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Así es el sistema de guiado de los mosquitos hacia nosotros (y por qué a unos pican más que a otros)

Que levante la mano quien pueda acabar el verano sin una sola picadura de mosquito en su piel. Pero sí, es cierto que no a todos nos pican por igual. En todo grupo humano siempre parece haber quienes son para los mosquitos como la máquina de vending de la oficina.

Antiguamente, y quizá todavía, se decía eso de que hay personas con la sangre más dulce, lo cual es otro más de los mitos del verano, como el corte de digestión. Todo el que se pare un momento a pensarlo se dará cuenta inmediatamente del absurdo: incluso suponiendo que la sangre fuera dulce, que no, y que los mosquitos fueran golosos, que tampoco –en realidad buscan en nuestra sangre las proteínas y el hierro que necesitan para el crecimiento de sus huevos, ya que solo las hembras pican–, ¿cómo iba a saber el mosquito el grado de dulzor de la sangre de una persona sin picarla antes?

Nuestras diferencias personales en el atractivo que ejercemos para los mosquitos se basan, lógicamente, en pistas que pueden percibir antes de picar: señales olfativas, sustancias químicas que produce nuestro cuerpo y que los guían hasta nosotros. Pero no es solo nuestro olor lo que los atrae, ni tampoco se trata de que unas personas suden más que otras. En realidad, los insectos más molestos del verano –y, dicho sea de paso, también los animales que más muertes causan en el mundo– utilizan un complejo y sofisticado sistema de guiado perfeccionado a lo largo de millones de años de evolución.

Un mosquito picando. Imagen de CDC.

Un mosquito picando. Imagen de CDC.

Así es como funciona. Al respirar, emitimos dióxido de carbono, CO2. Esta es la señal primaria que alerta a los mosquitos de que una posible presa se encuentra cerca. Tan eficientes son detectando este gas que pueden percibirlo a 50 metros de distancia. Imaginemos lo que esto supone: aunque normalmente pensemos que solo los mosquitos que vemos posados en el techo son los que nos tienen en su punto de mira, en realidad el gas de nuestra respiración está atrayendo a todos los chupasangres presentes en 50 metros a la redonda. Y no hay nada que podamos hacer para evitarlo… si es que queremos seguir respirando.

A continuación, el mosquito comienza a volar hacia la fuente que está emitiendo ese CO2. Lo cual a veces no es tan sencillo como podría parecer: dado que el gas es transportado por las corrientes de aire, el mosquito tiene que volar en contra del viento, lo que hace moviéndose en zigzag, de forma algo parecida a como hacen los veleros para navegar a contraviento.

Pero mientras tanto, ha ocurrido algo asombroso: el olor del dióxido de carbono ha disparado una señal en el cerebro del mosquito (más complejo de lo que creen quienes lo utilizan como insulto) que activa las neuronas encargadas de controlar la visión. Así, en el momento en que el mosquito huele el CO2, pasa a modo visual: ahora será su visión la que comience a buscar formas que puedan relacionarse con la figura de una presa.

A unos 10 metros de distancia, el mosquito ya puede vernos, pero aún no nos ha identificado como un objetivo. En realidad, su visión es rudimentaria; no pensemos que tiene la capacidad de distinguir a un humano de una barra horizontal en movimiento (un modelo utilizado por algunos investigadores). Por el momento, aún somos solo uno más de los objetos que entran en su campo de visión; todavía no ha localizado la pista de aterrizaje.

Entonces comienza un proceso de eliminación que se basa en señales térmicas, como los sistemas de guiado de los misiles. El mosquito sobrevuela los objetos de su entorno en busca de calor. Nosotros lo desprendemos; nuestro sofá, no. A unos 20 centímetros de distancia, ya puede detectar esta señal térmica y distinguirnos del sofá. Ya está más cerca de su merienda.

En ese momento, el mosquito se olvida por completo del CO2. Al fin y al cabo, no le interesa dirigirse a nuestra boca o nuestra nariz, que son nuestras chimeneas, sino a un lugar accesible de nuestra piel. Y para ello, vuelve a pasar por última vez a modo olfativo: a unos tres centímetros de distancia de nuestra piel es cuando se produce ese “target locked” de los aviones en las películas. Cuando el mosquito integra en su panel de control la señal térmica con la humedad que produce nuestro cuerpo y con el olor de otros compuestos que desprendemos, como ácido láctico, amoniaco, ciertos ácidos orgánicos, acetona y sulcatona… ya no tenemos escapatoria: somos su cena.

Tan asombroso es el sistema de guiado de los mosquitos que incluso puede funcionar prescindiendo de algunas de estas señales. Por ejemplo, incluso aunque pudiéramos dejar de respirar y detener nuestra emisión de CO2, el insecto hace batidas por las formas que detectan sus ojos en busca de señales térmicas, y estas pueden ser suficientes para localizar a su presa.

Todo lo anterior lo hemos ido conociendo en los últimos años gracias a las investigaciones de científicos como Jeffrey Riffell, de la Universidad de Washington, y Michael Dickinson, del Instituto Tecnológico de California. Los experimentos de estos investigadores son para dejar a cualquiera con la boca abierta.

Por ejemplo, la activación del sistema visual del mosquito por las señales olfativas es el resultado de un estudio publicado este mes en la revista Current Biology, y para el cual los científicos han utilizado el siguiente sistema (mostrado en la imagen): un pequeño recinto, tamaño insecto, rodeado por una pantalla circular de LED en la que se proyectan estímulos visuales a un mosquito que permanece en el centro atado con un alambre de tungsteno, mientras un sensor óptico debajo de él registra los movimientos de sus alas, y un tubo le suministra las señales olfativas necesarias. Para observar cómo se activan las regiones cerebrales encargadas del olfato y la visión, los investigadores utilizan mosquitos transgénicos cuyas neuronas se iluminan en color verde fluorescente cuando están en funcionamiento.

Sistema empleado por los investigadores para estudiar el comportamiento de los mosquitos. Imagen de Kiley Riffell/U. Washington.

Sistema empleado por los investigadores para estudiar el comportamiento de los mosquitos. Imagen de Kiley Riffell/U. Washington.

Pero volvamos a lo quizá se estén preguntando: ¿Por qué a mí? ¿Por qué yo soy esa máquina de vending en la oficina de los mosquitos?

Los investigadores coinciden en señalar que es la fuerza de esas combinaciones de señales la que atrae más a los mosquitos hacia unas personas que hacia otras, sin que probablemente exista un único factor determinante. Un dato curioso es que los mosquitos parecen picar más por igual a los gemelos idénticos que a los mellizos, lo que sugiere la intervención de factores genéticos que probablemente influyan en el olor corporal. Otra pista interesante es que el mayor o menor atractivo de una persona para los mosquitos depende de la microbiota de su piel, es decir, de los microbios que viven sobre nosotros, que a su vez también son responsables del olor corporal. Así que, en definitiva, todo lleva a lo mismo: se reduce a nuestro olor corporal. Para los mosquitos, algunos olemos más apetitosos que otros.

Para terminar, no está de más recordar algo que ya debería ser suficientemente conocido, pero tal vez no: lo único que evita las picaduras de los mosquitos son las barreras físicas y los repelentes químicos (sobre todo el DEET). Los repelentes electrónicos por ultrasonidos no sirven absolutamente para nada, e incluso pueden ser perjudiciales para quienes los utilizan.

España, entre los países más “feos y malos” de la contaminación lumínica

España es uno de los países con mayor contaminación lumínica del mundo. Cerca de la mitad del territorio español está expuesta a los mayores niveles de esta forma de polución, lo que nos coloca en sexto lugar de los países del G20, por debajo de Italia, Corea del Sur, Alemania, Francia y Reino Unido. Si consideramos la proporción de población que vive en estas zonas excesivamente iluminadas, ocupamos el quinto puesto del G20 con más de un 40%, por detrás de Arabia Saudí, Corea del Sur, Argentina y Canadá. En el total del mundo, bajamos al puesto 18º.

Al mismo tiempo, y dado que el nuestro es un país relativamente despoblado en comparación con otros de nuestro entorno, y con enormes diferencias de densidad de población entre regiones, tenemos también algunos de los cielos más oscuros en ciertas zonas de Castilla-La Mancha y Teruel, algo en lo que solo nos igualan Suecia, Noruega, Escocia y Austria. Es más, un enclave concreto de nuestra geografía, el Roque de los Muchachos, la segunda cumbre más alta de Canarias, en la isla de La Palma, exhibe con orgullo el cielo más oscuro de Europa occidental. Y no por casualidad, es un lugar privilegiado para la observación astronómica.

Todos estos son datos ya conocidos, en concreto desde 2016, cuando el investigador Fabio Falchi, del Instituto de Ciencia y Tecnología de la Contaminación Lumínica de Italia, dirigió a un equipo de investigadores de Italia, Estados Unidos, Alemania e Israel para publicar en la revista Science Advances un completo atlas mundial del brillo del cielo nocturno.

Pero ¿por qué preocupa la contaminación lumínica? Es un error pensar que el problema es puramente estético, más allá del estorbo que ocasiona a los astrónomos. Aquellos muy obsesionados con todo lo que produce cáncer deberían saber que la luz también está entre esos factores. No solo la solar, que por supuesto: el astro que nos da la vida y sus versiones artificiales a pequeña escala, las cabinas de bronceado, ocupan el top del cáncer de la Organización Mundial de la Salud junto con agentes como el tabaco, el alcohol, la contaminación atmosférica, la píldora anticonceptiva, la carne procesada o ciertos compuestos de la Medicina Tradicional China. Pero en el grupo inmediatamente inferior está la luz artificial nocturna, junto a factores como el herbicida glifosato o la carne roja, entre muchos otros.

El motivo de esta acción nociva de la luz nocturna es que rompe los ritmos circadianos, nuestros ciclos metabólicos de día/noche, por lo que las personas que trabajan en turnos de noche soportan el mayor riesgo, pero también todas aquellas expuestas a un exceso de iluminación nocturna. Si añadimos a ello que la contaminación lumínica daña los ecosistemas naturales, y que según algún estudio además obstaculiza la limpieza natural de la contaminación atmosférica que se produce en las ciudades por las noches, queda claro que se trata de algo mucho más serio que el placer de tumbarse a ver las estrellas.

La novedad ahora es que tenemos nuevos datos más precisos, gracias a un nuevo estudio de Falchi y sus colaboradores, publicado en la revista Journal of Environmental Management. En su anterior atlas, los autores dibujaban el panorama general de la contaminación lumínica en el mundo, pero era evidente que las regiones con el problema más agudizado serían las más pobladas, desarrolladas e industrializadas, sobre todo las grandes ciudades. Es decir, que los datos crudos no se ponían en el contexto del nivel de desarrollo de las distintas zonas del mundo y de su cantidad de población, con lo cual no había una medida de la eficiencia en la gestión de la iluminación nocturna.

Esto es precisamente lo que aborda el nuevo estudio. Los investigadores han relacionado ahora los datos de contaminación lumínica para las distintas regiones administrativas –en el caso de España, provincias, islas individuales o ciudades autónomas– con el nivel de bienestar económico y el tamaño de la población, con el fin de saber si esas distintas áreas geográficas son más o menos virtuosas en su gestión de la iluminación.

Y aquí tampoco salimos bien parados. Es más, se revela la desastrosa gestión de la iluminación nocturna en nuestro país y en otros del sur de Europa en comparación con naciones más desarrolladas como Alemania y Reino Unido. Basta echar un vistazo al siguiente mapa, que muestra las unidades de luz por habitante. Los azules y verdes representan un flujo menor de luz per cápita, mientras que amarillo, naranja, rojo y morado señalan las regiones que derrochan más luz por persona.

Mapa de flujo de luz nocturna per cápita en Europa. Imagen de Falchi et al, Journal of Environmental Management 2019.

Mapa de flujo de luz nocturna per cápita en Europa. Imagen de Falchi et al, Journal of Environmental Management 2019.

Al primer vistazo queda claro que el sur de Europa, y especialmente España y Portugal (Escandinavia es un caso aparte a comentar más abajo), es la región que más luz malgasta por habitante en comparación sobre todo con las islas británicas y Europa central y oriental, que hacen un uso mucho más comedido de la iluminación nocturna de acuerdo al tamaño de su población. En concreto, Alemania ocupa el primer puesto global en el uso racional de la iluminación nocturna.

Según me cuenta Falchi, “nosotros, los de los países del sur, usamos más luz que la misma cantidad de gente en Europa central. No creo que la diferencia se deba a las luminarias más o menos apantalladas”; es decir, que el director del estudio no atribuye la diferencia a que aquí usemos farolas menos dirigidas hacia el suelo, sino simplemente a que derrochamos más luz.

Llama la atención el morado extendido por Escandinavia e Islandia, pero según Falchi esto es un artefacto debido simplemente a que la nieve refleja más luz hacia el cielo y a que las auroras son poco luminosas, lo que también revela en mayor grado la iluminación nocturna. Lo mismo ocurre en Alaska, en el caso de EEUU.

Con todos estos datos, los autores han creado una clasificación de “el bueno, el feo y el malo”, como en la película de Sergio Leone. Y en lo que se refiere a la iluminación con relación al nivel de desarrollo y la población, estamos una vez más en la parte fea y mala. En el top 25 de “el bueno” tenemos únicamente un lugar: una vez más, la isla de La Palma, que ocupa el sexto puesto de Europa en esta escala de gestión eficiente. Por lo demás, el top 25 europeo está copado por Alemania (17 regiones), seguida por Suiza (3) y por Dinamarca, Lituania, Austria y Rumanía, que como nosotros aportan cada uno una zona.

En contraste, en la clasificación de “el feo y el malo” aportamos cuatro provincias entre las 50 peores de Europa: Cádiz (5º puesto, de mejor a peor), Murcia (14º), Alicante (25º) y Melilla (32º). Esta ciudad autónoma es, por tanto, la que más luz derrocha en nuestro país con relación a su nivel de desarrollo y el tamaño de su población, mientras que en la España peninsular el premio al malgasto de luz se lo lleva la provincia de Alicante.

En cuanto a los países europeos con más regiones derrochadoras, la clasificación la encabeza Portugal, con 13 entre las 50 peores, seguido de Italia con 9, Finlandia con 7, Países Bajos con 6, España con 4, 3 en Reino Unido y Bélgica, 2 en Noruega y una en Croacia, Islandia y Francia (si bien en el caso de los países nórdicos se aplica lo dicho antes; por ejemplo, Islandia cuenta como una sola región, pero este dato se considera falseado).

Los autores del estudio llaman la atención sobre la necesidad de aplicar regulaciones más estrictas para el uso de la iluminación nocturna, especialmente en aquellas regiones que más lo necesitan, como es el caso de nuestro país. Sin embargo, advierten también contra una confusión frecuente: mayor eficiencia energética no siempre significa menor contaminación lumínica.

De hecho, las luces LED blancas, que en muchos lugares han sustituido a las bombillas incandescentes y a las tradicionales farolas amarillas de sodio por su mayor eficiencia energética, no aminoran la contaminación lumínica, sino que, al contrario, la agravan, ya que emiten más luz azul, la más contaminante. No ocurre lo mismo con las luces LED de color ámbar, una solución más respetuosa con ese patrimonio natural que a veces apreciamos tan poco, la oscuridad.

Disruptores endocrinos y bisfenol A, ¿amenaza real o quimiofobia?

Ayer comencé a hablar de los llamados disruptores endocrinos (EDC, en inglés), compuestos a los que se atribuyen innumerables daños a la salud como consecuencia de actuar como falsas hormonas, rompiendo el equilibrio natural del sistema endocrino: diabetes, obesidad, problemas reproductivos, alteraciones del desarrollo fetal, daños neurológicos, trastornos de atención, cáncer…

Los EDC están hoy en la mirilla de científicos, autoridades y de muchos ciudadanos preocupados por el –aparentemente– súbito descubrimiento de compuestos como el bisfenol A (BPA) que de repente se han convertido en los supervillanos más devastadores de la historia. Y que están por todas partes: incluso los más obsesionados con su alimentación, en algún momento de sus vidas han tocado un recibo de la compra o de un cajero automático, sin saber que estaban sujetando en sus manos una auténtica arma de destrucción masiva.

Pero ¿es así?

La respuesta: no. En primer lugar, el BPA no se ha descubierto de repente. No es una contaminación industrial. No es algo que los malvados empresarios introduzcan a hurtadillas en sus productos para engordar sus beneficios. Tampoco es un subproducto que aparezca por sí mismo como consecuencia de alguna extraña reacción química indeseable.

El BPA es un compuesto químico que se inventó a finales del siglo XIX, y al que pronto se le vio una utilidad en la fabricación de plásticos y de otros numerosos productos. Al mismo tiempo, se descubrió que por su estructura era un candidato a medicamento para actuar como análogo hormonal de los estrógenos, las hormonas feminizantes, pero ya en los años 30 se descartó este uso porque era demasiado débil: unas 37.000 (treinta y siete mil) veces menos potente que el estradiol, la hormona natural a la que imita.

Botellas de plástico. Imagen de Needpix.com.

Botellas de plástico. Imagen de Needpix.com.

La primera conclusión es que el BPA no se descubre que está ahí, sino que se ha puesto ahí a propósito. Si uno analiza zumos de naranja del mercado y descubre que no contienen naranjas, es noticia. Si uno analiza productos del mercado fabricados con BPA, descubre que contienen BPA y lo anuncia a bombo y platillo, es… en fin, completen la frase ustedes mismos.

Claro que, podría decirse, en un congreso de personas con polidactilia faltarían dedos para contar los productos que históricamente se han empleado para múltiples usos humanos sin saber que se estaba envenenando a la gente; productos que después han sido prohibidos y retirados. ¿Será este uno de esos casos?

La respuesta: tampoco. Los efectos del BPA se han analizado extensivamente durante décadas, sobre todo en los últimos 20 años (más sobre esto un poco más abajo), con el no disimulado fin de demostrar su toxicidad. Pero por más vueltas que se le ha dado, hasta hoy no se ha podido probar fehacientemente ninguna relación causal clara del BPA con ningún daño a la salud en humanos.

Pero a ver: ¿existe una dosis a la cual el BPA pueda ser perjudicial para la salud?

Papel térmico. Imagen de pixabay.

Papel térmico. Imagen de pixabay.

La respuesta: naturalmente, por supuesto que sí. Como nos enseñan los toxicólogos, no existe absolutamente ninguna sustancia que sea inocua a cualquier dosis, o más beneficiosa cuanto más se aumenta la dosis hasta cualquier dosis imaginable. De ser así, no tomaríamos una cápsula de antibiótico cada ocho horas, sino que nos tragaríamos una maceta llena y adiós al problema. Y nótese que esto no solo se aplica a los fármacos, sino absolutamente a cualquier sustancia: existe incluso la intoxicación por exceso de agua, que puede llevar a la pérdida del equilibrio electrolítico, al fallo cerebral y a la muerte.

Obviamente, estos efectos de dosis de toxicidad para el BPA se han estudiado en animales, junto con la posible aparición de enfermedades asociadas, y en función de ello los organismos reguladores han establecido sus directrices. La autoridad química europea clasifica el BPA como sustancia preocupante, porque lo es; de lo contrario, no tendría sentido tanta investigación, y es más que pertinente, necesario, continuar con estos estudios para garantizar que no se haya escapado algo importante.

Pero con toda la ciencia actual en la mano y yendo al terreno práctico, esto es lo que hoy establecen las autoridades reguladoras respecto a la exposición al BPA. Así dice la Agencia Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA):

El BPA no supone un riesgo de salud para los consumidores porque la actual exposición a la sustancia es demasiado baja para causar daño. La opinión científica de la EFSA muestra que los niveles de BPA a los que están expuestos los consumidores de todas las edades está muy por debajo del nivel estimado de exposición segura, conocido como ingesta diaria tolerable (TDI). La EFSA encuentra que no existe una preocupación de salud, ya que las estimaciones más altas de exposición al BPA, tanto a través de la dieta como en total, son de 3 a 5 veces menores que la TDI, dependiendo del grupo de edad. Para todos los grupos de población, la exposición en la dieta es más de 5 veces menor que la TDI.

Y esto dice la agencia de fármacos y alimentos de EEUU (FDA):

¿Es seguro el BPA?

Sí. Según la continua revisión de seguridad de la FDA de las pruebas científicas, la información disponible continúa avalando la seguridad del BPA para los usos actualmente aprobados en envases de comida. Las personas están expuestas a bajos niveles de BPA porque, como muchos componentes de los envases, cantidades muy pequeñas de BPA pueden migrar desde el envase de la comida a las comidas o bebidas. Estudios emprendidos por el Centro de Investigación Toxicológica de la FDA no han mostrado efectos por exposición al BPA a bajas dosis.

Pero entonces, y si todo esto es así, ¿por qué últimamente todo el que lea o escuche las noticias puede llevarse a casa la impresión de que estamos en continuo riesgo de exposición a una toxina peligrosa de la cual, al parecer, las autoridades no hacen absolutamente nada para protegernos?

(Nota: he elegido la palabra “toxina” a propósito porque probablemente muchos la utilizarían. Y mal utilizada. Una toxina es una sustancia nociva producida POR LAS CÉLULAS DE LOS ORGANISMOS VIVOS. Las toxinas las producimos nosotros mismos. Si las ingerimos con la comida no es porque unos malvados científicos hayan vertido sus tubos de ensayo en el cubo donde se fabrica la sopa, sino porque las han producido las propias células de los organismos vivos, animales o vegetales, que nos comemos. En resumen, UNA TOXINA NO ES UNA SUSTANCIA QUÍMICA SINTÉTICA, SINO UNA SUSTANCIA QUÍMICA NATURAL. Y por cierto, el cuerpo no las acumula, sino que sabe eliminarlas él solito; para eso la evolución inventó el hígado y los riñones).

Bueno, esto habría que preguntárselo a quienes publican y difunden tales noticias. Y por supuesto, a quienes las generan en primer lugar. Si las autoridades establecen claras directrices sobre la seguridad de la exposición a una determinada sustancia, y un científico no está de acuerdo, puede y debe impugnar esta decisión ante dichas autoridades; de hecho, algunos han procedido así, lo cual ha motivado una nueva y extensa revisión de la EFSA cuyos resultados esperamos conocer pronto. Pero en cambio, lo que ese científico no debería hacer, aunque pueda, es alarmar a la población haciendo algo que en inglés tiene un nombre muy pegadizo, scaremongering, y que en nuestro idioma se llama de una manera mucho más tonta: meter miedo.

No debería hacerlo, lo cual no quiere decir que un servidor le acuse de estar haciéndolo. Como tampoco se me ocurriría jamás acusar a nadie de hacerlo porque esa carnaza se venda fácilmente a los medios y cale mucho entre el público, consiguiendo un alto nivel de visibilidad para los científicos en cuestión.

Como tampoco se me ocurriría jamás añadir que todo esto además funciona mucho mejor si se adereza la carnaza con titulares y otras afirmaciones que no se corresponden ni con los resultados del estudio en cuestión ni con el dictamen actual de las autoridades reguladoras, ni con el significado de estos estándares; por ejemplo, cuando en una nota de prensa se dice que “nueve de cada diez pares de calcetines de bebé del mercado contienen trazas de bisfenol A”, cuando en realidad ese “mercado” se limita a un total de 32 pares de calcetines comprados en tres tiendas, de los cuales solo se han encontrado niveles de BPA superiores al límite de la UE para los juguetes infantiles (no hay un límite para los calcetines, como es lógico) en los calcetines comprados en el bazar chino, y cuando los propios autores reconocen en su estudio que incluso en estos casos la dosis estimada de exposición dérmica al BPA por estos calcetines “es relativamente baja” (lo cual no se menciona en la nota de prensa).

Calcetines de bebé. Imagen de pixabay.

Calcetines de bebé. Imagen de pixabay.

En cambio, aunque no se me ocurriría afirmar nada de lo anterior, sí es necesario añadir que el BPA es una sustancia sobre la cual debe seguir investigándose y, si así lo aconsejan nuevos futuros estudios, restringir aún más sus usos y dosis autorizadas. Como también es necesario repetir que si hasta ahora esto no se ha producido es porque los miles de estudios disponibles no lo han aconsejado. Y sobre todo, es imprescindible añadir que ni siquiera todos los expertos están de acuerdo en que los EDC sean lo dañinos que otros sostienen.

En 2016 un grupo de toxicólogos publicaba una carta en Nature bajo el título “no dañen la legislación con pseudociencias”. “Nos preocupa que algunos de los procesos para establecer las regulaciones de seguridad de las sustancias químicas en la Unión Europea se están dejando influir por los medios y el scaremongering de las pseudociencias”, escribían. “Por ejemplo, se culpa a los disruptores endocrinos de la obesidad y la diabetes de tipo 2 a pesar de que no hay pruebas que lo apoyen, y a pesar de que el excesivo consumo de alimentos y azúcar es una causa probada”, añadían. “Como consecuencia, los criterios de la Comisión Europea para regular los EDC como una amenaza a la salud humana se basan en estudios de correlación, no causales”. Y aún más: “Algunos científicos ponen el objetivo de atraer fondos para investigación por encima de la valoración objetiva de sus pruebas”.

El primer firmante de aquella carta, el toxicólogo Daniel Dietrich, de la Universidad de Constanza (Alemania), escribió también junto a otros autores una larga revisión sobre los EDC. Estas son algunas citas:

A pesar de 20 años de investigación, el daño a la salud por la exposición a bajas concentraciones de sustancias químicas exógenas con actividad débil similar a las hormonas sigue sin demostrarse, y es una hipótesis improbable.

Teniendo en cuenta los enormes recursos invertidos en esta cuestión [más de 4.000 estudios, contabilizan los autores], uno esperaría que entretanto deberían haberse identificado algunos EDC causantes de daños a la salud o enfermedades. Sin embargo, no ha sido el caso. Hasta la fecha, con la excepción de las hormonas naturales o sintéticas, no se ha identificado ni un solo EDC fabricado por el ser humano que represente un riesgo identificable y mensurable para la salud humana.

Ciertamente, ha habido mucho revuelo mediático sobre riesgos imaginarios para la salud del BPA, los parabenos o los ftalatos. Sin embargo, jamás se ha establecido ninguna prueba real de efectos adversos para la salud humana de estas sustancias. Al contrario, cada vez hay más pruebas de que sus riesgos para la salud son inexistentes o despreciables, o imaginarios.

Como es natural, la visión de Dietrich ha recibido fuertes críticas por parte de los defensores de la hipótesis de los EDC y de los efectos nocivos del BPA y otras sustancias. Y sin embargo, los argumentos del alemán son innegables: es cierto que la regulación sobre el BPA se basa en el principio de precaución según los experimentos con animales, dado que no se ha demostrado un vínculo causal con efectos nocivos en la salud humana.

Dietrich y sus colaboradores agregan también otro hecho innegable, y es que el mayor experimento humano de la historia con los EDC tiene un nombre de sobra conocido: píldora anticonceptiva. Por su propia definición, la píldora es un EDC, de acción similar al BPA pero miles de veces más potente; de hecho, el BPA se desechó como xenoestrógeno (análogo sintético de los estrógenos) precisamente porque era demasiado débil. Dietrich le pone cifras: la comida que comemos contiene un nivel de 100 en estrógenos de fuentes naturales como los flavonoides de la soja, y un nivel de 0,02 de estrógenos sintéticos, mientras que una sola píldora anticonceptiva contiene un nivel de 17.000. Y sin embargo, los anticonceptivos orales se toman a millones a diario en todo el mundo.

Píldoras anticonceptivas. Imagen de Lupus in Saxonia / Wikipedia.

Píldoras anticonceptivas. Imagen de Lupus in Saxonia / Wikipedia.

Todo lo cual revela una enorme paradoja. Por ejemplo, el tabaco o el alcohol demostraron claros efectos dañinos desde los primeros estudios, y en todos los estudios realizados. Para estas sustancias se aplican restricciones sobre a quién y dónde se venden, pero puede decirse que se venden y se consumen libremente sin límites de dosis o cantidades; en el caso del alcohol, sin siquiera incluir esas famosas etiquetas de advertencia sobre que “el alcohol mata” o “el alcohol provoca cáncer”. Y por el contrario, a las sustancias para las que más de 4.000 estudios no han logrado demostrar claramente efectos nocivos en humanos se les aplica el principio de precaución, resultando en una regulación más restrictiva que la de los claramente dañinos. ¿Tiene esto algún sentido?

Esto, a su vez, debería llevar a una reflexión: si los investigadores que estudian los niveles de BPA y otros EDC en productos de consumo realmente quisieran dejar claro que su trabajo no es un mero scaremongering que explota y fomenta la quimiofobia, detallarían en sus estudios que los estándares de la UE a los que refieren sus resultados no corresponden a dosis demostradamente dañinas en humanos, sino que se han establecido en niveles exageradamente prudentes según el principio de precaución basándose en los resultados de experimentos con animales.

Pero no lo hacen. ¿Por qué? Ellos sabrán. Me limito a dejar otra cita de Dietrich y sus colaboradores: “Dado este enorme volumen de fondos para la investigación [de los efectos del BPA y otros EDC], los científicos en el campo de los EDC pueden tener intereses creados de mantener la hipótesis de los EDC en la agenda para permanecer en el negocio”.

Finalmente y para los más informados o deseosos de información, merece la pena añadir un último comentario. Gran parte de la discrepancia entre los toxicólogos y los endocrinólogos se basa en que algunos de estos últimos alegan la existencia de un fenómeno llamado hormesis, por el cual se supone que no siempre se obtiene mayor efecto a mayor dosis, sino que para algunas sustancias los efectos pueden ser más potentes a concentraciones menores; lo que, según los defensores de esta hipótesis, implicaría que toda la investigación sobre la toxicidad del BPA se ha hecho mal.

Si este enunciado les recuerda a una famosa pseudoterapia que empieza con la letrita hache, ya intuirán que se trata de una propuesta muy controvertida. Lo cierto es que sí existen determinados procesos biológicos en los que algo de esto podría tener algún sentido… siempre que, naturalmente, la sustancia esté presente, y que cumpla ciertas condiciones; una de ellas, que sea una biomolécula –compuesto producido por el propio organismo– muy activa. Que no es el caso del BPA ni del resto de los EDC sintéticos. Pero eso daría para otra historia.

¿Más allá de una duda razonable? No para el glifosato

La ciencia y el derecho son disciplinas de galaxias tan lejanas que un encuentro entre ambas podría parecer improbable. Y sin embargo, esto ocurre a diario incontables veces en los tribunales, siempre que un juez solicita un peritaje de contenido científico. Es más, estos testimonios a menudo son determinantes en el desenlace del proceso.

Lo cual es problemático: como ya expliqué aquí, un informe del Consejo de Asesores en Ciencia y Tecnología del presidente de EEUU denunciaba a propósito de la ciencia forense que “los testigos expertos a menudo sobreestiman el valor probatorio de sus pruebas, yendo mucho más allá de lo que la ciencia relevante puede justificar”.

O sea, que muchas sentencias se basan en una presunta certeza científica que en realidad no existe. Y como también conté aquí, no todos los expertos están de acuerdo, por ejemplo, en que un trastorno mental deba actuar como atenuante o eximente. Más aún cuando no todo en psicología tiene el carácter científico que se le supone.

El resultado de todo esto es que puede incurrirse en una contradicción de consecuencias fatales para un acusado: un ignorante en derecho como es un servidor está acostumbrado a oír aquello de que solo debe emitirse una sentencia condenatoria cuando se prueba la culpabilidad más allá de una duda razonable. Si esto es cierto, y no solo un cliché de las películas de abogados, hay multitud de casos con intervención de peritajes científicos en los que esto no se cumple.

Tenemos ahora de actualidad otro flagrante ejemplo de ello. Esta semana hemos conocido que la empresa Monsanto, propiedad de Bayer, ha sido condenada a resarcir con más de 2.000 millones de dólares a una pareja de ancianos de California, quienes alegaron que los linfomas no Hodgkin que ambos padecen fueron causados por el uso del herbicida glifosato, que Monsanto comercializa bajo la marca Roundup y que, vencida ya la patente, es el más utilizado en todo el mundo. El caso no ha sido el primero. De hecho, Monsanto y Bayer se enfrentan a más de 9.000 demandas en EEUU. Y muchas más que llegarán, si una demanda a Monsanto es la gallina de los huevos de oro.

Roundup de Monsanto. Imagen de Mike Mozart / Flickr / CC.

Roundup de Monsanto. Imagen de Mike Mozart / Flickr / CC.

Por supuesto que a la sentencia se le ha hecho la ola. Si sumamos el típico aplauso popular a quienes atracan el furgón del dinero, al odio que ciertos sectores profesan hacia la industria farmacéutica en general, y al especial aborrecimiento que concita Monsanto, esta condena es como la tormenta perfecta del populismo justiciero, el movimiento anti-Ilustración y el ecologismo acientífico.

Pero más allá de esto, y de la simpatía que toda persona de bien siente hacia una pareja de ancianos enfermos de cáncer, si se supone que nuestro sistema occidental se basa en un estado de derecho, se supone también que es inevitable preguntarse si se ha hecho justicia.

Y la respuesta es no.

Porque ni se ha demostrado ni es posible demostrar si el glifosato causó el cáncer de los ancianos, o si (mucho más probable, estadísticamente hablando) el causante fue algún otro factor de su exposición ambiental, simples mutaciones espontáneas y/o factores genéticos.

A todo lo más que puede llegar la ciencia es a valorar el potencial cancerígeno del glifosato en general. No voy a entrar en detalles sobre lo que ya habrán leído o han podido leer en otros medios si el asunto les interesa: que tanto la Agencia de Protección Medioambiental de EEUU como la Agencia de Seguridad Alimentaria de la Unión Europea consideran hasta ahora que el glifosato no es carcinógeno en su uso recomendado, y que en cambio en 2015 la Agencia Internacional de Investigación del Cáncer (IARC) dependiente de la Organización Mundial de la Salud (OMS) lo incluyó en el grupo 2A, “probablemente carcinógeno para humanos”, a pesar de que los propios autores del estudio reconocieron que si bien había datos en modelos animales, en humanos eran escasos.

Debido a ello, el dictamen fue criticado por muchos científicos bajo la acusación de haber maximizado algunos datos y haber minimizado otros, como un gran estudio que ha seguido a más de 90.000 granjeros en EEUU desde 1993 y que no ha encontrado relación alguna entre el glifosato y el linfoma.

Pero es esencial explicar qué significa esta clasificación de la IARC para situar las cosas en su contexto. Existen cuatro grupos, desde el 1, los que son seguros carcinógenos, como el tabaco, el sol, las bebidas alcohólicas, las cabinas de bronceado, la contaminación ambiental, la píldora anticonceptiva, la carne procesada, ciertos compuestos utilizados en la Medicina Tradicional China, el hollín, el serrín, la exposición profesional de zapateros, soldadores, carpinteros y así hasta un total de 120 agentes.

A continuación le siguen el 2A, el del glifosato, con 82 agentes, y el 2B, los “posiblemente carcinógenos”, con 311 agentes. Por último se encuentra el grupo 3, que reúne a todos los demás, aquellos sobre los que aún no se sabe lo suficiente (500 agentes). Solía haber un grupo 4, los no cancerígenos, que solo incluía una única sustancia, la caprolactama. Pero recientemente este compuesto se movió a la categoría 3 y la 4 se eliminó, con buen criterio, dado que es imposible demostrar que una sustancia no causa cáncer.

Con esta primera aproximación, y viendo los agentes del grupo 1, ya se puede tener una idea de cuál es el argumento, sin más comentarios, salvo quizá aquella sabia cita de Paracelso: “todo es veneno, nada es veneno; depende de la dosis”. El grupo 2A, en el que se incluyó el glifosato en 2015, reúne agentes como los esteroides anabolizantes, el humo de las hogueras o de las freidoras, la carne roja, las bebidas calientes, los insecticidas, el asfalto, el trabajo nocturno en general o la exposición ocupacional de peluqueros, fabricantes de vidrio o peones camineros.

En el caso de los ancianos de California, y aunque sea imposible demostrar que su cáncer tenga relación alguna con el glifosato o que no la tenga, al parecer el jurado dictaminó a favor de los demandantes porque los envases de glifosato no contenían ninguna advertencia sobre su posible carcinogenicidad, como sustancia clasificada en el grupo 2A de la IARC.

Ahora la pregunta es: ¿tendrán derecho a demandar los consumidores de bebidas alcohólicas, de carnes rojas y procesadas, de anticonceptivos orales, bebidas calientes, insecticidas o Medicina Tradicional China, quienes tienen chimenea en su casa, los clientes de las cabinas de bronceado, los trabajadores de freidurías y churreros, carpinteros, peones, trabajadores nocturnos, peluqueros, soldadores, vidrieros o zapateros, porque en todos los productos correspondientes o en sus contratos de trabajo no se advertía de este riesgo claramente catalogado por la IARC? (Y esto por no llevarlo al extremo del esperpento con las personas expuestas a la contaminación ambiental y al sol, porque en estos dos últimos casos sería difícil encontrar a alguien a quien demandar).

En resumen, la carcinogenicidad de una sustancia o de un agente no es un sí o no, blanco o negro; al final debe existir una decisión humana que requiere apoyarse en mucha ciencia sólida, y no simplemente en la “voz del experto”. Especialmente porque la de un jurado popular ni siquiera lo es. Y por mucha simpatía que despierten los ancianos, arriesgar los empleos de cientos o miles de trabajadores de una empresa, y el sustento de cientos o miles de familias, debería requerir al menos algo de ciencia sólida.

Lo más lamentable de todo esto es que los dos ancianos probablemente ni siquiera van a poder disfrutar demasiado de lo que han conseguido. Sería de esperar, si es que queda algo de justicia, que al menos los abogados los hayan pagado sus herederos.

Nota al pie: como ya lo veo venir, rescato aquí la norma que viene siendo habitual desde hace años en las revistas científicas, por la cual es obligatorio declarar la existencia o no de conflictos de intereses, y que no estaría mal que se aplicara también como norma al periodismo. El que suscribe nunca ha trabajado para, ni ha recibido jamás remuneración o prebenda alguna de, la industria farmacéutica. Miento: creo recordar que en una ocasión me regalaron una pelota de Nivea en una farmacia. Y también trabajé un par de años en una startup biotecnológica española, una experiencia de la que salí escaldado. Pero esa es otra historia.

Razones para desterrar de una vez por todas los bastoncillos de los oídos

Hay varias buenas razones para dejar de utilizar bastoncillos de los oídos, y no es solo por la imagen que se ve a la derecha.

La estampa fue captada en aguas de Indonesia por el fotógrafo estadounidense Justin Hofman, y en 2017 quedó finalista en el concurso Wildlife Photographer of the Year organizado por el Museo de Historia Natural de Londres. Es uno de esos casos en los que la imagen vale más que mil palabras; ningún discurso sobre la contaminación plástica de los océanos puede ser tan poderoso como la visión de este frágil animalito aferrado a un pedazo de basura.

De hecho, los bastoncillos figuran en la lista de plásticos de un solo uso que quedarán prohibidos en la Unión Europea en 2021. Pero eliminado el plástico, no se acabó el problema; ya existen marcas que utilizan otros materiales degradables como el cartón. Y sin embargo, los perjuicios de los bastoncillos no son solo para el medio ambiente, sino también para el medio en el que se utilizan: el oído.

Bastoncillos para los oídos. Imagen de Pixabay.

Bastoncillos para los oídos. Imagen de Pixabay.

Los otorrinos llevan años y años desaconsejando el uso de los bastoncillos para los oídos. La Sociedad Española de Otorrinolaringología y Cirugía de Cabeza y Cuello insiste en que los bastoncillos no hacen otra cosa que “empujar la cera hacia dentro y compactarla”, por lo que pueden crear tapones y provocar infecciones. Además, en realidad no se necesitan, ya que “el cerumen ayuda a proteger al oído, funciona como hidratante del canal auditivo y lo protege del polvo y las bacterias”. El exceso se expulsa solo, y en caso de taponamiento lo recomendable y sensato es acudir al especialista.

Y a pesar de que algunos otorrinos llegan a pregonar a los cuatro vientos que en el oído no debe meterse nada más fino que un codo, parece que el mensaje no llega a calar. Para los recalcitrantes que continúan sondeándose los oídos con estos adminículos tan contaminantes como peligrosos, la revista BMJ Case Reports publica un espeluznante caso que debería servir para disuadir a los exploradores auriculares.

Al servicio de urgencias de un hospital inglés llegó una ambulancia con un hombre de 31 años presa de graves convulsiones, con náuseas, vómitos y pérdida de memoria. Antes del ingreso debido a su empeoramiento, había sufrido dolores en el oído izquierdo durante 10 días, que no habían remitido con el antibiótico oral prescrito por el médico general.

Tras un escáner TAC y los pertinentes análisis del líquido que supuraba su oído, los médicos le diagnosticaron una otitis externa maligna, una versión enfurecida de la típica otitis de los niños en las piscinas. Esta forma maligna, que suele afectar sobre todo a personas ancianas diabéticas, se extiende invadiendo hacia el interior y puede llegar al cráneo, aunque curiosamente los síntomas aparentes pueden ser menos insidiosos que en la típica otitis aguda. En el caso del paciente inglés, dijo llevar nada menos que cinco años con dolores intermitentes y pérdida de oído.

Escáner TAC del paciente. Las flechas azules marcan los lugares de la infección. Imagen de Charlton et al / BMJ Case Reports.

Escáner TAC del paciente. Las flechas azules marcan los lugares de la infección. Imagen de Charlton et al / BMJ Case Reports.

El análisis reveló que el bicho causante era Pseudomonas aeruginosa, un sospechoso habitual en estos casos. La grave infección en el interior del cráneo, rodeando el cerebro, desconcertó a los médicos, ya que era un cuadro relativamente raro en una persona joven y sana. Hasta que dieron con el culpable: al explorar el oído del paciente bajo anestesia general, descubrieron un pedazo de algodón de un bastoncillo, que probablemente llevaba años atascado allí y que los especialistas identificaron como el foco de la infección.

Por suerte, esos maravillosos sistemas de alarma que tiene el organismo, como la inflamación, el dolor y las consecuencias que provocan, permitieron atajar a tiempo lo que podría haber sido una infección mortal. Tras una cirugía y un tratamiento de choque con antibióticos intravenosos, el paciente llegó a recuperarse por completo, y se supone que se sentirá como un hombre nuevo. Y como escriben los médicos en su informe del caso, “¡lo más importante es que ya no utiliza bastoncillos de algodón para limpiarse los oídos!”. “El presente caso reitera aún más los peligros del uso de bastoncillos de algodón”, añaden.

La conclusión es obvia: por incómodo que pueda resultar que un grumo de cerumen seco le asome a uno a la oreja en el momento menos oportuno, bastante más incómodo es tener que someterse a una neurocirugía.

Facebook, YouTube, Pinterest y Amazon reaccionan contra la propaganda antivacunas

La semana pasada, un joven de 18 años de Ohio testificaba ante un comité del Senado de EEUU por un motivo insólito: se había vacunado en contra de la decisión de sus padres, que jamás le habían sometido una sola inoculación; ni a él ni a sus cuatro hermanos menores.

En febrero, el diario The Washington Post difundió el caso de Ethan Lindenberger, que en noviembre había acudido a la red social Reddit en busca de consejo: “Mis padres son como estúpidos y no creen en las vacunas. Ahora que tengo 18, ¿a dónde voy para vacunarme? ¿Puedo vacunarme a mi edad?”.

Un manifestante antivacunas en un mitin del movimiento ultraconservador estadounidense Tea Party. Imagen de Fibonacci Blue / Flickr / CC.

Un manifestante antivacunas en un mitin del movimiento ultraconservador estadounidense Tea Party. Imagen de Fibonacci Blue / Flickr / CC.

Ethan explicaba que, tan pronto como tuvo la madurez suficiente para entenderlo, supo que todos sus amigos estaban vacunados contra diversas enfermedades, pero él no. “Dios sabe cómo estoy vivo todavía”, escribía. Durante años ha discutido con su madre, para quien las vacunas son un complot del gobierno y las farmacéuticas. Ella solía publicar propaganda antivacunas en las redes sociales. Pero cuando Ethan investigó por su parte, leyó estudios científicos y webs como la del Centro para el Control de Enfermedades, y llegó a la conclusión de que “estaba claro que había muchas más pruebas a favor de las vacunas”.

No logró convencer a su madre, así que decidió actuar por su cuenta. Su llamada de auxilio en Reddit recibió más de mil comentarios, entre ellos el de una enfermera que le aconsejaba sobre la manera de proceder. En diciembre, Ethan se vacunó. Su madre dijo que se sentía como si su hijo la hubiera escupido, como si no confiara en ella. Y de hecho, en este aspecto concreto no confía, aunque se ha arrepentido de haber insultado a sus padres en su post original.

Desde entonces, Ethan defiende que se rebaje la edad a la cual los adolescentes puedan vacunarse sin el consentimiento de sus padres. De ahí su declaración en el Senado, por invitación de un comité creado a raíz de un brote de sarampión que ya ha afectado a más de 70 personas en el noroeste de EEUU, donde el movimiento antivacunas tiene uno de sus principales baluartes.

 

Ethan no está solo: a raíz de su caso, otros como él denunciaron situaciones similares en Reddit. Uno de estos adolescentes decía que la vacunación “es un asunto de salud pública y una responsabilidad personal para el beneficio de la población, no un derecho que puedas revocar a tus hijos”. Realmente sorprende encontrar tal diferencia de sensatez entre estos adolescentes y sus propios padres. La madre de Ethan, tras la declaración de su hijo en el Senado, dijo que “le han convertido en el niño modelo de la industria farmacéutica”; “le han”, al más puro estilo conspiranoico.

Para Ethan, si hay un claro cooperador necesario y esencial en la conspiranoia de su madre, tiene un nombre concreto: Facebook. Esta red social no solo ha amparado la difusión de informaciones falsas sobre vacunas, sino que la ha fomentado a través de sus recomendaciones, resultados de búsquedas y publicidad dirigida, según han denunciado diversas plataformas y organizaciones.

Pero por fin parece que algo está cambiando: Facebook ha anunciado a través de una nota de prensa que tomará “una serie de medidas para hacer frente a la información errónea sobre las vacunas, con el objetivo de reducir su distribución y proporcionar a las personas información que esté acreditada”. En concreto, la red social eliminará los contenidos antivacunas de sus anuncios, recomendaciones y opciones de segmentación, y reducirá su ranking en el news feed y en las búsquedas; incluso deshabilitará las cuentas de anuncios que reiteradamente incluyan estas falsas informaciones. Por último, “Facebook está explorando formas de compartir información educativa sobre vacunas cuando las personas encuentren información errónea sobre este tema”, dice el comunicado.

El nuevo movimiento de Facebook se suma a los de otras plataformas online. Recientemente, YouTube ha manifestado que no permitirá la publicidad en los vídeos con mensajes antivacunas, por lo que estos canales no podrán lucrarse con esta propaganda engañosa. Pinterest ha bloqueado las búsquedas de este tipo de contenidos, y Amazon ha retirado un pseudodocumental antivacunas de su servicio de streaming de vídeo.

Respecto a esto último, aún falta mucho por hacer. Los pseudodocumentales se han convertido en carnaza televisiva habitual, tanto en las plataformas digitales como en los canales en abierto. Pero al menos aquellos destinados a demostrar que Tutankamón era un alienígena, sobre los expertos testimonios de diversos propietarios de webs sobre fenómenos paranormales, difícilmente pueden causar de forma directa algo más que la risa. En cambio, otros falsos documentales pueden provocar un enorme daño. En concreto, Netflix pasa por ser hoy el paraíso de la pseudociencia televisiva; en otoño comenzará a emitir una serie donde la actriz Gwyneth Paltrow divulgará las inútiles o peligrosas pseudoterapias que promociona y vende a través de su web Goop.

La Organización Mundial de la Salud ha incluido el rechazo a las vacunas dentro de las 10 principales amenazas a la salud global para este año 2019, al mismo nivel que el ébola, la resistencia a los antibióticos o la contaminación atmosférica. Las fake news sobre política solo molestan y crean confusión, pero las fake news sobre vacunas matan. Y normalmente matan a los más débiles e indefensos; aquellos a quienes, como le ocurrió a Ethan durante años, la ley no les permite protegerse de las decisiones motivadas por la ignorancia de sus padres.

Esta es la conclusión de la ciencia sobre las flores de Bach (y sobre el efecto placebo)

Decíamos ayer que las flores de Bach vienen a ser la ocurrencia de alguien que se levantó una buena mañana deseando que el universo se comportara según sus deseos. Como quien se levanta antes del amanecer, sale a la calle y se sienta frente a una farola deseando muy fuerte que se apague.

Lo cierto es que finalmente la farola termina apagándose. Pero no porque uno lo desee muy fuerte (correlación no significa causalidad). Del mismo modo, aparentemente hay quienes prescriben las flores de Bach acogiéndose a ese famoso motivo: “a mí me funciona”. Pero no, no funciona; la farola se apaga porque está programada para ello.

Tomemos, por ejemplo, un artículo publicado en 2014 en la Revista de Enfermería, editada en Barcelona. El trabajo describe el tratamiento de un herpes zóster en un hombre de 78 años. Las dos autoras le administraron un tratamiento con flores de Bach, observando que “las lesiones se curan en un período relativamente corto de tiempo y se mejora la ansiedad que presentaba el paciente ante su estado de salud, todo ello con una gran implicación de este y su familia en el proceso de curación”. Alguien podría leer el artículo y defender que las flores de Bach funcionan porque lo dice un “estudio científico”.

Flores de Bach. Imagen de pixabay.

Flores de Bach. Imagen de pixabay.

Salvo que no es un estudio científico: un solo paciente, sin grupo de estudio, sin aleatorización, sin doble ciego, sin controles, sin placebos, sin análisis estadístico. Quien esgrimiera este caso como “estudio científico” solo estaría demostrando no saber qué es un estudio científico (y esto es habitual en el ámbito de las pseudociencias). En realidad el artículo no demuestra que las flores funcionen, ni que no funcionen; no demuestra absolutamente nada. Es solo una anécdota (técnicamente, un case report); un amimefuncionismo.

Mientras no haya demostración en contra, probablemente el efecto placebo y la regresión a la media –la mejora espontánea después de un pico en los síntomas, que es cuando se suele acudir al médico y suelen administrarse los tratamientos– expliquen perfectamente tanto la sensación subjetiva del paciente como la evolución de la enfermedad, sin necesidad de recurrir a la magia.

Y hay algo que quizá les sorprenda. Las autoras hablaban de la “gran implicación del paciente”. O mucho me equivoco, o puede entenderse que se refieren a la voluntad de curarse, de luchar mentalmente contra la enfermedad… Probablemente las autoras del artículo han creído necesario destacarlo porque creen que este es un factor decisivo en el proceso de curación. Es una idea bonita pensar que la voluntad obra milagros. Que uno se cura mejor si lo desea fuertemente. Pero como vamos a ver, la ciencia disponible no avala esta creencia.

Para obtener una valoración científica real de los posibles efectos de las flores de Bach o de cualquier otro tratamiento es necesario recurrir a ensayos clínicos controlados, que a su vez se reúnen en metaestudios, o revisiones sistemáticas de diversas pruebas rigurosas para extraer conclusiones estadísticamente válidas.

Y cuando esto se aplica a las flores de Bach, no hay sorpresas: en 2002, una revisión sistemática de todos los ensayos válidos realizados para diferentes trastornos concluía: “La hipótesis de que los remedios florales se asocian a efectos más allá de una respuesta placebo no está avalada por los datos de los ensayos clínicos rigurosos”. Otra revisión sistemática de 2009 evaluó sus efectos concretos para el dolor o problemas psicológicos como el trastorno de déficit de atención con hiperactividad. También en este caso la conclusión fue que “no hay pruebas de beneficio en comparación con una intervención placebo”.

Pero hay más: una tercera revisión en 2010 llegaba al mismo veredicto: “Todos los ensayos controlados con placebo fallaron en mostrar eficacia. Se concluye que los ensayos clínicos más fiables no muestran ninguna diferencia entre los remedios florales y los placebos”. También el mismo año, otra revisión más sobre los efectos de la homeopatía y de las flores de Bach resolvía que “el efecto placebo opera de forma significativa en ambos casos“.

En resumen, placebo, placebo y placebo. Parece suficientemente avalado como para aconsejar que no se gaste ni un céntimo más en seguir evaluando clínicamente el absurdo. Pero incluso siendo así, de cuando en cuando se escucha a ciertos profesionales de la salud que defienden la medicina con placebos, en esa creencia de que pueden mejorar el curso de la enfermedad siempre que uno desee lo suficiente curarse.

Placebos de prescripción empleados en clínica e investigación. Imagen del gobierno de EEUU / Wikipedia.

Placebos de prescripción empleados en clínica e investigación. Imagen del gobierno de EEUU / Wikipedia.

Sin embargo y por desgracia, nada de esto es cierto. Durante décadas se discutió si los placebos eran capaces de lograr mejoras reales, pero hoy parece sobradamente demostrado que solo ofrecen una sensación subjetiva de bienestar, sin ningún impacto real sobre la evolución de ninguna enfermedad. Lo cual desaconseja su uso en todos los casos: si la dolencia no va a remitir, porque puede distraer de las intervenciones realmente necesarias y eficaces (por ejemplo, muchos pacientes de cáncer sometidos a pseudoterapias abandonan sus tratamientos); y si va a remitir, precisamente por ello.

Pero es necesario añadir también que el placebo no tiene nada que ver con la fuerza de voluntad, y precisamente las flores de Bach han servido para ilustrar este error; estos remedios se han revelado como un buen instrumento para estudiar el efecto placebo, ya que no existe el menor riesgo de interferencia por un efecto terapéutico real. Así, varios estudios (ver aquí, aquí, aquí y aquí) han analizado cómo se manifiesta el efecto placebo en unas personas y en otras en función de distintos factores psicológicos.

Los resultados indican que el efecto placebo de las flores de Bach se asocia en mayor medida con factores como la espiritualidad, que sitúan a ciertas personas en lo que podríamos llamar una onda más cercana a las ideas que inspiran este tipo de remedios; curiosamente, esta conexión importa más que la creencia concreta en esta pseudoterapia o las expectativas de curación.

Es decir, que las personas espirituales, incluso si desconocen previamente las flores de Bach y no tienen una opinión formada respecto a su posible poder curativo, pueden sentir con mayor probabilidad una mejoría subjetiva si se les explica el presunto tratamiento. Por el contrario, la espiritualidad no se asocia a un mayor efecto placebo en el caso de otras falsas terapias psicológicas diseñadas deliberadamente como simulaciones.

En conclusión, tampoco se justifica el uso de estas pseudoterapias en las personas que creen en ellas por el hecho de que vayan a ayudarlas en su lucha mental contra la enfermedad. El placebo no cura, y la fuerza de voluntad tampoco. Curan los fármacos. Incluso a quienes no creen en ellos.

Pero hay enfermedades contra las cuales los fármacos aún no pueden hacer gran cosa. Las personas que nos han abandonado por una enfermedad mortal no tienen la culpa de habernos abandonado porque no desearan lo suficiente quedarse con nosotros, o porque no tuvieran una “gran implicación en el proceso de curación”. A ver si lo entendemos de una vez: la culpa de morirse no es del paciente. Es de la enfermedad.

Las flores de Bach, homeopatía elevada al surrealismo

¿Alguien puede explicar por qué cuando se trata de algo irrelevante, como los teléfonos móviles, todo el mundo parece querer la última tecnología del momento; y, sin embargo, para algo tan trascendental como la salud muchos prefieren tecnología milenaria, de los tiempos en que no se sabía nada de nada?

Esto sí es un fenómeno paranormal, y no lo de Uri Geller. Porque los remedios milenarios no son una muestra de sabiduría ancestral, sino de superstición ancestral; de lo perdido que andaba el ser humano cuando uno de cada tres niños moría antes de la adolescencia y la esperanza de vida al nacer no llegaba a los 40 años… y no había remedio que lo remediara.

La guinda del pastel es que a menudo el presunto milenarismo que popularmente se les atribuye es un mito: la homeopatía se creó en 1796, la osteopatía en 1874, la reflexología en 1913, el reiki en 1922, la acupuntura auricular en 1957… Incluso ciertos autores (leer, por ejemplo, aquí) cuestionan que la acupuntura actual tenga mucho que ver con lo que se practicaba en la antigua China, alegando que allí cayó casi en el olvido –llegó a ser prohibida como simple superstición– y fue posteriormente rehabilitada, pero en Occidente (el término se acuñó en Holanda en el siglo XVII). En todos estos casos, sus inventores habrían tenido la oportunidad de apoyarse en la ciencia de su época. Pero prefirieron ignorarla.

Lo cual nos lleva a otro ejemplo paradigmático, las flores de Bach. Ocuparme de este asunto me ha venido sugerido por mi colega Melisa Tuya, que en su blog En busca de una segunda oportunidad comentaba cómo esta pseudoterapia parece haber calado entre ciertos veterinarios. Algunos lo verán como una trivialización del cuidado sanitario de los animales de compañía: que ellos no puedan pedir ciencia sólida en sus tratamientos no es motivo para no dársela.

Pero ¿qué son las flores de Bach? Si uno introduce este término en el buscador de imágenes de Google, se encontrará de repente envuelto por la fragancia de hermosos bodegones de frasquitos vintage de vidrio oscuro, rodeados de coloridos ramilletes de flores silvestres; todo tan limpio, fresco, natural y aromático que casi le entran a uno ganas de probarlo. Vamos, que entre esto y la imagen de un blíster de paracetamol…

Flores de Bach. Imagen de pixabay.

Flores de Bach. Imagen de pixabay.

Paracetamol. Imagen de AMbrose Heron / Flickr / CC.

Paracetamol. Imagen de AMbrose Heron / Flickr / CC.

Porque será medicina herbal, ¿no? Con usos avalados por la sabiduría milenaria, ¿no? Hombre, no va a curar una enfermedad terminal, pero servirá para dolencias leves, ¿no? Y siendo todo natural, será cien por cien inocuo, ideal para niños y animales… ¿No?

Pues… no, no, no y… bueno, siempre que se tenga claro que esos frasquitos pueden llegar a contener la misma graduación alcohólica que esa bebida llamada agüita, más conocida por su nombre en ruso, vodka… Pero comencemos por el principio.

Edward Bach fue un médico inglés nacido en 1886. A la hora de elegir su profesión, dudó entre la medicina o el sacerdocio. El dato no es trivial; como vamos a ver, explica toda su trayectoria. Como médico, se especializó en homeopatía. Todo sea dicho: aunque los principios teóricos de la homeopatía no eran entonces menos absurdos que ahora, lo cierto es que aún no existían las suficientes herramientas científicas para evaluar sus efectos clínicos con todo detalle y en profundidad.

Pero la homeopatía tenía algo en especial que atraía a Bach, y era su enfoque personalizado; le interesaba más la dimensión humana de sus pacientes que la ciencia necesaria para curarlos. Sus reseñas biográficas muestran que era un médico preocupado seriamente por el bienestar de sus pacientes, lo que no es poco; pero aunque esto da fe de su calidad humana, no basta para certificar su calidad profesional. Para esto se requiere además algo que Bach no tenía: una mente científica.

Quizá Bach se equivocó de carrera y debió elegir el plan B. Porque cuando creía que la enfermedad era un mal espiritual que nacía del conflicto entre el alma y la mente, y cuando trataba de socorrer emocionalmente a sus pacientes para infundirles alegría y esperanza, tal vez estaba actuando como un buen pastor. Pero como un mal médico.

Edward Bach. Imagen de Bach Foundation / Wikipedia.

Edward Bach. Imagen de Bach Foundation / Wikipedia.

En 1930, Bach dio su salto definitivo: abandonó su carrera, su trabajo y su hogar para marcharse al campo, con la intención de encontrar lo que él creía que se escondía en la naturaleza: un sistema completo de curación de cualquier dolencia, se supone que puesto ahí por el creador. Cuando renunció a su vida anterior, se desprendió también de lo último que quedaba en él de pensamiento científico. Y así engendró una de las mayores aberraciones pseudocientíficas jamás imaginadas.

Dado que para Bach todas las enfermedades eran espirituales, no necesitaba buscar plantas para tratar, digamos, una úlcera; bastaba con atacar la emoción negativa que provocaba esa úlcera. Y como la naturaleza también era espiritual, ni siquiera era necesario emplear las plantas en sí; bastaba con cosechar su espíritu, embotellarlo y administrarlo a los pacientes.

De este modo, Bach diseñó un método alternativo tan original como increíblemente disparatado. Primero se imbuía a sí mismo de las emociones negativas que buscaba corregir. A continuación pasaba la mano sobre diferentes plantas, hasta que notaba un alivio en su malestar que interpretaba como causado por la fuerza vital o las vibraciones o el espíritu de una de ellas (escójase el término que se prefiera; ninguno de ellos designa nada real).

Una vez localizada la planta adecuada para el tratamiento de ese mal emocional, acudía por la mañana a recoger el rocío depositado en las flores, y al cual los rayos del sol naciente le habían transmitido ese algo de la planta. Para conservarlo, lo diluía a partes iguales en brandy, y así obtenía la tintura madre a partir de la cual se preparaban los remedios aplicando, cómo no, diluciones homeopáticas, preferentemente en alcohol.

Merece la pena insistir: si sus biografías le retratan fielmente, Bach no era un caradura que persiguiera lucrarse vendiendo milagros a costa de la ingenuidad de otros. Es más, se dice que trataba gratis a sus pacientes (pero hoy son otros los que se lucran prescribiendo y vendiendo sus pseudoterapias de marca registrada). Simplemente, fue uno de los pseudocientíficos más equivocados que jamás han existido. Su sistema hace que la homeopatía parezca la teoría de la relatividad.

Al menos la homeopatía tenía un principio; infundado y erróneo, pero un principio: “lo similar cura lo similar”. Las flores de Bach no se basan en nada que tenga que ver con nada, ni con el funcionamiento de la naturaleza, ni con la razón, ni con el sentido común, ni siquiera con ningún tipo de sabiduría milenaria.

Lo único que fundamentaba el sistema de Bach era el principio de correspondencias analógicas (que comenté hace unos días), la idea que desde antiguo ha inspirado supersticiones como la astrología, y que consiste en la creencia (implícita o explícita) de que la naturaleza responde a un diseño inteligente cuyo lenguaje podemos entender si desciframos las pistas que el diseñador nos ha dejado.

 

Flores de Bach. Imagen de pixabay.

Flores de Bach. Imagen de pixabay.

Todo lo cual nos lleva a una conclusión. Como conté hace unos días, hay quienes sostienen que la ciencia debería abstenerse de evaluar propuestas pretendidamente terapéuticas que no puedan aportar ni el más mínimo indicio a favor de su validez, ya que supone desperdiciar recursos que podrían encontrar un mejor uso en la investigación contra las enfermedades. Las flores de Bach son claramente un ejemplo perfecto de ello.

Y sin embargo, sí, a pesar de todo, la ciencia las ha evaluado. Si quieren saber cuál es el resultado, vuelvan mañana por aquí.

Por qué la ciencia no refuta las pseudociencias, y por qué debería dejar de testarlas

La actriz y empresaria de éxito Gwyneth Paltrow, que ha construido un imperio de 250 millones de dólares promocionando las pseudociencias y vendiendo pseudoterapias inútiles o perjudiciales para la salud (y que ya ha sido denunciada y multada por ello), justificaba así las propuestas de su portal Goop: “La ausencia de pruebas científicas no prueba nada si no se han realizado estudios”.

Es decir, que según Paltrow, mientras alguien no demuestre que es falsa, uno puede proponer absolutamente cualquier proclama pseudoterapéutica como auténtica.

(Inciso: Y venderlas. Y lucrarse con ellas. Y acusar veladamente de machismo a quienes la critican. Y fomentar la quimiofobia porque “todo” es cancerígeno, pero al mismo tiempo promocionar bebidas con alcohol, un reconocido carcinógeno. Y culpar al aluminio de todos los males, pero al mismo tiempo vender productos que contienen aluminio. ¿A qué huele todo este montaje pseudosaludable?).

Gwyneth Paltrow con su negocio Goop en la portada de The New York Times Magazine del 29 de julio de 2018.

Gwyneth Paltrow con su negocio Goop en la portada de The New York Times Magazine del 29 de julio de 2018.

Pero a lo que vamos: ¿Tiene razón Paltrow? ¿Para negar la validez de la homeopatía, la quiromancia, el reiki, la acupuntura o cualquiera de los cientos de remedios que ella vende, es necesario demostrar que no funcionan?

El problema con este tipo de afirmaciones es que se puede caminar sobre el fango y hundirse hasta las trancas, sin saber que otros ya han explorado ese terreno y conocen perfectamente por dónde cruzarlo. Por ejemplo, un actor diletante podría pensar que ha inventado una nueva y magnífica técnica de interpretación, ignorando que otros como la propia Paltrow ya han recorrido antes mil veces ese camino y saben infinitamente más de ello. De igual modo, Paltrow se lanza al diletantismo del argumento (pseudo)lógico sin tener la menor idea de que eso en lo que ella se permite aventurarse alegremente es algo sobre lo cual filósofos, epistemólogos y científicos han reflexionado durante siglos.

Y la respuesta es NO, como voy a explicar. O mejor dicho, las respuestas, concretamente tres:

  1. La ciencia NO puede demostrar que las pseudociencias no funcionan. Pero…
  2. Para descalificar las pseudociencias NO es necesario demostrar que no funcionan.
  3. Por lo tanto, la ciencia NO debería intentar demostrar si funcionan o no.

Vayamos punto por punto.

1. La ciencia no puede demostrar que las pseudociencias no funcionan.

A menudo se escucha por ahí que es imposible demostrar un negativo. Es decir, que no puede probarse que algo no existe, ya sean los unicornios, los dragones o los alienígenas. O la validez de la homeopatía, la quiromancia, el reiki o la acupuntura.

Lo cierto es que existe una cierta confusión a este respecto: para los filósofos y los matemáticos, la supuesta imposibilidad de demostrar un negativo es una sandez, un mito popular sin fundamento; la lógica se apoya en gran medida en la demostración de proposiciones negativas. Para quien quiera saber más, este pequeño artículo lo explica. Pero baste mencionar que muchos teoremas matemáticos se basan en la demostración de negativos.

Sin embargo, otro caso distinto es el terreno práctico de la ciencia empírica. Por ejemplo, si miramos los innumerables estudios que han evaluado los efectos de la homeopatía con rigor científico y sin sesgos, encontraremos que los equiparan a los de un placebo. Pero la conclusión suele formularse en términos similares a estos: “No hemos podido encontrar efectos positivos…”. Nunca, jamás de los jamases, se encontrará un estudio científico serio con la siguiente conclusión: “Por tanto, demostramos que la homeopatía no funciona”.

¿Por qué? Porque, sencillamente, los datos no pueden sostener esta conclusión. Por lo tanto, es cierto: por muchos estudios que se hagan, la ciencia es incapaz de demostrar formalmente, con carácter definitivo y sin resquicio de duda, que las pseudociencias no funcionan. Lo cual, obviamente, personas como Paltrow interpretan como un argumento en su favor. Pero se equivocan; si indagaran un poco más en ese cenagal en el que se están hundiendo por desconocimiento, descubrirían que, en realidad…

2. Para descalificar las pseudociencias no es necesario demostrar que no funcionan.

En 1952, el filósofo Bertrand Russell escribió una analogía llamada desde entonces la tetera de Russell:

Muchas personas ortodoxas hablan como si fuera la tarea de los escépticos refutar los dogmas recibidos, y no la tarea de los dogmáticos el demostrarlos. Esto es, por supuesto, un error. Si yo sugiriera que entre la Tierra y Marte existe una tetera de porcelana girando en torno al sol en una órbita elíptica, nadie sería capaz de refutar mi afirmación, siempre que yo me cuidara de añadir que la tetera es demasiado pequeña para ser vista incluso con los telescopios más potentes. Pero si yo continuara diciendo que, puesto que mi afirmación no puede refutarse, es una presunción intolerable de la razón humana dudar de ello, correctamente se me acusaría de decir tonterías.

La tetera de Russell. Imagen de Odeleongt / Wikipedia.

Parodia sobre la tetera de Russell. Imagen de Odeleongt / Wikipedia.

Russell concibió su analogía en referencia a la discusión sobre la existencia de Dios, pero puede aplicarse y de hecho se ha aplicado a otros ámbitos, como las pseudociencias. En su libro El mundo y sus demonios, Carl Sagan planteaba un ejemplo parecido, hablando de la supuesta presencia de un dragón en su garaje:

Pues bien, ¿cuál es la diferencia entre un dragón invisible, incorpóreo y flotante que escupe fuego sin calor, y la inexistencia del dragón? Si no hay manera de refutar mi afirmación, si no existe un experimento concebible que pueda rebatirla, ¿qué sentido tiene decir que mi dragón existe?

Tanto Russell como Sagan se referían a esa imposibilidad científica práctica de demostrar un negativo sin resquicio de duda. Pero la solución en ambos casos está en que la obligación de la demostración, la carga de la prueba, no depende de que una proposición sea positiva o negativa, sino que recae en quien sostiene la propuesta menos plausible: la tetera orbital y el dragón en el garaje son ideas implausibles, no avaladas por la razón ni por ningún conocimiento existente. Por el contrario, su inexistencia cuenta, si no con una demostración definitiva, sí con una plausibilidad objetiva y con suficientes indicios a su favor como para que se acepte la proposición sin necesidad de aportar más.

En resumen, Paltrow está equivocada: la ausencia de pruebas científicas basta para desechar en principio una idea que carezca de la menor plausibilidad, como el dragón o la tetera. Son quienes sostienen tales ideas quienes deben aportar pruebas, y no exigirlas a sus oponentes. Que el agua conserve el fantasma de sustancias pasadas (homeopatía), o que una especie de energía inmensurable circule por unas vías corporales invisibles e indetectables (acupuntura), son ideas implausibles, no avaladas por la razón ni por ningún conocimiento existente; y por tanto, pura fantasía, mientras no se demuestre lo contrario.

Y como consecuencia, dado que la ciencia no puede demostrar la invalidez de las pseudociencias, tal vez…

3. La ciencia debería dejar de evaluar la validez de las pseudociencias.

En el movimiento anti-Ilustración hay quienes acusan a la comunidad científica de arrogancia; lo manifiestan, entre otras maneras (algunas menos sutiles), acusando de “cientifistas” a quienes simplemente defienden la razonabilidad y la plausibilidad sobre la irrazonabilidad y la implausibilidad.

Sin duda entre los científicos y los escépticos los hay arrogantes, como entre los charcuteros o los lampistas. Pero acusar a la comunidad científica en su conjunto de arrogancia frente a las pseudociencias es ignorar que a lo largo de la historia se han gastado ingentes cantidades de dinero en tratar de evaluar científicamente la validez de pseudociencias como la homeopatía, la acupuntura y otras.

Algo que, como hemos visto, es superfluo, por lo que es sencillamente un malgasto. La razón de este malgasto ha sido precisamente la falta de arrogancia, la preferencia del conocimiento real sobre el dogma y de la prueba sobre la presunción, la necesidad de experimentar para saber incluso prescindiendo de la plausibilidad (que también en ocasiones puede estar contaminada por paradigmas incompletos o erróneos).

Pero hay quienes piensan que ya basta: que los cientos o miles de estudios infructuosos sobre la homeopatía o la acupuntura deberían cerrar ya este capítulo de la búsqueda del conocimiento. Por supuesto que esto no va a disuadir a los y las Paltrow del planeta (que tienen sus propias razones de peso, o de dólar). Pero como escribía en 2010 el psicólogo clínico Pete Greasley:

La evaluación empírica de una terapia normalmente asumiría una base racional plausible sobre su mecanismo de acción. Sin embargo, el examen de los antecedentes históricos y los principios subyacentes a la reflexología, iridología, acupuntura, acupuntura auricular y algunas medicinas herbales revela un fundamento basado en el principio de correspondencias analógicas, que es una base común del pensamiento mágico y de las creencias pseudocientíficas como la astrología y la quiromancia. Donde este sea el caso, se sugiere que someter estas terapias a evaluación empírica puede ser equivalente a evaluar el absurdo.

(Una pequeña explicación: el “principio de correspondencias analógicas” al que se refiere Greasley no es un invento suyo, sino la base de pseudociencias como la astrología, que da a los astros características derivadas de su significado mitológico a su vez basado en su aspecto, o algunas medicinas herbales, en las que se supone que una planta con la forma de una parte del cuerpo debe servir para curar esa parte del cuerpo; esto deriva, dice Greasley, de la idea de un diseñador inteligente que ha dispuesto jeroglíficos en la naturaleza para que el ser humano los descifre. La homeopatía, “lo similar cura lo similar”, procede de esta misma fantasía).

Ilustración fantástica de la raíz de la mandrágora, un ejemplo del principio de correspondencias analógicas. Imagen de pixabay.

Ilustración fantástica de la raíz de la mandrágora, un ejemplo del principio de correspondencias analógicas. Imagen de pixabay.

En resumen, prosigue Greasley, “dedicar un tiempo y unos recursos significativos a la evaluación mediante ensayos clínicos y revisiones sistemáticas puede ser un error”.

Pero de forma más gráfica y contundente que Greasley lo expresa la ginecóloga Jen Gunter, que desde su blog ha dedicado ingentes esfuerzos a analizar y desmontar sistemáticamente las proclamas del negocio de Paltrow. Y a propósito de la idea defendida por la actriz de que el sujetador causa cáncer de mama, Gunter escribía esto:

¿Qué puedes ganar de propagar entre las mujeres la mentira de que el sujetador causa cáncer de mama? ¿Alguna vez has tenido a una superviviente de cáncer en tu consulta llorando por pensar que ella misma se provocó el cáncer llevando sujetadores durante 20 años? Probablemente no. Yo sí. Cuando en tu plataforma cuentas teorías imbéciles sobre sujetadores y cáncer de mama, estás literalmente jodiendo a las supervivientes de cáncer de mama. ¿Te parece divertido? ¿Es esta tu mejor arma? Y no, no es una “teoría alternativa” ni “respaldada por investigaciones”. Esta manera de fomentar el miedo causa tanta angustia que los investigadores tienen que hacer estudios especiales, incluso si la idea es biológicamente implausible y no está avalada por los miles de estudios disponibles. Puedo pensar en mejores maneras de gastar esos dólares de la investigación del cáncer de mama.

En definitiva, una razón de peso para aconsejar que la ciencia abandone de una vez por todas la evaluación de las pseudociencias es que se está desperdiciando tiempo y dinero en la lucha contra las enfermedades; tiempo y dinero que estarían mejor invertidos en investigar lo que realmente puede funcionar. Tal vez después de todo la comunidad científica sí debería ser un poco más arrogante, y dejar de discutir con quienes nunca jamás van a aceptar que la razón valga más que la sinrazón.

¿Qué riesgos para la salud tienen los tatuajes? Esto dice la ciencia

Posiblemente lo último que se plantea quien va a hacerse un tatuaje es si podría ser perjudicial para su salud a largo plazo, más allá de los clásicos riesgos de infección por VHC (hepatitis C) o VIH (virus del sida), que se suponen descartados en un local serio y fiable con los permisos y garantías sanitarias que mandan las leyes.

Pero no deja de ser curioso: frente a todos los bulos y fake news que se propagan sobre las vacunas, compuestos perfeccionados durante años o décadas a golpe de conocimiento científico, que se inyectan, actúan y desaparecen, y cuya seguridad está validada por toneladas de estudios, en cambio a pocos parece preocuparles el hecho de insertarse en un tejido vivo del organismo una serie de sustancias extrañas, poco o nada conocidas ni estudiadas, y que van a permanecer ahí para toda la vida. Tal vez muchos de quienes se tatúan no sepan que con ello se están inyectando directamente en el cuerpo sustancias que rechazarían tomar con cualquier alimento.

De hecho, no parecen existir muchos estudios sobre la percepción de estos posibles riesgos. El año pasado una encuesta a casi 1.200 universitarios en Polonia revelaba que el 79% se informaban sobre ello solo a través del artista tatuador y el 73% a través de internet, mientras que solo del 5 al 8% preguntaban a un médico o buscaban información científica al respecto. Así que no, no parece preocupar a casi nadie.

Pero ¿hay motivos para preocuparse?

Imagen de pxhere.

Imagen de pxhere.

El resumen, para los perezosos que no quieran leer todo lo que sigue, es que en el fondo aún no se sabe. No ha transcurrido demasiado tiempo desde que los tatuajes dejaron de ser un signo de marginalidad para convertirse en una moda mainstream, lo que además ha llevado a la introducción de nuevos tipos de pigmentos coloreados cuyo recorrido temporal aún es muy corto. Y por razones obvias, es imposible hacer ensayos clínicos controlados y aleatorizados.

Sin embargo, basta recorrer las bases de datos de estudios científicos para encontrar numerosos casos descritos de distintos tipos de enfermedades sospechosamente asociadas a los tatuajes. Asociadas quiere decir asociadas. Es decir, en general es muy difícil, por no decir imposible, saber si realmente existe una relación de causa y efecto entre el tatuaje y la enfermedad o si es una mera coincidencia. Por lo tanto, lo único que pueden hacer médicos y científicos es vigilar estrechamente estos casos, reunirlos, reportarlos y analizarlos, y lo que deben hacer las autoridades es regular cuidadosamente basándose en el conocimiento científico existente.

Cosa esta última que, al parecer, no se está haciendo adecuadamente. O al menos esto es lo que dice un grupo de investigadores italianos en un nuevo estudio publicado este mes en la revista Science of the Total Environment. En la Unión Europea, en EEUU y otros países existe cierta regulación sobre los pigmentos empleados para los tatuajes. Pero según los autores del estudio, “aún faltan regulaciones específicas”.

En la UE, dicen, “no hay regulación supranacional y solo hay cobertura de algunas normativas nacionales”, mientras que en EEUU “las tintas de tatuaje se clasifican como cosméticos pero no están aprobadas para su inyección en la dermis”. Los autores añaden que la regulación actual solo cubre “riesgos microbiológicos y químicos, olvidando por completo la nanotoxicidad”, es decir, la toxicidad debida a las nanopartículas de la tinta.

En concreto, en la UE, una resolución del Consejo de Europa de 2008 estableció unos requisitos para la seguridad de los tatuajes. Un sistema europeo de alerta llamado RAPEX (Rapid Exchange of Information System, o Sistema de Intercambio Rápido de Información) sirve para retirar del mercado los productos de consumo no alimentarios ni farmacéuticos que puedan ser peligrosos; por ejemplo, cada Navidad los telediarios suelen hablarnos de los juguetes importados que se han incautado por no cumplir la normativa.

Según los investigadores italianos, de 2007 a 2017 las alertas de RAPEX llevaron a prohibir 190 tintas de tatuaje o de maquillaje permanente, 126 de ellas importadas de EEUU (no pensemos siempre en los productos chinos). El 37% de estas tintas contenían aminas aromáticas, que pueden causar cáncer o defectos genéticos; un 32% contenían hidrocarburos aromáticos policíclicos (PAH) como los presentes en el humo del tabaco o de la quema de combustibles fósiles, y que también se relacionan con el cáncer; el 14% contenían niveles de metales pesados superiores a los permitidos. Los autores del estudio apuntan que algunas de estas tintas fueron retiradas del mercado; es decir, que posiblemente algunas personas ya las lleven en sus tatuajes.

Imagen de pixabay.

Imagen de pixabay.

El problema con las tintas, según recalcan diversos estudios, es que no son productos fabricados ni autorizados específicamente para inyectarse bajo la piel, sino para uso industrial. “La mayoría de los pigmentos usados en los tatuajes fueron desarrollados para otras aplicaciones, como la automoción o los plásticos”, apuntaba una revisión de 2015. “Solo unos pocos pigmentos están disponibles en grado cosmético, y ninguno puede comprarse en grado farmacéutico”, es decir, con la calidad y la pureza que se exige a todo producto farmacéutico destinado a introducirse en el organismo.

Por ello y aunque el objetivo ideal es que las tintas sean inertes, en la práctica, según escribían los autores israelíes del estudio que cité ayer a propósito de los tatuajes lumbares y la anestesia epidural, “la incorporación cutánea de los pigmentos ornamentales de los tatuajes no es un proceso inerte”. El artista tatuador tampoco tiene por qué saber exactamente qué contienen las tintas, ni cuenta con la formación médica necesaria para conocer sus posibles efectos sobre la salud.

Las incógnitas no se limitan solo a la composición del propio pigmento, sino también a las impurezas y la posible contaminación microbiológica. En cuanto a lo primero, la revisión de 2015 citaba que un estudio detectó en las tintas negras de carbón hasta más de 700 microgramos por gramo de diversas impurezas que “se sabe son genotóxicas o carcinogénicas”. En cuanto a la presencia de microbios, otra revisión de 2015 en la revista The Lancet citaba que “hasta el 20% de las tintas analizadas están contaminadas con bacterias”, “incluyendo tintas etiquetadas como estériles”.

Una preocupación especial, según el estudio italiano, son las nanopartículas de la tinta, puesto que aún no hay regulación al respecto. La incógnita con las nanopartículas estriba en que estas pueden llegar a cualquier lugar del organismo y depositarse allí. Desde hace años se sabe que algunas partículas de la tinta se vierten al torrente sanguíneo y acaban en los ganglios linfáticos, ya que se ha observado que estos se tiñen de los colores de los tatuajes. En 2017, investigadores del Sincrotrón Europeo descubrieron que esta tinta que recorre el organismo lo hace también en forma de nanopartículas. “Y ese es el problema: no sabemos cómo reaccionan las nanopartículas”, decía el coautor del estudio Bernard Hesse.

Otro de los autores, Hiram Castillo, explicaba que ni los tatuadores ni los tatuados suelen preocuparse por la composición química de los colores; “pero nuestro estudio muestra que quizá deberían”, decía. Se ha observado que esta acumulación de pigmentos en las células inmunitarias puede provocar síntomas similares a un linfoma, con inflamación de los ganglios o lesiones en la piel incluso muchos años después de cuando se hizo el tatuaje, y en algún caso raro estos daños han desembocado en un linfoma real.

Imagen de pexels.

Imagen de pexels.

Además de otras complicaciones cutáneas e inmunitarias, también se han dado casos en los que el tatuaje provoca síntomas semejantes a los de un melanoma. Aunque existen casos descritos de cánceres de piel asociados a los tatuajes, es esencial subrayar que una vez más se trata de correlaciones; correlación no implica causalidad, y aún no existen datos suficientes para establecer causalidades. “Los posibles efectos carcinogénicos locales y sistémicos de los tatuajes y sus tintas aún no son claros”, decía una revisión de 2012.

Tampoco parece que todos los colores tengan el mismo potencial de riesgo. Varios estudios (como este y este, o esta revisión) coinciden en que los pigmentos rojos suelen ser los más problemáticos a largo plazo, seguidos de los verdes. El rojo es el color más implicado también en los casos de pseudolinfoma. Sin embargo, se han registrado más casos de melanomas asociados a los tatuajes de color azul oscuro o negro.

Un curioso riesgo adicional es el de experimentar reacciones adversas como inflamación o quemazón en la piel tatuada después de una resonancia magnética (RM), una técnica de diagnóstico muy habitual en medicina. El efecto se debe a que ciertos pigmentos de los tatuajes contienen hierro, que reacciona al magnetismo emitido por la máquina. Sin embargo, un nuevo estudio publicado el mes pasado estima que el riesgo real es muy bajo, de solo 1,7 a 3 casos por cada 1.000, si bien también se ha advertido que en ciertas ocasiones la presencia del tatuaje puede distorsionar la imagen obtenida y anular la utilidad de la prueba.

Como conclusión, todo lo anterior no debería ser motivo de alarma para quienes ya lleven tatuajes; aún se necesitará mucha más ciencia sólida. En general, lo único que puede concluirse hoy es, como decía una revisión de 2016, que “la prevalencia de reacciones inmediatas o retardadas a las tintas y los pigmentos es oscura e impredecible”. En algunos casos concretos aún está todo por hacer; por ejemplo, el posible efecto de los tatuajes de la madre gestante sobre el desarrollo fetal.

Pero si para algo aspira a servir este artículo, es para que quienes estén pensando en pasar por la aguja tomen precauciones y sigan la recomendación de la Agencia Europea de Productos Químicos (ECHA): “Si quieres hacerte un tatuaje, haz tu investigación no solo sobre la habilidad del artista tatuador y las medidas que toma para evitar infecciones, sino también sobre las tintas que utiliza. Reúne toda la información, ¡no tengas miedo de preguntar!”.