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¿Adiós al agua líquida en Marte?

Cualquiera que haya dado un paseo por este blog sabrá que aquí se apoya la exploración espacial tripulada. Los motivos no son estrictamente científicos. Ateniéndonos solo a la ciencia, la defensa de las sondas robóticas tiene todos los argumentos a favor. El uso de máquinas para explorar el Sistema Solar ha aportado innumerables hallazgos valiosos, a un precio ridículo en comparación con lo que costaría enviar gente a las mismas misiones. Y los ingenieros cada vez están logrando avances más increíbles al lograr empaquetar en estas sondas tipos de aparatos que antes solo eran concebibles en un laboratorio terrestre, como el espectrómetro Raman que viajará a Marte en 2020 a bordo del rover europeo de la misión ExoMars.

Pero dejando aparte que la especie humana está destinada o condenada (utilícese el verbo que cada cual prefiera según que esto le parezca un destino o una condena) a expandirse algún día más allá de su cuna, como ha hecho a lo largo de toda su historia, las sondas tienen limitaciones. Los datos que aportan a veces dejan tanto margen a la interpretación que las conclusiones pueden fallar. Les cuento un caso actual.

En 2010, el entonces estudiante universitario (y guitarrista de heavy metal, que esto también suma) Lujendra Ojha, trabajando en la Universidad de Arizona bajo la dirección del geólogo planetario Alfred McEwen, analizó las fotos de Marte tomadas por la cámara HiRISE de la sonda Mars Reconaissance Orbiter (MRO) de la NASA. En las imágenes observó unas peculiares marcas oscuras en algunas laderas marcianas, como las que dejaría un torrente de agua al fluir por una duna de arena.

Al año siguiente, el análisis de los datos se publicaba en la revista Science. Los investigadores llamaban a estas marcas Líneas Recurrentes en Pendiente (en inglés, Recurring Slope Lineae o RSL), un nombre que no hacía referencia alguna a una posible naturaleza líquida. Pero en el estudio se atrevían a apostar: “Salmueras líquidas cerca de la superficie podrían explicar esta actividad, pero el mecanismo exacto y la fuente de agua aún no se conocen”.

RSL (marcas oscuras) en el cráter Horowitz de Marte. Imagen de NASA/JPL/University of Arizona.

RSL (marcas oscuras) en el cráter Horowitz de Marte. Imagen de NASA/JPL/University of Arizona.

En el ambiente marciano es difícil que exista agua líquida. Su atmósfera es tan tenue que el agua pura hierve a solo 10 ºC, lo que unido al intenso frío deja muy poco margen: en las condiciones más habituales allí, el hielo se sublima, pasa directamente a la fase de vapor. Únicamente el agua con una gran concentración de sal, una salmuera, podría circular en estado líquido, y solo en ciertos lugares del planeta y durante ciertas épocas del año. Pero curiosamente, Ojha había detectado que las RSL aparecían en las estaciones templadas para desaparecer en las más frías.

Con todo esto, la posibilidad de que las RSL contuvieran agua líquida tenía bastante sentido, sobre todo después de que en 2009 la sonda Phoenix de la NASA posada en suelo marciano hubiera detectado unas gotitas en sus propias patas que los responsables de la misión interpretaron como agua líquida (lo conté aquí en el diario para el que entonces trabajaba). Había sed de agua en Marte, y el estudio de Ojha y McEwen fue recibido con enorme entusiasmo: donde hay agua líquida, puede haber vida.

El entusiasmo se desbordó cuatro años después, en 2015, cuando un nuevo estudio publicado en Nature Geoscience por Ojha, McEwen y sus colaboradores presentaba los datos del espectro luminoso en la región de las RSL. Estudiando la composición de las ondas de la luz reflejada, los científicos pueden aproximarse a saber qué tipo de compuestos están presentes en el terreno. Y en este caso, los resultados indicaban que las RSL contenían sales hidratadas.

Aún más, las sales presentes parecían ser percloratos, un tipo de sustancia descubierta en Marte años antes por la Phoenix y que, en suficiente cantidad, podría dar un margen a la existencia de agua líquida entre -70 y 24 ºC. “Nuestros hallazgos apoyan poderosamente la hipótesis de que las RSL se forman como resultado de la actividad contemporánea de agua en Marte”, escribían los investigadores. Pero en la rueda de prensa celebrada para presentar los resultados, el Director de Ciencia Planetaria de la NASA, Jim Green, dejaba de lado el prudente lenguaje formal de los estudios científicos: “Bajo ciertas circunstancias, se ha encontrado agua líquida en Marte”.

Con esta tajante afirmación de Green, la presencia de agua líquida en Marte quedaba a todos los efectos oficialmente convertida en eso que en el lenguaje de la calle suele llamarse algo “científicamente demostrado”. Pero ya lo he dicho aquí muchas veces: la ciencia sirve para refutar, no para demostrar. Y en efecto, refuta.

Las dudas comenzaron a surgir en agosto de 2016, cuando un nuevo estudio dirigido por el investigador de la Universidad del Norte de Arizona Christopher Edwards y publicado en Geophysical Research Letters analizaba datos térmicos de las RSL recogidos por la sonda Mars Odyssey de la NASA, en la órbita marciana. La conclusión desinflaba el globo del agua marciana: “las diferencias de temperatura superficial entre los terrenos con y sin RSL son consistentes con la ausencia de agua en las RSL”, decía el estudio. También en este caso, Edwards era más contundente en sus declaraciones, comparando el contenido en agua de las RSL con el de “las arenas desérticas más secas de la Tierra”.

El estudio de Edwards aún dejaba la puerta entreabierta a la posibilidad de que existiera algo de agua en las cabeceras de las RSL. Pero ahora, un nuevo estudio añade un clavo más al ataúd del agua líquida marciana. Algunos de los autores originales del descubrimiento de las RSL, incluyendo a McEwen pero no a Ojha, han vuelto a analizar imágenes en 3D de 151 RSL tomadas por la MRO, llegando ahora a la conclusión de que los presuntos torrentes marcianos probablemente no contienen otra cosa que polvo y arena, como las pequeñas avalanchas que se producen en las dunas de los desiertos terrestres.

RSL en el cráter Tivat de Marte. Imagen de NASA/JPL/University of Arizona/USGS.

RSL en el cráter Tivat de Marte. Imagen de NASA/JPL/University of Arizona/USGS.

“Los volúmenes de agua líquida pueden ser pequeños o cero”, escriben los investigadores en su estudio, publicado en Nature Geoscience. Según el coautor del trabajo Colin Dundas, “las pendientes son más bien lo que esperaríamos de arena seca. Esta nueva comprensión de las RSL apoya otras pruebas de que hoy Marte es muy seco”.

Los científicos aún no saben cómo se forman las RSL, ni por qué son estacionales. Tampoco descartan la posibilidad de que algo de agua intervenga en su origen, ya que la presencia de las sales hidratadas parece firme. Pero en cualquier caso, la cantidad de agua posiblemente asociada a los percloratos sería insuficiente para sostener la vida microbiana, según los investigadores.

Dejando aparte la valiosa lección –que otros ámbitos de la actividad humana deberían imitar– de cómo los científicos son capaces de rectificar, llegamos a una conclusión obvia. Y es que todo este batiburrillo, con años de investigación y resultados inciertos o conflictivos, se resolvería en apenas unas horas con un ser humano pisando el terreno, acercándose a una RSL, observando, recogiendo muestras y analizándolas in situ. Sin errores, dudas ni rectificaciones, mañana mismo sabríamos definitivamente si hay o no hay agua líquida en las RSL.

Ahora va en serio: volvemos a la Luna, y esta vez para quedarnos

Si, como contaba ayer, en realidad todo y todos no somos sino personajes de una simulación, se diría que el posthumano del cual depende nuestra existencia debe de ser un hacker adolescente con una fértil imaginación y un peculiar sentido del humor: ¿quién iba a pensar que Trump nos llevaría de vuelta a la Luna?

Como ya he contado aquí en numerosas ocasiones, la NASA lleva unos cuantos años correteando como pollo sin cabeza en lo que respecta a la exploración humana del espacio. Quemó sus naves, los shuttles, sin tener aún un plan B, o teniendo uno que luego fue cancelado y sustituido por un plan C, cuyo propósito ha sido incierto. Durante años la NASA ha pegado las narices al escaparate marciano deseando lo que había dentro y haciéndose ilusiones con unos bonitos Power Points, pero siendo consciente de que no podía pagárselo.

Ahora, por fin, parece que comienza a haber un objetivo claro. Renunciar a Marte es doloroso, pero inevitable. Y al menos, siempre nos quedará la Luna. Este mes, la NASA insinuó que estaba preparada para olvidarse del planeta vecino y desplazar el foco hacia nuestro satélite, un objetivo más asequible y al alcance de las nuevas naves y cohetes actualmente en desarrollo. La agencia esperaba la respuesta de la nueva administración, y esta llegó primero en forma de un artículo firmado por el vicepresidente Mike Pence en The Wall Street Journal, donde anunciaba la restauración del National Space Council (NSC).

Concepto de hábitat lunar. Imagen de ULA/Bigelow Aerospace.

Concepto de hábitat lunar. Imagen de ULA/Bigelow Aerospace.

El NSC es un órgano del máximo nivel, que mete directamente la cabeza de la exploración espacial en la Oficina Ejecutiva del Presidente. Fue creado en 1989, pero en 1993 se desmanteló por disensiones internas debidas a la diferencia de criterios entre la NASA y los responsables políticos. Obama prometió resucitar el NSC, pero nunca llegó a hacerlo.

Según escribió Pence y ratificó en una conferencia con motivo de la primera reunión del nuevo NSC, astronautas estadounidenses volverán a pisar la Luna. Añadió que de este modo se asentarán los cimientos para futuras misiones “a Marte y más allá”.

Esto último ya cae en el folclore habitual en tales ocasiones. Pero en realidad el empujón de la administración Trump a la exploración espacial tripulada no es sorprendente. Como ya conté aquí, era previsible que el furor patriotero del nuevo presidente buscara llevar de nuevo estadounidenses al espacio como una manera de Make America Great Again, según su eslogan.

Entre los recortes presupuestarios y los titubeos de la NASA, en los últimos años EEUU se ha quedado mirando las estelas de los cohetes rusos y sintiendo en la nuca el aliento de China. El mensaje de Pence es recuperar el liderazgo espacial para su país, y no solo por una cuestión de sacar pecho: la fórmula actual del New Space deja buena parte del liderazgo en manos de las empresas, que tradicionalmente se limitaban a actuar como contratistas, para convertir el espacio en el nuevo filón comercial.

Una de estas nuevas compañías espaciales acaba también de apuntarse a la renovada carrera hacia la Luna. En colaboración con el fabricante de cohetes United Launch Alliance (ULA), Bigelow Aerospace ha anunciado que construirá un hábitat hinchable en la órbita terrestre para después enviarlo a la órbita lunar, y todo ello en 2022. La empresa del magnate hotelero Robert Bigelow ya ha demostrado que sus estructuras hinchables son una opción viable, versátil y asequible para establecer hábitats orbitales.

La propuesta de Bigelow ilustra también cuál será otra de las diferencias entre esta nueva carrera lunar y la de los años 60: esta vez es para quedarnos. Los hábitats de Bigelow proporcionarían una estación permanente en órbita, pero en paralelo ya existen otras ideas de las principales agencias espaciales del mundo, incluyendo la europea (ESA), destinadas a construir asentamientos en la Luna. En general estos planes contemplan colaboraciones entre distintas potencias. Por mucho que Trump y Pence se empeñen, la Luna ya no será cosa de un solo país: EEUU y Rusia cooperarán en el proyecto Deep Space Gateway para situar una estación en la órbita de la Luna, mientras que la ESA y China podrían compartir esfuerzos en la construcción de una base lunar.

Concepto de base lunar. Imagen de ESA.

Concepto de base lunar. Imagen de ESA.

Entonces, ¿nos olvidamos de Marte? Nada de eso. Elon Musk, el creador de SpaceX, continúa adelante con sus planes de enviar humanos al planeta vecino en 2024. Y aunque este plazo es sencillamente imposible de creer –el propio Musk lo definió como “aspiracional”–, parece claro que un astuto empresario de tan probada solvencia no va a embarcarse en una aventura marciana para cometer un suicidio financiero. Musk ha puesto ya demasiados huevos en esta cesta. Y el último es de avestruz: recientemente anunció el soporte destinado a hacer realidad su sueño de colonización marciana, un sistema de lanzamiento todo-en-uno que de momento responde al nombre de BFR, por Big Falcon Rocket o, también, Big Fucking Rocket.

¿Por qué invadir otro planeta, si se puede ‘teleinvadir’?

Dado que no tengo plan de escribir próximamente ninguna historia de ciencia ficción (mi Tulipanes de Marte era una novela con ciencia ficción, no de ciencia ficción), de vez en cuando dejo caer aquí alguna idea por si a alguien le apetece explorarla.

Tampoco pretendo colgarme ninguna medalla a la originalidad, dado que en general es difícil encontrar algo nuevo bajo el sol, o cualquier otra estrella bajo la cual haya alguien, si es que hay alguien bajo otra estrella. Imagino que ya se habrán escrito historias que no recuerdo o no conozco, y que plantean este enfoque. Pero en general, las ficciones sobre invasiones alienígenas se basan en la presencia física de los invasores en el territorio de los invadidos.

¿Por qué unos alienígenas sumamente avanzados iban a tomarse la molestia, poniendo en riesgo incluso sus propias vidas, de invadir ellos mismos?

Imagen de 'Mars Attacks!' (1996), de Tim Burton. Warner Bros.

Imagen de ‘Mars Attacks!’ (1996), de Tim Burton. Warner Bros.

Futurólogos como Ray Kurzweil pronostican un mañana en que los humanos cargaremos nuestras mentes en máquinas, llámense internet o la nube, y podremos alcanzar la inmortalidad prescindiendo de nuestros cuerpos biológicos. Descontando el hecho de que sería una inmortalidad insoportablemente aburrida, y de que los biólogos nos quedaríamos sin tarea, lo cierto es que hoy son muchos los investigadores en inteligencia artificial que trabajan inspirados por este horizonte. Así que sus razones tendrán.

Imaginemos una civilización que ha alcanzado semejante nivel de desarrollo. ¿No sería lógico que evitaran el riesgo de mancharse las manos (o sus apéndices equivalentes) con una invasión presencial, y que en su lugar teleinvadieran, sirviéndose de máquinas controladas a distancia o capaces de razonar y actuar de forma autónoma?

Una buena razón para ello aparecía ya en la novela que comenzó a popularizar el género en 1897. En La guerra de los mundos de H. G. Wells, los marcianos llegaban a la Tierra a bordo de sus naves, un esquema copiado después una y otra vez. La última versión para el cine, la que dirigió Spielberg en 2005, aportaba una interesante variación: las máquinas de guerra ya estaban presentes en la Tierra desde tiempos antiguos. Pero también en este caso, sus creadores se desplazaban hasta nuestro planeta para pilotarlas.

Como biólogo que era, Wells resolvió la historia con un desenlace científico genial para su época. Aunque el concepto de inmunidad venía circulando desde antiguo, no fue hasta finales del XIX cuando Pasteur y Koch le dieron forma moderna. Wells tiró de esta ciencia entonces innovadora para matar a sus marcianos por una infección de bacterias terrestres, contra las cuales los invasores no estaban inmunizados. La idea era enormemente avanzada en tiempos de Wells, y si hoy parece casi obvia, no olvidemos que prácticamente todas las ficciones actuales sobre alienígenas la pasan por alto (una razón más que hace biológicamente implausibles la mayoría de las películas de ciencia ficción).

Marciano moribundo en 'La guerra de los mundos' (2005). Imagen de Paramount Pictures.

Marciano moribundo en ‘La guerra de los mundos’ (2005). Imagen de Paramount Pictures.

Así, cualquier especie alienígena invasora preferiría evitar riesgos como el de servir de comida a una legión de microbios extraños y agresivos, lo que refuerza la opción de la teleinvasión. Pero hay una limitación para esta idea: la distancia a la que se puede teleinvadir.

Dado que la velocidad máxima de las transmisiones es la de la luz, una teleinvasión en tiempo real obligaría a los alienígenas a acercarse lo más posible a la Tierra. Ya a la distancia de la Luna, una transmisión de ida y vuelta requiere 2,6 segundos, un tiempo de reacción demasiado largo. Probablemente les interesaría mantenerse en una órbita lo suficientemente alejada para evitar una respuesta de la Tierra en forma de misiles.

Y lo mismo que sirve para una invasión alienígena, podría aplicarse a la visita humana a otros mundos. Precisamente esta telepresencia es el motivo de un artículo que hoy publica la revista Science Robotics, y cuyos autores proponen esta estrategia para explorar Marte. Naturalmente, esta ha sido hasta ahora la fórmula utilizada en todas las misiones marcianas. Pero el retraso en las comunicaciones entre la Tierra y su vecino, que oscila entre 5 y 40 minutos según las posiciones de ambos planetas en sus órbitas, impide que los controladores de la misión puedan operar los robots en tiempo real.

Los autores proponen situar un hábitat no en la superficie marciana, sino en la órbita, lo que reduciría los costes de la misión y los riesgos para sus tripulantes. Los astronautas de esta estación espacial marciana podrían controlar al mismo tiempo un gran número de robots en la superficie, que les ofrecerían visión y capacidad de acción inmediatas, casi como si ellos mismos estuvieran pisando Marte. Las posibilidades son casi infinitas, por ejemplo de cara a la ejecución de experimentos biológicos destinados a buscar rastros de vida pasada o presente. Los autores apuntan que ya hay un grupo en el Instituto Keck de Estudios Espaciales dedicado a evaluar la teleexploración de Marte.

Concepto para una exploración de Marte por telepresencia desde un hábitat en órbita. Imagen de NASA.

Concepto para una exploración de Marte por telepresencia desde un hábitat en órbita. Imagen de NASA.

Claro que otra posibilidad, quizá más lejana en el futuro, es que estas máquinas puedan pensar por sí mismas sin necesidad de que nadie las controle a distancia. En el mismo número de Science Robotics se publica otro artículo que evalúa un software inteligente llamado AEGIS, instalado en el rover marciano Curiosity y que le ha permitido seleccionar de forma autónoma las rocas y suelos más interesantes para su estudio, con un 93% de precisión.

Pero esto es solo el principio. En un tercer artículo, dos científicos de la NASA reflexionan sobre cómo las futuras sondas espaciales inteligentes podrán trabajar sin intervención humana para la observación de la Tierra desde el espacio, para la exploración de otros mundos del Sistema Solar e incluso para viajar a otras estrellas. Escriben los investigadores:

El último desafío para los exploradores científicos robóticos sería visitar nuestro sistema solar vecino más próximo, Alfa Centauri (por ejemplo, Breakthrough Starshot). Para recorrer una distancia de más de 4 años luz, un explorador a este sistema probablemente se enfrentaría a una travesía de más de 60 años. A su llegada, la sonda tendría que operar de forma independiente durante años, incluso décadas, explorando múltiples planetas en el sistema. Las innovaciones actuales en Inteligencia Artificial están abriendo el camino para hacer realidad este tipo de autonomía.

Y eso no es todo. Hay un paso más en la telepresencia en otros planetas que aún es decididamente ciencia ficción, pero que hoy lo es un poco menos, dado que ya se ha colocado la primera piedra de lo que puede ser una tecnología futura casi impensable. Si les intriga saber de qué se trata, vuelvan mañana por aquí.

Este será un obstáculo al plan marciano de la NASA (y no es el dinero)

El 18 de julio de 1969 William Safire, periodista que redactaba los discursos presidenciales para Richard Nixon, escribió un memorando con un texto que el presidente jamás llegó a leer. Dos días antes, la misión Apolo 11 había despegado del Centro Espacial Kennedy; dos días después, debía posarse en la Luna.

El discurso, titulado In Event of Moon Disaster (“en caso de desastre lunar”), comenzaba así:

La fatalidad ha querido que los hombres que fueron a la Luna a explorar en paz se queden en la Luna a descansar en paz. Estos valientes, Neil Armstrong y Edwin Aldrin, saben que no hay esperanza para su rescate. Pero también saben que hay esperanza para la humanidad en su sacrificio.

El documento especificaba que antes de su lectura pública el presidente debía “telefonear a cada una de las futuras viudas”. Tras el discurso, la NASA cerraría las comunicaciones con Armstrong y Aldrin, y después “un pastor debería adoptar el mismo procedimiento que en un entierro en el mar, encomendando sus almas a lo más profundo de las profundidades y concluyendo con un Padre Nuestro“.

Según el libro de memorias de Safire, nunca llegó a enviar aquel discurso. Lo había preparado a petición de Frank Borman, astronauta del Apolo 8 y enlace de la NASA. La primera misión destinada a posarse en la Luna pondría por primera vez a prueba una maniobra jamás antes ensayada en condiciones reales, el despegue de una nave desde suelo lunar. Había serias posibilidades de que aquello fallara, y que Armstrong y Aldrin se quedaran allí abandonados a su suerte muerte. No había Plan B.

El discurso solo mencionaba a estos dos astronautas porque no se temía por la vida de Michael Collins, piloto del módulo de mando que se quedaría en la órbita mientras sus compañeros descendían. Safire añadía que, en caso de desastre, a Armstrong y Aldrin solo les quedaban dos opciones: “morir lentamente de hambre, o un deliberado cierre de las comunicaciones, el eufemismo para el suicidio”. Como es bien sabido, la misión culminó con un éxito rotundo, y el discurso escrito por Safire no se conoció hasta 30 años después del Apolo 11.

El módulo lunar 'Eagle' del Apolo 11, tras despegar con éxito de la Luna. Imagen de NASA.

El módulo lunar ‘Eagle’ del Apolo 11, tras despegar con éxito de la Luna. Imagen de NASA.

El año siguiente se lanzó el Apolo 13, la única de las siete misiones lunares que no pudo alcanzar su objetivo. Este mes se ha cumplido el aniversario de aquella misión que se convirtió en odisea, y con este motivo he escrito un reportaje que incluye los recuerdos de uno de sus protagonistas, el ingeniero del Centro Espacial Johnson de Houston encargado de los sistemas de alerta del Apolo 13, Jerry Woodfill.

La historia del Apolo 13, que muchos de ustedes recordarán por la película de 1995, es un caso modélico de éxito basado en el genio y la improvisación. Un fallo inesperado desató una cadena de problemas que los ingenieros debieron ir resolviendo uno tras otro, no solo en Houston, sino en otros lugares como la Universidad de Toronto, y con una enorme presión de tiempo. No es que no hubiera Plan B, sino que debieron idearse sobre la marcha planes B, C, D… Visto desde hoy, parece casi más propio de un guion de Hollywood como The Martian, pero no de un caso real, que aquella odisea tuviera un final feliz y que los tres astronautas pudieran regresar sanos y salvos.

Mucho ha cambiado la exploración espacial desde entonces. Hoy hay quienes acusan a la NASA de una excesiva obsesión por la seguridad. Ni mucho menos se trata de que la antigua NASA de la carrera espacial fuera temeraria. El desastre del Apolo 1 (que también detallé en un reportaje reciente, con motivo del 50º aniversario) y el incidente del Apolo 13 impulsaron una revisión general de todos los sistemas del programa para reforzar la seguridad de las misiones.

Pero durante siglos el ser humano, una especie naturalmente curiosa y viajera, se ha lanzado sin red a la exploración de innumerables abismos, sin que existiera siquiera el concepto de Plan B. No se trata solo de la NASA: a pesar de las pruebas previas con animales, cuando los primeros hombres volaron al espacio, ni los médicos estadounidenses ni los soviéticos sabían cómo afectaría el vuelo espacial al organismo humano. La misión pionera de Yuri Gagarin se controló enteramente a distancia desde tierra por miedo a que el cosmonauta no estuviera en condiciones de pilotar su nave.

Todo a esto viene a cuento por un motivo. Con la publicación de los primeros pasos de la NASA hacia Marte, que conté ayer, algunos medios ya han centrado el foco en el hecho de que más allá de la Luna los tripulantes del Deep Space Transport (DST), el nombre (imagino que provisional) dado a la futura lanzadera marciana de la NASA, no tendrán posibilidad de rescate si algo falla. Y eso que el plan ya incluye una más que generosa prueba tripulada de 400 días en el DST orbitando la Luna.

Este ha sido también el motivo de que se haya censurado la idea de viajar a Marte sin billete de vuelta, que algunos califican de suicida e inmoral, pese a los muchos voluntarios cualificados y mentalmente sanos que se han ofrecido; no a morir en otro planeta, sino a vivir en otro planeta el resto de sus vidas, sean largas o cortas, como las de cualquier otro (es una desgraciada realidad, pero realidad, que unos pocos de quienes han montado en un coche para disfrutar de este puente de mayo nunca volverán a casa; pero nadie piensa en esto cuando reserva unos días de vacaciones, ni deja de hacerlo por esta posibilidad).

La seguridad de los tripulantes debe ser un objetivo prioritario en el diseño de las misiones, pero nunca podrá estar garantizada al cien por cien. Más allá de lo razonable, la obsesiva búsqueda de esta garantía puede convertirse en un lastre que paralice el avance de la exploración espacial humana. No es esta actitud la que ha llevado al ser humano a muchos lugares en los que hoy está; no solo geográficos, sino también científicos.

O mucho me equivoco, o sería de temer que este factor continúe lastrando el progreso del proyecto marciano de la NASA. Si algunos medios han empezado a destacar el riesgo inherente a esta idea del viaje sin posibilidad de rescate en caso de emergencia, no faltará quien convierta este problema en el problema. Y si actualmente la NASA ni siquiera tiene dinero suficiente para hacer realidad sus Power Points del Journey to Mars, mucho más lejos estará el objetivo si se obliga a tener previsto un Plan B.

E incluso aunque existiera el dinero suficiente para construir no solo un DST, sino un bote salvavidas para el DST, en algún lugar y momento deberá comenzar a asumirse un grave riesgo imposible de cubrir con otro bote salvavidas para el bote salvavidas, y contra el que solo cabrá tener preparado un discurso.

La NASA empieza a detallar su plan para viajar a Marte

Ante todo, las cosas claras: a día de hoy, los planes de la NASA para la exploración tripulada de Marte se reducen a unos cuantos Power Point. Si hubiera alguna raza alienígena por ahí fuera observándonos y estudiándonos, le costaría comprender cómo y por qué una especie que conquistó la Luna hace casi medio siglo ha vuelto desde entonces a encerrarse en su planeta; y cómo y por qué la agencia espacial responsable de aquel logro hoy ya ni siquiera tiene naves para enviar a los suyos a la órbita terrestre.

Probablemente no sería necesario explicarles a esos hipotéticos alienígenas todo aquello de la carrera espacial y la guerra de Vietnam. Bastaría con resumirles las dos razones básicas de lo anterior: falta de dinero y falta de voluntad. Una financiación que se ha desplomado desde el 4% del presupuesto de EEUU hasta el 0,5%, y una opinión pública con intereses y enfoques muy diferentes a los que primaban hace medio siglo.

Para viajar a Marte se necesita mucho, mucho dinero; algo fácilmente comprensible para cualquiera, excepto al parecer para Donald Trump. El presidente de EEUU ha expresado su apoyo a la exploración humana del espacio, y en concreto de Marte. Y sin embargo, su propuesta de presupuesto anual para la NASA recorta en 400 millones de dólares el aprobado por el Congreso de EEUU, y en 200 el de 2016.

La ley aprobada por el Congreso y firmada por Trump a finales de marzo obliga a la NASA a empezar a convertir sus Power Point sobre Marte en una realidad. En concreto y entre otros mandatos, la ley impone a la NASA el desarrollo de una hoja de ruta para la exploración humana del espacio “con el objetivo a largo plazo de misiones humanas en o cerca de la superficie de Marte en la década de 2030”. El documento añade que la NASA deberá entregar una primera hoja de ruta tentativa el 1 de diciembre de este año.

La agencia espacial estadounidense está inmersa en el desarrollo de su nueva generación de cohetes y naves tripuladas, que en los próximos años deberán llevar astronautas a la Estación Espacial Internacional y a la Luna. El Space Launch System (SLS), el mayor cohete construido desde los Saturno V del programa Apolo, debería despegar por primera vez en noviembre de 2018, aunque noticias recientes sugieren que probablemente se retrasará.

La nueva cápsula tripulada, Orión, superó su primera prueba de vuelo sin tripulación en diciembre de 2014, que conté en directo en este blog. Pero fíjense: según la NASA, aquella misión, llamada Exploration Flight Test 1, se correspondía en su concepto y objetivos con la Apolo 4 de 1967. Solo dos años después, Armstrong y Aldrin pisaban la Luna. Hoy, sin embargo, las primeras misiones tripuladas de las Orión al espacio no se esperan antes de 2021, y probablemente aún después.

Esta dilatación de los plazos, que no parece llevar a ningún objetivo visible en el horizonte, debería cesar si la agencia espacial tiene que cumplir los plazos impuestos ahora legalmente por el Congreso. Y parece que la fusta de los legisladores en el culo de la NASA ya ha empezado a surtir efecto: recientemente el jefe de exploración humana de la agencia, William Gerstenmeier, ha presentado al consejo asesor de la NASA un documento que comienza a definir las fases a abordar para el regreso a la Luna y el viaje a Marte.

Ilustración de la estación lunar DSG y la lanzadera marciana DST. Imagen de NASA.

Ilustración de la estación lunar DSG y la lanzadera marciana DST. Imagen de NASA.

El documento desglosa el proceso en cinco fases. En resumen, plantea el establecimiento de una pequeña estación en la órbita lunar, llamada Deep Space Gateway (DSG), que servirá como apoyo a las misiones lunares de la NASA y otras agencias, y como escala en el viaje hacia Marte. Los astronautas volarán hasta la DSG en las Orión, pero allí tendrán que hacer transbordo a la línea marciana que estará operada por una nave más grande y capaz: el Deep Space Transport (DST), un tubo de 41 toneladas que servirá como lanzadera reutilizable para los trayectos Luna-Marte y Marte-Luna. Los plazos van más o menos así:

Fase 0: es el momento actual. El objetivo es desarrollar las tecnologías necesarias y probarlas en la Estación Espacial Internacional, además de estudiar el posible aprovechamiento de recursos lunares para las futuras misiones. Durante el proceso se consolidará una colaboración con las compañías espaciales privadas, como SpaceX y Boeing.

Fase 1: de 2018 a 2025 se lanzarán seis misiones que sostendrán la construcción de la DSG.

Fase 2: en 2027 se lanzará el DST a la DSG. Como ensayo general antes de la travesía hacia Marte, cuatro astronautas permanecerán en órbita lunar durante 400 días a bordo del DST.

Fase 3: a partir de 2030, nuevas misiones abastecerán a la DSG y al DST y transportarán a este último a cuatro astronautas, los tripulantes del primer viaje a Marte. La misión durará tres años y no incluirá el aterrizaje, sino solo la aproximación.

Fase 4: en esta última etapa es cuando deberían llevarse a cabo las misiones tripuladas a la superficie de Marte y el establecimiento de una base marciana, pero el documento de Gerstenmeier no lo detalla.

Sí, por el momento todo esto es solo… ¿adivinan? Eso es, un Power Point. Pero la fusta amenaza, y para el 1 de diciembre deberá ser algo más. Como mínimo, un PDF.

Quizá ya se encontró vida en Marte, pero quizá nunca lo sepamos

Hace tiempo vi uno de esos espacios televisivos –me resisto a llamarlos documentales– que dicen defender la idea de que los gobiernos poseen y ocultan pruebas de la existencia de vida alienígena. Y digo “dicen defender”, porque en realidad no lo defienden; el programa era como un calentón sin sexo: una sucesión de cliffhangers que prometían revelar pruebas después de la publicidad, pero sin llegar nunca a mostrarlas, mientras por la pantalla desfilaba una serie de verdades a medias y especulaciones cien por cien irrefutables, con cero por cien de fundamento.

Primera imagen en color tomada por la Viking 1 en 1976. Imagen de NASA.

Primera imagen en color tomada por la Viking 1 en 1976. Imagen de NASA.

Entre las primeras, contaban lo de aquella famosa imagen (ver más abajo) tomada por el rover Spirit y que mostraba lo que parecía una figura humanoide; pero se olvidaban de contar que, según la escala de la foto, el presunto alienígena medía solo unos centímetros, por lo que como mucho podría ser el Playmobil que se le cayó a un marcianito.

En cuanto a las segundas, contaban también la vieja historia de la famosa “cara” de la región de Cidonia fotografiada por la Viking 1 en 1976 (ver también más abajo). Pero respecto a las nuevas imágenes de esa formación en alta resolución obtenidas en años recientes por otras varias sondas, y que no muestran nada que se parezca ni siquiera al rostro del Hombre Elefante, tenían la explicación oportuna: la cara fue destruida deliberadamente mediante un preciso bombardeo láser (o algo así, pero igual me estoy dejando llevar) para ocultar la verdad.

Y sin embargo, sabemos que todos esos argumentos calan. ¿He dicho ya que la guerra contra las pseudociencias no puede ganarse?

Lo más curioso de todo es que, si los explotadores de estas patrañas se preocuparan por informarse sobre la ciencia real, descubrirían que hay argumentos mucho más interesantes, basados en pruebas auténticas, y que son suficientes para dejarle a uno rascándose la barbilla.

Foto tomada por el rover Spirit mostrando una extraña formación rocosa. Imagen de NASA.

Foto tomada por el rover Spirit mostrando una extraña formación rocosa. Imagen de NASA.

La "cara" de Marte fotografiada por la sonda MRO. En el recuadro, imagen tomada por la Viking 1. Imágenes de NASA.

La “cara” de Marte fotografiada por la sonda MRO. En el recuadro, imagen tomada por la Viking 1. Imágenes de NASA.

Voy a contarles una historia. En 1976, dos sondas consiguieron por fin posarse sobre la superficie de Marte en perfecto estado de funcionamiento, después de varios intentos frustrados. Eran las Viking 1 y 2 de la NASA. Aquellos dos aparatos gemelos eran una apuesta a todo trapo: iban equipados con cuatro experimentos biológicos con el fin de esclarecer a la primera y de una vez si había vida en Marte. Vida microbiana, por supuesto; era ya evidente que de la otra no la había.

Uno de los experimentos de las Viking, el de Liberación Marcada o Labeled Release (LR), consistía en tomar una muestra de suelo y añadirle nutrientes. Si había microbios allí, debían comerse la pitanza suministrada por las sondas y producir a cambio minúsculos eructos de CO2. Gracias a que los nutrientes llevaban carbono-14, el experimento detectaría una posible liberación de este isótopo radioactivo en forma de CO2.

Pues bien, el resultado fue positivo: las dos Viking, las dos, detectaron liberación de CO2 de sendas muestras de suelo en lugares diferentes. Es más: al tratar las muestras con calor para esterilizarlas, la presunta actividad biológica desaparecía.

Aquello habría llenado las primeras páginas de los periódicos del mundo con el titular “Hay vida en Marte”, si no hubiera sido por otro resultado contrario. Otro experimento de las sondas llamado Cromatógrafo de Gases –  Espectrómetro de Masas (GCMS, en inglés), destinado a detectar materia orgánica, salió negativo. La ausencia de compuestos de carbono en el suelo de Marte fue una sorpresa para los investigadores. Pero sobre todo, echaba por tierra los resultados del LR: sin materia orgánica, era imposible la presencia de vida.

La conclusión final aceptada por la mayoría de los científicos fue que el resultado del LR era un falso positivo. Pero las explicaciones propuestas no convencieron a todos, y nunca se dio carpetazo definitivo a los experimentos de las Viking.

Así pasaron 38 años, y saltamos hasta 2014. En diciembre de ese año, la NASA confirmaba que el rover Curiosity había realizado “la primera detección definitiva de moléculas orgánicas en Marte”. “Aunque el equipo no puede concluir que hubo vida en el cráter Gale [donde el Curiosity hizo su análisis], el descubrimiento muestra que el entorno antiguo ofreció un suministro de moléculas orgánicas reducidas para uso como ladrillos básicos de la vida y fuente de energía para la vida”, decía la NASA.

Entrando en detalles: lo que el Curiosity detectó fueron cortas cadenas simples de carbono y cloro, correspondientes a moléculas que en la Tierra no se encuentran de forma natural, sino que forman parte de algunos procesos industriales. Pero los investigadores no estaban seguros de que esos compuestos de cloro se encontraran tal cual en la superficie marciana; dado que en el suelo de Marte se han encontrado anteriormente perclorato, un compuesto de cloro muy oxidante, pudiera ser que las moléculas orgánicas originales no contuvieran cloro (es decir, que fueran moléculas más parecidas a las de los seres vivos), y que este se hubiera unido a ellas durante la reacción dentro del propio experimento del Curiosity.

Este detalle es importante, porque el perclorato podría ser también la causa de la oxidación de los nutrientes de las Viking para producir CO2. Es decir, puede que este no tuviera un origen bioquímico, sino simplemente químico. O en otras palabras, no biológico, sino geológico. De hecho, en realidad las Viking sí encontraron algo orgánico: compuestos simples de cloro con un solo átomo de carbono. Entonces se pensó que era una simple contaminación terrestre de los aparatos, porque aún no se conocía la presencia del perclorato. Pero ahora podría entenderse que aquellas moléculas eran realmente marcianas, fuera su origen biológico o no.

¿Y por qué el Curiosity ha podido detectar lo que las Viking no encontraron? La respuesta es muy sencilla: los instrumentos del Curiosity son más potentes y sensibles. En cambio, el nuevo rover no está equipado con experimentos biológicos. Después de las Viking no ha vuelto a posarse en Marte una sola sonda equipada para detectar vida, por lo que aquellos experimentos nunca han podido repetirse.

Resumiendo todo lo anterior: en 1976, un experimento pareció detectar vida en Marte. El resultado fue descartado porque no se encontró materia orgánica, pero después ese impedimento ha desaparecido. Es más: el pasado diciembre, durante una reunión científica, una investigadora del equipo del Curiosity dijo estar convencida de que las moléculas orgánicas están “por todo Marte”. También se han encontrado bocanadas de metano en la atmósfera marciana, un gas que podría proceder de procesos químicos, pero que en la Tierra tiene sobre todo un origen biológico.

Resumiendo el resumen, nos quedan dos posibilidades: o todos los descubrimientos anteriores se deben a un afortunado cúmulo de reacciones químicas, lo cual no es descartable… o realmente hay vida en Marte. Hoy ya nadie podría sensatamente calificar esta opción como imposible. Entre lo simplemente posible y lo muy probable, quédense con lo que prefieran; a día de hoy nadie podrá rebatírselo. Algunos de los investigadores encargados en su día de los experimentos biológicos de las Viking aún siguen defendiendo que encontraron vida en Marte.

Y ahora viene la mala noticia: tal vez nunca lo sepamos con certeza. Actualmente, y hasta donde sé, no hay planificada ni una sola misión a Marte expresamente diseñada para buscar vida. Aún peor: con la puesta en marcha de los protocolos de protección planetaria, ahora se evita específicamente enviar sondas a los lugares donde se cree que pudiera existir vida, para evitar una contaminación de origen terrestre que pudiera llevar a su extinción.

¿Qué nos queda entonces? Obviamente, las misiones tripuladas. Un bioquímico en la superficie de Marte podría dar respuesta en menos de una hora a 40 años de interrogantes. Pero hoy aún es poco creíble que esto vaya a ocurrir en las próximas décadas… a no ser por Elon Musk.

Esta canica azul y su bolita gris, vistas desde Marte

Tras la visita de la sonda New Horizons al explaneta Plutón en julio de 2015, la Tierra alberga ya un inmenso álbum fotográfico de todos los principales objetos del Sistema Solar. Este año tendremos nuevos retratos inéditos de Júpiter, gracias a la sonda Juno, y de Saturno, por mediación de la Cassini, que morirá en el planeta anillado el próximo 15 de septiembre.

Pero al contrario que el terrícola medio, la Tierra aún tiene carencias en su repertorio de selfies. Entiéndase: fotos del planeta se disparan todos los días a mansalva desde satélites de diversos tipos. Pero la gran mayoría de ellas se toman desde la órbita baja y solo nos muestran porciones concretas de la superficie terrestre, como quien se hace un selfie de la nariz o los dientes.

En cambio, no tenemos tantas oportunidades de mirarnos desde lejos, y por eso cada nueva foto que nos muestra nuestro hogar en su conjunto suele convertirse en una imagen icónica. Ocurrió con la “canica azul”, como se llamó a un hermoso claro de Tierra fotografiado en 1972 por la tripulación del Apolo 17 de camino hacia la Luna, y que luego ha tenido imágenes sucesoras obtenidas por sondas no tripuladas. Aún más estremecedora fue la fotografía tomada a petición de Carl Sagan por la Voyager 1 a 6.000 millones de kilómetros de distancia, bautizada como “el pálido punto azul”.

Hoy tenemos una nueva foto para el álbum. Como parte de las operaciones de calibración de su cámara, la sonda de la NASA Mars Reconnaissance Orbiter (MRO) ha enviado esta vista de la Tierra y la Luna fotografiadas desde la órbita marciana. Aunque la imagen aparezca borrosa y pixelada, lo que revela realmente es la asombrosa capacidad de la cámara: desde Marte, la Tierra se ve solo como un puntito luminoso. La ampliación de la fotografía es enorme, y aun así pueden distinguirse perfectamente los detalles: Australia en el centro, sobre ella el sureste de Asia y la Antártida en la parte inferior. Las otras manchas blancas son masas de nubes.

Imagen tomada el 20 de noviembre de 2016 por la sonda MRO. NASA/JPL-Caltech/University of Arizona.

Imagen tomada el 20 de noviembre de 2016 por la sonda MRO. NASA/JPL-Caltech/University of Arizona.

La imagen es en realidad una superposición de dos capturas a distintas exposiciones, ya que la Tierra es mucho más brillante que la Luna. Llama la atención la aparente cercanía entre ambas, pero esto es solo un efecto de la perspectiva: en el momento de la foto, la Luna se disponía a pasar por detrás de la Tierra en su órbita. En realidad la distancia entre las dos es de unas 30 veces el diámetro terrestre.

Este último dato nos recuerda lo difícil que es apreciar las escalas cuando escapamos de la Tierra, algo que ya les traje aquí con algunos de esos magníficos vídeos que se publican por ahí y que nos ayudan a sentirnos todo lo pequeños que realmente somos (aquí y aquí). Así que aprovecho la ocasión para traerles otro más: este vídeo, producido por la agencia espacial rusa Roscosmos, nos enseña cómo sería el aspecto de nuestro cielo si el Sol se reemplazara por alguna otra estrella de las que conocemos, como el sistema Alfa Centauri, Arturo, Vega, Sirio o, en el gran final, Polaris, la estrella polar. ¿Piensan que el Sol es grande? Miren y pásmense.

“Seguir sin agencia espacial es perder cuatro años más”

Vía libre a ExoMars 2020, la segunda fase del gran proyecto europeo de exploración marciana. Esta fue la decisión tomada la semana pasada por el Consejo Ministerial de la Agencia Europea del Espacio (ESA), entidad participada por 22 países (y NO dependiente de la UE), entre ellos este en el que estoy ahora sentado.

Ignacio Arruego, ingeniero del INTA, junto a un modelo de Schiaparelli. Imagen de I. A.

Ignacio Arruego, ingeniero del INTA, junto a un modelo de Schiaparelli. Imagen de I. A.

Les pongo en antecedentes: en marzo de este año se lanzó la primera fase de ExoMars, un proyecto nacido de la colaboración entre la ESA y Roscosmos, la agencia espacial rusa. Este primer volumen constaba a su vez de dos fascículos: primero, la Trace Gas Orbiter (Orbitador de Gases Traza o TGO), un satélite destinado a estudiar los gases raros de la atmósfera marciana con especial atención al metano, posible signo de vida.

Segundo, Schiaparelli, un platillo volante de un par de metros que debía posarse en el polvo de Marte para catar el ambiente, pero que sobre todo debía servir de ensayo general para la segunda fase. Previsto para 2020, el segundo volumen de ExoMars pretende poner un vehículo rodante o rover en el suelo marciano.

Además de su carácter científico y tecnológico, la misión ExoMars tiene bastante de revancha histórica; porque hasta ahora el nuevo mundo marciano tiene un dueño exclusivo, Estados Unidos. Como ya he repasado aquí y en otros medios, las misiones de aterrizaje en Marte han tenido una tasa de éxito inusualmente baja en comparación con los proyectos a otros destinos, como la Luna o Venus, pero este premio de lotería no ha estado muy repartido: mientras la NASA ha dado en el clavo en la gran mayoría de sus intentos, Rusia y Europa han fracasado. La primera solo logró 14,5 segundos de transmisión con su sonda Mars 3 hace 45 años. Por su parte, Europa perdió en 2003 su Beagle 2, y el pasado octubre Schiaparelli se estampó contra su objetivo.

Uno de los afectados directamente por este reciente desastre es Ignacio Arruego, ingeniero del Instituto Nacional de Técnica Aeroespacial (INTA) responsable del equipo que desarrolló el Sensor de Irradiancia Solar (SIS). Este aparato, que debía medir la transparencia de la atmósfera de Marte (la luz del sol que llega a su superficie), formaba parte del instrumento principal de Schiaparelli, el DREAMS (Dust Characterisation, Risk Assessment, and Environment Analyser on the Martian Surface). El equipo del INTA participa también de forma destacada en la instrumentación del rover de ExoMars 2020.

Portada de 'El medallón de Santiago', novela de Ignacio Arruego.

Portada de ‘El medallón de Santiago’, novela de Ignacio Arruego.

Y por cierto, aprovecho la ocasión para contarles que, entre proyecto y proyecto, Arruego también encuentra algún rato para escribir. Su novela de debut, El medallón de Santiago, es una intriga con trasfondo histórico muy viajero que cuenta la investigación de sus dos protagonistas en busca de un antiguo y misterioso medallón que perteneció al apóstol Santiago.

Arruego me dice que está satisfecho con la decisión del Consejo Ministerial de la ESA de mantener la financiación de ExoMars. Pero no tanto con las palabras del ministro Luis de Guindos, que presidió la reunión debutando en este campo, tras asumir en el nuevo gobierno las competencias del sector espacial que antes recaían en Industria. Una carencia clásica de España es la falta de una agencia espacial, algo que tienen las principales potencias con actividades en este terreno. Según Arruego, las declaraciones de Guindos tras la reunión afirmando que España no necesita una agencia espacial han sentado muy mal en el sector. Esto es lo que me ha contado:

¿Por qué Guindos no quiere una agencia española del espacio?

Es gracioso, porque en cambio sí reconocía que hace falta coordinación entre todos los actores espaciales en España. Pues eso es precisamente, entre otras muchas cosas, lo que haría una agencia. Yo creo que siguen pensando que supondría un coste, y no se dan cuenta de que realmente existen ya todos los actores necesarios en España para hacer una agencia de verdad, ¡y por tanto una buena coordinación podría incluso disminuir gasto! Debería ser no un mero órgano gestor, sino una agencia con capacidad técnica y tecnológica, que defina y desarrolle programas propios tirando de la industria nacional, y estrategias internacionales y especialmente en la ESA; que aúne ingeniería de sistemas, I+D tecnológico y científico, la gestión económica, las relaciones con la ESA… En fin, una Agencia con mayúsculas.

Una pena. Lo considero otra oportunidad perdida por la falta de visión de nuestros políticos, sin duda mal asesorados. Otros cuatro años perdidos para que España termine de situarse en el mapa espacial internacional.

¿Hay nuevos datos sobre qué le ocurrió a Schiaparelli?

Como ya sabrás, se produjeron fundamentalmente dos eventos que provocaron la colisión: la suelta prematura del paracaídas y el corto encendido de los retrocohetes. Se ha especulado mucho sobre un fallo del altímetro radar, pero no parece estar allí el problema. Analizada la telemetría de la Unidad de Medida Inercial (IMU) que mide las aceleraciones de la nave durante el descenso, se observa que hay un breve lapso de tiempo (inferior a un segundo) en el que una de las medidas está saturada. Dado que el ordenador va calculando la orientación de la nave en base a las medidas acumuladas de esta IMU, durante el tiempo que ésta se satura no dispone de una información fidedigna. Ese dato de la IMU te permite saber cómo está orientada la nave respecto al suelo, y el radar te da la distancia al mismo según avanza la nave. Al estar equivocado el dato de la orientación, la nave llegó a obtener un valor que indicaba que la distancia real (en vertical) al suelo era negativa. Es decir, que había aterrizado. Y por eso cortó los retrocohetes.

Otra cosa que hizo, y esto es curioso, fue encender DREAMS, la estación meteorológica que transportaba y en la que participaba el INTA. DREAMS no debía encenderse hasta después del aterrizaje, pero como el ordenador pensó que había aterrizado aún estando a unos tres kilómetros de altura, nos encendió. Hay unos 40 segundos de telemetría relativa al estado de DREAMS, que era cien por cien nominal. Podemos decir que hemos llegado a Marte, pero poco rato.

¿Se ha averiguado algo sobre cuál fue la causa de ese error de percepción de Schiaparelli?

Aún se desconoce, y dudo que llegue a conocerse con un 100% de seguridad. La nave sufría unas aceleraciones digamos que laterales mayores de lo esperado pero, ¿por qué? ¿Rachas de viento fuerte? ¿Un mal despliegue del paracaídas? Eso no sé si llegaremos a saberlo con seguridad.

ExoMars 2020 sigue adelante, pero ¿en qué afectará el fracaso de Schiaparelli desde el punto de vista técnico?

La ESA trata de ser positiva en su análisis del resultado de ExoMars 2016. La realidad es que TGO está funcionando de momento según lo esperado, lo cual es un gran éxito. Y Schiaparelli, por mucho que suene a excusa, es cierto que era un módulo de demostración con el objetivo de permitirnos aprender a aterrizar en Marte. De alguna manera ha cumplido su misión en ese sentido, pues como ves se ha aprendido mucho de la telemetría enviada durante el descenso. Se reforzarán los ensayos a los elementos críticos y se revisarán algunas secuencias de tomas de decisiones. Se ha aprendido, sin duda.

¿Y este aprendizaje ofrecerá más garantías de éxito a la próxima fase?

Sí, en 2020 deberíamos ser capaces de aterrizar con más garantías. No es trivial, aún así. No sólo porque nunca lo es (el conocimiento de la atmósfera de Marte sigue siendo muy incierto), sino porque la nueva misión es bastante más pesada (algo así como el triple si no recuerdo mal), requiere el uso de dos paracaídas (uno hipersónico y otro subsónico), etcétera. Hay diferencias. Pero hay que ser optimista y sobre todo trabajar duro en los elementos críticos y en sus ensayos. Creo que irá bien.

¿Cuál es tu predicción sobre el futuro de las misiones tripuladas?

Como sabes, hay dos grandes corrientes de pensamiento en torno a cómo ir a Marte. Una pasa por ir llevando todo lo que nos hace falta para volver. Empezando por el combustible para el despegue de vuelta. Se barajan naves muy grandes, a menudo con ensamblajes en órbita porque la capacidad de despegue de la Tierra no daría para lanzarlas de una vez.

La otra aproximación pasa por emplear naves más pequeñas, tripulaciones muy reducidas, y hacer uso intensivo de ciertos recursos existentes en Marte. Por ejemplo, es posible generar el combustible allí para un despegue desde Marte, llevando sólo una pequeñísima parte de sus componentes (hidrógeno, en concreto), y obteniendo carbono y oxígeno de la atmósfera de Marte, rica en CO2.

Yo creo que hasta la fecha siempre se ha hablado más de la primera aproximación. Yo a día de hoy soy más partidario de la segunda. Creo que es la más realista para un primer viaje tripulado, y que terminará imponiéndose. Probablemente la tecnología permita tenerla lista en unos 15 años desde que se decida ponerse con ello. Pero nadie se ha puesto seriamente aún. Existe la Iniciativa Mars Direct desde hace la tira, pero nunca ha sido el enfoque adoptado por las grandes agencias, ni parece que lo sea ahora por gente como Elon Musk. Creo que si hay un cambio de enfoque veremos humanos en Marte bastante antes de la mitad del siglo. Si no lo hay, ya veremos.

¿Nos llevará Elon Musk a Marte?

Lo que nos separa de Marte no es un problema técnico, sino político. Como ya he explicado aquí varias veces, si se hubiera mantenido el ritmo de inversión en exploración espacial de la década de los 60, como mínimo ya habríamos puesto el pie en Marte varias veces.

Si al público de entonces (hablo del público con algo de formación en ciencia, no de los negacionistas) le asombró que en 12 años se pasara de chutar una pelota de metal a la órbita, a llevar gente a la Luna, hoy no debería sorprendernos, sino noquearnos de la pura estupefacción: jamás se ha vuelto a dar una progresión semejante en la exploración espacial.

Pero he dicho político, y no económico; y es que el fin de aquella lluvia de millones no se debió solo a la guerra de Vietnam ni al carpetazo a la misión cumplida. La mentalidad comenzó a cambiar. Una vez que ya no era preciso demostrar quién lo tenía más grande (el cohete), las suelas de políticos, científicos e ingenieros extinguieron los rescoldos de aquel “to boldly go where no man has been before“, que los discursos de JFK habían ayudado a prender. Solo quedó la ciencia, y las misiones robóticas podían hacer toneladas de ciencia por mucho menos dinero que las tripuladas. Mandar gente ahí arriba era demasiado caro, y el riesgo de una pérdida era imposible de descartar por mucho que se duplicaran, triplicaran y cuadruplicaran los sistemas de seguridad.

El problema es que al público en general no le importa demasiado la ciencia. Quiero decir, la de verdad, no esa que correlaciona cosas como la esperanza de vida y el lado al que se lleva la raya del pelo. Y así, el espacio quedó relegado a esos 20 segundos que los directores de los telediarios no saben con qué rellenar.

Hoy, por fin, algo está rompiendo este marasmo. Cada vez hay más miembros de la comunidad aeroespacial preocupados por el insignificante interés que la ciencia espacial actual despierta en los bares, los lugares donde fluye el único pulso de la calle que resulta admisible para más de un redactor jefe chusquero. Cada vez hay más miembros de la comunidad aeroespacial dispuestos a reconocer, aunque sea sotto voce, que tal vez las pérdidas deban entrar en la ecuación; incluso que tal vez no haya que cerrar la puerta a las misiones tripuladas sin billete de vuelta, o al menos con billete abierto.

Elon Musk, en una presentación reciente. Imagen de Wikipedia.

Elon Musk, en una presentación reciente. Imagen de Wikipedia.

Y luego está Elon Musk.

En los últimos años se viene hablando de lo que se ha dado en llamar “Old Space vs. New Space. Old Space es el sistema público, su burocracia, su velocidad de caracol con la concha de su gran aparato a las espaldas, y su aversión al riesgo humano y económico. El espíritu del Old Space ha quedado monumentalizado en ese inmenso ganso orbital llamado Estación Espacial Internacional (ISS), que vuela sobre nosotros a una distancia como la que separa Madrid de Córdoba.

New Space es la iniciativa privada de las start-ups con ideas nuevas, agilidad, audacia y sentido del riesgo. El New Space es el equivalente actual de aquella NASA que lanzó al espacio el Apolo 13 y luego se las ingenió para que sus tripulantes pudieran salvar la vida encajando filtros cuadrados de CO2 en huecos circulares. La NASA de hoy es Old Space. New Space es SpaceX de Musk (fundador de PayPal), Blue Origin de Jeff Bezos (fundador de Amazon) o Virgin Galactic de Richard Branson (más conocido como fundador de la aerolínea Virgin, excepto para quienes le debemos gratitud por los discos de Sex Pistols, Devo o Simple Minds). Solo por citar tres ejemplos célebres de entre miles de pequeñas compañías frescas e innovadoras en países de todo el mundo.

Avanzando por un camino sembrado de baches, pero gracias a sus menores costes y a sus soluciones imaginativas, los impulsores del New Space están arrebatando trozos del pastel al Old Space, como las misiones no tripuladas de reabastecimiento a la ISS. Sin embargo, es evidente que compañías como SpaceX no nacieron para comerse un pastel rancio, sino para cocinar el suyo propio. Y Musk quiere llevarnos a Marte.

Hace unas pocas semanas, Musk pronunció en un congreso espacial en Guadalajara (México) el que se ha calificado como el discurso más importante de su vida. En la charla, el también fundador de Tesla Motors expuso su plan de crear una colonia en Marte durante la próxima década y detalló el proyecto del Interplanetary Transport System (ITS), un sistema de cohete y nave tripulada con capacidad para cien personas. Pero sobre todo, Musk reveló algo infinitamente más significativo; y es que todo lo demás, los pagos por internet, los coches eléctricos, la inteligencia artificial o las energías limpias, son medios para un fin, su verdadera misión en la vida: hacer del ser humano una especie interplanetaria.

Y es que, por todo lo que he explicado más arriba, actualmente la conquista de Marte no puede plantearse como un objetivo científico, técnico, económico o político; hoy solo puede alcanzarse si se aborda como un objetivo ideológico. Y esta es precisamente la visión de Musk. Es cierto que, por abultada que sea su cartera, ni mucho menos le da para pagar esta ronda. Pero veámoslo así: hasta ahora, Elon Musk es la persona con mayor capacidad de hacer realidad lo que se proponga que se ha propuesto ir a Marte.

Otro aspecto del esquema de Musk que me incita a ovacionarle hasta descarnarme las palmas es su intención de democratizar el espacio. Se acabó la eugenesia espacial, ese requisito del Old Space de ser un Superman o una Superwoman para ser admitido en el club de los que pueden subir allí arriba. Los pasajeros de SpaceX no deberán tener la cabeza de Einstein sobre los hombros de Usain Bolt: cualquier humano podrá tener su hueco. Tal vez alguien alegue que los 100.000 o 200.000 dólares a los que Musk espera rebajar el coste de sus billetes no sean precisamente precios populares. Pero es que no se trata de unas vacaciones. ¿Cuánto cuesta una vivienda en la Tierra? ¿Cuánto cuesta una vida en la Tierra? El pasaje para Marte será la inversión de toda una vida, ya que los viajeros no serán cruceristas, sino colonos.

Por último, hay también otro motivo por el cual el paso adelante de Musk es trascendental, y es el efecto de arrastre que ejercerá sobre sus posibles competidores, incluidos los del Old Space: apenas un par de semanas después de aquella charla, el mismísimo Barack Obama publicó un artículo en la web de la CNN declarando la firme determinación de su país de “enviar humanos a Marte en la década de 2030 y devolverlos sanos y salvos a la Tierra, con la ambición última de algún día permanecer allí durante largo tiempo”. ¿Casualidad?

Y por cierto, y aunque la NASA lleva tiempo trabajando en preciosas presentaciones de Power Point de su plan marciano llamado Journey to Mars, en algo el Old Space sí se parece al New Space: tampoco tiene el dinero.

Un fotograma del vídeo promocional de SpaceX sobre su sistema de transporte a Marte ITS.

Un fotograma del vídeo promocional de SpaceX sobre su sistema de transporte a Marte ITS.

La maldición de Marte

El argumento clásico de toda película sobre Marte es una misión malograda, con más o menos pretensión de credibilidad: con los zombis de Fantamas de Marte (2001) de John Carpenter, en un extremo, y la fidedigna The Martian (2015) de Ridley Scott en el contrario.

Por cierto, y sin tratar de restar ningún mérito a la cinta de Scott ni al libro de Andy Weir en el que se basó, no todo en aquella historia resultaba tan realista como certificaron los físicos e ingenieros que la valoraron: el punto de vista biológico –los efectos de la vida en Marte sobre el organismo– quedaba seriamente ignorado.

Y lógicamente, la deformación profesional manda, eran estos aspectos los que más me interesaron en mi propia interpretación de la aventura marciana en mi novela Tulipanes de Marte. Pero ya sé, ya sé: si mi libro hubiera resultado tan interesante como el de Weir, obviamente también a mí me habrían llamado de Hollywood, cosa que no ha ocurrido.

Johnny Ramone, guitarrista de los Ramones, en la película Stranded (Náufragos).

Johnny Ramone, guitarrista de los Ramones, en la película Stranded (Náufragos).

También por cierto, incluso hay una interesante película española, Stranded (Náufragos), dirigida por María Lidón en 2001 y realizada magníficamente con un presupuesto de nivel español, no hollywoodiense, gracias a trucos como reciclar un set utilizado en Space Cowboys. Y para los más frikis, destaco como curiosidad que la película esconde una rara joya, una insólita y fugaz actuación (si es que puede llamarse así) nada menos que del mismísimo Johnny Ramone, casi irreconocible bajo un extravagante peinado a lo Hitler.

Pues bien, podríamos emplear una de esas mil variaciones tan manoseadas sobre la realidad y la ficción. Porque lo cierto es que Marte, igual que en las películas, se resiste. Y no es solo una impresión: misiones de aterrizaje en objetivos esquivos o lejanos como un cometa (la famosa Rosetta), un asteroide (Itokawa) o incluso una luna de Saturno (Titán) se culminaron con mayor o menor éxito.

De las 28 misiones de aterrizaje jamás lanzadas a nuestra Luna, incluyendo las tripuladas, 19 cumplieron sus objetivos, lo que hace un 68%. Incluso en Venus, 10 de un total de 15 sondas se han posado según lo previsto, lo que supone un 67% de éxito. Por el contrario, en el caso de Marte, y si las cuentas no me fallan, solo 7 de 15 lo han conseguido: un 47%. Incluyo aquí las dos misiones rusas fallidas a su luna Fobos, Fobos 2 en 1989 y Fobos-Grunt en 2011.

Al menos, Marte se resiste a todo aparato que no lleve pintadas las barras y estrellas: con la excepción de la Mars Polar Lander en 1999, EEUU ha conseguido hacer aterrizar exitosamente todas sus demás misiones allí, un total de siete aparatos. La primera potencia espacial tiene todavía un monopolio sobre Marte que nadie consigue romper. Europa y Rusia lo han intentado, pero sin suerte.

Europa lo intentó por primera vez en 2003 con el Beagle 2, un pequeño platillo de fabricación británica nombrado en recuerdo del viaje de Darwin y que formaba parte de la misión de la Agencia Europea del Espacio (ESA) Mars Express. El Beagle 2 fracasó, pero nunca se supo qué suerte había corrido hasta el año pasado, cuando las imágenes tomadas desde la órbita marciana por la sonda Mars Reconnaissance Orbiter (MRO) de la NASA revelaron que el aparato británico se encontraba sano y salvo en suelo marciano. Pero con dos de sus paneles solares sin desplegar, lo que bloqueaba la antena de comunicaciones.

Esta es la dramática ironía de las misiones espaciales: aunque un aparato consiga posarse en su objetivo sin siquiera un rayón en la pintura, y aunque todos sus instrumentos científicos trabajen a pleno rendimiento, si se pierde la comunicación, adiós a la misión; todo lo demás no sirve de nada. Millones invertidos, años de trabajo de equipos de científicos e ingenieros, sensores, medidores y cámaras que funcionan sin tacha; todo esto se echa a perder por un simple corte de comunicación.

La semana pasada, las aspiraciones europeas y rusas de romper la hegemonía marciana de EEUU han sufrido un nuevo mazazo. El módulo Schiaparelli, parte de la misión ruso-europea ExoMars 2016, que debía posarse en el suelo de Marte y tomar mediciones durante varios días, se quedó mudo durante el descenso el pasado día 19.

Imagen tomada por la sonda MRO que muestra el probable lugar de impacto (punto negro) del módulo Schiaparelli. Imagen de NASA/JPL-Caltech/MSSS.

Imagen tomada por la sonda MRO que muestra el probable lugar de impacto (punto negro) del módulo Schiaparelli. Imagen de NASA/JPL-Caltech/MSSS.

Y lo que es peor, en este caso no parece que haya sido un simple corte de comunicación: el viernes, la ESA distribuyó unas imágenes tomadas por la MRO que muestran un punto negro muy feo en la zona donde debía haber aterrizado Schiaparelli. Lo más probable, dijo nuestra agencia espacial, es que fallaran los impulsores que debían haber frenado al aparato en su caída, y que el módulo se estampara contra el suelo a 300 kilómetros por hora. El nuevo lunar marciano detectado por la MRO, y que no aparece en las imágenes anteriores del mismo lugar, podría ser el rastro de la explosión del aparato al estrellarse.

Con todo, ExoMars 2016 ha sido solo medio fracaso. La otra mitad de la misión es un satélite llamado Trace Gas Orbiter (TGO) que logró inyectarse correctamente en la órbita marciana, y que estudiará los gases atmosféricos presentes en una concentración menor del 1%. Entre estos tiene especial interés el metano, dado que en la Tierra el 90% de este gas es de origen biológico. Así que los datos recogidos por TGO podrían revelar el misterio del origen del metano marciano, y tal vez ofrecer alguna pista sobre la posible existencia de microbios en Marte.

Pero aunque TGO cumpla su objetivo a la perfección, la tragedia de Schiaparelli es que, en realidad, sus mediciones no eran el objetivo principal. De hecho, el aparato solo llevaba una batería no recargable con energía para unos pocos días. ExoMars tiene una segunda fase prevista para 2020, cuya meta es posar en Marte un rover o vehículo autónomo, y el fin prioritario de Schiaparelli era actuar como demostración de la capacidad técnica de aterrizar con seguridad. Lo cual no se ha conseguido. Así que, si finalmente el rover se lanza en 2020 según lo previsto, será de nuevo una prueba de fuego para tratar de romper la maldición de Marte.