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La reducción al absurdo de las terapias milagrosas: yema de huevo

Hay una explicación para que timos como las bayas de goji y otros similares hayan llegado a calar en nuestra sociedad. Rectifico: probablemente haya varias razones; se me ocurren algunas más, como la sed de novedad, la necesidad social de apuntarse a las tendencias, el orientalismo, la rentabilidad que cualquier nuevo producto milagroso aporta a los medios que viven de divulgarlos (como webs y revistas de estilo de vida) y, por supuesto, la falta de criterio científico general. Y habrá otras que ahora no me vienen a la neurona. Pero me interesa destacar una que vengo a traerles, y que les explico seguidamente.

Bayas de goji. Imagen de Wikipedia / Myrabella.

Bayas de goji. Imagen de Wikipedia / Myrabella.

Pensemos, por ejemplo, en la aspirina. La aspirina, exactamente tal como hoy la conocemos, fue introducida en el mercado por la compañía Bayer en 1899. Lleva más de un siglo vendiéndose, hoy también bajo otras marcas y como medicamento genérico. Es probable que nunca desaparezca, y hay una razón sencilla y evidente: porque funciona. Podríamos citar otros muchos ejemplos; la penicilina se conoce desde 1928 y, aunque la extensión de cepas resistentes obliga al desarrollo de nuevos antibióticos, nadie podrá dudar de que también funciona.

Ahora, desplacemos el foco de los fármacos a los remedios naturales. En el folclore de todas las culturas tradicionales se aprecian los beneficios y perjuicios relativos que el consumo de ciertos remedios naturales puede aportarnos, y es lógico que tales beneficios y perjuicios existan: tanto nosotros como cualquier otra especie de la Tierra no somos más que sacos químicos, y cuando ponemos en contacto la química de otro organismo con la nuestra pueden ocurrir cosas; incluyendo que nos mate, si es el veneno de una serpiente de cascabel, o que nos ayude a mejorar el tránsito intestinal, si es la ciruela.

Pero los beneficios de los remedios naturales tienen un límite. Por supuesto, también lo tienen los fármacos. De hecho, aclaro que esta distinción entre fármacos y remedios naturales se refiere principalmente a que para los primeros se exige un proceso de revisión, validación y aprobación científica, mientras que no para los segundos. En cambio, la distintión no se aplica necesariamente a su origen: tanto la aspirina (ácido acetilsalicílico) como la penicilina son productos naturales.

Sin embargo, mientras que los fármacos no prometen milagros ni se esperan de ellos, los remedios naturales que triunfan y se convierten en la tendencia del momento sí suelen presentarse como cuasimilagrosos. Pero por supuesto, todo el mundo sabe que al romero, la manzanilla o la melisa, plantas medicinales de nuestra cultura, ya no se les puede sacar más partido; no es posible atribuirles ninguna propiedad mágica porque son sobradamente conocidos. Así que ¿de qué chistera podemos extraer la próxima gran panacea?

Imagen de Wikipedia / FDA / Michael J. Ermarth.

Imagen de Wikipedia / FDA / Michael J. Ermarth.

Muy fácil: del Oriente. De otra cultura diferente a la nuestra donde, por supuesto, ese remedio milagroso estará respaldado, sin que los pobres ignorantes occidentales lo supiéramos, por milenios y milenios de curaciones fabulosas y longevidades centenarias entre sus consumidores tradicionales. Y ahí es donde aparecen las bayas de goji.

Curiosamente, y como bien explicó ya hace muchos años mi buen vecino de blog César-Javier Palacios, finalmente resultó que las bayas de goji no venían del Himalaya, y que ni siquiera son autóctonas de China; aunque en la breve historia humana en este planeta el Lycium barbarum (su nombre científico) nos haya llegado desde allí, su origen evolutivo está en un taxón vegetal de la cuenca mediterránea. Pero esto es lo de menos. A donde quiero llegar es a que hoy en día los productos milagrosos, para venderse como tal, tienen que proceder de regiones exóticas donde hasta el momento de su gran descubrimiento mundial hayan permanecido ocultos solo para disfrute de algunos pocos sabios locales.

Como no podía ser de otra manera, finalmente el mito de las bayas de goji se pinchó. No es que hoy no sigan promocionándose, vendiéndose, encomiándose, cacareándose y ensalzándose; por supuesto que sí, dado que quienes invirtieron en bayas de goji tienen que rentabilizar su inversión. Pero cualquiera que desee enterarse ya puede saber que en realidad las bayas de goji no poseen ningún ingrediente mágico que no posean otras muchas frutas y verduras, y que por lo tanto no añaden a estas ninguna propiedad beneficiosa extra (ver, por ejemplo, este comentario de la Universidad de Granada o este del Servicio Nacional de Salud de Reino Unido, o esta conclusión de la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria).

Es probable que dentro de una década las bayas de goji se recuerden como una moda de principios del XXI, como en su día lo fueron la pulsera Power Balance o la magnética Rayma. Es el sino de los remedios milagrosos: vienen, se quedan un rato y después desaparecen, una vez que la realidad acaba desmontando el mito (o a veces, una vez que la justicia acaba desmontando el tinglado). Mientras, la aspirina y la penicilina se quedan.

Pero lógicamente, incluso el Oriente tiene sus límites. Por mucho que China sea infinitamente más grande que Piquillo, y miren que de Piquillo nos vienen miles de millones de toneladas de pimientos. No me cabe duda de que aún se descubrirán muchas más plantas portentosas cuyo secreto aún hoy sus escasos conocedores, un puñado de viejecitos chinos de 150 años, continúan custodiando férreamente. Pero entretanto nos llega otra panacea oriental, a los vendedores de crecepelos no les queda otra que tirar de algo que quede a mano.

Y aquí es donde llegamos a la reducción al absurdo: gracias a una amable comunicante que me lo ha contado por correo electrónico (como ya he explicado aquí, no suelo seguir estas cosas), he sabido que una compañía se dedica a comercializar un prodigio salutífero cuyo principio activo es nada menos que… la yema de huevo.

Imagen de Max Pixel.

Imagen de Max Pixel.

Eso es; cuando no hay venta exótica que echarnos a la cuenta corriente, algún comerciante tiene que descubrir de repente las taumatúrgicas propiedades de algo que hemos estado comiendo toda la vida. Pero incluso si hasta ahora no éramos conscientes del bien que nos hacía, ¿por qué debería comprar unos sobres de yema de huevo en polvo en lugar de zamparme unos ricos huevos fritos?, tal vez se pregunten ustedes.

¿Será porque los sobres en cuestión llevan algún ingrediente modificado a partir de la yema de huevo que le confiere su poder mágico? Pero por desgracia para los vendedores de poción mágica, esta opción ya no está disponible. Hace 50 años era así; en la época de la modernidad, cuando algo solo era bueno si salía de un reactor industrial de síntesis, los vendedores de aceite de serpiente publicitaban sus prodigios alegando que solo ellos conocían la fórmula secreta. En cambio, hoy no hay fórmula que valga: en la era de la post-posmodernidad, lo que triunfa es todo lo que pueda llevar la etiqueta “natural”, sobre todo para quienes compran este tipo de productos. Así pues, ya no es posible presumir de fórmula secreta. A falta de este recurso, los vendedores de yema de huevo citan vaguedades tales como ciertos procesos patentados por ellos en virtud de los cuales sus presuntas propiedades, ¡abracadabra!, aparecen.

Termino con un detalle que enlaza con mi reciente carta a un creyente en terapias milagrosas. A propósito de aquella carta, hubo quien me achacó una aparente tolerancia con el amimefuncionismo. Debo explicar que no puedo explicar por qué era así en aquel caso concreto, el que motivó mi carta y cuyos detalles personales por supuesto omití. Aunque mi carta se publicó también en la versión impresa de 20 Minutos, en realidad originalmente no fue concebida como una carta abierta al estilo de las que suelen publicarse en los medios, sino como una carta real a una persona concreta en una situación concreta. Por supuesto que nunca alentaría al amimefuncionismo como actitud general, y que suscribo plenamente la denuncia de la explotación de esta actitud por parte de los vendedores de ojos de murciélago.

Pero, y espero explicarme mejor ahora, si alguien que sigue su terapia médica se siente más vivo, más fuerte y más capaz de enfrentarse a su enfermedad después de ejecutar un ritual diario de, por ejemplo, escuchar la 40ª de Mozart al atardecer mirando el vuelo de las bandadas de estorninos mientras se bebe un vaso de zarzaparrilla, desde luego que tampoco voy a objetárselo. Y añado: pero ni siquiera en este caso merece la pena, de verdad, gastarse ni un céntimo en comprar yema de huevo que no venga dentro de su cáscara y de su clara. Porque incluso lo absurdo también tiene un límite.

Carta a un creyente en una terapia milagrosa

De vez en cuando, cada cierto tiempo, recibo un correo de una persona que está atravesando el peor trance de su vida: una enfermedad incurable en su propio cuerpo o en el de alguien de su círculo íntimo. No sé cómo me han encontrado, ni si escriben a todo periodista de ciencia que han podido localizar; no importa, no se lo pregunto. Pero no puedo no responder. No puedo desentenderme.

Pero tampoco puedo hacer lo que me piden: divulgar una presunta terapia milagrosa creada por algún personaje improbable. Nunca son los propios creadores de estos milagros quienes me escriben; solo en alguna rara ocasión he recibido comunicación de alguien con claros intereses directos, como ciertas asociaciones estrambóticas. A estos no les presto la menor atención. Pero al resto solo les mueve una esperanza que no me siento con derecho a apagar. Y no puedo aportar ningún consuelo: no existe un solo caso histórico confirmado y documentado, ni ciencia, ni lógica, que puedan sostener su esperanza.

Imagen de Pixabay.

Imagen de Pixabay.

Hace unos días recibí uno de estos correos, y me ha parecido que puede ser útil traer aquí mi respuesta, por si a alguien le sirve. Porque peor que no tener esperanza es perderla.

Hola, Xxxxx,

Gracias por tu mensaje y por tu interés. Ante todo quiero transmitirte mi aliento y mis deseos de mejora y recuperación para ti o la persona cercana a ti que esté sufriendo las enfermedades que citas. Espero que de una manera u otra encontréis alivio y fuerzas para afrontar esa lucha. Imagino que todos tenemos algún caso cercano de una persona muy querida que padece una enfermedad aún incurable, y sabemos lo que se sufre, y entendemos que en casos así se busque cualquier cualquier resquicio de ayuda, por remoto que parezca.

Pero me temo que el resto de este mensaje no te va a gustar. Con cierta frecuencia recibo correos como el tuyo, en el que personas bienintencionadas como tú me piden ayuda para divulgar algún nuevo tratamiento revolucionario aplicado por tal persona contra tal enfermedad. Y siempre suelen ser historias similares: la persona que ha descubierto el presunto tratamiento es alguien con escasa o nula formación específica, que no pertenece a la comunidad científica, y que pese a todo ha conseguido acertar allí donde todos los demás antes han fallado. Y que normalmente ha descubierto una panacea, ya que se trata de algo muy sencillo para tratar enfermedades muy graves, a menudo varias enfermedades distintas. Como ves, el caso que me cuentas calca el perfil.

El problema, Xxxxx, es que todo esto siempre es demasiado bonito para ser cierto. Según he comprobado, no hay un solo estudio científico publicado firmado por X, que por lo que he visto es [profesión no relacionada con la ciencia ni la medicina]. Para demostrar la eficacia de un tratamiento hay que emprender un ensayo clínico estandarizado y aprobado por las autoridades sanitarias, con un amplio grupo de pacientes en condiciones controladas, y que después los resultados de ese ensayo sean analizados y validados por otros expertos para finalmente publicarse y convertirse en ciencia real.

Si esto llega a producirse, no te quepa duda de que lo divulgaré con mucho gusto. Pero hasta entonces es anécdota, no ciencia. Me dirás que hay infinidad de testimonios de que su idea funciona. No lo dudo, siempre los hay. Pero hay otros motivos que pueden explicar esto, como la remisión espontánea, los ciclos de la enfermedad, el sesgo de confirmación, el efecto placebo… En ciencia llamamos a esto el “amimefuncionismo”. Si a ti te funciona, adelante, pero al menos aún, esto no es ciencia. Y aunque no tengo motivos para dudar de la buena fe de X, tampoco tengo motivos para lo contrario, y no te imaginas la inmensa cantidad de casos parecidos en los que luego se han revelado intenciones no tan loables.

Lo cierto es que no existe un solo caso, hasta donde sé, en que se haya producido algo como lo que me cuentas, que un diletante (solo es una descripción, sin ánimo peyorativo) haya encontrado la piedra filosofal de un problema donde han fallado miles de médicos e investigadores profesionales especializados con impresionantes credenciales e intensa dedicación. Es curioso, porque nadie creería jamás la historia de que un aficionado ha construido una nave para viajar a la velocidad de la luz, y sin embargo en biomedicina circulan historias así continuamente. Repito, sin que hasta ahora ninguno de esos casos haya conducido a nada útil y real. Repito también, si se demuestra que este es el primer caso, desde luego que lo contaré. Pero previo paso por el filtro del reconocimiento científico de los expertos.

Por último, quería hacerte un comentario a propósito de lo que mencionas sobre la “big pharma”. Hice mi tesis en un departamento público cofinanciado por una farmacéutica, pero yo cobraba una beca pública. En otro momento trabajé para una biotecnológica, pero esa ha sido toda mi vinculación, y desde hace décadas no tengo ninguna relación profesional con la industria, así que puedo hablar con total neutralidad.

No cabe duda de que algunas compañías han cometido malas prácticas e incluso delitos, los cuales deben achacarse a esas compañías concretas y no al sector en general. La mala fama que tiene esta industria entre ciertos colectivos se reduce en el fondo a la absurda acusación de tener ánimo de lucro, algo aplicable a cualquier otra empresa del mundo, hasta al bar de la esquina. Las farmacéuticas no son ONG, y es comprensible que no inviertan en tratamientos no rentables.

A quienes sí podemos y debemos exigir esa inversión a fondo perdido en investigación sobre enfermedades minoritarias es a las entidades públicas, que manejan nuestro dinero. Yo estoy encantado de apoyar esa investigación con mis impuestos. De hecho, quisiera que mi declaración de Hacienda tuviera más casillas donde poner o no poner una equis, para que mi dinero fuera a fines como este y no a otros que me parecen perfectamente prescindibles.

Mucha suerte y un cordial saludo,
Javier

No hay ovnis, según quien lleva toda la vida buscando a E.T., y estas son sus razones

Decíamos ayer que el Pentágono ha apoyado en secreto un programa (AATIP) para buscar ovnis en pleno siglo XXI, a pesar de que otros programas anteriores más ambiciosos y en varios países, por no hablar de las legiones de entusiastas, no han producido prueba alguna desde 1947, cuando el fenómeno comenzó sin razón aparente.

Sí, por supuesto, también hay quien sostiene que no empezó en 1947, sino que lleva existiendo desde el comienzo de los tiempos sin que se identificara como tal. Quienes defienden esta idea suelen citar el famoso pasaje de la visión celestial de Ezequiel, que creyó ver a Dios cuando en realidad estaba en mitad de un encuentro en la tercera fase. Claro que no he encontrado defensores de esta interpretación que expliquen lo siguiente: ¿por qué los alienígenas ordenaron a Ezequiel que cocinara el pan quemando heces humanas y, ante sus protestas, le permitieron que usara en su lugar boñigas de buey? ¿Cómo interpretamos este pasaje en clave alienígena? ¿O es que hay algún motivo que se me escapa para creer a pies juntillas en la visión de Ezequiel, pero no en su audición?

Grabado de la visión de Ezequiel, por Matthaeus (Matthäus) Merian (1593-1650). Imagen de Wikipedia.

Grabado de la visión de Ezequiel, por Matthaeus (Matthäus) Merian (1593-1650). Imagen de Wikipedia.

Respecto a la ausencia de pruebas, siempre hay también quien se escudará en el viejo aforismo, la ausencia de prueba no es prueba de ausencia. Pero cuidado: este argumento es tramposo cuando se refiere a algo que sencillamente no es razonable o de lo que deberían haberse encontrado pruebas si fuera cierto. Un ejemplo: la ausencia de pruebas de que actualmente tengo roedores en casa no es prueba de su ausencia, ya que es razonable que los tenga; los he tenido otras veces. Sin embargo, no puedo decir lo mismo de los dragones, porque no es razonable.

Los científicos suelen discutir los límites aceptables de argumentos como este para evaluar la validez de sus conclusiones, ya que en ciencia habitualmente es imposible demostrar un negativo. Por ejemplo, cuando los antivacunas piden a los científicos una demostración absoluta de que las vacunas no causan absolutamente ningún daño, o son muy tontos o muy listos: muy tontos si no saben que es imposible aportar tal demostración, o muy listos si lo saben y lo utilizan como argumento demagógico.

Aplicando todo esto al tema que nos ocupa, es obvio que no es posible demostrar la no existencia de los ovnis. Pero según lo visto, sencillamente no es razonable: su inexistencia puede justificarse sin siquiera abrir los ojos, simplemente pensando. Para justificarlo, traigo aquí las razones de Seth Shostak, que contó a Business Insider como reacción a la noticia sobre el programa AATIP del Pentágono.

Shostak es el astrónomo jefe del Instituto SETI (Búsqueda de Inteligencia Extraterrestre) en California. Nadie más interesado que él en estrechar la mano a E.T. Lleva casi toda su vida dedicado a intentarlo, y el éxito de esta búsqueda no solo sería una cumbre profesional que jamás antes se ha coronado, sino que además le convertiría en referencia ineludible del hallazgo más importante de la historia de la humanidad, aunque no lo descubriera él mismo.

Y sin embargo, estas son las razones de Shostak para no creer en los ovnis:

  • No ha habido tiempo suficiente para que nadie sepa que estamos aquí. “La única manera de que lo sepan sería, por ejemplo, captar señales de nuestros transmisores: televisión, radio, radar, todo eso”, dice Shostak. “Pero estas señales solo llevan enviándose desde la Segunda Guerra Mundial, así que, si están a más de 35 años luz de distancia, no ha habido tiempo suficiente para que nuestras señales les lleguen y para que ellos decidan: venga, vale la pena gastar el dinero para darnos una vuelta por allí”. La cifra de 35 años luz se explica porque la Segunda Guerra Mundial terminó hace más o menos 70 años, la suma de los 35 que tardaría nuestra señal en llegarles y otros 35 para que recibiéramos su respuesta o su visita. Esta última, solo si pudieran desplazarse a la velocidad de la luz. Pero naturalmente, prosigue Shostak…
  • “No pueden viajar más rápido que la luz, y probablemente tampoco a la velocidad de la luz”. Este límite, mientras nadie demuestre lo contrario (y refiero de nuevo al argumento de más arriba), es una imposibilidad física inapelable. O apelable, pero hasta ahora sin éxito.
  • En un radio de 50 años luz, advierte Shostak, solo hay unos 1.400 sistemas estelares. “Puede parecer mucho, pero es un número muy pequeño si estás buscando seres inteligentes; a menos que estén ahí mismo, lo que estadísticamente es muy improbable”.
Imagen de Pixabay / CC.

Imagen de Pixabay / CC.

  • ¿Por qué tomarse la molestia de venir hasta aquí para luego no hacer nada? Shostak razona que la inmensa mayoría de los casos reportados son avistamientos sin ninguna clase de interacción. “Son los mejores huéspedes de la historia, porque si están aquí, no están haciendo nada… Envían una inmensa flota de naves, preferiblemente con forma de plato de cena, solo para revolotear y agitar a la gente sin hacer nada más; es un poco raro”. Shostak suele citar el ejemplo de la llegada de los europeos a América: es evidente que los nativos americanos no tuvieron duda sobre la existencia de los europeos. Naturalmente, están los casos de presuntas abducciones, pero en estos, y volvemos una vez más al argumento de arriba, habría que refutar las hipótesis más razonables, como la parálisis del sueño (que ya conté aquí).
  • “¿Por qué están aquí ahora?”, continúa Shostak. “No estaban visitando a los padres fundadores en el siglo XVIII, pero sí a nosotros. A los romanos no les importunaban las visitas de los alienígenas”. Y ya he mencionado arriba el problema de interpretar avistamientos de ovnis en documentos de la antigüedad.
  • El hecho de que un 10% de los casos de avistamientos no puedan explicarse no significa que sean alienígenas. “Solo significa que no se han podido explicar”. Shostak razona que siempre habrá casos sin explicación, con independencia de la existencia o no de los alienígenas, por lo que estos casos no demuestran ni una cosa ni la contraria. Pero naturalmente, lo más razonable es no dar paso a las hipótesis improbables antes de haber descartado todas las probables; como decía Sherlock Holmes, “cuando todo aquello que es imposible ha sido eliminado, lo que quede, por muy improbable que parezca, es la verdad”.
  • Si fuera verdad que los gobiernos ocultan la existencia de los ovnis, como alegan los defensores de las teorías de la conspiración, ¿tiene mucho sentido que revelen voluntariamente la existencia de estos proyectos reconociendo que los han ocultado y simulando que no han descubierto nada? “El gobierno dice: bueno, sí, tuvimos un programa y lo encubrimos, pero no encontramos nada”, dice Shostak. Si alguien está realmente engañando a su pareja, ¿tiene sentido que le diga: “cariño, te comunico que he estado viéndome con X, pero no ha pasado nada”? ¿No tiene más sentido que simplemente sea verdad?

Las razones expuestas son demoledoramente razonables, como corresponde a un tipo con la lucidez de Seth Shostak. Pero si los alienígenas no se atienen a la razón ni a las leyes de la física, si pueden saber que estamos aquí solo por omnisciencia, materializarse y desmaterializarse a voluntad, estar en cualquier lugar que les apetezca en cada momento recorriendo distancias intergalácticas al instante, y no necesitar motivos para hacer algo o no hacerlo porque sus caminos son inescrutables… entonces no son alienígenas, sino otra cosa, y Ezequiel tenía razón.

…Y el Pentágono sigue investigando los ovnis

En diciembre, el New York Times publicaba una noticia insólita: de 2007 a 2012, el Pentágono financió con casi 22 millones de dólares de fondos reservados un programa llamado Identificación Avanzada de Amenazas Aeroespaciales (AATIP), dedicado a investigar… hombrecitos verdes: es decir, avistamientos de ovnis, presuntos contactos con alienígenas y artefactos recogidos a los que alguien atribuye un origen extraterrestre. La misma noticia aparecía también independientemente en la web de la revista Politico.

Imagen de Joe Ross / Flickr / CC.

Imagen de Joe Ross / Flickr / CC.

Pero ¿por qué esto ahora? ¿Después de décadas de ascensión y caída de la moda ovni, cuando varios países ya han desclasificado gran parte de sus investigaciones sobre esta materia sin ninguna prueba ni otro resultado que una montaña de, como decía Carl Sagan, casos interesantes que son poco fiables y casos fiables que son poco interesantes, cuando se destaparon fraudes como el de Roswell, cuando incluso investigadores científicos tiraron la toalla reconociendo que el fenómeno ovni no era físico, sino sociológico, y cuando al final de todo ello no ha ocurrido absolutamente nada?

La respuesta está en el hecho de que la política estadounidense parece funcionar a golpe de lobby, y el AATIP nació de uno de estos grupos de presión encabezado por dos personajes: el senador de Nevada Harry Reid, entonces líder de la mayoría demócrata en el Senado, y el empresario del New Space Robert Bigelow, un hotelero de Las Vegas que desde su compañía Bigelow Aerospace diseña y construye hábitats inflables para las órbitas terrestre y lunar.

Basándose en su convencimiento de que, pese a todo, haberlos, haylos, Reid y Bigelow consiguieron decantar en su favor los apoyos suficientes como para que el programa se financiara, en secreto y con fondos opacos. Pero no perdamos de vista un detalle: los 22 millones de dólares no fueron a otro lugar que a Bigelow Aerospace, donde presuntamente el empresario los ha empleado para subcontratar investigaciones. Repito, fondos opacos; una tarjeta black interplanetaria.

Aunque el NYT pudo confirmar la existencia del AATIP, no se ha revelado cuáles han sido las conclusiones del programa; al parecer, parte de él continúa clasificado. Lo más chocante es que en 2009 Reid solicitó mayor seguridad para proteger “descubrimientos extraordinarios”. “Se han hecho muchos progresos en la identificación de varios hallazgos aeroespaciales altamente sensibles y no convencionales”, escribía Reid en una carta a un alto funcionario de Defensa. Según el NYT, Bigelow habría habilitado algunas instalaciones en Las Vegas para almacenar ciertos artefactos encontrados. También en 2009, un informe interno del programa decía que “lo que solía considerarse ciencia ficción ahora es hecho científico”, y que EEUU era incapaz de defenderse contra algunas de las tecnologías descubiertas.

Imagen de Pixabay / CC.

Imagen de Pixabay / CC.

Entonces, ¿debemos ya ponernos el sombrero de Albal? Todo lo anterior suena enigmático y emocionante. Pero antes de que los verdaderos expertos nos chafen el enigma y la emoción (sí, es un spoiler), detengámonos un momento en la inconsistencia de lo anterior con las declaraciones del oficial de la Inteligencia del Pentágono que estuvo a cargo del programa, Luis Elizondo. Elizondo dijo que los fenómenos estudiados no parecían proceder de ningún otro país, y añadió: “este hecho no es algo que ningún gobierno o institución debería clasificar para mantener en secreto”. Pero si por “este hecho” se refiere a las tecnologías presuntamente descubiertas, ¿por qué piensa Elizondo que ningún gobierno tendría motivos para clasificar avances extraordinarios contra los que no existe manera de defenderse y para los que los responsables del AATIP pidieron un mayor nivel de secreto? Algo no cuadra, ¿no creen?

Por su parte y una vez agotada la financiación del programa, Elizondo y otros implicados en el programa han montado una web sobre una iniciativa algo estrambótica llamada To the Stars… Academy of Arts & Science que pretende continuar investigando el fenómeno ovni, desarrollar tecnologías y producir contenido audiovisuales para, se supone, divulgar sus hallazgos e indagaciones… pero cuya lectura enciende el piloto rojo de la pseudociencia cuando llegamos a la parte de las tradiciones esotéricas, los templos mayas y la telepatía. Por no hablar de las típicas referencias a ir más allá de las fronteras de la ciencia, desfiar el conocimiento “convencional”, hacer realidad la ciencia ficción… En fin, todo eso que ya hemos leído tantas veces.

Pero al parecer y según el NYT, aunque el AATIP ya no tenga soporte financiero, esto no significa que se le haya dado carpetazo. Desde que se cerró el grifo black, funcionarios implicados en el programa han continuado entresacando ratos de su tiempo para recoger e investigar testimonios de experiencias y avistamientos de miembros del personal de Defensa. “El programa sigue existiendo”, dice el diario.

Pero noten que en toda esta historia hasta ahora no se ha mencionado el nombre de un solo científico. No estaría mal añadir unas gotas de ciencia por parte de quien está cualificado para hacerlo, es decir, un científico experto en la materia. El próximo día seguiremos con ello.

La fruta que comemos está atiborrada de productos químicos

Si han llegado aquí y están leyendo este párrafo sin conocer la línea de este blog, probablemente sea por uno de dos motivos: a) esperan leer alguna revelación que les lleve a reafirmarse en eso de “¡claro, nos envenenan con química!”, o b) se disponen a vapulear al autor de este blog porque, naturalmente (y nunca mejor dicho), LA NATURALEZA NO ES OTRA COSA QUE PRODUCTOS QUÍMICOS.

Evidentemente, la respuesta correcta es la b). Y el titular de este artículo tiene truco, lo cual seguramente me llevará a recibir el vapuleo en Twitter de quienes se cansan leyendo más de 140 caracteres de una vez. Aquí les traigo una muestra gráfica que no es nueva, pero que en su momento causó un enorme revuelo en internet. El profesor de química australiano James Kennedy está justificadamente harto de que, para cierto sector de la sociedad, un químico reciba hoy una calificación moral similar a la de un terrorista, o peor. Kennedy es uno de esos tipos dotados con un sobresaliente talento divulgador, y hace unos años publicó en su blog varias listas de los ingredientes químicos que componen algunas de las frutas y otros alimentos naturales de consumo común. Aquí tienen algunas de ellas, con la del plátano en castellano por gentileza de Kennedy (imágenes de James Kennedy):

Observarán, aparte de lo tremendamente fácil que le resulta a cualquier pirómano social asustar a la población con nombres como dihidrometilciclopentapirazina, que en la lista figuran varias de esas sustancias que se designan con una letra E y un número, correspondiente a su clasificación como aditivos alimentarios, por ejemplo colorantes o conservantes.

En efecto, estos componentes están presentes de forma natural en los alimentos; el hecho de que se sinteticen en un tanque industrial para disponer de grandes cantidades y añadirlos a otros alimentos no los hace mejores ni peores: son exactamente la misma cosa. Y pensar que los productos químicos artificiales son dañinos por definición es un error tan idiota como dejarse morder por una serpiente de cascabel amparándose en la cita de esa preclara experta en salud llamada Gwyneth Paltrow: “nada que sea natural puede ser malo para ti”.

Y por cierto, aprovecho que paso por aquí para aclarar otro malentendido de garrafa: en alguna ocasión he comprobado cómo algunas personas, que evidentemente se saltaron algún curso de la secundaria obligatoria, creen que la distinción entre química orgánica e inorgánica consiste en que la primera es la de la naturaleza y la segunda la de las fábricas. Imagino que se debe a aquello de los alimentos “orgánicos”.

Perdónenme si esto les desencaja la mandíbula a algunos de ustedes, pero puedo asegurarles que he leído esto en más de una ocasión. Así que debo aclarar lo obvio: química orgánica es la que se basa en el carbono, inorgánica la que no. No tiene absolutamente nada que ver con el carácter natural o artificial del compuesto. El agua es química inorgánica, y sin duda Gwyneth Paltrow certificaría que es un producto natural.

Pese a todo lo anterior, asistimos ahora a una imparable tendencia de productos que se publicitan como sin conservantes ni colorantes, una moda que está socialmente aceptada y que no va a remitir. Hay una pseudociencia de la quimiofobia, tan imposible de erradicar como el resto de pseudociencias.

Lo más llamativo es el mecanismo de círculo vicioso que se crea entre la sociedad y la floreciente industria de lo “natural”: un sector de la población, ignoro si mayoritario pero que marca tendencia, se apunta a la pseudociencia de la quimiofobia. Las compañías de productos de consumo, con el propósito de aumentar sus ventas, eliminan de sus artículos sustancias inocuas, como los conservantes, los colorantes o los parabenos de jabones y desodorantes, para así presentarse ante el consumidor con una imagen más “natural”. Cuando estas marcas publicitan lo que no llevan, no hacen sino reforzar entre la población la idea de que las sustancias que antes llevaban los productos de esas marcas, pero ya no, deben de ser dañinos; por algo los habrán eliminado. Poco importa que en realidad los hayan eliminado no porque sean perjudiciales, sino porque usted cree que lo son. Es la versión moderna de las Brujas de Salem: ¡a la hoguera con conservantes, colorantes, parabenos…!

Esta irresponsabilidad social de las compañías de productos de consumo ampara también mucha trampa y cartón a través de prácticas publicitarias engañosas. En numerosos casos, etiquetas, eslóganes, anuncios y reclamos juegan sutilmente con las palabras para no mentir, pero tampoco decir toda la verdad. Un ejemplo: una marca de pan de molde estampa en sus bolsas el lema “sin colesterol”. La única manera de que el pan llevara colesterol sería que el panadero perdiera algún dedo dentro, ya que el colesterol es un lípido que actúa como componente esencial de las membranas de las CÉLULAS ANIMALES. Pero no parece probable que esta marca pretenda informar inocentemente al consumidor, sino más bien crearle la ficción de que su producto es más saludable que otros de la competencia. Naturalmente, es probable que los competidores se apunten al mismo reclamo para no ser menos, y así se difundirá entre los consumidores la falsa idea de que el pan lleva colesterol a no ser que se indique lo contrario.

Otro ejemplo es la etiqueta “sin gluten”, también popularizada hoy por la errónea creencia de que estas proteínas causan algún efecto dañino en las personas no celíacas. Cada vez más productos de lo más variopinto se suman hoy a la moda de exhibir este lema, y ello pese a que el gluten solo está presente en los cereales. Imagino que la etiqueta “sin gluten” aporta tranquilidad a los compradores celíacos, pero tengo mis dudas de que sea este el propósito que motiva a las marcas para estampar este lema en productos que no tendrían por qué llevar cereales en su composición: si una salchicha se publicita como compuesta por un 100% de carne, añadir una etiqueta “sin gluten” es un reclamo publicitario tramposo.

Una marca de zumos se anuncia en televisión diciendo que “no les ponen azúcar”. Pese a la apariencia casual de la frase, la fórmula parece sospechosamente elegida para que el consumidor incauto caiga en la trampa de creer que se trata de zumos diferenciados de la competencia por no llevar azúcar. La ciencia nutricional actual está condenando a los azúcares (también naturales, como diría Gwyneth) como causantes de la enfermedad cardiovascular, y la fórmula más tradicional y correcta “sin azúcares añadidos” tal vez ya no sea suficientemente eficaz como reclamo publicitario; pero basta con sobreimpresionar en la pantalla un mensaje en letra pequeña aclarando que los zumos tienen todo el azúcar de la fruta para atravesar ese colador de malla gruesa que es la publicidad autorregulada.

Anuncios que esconden parte de la verdad, proclamas saludables sin fundamento demostrado, suplementos dietéticos que no suplementan nada que resulte útil suplementar… Hace unos días el mando a distancia de mi televisor me llevó por azar a un programa estadounidense llamado Shark Tank, en el que varios emprendedores trataban de conseguir financiación para sus negocios de un puñado de millonarios bastante ostentotes (palabra que acabo de inventarme). Varios de los negocios aspirantes vendían suplementos nutricionales o productos parafarmacéuticos, siempre naturales. Los inversores ametrallaban a los candidatos a preguntas sobre ventas, rentabilidad, distribución, competencia…

Ninguno de ellos hacía la que debería ser la pregunta fundamental: ¿realmente eso sirve para algo? No parecía importar lo más mínimo; obviamente, bastaba con que los compradores así lo creyeran. Los productos químicos sintéticos y los fármacos están estrechamente regulados por las leyes de los países, y por las comunitarias en el caso de la UE. Fuera de esas leyes está la jungla; tan natural como peligrosa y sembrada de trampas.

El cómico John Oliver habla sobre las vacunas, y no se lo pierdan

Decía Carl Sagan que en ciencia es frecuente comprobar cómo un científico cambia de parecer y reconoce que estaba equivocado, cuando las pruebas así lo aconsejan. Y que aunque esto no ocurre tanto como debería, ya que los científicos también son humanos y todo humano es resistente a abandonar sus posturas, es algo que nunca vemos ocurrir en la política o la religión.

Imagen de YouTube.

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Los que tratamos de adherirnos a esta manera de pensar, sea por formación científica o por tendencia innata, que no lo sé, solemos hacerlo con cierta frecuencia. Personalmente, durante años estuve convencido de que la solución a la creencia en las pseudociencias estaba en más educación científica y más divulgación. Hasta que comencé realmente a indagar en lo que los expertos han descubierto sobre esto. Entonces me di cuenta de que mi postura previa era simplista y poco informada, y cambié de parecer.

Resulta que los psicólogos sociales descubren que los creyentes en las pseudociencias son generalmente personas con un nivel educativo y un interés y conocimiento científicos comparables al resto. Resulta que los mensajes públicos basados en las pruebas científicas no solo no descabalgan de sus posturas a los creyentes en las pseudociencias, sino que incluso les hacen clavar más los estribos a su caballo. Resulta que los psicólogos cognitivos y neuropsicólogos estudian el llamado sesgo cognitivo, un mecanismo mental por el cual una persona tiende a ignorar o minimizar toneladas de pruebas en contra de sus creencias, y en cambio recorta y pega en un lugar prominente de su cerebro cualquier mínimo indicio al que pueda agarrarse para darse la razón a sí misma. Es, por ejemplo, la madre de un asesino defendiendo pese a todo que su hijo es inocente, aunque haya confesado.

Pero el sesgo cognitivo no solo actúa a escala personal, sino también corporativa, en el sentido social de la palabra, como identificación y pertenencia a un grupo: parece claro que muchas organizaciones ecologistas jamás de los jamases reconocerán las apabullantes evidencias científicas que no han logrado, y mira que lo han intentado, demostrar ningún efecto perjudicial de los alimentos transgénicos. Lo cual aparta a muchas organizaciones de lo que un día fue una apariencia de credibilidad científica apoyada en estudios. Y tristemente, cuando esa credibilidad científica desaparece, a algunos no nos queda más remedio que apartarnos de esas organizaciones: si niegan los datos en una materia, ¿cómo vamos a creérselos en otras?

El neurocientífico y divulgador Dean Burnett me daba en una ocasión una interesante explicación evolutiva del sesgo cognitivo. Durante la mayor parte de nuestra historia como especie, decía Burnett, aún no habíamos descubierto la ciencia, la experimentación, la deducción, la inducción, la lógica. En su lugar, nos guiábamos por la intuición, la superstición o el pensamiento mágico. Desde el punto de vista de la evolución de nuestro cerebro, apenas estamos estrenando el pensamiento racional, y todavía no acabamos de acostumbrarnos; aún somos niños creyendo en hadas, duendes y unicornios.

Así, la gente en general no piensa como los científicos, me decían otros. No es cuestión de mayor o menor inteligencia, ni es cuestión de mejor o peor educación. De hecho, muchas personas educadas tratan de disfrazar sus sesgos cognitivos (y todos los tenemos) bajo una falsa apariencia de escepticismo racional, cuando lo que hacen en realidad es lo que uno de estos expertos llamaba “pensar como un abogado”, o seleccionar cuidadosamente (en inglés lo llaman cherry-picking) algún dato minoritario, irrelevante o intrascendente, pero que juega a su favor. Un ejemplo es este caso tan típico: “yo no soy [racista/xenófobo/machista/homófobo/negacionista del holocausto/antivacunas/etc.], PERO…”.

Estos casos de sesgos cognitivos disfrazados, proseguían los expertos, son los más peligrosos de cara a la sociedad; primero, porque su apariencia de acercamiento neutral y de escepticismo, de no ceñirse a un criterio formado a priori, es más poderosa a la hora de sembrar la duda entre otras personas menos informadas que una postura fanática sin tapujos.

Segundo e importantísimo, porque el disfraz a veces les permite incluso colarse en la propia comunidad científica. Es el caso cuando unos pocos científicos sostienen un criterio contrario al de la mayoría, y son por ello destacados por los no científicos a quienes no les gustan las pruebas mayoritarias: ocurre con cuestiones como el cambio climático o los transgénicos; cuando hay alguna voz discrepante en la comunidad científica, en muy rarísimas ocasiones, si es que hay alguna, se trata de un genio capaz de ver lo que nadie más ha logrado ver. Es mucho más probable que se trate de un sesgo disfrazado, el del mal científico que no trata de refutar su propia hipótesis, como debe hacerse, sino de demostrarla. Pero hay un caso aún peor, y es el del científico corrupto guiado por motivaciones económicas; este fue el caso de Andrew Wakefield, el que inventó el inexistente vínculo entre vacunas y autismo.

He venido hoy a hablarles de todo esto a propósito del asunto antivacunas que comenté ayer, porque algunas de estas cuestiones y muchas otras más están genialmente tratadas en este vídeo que les traigo. John Oliver es un cómico, actor y showman inglés que presenta el programa Last Week Tonight en la HBO de EEUU. Habitualmente Oliver suele ocuparse de temas políticos, pero de vez en cuando entra en harina científica. Y sin tener una formación específica en ciencia, es un paladín del pensamiento racional y de la prueba, demostrando una lucidez enorme y bastante rara entre las celebrities. Y por si fuera poco, maneja con maestría esas cualidades que solemos atribuir al humor británico.

Por desgracia, el vídeo solo está disponible en inglés, así que deberán conocer el idioma para seguirlo, pero los subtítulos automáticos de YouTube les ayudarán si no tienen el oído muy entrenado. Háganme caso y disfrútenlo: explica maravillosamente la presunta polémica de las vacunas, tiene mucho contenido científico de interés, y además van a reírse.

La anti-vacunación no es una decisión personal, porque puede matar a otros

Me entero por mi vecina de blog Madre Reciente de que el presentador Javier Cárdenas ha defendido públicamente dos argumentos falsos: la falacia inventada con ánimo de lucro de que las vacunas causan autismo, y la conclusión errónea de que los casos de autismo han crecido de forma espectacular en los últimos años (el enlace lleva a la explicación detallada sobre la naturaleza de la falsedad de ambos argumentos). Y compruebo en Google que las palabras de Cárdenas han arrastrado una larga y prolija cola de reacciones y contrarreacciones.

El presentador Javier Cárdenas. Imagen de Wikipedia.

El presentador Javier Cárdenas. Imagen de Wikipedia.

La pregunta es: ¿qué importa lo que diga Cárdenas? No puedo valorar el trabajo de este presentador, ya que no sigo sus programas. En alguna ocasión, esperando el comienzo de alguna película en la 1 de TVE, he visto los últimos minutos de un espacio que hace por las noches y en el cual el presentador y su claque hablaban como muy en serio de psicofonías, apariciones de fantasmas y cosas por el estilo.

Pero más allá de ver a un grupo de profesionales adultos departiendo como una cuadrilla de scouts en torno a un fuego de campamento, con reflexiones en Prime Time como “oye, pues yo creo que algo hay”, esto tampoco es sorprendente, ni siquiera en una televisión que pago con mis impuestos. Que yo sepa, TVE lleva pagando con nuestros impuestos programas de bulos esotéricos desde hace más de 40 años, desde aquellos tiempos del Doctor Jiménez del Oso; quien, por cierto, era un pseudocientífico, pero en mi humilde opinión también un comunicador de enorme talento, que una cosa no quita la otra.

Siendo así, insisto, ¿qué importa lo que diga Cárdenas? Su opinión respecto a las vacunas tiene tanto valor como la de un futbolista, o como la mía respecto a Cárdenas o los futbolistas. ¿Es necesario y pertinente que se le conceda tanto eco mediático, que le respondan públicamente profesionales de la ciencia e instituciones médicas? ¿Acaso todo esto no está aumentando la resonancia del personaje y de sus palabras, y tal vez incluso mejorando sus índices de audiencia para el frotar de manos de más de un directivo de radio y televisión?

La respuesta a esta última pregunta es que probablemente sí. Pero a pesar de todo, y por desgracia, la respuesta a la primera pregunta continúa siendo que lo que diga Cárdenas sí importa.

Importa porque Cárdenas es un tipo conocido con un altavoz que escuchan miles de seguidores. Precisamente acabo de escribir un artículo, aún no publicado, sobre celebrities que defienden proclamas pseudocientíficas. En el país líder de la ciencia mundial, EEUU, la líder mediática nacional es una señora que continuamente presta su espacio, sin ningún tipo de rigor ni filtro, a una variedad casi infinita de pseudociencias, desde las más inocuas a las más nocivas. Pero personas como Oprah Winfrey, y no los profesionales de la ciencia, ni las instituciones médicas, ni mucho menos blogs como este, son los Sócrates del siglo XXI; ellos son los líderes del pensamiento. Y simplemente lamentándolo y lamiéndonos las heridas no vamos a cambiarlo.

¿Y cómo vamos a cambiarlo? No lo sé. Como ya he explicado aquí, basándome no en mis propias conclusiones, sino en las de los expertos dedicados a estudiar eso que ahora se llama el movimiento anti-ilustración, esto no se arregla simplemente con más ciencia, más divulgación, más educación y más conocimiento, como algunos ingenuamente proponen. Simplemente. No. Funciona. Así.

Lo demuestran los estudios que una y otra vez han revelado que la pseudociencia no es propia de cavernícolas ignorantes de que la Tierra gira en torno al Sol, sino de personas con un nivel de educación medio absolutamente equiparable al del resto. La creencia en las pseudociencias no procede de la información escasa o errónea (o sea, de fuera del cerebro), sino del sesgo cognitivo (o sea, de dentro del cerebro). Y el sesgo cognitivo es por definición inmune a la evidencia.

Pero respecto a Cárdenas, hay algo que el presentador sí debería saber, y es que deberá cargar con la responsabilidad moral de sus palabras. Como también he explicado ya aquí y al contrario de lo que algunos equivocadamente creen, la vacunación no es una decisión personal. Citando una comparación que no es mía, pero que me parece de lo más adecuada, la vacunación es tanto una decisión personal como lo es manejar el móvil mientras se conduce. La decisión de no vacunar destruye la inmunidad de grupo o efecto rebaño, el fenómeno que protege a un pequeño porcentaje de vacunados que sin embargo no desarrollan inmunidad.

Como también conté aquí, los nuevos brotes de sarampión (una enfermedad que puede ser mortal) en EEUU causados por el auge de la antivacunación han afectado también a algunos niños vacunados. Los niños no vacunados no solo están en riesgo ellos mismos, sino que ponen en riesgo a otros por la destrucción del efecto rebaño. Y como consecuencia, mueren niños.

Cada padre o madre que decide no vacunar a sus hijos tiene una pequeña parte de responsabilidad en ello. Cada líder mediático cuya opiniones influyen sobre varios miles de padres y madres tiene esa parte de responsabilidad multiplicada por varios miles. Y si dicho líder mediático está dispuesto a vivir con ello, nosotros no lo estamos.

No, la ciencia no es de izquierdas (ni de derechas)

Me llega noticia de la publicación de un libro que analiza el fenómeno de la izquierda anticientífica, ese sector que abraza pseudociencias y conspiranoias, y que rechaza el conocimiento científico actual relativo a asuntos como las llamadas terapias alternativas, las vacunas o los alimentos transgénicos; en resumen, eso que algunos ahora llaman movimiento anti-ilustración, pero en su versión zurda.

Perdonen que no les detalle el título ni el autor, pero una razón me lo aconseja: no he leído el libro y por tanto no quisiera que esto se interpretara como una crítica negativa a una obra en la que evidentemente se ha vertido mucho trabajo y esfuerzo. No tengo motivos para pensar que el autor no haya desarrollado sus razonamientos de forma eficaz y rigurosa, así que este comentario no se refiere al libro, sino a la idea que lo inspira. Porque es una idea muy común, pero es una idea opinable, y en mi opinión es una idea equivocada (y no soy el único). No suelo tratar aquí de política, pero la acción del tópico requiere una reacción, especialmente de quien, como el que suscribe, NO tiene bando político.

La idea en cuestión consiste en pensar que la ciencia es patrimonio de la izquierda, o que la ciencia está en el ADN de la izquierda, o que la izquierda nació de la ciencia, o que la ciencia es de izquierdas. Elijan la versión que prefieran; todas ellas circulan por ahí, pero vienen a resumirse en lo mismo: derecha = ocurantismo, ignorancia y superstición; izquierda = luz, ciencia y razón. Circulan por ahí, naturalmente… entre las personas de izquierdas, como el autor del libro, cuya motivación es indagar en algo que al parecer le provoca estupefacción: ¿cómo es posible que la izquierda, ¡mi izquierda!, caiga en la trampa de la pseudociencia?

Desde luego, quien pretenda hacer una tesis de esta idea puede encontrar argumentos. Si quieren, yo se los facilito: teóricos, como que la ciencia es progreso, y la izquierda es progresista; o históricos, como que la razón fue el motor de la Revolución Francesa (el momento en que la izquierda política se diferenció de su bando rival), o que la Segunda República española fue un período de florecimiento científico.

Pero por cada ejemplo, siempre hay un contraejemplo. No es ninguna sorpresa que la ciencia existió durante siglos sin necesitar izquierdas ni derechas, creciendo en cada época en la medida de sus posibilidades técnicas y del conocimiento acumulado. Ni que Marx rechazaba el positivismo de otros filósofos sociales como Comte.

Respecto a la tan idolatrada Revolución Francesa, y descontando incluso el hecho de que se ejecutó a multitud de inocentes para terminar cambiando a un monarca absoluto por un emperador absoluto, lo cierto es que los científicos franceses estaban repartidos en ambos bandos; de hecho, durante siglos la ciencia fue una ocupación de los más acomodados, aquellos que no debían cavar zanjas para ganarse la vida.

En cuanto a la llamada Edad de Plata española, sí, murió con el golpe de estado de 1936, la Guerra Civil y la postguerra, pero no, no comenzó con la República, sino mucho antes. Casi sobra recordar que el único Nobel español de ciencia fue muy anterior.

Respecto al interés de la República en la ciencia, y para no caer en simplificaciones idealistas del pasado, suelo citar este caso: Manuel Azaña, que si no me equivoco era de izquierdas, sí tenía interés en la ciencia. En su primera etapa de gobierno firmó un decreto para que un sector del Monte de El Pardo se destinara a la construcción de un nuevo Museo de Ciencias Naturales, un Jardín Botánico y laboratorios de investigación. Cuando volvió al gobierno en 1936, encontró que no se había movido un dedo. Y escribió:

Si hubiese decretado que en los terrenos se construyesen grupos escolares, piscinas y campos de deporte, todo el mundo lo habría comprendido, y ya estarían hechos. Muy bien está hacerlos. Pero vaya usted a interesar al poder público, es decir, a unos ministros, unos subsecretarios y directores desvanecidos, en la obra impersonal de crear un museo, un jardín botánico, unos laboratorios, que no dicen nada a las clientelas. Es un ejemplo de la falta de espíritu en el Estado y de la falta de continuidad.

A pesar de los cambios de gobierno durante la República, Azaña no culpaba a ningún bando político concreto, sino al poder público español en general, a los políticos, a los burócratas. Y por cierto, me encanta la referencia a cómo las cosas habrían sido diferentes si se hubiera propuesto construir instalaciones deportivas. Algunas cosas en España no han cambiado en 80 años.

Por último, y respecto a la relación entre ciencia y progresismo, lo reservo para el final. Pero sobre cómo la derecha y la izquierda han tratado a la ciencia, pueden buscarse ejemplos horribles en ambos bandos. Por elegir uno de cada casa:

Derecha: el darwinismo social

Herbert Spencer. Imagen de Wikipedia.

Herbert Spencer. Imagen de Wikipedia.

Sepan que la llegada a Norteamérica de la teoría de Darwin, el mayor avance científico de la historia de la biología, se encontró con la feroz oposición de lo que hoy consideraríamos izquierda, sectores afroamericanos que luchaban por la justicia social. Pero en realidad, no tenía nada de raro. Aunque Darwin postulaba un origen común para las diferentes razas humanas (un concepto, el de raza, hoy científicamente desacreditado), sí hablaba de unas más evolucionadas que otras, a lo cual los curas negros reaccionaron defendiendo el humanismo cristiano frente a la, creían ellos, deshumanización darwiniana.

Pero es que, naturalmente, había una razón, y era el darwinismo social. Tras la publicación de la obra fundamental de Darwin, algunos pensadores políticos que hoy calificaríamos de derechas, como Herbert Spencer, trataron de convertir lo que era únicamente una descripción de un fenómeno natural en un principio rector de la sociedad. El darwinismo social (término que no empleaban sus defensores) contemplaba la sociedad humana como una lucha por la vida donde primaba la “supervivencia del más apto”, una expresión acuñada por Spencer y no por Darwin, y donde los menos adaptados eran eliminados por selección natural.

De este modo, la apelación al orden natural se empleaba para fundamentar la injusticia social, la competencia económica despiadada, el colonialismo o incluso la guerra por los recursos. El darwinismo social fue (y es) una perversión de la ciencia para hacerla servir como excusa de un sistema ideológico, político y económico.

Izquierda: el lysenkoísmo

En el siglo XIX, un monje checo llamado Gregor Mendel formuló las leyes de la herencia, que explican cómo los rasgos se transmiten a la descendencia; en su caso, en las plantas de guisante. Las leyes de Mendel implicaban que todo ser vivo nace ya condicionado por el bagaje genético que ha recibido de sus progenitores; incluso desde antes de venir al mundo, no somos iguales.

Trofim Lysenko. Imagen de Wikipedia.

Trofim Lysenko. Imagen de Wikipedia.

Todo lo cual resultaba inaceptable en un lugar del mundo donde la igualdad era, al menos en teoría, el principio absoluto del orden natural, moral y social: la Unión Soviética. En 1928, un ingeniero agrónomo llamado Trofim Lysenko creyó haber descubierto un método al que llamó vernalización, y por el cual podía modificar las características de los cultivos por factores ambientales, de modo que los nuevos rasgos adquiridos se transmitían a la descendencia. Frente a la selección natural de Darwin, Lysenko defendía la cooperación natural entre las plantas para ayudar a su supervivencia.

Las ideas de Lysenko no solo resultaban más adecuadas al código ideológico soviético, basado en la crianza frente a la herencia, sino que además prometían inmensas mejoras en los cultivos para alimentar a las grandes masas de población. Como consecuencia, el lysenkoísmo se convirtió en la teoría biológica oficial en la URSS, fuertemente apoyada por el régimen de Stalin. Miles de biólogos fueron ejecutados o encarcelados en los gulags por empeñarse en defender la ciencia que sustentaba las leyes de Mendel y la selección natural de Darwin.

Naturalmente, el lysenkoísmo fracasó, sencillamente porque era pseudociencia; otra perversión de la ciencia para hacerla servir como excusa de un sistema ideológico, político y económico.

Y hoy seguimos igual…

Estos son tal vez los dos ejemplos históricos más clásicos y conocidos, pero hoy podemos seguir encontrando cómo ambos bandos del espectro político, derechas e izquierdas, continúan negando la realidad científica en apoyo de sus pre-juicios, ideologías o intereses. Tanto a un lado como al otro del arco hay quienes tratan la ciencia como si fuera un bufé libre, tomando aquello que les interesa y apartando lo que no les gusta.

La derecha tiende a rechazar la ciencia que contradice sus ideas religiosas o político-económicas; ejemplos, la homosexualidad, la evolución biológica (en los fundamentalismos cristianos) o el cambio climático.

Por su parte, la izquierda vitupera lo que para ella representa el imperio económico capitalista, y nada mejor para ello que la llamada big pharma: medicamentos, vacunas y transgénicos. De esta repugnancia visceral hacia el gran poder nacen también las abundantes y muy diversas conspiranoias.

En resumen, no se trata de izquierda y derecha. Y a los asombrados con la izquierda anticientífica, no les vendría mal un repaso a los orígenes de la relación entre política progresista y pseudociencia New Age: se llamaba movimiento hippie, y no es un fenómeno precisamente novedoso.

En realidad es algo mucho más sencillo: tanto en diestros como en zurdos, se trata simplemente de quienes aceptan la ciencia, y quienes no. Así de simple. Quienes nunca la aceptarán son aquellos que no tienen sus ideologías solo para consumo propio, sino que viven con la aspiración de imponerlas a quienes piensan de otro modo. Estos, los de mentalidad autoritaria, siempre pervertirán la ciencia para sus propios intereses, sean de izquierdas o de derechas.

Termino con la idea que dejé colgada más arriba, porque es lo esencial de todo este discurso. En el siglo pasado hice un máster sobre sociología de la ciencia, y como trabajo final analicé dos casos de ficción literaria sobre la ciencia y la tecnología pervertidas al servicio de sistemas ideológicos: Un mundo feliz, de Aldous Huxley, y 1984, de George Orwell. Ambos autores imaginaban sociedades futuras donde la ciencia y la tecnología evidentemente habían progresado, pero cuyos mandatarios las aplicaban a su propia concepción del progreso social. Que obviamente, no lo era en realidad.

Esta, creo, es la raíz del tópico que erróneamente asocia ciencia e izquierda política: confundir progreso con progresismo. O ciencia con ideología.

Fidget Spinner, la nueva tontería pseudocientífica con onda expansiva periodística

Mientras espero con mis hijos ante el portón del patio del colegio, esperando a que lo abran para despedirlos con el beso de buenos días, observo varios niños y niñas a mi alrededor que de repente parecen sacados de El pueblo de los malditos, o de cualquier otra de esas películas en que los niños empiezan a actuar de forma rara, pero todos de la misma forma rara. En este caso, haciendo girar una especie de gadget con aspas sobre sus dedos.

Un Fidget Spinner. Imagen de Wikipedia.

Un Fidget Spinner. Imagen de Wikipedia.

Mientras me fijo mejor en ello, tratando de romper los candados de legañas de mis ojos, pregunto a mis hijos: “chicos, ¿qué diablos es eso?”. “No sé”, me contesta mi hijo mayor. “Gonzalo lo tiene. Dice que lo ha comprado en el Supersol”.

Todo el que haya dado continuidad biológica a la especie humana sabe que los niños son presa fácil, cándida y permanente de cada nuevo fad, craze o llámese como se llame. En mi experiencia curricular como padre han sido los gormitis, las peonzas, las pulseras de gomas o los hama beads, por citar algunos que me vienen ahora. Y nosotros también tuvimos nuestras modas, aunque menos comerciales. Aún recuerdo, qué tiempos aquellos, cuando llevábamos al colegio un destornillador, mejor cuanto más pesado y afilado, para jugar al clavo, consistente en lanzarlo al suelo para hincarlo en la tierra e ir avanzando sobre una especie de rayuela con puntuaciones. Hoy seguramente nuestros padres perderían la custodia.

Así que no le di la menor importancia. Por suerte, de momento los míos siguen prefiriendo los hama beads, algo más creativo que embobarse mirando cómo gira un cachivache.

Pero hete aquí que de repente empiezan a saltarme en internet artículos en medios de todo tipo, en español e inglés, sobre algo llamado Fidget Spinner. Descubro que no es solo Gonzalo y que Torrelodones no es el pueblo de los malditos, sino que la cosa es internacional.

Pero hete aquí que de repente descubro algo más: varios medios atribuyen a este cacharro presuntas propiedades terapéuticas contra el Trastorno por Déficit de Atención con Hiperactividad (TDAH), e incluso contra los Trastornos del Espectro Autista (TEA).

Con la ciencia hemos topado, Sancho. Y aquí estoy.

En una sociedad cada vez más obsesionada por la salud, más medicalizada y más afectada por el fenómeno del disease mongering, cada vez va a ser más frecuente que todo aquello que se nos trata de vender se apoye en presuntas propiedades beneficiosas para la salud. Lo vemos hasta el hastío en los intermedios de la televisión: solo una pequeña parte de los anuncios con proclamas terapéuticas llevan esas advertencias clásicas sobre leer el prospecto y consultar al farmacéutico; el resto de los productos (sobre todo alimentos, pero también muchos gadgets de las teletiendas) no están obligados a llevarlas porque no son medicamentos, pero se publicitan descaradamente como si lo fueran. Hace unos días se me caían las pestañas del susto al ver en un telediario un reportaje sobre el Salón de Gourmets celebrado en Madrid, que más parecía el Salón de la Pseudociencia Nutricional, infestada de alimentos exhibiendo proclamas saludables de muy dudosa base científica.

Así que no es de extrañar que a alguien se le hayan puesto los ojos de dólar, como en los dibujos animados, con la idea de vender juguetitos que mejoran los síntomas del TDAH o los TEA sin que ninguna pelmaza autoridad sanitaria pueda meter las narices en su negocio.

Por su parte, los pobres redactores de algunos medios (sí, esos que no pueden decir a su jefe “no voy a hacer eso”, lo mismo que usted) tiran de teléfono para lanzarse a llamar al Doctor X, especialista en Y del Hospital Z. Y el pobre Doctor X, que no sabe ni por dónde le ha venido, trata de salir del paso como puede, sin la menor idea de qué demonios es esa chorrada que le están preguntando, pero sin atreverse tampoco a calificarlo como chorrada, no vaya a ser que luego haya algo.

El resumen: ningún artículo que mencione presuntas (algunos artículos incluso lo dan como hecho cierto) propiedades terapéuticas del Fidget Spinner aporta una sola fuente científica válida. Y el redactor que no puede decir “no” a su jefe tampoco debe llegar al otro extremo de renunciar a su ética profesional atribuyendo propiedades milagrosas al nuevo cacharro de moda solo porque otros medios a su vez le atribuyen propiedades milagrosas basándose en otros medios que antes le han atribuido propiedades milagrosas. Por favor, cuestiónense la veracidad de lo que escriben ustedes mismos, de lo que escriben otros, de lo que escribo yo. Investiguen las fuentes.

Y por favor, no llamen al Doctor X. Lo que pueda decirles sobre este asunto en un asalto telefónico entre la ronda de planta y el café tiene muy poca validez. Lo único válido sería la existencia de estudios clínicos serios que revelen indicios científicos de que este cacharro (o al menos otro similar, dado que este aún es novedad) muestre algún beneficio terapéutico frente a los trastornos referidos. Y por lo que se sabe hasta ahora, eso no existe.

Ni siquiera si se trata de colocar este nuevo gadget como un stress toy, o juguete contra el estrés, aprovechando la avalancha de literatura científica que avala la eficacia de los stress toys. Porque tal avalancha no existe: la eficacia de los stress toys no está ni mucho menos demostrada, por no decir que posiblemente sean del todo inútiles, salvo por la socorrida intervención de nuestro común amigo, el Doctor Placebo.

Un juguete es un juguete. Y si mis hijos mañana me lo piden y el precio es razonable (que no lo sé), no tendré ningún inconveniente en que puedan jugar con sus amigos a ver quién gira mejor el molinillo.

Pero esperemos a ver qué pasa: un artículo en el Boston Globe, un medio que en este caso sí ha hecho bien sus deberes, cuenta cómo Julie Schweitzer, profesora del Instituto de Investigación Médica de Trastornos del Neurodesarrollo de la Universidad de California en Davis, ya ha rechazado varias ofertas de fabricantes de este tipo de fidgets para que avale sus productos (no se menciona, pero siempre es a cambio de un sustancioso cheque), algo a lo que ella se ha negado por falta de pruebas científicas.

Obviamente, no todos los expertos son tan insobornables como Schweitzer. Y si empezamos a ver por ahí que los vendedores del cachivache se tiran finalmente a la piscina de la proclama terapéutica, sin o (mejor) con el apoyo de algún presunto experto, entonces estaremos asistiendo al amanecer de un nuevo caso como el de Power Balance; de esos en los que la justicia acaba actuando, pero cuando la pasta ya está a buen recaudo.

Stop a los charlatanes, pero también a la política que los promueve

La química y divulgadora Patricia Rodríguez me pide apoyo a su iniciativa para que a un tal Josep Pàmies, de quien no había oído hablar hasta ahora, se le impida disfrutar de un espacio-tiempo público en el Ayuntamiento de Logroño bajo el propósito de divulgar ideas pseudocientíficas con ánimo de lucro.

Después de dedicar cinco minutos a googlear a este personaje, no dudo en apoyar la petición de Patricia divulgándola a través de este medio. Insisto en la letra pequeña que siempre trato de hacer constar cuando abordo esta línea temática: este no es un blog sobre pseudociencias. Aplaudo y apoyo que numerosos científicos y ciudadanos en general dediquen el grueso de su labor comunicadora a la lucha contra las pseudociencias.

Pero si el grueso de la mía no está dedicado a ello no es porque, como ya he explicado aquí, esta sea una guerra perdida; me atraen las causas desesperadas como al que más. El motivo es otro: en mi particular trade-off evolutivo (más bien ontogénico, para ser precisos) he optado por la ciencia y no por la pseudociencia como objeto principal de mi tarea como periodista. Y al menos a mí, me cuesta horrores hacer una cosa diferente con cada mano al mismo tiempo.

Yendo al grano y de acuerdo a ese breve googleo, el tal Josep Pamiès parece ser un ilustre continuador de uno de los oficios más antiguos del mundo. No, no ese que ustedes piensan. En mi humilde conocimiento de las tribus esteafricanas (una referencia antropológica de las sociedades ancestrales) no he conocido ninguna en la que realmente existiera como tal oficio ese oficio del que suele decirse que es el más antiguo del mundo. Pero en ninguna tribu falta jamás un hechicero, brujo, hombre-medicina, chamán o equis; aquel que posee un conocimiento revelado de cómo curar las enfermedades del cuerpo y el alma.

Según leo en los medios, Pamiès es un agricultor catalán que parece vender el kit completo deluxe executive: no a las vacunas, no a los transgénicos, el VIH es una mentira, las plantas curan el cáncer, deje usted su tratamiento médico y abrace la naturaleza, y perdonen, que me entra el sueño. Y naturalmente, Pamiès parece disponer de la solución a todo ello, obteniendo a cambio de su sabiduría el equivalente moderno de los privilegios tradicionales del hechicero: pasta.

No entro en si, como cuentan algunos medios, Pamiès vende como agricultura ecológica productos que no reúnen las condiciones adecuadas para ser publicitados y comercializados como tales. Este no es mi territorio, aunque como simple observador recordaría cómo nadie fue capaz de contener a la criatura del Doctor Frankenstein, que acabó escapando al Ártico. La ilusión de pretender que un monstruo podrá dominarse con cadenas suele acabar con el monstruo sembrando el caos encaramado a algún rascacielos. Y entiéndanme: el monstruo al que me refiero aquí no es Pamiès.

Pero el caso de Pamiès y lo que se ha escrito sobre él en los medios me ha empujado a golpearme la frente con el talón de la mano, y es que en su día olvidé estúpidamente una razón más, añadida a las seis que enumeré, por la que no puede ganarse la guerra contra las pseudociencias. No es porque alguno de los medios más leídos de este (u otro) país permita la chorrimangarrianada de que un personaje como Pamiès aparezca presentado como un “ecohéroe”. No, esto si lo incluí entre mis razones, la número 4: la frontera entre ciencia y pseudociencia es difusa en los medios populares.

El problema aquí es que a cualquiera se le permita escribir sobre cualquier cosa, como si a mí se me diera escribir sobre fútbol (cosa en la que no tengo el mínimo interés). Y que en alguno de los medios más leídos de este (u otro) país el colador del rigor sea un hula hoop, con el que cualquiera pueda hacer bailar ideas como que tal planta controla la diabetes o que tal otra ha sido durante miles de años la panacea de los guaraníes, que como es bien sabido tienen una esperanza de vida superior a la nuestra (que no, oigan, que es una ironía: 45 años; yo ya estaría muerto).

La razón a la que me refiero es otra, y antes de explicarla debo recordar otra cláusula suelo que ya he expresado regularmente aquí: mi suelo es el que me separa del sótano del partidismo político. Si se trata de atrincherarse tras los sacos terreros de un color u otro, cito a los Beatles: count me out; no tengo bando, qué le vamos a hacer. Pero (una vez más) como observador externo, perplejo ante la abundancia de hámsters corriendo en su rueda en los medios oficiales y sociales, noto que se da una curiosa paradoja, que explico.

No estoy muy seguro de que tradicionalmente, como algunos afirman, la ciencia haya sido más patrimonio de la izquierda que de la derecha, dado que durante la mayor parte de la historia la ciencia ha sido preferentemente una ocupación más (junto con, por ejemplo, la literatura, la música o la pintura) de quienes podían dedicar tiempo a ello en lugar de dejarse las uñas escarbando la tierra por un jornal.

Sí es cierto que ciencia significa progreso, que el progreso ha sido tradicionalmente ideal teórico de la izquierda (digo teórico, y subrayo teórico porque no encuentro en esta herramienta cómo subrayar físicamente), y que la derecha ha estado tradicionalmente más vinculada a ideas que la ciencia ha socavado, como la concepción religiosa del universo; resultando en un mayor o menor recelo hacia la ciencia por parte de los sectores más conservadores.

Perdonen el uso repetido de la palabra “tradicionalmente”, pero es que una cosa es el arquetipo y otra la realidad. Y en la realidad, y ya viene la paradoja, en la izquierda existen hoy dos sectores claramente divididos: el del fomento de la ciencia y el del fomento de la pseudociencia.

Respecto a lo primero, y con la salvedad expresada arriba –por no desviarme con ejemplos históricos, como la perversión política de la ciencia en la URSS–, lo cierto es que los estudios suelen revelar una mayor presencia de la tendencia de izquierdas entre los científicos que entre la población general, o una mayoría de científicos de izquierdas (ver, por ejemplo, un resumen aquí, o aquí una encuesta en EEUU; ignoro si en España se ha hecho algún estudio similar).

Pero por otra parte, y no creo necesario justificarlo, ciertos sectores de la izquierda cargan con una principal responsabilidad en la compra y la venta de ese kit completo deluxe executive del que hablaba más arriba. Son incontables los movimientos variopintos que por ahí circulan, ideológicamente vinculados a la izquierda, y que están extendiendo y fomentando la creencia en las pseudociencias bajo el paraguas de ese kit. A los especialmente interesados en este paradójico fenómeno les recomiendo este demoledor artículo (en inglés) del reconocido escéptico y divulgador Michael Shermer en Scientific American, cuyo título y subtítulo resumen la idea: “La guerra de la izquierda contra la ciencia – Cómo la política distorsiona la ciencia en ambos extremos del espectro”.

Así que aquí va, a modo de apostilla, mi séptima razón, que podría formular de innumerables maneras distintas y más complejas, pero elijo la más simple porque creo que se entiende a la perfección:

7. La pseudociencia es progre.

En el fondo, personajes como Pamiès son solo la flor. Pero si la planta florece es porque tiene raíces. Y cortar la flor sirve de poco si la raíz no solamente persiste, sino que lo hace regada con fondos públicos. Que cada palo aguante su vela, porque el kit no suele venderse por partes.