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Pandemia y política (2): Díaz Ayuso y la política del “no es para tanto”

Ayer repasábamos aquí los casos de varios dirigentes políticos extranjeros que, en una primera etapa o de forma continuada, se han negado a seguir las recomendaciones científicas de actuación contra la pandemia de COVID-19. Hoy toca analizar nuestro caso más cercano, la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso. Cada caso tiene sus peculiaridades, y la curiosidad de Madrid es que esta fue la región española que respondió de forma más temprana a la pandemia en el primer pico de 2020, ordenando el cierre de los centros educativos el 9 de marzo, antes de la imposición del confinamiento general.

El análisis científico sugiere que la rápida respuesta de esta comunidad autónoma fue un éxito: según un estudio aún sin publicar dirigido por la Universitat Rovira i Virgili de Tarragona, Madrid fue el territorio que primero consiguió reducir su R por debajo de 1, el 14 de marzo. Otras comunidades lo hicieron de forma más tardía, y el estudio estima que la lenta reacción del gobierno central costó 23.000 muertes que podrían haberse evitado si las medidas a nivel nacional se hubiesen implantado una semana antes.

Pero en fases posteriores esa correcta actuación inicial de Díaz Ayuso quedó arruinada por un cambio de rumbo incomprensible. Unas palabras de la presidenta madrileña captadas por un micrófono abierto durante una reunión con Pedro Sánchez sugieren que se equivocó al creer la tesis de Trump, que la pandemia decaería por sí sola en verano para no volver. Posteriormente comenzaron a confirmarse las previsiones de los científicos, que la heterogeneidad de susceptibilidad no bastaría para frenar nuevas oleadas del virus y que aún estábamos más lejos de la inmunidad grupal que del inicio de la pandemia, si es que es posible alcanzarla.

Mientras Johnson y Rutte –e incluso Tegnell, aun manteniendo oficialmente su postura– habían reaccionado endureciendo sus medidas, en cambio Díaz Ayuso recorrió exactamente el camino opuesto, derivando hacia una estrategia blanda: trumpista, contra la ciencia que descalificaba la errónea intuición de Trump sobre la evolución futura de la pandemia; tegnelliana, pero ignorando la premisa del largo recorrido que inspira el discurso de Tegnell; reconociendo explícitamente la priorización de la economía, pero sin admitir el único presunto fin que podría justificar este enfoque, la inmunidad grupal.

Es decir, una postura intrínsecamente contradictoria y científicamente desnortada que ha convertido a Madrid en la comunidad española con mayor incidencia de contagios, un 70% más alta que la media nacional; en la región o provincia número 35 del mundo en contagios totales, solo superada por naciones enteras como Inglaterra y grandes estados de EEUU, India o Brasil (además de Moscú y los distritos capitales de Colombia y Perú), y la tercera región de Europa con más contagios totales, por debajo de Inglaterra (55 millones de habitantes) y Lombardía (10 millones), todo ello según datos de ayer viernes (datos internacionales del COVID-19 Dashboard de la Universidad Johns Hopkins).

La presidenta madrileña, Isabel Díaz Ayuso.EFE/JuanJo Martín/20Minutos.es.

La presidenta madrileña, Isabel Díaz Ayuso.EFE/JuanJo Martín/20Minutos.es.

Con el fin de tratar de hacer algo sin hacer lo que debería hacerse de acuerdo a las recomendaciones científicas, Díaz Ayuso impuso un enfoque de restricciones de movilidad por zonas de un mismo tejido social. Pero el consenso científico ha advertido (por ejemplo, a través del Memorándum John Snow, un documento firmado por casi 7.000 investigadores y profesionales de la salud) de que no es posible restringir la transmisión del virus a ciertas porciones de la sociedad, y de que tratar de hacerlo incrementa el riesgo de perjudicar a la población más desfavorecida.

Numerosos estudios han mostrado la realidad de esta mayor afectación en los barrios de minorías étnicas o más empobrecidos. Pero mientras que en otros países la voz de los científicos ha condenado expresamente los cierres discriminatorios, en Madrid han llegado a aceptarse casi como algo natural. Lo cual no los hace menos científicamente insostenibles y socialmente injustos, sobre todo cuando han quedado fuera de toda restricción –cambiándose los criterios ad hoc— las zonas con mayor actividad comercial y turística, mientras que otras donde el perjuicio económico se consideraba menor se han cerrado durante meses. En algún caso, para colmo del disparate, se ha cerrado una zona pero se ha permitido el acceso desde el exterior a un gran centro comercial ubicado en ella.

A su vez, la laxitud de las medidas madrileñas ha creado un problema adicional, el llamado turismo de fiesta. Madrid se ha convertido en el paraíso de atracción para los ciudadanos no excesivamente concienciados con los riesgos de la COVID-19, que huyen de sus países donde se han tomado medidas más contundentes. Es una curiosa consecuencia de la globalización; quizá imprevista, pero que refuerza aún más la razón de los científicos cuando han pedido reiteradamente estrategias comunes y coordinadas de lucha contra la pandemia, antes que cierres de fronteras (cuya eficacia aún se discute, ya que hay datos contradictorios sobre su efecto en la expansión de los contagios). A lo largo de este tiempo se han alzado quejas de los vecinos del centro de Madrid por las molestias y peligros asociados a este turismo de fiesta. Pero no olvidemos cuál es la raíz del problema: el “salid y divertíos”, junto con la decisión de dejar siempre abierto el centro histórico de Madrid para facilitarlo.

Ante la insuficiencia de las medidas adoptadas, el gobierno de la Comunidad de Madrid ha llegado a extremos como prohibir por completo y sine die las reuniones de no convivientes en domicilios. Los muchos estudios publicados han analizado la eficacia de distintas medidas tratando de separar sus efectos individuales. Pero esto no siempre es sencillo, dado que muchas de ellas suelen imponerse simultáneamente. En concreto, el estándar adoptado respecto a las reuniones es la limitación en el número de personas (normalmente 10, 100 o 1.000), tanto en espacios públicos como privados. Por lo tanto, aún no hay evidencias científicas suficientes sobre el efecto de prohibir las reuniones de no convivientes en domicilios sin tocar todas las demás variables sobre las que se puede actuar. Pero parece razonable que semejante intromisión suprema en la libertad y privacidad de los ciudadanos, que entra de lleno en el autoritarismo, solo sería justificable como recurso desesperado cuando todo lo demás ha fracasado.

Los defensores de Díaz Ayuso han argumentado que sus peculiares medidas funcionan. Y en parte, tienen razón: los estudios han mostrado que casi cualquier restricción de movilidad y de la interacción social, incluso mínimas y parciales, ejerce un efecto beneficioso sobre la evolución de los contagios. Pese a cierta demagogia circulante, lo cierto es que toda medida que separe a las personas evita muertes y salva vidas.

Pero además del carácter discriminatorio, incoherente y caprichoso de las medidas de la Comunidad de Madrid, existe una gran objeción. Por tirar de un ejemplo cinematográfico, en la película La lista de Schindler el protagonista se enfrenta a su catarsis final cuando no se enorgullece de las vidas que ha salvado, sino que se atormenta por las que no llegó a salvar pudiendo hacerlo. La ciencia ha mostrado cuáles son las medidas que más vidas salvan. Y el gobierno de Díaz Ayuso se ha negado una y otra vez a adoptarlas, dejando por tanto de forma consciente y deliberada que se produzcan muertes evitables como precio aceptable para salvar la economía.

Sin duda, es cierto que las medidas avaladas por la ciencia no nos gustan, porque conducen a consecuencias indeseables, incluyendo el desastre económico y la ruina de muchas familias. Esto es innegable. Si existe algún modo de definir el interés general, o lo que podríamos llamar el máximo común divisor del beneficio social, quizá podría llegar a decirse que una crisis causada por un parón económico como el que implican las medidas recomendadas por la ciencia afecta más gravemente a más personas que una enfermedad que solo mata al 1% de los contagiados. Esta es la idea que subyace no solo a las posturas de Bolsonaro, Trump, Johnson, Rutte, Tegnell y Díaz Ayuso, sino también al sentir de parte de la sociedad, sobre todo aquella cuyo sustento depende de la hostelería o el comercio.

En el fondo, el éxito popular de Ayuso tiene una explicación. Superados los primeros momentos de terror e incertidumbre con sus teatrillos del Resistiré, cuando muchos pensaban aquello del “vamos a morir todos”, muchas personas se han habituado a tolerar un cierto nivel de dolor común como precio para seguir con la vida normal. Han comprendido que, incluso si no se hace prácticamente nada (salvo por las mascarillas y el toque de queda, una tarde cualquiera en Madrid difícilmente se nota que estamos en pandemia), en realidad este virus no es tan contagioso como el sarampión ni tan letal como el ébola; Madrid ha servido casi como control del experimento global de restricciones. Y muchos han pensado que, digan lo que digan los científicos, yo, ciudadano medio sano en edad de trabajar y sin enfermedades crónicas, en realidad corro un riesgo muy bajo de enfermar gravemente, y casi nulo de morir. Y por ello, muchos han pensado que, en realidad, “no es para tanto”. Que el interés general pide seguir y mirar al frente, hacia el día cercano en que estemos todos vacunados.

Pero ¿es siempre ético primar el mayor interés general? Todos podemos encontrarnos en cualquier momento ante una indefensión individual contra la cual solo hay una cosa que puede ampararnos. Y es la sociedad. Circula por ahí una hipótesis según la cual los sapiens nos impusimos a los neandertales porque nosotros, y no ellos, conseguimos construir una sociedad. Una de las exigencias de esta sociedad es proteger a los más vulnerables. Aunque la mayoría no corramos un gran riesgo teórico de morir de COVID-19, es una obligación de todos proteger a quienes sí lo corren. Por encima de toda otra consideración, es una exigencia ética adoptar las medidas que más vidas salvan.

El gobierno de Díaz Ayuso no solo se ha negado a adoptar estas medidas, ignorando la ciencia y despreciando la ética; sino que además, como suele ocurrir cuando la realidad no le da la razón a uno, ha inventado toda una narrativa política falsa (pseudocientífica) para justificarlo. Afirma que el cierre por zonas es preferible a un cierre único y general, cuando el consenso científico dice lo contrario. Afirma que no está demostrado que el cierre de la hostelería reduzca los contagios, cuando abrumadoramente toda la ciencia disponible lo avala. Afirma que la inmensa mayoría de los contagios se produce en los domicilios y entre los jóvenes, cuando sus propios datos lo desmienten.

Sería deseable que los gobernantes deban en algún momento responder ante la sociedad de sus errores en la gestión de la pandemia, errores que en España afectan a uno y otro bando político. No es una cuestión de partidismos: gobernantes del partido de Díaz Ayuso en otros lugares sí han actuado honestamente, con más o menos acierto, pero de acuerdo a criterios científicos y éticos. Ante la situación que se abre en la Comunidad de Madrid, sería una distopía que continuara gobernando quien ha demostrado una gestión caprichosa, insolidaria, negligente y negacionista de la ciencia, y que sin el menor atisbo de rectificación parece en cambio correr ahora hacia los típicos órdagos maximalistas y napoleónicos de quien se encierra en su palacio, a contracorriente del consenso científico y del resto del mundo, creyendo que son todos los demás quienes circulan en sentido equivocado.

Esto no es un llamamiento a favor o en contra de ningún partido o bando político. Es un S.O.S. de un madrileño en un momento histórico crítico, en contra de una gobernante concreta que ha comprado votos a cambio de muertes evitables: ¿acaso alguien cuyo sustento dependa de la hostelería o del comercio votará a otro candidato que podría cerrar su establecimiento si los datos de la pandemia empeoran? Sin duda, los gobernantes de otras comunidades que han actuado honestamente se enfrentan al riesgo de pagar un precio político en votos. Pero tirando de otro ejemplo cinematográfico, el sheriff Brody de la isla de Amity acosada por el gran tiburón blanco pedía cerrar las playas para salvar vidas, mientras que el alcalde decidió mantenerlas abiertas para salvar la economía. En la ficción todos sabemos distinguir a los buenos de los malos. Bastaría con hacer el esfuerzo de no dejar la ética aparcada a un lado en la vida real.

En pandemia la política puede salvar vidas, pero solo es ética la que más vidas salva, y solo la ciencia revela cuál es (1)

Hoy y mañana se va a hablar de política en este blog, y ojalá fuese la última vez. Y me temo que va a ser algo largo, porque merece una explicación minuciosa, negro sobre blanco. Es indudable que política, ciencia y salud siempre están relacionadas, y de hecho los más militantes en el territorio de este vínculo dentro del mundo científico suelen reprocharme mi habitual alejamiento voluntario de esos fangales. Quizá tengan razón. Pero soy de esa clase de tipos a quienes sus amigos de derechas suelen acusarle de ser de izquierdas y sus amigos de izquierdas suelen acusarle de ser de derechas; lo cual personalmente solo me confirma que estoy precisamente donde pretendo estar. O sea, en ninguna trinchera.

Pero nunca antes en el tiempo de los hoy vivos la relación entre política y ciencia había sido tan crítica y urgente, porque nunca antes había sido tan claramente una cuestión de vida o muerte. Y por eso, en este momento es inevitable hablar de ello.

La pandemia de COVID-19 ha convertido el planeta en el mayor laboratorio epidemiológico de la historia. Aunque la ciencia ha tenido que trabajar atropelladamente, equivocándose y rectificando en numerosos casos, hoy ya existe un panorama científico más claro sobre cómo distintas intervenciones no farmacológicas afectan a la expansión de la presente pandemia. Y de los cientos de estudios publicados ha emergido un consenso: las medidas más eficaces pasan por la prohibición de las grandes reuniones y eventos públicos, el cierre de los establecimientos no esenciales, la clausura de los centros de trabajo y educativos y las restricciones a la movilidad, con la distancia social y el uso de mascarillas como principales medidas de protección.

Estas han sido las medidas generalmente adoptadas en la mayoría de los países, a veces de forma enormemente drástica, como en Nueva Zelanda (sobre la cual, por cierto, suele saltar a los medios un nuevo confinamiento por la detección de solo un par de casos, pero en cambio no suele contarse que gracias a su estrategia de eliminación durante el resto del tiempo llevan una vida completamente normal, sin siquiera mascarillas).

Pero ha existido un puñado de dirigentes que han adoptado una postura diferente a la gran mayoría de sus homólogos y abiertamente contraria a las recomendaciones nacidas de la investigación científica. No merecen ningún comentario los casos más disparatados y enloquecidos, como el del brasileño Jair Bolsonaro o el del presidente de Tanzania, quien declaró que su país había expulsado el coronavirus de sus fronteras gracias al poder de la oración.

El caso más destacado por su influencia global ha sido el expresidente de EEUU Donald Trump, quien despreció las medidas contra la epidemia, creyendo además que el virus desaparecería por sí solo. El poder directo de Trump sobre las intervenciones no farmacológicas es limitado, ya que estas están en manos de los estados e incluso de los condados y ciudades. Pero sin duda su postura influyó sobre las decisiones de salud pública adoptadas por otros dirigentes de su partido con responsabilidades de gobierno.

Trump ya ha perdido el poder, y seguramente existirán muchas razones muy diversas por las que parte de su electorado no ha seguido apoyándole. Pero es llamativo que nunca antes la comunidad científica, incluyendo algunas de las instituciones más destacadas y muchas de las principales publicaciones, se había posicionado de forma tan explícita en contra de un candidato político como lo ha hecho en contra de Trump.

De izquierda a derecha, Donald Trump, Boris Johnson, Mark Rutte, Anders Tegnell e Isabel Díaz Ayuso. Imágenes de White House, Ben Shread / Cabinet Office / Open Government Licence, EU2017EE Estonian Presidency, Frankie Fouganthin vía Wikipedia y EFE / JuanJo Martín / 20Minutos.es.

De izquierda a derecha, Donald Trump, Boris Johnson, Mark Rutte, Anders Tegnell e Isabel Díaz Ayuso. Imágenes de White House, Ben Shread / Cabinet Office / Open Government Licence, EU2017EE Estonian Presidency, Frankie Fouganthin vía Wikipedia y EFE / JuanJo Martín / 20Minutos.es.

Pero si Trump nunca llegó a abdicar de sus planteamientos, quienes en cambio sí rectificaron una postura inicial equivocada fueron Boris Johnson y Mark Rutte, respectivamente primeros ministros de Reino Unido y los Países Bajos. Ambos afrontaron inicialmente la pandemia con el propósito implícito de crear inmunidad de grupo, rechazando las medidas drásticas disruptivas para favorecer el salvamento de la economía.

Es interesante comentar que, a diferencia de Trump, en cierto sentido Johnson y Rutte, conscientemente o no, asumieron el mensaje correcto de los científicos: que a falta de vacunas el virus era imparable, que no iba a desaparecer simplemente con un par de meses de confinamiento ni con un verano de previsible descenso en los contagios. Por ello y a falta de medidas farmacológicas preventivas, ambos flirtearon con la idea de proteger a los grupos más vulnerables y dejar que el virus siguiera su curso entre los sectores de población de menor riesgo para tratar de alcanzar la inmunidad grupal con la mínima pérdida posible de vidas. Ambos abandonaron después esta posición y optaron por medidas más drásticas; se supone que por consejo científico, pero también ante la oposición del público y los medios.

Conviene mencionar que desde el principio de la pandemia ha existido una pequeña corriente minoritaria entre los científicos que ha defendido la postura inicialmente abrazada por Johnson y Rutte. Muchos de ellos la expresaron mediante la firma de un manifiesto llamado Great Barrington Declaration, que defendía “minimizar la mortalidad y el daño social hasta que alcancemos la inmunidad grupal”. Según los firmantes, el interés general y el beneficio mayoritario se alcanzarían tratando de evitar una completa disrupción de la dinámica de la sociedad, con todos los perjuicios que ello conlleva a todos los niveles, incluyendo también el sanitario.

La idea era interesante y merecía un análisis científico serio. Pero no ha superado este análisis, por varias razones. Resumiendo: no puede apoyarse en evidencias reales dado que no existe ningún precedente histórico ni por tanto estudios científicos fiables, lo que planteaba el riesgo de un número inasumible de muertes. El tiempo ha dado la razón a quienes desde el principio no han creído en la inmunidad de grupo, al menos en parte por el efecto de las nuevas variantes del virus: en la ciudad brasileña de Manaos el primer pico de la pandemia infectó al 76% de la población, por lo que esta localidad amazónica se convirtió en el foco de todas las miradas de epidemiólogos e inmunólogos. Sin embargo, Manaos ha sufrido posteriormente nuevas oleadas de contagios, lo que para muchos expertos ha supuesto el clavo definitivo en el ataúd de la idea de la inmunidad grupal adquirida por infección natural. Por lo tanto, si el objetivo final de la estrategia defendida por la Great Barrington Declaration es inalcanzable, el camino para llegar hasta él pierde por completo su sentido.

Continuando con la lista, tenemos a Suecia. Este es un caso peculiar, que he explicado con detalle aquí y en otros medios. Al contrario de lo que sucede en la mayoría de los países, en Suecia la soberanía de las decisiones está en manos del epidemiólogo del estado, Anders Tegnell. En los medios se le ha llamado a menudo el “Fernando Simón sueco”, una comparación incorrecta, dado que Simón únicamente asesora, mientras que Tegnell decide. La inmunidad de grupo y la priorización de la economía han estado presentes, al menos de forma implícita, en los objetivos de Tegnell, que optó por una estrategia blanda de mínima disrupción (después en parte rectificada). Tegnell sí entendió y declaró desde el comienzo que el virus no desaparecería, y que la lucha contra la pandemia era una carrera de fondo, no un esprint. Su estrategia ha sido enormemente controvertida, aunque en general ha sido rechazada por la mayoría de la comunidad científica.

Pero pese a todo, Tegnell contó con una ventaja de salida, en forma de las peculiaridades de la sociedad sueca: no solo se trata de un país con baja densidad de población y con singularidades geográficas, sino que además parece existir un cierto sentimiento de responsabilidad común que llevó a la tercera parte de la población a autoconfinarse voluntariamente durante el primer pico de la pandemia, y a muchos establecimientos a cerrar por decisión de sus propietarios, sin ninguna obligación legal de hacerlo.

Pero con el tiempo esta ventaja inicial ha desaparecido, y quizá en parte por un factor que solo estudios científicos posteriores han ido analizando: el efecto de la heterogeneidad de susceptibilidad. Esto significa que entre la población general existe un gradiente de susceptibilidad a la infección por el virus (a la infección, no necesariamente a sus efectos ni a la gravedad de sus síntomas), de modo que en primer lugar la epidemia ataca preferentemente a los más susceptibles de entre todos los expuestos, sobre todo a los más susceptibles cuyo grado o frecuencia de exposición es mayor.

Esto tal vez no impida que en fases posteriores la infección continúe aumentando su índice de reproducción en ausencia de medidas de contención (R, el número medio de personas a las que contagia cada infectado), pero es posible que sí determine que ciertas regiones sufran oleadas secundarias más intensas que la primera, si el virus aún tiene intacto la mayoría de su terreno más fértil. Si en Suecia el primer pico fue moderado por una expansión limitada no debida a las medidas adoptadas, sino a la configuración de la sociedad, tarde o temprano las cifras acumuladas tienden a alcanzar a las de otras regiones que han sufrido un primer pico más intenso, pero que ya tienen una proporción mayor de su población más susceptible desplazada hacia el tercer grupo en términos del modelo SIR (Susceptible-Infectado-Recuperado, un modelo clásico en epidemiología).

Vayamos por fin al caso que nos concierne ahora, el de la Comunidad de Madrid dirigida por la presidenta Isabel Díaz Ayuso. Mañana continuaremos.

¿Deben los gobernantes responder por su gestión de la pandemia? ¿Y la sociedad por permitir muertes evitables?

No es ningún secreto que en España hay muchas personas descontentas o indignadas con la gestión de la pandemia por parte de los gobiernos, central o regionales. Por desgracia, el problema está en el “o“: muchas de estas opiniones suelen venir condicionadas por posturas políticas radicales que aplauden automáticamente todo lo que hacen los propios y denostan igual de automáticamente todo lo que hacen los contrarios, por lo que su relevancia es cuestionable. Pero es natural que quienes han sufrido pérdidas personales muy dolorosas por la COVID-19 descarguen su pesar contra quienes podrían haber hecho más y mejor para evitarlo.

Solo unos pocos, como este blog, hemos criticado tanto los errores de Fernando Simón o la inacción del gobierno central al lavarse las manos (un gesto ahora muy necesario literalmente, pero no metafóricamente), como los caprichos arbitrarios y anticientíficos de la Comunidad de Madrid, o aplaudido tanto la construcción del Hospital Isabel Zendal como ciertas decisiones del gobierno central que quizá no se entendían, pero que se guiaban por la ciencia del momento, a veces equivocada.

Pero más allá de nuestras pequeñas y políticas ruedas de hámster, lo cierto es que España no es una excepción. En todo el mundo, una parte significativa de la población se ha rebelado contra la gestión de sus gobiernos.De EEUU a India, de Reino Unido a Brasil, la gente se siente vulnerable y traicionada por el fracaso de sus líderes“, escribe en la revista BMJ (British Medical Journal) su director ejecutivo, el médico del Imperial College London Kamran Abbasi, en un editorial en el que defiende la tesis de que los gobernantes del mundo deberían responder, ser evaluados y, en su caso, asumir castigos por su gestión de la pandemia.

Al comienzo de esta crisis, y sobre todo cuando la gente se vio de repente confinada, abundaban los comentarios alusivos a distopías de ciencia ficción, porque muchos apenas podían creer lo que estaba ocurriendo. Entiéndase que esto, en realidad, no era inconcebible, sino todo lo contrario, una catástrofe largamente anunciada: en 2015 y a propósito del entonces nuevo coronavirus MERS escribí aquí que sobre la posibilidad de una inmensa pandemia letal eran “muchos los epidemiólogos, virólogos y otros especialistas a los que durante años se les ha secado la boca a fuerza de repetir que en en este caso la pregunta no es si sucederá, sino cuándo“.

Lo cierto es que, durante años, la Organización Mundial de la Salud (OMS) y otros organismos e instituciones gritaron a quien quisiera escuchar que una terrible pandemia era inminente. En 2007, como escribí para otro medio, “a juicio de la Organización Mundial de la Salud, el mundo está más cerca que nunca de otra pandemia desde 1968“. Por entonces los autores de un estudio sobre la gripe de 1918 decían confiar en que sus resultados ayudarían a luchar contra “la inevitable pandemia que puede matar a decenas de millones”.

Una calle de Madrid en octubre de 2020. Imagen de Efe / 20Minutos.es.

Una calle de Madrid en octubre de 2020. Imagen de Efe / 20Minutos.es.

Inconcebiblemente, hoy hay quienes todavía no se lo creen, y siguen pensando que esto no está ocurriendo, o que sí está ocurriendo, pero que es culpa de Spectra, Lex Luthor o el Dr. Maligno. O de Bill Gates; quien, por cierto, es uno de los que llevaban años advirtiendo sobre el riesgo de una gran pandemia. Pero si la gente de a pie ha podido permitirse el lujo de ignorar las repetidas advertencias de que alguno de los innumerables virus emergentes en la naturaleza podía llevarnos a donde estamos ahora, en cambio los gobiernos no podían ignorarlo. Y a pesar de todo, lo hicieron.

En la próxima asamblea general de la OMS, que se celebrará en mayo, un tema estrella a discutir será por qué el mundo no estaba preparado, no escuchó y no reaccionó, ni siquiera cuando el 30 de enero de 2020 se declaró la Emergencia Sanitaria de Preocupación Internacional (PHEIC), la definición técnica de la OMS que, según el Reglamento Sanitario Internacional firmado en 2005 por 196 países, debería haber disparado la adopción de medidas. Se pregunta Abbasi en el editorial del BMJ: “¿Cómo de grande es la omisión de no actuar inmediatamente después de que la OMS declarase una PHEIC el 30 de enero de 2020?

La inmensa mayoría de los países tardaron entre un mes y medio y dos meses en adoptar dichas medidas, y solo lo hicieron cuando la OMS comenzó a hablar informalmente de “pandemia”, que no es un término oficial como sí lo es la PHEIC. La OMS quiere analizar qué falló y por qué; dos investigaciones preliminares, una de la propia organización y otra de un panel asesor independiente, servirán de punto de partida. Por su parte, la OMS estudiará si debería reformar su sistema de alertas.

Pero incluso una vez se pusieron en marcha esas medidas, a España se le criticó que la desescalada posterior fue prematura y atropellada. Posiblemente la llegada del buen tiempo ayudó a reducir los contagios, pero el exceso de confianza llevó a que nuestro país se convirtiera después del verano en uno de los pozos negros de la pandemia en el mundo.

Y pese a ello, las medidas más drásticas nunca regresaron. El gobierno central se lavó las manos y dejó el problema en manos de las comunidades autónomas. Estas actuaron como a cada una se le antojó. Cuesta creer que al menos uno de los objetivos no fuese diluir las críticas entre los distintos colores y formaciones políticas, ya que esto fue exactamente lo que sucedió: a partir de entonces, no solo se aplacó la ferocidad de quienes antes gritaban, sino que unos pocos cientos de muertes al día ya resultaban aceptables siempre que las cifras fuesen inferiores a las de abril, e incluso motivo para el triunfalismo si hoy había algunas menos que ayer, y ayer menos que anteayer.

Pero hemos seguido teniendo cientos de muertes al día, todos los días, de lunes a domingo, durante meses. Se diría que estas muertes ahora escandalizan menos que las de abril, que esas vidas cuentan menos que las de abril. Ya nadie pregunta por qué no se ven ataúdes en TV. ¿Nos hemos acostumbrado, o es que estas muertes importan menos porque todos los bandos políticos tienen las suyas?

Y, al contrario, estas muertes de hoy deberían resultar aún más escandalosas que las de abril, porque hoy la ciencia tiene un conocimiento mucho mayor de cómo evitarlas. Durante el año de pandemia han aparecido docenas de estudios epidemiológicos que han analizado cuáles son las medidas más eficaces para reducir los contagios. La sorpresa ha sido que el confinamiento domiciliario no resulta tan beneficioso como se creía, y que de hecho puede aumentar la transmisión en los hogares.

Pero los principales y más amplios estudios, ya comentados aquí a lo largo de estos meses, tienden a converger en un pequeño grupo de medidas: prohibir las reuniones de más de 10 personas, cerrar los centros educativos, los centros de trabajo y los negocios no esenciales, sobre todo aquellos de alto riesgo donde el uso de la mascarilla no es permanente, como bares y restaurantes.

¿Se consigue algo con medidas más permisivas? Sí, por supuesto; en esto coinciden los estudios científicos rigurosos y las observaciones anecdóticas de la experiencia. Pero no se consigue tanto como se podría; se están permitiendo muertes que podrían evitarse. Y como se pregunta Abbasi, “cuando los políticos y los expertos dicen que están dispuestos a permitir decenas de miles de muertes prematuras para buscar la inmunidad poblacional o en la esperanza de apoyar la economía, ¿no es esto una indiferencia temeraria y premeditada hacia la vida humana?” “Cuando los políticos desprecian a sabiendas las recomendaciones científicas, la experiencia histórica e internacional, y sus propios modelos y estadísticas alarmantes porque actuar va contra su estrategia o ideología política, ¿es eso lícito?

Por ello, comenta Abbasi, “como mínimo la COVID-19 podría clasificarse como asesinato social, tal como explicaron recientemente dos profesores de criminología“. El director ejecutivo del BMJ se pregunta si sería posible incluir la mala praxis en salud pública dentro de los crímenes contra la humanidad. Sin embargo, reconoce que establecer los estándares contra los cuales juzgar un supuesto crimen de este tipo sería complicado. Pero apunta una posible pauta: los países que han aplicado medidas más estrictas durante más tiempo y que con ello han conseguido resultados infinitamente superiores a otros, como Nueva Zelanda o Taiwán. Aún más complicado sería encontrar mecanismos legales por los cuales responsabilizar a los políticos, más allá de su propia decisión de dimitir –más bien rara– o la de los votantes de echarlos de su sillón.

Por último, Abbasi también propina un buen guantazo a los medios de comunicación, a los que recuerda “su deber de decir la verdad al poder y de responsabilizar a las autoridades“. Y sin embargo, prosigue, “muchos de los medios son también cómplices, atrapados en silos ideológicos que ven la pandemia a través de una lente de tribalismo político“. Aunque Abbasi centra sus críticas en su país, Reino Unido, es evidente que en España los medios de izquierdas han respaldado sin la menor fisura toda la actuación del gobierno central, y que en los de derechas no se encuentra la más mínima crítica a la gestión de sus correligionarios, como el gobierno regional de Madrid.

Esta semana la responsable de emergencias de la OMS, Catherine Smallwood, ha advertido contra el levantamiento de las restricciones en España. Nuestros niveles de transmisión son tan brutales que serían intolerables en otros países con cifras mucho más contenidas y con medidas mucho más drásticas. En el País Vasco un juez ha permitido reabrir la hostelería, despreciando la ciencia y a los científicos, calificando las restricciones como “medievales”, cuando es quien niega la ciencia el que está anclado en la Edad Media. ¿Debería también este individuo responder por una decisión que costará vidas? En las líneas editoriales de los medios, siempre tan militantes para otras cuestiones, se observa una tibieza escalofriante a la hora de valorar la prisa de los políticos por tumbar las restricciones, cuando no directamente un negacionismo de las evidencias científicas que ruegan a gritos no relajar las medidas.

Algunos [políticos] han expresado contrición, pero ‘lo siento’ suena a hueco mientras las muertes suben y las políticas que salvan vidas son deliberadamente evitadas, demoradas o mal aplicadas“, dice Abbasi.

Pero ¿debemos descargar toda la culpa en los políticos, cuando gran parte de la sociedad aplaude una relajación de las medidas que va a causar muertes? ¿Cuántas vidas de otros vale que la nuestra se acerque lo más posible a la normalidad? En Suecia, un país muy criticado por la laxitud de su actuación contra la pandemia, hasta un 30% de la población se confinó voluntariamente durante la primera ola, sin obligación legal alguna. Muchos establecimientos cerraron por decisión de sus propietarios. Allí la sociedad dio una lección a los políticos.

Hoy sabemos que esto no durará eternamente; el virus probablemente sí lo hará, pero entre la vacunación general, la inmunidad a diferentes epítopos del virus que poco a poco vamos a ir construyendo y la mayor vigilancia epidemiológica que seguirá la pista estrechamente a la evolución del SARS-CoV-2, podemos esperar que quizá en un par de años, o incluso menos, la amenaza se sitúe en un nivel similar al de las gripes estacionales, según la previsión más común entre los expertos.

Hasta entonces, es obvio que muchas personas no podrían aguantar sin su empleo o sin su negocio. Pero la solución a los problemas económicos debe ser económica. No puede taparse ese agujero con más muertos. Y si los gobernantes eligen esta segunda solución porque les resulta más barata que sostener a quienes más lo necesitan, ¿cómo es posible que la sociedad no reaccione? ¿Tanto se nos ha endurecido la piel que ya no nos importa?

Cien segundos para la medianoche, las manecillas que amenazan destrucción

No está en el ánimo de este blog sumarse a las amenazas de apocalipsis que cada vez parecen rodearnos con más intensidad. En realidad, el título de este artículo es una adaptación de ese famoso estribillo de Iron Maiden (para los fanes, vídeo al final de estos párrafos):

Two minutes to midnight

The hands that threaten doom

Naturalmente, cuando Bruce Dickinson y Adrian Smith escribieron este tema, se inspiraron en el Doomsday Clock, el imaginario reloj que los científicos del Bulletin of the Atomic Scientists mantienen desde 1947 y que nos avisa del nivel de riesgo de autodestrucción de la humanidad; a mayor proximidad de la aguja del reloj a la medianoche, más cerca estamos de nuestra propia aniquilación.

En su origen, el Doomsday Clock estaba específicamente dedicado al riesgo de guerra nuclear, que en tiempos de la Guerra Fría parecía la única gran amenaza capaz de provocar un cataclismo global. En septiembre de 1953, las pruebas nucleares de EEUU y la URSS motivaron a los científicos del Bulletin a situar la manecilla a dos minutos de medianoche. En 1984, con la puesta en marcha del programa de misiles de Ronald Reagan –en su día conocido popularmente como Star Wars–. el año en que se publicó la canción, el reloj se situó a tres minutos de la medianoche, la posición más cercana a la destrucción desde 1953.

En los últimos tiempos, los relojeros del Bulletin han incorporado otras amenazas como el cambio climático, el bioterrorismo y las tecnologías de la información con fines bélicos o aplicadas a la desinformación. Y en los años que vivimos, a juicio de ellos, las cosas no pintan bien. Al comenzar este siglo, el reloj estaba a 9 minutos. Desde entonces, no ha hecho más que correr hacia la medianoche: 7 minutos en 2002, 5 minutos en 2007, 6 en 2010 para volver a los 5 en 2012, 3 minutos en 2015, 2 minutos y medio en 2017, y en 2018 alcanzamos los 2 minutos, igualando la marca de 1953.

Ahora estamos aún peor: el pasado jueves, los científicos del Bulletin decidieron acercar el reloj 20 segundos más hacia la medianoche, situándolo a 1 minuto y 40 segundos (100 segundos) de las 12 de la noche. Según este grupo de expertos, la humanidad corre el mayor peligro de autodestrucción desde 1947.

El Doomsday Clock, a 100 segundos de la medianoche. Imagen de Ryanicus Girraficus / Wikipedia.

El Doomsday Clock, a 100 segundos de la medianoche. Imagen de Ryanicus Girraficus / Wikipedia.

“Enfrentados a este panorama de amenaza alarmante y a la nueva voluntad de los líderes políticos de rechazar las negociaciones y a las instituciones que pueden proteger a la civilización a largo plazo, el Panel de Ciencia y Seguridad del Bulletin of the Atomic Scientists hoy mueve el Doomsday Clock 20 segundos más cerca de la medianoche, más cerca del apocalipsis que nunca”, han declarado los guardianes del reloj. “Al hacerlo, los miembros del panel están explícitamente advirtiendo a los líderes y ciudadanos de todo el mundo de que la situación internacional de seguridad es ahora más peligrosa de lo que nunca ha sido, incluso en el clímax de la Guerra Fría”.

En torno al Doomsday Clock hay cierta polémica. El físico teórico y cosmólogo Lawrence Krauss, que formó parte del Bulletin, ha publicado un comentario en el Wall Street Journal en el que acusa al reloj de ser acientífico, ya que, dice, se trata de un grupo de científicos juzgando sobre política y estrategia militar, en las que no son especialistas. En otras palabras, hay quienes consideran que el reloj no puede tomarse como un verdadero indicador riguroso, a pesar de ser pretendidamente cuantitativo, sino que más bien es el resultado de las impresiones de un comité que se traduce a un valor numérico por arte de magia.

En cualquier caso, quizá la metáfora del reloj no resulte ya tan poderosa como lo era en sus inicios. Y tal vez el ciudadano medio esté ya algo cansado de escuchar mensajes apocalípticos. Pero también hay algo innegable, y es que cerrar los ojos solo hace desaparecer los fantasmas. Que, de todos modos, no existen.

Greta Thunberg es el dedo, pero hay que mirar a la Luna: dos elogios y dos críticas

Como defensor de la ciencia por sí misma y de su valor para la sociedad, y por tanto como persona que apoya y difunde el consenso científico sobre la realidad del cambio climático antropogénico, se supone que aquí debería aclamar y elogiar a la joven activista sueca Greta Thunberg. Se supone, porque si uno atiende a los medios, a la calle y a las redes sociales, parece que solo hay dos equipos a los que apuntarse: el de la preocupación por la crisis climática, pro-Greta, y el del negacionismo de la crisis climática, anti-Greta.

Pues bien, aquí va una tercera opción. Vaya por delante que esto solo trata sobre la labor pública de Greta y lo que representa de cara a la lucha contra el cambio climático.

Greta Thunberg, ayer en Lisboa. Imagen de Manuel de Almeida / EFE.

Greta Thunberg, ayer en Lisboa. Imagen de Manuel de Almeida / EFE.

Hay dos aspectos muy elogiables en el discurso de Greta:

1. Su defensa de la ciencia

Greta Thunberg ha hecho de la frase “Unite Behind the Science” su lema. Una cría de 16 años ha conseguido plantarse en medio de grandes foros, delante de los políticos que rigen los destinos de grandes naciones, y les ha conminado a escuchar a los científicos. ¿De quién más se puede decir esto?

Durante años, décadas o siglos, se nos ha tratado de convencer de que la tecnocracia es contraria a la democracia. Esta idea ha funcionado cuando al mismo tiempo se ha logrado implantar la sospecha de que los técnicos, los científicos, albergan intereses diferentes o discrepantes con los del pueblo, y que por lo tanto este debe defenderse de la intromisión de aquellos en el gobierno de la sociedad. Esto ha sido siempre una gran falacia, pero hoy es una gran falacia insostenible por más tiempo. El cambio climático, uno de los mayores problemas de nuestra era, ha llegado a calar como tal en la sociedad gracias a la voz de la ciencia. Y son también los científicos quienes deben guiar a los políticos hacia las soluciones, estos detrás de aquellos.

2. Su defensa del ser humano

En sus intervenciones, la activista ha destacado su preocupación por el futuro de la humanidad en el contexto del cambio climático. A Greta se la ha llegado a calificar de heroína posmoderna, pero en claros aspectos no lo es. El primero de estos aspectos es ese firme anclaje de su discurso en la realidad científica.

El segundo es su defensa del ser humano. El pensamiento posmoderno está fuertemente enraizado en la misantropía y el desprecio hacia la humanidad, y esto está presente hasta el empacho en buena parte del folclore que rodea a la protesta contra el cambio climático. No parece ser el caso de Greta: ella culpa a las generaciones que la han precedido del deterioro de la salud terrestre (lo cual es innegablemente cierto). Pero su discurso se engarza siempre en torno a la preocupación por el bienestar de las próximas generaciones, y por tanto es una postura claramente humanista: la conservación de la biosfera no es un objetivo superior al bien de la humanidad, sino también necesario para este.

Hasta aquí, los elogios. Ahora, las críticas:

1. No haciendo no se consigue

Es muy cuestionable que el ejemplo de una niña que deja de cumplir con sus obligaciones y responsabilidades para protestar sea el modelo que va a arreglar los problemas acuciantes. Greta saltó a la fama por sus huelgas, que después han arrastrado a miles de escolares en todo el mundo. Sin embargo, y como ya escribí aquí, aunque una gran manifestación consigue el objetivo de la visibilidad, si algo requiere la lucha contra el cambio climático es precisamente mucho trabajo. En el fondo, Greta no ha hecho nada. Y no haciendo nada, ha logrado infinitamente más notoriedad y visibilidad que otras innumerables personas dedicadas en cuerpo y alma a la lucha contra el cambio climático. Lo cual transmite un mensaje equivocado.

Si bien, todo hay que decirlo, quizá esto no sea achacable en exclusiva a Greta, sino sobre todo a quienes han hecho de ella lo que es. Que no, que son sus padres; ellos proponen, pero quien dispone es la sociedad. Y es la sociedad la que está prestando mayor atención a quienes dicen que a quienes hacen.

2. Hay que separar las opciones personales de los hechos científicos

Como cualquier ser humano, famoso o no, Greta es libre de elegir las opciones personales que más le plazcan. El problema (aparte de que exagerar la nota con la coherencia solo pone la alfombra roja a los encontradores de incoherencias, que siempre las hay) surge cuando dichas opciones personales pueden confundirse con los hechos, ya que quien las sostiene dice hablar en nombre de la ciencia. Un ejemplo: si lo que se publica es cierto, Greta es vegana, y tanto ella como muchos de sus seguidores defienden esta opción como solución de peso en la lucha contra el cambio climático.

Ya lo he explicado aquí con más detalle, pero hay que volver sobre ello todas las veces que sea necesario. El dato de que la ganadería produce un 18% de las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI), frente a un 14% del transporte, es falso; apareció en un informe de la ONU cuyos autores rectificaron después para publicar los datos correctos: en emisiones directas, el transporte aporta un 14% y la ganadería un 5%.

Sin embargo, ciertos movimientos ideológicos continúan propagando los datos erróneos, a pesar de que otros estudios tampoco los sostienen. Uno de ellos cifraba en un 2,6% la reducción de emisiones de GEI que se lograría suprimiendo la ganadería en EEUU. Otro trabajo que he mencionado en un reciente reportaje estimaba que cambiar a una dieta vegetal ahorra al año cuatro veces más emisiones que reciclar los residuos, pero solo la mitad que evitar un único vuelo trasatlántico y la tercera parte que prescindir del coche. La agencia medioambiental de EEUU ha estimado las emisiones debidas a la ganadería en torno a un 4%.

En resumen, por supuesto que prescindir de la ganadería y del consumo de carne reduciría las emisiones de GEI, pero los estudios indican que no tanto como a veces se pretende, y que por tanto sería un beneficio, pero no la solución. Si es behind science, lo es siempre, y no solo cuando la ciencia dice lo que a uno le interesa. Quienes aprovechan la lucha contra la crisis climática para promocionar sus ideologías particulares solo están promocionando sus ideologías particulares, no la lucha contra la crisis climática.

Como resumen, el caso de Greta es ejemplo modélico del viejo adagio: cuando un dedo señala a la Luna, el tonto mira el dedo. En favor de la activista hay que decir que ella insiste en que sus manifestaciones no son sus opiniones, sino las conclusiones de los resultados científicos, y por lo tanto no se le puede negar el esfuerzo en intentar que quienes la escuchan miren a la Luna y no al dedo. Pero al mismo tiempo, es un dedo que ha optado voluntariamente por acaparar tal protagonismo que puede llegar a ocultar la visión de la Luna.

¿Flaqueará el nuevo gobierno de coalición en el #StopPseudociencias?

En este blog no existe otra tendencia política que la que corre a favor de la ciencia, y por tanto en contra de las que corren en contra de la ciencia. Pero es un hecho incontestable que en la historia reciente de este país solo ha existido un partido gobernante en el Estado que haya creado un Ministerio de Ciencia, y que además haya resistido la tentación de regalar, como quien reparte corbatas por los servicios prestados, tanto esta responsabilidad como la de Sanidad a los Amadeos de Saboya de turno, aquel rey del que se dice que no entendía nada de nada, ni siquiera el idioma de sus mandados.

Pero ahora las cosas han cambiado. El partido en cuestión ha pactado con otro que no se ha distinguido precisamente por sus posturas procientíficas, y que cae en el típico error histórico de las ideologías que manipulan la ciencia para adaptarla a sus postulados: ciencia es lo que yo digo que lo es, no lo que la –corrupta, viciada, comprada o, simplemente, ideológicamente equivocada– comunidad científica dice que lo es. Lo hizo Hitler con la ciencia de la higiene racial, lo hizo Stalin con la ciencia de la herencia de la vernalización de Lysenko, e incluso lo hizo Franco con la ciencia de la herencia social del nacionalcatolicismo de Vallejo-Nágera.

Basta leer lo que Unidas Podemos (UP) tiene que decir en su programa. Bajo su aparente pronunciamiento a favor de la ciencia frente a las pseudociencias y pseudoterapias, lo que se lee en el fondo no es una defensa de la ciencia, sino un discurso ideológico de opinión. Si son científicos pertenecientes a UP quienes han escrito esos párrafos, se diría que en este caso han dejado las cualidades del pensamiento científico colgadas en la puerta del laboratorio.

Pedro Sánchez y Pablo Iglesias, la semana pasada en el Congreso. Imagen de EFE.

Pedro Sánchez y Pablo Iglesias, la semana pasada en el Congreso. Imagen de EFE.

En primer lugar, no hay ninguna defensa expresa del conocimiento, que es el objetivo primario y fundamental de la ciencia, sino solo de sus consecuencias prácticas, que en el fondo es lo mismo que defiende la derecha clásica: un concepto mecanicista y utilitario en el cual suele despreciarse la importancia de la investigación básica. De ahí la afirmación de que “las decisiones científicas son algo que incumbe a toda la ciudadanía y que es irresponsable dejarlo únicamente en manos de expertos y políticos”. Este es el modélico punto de vista que destruye la ciencia básica: ¿decidiría la ciudadanía que se investigue la materia oscura, la detección de ondas gravitacionales o el bosón de Higgs (para lo cual se construyó la instalación científica más cara de la historia), cuando nada de ello servirá para curar el cáncer o inventar un microondas que enfríe la cerveza en 30 segundos?

UP se permite pontificar que “la ciencia vive hoy bajo una doble amenaza”. ¿Cuáles son esas amenazas? ¿Los recortes? ¿Las revistas depredadoras? ¿La resistencia al acceso abierto? ¿Las barreras a la igualdad? ¿La irreproducibilidad de los resultados? ¿Las retractaciones? ¿La indefinición de los modelos estadísticos válidos? ¿La quiebra de paradigmas como el que durante décadas ha definido el modelo de la expansión del universo?

Nada de eso. Para UP, esas amenazas son, primero, “la distancia que la separa de la población es a veces tan grande que busca en otros lugares formas de conocimiento que sean más accesibles y amables, en forma de las pseudociencias y las pseudomedicina”.

¿En serio? Frente a esto que no es sino una opinión, aquí va otra igualmente válida: la ciencia está hoy más cerca de la población de lo que jamás lo ha estado. Nunca ha existido tanta disposición y formación en los científicos para comunicar y explicar su trabajo a la población, nunca han existido tantos canales, medios y foros para hacerlo, y nunca ha existido tanta presencia de la ciencia en la sociedad. Todas las encuestas muestran que los sectores de la población que hoy se acercan más a las pseudociencias y las pseudomedicinas no son los más faltos de educación y medios, aquellos que más podrían sentir esa presunta lejanía, sino todo lo contrario: hoy lo pseudo triunfa entre las capas más formadas y acomodadas, aquellas que han recibido una educación ilustrada, pero sobre las cuales esa ilustración ha resbalado.

El discurso de UP vuelve además a caer en otro típico error de libro: la pseudociencia no es una amenaza para la ciencia. Es una amenaza para la sociedad. La ciencia va a seguir existiendo y en perfecto estado de salud, con o sin pseudociencias. Es la gente la que muere por culpa de las pseudociencias, no la ciencia.

Segunda amenaza, según UP: ” la conversión de la ciencia en un mercado”. Por supuesto que la ciencia es y debe ser un mercado, y este es precisamente uno de los triunfos de la ciencia moderna. En otras épocas, muchos de quienes se dedicaban a ella eran los llamados gentlemen scientists. Cuando la ciencia era algo aún ajeno al mercado, solo la practicaban las personas acaudaladas y ociosas que no estaban obligadas a ganarse la vida colocando ladrillos, y que por tanto podían dedicarse a gastar su fortuna y su tiempo en montarse un laboratorio y experimentar.

Suele considerarse que fue el inglés Robert Hooke, en el siglo XVII, el primer científico profesional. La profesionalización de la ciencia consiguió que hoy cualquiera pueda dedicarse a ella por libre elección sin necesitar otro bagaje que el del talento, sin necesidad de poseer riqueza. La conversión de la ciencia en un mercado es lo que permite que hoy cualquier persona pueda decidir si quiere dedicarse a la ciencia o a la hostelería.

Por supuesto que los fondos públicos deben sostener la ciencia básica, pero esto no deja de ser un mercado: uno en el que los investigadores compiten por los recursos públicos, los cuales se encauzan preferentemente hacia aquellos que hacen mejor ciencia, que hacen un mejor producto. Pero los modelos que han triunfado en el progreso científico actual son aquellos en los que se ha impuesto un sistema mixto público-privado; las instituciones privadas financian toneladas de ciencia básica, e ignorar el ejemplo de la primera potencia científica mundial, Estados Unidos, es simplemente crearse una realidad alternativa en un universo paralelo.

El discurso de UP se vuelve pueril: “Los pacientes no buscan tanto una píldora milagrosa como la atención que muchas veces el médico del Sistema Público Nacional de Salud no puede proporcionarle”. Si existe deshumanización por parte de ciertos personajes concretos del sistema sanitario o no, es una cuestión tan de experiencia personal como el famoso “a mí me funciona”. Tratar de presentarlo como un problema generalizado y crónico solo evidencia una actitud ideológica de raíz, el recelo y la desconfianza hacia la profesión médica y hacia la ciencia en la que se basa. Pero no parece muy descabellado pensar que, en el fondo, lo que quiere el paciente es curarse. Creer que al paciente no le importa tanto curarse o no, siempre que su terapeuta le dé un abrazo, es también crearse una realidad alternativa, en este caso en un universo paralelo de unicornios y nubes de algodón.

Y luego, sí, está todo ese discurso de la rotunda oposición a las pseudociencias y “al empleo de terapias cuya validez no ha sido testada científicamente”. Pero basta ir al terreno práctico para comprobar que los hechos no lo respaldan.

En diciembre de 2018, en una entrevista de Esther Ortega para Redacción Médica, la portavoz de Sanidad de UP en el Congreso, la médica Amparo Botejara, dijo a propósito del plan del anterior gobierno contra las pseudoterapias: “en las pseudociencias, por lo que veo, lo mismo se mete a un señor que le daba lejía a los niños de autismo (el conocido como MMS), que se mete la osteopatía, ¡hombre no! vamos a diferenciar”. Pero aunque Botejara no aclara cómo aplicaría ella esa diferencia, parece olvidar que la ciencia actual es clara: la osteopatía es una terapia cuya validez no ha sido testada científicamente.

En la misma entrevista, Botejara negó cualquier relación de UP con el llamado Círculo de Podemos de Terapias Naturales, que rechaza la quimioterapia contra el cáncer. Sin embargo, otras fuentes del partido no negaron esta relación a ConSalud.es, y la despacharon diciendo que “son militantes que los crean espontanéamente y pueden expresarse libremente, faltaría más”. ¿Faltaría más también si esos militantes, expresándose libremente, defendieran la violencia contra las mujeres? Porque las pseudoterapias también matan. Y hay quienes consideramos que, si se trata de libre elección, al menos la aplicación de pseudoterapias no curativas y potencialmente dañinas a los niños y niñas, que no las han elegido libremente, faltaría más, debería considerarse punible.

En 2015, Pablo Iglesias y Estefanía Torres, de UP, elevaron una pregunta al Parlamento Europeo pidiendo “el reconocimiento básico de los derechos de la gente electrosensible” y que termine el supuesto boicot de presuntos lobbies para “encontrar una solución a la falta de protección y la vulnerabilidad de los niños a la luz del creciente uso de tecnologías wireless en las escuelas”. Con esto, UP parece mostrar su apoyo explícito a la pseudociencia que defiende la existencia en algunas personas de una hipersensibilidad a los campos electromagnéticos, algo que ningún estudio científico ha logrado demostrar.

Esta última pseudociencia también sería la inspiradora de la propuesta de Ahora Madrid, formación participada por UP que gobernó en la capital en la anterior legislatura, referente al soterramiento de cableados para “reducir los campos electromagnéticos”, según contó Rocío P. Benavente para Teknautas en El Confidencial.

Durante su mandato en la alcaldía de la capital, Ahora Madrid defendió la propuesta de declarar a Madrid “zona libre de transgénicos”. Aparte de que el hecho de declarar a la ciudad de Madrid zona libre de transgénicos tenga aproximadamente el mismo valor que declararla zona libre de tiranosaurios, la ciencia ha mostrado de forma reiterada, miles y miles de estudios después, que los transgénicos no son perjudiciales para la salud humana, para la salud animal ni para el medio ambiente.

Pero incluso dejando de lado los grupos que en internet dicen estar asociados a UP y que dicen defender la homeopatía, la teoría conspiranoica de los chemtrails o el tarot y las cartas astrales, que internet es libre y anónimo –si bien, todo hay que decirlo, al mismo tiempo existe un grupo antimagufos–, basta con entresacar las declaraciones de sus líderes, que no son anónimas. Como ya conté aquí, la lideresa andaluza de UP, Teresa Rodríguez, dijo a la cadena SER en 2016 que las bases militares de EEUU de Rota y Morón provocan cáncer en la población. “Es cierto que no se ha hecho ningún estudio epidemiológico serio, pero en la zona se habla mucho de cómo afecta el cáncer la presencia militar”, dijo.

Por su parte, en 2014 el físico Pablo Echenique de UP reconocía a Nuño Domínguez de Materia que “en la izquierda algunas veces la gente se ha vuelto anticientífica”, y lo atribuía a que “la gente que no forma parte del sistema científico percibe a la ciencia como parte del sistema, como si fuera la banca”; es decir, motivos ideológicos. Y hacía la pirueta de defender la oposición de UP a los transgénicos al mismo tiempo que decía: “Como científico no estoy en contra de los transgénicos per se“.

Toda esta innegable impregnación de UP por las pseudociencias forma parte de lo que el periodista y escritor mexicano Mauricio-José Schwarz, que se reconoce como de izquierdas, ha llamado “la izquierda feng-shui”; ese sector de izquierdas, de buena posición económica y con educación superior, que de ninguna manera va a permitir que la realidad del conocimiento científico vaya a imponerse por encima de la subjetividad de su ideología.

Por supuesto que UP no es ni mucho menos el único partido en el que existen personajes o colectivos que defienden las pseudociencias; también los hay en el partido que ha promovido el plan para luchar contra ellas, como contó Javier Salas en El País, y no digamos en el resto. Pero lo importante es cómo se resuelve ese debate de posturas de cara a promover políticas. Y ante lo que se avecina, UP deberá decidir si su política, que definen como progresista, defiende el progreso de la ciencia del siglo XXI o el regreso a la superstición del XVII.

El uso de la violencia no reduce el apoyo a los grupos violentos, pero sí a los no violentos

Soy perfectamente consciente de que el titular que cubre estas líneas puede resultar algo confuso e incluso trabalingüístico. Pero con la que está cayendo hoy, y siendo quizá una de las pocas personas de este país que no van a opinar sobre el tema, en cambio me ha llamado la atención encontrarme justo en estos momentos con este bonito estudio, cortesía de tres investigadores de las universidades de Carolina del Sur, Stanford (California) y Toronto.

Y cuya conclusión es exactamente la que resume el título: cuando un grupo político o ideológico del que se espera un comportamiento no violento se enzarza en altercados violentos, se reduce su apoyo popular. Sin embargo y al contrario, la conducta violenta no menoscaba el apoyo popular hacia aquellos de los que ya se supone que son violentos. Lo cual, obviamente, da mucho que pensar.

Imagen de US Marine Corps.

Imagen de US Marine Corps.

Para su estudio, publicado en la revista Socius: Sociological Research for a Dynamic World, los sociólogos Brent Simpson, Robb Willer y Matthew Feinberg han reclutado a un grupo de 800 voluntarios y les han sometido a un experimento consistente en responder a un test después de leer distintas versiones modificadas de artículos de periódico referentes a un mismo suceso: las confrontaciones entre supremacistas blancos y manifestantes contra el racismo en dos lugares de EEUU, Charlottesville (Virginia) y Berkeley (California).

Los investigadores descubren que “el uso de la violencia lleva al público en general a ver a un grupo de protesta como menos razonable, una percepción que reduce la identificación con el grupo. Esta menor identificación, a su vez, reduce el apoyo público para el grupo violento”. Como consecuencia, prosiguen los autores, la violencia aumenta el apoyo hacia los grupos que se oponen al grupo violento.

Lo anterior podría parecer más o menos esperable si uno piensa en esos grupos violentos como aquellos de los que habitualmente no se espera otra cosa que violencia, como los supremacistas.

Lo curioso es que, según descubre el estudio, en realidad no es así como funciona: los actos de violencia por parte de los grupos antirracistas erosionan el apoyo hacia ellos, aumentando la simpatía hacia los supremacistas, mientras que la violencia de estos no afecta a su apoyo, “quizá porque el público ya percibe estos grupos como muy poco razonables y se identifica con ellos a bajos niveles”, escriben los autores.

Resultados curiosos, y de los que se podrían extraer varias enseñanzas. No todas ellas buenas. Y mejor lo dejamos ahí.

La campaña #coNprueba: buena intención, mal enfoque

Las pseudoterapias matan.

En España y según un informe reciente, a entre 1.200 y 1.400 personas al año, una cifra similar a la de las víctimas mortales de accidentes de tráfico. Citando un artículo de hace unos años escrito por el ingeniero químico argentino Eduardo Nicolás Schulz, “la pseudociencia no es un crimen contra la ciencia sin víctimas”. No es una cuestión de ideologías o creencias. Es una cuestión de salud pública.

Conviene repetirlo todas las veces que sea necesario, porque esta es además una epidemia silenciosa. En parte, porque tradicionalmente ha sido ignorada. En parte, porque para los responsables públicos es una piedra en el zapato. Y en parte, porque a quienes manejan los hilos de la opinión pública les suele pillar revisando los apuntes. En estos días, la eutanasia y el suicidio asistido han vuelto a saltar a titulares a raíz del caso de actualidad. Sobre esto no hay comentarista que no tenga opinión, en muchos casos marcada por apriorísticos ideológicos. Pero cuando se trata de pseudoterapias… Porque la homeopatía es una ciencia milenaria, ¿no? Y los alemanes y los franceses la utilizan mucho…

La puesta en marcha del plan del gobierno contra las pseudoterapias es una magnífica noticia, con independencia de cuál sea el partido político que lo impulse. Escribiría esto mismo si lo hubiera impulsado el bando contrario, solo que esto no ha ocurrido; por desgracia, el bando contrario ha fulminado sistemáticamente los ministerios de Ciencia y ha puesto al frente de los de Sanidad a filólogos y abogadas inmobiliarias.

Pero sí, este plan será una incómoda china en el zapato para el próximo gobierno, sea del color que sea, y aún deberemos verlo para creer que pueda llevarse a buen puerto. Y no solo por las enormes y poderosas resistencias que genera; esto era esperable, dado que amenaza a un gran negocio. Pero es que, además, las dificultades inherentes a la propia definición del plan y a su implantación serán un enorme escollo a superar. Entre otras muchas razones, quizá la menos importante, incluso quienes estamos a favor tampoco vamos a callarnos nuestras opiniones si pensamos que algo no se está haciendo como debería.

Esto es precisamente lo que quiero traer hoy, y se refiere a la campaña #coNprueba, el vehículo de comunicación puesto en marcha para divulgar y publicitar el plan contra las pseudoterapias y pseudociencias. Si uno bucea en la información disponible en la web publicada al efecto, encuentra contenidos interesantes. Pero parece probable que solo van a bucear en esta información los ya convencidos, a quienes no les hace falta. Aquellos a quienes se supone que debería ir dirigida la campaña, los pacientes de pseudoterapias o los ciudadanos indecisos, no van a bucear, sino que van a estar expuestos únicamente a lo más superficial, los carteles publicitarios y los anuncios en radio y televisión. Y respecto a estos, tengo dos críticas.

Primera crítica:

Pero ¿de verdad alguien ha pensado que mostrar a un tipo tratando de arreglar un móvil por (algo que claramente es una parodia del) reiki va a servir para algo?

El uso del humor no es de por sí algo reprobable. Vivimos en la sociedad del humor. Se puede ser influencer en YouTube o Twitter sin tener nada realmente valioso que aportar, pero solo si se es gracioso. El humor abre la mente para que entren los mensajes, incluso cuando no los hay.

En especial, es un recurso muy útil el uso de la ironía, como la parodia que realmente pretende el sentido contrario al expresado literalmente. Como ejemplo y preaviso de lo que hoy quiero decir, ayer publiqué aquí un texto que pretendía ser una sátira de las pseudoterapias. Pero, y esto es lo esencial, estaba cien por cien basado en la realidad; no había nada en él que no tenga un parangón real. Si alguien piensa que la ficticia suriaterapia es un disparate imposible, que lo piense dos veces. Ejemplos:

La pseudoterapia de las flores de Bach, de la que hablé aquí hace unas semanas, se basa en recoger el espíritu de las plantas que el sol de la mañana transmite al rocío. La homeopatía es solo agua; en el caso de las píldoras, agua seca, ya que se rocían con ella las pastillas de azúcar que luego se dejan secar.

Hay homeópatas que creen en la posibilidad de transmitir por correo electrónico las presuntas vibraciones curativas de sus aguas (nota al margen: uno de los defensores de esta idea es el excientífico Luc Montagnier, y aunque a los homeópatas les encanta esgrimir esta figura como fuente de autoridad, curiosamente no suelen promover esta práctica; ¿será porque este do-it-yourself arruinaría el negocio de vender viales y píldoras?). Hay quienes creen sinceramente que el agua recoge las buenas o malas vibraciones de la palabra que se escribe en la etiqueta del envase que la contiene, y que estas vibraciones del agua pueden curar.

Para delatar lo ridículo de las pseudociencias solo hay que mostrarlas tal cual; son en sí mismas ridículas, sin necesidad de añadir un extra de ridiculización mostrando a un tipo haciéndole reiki a un móvil. Este sarcasmo, que va más allá de la ironía, puede servir para provocar unas risas a los ya convencidos, a los defensores del pensamiento crítico y la medicina basada en ciencia. Nadie podrá negar que el efecto de autocomplacencia está bien conseguido.

Pero obviamente, este no es el objetivo. Y el único efecto que puede provocar en los pacientes de las pseudoterapias es llevarles a pensar que los están llamando imbéciles. E incluso, posiblemente el efecto que provoque en el ciudadano indeciso sea llevarle a empatizar con aquellos a quienes se está ridiculizando. En definitiva, el anuncio en cuestión va de cabeza a los ejemplos de libro del efecto bumerán, los casos en que un mensaje corre el riesgo de lograr justo el efecto contrario al que pretende.

Como corolario, me gustaría añadir algo más. Sí, el humor ayuda a que entre el mensaje, como el agua ayuda a tragar la pastilla. Pero el humor puede considerarse algo improcedente cuando se trata de ciertos mensajes o de ciertas causas. Jamás se utilizaría una campaña humorística contra la violencia de género o contra el abuso infantil. Hace ya décadas se decidió que la publicidad contra la siniestralidad en las carreteras debía mostrar las consecuencias de los accidentes con toda su crudeza, porque nadie cree que en este asunto quepa la menor frivolidad. ¿Y he dicho ya que las pseudoterapias matan?

Segunda crítica:

Pero ¿de verdad alguien ha pensado que mostrar una foto de astronomía y otra de una vidente bajo el mensaje “solo hay una forma de entender los astros” va a servir para algo?

De nuevo estamos ante el efecto bumerán, tal como lo expliqué recientemente a propósito de un estudio que había analizado la influencia de las series de televisión en las creencias conspiranoicas. Repito las palabras de los investigadores que ya cité entonces: “Las personas pueden percibir el mensaje persuasivo como un intento de restringir su libertad de pensamiento o expresión y por tanto reafirmarse en esta libertad rechazando la actitud defendida por el mensaje”. Solo hay una forma de entender los astros. ¿Quién lo dice? ¿El gobierno? ¿El PSOE? ¿Pedro Duque? ¿La ciencia?

Toda persona tiene el libre derecho a creer que la posición de Júpiter en la semana del 8 de abril va a determinar el éxito de su entrevista de trabajo, el resultado de la cita con esa persona o el diagnóstico de su enfermedad. Por delirante que sea creer esto. Porque al reconocimiento de este carácter delirante no se llega por real decreto ni porque lo diga un cartel, sino por el conocimiento profundo de cómo funciona la realidad y cómo la ciencia, a diferencia de la magia, es capaz de explicar cómo funcionan las reglas de la realidad.

Una de las corrientes de investigación más interesantes de la ciencia actual es el estudio de cómo y por qué la mente humana cree en lo irracional, lo improbable o lo refutado, como las supersticiones, las pseudociencias o las conspiranoias. El estudio que acabo de mencionar es un ejemplo.

Un dato ya suficientemente contrastado y difundido, aunque a algunos no termine de entrarles en la cabeza, es que las personas que creen en la magia y lo esotérico no son en general menos inteligentes que el resto, ni han sido peor educadas. De hecho, muchos académicos coinciden en señalar que la actual prevalencia de estas supersticiones es heredera del revival del movimiento esotérico que cobró fuerza en Alemania y Austria entre finales del siglo XIX y comienzos del XX, y que prendió en los ambientes cultos y bohemios de los cafés, entre las clases medias-altas. Esta tendencia pervivió abrazada e impulsada por el nazismo, que imprimió a lo esotérico, las filosofías orientales, la moda de lo natural, la pseudociencia y la anticiencia ese estatus de modernidad del que todavía hoy disfrutan en la percepción de muchos ciudadanos del siglo XXI (para quien quiera saber más, sugiero un par de reportajes que escribí sobre esto, aquí y aquí; y por cierto, los títulos no son míos: nunca utilizo la palabra magufos).

Entre la comunidad investigadora que se dedica a estas cosas, hay una conclusión en la que confluyen distintos enfoques, y es una que también he traído ya aquí en varias ocasiones: contra las pseudociencias es esencial explicar cómo se hace la ciencia, no solo sus resultados.

Para llegar a comprender por qué la ciencia ofrece respuestas donde otros presuntos sistemas de conocimiento no alcanzan, es indispensable comprender el porqué. Y a diferencia de esos otros sistemas, la ciencia no es una caja negra, sino una totalmente transparente. La percepción de esta transparencia y la comprensión de lo que esa transparencia permite observar son requisitos necesarios –aunque no suficientes– para fomentar el pensamiento crítico: no se trata de que el gobierno o la ciencia traten de imponer ninguna clase de pensamiento único. Es que, cuando se mira la realidad, lo que se ve es esto. Pero uno tiene que verlo por sí mismo. De nada sirve contar lo que se ve si no se logra convencer de que antes hay que abrir los ojos.

¿Las líneas de la mano de Pedro Sánchez? ¿En serio?

A veces se diría que los medios se esfuerzan en parodiarse a sí mismos. O a ver si no cómo se explica que uno de los diarios nacionales de mayor tirada publique un reportaje sobre las líneas de la mano del actual presidente del gobierno y candidato del PSOE en las próximas elecciones: aunque el chivatazo vía Twitter me lo dio una buena amiga periodista cien por cien fiable, dado que la –por llamarla algo– información procedía de otra fuente, tuve que comprobarla por mí mismo para asegurarme de que no se trataba de un fake o un meme.

Pedro Sánchez en el Parlamento Europeo, en enero de 2019. Imagen CC-BY-4.0: © European Union 2019 – Source: EP.

Pedro Sánchez en el Parlamento Europeo, en enero de 2019. Imagen CC-BY-4.0: © European Union 2019 – Source: EP.

¿Se ha borrado definitivamente la línea que separa la información del espectáculo? ¿Hasta dónde vale el atropello de eso que solían llamar periodismo con tal de conseguir unos clics? Que, sin duda, el reportaje ha logrado, incluyendo mi propio clic; aunque, si me disculpan, no voy a facilitarles el suyo aquí con un enlace.

Dicha pieza podría entenderse dentro de la oleada de pseudociencias que nos invade, de no ser porque, como ya advertí aquí, debemos ser cuidadosos de otorgar el calificativo de pseudociencias solo a las que realmente lo merecen; concedérselo a la adivinación por las líneas de la mano es hacerle un enorme favor a algo que se sitúa en el escalón más bajo de la superchería y la charlatanería.

Esto último no lo digo yo solo; como retal de muestra, les entresaco aquí algunos párrafos de un artículo editorial aparecido en la revista Science a propósito de la publicación de un libro sobre la adivinación por las rayas de la mano.

Aunque en apariencia está escrito curiosamente con algo parecido a una intención honesta, este libro es un absurdo montón de disparates; deducciones completamente irrelevantes a partir de conjeturas monstruosas, artificios de imposible recuerdo entremezclados con una masa de mera jerga, calculada para sonar como ciencia a los profanos. El conjunto resulta tan farragoso como para enviar a su autor al manicomio […]

El arte de la adivinación por la palma de la mano es una de las más viejas y extendidas supersticiones, y la de más larga supervivencia.

La astrología, por la extensión de sus proclamas y la dignidad de su pretendido objeto de estudio, la acción de las estrellas, siempre ha ostentado el primer puesto en la jerarquía de los camelos. A continuación le siguen la interpretación de los sueños, la adivinación por signos, la quiromancia, y por último una variedad de medios de adivinación menos definidos, el vuelo de los pájaros, el aspecto de sus entrañas, etc.

Todos ellos descansan en la idea de la similitud en la naturaleza que precede a la comprensión de la causa y el efecto. El ser humano está siempre dispuesto a encontrar en las inexploradas nubes de la naturaleza un gran parecido con una ballena, o una joroba como un camello, al alcance de cualquiera que se atribuya un discernimiento superior y prometa descorrer el velo del futuro.

Libros como este marcan los restos del viejo impulso de búsqueda de la verdad, el cual en su primera forma activa nos dio la superstición, pero que finalmente, unido a un espíritu crítico, nos dio el verdadero conocimiento.

La adivinación tiene en la mente común un lugar más alto de lo que muchas personas bien formadas estarían dispuestas a admitir: incluso en nuestras comunidades mejor educadas es todavía hoy, como antaño, una profesión bien pagada.

Este autor está informado de que una buena cantidad de especuladores basan su futuro en las predicciones que obtienen de estos magos. Hemos conseguido barnizar a nuestro pueblo estadounidense con una apariencia de modernidad; pero nuestro sistema educativo, con su imperfecta educación científica, no planta batalla de forma eficiente contra estas perniciosas reliquias del pasado. Deja al niño sin ese sentido de la ley natural que por sí solo puede desterrar tales supersticiones.

No podemos pasar por alto estas indicaciones de un nivel mental bajo con la mueca con que uno estaría tentado de tratarlas. Que una parte considerable de nuestra gente aún crea en brujería es ciertamente un asunto serio.

El artículo de Science dibuja un panorama alarmante que conocemos bien hoy, la nueva ofensiva de lo que se ha dado en llamar el movimiento anti-Ilustración (un término paraguas que comprende pseudociencias, anticiencia, conspiranoias, paranormalidades y supersticiones varias). Y sin embargo, lo curioso es que este artículo no ha salido precisamente en un número reciente de la revista: se publicó el 19 de diciembre de 1884.

Quiromancia. Imagen de Malcolm Lidbury (aka Pinkpasty) / Wikipedia.

Quiromancia. Imagen de Malcolm Lidbury (aka Pinkpasty) / Wikipedia.

Quizá quienes de ustedes estén más familiarizados con las revistas científicas ya habían sospechado que no era un texto actual. Hoy la revista Science difícilmente se ocuparía de comentar el lanzamiento de un libro sobre adivinación; no porque ya no merezca una respuesta, sino porque actualmente es tal el volumen de publicaciones contrarias al pensamiento racional que no quedaría espacio en la revista para hablar de otra cosa.

Pero sin duda es pasmoso cómo lo escrito hace 135 años sigue teniendo tanta vigencia hoy, algo que habría desolado al autor anónimo del comentario. Más de un siglo después, no hemos mejorado mucho. Más bien al contrario: el autor se refería a una publicidad que un célebre adivino insertaba en cada edición del periódico local de mayor tirada. Pero como nos demuestra la pieza que ha motivado estas líneas, hoy la adivinación ha saltado del espacio de los anuncios al de la información. Y con proclamas tan delirantes como esta que copio:

MONTE DE LUNA Y LÍNEA DE MERCURIO. El claro adelgazamiento en la zona inferior externa del monte lunar confirma un importante desgaste vital y nervioso. La abundancia de líneas horizontales y profundas en esta zona, y sobre todo la longitud y profundidad de la línea mercuriana, alerta sobre sensibilidad a fármacos y sustancias que en exceso, como el café, pueden dañarle el estómago.

Que los adivinos (adivina, en este caso) se atrevan con “sensibilidad a fármacos y a sustancias” demuestra que la charlatanería se reinventa para mantener, como decía el viejo artículo de Science, “una masa de mera jerga, calculada para sonar como ciencia a los profanos”. Hay cosas que cambian para no cambiar.

Pero, espera… –dirán algunos–. Si la ciencia no ha demostrado la falsedad de la quiromancia, ¿con qué atrevimiento osamos fulminarla? La respuesta, mañana: como contaré, hay al menos dos buenas razones por las que la ciencia jamás ha demostrado, ni demostrará, ni probablemente deba intentar demostrar, que estudiar las líneas de la mano de alguien no sirva para otra cosa que para conocer la palma de su mano como… como la palma de su mano.

Los órganos de los presos políticos impulsan el avance de la ciencia china

A finales de enero las autoridades chinas publicaron los primeros resultados de la investigación sobre He Jiankui, el científico que dijo haber creado los primeros bebés con genomas manipulados. Según la agencia estatal Xinhua, He falsificó la aprobación ética de su universidad y “condujo su investigación en busca de fama y fortuna personal”.

La situación actual de He es confusa: se dijo que el investigador estaba bajo arresto domiciliario y que incluso podía enfrentarse a una sentencia de muerte, mientras que al parecer él mismo contó a un colega que se encontraba bien y que estaba vigilado por “mutuo acuerdo” para su propia protección, pero que tenía libertad de movimientos. En cualquier caso, parece confirmado que ha sido expulsado de su universidad y que aún deberá afrontar las consecuencias legales de sus presuntos delitos. Que no se sabe cuáles son; ni las consecuencias legales, ni los delitos.

El caso de He sirve para introducir lo que vengo a contar hoy: desde el principio ha sido una historia narrada en forma de rumores, desde los propios experimentos de He –que aún no se han publicado– hasta su situación actual –si es libre, ¿por qué no ha declarado públicamente para desmentir las alegaciones sobre su cautiverio?–. Y frente a esta opacidad informativa por parte de las autoridades chinas, ha contrastado su reacción exageradamente teatral a los experimentos de He, calificándolos como “extremadamente abominables”.

Ahora la pregunta es: ¿reaccionarán estas mismas autoridades chinas con la misma contundencia contra su propia y extremadamente abominable práctica de trasplantar órganos extraídos de presos políticos y de condenados a muerte?

Operación de trasplante de órgano. Imagen de Global Panorama / Flickr / CC.

Operación de trasplante de órgano. Imagen de Global Panorama / Flickr / CC.

La revista BMJ Open ha dado a conocer un estudio dirigido por investigadores australianos, en el que se han analizado 445 trabajos de investigación publicados entre 2000 y 2017 por científicos chinos. En estos estudios, difundidos en revistas en lengua inglesa y con sistema de revisión por pares, se daba cuenta de un total de 85.477 trasplantes de pulmón, hígado o corazón.

Como puede imaginarse, toda investigación basada en trasplantes de órganos debe ir acompañada por la aprobación ética de los procedimientos, incluyendo la fuente del material trasplantado y el consentimiento del donante. Así lo exigen los estándares internacionales de la Sociedad de Trasplantes. Pero en el caso de China, investigaciones anteriores ya habían hecho notar una discrepancia entre las cifras de donantes de órganos y el número de trasplantes, y se ha alegado que muchos de los órganos trasplantados proceden de presos políticos y de condenados a muerte.

El nuevo estudio pone cifras a la situación: mientras que el 73% de estos estudios chinos dice contar con la aprobación de comités éticos, el 99% no especifica la donación voluntaria de los órganos, y el 92,5% no aclara si los órganos proceden de presos ejecutados. Más chocante, entre los que sí dicen no haber utilizado órganos de presos se encuentran 2.688 trasplantes anteriores a 2010, el año en que se puso en marcha el programa de donación voluntaria de órganos en China.

En un artículo publicado en The Conversation, dos de los autores del estudio escriben:

Un volumen creciente de pruebas creíbles sugiere que la recolección de órganos no se limita a presos condenados, sino que también incluye presos políticos. Por lo tanto, es posible –aunque no verificable en ningún caso particular– que las revistas revisadas por pares puedan contener datos obtenidos de presos de conciencia asesinados con el fin de extraer sus órganos.

Para añadir a lo ya de por sí extremadamente abominable, algunos de estos estudios se han publicado en la revista Transplantation, editada por la Sociedad de Trasplantes, la cual prohíbe la publicación de trabajos que incluyan trasplantes en los que no se especifique con total transparencia el origen de los órganos y su aprobación ética.

Los autores del estudio piden una moratoria para la publicación de cualquier trabajo sobre trasplantes procedente de China, y sugieren la celebración de una cumbre internacional en la que se solidifiquen los compromisos éticos que la comunidad médica y científica debe respaldar en relación con los trasplantes. Entretanto, solicitan la retractación de todos los estudios dudosos, algo que difícilmente va a ocurrir.

Un cartel contra la recolección de órganos para trasplante en China. Imagen de 上達 葉 / Flickr / CC.

Un cartel contra la recolección de órganos para trasplante en China. Imagen de 上達 葉 / Flickr / CC.

Hace unos días se ha celebrado en todo el mundo el año nuevo chino, una fiesta que ilustra cómo la superstición está fuertemente enraizada en todos los aspectos de la vida cotidiana en China, a un nivel que las sociedades occidentales han dejado atrás. Esto incluye también el gran arraigo de la pseudomedicina, por lo que el avance de la ciencia china es sin duda un progreso; ya he contado aquí que China está escalando hacia el primer puesto de la ciencia mundial en número de publicaciones, y que le está respirando en la nuca al líder, EEUU.

Pero mientras se discuten y condenan los abusos contra los derechos humanos en otros países, parece que China se mantiene fuera de todo debate, siempre que continúe fabricando productos baratos y comprando los nuestros.

La ciencia, que no es una institución sino simplemente el mejor sistema de conocimiento que ha inventado el ser humano, no debería caer en este juego de vendarse los ojos y doblegarse ante el yuan; su supervivencia y su credibilidad dependen de la transparencia y el respeto a los estándares éticos aceptados por la comunidad.

Las revistas científicas son negocios, y muy lucrativos. Pero si aceptan el abundante dinero de la investigación china tapándose la nariz, actúan en su propio beneficio perjudicando el fin al que sirven. Y facilitando que el liderazgo de la ciencia global caiga en manos de un sistema regido por la opacidad, la arbitrariedad y el abuso. Será una vuelta a tiempos más oscuros, cuando las instituciones políticas y religiosas decidían qué y cómo debía conocerse.