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Esto es lo que hace un científico cuando se encuentra larvas de mosca bajo la piel

Como otras muchas personas, Piotr Naskrecki se fue de vacaciones al Caribe. Como muchas de ellas, regresó a casa con más de lo que llevó. Pero como algunas de ellas, aquello que se trajo de más no fue solo un bonito recuerdo o alguna artesanía local, sino un souvenir infinitamente menos grato: una colección de larvas de mosca que habían anidado bajo su piel.

Dermatobia hominis, hembra adulta. Imagen de Wikipedia / J. Eibl, U.S. Department of Agriculture.

Dermatobia hominis, hembra adulta. Imagen de Wikipedia / J. Eibl, U.S. Department of Agriculture.

La Dermatobia hominis, que vive en la América tropical y que según la Wikipedia por allí llaman “rezno” o “tórsalo”, es una mosca. Sí, es una mosca grande, del tamaño de un abejorro, e incluso su aspecto es parecido. Puede intimidar a primera vista, pero es del todo inofensiva. No pica ni muerde; de hecho, no se alimenta, y ni siquiera tiene boca. En su fase adulta solo vive unos tres o cuatro días, que dedica exclusivamente a tratar de apañarse una First Date para copular. Es básicamente una máquina reproductiva.

El problema son las larvas. Las maravillas de la evolución biológica han llevado a este insecto a especializarse en enterrar sus huevos en la carne humana (aclaro que no es el único, ni parasita solo a los humanos). Y lo hace de una manera increíblemente astuta. Si un insecto nos hincara en la piel un aguijón para poner los huevos, muy probablemente nos daríamos cuenta y lo aplastaríamos de un manotazo. Así que el tórsalo ha encontrado otra estrategia: subcontratárselo a otro que de todos modos vaya a pegarnos un picotazo.

Larva de Dermatobia hominis en fase temprana. Imagen de Wikipedia / Colombo973.

Larva de Dermatobia hominis en fase temprana. Imagen de Wikipedia / Colombo973.

La mosca no pone sus huevos en la piel humana, sino en la chepa de un mosquito o una garrapata. Cuando alguno de estos molestos chupasangres decide abrirnos un bar en la piel, el calor de nuestro cuerpo hace que los huevos caigan y eclosionen, y entonces las larvas entran para acodarse y anclarse a la barra. Nunca mejor dicho, ya que para evitar que las echen del bar, se fijan a través de una especie de coronas de púas. Allí viven durante un par de meses, hasta que por fin salen al exterior, caen al suelo y duermen una resaca de dos o tres semanas en forma de crisálida o pupa para finalmente despertar como moscas adultas. Y entonces, a buscar el amor de su (breve) vida.

Todo este drama biológico fue el que se ventiló en la piel de Naskrecki en 2014. Al regresar de sus vacaciones en Belice, donde como fotógrafo estuvo capturando las bellezas naturales del trópico, se dio cuenta de que se había traído una de ellas consigo. Lo que le dio la pista fue la presencia en su piel de picaduras de mosquito que no parecían cicatrizar. Por repugnante que resulte estar incubando larvas de mosca, al menos no suele ser doloroso: otra maravilla de la evolución es que las larvas, como otros insectos parásitos, probablemente producen sus propios analgésicos para intentar pasar inadvertidas y completar su ciclo.

Como cualquier otro haría, Naskrecki compró un kit de succión de veneno para extraerse las larvas de la piel. Este es uno de los remedios más recomendados, junto con aplicar vaselina en la herida para asfixiar a las larvas. En algunos lugares también ponen carne sobre la piel como cebo para que la larva salga a probar.

Larva de Dermatobia hominis. Imagen de Wikipedia / Geoff Gallice.

Larva de Dermatobia hominis. Imagen de Wikipedia / Geoff Gallice.

Pero Naskrecki, además de fotógrafo y viajero, es un científico, entomólogo de la Universidad de Harvard. Así que hizo lo que solo algún científico haría: dejarse dos larvas para permitirlas que completaran su ciclo y filmar y documentar todo el proceso. Además, y como narra Naskrecki en el vídeo que relata toda la experiencia (y que por desgracia no puedo pegarles aquí porque el autor lo ha restringido), pensó: “al ser un hombre, esta era mi única oportunidad de producir otro ser que viviera y respirara a partir de mi carne y de mi sangre”. Ya, ya, la analogía con un embarazo es siniestra, pero también algo nerdie.

Les animo a que se pasen por Vimeo a ver el vídeo, pero les prevengo: lo que se dice bonito, solo lo será para quienes lo contemplen como un documental de naturaleza en el que se disfruta de ver cómo van creciendo los cachorrillos. El propio Naskrecki advierte en el vídeo: “una vez visto, ya no se puede desverlo“.

Y como Naskrecki no me permite mostrarles el vídeo aquí, en lugar de la Human Botfly, como la llaman en inglés, les traigo la Human Fly, una canción de 1978 de los Cramps, aquel fantástico grupo garage que inventó el psychobilly y que tocaba con dos guitarras y sin bajo.

¿Son plausibles los alienígenas (parecidos a nosotros) de la ciencia ficción? (II)

Un humano es un organismo con forma de tubo (boca y ano), simetría bilateral, un bloque central que contiene los órganos internos flanqueado por pares de extremidades para la movilidad y la interacción, y un control centralizado (el cerebro) situado en un apéndice específico (la cabeza) que contiene además los principales mecanismos sensoriales.

Desde los hombrecillos verdes o grises hasta las variaciones como los xenomorfos de Alien, infinidad de películas nos presentan seres antropomorfos, que comparten con nosotros estos mismos planos generales de construcción. Pero ¿es esto posible? ¿Es plausible que un alienígena se parezca tanto a nosotros?

Alienígenas de 'Encuentros en la tercera fase'. Imagen de Columbia Pictures.

Alienígenas de ‘Encuentros en la tercera fase’. Imagen de Columbia Pictures.

La respuesta corta es que nadie lo sabe, dado que, una vez más, aún no conocemos alienígena. Para la respuesta larga, debemos comenzar respondiendo a otra pregunta: ¿la evolución es determinista o indeterminista? Es decir: a partir de una situación inicial y si jugamos la partida dos veces, en la Tierra y en otro planeta, ¿cuánto se parecerá el resultado final en los dos casos?

A su vez, la respuesta corta a esta pregunta es que nadie lo sabe. Hay quienes intuyen que un alienígena debería parecerse algo a nosotros, porque… ¿no? Y hay quienes intuyen que debería ser completamente distinto, porque… también, ¿no?

Pero la simple intuición no responde a la pregunta de hasta qué punto un experimento evolutivo paralelo encontraría o no algunas de las mismas soluciones como adaptaciones favorables en un medio parecido o diferente del terrestre. Haría falta repetir el experimento completo de la evolución, primero en nuestra propia Tierra, después en otros planetas habitables.

Por desgracia, esto no está a nuestro alcance. Tal vez algún día la Inteligencia Artificial logre refinar una simulación lo bastante completa como para darnos pistas reales, pero son tantas las variables implicadas que no será tarea fácil aproximarse lo suficiente a un escenario comparable a la realidad. Sería la simulación más complicada jamás emprendida.

A pesar de todo, tampoco estamos completamente perdidos. Tenemos teorías razonables, y tenemos también algunos datos experimentales que pueden tirar algún que otro raíl en el camino hacia estas respuestas. A continuación les cuento algunas de estas pistas, pero ya les adelanto que la conclusión nos devuelve a la respuesta corta: en realidad, nadie lo sabe.

E. T. Imagen de Universal Pictures.

E. T. Imagen de Universal Pictures.

Comencemos por la teoría. En los años 70 Stephen Jay Gould, una de las mentes más preclaras de la biología evolutiva del siglo XX, defendió la hipótesis de que la evolución no es determinista sino imprevisible, y que si pudiéramos rebobinar la cinta del planeta Tierra unos cuantos millones de años y volver a ejecutar el programa, los humanos ni siquiera estaríamos aquí.

Hay que tener en cuenta que toda la vida en la Tierra (al menos la que conocemos hasta ahora) procede de un antepasado común, el cual ya había adoptado ciertas opciones evolutivas que todos hemos heredado. Al ir diversificándose en ramas separadas, estas a su vez también fueron optando por determinadas soluciones que restringían el repertorio de configuraciones de sus descendientes. Pero según la hipótesis de Gould, que siguen muchos otros biólogos evolutivos, si pudiéramos regresar al comienzo quizá la segunda vez se elegirían soluciones diferentes y todos tendríamos, por ejemplo, simetría radial, como los equinodermos (estrellas y erizos de mar).

La teoría de Gould tendería a rechazar la posibilidad de alienígenas antropomorfos. Pero no todos los expertos están de acuerdo con él. Otros biólogos evolutivos, como Richard Dawkins o Simon Conway Morris, piensan que la evolución es al menos en parte un proceso determinista. Es decir, que desde la misma situación de partida, hay sucesos que tienden a repetirse.

Para comprender lo complicado que resulta teorizar sobre esto, tengamos en cuenta que incluso desde enfoques opuestos puede llegarse a conclusiones parecidas, pero también desde un mismo enfoque puede llegarse a conclusiones opuestas. Dos ejemplos: Conway Morris es creyente, Dawkins es ateo, y ambos son deterministas. Conway Morris es determinista, Gould lo contrario, y ambos se basan en las mismas pruebas, el esquisto de Burgess, un conjunto de fósiles hallado en Canadá a comienzos del siglo XX.

Un fósil de Anomalocaris del esquisto de Burgess. Imagen de Wikipedia / Keith Schengili-Roberts.

Un fósil de Anomalocaris del esquisto de Burgess. Imagen de Wikipedia / Keith Schengili-Roberts.

La razón principal que suelen esgrimir los deterministas es la evolución convergente. A lo largo de la historia de la vida en la Tierra, ha habido innumerables ocasiones en que la evolución ha encontrado las mismas soluciones en ramas independientes del árbol genealógico de los seres vivos.

Por ejemplo, los murciélagos y las aves tienen alas, pero las desarrollaron de forma independiente. Los ojos de los pulpos son pasmosamente parecidos a los nuestros, pero es evidente que ellos y nosotros no procedemos de un antepasado común con ojos. Este año un estudio descubrió que el apéndice, ese colgajo intestinal al que tradicionalmente no se le suponía otra función que llevarnos a Urgencias, ha surgido en la evolución más de 30 veces de forma independiente en unos animales y otros. ¡Más de 30 veces! Esto no solamente nos dice que muy probablemente el apéndice sirve para algo más, sino que es otro magnífico ejemplo de evolución convergente. El propio Conway Morris ha documentado muchos ejemplos en los fósiles de Burgess.

Así que la teoría no nos ofrece una respuesta clara. Pasemos ahora a la práctica: ¿qué nos dicen los experimentos? Obviamente, no podemos regresar al pasado, volver a jugar la partida de la evolución desde el principio y ver qué ocurre. Pero sí podemos hacer lo segundo mejor: ver qué hace la naturaleza en situaciones de evolución a corto plazo, y diseñar experimentos en condiciones controladas donde puedan estudiarse estos trocitos parciales de evolución.

Sobre lo primero, se han estudiado casos en animales como peces y lagartos. Respecto a lo segundo, hace tres años y medio les conté aquí un precioso ejemplo, un experimento con insectos palo llevado a cabo por el español Víctor Soria-Carrasco en la Universidad de Sheffield (Reino Unido). Los investigadores emplearon un tipo de insecto palo californiano que prácticamente nace, vive y muere en la misma planta, y del que existen dos variedades diferentes adaptadas al camuflaje en dos tipos de arbustos. Intercambiando los bichos de planta en unos lugares y otros, podían comparar los cambios genéticos que se producían entre dos de estos experimentos evolutivos independientes.

El resultado fue que en la evolución de estos bichos palo había un 80% de cambios diferentes y un 20% de cambios comunes. O sea, que a pesar de que mayoritariamente la evolución seguía caminos distintos en dos partidas diferentes, había un 20% de evolución convergente, o un 20% de determinismo evolutivo. Por supuesto que entre este caso y la evolución de la vida en otro planeta media un abismo, pero esta era la especulación de Soria-Carrasco sobre si los alienígenas podrían seguir caminos evolutivos parecidos a los nuestros: “muchas cosas serían diferentes, pero probablemente seríamos capaces de distinguir un tema central que siempre sería el mismo”.

El experimento más extenso de la historia de la ciencia para entender cómo funciona la evolución se desarrolla desde hace 30 años en la Universidad de Harvard. En febrero de 1988, el biólogo evolutivo Richard Lenski sembró bacterias Escherichia coli en 12 frascos con medio líquido de cultivo, algo habitual en muchos laboratorios de biología. Pero Lenski dejó a las bacterias la glucosa justa solo para sobrevivir durante la noche hasta la mañana siguiente, y por la tarde recogió a las supervivientes para trasvasarlas a un nuevo cultivo. Así, día tras día, durante más de 29 años.

Con la limitación de alimento, Lenski introducía un factor de presión para dirigir la evolución de las bacterias; tal como hace la selección natural, solo las bacterias mejor adaptadas al medio sobrevivirían. Cada 75 días, lo que equivale a unas 500 generaciones de E. coli, los investigadores congelan una parte de los cultivos para capturar una foto del proceso evolutivo. Analizando los genes de las bacterias en estos distintos momentos del proceso, pueden observar cómo están evolucionando, y comparar las 12 líneas entre sí para analizar si siguen los mismos caminos evolutivos o no. En total, en los casi 30 años del experimento se han sucedido más de 68.000 generaciones de bacterias, lo que equivale a más de un millón de años de evolución humana.

Y después de todo esto, el resultado es…

Durante los primeros miles de generaciones, los investigadores observaron que las bacterias seguían caminos al menos no totalmente separados. Los diferentes cultivos tendían a mostrar mutaciones diferentes, pero en los mismos genes. E incluso con las diferencias, todas mostraban un patrón común: las células se hacían más grandes, crecían más deprisa y aprovechaban mejor la glucosa. Esto parece un claro caso de evolución convergente.

Pero ¡oh, sorpresa! De repente, transcurridas unas 31.000 generaciones, una de las 12 líneas empezó a dejar de lado la glucosa y a comer citrato, otra fuente de carbono presente en el medio. Solo una de las 12 líneas. Dado que una característica de E. coli es la incapacidad de metabolizar el citrato, esta línea está evolucionando por el camino de convertirse en una nueva especie diferente. Y esto parece un claro caso de evolución no determinista.

Con todo esto, ¿qué opinan Lenski y sus colaboradores sobre el grado de determinismo de la evolución? Según su último estudio, esto: “nuestros resultados muestran que la adaptación a largo plazo a un ambiente constante puede ser un proceso más complejo y dinámico de lo que a menudo se asume”.

Sí, sí, vuelvan a leer la frase, y la segunda vez les dirá lo mismo: nada. Una paráfrasis para decir que, en realidad, no se sabe. Ya les advertí de que aún no tenemos una respuesta definitiva sobre si Gould o Conway Morris, y por tanto sobre si sería posible que en otro planeta evolucionara una especie básicamente similar a la nuestra. Pero quiero dejarles otro ejemplo de un experimento natural que nos ha permitido observar cómo funciona la evolución. Ese experimento se llama Australia.

La idea, de la que también les hablé aquí, es del científico planetario Charley Lineweaver. Es lo que él llama “la falacia del planeta de los simios”, o la idea popular de que, como decía Carl Sagan, en otros planetas habitados debe llegarse a un equivalente funcional del ser humano. Lineweaver pone como ejemplo su propio país, una gran isla separada del resto de los continentes desde hace unos 100 millones de años.

De este modo, Australia ha sido un experimento natural de evolución independiente durante millones de años. Y como decía Lineweaver, ¿qué es lo que ha surgido allí? Canguros. La aparición de los humanos en el gran bloque Eurasiafricano no ha interferido absolutamente de ninguna manera en la evolución australiana. Y sin embargo, allí la evolución no ha producido nada similar a los seres humanos. Si Australia fuera la única tierra seca de todo el planeta, no estaríamos aquí. Y por tanto, no hay evolución convergente; si los canguros tienen brazos y piernas como nosotros, es solo porque el antepasado común que compartimos con ellos ya los tenía.

Por todo lo anterior, los científicos no suelen arriesgarse a inventar aliens, a riesgo de ver su credibilidad dañada. Hay excepciones: en los años 70, Carl Sagan propuso un ecosistema modelo para un planeta joviano, un gigante gaseoso como Júpiter. Sagan imaginó varios linajes de seres voladores que controlarían su flotación a través de los distintos niveles de densidad de la atmósfera, formando una cadena alimentaria cuya base estaría sustentada por una especie de plancton atmosférico que se alimentaría de los nutrientes moleculares presentes en el gas. Así lo contaba Sagan en su mítica serie Cosmos:

Como resumen de todo lo contado aquí, mejor quédense con esta cita del gran maestro Sagan:

La biología es más parecida a la historia que a la física. Hay que conocer el pasado para comprender el presente. No hay predicciones en la biología, igual que no hay predicciones en la historia. La razón es la misma: ambas materias son todavía demasiado complicadas para nosotros. Aunque podemos comprendernos mejor comprendiendo otros casos.

A pesar de todo, si es extremadamente difícil aventurar cómo podría ser un alienígena, en cambio es más posible predecir cómo no podría ser. Como les contaba en la entrega anterior, no todo vale, y con esto podríamos arriesgarnos a construir una lista de reglas que debería cumplir un alienígena de ficción para ser mínimamente plausible. Vuelvan otro día y se lo cuento.

¿Son plausibles los alienígenas de la ciencia ficción? (I)

En una ocasión ya conté aquí que ocurre algo muy curioso con la relación entre cine y ciencia. Mientras que múltiples expertos en mútiples webs suelen llevar las películas de ciencia ficción a la rueda de interrogatorios para destripar su plausibilidad científica y sacar a relucir sus errores, tanto los expertos como los errores suelen ceñirse a la física. En cambio, la biología suele olvidarse. Al fin y al cabo, como aún no tenemos la menor idea de cómo son los alienígenas –si es que existen–, todo vale. ¿No?

Pues no, no todo vale. De hecho, probablemente no valgan más cosas de las que valen. La biología tiene sus propias reglas. En último término, la biología es una aplicación de la física y la química, y aunque el mayor número de variables aumenta la cota de incertidumbre, está claro que hay cosas que no pueden ser de ninguna manera.

Por ejemplo, las críticas científicas de la saga Alien analizan los bocados relativos a las naves, el espacio, la presión, la gravedad y cosas por el estilo. Pero nunca he leído ninguna (aunque probablemente exista sin que yo la haya descubierto) que abra el siguiente y evidente melón: es enormemente cuestionable que un organismo pueda multiplicar su tamaño y peso de forma desmedida en horas o días; pero desde luego, es absolutamente imposible que lo haga sin alimentarse de la materia necesaria para ganar ese aumento de peso y volumen.

Alien: Covenant. Imagen de 20th Century Fox.

Alien: Covenant. Imagen de 20th Century Fox.

La materia no se crea ni se destruye; para que un ser vivo multiplique su peso por diez, necesita incorporar una cantidad de materia aún mayor, teniendo en cuenta que una gran parte de su alimento se excretará en forma de desechos o para mantener funciones básicas como la refrigeración (sudor). Conclusión: a no ser que se inflen simplemente con aire, ni un pulpo, ni un percebe ni un xenomorfo pueden crecer de la nada en unas horitas.

Plantear un alienígena plausible no es tarea fácil, dado que en efecto aún no conocemos ninguno. Pero son tantos los frentes a cubrir, el biofísico, el bioquímico, el bioenergético, el fisiológico, el ecológico o el evolutivo, que casi todo alienígena inventado corre el riesgo de hacer aguas por un lado u otro, incluso en aspectos tan aparentemente nimios como el que ya conté aquí a propósito de Chewbacca: dado que el folículo piloso y la glándula sudorípara son especializaciones de la piel mutuamente excluyentes, los animales peludos (salvo los caballos, un caso peculiar que también comenté) no sudan lo suficiente como para regular su temperatura, por lo que los wookies deberían pasarse toda la saga de Star Wars jadeando como los perros.

Ya, ya, es cierto que George Lucas nunca ha pretendido que Star Wars sea científicamente creíble. (Pero esperen: ¿no era este el mismo tipo que se inventó aquello de los midiclorianos en analogía con la teoría de la endosimbiosis para convertir la Fuerza en, según sus propias palabras, “una metáfora de una relación simbiótica que permite la existencia de vida”?)

Es más; incluso solucionar el problema del frío cubriendo a los alienígenas de una gruesa capa de pelo es cuando menos infundado. Hoy parece suficientemente demostrado que el pelo de los mamíferos y las plumas de las aves proceden evolutivamente de las escamas de los reptiles, y que los genes específicos para fabricar pelo ya existían en estos últimos antes de que engendraran las ramas que darían lugar a los otros dos grupos.

Por lo tanto, los mamíferos no inventaron realmente el material básico del pelo, sino que se limitaron a modificar algo que habían heredado de los reptiles para acomodarlo a sus necesidades (por decirlo de algún modo; entiéndase que la evolución no tiene propósitos ni intenciones); entre ellas, la protección térmica. Esto de aprovechar un invento de la evolución para otro fin diferente al original se conoce en biología como exaptación.

Pero los reptiles en los que surgió el material necesario para crear el pelo vivían en climas cálidos, por lo que originalmente este mecanismo no era un invento contra el frío. En resumen, es probable que una especie alienígena que ha evolucionado en un planeta helado no lleve pelo para abrigarse, sino algún otro tipo de ingenio evolutivo más específicamente adaptado a esa misión.

Recordando los alienígenas de casi cualquier película que nos venga a la mente, es inmediato que suelen fallar en un aspecto u otro, o en todos. Por ejemplo, todo ser complejo tiene una forma definida, ya que es una regla básica de la biología que la complejidad requiere un alto grado de especialización estructural. Así que no es posible cambiar de forma alegremente cada minuto o tomar el aspecto de otros organismos, salvo que seas algo tan poco inteligente como un moho mucilaginoso. Adiós a La cosa y a las múltiples versiones de La invasión de los ultracuerpos.

La cosa (versión de 1982). Imagen de Universal Pictures.

La cosa (versión de 1982). Imagen de Universal Pictures.

Tampoco existen los seres vivos aislados, ni como especies ni como individuos. En su día, el astrofísico Carl Sagan hizo un cálculo de cuántos monstruos del lago Ness podrían existir si existía alguno, aunque aplicó exclusivamente criterios de física de colisiones. Pero además todo organismo necesita lo que en biología se conoce como Población Mínima Viable, un número de ejemplares que permita la supervivencia de la especie con una diversidad genética suficiente como para perpetuarse sin acabar degenerando hasta la extinción. Y toda especie requiere un aporte de biomasa, así que un alienígena viable depende de un ecosistema que le sostiene.

Otro error frecuente es pasear a los alienígenas por el medio terrestre como si estuvieran en su casa. No se trata solo de la respiración de nuestra atmósfera, sino que la Tierra impone una multitud de condiciones ambientales que podrían resultar hostiles y hasta invivibles para una especie surgida en otro planeta diferente, desde nuestra gravedad hasta nuestros niveles de irradiación, o incluso las amenazas biológicas que nosotros hemos aprendido durante millones de años a mantener a raya.

Un ejemplo muy bien concebido de esto último eran los marcianos de H. G. Wells en La guerra de los mundos, que sucumbían a las bacterias terrestres al carecer de nuestra inmunidad. Wells era biólogo, así que ya hace un siglo predecía que el mayor riesgo para un marciano durante una invasión terrestre no serían los humanos, sino las infecciones.

La guerra de los mundos (versión de 2005). Imagen de Paramount Pictures / DreamWorks Pictures.

La guerra de los mundos (versión de 2005). Imagen de Paramount Pictures / DreamWorks Pictures.

En cuanto a las presuntas bioquímicas alternativas propuestas a menudo en la ciencia ficción, a veces son pura fantasía sin el menor sustento científico. El ejemplo más clásico es el silicio como alternativa al carbono. Una regla básica de la vida es que empleamos materia para alimentar nuestros procesos vitales gracias a la energía almacenada en los enlaces químicos de esas sustancias. Como resultado del proceso, generamos compuestos degradados con un nivel energético menor; es una simple resta. Cuando los organismos terrestres consumimos compuestos orgánicos para alimentarnos, producimos agua y dióxido de carbono (CO2) como productos finales. Son los residuos oxidados de la actividad biológica.

El CO2 es un gas a temperatura ambiente, motivo por el cual lo evacuamos fácilmente. Pero aunque el silicio ofrezca una estructura atómica equiparable a la del carbono en sus posibilidades de formar enlaces, algunos de sus compuestos tienen propiedades químicas notablemente diferentes.

Por ejemplo, el dióxido de silicio (SiO2) es sólido; para entendernos, básicamente es arena. Su temperatura de fusión es de 1.713 ºC, y la de ebullición es de 2.950 ºC; nos pongamos como nos pongamos, temperaturas incompatibles con cualquier forma de vida. En la Tierra, muchos organismos emplean SiO2 precisamente por su dureza, como material de construcción o defensa contra depredadores. Pero una situación muy diferente sería producirlo como residuo metabólico, ya que sería muy difícil eliminarlo de forma constante y en grandes cantidades. ¿Imaginan cómo podríamos estar continuamente expulsando arena de nuestros pulmones?

Un alienígena basado en el silicio en el episodio 'The Devil in the Dark' de la serie 'Star Trek' (1967). Imagen de CBS Television Distribution.

Un alienígena basado en el silicio en el episodio ‘The Devil in the Dark’ de la serie ‘Star Trek’ (1967). Imagen de CBS Television Distribution.

En la próxima entrega seguiremos hablando de esta cuestión, entrando en otro de los clásicos de la ciencia ficción: los alienígenas con forma más o menos humana. ¿Es plausible que en un planeta muy diferente del nuestro evolucionen seres antropomorfos?

Jamás camines con un elefante

La semana pasada, un turista español falleció en el parque nacional de Chebera Churchura, en Etiopía, a causa del ataque de un elefante. Escuché la noticia por primera vez en la radio como un teletipo urgente. En ese momento los medios daban la información como un breve sin ningún tipo de detalles, así que esperé a la ampliación de la noticia en los días siguientes.

Entre los árboles, en el Parque Nacional de Aberdare. Imagen de Javier Yanes.

Entre los árboles, en el Parque Nacional de Aberdare. Imagen de Javier Yanes.

Pero la ampliación no llegó, más allá del origen del fallecido y de la referencia a medios locales etíopes como este y este, según los cuales el turista se habría bajado del coche para fotografiar más de cerca a los animales, ignorando las advertencias de sus guías, y un elefante le habría embestido para después atraversarlo con un colmillo. Pero fíjense: ambos medios etíopes citan como fuente de la noticia al IBTimes, que en su artículo a su vez refiere al diario La Vanguardia y la agencia Europa Press. ¿Y adivinan en qué fuentes se basan ambos? Eso es, en “medios locales”. Así que hemos cerrado el círculo.

En resumen, y dado que al parecer ningún medio en España ha considerado la noticia lo suficientemente importante o interesante para verificar de forma independiente las circunstancias del fallecimiento (al menos que yo haya podido encontrar), la prudencia aconseja tomar los detalles como provisionales, sin que sea probable que dejen de serlo.

Debido a esto, quiero aclarar que lo escrito aquí no pretende referirse específicamente al caso de este turista español fallecido. Bastante dolor estarán padeciendo sus allegados como para además aguantar reprimendas. Y como sea que siempre tienen que surgir en Twitter los comentarios de algunos descerebrados que se consideran a sí mismos graciosos, debo explicar: no, el turista no estaba cazando elefantes, si la ubicación del suceso es correcta. En Etiopía la caza está permitida, pero en general en África esta actividad se restringe a los ranchos destinados a ello, fuera de los parques nacionales (excepto en países del sur como Suráfrica y Zimbabwe, donde la situación es más complicada).

Pero el suceso me interesa personalmente porque, como sabrán los seguidores habituales de este blog o los lectores de mis novelas, Kenya es mi gran pasión vital, un país al que llevo viajando 25 años, al que dedico también parte del tiempo que no paso allí, y sobre el cual, hasta hace solo unos meses, he mantenido en solitario la mayor guía online en castellano, Kenyalogy.com (que regresará, lo prometo). Durante años han sido muchos los que me han dicho que debería dejar todo esto y dedicarme a organizar safaris. Y quién sabe, puede que algún día les haga caso. ¿A alguien le apetece un safari científico-literario?

Aunque los españoles son poco dados a viajar al extranjero en comparación con otros europeos, y aunque quienes lo hacen no se dirigen mayoritariamente a África, nuestro puñado de locos africanistas es un puñado que ya va rebosando los dedos. Para el caso de Kenya, y aunque España ocupa solo el 19º puesto en el turismo que recibe, entre las naciones europeas hemos ascendido recientemente al sexto lugar, superando a Suecia; en 2016, 10.943 españoles viajaron a Kenya.

Y dado que estamos en verano, la estación de las vacaciones para la mayoría, y que miles de españoles viajarán próximamente a los destinos africanos de safaris (“viaje” en swahili), quiero aportar mi grano de arena para que todos ellos puedan volver sanos y salvos después de disfrutar de una experiencia que sin duda les dejará enfermos del mal de África, pero del mal bueno. Así que aquí van algunos consejos y datos.

Elefantes en el Parque Nacional de Amboseli. Imagen de Javier Yanes.

Elefantes en el Parque Nacional de Amboseli. Imagen de Javier Yanes.

En primer lugar, y aunque lo que sigue se refiere a los animales, debe quedar claro que la mayoría de los sucesos que afectan a extranjeros se producen por causa de los humanos, y no de otros animales. Y no es por el terrorismo, una amenaza real pero estadísticamente improbable, sino por la delincuencia común. En África hay que viajar con sensibilidad social, pero también hay que evitar ponerse uno mismo en situaciones de riesgo, entre las cuales se incluyen muchas que serían perfectamente inocuas en nuestro propio país. Por ejemplo, caminar o conducir de noche, o fiarse de desconocidos demasiado amables que pretenden llevarte a lugares solitarios.

En lo que respecta a los animales, la norma es obvia: nunca acercarse a ellos a pie. En general, en los parques nacionales y reservas de Kenya está prohibido bajar del vehículo salvo en ciertas zonas designadas. Pero entre los turistas suele existir una idea equivocada respecto a qué especies son peligrosas y cuáles no. El mensaje es este: todos los animales salvajes son potencialmente peligrosos, pero entre los más realmente peligrosos se cuentan algunos que en la cultura occidental son percibidos como mansos y bonachones. Y no lo son en absoluto.

Todo el mundo teme a un león o un cocodrilo, pero siempre hay quienes intentan acercarse a hipopótamos o elefantes basándose en una imagen errónea de gigantes pacíficos. Suelo decir que las películas de Parque Jurásico han hecho mucho daño presentando a los dinosaurios herbívoros como pacíficos e inofensivos, y a los carnívoros como bestias siempre sedientas de sangre. En realidad muchos animales herbívoros son poderosos y temperamentales, capaces de infligir mucho daño. En un país donde los toros de lidia están a diario en la discusión pública, esto debería conocerse mejor que en cualquier otro lugar.

Elefantes en el Parque Nacional de Amboseli. Imagen de Javier Yanes.

Elefantes en el Parque Nacional de Amboseli. Imagen de Javier Yanes.

Circula en innumerables listas de internet y artículos periodísticos la idea de que el hipopótamo es el gran animal que más muertes humanas causa al año en África. En una ocasión investigué esta proclama sin encontrar ninguna fuente estadística fiable que la respaldara. Mi conclusión fue que seguramente es falso, ya que en los datos parciales publicados en revistas académicas o recogidos por entidades que trabajan en la naturaleza africana, los cocodrilos siempre aparecen en primer lugar. Por ejemplo, este gráfico de la Fundación Bill Gates presenta cifras aproximadas derivadas de varias fuentes: los cocodrilos causan unas 1.000 muertes al año, por 500 de los hipopótamos y 100 de los elefantes, igualados con los leones.

En el caso de los cocodrilos, su récord de víctimas se debe en parte a una circunstancia tan curiosa como trágica. Cuando hay inundaciones en España u otro país europeo, la gente puede perder sus casas o sus negocios. Cuando ocurre en África, la gente puede perder sus casas o sus negocios, y además sus vidas en las fauces de un cocodrilo. Las crecidas o inundaciones llevan los cocodrilos hasta los pueblos y poblados.

Pero sí, los hipopótamos son muy peligrosos. La mayoría de los accidentes graves se producen en tierra, por encontronazos fortuitos por la noche, cuando estos animales salen del agua y merodean por las praderas para alimentarse de los pastos. En los alojamientos de safari cercanos a ríos o lagos, siempre se advierte de que es muy peligroso acercarse a las orillas de noche. Los hipopótamos embisten y tienen colmillos como estacas, con una longitud suficiente como para atravesar la pierna o incluso el cuerpo de una persona.

Dibujo © Ana González 2000.

Dibujo © Ana González 2000.

En cuanto a los elefantes, son los protagonistas de muchos casos de conflictos entre humanos y fauna. El elefante africano necesita grandes espacios; no resiste bien la cautividad. Antiguamente recorrían largas rutas migratorias, que hoy han quedado cortadas por los asentamientos, la agricultura y las infraestructuras. Pero los elefantes son exploradores y necesitan mucho alimento. En lugares como el Parque Nacional de Aberdare, una reserva selvática y montañosa rodeada de tierras altas fértiles de uso agrícola, ha sido necesario vallar el recinto protegido para evitar las continuas incursiones de los elefantes en los cultivos. Otros parques cercanos a ciudades, como Nairobi o Nakuru, evitan la presencia de elefantes para evitar el problema.

Comúnmente se piensa que los elefantes tienen una gran memoria, y esta es una idea avalada por la ciencia. Aprenden dónde pueden conseguir alimento, y regresan. Incluso aprenden dónde pueden conseguir alcohol, y regresan; comparten con nosotros el vicio de emborracharse. En Kenya, los elefantes de Aberdares tienen fama de mal genio. Durante la guerra del Mau Mau que condujo a la independencia del país, en los años 50, los guerrilleros se ocultaban en las selvas profundas de esta sierra, donde los aviones ingleses de la RAF los acosaban lanzando bombas. Por allí se cuenta que los elefantes se volvieron locos a causa de los bombardeos, y que este es el origen de su carácter agresivo.

Es una leyenda indemostrable, pero lo cierto es que los elefantes de Aberdares, un parque montañoso con  bosques densos y con tráfico escaso, están menos acostumbrados que sus primos de las sabanas a cruzarse con moles de metal sobre cuatro ruedas, y tal vez por ello tienden más a reaccionar a esos encuentros con exhibiciones intimidatorias, agitando la cabeza, barritando, levantando la trompa y desplegando las orejas.

Una mente inteligente y con una gran memoria. Imagen de Javier Yanes.

Una mente inteligente y con una gran memoria. Imagen de Javier Yanes.

De hecho, no es raro que todo elefante con suficiente experiencia de la vida y con su gran memoria pueda recordar algún encontronazo con esos monstruos brillantes que avanzan sobre patas redondas. Científicos como Joyce Poole, una de las mayores expertas del mundo en elefantes, sugieren que estos animales pueden sufrir trastorno de estrés postraumático. Se dice que los elefantes identifican a los humanos como su peor enemigo, pero no hay motivos para pensar que puedan relacionar a las personas con los coches: dentro del vehículo somos parte de un gran y temible animal, mientras que fuera de él somos seres frágiles y escuálidos que no tenemos medio trompazo.

Personalmente he vivido algunos de esos encuentros. En casos así, lo adecuado es esperar pacientemente. Somos intrusos en su casa. La mayor parte de las veces es una fanfarronada; solo quieren asustar y dejar claro quién manda. Si se obstinan en ocupar la pista por donde tenemos que pasar, hay un truco que suele funcionar: pisar el acelerador en punto muerto. Deben de interpretar el sonido del motor como el rugido de una bestia con la que es mejor no enfrentarse, y en general se apartan. Pero si amenazan con cargar, es preferible meter la marcha atrás y retirarse.

Y desde luego, jamás se me ocurriría bajar del coche. En una ocasión, pinchamos una rueda justo cuando acabábamos de dejar atrás a un viejo macho solitario con malas pulgas. No fue en Aberdares, sino en Samburu, una reserva de sabana, pero aquello ocurrió junto al río, donde la cobertura vegetal es más densa, la visibilidad es menor y no hay rutas de escape. Bajamos con cautela para empezar a preparar el cambio de neumático, pero entonces vimos que el elefante aparecía entre los árboles para acercarse a curiosear, y no nos quedó otro remedio que correr a buscar refugio dentro del coche. El animal pegaba la cara a las ventanillas para inspeccionar y entender qué estaba pasando allí. Tuvimos que esperar durante horas a que se cansara de nosotros para poder cambiar la rueda y regresar al camp, ya de noche cerrada.

Elefante joven dándose un baño en el río Ewaso Ngiro, Reserva de Samburu. Imagen de Javier Yanes.

Elefante joven dándose un baño en el río Ewaso Ngiro, Reserva de Samburu. Imagen de Javier Yanes.

Por último, un comentario sobre los guías. Aunque yo prefiero viajar por libre, la mayoría de los visitantes utilizan tours organizados. Hay un detalle sobre la información del suceso de Etiopía que no me cuadra. La noticia dice que el fallecido bajó del coche para acercarse a los elefantes, y que los guías trataron de ahuyentarlos con disparos al aire. Ignoro si en Etiopía las cosas funcionarán de otra manera. Pero al menos en Kenya, quienes van armados son los rangers, los guardas de los parques. Los rangers escoltan los safaris a pie, pero no van a bordo de los vehículos turísticos.

En cualquier caso, mi último consejo es este: no pongan su vida en manos de los guías. Son profesionales, mejores o peores, que velarán por su seguridad dentro de lo que les compete y resulta razonable. Pero son guías turísticos; no son héroes, ni tienen por qué serlo. Aunque solo con las propinas reúnen un sueldo que ya quisieran la mayoría de los kenianos, no les pagan para jugarse la vida por los turistas, sobre todo los que no respetan las advertencias. Incluso teniendo cerca a un ranger armado, las mejores garantías de seguridad contra los ataques de los animales no son las balas, sino la prudencia, la sensatez y el sentido común.

No se jueguen la vida por un selfie; si algo sobra en la foto de un animal africano, somos usted y yo. Y los selfies causan más muertes que los ataques de tiburón. Que pasen unas felices vacaciones.

Este es el mayor espectáculo natural del mundo, y está pasando ahora mismo

Si hubiera que escoger un espectáculo natural que todo ser humano debería contemplar antes de abandonar este mundo, mi recomendación es esta: la gran migración anual en el ecosistema Serengeti-Mara, un movimiento animal en masa a través de un pedazo de tierra africana que una línea en el mapa divide entre los territorios no históricos, sino deliberadamente artificiales, de Kenya y Tanzania. Y aunque el Serengeti es más popular en los documentales, mi elección particular es la reserva de Masai Mara, en Kenya; un país al que llevo viajando ya un cuarto de siglo.

Algunas imágenes de la gran migración en Masai Mara (Kenya). Fotos de Javier Yanes.

Algunas imágenes de la gran migración en Masai Mara (Kenya). Fotos de Javier Yanes.

Ya sé, ya sé: reconozco ostensiblemente que no todo ser humano puede costearse semejante viaje. Pero un poco más abajo voy a explicarles por qué sería un desastre que todo ser humano pudiera costearse semejante viaje. Y de todos modos, admitámoslo: posesiones o experiencias son dos enfoques distintos de la vida, a menudo incompatibles para la sufrida clase media a la cual la mayoría pertenecemos. En las numerosas ocasiones en que tratamos de convencer a amigos para que nos acompañen a Kenya, las objeciones al precio suelen venir cuando la factura se suma a los gastos del apartamento en la playa, el coche de marca, la moto, el equipo de esquí o la bicicleta de carreras. La vida es cuestión de prioridades.

Eso sí; uno de los atractivos de la gran migración es al mismo tiempo un inconveniente para quienes vayan a viajar allí solo una vez: su imprevisibilidad. Durante unos 15 años mantuve mi web sobre Kenya, Kenyalogy.com, un recurso gratuito con toneladas de información para viajeros que hoy está desactivada porque ahora me es imposible mantenerla mínimamente actualizada (pero que algún día regresará). Y entre los cientos o miles de consultas a las que respondí, la migración era uno de los temas recurrentes: ¿Cuándo? ¿Dónde? ¿Cómo?

Pero la gran migración no tiene horarios, ni pases, ni convocatorias, ni recintos acotados. Es un fenómeno natural variable sin garantías ni derecho a devolución. Y parte de la gloria del espectáculo depende de cómo vengan las lluvias ese año, lo que determina el caudal del Mara y de sus tributarios como el Talek o el Sand River.

De julio a septiembre, ahora mismo, es la época ideal para encontrar los grandes rebaños de ñus merodeando plácidamente por los pastos de Masai Mara, atravesando los territorios de los clanes de leones que los acechan al amanecer y al atardecer. Cuando se topan con la escarpada orilla del río Mara o de sus afluentes, se acabó la placidez: los animales comienzan a apelotonarse y a mugir nerviosamente, hasta que la necesidad vence al miedo y se lanzan en tropel a vadear el cauce. No todos lo consiguen; algunos mueren ahogados bajo la avalancha de la manada, y otros son arrastrados bajo el agua por los cocodrilos que vigilan la escena.

Para presenciar estos cruces del río se requieren, sobre todo, paciencia, observación y perseverancia, las dotes del científico; imagino que es esta fusión de viajes, naturaleza y ciencia la que a algunos nos engancha irremediablemente a aquel lugar sobre todos los demás en la Tierra. Claro que quienes viajan con un safari organizado cuentan con la ayuda de los soplos que los conductores profesionales se transmiten unos a otros por radio. Pero créanme, no hay nada como hacerse con un coche de alquiler, un GPS y unos buenos mapas de los de siempre, y ser uno mismo quien descubra aquellas maravillas.

Nos faltarán la experiencia de los profesionales y la ayuda de la radio, pero a cambio podremos contemplar el teatro de la naturaleza durante todo el tiempo que nos apetezca, sin las prisas de un conductor deseoso de tachar cuanto antes todos los animales de la lista para ganarse la propina y terminar su jornada. Recorriendo las sabanas al propio albedrío se disfruta al máximo de la emoción de la búsqueda y el rececho; pero a diferencia de los cazadores, nosotros solo capturamos memorias e imágenes, y solo matamos el tiempo y el hambre de libertad.

La migración del Serengeti-Mara es el mayor movimiento terrestre de animales que los humanos aún no hemos destruido, como ocurrió con las vastas manadas de bisontes que poblaban las praderas de Norteamérica antes de la expansión de los colonos hacia el oeste. África solía albergar varias de estas voluminosas circulaciones cíclicas de herbívoros, la mayoría de ellas hoy desaparecidas excepto por pequeños testimonios residuales en lugares como Amboseli (Kenya), Tarangire (Tanzania) o en otros países del sur del continente.

Tradicionalmente se cifra la muchedumbre bovina en 1,2 millones de ñus, a lo que se añaden grupos numerosos de antílopes, cebras y jirafas; aunque ignoro si alguien ha contrastado recientemente los datos. El ecosistema cuenta con toda la protección teórica que se le puede prestar, pero también está sujeto a múltiples amenazas, desde la construcción de infraestructuras –recientemente se logró impedir la construcción de una carretera de asfalto a través del Serengeti– hasta la expansión de los asentamientos humanos y sus actividades asociadas, como la ganadería. Y cómo no, también la presión turística, promovida por los propios maasáis que habitan la región: en el último par de decenios han proliferado inmensamente los alojamientos de safari, sobre todo en los ranchos colindantes con la reserva, que son propiedad de las comunidades locales.

Tristemente, el ecosistema ha ido transformándose en las últimas décadas en una pequeña ciudad dispersa que cada vez soporta más carga de visitantes; y los conductores de safaris, ávidos de propinas, se saltan los límites de los caminos marcados para acercarse lo más posible a los animales. El tráfico dentro de la reserva crece sin control, abriendo cada vez más cicatrices de roderas en las cada vez menos prístinas praderas, y congregando cada vez más masas de animales de cuatro ruedas en torno a los cada vez menos salvajes y más acosados animales de cuatro patas…

Comprenderán ahora que todo esto debe tener un precio. Si costara como la Costa del Sol, sería como la Costa del Sol. Pero por otra parte, Kenya vive en gran parte de sus visitantes; el país renunció en 1977 a los jugosos beneficios económicos de la caza mayor que otros países africanos sí continúan explotando, pero depende de los ingresos del turismo para salir de una miseria y un subdesarrollo que aún asfixian a la mayoría de sus habitantes. Es un complicado equilibrio, y por ello la armonía entre conservación y explotación turística es el santo grial siempre perseguido por la (siempre corrupta) administración keniana.

Por el momento y pese a todo, el ecosistema se defiende con salud. Mañana les contaré un estudio que pone interesantes datos a lo que cada año, en este ciclo sin fin de la vida, sucede sobre las sabanas de Kenya y Tanzania. Mientras, si aún no han decidido qué hacer este verano y están dispuestos a prescindir del apartamento en la playa y la bicicleta de carreras, anímense a conocer algo que permanecerá en su recuerdo hasta el último día en que la memoria les acompañe.

Ciencia semanal: el reciclaje llega a los cohetes, y por qué tus ex se parecen

Cada semana el mundo de la ciencia produce cientos de noticias, la mayoría de las cuales se asfixian intentando abrirse paso entre la vorágine de informaciones de eso que un director de periódico al que conocí llamaba “actualidad”, con la intención explícita de insinuar que lo otro no lo era. Aquí les he seleccionado algunas píldoras científicas producidas en estos últimos siete días, desde lo relevante a lo curioso.

Despega el primer cohete reciclado

El tecnomagnate Elon Musk y su compañía SpaceX han superado un hito histórico en la tecnología espacial: utilizar un cohete por segunda vez; lanzarlo de nuevo al espacio tras rescatarlo de una misión anterior, y volver a recuperarlo una vez más sano y salvo. Hasta ahora los operadores espaciales, tradicionalmente organismos públicos, habían trabajado con la herencia de la edad dorada del boom de los 60, cuando había dinero a mansalva para gastar. Los cohetes eran de usar y tirar; era más fácil gastar millones de dólares o rublos cada vez que se lanzaba uno de ellos, que invertir en buscar la manera de recuperarlos y reutilizarlos para ahorrar en futuras misiones.

Un cohete Falcon 9 de SpaceX con la primera fase reciclada despega del Centro Espacial Kennedy el 30 de marzo de 2017. Imagen de SpaceX.

Un cohete Falcon 9 de SpaceX con la primera fase reciclada despega del Centro Espacial Kennedy el 30 de marzo de 2017. Imagen de SpaceX.

En este siglo, las empresas privadas han ascendido desde su papel anterior de simples contratistas al de operadores; es lo que algunos expertos llaman el New Space. Para los inversores, esto significa poder hacer lo mismo por menos dinero (y por tanto, con más beneficio); para quienes –por desgracia– no tenemos intereses económicos en el espacio, pero sí mucho interés, significa poder hacer más con el mismo dinero. Aún es muy dudoso que Musk pueda hacer realidad su proyecto de colonizar Marte en la próxima década, como ha anunciado. Pero algunos de los que comenzaron acogiendo la aventura espacial de Musk con las cejas arqueadas ya han tenido que desarquearlas.

Lujo espacial

Sin salir del New Space, otro de los nuevos magnates tecnológicos con gusanillo espacial también ha sido noticia esta semana. Jeff Bezos, el mandamás de Amazon, ha desvelado esta semana el aspecto que tendrá el interior de la cápsula New Shepard de su compañía Blue Origin, con la que pronto espera lanzar sus vuelos suborbitales de pago. Como se espera de un servicio de lujo para clientes acaudalados, el habitáculo de la nave no tiene nada que ver con esa apariencia de almacén de ferretería de la Estación Espacial Internacional.

Interior de la nave New Shepard de Blue Origin. Imagen de Blue Origin.

Interior de la nave New Shepard de Blue Origin. Imagen de Blue Origin.

Con sus asientos de cuero negro y sus acabados a lo PlayStation, el interior de la New Shepard realmente recuerda más a una cabina de videojuegos en grupo que a una Soyuz. Incluso lleva en el centro algo que parece una consola o una mesa de pulsadores para algún concurso televisivo, pero que en realidad es el motor de escape de emergencia por si el cohete falla. Como no podía faltar, cada pasajero dispondrá de su propio amplio ventanal con vistas a la Tierra. Si no quieren perdérselo, vayan guardando las vueltas del pan en el cerdito hasta que sumen entre 100.000 y 200.000 dólares.

En qué se parecen tus ex

Uno de esos estudios curiosones que suelen tener buena acogida en los medios: un equipo de psicólogos, dirigido por Paul W. Eastwick, de la Universidad de California en Davis (EEUU), descubre que los o las exparejas de una persona concreta suelen parecerse en distintos rasgos, tanto físicos como psicológicos.

Según el extenso estudio, publicado en la revista Journal of Personality and Social Psychology, estas similitudes aparecen sobre todo por dos factores: por un lado, cada uno y una tenemos nuestras preferencias en lo tocante al físico; pero además, criterios demográficos como dónde vivimos o trabajamos determinan que con mayor probabilidad vayamos a conocer a personas que se parecen en rasgos como educación, inteligencia o religiosidad. Los investigadores aclaran: no es que a la hora de elegir tengamos en cuenta estos criterios, sino que en parte nos vienen condicionados por el ambiente en el que nos manejamos. Pero recuérdenlo si sienten antipatía por algún ex de su pareja: puede que se parezca a usted más de lo que sospecha.

Los chimpancés no aprecian la música

Vaya usted a saber si la música realmente amansa a las fieras; desde luego, no funcionaba con Keith Moon, el batería de los Who, entre cuyas célebres aficiones se contaba detonar explosivos en los inodoros de los hoteles. Pero ahora tampoco parece que a los chimpancés les entusiasme; y a pesar de que los resultados de investigaciones previas arrojan conclusiones confusas, está comúnmente extendida la costumbre de amenizarles con música la reclusión perpetua en los zoos a nuestros parientes más próximos.

Un estudio de la Universidad de York publicado en PLOS One ha analizado detalladamente la reacción de estos simios a la música de distintas clases, incluyendo la colocación de una gramola donde los chimpancés podían elegir piezas clásicas de Bach, Chopin, Beethoven, o Mozart (nota: curiosamente e ignoro si por casualidad, aunque lo dudo, de este último eligieron el Adagio del Concierto para clarinete en La mayor, la misma pieza que Robert Redford/Denys Finch Hatton reproducía para los babuinos en Memorias de África, con escaso éxito), o en su lugar, temas de Justin Bieber, Adele o Katy Perry, que los autores del estudio etiquetan libremente como “pop/rock”.

Pues bien, a los chimpancés les daba lo mismo Mozart que Bieber o simplemente el dorado silencio. La conclusión de los investigadores es que nuestros parientes no aprecian la música en absoluto; un estudio previo, citan, mostraba que los orangutanes eran incapaces de distinguir la música del ruido aleatorio generado digitalmente. Lo cual nos lleva a plantearnos la posibilidad de que la música sea una maravillosa creación ¿evolutiva-cultural? de exclusividad humana; y no hay muchas de estas que no estén restringidas por capacidades también exclusivas como el habla.

Pero hombre, a los investigadores debería caerles un pequeño tirón de orejas: diría yo que Justin Bieber no podría calificarse precisamente como un fenómeno musical; cuando lo sitúan como alternativa a Mozart o Beethoven, solo les falta bailar sobre las tumbas de estos genios. Y aunque a los chimpancés les importe un ardite, para otra ocasión, si se refieren a rock, pónganles rock; ya que la música no les alivia la reclusión, al menos no se la hagan aún más penosa.

Pasen y vean cómo empieza la vida

Es curioso que, hasta hace solo unos años, descubríamos que un vídeo no era de imagen real, sino una animación por ordenador, gracias a sus defectos. Ahora empieza a ocurrir lo contrario: los gráficos digitales han alcanzado tal nivel de preciosismo que ahora ya dudamos de si una imagen o un vídeo son auténticos cuando parecen demasiado perfectos para ser reales; demasiado ideales. Es tal vez una forma actualizada del efecto que en robótica llaman Uncanny Valley, o Valle Inquietante: una reproducción humana nos provoca cierto rechazo cuando se parece demasiado a nosotros sin llegar a serlo; antes no llegaban a serlo por su imperfección, mientras que ahora dejan la realidad atrás por su exceso de pureza.

Esto se aplica al primero de los vídeos que hoy les traigo: en los comentarios en YouTube, algunos usuarios dudan de que se trate de imagen real, dado que no es habitual este nivel de perfección en la filmación de las primeras etapas del desarrollo embrionario.

Fotograma del vídeo del desarrollo embrionario de una rana por Francis Chee Films. Imagen de YouTube,

Fotograma del vídeo del desarrollo embrionario de una rana por Francis Chee Films. Imagen de YouTube,

Por mi parte, no me cabe duda de que el vídeo es auténtico, por varios motivos que pueden resumirse rápidamente en uno: cualquiera que tenga conocimientos de biología y esté acostumbrado a mirar imagen científica, incluso sin ser un experto en las técnicas digitales (como es mi caso), sabrá que la recreación del nivel de fidelidad mostrado en el vídeo sería tarea de un amplio proyecto integrado por un equipo mixto de expertos en desarrollo embrionario y en animación por ordenador (CGI), como sí ocurre en muchos casos. El vídeo llega a mostrar incluso las ondas contráctiles de actomiosina en la división celular (esa especie de frunces que se propagan), un fenómeno recientemente descrito. Esto no podría ser el trabajo de ningún genio aislado haciendo animación en el ordenador de su sótano.

Lo que muestra el vídeo es un time-lapse en 23 segundos de las primeras 33 horas de vida de una rana común europea o rana bermeja (Rana temporaria), que en la Península solo se encuentra en la franja norte. El proceso comienza con un óvulo fecundado o cigoto, una sola célula de enorme tamaño, aunque el vídeo arranca en el segundo paso de división celular, cuando el cigoto se ha convertido en dos células y estas a su vez en cuatro.

Esta etapa temprana del desarrollo se llama segmentación. En las células adultas, la división (o mitosis) va acompañada por un crecimiento de modo que las células hijas alcanzan el mismo tamaño que su madre. Sin embargo, en la segmentación la célula gigante va fragmentándose en células cada vez más pequeñas y en mayor número sin que la masa total aumente, hasta que las células se reducen al tamaño de las adultas.

Cuando el embrión se ha dividido en 16 células (llamadas blastómeros), se conoce como mórula, por su aspecto parecido al de una mora. Poco después, a medida que los blastómeros van dividiéndose, esta pelota maciza comienza a ahuecarse como un balón. En su interior queda una cavidad rellena de líquido llamada blastocele.

En el vídeo observarán que no todas las células se dividen a la misma velocidad: la mitad superior lleva ventaja, mientras que la inferior va retrasada. Este es el comienzo de la polaridad en el embrión, el fenómeno del desarrollo gracias al cual no somos pelotas rodando por el mundo, sino que tenemos partes diferenciadas, arriba y abajo, delante y detrás, brazos, alas, piernas, patas, cabeza…

En esta etapa primitiva, la polaridad empieza diferenciando dos hemisferios, el polo animal (arriba en el vídeo), que se divide deprisa y está más relacionado con el desarrollo del embrión propiamente dicho, y el polo vegetativo, más lento y asociado con la nutrición del embrión, al menos en ciertas especies. En nosotros, los mamíferos, el polo vegetativo dará lugar a la placenta.

Y con ligeras variaciones, así es como empieza la vida también para nosotros. Un día fuimos esa pelota de células.

Por supuesto, grabar un vídeo como este no está al alcance de cualquiera; requiere una depurada técnica por parte de su autor, Francis Chee (Francis Chee Films), experto en la filmación microscópica y de naturaleza. Chee cuenta en la información de su vídeo que utiliza un sistema complejo adaptado por él a partir de componentes comerciales.

Pero hay más: un segundo vídeo nos enseña la continuación del proceso. A medida que las células continúan dividiéndose y el embrión va creciendo en tamaño, la blástula se transforma en gástrula por un proceso llamado gastrulación, que es como si hundimos un dedo en un balón desinflado. El resultado ya no es una pelota, sino algo con la forma de un iglú, que comienza a distinguirse a partir del medio minuto de este segundo vídeo.

Una gástrula ya es básicamente lo que somos, o al menos lo que son los animales más primitivos: un saco orientado, con una cavidad interna, dentro y fuera, y un orificio al exterior. En los animales más evolucionados aparecerá un segundo orificio (boca y ano). Pero en la gástrula ya las células comienzan a no ser todas iguales; algunas darán origen a las capas externas del organismo, mientras que otras se diferenciarán en los órganos internos.

Vemos después cómo el embrión comienza a tomar la forma de un renacuajo, con su cabeza, ojos, boca, branquias externas, cuerpo y cola. Por último, en los segundos finales aparece un estupefaciente primer plano del flujo sanguíneo recorriendo el tejido aún semitransparente de las branquias externas.

Ahora que hemos dejado atrás el invierno, todo esto está comenzando a ocurrir en las charcas, los ríos y los estanques. Si tienen la menor ocasión, no se pierdan el espectáculo. Y si tienen criaturas pequeñas en casa, hay pocas maneras mejores de enseñarles a apreciar la naturaleza que mostrarles cómo esa especie de minúsculos pececillos se las ingenian después para criar patas y acabar saltando del agua a la tierra. Es un resumen de nuestra historia, que podemos revivir cada primavera.

Pasen y vean el tijeretazo letal del gusano Bobbit

Si Dune tiene sus gusanos de arena y Star Wars tiene su sarlacc –el monstruo enterrado al que Jabba trataba de arrojar a los protagonistas, y a cuyas fauces terminaba cayendo en su lugar el cazarrecompensas Boba Fett–, los terrícolas tenemos el Eunice aphroditois, más conocido desde 1996 como gusano Bobbit.

Un gusano marino 'Eunice aphroditois'. Imagen de Wikipedia.

Un gusano marino ‘Eunice aphroditois’. Imagen de Wikipedia.

A los más jóvenes tal vez este último nombre no les diga nada, pero los nacidos antes de los 90 recordarán el más que escabroso episodio protagonizado por John y Lorena Bobbit, una pareja estadounidense que saltó a los titulares de todo el mundo cuando Lorena le cortó el pene a John con un cuchillo mientras él dormía y después de que la violara. Para quien no conozca la historia pero le asalte la curiosidad, apunto que ambos pudieron rehacer sus vidas, por separado, naturalmente: ella fue declarada no culpable, y a él le reimplantaron el miembro que luego utilizó en alguna película porno bajo el nombre de Frankenpene.

El Eunice aphroditois no se dedica a seccionar órganos viriles, pero los tijeretazos de sus mandíbulas serían capaces de partir un pez en dos. E incluso cuando no es así, su manera de ganarse la vida ya es suficientemente terrorífica.

Como el sarlacc, el gusano Bobbit vive con su cuerpo enterrado bajo la arena, dejando al descubierto solo su cabeza. Carece de ojos, pero sus cinco antenas detectan el movimiento a su alrededor con una habilidad asombrosa, esperando el momento para lanzar su ataque. Los expertos creen que probablemente inyecta una toxina a su presa después de atraparla, y así puede arrastrarla bajo tierra y digerirla lentamente; no a lo largo de mil años como el sarlacc, pero seguro que para sus infortunadas capturas es igual de espantoso.

Este gusano marino suele alcanzar el metro de longitud, aunque en 2009 un grupo de biólogos japoneses describió un ejemplar de 299 centímetros y 673 segmentos, que había hecho su casa en una balsa de madera empleada para piscicultura.

Casos como el del gusano Bobbit nos llevan a agradecer la diferencia de tamaño entre ellos y nosotros. Eso sí, un consejo especialmente dirigido a los hombres: el gusano Bobbit habita en las latitudes tropicales del Pacífico, el Índico y el Atlántico. Si en alguna ocasión se encuentran por aquellas regiones y les apetece nadar en aguas someras, puede que quitarse el bañador no sea una buena idea…

Animales fantásticos reales y dónde encontrarlos

Suele citarse el dato de que el ser humano solo ha explorado el 5% de los océanos, una cifra manejada por instituciones tan serias como la Administración Atmosférica y Oceánica de EEUU (NOAA). Pero ya se sabe que este tipo de cifras hay que tomarlas como lo que son, una simple aproximación que suele tener más de problema de Fermi (o estimación de servilleta de bar) que de cálculo riguroso. Porque ¿el 5% se refiere a toda la masa de agua o al fondo marino? ¿Y qué entendemos por “explorado”?

Hace un par de años, el ecólogo marino Jon Copley trató de definir una magnitud más precisa que pudiera acercarse mejor a la realidad. Copley citaba un estudio recién publicado entonces por investigadores del Instituto Oceanográfico Scripps de California que había mapeado todo el fondo marino del planeta con una resolución máxima de unos cinco kilómetros. Es decir, que no hay nada incorrecto en decir que hoy ya conocemos todo el fondo del océano…

…con una resolución de cinco kilómetros. Pero obviamente, cinco kilómetros es una resolución demasiado pobre como para poder descubrir un naufragio o un avión desaparecido. Y tampoco habría nada incorrecto en decir que no se ha descartado rigurosamente la existencia de cualquier tipo de monstruo marino menor de cinco kilómetros de largo.

En resumen, Copley llegaba a este dato: si hablamos de un mapeo a la mayor resolución posible con un sonar cerca del fondo marino, en realidad solo conocemos el 0,05%, un área equivalente a la isla de Tasmania. Entre la idea popular y la realidad, en este caso la segunda resulta aún mucho más asombrosa que la primera.

Y así, podemos imaginar cuánto habrá ahí abajo que aún no podemos imaginar. La fantasía es libre, y las imágenes tomadas por los sumergibles de las criaturas que pululan por ahí abajo nos revelan verdaderos animales fantásticos. Y tirando del título de la reciente precuela de la saga de Harry Potter, hoy traigo aquí al Newt Scamander real; con la gran diferencia, claro, de que este Scamander solo nos muestra criaturas muertas, y con el lamento de que seres tan terroríficamente hermosos hayan tenido que morir para que lleguemos a contemplarlos. Pero Roman Fedortsov, que así se llama el personaje, se gana la vida como pescador.

Fedortsov se ha convertido casi de la noche a la mañana en una sensación en internet, gracias a las fotos que toma y publica de las extrañas criaturas que caen en sus manos durante sus faenas de pesca desde Murmansk (Rusia), donde vive, hasta Marruecos.

Imagen de Roman Fedortsov.

Imagen de Roman Fedortsov.

Generalmente esas capturas accidentales son animales ya conocidos para la ciencia, como los lofiiformes, esos peces de terribles dientes que a menudo llevan un sedal y un cebo luminoso sobre el morro. Algunos parecen casi de ficción, como el ser de la imagen que recuerda vagamente al Chestburster de Alien, el bicho que hace explotar el pecho del desgraciado que lo incuba. Todas ellas son criaturas que no solemos ver a menudo y que casi nos hacen frotarnos los ojos ante la apabullante maravilla de los misterios escondidos en las profundidades.

Les dejo aquí con una muestra de algunos de los seres fotografiados por Fedortsov, pero no dejen de darse una vuelta por sus cuentas de Twitter e Instagram para descubrir aún más animales fantásticos.

Pasen y vean la dolorosísima picadura de la hormiga bala

Algo tienen los animales peligrosos o venenosos que nos repelen y al mismo tiempo nos atraen; como cuando los niños se tapan los ojos para no ver una secuencia de una película que les atemoriza, pero dejando una rendija entre los dedos para no perderse detalle.

La parasitología, con sus escabrosos relatos de repugnantes colonizaciones corporales, es una de las ramas más morbosas de la biología. Y cuando se trata no de parásitos, sino de criaturas picadoras o mordedoras, nos encanta saber cuál duele más, cuál es más venenosa, cuál es más letal, en cuánto tiempo puede matar.

Probablemente más de uno sentiría curiosidad por saber qué se siente, cómo de dolorosa es la picadura de tal bicho, pero la mayoría preferiríamos limitarnos a imaginarlo. Al menos, hasta que llegue el cine 5D o 6D (que ya no sé cuál “D” tocaría) en el que un espectador pueda, si le apetece una experiencia realmente fuerte, pasar por las mismas sensaciones que los personajes de la pantalla, aunque sea por un segundito. Quién sabe, no descarten que algún día lleguemos a verlo.

Pero mientras tanto, hay quienes se ofrecen a sentirlo por nosotros. Hace algo más de dos años les conté aquí el loable esfuerzo en pro de la ciencia de Michael Smith, entonces candidato a doctor por la Universidad de Cornell (EEUU). Durante su trabajo de tesis en sociobiología de las abejas y tras recibir múltiples picaduras accidentales, decidió emprender un estudio paralelo lo más riguroso posible sobre el nivel comparativo de dolor de los aguijonazos en diferentes partes del cuerpo. Ganaron las fosas nasales, el labio superior y el cuerpo del pene; al releer ahora aquel artículo, he recordado que olvidé preguntarle por qué no había incluido el glande, mucho más sensible.

Este morbo nuestro lo explotan bien los documentales de naturaleza en los que ha proliferado la figura al estilo Frank de la Jungla, el tipo que, con más o menos conocimiento de la naturaleza y más o menos sentido de teatralidad especiado con ciertas dosis de exhibicionismo, se pone deliberadamente en grave riesgo ante distintas criaturas de la naturaleza para solaz de quienes lo contemplan desde la seguridad del sofá.

Entre ellos está Coyote Peterson, de quien nada sé, excepto que hace un programa llamado Brave Wilderness y que se ha propuesto experimentar las picaduras de insectos más dolorosas del universo. ¿Y cuáles son las picaduras de insectos más dolorosas del universo?

En esto contamos con la ayuda inapreciable de Justin Orvel Schmidt, entomólogo estadounidense que en 1983 comenzó a clasificar, basándose en su experiencia personal, el dolor infligido por las diferentes especies de himenópteros (hormigas, abejas y avispas) que le han picado a lo largo de su carrera.

Este trabajo hoy se conoce como Índice Schmidt de dolor de las picaduras, pero conviene aclarar que no es una escala científica: la valoración de Schmidt es subjetiva y se basa en picaduras en condiciones no controladas, a diferencia del estudio de su casi homónimo Smith. Aun así, el índice tiene su gracia, al ir acompañado por coloridas descripciones propias de un catador de vinos, que Schmidt reúne en su libro The Sting of the Wild; por ejemplo, en el caso de la picadura de la avispa roja del papel (Polistes canadensis), “cáustica y ardiente, con un regusto final característicamente amargo. Como verter un vaso de ácido clorhídrico en un corte hecho con un papel”.

Según Schmidt, hay tres himenópteros (cuatro, según otras versiones) que alcanzan el nivel 4, el más alto de su índice: las avispas del papel del género Synoeca, la avispa cazatarántulas (un avispón del género Pepsis) y, sobre todo, la hormiga bala o isula (Paraponera clavata), un bicho de tres centímetros que alcanza un 4+ y cuya picadura el entomólogo describe así: “dolor puro, intenso, brillante. Como caminar sobre carbones encendidos con un clavo oxidado de ocho centímetros hincado en el talón”.

Una hormiga bala (Paraponera clavata). Imagen de Wikipedia.

Una hormiga bala (Paraponera clavata). Imagen de Wikipedia.

Pero cuidado, leerán por ahí que la de la hormiga bala es la picadura de insecto más dolorosa del mundo, o incluso que es el peor dolor posible. No creo que Schmidt haya afirmado jamás tal cosa: su índice solo incluye himenópteros, dejando fuera otros insectos (aquí he hablado de la mosca negra, que en diferido hace bastante más pupa que una avispa), otros bichos no insectos (como arañas o escorpiones), otros animales no bichos (por ejemplo, serpientes) y, por supuesto, toda clase de dolores de otro tipo.

Pero vamos al grano. Gracias al trabajo de Schmidt y de otros entomólogos no tan mediáticos (y a la película Ant-Man, donde la mencionaban), la gigantesca hormiga bala ha sido elevada al trono del dolor supremo. Conocida por diferentes nombres en los distintos países donde habita, en las selvas tropicales de Centro y Suramérica, el apelativo de “bala” le viene de alguien que comparó el dolor de su picadura al de un disparo. Lo cual me hace compadecerme del pobre desgraciado al que le haya tocado en suerte recibir un balazo y ser picado por este bicho. Peor aún, el nombre de hormiga 24 horas que se le otorga en algún país no se debe a que atienda también por las noches, sino a que el sufrimiento extremo provocado por su aguijonazo puede prolongarse durante un día entero.

Y así llegamos al vídeo de Coyote Peterson. Si quieren saltarse los trozos aburridos, en los primeros tres minutos este naturalista con ciertas maneras de vendedor de Galería del Coleccionista nos ofrece flashbacks de sus anteriores picaduras. Luego emprende una búsqueda por la selva costarricense en pos de la hormiga bala, hasta que hacia el minuto 12 llegamos a la parte más jugosa.

Peterson no es el único ni el primero que ha decidido someterse voluntariamente a esta tortura. Les explico: la tribu Sateré-Mawé, en la Amazonia brasileña, practica un cruel rito de paso a la edad adulta consistente en obligar a los niños a que se calcen una especie de manoplas tejidas en las que se inmovilizan hasta 300 hormigas bala, previamente anestesiadas con un brebaje. Cuando las hormigas se despiertan, furiosas por encontrarse presas de la cintura en la urdimbre del guante, comienzan a lanzar aguijonazos. Entonces el niño debe ponerse las manoplas y aguantarlas en sus manos durante diez larguísimos minutos. Y lo peor, no será considerado un verdadero hombre hasta que sufra este ritual un total de 20 veces.

Que se sepa, nadie hasta ahora ha promovido una campaña en contra de esta brutalidad contra la infancia. Y el ritual parece legítimo: he comprobado que se describe en artículos académicos como este, este y este. Pero naturalmente, esto da ocasión para asegurar éxito de audiencia a programas como este del dúo australiano Hamish & Andy, en el que uno de ellos (el “menos hombre” de los dos, a juicio del jefe de la tribu) acepta pasar por la tortura de los guantes.

Claro que no se puede reprochar a Hamish el resistir las manoplas durante solo unos segundos. Pero comparen su aguante con el de este miembro de los Sateré-Mawé que se somete por primera vez a su rito de paso, según filmó National Geographic:

También sorprende el estoicismo de este Frank de la Jungla británico, el naturalista televisivo Steve Backshall:

Pero además de dar ocasión a los Sateré-Mawé para aparecer en los documentales a costa de otro blanquito más que quiere hacerse el machote, la hormiga bala puede ser un fructífero recurso para la ciencia, como ocurre con otros venenos. La poneratoxina, el ingrediente principal del veneno de este insecto, es un potente compuesto neurotóxico paralizante descrito por primera vez en 1990.

Desde el punto de vista biológico es sorprendente cómo un simple péptido (o probablemente varios, según se ha descubierto este año) de solo 25 aminoácidos puede provocar tal caos en el sistema nervioso interfiriendo en las sinapsis neuronales y las uniones neuromusculares. Curiosamente, este último efecto se revertía en un experimento utilizando otra toxina mítica, la tetrodotoxina, la conocida como “toxina zombi” del pez globo.

Actualmente los científicos estudian la ponerotoxina como un posible insecticida biológico, utilizándola para armar a un virus que infecta a los insectos. Aunque como ya imaginarán, aún deberá recorrerse un largo camino para demostrar que esta estrategia es segura y no causa un estropicio para otras especies o el ser humano. También se ha tanteado su uso como posible analgésico.

Les dejo con este último vídeo, en el que la bióloga Corrie Moreau, del Museo Field de Historia Natural de Chicago, ordeña una hormiga bala para extraerle el veneno.