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Por qué hacerse la pedicura con peces es una malísima idea

Recientemente se ha publicado en la revista JAMA Dermatology el caso de una mujer que ha perdido las uñas de los pies después de una sesión de pedicura con peces, esos tratamientos de los spas en los que un grupo de pececillos mordisquea bocaditos de piel muerta como método de, según lo llaman sus defensores, exfoliación natural (el “natural”, que nunca falte para vender algo).

El daño sufrido por la mujer, de veintitantos años y residente en Nueva York, es reversible, por suerte para ella. En unos meses volverán a crecerle las uñas, se espera que ya sin defectos. La dolencia se conoce como onicomadesis, y aunque en algunos casos puede deberse a una infección, también puede venir provocada por un trauma, como cuando nos pillamos un dedo con una puerta y la uña se nos pone de un negro que asusta para acabar cayéndose. Pero en general, la onicomadesis es lo que en medicina se llama enfermedad idiopática, un término sofisticado que simplemente significa: ¿causa? ¿Qué causa?

Pedicura con peces. Imagen de Tracy Hunter / Flickr / CC.

Pedicura con peces. Imagen de Tracy Hunter / Flickr / CC.

Para ser rigurosos, debe quedar claro que no existe absolutamente ninguna prueba que demuestre la relación de la pedicura de la paciente con su problema en las uñas. No hay tal estudio, sino solamente el informe del caso. Su autora, la dermatóloga Shari Lipner, sugiere la posibilidad de que la causa fueran los peces, una vez descartadas todas las demás opciones. Tampoco existe ningún precedente en la literatura médica de un efecto similar causado por este tipo de tratamiento.

Todo lo cual nos deja el diagnóstico de que la explicación apuntada por Lipner es solo una hipótesis razonable. Pero sirve para llamar la atención sobre una práctica que, con independencia de que fuera o no la culpable en este caso, sí tiene un historial de efectos perniciosos y un claro perfil de riesgos, y en cambio ningún beneficio demostrado, al menos para quien no padezca psoriasis.

Para quien no sepa de qué se trata, las pequeñas carpas de la especie Garra rufa, originarias de Oriente Próximo, se pusieron de moda hace unos años como una nueva excentricidad en la oferta de los spas y salones de belleza. En su estado natural, los peces utilizan su boca succionadora para agarrarse a las rocas y alimentarse de biofilms, películas de microbios que crecen sobre las superficies. Solo comen la piel muerta de los pies cuando se les priva de alimento, algo que ha sido denunciado por organizaciones animalistas como PETA.

Pero dejando de lado la eliminación de pellejos y pese al sobrenombre publicitario de “pez doctor”, solo un estudio piloto de 2006 en Austria ha encontrado algún beneficio para los pacientes con psoriasis, aunque en condiciones clínicas –no en un spa– y en combinación con luz ultravioleta. Sin embargo, es importante recalcar que la psoriasis, una enfermedad de la piel, no se cura, ni con este ni con ningún otro tratamiento.

Un pez Garra rufa. Imagen de Dances / Wikipedia.

Un pez Garra rufa. Imagen de Dances / Wikipedia.

Por lo demás, todas las virtudes atribuidas a la pomposamente llamada ictioterapia son puramente imaginarias. Llaman especialmente la atención dos páginas de la Wikipedia en castellano, una sobre Garra rufa y otra sobre ictioterapia, ambas absolutamente engañosas y acríticas. En una de ellas se afirma que el tratamiento con estos peces mejora la circulación, hidrata la piel, elimina el pie de atleta y hasta el mal olor, y que está especialmente recomendado para personas con obesidad o que pasan largos periodos de pie. Ninguna de estas afirmaciones viene avalada por referencias al pie de la página, por la sencilla razón de que no existen: ninguno de estos presuntos beneficios se apoya en ninguna prueba real.

También aseguran que “el proceso es higiénico y seguro”, y que solo existen riesgos debido al “manejo inadecuado de personas poco profesionales”. No es cierto. Si algo está demostrado respecto a esta pseudoterapia, son precisamente sus riesgos, que no pueden eliminarse del todo con un buen manejo. Por mucho que el agua se cambie y que en ocasiones se utilicen productos sanitarios similares a los empleados en las piscifactorías, por definición los peces no pueden esterilizarse. En una época en que se extrema la higiene en todos los utensilios destinados a cualquier tipo de tratamiento, ¿de verdad alguien está dispuesto a que le arranquen las pieles muertas unos animalillos que antes han mordido los pies de otras personas?

El riesgo no es solo teórico. Se han descrito casos de transmisión de infecciones por micobacterias y por estafilococos (una de las bacterias que también causan la fascitis necrosante de la que hablé recientemente), así como el contagio entre los propios peces de bacterias Aeromonas. En los peces también se han aislado estreptococos y birnavirus. Un extenso estudio de 2012 en Reino Unido encontró en los peces hasta una docena de tipos de microbios peligrosos para los humanos, incluyendo la bacteria del cólera, Vibrio cholerae, y su prima Vibrio vulnificus, causante también de fascitis necrosante. Todas las bacterias detectadas eran resistentes a varios antibióticos, hasta a más de 15 diferentes.

Por este motivo, la pedicura con peces ha sido prohibida en varios estados de EEUU. El Centro para el Control de Enfermedades (CDC) incluso afirma que “la pedicura con peces no cumple la definición legal de pedicura”. Parece que allí existe incluso una definición legal de pedicura, mientras que en nuestro país se permite que esta práctica se anuncie con el engañoso término “ictioterapia”.

Todo lo anterior no implica que usuarios y usuarias de esta práctica corran un riesgo letal. Como suele suceder con muchas zoonosis (enfermedades transmitidas por los animales a los humanos), el riesgo en general “es probablemente muy bajo, pero no puede excluirse por completo”, según concluía un informe elaborado en 2011 por el Servicio de Salud Pública de Reino Unido. Un documento que, por cierto, jamás sugería la posibilidad de transmisión del virus de la hepatitis C o el del sida (VIH), como publicó algún medio en España copiando la (des)información del tabloide sensacionalista británico Daily Mail.

Pero en cualquier caso, está claro que el lugar de un pez no está en una piscina o en un barreño comiendo pieles muertas de los pies de nadie. Como tampoco el lugar de un ser humano racional está metiendo los pies en una piscina o en un barreño para que los peces le coman las pieles muertas. Quien necesite tratamiento, que acuda a un dermatólogo. Y quien busque experiencias exóticas, que viaje.

¿Dormir con tu perro es malo? La opinión experta, el estudio y el estudio científico

Quienes se dedican a analizar cómo funciona el panorama informativo en esta era de las redes sociales suelen insinuar que nos encontramos frente a un embrollo de p…; perdón, quiero decir, frente a un embrollo de considerables dimensiones. Suelen referirse a ello con términos como crisis de la autoridad de los expertos, o algo similar. O sea, que el valor que se otorga al mensaje ya no depende tanto del emisor (su cualificación profesional y su credibilidad como experto), sino del receptor (sus inclinaciones personales, normalmente ideológicas).

No pretendo entrar en fangos políticos, pero me entenderán con un ejemplo sencillo y muy popular: para algunos, el actor Willy Toledo es un intelectual preclaro, mientras que para otros es eso que ahora llaman un cuñado, o algo peor. Pero lo relevante del caso no es qué bando tiene la razón, sino que ambas valoraciones son independientes de los méritos y las cualificaciones que puedan avalar al actor como pensador político; yo no los conozco, y dudo que tampoco muchos de quienes le aplauden o le denostan, que en cualquier caso contribuyen por igual a hacer de él y de sus manifestaciones un trending topic. Y trending topic es algo que se define como lo contrario de las reflexiones de un experto y veterano politólogo de prestigio mundial escondidas en la página 27 del suplemento dominical de un periódico.

Ciñéndome al campo que me toca y me interesa, la ciencia, las fake news proliferan en internet sin que las refutaciones objetivas, contundentes e indiscutibles, parezcan servir para que desaparezcan. En algunos casos se trata de falsas noticias curiosas, como aquello que ya conté aquí de que mirar tetas alarga la vida de los hombres. No importa cuántas veces se aclare que la noticia era falsa, y que ni tal estudio ni su supuesta autora existieron jamás; el bulo ha resurgido periódicamente y continuará haciéndolo.

Pero en otros casos no se trata de curiosidades inocuas, sino de falacias que pueden ser muy dañinas, como los falsos riesgos de las vacunas o de los alimentos transgénicos. Ambas creencias han sido refutadas una y otra vez por aquello que de verdad puede refutarlas, los estudios científicos. Pero lo que al final llega a trending topic es la opinión del actor Jim Carrey o del ¿también actor? Chuck Norris.

Se fijarán en que he escrito “los estudios científicos”, y no “los estudios” ni “los científicos”. Porque en esta era del derrocamiento de la autoridad experta, es imprescindible distinguir entre la opinión de un científico, el estudio y el estudio científico, dado que no todo ello tiene el mismo valor.

Hace unos días mi vecina de blog Melisa Tuya, autora de En busca de una segunda oportunidad (además de otro blog y varios libros), me pasaba una nota de prensa enviada por una empresa que vende colchones (no entro en detalles, pero el comunicado ha sido publicado por algún medio). La compañía en cuestión advertía sobre los riesgos de dormir con tu perro, concluyendo que esta práctica acarrea más desventajas que ventajas. Naturalmente, no hay disimulo: la empresa lanza un colchón específico para perros, y lo que pretende es avalar las bondades de su producto con las maldades de que el animal comparta la misma cama que sus dueños.

Imagen de pxhere.

Imagen de pxhere.

Para apoyar sus proclamas, la compañía ha contratado (obviamente, en estos casos siempre hay un flujo monetario) una opinión experta, la de una veterinaria. La doctora advierte en primer lugar de que los animales deben estar limpios y desparasitados para evitar el riesgo de que el contacto con los humanos en la misma cama (o en cualquier otro lugar, para el caso) pueda favorecer la transmisión de enfermedades. El consejo resulta incuestionable, ya que innumerables estudios científicos han demostrado el contagio de infecciones de animales a humanos, como he contado aquí.

Pero seguidamente la veterinaria entra en un terreno más pantanoso, y es el de los posibles efectos nocivos que el compartir el lecho con los humanos puede ejercer sobre la conducta del animal: que le dificulte la separación de sus dueños o que crea haber conquistado el castillo de la cama y el liderazgo del hogar. Y al fin y al cabo, añade la doctora, el animal no va a ser más feliz por el hecho de dormir junto a sus dueños.

Todo esto está muy bien. Pero ¿dónde están los datos? Afirmar que esta versión zoológica del colecho puede dañar la psicología del animal es una hipótesis razonable. Pero sin aval científico, es solo una hipótesis. O en otras palabras, una opinión. Y aunque sin duda las opiniones de los expertos merecen una mayor consideración que las de quienes no lo son, una proposición científicamente comprobable no tiene valor de verdad hasta que se comprueba científicamente. Y la historia de la ciencia es un reguero de hipótesis fallidas. Puede que dormir con sus dueños altere la conducta del perro. Tanto como puede que no. Pero en ciencia no debe existir el “ex cátedra”: la verdad no está en la opinión de un experto, sino en la opinión de un experto respaldada por los estudios científicos. ¿Los hay? No, no basta con la experiencia propia. En ciencia, no.

Voy ahora al segundo argumento, y es la diferencia entre el estudio y el estudio científico. Hoy estamos inundados de estudios por todas partes. Casi cualquier empresa con el suficiente poderío y una política de marketing emprende estudios: las webs de venta de pisos publican estudios sobre la evolución del precio de la vivienda, los seguros médicos publican estudios sobre el consumo de alcohol en los jóvenes, y hasta las webs porno publican estudios sobre las preferencias sexuales de sus usuarios. Para las empresas, elaborar estudios se ha convertido en una práctica común, quizá porque aumenta su visibilidad y su reputación a ojos del consumidor.

Pero hay algo esencial, crucial, sustancial, básico, y todos los sinónimos son pocos, que distingue a un estudio corporativo de un estudio científico: el primero no pasa otro filtro que el de la propia compañía, que por definición está siempre afectada por un conflicto de intereses. En la inmensa mayoría de los casos, lo que las empresas denominan estudios son lo que antes se llamaba encuestas. Una encuesta es algo muy valioso y necesario, pero no llega a ser un estudio. Para dar el salto de una cosa a otra es preciso pasar de los datos crudos a los cocinados, a la interpretación de los resultados y la formulación de las conclusiones. Y es aquí donde resulta imprescindible lo que los estudios científicos sí tienen, y no los corporativos.

La revisión por pares, o peer review.

Revistas científicas. Imagen de Selena N.B.H. / Flickr / CC.

Revistas científicas. Imagen de Selena N.B.H. / Flickr / CC.

Para que un estudio científico se publique y se difunda, es indispensable que lo aprueben otros científicos expertos en el mismo campo de investigación, elegidos por la revista a la cual se ha enviado el trabajo y que no han participado en su elaboración. Y esto, en contra de lo que quizá podría pensarse, no es un simple trámite, ni mucho menos.

Un trámite, aunque duro de completar, es la aprobación de una tesis doctoral; no conozco un solo caso en que una tesis doctoral se haya suspendido (los habrá, pero no los conozco). El tribunal lo escoge el propio doctorando, normalmente entre aquellos investigadores con los que ya tiene una relación previa, y la calificación estándar es sobresaliente cum laude. No se dejen engañar por alguien que presuma de haber obtenido un sobresaliente cum laude en su tesis doctoral: es la nota habitual, también para este que suscribe.

Pero un caso radicalmente opuesto es el de los estudios científicos. No conozco ningún caso en que un estudio se haya aprobado a la primera (y en este caso dudo que los haya, salvo cuando hay trampa, como en el caso de Luc Montagnier que conté aquí). Los revisores o referees destripan los estudios, los machacan, los pulverizan, los apalizan hasta dejarlos reducidos a pulpa. Todo estudio se enfrenta a un largo calvario y a una cadena de revisiones y rechazos antes de encontrar finalmente su hueco en las páginas de una publicación científica, si es que lo encuentra.

Naturalmente, hay corruptelas y favoritismos; los revisores no tratan por igual un estudio escrito por un tal Francis Mojica de la Universidad de Alicante que otro firmado por Eric Lander, director del Instituto Broad del MIT y la Universidad de Harvard, y los Mojica de este mundo dependen de que los Lander de este mundo acaben abriéndoles las puertas al reconocimiento de su trabajo. Por supuesto, también hay estudios fraudulentos, como el de Andrew Wakefield, el médico que se inventó el vínculo entre vacunas y autismo; falsificar un estudio científico es relativamente fácil. Pero estas anomalías son contaminaciones del factor humano, no errores del sistema.

Por último, en años recientes se ha impuesto además el requisito de que los investigadores firmantes de los estudios científicos declaren sus posibles conflictos de intereses, como fuentes de financiación o participación de una manera u otra en cualquier tipo de entidad. A un científico que recibe financiación de un fabricante de refrescos no se le impide publicar un estudio que presenta algún beneficio del consumo de azúcar (suponiendo que lo hubiera), siempre que el trabajo sea riguroso y los datos sean sólidos, pero debe declarar este conflicto de intereses, que aparecerá publicado junto a su nombre al pie de su artículo. Obviamente esto no ocurre en los estudios corporativos, pero tampoco en las opiniones de (en este caso incluso hablar de “presuntos” es una exageración) expertos cuando cobran abultadas cantidades por anunciar un pan de molde “100% natural”.

El mensaje final es: cuidado con las referencias a expertos y estudios. En el terreno de la ciencia, para valorar la credibilidad de una afirmación hay que diseccionar escrupulosamente el nivel de rigor científico de la fuente original. Y si hay pasta de por medio.

Pero si ustedes han llegado aquí para saber si es bueno o no dormir con un perro, y ateniéndonos a los estudios científicos, la respuesta es que aún no hay datos suficientes: una revisión publicada en septiembre de 2017 por investigadores australianos dice que “mientras que las prácticas de colecho adulto-adulto y progenitor-hijo/a se han investigado bien, dormir o compartir la cama con animales ha sido relativamente ignorado [por los estudios]”. El trabajo presenta posibles pros y contras basándose en los escasos estudios científicos previos, proponiendo que el colecho con hijos y el que se practica con animales de compañía “comparten factores comunes […] y a menudo resultan en similares beneficios e inconvenientes”. Como conclusión, los investigadores apuntan que se necesita más “investigación empírica”. Así pues, que no les vendan motos. O colchones.

Megan Fox, pseudoarqueóloga y apologista de la ignorancia

Vivimos tiempos del triunfo de lo pseudo: pseudociencias, pseudomedicinas, pseudonoticias (fake news)… y pseudodocumentales, que son aquellos dedicados a divulgar las pseudociencias, pseudomedicinas o pseudonoticias.

Sería discutible si los llamados mockumentaries, o falsos documentales, son un subgénero digno de aplauso o de rechazo. Para defender lo primero, algunos citarían un ilustre precedente que hoy pocos se atreverían a descalificar: la falsa crónica de una invasión marciana radiada por Orson Welles en 1938. Pero no olvidemos que, a diferencia de los mockumentaries actuales, la emisión de Welles comenzaba dejando fuera de duda que aquello era puro teatro radiofónico, una versión de La guerra de los mundos de H. G. Wells.

Los realizadores de estos falsos documentales suelen evitar temáticas sensibles con el presunto propósito de no dañar a nadie. Pero cuando uno de mis hijos me asegura que el megalodón sigue existiendo porque un amiguito suyo lo ha visto en la tele, es evidente que un daño se ha hecho. Por qué consideramos mayor daño el que se inflige a las emociones y los sentimientos que el que se inflige al conocimiento y la razón sería materia de otra discusión diferente.

Pero no, no son los documentales deliberadamente falsos y paródicos los que traigo aquí hoy. En general es dudoso que aquel famoso mockumentary sobre Stanley Kubrick y la misión lunar Apolo 11 vaya a engañar a nadie que no viviera ya previamente engañado; prueba de ello es que algunos de los autores de webs conspiranoicas citaban aquella película como presunta prueba de sus alegaciones, pero resultó que el director había basado sus falsas pruebas precisamente en aquellas mismas webs conspiranoicas.

Otro caso diferente es el de los pseudodocumentales que pretenden pasar por verídicos, y de los cuales en los últimos años existe una patente inflación en las teles, sobre todo relacionados con la ya agonizante ufología en sus múltiples versiones. Si aceptamos que la televisión es sobre todo espectáculo, y yo lo acepto (pero personalmente prefiero otros espectáculos), no cabe duda de que los autores de estos espacios lo consiguen, aunque a costa de dañar una vez más la razón y el conocimiento.

El motivo de traer hoy aquí esta coyuntura es el anuncio reciente del Travel Channel en EEUU de una nueva serie de pseudodocumentales sobre arqueología e historia, en los cuales la actriz Megan Fox se dedicará a aniquilar el edificio de conocimiento que a los arqueólogos e historiadores les ha costado siglos construir.

Megan Fox. Imagen de Josh Jensen / Flickr / CC.

Megan Fox. Imagen de Josh Jensen / Flickr / CC.

Según las informaciones publicadas, la cadena de televisión describe la nueva serie, Mysteries and Myths with Megan Fox, como “un viaje personal y épico a través del globo, donde arqueólogos y expertos reexaminarán la historia, formulando preguntas difíciles y desafiando el conocimiento convencional que ha existido durante siglos”. “La serie penetrará en algunos de los mayores misterios de los tiempos, como si las mujeres amazonas realmente existieron o si la guerra de Troya fue real”, añaden.

Hasta aquí, la noticia no sería motivo para arquear una ceja más de lo que ya las tenemos arqueadas. Naturalmente, arqueólogos e historiadores han lamentado el tipo de espectáculo que Travel Channel ha elegido para drogar a sus espectadores, y no solo es lógico, sino casi obligado que se manifiesten. Pero la sirena de alarma empieza realmente a sonar cuando se descubre que Fox no solo presenta el programa, sino que además actúa como productora ejecutiva y cocreadora. Es decir, que no será simplemente una cabeza parlante, sino que de hecho ella participa de forma activa en la concepción y los contenidos de la serie.

Para todo lo cual, obviamente, a Fox la avala un nulo conocimiento especializado en la materia sobre la que va a pergeñar una serie pseudodocumental. Pero si digo que la avala, no es con un propósito irónico, sino porque es precisamente ella –y ahora es cuando la sirena de alarma comienza a desgañitarse– quien defiende que su ignorancia sobre historia y arqueología es un aval: “no he pasado mi vida entera construyéndome una carrera académica, así que no tengo que preocuparme por mi reputación o por ser refutada por mis colegas, lo que me permite resistirme al statu quo. Mucha de nuestra historia necesita ser reexaminada”, ha dicho la actriz a la web Deadline.

En resumen, y es lo que hace de este un caso reseñable desde la mayor de las estupefacciones, Fox sostiene que no hay nada como la total ignorancia sobre algo para opinar sobre ello. Según la terminología de moda últimamente en este país, tal afirmación podría convertir a Megan Fox en la cuñada de todos los cuñados, en la suma sacerdotisa del cuñadismo a ultranza. Pero ya he contado aquí que no soy muy partidario de esta expresión, dado que tiende a utilizarse simplemente para descalificar a aquellos cuyas opiniones no nos gustan. Tampoco se trata de si Fox estaría de acuerdo en ceder su próximo papel cinematográfico a otra persona en su lugar que no tenga la menor idea, experiencia o dotes de actriz. Porque en realidad, la interpretación y la ciencia funcionan de maneras radicalmente distintas; y por no saber, ella no sabe ni esto.

Claro que, y es ahora cuando a la sirena de alarma se le queman los fusibles, Fox ya se ha pronunciado anteriormente como una apologista de la ignorancia. Hace diez años dijo en una entrevista: “simplemente odiaba la escuela, y punto. No estaba interesada y no estaba sacando nada de ella. Nunca he sido una gran creyente en la educación formal y siempre he sabido lo que quería hacer, ser actriz, así que la educación que estaba recibiendo me parecía irrelevante”.

En fin, y dado que Megan Fox toma chupitos de vinagre para, dice, detoxificarse y eliminar el agua retenida durante el ciclo menstrual, yo me permito recomendarles esta lista de grandes mujeres pioneras de la ciencia para detoxificarse de Megan Fox.

La memoria del agua de la homeopatía y un experimento que la desmonta

Antes de contarles el experimento que anuncio en el título, prosigamos con la apasionante historia de la memoria del agua y la radio homeopática que comencé ayer. Después de los experimentos de Benveniste, el siguiente apoyo a la homeopatía iba a venir de la fuente más inesperada, nada menos que todo un premio Nobel: el francés Luc Montagnier, descubridor del VIH o virus del sida.

En 1983, Montagnier y sus colaboradores en el Instituto Pasteur fueron los primeros en aislar un virus al que denominaron Virus Asociado a Linfadenopatía o LAV y que posteriormente recibiría el nombre definitivo de Virus de Inmunodeficiencia Humana (VIH). En realidad la gran artífice del hallazgo fue su postdoc, la viróloga Françoise Barré-Sinoussi, pero como he explicado aquí en otras ocasiones, quien dirige el laboratorio es responsable de los éxitos y los fracasos; aunque sería discutible si fue justo que en 2008 el Nobel de Medicina premiara a Montagnier y Barré-Sinoussi olvidando a su rival, el estadounidense Robert Gallo, que demostró la conexión entre el VIH y el sida.

Luc Montagnier en 2010. Imagen de Bastian Greshake / Flickr / CC.

Luc Montagnier en 2010. Imagen de Bastian Greshake / Flickr / CC.

Aunque los Nobel son los galardones más elevados de la profesión científica, no debe olvidarse que son un título, no una tarjeta de visita. Un título es algo que a uno se le concede por lo que ha hecho, el resultado de un largo proceso de trabajo sobre una materia concreta (bueno, tal vez excepto para la clase política española). Por el contrario, una tarjeta de visita es algo que se presenta para justificar lo que uno va a hacer a continuación.

En ocasiones se habla de los Nobel como si fueran esto último, pero no es así. Un Nobel puede patinar y patina de forma inmisericorde sin que se le quite la medalla: a algunos les ha dado por lo paranormal, y tal vez el caso más frenopático sea Kary Mullis, el inventor de la PCR (técnica hoy esencial en la biología) que defiende la astrología, niega el cambio climático, niega que el VIH cause el sida y en su biografía narró su encuentro con un mapache alienígena fluorescente (y eso que por entonces había dejado el LSD, o eso dijo).

En el caso de Montagnier, aquel señor francés tan discreto sorprendió al mundo cuando en 2009 se autopublicó dos estudios (uno y dos) en los que afirmaba lo siguiente: el ADN emite ondas de radio. Pero no cualquier ADN, sino sola y exclusivamente el de los microorganismos que son perjudiciales para el ser humano, como ciertas bacterias y el virus VIH. Estas ondas de radio pueden modificar el agua incluso a distancia para que aparezcan de repente en ella un ADN similar al original y sus microbios, algo que en los medios llegó a bautizarse como “teletransporte de ADN”; y la modificación del agua del cuerpo humano por estas emisiones es responsable de enfermedades como el sida, el párkinson o el alzhéimer.

¡Ah, sí! ¿Pero qué tiene esto que ver con la homeopatía? Los experimentos de Montagnier se basaban también en diluir y agitar las preparaciones de ADN, de modo que la emisión de radio aumentaba con las diluciones cuando ya no quedaba una sola molécula. El virólogo empleó el aparato diseñado por Benveniste y se apuntó a la idea de que el ADN dejaba su hueco en el agua debido a una polimerización de las moléculas de H2O inducida por las ondas de radio; por explicarlo, como si las moléculas de agua fueran la cadena humana que forman los guardias de seguridad para que el público no se abalance sobre los chicos de One Direction.

Naturalmente, aquello fue el clímax para los defensores de la homeopatía. Y ello a pesar de que, como sucedía también con los experimentos de Benveniste, en realidad los de Montagnier tampoco sostenían la teoría homeopática: el virólogo detectaba la emisión de radio del ADN solo hasta un cierto nivel que no alcanzaba los factores de dilución empleados en la homeopatía; cuando llegaba a la escala de las diluciones homeopáticas, la radio se apagaba. Pero es que además Montagnier decía que aquella emisión duraba unas horas, a lo sumo un par de días, después de retirar el ADN de la disolución. Por lo que, incluso aunque su teoría fuera cierta, cualquier preparado homeopático consumido más de 48 horas después de su fabricación sería completamente inútil.

Pero volvamos atrás: he dicho que los estudios de Montagnier fueron autopublicados, aceptados en tres días (varios meses es un periodo más normal) en una entonces nueva revista china cuyo consejo editorial está presidido por él mismo. John Maddox, el director de Nature que publicó el estudio de Benveniste, había dejado la dirección de la revista en 1995. Pero aunque hubiera continuado ejerciendo en 2009 (falleció aquel mismo año), es muy dudoso que Montagnier hubiera logrado convencerle.

En comparación con el trabajo de Benveniste –al que Montagnier equipara con Galileo, un genio incomprendido–, los estudios del virólogo son sorprendentemente heterodoxos e irregulares para todo un premio Nobel. Olvidan la estructura común (Introducción, Materiales y Métodos, Resultados…), se saltan peldaños cruciales dando por supuestas cosas que no se justifican, presentan todos sus resultados en forma de pantallazos, sin gráficos sujetos a una escala cuantitativa, con picos medidos por “intensidad relativa” imposibles de evaluar, sin el menor análisis estadístico de los datos, aventurando conclusiones que no se apoyan en los resultados y que podían y debían testarse con multitud de pruebas de uso común… El profesor de biología y bloguero escéptico PZ Myers dijo de ellos que parecen trabajos elaborados por estudiantes, y es que realmente cuesta creer de quién proceden.

Pero vayamos a los resultados: ¿qué puede extraerse de los estudios de Montagnier? A estas alturas creo que nadie se atrevería a apostar su vida a que la radiación electromagnética (llamémosla REM) no podría jugar un papel biológico mayor del que tradicionalmente se le ha supuesto. Es evidente que las moléculas reaccionan cuando se las bombardea con REM; hay infinidad de ejemplos en técnicas experimentales y diagnósticas. Incluso la REM ambiental es la causa de numerosos procesos biológicos; el ejemplo más inmediatamente conocido por todo el mundo es la fotosíntesis. En los últimos años se está ampliando el espectro de procesos electromagnéticos en la biología, incluso a fenómenos cuánticos exóticos: se ha propuesto que el entrelazamiento cuántico es responsable de la capacidad de las aves migratorias para guiarse por el campo magnético terrestre. Hoy la biología cuántica ya no es un oxímoron, sino una ciencia incipiente.

Si hay alguna crítica que pudiera decantarse a favor de Montagnier y en contra del establishment científico, es la resistencia que la ciencia está mostrando a introducirse de lleno y extensamente en lo que podría ser un fenómeno biofísico hasta ahora ignorado. O quizá no lo sea, pero no puede desecharse de un plumazo. Varios estudios en los últimos años han mostrado posibles perfiles de emisión electromagnética en distintas moléculas e incluso en bacterias, y hasta se han propuesto teorías para explicarlo. Tanto los estudios como las teorías son controvertidas, pero la ciencia no debería sin más mirar para otro lado, sino al contrario, fijarse muy intensamente en ello para separar hecho de ficción y saber qué hay de cierto, si es que hay algo de cierto, o descartarlo e identificar el artefacto que está provocando esos resultados.

Ahora bien: ¿sustentan los resultados las locas teorías de Montagnier? Para empezar, si cualquiera hubiese emprendido experimentos como los suyos y hubiese obtenido resultados como los suyos, probablemente habría comenzado por cuestionarse si los sistemas de filtración, de los que dependen críticamente sus resultados, están funcionando como deberían. Por otra parte, todo el que ha trabajado con cultivos celulares y ha tenido problemas de contaminación con micoplasmas (uno de los microbios que emplea Montagnier) sabe que es tan difícil quitárselos de encima como los piojos en los colegios; tratas con antibiótico, y vuelven. Filtras los medios de cultivo, y vuelven. Creo recordar, aunque ahora no tengo la referencia a mano, que hace pocos años un estudio alertó sobre la contaminación con micoplasmas en gran parte de las líneas celulares más utilizadas hoy en los laboratorios, lo que podría introducir resultados espurios en muchos experimentos.

Si uno quisiera demostrar que el ADN capta y emite REM, ¿por qué utilizar sistemas tan sucios como filtrados de micoplasmas o sobrenadantes celulares? A un referee o revisor difícilmente le convencería otro experimento que no estuviera basado en un sistema mucho más puro y controlado, como un ADN de síntesis. Y por supuesto, esos resultados necesitarían cuantificación, agregación, cálculos de significación estadística, barras de error, valores p… Para que una afirmación tan extraordinaria resulte creíble han de aportarse pruebas extraordinarias, como dice la vieja regla. Por otra parte, si uno pretende alegar que en un tubo ha aparecido algo que antes no estaba sin una razón física explicable, hay mil pruebas posibles que cualquier referee pediría para dilucidar qué contenía antes ese tubo y qué contiene ahora.

ADN. Imagen de Nogas1974 / Wikipedia.

ADN. Imagen de Nogas1974 / Wikipedia.

Pero supongamos que Montagnier realmente demostrara que existe un fenómeno biofísico hasta ahora insospechado, que el ADN u otras moléculas emiten REM relacionada con su perfil atómico, y que en la naturaleza existe un continuo intercambio de ondas a escala molecular. Este sería un descubrimiento lo suficientemente revolucionario como para darle otro premio Nobel. Pero incluso concediendo esta posibilidad, ¿los resultados de Montagnier avalan la homeopatía? Como he explicado más arriba, no; los presuntos fenómenos que describe no solo no sustentan los principios homeopáticos, sino que más bien al contrario, si acaso demuestran que las diluciones homeopáticas anulan los efectos observados.

Además, una cosa es llegar a demostrar la presencia de esa emisión de REM en el ADN, y otra saber si ese fenómeno puede tener un significado biológico real, y ya no digamos saber cuál es esa posible función. Montagnier no lo demuestra en ningún momento, sino que se limita a aventurar hipótesis grandiosas mediante saltos al vacío. Agarrarse a estos estudios para justificar la homeopatía, o cualquier otra conclusión biológica, es como encontrar en una cueva uno de esos extraños pictogramas de seres con la cabeza gorda y montar la teoría de los antiguos astronautas, o como descubrir microbios fósiles en Marte y concluir que los platillos volantes son naves extraterrestres. No es terreno de Nature, sino de Cuarto Milenio. No es ciencia, sino pseudociencia.

Llama poderosamente la atención lo poco que ha publicado Montagnier en los últimos años, si posee un material tan revolucionario; apenas un par de estudios más, cuando cualquier científico de su nivel, no digamos con un Nobel en el bolsillo, puede firmar decenas de trabajos al año. No será por falta de financiación ni de nichos donde publicar. En cuanto a lo primero, afectado por esa especie de síndrome del Capitán Nemo, hace unos años se encerró en su Nautilus para escapar del mundo hostil y enfrascarse en sus grandilocuentes ambiciones; se marchó a una universidad china, donde tiene un laboratorio, personal y dinero. En cuanto a las revistas, es probable que Homeopathy y otras estarían deseosas de aceptar su trabajo. Pero en lugar de esto y de tratar de rebatir a sus críticos con experimentos limpios y rigurosos, parece que se dedica a trucos de magia como enviar las ondas de un país a otro para hacer aparecer ADN de la nada en un tubo de agua.

Mientras, y ya llego, hasta ahora numerosos experimentos han fallado a la hora de reproducir los resultados de Benveniste, pero curiosamente no se había testado la hipótesis de la memoria del agua directamente por otras vías. Un equipo de investigadores polacos lo hizo el pasado octubre, basándose en la idea de una técnica llamada cromatografía por polímeros de impronta molecular.

Imaginemos un bloque de gelatina con una canica dentro. Si sacamos la canica y la gelatina es lo suficientemente firme, quedará el hueco en su interior. La experiencia nos muestra que esto no ocurre con el agua (¿realmente estoy explicando esto?): cuando sacamos la cucharilla del café, no se queda un hueco. Sin embargo, la homeopatía se basa en defender que esto sí sucede en el agua a escala microscópica molecular cuando se aplica el procedimiento de potentización.

Cuando existen esos agujeros en un medio parecido a la gelatina, esos huecos son capaces de acomodar y retener las moléculas que los han formado. En esta idea se basa la técnica mencionada, que utiliza matrices de gel moldeadas con moléculas concretas que luego se extraen para dejar huecos capaces de atrapar esas moléculas. Del mismo modo, si un preparado homeopático tuviera esos agujeros que ha dejado el compuesto original, debería mostrar afinidad por ese compuesto.

Funcionamiento de los polímeros con impronta molecular. La molécula molde (template) deja un hueco en la matriz de polímero que se emplea después para atrapar las moléculas similares. Imagen de Satanaka / Wikipedia.

Funcionamiento de los polímeros con impronta molecular. La molécula molde (template) deja un hueco en la matriz de polímero que se emplea después para atrapar las moléculas similares. Imagen de Satanaka / Wikipedia.

Científicos de la Universidad de Gdansk dirigidos por Roman Kalizsan han probado esta hipótesis utilizando un preparado homeopático, Aconitum CH30, en comparación con un placebo. No se trata de un estudio en toda regla, sino solo de una comunicación corta basada en un pequeño experimento preliminar que debería repetirse, contrastarse y probarse con otros ejemplos; pero es dudoso que ni ellos ni nadie vaya a afrontar una investigación más extensa cuando el resultado confirma lo que cualquiera, exceptuando los defensores de la homeopatía, esperaría: no hay diferencias entre el Aconitum CH30 y el placebo respecto a la afinidad por la aconitina, el compuesto utilizado para preparar el remedio. “Por tanto, es improbable que el remedio homeopático contenga improntas moleculares [huecos] de la aconitina”, concluyen los investigadores.

Homeopatía. El preparado Aconitum C30 ha sido el probado en el experimento. Imagen de pxhere.

Homeopatía. El preparado Aconitum C30 ha sido el probado en el experimento. Imagen de pxhere.

En definitiva, a estas alturas del siglo XXI y a estas cotas del conocimiento humano ya está más que remachado que la homeopatía falla en la teoría y falla en la práctica. Pero por desgracia, mientras una poderosa industria continúe invirtiendo millones en alimentar el mito, y mientras tanto el mercado como los organismos reguladores continúen tragándoselo, no quedará otro remedio que seguir gastando en su refutación unos preciosos recursos que podrían destinarse a otros fines científicos más provechosos.

Por qué es imposible que la homeopatía cure nada

Ahora que el gobierno se dispone a bajarle los impuestos a la industria homeopática y, de paso, perdonarle la deuda, conviene redoblar los esfuerzos para intentar que nuestro país no se convierta en un paraíso de esta falsa medicina. No, aún no lo es: según datos de los propios homeópatas, por fortuna España todavía se mantiene en un discreto décimo puesto de 22 países de la UE en ventas per cápita de estos falsos remedios.

Pero si la nueva normativa abre la venta de homeopatía en las farmacias con todas las de la ley, como medicamentos y no como caramelos, raro sería que este país no contribuyera con un buen empujón a ese salto al hiperespacio que la facturación de este millonario y lucrativo sector va a dar en los próximos años, según un estudio de mercado.

Un curioso cartel contra la homeopatía en la isla de Antigua. Imagen de David Stanley / Flickr / CC.

Un curioso cartel contra la homeopatía en la isla de Antigua. Imagen de David Stanley / Flickr / CC.

Así que a los espacios científicos en los medios y en las redes, como este blog, nos toca continuar explicando. Pero ¿explicando qué? Tal vez a menudo nos centramos demasiado en un aspecto que ya puede dar poco más de sí, y es el hecho de que la homeopatía no cura. Son ya miles los ensayos que a lo largo de la historia médica han evaluado los efectos clínicos de estos preparados, y como he contado aquí hace unos días, no existe ni un solo estudio independiente, riguroso, metodológicamente intachable y estadísticamente sólido que haya podido demostrar ningún beneficio médico de la homeopatía.

Tan evidente es ya lo evidente que en 2005 la revista The Lancet, una de las dos o tres biblias por fascículos de la medicina actual, publicó una especie de basta ya: “El fin de la homeopatía”, titulaba un editorial que recomendaba poner fin ya a esta agónica búsqueda de lo inexistente, y que instaba a los médicos a “ser valientes y honestos con sus pacientes con respecto a la ausencia de beneficios de la homeopatía”.

Pero no. Trece años después, no parece que el grito de The Lancet se haya escuchado. Buena prueba de ello es el nuevo paso legislativo en España, que sigue el dictado de la Unión Europea y que sigue dándole burro a la noria con aquello de incluir en los envases solo las indicaciones terapéuticas demostradas. Es cierto que algunos analistas de la medicina basada en ciencia, como la médica Harriet Hall, han defendido que el terreno donde la homeopatía debe retratarse es el de los ensayos clínicos in vivo. Pero también es cierto que ya lo ha hecho sobradamente, y que el resultado sigue sin lograr la erradicación de las creencias en esta falsa medicina, ni la adaptación de las normativas legales en consecuencia.

Esto último siempre va a depender de los responsables públicos. Es cierto que la normativa española sigue el mandato europeo. Pero con o sin esto, y por encima de la capa de asesores profesionales a quienes sí se les supone una formación científica, es difícil convencer ya no de si la homeopatía funciona o no, sino de por qué jamás funcionará, a quien manda sobre todos ellos: una persona que si acaso podría asesorarte para comprar un piso, pero que no tiene la menor cualificación para desempeñar el puesto que desempeña (algo que sí se exige al ciudadano común).

Por este razonamiento, creo que es necesario seguir explicando los fundamentos de la homeopatía, dado que en ellos está la clave. Las encuestas más específicas, como la de la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología (FECyT), muestran si los ciudadanos creen o no en la eficacia de la homeopatía. Pero tal vez por el carácter cerrado de las preguntas (sí/no, mucho/poco…), no nos enseñan un dato: ¿qué creen los creyentes en la homeopatía que es la homeopatía? ¿Cómo la definirían?

En mi sola experiencia personal, cuando hago esta pregunta a los creyentes de mi entorno, descubro que muchos de ellos en realidad no tienen la menor idea de qué es la homeopatía. Como máximo, tienden a describirla como una medicina natural basada en hierbas y extractos de plantas. Es decir, confunden la homeopatía con la medicina herbal, dos prácticas absolutamente dispares. Y entonces me invade la sospecha de que la homeopatía está ejerciendo como okupa conceptual de una casa que no es la suya, la de la moda natural. Así, cuando explico a los mal informados todo aquello de que lo similar cura lo similar, las diluciones límite, la agitación y la potentización, a menudo se me quedan estupefactos.

No es que tenga el convencimiento de que la explicación de los fundamentos vaya a apear a muchos de lo que previamente han decidido creer. Pero es concebible que los humanos del Neolítico tal vez pudieran tirar piedras hacia arriba una y otra vez esperando que alguna de ellas se quedara sujeta en el aire. Hasta que viene Newton y explica la gravitación universal, y entonces ya no tiene sentido seguir tirando piedras al aire.

Homeopatía. Imagen de MaxPixel.

Homeopatía. Imagen de MaxPixel.

Lo esencial en el caso de la homeopatía es que no funciona porque es imposible que funcione. Porque sus fundamentos teóricos son una fantasía inventada por una persona concreta sin un mecanismo físico real que los justifique, tanto como si a cualquiera de nosotros nos da una buena mañana por pensar: oye, ¿y si para curar las enfermedades recojo un poco de agua de estalactita de cueva y la paso durante 27 segundos por el lomo de un ñandú mientras recito un poema de Gloria Fuertes? Es como la danza de la lluvia. Es como decir “Candyman” cinco veces frente al espejo. Por mucho que la sostenga el lobby de una poderosa industria, la homeopatía no deja de ser sencillamente un disparate.

Esta cuestión de los fundamentos de la homeopatía tiene su recorrido histórico, que se pone interesante en 1988, cuando el francés Jacques Benveniste, hasta entonces un inmunólogo reputado, consiguió colar un estudio nada menos que en la revista Nature mostrando lo que entonces comenzó a llamarse la “memoria del agua”: que un compuesto capaz de provocar un determinado efecto sobre las células in vitro continúa ejerciendo el mismo efecto cuando se diluye hasta que desaparece del todo, mediando ciertos pasos de agitación similares a los de la homeopatía. Es decir, que el agua recordaba la presencia de aquel compuesto incluso cuando ya no estaba presente.

La explicación que Benveniste proponía para sus resultados era que el agua actuaba como molde para el compuesto, y que una vez retirado este, el líquido guardaba el hueco con su forma, la cual era capaz de reproducir los efectos de la molécula original sin la presencia de esta. El propio investigador lo describió de esta delirante manera: “es como agitar la llave del coche en un río, andar varios kilómetros río abajo, sacar unas pocas gotas de agua, y entonces utilizar el agua para arrancar el coche”.

Resultados de Benveniste. Según la teoría homeopática, la curva debería ascender de izquierda a derecha. En su lugar sube y baja, lo que no apoya los principios de la homeopatía. Imagen de Davenas et al., Nature 1988.

Resultados de Benveniste. Según la teoría homeopática, la curva debería ascender de izquierda a derecha. En su lugar sube y baja, lo que no apoya los principios de la homeopatía. Imagen de Davenas et al., Nature 1988.

Naturalmente, aquel hito sirvió a los defensores de la homeopatía para desempolvar los bombos y los platillos y cantar al mundo que su práctica funcionaba, con las bendiciones de la ciencia. Y hoy continúan haciéndolo, pero ignorando un par de detalles. Primero, que en realidad el estudio de Benveniste no demostraba la teoría homeopática. En farmacología hay un principio básico: a más compuesto, más efecto. La homeopatía defiende lo contrario: a menos compuesto, o cuanto más lejos está la dilución del compuesto de contener una sola molécula de él, más efecto. En el estudio de Benveniste no aparecía ninguna de estas dos correlaciones, sino un patrón en forma de montaña rusa, con picos que subían y bajaban sin razón aparente a lo largo de la escala de diluciones.

En biología experimental, cuando uno obtiene un resultado de este tipo, eso suele tener un nombre: artefacto. Es decir, que el efecto observado en realidad no es consecuencia de la condición experimental que estamos ensayando, sino una interferencia de otro factor desconocido que se nos está colando sin permiso y que deberemos tratar de identificar; y en caso de no poder hacerlo, la opción más sensata es tirar los resultados a la papelera.

Pero con una salvedad. En raras ocasiones, un artefacto puede ser el origen de un gran descubrimiento. Así fue como Alexander Fleming descubrió la penicilina: en lugar de tirar sus placas de cultivo de bacterias en las que habían crecido hongos, decidió investigar por qué aparentemente aquel invasor parecía impedir el crecimiento de los estafilococos. La respuesta fue el primer antibiótico. A veces un experimento nuevo, o uno viejo con métodos nuevos, o una serendipia, pueden dar lugar a una revolución científica. Cuando en el siglo XIX el inglés Thomas Young hizo pasar la luz por unas simples rendijas, inició sin saberlo lo que un siglo después sería una nueva física, la cuántica. Si las nuevas observaciones no encajan en la teoría actual, hay que desechar la teoría actual y crear una nueva que explique lo que la naturaleza nos está diciendo a gritos.

Pero eso sí, la naturaleza solo dice algo a gritos cuando se trata de algo real; cuando los resultados aparecen una y otra vez de forma consistente en los mismos experimentos repetidos por otros científicos. Y el segundo detalle que ignoran quienes hoy enarbolan el estudio de Benveniste como prueba de la validez de la homeopatía es que en este caso no fue así. A los homeópatas del siglo XXI les complace sacar a relucir aquel trabajo, pero olvidan contar todo lo que sucedió después.

La publicación del trabajo de Benveniste fue una extraña decisión del entonces director de Nature, un personaje excéntrico y controvertido llamado John Maddox, un físico que negaba el Big Bang y que en 1983, en pleno auge del sida, escribió un editorial al respecto en el que hablaba de esta “quizás inexistente condición”, espetando a sus lectores: “la patética promiscuidad de los hombres homosexuales es la amenaza más obvia a la salud pública, pero probablemente no es más seria ahora que antes de que la homosexualidad dejara de ser ilegal”, para añadir que la tentación de describir el sida como la enfermedad de una “civilización decadente” era “casi irresistible”.

Maddox fue quien en buena parte transformó Nature, hasta entonces un boletín científico apolillado y casi victoriano, en un medio de comunicación, manteniendo un alto estándar de ciencia pero dándole un contenido y un aspecto más coloridos, periodísticos y populares. Cuando Maddox leyó el estudio de Benveniste, decidió pasar por alto lo farragoso e inconcluyente de sus resultados, y se aferró a su solidez metodológica para aprobarlo, pensando que aquello sería un gancho para la revista. Publicó el estudio acompañado de una advertencia y a continuación montó una operación destinada a instalarse él mismo, junto con dos investigadores escépticos, en el laboratorio de Benveniste con el fin de repetir los experimentos en condiciones más controladas.

Y funcionó: la operación atrajo una sabrosa publicidad para Nature, y la memoria del agua se convirtió en la polémica científica de la época. Pero después de aquel y otros varios intentos de replicación, la conclusión fue que los resultados de Benveniste no eran un fraude deliberado, incluso a pesar de que un par de sus colaboradores estaban financiados por la multinacional homeopática Boiron, sino que probablemente se trataba de un sesgo aplicado por los propios experimentadores sobre un efecto producto de un artefacto; los efectos iban y venían sin razón aparente ni correspondencia real con ninguna condición experimental controlada. Hoy el estudio de Benveniste se considera universalmente desacreditado.

¿La memoria del agua? Imagen de pxhere.

¿La memoria del agua? Imagen de pxhere.

Sin embargo, el investigador jamás se retractó. Al contrario, continuó trabajando en la misma línea, convencido de que su efecto era real. Pero posteriormente ascendió a cotas más altas de surrealismo: dijo haber descubierto que las moléculas emitían una radiación electromagnética (básicamente, ondas de radio), la cual les servía para comunicarse con aquellas otras a las que se unían. Y que esta radio molecular podía registrarse con un equipo de sonido, guardarse en un ordenador, transmitirse por teléfono o internet y a continuación aplicársela al agua normal para convertirla en agua homeopática con las mismas propiedades de la original.

Curiosamente, esta última parte suelen callársela los practicantes y fabricantes de homeopatía, por lo demás grandes admiradores del trabajo de Benveniste. ¿Por qué será? Si existe un método do-it-yourself que le permite a uno fabricarse sus propios remedios caseros poniendo un garrafón de agua del grifo a escuchar Onda Homeopatía, ¿qué necesidad hay de comprar esos botecitos tan caros?

Pero la historia de la memoria del agua y de la radio homeopática no acaba aquí, sino que aún se vuelve más esperpéntica en años posteriores. Mañana seguiremos contándolo, junto con una guinda final, un pequeño experimento reciente que por primera vez ha demostrado lo evidente: que por si quedaba alguna duda, la idea de que el agua guarda el hueco de las cosas es simplemente falsa.

El delirio de la homeopatía: el caso de la saliva de perro rabioso (II)

A finales del siglo XVIII las enfermedades humanas eran aún en gran parte un misterio. No se conocían los microbios patógenos, ni mucho menos los procesos celulares y moleculares del organismo. Los médicos actuaban más por intuición o por experiencia común que por conocimiento científico, y en muchos casos los remedios eran peores que la enfermedad; por ejemplo la sangría, por entonces muy popular y que en la mayoría de los casos era perjudicial para el paciente.

En aquel contexto, muchos médicos desarrollaron teorías más o menos intuitivas y fantasiosas sobre el origen de la enfermedad y sus posibles formas de curación, que pusieron a prueba con los rudimentarios métodos de la época. Uno de ellos fue el alemán Samuel Hahnemann, quien traduciendo un tratado médico se encontró con la proclama de que la corteza de un árbol servía para tratar la malaria.

Samuel Hahnemann en 1841. Imagen de Wikipedia.

Samuel Hahnemann en 1841. Imagen de Wikipedia.

Intrigado, Hahnemann probó aquel presunto remedio y al parecer sintió ciertos síntomas parecidos a los de la malaria. Ello le llevó a inspirarse en el trabajo previo de otro médico austríaco para promover una hipótesis: lo similar cura lo similar; es decir, la enfermedad viene provocada por sustancias que también tienen la capacidad de curarla, siempre que la dosis sea ínfima para evitar su toxicidad.

La idea no tenía ningún fundamento científico. Pero en el batiburrillo de teorías locas de su época, cuando la medicina corría como pollo sin cabeza, era una más. El propio Hahnemann propondría alguna otra hipótesis absurda, como que muchas enfermedades venían causadas por el café. Pero fue en 1796 cuando publicó su método, consistente en diluir las sustancias una vez tras otra hasta que típicamente no quedaba ninguna molécula en la disolución.

Entre las diluciones era necesario agitar el recipiente de una manera determinada para conseguir lo que llamaba “potentizar” el líquido, o que de alguna manera sus propiedades beneficiosas pasaran a la solución aunque la sustancia en sí ya no estuviera presente. El resultado era un preparado capaz de actuar contra las “miasmas“, un tipo de ente indefinido que para Hahnemann era el causante de la enfermedad. Había nacido la homeopatía.

Aunque por entonces la medicina era una incubadora de teorías descabelladas y tiros al aire, tampoco quisiera dejar aquí la impresión de que en su día la teoría homeopática era plausible o que fue aplaudida. La medicina era primitiva, pero por entonces ya era mucho lo que se conocía sobre la física de la naturaleza, y aquello de las miasmas, la dilución y la potentización sonaba para numerosos científicos más a alquimia medieval que a la química de la época. John Forbes, médico de la reina Victoria de Inglaterra, calificaría la homeopatía como “una atrocidad contra la razón humana”.

Pero luego llegaron los siglos XIX y XX, y con ellos, la ciencia médica moderna. Se descubrió que la corteza del árbol que había tomado Hahnemann contenía quinina, un compuesto que mataba el parásito causante de la malaria. Que muchas enfermedades estaban causadas por microbios, no por miasmas. Que otras enfermedades estaban causadas por los genes, por agresiones ambientales, por mutaciones u otras causas bien definidas. Que no existe ningún fantasma de los fármacos pasados que quede presente en el agua cuando se le ha retirado hasta la última molécula de dicho fármaco, por mucho que se agite. Que el agua es solo agua. Y que el método y la teoría de Hahnemann podrían enseñarse hoy en la asignatura de pociones del colegio Hogwarts de Harry Potter, pero que no se corresponden con ningún principio o fundamento físico conocido en la naturaleza.

Pese a todo, para entonces la homeopatía se había convertido en una industria floreciente y enormemente rentable, ya que resulta muy barato producir los preparados: cualquier nuevo fármaco lleva detrás muchos años de investigación y de ensayos preclínicos y clínicos, mientras que a la homeopatía le basta con su propia tradición, ya amortizada sobradamente. Es lógico que quienes explotaban este negocio no estuvieran dispuestos a renunciar a él, pero reducirlo todo a un fraude inspirado por el ánimo de lucro sería demagógico. Es probable que algunos practicantes de homeopatía observaran beneficios individuales, y que incluso algún estudio los recogiera.

Sin embargo, el progreso de la medicina no solo consiste en tecnología, sino también en metodología. Con el tiempo los estándares para los ensayos clínicos se fueron volviendo más rigurosos y científicos, y nacieron los metaanálisis o metaestudios. Un efecto puede ser evidente, como el de un antibiótico contra las bacterias. Pero cuando se trata de posibles efectos más sutiles y pequeños, como saber si las propiedades anticoagulantes de la aspirina pueden prevenir la enfermedad cardiovascular a largo plazo, no basta con un estudio, tres o diez. Son necesarios muchos estudios amplios para poder agregar sus datos y extraer conclusiones estadísticas que aclaren si hay un efecto real, por pequeño que sea, o nada de nada.

Homeopatía. Imagen de pxhere.

Homeopatía. Imagen de pxhere.

Es aquí donde los metaestudios han mostrado una y otra vez que la homeopatía no produce ningún efecto distinto al placebo o que no pueda explicarse por otros motivos, como la remisión espontánea en dolencias que se curan solas (por ejemplo, en un catarro, una gripe o un dolor muscular). Hay material más que de sobra que apoya la misma conclusión; puede encontrarse un buen resumen (en inglés) aquí. Merece la pena destacar un metaestudio del gobierno australiano sobre 1.800 estudios, o una metarrevisión (revisión de revisiones de estudios, una vuelta de tuerca más) de 2002 que concluía: “no hay un remedio homeopático para el que se hayan demostrado efectos clínicos que sean convincentemente diferentes del placebo”.

Y continúan llegando. Por curiosidad, hoy mismo he consultado en Cochrane, una revista online/base de datos que es como la regla de oro de los metaestudios, y me he encontrado el último de ellos publicado el día 9 de este mes. La conclusión: “los productos medicinales homeopáticos no muestran ningún beneficio en comparación con el placebo para la recurrencia o las tasas de curación de las infecciones agudas respiratorias en los niños”.

Y así. Para aquella razón a la que se refería Forbes debería ser innecesario explicar nada más sobre por qué la teoría de la homeopatía es un disparate, y que además en la práctica no funciona. Pero a pesar de todo, la popularidad de la homeopatía no ha disminuido; más bien al contrario, continúa en auge, y según conté ayer, un estudio de mercado pronostica que entre 2015 y 2024 la facturación de esta millonaria industria, con mucho poder en países como Francia (sede de la multinacional Boiron), va a multiplicarse casi por cinco.

Pero ¿qué alegan los defensores de la homeopatía? Ayer conté el caso de Anke Zimmermann, la médica naturópata que administró a un niño un preparado homeopático basado en saliva de perro rabioso, encendiendo una gran controversia en Canadá y EEUU. Zimmermann, que como también conté cobra cifras astronómicas por sus servicios, cita en su favor una larga lista de estudios, la gran mayoría de ellos –aunque no todos– publicados en revistas dedicadas a la homeopatía o medicinas alternativas, lo que desfigura la neutralidad de la revisión por pares (aunque entiendo que quizá esto no sea tan obvio para los no familiarizados con el proceso de publicación científica).

Entre estas referencias se encuentran, salvo que se me haya escapado alguno, solo tres metaestudios para sendas aplicaciones concretas: la diarrea en niños, la alergia al polen y el íleo postoperatorio. Uno de ellos parece encontrar algún resultado positivo, pero concluye que “varias advertencias impiden adoptar un juicio definitivo”, además de detallar que la exclusión de los estudios metodológicamente flojos no cambiaba el resultado. Otro pequeño metaestudio dice que un preparado homeopático reduce en unas horas la duración de la diarrea infantil. Ambos metaestudios tienen valores de significación estadística (valor p) inferiores a los estándares actuales. El último de ellos sugiere que la homeopatía es comparable a los antihistamínicos, pero reconoce que “los resultados pueden estar sesgados”. De hecho, de los 11 estudios incluidos, cuatro no cumplen los estándares mínimos necesarios, por lo que los autores deberían haberlos desechado.

En resumen, detrás de la larga lista de Zimmermann, esto es todo lo que queda: tres metaestudios metodológicamente dudosos y estadísticamente flojos sobre tres aplicaciones concretas, frente a miles de estudios y cientos de metaestudios rigurosos que desmontan cualquier utilidad de la homeopatía para una multitud de aplicaciones. Históricamente, en ciencia han existido teorías falsas mucho más sustentadas. Pese a todo, Zimmermann nos califica de ignorantes a todos los que desacreditamos sus proclamas. Me apunto voluntariamente, reivindicando con orgullo mi derecho a ser llamado ignorante por Zimmermann.

La naturópata no solo se agarra al sesgo cognitivo a través de su engañosa lista de estudios, sino que también apela a la falacia ad populum; o sea, si mucha gente lo cree, es cierto: “cientos de miles de clínicos en todo el mundo [¿?] y unos 600 millones de personas están utilizando remedios homeopáticos”, escribe en su web. Pero no, no se trata de que otros 7.000 millones de personas no los utilicen, ya que esto sería caer en el mismo error argumental; se trata simplemente de que la Tierra tampoco era plana cuando toda la humanidad entera creía que sí lo era. El funcionamiento de la naturaleza no es una democracia.

Hay un aspecto de la argumentación de Zimmermann que me interesa destacar especialmente. La naturópata cree a pies juntillas en eso de la potentización, esa especie de fantasma que queda en el agua después de diluir un compuesto hasta que desaparece por completo. Zimmermann escribe: “en este momento no hay un mecanismo de acción sobre el que exista un acuerdo científico”. La frase, junto con la declaración de la naturópata a otro medio de que “no hay un consenso común”, parece transmitir la idea de que existe una especie de debate entre los científicos sobre diferentes posibles mecanismos de acción de la homeopatía.

Lo cierto es que se trata de otra falacia más: como he contado aquí, un rasgo típico de la pseudociencia es disfrazarse de ciencia para pasar por tal. En la ciencia actual no existen varios mecanismos, ni tan siquiera uno solo, que pueda sostener la potentización (en una próxima ocasión les contaré un experimento que ha desmontado incluso una hipótesis de por sí totalmente implausible). Hoy esto es terreno de la magia, no de la ciencia. Pese a todo, Zimmermann se permite añadir: “eso no significa que no pueda funcionar. No sabemos cómo funcionan muchas cosas, es parte de la diversión tratar de averiguarlo”.

Homeopatía. Imagen de pxhere.

Homeopatía. Imagen de pxhere.

Pero no todos los usuarios de la homeopatía parecen creer y ni siquiera conocer la potentización. En ocasiones, cuando explico esto a algún consumidor de estos preparados, frunce el ceño y dice haber oído que esto no es así, sino que existe algo de sustancia en el “remedio”; la teoría de la potentización parece ruborizar incluso a algunos de los consumidores de homeopatía. A estos quiero traerles otro entrecomillado de Zimmermann, para que no quede ninguna duda:

Después de repetir el proceso [de dilución] 12 veces, es básicamente imposible tener ni una sola de las moléculas originales en la solución, que en último término se emplea para medicar pastillas de lactosa o sacarosa [azúcar].

Por tanto, no hay ni una sola molécula de rabia en el remedio.

El remedio que he administrado consiste en unas pocas pastillas de lactosa medicadas.

En fin; más claro, agua, nunca mejor dicho.

Un último detalle para añadir al esperpento. Después del revuelo mediático contra Zimmermann, como expliqué, la naturópata retiró la explicación del caso del niño al que trató con Lyssinum, ese preparado con el fantasma del virus de la rabia. Pero lo más grotesco es que, al pie de su larga justificación/diatriba, Zimmermann ofrece un enlace a ¡otro caso anterior exactamente igual!

En septiembre de 2017 la naturópata publicó el caso de otra niña de cuatro años a la que trató con el mismo “remedio”. Y si el diagnóstico de Zimmermann para el niño fue que sus problemas de conducta se debían a la mordedura de un perro tiempo atrás, en el caso de la niña llegamos a un paroxismo surrealista: según la naturópata, la niña mostraba problemas de conducta porque ¡un perro mordió a su abuelo cuando tenía 20 años!

El delirio de la homeopatía: el caso de la saliva de perro rabioso (I)

Esta semana se publicaba en el diario The Washington Post un caso sobre homeopatía cuyas diversas facetas forman todas ellas una especie de poliedro perfecto de la aberración, un panorama que sobrepasaría el límite de lo descacharrante si no fuera por la enorme afrenta que supone jugar de este modo con la salud de las personas; sobre todo tratándose de las más indefensas, aquellas que no pueden decir: mamá, por favor, llévame a un médico titulado que practique medicina de cuyo funcionamiento e inocuidad existan pruebas científicas contrastadas, y cuyo practicante pueda explicar al menos alguna hipótesis sobre su mecanismo de acción.

Aunque la noticia ha circulado en los últimos días, su origen se sitúa hace algo más de dos meses. Fue en febrero cuando la canadiense Dra. Anke Zimmermann, médica naturópata (según ella misma firma), publicó una entrada más en el blog de su web.

Homeopatía. Imagen de pixabay.

Homeopatía. Imagen de pixabay.

Una aclaración, con un ejemplo. Durante mis primeros años de tesis, compartí poyata de laboratorio con una postdoctoral llamada Eva. En una ocasión recuerdo que Eva se me quejaba de este modo: “a mi hermana, que es médica pero no ha hecho un doctorado, todo el mundo la llama Dra. X; a mí, que soy bióloga pero soy doctora, me llaman señorita X”. En este país hemos podido comprobar últimamente cómo los títulos parecen un bufé libre en el que cada uno pone en su plato lo que le apetece. Pero más allá de adornar el nombre con algún prefijo o sufijo rimbombante, lo esencial en el fondo de esto es que, sobre todo cuando se trata de la salud, el paciente pueda saber en manos de qué tipo de profesional está poniéndose.

En Norteamérica hay una regulación estricta para los diferentes tipos de médicos. Quienes firman como MD, o Medical Doctor, son los que han estudiado una carrera de medicina (no un doctorado, que se denota como PhD o Doctor of Philosophy en todas las disciplinas), y pueden ejercer cualquier especialidad de medicina y cirugía de forma ilimitada. Lo mismo se aplica a quienes firman DO, Doctor of Osteopathic Medicine. No voy a entrar en los detalles, pero el médico osteopático en EEUU es radicalmente diferente del osteópata tal como aquí lo entendemos (este asunto es complejo; escribí un reportaje detallado aquí); allí tiene también una titulación en medicina y un acceso ilimitado a practicar la medicina y la cirugía en todo el país y en otros muchos.

No es el caso del ND o Naturopathic Doctor. En este caso se trata de una persona que ha estudiado una carrera específica de medicina naturópata, y que solo está autorizada a practicar la medicina de forma ilimitada en algunas provincias de Canadá y en 16 o 17 estados (según las fuentes) de los 50 totales de EEUU; en el resto solo pueden hacer una labor, digamos, parafarmacéutica. Todo esto no clarifica demasiado la situación para el sufrido paciente, y por ello hay multitud de webs en las que se explica la diferencia entre unas titulaciones y otras para que el usuario sepa a qué atenerse.

En el caso de Zimmermann, su currículum detalla que además de ND es licenciada en Psicología, profesora de yoga y que está formada en cosas como homeopatía, medicina tradicional china, acupuntura, quinesiología aplicada o varias “técnicas de sanación por energía”.

En resumen, el mensaje de todo ello es este: Zimmermann está perfectamente autorizada a presentarse como doctora, pero lo que no debería inferirse es que se trata de una médica (sin apellidos) que ha preferido favorecer la prescripción de medicina naturópata fruto de una experiencia comparativa o analítica con la medicina llamada por algunos convencional.

Pues bien, lo que Zimmermann publicó en su blog fue uno de los que define como “casos exitosos”. Lo resumo, pero quien quiera comprobar todos los detalles puede acudir al artículo original de Lindsey Bever en el Post. A su consulta acudió una madre con un niño de cuatro años que al parecer presentaba ciertos problemas de comportamiento: dormía mal y en el colegio se escondía debajo de las mesas, gruñendo a la gente.

Interrogando a la madre, Zimmermann supo que el niño había sido mordido por un perro en el pasado, y coligió que este y no otro era el origen de su problema. Así que le administró un preparado homeopático llamado Lyssinum o Hydrophobinum cuyo principio activo (nótese la cursiva) es la saliva de perro rabioso, y que está aprobado en Canadá. Según relataba Zimmermann, la curación fue instantánea: “al minuto o dos de darle el remedio, Jonah me sonrió abierta y hermosamente, como si de repente se hubieran encendido todas las luces”.

Otra aclaración. La rabia es una enfermedad vírica mortal si no se trata, transmitida por las secreciones corporales de los animales infectados (incluyendo la saliva) cuando entran en contacto con la sangre, las mucosas o los ojos. Es posiblemente lo más parecido que existe en el mundo real al virus zombi de películas como 28 días después. Obviamente aquel niño no padecía rabia, ya que de ser así habría muerto tiempo atrás.

Como no podía ser de otra manera, el caso levantó un enorme revuelo, e incluso una representante de la sanidad de la provincia canadiense de Columbia Británica, Bonnie Henry, expresó su preocupación por el diagnóstico de Zimmermann y por el hecho de que se administrara a un niño un producto basado en saliva de perro rabioso, cuya autorización Henry se comprometió a cuestionar ante las autoridades de Canadá. Por cierto que la postura de Henry es incluso demasiado benevolente: aunque aclara que “no existen pruebas que [ella] conozca de que el Lyssinum tenga ningún beneficio terapéutico”, también añade que “la homeopatía juega un papel complementario para la salud de algunas familias”, lo cual es una afirmación no sustentada científicamente en labios de una responsable de salud pública.

Pero como resultado de todo y de, según ella misma, los insultos y amenazas que recibió, Zimmermann decidió retirar el caso de su web y lo sustituyó por un largo escrito en el que trata de justificarse y carga a diestro y siniestro contra el “relato de ignorancia” de quienes la han criticado, incluyendo la Dra. Henry (que sí es médica sin apellidos), a la que se refiere como “Dra. Bonnie”, e introduciendo el clásico argumento de que la homeopatía es una maravilla, pero que la poderosa industria médico-farmacéutica conspira para destruirla porque quiere mantener drogada a la población para lucrarse con ello.

Homeopatía. Imagen de pxhere.

Homeopatía. Imagen de pxhere.

Casi voy a comenzar por esto último, porque no requiere una introducción. Dado que probablemente Zimmermann conoce bien la industria homeopática, ¿acaso pretende convencer a sus pacientes y lectores de que estos productos los prepara una abuelita hippy en su jardín, y de que no los fabrican potentes multinacionales como la francesa Boiron, presente en 50 países y que factura más de 600 millones de euros al año? ¿Que los preparados homeopáticos se despachan gratis, y que por tanto no sostienen una industria de 3.800 millones de dólares (dato de 2015) a la que se le pronostica una facturación de 17.400 millones de dólares en 2024? ¿Que las compañías homeopáticas no incentivan a los médicos tanto o más que las farmacéuticas? ¿Que los farmacéuticos minoristas no reciben iguales o mayores márgenes por la venta de homeopatía que por la de fármacos? ¿Que la propia Zimmermann recibe a sus pacientes gratis y prescribe sus tratamientos por caridad?

Respecto a esto último, la propia doctora publica sus tarifas en su web, y prepárense a darle a la palanca de la máquina registradora: un mínimo de 170 dólares (138 euros) por una consulta de una hora. Hagan la cuenta; ¿alguno de ustedes los gana? Pero sigue: 95 dólares por media hora de consulta, y 50 dólares por una consulta por email de 15 minutos (pago por anticipado). Y aún más: 485 dólares por un “programa de homeoprofilaxis” que incluye kit de “remedios” y folleto. Y lo mejor de todo: 1.300 dólares por un pack para el tratamiento del autismo durante un año. Que incluye las consultas, pero no los “remedios” ni los “suplementos”.

Por supuesto que Zimmermann tiene todo el derecho a ganarse la vida y establecer libremente sus tarifas, siempre que ejerza dentro de la normativa legal de su país y que haya alguien dispuesto a pagarlas; exactamente igual que los médicos de verdad y todos los involucrados en la industria farmacéutica o cualquier otra. Recurrir al argumento pueril de lo perversas que son las multinacionales de los otros y de lo codiciosos que son los practicantes de lo otro puede estar bien para una asamblea de facultad, pero no debería engañar a ninguna mente lo suficientemente adulta, formada e informada.

Hasta aquí por hoy. Mañana entraremos en el meollo de la homeopatía y la saliva de perro rabioso. Pero les anticipo el mensaje: por mucho que reunir en la misma frase a un niño necesitado de atención especializada y un líquido potencialmente letal resulte inconcebiblemente alarmante, en el fondo da lo mismo que se trate de saliva de perro rabioso, veneno de mamba negra o extracto de cerebro de vaca loca, porque en la homeopatía ese supuesto principio activo (de ahí la cursiva) no está presente de ninguna manera en el preparado final. La homeopatía es agua, o azúcar en el caso de pastillas, como reconoce la propia Zimmermann. Es placebo, algo que sin embargo no reconoce Zimmermann. Funciona hasta cierto punto en algunos casos, porque los placebos funcionan hasta cierto punto en algunos casos, como está ampliamente demostrado. No es medicina alternativa. No es medicina.

Cuanto más fuerte es la ciencia, ¿más fuerte es la pseudociencia?

Hace poco más de un año dejé aquí un artículo explicando por qué, en mi sola y personal opinión, la guerra contra las pseudociencias nunca podrá ganarse. El artículo en cuestión fue contestado por otras opiniones, igualmente respetables y válidas que la mía, de quienes calificaban mi postura de derrotista porque, según ellos, la solución era muy sencilla: basta con aumentar el nivel de alfabetización y cultura científica entre la población para que los ciudadanos abran los ojos a la verdad y dejen de creer en patrañas.

Pero ya que en este caso se trata de un debate entre personas con conocimientos científicos, les invito a enfocarlo como si se tratara de un experimento: todos sabemos que, en general, para probar que tal condición provoca tal efecto, debe existir una curva de dosis-respuesta. Es decir, que a mayor cantidad de estímulo, mayor debe ser el efecto.

Pues bien, el experimento ya está hecho. No creo que nadie pueda cuestionar que en nuestra época y al menos en los países desarrollados, con sistemas educativos normalizados, alfabetización universal, escolarización obligatoria y educación pública gratuita, la población está mejor formada que nunca antes en la historia. Y sin embargo, no parece que las pseudociencias hayan desaparecido, sino todo lo contrario: vivimos una edad de oro de la anti-ilustración, en la cual la superstición y las creencias irracionales atraviesan momentos de gloria en todos los ámbitos. No creo que a nadie le resulte difícil encontrar a su alrededor personas con educación universitaria, incluso con educación científica universitaria, que asisten a sesiones de reiki, piensan que los transgénicos son veneno o toman preparados homeopáticos.

Manifestación antitransgénicos en Chile. Imagen de Mapuexpress Informativo Mapuche / Wikipedia.

Manifestación antitransgénicos en Chile. Imagen de Mapuexpress Informativo Mapuche / Wikipedia.

Reproduzco aquí lo que contaba sobre este argumento en aquel artículo, la primera de mis razones para creer que ese triunfo contra las pseudociencias no es posible:

1. No es cuestión de nivel educativo o de formación científica

Entre esas observaciones de los neurocientíficos y psicólogos experimentales dedicados a estudiar el fenómeno del movimiento anti-ilustración, destaca una conclusión contraintuitiva.

Lo natural sería pensar que quienes creen que el movimiento de los astros puede influir sobre su personalidad o su futuro, o quienes creen que un vial de agua o una pastilla de azúcar pueden curar enfermedades, son auténticos zotes con un paupérrimo nivel educativo y menos luces que un ovni de madera. Y que un poco de educación y de información bastaría para barrer sus telarañas mentales y abrirles los ojos a la luz de la razón.

Pero no es así. Como recientemente he comentado aquí, un reciente estudio revelaba que los adeptos al movimiento anti-ilustración no tienen en general menor inteligencia o nivel educativo que el resto, y ni siquiera menos interés por la ciencia. Simplemente, prefieren elegir selectivamente, sabiamente pero tramposamente, los datos que corroboran sus ideas preconcebidas; los autores del estudio lo llamaban “pensar como un abogado”.

Como también he contado aquí, neurocientíficos como Dean Burnett argumentan que, nos guste o no, la creencia en patrañas forma parte del funcionamiento normal de un cerebro humano sano. Y aunque otro estudio reciente sugiere que es posible proteger a las personas contra la influencia de la pseudociencia mediante lo que los autores definían como una especie de vacuna psicológica, parece que lograrlo requiere algo más sutil y complejo que simplemente más información científica o una mejor educación en el empirismo.

De hecho, y esta es ya simplemente una sensación intuitiva sin datos concretos, mi impresión personal es que últimamente ya casi no existe anuncio televisivo de cualquier producto destinado a echarnos en el cuerpo de una manera u otra que no se agarre a la quimiofobia como argumento de venta. Las marcas saben que la quimiofobia vende, y la explotan profusamente. Últimamente ha llegado también a la bebida estrella de la primavera y el verano: una marca de cerveza se anuncia ahora diciendo que su nueva receta es su vieja receta, sin sulfitos porque en el siglo XIX “no se utilizaban”. Lo cual, por cierto, es falso: en la antigua Roma los sulfitos ya se empleaban para preservar el vino, y desde 1664 se utilizan como aditivos alimentarios. En el siglo XIX su uso estaba más que generalizado como conservante antimicrobiano.

El anuncio en cuestión también asegura que la cerveza está más “buena” por no emplear aditivos, lo que es sencillamente un oxímoron conceptual: tratar de transmitir la idea de que los aditivos se añaden a los alimentos con el estúpido fin de empeorar aposta su sabor y sus propiedades es llamar imbéciles a sus consumidores. Obviamente, lo que hace un conservante es precisamente lo contrario, proteger el alimento del deterioro para preservar su sabor y sus propiedades en el punto óptimo del producto fresco.

Pero volviendo al foco, hoy quiero hablarles sobre un artículo que leí hace unos días, publicado el año pasado en la revista EMBO Reports del Laboratorio Europeo de Biología Molecular. Su autor, el historiador de la ciencia de la Universidad de Princeton (EEUU) Michael Gordin, explica “el problema de la pseudociencia”, y a mi modo de ver aporta un muy lúcido análisis sobre por qué la guerra contra las pseudociencias no puede ganarse. Resumiendo, la tesis de Gordin es que las pseudociencias florecen con mayor intensidad precisamente cuando la ciencia es más fuerte.

Gordin opina que la pseudociencia no es un producto de la ignorancia, y que por tanto no puede eliminarse con un antídoto de conocimiento científico. En su lugar, plantea una metáfora: la pseudociencia no es la anticiencia, sino la sombra de la ciencia. Y cuanto más fuerte es la luz, más intensa es también la sombra. “La pseudociencia es la sombra de la ciencia profesional, y del mismo modo que una sombra no puede existir sin el objeto que la proyecta, también todo objeto necesariamente proyecta una sombra”.

El historiador expone cómo históricamente las pseudociencias han surgido como fringe science, ciencia marginal, alejada del núcleo y caracterizada por una oposición al establishment científico. Como este blog destacaba recientemente, no todo lo que es acientífico puede considerarse pseudocientífico; la pseudociencia se caracteriza por ser una imitación de la ciencia. Gordin escribe que los pseudocientíficos “leen estudios en áreas específicas, proponen teorías, reúnen datos, escriben artículos y puede que los publiquen. Lo que imaginan estar haciendo es, en una palabra, ciencia”. Y añade: “todos los individuos que han sido llamados pseudocientíficos se han considerado a sí mismos científicos, sin prefijo”.

Esto es algo que podemos observar a menudo en los ámbitos donde queda más patente la presentación de las pseudociencias lavadas y peinadas para ofrecer el aspecto de verdaderas ciencias. Hace unas semanas, mientras escribía para otro medio un reportaje sobre la patraña de los chemtrails, escuché un antiguo programa de radio de un famoso comunicador del misterio que trataba sobre este asunto. En aquella emisión, un presunto investigador presentaba presuntos argumentos sobre la existencia de presuntas fumigaciones conspirativas y sus efectos sobre una presunta enfermedad.

Imagen de pxhere.

Imagen de pxhere.

Era realmente sorprendente cómo aquel sujeto citaba una avalancha de presuntos datos publicados por presuntos científicos. En realidad, cualquiera que tratara de contrastar la información por su cuenta podía descubrir fácilmente que ni los científicos citados eran tales (por ejemplo, la “bióloga investigadora” era en realidad una mujer que tenía una licenciatura en biología pero que nunca había ejercido profesionalmente, no tenía formación ni experiencia investigadora y trabajaba como ama de casa), ni los datos existían más allá de la simple presunción (no existía una sola prueba física contrastada), y que en el fondo no había absolutamente nada real. Pero sin duda todo aquello podía ser muy convincente para cualquier oyente sin conocimientos especializados; todo sonaba muy a ciencia, sin serlo jamás.

Por todo ello, defiende Gordin, arrojar más conocimiento científico sobre la mesa no sirve para extinguir la pseudociencia, sino que al contrario, puede ser como echar gasolina al fuego. El autor desarrolla el ejemplo de Immanuel Velikovsky, un médico ruso que a mediados del siglo pasado publicó una teoría sobre un cataclismo planetario que habría ocurrido en tiempos históricos y que habría dejado reflejo en los textos sagrados de varias religiones. Según cuenta Gordin, la reacción exagerada de la ciencia contra la hipótesis de Velikovsky convirtió lo que debería haber sido flor de un día en una doctrina defendida en todo el mundo por una legión de seguidores, que presentaban a su líder como un nuevo Galileo, un genio censurado por el establishment.

Del caso de Velikovsky, Gordin concluye: “algunas veces, los intentos de movilización contra lo que se percibe como pseudociencia pueden volverse contra uno”. Hoy podemos encontrar ejemplos de esto en numerosos frentes, como los transgénicos, el cambio climático, el movimiento antivacunas o las pseudomedicinas como la homeopatía, donde más ciencia no consigue erradicar la pseudociencia. “Aumentar el nivel de educación científica en todo el mundo es un objetivo encomiable que apoyo con todo mi ánimo, pero no deberíamos imaginar que esto eliminará el fringe“, escribe Gordin.

Pero de todo ello puede extraerse un mensaje alentador, y es que la proliferación actual de las pseudociencias es, al menos, un indicador de que la ciencia atraviesa un momento histórico brillante, como en los 1820 cuando proliferó la frenología, en los 1870 con el espiritualismo o entre los 50 y 70 del siglo XX con la parapsicología y los ovnis, según repasa Gordin: “paradójicamente, estos no son momentos en los que el prestigio de la ciencia estaba bajo, sino cuando era alto”.

Y frente a todo esto, ¿cuál es la solución? Gordin no tiene una bala mágica, pero sí apunta aquello que no debe hacerse, y precisamente es algo en lo que también suelo insistir: la postura elitista de despreciar a los seguidores de las pseudociencias no hace ningún bien. La ciencia debe ser inclusiva y bajar al suelo, fusionarse con la sociedad, no dogmatizar, no imponer el qué, sino explicar el por qué. Gordin aclara una vez más que “lo que estas prácticas no lograrán es eliminar el fringe por completo, porque el fringe es inerradicable”. Pero, concluye el historiador con su metáfora, en el juego de sombras chinescas donde la mano proyecta en la pared sombras de conejos y patos, tal vez logremos que haya más gente que no mire la sombra sino la mano, que es donde realmente está la acción.

Westworld, la teoría bicameral y el fin del mundo según Elon Musk (I)

Hace unos días terminé de ver la primera temporada de Westworld, la serie de HBO. Dado que no soy un gran espectador de series, no creo que mi opinión crítica valga mucho, aunque debo decir que me pareció de lo mejor que he visto en los últimos años y que aguardo con ansiedad la segunda temporada. Se estrena a finales del próximo mes, pero yo tendré que esperar algunos meses más: no soy suscriptor de teles de pago, pero tampoco soy pirata; como autor defiendo los derechos de autor, y mis series las veo en DVD o Blu-ray comprados con todas las de la ley (un amigo se ríe de mí cuando le digo que compro series; me mira como si viniera de Saturno, o como si lo normal y corriente fuera robar los jerséis en Zara. ¿Verdad, Alfonso?).

Pero además de los guiones brillantes, interpretaciones sobresalientes, una línea narrativa tan tensa que puede pulsarse, una ambientación magnífica y unas sorpresas argumentales que le dan a uno ganas de aplaudir, puedo decirles que si, como a mí, les añade valor que se rasquen ciertas grandes preguntas, como en qué consiste un ser humano, o si el progreso tecnológico nos llevará a riesgos y encrucijadas éticas que no estaremos preparados para afrontar ni resolver, entonces Westworld es su serie.

Imagen de HBO.

Imagen de HBO.

Les resumo brevemente la historia por si aún no la conocen. Y sin spoilers, lo prometo. La serie está basada en una película del mismo título escrita y dirigida en 1973 por Michael Crichton, el autor de Parque Jurásico, y que aquí se tituló libremente como Almas de metal. Cuenta la existencia de un parque temático para adultos donde los visitantes se sumergen en la experiencia de vivir en otra época y lugar, concretamente en el Far West.

Este mundo ficticio creado para ellos está poblado por los llamados anfitriones, androides perfectos e imposibles de distinguir a simple vista de los humanos reales. Y ya pueden imaginar qué fines albergan los acaudalados visitantes: la versión original de Crichton era considerablemente más recatada, pero en la serie escrita por la pareja de guionistas Lisa Joy y Jonathan Nolan el propósito de los clientes del parque viene resumido en palabras de uno de los personajes: matar y follar. Y sí, se mata mucho y se folla mucho. El conflicto surge cuando los anfitriones comienzan a demostrar que son algo más que máquinas, y hasta ahí puedo leer.

Sí, en efecto no es ni mucho menos la primera obra de ficción que presenta este conflicto; de hecho, la adquisición de autonomía y consciencia por parte de la Inteligencia Artificial era el tema de la obra cumbre de este súbgenero, Yo, robot, de Asimov, y ha sido tratado infinidad de veces en la literatura, el cine y la televisión. Pero Westworld lo hace de una manera original y novedosa: es especialmente astuto por parte de Joy y Nolan el haber elegido basar su historia en una interesante y algo loca teoría sobre la evolución de la mente humana que se ajusta como unos leggings a la ficticia creación de los anfitriones. Y que podría estar más cerca del futuro real de lo que sospecharíamos.

La idea se remonta a 1976, cuando el psicólogo estadounidense Julian Jaynes publicó su libro The Origin of Consciousness in the Breakdown of the Bicameral Mind (está traducido al castellano, El origen de la conciencia en la ruptura de la mente bicameral), una obra muy popular que desde entonces ha motivado intensos debates entre psicólogos, filósofos, historiadores, neurocientíficos, psiquiatras, antropólogos, biólogos evolutivos y otros especialistas en cualquier otra disciplina que tenga algo que ver con lo que nos hace humanos a los humanos.

Julian Jaynes. Imagen de Wikipedia.

Julian Jaynes. Imagen de Wikipedia.

El libro de Jaynes trataba de responder a una de las preguntas más esenciales del pensamiento humano: ¿cómo surgió nuestra mente? Es obvio que no somos la única especie inteligente en este planeta, pero somos diferentes en algo. Un cuervo puede solucionar problemas relativamente complejos, idear estrategias, ensayarlas y recordarlas. Algunos científicos piensan que ciertos animales tienen capacidad de pensamiento abstracto. Otros no lo creen. Pero de lo que caben pocas dudas es de que ninguna otra especie como nosotros es consciente de su propia consciencia; podrán pensar, pero no pueden pensar sobre sus pensamientos. No tienen capacidad de introspección.

El proceso de aparición y evolución de la mente humana tal como hoy la conocemos aún nos oculta muchos secretos. ¿Nuestra especie ha sido siempre mentalmente como somos ahora? Si no es así, ¿desde cuándo lo es? ¿Hay algo esencial que diferencie nuestra mente actual de la de nuestros primeros antepasados? ¿Pensaban los neandertales como pensamos nosotros? Muchos expertos coinciden en que, en el ser humano, el lenguaje ha sido una condición necesaria para adquirir esa capacidad que nos diferencia de otros animales. Pero ¿es suficiente?

En su libro, Jaynes respondía a estas preguntas: no, desde hace unos pocos miles de años, sí, no y no. El psicólogo pensaba que no bastó con el desarrollo del lenguaje para que en nuestra mente surgiera esa forma superior de consciencia, la que es capaz de reflexionar sobre sí misma, sino que fue necesario un empujón propiciado por ciertos factores ambientales externos para que algo en nuestro interior hiciera “clic” y cambiara radicalmente la manera de funcionar de nuestro cerebro.

Lo que Jaynes proponía era esto: a partir de la aparición del lenguaje, la mente humana era bicameral, una metáfora tomada del sistema político de doble cámara que opera en muchos países, entre ellos el nuestro. Estas dos cámaras se correspondían con los dos hemisferios cerebrales: el derecho hablaba y ordenaba, mientras el izquierdo escuchaba y obedecía. Pero en este caso no hay metáforas: el hemisferio izquierdo literalmente oía voces procedentes de su mitad gemela que le instruían sobre qué debía hacer, en forma de “alucinaciones auditivas”. Durante milenios nuestra mente carecía de introspección porque las funciones estaban separadas entre la mitad que dictaba y la que actuaba; el cerebro no podía pensar sobre sí mismo.

Según Jaynes, esto fue así hasta hace algo más de unos 3.000 años. Entonces ocurrió algo: el colapso de la Edad del Bronce. Las antiguas grandes civilizaciones quedaron destruidas por las guerras, y comenzó la Edad Oscura Griega, que reemplazó las ciudades del período anterior por pequeñas comunidades dispersas. El ser humano se enfrentaba entonces a un nuevo entorno más hostil y desafiante, y fue esto lo que provocó ese clic: el cerebro necesitó volverse más flexible y creativo para encontrar soluciones a los nuevos problemas, y fue entonces cuando las dos cámaras de la mente se fusionaron en una, apareciendo así esa metaconsciencia y la capacidad introspectiva.

Así contada, la teoría podría parecer el producto de una noche de insomnio, por no decir algo peor. Pero por ello el psicólogo dedicó un libro a explicarse y sustentar su propuesta en una exhaustiva documentación histórica y en el conocimiento neuropsicológico de su época. Y entonces es cuando parece que las piezas comienzan a caer y encajar como en el Tetris.

Jaynes mostraba que los escritos anteriores al momento de esa supuesta evolución mental carecían de todo signo de introspección, y que en los casos en que no era así, como en el Poema de Gilgamesh, esos fragmentos había sido probablemente añadidos después. Las musas hablaban a los antiguos poetas. En el Antiguo Testamento bíblico y otras obras antiguas era frecuente que los personajes actuaran motivados por una voz de Dios o de sus antepasados que les hablaba, algo que luego comenzó a desaparecer, siendo sustituido por la oración, los oráculos y los adivinos; según Jaynes, aquellos que todavía conservaban la mente bicameral y a quienes se recurría para conocer los designios de los dioses. Los niños, que quizá desarrollaban su mente pasando por el estado bicameral, han sido frecuentes instrumentos de esa especie de voluntad divina. Y curiosamente, muchas apariciones milagrosas tienen a niños como protagonistas. La esquizofrenia y otros trastornos en los que el individuo oye voces serían para Jaynes vestigios evolutivos de la mente bicameral. Incluso la necesidad humana de la autoridad externa para tomar decisiones sería, según Jaynes, un resto del pasado en el que recibíamos órdenes del interior de nuestra propia cabeza.

Jaynes ejemplificaba el paso de un estado mental a otro a través de dos obras atribuidas al mismo autor, Homero: en La Ilíada no hay signos de esa metaconsciencia, que sí aparecen en La Odisea, de elaboración posterior. Hoy muchos expertos no creen que Homero fuese un autor real, sino más bien una especie de marca para englobar una tradición narrativa.

Por otra parte, Jaynes aportó también ciertos argumentos neurocientíficos en defensa de la mente bicameral. Dos áreas de la corteza cerebral izquierda, llamadas de Wernicke y de Broca, están implicadas en la producción y la comprensión del lenguaje, mientras que sus homólogas en el hemisferio derecho tienen funciones menos definidas. El psicólogo señalaba que en ciertos estudios las alucinaciones auditivas se correspondían con un aumento de actividad en esas regiones derechas, que según su teoría serían las encargadas de dictar instrucciones al cerebro izquierdo.

Las pruebas presentadas por Jaynes resultan tan asombrosas que su libro fue recibido con una mezcla de incredulidad y aplauso. Quizá las reacciones a su audaz teoría se resumen mejor en esta cita del biólogo evolutivo Richard Dawkins en su obra de 2006 El espejismo de Dios: “es uno de esos libros que o bien es una completa basura o bien el trabajo de un genio consumado, ¡nada a medio camino! Probablemente sea lo primero, pero no apostaría muy fuerte”.

El libro de Jaynes y algunas obras influidas por él. Imagen de Steve Rainwater / Flickr / CC.

El libro de Jaynes y algunas obras influidas por él. Imagen de Steve Rainwater / Flickr / CC.

La teoría de la mente bicameral hoy no goza de aceptación general por parte de los expertos, pero cuenta con ardientes apoyos y con una sociedad dedicada a su memoria y sus estudios. Los críticos han señalado incoherencias y agujeros en el edificio argumental de Jaynes, que a su vez han sido contestados por sus defensores; el propio autor falleció en 1997. Desde el punto de vista biológico y aunque la selección natural favorecería variaciones en la estructura mental que ofrezcan una ventaja frente a un entorno nuevo y distinto, tal vez lo más difícil de creer sea que la mente humana pudiera experimentar ese cambio súbito de forma repentina y al mismo tiempo en todas las poblaciones, muchas de ellas totalmente aisladas entre sí; algunos grupos étnicos no han tenido contacto con otras culturas hasta el siglo XX.

En el fondo y según lo que contaba ayer, la teoría de la mente bicameral no deja de ser pseudociencia; es imposible probar que Jaynes tenía razón, pero sobre todo es imposible demostrar que no la tenía. Pero como también expliqué y al igual que no toda la no-ciencia llega a la categoría de pseudociencia, por mucho que se grite, tampoco todas las pseudociencias son iguales: la homeopatía está ampliamente desacreditada y no suscita el menor debate en la comunidad científica, mientras que por ejemplo el test de Rorschach aún es motivo de intensa discusión, e incluso quienes lo desautorizan también reconocen que tiene cierta utilidad en el diagnóstico de la esquizofrenia y los trastornos del pensamiento.

La obra de Jaynes ha dejado huella en la ficción. El autor de ciencia ficción Philip K. Dick, que padecía sus propios problemas de voces, le escribió al psicólogo una carta entusiasta: “su soberbio libro me ha hecho posible discutir abiertamente mis experiencias del 3 de 1974 sin ser llamado simplemente esquizofrénico”. David Bowie incluyó el libro de Jaynes entre sus lecturas imprescindibles y reconoció su influencia mientras trabajaba con Brian Eno en el álbum Low, que marcó un cambio de rumbo en su estilo hacia sonidos más experimentales.

Pero ¿qué tiene que ver la teoría bicameral con Westworld, con nuestro futuro, con Elon Musk y el fin del mundo? Mañana seguimos.

 

El reiki y el ayurveda no son pseudociencias. Ni siquiera son pseudociencias

Cuentan que en una ocasión al físico Wolfgang Pauli le mostraron un trabajo, tan deficiente que su respuesta fue: “no es que no sea bueno, es que ni siquiera es malo”.

O algo parecido. Lo cierto es que circulan distintas versiones de la historia, y en castellano la cita suele traducirse utilizando las palabras correcto/falso. Pero personalmente prefiero bueno/malo, o correcto/erróneo-equivocado, porque el matiz es fundamental: parece claro que lo expresado en aquel trabajo sí era indiscutiblemente falso; en cambio, lo que Pauli probablemente quería decir es que ni siquiera llegaba al nivel de erróneo. Que no es lo mismo. En el alemán natal de Pauli la cita aparece con la palabra “falsch“, que según el diccionario significa indistintamente “falso” e “incorrecto”/”equivocado”, pero creo que en este caso es más adecuada la versión inglesa “wrong“, que no significa “falso”, pero sí “incorrecto”/”equivocado”.

Un ejemplo: si le damos a alguien una raqueta de tenis y una pelota, y ni siquiera es capaz de acertar a dar con la primera en la segunda, puede decirse que es un pésimo jugador de tenis. Pero si deja la pelota en el suelo, agarra la raqueta por la parte ancha y trata de empujar la bola con el mango como si fuera un taco de billar, entonces ni siquiera podremos afirmar que es un mal tenista.

Cuento esto porque a menudo calificamos como pseudociencias cosas que realmente no deberían clasificarse como tales, ya que ni siquiera llegan a serlo. Hoy el término “pseudociencia” se ha extendido, y muchos, también mea culpa, lo utilizamos indiscriminadamente para referirnos a todo lo que no es científico. Sin embargo, tal vez deberíamos reservar este término exclusivamente para lo que de verdad puede calificarse como pseudociencia.

Imagen de Pixabay.

Imagen de Pixabay.

Hoy existe un término alternativo muy popular, “magufo” o “magufería”. Pero personalmente no me gusta, porque su carácter peyorativo es interpretado por muchas personas ajenas a la ciencia, y me consta, como un signo de prepotencia de la élite científica. Se convierte en un insulto, como el “hereje” del siglo XVI cuando la sociedad estaba regida por la religión. La ciencia debe ser inquisitiva, pero no inquisitorial; debe ser inclusiva y amable, debe explicar y convencer simplemente porque sus argumentos son mejores. Insultar al contrario es una buena manera de estigmatizarlo, pero no es una buena manera de lograr abrirle los ojos, ya que probablemente reaccionará cerrándolos aún más. La letra con sangre no entra.

Pero ¿qué es pseudociencia? Aunque la palabra se emplea desde hace siglos, fue el filósofo de la ciencia Karl Popper quien a mediados del siglo XX puso orden en el método científico, convirtiéndolo en lo que hoy entendemos como tal. Según Popper, la ciencia no demuestra, sino que falsa (del verbo falsar, recogido por la RAE). Es decir, que algo es científico no cuando se demuestra irrefutablemente que es cierto, un horizonte al que nunca se llega, sino cuando puede demostrarse que es falso, se demuestre o no.

Por supuesto, la teoría de Popper también ha sido criticada, ya que algunos consideran la falsación como un ideal impracticable que haría imposible el progreso real de la ciencia. En la práctica, los científicos tienden a aplicar un popperismo de baja graduación, tratando para sus adentros de demostrar sus hipótesis, pero sabiendo que formalmente solo pueden corroborarlas hasta un cierto grado y que por tanto pueden ser falsadas en el futuro; más bien un cóctel de falsacionismo de Popper y positivismo clásico.

Pero así como los criterios de Popper y otros permiten distinguir lo que es ciencia de lo que no lo es, esto no implica que todas las no-ciencias sean pseudociencias. Para que algo pueda calificarse como pseudociencia, debe presentarse con pretensiones de ciencia, utilizando principios, sistemas y leyes similares a los de la ciencia. Una pseudociencia debe parecer en principio que podría ser ciencia, y si no logra desprenderse del prefijo es porque no consigue sobrevivir a esa especie de selección natural que impone el método científico.

Dos ejemplos son la homeopatía y la osteopatía. Ambas fueron inventadas cuando aún no se conocían las causas por las que enfermamos, ni por qué ciertos compuestos o procedimientos tienen propiedades curativas. Médicos como Samuel Hahnemann, inventor de la homeopatía en 1796, o Andrew Taylor Still, de la osteopatía en 1874, propusieron nuevas teorías sobre el origen de las dolencias y el funcionamiento de los remedios.

Lo que hizo el progreso de la ciencia fue mostrar que la enfermedad y su curación obedecen a causas muy distintas de las que proponían Hahnemann y Still, y que por tanto sus ideas estaban muy lejos de los mecanismos reales de la naturaleza. Pero hoy los defensores de ambas pseudociencias se aferran a un argumento inválido, que la ciencia no las ha refutado, cuando ellos saben, o deberían saber, que precisamente son no-ciencias porque son irrefutables: es imposible demostrar que el agua no tiene memoria (homeopatía), tanto como es imposible demostrar que la manipulación de un músculo no se transmite de alguna forma al cerebro o al intestino (osteopatía).

El propio Popper puso la astrología y el psicoanálisis como ejemplos de pseudociencias. Y además de la homeopatía y la osteopatía, en esta categoría también se han incluido el test de Rorschach de las manchas de tinta, la frenología que pretendía relacionar la personalidad con la forma del cráneo, la fisiognomía que hacía lo mismo con los rasgos de la cara, la grafología, el polígrafo o detector de mentiras, la llamada ciencia creacionista y el diseño inteligente, el lysenkoísmo soviético que se presentaba como alternativa a la genética y el darwinismo, ciertas interpretaciones de la comunicación no verbal como la sinergología, la criptozoología o incluso las bolas para la lavadora sin detergente.

Incluso hay quienes califican la astrobiología como algo próximo a la pseudociencia, ya que aún no se ha descubierto el objeto de su estudio –los alienígenas–, sin que al mismo tiempo sea posible refutar su existencia. Para otros, astrobiología es simplemente un oxímoron.

Todo esto viene a propósito de un cartel que vi hace unos días anunciando un gimnasio. Me llamó la atención que hoy en estos establecimientos lo mismo te enseñan a pelear o a hacer ejercicio sin romperte los huesos, o a bailar salsa, que te ayudan a equilibrarte física y espiritualmente mediante la meditación mindfulness, o te curan enfermedades mediante la imposición de manos del reiki. Los gimnasios se han convertido en templos de la salvación física, mental y espiritual donde anything goes; todo vale en esa amalgama de ciencia (del deporte) y pseudociencias.

Imagen de Pixabay.

Imagen de Pixabay.

Y sin embargo, se me ocurrió pensar entonces que llamar pseudociencia a cosas como el reiki, el feng shui, el ayurveda o la medicina tradicional china en realidad es un insulto a las pseudociencias. Las pseudociencias han tenido que trabajar muy duro para ganarse el prefijo; han tenido que presentarse como teorías con aspecto científico, e incluso en la mayoría de los casos han hecho el esfuerzo de intentar probarse.

En cambio, todo aquello que se basa en el qi, el karma o los chakras, en la influencia de presuntas energías cósmicas indetectables, inmensurables, iparametrizables e irrelacionables con cualquier magnitud física, y que resultan alteradas por la colocación de los muebles, o que fluyen por ciertos canales invisibles y pueden administrarse a través de las manos o de sustancias o adminículos, son no-ciencias, pero no son pseudociencias. Al designarlas como tales podemos transmitir la impresión de que solo un prefijo las separa de las ciencias, pero en realidad son casos de la cita de Pauli: “not even wrong“; ni siquiera son erróneas.

Sus proponentes no pretenden en absoluto disfrazarlas de ciencias ni presentarlas como tales, y en algunos casos incluso se sitúan abiertamente en posturas anticiencia, acogiéndose en su lugar a la experiencia propia y a la tradición milenaria (aunque el reiki lo convalida con menos de un siglo). Y negando los argumentos de que lo primero es fácilmente explicable como placebo, y de que lo segundo olvida que precisamente sus prácticas acumulan milenios de fracaso en la eliminación de enfermedades y en el aumento de la esperanza de vida de la población.

En el fondo, el reiki o el ayurveda son las versiones orientales de nuestro milagro, el mal de ojo, el castigo de Dios, el embrujo, la maldición, la posesión demoníaca, la buenaventura y la ramita de romero. Son simplemente magia, pensamiento mágico precientífico, obra de humanos en busca de explicaciones pero que ni en sus sueños más locos llegaban aún al conocimiento de un Hahnemann o un Still. Así que quizá deberíamos hacer el pequeño esfuerzo de llamar pseudociencias solo a las que realmente lo son. Incluso las pseudociencias merecen un respeto.