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¿Realmente empeora el tiempo los fines de semana? ¿Hay una razón?

Todos los años por estas fechas, en los largos coletazos finales de la primavera caprichosa, somos muchos quienes tenemos esta impresión: de lunes a viernes empezamos a quejarnos del calor que nos pica –a muchos les pilla sin el cambio de armario–, pero al menos sabemos que el fin de semana podremos ir de terrazas, cenar al raso y hacer esas otras cosas que nos gusta hacer sin un techo encima, sobre todo cuando hay de por medio humanos en estado larvario.

Hasta que llega el viernes y todo se va al carajo: viene un frente frío, el termómetro se cae al suelo y fuera nos espera otro techo, de nubarrones negros cargados de lluvia. Así que, vuelta a encerrarnos entre cuatro paredes.

Para muestra, dos ejemplos: ocurrió el pasado fin de semana, y vuelve a ocurrir este en ciertas zonas del país.

¿Realmente es así, o es solo algo esporádico que ocurre de forma casual, pero que notamos especialmente porque nos frustra los planes? Y si algo de esto hay, ¿sucede de forma habitual durante todo el año, y es en primavera cuando más lo advertimos?

Típico plan de fin de semana estropeado por la lluvia. Imagen de Lee Haywood / Flickr / CC.

Típico plan de fin de semana estropeado por la lluvia. Imagen de Lee Haywood / Flickr / CC.

Al menos, parece que los meteorólogos y los climatólogos tampoco son inmunes a estas impresiones, y a algunos les ha dado por curiosear para saber si somos nosotros o realmente es el tiempo. En 2008 el climatólogo Arturo Sánchez-Lorenzo, de la Universidad de Barcelona, reunió datos de 13 estaciones meteorológicas dispersas por zonas urbanas y rurales de España, y que comprendían un periodo de 44 años, de 1961 a 2004.

En honor a la verdad, hay que aclarar que ignoro por completo si Sánchez-Lorenzo estaba motivado por el efecto planes-para-el-fin-de-semana-que-se-joden-en-primavera. Pero dado que hoy la influencia de la contaminación antropogénica en el clima ya está sobradamente demostrada, los climatólogos se han preguntado si los ciclos de actividad que varían a lo largo de la semana, como las emisiones de las fábricas y del tráfico, pueden afectar a los ritmos del tiempo meteorológico.

Y curiosamente, aquel estudio descubrió que sí, que algo de ello hay: Sánchez-Lorenzo y sus colaboradores encontraron que los fines de semana en España tienden a ser más soleados en invierno que el resto de la semana, mientras que en primavera y en verano sucede lo contrario, son más fríos y lluviosos. Para comparar los datos, los autores analizaron también una serie histórica de Islandia, descubriendo que allí los fines de semana del invierno son más lluviosos.

“Sugerimos que los ciclos semanales pueden relacionarse con cambios en la circulación atmosférica sobre Europa Occidental, lo que puede deberse a algún efecto indirecto de los aerosoles antropogénicos”, escribían. Los investigadores encontraron también que la presión atmosférica a nivel del mar aumentaba en el sur de Europa durante los fines de semana del invierno; es decir, que en los días centrales de la semana las condiciones eran menos anticiclónicas.

Pero el estudio de Sánchez-Lorenzo no ha sido el único que ha examinado este fenómeno. De hecho, ya en 1998 dos investigadores de la Universidad Estatal de Arizona (EEUU) habían descrito que la lluvia en el Atlántico Norte no se veía afectada por los ciclos semanales, excepto en la superpoblada costa este de EEUU, donde los sábados llovía un 22% más que los lunes. Es más, este efecto ya se había notado antes en algunas grandes ciudades.

Otros investigadores han descubierto que en Alemania cae más lluvia el fin de semana, y que también en este caso los patrones se invierten en invierno y en verano, o que en ciertos lugares de EEUU ocurre justo lo contrario, pero también con una periodicidad semanal, o que algo similar sucede en Melbourne y otras ciudades australianas. Otro estudio encontró que los tornados y las tormentas de granizo típicos de los veranos en ciertas regiones de EEUU tienden a acumularse a mediados de semana.

Pero a pesar de todos estos estudios, los climatólogos advierten de que los datos deben interpretarse con cautela. Algunos expertos descartan la hipótesis de los ciclos semanales, y de hecho también hay algún estudio que no ha encontrado tales efectos. El año pasado, la climatóloga Angeline Pendergrass decía a Business Insider que “el efecto es más psicológico que meteorológico”, dado que incluso si existe alguna diferencia en las temperaturas, es de solo fracciones de grado, demasiado pequeña como para que nos demos cuenta.

Claro que tampoco lo olvidemos: estos estudios manejan valores promedio. Lo cual significa que si durante un par de fines de semana seguidos no ocurre nada apreciable, pero al tercero tenemos boda al aire libre con sandalias y es justo cuando al termómetro se le encoge el ombligo del susto, tal vez la media total de temperaturas no lo note mucho, pero nosotros sí. Y los novios, ni te cuento.

Cuando el buen tiempo es mal tiempo

Durante el reciente vórtice polar que ultracongeló buena parte de EEUU, el bocazas de presidente Donald Trump tuiteó: “En el precioso Medio Oeste, la sensación térmica está llegando a menos 50 grados [centígrados], las temperaturas más frías jamás registradas. En los próximos días, esperen aún más frío. La gente no puede aguantar fuera ni siquiera unos minutos. ¿Qué diablos pasa con el Calentamiento Global? ¡Por favor, vuelve rápido, te necesitamos!”

 

Cómo no, el tuit recibió una avalancha de respuestas por parte de los científicos en Twitter y en la prensa. Y por si alguien aún se lo pregunta, como explicó la Administración Oceánica y Atmosferica de EEUU (NOAA), el calentamiento del mar eleva a la atmósfera más humedad, lo que resulta en tormentas invernales más potentes. Esta agencia respondió al tuit de Trump con otro, “las tormentas invernales no demuestran que el calentamiento global no esté ocurriendo”, acompañado de un dibujo muy tontorrón para que hasta el presidente pudiera entenderlo (yo creo que el dibujo iba con malicia, juzguen ustedes).

 

Pero algo que probablemente nadie le haya explicado a Trump es que el mundo no se acaba en su frontera, ni siquiera construyendo un muro. Y que mientras a los cowboys se les quedaba el lazo tieso, en Australia tienen que comprobar que no hay serpientes en el inodoro y en la ducha antes de utilizarlos. No es broma: rozando los 50 grados, los animalitos escapan del sol refugiándose en los hogares y allí buscan un lugar para darse un chapuzón. Una mujer tuvo la mala fortuna de sufrir un mordisco al sentarse en la taza sin mirar antes. Por suerte, era una pitón, no venenosa; en Australia abundan las serpientes de mordedura letal.

Por nuestras latitudes y longitudes, y aunque según la Agencia Estatal de Meteorología (AEMET) el pasado mes de enero ha sido normal en el conjunto del país en cuanto a temperaturas y precipitaciones, esta normalidad también parece similar a la que se obtiene si se halla la media entre el congelador de EEUU y la barbacoa australiana: en la zona donde vivo, el entorno de la sierra de Madrid, la nieve prácticamente no nos ha visitado, y la AEMET confirma la impresión subjetiva: poca lluvia y temperaturas diurnas por encima de lo normal. Este mes de febrero nos ha robado el invierno y nos mantiene en una primaverilla anticipada que resultaría muy agradable… de no ser porque no debería ser así.

Cuando se habla de los efectos del cambio climático, suelen destacarse los más inmediatos y potencialmente catastróficos a corto plazo, como la elevación del nivel del mar o las consecuencias sobre las cosechas agrícolas. Pero me gustaría recordar aquí otros que no suelen mencionarse tanto, y que son igualmente desastrosos, pues amenazan con descomponer por completo el equilibrio de los ecosistemas, del que a su vez depende la supervivencia de la biosfera de la que también nosotros formamos parte.

A lo largo de la historia de la Tierra, las condiciones ambientales han ido cambiando, como la composición de la atmósfera (incluyendo el nivel de oxígeno) o las temperaturas. Toda la vida terrestre que hoy existe es una consecuencia de cómo la evolución biológica ha ido navegando por esos cambios; si ese recorrido geoclimático y atmosférico hubiera sido diferente, tal vez la vida en la Tierra hoy sería muy distinta. Tal vez los humanos no existiríamos.

Pero incluso con los cataclismos repentinos de extinción masiva, como el impacto de grandes asteroides, la vida ha continuado abriéndose camino, colonizando hasta los hábitats más extremos. Esto no nos dice nada sobre la probabilidad de que la vida haya surgido en otros planetas, pero sí nos enseña que, una vez aparecida, es muy difícil aniquilarla por completo. La vida es un fenómeno muy resistente.

Sin embargo, estas hecatombes súbitas marcan golpes de timón en el rumbo de la evolución; las cosas no suelen volver a ser lo que eran antes. Muchas especies dominantes desaparecen, y otras comienzan a medrar aprovechando el hueco libre en la naturaleza. El caso más conocido es de los grandes dinosaurios; después de su extinción a causa del impacto de un asteroide, tanto los mamíferos como el único grupo de dinosaurios supervivientes –las aves– comenzaron a expandirse. Los expertos discuten qué habría ocurrido de no haberse producido aquella carambola cósmica, y existen diferentes hipótesis sobre cuál habría sido el destino de los dinosaurios y de los mamíferos. Pero parece lo más probable que, de un modo u otro, hoy las cosas serían diferentes.

En estos tiempos nos encontramos en mitad de una catástrofe que nosotros mismos hemos provocado. La acelerada extinción de especies debida al impacto humano sobre la biosfera ha llevado a los científicos a definir un nuevo período geológico, el Antropoceno: aquel en el cual la principal fuerza directora de los cambios en el planeta ya no es la naturaleza, sino el ser humano.

Naturalmente, esos cambios se resumen sobre todo en el calentamiento global. Y además de todos esos efectos contundentes en los que solemos pensar, existe otro que puede marcar uno de esos grandes golpes de timón en la evolución de la vida, y por lo tanto el surgimiento de una nueva era biológica; no mejor ni peor, sino distinta.

Dicho de forma resumida, la naturaleza necesita el invierno. Tal vez podría pensarse que la estación fría es como un parón en la vida, un intermedio en el que todo permanece latente a la espera de que regrese la temporada cálida y todo lo vivo vuelva a salir de sus escondites. Pero no es así. En las plantas de los climas templados existe un fenómeno llamado vernalización, consistente en que el frío dispara ciertos procesos bioquímicos que estimulan la floración. Por lo tanto, sin invierno no hay primavera, o al menos no una primavera sana y fuerte.

Ocurre algo parecido en los insectos. Los bichos han encontrado distintas estrategias para sortear el tiempo frío; algunos mueren, otros se esconden, otros duermen en diapausa, algo parecido a la hibernación. Parece razonable pensar que el invierno serviría a los insectos para fortalecer genéticamente sus poblaciones, eliminando a los individuos menos resistentes y favoreciendo la supervivencia de los más aptos. Pero hay algo más, un fenómeno sorprendente que los científicos están empezando a conocer ahora y que ya conté aquí.

Imagen de pixabay.

Imagen de pixabay.

Como expliqué, experimentos recientes han descubierto que los insectos soportan mejor el calor durante el invierno; sí, el calor. La explicación más plausible es que los cambios bioquímicos que experimentan estos animales durante la estación fría, y que les ayudan a soportar las temperaturas gélidas, les confieren como efecto secundario el superpoder de aguantar también mejor el calor.

Pero estudiando este fenómeno, los investigadores descubrieron algo curioso: ese superpoder de resistencia a temperaturas extremas que los insectos adquieren durante el invierno les sirve para soportar amplias variaciones térmicas durante la primavera; más allá de tratarse de un simple efecto colateral, podría tener una misión biológica, ya que el frío ha preparado a los bichos para aguantar los caprichos primaverales. Si se presenta una primavera más cálida de lo normal después de un invierno suave, los insectos podrían morir. Y si los insectos no están presentes para polinizar las plantas y poner en marcha todos los mecanismos adicionales que mueven en los ecosistemas, puede imaginarse cuáles serían los resultados: no, la vida en la Tierra no se va a extinguir. Pero puede que en el futuro sea muy diferente, por obra y gracia de los humanos.

Frente a todo esto, la reacción más habitual es sacar los tridentes y las antorchas contra la raza humana: somos una plaga, un virus, una lacra, etcétera, etcétera. Pero personalmente no comparto en absoluto esta misantropía nihilista. Tampoco el derrotismo funesto. Una buena parte de la grandeza de este planeta somos nosotros mismos (obviamente, nadie se atribuye a sí mismo la pertenencia a esa plaga, virus o lacra; siempre son los demás). Y uno de los elementos de esa grandeza nuestra no es otro que haber conseguido la ciencia. En la cual podremos encontrar la clave para reparar lo que hemos roto.

El agua, primera causa de muerte por catástrofe natural en España

Tal vez no les sorprenda saber que España es el cuarto país del mundo donde los expatriados dicen sentirse más a gusto (por detrás de Taiwán, Austria y Japón), según una encuesta de la web InterNations que cuenta Business Insider y que ha tenido en cuenta factores de calidad de vida como el bienestar, la seguridad, las infraestructuras, los servicios y el equilibrio entre trabajo y ocio.

Los encuestados han destacado la facilidad de integración por la actitud de acogida de los españoles hacia los extranjeros, algo que nos honra. Pero también, según BI, juega a nuestro favor algo que simplemente nos hemos encontrado aquí: el clima. Lo que aquí llamamos frío polar no suele ser para tanto, al menos en la mayor parte del territorio y en comparación con nuestros vecinos del norte. Grandes tornados o huracanes son algo desconocido para nosotros. Y si hablamos de violentos fenómenos terrestres, al menos en este momento geológico parece que estamos a salvo de erupciones volcánicas. No así de los terremotos, pero tampoco estamos entre las regiones más castigadas por los temblores.

Claro que también tenemos nuestro azote endémico: el agua. Hace unos días, el Colegio Oficial de Geólogos (ICOG) recordaba que  las inundaciones son la primera causa de víctimas mortales por catástrofe natural en España, seguidas por los temporales marítimos como los que están batiendo las costas durante estos días. Entre 1995 y 2014 han muerto 249 personas por esta segunda causa, según cifras del Ministerio de Agricultura y Pesca, Alimentación y Medio Ambiente recogidas por el ICOG.

Temporal en Donosti. Imagen de Efe.

Temporal en Donosti. Imagen de Efe.

Si algo se espera de un país con casi 8.000 kilómetros de costa es que haya aprendido a mitigar los efectos de los temporales, sobre todo cuando, como recordaba también el ICOG, “la densidad media de población de los municipios costeros es 3,8 veces superior a la media del conjunto nacional, llegando a más de 10 veces sobre la media durante la época estival, según datos del Instituto Nacional de Estadística”.

El comunicado del ICOG que subrayaba estos datos tiene como misión precisamente llamar la atención sobre lo mal preparados que estamos para defendernos de los embates del mar. Y la advertencia de los geólogos es muy necesaria y oportuna, porque estos días atrás hemos podido observar cómo muchos medios han tratado los destrozos debidos a los temporales como si fueran la consecuencia inevitable de la furia de los dioses desatada sobre los pobres mortales. Manuel Regueiro, presidente del ICOG, acierta al poner el acento sobre algo que debería resultar obvio, pero que al parecer no lo es: los temporales no son “una anomalía, sino un fenómeno natural cada vez más frecuente”.

A nadie le llegará de sorpresa que la costa española ha sido durante décadas una gallina de los huevos de oro estrujada, exprimida, desplumada y troceada hasta el paroxismo. Tampoco nadie puede negar conocimiento de las calamidades medioambientales que esta lucrativa fiebre urbanizadora ha provocado. En cambio, se habla mucho menos, salvo cuando truena, de la escasa planificación de las infraestructuras costeras contra los temporales. Los geólogos estiman que las pérdidas por erosión costera para el período 1986-2016 pueden alcanzar los 4.000 millones de euros.

Estragos causados por un temporal en Mallorca. Imagen del gobierno balear.

Estragos causados por un temporal en Mallorca. Imagen del gobierno balear.

Algunos de estos daños hemos podido verlos en los medios estas últimas semanas. Pero según los geólogos, reconstruir sin más es poco menos que volver a levantar en el mismo lugar el castillo de arena que se ha llevado la ola: “reconstruir las construcciones afectadas por el último temporal servirá de poco si no se toman medidas preventivas para evitar futuros daños”, dicen.

Por todo ello, los geólogos reclaman la elaboración de mapas de riesgos más detallados. La ley del suelo ordena la necesidad de disponer de estos elementos para guiar la construcción y urbanización en las costas, pero el ICOG subraya que los mapas actuales son “excesivamente simples y a escala 1:10.000, que solo proporcionan una idea del problema pero no permiten valorar acciones de mitigación precisas a nivel de planeamiento urbanístico”. Los geólogos insisten en la necesidad de construir cartografías a la escala de detalle necesaria para guiar el planeamiento urbanístico, entre 1:500 y 1:5.000.

Claro que incluso disponiendo de estos mapas, habrá que vigilar que sirvan para algo. El ICOG señala que en la vorágine urbanística de la costa se han construido paseos marítimos, puertos deportivos y urbanizaciones en zonas inundables o en cuencas fluviales que “no se han guiado por los indispensables mapas de riesgos que marca la ley del suelo y los trabajos de geomorfología del litoral para realizar infraestructuras preventivas y diseñar exclusivamente usos compatibles con la actividad natural”. Pocas poblaciones, subraya Regueiro, tienen en cuenta estos criterios a la hora de lanzar sus planes urbanísticos.

Y así, cuando nos llegue nuestro propio Big One, nos cogerá de nuevo… Nos cogerá de nuevo, sin más. En la acepción argentina del verbo.

Qué es el otoño, en dos patadas

¿Qué es el otoño, mamá/papá? A la pregunta de los tiernos infantes durante estos días, un buen número de madres y padres optarán por distintas estrategias de respuesta: la poética (“cariño, el otoño es una rabiosa paleta de ocres y dorados salpicada sobre los campos como una lluvia de purpurina”), la evasiva (“pues hijo, es lo que viene después del verano y antes del invierno”) o la de Donald Trump (“que alguien se lleve a este niño”).

Ni siquiera un subrepticio vistazo a la Wikipedia será de gran ayuda: bastará empezar a leer sobre equinoccios, eclípticas y declinaciones para que una mayoría se decante por la opción c. Pero en realidad, puede ser mucho más sencillo. Aquí lo explico en dos patadas. Eso sí, si hay algún astrónomo en la sala, les ruego que sean clementes y no se me lancen al cuello.

Otoño. Imagen de publicdomainpictures.net.

Otoño. Imagen de publicdomainpictures.net.

Sabemos que el Sol recorre el cielo todos los días, pero este camino va variando a lo largo del año. En un mediodía de verano lo vemos más alto en el cielo, mientras que en invierno sube hasta una altura menor. Imaginemos que la Tierra es un campo de juego. La línea del centro del campo es el ecuador que lo divide en dos mitades, lo que serían nuestros dos hemisferios. Yo me encuentro en el hemisferio norte, así que lo cuento desde mi perspectiva.

Durante la primavera, el Sol está en nuestro campo, y continúa adentrándose más en él hasta el 21 de junio, el comienzo del verano. Ese día alcanza su punto más lejano del centro del campo (el ecuador) y más cercano a nuestra portería, trayéndonos más horas de luz y menos de noche. A partir de entonces, comienza a retirarse hasta el comienzo del otoño (este año, 22 de septiembre); ese día cruza el centro del campo, el ecuador, y continúa su recorrido por el campo contrario (el hemisferio sur) hasta el 21 de diciembre (comienzo del invierno). Y luego, vuelta a empezar.

En resumen: los días de comienzo de primavera y otoño son los dos momentos del año en que el Sol cruza el ecuador. Y dado que esos dos días está en territorio neutral, el día y la noche duran entonces exactamente lo mismo en todos los puntos del planeta: 12 horas de luz, 12 horas de oscuridad. A partir del comienzo del otoño, en el hemisferio norte la noche comienza a ganar minutos al día, mientras que en el sur es al contrario.

Pero debo aclarar que, en la situación real, no tenemos calor en verano y frío en invierno porque el Sol esté más cerca o más lejos de nosotros; nuestra distancia a él es siempre tan grande que esto no influye. La razón de la diferencia de temperatura entre las estaciones se debe a que sus rayos nos caen más directamente en verano y más de refilón en invierno, cuando lo vemos ascender más perezosamente por el cielo.

Así que, lo prometido:

Primera patada: el otoño es cuando el Sol cruza el ecuador para marcharse hacia el hemisferio sur.

Segunda patada: el primer día del otoño es cuando el día dura lo mismo que la noche, antes de que la noche empiece a ganar minutos al día.

Pero aún hay otra patada extra:

Otro de los signos típicos del otoño es que las hojas comienzan a amarillear y a caerse. Pero ¿cómo saben las plantas que ha llegado el otoño? En contra de lo que pudiera parecer, no se debe a las temperaturas, sino a la luz. Es la diferencia en la duración de los días lo que informa a las plantas de que ha llegado el otoño.

En realidad los vegetales no necesitan estar continuamente pendientes de la señal exterior de luz: cuentan con un reloj interno que funciona solo y que les permite guiarse. Este reloj interno sigue activo incluso si las mantenemos con iluminación artificial, aunque las plantas cuentan con el Sol para ajustar su reloj, del mismo modo que nosotros comprobamos el móvil de vez en cuando para poner en hora los relojes de casa.

Girasol. Imagen de Wikipedia.

Girasol. Imagen de Wikipedia.

Un estudio publicado este pasado agosto ha mostrado cómo funciona el reloj interno de las plantas para el caso de los girasoles, con su maravillosa habilidad de contemplar el Sol en su camino a través del cielo. Y con su maravilloso regalo de las pipas.

Sabemos que los girasoles miran al Sol cuando sale por el este y después van rotando su cabeza a medida que transcurre el día, hasta que acaban de cara hacia el oeste en el ocaso. Durante la noche, vuelven a girar para esperar el regreso del Sol al alba.

Los investigadores, de las Universidades de California y Virginia, crecieron las plantas en un espacio interior con una iluminación fija. Descubrieron que durante unos días los girasoles continuaban ejecutando su ritual de este-oeste, hasta que se detenían; se paraban cuando trataban de poner en hora su reloj sincronizándolo con el Sol, pero no lo conseguían.

A continuación, los científicos crearon un día artificial, encendiendo y apagando luces de este a oeste en el espacio interior. Los girasoles volvían entonces a recuperar su movimiento. Pero curiosamente, cuando los investigadores estiraban el día artificial hasta las 30 horas, las plantas perdían la orientación; su reloj interno, como los que fabricamos los humanos, no puede manejar días de 30 horas.

Para entender cómo los girasoles controlan su movimiento, los investigadores pintaron puntos de tinta en ambos lados del tallo, que miran respectivamente hacia el este y el oeste, y midieron la distancia entre ellos a lo largo del tiempo. Descubrieron entonces que durante el día crece más la cara del tallo orientada hacia el este, mientras que por la noche ocurre lo contrario. Este crecimiento diferente en ambos lados del tallo, que está controlado por genes dependientes del reloj interno y de la luz, es el que consigue que la cabeza vaya girando a lo largo del ciclo de 24 horas.

En resumen, el girasol tiene dos tipos de crecimiento: uno continuo, como el resto de plantas, y otro controlado por el reloj interno, cuya precisión depende de esa sincronización con el Sol.

Pero aún falta lo mejor. Los autores del estudio se preguntaron por qué los girasoles, cuando maduran, se quedan permanentemente mirando hacia el este. Y descubrieron algo asombroso: las plantas que miran hacia el este cuando sale el Sol se calientan más por la mañana, y esta mayor temperatura atrae a los insectos polinizadores. Los girasoles encarados hacia la salida del Sol recibían cinco veces más visitas de abejas que las flores inmovilizadas por los investigadores para que miraran hacia el oeste. Cuando anulaban la diferencia de temperatura utilizando un calefactor, las abejas visitaban por igual ambos grupos de flores.

Así, las plantas que esperan a ser polinizadas se quedan de cara al este porque eso les permite reproducirse con mayor facilidad. Pero entonces, ¿por qué no se quedan siempre en esa posición?, se preguntarán. También hay una razón para esto: las plantas que siguen el movimiento del Sol durante su crecimiento reciben así más luz, y consiguen hojas más grandes.

Eso es todo. ¿Ven cómo se puede explicar sin mencionar las palabras equinoccio, solsticio, eclíptica o ritmos circadianos?

Pasen y vean un eclipse de sol desde la ventanilla de un avión

No puedo imaginar que aquí un astrónomo llamara a Iberia pidiendo retrasar un vuelo para contemplar un eclipse y que la compañía aceptara. Cosas así solo pueden suceder en un país con sus muchos defectos, pero que es el paraíso de la ciencia (y de la anticiencia, como también lo es al mismo tiempo de la mojigatería y del porno; acción y reacción, como dijo Newton).

El eclipse total de sol desde el vuelo 870 de Alaska Airlines. Imagen de Alaska Airlines.

El eclipse total de sol desde el vuelo 870 de Alaska Airlines. Imagen de Alaska Airlines.

El caso es que hace un año el astrónomo Joe Rao, del Planetario Hayden del Museo de Historia Natural de EEUU, se percató de que el vuelo 870 de Alaska Airlines de Anchorage (Alaska) a Honolulu (Hawái) iba a atravesar la estrecha franja de totalidad del eclipse solar de esta pasada semana, pero que lo haría 25 minutos antes de lo preciso para contemplar el fenómeno.

Rao se puso en contacto con Glenn Schneider, del Observatorio Steward de la Universidad de Arizona, y este diseñó un plan de vuelo adecuado para que los pasajeros pudieran disfrutar del eclipse. Así que, ni corto ni perezoso, Rao llamó a la aerolínea para presentar su plan de retrasar el vuelo.

Y creánlo o no, Alaska Airlines accedió. Como era de esperar, una docena de astrónomos y cazadores de eclipses se apuntaron al vuelo 870 del 8 de marzo. Rao tuvo el detalle de distribuir a los 181 pasajeros un folleto de cuatro páginas que explicaba el fenómeno, y otro de los ocupantes, Dan McGlaun, costeó de su bolsillo gafas especiales para todos, como explica Alaska Airlines en su blog. “No puedes hacer algo tan emocionante y no dar a todo el mundo a bordo la oportunidad de participar”, dijo McGlaun.

Trayectoria del vuelo y franja de totalidad del eclipse. Imagen de Alaska Airlines.

Trayectoria del vuelo y franja de totalidad del eclipse. Imagen de Alaska Airlines.

Los afortunados viajeros pudieron ver primero cómo la sombra ovalada de la Luna, de unos 800 kilómetros de largo por 110 de ancho, se desplazaba a casi 13.000 kilómetros por hora. Y a las 17:35, el Sol se ocultó durante un minuto y 53 segundos. Cuando el eclipse terminaba, un pasajero reprodujo en su iPhone el Here Comes the Sun de George Harrison (más abajo, no se pierdan la versión).

El vídeo adjunto fue grabado por Mike Kentrianakis, de la Sociedad Astronómica de EEUU, quien dijo a propósito del gesto de Alaska Airlines: “Una aerolínea que realmente habla con su gente y la escucha; ese es el mejor servicio al cliente”. Y merece la pena subrayar la declaración de Chase Craig, el director de la experiencia a bordo de la compañía: “Reconocemos las pasiones de nuestros clientes. Ciertamente no podemos cambiar los planes de vuelo para cada interés, pero este era un momento especial, así que pensamos que merecía la pena”.

Ya lo ven, una gran experiencia de vuelo no se consigue necesariamente contratando a un chef mediático para que diseñe la presentación de lo que viene siendo un cacho de pollo en la bandeja de la comida. Tres hurras por Alaska Airlines.

Y a ver si reconocen a los astros que acompañan a George Harrison en esta versión.

¿De qué pasta está hecha la negación del cambio climático?

Hace unos días conté aquí un nuevo estudio que revela el enorme poder sobre la opinión púbica de los mensajes mediáticos que cuestionan el cambio climático, incluso teniendo en cuenta que alrededor del 97% de los científicos expertos apoyan la existencia de una deriva peligrosa del clima debida a la actividad humana.

Contaminación ambiental en EEUU. Imagen de U.S. National Archives and Records Administration / Wikipedia.

Contaminación ambiental en EEUU. Imagen de U.S. National Archives and Records Administration / Wikipedia.

Naturalmente, quienes no tienen la menor idea fundamentada sobre el asunto, o mejor, fundamentada solo en prejuicios que obligan a deformar la realidad para ajustarla a sus creencias, siempre verán a los escépticos como héroes rebeldes que se atreven a desafiar el pensamiento único. En fin, no hay nada que hacer al respecto; va con la naturaleza humana: entre los rasgos que nos diferencian del resto de los seres vivos de este planeta no solo está una mayor altura intelectual, sino también la capacidad de renunciar voluntariamente a su ejercicio.

Tampoco servirá de mucho a este fin el hecho de que Greenpeace haya destapado ahora las razones por las que algunos de esos “héroes rebeldes” continúan negando la existencia del cambio climático: cobran por ello. Esta semana, la organización ecologista informó de una investigación encubierta que ha delatado la disposición de dos académicos, conocidos por sus posturas escépticas, a escribir estudios científicos o artículos de opinión contrarios al cambio climático antropogénico… a cambio de una buena suma.

Según Greenpeace, miembros de la organización se presentaron ante Frank Clemente, de la Universidad Penn State, y William Happer, de la Universidad de Princeton, fingiendo ser consultores que trabajaban para compañías petroleras o del carbón, y solicitándoles que escribieran artículos minimizando el efecto de las emisiones de los combustibles fósiles. Ambos accedieron, siempre que los términos del acuerdo fueran aceptables: Happer especificó que su tarifa era de 250 dólares la hora, lo que sumaría un total de 8.000 dólares por cuatro días de trabajo; por su parte, Clemente pedía 15.000 dólares por un estudio científico y 8.000 por un artículo de opinión en un periódico.

Para aclarar ciertos detalles que no tienen por qué ser del conocimiento general, conviene recordar que los científicos no se distinguen en general por cobrar salarios astronómicos. La publicación de un estudio científico no les reporta ningún beneficio económico; al contrario, en muchos casos tienen que pagar a la revista que acepta su trabajo. Y en cuanto a las colaboraciones con los medios, en España se pagan en torno a los 100 euros.

Ambos científicos, que han prestado testimonio en diversos comités gubernamentales sobre cambio climático en EEUU, discutieron con los falsos consultores cómo enmascarar estas generosas donaciones para que no tener que declararlas a la hora de publicar sus artículos, ya que hoy las revistas científicas obligan a los autores a revelar si están sujetos a posibles conflictos de intereses. Greenpeace cuenta también que ambos ya han recibido anteriormente grandes sumas de compañías como Peabody Energy, un gigante estadounidense del carbón.

Pero los propios científicos eran conscientes de que sus artículos difícilmente pasarían el riguroso filtro de la revisión por pares de una revista. En un email, Happer escribía:

Podría enviar el artículo a una revista revisada por pares, pero eso podría retrasar mucho la publicación, y podría requerir tantos cambios importantes en respuesta a los referees [revisores] y al director de la revista que el artículo ya no justificaría de modo tan contundente como a mí me gustaría, y presumiblemente como también le gustaría a su cliente, que el CO2 es un beneficio y no un contaminante.

Happer añadía que una posibilidad era evitar la publicación del artículo en una revista, y en su lugar someterlo a una “revisión por pares” a manos de revisores escogidos por una organización de la que él forma parte, lo cual permitiría publicitar el artículo en los medios asegurando que había sido rigurosamente revisado por expertos. Happer precisaba que este procedimiento ya había sido empleado en anteriores ocasiones.

Tristemente, el científico definía a estos posibles revisores como “quixotic“, quijotescos. Alguien debería explicarle a Happer que el diccionario de la RAE reserva esta denominación para quien “antepone sus ideales a su provecho o conveniencia y obra de forma desinteresada y comprometida en defensa de causas que considera justas”.

Claro que, apartándonos del diccionario, también podríamos señalar como quijotesco a quien se empeña en ver gigantes donde hay molinos de viento; sobre todo si le pagan unas buenas gafas. Ya lo ven: esta es la pasta (nunca mejor dicho) de la que están hechos esos rebeldes heroicos.

2.300 años después, por fin se escucha a la ciencia

Repasando las portadas de los diarios, hoy uno casi se frota los ojos al comprobar que incluso algunos medios conservadores están dedicando a la cuestión del clima la atención que merece. Se aplaude la toma de conciencia y de posición, aunque ha costado; en sociedades tan enceguecidas por la polarización política es difícil convencer de que no todo es cuestión de ideología: hay problemas globales reales que no aparecen o desaparecen en función de un discurso político y que requieren medidas globales consistentes, no sujetas a los vaivenes del voto.

¿Es discutible el cambio climático antropogénico? Por supuesto que lo es, como todo en ciencia. El cambio climático antropogénico es tan discutible como la linealidad de la mecánica cuántica; es decir, por aquellos que tienen el conocimiento suficiente para comprender la ciencia subyacente y aportar argumentos válidos. En cuanto a los demás, los que no somos especialistas en clima, debemos ceñirnos a lo que dicen los expertos. Ayer, un medio conservador invitaba a un periodista de otro medio ultraconservador, negacionista, para transmitir la tramposa impresión de que aún sigue vivo un debate a la totalidad.

El periodista en cuestión admitió no ser un climatólogo, pero alegó que “lleva muchos años siguiendo esto”, como si haberse visto varias veces todas las temporadas de House bastara para estar cualificado como médico. Naturalmente que los detalles de los modelos predictivos del clima pueden discutirse y matizarse (por los expertos), pero sería una asnada basarse en un quítame allá ese grado más o menos para seguir viviendo peligrosamente. Hoy no existe un debate a la totalidad en la comunidad científica; esa fase quedó superada tiempo atrás. Y lo que diga un periodista que lleva “muchos años siguiendo esto” tiene tanta relevancia como las predicciones de aquel famoso pulpo Paul.

Una aclaración: escojo este ejemplo con intención, ya que habrá quien recuerde que el pulpo Paul acertaba. Es probable que el animal no eligiera al azar, sino movido por un sesgo perceptual o cognitivo (ideológico, en el caso del periodista). En una situación semejante es perfectamente compatible con las leyes de la estadística acertar siempre, como lo es equivocarse siempre. Pero ninguno de estos dos casos tiene nada que ver con el fútbol.

Representantes en la cumbre del clima COP21 en París, el 30 de noviembre de 2015. Imagen de Roberto Stuckert Filho / Wikipedia.

Representantes en la cumbre del clima COP21 en París, el 30 de noviembre de 2015. Imagen de Roberto Stuckert Filho / Wikipedia.

La que se celebra ahora en París es ya la 21ª Conferencia de las Partes (COP); repasando el nivel de los asistentes, salta a la vista el progreso logrado desde aquella primera reunión en Berlín en 1995, a la que asistieron representaciones de un calado discreto; muchos de los delegados eran subsecretarios, o incluso embajadores en Alemania procedentes de países que ni siquiera se molestaron en pagarle un viaje a alguien más cualificado para hablar de mariposas y flores. En aquella ocasión el jefe de la delegación española fue Josep Borrell, ministro de Obras Públicas y Medio Ambiente.

Es evidente que se ha logrado mucho más de cara a la popularización del problema en la última década que en los 2.300 años anteriores, el tiempo transcurrido desde que algunas mentes preclaras empezaron a preguntarse si la actividad humana podría repercutir sobre el clima, o al menos sobre las variables meteorológicas a una pequeña escala local. La agresión intensiva no comenzaría hasta la Revolución Industrial que inauguró el uso masivo de los combustibles fósiles; pero mucho antes de aquello, ya hubo quienes comenzaron a rascarse la cabeza.

Concretamente, hoy Teofrasto podría presumir de que ya nos lo advirtió. Este discípulo de Aristóteles, que vivió aproximadamente del 371 al 287 a. C., y que fue a la botánica lo que Hipócrates a la medicina, fue el primer autor del mundo occidental conocido que ligó las intervenciones sobre el paisaje a los efectos meteorológicos. En concreto, y según recordaba un estudio de 1985, Teofrasto sugirió que la tala de bosques provocaba un aumento de las temperaturas locales debido a una mayor exposición del terreno al sol. En fin, ya era bastante indagación para alguien que incluía entre los signos de lluvia o tormenta “cuando el buey se lame su pezuña delantera”.

Sin embargo, hubo otros que cazaron el problema a la primera ya en tiempos de la industrialización. El francés Joseph Fourier, un viejo conocido de matemáticos e ingenieros, fue quien primero dedujo que la atmósfera terrestre calentaba la superficie del planeta, la primera descripción del efecto invernadero. En 1827 Fourier publicó un estudio sobre las temperaturas de la Tierra, en el que escribía:

Los movimientos del aire y de las aguas, la extensión de los mares, la elevación y forma de la superficie, los efectos de la industria humana y todos los cambios accidentales a la superficie terrestre modifican las temperaturas en cada clima. El carácter de los fenómenos debidos a causas generales permanece; pero los efectos termométricos observados en la superficie son diferentes de los que sucecerían sin las causas accesorias.

Fourier, matemático y físico, ya estaba reconociendo una posible huella en el clima debida a la modificación humana del paisaje. La contribución de uno de los principales gases de efecto invernadero, el dióxido de carbono, sería propuesta varias décadas más tarde por un viejo conocido de los químicos, el sueco Svante Arrhenius. En 1896, Arrhenius calculó que “la temperatura en las regiones árticas subiría entre 8 y 9 ºC, si el ácido carbónico aumentara a 2,5 o 3 veces su valor actual”.

Pero sería una ficción atribuir a Arrhenius la primera denuncia del riesgo de las emisiones industriales; en realidad el físico-químico sueco se limitaba a analizar el impacto del ciclo geológico del carbono sobre el clima. Y si acaso, pensaba Arrhenius, la extracción y quema de carbón podía ayudar a compensar una posible reducción natural del CO2 que podía enfriar la temperatura terrestre.

Después de Arrhenius, fueron pocos los científicos que prestaron atención a la posible influencia antropogénica en el clima, hasta que las famosas mediciones de Charles Keeling en el volcán Mauna Loa de Hawái demostraron que el CO2 atmosférico estaba creciendo. Aquello fue en 1960, así que desde entonces hemos tenido tiempo suficiente para comenzar a actuar. Aún más cuando el 5 de noviembre de 1965, hace ya 50 años, el comité de asesores científicos de la Casa Blanca –al que pertenecía Keeling– informó al entonces presidente de Estados Unidos, Lyndon B. Johnson, de que el aumento del CO2 atmosférico debido a la quema de combustibles fósiles iba “casi con certeza a causar cambios significativos” que “podrían ser dañinos desde el punto de vista de los seres humanos”.

Tal vez se podría interpretar que el asunto no ha comenzado a encontrar hueco en las agendas políticas cuando las pruebas científicas han pasado a ser convincentes, ni cuando han empezado a ser divulgadas por megafonía planetaria; sino más bien cuando las tornas culturales han cambiado lo suficiente como para dar la vuelta a ciertas tortillas: hoy, al contrario de lo que ocurría hasta hace bien poco, está socialmente mal visto ser un agresor medioambiental o mostrar un desinterés total por las preocupaciones ecológicas.

No cabe duda de que esto es mejor que lo contrario, pero también es previsible que a los de espíritu más rebelde les produzca hartazgo tanto postureo climático como veremos estos días. Las manifestaciones en la calle y las proclamas de los famosos de turno son folclore. Las fotos de los políticos son folclore. La cumbre de París es una reunión política, no científica, donde se tomarán decisiones políticas basadas en ciencia sólida. Por tanto, por encima del folclore y el postureo, no debemos olvidar que ahora, por fin, en este caso la ciencia guía a la política, y no al revés. La cuestión climática no es ni debe entenderse como una moda verde. Todo lo que está de moda acaba pasando de moda, pero los efectos del cambio climático no serán un Trending Topic pasajero.

El buen tiempo ya no es buen tiempo

Nunca la sierra de Madrid me había recordado tanto a Kenya. El tiempo que tenemos estos días por aquí, ya a mediados de noviembre, es el típico clima de Nairobi (salvo por los cielos despejados) en lo que ellos llaman invierno, que cae en nuestro verano. Noches frescas que se caldean rápidamente por la mañana hasta que sobra la manga, sin que la temperatura llegue nunca a la grosería de hacernos sudar. Allí lo llaman eterna primavera. Aquí debemos llamarlo cambio climático.

Aumento previsto de las temperaturas entre mediados del siglo XX y mediados del XXI. Imagen de NOAA/GFDL.

Aumento previsto de las temperaturas entre mediados del siglo XX y mediados del XXI. Imagen de NOAA/GFDL.

Una aclaración. Meteorólogos, climatólogos y geofísicos nos advierten de que no debemos dejarnos llevar por las impresiones momentáneas y locales. O, dicho de otro modo, que no debemos mezclar tiempo y clima, salvo por el hecho de que el estudio del clima necesita mucho tiempo (discúlpenme el penoso juego de palabras).

Pero si tenemos días de temperaturas aberrantes para esta época del año, y los días crecen a semanas, y esto ocurre en un gran trozo de planeta, y las semanas logran que un mes se declare el más caluroso a escala global de la historia registrada, como ya ha ocurrido este año en febrero, marzo, mayo, junio, julio, agosto y septiembre, y si esto resulta en que un año sea también el más cálido en los registros, como sucedió en 2014, y si ya son 38 años consecutivos con una temperatura global superior a la media del siglo XX, y si 2014 ha batido el récord de concentraciones de gases de efecto invernadero, y si se anuncia que la temperatura global en 2015 ya va a superar en 1 °C la media de los niveles preindustriales, y que los esfuerzos a presentar en la próxima conferencia del clima de París aseguran un aumento de la temperatura de 3 °C, un grado por encima del objetivo de 2 °C que se consideraría el máximo límite aceptable del mal menor…

Pues vaya, esto ya empieza a parecerse a aquello del que toca una trompa, toca una oreja grande, toca un colmillo, toca una pata, y llega a la conclusión de que todo aquello probablemente constituye lo que viene siendo un elefante.

Esto, independientemente de que no todas esas impresiones aisladas y esporádicas sean coincidentes. Por ejemplo, el pasado septiembre tuvimos que abandonar las cosas propias del verano antes que otros años, porque el mes vino más frío de lo habitual en España. Y sin embargo, en todo el planeta fue el septiembre más cálido de todos los septiembres que han sido en la historia de la meteorología moderna. Cualquiera que haga el menor esfuerzo por mover la maquinaria pensante sobre sus hombros tiene ahora al fácil alcance de sus entendederas cuál es la temperatura del asunto, nunca mejor dicho, a escala global.

A estas alturas, negar la realidad de un cambio climático, con independencia de sus causas, sólo puede venir motivado por una cerril ceguera deliberada. Pero entrando en sus causas, no es necesario ser un especialista para comprender que más de doscientos años vertiendo al aire cantidades ingentes de gases de efecto invernadero obligatoriamente deben afectar al comportamiento de la atmósfera. En las muy contadas ocasiones en que se han producido agresiones comparables –episodios de vulcanismo masivo y extremo, como el del Decán, o impactos de asteroides–, el resultado ha sido la extinción de la mayoría de las especies terrestres. Por tanto, negar el impacto antropogénico actual, por un lado, y la gravedad de sus previsibles efectos, por otro, sólo puede venir motivado por un no menos cerril fanatismo ideológico, ya que dudosamente quienes lo niegan pueden aportar un modelo climático alternativo que justifique sus alegaciones.

Hubo un tiempo en que las denuncias de un deterioro climático antropogénico peligroso para casi todo lo que ahora entendemos como vida en la Tierra se consideraban una patraña maliciosa urdida por una maligna conspiración comunista destinada a derribar el sistema. Pero como broma ya está bien. Hoy solo personajes psiquiátricamente fronterizos pueden continuar sosteniendo que todo esto no es más que un sofisma populista. Quienes siguen oponiéndose de este modo a la evidencia son combustible fósil.

Dejando de lado este fenómeno cada vez más marginal, hay dos, estas sí, poderosas razones que frenan los intentos de los organismos concernidos por llamar a la acción global. En primer lugar, en esta sociedad regida por intereses inmediatos, efímeros y cortoplacistas, es difícil involucrar a público, empresas y gobiernos en una tarea cuyos rendimientos llegarán en las próximas generaciones, no en las próximas elecciones, el próximo ejercicio económico o el próximo Trending Topic. Aún más cuando estos rendimientos no consisten en ningún beneficio añadido, sino solo en que todo se quede como está ahora.

Lo resumo en lo que podríamos llamar el Axioma del Gasolinero, por la sencilla razón de que fue un gasolinero quien me lo enunció el otro día. “Este tiempo es mejor que el frío porque nos ahorramos la calefacción”. Incuestionable, por eso es un axioma. Para quienes vivimos en climas templados, la calefacción es uno de los mayores bocados de nuestro gasto invernal. Paradójicamente, el cambio climático tendrá efectos económicos contrapuestos a corto plazo entre unos y otros sectores de las sociedades, y para algunos traerá beneficios inmediatos. Es de suponer que los propietarios de terrazas estarán haciendo caja este noviembre como no se han visto en otra antes.

Para tratar de neutralizar este efecto, autoridades y otras partes implicadas transmiten mensajes dirigidos a la fibra emocional. Por un lado, con simulaciones visuales de los efectos a largo plazo, como las imágenes (las últimas, publicadas esta misma semana) en las que aparecen varias capitales mundiales inundadas. Y por otro lado, con alusiones al sufrimiento que los efectos del cambio climático provocarán a las próximas generaciones.

No creo que nada de ello sirva de mucho. En cuanto a lo primero, no se puede decir que las imágenes causen una conmoción global, como se ha podido comprobar esta semana. Hay quien las encuentra hasta divertidas. Y en cuanto a lo segundo, exigir una responsabilidad sobre consecuencias tan diferidas es algo que no se entiende en la cultura actual. Por no hablar de que, a algunos, el carácter un poquito moñas de ciertos discursos sensibleros sobre nuestros hijos y nietos les genera algo de risa o incluso de rechazo. Será una reacción reprobable, pero limitarse a reprobarla resulta más bien poco práctico.

La segunda razón es que muchos aún no acaban de creerse que el cambio climático vaya a ejercer una influencia real sobre la vida humana y el estado actual de la civilización, sino que lo consideran un problema exclusivamente medioambiental. No a todo el mundo se le puede exigir que le preocupe la conservación de una especie de mariposa del Amazonas. Tanto por esta razón como por la anterior, se requiere un mayor esfuerzo de explicación y comunicación, cuyos resultados solo se manifestarán cuando situaciones como el grotesco tiempo primaveral que tenemos estos días se perciban con al menos una cierta inquietud, y no como un bendito regalo del otoño.

Les dejo aquí este mítico tema de la banda del tristemente desaparecido Joe Strummer, The Clash. En la apocalíptica London Calling, inspirada por el accidente nuclear de la central de Three Mile Island (Pensilvania) en 1979, Strummer cantaba: “No tengo miedo, porque Londres se está inundando y yo vivo junto al río”. Resulta curioso que en tiempos de los Clash se creyera que el futuro no existía, se hiciera lo que se hiciera, y que 36 años después sea justo al contrario: hoy la ciudad alegre y confiada da el futuro por hecho, se haga lo que se haga; o aún peor, ni siquiera importa si hay futuro mientras el Whatsapp no se caiga.

La extraña historia de un estudio que niega el cambio climático: política y provocación enfangan la ciencia

En 2002 el modista David Delfín (me importa un ardite lo que diga la RAE: si no hay dentistos ni artistos, ¿por qué modistos?), hasta entonces un completo don nadie para el gran público, saltó a la fama por sacar a sus modelos en la Pasarela Cibeles con sogas al cuello y las caras cubiertas; alguna casi se mata al precipitarse al vacío desde lo alto de sus tacones. Desde entonces, hasta yo sé quién es David Delfín.

En 1989 Almudena Grandes, una escritora hasta entonces desconocida, ganó el premio La Sonrisa Vertical y alcanzó enorme éxito con su novela erótica Las edades de Lulú, en la que exploraba rincones moralmente escabrosos como la corrupción de menores consentida. Una vez conseguida la notoriedad pública, la autora no ha vuelto (que yo sepa) a internarse en el género que le dio la fama. Como tampoco Juan Manuel de Prada ha regresado –literariamente, me refiero– al lugar que en 1994 le alzó al estrellato de las letras con su obra Coños, en la que se recreaba y relamía con una colección selecta de vulvas arquetípicas.

En 1983 las Vulpes, una banda punk femenina de Barakaldo, aparecieron en el programa de televisión Caja de Ritmos de Carlos Tena versionando un tema de Iggy Pop y los Stooges titulado I wanna be your dog bajo el título Me gusta ser una zorra y con una letra extremadamente obscena para los estándares de aquella aún pacata España de entonces. La controversia, alimentada por el diario ABC, suscitó una querella del Fiscal General del Estado –sí, han leído bien– y se saldó con el cierre del programa y el despido de su director. Las Vulpes estuvieron en boca de todo el país, defensores y detractores.

A lo que voy con todo esto es a que la provocación suele ser una magnífica herramienta de márketing. Con independencia del talento real que pueda esconderse tras esas maniobras de exhibicionismo debutante, pero que a la larga determinará la consagración o la defenestración –Grandes y De Prada versus Vulpes; sobre Delfín no tengo criterio–, no cabe duda de que una entrada triunfal en pelotas logra congregar todas las miradas, como el profesor interpretado por Gregory Peck en aquella película de Arabesco, que iniciaba su conferencia así: “Sexo. Y ahora que he captado su atención…”.

Lo que vengo a comentar hoy es que no se me ocurre otro motivo sino el explicado para que la revista científica Science Bulletin haya iniciado su nueva andadura publicando un estudio que niega la existencia del cambio climático antropogénico. Me explico: hasta diciembre de 2014 existía una revista titulada Chinese Science Bulletin publicada por Science China Press, órgano de la Academia China de Ciencias, y que en el mercado internacional se edita bajo el paraguas del gigante de publicaciones científicas Springer. Los propietarios de la revista han decidido ahora lavarle la cara, eliminar el Chinese de la cabecera y presentarla al mundo como “el equivalente oriental de Science o Nature“.

Campaña del Instituto Heartland negando el cambio climático. Imagen promocional de Heartland Institute.

Campaña del Instituto Heartland negando el cambio climático. Imagen promocional de Heartland Institute.

En el primer número de la renacida publicación, lanzado este enero, destaca como contenido estelar un estudio que afirma lo siguiente: todos los complejos cálculos realizados hasta ahora por climatólogos y meteorólogos de todo el mundo estaban equivocados; el modelo elaborado por los autores, que según un comunicado es “tan sencillo de utilizar que un profesor de matemáticas de instituto o un estudiante de licenciatura puede obtener resultados creíbles en minutos ejecutándolo en una calculadora científica de bolsillo”, revela que “la influencia del hombre en el clima es insignificante”.

No voy a comentar aquí el estudio; la noticia ya se ha publicado días atrás en varios medios, y ha obtenido respuesta por parte de físicos, climatólogos y paleoclimatólogos (quien esté interesado en la parte técnica puede consultar las respuestas de los expertos aquí, aquí, aquí o aquí). Lo que me interesa hoy es centrarme en la fanfarria. Empecemos por los cuatro autores del estudio. Tenemos a dos científicos, Willie Soon, físico solar del Centro de Astrofísica Harvard-Smithsonian (EE. UU.), y David Legates, profesor de Geografía de la Universidad de Delaware y antiguo Climatólogo del Estado.

Ambos se han distinguido durante años por sostener posiciones contrarias al consenso científico sobre el cambio climático. En 2011, la organización ecologista Greenpeace obtuvo documentos, liberados a través de la ley estadounidense de libertad de información (FOIA), según los cuales Soon ha recibido más de un millón de dólares de financiación de la industria del carbón y el petróleo desde 2001, y desde 2002 este sector constituye su única fuente de fondos. El científico se defendió entonces alegando que también “habría aceptado dinero de Greenpeace” si se lo hubieran ofrecido, un presunto argumento de descargo que más bien se vuelve en su contra.

En 2003, Soon envió un email con anterioridad a la publicación del cuarto informe del Panel Intergubernamental de Cambio Climático de Naciones Unidas (IPCC), en el que sugería la desacreditación anticipada de los resultados del estudio. Según Greenpeace, uno de los cinco destinatarios de aquel correo, un tal Dave, era probablemente David Legates. Ambos científicos han colaborado en varios estudios destinados a negar el cambio climático. Poco después de la publicación de los papeles de Greenpeace, Legates dimitió como Climatólogo del Estado de Delaware, un título otorgado por el decano de la Facultad de Medio Ambiente, Océanos y Tierra de la universidad. Legates declaró entonces que renunciaba a instancias del decano, pero lo cierto es que en 2007 la gobernadora del estado le había conminado a que dejase de utilizar su título cuando manifestaba sus opiniones, ya que estas no estaban “alineadas” con las de la administración.

El tercero de los autores, William Briggs, posee formación científica; originalmente meteorólogo y físico atmosférico, pero doctorado en estadística y sin filiación investigadora. De hecho, según escribe el mismo Briggs en su blog, en el que se presenta como “estadístico de las estrellas”, carece de plaza alguna, por lo que dice ser “enteramente independiente”. Briggs se define como “estadístico vagabundo” y como “filósofo de datos, epistemólogo, armador de puzles de probabilidad, desenmascarador de verdades y (autoproclamado) bioeticista”. Es consultor del Instituto Heartland, un think-tank conservador radicado en Chicago que sostiene una obstinada postura de negación del calentamiento global y que lanzó una campaña comparando a quienes creen en el cambio climático con asesinos como Charles Manson o Unabomber. Briggs es el último firmante del estudio, un puesto normalmente reservado al director e ideólogo del trabajo.

Christopher Monckton. Imagen de Joanne Nova / Wikipedia.

Christopher Monckton. Imagen de Joanne Nova / Wikipedia.

Dejamos para el final lo mejor, la yema del huevo, el plato más sabroso. El primer autor del estudio, puesto que suele ocupar quien ha llevado el peso del trabajo, es el inglés Christopher Monckton, tercer vizconde Monckton de Brenchley, caballero de la Orden de Malta, antiguo asesor de Margaret Thatcher, autoproclamado miembro de la Cámara de los Lores (no lo es en realidad, ya que una reforma legislativa le impidió heredar el nombramiento de su padre), propietario de una tienda de camisas, creador de un puzle geométrico y de presuntas curas contra la enfermedad de Graves, la esclerosis múltiple, la gripe y el herpes. Formado en estudios clásicos y periodismo (ni por asomo en ciencia), conservador, euroescéptico y candidato del partido populista de derechas UKIP, Monckton se ha destacado a lo largo de los años por propuestas como aislar de la sociedad a los portadores del VIH, o rebautizar a la comunidad LGBT (lesbianas, gays, bisexuales y transexuales) como QWERTYUIOPASDFGHJKLZXCVBNM, para así, según sus palabras, “cubrir cualquier forma de desviación sexual real o imaginaria con la que puedan soñar”. Esta joyita de la corona británica ha sostenido opiniones como que los gays llegan a acostarse con 20.000 parejas sexuales en sus “cortas y miserables vidas”.

Este es el equipo, y de él difícilmente podía esperarse otra cosa. Por desgracia, el cambio climático se convirtió en un argumento político cuando los sectores conservadores lo interpretaron desde el primer momento como un gran montaje organizado por una conspiración de la izquierda para derrocar el sistema de libre mercado. Pero no toda la culpa cae a la derecha; muchos agentes de la izquierda aceptaron el guante y convirtieron a su vez el cambio climático en un ariete político contra sus oponentes, haciendo así de la paranoia de la derecha una profecía autocumplida. Ya lo he dicho aquí y lo repito: la política no hace sino enfangar y enturbiar la ciencia. Para continuar siendo el juego que practicaron Newton y Galileo, la ciencia no puede ser militante. Los científicos pueden serlo como cualquier otra persona, pero cuando entran en el laboratorio y se enfundan la bata, deben dejar colgada su chaqueta de militancia en el perchero.

Pero en todo este descacharrante affaire, quiero matizar con precisión cuál es mi postura. Los villanos más villanos de esta película no son los Soon, Legates, Briggs, o ni siquiera Monckton. Como cualquiera, ellos están en su derecho de defender sus ideas por equivocadas y tramposas que sean y mientras con ello no cometan ningún delito (hablo solo de cambio climático). Si bien no es imposible que surjan genios demostrando el flagrante error en el que han caído todos sus predecesores, no alcanzo a imaginar que un personaje como Monckton pueda seriamente creer que él ha nacido para ser el Stephen Hawking del cambio climático. Si tal fuera la situación, ya no se trataría de un asunto político, sino psiquiátrico.

El supervillano es la propia revista Science Bulletin. Sobre sus motivos para aceptar el estudio no puedo sino especular. La publicación asegura en su comunicado que el trabajo “sobrevivió a tres rondas de rigurosa revisión por pares, en las que dos de los revisores se habían opuesto inicialmente a su publicación aduciendo que cuestionaba las predicciones del IPCC”. Tanto si esto es cierto como si no, la revista cae en el absoluto descrédito. Si lo es, porque su “riguroso” sistema de revisión no llegó a acercarse ni de lejos a los análisis que otros expertos han publicado en internet rápida y gratuitamente y que coinciden en rebatir todos sus resultados y sus conclusiones, llegando, como en el caso de Gavin Schmidt, director del Instituto Goddard de la NASA y una autoridad mundial en cambio climático, a calificar el estudio de “completa basura”.

Y si no es cierto, porque entonces solo me queda pensar que la revista ha recurrido, como menciono al comienzo de este artículo, a la estrategia de la provocación para que su relanzamiento suene en los medios. El “equivalente oriental de Science o Nature” tiene actualmente un índice de impacto de 1,4, frente al 42 de Nature y el 31 de Science. El número inaugural de su reencarnación se abre con un editorial titulado Hacia una revista internacional emblemática basada en China. Y para su puesta de largo ha elegido el suicidio.

Pasen y vean: no es un vídeo ovni, es la reentrada de Orión

El pasado 5 de diciembre, la nave Orión de la NASA debutó en el espacio con un vuelo de cuatro horas y media que se ejecutó con total perfección. Tanta que el editor de la web NASA Watch, Keith Cowing –antiguo empleado de la agencia, hoy voz crítica y fuente imprescindible– escribió en su Twitter: “Alguien en la NASA debería derramar su café sobre el teclado ahora mismo. Ninguna misión puede ser tan perfecta”. Pero lo fue, con un resultado tan brillante que la puerta de acceso del ser humano al espacio exterior –el verdaderamente exterior, no el de los gansos de la Estación Espacial Internacional pateando pelotitas en gravedad cero– parece reabrirse lentamente, chirriando sobre sus viejos goznes oxidados tras 42 años de clausura.

Aún quedan largos años de espera hasta que Orión viaje en misiones reales con astronautas a bordo; para empezar, el cohete que deberá lanzarla al espacio aún no existe. Pero de momento, el vuelo de prueba nos ha dejado un vídeo que la NASA publicó ayer en su web y que nos muestra lo que habríamos contemplado desde la pequeña cápsula si hubiéramos viajado en su interior durante su primera misión. Para los terrícolas sin esperanza ni posibilidades de viajar jamás al espacio, diez minutos es el tiempo que tardamos en desplazarnos desde el punto A del atasco de la A-6 hasta el punto B del mismo atasco. Pero en esos diez minutos, Orión regresa del espacio a la Tierra, hundiéndose en la atmósfera terrestre a 32.000 kilómetros por hora.

Una parte de este vídeo fue retransmitida en directo por NASA TV a través de la web de la agencia, ofreciéndonos un seguimiento del descenso en directo. Pero en la fase más crítica, cuando el escudo térmico de Orión soportaba temperaturas de 2.200 grados centígrados, la comunicación sufría un corte temporal que nos impidió comprobar cómo se veía esa travesía del infierno desde las ventanas de la cápsula. Una vez que la nave fue recogida después de su amerizaje en el Pacífico, los técnicos de la misión han recuperado la grabación que ahora se publica íntegra.

La inmersión vertiginosa de Orión en la atmósfera produce un rozamiento brutal que crea una capa de plasma o gas ionizado alrededor de la nave. Desde el interior, el fenómeno se aprecia con la aparición de una mancha luminosa en el cielo –en el mejor estilo de los presuntos avistamientos de ovnis– que va transformándose en una especie de medusa y cambiando de color hacia el magenta a medida que sube la temperatura. Durante la reentrada tenemos la referencia de la superficie terrestre, que luego desaparece cuando los reactores de Orión la orientan en posición para desplegar los paracaídas.

Una curiosidad del vídeo es cómo la línea del horizonte se aprecia plana, incluso cóncava. Aunque la NASA no aclara detalles respecto a la lente utilizada, es de suponer que se empleó un gran angular próximo al ojo de pez, lo que produce la curvatura de las líneas horizontales que es más acusada cuanto más se alejan estas del centro de la imagen. En este caso la inversión de la curvatura terrestre no es más que un efecto de la lente, pero lo más interesante es que este fenómeno puede producirse también por causas naturales en el interior de la capa atmosférica.

Supe por primera vez de este fenómeno a través de un relato de Edgar Allan Poe, uno de mis autores de cabecera (y sobre el que girará mi cuarta novela, en preparación). La incomparable aventura de un tal Hans Pfaall cuenta el viaje ficticio de un hombre a la Luna en globo, una posibilidad que hoy nos resulta tan ridícula que ni nos paramos a pensarla, pero que no parece teóricamente imposible. “Lo que más me asombró del aspecto de las cosas de abajo fue la aparente concavidad de la superficie del globo”, escribía Poe en boca de su aeronauta a medida que ascendía al cielo.

Hay que tener en cuenta que en tiempos de Poe aún no existía prueba directa de la esfericidad de la Tierra. Solemos pensar que el primer viaje de Colón probó que la Tierra es redonda, pero lo cierto es que el navegante no llegó a Oriente, sino a América. A pesar de que los experimentos indirectos sugerían un planeta esférico, muchos desafiaban esta hipótesis. Poe no dudaba sobre la esfericidad de la Tierra, a juzgar por sus escritos (aunque sí se sumó a la errónea teoría de la Tierra Hueca). Ignoro de dónde sacó el escritor la idea de que a cierta altura la superficie de la Tierra parecería cóncava, pero Poe lo justifica con una presunta explicación geométrica que suena a mojiganga, a sátira seudocientífica disfrazada de verosimilitud, como es el propio relato entero de Hans Pfaall.

Lo más sorprendente es que existen circunstancias meteorológicas en las que este efecto puede producirse: se llama efecto Hillingar, y consiste en que el gradiente de densidad de la atmósfera puede combar los rayos de luz horizontales, llevando nuestra vista más allá del horizonte y ofreciendo una perspectiva de “tierra plana”. El efecto es aún mayor cuando se produce lo que los meteorólogos llaman una inversión térmica, es decir, que el aire caliente asciende y la temperatura es mayor a cotas superiores. Cuando un gradiente preciso de temperatura produce una curvatura mayor en la luz que la que compensa la curvatura terrestre, el efecto es el de una superficie terrestre cóncava.

En el siglo XIX, la interferencia de esta ilusión óptica en el famoso experimento de Bedford Level hizo creer a muchos que la Tierra era plana, y esta fue una inspiración principal de un movimiento que ha perdurado hasta hoy. Sí, sí, hasta hoy. Por pasmoso que parezca, la Sociedad de la Tierra Plana continúa existiendo y hasta dispone de página web, en la que se afirma que “la doctrina de la Tierra redonda es poco más que un bulo elaborado”. En un artículo publicado hace algunos años en la BBC, uno de sus miembros, un tal John Davis, decía que estaba creando un repositorio de información online “para ayudar a reunir las comunidades locales de la Tierra Plana en una comunidad global”. ¿Cómo? ¿Global?

Y sin más, he aquí el vídeo de Orión: