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Vuelve el ébola y la vacuna es eficaz, pero puede que no sea efectiva

Esta semana la Organización Mundial de la Salud (OMS) ha informado de la aparición de un nuevo brote de virus del Ébola en la República Democrática del Congo (RDC). Hasta ayer se han contabilizado 34 casos que se reparten entre dos confirmados, 18 probables y 14 sospechosos, con un total de 18 muertes.

Después del brote de 2014 que se extendió hasta causar una alerta sanitaria global, y que tuvo su propio capítulo en nuestro país, es la segunda vez que el ébola escapa de los reservorios donde permanece dormitando en silencio (probablemente los murciélagos) para causar estragos en la población humana. La anterior, que conté aquí, fue hace justo un año, en mayo de 2017, también en la RDC.

Brote de ébola en África Occidental en 2014. Imagen de EU Civil Protection and Humanitarian Aid Operations / Flickr / CC.

Brote de ébola en África Occidental en 2014. Imagen de EU Civil Protection and Humanitarian Aid Operations / Flickr / CC.

En este nuevo brote el número de casos detectados es mayor, pero no es el único motivo de preocupación. Los epidemiólogos estiman que la epidemia de 2014 alcanzó tan alarmantes dimensiones porque nació en África Occidental, una región con alta densidad y movilidad poblacional donde la expansión del virus llegó a hacerse incontrolable. Por el contrario, en las inmensas y remotas selvas del Congo suele ser más fácil confinarlo; la zona del presente brote está nada menos que a 15 horas en moto del pueblo más cercano. Pero en este caso se dan dos circunstancias que pueden agravar la situación: por una parte, la región afectada está próxima al río Congo, una vía de comunicación esencial que vincula las capitales de la RDC y su vecino del norte, la República Centroafricana; por otra, algunos de los afectados son trabajadores sanitarios, lo que suele contribuir a extender la infección.

Con los datos actuales, la OMS considera ahora que el riesgo es “alto a nivel nacional” en la RDC y moderado en la región central de África, mientras que de momento no hay razón para una alerta global. Las autoridades sanitarias de la RDC han reaccionado con rapidez informando a la OMS para el despliegue de un plan de acción que ya está en marcha. Sin embargo, la OMS advierte de que la respuesta a este brote va a ser “un desafío” y que está preparándose para todos los posibles escenarios.

Es un momento adecuado para repasar en qué estado están los fármacos y las vacunas contra esta enfermedad. Ayer mismo una usuaria de Twitter difundía un artículo que publiqué aquí hace tres años acerca del TKM-Ebola, un nuevo y sofisticado fármaco que había logrado curar de la enfermedad al 100% de los monos en una prueba preclínica. Los indicios eran tremendamente prometedores, y por entonces ya habían comenzado las primeras fases del ensayo clínico.

Pero por desgracia, en humanos resultó un estrepitoso fracaso: en la evaluación inicial de la seguridad los pacientes tratados sufrían ciertos síntomas adversos, pero cuando comenzó a probarse su eficacia el resultado fue que no curaba. Tan sonoro fue el batacazo que la compañía creadora del TKM-Ebola, la canadiense Tekmira, no solo detuvo el desarrollo del fármaco, sino que cambió de nombre y abandonó la línea del ébola.

Hoy continúan en desarrollo y pruebas varios medicamentos experimentales, incluyendo el ZMapp que en 2014 se administró a la enfermera española Teresa Romero. Sin embargo, es dudoso que este fármaco, un cóctel de anticuerpos modificados por ingeniería genética, fuera el responsable de la curación de Romero; los resultados clínicos del ZMapp han mostrado que quizá tenga cierta eficacia, pero el fin del brote de 2014 impidió extender el ensayo lo suficiente como para que los datos fueran estadísticamente significativos.

Por el momento, el único tratamiento específico (aparte de los dirigidos a aliviar los síntomas) que se emplea con éxito es el más clásico, la sangre o suero de los supervivientes a la enfermedad, cuyos anticuerpos pueden proteger a otros afectados. Estos antisueros tienen la ventaja adicional de que en cada caso están naturalmente adaptados a cada cepa concreta (ya que, si proceden del mismo brote, el donante y el receptor tienen el mismo virus), pero también pueden ofrecer protección contra otras cepas e incluso otros virus emparentados con el original. A cambio, el inconveniente es que su producción está limitada por la posibilidad de extraer sangre a los supervivientes.

Las noticias son mejores respecto a las vacunas, aunque existe una aparente paradoja que adelanto más arriba en el título. Como ya expliqué aquí, la vacuna rVSV-ZEBOV (también llamada VSV-EBOV o V920) no es producto del calentón de la epidemia de 2014, sino que fue desarrollada por el gobierno de Canadá mucho antes, en 2003, cuando eran muy pocos países los que dedicaban recursos a una enfermedad que no parecía importar a nadie.

La vacuna, cuya licencia se vendió a la compañía Merck, es eficaz en un 75 al 100% de los casos (aunque algunos investigadores han cuestionado los resultados). Según el último estudio publicado el pasado abril, parece que su efecto protector perdura al menos dos años después del pinchazo. Otras vacunas están actualmente en pruebas, pero por el momento ya existe un stock de rVSV-ZEBOV. Y mientras escribo estas líneas, es posible que los médicos de la OMS y de Médicos Sin Fronteras ya estén vacunando en la región de la RDC afectada por el brote. Un obstáculo es que la vacuna debe conservarse a -80 ºC, lo que en un despliegue de campo obliga a mantenerla en hielo seco.

Un chequeo de fiebre para el control del ébola en Sierra Leona en 2014. Imagen de Wikipedia / JuliaBroska.

Un chequeo de fiebre para el control del ébola en Sierra Leona en 2014. Imagen de Wikipedia / JuliaBroska.

Sin embargo, y aquí viene la paradoja, una cosa es que la vacuna sea eficaz, y otra diferente que sea efectiva. Lo primero se refiere a los resultados de los ensayos clínicos controlados, y en este sentido parece que la V920 ha pasado el test. Pero la efectividad se demuestra cuando la vacuna se prueba en el mundo real, comprobando no si funciona en un pequeño grupo sometido a rigurosos controles, sino en la población general para impedir la expansión de un brote.

Y es aquí donde un estudio publicado esta semana sugiere que la vacuna podría fallar. Como he explicado aquí en numerosas ocasiones, el efecto protector de la vacunación en una población se basa en la llamada inmunidad de grupo (de rebaño, en su traducción literal del inglés). Dado que es imposible vacunar a todas y cada una de las personas, existe un umbral de porcentaje de población vacunada a partir del cual toda la comunidad queda protegida. Podríamos hacer un símil con el tamaño de los agujeros de un colador: si los vamos reduciendo, llega un momento en que no hay hueco suficiente para que pase la pulpa del zumo. Al haber más personas vacunadas, se destruye la red que impide la expansión de una epidemia.

Este es el motivo por el que los movimientos antivacunas, además de basarse en la ignorancia y la superstición, están cometiendo una grave irresponsabilidad contra la sociedad (que en algunos países está penada). Por supuesto, los padres que rechazan las vacunas para sus hijos –quienes no pueden decidir por sí mismos– están poniéndolos en peligro. Pero más allá de esto, la vacunación no es una decisión personal porque perjudica al conjunto de la población al disminuir la inmunidad de grupo; abren agujeros en el colador, y la consecuencia es que mueren otras personas que no pueden vacunarse por problemas médicos, o que sí han recibido la vacuna pero no han desarrollado inmunidad.

En el nuevo estudio, investigadores de Reino Unido, Israel y Uganda han calculado la posibilidad de que la vacunación contra el ébola logre una inmunidad de grupo que prevenga la extensión de este y de futuros brotes, y han llegado a la conclusión de que es muy improbable. Durante los brotes de ébola se estima que cada afectado puede contagiar a cuatro o más personas. En esta situación e incluso con una vacuna que sea eficaz al 90%, se necesitaría inmunizar al 80% de la población para impedir una epidemia. Y dadas las numerosas dificultades de distribuir y administrar una vacuna en África, en casos anteriores solo se ha logrado vacunar al 49% de las personas en situación de riesgo. Según los autores, incluso hasta un 34% de las personas que habían estado expuestas al virus se negaron a vacunarse.

Otro obstáculo es el coste de un programa de vacunación masiva, apuntan los autores. Las vacunas actualmente en pruebas cuestan entre 15 y 20 dólares por dosis, pero el tamaño de la población que debería recibir la vacuna ronda los 462 millones de personas. Por todo ello, los investigadores recomiendan que los esfuerzos de vacunación se centren en el personal sanitario potencialmente expuesto y, a ser posible, en sus pacientes.

En resumen, en parte es cuestión de dinero; pero no solo es cuestión de dinero, sino también de infraestructura, logística, cobertura y acceso a zonas remotas. Pero sobre todo, el principal problema es que muchas personas no piden o rechazan la vacuna. La mayoría de estas personas no han tenido la suerte de disfrutar de un entorno cultural y una educación que les permitan apreciar por qué deberían vacunarse. Mientras, en los países ricos muchos deciden desperdiciar este capital educativo. ¿Quién dijo que el mundo estuviera bien repartido?

Por qué la vacuna de la gripe de este año funciona mal

Este mes se cumplen 100 años de la aparición de los primeros casos de la devastadora gripe de 1918, la que llegó a llamarse “gripe española” por un error de concepto en el que nadie suele reconocer un leve hálito de xenofobia. La explicación más común de este alias es que en noviembre de 1918, después de andar durante varios meses dando vueltas por otros países, la gripe comenzó a escalar en España, donde nuestros periódicos empezaron a contar la extensión de la epidemia que en otras naciones se había silenciado porque aún estaba vigente la censura informativa de la Primera Guerra Mundial.

Lo de la xenofobia es un tirón de orejas histórico; aunque hoy todos los expertos mundiales reconocen que la gripe no era de origen español, en su día se aceptó fácilmente un sobrenombre que cargaba las culpas en otro país. Pero hoy ya nadie llama a la sífilis el “mal francés”. Y si la gripe de 1957 continúa figurando en muchas referencias como “gripe asiática”, es porque, al fin y al cabo, surgió en Asia. La gripe de 1918 nació probablemente en EEUU o en China, pero es evidente que nadie va a llamarla “gripe estadounidense”. Aún hoy, sigue apareciendo mayoritariamente como “gripe española” incluso en los estudios científicos, y es dudoso que esto vaya a cambiar.

En fin, es un detalle menor que tampoco exige una sobreactuación. Incluso dándole la vuelta al argumento y por una parte que me toca profesionalmente, siempre podemos interpretar el alias de “gripe española” como un éxito del periodismo y de la libertad de prensa en este país un siglo atrás.

El virus de la gripe al microscopio electrónico, en una imagen coloreada. Las proteínas H y N son los 'pinchos' en la cubierta. Imagen de Pixnio.

El virus de la gripe al microscopio electrónico, en una imagen coloreada. Las proteínas H y N son los ‘pinchos’ en la cubierta. Imagen de Pixnio.

Lo destacable en estas fechas es que el aniversario de la pandemia que se llevó por delante —según las estimaciones científicas más usuales— entre 40 y 50 millones de vidas, la mayoría de ellas durante el otoño de 1918, nos llega precisamente cuando la vacuna de la gripe de esta temporada se ha revelado mayoritariamente ineficaz. Hoy vengo a explicarles por qué, y por qué es muy difícil evitar que esto vuelva a ocurrir.

Cuando hablamos de gripe en realidad estamos refiriéndonos a un conjunto de virus muy amplio. Por si a alguien interesa, lo conté con más detalle aquí, pero les hago un resumen sencillo: el nombre de gripe es solo una categoría taxonómica nacida de los criterios utilizados por los virólogos para nombrar los tipos de virus, del mismo modo que a todas las razas de perros las llamamos “perros” mientras que a un pariente muy próximo lo llamamos lobo.

En realidad estas distinciones no son caprichosas, sino que responden a ciertos criterios biológicos y evolutivos. Pero lo que es útil para la biología puede dar lugar a confusiones cuando se aplica a la medicina, porque en realidad estamos metiendo en el cajón de gripe varias cosas muy diferentes que podríamos diferenciar por el nombre, pero que solo diferenciamos por el apellido: gripe A, gripe B, gripe C y gripe D. La D es un nuevo virus reconocido oficialmente en junio de 2016 y que solo afecta al ganado. También podemos dejar fuera la gripe C, que hasta ahora no ha sido gran motivo de preocupación sanitaria. Nos quedamos con las dos importantes, la A y la B.

Pero dentro de estas existen además varios subtipos que son ligeramente diferentes en dos moléculas clave para la infección, denominadas hemaglutinina (H) y neuraminidasa (N). Por ejemplo, en la gripe A existen 18 formas distintas de H, denominadas de H1 a H18, y 11 de N, de N1 a N11. Así, existen diferentes gripes A, por ejemplo H1N1, H5N3, H5N8, H3N2… En cuanto a la gripe B, suelen circular dos tipos distintos que se conocen como Yamagata y Victoria.

Ahora, para complicarlo aún más: también existen diferentes subsubtipos o cepas de, por ejemplo, gripe A H1N1. La gripe de 1918 era A H1N1, pero era diferente a la A H1N1 de la pandemia de 2009 (entonces conocida como gripe porcina), la cual a su vez era diferente a la A H1N1 estacional que circulaba por entonces y a la cual llegó a reemplazar. Toda esta variabilidad se debe a que el virus de la gripe tiene una gran facilidad para mutar, dando lugar a nuevas cepas que ocasionalmente ganan a otras competidoras en su lucha por conquistar a sus víctimas, humanas o de otras especies.

De todo esto ya habrán imaginado que cada año lo que conocemos como gripe estacional es en realidad un pequeño zoológico compuesto por varias de estas diferentes criaturas, aunque suelen predominar tres: una gripe A H1N1, una gripe A H3N2, y un tipo de gripe B. Dos veces al año la Organización Mundial de la Salud revisa la información proporcionada por los centros nacionales de más de 100 países para decidir qué tipos se incluirán en la vacuna de la próxima estación respectivamente para cada hemisferio, en febrero para la próxima temporada de invierno en el norte y en septiembre para la del sur. Las vacunas suelen ser trivalentes, contra las H1N1, H3N2 y B más extendidas, o tetravalentes, cubriendo los dos tipos de B. Pero nadie tiene una bola de cristal, y por tanto la vacuna de cada año es una apuesta, que puede acertar o fallar.

Pero el problema principal de este año no ha sido que la previsión haya fallado, sino algo aún más intrincado. Seguramente habrán escuchado que el fracaso de la vacuna se debe a que el virus ha mutado. Es cierto, pero con una matización importante: la mayor parte del problema se debe no a que haya mutado el virus que se está transmitiendo en la calle, sino el que se ha empleado para elaborar la vacuna.

La gran mayoría de las vacunas contra la gripe se elaboran en huevos de gallina mondos y lirondos. La vacuna es un caldo de virus inactivado que no provoca infección, pero que dispara la respuesta protectora preventiva de nuestro sistema inmunitario. Para disponer de suficiente cantidad de virus que luego se inactiva, es necesario hacerlo crecer en algún hospedador, y el huevo es una incubadora natural perfecta y barata.

Inyectando huevos con virus de la gripe para la producción de vacunas. Imagen de FDA.

Inyectando huevos con virus de la gripe para la producción de vacunas. Imagen de FDA.

Para que el virus crezca en el huevo, tiene que adaptarse a ese nuevo hospedador. Normalmente esto se produce sin que las variaciones afecten a nada fundamental. Pero cuando los fabricantes de vacunas inyectaron huevos con la gripe A H3N2 actual para producir la vacuna del año pasado, en la temporada 2016-17, lo que sucedió fue que el virus mutó para adaptarse al ambiente del pollo de una manera que sí afecta a la respuesta inmunitaria. Como consecuencia, la reacción del sistema inmune de las personas vacunadas no es tan buena contra el H3N2 que se está propagando en la calle; aunque existe algo de reacción cruzada, la vacuna no cumple su función: en la temporada pasada, su efectividad contra el H3N2 estacional se estimó en un 34%.

Para este año se ha cambiado la cepa H1N1 empleada para las vacunas, pero este tipo es minoritario en la temporada actual. En cambio, se ha mantenido la misma H3N2 que el año pasado. La eficacia de la vacuna ahora es aún peor, bajando a entre un 10 y un 20% para H3N2. Según los expertos, a la mutación en el pollo se une que el H3N2 también está variando en la población humana; pero además hay otro factor adicional, y es que ha crecido la extensión de la gripe B Yamagata, que solo está cubierta por la vacuna tetravalente. La gripe B suele ser menos contagiosa que la A, pero sus síntomas son los mismos.

Lo peor es que el problema tiene difícil solución. La gran mayoría de la infraestructura de producción de vacunas está preparada para utilizar el huevo como incubadora del virus. Solo en personas alérgicas se emplean vacunas elaboradas en sistemas celulares de insectos o mamíferos. También existen las llamadas vacunas recombinantes, que no se basan en crecer el virus en un sistema vivo para después inactivarlo, sino que directamente fabrican solo las moléculas similares a las del virus que por sí solas pueden disparar la reacción inmunitaria. Pero tanto las vacunas basadas en células como las recombinantes son más costosas y laboriosas de producir.

Por suerte, hay otra posible solución que podría llegar en unos pocos años, y que les contaré mañana. Pero hoy quiero terminar subrayando lo evidente: incluso con vacunas deficientes como la de este año, para los grupos con mayor riesgo alguna protección es mejor que ninguna protección. La gripe mata cada año a miles de personas, e incluso una vacuna poco eficaz puede lograr que el curso de la enfermedad sea más benigno. Por último, una parte de la efectividad de las vacunas en el mundo real se basa en la llamada inmunidad grupal: cuanta más gente se vacuna, menor es la carga de virus que circula por ahí amenazando a los más débiles.

El cómico John Oliver habla sobre las vacunas, y no se lo pierdan

Decía Carl Sagan que en ciencia es frecuente comprobar cómo un científico cambia de parecer y reconoce que estaba equivocado, cuando las pruebas así lo aconsejan. Y que aunque esto no ocurre tanto como debería, ya que los científicos también son humanos y todo humano es resistente a abandonar sus posturas, es algo que nunca vemos ocurrir en la política o la religión.

Imagen de YouTube.

Imagen de YouTube.

Los que tratamos de adherirnos a esta manera de pensar, sea por formación científica o por tendencia innata, que no lo sé, solemos hacerlo con cierta frecuencia. Personalmente, durante años estuve convencido de que la solución a la creencia en las pseudociencias estaba en más educación científica y más divulgación. Hasta que comencé realmente a indagar en lo que los expertos han descubierto sobre esto. Entonces me di cuenta de que mi postura previa era simplista y poco informada, y cambié de parecer.

Resulta que los psicólogos sociales descubren que los creyentes en las pseudociencias son generalmente personas con un nivel educativo y un interés y conocimiento científicos comparables al resto. Resulta que los mensajes públicos basados en las pruebas científicas no solo no descabalgan de sus posturas a los creyentes en las pseudociencias, sino que incluso les hacen clavar más los estribos a su caballo. Resulta que los psicólogos cognitivos y neuropsicólogos estudian el llamado sesgo cognitivo, un mecanismo mental por el cual una persona tiende a ignorar o minimizar toneladas de pruebas en contra de sus creencias, y en cambio recorta y pega en un lugar prominente de su cerebro cualquier mínimo indicio al que pueda agarrarse para darse la razón a sí misma. Es, por ejemplo, la madre de un asesino defendiendo pese a todo que su hijo es inocente, aunque haya confesado.

Pero el sesgo cognitivo no solo actúa a escala personal, sino también corporativa, en el sentido social de la palabra, como identificación y pertenencia a un grupo: parece claro que muchas organizaciones ecologistas jamás de los jamases reconocerán las apabullantes evidencias científicas que no han logrado, y mira que lo han intentado, demostrar ningún efecto perjudicial de los alimentos transgénicos. Lo cual aparta a muchas organizaciones de lo que un día fue una apariencia de credibilidad científica apoyada en estudios. Y tristemente, cuando esa credibilidad científica desaparece, a algunos no nos queda más remedio que apartarnos de esas organizaciones: si niegan los datos en una materia, ¿cómo vamos a creérselos en otras?

El neurocientífico y divulgador Dean Burnett me daba en una ocasión una interesante explicación evolutiva del sesgo cognitivo. Durante la mayor parte de nuestra historia como especie, decía Burnett, aún no habíamos descubierto la ciencia, la experimentación, la deducción, la inducción, la lógica. En su lugar, nos guiábamos por la intuición, la superstición o el pensamiento mágico. Desde el punto de vista de la evolución de nuestro cerebro, apenas estamos estrenando el pensamiento racional, y todavía no acabamos de acostumbrarnos; aún somos niños creyendo en hadas, duendes y unicornios.

Así, la gente en general no piensa como los científicos, me decían otros. No es cuestión de mayor o menor inteligencia, ni es cuestión de mejor o peor educación. De hecho, muchas personas educadas tratan de disfrazar sus sesgos cognitivos (y todos los tenemos) bajo una falsa apariencia de escepticismo racional, cuando lo que hacen en realidad es lo que uno de estos expertos llamaba “pensar como un abogado”, o seleccionar cuidadosamente (en inglés lo llaman cherry-picking) algún dato minoritario, irrelevante o intrascendente, pero que juega a su favor. Un ejemplo es este caso tan típico: “yo no soy [racista/xenófobo/machista/homófobo/negacionista del holocausto/antivacunas/etc.], PERO…”.

Estos casos de sesgos cognitivos disfrazados, proseguían los expertos, son los más peligrosos de cara a la sociedad; primero, porque su apariencia de acercamiento neutral y de escepticismo, de no ceñirse a un criterio formado a priori, es más poderosa a la hora de sembrar la duda entre otras personas menos informadas que una postura fanática sin tapujos.

Segundo e importantísimo, porque el disfraz a veces les permite incluso colarse en la propia comunidad científica. Es el caso cuando unos pocos científicos sostienen un criterio contrario al de la mayoría, y son por ello destacados por los no científicos a quienes no les gustan las pruebas mayoritarias: ocurre con cuestiones como el cambio climático o los transgénicos; cuando hay alguna voz discrepante en la comunidad científica, en muy rarísimas ocasiones, si es que hay alguna, se trata de un genio capaz de ver lo que nadie más ha logrado ver. Es mucho más probable que se trate de un sesgo disfrazado, el del mal científico que no trata de refutar su propia hipótesis, como debe hacerse, sino de demostrarla. Pero hay un caso aún peor, y es el del científico corrupto guiado por motivaciones económicas; este fue el caso de Andrew Wakefield, el que inventó el inexistente vínculo entre vacunas y autismo.

He venido hoy a hablarles de todo esto a propósito del asunto antivacunas que comenté ayer, porque algunas de estas cuestiones y muchas otras más están genialmente tratadas en este vídeo que les traigo. John Oliver es un cómico, actor y showman inglés que presenta el programa Last Week Tonight en la HBO de EEUU. Habitualmente Oliver suele ocuparse de temas políticos, pero de vez en cuando entra en harina científica. Y sin tener una formación específica en ciencia, es un paladín del pensamiento racional y de la prueba, demostrando una lucidez enorme y bastante rara entre las celebrities. Y por si fuera poco, maneja con maestría esas cualidades que solemos atribuir al humor británico.

Por desgracia, el vídeo solo está disponible en inglés, así que deberán conocer el idioma para seguirlo, pero los subtítulos automáticos de YouTube les ayudarán si no tienen el oído muy entrenado. Háganme caso y disfrútenlo: explica maravillosamente la presunta polémica de las vacunas, tiene mucho contenido científico de interés, y además van a reírse.

La anti-vacunación no es una decisión personal, porque puede matar a otros

Me entero por mi vecina de blog Madre Reciente de que el presentador Javier Cárdenas ha defendido públicamente dos argumentos falsos: la falacia inventada con ánimo de lucro de que las vacunas causan autismo, y la conclusión errónea de que los casos de autismo han crecido de forma espectacular en los últimos años (el enlace lleva a la explicación detallada sobre la naturaleza de la falsedad de ambos argumentos). Y compruebo en Google que las palabras de Cárdenas han arrastrado una larga y prolija cola de reacciones y contrarreacciones.

El presentador Javier Cárdenas. Imagen de Wikipedia.

El presentador Javier Cárdenas. Imagen de Wikipedia.

La pregunta es: ¿qué importa lo que diga Cárdenas? No puedo valorar el trabajo de este presentador, ya que no sigo sus programas. En alguna ocasión, esperando el comienzo de alguna película en la 1 de TVE, he visto los últimos minutos de un espacio que hace por las noches y en el cual el presentador y su claque hablaban como muy en serio de psicofonías, apariciones de fantasmas y cosas por el estilo.

Pero más allá de ver a un grupo de profesionales adultos departiendo como una cuadrilla de scouts en torno a un fuego de campamento, con reflexiones en Prime Time como “oye, pues yo creo que algo hay”, esto tampoco es sorprendente, ni siquiera en una televisión que pago con mis impuestos. Que yo sepa, TVE lleva pagando con nuestros impuestos programas de bulos esotéricos desde hace más de 40 años, desde aquellos tiempos del Doctor Jiménez del Oso; quien, por cierto, era un pseudocientífico, pero en mi humilde opinión también un comunicador de enorme talento, que una cosa no quita la otra.

Siendo así, insisto, ¿qué importa lo que diga Cárdenas? Su opinión respecto a las vacunas tiene tanto valor como la de un futbolista, o como la mía respecto a Cárdenas o los futbolistas. ¿Es necesario y pertinente que se le conceda tanto eco mediático, que le respondan públicamente profesionales de la ciencia e instituciones médicas? ¿Acaso todo esto no está aumentando la resonancia del personaje y de sus palabras, y tal vez incluso mejorando sus índices de audiencia para el frotar de manos de más de un directivo de radio y televisión?

La respuesta a esta última pregunta es que probablemente sí. Pero a pesar de todo, y por desgracia, la respuesta a la primera pregunta continúa siendo que lo que diga Cárdenas sí importa.

Importa porque Cárdenas es un tipo conocido con un altavoz que escuchan miles de seguidores. Precisamente acabo de escribir un artículo, aún no publicado, sobre celebrities que defienden proclamas pseudocientíficas. En el país líder de la ciencia mundial, EEUU, la líder mediática nacional es una señora que continuamente presta su espacio, sin ningún tipo de rigor ni filtro, a una variedad casi infinita de pseudociencias, desde las más inocuas a las más nocivas. Pero personas como Oprah Winfrey, y no los profesionales de la ciencia, ni las instituciones médicas, ni mucho menos blogs como este, son los Sócrates del siglo XXI; ellos son los líderes del pensamiento. Y simplemente lamentándolo y lamiéndonos las heridas no vamos a cambiarlo.

¿Y cómo vamos a cambiarlo? No lo sé. Como ya he explicado aquí, basándome no en mis propias conclusiones, sino en las de los expertos dedicados a estudiar eso que ahora se llama el movimiento anti-ilustración, esto no se arregla simplemente con más ciencia, más divulgación, más educación y más conocimiento, como algunos ingenuamente proponen. Simplemente. No. Funciona. Así.

Lo demuestran los estudios que una y otra vez han revelado que la pseudociencia no es propia de cavernícolas ignorantes de que la Tierra gira en torno al Sol, sino de personas con un nivel de educación medio absolutamente equiparable al del resto. La creencia en las pseudociencias no procede de la información escasa o errónea (o sea, de fuera del cerebro), sino del sesgo cognitivo (o sea, de dentro del cerebro). Y el sesgo cognitivo es por definición inmune a la evidencia.

Pero respecto a Cárdenas, hay algo que el presentador sí debería saber, y es que deberá cargar con la responsabilidad moral de sus palabras. Como también he explicado ya aquí y al contrario de lo que algunos equivocadamente creen, la vacunación no es una decisión personal. Citando una comparación que no es mía, pero que me parece de lo más adecuada, la vacunación es tanto una decisión personal como lo es manejar el móvil mientras se conduce. La decisión de no vacunar destruye la inmunidad de grupo o efecto rebaño, el fenómeno que protege a un pequeño porcentaje de vacunados que sin embargo no desarrollan inmunidad.

Como también conté aquí, los nuevos brotes de sarampión (una enfermedad que puede ser mortal) en EEUU causados por el auge de la antivacunación han afectado también a algunos niños vacunados. Los niños no vacunados no solo están en riesgo ellos mismos, sino que ponen en riesgo a otros por la destrucción del efecto rebaño. Y como consecuencia, mueren niños.

Cada padre o madre que decide no vacunar a sus hijos tiene una pequeña parte de responsabilidad en ello. Cada líder mediático cuya opiniones influyen sobre varios miles de padres y madres tiene esa parte de responsabilidad multiplicada por varios miles. Y si dicho líder mediático está dispuesto a vivir con ello, nosotros no lo estamos.

¿Y si el cuerpo de una persona pudiera matar el cáncer de otra?

Veámoslo así: el cáncer es una parte de nuestro cuerpo que decide dejar de serlo. No solo porque su evolución conlleva la destrucción operativa del organismo, sino también porque sus células pueden llegar a ser notablemente diferentes de las que las originaron, como expliqué hace unos días a propósito del caso de Henrietta Lacks y las células HeLa.

Distintas, pero no lo suficiente como para que la policía del cuerpo las detecte y las detenga. Aún tienen un DNI válido en vigor, los marcadores de histocompatibilidad que las identifican como de los nuestros. Sin embargo, pueden ser reconocibles a través de otros rasgos secundarios, marcadores propios de los tumores que no existen en las células sanas. Es decir, antígenos tumorales que puedan ser delatados como extraños y que actúen para el sistema inmunitario como la pista de Terminator, para buscarlas, encontrarlas, marcarlas y exterminarlas.

Como ya adelanté hace unos días, la idea de intentar tratar el cáncer como si fuera una infección no es nueva. Es plausible, puede ser muy productiva y podría iluminar el futuro de la lucha contra estas enfermedades. El pasado abril el cofundador de Napster y expresidente de Facebook, Sean Parker, anunció la puesta en marcha del Instituto Parker para la Inmunoterapia del Cáncer , dotado con 250 millones de dólares a través de su fundación.

Por el momento, el Instituto Parker ya ha conseguido luz verde para iniciar un ensayo clínico que será el primero en humanos utilizando la tecnología de edición genómica CRISPR, de la que ya he hablado aquí varias veces. CRISPR es un sistema que sirve para eso llamado popularmente ingeniería genética, que tantos beneficios está reportando a la humanidad.

Una célula T humana. Imagen de Wikipedia.

Una célula T humana. Imagen de Wikipedia.

CRISPR permite manipular los genes de una célula en cultivo (y algún día lo hará incluso dentro del propio organismo) con una limpieza y precisión inigualables hasta ahora. El ensayo clínico del Instituto Parker, con la participación de seis universidades y centros oncológicos de primer nivel, consistirá en extraer células T del paciente (un tipo de linfocitos, células del sistema inmunitario), modificarlas en cultivo mediante CRISPR para convertirlas en Terminators de tumores, y volver a inyectarlas en el cuerpo del enfermo.

Este enfoque es hasta ahora el más popular en la investigación inmunooncológica, pero no el único. Y desde luego no el más práctico ni barato, ya que requiere un tratamiento exclusivo para las células de cada paciente en cultivo que equivale casi a un proyecto de investigación por enfermo. Pero sus resultados pueden ser espectaculares: el pasado febrero, el investigador Stan Riddell, del Fred Hutchinson Cancer Center (EEUU), presentó en un simposio los datos de un ensayo en el que se ha conseguido la remisión del cáncer en entre un 50% y un 94% de los pacientes con distintos tipos de leucemias o linfomas.

El problema con la inmunoterapia del cáncer es precisamente este; la idea es buena y tiene que funcionar, pero el camino técnico es complicado. Hace falta más ciencia para cargar el peso de la dificultad en el concepto y no en la técnica. Y esto es precisamente lo que pretende conseguir otro enfoque diferente, publicado el mes pasado en la revista Nature.

En lugar de superequipar a las células Terminators, el equipo de investigadores alemanes, con la Universidad Johannes Gutenberg de Mainz al frente, tratará de alertar a sus informadoras, las células presentadoras de antígenos (APC, en inglés). Las APC (que incluyen los macrófagos y las células dendríticas) tienen como misión engullir a los invasores y despiezarlos para presentar sus partes (antígenos) a las células T, de modo que estas sepan qué deben buscar.

Los antígenos son proteínas, y las proteínas se fabrican desde el ADN de la célula, utilizando una copia desechable del ADN llamada ARN mensajero. Lo que hacen los científicos de Mainz es identificar los antígenos tumorales de un cáncer, obtener su ARN e inyectarlo en el propio paciente con una formulación específica para que las APC lo engullan, produzcan el antígeno y lo presenten a las células T con el mandato de buscar y eliminar.

Desde el punto de vista inmunológico, funciona como una vacuna, y el procedimiento es mucho más sencillo que el anterior, ya que no requiere cultivar las células del paciente. Además, tiene otra ventaja: contar con la respuesta inmunitaria propia del organismo es mucho más seguro que manipular las células T. En el ensayo presentado por Riddell en febrero se manifestaron algunos efectos secundarios graves, y dos pacientes murieron; este es el riesgo de desequilibrar un sistema de fino equilibrio como el inmunitario, por lo que el método de las células T debería quedar reservado como terapia de último recurso. Por el contrario, la vacuna de Mainz apenas llegó a provocar poco más que algo de fiebre, como cualquier otra vacuna.

Por el momento los investigadores lo han probado con éxito en ratones, pero también lo han ensayado en tres pacientes de melanoma, comprobando que es seguro y que dispara la respuesta esperada. Si todo va bien, el año que viene podrían lanzar un ensayo clínico en toda regla.

Reservo para el final un tercer enfoque diferente, el que da título a este artículo. Si, como sabemos, una persona tiende a rechazar los órganos de otra por ese sistema de histocompatibilidad, ¿no podría utilizarse esta propiedad para que el organismo de alguien combatiera el cáncer de otro?

Suena a ciencia ficción, pero es básicamente el trabajo que están llevando a cabo investigadores del Instituto del Cáncer de Holanda y la Universidad de Oslo (Noruega), y del que informaron el pasado mayo en la revista Science. A grandes rasgos, lo que hacen los científicos es identificar antígenos de las células tumorales de un paciente, utilizarlos para disparar in vitro una respuesta en las células T de un donante sano, y luego extraer de estas células activadas los componentes que después introducen en las células T del propio enfermo, con el fin de estimular su reacción inmunitaria contra su cáncer.

Con esta técnica, que los investigadores equiparan a un outsourcing de la inmunidad contra el cáncer, se han conseguido resultados muy prometedores con tres pacientes del Hospital de la Universidad de Oslo en un ensayo piloto. La idea es enormemente brillante, pero el proceso aún es complejo. La inmunoterapia del cáncer es una vía abierta con inmensas posibilidades de futuro, como demuestran los tres ejemplos recientes que he contado aquí. Pero los obstáculos a superar aún deben allanarse en función de un progreso tecnológico que solo puede avanzar a golpe de millones.

¿Propaganda seudocientífica antivacunas en un colegio público?

Una persona de mi familia me cuenta que en el colegio público donde trabaja como profesora han montado un aula dedicada a los trastornos del espectro autista (TEA). Lo cual suena como una fantástica iniciativa dirigida a ampliar el conocimiento de los profesores y mejorar su capacidad de trabajar adecuadamente con los alumnos afectados por estos trastornos en enorme crecimiento… Espera, espera: ¿enorme crecimiento?

La idea de que existe un rápido crecimiento de los casos de TEA puede ser tan solo una interpretación simplista de los datos. Claro que si, como es de suponer, los responsables del aula en cuestión pasan por ser expertos en la materia, esta hipótesis se cae. Y lo malo es que la alternativa no es tan inocente. Me explico.

Entre 2012 y 2014, los casos registrados de malaria en Botswana, Namibia, Suráfrica y Swazilandia se duplicaron. Solo en un año, el aumento en Namibia fue del 200%, y en Botswana del 224%, todo ello según datos del Informe Mundial de Malaria 2015 de la Organización Mundial de la Salud (OMS).

¿Un brote virulento de malaria en el sur de África? ¡No! No es necesario ser científico ni médico, sino meramente aplicar un poco de sentido común, para comprender que datos como estos no demuestran un aumento en el número de casos, sino solo en el número de casos diagnosticados. Naturalmente, el informe de la OMS explica que en esos años fue cuando empezaron a introducirse los tests rápidos, lo que disparó las cifras de diagnósticos de malaria en muchos países del mundo.

Algo similar ocurre con los TEA. La biblia del diagnóstico psiquiátrico, el DSM, incluyó por primera vez el autismo en 1980; hasta entonces no existía una separación de la esquizofrenia. Desde aquella definición a la actual de TEA se han ampliado enormemente los criterios, de modo que hoy entran en el diagnóstico de TEA muchos casos que no encajaban en el de “autismo infantil” de 1980.

Ante los gráficos presentados por ciertas fuentes, en los que parece reflejarse un crecimiento brutal de los casos de TEA en el último par de décadas, algunos investigadores han dejado de lado el titular sensacionalista y han entrado a analizar los datos. Y entonces, la cosa cambia: aunque podría existir un pequeño aumento en el número de casos, la mayor parte de lo que algunos presentan como una explosión de casos se debe realmente al cambio de los criterios diagnósticos.

Por si alguien aún no lo cree –el escepticismo es sano– y quiere datos más concretos, ahí van algunas fuentes y citas originales, con sus enlaces. Según un estudio global de febrero de 2015, “después de tener en cuenta las variaciones metodológicas, no hay pruebas claras de un cambio en la prevalencia de los TEA entre 1990 y 2010”.

A la misma conclusión había llegado una revisión de 2006: “probablemente no ha habido un aumento real en la incidencia de autismo”. Otros estudios han examinado datos regionales: un trabajo de 2015 descubrió que el aumento en los diagnósticos de autismo en EEUU se correspondía con el descenso en el número de diagnósticos de discapacidad intelectual; es decir, que simplemente los pacientes se habían movido de una categoría a otra.

Otro estudio de 2013 en California determinó que una buena parte del aumento en el número de casos diagnosticados es una consecuencia de la mejora del nivel de vida: “los niños que se mudaron a un vecindario con más recursos diagnósticos que su residencia anterior recibían con más probabilidad un diagnóstico de autismo que los niños cuyo vecindario no ha cambiado”.

Otro trabajo publicado en enero de 2015 examinó la situación en Dinamarca, llegando a la conclusión de que dos terceras partes del presunto aumento en el número de casos corresponden al cambio de los criterios diagnósticos introducido en 1994 y al hecho de que en 1995 comenzaron a incluirse en el registro los diagnósticos de pacientes externos.

Imagen de CDC / dominio público.

Imagen de CDC / dominio público.

Surge entonces la pregunta: ¿por qué todos estos datos no están en el conocimiento de, o al menos no están en la exposición presentada por, los organizadores de un aula dedicada a los TEA en un colegio público? No lo sé. Pero cuando mi informadora prosigue su explicación, se descubre el pastel: en el aula les hablaron de los “posibles factores”, como… ¿adivinan? Vacunas, contaminantes ambientales…

Como no podía ser de otra manera; en general, los defensores de la “explosión” de casos suelen estar guiados por el interés de colocar a continuación su idea de que el autismo está causado por su obsesión favorita. En su día ya presenté aquí a uno de esos personajes y su disparatado gráfico con el que pretendía culpar del autismo al herbicida glifosato; causa a la que yo añadí, con idénticos argumentos, otras tres: la importación de petróleo en China, el crecimiento de la industria turística y el aumento de las mujeres británicas que llegan a los 100 años.

Claro que esa obsesión favorita puede traducirse en el motivo más viejo de la humanidad. La idea del vínculo entre vacunas y autismo fue un “fraude elaborado” creado por un tipo llamado Andrew Wakefield, exmédico. Su licencia fue revocada después de descubrirse que su estudio era falso. Posteriormente, una investigación de la revista British Medical Journal reveló (artículos originales aquí, aquí y aquí) que Wakefield había recibido para su estudio una suma de 674.000 dólares de una oficina de abogados que estaba preparando un litigio contra los fabricantes de vacunas. Al mismo tiempo se descubrió que Wakefield preparaba un test diagnóstico de su nuevo síndrome con el que planeaba facturar 43 millones de dólares.

Habrá que repetirlo las veces que sea necesario: no existe ni ha existido jamás ningún vínculo entre vacunas y autismo. La idea procede en su totalidad de un estudio falso fabricado por un médico corrupto. Más de 100 estudios y metaestudios han concluido que no existe absolutamente ninguna relación entre vacunas y autismo.

Esto es lo que no es. En cuanto a lo que es: hoy no hay pruebas para sostener otra hipótesis diferente a que los TEA tienen un origen genético complejo debido a variantes génicas no necesariamente presentes en los genomas parentales, y que el riesgo podría aumentar con la edad del padre y tal vez de la madre (lo cual no es diferente a lo que tradicionalmente se ha asociado con otros trastornos, como el síndrome de Down). No se puede negar una posible modulación del nivel de riesgo genético por causas externas ambientales, pero hasta ahora no hay pruebas sólidas de la influencia de ninguno de estos factores. Esto es lo que hay, y lo demás es propaganda.

Pero ahora llega la pregunta más grave. Y para esta sí que no tengo respuesta: ¿por qué se está financiando con dinero público la promoción de propaganda falaz y peligrosa en un colegio público?

Las vacunas no son una libre elección personal como teñirse el pelo

Si les parece que últimamente tenemos algunas leyes polémicas en este país, a ver qué opinan de esto: el gobierno de Uganda encarcelará durante seis meses a los padres que no vacunen a sus hijos, según informa la BBC.

Un niño recibe una vacuna en África. Imagen de public-domain-image.com.

Un niño recibe una vacuna en África. Imagen de public-domain-image.com.

Como africanista apasionado, sé que por allí tienden a ser drásticos para según qué cosas. Pero lo cierto es que las autoridades ugandesas (y por extensión, las de otros países africanos) tienen motivos para la preocupación: la medida es una más de las destinadas a la persecución de una secta apocalíptica cristiana llamada Abajiri o 666, que nació como escisión de la Iglesia Adventista del Séptimo Día.

Los Abajiri, que creen en la inminencia del fin del mundo, rechazan todas las prácticas y usos que implican un registro, ya que contemplan estas actividades como parte de una conspiración satánica global destinada a sojuzgarlos. Así, no tienen cuentas bancarias, permisos de conducir o teléfonos móviles, no votan ni participan en los censos de población, no acuden a hospitales ni escolarizan a los niños en centros oficiales. Y naturalmente, tampoco vacunan a sus hijos.

La secta está proliferando bien a gusto como una mala hierba, lo que explica la preocupación del gobierno ugandés, que contempla cómo un sector creciente de su población está declarándose en rebeldía contra la legalidad y las normas básicas de convivencia social.

Pero sin llegar a la severidad del castigo impuesto por la nueva ley de Uganda, otros países más desarrollados están tomando medidas para penalizar el incumplimiento de las vacunaciones obligatorias. Desde enero de este año, Australia ha suprimido la objeción de conciencia a la vacunación: los padres y madres que no vacunen a sus hijos perderán el derecho a una serie de beneficios sociales, ayudas y desgravaciones fiscales. Si no cumples tu parte de contribución a la comunidad, no puedes disfrutar de sus ventajas.

No es el único caso. A partir de julio de este año, todo niño californiano deberá presentar una cartilla de vacunación al día para acceder a escolarización en centros públicos o privados, una ley instigada por el grave brote de sarampión surgido en Disneyland en 2014 y que tuvo su origen en un niño no vacunado. De hecho, en EEUU la vacunación es teóricamente obligatoria, aunque cada estado contempla ciertas exenciones. Según la CNN, California se unirá a otros 32 estados que no permiten la exención por creencias personales.

Vacuna contra el Virus del Papiloma Humano (VPH). Imagen de Wikipedia.

Vacuna contra el Virus del Papiloma Humano (VPH). Imagen de Wikipedia.

En nuestro entorno más cercano, esta misma semana hemos tenido conocimiento de un presunto apoyo del Ayuntamiento de Barcelona a un documental que cuestiona la seguridad de la vacuna contra el Virus del Papiloma Humano (VPH), que se administra a las niñas antes de alcanzar la madurez sexual (y que debería administrarse también a los niños, ya que los hombres no estamos ni mucho menos a salvo del riesgo de cáncer por VPH).

Según informa La Vanguardia, los autores del documental niegan haber recibido financiación municipal, aunque el logotipo del consistorio barcelonés aparece en la publicidad de la película. Pero sin duda lo más grave es que un tal Davide Malmusi, que según La Vanguardia ejerce como director de Salud del Ayuntamiento, afirma que la vacuna del VPH es “controvertida” y que él no toma partido, pero que está “a favor de que se sienten las partes, que se pueda abrir el debate”.

¡El director de Salud!

Este responsable público debería saber que no existe controversia ni debate. Decir que hay controversia sobre las vacunas es como decir que la hay sobre la danza de la lluvia o la brujería. Simplemente, de un lado están los Abajiri, y del otro está el conocimiento. Quienes están del lado del conocimiento saben que no existe ningún baile, cante o plegaria capaz de influir sobre la dinámica de la atmósfera terrestre. Y que el mal de ojo no existe.

Como ya expliqué aquí a propósito del alegato del escritor Roald Dahl, cuya hija murió de sarampión, la vacunación no es una cuestión de libre elección personal. Y no lo es, al menos por dos motivos:

  • Quienes eligen no son los propios afectados, dado que el calendario de vacunaciones se dirige a los niños; son sus padres los que deciden, pero no son ellos quienes pueden sufrir las consecuencias de su elección. Bajo la máxima médica de “primum non nocere“, existe una obligación moral de vacunar a quienes no pueden pedir las vacunas por sí mismos. Los padres pueden sostener las creencias o ideas que les parezca, siempre que no interfieran en el derecho de sus hijos a salvaguardar su salud. Si los padres quebrantan este derecho de sus hijos, la autoridad competente debería actuar para garantizarlo. Este es el espíritu de las leyes de Australia y EEUU.
  • Una parte del efecto protector de las vacunas se basa en la inmunidad de grupo o efecto rebaño. Las vacunas son tan inofensivas que en algunos casos lo son incluso para los propios virus; hay niños que no llegan a desarrollar inmunidad, pero les protege una barrera formada a su alrededor por aquellos que sí han respondido adecuadamente a la vacuna. Un niño no vacunado abre un agujero en esta muralla, a través del cual puede propagarse una infección con el potencial de afectar a quienes recibieron las vacunas pero no están inmunizados. Un ejemplo es el brote de sarampión de Disneyland, que afectó a algunos niños vacunados.

En resumen, vacunarse no es una libre elección personal que solo afecte a quien la toma, como teñirse el pelo de un color u otro. La prohibición de fumar en espacios públicos cerrados se basa en que el humo no perjudica solo a quien lo produce, sino también a quienes le rodean. Las vacunas protegen no solo al individuo, sino a la comunidad, y por tanto declararse en rebeldía perjudica al conjunto de la sociedad.

Vacunarse es una responsabilidad social, y como tal debe ser contemplada por la ley. Ya lo es en algunos países. Esperemos que lo sea algún día también aquí. Aunque con responsables públicos de Salud dispuestos a abrir un debate con los Abajiri, no parece que estemos recorriendo ese camino.

Gracias a India por avanzar en la vacuna del zika

¿Verdad que hay ocasiones en que a uno le entran ganas de gritarle a la radio? El otro día escuché en una emisora a una doctora, presunta experta cualificada para hablar del virus del Zika, a quien le preguntaban sobre posibles vacunas. Respondía que tardaríamos años en tenerlas. Y cuando la presentadora le hacía notar que ya tenemos vacunas contra el ébola en ensayos clínicos, la doctora replicaba que este era “un caso único en la historia”, pero que lo normal es tener que esperar años para el desarrollo de una vacuna.

No es que uno tenga el menor interés en hacerse el listo que todo lo sabe (en esto nadie puede superar a mi vecino de blog Alfred); el problema del error de esta *experta* es que transmite una idea equivocada que puede dar lugar a una grave desinformación, la de pensar que la biotecnología puede sacar conejos de la chistera, aunque sea en casos raros. Y por tanto puede dar pie a pensar que, cuando no el conejo no sale, es debido a una u otra de las conspiranoias favoritas de cada cual. No: las vacunas contra el ébola actualmente en pruebas no han sido un caso único en la historia, sino que son fruto de un proceso anterior que al parecer la doctora ignoraba.

Imagen de Bharat Biotech.

Imagen de Bharat Biotech.

Debo insistir una vez más en algo que ya he contado aquí varias veces: si hoy tenemos dos vacunas candidatas contra el ébola en ensayos clínicos, y un cóctel de anticuerpos humanizados que ha funcionado con éxito en varios casos, no es porque nadie sacara conejos de la chistera a raíz de la epidemia de 2014, sino gracias a que alguien ya había hecho los deberes con antelación, cuando el ébola aún no interesaba a nadie. Tanto las vacunas como el suero ya existían antes de 2014, cuando “ébola” era una palabra absolutamente desconocida para casi todo el mundo. Y a quienes debemos dar las gracias es a Canadá y Estados Unidos.

Tras los atentados del 11-S (año 2001), el gobierno canadiense puso en marcha una iniciativa llamada CRTI, destinada a investigar la defensa contra armas nucleares, biológicas y químicas. En el marco de la CRTI, Canadá invirtió siete millones de dólares para desarrollar soluciones contra la amenaza del ébola, incluso cuando los expertos aseguraban que este virus no entrañaba riesgo como arma biológica. Y de aquel proyecto nació, en colaboración con el gobierno de EEUU, el suero ZMapp , que ya se estaba ensayando en monos en 2012 y que después salvaría la vida de la enfermera Teresa Romero. Y de aquel proyecto nació también la vacuna VSV-ZEBOV, que se patentó en 2004, y que se probó en monos en 2005.

En resumen, el de las vacunas del ébola no es un caso único en la historia. No hay magia: si sale un conejo de una chistera, es porque el conejo ya estaba antes dentro de la chistera.

Pero resulta que en esta ocasión también vamos a tener suerte, porque ahora nos hemos enterado de que alguien ya metió el conejo en la chistera cuando la palabra “zika” podía sonar para la mayoría, todo lo más, a un tipo de baile de gimnasio. Y en este caso a quien debemos dar las gracias es a una compañía biotecnológica india llamada Bharat Biotech.

Imagen de Bharat Biotech.

Imagen de Bharat Biotech.

Según fuentes de la propia compañía, Bharat comenzó a desarrollar vacunas contra el zika hace un año, aprovechando su trabajo previo en inmunizaciones contra otras enfermedades transmitidas por el mismo mosquito tales como el dengue y el chikunguña. Como fruto de este proyecto, la compañía ya dispone de dos formulaciones en proceso de patente bajo el nombre de ZIKAVAC, una vacuna recombinante (producida por ingeniería genética para imitar la fachada exterior del virus) y otra que emplea partículas víricas inactivadas. Esta última, siempre según Bharat, ya está en fase de ensayos preclínicos, lo que significa que la están probando en animales.

Naturalmente otras compañías, sobre todo las grandes multinacionales, ya han puesto a funcionar su maquinaria en la carrera hacia la vacuna del zika. Pero Bharat Biotech merece agradecimiento por haber sido la primera en emprender un proyecto arriesgado que ha resultado visionario. Que tengan suerte, por el bien de todos.

La anti-vacunación se nutre de la ignorancia y es maltrato infantil

El movimiento antivacunas no es, como se está difundiendo hoy erróneamente en ciertos medios, un fenómeno reciente, ni nacido de una presunta filosofía de vida natural ligada al posmodernismo. A finales del siglo XVIII, cuando Edward Jenner ensayaba la primera vacuna contra la viruela inoculando a sus pacientes con extractos de las pústulas de la viruela vacuna, surgió una corriente crítica afirmando que los vacunados sufrirían boantropía, un teórico trastorno mental por el que la persona cree haberse convertido en una vaca o un buey. Según una crónica de la época, los críticos con la técnica de Jenner “alegaban que los inoculados desarrollarían apetitos bovinos, mugirían y caminarían a cuatro patas embistiendo a la gente con sus cuernos”.

Caricatura ridiculizando la vacunación de Edward Jenner en 1802. Imagen de Wikipedia.

Caricatura ridiculizando la vacunación de Edward Jenner en 1802. Imagen de Wikipedia.

Así pues, el movimiento antivacunas es tan antiguo como las mismas vacunas. Aunque otros antes que él ensayaron la inmunización, el concepto formal de Jenner era tan avanzado para la ciencia occidental que introdujo una verdadera revolución. Y las revoluciones científicas, según elaboró Thomas S. Kuhn, siempre chocan con una oposición reaccionaria dentro de su mismo ámbito; cuánto más fuera de él si existen motivos no confesables, como intereses a proteger o la simple ignorancia que lleva aparejada la desconfianza en el progreso científico.

En estos casos, lo habitual es que la defensa de una postura a priori conduzca a buscar el modo de apoyarla en algún tipo de prueba, como sucede a menudo con el cambio climático antropogénico. En el caso de los movimientos antivacunas, tradicionalmente se han basado en un estudio que pretendía vincular vacunas y autismo, y que fue retractado y ampliamente desacreditado. Su autor, el exmédico británico Andrew Wakefield, estaba en posesión de una patente de diagnóstico del síndrome de enterocolitis autística por él inventado, con la que esperaba facturar 43 millones de dólares, y recibía financiación de firmas legales litigantes contra los fabricantes de vacunas.

Tampoco es cierto, como se está sugiriendo hoy en algunos medios, que el movimiento tenga su origen en EE. UU. Hace unos meses publiqué aquí –y mi compañera Madre Reciente la ha vuelto a airear esta semana— la carta abierta publicada por el escritor Roald Dahl en 1988 en la que instaba a los padres a vacunar a sus hijos contra el sarampión, la enfermedad que se llevó a su hija Olivia en 1962, cuando aún no existía una inmunización. En su escrito, Dahl lamentaba que entonces el movimiento anti-vacunas era poderoso en Reino Unido, al contrario que en EE. UU., donde la vacunación era (y teóricamente, es) obligatoria.

De hecho, fue en Gran Bretaña donde la Ley de Vacunación de 1853 motivó el nacimiento el mismo año de la primera Liga Anti-Vacunación, que rápidamente caló en otros países, incluyendo EE. UU. La ley imponía la obligatoriedad de la inmunización antivariólica durante los primeros tres meses de vida del bebé, castigando el incumplimiento con multas o cárcel. Las protestas no se fundaban en razones científicas, o ni siquiera religiosas, sino que se encastraban en un terreno del que la mentalidad británica es tradicionalmente celosa, el de las libertades civiles. No olvidemos que, incluso en 2006, la aprobación de una ley que instauraba un DNI obligatorio fue tan contestada que debió ser retirada.

Un último mito a desbancar sobre los movimientos anti-vacunas es que se nutren preferentemente del estatus social más elevado. Una encuesta del Pew Research Center de EE. UU. publicada en enero de este año revelaba la falsedad de este supuesto. “Aunque algunos han ligado el movimiento anti-vacunas con los padres de mayores ingresos y educación, los datos de Pew Research muestran poca diferencia de opinión en relación a los ingresos o la educación”, concluía el informe de Pew.

Tal vez el mito venga alimentado por las posturas de algunas celebrities más o menos alineadas con el movimiento o con sus falsas proclamas, como la actriz y modelo de Playboy Jenny McCarthy, el cómico Jim Carrey, el magnate Donald Trump o la actriz Mayim Bialik (The Big Bang Theory). Todos ellos en algún momento han manifestado, con unos términos u otros, algo generalmente parecido a una corazonada sobre presuntos peligros asociados a la vacunación. Bialik, la única del grupo con conocimientos científicos (es doctora en neurociencias), se retractó recientemente asegurando que sus hijos están vacunados.

Dicho todo lo que no es el movimiento anti-vacunas, debería quedar claro lo que sí es: una peligrosa corriente reaccionaria que se nutre de la ignorancia, y que debe encontrar respuesta más allá de la repulsa pública por el caso del niño de Olot enfermo de difteria tras la decisión de sus padres de no vacunarlo. En lo que se refiere a los medios de comunicación, la respuesta está siendo variable, cuando no deficiente. Algunos medios están transmitiendo la falsa impresión de que existe una verdadera polémica en torno a las vacunas, es decir, un debate de posturas igualmente cualificadas.

No es el caso; cualquiera puede opinar sobre política o fútbol, pero un debate sobre asuntos científicos debe emprenderse con los datos contrastados en la mano, no con lo que a Donald Trump le da en la nariz o con lo que uno ha oído a un vecino. La comunidad científica especializada en pleno reconoce cuáles son los puntos débiles de las vacunas: son ineficaces en un porcentaje de entre el 1 y el 5% de los inmunizados, y pueden producir efectos secundarios. Pero los datos están aplastantemente a favor de la inmunización, que según la Organización Mundial de la Salud previene entre 2 y 3 millones de muertes al año. La contrapartida, por ejemplo en el caso de la triple bacteriana que incluye la difteria, es de uno de cada millón de pacientes con efectos adversos graves.

Un ejemplo práctico: la base de datos VAERS, que en EE. UU. recoge los efectos adversos reportados que coinciden en el tiempo con las vacunaciones (ojo, no necesariamente causados por ellas, ya que no se estudia caso a caso) recoge 29 muertes de bebés menores de un año en 2014, frente a más de diez millones de vacunaciones en esa franja de edad. Es decir, una posibilidad de muerte entre 345.000. En el mismo año hubo 990 muertes en accidente aéreo comercial en un total de unos 37,4 millones de vuelos; una posibilidad entre 38.000. Vacunarse es casi diez veces más seguro que viajar en avión.

Los padres que deciden no vacunar deben saber que su postura es profundamente antisocial. La plena eficacia de las vacunas se logra gracias a la llamada inmunidad de grupo o efecto rebaño: el 1-5% de los inmunizados que no llega a desarrollar la respuesta inmunogénica queda protegido por la reducción de la probabilidad de transmisión cuando los demás sí lo están; en cierto modo, los demás actúan de escudo. Esto es también importante en el caso de los niños que no pueden recibir vacunas por condiciones patológicas especiales. Los padres que impiden la vacunación de sus hijos no solo perjudican la inmunidad del grupo, sino que, aún más, pueden introducir un vector de contagio en las aulas de quienes sí contribuyen. Y sin que estos estén informados de ello.

En cuanto a esa presunta invasión de las libertades civiles de la que partió originalmente el movimiento antivacunas, es obvio que en este terreno la legislación debería adaptarse a la evolución de la sociedad, como lo ha hecho en tantas otras cuestiones. Hoy se obliga a los motoristas a llevar casco, a pesar de que su decisión de no hacerlo solo les perjudicaría a ellos mismos. Otros muchos comportamientos están regulados por la posibilidad, o la certeza, de que conlleven riesgos para otros. En esto se basan la obligatoriedad del cinturón de seguridad, o la prohibición de fumar en lugares públicos, o la necesidad de que los coches aprueben unas inspecciones periódicas, o las restricciones respecto al alcohol, o tantas otras normativas que afectan a la convivencia general.

Soy lo suficientemente viejo para haber vivido la época en que la violencia de los padres hacia sus hijos, o de un marido hacia su mujer, era algo que se dejaba a la discreción de cada uno. No me cabe ninguna duda de que mis nietos, si llego a tenerlos, verán leyes que generalicen la vacunación obligatoria. En el camino hacia ese futuro, otros países avanzan sus medidas con más o menos acierto. En EE. UU. la vacunación es teóricamente obligada; y aunque en la práctica depende de cada estado y las exenciones son muy laxas, todos los padres están obligados a entregar en el colegio de sus hijos un certificado en el que consten las vacunas recibidas. Australia ha aprobado una ley que impedirá el acceso a beneficios sociales a los padres que no vacunen a sus hijos, una medida muy discutible si perjudica solo a las familias con menores ingresos.

Hoy, el filólogo al que le cayó en suerte la cartera ministerial de Sanidad ha hablado del derecho de los niños a ser vacunados. Pero ningún derecho es tal si la ley no lo ampara ni castiga su violación. En una época en la que se discute si conviene multar a los adultos que fumen en el coche en presencia de menores, se ventila con tibieza el hecho de que los padres expongan a sus hijos al riesgo de contraer una gran variedad de enfermedades letales. La decisión de un adulto de no inmunizarse, por ejemplo cuando viaja a países de riesgo sanitario, puede ser un acto de libertad sobre el que fundar un debate sociológico (nunca científico). Pero impedir la vacunación de quien no puede defender su derecho a proteger su salud no es albedrío, sino sencillamente, maltrato infantil.

La súplica de Roald Dahl: por favor, vacunen a sus hijos

Cuando un temporal de lluvia o nieve asfixia la cabecera del Ebro, los vecinos de Zaragoza, de Castejón, de Miranda, de tantos otros lugares por los que el río araña su cauce, ya saben lo que les espera. En tales casos, los responsables públicos de turno están obligados a poner la venda, porque saben que la herida llegará. Cuando en otros países cobra fuerza un temporal que amenaza con asfixiar la razón y el sentido común, los responsables públicos de por aquí harían bien en empezar a desenrollar las vendas, porque es solo cuestión de tiempo que el tsunami de estulticia acabe anegándonos, como ha ocurrido históricamente.

En el caso que vengo a contar hoy, la oleada de estupidez es el movimiento antivacunas. La prueba de que aquí aún no ha cobrado fuerza es que no ocupa espacios de información y debate público al mismo nivel que en otros países. Pero dado que nadie ha demostrado que el coeficiente intelectual de los españoles sea superior al de los estadounidenses o los británicos, me apostaría tranquilamente el valor equivalente al caballo que no tengo a que el movimiento terminará por llegar.

No pretendo, al menos hoy, desmontar aquí los argumentos demostradamente falsos que sostienen quienes toman la decisión de no vacunar a sus hijos. En internet hay infinidad de artículos y estudios que ya lo han hecho y que están disponibles para todo el que desee consultarlos. Mi propósito es comentar cómo la polémica ha repuntado en Estados Unidos a raíz de un brote de casos de sarampión originado en el parque Disneyland de California, y que afecta ya a 14 estados. El Centro para el Control de Enfermedades de EE. UU. registra ya 102 casos en enero de 2015, pero en 2014 se contaron 644 casos, una cifra récord desde que en 2000 se consideró la enfermedad eliminada en aquel país.

Cualquiera que teclee “measles” en la sección de noticias de Google podrá comprobar cómo el tema es ahora una materia caliente de noticias y comentarios. Por si el asunto no fuera lo suficientemente preocupante, siempre tiene que alzarse la voz de la necedad para crear aún más confusión y riesgo público. En este caso, ha sido a cargo del gobernador del estado de Nueva Jersey, un tal Chris Christie, destacado líder del Partido Republicano que para más escarnio aparece en los medios como posible candidato presidencial.

Este personaje ya ascendió a los titulares en EE. UU. a raíz de la epidemia de Ébola, cuando el pasado octubre decidió aislar a Kaci Hickox, una enfermera que había tratado enfermos en África pero que no presentaba ningún síntoma, en una tienda de campaña junto a un hospital, sin agua corriente ni calefacción. A las protestas de Hickox por lo que ella consideraba un confinamiento inhumano, Christie se limitó a replicar: “No tengo motivo para hablar con ella”. Finalmente Hickox rompió su cuarentena y huyó a Maine, donde reside su pareja y cuyo gobernador quiso también internarla, hasta que un juez de aquel estado falló a favor de la sanitaria.

La última de Christie, que hoy levanta polvareda en los medios anglosajones, ha tenido lugar durante una visita del gobernador a Reino Unido. Ayer lunes, Christie manifestó en Cambridge, a propósito del actual brote de sarampión en su país, que “los padres deben tener alguna posibilidad de elegir” sobre la vacunación de sus hijos. El político republicano hizo esta declaración a preguntas de los medios, en una rueda de prensa improvisada tras su visita a las instalaciones de la compañía estadounidense MedImmune, que fabrica una vacuna nasal contra la gripe. Christie rectificó una hora más tarde a través de un portavoz, pero el daño ya estaba hecho; hasta tal punto que el jefe de la División de Bioética del Centro Médico Langone de la Universidad de Nueva York, Arthur Caplan, llega a afirmar en una columna en la web de la revista Forbes que “Christie es responsable del actual brote de sarampión en Estados Unidos. Bueno, es estirarlo un poco; pero no mucho”.

Quizá alguien se esté preguntando: bueno, si yo vacuno a mis hijos, ¿qué me importa lo que haga el resto? Pero por desgracia, sí importa, y mucho. Seis afectados por el actual brote de sarampión en EE. UU. son niños que fueron vacunados. La vacuna no es eficaz en el cien por cien de los casos, dado que en algunos casos la esperada respuesta de anticuerpos no llega a producirse. En general, estas excepciones no corren riesgo porque quedan protegidas por lo que se conoce como efecto rebaño o inmunidad de grupo; la eficacia de una vacuna a nivel de la población se logra, en parte, gracias a que una alta proporción de sus individuos están inmunizados. Así el contagio de una persona teóricamente vacunada, pero incompetente inmunológicamente, es un fenómeno muy improbable.

¿Debemos preocuparnos? En mi opinión, sí, y mucho, pero no por la situación actual, sino por el previsible crecimiento del movimiento antivacunas en nuestro entorno. Actualmente (enero de 2015) este es el mapa del sarampión en el mundo, según datos del Council on Foreign Relations:

Mapa de la distribución de los brotes de sarampión en el mundo en 2015 (enero). Fuente: Council on Foreign Relations.

Mapa de la distribución de los brotes de sarampión en el mundo en 2015 (enero). Fuente: Council on Foreign Relations.

Pero no hay que remontarse muy atrás para descubrir que no estamos a salvo de esta enfermedad. Este era el mapa en 2011:

Mapa de la distribución de los brotes de sarampión en el mundo en 2011. Fuente: Council on Foreign Relations.

Mapa de la distribución de los brotes de sarampión en el mundo en 2011. Fuente: Council on Foreign Relations.

El escritor británico Roald Dahl en 1982. Imagen de Hans van Dijk / Anefo / Wikipedia / CC.

El escritor británico Roald Dahl en 1982. Imagen de Hans van Dijk / Anefo / Wikipedia / CC.

Es conveniente aclarar algo: EL SARAMPIÓN PUEDE MATAR. Y por si alguien lo duda, traigo aquí el caso de Roald Dahl (1916-1990). El autor de Charlie y la fábrica de chocolate, un maravilloso cuento que acaba de cumplir medio siglo, como contó hace unos días mi compañera Madre Reciente, perdió en noviembre de 1962 a su hija mayor Olivia, de siete años, por complicaciones del sarampión. Aún no existía una vacuna. En 1988, el escritor británico escribía a todos los padres y madres una carta que traduzco íntegra:

El sarampión: una enfermedad peligrosa

Por Roald Dahl (1988)

Olivia, mi hija mayor, cogió el sarampión cuando tenía siete años. Mientras la enfermedad seguía su curso habitual, recuerdo que a menudo le leía en la cama y no me sentía particularmente alarmado sobre ello. Entonces, una mañana, cuando ella estaba ya en el camino de la recuperación, yo estaba sentado en su cama mostrándole cómo fabricar pequeños animales con limpiapipas coloreados, y cuando llegó su turno de hacer uno, noté que sus dedos y su mente no estaban trabajando juntos y no podía hacer nada.

“¿Te encuentras bien?”, le pregunté.

“Tengo mucho sueño”, dijo.

En una hora, estaba inconsciente. En doce horas había muerto.

El sarampión se había convertido en una cosa horrible llamada encefalitis del sarampión y los médicos no pudieron hacer nada para salvarla. Aquello fue hace 24 años, en 1962, pero incluso ahora, si un niño con sarampión llegara a desarrollar la misma reacción letal que Olivia, aún no habría nada que los médicos pudieran hacer para ayudarle.

Por otra parte, hay algo que hoy los padres pueden hacer para asegurarse de que una tragedia como esta no les ocurra a sus hijos. Pueden insistir en que sus hijos sean inmunizados contra el sarampión. Yo no pude hacerlo con Olivia en 1962 porque en aquellos días no se había descubierto una vacuna fiable. Hoy existe una vacuna buena y segura disponible para todas las familias, y todo lo que ustedes deben hacer es pedir a su médico que se la administre.

No está generalmente aceptado que el sarampión sea una enfermedad peligrosa. Créanme, lo es. En mi opinión, los padres que ahora rehúsan inmunizar a sus hijos están poniendo en riesgo las vidas de esos niños. En Estados Unidos, donde la vacunación contra el sarampión es obligatoria, tanto el sarampión como la viruela han sido virtualmente erradicadas.

Aquí en Gran Bretaña, donde muchos padres se niegan, ya sea por obstinación, ignorancia o miedo, a que sus hijos sean inmunizados, aún tenemos 100.000 casos de sarampión al año. De estos, más de 10.000 sufrirán efectos secundarios de un tipo u otro. Al menos 10.000 desarrollarán infecciones de oído o de pecho. Unos 20 morirán.

QUE ESTO SE ENTIENDA BIEN.

Cada año, en torno a 20 niños mueren de sarampión en Gran Bretaña.

¿Y qué hay de los riesgos que corren sus hijos con la inmunización?

Son prácticamente inexistentes. Escuchen esto. En un distrito de unas 300.000 personas, ¡habrá solo un niño cada 250 años que desarrollará efectos secundarios graves de la inmunización contra el sarampión! Es aproximadamente una posibilidad entre un millón. Pienso que su niño tiene más riesgo de atragantarse mortalmente con una barra de chocolate que de enfermar gravemente por la inmunización contra el sarampión.

Así que, ¿de qué demonios se preocupa? Realmente, es casi un crimen dejar a su hijo sin inmunizar.

Lo ideal es hacerlo a los 13 meses, pero nunca es tarde. Todos los escolares que aún no hayan sido inmunizados contra el sarampión deberían suplicar a sus padres que se les vacune lo antes posible.

Por cierto, dediqué dos de mis libros a Olivia; el primero fue James y el melocotón gigante. Eso fue cuando ella aún vivía. El segundo fue El gran gigante bonachón (The BFG), dedicado a su memoria después de su muerte a causa del sarampión. Verán su nombre al comienzo de esos dos libros. Y sé lo feliz que ella se sentiría si tan solo pudiera saber que su muerte ayudó a ahorrar muchas enfermedades y muertes de otros niños.