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Pedro Duque, un astronauta para el despegue de la ciencia española

Imagino que quienes tenemos alguna relación con el mundo de la ciencia, incluso los que no nos adherimos a ninguna bandera, esperábamos casi como apuesta segura que el nuevo rumbo político pusiera fin a lo que ha sido en los últimos años un desmantelamiento del sistema científico español por activa y por pasiva.

Cualquiera que haya querido interesarse por ello ha podido leer en los medios que la desidia práctica del anterior gobierno con respecto a la ciencia y la tecnología no era una cuestión de apreciaciones partisanas coloreadas por sesgos ideológicos, sino una realidad que en los últimos años ha hecho retroceder a España un puesto en el ránking mundial por número de publicaciones, según datos del Journal & Country Rank de SCImago.

Y esto por citar solo un ejemplo concreto de una de las principales magnitudes que miden objetivamente el desempeño científico de un país, sin entrar siquiera en el malestar y el desánimo que han cundido entre la comunidad científica; en otros sectores, una falta de sintonía tan evidente suele hacerse muy visible a través de medidas como las huelgas generales. En ciencia los efectos de esta situación no se ven mirando por la ventana, sino que se sienten a largo plazo, y es por esto que la política cortoplacista prefiere barrerlos bajo la alfombra.

Pero además de la esperada noticia de la restauración del Ministerio de Ciencia, hoy ha sido una magnífica sorpresa la designación de Pedro Duque a su frente. El astronauta (ellos suelen decir que “ex” no se es) e ingeniero es, por primera vez en la historia de este país, una persona con sólida competencia científica al frente de un Ministerio de Ciencia. No, no me he olvidado de otras personas que asumieron el mismo cargo, y me reafirmo en lo dicho.

Pedro Duque. Imagen de GTRES.

Pedro Duque. Imagen de GTRES.

Pedro Duque cuenta, en mi opinión, con rasgos que le convierten en un ministro de ciencia ideal, tanto por lo que es como por lo que no es. Respecto a esto último, no han faltado en Twitter las opiniones (minoritarias, hasta donde he podido ver) que reprochan al nuevo presidente Pedro Sánchez el haber elegido a un técnico, y no a un fiel soldado. En este blog ya me he declarado cien por cien partidario de la tecnocracia cuando se trata de gestionar asuntos que solo una persona con la formación técnico-científica necesaria puede comprender. Los bustos parlantes no arreglan problemas, sino que se limitan a tratar de hacer ver que no existen.

Es más: hoy muchos de los países más desarrollados cuentan también con comités científicos asesores con interlocución al más alto nivel en los gobiernos, ya que hoy es imposible gobernar sin contar con aquello que los científicos tienen que decir sobre el impacto de la actividad humana en múltiples campos que a su vez tienen una influencia clave en la economía.

Pero además, el hecho de que Duque no sea un personaje político le convierte en una figura transversal, cuya gestión al frente de la ciencia española podrá ser evaluada también de forma transversal. La ciencia depende de la política y, por lo dicho, la política depende de la ciencia mucho más de lo que algunos quieren creer. Pero con independencia de las inclinaciones políticas que predominen entre los miembros del estamento científico, la política científica no puede estar sujeta a quién clava su bandera en la colina.

Otro mérito de Duque es su amplia experiencia mixta, en lo público, en lo privado, en el terreno internacional y en el ámbito interdisciplinar. Los astronautas asignados a funciones científicas en la Estación Espacial Internacional (ISS) deben tener la capacidad de actuar como aquellos naturalistas de las antiguas expediciones de exploración que sabían de todo, ya que deben manejarse con experimentos de distintas disciplinas, desde la física a la biología, tanto en su ejecución directa como en la interlocución con los investigadores responsables. Además, su carrera como creador de empresas innovadoras le convierte en un buen conocedor de cómo funciona ese torrente sanguíneo que da vida al sistema de ciencia y tecnología, el flujo desde la investigación básica a la aplicada, al desarrollo de nuevas tecnologías y a su traducción en el impulso innovador de un país.

Pero añadido a todo lo anterior, Pedro Duque es una figura de autoridad universalmente conocida y reconocida en este país, y no hay muchas personas más que cumplan este perfil. A través de su popularidad, puede actuar también hacia el gran público como canalizador de la ciencia y como concienciador de su importancia.

Por último, tampoco es un detalle irrelevante que su sector de especialización sea el aeroespacial. Se trata de una disciplina cada vez más pujante en todo el mundo y que está atravesando transformaciones con un inmenso potencial. En España su situación es ambigua: existe una base muy potente de investigadores y empresas, pero a menudo se han quejado del insuficiente apoyo en un país que ni siquiera cuenta con una agencia espacial propia.

En resumen, Pedro Duque tiene por delante un reto complicado, devolver la ciencia española al lugar del que nunca debió salir. Pero ya tiene experiencia en despegues.

“En los drones militares autónomos falta la tecnología para distinguir a los objetivos de los civiles”

En los últimos años y más aún en los últimos meses, tanto en los medios políticos como en los científico-tecnológicos se viene hablando de los distintos avances que se están acometiendo hacia el desarrollo de drones militares autónomos, aquellos que podrían seleccionar sus objetivos y abatirlos (eufemismo de “matar”) sin intervención humana, guiándose por sus propias decisiones basadas en algoritmos de Inteligencia Artificial (IA) y aprendizaje automático.

Actualmente existen drones militares armados como el MQ-9 Reaper de General Atomics, que forma parte del arsenal de varios países; España comenzará a utilizarlos en 2019. Estos aparatos pueden volar solos, aunque suelen pilotarse a distancia; pero no matan solos.

Dron MQ-9 Reaper. Imagen de USAF.

Dron MQ-9 Reaper. Imagen de USAF.

La posibilidad de que algún día despeguen drones capaces de decidir por sí mismos sobre la vida y la muerte de seres humanos no solo es escalofriante, sino que según los expertos estas armas serían considerablemente más difíciles de vigilar que las nucleares, químicas o biológicas. Para estas se necesitan instalaciones militares específicas que pueden ser monitorizadas con mayor o menor facilidad, incluso vía satélite. Por el contrario, dicen los expertos, lo que distingue a los drones autónomos de los actuales es el software, y esto no puede vigilarse desde el espacio; menos aún teniendo en cuenta que gran parte de la tecnología implicada es de origen civil.

Por si aún dudan sobre la conveniencia de que estas tecnologías lleguen a ver la luz, les recomiendo ver este vídeo titulado Slaughterbots (Robots asesinos), elaborado por la Campaña contra los Robots Asesinos promovida por el Comité Internacional para el Control de las Armas Robóticas (ICRAC) y otras organizaciones. Hay quienes lo han tildado de alarmista. Pero necesariamente alarmista.

Mientras trabajaba en un reportaje para otro medio, me pareció interesante recabar y traerles aquí una breve visión de uno de los mayores expertos en esta área. El científico computacional Jeremy Straub, profesor de la Universidad Estatal de Dakota del Norte (EEUU) y director adjunto del Instituto de Investigación y Formación en Ciberseguridad, trabaja en IA y en sus aplicaciones autónomas aeroespaciales. Por tanto, Straub es uno de los científicos que se encuentran en esa incómoda encrucijada, desarrollando tecnologías que pueden aportar notables beneficios a la humanidad, pero que también pueden aplicarse para causar un inmenso daño.

¿Existe ya la tecnología de drones autónomos?

Actualmente ya se utiliza bastante autonomía en el vuelo de drones. Incluso muchos drones personales tienen navegación por GPS de punto a punto. Los drones militares pueden hacer uso de la misma tecnología de autopilotado. Los drones deben tener también la capacidad de operar de forma autónoma hasta cierto punto, en caso de que las comunicaciones se pierdan o sean interferidas por un enemigo, por lo que esto también está presente en los aparatos militares actuales.

¿Qué podría salir mal?

En el presente hay algunos obstáculos técnicos. Uno de los principales es la necesidad de identificar de forma precisa a los posibles objetivos. En particular, falta la tecnología necesaria para distinguir a los objetivos legítimos de los civiles o transeúntes. Para estas decisiones se requiere un contexto significativo, algo que ahora no es técnicamente práctico.

¿Cree posible que llegue a acordarse un veto internacional para este tipo de armas, como están impulsando varias organizaciones?

Personalmente me sorprendería bastante que se llegara al acuerdo de cualquier tipo de veto, porque ciertas naciones tienen más capacidades que otras en esta área, y lo ven como una ventaja competitiva. Además, los países podrían estar preocupados por el posible desarrollo secreto de estas armas por parte de los no firmantes del tratado, lo que les haría recelar de abandonar o limitar sus propios programas.

Si no se llega a un veto, ¿podría el desarrollo de los drones autónomos llevar a una situación similar a la de las armas nucleares en la Guerra Fría, de no agresión por disuasión?

Una limitación del uso basada en la disuasión, al estilo de la de la Guerra Fría, parece una situación plausible. Dado que el uso de los vehículos aéreos no tripulados no crea el mismo tipo de destrucción a gran escala que las armas nucleares, no estoy completamente seguro de que esto llegara a suprimir por completo el uso de los drones y sus ataques. Sin embargo, probablemente sí impediría un ataque masivo a gran escala que sería respondido de forma similar por la propia flota de drones del país atacado.

Este es el jefe de medio ambiente de Trump, para quien extraer petróleo es un mandato divino

Les presento a un personaje: Scott Pruitt. Puede que su nombre no les diga nada, pero en EEUU está en boca de todo el mundo. Pruitt es un político republicano estadounidense, antiguo fiscal general de Oklahoma (si los expertos en derecho me aprueban esta traducción de attorney general).

Scott Pruitt en 2017. Imagen de la Casa Blanca.

Scott Pruitt en 2017. Imagen de la Casa Blanca.

A este lado del Atlántico, lo de fiscal general de Oklahoma nos suena como a un tipo con revólver al cinto y brazos en jarras que contempla satisfecho cómo se balancea el cuerpo al extremo de la soga. Pero más allá de la fantasía, lo cierto es que sí, que en Oklahoma no solo está vigente la pena de muerte, sino que –si la Wikipedia no me engaña– es el estado de la Unión con el menú más profuso de opciones de ejecución, incluyendo el fusilamiento.

Pero Pruitt no ha saltado a la popularidad por este antiguo cargo, sino por el actual: es el hombre designado por Donald Trump para dirigir la Agencia de Protección Medioambiental (EPA), un puesto que lleva desempeñando algo más de un año.

Como es lógico, hasta el advenimiento de Trump, el cambio climático era una gran prioridad en la agenda de la EPA. No es un secreto que el actual presidente de EEUU es un ferviente negacionista de la evidencia científica sobre los efectos antropogénicos en el clima, y la huella de la doctrina de Trump en su mandato es más que palpable: en enero la Environmental Data & Governance Initiative, una organización promovida por académicos y ONG, revelaba en un extenso análisis cómo la información sobre el cambio climático ha ido desapareciendo de las webs del gobierno federal, destacando sobre todo la web de la EPA.

Pero los cambios introducidos por Pruitt, cuya dimisión ya piden incluso algunos miembros de su propio partido (¡sí, sí, eso allí pasa!), eran difícilmente inesperados: durante años Pruitt ha pasado por ser el adalid de la industria contra el medio ambiente, poniendo en marcha varias demandas contra políticas medioambientales instauradas por la administración anterior de Barack Obama.

Hace unos meses Pruitt, que en su página de Linkedin se declara un campeón de “la legislación tradicional basada en la fe”, venía a decir que la extracción de petróleo es un mandato divino: “la visión bíblica del mundo con respecto a estas cuestiones es que tenemos la responsabilidad de gestionar, cultivar y cosechar los recursos naturales con los que hemos sido bendecidos para realmente bendecir a nuestros semejantes”, declaraba a Christian Broadcasting Network. Sin embargo lo cierto es que, bajo este discurso tan extraño a nuestra mentalidad, pero tan aplaudido en EEUU, los medios han desvelado que la gracia de Pruitt hacia las industrias más contaminantes parece tanto o más motivada por el dólar que por la Biblia.

Un manifestante contrario a Pruitt. Imagen de Lorie Shaull / Wikipedia.

Un manifestante contrario a Pruitt. Imagen de Lorie Shaull / Wikipedia.

En su programa Last Week Tonight, el cómico John Oliver –de quien ya les he hablado aquí en alguna ocasión– desvelaba la curiosidad de que en su página de LinkedIn, que no se ha actualizado desde sus tiempos de Oklahoma, Pruitt se presenta como “un prominente opositor contra la agenda activista de la EPA”. Pero el hecho de que Pruitt esté ahora dirigiendo el organismo que anteriormente ha tratado de aniquilar no es casual: si uno quiere destruir una organización, ¿qué mejor que ponerla bajo la dirección de su peor enemigo? Obviamente, Pruitt es el hombre elegido por Trump para desmantelar la EPA, al menos tal como solía ser.

Y sin embargo, incluso esto tiene un lado positivo. Mírenlo de esta manera: el hecho de que Trump haya arriesgado poniendo al frente de la EPA no a cualquier mindundi, sino al más potente archienemigo de la propia agencia, sugiere que el más poderoso negacionista del cambio climático del mundo es consciente de estar enfrentándose a un enemigo muy difícil de batir: la ciencia. Los políticos van y vienen, y por mucho daño que estos ocho años de trumpismo puedan hacer a los esfuerzos contra el cambio climático, la designación de Pruitt es un indicio de que incluso el propio Trump reconoce lo complicado que resulta ya negar las pruebas científicas actuales. Y una vez llegado a ese punto, la única salida es la censura.

Lo cual podría llevarnos a una sugerente moraleja, y es que cuanto más fuerte es la pseudociencia, puede ser también un signo de que la ciencia goza de muy buena salud. Es una idea interesante, pero no es mía. De hecho, precisamente la leí hace unos días en un artículo que me ha llevado a conectarlo con el caso de Pruitt, y que mañana les contaré.

La pseudociencia y la conspiranoia ganan las elecciones en Italia

Hoy los medios comentan el complicado resultado de las elecciones generales en Italia, algo que por otra parte no es novedad en aquel país. Pero sin el menor ánimo de sacar las raíces de mi tiesto para hundirlas en el cenagal político, hay un aspecto del proceso electoral italiano que compete directamente a este blog: Beppe Grillo, fundador y exlíder del Movimento 5 Stelle (M5S), es un auténtico rey de las pseudociencias al que ninguna patraña parece serle ajena. Con la victoria del M5S en las elecciones y aún pendiente de resolverse el puzle del gobierno, falta saber si el nuevo liderazgo de este movimiento continuará sosteniendo las proclamas que Grillo ha vertido a lo largo de los años.

Beppe Grillo en 2012. Imagen de Niccolò Caranti / Wikipedia.

Beppe Grillo en 2012. Imagen de Niccolò Caranti / Wikipedia.

Ya sea en su anterior encarnación como humorista o desde 2009 como fundador del M5S, Grillo ha manifestado las siguientes posturas, según recojo de medios italianos o de otras fuentes enlazadas. Salvo error, en ninguno de estos casos se ha retractado de sus declaraciones.

  • Grillo apoya el movimiento antivacunas. Para el político, las vacunas son inútiles y enfermedades como la poliomielitis y la difteria han remitido en la población espontáneamente, no a causa de las inmunizaciones.
  • Grillo piensa que el sida es un fraude; concretamente, según declaraciones de 1998 de las que no se ha desdicho, “el mayor engaño de este siglo”. Su postura sigue otra de las teorías de la conspiración más populares, que el Virus de Inmunodeficiencia Humana (VIH) no existe y que el sida está causado por la medicación.
  • Grillo parece creer en los chemtrails, esa fantasía paranoide (como bien la definió el científico atmosférico Ken Caldeira) según la cual las estelas de condensación de los aviones no son tales, sino ignotos productos químicos esparcidos por los gobiernos, con la connivencia de las aerolíneas comerciales, para fines que varían según las versiones: desde manipular el clima o controlar mentalmente a los ciudadanos hasta exterminar a una parte de la humanidad. En concreto, Grillo parece haberse inclinado por la hipótesis del control mental. Y dado que es su partido el que ha ganado las elecciones, los que esparcen los chemtrails ya pueden ir cambiando de marca de poción controladora, porque a la vista está que no les ha funcionado nada bien.
  • Grillo apoyó públicamente el llamado método Di Bella, una presunta terapia milagrosa inventada en los años 80 por el médico italiano Luigi di Bella y que según su autor curaba el cáncer, el alzhéimer, la esclerosis múltiple, la esclerosis lateral amiotrófica y la retinitis pigmentosa. Para Grillo, Di Bella, fallecido en 2003, era “un mártir que llevaba 30 años curando el cáncer”. Ante la popularidad de Di Bella y su método en Italia a finales del siglo pasado, el gobierno italiano encargó un amplio ensayo clínico con la participación de 26 hospitales. El estudio, publicado en la revista British Medical Journal, se interrumpió después de la fase II (la primera destinada a ensayar su eficacia) por su ineficacia. El Memorial Sloan Kettering Cancer Center de EEUU advierte de que, además de ser inútil, el tratamiento puede provocar graves efectos secundarios como aumento del dolor tumoral, diarrea, náuseas, vómitos o anemia, entre otros. Grillo también ha manifestado que las pruebas de diagnóstico precoz del cáncer, como las mamografías, son perjudiciales y peligrosas.
  • Grillo se opone a los cultivos transgénicos. Sería noticia si fuera lo contrario, pero durante su etapa de humorista, el hoy político transgredió los límites éticos de la libertad de expresión al propagar el bulo de que 60 niños alérgicos al pescado habían muerto por comer tomates transgénicos con un gen de bacalao. Si se trataba de una simple broma, jamás compareció públicamente para disipar la alarma que sus palabras causaron entre la población.
  • A juzgar por la postura oficial del M5S, Grillo opina que la experimentación en animales no sirve para nada y que debería ser prohibida.
  • Por apuntarse, Grillo se apuntó incluso a las bolas para lavar la ropa en la lavadora sin detergente, productos que en EEUU fueron denunciados por fraudulentos al venderse bajo proclamas pseudocientíficas relativas a presuntos campos magnéticos y energías infrarrojas. Diversas entidades, como en España la Organización de Consumidores y Usuarios (OCU), han aclarado que el efecto de estas bolas es similar al de lavar la ropa solo con agua.

Tal vez todo lo anterior no resulte sorprendente; pero frente a quienes lo valoran en tono anecdótico o quienes sugieren que todas estas posturas de Grillo forman parte del show, hay quienes, como el politólogo Marco Milano en su tesis de 2014 sobre el M5S, consideran que “esta epistemología popular, opuesta a la compleja explicación de los científicos y expertos, es un rasgo constitutivo del atractivo de Beppe Grillo y de la ideología no oficial del M5S”. En otras palabras, que la verborrea pseudocientífica y conspiranoica ha sido clave en el éxito del M5S.

De hecho, Milano señalaba esta línea del M5S como uno de los rasgos distintivos de los regímenes totalitarios o autoritarios, unidos por la proclama de que “su doctrina está avalada por la ciencia”. “Cuando parece que la ciencia no apoya las creencias centrales del movimiento, los líderes recurren a criticar a la ciencia o a crear e invocar una pseudociencia que produce falsedades y utopías”, escribía.

Históricamente pueden encontrarse ejemplos en los regímenes totalitarios populistas. El estalinismo ilegalizó la genética de Mendel y el evolucionismo de Darwin, instaurando en su lugar la pseudociencia del lysenkoísmo, más adecuada al régimen. Por su parte, el nacionalsocialismo fue pródigo en pseudociencias, por supuesto comenzando por la más dañina, la teoría de la higiene racial, pero incluyendo también ejemplos tan estrambóticos como la agricultura biodinámica o la Cosmogonía Glaciar, su particular explicación del origen del mundo por la colisión de bloques de hielo.

Así, la conclusión es que Grillo, como buen populista, no es anti-ciencia, sino pro-ciencia; pro-[lo que él entiende como ]ciencia. En 2013 declaró en una entrevista a la revista New Scientist que planeaba otorgar a la investigación científica “un lugar primario”. Pero haciendo honor a la tradición clásica de los populismos y a la parroquia conspiranoica que ha contribuido a hacer de su blog uno de los más influyentes del mundo, él es más de decidir por sí mismo qué es ciencia y qué no lo es. Ahora en las manos de su sucesor, Luigi Di Maio, puede estar el futuro de la octava potencia científica del mundo.

No, la ciencia no es de izquierdas (ni de derechas)

Me llega noticia de la publicación de un libro que analiza el fenómeno de la izquierda anticientífica, ese sector que abraza pseudociencias y conspiranoias, y que rechaza el conocimiento científico actual relativo a asuntos como las llamadas terapias alternativas, las vacunas o los alimentos transgénicos; en resumen, eso que algunos ahora llaman movimiento anti-ilustración, pero en su versión zurda.

Perdonen que no les detalle el título ni el autor, pero una razón me lo aconseja: no he leído el libro y por tanto no quisiera que esto se interpretara como una crítica negativa a una obra en la que evidentemente se ha vertido mucho trabajo y esfuerzo. No tengo motivos para pensar que el autor no haya desarrollado sus razonamientos de forma eficaz y rigurosa, así que este comentario no se refiere al libro, sino a la idea que lo inspira. Porque es una idea muy común, pero es una idea opinable, y en mi opinión es una idea equivocada (y no soy el único). No suelo tratar aquí de política, pero la acción del tópico requiere una reacción, especialmente de quien, como el que suscribe, NO tiene bando político.

La idea en cuestión consiste en pensar que la ciencia es patrimonio de la izquierda, o que la ciencia está en el ADN de la izquierda, o que la izquierda nació de la ciencia, o que la ciencia es de izquierdas. Elijan la versión que prefieran; todas ellas circulan por ahí, pero vienen a resumirse en lo mismo: derecha = ocurantismo, ignorancia y superstición; izquierda = luz, ciencia y razón. Circulan por ahí, naturalmente… entre las personas de izquierdas, como el autor del libro, cuya motivación es indagar en algo que al parecer le provoca estupefacción: ¿cómo es posible que la izquierda, ¡mi izquierda!, caiga en la trampa de la pseudociencia?

Desde luego, quien pretenda hacer una tesis de esta idea puede encontrar argumentos. Si quieren, yo se los facilito: teóricos, como que la ciencia es progreso, y la izquierda es progresista; o históricos, como que la razón fue el motor de la Revolución Francesa (el momento en que la izquierda política se diferenció de su bando rival), o que la Segunda República española fue un período de florecimiento científico.

Pero por cada ejemplo, siempre hay un contraejemplo. No es ninguna sorpresa que la ciencia existió durante siglos sin necesitar izquierdas ni derechas, creciendo en cada época en la medida de sus posibilidades técnicas y del conocimiento acumulado. Ni que Marx rechazaba el positivismo de otros filósofos sociales como Comte.

Respecto a la tan idolatrada Revolución Francesa, y descontando incluso el hecho de que se ejecutó a multitud de inocentes para terminar cambiando a un monarca absoluto por un emperador absoluto, lo cierto es que los científicos franceses estaban repartidos en ambos bandos; de hecho, durante siglos la ciencia fue una ocupación de los más acomodados, aquellos que no debían cavar zanjas para ganarse la vida.

En cuanto a la llamada Edad de Plata española, sí, murió con el golpe de estado de 1936, la Guerra Civil y la postguerra, pero no, no comenzó con la República, sino mucho antes. Casi sobra recordar que el único Nobel español de ciencia fue muy anterior.

Respecto al interés de la República en la ciencia, y para no caer en simplificaciones idealistas del pasado, suelo citar este caso: Manuel Azaña, que si no me equivoco era de izquierdas, sí tenía interés en la ciencia. En su primera etapa de gobierno firmó un decreto para que un sector del Monte de El Pardo se destinara a la construcción de un nuevo Museo de Ciencias Naturales, un Jardín Botánico y laboratorios de investigación. Cuando volvió al gobierno en 1936, encontró que no se había movido un dedo. Y escribió:

Si hubiese decretado que en los terrenos se construyesen grupos escolares, piscinas y campos de deporte, todo el mundo lo habría comprendido, y ya estarían hechos. Muy bien está hacerlos. Pero vaya usted a interesar al poder público, es decir, a unos ministros, unos subsecretarios y directores desvanecidos, en la obra impersonal de crear un museo, un jardín botánico, unos laboratorios, que no dicen nada a las clientelas. Es un ejemplo de la falta de espíritu en el Estado y de la falta de continuidad.

A pesar de los cambios de gobierno durante la República, Azaña no culpaba a ningún bando político concreto, sino al poder público español en general, a los políticos, a los burócratas. Y por cierto, me encanta la referencia a cómo las cosas habrían sido diferentes si se hubiera propuesto construir instalaciones deportivas. Algunas cosas en España no han cambiado en 80 años.

Por último, y respecto a la relación entre ciencia y progresismo, lo reservo para el final. Pero sobre cómo la derecha y la izquierda han tratado a la ciencia, pueden buscarse ejemplos horribles en ambos bandos. Por elegir uno de cada casa:

Derecha: el darwinismo social

Herbert Spencer. Imagen de Wikipedia.

Herbert Spencer. Imagen de Wikipedia.

Sepan que la llegada a Norteamérica de la teoría de Darwin, el mayor avance científico de la historia de la biología, se encontró con la feroz oposición de lo que hoy consideraríamos izquierda, sectores afroamericanos que luchaban por la justicia social. Pero en realidad, no tenía nada de raro. Aunque Darwin postulaba un origen común para las diferentes razas humanas (un concepto, el de raza, hoy científicamente desacreditado), sí hablaba de unas más evolucionadas que otras, a lo cual los curas negros reaccionaron defendiendo el humanismo cristiano frente a la, creían ellos, deshumanización darwiniana.

Pero es que, naturalmente, había una razón, y era el darwinismo social. Tras la publicación de la obra fundamental de Darwin, algunos pensadores políticos que hoy calificaríamos de derechas, como Herbert Spencer, trataron de convertir lo que era únicamente una descripción de un fenómeno natural en un principio rector de la sociedad. El darwinismo social (término que no empleaban sus defensores) contemplaba la sociedad humana como una lucha por la vida donde primaba la “supervivencia del más apto”, una expresión acuñada por Spencer y no por Darwin, y donde los menos adaptados eran eliminados por selección natural.

De este modo, la apelación al orden natural se empleaba para fundamentar la injusticia social, la competencia económica despiadada, el colonialismo o incluso la guerra por los recursos. El darwinismo social fue (y es) una perversión de la ciencia para hacerla servir como excusa de un sistema ideológico, político y económico.

Izquierda: el lysenkoísmo

En el siglo XIX, un monje checo llamado Gregor Mendel formuló las leyes de la herencia, que explican cómo los rasgos se transmiten a la descendencia; en su caso, en las plantas de guisante. Las leyes de Mendel implicaban que todo ser vivo nace ya condicionado por el bagaje genético que ha recibido de sus progenitores; incluso desde antes de venir al mundo, no somos iguales.

Trofim Lysenko. Imagen de Wikipedia.

Trofim Lysenko. Imagen de Wikipedia.

Todo lo cual resultaba inaceptable en un lugar del mundo donde la igualdad era, al menos en teoría, el principio absoluto del orden natural, moral y social: la Unión Soviética. En 1928, un ingeniero agrónomo llamado Trofim Lysenko creyó haber descubierto un método al que llamó vernalización, y por el cual podía modificar las características de los cultivos por factores ambientales, de modo que los nuevos rasgos adquiridos se transmitían a la descendencia. Frente a la selección natural de Darwin, Lysenko defendía la cooperación natural entre las plantas para ayudar a su supervivencia.

Las ideas de Lysenko no solo resultaban más adecuadas al código ideológico soviético, basado en la crianza frente a la herencia, sino que además prometían inmensas mejoras en los cultivos para alimentar a las grandes masas de población. Como consecuencia, el lysenkoísmo se convirtió en la teoría biológica oficial en la URSS, fuertemente apoyada por el régimen de Stalin. Miles de biólogos fueron ejecutados o encarcelados en los gulags por empeñarse en defender la ciencia que sustentaba las leyes de Mendel y la selección natural de Darwin.

Naturalmente, el lysenkoísmo fracasó, sencillamente porque era pseudociencia; otra perversión de la ciencia para hacerla servir como excusa de un sistema ideológico, político y económico.

Y hoy seguimos igual…

Estos son tal vez los dos ejemplos históricos más clásicos y conocidos, pero hoy podemos seguir encontrando cómo ambos bandos del espectro político, derechas e izquierdas, continúan negando la realidad científica en apoyo de sus pre-juicios, ideologías o intereses. Tanto a un lado como al otro del arco hay quienes tratan la ciencia como si fuera un bufé libre, tomando aquello que les interesa y apartando lo que no les gusta.

La derecha tiende a rechazar la ciencia que contradice sus ideas religiosas o político-económicas; ejemplos, la homosexualidad, la evolución biológica (en los fundamentalismos cristianos) o el cambio climático.

Por su parte, la izquierda vitupera lo que para ella representa el imperio económico capitalista, y nada mejor para ello que la llamada big pharma: medicamentos, vacunas y transgénicos. De esta repugnancia visceral hacia el gran poder nacen también las abundantes y muy diversas conspiranoias.

En resumen, no se trata de izquierda y derecha. Y a los asombrados con la izquierda anticientífica, no les vendría mal un repaso a los orígenes de la relación entre política progresista y pseudociencia New Age: se llamaba movimiento hippie, y no es un fenómeno precisamente novedoso.

En realidad es algo mucho más sencillo: tanto en diestros como en zurdos, se trata simplemente de quienes aceptan la ciencia, y quienes no. Así de simple. Quienes nunca la aceptarán son aquellos que no tienen sus ideologías solo para consumo propio, sino que viven con la aspiración de imponerlas a quienes piensan de otro modo. Estos, los de mentalidad autoritaria, siempre pervertirán la ciencia para sus propios intereses, sean de izquierdas o de derechas.

Termino con la idea que dejé colgada más arriba, porque es lo esencial de todo este discurso. En el siglo pasado hice un máster sobre sociología de la ciencia, y como trabajo final analicé dos casos de ficción literaria sobre la ciencia y la tecnología pervertidas al servicio de sistemas ideológicos: Un mundo feliz, de Aldous Huxley, y 1984, de George Orwell. Ambos autores imaginaban sociedades futuras donde la ciencia y la tecnología evidentemente habían progresado, pero cuyos mandatarios las aplicaban a su propia concepción del progreso social. Que obviamente, no lo era en realidad.

Esta, creo, es la raíz del tópico que erróneamente asocia ciencia e izquierda política: confundir progreso con progresismo. O ciencia con ideología.

Old Space vs New Space, la carrera espacial del siglo XXI

Recientemente he escrito para otro medio un artículo sobre lo que ahora llaman New Space, que viene a ser algo así como la liberalización del espacio. No es que existiera ningún oligopolio legal, sino que hasta hace unos años solo las grandes agencias públicas tenían los recursos económicos, técnicos y humanos para actuar como operadores espaciales, mientras que las compañías privadas preferían hacer negocio suministrándoles productos y servicios.

Pero entonces llegaron personajes como Elon Musk (PayPal, Tesla Motors, y ahora SpaceX), Jeff Bezos (Amazon, y ahora Blue Origin) o Richard Branson (Virgin, y ahora Virgin Galactic), junto con otros muchos no tan conocidos. Llegaron con una pregunta: ¿por qué no lo hacemos nosotros? Sin el control público, sin la burocracia, sin las jerarquías interminables, sin miedo al riesgo; con dinero, con ideas nuevas, con nuevos modelos y con ganas. El New Space es a la NASA lo que en su día el Silicon Valley fue para los gigantes como IBM. De hecho, muchas compañías del New Space han surgido en el Silicon Valley.

Ilustración de la nave Dragon 2 de SpaceX. Imagen de SpaceX.

Ilustración de la nave Dragon 2 de SpaceX. Imagen de SpaceX.

Hablo de la NASA, aunque el fenómeno del New Space no es algo ni mucho menos restringido a EEUU. Pero sí lo es su parte más visible, la que se refiere a los viajes espaciales tripulados, dado que la NASA ha sido el único operador del mundo occidental que ha lanzado sus propias naves tripuladas, y el único de todo el mundo que ha enviado humanos más allá de la órbita baja terrestre. Lo cierto es que el New Space no trata solo de mandar gente al espacio: hay empresas que quieren recoger basura orbital o que fotografían la Tierra desde satélites.

Sin embargo, es indudable que todo esto no habría causado tanto revuelo si no fuera porque varias compañías del New Space, que son por ello las más visibles, sí pretenden que las próximas naves tripuladas no lleven una bandera, sino un logotipo corporativo. Y porque quieren llevarlas además adonde las de la bandera no han vuelto desde 1972 (la Luna) o donde no han ido nunca (Marte).

Más allá del tono aséptico que requería el artículo mencionado al principio, lo cierto es que la entrada del New Space ha hecho saltar chispas en el Old Space, es decir, en la NASA. Oficialmente, la agencia pública de EEUU y las nuevas compañías mantienen relaciones comerciales que esperan sean beneficiosas para ambas partes. Pero ya les conté aquí lo que ocurrió cuando Elon Musk, fundador de SpaceX, anunció que se propone llevar el año próximo a una pareja en la luna de miel más literal de la historia, en vuelo alrededor de la Luna, y que lo hará en la cápsula Dragon 2 costeada por la NASA: cuando la agencia felicitó a SpaceX, lo hizo recordándole sus obligaciones contractuales, como un padre estrechando la mano a su nuevo yerno mientras le advierte que ya puede portarse bien con su hija o…

De hecho, el roce entre Old Space y New Space no parece tan bien engrasado como podría pensarse. Todavía colea un episodio que comenzó en febrero, cuando Charles Miller, un miembro del equipo de transición de la NASA nombrado por el gobierno de Donald Trump, escribió un correo en el que parecía alentar una competición entre ambos modelos dentro de la propia agencia, para ver cuál resultaba ganador en una nueva carrera de regreso a la Luna.

El correo de Miller se filtró al diario The Wall Street Journal, y así comenzó el lío, cuando algunos comenzaron a especular que la NASA podría abandonar el desarrollo de sus nuevos cohetes, en los que ya se ha invertido mucho dinero. Esta posibilidad ha sido después desmentida, pero aún no puede decirse que todo vaya sobre ruedas. Como muestra, de las fuentes de la NASA con las que cuento para algunos de mis artículos, ninguna quiso opinar; no sobre el asunto de Miller, sino sobre el New Space en general. “Soy un empleado de la NASA y no se me permite hablar sobre estos asuntos”, me dijo uno de ellos. Otros directamente evitaron responder.

Con independencia de cómo evolucione esta incómoda relación entre ambos modelos espaciales, queda otra gran pregunta muy difícil de responder: ¿lograrán las compañías del New Space cumplir lo que prometen? ¿O algunas de esas promesas (por ejemplo, la de Musk de fundar una colonia en Marte) serán como los vestidos de alta costura de las pasarelas de moda, simples reclamos vistosos para luego vender jerséis?

Los expertos aún no parecen tener muy claro cuál es la respuesta a esta pregunta. Pero aparte de los analistas y tecnólogos, había otra opinión que me interesaba: la de quienes han cumplido estos objetivos en la imaginación, pero lo han hecho sabiendo de lo que hablaban. Es decir, escritores de ciencia ficción que también son o han sido científicos. He consultado a un par de ellos. Mañana les contaré lo que me han dicho.

Stop a los charlatanes, pero también a la política que los promueve

La química y divulgadora Patricia Rodríguez me pide apoyo a su iniciativa para que a un tal Josep Pàmies, de quien no había oído hablar hasta ahora, se le impida disfrutar de un espacio-tiempo público en el Ayuntamiento de Logroño bajo el propósito de divulgar ideas pseudocientíficas con ánimo de lucro.

Después de dedicar cinco minutos a googlear a este personaje, no dudo en apoyar la petición de Patricia divulgándola a través de este medio. Insisto en la letra pequeña que siempre trato de hacer constar cuando abordo esta línea temática: este no es un blog sobre pseudociencias. Aplaudo y apoyo que numerosos científicos y ciudadanos en general dediquen el grueso de su labor comunicadora a la lucha contra las pseudociencias.

Pero si el grueso de la mía no está dedicado a ello no es porque, como ya he explicado aquí, esta sea una guerra perdida; me atraen las causas desesperadas como al que más. El motivo es otro: en mi particular trade-off evolutivo (más bien ontogénico, para ser precisos) he optado por la ciencia y no por la pseudociencia como objeto principal de mi tarea como periodista. Y al menos a mí, me cuesta horrores hacer una cosa diferente con cada mano al mismo tiempo.

Yendo al grano y de acuerdo a ese breve googleo, el tal Josep Pamiès parece ser un ilustre continuador de uno de los oficios más antiguos del mundo. No, no ese que ustedes piensan. En mi humilde conocimiento de las tribus esteafricanas (una referencia antropológica de las sociedades ancestrales) no he conocido ninguna en la que realmente existiera como tal oficio ese oficio del que suele decirse que es el más antiguo del mundo. Pero en ninguna tribu falta jamás un hechicero, brujo, hombre-medicina, chamán o equis; aquel que posee un conocimiento revelado de cómo curar las enfermedades del cuerpo y el alma.

Según leo en los medios, Pamiès es un agricultor catalán que parece vender el kit completo deluxe executive: no a las vacunas, no a los transgénicos, el VIH es una mentira, las plantas curan el cáncer, deje usted su tratamiento médico y abrace la naturaleza, y perdonen, que me entra el sueño. Y naturalmente, Pamiès parece disponer de la solución a todo ello, obteniendo a cambio de su sabiduría el equivalente moderno de los privilegios tradicionales del hechicero: pasta.

No entro en si, como cuentan algunos medios, Pamiès vende como agricultura ecológica productos que no reúnen las condiciones adecuadas para ser publicitados y comercializados como tales. Este no es mi territorio, aunque como simple observador recordaría cómo nadie fue capaz de contener a la criatura del Doctor Frankenstein, que acabó escapando al Ártico. La ilusión de pretender que un monstruo podrá dominarse con cadenas suele acabar con el monstruo sembrando el caos encaramado a algún rascacielos. Y entiéndanme: el monstruo al que me refiero aquí no es Pamiès.

Pero el caso de Pamiès y lo que se ha escrito sobre él en los medios me ha empujado a golpearme la frente con el talón de la mano, y es que en su día olvidé estúpidamente una razón más, añadida a las seis que enumeré, por la que no puede ganarse la guerra contra las pseudociencias. No es porque alguno de los medios más leídos de este (u otro) país permita la chorrimangarrianada de que un personaje como Pamiès aparezca presentado como un “ecohéroe”. No, esto si lo incluí entre mis razones, la número 4: la frontera entre ciencia y pseudociencia es difusa en los medios populares.

El problema aquí es que a cualquiera se le permita escribir sobre cualquier cosa, como si a mí se me diera escribir sobre fútbol (cosa en la que no tengo el mínimo interés). Y que en alguno de los medios más leídos de este (u otro) país el colador del rigor sea un hula hoop, con el que cualquiera pueda hacer bailar ideas como que tal planta controla la diabetes o que tal otra ha sido durante miles de años la panacea de los guaraníes, que como es bien sabido tienen una esperanza de vida superior a la nuestra (que no, oigan, que es una ironía: 45 años; yo ya estaría muerto).

La razón a la que me refiero es otra, y antes de explicarla debo recordar otra cláusula suelo que ya he expresado regularmente aquí: mi suelo es el que me separa del sótano del partidismo político. Si se trata de atrincherarse tras los sacos terreros de un color u otro, cito a los Beatles: count me out; no tengo bando, qué le vamos a hacer. Pero (una vez más) como observador externo, perplejo ante la abundancia de hámsters corriendo en su rueda en los medios oficiales y sociales, noto que se da una curiosa paradoja, que explico.

No estoy muy seguro de que tradicionalmente, como algunos afirman, la ciencia haya sido más patrimonio de la izquierda que de la derecha, dado que durante la mayor parte de la historia la ciencia ha sido preferentemente una ocupación más (junto con, por ejemplo, la literatura, la música o la pintura) de quienes podían dedicar tiempo a ello en lugar de dejarse las uñas escarbando la tierra por un jornal.

Sí es cierto que ciencia significa progreso, que el progreso ha sido tradicionalmente ideal teórico de la izquierda (digo teórico, y subrayo teórico porque no encuentro en esta herramienta cómo subrayar físicamente), y que la derecha ha estado tradicionalmente más vinculada a ideas que la ciencia ha socavado, como la concepción religiosa del universo; resultando en un mayor o menor recelo hacia la ciencia por parte de los sectores más conservadores.

Perdonen el uso repetido de la palabra “tradicionalmente”, pero es que una cosa es el arquetipo y otra la realidad. Y en la realidad, y ya viene la paradoja, en la izquierda existen hoy dos sectores claramente divididos: el del fomento de la ciencia y el del fomento de la pseudociencia.

Respecto a lo primero, y con la salvedad expresada arriba –por no desviarme con ejemplos históricos, como la perversión política de la ciencia en la URSS–, lo cierto es que los estudios suelen revelar una mayor presencia de la tendencia de izquierdas entre los científicos que entre la población general, o una mayoría de científicos de izquierdas (ver, por ejemplo, un resumen aquí, o aquí una encuesta en EEUU; ignoro si en España se ha hecho algún estudio similar).

Pero por otra parte, y no creo necesario justificarlo, ciertos sectores de la izquierda cargan con una principal responsabilidad en la compra y la venta de ese kit completo deluxe executive del que hablaba más arriba. Son incontables los movimientos variopintos que por ahí circulan, ideológicamente vinculados a la izquierda, y que están extendiendo y fomentando la creencia en las pseudociencias bajo el paraguas de ese kit. A los especialmente interesados en este paradójico fenómeno les recomiendo este demoledor artículo (en inglés) del reconocido escéptico y divulgador Michael Shermer en Scientific American, cuyo título y subtítulo resumen la idea: “La guerra de la izquierda contra la ciencia – Cómo la política distorsiona la ciencia en ambos extremos del espectro”.

Así que aquí va, a modo de apostilla, mi séptima razón, que podría formular de innumerables maneras distintas y más complejas, pero elijo la más simple porque creo que se entiende a la perfección:

7. La pseudociencia es progre.

En el fondo, personajes como Pamiès son solo la flor. Pero si la planta florece es porque tiene raíces. Y cortar la flor sirve de poco si la raíz no solamente persiste, sino que lo hace regada con fondos públicos. Que cada palo aguante su vela, porque el kit no suele venderse por partes.

Marcha por la Ciencia, ¿una buena idea? Sí, pero cuidado con el mensaje

Yo lo he explicado. Otros lo han explicado. Y cualquier ciudadano con la menor curiosidad por la ciencia podrá explicárselo por si mismo: el devenir de la investigación en la primera potencia científica mundial no es un asunto local, porque la ciencia hace muchas décadas que dejó de ser un asunto local.

Para ser justos, debo introducir una aclaración. Actualmente, la suma de los países de la Unión Europea sitúa al bloque comunitario en el primer puesto de la producción científica mundial; y no lo perderemos después del Brexit, aunque nos arrancará un bocado muy sustancioso.

Esto es más importante de lo que parece: si prescindimos de los nacionalismos, la diferencia de lenguas entre los diferentes países no tiene la menor relevancia, porque en la ciencia solo existe una, el inglés. Y dado que en la UE la financiación de la ciencia depende de muchos gobiernos separados, el impacto de las decisiones particulares de cada uno de ellos, por ejemplo si se recortan los presupuestos, queda más diluido en el conjunto.

EEUU es un gigante similar a la UE, pero con la diferencia de que allí sí existe un único gobierno con competencias sobre el presupuesto de todos. Aunque hay organizaciones de investigación que dependen de administraciones más locales, y también la financiación privada tiene un peso en general mayor que en Europa, las entidades federales son en buena parte responsables de ese primer puesto mundial en producción científica por países individuales.

Con la llegada de Donald Trump al poder, la salud de la ciencia estadounidense se encuentra amenazada. No toda, ni toda por igual: es probable que la exploración espacial tripulada saque jugo del Make America Great Again; de hecho, incluso sin cambios aún en el Congreso tras la elección de Trump, el recién aprobado presupuesto de la NASA incluye ahora el mandato específico de regresar a la Luna en 2021 y poner el pie en Marte en 2033. La agencia deberá entregar antes del 1 de diciembre de este año un documento que convierta la aspiración en una hoja de ruta creíble.

Por el contrario, entre quienes tiemblan están los climatólogos, geofísicos y en general los especialistas de cualquier otra disciplina que no ayude a Trump a sacar pecho frente al mundo. Por ello y de inmediato tras el resultado de las pasadas elecciones, entre los investigadores comenzó a circular la idea de celebrar una gran Marcha por la Ciencia, que se ha concretado en una convocatoria integrada en el Día de la Tierra, el próximo 22 de abril, y que se ha extendido desde la cita central en Washington a cientos de manifestaciones en distintos lugares del planeta, también en España.

Parecería que la iniciativa es impecable y valiosa. Sin embargo, hay investigadores que han expresado sus dudas. Y no, no necesariamente son los seguidores de Trump. En el diario The New York Times, el geólogo de costas Robert S. Young expresaba su temor de que un gran pronunciamiento político perjudique más que beneficie al intento de transmitir el mensaje de que el cambio climático no es una propuesta política, sino una realidad. Él lo sabe bien, puesto que su estudio pronosticando un considerable ascenso del nivel del mar en la costa este de EEUU para el final de este siglo sufrió un intenso bombardeo por parte de los estamentos políticos y de ciertos sectores económicos con intereses afectados. Para Young, la Marcha por la Ciencia remachará la opinión de que la ciencia es opinión y no datos.

El artículo de Young es una muestra del debate suscitado sobre si la marcha es o no, o debe ser o no, política. Pero leyendo las opiniones de distintos científicos, la discusión deja una cierta sensación de que que algunos están lanzándose pelotas en pistas distintas, dado que el término “político” puede interpretarse de distintas maneras.

Por supuesto que una actividad dependiente del sector público está involucrada en, y afectada por, el rumbo de la política. Pero otra cuestión es que sea conveniente para la ciencia la existencia de un liderazgo representativo a favor o en contra de opciones políticas concretas. Aunque sea simplemente a través de un colectivo autoerigido en portavoz de “la ciencia”, si la ciencia gusta de ciertos bandos políticos y no gusta de otros, lo único que puede esperar es una respuesta equivalente hacia ella por parte de esos bandos políticos. Es decir, que la mitad del tiempo sea considerada por el gobierno de turno como un sector siempre sospechoso que debe ser vigilado; sí, algo así como los autónomos para Montoro.

Pero en realidad no he venido hoy aquí a hablar de política, sino de otro asunto relacionado con la Marcha. La discusión política puede oscurecer otro aspecto que personalmente me parece más importante. En días como el 22 de abril, la ciencia se retrata. Pero ¿cómo será ese retrato?

Si tanteamos las opiniones fuera del ámbito científico, mi experiencia personal es que la principal crítica hacia el mundo de la ciencia va más o menos en esta línea: aunque los científicos llevan a cabo un trabajo muy valioso y su competencia no se pone en duda, a veces pecan de elitismo, arrogancia y de tratar con condescendencia o prepotencia a quienes no comprenden o no quieren comprender la verdad científica.

Está claro que negar esto no haría más que dar la razón a quienes así piensan. Y de hecho, quienes tenemos un pie en la ciencia y otro en la calle, como es el caso de quienes nos dedicamos a informar, comentar y explicar la ciencia, nos encontramos a veces sumidos en un fuego cruzado: desde la calle, algunos nos hacen objeto de ese reproche; pero desde la ciencia, quienes sin duda deberían ser ese objeto nos recriminan que nuestro esfuerzo por explicar conlleve una pérdida de pureza. Naturalmente, ellos no lo llaman así, sino que nos acusan de ser imprecisos, inexactos, o directamente de no tener ni idea de lo que estamos hablando.

Con respecto a nosotros mismos, qué le vamos a hacer, son gajes del oficio. Y este oficio, al menos tal como yo lo entiendo, va dirigido a ayudar a comprender la ciencia y a interesarse por ella a quienes ni la comprenden ni se han interesado por ella, no a recibir el aplauso de los científicos ni a aquello que tan certeramente expresaba el señor Lobo en Pulp Fiction.

Pero dos cosas son indudables, créanlo o no, y hablo en defensa de esta profesión en general: primero, sabemos de lo que hablamos. Segundo, estamos dispuestos a sacrificar toda la pureza que sea necesario sacrificar con el fin de que cualquier persona sin formación científica entienda bien lo que queremos contar. No siempre lo conseguiremos. Pero quien por ejemplo haya aprendido a tocar un instrumento, sabrá que no hay nada más estomagante que un profesor de guitarra o de piano cuya intención primordial es hacerte ver desde el primer momento lo bien que él toca y lo torpe e ignorante que tú eres.

Por esto es importante tratar de que no sea este pobre retrato de elitismo y arrogancia el que trascienda en una jornada como la Marcha por la Ciencia, y me alegra saber que a alguien más le preocupa; en un artículo publicado estos días, Will J. Grant y Rod Lamberts, del Centro Australiano para la Comunicación Pública de la Ciencia, advertían de este mismo riesgo, ofreciendo siete sugerencias sobre cómo celebrar el evento del 22 de abril. Las dejo aquí traducidas para quien quiera escuchar.

  1. No presumas de tu conocimiento científico. No es el momento de demostrar lo terriblemente listo que eres, o cuánta jerga científica puedes manejar. No pongas esas cosas en una camiseta o en un cartel. Puede ser alienante, y en este foro público específico es condescendiente de narices.

  2. Escribe tus mensajes en términos cotidianos. Evita la jerga y usa lenguaje común.

  3. No te vistas de científico, sino de ciudadano. Si tu meta es mostrar que la ciencia importa a todos, trata de parecer como todos.

  4. Habla de cómo puedes ayudar y de lo que la ciencia puede hacer por otros, no de lo que otros deberían hacer por la ciencia. Incluso con la mejor de las intenciones, los manifestantes que piden cosas de otros pueden terminar pareciendo miopes e interesados. Esta es una gran manera de repeler a la gente [nota mía: aplíquese también a tantas otras manifestaciones].

  5. No te enredes en peleas, ya sean verbales, físicas o metafóricas, con quienes juzgas como tontos, equivocados, peligrosos o desagradables. No es el momento de tratar de corregir los conceptos erróneos ni de despreciar a quienes no están tan científicamente informados como tú. Asumiendo que quieres tener una influencia positiva en otros, ladrarles solo va a enfatizar el propio conflicto, no a concentrarlos en tus mensajes.

  6. Pero apégate a tus objetivos. Apelar a intereses más amplios no implica consentir intereses tontos, equivocados, peligrosos o desagradables. Estamos aquí para defender aquello en lo que creemos, así que tampoco suavicemos tanto el mensaje que pierda todo su significado.

  7. Acoge públicamente a otros, y consigue que otros te acojan. Si alguien debería destacar en esta marcha, son aquellos que no son científicos. ¿Conoces a un grupo de bomberos/as, tercera edad o trabajadores/as del sexo que estén dispuestos a marchar con carteles que digan “(grupo de no-científicos) por la ciencia”? Llámalos y súbelos a bordo. ¡Incluso pídeles que lleven su uniforme!

Por qué no se puede ganar la guerra contra las pseudociencias

Quisiera pensar de otro modo, pero uno es congénitamente dado a rendirse a la evidencia. Y si algo parece sugerirnos la evidencia, no es precisamente que estemos ganando la guerra contra las pseudociencias. A lo más que podemos aspirar, y debemos aspirar a ello, es a que no reciban financiación pública, y a que los fraudes delictivos sean castigados por la justicia. Pero ni siquiera estamos cerca de lograr estos objetivos.

Imagen de Wikipedia.

Imagen de Wikipedia.

Personalmente, ya lo he dicho aquí, no siento vocación de azote de herejes. No por desimplicación, sino porque mi opción contra las pseudociencias es hablar de ciencia. De hecho, más que ocuparme de las pseudociencias, últimamente me he adentrado en lo que neurocientíficos y psicólogos experimentales tienen que decir sobre por qué los humanos somos tan propensos a creer en patrañas; la ciencia de la pseudociencia.

Y es precisamente el contacto con estos expertos lo que en parte me lleva a la pesimista conclusión de que la lucha contra el movimiento anti-ilustración, como algunos lo están llamando ahora, es una guerra perdida (lo cual no quita que deba librarse de todos modos). Seis razones:

1. No es cuestión de nivel educativo o de formación científica

Entre esas observaciones de los neurocientíficos y psicólogos experimentales dedicados a estudiar el fenómeno del movimiento anti-ilustración, destaca una conclusión contraintuitiva.

Lo natural sería pensar que quienes creen que el movimiento de los astros puede influir sobre su personalidad o su futuro, o quienes creen que un vial de agua o una pastilla de azúcar pueden curar enfermedades, son auténticos zotes con un paupérrimo nivel educativo y menos luces que un ovni de madera. Y que un poco de educación y de información bastaría para barrer sus telarañas mentales y abrirles los ojos a la luz de la razón.

Pero no es así. Como recientemente he comentado aquí, un reciente estudio revelaba que los adeptos al movimiento anti-ilustración no tienen en general menor inteligencia o nivel educativo que el resto, y ni siquiera menos interés por la ciencia. Simplemente, prefieren elegir selectivamente, sabiamente pero tramposamente, los datos que corroboran sus ideas preconcebidas; los autores del estudio lo llamaban “pensar como un abogado”.

Como también he contado aquí, neurocientíficos como Dean Burnett argumentan que, nos guste o no, la creencia en patrañas forma parte del funcionamiento normal de un cerebro humano sano. Y aunque otro estudio reciente sugiere que es posible proteger a las personas contra la influencia de la pseudociencia mediante lo que los autores definían como una especie de vacuna psicológica, parece que lograrlo requiere algo más sutil y complejo que simplemente más información científica o una mejor educación en el empirismo.

2. La pseudociencia mola más que la ciencia

Imagen de Wikipedia.

Imagen de Wikipedia.

¿Que no? ¿Acaso molan las farmacéuticas? ¿Molan los transgénicos? ¿Mola contar a los amigos que vas a hacerte una diálisis o un PET? No, lo que mola es decirles que vas a tu sesión de reiki o de shiatsu. Lo que mola es todo aquello basado en energías fantasmales que fluyen sin que podamos percibirlas, detectarlas o medirlas, pero que se designa con nombres que suenan a oriental y se describe con frases a lo Paulo Coelho o Deepak Chopra, mejor cuanto más carentes de sentido, mientras sean lo suficientemente cursis.

Ya ni siquiera hace falta pensarlas uno mismo: hay en internet al menos un par de generadores automáticos de lo que un estudio de 2015 llamaba “gilipolleces pseudoprofundas”. Recuerdo la conclusión de aquel estudio, que comenté aquí:

Los más receptivos a las gilipolleces son menos reflexivos, tienen menor capacidad cognitiva (es decir, inteligencia verbal fluida y alfabetización numérica), son más propensos a confusiones ontológicas e ideas conspirativas, sostienen con más frecuencia creencias religiosas y paranormales, y respaldan medicinas alternativas y complementarias.

No hay que confundir esta conclusión con la que mencionaba en el punto anterior: nótese que el estudio se fijaba en un sector específico de población definido por un parámetro diferente: en un caso era el negacionismo del cambio climático, en otro la afición por esas “gilipolleces pseudoprofundas”.

Las encuestas suelen coincidir en que la ciencia académica goza de cierto respeto general entre la población. Pero cuando esta ciencia se convierte en una directriz, surge la paradoja de los dos extremos: muchos están dispuestos a aceptar sin rechistar, solo “porque lo dice la ciencia”, la idea de que el chocolate adelgaza o que mirar tetas alarga la vida, aunque no haya nada de cierto en ello. Y en el extremo contrario, ya puede la ciencia de verdad certificar que los transgénicos son completamente inocuos, que en este caso siempre se sospechará de algún gato encerrado. Lo primero mola; lo segundo, no.

En definitiva, hoy hay pocas maneras mejores de caer simpático en Twitter o en cualquier otro sitio que lanzar acusaciones contra las farmacéuticas o los transgénicos, como si los vendedores de motos terapéuticas varias o de alimentos milagrosos no trataran de lucrarse con sus productos.

3. …Y quienes molan también la fomentan

¿A qué estrella del cine o del rock hemos visto defender el rigor de la ciencia cuando se trata de juzgar las infinitas proclamas pseudocientíficas que por ahí circulan? Más bien al contrario. Estos personajes mediáticos son los líderes sociales actuales, y parecen especialmente propensos a popularizar y promover todo tipo de eso que llaman terapias alternativas y otros disparates pseudocientíficos, ya sea que el desodorante provoca cáncer o que el agua tiene sentimientos.

Ignoro si tales celebrities molan porque se apuntan a las causas que molan, o si sus causas molan porque ellos molan; pero el caso es que muy raramente suelen declararse públicamente a favor de causas que no molan, como los transgénicos. Y su influencia social no es en absoluto desdeñable: ¿cuántas dietas han triunfado entre millones de consumidores gracias al respaldo de tal o cual famoso/a, a pesar de que muchos de estos métodos de adelgazamiento queden desacreditados por los nutricionistas?

Los propios diseñadores de dietas milagrosas y fabricantes de píldoras lo saben; algunos de ellos han llegado a emplear de forma fraudulenta el nombre de alguna estrella para promocionar sus productos. Y poco importa que algunos de ellos acaben en prisión o pierdan su licencia para practicar la medicina (los que la tienen).

4. La frontera entre ciencia y pseudociencia es difusa en los medios populares

En la sección de Ciencias de un diario en el que trabajé, recibimos el encargo de que una de las subsecciones, la dedicada a Salud, se centrara en lo que la dirección del periódico llamaba “vida saludable”.

Pero ¿qué es “vida saludable”? Basta abrir casi cualquier revista, escuchar casi cualquier programa generalista de radio o ver casi cualquier magazine de televisión para encontrar una sección destinada a aconsejar a la audiencia sobre cómo llevar una vida más sana, comiendo o dejando de comer tal alimento, tomando o abandonando cual hábito. Pero ¿cuántas de estas proclamas están fundamentadas en ciencia sólida?

Imagen de Wikipedia.

Imagen de Wikipedia.

Muchas menos de las que ustedes imaginan. He tratado aquí algunos de estos casos; por ejemplo, las investigaciones que están desmontando el viejo dogma clásico sobre el papel de las grasas como grandes satanes de la dieta. También he comentado cómo algunos tótems sagrados de la nutracéutica actual, como el archifamoso omega 3, no aguantan un asalto cuando se pone sobre ellos la lupa científica.

Lo cierto es que muchas de esas ideas populares sobre lo saludable versus lo dañino en realidad no proceden de la ciencia, sino de simples reclamos publicitarios (más sobre esto abajo), o de viejas hipótesis plausibles que llegaron a instalarse como dogmas antes de su imprescindible corroboración científica.

Y a menudo, cuando se busca esta corroboración, no se encuentra. Otro ejemplo: cualquiera sabe que quien pretende adelgazar debería comenzar por apuntarse a un gimnasio. ¿No? Pues no tan deprisa. Lo cierto es que últimamente varios estudios, como este publicado en enero, están cuestionando que el ejercicio físico sea un factor realmente decisivo en la pérdida de peso para la mayoría de las personas. También hay razones científicamente lógicas para esto, que si acaso trataremos otro día.

Y si en la práctica resulta que muchas de esas proclamas sobre lo que es saludable, incluso las aparentemente más obvias, no están respaldadas por ciencia real, ¿cómo pueden los medios distinguir lo que es simplemente dudoso de lo rotundamente falso? Llegados a ese punto, anything goes: de creer que el omega 3 previene el cáncer (que no) a aceptar que el zumo de limón hace lo mismo (¡que, por supuesto, ni de broma!) hay una línea muy fina que muchos medios cruzan, por ignorancia o por cifras de audiencia. De hecho, algunos incluso viven de cruzarla.

El remedio a esta profusión de pseudociencia en los medios es, naturalmente, la ciencia; pero muchas de esas revistas, programas de radio o de televisión no cuentan con especialistas capaces de acudir a las fuentes originales para verificar su credibilidad.

5. El márketing publicitario explota, e incluso se basa en, las pseudociencias

Una cosa es que la publicidad sea especialmente propensa a tirar de argumentos pseudocientíficos para enganchar un producto a una idea facilona. Cuando esto simplemente se utiliza como estrategia de márketing para vender productos no relacionados con la idea, como hablar del destino para vender loterías, o reavivar esa falacia del cerebro racional y el emocional para vender un coche, el daño no es grande. El problema surge cuando un producto se promociona publicitando presuntas virtudes nacidas de ideas pseudocientíficas.

En un mundo obsesionado por la salud, parece que es necesario revestir casi cualquier alimento de propiedades beneficiosas; ya no basta solo con decir que sabe bien. Los patés que comíamos cuando éramos pequeños porque estaban ricos hoy tienen que publicitarse como fuente de hierro, a pesar de que una persona sana con una dieta normal cubre perfectamente sus necesidades de este metal.

Pero el problema surge cuando esta necesidad de apelar a la salud para vender un alimento pretende crear alimentos funcionales donde no los hay. Y así es como surgen los yogures que hacen cosas nunca demostradas, o marcas de agua mineral que presumen de liberar a bellas modelos de las toxinas que su cuerpo ha acumulado por alguna extraña razón no especificada (tal vez las ha mordido una serpiente). Alimentos que se pretende funcionalizar hasta convertirlos en disfuncionales.

Aún peor es el caso de productos o marcas originalmente destinados a personas con deficiencias metabólicas, como celiaquía o intolerancia a la lactosa, y cuyos dueños de repente descubren el lucrativo negocio que han estado perdiéndose: tratar de convencer a la población sana de que la lactosa o el gluten les hacen daño, lo cual es mentira. Este sí es un negocio turbio, y no vender un anticatarral a la persona que tiene un catarro.

Pero naturalmente, la publicidad se autocontrola; es decir, que nadie la controla. Porque alguien así lo permite. Y esto nos lleva al último punto:

6. Los responsables públicos no saben de ciencia ni preguntan a quienes saben

Ejem… ¿Hace falta explicarlo?

 

Hay una vacuna contra la ignorancia, pero no es (solo) la ciencia

Allá por los 90, tuve un profesor de sociología de la ciencia que distinguía entre ignorancia y nesciencia, dos términos que la RAE no delimita tan claramente, pero que son instrumentos semánticos más útiles si se interpretan como él lo hacía: nesciente es quien no sabe algo que no tiene por qué saber, mientras que ignorante es el que prefiere no saber, o prefiere actuar como si no supiera.

La distinción es útil porque en el mundo de hoy se da la extraña paradoja de que la nesciencia y la ignorancia parecen seguir tendencias opuestas: mientras la primera cae, la segunda sube. Cada vez se sabe más, esto es innegable; y en cambio, la impresión (solo impresión, porque realmente es difícil medirlo) es que cada vez se prefiere más ignorar lo que se sabe. O al menos, la diferencia entre lo que se sabe y lo que a menudo se cree resulta más vertiginosa.

Imagen televisada de Neil Armstrong pisando la Luna por primera vez el 20 de julio de 1969. Imagen de NASA.

Imagen televisada de Neil Armstrong pisando la Luna por primera vez el 20 de julio de 1969. Imagen de NASA.

Un ejemplo: podía resultar hasta cierto punto admisible, sobre todo por aquellos a quienes les llegaba de sorpresa, que el 20 de julio de 1969 muchos de los que veían por televisión el descenso de Neil Armstrong a la Luna pensaran aquello de “¡venga ya, eso es todo mentira!”.

Pero cuando en los años posteriores otras cinco misiones aterrizaron allí; cuando se trajeron cerca de 400 kilos de rocas y arena que se distribuyeron por el mundo y se han venido analizando desde entonces para publicar innumerables estudios; cuando se han fotografiado los vestigios de aquellas expediciones desde la órbita lunar; cuando de todo aquello se ha podido construir todo un cuerpo de conocimiento científico para comprender la historia antigua de la Tierra y su satélite; cuando una gran parte de la ciencia y la tecnología espacial actuales está funcionando gracias a las lecciones aprendidas de aquel programa; y cuando algunos tipos llegaron a dar sus vidas para que todo aquello fuera posible (hace pocos días recordaba en un reportaje la tragedia del Apolo 1 con ocasión del 50 aniversario)… ¡Buf, seguir defendiendo en 2017 que todo esto ha sido un inmenso montaje…!

En este mundo de hoy se da una sorprendente circunstancia de la que ya he hablado aquí alguna vez. Y es que la publicidad y la propaganda parecen resultar más creíbles que la ciencia para una gran capa de la población.

Otro ejemplo: cuando un anuncio asegura que un yogur mejora las defensas, nadie parece ponerlo en duda, a pesar de que quien lo dice es precisamente quien pretende lucrarse con la venta de esos yogures. Sin embargo, cuando la ciencia concluye que esa proclama es puro bullshit, la gente desconfía, pese a que los científicos carezcan de todo interés económico en la venta o la no venta de los yogures, y su única intención sea informar de la verdad para iluminar a los consumidores en sus decisiones, sin que tales decisiones les vayan a hacer ganar más o menos dinero.

Dentro de la propaganda se incluye también el periodismo sensacionalista televisivo. Es curioso que algunos afirmen con orgullo que en España no existen tabloides (prensa amarilla) como los que tanto éxito cosechan en otros países, véase Reino Unido. ¡Pero si en España no se leen periódicos! Hace poco recordaba unos datos de circulación de diarios de pago en Europa. Tal vez no estén actualizados (creo recordar que eran de hace unos cinco o seis años, quizá algo más); pero el dibujo general era este: de los diez periódicos más vendidos en Europa, cinco eran británicos, y no todos tabloides. Ningún diario español entre los 20 primeros; El País era el número 21.

Pero es que, en cambio, en España somos los reyes del tabloide televisivo. Los hay en todas las cadenas, en todos los formatos y en todas las franjas horarias. Y no piensen en el Sálvame; algunos de esos programas se disfrazan de espacios de investigación periodística, cuando lo único que hacen es presentar historias irrelevantes (que hay un edificio ocupado; ¿en serio?) o vergonzosamente sesgadas y falaces para prender una alarma social. Todo ello con el tono narrativo de un abogado de película americana disertando ante el jurado. No lo olviden: el periodismo también vive de vender, y hoy la competencia por los índices de audiencia es feroz y despiadada. Hasta ahí puedo leer, pero créanme.

Un ejemplo de esto último lo hemos tenido en el caso del panga que comenté esta semana. Creo que una gran parte de la patraña forjada en torno a este alimento procede de ciertos espacios televisivos amarillistas desesperados por arañar puntos de audiencia. Y contra eso, ya pueden los científicos presentar todos los datos veraces del mundo, que sirve de poco. Ya se han encendido las antorchas y se han empuñado los tridentes; unos cuantos datos científicos no van a conseguir que se apaguen y se desempuñen.

Extraño, el ser humano, pero es lo que somos. Y estas paradojas son precisamente el objeto de estudio de muchos psicólogos. Hace poco traje aquí a uno de ellos; se llama Dean Burnett, neuropsicólogo que dobla como humorista de monólogos. En su reciente libro El cerebro idiota explicaba por qué somos así; por qué esa refinada habilidad que tenemos los seres humanos de preferir ignorar la realidad y acogernos a supersticiones, intuiciones infundadas o proselitismos interesados forma parte del funcionamiento normal de un cerebro completamente sano.

Donald Trump se ha destacado por su negacionismo del cambio climático. Imagen de Gage Skidmore / Wikipedia.

Donald Trump se ha destacado por su negacionismo del cambio climático. Imagen de Gage Skidmore / Wikipedia.

Todo esto viene a propósito de dos interesantes estudios recién divulgados. Uno de ellos se ha presentado (aún no se ha publicado formalmente) hace dos semanas en la reunión anual de la Sociedad para la Personalidad y la Psicología Social celebrada en San Antonio (Texas, EEUU), dentro de un simposio denominado “Rechazo a la ciencia: nuevas perspectivas sobre el movimiento anti-ilustración”, tal como se está dando últimamente en llamar a las corrientes sociales que niegan el cambio climático, la seguridad de las vacunas o la evolución biológica. A ello se unen casos aún más extremos, como el reciente crecimiento de la creencia en la Tierra plana.

La conclusión de los investigadores, de EEUU, Australia y Reino Unido, sigue la línea apuntada por Burnett: a grandes rasgos, el rechazo a la ciencia de estas personas no depende de su inteligencia ni de su nivel de educación, y ni siquiera su interés por la ciencia es particularmente menor que el de la población general.

Simplemente, dicen los psicólogos, se trata de que las personas no piensan como científicos; no reúnen los datos disponibles para analizarlos en su conjunto y adoptar una conclusión razonada, les guste esa conclusión o no. En su lugar, decía a Phys.org el coautor del estudio Matthew Hornsey, de la Universidad de Queensland, “piensan como abogados”; es decir, eligen selectivamente los pedazos de información que les interesan para “llegar a conclusiones que quieren que sean ciertas”. Los psicólogos llaman a esto sesgo cognitivo.

“Vemos que la gente se apartará de los hechos para proteger todo tipo de creencias, incluyendo sus creencias religiosas, políticas o simplemente personales, incluso cosas tan simples como si están eligiendo bien su navegador de internet”, decía otro de los coautores, Troy Campbell, de la Universidad de Oregón. “Tratan los hechos como más relevantes cuando tienden a apoyar sus opiniones”, proseguía Campbell. “Cuando van en contra de su opinión, no necesariamente niegan los hechos, pero dicen que son menos relevantes”. Los psicólogos obtienen estas conclusiones de un estudio de entrevistas con un grupo de voluntarios y de un metaestudio de investigaciones anteriores publicadas sobre la materia.

Gran parte de estos prejuicios, añadían los investigadores, nace de la asociación entre opiniones y afiliaciones políticas o sociales. Por ejemplo: si alguien es de izquierdas, obligatoriamente tiene que adherirse a la postura de rechazo a la energía nuclear, ya que se considera que defenderla es de derechas. Los autores añaden que este fenómeno se ha exacerbado en el presente (confirmando esa impresión que he mencionado más arriba de que la brecha se acentúa) porque en el pasado existía una mayor influencia de la ilustración, un mayor seguimiento consensuado de las conclusiones científicas por parte de los liderazgos políticos y sociales.

Este auge del movimiento anti-ilustración, añadían los investigadores, es enormemente preocupante y debe mover a la acción. “El movimiento anti-vacunas cuesta vidas”, decía Hornsey. “El escepticismo sobre el cambio climático ralentiza la respuesta global a la mayor amenaza social, económica y ecológica de nuestra época”.

¿Cómo arreglar todo esto? Los investigadores vienen a sugerir que el mensaje de la ciencia debe alinearse con las motivaciones de la gente. Pero este parece un principio muy general al que no será fácil encontrar aplicación práctica concreta.

El segundo estudio que traigo hoy, este ya publicado, aporta un enfoque más práctico. Un equipo de investigadores de las universidades de Cambridge (Reino Unido), Yale y George Mason (EEUU) sugiere que es posible “vacunar” a la población contra el negacionismo del cambio climático. En sentido psicológico, claro.

El propósito de los investigadores era ensayar si era posible traspasar al ámbito de la psicología el principio general de la vacunación: ¿puede una pequeña inoculación con un fragmento de información proteger al individuo contra el virus de la desinformación?

Para ello, reunieron a un grupo de más de 2.000 voluntarios estadounidenses representando una muestra variada de población según varios criterios demográficos, y alternativamente les presentaron una diferente información sobre el consenso relativo al cambio climático: a unos, una serie de datos científicos, incluyendo el hecho de que el 97% de los científicos del clima coinciden en la conclusión de que el cambio climático causado por el ser humano es un fenómeno real; a los otros, información extraída de una web fraudulenta llamada Oregon Global Warming Petition Project, según la cual “31.000 científicos estadounidenses dicen que no hay pruebas de que el CO2 liberado por causa humana provoque cambio climático”.

Captura de pantalla de la web Oregon Global Warming Petition Project.

Captura de pantalla de la web Oregon Global Warming Petition Project.

Los científicos comprobaron cómo estas informaciones condicionaban las opiniones de los voluntarios en un sentido y en otro: la percepción de que sí existe un consenso científico sobre el cambio climático crecía un 20% en el primer grupo, y disminuía un 9% en el segundo.

A continuación, los investigadores presentaron a los voluntarios ambos paquetes de información a la vez, el verdadero y el falso. Y sorprendentemente, en este caso ambos efectos se cancelaban: la variación entre el antes y el después era solo del 0,5%. De alguna manera, los participantes regresaban a la casilla de salida, cayendo en una indecisión sin saber qué creer.

Por último, repitieron los experimentos aplicando dos tipos de “vacunas”. Una más general consistía en presentar la información, pero añadiendo esta frase: “algunos grupos políticamente motivados utilizan tácticas engañosas para tratar de convencer al público de que existe un fuerte desacuerdo entre los científicos”. La segunda, que los autores definen como una “inoculación detallada”, destapaba específicamente las mentiras de la web de Oregón, revelando por ejemplo que menos del 1% de los presuntos firmantes de la petición (algunos de los cuales eran nombres ficticios) eran realmente científicos climáticos.

Los investigadores descubrieron que la vacuna general desplazaba las opiniones a favor del consenso de los científicos en un 6,5%, mientras que la detallada lo lograba en un 13%, incluso cuando ambos grupos también habían tenido acceso a la información falsa. Es decir, que la vacuna protegía a una parte de la población frente a los efectos nocivos de la desinformación.

Tal vez los porcentajes no parezcan demasiado impresionantes si se observan aisladamente, pero lo cierto es que el 13% de protección conseguido con la vacuna detallada equivale a dos terceras partes del efecto logrado cuando se presenta la información correcta sin la falsa; es decir, que la inoculación protege en un 67% contra la desinformación. Lo cual ya se parece bastante a lo que puede hacer una vacuna.

La idea, en palabras del director del estudio, el psicólogo social Sander van der Linden (Universidad de Cambridge), es “proporcionar un repertorio cognitivo que ayude a crear resistencia a la desinformación, para volver a la gente menos susceptible a ella”. La motivación del estudio nació del hecho de que en el pasado las compañías tabaqueras y de combustibles fósiles han empleado esta táctica para sembrar dudas entre la población y apartarla del consenso científico. En este caso, los investigadores querían comprobar si el mismo procedimiento podía usarse para promover la creencia en el consenso científico en lugar de minarla, y dirigido al bien público en lugar de a intereses particulares.

También es interesante el dato de que la protección se logró en la misma medida entre los voluntarios de filiación política republicana, más propensos a desconfiar del cambio climático, los demócratas, más próximos a aceptarlo, y los independientes. Y que los investigadores no observaron un efecto rebote entre los grupos más predispuestos a la negación: “no parecían regresar a teorías conspirativas”, dice van der Linden. El psicólogo admite que “siempre habrá gente completamente resistente al cambio”, pero confía en que “siempre hay espacio para un cambio de opinión, aunque sea solo un poco”.