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El científico que sobrevivió al Titanic y escribió el primer testimonio

Anoche se cumplió un nuevo aniversario del desastre que por algún motivo continúa excitando hoy un morbo tan potente como el primer día. Es lógico que entonces, cuando aún no existía acceso global e inmediato a la información en cualquier parte del mundo, causara un enorme horror una tragedia en tiempos de paz que se llevó de un plumazo la vida de más de 1.500 personas.

Pero incluso más de un siglo después, con dos guerras mundiales a nuestras espaldas y otras locales incontables, y cuando todos los días los telediarios nos presentan un amplio desfile de cifras de víctimas de todo tipo, la fascinación por el hundimiento del Titanic sigue tan viva como siempre, sobre todo después de que en 1997 James Cameron convirtiera el episodio en una de las superproducciones más exitosas de la historia del cine.

El hundimiento del 'Titanic'. Dibujo de Willy Stöwer / Wikipedia.

El hundimiento del ‘Titanic’. Dibujo de Willy Stöwer / Wikipedia.

Como soy un tipo curioso, un devorador de conocimientos y de historias, me ha dado por preguntarme: ¿había científicos a bordo del Titanic? Sabemos, en parte gracias a Cameron, que aquel buque era un microcosmos representativo de la sociedad de entonces donde viajaban desde magnates a obreros, compartiendo el mismo casco pero sin jamás mezclarse. Parecería lógico que entre sus pasajeros hubiese también al menos algún investigador científico, pero esto es algo que no suele encontrarse en los relatos al uso.

Por suerte, cuento con la ayuda de la Encyclopedia Titanica, un recurso que contiene una inconcebible cantidad de datos sobre el buque y su primera y única travesía, incluyendo biografías más o menos extensas de todos sus ocupantes. Allí descubro que en el barco viajaban varios ingenieros, profesores, académicos y seis médicos, dos de ellos pertenecientes a la tripulación. Pero ninguno parece haber destacado por una labor investigadora sobresaliente.

Entre los pasajeros había un químico industrial, el francés René Jacques Lévy, de 36 años. El de Lévy fue un caso desafortunado, ya que el suyo no era un viaje de placer, ni debía haber estado aquella noche a bordo del Titanic. Su especialidad era la producción de tintes textiles, un trabajo que había ejercido en Inglaterra antes de regresar a París para casarse. En 1910 emigró con su mujer y sus tres hijas pequeñas a Montreal.

Posiblemente Lévy habría vivido una larga existencia en Canadá, de no haber sido por la circunstancia casual de la muerte de un familiar, que le llevó a viajar a Francia en marzo de 1912. Una vez cumplida aquella desagradable obligación, el químico debía regresar a América el 20 de abril a bordo del France. Pero cuando supo que otro barco le llevaría de vuelta con su familia 10 días antes, cambió su pasaje por uno de segunda clase en el Titanic.

Durante la travesía, Lévy comentó que los cabos para arriar los botes salvavidas le parecían demasiado cortos, y que en caso de accidente preferiría hundirse con el barco que sentarse en uno de ellos. La noche del 14 al 15 de abril, tras la colisión con el iceberg y cuando comenzó la evacuación del Titanic, el químico y sus dos compañeros de camarote se aseguraron de encontrarle una plaza en uno de los botes a una mujer con la que habían coincidido durante el viaje. Desde la cubierta la despidieron con un “au revoir!“, y ese fue el fin de la historia de Lévy. En 2012 la Real Sociedad de Química de Reino Unido concedió a Lévy su premio Presidencial a título póstumo por su “sobresaliente acto de cortesía”.

Lawrence Beesley y otra pasajera en el gimnasio del 'Titanic'. Imagen de Central News And Illustrations Bureau / Wikipedia.

Lawrence Beesley y otra pasajera en el gimnasio del ‘Titanic’. Imagen de Central News And Illustrations Bureau / Wikipedia.

El caso más notable es el del profesor de ciencias de 34 años Lawrence Beesley. Según la Encyclopedia Titanica, Beesley viajaba en segunda clase en el Titanic para tomarse unas vacaciones en EEUU y visitar a su hermano en Toronto tras haber abandonado su trabajo en Inglaterra. Viajaba solo, ya que había enviudado unos años antes. Según las crónicas, Beesley pasó gran parte de la travesía leyendo en la biblioteca. En esta curiosa foto se le puede ver junto a otra pasajera en el gimnasio del barco, haciendo bicicleta estática con un atuendo dudosamente cómodo.

La noche del 14 de abril, Beesley leía en su camarote. De repente notó un tirón en el movimiento del barco, pero ningún impacto. Al salir al pasillo a informarse, un miembro de la tripulación le tranquilizó asegurándole que no ocurría nada anormal. Pero tras comprobar que se estaban preparando los botes salvavidas, regresó a su camarote a buscar algunas pertenencias y se dirigió a cubierta, notando ya una cierta inclinación anómala en las escaleras.

Cuando llegó a cubierta, se estaba organizando el arriado del bote número 13. Al no haber más mujeres ni niños a la vista, Beesley fue invitado a abordar el bote, de donde él y el resto de sus ocupantes fueron rescatados durante la madrugada del 15 de abril por el buque Carpathia.

La evacuación de Beesley fue sorprendentemente tranquila y sencilla. Solo después supo de la magnitud de la tragedia y, sobre todo, de cómo su caso había sido excepcional: pese a que la película de Cameron se centraba en las diferencias entre primera y tercera clase, en realidad el grupo que se llevó la peor parte fue el de los hombres de segunda clase, de los que solo sobrevivió el 8%, la mitad que en tercera. “Los hombres de segunda clase no tenían el prestigio social y la notoriedad para ser favorecidos por el capitán y la tripulación en la primera oleada del rescate, y al mismo tiempo podían no tener la fortaleza física de algunos de los pasajeros de tercera clase para abrirse camino a través del caos”, dice el psicólogo Daniel Kruger en este documental del canal Historia.

Beesley narró su experiencia en el libro The Loss of the SS Titanic: its Story and its Lessons, que se publicó solo nueve semanas después del hundimiento. Fue la primera crónica escrita por un superviviente del desastre, y una de las principales fuentes en las que Cameron se inspiró para su película. Pero la obra de Beesley no es un simple relato de una catástrofe, sino que analizaba también los aspectos técnicos, incluyendo una discusión basada en un artículo publicado en la revista Scientific American sobre la tan cacareada insumergibilidad del Titanic. Gracias a su mentalidad científica, Beesley repasaba los errores y las posibles mejoras, con un alcance que habría sido imposible en una persona sin su formación.

A ese espíritu científico de Beesley debemos agradecerle también que se ocupara, ya en aquel relato temprano, de criticar toda la charlatanería sobrenatural de historias de premoniciones que ya entonces comenzó a aflorar, y que ha persistido hasta hoy. “Una cosa más debe señalarse: la prevalencia de creencias supersticiosas referentes al Titanic“, escribió. “Imagino que ningún otro barco zarpó jamás con tanta tontería miserable vertida sobre él”.

Beesley volvió a casarse, tuvo tres hijos más –ya tenía uno de su primera esposa– y vivió hasta los 89 años, falleciendo en 1967. Uno de sus nietos es Nicholas Wade, reputado escritor de ciencia en medios como The New York Times y las revistas científicas Science y Nature.

Pero la historia más extraña de su vida, dejando aparte su afortunada huida del Titanic, tuvo lugar en 1958. Suelen decir los psicólogos que a menudo los supervivientes de tragedias se ven afectados por una especie de sentimiento de culpa por continuar vivos. Tal vez fuera esta la razón, o quizá no. Pero aquel año Beesley servía como asesor en el rodaje en Londres de la película La última noche del Titanic, cuando el director, Roy Ward Baker, le descubrió de repente infiltrado entre los actores durante la escena del naufragio. Cuando Baker le preguntó qué hacía allí, Beesley respondió que en aquella ocasión quería hundirse con el barco. Pero por segunda vez fue desalojado antes del hundimiento, ya que las normas del rodaje impedían la participación de actores no sindicados.

Aún me queda en la recámara una historia más que contarles sobre los científicos y el Titanic. Mañana seguiremos.

Cuanto más fuerte es la ciencia, ¿más fuerte es la pseudociencia?

Hace poco más de un año dejé aquí un artículo explicando por qué, en mi sola y personal opinión, la guerra contra las pseudociencias nunca podrá ganarse. El artículo en cuestión fue contestado por otras opiniones, igualmente respetables y válidas que la mía, de quienes calificaban mi postura de derrotista porque, según ellos, la solución era muy sencilla: basta con aumentar el nivel de alfabetización y cultura científica entre la población para que los ciudadanos abran los ojos a la verdad y dejen de creer en patrañas.

Pero ya que en este caso se trata de un debate entre personas con conocimientos científicos, les invito a enfocarlo como si se tratara de un experimento: todos sabemos que, en general, para probar que tal condición provoca tal efecto, debe existir una curva de dosis-respuesta. Es decir, que a mayor cantidad de estímulo, mayor debe ser el efecto.

Pues bien, el experimento ya está hecho. No creo que nadie pueda cuestionar que en nuestra época y al menos en los países desarrollados, con sistemas educativos normalizados, alfabetización universal, escolarización obligatoria y educación pública gratuita, la población está mejor formada que nunca antes en la historia. Y sin embargo, no parece que las pseudociencias hayan desaparecido, sino todo lo contrario: vivimos una edad de oro de la anti-ilustración, en la cual la superstición y las creencias irracionales atraviesan momentos de gloria en todos los ámbitos. No creo que a nadie le resulte difícil encontrar a su alrededor personas con educación universitaria, incluso con educación científica universitaria, que asisten a sesiones de reiki, piensan que los transgénicos son veneno o toman preparados homeopáticos.

Manifestación antitransgénicos en Chile. Imagen de Mapuexpress Informativo Mapuche / Wikipedia.

Manifestación antitransgénicos en Chile. Imagen de Mapuexpress Informativo Mapuche / Wikipedia.

Reproduzco aquí lo que contaba sobre este argumento en aquel artículo, la primera de mis razones para creer que ese triunfo contra las pseudociencias no es posible:

1. No es cuestión de nivel educativo o de formación científica

Entre esas observaciones de los neurocientíficos y psicólogos experimentales dedicados a estudiar el fenómeno del movimiento anti-ilustración, destaca una conclusión contraintuitiva.

Lo natural sería pensar que quienes creen que el movimiento de los astros puede influir sobre su personalidad o su futuro, o quienes creen que un vial de agua o una pastilla de azúcar pueden curar enfermedades, son auténticos zotes con un paupérrimo nivel educativo y menos luces que un ovni de madera. Y que un poco de educación y de información bastaría para barrer sus telarañas mentales y abrirles los ojos a la luz de la razón.

Pero no es así. Como recientemente he comentado aquí, un reciente estudio revelaba que los adeptos al movimiento anti-ilustración no tienen en general menor inteligencia o nivel educativo que el resto, y ni siquiera menos interés por la ciencia. Simplemente, prefieren elegir selectivamente, sabiamente pero tramposamente, los datos que corroboran sus ideas preconcebidas; los autores del estudio lo llamaban “pensar como un abogado”.

Como también he contado aquí, neurocientíficos como Dean Burnett argumentan que, nos guste o no, la creencia en patrañas forma parte del funcionamiento normal de un cerebro humano sano. Y aunque otro estudio reciente sugiere que es posible proteger a las personas contra la influencia de la pseudociencia mediante lo que los autores definían como una especie de vacuna psicológica, parece que lograrlo requiere algo más sutil y complejo que simplemente más información científica o una mejor educación en el empirismo.

De hecho, y esta es ya simplemente una sensación intuitiva sin datos concretos, mi impresión personal es que últimamente ya casi no existe anuncio televisivo de cualquier producto destinado a echarnos en el cuerpo de una manera u otra que no se agarre a la quimiofobia como argumento de venta. Las marcas saben que la quimiofobia vende, y la explotan profusamente. Últimamente ha llegado también a la bebida estrella de la primavera y el verano: una marca de cerveza se anuncia ahora diciendo que su nueva receta es su vieja receta, sin sulfitos porque en el siglo XIX “no se utilizaban”. Lo cual, por cierto, es falso: en la antigua Roma los sulfitos ya se empleaban para preservar el vino, y desde 1664 se utilizan como aditivos alimentarios. En el siglo XIX su uso estaba más que generalizado como conservante antimicrobiano.

El anuncio en cuestión también asegura que la cerveza está más “buena” por no emplear aditivos, lo que es sencillamente un oxímoron conceptual: tratar de transmitir la idea de que los aditivos se añaden a los alimentos con el estúpido fin de empeorar aposta su sabor y sus propiedades es llamar imbéciles a sus consumidores. Obviamente, lo que hace un conservante es precisamente lo contrario, proteger el alimento del deterioro para preservar su sabor y sus propiedades en el punto óptimo del producto fresco.

Pero volviendo al foco, hoy quiero hablarles sobre un artículo que leí hace unos días, publicado el año pasado en la revista EMBO Reports del Laboratorio Europeo de Biología Molecular. Su autor, el historiador de la ciencia de la Universidad de Princeton (EEUU) Michael Gordin, explica “el problema de la pseudociencia”, y a mi modo de ver aporta un muy lúcido análisis sobre por qué la guerra contra las pseudociencias no puede ganarse. Resumiendo, la tesis de Gordin es que las pseudociencias florecen con mayor intensidad precisamente cuando la ciencia es más fuerte.

Gordin opina que la pseudociencia no es un producto de la ignorancia, y que por tanto no puede eliminarse con un antídoto de conocimiento científico. En su lugar, plantea una metáfora: la pseudociencia no es la anticiencia, sino la sombra de la ciencia. Y cuanto más fuerte es la luz, más intensa es también la sombra. “La pseudociencia es la sombra de la ciencia profesional, y del mismo modo que una sombra no puede existir sin el objeto que la proyecta, también todo objeto necesariamente proyecta una sombra”.

El historiador expone cómo históricamente las pseudociencias han surgido como fringe science, ciencia marginal, alejada del núcleo y caracterizada por una oposición al establishment científico. Como este blog destacaba recientemente, no todo lo que es acientífico puede considerarse pseudocientífico; la pseudociencia se caracteriza por ser una imitación de la ciencia. Gordin escribe que los pseudocientíficos “leen estudios en áreas específicas, proponen teorías, reúnen datos, escriben artículos y puede que los publiquen. Lo que imaginan estar haciendo es, en una palabra, ciencia”. Y añade: “todos los individuos que han sido llamados pseudocientíficos se han considerado a sí mismos científicos, sin prefijo”.

Esto es algo que podemos observar a menudo en los ámbitos donde queda más patente la presentación de las pseudociencias lavadas y peinadas para ofrecer el aspecto de verdaderas ciencias. Hace unas semanas, mientras escribía para otro medio un reportaje sobre la patraña de los chemtrails, escuché un antiguo programa de radio de un famoso comunicador del misterio que trataba sobre este asunto. En aquella emisión, un presunto investigador presentaba presuntos argumentos sobre la existencia de presuntas fumigaciones conspirativas y sus efectos sobre una presunta enfermedad.

Imagen de pxhere.

Imagen de pxhere.

Era realmente sorprendente cómo aquel sujeto citaba una avalancha de presuntos datos publicados por presuntos científicos. En realidad, cualquiera que tratara de contrastar la información por su cuenta podía descubrir fácilmente que ni los científicos citados eran tales (por ejemplo, la “bióloga investigadora” era en realidad una mujer que tenía una licenciatura en biología pero que nunca había ejercido profesionalmente, no tenía formación ni experiencia investigadora y trabajaba como ama de casa), ni los datos existían más allá de la simple presunción (no existía una sola prueba física contrastada), y que en el fondo no había absolutamente nada real. Pero sin duda todo aquello podía ser muy convincente para cualquier oyente sin conocimientos especializados; todo sonaba muy a ciencia, sin serlo jamás.

Por todo ello, defiende Gordin, arrojar más conocimiento científico sobre la mesa no sirve para extinguir la pseudociencia, sino que al contrario, puede ser como echar gasolina al fuego. El autor desarrolla el ejemplo de Immanuel Velikovsky, un médico ruso que a mediados del siglo pasado publicó una teoría sobre un cataclismo planetario que habría ocurrido en tiempos históricos y que habría dejado reflejo en los textos sagrados de varias religiones. Según cuenta Gordin, la reacción exagerada de la ciencia contra la hipótesis de Velikovsky convirtió lo que debería haber sido flor de un día en una doctrina defendida en todo el mundo por una legión de seguidores, que presentaban a su líder como un nuevo Galileo, un genio censurado por el establishment.

Del caso de Velikovsky, Gordin concluye: “algunas veces, los intentos de movilización contra lo que se percibe como pseudociencia pueden volverse contra uno”. Hoy podemos encontrar ejemplos de esto en numerosos frentes, como los transgénicos, el cambio climático, el movimiento antivacunas o las pseudomedicinas como la homeopatía, donde más ciencia no consigue erradicar la pseudociencia. “Aumentar el nivel de educación científica en todo el mundo es un objetivo encomiable que apoyo con todo mi ánimo, pero no deberíamos imaginar que esto eliminará el fringe“, escribe Gordin.

Pero de todo ello puede extraerse un mensaje alentador, y es que la proliferación actual de las pseudociencias es, al menos, un indicador de que la ciencia atraviesa un momento histórico brillante, como en los 1820 cuando proliferó la frenología, en los 1870 con el espiritualismo o entre los 50 y 70 del siglo XX con la parapsicología y los ovnis, según repasa Gordin: “paradójicamente, estos no son momentos en los que el prestigio de la ciencia estaba bajo, sino cuando era alto”.

Y frente a todo esto, ¿cuál es la solución? Gordin no tiene una bala mágica, pero sí apunta aquello que no debe hacerse, y precisamente es algo en lo que también suelo insistir: la postura elitista de despreciar a los seguidores de las pseudociencias no hace ningún bien. La ciencia debe ser inclusiva y bajar al suelo, fusionarse con la sociedad, no dogmatizar, no imponer el qué, sino explicar el por qué. Gordin aclara una vez más que “lo que estas prácticas no lograrán es eliminar el fringe por completo, porque el fringe es inerradicable”. Pero, concluye el historiador con su metáfora, en el juego de sombras chinescas donde la mano proyecta en la pared sombras de conejos y patos, tal vez logremos que haya más gente que no mire la sombra sino la mano, que es donde realmente está la acción.

Stephen Hawking no molaba nada (y ese es el problema)

La semana que termina nos ha dejado la muerte de Stephen Hawking, el científico más popular de las últimas generaciones. Los medios de todo el mundo han cubierto la noticia con amplios despliegues y con múltiples enfoques, desde lo puramente científico hasta la música que le gustaba o el maltrato que sufrió por parte de su segunda esposa. Yo mismo aporté mi granito con un pequeño obituario, pero quiero dejar un segundo granito aquí para intentar que un aspecto fundamental no se pase por alto en el que será sin duda el hito científico más negro de este 2018.

Stephen Hawking en la Universidad de Cambridge. Imagen de Lwp Kommunikáció / Flickr / CC.

Stephen Hawking en la Universidad de Cambridge. Imagen de Lwp Kommunikáció / Flickr / CC.

Tal vez Hawking no era después de todo tan popular como algunos pensábamos, como han revelado también varios medios al dejar en evidencia la confusión de muchos usuarios de Google sobre quién era el personaje fallecido. Pero sin duda podría decirse, como también han hecho constar muchas de las piezas publicadas sobre él, que era un icono de la cultura. Pero no de la Cultura, sino de la “cultura pop“, han precisado muchos medios.

Pero ¿qué es la cultura pop? Voy a la Wikipedia, y me dice que “la cultura popular [pop] se contempla a veces como trivial y embrutecida para encontrar una aceptación consensuada mayoritaria”. A continuación, añade que las principales categorías de la cultura pop son el entretenimiento, los deportes, las noticias, la política, la moda, la tecnología y la jerga.

No, la ciencia no aparece. Pero si resulta que en realidad la ciencia sí es Cultura, ¿por qué se habla de Hawking como cultura pop? ¿Porque salió en Los Simpson? ¿Porque era famoso? No parece que cuadre mucho con alguien que no solo ha sido uno de los científicos más importantes del siglo XX, sino también uno de los principales intelectuales de nuestro tiempo, en el verdadero sentido de la palabra “intelectual”.

Cuando en 1919 las fotografías de un eclipse solar confirmaron una de las predicciones de la relatividad general de Einstein (la curvatura de la luz de las estrellas por la masa del Sol), varios periódicos publicaron la noticia advirtiendo a sus lectores de que no trataran de entender la teoría del físico, ya que según él mismo había asegurado, no más de 12 personas en todo el mundo podrían entenderla. Al parecer, cuando le preguntaron a Einstein por esto se lo tomó como una broma, pero al comprobar que la historia de las 12 personas realmente se había divulgado en la prensa, aclaró que él jamás había dicho tal cosa.

No sería justo negar que la relación del público con la ciencia ha cambiado mucho desde los tiempos de Einstein, pero parece que un siglo después aún no se ha derribado la barrera. A pesar de que uno de los mayores empeños del propio Hawking durante toda su vida fue dar a entender que él era una persona normal y que la ciencia era una cosa normal, se le ha admirado mucho, pero de lejos. Imposible entenderle, inútil molestarse, no lo intenten; mejor dediquen el tiempo libre a hacer deporte.

En lugar de tratar de comprender la ciencia de Hawking, fíjense en su espíritu de superación, haber hecho todo aquello, fuera lo que fuese aquello, a pesar de su enfermedad… Ya se lo ha dejado claro en Twitter una famosa actriz: ahora es libre de sus limitaciones físicas. (¿Morir te libera de algo, aparte de la vida?)

En el fondo, probablemente Stephen Hawking no habría sido tan pop-ular si no hubiera sido diferente, batallando contra la muerte y postrado en una silla durante la mayor parte de su existencia. Esa serie, The Big Bang Theory, ya deja claro que para ser un científico hay que ser distinto; hay que ser un friqui.

Llega un momento en la vida de todo niño en que debe elegir: o ser un científico, o ser normal. Claro que es más fácil ser normal, porque un colegio puede no tener microscopios, pero que nunca falten los balones. ¿Hay algún niño que quiera ser como Stephen Hawking? No era guapo, ni futbolista, ni cantaba bien. No molaba. Muy admirado, eso sí, como icono de la cultura pop. Pero un icono no es un modelo; la gente quiere ser como los modelos, mientras que los iconos se guardan en una vitrina. Y se les limpia el polvo de vez en cuando.

Lo que me gustaría dejar como último tributo a Stephen Hawking lo cuenta mucho mejor Tuomas Holopainen, compositor y líder de Nightwish, en este tema dedicado a otro monstruo del pensamiento, Carl Sagan:

Make me wonder
Make me understand
Spark the light of doubt and a newborn mind
Bring the vast unthinkable down to Earth

Correlación no implica causalidad: el principio de Wang o “teoría estúpida”

En la genial Un cadáver a los postres (Murder by Death) de Neil Simon, esa surrealista parodia del género de detectives dirigida por Robert Moore en 1976 –sí, la de Benson Señora–, hay un momento en el que Dick Charleston (David Niven) explica la muerte del anfitrión de la velada, el millonario Lionel Twain (Truman Capote en su única aparición en el cine), proponiendo que en realidad fue un suicidio: Twain inventó una máquina para que le apuñalara 11 o 12 veces por la espalda. A lo que su colega Sidney Wang (Peter Sellers), con su torpe manejo del idioma, replica:

— Un momento, por favor. Muy interesante teoría, señor Charleston, pero olvidado punto muy importante.

¿Cuál es? –indaga Charleston.

— Estúpida. Teoría más estúpida jamás oída.

Sidney Wang (Peter Sellers) en 'Un cadáver a los postres' (1976). Imagen de Columbia Pictures.

Sidney Wang (Peter Sellers) en ‘Un cadáver a los postres’ (1976). Imagen de Columbia Pictures.

Hay ocasiones en que ciertos estudios científicos me devuelven a la mente aquel pasaje de la película. Se trata de los estudios que establecen una correlación entre una condición y una observación, pero donde no solamente no se demuestra ningún vínculo de causa y efecto entre ambas, sino que además la posible existencia de ese vínculo resulta algo contrario al sentido común y a cualquier atisbo de plausibilidad. Como que alguien fabrique una máquina destinada a apuñalarle 11 o 12 veces por la espalda para que parezca un homicidio. No es que sea imposible; es que se trata de una hipótesis tan descabellada que necesita más pruebas para cruzar el umbral de la credibilidad que otra mucho más plausible. Como decía Carl Sagan, y otros antes que él, afirmaciones extraordinarias requieren pruebas extraordinarias.

Imagino que quienes menos sentido encontrarán a estos estudios son los físicos. Para un físico, la naturaleza debe describirse mediante ecuaciones, incluso cuando hay incertidumbres (como en la cuántica). Pero no es necesario tirar dos veces una manzana al aire para comprobar si continúa cayendo: las ecuaciones describen perfectamente lo que hará la manzana.

La biología, mi campo, introduce sistemas más sucios (desde el punto de vista de las variables) que en la mayoría de los casos no pueden reducirse a matemática. En algunos sí se hacen aproximaciones válidas; por ejemplo, el impulso nervioso en las neuronas se describió aplicando las mismas ecuaciones que explican el comportamiento de la electricidad en los circuitos de cables.

Pero la biología es inmensamente diversa y abarca un espectro muy amplio de certidumbres, desde los modelos en los que bastan unas pocas repeticiones del experimento para tener la seguridad de que el resultado es legítimo, hasta aquellos en los que es necesario recurrir a meta-análisis, o estudios que reúnen múltiples estudios, porque ni siquiera un estudio completo es suficiente para asegurar que existe un efecto. Y a medida que nos desplazamos hacia la banda de ciencias aún más blandas, como la psicología, la necesidad de los metaestudios es aún mayor.

Lo que ocurre con los metaestudios es que el umbral de la credibilidad no es una propiedad de la naturaleza en sí, sino algo que definimos los humanos de forma más o menos arbitraria en función de algún parámetro estadístico. Me explico con un ejemplo: todos sabemos que el tabaco causa cáncer de pulmón. Pero ¿qué significa exactamente esto?

Dado que el humo se inhala, la relación entre el tabaco y el cáncer de pulmón parece plausible, lo que justifica su investigación. Tan plausible parecía la relación que ya se sospechaba a comienzos del siglo XX, cuando solo se habían descrito un centenar largo de casos de cáncer de pulmón en las revistas médicas. Los primeros estudios epidemiológicos se hicieron en Alemania en los años 20 y 30, lo que motivó la primera campaña antitabaco de la historia, la del régimen nazi. Desde entonces, decenas de miles de estudios de correlación y sus correspondientes metaestudios han apoyado este vínculo. Pero además, la relación de causa y efecto también ha sido validada por ensayos experimentales en los que se han explicado los mecanismos biológicos por los cuales ciertos compuestos del humo del tabaco provocan cambios en las células que conducen al cáncer.

Pues bien, incluso en un caso tan claro como este, y teniendo en cuenta que las cifras varían debido a la implicación de muchas variables (como el historial del paciente, su perfil genético, la edad de inicio del consumo de tabaco, la frecuencia, etc.), el cáncer afecta a alrededor de un 20% de las personas que fuman. Es decir, que la gran mayoría de las personas que fuman no sufren cáncer de pulmón.

Vayamos ahora al extremo contrario. Hace tres años, los medios montaron todo un circo con la afirmación de que el consumo de carne, sobre todo procesada, provoca cáncer. Como ya me ocupé detalladamente de intentar explicar muy claro para quien quisiera leerlo (aquí y aquí), así dicho, esto es sencillamente una barbaridad; si bien vino propiciada por una nota de prensa muy poco afortunada de la Organización Mundial de la Salud (OMS), la misma OMS que a continuación se quejaba de que los medios se habían quedado “solo con el titular”.

Imagen de Pixabay.

Imagen de Pixabay.

Pero es que solo en la letra pequeña de la nota de prensa –y los medios no se caracterizan precisamente por fijarse en la letra pequeña– uno de los expertos de la OMS responsables del anuncio aclaraba que “para un individuo, el riesgo de desarrollar cáncer colorrectal por su consumo de carne procesada sigue siendo pequeño”. La conclusión, el verdadero mensaje, era que el consumo de carne aumenta el riesgo de cáncer colorrectal sobre un nivel de base que es diminuto, de modo que el nivel de riesgo resultante de este aumento continúa siendo diminuto.

Pongámoslo en números para que se entienda mejor; números que publicaron varias entidades de lucha contra el cáncer y que transmitían un mensaje infinitamente más claro que la inmensamente torpe nota de prensa de la OMS: según la Sociedad contra el Cáncer de EEUU, el riesgo de una persona cualquiera de sufrir cáncer de colon es del 5%; si come carne, el riesgo aumenta a menos del 6%. Por su parte, la Unión Internacional de Control del Cáncer comparó las cifras con las del tabaco: fumar multiplica el riesgo de cáncer por 20, o lo aumenta en un 1.900%; comer carne multiplica el riesgo de cáncer por 1,18, o lo aumenta en un 18%. Creo que estas cifras dan una idea bastante clara de la magnitud del problemón que supone comer carne.

Resumiendo, para demostrar que X produce Y hacen falta dos cosas:

1. Una correlación estadística suficientemente significativa.

Insisto, el límite de lo que es significativo y lo que no lo definimos los humanos de forma arbitraria. Suelen utilizarse parámetros como el llamado valor p, del que ya he hablado aquí varias veces (como aquí y aquí). El valor p nos da una perfecta medición de cuál es el estatus probabilístico de que esa correlación signifique algo real, pero en qué punto de corte nos creemos que es real no es más que un convencionalismo; de hecho, este punto de corte es un intenso motivo de discusión entre los científicos.

También es importante aclarar que los parámetros como el valor p, o lo que consideramos estadísticamente significativo, no tienen nada que ver con el tamaño del efecto. El tabaco y la carne sirven de ejemplo: el primero tiene un efecto muy grande, mientras que el de la segunda es diminuto, y sin embargo ambos pueden tener la misma significación estadística. Basarse en esto último para decir que el riesgo de cáncer es el mismo en los dos casos es no haber entendido nada de nada.

2. Un mecanismo plausible que sea comprobable por otras vías.

Sin un mecanismo plausible de causa y efecto, una correlación no deja de ser una casualidad curiosa, como que choquen dos coches con matrículas consecutivas. O, como decía Wang, una “teoría estúpida”, como que los coches con matrículas parecidas tiendan a atraerse. Establecer correlaciones es muy fácil, teniendo una serie de datos en distintas condiciones experimentales y un software básico. Yo mismo presenté aquí correlaciones entre la evolución del número de casos de trastornos autistas y el del número de ancianas centenarias británicas, o las importaciones de petróleo en China, o la facturación de la industria turística.

Número de casos de autismo (en azul) frente a número de mujeres centenarias en Reino Unido (en rojo), de 1995 a 2010. Gráfico de elaboración propia.

Número de casos de autismo (en azul) frente a número de mujeres centenarias en Reino Unido (en rojo), de 1995 a 2010. Gráfico de elaboración propia.

Para convertir una casualidad en causalidad es preciso proponer un mecanismo plausible que pueda estudiarse por otros métodos. En el caso de la biología, se trata de llevar esa hipótesis al laboratorio; por ejemplo, ensayar in vitro e in vivo el efecto cancerígeno de los compuestos del tabaco. Pero cuando se aventura que los huracanes causan más muertes si se les pone nombre de mujer, como afirmaba un estudio hace unos años, los investigadores tendrán que buscar la manera de proponer un mecanismo y testarlo; uno que no requiera la premisa de que la población es rematadamente imbécil de solemnidad, como cuando dijeron que “la gente atribuye a los huracanes con nombre femenino ciertas cualidades asociadas a las mujeres, como la calidez, y cualidades como la agresividad a los huracanes con nombres masculinos”.

Una última cosa que no debería ser necesario aclarar, pero que parece serlo, es que un mecanismo plausible no puede sustituirse por una corazonada, una intuición o el deseo muy fuerte de que algo sea cierto. Por ejemplo, cuando se publicó lo de la carne y el cáncer hubo ciertas personas del veganismo proselitista, el que pretende imponer su credo al resto de la humanidad, que ya lo sabían, y que seleccionaron los pedacitos de información más sensacionalista publicados por los medios peor informados para defender su visión.

Lo preocupante es que estos prejuicios, ideas preconcebidas y sesgos cognitivos no solo afectan al público no científico, sino también a los propios investigadores cuando emprenden un estudio tratando por todos los medios de demostrar lo que previamente ya saben. En ciertos casos ocurre que los estudios nacen ya contaminados por prejuicios éticos, culturales, sociales o de otro tipo, todo eso que los investigadores deberían dejar en la puerta junto con el paraguas antes de entrar en el laboratorio. Un ejemplo que he comentado aquí varias veces son los estudios que han tratado de probar los efectos negativos que produce escuchar música heavy metal, y en el que han llegado a darse casos de estudios que lo afirmaban incluso cuando sus datos no apoyaban tal afirmación.

Mientras no haya un mecanismo plausible, debe aplicarse el principio de Wang: “teoría estúpida”. Mañana les contaré otro ejemplo muy sabroso de ello.

La pseudociencia y la conspiranoia ganan las elecciones en Italia

Hoy los medios comentan el complicado resultado de las elecciones generales en Italia, algo que por otra parte no es novedad en aquel país. Pero sin el menor ánimo de sacar las raíces de mi tiesto para hundirlas en el cenagal político, hay un aspecto del proceso electoral italiano que compete directamente a este blog: Beppe Grillo, fundador y exlíder del Movimento 5 Stelle (M5S), es un auténtico rey de las pseudociencias al que ninguna patraña parece serle ajena. Con la victoria del M5S en las elecciones y aún pendiente de resolverse el puzle del gobierno, falta saber si el nuevo liderazgo de este movimiento continuará sosteniendo las proclamas que Grillo ha vertido a lo largo de los años.

Beppe Grillo en 2012. Imagen de Niccolò Caranti / Wikipedia.

Beppe Grillo en 2012. Imagen de Niccolò Caranti / Wikipedia.

Ya sea en su anterior encarnación como humorista o desde 2009 como fundador del M5S, Grillo ha manifestado las siguientes posturas, según recojo de medios italianos o de otras fuentes enlazadas. Salvo error, en ninguno de estos casos se ha retractado de sus declaraciones.

  • Grillo apoya el movimiento antivacunas. Para el político, las vacunas son inútiles y enfermedades como la poliomielitis y la difteria han remitido en la población espontáneamente, no a causa de las inmunizaciones.
  • Grillo piensa que el sida es un fraude; concretamente, según declaraciones de 1998 de las que no se ha desdicho, “el mayor engaño de este siglo”. Su postura sigue otra de las teorías de la conspiración más populares, que el Virus de Inmunodeficiencia Humana (VIH) no existe y que el sida está causado por la medicación.
  • Grillo parece creer en los chemtrails, esa fantasía paranoide (como bien la definió el científico atmosférico Ken Caldeira) según la cual las estelas de condensación de los aviones no son tales, sino ignotos productos químicos esparcidos por los gobiernos, con la connivencia de las aerolíneas comerciales, para fines que varían según las versiones: desde manipular el clima o controlar mentalmente a los ciudadanos hasta exterminar a una parte de la humanidad. En concreto, Grillo parece haberse inclinado por la hipótesis del control mental. Y dado que es su partido el que ha ganado las elecciones, los que esparcen los chemtrails ya pueden ir cambiando de marca de poción controladora, porque a la vista está que no les ha funcionado nada bien.
  • Grillo apoyó públicamente el llamado método Di Bella, una presunta terapia milagrosa inventada en los años 80 por el médico italiano Luigi di Bella y que según su autor curaba el cáncer, el alzhéimer, la esclerosis múltiple, la esclerosis lateral amiotrófica y la retinitis pigmentosa. Para Grillo, Di Bella, fallecido en 2003, era “un mártir que llevaba 30 años curando el cáncer”. Ante la popularidad de Di Bella y su método en Italia a finales del siglo pasado, el gobierno italiano encargó un amplio ensayo clínico con la participación de 26 hospitales. El estudio, publicado en la revista British Medical Journal, se interrumpió después de la fase II (la primera destinada a ensayar su eficacia) por su ineficacia. El Memorial Sloan Kettering Cancer Center de EEUU advierte de que, además de ser inútil, el tratamiento puede provocar graves efectos secundarios como aumento del dolor tumoral, diarrea, náuseas, vómitos o anemia, entre otros. Grillo también ha manifestado que las pruebas de diagnóstico precoz del cáncer, como las mamografías, son perjudiciales y peligrosas.
  • Grillo se opone a los cultivos transgénicos. Sería noticia si fuera lo contrario, pero durante su etapa de humorista, el hoy político transgredió los límites éticos de la libertad de expresión al propagar el bulo de que 60 niños alérgicos al pescado habían muerto por comer tomates transgénicos con un gen de bacalao. Si se trataba de una simple broma, jamás compareció públicamente para disipar la alarma que sus palabras causaron entre la población.
  • A juzgar por la postura oficial del M5S, Grillo opina que la experimentación en animales no sirve para nada y que debería ser prohibida.
  • Por apuntarse, Grillo se apuntó incluso a las bolas para lavar la ropa en la lavadora sin detergente, productos que en EEUU fueron denunciados por fraudulentos al venderse bajo proclamas pseudocientíficas relativas a presuntos campos magnéticos y energías infrarrojas. Diversas entidades, como en España la Organización de Consumidores y Usuarios (OCU), han aclarado que el efecto de estas bolas es similar al de lavar la ropa solo con agua.

Tal vez todo lo anterior no resulte sorprendente; pero frente a quienes lo valoran en tono anecdótico o quienes sugieren que todas estas posturas de Grillo forman parte del show, hay quienes, como el politólogo Marco Milano en su tesis de 2014 sobre el M5S, consideran que “esta epistemología popular, opuesta a la compleja explicación de los científicos y expertos, es un rasgo constitutivo del atractivo de Beppe Grillo y de la ideología no oficial del M5S”. En otras palabras, que la verborrea pseudocientífica y conspiranoica ha sido clave en el éxito del M5S.

De hecho, Milano señalaba esta línea del M5S como uno de los rasgos distintivos de los regímenes totalitarios o autoritarios, unidos por la proclama de que “su doctrina está avalada por la ciencia”. “Cuando parece que la ciencia no apoya las creencias centrales del movimiento, los líderes recurren a criticar a la ciencia o a crear e invocar una pseudociencia que produce falsedades y utopías”, escribía.

Históricamente pueden encontrarse ejemplos en los regímenes totalitarios populistas. El estalinismo ilegalizó la genética de Mendel y el evolucionismo de Darwin, instaurando en su lugar la pseudociencia del lysenkoísmo, más adecuada al régimen. Por su parte, el nacionalsocialismo fue pródigo en pseudociencias, por supuesto comenzando por la más dañina, la teoría de la higiene racial, pero incluyendo también ejemplos tan estrambóticos como la agricultura biodinámica o la Cosmogonía Glaciar, su particular explicación del origen del mundo por la colisión de bloques de hielo.

Así, la conclusión es que Grillo, como buen populista, no es anti-ciencia, sino pro-ciencia; pro-[lo que él entiende como ]ciencia. En 2013 declaró en una entrevista a la revista New Scientist que planeaba otorgar a la investigación científica “un lugar primario”. Pero haciendo honor a la tradición clásica de los populismos y a la parroquia conspiranoica que ha contribuido a hacer de su blog uno de los más influyentes del mundo, él es más de decidir por sí mismo qué es ciencia y qué no lo es. Ahora en las manos de su sucesor, Luigi Di Maio, puede estar el futuro de la octava potencia científica del mundo.

Nightwish y Darwin, música y ciencia, metal sinfónico y biología evolutiva

No es frecuente que el rock en general se ocupe de temas de ciencia, a pesar de que un puñado de músicos prominentes tienen formación científica e incluso se han doctorado. Uno de estos últimos, Greg Graffin de Bad Religion, suele salpicar sus temas con reflexiones antropológico-evolutivas. Están, por supuesto, las magníficas serenatas espaciales de Bowie, el Astronomy Domine de Pink Floyd, las referencias tecnocientíficas de Kraftwerk…

Mike Oldfield le dedicó un álbum a la novela de Arthur C. Clarke The Songs of Distant Earth. Y por supuesto, no olvidemos ’39, ese gran tema del astrofísico y guitarrista de Queen Brian May que cuenta cómo un grupo de colonos espaciales regresa a la Tierra para descubrir que el año transcurrido para ellos ha sido un siglo aquí, debido a la dilatación del tiempo según la relatividad especial de Einstein.

Pero no, The Scientist de Coldplay no cuenta: la tribulación de un científico arrepentido por abstraerse en sus números y en sus “preguntas de ciencia, ciencia y progreso”, mientras su chica se le escapa porque él no ha escuchado los gritos de su corazón, es, además de una sobredosis de azúcar, si acaso un tema anti-ciencia.

He sabido que el próximo 9 de marzo sale a la venta Decades, un doble álbum recopilatorio que celebra los 20 años de Nightwish, y es una buena ocasión para traerles aquí una recomendación músico-científica. Nightwish es el grupo finlandés que más discos vende en el mundo, una banda de metal sinfónico con toques folk, power y alguna gota gótica. Su estilo se caracteriza por una densa atmósfera sonora que construye capas sobre una base orquestal, coronada por una voz femenina que ya ha cambiado dos veces en la historia de la banda; la vocalista actual es la holandesa Floor Jansen. Pero el alma de Nightwish, su fundador, líder y compositor, es el multiinstrumentista Tuomas Holopainen, ese tipo con aire a lo Íñigo Montoya que se sienta a los teclados.

Imagen de Nightwish.

Imagen de Nightwish.

Hace unos años, Holopainen comenzó a interesarse por la obra de Charles Darwin y del biólogo evolutivo Richard Dawkins. Lo que descubrió de la historia y del funcionamiento de la naturaleza en aquellos libros le fascinó de tal modo que decidió dedicarle todo un álbum. El resultado fue Endless Forms Most Beautiful, el octavo disco de Nightwish, publicado en 2015 y que en palabras de Holopainen es un “tributo a la ciencia y el poder de la razón” a través de “la belleza de la vida, la belleza de la existencia, la naturaleza y la ciencia”.

El propio título del álbum está extraído de la última frase de El origen de las especies, el libro en el que Darwin sentó las bases de la selección natural. En este cierre, Darwin resumía el núcleo de su teoría, la evolución de todos los seres vivos a partir de un ancestro común. La cita sirvió también para titular un influyente libro de biología evolutiva publicado en 2005 por el biólogo molecular Sean Carroll.

There is grandeur in this view of life, with its several powers, having been originally breathed into a few forms or into one; and that, whilst this planet has gone cycling on according to the fixed law of gravity, from so simple a beginning endless forms most beautiful and most wonderful have been, and are being, evolved.

Hay grandeza en esta visión de que la vida, con sus diferentes fuerzas, ha sido originalmente alentada en unas pocas formas o en una; y de que, mientras este planeta ha continuado girando según la ley invariable de la gravedad, desde un comienzo tan simple infinidad de formas de lo más bello y maravilloso han evolucionado y están evolucionando.

Imagen de Nightwish.

Imagen de Nightwish.

El disco cuenta también con la colaboración estelar de Richard Dawkins, que ha leído citas de Darwin y de sus propias obras para abrir y acompañar algunos de los temas. En el single que da título al álbum se narra el viaje de la vida en la Tierra desde sus inicios, pasando por las células eucariotas y por el tiktaalik, un pez fósil que para algunos científicos representa una posible forma de transición hacia los anfibios.

El último tema, The Greatest Show on Earth, una expresión referida a la evolución e inspirada en un libro de Dawkins, es una pequeña joya sinfónica de 24 minutos que pone banda sonora épica y emocionante a la historia de la naturaleza terrestre. La única pega es que el CD no incluya el tema Sagan, dedicado al astrofísico Carl Sagan y que aparece únicamente en el single Élan.

En resumen, Endless Forms Most Beautiful es uno de los mayores homenajes que el rock ha rendido a la ciencia, y probablemente el más profundo que la biología evolutiva ha recibido de la música. Y la demostración de que, al contrario de lo que parecen creer los chicos de Coldplay, las emociones de una persona adulta se alimentan de algo más que el me-quiere-no-me-quiere; y que en concreto, la ciencia es capaz de transmitir emociones enormemente inspiradoras también a quienes se acercan a ella por simple curiosidad.

Les dejo con el clip oficial del tema que da título al álbum, y con un estupendo vídeo subtitulado en castellano que el YouTuber SynnöBlop ha montado para The Greatest Show on Earth. Pero les animo a que escuchen el disco entero –y en su orden, como le gusta a Holopainen– siguiendo este enlace. Y si tienen la fortuna de encontrarse cerca de Villena (Alicante) el próximo 9 de agosto, gozarán de la oportunidad de disfrutar en directo de Nightwish en el festival Leyendas del Rock. Quienes han podido hacerlo aseguran que tienen un directo espectacular.


Estudio: las letras de Black Sabbath no incitan al consumo de drogas

Esta mañana he recordado un artículo que escribí hace siete años en el diario Público, en el que trabajaba entonces, y en el que dejé de trabajar cuando el millonario trotskista que se había levantado un día con el capricho de fundarlo se levantó otro día con el capricho de cerrarlo (que nadie se alarme, no tendré ningún problema en borrar esta frase, mis hijos necesitan comer).

Está mal que yo lo diga, pero me he reído releyéndome a mí mismo en aquella historia sobre un test genético que le habían practicado a Ozzy Osbourne, por entonces exvocalista de Black Sabbath, para tratar de explicar cómo era humanamente posible que siguiera vivo. “Has pasado 40 años en una juerga de alcohol y drogas. Te rompiste el cuello en un quad. Has muerto dos veces en un coma químicamente inducido. Saliste sin un rasguño después de que tu autobús de la gira fuera embestido por un avión. Tu sistema inmune estaba tan comprometido que tuviste un diagnóstico positivo de VIH durante 24 horas hasta que descubrieron el error. Y estás aquí, vivo y coleando”, le dijeron los responsables de la empresa de pruebas genéticas de la que partió la idea.

Black Sabbath, con su formación original en 1970. Imagen de Wikipedia / Vertigo Records.

Black Sabbath, con su formación original en 1970. Imagen de Wikipedia / Vertigo Records.

Aunque sin duda, lo más gracioso del artículo eran los comentarios del propio Ozzy a propósito de los resultados del test, como cuando le descubrieron un parentesco con los habitantes de Pompeya que quedaron sepultados por la erupción del Vesuvio en el año 79: “Si alguno de los Osbourne romanos bebía tanto como yo, ni siquiera habría sentido la lava”, decía.

El análisis de sus genes supuestamente atribuía su capacidad de sobrevivir al trasiego de cuatro botellas de coñac diarias (entre otros hábitos escasamente aconsejables) a una variante hiperactiva de la alcohol deshidrogenasa 4 (ADH4), una enzima metabólica encargada de procesar el alcohol. Digo supuestamente porque, hasta donde sé, el estudio jamás llegó a publicarse; ignoro por qué motivo, pero esto es de lo más irregular, ya que la ciencia solo es ciencia cuando otros científicos tienen la oportunidad de certificarla como tal (aunque a veces fallen estrepitosamente, como en el estudio que conté ayer).

El primer vocalista de Black Sabbath y padrino del heavy metal, que el día 3 de este mes ha cumplido 69, representa ese estilo de vida autodestructivo tan frecuentemente asociado a las estrellas del rock. Aunque en su caso, parece que no lograría autodestruirse ni aunque se tragara el mecanismo de autodestrucción de la nave Nostromo.

Ozzy Osbourne durante el último concierto de Black Sabbath hasta hoy, en febrero de 2017 en Birmingham. Imagen de Wikipedia / Egghead06.

Ozzy Osbourne durante el último concierto de Black Sabbath hasta hoy, en febrero de 2017 en Birmingham. Imagen de Wikipedia / Egghead06.

Sobre esto del sexo, drogas y rock & roll en los músicos y en sus seguidores, tengo en la recámara un par de estudios interesantes que les traeré otro día. Pero hoy vengo a contarles una curiosidad, un estudio que por primera vez analiza en profundidad las letras de un solo grupo de largo recorrido considerado uno de los más influyentes en la historia del heavy metal, y que lógicamente no es otro que Black Sabbath. Los autores trataban de responder a una pregunta: ¿es cierto el tópico de que las canciones de Black Sabbath incitan al consumo de drogas?

La motivación del estudio se remonta a 1985, año en que se formó en EEUU el llamado Parents Music Resource Center (Centro de Recurso de Música para Padres), un comité fundado por cuatro esposas de políticos de Washington que nació con el ánimo de censurar la música con contenidos (para ellas) ofensivos. Al parecer, la idea partió de una de sus fundadoras, Tipper Gore, mujer de Al Gore, que un día descubrió a su hija escuchando Darling Nikki de Prince, un tema con explícitas referencias a la masturbación.

Tipper Gore, promotora y confundadora del Parents Music Resource Center, en 1985. Imagen de Wikipedia / PD-USGov.

Tipper Gore, promotora y confundadora del Parents Music Resource Center, en 1985. Imagen de Wikipedia / PD-USGov.

Ante el descubrimiento de aquella verdad incómoda, la señora Gore decidió hacer todo lo que estuviera en su mano por borrarla del mapa; por ejemplo, poner toda la industria de la música patas arriba. Las fundadoras del PMRC pretendían retirar todos los discos peligrosos de la vista del público en las tiendas y de la difusión por radio y televisión, e incluso que las discográficas reconsideraran los contratos con los músicos (ir)responsables. Y como tenían maridos poderosos, lograron que su pretensión llegara al Senado de EEUU.

Como no podía ser de otra manera, una buena parte de las sesiones del comité en el Senado estuvo dedicada al heavy metal; nueve de las canciones seleccionadas por el PMRC como las “quince sucias” (The Filthy Fifteen) eran temas de grupos heavy (curiosamente, ni uno solo punk; probablemente los miembros del PMRC no se habían molestado en escucharlos, tal vez porque pensaban que sus hijos jamás caerían tan bajo, aunque más tarde Jello Biafra de los Dead Kennedys se convertiría en una de las figuras más perseguidas por esta censura). El profesor de música Joe Stuessy, de la Universidad de Texas en San Antonio, declaró lo siguiente a propósito del heavy metal:

Contiene el elemento de odio, una maldad de espíritu. Sus temas principales son, como ustedes ya han escuchado, violencia extrema, rebelión extrema, abuso de sustancias, promiscuidad sexual y perversión y satanismo. Personalmente no conozco otra forma de música popular hasta ahora que haya tenido como uno de sus elementos centrales el elemento del odio.

Y añadía, al más puro estilo de Texas:

Espero que este comité encuentre una manera de enviar un mensaje a la industria: limpiad vuestra casa, o nosotros lo haremos por vosotros.

Versión actual de la etiqueta de advertencia en los discos en EEUU. Imagen de Wikipedia / RIAA.

Versión actual de la etiqueta de advertencia en los discos en EEUU. Imagen de Wikipedia / RIAA.

Al final todo quedó en esa famosa pegatina negra y blanca con la leyenda “Parental Advisory: Explicit Lyrics que se convirtió casi en una decoración estándar de los discos en EEUU, pero que también hizo a grandes cadenas de distribución abstenerse de vender la música así etiquetada. Por otra parte, el PMRC recibió la amplia condena del mundo musical en bloque. Las señoras se quedaron con dos palmos de narices cuando incluso el cantante folk John Denver (coautor e intérprete de la gran Take Me Home, Country Roads), cuyo apoyo esperaban, declaró en el Senado que era “enérgicamente contrario a la censura de cualquier clase en nuestra sociedad o en cualquier otro lugar del mundo”. En cierto modo al PMRC le salió el tiro por la culata, ya que algunos músicos insinuaban que la pegatina aumentaba sus ventas.

Uno de los aspectos en los que el comité más insistió es en que las letras del heavy metal incitan al consumo de drogas, y según Stuessy, los mensajes se repetían hasta 30 o 40 veces en la misma canción. Así que el año pasado Kevin Conway, del Instituto Nacional de Abuso de Drogas de EEUU, y Patrick McGrain, de la Universidad Gwynedd Mercy del mismo país, decidieron destripar el contenido de todas las canciones de Black Sabbath grabadas en estudio de 1970 a 2013, un total de 156 temas en 19 álbumes, para entresacar todas las referencias a las drogas, directas o indirectas, explícitas o implícitas, y analizar su valencia (positiva o negativa; digamos, buen o mal rollo).

Black Sabbath en Brasil en 2013, durante la gira de su último álbum '13'. Imagen de Wikipedia / Robson Batista.

Black Sabbath en Brasil en 2013, durante la gira de su último álbum ’13’. Imagen de Wikipedia / Robson Batista.

Los resultados sorprenderán incluso a algunos fans de la banda: solo el 13% de las canciones de Black Sabbath contienen algún tipo de alusión a las drogas, y de estas, en el 60% de los casos las referencias son “abrumadoramente negativas, un patrón que aumentó con el tiempo”, escriben los autores. En cambio, un dato que no sorprenderá es que todos los temas que hablan de drogas excepto uno fueron cantados por ningún otro que Ozzy, y compuestos por el bajista y letrista Geezer Butler. Los autores concluyen:

Nuestros resultados no apoyan la idea de que Black Sabbath glorifica o alienta al uso de sustancias, una denuncia a veces esgrimida contra la música heavy metal. Por el contrario, las letras de las canciones en su conjunto tejen un relato de advertencia sobre cómo el uso persistente de sustancias puede secuestrar la voluntad, convertirse en el foco dominante del individuo afectado y producir una miríada de formas de miseria humana.

En varias declaraciones, los componentes de Black Sabbath han coincidido en que fueron las drogas lo que destrozó el grupo en su primera etapa, y lo que llevó al despido de Ozzy. En enero de 2016, Butler declaraba a Rolling Stone que lleva tres años limpio de alcohol y drogas. Por su parte, el hombre que llegó a arrancar de un mordisco la cabeza de un murciélago en directo recayó en el alcohol y las drogas sin conocimiento del resto del grupo mientras grababan en 2013 su (hasta hoy) último álbum, 13. Tres años antes y a propósito del test genético, y a pesar de los resultados del test genético, los investigadores de la compañía de análisis genómico habían identificado lo que en realidad le ha mantenido vivo hasta hoy: su mujer, Sharon.

¿Y qué fue de Tipper Gore?, tal vez se pregunten. Ya que me tiran de la lengua… En 2010 se separó de su marido, el exvicepresidente de EEUU y campeón medioambiental Al Gore. Sus tres hijas también han fracasado en sus matrimonios. Una de ellas, Kristin, está actualmente casada con el cantante y guitarrista de Ok Go, ese grupo que graba unos vídeos increíblemente elaborados… y que en su tema You’re A Fucking Nerd And No One Likes You repite 34 veces la palabra “fuck“. En cuanto al benjamín de la familia y único chico, Al Gore III, ha sido detenido varias veces por posesión de drogas y por conducir borracho a 160 km/h… eso sí, en un coche híbrido.

¿Hay relación entre violencia y ciertos tipos de música?

Mi afición a la música y mi trabajo en esto de la información científica me llevan a curiosear en todo aquello que los estudios tienen que decir sobre el fenómeno musical. Uno de los avances más interesantes del conocimiento en las últimas décadas es el encuentro entre ciencias y humanidades, tradicionalmente separadas por esa frontera artificial y artificiosa del ser de letras o de ciencias. Fíjense en las tertulias radio/televisivas: ¿verdad que en alguna ocasión han escuchado a alguno de sus participantes decir “yo no sé nada de ciencia?” ¿Y alguna vez han escuchado a uno de sus participantes decir “yo no sé nada de historia/arte/literatura/música/filosofía”?

Hoy cada vez es más habitual encontrar estudios firmados al unísono por filólogos y científicos computacionales, historiadores y químicos, o arqueólogos y físicos, porque las ciencias experimentales están aportando enfoques y técnicas que permiten profundizar en las investigaciones humanísticas de una forma antes inaccesible. La frontera se ha derribado; hoy el conocimiento es multidisciplinar. Ya no es posible saber mucho sin saber algo de ciencia. Y por cierto, este es precisamente el motivo que da a este blog el título de Ciencias Mixtas.

El grupo de Black Metal Gorgoroth, cuyo exlíder Gaahl (en el centro) fue encarcelado dos veces por agresión y ha alentado a la quema de iglesias. Imagen de Wikipedia / Alina Sofia.

El grupo de Black Metal Gorgoroth, cuyo exlíder Gaahl (en el centro) fue encarcelado dos veces por agresión y ha alentado a la quema de iglesias. Imagen de Wikipedia / Alina Sofia.

En lo referente a la música, tengo amplias tragaderas. Digamos que desde Mozart a System of a Down, me cabe mucho (aunque desde luego no todo, ni muchísimo menos). Pero como he contado aquí regularmente y sabrá cualquier visitante asiduo de este blog, tengo una especial preferencia por ciertos estilos de música que convencionalmente suelen considerarse extremos, como el punk o el metal. Mis raíces estuvieron en lo primero, y lo segundo me lo aportó la otra mitad con la que comparto mi vida desde hace ya décadas.

De hecho, creo que mi caso no es nada original: en el mundo de la ciencia es frecuente encontrar gustos parecidos, y algunos científicos han llegado incluso a triunfar en estos géneros musicales; aquí conté tres casos, los de Greg Graffin (Bad Religion), Dexter Holland (The Offspring) y Milo Aukerman (Descendents). Sí, sí, también está Brian May (Queen), pero ya en otro estilo musical, alejado de los extremos y mucho más mayoritario.

El líder de Bad Religion, Greg Graffin (en el centro), es doctor en biología evolutiva. Imagen de Wikipedia / Cecil.

El líder de Bad Religion, Greg Graffin (en el centro), es doctor en biología evolutiva. Imagen de Wikipedia / Cecil.

Respecto a esta relación entre ciencia y punk (que es bastante profunda), lo que era solo mi impresión personal quedó curiosamente refrendado por un estudio que conté aquí hace algo más de un par de años, y que descubría una asociación entre los perfiles de personalidad más analíticos y el gusto por géneros musicales como el hard rock, el punk o el heavy metal; y dentro de otros géneros menos extremos, con sus versiones más duras; por ejemplo, John Coltrane y otros intérpretes de jazz de tendencia más vanguardista.

Y sin embargo, suele circular perennemente esa idea que asocia este tipo de géneros, digamos, no aptos para el hilo musical del dentista, con tendencias violentas y criminales, delincuencia, conductas antisociales y vidas desestructuradas.

No vamos a negar que el rock en general tiene su cuota de existencias problemáticas. Pero si hay adolescentes que se suicidan después de escuchar a Judas Priest, a My Chemical Romance o a Ozzy Osbourne (o a Iggy Pop, como hizo Ian Curtis de Joy Division), o desequilibrados que matan inspirándose en Slayer o en Slipknot, en ninguno de estos casos pudo sostenerse responsabilidad alguna de la música o de sus creadores. Si existe un desequilibrio ya prexistente, puede buscar un molde en el que encajarse. Y esos moldes pueden ser muy diversos: el asesino de John Lennon, Mark Chapman, que venía tarado de casa, encontró su misión precisamente en la música del propio Lennon.

Slipknot. Imagen de Wikipedia / Krash44.

Slipknot. Imagen de Wikipedia / Krash44.

Un caso particular es el del Black Metal, asociado a cultos satánicos y en algunos casos a grupos neonazis. En los años 90 esta corriente acumuló en Noruega, su cuna de origen, un macabro historial de suicidios, asesinatos, torturas y quema de iglesias; no por parte de los fans, sino de los propios músicos. Pero es evidente que la inmensa mayoría de la comunidad del Black Metal, músicos y fans, no ha hecho daño a una mosca ni piensa hacerlo, por mucho que alguno de sus líderes les anime a ello. No hay más que darse una vuelta por los comentarios de los foros para comprobar que los fans condenan la peligrosa estupidez de algunos de estos personajes, quienes simplemente han encontrado un outlet a su perversidad; parece concebible que, para quien ya viene malo de fábrica, el Black Metal tenga más glamour que la jardinería o el macramé.

Indudablemente, para algunos fans el Black Metal será solo música. Y quien piense que no es posible admirar la creación sin admirar a su creador, debería abstenerse de disfrutar de las obras de los antisemitas Degas, Renoir o T. S. Eliot, los racistas Lovecraft y Patricia Highsmith, el fascista Céline, los pedófilos Gauguin y Flaubert, el machista Picasso, el maltratador y homófobo Norman Mailer, el incestuoso Byron o incluso la madre negligente y cruel Enid Blyton (autora de Los cinco). Y por supuesto, jamás escuchar a Wagner, el antisemita favorito de Hitler. Esto, solo por citar algunos casos; con demasiada frecuencia, una gran obra no esconde detrás a una gran persona.

Una seguidora del Black Metal. Imagen de Flickr / Robert Bejil / CC.

Una seguidora del Black Metal. Imagen de Flickr / Robert Bejil / CC.

También sin duda, habrá en la comunidad del Black Metal quienes se sumerjan en ese culto sectario (no puedo evitar que me venga a la memoria aquel momento genial de El día de la bestia de Álex de la Iglesia, cuando Álex Angulo le pregunta a Santiago Segura: “tú eres satánico, ¿verdad?”. Y él responde: “Sí, señor. Y de Carabanchel”). Pero nos guste o no el oscurantismo malvado, mientras mantengan a Hitler y a Satán dentro de sus cabezas, y sus cabezas dentro de la ley, quienes defendemos la luz de la razón rechazamos el delito de pensamiento. Y no olvidemos: ¿cuántos crímenes se han perpetrado enarbolando la Biblia? Culpar a la música es como culpar a la religión musulmana en general de las atrocidades cometidas en su nombre (sí, algunos lo hacen).

Pero en fin, en realidad yo no venía a hablarles del Black Metal, aunque por lo que he podido ver, o más bien por lo que no he podido ver, sobre este género aún hay mucho campo para la investigación; abundan los estudios culturales, antropológicos y etnográficos, pero parece que aún faltan algo de psicología experimental y de sociología cuantitativa que sí se han aplicado a otros géneros.

A lo que iba: últimamente he reunido algún que otro estudio científico-musical que creo merece la pena comentar. Uno de ellos habla sobre esto de los presuntos comportamientos alterados y antisociales en los seguidores del heavy metal. ¿Quieren saber lo que dice? El próximo día se lo cuento. No se lo pierdan, que hay miga.

Ríe y el mundo reirá contigo: adiós, Chiquito, rey de las paragoges

La obra a la que el grandísimo Chiquito de la Calzada puso punto y final la pasada noche debería ofrecer ahora un modelo de estudio a los investigadores dedicados a responder a todas esas preguntas científicas sobre el humor: ¿qué nos hace reír? ¿Por qué nos reímos? ¿Qué función tiene la risa?

Chiquito de la Calzada. Imagen de GTRES vía 20minutos.es.

Chiquito de la Calzada. Imagen de GTRES vía 20minutos.es.

Si hay un solo español que jamás haya citado o imitado a Chiquito, que levante la mano. Los científicos suelen apuntar que el humor y la risa tienen un claro componente cultural. Por curiosidad, me ha dado por rebuscar un poco en internet referencias sobre Chiquito; pero no en español, las cuales pueden encontrarse a millones, sino en inglés.

Como era de esperar, apenas hay referencias a Chiquito en inglés. Naturalmente, la que hoy es la noticia del día en nuestro país ni asoma en los medios anglófonos. Pero aun así, se encuentran algunas menciones curiosas. El Urban Dictionary recoge una definición de “fistro” que traduzco del inglés:

Es una palabra aparentemente sin significado, creada por el humorista español Chiquito de la Calzada, que se convirtió en parte del lenguaje colectivo y recurrente en la jerga de los chistes españoles. Es una palabra graciosa de por sí y puede reemplazarse por cualquier significado. Es especialmente graciosa cuando sustituye a palabras sexuales o para insultar a alguien de una manera graciosa y amistosa:

That woman is naked you can see all his [sic] down fistro (esa mujer está desnuda y se le ve el fistro de abajo)

That man is touching his sexual fistro (ese hombre está tocando su fistro sexual)

I dont believe your tales you are such a fistro (no me creo tus historias, eres un fistro)

También es curiosa la mención a Chiquito de la Calzada en el libro English Phonetics and Phonology for Spanish Speakers, de Brian Leonard Mott, filólogo británico del Departamento de Filología Inglesa y Alemana de la Universidad de Barcelona. En su libro, Mott describe la paragoge, una figura de dicción que consiste en añadir un sonido al final de la palabra. El filólogo explica que es un fenómeno raro en inglés, cuyo ejemplo más conocido es el nombre de la ciudad de Bristol, donde la “l” final surgió como una paragoge añadida a la denominación original de la localidad, Bristou, “el sitio del puente”.

En una nota a pie de página, Mott apunta: “es interesante también que hay un humorista andaluz, Chiquito de la Calzada, que usa eles intrusivas al final de palabras con sílabas abiertas, como cómo(l) y mío(l)“. Estoy seguro de que a Mott, viviendo en Barcelona y siendo experto en cultura lingüística española, también se le habrá escapado algún que otro “pecadorrr”.

Pero además del factor cultural, la risa tiene también un componente genético evolutivo. Es curioso que los seres humanos nacemos llorando. Los bebés no comienzan a reír hasta que cumplen entre dos y seis meses de vida. Algunos científicos teorizan que existen dos tipos de risa, clasificándolas como Duchenne y no-Duchenne, por el neurólogo francés Guillaume Duchenne, que en el siglo XIX distinguió dos clases de sonrisas.

La sonrisa de Duchenne contrae los músculos cigomáticos mayores, los de las mejillas que elevan las comisuras labiales, pero también los músculos orbiculares de los párpados, los que suben las mejillas y dibujan patas de gallo junto a los ojos. La sonrisa de Duchenne es la que sonríe también con los ojos, y que socialmente interpretamos como una sonrisa sincera. Algunos científicos suponen que este tipo de sonrisa está genéticamente programado en nuestras células.

Por el contrario, la sonrisa no-Duchenne solo actúa en la boca. Se dice que posiblemente esta sonrisa la aprendemos culturalmente, ya que la utilizamos como gesto de cortesía. En el mundo anglosajón se la conoce a veces como sonrisa Pan Am, ya que supuestamente las azafatas de la extinta línea aérea estadounidense estaban obligadas a sonreír cada vez que intercambiaban miradas con un pasajero. No necesariamente es una sonrisa falsa, pero las sonrisas falsas sí son sonrisas no-Duchenne. Más recientemente, el uso del botox en inyecciones alrededor de los ojos para borrar las patas de gallo puede paralizar los músculos oculares, motivo por el cual algunas personas que siguen estos tratamientos pierden la sonrisa Duchenne y parecen sonreír en falso.

Según los expertos, la risa es una respuesta próxima al reflejo, a caballo entre la fisiología y la conducta, y el humor es un proceso emocional más complejo. El humor nos sirve para reforzar vínculos sociales, liberar tensiones o incluso como indicador de aptitud (fitness en sentido evolutivo) para la selección sexual, una forma de selección natural. Incluso el humor limpio, el de reírse con, y el malicioso, reírse de, tienen sus propias firmas cerebrales.

En sentido evolutivo, algunos científicos apuntan que la risa pudo surgir como una preadaptación, un mecanismo fisiológico en busca de una función, y que poco a poco fuimos elaborándola a través de la evolución biológica y cultural para darle esa función.

Y dado que el humor actúa como un pegamento social, la risa es contagiosa. Los estudios dicen que nos reímos más en compañía que solos ante los mismos estímulos, y que por tanto las risas del público que asiste en directo a un programa de televisión no son fingidas; simplemente, ellos se ríen más porque son más para reírse.

Los primates tenemos un peculiar elemento llamado neuronas espejo, que se activan tanto cuando ejecutamos una acción como cuando vemos a otro ejecutarla, y que nos sirven para imitar y aprender. Y según descubrió la neurocientífica Sophie Scott, del University College London, algunas de estas neuronas espejo son responsables del contagio de la risa: procesan la señal auditiva cuando oímos a otros reír y activan los músculos de la cara para que nos unamos a la fiesta. Como dice Scott, “ríe y el mundo entero reíra contigo”.

O al menos, la parte del mundo a quienes una paragoge añadida al final de una expresión tan cotidiana como “no puedo” nos hace tanta gracia. Aunque ni nosotros ni la ciencia sepamos explicar por qué.

¿Y si en todo el mundo fuera la misma hora, y Navidad siempre fuera lunes?

Durante 61 años, los empleados de Kodak veían en los calendarios de su empresa una fecha distinta de la oficial. George Eastman, el fundador de la compañía, era un entusiasta del llamado Calendario Fijo Internacional (CFI), una idea propuesta por el economista británico Moses Bruine Cotsworth en 1902.

La idea de Cotsworth era sencilla: 13 meses de 28 días cada uno, divididos en cuatro semanas. El mes adicional, llamado Sol, se insertaría entre junio y julio. En total, 364 días. Para llegar a los 365 del año solar, nuestro actual 31 de diciembre –el día después del 28 de diciembre en el CFI– sería una fiesta llamada Día del Año; sin número, mes ni día de la semana, entre el sábado 28 de diciembre y el domingo 1 de enero. El día 1 de cada mes siempre sería un domingo, todos los meses de todos los años. Navidad, o el cumpleaños de cada cual, siempre caería en el mismo día de la semana.

Imagen de pixabay.com/CC.

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Los años bisiestos seguirían la misma periodicidad que en nuestro calendario gregoriano actual. Pero para no descabalar las fechas, el día adicional, 29 de junio, no tendría día de la semana –lo mismo que el Día del Año–: caería entre el sábado 28 de junio y el domingo 1 de Sol.

La idea de un calendario perpetuo y unificado es en realidad anterior a Cotsworth, pero fue la propuesta del británico la que logró popularizarla y ganarle muchos seguidores. Sin embargo, nunca ha llegado a adoptarse en ningún lugar del mundo; excepto en Kodak, que empleó este calendario de 1928 a 1989.

Con el reciente cambio de hora, del cual ya hablé aquí, volvieron a surgir las eternas discusiones sobre los horarios. Pero sobre todo ello hay una conclusión clara: la biología, nuestra faceta como seres vivos, entiende perfectamente el discurrir del tiempo y qué debe hacer en cada momento; la normativa, nuestra faceta como seres sociales, después de miles de años de civilización aún no ha encontrado una manera de medir el tiempo que sea sencilla, comprensible, infalible, universal y cien por cien compatible con nuestros ritmos biológicos.

He aquí una idea: el astrofísico Richard Conn Henry y el economista Steve H. Hanke, ambos de la Universidad Johns Hopkins en EEUU, son los autores de una versión del calendario perpetuo que varía ligeramente respecto a la de Cotsworth: marzo, junio, septiembre y diciembre tendrían 31 días, mientras que el resto de los meses tendrían 30. Así, cada trimestre tendría 91 días, con dos meses de 30 días seguidos por otro de 31. Siempre los mismos días de cada año en los mismos días de la semana; Navidad y Año Nuevo, siempre en lunes. Y adiós a los bisiestos: en su lugar, Henry y Hanke proponen hacer el ajuste necesario con una semana extra al final de diciembre cada cinco o seis años, los años que en nuestro calendario actual comienzan o terminan en jueves.

Pero la propuesta de Henry y Hanke no acaba aquí: los dos profesores abogan además por demoler los husos horarios y adoptar la misma hora en todos los lugares del planeta. Cuando fueran las 09:23, serían las 09:23 en cualquier rincón de la Tierra. Este sistema se utiliza actualmente en la aviación, donde los pilotos se ciñen al Tiempo Universal Coordinado (UTC) o Zulu para evitar confusiones al cruzar los husos horarios.

Un horario universal sería más conveniente para todos aquellos cuyas ocupaciones les obligan a viajar con frecuencia o a manejar distintos horarios. Una misma hora en todo el mundo facilitaría la sincronización de cualquier tipo de actividad entre distintas ubicaciones del planeta. Según Henry y Hanke, su sistema permitiría una “planificación racional de las actividades anuales, desde la escuela a las vacaciones del trabajo”.

A algunos les parecerá una idea maravillosa; a otros les resultará abominable, sobre todo a aquellos que quedarían condenados a que su cumpleaños siempre caiga en lunes. Pero algo parece claro: nuestro actual calendario, el gregoriano, y nuestros complicados sistemas de husos horarios y cambios de hora son el resultado de un proceso histórico que ha ido colocando parches en un sistema imperfecto, nacido del conflicto entre la naturaleza inexacta y la necesidad de una cronología exacta, de la amalgama entre los calendarios lunares y solares, e influido por condicionantes religiosos.

Si hoy pudiéramos borrar toda la página y comenzar de nuevo, es probable que adoptáramos un calendario y un horario como los que proponen Henry y Hanke. No solamente por una cuestión práctica de facilidad, sino por algo más importante: hoy sabemos que luchar contra los ritmos que nos impone nuestra biología es difícil, pero que además generalmente es perjudicial para nuestra salud.

Con un tiempo universal, tendríamos la dificultad de saber qué horario deberíamos seguir en cada lugar del planeta, ya que en algunos países se entraría a trabajar a las 09:00 horas, mientras que en otros sería a las 17:00 o a las 22:00. Pero superando esta pequeña dificultad de adaptación, probablemente lograríamos que fuera el reloj el que se adaptara a nuestros ciclos, y no al contrario como ocurre ahora; liberados de la tiranía de las manecillas, es más probable que los ciclos de sueño, trabajo y descanso se ciñeran al ritmo natural de los días y las noches.

Pero por supuesto, es imposible comenzar de nuevo. Salvo, tal vez, en otro planeta.