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Ozono, desinfección de calles, cámaras térmicas… Ha nacido una nueva pseudociencia: la seguridad anti-covid

Tres de la tarde, telediario de cadena pública nacional. El responsable de un centro comercial de una ciudad española invita a todos sus clientes a regresar a su establecimiento con total seguridad, ya que se ha implantado un sistema de desinfección por luz ultravioleta que “impide que el virus se adhiera a las superficies”.

Diario digital de uno de los mayores conglomerados privados de medios del país. Se cuenta cómo un restaurante de otra ciudad española ha dispuesto a su entrada un “túnel” que somete a toda persona que entra a “una desinfección a base de agua con ozono y luz ultravioleta para matar bacterias y virus”. El mismísimo titular de la noticia lo describe como “el restaurante más seguro contra el covid-19″. Así, por sus santos –páralo ahí.

Otro reportaje en un telediario. Los clientes de un supermercado pasan a la entrada frente a un empleado que les mide la temperatura mediante un termómetro sin contacto. En otro han instalado cámaras térmicas que “detectan el coronavirus a distancia”. En otro se nos muestra cómo se están desinfectando las superficies exteriores cercanas a grandes museos para garantizar la seguridad de los visitantes. Sí, se está desinfectando la calle (en realidad y como veremos, haciendo creer que se desinfecta). De hecho, es algo que hemos visto en distintos lugares desde el comienzo de la pandemia.

Y todo esto aparece en los principales medios del país sin abrir la menor opción a un comentario crítico por parte de una fuente científica acreditada. En los informativos, hasta para decidir si realmente fue penalty o no se presenta un contraste de pareceres. Y en cambio, en algo tan crucial como la salud pública de cara a la contención del coronavirus SARS-CoV-2 de la COVID-19, y donde existe ciencia sobrada al respecto, se está dando una acogida totalmente acrítica, desorientada y desorientadora, a proclamas de lo más variopinto que están inaugurando una nueva pseudociencia, la de la seguridad anti-covid.

Desinfección de calles en Rumanía. Imagen de Eugen Simion 14 / Wikipedia.

Desinfección de calles en Rumanía. Imagen de Eugen Simion 14 / Wikipedia.

Hemos pasado más de dos meses de confinamiento que han provocado un serio quebranto económico a infinidad de empresas y a sus trabajadores. Es comprensible que ahora exista, más que un interés, una ansiedad por parte de los responsables de estas empresas de convencer a sus clientes de que pueden regresar con total tranquilidad y sin miedo al contagio.

Pero esto no puede hacerse a costa de engañar al público. Como tampoco ciertas empresas de limpieza, desinfección y seguridad pueden ahora pretender hacer su agosto engañando a los responsables de los comercios para que estos a su vez engañen al público, quizá sin que los propios responsables lo sepan, pues siempre hay propaganda disfrazada de ciencia, que no lo es pero se presenta como tal, para avalar cualquier proclama (esta es precisamente la definición de pseudociencia).

En respuesta a la noticia del túnel de ozono, una amiga me llama la atención sobre un tuit del ministro de Consumo del gobierno de España, Alberto Garzón, quien tuiteaba pidiendo “por favor, más responsabilidad”. El gobierno pide “por favor” más responsabilidad. Por favor, gobierno, más regulación, porque esa es vuestra responsabilidad. Regulación basada en lo único que puede certificar cuáles son los métodos eficaces contra el virus e inocuos para la gente: la ciencia. Repasemos una a una estas nuevas panaceas contra el virus.

Luz ultravioleta germicida

La luz ultravioleta (UV) de onda corta, la más penetrante y energética, llamada UVC, se ha utilizado como luz germicida desde hace más de un siglo. Es un método clásico y suficientemente probado para eliminar microorganismos, que se emplea de forma habitual en laboratorios y hospitales. Por ejemplo, en muchos laboratorios de investigación existen estas lámparas de luz germicida que se encienden por la noche durante horas para desinfectar ciertas instalaciones cuando todo el personal se ha marchado.

Luz germicida UVC en un laboratorio. Imagen de Karlmumm / Wikipedia.

Luz germicida UVC en un laboratorio. Imagen de Karlmumm / Wikipedia.

Pero la luz germicida solo hace lo que puede hacer. Únicamente desinfecta allí donde llega, debe aplicarse durante cierto tiempo para ejercer su efecto, y la luz es solo luz; no confiere ninguna propiedad mágica duradera a las superficies sobre las que se ha aplicado. La idea de que las superficies previamente iluminadas quedan de algún modo “tratadas” para que los virus ya no puedan adherirse es sencillamente una pamplina. Hacer pasar a los clientes de un local por un túnel de luz germicida es otra pamplina, dado que la exposición dura un mero instante. Es más: si no fuera una pamplina sería aún peor, porque entonces sería un serio riesgo para la salud.

Incluso las famosas cabinas de bronceado que emplean luz UVA, de onda más larga, menos penetrante y menos energética, figuran en el Grupo 1 de los agentes más cancerígenos de la Agencia Internacional de Investigación del Cáncer de la Organización Mundial de la Salud (OMS), al mismo nivel que el tabaco o la radiactividad. La típica luz negra de las discotecas también emplea luz UVA. La UVC de la luz germicida es más potente: provoca más quemaduras, es más dañina y potencialmente más cancerígena. Las personas que manejan este tipo de luz, por ejemplo en los laboratorios para revelar colorantes fluorescentes, llevan protecciones adecuadas contra su exposición. Naturalmente, el riesgo de la luz UVC desaparece cuando se apaga, lo mismo que su efecto germicida.

En resumen, la luz germicida no puede emplearse de ningún modo en lugares con público. Nada impide utilizarlas cuando un local está vacío, pero siempre teniendo en cuenta que la desinfección solo llega a donde llega la luz, y que desaparece de inmediato cuando la luz se apaga.

El ozono

Sería curioso saber de dónde ha surgido de repente en la lucha contra la covid el ozono, del cual solo puede decirse aquello de Miguelito, el personaje del gran Quino: “nunca falta quien sobra”. El ozono sobra, no es necesario, no hace falta, nadie lo esperaba ni lo pedía, por lo que solo cabe suponer que es uno de los negocios que tratan de explotar el filón del miedo al virus.

Solo que esta explotación también es a costa de la salud del público: el ozono es un contaminante ambiental, uno de los que se miden en las estaciones de vigilancia de la calidad del aire. Es potencialmente dañino para la salud respiratoria, cardiovascular y neuronal (aclaración: el ozono es bueno solo en las capas altas de la atmósfera, lejos de nosotros y donde nos protege de la radiación solar nociva).

Y respecto a la fabulosa idea de rociar con ozono a la gente que entra a un local, esto es lo que dice la OMS en su guía que comenté ayer sobre “Limpieza y desinfección de superficies ambientales en el contexto de la COVID-19“: “Rociar a personas con desinfectantes (como en un túnel, cabina o cámara) no se recomienda bajo ninguna circunstancia [en negrita en el original, la única en todo el documento]. Esto podría ser física y psicológicamente dañino y no reduciría la posibilidad de que una persona propague el virus a través de gotitas o contacto”.

Termómetros sin contacto y cámaras térmicas

Aquí podemos tirar directamente de la página de la OMS contra los bulos del coronavirus: “Los termómetros sin contacto NO detectan la COVID-19 [en mayúsculas en el original]. Los termómetros sin contacto resultan eficaces para detectar a personas con fiebre (es decir, con una temperatura corporal superior a la normal). Sin embargo, no permiten detectar a personas infectadas por el virus de la COVID-19. La fiebre puede tener múltiples causas”.

Sobre si el propietario de un establecimiento tiene derecho legal o no a obligar a sus clientes a pasar un control de temperatura para el acceso, no tengo la menor idea; me limito a no acudir a los establecimientos que imponen un control de temperatura para el acceso. Pero conviene divulgar lo que dice la ciencia sobre el uso de termómetros sin contacto y cámaras térmicas como métodos de control de la propagación de infecciones: no sirven.

Escaneo de temperatura con un termómetro sin contacto en Puerto Rico. Imagen de Guardia Nacional de Puerto Rico / Dominio público.

Escaneo de temperatura con un termómetro sin contacto en Puerto Rico. Imagen de Guardia Nacional de Puerto Rico / Dominio público.

Y esto no es nuevo, sino que ya se sabía de anteriores epidemias de gripe o brotes del ébola o del coronavirus del SARS. Un estudio científico: “Confiar en la fiebre solo como medida de entrada es probablemente ineficaz”. Otro: “El valor predictivo positivo del escaneo [de temperatura] es esencialmente cero”. Otro: “El escaneo [de temperatura] en los aeropuertos fue ineficaz”.

Una revisión de 114 estudios previos: “Las medidas de escaneo [de temperatura] de salida en los tres países más afectados por el ébola no identificaron ningún caso y mostraron cero sensibilidad y muy baja especificidad. Los porcentajes de casos confirmados identificados del total de pasajeros que pasaron a través de medidas de escaneo a la entrada en varios países durante el ébola y la pandemia de gripe H1N1 fueron cero o extremadamente bajos. Las medidas de escaneo de entrada para el Síndrome Respiratorio Agudo Grave (SARS) no detectaron ningún caso confirmado en Australia, Canadá y Singapur”.

Ya en tiempos de la covid, un estudio de modelización calcula que, de 100 pasajeros infectados por el coronavirus que tomaran un vuelo, 44 serían detectados en un control de salida, 9 en el control de entrada, y 46 pasarían sin ser detectados por ninguno de los controles. Según los autores, los controles de temperatura solo son eficaces “si la tasa de infecciones asintomáticas es inexistente, la sensibilidad del escaneo es casi perfecta y el periodo de incubación es corto”. La revista Science citaba un caso extremo durante la actual pandemia de covid. Ocho ciudadanos chinos que trabajaban en un restaurante en Italia regresaron a su país. Los ocho pasaron sin problemas los controles de cámaras térmicas. Los ocho estaban infectados con el coronavirus.

Según la Unión Europea, los termómetros sin contacto producen entre un 1 y 20-25% de falsos positivos y falsos negativos; personas enfermas que pasarán el control sin problemas (para bajar la fiebre basta con tomar una pastilla, sin contar con que una gran parte de los infectados por el virus de la covid y que pueden contagiar a otros no tienen fiebre) o personas sanas a las que se les negará el acceso a un local o incluso a un avión. En cuanto a las cámaras térmicas, son un desecho, perdón, un dechado de virtudes: resumiendo la lista de sus 11 desventajas según la UE, miden solo la temperatura de la piel y no la interna del cuerpo, las condiciones ambientales afectan a su rendimiento, son imprecisas y tienen baja especificidad, y en realidad ninguna de ellas está aprobada para tal fin ni su uso ha sido evaluado a fondo para el propósito que se pretende.

Desinfectar la calle

También aquí nos lo pone fácil la OMS en su guía para la limpieza y la desinfección de espacios contra la covid: “Rociar o fumigar espacios al aire libre, como calles o mercados, no está recomendado para matar el virus de la COVID-19 o cualquier otro patógeno porque el desinfectante se inactiva por el polvo y los residuos y no es posible limpiar y eliminar la materia orgánica manualmente de tales lugares. Aún más, rociar superficies porosas, como aceras o caminos, sería aún menos eficaz. Incluso en ausencia de materia orgánica, es improbable que el rociado químico cubra todas las superficies durante el tiempo necesario para inactivar los patógenos. Aún más, las calles y las aceras no se consideran reservorios de la infección de la COVID-19. Adicionalmente, rociar desinfectantes, incluso en el exterior, puede ser dañino para la salud humana”. Fin de la cita.

O dicho de forma más corta, noticia fresca: la calle es indesinfectable. Y además, es malo para la salud y para el medio ambiente.

Conclusión

Frente a todo lo anterior, más de un lector puede sentirse confuso y desorientado. Si la luz germicida es poco útil para estos casos, el ozono es dañino, los controles de temperatura son inútiles, y la desinfección de las calles es como intentar vaciar el mar con un cubo de playa, ¿por qué estamos viendo todas estas medidas en numerosos lugares y en distintos países?

En un artículo en The Conversation, los expertos en salud ambiental de la Universidad CQ de Australia Lisa Bricknell y Dale Trott se hacen esta misma pregunta, y aportan dos posibles respuestas: “Una es que las autoridades quieren crear un ambiente libre de [el virus de la] COVID-19, pero no están siguiendo la ciencia. Una razón más probable es que ayuda a la gente a sentirse segura porque ven a las autoridades haciendo algo”. Y añaden: “Sospechamos que estas actividades se hacen más para que se vea que las autoridades hacen algo que por su capacidad de parar realmente la propagación de la COVID-19”. Por cierto, Bricknell y Trott citan como ejemplo más extremo el rociado con lejía en una playa española, lo que al parecer se ha hecho en Zahara de los Atunes (Cádiz).

Como resumen de todo lo anterior, la seguridad la proporcionan la limpieza y desinfección en los lugares donde puede hacerse, en los espacios cerrados y con los productos y métodos avalados por la ciencia, que son los recomendados por la OMS en su guía. Y ¿cuáles son estos métodos y productos revolucionarios prescritos por la OMS? Atentos a las grandes novedades:

Para limpiar: agua y jabón.

Para desinfectar: lejía, alcohol o agua oxigenada.

Por increíble que parezca, esto es lo que funciona. Sin pamplinas. Como también funciona sobre todo esta recomendación de Bricknell y Trott: “Un régimen mucho más efectivo es recomendar una estricta higiene personal. Esto incluye el lavado de manos frecuente con agua y jabón y el uso de geles hidroalcohólicos cuando el lavado de manos no es posible”.

Por qué el coronavirus es un producto de la naturaleza, y por qué es difícil explicar por qué

Hay un famoso vídeo en el que el gran físico Richard Feynman respondía a una pregunta aparentemente sencilla de su entrevistador: ¿cómo funcionan los imanes? Feynman dedicaba siete minutos a responder a la pregunta. Pero no explicaba cómo funcionan los imanes; dedicaba siete minutos a explicar por qué no podía explicar cómo funcionan los imanes.

Así, Feynman decía: la tía Minnie ha resbalado en el hielo, se ha roto la cadera y ha tenido que ir al hospital. Esto es fácilmente comprensible para cualquiera. Pero si viniera aquí un ser de otro planeta, habría que comenzar explicándole qué es la tía Minnie, qué es el hielo, qué es la cadera, qué es un hospital, por qué el hielo resbala, qué significa que la cadera se rompa… Y sería imposible llegar finalmente a una explicación que el alienígena pudiera comprender.

El físico Richard Feynman, no explicando cómo funcionan los imanes. Imagen de YouTube.

El físico Richard Feynman, no explicando cómo funcionan los imanes. Imagen de YouTube.

¿Por qué Feynman dedicaba siete minutos a explicar todo esto? No lo sé, no tengo la menor idea. Feynman sabría. Pero como resumen, le decía a su entrevistador: no puedo explicarle cómo funcionan los imanes comparándolo con algo que le resulte familiar a usted, porque yo no lo entiendo como algo que pueda compararse con nada que le resulte familiar a usted. Y si tratara de hacerlo, le estaría engañando.

En otras palabras, Feynman estaba respondiendo con la mayor elegancia y con el máximo cuidado de no ofender a su entrevistador, para transmitirle la idea de que para comprender cómo funcionan los imanes hay que haber dedicado toda una vida a estudiar física, como era su caso, y no el del entrevistador.

Un físico lo comprende, y en su cabeza resulta evidente cómo funciona el magnetismo y cómo está encuadrado en un esquema más general de la naturaleza. Pero una persona no versada en física no puede llegar de repente y comprender cómo funcionan los imanes. Por eso, quienes no somos físicos debemos simplemente fiarnos de que los físicos sí comprenden realmente cómo funcionan los imanes.

El ejemplo del vídeo de Feynman viene muy a cuento de un asunto que corre estos meses por las redes sociales: que el coronavirus SARS-CoV-2 de la COVID-19 se creó en un laboratorio como arma biológica. Ante este absurdo y descacharrante bulo, a quienes nos dedicamos a estas cosas suelen preguntarnos por qué estamos tan seguros de que no es así. Uno se ha visto tratando de explicar qué son las técnicas de biología molecular, los plásmidos, las nucleasas, la CRISPR, la mutagénesis dirigida, los virus quiméricos… Pero es evidente que, en muchos casos, estas explicaciones no han cuajado. Porque no se entienden.

Así que he decidido apuntarme a la sabia respuesta de Feynman. Se comprende perfectamente que el coronavirus es cien por cien natural por el mismo motivo por el que se comprende perfectamente que la tía Minnie resbaló en el hielo, se rompió la cadera y tuvo que ir al hospital. Sencillamente, hasta un niño podría entenderlo, siempre, claro, que sea un niño con varios años de experiencia en el conocimiento de la biología molecular. El estudio genético del coronavirus no encontró absolutamente el menor indicio de otra cosa que un virus surgido en la naturaleza. Para las personas con el conocimiento necesario para entenderlo, es un caso cerrado, sellado y archivado que ya está criando polvo.

Los conspiranoicos y conspiranoides alegan que esto no ha ocurrido nunca. Falso: ocurre constantemente, ha ocurrido en incontables ocasiones y seguirá ocurriendo. De hecho, incluso a algunos expertos en zoonosis y concretamente en virus de murciélagos les sorprende que no ocurra más. Aquí he hablado repetidamente del virus de lloviu, un pariente muy cercano del ébola y potencialmente infectivo para los humanos que se identificó en murciélagos de Asturias.

Alegan que es un virus “raro”. Falso: es un virus perfectamente normal, solo que nuevo para la ciencia –y casi para el mundo, ya que se le ha calculado en torno a medio siglo de existencia– y aún muy desconocido. Alegan que es escandalosamente sospechoso que en ¡cuatro meses ya! no se haya clarificado el origen del virus. Falso: costó años de investigaciones clarificar los orígenes del SARS, el VIH, el ébola… De la mayoría de los virus no puede detallarse su origen concreto, ni se detallará jamás.

Alegan también, aunque sin prueba alguna, que China está ocultando que el virus escapó de un laboratorio. Pero un momento, pulsemos el botón de pausa: el virus es natural. Hasta ahí, lo sabemos. Si una persona se infectó con él en el bosque, o se infectó con él en un laboratorio en el que el virus estaba almacenado, es algo que no hay manera científica de comprobar. Para ilustrarlo, pongo como ejemplo el siguiente gráfico que tomo prestado del blog de mi compañera Madre Reciente:

Imagen del blog Madre Reciente.

Imagen del blog Madre Reciente.

La niña que respondió a esa pregunta, Marina, de siete años, mostraba una capacidad analítica fuera de lo común para su edad. Ahora cambien los perros por coronavirus, la caja por un laboratorio, e imaginen un bosque alrededor de la caja. Como diría Marina, no puede saberse si los coronavirus han salido del laboratorio o del bosque. Eso es cierto. Pero si pensamos que es mucho perro para tan poca caja, también los virus de murciélagos y otros animales son inmensamente más abundantes en la naturaleza que en los laboratorios, por lo que cualquier mente racional como la de Marina pensará que, mientras no se demuestre lo contrario, el virus salió del bosque.

En el caso de que el virus hubiera escapado de un laboratorio, estaríamos ante un accidente producto de una grave negligencia que merecería un castigo. Casos como este sí han ocurrido en el pasado. Y parece concebible que, por mucho que China lo niegue, difícilmente lo reconocería si hubiese sido el caso.

Sin embargo, es dudoso que alguien pueda vender muchos libros, o tener millones de visitantes en YouTube, simplemente conjeturando que a un técnico de laboratorio o a un científico se le cayeron en la mano sin querer unas gotas del cultivo que manejaba. Para vender muchos libros o tener millones de visitantes en YouTube hay que convencer a quienes no saben de biología molecular de que los malvados científicos militares chinos (o americanos, que esto ya va en fanatismos políticos) utilizaron alguna tecnología solo existente en el mundo de Marvel para crear el arma biológica definitiva.

A todo lo anterior hay una salvedad: del mismo modo que es indemostrable la no-fuga del coronavirus natural de un laboratorio, también es indemostrable el no-cultivo de un virus natural de murciélagos con células humanas una y otra vez hasta que la propia selección natural del virus encontrara una variación que pudiera infectar dichas células humanas. Esto sería un experimento de simulación de la naturaleza, forzando el ritmo de los mecanismos naturales. Esta es una posibilidad teórica real, tan indemostrable como irrefutable. Pero aunque así fuera, y estuviéramos no ya ante un error o una negligencia, sino ante un proyecto irresponsable, probablemente esto tampoco vendería muchos libros ni atraería a millones de visitantes en YouTube.

En resumen: créanlo o no lo crean, como prefieran. Ustedes verán. Si les apetece, piensen que los biólogos moleculares que aseguran que el virus es un simple producto de la naturaleza no pretenden venderles libros ni hacer cash con sus visitas en YouTube. Yo no les voy a convencer, no porque deje de importarme; los psicólogos expertos en pensamiento conspiranoico vienen advirtiéndonos de lo peligrosos que son ahora estos bulos, ya que las personas que creen en ellos tienden a desoír las recomendaciones de las autoridades sanitarias y científicas que tratan de protegernos a todos.

Pero yo no voy a convencerles, porque no puedo hacer más; aquí acaba todo lo que puedo contarles. Desgraciadamente, no todos podemos ser Feynman. Aunque, oiga, pensándolo bien, él tenía la suerte de contar con una ventaja que no tenemos en este caso. Porque cualquiera puede comprobar por sí mismo que, al menos, los imanes funcionan.

¿Flaqueará el nuevo gobierno de coalición en el #StopPseudociencias?

En este blog no existe otra tendencia política que la que corre a favor de la ciencia, y por tanto en contra de las que corren en contra de la ciencia. Pero es un hecho incontestable que en la historia reciente de este país solo ha existido un partido gobernante en el Estado que haya creado un Ministerio de Ciencia, y que además haya resistido la tentación de regalar, como quien reparte corbatas por los servicios prestados, tanto esta responsabilidad como la de Sanidad a los Amadeos de Saboya de turno, aquel rey del que se dice que no entendía nada de nada, ni siquiera el idioma de sus mandados.

Pero ahora las cosas han cambiado. El partido en cuestión ha pactado con otro que no se ha distinguido precisamente por sus posturas procientíficas, y que cae en el típico error histórico de las ideologías que manipulan la ciencia para adaptarla a sus postulados: ciencia es lo que yo digo que lo es, no lo que la –corrupta, viciada, comprada o, simplemente, ideológicamente equivocada– comunidad científica dice que lo es. Lo hizo Hitler con la ciencia de la higiene racial, lo hizo Stalin con la ciencia de la herencia de la vernalización de Lysenko, e incluso lo hizo Franco con la ciencia de la herencia social del nacionalcatolicismo de Vallejo-Nágera.

Basta leer lo que Unidas Podemos (UP) tiene que decir en su programa. Bajo su aparente pronunciamiento a favor de la ciencia frente a las pseudociencias y pseudoterapias, lo que se lee en el fondo no es una defensa de la ciencia, sino un discurso ideológico de opinión. Si son científicos pertenecientes a UP quienes han escrito esos párrafos, se diría que en este caso han dejado las cualidades del pensamiento científico colgadas en la puerta del laboratorio.

Pedro Sánchez y Pablo Iglesias, la semana pasada en el Congreso. Imagen de EFE.

Pedro Sánchez y Pablo Iglesias, la semana pasada en el Congreso. Imagen de EFE.

En primer lugar, no hay ninguna defensa expresa del conocimiento, que es el objetivo primario y fundamental de la ciencia, sino solo de sus consecuencias prácticas, que en el fondo es lo mismo que defiende la derecha clásica: un concepto mecanicista y utilitario en el cual suele despreciarse la importancia de la investigación básica. De ahí la afirmación de que “las decisiones científicas son algo que incumbe a toda la ciudadanía y que es irresponsable dejarlo únicamente en manos de expertos y políticos”. Este es el modélico punto de vista que destruye la ciencia básica: ¿decidiría la ciudadanía que se investigue la materia oscura, la detección de ondas gravitacionales o el bosón de Higgs (para lo cual se construyó la instalación científica más cara de la historia), cuando nada de ello servirá para curar el cáncer o inventar un microondas que enfríe la cerveza en 30 segundos?

UP se permite pontificar que “la ciencia vive hoy bajo una doble amenaza”. ¿Cuáles son esas amenazas? ¿Los recortes? ¿Las revistas depredadoras? ¿La resistencia al acceso abierto? ¿Las barreras a la igualdad? ¿La irreproducibilidad de los resultados? ¿Las retractaciones? ¿La indefinición de los modelos estadísticos válidos? ¿La quiebra de paradigmas como el que durante décadas ha definido el modelo de la expansión del universo?

Nada de eso. Para UP, esas amenazas son, primero, “la distancia que la separa de la población es a veces tan grande que busca en otros lugares formas de conocimiento que sean más accesibles y amables, en forma de las pseudociencias y las pseudomedicina”.

¿En serio? Frente a esto que no es sino una opinión, aquí va otra igualmente válida: la ciencia está hoy más cerca de la población de lo que jamás lo ha estado. Nunca ha existido tanta disposición y formación en los científicos para comunicar y explicar su trabajo a la población, nunca han existido tantos canales, medios y foros para hacerlo, y nunca ha existido tanta presencia de la ciencia en la sociedad. Todas las encuestas muestran que los sectores de la población que hoy se acercan más a las pseudociencias y las pseudomedicinas no son los más faltos de educación y medios, aquellos que más podrían sentir esa presunta lejanía, sino todo lo contrario: hoy lo pseudo triunfa entre las capas más formadas y acomodadas, aquellas que han recibido una educación ilustrada, pero sobre las cuales esa ilustración ha resbalado.

El discurso de UP vuelve además a caer en otro típico error de libro: la pseudociencia no es una amenaza para la ciencia. Es una amenaza para la sociedad. La ciencia va a seguir existiendo y en perfecto estado de salud, con o sin pseudociencias. Es la gente la que muere por culpa de las pseudociencias, no la ciencia.

Segunda amenaza, según UP: ” la conversión de la ciencia en un mercado”. Por supuesto que la ciencia es y debe ser un mercado, y este es precisamente uno de los triunfos de la ciencia moderna. En otras épocas, muchos de quienes se dedicaban a ella eran los llamados gentlemen scientists. Cuando la ciencia era algo aún ajeno al mercado, solo la practicaban las personas acaudaladas y ociosas que no estaban obligadas a ganarse la vida colocando ladrillos, y que por tanto podían dedicarse a gastar su fortuna y su tiempo en montarse un laboratorio y experimentar.

Suele considerarse que fue el inglés Robert Hooke, en el siglo XVII, el primer científico profesional. La profesionalización de la ciencia consiguió que hoy cualquiera pueda dedicarse a ella por libre elección sin necesitar otro bagaje que el del talento, sin necesidad de poseer riqueza. La conversión de la ciencia en un mercado es lo que permite que hoy cualquier persona pueda decidir si quiere dedicarse a la ciencia o a la hostelería.

Por supuesto que los fondos públicos deben sostener la ciencia básica, pero esto no deja de ser un mercado: uno en el que los investigadores compiten por los recursos públicos, los cuales se encauzan preferentemente hacia aquellos que hacen mejor ciencia, que hacen un mejor producto. Pero los modelos que han triunfado en el progreso científico actual son aquellos en los que se ha impuesto un sistema mixto público-privado; las instituciones privadas financian toneladas de ciencia básica, e ignorar el ejemplo de la primera potencia científica mundial, Estados Unidos, es simplemente crearse una realidad alternativa en un universo paralelo.

El discurso de UP se vuelve pueril: “Los pacientes no buscan tanto una píldora milagrosa como la atención que muchas veces el médico del Sistema Público Nacional de Salud no puede proporcionarle”. Si existe deshumanización por parte de ciertos personajes concretos del sistema sanitario o no, es una cuestión tan de experiencia personal como el famoso “a mí me funciona”. Tratar de presentarlo como un problema generalizado y crónico solo evidencia una actitud ideológica de raíz, el recelo y la desconfianza hacia la profesión médica y hacia la ciencia en la que se basa. Pero no parece muy descabellado pensar que, en el fondo, lo que quiere el paciente es curarse. Creer que al paciente no le importa tanto curarse o no, siempre que su terapeuta le dé un abrazo, es también crearse una realidad alternativa, en este caso en un universo paralelo de unicornios y nubes de algodón.

Y luego, sí, está todo ese discurso de la rotunda oposición a las pseudociencias y “al empleo de terapias cuya validez no ha sido testada científicamente”. Pero basta ir al terreno práctico para comprobar que los hechos no lo respaldan.

En diciembre de 2018, en una entrevista de Esther Ortega para Redacción Médica, la portavoz de Sanidad de UP en el Congreso, la médica Amparo Botejara, dijo a propósito del plan del anterior gobierno contra las pseudoterapias: “en las pseudociencias, por lo que veo, lo mismo se mete a un señor que le daba lejía a los niños de autismo (el conocido como MMS), que se mete la osteopatía, ¡hombre no! vamos a diferenciar”. Pero aunque Botejara no aclara cómo aplicaría ella esa diferencia, parece olvidar que la ciencia actual es clara: la osteopatía es una terapia cuya validez no ha sido testada científicamente.

En la misma entrevista, Botejara negó cualquier relación de UP con el llamado Círculo de Podemos de Terapias Naturales, que rechaza la quimioterapia contra el cáncer. Sin embargo, otras fuentes del partido no negaron esta relación a ConSalud.es, y la despacharon diciendo que “son militantes que los crean espontanéamente y pueden expresarse libremente, faltaría más”. ¿Faltaría más también si esos militantes, expresándose libremente, defendieran la violencia contra las mujeres? Porque las pseudoterapias también matan. Y hay quienes consideramos que, si se trata de libre elección, al menos la aplicación de pseudoterapias no curativas y potencialmente dañinas a los niños y niñas, que no las han elegido libremente, faltaría más, debería considerarse punible.

En 2015, Pablo Iglesias y Estefanía Torres, de UP, elevaron una pregunta al Parlamento Europeo pidiendo “el reconocimiento básico de los derechos de la gente electrosensible” y que termine el supuesto boicot de presuntos lobbies para “encontrar una solución a la falta de protección y la vulnerabilidad de los niños a la luz del creciente uso de tecnologías wireless en las escuelas”. Con esto, UP parece mostrar su apoyo explícito a la pseudociencia que defiende la existencia en algunas personas de una hipersensibilidad a los campos electromagnéticos, algo que ningún estudio científico ha logrado demostrar.

Esta última pseudociencia también sería la inspiradora de la propuesta de Ahora Madrid, formación participada por UP que gobernó en la capital en la anterior legislatura, referente al soterramiento de cableados para “reducir los campos electromagnéticos”, según contó Rocío P. Benavente para Teknautas en El Confidencial.

Durante su mandato en la alcaldía de la capital, Ahora Madrid defendió la propuesta de declarar a Madrid “zona libre de transgénicos”. Aparte de que el hecho de declarar a la ciudad de Madrid zona libre de transgénicos tenga aproximadamente el mismo valor que declararla zona libre de tiranosaurios, la ciencia ha mostrado de forma reiterada, miles y miles de estudios después, que los transgénicos no son perjudiciales para la salud humana, para la salud animal ni para el medio ambiente.

Pero incluso dejando de lado los grupos que en internet dicen estar asociados a UP y que dicen defender la homeopatía, la teoría conspiranoica de los chemtrails o el tarot y las cartas astrales, que internet es libre y anónimo –si bien, todo hay que decirlo, al mismo tiempo existe un grupo antimagufos–, basta con entresacar las declaraciones de sus líderes, que no son anónimas. Como ya conté aquí, la lideresa andaluza de UP, Teresa Rodríguez, dijo a la cadena SER en 2016 que las bases militares de EEUU de Rota y Morón provocan cáncer en la población. “Es cierto que no se ha hecho ningún estudio epidemiológico serio, pero en la zona se habla mucho de cómo afecta el cáncer la presencia militar”, dijo.

Por su parte, en 2014 el físico Pablo Echenique de UP reconocía a Nuño Domínguez de Materia que “en la izquierda algunas veces la gente se ha vuelto anticientífica”, y lo atribuía a que “la gente que no forma parte del sistema científico percibe a la ciencia como parte del sistema, como si fuera la banca”; es decir, motivos ideológicos. Y hacía la pirueta de defender la oposición de UP a los transgénicos al mismo tiempo que decía: “Como científico no estoy en contra de los transgénicos per se“.

Toda esta innegable impregnación de UP por las pseudociencias forma parte de lo que el periodista y escritor mexicano Mauricio-José Schwarz, que se reconoce como de izquierdas, ha llamado “la izquierda feng-shui”; ese sector de izquierdas, de buena posición económica y con educación superior, que de ninguna manera va a permitir que la realidad del conocimiento científico vaya a imponerse por encima de la subjetividad de su ideología.

Por supuesto que UP no es ni mucho menos el único partido en el que existen personajes o colectivos que defienden las pseudociencias; también los hay en el partido que ha promovido el plan para luchar contra ellas, como contó Javier Salas en El País, y no digamos en el resto. Pero lo importante es cómo se resuelve ese debate de posturas de cara a promover políticas. Y ante lo que se avecina, UP deberá decidir si su política, que definen como progresista, defiende el progreso de la ciencia del siglo XXI o el regreso a la superstición del XVII.

El diccionario actualiza “homeopatía”, pero introduce “osteopatía” y “medicina complementaria”

Hace unos días los medios recogían la introducción de una serie de cambios en el diccionario de la RAE, mediante los cuales se definían acepciones para términos de uso popular hoy como “zasca” o “brunch”. En los círculos concernidos por la lucha contra las pseudociencias se daba la bienvenida a la nueva definición de homeopatía, que pasaba de ser un…

Sistema curativo que aplica a las enfermedades, en dosis mínimas, las mismas sustancias que, en mayores cantidades, producirían síntomas iguales o parecidos a los que se trata de combatir.

…a ser ahora una…

Práctica que consiste en administrar a alguien, en dosis mínimas, las mismas sustancias que, en mayores cantidades, producirían supuestamente en la persona sana síntomas iguales o parecidos a los que se trata de combatir.

Es decir, que la homeopatía ha dejado de ser oficialmente en castellano un “sistema curativo” para convertirse simplemente en una “práctica”, y donde antes se hablaba de los efectos que los preparados homeopáticos “producirían”, ahora se dice que “producirían supuestamente”.

Este era un cambio reclamado, esperado y anunciado por la RAE, y por lo tanto no cabe sino aplaudirlo. De hecho, sitúa al diccionario oficial del castellano en un nivel más ajustado a la realidad que, por ejemplo, algunos de los diccionarios más importantes de la lengua inglesa, que aún definen la homeopatía como un “sistema de medicina complementaria”, una “manera de tratar una enfermedad” o un “sistema de práctica médica”.

En cambio, lo que no se ha difundido tanto es que no todo son buenas noticias en lo que se refiere a esta última actualización del diccionario.

Frente al acierto en el cambio referente a la homeopatía, se ha colado también una pseudomedicina, la osteopatía. Hasta ahora solo se recogía una acepción de este término, la más literal, relativa a las enfermedades óseas. Pero esta última oleada de cambios ha incluido una nueva definición:

Terapia de medicina complementaria consistente en aplicar masajes y otras técnicas de manipulación de los músculos y las articulaciones con el fin de restablecer el funcionamiento normal del cuerpo humano.

Pero ¿realmente sirven las manipulaciones de la osteopatía para “restablecer el funcionamiento normal del cuerpo humano”? El conocimiento científico actual lo resume de forma acertada (citando las referencias que lo justifican) la Wikipedia en versión inglesa:

El Servicio Nacional de Salud de Reino Unido dice que hay “pruebas limitadas” de que la osteopatía “puede ser eficaz para algunos tipos de dolor de extremidades inferiores, cuello u hombros, y para la recuperación posterior a operaciones de cadera o rodilla”, pero que no existen pruebas de que la osteopatía sea eficaz como tratamiento para dolencias no relacionadas con los huesos y músculos. Otros han concluido que existen pruebas insuficientes para sugerir eficacia de las manipulaciones osteopáticas en el tratamiento del dolor musculoesquelético.

Es decir, que de acuerdo con la ciencia actual, si acaso la definición de la osteopatía debería referirse a sus presuntos efectos sobre el dolor de músculos y huesos, pero de ningún modo a la posibilidad de restablecer el funcionamiento normal del cuerpo, ya que esto, sencillamente, no es cierto.

La nueva y equivocada definición de osteopatía habla además de “medicina complementaria”, y es que los nuevos cambios en el diccionario han introducido también este concepto, que antes no estaba recogido. Ahora “medicina complementaria” es:

Conjunto de prácticas terapéuticas que se emplean como complemento de la medicina convencional.

O sea, que el diccionario de la RAE ha introducido ahora que existe un conjunto de prácticas encaminadas al tratamiento de dolencias (eso significa “terapéuticas”, según el mismo diccionario) y que se definen no por lo que son, sino por lo que no son: aquellas que no pertenecen a la “medicina convencional”. Pero ¿qué es la medicina convencional?

En efecto, no lo sabemos, ya que esto no lo recoge el diccionario. Pero si miramos la definición de “medicina”, encontramos esto:

Conjunto de conocimientos y técnicas aplicados a la predicción, prevención, diagnóstico y tratamiento de las enfermedades humanas y, en su caso, a la rehabilitación de las secuelas que puedan producir.

O sea, que si la medicina es el conjunto de conocimientos y técnicas que blablabla, se supone que todo el conjunto, entonces cualquier “medicina complementaria” que cure debería ser simplemente “medicina”, más aún cuando el diccionario no aclara qué es “medicina convencional”. Y por el contrario, si una “medicina complementaria” no cura, como es el caso de la osteopatía, sencillamente no es medicina; ni complementaria, ni suplementaria, ni alternativa, ni perifrástica ni pluscuamperfecta. No es medicina, y punto.

El monstruo del lago Ness es, posiblemente, esto

La pasada madrugada regresábamos a casa en coche cuando algo extraño cruzó la carretera ante nuestros faros. Eran más de las tres, vivimos en la punta norte del Parque Regional del Guadarrama Medio, y por allí estamos acostumbrados a convivir con jabalíes, zorros, musarañas, culebras de escalera, ratas, ratones y otras criaturas variadas. Pero lo que cruzó delante del coche parecía una enorme tarántula como las que se encuentran en América y en las regiones tropicales.

Dado que las arañas de ese aspecto en España, como la lobo o la negra del alcornocal, no llegan ni de lejos a semejante tamaño, concluí que habría sido alguna ilusión provocada por el sueño o por los numerosos botellines de Mahou que me pareció conveniente enviar a reciclar (no, no conducía yo). Claro que, si yo hubiera vivido hace unos cientos de años y tuviera como amigo a algún monje iluminador de manuscritos, podría haberle visitado para narrarle mi avistamiento de la araña monstruosa del Guadarrama y que la incluyera en su bestiario junto a las mantícoras y catoblepas.

Y así es como suelen nacer las leyendas. Alguien ve algo, lo interpreta a su modo, lo cuenta a otros, de alguna manera acaba difundiéndose, e inevitablemente otros acabarán viendo lo mismo; inevitablemente, porque estas presuntas confirmaciones independientes ocurren incluso cuando lo avistado originalmente no es tal. Un caso especialmente llamativo es el de los platillos volantes: como he contado anteriormente aquí y en otros medios, el protagonista del primer avistamiento divulgado por la prensa en 1947 no dijo haber visto platillos volantes, sino objetos con forma de media luna que se movían en el aire como platillos saltando sobre el agua. El periodista lo entendió mal y publicó que aquel hombre había visto platillos volantes, y desde entonces empezaron a surgir infinidad de avistamientos de platillos volantes.

Así es también como surgió la leyenda del monstruo del lago Ness: un relato medieval de veracidad muy dudosa, presuntos avistamientos en siglos posteriores, y la imaginación popular acaba dando forma a una leyenda que se convierte en un fenómeno sociológico. Como conté recientemente en otro medio, la popularización de los hallazgos de fósiles en el siglo XIX hizo que los monstruos con forma de serpiente presentes en los relatos antiguos y medievales comenzaran a transformarse en animales parecidos a los plesiosaurios. Luego, con el tiempo, alguien decide fabricar pruebas fotográficas falsas, ya sea con ánimo de lucro o notoriedad, o como simple broma. Y entonces ya poco importan los desmentidos: una vez que hemos decidido lo que queremos creer, ni la propia confesión de labios del falsificador servirá para apearnos del burro.

Y pese a todo, estos no son fenómenos a los cuales la ciencia deba permanecer ajena. Más bien al contrario, uno de los poderes de la ciencia es resolver los misterios, y el estudio de leyendas como la de Nessie puede revelarnos mucho; no solo sobre nosotros mismos y nuestros mecanismos mentales, sino también sobre el mundo que nos rodea. Es altamente improbable que exista un animal prehistórico en el lago Ness, pero si la gente dice haber visto algo, ¿cuáles son los fenómenos reales que se han interpretado como avistamientos del monstruo?

Un equipo internacional de investigadores, dirigido por la Universidad de Otago en Nueva Zelanda, ha analizado las aguas del lago Ness en busca de la huella de ADN de las criaturas allí presentes. Las técnicas actuales permiten hacer un tipo de análisis llamado metabarcoding de ADN ambiental (eDNA), consistente en leer todo el revoltillo de ADN presente en una muestra heterogénea tomada de la naturaleza y buscar ciertas etiquetas genéticas que identifican a las especies presentes, actuando como una especie de códigos de barras.

Según publican los investigadores en la web de su proyecto (los resultados aún no se han publicado formalmente), entre los 500 millones de secuencias de ADN pescadas en el loch ha aparecido de todo, desde bacterias hasta humanos, pasando por varios tipos de mamíferos terrestres, domésticos y salvajes. Los científicos han identificado 19 especies de mamíferos, 22 aves, tres anfibios y 11 peces. La mayoría son animales cuya presencia en el lago ya era conocida.

¿Y qué hay de Nessie? Según escriben los investigadores, “una de las teorías más populares es que podría existir en el lago Ness un reptil del Jurásico o una población de reptiles del Jurásico, como los plesiosaurios”. “Desafortunadamente, no podemos encontrar ninguna prueba de una criatura ni remotamente parecida a eso en los datos de secuencias de nuestro ADN ambiental. Así que, basándonos en nuestros datos, no creemos que la idea del plesiosaurio se sostenga”, añaden.

Asimismo, los investigadores tampoco han encontrado ADN de otras especies que algunas hipótesis han asociado a los avistamientos, como tiburones, esturiones o siluros. Y sin embargo, otra criatura aparece de forma dominante y repetida en las muestras: “Hemos encontrado una gran cantidad de ADN de anguila. Las anguilas son muy abundantes en el lago Ness, y hemos encontrado su ADN en prácticamente todas las ubicaciones estudiadas; hay montones de ellas”, escriben.

Imagen de SuperNatural History.

Imagen de SuperNatural History.

Estos datos han llevado a los investigadores a rescatar una vieja hipótesis casi olvidada. La idea de que Nessie podría ser en realidad una anguila ya se había propuesto en los años 30, cuando la historia del monstruo comenzó a causar furor, pero se abandonó cuando se impuso la imagen del plesiosaurio que ha perdurado en la imaginación hasta nuestros días. Los científicos del proyecto, bajo la dirección del biólogo Neil Gemmell, creen que la anguila podría ser la respuesta: “La teoría restante que no podemos refutar basándonos en el ADN ambiental obtenido es que lo que la gente está viendo es una anguila muy grande”.

Naturalmente, el análisis de ADN no permite determinar el tamaño de los animales detectados, pero los investigadores mencionan que existen informes de grandes anguilas observadas en el lago. La anguila europea raramente crece más de un metro, aunque los científicos no descartan que en el lago pudiera haberse desarrollado una comunidad de ejemplares de gran tamaño.

Una anguila europea (Anguilla anguilla). Imagen de Lex 1 / Wikipedia.

Una anguila europea (Anguilla anguilla). Imagen de Lex 1 / Wikipedia.

Por supuesto, los resultados no pueden zanjar por completo la leyenda del monstruo, ni lo harán. Los propios investigadores reconocen que un monstruo totalmente desconocido hasta ahora pasaría inadvertido en el metabarcoding si su ADN no se ha catalogado previamente. “Sin embargo, tenemos una teoría más para testar, la de la anguila gigante, y puede merecer la pena explorarla con más detalle”, concluyen.

Disruptores endocrinos y bisfenol A, ¿amenaza real o quimiofobia?

Ayer comencé a hablar de los llamados disruptores endocrinos (EDC, en inglés), compuestos a los que se atribuyen innumerables daños a la salud como consecuencia de actuar como falsas hormonas, rompiendo el equilibrio natural del sistema endocrino: diabetes, obesidad, problemas reproductivos, alteraciones del desarrollo fetal, daños neurológicos, trastornos de atención, cáncer…

Los EDC están hoy en la mirilla de científicos, autoridades y de muchos ciudadanos preocupados por el –aparentemente– súbito descubrimiento de compuestos como el bisfenol A (BPA) que de repente se han convertido en los supervillanos más devastadores de la historia. Y que están por todas partes: incluso los más obsesionados con su alimentación, en algún momento de sus vidas han tocado un recibo de la compra o de un cajero automático, sin saber que estaban sujetando en sus manos una auténtica arma de destrucción masiva.

Pero ¿es así?

La respuesta: no. En primer lugar, el BPA no se ha descubierto de repente. No es una contaminación industrial. No es algo que los malvados empresarios introduzcan a hurtadillas en sus productos para engordar sus beneficios. Tampoco es un subproducto que aparezca por sí mismo como consecuencia de alguna extraña reacción química indeseable.

El BPA es un compuesto químico que se inventó a finales del siglo XIX, y al que pronto se le vio una utilidad en la fabricación de plásticos y de otros numerosos productos. Al mismo tiempo, se descubrió que por su estructura era un candidato a medicamento para actuar como análogo hormonal de los estrógenos, las hormonas feminizantes, pero ya en los años 30 se descartó este uso porque era demasiado débil: unas 37.000 (treinta y siete mil) veces menos potente que el estradiol, la hormona natural a la que imita.

Botellas de plástico. Imagen de Needpix.com.

Botellas de plástico. Imagen de Needpix.com.

La primera conclusión es que el BPA no se descubre que está ahí, sino que se ha puesto ahí a propósito. Si uno analiza zumos de naranja del mercado y descubre que no contienen naranjas, es noticia. Si uno analiza productos del mercado fabricados con BPA, descubre que contienen BPA y lo anuncia a bombo y platillo, es… en fin, completen la frase ustedes mismos.

Claro que, podría decirse, en un congreso de personas con polidactilia faltarían dedos para contar los productos que históricamente se han empleado para múltiples usos humanos sin saber que se estaba envenenando a la gente; productos que después han sido prohibidos y retirados. ¿Será este uno de esos casos?

La respuesta: tampoco. Los efectos del BPA se han analizado extensivamente durante décadas, sobre todo en los últimos 20 años (más sobre esto un poco más abajo), con el no disimulado fin de demostrar su toxicidad. Pero por más vueltas que se le ha dado, hasta hoy no se ha podido probar fehacientemente ninguna relación causal clara del BPA con ningún daño a la salud en humanos.

Pero a ver: ¿existe una dosis a la cual el BPA pueda ser perjudicial para la salud?

Papel térmico. Imagen de pixabay.

Papel térmico. Imagen de pixabay.

La respuesta: naturalmente, por supuesto que sí. Como nos enseñan los toxicólogos, no existe absolutamente ninguna sustancia que sea inocua a cualquier dosis, o más beneficiosa cuanto más se aumenta la dosis hasta cualquier dosis imaginable. De ser así, no tomaríamos una cápsula de antibiótico cada ocho horas, sino que nos tragaríamos una maceta llena y adiós al problema. Y nótese que esto no solo se aplica a los fármacos, sino absolutamente a cualquier sustancia: existe incluso la intoxicación por exceso de agua, que puede llevar a la pérdida del equilibrio electrolítico, al fallo cerebral y a la muerte.

Obviamente, estos efectos de dosis de toxicidad para el BPA se han estudiado en animales, junto con la posible aparición de enfermedades asociadas, y en función de ello los organismos reguladores han establecido sus directrices. La autoridad química europea clasifica el BPA como sustancia preocupante, porque lo es; de lo contrario, no tendría sentido tanta investigación, y es más que pertinente, necesario, continuar con estos estudios para garantizar que no se haya escapado algo importante.

Pero con toda la ciencia actual en la mano y yendo al terreno práctico, esto es lo que hoy establecen las autoridades reguladoras respecto a la exposición al BPA. Así dice la Agencia Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA):

El BPA no supone un riesgo de salud para los consumidores porque la actual exposición a la sustancia es demasiado baja para causar daño. La opinión científica de la EFSA muestra que los niveles de BPA a los que están expuestos los consumidores de todas las edades está muy por debajo del nivel estimado de exposición segura, conocido como ingesta diaria tolerable (TDI). La EFSA encuentra que no existe una preocupación de salud, ya que las estimaciones más altas de exposición al BPA, tanto a través de la dieta como en total, son de 3 a 5 veces menores que la TDI, dependiendo del grupo de edad. Para todos los grupos de población, la exposición en la dieta es más de 5 veces menor que la TDI.

Y esto dice la agencia de fármacos y alimentos de EEUU (FDA):

¿Es seguro el BPA?

Sí. Según la continua revisión de seguridad de la FDA de las pruebas científicas, la información disponible continúa avalando la seguridad del BPA para los usos actualmente aprobados en envases de comida. Las personas están expuestas a bajos niveles de BPA porque, como muchos componentes de los envases, cantidades muy pequeñas de BPA pueden migrar desde el envase de la comida a las comidas o bebidas. Estudios emprendidos por el Centro de Investigación Toxicológica de la FDA no han mostrado efectos por exposición al BPA a bajas dosis.

Pero entonces, y si todo esto es así, ¿por qué últimamente todo el que lea o escuche las noticias puede llevarse a casa la impresión de que estamos en continuo riesgo de exposición a una toxina peligrosa de la cual, al parecer, las autoridades no hacen absolutamente nada para protegernos?

(Nota: he elegido la palabra “toxina” a propósito porque probablemente muchos la utilizarían. Y mal utilizada. Una toxina es una sustancia nociva producida POR LAS CÉLULAS DE LOS ORGANISMOS VIVOS. Las toxinas las producimos nosotros mismos. Si las ingerimos con la comida no es porque unos malvados científicos hayan vertido sus tubos de ensayo en el cubo donde se fabrica la sopa, sino porque las han producido las propias células de los organismos vivos, animales o vegetales, que nos comemos. En resumen, UNA TOXINA NO ES UNA SUSTANCIA QUÍMICA SINTÉTICA, SINO UNA SUSTANCIA QUÍMICA NATURAL. Y por cierto, el cuerpo no las acumula, sino que sabe eliminarlas él solito; para eso la evolución inventó el hígado y los riñones).

Bueno, esto habría que preguntárselo a quienes publican y difunden tales noticias. Y por supuesto, a quienes las generan en primer lugar. Si las autoridades establecen claras directrices sobre la seguridad de la exposición a una determinada sustancia, y un científico no está de acuerdo, puede y debe impugnar esta decisión ante dichas autoridades; de hecho, algunos han procedido así, lo cual ha motivado una nueva y extensa revisión de la EFSA cuyos resultados esperamos conocer pronto. Pero en cambio, lo que ese científico no debería hacer, aunque pueda, es alarmar a la población haciendo algo que en inglés tiene un nombre muy pegadizo, scaremongering, y que en nuestro idioma se llama de una manera mucho más tonta: meter miedo.

No debería hacerlo, lo cual no quiere decir que un servidor le acuse de estar haciéndolo. Como tampoco se me ocurriría jamás acusar a nadie de hacerlo porque esa carnaza se venda fácilmente a los medios y cale mucho entre el público, consiguiendo un alto nivel de visibilidad para los científicos en cuestión.

Como tampoco se me ocurriría jamás añadir que todo esto además funciona mucho mejor si se adereza la carnaza con titulares y otras afirmaciones que no se corresponden ni con los resultados del estudio en cuestión ni con el dictamen actual de las autoridades reguladoras, ni con el significado de estos estándares; por ejemplo, cuando en una nota de prensa se dice que “nueve de cada diez pares de calcetines de bebé del mercado contienen trazas de bisfenol A”, cuando en realidad ese “mercado” se limita a un total de 32 pares de calcetines comprados en tres tiendas, de los cuales solo se han encontrado niveles de BPA superiores al límite de la UE para los juguetes infantiles (no hay un límite para los calcetines, como es lógico) en los calcetines comprados en el bazar chino, y cuando los propios autores reconocen en su estudio que incluso en estos casos la dosis estimada de exposición dérmica al BPA por estos calcetines “es relativamente baja” (lo cual no se menciona en la nota de prensa).

Calcetines de bebé. Imagen de pixabay.

Calcetines de bebé. Imagen de pixabay.

En cambio, aunque no se me ocurriría afirmar nada de lo anterior, sí es necesario añadir que el BPA es una sustancia sobre la cual debe seguir investigándose y, si así lo aconsejan nuevos futuros estudios, restringir aún más sus usos y dosis autorizadas. Como también es necesario repetir que si hasta ahora esto no se ha producido es porque los miles de estudios disponibles no lo han aconsejado. Y sobre todo, es imprescindible añadir que ni siquiera todos los expertos están de acuerdo en que los EDC sean lo dañinos que otros sostienen.

En 2016 un grupo de toxicólogos publicaba una carta en Nature bajo el título “no dañen la legislación con pseudociencias”. “Nos preocupa que algunos de los procesos para establecer las regulaciones de seguridad de las sustancias químicas en la Unión Europea se están dejando influir por los medios y el scaremongering de las pseudociencias”, escribían. “Por ejemplo, se culpa a los disruptores endocrinos de la obesidad y la diabetes de tipo 2 a pesar de que no hay pruebas que lo apoyen, y a pesar de que el excesivo consumo de alimentos y azúcar es una causa probada”, añadían. “Como consecuencia, los criterios de la Comisión Europea para regular los EDC como una amenaza a la salud humana se basan en estudios de correlación, no causales”. Y aún más: “Algunos científicos ponen el objetivo de atraer fondos para investigación por encima de la valoración objetiva de sus pruebas”.

El primer firmante de aquella carta, el toxicólogo Daniel Dietrich, de la Universidad de Constanza (Alemania), escribió también junto a otros autores una larga revisión sobre los EDC. Estas son algunas citas:

A pesar de 20 años de investigación, el daño a la salud por la exposición a bajas concentraciones de sustancias químicas exógenas con actividad débil similar a las hormonas sigue sin demostrarse, y es una hipótesis improbable.

Teniendo en cuenta los enormes recursos invertidos en esta cuestión [más de 4.000 estudios, contabilizan los autores], uno esperaría que entretanto deberían haberse identificado algunos EDC causantes de daños a la salud o enfermedades. Sin embargo, no ha sido el caso. Hasta la fecha, con la excepción de las hormonas naturales o sintéticas, no se ha identificado ni un solo EDC fabricado por el ser humano que represente un riesgo identificable y mensurable para la salud humana.

Ciertamente, ha habido mucho revuelo mediático sobre riesgos imaginarios para la salud del BPA, los parabenos o los ftalatos. Sin embargo, jamás se ha establecido ninguna prueba real de efectos adversos para la salud humana de estas sustancias. Al contrario, cada vez hay más pruebas de que sus riesgos para la salud son inexistentes o despreciables, o imaginarios.

Como es natural, la visión de Dietrich ha recibido fuertes críticas por parte de los defensores de la hipótesis de los EDC y de los efectos nocivos del BPA y otras sustancias. Y sin embargo, los argumentos del alemán son innegables: es cierto que la regulación sobre el BPA se basa en el principio de precaución según los experimentos con animales, dado que no se ha demostrado un vínculo causal con efectos nocivos en la salud humana.

Dietrich y sus colaboradores agregan también otro hecho innegable, y es que el mayor experimento humano de la historia con los EDC tiene un nombre de sobra conocido: píldora anticonceptiva. Por su propia definición, la píldora es un EDC, de acción similar al BPA pero miles de veces más potente; de hecho, el BPA se desechó como xenoestrógeno (análogo sintético de los estrógenos) precisamente porque era demasiado débil. Dietrich le pone cifras: la comida que comemos contiene un nivel de 100 en estrógenos de fuentes naturales como los flavonoides de la soja, y un nivel de 0,02 de estrógenos sintéticos, mientras que una sola píldora anticonceptiva contiene un nivel de 17.000. Y sin embargo, los anticonceptivos orales se toman a millones a diario en todo el mundo.

Píldoras anticonceptivas. Imagen de Lupus in Saxonia / Wikipedia.

Píldoras anticonceptivas. Imagen de Lupus in Saxonia / Wikipedia.

Todo lo cual revela una enorme paradoja. Por ejemplo, el tabaco o el alcohol demostraron claros efectos dañinos desde los primeros estudios, y en todos los estudios realizados. Para estas sustancias se aplican restricciones sobre a quién y dónde se venden, pero puede decirse que se venden y se consumen libremente sin límites de dosis o cantidades; en el caso del alcohol, sin siquiera incluir esas famosas etiquetas de advertencia sobre que “el alcohol mata” o “el alcohol provoca cáncer”. Y por el contrario, a las sustancias para las que más de 4.000 estudios no han logrado demostrar claramente efectos nocivos en humanos se les aplica el principio de precaución, resultando en una regulación más restrictiva que la de los claramente dañinos. ¿Tiene esto algún sentido?

Esto, a su vez, debería llevar a una reflexión: si los investigadores que estudian los niveles de BPA y otros EDC en productos de consumo realmente quisieran dejar claro que su trabajo no es un mero scaremongering que explota y fomenta la quimiofobia, detallarían en sus estudios que los estándares de la UE a los que refieren sus resultados no corresponden a dosis demostradamente dañinas en humanos, sino que se han establecido en niveles exageradamente prudentes según el principio de precaución basándose en los resultados de experimentos con animales.

Pero no lo hacen. ¿Por qué? Ellos sabrán. Me limito a dejar otra cita de Dietrich y sus colaboradores: “Dado este enorme volumen de fondos para la investigación [de los efectos del BPA y otros EDC], los científicos en el campo de los EDC pueden tener intereses creados de mantener la hipótesis de los EDC en la agenda para permanecer en el negocio”.

Finalmente y para los más informados o deseosos de información, merece la pena añadir un último comentario. Gran parte de la discrepancia entre los toxicólogos y los endocrinólogos se basa en que algunos de estos últimos alegan la existencia de un fenómeno llamado hormesis, por el cual se supone que no siempre se obtiene mayor efecto a mayor dosis, sino que para algunas sustancias los efectos pueden ser más potentes a concentraciones menores; lo que, según los defensores de esta hipótesis, implicaría que toda la investigación sobre la toxicidad del BPA se ha hecho mal.

Si este enunciado les recuerda a una famosa pseudoterapia que empieza con la letrita hache, ya intuirán que se trata de una propuesta muy controvertida. Lo cierto es que sí existen determinados procesos biológicos en los que algo de esto podría tener algún sentido… siempre que, naturalmente, la sustancia esté presente, y que cumpla ciertas condiciones; una de ellas, que sea una biomolécula –compuesto producido por el propio organismo– muy activa. Que no es el caso del BPA ni del resto de los EDC sintéticos. Pero eso daría para otra historia.

Quimiofobia, la pseudociencia de no tomar, tan dañina como la de tomar

No se trata de descubrir nada nuevo, sino de insistir en algo que debería difundirse más: pseudociencias dañinas no son solo aquellas que quieren vender como beneficioso algo inútil o nocivo, como la homeopatía, sino también aquellas que quieren tachar como perjudicial algo beneficioso.

Tal vez el ejemplo más peligroso de esto sea el movimiento antivacunas. Hasta tal punto llega hoy la confusión que en una tertulia de radio, de esas sobre política pero donde los tertulianos no dudan en morder cualquier bocado que se les eche a las fauces, uno de esos verborreicos omniscientes decía algo así: la mayoría de los estudios científicos más serios y rigurosos dicen que las vacunas no causan autismo.

Lo cual, aun reconociendo la buena intención del tertuliano, es una barbaridad; una peligrosísima desinformación y deformación de la realidad, ya que da a entender que los hay. Es decir, estudios científicos, aunque sean de los menos serios y rigurosos, que sí muestran una relación entre las vacunas y el autismo. Lo que a su vez dará pie a algunos para pensar que esos estudios descalificados son los buenos, los good guys, los que la malvada Big Pharma intenta soterrar, frente a los otros, los de los codiciosos científicos untados por la industria.

Un manifestante antivacunas en un mitin del movimiento ultraconservador estadounidense Tea Party. Imagen de Fibonacci Blue / Flickr / CC.

Un manifestante antivacunas en un mitin del movimiento ultraconservador estadounidense Tea Party. Imagen de Fibonacci Blue / Flickr / CC.

A ver, no. No los hay. Ni uno solo. Jamás ha existido un estudio científico, ni más riguroso ni menos ni poco serio ni mucho, que haya mostrado ningún tipo de vínculo entre las vacunas y el autismo. Se trata de una idea falsa inventada y publicada en un estudio fraudulento por un médico sin escrúpulos que esperaba lucrarse con ello por una doble vía: el acuerdo de una demanda millonaria con un bufete de abogados, y un plan de negocio también millonario basado en un kit de diagnóstico inventado por él mismo. Aquel estudio fue retractado y aquel médico perdió su licencia. Punto final. Esta es toda la historia. Pero probablemente aquel tertuliano, ignorante de todo esto, logró lo contrario de lo que pretendía: sembrar la duda entre algún que otro oyente.

Esta pseudociencia de vender como malo algo útil o beneficioso entronca de lleno con la quimiofobia, hoy una tendencia tan popular que las marcas de productos de consumo han encontrado un nuevo filón de ventas acogiéndose a una palabra mágica: “sin”. Sin algo. Sin lo que sea. Se trata de retirar a toda costa algún componente de sus productos y de publicitarlo como un beneficio, incluso si esas sustancias son inofensivas o no existen pruebas concluyentes de ningún efecto indeseable.

Pero ¿qué ocurre cuando se retiran esos componentes? ¿Realmente el nuevo producto resultante es mejor o más saludable? ¿O es una mera trampa publicitaria?

Algunos pensarán que, total, quitar algo en ningún caso puede hacer daño. Y que en lo que respecta a los componentes retirados, es preferible acogerse al principio de precaución, el “por si acaso”: mejor retirarlos aunque finalmente sean inocuos, que mantenerlos incluso si finalmente son inocuos.

Solo que, aunque sobre el principio de precaución también hay mucho que discutir (más sobre esto, mañana), en muchos casos no es así. En la práctica, el sufrido consumidor se ve engañado sin saberlo, porque solo se le cuenta “sin qué”, pero no “con qué en su lugar”. Es decir, qué componentes se emplean ahora para reemplazar a los antiguos. Simplemente, se le ha cambiado la bolita para despistarle.

Y puede resultar que esos compuestos sustitutivos sean igual de dudosos que los anteriores, pero no tan impopulares en ese momento; el criterio no es el perjuicio demostrado de los compuestos, que no existe, sino su mala fama entre los consumidores desinformados. Por ejemplo, los cosméticos sustituyen el aluminio por parabenos, luego los parabenos por mineral de alumbre, y dado que este también contiene aluminio, se sustituye a su vez por otra cosa… cuya identidad no conoceremos hasta que anuncien que la han quitado.

Un ejemplo particular curioso es el aceite de palma. Particular, porque a pesar de no ser ni siquiera sintético –el terror de los quimiófobos–, se ha convertido de repente en una grasa maldita, a la que el consumidor medio le supone gravísimos perjuicios para la salud… que no existen. El aceite de palma no podrá presumir de los beneficios del de oliva, pero tampoco es diferente a cualquiera de sus alternativas; no es una grasa dañina. En realidad, el motivo por el que las marcas lo están retirando de sus productos solo lo conocen los más enterados: no son razones de salud, sino ecológicas. Su cultivo en el sureste asiático está causando una deforestación que amenaza los ecosistemas y la supervivencia de especies como los orangutanes.

Pero curiosamente, también en este caso los sustitutos pueden ser peores. Algunos expertos, incluyendo un informe de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza, han alertado de que un boicot al aceite de palma solo logrará que esta cosecha se reemplace por otra, y que las alternativas provocarán aún más deforestación, ya que su rendimiento por unidad de superficie cultivada es mucho más bajo. Los campesinos de Indonesia no tomarán crema de cacao con avellanas, pero también tienen que comer.

Recolección de fruto de aceite de palma. Imagen de pixabay.

Recolección de fruto de aceite de palma. Imagen de pixabay.

El mensaje viene a ser: cuidado con las trampas del marketing. Actuar como ciudadanos informados y responsables consiste en exigir productos con certificación de sostenibilidad, ya sea para el aceite de palma o para cualquier otra cosa. Los expertos suelen advertir de que las certificaciones de sostenibilidad tampoco son la panacea, pero ¿quién cree que la panacea exista? Quizá deberemos conformarnos con la opción menos mala.

Existe un tercer caso especialmente preocupante, y es la moda de “sin conservantes”. Estos aditivos, cuya inocuidad está demostrada por décadas de estudios, se han incorporado a los alimentos durante siglos para evitar que muramos de intoxicaciones alimentarias.

Últimamente se ha hablado de la listeriosis, una infección alimentaria desconocida para muchos. Como ya he contado aquí, científicos de la alimentación están alertando de que la retirada de los conservantes de los alimentos por una simple cuestión de moda puede devolvernos a los tiempos oscuros en los que la gente moría a mansalva por comer alimentos contaminados con microbios peligrosos. El consumidor está acostumbrado a que los alimentos duren; pero si se les quitan los conservantes, ya no duran tanto, y en ciertos casos no se nota a la vista ni al olfato.

También en este caso está ocurriendo algo aberrante denunciado por esos científicos conscientes, y es que para poder anunciar sus productos como “sin conservantes artificiales”, pero evitando el riesgo de que sus consumidores mueran intoxicados y los familiares presenten demandas, muchas marcas están sustituyendo los nitratos producidos industrialmente por el zumo de apio, que también contiene nitratos. El nitrato es exactamente el mismo compuesto químico en los dos casos. Pero con la diferencia de que se sabe exactamente cuánto nitrato purificado debe añadirse para impedir que crezca la bacteria causante del botulismo, y en cambio el zumo de apio lleva una cantidad de nitrato variable según el caso, por lo que los alimentos pueden no quedar suficientemente protegidos.

En esto de la quimiofobia, el premio a la popularidad en los últimos tiempos lo disputan los llamados disruptores endocrinos (abreviados como EDC, en inglés), compuestos que supuestamente causarían daños a la salud interfiriendo con el sistema hormonal del organismo, haciendo el papel de falsas hormonas. A los EDC se les atribuyen toda clase de males: diabetes, obesidad, problemas reproductivos, alteraciones del desarrollo fetal, trastornos de atención en los niños, cáncer… En fin, que solo Atila causaba más devastación.

Entre los supuestos EDC, existe uno en concreto que últimamente aparece bastante en las noticias, llamado bisfenol A (BPA). Y aparece bastante en las noticias porque, deduciría alguien leyendo tales noticias, parece que estamos amenazados por el peligrosísimo BPA en todos los frentes de nuestra vida, desde cuando comemos casi cualquier cosa, sobre todo si viene envasada, hasta cuando hacemos algo tan inocente como coger con la mano un recibo de la compra.

Lo cual lleva a una lógica preocupación: ¿sin saberlo, hemos estado durante años y años peligrosamente expuestos a una sustancia capaz de provocarnos un montón de terribles enfermedades? La respuesta, mañana.

Qué es y qué no es un estudio científico

La revisión por pares es el mecanismo imprescindible que otorga el marchamo de estudio científico. En el origen del progreso de la ciencia moderna está la decisión de la comunidad científica de que todo estudio debe ser evaluado por varios investigadores expertos en la misma materia, seleccionados por el editor de la revista a la cual se ha enviado el estudio, y cuyas identidades normalmente son desconocidas para los autores.

Naturalmente, la revisión por pares debe ser real y rigurosa. Hace unos días, el blog del CSIC en esta casa publicaba un artículo del investigador Mariano Campoy sobre las revistas y entidades depredadoras, un negocio fraudulento que parasita al sistema científico: un fulano (que no suele ser un científico) decide montar una publicación científica digital y espamea a miles de investigadores ofreciéndoles sus páginas, previo pago de sumas anormalmente abultadas para tratarse de revistas desconocidas. El fulano en cuestión promete una revisión por pares, que en realidad no existe. El fulano en cuestión se lucra con ello y algunos investigadores pican, o bien por desconocimiento de que se trata de una revista depredadora, o bien con pleno conocimiento, pero con el –igualmente fraudulento– objetivo de engordar su lista de estudios publicados.

La revisión por pares real, la de las revistas científicas legítimas, es no ya rigurosa, sino implacable y despiadada, a veces llegando a lo cruel. Jamás un estudio científico se acepta a la primera. Como decíamos ayer, una gran parte de los estudios recibidos por una revista ni siquiera llegan a la revisión, ya que el propio editor considera que no alcanzan el nivel mínimo de calidad o relevancia para enviarlos a los expertos. Si el estudio consigue superar este primer filtro, otro desenlace enormemente común es que los revisores o referees recomienden su no publicación. Y vuelta a empezar: a probar suerte con otra revista diferente.

Revistas científicas. Imagen de Selena N. B. H. / Flickr / CC.

Revistas científicas. Imagen de Selena N. B. H. / Flickr / CC.

Una vez salvado este segundo obstáculo, lo habitual es que los revisores pidan infinidad de cambios, no solo en el texto, sino también nuevos experimentos, controles y figuras. Y una vez que los autores han cumplido todas estas exigencias, el estudio irá de nuevo a revisión, pudiendo ocurrir que de todos modos sea finalmente rechazado. Es muy habitual que un estudio deba pasar por varias revistas antes de que consiga finalmente ser aceptado en alguna de ellas, después de cambios extensos y nuevos experimentos que pueden llevar meses o incluso años.

Así, y en contra de lo que suele escucharse en la calle como respuesta frecuente al “lo dice un estudio científico”, no, los científicos no publican lo que les parece. Solo publican lo que la comunidad científica, delegada en los referees, decide tras un arduo y largo proceso que finalmente puede considerarse ciencia.

Otro error habitual, que está en el manual básico de todo conspiranoico, es creer que los estudios científicos tienen intereses ocultos. Desde hace años las revistas obligan a los investigadores a declarar sus conflictos de intereses, y estos aparecen detallados en sus estudios publicados. A un científico que recibe financiación de una compañía de chocolatinas no se le impide publicar un estudio sobre las virtudes del chocolate, siempre que el trabajo sea científicamente sólido y relevante, pero al final de su estudio aparecerá claramente especificado este conflicto de intereses. Y si un científico lo oculta, puede dar su carrera por terminada. ¿Cuántos opinadores profesionales, líderes mediáticos, influencers y demás fauna son transparentes con sus fuentes de financiación y sus conflictos de intereses?

Por último, otra idea equivocada es pensar que los científicos cobran por sus estudios publicados. No cobran, pagan. Las revistas suelen cargar una tarifa a los autores, que en muchos casos se justifica por la publicación del estudio bajo el concepto de material publicitario. Así, los científicos no ven ni un céntimo por ninguna clase de derechos relacionados con sus estudios. Pero estos sí generan ingresos, ya que quien quiera leer los estudios debe pagar. Es más, en muchos casos, si a un investigador le interesa que su estudio sea de lectura gratuita con el fin de aumentar su difusión, la revista sube la tarifa para compensar la pérdida de ingresos de los lectores. La revista se lo lleva todo; la banca gana.

Esta anacrónica injusticia ha dado origen a ciertas corrientes en alza. Una de ellas es el Open Access, el libre acceso total. Las revistas que eligen esta opción no son de publicación gratuita para los autores, pero al menos aseguran a sus estudios una gran difusión por ser de lectura gratuita. Aunque a regañadientes, algunas revistas tradicionales van sumándose poco a poco a esta tendencia.

Otra corriente es la piratería, pero en un escenario totalmente contrario al de los contenidos digitales culturales. Los autores de música, películas o libros no quieren que sus obras se pirateen porque esto les priva del fruto legítimo de su trabajo, la ganancia económica directa por las ventas de sus obras. En el caso de los científicos, su beneficio es indirecto: un investigador progresa en su carrera cuanto más y mejor publica y cuanto más impacto tienen sus trabajos en la comunidad. Por ello, le interesa la máxima difusión de sus estudios, pero tal vez no pueda pagarse un Open Access.

Así, los investigadores son los primeros que desean que sus estudios se pirateen; de hecho, suelen colgarlos ellos mismos en las webs de piratería, y los facilitan gustosamente si uno se los pide por correo electrónico (algo que los periodistas de ciencia hacemos de forma habitual). Mientras tanto, son las editoriales de las revistas quienes tratan de impedir la libre difusión de la ciencia. Por suerte, con no demasiado éxito.

Con todo esto, y a pesar de las limitaciones que decíamos ayer respecto a lo que debe o no debe interpretarse del hecho de que algo “lo dice un estudio científico”, sí debe quedar claro que un estudio científico es una cosa radicalmente diferente a lo que no lo es. ¿Y qué no lo es?

Todo lo demás: un informe publicado por Naciones Unidas, Greenpeace o la Sociedad de Cardiólogos de Cercedilla puede ser todo lo apreciable y valioso que a cada uno le parezca según la confianza que le inspire la entidad en cuestión. Pero no es un estudio científico; no ha sido validado por nadie más que por la propia entidad que lo publica (y quizá, por algún revisor presuntamente independiente que, sin embargo, ha facturado por su independencia). Y por lo tanto, no tiene la credibilidad de un estudio científico, por muy Naciones Unidas que sea (en honor a la verdad, los organismos de Naciones Unidas también publican muchos estudios científicos revisados por pares, algo que en cambio otras entidades no suelen hacer).

Lo mismo se aplica a los estudios publicados por empresas y corporaciones, una tendencia que parece estar en alza fuera del ámbito estrictamente científico; hasta las compañías de condones o las webs inmobiliarias publican ya sus propios estudios. Lo cual puede tener su valor, siempre que no se pierda de vista cuál es realmente ese valor. Que una empresa que vende alimentos para reforzar el sistema inmunitario diga en su publicidad que sus alimentos refuerzan el sistema inmunitario, como lo demuestran sus propios “estudios científicos” no revisados por pares, tiene un valor aproximado de… cero. Que una compañía de cosméticos antiarrugas diga en su publicidad que sus cosméticos son antiarrugas, como lo demuestran sus propios “estudios científicos” no revisados por pares, tiene un valor aproximado de… cero. Y así.

La pretensión de presentar como estudio científico algo que no lo es suele entroncar de lleno con el mundo de la pseudociencia y la mala ciencia. En España, el CSIC no acepta patrocinios (al menos hasta donde sé, salvo que las cosas hayan cambiado en los últimos años), en el sentido de que una compañía no puede alquilar a uno de sus investigadores para que realice un estudio destinado a confirmar los enormes beneficios de su producto. Sin embargo, otras muchas entidades científicas o paracientíficas (y sus científicos o paracientíficos) gustosamente aceptan generosas donaciones para respaldar la venta de colchones (perdón, creo que ahora se llaman “equipos de descanso”), pseudoterapias, suplementos alimenticios o lo que sea que se especifique en el cheque.

El valor de estas proclamas es nulo, pero en cambio no lo son sus efectos: estos falsos “estudios científicos” son enormemente negativos por la confusión que causan respecto a un sistema que desde luego no es ni mucho menos perfecto, pero que, además de ser el mejor que ha podido crearse y de funcionar razonablemente bien, tiene la gran virtud de mejorarse a sí mismo, reconociendo sus errores y rectificando cuando es necesario. Y a ver qué otro sistema puede decir lo mismo.

Así es y se hace un estudio científico

En el mundo del arte circula una frase con muchos padres y madres: arte es lo que yo decido que lo es. Y aunque todo aspirante que pretenda ascender por esa sacrosanta pirámide difícilmente pondrá en duda el juicio de los que se sientan en la cúspide, es evidente que bajo ese presunto argumento solo se esconde una arbitrariedad injustificada. Personalmente, recibí una de mis mejores enseñanzas de periodismo de un antiguo jefe, editor de revistas de viajes: cuando se trata de diseño, “porque a mí me gusta más así” no es una razón válida.

Otro ejemplo: imagino que cuando un filósofo profesional lleva su coche al taller y allí le explican que la “filosofía” de la marca es poner solo recambios originales, al filósofo quizá tengan que practicarle la reanimación cardiopulmonar. Pero, total, también se llama “cultura” a cosas que no lo son: la cultura de la corrupción, la cultura funcionarial…

Entonces, ¿por qué no llamar también “estudio científico” a lo que a cada uno le apetece? “He hecho un estudio científico y he visto que mi vecino siempre viste de verde cuando llueve”. ¿No?

Pero no. Por supuesto que cada uno es perfectamente libre de llamar orégano al orgasmo si le apetece. Pero si hablamos de estudios científicos de verdad, los que permiten esgrimir aquello de “lo dice un estudio científico” que veíamos ayer, aquí no hay la menor arbitrariedad, como no puede haberla en nada relacionado con la ciencia. La comunidad científica ha establecido unas reglas muy claras sobre qué es un estudio científico y qué no lo es. Y básicamente, todos los mandamientos se resumen en uno: un estudio científico es el que se publica en una revista científica con una rigurosa revisión por pares.

Referencias en un estudio científico. Imagen de Mike Thelwall, Stefanie Haustein, Vincent Larivière, Cassidy R. Sugimoto (paper). Finn Årup Nielsen (screenshot) / Wikipedia.

Referencias en un estudio científico. Imagen de Mike Thelwall, Stefanie Haustein, Vincent Larivière, Cassidy R. Sugimoto (paper). Finn Årup Nielsen (screenshot) / Wikipedia.

Pero comencemos por el principio. Un grupo de investigadores concluye una determinada fase de su línea de investigación y reúne suficientes resultados como para extraer una conclusión novedosa. Se ha hecho nueva ciencia. Y ahora, ¿qué?

Lo primero, claro, es escribir el estudio, o paper. Esto suele hacerlo (normalmente) el jefe del grupo. Que no es (normalmente) el autor material del trabajo. Aunque en las películas de Hollywood suele verse a supercientíficos trabajando en el laboratorio, el mundo real no funciona así. A partir de un determinado nivel, todo científico dedica el cien por cien de su tiempo a leer, escribir estudios y solicitudes de becas y proyectos, impartir seminarios, discutir resultados, asistir a congresos, hacer eso que ahora llaman networking… Ahora muchos dedican también parte de su tiempo a la divulgación mediante blogs, libros y otros medios. El trabajo de laboratorio, el de bata (que por cierto, no se lleva más veces de las que sí), corre a cargo de su equipo: becarios predoctorales, postdoctorales, técnicos…

Esto se refleja en las firmas que aparecerán en el estudio. El primer firmante (o los primeros en igualdad de contribución, si así se especifica) es el autor material del trabajo, que suele ser un predoctoral o postdoctoral. Los siguientes son otras personas que han contribuido, en orden decreciente según su aportación. Lo justo y decente es que esto incluya también a los técnicos, pero hay investigadores que no les permiten firmar los estudios por no ser personal científico.

Finalmente, el último nombre de la lista de autores es el del o la investigador(a) senior, el jefe del grupo o de la línea. Si hay más de uno, aparecerán desde el último hacia el penúltimo, antepenúltimo, etc., también según su aportación. El último autor y director del estudio suele figurar también como autor de correspondencia, aquel al que otros científicos deberán dirigirse para discutir sobre su trabajo, aunque es frecuente que este delegue esa función en el primer firmante si le considera suficientemente formado y él lleva varias líneas al mismo tiempo.

A la hora de escribir el estudio en sí, también hay reglas que no pueden romperse. El esquema estándar de todo estudio científico experimental se compone de seis partes: abstract (resumen), introducción (estado de la cuestión y propósito del trabajo), materiales y métodos (explicación detalladísima de todos los experimentos para que cualquier otro investigador pueda repetirlos), resultados, discusión (conclusiones) y referencias bibliográficas (estudios anteriores que se citan o en los que se basa el trabajo). Dado que muchas revistas imponen ligeras variaciones a este esquema básico, desde el principio el investigador suele escribir el estudio ateniéndose al formato requerido por la revista a la cual va a enviarlo. Además, todo estudio experimental incluye varias figuras que muestran los resultados.

El estilo y el tono tampoco dejan margen a la fantasía. Los estudios científicos se escriben en un lenguaje claro, conciso, directo y aséptico, sin retórica ni literatura. Pero al mismo tiempo, deben ser impolutos en su gramática y su ortografía. Y por supuesto, generalmente todo ello en inglés, el idioma de la ciencia. En cuanto a las conclusiones, el tono de los estudios científicos es justo el opuesto al de cualquier artículo de opinión o discurso político, ideológico o religioso. En los estudios científicos no se pontifica ni se dogmatiza, o ni siquiera se “demuestra”, sino que solo se “muestra”. “Nuestros resultados sugieren”, “los datos son compatibles con”, “es razonable pensar” o “podría pensarse” son fórmulas habitualmente utilizadas. A menudo la última conclusión es que deberán realizarse nuevos estudios para confirmar los resultados.

Una vez escrito el estudio, se envía a la revista previamente elegida. De esta elección depende críticamente el destino futuro de ese papelito. Obviamente, todo científico aspira a publicar en Nature o Science, las revistas de mayor prestigio, pero en la mayor parte de los casos picar tan alto sería una pérdida de tiempo, y podría incluso perjudicar al propio investigador si los editores de estas revistas le etiquetan como alguien incapaz de valorar la relevancia real de su trabajo. O simplemente, como un pelmazo.

Se entiende entonces que no todas las revistas son iguales, y esto tampoco es arbitrario. Existen índices que miden el impacto de las revistas y las clasifican en listas jerárquicas. Tampoco el impacto de una revista suele ser el mismo si se trata de una publicación multidisciplinar, como Nature o Science, que leen todos los científicos, o si se ciñe a un ámbito especializado muy concreto. Para un científico, saber elegir la revista adecuada a la que enviar un trabajo es tan importante como hacer el trabajo en sí.

Una vez enviado el estudio, el primer filtro al que se enfrenta es el de los propios editores de la revista. Como puede suponerse, las revistas generalmente reciben muchos más estudios de los que pueden publicar, por lo que se rechazan muchos más de los que se aceptan. Así, es muy habitual que al primer intento, con la revista que el investigador ha elegido como su opción más deseable a la par que razonable, la respuesta sea una carta del editor diciendo que el estudio no reúne la suficiente calidad o relevancia como para que le interese publicarlo. Y entonces, toca probar con la siguiente de la lista.

En un momento determinado, por fin el investigador consigue que un editor se interese por su estudio. Pero el calvario no ha terminado; en realidad no ha hecho sino comenzar: llega entonces la revisión por pares. Mañana seguiremos.

Lo dice un estudio científico. ¿Qué significa esto realmente?

Lo dice un estudio científico. Es una frase que escuchamos a menudo en la calle, aplicado a todo tipo de situaciones. Pero ¿qué significa realmente que un estudio científico diga tal cosa? ¿Significa lo que creen que significa quienes emplean la frase?

Así es como muchos pretenden que funcione: si un estudio científico apoya nuestra postura ideológica preconcebida, lo levantamos como un baluarte con el que pretendemos barnizar de objetividad dicha postura ideológica. En cambio, si los resultados del estudio no nos complacen, es que los científicos publican lo que les parece y, además, están vendidos a los intereses de x, y o z.

Pero no es así como funciona. En primer lugar, un estudio científico solo debe valorarse por su propia calidad, y no por el sentido de sus resultados, gusten o no. Esto no debería sorprender a nadie, pero probablemente lo hará: el propósito de la ciencia es únicamente conocer la realidad, no presentarla más agradable al gusto de nadie. Por ejemplo, puede que no guste saber que la identidad y la orientación sexual vienen sobre todo definidas desde el útero materno (según la ciencia actual, por factores genéticos y bioquímicos intrauterinos), ya que encaja mejor con la mentalidad de hoy pensar que es una cuestión de libertad y elección personal. Pero la ciencia deja de serlo cuando se pliega a las tendencias sociales políticas para convertirse en un instrumento al servicio de ideologías, como ocurrió durante el nazismo, el estalinismo o incluso el franquismo.

En segundo lugar, en muchos casos –sobre todo en ciertas áreas de investigación, y especialmente en aquellas que suelen estar afectadas por posturas ideológicas– un solo estudio científico aislado puede tener una relevancia muy escasa. En realidad, siempre que alguien defienda ante nosotros una postura concreta porque “lo dice un estudio científico”, la réplica correcta es: y los demás estudios, ¿qué dicen?

Imagen de pxhere.

Imagen de pxhere.

Un ejemplo de esto último ha sido la percepción social del cambio climático. Durante años, numerosos medios políticos y periodísticos de tendencia conservadora en todo el mundo se aferraron a la idea de que el cambio climático era una ficción inventada por un lobby anticapitalista para derribar el libre mercado y la economía de las grandes corporaciones. Por supuesto, había estudios científicos que negaban el cambio climático. El hecho de que fueran de calidad deficiente o que incluso quedaran retractados no impedía que pudiera esgrimirse la famosa frase. Solo cuando la avalancha de estudios de calidad presentando pruebas del calentamiento global se hizo ya imposible de ocultar y negar, algunos de estos medios –no todos– terminaron rindiéndose a la evidencia (podríamos también decir que solo lo han hecho cuando el capitalismo y la economía de las grandes corporaciones han incorporado el cambio climático como fuente de negocio, pero sería otra historia).

Otras pseudociencias también se apoyan en este argumento, como es el caso de las pseudoterapias que sostienen intereses económicos. No hay web defensora de la homeopatía que no despliegue una lista de docenas de estudios científicos con los que pretenden avalar sus proclamas. Estas listas suelen estar confeccionadas al montón, sin otro propósito que servir a los ya adeptos o epatar y apabullar a los dubitativos. Pero cualquiera con un cierto conocimiento de la ciencia y sus mecanismos encuentra rápidamente que todo ese presunto aluvión es finalmente un leve chispeo: o los estudios realmente no defienden lo que pretenden quienes los han recopilado, o son de calidad muy deficiente, casos anecdóticos y sin controles. Y sobre todo, por cada uno de esos estudios que dicen encontrar efectos beneficiosos en la homeopatía, hay otros diez, cincuenta o cien que no los han encontrado, pero que no aparecen en la lista.

Respecto a esto último, tampoco hay que hacer cábalas sobre si son más o menos los que defienden una postura o la contraria. Aquí no existe aquello de un millón de manifestantes según los convocantes y un par de autobuses llenos según el gobierno. En la ciencia nada se deja al azar, y también existe un método perfectamente sistematizado para valorar ese “¿y qué dicen los demás estudios?”. Se conoce como metaanálisis, y se rige por un conjunto de reglas precisas.

Los metaanálisis o metaestudios son imprescindibles especialmente cuando se analizan efectos que tal vez sean pequeños, pero que podrían ser reales (es decir, poco potentes, pero que aparecen de forma consistente, estadísticamente significativa). Estas grandes revisiones recopilan todos los estudios existentes sobre una misma cuestión, los examinan uno a uno para evaluar su nivel de calidad, y aquellos que superan un umbral mínimo se someten conjuntamente a un tratamiento estadístico informatizado para disponer de un volumen de datos que preste mayor fiabilidad a las conclusiones, según unos parámetros definidos y aceptados por la comunidad.

Es aquí donde las pseudoterapias se caen del todo: con independencia de que los principios de la homeopatía vayan en contra de todo lo conocido por la ciencia, todos los metaanálisis han concluido que el único efecto observable es el placebo. Incluso si se dejaran de lado las objeciones teóricas, los resultados prácticos confirman que no hay resultados prácticos, y esto es lo que científicamente descarta su validez.

Homeopatía. Imagen de pxhere.

Homeopatía. Imagen de pxhere.

Pero estos casos tampoco se restringen a las pseudoterapias o a otras propuestas que deambulan más allá de los límites de la ciencia real; en muchas ocasiones, más de las que cabría esperar, también se encuentran dentro de lo que se considera ciencia legítima y formal. Uno de los campos en los que esto está ocurriendo hoy de forma más flagrante es el de la nutrición y la vida saludable en general.

Evidentemente, también este es un negocio millonario; no solo por la venta directa de productos, sino también por la industria profesional y mediática que engorda a costa de prestar consejos sobre costumbres, dietas y alimentos sanos. E incluso muchos grupos de investigación de instituciones absolutamente respetables han aprendido que fomentar la psicosis quimiófoba o buscar las siempre presuntas virtudes del último alimento de moda es mucho más rentable, en todos los sentidos, que investigar sobre el cáncer o el alzhéimer.

Esta diferencia entre los estudios aislados y los metaanálisis es la raíz de un fenómeno que a menudo desconcierta a los ciudadanos, y que a algunos les hace incluso desconfiar de la ciencia: cuando hoy resulta ser malo lo que antes era bueno, o viceversa. Ha ocurrido históricamente con el aceite de oliva y el pescado azul, y más recientemente con la ingesta de colesterol en los alimentos.

El problema en estos casos es que se divulgan como definitivos lo que solo son resultados preliminares, pobres o dudosos, muy a menudo basados únicamente en correlaciones de datos sin una causalidad demostrada. A medida que se acumulan más estudios, se profundiza en las relaciones causales, aumenta el volumen de datos y comienzan a aparecer metaanálisis, ocurre a veces que el balance refuta una creencia antes tenida por cierta.

En resumen, frente a cada nueva noticia sobre un estudio científico que ensalza las supuestas virtudes del chocolate o alerta sobre el presunto peligro mortal de tocar los recibos de la compra, la actitud correcta es el escepticismo; no tomarlo por principio como dogma ni tampoco como falacia, y mucho menos aún en función de que sus resultados gusten o no. Para valorar la relevancia de un estudio y saber distinguir el grano de la paja hay que formarse un espíritu crítico, y esto solo se consigue conociendo cómo funciona la ciencia. La verdadera educación científica no consiste en repetir hasta la saciedad que las vacunas funcionan y no causan daño alguno, sino en enseñar a comprender cuáles son los mecanismos que tiene la ciencia para llegar a saber que esto es así.

Pero en todo lo anterior hay un concepto clave que casi se da por sentado, y tampoco es obvio: ¿qué es un estudio científico? ¿Es todo aquel cuyo autor dice que lo es? Mañana veremos que no todo lo que se anuncia como estudio científico realmente lo es.