un gran número de modificaciones genéticas que otras variantes obtenidas anteriormente. Según el propio Liu, podría corregir hasta un 89% de las más de 75.000 variantes genéticas patogénicas conocidas en humanos (el resto afectan a secuencias de ADN demasiado largas para el alcance de este método).

Naturalmente, no hubo medio que no elogiara lo que el trabajo de Liu supone de cara a la posible erradicación futura de muchas enfermedades genéticas de las denominadas raras. Y aunque desde luego la edición genómica en la línea somática (las células digamos normales del cuerpo) alberga también un gran potencial terapéutico para ciertas patologías, lo que ninguno de esos medios aclaraba es que la erradicación de las enfermedades raras por estas técnicas pasa por la edición genómica de la línea germinal.

Por decirlo aún más claro: la erradicación de las enfermedades raras por métodos genéticos como el creado por Liu pasa por hacer lo que He ha hecho, y que una mayoría ha condenado no por cómo lo ha hecho, sino simplemente por haberlo hecho.

En definitiva, parece lógico que He sea tratado como cualquier practicante de cualquier procedimiento clínico que no cuente con los permisos y la aprobación que son necesarios para ejercerlo. Pero cerrar la puerta a la edición genómica de la línea germinal humana es cerrar la puerta al futuro de la prevención de terribles enfermedades genéticas para las que no existe cura ni tratamiento.

Una barrera ética a superar, si es que se quieren aprovechar los inmensos beneficios que estas técnicas pueden aportar, es el hecho de que ninguno de los bebés, ni los de He ni ningún otro, podrá jamás aprobar o rechazar el procedimiento. Y otra barrera ética a superar es que el riesgo cero jamás existirá; no existe en ningún proceso, natural o creado por el ser humano. Si esta “cirugía genética” llega a aplicarse, habrá errores. Para los afectados, esos errores serán trágicos. Pero negar a una inmensa mayoría los beneficios que pueden obtenerse de estas técnicas sería como suprimir el transporte aéreo por el hecho de que algunos aviones se estrellan.

Los bebés CRISPR, un año después: ¿hacemos como si no hubiera ocurrido?

Pronto va a cumplirse un año desde que el investigador chino He Jiankui anunció al mundo el nacimiento de Lulu y Nana, dos bebés que supuestamente llevaban sus genomas modificados para eliminar la versión funcional de un receptor crítico en la infección por VIH. La mutación introducida por el científico en los genes utilizando la herramienta de edición genética CRISPR convertía a las dos niñas en las primeras personas con genomas editados. Y presuntamente, esta manipulación de sus genes debería hacerlas resistentes al virus del sida.

Todo ello, siempre y solo según He. Porque un año después, aún no existe ninguna confirmación de que todo lo anterior haya ocurrido en realidad, y no solo en la imaginación del investigador. Para que lo afirmado por He pueda considerarse real, esos resultados deben aparecer en una publicación científica. Hasta ahora, esto no ha sucedido. Y es posible que nunca suceda.

El investigador chino He Jiankui en su laboratorio. Imagen de The He Lab / Wikipedia.

El investigador chino He Jiankui en su laboratorio. Imagen de The He Lab / Wikipedia.

El motivo es que las revistas científicas se rigen por ciertos estándares éticos que debe respetar todo estudio admisible para publicación. Y en su momento quedó bien claro que los experimentos de He no solo se saltaron el consenso ético internacional con respecto a la manipulación genética en humanos, sino que además se ha acusado al investigador de falsificar los documentos de certificación ética de su proyecto.

De hecho, sabemos que si los resultados de He aún no se han publicado, no es el propio investigador quien lo ha evitado. Según informaciones publicadas el pasado enero por STAT, en noviembre de 2018 He y nueve coautores enviaron a Nature un estudio titulado “Birth of twins after genome editing for HIV resistance”, que describía los experimentos clínicos con los embriones llevados a término. El estudio fue rechazado sin pasar revisión por motivos éticos. He y sus colaboradores enviaron además otros dos estudios preclínicos –in vitro y en animales– a Nature y a Science Translational Medicine, que fueron también rechazados.

Más aún: poco antes de su anuncio, He y sus colaboradores publicaron en la revista The CRISPR Journal un artículo de opinión titulado “Draft Ethical Principles for Therapeutic Assisted Reproductive Technologies“, o “Borrador de principios éticos para las tecnologías terapéuticas de reproducción asistida”. En cuanto saltó el escándalo, la revista decidió retractar el artículo bajo la justificación de que los experimentos de He “violan las regulaciones locales y las normas bioéticas aceptadas internacionalmente. Este trabajo era directamente relevante a las opiniones expuestas en esta Perspectiva; el hecho de que los autores no hayan desvelado este trabajo clínico influye de forma manifiesta en la consideración editorial del manuscrito”.

En otras palabras: el artículo de He fue retractado porque el autor realmente había hecho aquello que en su artículo, previamente aceptado, defendía como admisible.

En resumen, un año después, esta es la situación respecto al trabajo de He, según lo cuenta el experto en ética y leyes de la biociencia de la Universidad de Stanford Henry Greely, en un artículo publicado ahora en la revista Journal of Law and the Biosciences:

No tenemos confirmación de lo que He hizo, de nadie externo al grupo de He y salvo por la breve nota de prensa de Guangdong [la provincia china donde se hizo el trabajo] sobre la investigación, incluyendo si se hizo edición genómica de los bebés o si estos realmente existen. No tenemos un análisis independiente de ADN de los bebés. No tenemos información externa sobre los padres de los que se dice que aceptaron la edición genómica de sus embriones, ni de lo que se les dijo. No tenemos información clara (excepto la de He) sobre el papel que ha desempeñado la Universidad de Ciencia y Tecnología del Sur de Shenzen [la institución de He], o el hospital en cuyo departamento de fertilidad presuntamente se hizo la edición, y cuyo comité ético supuestamente aprobó el experimento.

Y pese a que no tengamos nada de esto, Greely no aboga por que debamos tenerlo. De hecho, escribe respecto a He que “sus colegas deberían rehuirle, las revistas deberían rehusar los estudios donde figure como autor, los organismos financiadores deberían abandonarle. Se le debe incluir en las listas negras, como mínimo para las revistas y financiadores. Y los líderes de la ciencia deben pronunciarse en este sentido, alentando a otros a hacer lo mismo”.

De hecho, lo que pide Greely ya está ocurriendo: ninguna revista acepta los trabajos de He, su Universidad le ha expulsado y actualmente el investigador ha desaparecido del mapa, a todos los efectos.

Así pues, ¿caso cerrado? ¿Olvidamos a He, su anuncio y sus supuestos experimentos? ¿Hacemos como que no ha pasado nada y que todo esto nunca ocurrió?

La respuesta, mañana…

Protección planetaria, la política que impide buscar vida en otros mundos

Es curioso que, siendo la búsqueda de vida alienígena uno de los objetivos que cualquiera esperaría de las misiones espaciales, en realidad nunca ha sido así. Como conté ayer aquí, solo ha existido una misión destinada a buscar vida fuera de la Tierra: las dos sondas gemelas Viking de la NASA que exploraron Marte en 1976. De hecho, la búsqueda de vida alienígena no figura como un objetivo específico de la NASA.

Lo cierto es que confirmar la existencia de vida extraterrestre, incluso en el propio Sistema Solar, no es algo sencillo. Si alguna lección enseñaron las Viking, es precisamente la dificultad de diseñar experimentos de detección de vida que lleguen a resultados concluyentes. Pero también es evidente que, si se hubiera continuado en la línea abierta por aquella misión, probablemente se habría perfeccionado la tecnología necesaria. En la época de las Viking aún estaban naciendo las tecnologías de ADN, pero hoy la extracción, amplificación y secuenciación de ADN de microbios son técnicas de uso común.

Por algún motivo, durante décadas la biología ha sido la gran olvidada de las misiones espaciales, dominadas por otras ramas científicas como la astrofísica y las ciencias planetarias. Pero las cosas están cambiando. Hace un año, un informe de las Academias Nacionales de Ciencia, Ingeniería y Medicina de EEUU recomendaba a la NASA “expandir la búsqueda de vida en el universo y hacer de la astrobiología una parte integral de sus misiones”, haciendo notar que hasta entonces las misiones interplanetarias habían estado dominadas por la geología y habían dejado de lado la biología.

Pero existe, además, otro gran impedimento para buscar vida en otros mundos del Sistema Solar. Y no es científico, sino político: la protección planetaria. Por este nombre se conocen las directrices nacidas del Tratado del Espacio Exterior de 1967, y que las agencias espaciales establecen con el fin de evitar que las sondas puedan contaminar otros mundos con microbios terrestres. Entre estas directrices, la NASA incluye la norma de evitar los lugares de Marte más propicios para la vida, que podrían contaminarse con más facilidad. Claro que, si se evitan los lugares más propicios para la vida, ¿cómo va a ser posible encontrar vida?

Autorretrato del rover Curiosity en Marte, tomado en enero de 2018. La imagen es un mosaico de docenas de fotografías con distintos ángulos, lo que permite borrar el propio brazo de la cámara. Imagen de NASA/JPL-Caltech/MSSS.

Autorretrato del rover Curiosity en Marte, tomado en enero de 2018. La imagen es un mosaico de docenas de fotografías con distintos ángulos, lo que permite borrar el propio brazo de la cámara. Imagen de NASA/JPL-Caltech/MSSS.

Con esto ya puede intuirse que la protección planetaria es un asunto debatible y controvertido. Hoy las posturas oficiales, como la política de protección planetaria de la NASA, se sitúan del lado del hiperproteccionismo; es decir, tratar los presuntos hábitats extraterrestres –dando por hecho que existen– con un escrúpulo infinitamente mayor del que se aplicaría al más frágil de los ecosistemas terrestres. Aquí, en casa, los espacios naturales protegidos pueden cerrarse al público si se consideran especialmente vulnerables, pero ¿cómo iba a trabajar la ciencia en favor de su conservación si se la dejara fuera?

Un ejemplo de esta postura extrema es un artículo recientemente publicado por la científica planetaria Monica Grady, a propósito de la sonda israelí Beresheet que el pasado abril se estrelló contra la Luna. Beresheet llevaba una carga de tardígrados, popularmente llamados osos de agua; bichitos microscópicos capaces de sobrevivir en el espacio en una especie de estado de latencia. Grady admitía que probablemente estos animalitos no van a vivir por mucho tiempo en la Luna, pero planteaba la cuestión: ¿y si hubiera sido Marte en lugar de la Luna? “Tenemos la responsabilidad de mantener Marte lo más prístino posible”, escribía la científica.

Esta opinión parece abundar entre los científicos planetarios. En mayo el investigador del Planetary Science Institute Steve Clifford decía a la revista Discover: “En nuestra búsqueda de vida, podríamos ser responsables de la extinción de la primera biosfera alienígena que detectáramos”. En el mismo artículo, la geóloga marciana Tanya Harrison se preguntaba: “Qué ocurriría si dañáramos el mayor descubrimiento de la historia?”.

En el extremo opuesto se sitúan los defensores de la terraformación de Marte: convertir el planeta vecino en un lugar habitable para los humanos, lo que implica modificar profundamente cualquier hábitat nativo que pudiera existir allí. La idea, explorada a menudo por la ciencia ficción, tiene también sus partidarios en la vida real. Este mes, un artículo publicado por tres científicos en la revista FEMS Microbiology Ecology sostiene que “la introducción de microbios [terrestres en otros mundos] no debería considerarse accidental, sino inevitable”, y que la previsible expansión del ser humano a otros mundos aconseja un control sobre este proceso para sembrar microbios beneficiosos, por lo que los investigadores proponen “un programa riguroso para desarrollar y explorar protocolos proactivos de inoculación”.

La diferencia de enfoque está clara: tanto el primer firmante de este artículo, Jose V. Lopez de la Nova Southeastern University de Florida, como sus dos coautores, son biólogos. Obviamente, no es que la biología en pleno vaya a situarse en este lado del debate ni a defender una opción tan radical como la terraformación. Pero sí es cierto que el principio de precaución maximalista esgrimido tradicionalmente por los científicos planetarios ha prescindido de lo que la biología puede aportar al respecto. Y cuando se pregunta a los biólogos, ocurren cosas como esta: el genetista de Harvard Gary Ruvkun decía al Washington Post que la idea de que los microbios residuales que quedan en las sondas esterilizadas vayan a colonizar otro planeta es “de risa, como de los años 50”.

Ruvkun fue precisamente uno de los autores de un informe de las Academias Nacionales de Ciencias, Ingeniería y Medicina de EEUU que el pasado año instaba a la NASA a revisar y actualizar sus políticas de protección planetaria. En respuesta a esta petición de las Academias, la NASA creó un comité para revisar sus directrices. El comité lo dirige un científico planetario, Alan Stern, investigador principal de la misión New Horizons que exploró Plutón; pero por fin entre sus doce miembros se incluyen dos biólogos.

El comité acaba de publicar ahora un documento con sus conclusiones, que recomiendan actualizar la política de protección planetaria de la NASA –e involucrar en ella a los nuevos operadores espaciales privados– teniendo en cuenta el panorama actual y futuro de la exploración espacial, que vaticina un tráfico más intenso de materiales, aparatos y personas entre la Tierra y otros mundos.

Básicamente, el informe recomienda que las políticas se adecúen de forma más flexible a cada situación concreta, y no con el actual criterio de máxima restricción. Por ejemplo, en el caso de Marte se aconseja separar las zonas de exploración humana, donde inevitablemente se introduciría más contaminación, de aquellas de interés astrobiológico, donde debería limitarse la presencia humana y operar mediante sondas robóticas. En cualquier caso, el informe reconoce que la invasión de Marte por microbios terrestres es algo muy improbable.

Lo mismo se aplica a los mundos oceánicos, como Encélado, Europa o Titán, para los que hay misiones planificadas en los próximos años y para los cuales actualmente se exige un nivel de esterilización de las sondas que el informe reconoce como “anacrónico y a veces poco realista” e “innecesariamente conservador”.

En resumen, parece que se avecinan nuevos y buenos tiempos para la astrobiología. O, como mínimo, tiempos en que los astrobiólogos van a tener un papel más relevante en el diseño de las misiones espaciales. Ya se sabe que las cosas de palacio van despacio, y conviene recordar que por el momento no existe ni una sola misión planificada cuyo objetivo directo sea la búsqueda de formas de vida alienígena. Pero para quienes ahora empiecen a estudiar biología o vayan a hacerlo en los próximos años, podría ser la oportunidad, quién sabe, de participar en el mayor descubrimiento científico de la historia.

El día que más cerca estuvimos de hallar vida en Marte

El 30 de julio de 1976 se encontró vida en Marte. O, al menos, eso es lo que lleva defendiendo desde hace 22 años Gilbert Levin, ingeniero responsable de uno de los experimentos de la única misión en la historia de la exploración espacial que ha buscado vida en otro mundo: las dos sondas gemelas Viking 1 y 2, que se posaron en dos lugares de Marte distantes entre sí más de 6.000 kilómetros para responder a la vieja incógnita de si existe algo vivo en el que entonces se creía el segundo mundo más propicio del Sistema Solar para la vida.

Sobre la misión Viking ya he hablado aquí en varias ocasiones. Para la biología es una referencia única, ya que, no está de más repetirlo, a continuación sigue la lista de todas las misiones lanzadas al espacio en busca de vida.

1. Viking.

Y ya. Y por el momento no hay ninguna otra prevista para buscar vida in situ. Así que, quienes se quejan del dinero gastado en la búsqueda de alienígenas, y no empleado para otros fines más urgentes aquí en la Tierra, pueden estar tranquilos: el ser humano no está gastando ni, que esté previsto, va a gastar un solo céntimo en tratar de comprender por vías racionales quiénes somos en el universo; eso sí, seguirá dedicando ingentes cantidades de riqueza a tratar de averiguarlo por vías espirituales, esotéricas y mágicas.

Imagen de la sonda Viking 1 en Marte. Imagen de Roel van der Hoorn / NASA / JPL / Wikipedia.

Imagen de la sonda Viking 1 en Marte. Imagen de Roel van der Hoorn / NASA / JPL / Wikipedia.

Viking fue el producto de un momento de mucha euforia y poco dinero. Tras el éxito de la conquista de la Luna se diseñó un programa llamado Voyager (no relacionado con las dos sondas del mismo nombre que exploran el espacio profundo) cuyo objetivo era enviar aparatos a Marte en los años 70 para preparar el terreno a las misiones tripuladas en los 80. Voyager fue una de las víctimas del brutal hachazo a los presupuestos de la NASA que causó la cancelación del programa Apolo. Y aunque la posibilidad de enviar astronautas a Marte se esfumó por completo, Viking fue una versión más modesta y barata que recuperaba los objetivos científicos de Voyager.

Entre esos objetivos, había uno por encima de todos los demás: buscar vida. También esto era un producto de la euforia del momento: entre los años 60 y 70, había que ser realmente un descreído incurable para pensar que no había vida en otros mundos. La misión Viking iba a por todas, con una serie de instrumentos de la última tecnología de la época, destinados a esclarecer a la primera si había algo vivo en Marte.

Y sí, lo había. Eso fue lo que encontraron Levin y el resto de científicos del experimento de emisión marcada (Labeled Release, LR): las dos Viking, en enclaves muy alejados entre sí, detectaron presunta actividad microbiana.

El LR era muy sencillo en su idea, muy complejo para llevarla a la práctica en un aparato situado en otro planeta que debía funcionar por sí solo. En 1952, Levin había inventado un método para detectar contaminación microbiana en el agua y en los alimentos, que se basaba en el famoso experimento con el que Louis Pasteur refutó la generación espontánea.

Pasteur demostró cómo la entrada de microbios al interior de un matraz podía demostrarse por el efecto de su actividad sobre un caldo de cultivo, y cómo la esterilización por calor eliminaba dicha actividad. De igual modo, el método de Levin consistía en dar alimento a los posibles microbios marcianos y medir después la presencia de compuestos resultantes de ese metabolismo. En el caso del LR, el carbono suministrado era radiactivo con el fin de poder detectarlo (los isótopos radiactivos son un marcaje muy habitual en los experimentos biológicos, porque pitan) si las muestras de suelo marciano emitían CO2, el producto de desecho común en los seres vivos.

Fue aquel 30 de julio cuando Levin y sus colaboradores recibieron los primeros resultados de las Viking, y eran positivos. Había algo en Marte que estaba consumiendo los nutrientes y produciendo CO2. Los resultados aguantaron todos los controles incluidos en el experimento y las pruebas adicionales del sistema realizadas en la Tierra.

La primera imagen tomada en la superficie de Marte, por la sonda Viking 1 el 20 de julio de 1976. Imagen de NASA/JPL.

La primera imagen tomada en la superficie de Marte, por la sonda Viking 1 el 20 de julio de 1976. Imagen de NASA/JPL.

Entonces, ¿caso cerrado? Por desgracia, no. Otro experimento de las Viking encargado de detectar moléculas orgánicas, las que forman todos los seres vivos conocidos, dio resultado negativo, lo que finalmente llevó a la NASA a concluir que los datos del LR eran solo un falso positivo. Pero después de años manteniendo una posición cauta, en 1997 Levin presentó su conclusión definitiva: las Viking habían encontrado vida en Marte.

Desde entonces, Levin ha continuado defendiendo su hipótesis a través de las décadas. Curiosamente, misiones posteriores con aparatos más sensibles han podido confirmar que sí existen moléculas orgánicas en Marte, lo que elimina la objeción por la que en su día se rechazaron los resultados del LR. Pero ¿por qué, a pesar de esto, las conclusiones de Levin no se han aceptado como válidas?

La respuesta está en que, tratándose de una proclama tan extraordinaria, las pruebas deben ser también extraordinarias. Un experimento LR en la Tierra requeriría demostraciones menos exigentes, dado que la existencia de vida aquí es algo sobradamente probado. Pero para admitir que las Viking encontraron vida, antes deberían descartarse por completo y de forma inequívoca todas las hipótesis alternativas; es decir, que la reacción del carbono observada en el LR no se debió a algún proceso puramente químico o geológico en lugar de bioquímico o biológico.

Esto habría podido hacerse si se hubiera seguido trabajando para profundizar en la misma línea, pero no se hizo. Es curioso cómo la línea posterior la ha marcado no un experimento exitoso, sino uno fallido: si las Viking no hubieran fracasado en la detección de las moléculas orgánicas que de hecho sí existen en Marte, es probable que después de aquella misión se hubiera continuado tratando de confirmar la presencia de vida.

Este mes, Levin ha vuelto a la carga, publicando en Scientific American (una revista popular de ciencia, pero no una revista científica) un artículo en el que continúa defendiendo su hipótesis de que las Viking hallaron vida en Marte. Levin recuerda sus resultados, y con mucho acierto escribe: “Inexplicablemente, más de 43 años después de las Viking, ninguna de las sondas posteriores que la NASA ha posado en Marte ha llevado un instrumento de detección de vida para profundizar en estos emocionantes resultados. En su lugar, la agencia ha lanzado una serie de misiones a Marte para determinar si alguna vez existió un hábitat adecuado para la vida, y de ser así, finalmente traer muestras a la Tierra para su examen biológico”.

Es decir, rescatando un símil que ya he utilizado aquí, es como analizar si en una casa hay mascotas viendo si existe algún rastro de que hay o hubo en algún momento una caseta de perro, una cama de gato o una jaula de hámster, y buscando en los armarios de la cocina para saber si hay comida de perros, gatos o hámsters, en lugar de mirar directamente si en la casa hay un perro, un gato o un hámster.

También hay que decir que no todos los argumentos de Levin son impecablemente rigurosos. Entre los muchos indicios adicionales que aporta a favor de la vida en Marte, menciona alguno un poco exótico: una imagen tomada por el rover Curiosity, dice, mostraba una formación similar a un gusano. Otras imágenes, añade, parecen mostrar líquenes o estromatolitos (tapetes de microbios fosilizados). Pero aparte del hecho de que pensar que en Marte existen no ya microbios, sino gusanos o líquenes, es algo que muchos no vamos a creernos a no ser que nos los restriguen por la cara, esto no favorece precisamente su tesis; la pareidolia ha sido el argumento tradicional de multitud de ideas pseudocientíficas. Y dejando de lado el clásico de Jesús en la tostada, en Marte ya hemos tenido nuestra buena ración de fotos de caras, bichos, hombrecillos, lagartos e incluso elefantes.

Pareidolia: la imagen de un elefante en la región marciana de Elysium Planitia. Imagen de NASA/JPL/University of Arizona.

Pareidolia: la imagen de un elefante en la región marciana de Elysium Planitia. Imagen de NASA/JPL/University of Arizona.

Por último, Levin añade que en 43 años ningún experimento o teoría ha proporcionado una explicación definitiva no biológica de los resultados del LR. Pero también aquí el autor está cayendo en un argumento popular, pero no científico: es la explicación biológica la que debe probarse.

Pero sí hace notar una gran contradicción, y es que “la NASA mantiene la búsqueda de vida alienígena entre sus prioridades más altas”, y a pesar de ello, no hace nada al respecto. Levin cuenta un detalle interesante, y es que propuso a la NASA un experimento para el rover Mars 2020, la próxima misión marciana que se lanzará el año próximo.

La idea de Levin era un instrumento basado en el LR que fuera capaz de detectar la quiralidad de las moléculas. La quiralidad es lo que tienen los guantes: un guante derecho no se transforma en un guante izquierdo cuando lo giramos, porque está fabricado con una quiralidad concreta. Lo mismo sucede con las moléculas de los seres vivos, ya que las enzimas, los catalizadores de los procesos biológicos, utilizan y producen moléculas con una quiralidad concreta, izquierda o derecha.

Si los resultados del LR se debieron a un proceso puramente químico geológico, la quiralidad debería ser arbitraria: se encontrarían tantas moléculas a derechas como a izquierdas. Por el contrario, si se encontrara una quiralidad preferente, sin duda sería una prueba de que hay enzimas implicadas, y que por lo tanto es un proceso biológico. Pero si Levin presentó un proyecto formal, en cualquier caso la NASA no lo seleccionó, porque la carga de instrumentos del Mars 2020 ya está definida y no incluye ningún instrumento biológico.

Pero ¿por qué la NASA no busca vida alienígena, si se supone que es uno de sus objetivos prioritarios? Mañana lo explicaremos.

Experimentos sobre vida alienígena “exótica”: este es el resultado

Una idea muy extendida, cuando se trata de debatir la posibilidad de vida en otros mundos, es que los alienígenas no tendrían por qué parecerse a ninguno de los seres que conocemos aquí en la Tierra, sino que podrían ser tan diferentes que incluso nos costara reconocerlos como algo vivo.

Esta es una hipótesis de por sí irrefutable; no hay manera de demostrar que no pueda ser así. Y aunque en apariencia esto pudiera hacerla más atractiva, en realidad es más bien lo contrario: en ciencia, las hipótesis que no pueden someterse a refutación no tienen interés. De hecho, desde cierto punto de vista ni siquiera pueden considerarse hipótesis científicas.

Imagen de Max Pixel.

Imagen de Max Pixel.

Pero (¡atención, viene una quíntuple negación!) el hecho de que no sea posible probar que no pueda construirse vida radicalmente diferente a la terrestre no significa que no puedan aportarse razones científicas de que esto no es en absoluto probable. Anteriormente he dedicado aquí tres articulitos a contar por qué, con la biología en la mano, los seres vivos no materiales, no basados en el carbono o no dependientes del agua dan buen material para la ciencia ficción, pero siempre conservando el apellido: ficción.

Un ejemplo. Los físicos suelen coincidir en que Interstellar es una película científicamente muy seria y concienzuda, como no podía ser de otra manera, dado que el físico Kip Thorne ha estado involucrado en la producción y el guion. Pero ¿qué ocurre cuando uno le pregunta a un físico teórico si los agujeros de gusano existen? Naturalmente, dicen a veces; dado que son soluciones a las ecuaciones de campo de la relatividad general de Einstein, existen. Pero no, si existen en la realidad, insiste uno. ¿Realidad?, preguntan ellos.

Bromas aparte: lo cierto es que, aunque la mayor parte de la biología sea demasiado compleja como para describirla a través de ecuaciones (quién sabe si la Inteligencia Artificial llegará a ser capaz de hacer algo parecido), en este caso podría decirse que la vida alienígena exótica es incluso más improbable que los agujeros de gusano, dado que ni siquiera en la teoría pura se ha justificado un sistema coherente y científicamente sólido de vida no basada en el carbono o en el agua.

Claro que, suele argumentarse, dado que no nos es posible poner el pie en esos mundos lejanos tan radicalmente distintos a la Tierra, no podemos asegurar que no haya vida en ellos.

Solo que esto no es exactamente así. Imaginemos que pudiéramos ponernos manos a la obra para simular condiciones extremadamente distintas de las terrestres: combinaciones de ingredientes raros, temperaturas gélidas o ardientes, atmósferas con gases venenosos para nosotros, sustratos de todas clases, gravedades aplastantes o livianas, radiaciones estelares achicharrantes o casi inexistentes, sustitutos del agua… Casi todo tipo de variaciones extremas que se nos puedan ocurrir a eso que los científicos, con sus mentes pobremente reduccionistas, llaman “condiciones habitables”. Lo metemos todo ello en la Thermomix y esperamos unos cuantos miles de millones de años a ver si sale algo vivo.

Pues bien, ese experimento ya se ha hecho: ante ustedes, les presento el Sistema Solar. ¿El resultado? Que no hay vida compleja en otro lugar más que en la Tierra. Y aunque no podamos asegurar que no haya vida simple en algún otro mundo de nuestro vecindario, si esto existiera, personalmente apostaría solo a dos caballos: Origen Común y Evolución Paralela.

Tomemos como ejemplo Júpiter y Saturno, dos planetas casi tan diferente a la Tierra como pueda llegar a imaginarse. Si fuera posible que en semejantes condiciones raras surgiera la vida, ¿por qué no en Júpiter y Saturno? De hecho, Carl Sagan imaginó un ecosistema joviano formado por varias especies de criaturas flotantes y voladoras que viven y se comen unas a otras. Pero dejando de lado las especulaciones, podemos estar bastante seguros de que en Júpiter no existe una civilización inteligente. Ni muy probablemente nada vivo.

Naturalmente, el hecho de que –que sepamos– no haya vida en Júpiter o en Saturno tampoco descarta por completo que en lugares como Júpiter o Saturno pueda aparecer algo vivo. Merece la pena buscar. Es casi obligado buscar, ya que esta búsqueda siempre aportará resultados valiosos: si no se encuentra nada, un clavo más en el ataúd de la idea sobre la vida “como no la conocemos”. Y si se encuentra algo, el descubrimiento más importante de la historia de la ciencia.

Y a este respecto, hay buenas noticias. Por fin parece que, tras décadas de abandono, la biología está dejando de ser el patito feo de las misiones de exploración espacial. Y en concreto, una misión ya confirmada para los próximos años podría responder a la pregunta de si existe algo vivo en uno de los lugares del Sistema Solar más propicios para la presencia de alguna forma de vida posiblemente exótica. Mañana lo contaremos.