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¿Nos acerca el lago de Marte al descubrimiento de vida? (Spoiler: no)

En este blog suelo reaccionar con cierta frialdad a los hallazgos de agua en Marte, y no precisamente por falta de interés. Más bien todo lo contrario: Marte es el único material científico del que he tirado en mi actividad extraescolar como novelista (Tulipanes de Marte), así que puede imaginarse mi cariño especial por nuestro vecino planetario del cuarto, al que suelo contemplar en el cielo con un loco e imposible sueño viajero detrás de la mirada; sobre todo en días como estos, cuando físicamente está tan cerca de nosotros.

Entiéndase, el hallazgo de una (probable) gran extensión de agua líquida bajo el hielo del polo sur de Marte es uno de los mayores descubrimientos recientes de la ciencia planetaria. Cuando supe de la noticia, lo primero que quise saber es ¿por qué ahora? ¿Por qué no hasta ahora? Y me maravilló la astucia de los investigadores italianos, que modificaron el manejo de los datos para revelar algo que hasta entonces había pasado inadvertido al radar de la sonda orbital Mars Express debido a que el software del aparato enviaba la media de cada 100 lecturas, lo que anulaba la señal del agua. Al actualizar el software para que enviara los registros individuales, allí apareció la firma del agua líquida; quizá no un lago como tal, sino un estrato de roca porosa mojada. Pero agua.

Casquete de hielo en el polo sur de Marte, bajo el cual puede existir un lago de agua líquida. No todo es hielo de agua, ya que el hielo seco (CO2) también está presente. Imagen de ESA/DLR/FU Berlin/CC BY-SA.

Casquete de hielo en el polo sur de Marte, bajo el cual puede existir un lago de agua líquida. No todo es hielo de agua, ya que el hielo seco (CO2) también está presente. Imagen de ESA/DLR/FU Berlin/CC BY-SA.

Mi tibieza no se debe a que el agua líquida en Marte sea un presunto hallazgo recurrente que ya nos ha decepcionado en ocasiones anteriores. Aquí conté la última de ellas: en 2011 y 2015 se publicaron indicios que apoyaban la existencia de torrentes estacionales de agua, en concreto lo que parecía ser una salmuera muy concentrada que puede permanecer en estado líquido hasta -70 oC. Sin embargo, el pasado noviembre se cortaba el agua en Marte: nuevos datos indicaban que en realidad –y a fecha de hoy; la ciencia de verdad es la única que rectifica cuando se equivoca– aquellos torrentes no contienen otra cosa que polvo y arena.

En el caso del nuevo estudio, los expertos han señalado que los datos del radar son muy sugerentes, pero no definitivos, y que deberán contrastarse con otras lecturas. Pero como voy a explicar, incluso aunque la existencia del lago marciano se confirme, en realidad no añade gran cosa a la posibilidad de vida actual en Marte, ni mejora la posición de este planeta en el ranking de lugares del Sistema Solar que hoy podrían albergar comunidades de microbios.

En realidad, la existencia de agua en Marte la conocemos desde 1963, cuando se confirmó la presencia de vapor de agua. En la enrarecida atmósfera marciana el agua hierve a 10 oC y las temperaturas son de congelación profunda, por lo que el hielo y el vapor son claramente lo que allí más se despacha. Pero dado que la geología marciana conserva pruebas abundantes de un pasado acuoso y una vez demostrado que las moléculas de H2O han resistido durante millones de años a la pérdida de la mayor parte de la atmósfera marciana, el resto es una cuestión de buscar nichos con las condiciones adecuadas de presión y temperatura para encontrar el agua en estado líquido.

Y a priori, es muy probable que estos nichos existan. Sin embargo, sus condiciones son brutales. En 2008 la sonda Phoenix de la NASA, posada en el ártico marciano, analizó el suelo y detectó perclorato, una forma extremadamente oxidada del cloro. Phoenix también confirmó la existencia de hielo de agua fuera de los casquetes polares y quizás incluso de gotitas de agua líquida; también vio nevar en Marte.

En lo que se refiere al perclorato, este anión –o esta sal, si lo prefieren– actúa como un potente anticongelante y puede facilitar la presencia de agua líquida en el gélido ambiente marciano. Pero el descubrimiento de este compuesto complicaba las cábalas sobre la posible existencia de microbios marcianos, porque el perclorato es un arma de doble filo: por un lado, es tóxico para la vida en general. Pero por otro, en la Tierra existen microbios que se alimentan de perclorato en lugares como el desierto chileno de Atacama, el enclave más seco de la Tierra.

Pero… como siempre suelo subrayar, los microbios extremófilos terrestres (aquellos que viven en condiciones casi imposibles, como los volcanes, los polos o Chernóbil) son parte de una enorme masa de biodiversidad que se ha expandido para colonizar todos los hábitats a su alcance. Que sepamos, esto no se aplica a Marte. Algunos estudios sugieren que los microbios terrícolas que comen perclorato pudieron ser pioneros evolutivos de nacimiento muy temprano, antes de que la atmósfera terrestre se llenara de oxígeno, lo que sería un argumento a favor de la posible aparición de seres similares en Marte cuando aquel planeta y el nuestro seguían vidas paralelas, al comienzo de su existencia. Pero en el fondo, no lo sabemos, y los astrobiólogos aún discuten si la presencia de esta sal es una buena o una mala noticia para la posibilidad de vida marciana (ver, por ejemplo, aquí y aquí).

En resumen, el perclorato y las temperaturas ambientales son factores que condicionan la posibilidad de agua líquida en Marte, pero también son los principales factores limitantes para la vida en Marte, incluso una vez demostrada la existencia de agua líquida. Así, el hallazgo de un lago probablemente perclórico deja las cosas más o menos como ya estaban respecto a las especulaciones sobre la vida marciana.

Por otra parte, desde hace tiempo se conoce la existencia de cuerpos del Sistema Solar que tienen no un posible lago subglacial, sino todo un inmenso océano global. Dos ejemplos son Encélado, luna de Saturno, y Europa, satélite de Júpiter. Es más, en estas lunas se cree que el agua se mantiene líquida bajo el hielo por un calentamiento debido a la fricción de las mareas causadas por el tirón gravitatorio de los grandes planetas, por lo que estos océanos no necesitarían grandes cantidades de sales tóxicas y serían por tanto más hospitalarios para la vida que un posible lago en Marte.

En resumen, Marte continúa siendo una incógnita, pero en principio sigue pareciendo un objetivo mucho menos prometedor para la búsqueda de vida que otros lugares del Sistema Solar como Europa o Encélado, o incluso Titán (Saturno) o Ganímedes (Júpiter).

En cualquier caso, el argumento final es sin duda el más desolador. Y es que, si alguien espera que de inmediato se prepare una misión para comprobar si hay algo vivo en ese presunto lago marciano, que abandone toda esperanza: los actuales protocolos de protección planetaria, a los que se adhieren organismos como la NASA y la ESA, recomiendan evitar el envío de sondas a enclaves extraterrestres donde los microbios terrícolas polizones podrían contaminar la vida nativa. O sea, que si hay sospecha de vida no pueden enviarse sondas, y si no se envían sondas nunca sabremos si hay vida. Un bonito ejemplo de lo que aquella novela de Joseph Heller acuñó como una trampa 22.

¿Importa que Iker Casillas crea en la conspiración lunar? Sí, por esto

Ya tenemos la nueva tontería en internet: el futbolista Iker Casillas publica en su cuenta de Twitter (copio literalmente): “El año que viene se cumplen 50 años (supuestamente) que el hombre pisó la Luna. Estoy en una cena con amigos… discutiendo sobre ello. Elevo la tertulia a público! Creéis que se pisó? Yo no!”. Seguidamente, el deportista lanza una encuesta para que sean sus seguidores quienes escriban la verdad histórica sobre la misión Apolo 11.

Como no me interesan los deportes, ni tampoco otros espectáculos relacionados como el fútbol, nunca habría dejado caer el cursor de mi pantalla sobre el epígrafe “Iker Casillas” en las tendencias de Twitter, pero me llega la noticia por otra vía indirecta y casi me obliga a comentar; mejor dicho, me viene que ni pintado para comentar. No con el fin malicioso de ridiculizar al personaje, que ni fu ni fa; creo que este futbolista concreto es de los que suelen caer simpáticos, pero personalmente tanto me da. En cambio y como voy a explicar, la anécdota de Casillas y la conspiranoia lunar me viene al pelo para introducir algo que quería dejar aquí dicho sobre la ciencia y las pseudociencias en un próximo artículo, antes de poner Ciencias Mixtas en “off” hasta la vuelta de las vacaciones.

Iker Casillas en 2012. Imagen de Майоров Владимир / Wikipedia.

Iker Casillas en 2012. Imagen de Майоров Владимир / Wikipedia.

No pretendo insultar al decir que Casillas es un ignorante, dado que no se trata de “ofender a alguien provocándolo e irritándolo con palabras o acciones”, sino solo describir, dado que evidentemente “ignora o desconoce algo” y “carece de conocimientos” sobre esta materia concreta. Como no sería un insulto decir que yo soy un pésimo futbolista, sino una realidad (supongo, dado que realmente no lo he probado). Además y para quienes defendemos que la ciencia también es cultura, a Casillas se le puede aplicar también el último pedacito definitorio del diccionario, que “carece de cultura”. Científica, al menos.

Porque obviamente, Casillas –como muchos conspiranoicos lunáticos lunares– ignora no ya que Armstrong y Aldrin pisaran la Luna, algo que él no diría ignorar, sino cuestionar; lo que realmente ignora es que en los años posteriores otras cinco misiones más también se posaron en la Luna; que de allí se trajeron casi 400 kilos de suelo y roca que se repartieron por el mundo y se han estudiado extensamente; que estas investigaciones han modelado en gran parte lo que la ciencia hoy sabe sobre el origen de la Luna; que los restos de aquellas expediciones se han fotografiado desde la órbita lunar en misiones posteriores no tripuladas; que una buena parte de lo que ahora se hace en el espacio sigue lo aprendido de los éxitos y fracasos del programa Apolo; y que algunos tipos, como los tres tripulantes del Apolo 1, dieron sus vidas para hacer posible todo aquello de lo que hoy cualquiera se permite frivolizar sin el menor conocimiento (y en mi sola opinión, es este coste en vidas humanas lo que a menudo convierte la negación en negacionismo).

Pero como ya comenté aquí a propósito del presentador y locutor Javier Cárdenas y su creencia en el timo que relaciona las vacunas y el autismo, ¿importa algo lo que piense Iker Casillas sobre la ciencia o su historia?

Objetivamente, podría pensarse que importa tanto como lo que un ignorante sobre fútbol (yo) pueda decir sobre este espectáculo de masas. Un motivo para unas risas y algún comentario sardónico, como los que ya han aparecido en Twitter sobre el Real Madrid y los montajes de Franco, o sobre la asesoría legal de la que cobra el deportista por prestar su recomendación.

Pero también objetivamente, lo cierto es que lo que alguien como yo opine sobre fútbol solo importa a mis amigos, familiares y algún seguidor o lector despistado, mientras que el menor sonido corporal de un futbolista suscita el interés, y probablemente influye en la opinión, de millones de personas.

Y aunque evidentemente el bulo vacunas-autismo es enormemente dañino, mientras que el de la conspiración lunar parece inofensivo, en el fondo ambos son muestras del mismo fenómeno: según lo detallado más arriba, el “poner el pie en la Luna” no es solo “poner el pie en la Luna”; no es un hecho anecdótico aislado, sino una parte (pequeño paso, gran salto, para quien no lo entendiera) de un proceso continuo de trabajo y progreso científico que sigue un método y que va rindiendo infinidad de resultados parciales, que son los que se difunden al gran público.

Así, problemas como el de Casillas surgen cuando se conocen los resultados (el pie de Armstrong en la Luna), pero no el método (el proceso seguido para llegar a ese momento). Como explicaré mañana, en este conocimiento de los resultados científicos que no va acompañado por un conocimiento del proceso científico es donde radica en buena medida la creencia no solo en el bulo vacunas-autismo o en la conspiración lunar, sino en las pseudociencias en general. Y por tanto, donde puede estar la clave para erradicarlas.

La foto del Hubble de las puertas del Cielo: ni Cielo, ni Hubble, ni foto

En este mundo traidor sí hay verdad y mentira, aunque en muchos casos lo segundo parezca lo primero cuando se mira a través de ese cristal que es internet y, sobre todo, las redes sociales. Posiblemente a Ramón de Campoamor le habría costado un rato más rimar esta versión actualizada de su famoso poema que obviamente contradice su visión relativista.

Hoy ningún ámbito informativo se libra de la plaga de las fake news. Tampoco la ciencia. Y en contra de lo que podría parecer, también en este campo las noticias falsas pueden ser peligrosamente tóxicas: un claro ejemplo lo tenemos en los bulos de las pseudomedicinas o de los presuntos riesgos de las vacunas. De hecho, desinformaciones de este tipo pueden contarse entre las más dañinas imaginables, porque no ponen en juego la reputación o la carrera de un político, sino que cuestan vidas.

Hoy traigo un caso mucho más amable e inocuo, que confirma además una regla de las fake news: van y vienen en oleadas recurrentes, sin que los desmentidos como este que estoy escribiendo sirvan en el menor grado para desbancarlas.

En los días pasados me ha llegado por círculos familiares un notición de incalculables proporciones: el telescopio espacial Hubble ha fotografiado en el espacio profundo una increíble estructura que ha dejado estupefactos a los astrónomos de la NASA, y que ciertas fuentes han identificado como las puertas del Cielo; el Cielo con mayúscula. Ese mismo. Esta es la foto:

Imagen retocada digitalmente de la nebulosa Omega o del Cisne. Creación de Adam Ferriss sobre imagen de ESO/INAF-VST/OmegaCAM. Acknowledgement: OmegaCen/Astro-WISE/Kapteyn Institute.

Imagen retocada digitalmente de la nebulosa Omega o del Cisne. Creación de Adam Ferriss sobre imagen de ESO/INAF-VST/OmegaCAM. Acknowledgement: OmegaCen/Astro-WISE/Kapteyn Institute.

Cuentan que, cuando el cosmonauta Yuri Gagarin regresó de su histórico vuelo espacial, dijo que no había visto a Dios allí arriba. Cuentan, pero no es cierto, ya que no existe ninguna fuente acreditada y fiable de esta presunta anécdota (internet no ha inventado las fake news). Pero no se trata de una cuestión de creencias; de hecho cuentan, y esto sí parece contrastado, que Gagarin bautizó a su hija Yelena poco antes de su viaje. Pero la cuestión es más bien que alguien con la formación, la madurez y el buen juicio de Gagarin nunca habría creído en serio que uno podía darse una vuelta por el espacio y ver por allí a un Dios sentado en un trono flotante; o apuntar un telescopio muy potente a la profundidad del cosmos y divisar las puertas de un Cielo.

Como todos somos víctimas del fondo cultural de nuestra infancia, debo confesar que, más que las puertas del Cielo, el primer vistazo a la foto me sugirió aquel chalecito que Supermán tenía en el polo. Y si se trata de puertas, desde luego que así es como uno podría imaginarse la puerta de Tannhäuser.

De hecho, para los no creyentes en un Dios pero sí en cualquier fake news que se les pone a tiro, la imagen ha circulado también con un pie de foto alternativo según el cual lo mostrado son esculturas cósmicas de hielo en la nebulosa de la Quilla (también llamada Carina).

Pero lo que era de todo punto evidente al primer golpe de vista es que la imagen es falsa. ¿Un castillo de hielo de varios años luz de altura flotando en el espacio? Sencillamente, la naturaleza no funciona así. Y cuando los cazadores de fakes han indagado en el origen de la imagen, han descubierto que no solo es, como cabía esperar, una manipulación digital, sino que nada de lo dicho es cierto: ni astrónomos estupefactos, ni nebulosa de la Quilla, y ni siquiera el telescopio Hubble.

La web sobre leyendas urbanas Snopes.com y el astrónomo Phil Plait, autor del blog Bad Astronomy, se ocuparon de rastrear en detalle el origen de la imagen… hace más de dos años. Y como ya he dicho, de poco sirve que fuentes tan inquisitivas y autorizadas como Plait o Snopes zanjen el asunto; nunca queda zanjado. Los bulos vienen y van, pero siempre vuelven.

Esta es la historia de la imagen. La foto original fue obtenida en 2011 no por el Hubble desde el espacio, sino por el VLT Survey Telescope (VST) del Observatorio Europeo Austral (ESO) en el desierto de Atacama, en Chile. Lo que muestra no es la nebulosa de la Quilla, sino la Omega o del Cisne. Y por supuesto, aunque la imagen es de por sí sobrecogedora, no muestra nada que se parezca a unas presuntas puertas del Cielo o a esculturas cósmicas de hielo. Esta es la foto tomada por el VST:

La nebulosa Omega o del Cisne. Imagen de ESO/INAF-VST/OmegaCAM. Acknowledgement: OmegaCen/Astro-WISE/Kapteyn Institute.

La nebulosa Omega o del Cisne. Imagen de ESO/INAF-VST/OmegaCAM. Acknowledgement: OmegaCen/Astro-WISE/Kapteyn Institute.

Y esta es la misma, girada y recortada por Phil Plait para ajustarse al encuadre de la versión manipulada:

La nebulosa Omega o del Cisne. Imagen de ESO/INAF-VST/OmegaCAM. Acknowledgement: OmegaCen/Astro-WISE/Kapteyn Institute.

La nebulosa Omega o del Cisne. Imagen de ESO/INAF-VST/OmegaCAM. Acknowledgement: OmegaCen/Astro-WISE/Kapteyn Institute.

Y así llegamos a la versión manipulada:

Imagen retocada digitalmente de la nebulosa Omega o del Cisne. Creación de Adam Ferriss sobre imagen de ESO/INAF-VST/OmegaCAM. Acknowledgement: OmegaCen/Astro-WISE/Kapteyn Institute.

Imagen retocada digitalmente de la nebulosa Omega o del Cisne. Creación de Adam Ferriss sobre imagen de ESO/INAF-VST/OmegaCAM. Acknowledgement: OmegaCen/Astro-WISE/Kapteyn Institute.

La modificación es obra del artista digital Adam Ferriss, que aplicó en la parte central un filtro llamado pixel sorting para reordenar los píxeles por columnas en función de su brillo. Al reagrupar los trocitos de la imagen verticalmente por su nivel de luz, el resultado son esas agujas de aspecto sólido. Ferriss nunca pretendió engañar a nadie haciendo creer que la imagen era real, sino que aplica la manipulación digital para crear visiones ficticias.

Lo más curioso es que, según descubrió Plait, las referencias a la NASA, al Hubble y a las esculturas cósmicas de hielo en la nebulosa de la Quilla tienen un origen fidedigno, aunque sin ninguna relación con la imagen anterior. En 2010, la NASA publicó esta otra fotografía de la Quilla obtenida por el Hubble, que muestra cómo la radiación de estrellas masivas empuja sobre las nubes de polvo y gas helado, tallando huecos en la nebulosa. La imagen se publicó bajo el título “esculturas cósmicas de hielo”. Cómo llegó este texto real a mezclarse con la obra de Ferriss, solo internet lo sabe.

La nebulosa de la Quilla o Carina. Imagen de NASA, ESA, and the Hubble Heritage Project (STScI/AURA).

La nebulosa de la Quilla o Carina. Imagen de NASA, ESA, and the Hubble Heritage Project (STScI/AURA).

Pedro Duque, un astronauta para el despegue de la ciencia española

Imagino que quienes tenemos alguna relación con el mundo de la ciencia, incluso los que no nos adherimos a ninguna bandera, esperábamos casi como apuesta segura que el nuevo rumbo político pusiera fin a lo que ha sido en los últimos años un desmantelamiento del sistema científico español por activa y por pasiva.

Cualquiera que haya querido interesarse por ello ha podido leer en los medios que la desidia práctica del anterior gobierno con respecto a la ciencia y la tecnología no era una cuestión de apreciaciones partisanas coloreadas por sesgos ideológicos, sino una realidad que en los últimos años ha hecho retroceder a España un puesto en el ránking mundial por número de publicaciones, según datos del Journal & Country Rank de SCImago.

Y esto por citar solo un ejemplo concreto de una de las principales magnitudes que miden objetivamente el desempeño científico de un país, sin entrar siquiera en el malestar y el desánimo que han cundido entre la comunidad científica; en otros sectores, una falta de sintonía tan evidente suele hacerse muy visible a través de medidas como las huelgas generales. En ciencia los efectos de esta situación no se ven mirando por la ventana, sino que se sienten a largo plazo, y es por esto que la política cortoplacista prefiere barrerlos bajo la alfombra.

Pero además de la esperada noticia de la restauración del Ministerio de Ciencia, hoy ha sido una magnífica sorpresa la designación de Pedro Duque a su frente. El astronauta (ellos suelen decir que “ex” no se es) e ingeniero es, por primera vez en la historia de este país, una persona con sólida competencia científica al frente de un Ministerio de Ciencia. No, no me he olvidado de otras personas que asumieron el mismo cargo, y me reafirmo en lo dicho.

Pedro Duque. Imagen de GTRES.

Pedro Duque. Imagen de GTRES.

Pedro Duque cuenta, en mi opinión, con rasgos que le convierten en un ministro de ciencia ideal, tanto por lo que es como por lo que no es. Respecto a esto último, no han faltado en Twitter las opiniones (minoritarias, hasta donde he podido ver) que reprochan al nuevo presidente Pedro Sánchez el haber elegido a un técnico, y no a un fiel soldado. En este blog ya me he declarado cien por cien partidario de la tecnocracia cuando se trata de gestionar asuntos que solo una persona con la formación técnico-científica necesaria puede comprender. Los bustos parlantes no arreglan problemas, sino que se limitan a tratar de hacer ver que no existen.

Es más: hoy muchos de los países más desarrollados cuentan también con comités científicos asesores con interlocución al más alto nivel en los gobiernos, ya que hoy es imposible gobernar sin contar con aquello que los científicos tienen que decir sobre el impacto de la actividad humana en múltiples campos que a su vez tienen una influencia clave en la economía.

Pero además, el hecho de que Duque no sea un personaje político le convierte en una figura transversal, cuya gestión al frente de la ciencia española podrá ser evaluada también de forma transversal. La ciencia depende de la política y, por lo dicho, la política depende de la ciencia mucho más de lo que algunos quieren creer. Pero con independencia de las inclinaciones políticas que predominen entre los miembros del estamento científico, la política científica no puede estar sujeta a quién clava su bandera en la colina.

Otro mérito de Duque es su amplia experiencia mixta, en lo público, en lo privado, en el terreno internacional y en el ámbito interdisciplinar. Los astronautas asignados a funciones científicas en la Estación Espacial Internacional (ISS) deben tener la capacidad de actuar como aquellos naturalistas de las antiguas expediciones de exploración que sabían de todo, ya que deben manejarse con experimentos de distintas disciplinas, desde la física a la biología, tanto en su ejecución directa como en la interlocución con los investigadores responsables. Además, su carrera como creador de empresas innovadoras le convierte en un buen conocedor de cómo funciona ese torrente sanguíneo que da vida al sistema de ciencia y tecnología, el flujo desde la investigación básica a la aplicada, al desarrollo de nuevas tecnologías y a su traducción en el impulso innovador de un país.

Pero añadido a todo lo anterior, Pedro Duque es una figura de autoridad universalmente conocida y reconocida en este país, y no hay muchas personas más que cumplan este perfil. A través de su popularidad, puede actuar también hacia el gran público como canalizador de la ciencia y como concienciador de su importancia.

Por último, tampoco es un detalle irrelevante que su sector de especialización sea el aeroespacial. Se trata de una disciplina cada vez más pujante en todo el mundo y que está atravesando transformaciones con un inmenso potencial. En España su situación es ambigua: existe una base muy potente de investigadores y empresas, pero a menudo se han quejado del insuficiente apoyo en un país que ni siquiera cuenta con una agencia espacial propia.

En resumen, Pedro Duque tiene por delante un reto complicado, devolver la ciencia española al lugar del que nunca debió salir. Pero ya tiene experiencia en despegues.

¿Y si los alienígenas nos enviaran un virus por correo electrónico?

A estas alturas todo usuario del correo electrónico debería saber que los mensajes sospechosos se tiran sin abrirlos, e incluso sin previsualizarlos, y que jamás de los jamases debe cometerse la insensatez de pinchar en un enlace contenido en un mensaje de cuya legitimidad tengamos la más mínima duda. Imagino que a la mayoría el simple uso nos ha entrenado para saber reconocer los mensajes sospechosos, incluso cuando llegan disfrazados bajo la dirección de correo de nuestro mejor amigo.

Pero ¿y si un día recibiéramos el primer correo electrónico desde fuera de nuestro Sistema Solar? ¿Deberíamos abrirlo?

Imagen de William Warby / Flickr / CC.

Imagen de William Warby / Flickr / CC.

Esto es lo que opinan al respecto el astrónomo amateur Michael Hippke y el astrofísico John Learned, autores de un nuevo estudio disponible en la web arXiv.org y aún no publicado formalmente:

Un mensaje complejo del espacio puede requerir el uso de ordenadores para mostrarlo, analizarlo y comprenderlo. Un mensaje semejante no puede descontaminarse con seguridad, y los riesgos técnicos pueden suponer una amenaza existencial. Los mensajes complejos deberían destruirse en el caso de aversión al riesgo.

Hace algo menos de un año les hablaba aquí de la teleexploración. Actualmente los humanos estamos teleexplorando nuestro Sistema Solar, es decir, utilizando sondas robóticas que trabajan a distancia sin nuestra presencia física. Por medio de transmisiones de radio, los responsables de estas misiones reciben información de los robots y les envían comandos para ejecutar determinadas acciones, pero los aparatos también tienen una capacidad limitada de actuar por sí solos de acuerdo a su programación previa; por ejemplo, si detectan una amenaza a su integridad pueden proteger sus sistemas entrando en modo de reposo.

En el futuro, podemos esperar que el desarrollo de la Inteligencia Artificial nos lleve a fabricar sondas que sean capaces de diseñar sus propias programaciones, y que por tanto actúen de forma autónoma: a dónde dirigirse, qué muestras recoger, cómo analizarlas, cómo actuar en función de los resultados… Como conté, algunas misiones actuales ya utilizan plataformas de software con cierta capacidad de tomar decisiones complejas.

En un futuro aún más lejano, tal vez sea posible extender esta telepresencia de las máquinas a la creación de organismos biológicos en el lugar a explorar. Es decir, que los robots sean capaces de imprimir seres vivos. En los laboratorios ya se utilizan impresoras 3D que emplean células en lugar de plástico para crear tejidos y simulaciones de órganos. En otros casos, se imprime en 3D una especie de base biodegradable que sirve como esqueleto para que las células crezcan sobre él y fabriquen un tejido con la forma deseada. Un ejemplo es un estudio publicado el mes pasado, en el que científicos chinos han fabricado orejas para cinco niños con las propias células de cada paciente.

Pero el futuro de la teleimpresión biológica podría ir mucho más allá: como conté aquí, ya existe una máquina capaz de imprimir virus a distancia a partir de sus componentes básicos (los virus más simples solo son cristales de proteínas con un ADN o ARN dentro), y algunos científicos contemplan la idea de crear una especie de bacteria nodriza, a la que una máquina pueda cargarle el ADN de otra especie (por ejemplo, la humana) para recrear ese organismo (por ejemplo, un humano) en el lugar deseado. Y no son guionistas de ciencia ficción, sino investigadores líderes en biología sintética quienes fantasean con la idea de utilizar este sistema para que el ser humano se expanda por el cosmos, enviando naves ocupadas por bacterias que lleven el genoma humano o de otras especies y que puedan crear personas, animales y plantas en rincones alejados del universo. O sea, una versión futurista del Arca de Noé.

Imagen de Pixabay.

Imagen de Pixabay.

Todo lo dicho para la teleexploración podría aplicarse también a la teleinvasión. Si una civilización lo suficientemente avanzada quisiera conquistar nuevos territorios, como nuestro hermoso y fértil planeta, subyugar a distancia sería sin duda la opción recomendada por el comparador de paquetes de invasión interplanetaria. Bastaría con enviar un correo electrónico con un virus inteligente que pudiera ejecutar el programa deseado; por ejemplo, destruir todos los sistemas computacionales de la Tierra y volar por los aires todas las infraestructuras que dependen de ellos, lanzar los misiles nucleares, liberar todos los virus almacenados en los laboratorios y construir máquinas que fabriquen terminators para acabar con los flecos.

Y todo ello sin mancharse las manos o sus extremidades equivalentes; fácil, barato, rápido y limpio. Nueve de cada diez alienígenas hostiles inteligentes elegirían la teleinvasión y la recomendarían a sus amigos. Tiene mucho más sentido que otras opciones como, por ejemplo, enviar una flota de absurdas naves con forma de plato de postre que presuntamente tratan de ocultarse pero que se esconden con la misma facilidad que un elefante detrás de una palmera, ya que algún diseñador torpe las llenó de luces por todas partes. Hippke y Learned lo plantean de forma más seria:

Aunque se ha argumentado que una ETI [inteligencia extraterrestre] sostenible no será probablemente dañina, no podemos excluir esta posibilidad. Después de todo, es más barato para una ETI enviar un mensaje malicioso para erradicar a los humanos en comparación con enviar naves de guerra.

Respecto a si una ETI sería hostil o no, nadie puede saberlo. Nuestra visión fluctúa con el espíritu de los tiempos entre los invasores despiadados y los semidioses benevolentes. Desde hace años, el físico Stephen Hawking ha advertido repetidamente de que enviar mensajes al espacio delatando nuestra presencia puede no ser una buena idea. Incluso alguien que se dedica a escuchar posibles emails de las estrellas como Seth Shostak, el astrónomo jefe del Instituto SETI (Búsqueda de Inteligencia Extraterrestre), suele comparar nuestro posible encuentro con alienígenas a la llegada de los europeos a América, lo que no resultó demasiado grato para los americanos.

Si alguien decidiera teleinvadirnos, su único riesgo sería que tiráramos su correo sin abrirlo. Pero tratándose de una especie como la nuestra, incauta y deseosa de conseguir algún follower galáctico, no sería difícil hacernos caer en la trampa si recibiéramos un correo bajo el encabezado “I love you“. Sobre todo si además llevara algún emoji simpático:

Resultado de imagen de alien emoji

Ante todo este panorama, Hippke y Learned recomiendan varias líneas de acción: encerrar el mensaje en una prisión, una especie de cuarentena informática aislada de la red, aunque esto podría resultar imposible si los destinatarios fueran múltiples y en todo caso el virus podría encontrar la manera de escapar, incluso convenciendo a sus captores; descontaminarlo, aunque sería complicado garantizar una descontaminación completa, sobre todo si el mensaje no se conoce en profundidad; o simplemente imprimirlo para analizarlo, porque es difícil que el papel haga ningún daño.

Claro que en su estudio Hippke y Learned pasan por alto un salto conceptual algo aventurado, y es dar por hecho que los alienígenas serían tan expertos en nuestros sistemas de computación como para poder explotarlos en su propio beneficio. Pero en cualquier caso, concluyen que finalmente solo nos quedarían dos opciones: “podemos escoger entre destruir el mensaje o asumir el riesgo”, aunque advierten de que “los posibles beneficios de unirnos a una red galáctica podrían ser considerables”.

Por si acaso, y si reciben un mensaje de alguien que solicita su ayuda para sacar cien mil millones de créditos galácticos de una cuenta corriente en un banco de Alfa Centauri y a cambio les promete el 10%, mejor no lo abran: reenvíenlo al Instituto SETI, que ellos ya sabrán qué hacer. Y si no es así, al menos no habrán sido ustedes los responsables del exterminio de la humanidad.

Una bola de discoteca orbita sobre nuestras cabezas

El riesgo de la grandilocuencia siempre es caer en la pedantería. Pero cuando además nadie comparte tu visión de grandeza, corres el riesgo añadido de caer en el más sonrojante de los ridículos. Cuando el neozelandés Peter Beck decidió poner una estrella artificial en el cielo, lo hizo bajo el discurso de que “durante milenios, los humanos se han concentrado en sus problemas y vidas terrestres. Raramente nos paramos como especie, miramos a las estrellas y tomamos conciencia de nuestra posición en el universo como una mota de polvo dolorosamente minúscula en la grandeza del todo”. Pero poco podía imaginar Beck que su grandioso proyecto recibiría calificativos tan afectuosos como “basura”, “vandalismo astronómico”, “graffiti” o “spam espacial”.

Beck es el fundador de Rocket Lab, una compañía aeroespacial que ha desarrollado un cohete ligero para lanzar satélites de pequeño tamaño al espacio. Pero quién sabe cómo, a Beck se le ocurrió emplear su lanzadera para otro fin: poner en órbita una esfera geodésica de un metro de diámetro fabricada en fibra de carbono y con 76 paneles de espejo. Es decir, algo parecido a una bola de discoteca.

El creador de la idea bautizó su bola como Humanity Star, la Estrella de la Humanidad, y la lanzó al espacio el pasado 21 de enero. Según Beck, la bola gira rápidamente reflejando el sol y creando “un flash de luz que puede verse contra un fondo de estrellas”. Completa una vuelta a la Tierra cada 90 minutos y será visible desde cualquier lugar del mundo (lógicamente, no al mismo tiempo) como “símbolo brillante y recordatorio para todos aquellos en la Tierra de nuestro frágil lugar en el universo”.

Humanity Star. Imagen de Rocket Lab.

Humanity Star. Imagen de Rocket Lab.

Pero a Beck debió de calentársele alguna neurona, y decidió proseguir: “La humanidad es finita y no estaremos aquí para siempre. Y aún a pesar de esta casi inconcebible insignificancia, la humanidad es capaz de grandes y amables cosas cuando nos reconocemos como una especie, responsable de cuidar juntos unos de otros y de nuestro planeta…”. No importa en qué lugar del mundo estés, rico o pobre, en conflicto o en paz…”. “Espera a que la Estrella de la Humanidad esté sobre ti, lleva al exterior a tus seres queridos para mirar arriba y reflexionar…”.

Aquí es donde, si este blog tuviera efectos sonoros, la aguja del tocadiscos saltaría chillando ese clásico “riiiiip”. Porque como era de esperar, los astrónomos no solamente no han elevado sus mecheros encendidos, sino que casi han hecho un remake de aquella escena de la lapidación de La vida de Brian. Estos son algunos de sus comentarios en Twitter:

¿Así que estás bloqueando nuestra visión de las estrellas reales y creando contaminación lumínica atmosférica para recordarnos que miremos a las estrellas que no podemos ver en parte gracias a tu estúpido satélite? Buen trabajo.

Wow. Graffiti espacial intencionadamente brillante y a largo plazo. Muchas gracias, Rocket Lab.

Así que el primer acto de Nueva Zelanda como potencia espacial es contaminar el cielo nocturno. Para toda la humanidad. Esta es buena.

Lo único bueno de la Estrella de la Humanidad (también conocida como proyecto neozelandés de polución del cielo nocturno) es que se quemará en nueve meses.

Quizá estén pensando que la operación de Elon Musk y su deportivo espacial es igualmente ridícula. Puede ser, pero a diferencia de Beck, tal vez a Musk le ha salvado el no tratar de revestir su proyecto de grandilocuencia. Al contrario, cultiva una cierta imagen gamberra, como cuando justificó la elección de la carga de su cohete diciendo que cualquier otra opción habría sido “aburrida”. En el fondo, lo cierto es que Musk no tenía ninguna garantía de que el cohete despegara sin volar en mil pedazos, y aprovechar el primer lanzamiento del Falcon Heavy para transportar una misión científica habría sido demasiado arriesgado.

Conviene aclarar que no todos los comentarios sobre la Humanity Star han sido negativos; buena parte del público en general ha acogido la iniciativa con agrado, pero es evidente que Beck no se ha ganado el aplauso de los astrónomos, lo cual por otra parte él ya debía de tener previsto. En el fondo, y con un presupuesto infinitamente menor que el de Musk, Beck ha conseguido algo de publicidad extra para su compañía.

Por cierto y por si les interesa verla, ya que está ahí arriba, el localizador de la web del proyecto me informa hoy de que en mi posición (cerca de Madrid) “la Humanity Star tiene la mejor oportunidad de visibilidad dentro de 17 días. Durará unos 4 minutos. Un horario más preciso estará disponible 3 días antes del paso previsto”. Así que volveremos a consultarlo dentro de un par de semanas. Y si les apetece, vayan preparando el disfraz de Tony Manero.

Qué es y qué no es el lanzamiento del cohete Falcon Heavy de SpaceX

El episodio del primer lanzamiento del cohete Falcon Heavy de SpaceX ha sido lo más cool que ha ocurrido en el espacio en mucho tiempo. Si es que alguna vez ha habido algo más cool que la versión en carne y hueso de Tony Stark (Iron Man) llevando al espacio un superdeportivo rojo descapotable conducido por un astronauta maniquí al ritmo del Space Oddity de Bowie. Mi detalle favorito es que Starman, el piloto, lleve el brazo apoyado en la ventanilla.

Lanzamiento del cohete Falcon Heavy de SpaceX el 6 de febrero de 2018 desde el Centro Espacial Kennedy. Imagen de SpaceX.

Lanzamiento del cohete Falcon Heavy de SpaceX el 6 de febrero de 2018 desde el Centro Espacial Kennedy. Imagen de SpaceX.

Creo inobjetable que la operación diseñada y ejecutada con éxito por Elon Musk es la mayor, más grandiosa, insuperable, estrambótica y cara maniobra publicitaria de la historia. Lo cual no implica que sea solo una maniobra publicitaria. Pero otra cuestión es que la misión en sí esté realmente a la altura de todo lo que la maniobra publicitaria ha inspirado.

Es posible que el gran éxito del espectáculo haya llevado a sobrevalorar el alcance real de lo conseguido ayer: ni es el cohete más grande de la historia, ni el primero privado que se lanza al espacio, ni el primero cuyos propulsores se recuperan para reutilizarse, ni nos llevará a Marte en el futuro. Sí es el primero que lleva un coche al espacio con un maniquí como conductor. Más detalles en esta serie de preguntas y respuestas:

¿Es el Falcon Heavy el cohete más grande de la historia?

El Falcon Heavy es el cohete más grande actualmente en servicio, pero no el mayor de la historia; este puesto continúa ocupándolo el Saturno V de la NASA, que llevó las misiones Apolo a la Luna. El Saturno V era 40 metros más alto, pesaba el doble y su capacidad de carga multiplicaba la del Falcon Heavy.

¿Qué tiene de especial el Falcon Heavy?

El cohete de Musk es, evidentemente, mucho más barato que el Saturno V, ya que sus propulsores son reutilizables. Su puesta en marcha con éxito parece garantizar que en el futuro será una de las opciones disponibles para enviar grandes cargas al espacio.

¿Es el primer cohete con propulsores reutilizables?

Una de las claves de la apuesta tecnológica de Musk es la recuperación de los propulsores de los cohetes para volver a utilizarlos en nuevas misiones, lo que abarata los costes. El Falcon Heavy sigue la estela de su hermano más pequeño el Falcon 9, que ya ha despegado en varias ocasiones con la recuperación de su fase propulsora. El Falcon Heavy lleva dos propulsores laterales y uno central. Los dos primeros han podido recuperarse, mientras que el tercero se ha perdido en el océano.

Aterrizaje de los propulsores laterales del cohete Falcon Heavy de SpaceX el 6 de febrero de 2018 en el Centro Espacial Kennedy. Imagen de SpaceX.

Aterrizaje de los propulsores laterales del cohete Falcon Heavy de SpaceX el 6 de febrero de 2018 en el Centro Espacial Kennedy. Imagen de SpaceX.

¿Por qué no se han fabricado antes cohetes reciclables?

En los tiempos de la carrera espacial entre EEUU y la URSS, es poco probable que alguien llegara a plantearse el diseño de cohetes reciclables, porque no tenía sentido. En EEUU, el gobierno federal pagaba los cohetes y los contratistas privados los construían. Parece lógico que a estas empresas les interesara seguir fabricando y vendiendo cohetes nuevos para cada misión. Por otra parte, la carrera espacial era una guerra, y en una guerra nadie se detiene a recoger los casquillos. Interesaba la eficacia, no la eficiencia. Hoy las empresas privadas no se limitan a fabricar componentes para las agencias espaciales públicas, sino que actúan también como operadores, por lo que su negocio depende de su capacidad de reducir los costes.

¿Es el primer cohete privado que se lanza al espacio?

No, no lo es. Desde 2012 SpaceX ha utilizado el antecesor del Falcon Heavy, el Falcon 9, para enviar misiones no tripuladas de suministro de carga a la Estación Espacial Internacional.

¿Nos llevará el Falcon Heavy a Marte?

Musk ha desechado ya la idea de utilizar el Falcon Heavy para su plan de establecer una colonia en Marte en la próxima década. En su lugar creará un cohete aún mayor llamado informalmente Big Fucking Rocket (BFR) y que por el momento solo es un dibujo animado. Será tarea de los expertos en ingeniería aeroespacial determinar cuánto de lo ya desarrollado para los Falcon podrá aplicarse al BFR, pero en cualquier caso, todo nuevo vehículo espacial es un proyecto diferente que deberá emprender su propia carrera de fracasos y éxitos.

¿Ha marcado el éxito del Falcon Heavy un hito histórico en la exploración espacial?

Así lo han presentado muchos medios, y desde luego que es cuestión de opiniones, pero tal vez esta afirmación sea como mínimo una exageración muy generosa. Sería acertado decir que el Falcon Heavy reabre una etapa en el transporte espacial estadounidense que se entrecerró con el fin de los grandes cohetes de la NASA, y que se cerró del todo cuando se jubiló la flota de transbordadores espaciales. Las misiones de carga han dependido en los últimos años sobre todo de los cohetes Soyuz rusos y los Ariane europeos, sin contar los de desarrollo propio que utilizan otras potencias espaciales. En cuanto a las misiones científicas, actualmente existe una gran variedad de vehículos lanzadores que se emplean regularmente, ya que en general las sondas científicas no requieren cohetes de carga muy pesada.

Los astronautas del futuro podrían (y deberían) reciclar sus heces para comer

Suele creerse que los astronautas comen píldoras, lo cual no es cierto. En los primeros vuelos espaciales se experimentó con tubos de pasta alimenticia, cubitos y comida en polvo. De hecho, en aquellos viajes pioneros los expertos ni siquiera estaban seguros de si sería posible comer en el espacio, ya que no sabían cómo la microgravedad podía afectar a la deglución.

La astronauta Sandra Magnus fue la primera que experimentó con la cocina en el espacio. Imagen de NASA.

La astronauta Sandra Magnus fue la primera que experimentó con la cocina en el espacio. Imagen de NASA.

Pero pasados aquellos tanteos iniciales, los astronautas comenzaron a alimentarse con comidas muy parecidas a las que tomamos aquí abajo, y su dieta está vigilada por nutricionistas que se aseguran de su correcta alimentación. No se preparan un solomillo Wellington, pero sí han llegado a experimentar con la cocina.

El principal problema allí arriba es que las cosas flotan, y por lo tanto no se puede echar un filete a una sartén ni hervir un huevo (el vapor no sube), se sustituye el pan por tortillas mexicanas para no crear una nube de migas y la sal viene en forma líquida. Pero comen pollo, ternera, fruta, verduras, pescado, e incluso en algunos casos pizza o hamburguesas. Las raciones preparadas suelen ir en paquetes sellados y deshidratados por comodidad y conservación, pero no por una cuestión de aligerar el peso del agua, ya que todo alimento seco debe rehidratarse, y en el espacio no es posible ir al río a por agua.

Pero todo esto se refiere a la única presencia humana actual en el espacio, la Estación Espacial Internacional (ISS). Y como siempre aclaro aquí, no olvidemos que la ISS, en términos de viajes espaciales, es casi un simulacro; la estación orbita a solo unos 400 kilómetros sobre la Tierra, algo menos de la distancia en AVE entre Madrid y Sevilla, que el tren recorre en unas dos horas y media. La diferencia en el caso de la ISS es que, al poner esos kilómetros de pie, llevar cualquier cosa allí es más complicado por la pegajosa gravedad de la Tierra. Pero recuerden que si todo flota en la ISS no es porque esté tan lejos que escapa del influjo gravitatorio terrestre, ni mucho menos, sino solo porque está continuamente en caída libre, como en esas atracciones de los parques donde te sueltan de golpe y sientes que la sangre se te sube a la cabeza.

Otra cosa muy diferente serían los viajes espaciales de verdad, esos que nunca parecen llegar. Pero si algún día ocurren, ¿cómo se alimentarán sus tripulantes? En el cine de ciencia ficción que se preocupa de estos asuntos, suelen plantearse posibilidades como los cultivos hidropónicos, que se crecen en agua y sin tierra. Esta es una opción real, y de hecho se practica en la ISS.

El astronauta Ed Lu, comiendo con palillos en la ISS. Imagen de NASA.

El astronauta Ed Lu, comiendo con palillos en la ISS. Imagen de NASA.

Pero tengamos en cuenta una realidad física: la materia no se crea ni se destruye, solo cambia de forma. Para que una tomatera produzca un tomate de 100 gramos, esos 100 gramos de materia debe robárselos a su entorno; otra cosa tiene que perder esos 100 gramos. Este es uno de los fallos más habituales en las otras películas de ciencia ficción, las que no se preocupan de estos detalles, y donde los seres crecen aparentemente de la nada.

En la ISS esto no supone un problema, porque los tripulantes reciben periódicamente naves de la Tierra con suministros frescos. Pero en un supuesto viaje interplanetario largo, no digamos ya interestelar, donde no pudiera llevarse toda la comida desde la Tierra y tuviera que fabricarse a bordo, los astronautas producirían sus propios alimentos, comerían, defecarían; si, como se hace en la ISS, expulsaran sus residuos al exterior, poco a poco irían robando materia al hábitat de la nave hasta que no quedara suficiente para seguir sosteniendo la producción de alimentos.

En el espacio abierto no hay materia que pueda recogerse; salvo que encontraran un oasis (como un planeta) donde repostar la química básica necesaria para sus alimentos, sobre todo carbono, hidrógeno, oxígeno, nitrógeno, fósforo y azufre, la situación sería insostenible. Por supuesto, otro tanto ocurre con el agua. Los viajeros también podrían fabricar su propia agua, pero igualmente necesitarían ir reponiendo su stock de hidrógeno y oxígeno.

Así pues, no les quedaría otro remedio: deberían reciclar sus propias heces para producir alimentos. Por asqueroso que esto pueda parecer, mirémoslo desde un punto de vista estrictamente químico: las heces son materia rica en nutrientes. La mayor parte se compone de bacterias, pero contiene todos esos elementos que los viajeros espaciales no podrían permitirse el lujo de tirar al espacio.

Simplemente, esos átomos y moléculas se encuentran en una forma no utilizable directamente, porque han perdido la energía que podemos extraer de ellos. Los seres vivos somos vampiros energéticos. Al digerir el alimento, le robamos energía (y materia, por supuesto). Para transformar esos residuos otra vez en alimento, simplemente debemos aportarles energía para convertirlos en otras formas moleculares que podamos aprovechar como fuente de energía.

Y por suerte, energía sí la hay en el espacio: hay luz, viento solar, rayos cósmicos, partículas que viajan a alta velocidad… La solución consistiría en cosechar esa energía y utilizarla para recargar las moléculas de las heces, como se recarga una pila, y así convertirlas de nuevo en alimento.

Desde hace años, en la ISS se recicla la orina de los astronautas para producir agua potable, y como conté aquí hace unos meses, en la Tierra también se están probando sistemas con este mismo fin. Lo de las heces llevará más trabajo, pero esta semana se ha publicado un estudio que aporta un sistema completo. No es ni mucho menos autosuficiente ni recicla todos los componentes de las heces sino solo un compuesto concreto, pero es un comienzo.

La astronauta italiana Samantha Cristoforetti explica el funcionamiento del retrete de la ISS. Imagen de ESA.

La astronauta italiana Samantha Cristoforetti explica el funcionamiento del retrete de la ISS. Imagen de ESA.

Los investigadores, de la Penn State University, no han utilizado (aún) heces ni orina, sino un residuo sólido y líquido que se emplea habitualmente para testar los sistemas de reciclaje; algo así como una caca humana industrial. El primer paso de su sistema consiste en utilizar ese residuo como comida para microorganismos; aunque nosotros no podemos alimentarnos directamente de nuestras heces, para muchos microbios son un manjar. Este proceso se llama digestión anaerobia. Es similar al que tiene lugar en nuestro tubo digestivo y se aplica en la Tierra al tratamiento de los residuos.

De esta digestión anaerobia, para la cual el aparato utiliza filtros modificados de los que se ponen en los acuarios, los investigadores cosecharon uno de sus preciados productos: el metano, el componente fundamental del gas natural, que contiene carbono e hidrógeno. El metano se sirve entonces a otro tipo de bacteria que lo usa como alimento y que crece muy a gusto comiéndoselo. Esta bacteria, llamada Methylococcus capsulatus, tiene un 52% de proteína y un 36% de grasa, y todo ello en forma comestible; actualmente se emplea como alimento para el ganado. Y no piensen que comer bacterias continúa siendo algo extraño y repelente; ¿qué si no es el yogur?

Los investigadores han probado su sistema asegurándose de que no crecen bacterias tóxicas, aplicando rangos de pH (acidez/alcalinidad) muy restrictivos y temperaturas altas para que la comida no se estropee. De momento es solo un prototipo y aún está muy lejos de convertirse en un aparato práctico; pero hasta el día en que tengamos naves interestelares, hay tiempo de sobra para desarrollarlo. El director del estudio, el geocientífico Christopher House, dice: “imaginen si alguien pudiera refinar nuestro sistema para poder recuperar un 85% del carbono y el nitrógeno del residuo en forma de proteínas sin tener que utilizar hidropónicos o luz artificial; sería un desarrollo fantástico para los viajes al espacio profundo”.

No hay ovnis, según quien lleva toda la vida buscando a E.T., y estas son sus razones

Decíamos ayer que el Pentágono ha apoyado en secreto un programa (AATIP) para buscar ovnis en pleno siglo XXI, a pesar de que otros programas anteriores más ambiciosos y en varios países, por no hablar de las legiones de entusiastas, no han producido prueba alguna desde 1947, cuando el fenómeno comenzó sin razón aparente.

Sí, por supuesto, también hay quien sostiene que no empezó en 1947, sino que lleva existiendo desde el comienzo de los tiempos sin que se identificara como tal. Quienes defienden esta idea suelen citar el famoso pasaje de la visión celestial de Ezequiel, que creyó ver a Dios cuando en realidad estaba en mitad de un encuentro en la tercera fase. Claro que no he encontrado defensores de esta interpretación que expliquen lo siguiente: ¿por qué los alienígenas ordenaron a Ezequiel que cocinara el pan quemando heces humanas y, ante sus protestas, le permitieron que usara en su lugar boñigas de buey? ¿Cómo interpretamos este pasaje en clave alienígena? ¿O es que hay algún motivo que se me escapa para creer a pies juntillas en la visión de Ezequiel, pero no en su audición?

Grabado de la visión de Ezequiel, por Matthaeus (Matthäus) Merian (1593-1650). Imagen de Wikipedia.

Grabado de la visión de Ezequiel, por Matthaeus (Matthäus) Merian (1593-1650). Imagen de Wikipedia.

Respecto a la ausencia de pruebas, siempre hay también quien se escudará en el viejo aforismo, la ausencia de prueba no es prueba de ausencia. Pero cuidado: este argumento es tramposo cuando se refiere a algo que sencillamente no es razonable o de lo que deberían haberse encontrado pruebas si fuera cierto. Un ejemplo: la ausencia de pruebas de que actualmente tengo roedores en casa no es prueba de su ausencia, ya que es razonable que los tenga; los he tenido otras veces. Sin embargo, no puedo decir lo mismo de los dragones, porque no es razonable.

Los científicos suelen discutir los límites aceptables de argumentos como este para evaluar la validez de sus conclusiones, ya que en ciencia habitualmente es imposible demostrar un negativo. Por ejemplo, cuando los antivacunas piden a los científicos una demostración absoluta de que las vacunas no causan absolutamente ningún daño, o son muy tontos o muy listos: muy tontos si no saben que es imposible aportar tal demostración, o muy listos si lo saben y lo utilizan como argumento demagógico.

Aplicando todo esto al tema que nos ocupa, es obvio que no es posible demostrar la no existencia de los ovnis. Pero según lo visto, sencillamente no es razonable: su inexistencia puede justificarse sin siquiera abrir los ojos, simplemente pensando. Para justificarlo, traigo aquí las razones de Seth Shostak, que contó a Business Insider como reacción a la noticia sobre el programa AATIP del Pentágono.

Shostak es el astrónomo jefe del Instituto SETI (Búsqueda de Inteligencia Extraterrestre) en California. Nadie más interesado que él en estrechar la mano a E.T. Lleva casi toda su vida dedicado a intentarlo, y el éxito de esta búsqueda no solo sería una cumbre profesional que jamás antes se ha coronado, sino que además le convertiría en referencia ineludible del hallazgo más importante de la historia de la humanidad, aunque no lo descubriera él mismo.

Y sin embargo, estas son las razones de Shostak para no creer en los ovnis:

  • No ha habido tiempo suficiente para que nadie sepa que estamos aquí. “La única manera de que lo sepan sería, por ejemplo, captar señales de nuestros transmisores: televisión, radio, radar, todo eso”, dice Shostak. “Pero estas señales solo llevan enviándose desde la Segunda Guerra Mundial, así que, si están a más de 35 años luz de distancia, no ha habido tiempo suficiente para que nuestras señales les lleguen y para que ellos decidan: venga, vale la pena gastar el dinero para darnos una vuelta por allí”. La cifra de 35 años luz se explica porque la Segunda Guerra Mundial terminó hace más o menos 70 años, la suma de los 35 que tardaría nuestra señal en llegarles y otros 35 para que recibiéramos su respuesta o su visita. Esta última, solo si pudieran desplazarse a la velocidad de la luz. Pero naturalmente, prosigue Shostak…
  • “No pueden viajar más rápido que la luz, y probablemente tampoco a la velocidad de la luz”. Este límite, mientras nadie demuestre lo contrario (y refiero de nuevo al argumento de más arriba), es una imposibilidad física inapelable. O apelable, pero hasta ahora sin éxito.
  • En un radio de 50 años luz, advierte Shostak, solo hay unos 1.400 sistemas estelares. “Puede parecer mucho, pero es un número muy pequeño si estás buscando seres inteligentes; a menos que estén ahí mismo, lo que estadísticamente es muy improbable”.
Imagen de Pixabay / CC.

Imagen de Pixabay / CC.

  • ¿Por qué tomarse la molestia de venir hasta aquí para luego no hacer nada? Shostak razona que la inmensa mayoría de los casos reportados son avistamientos sin ninguna clase de interacción. “Son los mejores huéspedes de la historia, porque si están aquí, no están haciendo nada… Envían una inmensa flota de naves, preferiblemente con forma de plato de cena, solo para revolotear y agitar a la gente sin hacer nada más; es un poco raro”. Shostak suele citar el ejemplo de la llegada de los europeos a América: es evidente que los nativos americanos no tuvieron duda sobre la existencia de los europeos. Naturalmente, están los casos de presuntas abducciones, pero en estos, y volvemos una vez más al argumento de arriba, habría que refutar las hipótesis más razonables, como la parálisis del sueño (que ya conté aquí).
  • “¿Por qué están aquí ahora?”, continúa Shostak. “No estaban visitando a los padres fundadores en el siglo XVIII, pero sí a nosotros. A los romanos no les importunaban las visitas de los alienígenas”. Y ya he mencionado arriba el problema de interpretar avistamientos de ovnis en documentos de la antigüedad.
  • El hecho de que un 10% de los casos de avistamientos no puedan explicarse no significa que sean alienígenas. “Solo significa que no se han podido explicar”. Shostak razona que siempre habrá casos sin explicación, con independencia de la existencia o no de los alienígenas, por lo que estos casos no demuestran ni una cosa ni la contraria. Pero naturalmente, lo más razonable es no dar paso a las hipótesis improbables antes de haber descartado todas las probables; como decía Sherlock Holmes, “cuando todo aquello que es imposible ha sido eliminado, lo que quede, por muy improbable que parezca, es la verdad”.
  • Si fuera verdad que los gobiernos ocultan la existencia de los ovnis, como alegan los defensores de las teorías de la conspiración, ¿tiene mucho sentido que revelen voluntariamente la existencia de estos proyectos reconociendo que los han ocultado y simulando que no han descubierto nada? “El gobierno dice: bueno, sí, tuvimos un programa y lo encubrimos, pero no encontramos nada”, dice Shostak. Si alguien está realmente engañando a su pareja, ¿tiene sentido que le diga: “cariño, te comunico que he estado viéndome con X, pero no ha pasado nada”? ¿No tiene más sentido que simplemente sea verdad?

Las razones expuestas son demoledoramente razonables, como corresponde a un tipo con la lucidez de Seth Shostak. Pero si los alienígenas no se atienen a la razón ni a las leyes de la física, si pueden saber que estamos aquí solo por omnisciencia, materializarse y desmaterializarse a voluntad, estar en cualquier lugar que les apetezca en cada momento recorriendo distancias intergalácticas al instante, y no necesitar motivos para hacer algo o no hacerlo porque sus caminos son inescrutables… entonces no son alienígenas, sino otra cosa, y Ezequiel tenía razón.

…Y el Pentágono sigue investigando los ovnis

En diciembre, el New York Times publicaba una noticia insólita: de 2007 a 2012, el Pentágono financió con casi 22 millones de dólares de fondos reservados un programa llamado Identificación Avanzada de Amenazas Aeroespaciales (AATIP), dedicado a investigar… hombrecitos verdes: es decir, avistamientos de ovnis, presuntos contactos con alienígenas y artefactos recogidos a los que alguien atribuye un origen extraterrestre. La misma noticia aparecía también independientemente en la web de la revista Politico.

Imagen de Joe Ross / Flickr / CC.

Imagen de Joe Ross / Flickr / CC.

Pero ¿por qué esto ahora? ¿Después de décadas de ascensión y caída de la moda ovni, cuando varios países ya han desclasificado gran parte de sus investigaciones sobre esta materia sin ninguna prueba ni otro resultado que una montaña de, como decía Carl Sagan, casos interesantes que son poco fiables y casos fiables que son poco interesantes, cuando se destaparon fraudes como el de Roswell, cuando incluso investigadores científicos tiraron la toalla reconociendo que el fenómeno ovni no era físico, sino sociológico, y cuando al final de todo ello no ha ocurrido absolutamente nada?

La respuesta está en el hecho de que la política estadounidense parece funcionar a golpe de lobby, y el AATIP nació de uno de estos grupos de presión encabezado por dos personajes: el senador de Nevada Harry Reid, entonces líder de la mayoría demócrata en el Senado, y el empresario del New Space Robert Bigelow, un hotelero de Las Vegas que desde su compañía Bigelow Aerospace diseña y construye hábitats inflables para las órbitas terrestre y lunar.

Basándose en su convencimiento de que, pese a todo, haberlos, haylos, Reid y Bigelow consiguieron decantar en su favor los apoyos suficientes como para que el programa se financiara, en secreto y con fondos opacos. Pero no perdamos de vista un detalle: los 22 millones de dólares no fueron a otro lugar que a Bigelow Aerospace, donde presuntamente el empresario los ha empleado para subcontratar investigaciones. Repito, fondos opacos; una tarjeta black interplanetaria.

Aunque el NYT pudo confirmar la existencia del AATIP, no se ha revelado cuáles han sido las conclusiones del programa; al parecer, parte de él continúa clasificado. Lo más chocante es que en 2009 Reid solicitó mayor seguridad para proteger “descubrimientos extraordinarios”. “Se han hecho muchos progresos en la identificación de varios hallazgos aeroespaciales altamente sensibles y no convencionales”, escribía Reid en una carta a un alto funcionario de Defensa. Según el NYT, Bigelow habría habilitado algunas instalaciones en Las Vegas para almacenar ciertos artefactos encontrados. También en 2009, un informe interno del programa decía que “lo que solía considerarse ciencia ficción ahora es hecho científico”, y que EEUU era incapaz de defenderse contra algunas de las tecnologías descubiertas.

Imagen de Pixabay / CC.

Imagen de Pixabay / CC.

Entonces, ¿debemos ya ponernos el sombrero de Albal? Todo lo anterior suena enigmático y emocionante. Pero antes de que los verdaderos expertos nos chafen el enigma y la emoción (sí, es un spoiler), detengámonos un momento en la inconsistencia de lo anterior con las declaraciones del oficial de la Inteligencia del Pentágono que estuvo a cargo del programa, Luis Elizondo. Elizondo dijo que los fenómenos estudiados no parecían proceder de ningún otro país, y añadió: “este hecho no es algo que ningún gobierno o institución debería clasificar para mantener en secreto”. Pero si por “este hecho” se refiere a las tecnologías presuntamente descubiertas, ¿por qué piensa Elizondo que ningún gobierno tendría motivos para clasificar avances extraordinarios contra los que no existe manera de defenderse y para los que los responsables del AATIP pidieron un mayor nivel de secreto? Algo no cuadra, ¿no creen?

Por su parte y una vez agotada la financiación del programa, Elizondo y otros implicados en el programa han montado una web sobre una iniciativa algo estrambótica llamada To the Stars… Academy of Arts & Science que pretende continuar investigando el fenómeno ovni, desarrollar tecnologías y producir contenido audiovisuales para, se supone, divulgar sus hallazgos e indagaciones… pero cuya lectura enciende el piloto rojo de la pseudociencia cuando llegamos a la parte de las tradiciones esotéricas, los templos mayas y la telepatía. Por no hablar de las típicas referencias a ir más allá de las fronteras de la ciencia, desfiar el conocimiento “convencional”, hacer realidad la ciencia ficción… En fin, todo eso que ya hemos leído tantas veces.

Pero al parecer y según el NYT, aunque el AATIP ya no tenga soporte financiero, esto no significa que se le haya dado carpetazo. Desde que se cerró el grifo black, funcionarios implicados en el programa han continuado entresacando ratos de su tiempo para recoger e investigar testimonios de experiencias y avistamientos de miembros del personal de Defensa. “El programa sigue existiendo”, dice el diario.

Pero noten que en toda esta historia hasta ahora no se ha mencionado el nombre de un solo científico. No estaría mal añadir unas gotas de ciencia por parte de quien está cualificado para hacerlo, es decir, un científico experto en la materia. El próximo día seguiremos con ello.