Entradas etiquetadas como ‘Organización Mundial de la Salud’

¿Que el café muy caliente provoca cáncer? ¿Y el consomé?

¿Qué es un café muy caliente? ¿Qué es caliente? ¿Templado? ¿Es lo mismo si se pregunta a dos personas distintas? ¿Cómo sabe la gente a qué temperatura bebe el café? ¿Qué bares sirven el café con termómetro? ¿Cómo sabe la Organización Mundial de la Salud a qué temperatura bebe la gente el café o el mate? ¿Y por qué no se dice nada del té, la tila o el chocolate? ¿Y qué hay de la sopa, el consomé o la caldereta de marisco? ¿Tienen más riesgo de cáncer quienes toman los garbanzos del cocido con caldo que quienes los prefieren secos? ¿O al contrario, lo tienen peor los segundos, porque toman la sopa por separado y por tanto tragan el caldo más caliente que quienes mastican los garbanzos? ¿Y aquellos que prefieren la comida en general más caliente?

Imagen de pexels.com (dominio público).

Imagen de pexels.com (dominio público).

Si usted se ha hecho preguntas de esta índole a propósito de la noticia divulgada esta semana por todos los medios, según la cual la Organización Mundial de la Salud (OMS) dice que el café y el mate caliente pueden aumentar el riesgo de cáncer, no por el café o el mate, sino por su temperatura… Enhorabuena: no se preocupe, no es usted más duro de mollera que la media; todo lo contrario, ha demostrado una postura crítica inusual y un juicio muy saludable, además de haber hecho, aunque sea mentalmente, el trabajo que muchos medios de comunicación deberían haber hecho y no han hecho.

Con ocasión de la anterior aparición en los medios de la Agencia Internacional de Investigación sobre el Cáncer (IARC) de la OMS, a propósito de las salchichas y la carne roja (y de la que ya hablé aquí y aquí), ya les alerté en esta sintonía de que este año el mismo organismo tenía en su agenda una reunión para valorar el riesgo cancerígeno del café, el mate y otras bebidas calientes. Y que de ella saldría algún otro titular jugoso, como así ha sido.

Vaya por delante que mi postura respecto a la OMS trata de ser ecuánime, a veces incluso en contra de la corriente: la he defendido cuando pocos lo hacían (gripe A, ébola…), pero también la he vapuleado cuando he considerado que lo merecían (zika, salchichas…). En cuanto a los expertos de la IARC, merecen todo el respeto y hacen muy bien aquello para lo cual han sido designados: mirar del derecho y del revés un batiburrillo de estudios, muchos de ellos dudosos o inconcluyentes, con la obligación de emitir un veredicto de culpabilidad o inocencia que a menudo no puede extraerse de los datos ni metiéndolos en una prensa de las del aceite de oliva virgen extra.

Tanto en esta ocasión como en anteriores, mis críticas no han sido hacia la IARC, sino a la política de comunicación de la OMS y al tratamiento de ciertos medios, a veces acrítico, a veces rayando en el sensacionalismo. Aunque, si piensan que es petulante por mi parte poner en duda este u otros veredictos (están en su derecho), hay algo que sí debo aclarar: el comité de la IARC no es el claustro de profesores de Hogwarts. Aquí no hay magia, sino una simple evaluación de una serie de estudios que están perfectamente disponibles e identificados, y que cualquier persona con la formación necesaria puede valorar.

Pero si les interesa mi valoración de todo este asunto del café y el mate templados, calientes o muy calientes, la resumo gráficamente: ¯\_(ツ)_/¯

Por no extenderme, no voy a entrar en el hecho de que en 1991 el café fuera “posiblemente cancerígeno” y el mate “probablemente cancerígeno” y que, con el cambio de siglo, ambos hayan dejado de serlo. Creo que el propio hecho habla por sí mismo. Me remito a lo ya explicado sobre la carne y el cáncer. O mejor, a mi reciente artículo sobre el monólogo del humorista John Oliver, que lo explica con mucha más gracia. Y para añadir algo más de alpiste mental sobre lo que causa o previene el cáncer, les dejo este gráfico.

¿Todo causa y previene el cáncer? Imagen de Schoenfeld y Ioannidis, American Journal of Clinical Nutrition.

¿Todo causa y previene el cáncer? Imagen de Schoenfeld y Ioannidis, American Journal of Clinical Nutrition.

Pero el asunto de la temperatura sí merece un comentario. Respondiendo a sus dudas, les voy a contar de dónde se saca la IARC que “tomar bebidas muy calientes a más de 65 ºC ha sido clasificado como probablemente carcinogénico para humanos”, como dice el artículo en la revista The Lancet Oncology que resume las conclusiones de la IARC (la monografía completa, que hará el número 116, aún no está disponible, pero sí las referencias a los estudios valorados por los expertos).

En primer lugar, hay estudios epidemiológicos, de esos que he tratado aquí con profusión (la última vez, a propósito del monólogo de Oliver), que tratan de encontrar una correlación sin demostrar ninguna causalidad, y de los que uno puede extraer casi siempre una o otra conclusión estadísticamente significativa, sin importar que el efecto sea minúsculo e irrelevante. Como ilustración de esto sirve también el gráfico que he mostrado más arriba, y de lo cual sale una idea extendida en la calle: todo produce y previene el cáncer… al mismo tiempo.

Vayamos a los estudios citados por los expertos del IARC y que relacionan bebida muy caliente con cáncer de esófago. ¿De cuántos estudios estamos hablando? ¿Decenas? Nada de eso. Hacen un total de… tres. El primero de ellos, del año 2000, es un estudio catalán que compendiaba un total de 830 casos y 1.779 controles en Suramérica; cifras demasiado diminutas para sostener por sí solas una conclusión epidemiológica cuando se trata de cáncer. Más aún cuando su primera conclusión, que el consumo de mate –sin importar la temperatura– se correlaciona con el riesgo de cáncer, es precisamente la que ha sido ahora negada por la IARC. Más aún, sobre todo, cuando el riesgo asociado a la temperatura aparece para el mate, el té y el café con leche, pero no para el café solo (resultados como este suelen ser los que a uno le alertan de que algo no está funcionando del todo bien).

El segundo estudio, de 2013 y también con la participación de los investigadores catalanes en un equipo más amplio, es muy similar, pero centrado exclusivamente en el mate. También en este caso, con 1.400 casos y 3.229 controles, los investigadores encuentran una correlación entre consumo de mate y cáncer, que se refuerza cuando la bebida se consume más caliente. Pero una vez más, la conclusión fundamental es la que no ha convencido a la IARC; basándose en tan escasos datos y tan poco concluyentes, la agencia de la OMS dicta que “las pruebas de la carcinogenicidad del consumo de mate no muy caliente son inadecuadas”. En cuanto al efecto de la temperatura, se considera que las pruebas son “limitadas”. Pero insisto, si desaparece la sinergia o efecto multiplicador, como lo denominan los investigadores, entre factor 1 (mate) y factor 2 (temperatura), porque la conclusión sobre el factor 1 no es convincente, se acabó la sinergia; por tanto, se cae la lógica del resto de las conclusiones.

El tercer estudio es un caso aparte. Al parecer en la provincia de Golestán, al norte de Irán, existe una tasa especialmente elevada de cáncer de esófago. Así que un grupo de investigadores de la Universidad de Teherán decidió evaluar la posible influencia del té, que al parecer allí se toma a temperatura volcánica. Hay que reconocerles el esfuerzo de un estudio amplio y riguroso. El número de casos es pequeño, 300 y 571 controles, pero en este caso el universo de la muestra tampoco es muy amplio. Además, reclutaron a una cohorte de más de 48.000 voluntarios sanos para estudiar los patrones de consumo de té. De todo ello acababan concluyendo que la alta temperatura del té se asocia con un mayor riesgo de cáncer.

Pero claro, las respuestas no tardaron en llegar, en forma de cartas a la misma revista, British Medical Journal. Y sus títulos hablan por sí solos: “Té y cáncer. ¿Y qué hay de la masticación de opio?“. O “Té y cáncer. ¿Por qué el norte de Irán?” (evidentemente, el Golestán no es la única región del mundo donde se toman bebidas muy calientes). Yo añadiría: Té y cáncer. ¿Qué hay de los genes? Lo de Golestán huele a algún factor genético; algo me dice que el aporte de genes frescos en una remota provincia del norte de Irán debe de ser más bien escaso.

Por último, nos queda hablar de los estudios experimentales, los de laboratorio, los que realmente demuestran una relación directa de causa y efecto, y sin los cuales todo lo demás no deja de ser una apuesta más o menos cabal. La IARC cita solo dos estudios, el segundo muy reciente, publicado en abril de 2016. Y veamos qué es lo que dice: investigadores brasileños alimentaron a unos ratones con agua a 70 ºC y nitrosaminas, compuestos con reconocida actividad cancerígena. La conclusión fue que el agua caliente potencia el efecto cancerígeno de las nitrosaminas. Muy bien. ¿Y el agua caliente sola? En este caso… no, no había cáncer. Lo único que ocurría, en palabras de los investigadores, era que el agua caliente “inducía inicialmente una necrosis esofágica que cicatrizaba y se hacía resistente a la necrosis después de sucesivas administraciones”.

Creo que ya está todo dicho. Juzguen ustedes.

Por qué he firmado la carta a la OMS sobre el zika y los Juegos Olímpicos

He viajado a Brasil solo una vez, hace ya muchos años, en el siglo pasado. Por entonces, en la terminal de llegadas del aeropuerto de Río había un curioso sistema que ignoro si seguirá existiendo. Tras el control de pasaportes y la recogida de maletas, uno debía ponerse en cola para apretar un botón que encendía un indicador luminoso. Si salía luz verde, uno pasaba sin problemas. Pero si te tocaba luz roja, los amables agentes de aduanas te sacaban de la fila y te destripaban hasta el último dobladillo del equipaje con apasionado ensañamiento. No tengo la menor idea de si el sistema era simplemente aleatorio o si había alguien moviendo los hilos al otro lado de una cámara y eligiendo rojo o verde en función del aspecto del viajero, esa eterna discriminación silenciosa e impune.

Modelo del virus del Zika. Imagen de Manuel Almagro Rivas / Wikipedia.

Modelo del virus del Zika. Imagen de Manuel Almagro Rivas / Wikipedia.

Curiosamente (tratándose de Brasil), algo parecido ocurre con el virus del Zika. De todos aquellos que lo contraen, algunos reciben luz verde y pasan la infección sin siquiera enterarse. En cambio a otros les toca una terrible luz roja con funestas secuelas para toda la vida. Y dos son los problemas. Primero, que aún no sabemos si hay algún patrón oculto que dirige la luz que recibe cada uno (es probable, pero es una incógnita). Y segundo, que los expertos aún ni siquiera están seguros de si han llegado a comprender todo el alcance y las consecuencias de lo que significa una luz roja.

Es la primera vez en toda la historia de la ciencia que ocurre algo parecido. En otro tiempo, las enfermedades simplemente se revelaban cuando se padecían. En épocas más recientes se lograba identificar los agentes infecciosos, y tanto médicos como científicos sabían a qué cuadro diagnóstico atenerse y cuáles eran los riesgos para el paciente. Por ejemplo, el ébola es devastador, pero no engaña; siempre es muy claro en sus intenciones. Sus signos y síntomas son comunes y son evidentes, más allá de la efectividad de los tratamientos y de que en la vida o la muerte del paciente siempre haya un cierto margen reservado a la resistencia individual.

Algo parecido ha sucedido últimamente con el brote de enterovirus en Cataluña: algunos niños solo han sufrido síntomas leves, mientras que para otros el virus ha sido letal o enormemente dañino. Es posible que, si antes no han surgido situaciones semejantes de evolución tan diferenciada, ha sido más bien porque las infecciones no se detectaban en los casos benignos o porque en muchas ocasiones las visitas a Urgencias continúan resolviéndose sin diagnóstico concreto (“ha dicho el médico que es un virus”) y sin consecuencias graves.

La confusión provocada por las primeras informaciones sobre el zika fue además amplificada por esos agentes tóxicos que nunca faltan en estos casos, conspiranoicos y otros elementos que aprovecharon la ocasión para atribuir la microcefalia a las causas de sus propias obsesiones. Ahora ya sabemos que el zika puede causar microcefalia, puede causar síndrome de Guillain-Barré y puede causar potencialmente otras anomalías neurológicas. Pero aún no sabemos por qué a veces puede y otras no. Y si un contagio grave es algo temible, la incertidumbre de una lotería es casi peor, sobre todo porque hay muchos vectores ocultos.

El problema con los Juegos Olímpicos de Río es que las opiniones al respecto pueden estar sesgadas. En otras ocasiones he defendido aquí la necesidad de un margen de crédito para la Organización Mundial de la Salud (OMS), dado que solo puede jugar con modelos y probabilidades que llevan implícita la posibilidad de equivocarse. Los economistas también juegan en este terreno, y nadie pide su defenestración cuando fallan una y otra vez en sus previsiones. Pero es cierto que a la OMS se le acaban los comodines. Y cuando defiende la celebración de un evento en el que tiene intereses, como es el caso de los Juegos, se acabó el margen y se acabó el crédito.

Parece curioso que el asunto sobre la conveniencia o no de celebrar los Juegos de Río según lo previsto haya trascendido más aquí a raíz del artículo publicado por Pau Gasol en El País. Está claro que esto es España, y aquí no tiene nada de raro que un deportista consiga más eco que cien científicos. Pero en este caso es de agradecer: Gasol no solo parece un tipo con cabeza, sino que esa cabeza la dedicó en tiempos a estudiar parte de la carrera de medicina. Para variar, esta vez tenemos la opinión de una figura con tirón público que sabe de lo que habla.

Pero es que, además, toda opinión merece más crédito cuando es contraria al sesgo esperado. De un deportista se esperaría que se aferrara a la opción de celebrar los Juegos, incluso en un caso como Gasol, que (según creo) ya lo ha conseguido casi todo en su carrera. El hecho de que un deportista olímpico con formación médica cuestione la conveniencia de acudir a los Juegos debería zanjar cualquier duda.

Personalmente el deporte no me interesa, así que la celebración de los Juegos, su aplazamiento, su reubicación o su cancelación son opciones que en circunstancias normales me resultan indiferentes. Por supuesto que respeto el trabajo de quienes se esfuerzan durante años con vistas a ese momento crucial de éxito o fracaso. Pero sin discursos de anuncio de Cola-Cao: para mí vale lo mismo que el de cualquier otro humano que batalla cada día en total anonimato y sin reconocimientos, medallas ni himnos. Tampoco respaldo la crítica principal a los Juegos, el lucrativo negocio del deporte. Que yo sepa, es legal; unos tipos venden, y otros compran voluntariamente.

Con esto quiero decir que mi postura no es ni a favor ni en contra de los Juegos, sino a favor del sentido común y en contra de una celebración multitudinaria en la zona cero de una enfermedad infecciosa imprevisible y semidesconocida, que miles de personas podrían llevarse para sembrarla en sus países, algunos de ellos campos muy fértiles para la reproducción de los mosquitos responsables de diseminarla. Y esto sin contar con la vía sexual de transmisión, que no discrimina entre países. Por supuesto que siempre hablamos de modelos y probabilidades que pueden fallar. Pero ¿y si no? ¿Servirá de algo saber a quién hay que culpar?

Por todo esto he roto mi norma habitual de no firmar nada de lo que yo mismo no sea autor (exceptuando quizá el contrato de la hipoteca, que personalmente habría redactado en otros términos). Soy uno de los firmantes (a título exclusivamente personal) de la carta abierta titulada “Rio Olympics Later”, dirigida a Margaret Chan, directora general de la OMS, para que recomiende el aplazamiento o la reubicación de los Juegos Olímpicos. Esta es una ocasión propicia ideal para aplicar el famoso principio de precaución, y que por una vez no tengamos que arrepentirnos de un error histórico.