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Los secretos de las ciencias para
los que también son de letras

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Contra las pseudociencias hay que explicar cómo se hace la ciencia, no solo sus resultados

Este verano comenté aquí aquel folclórico episodio en el que el futbolista Iker Casillas negaba la llegada del ser humano a la Luna, y dejé pendiente una explicación de por qué es un caso muy oportuno para ilustrar una tesis que no estoy solo en sostener, pero que tampoco acaba de calar lo suficiente: la información científica no basta para combatir las pseudociencias, si no se acompaña con la explicación de cómo se hace la ciencia. Es decir, es la comprensión de cómo funciona la ciencia, y no simplemente el conocimiento de sus resultados, lo que tiene el poder de expulsar el fantasma de la ignorancia.

Lo que Casillas sabe, y dice no creer, es que el 20 de julio de 1969 una misión tripulada estadounidense se posó en la Luna. Lo que probablemente desconoce es todo lo que llevó hasta aquel día y lo que ocurrió a partir de él. Desde 1958, el programa Mercury, con 26 lanzamientos, seis de ellos tripulados. En 1961, el programa Géminis, con 12 misiones completadas con éxito, y el Apolo, con cinco misiones no tripuladas y otras cuatro tripuladas anteriores al Apolo 11 y que fueron acercándose paso a paso al que debía ser el objetivo final, pisar la Luna. Con errores de diseño y accidentes que costaron la vida a varias personas, sobre todo a los tres tripulantes del Apolo 1 en 1967. Y después de que aquel incomparable esfuerzo económico y humano coronara su cumbre en 1969, con otras cinco misiones más que también alcanzaron su meta lunar y una que se malogró, el Apolo 13 del famosísimo “Houston, tenemos un problema”.

Simplemente con que Casillas dedicase un rato a ver algún documental que repase y explique todo este proceso de la carrera espacial (que hay muchos y buenos), probablemente dejaría de pensar como piensa. Porque si uno tiene la idea de que, de repente y out of the blue, los americanos llegaron un día a la Luna para jamás volver allí, es perfectamente comprensible (e incluso aconsejable, como voy a explicar) que uno zanje su súbita reacción de “WTF?” con algo que no es escepticismo, sino una más rudimentaria negación. Por el contrario, cuando se conocen el proceso y el contexto, se comprende todo.

Buzz Aldrin en la Luna el 20 de julio de 1969. Imagen de NASA.

Buzz Aldrin en la Luna el 20 de julio de 1969. Imagen de NASA.

Pero esta explicación del proceso y el contexto suele brillar por su ausencia en las informaciones sobre ciencia que se publican en los medios populares generalistas, algo que no ocurre en las noticias sobre política, deportes o economía. Imaginemos, por ejemplo, que hoy se da a conocer el dato mensual de la tasa de paro. Los medios siempre presentan esta información contando cuál es la comparación con las cifras de los meses anteriores, con la de hace un año, cuál es la tendencia general, qué factores influyen en ella, cómo suele comportarse este dato en la estación actual… Todo ello destinado a que el consumidor de la información comprenda qué está pasando y cómo está pasando, cómo hemos llegado hasta aquí y qué podemos esperar en el futuro.

Pero imaginemos, por el contrario, que se presenta la cifra de paro, se explica qué es una cifra, qué es el paro, quién la ha publicado, y se remata la información afirmando que el dato es milagroso. Puede parecer una caricatura, pero algo parecido está ocurriendo a diario con las informaciones de ciencia en medios de primerísima fila donde no se cuenta con especialistas capaces de aportar las explicaciones sobre el proceso y el contexto que no aparecen en la nota de prensa o el teletipo.

He añadido lo del milagro porque es una tóxica muletilla frecuentemente leída y escuchada en las noticias de ciencia, sobre todo en el campo de la biomedicina (y que probablemente a muchos se nos ha escapado alguna vez). Y si Alexander Fleming se levantó una buena mañana y descubrió milagrosamente la penicilina, ¿por qué no va a ser que Samuel Hahnemann se levantó una buena mañana y descubrió milagrosamente la homeopatía?

Solo que, en el caso de Fleming, no fue así como sucedió. En ciencia no existen los milagros, sino un progreso constante a base de método científico y de ensayo y error que se construye sobre el conocimiento ya existente, lo que a menudo se resume en la alegoría de avanzar a hombros de gigantes. Y el hallazgo de Fleming no fue una excepción, como resumí este verano en un reportaje dedicado precisamente a desmontar esa leyenda popular sobre el descubrimiento de la penicilina que tiene poco que ver con la realidad.

Antes de Fleming, otros muchos científicos ya habían observado las propiedades antimicrobianas de ciertos hongos, y algunos lo habían mencionado en sus estudios, aunque por entonces no existían los medios necesarios para identificar y aislar los compuestos responsables. De hecho, incluso existen referencias desde la antigüedad del uso de moho para curar heridas. Fleming llevaba décadas buscando metódicamente compuestos antibacterianos que funcionaran mejor que los empleados en su época. Y aunque nunca sabremos cómo hace 90 años, en septiembre de 1928, aquel hongo llegó a aquella placa de cultivo, lo suyo no puede asimilarse a un golpe de suerte, sino más bien al éxito del sheriff Brody cuando finalmente su tenacidad consigue hacer volar al tiburón por los aires.

Es más, durante una década nadie supo del trabajo de Fleming, y el propio científico había perdido el interés por su falta de progresos, hasta que a comienzos de los años 40 fue otro amplio y potente grupo de investigación de Oxford el que por fin logró descubrir la penicilina, es decir, convertirla en un compuesto real identificable y manejable. En décadas posteriores, otros muchos investigadores continuaron trabajando en la misma línea para perfeccionar los antibióticos sobre los pilares ya asentados por generaciones anteriores de científicos.

Esta mención a lo que sucedió después es también especialmente relevante, porque si hablamos del proceso y el contexto, no se trata solo de explicar lo ocurrido hasta el momento de un descubrimiento, sino también el desarrollo posterior de su historia. Esta es otra diferencia esencial entre la ciencia y la pseudociencia. Hahnemann sí se levantó una buena mañana y descubrió milagrosamente la homeopatía, sin gigantes ni hombros ni nada que se le parezca; porque en realidad no descubrió nada, sino que se lo inventó. Y tampoco hay historia posterior: hoy se continúa aplicando su mismo método, incluso con sus rituales mágicos de agitación de los productos, porque en la pseudociencia no hay progreso ni perfeccionamiento ni ensayo y error, ya que no hay errores; funciona maravillosamente desde el principio, siempre que te atengas a la doctrina original del gurú, que a diferencia de ti estaba iluminado por la Verdad.

He hablado de las informaciones en los medios de comunicación porque este es a menudo el único contacto con la ciencia de una gran parte de la población adulta. Pero por supuesto, donde idealmente debe arrancar todo este proceso de explicación de la ciencia es en la escuela. Mi hijo mayor estudia Física y Química por primera vez este año, y ha sido una grata sorpresa que la primera tarea del curso haya consistido en hacer un trabajo exponiendo un problema histórico de ciencia y cómo logró resolverse aplicando el método científico, antes incluso de comenzar a hablar de física o de química.

Como ya he expuesto aquí anteriormente, luchar contra el monstruo de muchas cabezas de las pseudociencias nos enfrenta a otros numerosos escollos complicados de superar. Pero si existe algún camino para mantener la esperanza de criar nuevas generaciones que no se dejen embaucar por charlatanes, curanderos y comerciantes de milagros, es este. Lo cual tampoco es descubrir nada nuevo, porque siempre hay hombros de gigantes en los que apoyarse. Y esto, de mil maneras distintas, ya lo dijo Carl Sagan.

La fruta que comemos está atiborrada de productos químicos

Si han llegado aquí y están leyendo este párrafo sin conocer la línea de este blog, probablemente sea por uno de dos motivos: a) esperan leer alguna revelación que les lleve a reafirmarse en eso de “¡claro, nos envenenan con química!”, o b) se disponen a vapulear al autor de este blog porque, naturalmente (y nunca mejor dicho), LA NATURALEZA NO ES OTRA COSA QUE PRODUCTOS QUÍMICOS.

Evidentemente, la respuesta correcta es la b). Y el titular de este artículo tiene truco, lo cual seguramente me llevará a recibir el vapuleo en Twitter de quienes se cansan leyendo más de 140 caracteres de una vez. Aquí les traigo una muestra gráfica que no es nueva, pero que en su momento causó un enorme revuelo en internet. El profesor de química australiano James Kennedy está justificadamente harto de que, para cierto sector de la sociedad, un químico reciba hoy una calificación moral similar a la de un terrorista, o peor. Kennedy es uno de esos tipos dotados con un sobresaliente talento divulgador, y hace unos años publicó en su blog varias listas de los ingredientes químicos que componen algunas de las frutas y otros alimentos naturales de consumo común. Aquí tienen algunas de ellas, con la del plátano en castellano por gentileza de Kennedy (imágenes de James Kennedy):

Observarán, aparte de lo tremendamente fácil que le resulta a cualquier pirómano social asustar a la población con nombres como dihidrometilciclopentapirazina, que en la lista figuran varias de esas sustancias que se designan con una letra E y un número, correspondiente a su clasificación como aditivos alimentarios, por ejemplo colorantes o conservantes.

En efecto, estos componentes están presentes de forma natural en los alimentos; el hecho de que se sinteticen en un tanque industrial para disponer de grandes cantidades y añadirlos a otros alimentos no los hace mejores ni peores: son exactamente la misma cosa. Y pensar que los productos químicos artificiales son dañinos por definición es un error tan idiota como dejarse morder por una serpiente de cascabel amparándose en la cita de esa preclara experta en salud llamada Gwyneth Paltrow: “nada que sea natural puede ser malo para ti”.

Y por cierto, aprovecho que paso por aquí para aclarar otro malentendido de garrafa: en alguna ocasión he comprobado cómo algunas personas, que evidentemente se saltaron algún curso de la secundaria obligatoria, creen que la distinción entre química orgánica e inorgánica consiste en que la primera es la de la naturaleza y la segunda la de las fábricas. Imagino que se debe a aquello de los alimentos “orgánicos”.

Perdónenme si esto les desencaja la mandíbula a algunos de ustedes, pero puedo asegurarles que he leído esto en más de una ocasión. Así que debo aclarar lo obvio: química orgánica es la que se basa en el carbono, inorgánica la que no. No tiene absolutamente nada que ver con el carácter natural o artificial del compuesto. El agua es química inorgánica, y sin duda Gwyneth Paltrow certificaría que es un producto natural.

Pese a todo lo anterior, asistimos ahora a una imparable tendencia de productos que se publicitan como sin conservantes ni colorantes, una moda que está socialmente aceptada y que no va a remitir. Hay una pseudociencia de la quimiofobia, tan imposible de erradicar como el resto de pseudociencias.

Lo más llamativo es el mecanismo de círculo vicioso que se crea entre la sociedad y la floreciente industria de lo “natural”: un sector de la población, ignoro si mayoritario pero que marca tendencia, se apunta a la pseudociencia de la quimiofobia. Las compañías de productos de consumo, con el propósito de aumentar sus ventas, eliminan de sus artículos sustancias inocuas, como los conservantes, los colorantes o los parabenos de jabones y desodorantes, para así presentarse ante el consumidor con una imagen más “natural”. Cuando estas marcas publicitan lo que no llevan, no hacen sino reforzar entre la población la idea de que las sustancias que antes llevaban los productos de esas marcas, pero ya no, deben de ser dañinos; por algo los habrán eliminado. Poco importa que en realidad los hayan eliminado no porque sean perjudiciales, sino porque usted cree que lo son. Es la versión moderna de las Brujas de Salem: ¡a la hoguera con conservantes, colorantes, parabenos…!

Esta irresponsabilidad social de las compañías de productos de consumo ampara también mucha trampa y cartón a través de prácticas publicitarias engañosas. En numerosos casos, etiquetas, eslóganes, anuncios y reclamos juegan sutilmente con las palabras para no mentir, pero tampoco decir toda la verdad. Un ejemplo: una marca de pan de molde estampa en sus bolsas el lema “sin colesterol”. La única manera de que el pan llevara colesterol sería que el panadero perdiera algún dedo dentro, ya que el colesterol es un lípido que actúa como componente esencial de las membranas de las CÉLULAS ANIMALES. Pero no parece probable que esta marca pretenda informar inocentemente al consumidor, sino más bien crearle la ficción de que su producto es más saludable que otros de la competencia. Naturalmente, es probable que los competidores se apunten al mismo reclamo para no ser menos, y así se difundirá entre los consumidores la falsa idea de que el pan lleva colesterol a no ser que se indique lo contrario.

Otro ejemplo es la etiqueta “sin gluten”, también popularizada hoy por la errónea creencia de que estas proteínas causan algún efecto dañino en las personas no celíacas. Cada vez más productos de lo más variopinto se suman hoy a la moda de exhibir este lema, y ello pese a que el gluten solo está presente en los cereales. Imagino que la etiqueta “sin gluten” aporta tranquilidad a los compradores celíacos, pero tengo mis dudas de que sea este el propósito que motiva a las marcas para estampar este lema en productos que no tendrían por qué llevar cereales en su composición: si una salchicha se publicita como compuesta por un 100% de carne, añadir una etiqueta “sin gluten” es un reclamo publicitario tramposo.

Una marca de zumos se anuncia en televisión diciendo que “no les ponen azúcar”. Pese a la apariencia casual de la frase, la fórmula parece sospechosamente elegida para que el consumidor incauto caiga en la trampa de creer que se trata de zumos diferenciados de la competencia por no llevar azúcar. La ciencia nutricional actual está condenando a los azúcares (también naturales, como diría Gwyneth) como causantes de la enfermedad cardiovascular, y la fórmula más tradicional y correcta “sin azúcares añadidos” tal vez ya no sea suficientemente eficaz como reclamo publicitario; pero basta con sobreimpresionar en la pantalla un mensaje en letra pequeña aclarando que los zumos tienen todo el azúcar de la fruta para atravesar ese colador de malla gruesa que es la publicidad autorregulada.

Anuncios que esconden parte de la verdad, proclamas saludables sin fundamento demostrado, suplementos dietéticos que no suplementan nada que resulte útil suplementar… Hace unos días el mando a distancia de mi televisor me llevó por azar a un programa estadounidense llamado Shark Tank, en el que varios emprendedores trataban de conseguir financiación para sus negocios de un puñado de millonarios bastante ostentotes (palabra que acabo de inventarme). Varios de los negocios aspirantes vendían suplementos nutricionales o productos parafarmacéuticos, siempre naturales. Los inversores ametrallaban a los candidatos a preguntas sobre ventas, rentabilidad, distribución, competencia…

Ninguno de ellos hacía la que debería ser la pregunta fundamental: ¿realmente eso sirve para algo? No parecía importar lo más mínimo; obviamente, bastaba con que los compradores así lo creyeran. Los productos químicos sintéticos y los fármacos están estrechamente regulados por las leyes de los países, y por las comunitarias en el caso de la UE. Fuera de esas leyes está la jungla; tan natural como peligrosa y sembrada de trampas.

El cómico John Oliver habla sobre las vacunas, y no se lo pierdan

Decía Carl Sagan que en ciencia es frecuente comprobar cómo un científico cambia de parecer y reconoce que estaba equivocado, cuando las pruebas así lo aconsejan. Y que aunque esto no ocurre tanto como debería, ya que los científicos también son humanos y todo humano es resistente a abandonar sus posturas, es algo que nunca vemos ocurrir en la política o la religión.

Imagen de YouTube.

Imagen de YouTube.

Los que tratamos de adherirnos a esta manera de pensar, sea por formación científica o por tendencia innata, que no lo sé, solemos hacerlo con cierta frecuencia. Personalmente, durante años estuve convencido de que la solución a la creencia en las pseudociencias estaba en más educación científica y más divulgación. Hasta que comencé realmente a indagar en lo que los expertos han descubierto sobre esto. Entonces me di cuenta de que mi postura previa era simplista y poco informada, y cambié de parecer.

Resulta que los psicólogos sociales descubren que los creyentes en las pseudociencias son generalmente personas con un nivel educativo y un interés y conocimiento científicos comparables al resto. Resulta que los mensajes públicos basados en las pruebas científicas no solo no descabalgan de sus posturas a los creyentes en las pseudociencias, sino que incluso les hacen clavar más los estribos a su caballo. Resulta que los psicólogos cognitivos y neuropsicólogos estudian el llamado sesgo cognitivo, un mecanismo mental por el cual una persona tiende a ignorar o minimizar toneladas de pruebas en contra de sus creencias, y en cambio recorta y pega en un lugar prominente de su cerebro cualquier mínimo indicio al que pueda agarrarse para darse la razón a sí misma. Es, por ejemplo, la madre de un asesino defendiendo pese a todo que su hijo es inocente, aunque haya confesado.

Pero el sesgo cognitivo no solo actúa a escala personal, sino también corporativa, en el sentido social de la palabra, como identificación y pertenencia a un grupo: parece claro que muchas organizaciones ecologistas jamás de los jamases reconocerán las apabullantes evidencias científicas que no han logrado, y mira que lo han intentado, demostrar ningún efecto perjudicial de los alimentos transgénicos. Lo cual aparta a muchas organizaciones de lo que un día fue una apariencia de credibilidad científica apoyada en estudios. Y tristemente, cuando esa credibilidad científica desaparece, a algunos no nos queda más remedio que apartarnos de esas organizaciones: si niegan los datos en una materia, ¿cómo vamos a creérselos en otras?

El neurocientífico y divulgador Dean Burnett me daba en una ocasión una interesante explicación evolutiva del sesgo cognitivo. Durante la mayor parte de nuestra historia como especie, decía Burnett, aún no habíamos descubierto la ciencia, la experimentación, la deducción, la inducción, la lógica. En su lugar, nos guiábamos por la intuición, la superstición o el pensamiento mágico. Desde el punto de vista de la evolución de nuestro cerebro, apenas estamos estrenando el pensamiento racional, y todavía no acabamos de acostumbrarnos; aún somos niños creyendo en hadas, duendes y unicornios.

Así, la gente en general no piensa como los científicos, me decían otros. No es cuestión de mayor o menor inteligencia, ni es cuestión de mejor o peor educación. De hecho, muchas personas educadas tratan de disfrazar sus sesgos cognitivos (y todos los tenemos) bajo una falsa apariencia de escepticismo racional, cuando lo que hacen en realidad es lo que uno de estos expertos llamaba “pensar como un abogado”, o seleccionar cuidadosamente (en inglés lo llaman cherry-picking) algún dato minoritario, irrelevante o intrascendente, pero que juega a su favor. Un ejemplo es este caso tan típico: “yo no soy [racista/xenófobo/machista/homófobo/negacionista del holocausto/antivacunas/etc.], PERO…”.

Estos casos de sesgos cognitivos disfrazados, proseguían los expertos, son los más peligrosos de cara a la sociedad; primero, porque su apariencia de acercamiento neutral y de escepticismo, de no ceñirse a un criterio formado a priori, es más poderosa a la hora de sembrar la duda entre otras personas menos informadas que una postura fanática sin tapujos.

Segundo e importantísimo, porque el disfraz a veces les permite incluso colarse en la propia comunidad científica. Es el caso cuando unos pocos científicos sostienen un criterio contrario al de la mayoría, y son por ello destacados por los no científicos a quienes no les gustan las pruebas mayoritarias: ocurre con cuestiones como el cambio climático o los transgénicos; cuando hay alguna voz discrepante en la comunidad científica, en muy rarísimas ocasiones, si es que hay alguna, se trata de un genio capaz de ver lo que nadie más ha logrado ver. Es mucho más probable que se trate de un sesgo disfrazado, el del mal científico que no trata de refutar su propia hipótesis, como debe hacerse, sino de demostrarla. Pero hay un caso aún peor, y es el del científico corrupto guiado por motivaciones económicas; este fue el caso de Andrew Wakefield, el que inventó el inexistente vínculo entre vacunas y autismo.

He venido hoy a hablarles de todo esto a propósito del asunto antivacunas que comenté ayer, porque algunas de estas cuestiones y muchas otras más están genialmente tratadas en este vídeo que les traigo. John Oliver es un cómico, actor y showman inglés que presenta el programa Last Week Tonight en la HBO de EEUU. Habitualmente Oliver suele ocuparse de temas políticos, pero de vez en cuando entra en harina científica. Y sin tener una formación específica en ciencia, es un paladín del pensamiento racional y de la prueba, demostrando una lucidez enorme y bastante rara entre las celebrities. Y por si fuera poco, maneja con maestría esas cualidades que solemos atribuir al humor británico.

Por desgracia, el vídeo solo está disponible en inglés, así que deberán conocer el idioma para seguirlo, pero los subtítulos automáticos de YouTube les ayudarán si no tienen el oído muy entrenado. Háganme caso y disfrútenlo: explica maravillosamente la presunta polémica de las vacunas, tiene mucho contenido científico de interés, y además van a reírse.

La anti-vacunación no es una decisión personal, porque puede matar a otros

Me entero por mi vecina de blog Madre Reciente de que el presentador Javier Cárdenas ha defendido públicamente dos argumentos falsos: la falacia inventada con ánimo de lucro de que las vacunas causan autismo, y la conclusión errónea de que los casos de autismo han crecido de forma espectacular en los últimos años (el enlace lleva a la explicación detallada sobre la naturaleza de la falsedad de ambos argumentos). Y compruebo en Google que las palabras de Cárdenas han arrastrado una larga y prolija cola de reacciones y contrarreacciones.

El presentador Javier Cárdenas. Imagen de Wikipedia.

El presentador Javier Cárdenas. Imagen de Wikipedia.

La pregunta es: ¿qué importa lo que diga Cárdenas? No puedo valorar el trabajo de este presentador, ya que no sigo sus programas. En alguna ocasión, esperando el comienzo de alguna película en la 1 de TVE, he visto los últimos minutos de un espacio que hace por las noches y en el cual el presentador y su claque hablaban como muy en serio de psicofonías, apariciones de fantasmas y cosas por el estilo.

Pero más allá de ver a un grupo de profesionales adultos departiendo como una cuadrilla de scouts en torno a un fuego de campamento, con reflexiones en Prime Time como “oye, pues yo creo que algo hay”, esto tampoco es sorprendente, ni siquiera en una televisión que pago con mis impuestos. Que yo sepa, TVE lleva pagando con nuestros impuestos programas de bulos esotéricos desde hace más de 40 años, desde aquellos tiempos del Doctor Jiménez del Oso; quien, por cierto, era un pseudocientífico, pero en mi humilde opinión también un comunicador de enorme talento, que una cosa no quita la otra.

Siendo así, insisto, ¿qué importa lo que diga Cárdenas? Su opinión respecto a las vacunas tiene tanto valor como la de un futbolista, o como la mía respecto a Cárdenas o los futbolistas. ¿Es necesario y pertinente que se le conceda tanto eco mediático, que le respondan públicamente profesionales de la ciencia e instituciones médicas? ¿Acaso todo esto no está aumentando la resonancia del personaje y de sus palabras, y tal vez incluso mejorando sus índices de audiencia para el frotar de manos de más de un directivo de radio y televisión?

La respuesta a esta última pregunta es que probablemente sí. Pero a pesar de todo, y por desgracia, la respuesta a la primera pregunta continúa siendo que lo que diga Cárdenas sí importa.

Importa porque Cárdenas es un tipo conocido con un altavoz que escuchan miles de seguidores. Precisamente acabo de escribir un artículo, aún no publicado, sobre celebrities que defienden proclamas pseudocientíficas. En el país líder de la ciencia mundial, EEUU, la líder mediática nacional es una señora que continuamente presta su espacio, sin ningún tipo de rigor ni filtro, a una variedad casi infinita de pseudociencias, desde las más inocuas a las más nocivas. Pero personas como Oprah Winfrey, y no los profesionales de la ciencia, ni las instituciones médicas, ni mucho menos blogs como este, son los Sócrates del siglo XXI; ellos son los líderes del pensamiento. Y simplemente lamentándolo y lamiéndonos las heridas no vamos a cambiarlo.

¿Y cómo vamos a cambiarlo? No lo sé. Como ya he explicado aquí, basándome no en mis propias conclusiones, sino en las de los expertos dedicados a estudiar eso que ahora se llama el movimiento anti-ilustración, esto no se arregla simplemente con más ciencia, más divulgación, más educación y más conocimiento, como algunos ingenuamente proponen. Simplemente. No. Funciona. Así.

Lo demuestran los estudios que una y otra vez han revelado que la pseudociencia no es propia de cavernícolas ignorantes de que la Tierra gira en torno al Sol, sino de personas con un nivel de educación medio absolutamente equiparable al del resto. La creencia en las pseudociencias no procede de la información escasa o errónea (o sea, de fuera del cerebro), sino del sesgo cognitivo (o sea, de dentro del cerebro). Y el sesgo cognitivo es por definición inmune a la evidencia.

Pero respecto a Cárdenas, hay algo que el presentador sí debería saber, y es que deberá cargar con la responsabilidad moral de sus palabras. Como también he explicado ya aquí y al contrario de lo que algunos equivocadamente creen, la vacunación no es una decisión personal. Citando una comparación que no es mía, pero que me parece de lo más adecuada, la vacunación es tanto una decisión personal como lo es manejar el móvil mientras se conduce. La decisión de no vacunar destruye la inmunidad de grupo o efecto rebaño, el fenómeno que protege a un pequeño porcentaje de vacunados que sin embargo no desarrollan inmunidad.

Como también conté aquí, los nuevos brotes de sarampión (una enfermedad que puede ser mortal) en EEUU causados por el auge de la antivacunación han afectado también a algunos niños vacunados. Los niños no vacunados no solo están en riesgo ellos mismos, sino que ponen en riesgo a otros por la destrucción del efecto rebaño. Y como consecuencia, mueren niños.

Cada padre o madre que decide no vacunar a sus hijos tiene una pequeña parte de responsabilidad en ello. Cada líder mediático cuya opiniones influyen sobre varios miles de padres y madres tiene esa parte de responsabilidad multiplicada por varios miles. Y si dicho líder mediático está dispuesto a vivir con ello, nosotros no lo estamos.

No, la ciencia no es de izquierdas (ni de derechas)

Me llega noticia de la publicación de un libro que analiza el fenómeno de la izquierda anticientífica, ese sector que abraza pseudociencias y conspiranoias, y que rechaza el conocimiento científico actual relativo a asuntos como las llamadas terapias alternativas, las vacunas o los alimentos transgénicos; en resumen, eso que algunos ahora llaman movimiento anti-ilustración, pero en su versión zurda.

Perdonen que no les detalle el título ni el autor, pero una razón me lo aconseja: no he leído el libro y por tanto no quisiera que esto se interpretara como una crítica negativa a una obra en la que evidentemente se ha vertido mucho trabajo y esfuerzo. No tengo motivos para pensar que el autor no haya desarrollado sus razonamientos de forma eficaz y rigurosa, así que este comentario no se refiere al libro, sino a la idea que lo inspira. Porque es una idea muy común, pero es una idea opinable, y en mi opinión es una idea equivocada (y no soy el único). No suelo tratar aquí de política, pero la acción del tópico requiere una reacción, especialmente de quien, como el que suscribe, NO tiene bando político.

La idea en cuestión consiste en pensar que la ciencia es patrimonio de la izquierda, o que la ciencia está en el ADN de la izquierda, o que la izquierda nació de la ciencia, o que la ciencia es de izquierdas. Elijan la versión que prefieran; todas ellas circulan por ahí, pero vienen a resumirse en lo mismo: derecha = ocurantismo, ignorancia y superstición; izquierda = luz, ciencia y razón. Circulan por ahí, naturalmente… entre las personas de izquierdas, como el autor del libro, cuya motivación es indagar en algo que al parecer le provoca estupefacción: ¿cómo es posible que la izquierda, ¡mi izquierda!, caiga en la trampa de la pseudociencia?

Desde luego, quien pretenda hacer una tesis de esta idea puede encontrar argumentos. Si quieren, yo se los facilito: teóricos, como que la ciencia es progreso, y la izquierda es progresista; o históricos, como que la razón fue el motor de la Revolución Francesa (el momento en que la izquierda política se diferenció de su bando rival), o que la Segunda República española fue un período de florecimiento científico.

Pero por cada ejemplo, siempre hay un contraejemplo. No es ninguna sorpresa que la ciencia existió durante siglos sin necesitar izquierdas ni derechas, creciendo en cada época en la medida de sus posibilidades técnicas y del conocimiento acumulado. Ni que Marx rechazaba el positivismo de otros filósofos sociales como Comte.

Respecto a la tan idolatrada Revolución Francesa, y descontando incluso el hecho de que se ejecutó a multitud de inocentes para terminar cambiando a un monarca absoluto por un emperador absoluto, lo cierto es que los científicos franceses estaban repartidos en ambos bandos; de hecho, durante siglos la ciencia fue una ocupación de los más acomodados, aquellos que no debían cavar zanjas para ganarse la vida.

En cuanto a la llamada Edad de Plata española, sí, murió con el golpe de estado de 1936, la Guerra Civil y la postguerra, pero no, no comenzó con la República, sino mucho antes. Casi sobra recordar que el único Nobel español de ciencia fue muy anterior.

Respecto al interés de la República en la ciencia, y para no caer en simplificaciones idealistas del pasado, suelo citar este caso: Manuel Azaña, que si no me equivoco era de izquierdas, sí tenía interés en la ciencia. En su primera etapa de gobierno firmó un decreto para que un sector del Monte de El Pardo se destinara a la construcción de un nuevo Museo de Ciencias Naturales, un Jardín Botánico y laboratorios de investigación. Cuando volvió al gobierno en 1936, encontró que no se había movido un dedo. Y escribió:

Si hubiese decretado que en los terrenos se construyesen grupos escolares, piscinas y campos de deporte, todo el mundo lo habría comprendido, y ya estarían hechos. Muy bien está hacerlos. Pero vaya usted a interesar al poder público, es decir, a unos ministros, unos subsecretarios y directores desvanecidos, en la obra impersonal de crear un museo, un jardín botánico, unos laboratorios, que no dicen nada a las clientelas. Es un ejemplo de la falta de espíritu en el Estado y de la falta de continuidad.

A pesar de los cambios de gobierno durante la República, Azaña no culpaba a ningún bando político concreto, sino al poder público español en general, a los políticos, a los burócratas. Y por cierto, me encanta la referencia a cómo las cosas habrían sido diferentes si se hubiera propuesto construir instalaciones deportivas. Algunas cosas en España no han cambiado en 80 años.

Por último, y respecto a la relación entre ciencia y progresismo, lo reservo para el final. Pero sobre cómo la derecha y la izquierda han tratado a la ciencia, pueden buscarse ejemplos horribles en ambos bandos. Por elegir uno de cada casa:

Derecha: el darwinismo social

Herbert Spencer. Imagen de Wikipedia.

Herbert Spencer. Imagen de Wikipedia.

Sepan que la llegada a Norteamérica de la teoría de Darwin, el mayor avance científico de la historia de la biología, se encontró con la feroz oposición de lo que hoy consideraríamos izquierda, sectores afroamericanos que luchaban por la justicia social. Pero en realidad, no tenía nada de raro. Aunque Darwin postulaba un origen común para las diferentes razas humanas (un concepto, el de raza, hoy científicamente desacreditado), sí hablaba de unas más evolucionadas que otras, a lo cual los curas negros reaccionaron defendiendo el humanismo cristiano frente a la, creían ellos, deshumanización darwiniana.

Pero es que, naturalmente, había una razón, y era el darwinismo social. Tras la publicación de la obra fundamental de Darwin, algunos pensadores políticos que hoy calificaríamos de derechas, como Herbert Spencer, trataron de convertir lo que era únicamente una descripción de un fenómeno natural en un principio rector de la sociedad. El darwinismo social (término que no empleaban sus defensores) contemplaba la sociedad humana como una lucha por la vida donde primaba la “supervivencia del más apto”, una expresión acuñada por Spencer y no por Darwin, y donde los menos adaptados eran eliminados por selección natural.

De este modo, la apelación al orden natural se empleaba para fundamentar la injusticia social, la competencia económica despiadada, el colonialismo o incluso la guerra por los recursos. El darwinismo social fue (y es) una perversión de la ciencia para hacerla servir como excusa de un sistema ideológico, político y económico.

Izquierda: el lysenkoísmo

En el siglo XIX, un monje checo llamado Gregor Mendel formuló las leyes de la herencia, que explican cómo los rasgos se transmiten a la descendencia; en su caso, en las plantas de guisante. Las leyes de Mendel implicaban que todo ser vivo nace ya condicionado por el bagaje genético que ha recibido de sus progenitores; incluso desde antes de venir al mundo, no somos iguales.

Trofim Lysenko. Imagen de Wikipedia.

Trofim Lysenko. Imagen de Wikipedia.

Todo lo cual resultaba inaceptable en un lugar del mundo donde la igualdad era, al menos en teoría, el principio absoluto del orden natural, moral y social: la Unión Soviética. En 1928, un ingeniero agrónomo llamado Trofim Lysenko creyó haber descubierto un método al que llamó vernalización, y por el cual podía modificar las características de los cultivos por factores ambientales, de modo que los nuevos rasgos adquiridos se transmitían a la descendencia. Frente a la selección natural de Darwin, Lysenko defendía la cooperación natural entre las plantas para ayudar a su supervivencia.

Las ideas de Lysenko no solo resultaban más adecuadas al código ideológico soviético, basado en la crianza frente a la herencia, sino que además prometían inmensas mejoras en los cultivos para alimentar a las grandes masas de población. Como consecuencia, el lysenkoísmo se convirtió en la teoría biológica oficial en la URSS, fuertemente apoyada por el régimen de Stalin. Miles de biólogos fueron ejecutados o encarcelados en los gulags por empeñarse en defender la ciencia que sustentaba las leyes de Mendel y la selección natural de Darwin.

Naturalmente, el lysenkoísmo fracasó, sencillamente porque era pseudociencia; otra perversión de la ciencia para hacerla servir como excusa de un sistema ideológico, político y económico.

Y hoy seguimos igual…

Estos son tal vez los dos ejemplos históricos más clásicos y conocidos, pero hoy podemos seguir encontrando cómo ambos bandos del espectro político, derechas e izquierdas, continúan negando la realidad científica en apoyo de sus pre-juicios, ideologías o intereses. Tanto a un lado como al otro del arco hay quienes tratan la ciencia como si fuera un bufé libre, tomando aquello que les interesa y apartando lo que no les gusta.

La derecha tiende a rechazar la ciencia que contradice sus ideas religiosas o político-económicas; ejemplos, la homosexualidad, la evolución biológica (en los fundamentalismos cristianos) o el cambio climático.

Por su parte, la izquierda vitupera lo que para ella representa el imperio económico capitalista, y nada mejor para ello que la llamada big pharma: medicamentos, vacunas y transgénicos. De esta repugnancia visceral hacia el gran poder nacen también las abundantes y muy diversas conspiranoias.

En resumen, no se trata de izquierda y derecha. Y a los asombrados con la izquierda anticientífica, no les vendría mal un repaso a los orígenes de la relación entre política progresista y pseudociencia New Age: se llamaba movimiento hippie, y no es un fenómeno precisamente novedoso.

En realidad es algo mucho más sencillo: tanto en diestros como en zurdos, se trata simplemente de quienes aceptan la ciencia, y quienes no. Así de simple. Quienes nunca la aceptarán son aquellos que no tienen sus ideologías solo para consumo propio, sino que viven con la aspiración de imponerlas a quienes piensan de otro modo. Estos, los de mentalidad autoritaria, siempre pervertirán la ciencia para sus propios intereses, sean de izquierdas o de derechas.

Termino con la idea que dejé colgada más arriba, porque es lo esencial de todo este discurso. En el siglo pasado hice un máster sobre sociología de la ciencia, y como trabajo final analicé dos casos de ficción literaria sobre la ciencia y la tecnología pervertidas al servicio de sistemas ideológicos: Un mundo feliz, de Aldous Huxley, y 1984, de George Orwell. Ambos autores imaginaban sociedades futuras donde la ciencia y la tecnología evidentemente habían progresado, pero cuyos mandatarios las aplicaban a su propia concepción del progreso social. Que obviamente, no lo era en realidad.

Esta, creo, es la raíz del tópico que erróneamente asocia ciencia e izquierda política: confundir progreso con progresismo. O ciencia con ideología.

Fidget Spinner, la nueva tontería pseudocientífica con onda expansiva periodística

Mientras espero con mis hijos ante el portón del patio del colegio, esperando a que lo abran para despedirlos con el beso de buenos días, observo varios niños y niñas a mi alrededor que de repente parecen sacados de El pueblo de los malditos, o de cualquier otra de esas películas en que los niños empiezan a actuar de forma rara, pero todos de la misma forma rara. En este caso, haciendo girar una especie de gadget con aspas sobre sus dedos.

Un Fidget Spinner. Imagen de Wikipedia.

Un Fidget Spinner. Imagen de Wikipedia.

Mientras me fijo mejor en ello, tratando de romper los candados de legañas de mis ojos, pregunto a mis hijos: “chicos, ¿qué diablos es eso?”. “No sé”, me contesta mi hijo mayor. “Gonzalo lo tiene. Dice que lo ha comprado en el Supersol”.

Todo el que haya dado continuidad biológica a la especie humana sabe que los niños son presa fácil, cándida y permanente de cada nuevo fad, craze o llámese como se llame. En mi experiencia curricular como padre han sido los gormitis, las peonzas, las pulseras de gomas o los hama beads, por citar algunos que me vienen ahora. Y nosotros también tuvimos nuestras modas, aunque menos comerciales. Aún recuerdo, qué tiempos aquellos, cuando llevábamos al colegio un destornillador, mejor cuanto más pesado y afilado, para jugar al clavo, consistente en lanzarlo al suelo para hincarlo en la tierra e ir avanzando sobre una especie de rayuela con puntuaciones. Hoy seguramente nuestros padres perderían la custodia.

Así que no le di la menor importancia. Por suerte, de momento los míos siguen prefiriendo los hama beads, algo más creativo que embobarse mirando cómo gira un cachivache.

Pero hete aquí que de repente empiezan a saltarme en internet artículos en medios de todo tipo, en español e inglés, sobre algo llamado Fidget Spinner. Descubro que no es solo Gonzalo y que Torrelodones no es el pueblo de los malditos, sino que la cosa es internacional.

Pero hete aquí que de repente descubro algo más: varios medios atribuyen a este cacharro presuntas propiedades terapéuticas contra el Trastorno por Déficit de Atención con Hiperactividad (TDAH), e incluso contra los Trastornos del Espectro Autista (TEA).

Con la ciencia hemos topado, Sancho. Y aquí estoy.

En una sociedad cada vez más obsesionada por la salud, más medicalizada y más afectada por el fenómeno del disease mongering, cada vez va a ser más frecuente que todo aquello que se nos trata de vender se apoye en presuntas propiedades beneficiosas para la salud. Lo vemos hasta el hastío en los intermedios de la televisión: solo una pequeña parte de los anuncios con proclamas terapéuticas llevan esas advertencias clásicas sobre leer el prospecto y consultar al farmacéutico; el resto de los productos (sobre todo alimentos, pero también muchos gadgets de las teletiendas) no están obligados a llevarlas porque no son medicamentos, pero se publicitan descaradamente como si lo fueran. Hace unos días se me caían las pestañas del susto al ver en un telediario un reportaje sobre el Salón de Gourmets celebrado en Madrid, que más parecía el Salón de la Pseudociencia Nutricional, infestada de alimentos exhibiendo proclamas saludables de muy dudosa base científica.

Así que no es de extrañar que a alguien se le hayan puesto los ojos de dólar, como en los dibujos animados, con la idea de vender juguetitos que mejoran los síntomas del TDAH o los TEA sin que ninguna pelmaza autoridad sanitaria pueda meter las narices en su negocio.

Por su parte, los pobres redactores de algunos medios (sí, esos que no pueden decir a su jefe “no voy a hacer eso”, lo mismo que usted) tiran de teléfono para lanzarse a llamar al Doctor X, especialista en Y del Hospital Z. Y el pobre Doctor X, que no sabe ni por dónde le ha venido, trata de salir del paso como puede, sin la menor idea de qué demonios es esa chorrada que le están preguntando, pero sin atreverse tampoco a calificarlo como chorrada, no vaya a ser que luego haya algo.

El resumen: ningún artículo que mencione presuntas (algunos artículos incluso lo dan como hecho cierto) propiedades terapéuticas del Fidget Spinner aporta una sola fuente científica válida. Y el redactor que no puede decir “no” a su jefe tampoco debe llegar al otro extremo de renunciar a su ética profesional atribuyendo propiedades milagrosas al nuevo cacharro de moda solo porque otros medios a su vez le atribuyen propiedades milagrosas basándose en otros medios que antes le han atribuido propiedades milagrosas. Por favor, cuestiónense la veracidad de lo que escriben ustedes mismos, de lo que escriben otros, de lo que escribo yo. Investiguen las fuentes.

Y por favor, no llamen al Doctor X. Lo que pueda decirles sobre este asunto en un asalto telefónico entre la ronda de planta y el café tiene muy poca validez. Lo único válido sería la existencia de estudios clínicos serios que revelen indicios científicos de que este cacharro (o al menos otro similar, dado que este aún es novedad) muestre algún beneficio terapéutico frente a los trastornos referidos. Y por lo que se sabe hasta ahora, eso no existe.

Ni siquiera si se trata de colocar este nuevo gadget como un stress toy, o juguete contra el estrés, aprovechando la avalancha de literatura científica que avala la eficacia de los stress toys. Porque tal avalancha no existe: la eficacia de los stress toys no está ni mucho menos demostrada, por no decir que posiblemente sean del todo inútiles, salvo por la socorrida intervención de nuestro común amigo, el Doctor Placebo.

Un juguete es un juguete. Y si mis hijos mañana me lo piden y el precio es razonable (que no lo sé), no tendré ningún inconveniente en que puedan jugar con sus amigos a ver quién gira mejor el molinillo.

Pero esperemos a ver qué pasa: un artículo en el Boston Globe, un medio que en este caso sí ha hecho bien sus deberes, cuenta cómo Julie Schweitzer, profesora del Instituto de Investigación Médica de Trastornos del Neurodesarrollo de la Universidad de California en Davis, ya ha rechazado varias ofertas de fabricantes de este tipo de fidgets para que avale sus productos (no se menciona, pero siempre es a cambio de un sustancioso cheque), algo a lo que ella se ha negado por falta de pruebas científicas.

Obviamente, no todos los expertos son tan insobornables como Schweitzer. Y si empezamos a ver por ahí que los vendedores del cachivache se tiran finalmente a la piscina de la proclama terapéutica, sin o (mejor) con el apoyo de algún presunto experto, entonces estaremos asistiendo al amanecer de un nuevo caso como el de Power Balance; de esos en los que la justicia acaba actuando, pero cuando la pasta ya está a buen recaudo.

Hay una vacuna contra la ignorancia, pero no es (solo) la ciencia

Allá por los 90, tuve un profesor de sociología de la ciencia que distinguía entre ignorancia y nesciencia, dos términos que la RAE no delimita tan claramente, pero que son instrumentos semánticos más útiles si se interpretan como él lo hacía: nesciente es quien no sabe algo que no tiene por qué saber, mientras que ignorante es el que prefiere no saber, o prefiere actuar como si no supiera.

La distinción es útil porque en el mundo de hoy se da la extraña paradoja de que la nesciencia y la ignorancia parecen seguir tendencias opuestas: mientras la primera cae, la segunda sube. Cada vez se sabe más, esto es innegable; y en cambio, la impresión (solo impresión, porque realmente es difícil medirlo) es que cada vez se prefiere más ignorar lo que se sabe. O al menos, la diferencia entre lo que se sabe y lo que a menudo se cree resulta más vertiginosa.

Imagen televisada de Neil Armstrong pisando la Luna por primera vez el 20 de julio de 1969. Imagen de NASA.

Imagen televisada de Neil Armstrong pisando la Luna por primera vez el 20 de julio de 1969. Imagen de NASA.

Un ejemplo: podía resultar hasta cierto punto admisible, sobre todo por aquellos a quienes les llegaba de sorpresa, que el 20 de julio de 1969 muchos de los que veían por televisión el descenso de Neil Armstrong a la Luna pensaran aquello de “¡venga ya, eso es todo mentira!”.

Pero cuando en los años posteriores otras cinco misiones aterrizaron allí; cuando se trajeron cerca de 400 kilos de rocas y arena que se distribuyeron por el mundo y se han venido analizando desde entonces para publicar innumerables estudios; cuando se han fotografiado los vestigios de aquellas expediciones desde la órbita lunar; cuando de todo aquello se ha podido construir todo un cuerpo de conocimiento científico para comprender la historia antigua de la Tierra y su satélite; cuando una gran parte de la ciencia y la tecnología espacial actuales está funcionando gracias a las lecciones aprendidas de aquel programa; y cuando algunos tipos llegaron a dar sus vidas para que todo aquello fuera posible (hace pocos días recordaba en un reportaje la tragedia del Apolo 1 con ocasión del 50 aniversario)… ¡Buf, seguir defendiendo en 2017 que todo esto ha sido un inmenso montaje…!

En este mundo de hoy se da una sorprendente circunstancia de la que ya he hablado aquí alguna vez. Y es que la publicidad y la propaganda parecen resultar más creíbles que la ciencia para una gran capa de la población.

Otro ejemplo: cuando un anuncio asegura que un yogur mejora las defensas, nadie parece ponerlo en duda, a pesar de que quien lo dice es precisamente quien pretende lucrarse con la venta de esos yogures. Sin embargo, cuando la ciencia concluye que esa proclama es puro bullshit, la gente desconfía, pese a que los científicos carezcan de todo interés económico en la venta o la no venta de los yogures, y su única intención sea informar de la verdad para iluminar a los consumidores en sus decisiones, sin que tales decisiones les vayan a hacer ganar más o menos dinero.

Dentro de la propaganda se incluye también el periodismo sensacionalista televisivo. Es curioso que algunos afirmen con orgullo que en España no existen tabloides (prensa amarilla) como los que tanto éxito cosechan en otros países, véase Reino Unido. ¡Pero si en España no se leen periódicos! Hace poco recordaba unos datos de circulación de diarios de pago en Europa. Tal vez no estén actualizados (creo recordar que eran de hace unos cinco o seis años, quizá algo más); pero el dibujo general era este: de los diez periódicos más vendidos en Europa, cinco eran británicos, y no todos tabloides. Ningún diario español entre los 20 primeros; El País era el número 21.

Pero es que, en cambio, en España somos los reyes del tabloide televisivo. Los hay en todas las cadenas, en todos los formatos y en todas las franjas horarias. Y no piensen en el Sálvame; algunos de esos programas se disfrazan de espacios de investigación periodística, cuando lo único que hacen es presentar historias irrelevantes (que hay un edificio ocupado; ¿en serio?) o vergonzosamente sesgadas y falaces para prender una alarma social. Todo ello con el tono narrativo de un abogado de película americana disertando ante el jurado. No lo olviden: el periodismo también vive de vender, y hoy la competencia por los índices de audiencia es feroz y despiadada. Hasta ahí puedo leer, pero créanme.

Un ejemplo de esto último lo hemos tenido en el caso del panga que comenté esta semana. Creo que una gran parte de la patraña forjada en torno a este alimento procede de ciertos espacios televisivos amarillistas desesperados por arañar puntos de audiencia. Y contra eso, ya pueden los científicos presentar todos los datos veraces del mundo, que sirve de poco. Ya se han encendido las antorchas y se han empuñado los tridentes; unos cuantos datos científicos no van a conseguir que se apaguen y se desempuñen.

Extraño, el ser humano, pero es lo que somos. Y estas paradojas son precisamente el objeto de estudio de muchos psicólogos. Hace poco traje aquí a uno de ellos; se llama Dean Burnett, neuropsicólogo que dobla como humorista de monólogos. En su reciente libro El cerebro idiota explicaba por qué somos así; por qué esa refinada habilidad que tenemos los seres humanos de preferir ignorar la realidad y acogernos a supersticiones, intuiciones infundadas o proselitismos interesados forma parte del funcionamiento normal de un cerebro completamente sano.

Donald Trump se ha destacado por su negacionismo del cambio climático. Imagen de Gage Skidmore / Wikipedia.

Donald Trump se ha destacado por su negacionismo del cambio climático. Imagen de Gage Skidmore / Wikipedia.

Todo esto viene a propósito de dos interesantes estudios recién divulgados. Uno de ellos se ha presentado (aún no se ha publicado formalmente) hace dos semanas en la reunión anual de la Sociedad para la Personalidad y la Psicología Social celebrada en San Antonio (Texas, EEUU), dentro de un simposio denominado “Rechazo a la ciencia: nuevas perspectivas sobre el movimiento anti-ilustración”, tal como se está dando últimamente en llamar a las corrientes sociales que niegan el cambio climático, la seguridad de las vacunas o la evolución biológica. A ello se unen casos aún más extremos, como el reciente crecimiento de la creencia en la Tierra plana.

La conclusión de los investigadores, de EEUU, Australia y Reino Unido, sigue la línea apuntada por Burnett: a grandes rasgos, el rechazo a la ciencia de estas personas no depende de su inteligencia ni de su nivel de educación, y ni siquiera su interés por la ciencia es particularmente menor que el de la población general.

Simplemente, dicen los psicólogos, se trata de que las personas no piensan como científicos; no reúnen los datos disponibles para analizarlos en su conjunto y adoptar una conclusión razonada, les guste esa conclusión o no. En su lugar, decía a Phys.org el coautor del estudio Matthew Hornsey, de la Universidad de Queensland, “piensan como abogados”; es decir, eligen selectivamente los pedazos de información que les interesan para “llegar a conclusiones que quieren que sean ciertas”. Los psicólogos llaman a esto sesgo cognitivo.

“Vemos que la gente se apartará de los hechos para proteger todo tipo de creencias, incluyendo sus creencias religiosas, políticas o simplemente personales, incluso cosas tan simples como si están eligiendo bien su navegador de internet”, decía otro de los coautores, Troy Campbell, de la Universidad de Oregón. “Tratan los hechos como más relevantes cuando tienden a apoyar sus opiniones”, proseguía Campbell. “Cuando van en contra de su opinión, no necesariamente niegan los hechos, pero dicen que son menos relevantes”. Los psicólogos obtienen estas conclusiones de un estudio de entrevistas con un grupo de voluntarios y de un metaestudio de investigaciones anteriores publicadas sobre la materia.

Gran parte de estos prejuicios, añadían los investigadores, nace de la asociación entre opiniones y afiliaciones políticas o sociales. Por ejemplo: si alguien es de izquierdas, obligatoriamente tiene que adherirse a la postura de rechazo a la energía nuclear, ya que se considera que defenderla es de derechas. Los autores añaden que este fenómeno se ha exacerbado en el presente (confirmando esa impresión que he mencionado más arriba de que la brecha se acentúa) porque en el pasado existía una mayor influencia de la ilustración, un mayor seguimiento consensuado de las conclusiones científicas por parte de los liderazgos políticos y sociales.

Este auge del movimiento anti-ilustración, añadían los investigadores, es enormemente preocupante y debe mover a la acción. “El movimiento anti-vacunas cuesta vidas”, decía Hornsey. “El escepticismo sobre el cambio climático ralentiza la respuesta global a la mayor amenaza social, económica y ecológica de nuestra época”.

¿Cómo arreglar todo esto? Los investigadores vienen a sugerir que el mensaje de la ciencia debe alinearse con las motivaciones de la gente. Pero este parece un principio muy general al que no será fácil encontrar aplicación práctica concreta.

El segundo estudio que traigo hoy, este ya publicado, aporta un enfoque más práctico. Un equipo de investigadores de las universidades de Cambridge (Reino Unido), Yale y George Mason (EEUU) sugiere que es posible “vacunar” a la población contra el negacionismo del cambio climático. En sentido psicológico, claro.

El propósito de los investigadores era ensayar si era posible traspasar al ámbito de la psicología el principio general de la vacunación: ¿puede una pequeña inoculación con un fragmento de información proteger al individuo contra el virus de la desinformación?

Para ello, reunieron a un grupo de más de 2.000 voluntarios estadounidenses representando una muestra variada de población según varios criterios demográficos, y alternativamente les presentaron una diferente información sobre el consenso relativo al cambio climático: a unos, una serie de datos científicos, incluyendo el hecho de que el 97% de los científicos del clima coinciden en la conclusión de que el cambio climático causado por el ser humano es un fenómeno real; a los otros, información extraída de una web fraudulenta llamada Oregon Global Warming Petition Project, según la cual “31.000 científicos estadounidenses dicen que no hay pruebas de que el CO2 liberado por causa humana provoque cambio climático”.

Captura de pantalla de la web Oregon Global Warming Petition Project.

Captura de pantalla de la web Oregon Global Warming Petition Project.

Los científicos comprobaron cómo estas informaciones condicionaban las opiniones de los voluntarios en un sentido y en otro: la percepción de que sí existe un consenso científico sobre el cambio climático crecía un 20% en el primer grupo, y disminuía un 9% en el segundo.

A continuación, los investigadores presentaron a los voluntarios ambos paquetes de información a la vez, el verdadero y el falso. Y sorprendentemente, en este caso ambos efectos se cancelaban: la variación entre el antes y el después era solo del 0,5%. De alguna manera, los participantes regresaban a la casilla de salida, cayendo en una indecisión sin saber qué creer.

Por último, repitieron los experimentos aplicando dos tipos de “vacunas”. Una más general consistía en presentar la información, pero añadiendo esta frase: “algunos grupos políticamente motivados utilizan tácticas engañosas para tratar de convencer al público de que existe un fuerte desacuerdo entre los científicos”. La segunda, que los autores definen como una “inoculación detallada”, destapaba específicamente las mentiras de la web de Oregón, revelando por ejemplo que menos del 1% de los presuntos firmantes de la petición (algunos de los cuales eran nombres ficticios) eran realmente científicos climáticos.

Los investigadores descubrieron que la vacuna general desplazaba las opiniones a favor del consenso de los científicos en un 6,5%, mientras que la detallada lo lograba en un 13%, incluso cuando ambos grupos también habían tenido acceso a la información falsa. Es decir, que la vacuna protegía a una parte de la población frente a los efectos nocivos de la desinformación.

Tal vez los porcentajes no parezcan demasiado impresionantes si se observan aisladamente, pero lo cierto es que el 13% de protección conseguido con la vacuna detallada equivale a dos terceras partes del efecto logrado cuando se presenta la información correcta sin la falsa; es decir, que la inoculación protege en un 67% contra la desinformación. Lo cual ya se parece bastante a lo que puede hacer una vacuna.

La idea, en palabras del director del estudio, el psicólogo social Sander van der Linden (Universidad de Cambridge), es “proporcionar un repertorio cognitivo que ayude a crear resistencia a la desinformación, para volver a la gente menos susceptible a ella”. La motivación del estudio nació del hecho de que en el pasado las compañías tabaqueras y de combustibles fósiles han empleado esta táctica para sembrar dudas entre la población y apartarla del consenso científico. En este caso, los investigadores querían comprobar si el mismo procedimiento podía usarse para promover la creencia en el consenso científico en lugar de minarla, y dirigido al bien público en lugar de a intereses particulares.

También es interesante el dato de que la protección se logró en la misma medida entre los voluntarios de filiación política republicana, más propensos a desconfiar del cambio climático, los demócratas, más próximos a aceptarlo, y los independientes. Y que los investigadores no observaron un efecto rebote entre los grupos más predispuestos a la negación: “no parecían regresar a teorías conspirativas”, dice van der Linden. El psicólogo admite que “siempre habrá gente completamente resistente al cambio”, pero confía en que “siempre hay espacio para un cambio de opinión, aunque sea solo un poco”.

“Quienes desmontamos el Blue Monday lo estamos manteniendo vivo”

Termina la semana que empezábamos con una de esas historias desprovistas de todo rastro de las mínimas cualidades de la noticia, como verdad, importancia o interés, pero que no obstante hacen relamerse de gusto a más de un redactor jefe: el Blue Monday.

El Blue Monday (lunes triste) es esa patraña de que existe un día, el tercer lunes del año, que es estadísticamente el más deprimente para la población en general. Aparte de lo descaradamente absurdo de la premisa, la historia vendida cada año en algunos medios es falsa: el Blue Monday no es fruto del trabajo científico de un científico, sino de una campaña publicitaria encargada por una agencia de viajes que contrató a un profesional del coaching para que lo firmara con su nombre.

Debo confesar que, a un servidor, la expresión Blue Monday solo le traía a la mente la canción de 1983 con la que New Order decidió enterrar definitivamente a Ian Curtis; hasta que rebusqué un poco sobre ese otro significado y me quedé patidifuso por el hecho de que algunos medios lo tomaran en serio. Y más aún por el hecho de que un organismo público, el gobierno canario, lo utilice como gancho publicitario, como si Canarias no tuviera suficientes atractivos turísticos para tener que recurrir a la seudociencia dando voz a quienes se lucran con ella.

Dean Burnett. Imagen de Cardiff University.

Dean Burnett. Imagen de Cardiff University.

Entre quienes más han batallado por dar a conocer la realidad sobre lo estulto del Blue Monday se encuentra Dean Burnett, neuropsicólogo de la Universidad de Cardiff (Reino Unido). Su relación con el Blue Monday comenzó cuando un periódico local le contactó para preguntarle por ello y luego tergiversó sus declaraciones para dar a entender que Burnett respaldaba la idea del día más triste del año, tal como el científico lo contó en su blog del diario The Guardian.

Después de aquello, Burnett ha continuado casi año tras año acudiendo a su cita con la fecha en el mismo blog. Y como en sus ratos libres también hace comedia, pues lo cuenta con gracia, la misma que gasta cuando escribe divulgación, como en su libro El cerebro idiota (edición española: Temas de Hoy, 2016).

Dado que Burnett conoce el cerebro humano mejor que la media, he aprovechado la ocasión para preguntarle brevemente sobre cómo funciona nuestro órgano pensante con cosas tan impensables como el Blue Monday.

¿Por qué triunfa la idea del Blue Monday?

Primero, pienso que su fuerza estriba en su relato. Por esta época del año todo el mundo se siente bajo, y esto les hace sentir que no es culpa suya, que es un fenómeno científico fuera de su control. Es relevante y quita la responsibilidad de sus manos, lo que para muchos es tranquilizador: “no necesito cambiar nada, no es culpa mía”. Algo que siempre es agradable pensar. También puede actuar como justificación para la autoindulgencia, la gente se da caprichos porque es un día deprimente y eso.

Además, es tan simple que es muy memorable. Da a la gente la impresión de que  entienden cómo funcionan la mente y los estados de ánimo, y de que el mundo es más fácil de entender de lo que realmente es. No es el caso, pero es agradable pensarlo.

Y a fuerza de creer que es el día más triste del año, ¿puede convertirse para quienes así lo creen en una profecía autocumplida?

Definitivamente hay algo de eso. Probablemente es un poco como el viernes 13 [o martes 13]. Es imposible que un día sea desafortunado por norma, pero el sesgo de confirmación triunfa cuando la gente cree en ello. La mala suerte que cualquier otro día no tendría importancia tiene un especial significado porque es viernes 13, lo que demuestra que es un día desafortunado, así que la creencia persiste año tras año.

Igualmente, es normal sentirse triste o miserable en lo peor del invierno después de toda la diversión de la Navidad, así que no cabe duda de por qué se eligió ese día para el Blue Monday, pero una vez que la gente piensa que es un día especialmente deprimente, lo atribuirán al hecho de que es ese día, más que a razones más mundanas que son la causa real. Y así seguimos.

Lo cierto es que cada año muchos medios lo cuentan. Y aunque algunos lo hagamos para desmontarlo, no dejamos de darle visibilidad. ¿Deberíamos dejar de hablar de ello?

Es una pregunta espinosa. Mi postura ha sido dejar claro sin lugar a dudas que es una tontería, y lo he hecho de la manera más llamativa y altisonante que he podido en cualquier ocasión que he tenido. Pero también algunos años prefiero ignorarlo, ya que tengo la impresión de que quienes intentamos desmontarlo en realidad lo estamos manteniendo vivo, y que de otro modo habría decaído. Creo que ahora está demasiado instalado como para librarnos de ello, pero es posible que la gente vaya perdiendo el interés a lo largo del tiempo, y es algo en lo que debemos confiar.

La cebolla, la tos de los niños, los remedios naturales y la ciencia (y II)

Uno de los objetivos de separar esta historia sobre tos y cebolla en dos capítulos (el primero, aquí) era evidente: restringir la extensión de cada post a un tamaño razonable, porque me conozco. Pero además tenía otro propósito: esperar a que circulara para recibir algunos testimonios de otros padres y madres. Y como ya suponía, la improvisada encuesta me dice que el remedio de la cebolla es inmensamente conocido, y también generalmente aplaudido. Aunque no pretendo que esto tenga ningún valor estadístico (y es de suponer que quien no lo conozca o quien no lo haya encontrado eficaz probablemente no lo dirá), la respuesta ha confirmado mi sospecha. Este era el primer paso de mi indagación.

Cebolla entera, cortada y en aros. Imagen de Donovan Govan / Wikipedia.

Cebolla entera, cortada y en aros. Imagen de Donovan Govan / Wikipedia.

El segundo es internet. Y como era de esperar, descubro primero una infinidad de webs y foros en castellano sobre padres y niños que alaban la cebolla como remedio para la tos. Buscando en webs internacionales, encuentro que en otros países como EE. UU. la costumbre más común es dar a beber un jarabe de cebolla con miel o azúcar como endulzante (recetas aquí). La Wikipedia en inglés menciona el uso tradicional de la ingesta de cebolla como remedio para la tos.

Aquí es importante distinguir entre dos conceptos, la ingesta y la inhalación de vapores. Del primer modo se incorporan al organismo todos los compuestos químicos de la cebolla, mientras que el efecto del vapor debe ser atribuido solo a los gases desprendidos, principalmente el sulfóxido de tiopropanal (comocido como factor lacrimógeno), que solo se produce cuando se rompen las células del bulbo.

El uso de los vapores de la cebolla aparece reseñado en un artículo en la web de salud Everyday Health, en el que un médico estadounidense llamado Stephen Russell aconseja partir la cebolla en cuartos y situarla en un plato junto a la cama. El artículo, escrito por la periodista de salud Madeline R. Vann, señala: “Aunque utilizar cebollas puede sonar nada más que a cuento de viejas, Russell dice que es bastante popular en España y Francia, añadiendo que este remedio casero para la tos es seguro para niños y bebés”.

En otra web, una bloguera y escritora freelance canadiense llamada Sharilee Swaity escribe un artículo en el que aconseja cortar una cebolla por la mitad y colgarla en la habitación, y agrega: “Añado información adicional que he recibido de mi abuela. Hablé con ella hace un par de meses y dijo que utiliza el truco de la cebolla, pero cortándola en varios pedazos y poniéndolos en un plato. Lo he probado y realmente también parece ayudar”.

En este último artículo, Swaity, que no es especialista en salud ni declara ninguna formación en ciencia, apunta que “existe una razón científica detrás de la cura de la cebolla”. A este respecto, la autora precisa que la cebolla contiene vitamina C, que combate el resfriado, y flavonoides, que refuerzan el sistema inmunitario. Sin embargo, respecto a los flavonoides, como la quercetina, ya recogí en mi anterior post que según la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA) no existen suficientes datos científicos contrastados. Y sobre todo, como ya he explicado más arriba, si hablamos de situar la cebolla cerca del individuo y no dentro de él, solo actúan los compuestos volátiles, entre los que no se encuentran la vitamina C ni la quercetina. Así que la explicación de Swaity no nos sirve.

Hasta aquí, la creencia popular. Ahora, la ciencia. Busco en las bases de datos online de estudios científicos y apenas descubro nada. Curiosamente, encuentro en la revista Science un estudio publicado en diciembre de 1947 titulado Los componentes químicos de los vapores de la cebolla, responsables de propiedades de cicatrización de heridas. El autor es Edward F. Kohman, entonces químico de la compañía de sopas Campbell, la marca que Andy Warhol hizo famosa. Kohman cita un trabajo previo de investigadores soviéticos en plena Segunda Guerra Mundial que habían probado el efecto de los vapores de la cebolla sobre la cicatrización de miembros amputados e infectados, con notable éxito. El detalle más insólito es que los científicos rusos pretendían hacer el estudio con 25 pacientes, pero debieron dejarlo en 11 debido a la carencia de cebollas. Cosas de la guerra…

Reseña de la investigación de Edward F. Kohman aparecida en el diario St. Petersburg Times el 1 de febrero de 1948.

Reseña de la investigación de Edward F. Kohman aparecida en el diario St. Petersburg Times el 1 de febrero de 1948.

Así, Kohman parte del comprobado efecto antibacteriano de los vapores de la cebolla y realiza una serie de reacciones químicas para caracterizar los componentes volátiles y relacionarlos con esa propiedad. Aún no se conocía el sulfóxido de tiopropanal. El químico acaba concluyendo: “Es concebible que comer cebollas crudas tenga un efecto curativo en la garganta irritada como consecuencia de un resfriado”. Pero una vez más, y a pesar del título del estudio, ninguna mención al efecto del vapor sobre la garganta. Y en el caso de la tos no parece verosímil que el efecto antibacteriano sea relevante.

La única revisión publicada que parece abordar la cuestión de los vapores de la cebolla y la tos es obra de un pediatra español especializado en alergología y medicina respiratoria, Antonio Martínez Gimeno, actualmente en el Servicio de Pediatría del Hospital Virgen de la Salud de Toledo. En 2009, Martínez Gimeno publicó en la revista Allergologia et Immunopathologia un artículo titulado Cebollas, mitos, creencias, moda y realidad en el asma. En su trabajo, Martínez Gimeno menciona el remedio de la cebolla cortada, y escribe: “Como con la mayoría de las creencias populares, su eficacia se evalúa por la experiencia personal, muy influida por cuánto cree el evaluador en la intervención”. “Una madre (el evaluador) con suficiente fe en la intervención como para poner un plato de cebolla en la mesilla junto a la cama de su hijo probablemente sería muy propensa a una evaluación positiva de su eficacia (sesgo por entusiasmo)”, añade el pediatra.

En la línea de esto último, acaba de publicarse un estudio muy interesante que me ha señalado vía Twitter Guillermo Peris, profesor de la Universitat Jaume I de Castellón. El artículo, publicado en la revista JAMA Pediatrics, resume un ensayo clínico que investiga el efecto placebo en el tratamiento de la tos en niños muy pequeños. Los autores, de la Facultad de Medicina Penn State (EE. UU.), sometieron a un grupo de 119 niños de 2 a 47 meses de edad y con tos nocturna a un tratamiento con jarabe de ágave (una versión más ligera de la miel) o con un placebo, manteniendo un grupo de control sin intervención. Los resultados revelan que tanto el placebo como el jarabe aliviaron la tos frente al grupo de control, y con la misma eficacia en ambos casos. Los investigadores concluyen que los niños y los bebés también son susceptibles al efecto placebo.

La conclusión no es del todo sorprendente; cualquiera que tenga hijos conoce el milagroso poder analgésico de un beso en una pupa. Pero lo más extraño del estudio de Penn State, y que arroja una importante duda sobre las conclusiones, es un detalle que queda enterrado en el artículo y que solo se destaca en un editorial que acompaña al estudio. En este texto, dos médicos de la Universidad de Washington en Seattle (EE. UU.) escriben: “En realidad, lo que los investigadores observan en este estudio es un efecto placebo en los padres que evaluaron el resultado en los niños del estudio a través de un cuestionario de síntomas de tos”. Es decir, que la evaluación de la eficacia de los tratamientos no la realizaron los propios investigadores, sino los padres, por lo que es imposible saber si la mejora de los síntomas era real o si se trataba del sesgo por entusiasmo al que alude Martínez-Gimeno. Y no cabe duda de que esta será siempre una interferencia en nuestra experiencia personal, dado que quizá los padres tenderemos a dormir más tranquilos –y por tanto, a no oír la tos de nuestros hijos– una vez que hemos colocado el plato con cebolla.

Lo anterior continuará siendo una incógnita mientras nadie demuestre –o compruebe la ausencia de– un efecto bioquímico de los vapores de la cebolla sobre la irritación de la garganta. Al igual que yo, Martínez-Gimeno no encontró nada sobre esto publicado en la literatura científica, como tampoco dio con ninguna revisión sistemática, metaanálisis (estudios de estudios) o ni siquiera ensayos clínicos. Al pediatra no le queda otra que zanjar la cuestión así: “Empleando lenguaje técnico, podríamos concluir que no hay suficientes pruebas para apoyar (o descartar) su eficacia y que para llegar a una conclusión se necesitan más estudios clínicos. Aunque insisto en mi abordaje relativista al clasificar las creencias en mitos o realidades, la cebollaterapia puede considerarse un paradigma de creencia popular sin confirmación ni prueba científica alguna”, escribe Martínez-Gimeno.

Resumiendo, de momento el interrogante sigue pendiendo sobre nuestras cabezas, o más bien picado y descansando en un plato junto a nuestra cabecera. Dado que la cebolla no es marca registrada ni está sujeta a propiedad industrial, es poco probable que alguna compañía financie un estudio científico sobre el asunto. Y tampoco parece viable que nadie solicite fondos públicos para trabajar en una línea de investigación que no salvará vidas y cuyas únicas referencias se remontan al año 47 del siglo pasado. Pero hay una última cuestión que merece la pena subrayar, una que los autores del estudio de JAMA Pediatrics insinúan y que los editorialistas exponen así: “[Los investigadores] sugieren que usar un placebo deliberadamente para tratar los síntomas del resfriado en niños pequeños puede constituir buena medicina”. Cuando pregunté al pediatra de mis hijos sobre el remedio de la cebolla, su respuesta fue: “Me lo preguntan mucho. No hay datos científicos, pero no hace daño, así que, por qué no”. El propio Martínez-Gimeno escribe que el presunto tratamiento “puede considerarse una intervención inocua (aunque con el mismo grado débil de prueba) siempre que no sustituya a una atención médica adecuada”.

Y es que, en el fondo, si de lo que se trata es de que nuestros hijos se sientan mejor, y de que ellos y nosotros podamos dormir plácidamente, y muchos coincidimos en que la cebolla picada lo consigue, ¿importa mucho si el lugar donde actúa la cebolla está en la garganta o en nuestro cerebro?

La cebolla, la tos de los niños, los remedios naturales y la ciencia (I)

Pregunto a quien lea estas líneas: si yo le sirviera un alimento que contiene 1-sulfinilpropano, ácido pantoténico, 2-(3,4-dihidroxifenil)-3,5,7-trihidroxi-4H-cromen-4-ona, y 5,7-dihidroxi-2-[3-hidroxi-4-[(2S,3R,4S,5S,6R)-3,4,5-trihidroxi-6-(hidroximetil)oxano-2-il]oxifenil]-3-[(2S,3R,4S,5S,6R)-3,4,5-trihidroxi-6-(hidroximetil)oxano-2-yl]oxicromen-4-ona…

…¿Usted se lo comería?

Si ha respondido que jamás de los jamases, se equivoca, a no ser que nunca haya probado la cebolla. El 1-sulfinilpropano o sulfóxido de tiopropanal es el gas que nos hace llorar cuando la cortamos. El ácido pantoténico se conoce también como vitamina B5, sin la cual no podemos vivir. Los dos compuestos de nombres imposibles son, respectivamente, la quercetina y un derivado suyo. La quercetina es un componente al que se le atribuyen beneficios para la salud como antioxidante, antiinflamatorio y otros antis, efectos que según la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA) no se sostienen con los datos científicos disponibles.

Cebollas de varios tipos. Imagen de Colin / Wikipedia.

Cebollas de varios tipos. Imagen de Colin / Wikipedia.

Sin embargo, no cabe duda de que muchas personas creen en las propiedades saludables de la cebolla, como tampoco cabe duda de que nadie objetaría comer un alimento si se le mencionara que contiene vitamina B5 y quercetina, un nombre derivado de Quercus, el género de árboles que incluye los robles y las encinas. El nombre lo es todo. No hay más que cambiar la denominación química sistemática de un compuesto por otra más sencilla y que suene a algo “natural”, y de inmediato desaparece toda aversión. Pocos se atreverían a hincar el diente a un alimento que contuviera ácido 2-hidroxipropano-1,2,3-tricarboxílico, y menos aún si se rebautiza con el nombre maldito de E330. En cambio, si lo llamamos por su apelativo más popular, ácido cítrico, nadie recela de comerse una naranja.

Ya he señalado aquí en alguna ocasión mi empeño personal, al que preveo un escaso éxito, de desbancar ese lenguaje falaz tan en boga hoy que diferencia lo “natural” de lo “químico”. Todo en la naturaleza es química. No existe nada que no sea química. Y es precisamente porque tanto nosotros como el mundo a nuestro alrededor somos química que muchos productos de la naturaleza pueden ejercer efectos sobre nuestra salud, ya sea para curarnos o para matarnos.

En China se ha manifestado en los últimos años una cierta voluntad por parte de algunos de sus científicos de poner a prueba en el laboratorio ciertas proclamas saludables de su medicina tradicional. Y curiosamente, algunas han resistido el test, revelando mecanismos bioquímicos que apoyan científicamente los usos clásicos de ciertos productos naturales. Un ejemplo que comenté aquí recientemente es el de la madreselva como remedio contra la gripe. Solo de esta manera, a través de la química, puede la llamada medicina natural dejar de ser una oscura y arcana alquimia con fuerte olor a placebo y a estampita para convertirse en un verdadero enriquecimiento para la medicina.

Como prueba de que en occidente no estamos haciendo lo mismo, pongo el ejemplo de la cebolla, y en concreto de un uso tradicional que personalmente he aplicado infinidad de veces. Hace unas semanas mi hijo pequeño (dos años y medio) agarró uno de esos virus de guardería que parecen criarse solo en las escuelitas y a los que no les falta de nada, en lo que se refiere a síntomas: resfriado, fiebre, vómitos, diarrea y tos. Una de esas noches, después de acostarle, mi hijo tosía sin cesar, así que hice lo que tantas otras veces he hecho con él y con sus hermanos cuando eran más pequeños: abrí la nevera, saqué una cebolla, piqué media en un plato y lo coloqué junto a su cama. Y como tantas otras veces, la tos desapareció en un santiamén.

Posiblemente quienes aún no hayan criado se preguntarán de dónde demonios he sacado esta especie de ritual chamánico. Pero apuesto mi reino y mi caballo a que no hay madre o padre que nunca haya oído hablar de este remedio de abuelas. Por mi parte, confieso que creo en su eficacia por lo que mi experiencia personal me ha demostrado. Si lo utilizara para mí mismo podría achacarlo al efecto placebo, pero lo he empleado con niños demasiado pequeños como para enterarse, sin informarles de lo que hacía y sin que ellos fueran conscientes del plato de cebolla en su habitación. Es lo más parecido que tengo en mi mano a un experimento.

Pero como excientífico, como periodista y como descreído, no me conformo, y he tratado de indagar sobre el tema. En el próximo post contaré el resultado de mis indagaciones.