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El diccionario actualiza “homeopatía”, pero introduce “osteopatía” y “medicina complementaria”

Hace unos días los medios recogían la introducción de una serie de cambios en el diccionario de la RAE, mediante los cuales se definían acepciones para términos de uso popular hoy como “zasca” o “brunch”. En los círculos concernidos por la lucha contra las pseudociencias se daba la bienvenida a la nueva definición de homeopatía, que pasaba de ser un…

Sistema curativo que aplica a las enfermedades, en dosis mínimas, las mismas sustancias que, en mayores cantidades, producirían síntomas iguales o parecidos a los que se trata de combatir.

…a ser ahora una…

Práctica que consiste en administrar a alguien, en dosis mínimas, las mismas sustancias que, en mayores cantidades, producirían supuestamente en la persona sana síntomas iguales o parecidos a los que se trata de combatir.

Es decir, que la homeopatía ha dejado de ser oficialmente en castellano un “sistema curativo” para convertirse simplemente en una “práctica”, y donde antes se hablaba de los efectos que los preparados homeopáticos “producirían”, ahora se dice que “producirían supuestamente”.

Este era un cambio reclamado, esperado y anunciado por la RAE, y por lo tanto no cabe sino aplaudirlo. De hecho, sitúa al diccionario oficial del castellano en un nivel más ajustado a la realidad que, por ejemplo, algunos de los diccionarios más importantes de la lengua inglesa, que aún definen la homeopatía como un “sistema de medicina complementaria”, una “manera de tratar una enfermedad” o un “sistema de práctica médica”.

En cambio, lo que no se ha difundido tanto es que no todo son buenas noticias en lo que se refiere a esta última actualización del diccionario.

Frente al acierto en el cambio referente a la homeopatía, se ha colado también una pseudomedicina, la osteopatía. Hasta ahora solo se recogía una acepción de este término, la más literal, relativa a las enfermedades óseas. Pero esta última oleada de cambios ha incluido una nueva definición:

Terapia de medicina complementaria consistente en aplicar masajes y otras técnicas de manipulación de los músculos y las articulaciones con el fin de restablecer el funcionamiento normal del cuerpo humano.

Pero ¿realmente sirven las manipulaciones de la osteopatía para “restablecer el funcionamiento normal del cuerpo humano”? El conocimiento científico actual lo resume de forma acertada (citando las referencias que lo justifican) la Wikipedia en versión inglesa:

El Servicio Nacional de Salud de Reino Unido dice que hay “pruebas limitadas” de que la osteopatía “puede ser eficaz para algunos tipos de dolor de extremidades inferiores, cuello u hombros, y para la recuperación posterior a operaciones de cadera o rodilla”, pero que no existen pruebas de que la osteopatía sea eficaz como tratamiento para dolencias no relacionadas con los huesos y músculos. Otros han concluido que existen pruebas insuficientes para sugerir eficacia de las manipulaciones osteopáticas en el tratamiento del dolor musculoesquelético.

Es decir, que de acuerdo con la ciencia actual, si acaso la definición de la osteopatía debería referirse a sus presuntos efectos sobre el dolor de músculos y huesos, pero de ningún modo a la posibilidad de restablecer el funcionamiento normal del cuerpo, ya que esto, sencillamente, no es cierto.

La nueva y equivocada definición de osteopatía habla además de “medicina complementaria”, y es que los nuevos cambios en el diccionario han introducido también este concepto, que antes no estaba recogido. Ahora “medicina complementaria” es:

Conjunto de prácticas terapéuticas que se emplean como complemento de la medicina convencional.

O sea, que el diccionario de la RAE ha introducido ahora que existe un conjunto de prácticas encaminadas al tratamiento de dolencias (eso significa “terapéuticas”, según el mismo diccionario) y que se definen no por lo que son, sino por lo que no son: aquellas que no pertenecen a la “medicina convencional”. Pero ¿qué es la medicina convencional?

En efecto, no lo sabemos, ya que esto no lo recoge el diccionario. Pero si miramos la definición de “medicina”, encontramos esto:

Conjunto de conocimientos y técnicas aplicados a la predicción, prevención, diagnóstico y tratamiento de las enfermedades humanas y, en su caso, a la rehabilitación de las secuelas que puedan producir.

O sea, que si la medicina es el conjunto de conocimientos y técnicas que blablabla, se supone que todo el conjunto, entonces cualquier “medicina complementaria” que cure debería ser simplemente “medicina”, más aún cuando el diccionario no aclara qué es “medicina convencional”. Y por el contrario, si una “medicina complementaria” no cura, como es el caso de la osteopatía, sencillamente no es medicina; ni complementaria, ni suplementaria, ni alternativa, ni perifrástica ni pluscuamperfecta. No es medicina, y punto.

“El planeta”, la boba (e incorrecta) muletilla medioambiental de moda

Ahora que por fin la conciencia sobre el medio ambiente ha entrado a formar parte de las preocupaciones del ciudadano medio, ocurre sin embargo que “el medio ambiente” ha desaparecido de la faz del planeta, siendo sustituido, precisamente, por “el planeta”.

Salvar “el planeta”. Preocuparse por “el planeta”. Reciclar por “el planeta”. Incluso, según he oído, al parecer un diputado prometió su lealtad a la Constitución “por el planeta”. Pero ¿tiene esto algún sentido?

Evidentemente, alerto de que todo esto en realidad no tiene la menor importancia. Si desean asuntos de verdadera trascendencia para “el planeta”, estoy seguro de que en las pestañas que coronan estas líneas encontrarán esas precisas y preciosas informaciones sobre qué diputado aplaudió o dejó de aplaudir en cada discurso, o de qué color eran las chapitas que llevaba. Pero si todavía queda por ahí alguien a quien le guste hablar con propiedad, le invito a seguir leyendo.

Estructura de la Tierra. Imagen de Kelvinsong / Wikipedia.

Estructura de la Tierra. Imagen de Kelvinsong / Wikipedia.

¿Qué es un planeta? Les advierto: para conocer su definición no se les ocurra acudir al diccionario de la RAE, esa institución que dice no imponer la lengua, sino recoger el uso que los ciudadanos le dan. En este empeño recolector, se diría que la noble academia debe de sufrir una artritis galopante, porque lleva 13 años sin reaccionar a la actualización de la definición de “planeta”. La definición de nuestro diccionario oficial es para hundir la cabeza entre las manos (entre paréntesis, mis comentarios):

Cuerpo celeste (hasta ahí, bien) sin luz propia (no exactamente: los planetas pueden emitir luz infrarroja) que gira en una órbita elíptica (no es cierto: se han detectado exoplanetas con órbitas circulares; es raro, pero no imposible, y de hecho la de la Tierra es casi circular) alrededor de una estrella (nada de eso; hay planetas sin estrella), en particular los que giran alrededor del Sol: Mercurio, Venus, la Tierra, Marte, Júpiter, Saturno, Urano, Neptuno y Plutón (¿cómooo?).

Eso es; dejando aparte todo lo demás, 13 años después del derrocamiento oficial de Plutón como planeta, la RAE aún no se ha enterado. Profesores de ciencias: si un alumno les pone en un examen a Plutón como planeta y se lo dan por malo, vayan pensando en qué responder a los padres cuando les pongan delante el diccionario de la RAE.

En realidad, hasta 2006 se venía utilizando una definición informal de planeta. Pero ocurrió que para otros objetos del Sistema Solar muy similares a Plutón podía reclamarse este estatus planetario. Así que la Unión Astronómica Internacional (UAI) decidió que debía aprobarse una definición científica precisa; de hecho, en ciencia es imprescindible que los términos sean unívocos y explícitos.

Básicamente, había dos posturas enfrentadas: o se adoptaba una definición más amplia, y la lista de planetas del Sistema Solar empezaba a crecer sin medida, quizá incluso cada año, o se elegía una más restrictiva que dejaba fuera a Plutón. Ganaron los partidarios de esta última opción, aunque la polémica nunca ha dejado de colear.

Así, la UAI decidió que un planeta del Sistema Solar es un cuerpo celeste que orbita alrededor del Sol, tiene suficiente masa para estar en equilibrio hidrostático (una forma redondeada) y ha aclarado su órbita de otros objetos.

Es decir, que el tal diputado, sin que probablemente él tenga la menor idea, prometió la Constitución española por el cuerpo celeste que orbita alrededor del Sol, tiene suficiente masa para estar en equilibrio hidrostático (una forma redondeada) y ha aclarado su órbita de otros objetos.

Pero ¿dónde está aquí el medio ambiente?

Sencillamente, en ninguna parte. “Planeta” es un concepto astronómico, sin más; no tiene nada que ver con la vida en él. Hasta ahora, lo que sabemos es que lo normal en un planeta es que no haya vida. Y si hablamos del nuestro, al planeta le da exactamente igual que toda la vida sobre él se extinga.

De hecho, “el planeta” seguirá siendo “el planeta” cuando toda la vida sobre él se haya extinguido, lo que esperemos no ocurra hasta dentro de miles de millones de años; pero si ocurriera mañana mismo, “el planeta” no dejaría de ser “el planeta”, ni sería un planeta peor, ni menos planeta. A menos que Thanos y su guante de pedrería fina destruyan el equilibrio hidrostático de la Tierra y le hagan perder su forma redondeada, o llenen su órbita de escombros intergalácticos.

Entonces, ¿de dónde viene esta bobería? Aunque es difícil encontrar una referencia clara y directa de esto, puedo intuir que el término se ha introducido a raíz de la popularización del cambio climático, ya que se habla de calentamiento global del planeta. Pero en realidad no es más que una sinécdoque, el todo por la parte: aumenta la temperatura media global del aire y de los océanos, no la de “el planeta”. El 99% del volumen total de la Tierra lo ocupan el manto y el núcleo, donde las temperaturas son de cientos o miles de grados. Así que el impacto de la variación en el aire y el agua sobre la temperatura media del planeta tomada en su conjunto es más que despreciable. “El planeta” ni se entera.

Así pues, ¿cuál es el antídoto contra esta bobada? ¿Qué tal regresar a “el medio ambiente” de toda la vida? O para quien quiera ser algo más técnico, lo correcto sería decir “la biosfera”, que se define como la zona de la Tierra donde hay vida o puede haberla; los ecosistemas en su conjunto con todas sus interacciones entre sí y con su medio, ya sea sólido, líquido o gaseoso.

Todo esto trata de la preocupación por la biosfera, que es la que estamos destruyendo a marchas forzadas. Pero para los preocupados por “el planeta”, tengo una buena noticia que les dejará dormir tranquilos: el planeta está perfectamente a salvo, y nadie se lo cargará ni queriendo. Ni siquiera Thanos, que solo podía con la biosfera.

Así que, dejemos a los planetas donde deben estar:

Célula de español científico: no existen las enfermedades “severas” (según el diccionario)

En 2011, cuando Twitter llevaba cinco años funcionando y estaba en pleno auge, la Real Academia Española justificaba la no inclusión en el diccionario de nuevos términos como “tuitear” alegando que “el Diccionario de la RAE recoge el uso real de la lengua, no las modas, que son efímeras. ¿Y si en 2 años ya no “tuiteamos”?”, decía.

Pero solo un año después, la RAE anunciaba la incorporación al diccionario de “tuitear” y sus términos relacionados.

La RAE dice tener como objetivo reflejar el uso de las palabras, o sea, un criterio reactivo, y no ordenar estos usos, o sea, un criterio proactivo. Lo cual parece bastante razonable. Pero ¿cuánto tiempo considera la RAE que debe transcurrir para que una moda se convierta en un uso consolidado? ¿Un año? ¿Un siglo? Evidentemente, es imposible objetivar este criterio. Pero ¿por qué la RAE arrincona palabras cuyo uso está más que consolidado por el paso del tiempo, y en cambio solo las contempla precisamente cuando se ponen de moda? Es decir, justo lo contrario de lo que dice hacer.

Un ejemplo: hace unos días la RAE ha anunciado la incorporación al diccionario de varios términos asociados con el uso de las redes sociales o con tendencias que han cobrado fuerza en los últimos años. Entre ellos se encuentran “meme”, “selfi”, “escrache” o “sororidad”.

 

Pero la palabra “meme” no es ni mucho menos nueva. La acuñó en 1976 el biólogo evolutivo Richard Dawkins en analogía a “gene” (gen); del mismo modo que un gen es una unidad de información genética que se transmite, un meme es una unidad de información cultural que se transmite. La teoría del meme se ha discutido durante décadas en los círculos académicos; su uso estaba mucho más que consolidado antes de que se aplicara a los gifs de gatitos. Y sin embargo, la RAE la ha ignorado hasta que se ha puesto de moda a través de las redes sociales.

Casos como este, con las contradicciones que conllevan en el discurso de la RAE, son llamativos cuando ignoran usos consolidados de las palabras que sin duda deberían entrar en el diccionario, pero que no lo hacen por vaya usted a saber qué razones; ¿porque no son trending topic? Y que al no hacerlo están obligando a quienes emplean estos usos consolidados a expresarse incorrectamente.

El ejemplo que traigo hoy aquí es la palabra “severo”. Según el diccionario de la RAE, significa “riguroso, áspero, duro en el trato o el castigo”, o bien “exacto y rígido en la observancia de una ley, un precepto o una regla”, o también “dicho de una estación del año: Que tiene temperaturas extremas. El invierno ha sido severo”.

Es decir, que al contrario de lo que ocurre en inglés, según el diccionario oficial del español es incorrecto hablar de una “enfermedad severa” o de “síntomas severos”, ya que este uso no está recogido. Una enfermedad como la que en inglés se denomina Severe Combined Immunodeficiency (SCID) en castellano debe traducirse como inmunodeficiencia combinada grave, ya que no puede emplearse la palabra “severa” en este contexto.

Claro que quizá algunos podrían argumentar que, si para este uso tenemos la palabra “grave”, que el diccionario sí acepta para referirse a las enfermedades como “grande, de mucha entidad o importancia”, y por lo tanto la acepción ya está cubierta, ¿qué necesidad hay de aceptar este mismo significado para el término “severa”?

Sí, claro. Muy razonable. Si no fuera porque los médicos han utilizado “severo” en este contexto durante tanto tiempo que nadie podría discutir que se trata de un uso totalmente consolidado. ¿Y no habíamos quedado en que “el Diccionario de la RAE recoge el uso real de la lengua”?

Célula de español científico: “pivotal” no existe

Hace unos días les hablaba aquí de una expresión, seminal study, que es común en el inglés científico para designar estudios que han influido poderosamente en el desarrollo de una nueva línea científica; y que no debe traducirse literalmente al español, ya que en nuestro idioma “seminal” tiene exclusivamente un significado más… bueno, más seminal.

Lo cual, en cierto modo, fue una sorpresa incluso para mí: hace unos días, mientras recogía documentación para un reportaje, leí otro que escribí hace varios años sobre el mismo tema, y ahí me encontré con la horma de mi zapato: en el texto mencionaba un “experimento seminal”. Y no, no tenía nada que ver con el semen. Utilizar esta palabra en un contexto figurado viste mucho, pero quienes nos dedicamos a escribir debemos hacer un esfuerzo de rigor en el uso del lenguaje. Y salvo cuando se trata de una licencia creativa, deberíamos abstenernos de otorgar a las palabras significados que no tienen en nuestro idioma. Será que con los años uno se vuelve más estricto, pero el diccionario está para consultarlo, y debo reprocharle a aquella versión más joven de mí que en aquella ocasión no lo hiciera.

Existe otro término que también se utiliza frecuentemente en inglés, que muchos científicos traducen literalmente cuando escriben en español, y que debería evitarse para un uso correcto del castellano. En inglés se habla de pivotal en referencia a algo que, según el Oxford Dictionary, es “de crucial importancia en el desarrollo o el éxito de algo”. Dentro de los muchos contextos en los que suele utilizarse, se habla también habitualmente de “pivotal study“.

Así, es frecuente leer textos científicos en español en los que se habla también de “estudio pivotal” o “experimento pivotal“. Pero en este caso no hay una confusión de significados, sino algo aún más determinante: la palabra “pivotal” no existe en castellano; no está recogida en el diccionario de la RAE. Es solo un palabro, un anglicismo innecesario, ya que existen muchos términos en nuestro idioma para expresar el mismo concepto: influyente, crucial, trascendental, clave…

Lo cual no implica que no pueda hablarse de “pivotar” como verbo en sentido figurado; el propio diccionario lo admite. Pivotar significa “moverse o apoyarse sobre un pivote”, o sea, un “extremo cilíndrico o puntiagudo de una pieza, donde se apoya o inserta otra, bien con carácter fijo o bien de manera que una de ellas pueda girar u oscilar con facilidad respecto de la otra”. Y dado que el sentido figurado es admisible, podría decirse que una línea de investigación pivota sobre un estudio concreto. El motivo por el que no debería decirse entonces que este estudio es “pivotal” es sencillamente porque la palabra no existe, del mismo modo que podemos hablar de sustancias estupefacientes o de quedarnos estupefactos, pero el verbo del que parecerían derivarse estas formas, estupefacer, no existe, aunque también se utilice por ahí.

La cuestión se complica por el hecho de que “pivotal” se emplea en inglés también de forma más específica para referirse a un ensayo clínico cuyo resultado es determinante para la aprobación de un nuevo fármaco o procedimiento, lo que ha llevado a importar su traducción literal al castellano también en la jerga farmacéutica y médica como estudio o ensayo pivotal. Este uso tiene la ventaja de que designa exclusivamente algo cuyo significado el lector entiende; el lenguaje científico se distingue por su correspondencia unívoca, un nombre para cada cosa y una cosa para cada nombre. Pero así como transcarbamilasa o neutralino son palabras que se inventan para designar conceptos nuevos y no puede esperarse que el diccionario las recoja todas (¿o sí?), pivotal es solo un engendro resultante de un uso perezoso del lenguaje, como forwardear o escribir “k” en lugar de “que”.

Célula de español científico: “Estudio seminal” no es lo mismo que en inglés

Los científicos hablan tan bien o tan mal como el resto de la gente de su mismo nivel cultural, pero en la ciencia existe una inevitable tendencia al Spanglish. Inevitable, no como en el mundo de la empresa, donde quien dice staff en lugar de personal, partner en vez de socio o hacer un break en vez de tomarse un descanso es simplemente un moron.

No, en ciencia es realmente inevitable: continuamente se están nominando conceptos nuevos que antes no existían, y como es lógico los nombres se eligen en inglés, la lengua global de la ciencia. Muchos de ellos se castellanizan para adaptarlos y acaban incorporándose al diccionario; por ejemplo, ribosoma o mitocondria.

En otros casos es más complicado: el complejo encargado de eliminar los trozos sobrantes de los genes se llama spliceosome, ya que esta función se denomina splicing, que significa literalmente empalmar o unir fragmentos separados. El término splicing entró al lenguaje científico español tal cual, sin adaptar ni traducir (pronunciado a la castiza como “esplaisin“); y aunque el spliceosome aparece por ahí referido como espliceosoma, en los laboratorios se oye hablar del “esplaiseosoma“, es decir, puro Spanglish.

Es más, en muchos casos la traducción no hace sino confundir. Durante mis años de estudiante tuve una profesora de genética molecular que había escrito un libro de texto en el que se traducía absolutamente todo, y los resultados eran bastante aberrantes. Por ejemplo, una técnica de marcaje de ADN denominada Nick translation, en la que un hueco en la cadena iba moviéndose a lo largo de esta, aparecía traducida literalmente como “traslado de la mella”. Muy correcto, pero tan equívoco como, en el fondo, inútil.

Debido a esta peculiar mezcla de castellano e inglés en los laboratorios hispanoparlantes, y a que los científicos escriben sobre todo en inglés, y a que los estudios (nadie los llama así, sino papers, y de hecho un paper no siempre es un estudio) usan un lenguaje muy estandarizado repleto de fórmulas sobadas y frases hechas, cuando los investigadores hablan o escriben en español tienden a cometer errores procedentes de traducciones demasiado literales que no se corresponden en sus significados en ambos idiomas (algo parecido a lo que suele llamarse false friends), o de la importación directa de estructuras gramaticales que en inglés son correctas, pero no en castellano.

En el último par de años he estado editando libros escritos por científicos españoles para la colección de National Geographic y RBA Desafíos de la Ciencia, y esta experiencia ha reforzado una tesis que sostengo en este blog: la separación tradicional de ciencias y letras como dos sustancias inmiscibles es un error del sistema educativo.

Hoy es más importante que nunca que los científicos hagan un esfuerzo de outreach, y perdón por el anglicismo que tampoco sé muy bien cómo traducir; si acaso, algo así como vinculación con la sociedad. Una parte sustancial de esta tarea consiste en la divulgación, y para ello es necesario adquirir la capacitación adecuada para comunicar y escribir correctamente. Las carreras de ciencias deberían incluir algún módulo o asignatura de redacción y comunicación científica, ya que actualmente debería ser una de las aptitudes de todo investigador.

Así que me he decidido a traer aquí, en forma de células esporádicas, algunos de los errores más comunes en los que suelen incurrir los científicos cuando escriben en castellano, según mi sola experiencia. No pretendo dar lecciones a nadie, porque lo que voy a contar no es mi opinión o mi juicio, sino el de la RAE. Como suelo decir aquí, las leyes que no vienen determinadas por fuerzas de la naturaleza, como es el caso de las normas léxicas o gramaticales, pueden cambiarse si quienes las dictan así lo deciden. Pero si tenemos un organismo regulador del uso del lenguaje, deberíamos hacer lo posible por ceñirnos a su criterio, a menos que tengamos una buena razón para no hacerlo; y el desinterés por conocer las normas o por aplicarlas no cuenta como buena razón.

El caso que les traigo hoy es el de una expresión que me canso de ver y corregir en los manuscritos de los científicos. En inglés se llama seminal study o seminal paper a un estudio que inaugura una nueva línea de investigación, técnica, disciplina… Por ejemplo, en 2012 Emmanuelle Charpentier y Jennifer Doudna publicaron su seminal study sobre el sistema de edición genómica CRISPR.

El inglés, a diferencia del español, no cuenta con un único diccionario oficial. Pero uno de los más seguidos y respetados, el de Oxford, recoge como primera acepción de la palabra seminal algo que “influye fuertemente en desarrollos posteriores”. El diccionario Merriam-Webster y el Collins, otros dos recursos fundamentales de la lengua inglesa, también recogen este significado. Así que en inglés es correcto hablar de “seminal study” en este sentido.

Pero no ocurre lo mismo en castellano. Según el diccionario de la RAE, “seminal” es “perteneciente o relativo al semen de los animales masculinos”, o “perteneciente o relativo a la semilla”, o “fecundo”. Otra cuestión es si sería conveniente que también se incorporara al diccionario español el significado que esta palabra tiene en inglés. Pero no nos corresponde a nosotros decidirlo. Y mientras no sea así, “estudio seminal” en castellano significa más bien esto:

ESpermatozoides teñidos para un estudio de la calidad del semen. Imagen de Bobjgalindo / Wikipedia.

Espermatozoides teñidos para un estudio de la calidad del semen. Imagen de Bobjgalindo / Wikipedia.

Y claro, es fácil imaginar las consecuencias: en algún caso me he encontrado tantos “estudios seminales” en un texto que aquello parecía otra cosa; el manuscrito llegaba a resultar demasiado espeso. Como alternativa puede emplearse “estudio fundacional”, que viene a significar lo mismo, pero que no desvía la atención hacia la equívoca idea de que las nuevas ciencias nacen de los gametos masculinos…

Actualizar el diccionario también es importante para #StopPseudociencias

Durante la campaña #StopPseudociencias en Twitter, saltaron varias iniciativas pidiendo a la RAE que el diccionario oficial del castellano actualice las definiciones de ciertos términos que en otro tiempo podían resultar admisibles según el limitado conocimiento de la época, pero que el avance de la ciencia ha dejado obsoletas y engañosas.

En concreto, el canon de nuestra lengua define la homeopatía como “sistema curativo que aplica a las enfermedades, en dosis mínimas, las mismas sustancias que, en mayores cantidades, producirían síntomas iguales o parecidos a los que se trata de combatir”, mientras que el horóscopo aparece descrito como “predicción del futuro basada en la posición relativa de los astros y de los signos del Zodiaco en un momento dado”.

 

La RAE vierte un gran esfuerzo en responder a innumerables consultas de los usuarios, y también en este caso respondió prontamente a la petición de modificar la definición de homeopatía: “Ya está en curso una propuesta para modificar esa redacción”.

Evidentemente, alguien podría argumentar que acudir al diccionario de la RAE para informarse sobre ciencia es como llevar un reloj de arena en la muñeca para comprobar la hora. Pero para quienes amamos el lenguaje (no sé si uno puede dedicarse a escribir sin amar el lenguaje, pero por algo esto se llama Ciencias Mixtas), es importante dar a las palabras el significado que realmente tienen. Personalmente, consulto el diccionario todos los días para comprobar definiciones y, por ejemplo, no utilizar ciertos términos con significados prestados de otros idiomas (inglés) que realmente no están contemplados en el castellano. Ejemplos: situación bizarra, enfermedad severa, estudio seminal…

Todo lo cual no implica que necesariamente debamos adherirnos a las normas dictadas por la RAE cuando estas (pronombres demostrativos sin tilde, otra recomendación de la RAE que debería extenderse más entre quienes nos dedicamos a escribir, lo mismo que desterrar para siempre la tilde en “solo”) son contrarias al conocimiento científico actual; también cuando, además de al conocimiento científico actual, son contrarias al sentido común y/o a la evolución social (como en un caso que comenté recientemente).

En 2001, la RAE concedió la silla i (con vigencia desde 2003) a la bioquímica y bióloga molecular Margarita Salas, una gran eminencia de la investigación que además ha sido impulsora del papel y la visibilidad de las mujeres en la ciencia española. Recuerdo que por entonces se dijo que Salas aportaría un criterio esencial en la definición de términos científicos para el diccionario, y no dudo de que su labor en este campo habrá sido intensa e insustituible en los años transcurridos desde entonces.

Pero al menos para quienes la contemplamos desde fuera, la de ser una institución dinámica, vibrante y en la vanguardia no pasa por ser una de las muchas virtudes que adornan la imagen popular de la RAE. Pues bien, ¿cuántos siglos debemos esperar para que se actualice la definición de términos como los citados más arriba?

Entre los valiosos recursos de la RAE online se encuentra el Mapa de diccionarios, una herramienta que permite consultar simultáneamente seis ediciones representativas del diccionario de la RAE desde 1780 hasta 2001. Allí podemos descubrir que, de estas seis ediciones, el término “homeopatía” aparece por primera vez en la de 1884, con esta definición: “sistema curativo que aplica á las enfermedades, en dosis mínimas, las mismas substancias que en mayores cantidades producirían al hombre sano síntomas iguales ó parecidos á los que se trata de combatir”.

Es decir, salvo por pequeños cambios ortográficos y de puntuación, y la eliminación de la alusión al “hombre”, básicamente la misma definición que hoy seguimos encontrando. El alemán Samuel Hahnemann inventó la homeopatía en 1796, cuando aún se desconocían los fundamentos biológicos y bioquímicos del organismo y de las enfermedades. Lo cual no implica que las propuestas de Hahnemann tuvieran el menor sentido: en el siglo XIX John Forbes, médico de la reina Victoria de Inglaterra, calificó la homeopatía como “una atrocidad contra la razón humana”. Pero la ciencia del siglo XX demostró que los principios homeopáticos, además de absurdos, son también falsos.

Así pues, desde 1884 han transcurrido más de 130 años, tiempo más que suficiente para que veamos ya aprobada esa nueva propuesta de definición que está manejando la RAE, y en la que esperemos que trasluzca el criterio científico de Margarita Salas. Claro que tiempo suficiente, concretamente más de tres siglos, ha transcurrido para que la RAE, que define la astrología como “estudio de la posición y del movimiento de los astros como medio para predecir hechos futuros y conocer el carácter de las personas”, no solo actualice esta definición, sino que también deje de considerar la astronomía ¡como sinónimo de la astrología!

El diccionario aclara que esta equiparación de ambos términos está en desuso; en efecto, está en desuso aproximadamente desde 1700, cuando quedó definitivamente claro que la astronomía era una ciencia y la astrología una superstición. ¿No va siendo hora de darle un repaso científico general al diccionario?

Claro que, si esperamos que el diccionario de la RAE distinga entre lo que es ciencia y lo que es pseudociencia (o ni eso), nos vamos a encontrar con un pequeño obstáculo. Y es que, a pesar de esto…

…nos encontramos también esto:

Claro que quizá todo ello requeriría un ligero cambio de mentalidad:

¿La “fe desmedida” en la ciencia como ejemplo modélico de superstición? ¿En serio? ¿Será acaso por falta de ejemplos para elegir?

El inglés y la ciencia se suman al lenguaje inclusivo de género

En estos días se habla de modificar la Constitución para que su lenguaje se refiera de forma específica a hombres y mujeres, en lugar de regirse por el genérico masculino como mandan los cánones clásicos de la lengua castellana. Como intuirán o sabrán, este no es un blog lingüístico, sino de ciencia; y además, si algo sobra en este debate, es una opinión más.

Pero tratándose de un asunto que concierne a quienes manejamos el lenguaje como profesión, creo que es útil aportar datos que puedan servir para que al menos los conozcan quienes deberían conocerlos. Por lo tanto, no vengo a opinar, sino a contar dos hechos que deberían ampliar el foco de una cuestión en la que la postura de cada cual parece depender de su bandera política, como si no existiera mundo más allá de esa rueda de hámster de las siglas partidistas españolas.

Imagen de Wikipedia.

Imagen de Wikipedia.

El primer hecho es evidente, pero no está de más recordarlo de vez en cuando: al contrario que la física, la química o la biología, materias como la lengua o las leyes son construcciones humanas, diferentes en cada grupo humano. Y por lo tanto, pueden cambiarse a voluntad si ese grupo así lo decide. Cuando la RAE dicta que “este tipo de desdoblamientos [los niños y las niñas, los ciudadanos y las ciudadanas] son artificiosos e innecesarios desde el punto de vista lingüístico”, eso sí es una opinión; basada en considerar que el grupo es la RAE, y no las personas que utilizan la lengua. Por lo tanto, defender que todo quede como está es tan válido como defender que todo cambie, y la única cortapisa a esto último que puede alegar ese grupo selecto que se arroga el derecho exclusivo a decidir qué es artificioso e innecesario es, como decía el académico José Manuel Blecua, que se trata de “una falta de respeto” o de “una moda”.

El segundo hecho que saca el asunto de esa rueda de hámster es que la tendencia y el debate sobre el lenguaje inclusivo no son solo algo nuestro, sino que llevan ya años de rodaje en otros países con otras lenguas. Vengo a contar el caso del inglés. Una gran parte de mi trabajo consiste en leer, y prácticamente la totalidad de lo que leo está escrito en inglés, tanto los estudios científicos como los emails que intercambio con la comunidad investigadora.

Desde hace unos años viene llamándome la atención que parece existir una creciente tendencia hacia el uso del femenino como genérico en inglés. En este idioma se da la peculiaridad de que los sustantivos no tienen género, pero es en los pronombres en tercera persona donde aparecen las diferencias: he/his/him/himself para él, she/her/herself/hers para ella. Y es aquí donde se ha centrado la discusión. En inglés, como en castellano, existía la costumbre tradicional de utilizar el masculino como genérico: así como en castellano suele decirse “un científico debe ceñirse a sus pruebas”, utilizando el masculino como genérico en el sustantivo, en inglés se dice “a scientist must stick to his evidence“; “scientist” no tiene género, pero este se introduce en el pronombre “his“, dando por hecho que el científico es un hombre.

Pues bien, lo que he notado desde hace años es que muchas personas dedicadas a la ciencia y periodistas que escriben sobre ciencia –no significa que no ocurra en otros ámbitos, pero hablo solo del que conozco– han pasado a utilizar el femenino como genérico:a scientist must stick to her evidence“, o “a child builds her brain during the first years of life“, “una niña construye su cerebro durante sus primeros años de vida”.

Intrigado por esta tendencia, en su día me preocupé de indagar un poco en ello, y en efecto me confirmaron que el uso de los pronombres genéricos ha sido materia de debate en la comunidad angloparlante desde hace años. Para tratar de desmasculinizar el lenguaje, hay dos corrientes principales. Una de ellas aboga por usar como genérico they/them/their/theirs/themselves (que engloba por igual a ellos y a ellas), un uso que también es tradicional en inglés: “a scientist must stick to their evidence“, o “a child builds their brain during the first years of life“. Sin embargo, una segunda corriente prefiere usar el femenino como manifestación expresa de la necesidad de compensar la tradicional masculinización del lenguaje.

Para tomar el pulso a estos usos del lenguaje, en 2012 dos investigadoras y un investigador (seamos precisos) de la Universidad Estatal de San Diego y la Universidad de Georgia (EEUU) publicaron un estudio en el que analizaron el uso de pronombres personales masculinos y femeninos en 1,2 millones de libros en inglés publicados entre 1900 y 2008. El estudio descubría que existe una “brecha de género en los pronombres”, un uso mucho mayor de los masculinos, pero que viene reduciéndose desde los años 70: de 4,5 pronombres masculinos por cada uno femenino hasta los 60, se ha pasado a solo 2 masculinos por cada femenino en 2008.

El estudio no se fijaba específicamente en el uso de los pronombres como genéricos, por lo que es de suponer que esta evolución refleja sobre todo un aumento del número de personajes femeninos en la literatura. Pero incluso en este caso, el cambio es notable: según el estudio, “la proporción de pronombres de género se correlaciona significativamente con los indicadores del estatus de las mujeres en EEUU, como el nivel educativo, la participación laboral y la edad en el matrimonio, así como la asertividad de las mujeres”. A lo largo del periodo histórico analizado, “los libros usan relativamente más pronombres femeninos cuando el estatus de las mujeres es más alto, y menos cuando es más bajo”.

Imagen de Idaho National Laboratory / Flickr / CC.

Imagen de Idaho National Laboratory / Flickr / CC.

Pero además de las dos corrientes principales citadas arriba, hay una tercera que defiende la invención de nuevos pronombres inclusivos como s/he o han, que engloban a he y she. Y no solo el idioma inglés ha explorado esta opción: en 2015 el diccionario oficial de la lengua sueca introdujo el nuevo pronombre neutro hen, como alternativa a los tradicionales han (él) y hon (ella).

Quien considere que este tipo de recursos son simplemente –citando a la RAE– “artificiosos” o “innecesarios” está olvidando un aspecto fundamental. La lengua sueca no ha introducido hen para sustituir a han cuando se habla de un hombre o a hon cuando se refiere a una mujer, sino para su uso en aquellos casos en los que el género de una persona sea irrelevante (como en los genéricos) o cuando no se corresponda nítidamente con lo masculino o lo femenino. Como hoy sabe cualquiera que no prefiera ignorarlo deliberadamente (y ya he explicado aquí la ciencia de ello en artículos como este), muchas personas no se identifican con su sexo cromosómico sino con el opuesto, o con ninguno de los dos, o incluso no tienen un sexo cromosómico definido (por ejemplo, las personas XXY).

De hecho, esta necesidad de que la lengua sea más inclusiva con todas las personas con independencia de su identidad de género es la que ha llevado a la comunidad angloparlante a otra tendencia en aumento, y es que cada persona defina sus propios pronombres: desde 2015, una institución tan escasamente frívola como la Universidad de Harvard incluye en sus formularios de matrícula el siguiente epígrafe: “Feel free to pick a pronoun on this form [elija su pronombre en este formulario]: He. She. Ze. E. They“, dando así la opción a sus estudiantes para que escojan un pronombre de género o uno de los neutros ze, e o they. Otras universidades estadounidenses siguen iniciativas similares.

Y todo ello porque, con independencia de lo que la RAE considere una falta de respeto, lo que la inmensa mayoría de la gente sí considera una falta de respecto es que la traten con pronombres diferentes a los suyos. Claro que mientras el Diccionario Panhispánico de Dudas de la RAE, en su entrada “género“, continúe afirmando que este se corresponde “con la distinción biológica de sexos”, parece evidente que aquí aún estamos a años luz no ya de recorrer este camino, sino de dar el primer paso.