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Actualizar el diccionario también es importante para #StopPseudociencias

Durante la campaña #StopPseudociencias en Twitter, saltaron varias iniciativas pidiendo a la RAE que el diccionario oficial del castellano actualice las definiciones de ciertos términos que en otro tiempo podían resultar admisibles según el limitado conocimiento de la época, pero que el avance de la ciencia ha dejado obsoletas y engañosas.

En concreto, el canon de nuestra lengua define la homeopatía como “sistema curativo que aplica a las enfermedades, en dosis mínimas, las mismas sustancias que, en mayores cantidades, producirían síntomas iguales o parecidos a los que se trata de combatir”, mientras que el horóscopo aparece descrito como “predicción del futuro basada en la posición relativa de los astros y de los signos del Zodiaco en un momento dado”.

 

La RAE vierte un gran esfuerzo en responder a innumerables consultas de los usuarios, y también en este caso respondió prontamente a la petición de modificar la definición de homeopatía: “Ya está en curso una propuesta para modificar esa redacción”.

Evidentemente, alguien podría argumentar que acudir al diccionario de la RAE para informarse sobre ciencia es como llevar un reloj de arena en la muñeca para comprobar la hora. Pero para quienes amamos el lenguaje (no sé si uno puede dedicarse a escribir sin amar el lenguaje, pero por algo esto se llama Ciencias Mixtas), es importante dar a las palabras el significado que realmente tienen. Personalmente, consulto el diccionario todos los días para comprobar definiciones y, por ejemplo, no utilizar ciertos términos con significados prestados de otros idiomas (inglés) que realmente no están contemplados en el castellano. Ejemplos: situación bizarra, enfermedad severa, estudio seminal…

Todo lo cual no implica que necesariamente debamos adherirnos a las normas dictadas por la RAE cuando estas (pronombres demostrativos sin tilde, otra recomendación de la RAE que debería extenderse más entre quienes nos dedicamos a escribir, lo mismo que desterrar para siempre la tilde en “solo”) son contrarias al conocimiento científico actual; también cuando, además de al conocimiento científico actual, son contrarias al sentido común y/o a la evolución social (como en un caso que comenté recientemente).

En 2001, la RAE concedió la silla i (con vigencia desde 2003) a la bioquímica y bióloga molecular Margarita Salas, una gran eminencia de la investigación que además ha sido impulsora del papel y la visibilidad de las mujeres en la ciencia española. Recuerdo que por entonces se dijo que Salas aportaría un criterio esencial en la definición de términos científicos para el diccionario, y no dudo de que su labor en este campo habrá sido intensa e insustituible en los años transcurridos desde entonces.

Pero al menos para quienes la contemplamos desde fuera, la de ser una institución dinámica, vibrante y en la vanguardia no pasa por ser una de las muchas virtudes que adornan la imagen popular de la RAE. Pues bien, ¿cuántos siglos debemos esperar para que se actualice la definición de términos como los citados más arriba?

Entre los valiosos recursos de la RAE online se encuentra el Mapa de diccionarios, una herramienta que permite consultar simultáneamente seis ediciones representativas del diccionario de la RAE desde 1780 hasta 2001. Allí podemos descubrir que, de estas seis ediciones, el término “homeopatía” aparece por primera vez en la de 1884, con esta definición: “sistema curativo que aplica á las enfermedades, en dosis mínimas, las mismas substancias que en mayores cantidades producirían al hombre sano síntomas iguales ó parecidos á los que se trata de combatir”.

Es decir, salvo por pequeños cambios ortográficos y de puntuación, y la eliminación de la alusión al “hombre”, básicamente la misma definición que hoy seguimos encontrando. El alemán Samuel Hahnemann inventó la homeopatía en 1796, cuando aún se desconocían los fundamentos biológicos y bioquímicos del organismo y de las enfermedades. Lo cual no implica que las propuestas de Hahnemann tuvieran el menor sentido: en el siglo XIX John Forbes, médico de la reina Victoria de Inglaterra, calificó la homeopatía como “una atrocidad contra la razón humana”. Pero la ciencia del siglo XX demostró que los principios homeopáticos, además de absurdos, son también falsos.

Así pues, desde 1884 han transcurrido más de 130 años, tiempo más que suficiente para que veamos ya aprobada esa nueva propuesta de definición que está manejando la RAE, y en la que esperemos que trasluzca el criterio científico de Margarita Salas. Claro que tiempo suficiente, concretamente más de tres siglos, ha transcurrido para que la RAE, que define la astrología como “estudio de la posición y del movimiento de los astros como medio para predecir hechos futuros y conocer el carácter de las personas”, no solo actualice esta definición, sino que también deje de considerar la astronomía ¡como sinónimo de la astrología!

El diccionario aclara que esta equiparación de ambos términos está en desuso; en efecto, está en desuso aproximadamente desde 1700, cuando quedó definitivamente claro que la astronomía era una ciencia y la astrología una superstición. ¿No va siendo hora de darle un repaso científico general al diccionario?

Claro que, si esperamos que el diccionario de la RAE distinga entre lo que es ciencia y lo que es pseudociencia (o ni eso), nos vamos a encontrar con un pequeño obstáculo. Y es que, a pesar de esto…

…nos encontramos también esto:

Claro que quizá todo ello requeriría un ligero cambio de mentalidad:

¿La “fe desmedida” en la ciencia como ejemplo modélico de superstición? ¿En serio? ¿Será acaso por falta de ejemplos para elegir?

#StopPseudociencias: nada que celebrar, mucho que lamentar y perseguir

Termina una semana que se ha cerrado con el triste colofón de la campaña #StopPseudociencias en Twitter, una iniciativa que sus organizadores planificaron con una duración de 12 horas el pasado jueves y que la comunidad tuitera prolongó espontáneamente durante todo el día de ayer viernes. Hoy sábado aún continúan goteando incesantemente los tuits bajo este hashtag.

Pero he dicho “triste” colofón. Y es que, pese al enorme éxito de visibilidad en Twitter –y en varios medios que se hicieron eco–, esto no puede ni mucho menos considerarse una celebración o una victoria. No es el Día de la Bicicleta, o ni siquiera el del Orgullo (aunque este último también tenga un potente ingrediente de denuncia de las fobias contra las minorías sexuales). Un día de #StopPseudociencias no es una ocasión festiva, no hay carrozas, ni verbenas, ni bailes. No se trata de una comunidad de escépticos resentidos echándose a las calles de internet para reivindicar sus opiniones o su visión del mundo, como algunos aún parecen interpretar.

Homeopatía. Imagen de MaxPixel.

Homeopatía. Imagen de MaxPixel.

Para explicar la diferencia, valgan algunos ejemplos. Durante el curso de la campaña hemos conocido un caso expuesto por Joaquim Bosch-Barrera, oncólogo del Institut Català d’Oncologia y profesor de la Universidad de Girona. Bosch-Barrera contó cómo, durante una guardia en Urgencias el pasado diciembre, atendió a una mujer que llegó con un pecho “totalmente putrefacto” por un cáncer de mama que se estaba tratando con pseudoterapias, probablemente homeopatía. La paciente había rechazado el tratamiento médico por indicación de su curandero. Cuando Bosch-Barrera vio el espeluznante estado del pecho, en carne viva, con necrosis y una infección abierta y sangrante, le preguntó a la paciente:

–¿Y tu terapeuta alternativo, qué te dice de esto?

–Dice que si sale fuera de la piel es bueno, porque significa que se está oxigenando.

La mujer falleció hace dos semanas, según contaba ayer el oncólogo. El caso se difundió extensamente en Twitter (aún hoy se está haciendo) y varios medios lo recogieron (como aquí y aquí). Ante la enorme resonancia del caso, Bosch-Barrera decidió retirar la impactante fotografía por respeto a la paciente y su familia (no se le veía el rostro, pero sí el catastrófico estado de su pecho), aunque aún aparece en Twitter y en los medios.

También durante la campaña se han recordado otros muchos casos, como el de otra mujer que había tratado de combatir su cáncer de mama con ayurveda, ingesta de orina y ese preparado ilegal de lejía llamado MMS. O el caso, también muy divulgado en su día, de Mario Rodríguez, el estudiante de físicas que murió tras rechazar el tratamiento médico de su leucemia y ponerse en manos de un curandero. O el del bebé envenenado por el plomo de una pulsera homeopática que sus padres le daban a morder como remedio contra el dolor de la dentición.

También hemos sabido de individuos que pretenden curar el autismo, o de sujetos que culpan a los propios pacientes de sus enfermedades por sus “conflictos emocionales” y que recomiendan a los enfermos que imaginen a un animal devorando su cáncer. Y de canciones sanadoras, curación por imposición de manos, cristales o flores. Y se nos ha recordado que toda esta mojiganga no es inocua, sino que los pacientes que siguen terapias alternativas además de su tratamiento médico duplican su riesgo de muerte.

Un curioso cartel contra la homeopatía en la isla de Antigua. Imagen de David Stanley / Flickr / CC.

Un curioso cartel contra la homeopatía en la isla de Antigua. Imagen de David Stanley / Flickr / CC.

Frente a todo esto, en Twitter han aparecido reacciones diversas. Los más nihilistas y misántropos hablan de darwinismo, de dejar que las personas que se dejan atrapar por estas pseudoterapias eliminen sus propios genes del pool humano, alegando que legislar contra ello es paternalista y que se trata de una cuestión de libre elección. Es tanto como culpar al paciente de su suerte, al timado de dejarse timar, al allanado de no haber instalado una alarma en su casa, al atracado de caminar de noche por lugares oscuros o a la violada de no haberse resistido lo suficiente o de llevar minifalda. Legislar contra el abuso, el engaño y la agresión no es paternalismo, sino la obligación de los gobernantes de proteger a sus gobernados, y es nuestro derecho exigir que se nos proteja.

El argumento nihilista se apoya también en la abundancia de información que hoy existe para quien libremente quiera buscarla y asimilarla. Pero mercachifles, timadores y vendedores de humo sin escrúpulos se están lucrando a costa no tanto de la superstición o la ignorancia, sino sobre todo de la desesperación. Como ya he explicado aquí anteriormente, los estudios muestran que las personas que caen víctimas de las pseudoterapias no tienen estadísticamente un nivel educativo inferior a la media de la población, y ni siquiera un menor interés por la ciencia. Sin embargo, en muchos casos sí están desesperadas.

Los mecanismos por los cuales las pseudociencias triunfan entre la población mejor educada y formada de la historia, y por los cuales parte de esa población cree en su eficacia, reciben nombres como sesgo cognitivo, ilusión causal, ilusión de control o confusión entre causalidad y correlación, y todo esto es algo que no se arregla solo con información y divulgación. Con motivo de la campaña en Twitter, la psicóloga de la Universidad de Deusto Helena Matute nos lo ha recordado rescatando este artículo que recomiendo y del que cito unos párrafos:

El ejemplo clásico son las antiguas danzas de la lluvia. Cuando nuestros antepasados no sabían cómo producir lluvia se dedicaban a inventar métodos para lograrlo. Y alguien descubrió la danza de la lluvia. Lo curioso es que solía coincidir. Si un día bailaban, normalmente llovía el día siguiente, y si no el siguiente, o a lo sumo quizá hubiera que repetir el ritual al cabo de unas semanas, pero al final llovía. Así es, más o menos, como funciona nuestro sistema de asignación de causas a efectos. El primer día coincide por puro azar el evento deseado con algo que acabamos de hacer. Por tanto, repetimos esa conducta y antes o después volverá a coincidir, por lo que la asociación (ilusoria) entre nuestra conducta y el resultado esperado se irá fortaleciendo.

Así es como funcionan también muchas pseudociencias. Alguien nos comenta que determinado medicamento alternativo le ha curado. Lo probamos y nos funciona. Pero no nos damos cuenta de que cuando decimos “me funciona”, si solo tenemos un caso, dos, unos pocos, no es fiable. Lo único que podemos decir es: “ha coincidido”. Eso no es causalidad.

Para saber si A causa B debemos conocer con qué frecuencia ocurre B cada vez que ocurre A, pero también con qué frecuencia ocurre B cuando no ocurre A. Cuando un supuesto medicamento no acaba de ser reconocido oficialmente como medicamento, es porque no acaba de demostrar que la probabilidad de curarnos cuando tomamos ese medicamento sea mayor que la probabilidad de curarnos cuando lo que tomamos es un placebo. Un placebo es un producto inocuo (por ejemplo, una pastilla de sacarina), pero si nos lo dan de forma que parezca un medicamento efectivo (por el envase, el tamaño, el precio, y otra serie de factores que hacen que aumente la percepción de eficacia), y si además nos lo recomienda alguien en quien confiamos, tiene un efecto beneficioso, ante dolencias leves, y a menudo reduce también el dolor. Este efecto es psicológico, es real y está bien comprobado. También funciona con animales y con bebés. Un producto que no demuestre ser mejor que el placebo no puede ser reconocido como medicamento. Pero a menudo nos los venden en farmacias. La ley lo permite.

En este sesgo cognitivo a menudo tiene mucho que ver el rechazo al establishment médico y a la industria farmacéutica. Curiosamente, he podido comprobar que a menudo quienes repiten ese eslogan del capitalismo atroz y los abusos de las farmacéuticas no solo no son capaces de citar un solo caso concreto de corrupción o escándalo protagonizado por estas empresas, sino que, sin internet a mano, ni siquiera son capaces de citar correctamente el nombre de dos o tres compañías farmacéuticas.

Por supuesto que el abuso y la corrupción existen en la industria farmacéutica. Como en la telefonía móvil, la construcción, los hipermercados o los automóviles. Pero no parece que las ventas de coches en general hayan disminuido tras el escándalo de las emisiones (en el caso de las farmacéuticas, se repercuten los casos individuales en todo el sector). El comportamiento de una industria no anula la validez de sus productos. Ni el hecho real de que son los únicos que curan. En el fondo, e incluso con los casos reales en la mano, el argumento de la Big Pharma no es una razón motivadora, sino una justificación para tratar de disfrazar de racionalidad un sesgo cognitivo.

En resumen y como subraya Matute en su artículo, además de educar, informar y divulgar, también hay que legislar. No es paternalismo, sino protección de la población contra un abuso que en el peor de los casos mata, y en el mejor despoja a los afectados de su dinero sin ofrecerles ningún beneficio a cambio.

Por todo lo anterior, no hay nada que celebrar. Salvo quizás, un detalle. Mientras lamentablemente gobiernos como el catalán se dedican a hacer stage diving sobre los practicantes de las pseudociencias, los nuevos responsables de Ciencia (Pedro Duque) y de Sanidad (Carmen Montón) del gobierno del Estado se han sumado a la campaña #StopPseudociencias, pronunciándose explícitamente en contra de estos peligrosos abusos. Lo celebraremos cuando consigan, si es que lo consiguen, superar la oposición que van a encontrar entre sus propias filas para que estas posturas individuales se conviertan en leyes y políticas de Estado.

Hoy, día contra las pseudociencias y sus peligros: #StopPseudociencias

Las pseudociencias matan. Los bulos antivacunas matan a niños desprotegidos por la ignorancia de sus padres, e incluso a otros niños protegidos por el buen conocimiento de sus padres, pero desprotegidos por su propio sistema inmunitario. Los fraudes médicos matan a las personas que abandonan sus tratamientos, o les roban preciados meses o años de vida antes de un final igualmente inevitable. Las engañifas de las terapias alternativas matan la esperanza –y en muchos casos los ahorros– de quienes creen que los milagros existen, pero que están silenciados por la enésima conspiración internacional.

Por primera vez en la historia de este país, tenemos a un científico como ministro de Ciencia y a una médica como ministra de Sanidad. Personalmente, durante años en este blog se me han desgastado las yemas de los dedos pidiendo precisamente lo que ahora tenemos, y es una oportunidad que no debemos dejar escapar.

Imagen de Wikipedia / FDA / Michael J. Ermarth.

Imagen de Wikipedia / FDA / Michael J. Ermarth.

Por el momento, resulta esperanzador que se aplique desde un gobierno del Estado un lenguaje claro a probados fraudes de largo recorrido como la homeopatía, que hasta ahora siempre se han tratado aquí con guante de seda, disfrazando medidas favorables a la pseudomedicina con un barniz de presunto castigo para no disgustar a nadie, ni a la potente industria homeopática ni a los defensores de la realidad científica. Aunque, por cierto, a estos últimos no se les consiga engañar.

La ministra Carmen Montón ha dicho que “la homeopatía no cura”. El cielo es azul, la Tierra no es plana, los cuerpos caen y el agua moja. El agua moja, pero no cura. En el siempre ambiguo y farragoso lenguaje de los políticos es difícil encontrar manifestaciones tan claras sobre cuestiones tan evidentes que no sean simples eslóganes. Pero ¿llegará a traducirse en medidas y políticas reales?

Hoy, 19 de julio, un grupo de colectivos encabezado por la Asociación para Proteger al Enfermo de Terapias Pseudocientíficas (APETP) lanza en Twitter su segunda campaña #StopPseudociencias, después del éxito de la primera edición en febrero de 2017 que dio difusión a casi 2000 reportes de promociones de pseudociencias y pseudoterapias. Para esta nueva edición, los grupos organizadores de la iniciativa han reunido otro par de miles de reportes de este tipo de abusos contra la salud pública.

Este es el propósito de la iniciativa, en palabras de uno de sus organizadores, Emilio Molina, vicepresidente de APETP: “Otro año más, corroboramos que las pseudoterapias no suponen un problema anecdótico, y que tras ellas subyace una marea de desinformación sanitaria y movimientos peligrosos organizados, que siguen generando víctimas silenciosas. Esperamos que el cambio político conlleve una mayor atención ministerial a este problema, tomando acciones de oficio, estableciendo campañas de alerta social contra pseudociencias, facilitando herramientas a Consejerías y Colegios para la lucha contra intrusismo y mala praxis, y controlando la aplicación de las muchas leyes existentes en la materia que se están vulnerando sistemática e impunemente”.

Así, me sumo a la campaña animándoles a que participen, denunciando en Twitter los casos de pseudociencias y pseudoterapias que conozcan, haciéndolos llegar a la ministra Carmen Montón (@CarmenMonton) y/o al ministerio de Sanidad (@SanidadGob) bajo el hashtag #StopPseudociencias. Incluso si no tienen a mano ningún caso particular que quieran difundir, pueden colaborar entrando en esta página y haciendo clic en el botón para compartir en Twitter los reportes que aparecen en ella, reunidos por los organizadores de la campaña: http://stoppseudociencias.gplsi.es/Expendedor.php.

En resumen, la campaña es un clamor para que esta oportunidad histórica no se desperdicie, y para que las intenciones manifestadas por el nuevo gobierno respecto a la ciencia y la pseudociencia lleguen a materializarse en un verdadero cambio de rumbo de la política frente a este tipo de fraudes. Que a los españoles nos temieran los mercachifles de aceite de serpiente, y no solo los equipos deportivos de otros países, sí sería un auténtico motivo para sentirnos orgullosos.

El inglés y la ciencia se suman al lenguaje inclusivo de género

En estos días se habla de modificar la Constitución para que su lenguaje se refiera de forma específica a hombres y mujeres, en lugar de regirse por el genérico masculino como mandan los cánones clásicos de la lengua castellana. Como intuirán o sabrán, este no es un blog lingüístico, sino de ciencia; y además, si algo sobra en este debate, es una opinión más.

Pero tratándose de un asunto que concierne a quienes manejamos el lenguaje como profesión, creo que es útil aportar datos que puedan servir para que al menos los conozcan quienes deberían conocerlos. Por lo tanto, no vengo a opinar, sino a contar dos hechos que deberían ampliar el foco de una cuestión en la que la postura de cada cual parece depender de su bandera política, como si no existiera mundo más allá de esa rueda de hámster de las siglas partidistas españolas.

Imagen de Wikipedia.

Imagen de Wikipedia.

El primer hecho es evidente, pero no está de más recordarlo de vez en cuando: al contrario que la física, la química o la biología, materias como la lengua o las leyes son construcciones humanas, diferentes en cada grupo humano. Y por lo tanto, pueden cambiarse a voluntad si ese grupo así lo decide. Cuando la RAE dicta que “este tipo de desdoblamientos [los niños y las niñas, los ciudadanos y las ciudadanas] son artificiosos e innecesarios desde el punto de vista lingüístico”, eso sí es una opinión; basada en considerar que el grupo es la RAE, y no las personas que utilizan la lengua. Por lo tanto, defender que todo quede como está es tan válido como defender que todo cambie, y la única cortapisa a esto último que puede alegar ese grupo selecto que se arroga el derecho exclusivo a decidir qué es artificioso e innecesario es, como decía el académico José Manuel Blecua, que se trata de “una falta de respeto” o de “una moda”.

El segundo hecho que saca el asunto de esa rueda de hámster es que la tendencia y el debate sobre el lenguaje inclusivo no son solo algo nuestro, sino que llevan ya años de rodaje en otros países con otras lenguas. Vengo a contar el caso del inglés. Una gran parte de mi trabajo consiste en leer, y prácticamente la totalidad de lo que leo está escrito en inglés, tanto los estudios científicos como los emails que intercambio con la comunidad investigadora.

Desde hace unos años viene llamándome la atención que parece existir una creciente tendencia hacia el uso del femenino como genérico en inglés. En este idioma se da la peculiaridad de que los sustantivos no tienen género, pero es en los pronombres en tercera persona donde aparecen las diferencias: he/his/him/himself para él, she/her/herself/hers para ella. Y es aquí donde se ha centrado la discusión. En inglés, como en castellano, existía la costumbre tradicional de utilizar el masculino como genérico: así como en castellano suele decirse “un científico debe ceñirse a sus pruebas”, utilizando el masculino como genérico en el sustantivo, en inglés se dice “a scientist must stick to his evidence“; “scientist” no tiene género, pero este se introduce en el pronombre “his“, dando por hecho que el científico es un hombre.

Pues bien, lo que he notado desde hace años es que muchas personas dedicadas a la ciencia y periodistas que escriben sobre ciencia –no significa que no ocurra en otros ámbitos, pero hablo solo del que conozco– han pasado a utilizar el femenino como genérico:a scientist must stick to her evidence“, o “a child builds her brain during the first years of life“, “una niña construye su cerebro durante sus primeros años de vida”.

Intrigado por esta tendencia, en su día me preocupé de indagar un poco en ello, y en efecto me confirmaron que el uso de los pronombres genéricos ha sido materia de debate en la comunidad angloparlante desde hace años. Para tratar de desmasculinizar el lenguaje, hay dos corrientes principales. Una de ellas aboga por usar como genérico they/them/their/theirs/themselves (que engloba por igual a ellos y a ellas), un uso que también es tradicional en inglés: “a scientist must stick to their evidence“, o “a child builds their brain during the first years of life“. Sin embargo, una segunda corriente prefiere usar el femenino como manifestación expresa de la necesidad de compensar la tradicional masculinización del lenguaje.

Para tomar el pulso a estos usos del lenguaje, en 2012 dos investigadoras y un investigador (seamos precisos) de la Universidad Estatal de San Diego y la Universidad de Georgia (EEUU) publicaron un estudio en el que analizaron el uso de pronombres personales masculinos y femeninos en 1,2 millones de libros en inglés publicados entre 1900 y 2008. El estudio descubría que existe una “brecha de género en los pronombres”, un uso mucho mayor de los masculinos, pero que viene reduciéndose desde los años 70: de 4,5 pronombres masculinos por cada uno femenino hasta los 60, se ha pasado a solo 2 masculinos por cada femenino en 2008.

El estudio no se fijaba específicamente en el uso de los pronombres como genéricos, por lo que es de suponer que esta evolución refleja sobre todo un aumento del número de personajes femeninos en la literatura. Pero incluso en este caso, el cambio es notable: según el estudio, “la proporción de pronombres de género se correlaciona significativamente con los indicadores del estatus de las mujeres en EEUU, como el nivel educativo, la participación laboral y la edad en el matrimonio, así como la asertividad de las mujeres”. A lo largo del periodo histórico analizado, “los libros usan relativamente más pronombres femeninos cuando el estatus de las mujeres es más alto, y menos cuando es más bajo”.

Imagen de Idaho National Laboratory / Flickr / CC.

Imagen de Idaho National Laboratory / Flickr / CC.

Pero además de las dos corrientes principales citadas arriba, hay una tercera que defiende la invención de nuevos pronombres inclusivos como s/he o han, que engloban a he y she. Y no solo el idioma inglés ha explorado esta opción: en 2015 el diccionario oficial de la lengua sueca introdujo el nuevo pronombre neutro hen, como alternativa a los tradicionales han (él) y hon (ella).

Quien considere que este tipo de recursos son simplemente –citando a la RAE– “artificiosos” o “innecesarios” está olvidando un aspecto fundamental. La lengua sueca no ha introducido hen para sustituir a han cuando se habla de un hombre o a hon cuando se refiere a una mujer, sino para su uso en aquellos casos en los que el género de una persona sea irrelevante (como en los genéricos) o cuando no se corresponda nítidamente con lo masculino o lo femenino. Como hoy sabe cualquiera que no prefiera ignorarlo deliberadamente (y ya he explicado aquí la ciencia de ello en artículos como este), muchas personas no se identifican con su sexo cromosómico sino con el opuesto, o con ninguno de los dos, o incluso no tienen un sexo cromosómico definido (por ejemplo, las personas XXY).

De hecho, esta necesidad de que la lengua sea más inclusiva con todas las personas con independencia de su identidad de género es la que ha llevado a la comunidad angloparlante a otra tendencia en aumento, y es que cada persona defina sus propios pronombres: desde 2015, una institución tan escasamente frívola como la Universidad de Harvard incluye en sus formularios de matrícula el siguiente epígrafe: “Feel free to pick a pronoun on this form [elija su pronombre en este formulario]: He. She. Ze. E. They“, dando así la opción a sus estudiantes para que escojan un pronombre de género o uno de los neutros ze, e o they. Otras universidades estadounidenses siguen iniciativas similares.

Y todo ello porque, con independencia de lo que la RAE considere una falta de respeto, lo que la inmensa mayoría de la gente sí considera una falta de respecto es que la traten con pronombres diferentes a los suyos. Claro que mientras el Diccionario Panhispánico de Dudas de la RAE, en su entrada “género“, continúe afirmando que este se corresponde “con la distinción biológica de sexos”, parece evidente que aquí aún estamos a años luz no ya de recorrer este camino, sino de dar el primer paso.

Ayala, ¿más conocido ahora por las denuncias de acoso sexual que por su ciencia?

El gran científico de origen español Francisco José Ayala ha sido obligado a abandonar su puesto en la Universidad de California, y su nombre ha sido borrado de programas, edificios y becas (es un prominente mecenas de la institución), después de que una minuciosa investigación interna haya considerado fundadas las denuncias de acoso sexual de cuatro colaboradoras suyas.

No vengo aquí a juzgar el comportamiento de Ayala o lo justificado de las denuncias, ya que como es obvio desconozco por completo ambas cuestiones. No voy a unirme a ese frívolo juego tan popular de morder la carnaza sin saber antes a fondo de qué está hecha. Entrevisté a Ayala un par de veces o tres por teléfono hace ya muchos años, y como es lógico me dejó la impresión esperada, la de un brillante pensador cercano y amable, con un gran amor por la ciencia y una notable capacidad divulgadora.

He conocido al Ayala científico, no al Ayala persona. Si bajo esa fachada se escondía alguien que aprovechaba su doble condición de hombre y poderoso para someter a una humillación silenciosa a otras personas por su doble condición de mujeres y subordinadas, merecería el mismo desprecio que cualquier otro tipo con el mismo perfil, ya sea el jefe de un taller de costura o un premio Nobel. Simplemente pensando en lo que yo sentiría si algo semejante le ocurriera a una mujer que amo, puedo aproximarme un poco a lo que sentiría ella, pero sabiendo que lo que sentiría yo solo sería una fracción de lo que sentiría ella.

Francisco J. Ayala. Imagen de Xiao Dai / Wikipedia.

Francisco J. Ayala. Imagen de Xiao Dai / Wikipedia.

Pero si por el contrario, como ha asegurado al diario El Mundo su colaborador Camilo José Cela Conde (hijo del escritor), a Ayala le han acusado por “decirle a una mujer que es guapa y elegante” y por saludar besando en las mejillas (un gesto que, es cierto, en EEUU se considera raro, y totalmente inapropiado en el ámbito profesional), el asunto cambiaría radicalmente.

Esto último no es necesariamente inconcebible. Recuerdo que, durante mis años de tesis doctoral, supe de un compañero que se había marchado a EEUU con un postdoc y que había sido tildado de acosador por una colaboradora por haber colocado en su despacho una estatuilla de la Venus de Milo. Claro, él procedía de un laboratorio cuyo director tenía un condón femenino pegado a la ventana, y que en las cenas de grupo solía contar sus aventuras juveniles en una comuna hippie donde un chico negro le practicó una penetración anal.

Recuerdo haber leído hace unos años un divertido blog de una chica estadounidense (siento no recordar algún dato más concreto para rebuscarlo y poner aquí un enlace) que residía en España y trabajaba como auxiliar de conversación de inglés en un colegio. Comentando las diferencias culturales entre EEUU y España, algo le había llamado enormemente la atención, y es que en las paredes del colegio colgaban, decía ella, imágenes de mujeres desnudas. Eran fotos de cuadros como la maja desnuda de Goya o la Venus del espejo de Velázquez. Decía sentirse incomodada por aquellas imágenes, que en su país jamás estarían expuestas a la vista de los niños.

El propio Ayala ha difundido una declaración en estos términos:

Lamento profundamente que lo que yo siempre he considerado como los buenos modales de un caballero europeo –saludar a las mujeres afectuosamente, con un beso en ambas mejillas, halagarlas sobre su belleza– haya hecho sentir incómodas a colegas a las que respeto. Nunca fue mi intención. No quiero someterlas a ellas, a mi familia o a esta institución a un largo proceso de investigaciones, audiencias, apelaciones y demandas. Tengo mucho respeto por ellas, y mucho trabajo por hacer. Continuaré mi investigación con vigor renovado y agradezco su apoyo a mis colegas de todo el mundo.

Por su parte, en el diario The New York Times la abogada de tres de las denunciantes, Micha Liberty, alegaba que “hay una gran diferencia entre los modales de caballero y el acoso sexual en el trabajo. No estaríamos aquí si estuviéramos hablando de modales y galantería”. Liberty añadía que se trataba de “comentarios inapropiados y otro tipo de conductas”, incluyendo tocamientos no deseados, y que entre algunas personas circulaban comentarios como “no te quedes a solas con él” o “no subas en el ascensor con él”.

En el bando contrario, el diario señalaba que “algunos de los colegas del Dr. Ayala han expresado su consternación ante las alegaciones presentadas contra él”. La astrofísica Virginia Trimble ha declarado: “es un buen ser humano. No sé decirlo de otra manera”. Trimble le ha enviado un email a Ayala con el asunto “no me creo una palabra”. El matemático Donald Saari ha calificado el asunto de “perturbador”. “Contradice todo lo que sé sobre el Dr. Ayala”, ha dicho. En la revista Science la colaboradora de Ayala Kristen Monroe, politóloga de la misma universidad, apunta: “Estoy impactada y sorprendida por los cargos contra el profesor Ayala, ya que nada en nuestra interacción durante más de 20 años ha sugerido que trate a las mujeres de otro modo que con respeto y cortesía”.

Estos son los hechos y tengo poco más que añadir, salvo que si algo parece meridianamente claro es que el caso de Ayala no es ni remotamente cercano al de Harvey Weinstein (el productor de cine que motivó la campaña #MeToo), ni tampoco al de James Watson (más sobre Watson abajo). Mi impresión personal perfectamente opinable es que tal vez un hombre de 84 años no ha sabido adaptarse a un cambio cultural necesario: el de considerar machistas ciertos comportamientos diferenciales hacia hombres y mujeres que en su época de crianza eran de uso común, como entonces también lo eran ciertos comportamientos diferenciales hacia personas con distintos colores de piel.

Pero si traigo hoy el caso de Ayala es porque me interesa destacar dos aspectos relacionados al hilo del asunto. El primero de ellos lo planteo en forma de pregunta: ¿cuántos sabían quién es Francisco J. Ayala antes de este episodio?

Ayala forma parte de una escuela y una generación de biólogos evolutivos que reactualizaron las teorías de Charles Darwin a las nuevas disciplinas, enfoques y herramientas científicas nacidas en el siglo XX, como la genética molecular y la biología de poblaciones. Sus contribuciones han sido muy destacadas en campos como la evolución comparada en humanos y otros primates o la determinación de distancias evolutivas, además de haber investigado también el proceso evolutivo de enfermedades como la malaria. Es uno de los biólogos evolutivos más admirados y prestigiosos del mundo y toda una institución en su campo, exasesor del entonces presidente Bill Clinton y expresidente de la Asociación de EEUU para el Avance de la Ciencia, la primera institución científica del mundo, editora de la revista Science. Si Ayala no tiene un Nobel, es sencillamente porque no existe el Nobel de Biología.

Y a pesar de todo ello, Ayala es probablemente un desconocido para el ciudadano medio español. En este país tan carcomido por los nacionalismos de una y otra bandera, el hecho de que Ayala se nacionalizara estadounidense le ha dejado fuera de una popularidad científica detentada en su lugar por otros (nótese el verbo). Pero Ayala solo hizo lo lógico y natural: emigró de un país pobre en ciencia (entonces más que ahora) a la primera potencia científica del mundo, comprobó lo bien que se investiga allí y lo bien que se vive de investigar allí, y se quedó. A España vienen los futbolistas.

Lo irónico de todo el asunto es que muchos habrán conocido a Ayala no como el gran científico que lleva siendo durante gran parte de sus 84 años, sino como el acosador sexual que parece ser ahora. Desde luego, si realmente lo es, merece que su nombre quede unido indisolublemente a esta mancha. Pero ojalá hubiera sido tan conocido aquí antes, cuando solo era uno de los mejores biólogos evolutivos del mundo.

El segundo aspecto está relacionado con lo anterior, y es que, con independencia de que Ayala sea realmente un acosador sexual o no, tanto en ciencia como en cualquier otro aspecto de la creación humana debemos aprender a separar a la persona de su obra. Tenemos una estúpida tendencia a dar por hecho que el autor de una obra admirable debe ser por fuerza una persona admirable, y en infinidad de casos no es así. Como ejemplos, rescato algo que escribí aquí hace unos meses, con una profusión de enlaces para que quien quiera pueda acudir a las fuentes:

Quien piense que no es posible admirar la creación sin admirar a su creador, debería abstenerse de disfrutar de las obras de los antisemitas Degas, Renoir o T. S. Eliot, los racistas Lovecraft y Patricia Highsmith, el fascista Céline, los pedófilos Gauguin y Flaubert, el machista Picasso, el maltratador y homófobo Norman Mailer, el incestuoso Byron o incluso la madre negligente y cruel Enid Blyton (autora de Los cinco). Y por supuesto, jamás escuchar a Wagner, el antisemita favorito de Hitler. Esto, solo por citar algunos casos; con demasiada frecuencia, una gran obra no esconde detrás a una gran persona.

No pretendo comparar a Ayala con los personajes mencionados, algo que –de acuerdo a lo publicado– sería profundamente injusto incluso desde la postura más extrema. Lo que propugno es que, incluso en los casos demostradamente más deleznables, debemos distinguir al autor de su obra. Puede aprovecharse aquello de valioso, si es que lo hubo, que pudiera haber aportado a la psquiatría infantil el médico nazi Hans Asperger sin necesidad de recordar ni mucho menos homenajear su nombre.

Tal vez el ejemplo científico que mejor ha plasmado este conflicto sea el de James Watson, cuya contribución sí ha sido tan esencial –el descubrimiento de la estructura del ADN– como lamentables han sido sus declaraciones y actitudes racistas y misóginas. Así de acertadamente lo exponía en 2014 el genetista británico Adam Rutherford en el diario The Guardian:

“Nadie quiere admitir que existo”, dice Watson. No es eso. Es más bien que nadie está interesado en sus visiones racistas y sexistas. Watson, junto con Crick, siempre será el descubridor de la doble hélice, a mi juicio la revolución científica del siglo XX. Este es nuestro reto: celebrar la ciencia cuando es grande, y a los científicos cuando lo merecen. Y cuando resultan ser unos fanáticos horribles, seamos honestos también con ello. Resulta que, igual que el ADN, la gente es conflictiva, complicada y a veces llena de errores espantosos.

Los dinosaurios de la saga jurásica: ¿distingues la realidad de la ficción?

Hay dos constantes que han acompañado siempre a la imagen popular de los dinosaurios. Primero, que fascinan a la gente; no tanto desde que el nombre de este grupo de reptiles fue acuñado en 1842, pero sí desde comienzos del siglo XX, cuando novelas como El mundo perdido de Arthur Conan Doyle –no la primera, pero sí la más exitosa– comenzaron a popularizarlos. Segundo, que casi siempre su retrato se desvía de la realidad, precisamente para exagerar todo aquello que fascina a la gente. Es como si los dinosaurios hubieran contratado a una agencia publicitaria: ¿es esto muy diferente del marketing?

Las novelas de Michael Crichton y la saga de películas que han inspirado no son una excepción; más bien son el caso típico. Pero esto no debe interpretarse como una crítica desdeñosa; al contrario, lo que los dinosaurios de Spielberg y sus sucesores han aportado al interés de los niños en la ciencia difícilmente se consigue en el colegio. Y Crichton tampoco era ningún papanatas, sino un bioantropólogo y médico que escribió buena ciencia ficción y que se documentaba conciencizudamente para sus novelas. Y aunque llegó a flirtear con las pseudociencias, su visión de la recreación de los dinosaurios por ingeniería genética estaba muy adelantada a su tiempo allá por 1990.

Imagen de Universal Pictures.

Imagen de Universal Pictures.

Es más: el traslado de los dinosaurios de Crichton al cine ha contado desde el inicio de la saga con la asesoría del paleontólogo Jack Horner, que dirige su propio proyecto de tuneado de pollos para asemejarlos a los dinos clásicos, y que por cierto hacía un cameo en Jurassic World, en la primera escena de Owen (Chris Pratt) con los velocirraptores.

Pero sea por licencias creativas, por errores no intencionados o por nuevos descubrimientos que refutan ideas anteriores –66 millones de años después, los dinosaurios continúan actualizándose–, lo cierto es que la saga cae en una serie de inexactitudes que al menos merece la pena conocer. Aquí están, en formato interactivo.

El premio Princesa de Asturias se obstina en olvidar a Francis Mojica

En 2015 el jurado del premio Princesa de Asturias de Investigación Científica y Técnica resolvió galardonar a la estadounidense Jennifer Doudna y a la francesa Emmanuelle Charpentier “por los avances científicos que han conducido al desarrollo de una tecnología que permite modificar genes, con gran precisión y sencillez en todo tipo de células, posibilitando cambios que suponen una verdadera edición del genoma”, decía el fallo.

Lo que las dos investigadoras habían desarrollado es el sistema CRISPR-Cas9, una herramienta de corrección de ADN que ha facilitado y acelerado inmensamente la edición genómica, que ya emplean innumerables laboratorios de todo el mundo para la investigación en biología molecular y que pronto comenzará a ensayarse para remediar enfermedades genéticas en humanos. Tal es el potencial de CRISPR que ya tiene un título casi oficial en cualquier artículo científico-periodístico al respecto: la revolución genética del siglo XXI.

Sin embargo, en general las herramientas de biología molecular no se crean, sino que se desarrollan y se adaptan a partir de sistemas presentes en la naturaleza, sobre todo en los microbios. También es el caso de CRISPR, fruto de la modificación de un sistema de defensa antiviral presente en bacterias y arqueas. Pero en su concesión del premio, el jurado dejó fuera al investigador que primero descubrió, describió y nombró este sistema, y dedujo su función. Es decir, a quien entregó en bandeja a la biotecnología el tesoro natural del que se derivaría la revolución genética del siglo XXI. Por si no fuera suficiente agravio, se añade además que el científico en cuestión comparte nacionalidad con la institución que concede los premios: Francisco Juan Martínez Mojica, de la Universidad de Alicante.

El investigador Francis Mojica. Imagen de Roberto Ruiz / Universidad de Alicante, utilizada con permiso.

El investigador Francis Mojica. Imagen de Roberto Ruiz / Universidad de Alicante, utilizada con permiso.

¿Por qué el jurado del Princesa no premió también a Francis Mojica? En realidad, no lo sé. Pero aquí va mi terrible sospecha, que no deja de ser una hipótesis, aunque a continuación explico mis motivos:

Porque no le conocían. Porque jamás habían oído hablar de él.

La trayectoria de CRISPR ha sido meteórica. Era en agosto de 2012 cuando Charpentier y Doudna, que habían entablado amistad en un congreso apenas el año anterior, publicaban lo que en ciencia suele llamarse el “seminal paper“, o el estudio que influye de manera determinante sobre desarrollos posteriores (y que no debería traducirse como “estudio seminal”, ya que el DRAE no recoge este significado).

Aquel trabajo publicado en Science venía a representar la acuñación de CRISPR como herramienta biotecnológica, aunque aún debería pasar por desarrollos posteriores para convertirse en el sistema que hoy conocemos. Pero solo tres años después Doudna y Charpentier ya estaban en la cresta de la ola: en 2015 recibían el Breakthrough Prize in Life Sciences, el premio de biomedicina mejor dotado económicamente en todo el mundo. Unos meses después, al rebufo de esta importantísima distinción, llegaba el fallo del Princesa de Asturias que en su día muchos aplaudimos, como conté aquí.

¿Y qué ocurría con Francis Mojica? Lo que ocurría era que por entonces aún era un perfecto desconocido para la mayoría (y me incluyo), dado que su contribución había permanecido casi oculta. En su seminal paper, Doudna y Charpentier no citaban los estudios en los que el alicantino había descrito el sistema CRISPR, limitándose a enterrar uno de sus estudios posteriores entre las numerosas referencias incluidas en la bibliografía. Cuando en 2014 Doudna y Charpentier, ya ascendidas al estrellato, publicaban en Science una revisión sobre “la nueva frontera de la ingeniería genómica con CRISPR-Cas9”, sí incluían entre sus muchas referencias los trabajos fundamentales de Mojica publicados en 2000 y 2005, pero en el texto se limitaban a mencionar que “unos pocos laboratorios de microbiología y bioinformática a mediados de los 2000 comenzaron a investigar los CRISPR, que habían sido descritos en 1987 por investigadores japoneses…”.

Lo cual no solo era vago, sino incluso erróneo: lo descubierto en 1987 por los japoneses no era ni mucho menos CRISPR, ni en el fondo (se trataba solo de la observación anecdótica de unas ciertas secuencias en el genoma de una bacteria) ni en la forma (el término CRISPR lo inventaría Mojica muchos años más tarde). Y si bien es cierto que el laboratorio de Mojica no era el único investigando aquellas secuencias ni fue el único que dio con el descubrimiento clave, sí fue el primero en publicarlo, y también en ciencia the winner takes it all.

Bien lo saben las propias Charpentier y Doudna, ya que el lituano Virginijus Siksnys, que desarrolló el sistema CRISPR en paralelo a ellas pero perdió la carrera de la publicación, no ha disfrutado ni mucho menos del mismo reconocimiento. Hoy la ciencia en general ya no es el descubrimiento de un lobo solitario, sino un esfuerzo colectivo y distribuido. Pero dado que los premios se empeñan en continuar destacando individualidades, si hay que atribuir a un nombre la primicia en la publicación del descubrimiento de CRISPR, ese es sin duda Mojica.

El rumbo de esta historia viró bruscamente para Mojica en enero de 2016. Entonces se publicaba un extenso artículo titulado “The Heroes of CRISPR” (los héroes de CRISPR), que por primera vez indagaba en la historia y el desarrollo de esta tecnología para poner en claro quiénes eran los protagonistas de este gran avance de la biología molecular. Y el veredicto era claro: una gran parte del artículo estaba dedicada a Francis Mojica; la historia de CRISPR comenzaba con él y con su hallazgo del sistema en los microbios de las salinas de Santa Pola.

Resultaba además que aquel artículo no era el trabajo de un periodista para un medio general, sino que se publicó en la revista Cell, la primera del mundo en biología, y su autor era Eric Steven Lander, profesor del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), director y fundador del Instituto Broad del MIT y la Universidad de Harvard, asesor científico del expresidente Barack Obama… Uno de los biólogos más prestigiosos del mundo se había calzado la visera y los manguitos del periodista para investigar la historia de CRISPR y señalar con su divino dedo para decir a toda la comunidad científica: hey, ahí está, es a ese a quien se lo debéis. Y ese era el microbiólogo alicantino Francis Mojica.

De la noche a la mañana, todo cambió para Mojica. A partir de entonces no solo su trabajo comenzó a ser reconocido como merecía, sino que su propia figura salió de entre las sombras para convertirse en el objetivo de todos los flashes. Su rápida aparición repentina en la Wikipedia es solo un detalle anecdótico, pero revelador. Por fin llegaron los premios merecidos, en su país, como el Rey Jaime I de Investigación Básica en 2016 y el Fundación BBVA Fronteras del Conocimiento en 2017, pero también en el ámbito internacional, como el Albany Medical Center Prize, el cuarto mejor dotado del mundo en biomedicina en todo el mundo y el segundo en EEUU, por detrás del Breakthrough.

Y mientras, los responsables del Princesa de Asturias continúan silbando y mirando hacia otro lado, desperdiciando ya tres oportunidades sucesivas para enmendar su crasa equivocación. Sería discutible si puede comprenderse o no que en 2015 se ignorara a Mojica. Es cierto que para el científico ha existido una era pre-Lander y otra post-Lander, aunque si algo se esperaría del jurado de un premio como el Princesa, aparte de las estancias en hoteles de lujo y las grandes cenas, es que hicieran lo que hizo Lander, indagar en la historia de un hallazgo para esclarecer a quién se le debe su reconocimiento.

Por desgracia, a menudo el fallo del Princesa de Asturias de Investigación deja la incómoda sensación de que el jurado premia a golpe de titular periodístico. El último ejemplo lo tenemos este mismo mes: el ganador en la edición de este año es el biólogo sueco Svante Pääbo “por haber desarrollado métodos precisos para el estudio del ADN antiguo que han permitido la recuperación y el análisis del genoma de especies desaparecidas hace cientos de miles de años”.

El mérito de Pääbo es indudable, y su trabajo admirable e inmensamente valioso. Pero tanto como el de otros: al premiarle en solitario, el jurado no ha distinguido a quien –como dice el fallo– “ha abierto un nuevo campo de investigación, la paleogenómica”, sino al más mediático de entre los científicos responsables de esta aportación. Dado que el Princesa, a diferencia del Nobel, no establece un número máximo de premiados, una distinción en paleogenómica debería haber incluido otros nombres con tantos merecimientos como Pääbo, aunque con menos entrevistas en la prensa y menos fotos sosteniendo cráneos; como mínimo, Eske Willerslev y David Reich.

Bueno, quizá también Beth Shapiro, Johannes Krause… Lo cierto es que cada vez es más difícil e injusto destacar solo un nombre entre muchos, por ese carácter colaborativo y global de la ciencia actual. Pero dado que los premios se empeñan en el personalismo, hay algo incuestionable, y es que el premio Princesa de Asturias tiene una deuda pendiente con uno de los científicos españoles actuales más sobresalientes. Y no quieran las carambolas cósmicas que Mojica salga en la lista de los Nobel este próximo octubre (pero sí, ojalá lo quieran). Porque si fuera así, a ver con qué se limpia ese borrón.

El Nobel de Química que murió en España

Los nombres de Santiago Ramón y Cajal y Severo Ochoa son hoy de sobra conocidos incluso para el ciudadano medio sin conocimientos de ciencia. Pero esto, más que un motivo para celebrar, es una razón para el sonrojo: son las dos únicas personas nacidas en España que han alcanzado el reconocimiento de un Nobel de ciencia.

El número de españoles ganadores de un Nobel de Literatura más que duplica esta cifra (cinco, para ser exactos). El historiador del CSIC Ricardo Campos, en un estudio sobre la eugenesia del franquismo (que conté en detalle aquí), escribía que el psiquiatra franquista Juan José López Ibor definía al hombre español como “estoico, sobrio, buscador de gloria militar y literaria, despectivo hacia la ciencia y la técnica e impasible frente la muerte”. Y así hemos llegado a donde estamos.

Para un estadounidense o un británico, aprenderse la lista de sus científicos laureados con el Nobel sería casi misión imposible. Y ni siquiera la diferencia entre su potencia científica y la nuestra es suficiente justificación: como conté aquí en una ocasión, España es el undécimo país en número de publicaciones científicas (de hecho, cuando lo conté éramos los décimos, pero la reciente edad oscura para la ciencia española nos ha hecho perder un puesto que será muy complicado volver a recuperar), pero se queda en un vergonzoso vigésimo séptimo lugar en número de premios Nobel de ciencia, a la altura de Luxemburgo o Lituania.

Wendell Meredith Stanley en 1946, el año en que ganó el Nobel de Química. Imagen de Wikipedia.

Wendell Meredith Stanley en 1946, el año en que ganó el Nobel de Química. Imagen de Wikipedia.

Todo lo anterior me ha venido al hilo del recuerdo de un episodio poco conocido, y es que si este país solo ha alumbrado dos Nobel de ciencia, en cambio ha matado a uno más. Es un decir, claro; en realidad fue su corazón lo que mató a Wendell Meredith Stanley el 15 de junio de 1971, unas horas después de pronunciar una conferencia en la Universidad de Salamanca. Al día siguiente, 16 de junio, el diario ABC (que daba la noticia a toda página bajo el epígrafe “vida cultural”) contaba que Stanley, profesor de la Universidad de Berkeley y Nobel de Química en 1946, había fallecido de madrugada a la edad de 67 años por un infarto de miocardio en su alojamiento, el Colegio Fonseca.

Stanley había viajado a Barcelona con motivo de un congreso científico en compañía de Severo Ochoa, con quien mantenía amistad, y había sido invitado a Salamanca por el bioquímico Julio Rodríguez Villanueva, quien antes de la conferencia de Stanley advirtió de que “las preguntas que formularan al premio Nobel se le hicieran despacio, a causa de que había sufrido varios ataques al corazón”, contaba ABC. La preocupación de Villanueva no pudo ser más premonitoria.

Pero ¿quién era Wendell Meredith Stanley? Resulta curioso que para un país como EEUU un Nobel de ciencia sea algo tan de andar por casa que algunos de ellos sean casi unos completos desconocidos. Fuera de los círculos de la microbiología y la biología molecular (y tal vez dentro), el nombre de Stanley solo invita a encoger los hombros, e incluso su página en la Wikipedia inglesa no le dedica más de cuatro o cinco párrafos.

Casi oculto, Wendell Stanley asoma la cabeza al fondo de esta foto tomada en la Casa Blanca en 1961, durante un encuentro con científicos del presidente John F. Kennedy. Imagen de White House / Wikipedia.

Casi oculto, Wendell Stanley asoma la cabeza al fondo de esta foto tomada en la Casa Blanca en 1961, durante un encuentro con científicos del presidente John F. Kennedy. Imagen de White House / Wikipedia.

Y sin embargo, podríamos decir que Wendell Stanley fue nada menos que el descubridor de los virus. Para los iniciados en el tema esta afirmación puede ser discutible, pero démosle la vuelta: si hubiera que nombrar a un solo científico/a como descubridor de los virus, ¿quién merecería este título más que Wendell Stanley?

En la segunda mitad del siglo XIX el francés Louis Pasteur y el alemán Robert Koch sentaron la teoría microbiana de la enfermedad, según la cual las infecciones estaban provocadas por los microbios. Pasteur, Koch y otros científicos comenzaron a identificar las bacterias responsables de numerosas enfermedades, y las infecciones dejaron de ser un misterio a medida que iban cayendo una tras otra bajo el microscopio de los investigadores.

Pero una se les resistía: la rabia. Nadie era capaz de aislar bajo las lentes una bacteria a la que culpar de la rabia. Lo mismo ocurría con ciertas enfermedades de las plantas, en las cuales los investigadores buscaban causas bacterianas al hilo de los trabajos de Pasteur y Koch, pero sin éxito. Uno de estos científicos era el químico alemán Adolf Mayer, que en 1886 describió una plaga a la que denominó mosaico del tabaco, que arruinaba las hojas de esta planta entonces tan apreciada. Mayer extraía savia de una planta afectada y la inoculaba en un ejemplar sano, observando que la enfermedad se transmitía. Pero cuando estudiaba la savia al microscopio, no encontraba nada.

Mayer y otros investigadores, como el ruso Dmitri Ivanovsky, descubrieron que el misterioso causante del mosaico del tabaco era algo capaz de atravesar no solo un papel de filtro, sino también unos filtros de porcelana inventados por el francés Charles Chamberland y que servían para limpiar un líquido de bacterias. ¿Qué era lo que causaba aquella infección del tabaco?

La teoría de la época suponía que se trataba de una toxina o de una bacteria diminuta, hasta que en 1898 el holandés Martinus Beijerinck se atrevió a aventurar que aquella enfermedad del tabaco estaba causada por otro tipo de agente infeccioso que no era una bacteria, al que llamó “virus”, “veneno” en latín, un término que ya se había empleado siglos antes en referencia a agentes contagiosos desconocidos. Beijerinck acertó al sugerir que el virus era algo más o menos vivo (no como una toxina), ya que solo afectaba a las células que se dividían. Pero se equivocó al proponer que era de naturaleza líquida.

A partir de los experimentos de Beijerinck, los microbiólogos comenzaron a llamar “virus” a todo agente infeccioso invisible al microscopio y que atravesaba los filtros. El primero en detectarse en animales fue el de la fiebre aftosa, y después llegaron los humanos, el de la fiebre amarilla, la rabia, la viruela y la poliomielitis. Pero aunque ya era de conocimiento común que todas estas enfermedades eran víricas, en realidad aún no se tenía la menor idea sobre qué y cómo eran estos virus. Aún se seguía admitiendo generalmente que no eran partículas, sino misteriosos líquidos infecciosos, una especie de veneno vivo.

Aquí es donde entra nuestro Stanley. En la década de los 30 apareció el microscopio electrónico, una herramienta que permitía hacer visible lo invisible al microscopio óptico tradicional. Y con el potencial que ofrecía esta nueva tecnología, en 1935 Stanley se propuso destripar de una vez por todas la naturaleza del virus del mosaico del tabaco, emprendiendo uno de esos trabajos penosos que alguien tenía que hacer en algún momento: despachurró una tonelada de hojas de tabaco, extrajo su jugo, lo purificó, y de todo ello finalmente obtuvo una exigua cucharadita de polvo blanco. Pero allí estaba el virus del mosaico del tabaco, una especie de minúsculo ser con forma alargada que seguía siendo infectivo incluso cuando estaba cristalizado; es decir, lo que llamaríamos más o menos muerto.

El virus del mosaico del tabaco al microscopio electrónico. Imagen de Wikipedia.

El virus del mosaico del tabaco al microscopio electrónico. Imagen de Wikipedia.

En realidad fueron otros investigadores los que después obtuvieron las primeras imágenes de microscopía electrónica del virus del mosaico del tabaco, y Stanley se equivocó en algunas de sus hipótesis, como cuando propuso que el virus solo estaba compuesto por proteínas. Pero no solo su virus fue realmente el primer virus que ya era algo más que un nombre, sino que aquella extraña capacidad de infectar incluso cuando estaba cristalizado descubrió para la ciencia el rasgo fundamental de los virus, y es que no son exactamente seres vivos, o al menos no como los demás. Pero esta ya es otra historia.

Pedro Duque, un astronauta para el despegue de la ciencia española

Imagino que quienes tenemos alguna relación con el mundo de la ciencia, incluso los que no nos adherimos a ninguna bandera, esperábamos casi como apuesta segura que el nuevo rumbo político pusiera fin a lo que ha sido en los últimos años un desmantelamiento del sistema científico español por activa y por pasiva.

Cualquiera que haya querido interesarse por ello ha podido leer en los medios que la desidia práctica del anterior gobierno con respecto a la ciencia y la tecnología no era una cuestión de apreciaciones partisanas coloreadas por sesgos ideológicos, sino una realidad que en los últimos años ha hecho retroceder a España un puesto en el ránking mundial por número de publicaciones, según datos del Journal & Country Rank de SCImago.

Y esto por citar solo un ejemplo concreto de una de las principales magnitudes que miden objetivamente el desempeño científico de un país, sin entrar siquiera en el malestar y el desánimo que han cundido entre la comunidad científica; en otros sectores, una falta de sintonía tan evidente suele hacerse muy visible a través de medidas como las huelgas generales. En ciencia los efectos de esta situación no se ven mirando por la ventana, sino que se sienten a largo plazo, y es por esto que la política cortoplacista prefiere barrerlos bajo la alfombra.

Pero además de la esperada noticia de la restauración del Ministerio de Ciencia, hoy ha sido una magnífica sorpresa la designación de Pedro Duque a su frente. El astronauta (ellos suelen decir que “ex” no se es) e ingeniero es, por primera vez en la historia de este país, una persona con sólida competencia científica al frente de un Ministerio de Ciencia. No, no me he olvidado de otras personas que asumieron el mismo cargo, y me reafirmo en lo dicho.

Pedro Duque. Imagen de GTRES.

Pedro Duque. Imagen de GTRES.

Pedro Duque cuenta, en mi opinión, con rasgos que le convierten en un ministro de ciencia ideal, tanto por lo que es como por lo que no es. Respecto a esto último, no han faltado en Twitter las opiniones (minoritarias, hasta donde he podido ver) que reprochan al nuevo presidente Pedro Sánchez el haber elegido a un técnico, y no a un fiel soldado. En este blog ya me he declarado cien por cien partidario de la tecnocracia cuando se trata de gestionar asuntos que solo una persona con la formación técnico-científica necesaria puede comprender. Los bustos parlantes no arreglan problemas, sino que se limitan a tratar de hacer ver que no existen.

Es más: hoy muchos de los países más desarrollados cuentan también con comités científicos asesores con interlocución al más alto nivel en los gobiernos, ya que hoy es imposible gobernar sin contar con aquello que los científicos tienen que decir sobre el impacto de la actividad humana en múltiples campos que a su vez tienen una influencia clave en la economía.

Pero además, el hecho de que Duque no sea un personaje político le convierte en una figura transversal, cuya gestión al frente de la ciencia española podrá ser evaluada también de forma transversal. La ciencia depende de la política y, por lo dicho, la política depende de la ciencia mucho más de lo que algunos quieren creer. Pero con independencia de las inclinaciones políticas que predominen entre los miembros del estamento científico, la política científica no puede estar sujeta a quién clava su bandera en la colina.

Otro mérito de Duque es su amplia experiencia mixta, en lo público, en lo privado, en el terreno internacional y en el ámbito interdisciplinar. Los astronautas asignados a funciones científicas en la Estación Espacial Internacional (ISS) deben tener la capacidad de actuar como aquellos naturalistas de las antiguas expediciones de exploración que sabían de todo, ya que deben manejarse con experimentos de distintas disciplinas, desde la física a la biología, tanto en su ejecución directa como en la interlocución con los investigadores responsables. Además, su carrera como creador de empresas innovadoras le convierte en un buen conocedor de cómo funciona ese torrente sanguíneo que da vida al sistema de ciencia y tecnología, el flujo desde la investigación básica a la aplicada, al desarrollo de nuevas tecnologías y a su traducción en el impulso innovador de un país.

Pero añadido a todo lo anterior, Pedro Duque es una figura de autoridad universalmente conocida y reconocida en este país, y no hay muchas personas más que cumplan este perfil. A través de su popularidad, puede actuar también hacia el gran público como canalizador de la ciencia y como concienciador de su importancia.

Por último, tampoco es un detalle irrelevante que su sector de especialización sea el aeroespacial. Se trata de una disciplina cada vez más pujante en todo el mundo y que está atravesando transformaciones con un inmenso potencial. En España su situación es ambigua: existe una base muy potente de investigadores y empresas, pero a menudo se han quejado del insuficiente apoyo en un país que ni siquiera cuenta con una agencia espacial propia.

En resumen, Pedro Duque tiene por delante un reto complicado, devolver la ciencia española al lugar del que nunca debió salir. Pero ya tiene experiencia en despegues.

¿Hora de enterrar para siempre a Hans Asperger, médico nazi?

El pediatra austríaco Hans Asperger (1906-1980), cuyo nombre se utiliza desde 1981 para designar un síndrome relacionado con los Trastornos del Espectro del Autismo (TEA), comenzó en 1938 a firmar sus diagnósticos con un “Heil Hitler“. De por sí, alguien podría argumentar que este hecho no es suficiente motivo para descalificar a Asperger: ¿quizá estaría obligado? ¿Pudo ser un trampantojo para mostrar una fachada aceptable ante el régimen nazi que le permitiera proteger a sus pequeños pacientes, como hacía Oskar Schindler cuando agasajaba a los jerarcas del III Reich?

Hans Asperger, circa 1940. Imagen de Wikipedia.

Hans Asperger, circa 1940. Imagen de Wikipedia.

Precisamente el caso de Schindler, si es que la película es fiel a la historia real, sirvió para popularizar a través del cine la figura del personaje con claroscuros frente a la dictadura de Hitler, lejos del clásico esquema de los buenos sin sombras y los malos sin luces. En aquel guion fluía maravillosamente la transición del personaje: desde el especulador sin remordimientos deseoso de lucrarse a costa de la guerra y el sufrimiento, al empresario interesado en defender a los suyos en pro de su propio beneficio, y finalmente al benefactor dispuesto a arruinarse por salvar una vida más.

Después de la Segunda Guerra Mundial y aparte de los juicios como los de Nuremberg, infinidad de personajes de la época fueron sometidos a escrutinio para determinar cuál había sido su relación real con el III Reich. Muchos salieron de aquel proceso legalmente exonerados pero con su reputación comprometida, como el director de orquesta Herbert von Karajan, muy representativo del caso del oportunista que prefirió mirar para otro lado: von Karajan no era nazi ni colaboró de ningún modo con el régimen, pero sí fue miembro del partido y se aprovechó de esta condición para edificar su carrera llevando su música por los países invadidos.

Esta ambigüedad tuvo su propio capítulo en el mundo de la ciencia. Es bien sabido cómo se hizo la vista gorda con el ingeniero Wernher von Braun y otros 1.600 científicos y especialistas nazis, reclutados después de la guerra por el gobierno de EEUU con sus expedientes limpios de polvo y paja. Pero quizá no tan conocido es el hecho de que algunas de las crueles investigaciones llevadas a cabo por los científicos con los prisioneros de los campos de concentración continuaron sirviendo después como referencias en ciertas líneas científicas.

Experimento de hipotermia con un prisionero en el campo de concentración de Dachau. Imagen de Wikipedia.

Experimento de hipotermia con un prisionero en el campo de concentración de Dachau. Imagen de Wikipedia.

Un ejemplo es el efecto de la hipotermia en el cuerpo humano. Con el fin de investigar cómo proteger a los pilotos de la Luftwaffe si caían derribados en el mar, los científicos nazis sumergían a los prisioneros en bañeras de hielo con uniforme de vuelo, cronometrando el tiempo que tardaban en morir. Durante décadas, estudios posteriores sobre esta materia han citado aquellas investigaciones, obviando el pequeño detalle de que los resultados se obtuvieron torturando hasta la muerte a los sujetos humanos.

De cuando en cuando, en los foros científicos resurge el debate sobre la necesidad de terminar de limpiar la ciencia de aquella herencia macabra. Y esta discusión concierne también a ciertos trastornos que aún hoy continúan llevando el nombre de médicos presunta o probadamente relacionados con el régimen nazi. Probablemente el más conocido de estos nombres es el de Asperger.

Pero ¿quién era Hans Asperger? ¿Era un Schindler, o al menos un mero von Karajan? ¿O era en realidad un médico nazi? Durante décadas su figura ha estado envuelta en una neblina de incertidumbre: “la literatura existente sobre el tema ha tendido a minimizar o pasar por alto cualquier implicación [con el régimen nazi], o incluso a postular que Asperger adoptó una posición de resistencia activa”, escribía el mes pasado en la revista Molecular Autism el historiador de la Universidad Médica de Viena (Austria) Herwig Czech.

Sin embargo, según muestra el trabajo de Czech, parece que la versión más ajustada a la realidad es la más terrible. A lo largo de un decenio, Czech ha desenterrado y analizado una vasta documentación sobre el pediatra austríaco que hasta ahora dormía en los archivos, además de reunir y repasar las diversas y a veces discrepantes fuentes ya conocidas. Y de su amplio estudio de 43 páginas se desprende un veredicto contundente. Según resume un editorial que acompaña al estudio de Czech, Asperger “no solo colaboró con los nazis, sino que contribuyó activamente al programa nazi de eugenesia enviando a niños profundamente discapacitados a la clínica Am Spiegelgrund de Viena”.

Am Spiegelgrund es uno de los nombres más infames en la historia de las atrocidades nazis. “Era una clínica que él [Asperger] sabía que participaba en el programa de eutanasia infantil del III Reich, donde se mataba a los niños como parte del objetivo nazi de crear por ingeniería eugenésica una sociedad genéticamente pura a través de la higiene racial y de la eliminación de las vidas consideradas una carga y no merecedoras de vivir”, prosigue el editorial. Como parte del programa de eutanasia Aktion T4, en aquella siniestra institución 789 niños murieron por gas, inyección letal o desnutrición, muertes que en los certificados oficiales se atribuían a la neumonía. La clínica conservó en tarros los cerebros de cientos de niños para su estudio.

Memorial en Viena por los niños asesinados por el régimen nazi en Am Spiegelgrund. Imagen de Haeferl / Wikipedia.

Memorial en Viena por los niños asesinados por el régimen nazi en Am Spiegelgrund. Imagen de Haeferl / Wikipedia.

La investigación de Czech no descubre, ni el historiador pretende alegar, que Asperger participara directamente en las muertes de aquellos niños. Pero con diagnósticos “marcadamente duros”, como calificar a un niño de “carga insoportable”, el pediatra recomendaba el internamiento de los pequeños en Am Spiegelgrund, donde sabía que muchos de ellos eran asesinados. La jerarquía nazi consideraba a Asperger “políticamente irreprochable” y un firme defensor de los principios de higiene racial, y su lealtad al régimen fue recompensada con progresos en su carrera.

Como conclusión principal, Czech señala: “A la luz de la evidencia histórica, la narrativa de Asperger como destacado oponente del Nacional Socialismo y valiente defensor de sus pacientes contra la eutanasia nazi y otras medidas de higiene racial no se sostiene”.

Por si no fueran pruebas suficientes, la publicación del estudio de Czech ha coincidido con la del libro de Edith Sheffer Asperger’s Children: The Origins of Autism in Nazi Vienna, que expone una tesis similar: “Asperger no solo estuvo implicado en las políticas raciales del III Reich de Hitler, sino que además fue cómplice en el asesinato de niños”.

Recientemente se ha informado de que en la nueva versión –que entra en vigor este mes– de la Clasificación Internacional de Enfermedades (CIE) de la Organización Mundial de la Salud (OMS), una de las dos referencias globales utilizadas por la psiquiatría, desaparece definitivamente el diagnóstico de Síndrome de Asperger, pasando a fusionarse dentro de los TEA. Algunas personas diagnosticadas con Asperger van a echar de menos este epónimo, algo comprensible después de una vida acostumbrados a él. Pero la decisión adoptada por la OMS, que responde a motivos clínicos, va a evitar algo que para otros muchos sí puede ser una carga insoportable: llevar en su condición el nombre de quien mandaba a los niños al exterminio.