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El monstruo del lago Ness es, posiblemente, esto

La pasada madrugada regresábamos a casa en coche cuando algo extraño cruzó la carretera ante nuestros faros. Eran más de las tres, vivimos en la punta norte del Parque Regional del Guadarrama Medio, y por allí estamos acostumbrados a convivir con jabalíes, zorros, musarañas, culebras de escalera, ratas, ratones y otras criaturas variadas. Pero lo que cruzó delante del coche parecía una enorme tarántula como las que se encuentran en América y en las regiones tropicales.

Dado que las arañas de ese aspecto en España, como la lobo o la negra del alcornocal, no llegan ni de lejos a semejante tamaño, concluí que habría sido alguna ilusión provocada por el sueño o por los numerosos botellines de Mahou que me pareció conveniente enviar a reciclar (no, no conducía yo). Claro que, si yo hubiera vivido hace unos cientos de años y tuviera como amigo a algún monje iluminador de manuscritos, podría haberle visitado para narrarle mi avistamiento de la araña monstruosa del Guadarrama y que la incluyera en su bestiario junto a las mantícoras y catoblepas.

Y así es como suelen nacer las leyendas. Alguien ve algo, lo interpreta a su modo, lo cuenta a otros, de alguna manera acaba difundiéndose, e inevitablemente otros acabarán viendo lo mismo; inevitablemente, porque estas presuntas confirmaciones independientes ocurren incluso cuando lo avistado originalmente no es tal. Un caso especialmente llamativo es el de los platillos volantes: como he contado anteriormente aquí y en otros medios, el protagonista del primer avistamiento divulgado por la prensa en 1947 no dijo haber visto platillos volantes, sino objetos con forma de media luna que se movían en el aire como platillos saltando sobre el agua. El periodista lo entendió mal y publicó que aquel hombre había visto platillos volantes, y desde entonces empezaron a surgir infinidad de avistamientos de platillos volantes.

Así es también como surgió la leyenda del monstruo del lago Ness: un relato medieval de veracidad muy dudosa, presuntos avistamientos en siglos posteriores, y la imaginación popular acaba dando forma a una leyenda que se convierte en un fenómeno sociológico. Como conté recientemente en otro medio, la popularización de los hallazgos de fósiles en el siglo XIX hizo que los monstruos con forma de serpiente presentes en los relatos antiguos y medievales comenzaran a transformarse en animales parecidos a los plesiosaurios. Luego, con el tiempo, alguien decide fabricar pruebas fotográficas falsas, ya sea con ánimo de lucro o notoriedad, o como simple broma. Y entonces ya poco importan los desmentidos: una vez que hemos decidido lo que queremos creer, ni la propia confesión de labios del falsificador servirá para apearnos del burro.

Y pese a todo, estos no son fenómenos a los cuales la ciencia deba permanecer ajena. Más bien al contrario, uno de los poderes de la ciencia es resolver los misterios, y el estudio de leyendas como la de Nessie puede revelarnos mucho; no solo sobre nosotros mismos y nuestros mecanismos mentales, sino también sobre el mundo que nos rodea. Es altamente improbable que exista un animal prehistórico en el lago Ness, pero si la gente dice haber visto algo, ¿cuáles son los fenómenos reales que se han interpretado como avistamientos del monstruo?

Un equipo internacional de investigadores, dirigido por la Universidad de Otago en Nueva Zelanda, ha analizado las aguas del lago Ness en busca de la huella de ADN de las criaturas allí presentes. Las técnicas actuales permiten hacer un tipo de análisis llamado metabarcoding de ADN ambiental (eDNA), consistente en leer todo el revoltillo de ADN presente en una muestra heterogénea tomada de la naturaleza y buscar ciertas etiquetas genéticas que identifican a las especies presentes, actuando como una especie de códigos de barras.

Según publican los investigadores en la web de su proyecto (los resultados aún no se han publicado formalmente), entre los 500 millones de secuencias de ADN pescadas en el loch ha aparecido de todo, desde bacterias hasta humanos, pasando por varios tipos de mamíferos terrestres, domésticos y salvajes. Los científicos han identificado 19 especies de mamíferos, 22 aves, tres anfibios y 11 peces. La mayoría son animales cuya presencia en el lago ya era conocida.

¿Y qué hay de Nessie? Según escriben los investigadores, “una de las teorías más populares es que podría existir en el lago Ness un reptil del Jurásico o una población de reptiles del Jurásico, como los plesiosaurios”. “Desafortunadamente, no podemos encontrar ninguna prueba de una criatura ni remotamente parecida a eso en los datos de secuencias de nuestro ADN ambiental. Así que, basándonos en nuestros datos, no creemos que la idea del plesiosaurio se sostenga”, añaden.

Asimismo, los investigadores tampoco han encontrado ADN de otras especies que algunas hipótesis han asociado a los avistamientos, como tiburones, esturiones o siluros. Y sin embargo, otra criatura aparece de forma dominante y repetida en las muestras: “Hemos encontrado una gran cantidad de ADN de anguila. Las anguilas son muy abundantes en el lago Ness, y hemos encontrado su ADN en prácticamente todas las ubicaciones estudiadas; hay montones de ellas”, escriben.

Imagen de SuperNatural History.

Imagen de SuperNatural History.

Estos datos han llevado a los investigadores a rescatar una vieja hipótesis casi olvidada. La idea de que Nessie podría ser en realidad una anguila ya se había propuesto en los años 30, cuando la historia del monstruo comenzó a causar furor, pero se abandonó cuando se impuso la imagen del plesiosaurio que ha perdurado en la imaginación hasta nuestros días. Los científicos del proyecto, bajo la dirección del biólogo Neil Gemmell, creen que la anguila podría ser la respuesta: “La teoría restante que no podemos refutar basándonos en el ADN ambiental obtenido es que lo que la gente está viendo es una anguila muy grande”.

Naturalmente, el análisis de ADN no permite determinar el tamaño de los animales detectados, pero los investigadores mencionan que existen informes de grandes anguilas observadas en el lago. La anguila europea raramente crece más de un metro, aunque los científicos no descartan que en el lago pudiera haberse desarrollado una comunidad de ejemplares de gran tamaño.

Una anguila europea (Anguilla anguilla). Imagen de Lex 1 / Wikipedia.

Una anguila europea (Anguilla anguilla). Imagen de Lex 1 / Wikipedia.

Por supuesto, los resultados no pueden zanjar por completo la leyenda del monstruo, ni lo harán. Los propios investigadores reconocen que un monstruo totalmente desconocido hasta ahora pasaría inadvertido en el metabarcoding si su ADN no se ha catalogado previamente. “Sin embargo, tenemos una teoría más para testar, la de la anguila gigante, y puede merecer la pena explorarla con más detalle”, concluyen.

Así es el sistema de guiado de los mosquitos hacia nosotros (y por qué a unos pican más que a otros)

Que levante la mano quien pueda acabar el verano sin una sola picadura de mosquito en su piel. Pero sí, es cierto que no a todos nos pican por igual. En todo grupo humano siempre parece haber quienes son para los mosquitos como la máquina de vending de la oficina.

Antiguamente, y quizá todavía, se decía eso de que hay personas con la sangre más dulce, lo cual es otro más de los mitos del verano, como el corte de digestión. Todo el que se pare un momento a pensarlo se dará cuenta inmediatamente del absurdo: incluso suponiendo que la sangre fuera dulce, que no, y que los mosquitos fueran golosos, que tampoco –en realidad buscan en nuestra sangre las proteínas y el hierro que necesitan para el crecimiento de sus huevos, ya que solo las hembras pican–, ¿cómo iba a saber el mosquito el grado de dulzor de la sangre de una persona sin picarla antes?

Nuestras diferencias personales en el atractivo que ejercemos para los mosquitos se basan, lógicamente, en pistas que pueden percibir antes de picar: señales olfativas, sustancias químicas que produce nuestro cuerpo y que los guían hasta nosotros. Pero no es solo nuestro olor lo que los atrae, ni tampoco se trata de que unas personas suden más que otras. En realidad, los insectos más molestos del verano –y, dicho sea de paso, también los animales que más muertes causan en el mundo– utilizan un complejo y sofisticado sistema de guiado perfeccionado a lo largo de millones de años de evolución.

Un mosquito picando. Imagen de CDC.

Un mosquito picando. Imagen de CDC.

Así es como funciona. Al respirar, emitimos dióxido de carbono, CO2. Esta es la señal primaria que alerta a los mosquitos de que una posible presa se encuentra cerca. Tan eficientes son detectando este gas que pueden percibirlo a 50 metros de distancia. Imaginemos lo que esto supone: aunque normalmente pensemos que solo los mosquitos que vemos posados en el techo son los que nos tienen en su punto de mira, en realidad el gas de nuestra respiración está atrayendo a todos los chupasangres presentes en 50 metros a la redonda. Y no hay nada que podamos hacer para evitarlo… si es que queremos seguir respirando.

A continuación, el mosquito comienza a volar hacia la fuente que está emitiendo ese CO2. Lo cual a veces no es tan sencillo como podría parecer: dado que el gas es transportado por las corrientes de aire, el mosquito tiene que volar en contra del viento, lo que hace moviéndose en zigzag, de forma algo parecida a como hacen los veleros para navegar a contraviento.

Pero mientras tanto, ha ocurrido algo asombroso: el olor del dióxido de carbono ha disparado una señal en el cerebro del mosquito (más complejo de lo que creen quienes lo utilizan como insulto) que activa las neuronas encargadas de controlar la visión. Así, en el momento en que el mosquito huele el CO2, pasa a modo visual: ahora será su visión la que comience a buscar formas que puedan relacionarse con la figura de una presa.

A unos 10 metros de distancia, el mosquito ya puede vernos, pero aún no nos ha identificado como un objetivo. En realidad, su visión es rudimentaria; no pensemos que tiene la capacidad de distinguir a un humano de una barra horizontal en movimiento (un modelo utilizado por algunos investigadores). Por el momento, aún somos solo uno más de los objetos que entran en su campo de visión; todavía no ha localizado la pista de aterrizaje.

Entonces comienza un proceso de eliminación que se basa en señales térmicas, como los sistemas de guiado de los misiles. El mosquito sobrevuela los objetos de su entorno en busca de calor. Nosotros lo desprendemos; nuestro sofá, no. A unos 20 centímetros de distancia, ya puede detectar esta señal térmica y distinguirnos del sofá. Ya está más cerca de su merienda.

En ese momento, el mosquito se olvida por completo del CO2. Al fin y al cabo, no le interesa dirigirse a nuestra boca o nuestra nariz, que son nuestras chimeneas, sino a un lugar accesible de nuestra piel. Y para ello, vuelve a pasar por última vez a modo olfativo: a unos tres centímetros de distancia de nuestra piel es cuando se produce ese “target locked” de los aviones en las películas. Cuando el mosquito integra en su panel de control la señal térmica con la humedad que produce nuestro cuerpo y con el olor de otros compuestos que desprendemos, como ácido láctico, amoniaco, ciertos ácidos orgánicos, acetona y sulcatona… ya no tenemos escapatoria: somos su cena.

Tan asombroso es el sistema de guiado de los mosquitos que incluso puede funcionar prescindiendo de algunas de estas señales. Por ejemplo, incluso aunque pudiéramos dejar de respirar y detener nuestra emisión de CO2, el insecto hace batidas por las formas que detectan sus ojos en busca de señales térmicas, y estas pueden ser suficientes para localizar a su presa.

Todo lo anterior lo hemos ido conociendo en los últimos años gracias a las investigaciones de científicos como Jeffrey Riffell, de la Universidad de Washington, y Michael Dickinson, del Instituto Tecnológico de California. Los experimentos de estos investigadores son para dejar a cualquiera con la boca abierta.

Por ejemplo, la activación del sistema visual del mosquito por las señales olfativas es el resultado de un estudio publicado este mes en la revista Current Biology, y para el cual los científicos han utilizado el siguiente sistema (mostrado en la imagen): un pequeño recinto, tamaño insecto, rodeado por una pantalla circular de LED en la que se proyectan estímulos visuales a un mosquito que permanece en el centro atado con un alambre de tungsteno, mientras un sensor óptico debajo de él registra los movimientos de sus alas, y un tubo le suministra las señales olfativas necesarias. Para observar cómo se activan las regiones cerebrales encargadas del olfato y la visión, los investigadores utilizan mosquitos transgénicos cuyas neuronas se iluminan en color verde fluorescente cuando están en funcionamiento.

Sistema empleado por los investigadores para estudiar el comportamiento de los mosquitos. Imagen de Kiley Riffell/U. Washington.

Sistema empleado por los investigadores para estudiar el comportamiento de los mosquitos. Imagen de Kiley Riffell/U. Washington.

Pero volvamos a lo quizá se estén preguntando: ¿Por qué a mí? ¿Por qué yo soy esa máquina de vending en la oficina de los mosquitos?

Los investigadores coinciden en señalar que es la fuerza de esas combinaciones de señales la que atrae más a los mosquitos hacia unas personas que hacia otras, sin que probablemente exista un único factor determinante. Un dato curioso es que los mosquitos parecen picar más por igual a los gemelos idénticos que a los mellizos, lo que sugiere la intervención de factores genéticos que probablemente influyan en el olor corporal. Otra pista interesante es que el mayor o menor atractivo de una persona para los mosquitos depende de la microbiota de su piel, es decir, de los microbios que viven sobre nosotros, que a su vez también son responsables del olor corporal. Así que, en definitiva, todo lleva a lo mismo: se reduce a nuestro olor corporal. Para los mosquitos, algunos olemos más apetitosos que otros.

Para terminar, no está de más recordar algo que ya debería ser suficientemente conocido, pero tal vez no: lo único que evita las picaduras de los mosquitos son las barreras físicas y los repelentes químicos (sobre todo el DEET). Los repelentes electrónicos por ultrasonidos no sirven absolutamente para nada, e incluso pueden ser perjudiciales para quienes los utilizan.

Pasen y vean al pirosoma, un calcetín marino formado por miles de animales

Cuando hace unos días confesaba mi estupor ante el opilión conejo, decía que a estas alturas ya es difícil encontrar una forma de vida capaz de provocar esa estupefacción, al menos para un biólogo. Pero debí matizar que esto se aplica a las tierras emergidas, o sea, a lo que conocemos como tierra firme, donde raramente ya se va a descubrir alguna criatura radicalmente nueva-rara que no sea microscópica.

Pero un caso diferente es el mar. Suele decirse que conocemos mejor la superficie de Marte que el fondo de los océanos marinos. Algunos pretenden desmontar esta afirmación con el dato de que el fondo marino está cartografiado al 100%. Y es cierto. Pero el mapa global del suelo oceánico tiene una resolución mínima de… 5 kilómetros. Lo cual no es precisamente un gran nivel de detalle para un mapa; podría haber ahí abajo toda una flota de naves alienígenas y no tendríamos la menor idea. En comparación, Marte también está completamente mapeado, pero más del 60% se conoce con una resolución igual o superior a 20 metros.

Es más, la resolución actual de los fondos marinos es algo que se ha logrado esta misma década; antes de eso incluso una gran ciudad submarina habría pasado inadvertida. Y si se preguntan qué parte del suelo oceánico conocemos con un nivel de detalle de hasta unos metros, suficiente para encontrar, por ejemplo, los restos de un naufragio, la respuesta es que menos del 0,05%; una superficie equivalente a la isla de Tasmania.

Actualmente existe un proyecto en marcha, Seabed 2030, que pretende mapear para ese año el 97,3% del suelo marino con una resolución mínima de 400 metros, y el piquito restante, los fondos más profundos, hasta los 800 metros. Esto quiere decir que incluso acercándonos a la mitad de este siglo, aún no podremos distinguir en el fondo del mar un barco del tamaño del Titanic.

Así, no es de extrañar que en el mar aún persistan, y vayan a persistir mientras vivamos, criaturas de cuya existencia no tenemos la menor idea. Pero la especie que les traigo hoy no es nueva; de hecho, la describió por primera vez en 1804 el naturalista francés François Péron, después de observarla durante una travesía de exploración por aguas australianas. Y realmente era difícil no verla, porque su rasgo más llamativo es su bioluminiscencia. Por este motivo Péron la llamó pirosoma (Pyrosoma), o “cuerpo de fuego”. En 1849 el biólogo británico Thomas Henry Huxley escribía: “Acabo de contemplar la puesta de la luna en toda su gloria, y he mirado a esas lunas menores, los hermosos Pyrosoma, brillando como cilindros calientes en el agua”.

Pirosoma. Imagen de Steve Hathaway y Andrew Buttle.

Pirosoma. Imagen de Steve Hathaway y Andrew Buttle.

El pirosoma es un organismo colonial, formado por muchos individuos llamados zooides, cada uno de unos pocos milímetros, que se unen a través de una especie de túnica gelatinosa en forma de cono o clindro. Aunque nos resulte una criatura enormemente extraña, lo cierto es que el pirosoma se parece más a nosotros de lo que podríamos sospechar: sus zooides pertenecen al grupo de los tunicados, invertebrados muy próximos a los vertebrados. Evolutivamente, están mucho más cerca de los humanos que un molusco, un insecto o un gusano.

Los zooides le dan un tacto rugoso como el de un pepinillo, motivo por el cual los pirosomas se conocen también como pepinillos de mar (no confundir con los pepinos de mar u holoturias, que no son colonias, sino animales equinodermos). De este modo los zooides quedan abiertos al exterior, de donde aspiran agua que filtran para recoger su alimento microscópico, y al interior, a donde expulsan el agua filtrada. El pirosoma suele flotar cerca de la superficie en aguas cálidas, pero también puede moverse por propulsión a chorro.

Los pirosomas pueden ser pequeños, como este de 1 centímetro:

Pirosoma. Imagen de Nick Hobgood / Wikipedia.

Pirosoma. Imagen de Nick Hobgood / Wikipedia.

Tomando un detalle de esta imagen podemos observar los diminutos zooides:

Detalle de los zooides en un pirosoma. Imagen de Nick Hobgood / Wikipedia.

Detalle de los zooides en un pirosoma. Imagen de Nick Hobgood / Wikipedia.

Pero también pueden llegar a esto:

Este inmenso pirosoma de unos 8 metros de largo fue filmado el pasado octubre cerca de Nueva Zelanda por los buceadores Steve Hathway y Andrew Buttler, según publicaba el diario The Washington Post la semana pasada. Y ni siquiera es un récord: se han registrado ejemplares hasta de 20 metros.

Pero si tener la suerte de toparse con semejante criatura en el mar debe de ser algo inolvidable, aún más sería contemplarlos de noche: los zooides bioluminiscentes tienden a emitir pulsos de luz cuando detectan a sus compañeros cercanos brillando. Es decir, hacen la ola con pulsos de luz, que además se contagian de una colonia a otra. Como una calle de Las Vegas en el océano.

Pirosoma. Imagen de NOAA.

Pirosoma. Imagen de NOAA.

Pasen y vean a la falsa araña con falsa cabeza de conejo

Uno piensa que ya lo había visto casi todo en formas extrañas de animales y que pocas cosas pueden sorprenderle… hasta que aparece Metagryne bicolumnata, la falsa araña con falsa cabeza de conejo; o de perro, o de lobo, según el gusto de cada cual. Pero para qué tratar de explicarlo. Se trata de esto:

Metagryne bicolumnata. Imagen de Andreas Kay / Flickr / CC.

Metagryne bicolumnata. Imagen de Andreas Kay / Flickr / CC.

No, no es un truco de Photoshop. Esta criatura realmente existe:

Metagryne bicolumnata. Imagen de Andreas Kay / Flickr / CC.

Metagryne bicolumnata. Imagen de Andreas Kay / Flickr / CC.

Y si quieren verla en acción, aquí está:

Todo ello por gentileza del biólogo Andreas Kay, que desde hace siete años se dedica a documentar y fotografiar la increíble biodiversidad de Ecuador, y a dejar el testimonio de su trabajo en Flickr.

Dibujo de Metagryne bicolumnata de Carl Friedrich Roewer, 1959.

Dibujo de Metagryne bicolumnata de Carl Friedrich Roewer, 1959.

En 2017 Kay fotografió en la selva amazónica a esta insólita criatura que sin embargo se conocía ya desde 1959, aunque el dibujo de Carl Friedrich Roewer, el aracnólogo alemán que la describió, era sin duda mucho menos espectacular.

La criatura en cuestión es un opilión; arácnido, pero no araña. Los opiliones están más estrechamente emparentados con los ácaros y los escorpiones, también arácnidos. Aunque a primera vista puedan confundirse con las arañas por sus ocho patas, un vistazo más detallado revela claras diferencias: las arañas tienen el cuerpo dividido en dos partes, cefalotórax y abdomen, mientras que los opiliones tienen ambos fusionados en un único bloque.

A mayor detalle, las arañas tienen varios pares de ojos, mientras que los opiliones solo tienen un par; que en el caso de Metagryne bicolumnata, al que llamaremos opilión conejo, no son los dos puntos amarillos en su falsa cabeza de conejo, sino que aparecen al frente del cefalotórax.

Otra diferencia esencial entre las arañas y los opiliones es que estos carecen de glándulas de seda, por lo que no fabrican tela. Y más importante para nosotros, tampoco tienen glándulas de veneno, por lo que son inofensivos. Para compensar esta falta de armamento, la evolución ha dotado a los opiliones de otras estrategias para defenderse de sus depredadores. Una de ellas, común en estos animalitos, es modificar su aspecto físico, ya sea para camuflarse en su entorno o para asustar.

Por ejemplo, algunos opiliones segregan un fluido defensivo amarillento que es nocivo para los depredadores. Otros, en cambio, carecen de esta defensa; pero alguno de ellos ha desarrollado en su caparazón dos manchas amarillas que simulan el fluido para disuadir a sus atacantes, aunque realmente no posean esta defensa. Estas coloraciones llamativas como advertencia de peligro se conocen en biología como aposemáticas; las serpientes coral, las avispas o las ranas venenosas tropicales avisan con sus colores llamativos de que no es una buena idea meterse con ellas.

En el caso del opilión conejo, el propósito de su estrambótico aspecto realmente no se conoce, aunque parece probable que se trate también de una defensa contra los depredadores. Entre las técnicas de mimetismo, algunas especies inofensivas desarrollan un aspecto parecido a otras peligrosas. Por ejemplo, hay moscas que parecen avispas, y la falsa coral es del todo inocua. Para estos opiliones, tener el aspecto de un temible mamífero puede ser la estrategia perfecta para que a nadie se le ocurra intentar comérselos. Aquellos ejemplares mejor disfrazados logran sobrevivir y pasar a sus descendientes los genes de ese perfecto disfraz, y la evolución sigue su curso.

Esto es lo que les pasará a los insectos con el cambio climático

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

No, no le ocurre nada a su ordenador o móvil (¿recuerdan aquella tentadora intro de Más allá del límite?). Tampoco es un error de edición. Si al entrar en esta página se han encontrado con un gran espacio en blanco sobre estas líneas y bajo el título, es porque la respuesta más honesta a la pregunta planteada es precisamente esa: en realidad, nadie sabe con certeza qué les sucederá a los insectos con el cambio climático, una incógnita que mantiene a los entomólogos rascándose la cabeza en busca de los escenarios más plausibles.

Como decíamos ayer, los insectos se esfuman con el frío y conquistan el planeta con el calor, así que la pregunta parecería de examen de primaria: si el cambio climático trae más calor, los bichos heredarán la Tierra. Fin de la historia. ¿No?

Insectos en un girasol. Imagen de pxhere.

Insectos en un girasol. Imagen de pxhere.

Pero evidentemente, no es tan sencillo. Basta pensar en lo que conté ayer: dado que el frío del invierno aumenta la tolerancia de los insectos tanto a temperaturas altas como bajas, sin este choque glacial sus cuerpos estarán menos preparados para soportar el calor. Precisamente es en primavera y en otoño cuando su capacidad de aguantar temperaturas extremas es menor, y por tanto una primavera cálida después de un invierno templado podría matarlos.

Pero mejor lo cuentan cuatro entomólogos especializados en biología térmica de los insectos, a los que he formulado esta pregunta. Henry Vu, coautor del estudio que conté ayer sobre cómo el frío prepara a los insectos para tolerar el calor, lo detalla así:

Con el cambio climático, es probable que observemos más ciclos de congelación y descongelación, primaveras más tempranas y cálidas, y tiempo más extremo. De mis observaciones, yo esperaría que los insectos se vean más afectados por el cambio climático en primavera, ya que entonces se encuentran a unos 5 o 6 °C de su límite superior de temperatura de supervivencia. La primavera es cuando más cerca se encuentran de su límite de temperaturas letales, porque es cuando pierden su tolerancia al calor y encuentran temperaturas más altas al no contar con la protección de la cobertura de hojas. Debido al cambio climático, las primaveras más cálidas podrían acercarlos aún más a ese límite letal de temperaturas altas.

La misma idea la resume Simon Leather, de la Universidad Harper Adams (Reino Unido):

Algunos insectos, como ocurre con la llamada vernalización en las plantas, requieren un periodo frío para resetear sus relojes. Si no reciben suficiente frío, algunos insectos no emergerán en primavera.

Efímera al atardecer. Imagen de Bob Fox / Flickr / CC.

Efímera al atardecer. Imagen de Bob Fox / Flickr / CC.

Por su parte, David Denlinger, de quien también hablé ayer y que descubrió varias proteínas de choque térmico en los insectos, destaca otro aspecto, y es que si los insectos no sufren el golpe de frío que les ordena entrar en diapausa (su versión de la hibernación) para pasar el invierno en reposo, se verán obligados a consumir sus reservas de energía en una época del año en que no hay recursos suficientes para reponerlas:

Esto puede sonar contrario a la intuición, pero los inviernos más cálidos no necesariamente son buenos para los insectos. Como ectotermos [lo que tradicionalmente se ha llamado de sangre fría], su tasa metabólica depende de la temperatura, y una de las ventajas del invierno para los insectos es que las bajas temperaturas les ayudan a conservar sus reservas de energía. Cuando las temperaturas son demasiado altas, pueden quemar sus reservas demasiado rápido y quizá no aguanten hasta que regresen las condiciones favorables.

Por último, Brent Sinclair, experto en criobiología de los insectos de la Universidad Western de Ontario (Canadá), resume: “¡Ja! ¡El invierno es complicado!”.

Los inviernos cambiantes dependerán de una combinación de temperatura media, variabilidad y precipitación. Por ejemplo, si la temperatura media es más alta, puede haber menos cobertura de nieve, lo que significa que los insectos del suelo experimentarán temperaturas más frías [paradójicamente, la nieve actúa como aislante térmico]. De modo similar, si la temperatura es más variable, la nieve podría fundirse, y entonces las temperaturas bajas más extremas serían más bajas. Por otra parte, si hay más precipitación en forma de nieve, puede tardar más en derretirse en primavera, haciendo los inviernos más largos para los insectos que se ocultan debajo.

En resumen, y si parece haber algo claro, es que el cambio climático desbarata el actual equilibrio ecológico del que dependen no solo los insectos, sino todas las criaturas vivas, y de un modo demasiado rápido. A estas alturas ya debería saberse que, exceptuando las repercusiones más directas como la crecida del nivel del mar en islas y costas, las principales consecuencias del cambio climático son biológicas, incluyendo las de impacto económico como el efecto sobre las cosechas. La naturaleza es una mesa de mezclas llena de palancas que no pueden tocarse sin ton ni son, porque el sonido resultante ya no será el mismo.

Por qué los insectos resisten mejor el calor en invierno (sí, el calor)

Nos han acompañado durante todo el verano, para bien y para mal. Para bien, porque cumplen funciones esenciales en la naturaleza. Para mal, porque a veces pueden llegar a ser tremendamente irritantes, ya sea el trompeteo del mosquito en el oído cuando estás a punto de abrazar el sueño, la mosca cosquilleando la pierna en idéntica situación pero en la siesta, las hormigas en procesión a la alacena, o las avispas que por estas fechas del año se convierten en escuadrillas de flying dead (ya expliqué por qué).

Pero dentro de poco, se irán. Uno de los grandes misterios del universo es la desaparición de los insectos cuando empieza el frío. ¿A dónde se marchan? ¿De dónde vuelven? No, en la mayoría de los casos no mueren de frío, como sería fácil pensar. Es un misterio resuelto solo a medias, porque si bien los científicos saben exactamente qué hace cada tipo de bicho para salvar el invierno, los mecanismos biológicos que utilizan para ello aún son fuente de secretos y sorpresas.

Una mariquita en la nieve. Imagen de pxhere.

Una mariquita en la nieve. Imagen de pxhere.

Hace unos días he publicado un reportaje en el que explicaba las distintas estrategias que emplean diferentes tipos de insectos para sobrevivir al invierno. A los más curiosos les recomiendo su lectura si desean sorprenderse ante las maravillas que la evolución biológica puede operar incluso en criaturas (solo aparentemente) tan simples. A los más perezosos, les resumo que básicamente existen dos opciones, evitar el frío o soportar la congelación. Los primeros emigran o, más frecuentemente, se ocultan en lugares templados y cómodos a la espera de que vuelva el buen tiempo. En cuanto a los segundos, sus cuerpos experimentan transformaciones químicas que les permiten tolerar la congelación sin morir.

Esta transformación química es todavía uno de esos secretos parcialmente guardados en el cofre del tesoro de la naturaleza. Todos los insectos que se quedan a aguantar el tirón invernal producen algún tipo de compuesto que los protege del frío, también aquellos que lo evitan; pero los científicos aún están descubriendo cuáles son esos mecanismos y cómo funcionan.

Una muestra de que aún falta mucho por conocer sobre los insectos y el invierno es una curiosidad que me saltó a la atención: el año pasado, los investigadores Henry Vu y John Duman, de la Universidad de Notre Dame (EEUU), descubrieron que al menos tres especies de insectos, los escarabajos Dendroides canadensis y Cucujus clavipes, y la típula Tipula trivittata (esos bichos que muchos suelen aplastar por confundirlos con inmensos mosquitos, pero que son del todo inofensivos), toleran mejor el calor durante el invierno que en verano.

Un escarabajo Dendroides canadensis. Imagen de Robert Webster / xpda.com / Wikipedia.

Un escarabajo Dendroides canadensis. Imagen de Robert Webster / xpda.com / Wikipedia.

Como escriben los investigadores en su estudio, publicado en la revista Journal of Experimental Biology, es lógico pensar que los insectos aguantarán temperaturas más bajas durante el invierno, debido a que su cuerpo se defiende produciendo esas sustancias. De hecho, en la estación fría pueden sobrevivir incluso a temperaturas de entre 20 y 30 °C más bajas que en verano. Pero cuando Vu y Duman sospechaban que su tolerancia al calor sería menor en invierno, lo que descubrieron fue lo contrario: el Dendroides canadensis soporta en verano un máximo de 36 °C, pero en invierno puede aguantar hasta los 38 o 40 °C. El resultado es que en verano este escarabajo puede vivir en un rango de temperaturas que abarca 41 °C, mientras que en invierno esta franja se expande hasta los 64 °C.

¿Por qué los insectos resisten mejor el calor precisamente en la estación más fría del año? Los autores del estudio escriben que se trata de un “fenómeno inesperado” que “no ha sido previamente documentado”; según me cuenta Vu, “¡la gente no suele pensar en analizar qué pasa a altas temperaturas en invierno!”. Pero aunque aún no se sabe si es algo generalizado entre los insectos, el entomólogo apunta que el hecho de que las especies examinadas comprendan tanto los que evitan el frío como los que se congelan sugiere que podría ser un fenómeno común.

Aunque no era el objetivo del estudio, es inevitable preguntarse qué sentido o razón biológica tiene esta rareza, y cuál puede ser el mecanismo responsable. Vu me cuenta que aún no puede arriesgar una explicación, pero que “es posible que sea solo un efecto secundario de la adaptación a la tolerancia al frío”. Es decir, dado que esta adaptación al frío promueve la estabilidad de las membranas y las proteínas celulares, el resultado es que estos componentes están también mejor preparados entonces para aguantar el calor. “Estas adaptaciones al frío ayudan a temperaturas bajas, pero también pueden ayudar a estabilizar las proteínas y las membranas a temperaturas altas”, señala Vu.

Un escarabajo en invierno. Imagen de pixabay.

Un escarabajo en invierno. Imagen de pixabay.

Con respecto al mecanismo biológico concreto, la respuesta podría estar en un campo que ha investigado extensamente el entomólogo David Denlinger, de la Universidad Estatal de Ohio (EEUU). Hasta hace unos años se sabía que, entre los compuestos que protegen a los insectos del frío, se encontraban un par de proteínas de choque térmico (heat shock proteins o HSP), una clase de moléculas descritas en muchos otros organismos y que acuden al socorro de las células cuando las condiciones ambientales son amenazantes; no solo calor extremo, sino también frío glacial, radiación ultravioleta o heridas en los tejidos.

En 2007, Denlinger y sus colaboradores descubrieron que el arsenal de HSP de los insectos es mucho mayor de lo que se creía. Los investigadores descubrieron casi una docena de HSP adicionales que se activan cuando los insectos entran en diapausa, su versión de la hibernación que los deja en estado de reposo durante el invierno.

Dado que las HSP se activan en respuesta a condiciones de estrés ambiental y preparan el organismo para resistir agresiones externas, ¿podrían ser las responsables de que el invierno induzca en los insectos una mayor tolerancia tanto al frío como al calor? “Sí, creo que las HSP pueden estar implicadas tanto en la tolerancia a temperaturas más altas como más bajas”, me cuenta Denlinger.

“Su papel a altas temperaturas es bien conocido, pero el hecho de que estas mismas HSP las utilicen los insectos en invierno sugiere puntos en común”. El entomólogo añade que otros compuestos producidos por los insectos en invierno, como el aminoácido prolina o el anticongelante glicerol, también pueden aparecer tanto a temperaturas demasiado altas como demasiado bajas, y que sus experimentos también han mostrado cómo un choque de calor puede proteger a los insectos contra el frío.

En resumen, y aunque suene a tópico, se trata de uno más de esos casi infinitos mecanismos de relojería biológica refinados a lo largo de millones de años de evolución, y que está perfectamente sincronizado con los ciclos naturales. Lo cual nos lleva a una pregunta. Por supuesto que las condiciones ambientales en este planeta no han sido siempre las actuales, sino que han variado salvajemente a lo largo de su historia, también desde que existen los insectos. Pero normalmente estas variaciones se producen a lo largo de las eras geológicas, dando tiempo suficiente a la vida para abrirse camino a través de un mundo cambiante. Ahora la situación es otra; y si las condiciones climáticas cambian bruscamente a lo largo de apenas un siglo, ¿qué les ocurrirá a los insectos? Mañana lo contaremos.

Por qué las avispas son tan insidiosas al final del verano

Muchos urbanitas tal vez no se hayan percatado, pero quienes hacemos vida de exterior estamos acostumbrados al fenómeno anual de zombificación de las avispas al final del verano: los que durante el resto de la estación habían sido simples transeúntes de nuestro espacio aéreo, pacíficos insectos que iban a lo suyo y que solo picaban si nosotros agredíamos primero (intencionadamente o no), se transforman de repente en una legión de hambrientos seres que ansían nuestra comida y convierten cualquier almuerzo al aire libre en una nube zumbante de amarillo y negro. No es una impresión subjetiva ni una rareza casual; realmente ocurre que las avispas son infinitamente más insidiosas al término del verano que con los primeros calores.

Pero ¿por qué? ¿Hay más avispas según va terminando la estación calurosa? Desde luego, las hay, ya que el número de insectos va aumentando a medida que la colonia crece durante la primavera y el verano. Pero esta no es la causa de que por estas fechas se lancen en blitzkrieg a invadir nuestros platos de comida. El motivo es mucho más interesante y tiene su origen en el complejo ciclo de vida de las colonias. Resumiendo, podemos decir que las avispas que infestan nuestras barbacoas están desesperadas por conseguir alimento, y que incluso si logran remontar el vuelo con el botín de un pedazo de carne, la mayoría de ellas no vivirá mucho tiempo más.

Una avispa reina construyendo su nido. Imagen de Alvesgaspar / Wikipedia.

Una avispa reina construyendo su nido. Imagen de Alvesgaspar / Wikipedia.

Pero comencemos por el principio, la primavera, el momento en que los insectos comienzan a regresar a la vida. Las maneras que los bichos han encontrado para sobreponerse a los meses oscuros y fríos son tan diversas que no hay un solo patrón común. En el caso de las avispas, la mayoría de los miembros de una colonia han muerto durante el invierno; no de frío, sino de hambre. En general, solo las reinas sobreviven hibernando en algún hueco templado. Con la subida de las temperaturas, despiertan de su hibernación y se lanzan a buscar un enclave adecuado para su nuevo nido.

Una vez que la reina ha elegido su hogar para la nueva temporada, comienza a masticar madera para construir las primeras celdas en las que depositar sus huevos. Aquí entra en juego un sorprendente logro de la naturaleza: la fundadora no se ha apareado desde el otoño anterior. Desde entonces ha conservado el esperma dentro de su cuerpo para dosificarlo y fertilizar sus primeros huevos que darán lugar a hembras, avispas obreras.

Durante este periodo la reina se alimenta de néctar de flores. Pero cuando los huevos eclosionan, las larvas empiezan a reclamar comida, lo que obliga a la fundadora a cazar insectos y buscar carroña para nutrir a sus pequeñas. Lo que ocurre entonces es otro maravilloso artefacto de la evolución: cuando las larvas comen insectos, degradan la quitina de su exoesqueleto en azúcares simples, produciendo un líquido dulce que sustituye al néctar para la alimentación de la reina. Así, cuando esta se centra en el cuidado de las crías, no tiene que preocuparse de buscar su propia comida, ya que las larvas se encargan de alimentarla.

Unas tres semanas después de la puesta de los huevos, las larvas ya se han convertido en obreras adultas, que reemplazan a la reina en la construcción del avispero y el cuidado de las nuevas larvas. Estas avispas son las que normalmente vemos durante el verano; las que pican. Pero no suelen invadir nuestro territorio, porque se alimentan del jugo azucarado que producen las larvas.

La colonia llega entonces a su máximo esplendor. A la reina se le han acabado las reservas de esperma de la cosecha anterior, y necesita aparearse. Para evitar la consanguinidad, lo hará con machos de otros nidos. A su vez, pone sus propios huevos de avispas zánganos que se emparejarán con reinas de otras colonias. Para los huevos de los machos no se necesita esperma, ya que proceden directamente de óvulos sin fertilizar. Los machos apenas vivirán lo necesario para buscar pareja, lo que dará a las reinas una ración fresca de esperma para fecundar los huevos destinados a producir nuevas hembras, algunas de las cuales serán elegidas para perpetuar la dinastía. Mediante este sistema las avispas conseguirán salvar el parón invernal y mantener su diversidad genética.

Una colonia en construcción con avispas obreras y huevos. Imagen de Bob Peterson / Flickr / CC.

Una colonia en construcción con avispas obreras y huevos. Imagen de Bob Peterson / Flickr / CC.

Es entonces, ahora, entre finales del verano y principios del otoño. cuando comienza el declive de la colonia. Cuando las últimas larvas de la temporada ya han crecido, se acabó la barra libre de refresco azucarado. Ya quedan pocas flores de las que chupar néctar, así que la multitud de obreras hambrientas debe buscar otras fuentes de alimento, en la basura o en nuestras apetitosas mesas repletas de manjares.

Pero aunque por el momento logren llevarse algún bocado, ni siquiera estos recursos serán suficientes para mantener a un ejército de avispas famélicas. Dentro de un par de meses, la mayoría habrán muerto, a excepción de las reinas, que con su nueva provisión de esperma a buen recaudo buscarán un refugio para capear los rigores del invierno. Y vuelta a empezar.

Conocer mejor el ciclo de vida de estas criaturas puede ayudar a temerlas un poco menos y apreciarlas un poco más, sobre todo para respetar sus ritmos naturales y no cometer exterminios innecesarios, como eliminar avisperos al comienzo del verano simplemente porque caen dentro de nuestros dominios. A menos que su emplazamiento realmente interfiera con nuestra vida diaria, durante la mayor parte de la existencia de la colonia las avispas no van a molestarnos. Y a diferencia de las colmenas de abejas, los avisperos son de un solo uso, por lo que no hay riesgo de que vayan a seguir creciendo al año siguiente. Quien prefiera guiarse por criterios ecológicamente responsables solo debería destruir los avisperos bien entrado el otoño, cuando las reinas ya han emigrado y de todos modos la colonia está próxima a extinguirse.

Y para terminar hablando de avispas, qué mejor que hacerlo con sus homónimos. Y con una lenta, que la morriña del cercano otoño lo pide. Con ustedes, W.A.S.P.

Las lluvias de primavera traen nubes de moscas negras bebedoras de sangre

Como habitante de la zona serrana de Madrid, llevo muchos años compartiendo mis veranos al aire libre con un visitante pelmazo y nunca invitado, la mosca negra. Pero aún me sorprende lo poco conocido que es este molesto bicho entre mis convecinos.

Por esta época no falta algún amigo que, por aquello de que muchos consideran erróneamente a un biólogo molecular como algo parecido a un médico, me muestran monstruosas picaduras asegurándome que las arañas les están robando la sangre chupito a chupito. Primero, les explico que las arañas no van de eso, y que tienen cosas mucho mejores que hacer que andar picando a la gente; por ejemplo, cazar los insectos de los que necesitan alimentarse, ya que no beben sangre. Segundo, les muestro mis propias picaduras monstruosas, y les aclaro cuál es el monstruo que las causa: la mosca negra. ¿Qué mosca negra?, preguntan siempre.

Esta mosca negra:

Una mosca negra (simúlido). Imagen de Fritz Geller-Grimm / Wikipedia.

Una mosca negra (simúlido). Imagen de Fritz Geller-Grimm / Wikipedia.

Su ficha policial: alias simúlidos, insecto díptero (dos alas, como las moscas y los mosquitos), más corto que un mosquito (unos 3 milímetros) pero más corpulento, del color que indica su nombre, y con un inconfundible perfil chepudo. Algún otro verano anterior he hablado aquí de ella, explicando que no pica limpiamente como el mosquito, que bebe su sopa con pajita, sino que la mosca negra abre una herida con sus piezas bucales, espera a que mane la sangre y entonces se pega un festín. La hembra necesita componentes de la sangre para incubar los huevos.

Suele decirse que la mordedura de la mosca negra no duele, y para explicarlo a menudo se supone que inyecta algún anestésico local. Pero en 2011 un estudio analizó la saliva de un simúlido y catalogó 164 proteínas presentes en ella, sin encontrar ningún compuesto con este efecto. En su lugar, el entomólogo molecular y parasitólogo británico Mike Lehane proponía que tal vez los insectos hematófagos (bebedores de sangre) liberen enzimas que destruyen los mensajeros químicos encargados de transmitir el “¡ay!” en las terminaciones nerviosas de la herida. Por mi parte, y dado que puedo añadir mi experiencia personal a lo que dicen los estudios, puedo decir que no es un caso como el mosquito: este pica de incógnito absoluto, a no ser que nos remueva el vello de la piel al posarse; pero la mordedura de la mosca negra sí puede sentirse como una ligera punzada.

Ignoro el motivo por el que estos insectos son bastante ignorados por nuestras latitudes, pero es equivocado pensar que los mosquitos y otros chupadores de sangre son una plaga típica de lugares cálidos y tropicales. Cualquiera que haya viajado en verano a regiones húmedas templadas o frías habrá comprobado que los bichos picadores pueden ser una plaga infinitamente más molesta en Escocia, Finlandia o Canadá que en el Caribe.

Nube de moscas negras en Canadá. Imagen de NicolasPerrault / Wikipedia.

Nube de moscas negras en Canadá. Imagen de NicolasPerrault / Wikipedia.

En Escocia el llamado Highland Midge, que por allí también llaman cariñosamente “diminuto bastardo”, puede arruinar cualquier momento de disfrute en un idílico páramo. No es una mosca negra, sino un culicoide, otro tipo de díptero vampiro más estilizado. En Nueva Zelanda a las moscas negras las conocen como sandflies, moscas de la arena, aunque en otros lugares del mundo se llama sandflies a los flebotomos, los insectos que transmiten la leishmaniasis y que no son moscas negras. Muchos bichos, muchos nombres, una única costumbre fastidiosa: chuparnos la sangre.

En concreto en España tenemos decenas de especies de moscas negras, según el último inventario global actualizado en 2018. Imagino que estos bichos deben de ser mucho más familiares para los habitantes del valle del Ebro, ya que por allí se informa con frecuencia de su molesta invasión. En la provincia de Madrid algunos informes parecen restringir su presencia a los valles del Jarama y el Henares, así que invito con gusto a los expertos en la materia a que se den una vuelta por la zona del Guadarrama para añadirnos a sus mapas de distribución.

Este año el problema es especialmente acuciante; las moscas negras forman auténticas nubes, algo que imagino tendrá mucho que ver con la primavera excepcionalmente lluviosa que hemos tenido por aquí. Estos insectos se crían en los cursos de agua y suelen frecuentar las zonas húmedas y con vegetación.

Mosca negra. Las que se encuentran por Madrid son parecidas pero los ojos son oscuros como el cuerpo. Imagen de Mark Span / Wikipedia.

Mosca negra. Las que se encuentran por Madrid son parecidas pero los ojos son oscuros como el cuerpo. Imagen de Mark Span / Wikipedia.

Esto es lo que hace falta saber sobre la picadura de la mosca negra, según los estudios y de acuerdo a mi propia experiencia de convivir durante años con estos insidiosos vecinos:

  • Pican de día, pero normalmente solo en las horas de menos calor, al amanecer y al atardecer. Hace tres años escribí aquí que el verano de 2015 venía anormalmente cálido, y que las moscas negras estaban picando a pleno sol en los días más suaves. En aquella ocasión, rebuscando por ahí encontré un libro ruso sobre dípteros (los científicos somos así de friquis) según el cual las moscas negras podían adaptarse a temperaturas más cálidas si el ambiente las forzaba, así que los insectos acostumbrados de este modo podían salir a buscar su ración de sangre a mediodía cuando el tiempo venía más fresco.
  • Al menos en mi experiencia, pican sobre todo en la parte posterior de las piernas, tanto en el muslo como en la pantorrilla. Cubrirse estas zonas al atardecer evita bastante la molestia. Como mínimo, obliga a las moscas negras a picar en zonas más visibles, lo que facilita el recurso del manotazo.
  • No pican a través de la ropa, ya que no pinchan con un estilete como los mosquitos, sino que muerden con sus piezas bucales.
  • La picadura duele en diferido. Al cabo del rato la zona se inflama, se enrojece, se calienta y pica horriblemente. Cada persona puede tener una sensibilidad diferente a los compuestos de la saliva del insecto, pero a veces la molestia se extiende a la pierna entera. La hinchazón y el picor suelen durar varios días. La mordedura en sí puede tardar en cicatrizar, y en algunos casos deja una marca permanente.
  • Por suerte, en nuestras latitudes la mosca negra no transmite ninguna enfermedad. Menos afortunados son los habitantes de las regiones tropicales, donde estos insectos son vectores de la oncocercosis o ceguera de los ríos.
  • Aunque suele recomendarse el uso de mosquiteras en las ventanas abiertas, en mi experiencia las moscas negras jamás entran en casa; son animales de exterior. Es posible que en mi caso las atraigan la vegetación y el estanque del exterior, pero nunca llegan a franquear una puerta abierta.
  • Dicen que los repelentes de insectos con alto contenido en DEET (los más utilizados contra los mosquitos en las regiones tropicales) son efectivos, aunque personalmente no los he probado contra la mosca negra.

Por qué la carabela portuguesa no es una medusa, y en qué se diferencian

Es comprensible que muchas personas confundan la carabela portuguesa, de actualidad estos días por su aparición en la costa mediterránea, con una medusa. Al primer vistazo ambas pueden tener un aspecto parecido, una parte superior globosa con tentáculos colgando.

Pero quien prefiera llamar a las cosas por su nombre (entre quienes, al menos, deberían contarse los medios de comunicación y las concejalas de Turismo del Ayuntamiento de Alicante) deberían evitar no solo referirse a la carabela portuguesa como “esta medusa”, sino también prescindir del “no es una verdadera medusa”; la carabela portuguesa está más lejos de ser una medusa que un tiburón de ser un humano, ya que los escualos y nosotros nos separamos en la línea evolutiva hace solo unos 470 millones de años, mientras que las medusas y los hidrozoos llevan siendo cosas distintas los últimos 580 millones de años.

Carabela portuguesa en una playa de Florida. Imagen de Volkan Yuksel / Wikipedia.

Carabela portuguesa en una playa de Florida. Imagen de Volkan Yuksel / Wikipedia.

La carabela portuguesa (Physalia physalis) es un hidrozoo, como las hidras de agua dulce. Dentro de los hidrozoos pertenece al grupo de los sifonóforos, del cual es el representante más conocido. Pero lo que más la diferencia de una medusa es que esta es un animal, mientras que la carabela portuguesa es en realidad una colonia de animales, una especie de colmena formada por muchos individuos (llamados zooides o pólipos) genéticamente idénticos, pero tan especializados en sus funciones que no pueden vivir separados.

Así, cada carabela tiene un sexo, macho o hembra. Los pólipos especializados en la reproducción, llamados gonozooides, sueltan al mar su esperma o sus óvulos cuando se reúnen muchos ejemplares, con la esperanza de que ambos tipos de células lleguen a encontrarse.

Este aparato reproductor primitivo es una de las cuatro partes de la carabela portuguesa. Otra de ellas es la más reconocible, el neumatóforo, ese globo de color azulado con forma de pizza calzone que flota sobre el agua y que está relleno de un gas cuyo componente mayoritario es monóxido de carbono, el mismo que provoca los envenenamientos por las calderas defectuosas o los tubos de escape. A diferencia de las medusas, la carabela portuguesa no se propulsa en el agua, sino que se limita a echar su vela al viento y dejarse llevar por las corrientes marinas. Pero en caso de amenaza, pueden desinflar el neumatóforo y sumergirse.

La carabela se alimenta a través de su tercera parte, los pólipos devoradores o gastrozooides. Su dieta es carnívora, formada por presas atrapadas y envenenadas por su parte más temible, los tentáculos de hasta 50 metros. Estos pólipos, llamados dactilozooides, son los que pican, y mucho. La picadura tiene fama de ser muy dolorosa, aunque en contra de lo que pueede leerse por ahí, casi nunca es letal: en las revistas médicas solo hay un caso descrito de muerte causada por una carabela portuguesa (en la prensa ha aparecido algún otro caso sin confirmar).

Detalle de una carabela portuguesa. Imagen de Taro Taylor / Flickr / CC.

Detalle de una carabela portuguesa. Imagen de Taro Taylor / Flickr / CC.

El mecanismo de la picadura es una diminuta maravilla. Los pólipos de los tentáculos tienen unas células llamadas nematocitos (o cnidocitos) que contienen una cápsula con un minúsculo arpón enrollado en su interior. En la parte exterior, la célula tiene una especie de pelo que actúa como gatillo. Cuando el roce o un estímulo químico activan el gatillo, el agua entra a presión en la célula, disparando el arpón que se clava en la presa para inyectar la toxina.

Mecanismo de acción de los cnidocitos o nematocitos. Imagen de Spaully / Wikipedia.

Mecanismo de acción de los cnidocitos o nematocitos. Imagen de Spaully / Wikipedia.

Este mecanismo es el motivo por el que siempre se recomienda tratar con extremo cuidado las picaduras: cuando lo que pica es un insecto, el daño ya está hecho. Pero los fragmentos de los tentáculos de una carabela o de una medusa se quedan adheridos al cuerpo, y un manejo inadecuado en el momento de los primeros auxilios puede hacer que salten los nematocitos que aún no lo han hecho, empeorando la situación. Este es también el motivo de que nunca deban recogerse ejemplares muertos de las playas: no están realmente muertos.

Un nematocito disparado, observado con microscopio electrónico. Imagen de Wikipedia.

Un nematocito disparado, observado con microscopio electrónico. Imagen de Wikipedia.

¿Y cuál es el tratamiento adecuado? ¿Orina? ¿Vinagre? ¿Zumo de limón? ¿Alcohol? ¿Bicarbonato? ¿Espuma de afeitar? ¿Agua dulce? ¿Agua salada? Tradicionalmente se aconseja evitar el agua dulce y lavar la herida con agua de mar. Sin embargo, el año pasado investigadores de Irlanda y Hawái comprobaron que el aclarado con agua salada no ayuda, ya que extiende los nematocitos. Los resultados de aquel estudio indican que la mejor opción es aclarar la herida con vinagre para eliminar los restos de tentáculos y después sumergir la herida en agua caliente (salada) a 45 ºC durante 45 minutos, o aplicar una bolsa de agua caliente.

Según un estudio del Instituto de Ciencias Marinas de Andalucía, parece que las recurrentes apariciones de estos multianimalitos en las playas del Mediterráneo no son el aviso de una invasión en toda regla, sino que posiblemente se trata de fenómenos aislados debidos a la coincidencia de ciertas circunstancias meteorológicas y oceanográficas durante el invierno. Por suerte aún estamos lejos del escalofriante espectáculo que muestra este vídeo, grabado en Australia el pasado noviembre.

¿Las palomas pueden transmitir enfermedades? Sí, como cualquier otro animal (I)

Recojo el testigo de mi compañera Melisa Tuya, que ayer daba voz en su blog En busca de una segunda oportunidad a la asociación Mis Amigas Las Palomas, dedicada a promover la protección de estos animales tan desdeñados y aborrecidos por muchos. El espíritu crítico debe incitar siempre a cuestionar los tópicos, y cuando la pregunta es de carácter científico, los que tenemos la suerte de haber recibido formación en este campo contamos con la oportunidad impagable de encontrar una respuesta basada en datos reales. Ah, ¿he dicho impagable? No: si además nos pagan por nuestra curiosidad, mejor que mejor.

La gente en la ciudad y la gente en el campo tenemos en común el hecho de compartir nuestros espacios vitales con las palomas. Y aunque las nuestras, las torcaces (Columba palumbus) puedan parecer subjetivamente más bonitas que las de ellos, las domésticas o comunes (Columba livia domestica), no es más que un juicio opinable sobre dos especies estrechamente emparentadas. Sin embargo, suelen ser las segundas las que reciben el calificativo desdeñoso de “ratas con alas” y el desprecio de infinidad de urbanitas.

Palomas domésticas. Imagen de pixabay.

Palomas domésticas. Imagen de pixabay.

Debo aclarar que, aunque no creo que pueda llegar a considerarme un ornitólogo aficionado, tengo aprecio por las aves, los únicos dinosaurios que lograron sobrevivir a su gran extinción. Pero para dar respuesta a la pregunta “¿son las palomas tan peligrosamente contagiosas como todo el mundo parece creer repitiendo lo que todo el mundo dice?”, lo único que voy a hacer aquí es contrastar datos extraídos de fuentes científicas.

Por supuesto, todo el que haya cursado alguna asignatura de microbiología y parasitología ya conoce la respuesta: ¿pueden las palomas transmitir enfermedades peligrosas a los humanos? Sí, por supuesto que pueden. Hay un dato concreto que aparece en múltiples artículos periodísticos, y es el de 60: sesenta enfermedades que las palomas pueden contagiarnos.

Buscando una referencia científica, he encontrado una revisión publicada en 2004 por dos investigadores de la Universidad de Basilea (Suiza) que mencionaba el dato, aunque no puedo saber si es la fuente original (dado que muchos artículos periodísticos no suelen incluir esos subrayados en azul que yo procuro siempre añadir). Pero ahí está el hecho: “la paloma doméstica alberga 60 organismos patógenos humanos diferentes”, escribían los autores.

En 2010 tuvo bastante resonancia por aquí un estudio del Centro de Investigación en Sanidad Animal de Valdeolmos (CISA-INIA) que analizó la presencia de microbios patógenos para los humanos en 118 palomas de los parques y jardines de Madrid. Los investigadores encontraron que más de la mitad de los animales (52,6%) llevaban la bacteria Chlamydia psittaci, que puede causar una grave enfermedad respiratoria llamada psitacosis, y que más de dos terceras partes (69,1%) contenía Campylobacter jejuni, otra bacteria causante de diarreas que es una frecuente culpable de las intoxicaciones alimentarias. Los autores concluían: “Por tanto, estas aves pueden suponer un riesgo de salud pública para las poblaciones humanas. Estos datos deberían tenerse en cuenta de cara a la gestión de la población de palomas”.

Naturalmente, la información se difundió en muchos medios, que titularon con alguna variación más o menos afortunada, o más o menos alarmista, de la frase con la que Biomed Central, la editorial de la revista científica, lanzó su nota de prensa: “las palomas llevan bacterias dañinas”.

Por otra parte y si uno busca casos en las bases de datos de estudios científicos, es innegable que pueden encontrarse casos reales de enfermedades transmitidas al ser humano por las palomas. Si no me falla la búsqueda, el último caso reportado hasta hoy se publicó en enero de este año, y corresponde a una mujer holandesa de 54 años que murió por un fallo respiratorio debido a una infección por Paramixovirus de Paloma de Tipo 1 (PPMV-1). Los autores escriben que la probable ruta de contagio fue “el contacto directo o indirecto con palomas infectadas”.

La mujer seguía un tratamiento de inmunosupresión por haber recibido un trasplante de médula ósea, pero a nuestros efectos no nos fijemos en este dato, sino más bien en el hecho de que además de las bacterias analizadas en el estudio de Madrid, las palomas puede también albergar otros organismos peligrosos, como ciertos parásitos y virus transmisibles a los humanos (la gripe aviar es un ejemplo conocido).

Por todo ello, a la menor búsqueda en Google es inmediato encontrar infinidad de webs, incluso de organismos públicos, que advierten contra el contacto con las palomas, incluso indirecto, por el grave riesgo de contraer alguna terrible enfermedad.

Aquí termina el alegato de la acusación. Si ya se han cansado de leer, pueden quedarse con todo lo anterior y utilizarlo como referencia sólida (al menos ahí tienen los enlaces a los estudios) para defender ante sus amigos que las palomas son ratas aladas, sucias y contagiosas. Pero si les interesa conocer la otra cara de la realidad para formarse un juicio crítico, les invito a volver aquí mañana para leer el alegato de la defensa: ahora toca situar todo lo anterior en su contexto más amplio para valorarlo en su justa medida. Y como comprobarán, la cosa cambia radicalmente.