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La historia humana se complica: a cambiar los libros de texto

Los libros de texto de ciencias deberían imprimirse a lápiz, para que el profesor pudiera indicar a los alumnos qué deberían borrar y qué deberían escribir sobre lo borrado. No, es broma, pero no lo es tanto. Lo cierto es que el conocimiento científico avanza todos los días, a veces matizando o incluso rectificando ideas básicas, y sería de esperar que cada año se revisaran las ediciones de los libros de texto para incluir lo nuevo.

Esto justificaría que los hermanos no puedan heredar los libros y que deban comprarse nuevos cada año. Pero lamentablemente, no parece que sea el caso. Ya conté aquí que al menos un libro de texto de primaria de una de las principales editoriales, aunque imagino que ocurrirá lo mismo con otros, emplea una clasificación de los seres vivos en cinco reinos que está obsoleta desde hace décadas.

Otra de esas ideas básicas es: ¿desde hace cuánto tiempo existe nuestra especie? Cuando yo era estudiante, aprendíamos que el Homo sapiens surgió hace unos 100.000 años en África. Después, nuevos descubrimientos en Etiopía duplicaron la historia de los humanos modernos: 200.000 años. Y cuando ya nos habíamos acostumbrado a esta cifra, se nos cae de nuevo.

Esta semana, dos estudios publicados en Nature (uno y dos) describen nuevos huesos humanos y restos de industria lítica hallados en un enclave conocido desde los años 60, Jebel Irhoud, un afloramiento rocoso unos 100 kilómetros al oeste de Marrakech que antiguamente formaba una cueva. Los huesos incluyen parte de un cráneo con ciertos rasgos arcaicos, como la forma de la caja encefálica, pero cuyos rostro y dientes son inequívocamente Homo sapiens.

Reconstrucción del cráneo de Homo sapiens de 300.000 años de edad hallado en Jebel Irhoud (Marruecos). Imagen de Philipp Gunz / MPI EVA.

Reconstrucción del cráneo de Homo sapiens de 300.000 años de edad hallado en Jebel Irhoud (Marruecos). Imagen de Philipp Gunz / MPI EVA.

La clave de los resultados está en la datación de los restos. La nuevas tecnologías de fechado por métodos físicos avanzados están permitiendo datar muestras allí donde la cronología de los estratos del terreno no es una referencia fiable. Hace unas semanas conté aquí cómo estas técnicas han revelado que el Homo naledi, una especie hallada en Suráfrica, vivió hasta hace algo más de 200.000 años, y que este posible solapamiento histórico de una especie humana primitiva con los sapiens en África era hasta entonces algo totalmente inesperado.

Ahora parece confirmarse que los sapiens y los naledi coincidieron en África: según las técnicas de datación utilizadas por los investigadores, los restos de Jebel Irhoud tienen una antigüedad de unos 300.000 años. Esta es la nueva cifra que desde ahora deberemos citar sobre la edad de nuestra especie.

Pero sus implicaciones van mucho más allá: no solo tendremos que acostumbrarnos a la nueva idea de que nuestros ancestros sapiens compartían el continente africano al menos con otra especie humana más, si no con varias; además, los restos de Marruecos, los más antiguos de Homo sapiens conocidos ahora, están muy lejos de África Oriental, que se consideraba la cuna de la humanidad. ¿Qué hacían aquellos sapiens precoces tan lejos de su presunta cuna?

Obviamente, la respuesta es que la idea de la cuna, otro de los pilares clásicos de la paleoantropología, también se tambalea. Según escriben los investigadores, encabezados por el Instituto de Antropología Evolutiva Max Planck de Alemania y el Instituto Nacional de Ciencias de la Arqueología y el Patrimonio de Marruecos, los resultados “muestran que los procesos evolutivos detrás de la aparición del Homo sapiens implicaron a todo el continente africano”. “Estos datos sugieren un origen a mayor escala, potencialmente panafricano”, concluyen.

Y eso, si es que nuestro origen africano no acaba también cayéndose. Hoy está generalmente aceptado que el Homo sapiens surgió en África (a diferencia del neandertal, de origen europeo), y nadie podrá defender algo diferente con pruebas en la mano mientras no se hallen claros restos de nuestra especie anteriores a los 300.000 años de antigüedad fuera de aquel continente.

Pero otra cosa es que sus ancestros también fueran africanos. Hasta ahora se asumía que era así; al menos hasta que el mes pasado dos controvertidos estudios (uno y dos) afirmaran que el hominino más antiguo conocido hasta hoy (los homininos incluyen a los humanos y sus parientes antiguos más próximos que no eran simios) es una especie llamada Graecopithecus freybergi, de más de siete millones de años de antigüedad y hallada en un lugar tan inesperado como Grecia.

En resumen, y si añadimos otros estudios que he comentado recientemente aquí, como el que atribuye al hobbit de Flores un origen africano y el que ha empujado la edad de los primeros restos humanos en América desde los 24.000 años a los 130.000, este está siendo un año especialmente intenso para la paleoantropología, con descubrimientos que están resquebrajando algunos de los muros que hasta ahora sostenían el edificio de la evolución humana.

Hace tiempo, un eminente genetista evolutivo se me quejaba de la aparente tendencia que tenemos los periodistas de ciencia a caer en ese tópico de “esto obligará a reescribir…”. Pero qué le vamos a hacer: con cierta frecuencia, en ciencia hay que demoler lo resquebrajado para construir algo nuevo. Podemos llamarlo reconstruir, reconfigurar, reformular, o todos los res que a uno se le puedan ocurrir, pero en el fondo no dejan de ser lo mismo: reescribir. Y por eso, la ciencia hay que escribirla a lápiz.

Ciencia semanal: el “planeta corchopán” y el eslabón perdido de las ballenas

Repasamos algunas noticias científicas que ha dejado esta tercera semana de mayo.

Un planeta ligero como el corchopán

Incluso entre los científicos hay quienes tienen ojo para el marketing, y quienes no. Si este amplio equipo de investigadores de varios países, dirigido por la Universidad Lehigh (EEUU), se hubiese limitado a presentar su hallazgo como el tercer exoplaneta de menor densidad bien caracterizado hasta ahora, nadie les habría prestado atención.

Pero se les ocurrió publicitarlo comparando su densidad con la del poliexpán (más correctamente, poliestireno expandido; el corcho blanco de toda la vida, aunque personalmente me gusta más llamarlo corchopán en homenaje a los geniales Gomaespuma). Y ¡bang!: el estudio se ha comentado esta semana en todos los medios de ciencia, lo que me obliga a mencionarlo también aquí.

El planeta KELT-11b, a 320 años luz de nosotros, es un 40% mayor que Júpiter, pero pesa solo la quinta parte. Los científicos aún tratan de entender qué proceso lleva a algunos de estos gigantes gaseosos a inflarse como globos. La hipótesis de los autores del estudio es que se debe a la alta dosis de radiación que KELT-11b recibe de su estrella, a la que se encuentra muy próximo y que se está expandiendo al convertirse en una gigante roja.

Ilustración del exoplaneta KELT-11b. Imagen de Walter Robinson/Lehigh University.

Ilustración del exoplaneta KELT-11b. Imagen de Walter Robinson/Lehigh University.

La ballena que perdió las patas

Aunque todos los descubrimientos de fósiles revelan datos valiosos para entender qué pasaba en nuestro planeta cuando aún no estábamos aquí, son especialmente preciados los que nos presentan una foto de la evolución en acción; lo que popularmente se conoce como eslabones perdidos, aunque esta expresión no gusta a muchos paleontólogos.

Este es el caso de Mystacodon selenensis, la ballena de hace 36,4 millones de años descrita esta semana por investigadores de Bélgica, Francia, Italia y Perú, y que es ahora la especie más próxima al momento en que los cetáceos se dividieron en dos grupos que perduran hasta hoy: los que tienen dientes (odontocetos), como el cachalote o la orca, y los que filtran su alimento del agua mediante esos filamentos llamados precisamente ballenas (misticetos).

Los científicos estiman que hace 55 millones de años un grupo de mamíferos comenzó a adaptarse a la vida acuática. Unos 14 millones de años después, sus patas delanteras se habían transformado en aletas, mientras las traseras se iban atrofiando. Hace 38 o 39 millones de años comenzaron a diferenciarse dos grupos que 15 millones de años después se definieron como hoy los conocemos, odontocetos y misticetos. Ambos fueron perdiendo las patas traseras al mismo tiempo.

La nueva especie, descubierta en la costa de Perú, se convierte ahora en la más próxima a ese momento en que las dos ramas se separaron, acercándose un par de millones de años más que la especie más antigua conocida hasta ahora. Esta ballena, del tamaño de un delfín, aún tenía patas traseras residuales. También conservaba los dientes, pero según los científicos estaba especializada en alimentarse sorbiendo pequeñas presas del fondo marino, abriendo el camino hacia la alimentación por filtración que se impondría en los misticetos hace unos 23 millones de años.

Ilustración de 'Mystacodon selenensis'. Imagen de Alberto Gennari.

Ilustración de ‘Mystacodon selenensis’. Imagen de Alberto Gennari.

El continente blanco se vuelve verde

A estas alturas los signos del cambio climático ya no deberían ser una sorpresa para nadie, pero cada nuevo estudio es una oportunidad para transmitirnos una llamada de urgencia ante lo que está ocurriendo. En otros lugares del mundo un paisaje que verdea es una buena noticia, pero no en la Antártida, donde la proliferación de musgo observada por investigadores británicos es un hecho preocupante, consecuencia de la desaparición progresiva de los hielos. Y si a esto añadimos que otras regiones del planeta se están calentando a un ritmo mucho más rápido que la Antártida, el panorama es aún más alarmante.

Bancos de musgo en la Antártida. Imagen de Matt Amesbury.

Bancos de musgo en la Antártida. Imagen de Matt Amesbury.

El mordisco catastrófico del T-rex

Con la desaparición de los dinosaurios no aviares perdimos joyas de la naturaleza, pero el mundo sería un lugar mucho más complicado para nosotros si tuviéramos que compartirlo con el tiranosaurio rex. Un nuevo estudio de dos investigadores de EEUU pone cifras a lo incómodo que habría resultado el mordisco de un T-rex: el dinosaurio más mítico ejercía una presión con las mandíbulas de más de 3.600 kilos, más del doble que los cocodrilos, los actuales campeones del bocado. Esta presión transmitía a sus dientes una fuerza de casi 200.000 kilos por pulgada cuadrada. Con tales mordiscos el tiranosaurio era capaz de provocar en sus víctimas lo que los investigadores definen como una “catastrófica explosión de los huesos” para comerse la médula, como hoy hacen las hienas.

Imagen de Florida State University.

Imagen de Florida State University.

Ciencia semanal: los ‘Homo erectus’ podrían haber tocado el piano

Una ronda rápida de las noticias científicas más destacadas de esta semana que termina.

Pensando como humanos desde hace 1,8 millones de años

¿Desde cuándo los humanos somos humanos? Si pudiéramos de repente introducirnos en la mente de un individuo perteneciente a una especie ancestral de la familia humana, como un australopiteco o un Homo erectus, ¿a partir de cuál de ellos nos reconoceríamos a nosotros mismos como humanos, con nuestra autoconsciencia y nuestra capacidad de raciocinio?

Esta es una de las preguntas más interesantes de la paleoantropología, y también de las más difíciles de responder. Ni siquiera podemos precisar del todo cómo siente y piensa hoy uno de nuestros parientes vivos más próximos, como el bonobo o el chimpancé; ¿cómo hacerlo para una especie que desapareció hace miles de años?

Las nuevas tecnologías y la creatividad de los científicos hoy están logrando adentrarse en terrenos que antes parecían impenetrables. En muchos casos la clave de estos avances está en la interdisciplinariedad, la comunicación entre especialistas de ramas científicas muy diversas, tanto que hasta hace unos años no podría imaginarse para qué los conocimientos de uno podrían servir al otro. Por ejemplo, y como he contado aquí en alguna ocasión, hoy los arqueólogos ya no solo emplean libros y herramientas de campo, sino que aprovechan la capacidad de herramientas físicas avanzadas como los aceleradores de partículas para desentrañar secretos de sus hallazgos que serían inaccesibles por otros medios.

La investigadora de la Universidad de Indiana (EEUU) Shelby Putt es neuroarqueóloga, una especialidad que habría parecido absurda hace unos años, ya que ni el pensamiento ni su sustrato biológico, las neuronas, dejan huellas en el registro fósil. Pero Putt ha ideado un precioso experimento para tratar de entender cómo nuestros parientes ancestrales se parecían a nosotros en sus capacidades mentales.

La neuroarqueóloga de la Universidad de Indiana Shelby Putt. Imagen de U of Iowa.

La neuroarqueóloga de la Universidad de Indiana Shelby Putt. Imagen de U of Iowa.

Putt y sus colaboradores pusieron a un grupo de voluntarios a fabricar herramientas de piedra como lo hacían los antiguos homininos en dos etapas distintas de la evolución: según la industria olduvayense, que comenzó a utilizarse hace 2,6 millones de años, o la achelense, más avanzada, cuyos primeros restos se remontan a hace 1,8 millones de años con el Homo erectus, y que se han fabricado hasta hace unos 100.000 años. Mientras los voluntarios se dedicaban a esta artesanía prehistórica, se registraba su actividad cerebral mediante una técnica avanzada no invasiva llamada espectroscopía funcional de infrarrojo cercano.

Los resultados, publicados en Nature Human Behaviour, muestran que la fabricación de las herramientas olduvayenses, más primitivas, solo requiere la actividad de regiones cerebrales implicadas en la atención visual y el control motor. Por el contrario, las achelenses activan una parte del cerebro mucho mayor, incluyendo áreas de alto nivel intelectual implicadas en la planificación. “Sorprendentemente, estas partes del cerebro son las mismas implicadas en actividades modernas como tocar el piano”, dice Putt. El estudio concluye: “La fabricación de herramientas achelenses puede tener más vínculos evolutivos con interpretar a Mozart que con citar a Shakespeare”.

Los superbichos son anteriores a los dinosaurios

Las bacterias multirresistentes, inmunes a todos los antibióticos conocidos, son hoy una de las mayores preocupaciones de epidemiólogos y especialistas en salud pública. Conocidos coloquialmente como superbichos (superbugs en inglés), estos microbios suelen anidar en los hospitales y en numerosas ocasiones provocan la muerte de pacientes ingresados por otras causas. Algunos expertos llegan incluso a dibujar un futuro atemorizador, en el que nuestros antibióticos actuales serán del todo inservibles y regresaremos a la época en que no teníamos herramientas para combatir las infecciones bacterianas.

Un nuevo estudio dirigido por Michael Gilmore, de la Facultad de Medicina de Harvard (EEUU), y publicado en la revista Cell, ha rastreado los orígenes evolutivos de un tipo de superbichos, los enterococos. Los resultados son sorprendentes: el origen de estos seres se remonta a hace 450 millones de años, en una época anterior a los dinosaurios, cuando los primeros animales estaban saliendo del agua para colonizar el medio terrestre.

Imagen de Mark Witton.

Imagen de Mark Witton.

Según los investigadores, cuando aquellos animales comenzaron a abandonar el medio acuático, llevaron con ellos los ancestros de los enterococos, y aquel cambio de hábitat fue seleccionando los genes necesarios para hacerlos resistentes a la desecación, a la falta de nutrientes y a las sustancias antimicrobianas, en lo cual está el origen de su extraordinaria resistencia a todo tipo de agresiones del medio externo. Cuatrocientos cincuenta millones de años después, es evidente que su estrategia evolutiva ha sido todo un éxito para ellos, y una seria amenaza para nosotros.

Un médico pronosticó el ciberataque

El premio al profeta de la semana se lo lleva Krishna Chinthapalli, neurólogo del Hospital Nacional de Neurología y Neurocirugía de Londres. El pasado miércoles, Chinthapalli recordaba en la revista British Medical Journal un reciente ciberataque a un hospital de Los Ángeles en el que se utilizó un virus de ransomware, que obliga a los atacados a pagar un rescate para recuperar el control de sus sistemas informáticos. El neurólogo escribía: “Deberíamos estar preparados: casi con seguridad este año más hospitales sufrirán ataques de ransomware“. Solo dos días después, un ataque con el ransomware WannaCry secuestraba el sistema británico de salud pública, entre otras muchas instituciones de varios países.

La Nebulosa del Cangrejo, vista como nunca

Les dejo con esta nueva y espectacular imagen de la Nebulosa del Cangrejo, publicada esta semana. La nebulosa es el resto de la violenta explosión de una supernova que pudo verse en el cielo en el año 1054 de nuestra era. Esta nueva imagen se ha construido superponiendo capturas en todo el espectro de luz tomadas por cinco instrumentos astronómicos: ondas de radio en rojo por el VLA, infrarrojo en amarillo por el telescopio espacial Spitzer, luz visible en verde por el Hubble, ultravioleta en azul por el XMM-Newton y rayos X en morado por el Chandra.

Nueva imagen de la Nebulosa del Cangrejo. Imagen de NASA, ESA, G. Dubner (IAFE, CONICET-University of Buenos Aires) et al.; A. Loll et al.; T. Temim et al.; F. Seward et al.; VLA/NRAO/AUI/NSF; Chandra/CXC; Spitzer/JPL-Caltech; XMM-Newton/ESA; y Hubble/STScI.

Nueva imagen de la Nebulosa del Cangrejo. Imagen de NASA, ESA, G. Dubner (IAFE, CONICET-University of Buenos Aires) et al.; A. Loll et al.; T. Temim et al.; F. Seward et al.; VLA/NRAO/AUI/NSF; Chandra/CXC; Spitzer/JPL-Caltech; XMM-Newton/ESA; y Hubble/STScI.

Los humanos no estábamos solos en África

No hay muchas ocasiones en que uno pueda escribir: esto lo cambia todo. Tal vez “todo” suena demasiado grande, pero al menos podríamos decir que esto cambia algo muy esencial que ha permanecido inmutable desde el comienzo de la paleoantropología moderna: que nuestros antepasados Homo sapiens africanos estaban solos, y que no quedaba en el continente ningún otro pariente humano.

El protagonista de la historia es el Homo naledi, una nueva especie humana (más sobre esto ahora) descubierta en 2015 y que no encaja fácilmente en el cada vez más complicado rompecabezas de nuestra evolución y la de nuestros parientes más cercanos.

Cráneo casi completo de 'Homo naledi' hallado entre los nuevos restos. Imagen de Wits University/John Hawks.

Cráneo casi completo de ‘Homo naledi’ hallado entre los nuevos restos. Imagen de Wits University/John Hawks.

Abro una nota sobre el paréntesis anterior, que tal vez a alguien le resulte clarificadora. Posiblemente hayan oído a los paleoantropólogos hablar de “homininos”, y quizá se pregunten qué significa esto y por qué no dicen “homínidos”. Los descubrimientos de las últimas décadas han ido refinando el conocimiento de la genealogía humana, pero también han obligado a mover algunas piezas. Hoy se habla de homínidos para referirse al grupo que compartimos con los grandes simios; un gorila es también un homínido. Dentro de los homínidos, los homininos incluyen solo a nosotros y nuestros parientes después de la separación de la línea de los chimpancés; es decir, todos los Homo, australopitecos y otras pocas especies. Todos los homininos son homínidos, pero no todos los homínidos son homininos. En cuanto a qué definimos como “humano”, al no ser este un término científico, va un poco al gusto de cada cual. Hay quienes lo emplean solo para el Homo sapiens, mientras que otros lo amplían a todo el género Homo (erectus, habilis, neandertales…) y se refieren a los sapiens como “humanos modernos”.

Volvemos al tema. El Homo naledi se descubrió en el rincón más ignoto de una profunda cueva de Suráfrica, como en una de esas películas de miedo en las que el nuevo ser hallado resucita de pronto y resulta ser un alien, o un monstruo de la mitología de Lovecraft.

Esta es ya la primera rareza y el primer misterio del naledi: ¿qué diablos hacían aquellos tipos en aquel lugar? Las cuevas suelen ser fértiles yacimientos de fósiles humanos, ya que hemos buscado refugio en ellas casi desde que hemos tenido la capacidad de hacerlo. Pero suele tratarse de abrigos con fácil salida al exterior. Los científicos no tienen pruebas de que la zona de la cueva de Rising Star donde se han encontrado los naledis haya sido alguna vez más accesible que ahora. Y para que se hagan una idea de su difícil acceso, hay un paso de 18 centímetros de anchura por el que solo pudieron pasar seis investigadoras muy delgadas llamadas las “astronautas subterráneas”.

Esquema de la cueva de Rising Star, donde se han hallado los restos del 'Homo naledi'. Imagen de Marina Elliott/Wits University.

Esquema de la cueva de Rising Star, donde se han hallado los restos del ‘Homo naledi’. Imagen de Marina Elliott/Wits University.

No sabemos qué hacían los naledis allí, y probablemente nunca lo sepamos. Sus descubridores dudan de que los restos pudieran llegar azarosamente por una causa natural, como una riada. En su lugar, sugieren que eran huesos de naledis muertos que fueron depositados allí a propósito por algún motivo. Pero esta hipótesis no convence a todos, ya que supone otorgar a los naledis una intencionalidad ritual que no cuadra para seres tan primitivos: este comportamiento se supone restringido a especies más avanzadas, como humanos modernos y neandertales.

El primitivismo de los naledis es su segunda rareza: ¿cómo de primitivos son? ¿Cuándo vivieron? En yacimientos bien estudiados y catalogados, como Atapuerca, los científicos saben exactamente a qué edad corresponde cada resto en función de la capa de roca donde se ha encontrado; el corte del terreno es como una cinta de vídeo que ha grabado el paso del tiempo. En cambio, en la cámara donde se halló el naledi los restos estaban sobre el suelo o apenas enterrados bajo una fina capa, por lo que este método de datación no servía.

Así, inicialmente los investigadores solo podían guiarse por los rasgos del esqueleto, ateniéndose a cómo la anatomía ha ido evolucionando desde las especies más primitivas, como los australopitecos, hasta nosotros. Pero en esto el naledi también resultó ser un chico rebelde, ya que mezcla rasgos arcaicos con otros más modernos; probablemente era un bípedo que trepaba a los árboles. Basándose en este análisis, los científicos ofrecieron una datación tentativa de un par de millones de años.

Pero esta semana hemos conocido nuevos datos que no solo pulverizan la hipótesis previa, sino todo el panorama general de la evolución humana en África. Un amplio equipo internacional de investigadores, dirigido por los descubridores originales del naledi, han encontrado una segunda cámara en la cueva donde han hallado nuevos restos, incluyendo un esqueleto y un cráneo casi completos.

La primera consecuencia del hallazgo es que ya es altamente improbable explicar la presencia de los restos por un fenómeno casual: su presencia en una segunda cámara refuerza la teoría de que fueron llevados allí a propósito. Pero el verdadero bombazo viene de la datación de los restos, que los investigadores han llevado a cabo por seis métodos diferentes. La conclusión es que los naledis vivieron entre 335.000 y 236.000 años atrás, situándolos en una franja histórica en la que probablemente ya existían los primeros Homo sapiens africanos.

Hasta ahora se creía que, en la época de aparición de nuestra especie en África, el resto de parientes de nuestro linaje ya habían desaparecido, y por tanto los sapiens estaban solos en el continente. A juzgar por el nuevo estudio, publicado en la revista eLife junto con la descripción de los restos de la segunda cámara, esto se acabó. La importancia del hallazgo es equiparable al descubrimiento de los neandertales: del mismo modo que los europeos compartíamos continente con esta versión humana alternativa antes de su extinción, los sapiens africanos tuvieron sus propios neandertales, los naledis.

Pero el alcance de la datación de los naledis va aún mucho más allá, al tratarse de una especie de rasgos primitivos que no debería haber estado ahí hace poco más de 200.000 años, y al tratarse de un humano que probablemente estaba dotado con la capacidad intelectual necesaria para enterrar a sus muertos en lo más profundo de una cueva. Según ha declarado el director del trabajo, Lee Berger, de la Universidad de Witwatersrand (Suráfrica), “ya no podremos asumir que sabemos qué especie hizo qué herramientas, o ni siquiera asumir que fueron los humanos modernos los innovadores de algunos de estos críticos avances tecnológicos o conductuales en el registro arqueológico de África”. De hecho, en un análisis publicado junto con los nuevos estudios, Berger y sus colaboradores llegan a insinuar que los naledis tal vez pudieran fabricar herramientas achelenses, una industria primitiva tradicionalmente asociada al Homo erectus.

Y naturalmente, tampoco hay razón alguna para pensar que los naledis eran los únicos: “si hay otra especie que compartió el mundo con los humanos modernos en África, es muy probable que haya otras”, dice Berger. “Solo tenemos que encontrarlas”.

Los dinosaurios ya no son lo que eran

Si usted piensa en un tiranosaurio, es posible que le venga a la mente algo que no se diferencia demasiado de esta ilustración de 1925:

Cartel de la película 'The Lost World' (1925). Imagen de Wikipedia.

Cartel de la película ‘The Lost World’ (1925). Imagen de Wikipedia.

De acuerdo, irse hasta 1925 tal vez es como remontarse a la propia prehistoria. Pero ¿qué hay de, por ejemplo, 1977? Ya suena algo más cercano, ¿no? Por entonces, un tiranosaurio era esto:

Fotograma de la película 'El planeta de los dinosaurios' (1977). Imagen de Cineworld Pictures.

Fotograma de la película ‘El planeta de los dinosaurios’ (1977). Imagen de Cineworld Pictures.

Bien, es probable que el rigor científico no formara parte de las prioridades de los responsables de la película El planeta de los dinosaurios (1977), aunque la mayor parte del (bajo) presupuesto de aquella producción se gastó en los efectos especiales. Pero si el retrato de aquel tiranosaurio no es científicamente sólido, en cambio es indudable que calca la imagen popular clásica de aquellos monstruos del Mesozoico.

Gracias a la saga jurásica iniciada por Spielberg en 1993, seguramente la idea presente hoy en las mentes de muchos se parece más a esto:

Fotograma de la película 'Parque Jurásico' (1993). Imagen de Universal Pictures.

Fotograma de la película ‘Parque Jurásico’ (1993). Imagen de Universal Pictures.

Pero seguro que muy, muy pocos pensarán en un T-rex como… ¡esto!:

Reconstrucción actual (2016) de un T-rex. Imagen de Wikipedia.

Reconstrucción actual (2016) de un T-rex. Imagen de Wikipedia.

Bastante diferente, incluso de las últimas versiones del cine, ¿no? Y sin embargo, esta reconstrucción actualizada de 2016 es lo más cercano que hoy tenemos a lo que realmente debía de ser un tiranosaurio.

Lo cierto es que, de acuerdo a la paleontología actual, aquella especie de lagarto-cocodrilo erguido y más bien panzudo que siempre habíamos tenido en mente en realidad jamás existió; siempre ha sido un producto de nuestra imaginación. Y además de los cambios en la construcción corporal, la postura, los brazos y las plumas, hoy los científicos piensan que aquel amenazante morro rematado por un ribete de puntas de sierra es otro mito derribado: probablemente el T-rex tenía labios que le cubrían los dientes. Así que del lagarto-cocodrilo hemos pasado a esta especie de… ¿rata-ornitorrinco-liebre de la Patagonia?

Los estudios científicos del ayer son tan excitantes como los del mañana. Del mismo modo que la ciencia actual va abriendo brechas sorprendentes y casi insospechadas hacia lo que ha de venir, también va regresando hacia el conocimiento de lo que nunca llegamos a presenciar, y de lo que únicamente nos quedan dispersos retratos fragmentados. Hoy no solo es un gran momento para conocer el futuro, sino también el pasado.

Y es probable que aún mucho más de lo que hoy creemos conocer sobre la historia de nuestro planeta acabe quedando obsoleto. A medida que el pasado se nos revela nuevo y fresco, lo único verdaderamente fosilizado es el estereotipo en el que creíamos: aquel tiranosaurio del siglo pasado es el Tony Manero de la ciencia. Probablemente aquel T-rex clásico seguirá apareciendo en ilustraciones, juguetes, dibujos animados o cuentos para niños. Lo cual está bien, mientras tengamos presente que esa criatura es al tiranosaurio lo que Bob Esponja a las esponjas.

Ahora, otro más de los pilares fundamentales de la ciencia de los dinosaurios parece a punto de caer. Puede que para el ciudadano medio esto no resulte tan llamativo como lo del T-rex, y tampoco cambiará la manera en que veremos los dinosaurios retratados en el cine. Pero uno, por aquello de ganarse la vida con esto, siempre ha explicado a sus hijos que piensen en los dinosaurios como dos grandes equipos: ornitisquios y saurisquios.

Ambos se diferencian por la forma de la cadera: los ornitisquios tienen caderas de pájaro, mientras que los saurisquios las tienen como los lagartos. Los ornitisquios incluyen (no exclusivamente, pero para que los niños lo entiendan mejor) los dinosaurios tipo rinoceronte: triceratops, anquilosaurios, estegosaurios… Mientras que los saurisquios a su vez se dividen en dos grupos: los saurópodos, tipo diplodocus, y los terópodos, tipo tiranosaurio. Todo muy clarito, fácil de entender y recordar para los niños. Y así ha sido durante 130 años.

Hasta que ha llegado un equipo de investigadores de la Universidad de Cambridge y el Museo de Historia Natural de Londres para echárnoslo todo por tierra. En un estudio recién publicado en Nature, los científicos han emprendido un gran análisis comparativo de 450 rasgos anatómicos de 74 especies de dinosaurios, comprendiendo todos los grupos.

Y la conclusión revuelve las piezas de su sitio. Resulta que terópodos y ornitisquios comparten 21 rasgos anatómicos importantes, por lo que el tiranosaurio y el velocirraptor aparecen como parientes más próximos del triceratops y del estegosaurio que del diplodocus y el brontosaurio. Es decir, que los terópodos dicen adiós al equipo de los saurisquios y hola al de los ornitisquios para formar junto a ellos un nuevo grupo: los ornitoscélidos, una denominación inventada en el siglo XIX que cayó fuera de uso.

Claro que por el momento se trata solo de una propuesta; otros paleontólogos han elogiado el trabajo, pero han advertido que aún deberán obtenerse más confirmaciones independientes hasta que la hipótesis consiga una aceptación general.

Esta es la imagen del árbol evolutivo de los dinosaurios tal como se entendía hasta ahora, y la nueva versión propuesta por los autores del estudio:

Imagen de Dmitry Bogdanov, Torley, Durbed / CC.

Imagen de Dmitry Bogdanov, Torley, Durbed / CC.

Sin un “segundo génesis”, no hay alienígenas

Si les dice algo el nombre del lago Mono, en California, una de dos: o han estado por allí alguna vez, o recuerdan el día en que más cerca estuvimos del “segundo génesis”.

Les explico. A finales de noviembre de 2010, la NASA sacudió el ecosistema científico lanzando un teaser previo a una rueda de prensa en la que iba a “discutirse un hallazgo de astrobiología que impactará la búsqueda de pruebas de vida extraterrestre”. La conferencia, celebrada el 2 de diciembre, solo decepcionó a quienes esperaban la presentación de un alien, algo siempre extremadamente improbable y que el anuncio tampoco insinuaba, salvo para quien no sepa leer. Para los demás, lo revelado allí era un descubrimiento excepcional en la historia de la ciencia: una bacteria diferente a todos los demás organismos de la Tierra conocidos hasta ahora.

El lago Mono, en California. Imagen de Wikipedia.

El lago Mono, en California. Imagen de Wikipedia.

Coincidiendo con la rueda de prensa, los resultados se publicaron en la web de la revista Science bajo un título breve, simple y atrevido: “Una bacteria que puede crecer usando arsénico en lugar de fósforo”. La sinopsis de la trama decía que un equipo de investigadores, dirigidos por la geobióloga Felisa Wolfe-Simon, había encontrado en el lago Mono un microorganismo capaz de emplear arsénico como sustituto del fósforo en su ADN. Lo que para otros seres terrestres es un veneno (su posible papel como elemento traza aún se discute), para aquella bacteria era comida.

Toda la vida en este planeta, desde el virus que infecta a una bacteria hasta la ballena azul, se basa en la misma bioquímica. Uno de sus fundamentos es un material genético (ADN o ARN) formado por tres componentes: una base nitrogenada, un azúcar y un fosfato. Dado que este fue el esquema fundador de la biología terrestre, todos los seres vivos estamos sujetos a él. Encontrar un organismo que empleara un sistema diferente, por ejemplo arseniato en lugar de fosfato, supondría hallar una forma de vida que se originó de modo independiente a la genealogía de la que todos los demás procedemos.

Esto se conoce informalmente como un “segundo génesis”, un segundo evento de aparición de vida (que no tiene por qué ser el segundo cronológicamente). Sobre si la bacteria del lago Mono, llamada GFAJ-1, habría llegado a representar o no un segundo génesis, hay opiniones. Hay quienes piensan que no sería así, ya que la existencia de un ADN modificado habría representado más bien una adaptación extrema muy temprana dentro de una misma línea evolutiva.

Para otros, es irrelevante que el origen químico fuera uno solo: dado que la definición actual de cuándo la no-vida se transforma en vida se basa en la acción de la evolución biológica, existiría la posibilidad de que la diversificación del ADN se hubiera producido antes de este paso crucial, y por lo tanto la vida habría arrancado ya con dos líneas independientes y paralelas.

Pero mereciera o no la calificación de segundo génesis, finalmente el hallazgo se desinfló. Desde el primer momento, muchos científicos recibieron el anuncio con escepticismo por razones teóricas, como el hecho de que el ADN con arsénico en lugar de fósforo daría lugar a un compuesto demasiado inestable para la perpetuación genética (este es solo un caso más de por qué muchas de las llamadas bioquímicas alternativas con las que tanto ha jugado la ciencia ficción son en realidad pura fantasía que hace reír a los bioquímicos). La publicación del estudio confirmó las sospechas: los experimentos no demostraban realmente que el ADN contuviera arsénico. Y como después se demostró, no lo contenía.

La bacteria GFAJ-1 del lago Mono resultó ser simplemente una extremófila más, un bicho capaz de crecer en aguas muy salinas, alcalinas y ricas en arsénico. Tenía una tolerancia fuera de lo común a este elemento, pero no lo empaquetaba en su ADN; se limitaba a acumularlo, construyendo su material genético con el fósforo que reciclaba destruyendo otros componentes celulares en tiempos de escasez. Su única utilidad real fue conseguir el propósito expresado en su nombre, GFAJ, formado por las iniciales de Give Felisa A Job (“dadle un trabajo a Felisa”): aunque el estudio fuera refutado, le sirvió a Wolfe-Simon como trampolín para su carrera.

Bacterias GFAJ-1. Imagen de Wikipedia.

Bacterias GFAJ-1. Imagen de Wikipedia.

Por algún motivo que desconozco, el estudio nunca ha sido retractado, cuando debería haberlo sido. Me alegro de que a Wolfe-Simon le vaya bien, pero desde el principio el suyo fue un caso de ciencia contaminada: no descubrió el GFAJ-1 por casualidad, sino que estaba previamente convencida de la existencia de bacterias basadas en el arsénico, algo que ya había predicado antes en conferencias y que le hizo ganar cierta notoriedad. El siguiente paso era demostrar que tenía razón, fuera como fuese.

Hoy seguimos sin segundo génesis terrestre. Y su ausencia es una razón que a algunos nos aparta de esa idea tan común sobre la abundancia de la vida alienígena. Afirmar que el hecho de que estemos aquí implica que la vida debe de ser algo muy común en el universo es sencillamente una falacia, porque no lo implica en absoluto. Es solo pensamiento perezoso; una idea que cualquiera puede recitar si le ponen en la boca un micrófono de Antena 3 mientras se compra unos pantalones en Zara, pero que si se piensa detenidamente y sobre argumentos científicos, no tiene sustento racional.

Pensémoslo un momento: si creemos que la vida es omnipresente en el universo, esto equivale a suponer que dado un conjunto de condiciones adecuadas para algún tipo de vida, por diferentes que esas condiciones fueran de las nuestras y que esa vida fuera de la nuestra, esta aparecería con una cierta frecuencia apreciable.

Pero la Tierra es habitable desde hace miles de millones de años. Y sin embargo, esa aparición de la vida solo se ha producido una vez, que sepamos hasta ahora. Si suponemos que los procesos naturales han actuado del mismo modo en todo momento (esto se conoce como uniformismo), debería haber surgido vida en otras ocasiones; debería estar surgiendo vida nueva hoy. Y hasta donde sabemos, no es así. Hasta donde sabemos, solo ha ocurrido una vez en 4.500 millones de años.

¿Por qué? Bien, podemos pensar que el uniformismo no es una regla pura, dado que sí han existido procesos excepcionales, como episodios globales de vulcanismo o impactos de grandes asteroides que han cambiado drásticamente las reglas del juego de la vida. Esto se conoce como catastrofismo, y la situación real se acerca más a un uniformismo salpicado con algunas gotas esporádicas de catastrofismo.

Pero si aceptamos que el catastrofismo fue determinante en el comienzo de la vida en la Tierra, la conclusión continúa siendo la misma: si deben darse unas condiciones muy específicas e inusuales, una especie de tormenta bioquímica perfecta, entonces estamos también ante un fenómeno extremadamente raro, que en 4.500 millones de años no ha vuelto a repetirse. De una manera o de otra, llegamos a la conclusión de que la vida es algo muy improbable. Desde el punto de vista teórico, para que la idea popular tenga algún viso de ser otra cosa que seudociencia debería antes refutarse la hipótesis nula (una explicación sencilla aquí).

A lo anterior hay una salvedad, y es la posibilidad de que la “biosfera en la sombra” (un término ya acuñado en la biología) procedente de un segundo génesis fuera eliminada por selección natural debido a su mayor debilidad, o sea eliminada una y otra vez, por muchos génesis que se produzcan sin siquiera enterarnos.

Esta hipótesis no puede descartarse a la ligera, pero tampoco darse por sentada: si en su día la existencia de algo como la bacteria GFAJ-1 no resultaba descabellada, es porque la idea de una biosfera extremófila en la sombra es razonable; una segunda línea evolutiva surgida en un nicho ecológico muy marginal, como el lago Mono, tendría muchas papeletas para prosperar, quizá más que un invasor del primer génesis pasando por un trabajoso proceso de adaptación frente a un competidor especializado. Y sin embargo, hasta ahora el resultado de la búsqueda en los ambientes más extremos de la Tierra ha sido el mismo: nada. Solo parientes nuestros que comparten nuestro único antepasado común.

Si pasamos de la teoría a la práctica, es aún peor. Hasta hoy no tenemos absolutamente ni siquiera un indicio de que exista vida en otros lugares del universo. En la Tierra la vida es omnipresente, y no se esconde. Nos encontramos con pruebas de su presencia a cada paso. Incluso en el rincón más remoto del planeta hay testigos invisibles de su existencia, porque en el rincón más remoto del planeta uno puede encender un GPS o un Iridium y recibir una señal de radio por satélite. Si el universo bullera de vida, bulliría también de señales. Y sin embargo, si algo sabemos es que el cosmos parece un lugar extremadamente silencioso.

Como respuesta a lo anterior, algunos científicos han aportado la hipótesis de que la vida microbiana sea algo frecuente, pero que a lo largo de su evolución exista un cuello de botella complicado de superar en el que casi inevitablemente fracasa, impidiendo el progreso hacia formas de vida superiores; lo llaman el Gran Filtro. Otros investigadores sugieren que tal vez la Tierra haya llegado demasiado pronto a la fiesta, y que la inmensa mayoría de los planetas habitables todavía no existan. Pero también con estas dos hipótesis llegamos a la misma conclusión: que en este momento no hay nadie más ahí fuera.

Pero esto es ciencia, y eso significa que aquello que nos gustaría no necesariamente coincide con lo que es; y debemos atenernos a lo que es, no a lo que nos gustaría. Personalmente, I want to believe; me encantaría que existiera vida en otros lugares y quisiera vivir para verlo. Pero por el momento, aquello del “sí, claro, si nosotros estamos aquí, ¿por qué no va a haber otros?”, mientras alguien rebusca en los colgadores de Zara, no es ciencia, sino lo que en inglés llaman wishful thinking, o pensamiento ilusorio.

Claro que todo esto cambiaría si por fin algún día tuviéramos constancia de ese segundo génesis terrestre. Y aunque seguimos esperando, hay una novedad potencialmente interesante. Un nuevo estudio de la Universidad de Washington, el Instituto de Astrobiología de la NASA y otras instituciones, publicado en la revista PNAS, descubre que en la Tierra existió un episodio de oxigenación frustrado, previo al que después daría lugar a la aparición de la vida compleja.

Hoy sabemos que hace unos 2.300 millones de años la atmósfera terrestre comenzó a llenarse de oxígeno (esto se conoce como Gran Oxidación), gracias al trabajo lento y constante de las cianobacterias fotosintéticas. Los fósiles más antiguos de células eucariotas (la base de los organismos complejos) comienzan a encontrarse en abundancia a partir de unos 1.700 millones de años atrás, aunque aún se discute cuándo surgieron por primera vez. Pero si de algo no hay duda, es de que fue necesaria una oxigenación masiva de la atmósfera para que la carrera de la vida tomara fuerza y se consolidara.

Los investigadores han estudiado rocas de esquisto de entre 2.320 y 2.100 millones de años de edad, la época de la Gran Oxidación, en busca de la huella de la acción del oxígeno sobre los isótopos de selenio. La idea es que la oxidación del selenio actúa como testigo del nivel de oxígeno en la atmósfera presente en aquella época.

Lo que han descubierto es que la historia del oxígeno en la Tierra no fue un “nada, después algo, después mucho”, en palabras del coautor del estudio Roger Buick, sino que al principio hubo una Gran Oxidación frustrada: los niveles de oxígeno subieron para después bajar por motivos desconocidos, antes de volver a remontar para quedarse y permitir así el desarrollo de toda la vida que hoy conocemos.

Este fenómeno, llamado “oxygen overshoot“, ya había sido propuesto antes, pero el nuevo estudio ofrece una imagen clara de un episodio en la historia de la Tierra que fue clave para el desarrollo de la vida. Según Buick, “esta investigación muestra que había suficiente oxígeno en el entorno para permitir la evolución de células complejas, y para convertirse en algo ecológicamente importante, antes de lo que nos enseñan las pruebas fósiles”.

El interés del estudio reside en que crea un escenario propicio para que hubiera surgido una “segunda” biosfera (primera, en orden cronológico) de la que hoy no tenemos constancia, y que tal vez pudo quedar asfixiada para siempre cuando los niveles de oxígeno se desplomaron por causas desconocidas. Pero Buick deja claro: “esto no quiere decir que ocurriera, sino que pudo ocurrir”.

E incluso asumiendo que la propuesta de Buick fuera cierta, en el fondo tampoco estaríamos hablando de un segundo génesis, sino de un primer spin-off frustrado a partir de un único génesis anterior; las bacterias, los primeros habitantes de la Tierra, ya llevaban por aquí cientos de millones de años antes del oxygen overshoot. El estudio podría decirnos algo sobre la evolución de la vida, pero no sobre el origen de la vida a partir de la no-vida, la abiogénesis, ese gran problema pendiente que muchos dan por resuelto, aunque aún no tengamos la menor idea de cómo resolverlo.

Selección antinatural: el mosquito del metro y elefantes sin colmillos

Ay, los humanos… Si nos paramos a pensarlo, no tiene nada de raro que nos hayamos convertido en una fuerza directora de la evolución biológica en el planeta. No solo somos una especie depredadora dominante, o la especie depredadora dominante, sino que además modificamos profundamente nuestro entorno y por tanto su ecología, levantando o allanando barreras, transformando radicalmente los ecosistemas y prendiendo así un reguero de pólvora que acaba volando por los aires el orden natural. Como resumía una revisión publicada el pasado junio, “los humanos condicionan una evolución rápida a través de la relocalización, la domesticación, la caza y la creación de nuevos ecosistemas”.

Pero no, no. Tranquilos, unos, lo siento, otros, pero no voy a sumarme a la corte plañidera que denuncia lo nocivos que somos y que desea nuestra pronta extinción. Los humanos somos tan capaces de lo sublime como de lo terrible, y aún podemos hacer el esfuerzo, individual y colectivamente, de potenciar lo primero evitando lo segundo. Quienes denostan la influencia de los humanos en el planeta deberían preguntarse si estarían dispuestos a renunciar a todo lo que esa influencia les ha legado. Incluyendo, en primer lugar, la posibilidad de su propia existencia.

En cuanto a esas transformaciones del mundo, si a veces las miráramos con una cierta perspectiva, aprenderíamos a verlas no como las vemos hoy, sino como las verán nuestros tataranietos. Cuando se construyó la Torre Eiffel, a finales del XIX, hubo una corriente de académicos y artistas de primera fila que se opuso con fiereza, calificando la torre de inútil, monstruosa, ridícula, bárbara, odiosa… Incluso dicen que Maupassant comía todos los días en su restaurante porque era el único lugar de París desde el que no se veía la torre.

Pero centrándonos en la biología, esa relación entre depredador y presas ha venido actuando como fuerza motriz de la evolución desde el principio de los tiempos. Incluso tal vez desde el origen de nuestras células. Si la teoría de la endosimbiosis o simbiogénesis de Lynn Margulis es correcta (y hoy se piensa que lo es), la célula eucariota (la nuestra) apareció cuando dos células procariotas decidieron que les iría mejor si una vivía dentro de la otra, aportando energía y recibiendo protección. De aquel acuerdo biológico proceden nuestras mitocondrias, los generadores de la célula. Pero algunos biólogos evolutivos piensan que no hubo tal acuerdo, sino una depredación: o bien un procariota se tragó al otro, o el otro invadió al uno.

Por otra parte, la ausencia de depredadores no es precisamente lo mejor para el equilibrio, como demuestran infinidad de ejemplos históricos. Quizá el más citado en las clases de biología sea el de los conejos europeos introducidos en Australia en el siglo XVIII. La escasez de depredadores llevó a que a mediados del siglo XX el país estuviera invadido por 600 millones de conejos, por lo que se decidió liberar el virus mixoma para controlarlos… Hasta que los conejos se hicieron inmunes, lo que llevó a sembrar el calicivirus que les provoca una enfermedad hemorrágica fatal. Pero en un mundo ya globalizado, estas enfermedades acabaron extendiéndose a otros continentes, por lo que hubo que crear una vacuna para proteger a los conejos de granja. Vacuna que, por cierto, se desarrolló aquí, en el Centro de Investigación en Sanidad Animal (CISA) de Valdeolmos.

Y por cierto, los efectos de la ausencia de depredadores son bien conocidos en lugares como la Sierra de Madrid, donde vivo. Quienes sacan a su perro para un tranquilo paseo nocturno a menudo se ven envueltos en un encontronazo inesperado con una piara de jabalíes, bonitos pero muy destructivos y potencialmente peligrosos.

Sobre el poder del ser humano como director de la evolución biológica, hay un ejemplo también clásico en los textos de biología, el de la polilla del abedul Biston betularia. Estas mariposas que descansan en los abedules solían tener alas moteadas en gris, confundiéndose con la corteza de los árboles para evitar convertirse en comida de pájaros. Cuando nació la industria, los humos de las fábricas en Inglaterra comenzaron a oscurecer los abedules, y poco a poco las polillas de alas grises fueron reemplazadas por las variantes oscuras, que se camuflaban mejor en el nuevo aspecto de su entorno.

¿Sabían que el metro de Londres tiene su propia (sub)especie de mosquito? Durante la Segunda Guerra Mundial, cientos de miles de londinenses se refugiaron de los bombardeos alemanes en las estaciones subterráneas. Aquello llevó bajo tierra muchas de las plagas que dependen de los humanos para su subsistencia, incluyendo los mosquitos. Con el paso de las décadas y de cientos de generaciones, los mosquitos del metro, que no hibernan, fueron separándose de su especie original, Culex pipiens, hasta formar una especie (Culex molestus) o subespecie (Culex pipiens molestus) que no puede producir descendencia mixta con la original. Lo más extraño es que desde entonces se ha encontrado esta variante en otros túneles de metro del mundo, aunque su parentesco genético sugiere que se originó en Londres.

Ejemplar de Culex molestus, el mosquito del metro de Londres. Imagen de Wikipedia.

Ejemplar de Culex molestus, el mosquito del metro de Londres. Imagen de Wikipedia.

Mucho más alarmante es el caso de la presión selectiva que la caza furtiva está ejerciendo sobre los elefantes africanos. Un reportaje publicado esta semana en Nautilus llama la atención sobre el aumento de la proporción de elefantas sin colmillos. Este es un rasgo que aparece en una población minoritaria de hembras de forma natural, pero que podría estar aumentando. Ya en 2002, un censo en el Parque Nacional de Addo, en Suráfrica, revelaba que el 98% de las elefantas de la reserva carecían de colmillos.

En aquel caso, los autores del estudio sugerían que la presión selectiva no parecía justificar por sí sola el crecimiento de este rasgo, y que probablemente actuaba una deriva genética debida a un efecto cuello de botella en una población aislada y pequeña. Pero los expertos alertan de que, a falta de estudios fenotípicos y genotípicos más precisos, tiene todo el sentido que la presión de la caza esté favoreciendo la supervivencia y la reproducción de las hembras sin colmillos, que no tienen interés para los furtivos.

El pasado 29 de agosto, un grupo de trabajo presentó en el Congreso Geológico Internacional celebrado en Ciudad del Cabo (Suráfrica) la propuesta formal de una idea que lleva decenios circulando en la comunidad científica: declarar oficialmente concluido el Holoceno, el nombre que los libros de texto asignan al período geológico en el que actualmente vivimos, y adoptar la denominación de Antropoceno para la época que ha presenciado el ascenso del ser humano, con todo lo bueno y lo malo que ello conlleva.

Un nombre es mucho más que un nombre: el eslogan de la conservación no tiene discusión, pero a menudo provoca rechazo cuando se repite de forma machacona sin explicar los fundamentos en los que se asienta. Si desde pequeños aprendemos con datos y ejemplos concretos cuál es la influencia transformadora de nuestra actividad en este planeta, tal vez se comprenda mejor que tenemos entre manos un material muy sensible.

Greg Graffin (Bad Religion), el pensador biológico

Basta una búsqueda en las bases de datos para encontrar su nombre en los agradecimientos de un buen número de tesis doctorales. Las de todos aquellos que se han criado, o incluso han investigado, escuchando temas como We’re Only Gonna Die, Generator, American Jesus, 21st Century Digital Boy, o cualquier otro de los 16 álbumes grabados por Bad Religion en sus 37 años de historia (o de los dos publicados por él en solitario, en una línea más folk). Pero que también han encontrado inspiración científica, y un contraejemplo del falso mito del científico como un sucker melindroso, en el líder del grupo: les presento al doctor

Greg Graffin

Greg Graffin. Imagen de su Twitter.

Greg Graffin. Imagen de su Twitter.

A los más jóvenes quizá les cueste creer que bajo esa calva expansiva, ese pelo encanecido, esas gafas de pasta y ese look de profe de mates se esconda una leyenda del punk que aún sigue en activo. Quienes aún no lo conozcan están a punto de descubrir a un personaje sorprendente. Para otros no necesitará presentación. Pero advierto: a pesar de mi admiración por el tipo, su banda y su música, este comentario contiene una crítica que detallaré más abajo.

Por avatares familiares, Gregory Walter Graffin III cambió los puentes de Madison de su Wisconsin natal por la costa de California, donde la pólvora del punk prendía en el segundo lustro de los 70. Como muchos otros a los 15 años, Graffin se unió a sus amigos del instituto para fundar una banda. Y a la hora de elegir un nombre, si a los adolescentes les gusta molestar a los adultos, y si una de las señas del punk es la provocación… Punks adolescentes, provocación al cudrado: Bad Religion, y un símbolo consistente en una señal de prohibido sobre una cruz, el Crossbuster.

Bad Religion tocando en 2013 en Finlandia. Imagen de Wikipedia.

Bad Religion tocando en 2013 en Finlandia. Imagen de Wikipedia.

Pero aunque haya a quienes la iconografía de Bad Religion les enganche al grupo, y a quienes en cambio les repela, lo cierto es que nadie se mantiene casi cuatro décadas en la música escondiéndose tras un logotipo. Aunque la simbología les abriera la puerta en sus comienzos hacia una cierta notoriedad local, si Bad Religion ha perdurado hasta hoy es gracias al talento que Graffin y sus compañeros han desplegado en la música y en los breves manifiestos con fundamento que embuten entre verso y verso.

Símbolo de Bad Religion. Imagen de Wikipedia.

Símbolo de Bad Religion. Imagen de Wikipedia.

De hecho, la religión ha sostenido un papel protagonista en las dos vertientes de la carrera de Graffin, la musical y la académica. Pero en un sentido bastante más complejo y reflexivo que el que podría entenderse de una simbología adolescente de la que el grupo no reniega, pero que sí matiza: el Crossbuster es más un símbolo general anti-establishment que específico antiteísta o anticristiano, decía la banda en el DVD en vivo Along the Way.

Entiéndase: Graffin es ateo. Pero más que declararse como tal, suele describirse como naturalista. Es decir, una definición que no se basa en una fe negativa –la convicción de que Dios no existe–, sino en un positivismo positivo –la evidencia de que las leyes naturales bastan para explicar el mundo de cabo a rabo–. Graffin considera que la religión no libera a las personas, sino que las aprisiona con dogmas que restringen su pensamiento; pero que ellas mismas deben llegar a esta conclusión a través del conocimiento, un proceso en el que los científicos deben desempeñar un papel clave. De hecho, y que entienda quien quiera entender, en alguna ocasión Graffin ha incluido en esta misma categoría de dogmatismos perniciosos a, por ejemplo, los nacionalismos.

Es por esto que, cuando Graffin se enfrentó a la tarea de echarse a la espalda una tesis doctoral, dejó atrás la antropología y la geología que había estudiado durante su carrera en la Universidad de California en Los Ángeles para trasladarse a la de Cornell en Nueva York y ponerse bajo la supervisión del prestigioso biólogo evolutivo Will Provine. Para su tesis, Graffin elaboró una encuesta que envió a un par de centenares de biólogos evolutivos de todo el mundo para conocer sus opiniones sobre la relación entre ciencia y religión, y sobre las ópticas respectivas de ambas en campos como la moral, el libre albedrío o la percepción de la realidad.

Los resultados sorprendieron a Graffin. De los 149 que respondieron a la encuesta, la inmensa mayoría dijo no creer en Dios, pero también la mayoría contemplaba una compatibilidad entre ciencia y religión que para el cantante de Bad Religion suponía “deshonestidad intelectual”, ya que, decía, ambas ofrecen esquemas de explicación mutuamente excluyentes, sin posibilidad de un encuentro entre el naturalismo y el sobrenaturalismo. Y para Graffin, los biólogos evolutivos deberían liderar la transición intelectual entre ambos.

Pero lo mejor es que sea el propio Graffin quien resuma el contenido de su tesis, titulada Monism, Atheism, and the Naturalist World-view: Perspectives from Evolutionary Biology (Monismo, ateísmo y la visión naturalista del mundo: perspectivas desde la biología evolutiva), y leída finalmente en 2003 tras un lapso de varios años de dedicación a la música. Aquel mismo año el profesor de historia Preston Jones, de la Universidad John Brown, cristiano y seguidor de Bad Religion desde 1994, escribió un email a Graffin presentándose como un fan del “lado religioso”. Para sorpresa de Jones, Graffin le respondió. Y así fue como definía su trabajo de doctorado en aquel correo:

Se refiere a la intersección entre biología evolutiva y teología, y las varias formas de compatibilidad. He descubierto que los biólogos evolutivos rebajan la religión en un grado significativo para hacerla compatible con la ciencia. Piensan que están haciendo un servicio a las personas religiosas al suscribirse a una forma de compatibilidad –es decir, manteniendo que la religión y la biología evolutiva son compatibles. Según la mayoría de los biólogos evolutivos, no hay conflicto entre evolución y religión en una condición importante: ¡que la religión es esencialmente ateísta! Sé que suena a locura, pero este es el resultado de mi disertación.

Jones respondió a su vez, y así comenzó un largo e interesante intercambio de correos y puntos de vista que posteriormente el profesor recogería en 2006 en un libro titulado Is Belief in God Good, Bad or Irrelevant? A Professor and a Punk Rocker Discuss Science, Religion, Naturalism & Christianity (¿Es la creencia en Dios buena, mala o irrelevante? Un profesor y un rocker punk discuten sobre ciencia, religión, naturalismo y cristianismo). Una lectura recomendable (y fácil) para todos aquellos con inquietud filosófica sobre el mundo que nos rodea y sus explicaciones.

Bad Religion en 2007. Imagen de Wikipedia.

Bad Religion en 2007. Imagen de Wikipedia.

La religión se entrelaza con la vida de Graffin de formas tan curiosas que desconcertarán a algunos. Su actual mujer, Allison Kleinheinz Graffin, es católica. Su viejo compañero y amigo Brett Gurewitz, guitarrista de Bad Religion y creador del Crossbuster (además de fundador del sello Epitaph Records), se confiesa “deísta provisional”. En entrevistas recientes, Graffin ha dicho cosas como que “no tiene sentido denigrar a la gente que tiene esa visión del mundo de compatibilidad entre religión y evolución. Esta es la visión predominante de la mayoría de la gente cultivada del planeta, así que no hace ningún bien tratar de menospreciarlos”. O como que no pretende “demoler la religión, sino identificar sus defectos fatales”. Jones llegó a decir de él que es “una persona de fe” en una “búsqueda religiosa”.

Incluso, y para los fans más aficionados al bizarre, existe un disco navideño lanzado por Bad Religion en 2013, titulado Christmas Songs y que contiene magníficas versiones punk de ocho villancicos tradicionales anglosajones. Pero mientras que otros grupos punk han grabado clásicos navideños rehaciendo las letras a su gusto, no así Bad Religion. Y no me negarán que tiene su gracia escuchar la voz de Greg Graffin (que comenzó su carrera en un coro de iglesia) cantando versos como “gloria a Dios, gloria en las alturas, vayamos a adorar a Cristo el Señor”. Por cierto, la banda donó el 20% de los ingresos del disco a una organización de ayuda a las víctimas de abusos sexuales por sacerdotes.

Además de todo lo anterior, y de continuar manteniendo viva una de las bandas matriarcales del punk, actualmente Graffin imparte clases ocasionales en las Universidades de Cornell y de California en Los Ángeles. Ha reeditado su tesis y ha publicado un par de libros, Anarchy Evolution: Faith, Science, and Bad Religion in a World without God y Population Wars: A New Perspective on Competition and Coexistence. Sin embargo, parece tener una espina clavada; en una entrevista en Nature publicada en 2010, se quejaba de que su condición de músico famoso le perjudicaba a la hora de ganar el respeto de sus colegas científicos. “Se me critica más por mi ciencia por el hecho de que he tenido éxito en la música”, decía.

Pero, y por fin toca la crítica de la que advertía arriba, en esto el doctor Graffin se equivoca. Libros publicados, comentados y leídos; artículos en revistas como Scientific American; entrevistas en Nature; premios; un ave fósil del Cretácico nombrada en su honor (Qiliania graffini); clases no en una, sino en dos universidades de prestigio, pero a voluntad, sin la tiranía de la dedicación plena que él no necesita… Nada de esto existiría de no ser porque G. W. Graffin es Greg Graffin. Porque le falta algo, una palabra mágica en ciencia:

Publicaciones.

Una carrera científica se construye larga y trabajosamente sobre la base de las publicaciones científicas. Los libros y todo lo demás viene después.

'Qilania graffini', ave del Cretácico nombrada en honor de Greg Graffin. Imagen de Zoological Journal of the Linnean Society.

‘Qiliania graffini’, ave del Cretácico nombrada en honor de Greg Graffin. Imagen de Zoological Journal of the Linnean Society.

Tomemos como ejemplo al supervisor de la tesis de Graffin. Will Provine, fallecido en 2015, era una eminencia con una valiosa lista de publicaciones. Entre sus méritos figura haber inspirado la idea que dio lugar a un concepto manejado por la biología evolutiva actual, el de autoestopismo genético, o genetic draft: la idea de que ciertas variantes génicas prosperan en una población no porque confieran ninguna ventaja, sino porque están físicamente ligadas en su cromosoma a otros genes que sí son beneficiosos. En otras palabras, que la unidad mínima de selección no es el gen.

Por más que he buscado, solo he podido encontrar un único estudio publicado por Graffin en 1992 en la revista Journal of Vertebrate Paleontology, de su época universitaria como paleobiólogo de campo. ¿Cómo espera Graffin que la comunidad científica le valore, cuando la comunidad científica no ha tenido la oportunidad de evaluar formalmente su trabajo como biólogo teórico? Él mismo hacía notar que “los científicos académicos no están generalmente interesados en los libros para el público”. El canal de la ciencia es el sistema de revisión por pares de las revistas científicas. No es ni mucho menos perfecto. Pero parafraseando a Churchill, es el peor posible, exceptuando todos los demás.

Por muy Greg Graffin que sea uno, deberá enfrentarse a los muchos rechazos, frustraciones, correcciones, enmiendas y ocasionales alegrías finales del sistema de publicación científica. En la ciencia no hay atajos. En varias entrevistas, incluida una muy breve que tuve ocasión de hacerle yo mismo por email hace un par de años, Graffin ha equiparado ciencia y punk en que un nombre desconocido puede desafiar a la autoridad y desatar toda una revolución. Y es cierto, pero entre ambos mundos hay una diferencia esencial: en la música, un grupo de éxito puede publicar un mal disco. En la ciencia, ni un premio Nobel puede publicar un mal estudio (al menos en teoría). Pero Graffin es también famoso por su infatigable capacidad de trabajo. Así que esperemos seguir teniendo Doctor Graffin y Bad Religion por muchos años.

American Jesus from Bad Religion on Vimeo.

Lo siento, elefantes, tenéis que cambiar de nombre

No, no es que a partir de ahora vayamos a tener que llamarlos slon, como se nombran en varias lenguas eslavas, ni tembo o ndovu, como les dicen en swahili (por desgracia, mi swahili aún no llega para saber el motivo de la diferencia entre ambos nombres). Ni que tengamos que inventar una nueva palabra como megatrompero, por poner algo. La ciencia no se mete en el lenguaje común, sino solo en la denominación científica. Y aquí sí: si alguno de ustedes ha conocido al elefante africano de toda la vida como Loxodonta africana, vaya preparándose. Porque este nombre ya no sirve; hay que buscarle otro nuevo.

Recreación del 'Paleoloxodon antiquus'. Imagen de Wikipedia.

Recreación del ‘Paleoloxodon antiquus’. Imagen de Wikipedia.

Esta es la historia. Desde que se inventó la secuenciación de ADN, los taxónomos –los biólogos encargados de clasificar los seres vivos en categorías como órdenes, familias o géneros– pudieron comenzar a construir sus clasificaciones según criterios evolutivos. Hasta entonces, las especies se organizaban sobre todo según criterios morfológicos, de semejanza. Pero en ciertos casos hay rasgos que se parecen mucho en animales que realmente no tienen ningún parentesco cercano entre sí. Parece más lógico utilizar el grado de semejanza en sus secuencias de ADN, porque este criterio retrata mucho más fielmente cuán lejano o cercano es su antecesor común, y por tanto quiénes son hermanos, primos, parientes lejanos o muy, muy lejanos, como nosotros y las bacterias.

Claro que no todos los taxónomos se sumaron con entusiasmo al nuevo sistema. Un curioso ejemplo fue Vladimir Nabokov, más conocido como el autor de Lolita; pero como ya conté aquí, también un apasionado entomólogo especializado en mariposas. Con el advenimiento de las técnicas de ADN a comienzos de los años 70, Nabokov renegó de la posibilidad de utilizar este nuevo sistema para clasificar las mariposas, aferrándose a sus años de entrenamiento mirando genitales bajo el microscopio.

Pero la resistencia de Nabokov era inútil: el genoma de los seres vivos nos revela dónde encajan realmente en la complicada trama evolutiva de la naturaleza. El problema es que, a veces, llevando esta metodología al extremo podemos encontrar que llegamos a espinosos callejones sin salida. Un ejemplo curioso lo comentó hace unos años la bióloga evolutiva y escritora Carol Kaesuk Yoon, y es el caso de los peces.

La idea simplificada es esta: si una madre A tiene tres hijas B, C y D, y B y C llevan el apellido de A, no hay manera de justificar que D no lleve el mismo apellido. Aplicado a la taxonomía evolutiva, si de una línea se deriva un grupo, más tarde un segundo y después un tercero, y los dos primeros se clasifican en un taxón (categoría) con una denominación concreta, el tercero también debe integrarse ahí, dado que de hecho los representantes actuales del segundo y el tercero están hoy evolutivamente más próximos entre sí que los del primero y el segundo (la separación evolutiva de estas dos ramas es más antigua).

Esta idea es la que hoy clasifica como dinosaurios a las aves, y esto resulta muy aceptable. Pero cuando lo aplicamos a los peces, tenemos un problema. Si, como señalaba Kaesuk Yoon, la línea ancestral de los peces se ramificó para originar primero el linaje de los peces actuales (A), después el de los peces pulmonados (B), y por último el que después daría lugar a los mamíferos (C), resulta que B y C tienen que compartir una categoría taxonómica de la que A esté ausente. Pero la cosa es que A y B son peces. Lo que implica que nosotros también debemos serlo; o los peces pulmonados no son peces, o los humanos también somos peces. O nos cargamos los peces e inventamos otro nombre.

¿La solución? No teman, en este caso hay truco: en realidad, “peces” no es un taxón biológico, sino un nombre común. Y ya hemos dicho que la ciencia no entra en los nombres comunes. Pero recuérdenlo la próxima vez que hablen de ellos a la ligera como si nosotros no formáramos parte de su estirpe.

En cambio, el caso de los elefantes que traigo hoy sí es peliagudo. Esta semana se ha celebrado en Oxford el 7º Simposio Internacional de Arqueología Biomolecular. Y según informa Nature, en él se ha presentado el genoma del Paleoloxodon antiquus, un enorme elefante que vivió en Europa en el Pleistoceno y cuyos restos más recientes, de hace unos 70.000 años, se hallaron en Soria.

Hasta ahora, los elefantes vivos se clasificaban en tres especies. Conocemos el asiático (Elephas maximus) y el africano (Loxodonta africana). Pero en 2010 el análisis genético dejó claro que el elefante africano de bosque, que vive en las selvas del interior del continente y hasta entonces se tenía por una subespecie del de sabana (Loxodonta africana cyclotis), no era tal, sino que cumplía los criterios para clasificarse como una especie separada, Loxodonta cyclotis. Y por cierto, aprovecho la ocasión para recomendarles un magnífico libro sobre el elefante africano de bosque: Los silencios de África, de Peter Matthiessen.

Así, estaban dos primos cercanos, los africanos L. africana y L. cyclotis, y un pariente más lejano, el asiático E. maximus. Hasta que ha llegado el genoma del Paleoloxodon antiquus. Por el estudio de los fósiles (según los criterios morfológicos a los que se aferraba Nabokov), se suponía que esta era una rama más cercana al elefante asiático.

Nada de eso: el estudio genético revela que aquel monstruo de cuatro metros de altura estaba más estrechamente emparentado con el elefante africano de bosque que con ninguna otra especie actual. Incluso hoy, los cyclotis están genéticamente más próximos al elefante europeo del Pleistoceno que a sus parientes de la sabana.

Lo cual implica que el género Loxodonta, tal como hoy lo conocemos, ya no sirve. Ahora, los taxónomos tendrán que volver a la pizarra para asignar nuevos nombres. Y sí, para los que tengan hijos en la edad escolar adecuada para estudiar estas cosas, sepan que también habrá que cambiar los libros de texto. Es lo que tiene la ciencia, que avanza…

Cuando despertaron los mamíferos, ¿dónde estaban los dinosaurios?

Un divertido experimento mental aventura que, de no haber tenido lugar la extinción masiva de casi todos los grupos de dinosaurios hace 66 millones de años, el mundo habría continuado progresando con los reptiles como especies dominantes. Entre todos los dinosaurios, el paleontólogo canadiense Dale Russell eligió al troodón como ancestro de una línea que podía haber llevado al desarrollo de una especie inteligente, ya que este animal tenía una alta encefalización, dedos hábiles y visión binocular.

Recreación de un dinosauroide en el Museo de los Dinosaurios de Dorchester (Reino Unido). Imagen de Wikipedia.

Recreación de un dinosauroide en el Museo de los Dinosaurios de Dorchester (Reino Unido). Imagen de Wikipedia.

Así, hoy todos los humanos seríamos lo que ha venido en llamarse dinosauroides; o para entendernos, reptilianos. (Nota: pero no por ello seríamos menos humanos, ya que la etimología de humano no tiene nada que ver con los primates o los mamíferos en general; humano viene de humus, del suelo).

La hipótesis de Russell ha sido repetidamente criticada por antropocéntrica. Pero hay al menos otras dos objeciones. En primer lugar, asumir que era obligatoria la aparición de una especie suprema inteligente como culminación de la evolución es una línea de pensamiento biológicamente obsoleta.

Como ya expliqué aquí, esa necesidad de que en todo planeta habitado (si es que hay más) tenga que surgir lo que Carl Sagan llamaba “el equivalente funcional del ser humano” es lo que el científico planetario Charley Lineweaver ha denominado “la falacia del planeta de los simios”. Como argumentaba Lineweaver, ese experimento de evolución separada ya tuvo lugar aquí mismo, en la Tierra; y no surgieron humanos, sino canguros.

Además hay otro problema. Y es que no está nada claro que la evolución de los mamíferos necesitara realmente de la extinción de los dinosaurios. Tradicionalmente se asumía que así era: hasta el día D de hace 66 millones de años, cuando cayó aquel asteroide en Yucatán, los dinosaurios vivían pletóricos y felices a sus cosas, pero aquella roca lo cambió todo. Los mamíferos, hasta entonces unos seres pequeños, inmundos y rastreros que se escondían bajo el suelo, se encontraron de repente con todo un mundo virgen por conquistar.

Si embargo, no parece que fuera así. Como ya conté hace unos días, los dinosaurios sufrían una lenta decadencia desde millones de años antes del impacto. Las especies se destruían más deprisa de lo que aparecían otras nuevas, lo que es signo del declive de un taxón o grupo biológico. Si es que realmente fue el asteroide el que les dio el golpe de gracia, lo cierto es que su destino ya era incierto por entonces.

Pero es que la idea de los mamíferos acechando en las sombras a la espera de su momento de gloria tal vez sea errónea. En años recientes, el descubrimiento de nuevos fósiles de mamíferos del Mesozoico (la era de los dinosaurios) ha revelado que por entonces ya se estaban sentando las bases de lo que sería la posterior explosión biológica de este grupo. Mucho antes de la extinción de los dinosaurios, los mamíferos se estaban diversificando en grupos que colonizaban hábitats numerosos, y estaban adquiriendo especializaciones anatómicas muy variadas. Y lo cierto es que habían tenido tiempo de sobra para ello: los terápsidos, el grupo de reptiles que dio origen a los mamíferos, se remonta a hace más de 270 millones de años.

Un solenodonte de La Española. Imagen de Wikipedia.

Un solenodonte de La Española. Imagen de Wikipedia.

Algunas de aquellas especies de mamíferos han podido perdurar casi intactas hasta hoy. El pasado abril se publicó la secuencia del genoma mitocondrial (el que se transmite solo por línea materna) del solenodón, solenodonte o almiquí, un pequeño mamífero venenoso único en su familia que vive en las islas de Cuba y La Española (República Dominicana y Haití). La datación genética muestra que ya existía hace 78 millones de años, compartiendo este planeta con los dinosaurios, y que fue uno de los supervivientes al gran cataclismo.

Es más: la extinción K-Pg, la que puso fin al reinado de los dinosaurios, no fue menos letal para los mamíferos. Una revisión del registro fósil publicada en junio de este año descubre que el asteroide acabó con el 93% de las especies de mamíferos presentes entonces. Simplemente, los pocos supervivientes supieron adaptarse mejor que otros grupos a las nuevas condiciones, lo que explica su rápido e intenso rebote: solo 300.000 años después del asteroide, ya duplicaban la diversidad que tenían antes de la extinción.

En resumen, y por muy atractiva que nos resulte la hipótesis del dinosauroide, la realidad es que no sabemos cuáles habrían sido los caminos de la evolución si aquella roca hubiera pasado de largo. Pero a medida que el conocimiento aumenta y las herramientas informáticas progresan, cada vez es posible elaborar simulaciones evolutivas más complejas. Tal vez algún día tengamos una respuesta, aunque sea teórica.

Claro que todo lo anterior es, como ya he explicado, provisional. De hecho, otro estudio reciente publicado en la revista Systematic Biology ha reanalizado datos de secuencias de ADN de distintos grupos de mamíferos calibrándolos con el registro fósil para establecer su antigüedad, llegando a la conclusión de que la diversificación comenzó con el fin de los dinosaurios, y no antes. Pero el autor del estudio, Matthew Phillips, de la Universidad de Tecnología de Queensland (Australia), eligió un grupo concreto de fósiles para la calibración, así que otros deberán confirmar el resultado, o tal vez rebatirlo. Nadie dijo que fuera fácil saber lo que ocurrió cuando no estábamos allí para verlo.