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Los secretos de las ciencias para
los que también son de letras

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Por fin, un ensayo clínico compara el efecto de usar o no un paracaídas al saltar de un avión

En 2003 dos investigadores británicos se propusieron reunir todos los ensayos clínicos existentes en la literatura médica que comparasen el efecto de usar un paracaídas al saltar de un avión con el de no utilizarlo. Su propósito era llevar a cabo un metaestudio, es decir, un estudio de estudios, con el fin de llegar a una conclusión estadísticamente fiable sobre si este adminículo protegía más de los daños de la caída que su ausencia. Pero para su sorpresa, los investigadores no encontraron ni un solo estudio clínico que hubiera evaluado tal extremo.

Si leyeron la anterior entrega de este blog, o conocen la costumbre festiva navideña de ciertas revistas médicas, ya habrán adivinado que se trataba de uno de esos estudios que se publican por estas fechas y que sacan de las entrañas de los médicos su sentido del humor, que muchos de ellos ocultan durante el resto del año (no, yo nunca he escrito esto, debe de ser un error informático). El estudio, en efecto, formaba parte de la edición navideña del BMJ (British Medical Journal), y ha perdurado como uno de los más celebrados por los fanes del humor biomédico.

Sin embargo, el estudio no era una broma inocente sin más, sino que iba cargado de metralla: los autores, Gordon Smith, ginecólogo de la Universidad de Cambridge, y Jill Pell, consultora del Departamento de Salud Pública en Glasgow, pretendían ridiculizar la medicina basada en pruebas, que solo valida la utilidad de un fármaco o procedimiento médico cuando ha superado un ensayo clínico controlado y aleatorizado, en el que se compara la intervención con un placebo de forma aleatoria en un grupo amplio de pacientes.

El argumento que Smith y Pell defendían era que en muchos casos la experiencia de los facultativos y sus observaciones directas, junto con la plausibilidad biológica (una forma pomposa de llamar al sentido común aplicado a la biomedicina), bastan para certificar los beneficios de un tratamiento médico. Incluso teniendo en cuenta que existen casos de heridas provocadas precisamente por el paracaídas (debido a defectos de funcionamiento o mal uso), y que hay datos documentados de personas que han sobrevivido a una caída desde un avión sin emplear este dispositivo, a nadie se le ocurriría emprender un ensayo clínico para comparar su uso y su no uso: la experiencia y la plausibilidad son suficientes para entender que es una mala idea saltar desde un avión sin paracaídas.

“El uso extendido del paracaídas debe de ser solo otro ejemplo de la obsesión de los médicos con la prevención de enfermedades y de su errónea creencia en tecnología no probada para proporcionar protección eficaz contra fenómenos adversos ocasionales”, ironizaban Smith y Pell, para concluir: “Quienes abogan por la medicina basada en pruebas y critican el uso de intervenciones no basadas en ellas no dudarán en demostrar su compromiso ofreciéndose voluntarios para un ensayo doble ciego aleatorizado y controlado con placebos”.

Un paracaidista. Imagen de pixabay.

Un paracaidista. Imagen de pixabay.

Pero la sátira de Smith y Pell, que se ha convertido en un clásico citado a menudo por algunos médicos para defender su prescripción de tratamientos no avalados por ciencia sólida, ha encontrado respuesta ahora, en la presente edición navideña del BMJ. Y la réplica es, por fin, el primer ensayo clínico aleatorizado, bautizado como PARACHUTE, sobre la eficacia del paracaídas frente a la falta de él.

Los investigadores, dirigidos por el cardiólogo Robert Yeh del centro médico Beth Israel Deaconess de la Universidad de Harvard, reclutaron a 23 voluntarios participantes para saltar desde un avión o un helicóptero; 12 de ellos saltaron con un paracaídas, y los 11 restantes con una mochila vacía. Aunque las condiciones se aleatorizaron entre los sujetos, el estudio no fue doble ciego, si bien en este caso los autores no esperaban una llamativa influencia del efecto placebo.

Los resultados son claros: al cuantificar las muertes o los daños traumáticos sufridos por los voluntarios después de la caída, no se encontraron diferencias entre quienes portaban un paracaídas o quienes llevaban una mochila vacía. Una vez recopilados los datos y aplicado un programa de tratamiento estadístico, se observó que en ambas condiciones los daños fueron del 0%, tanto cinco minutos después del salto como a los 30 días del estudio. “El uso del paracaídas no redujo significativamente la muerte o los daños”, concluyen los autores.

Sin embargo, admiten que el estudio adolece de una importante limitación: a diferencia de lo que sucede con otras personas que saltan con paracaídas y que no han participado en la investigación, “los participantes en el estudio iban en aeronaves a una altitud significativamente menor (una media de 0,6 metros para los participantes frente a una media de 9.416 metros para los no participantes) y a menor velocidad (media de 0 km/h frente a media de 800 km/h)”.

Es decir, que los participantes saltaron desde aeronaves que estaban paradas en tierra. Por lo tanto, los autores reconocen que este hecho “puede haber influido en los resultados del ensayo”, y recomiendan “cautela en la extrapolación a saltos a gran altitud”. “Nuestros hallazgos pueden no ser generalizables al uso de paracaídas en aeronaves que viajan a mayor altura o velocidad”, concluyen.

Imagen de una de las participantes en el estudio durante su salto con una mochila vacía. El estudio aclara que no sufrió muerte ni grandes daños a resultas de su impacto con el suelo. Imagen de Yeh et al / BMJ.

Imagen de una de las participantes en el estudio durante su salto con una mochila vacía. El estudio aclara que no sufrió muerte ni grandes daños a resultas de su impacto con el suelo. Imagen de Yeh et al / BMJ.

Pero naturalmente, detrás de todo esto hay también una moraleja, que responde con astucia y elegancia al estudio previo de Smith y Pell. A primera vista, una interpretación simple podría extraer el resumen de que los ensayos clínicos no tienen la menor utilidad, que sus resultados son basura y que dicen lo que sus autores quieren que digan, como suelen defender los conspiranoicos y los detractores de la medicina basada en pruebas. Pero de eso se trata: todo esto es cierto… cuando los ensayos están mal diseñados, cuando su planteamiento responde a un sesgo destinado a demostrar lo que ya se ha decidido previamente.

Esto es precisamente lo que ocurre con la medicina no avalada por pruebas, con las decisiones clínicas basadas solo en la experiencia de los facultativos, en sus observaciones directas y en la plausibilidad biológica: el estudio muestra que, fuera de su contexto general, aquello que a un médico parece funcionarle en sus condiciones particulares no es necesariamente extrapolable a todos los casos.

En concreto, Yeh y sus colaboradores subrayan un frecuente error debido a estos prejuicios, y es que la creencia en la eficacia de un tratamiento, no apoyada en ensayos clínicos rigurosos, lleva a algunos médicos a incluir en el estudio solo a los pacientes de bajo riesgo, ya que consideran poco ético negar una intervención que ellos creen eficaz a los enfermos en situación más crítica. En el ejemplo del ensayo PARACHUTE (que los autores trataron de inscribir en el registro de ensayos clínicos de Sri Lanka, pero que fue rechazado), los pacientes de bajo riesgo son aquellos que saltan desde aeronaves paradas en tierra; los de alto riesgo son quienes lo hacen desde aviones a 10.000 metros de altura.

“Cuando existen creencias en la comunidad sobre la eficacia de una intervención, los ensayos aleatorizados pueden reclutar selectivamente a individuos para los que se percibe una probabilidad baja de beneficio, reduciendo así la aplicabilidad de los resultados en la práctica clínica”, escriben los autores. Así, estas creencias pueden “exponer a los pacientes a riesgos innecesarios sin un claro beneficio”. “Las creencias basadas en la opinión experta y la plausibilidad biológica se han probado erróneas por posteriores evaluaciones aleatorizadas y rigurosas”, añaden.

Y todo ello, claro está, teniendo en cuenta que en realidad la mayoría de los tratamientos médicos “probablemente no serán tan eficaces para lograr sus fines como lo son los paracaídas en prevenir los daños cuando se salta desde un avión”. Lo cual viene a decir que citar el ejemplo del paracaídas para atacar la medicina basada en pruebas es simplemente un disparate.

En definitiva, Yeh y sus colaboradores admiten que los ensayos clínicos pueden tener sus limitaciones; pero parafraseando lo que decía Churchill sobre la democracia, la ciencia tal vez sea la peor manera de aproximarnos a la verdad, exceptuando todas las demás alternativas que ya se han probado.

Célula de español científico: “pivotal” no existe

Hace unos días les hablaba aquí de una expresión, seminal study, que es común en el inglés científico para designar estudios que han influido poderosamente en el desarrollo de una nueva línea científica; y que no debe traducirse literalmente al español, ya que en nuestro idioma “seminal” tiene exclusivamente un significado más… bueno, más seminal.

Lo cual, en cierto modo, fue una sorpresa incluso para mí: hace unos días, mientras recogía documentación para un reportaje, leí otro que escribí hace varios años sobre el mismo tema, y ahí me encontré con la horma de mi zapato: en el texto mencionaba un “experimento seminal”. Y no, no tenía nada que ver con el semen. Utilizar esta palabra en un contexto figurado viste mucho, pero quienes nos dedicamos a escribir debemos hacer un esfuerzo de rigor en el uso del lenguaje. Y salvo cuando se trata de una licencia creativa, deberíamos abstenernos de otorgar a las palabras significados que no tienen en nuestro idioma. Será que con los años uno se vuelve más estricto, pero el diccionario está para consultarlo, y debo reprocharle a aquella versión más joven de mí que en aquella ocasión no lo hiciera.

Existe otro término que también se utiliza frecuentemente en inglés, que muchos científicos traducen literalmente cuando escriben en español, y que debería evitarse para un uso correcto del castellano. En inglés se habla de pivotal en referencia a algo que, según el Oxford Dictionary, es “de crucial importancia en el desarrollo o el éxito de algo”. Dentro de los muchos contextos en los que suele utilizarse, se habla también habitualmente de “pivotal study“.

Así, es frecuente leer textos científicos en español en los que se habla también de “estudio pivotal” o “experimento pivotal“. Pero en este caso no hay una confusión de significados, sino algo aún más determinante: la palabra “pivotal” no existe en castellano; no está recogida en el diccionario de la RAE. Es solo un palabro, un anglicismo innecesario, ya que existen muchos términos en nuestro idioma para expresar el mismo concepto: influyente, crucial, trascendental, clave…

Lo cual no implica que no pueda hablarse de “pivotar” como verbo en sentido figurado; el propio diccionario lo admite. Pivotar significa “moverse o apoyarse sobre un pivote”, o sea, un “extremo cilíndrico o puntiagudo de una pieza, donde se apoya o inserta otra, bien con carácter fijo o bien de manera que una de ellas pueda girar u oscilar con facilidad respecto de la otra”. Y dado que el sentido figurado es admisible, podría decirse que una línea de investigación pivota sobre un estudio concreto. El motivo por el que no debería decirse entonces que este estudio es “pivotal” es sencillamente porque la palabra no existe, del mismo modo que podemos hablar de sustancias estupefacientes o de quedarnos estupefactos, pero el verbo del que parecerían derivarse estas formas, estupefacer, no existe, aunque también se utilice por ahí.

La cuestión se complica por el hecho de que “pivotal” se emplea en inglés también de forma más específica para referirse a un ensayo clínico cuyo resultado es determinante para la aprobación de un nuevo fármaco o procedimiento, lo que ha llevado a importar su traducción literal al castellano también en la jerga farmacéutica y médica como estudio o ensayo pivotal. Este uso tiene la ventaja de que designa exclusivamente algo cuyo significado el lector entiende; el lenguaje científico se distingue por su correspondencia unívoca, un nombre para cada cosa y una cosa para cada nombre. Pero así como transcarbamilasa o neutralino son palabras que se inventan para designar conceptos nuevos y no puede esperarse que el diccionario las recoja todas (¿o sí?), pivotal es solo un engendro resultante de un uso perezoso del lenguaje, como forwardear o escribir “k” en lugar de “que”.

Célula de español científico: “Estudio seminal” no es lo mismo que en inglés

Los científicos hablan tan bien o tan mal como el resto de la gente de su mismo nivel cultural, pero en la ciencia existe una inevitable tendencia al Spanglish. Inevitable, no como en el mundo de la empresa, donde quien dice staff en lugar de personal, partner en vez de socio o hacer un break en vez de tomarse un descanso es simplemente un moron.

No, en ciencia es realmente inevitable: continuamente se están nominando conceptos nuevos que antes no existían, y como es lógico los nombres se eligen en inglés, la lengua global de la ciencia. Muchos de ellos se castellanizan para adaptarlos y acaban incorporándose al diccionario; por ejemplo, ribosoma o mitocondria.

En otros casos es más complicado: el complejo encargado de eliminar los trozos sobrantes de los genes se llama spliceosome, ya que esta función se denomina splicing, que significa literalmente empalmar o unir fragmentos separados. El término splicing entró al lenguaje científico español tal cual, sin adaptar ni traducir (pronunciado a la castiza como “esplaisin“); y aunque el spliceosome aparece por ahí referido como espliceosoma, en los laboratorios se oye hablar del “esplaiseosoma“, es decir, puro Spanglish.

Es más, en muchos casos la traducción no hace sino confundir. Durante mis años de estudiante tuve una profesora de genética molecular que había escrito un libro de texto en el que se traducía absolutamente todo, y los resultados eran bastante aberrantes. Por ejemplo, una técnica de marcaje de ADN denominada Nick translation, en la que un hueco en la cadena iba moviéndose a lo largo de esta, aparecía traducida literalmente como “traslado de la mella”. Muy correcto, pero tan equívoco como, en el fondo, inútil.

Debido a esta peculiar mezcla de castellano e inglés en los laboratorios hispanoparlantes, y a que los científicos escriben sobre todo en inglés, y a que los estudios (nadie los llama así, sino papers, y de hecho un paper no siempre es un estudio) usan un lenguaje muy estandarizado repleto de fórmulas sobadas y frases hechas, cuando los investigadores hablan o escriben en español tienden a cometer errores procedentes de traducciones demasiado literales que no se corresponden en sus significados en ambos idiomas (algo parecido a lo que suele llamarse false friends), o de la importación directa de estructuras gramaticales que en inglés son correctas, pero no en castellano.

En el último par de años he estado editando libros escritos por científicos españoles para la colección de National Geographic y RBA Desafíos de la Ciencia, y esta experiencia ha reforzado una tesis que sostengo en este blog: la separación tradicional de ciencias y letras como dos sustancias inmiscibles es un error del sistema educativo.

Hoy es más importante que nunca que los científicos hagan un esfuerzo de outreach, y perdón por el anglicismo que tampoco sé muy bien cómo traducir; si acaso, algo así como vinculación con la sociedad. Una parte sustancial de esta tarea consiste en la divulgación, y para ello es necesario adquirir la capacitación adecuada para comunicar y escribir correctamente. Las carreras de ciencias deberían incluir algún módulo o asignatura de redacción y comunicación científica, ya que actualmente debería ser una de las aptitudes de todo investigador.

Así que me he decidido a traer aquí, en forma de células esporádicas, algunos de los errores más comunes en los que suelen incurrir los científicos cuando escriben en castellano, según mi sola experiencia. No pretendo dar lecciones a nadie, porque lo que voy a contar no es mi opinión o mi juicio, sino el de la RAE. Como suelo decir aquí, las leyes que no vienen determinadas por fuerzas de la naturaleza, como es el caso de las normas léxicas o gramaticales, pueden cambiarse si quienes las dictan así lo deciden. Pero si tenemos un organismo regulador del uso del lenguaje, deberíamos hacer lo posible por ceñirnos a su criterio, a menos que tengamos una buena razón para no hacerlo; y el desinterés por conocer las normas o por aplicarlas no cuenta como buena razón.

El caso que les traigo hoy es el de una expresión que me canso de ver y corregir en los manuscritos de los científicos. En inglés se llama seminal study o seminal paper a un estudio que inaugura una nueva línea de investigación, técnica, disciplina… Por ejemplo, en 2012 Emmanuelle Charpentier y Jennifer Doudna publicaron su seminal study sobre el sistema de edición genómica CRISPR.

El inglés, a diferencia del español, no cuenta con un único diccionario oficial. Pero uno de los más seguidos y respetados, el de Oxford, recoge como primera acepción de la palabra seminal algo que “influye fuertemente en desarrollos posteriores”. El diccionario Merriam-Webster y el Collins, otros dos recursos fundamentales de la lengua inglesa, también recogen este significado. Así que en inglés es correcto hablar de “seminal study” en este sentido.

Pero no ocurre lo mismo en castellano. Según el diccionario de la RAE, “seminal” es “perteneciente o relativo al semen de los animales masculinos”, o “perteneciente o relativo a la semilla”, o “fecundo”. Otra cuestión es si sería conveniente que también se incorporara al diccionario español el significado que esta palabra tiene en inglés. Pero no nos corresponde a nosotros decidirlo. Y mientras no sea así, “estudio seminal” en castellano significa más bien esto:

ESpermatozoides teñidos para un estudio de la calidad del semen. Imagen de Bobjgalindo / Wikipedia.

Espermatozoides teñidos para un estudio de la calidad del semen. Imagen de Bobjgalindo / Wikipedia.

Y claro, es fácil imaginar las consecuencias: en algún caso me he encontrado tantos “estudios seminales” en un texto que aquello parecía otra cosa; el manuscrito llegaba a resultar demasiado espeso. Como alternativa puede emplearse “estudio fundacional”, que viene a significar lo mismo, pero que no desvía la atención hacia la equívoca idea de que las nuevas ciencias nacen de los gametos masculinos…

En las antípodas no caminan cabeza abajo, y por eso ven la Luna al revés

A propósito de mi tema anterior sobre el vuelo de las moscas dentro de vehículos en movimiento, mi vecina de blog y amiga Madre Reciente tuiteaba recomendando su lectura a sus seguidores, sobre todo, decía, “si sois de los que aún no entendéis por qué en las antípodas no caminan cabeza abajo”.

El astuto comentario de MR merece una explicación. Alguien podría preguntar: ¿cómo que no caminan cabeza abajo? Sí, ¿no? Es decir, no es que vayan arrastrando la cabeza por el suelo y moviendo las piernas en el aire, pero están al revés. ¿No?

Recuerdo que hace años, durante un viaje a Nueva Zelanda, se me ocurrió de repente pensar que la intuición y la costumbre nos hacen a todos un poco terraplanistas. Es decir, si en aquel momento alguien me hubiera preguntado hacia dónde estaba mi casa, probablemente mi impulso inmediato habría sido señalar hacia el horizonte en dirección noroeste, por el hábito de ver los mapamundis con la proyección de Mercator, centrados en el océano Atlántico y con el norte arriba.

Pero en realidad, si me hubiera parado un momento a pensarlo, tendría que haber apuntado con el dedo en perpendicular hacia el suelo. Porque lo cierto es que la ruta más corta de vuelta a mi casa habría sido, si tal cosa fuera posible, perforando el suelo y siguiendo todo recto, como en aquel desafortunado remake de Desafío total.

Por desgracia solo pude recorrer la isla sur, así que no pude pisar las antípodas de mi casa, que caen en algún lugar de la isla norte de Nueva Zelanda. Habría sido interesante buscar la casa más cercana a la coordenada precisa y contarles a sus habitantes que la mía estaba justo al otro lado del mundo. Igual hasta me invitaban a una cerveza. Siempre que no fueran terraplanistas, claro.

Pero con respecto a las antípodas, sí hubo un detalle que me llamó especialmente la atención, y que no solemos tener en cuenta por muy obvio que sea: en el hemisferio sur la Luna se ve al revés. Es fácil entenderlo si lo pensamos: ellos y nosotros vemos el mismo objeto en el cielo, pero ellos realmente tendrían que caminar cabeza abajo para verlo en la misma orientación que nosotros. Para ilustrarlo he improvisado este gráfico que copio chapuceramente de otro publicado en Science Alert:

Imágenes de la Tierra y la Luna de la NASA. Gráfico de elaboración propia.

Imágenes de la Tierra y la Luna de la NASA. Gráfico de elaboración propia.

La luna llena desde el hemisferio norte (izquierda) y desde el sur (derecha). Imágenes de NASA y A. Sparrow / Flickr / CC.

La luna llena desde el hemisferio norte (izquierda) y desde el sur (derecha). Imágenes de NASA y A. Sparrow / Flickr / CC.

Por supuesto, en realidad todo el firmamento se ve al revés, pero el caso de la Luna es especialmente llamativo. Del mismo modo, las fases lunares también van al contrario: aquí la luna con forma de D es creciente y la C es menguante, mientras que en el sur es al revés.

Otro caso curioso es el de la Luna en el ecuador. Como allí el Sol recorre el cielo, digamos, por su mitad (es decir, al mediodía queda en todo lo alto), cuando la Luna se pone, el Sol está bajo los pies, iluminando la Luna desde abajo. Y por ello la media luna se ve como una sonrisa. Ignoro cómo se llama esto en castellano; en inglés lo llaman wet moon, pero también se conoce como luna de Cheshire, por la sonrisa del gato de Alicia en el país de las maravillas:

Luna de Cheshire. Imagen modificada de John Flannery / Flickr / CC.

Luna de Cheshire. Imagen modificada de John Flannery / Flickr / CC.

Pero sobre nosotros y las antípodas, norte y sur, arriba y abajo, al derecho y al revés… Es necesario aclarar que todos son conceptos convencionales, ya que no hay ninguna razón para que el norte esté arriba; simplemente nos hemos acostumbrado a verlo de este modo porque nuestra representación de los mapas tradicionalmente ha sido eurocéntrica y nortecéntrica, algo de lo que se quejan en el hemisferio sur, y con razón.

O sea, que en realidad no, en las antípodas no caminan cabeza abajo, porque la Tierra flota en el espacio, y en el espacio no hay ni arriba ni abajo. Como en el caso de la mosca y el avión, todo es relativo dependiendo de a qué sistema lo referimos, pero no existe ningún sistema mejor o más correcto que otro.

Precisamente por este motivo el emblema de Naciones Unidas se diseñó con un mapa del mundo centrado en el polo norte con los continentes a su alrededor, para no dar primacía a unos países o continentes sobre otros.

Emblema de las Naciones Unidas. Imagen de Wikipedia.

Emblema de las Naciones Unidas. Imagen de Wikipedia.

Por supuesto, también se podría haber centrado en el polo sur, pero imagino que no tendría mucho sentido colocar la Antártida, que no es un país de las Naciones Unidas, en el centro del mundo. Claro que el sistema elegido es también engañoso, porque crea la impresión de que la Antártida está en el extremo opuesto del mundo al sur de África y América… Cualquier representación mental distinta de un mundo redondo desde todos sus ángulos es equívoca; porque en realidad, como decía Karen Blixen, “la Tierra se hizo redonda para que nunca podamos ver el final del camino”. Bueno sí, también está aquello del equilibrio hidrostático. Pero es mucho menos romántico.

Bienvenido el plan contra las pseudoterapias, pero ¿quién protegerá a los niños?

La ciencia y la medicina no son de izquierdas ni de derechas. Y por tanto, la pseudociencia y la pseudomedicina tampoco lo son. Podría hacerse un retrato simplista de los grupos anticientíficos a los dos lados del arco: la derecha milagrera y la izquierda feng-shui (como acuñó el periodista Mauricio-José Schwarz). Estos grupos existen, pero sería muy aventurado decir que son algo más que estereotipos. Lo cual no significa que los estereotipos no existan. Pero no es un carnet político lo que da la razón, ni tampoco lo que la nubla.

En algunos casos sí son factores culturales, anclados en la tradición de un pueblo. En EEUU nadie consigue limitar la tenencia de armas, a pesar de lo probadamente nocivo de la barra libre, no porque lo diga la Constitución de aquel país, sino porque lo hace el espíritu que inspiró esa Constitución. En el terreno de las pseudoterapias, países como Francia y Alemania arrastran una inercia difícil de romper: el inventor de la homeopatía, Samuel Hahnemann, era alemán; y la mayor multinacional del mundo de esta pseudoterapia fraudulenta, Boiron, es francesa.

En este país nuestro existe un consolidado tic mental de dar por bueno todo lo que se hace fuera, todo lo que viene de fuera. Y este es un argumento al que suelen agarrarse los defensores de las pseudoterapias, su estatus legal o su popularidad en otros países. Noticia fresca: no existe ninguna evidencia de que los españoles seamos menos inteligentes que los extranjeros, ni más propensos a dejarnos llevar por supersticiones, mitos o bulos.

Por lo tanto, legislar sobre las pseudoterapias no debería basarse en ninguna necesidad de mimetizarnos con nuestro entorno. Pero tampoco debería depender de qué color gobierne en cada momento.

La ministra de Sanidad, María Luisa Carcedo, y el ministro de Ciencia, Pedro Duque, presentando el Plan de Protección de la Salud frente a las Pseudoterapias el pasado 14 de noviembre. Imagen del Ministerio de Ciencia.

La ministra de Sanidad, María Luisa Carcedo, y el ministro de Ciencia, Pedro Duque, presentando el Plan de Protección de la Salud frente a las Pseudoterapias el pasado 14 de noviembre. Imagen del Ministerio de Ciencia.

El primer (y esperado) paso del actual gobierno contra las pseudoterapias, concretado esta semana en el anuncio de un plan de regulación, no es un producto de una ideología política, sino del hecho de que por primera vez se da la circunstancia de que los dos puestos de máxima responsabilidad gubernamental en Ciencia y Sanidad no están ocupados por filólogos, financieros o abogados inmobiliarios, sino por dos personas (Pedro Duque y María Luisa Carcedo) guiadas por un criterio que debería exigirse en estos casos, un conocimiento profundo de la ciencia y la medicina, respectivamente.

Es decir, no basta con la titulación adecuada, que es el primer requisito esencial; como suelo pregonar aquí, nadie aceptaría a alguien al frente del Ministerio de Economía que no fuera economista, o del de Justicia sin titulación en Derecho. Pero no es un secreto que existen numerosos profesionales de la Sanidad que no solo defienden las pseudoterapias, sino que las prescriben. Hace unas semanas se publicó la estrambótica noticia de que una institución denominada Ilustre Academia de Ciencias de la Salud Ramón y Cajal ha premiado a un homeópata. Lo cual resulta aún más esperpéntico teniendo en cuenta lo que Santiago Ramón y Cajal escribió sobre la homeopatía en su último libro, El mundo visto a los ochenta años:

¿No curan lo mismo hoy los homeópatas, la Christian science de Baker-Eddy y el psicoanálisis de Freud? El hombre dispone de reservas inagotables de fe en lo sobrenatural o simplemente en el absurdo.

(La Christian science era un presunto método de sanación espiritual creado por la estadounidense Mary Baker Eddy, fundadora de la Iglesia de Cristo, Científico, y muy en boga en tiempos de Ramón y Cajal; por su parte, el psicoanálisis ha recibido acusaciones de pseudociencia desde su invención.)

Pero además, al poder y el saber debe sumarse el tercer factor: querer. La voluntad de cambiar el actual estatus de las pseudoterapias no solo se enfrenta a la inercia del sistema, sino también a los numerosos intereses económicos implicados, incluyendo grandes negocios como el de la homeopatía y la penetración de sus practicantes y prescriptores en los órganos de decisión de ciertas organizaciones profesionales.

En resumen, el plan anunciado por el gobierno analizará las propuestas terapéuticas desde el único prisma posible, el de la evidencia científica, para informar a la población sobre las diferencias entre las terapias de eficacia comprobada y las que no la tienen ni se basan en pruebas científicas. Se combatirá la publicidad engañosa de las pseudoterapias, algo espinoso pero muy necesario, y tanto las pseudoterapias como sus practicantes quedarán fuera de los centros sanitarios y de las titulaciones universitarias.

En la presentación del plan el pasado miércoles, Pedro Duque resaltaba que no se trata de dirigir las creencias de cada cual, sino de que nadie elija una pseudoterapia por una falta de acceso a la información veraz. Y si alguien quiere jugar con su salud en contra del conocimiento, que lo haga bajo su propia responsabilidad, a sabiendas de que atenta contra sí mismo.

Sin embargo, este planteamiento deja una vía de agua, y es una de extrema gravedad: ¿quién protege de las pseudoterapias a aquellos que no pueden protegerse por sí mismos? La homeopatía encuentra uno de sus filones en la pediatría, y esto es algo que el enfoque del plan no contempla, como tampoco el hecho de que son los padres quienes toman la decisión de no vacunar a sus hijos. Si se trata de proteger la salud contra las pseudoterapias, la libertad de elección no puede amparar la desprotección de la infancia.

La fuga de cerebros, un concepto anticuado

En los años 90, el Departamento de Inmunología y Oncología (DIO) del Centro Nacional de Biotecnología (CNB) del CSIC era uno de los grupos de investigación más potentes y punteros de este país, liderado por un tipo de mente tan clara y afilada como excéntrica, Carlos Martínez-A., quien siempre solía preguntarte si habías descubierto algo; pero no en el laboratorio o en la sala de seminarios, sino desde el urinario de al lado.

Además de su brillante director, el DIO tenía algo fuertemente envidiado por otros grupos investigadores: dinero. A través de un convenio con la entonces compañía farmacéutica y biotecnológica Pharmacia, luego Pharmacia & Upjohn, hoy perteneciente a Pfizer, el DIO era entonces un raro ejemplo en España de colaboración público-privada. Los investigadores de la empresa trabajaban codo con codo con los que dependíamos de la rama pública, mezclados en los mismos laboratorios; nosotros vivíamos de magras becas, pero gastábamos también su dinero para nuestras investigaciones. Mucho dinero.

Tanto dinero que, mientras que en otros laboratorios reciclaban las puntas de pipeta, en el DIO el material llegaba a derrocharse con la misma alegría con que Di Caprio despachaba drogas en aquella de Wall Street, y de vez en cuando se nos tenía que convocar a todos para revelarnos la insana cantidad de eppendorfs, puntas o falcons que se habían tirado a la basura en el último mes.

Pues bien, incluso en aquel paraíso investigador de la España noventera, en todo un departamento de más de cien personas solo había un único investigador extranjero, un tipo nórdico afable y sosegado. En una ocasión le pregunté por qué había venido a investigar a España. Y fuera cierto o que se estaba quedando conmigo, me respondió que le habían hablado de que aquí se vivía bien y se trabajaba poco.

Indudablemente, las cosas han cambiado mucho desde los años 90. Pero no lo suficiente. Hoy son notablemente más numerosos los nombres extranjeros alistados en las filas de los centros de investigación españoles. Pero lamentablemente y cuando las actuales fórmulas del sistema han flexibilizado la incorporación de investigadores de todo el mundo a nuestros centros, aún se oye hablar de científicos que han elegido España por el clima y el modo de vida.

Esto viene a propósito de una noticia aparecida esta semana. Cuando leí que una gran compañía farmacéutica celebraba una jornada bajo el hashtag #StopFugadeCerebros, pensé: ¿en serio? ¿Todavía estamos así?

Imagen modificada de Academia Superior / Flickr / CC.

Imagen modificada de Academia Superior / Flickr / CC.

Entiéndase, el fondo y el espíritu son correctos y dignos de beneplácito: un programa de becas que busca impulsar la ciencia en España apoyando y financiando el fortalecimiento del tejido investigador de este país. Pero el enfoque, el recurso a la fuga de cerebros, era válido en tiempos de Severo Ochoa, que se exilió en el 36. En la ciencia del siglo XXI, es solo un gancho publicitario desencaminado, equívoco y anacrónico.

España no necesita retener talento investigador. Lo que necesita es atraer talento investigador. Y llegar a convertirse en una opción que los recién doctorados puedan considerar de igual a igual con la de marcharse a Gran Bretaña o a EEUU. Y que cada uno decida; en el mundo investigador, para muchos la idea de pisar otras tierras no es solo algo impuesto por la necesidad. La ciencia hoy es un asunto global, y muchos investigadores jóvenes quieren realmente vivir esa globalidad; muchos investigadores jóvenes ya no sueñan con ser funcionarios.

En mi trabajo me paso el día explicando avances científicos, y en la mayor parte de los casos la cosa va de esta manera: “el investigador chino-estadounidense…”. O coreano-canadiense, o checo-alemán, o indio-británico. Investigadores cuyos trabajos merecen repercusión en los medios, y sobre los cuales es justo precisar que un día abandonaron sus países para establecerse en alguna de las mecas de la ciencia mundial, una decisión sin la cual probablemente jamás habrían alcanzado tales logros.

España no es una de esas mecas de la ciencia. Aquí quieren venir los futbolistas de todo el mundo, no los científicos. Hoy se publica en los medios que un senegalés emigrado a España de niño ha triunfado en un campeonato mundial de kárate. Y bien por él. Pero en otros países, otros senegaleses están triunfando en la ciencia. Y si Babacar Seck hubiera optado por la neurociencia en lugar de por el kárate, con toda probabilidad no se habría quedado en España. Ya, ya, seguramente tampoco tuvo esta oportunidad. Aquí. En otro país, tal vez sí.

Los extremos delirantes llegan cuando un medio de comunicación deportivo de Tenerife habla de un entrenador de fútbol de la isla que trabaja en la Península como un caso de fuga de cerebros. Pero no se trata solo de la aplicación futbolística de la expresión; también en su sentido ortodoxo, tan provinciano sería aplicarlo a un científico de Cuenca que trabaja en Madrid como a otro científico de Cuenca que triunfa en el Instituto Tecnológico de Massachusetts.

Si el objetivo es impulsar la ciencia en España y fortalecer el tejido investigador, el camino no es retener, sino tentar, fascinar, encantar y seducir; ser un país científicamente sexy. Habremos llegado a ser una gran potencia científica no cuando hayamos taponado ninguna fuga de cerebros, sino cuando los mejores investigadores de todo el mundo se peleen por trabajar aquí. Distintos enfoques, un mismo objetivo, un mismo medio; lo que había en el DIO: dinero. Constrúyelo y vendrán. O se quedarán. O no. Ciencia y banderas no casan muy bien. Los cerebros deben ser libres para fugarse a donde les dé la real gana, allí donde sus sinapsis puedan funcionar más a gusto.

Pierce Brosnan entrega premios de ciencia, pero apoya la pseudociencia

Ayer hablé aquí sobre los premios Breakthrough, los que más dinero conceden a la investigación científica gracias a la iniciativa de varios magnates tecnológicos. Dado el perfil de sus promotores, el acto de entrega marca un estilo muy diferente del boato arcaizante de los Nobel (o, para el caso, de los Princesa de Asturias). Los Breakthrough parecen inspirarse más en los Óscar, con un espectáculo cuidadosamente producido para la televisión y con la presencia de numerosas celebrities (lo que de toda la vida aquí hemos llamado gente de la farándula).

Respecto a cuál de los dos estilos es más apropiado para la ocasión, es algo opinable. Sin duda muchos argumentarán que la pompa y el ambiente encopetado de los Nobel son más idóneos para un acto académico. Por mi parte, me sería indiferente si no fuera por un detalle, y es que, como apunté ayer, la finalidad de los premios científicos es impulsar la ciencia. Dado que entre las celebrities es mucho más frecuente encontrar defensores de la pseudociencia que de la ciencia, y dado que evidentemente la influencia popular de, digamos, Gwyneth Paltrow, es infinitamente mayor que la de, digamos, la princesa Cristina de Suecia, ¿qué sirve mejor al impulso de la ciencia, invitar a Gwyneth Paltrow o a la princesa Cristina de Suecia?

Otra cuestión más discutible es a quién se encarga la presentación de la gala de entrega de los premios. Como conté ayer, este año el elegido es el actor británico Pierce Brosnan.

El actor Pierce Brosnan en 2017. Imagen de Jay Godwin / Wikipedia.

El actor Pierce Brosnan en 2017. Imagen de Jay Godwin / Wikipedia.

Pero más que recurrir a la estrella de cine que esté de oferta en el momento, parecería más adecuado encomendar la entrega de unos premios de ciencia a un personaje famoso que al menos se haya significado a favor de la ciencia. Y haberlos, haylos, como demuestra este ejemplo:

La negación de la ciencia me da un miedo de muerte. La ciencia es real. La ciencia es lo más real de este mundo, después de la naturaleza. Espero que todos podamos volver al lugar donde podamos entender realmente que la ciencia es conocimiento probado.

¿Adivinan quién es el autor de estas palabras? No, no es Brosnan, sino alguien de más arriba: el gran Harrison Ford. La contribución de personajes tan lúcidos podría ayudar a promocionar una actitud procientífica entre sus colegas de estrellato, a su vez imitados por legiones en todo el mundo. El año pasado, la ceremonia de entrega de los Breakthrough estuvo a cargo de Morgan Freeman, cuya pasión por la ciencia espacial es sincera. Con más como Ford o Freeman, y menos como Paltrow o Jim Carrey, tal vez estaríamos más cerca de erradicar tanta detoxtería y tanta chakrorrada.

Por desgracia, no es el caso de Brosnan. El ex007 y su mujer, la periodista, presentadora y modelo Keely Shaye Smith-Brosnan, han estado durante años involucrados en causas medioambientales, lo cual es muy loable… o lo sería si se asesoraran correctamente. Este año ambos han producido un documental que ella además ha dirigido, y que bajo el título revelador de Poisoning Paradise (Envenenando el paraíso) dice ser un “viaje al aparentemente idílico mundo de los nativos hawaianos, donde las comunidades están rodeadas de enclaves de pruebas experimentales [agrícolas] y pesticidas rociados sobre sus vecindarios”.

Un fotograma del documental 'Poisoning Paradise'.

Un fotograma del documental ‘Poisoning Paradise’.

Según ha escrito el periodista de ciencia Hank Campbell, presidente del Consejo de EEUU en Ciencia y Salud (ACSH) y que fue invitado a participar en un coloquio de presentación de la película en calidad de “representante de la voz de la ciencia”, el documental es simplemente un producto de activismo anticiencia, con sus habituales raciones de conspiranoia, quimiofobia y antitransgénicos.

Campbell narraba además que en la presentación fue el único tertuliano sin micrófono, en un coloquio donde los demás participantes eran “odiadores de la ciencia”, y que la invitación resultó ser una encerrona para tratar –sin éxito– de relacionarle con Syngenta, la compañía objeto del documental, cuyos responsables habían declinado tomar parte en la mamarrachada.

Por su parte, el especialista en comunicación científica y analista de políticas de riesgo ambiental David Zaruk, que asistió a la presentación, fue aún más duro con Poisoning Paradise, calificando la película como “triste, cínica y llena de mentiras”. Campbell y Zaruk cuentan que la película ha sido promovida y escrita por un par de firmas de abogados que están elevando demandas millonarias contra Syngenta. “Esto es lo que ocurre cuando los abogados toman las riendas para fomentar el miedo antiquímica comprando la reputación de nombres antes famosos en Hollywood, los Brosnan”, escribía Zaruk.

Zaruk llegaba a afirmar que “los Brosnan cruzan el área de lo éticamente despreciable” cuando el documental trata de hacer pasar por reales escenas de niños enfermos que son simples dramatizaciones, añadiendo que en todo el metraje brillan por su ausencia las intervenciones de científicos relevantes en el área, dando voz en su lugar a un surfista o un tendero que pontifican sobre los peligros de los transgénicos.

En resumen, no parece que Pierce Brosnan sea la elección más idónea para que en sus labios resulte creíble un discurso apologético de la ciencia. ¿Sabrá acaso que algunos de los logros científicos que presentará –y es de suponer que elogiará– en la gala de los Breakthrough jamás habrían podido obtenerse sin los organismos transgénicos?

Los premios Breakthrough, más del siglo XXI que los Nobel

La fundación Breakthrough Prize, que concede los premios de ciencia con la dotación económica más alta del mundo, ha anunciado sus ganadores de la edición de este año, que recibirán sus galardones el domingo 4 de noviembre en una ceremonia presentada por el actor Pierce Brosnan. El acto se retransmitirá en directo por internet desde el centro de investigación Ames de la NASA, en Silicon Valley (EEUU).

En total se repartirán siete premios, cada uno dotado con 3 millones de dólares: cuatro en ciencias de la vida, dos en física fundamental y uno en matemáticas. De los dos premios de física, uno es un galardón extraordinario (que ya aplaudí aquí) para Jocelyn Bell Burnell, la astrónoma que descubrió el primer púlsar en 1968 y que fue ignorada por el Nobel.

Los ganadores de los premios Breakthrough en 2016. Imagen de Breakthrough Prize.

Los ganadores de los premios Breakthrough en 2016. Imagen de Breakthrough Prize.

Este es el resumen de los ganadores y lo que han hecho para merecer esto. En ciencias de la vida, el estadounidense C. Frank Bennett y el uruguayo radicado en EEUU Adrian R. Krainer compartirán uno de los premios por la obtención del Nusinersen/Spinraza, una terapia de nueva generación contra la atrofia muscular espinal, una rara enfermedad neurodegenerativa que sin embargo es hoy la principal causa genética de muerte infantil.

El tratamiento consiste en el uso de pequeñas moléculas de ADN llamadas oligonucleótidos antisentido que consiguen dirigir correctamente la expresión de los genes. El medicamento fue aprobado en 2016 en EEUU y al año siguiente en la UE, y por el momento ha conseguido que la atrofia muscular espinal ya no sea una sentencia de muerte segura para los niños afectados. Por otra parte, el éxito de este fármaco ha impulsado la aplicación de la terapia con oligos antisentido a otras muchas enfermedades.

Los otros tres premios en esta categoría irán para la austro-estadounidense Angelika Amon por sus estudios de los mecanismos celulares patológicos de los errores en el número de cromosomas (como ocurre por ejemplo en el síndrome de Down o en el 80% de los cánceres); para la china-estadounidense Xiaowei Zhuang por desarrollar una técnica de microscopía óptica de ultra-alta resolución llamada STORM que permite observar estructuras celulares 10.000 veces más pequeñas que el grosor de un pelo humano; y para el también chino-estadounidense Zhijian James Chen por descubrir un mecanismo sorprendente que activa el sistema inmunitario gracias a una enzima que detecta la presencia de ADN en el interior celular pero fuera del núcleo, lo cual ocurre en las células dañadas o infectadas por virus. Este mecanismo podría aprovecharse para combatir enfermedades como el cáncer, pero también ayudará a comprender mejor las enfermedades autoinmunes como el lupus o la esclerosis múltiple.

El premio de física lo comparten los estadounidenses Charles Kane y Eugene Mele por abrir el camino hacia un nuevo tipo de materiales llamados aislantes topológicos, que tienen la peculiaridad de conducir la corriente eléctrica en su superficie al mismo tiempo que son aislantes en el interior. Estos materiales ofrecerán un nuevo sistema controlado para investigar el comportamiento de las partículas subatómicas, pero además su extraña simetría representa un modelo para aplicar restricciones topológicas similares a otros tipos de fenómenos físicos, como la luz o el sonido. Más allá de su interés teórico, los expertos predicen grandes aplicaciones de estos futuros materiales en los sistemas electrónicos, incluyendo la computación cuántica.

Finalmente, el premio de matemáticas ha recaído en el francés Vincent Lafforgue por varias contribuciones en geometría algebraica con múltiples posibilidades de aplicación, desde la computación, la criptografía y la ciberseguridad a la mecánica cuántica o el diseño de nuevos materiales para crear energías limpias. Pero como si fuera el Gordo de Navidad, sigue el reparto de la lluvia de millones: Breakthrough apoya también los logros de los jóvenes investigadores concediendo otros seis premios adicionales de 600.000 dólares repartidos entre las categorías de física y matemáticas.

Hasta aquí, la información. Pero un aspecto interesante de los premios Breakthrough es que en solo siete ediciones han conseguido situarse como un nuevo referente destacado entre los galardones de ciencia (desde luego, con una resonancia científica internacional infinitamente mayor que nuestros Princesa de Asturias). Evidentemente, cuando alguien pone más de 22 millones de dólares encima de la mesa, pocos más argumentos se necesitan; aunque un Nobel seguirá siendo un Nobel, y probablemente más de un galardonado con el Breakthrough estaría dispuesto a renunciar a los más de dos millones de dólares de diferencia por hacerse con la medalla sueca.

Pero tratándose en todo caso de premios personalistas, un modelo que se corresponde poco o nada con la realidad actual de la ciencia colaborativa, los Breakthrough reúnen algunas cualidades que los sitúan en un contexto más de este siglo que los Nobel. Para empezar, premian ciencia de vanguardia, mientras que en general los Nobel continúan premiando ciencia del siglo XX. Cuando se presentan los ganadores de los Nobel en los medios a veces se transmite la impresión de que las investigaciones galardonadas son actuales; pueden serlo sus aplicaciones, pero los hallazgos suelen ser antiguos, en muchos casos de hace décadas.

La razón de esto es que en cierto modo los Nobel se han convertido en víctimas de su propio prestigio; se han hecho tan grandes que los jurados suelen aplicar criterios muy conservadores, demorando la distinción de logros o hallazgos hasta que el paso del tiempo los ha consolidado. En la práctica, y dado que un investigador que logra un avance importante suele dedicar el resto de su vida a él, los premios de ciencia se parecen al de Literatura: no se conceden a una obra concreta, sino a toda una carrera.

Imagen de Wikipedia.

Imagen de Wikipedia.

Un ejemplo lo tenemos comparando el premio Breakthrough a Bennett y Krainer con el Nobel de Medicina de este año, concedido a James P. Allison y Tasuku Honjo por el descubrimiento de la inmunoterapia contra el cáncer. En ambos casos los tratamientos derivados de los hallazgos están de plena actualidad y aún tienen un enorme potencial de desarrollo futuro. Es más, ambos enfoques terapéuticos pueden convivir perfectamente durante las próximas décadas. Pero desde el punto de vista científico, que es de lo que se trata, la inmunoterapia es el pasado (también lo es la aspirina, un pasado mucho más antiguo, y aún sigue funcionando). En cambio, la terapia antisentido es una nueva frontera.

Todo lo cual, además y curiosamente, hace caer a los Premios Nobel en una contradicción. La organización suele escudarse en un seguimiento estricto de sus normas para justificar que solo se premie a un máximo de tres científicos en cada categoría, o que no se concedan premios póstumos. Pero en realidad estas restricciones no figuraban en el testamento en el que Alfred Nobel instituyó los premios, sino que fueron incorporadas después. Y en cambio, lo que sí figura en el testamento es que los premios deben concederse por avances logrados durante el año precedente. Lo que, obviamente, nunca se respeta.

Hasta tal punto los Nobel, sin perder nunca ni un ápice de su prestigio, sí son cada vez más cuestionados, que incluso existe una web dedicada a promover una reforma en estos premios para adecuarlos a la realidad de la ciencia actual y corregir sus errores. Su promotor es el astrofísico Brian Keating, buen conocedor de la organización como uno de los encargados de nominar a los candidatos. Keating ha llegado incluso a sugerir que los Nobel de ciencia se tomen un año de vacaciones para replantear su enfoque.

En cuanto a los Breakthrough, su carácter diferente y más actual se entiende repasando los nombres que están detrás de esta fundación: entre otros, Sergey Brin (Google), Mark Zuckerberg (Facebook), Anne Wojcicki (23andMe, líder en genómica personal) y Yuri Milner (magnate tecnológico). Como personajes del mundo de la tecnología, se comprende que estén más interesados en la ciencia puntera; incluso cuando se trata de ciencia básica, es previsible que los hallazgos merecedores de los premios vayan a ser también merecedores de jugosas inversiones en Silicon Valley, por lo que los Breakthrough pueden mover la cinta transportadora que mueve el dinero desde la empresa a la investigación para volver a la empresa y volver a la investigación.

Al fin y al cabo, de esto se trata: los premios promocionan la ciencia bajo la excusa de promocionar a los científicos. En palabras de Keating, “el propósito de Alfred Nobel no era engordar la cartera de los científicos. En su lugar, quería atraer la atención a sus trabajos beneficiosos e incentivar nuevas invenciones”. Lo cual, para ser una idea de 1895, era una idea muy moderna.

Por qué el Nobel para Mojica es mucho más complicado de lo que parece

Un año más, los Nobel de ciencia se han saldado dejándonos sin premio para Francisco Martínez Mojica, el microbiólogo de la Universidad de Alicante descubridor de los fundamentos que han originado el sistema CRISPR. Para quien aún no lo sepa, resumo brevísimamente que CRISPR es una herramienta molecular de corta-pega de ADN en la que están depositadas las mayores esperanzas para la curación de enfermedades genéticas en las próximas décadas, y que por ello suele presentarse como la gran revolución genética del siglo XXI. O al menos, de este primer tramo.

Como ya expliqué ayer, CRISPR aún no se ha bregado en el campo clínico como para merecer un Nobel de Medicina, pero en cambio sí ha demostrado su enorme potencia en los laboratorios como para merecer un Nobel de Química. Conviene aclarar que estos premios los otorgan comités diferentes de instituciones distintas: el de Fisiología o Medicina depende del Instituto Karolinska, mientras que el de Química es competencia de la Real Academia Sueca de Ciencias (no de la “Academia Sueca”, como suele decirse, ya que esta solo concede el premio de Literatura).

Francisco JM Mojica. Imagen de Roberto Ruiz / Universidad de Alicante.

Francisco JM Mojica. Imagen de Roberto Ruiz / Universidad de Alicante.

Por el momento, deberemos seguir a la espera otro año más. Pero el hecho de que el hallazgo y desarrollo de CRISPR aún no haya sido distinguido con el más lustroso de los premios científicos (aunque no el mejor dotado económicamente) no es una mala noticia; cada año suenan estas seis letras en las apuestas, y hoy lo más natural es confiar en que más tarde o más temprano acabarán saliendo en la papeleta ganadora. La verdadera mala noticia sería que, cuando a CRISPR le salga el billete dorado en la chocolatina, no sea a Mojica a quien le toque.

Ayer dejé caer en el último párrafo que la decisión sobre a quiénes premiar por el hallazgo y desarrollo de CRISPR no es precisamente inmediata. Y esto requiere una explicación. Los Premios Nobel tienen pocas reglas, pero se siguen a rajatabla. Una de ellas dice que cada premio solo pueden compartirlo un máximo de tres científicos o científicas (todavía ellas son minoría), y ayer mencioné que en el caso de CRISPR hay al menos cuatro nombres en liza. Pero en realidad son más de cuatro. Y por anacrónica que resulte hoy en día la idea de que haya tres lobos solitarios trabajando en sus laboratorios del sótano y a quienes se les ocurra lo que no se le ha ocurrido a nadie más en todo el planeta, no está previsto que las normas de los Nobel vayan a cambiar.

Pero entremos en la cuestión de los nombres. Entre todos ellos hay dos que parecen indiscutibles, y ambos son de mujer. La estadounidense Jennifer Doudna y la francesa Emmanuelle Charpentier fueron las primeras en publicar la descripción de CRISPR como herramienta genética, desarrollada y adaptada a partir del descubrimiento del sistema original que en las bacterias actúa como mecanismo de inmunidad contra los virus.

Jennifer Doudna. Imagen de Jussi Puikkonen / KNAW / Wikipedia.

Jennifer Doudna. Imagen de Jussi Puikkonen / KNAW / Wikipedia.

 

Emmanuelle Charpentier. Imagen de Carries mum / Wikipedia.

Emmanuelle Charpentier. Imagen de Carries mum / Wikipedia.

En el tercer nombre es donde surgen las dudas. Mojica, quien primero publicó el hallazgo del sistema original en las bacterias (y le puso la denominación por la que ahora se conoce), es uno de los firmes candidatos. Pero por desgracia, no es el único: hay hasta tres científicos más que podrían optar a rellenar esa terna.

Comencemos por Mojica, el descubridor original del sistema. En realidad hubo otros grupos que casi de forma simultánea llegaron a conclusiones similares; pero dado que él fue el primero en publicarlas, retendría ese derecho a la primicia del descubrimiento. Las cosas comienzan a complicarse cuando avanzamos en la historia de CRISPR.

Después de Mojica, fue el argentino Luciano Marraffini, por entonces en la Universidad Northwestern de Illinois (EEUU), quien primero demostró cómo funciona CRISPR cortando ADN, una función que sería esencial para que Charpentier y Doudna convirtieran una curiosidad de la naturaleza en una herramienta utilizable.

A su vez, Marraffini colaboró con el chino Feng Zhang, del Instituto Broad de Harvard y el MIT (Instituto Tecnológico de Massachussetts), quien demostró por primera vez la utilidad de CRISPR en células no bacterianas, las de los organismos superiores y, en concreto, de los mamíferos.

Luciano Marraffini. Imagen de Sinc.

Luciano Marraffini. Imagen de Sinc.

 

Feng Zhang. Imagen de National Science Foundation.

Feng Zhang. Imagen de National Science Foundation.

El problema es que en ciencia no existe una autoridad que decida quién debe ser considerado el autor oficial de un descubrimiento, y por tanto los comités que conceden los Premios Nobel son muy libres de elegir los ingredientes que más les gusten de esta ensalada de nombres y apartar los demás. Pero ¿según qué criterio?

Un aspecto interesante es que CRISPR es un descubrimiento transformado en tecnología; y, a diferencia de lo que sucede en ciencia, en tecnología sí existe una autoridad que decide quién es su inventor: los organismos de patentes. Doudna y Charpentier poseen las patentes originales del sistema CRISPR, pero las dos investigadoras mantienen una agria disputa con Zhang por la patente de su aplicación en células de mamíferos, que finalmente ha tenido que resolverse en los tribunales.

Según han explicado los expertos en propiedad industrial, la manzana de la discordia es el significado del término “no obvio” aplicado a este caso concreto. La Oficina de Patentes y Marcas de EEUU solo concede una patente de aplicación cuando esta se considera no obvia, por lo que se admite como nueva invención. Cuando Zhang comprobó la utilidad de CRISPR en células de mamíferos (que publicó solo unas semanas antes que sus competidoras), solicitó una patente alegando que esta aplicación no era obvia, y el organismo de patentes aceptó su argumento. Pero poco después la Universidad de California, en representación de Doudna, impugnó la patente de Zhang aduciendo que se trataba de una aplicación obvia. El asunto ha coleado hasta que finalmente el pasado 10 de septiembre un tribunal federal de EEUU ha dictaminado en favor de Zhang.

Así pues, ¿sería capaz el comité Nobel de premiar a Doudna, Charpentier y Mojica, dejando fuera a quien es el poseedor en EEUU (aunque no en Europa) de la patente de aplicación de CRISPR en células humanas?

Pero la cosa aún puede complicarse más. Y es que, si se detienen a contar los nombres mencionados, notarán que todavía falta uno más para llegar a los seis que completan la primera línea de los candidatos al reconocimiento de CRISPR. Se trata del bioquímico lituano Virginijus Šikšnys, de la Universidad de Vilnius, que en 2012 y de forma independiente llegó a los mismos resultados que Doudna y Charpentier, aunque su estudio fue rechazado y terminó publicándose más tarde que el de las dos investigadoras.

Según las reglas habituales, Šikšnys perdió la primicia del descubrimiento. Pero se da la circunstancia de que presentó una solicitud de patente, que fue aprobada, semanas antes de que lo hiciera la Universidad de California, por lo que el lituano podría tumbar la patente de las dos científicas si se lo propusiera.

Virginijus Šikšnys. Imagen de NTNU / Flickr / CC.

Virginijus Šikšnys. Imagen de NTNU / Flickr / CC.

Todo lo cual sitúa a los jurados de los Nobel en un laberinto de difícil salida. Otros premios sin restricción en el número de galardonados han optado por diferentes soluciones: el Breakthrough (el mejor dotado económicamente en biomedicina) distinguió únicamente a Doudna y Charpentier, lo mismo que hizo con sonrojante ridículo nuestro Princesa de Asturias. Por su parte, el premio noruego Kavli reconoció a Doudna, Charpentier y Šikšnys. El más salomónico ha sido el Albany Medical Center Prize, el cuarto mejor dotado del mundo en biomedicina, que solo dejó fuera a Šikšnys, premiando a los otros cinco investigadores.

Pero además de este rompecabezas sin solución aparente, hay otro motivo que quizá podría detraer a los comités Nobel de conceder un premio al hallazgo y desarrollo de CRISPR en un futuro próximo, y es precisamente el vergonzoso espectáculo ofrecido por Doudna, Charpentier y Zhang con sus dentelladas por la carnaza de las patentes. Según se cuenta, ni siquiera las dos investigadoras son ya las grandes amigas que fueron. Los tres crearon sus respectivas empresas para explotar sus tecnologías. Y aunque es incuestionable que el inventor de un método para curar tiene el mismo derecho a vivir de sus hallazgos que quien inventa la rosca para clavar sombrillas, es posible que los jurados de los Nobel no se sientan ahora muy inclinados a premiar a quienes han protagonizado un ejemplo tan poco edificante para la ciencia.

Claro que, aunque no sirva de mucho, desde aquí lanzo una propuesta: ¿qué tal Mojica, Šikšnys y Marraffini?

Por qué Mojica no gana el Nobel de Medicina (pero debería ganar el de Química)

Los fallos de los Premios Nobel son tan imprevisibles como pueden serlo estas cosas. Ni siquiera los profesionales de estas apuestas (no, que yo sepa William Hill y 888 no lo cubren) atinan más de lo que fallan, y si aciertan es gracias a los premios cantados, como los de Física a los descubridores del bosón de Higgs o las ondas gravitacionales. En el fondo, se trata de la decisión de un comité que solo se atiene a sus propios criterios, siempre que encajen en las muy escuetas reglas definidas por Alfred Nobel en su testamento hace más de un siglo.

Pero en general, a lo largo de la trayectoria de los premios el Nobel de Medicina se ha concedido a investigadores que han aportado una contribución esencial de repercusiones probadas en la salud humana, o bien a aquellos que han descubierto mecanismos cruciales del funcionamiento de la biología con clara aplicación a nuestra especie; este segundo enfoque es el que suele omitirse cuando se cita el Premio Nobel de Medicina, olvidando que en realidad es de Fisiología o Medicina.

Francisco Martínez Mojica, en su laboratorio de la Universidad de Alicante. Imagen de Roberto Ruiz / Universidad de Alicante.

Francisco Martínez Mojica, en su laboratorio de la Universidad de Alicante. Imagen de Roberto Ruiz / Universidad de Alicante.

El sistema CRISPR, cuyas bases fundamentales sentó el investigador alicantino (ilicitano, para más señas) Francisco Martínez Mojica, es la herramienta de edición genética –o más llanamente, corrección de genes– más potente, sencilla y precisa jamás inventada. Dado que la terapia génica se configura como uno de los tratamientos estrella de este siglo para cualquier enfermedad que tenga algo que ver con los genes, se vaticina que en las próximas décadas CRISPR podría convertirse en un recurso clínico tan imprescindible como hoy lo son los antibióticos.

Pero ese momento aún no ha llegado. Aunque CRISPR se ha empleado ya para corregir genes humanos en sistemas experimentales (aunque con resultados a veces controvertidos), los ensayos clínicos para llevar a la práctica el poder de este tipex genético aún se resisten; y en cambio, actualmente existen numerosos ensayos con pacientes que están logrando buenos resultados con terapia génica empleando sistemas de la generación anterior.

Así, por el momento no hay una justificación clara para que Mojica y/u otros investigadores implicados en el desarrollo de CRISPR, como la estadounidense Jennifer Doudna y la francesa Emmanuelle Charpentier, reciban un premio en una categoría en la que el sistema todavía no ha demostrado su eficacia. Y dado que CRISPR es una caja de herramientas moleculares creadas a partir de mecanismos de las bacterias, tampoco representa una contribución al conocimiento de la fisiología humana.

En cambio, otro caso diferente es el del Nobel de Química. Esta es una categoría paraguas en la cual entra cualquier cosa relacionada con la química, una ciencia inmensamente amplia. En el campo concreto de la bioquímica, la química de la vida, el ámbito del premio de Química puede solapar con el de Fisiología o Medicina, pero en este caso no prima el criterio de la relevancia del descubrimiento para la salud humana.

Y desde luego, así como CRISPR aún tendrá que batirse en la arena clínica contra otros sistemas más veteranos, en cambio hoy es insustituible en el área de la investigación básica. Miles de científicos en todo el mundo han abandonado otras herramientas más antiguas, salvo casos específicos, para comenzar a utilizar CRISPR en sus experimentos de biología molecular. Basta una simple búsqueda en las bases de datos de publicaciones científicas para comprobar que ya son cerca de 11.000 los estudios en los que de un modo u otro está implicado este sistema. Lo cual es sencillamente impresionante para algo que a comienzos de esta década ni siquiera existía.

La contribución que CRISPR ya ha aportado a infinidad de proyectos de investigación sí justifica un Premio Nobel de Química. Otra cosa es que el comité encargado de la concesión sea capaz de solventar cómo seleccionar a tres ganadores –el límite impuesto por las reglas del premio– cuando son como mínimo cuatro (a Mojica, Doudna y Charpentier se suma el chino-estadounidense Feng Zhang) quienes merecerían el reconocimiento.