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Jamás camines con un elefante

La semana pasada, un turista español falleció en el parque nacional de Chebera Churchura, en Etiopía, a causa del ataque de un elefante. Escuché la noticia por primera vez en la radio como un teletipo urgente. En ese momento los medios daban la información como un breve sin ningún tipo de detalles, así que esperé a la ampliación de la noticia en los días siguientes.

Entre los árboles, en el Parque Nacional de Aberdare. Imagen de Javier Yanes.

Entre los árboles, en el Parque Nacional de Aberdare. Imagen de Javier Yanes.

Pero la ampliación no llegó, más allá del origen del fallecido y de la referencia a medios locales etíopes como este y este, según los cuales el turista se habría bajado del coche para fotografiar más de cerca a los animales, ignorando las advertencias de sus guías, y un elefante le habría embestido para después atraversarlo con un colmillo. Pero fíjense: ambos medios etíopes citan como fuente de la noticia al IBTimes, que en su artículo a su vez refiere al diario La Vanguardia y la agencia Europa Press. ¿Y adivinan en qué fuentes se basan ambos? Eso es, en “medios locales”. Así que hemos cerrado el círculo.

En resumen, y dado que al parecer ningún medio en España ha considerado la noticia lo suficientemente importante o interesante para verificar de forma independiente las circunstancias del fallecimiento (al menos que yo haya podido encontrar), la prudencia aconseja tomar los detalles como provisionales, sin que sea probable que dejen de serlo.

Debido a esto, quiero aclarar que lo escrito aquí no pretende referirse específicamente al caso de este turista español fallecido. Bastante dolor estarán padeciendo sus allegados como para además aguantar reprimendas. Y como sea que siempre tienen que surgir en Twitter los comentarios de algunos descerebrados que se consideran a sí mismos graciosos, debo explicar: no, el turista no estaba cazando elefantes, si la ubicación del suceso es correcta. En Etiopía la caza está permitida, pero en general en África esta actividad se restringe a los ranchos destinados a ello, fuera de los parques nacionales (excepto en países del sur como Suráfrica y Zimbabwe, donde la situación es más complicada).

Pero el suceso me interesa personalmente porque, como sabrán los seguidores habituales de este blog o los lectores de mis novelas, Kenya es mi gran pasión vital, un país al que llevo viajando 25 años, al que dedico también parte del tiempo que no paso allí, y sobre el cual, hasta hace solo unos meses, he mantenido en solitario la mayor guía online en castellano, Kenyalogy.com (que regresará, lo prometo). Durante años han sido muchos los que me han dicho que debería dejar todo esto y dedicarme a organizar safaris. Y quién sabe, puede que algún día les haga caso. ¿A alguien le apetece un safari científico-literario?

Aunque los españoles son poco dados a viajar al extranjero en comparación con otros europeos, y aunque quienes lo hacen no se dirigen mayoritariamente a África, nuestro puñado de locos africanistas es un puñado que ya va rebosando los dedos. Para el caso de Kenya, y aunque España ocupa solo el 19º puesto en el turismo que recibe, entre las naciones europeas hemos ascendido recientemente al sexto lugar, superando a Suecia; en 2016, 10.943 españoles viajaron a Kenya.

Y dado que estamos en verano, la estación de las vacaciones para la mayoría, y que miles de españoles viajarán próximamente a los destinos africanos de safaris (“viaje” en swahili), quiero aportar mi grano de arena para que todos ellos puedan volver sanos y salvos después de disfrutar de una experiencia que sin duda les dejará enfermos del mal de África, pero del mal bueno. Así que aquí van algunos consejos y datos.

Elefantes en el Parque Nacional de Amboseli. Imagen de Javier Yanes.

Elefantes en el Parque Nacional de Amboseli. Imagen de Javier Yanes.

En primer lugar, y aunque lo que sigue se refiere a los animales, debe quedar claro que la mayoría de los sucesos que afectan a extranjeros se producen por causa de los humanos, y no de otros animales. Y no es por el terrorismo, una amenaza real pero estadísticamente improbable, sino por la delincuencia común. En África hay que viajar con sensibilidad social, pero también hay que evitar ponerse uno mismo en situaciones de riesgo, entre las cuales se incluyen muchas que serían perfectamente inocuas en nuestro propio país. Por ejemplo, caminar o conducir de noche, o fiarse de desconocidos demasiado amables que pretenden llevarte a lugares solitarios.

En lo que respecta a los animales, la norma es obvia: nunca acercarse a ellos a pie. En general, en los parques nacionales y reservas de Kenya está prohibido bajar del vehículo salvo en ciertas zonas designadas. Pero entre los turistas suele existir una idea equivocada respecto a qué especies son peligrosas y cuáles no. El mensaje es este: todos los animales salvajes son potencialmente peligrosos, pero entre los más realmente peligrosos se cuentan algunos que en la cultura occidental son percibidos como mansos y bonachones. Y no lo son en absoluto.

Todo el mundo teme a un león o un cocodrilo, pero siempre hay quienes intentan acercarse a hipopótamos o elefantes basándose en una imagen errónea de gigantes pacíficos. Suelo decir que las películas de Parque Jurásico han hecho mucho daño presentando a los dinosaurios herbívoros como pacíficos e inofensivos, y a los carnívoros como bestias siempre sedientas de sangre. En realidad muchos animales herbívoros son poderosos y temperamentales, capaces de infligir mucho daño. En un país donde los toros de lidia están a diario en la discusión pública, esto debería conocerse mejor que en cualquier otro lugar.

Elefantes en el Parque Nacional de Amboseli. Imagen de Javier Yanes.

Elefantes en el Parque Nacional de Amboseli. Imagen de Javier Yanes.

Circula en innumerables listas de internet y artículos periodísticos la idea de que el hipopótamo es el gran animal que más muertes humanas causa al año en África. En una ocasión investigué esta proclama sin encontrar ninguna fuente estadística fiable que la respaldara. Mi conclusión fue que seguramente es falso, ya que en los datos parciales publicados en revistas académicas o recogidos por entidades que trabajan en la naturaleza africana, los cocodrilos siempre aparecen en primer lugar. Por ejemplo, este gráfico de la Fundación Bill Gates presenta cifras aproximadas derivadas de varias fuentes: los cocodrilos causan unas 1.000 muertes al año, por 500 de los hipopótamos y 100 de los elefantes, igualados con los leones.

En el caso de los cocodrilos, su récord de víctimas se debe en parte a una circunstancia tan curiosa como trágica. Cuando hay inundaciones en España u otro país europeo, la gente puede perder sus casas o sus negocios. Cuando ocurre en África, la gente puede perder sus casas o sus negocios, y además sus vidas en las fauces de un cocodrilo. Las crecidas o inundaciones llevan los cocodrilos hasta los pueblos y poblados.

Pero sí, los hipopótamos son muy peligrosos. La mayoría de los accidentes graves se producen en tierra, por encontronazos fortuitos por la noche, cuando estos animales salen del agua y merodean por las praderas para alimentarse de los pastos. En los alojamientos de safari cercanos a ríos o lagos, siempre se advierte de que es muy peligroso acercarse a las orillas de noche. Los hipopótamos embisten y tienen colmillos como estacas, con una longitud suficiente como para atravesar la pierna o incluso el cuerpo de una persona.

Dibujo © Ana González 2000.

Dibujo © Ana González 2000.

En cuanto a los elefantes, son los protagonistas de muchos casos de conflictos entre humanos y fauna. El elefante africano necesita grandes espacios; no resiste bien la cautividad. Antiguamente recorrían largas rutas migratorias, que hoy han quedado cortadas por los asentamientos, la agricultura y las infraestructuras. Pero los elefantes son exploradores y necesitan mucho alimento. En lugares como el Parque Nacional de Aberdare, una reserva selvática y montañosa rodeada de tierras altas fértiles de uso agrícola, ha sido necesario vallar el recinto protegido para evitar las continuas incursiones de los elefantes en los cultivos. Otros parques cercanos a ciudades, como Nairobi o Nakuru, evitan la presencia de elefantes para evitar el problema.

Comúnmente se piensa que los elefantes tienen una gran memoria, y esta es una idea avalada por la ciencia. Aprenden dónde pueden conseguir alimento, y regresan. Incluso aprenden dónde pueden conseguir alcohol, y regresan; comparten con nosotros el vicio de emborracharse. En Kenya, los elefantes de Aberdares tienen fama de mal genio. Durante la guerra del Mau Mau que condujo a la independencia del país, en los años 50, los guerrilleros se ocultaban en las selvas profundas de esta sierra, donde los aviones ingleses de la RAF los acosaban lanzando bombas. Por allí se cuenta que los elefantes se volvieron locos a causa de los bombardeos, y que este es el origen de su carácter agresivo.

Es una leyenda indemostrable, pero lo cierto es que los elefantes de Aberdares, un parque montañoso con  bosques densos y con tráfico escaso, están menos acostumbrados que sus primos de las sabanas a cruzarse con moles de metal sobre cuatro ruedas, y tal vez por ello tienden más a reaccionar a esos encuentros con exhibiciones intimidatorias, agitando la cabeza, barritando, levantando la trompa y desplegando las orejas.

Una mente inteligente y con una gran memoria. Imagen de Javier Yanes.

Una mente inteligente y con una gran memoria. Imagen de Javier Yanes.

De hecho, no es raro que todo elefante con suficiente experiencia de la vida y con su gran memoria pueda recordar algún encontronazo con esos monstruos brillantes que avanzan sobre patas redondas. Científicos como Joyce Poole, una de las mayores expertas del mundo en elefantes, sugieren que estos animales pueden sufrir trastorno de estrés postraumático. Se dice que los elefantes identifican a los humanos como su peor enemigo, pero no hay motivos para pensar que puedan relacionar a las personas con los coches: dentro del vehículo somos parte de un gran y temible animal, mientras que fuera de él somos seres frágiles y escuálidos que no tenemos medio trompazo.

Personalmente he vivido algunos de esos encuentros. En casos así, lo adecuado es esperar pacientemente. Somos intrusos en su casa. La mayor parte de las veces es una fanfarronada; solo quieren asustar y dejar claro quién manda. Si se obstinan en ocupar la pista por donde tenemos que pasar, hay un truco que suele funcionar: pisar el acelerador en punto muerto. Deben de interpretar el sonido del motor como el rugido de una bestia con la que es mejor no enfrentarse, y en general se apartan. Pero si amenazan con cargar, es preferible meter la marcha atrás y retirarse.

Y desde luego, jamás se me ocurriría bajar del coche. En una ocasión, pinchamos una rueda justo cuando acabábamos de dejar atrás a un viejo macho solitario con malas pulgas. No fue en Aberdares, sino en Samburu, una reserva de sabana, pero aquello ocurrió junto al río, donde la cobertura vegetal es más densa, la visibilidad es menor y no hay rutas de escape. Bajamos con cautela para empezar a preparar el cambio de neumático, pero entonces vimos que el elefante aparecía entre los árboles para acercarse a curiosear, y no nos quedó otro remedio que correr a buscar refugio dentro del coche. El animal pegaba la cara a las ventanillas para inspeccionar y entender qué estaba pasando allí. Tuvimos que esperar durante horas a que se cansara de nosotros para poder cambiar la rueda y regresar al camp, ya de noche cerrada.

Elefante joven dándose un baño en el río Ewaso Ngiro, Reserva de Samburu. Imagen de Javier Yanes.

Elefante joven dándose un baño en el río Ewaso Ngiro, Reserva de Samburu. Imagen de Javier Yanes.

Por último, un comentario sobre los guías. Aunque yo prefiero viajar por libre, la mayoría de los visitantes utilizan tours organizados. Hay un detalle sobre la información del suceso de Etiopía que no me cuadra. La noticia dice que el fallecido bajó del coche para acercarse a los elefantes, y que los guías trataron de ahuyentarlos con disparos al aire. Ignoro si en Etiopía las cosas funcionarán de otra manera. Pero al menos en Kenya, quienes van armados son los rangers, los guardas de los parques. Los rangers escoltan los safaris a pie, pero no van a bordo de los vehículos turísticos.

En cualquier caso, mi último consejo es este: no pongan su vida en manos de los guías. Son profesionales, mejores o peores, que velarán por su seguridad dentro de lo que les compete y resulta razonable. Pero son guías turísticos; no son héroes, ni tienen por qué serlo. Aunque solo con las propinas reúnen un sueldo que ya quisieran la mayoría de los kenianos, no les pagan para jugarse la vida por los turistas, sobre todo los que no respetan las advertencias. Incluso teniendo cerca a un ranger armado, las mejores garantías de seguridad contra los ataques de los animales no son las balas, sino la prudencia, la sensatez y el sentido común.

No se jueguen la vida por un selfie; si algo sobra en la foto de un animal africano, somos usted y yo. Y los selfies causan más muertes que los ataques de tiburón. Que pasen unas felices vacaciones.

6.200 ñus mueren ahogados cada año para que otros animales vivan

El otro día dejé pendiente contarles un estudio que por primera vez ha puesto cifras a las muertes masivas de ñus en el río Mara y ha analizado qué papel juega esta criba natural de la gran migración en el funcionamiento del ecosistema Serengeti-Mara.

Un equipo de investigadores dirigido por los ecólogos (no confundir con ecologistas; los primeros suelen ser también lo segundo, pero no necesariamente al revés) Emma Rosi, del Instituto Cary de Estudios de los Ecosistemas, y David Post, de la Universidad de Yale (EEUU), en colaboración con los Museos Nacionales de Kenya y Mara Conservancy (la entidad que gestiona el sector occidental de la reserva de Masai Mara), está llevando a cabo el Proyecto Mara (aquí y aquí), destinado a analizar cómo funciona la ecología del río Mara, la arteria fundamental que aporta agua y nutrientes a todo el escenario de la gran migración.

Aves carroñeras alimentándose de ñus ahogados durante la gran migración en el río Mara en la reserva de Masai Mara, junto a la frontera de Kenya con Tanzania. Imagen de Javier Yanes.

Aves carroñeras alimentándose de ñus ahogados durante la gran migración en el río Mara en la reserva de Masai Mara, junto a la frontera de Kenya con Tanzania. Imagen de Javier Yanes.

Rosi, Post y sus colaboradores han recopilado datos históricos de 2001 a 2010 en la reserva de Masai Mara, la parte del ecosistema en territorio keniano. A ello han añadido sus propios estudios de campo de 2011 a 2015, en los que han empleado observaciones sobre el terreno, cámaras de vigilancia y análisis químicos del agua del río, de los peces y de los restos de los ñus.

Estos son los resultados, publicados en la revista PNAS: cada año mueren en el río una media de 6.200 ñus, lo que suma unas 1.100 toneladas de biomasa, el equivalente a diez cadáveres de ballenas azules. Durante el período estudiado por los investigadores, hubo ahogamientos masivos de ñus en 13 de 15 años.

Entrando en los detalles, el primer dato interesante es que solo un 2% de toda esta masacre animal sirve como comida para los cocodrilos. A pesar de lo que suelen mostrar los documentales sobre la gran migración, lo cierto es que los reptiles son una preocupación anecdótica para los ñus.

Como conté anteriormente, la mayoría de los animales mueren ahogados. Las orillas del Mara son muy escarpadas en la mayor parte de su recorrido a través de Masai Mara. Unos pocos ñus se descalabran al descender, empujados por la manada, y quedan abandonados a su suerte en el río. Pero la mayoría de los ahogamientos se producen al pisotearse unos a otros en el agua y, sobre todo, por la avalancha de animales que se acumula en la orilla de destino mientras tratan de trepar por la ribera empinada hacia la seguridad de la llanura. Al contrario de lo que dicen algunas webs, no son arrastrados por los rápidos; el río Mara no suele tener rápidos, al menos con el régimen habitual de lluvias.

Sí hay zonas de rocas, pero sin estrechamientos del cauce, y el caudal normal no suele forzar un régimen de aguas rápidas a través de estos tramos. Uno de ellos es el que, como expliqué ayer, marca el límite sur de Masai Mara y la frontera con Tanzania y el Serengeti. En aquel lugar hay un puente que cruza el río comunicando los sectores oriental y occidental de la reserva. Allí las rocas suelen atrapar los cadáveres que bajan desde el norte arrastrados por las aguas.

Cuando se producen ahogamientos en masa, el resultado es un festín para los carroñeros, sobre todo marabús, buitres dorsiblancos, buitres moteados y buitres encapuchados. Las fotos de esta página muestran uno de esos banquetes junto al New Mara Bridge en 2001. Y aunque aún no se han inventado las fotos con olor, puedo asegurar que era preferible contener el aliento para no vomitar debido al intenso hedor de aquel paisaje de muerte.

Pero en realidad, ¿qué parte de toda esa masa de ñus muertos consumen los carroñeros? Pues no mucho: según los datos de Rosi y Post, solo entre un 6 y un 9% de los tejidos blandos de los cadáveres. Así pues, ¿qué ocurre con la inmensa mayoría de la materia orgánica que ni los cocodrilos ni los buitres consumen? La respuesta está bajo el agua, y el dato es sorprendente: cuando los restos de los ñus invaden el río, los peces obtienen entre un 34 y un 50% de su dieta de esta fuente de alimento. Así que los grandes devoradores de las víctimas de la migración no son los cocodrilos ni las aves carroñeras, sino los peces.

Sin embargo, no todo este alimento procede directamente de los cadáveres; los investigadores sugieren que es así en parte, pero que el resto procede del procesamiento previo de los restos por parte de otras especies. Rosi, Post y sus colaboradores cuentan que los tejidos blandos de los ñus se descomponen en 2 a 10 semanas, pero después quedan los huesos, y estos pueden persistir en el agua durante siete años, acumulando la mitad de la biomasa total que recibe el río, liberando lentamente sus nutrientes y prestando soporte al crecimiento de tapices microbianos formados por bacterias, algas y hongos.

Según los autores del estudio, algunas de las especies de peces del Mara obtienen su alimento comiéndose estos tapices o devorando los insectos que previamente se han alimentado de los cadáveres. Meses después de un ahogamiento masivo, entre un 7 y un 24% de la dieta de los peces aún procede de estos tapices, según revela el análisis de isótopos realizado por los científicos.

“Este dramático aporte libera nitrógeno, fósforo y carbono terrestres a la cadena alimenticia del río”, dice Rosi. “Primero, los peces y los carroñeros se ceban en los tejidos blandos, y después los huesos de los ñus liberan lentamente nutrientes al sistema, alimentando a las algas e influyendo sobre la cadena alimenticia en una escala de décadas”.

Aves carroñeras alimentándose de ñus ahogados durante la gran migración en el río Mara en la reserva de Masai Mara, junto a la frontera de Kenya con Tanzania. Imagen de Javier Yanes.

Aves carroñeras alimentándose de ñus ahogados durante la gran migración en el río Mara en la reserva de Masai Mara, junto a la frontera de Kenya con Tanzania. Imagen de Javier Yanes.

El trabajo de estos investigadores subraya aún más la necesidad de preservar un fenómeno hoy casi único en la Tierra, pero que solía ser común en los ríos de un planeta aún no tan alterado por el ser humano como el que nos ha tocado vivir. Según la primera autora del estudio, Amanda Subalusky, “lo que ocurre allí es una ventana al pasado, cuando los grandes rebaños migratorios eran libres para recorrer los paisajes, y los ahogamientos probablemente desempeñaban un papel importante en los ríos de todo el mundo”.

Tristemente, se da la circunstancia de que actualmente la segunda mayor migración terrestre del mundo tiene lugar en el Parque Nacional de Bandingilo, un enclave situado en un país asolado por la guerra y el hambre como es Sudán del Sur; y lógicamente, uno de los parques nacionales menos visitados del mundo, que sin embargo podría ser una fuente de riqueza para el que se ha convertido en un Estado fallido desde su independencia en 2011. A la tragedia humana, que siempre es la preocupación prioritaria, se superpone la pérdida de la biodiversidad cuyos efectos son mucho más sutiles e indirectos, pero cuyas consecuencias a largo plazo, como los huesos en el río, continuarán liberando un legado de muerte durante décadas.

La gran migración: cuándo y dónde

Después de presentarles la gran migración y antes de contarles un estudio que la explica, se me ocurre que tal vez a algunos de ustedes les apetezca orientarse un poco más sobre el terreno, sobre todo si el tema les interesa o si piensan viajar allí próximamente. Lo que les dejo aquí son algunos mapas básicos de elaboración propia. Los hice años atrás para mi web de Kenya Kenyalogy.com, actualmente cerrada por falta de recursos pero que sin duda algún día volveré a abrir (y el escribir de nuevo sobre ello me recuerda que debo hacerlo).

Este primer mapa muestra el esquema general de la gran migración entre el Serengeti y Masai Mara. Las reservas aparecen pintadas en rosa, a ambos lados de la línea fronteriza artificial que separa Tanzania, al sur, de Kenya, al norte. Masai Mara ocupa el extremo superior del ecosistema.

Esquema de la gran migración en el ecosistema Serengeti-Mara. Imagen © Javier Yanes.

Esquema de la gran migración en el ecosistema Serengeti-Mara. Imagen © Javier Yanes.

Entre noviembre y abril, los rebaños de ñus están concentrados al sur del Serengeti y en sus reservas adyacentes. La estación de cría tiene lugar entre enero y febrero, y en cuanto los recién nacidos que han logrado sobrevivir están en condiciones de comenzar la migración, los animales empiezan a marchar hacia el norte, concentrándose en el sector noroccidental del Serengeti entre mayo y junio. En esta época, las lluvias en Masai Mara están haciendo brotar la hierba nueva.

Atraídos por el alimento fresco, los ñus cruzan la frontera hacia el norte para recorrer las praderas de Masai Mara entre julio y octubre, uniéndose a otro pequeño contingente que llega a la reserva desde las llanuras de Loita, al este. El río Mara entra en Masai Mara desde el norte, recibe varios afluentes y cruza la frontera tanzana para seguir camino hacia el oeste y desembocar en el lago Victoria. Pueden verlo con un poco más de detalle en este mapa de la región de Masai Mara, que muestra las carreteras de acceso a la reserva desde Nairobi y otras áreas cercanas.

Mapa de la región de Masai Mara. Imagen © Javier Yanes.

Mapa de la región de Masai Mara. Imagen © Javier Yanes.

Finalmente, este mapa muestra la geografía de Masai Mara y los principales lugares de interés. La lista de los lodges, o alojamientos de safari, no está actualizada. Algunos de los que figuran en la lista han desaparecido o cambiado de nombre, pero sobre todo en los últimos años han surgido muchos otros nuevos en las zonas adyacentes a la reserva; hoy son más de cien.

Mapa de la reserva de Masai Mara. Imagen © Javier Yanes.

Mapa de la reserva de Masai Mara. Imagen © Javier Yanes.

Lo más importante es notar que el río Mara corre de norte a sur, dividiendo la reserva en dos sectores de tamaños desiguales llamados tradicionalmente Narok (este) y Trans Mara (oeste). Ambos están gestionados por entidades distintas, y cada una cobra su propia entrada para acceder a la zona del parque que controla.

Como pueden ver en el mapa, la única comunicación por carretera entre los sectores occidental (también llamado Mara Triangle) y oriental se encuentra justo donde el río cruza la frontera entre Kenya y Tanzania, o Masai Mara y el Serengeti. Allí existe un puente llamado New Mara Bridge, que vadea el río sobre una zona de cauce rocoso. Aparte de este paso, el Mara solo puede atravesarse en un vehículo por otro puente al norte, fuera de los límites de la reserva.

Por otro lado, la reserva es solo una pequeña parte del ecosistema del Mara; los territorios colindantes al oeste, norte y este pertenecen a las comunidades maasáis locales. Estos Group Ranches, que así se llaman, albergan la mayor parte de los lodges, y también cobran una entrada a los visitantes que se alojan en ellos.

Este año la migración ha llegado a Masai Mara en junio, antes de lo habitual. Los grandes rebaños ya están presentes en la reserva y cruzando sus cauces cuando se topan con ellos a lo largo de su camino. Aunque esto ocurre en todas las corrientes de agua, marcadas en azul en el mapa, las travesías más espectaculares se producen en el propio Mara, que lleva el caudal más abundante.

Nuestro verano es invierno en Masai Mara. Aunque la reserva se encuentra próxima a la línea ecuatorial, el régimen climático de Kenya se ajusta más al patrón de estaciones del hemisferio sur. Sin embargo, las diferencias de temperatura entre el verano, de diciembre a marzo, y el invierno, de junio a septiembre, son mucho menores que en nuestras latitudes. En octubre, con la llegada de las grandes lluvias de la primavera, los rebaños comenzarán a invertir su camino de regreso al sur, donde llegarán a tiempo para que en enero una nueva generación de ñus venga al mundo, tomando el relevo de un asombroso ciclo natural que se repite año tras año sin principio ni fin.

Este es el mayor espectáculo natural del mundo, y está pasando ahora mismo

Si hubiera que escoger un espectáculo natural que todo ser humano debería contemplar antes de abandonar este mundo, mi recomendación es esta: la gran migración anual en el ecosistema Serengeti-Mara, un movimiento animal en masa a través de un pedazo de tierra africana que una línea en el mapa divide entre los territorios no históricos, sino deliberadamente artificiales, de Kenya y Tanzania. Y aunque el Serengeti es más popular en los documentales, mi elección particular es la reserva de Masai Mara, en Kenya; un país al que llevo viajando ya un cuarto de siglo.

Algunas imágenes de la gran migración en Masai Mara (Kenya). Fotos de Javier Yanes.

Algunas imágenes de la gran migración en Masai Mara (Kenya). Fotos de Javier Yanes.

Ya sé, ya sé: reconozco ostensiblemente que no todo ser humano puede costearse semejante viaje. Pero un poco más abajo voy a explicarles por qué sería un desastre que todo ser humano pudiera costearse semejante viaje. Y de todos modos, admitámoslo: posesiones o experiencias son dos enfoques distintos de la vida, a menudo incompatibles para la sufrida clase media a la cual la mayoría pertenecemos. En las numerosas ocasiones en que tratamos de convencer a amigos para que nos acompañen a Kenya, las objeciones al precio suelen venir cuando la factura se suma a los gastos del apartamento en la playa, el coche de marca, la moto, el equipo de esquí o la bicicleta de carreras. La vida es cuestión de prioridades.

Eso sí; uno de los atractivos de la gran migración es al mismo tiempo un inconveniente para quienes vayan a viajar allí solo una vez: su imprevisibilidad. Durante unos 15 años mantuve mi web sobre Kenya, Kenyalogy.com, un recurso gratuito con toneladas de información para viajeros que hoy está desactivada porque ahora me es imposible mantenerla mínimamente actualizada (pero que algún día regresará). Y entre los cientos o miles de consultas a las que respondí, la migración era uno de los temas recurrentes: ¿Cuándo? ¿Dónde? ¿Cómo?

Pero la gran migración no tiene horarios, ni pases, ni convocatorias, ni recintos acotados. Es un fenómeno natural variable sin garantías ni derecho a devolución. Y parte de la gloria del espectáculo depende de cómo vengan las lluvias ese año, lo que determina el caudal del Mara y de sus tributarios como el Talek o el Sand River.

De julio a septiembre, ahora mismo, es la época ideal para encontrar los grandes rebaños de ñus merodeando plácidamente por los pastos de Masai Mara, atravesando los territorios de los clanes de leones que los acechan al amanecer y al atardecer. Cuando se topan con la escarpada orilla del río Mara o de sus afluentes, se acabó la placidez: los animales comienzan a apelotonarse y a mugir nerviosamente, hasta que la necesidad vence al miedo y se lanzan en tropel a vadear el cauce. No todos lo consiguen; algunos mueren ahogados bajo la avalancha de la manada, y otros son arrastrados bajo el agua por los cocodrilos que vigilan la escena.

Para presenciar estos cruces del río se requieren, sobre todo, paciencia, observación y perseverancia, las dotes del científico; imagino que es esta fusión de viajes, naturaleza y ciencia la que a algunos nos engancha irremediablemente a aquel lugar sobre todos los demás en la Tierra. Claro que quienes viajan con un safari organizado cuentan con la ayuda de los soplos que los conductores profesionales se transmiten unos a otros por radio. Pero créanme, no hay nada como hacerse con un coche de alquiler, un GPS y unos buenos mapas de los de siempre, y ser uno mismo quien descubra aquellas maravillas.

Nos faltarán la experiencia de los profesionales y la ayuda de la radio, pero a cambio podremos contemplar el teatro de la naturaleza durante todo el tiempo que nos apetezca, sin las prisas de un conductor deseoso de tachar cuanto antes todos los animales de la lista para ganarse la propina y terminar su jornada. Recorriendo las sabanas al propio albedrío se disfruta al máximo de la emoción de la búsqueda y el rececho; pero a diferencia de los cazadores, nosotros solo capturamos memorias e imágenes, y solo matamos el tiempo y el hambre de libertad.

La migración del Serengeti-Mara es el mayor movimiento terrestre de animales que los humanos aún no hemos destruido, como ocurrió con las vastas manadas de bisontes que poblaban las praderas de Norteamérica antes de la expansión de los colonos hacia el oeste. África solía albergar varias de estas voluminosas circulaciones cíclicas de herbívoros, la mayoría de ellas hoy desaparecidas excepto por pequeños testimonios residuales en lugares como Amboseli (Kenya), Tarangire (Tanzania) o en otros países del sur del continente.

Tradicionalmente se cifra la muchedumbre bovina en 1,2 millones de ñus, a lo que se añaden grupos numerosos de antílopes, cebras y jirafas; aunque ignoro si alguien ha contrastado recientemente los datos. El ecosistema cuenta con toda la protección teórica que se le puede prestar, pero también está sujeto a múltiples amenazas, desde la construcción de infraestructuras –recientemente se logró impedir la construcción de una carretera de asfalto a través del Serengeti– hasta la expansión de los asentamientos humanos y sus actividades asociadas, como la ganadería. Y cómo no, también la presión turística, promovida por los propios maasáis que habitan la región: en el último par de decenios han proliferado inmensamente los alojamientos de safari, sobre todo en los ranchos colindantes con la reserva, que son propiedad de las comunidades locales.

Tristemente, el ecosistema ha ido transformándose en las últimas décadas en una pequeña ciudad dispersa que cada vez soporta más carga de visitantes; y los conductores de safaris, ávidos de propinas, se saltan los límites de los caminos marcados para acercarse lo más posible a los animales. El tráfico dentro de la reserva crece sin control, abriendo cada vez más cicatrices de roderas en las cada vez menos prístinas praderas, y congregando cada vez más masas de animales de cuatro ruedas en torno a los cada vez menos salvajes y más acosados animales de cuatro patas…

Comprenderán ahora que todo esto debe tener un precio. Si costara como la Costa del Sol, sería como la Costa del Sol. Pero por otra parte, Kenya vive en gran parte de sus visitantes; el país renunció en 1977 a los jugosos beneficios económicos de la caza mayor que otros países africanos sí continúan explotando, pero depende de los ingresos del turismo para salir de una miseria y un subdesarrollo que aún asfixian a la mayoría de sus habitantes. Es un complicado equilibrio, y por ello la armonía entre conservación y explotación turística es el santo grial siempre perseguido por la (siempre corrupta) administración keniana.

Por el momento y pese a todo, el ecosistema se defiende con salud. Mañana les contaré un estudio que pone interesantes datos a lo que cada año, en este ciclo sin fin de la vida, sucede sobre las sabanas de Kenya y Tanzania. Mientras, si aún no han decidido qué hacer este verano y están dispuestos a prescindir del apartamento en la playa y la bicicleta de carreras, anímense a conocer algo que permanecerá en su recuerdo hasta el último día en que la memoria les acompañe.

Pasen y vean la cascada de lava del Kilauea

Tuve la suerte de presenciar la erupción del Kilauea hace unos ocho años. No fue un caso de estar en el lugar justo en el momento preciso, ya que este volcán lleva chorreando lava desde 1983, y continúa hoy tan vigoroso como el primer día.

El Kilauea es uno de los cinco volcanes que forman la isla de Hawái, llamada también Isla Grande para evitar la confusión con el nombre del archipiélago. Situado en el Parque Nacional de los Volcanes, es el único hoy en erupción de los cinco (aunque no el único activo), y uno de los pocos lugares del mundo donde uno puede observar en directo la furia de la Tierra en acción.

La lava del Kilauea cayendo al océano. Imagen de USGS.

La lava del Kilauea cayendo al océano. Imagen de USGS.

Si tienen la ocasión, no se lo pierdan. Ya, ya, sé lo que estarán pensando. Pero Hawái es Estados Unidos, y si son ustedes viajeros sabrán que aquel es un país relativamente barato para viajar. Dedicando un poco de tiempo y esfuerzo a organizarlo, pueden encontrarse precios muy asequibles que ganan por paliza a otros destinos exóticos e incluso, descontando el billete de avión, a muchos países de Europa. Un ejemplo: en 2009 se podía volar de Honolulu (isla de Oahu) a Lihue (isla de Kauái), o de Kailua-Kona (Isla Grande) a Honolulu, por 40 dólares; unos 37 euros.

Si, como yo, son ustedes de los que prefieren gastarse los ahorros en un buen viaje que en un coche molón, una Fender Stratocaster o una pantalla de tamaño canapé de matrimonio, Hawái es mucho más que playas y surf: una cultura interesante –la polinésica, mezclada con un pequeño Japón trasplantado a mitad del Pacífico– y muchos atractivos para los aficionados a la naturaleza y la ciencia, como la futurista colección de observatorios astronómicos en la cumbre cuasimarciana del Mauna Kea.

Gracias al régimen de vientos, Hawái alberga una asombrosa variedad de paisajes y ecosistemas, desde el desierto hasta la jungla. Para que se hagan una idea, si vieron la serie Perdidos (Lost), sepan que se rodó casi íntegramente en el archipiélago, simulando localizaciones de (cito de la Wikipedia) California, Nueva York, Iowa, Miami, Corea del Sur, Irak, Nigeria, Reino Unido, París, Tailandia, Berlín, Maldivas y Australia. Y por supuesto, para los fans de la serie, también hay tours de los escenarios de la filmación.

Basta de panfleto turístico, aunque les aseguro que no tengo ninguna relación con la oficina de turismo de Hawái. Pero volviendo al Kilauea, del que ya he hablado aquí en alguna ocasión anterior, la principal singularidad del volcán en comparación con otras erupciones hoy activas en el planeta viene dada por el hecho de que una parte de su lava circula por un tubo subterráneo hasta caer en cascada directamente al mar, desatando un rugiente espectáculo de pirotecnia natural cuando la roca fundida explota al contacto con el agua.

Cuando estuve allí, algunas de las carreteras del Parque Nacional de los Volcanes estaban cortadas por el paso de la lava o por el riesgo de que quedaran engullidas. El olor a azufre era omnipresente incluso a kilómetros de distancia. La caída de la corriente al mar solo podía observarse desde una plataforma situada a una distancia (tal vez demasiado) prudente, a la que convenía llegar aún bajo la luz del sol para contemplar cómo aquella hemorragia del planeta se iba tiñendo de naranja y carmesí a medida que las sombras devoraban el paisaje. Algunos barcos pequeños se acercaban a una distancia mucho menor que la de nuestra atalaya, pero no me preocupé de averiguar a cuánto salía la excursión.

La novedad del Kilauea que hoy vengo a contarles es que recientemente se ha desplomado una sección de unos 30×5 metros de la cornisa que va formando un delta sobre el mar, y que había crecido hasta obstruir la cascada de lava. El colapso ha dejado al descubierto el tubo del que vuelve a fluir una limpia coleta de roca fundida de un par de metros de anchura. Los científicos del Servicio Geológico de EEUU (USGS) habían colocado allí una cámara para vigilar la grieta que se iba ensanchando, y que pudo capturar el momento justo:

Y aquí les dejo unos impresionantes vídeos de la cola de lava cayendo al mar. En el primero, no se pierdan los barcos casi al pie de la cascada y, sobre todo, los turistas que están directamente sobre el acantilado, en una zona donde está prohibido el paso. Y repito: si tienen la menor oportunidad de contemplarlo en vivo, no se lo pierdan. Según el USGS, no parece que el Kilauea tenga intenciones de remitir; pero en un paraje donde la Tierra está cambiando día a día, si la lava abre otra vía alternativa este espectáculo podría ser efímero.

En Bulgaria sacuden la cabeza para asentir, y otros 98 datos sobre países

Créanme, si sienten alguna curiosidad por el mundo que nos rodea y comparten la adicción por el viaje, les merece la pena emplear 15 minutos y pico de su precioso tiempo dejando que este vídeo les presente 98 datos curiosos de otros tantos países (el resto llegará en una segunda entrega). Es un trabajo de Wendover Productions, al parecer una pequeña productora personal que hace un magnífico trabajo mostrándonos cómo funciona el mundo. Y aún mejor, con subtítulos en castellano.

De entre todos los datos presentados, hay uno que me ha llamado especialmente la atención, y es el que menciono en el título: según el vídeo, en Bulgaria mueven la cabeza de lado a lado para decir “sí” y de arriba abajo para decir “no”, justo al contrario de lo habitual por aquí. Confieso que jamás lo había oído, y eso que viajé a Bulgaria en una ocasión hace ya más de 20 años. Nadie me lo explicó, no noté nada raro y lógicamente tampoco se me ocurrió preguntar si allí los movimientos de cabeza se interpretaban igual que en mi país.

Imagen de Giphy.

Imagen de Giphy.

Pero una búsqueda en internet parece confirmarme que es cierto, a falta de preguntar a una amiga búlgara a la que veré esta semana. Según parece, es algo más sutil: mover la cabeza de lado a lado en efecto se utiliza para asentir, pero la negación es más bien un levantamiento de la cabeza que suele ir acompañado por otro de cejas y un rodar de ojos.

La pregunta podría ser por qué en Bulgaria lo hacen al revés que los demás, pero la verdadera pregunta es por qué distintas culturas coincidimos en esos gestos de asentir y negar sin habernos puesto de acuerdo.

En cuanto a lo primero, siempre hay una leyenda a mano para explicar este tipo de cosas: en tiempos del Imperio Otomano, los búlgaros revirtieron el significado de los movimientos de cabeza para confundir al invasor; lo cual, si fuera cierto, sería probablemente la más ineficaz rebelión pacífica de la historia.

Otra versión sugiere que, cuando los turcos apoyaban sus cimitarras en el cuello de los búlgaros para obligarles a confesar su cristianismo, estos movían la cabeza de arriba abajo para que la hoja les rebanara el cuello, y que aquello perduró como un gesto para decir no. Ya, ya, nada de esto tiene mucho sentido excepto para demonizar a los turcos, pero ¿qué país no inventa leyendas para afear a sus vecinos?

La pregunta verdaderamente profunda es la segunda. ¿Tiene algo de natural asociar ciertos movimientos de cabeza a un significado concreto?

Estas grandes pequeñas preguntas no pasaron inadvertidas a Darwin, que dedicó todo un libro a La expresión de las emociones en el hombre y los animales (1872). En este volumen, el padre de la evolución biológica contaba que en 1867 había hecho circular un formulario con una serie de preguntas entre diversos corresponsales, sobre todo misioneros en lugares remotos del planeta. Las preguntas indagaban sobre la forma de expresar las emociones en distintas culturas; por ejemplo, “¿se mueve la cabeza verticalmente en afirmación, y lateralmente en negación?”.

Darwin repasaba detalladamente las respuestas, que se volcaban en su mayoría hacia el uso de los mismos signos de cabeza en culturas muy diferentes. De ello concluía que estos gestos “probablemente tuvieron un comienzo natural”. Y lanzaba esta hipótesis:

Hasta cierto punto, estos signos son expresiones de nuestros sentimientos, ya que damos un movimiento vertical de aprobación con una sonrisa a nuestros niños cuando aprobamos su conducta, y sacudimos la cabeza lateralmente frunciendo el ceño cuando desaprobamos. Con los bebés, el primer acto de negación consiste en rehusar la comida; y repetidamente noté con mis propios bebés que lo hacían retirando la cabeza lateralmente del pecho, o de cualquier cosa ofrecida a ellos en una cuchara. Al aceptar la comida y llevársela a la boca, inclinan la cabeza hacia delante.

Pero no se lo pierdan: también hay al menos un estudio que analiza el caso particular de Bulgaria. En 2012 la psicóloga Elena Andonova, de la Nueva Universidad Búlgara de Sofía, y su colega Holly Taylor, de la Universidad Tufts en EEUU, decidieron investigar si hay alguna diferencia entre estadounidenses y búlgaros a la hora de traducir en sentimientos positivos o negativos el movimiento lateral o vertical de estímulos visuales (puntos luminosos) que les obligaba a mover la cabeza.

Según describían las dos investigadoras en la revista Cognitive Processing, sí encontraron una diferencia, pero no exactamente la que esperaban: los voluntarios búlgaros asociaban sentimientos positivos al movimiento lento de los puntos de colores, ya fuera vertical o lateral, mientras que en los estadounidenses el movimiento rápido resultaba más agradable. En resumen, no era la dirección de la cabeza, sino la velocidad, lo que establecía una distinción entre búlgaros y norteamericanos.

Curiosamente, a los estadounidenses el movimiento vertical de los puntos y la cabeza sí les hacía sentirse mejor, lo que concuerda con el sentido afirmativo del gesto en la cultura occidental; en cambio, esto no ocurría con el movimiento lateral en los búlgaros. Las psicólogas aportaban una hipótesis muy cabal:

Una posible explicación puede ser que los búlgaros tienen más exposición a la convención alternativa (mover la cabeza arriba y abajo para decir sí) a través de la cultura extranjera en los medios, mientras que los participantes de EEUU probablemente tienen menos familiaridad con culturas que expresan respuestas positivas mediante un movimiento lateral de cabeza.

Pero como escribían Andonova y Taylor, el suyo era un estudio pionero que debería tener continuidad en futuras investigaciones. Como mínimo, aunque sea para no seguir echando la culpa a los turcos.

Museo Galileo, también hay ciencia en Florencia (y sin multitudes)

Dado que la cabra tira al monte, no podía pasar por Florencia este verano sin dejarme caer por el Museo Galileo, del que tenía muy buenas referencias.

Busto de Galileo Galilei en el Museo Galileo de Florencia. Imagen de J. Y.

Busto de Galileo Galilei en el Museo Galileo de Florencia. Imagen de J. Y.

Situado a espaldas de la archigigafamosísima Galería de los Oficios, mirando hacia el cercano Ponte Vecchio sobre el Arno, lo primero que sorprende es lo bien que se respira por allí. En cada rincón hiperturístico de la capital toscana se embuten masas de gente cual chorizo en tripa, buscando la belleza que mareó a Stendhal y el encanto que sedujo a E. M. Forster. Aunque la primera sigue intacta, es difícil disfrutar de ella cuando el segundo ha desaparecido por completo, disuelto en el parque temático turístico en el que vienen convirtiéndose ciudades como aquella. Pero por suerte, en el Museo Galileo puedes respirar tranquilo e incluso extender los brazos sin empujar a nadie; por desgracia, porque esto revela la escasa prioridad por la ciencia de la inmensa mayoría de los turistas que visitan Florencia.

Pero al grano. Cabe advertir de que el museo no es casa-museo. Galileo, nacido en Pisa pero florentino de por vida, residió en varios lugares distintos de la ciudad. Su morada más conocida, donde sufrió arresto domiciliario y donde murió, es Villa Il Gioiello, que se encuentra en Arcetri, a las afueras. Pero el museo no ocupa una residencia del astrónomo, sino que es la reconversión (desde 2010) del antiguo Museo de Historia de la Ciencia, ubicado junto al río en un céntrico palacio del siglo XI.

El Museo Galileo presume de albergar una de las mayores colecciones del mundo de instrumentos científicos antiguos. Todavía he podido leer por ahí que el auge de la ciencia en Florencia fue una señal de su decadencia artística, ignorando que en el Renacimiento aún no se había inventado la confrontación actual entre ciencias y letras; humanismo y ciencia eran inseparables, con Leonardo como ejemplo de cabecera. Lo cierto es que la ciudad fue tan importante para el conocimiento como lo fue para el arte: los Medici y los Duques de Lorena impulsaron el progreso científico con su mecenazgo, como queda bien reflejado en la colección del museo. Y no olvidemos que el mapa con el que Colón convenció a los Reyes Católicos procedía de Florencia.

Las dos plantas (más sótano) del museo reúnen aparatos de todas las ramas históricas de la ciencia. Hay instrumentos meteorológicos, ópticos, geográficos, eléctricos, mecánicos, químicos, astronómicos y quirúrgicos, si no me dejo nada. Hay cilindros electrostáticos, barómetros, botellas de Leyden, microscopios, esferas armilares, mapas, globos terráqueos, modelos anatómicos de cera, relojes…

En fin, un paraíso para quien sienta fascinación por los cacharros antiguos, y una buena oportunidad para explicar a los niños cómo, por qué y para qué se inventaron muchos de aquellos cachivaches. Y por supuesto, hay telescopios, incluyendo los primeros de Galileo y también algunos de los primeros gigantescos telescopios de precisión. Tampoco falta la reliquia, en forma de huesudos dedos del astrónomo, a poca distancia de los libros que le valieron una condena de por vida.

El museo también ilustra algunos fenómenos científicos curiosos, como la paradoja mecánica del doble cono que (solo) aparentemente rueda cuesta arriba, un artefacto inventado en el siglo XVIII. También se ilustra el concepto de anamorfosis, un dibujo o escultura cuyo sentido solo puede percibirse cuando se refleja en un espejo deformado o se observa desde un punto de vista distinto al natural. Finalmente, abajo hay una pequeña sección interactiva, de esas de apretar botones. A mis hijos les encantó, aunque es bastante birriosa en comparación con los museos dedicados a ello, y por tanto es la parte menos interesante.

De izquierda a derecha y de arriba abajo: modelos anatómicos en cera de fetos en el útero materno; telescopios y obras de Galileo; huesos de los dedos de Galileo; anamorfosis de una esfera armilar en un espejo convexo. Imágenes de J. Y.

De izquierda a derecha y de arriba abajo: modelos anatómicos en cera de fetos en el útero materno; telescopios y obras de Galileo; huesos de los dedos de Galileo; anamorfosis de una esfera armilar en un espejo convexo. Imágenes de J. Y.

Una última curiosidad a destacar es que el Museo Galileo, tal como hoy lo conocemos, es sobre todo el producto del empeño de una mujer, la historiadora de la ciencia y museóloga Maria Luisa Righini Bonelli (1917-1981). Aunque ella no lo creó, sino que recibió el encargo de dirigirlo en 1961, sin su intervención quizá el museo habría desaparecido cuando en 1966 un desbordamiento del Arno inundó el edificio y dañó gravemente la colección.

Righini Bonelli, que vivía en un apartamento en el propio inmueble, sacó de allí los instrumentos más valiosos, sin ayuda y con sus propias manos, arriesgando su vida sobre la cornisa que une la sede del museo con la Galería de los Oficios. Hasta el 20 de noviembre de este año, una exposición temporal en el sótano del museo recuerda la hazaña de la mujer que salvó un precioso tesoro histórico-científico para que hoy todos podamos seguir disfrutándolo. Aunque seamos solo unos pocos.

Pasen y vean un eclipse de sol desde la ventanilla de un avión

No puedo imaginar que aquí un astrónomo llamara a Iberia pidiendo retrasar un vuelo para contemplar un eclipse y que la compañía aceptara. Cosas así solo pueden suceder en un país con sus muchos defectos, pero que es el paraíso de la ciencia (y de la anticiencia, como también lo es al mismo tiempo de la mojigatería y del porno; acción y reacción, como dijo Newton).

El eclipse total de sol desde el vuelo 870 de Alaska Airlines. Imagen de Alaska Airlines.

El eclipse total de sol desde el vuelo 870 de Alaska Airlines. Imagen de Alaska Airlines.

El caso es que hace un año el astrónomo Joe Rao, del Planetario Hayden del Museo de Historia Natural de EEUU, se percató de que el vuelo 870 de Alaska Airlines de Anchorage (Alaska) a Honolulu (Hawái) iba a atravesar la estrecha franja de totalidad del eclipse solar de esta pasada semana, pero que lo haría 25 minutos antes de lo preciso para contemplar el fenómeno.

Rao se puso en contacto con Glenn Schneider, del Observatorio Steward de la Universidad de Arizona, y este diseñó un plan de vuelo adecuado para que los pasajeros pudieran disfrutar del eclipse. Así que, ni corto ni perezoso, Rao llamó a la aerolínea para presentar su plan de retrasar el vuelo.

Y creánlo o no, Alaska Airlines accedió. Como era de esperar, una docena de astrónomos y cazadores de eclipses se apuntaron al vuelo 870 del 8 de marzo. Rao tuvo el detalle de distribuir a los 181 pasajeros un folleto de cuatro páginas que explicaba el fenómeno, y otro de los ocupantes, Dan McGlaun, costeó de su bolsillo gafas especiales para todos, como explica Alaska Airlines en su blog. “No puedes hacer algo tan emocionante y no dar a todo el mundo a bordo la oportunidad de participar”, dijo McGlaun.

Trayectoria del vuelo y franja de totalidad del eclipse. Imagen de Alaska Airlines.

Trayectoria del vuelo y franja de totalidad del eclipse. Imagen de Alaska Airlines.

Los afortunados viajeros pudieron ver primero cómo la sombra ovalada de la Luna, de unos 800 kilómetros de largo por 110 de ancho, se desplazaba a casi 13.000 kilómetros por hora. Y a las 17:35, el Sol se ocultó durante un minuto y 53 segundos. Cuando el eclipse terminaba, un pasajero reprodujo en su iPhone el Here Comes the Sun de George Harrison (más abajo, no se pierdan la versión).

El vídeo adjunto fue grabado por Mike Kentrianakis, de la Sociedad Astronómica de EEUU, quien dijo a propósito del gesto de Alaska Airlines: “Una aerolínea que realmente habla con su gente y la escucha; ese es el mejor servicio al cliente”. Y merece la pena subrayar la declaración de Chase Craig, el director de la experiencia a bordo de la compañía: “Reconocemos las pasiones de nuestros clientes. Ciertamente no podemos cambiar los planes de vuelo para cada interés, pero este era un momento especial, así que pensamos que merecía la pena”.

Ya lo ven, una gran experiencia de vuelo no se consigue necesariamente contratando a un chef mediático para que diseñe la presentación de lo que viene siendo un cacho de pollo en la bandeja de la comida. Tres hurras por Alaska Airlines.

Y a ver si reconocen a los astros que acompañan a George Harrison en esta versión.

Bichos gigantes africanos, mascotas exóticas (I)

Aunque no seamos plenamente conscientes de ello, la posesión de animales de compañía es un signo de país rico. Aquellos a quienes les ha tocado en la rifa nacer en una nación pobre o en conflicto (y de paso, pensemos un poco en cómo los nacionalismos, entendidos en sus diversos modelos y motivaciones, alimentan la crueldad de este juego de azar) ya tienen suficiente con asegurar la supervivencia y manutención de ellos mismos y de los suyos, por lo que un animal de compañía suele ser un lujo impensable.

Donde no se tienen animales, no se abandonan animales. Los refugios, incluso las perreras donde se sacrifica a algunos de sus huéspedes, son también un signo de país rico. En esas naciones pobres o en conflicto, los pocos animales abandonados o nacidos en la calle sobreviven entre el caos husmeando en la basura.

En una ocasión descubrí una jauría de perros cimarrones en el Parque Nacional de Hell’s Gate, en Kenya. Además de que la imagen de aquellos animales famélicos y mal encarados era tan desoladora como escalofriante (sobre todo si coincide con el momento en que uno se queda atascado en un banco de arena), es de suponer que no llegarían a vivir mucho más; me arriesgaría a afirmar que morirían a tiros, sacrificados por los rangers del parque al representar una amenaza para la fauna salvaje. Cualquier otro destino para ellos era muy improbable en sus desafortunadas circunstancias.

Lo normal y lo extraordinario son conceptos diferentes en países como los suyos y países como el nuestro. A los kenianos les resulta insólito y hasta cómico que algunos de los animales de su fauna salvaje, y que en ocasiones para ellos son plagas indeseables, se vendan en internet como mascotas para los ciudadanos de los países desarrollados. Traigo aquí a dos de ellos, dos animalitos curiosos que se adoptan como mascotas por parte de quienes aprecian más el interés zoológico que la calidez de la compañía. Y el interés zoológico, desde luego, lo tienen.

Caracol gigante africano 'Achatina fulica'. Imagen de Javier Yanes.

Caracol gigante africano ‘Achatina fulica’. Imagen de Javier Yanes.

El primer animal es el caracol gigante africano. Aunque existen distintas especies en diferentes lugares del continente, el keniano responde al nombre de Achatina fulica. Los datos publicados por ahí dicen que mide hasta 20 centímetros o más. En la imagen puede apreciarse el tamaño de un ejemplar hallado en la costa keniana. Su aspecto ya es asombroso, pero aún más lo son algunas de sus costumbres. Como muchos otros caracoles, se alimenta de materia vegetal, pero para mantener el crecimiento de su enorme concha devora fuentes de calcio que pueden incluir huesos de cadáveres o incluso hormigón (el cemento es básicamente calcio, aluminio y silicio).

El caracol gigante africano prefiere temperaturas altas y es de costumbres nocturnas; durante el día permanece enterrado, ya que la exposición al sol puede matarlo. Es nativo de Kenya y Tanzania, pero se ha extendido por la cintura tropical y subtropical del planeta por obra y gracia del ser humano, ya sea de forma involuntaria o deliberada. Actualmente se encuentra incluso en las islas del Pacífico, donde en algunos casos se introdujo como alimento para los militares estadounidenses durante la Segunda Guerra Mundial. La Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (IUCN) lo incluye en su lista de las 100 peores especies invasoras del planeta.

Como especie invasora, los caracoles lo tienen fácil, ya que son hermafroditas. Aunque no suelen fecundarse a sí mismos, cualquier encuentro casual entre dos ejemplares puede acabar en boda. Y a lo largo de sus cinco años de vida pueden poner hasta 1.000 huevos.

Los problemas que causa este inocente gigante son numerosos. Debido a su gran tamaño, es un azote para las cosechas, pero además puede contagiar enfermedades a las plantas, animales e incluso al ser humano. Si se topan con él, sepan que es una mala idea tocar los ejemplares salvajes, ya que pueden transmitir parásitos peligrosos de piel a piel. Entre ellos figura el nematodo Angiostrongylus cantonensis, conocido también por el poco agradable nombre de gusano de pulmón de rata, por anidar en las arterias pulmonares de los roedores. En los humanos, hospedadores accidentales, este gusanito provoca una seria meningitis.

En 2010 se detectó en Venezuela que las heces y secreciones de estos caracoles contenían huevos de Schistosoma mansoni, la mayor plaga parasitaria de la humanidad después de la malaria. La esquistosomiasis, también llamada bilharziasis, afecta a cientos de millones de personas en todo el mundo, y es la principal razón por la que se recomienda encarecidamente a los viajeros en regiones tropicales que no se bañen en aguas dulces cuya seguridad no haya sido verificada (y que no pisen barro con los pies desnudos). El esquistosoma, un gusano platelminto, vive en diversas especies de caracoles acuáticos y terrestres, y puede infectar a los humanos penetrando a través de la piel, causando una devastadora enfermedad crónica que puede llegar a ser mortal.

Centros de Vacunación Internacional, enredados en la burocracia kafkiana

Si usted tiene planeado viajar próximamente a algún país de riesgo de enfermedades infecciosas y piensa acudir a un Centro de Vacunación Internacional (CVI), esto le interesa. Este artículo no trata de ciencia; sí de viajes, y de algo tan mixto como la política sanitaria. Más concretamente, de las consecuencias de su kafkiana burocracia sobre el sufrido ciudadano, sin olvidar su impacto sobre los profesionales implicados.

Imagen de US Army.

Imagen de US Army.

Comienzo relatando mi experiencia personal, que luego ampliaré al caso general. En el número 57 de la calle Francisco Silvela de Madrid se encuentra el más clásico de los CVI de la capital, presente allí desde que uno tiene memoria viajera. Con los años se han ido añadiendo otros centros, pero el de Silvela ofrece ciertas ventajas que, por ejemplo, no existen en el CVI del Hospital Carlos III. En este último, el servicio online de cita previa excluye a quienes viajamos con niños, obligándonos a ocupar una mañana entera colgados al teléfono, tratando una y otra vez de llamar a una línea que, o comunica, o suena sin que nadie descuelgue.

El motivo de esta distinción en el caso de los niños es que a estos no se les atiende en el Carlos III, sino en la Unidad de Pediatría del cercano Hospital La Paz. Las citas para ellos se conciertan también en el servicio telefónico del Carlos III, si uno consigue comunicar con él; pero se hace de forma individual: una cita diferente para cada adulto en el Carlos III, una cita diferente para cada niño en La Paz. Y el hecho de tener que visitar dos hospitales distintos no completa el circuito: si además hay que pagar tasas de vacunación, esto debe hacerse en un tercer lugar, una sucursal bancaria cercana. Todo un viaje antes del viaje.

En comparación con este engorroso proceso, el CVI de Francisco Silvela es rápido e indoloro. La web permite seleccionar la cita para el número total de personas, niños incluidos. Todo se hace allí, en la misma planta, incluyendo el pago de las tasas. Pero el centro de Francisco Silvela también esconde una sorpresa que al parecer es reciente, y que encaja perfectamente dentro del concepto kafkiano de la burocracia.

Si uno lo necesita, se le despachan las recetas de los medicamentos oportunos, como el Malarone –quimioprofilaxis contra la malaria– o el Vivotif –vacuna oral contra la fiebre tifoidea–. Pero cuando uno se presenta en la farmacia con sus recetas, allí le espera la sorpresa: las recetas del CVI de Francisco Silvela no son las oficiales de la Seguridad Social, por lo que no dan acceso al precio subvencionado del medicamento. En el caso del Malarone, la diferencia es de 2,6 euros a más de 26. Es decir, que aunque uno haya acudido a un centro público oficial, las recetas que allí se entregan son el equivalente sanitario de los billetes del Monopoly: completamente inútiles.

Con perplejidad, y sin poder recordar que esto me haya ocurrido en ocasiones anteriores, me pongo en contacto con el/la médico que me atendió en el CVI. Como no tengo permiso expreso para mencionar su nombre, lo dejaremos en Juana. Juana me explica que, en efecto, las recetas que hacen allí no son de la Seguridad Social (SS). “Para que en la farmacia apliquen la subvención tendréis que ir con las recetas oficiales que os hace vuestro médico de la SS”, añade. Juana me confirma además que la memoria no me falla: “Sé que en tiempos pasados sí se hacían aquí recetas oficiales, pero dejaron de suministrarlas, no sé qué problema hubo”.

El quid de la cuestión es que el CVI de Francisco Silvela no depende orgánicamente del sistema sanitario gestionado por la Comunidad de Madrid, sino del Ministerio de Hacienda y Administraciones Públicas (MINHAP); es decir, de la Delegación del Gobierno. Y dado que el CVI no pertenece al Servicio Madrileño de Salud, no expide las recetas oficiales del Servicio Madrileño de Salud; a todos los efectos, un centro público despacha recetas que tienen la consideración de privadas. Juana reconoce que “respecto a la desconexión de administraciones, es algo que se debería arreglar, todos pensamos que no tiene ningún sentido, pero ya sabes: donde hay patrón…”.

Para tratar de entender el alcance del problema a una escala más general, me pongo en contacto con Rosa López Gigosos, Jefa de Servicio de Sanidad Exterior del Centro de Vacunación Internacional (CVI) de Málaga. La doctora me confirma que no se trata de un problema exclusivo del CVI de Francisco Silvela, sino que afecta a muchos otros centros por todo el territorio del Estado. En concreto, me precisa, actualmente hay unos 30 CVI dependientes de la administración general del Estado (entre ellos, el de Francisco Silvela o el de Málaga), y unos 60 pertenecientes a las Comunidades Autónomas (como el del Carlos III) o a los Ayuntamientos (como el de la calle Montesa de Madrid).

“En casi todos los CVI dependientes del Estado los médicos carecen de talonarios de recetas de la Seguridad Social (del sistema autonómico de salud de la Comunidad donde el CVI se encuentra ubicado)”, señala López Gigosos. “Por tanto se prescribe en recetas, iguales a las privadas, sin financiación por parte de los sistemas autonómicos de salud”. “La forma de obtener una receta financiada es solicitar una cita con el médico de cabecera correspondiente y, si es tan amable, expedir de nuevo las recetas recomendadas por el médico de Sanidad Exterior” (la cursiva es mía).

Y todo esto, ¿por qué? La respuesta es sencilla: “En España, la Sanidad Exterior es una competencia exclusiva del Estado (establecida como tal en la Constitución), y los CVI son una parte de la Sanidad Exterior”, detalla López Gigosos. Con la transferencia de las competencias sanitarias a las CC AA, surgió un problema: la Sanidad Exterior era intransferible porque requeriría una reforma constitucional. Para permitir que las administraciones autonómicas pudieran disponer de sus propios CVI, se dio un rodeo legal, aplicando una fórmula de encomienda de gestión para ceder la titularidad a otras administraciones que sí tienen en su poder ese papelito mágico, la receta oficial.

CARTEL_CVIEn concreto, en Andalucía hay seis CVI del Estado (Almería, Huelva, Cádiz, Algeciras, Sevilla y Málaga) y uno de la Junta, en Granada. Este último, según López Gigosos, es el único de toda la Comunidad andaluza que administra las vacunas de forma gratuita y emplea recetas de la Seguridad Social. Así que un granadino pagará 2,6 euros por un envase de Malarone, mientras que un onubense deberá pagar diez veces más; a no ser que consiga una receta oficial por parte de su médico de cabecera o que esté dispuesto a recorrer casi 350 kilómetros de ida y otros tantos de vuelta.

En resumen, y para López Gigosos, “el panorama es complejo, las desigualdades importantes, y el resultado caótico e injusto”. Pero además del impacto para el ciudadano individual, la doctora destaca su efecto sobre la eficacia de la Sanidad Exterior. Cuando los usuarios son obligados a acudir al médico de cabecera después de su visita al CVI para conseguir una receta oficial, “muchos viajeros desisten al primer contratiempo”. “Con este recorrido se pierde lo que llamamos oportunidad vacunal para numerosas vacunas como tétanos-difteria, hepatitis A y B, fiebre tifoidea, etc.”, apunta.

Por último, López Gigosos subraya también que el problema afecta a los CVI con los profesionales más cualificados y, a la vez, peor pagados: los centros dependientes del Estado utilizan especialistas que “suelen tener una formación excelente en vacunaciones de viajeros” y cuyos sueldos “son más bajos que los de cualquier otra administración”. Por el contrario, los CVI de las CC AA operan como una función más dentro del servicio de medicina preventiva y “los médicos suelen estar menos especializados”. Y por supuesto, en los centros autonómicos ofrecen toda la gama de vacunas posibles, mientras que en los estatales solo disponen de cinco, compradas con presupuesto de la Delegación o Subdelegación del Gobierno.

¿Solución? López Gigosos explica que tanto ella como sus colegas, a través de la Asociación de Médicos de Sanidad Exterior (AMSE), han denunciado el problema “en reiteradas ocasiones”. En su día se reunieron con la entonces ministra de Sanidad, Trinidad Jiménez, que “comprendió bien la necesidad de mejorar todos los aspectos deficientes de la Sanidad Exterior, pero hubo cambio de gobierno antes de que hubiera tiempo de desarrollar los cambios”. Y el problema de fondo, concluye la doctora, es que todo esto “apenas interesa a nadie”.

¿Por qué no interesa? Los países desarrollados y solventes tienen ciudadanos que viajan; acogen a una población inmigrante que de vez en cuando regresa a visitar a sus familias; y generalmente mantienen vínculos históricos y comerciales con regiones del mundo afectadas por enfermedades infecciosas tropicales. Por todo ello, tienen sistemas de sanidad exterior y salud del viajero que son una referencia y un modelo para el resto del mundo. Aquí tenemos profesionales especializados que no solo dispensan una atención sanitaria excelente, sino que además firman publicaciones en las mejores revistas internacionales de salud del viajero y medicina tropical. Pero están enredados en un laberinto de burocracia kafkiana. Y con ellos, también lo estamos nosotros.