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No, la Tierra no va a volcar sobre su eje

Ateniéndonos a lo publicado en varios medios hace unos días, cualquiera podría creer que, si pensábamos que con el relativo respiro que nos está dando la pandemia habíamos pasado lo peor que podíamos esperar, ahora estaríamos amenazados por la posibilidad de que de repente la Tierra se dé la vuelta como el Poseidón aquel de la película, lo que sin duda nos llevaría al apocalipsis final del que tantos tuiteros llevan tiempo advirtiéndonos.

El origen de la historia es un estudio publicado en Nature Communications que aporta pruebas a favor de un desplazamiento de los polos geográficos de la Tierra hace 84 millones de años, durante el Cretácico, antes de la extinción de los dinosaurios.

Primero, conviene aclarar de qué estamos hablando, y para ello nada mejor que aclarar de qué no estamos hablando. Quienes tengan por costumbre seguir la actualidad científica probablemente habrán oído hablar de la inversión de los polos magnéticos terrestres, cuando el campo magnético se da la vuelta y el norte magnético pasa a ser el sur y viceversa. Esto ha ocurrido en la historia de la Tierra, y sucede en el Sol cada 11 años, en el máximo del ciclo solar. Pues bien, esto no es de lo que se trata.

Quienes tengan interés general por las cosas de los planetas y sus circunstancias quizá también hayan oído hablar del movimiento de precesión terrestre. En el colegio estudiábamos la rotación y la traslación. La precesión ya es para nota: consiste en el movimiento circular que describe el eje de rotación de la Tierra. O más exactamente, el movimiento circular lo describe uno cualquiera de los puntos del eje de rotación, de modo que lo que describe el eje es un cono (mejor dicho, dos conos unidos). Este movimiento completa una vuelta cada 25.776 años. La mejor manera de entenderlo es observar el giro de una peonza, que aparte de rotar suele bambolearse de manera que su eje también gira. Pues bien, tampoco aquí estamos hablando de la precesión.

El desplazamiento polar, o True Polar Wander (TPW), es cuando el eje de rotación se mueve con respecto a la superficie terrestre, de manera que los polos geográficos –los dos lugares donde el eje de rotación y la superficie se intersecan– cambian de lugar. Pero en este caso, una imagen vale más que mil palabras, aunque sea tan fea como esta:

Desplazamiento polar. Imagen de Victor C. Tsai / Wikipedia.

Desplazamiento polar. Imagen de Victor C. Tsai / Wikipedia.

¿Y por qué iba a ocurrir esto? Los objetos astronómicos grandes como la Tierra tienden a adoptar una forma esférica, y la rotación se produce por el eje en el que toda esa masa encuentra una mayor simetría, con las estructuras más densas en torno al Ecuador. Pero esta simetría nunca es perfecta, y la Tierra tampoco es una masa estática. Así, con el tiempo puede ocurrir que llegue un momento en que se produzca una corrección de la posición del eje de rotación para equilibrar mejor la masa del planeta. Esto ocurre mediante un desplazamiento de toda la masa sólida exterior del planeta, la corteza y el manto, sobre el núcleo.

Los desplazamientos polares se producen habitualmente a pequeña escala, lo que hoy puede detectarse en las mediciones por satélite. Pero en el pasado de la Tierra han ocurrido TPW de mayor magnitud. Debe entenderse que este no es un fenómeno discutido; ocurre en otros planetas, y se ha documentado en escalas de cientos de millones de años en la historia terrestre. Así que no se trata del descubrimiento de un fenómeno raro y único, sino de una aparente solución a una larga discusión entre los geofísicos sobre si ocurrió un TPW hace 84 millones de años.

El nuevo estudio, dirigido por el geofísico Joseph Kirschvink, de Caltech y el Earth-Life Science Institute del Instituto de Tecnología de Tokio, aporta pruebas a favor de la existencia de ese TPW, refutando la idea previa de que el eje terrestre ha permanecido prácticamente estable en los últimos 100 millones de años. Las partículas magnéticas atrapadas en las rocas antiguas sirven para estudiar cómo los polos geográficos se han movido, ya que la dirección del campo magnético depende de las corrientes de metal en el núcleo terrestre, las cuales a su vez se mueven alrededor del eje de rotación. Los investigadores han descubierto que el desplazamiento neto del eje hace 84 millones de años fue de 12 grados, como resultado final de un viaje de ida y vuelta durante cinco millones de años en el cual el eje recorrió un total de 25 grados.

Rocas del Cretácico en los Apeninos italianos donde los investigadores han recogido muestras para estudiar el desplazamiento polar. Imagen de Ross Mitchell.

Rocas del Cretácico en los Apeninos italianos donde los investigadores han recogido muestras para estudiar el desplazamiento polar. Imagen de Ross Mitchell.

Cabe decir que Kirschvink es un científico tan destacado como a veces polémico. Suya es la expresión Snowball Earth («Tierra bola de nieve») que describe una supuesta congelación global del planeta hace unos 700 millones de años, antes de la gran explosión cámbrica de la vida en la Tierra. La hipótesis de la Snowball Earth también ha provocado grandes discusiones entre los científicos. Kirschvink fue el descubridor de los primeros magnetofósiles, partículas magnéticas presentes en las bacterias, y defendió que el meteorito marciano Alan Hills 84001 contenía restos de vida (fue aquel meteorito el que llevó al famoso discurso de Bill Clinton sobre el descubrimiento de vida marciana).

En sus investigaciones sobre el biomagnetismo, desde hace años Kirschvink mantiene una línea de investigación destinada a probar la existencia de un sentido magnético en los humanos, algo sobre lo que merecería la pena hablar con más detalle otro día. Recientemente el científico se ha visto envuelto en otra nueva polémica cuando se le ocurrió que era una buena idea perforar sin permiso junto a unos petroglifos sagrados para los nativos americanos de California.

Pero por hoy, no, la Tierra no va a volcar sobre su eje. Y dicho sea de paso, presentar un estudio sobre algo ocurrido hace 84 millones de años como si fuera algo que puede ocurrir mañana mismo es como presentar un estudio sobre el asteroide que extinguió a los dinosaurios no aviares (las aves también son dinosaurios) alertando de que, como ocurrió aquello, el mundo está en peligro de irse al carajo mañana mismo. Bastante tenemos ya como para bromitas.

Sí, es posible que La Palma provoque algún día un tsunami. No, no es probable que los humanos lo veamos

Cuando comenzó la erupción de Cumbre Vieja en La Palma, resurgió en los medios y en las redes sociales un fragmento de un documental de la BBC del año 2000 –o bien otro de National Geographic de 2010– que planteaba un escenario apocalíptico: un megatsunami causado por el desplome de una fachada montañosa en la isla canaria que atravesaría el Atlántico para devastar las costas de América, África y Europa. De inmediato salieron los desmentidos, que quedan bien ejemplificados por este titular de RTVE en YouTube: «NO hay riesgo de MEGATSUNAMI en LA PALMA por la erupción, es un BULO» (mayúsculas del propio titular).

Pero lo que realmente es un bulo es que esto sea un bulo. Volvemos una vez más a un viejísimo problema: parece que en los medios, y por ende para mucho público, solo existen dos versiones: científicamente demostrado / científicamente desmentido. Sí o no. Blanco o negro. Si no ha ocurrido o no va a ocurrir mañana, entonces es un bulo.

Pero no, la ciencia no funciona así. En general, la ciencia aporta evidencias a favor de una hipótesis, o en contra de una hipótesis. A veces, unas a favor, otras en contra, hasta que la balanza acaba inclinándose de un lado o del otro por la acumulación de más evidencias. En el caso de la predicción mediante modelos, es aún más complicado. Algunos sistemas están al alcance de los algoritmos actuales; por ejemplo, la órbita de un objeto espacial. Otros no; por ejemplo, las predicciones climáticas locales o las meteorológicas a largo plazo. Por ejemplo, los terremotos o las erupciones volcánicas. Por ejemplo, el comportamiento humano.

Imagen de satélite de La Palma, antes de la erupción de Cumbre Vieja. Imagen de NASA.

Imagen de satélite de La Palma, antes de la erupción de Cumbre Vieja. Imagen de NASA.

En el caso citado, la fuente original es un estudio científico legítimo, revisado por pares y publicado en 2001 en la revista Geophysical Research Letters por los geofísicos Steven Ward y Simon Day, respectivamente de la Universidad de California y el University College London. Pero, puntualicemos: el estudio de Ward y Day no predecía que el volcán de Cumbre Vieja fuera a colapsar. Sino lo que tal vez podría llegar a ocurrir en el peor de los casos si colapsara.

Creo que la diferencia es evidente. El algoritmo matemático utilizado por los autores se aplicaba al tsunami generado en caso de colapso, no al propio colapso. Si un grupo de investigadores publica un estudio prediciendo cómo se vería afectada la flora si desaparecieran las abejas, no está afirmando que las abejas vayan a desaparecer. La cuestión aquí no es sobre geofísica ni vulcanología, sino sobre simple comprensión de la ciencia.

Y por la misma razón que el estudio de Ward y Day no calculaba absolutamente nada sobre la probabilidad de que Cumbre Vieja colapse, sino sobre el tsunami que generaría si colapsara, lo que han hecho los estudios posteriores (y revisiones como esta) que han discutido sus conclusiones ha sido cuestionar la predicción de Ward y Day sobre cómo sería el tsunami si Cumbre Vieja colapsara. Algunos de estos estudios (como este, este, este, este o este) generalmente han rebajado la magnitud de las olas que se generarían, debido a otros factores que no estaban incluidos en el modelo de Ward y Day, considerado demasiado simple por otros autores.

En resumen: ni los investigadores avisaron de que Cumbre Vieja iba a colapsar, ni otros investigadores lo han desmentido. Y sería de agradecer que los medios de comunicación, si pretenden no sembrar más confusión, reservaran la palabra «bulo» para lo que realmente lo es.

Ahora bien, todo esto no significa que no se haya discutido y analizado la posibilidad de que Cumbre Vieja colapse. Pero, por su parte, Ward y Day se limitaban a reunir ciertas piezas de evidencias científicas que sugerían la posibilidad de que Cumbre Vieja sea uno de los volcanes terrestres propensos a colapsar algún día. Aunque, incluso si llegara, ese día podría ser muy lejano, y quizá para entonces ya ni siquiera exista la humanidad. Los autores de aquel estudio comenzaban aclarando que no se ha producido ningún colapso de este tipo en tiempos históricos, pero que «residuos encontrados en el suelo marino muestran su abundancia en tiempos geológicos recientes«. Y ¿qué significa «tiempos geológicos recientes»? «En el último millón de años, docenas de colapsos laterales de un tamaño comparable al considerado se han vertido desde las islas volcánicas al Atlántico«, escribían.

Una revisión de 2006 en Philosophical Transactions of the Royal Society A, dirigida por Douglas Masson, del Centro Nacional de Oceanografía de Southampton (Reino Unido), señalaba que ocurre un deslizamiento en las islas Canarias, como media, una vez cada 100.000 años, y que el último tuvo lugar en El Hierro hace unos 15.000 años. Entiéndase que esto no significa que el próximo vaya a suceder dentro de 85.000 años. Los autores recordaban: «Sabemos en general dónde los deslizamientos ocurren (y ocurrirán), pero estamos lejos de ser capaces de ofrecer predicciones fiables de eventos individuales, especialmente donde el detonante final probablemente sea un fenómeno transitorio, como un terremoto, que de por sí no puede predecirse«.

Los autores de esta revisión añadían que los parámetros elegidos por Ward y Day «han sido empujados a, o incluso más allá de, sus valores máximos posibles«, como un desplome de un volumen extremo –500 km3 de roca– de una sola vez en lugar de gradualmente. «Por lo tanto, cualquier tsunami futuro sería probablemente menor que el de la predicción de Ward y Day«. La probabilidad de un escenario como el planteado por estos dos autores, concluían, es aún menor que 1 en 100.000 años: «Tiene una baja probabilidad de ocurrir en el mundo real«. Según otros estudios, un posible desplome en La Palma probablemente desplazaría un volumen de roca mucho menor que el planteado por Ward y Day.

Recreación de un megatsunami. Imagen de Pikist.

Recreación de un megatsunami. Imagen de Pikist.

Pero Masson y sus colaboradores añadían: «Sin embargo, podemos estar seguros de que en el futuro ocurrirán deslizamientos en las Canarias. También es probable que un evento de este tipo genere tsunamis localmente devastadores, con alturas que excedan todo lo visto en la historia de los tsunamis en todo el mundo, aunque la posibilidad de que produzcan tsunamis transoceánicos es mucho más cuestionable«.

Otros juicios, en cambio, han sido más duros. En una revisión de 2009 el vulcanólogo del Instituto Volcanológico de Canarias Juan Carlos Carracedo (hoy ya retirado) y sus coautores hablaban así de la hipótesis de Ward y Day: «Tal vez la explicación resida en que estos científicos ingleses (financiados por una multinacional de seguros especializada precisamente en riesgos naturales), hayan tenido en cuenta, en su búsqueda de lucro, protagonismo y publicidad, la enorme diferencia en el poder político y científico de EE UU y España«. En fin, de acuerdo que podría discutirse si Ward y Day fueron más allá de lo científicamente admisible en sus apariciones en los medios y en documentales; pero también si este lenguaje y este tono asimismo van más allá de lo científicamente admisible en una revisión científica.

Y eso es todo lo que la ciencia puede decir. No es sí o no, blanco o negro, verdad o bulo. Para quien necesite verdades absolutas e inconmovibles, o predicciones cien por cien seguras, la astrología, la política o la religión son alternativas sugerentes.

«No ha sido una sorpresa»: El volcán de La Palma valida un estudio de predicción publicado días antes de la erupción

Ayer conté aquí cómo un nuevo estudio, encabezado por la vulcanóloga española Teresa Ubide (profesora e investigadora en la Universidad de Queensland, Australia), ha aportado una nueva y valiosa pista en la difícil tarea de intentar predecir las erupciones de volcanes como los canarios o los hawaianos, aquellos que se sitúan en los llamados hotspots volcánicos, zonas del planeta donde plumas de magma del manto terrestre ascienden a la superficie sin que exista una brecha entre placas tectónicas que les facilite el paso.

Resumiendo lo contado ayer, y publicado por Ubide y sus colaboradores en la revista Geology –la más importante en ciencias de la Tierra–, los investigadores han detallado lo que podría llamarse un piloto rojo en el cuadro de indicadores con el que los vulcanólogos pueden predecir una próxima erupción en este tipo de volcanes.

Estudiando la composición y la estructura de materiales volcánicos de la isla de El Hierro, incluyendo los de la erupción submarina de 2011-2012 –del volcán que por entonces aún no tenía nombre, hoy llamado Tagoro–, los autores del estudio han detallado cómo el magma del manto, formado a más de 60 kilómetros bajo la superficie, va cambiando a medida que asciende. Hasta que, a una profundidad de entre 10 y 15 km, en la frontera entre el manto y la corteza, adquiere las propiedades justas para una erupción: baja densidad, gases que lo empujan hacia la superficie; en palabras de Ubide, como una botella de champán a punto de descorcharse. La vulcanóloga define este momento y estado como el punto de inflexión que conduce finalmente a la erupción.

Por suerte, esto es algo que los vulcanólogos pueden monitorizar. Este movimiento de las tripas del volcán envía una señal sísmica que deja una huella en los aparatos de medida, los cuales pueden detectar a qué profundidad se están produciendo los temblores que provoca el magma al abrirse paso entre las rocas.

Erupción de Cumbre Vieja en la Palma, 20 de septiembre de 2021. Imagen de Eduardo Robaina / Wikipedia.

Según explica Ubide, todo esto se aplica exactamente a lo ocurrido en la erupción de Cumbre Vieja en La Palma. La profundidad: «En las Canarias, esta profundidad crítica de 10-15 km coincide con la base de la corteza terrestre, es decir, el límite entre la corteza y el manto terrestre; nuestro trabajo sugiere que dicha profundidad es particularmente importante porque el magma puede alcanzar esas propiedades óptimas que hacen que se acelere hacia la superficie«. Las señales de aviso: «Una semana antes del comienzo de la erupción, el Instituto Geográfico Nacional (IGN) detectó un enjambre de terremotos que provenía de unos 12 km, es decir, la profundidad crítica que proponíamos en el artículo de Geology».

En los días posteriores, explica la geóloga, «el IGN detectó terremotos progresivamente más someros, que sugerían que el magma se iba moviendo hacia la superficie«. Y, finalmente, llegó la erupción.

«No ha sido una sorpresa«, valora Ubide. La investigadora añade que desde 2017 se habían detectado terremotos bajo la isla, indicando la intrusión de magma a unos 20 km de profundidad, lo cual era un primer aviso muy temprano de lo que estaba sucediendo en La Palma. El mismo patrón se observó en la erupción de El Hierro: «La erupción fue precedida de 3 meses de sismicidad que también provenía mayoritariamente de esa profundidad crítica de 10-15 km«.

La vulcanóloga concluye que su investigación «aumenta el conocimiento de los volcanes de punto caliente y los procesos que los los hacen entrar en erupción«, un paso «importante para poder interpretar las senales de unrest [agitación volcánica] como las de La Palma«.

Se da la circunstancia de que el estudio de Ubide y sus colaboradores se publicó el 14 de septiembre. Dos días después, en una entrevista con el diario australiano Brisbane Times a propósito de su trabajo, la vulcanóloga ya mencionaba que otro volcán en las islas Canarias estaba mostrando el mismo patrón previo a la erupción que habían descrito en su estudio. Tres días más tarde, el 19, comenzaba la erupción de Cumbre Vieja.

Por supuesto, los científicos que trabajan in situ en los volcanes canarios estaban también advirtiendo de una posible erupción, aunque con todas las precauciones necesarias. Y en enero de 2021 investigadores del CSIC, la Universidad Complutense de Madrid y otras instituciones publicaron un estudio en Scientific Reports detallando la agitación volcánica detectada en Cumbre Vieja, pero los autores concluían: «Podríamos estar estudiando una fase muy inicial de agitación decenas de años antes de una posible erupción, pero debemos considerar la posibilidad de que no resulte en una erupción«. Las incertidumbres aún son muchas en una predicción científica tan compleja, pero la ciencia está cada vez más cerca de poder prevenir estos desastres con más fiabilidad.

El estudio de la erupción submarina de El Hierro ayuda a predecir el comportamiento de los volcanes

Si algo sabemos todos sobre los volcanes es que hoy no es posible predecir una erupción con fiabilidad. Pero quienes no somos expertos en el tema normalmente no sabemos hasta qué punto las señales que estudian los vulcanólogos (o volcanólogos, que ambas son correctas) pueden ser lo suficientemente concluyentes como para avisar con un cierto grado de probabilidad de que una erupción está en camino, incluso sin que pueda predecirse el momento ni la magnitud.

Por ejemplo, sobre la actual erupción de Cumbre Vieja en La Palma hubo señales previas que se divulgaron a través de los medios; pero incluso si estas sirvieron para alertar a la población, la sensación final para gran parte del público fue que la erupción vino de sorpresa (aunque en realidad no fue así para los científicos).

Recientemente, elaborando un reportaje sobre esto, supe que hay tres tipos principales de señales que los vulcanólogos monitorizan: la deformación del terreno –que combina el uso de imágenes de radar desde satélite con los datos de GPS–, los enjambres sísmicos y las emisiones de gases. Pero también supe que solo la mitad de estos casos en los que se detecta una agitación volcánica termina en erupción, lo que equivale a decir: puede que sí, puede que no. Y que esta fase puede prolongarse durante más de un año de modo que el agravamiento de los síntomas no es progresivo, sino que se produce de forma abrupta solo unas horas antes de que el volcán comience a eruptar, lo cual no da mucho margen para actuar una vez que existe la certeza de lo que se avecina.

Además de todo esto, los vulcanólogos añaden que cada volcán tiene su propia personalidad, y que saber cómo uno en concreto se ha comportado en el pasado ayuda bastante a saber interpretar las señales que emite. Por ejemplo, el Kilauea en Hawái, que ha entrado y salido de erupciones repetidamente en las últimas décadas, pasa hoy por ser el más vigilado y mejor monitorizado del mundo. Y con todas las prevenciones necesarias, los científicos han aprendido a interpretar bastante bien sus sueños y despertares. En cambio, Cumbre Vieja es un recién llegado al registro científico de las erupciones, y por ello su historia eruptiva aún es un libro en blanco que se está empezando a escribir ahora.

Todo ello no significa necesariamente que la predicción fiable sea imposible en el futuro; no parece haber motivos para que sea algo muy diferente o más complicado que otras modelizaciones predictivas en las que intervienen tantas variables –muchas de ellas todavía desconocidas– que es imposible manejarlas con las tecnologías y algoritmos actuales. También los vulcanólogos están explorando las posibilidades de los supercomputadores y la inteligencia artificial, como los científicos de muchas otras áreas en la predicción de sistemas complejos.

Pero al menos, hoy por hoy, cada nuevo estudio es un pequeño paso. El último en este camino acaba de publicarse ahora en la revista Geology, y es obra de un grupo de investigadores de España, Australia y Chile. Los científicos han estudiado rocas volcánicas de la isla de El Hierro y han analizado datos disponibles sobre estos materiales, incluyendo los de la erupción submarina en 2011-2012 del volcán posteriormente denominado Tagoro.

Globos de lava rellenos de gases flotando en el agua durante la erupción submarina de El Hierro en 2011-2012. Imagen de Stavros Meletlidis, Instituto Geográfico Nacional / Wikipedia.

Globos de lava rellenos de gases flotando en el agua durante la erupción submarina de El Hierro en 2011-2012. Imagen de Stavros Meletlidis, Instituto Geográfico Nacional / Wikipedia.

Las islas Canarias son un ejemplo de hotspot o punto caliente volcánico, es decir, volcanes que no se sitúan en la frontera donde chocan dos placas tectónicas, sino que aparecen en lugares donde plumas de magma del manto terrestre ascienden a través de la corteza por causas sobre las que parece haber distintas hipótesis. A medida que la placa tectónica que lo cubre se desplaza sobre este hotspot, puede formarse una cadena de volcanes. Hawái es otro ejemplo de hotspot, mientras que por ejemplo los volcanes de los Andes, Japón o Indonesia se sitúan en zonas de contacto entre placas tectónicas (el llamado Anillo de Fuego del Pacífico).

Según me explica la primera autora del estudio, la donostiarra Teresa Ubide, en la Universidad australiana de Queensland, hasta ahora se asumía que la lava basáltica expulsada por los volcanes de hotspots era un fiel reflejo del magma existente en el manto que los alimenta. Pero en cambio, estudiando la composición y la textura de un gran número de muestras de El Hierro, los investigadores han descubierto que el sistema de fontanería del volcán filtra este magma en su camino hacia la superficie, alterando sus ingredientes y su estructura.

«Sabemos que los magmas de punto caliente como los de las Canarias o Hawái se forman a profundidades de decenas de kilómetros bajo la superficie (a más de 60 km de profundidad)«, dice Ubide. «Lo que no sabíamos y demostramos en el trabajo de Geology es que esos magmas se filtran significativamente en su camino hacia la superficie. A medida que el magma asciende, se enfría y genera cristales. Como resultado, el magma restante cambia de composición (porque los cristales le roban ciertos elementos químicos al magma)«.

Al comprender este proceso, Ubide y sus colaboradores han encontrado una pista que sugiere cuándo un volcán de este tipo está a punto de entrar en erupción: «A través de este proceso de filtrado, vimos que muchos magmas de punto caliente alcanzan las propiedades óptimas de densidad reducida y aumento en volátiles a una profundidad crítica de unos 10-15 km. A esta profundidad, el incremento en volátiles es tal que los gases pueden separarse del magma y acelerar el magma hacia la superficie, como cuando abrimos una botella de champán«.

Es decir, que monitorizando la llegada a esa profundidad de este magma listo para emerger, en la frontera entre la corteza y el manto, los investigadores pueden advertir de una probable próxima erupción. El seguimiento de este proceso está al alcance de los científicos mediante una de las señales que se monitoriza en la actividad de los volcanes, la vigilancia de los movimientos sísmicos: «La principal herramienta para monitorizar el movimiento del magma en profundidad son los terremotos que genera el magma al abrirse paso por las rocas que tiene alrededor«, comenta Ubide.

Según la volcanóloga, este es un paso más para «mejorar la vigilancia de la agitación volcánica, cuyo objetivo es proteger las vidas, las infraestructuras y las cosechas«.

Esto es lo que quedará de nuestro mundo cuando hayamos desaparecido

En 2007 el periodista y escritor Alan Weisman publicó The World Without Us (El mundo sin nosotros), un aclamado ensayo en el que imaginaba qué sería del mundo si los humanos desapareciéramos por completo de la noche a la mañana. Naturalmente, la premisa planteada por Weisman no era novedosa; ha sido propuesta incontables veces en la ciencia ficción, antes y después de su libro. Pero a diferencia de otras obras, Weisman trató de ir más allá de la mera fantasía para plantear escenarios creíbles, para lo cual contó con la asesoría de varios expertos en diversas ramas científicas.

Así, el autor describía cómo la vegetación comenzaba a colonizar las ciudades y las construcciones comenzaban a ceder y derrumbarse por la acción de los elementos, mientras los suelos cedían por la acción de las corrientes subterráneas. Cientos, miles y cientos de miles de años después del fin de la humanidad, nuestro legado permanecería en forma de cacharros de acero inoxidable, piezas de electrodomésticos, estatuas de bronce, construcciones como el Monte Rushmore de EEUU o el eurotúnel del Canal de la Mancha –inundado, pero aún ahí–, residuos radiactivos y, cómo no, plástico, mucho plástico.

El libro de Weisman sigue y seguirá incluso más vigente que el día de su publicación; no porque el fin súbito de la humanidad sea algo más probable hoy que entonces, sino porque en los últimos años ha cobrado fuerza entre los científicos la propuesta de declarar oficialmente el fin del Holoceno, el periodo geológico que comenzó al terminar la última glaciación hace unos 12.000 años, y dar la bienvenida al Antropoceno, la era del ser humano.

Las épocas geológicas son los capítulos de la historia de la Tierra que quedan grabados en los estratos de roca del suelo, cada uno con su composición particular. Geólogos, paleontólogos, paleobiólogos o paleoclimatólogos leen estas páginas de roca para comprender cómo era el mundo en cada periodo del pasado. Desde hace décadas, los científicos debaten cómo nuestra época dejará una huella definida en ese libro rocoso de la Tierra a través de nuestros residuos plásticos, las construcciones de hormigón, las pruebas nucleares, el boom poblacional o el cambio climático antropogénico.

En 2016, el Grupo de Trabajo del Antropoceno de la Comisión Internacional de Estratigrafía (CIE) decidió votar la declaración oficial de esta nueva época geológica, cuyo comienzo se situaría en torno a 1950, con los primeros ensayos nucleares. El pasado año este grupo aprobó la presentación de una propuesta formal que la CIE deberá votar en 2021.

Esa capa rocosa del Antropoceno será todo lo que quedará de nuestro mundo millones de años en el futuro, cuando el ser humano haya desaparecido. Quizá entonces alguien, si es que existe algún alguien que no seamos nosotros, excavará y analizará esos estratos en busca de los testimonios de nuestra época. Y entre los distintos artefactos y materiales, cuando los paleontólogos de ese lejano mañana estudien los fósiles del Antropoceno para entender cómo era entonces la vida terrestre, ¿qué encontrarán? Por supuesto, a nosotros. Pero también algo más:

Sobre todo, huesos de pollo.

Huesos de pollo. Imagen de pixabay.

Huesos de pollo. Imagen de pixabay.

Sí, los huesos de pollo se contarán entre los restos fósiles que mejor definirán nuestra época. Desde sus orígenes salvajes en Asia, este animal se ha convertido desde mediados del siglo XX en uno de los alimentos más consumidos del mundo: cada año se comen unos 60.000 millones de pollos en todo el planeta. La mayoría de sus restos acaban en vertederos; cuando estos se fosilicen, allí quedará para siempre la huella del ave más abundante de la era humana.

Junto a los pollos, también se encontrarán a mansalva fósiles de vacas, ovejas, cabras y cerdos. Esta es la conclusión de la paleobióloga Karen Koy y el paleontólogo Roy Plotnick, que acaban de publicar un estudio en la revista Anthropocene en el que han condensado la información de más de 200 trabajos previos para entender cómo será el registro fósil del Antropoceno.

Según Plotnick y Koy, entre tal avalancha de fósiles de humanos y sus animales –que incluyen también perros y gatos–, será difícil encontrar restos de alguna especie salvaje. Además, añaden los autores, los cementerios y vertederos ofrecerán mejores condiciones de conservación de los restos que los lugares de fosilización natural, por lo que a esos hipotéticos paleontólogos del futuro les costará mucho hacerse una idea de cómo era la biodiversidad salvaje de nuestra época. «La posibilidad de que un animal salvaje forme parte del registro fósil es muy pequeña», escriben. Una posible excepción, dicen, serían ciertos animales de caza como el ciervo.

¿Qué llegarán a saber de nosotros esos hipotéticos visitantes del futuro? Por desgracia y a no ser que encontremos un modo de preservar toda la información de nuestra civilización en un formato que resista el paso de los evos y que no necesite un soporte tecnológico para ser leída e interpretada, solo podremos pasar a la historia del universo, si llega a existir tal cosa, como los comedores de pollo.

Un planeta habitable no es solo cálido, y la Tierra es un caso muy raro

La Tierra es un raro y excepcional oasis, el único en un volumen de espacio de al menos 33,5 años luz cúbicos, o unos 3.500 hexillones de kilómetros cúbicos (millones de millones de millones de millones de millones de millones), si no me han fallado las cuentas.

Esto, considerando que el Sistema Solar se extiende hasta un radio de unos 2 años luz, que es a donde alcanza la influencia gravitatoria del Sol. Pero naturalmente, el espacio en el que la Tierra es el único reducto de vida es en realidad mucho mayor, extendiéndose hasta al menos la distancia donde alcanza la influencia gravitatoria de las estrellas más próximas. Si es que alguna de ellas acoge algún planeta con vida, que hasta ahora no nos consta.

Cierto que incluso estas gigantescas cifras suponen solo una minúscula y despreciable porción del universo visible. Pero para situar las cosas en su perspectiva adecuada, de vez en cuando conviene tratar de imaginar lo que estos números representan para ser conscientes de que no vivimos en un lugar cualquiera; en contra del principio de mediocridad –que en este caso es más una premisa que un principio–, todo lo que vamos conociendo sobre la Tierra y sobre otros planetas nos lleva a la idea de que el nuestro sí es un planeta excepcional.

Imagen de Max Pixel.

Imagen de Max Pixel.

Recientemente hemos sabido del descubrimiento de 18 nuevos exoplanetas de tamaño parecido al de la Tierra, que permanecían ocultos en los datos del telescopio espacial Kepler y se han revelado al aplicar un nuevo algoritmo. El hallazgo de planetas en otros sistemas estelares se ha convertido ya en algo casi rutinario; ya se conocen más de 4.000. De ellos, muchos se han presentado como «habitables»; es decir, que orbitan a una distancia adecuada de su estrella como para que las temperaturas en su superficie sean moderadas y permitan la posible existencia de agua líquida. Uno de los 18 nuevos exoplanetas podría cumplir esta condición.

Pero evidentemente, es fácil imaginar que una temperatura moderada no basta para hacer a un planeta habitable. Hace un par de meses conté aquí un estudio según el cual solo uno de los exoplanetas rocosos conocidos podría tener un campo magnético similar al terrestre, que en nuestro planeta protege la atmósfera y la vida del viento y la radiación estelar y ha ayudado a que la Tierra no pierda su agua.

De hecho, una frecuente objeción a la posible presencia de vida en otros planetas es la radiación a la que pueden estar sometidos. Algunos expertos actualmente favorecen las estrellas enanas rojas, tal vez las más abundantes en nuestra galaxia, como las mejores candidatas para albergar planetas con vida. Pero muchas de estas estrellas son fulgurantes, de temperamento tan violento que pueden duplicar su brillo en unos minutos, y la radiación de esas llamaradas súbitas puede hacer sus presuntos planetas habitables realmente inhabitables.

Además, los planetas en zona «habitable» (entiéndase, cálida) de las enanas rojas suelen estar tan cerca de su estrella que tienen acoplamiento mareal; es decir, siempre dan la misma cara, como la Luna a la Tierra. Lo cual probablemente implique que uno de los lados está permanentemente a temperaturas que congelan hasta los gases.

Con todo lo anterior ya tenemos no una, sino siete condiciones que debería cumplir un planeta para ser teóricamente habitable: una temperatura moderada, un sustrato de roca, una atmósfera, agua, un fuerte campo magnético, una estrella no demasiado violenta y preferiblemente una rotación no sincronizada con la de su estrella. La Tierra cumple todas estas condiciones. Es el único planeta del Sistema Solar que las cumple. Y como ya he dicho, hasta ahora solo se conoce un único exoplaneta que posiblemente cumpliría tres de ellas.

Un exoplaneta considerado "habitable" podría ser esto. Imagen de Max Pixel.

Un exoplaneta considerado «habitable» podría ser esto. Imagen de Max Pixel.

Pero aquí no acaban los requisitos. Recientemente, la revista Science publicaba un artículo en el que un grupo de investigadores de la Institución Carnegie para la Ciencia (EEUU) analizaba precisamente cuáles son las condiciones necesarias para considerar que un planeta podría ser habitable. Y entre ellas, destacaban la importancia de algo que suele olvidarse: el interior.

En resumen, los autores vienen a subrayar que el movimiento de las placas tectónicas en la Tierra es crucial para preservar el clima adecuado del que depende la vida. La tectónica de placas mantiene el ciclo de carbonatos-silicatos, por el que se reciclan los materiales geológicos entre la superficie y el interior de la Tierra. El cambio climático tiene mucho que ver con la alteración de este ciclo por las emisiones antropogénicas de gases de efecto invernadero; de hecho, la catástrofe de este ciclo fue lo que convirtió a Venus en un infierno inhabitable. Al mismo tiempo, la tectónica de placas mantiene también la convección en el interior de la Tierra que crea el campo magnético que a su vez nos protege de la radiación.

Habitabilidad de un exoplaneta. Imagen de Shahar et al / Science.

Habitabilidad de un exoplaneta. Imagen de Shahar et al / Science.

Y todo esto, sugieren los autores, a su vez depende de la composición química de la Tierra. Es decir, que elementos fundamentales en la geología de los planetas rocosos como carbono, oxígeno, hidrógeno, hierro, silicio o magnesio, tal vez tengan que hallarse en las proporciones precisas y haber sufrido unos determinados procesos de calentamiento y enfriamiento en la infancia del planeta para que exista esa geodinámica que sustenta la vida. Si esos mismos elementos se encuentran en proporciones diferentes, o la evolución del planeta es distinta, tal vez no sea posible la vida.

Así que ya tenemos: una temperatura moderada, un sustrato de roca, una atmósfera, agua, un fuerte campo magnético, una estrella no demasiado violenta, preferiblemente una rotación no sincronizada con la de su estrella, presencia de ciertos elementos químicos en proporciones precisas, una evolución favorable en la historia inicial del planeta, tectónica de placas y un ciclo estable y adecuado de carbonatos-silicatos. Todo esto es lo que posiblemente se necesite, según distintos expertos, para decir que un planeta podría ser habitable.

Así que, sí, la Tierra es un lugar extremadamente raro. Tanto que hasta ahora no se ha encontrado otro igual. Por supuesto, a todo este asunto de la habitabilidad planetaria se le suele aplicar esa famosa coletilla: vida «tal como la conocemos». Sobre la otra hay mucha ciencia ficción. Pero dado que en el mundo real ningún científico serio y acreditado ha aportado el menor indicio creíble de que pueda haberla de otro tipo, ni siquiera en teoría, dejémoslo en que vida «tal como la conocemos» es sencillamente «vida». Al menos, mientras nadie demuestre lo contrario.

¿Nos acerca el lago de Marte al descubrimiento de vida? (Spoiler: no)

En este blog suelo reaccionar con cierta frialdad a los hallazgos de agua en Marte, y no precisamente por falta de interés. Más bien todo lo contrario: Marte es el único material científico del que he tirado en mi actividad extraescolar como novelista (Tulipanes de Marte), así que puede imaginarse mi cariño especial por nuestro vecino planetario del cuarto, al que suelo contemplar en el cielo con un loco e imposible sueño viajero detrás de la mirada; sobre todo en días como estos, cuando físicamente está tan cerca de nosotros.

Entiéndase, el hallazgo de una (probable) gran extensión de agua líquida bajo el hielo del polo sur de Marte es uno de los mayores descubrimientos recientes de la ciencia planetaria. Cuando supe de la noticia, lo primero que quise saber es ¿por qué ahora? ¿Por qué no hasta ahora? Y me maravilló la astucia de los investigadores italianos, que modificaron el manejo de los datos para revelar algo que hasta entonces había pasado inadvertido al radar de la sonda orbital Mars Express debido a que el software del aparato enviaba la media de cada 100 lecturas, lo que anulaba la señal del agua. Al actualizar el software para que enviara los registros individuales, allí apareció la firma del agua líquida; quizá no un lago como tal, sino un estrato de roca porosa mojada. Pero agua.

Casquete de hielo en el polo sur de Marte, bajo el cual puede existir un lago de agua líquida. No todo es hielo de agua, ya que el hielo seco (CO2) también está presente. Imagen de ESA/DLR/FU Berlin/CC BY-SA.

Casquete de hielo en el polo sur de Marte, bajo el cual puede existir un lago de agua líquida. No todo es hielo de agua, ya que el hielo seco (CO2) también está presente. Imagen de ESA/DLR/FU Berlin/CC BY-SA.

Mi tibieza no se debe a que el agua líquida en Marte sea un presunto hallazgo recurrente que ya nos ha decepcionado en ocasiones anteriores. Aquí conté la última de ellas: en 2011 y 2015 se publicaron indicios que apoyaban la existencia de torrentes estacionales de agua, en concreto lo que parecía ser una salmuera muy concentrada que puede permanecer en estado líquido hasta -70 oC. Sin embargo, el pasado noviembre se cortaba el agua en Marte: nuevos datos indicaban que en realidad –y a fecha de hoy; la ciencia de verdad es la única que rectifica cuando se equivoca– aquellos torrentes no contienen otra cosa que polvo y arena.

En el caso del nuevo estudio, los expertos han señalado que los datos del radar son muy sugerentes, pero no definitivos, y que deberán contrastarse con otras lecturas. Pero como voy a explicar, incluso aunque la existencia del lago marciano se confirme, en realidad no añade gran cosa a la posibilidad de vida actual en Marte, ni mejora la posición de este planeta en el ranking de lugares del Sistema Solar que hoy podrían albergar comunidades de microbios.

En realidad, la existencia de agua en Marte la conocemos desde 1963, cuando se confirmó la presencia de vapor de agua. En la enrarecida atmósfera marciana el agua hierve a 10 oC y las temperaturas son de congelación profunda, por lo que el hielo y el vapor son claramente lo que allí más se despacha. Pero dado que la geología marciana conserva pruebas abundantes de un pasado acuoso y una vez demostrado que las moléculas de H2O han resistido durante millones de años a la pérdida de la mayor parte de la atmósfera marciana, el resto es una cuestión de buscar nichos con las condiciones adecuadas de presión y temperatura para encontrar el agua en estado líquido.

Y a priori, es muy probable que estos nichos existan. Sin embargo, sus condiciones son brutales. En 2008 la sonda Phoenix de la NASA, posada en el ártico marciano, analizó el suelo y detectó perclorato, una forma extremadamente oxidada del cloro. Phoenix también confirmó la existencia de hielo de agua fuera de los casquetes polares y quizás incluso de gotitas de agua líquida; también vio nevar en Marte.

En lo que se refiere al perclorato, este anión –o esta sal, si lo prefieren– actúa como un potente anticongelante y puede facilitar la presencia de agua líquida en el gélido ambiente marciano. Pero el descubrimiento de este compuesto complicaba las cábalas sobre la posible existencia de microbios marcianos, porque el perclorato es un arma de doble filo: por un lado, es tóxico para la vida en general. Pero por otro, en la Tierra existen microbios que se alimentan de perclorato en lugares como el desierto chileno de Atacama, el enclave más seco de la Tierra.

Pero… como siempre suelo subrayar, los microbios extremófilos terrestres (aquellos que viven en condiciones casi imposibles, como los volcanes, los polos o Chernóbil) son parte de una enorme masa de biodiversidad que se ha expandido para colonizar todos los hábitats a su alcance. Que sepamos, esto no se aplica a Marte. Algunos estudios sugieren que los microbios terrícolas que comen perclorato pudieron ser pioneros evolutivos de nacimiento muy temprano, antes de que la atmósfera terrestre se llenara de oxígeno, lo que sería un argumento a favor de la posible aparición de seres similares en Marte cuando aquel planeta y el nuestro seguían vidas paralelas, al comienzo de su existencia. Pero en el fondo, no lo sabemos, y los astrobiólogos aún discuten si la presencia de esta sal es una buena o una mala noticia para la posibilidad de vida marciana (ver, por ejemplo, aquí y aquí).

En resumen, el perclorato y las temperaturas ambientales son factores que condicionan la posibilidad de agua líquida en Marte, pero también son los principales factores limitantes para la vida en Marte, incluso una vez demostrada la existencia de agua líquida. Así, el hallazgo de un lago probablemente perclórico deja las cosas más o menos como ya estaban respecto a las especulaciones sobre la vida marciana.

Por otra parte, desde hace tiempo se conoce la existencia de cuerpos del Sistema Solar que tienen no un posible lago subglacial, sino todo un inmenso océano global. Dos ejemplos son Encélado, luna de Saturno, y Europa, satélite de Júpiter. Es más, en estas lunas se cree que el agua se mantiene líquida bajo el hielo por un calentamiento debido a la fricción de las mareas causadas por el tirón gravitatorio de los grandes planetas, por lo que estos océanos no necesitarían grandes cantidades de sales tóxicas y serían por tanto más hospitalarios para la vida que un posible lago en Marte.

En resumen, Marte continúa siendo una incógnita, pero en principio sigue pareciendo un objetivo mucho menos prometedor para la búsqueda de vida que otros lugares del Sistema Solar como Europa o Encélado, o incluso Titán (Saturno) o Ganímedes (Júpiter).

En cualquier caso, el argumento final es sin duda el más desolador. Y es que, si alguien espera que de inmediato se prepare una misión para comprobar si hay algo vivo en ese presunto lago marciano, que abandone toda esperanza: los actuales protocolos de protección planetaria, a los que se adhieren organismos como la NASA y la ESA, recomiendan evitar el envío de sondas a enclaves extraterrestres donde los microbios terrícolas polizones podrían contaminar la vida nativa. O sea, que si hay sospecha de vida no pueden enviarse sondas, y si no se envían sondas nunca sabremos si hay vida. Un bonito ejemplo de lo que aquella novela de Joseph Heller acuñó como una trampa 22.

El mayor espectáculo del mundo se rompe en dos (dentro de millones de años)

Esta semana ha sido noticia, si bien de las que apenas nos interesan a unos pocos, el arañazo de varios kilómetros de longitud que se ha abierto de repente en el suroeste de Kenya. Ha ocurrido alrededor de la carretera de Mai Mahiu a Narok, una ruta bien conocida para todos los que frecuentamos aquellos lugares, ya que se trata de la vía más directa que une la capital, Nairobi, con la reserva de Masai Mara.

La grieta apareció en realidad hace un par de semanas, aunque la noticia ha tardado algunos días en propagarse a través de la red. El jueves lo contaba mi compadre Miguel Criado en la web de El País. El desgarrón en el suelo puede apreciarse en este vídeo tomado desde un dron para el diario kenyano Daily Nation:

El lugar donde esto ha sucedido es la sede del mayor espectáculo natural del mundo, el Gran Valle del Rift, una fractura en la faz de la Tierra que se extiende a lo largo de unos 6.000 kilómetros, desde Mozambique, al sur, subiendo por la región de los grandes lagos al este de África, cruzando el mar Rojo y terminando en el Líbano. Pero lo que lo convierte en el mayor espectáculo del mundo no es solamente una curiosidad geológica, sino sobre todo la explosión de vida que allí ha tenido lugar y que aún a duras penas se conserva.

En el sector de África Oriental, donde mejor se distingue la geografía del valle, se asientan lagos como Turkana, Nakuru, Elmenteita y Bogoria, que han ido acumulando sales a lo largo de millones de años y que congregan inmensas bandadas de flamencos y otras especies. Los lagos de agua dulce como el Naivasha, el Victoria o el Baringo, junto con sus muchos ríos y arroyos, mantienen una cantidad y variedad de animales que no pueden observarse con tanta facilidad en ningún otro lugar del planeta. La ranura que forma el valle en el paisaje africano se ve agujereada por cráteres de antiguos volcanes como el Suswa o el Longonot.

Y por supuesto, en el ecosistema formado por Masai Mara y el Serengeti se representa año a año el mayor movimiento de megafauna de la Tierra, la Gran Migración de millones de ñus, cebras, gacelas y otros herbívoros siguiendo los ciclos de las lluvias y sirviendo como enorme supermercado para miles de carnívoros. Por si aún fuera poco, durante décadas se ha considerado que el Rift era la cuna de la humanidad, dado que allí se han encontrado los restos de algunos de nuestros ancestros más antiguos. Y aunque hoy existen otras regiones candidatas en el continente africano, incluso si el Rift no llegó a ser el paritorio del ser humano, al menos sí fue el primer parquecito donde aprendimos a jugar, y no podía existir otro mejor.

He tenido la suerte de poder enseñar todas aquellas maravillas a algunas personas que las descubrían por primera vez, y he disfrutado mucho de su pasmo ante el espectáculo; tanto como si les estuviera revelando algo mío propio, que en cierto modo lo es. Mi itinerario favorito es salir de Nairobi directamente hacia el Rift, ya sea a Naivasha, Nakuru y los lagos del norte o a Masai Mara. Desde las tierras altas fértiles que bordean la capital –Nairobi está a unos 1.700 metros de altura–, la carretera se interna en el terreno ondulado y selvático de la escarpadura Kikuyu, hasta que de repente, detrás de una curva, aparece ese gigantesco cañón que se extiende a izquierda y derecha hasta donde alcanza la vista, tapizado de amarillo frente al verde de la meseta y suavemente levantado en algunas cimas mansas. Mientras la carretera se cuelga de la sierra para ir posándose al fondo del valle, hay varios miradores donde detenerse a dejar vagar la mirada por aquel río de polvo y hierba.

Esta imagen de Google Maps y este mapa (mío propio) les ayudarán a hacerse una composición de lugar. Nairobi aparece abajo a la derecha. El Rift es la franja de color pardo que corre a su izquierda, de arriba abajo, y donde destaca sobre todo el ojo redondo del cráter del monte Suswa. Masai Mara es la región con forma más o menos de trapecio que se ve a la izquierda, debajo de Talek y lindando con la frontera tanzana (la línea blanca). La carretera donde se ha abierto la grieta, la B3, pasa de izquierda a derecha justo al norte del Suswa.

Imagen de Google Maps.

Imagen de Google Maps.

© Javier Yanes / Kenyalogy.com.

© Javier Yanes / Kenyalogy.com.

La noticia de la nueva grieta y el hecho de que haya aparecido en la fractura natural del Rift ha llevado a varios medios a publicar titulares anunciando una casi inminente ruptura de África en dos. Y es cierto que el continente se partirá por esta línea, desgajando la masa de tierra en dos y abriendo un nuevo océano entre ambos bloques. Pero esto no ocurrirá hasta dentro de millones de años, cuando probablemente no quede ningún ser humano aquí para verlo. Y por supuesto, no sucederá de golpe; el Rift se está abriendo, pero a razón de como mucho un par de centímetros al año.

Lo cierto es que hoy los geólogos explican el Rift como una combinación de fenómenos relacionados pero distintos, donde ni todo lo que se ve es, ni todo lo que es se ve. La causa principal de la existencia de esta fractura es la colisión entre las placas tectónicas, los retales flotantes de los que está hecha la superficie terrestre. Desde el este y el norte, la placa India y la Arábiga empujan contra la placa Africana y la están partiendo en dos a través del Rift, donde se abren algunas fallas activas y otras antiguas, ya fosilizadas. El resultado final de este lentísimo proceso serán dos placas separadas que ya tienen nombre, la Nubia al oeste y la Somalí al este. Masai Mara, los lagos del Rift y sus volcanes quedarán entonces sumergidos bajo las aguas.

En cuanto a la nueva grieta, los geólogos ya se han apresurado a aclarar que no, que la idea de que África está comenzando a rajarse rápidamente es una fantasía sin ningún fundamento, y que si bien la trinchera abierta en el suelo de Kenya está relacionada con la inestabilidad del Rift, no es ningún principio de nada cataclísmico.

En el diario The Guardian, el sismólogo Stephen Hicks repasa las pruebas disponibles para concluir que la grieta «no es de origen tectónico», es decir, que no se debe a un brusco movimiento rápido de las placas, sino que probablemente se debe a la erosión por las lluvias recientes. En Twitter, la geóloga Helen Robinson decía: «tras contactar con el director del Servicio Geológico de Kenya a través de mi trabajo en Kenya, se cree que la causa de esto es un rápido flujo de agua subterránea como resultado de lluvias fuertes y repentinas, después de sequías prolongadas».

De hecho, incluso si hubo actividad sísmica en la zona antes de la apertura de la grieta, algo que no parece confirmado, y a pesar de lo que habitualmente podemos ver en las películas de terremotos, el geólogo David Bressan escribe en Forbes: «la idea de que durante un terremoto se abre una gran fisura es más bien una leyenda urbana».

En resumen y según los expertos, esta es la explicación más probable: la grieta no se ha abierto ahora, sino que ya existía, solo que estaba oculta. Tal vez se trate de una falla inactiva fosilizada, que estaba rellena y taponada por materiales sueltos como las cenizas volcánicas de antiguas erupciones. Sobre este suelo inestable se había formado una costra de tierra endurecida por las sequías. Las fuertes lluvias recientes en la región han empapado el suelo y han alimentado corrientes de aguas subterráneas que han arrastrado las cenizas, dejando solo la cáscara superficial que ha terminado por venirse abajo.

De hecho y como también señala Bressan, barrancos como este son frecuentes en la zona y pueden apreciarse incluso en las fotos de Google Maps. Si han visitado aquellos parajes, habrán comprobado que abundan los cauces secos estacionales, pero también que en muchos lugares se abren zanjas en el suelo sin una razón aparente. Y si aún no los han visitado, sepan que no se puede dejar pasar una vida sin conocer el más increíble espectáculo natural del planeta.

¿Adiós al agua líquida en Marte?

Cualquiera que haya dado un paseo por este blog sabrá que aquí se apoya la exploración espacial tripulada. Los motivos no son estrictamente científicos. Ateniéndonos solo a la ciencia, la defensa de las sondas robóticas tiene todos los argumentos a favor. El uso de máquinas para explorar el Sistema Solar ha aportado innumerables hallazgos valiosos, a un precio ridículo en comparación con lo que costaría enviar gente a las mismas misiones. Y los ingenieros cada vez están logrando avances más increíbles al lograr empaquetar en estas sondas tipos de aparatos que antes solo eran concebibles en un laboratorio terrestre, como el espectrómetro Raman que viajará a Marte en 2020 a bordo del rover europeo de la misión ExoMars.

Pero dejando aparte que la especie humana está destinada o condenada (utilícese el verbo que cada cual prefiera según que esto le parezca un destino o una condena) a expandirse algún día más allá de su cuna, como ha hecho a lo largo de toda su historia, las sondas tienen limitaciones. Los datos que aportan a veces dejan tanto margen a la interpretación que las conclusiones pueden fallar. Les cuento un caso actual.

En 2010, el entonces estudiante universitario (y guitarrista de heavy metal, que esto también suma) Lujendra Ojha, trabajando en la Universidad de Arizona bajo la dirección del geólogo planetario Alfred McEwen, analizó las fotos de Marte tomadas por la cámara HiRISE de la sonda Mars Reconaissance Orbiter (MRO) de la NASA. En las imágenes observó unas peculiares marcas oscuras en algunas laderas marcianas, como las que dejaría un torrente de agua al fluir por una duna de arena.

Al año siguiente, el análisis de los datos se publicaba en la revista Science. Los investigadores llamaban a estas marcas Líneas Recurrentes en Pendiente (en inglés, Recurring Slope Lineae o RSL), un nombre que no hacía referencia alguna a una posible naturaleza líquida. Pero en el estudio se atrevían a apostar: «Salmueras líquidas cerca de la superficie podrían explicar esta actividad, pero el mecanismo exacto y la fuente de agua aún no se conocen».

RSL (marcas oscuras) en el cráter Horowitz de Marte. Imagen de NASA/JPL/University of Arizona.

RSL (marcas oscuras) en el cráter Horowitz de Marte. Imagen de NASA/JPL/University of Arizona.

En el ambiente marciano es difícil que exista agua líquida. Su atmósfera es tan tenue que el agua pura hierve a solo 10 ºC, lo que unido al intenso frío deja muy poco margen: en las condiciones más habituales allí, el hielo se sublima, pasa directamente a la fase de vapor. Únicamente el agua con una gran concentración de sal, una salmuera, podría circular en estado líquido, y solo en ciertos lugares del planeta y durante ciertas épocas del año. Pero curiosamente, Ojha había detectado que las RSL aparecían en las estaciones templadas para desaparecer en las más frías.

Con todo esto, la posibilidad de que las RSL contuvieran agua líquida tenía bastante sentido, sobre todo después de que en 2009 la sonda Phoenix de la NASA posada en suelo marciano hubiera detectado unas gotitas en sus propias patas que los responsables de la misión interpretaron como agua líquida (lo conté aquí en el diario para el que entonces trabajaba). Había sed de agua en Marte, y el estudio de Ojha y McEwen fue recibido con enorme entusiasmo: donde hay agua líquida, puede haber vida.

El entusiasmo se desbordó cuatro años después, en 2015, cuando un nuevo estudio publicado en Nature Geoscience por Ojha, McEwen y sus colaboradores presentaba los datos del espectro luminoso en la región de las RSL. Estudiando la composición de las ondas de la luz reflejada, los científicos pueden aproximarse a saber qué tipo de compuestos están presentes en el terreno. Y en este caso, los resultados indicaban que las RSL contenían sales hidratadas.

Aún más, las sales presentes parecían ser percloratos, un tipo de sustancia descubierta en Marte años antes por la Phoenix y que, en suficiente cantidad, podría dar un margen a la existencia de agua líquida entre -70 y 24 ºC. «Nuestros hallazgos apoyan poderosamente la hipótesis de que las RSL se forman como resultado de la actividad contemporánea de agua en Marte», escribían los investigadores. Pero en la rueda de prensa celebrada para presentar los resultados, el Director de Ciencia Planetaria de la NASA, Jim Green, dejaba de lado el prudente lenguaje formal de los estudios científicos: «Bajo ciertas circunstancias, se ha encontrado agua líquida en Marte».

Con esta tajante afirmación de Green, la presencia de agua líquida en Marte quedaba a todos los efectos oficialmente convertida en eso que en el lenguaje de la calle suele llamarse algo «científicamente demostrado». Pero ya lo he dicho aquí muchas veces: la ciencia sirve para refutar, no para demostrar. Y en efecto, refuta.

Las dudas comenzaron a surgir en agosto de 2016, cuando un nuevo estudio dirigido por el investigador de la Universidad del Norte de Arizona Christopher Edwards y publicado en Geophysical Research Letters analizaba datos térmicos de las RSL recogidos por la sonda Mars Odyssey de la NASA, en la órbita marciana. La conclusión desinflaba el globo del agua marciana: «las diferencias de temperatura superficial entre los terrenos con y sin RSL son consistentes con la ausencia de agua en las RSL», decía el estudio. También en este caso, Edwards era más contundente en sus declaraciones, comparando el contenido en agua de las RSL con el de «las arenas desérticas más secas de la Tierra».

El estudio de Edwards aún dejaba la puerta entreabierta a la posibilidad de que existiera algo de agua en las cabeceras de las RSL. Pero ahora, un nuevo estudio añade un clavo más al ataúd del agua líquida marciana. Algunos de los autores originales del descubrimiento de las RSL, incluyendo a McEwen pero no a Ojha, han vuelto a analizar imágenes en 3D de 151 RSL tomadas por la MRO, llegando ahora a la conclusión de que los presuntos torrentes marcianos probablemente no contienen otra cosa que polvo y arena, como las pequeñas avalanchas que se producen en las dunas de los desiertos terrestres.

RSL en el cráter Tivat de Marte. Imagen de NASA/JPL/University of Arizona/USGS.

RSL en el cráter Tivat de Marte. Imagen de NASA/JPL/University of Arizona/USGS.

«Los volúmenes de agua líquida pueden ser pequeños o cero», escriben los investigadores en su estudio, publicado en Nature Geoscience. Según el coautor del trabajo Colin Dundas, «las pendientes son más bien lo que esperaríamos de arena seca. Esta nueva comprensión de las RSL apoya otras pruebas de que hoy Marte es muy seco».

Los científicos aún no saben cómo se forman las RSL, ni por qué son estacionales. Tampoco descartan la posibilidad de que algo de agua intervenga en su origen, ya que la presencia de las sales hidratadas parece firme. Pero en cualquier caso, la cantidad de agua posiblemente asociada a los percloratos sería insuficiente para sostener la vida microbiana, según los investigadores.

Dejando aparte la valiosa lección –que otros ámbitos de la actividad humana deberían imitar– de cómo los científicos son capaces de rectificar, llegamos a una conclusión obvia. Y es que todo este batiburrillo, con años de investigación y resultados inciertos o conflictivos, se resolvería en apenas unas horas con un ser humano pisando el terreno, acercándose a una RSL, observando, recogiendo muestras y analizándolas in situ. Sin errores, dudas ni rectificaciones, mañana mismo sabríamos definitivamente si hay o no hay agua líquida en las RSL.

Ciencia semanal: CSI prehistórico, y el problema de la vivienda en Marte

Un repaso a las noticias científicas más destacadas de la semana.

Donde no hay huesos neandertales, también puede haber ADN

Arqueólogos y paleoantropólogos contaban tradicionalmente solo con huesos, objetos y otros restos de actividad para investigar la existencia de nuestros ancestros y parientes extintos. En este siglo se ha comenzado a sacar partido a estos vestigios mucho más allá de la simple observación, gracias a técnicas físicas y moleculares. El año pasado se logró leer parte del genoma de huesos de individuos que vivieron en la Sima de los Huesos de Atapuerca hace más de 400.000 años, algo que habría parecido imposible hace solo unos años.

Pero ya ni siquiera es imprescindible encontrar huesos para rastrear la huella genética de humanos que murieron hace miles de años. Esta semana, los genios del ADN antiguo del Instituto Max Planck alemán han aplicado una técnica desarrollada en los últimos años y que recupera material genético directamente de la roca del suelo. Es la primera vez que este método se emplea con éxito en el sedimento de cuevas antiguamente habitadas por humanos. Los investigadores, con participación española, han logrado rescatar ADN legible de neandertales y denisovanos (una probable especie emparentada con los neandertales, aún bastante desconocida) de hasta 130.000 años de antigüedad y de varias cuevas de Europa y Siberia; una de ellas, la asturiana de El Sidrón, uno de los yacimientos neandertales más importantes del mundo.

Cueva de El Sidrón. Imagen de Joan Costa / CSIC.

Cueva de El Sidrón. Imagen de Joan Costa / CSIC.

Más que aportar nuevos hallazgos, el hallazgo del estudio es el logro técnico, la posibilidad de confirmar qué especie humana habitaba un enclave incluso cuando no hay restos óseos. Pero los nuevos resultados sin duda llegarán, una vez que la técnica comience a extenderse. En el análisis de ADN antiguo se están superando hitos que antes parecían inalcanzables, y ya no es descabellado pensar que en unos años podamos llegar a conocer el perfil genético de especies tan alejadas en el pasado como los australopitecos, que se pueda rastrear genéticamente el origen y las migraciones de los distintos linajes humanos, y que se pueda zanjar definitivamente el debate sobre especies controvertidas como el Homo floresiensis, el hobbit de la isla de Flores.

Más detalles sobre el estudio aquí.

El Nuevo Mundo, un poco más viejo

Frente a lo que algunos parecen creer, hablar de América como el Nuevo Continente no es en absoluto un concepto eurocéntrico; aquella fue la última gran masa de tierra en ser ocupada por los humanos. Pero ¿cuándo? Aún no se ha dicho la última palabra. Hasta este mismo año se manejaban fechas posteriores a los 20.000 años atrás como el momento en que los Homo sapiens cruzaron un puente de tierra que entonces unía las actuales Siberia y Alaska, hoy separadas por el estrecho de Bering. Sin embargo, en enero esta primera excursión americana se atrasó hasta los 24.000 años.

Ahora, un estudio publicado esta semana en Nature pulveriza esta cronología, al demostrar que un yacimiento de California fechado en 130.000 años de antigüedad muestra claros signos de que hubo alguien allí procesando huesos de mastodonte con martillos y yunques de piedra. Hasta hace una semana, hablar de un enclave arqueológico americano de 130.000 años de edad era algo tan creíble como encontrar un iPad entre los restos del Titanic. Pero ya no. Y a medida que los nuevos hallazgos van empujando hacia atrás las fechas de la primera ocupación de América, quién sabe lo que podría llegar a encontrarse. ¿Homo erectus americanos?

Huesos de mastodonte del yacimiento de California. Imagen de San Diego Natural History Museum.

Huesos de mastodonte del yacimiento de California. Imagen de San Diego Natural History Museum.

Ladrillos para Marte

Ladrillo fabricado con suelo marciano simulado. Imagen de UC San Diego.

Ladrillo fabricado con suelo marciano simulado. Imagen de UC San Diego.

Uno de los mayores retos para una futura colonización de Marte es uno de los primeros requerimientos básicos del ser humano: un lugar donde vivir, especialmente allí donde no se puede vivir al aire libre y donde todo tiene que transportarse desde otro planeta. Hasta hoy se han manejado conceptos sencillos pero inspirados, como una burbuja hinchable rellena de hielo, y otros tremendamente complejos, como hábitats impresos en 3D empleando materiales locales, hornos nucleares o polímeros para dar consistencia al suelo marciano.

La solución planteada esta semana por un equipo de investigadores en la revista Scientific Reports parecería demasiado buena para ser cierta, pero lo es. Mientras trataban de encontrar la cantidad mínima de polímeros necesaria para construir ladrillos con el suelo marciano, decubrieron casualmente que esta cantidad mínima era… cero. Compactando el suelo en un soporte flexible y con una presión fácilmente asequible para una maquinaria normal, sin necesidad de hornear ni de agregar aditivos, se obtienen ladrillos con una resistencia superior a la del hormigón armado. Por el momento los científicos solo han producido ladrillos minúsculos, pero aseguran que el procedimiento podrá escalarse fácilmente. El problema de la vivienda en Marte parece solucionado.

Cassini inicia su Grand Finale

El próximo 15 de septiembre, una estrella fugaz brillará en el cielo de Saturno. Será la sonda Cassini de la NASA desintegrándose mientras se zambulle en la atmósfera del planeta gigante. Desde ahora hasta ese Grand Finale, como la NASA lo ha denominado, Cassini va a sumar nuevas y asombrosas imágenes a las que ha capturado durante sus 20 años de vida. Y no olvidemos también que su compañera Huygens, de la ESA, nos envió desde la luna Titán la postal de la tierra más lejana en la que jamás se ha posado un artefacto hecho en este planeta.

Esta semana los responsables de la misión recibieron las imágenes del último acercamiento de Cassini a Titán. El pasado miércoles la sonda ha comenzado la penúltima etapa de su Grand Finale, algo que ningún otro aparato había hecho antes: insertarse en el espacio que queda entre Saturno y sus anillos para describir 22 órbitas, durante las cuales va a fotografiar aquellos parajes de nubes con un detalle inédito hasta ahora.