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¿Por qué España, con confinamiento y mascarillas, sufre más la pandemia que Suecia, sin confinamiento ni mascarillas?

Hace unos días, con ocasión de un análisis encargado por otro medio sobre la respuesta de Suecia al coronavirus, tuve la oportunidad de estudiar más en detalle este caso, que solo conocía muy a grandes rasgos. Como sabrá quien haya seguido las noticias relativas a la pandemia, Suecia ha sido una excepción en el marco europeo por no haber impuesto confinamientos en ningún momento. Según los expertos en leyes, no era posible porque la Constitución allí impide restringir el libre movimiento de los ciudadanos en tiempos de paz; para confinar a la gente habría que decretar un estado de emergencia, y esto solo puede hacerse si el país está en guerra.

Pero el argumento legal parece más un pretexto que un impedimento, porque las medidas restrictivas obligatorias no estaban en la mente del hombre que dirige la respuesta sueca a la pandemia, el epidemiólogo jefe del estado, Anders Tegnell. Y no, no es correcto decir que es el Fernando Simón sueco; aquí no es Simón quien toma las decisiones, sino el gobierno. Simón es un científico con un papel científico que no forma parte del gobierno. Por ello, y le pese a quien le pese, cumple su papel al desaconsejar la entrada de turistas en España. Si cierto sector del empresariado turístico ha pedido su dimisión por ello es porque en este país no existe costumbre de escuchar a los científicos ni se comprende qué es la ciencia y cuál es su papel. Simón debería dimitir si precisamente hubiera dicho lo contrario, poniendo los criterios económicos por encima de lo que la ciencia aconseja para controlar la epidemia. Pero en último término, él no es quien decreta, impone ni manda.

(Nota al margen: aunque esto de comprender qué es la ciencia y saber separarlo de la política y de la economía no debería ir asociado a ideologías ni a bandos políticos, tristemente durante la pandemia se ha revelado una brecha alarmante. Me consta que científicos de ideas conservadoras quedaron profundamente decepcionados cuando el líder de la derecha acusó al gobierno de “parapetarse en la ciencia”, y es evidente que el gobierno de la Comunidad de Madrid ignora los criterios científicos con decisiones como la de la famosa “cartilla cóvid”).

Pues bien, en Suecia, Tegnell es quien manda, hace y deshace, sin que en principio sus decisiones sean objetables ni rectificables por el gobierno. Tegnell decidió mantener abiertas las fronteras y los bares y restaurantes, y confiar la contención del brote en Suecia a la responsabilidad y la colaboración voluntaria de los ciudadanos. Dicen los expertos en ello que en aquel país existe una conciencia colectiva de protección nacional forjada en la Segunda Guerra Mundial. Y debe de ser así, porque los estudios muestran que un tercio de la población se confinó voluntariamente sin que nadie se lo impusiera.

Confinamiento voluntario: una calle de Estocolmo durante la pandemia de COVID-19. Imagen de I99pema / Wikipedia.

Confinamiento voluntario: una calle de Estocolmo durante la pandemia de COVID-19. Imagen de I99pema / Wikipedia.

La opción sueca no fue bien recibida entre los expertos, siempre dentro de la prudencia con la que suelen expresarse los científicos. Dentro del propio país hubo fuertes críticas, e incluso decenas de investigadores y médicos suecos se manifestaron de forma colectiva en contra de la estrategia de Tegnell a través de los medios.

Pero con el tiempo ya transcurrido, ¿qué dicen los números? Desde luego, no cabe duda de que los resultados hasta ahora son peores en Suecia que en otros países escandinavos, donde también se ha contemplado con mucho recelo la postura de su vecino rebelde.

Pero pese a ello, los datos de Suecia, siendo relativamente malos, son mejores que los de España. Aquí hemos tenido uno de los confinamientos más drásticos del mundo, una medida que logró doblegar la curva de contagios, pero que no evitó una de las peores cifras de muertes del planeta en esta primera fase, a fecha actual (más sobre esto en un rato). Hasta hace unos días, Suecia superaba a España en nuevos contagios por 100.000 habitantes. Pero cuando escribo estas líneas, las tornas se han invertido: hoy Suecia tiene (en los últimos 14 días) 31 casos por 100.000, España, 54. ¿Por qué tenemos más nuevos contagios incluso que un país donde casi todo ha seguido en todo momento funcionando con relativa normalidad y donde ni siquiera se aconseja el uso de mascarillas a la población?

Es cierto que la respuesta del gobierno español ha sido muy criticada aquí, pero también que, como he contado anteriormente, los estudios científicos internacionales que han emprendido análisis rigurosos comparativos con otros países nos han dejado en un lugar más mediocre tirando a malo que desastroso, como políticamente se ha intentado vender. Y también es cierto que, aun incluso si la actuación del gobierno hubiera sido tan catastrófica como algunos pretenden, ¿por qué ahora, que el control de la epidemia está mayoritariamente en manos de otros gobiernos distintos al del estado, las cifras no solo no mejoran, sino que empeoran? En los últimos días hemos escalado puestos en la lista europea de contagios por 100.000 habitantes. A fecha de hoy, solo Luxemburgo nos supera.

Lo cual nos lleva a una conclusión: algo está agravando la incidencia de la pandemia en España con respecto a otros países. Y hasta ahora, nadie parece tener una idea clara sobre qué puede ser. Es más, y como inmunólogo, hay algo que me atrevería a apostar (es solo una especulación, pero razonable por diversos motivos), y es que podemos darnos por afortunados por la ayuda del efecto verano, porque posiblemente las cifras que ahora tenemos serían mucho peores si hubiéramos entrado ya en el otoño.

Pero sí, además de culpar de todo al gobierno, lo segundo más fácil es culpar a la irresponsabilidad de la gente. Y probablemente la haya; quizá estemos aún más lejos de los suecos de lo que la mera distancia geográfica sugiere. Pero aunque medidas como la obligatoriedad de las mascarillas en toda circunstancia estén transmitiendo a los ciudadanos la idea de que esta es la clave necesaria y suficiente para acabar con el coronavirus, es necesario recordar una vez más que no es así.

Aquí he venido comentando lo más relevante que se ha ido publicando en las revistas científicas sobre la eficacia de las mascarillas. La mayor y más reciente aportación probablemente sea una gran revisión y meta-análisis (estudio de estudios) aparecido en junio en The Lancet. Otras revisiones anteriores debían basarse en estudios con otros virus. El nuevo trabajo ha repasado 172 estudios observacionales en 16 países y relativos en exclusiva al virus de la COVID-19 o a otros coronavirus, los del SARS y el MERS.

Conclusiones: la diferencia de riesgo entre usar mascarilla y no usarla es del 14%. La diferencia de riesgo entre dejar un metro de distancia y no dejarlo es del 10%. Y la diferencia de riesgo entre usar protección ocular y no usarla es también del 10% (y por cierto, ninguna autoridad parece haber reparado en esta medida de protección). Es decir, que ninguna de las medidas de por sí es la panacea. Según los autores, “incluso correctamente usadas y combinadas, ninguna de estas intervenciones ofrece protección completa, y otras medidas protectoras básicas (como la higiene de manos) son esenciales para reducir la transmisión”.

Pero entonces, ¿qué hay de aquel estudio publicado en PNAS que identificaba el uso de mascarillas como la medida clave para acabar con el virus? Pues por el momento, una carta firmada por más de 40 expertos de primera fila ha pedido su retractación por metodología defectuosa y conclusiones insostenibles. Y, un momento, ¿qué hay de aquel otro publicado en Proceedings of the Royal Society A y muy divulgado, según el cual, se dijo, si todo el mundo utilizara mascarillas la pandemia acabaría rápidamente? La respuesta es que aquel estudio no calculaba la eficacia de las mascarillas; se limitaba a describir un modelo según el cual la epidemia se extinguiría si todo el mundo llevara mascarilla, suponiéndole a la mascarilla al menos un 75% de efectividad. Cosa que no parece ocurrir para la transmisión aérea del virus.

Aun así, algo es mejor que nada, ¿no? Por supuesto que lo es; siempre que se entienda que es solo eso: algo. Pero no este el mensaje que se transmite cuando se impone la obligatoriedad de llevar mascarilla también al aire libre y sin otras personas alrededor. Incluso con la transmisión aérea del coronavirus, una hipótesis que ha ganado fuerza en la comunidad científica, el epidemiólogo de Harvard Bill Hanage, defensor del uso de las mascarillas, advertía al New York Times que la gente “piensa y habla de la transmisión por el aire de una forma profundamente estúpida. Tenemos esta idea de que la transmisión aérea significa que hay gotitas viajando por el aire capaces de infectarte muchas horas después, flotando por las calles, a través de los buzones y colándose en los hogares por todas partes”.

Y no funciona así, decía Hanage: incluso por el aire, el virus se transmite cuando existe una estrecha cercanía por tiempo prolongado y sobre todo en interiores. Hasta los expertos que han sido más ardientes defensores del uso universal de las mascarillas han abogado por su uso “en todos los lugares públicos, tales como comercios, transportes y edificios públicos”. No en la calle.

Si algo conseguirá la obligatoriedad de su uso en todas partes, incluso al aire libre, será, si acaso, transmitir una falsa sensación de seguridad que lleve a la gente a asumir más riesgos, como ya han advertido algunos expertos: “Cuando la gente se siente más segura con una mascarilla, relaja otras formas de prevención, como el lavado de manos o la distancia social. En el peor de los casos, el riesgo de infección podría de hecho aumentar”, escriben Alex Horenstein y Konrad Grabiszewski en The Conversation. Las mascarillas pueden ayudar, utilizadas hasta cierto punto; más allá de ese punto, son inútiles, o hasta perjudiciales, según Horenstein y Grabiszewski. Repito algo ya dicho aquí: no son las mascarillas lo que nos sacará de esto, sino la inmunidad.

Pero volvamos al caso sueco: más arriba he señalado que, tanto para Suecia como para España o cualquier otro lugar, hablamos de las cifras y los datos hasta ahora. Pero si precisamente algo tenía claro Tegnell cuando diseñó su estrategia es algo que todos los expertos también asumen, aunque quizá aún no haya calado en la calle y en los medios, donde aún se discute si rebrotes o si segunda oleada: el epidemiólogo sueco dijo en su día que la lucha contra el virus no es un esprint, sino una maratón. Y que por lo tanto, las medidas adoptadas debían ser sostenibles a muy largo plazo.

Evidentemente, los confinamientos no son sostenibles a largo plazo, ni los cierres de fronteras o de establecimientos. Ni llevar una mascarilla en todo momento, siempre que estemos fuera de casa, todos los días de nuestra vida durante los años que dure esta pandemia. Entre el cero y el infinito suele haber opciones intermedias bastante razonables y prácticas.

Y teniendo en cuenta que esto va para largo, para muy, muy largo, hablar ahora de los datos de unos países u otros con la foto fija actual, o la de hace dos meses, o la de dentro de dos meses, como si fueran cifras finales, sencillamente no tiene sentido. Solo el tiempo, con el fin de la pandemia, probablemente a años vista, dirá si Tegnell acertó o cometió un error histórico. Y si a la larga las cifras españolas continuarán siendo tan comparativamente malas. Y quizá, esperemos, nos revele por qué el coronavirus parece ensañarse especialmente con nuestro país.

En 2100 España tendrá la mitad de población y caerá al puesto 28 de riqueza en el mundo

No hay nada como un bofetón de realidad de los científicos para bajarnos de los burros en los que tanto nos gusta subirnos, aquellos criados para el consumo interno y que nos cuentan las enormes bondades o maldades de nuestro país, siempre en función de quién gobierne en el momento y de la inclinación ideológica de cada cual. Frente a las miras estrechamente interesadas que tratan de ajustar la realidad del mundo al espacio que cabe entre sus orejeras, aunque para ello sea necesario hacer un cherry-picking de ciertos datos –algo que se ha exagerado hasta la náusea durante la actual pandemia–, viene la ciencia internacional globalizada, a la que le importa un ardite quiénes son Rajoy, Zapatero, Sánchez, Iglesias o Casado, para avisarnos de que este país que pisamos está tomando el camino del desastre.

Así son las cosas: un estudio publicado en la revista The Lancet, una de las dos más prestigiosas del mundo en medicina, presenta un pronóstico para los 195 países del mundo sobre fertilidad, mortalidad, migración y población, desde 2017 hasta 2100, basado en los datos y las tendencias. Este análisis forma parte del gran proyecto Global Burden of Disease (GBD), una iniciativa liderada por el Institute for Health Metrics and Evaluation de la Universidad de Washington y en la que participan más de 3.600 investigadores de 145 países. Precisamente mencioné aquí el GBD hace unos días a propósito del mito del sistema sanitario español como el mejor del mundo (el GBD publicó un estudio al respecto que evaluaba nuestro sistema de salud como el decimonoveno del mundo, y era una clasificación muy destacada, pues otros estudios lo situaban en puestos mucho peores).

Sirva esta presentación para aclarar que el estudio no es obra de un par de investigadores con un PC y un código que se han bajado de GitHub. Que dos investigadores con un PC y un código que se han bajado de GitHub podrían hacer un estudio muy serio que superara los estrictos filtros de revisión para publicarse en The Lancet, es algo de lo que no cabe ninguna duda. Pero cuando se trata de un estudio firmado por 24 expertos y en el contexto de un proyecto tan sólido como el GBD, no es algo para tomarlo como una simple curiosidad.

Imagen de Jose Luis Cernadas Iglesias / pxhere.

Imagen de Jose Luis Cernadas Iglesias / pxhere.

Los autores han desarrollado nuevos modelos predictivos de simulación de la evolución demográfica mundial que manejan como variables la fertilidad, la migración y las tasas de mortalidad, y han utilizado los resultados para valorar los posibles efectos económicos y geopolíticos de los cambios observados a lo largo del tiempo.

A escala global, los resultados muestran que, al contrario de lo que suele creerse, la población mundial no va a continuar creciendo indefinidamente, sino que en 2064 alcanzará un pico de 9.730 millones de terrícolas, y a partir de entonces comenzará a descender hasta una cifra de 8.790 millones en 2100. Para entonces, los países más poblados del mundo serán India (1.090 millones), Nigeria (791), China (732), EEUU (336) y Pakistán (248).

De estos datos ya se entiende que no todos los países van a seguir la misma tendencia en la evolución de su población de aquí a final de siglo. Por ejemplo, Suecia tendrá un crecimiento sostenido y moderado, pasando de los 10 millones en 2017 a algo más de 13 en 2100. Por el contrario, otros países están destinados a montar en una montaña rusa demográfica. Por ejemplo, China ascenderá de los 1.412 millones en 2017 a los 1.432 en 2024, y a partir de entonces comenzará a descender hasta perder la mitad de su población para 2100, quedándose en 732 millones. Estos bandazos tendrán consecuencias económicas: en 2035 China superará a EEUU como primera economía mundial, pero volverá a ser sobrepasada por los norteamericanos en 2098.

En concreto, el caso de España es uno de los más extremos. Aunque una gran mayoría de países van a reducir su fertilidad por debajo de la tasa de reemplazo (151 en 2050 y 183 en 2100), el estudio nos clasifica como uno de los 23 países cuya población va a disminuir en más de un 50% entre 2017 y 2100. De hecho, ya hemos pasado nuestro pico de población para todo el siglo: 46,43 millones en 2019. Y a partir de ahora, todo va a ser cuesta abajo, hasta quedarnos en 22,91 millones a final de siglo.

Y como consecuencia de ello, la potencia económica de España va a caer en picado: de ser la 13ª economía del mundo en 2017, en 2030 bajaremos al puesto 17, al 18 en 2050, y al 28 en 2100. Nos superarán países como Egipto, Malasia, Irak, Filipinas, Indonesia o Nigeria, mientras que aquellos con los que normalmente nos vanagloriamos de compararnos, como Alemania, Francia o Reino Unido, seguirán en los puestos 5, 6 y 7 del mundo al final de este siglo.

A Italia no le irá mucho mejor que a nosotros: caerá al puesto 25 desde el noveno actual. Los autores del estudio nos dedican una frase: “El ránking relativo del PIB de Rusia y Brasil descendería moderadamente, mientras que España e Italia verían reducciones sustanciales”. Y añaden un aviso para quien quiera escucharlo: “Les irá bien a las naciones que mantienen sus poblaciones en edad de trabajar a largo plazo mediante las migraciones, como Canadá, Australia y EEUU”.

Así es como realmente lo ha hecho España en esta primera oleada de la pandemia, según la ciencia

Un hermano mío, aficionado a la política, me contaba que había estado escuchando en la misma mañana dos emisoras de radio de trincheras opuestas, y que su sensación fue que hablaban de dos países distintos. En una de ellas solo se hablaba del 8-M, mientras que en la otra el único tema era el de las residencias de ancianos en la Comunidad de Madrid.

Durante esta pandemia del coronavirus SARS-CoV-2, causante de la COVID-19, vivimos una inflamación extrema del enfrentamiento entre esos dos bandos. Cada uno está tratando de escribir su propia historia sobre lo que está ocurriendo, y corremos un serio riesgo de que los relatos que acaben perdurando se limiten a transmitir juicios de valor ideológicos prescindiendo de los hechos. Los juicios de valor son libres, pero los hechos no lo son. Los hechos son el territorio de la ciencia. Y los hechos cuentan una historia objetiva.

Varias personas disfrutan del domingo junto al Lago de la Casa de Campo, en Madrid. Imagen de Efe / 20Minutos.es.

Varias personas disfrutan del domingo junto al Lago de la Casa de Campo, en Madrid. Imagen de Efe / 20Minutos.es.

La historia objetiva que vengo a contar hoy es esta: un estudio publicado en Nature por 58 científicos del Imperial College London (ICL) y las universidades de Oxford, Sussex y Brown (EEUU) ha utilizado el modelo epidemiológico predictivo desarrollado por el ICL para estimar cuál ha sido el resultado de las intervenciones no farmacológicas adoptadas contra la COVID-19 en 11 países europeos. Es decir, los confinamientos, las cuarentenas, los cierres de centros educativos, etcétera.

El modelo llega a la conclusión de que en todos los países las medidas adoptadas han logrado controlar la epidemia, reduciendo la tasa de reproducción del virus (número de personas a las que contagia cada infectado) por debajo de 1 (desde un valor inicial estimado de 3,8), y evitando en los 11 países analizados un total de 3.100.000 muertes.

El estudio analiza la situación país por país. La primera estimación que arroja el modelo es el porcentaje de población infectada en cada país. Aquí somos los segundos, con un 5,5% (un dato que cuadra con el del estudio de seroprevalencia del Instituto de Salud Carlos III), solo por debajo de Bélgica (8%) y por delante de Reino Unido (5,1%), Italia (4,6%), Suecia (3,7%), Francia (3,4%), Suiza (1,9%), Dinamarca (1,0%), Alemania (0,85%), Austria (0,76%) y Noruega (0,46%).

Estimación del porcentaje de población infectada por el SARS-CoV-2 por países a 4 de mayo. Imagen de Flaxman et el., Nature 2020.

Estimación del porcentaje de población infectada por el SARS-CoV-2 por países a 4 de mayo. Imagen de Flaxman et el., Nature 2020.

El estudio detalla las medidas adoptadas en cada país y cuándo se tomaron, lo que podría relacionarse con la extensión de la infección en cada caso. Como se ve en el gráfico, Suiza y Alemania comenzaron aislando los casos de COVID-19, lo que aparentemente les dio muy buenos resultados. En cambio, Austria llegó mucho más tarde a esta medida, y sin embargo ha mantenido un nivel de contagios muy bajo. España fue el segundo país en decretar el confinamiento después de Italia, y también el segundo en cerrar las escuelas junto con Dinamarca y Noruega, pero en cambio nos retrasamos en la prohibición de actos públicos y fuimos los últimos en el aislamiento de casos.

Calendario de las medidas adoptadas en marzo de 2020 por 11 países europeos contra la pandemia del SARS-CoV-2. Imagen de Flaxman et al., Nature 2020.

Calendario de las medidas adoptadas en marzo de 2020 por 11 países europeos contra la pandemia del SARS-CoV-2. Imagen de Flaxman et al., Nature 2020.

Otra estimación clave del modelo es el número de muertes que las medidas adoptadas han evitado en cada país. Frente a cierta demagogia extendida, la noticia fresca es que no matan los gobiernos: ni el de España, ni el de la Comunidad de Madrid, ni ningún otro; mata el virus. En todos los países, las medidas implantadas para frenar la pandemia han salvado vidas.

Otra cuestión es cuántas muertes se han evitado en cada caso, y aquí también hay diferencias entre países, según se muestra en esta tabla (véase que en todos los casos, incluyendo a España, la cifra de muertes estimadas por el modelo se corresponde bastante bien con las observadas: los autores reconocen que probablemente hay una subestimación del número de muertes, pero que afecta a todos los países por igual):

Muertes observadas, estimadas y evitadas estimadas por el SARS-CoV-2 en 11 países europeos a 4 de mayo. Imagen de Flaxman et al., Nature 2020.

Muertes observadas, estimadas y evitadas estimadas por el SARS-CoV-2 en 11 países europeos a 4 de mayo. Imagen de Flaxman et al., Nature 2020.

Según el estudio, las medidas adoptadas en España han salvado 450.000 vidas. Esto nos sitúa en un discreto quinto puesto en número de muertes evitadas, por debajo de Francia, Italia, Alemania y Reino Unido, y por delante de Bélgica, Austria, Suiza, Dinamarca, Suecia y Noruega.

Pero, lógicamente, para ser justos, esta cifra debería situarse en el contexto del número de muertes ocurridas en cada país, lo que nos daría una idea de la eficiencia de las medidas en unos países y en otros. Los autores no hacen este cálculo, ya que no se trata de un coeficiente riguroso, pero podemos hacerlo nosotros para responder a la pregunta: ¿cuántas vidas más se han salvado de las que se han perdido?

El resultado es que en España se han evitado 18 veces más muertes de las ocurridas, lo cual nos sitúa en una posición más baja, los octavos de 11, por detrás de Austria (con un impresionante resultado de 108 veces más vidas salvadas que perdidas), Alemania (82), Dinamarca (69), Noruega (58), Suiza (35), Francia (27) e Italia (22), y por delante de Reino Unido (16), Bélgica (14) y Suecia (9).

Por último, otro dato interesante del estudio es la letalidad del virus en distintos países en términos de Infection Fatality Rate, o mortalidad entre los infectados, con o sin síntomas. No hay grandes diferencias entre países: Francia, Italia y Alemania tienen tasas de mortalidad ligeramente mayores que el resto, con España en el quinto puesto.

  • Francia: 1,26%
  • Italia: 1,24%
  • Alemania: 1,23%
  • Bélgica: 1,10%
  • España: 1,08%
  • Reino Unido: 1,04%
  • Austria: 1,04%
  • Suecia: 1,03%
  • Suiza: 1,02%
  • Dinamarca: 1,02%
  • Noruega: 0,91%

En resumen, y dejando aparte sesgos ideológicos y demagogias, las cifras hablan. Con todo lo anterior, no parece descabellado concluir que la gestión de España en esta primera fase de la pandemia no ha sido ni tan brillante como unos defienden, ni tan desastrosa como otros pretenden. Por supuesto, es de suponer que una adopción más temprana de las medidas habría evitado más muertes. Pero como decía en una entrevista la viróloga Marga del Val, coordinadora de la plataforma del CSIC contra la pandemia Salud Global, si se nos hubiera querido confinar una semana antes de lo que se hizo, no habríamos hecho ni caso.

Si algo nos muestra el estudio, es que la dinámica de una epidemia es algo extremadamente complejo con multitud de incógnitas. El calendario y la intensidad de las medidas adoptadas no bastan para explicar por completo las diferencias entre unos países y otros, como tampoco es fácil entender por qué provincias poco pobladas como Soria, Cuenca, Segovia o Albacete tienen porcentajes de población infectada mayores que Madrid o Barcelona. Y aunque hubiera sido lo más sensato cancelar las manifestaciones del 8-M, la idea de que tuvieron una repercusión importante en la propagación de la epidemia es contraria a la ciencia, como ya he explicado aquí (y no, esto no lo cambia el informe de un forense médico psicoterapeuta especializado en trastornos afectivos y sin conocimientos de epidemiología ni justificación alguna de sus especulaciones sobre estudios científicos).

Pero si hay algo que ahora deberíamos recordar, es que aún no estamos al final. En un reportaje en Nature Biotechnology, el investigador Michael Joyner, director del programa de la Clínica Mayo en EEUU que busca tratar a los enfermos de COVID-19 con anticuerpos del plasma de personas recuperadas, decía: “Es necesario que la gente entienda que, una vez pasada la primera oleada, probablemente solo estemos aún a la mitad de las muertes”. Y de acuerdo al último informe del ICL, según el cual España es uno de los únicos tres países de entre 53, junto con Francia y Reino Unido, en los que la reducción de la movilidad ha sido suficiente para contener la epidemia, “un aumento del 20% en la movilidad actual en España podría llevar a un rápido crecimiento de la epidemia”.

España creía estar preparada al 100% para contener una epidemia: por qué el mundo sucumbe al coronavirus

Hace tiempo, mucho antes de que todo esto comenzara, recuerdo que una newsletter de un medio científico llevaba un artículo titulado “La gran pandemia de nuestro tiempo”, o algo parecido. Uno, que fue investigador en inmunología, trata de mantenerse al día sobre todo lo nuevo relativo a enfermedades infecciosas. Así que pinché en el titular. Resultó que el artículo hablaba de la obesidad.

No se trata de desdeñar el papel de la obesidad como factor de riesgo de enfermedades, que lo es. Pero hablar de la obesidad como pandemia no solo es técnicamente incorrecto, algo impropio de un medio científico, sino que ahora, frente a lo que estamos padeciendo, casi parecería un mal chiste, si no fuera porque no estamos para chistes.

(Nota aclaratoria: “pandemia” es un término reservado para las enfermedades infecciosas. Nada impide utilizarlo en sentido metafórico, como cuando se dice que “fulano ha provocado un terremoto con sus declaraciones”. Pero llamar pandemia a cualquier cosa que nos apetezca confunde y no ayuda. Y por otra parte, la obesidad es un factor de riesgo, no una causa de muerte, excepto quizá para casos como el de la mujer obesa de Pensilvania que mató a su novio sentándose sobre él. Por más veces que se repita hasta el hartazgo “la obesidad mata a X millones de personas“, no, la obesidad no mata. Facilita que otras cosas maten).

La anécdota ilustra una realidad alarmante. El mundo (rico) suele estar hoy inmensamente preocupado por la obesidad, el cáncer, las enfermedades cardiovasculares, el alzhéimer… Pero ha olvidado las enfermedades infecciosas. Suele citarse el ejemplo de William Stewart, que fue cirujano general de EEUU y que en 1967 dijo: “Es hora de cerrar el libro de las enfermedades infecciosas, y de declarar ganada la guerra contra las pestes”.

El problema es que, en realidad, Stewart jamás dijo tal cosa, como demostró un estudio en 2013, por lo que al pobre doctor se le ha colgado un injusto sambenito por algo que nunca dijo. Pero sí es cierto que, como reconocían los propios autores de aquel estudio absolutorio, la frase falsamente atribuida a Stewart refleja una forma de pensar y una tendencia entre muchos de sus contemporáneos, y desde entonces largamente instalada en nuestra sociedad.

Y eso es lo que nos ha llevado a este desastre.

Por mucho que pueda criticarse la actuación frente al coronavirus SARS-CoV-2 de la COVID-19 por parte de tal o cual gobierno, nacional o autonómico, propio o extranjero, las críticas a un bando de la trinchera y al otro que tanto están proliferando en estos días simplemente nacen de un interés político partidista-guerrillero. No aportan absolutamente nada útil. Porque lo único cierto es que, en realidad, nadie ha sabido qué hacer ante esta crisis. Y si nadie ha sabido qué hacer ante esta crisis es porque nadie tenía buenos planes sobre qué hacer ante esta crisis. Y si nadie tenía buenos planes sobre qué hacer ante esta crisis es porque nadie esperaba esta crisis. Y si nadie esperaba esta crisis es porque nadie creyó a quienes llevan años avisando de esta crisis.

Desinfección en Bilbao por el coronavirus de COVID-19. Imagen de Eusko Jaurlaritza / Wikipedia.

Desinfección en Bilbao por el coronavirus de COVID-19. Imagen de Eusko Jaurlaritza / Wikipedia.

Esta semana, el magnate de la prensa Juan Luis Cebrián escribía en su periódico El País un artículo titulado “Un cataclismo previsto”, con este subtítulo: “Las principales instituciones mundiales denunciaron hace meses que un brote de enfermedad a gran escala era una perspectiva tan alarmante como realista y alertaron de que ningún Gobierno estaba preparado”.

Cebrián se refería sin duda, aunque no lo detallaba, a un informe titulado “A World at Risk” (Un mundo en riesgo), publicado en septiembre de 2019 por el Global Preparedness Monitoring Board (GPMB) –un organismo de la Organización Mundial de la Salud y el Banco Mundial– y que advertía de la amenaza de una pandemia por un posible nuevo patógeno respiratorio altamente contagioso que podría matar a millones de personas, y de que los gobiernos del mundo no estaban preparados para ello.

Ahora bien, ¿escribió algo Cebrián sobre dicho informe cuando este se publicó, en septiembre, en aquellos tiempos en que la vida era normal? Cebrián tiene una silla en Davos, el lugar donde se cocinan las decisiones del planeta, además de ser una de las personas más influyentes en nuestro país. ¿No podía haber llevado aquel informe a la atención de los líderes mundiales antes, cuando habría servido de algo? Porque ser profeta del pasado es muy fácil. De hecho, es una ocupación tan desvalorizada que ahora los tenemos a millones en Twitter.

Pero el informe citado por Cebrián es solo uno más de una larga cadena de voces de expertos y de organismos científicos y sanitarios que durante años han advertido del riesgo de una gran pandemia que pondría el mundo patas arriba. Escojo solo tres ejemplos de mi propio archivo de tiempos ya relativamente lejanos, pre-COVID-19:

En 2007, hace 13 años, cuando el peligro era la muy letal gripe aviar H5N1, escribí esto:

A tenor de la expansión de este virus y a juicio de la Organización Mundial de la Salud, “el mundo está más cerca que nunca de otra pandemia desde 1968”, año en que acaeció la última del siglo XX. Los autores del presente estudio confían en que los nuevos datos contribuyan a la lucha contra “la inevitable pandemia que puede matar a decenas de millones”.

En 2015, hace cinco años, con ocasión del brote del coronavirus del Síndrome Respiratorio de Oriente Medio (MERS) en Corea del Sur, escribí esto:

Ya son muchos los expertos que advierten de que, en materia de nuevas enfermedades infecciosas, es prioritario que los esfuerzos, la financiación y los protocolos clínicos se adecúen en tiempo y forma a lo que aún no ha llegado, pero sin duda llegará.

La última de las voces advirtiendo sobre el hielo delgado que pisamos ha sido la de Bill Gates. En la cuarta cumbre anual sobre filantropía celebrada este mes por la revista Forbes, el cofundador de Microsoft participó en un coloquio sobre las lecciones aprendidas de la crisis del ébola. En opinión de Gates, la próxima epidemia de este virus no nos sorprenderá sin preparación, pero no podemos decir lo mismo de futuras pandemias causadas por otros patógenos de más fácil contagio. Y advertía: “Lo que con más probabilidad puede matar a diez millones de personas en los próximos 30 años es una epidemia”. “La filantropía no es lo suficientemente grande para ocuparse de todo el problema. El gobierno debe asumir el papel dominante”, demandaba Gates. Y lo cierto es que ya son demasiados avisos como para seguir ignorándolos.

Y en 2016 hablé de otro de esos estudios que nos habían advertido:

La fundación sueca Global Challenges Foundation y el Global Priorities Project de la Universidad de Oxford acaban de publicar su informe anual Riesgos Catastróficos Globales 2016, que analiza las amenazas debidas a “eventos o procesos que podrían llevar a la muerte de aproximadamente una décima parte de la población mundial, o que tengan un impacto comparable”. Al frente de estos riesgos se encuentran los únicos que históricamente han alcanzado este nivel de letalidad: las pandemias.

Son solo tres ejemplos de cómo a innumerables expertos se les ha secado la boca durante años alertando de que esto iba a llegar, y de que no estábamos preparados. También durante años, todos los que nos dedicamos a comunicar la ciencia hemos hecho de altavoz de esas demandas, pero por desgracia sin los miles de vatios de sonido de un Cebrián. Bien, aquello sobre lo que se lleva años advirtiendo por fin ha llegado. ¿Y quién estaba preparado?

Corea del Sur.

Durante estos días se ha hablado mucho de cómo este país asiático ha conseguido, al menos por el momento, contener la epidemia de COVID-19 sin recurrir a medidas drásticas de confinamiento de la población. Pero no se ha contado la historia completa, ya que la realización de test masivos a la población y otras medidas más controvertidas, como el rastreo y la vigilancia de movimientos de las personas contagiadas y sus contactos, no son fruto de la improvisación, de una ocurrencia repentina. A diferencia de otros, Corea ya estaba preparada.

En 2015, cuando surgió el brote de MERS mencionado más arriba, el gobierno coreano se tomó muy en serio la preparación del país contra futuras epidemias. El Centro para el Control de Enfermedades de aquel país hizo un reanálisis completo y concienzudo de sus estrategias, y elaboró un plan detallado y exhaustivo contra futuras amenazas. Aquella preparación de ayer es el éxito de hoy.

Sin embargo, exceptuando Corea, el resto de los países han ignorado sistemáticamente las advertencias de los expertos sobre terribles pandemias inminentes. En EEUU, por ejemplo, el diario The New York Times ha revelado en estos días que en 2019 se llevó a cabo un gran proyecto gubernamental de simulación de una pandemia, llamado Crimson Contagion, y no era el primer proyecto de este tipo. Pero la preparación real de aquel país para la COVID-19 queda patente en la situación actual. Concluye el NYT: “El conocimiento y el sentido de urgencia sobre el peligro parece no haber llegado nunca a recibir la suficiente atención al más alto nivel del ejecutivo o del Congreso, dejando a la nación con fondos insuficientes, carencia de equipos y desorganización dentro y entre diversas ramas y niveles del gobierno”.

Y ¿qué hay de nuestro país? Las cifras actuales también hablan por sí solas. Pero la situación actual, se engañe quien se engañe dando vueltas en su rueda política de hámster, no se debe a lo hecho o no hecho ahora, sino a lo no hecho durante años, con gobiernos del PP y del PSOE, y autonómicos de otros colores diversos.

Y esto es lo más irónico: existe un sistema de autoevaluación de los países para la OMS sobre las capacidades del sistema nacional de salud en materia, entre otras, de vigilancia, enfermedades zoonóticas, respuesta, coordinación, laboratorios, políticas reguladoras y comunicación de riesgos. El informe de España de 2018 que, repito, es una autoevaluación del propio país, se ponía una nota de entre 80 y 100% en todo, excepto en comunicación de riesgos, con una nota del 60%.

Por ejemplo, en “mecanismos de financiación y fondos para la respuesta a tiempo a emergencias de salud pública”, España se ponía a sí misma un 80%; un 8, notable. En “función de alerta temprana: vigilancia basada en indicadores y datos”, otro 8, lo mismo que en recursos humanos. Pero en “planificación de preparación para emergencias y mecanismos de respuesta”, nos dábamos a nosotros mismos un 10. Y en “capacidad de prevención y control de infecciones”, pues otro 10, para qué menos.

En resumen: hemos vivido engañados. Y ahora nos gusta seguir engañándonos a nosotros mismos fingiendo que la situación actual es culpa del gobierno central, si somos de derechas, o del autonómico de Madrid, si somos de izquierdas.

Y ¿qué nos enseña todo esto? Nos enseña que esto no puede volver a ocurrir. Que ya es hora de que, de una vez por todas, todos los gobiernos de todos los países, en la medida de su nivel de desarrollo, comiencen a tomarse realmente en serio la preparación contra enfermedades infecciosas epidémicas. En estos días se transmite la idea de que algún día todo volverá a ser igual que antes, y se entiende que mensajes como este son necesarios ahora para reforzar la moral durante el confinamiento. Pero no puede ser así: para que algunas cosas no cambien, otras deberán cambiar para siempre, o pronto nos encontraremos con la próxima pandemia, de un virus quizá mucho más letal que el SARS-CoV-2. Mañana seguimos.

España, décima en ciencia, vigesimoséptima en premios Nobel de ciencia

En la tabla de países por número de premios Nobel de ciencia, España ocupa un lugar muy por debajo de su puesto en producción científica. No es ninguna novedad, pero es interesante analizar los datos: la décima potencia mundial por volumen de publicaciones científicas se queda en una discreta vigesimoséptima posición en número de premios, compartiendo escalón con Finlandia (que ocupa el puesto 26 en publicaciones), Irlanda (39), Rumanía (41), Lituania (58) y Luxemburgo (81).

Imagen de Jonathunder / Wikipedia.

Imagen de Jonathunder / Wikipedia.

Para la clasificación de los países por el volumen de publicaciones científicas, he tomado los datos del Journal & Country Rank de SCImago, un grupo de investigación integrado por el CSIC y las Universidades de Granada, Extremadura, Carlos III y Alcalá de Henares. A su vez, los datos de SCImago proceden de Scopus, la mayor base de datos de bibliografía académica del mundo. Según estos datos, y para el período acumulado 1996-2014, España ocupa el décimo lugar en número de publicaciones, con un total de 952.099, inmediatamente por debajo de India (998.544) y superando a Australia (890.458).

Este décimo puesto es razonable con respecto al peso económico del país, y es además consistente con otros índices similares, por ejemplo el actualizado el pasado año por la revista Scientific American con datos de la OCDE. En este caso España se mantiene también en décimo puesto por publicaciones en una selección de revistas solo para el año 2014, y anda en la misma línea –puesto arriba o abajo– tanto en gasto en I+D como en doctorados en ciencia e ingeniería. Tampoco es una sorpresa que España se desploma en número de patentes, cayendo al puesto 22. Habría que consultar a los expertos de la industria a qué se debe esta carencia ya clásica en nuestro sistema; pero independientemente de las múltiples razones que supongo podrían aportar, también sería un avance si patentar dejara de estar mal visto en este país.

En cuanto a los datos de los premios Nobel por países, los he tomado de la lista publicada en la Wikipedia, seleccionando solo los de Física, Química y Fisiología o Medicina. Dado que con bastante frecuencia los investigadores trabajan en naciones diferentes a la suya de origen, la lista recopilada por la Wikipedia adopta el criterio más favorable, adjudicando los premios tanto al país natal del galardonado como al estado donde trabajaba en el momento de la concesión. Por ejemplo, Severo Ochoa cuenta como un premio para España y otro para Estados Unidos. A nuestro país se le adjudican dos galardones, Ochoa y Ramón y Cajal.

A continuación detallo la lista de los 41 primeros países por producción científica con su número respectivo de premios Nobel de ciencia. Y para apreciarlo mejor de un vistazo, he construido dos gráficos que expongo más abajo. El primero refleja los mismos datos de esta lista, añadiendo a los 41 primeros Lituania (puesto 58) y Luxemburgo (81), dos países que cuentan con el mismo número de premios Nobel de ciencia que España. El segundo gráfico muestra estos mismos 43 países ordenados por el número de premios.

  1. Estados Unidos: 267 premios Nobel de ciencia
  2. China: 8
  3. Reino Unido: 85
  4. Alemania: 85
  5. Japón: 21
  6. Francia: 36
  7. Canadá: 17
  8. Italia: 12
  9. India: 4
  10. España: 2
  11. Australia: 11
  12. Corea del Sur: 0
  13. Rusia: 17
  14. Holanda: 16
  15. Brasil: 1
  16. Suiza: 20
  17. Taiwán: 1
  18. Suecia: 16
  19. Polonia: 7
  20. Turquía: 1
  21. Bégica: 6
  22. Irán: 0
  23. Israel: 6
  24. Austria: 16
  25. Dinamarca: 9
  26. Finlandia: 2
  27. Grecia: 0
  28. República Checa: 3
  29. México: 1
  30. Noruega: 5
  31. Hong Kong: –
  32. Singapur: 0
  33. Portugal: 1
  34. Suráfrica: 5
  35. Nueva Zelanda: 3
  36. Malasia: 0
  37. Argentina: 3
  38. Hungría: 11
  39. Irlanda: 2
  40. Ucrania: 4
  41. Rumanía: 2

58. Lituania: 2

81. Luxemburgo: 2

Producción científica (por número de publicaciones, eje vertical izquierdo) y premios Nobel de ciencia (eje vertical derecho) por países. El eje horizontal muestra ordenados los 41 países con mayor producción científica, a los que se añaden Lituania y Luxemburgo. Elaboración propia con datos de SCImago y Wikipedia.

Producción científica (por número de publicaciones, eje vertical izquierdo) y premios Nobel de ciencia (eje vertical derecho) por países. El eje horizontal muestra ordenados los 41 países con mayor producción científica, a los que se añaden Lituania y Luxemburgo. Elaboración propia con datos de SCImago y Wikipedia.

Lista de países por número de premios Nobel de ciencia. En la lista figuran los 41 países con mayor producción científica, más Lituania y Luxemburgo. Elaboración propia con datos de SCImago y Wikipedia.

Lista de países por número de premios Nobel de ciencia. En la lista figuran los 41 países con mayor producción científica, más Lituania y Luxemburgo. Elaboración propia con datos de SCImago y Wikipedia.

Interesante, ¿no? El primer gráfico nos sugiere una idea curiosa: el perfil de España, en cuanto a la brutal diferencia entre su producción científica y su número de premios Nobel, es similar al de países llamados emergentes, como China, India, Corea del Sur o Brasil. En el caso de los países asiáticos, incluyendo Japón, se da además la circunstancia de que permanecieron desconectados de la ciencia occidental, y por tanto de los premios Nobel, durante buena parte del siglo XX. Sin embargo, los dos premios Nobel españoles datan de 1906 y 1959.

Dejo además aquí otros datos para la reflexión. La organización de los premios Nobel publica las nominaciones a sus galardones 50 años después (¿será para asegurarse de que los posibles agraviados ya fallecieron?). Por lo tanto, hasta hoy se han publicado las candidaturas desde la primera edición de los premios, en 1901, hasta 1964 (aún no han introducido los datos de 1965). Una nominación se produce cuando alguna autoridad científica, normalmente invitada por el comité organizador, propone el nombre de un candidato.

Pues bien, y aquí está el dato interesante: para que Ramón y Cajal fuera agraciado con el premio de Fisiología o Medicina en 1906, tuvo que recibir un total de 65 nominaciones desde la primera edición de los premios en 1901. Y para que juzguen si esto es poco o mucho, una comparación: al italiano Camillo Golgi, que compartió el premio con Cajal, le bastó con menos de la mitad, 31 nominaciones.

La lista de los nominados españoles revela otros detalles jugosos. Por no concernir a este blog, no voy a comentar las candidaturas a los premios de Literatura o de la Paz, aunque les recomiendo que no se las pierdan. En lo que se refiere a ciencia, y hasta 1964, cuatro investigadores fueron candidatos en la categoría de Fisiología o Medicina y nunca premiados. El pionero catalán de la bacteriología Jaume Ferran i Clua recibió seis nominaciones; las mismas que el fisiólogo, también catalán, August Pi i Sunyer. El médico e investigador vallisoletano Pío del Río Hortega, considerado un continuador de Cajal, fue nominado en tres ocasiones. Por último, tres nominaciones obtuvo también alguien que en la web de los Nobel aparece como “Joseph G. Ocaña”, y que imagino debe referirse al médico malagueño José Gómez Ocaña, investigador del cerebro. Último dato: según la web de los Nobel, ningún español fue jamás nominado hasta 1964 para un premio de Física o Química.

Parece que ya iría siendo hora de un nuevo reconocimiento a la buena ciencia que se hace por aquí, ¿no creen?

Mi carta a los reyes: quiero una Torre Eiffel

Más allá de su hermosa imagen como puente metálico hacia el cielo, la Torre Eiffel se erigió con el propósito de no tener propósito. Es, quizá, el más grandioso de todos los monumentos inútiles, o el más inútil de todos los grandiosos (si acaso, en enconada pugna con el monte Rushmore). Sí, de acuerdo; la espícula de su cumbre sostiene varias antenas, pero es obvio que esto no es un fin, sino un pretexto. La construcción de la torre no respondía a otro principio que el de “mirad lo que podemos hacer”. Y podían.

Nombres de científicos franceses en el friso de la Torre Eiffel. Ricce.

Nombres de científicos franceses en el friso de la Torre Eiffel. Ricce.

La cuestión que quiero pescar aquí, y que justifica hablar del monumento parisino en este blog y en este día, es por qué podían. Cualquiera que se haya arriesgado, como el viajante de Miller, a partirse el cuello para ver la estrella más brillante de la ciudad de la luz, habrá observado que el friso en torno a la primera planta está decorado con una serie de inscripciones. Aquí la grandeur desperdició la oportunidad de colocar un discurso elegíaco para, en su lugar, limitarse a enumerar una lista de nombres. Concretamente, setenta y dos. Son grandes monstruos de la ciencia y la ingeniería francesas que cualquier estudiante de estas disciplinas ha debido esculpirse en hierro en el friso de su cerebro: Lavoisier, Coulomb, Lagrange, Laplace, Poncelet, Cuvier, Ampère, Gay-Lussac, Becquerel, Coriolis, Cauchy, Poinsot, Foucault, Fourier, Carnot… Y así hasta setenta y dos. Impresionante currículum científico para un país.

Llegamos a la respuesta a la pregunta: ¿por qué podían? Podían gracias a esos setenta y dos, y a otros como ellos. La Torre Eiffel fue un icono de modernidad futurista cimentado sobre el trabajo de los científicos franceses. Ellos, más que metafóricamente, sostienen la torre.

Ahora, volvamos a casa. No es algo frecuente que un estudiante de ciencias se tope en sus textos con un Teorema de García, una Ley de Jiménez o una Ecuación de Romerales. Hace un siglo, dos mentes preclaras debatían a propósito de la europeización de España, algo que incluía la necesidad de abrazar el cambio productivo hacia la ciencia y la tecnología (¿les suena?). Uno de los dos, Miguel de Unamuno, repitió machaconamente esa frase lapidaria tantas veces citada y de la que ya nos hemos desprendido intelectuamente, pero cuyos efectos continuamos arrastrando: “¡Que inventen ellos!”.

Nosotros no tenemos una Torre Eiffel porque no hemos asentado los cimientos científicos y tecnológicos para tenerla. No nos la hemos ganado. Tenemos ortegas, unamunos, dalís, quevedos y fallas, pero no heisenbergs, darwins ni fermis (y un solo Cajal). En cambio, hemos tenido grecos, boccherinis y daríos; artistas a los que acogimos en su expatriación.

De acuerdo: la ciencia es un asunto global. Ya lo era antes de que se hubiera inventado la globalización. Pero sus repercusiones a largo plazo en el desarrollo engrandecen sobre todo al país que la alimenta. Severo Ochoa fue un científico estadounidense que consiguió un premio Nobel para Estados Unidos. Reproduzco lo que escribía hace un año en El País la microbióloga española Purificación López-García, directora de investigación del CNRS francés:

La investigación que yo hago es internacional, pero si tuviera que ser de alguien, sería francesa y europea, pues son instituciones francesas y europeas, pero no españolas, quienes la hacen posible. La ciencia que hacemos los cerebros fugados ya no pertenece a España. Si España quiere enorgullecerse de su ciencia, que la financie.

Sobre lo acontecido ayer en Madrid, que fue una verdadera noticia (en el estricto sentido de nueva; algo que solo tiene precedente 39 años atrás, a gran diferencia de lo que suele gastar la tinta de los diarios a diario), no pretendo entrar aquí en la discusión relativa al modelo de Estado o su jefatura. Primero, porque cantar a coro me produce anafilaxis, algo probablemente derivado de mi espíritu de animal de sabana. Pero sobre todo, porque este es un blog de ciencia y, en el fondo, qué demonios importa a nadie lo que yo opine al respecto. En cambio, y desde el territorio de este blog, en especial el de la ciencia expatriada, quiero aprovechar tan señalada ocasión para escribir mi carta a los nuevos reyes.

Dicen que el nuevo monarca es un tipo del siglo XXI (cosa que no alcanzo a comprender, pues nací solo un mes antes que él), y que alberga un empeño personal en que la ciencia ocupe el lugar que le corresponde en este país. Como mínimo, es ciertamente fresco y alentador escuchar la siguiente rarity en un discurso de proclamación de un rey, por obvia que resulte la proposición en otros contextos: “Tenemos ante nosotros el gran desafío de impulsar las nuevas tecnologías, la ciencia y la investigación, que son hoy las verdaderas energías creadoras de riqueza”.

Aunque el rey reine, y no gobierne, desde esa posición de “árbitro y moderador” puede ejercer una influencia decisiva para promover la cultura científica y el impulso a la investigación en España, si asume este objetivo como tarea urgente y se compromete a que estas ideas formen parte integral y permanente de su discurso y de la línea de actuación de su reinado. Así que, en la esperanza de que algún día Ortega tumbe por fin a Unamuno, desde aquí le pido al nuevo rey Felipe VI: quiero una Torre Eiffel.

Los neutrinos esquivan el telescopio europeo (y España esquiva el futuro gran telescopio europeo)

No ha habido suerte. ANTARES (acrónimo de Astronomy with a Neutrino Telescope and Abyss environmental Research project), el gran telescopio europeo de neutrinos, no ha podido emular al IceCube, la instalación antártica que el pasado año confirmó por primera vez la detección de este tipo de partículas procedentes del espacio lejano. El observatorio europeo, fruto de la colaboración de unos 150 científicos, ingenieros y técnicos de ocho países, acaba de dar a conocer los resultados de seis años de investigación en un estudio enviado a la web de prepublicaciones arXiv.org, como paso previo a su difusión en una revista científica.

Los neutrinos son partículas subatómicas sin carga y con una masa muy pequeña que apenas interaccionan con otros elementos, por lo que atraviesan el espacio e incluso la materia sin desviarse. Los físicos calculan que cada centímetro cuadrado de la Tierra sufre el bombardeo de unos 65.000 millones de neutrinos solares por segundo. Otras fuentes lejanas que disparan rayos cósmicos producen los llamados neutrinos astrofísicos o de alta energía, lo que convierte a estas partículas en testigos que pueden delatar el origen de esta misteriosa radiación. En palabras del viceportavoz de ANTARES, Juan José Hernández Rey, investigador del Instituto de Física Corpuscular (IFIC) del CSIC y la Universidad de Valencia, “el neutrino es la pistola humeante que te dice: sí, hay rayos cósmicos”.

 

Ilustración artística de ANTARES. J. A. Aguilar.

Ilustración artística de ANTARES. J. A. Aguilar.

Para evitar la interferencia de los rayos cósmicos y otras radiaciones de fondo en la detección de los neutrinos, estos telescopios suelen construirse bajo tierra, hielo o agua. El IceCube está compuesto por un kilómetro cúbico de sensores enterrados bajo el Polo Sur, mientras que ANTARES, con una disposición similar de módulos unidos por cables, está sumergido en el Mediterráneo, a 2,5 kilómetros de profundidad frente a la costa francesa de Tolón. Estos detectores pueden revelar el paso de los neutrinos gracias a la llamada radiación de Cherenkov, un chispazo de luz que se produce en raras ocasiones por la interacción de estas partículas con el hielo o el agua.

Desde el corazón de la galaxia

En noviembre de 2013, los investigadores del IceCube publicaron en la revista Science la detección de 28 neutrinos astrofísicos, más difíciles de atrapar que los solares. “Ahora dicen que ya han llegado a 35”, señala Hernández a Ciencias Mixtas. “El anuncio de IceCube nos entusiasmó, porque el fondo del mar dispersa menos luz que el hielo y por tanto tiene mayor resolución de detección”.

Los científicos de ANTARES han tratado de verificar siete eventos detectados por el IceCube que se concentraban en dirección al centro de la galaxia, “un lugar muy interesante por lo que ocurre allí, como la posible existencia de un agujero negro supermasivo”, apunta Hernández. Sin embargo, el telescopio ha logrado pescar neutrinos solares, pero no astrofísicos. “Vemos pequeñas fluctuaciones, pero no son significativas para decir que hemos visto algo. No tenemos una señal clara”, admite el investigador.

La decepción es solo relativa, ya que ANTARES, un enano en comparación con el IceCube, ha probado su valor. “Hemos demostrado la tecnología y la física, que hace una década estaban en discusión. En el fondo marino podemos ver neutrinos con la precisión adecuada y gracias a una estructura que era un reto técnico, ya que nunca se había construido algo así en el mar”, alega Hernández. Siendo así, ¿cuál será el siguiente paso? “Hacerlo más grande”, afirma. “Ya sospechábamos que necesitábamos algo mayor”.

Y ese “algo mayor” ya está en marcha. Será el KM3NeT, el Kilómetro Cúbico, aunque en realidad sus sensores llegarán a ocupar un volumen marino de cinco a seis kilómetros cúbicos una vez que su construcción se haya completado. El nuevo telescopio europeo de neutrinos será “50 veces mayor que ANTARES y casi diez veces más sensible que el IceCube en su configuración actual”, detalla Hernández. El KM3NeT repartirá sus sensores entre dos emplazamientos en las costas de Italia y Francia.

España no participa

¿Y España? “Hay fosas marinas adecuadas, en torno a los 2.500 metros, por ejemplo en la costa balear”, reseña Hernández. Pero la norma es sencilla: el que paga, manda. Y de la financiación aprobada de 30 millones para la Fase 1, que finalizará en 2016, España no aportará un solo euro, ni ha promovido la campaña de estudios y mediciones que se habría precisado para proponer una localización idónea en nuestra costa mediterránea. “En Francia e Italia incluso participan las regiones concernidas, pero aquí la administración no se ha comprometido. No hemos dado el paso adelante”, se lamenta Hernández. “Se ha producido un parón de muchas infraestructuras de ciencia debido a la crisis, incluso de aquellas que ya estaban aseguradas”.

Pese a todo, Hernández y el resto de sus colegas del IFIC y de las Universidades Politécnicas de Valencia y Cataluña continuarán participando a través de sus propios presupuestos de investigación. “Estamos en un impass a ver qué ocurre, pero no queremos descolgarnos”, relata el físico, seguro de que el KM3NeT logrará replicar la señal del IceCube y descerrajar los secretos que ocultan las fuentes de rayos cósmicos. “Es una nueva era para la astronomía”, concluye.