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#StopPseudociencias: nada que celebrar, mucho que lamentar y perseguir

Termina una semana que se ha cerrado con el triste colofón de la campaña #StopPseudociencias en Twitter, una iniciativa que sus organizadores planificaron con una duración de 12 horas el pasado jueves y que la comunidad tuitera prolongó espontáneamente durante todo el día de ayer viernes. Hoy sábado aún continúan goteando incesantemente los tuits bajo este hashtag.

Pero he dicho “triste” colofón. Y es que, pese al enorme éxito de visibilidad en Twitter –y en varios medios que se hicieron eco–, esto no puede ni mucho menos considerarse una celebración o una victoria. No es el Día de la Bicicleta, o ni siquiera el del Orgullo (aunque este último también tenga un potente ingrediente de denuncia de las fobias contra las minorías sexuales). Un día de #StopPseudociencias no es una ocasión festiva, no hay carrozas, ni verbenas, ni bailes. No se trata de una comunidad de escépticos resentidos echándose a las calles de internet para reivindicar sus opiniones o su visión del mundo, como algunos aún parecen interpretar.

Homeopatía. Imagen de MaxPixel.

Homeopatía. Imagen de MaxPixel.

Para explicar la diferencia, valgan algunos ejemplos. Durante el curso de la campaña hemos conocido un caso expuesto por Joaquim Bosch-Barrera, oncólogo del Institut Català d’Oncologia y profesor de la Universidad de Girona. Bosch-Barrera contó cómo, durante una guardia en Urgencias el pasado diciembre, atendió a una mujer que llegó con un pecho “totalmente putrefacto” por un cáncer de mama que se estaba tratando con pseudoterapias, probablemente homeopatía. La paciente había rechazado el tratamiento médico por indicación de su curandero. Cuando Bosch-Barrera vio el espeluznante estado del pecho, en carne viva, con necrosis y una infección abierta y sangrante, le preguntó a la paciente:

–¿Y tu terapeuta alternativo, qué te dice de esto?

–Dice que si sale fuera de la piel es bueno, porque significa que se está oxigenando.

La mujer falleció hace dos semanas, según contaba ayer el oncólogo. El caso se difundió extensamente en Twitter (aún hoy se está haciendo) y varios medios lo recogieron (como aquí y aquí). Ante la enorme resonancia del caso, Bosch-Barrera decidió retirar la impactante fotografía por respeto a la paciente y su familia (no se le veía el rostro, pero sí el catastrófico estado de su pecho), aunque aún aparece en Twitter y en los medios.

También durante la campaña se han recordado otros muchos casos, como el de otra mujer que había tratado de combatir su cáncer de mama con ayurveda, ingesta de orina y ese preparado ilegal de lejía llamado MMS. O el caso, también muy divulgado en su día, de Mario Rodríguez, el estudiante de físicas que murió tras rechazar el tratamiento médico de su leucemia y ponerse en manos de un curandero. O el del bebé envenenado por el plomo de una pulsera homeopática que sus padres le daban a morder como remedio contra el dolor de la dentición.

También hemos sabido de individuos que pretenden curar el autismo, o de sujetos que culpan a los propios pacientes de sus enfermedades por sus “conflictos emocionales” y que recomiendan a los enfermos que imaginen a un animal devorando su cáncer. Y de canciones sanadoras, curación por imposición de manos, cristales o flores. Y se nos ha recordado que toda esta mojiganga no es inocua, sino que los pacientes que siguen terapias alternativas además de su tratamiento médico duplican su riesgo de muerte.

Un curioso cartel contra la homeopatía en la isla de Antigua. Imagen de David Stanley / Flickr / CC.

Un curioso cartel contra la homeopatía en la isla de Antigua. Imagen de David Stanley / Flickr / CC.

Frente a todo esto, en Twitter han aparecido reacciones diversas. Los más nihilistas y misántropos hablan de darwinismo, de dejar que las personas que se dejan atrapar por estas pseudoterapias eliminen sus propios genes del pool humano, alegando que legislar contra ello es paternalista y que se trata de una cuestión de libre elección. Es tanto como culpar al paciente de su suerte, al timado de dejarse timar, al allanado de no haber instalado una alarma en su casa, al atracado de caminar de noche por lugares oscuros o a la violada de no haberse resistido lo suficiente o de llevar minifalda. Legislar contra el abuso, el engaño y la agresión no es paternalismo, sino la obligación de los gobernantes de proteger a sus gobernados, y es nuestro derecho exigir que se nos proteja.

El argumento nihilista se apoya también en la abundancia de información que hoy existe para quien libremente quiera buscarla y asimilarla. Pero mercachifles, timadores y vendedores de humo sin escrúpulos se están lucrando a costa no tanto de la superstición o la ignorancia, sino sobre todo de la desesperación. Como ya he explicado aquí anteriormente, los estudios muestran que las personas que caen víctimas de las pseudoterapias no tienen estadísticamente un nivel educativo inferior a la media de la población, y ni siquiera un menor interés por la ciencia. Sin embargo, en muchos casos sí están desesperadas.

Los mecanismos por los cuales las pseudociencias triunfan entre la población mejor educada y formada de la historia, y por los cuales parte de esa población cree en su eficacia, reciben nombres como sesgo cognitivo, ilusión causal, ilusión de control o confusión entre causalidad y correlación, y todo esto es algo que no se arregla solo con información y divulgación. Con motivo de la campaña en Twitter, la psicóloga de la Universidad de Deusto Helena Matute nos lo ha recordado rescatando este artículo que recomiendo y del que cito unos párrafos:

El ejemplo clásico son las antiguas danzas de la lluvia. Cuando nuestros antepasados no sabían cómo producir lluvia se dedicaban a inventar métodos para lograrlo. Y alguien descubrió la danza de la lluvia. Lo curioso es que solía coincidir. Si un día bailaban, normalmente llovía el día siguiente, y si no el siguiente, o a lo sumo quizá hubiera que repetir el ritual al cabo de unas semanas, pero al final llovía. Así es, más o menos, como funciona nuestro sistema de asignación de causas a efectos. El primer día coincide por puro azar el evento deseado con algo que acabamos de hacer. Por tanto, repetimos esa conducta y antes o después volverá a coincidir, por lo que la asociación (ilusoria) entre nuestra conducta y el resultado esperado se irá fortaleciendo.

Así es como funcionan también muchas pseudociencias. Alguien nos comenta que determinado medicamento alternativo le ha curado. Lo probamos y nos funciona. Pero no nos damos cuenta de que cuando decimos “me funciona”, si solo tenemos un caso, dos, unos pocos, no es fiable. Lo único que podemos decir es: “ha coincidido”. Eso no es causalidad.

Para saber si A causa B debemos conocer con qué frecuencia ocurre B cada vez que ocurre A, pero también con qué frecuencia ocurre B cuando no ocurre A. Cuando un supuesto medicamento no acaba de ser reconocido oficialmente como medicamento, es porque no acaba de demostrar que la probabilidad de curarnos cuando tomamos ese medicamento sea mayor que la probabilidad de curarnos cuando lo que tomamos es un placebo. Un placebo es un producto inocuo (por ejemplo, una pastilla de sacarina), pero si nos lo dan de forma que parezca un medicamento efectivo (por el envase, el tamaño, el precio, y otra serie de factores que hacen que aumente la percepción de eficacia), y si además nos lo recomienda alguien en quien confiamos, tiene un efecto beneficioso, ante dolencias leves, y a menudo reduce también el dolor. Este efecto es psicológico, es real y está bien comprobado. También funciona con animales y con bebés. Un producto que no demuestre ser mejor que el placebo no puede ser reconocido como medicamento. Pero a menudo nos los venden en farmacias. La ley lo permite.

En este sesgo cognitivo a menudo tiene mucho que ver el rechazo al establishment médico y a la industria farmacéutica. Curiosamente, he podido comprobar que a menudo quienes repiten ese eslogan del capitalismo atroz y los abusos de las farmacéuticas no solo no son capaces de citar un solo caso concreto de corrupción o escándalo protagonizado por estas empresas, sino que, sin internet a mano, ni siquiera son capaces de citar correctamente el nombre de dos o tres compañías farmacéuticas.

Por supuesto que el abuso y la corrupción existen en la industria farmacéutica. Como en la telefonía móvil, la construcción, los hipermercados o los automóviles. Pero no parece que las ventas de coches en general hayan disminuido tras el escándalo de las emisiones (en el caso de las farmacéuticas, se repercuten los casos individuales en todo el sector). El comportamiento de una industria no anula la validez de sus productos. Ni el hecho real de que son los únicos que curan. En el fondo, e incluso con los casos reales en la mano, el argumento de la Big Pharma no es una razón motivadora, sino una justificación para tratar de disfrazar de racionalidad un sesgo cognitivo.

En resumen y como subraya Matute en su artículo, además de educar, informar y divulgar, también hay que legislar. No es paternalismo, sino protección de la población contra un abuso que en el peor de los casos mata, y en el mejor despoja a los afectados de su dinero sin ofrecerles ningún beneficio a cambio.

Por todo lo anterior, no hay nada que celebrar. Salvo quizás, un detalle. Mientras lamentablemente gobiernos como el catalán se dedican a hacer stage diving sobre los practicantes de las pseudociencias, los nuevos responsables de Ciencia (Pedro Duque) y de Sanidad (Carmen Montón) del gobierno del Estado se han sumado a la campaña #StopPseudociencias, pronunciándose explícitamente en contra de estos peligrosos abusos. Lo celebraremos cuando consigan, si es que lo consiguen, superar la oposición que van a encontrar entre sus propias filas para que estas posturas individuales se conviertan en leyes y políticas de Estado.

Por qué hacerse la pedicura con peces es una malísima idea

Recientemente se ha publicado en la revista JAMA Dermatology el caso de una mujer que ha perdido las uñas de los pies después de una sesión de pedicura con peces, esos tratamientos de los spas en los que un grupo de pececillos mordisquea bocaditos de piel muerta como método de, según lo llaman sus defensores, exfoliación natural (el “natural”, que nunca falte para vender algo).

El daño sufrido por la mujer, de veintitantos años y residente en Nueva York, es reversible, por suerte para ella. En unos meses volverán a crecerle las uñas, se espera que ya sin defectos. La dolencia se conoce como onicomadesis, y aunque en algunos casos puede deberse a una infección, también puede venir provocada por un trauma, como cuando nos pillamos un dedo con una puerta y la uña se nos pone de un negro que asusta para acabar cayéndose. Pero en general, la onicomadesis es lo que en medicina se llama enfermedad idiopática, un término sofisticado que simplemente significa: ¿causa? ¿Qué causa?

Pedicura con peces. Imagen de Tracy Hunter / Flickr / CC.

Pedicura con peces. Imagen de Tracy Hunter / Flickr / CC.

Para ser rigurosos, debe quedar claro que no existe absolutamente ninguna prueba que demuestre la relación de la pedicura de la paciente con su problema en las uñas. No hay tal estudio, sino solamente el informe del caso. Su autora, la dermatóloga Shari Lipner, sugiere la posibilidad de que la causa fueran los peces, una vez descartadas todas las demás opciones. Tampoco existe ningún precedente en la literatura médica de un efecto similar causado por este tipo de tratamiento.

Todo lo cual nos deja el diagnóstico de que la explicación apuntada por Lipner es solo una hipótesis razonable. Pero sirve para llamar la atención sobre una práctica que, con independencia de que fuera o no la culpable en este caso, sí tiene un historial de efectos perniciosos y un claro perfil de riesgos, y en cambio ningún beneficio demostrado, al menos para quien no padezca psoriasis.

Para quien no sepa de qué se trata, las pequeñas carpas de la especie Garra rufa, originarias de Oriente Próximo, se pusieron de moda hace unos años como una nueva excentricidad en la oferta de los spas y salones de belleza. En su estado natural, los peces utilizan su boca succionadora para agarrarse a las rocas y alimentarse de biofilms, películas de microbios que crecen sobre las superficies. Solo comen la piel muerta de los pies cuando se les priva de alimento, algo que ha sido denunciado por organizaciones animalistas como PETA.

Pero dejando de lado la eliminación de pellejos y pese al sobrenombre publicitario de “pez doctor”, solo un estudio piloto de 2006 en Austria ha encontrado algún beneficio para los pacientes con psoriasis, aunque en condiciones clínicas –no en un spa– y en combinación con luz ultravioleta. Sin embargo, es importante recalcar que la psoriasis, una enfermedad de la piel, no se cura, ni con este ni con ningún otro tratamiento.

Un pez Garra rufa. Imagen de Dances / Wikipedia.

Un pez Garra rufa. Imagen de Dances / Wikipedia.

Por lo demás, todas las virtudes atribuidas a la pomposamente llamada ictioterapia son puramente imaginarias. Llaman especialmente la atención dos páginas de la Wikipedia en castellano, una sobre Garra rufa y otra sobre ictioterapia, ambas absolutamente engañosas y acríticas. En una de ellas se afirma que el tratamiento con estos peces mejora la circulación, hidrata la piel, elimina el pie de atleta y hasta el mal olor, y que está especialmente recomendado para personas con obesidad o que pasan largos periodos de pie. Ninguna de estas afirmaciones viene avalada por referencias al pie de la página, por la sencilla razón de que no existen: ninguno de estos presuntos beneficios se apoya en ninguna prueba real.

También aseguran que “el proceso es higiénico y seguro”, y que solo existen riesgos debido al “manejo inadecuado de personas poco profesionales”. No es cierto. Si algo está demostrado respecto a esta pseudoterapia, son precisamente sus riesgos, que no pueden eliminarse del todo con un buen manejo. Por mucho que el agua se cambie y que en ocasiones se utilicen productos sanitarios similares a los empleados en las piscifactorías, por definición los peces no pueden esterilizarse. En una época en que se extrema la higiene en todos los utensilios destinados a cualquier tipo de tratamiento, ¿de verdad alguien está dispuesto a que le arranquen las pieles muertas unos animalillos que antes han mordido los pies de otras personas?

El riesgo no es solo teórico. Se han descrito casos de transmisión de infecciones por micobacterias y por estafilococos (una de las bacterias que también causan la fascitis necrosante de la que hablé recientemente), así como el contagio entre los propios peces de bacterias Aeromonas. En los peces también se han aislado estreptococos y birnavirus. Un extenso estudio de 2012 en Reino Unido encontró en los peces hasta una docena de tipos de microbios peligrosos para los humanos, incluyendo la bacteria del cólera, Vibrio cholerae, y su prima Vibrio vulnificus, causante también de fascitis necrosante. Todas las bacterias detectadas eran resistentes a varios antibióticos, hasta a más de 15 diferentes.

Por este motivo, la pedicura con peces ha sido prohibida en varios estados de EEUU. El Centro para el Control de Enfermedades (CDC) incluso afirma que “la pedicura con peces no cumple la definición legal de pedicura”. Parece que allí existe incluso una definición legal de pedicura, mientras que en nuestro país se permite que esta práctica se anuncie con el engañoso término “ictioterapia”.

Todo lo anterior no implica que usuarios y usuarias de esta práctica corran un riesgo letal. Como suele suceder con muchas zoonosis (enfermedades transmitidas por los animales a los humanos), el riesgo en general “es probablemente muy bajo, pero no puede excluirse por completo”, según concluía un informe elaborado en 2011 por el Servicio de Salud Pública de Reino Unido. Un documento que, por cierto, jamás sugería la posibilidad de transmisión del virus de la hepatitis C o el del sida (VIH), como publicó algún medio en España copiando la (des)información del tabloide sensacionalista británico Daily Mail.

Pero en cualquier caso, está claro que el lugar de un pez no está en una piscina o en un barreño comiendo pieles muertas de los pies de nadie. Como tampoco el lugar de un ser humano racional está metiendo los pies en una piscina o en un barreño para que los peces le coman las pieles muertas. Quien necesite tratamiento, que acuda a un dermatólogo. Y quien busque experiencias exóticas, que viaje.

Un mundo sin antibióticos: era el pasado, pero puede ser también el futuro

Ayer les contaba la historia del ruso Andrei Suchilin y la fascitis necrosante, una enfermedad rara pero no insólita: cada año se detectan en el mundo entre 4 y 10 casos por cada millón de habitantes, según las regiones. Si hacen la cuenta a la escala de la población mundial, comprobarán que esto supone decenas de miles de casos. Datos más concretos hablan de hasta 10.000 casos al año en EEUU, un país donde obviamente las condiciones higiénicas y sanitarias son mejores que en muchos otros. Pero lo más preocupante es que no solo esta terrible enfermedad, sino las infecciones bacterianas en general, podrían convertirse en una amenaza aún mayor debido a un fenómeno cada vez más preocupante.

Probablemente les asaltó una pregunta al leer el caso de Suchilin: si se trata de una infección bacteriana, ¿no puede curarse con antibióticos? En teoría, sí. Pero en su caso, el antibiótico oral que le prescribieron en el centro de salud canario al que acudió, y donde subestimaron el alcance de su infección, no pudo nada contra el caos que ya estaba extendido por su cuerpo. El día del viaje en el avión, la vida de Suchilin ya estaba sentenciada.

Según los expertos, la detección temprana de la fascitis necrosante es vital para la curación. El tratamiento urgente incluye extirpar los tejidos muertos y contaminados –lo que en muchos casos requiere amputaciones– y suministrar una mezcla de antibióticos en vena. Pero esto puede no ser suficiente: una revisión de 2015 sobre infecciones en entornos acuáticos encontró que la mayoría de las bacterias marinas son resistentes a muchos de los antibióticos disponibles. Pero el riesgo no solo acecha en el mar: en los últimos años se ha detectado un aumento de los casos de fascitis necrosante causados por una bacteria común de nuestra piel, el estafilococo; no un estafilococo cualquiera, sino uno llamado MRSA, o (en inglés) Staphylococcus aureus resistente al antibiótico meticilina.

Imagen al microscopio electrónico (coloreada) de estafilococos resistentes MRSA. Imagen de CDC / Wikipedia.

Imagen al microscopio electrónico (coloreada) de estafilococos resistentes MRSA. Imagen de CDC / Wikipedia.

El MRSA es una de las llamadas superbacterias, cepas bacterianas resistentes a los antibióticos. La capacidad de las bacterias para escapar a los antibióticos aparece de forma natural durante su evolución a causa de mutaciones aleatorias, pero se convierte en un rasgo predominante por la presión selectiva que ejerce la presencia de los antibióticos.

Un ejemplo de cómo funciona esta presión selectiva: si el mundo se inundara, la mayoría de la población humana moriría. Los humanos no criaríamos branquias, como en aquella de Kevin Costner, pero probablemente los bajau sobrevivirían. Estos nativos del sureste de Asia, llamados los “nómadas del mar”, dedican la mayor parte de su tiempo a la pesca submarina. Un estudio reciente descubría que ciertas adaptaciones genéticas resultan en un bazo más grande, que les proporciona una reserva extra de glóbulos rojos para aguantar la respiración durante tres minutos. Este rasgo, que pudo surgir por mutaciones aleatorias, se ha extendido entre los bajau debido a su modo de vida, pero es minoritario en la población humana en general. En un mundo inundado, la supervivencia de los bajau llevaría a que en unas pocas generaciones ellos fueran la población humana mayoritaria.

En el caso de las bacterias, el mar es el antibiótico; es el factor de presión que lleva al predominio de esas poblaciones resistentes. Esta presión comienza probablemente en la propia naturaleza: muchos antibióticos son de origen natural, y de hecho se han encontrado bacterias resistentes en poblaciones que nunca han tenido contacto con entornos humanos ni ambientes contaminados por nuestros productos.

Pero obviamente, la mayor parte de este efecto se debe a nuestro uso indiscriminado de los antibióticos: se prescriben sin medida, se venden sin prescripción en muchos países, se guardan y reutilizan, se tiran a la basura, y tradicionalmente se han despachado a los animales de granja como si fueran caramelos. Todo este inmenso caudal de antibióticos se vierte a las aguas, se infiltra en el suelo y se deposita en los vegetales que comemos, seleccionando bacterias resistentes en el suelo, en el agua, en los animales y en nuestros propios cuerpos.

Las bacterias resistentes pueden transmitirse por el contacto físico directo, por la contaminación de superficies y objetos o por el consumo de alimentos contaminados, pero además estos microbios poseen curiosos mecanismos para contagiarse esta resistencia entre ellas. Mediante ciertos procesos moleculares, una bacteria de esta población puede fabricar una copia del gen responsable de esta capacidad y pasarlo a otra bacteria de la misma especie o de otra distinta. Así, a menudo ocurre que el uso de los antibióticos selecciona bacterias resistentes de nuestra flora microbiana que de por sí no son peligrosas, pero que si entran en contacto con otras que sí lo son pueden convertirlas en superbacterias.

Las consecuencias de todo este panorama no son hipotéticas, sino muy reales: hoy se calcula que cada año fallecen en el mundo unas 700.000 personas por infecciones bacterianas que no remiten con ningún antibiótico disponible. Pero las previsiones son del todo alarmantes: los expertos calculan que hacia mediados de siglo la cifra podría ascender a unos 10 millones de muertes anuales. La Organización Mundial de la Salud alerta de que el peligro de las superbacterias no es una predicción apocalíptica, sino que hoy ya representa “una de las mayores amenazas a la salud global, la seguridad alimentaria y el desarrollo”.

Algunos expertos incluso llegan a insinuar que ya vivimos en una era post-antibióticos. Ante este escenario, hoy todas las autoridades sanitarias y las instituciones médicas con competencias en el asunto están inmersas en campañas para controlar el abuso de los antibióticos y su vertido al medio ambiente, además de restringir el uso de los más especializados solo para los casos en que falle todo lo demás.

Resistencia a antibióticos: a la izquierda, las bacterias no crecen alrededor de los discos de papel que contienen los fármacos. A la derecha, las bacterias resisten la acción de varios antibióticos. Imagen de Dr Graham Beards / Wikipedia.

Resistencia a antibióticos: a la izquierda, las bacterias no crecen alrededor de los discos de papel que contienen los fármacos. A la derecha, las bacterias resisten la acción de varios antibióticos. Imagen de Dr Graham Beards / Wikipedia.

Pero evidentemente, una gran parte de esta responsabilidad está en nuestras propias manos. Algunas medidas son obvias, como evitar la automedicación y utilizar los antibióticos solo bajo prescripción. Hay que repetirlo una y mil veces: muchas enfermedades contagiosas –como la gripe y los catarros– no están causadas por bacterias sino por virus, y contra estos los antibióticos tienen la misma utilidad que un plumero en un tiroteo.

En cambio, otras medidas no son tan obvias. Por ejemplo, la rápida acción de los antibióticos lleva a muchas personas a suspender el tratamiento antes de tiempo, cuando ya se encuentran bien. Grave error: este golpe débil a las bacterias ayuda a que proliferen aquellas que son moderadamente resistentes. Lo mismo ocurre cuando se guardan los antibióticos y se consumen ya caducados: en este caso la dosis que se toma es insuficiente, lo que produce el mismo efecto que un tratamiento incompleto. El sobrante no debe conservarse, sino llevarse a un punto de recogida de medicamentos.

Hoy lo hemos olvidado, pero antes de la penicilina infinidad de mujeres morían después de dar a luz por infecciones contraídas durante el parto. Fallecían más pacientes por infecciones postoperatorias que por la propia cirugía o la enfermedad que la motivaba. Cualquier ingreso en un hospital era como un cara o cruz contra la posibilidad de contraer alguna bacteria letal. Cualquier herida grave en una pierna o en un brazo era casi el preludio seguro de una gangrena y una amputación. Los niños morían de escarlatina, una enfermedad que hoy sigue presente pero que ya no preocupa; y que, por cierto, está causada por el mismo estreptococo responsable de muchos casos de fascitis necrosante.

Y por supuesto, está la fascitis necrosante. Esta temible pesadilla puede convertirse en algo mucho más frecuente si los antibióticos de primera línea no logran contener lo que comienza como una infección leve. De hecho, algunos estudios revelan que los casos se han disparado en las últimas décadas, aunque aún no está claro si se debe más a un aumento de las resistencias bacterianas o a que ahora se diagnostican más casos que antes pasaban inadvertidos. Pero depende de todos evitar que volvamos al pasado: si hoy asustan enfermedades como el cáncer o el alzhéimer, la perspectiva de vivir en un mundo sin antibióticos es infinitamente más aterradora.

La trágica historia del hombre que olía mal, y por qué debería preocuparnos

Tal vez hayan conocido la historia a través de los medios. Pero lo que probablemente no les hayan contado es que lo ocurrido al ruso Andrei Suchilin, lejos de tratarse de una rareza imposible, no solo podría sucedernos a cualquiera, sino que cada vez va a ser más probable que algo así pueda sucedernos a cualquiera.

La historia se narró en dos partes. La primera se contó dentro de esas secciones de curiosidades que suelen embutirse en los programas de radio para desahogar al oyente de tanto bombardeo político: que Google Maps encuentra un pene gigante dibujado en el suelo en Australia, o que un tipo se tatúa la cara de Rajoy en el brazo. En este caso, la noticia decía que a finales de mayo un avión de la compañía Transavia que volaba de Gran Canaria a Holanda se había visto obligado a un aterrizaje no planificado en Faro (Portugal) debido al insoportable hedor que despedía uno de los pasajeros, y que a algunos incluso llegó a provocarles el vómito.

Noticias parecidas suelen aflorar de vez en cuando: un avión hace una escala de emergencia a causa de algún incidente provocado por un pasajero por motivos variados, ya sea una borrachera o un episodio de flatulencia incontenible. En este caso la tripulación trató de resolver el problema esparciendo ambientadores, pero ni siquiera confinando al pasajero en el baño consiguieron aliviar el hedor. Finalmente y ante las protestas del resto del pasaje, el responsable del percance fue desalojado del avión en Faro y trasladado a un hospital. Otro viajero declaró entonces que era como si aquel hombre no se hubiera lavado en varias semanas.

Después del suceso el pasajero en cuestión, el guitarrista ruso Andrei Suchilin, de 58 años, publicó en su Facebook que durante sus vacaciones en Canarias había contraído algo que el médico español al que acudió había diagnosticado como “una infección normal de playa”. “Lo trágico y lo cómico de toda esta situación es que cogí una enfermedad que (no digamos cómo ni por qué) hace que un hombre apeste”, escribía Suchilin.

El guitarrista ruso Andrei Suchilin en 2017. Imagen de Krassotkin / Wikipedia.

El guitarrista ruso Andrei Suchilin en 2017. Imagen de Krassotkin / Wikipedia.

Por desgracia, la segunda parte de la historia demostró que la situación no tenía nada de cómico, y sí mucho de trágico. A finales de junio se supo que Suchilin había fallecido en el hospital portugués en el que fue internado. La causa de su mal olor resultó ser una fascitis necrosante, una terrible enfermedad bacteriana que puede describirse como una descomposición progresiva del organismo cuando el paciente aún está vivo; partes de él ya han muerto y están descomponiéndose, por lo que el olor es el de un cadáver. Cuando la infección alcanza a los órganos vitales, el paciente muere.

Lo terrorífico de la fascitis necrosante es que no se trata realmente de una enfermedad infecciosa definida con una causa específica, como la malaria o el ébola, sino de una fatal complicación de lo que puede comenzar como una infección cotidiana e inocente. De hecho y aunque son varios los tipos de bacterias que pueden causarla, uno de ellos es un estreptococo, un microbio que convive habitualmente con nosotros provocándonos las típicas infecciones de garganta y otras dolencias leves.

En muchos casos estas infecciones no avanzan más allá de la piel y los tejidos superficiales. Pero si llegan a afectar a la fascia, la capa que conecta la piel con los músculos, la infección puede empezar a progresar en los tejidos profundos, diseminándose por la sangre a todo el organismo y destruyendo los órganos vitales. Y todo ello sin que desde el exterior se note nada demasiado visible; el dolor y el olor, como el de Suchilin, pueden revelar que algo espantoso está sucediendo por dentro, pero a menudo un diagnóstico rápido en una consulta externa puede pasarlo por alto. Se calcula que la cuarta parte de los afectados fallecen; en algunos casos, incluso en solo 24 horas.

Bacterias Streptococcus pyogenes al microscopio en una muestra de pus. Imagen de PD-USGov-HHS-CDC / Wikipedia.

Bacterias Streptococcus pyogenes al microscopio en una muestra de pus. Imagen de PD-USGov-HHS-CDC / Wikipedia.

Pero si el hecho de que la causa pueda ser una simple bacteria común y corriente ya es de por sí un dato inquietante, en realidad son otros dos los que deben ponernos los pelos de punta. Primero, y ahora que estamos en plena temporada de vacaciones, es preciso recordar una advertencia médica que contradice un mito muy extendido: el agua del mar NO desinfecta ni cicatriza las heridas. Pensar en el mar como un desinfectante es sencillamente un inmenso contrasentido, ya que está lleno de vida, grande y pequeña, por lo que es una peligrosa y frecuente fuente de infecciones en las llagas abiertas.

Sobre todo, los expertos alertan de los cortes producidos directamente dentro del agua, ya que pueden introducirnos en tejidos profundos algunas bacterias que viven en el medio marino, que crecen mejor sin aire y que preferiríamos sinceramente no tener dentro de nosotros, como Vibrio y Aeromonas. En particular, las Vibrio han sido la causa de la fascitis necrosante en varios casos descritos de turistas heridos durante excursiones de pesca, y un estudio de 2010 demostró la presencia de estas bacterias en la costa valenciana. Hasta donde sé, no se ha publicado cuál fue la bacteria o bacterias que causaron la muerte al infortunado Suchilin, pero es muy posible que contrajera la infección en el mar.

El segundo motivo es infinitamente más preocupante y requiere una explicación aparte. Porque no solo afecta a la fascitis necrosante, sino a muchas otras infecciones bacterianas, y es el motivo por el que casos como el de Suchilin no solo nos deberían llevar a lamentar su mala suerte y compadecer a su familia, sino también a hacer todo cuanto esté en nuestra mano para evitar un futuro en el que cualquiera podríamos vernos en una situación similar. Mañana seguimos.

Las lluvias de primavera traen nubes de moscas negras bebedoras de sangre

Como habitante de la zona serrana de Madrid, llevo muchos años compartiendo mis veranos al aire libre con un visitante pelmazo y nunca invitado, la mosca negra. Pero aún me sorprende lo poco conocido que es este molesto bicho entre mis convecinos.

Por esta época no falta algún amigo que, por aquello de que muchos consideran erróneamente a un biólogo molecular como algo parecido a un médico, me muestran monstruosas picaduras asegurándome que las arañas les están robando la sangre chupito a chupito. Primero, les explico que las arañas no van de eso, y que tienen cosas mucho mejores que hacer que andar picando a la gente; por ejemplo, cazar los insectos de los que necesitan alimentarse, ya que no beben sangre. Segundo, les muestro mis propias picaduras monstruosas, y les aclaro cuál es el monstruo que las causa: la mosca negra. ¿Qué mosca negra?, preguntan siempre.

Esta mosca negra:

Una mosca negra (simúlido). Imagen de Fritz Geller-Grimm / Wikipedia.

Una mosca negra (simúlido). Imagen de Fritz Geller-Grimm / Wikipedia.

Su ficha policial: alias simúlidos, insecto díptero (dos alas, como las moscas y los mosquitos), más corto que un mosquito (unos 3 milímetros) pero más corpulento, del color que indica su nombre, y con un inconfundible perfil chepudo. Algún otro verano anterior he hablado aquí de ella, explicando que no pica limpiamente como el mosquito, que bebe su sopa con pajita, sino que la mosca negra abre una herida con sus piezas bucales, espera a que mane la sangre y entonces se pega un festín. La hembra necesita componentes de la sangre para incubar los huevos.

Suele decirse que la mordedura de la mosca negra no duele, y para explicarlo a menudo se supone que inyecta algún anestésico local. Pero en 2011 un estudio analizó la saliva de un simúlido y catalogó 164 proteínas presentes en ella, sin encontrar ningún compuesto con este efecto. En su lugar, el entomólogo molecular y parasitólogo británico Mike Lehane proponía que tal vez los insectos hematófagos (bebedores de sangre) liberen enzimas que destruyen los mensajeros químicos encargados de transmitir el “¡ay!” en las terminaciones nerviosas de la herida. Por mi parte, y dado que puedo añadir mi experiencia personal a lo que dicen los estudios, puedo decir que no es un caso como el mosquito: este pica de incógnito absoluto, a no ser que nos remueva el vello de la piel al posarse; pero la mordedura de la mosca negra sí puede sentirse como una ligera punzada.

Ignoro el motivo por el que estos insectos son bastante ignorados por nuestras latitudes, pero es equivocado pensar que los mosquitos y otros chupadores de sangre son una plaga típica de lugares cálidos y tropicales. Cualquiera que haya viajado en verano a regiones húmedas templadas o frías habrá comprobado que los bichos picadores pueden ser una plaga infinitamente más molesta en Escocia, Finlandia o Canadá que en el Caribe.

Nube de moscas negras en Canadá. Imagen de NicolasPerrault / Wikipedia.

Nube de moscas negras en Canadá. Imagen de NicolasPerrault / Wikipedia.

En Escocia el llamado Highland Midge, que por allí también llaman cariñosamente “diminuto bastardo”, puede arruinar cualquier momento de disfrute en un idílico páramo. No es una mosca negra, sino un culicoide, otro tipo de díptero vampiro más estilizado. En Nueva Zelanda a las moscas negras las conocen como sandflies, moscas de la arena, aunque en otros lugares del mundo se llama sandflies a los flebotomos, los insectos que transmiten la leishmaniasis y que no son moscas negras. Muchos bichos, muchos nombres, una única costumbre fastidiosa: chuparnos la sangre.

En concreto en España tenemos decenas de especies de moscas negras, según el último inventario global actualizado en 2018. Imagino que estos bichos deben de ser mucho más familiares para los habitantes del valle del Ebro, ya que por allí se informa con frecuencia de su molesta invasión. En la provincia de Madrid algunos informes parecen restringir su presencia a los valles del Jarama y el Henares, así que invito con gusto a los expertos en la materia a que se den una vuelta por la zona del Guadarrama para añadirnos a sus mapas de distribución.

Este año el problema es especialmente acuciante; las moscas negras forman auténticas nubes, algo que imagino tendrá mucho que ver con la primavera excepcionalmente lluviosa que hemos tenido por aquí. Estos insectos se crían en los cursos de agua y suelen frecuentar las zonas húmedas y con vegetación.

Mosca negra. Las que se encuentran por Madrid son parecidas pero los ojos son oscuros como el cuerpo. Imagen de Mark Span / Wikipedia.

Mosca negra. Las que se encuentran por Madrid son parecidas pero los ojos son oscuros como el cuerpo. Imagen de Mark Span / Wikipedia.

Esto es lo que hace falta saber sobre la picadura de la mosca negra, según los estudios y de acuerdo a mi propia experiencia de convivir durante años con estos insidiosos vecinos:

  • Pican de día, pero normalmente solo en las horas de menos calor, al amanecer y al atardecer. Hace tres años escribí aquí que el verano de 2015 venía anormalmente cálido, y que las moscas negras estaban picando a pleno sol en los días más suaves. En aquella ocasión, rebuscando por ahí encontré un libro ruso sobre dípteros (los científicos somos así de friquis) según el cual las moscas negras podían adaptarse a temperaturas más cálidas si el ambiente las forzaba, así que los insectos acostumbrados de este modo podían salir a buscar su ración de sangre a mediodía cuando el tiempo venía más fresco.
  • Al menos en mi experiencia, pican sobre todo en la parte posterior de las piernas, tanto en el muslo como en la pantorrilla. Cubrirse estas zonas al atardecer evita bastante la molestia. Como mínimo, obliga a las moscas negras a picar en zonas más visibles, lo que facilita el recurso del manotazo.
  • No pican a través de la ropa, ya que no pinchan con un estilete como los mosquitos, sino que muerden con sus piezas bucales.
  • La picadura duele en diferido. Al cabo del rato la zona se inflama, se enrojece, se calienta y pica horriblemente. Cada persona puede tener una sensibilidad diferente a los compuestos de la saliva del insecto, pero a veces la molestia se extiende a la pierna entera. La hinchazón y el picor suelen durar varios días. La mordedura en sí puede tardar en cicatrizar, y en algunos casos deja una marca permanente.
  • Por suerte, en nuestras latitudes la mosca negra no transmite ninguna enfermedad. Menos afortunados son los habitantes de las regiones tropicales, donde estos insectos son vectores de la oncocercosis o ceguera de los ríos.
  • Aunque suele recomendarse el uso de mosquiteras en las ventanas abiertas, en mi experiencia las moscas negras jamás entran en casa; son animales de exterior. Es posible que en mi caso las atraigan la vegetación y el estanque del exterior, pero nunca llegan a franquear una puerta abierta.
  • Dicen que los repelentes de insectos con alto contenido en DEET (los más utilizados contra los mosquitos en las regiones tropicales) son efectivos, aunque personalmente no los he probado contra la mosca negra.

¿Hora de enterrar para siempre a Hans Asperger, médico nazi?

El pediatra austríaco Hans Asperger (1906-1980), cuyo nombre se utiliza desde 1981 para designar un síndrome relacionado con los Trastornos del Espectro del Autismo (TEA), comenzó en 1938 a firmar sus diagnósticos con un “Heil Hitler“. De por sí, alguien podría argumentar que este hecho no es suficiente motivo para descalificar a Asperger: ¿quizá estaría obligado? ¿Pudo ser un trampantojo para mostrar una fachada aceptable ante el régimen nazi que le permitiera proteger a sus pequeños pacientes, como hacía Oskar Schindler cuando agasajaba a los jerarcas del III Reich?

Hans Asperger, circa 1940. Imagen de Wikipedia.

Hans Asperger, circa 1940. Imagen de Wikipedia.

Precisamente el caso de Schindler, si es que la película es fiel a la historia real, sirvió para popularizar a través del cine la figura del personaje con claroscuros frente a la dictadura de Hitler, lejos del clásico esquema de los buenos sin sombras y los malos sin luces. En aquel guion fluía maravillosamente la transición del personaje: desde el especulador sin remordimientos deseoso de lucrarse a costa de la guerra y el sufrimiento, al empresario interesado en defender a los suyos en pro de su propio beneficio, y finalmente al benefactor dispuesto a arruinarse por salvar una vida más.

Después de la Segunda Guerra Mundial y aparte de los juicios como los de Nuremberg, infinidad de personajes de la época fueron sometidos a escrutinio para determinar cuál había sido su relación real con el III Reich. Muchos salieron de aquel proceso legalmente exonerados pero con su reputación comprometida, como el director de orquesta Herbert von Karajan, muy representativo del caso del oportunista que prefirió mirar para otro lado: von Karajan no era nazi ni colaboró de ningún modo con el régimen, pero sí fue miembro del partido y se aprovechó de esta condición para edificar su carrera llevando su música por los países invadidos.

Esta ambigüedad tuvo su propio capítulo en el mundo de la ciencia. Es bien sabido cómo se hizo la vista gorda con el ingeniero Wernher von Braun y otros 1.600 científicos y especialistas nazis, reclutados después de la guerra por el gobierno de EEUU con sus expedientes limpios de polvo y paja. Pero quizá no tan conocido es el hecho de que algunas de las crueles investigaciones llevadas a cabo por los científicos con los prisioneros de los campos de concentración continuaron sirviendo después como referencias en ciertas líneas científicas.

Experimento de hipotermia con un prisionero en el campo de concentración de Dachau. Imagen de Wikipedia.

Experimento de hipotermia con un prisionero en el campo de concentración de Dachau. Imagen de Wikipedia.

Un ejemplo es el efecto de la hipotermia en el cuerpo humano. Con el fin de investigar cómo proteger a los pilotos de la Luftwaffe si caían derribados en el mar, los científicos nazis sumergían a los prisioneros en bañeras de hielo con uniforme de vuelo, cronometrando el tiempo que tardaban en morir. Durante décadas, estudios posteriores sobre esta materia han citado aquellas investigaciones, obviando el pequeño detalle de que los resultados se obtuvieron torturando hasta la muerte a los sujetos humanos.

De cuando en cuando, en los foros científicos resurge el debate sobre la necesidad de terminar de limpiar la ciencia de aquella herencia macabra. Y esta discusión concierne también a ciertos trastornos que aún hoy continúan llevando el nombre de médicos presunta o probadamente relacionados con el régimen nazi. Probablemente el más conocido de estos nombres es el de Asperger.

Pero ¿quién era Hans Asperger? ¿Era un Schindler, o al menos un mero von Karajan? ¿O era en realidad un médico nazi? Durante décadas su figura ha estado envuelta en una neblina de incertidumbre: “la literatura existente sobre el tema ha tendido a minimizar o pasar por alto cualquier implicación [con el régimen nazi], o incluso a postular que Asperger adoptó una posición de resistencia activa”, escribía el mes pasado en la revista Molecular Autism el historiador de la Universidad Médica de Viena (Austria) Herwig Czech.

Sin embargo, según muestra el trabajo de Czech, parece que la versión más ajustada a la realidad es la más terrible. A lo largo de un decenio, Czech ha desenterrado y analizado una vasta documentación sobre el pediatra austríaco que hasta ahora dormía en los archivos, además de reunir y repasar las diversas y a veces discrepantes fuentes ya conocidas. Y de su amplio estudio de 43 páginas se desprende un veredicto contundente. Según resume un editorial que acompaña al estudio de Czech, Asperger “no solo colaboró con los nazis, sino que contribuyó activamente al programa nazi de eugenesia enviando a niños profundamente discapacitados a la clínica Am Spiegelgrund de Viena”.

Am Spiegelgrund es uno de los nombres más infames en la historia de las atrocidades nazis. “Era una clínica que él [Asperger] sabía que participaba en el programa de eutanasia infantil del III Reich, donde se mataba a los niños como parte del objetivo nazi de crear por ingeniería eugenésica una sociedad genéticamente pura a través de la higiene racial y de la eliminación de las vidas consideradas una carga y no merecedoras de vivir”, prosigue el editorial. Como parte del programa de eutanasia Aktion T4, en aquella siniestra institución 789 niños murieron por gas, inyección letal o desnutrición, muertes que en los certificados oficiales se atribuían a la neumonía. La clínica conservó en tarros los cerebros de cientos de niños para su estudio.

Memorial en Viena por los niños asesinados por el régimen nazi en Am Spiegelgrund. Imagen de Haeferl / Wikipedia.

Memorial en Viena por los niños asesinados por el régimen nazi en Am Spiegelgrund. Imagen de Haeferl / Wikipedia.

La investigación de Czech no descubre, ni el historiador pretende alegar, que Asperger participara directamente en las muertes de aquellos niños. Pero con diagnósticos “marcadamente duros”, como calificar a un niño de “carga insoportable”, el pediatra recomendaba el internamiento de los pequeños en Am Spiegelgrund, donde sabía que muchos de ellos eran asesinados. La jerarquía nazi consideraba a Asperger “políticamente irreprochable” y un firme defensor de los principios de higiene racial, y su lealtad al régimen fue recompensada con progresos en su carrera.

Como conclusión principal, Czech señala: “A la luz de la evidencia histórica, la narrativa de Asperger como destacado oponente del Nacional Socialismo y valiente defensor de sus pacientes contra la eutanasia nazi y otras medidas de higiene racial no se sostiene”.

Por si no fueran pruebas suficientes, la publicación del estudio de Czech ha coincidido con la del libro de Edith Sheffer Asperger’s Children: The Origins of Autism in Nazi Vienna, que expone una tesis similar: “Asperger no solo estuvo implicado en las políticas raciales del III Reich de Hitler, sino que además fue cómplice en el asesinato de niños”.

Recientemente se ha informado de que en la nueva versión –que entra en vigor este mes– de la Clasificación Internacional de Enfermedades (CIE) de la Organización Mundial de la Salud (OMS), una de las dos referencias globales utilizadas por la psiquiatría, desaparece definitivamente el diagnóstico de Síndrome de Asperger, pasando a fusionarse dentro de los TEA. Algunas personas diagnosticadas con Asperger van a echar de menos este epónimo, algo comprensible después de una vida acostumbrados a él. Pero la decisión adoptada por la OMS, que responde a motivos clínicos, va a evitar algo que para otros muchos sí puede ser una carga insoportable: llevar en su condición el nombre de quien mandaba a los niños al exterminio.

¿Las palomas pueden transmitir enfermedades? Sí, como cualquier otro animal (sobre todo los humanos) (II)

Recientemente un amigo sostenía que Paul McCartney no es un buen guitarrista. Hey, ni siquiera está en la lista del Top 100 de Rolling Stone, en la que sí aparecen sus excompañeros George Harrison (en el puesto 11) y John Lennon (55).

Mi respuesta era: McCartney no es un buen guitarrista, ¿comparado con quién? La lista de Rolling Stone, incluso suponiéndole un valor rigurosamente objetivo (que no es así), solo muestra que en el mundo han existido al menos 100 guitarristas mejores que el exBeatle. ¿Cuántos millones de guitarristas son peores que él? Descalificar a McCartney desde la posición de un aficionado es como mínimo presuntuoso, pero sobre todo es perder de vista la perspectiva del contexto: ya quisieran muchas bandas en el mundo, incluso entre quienes le critican, tener un guitarrista como Paul McCartney.

¿Y qué diablos tiene que ver Paul McCartney con las palomas y las zoonosis (enfermedades transmitidas de animales a humanos)?, tal vez se pregunten. Para valorar con la adecuada perspectiva la destreza de McCartney con la guitarra, o el riesgo de transmisión de enfermedades de las palomas, es esencial situar el objeto de valoración en su contexto: ¿comparado con qué? Sí, las palomas pueden transmitir enfermedades a los humanos, y de hecho sucede. Pero ¿cuál es el riesgo real? ¿Con qué frecuencia ocurre?

Imagen de Craig Cloutier / Flickr / CC.

Imagen de Craig Cloutier / Flickr / CC.

Regresemos al estudio de la Universidad de Basilea que cité ayer. Los autores peinaron los datos y tienen la respuesta: entre 1941 y 2003, el total de casos documentados de contagios humanos causados por palomas fue de… 176. En 62 años, 176 casos. ¿Saben cuántas personas mueren en accidente de tráfico solo en un año, concretamente en 2013, el último dato publicado por la Organización Mundial de la Salud? 1.250.000. Incluso suponiendo que los 176 casos de contagios por palomas hubieran terminado en muerte, que ni mucho menos es así, podríamos estimar que en un año mueren más de 446.000 veces más personas en la carretera que por causa de las palomas. Lo cual nos sugiere que deberíamos estar 446.000 veces más preocupados por el riesgo para nuestra salud de los coches que de las palomas.

De esos 60 patógenos que las palomas podrían transmitirnos, solo hay casos documentados de transmisión a humanos para siete de ellos. Ninguno de ellos, ninguno, de Campylobacter (esa bacteria presente en más de dos tercios de las palomas madrileñas analizadas en aquel alarmista alarmante estudio que comenté ayer). La mayoría de ellos, de Chlamydia psittaci y Cryptococcus neoformans. Los autores del estudio suizo concluían: “aunque las palomas domésticas suponen un riesgo esporádico para la salud humana, el riesgo es muy bajo, incluso para los humanos implicados en ocupaciones que les ponen en contacto estrecho con los lugares de anidación”.

Pero volvamos a los resultados del estudio sobre las palomas madrileñas. Aparte de en esta especie, ¿dónde más podemos encontrar la Chlamydia psittaci y la Campylobacter jejuni? Respecto a la primera, y aunque la psitacosis se conoce como enfermedad de los loros por su primera descripción en estos animales, lo cierto es que es muy común en las aves: según una revisión de 2009 escrita por investigadores belgas, se ha descrito en 465 especies. Y entre ellas, ya podrán imaginar que se encuentra el ave más directamente relacionada con los hábitos de consumo de infinidad de humanos: el pollo, o la gallina.

Por ejemplo, un estudio de 2014 en granjas belgas descubría que en 18 de 19 instalaciones analizadas estaba presente la bacteria de la psitacosis; o mejor dicho bacterias, ya que recientemente se han descubierto otras especies relacionadas que también causan la enfermedad. Periódicamente las investigaciones, como una llevada a cabo en 2015 en Francia, descubren que la enfermedad ha saltado de los pollos a los trabajadores de las granjas. Por suerte, la psitacosis se cura con antibióticos. Y aunque la transmisión de persona a persona es posible, es muy rara. También los pavos pueden ser una fuente de contagio: los autores de la revisión de 2009 citaban que esta bacteria es endémica en las granjas belgas de pavos, y que por tanto lo es probablemente también en muchos otros países.

Pero también Campylobacter jejuni, el otro microbio detectado en las palomas madrileñas y que puede provocar diarreas en los humanos, se cría muy a gusto en las granjas aviares. En 2017, un estudio de las muestras fecales en instalaciones holandesas encontró una prevalencia de esta bacteria del 97% en las granjas de gallinas ponedoras, y del 93% en las que criaban pollos para carne. Los autores comprobaron que en más de la cuarta parte de los casos los microbios se expanden al suelo y las aguas circundantes, y citaban el dato de que el 66% de los casos de campilobacteriosis en humanos se originan en los pollos, seguidos por un 21% causados por el ganado. Las palomas no aparecen como fuente de ningún contagio.

Claro que, con todo lo anterior, habrá alguien tentado de concluir que las palomas en concreto, pero también las aves en sentido más amplio, son “ratas con alas”. Pues bien, y aunque la mayoría de los casos de campilobacteriosis registrados proceden de los pollos, en realidad no son estos animales la mayor fuente posible de contagio de estas bacterias: una nueva revisión publicada precisamente hace unos días nos recuerda que “las especies de Campylobacter pueden aislarse comúnmente en las muestras fecales recogidas de perros y gatos”.

Es decir, que la bacteria cuya presencia en las palomas fue tan cacareada (¿o gorjeada?) por aquel estudio en Madrid es muy común en los perros y los gatos; quien lleve a su perro al parque mirando con recelo a las palomas, debería saber que posiblemente su propio animal sea portador de esta bacteria. Claro que, como vengo insistiendo, el riesgo de contagio en cualquier caso es realmente bajo. Sin embargo, es oportuno citar al autor de la nueva revisión: “el contacto con perros y gatos es un factor reconocido de campilobacteriosis humana, y por tanto las personas que viven o trabajan en estrecho contacto con perros y gatos deberían ser advertidas de los organismos zoonóticos que estos animales pueden liberar”.

De hecho, Campylobacter no es ni mucho menos el único patógeno peligroso que puede encontrarse en los animales de compañía más populares. Si decíamos ayer que las palomas pueden transmitir 60 enfermedades a los humanos, el Centro para el Control de Enfermedades de EEUU (CDC) enumera 41 organismos patógenos que los perros y los gatos podrían contagiar a las personas, incluyendo bacterias, virus, hongos y parásitos, pero aclarando que se trata de una lista selectiva, no exhaustiva.

Ahora, y por si hubiera alguien inclinado a pensar que las palomas, las aves en sentido más amplio y los animales de compañía son “ratas con alas o patas”, cabe añadir que tampoco los animales de casa son la única posible fuente de contagio. Hoy es raro el colegio que no lleva a sus alumnos de visita a alguna granja-escuela. Pues bien, en 2007 una revisión en Reino Unido recopilaba numerosos casos de brotes de enfermedades causados por las excursiones a estos recintos, y descubría que muchas zoonosis comunes están presentes también en las granjas-escuelas.

Con todo esto no se trata ni mucho menos de alarmar sobre ningún riesgo de contagio por el contacto con los animales, sino todo lo contrario, de explicar que el peligro real de contraer una enfermedad por causa de las palomas es similar al causado por cualquier otro animal de los que conviven con nosotros, y que en cualquier caso el riesgo es muy bajo, siempre que se respeten las medidas higiénicas recomendables como lavarse las manos.

Pero conviene recordar que incluso para los animales de compañía estrictamente sometidos a control veterinario, como es obligado, algunos expertos apuntan que el lametón de un perro puede llevar a nuestros tejidos vivos, como heridas, ojos o mucosas, microbios patógenos que su lengua o su hocico hayan recogido antes de otros lugares poco deseables: “los perros se pasan media vida metiendo la nariz en rincones sucios y olisqueando excrementos, por lo que sus hocicos están llenos de bacterias, virus y gérmenes”, decía el virólogo de la Universidad Queen Mary de Londres John Oxford.

Imagen de Max Pixel.

Imagen de Max Pixel.

Claro que, por si hay algún nihilista dispuesto a asegurar que las palomas, las aves en sentido más amplio, los animales de compañía y todos los animales en general son “ratas con alas o patas”, es imprescindible aclarar que la principal fuente de contagio de enfermedades infecciosas en los humanos no es otra que los propios humanos. Estas infecciones se transmiten comúnmente entre nosotros por vías como los aerosoles de la respiración o el contacto con superficies contaminadas, pero no olvidemos que también “las mordeduras humanas tienen tasas de infección más altas que otros tipos de heridas” debido a que “la saliva humana contiene hasta 50 especies de bacterias”, según recordaba una revisión de 2009.

¿Somos las palomas, las aves en sentido más amplio, los animales de compañía, todos los animales en general y los humanos en concreto “ratas con alas, patas o piernas”? Sería bastante injusto para las ratas; recupero lo que conté en este blog hace cuatro años a propósito de un estudio que analizó la presencia de patógenos en las ratas neoyorquinas:

Catorce de las ratas estudiadas, más o menos un 10% del total, estaban completamente libres de polvo y paja. Un 23% de los animales no tenían ningún virus, y un 31% estaban libres de patógenos bacterianos. De hecho, entre todas las situaciones posibles que combinan el número de virus con el número de bacterias, la de cero virus y cero bacterias resulta ser la más prevalente, la de mayor porcentaje que el resto. Solo 10 ratas estaban infectadas con más de dos bacterias, y ninguna de las 133 con más de cuatro. Solo 53 ratas tenían más de dos virus, y solo 13 más de cinco. Teniendo en cuenta que, sobre todo en esta época del año, no hay humano que se libre de una gripe (influenza) o un resfriado (rinovirus), y sumando las ocasionales calenturas y otros herpes, algún papiloma y hepatitis, además del Epstein-Barr que casi todos llevamos o hemos llevado encima (y sin contar bacteriófagos, retrovirus endógenos y otros), parece que después de todo no estamos mucho más limpios que las ratas.

Resulta que finalmente ni siquiera las ratas son “ratas con patas”. Y como también conté aquí, estos roedores muestran en los estudios de laboratorio una capacidad para la empatía con los miembros de su propia especie que en ocasiones nos falta a los humanos. Pero si hay por ahí especies con habilidades sorprendentes, entre ellas están también las palomas: antes de mirarlas con desdén, sepan que estos animales son capaces de distinguir la música de Bach de la de Stravinsky. ¿Cuántos humanos pueden hacer lo mismo?

¿Las palomas pueden transmitir enfermedades? Sí, como cualquier otro animal (I)

Recojo el testigo de mi compañera Melisa Tuya, que ayer daba voz en su blog En busca de una segunda oportunidad a la asociación Mis Amigas Las Palomas, dedicada a promover la protección de estos animales tan desdeñados y aborrecidos por muchos. El espíritu crítico debe incitar siempre a cuestionar los tópicos, y cuando la pregunta es de carácter científico, los que tenemos la suerte de haber recibido formación en este campo contamos con la oportunidad impagable de encontrar una respuesta basada en datos reales. Ah, ¿he dicho impagable? No: si además nos pagan por nuestra curiosidad, mejor que mejor.

La gente en la ciudad y la gente en el campo tenemos en común el hecho de compartir nuestros espacios vitales con las palomas. Y aunque las nuestras, las torcaces (Columba palumbus) puedan parecer subjetivamente más bonitas que las de ellos, las domésticas o comunes (Columba livia domestica), no es más que un juicio opinable sobre dos especies estrechamente emparentadas. Sin embargo, suelen ser las segundas las que reciben el calificativo desdeñoso de “ratas con alas” y el desprecio de infinidad de urbanitas.

Palomas domésticas. Imagen de pixabay.

Palomas domésticas. Imagen de pixabay.

Debo aclarar que, aunque no creo que pueda llegar a considerarme un ornitólogo aficionado, tengo aprecio por las aves, los únicos dinosaurios que lograron sobrevivir a su gran extinción. Pero para dar respuesta a la pregunta “¿son las palomas tan peligrosamente contagiosas como todo el mundo parece creer repitiendo lo que todo el mundo dice?”, lo único que voy a hacer aquí es contrastar datos extraídos de fuentes científicas.

Por supuesto, todo el que haya cursado alguna asignatura de microbiología y parasitología ya conoce la respuesta: ¿pueden las palomas transmitir enfermedades peligrosas a los humanos? Sí, por supuesto que pueden. Hay un dato concreto que aparece en múltiples artículos periodísticos, y es el de 60: sesenta enfermedades que las palomas pueden contagiarnos.

Buscando una referencia científica, he encontrado una revisión publicada en 2004 por dos investigadores de la Universidad de Basilea (Suiza) que mencionaba el dato, aunque no puedo saber si es la fuente original (dado que muchos artículos periodísticos no suelen incluir esos subrayados en azul que yo procuro siempre añadir). Pero ahí está el hecho: “la paloma doméstica alberga 60 organismos patógenos humanos diferentes”, escribían los autores.

En 2010 tuvo bastante resonancia por aquí un estudio del Centro de Investigación en Sanidad Animal de Valdeolmos (CISA-INIA) que analizó la presencia de microbios patógenos para los humanos en 118 palomas de los parques y jardines de Madrid. Los investigadores encontraron que más de la mitad de los animales (52,6%) llevaban la bacteria Chlamydia psittaci, que puede causar una grave enfermedad respiratoria llamada psitacosis, y que más de dos terceras partes (69,1%) contenía Campylobacter jejuni, otra bacteria causante de diarreas que es una frecuente culpable de las intoxicaciones alimentarias. Los autores concluían: “Por tanto, estas aves pueden suponer un riesgo de salud pública para las poblaciones humanas. Estos datos deberían tenerse en cuenta de cara a la gestión de la población de palomas”.

Naturalmente, la información se difundió en muchos medios, que titularon con alguna variación más o menos afortunada, o más o menos alarmista, de la frase con la que Biomed Central, la editorial de la revista científica, lanzó su nota de prensa: “las palomas llevan bacterias dañinas”.

Por otra parte y si uno busca casos en las bases de datos de estudios científicos, es innegable que pueden encontrarse casos reales de enfermedades transmitidas al ser humano por las palomas. Si no me falla la búsqueda, el último caso reportado hasta hoy se publicó en enero de este año, y corresponde a una mujer holandesa de 54 años que murió por un fallo respiratorio debido a una infección por Paramixovirus de Paloma de Tipo 1 (PPMV-1). Los autores escriben que la probable ruta de contagio fue “el contacto directo o indirecto con palomas infectadas”.

La mujer seguía un tratamiento de inmunosupresión por haber recibido un trasplante de médula ósea, pero a nuestros efectos no nos fijemos en este dato, sino más bien en el hecho de que además de las bacterias analizadas en el estudio de Madrid, las palomas puede también albergar otros organismos peligrosos, como ciertos parásitos y virus transmisibles a los humanos (la gripe aviar es un ejemplo conocido).

Por todo ello, a la menor búsqueda en Google es inmediato encontrar infinidad de webs, incluso de organismos públicos, que advierten contra el contacto con las palomas, incluso indirecto, por el grave riesgo de contraer alguna terrible enfermedad.

Aquí termina el alegato de la acusación. Si ya se han cansado de leer, pueden quedarse con todo lo anterior y utilizarlo como referencia sólida (al menos ahí tienen los enlaces a los estudios) para defender ante sus amigos que las palomas son ratas aladas, sucias y contagiosas. Pero si les interesa conocer la otra cara de la realidad para formarse un juicio crítico, les invito a volver aquí mañana para leer el alegato de la defensa: ahora toca situar todo lo anterior en su contexto más amplio para valorarlo en su justa medida. Y como comprobarán, la cosa cambia radicalmente.

Vuelve el ébola y la vacuna es eficaz, pero puede que no sea efectiva

Esta semana la Organización Mundial de la Salud (OMS) ha informado de la aparición de un nuevo brote de virus del Ébola en la República Democrática del Congo (RDC). Hasta ayer se han contabilizado 34 casos que se reparten entre dos confirmados, 18 probables y 14 sospechosos, con un total de 18 muertes.

Después del brote de 2014 que se extendió hasta causar una alerta sanitaria global, y que tuvo su propio capítulo en nuestro país, es la segunda vez que el ébola escapa de los reservorios donde permanece dormitando en silencio (probablemente los murciélagos) para causar estragos en la población humana. La anterior, que conté aquí, fue hace justo un año, en mayo de 2017, también en la RDC.

Brote de ébola en África Occidental en 2014. Imagen de EU Civil Protection and Humanitarian Aid Operations / Flickr / CC.

Brote de ébola en África Occidental en 2014. Imagen de EU Civil Protection and Humanitarian Aid Operations / Flickr / CC.

En este nuevo brote el número de casos detectados es mayor, pero no es el único motivo de preocupación. Los epidemiólogos estiman que la epidemia de 2014 alcanzó tan alarmantes dimensiones porque nació en África Occidental, una región con alta densidad y movilidad poblacional donde la expansión del virus llegó a hacerse incontrolable. Por el contrario, en las inmensas y remotas selvas del Congo suele ser más fácil confinarlo; la zona del presente brote está nada menos que a 15 horas en moto del pueblo más cercano. Pero en este caso se dan dos circunstancias que pueden agravar la situación: por una parte, la región afectada está próxima al río Congo, una vía de comunicación esencial que vincula las capitales de la RDC y su vecino del norte, la República Centroafricana; por otra, algunos de los afectados son trabajadores sanitarios, lo que suele contribuir a extender la infección.

Con los datos actuales, la OMS considera ahora que el riesgo es “alto a nivel nacional” en la RDC y moderado en la región central de África, mientras que de momento no hay razón para una alerta global. Las autoridades sanitarias de la RDC han reaccionado con rapidez informando a la OMS para el despliegue de un plan de acción que ya está en marcha. Sin embargo, la OMS advierte de que la respuesta a este brote va a ser “un desafío” y que está preparándose para todos los posibles escenarios.

Es un momento adecuado para repasar en qué estado están los fármacos y las vacunas contra esta enfermedad. Ayer mismo una usuaria de Twitter difundía un artículo que publiqué aquí hace tres años acerca del TKM-Ebola, un nuevo y sofisticado fármaco que había logrado curar de la enfermedad al 100% de los monos en una prueba preclínica. Los indicios eran tremendamente prometedores, y por entonces ya habían comenzado las primeras fases del ensayo clínico.

Pero por desgracia, en humanos resultó un estrepitoso fracaso: en la evaluación inicial de la seguridad los pacientes tratados sufrían ciertos síntomas adversos, pero cuando comenzó a probarse su eficacia el resultado fue que no curaba. Tan sonoro fue el batacazo que la compañía creadora del TKM-Ebola, la canadiense Tekmira, no solo detuvo el desarrollo del fármaco, sino que cambió de nombre y abandonó la línea del ébola.

Hoy continúan en desarrollo y pruebas varios medicamentos experimentales, incluyendo el ZMapp que en 2014 se administró a la enfermera española Teresa Romero. Sin embargo, es dudoso que este fármaco, un cóctel de anticuerpos modificados por ingeniería genética, fuera el responsable de la curación de Romero; los resultados clínicos del ZMapp han mostrado que quizá tenga cierta eficacia, pero el fin del brote de 2014 impidió extender el ensayo lo suficiente como para que los datos fueran estadísticamente significativos.

Por el momento, el único tratamiento específico (aparte de los dirigidos a aliviar los síntomas) que se emplea con éxito es el más clásico, la sangre o suero de los supervivientes a la enfermedad, cuyos anticuerpos pueden proteger a otros afectados. Estos antisueros tienen la ventaja adicional de que en cada caso están naturalmente adaptados a cada cepa concreta (ya que, si proceden del mismo brote, el donante y el receptor tienen el mismo virus), pero también pueden ofrecer protección contra otras cepas e incluso otros virus emparentados con el original. A cambio, el inconveniente es que su producción está limitada por la posibilidad de extraer sangre a los supervivientes.

Las noticias son mejores respecto a las vacunas, aunque existe una aparente paradoja que adelanto más arriba en el título. Como ya expliqué aquí, la vacuna rVSV-ZEBOV (también llamada VSV-EBOV o V920) no es producto del calentón de la epidemia de 2014, sino que fue desarrollada por el gobierno de Canadá mucho antes, en 2003, cuando eran muy pocos países los que dedicaban recursos a una enfermedad que no parecía importar a nadie.

La vacuna, cuya licencia se vendió a la compañía Merck, es eficaz en un 75 al 100% de los casos (aunque algunos investigadores han cuestionado los resultados). Según el último estudio publicado el pasado abril, parece que su efecto protector perdura al menos dos años después del pinchazo. Otras vacunas están actualmente en pruebas, pero por el momento ya existe un stock de rVSV-ZEBOV. Y mientras escribo estas líneas, es posible que los médicos de la OMS y de Médicos Sin Fronteras ya estén vacunando en la región de la RDC afectada por el brote. Un obstáculo es que la vacuna debe conservarse a -80 ºC, lo que en un despliegue de campo obliga a mantenerla en hielo seco.

Un chequeo de fiebre para el control del ébola en Sierra Leona en 2014. Imagen de Wikipedia / JuliaBroska.

Un chequeo de fiebre para el control del ébola en Sierra Leona en 2014. Imagen de Wikipedia / JuliaBroska.

Sin embargo, y aquí viene la paradoja, una cosa es que la vacuna sea eficaz, y otra diferente que sea efectiva. Lo primero se refiere a los resultados de los ensayos clínicos controlados, y en este sentido parece que la V920 ha pasado el test. Pero la efectividad se demuestra cuando la vacuna se prueba en el mundo real, comprobando no si funciona en un pequeño grupo sometido a rigurosos controles, sino en la población general para impedir la expansión de un brote.

Y es aquí donde un estudio publicado esta semana sugiere que la vacuna podría fallar. Como he explicado aquí en numerosas ocasiones, el efecto protector de la vacunación en una población se basa en la llamada inmunidad de grupo (de rebaño, en su traducción literal del inglés). Dado que es imposible vacunar a todas y cada una de las personas, existe un umbral de porcentaje de población vacunada a partir del cual toda la comunidad queda protegida. Podríamos hacer un símil con el tamaño de los agujeros de un colador: si los vamos reduciendo, llega un momento en que no hay hueco suficiente para que pase la pulpa del zumo. Al haber más personas vacunadas, se destruye la red que impide la expansión de una epidemia.

Este es el motivo por el que los movimientos antivacunas, además de basarse en la ignorancia y la superstición, están cometiendo una grave irresponsabilidad contra la sociedad (que en algunos países está penada). Por supuesto, los padres que rechazan las vacunas para sus hijos –quienes no pueden decidir por sí mismos– están poniéndolos en peligro. Pero más allá de esto, la vacunación no es una decisión personal porque perjudica al conjunto de la población al disminuir la inmunidad de grupo; abren agujeros en el colador, y la consecuencia es que mueren otras personas que no pueden vacunarse por problemas médicos, o que sí han recibido la vacuna pero no han desarrollado inmunidad.

En el nuevo estudio, investigadores de Reino Unido, Israel y Uganda han calculado la posibilidad de que la vacunación contra el ébola logre una inmunidad de grupo que prevenga la extensión de este y de futuros brotes, y han llegado a la conclusión de que es muy improbable. Durante los brotes de ébola se estima que cada afectado puede contagiar a cuatro o más personas. En esta situación e incluso con una vacuna que sea eficaz al 90%, se necesitaría inmunizar al 80% de la población para impedir una epidemia. Y dadas las numerosas dificultades de distribuir y administrar una vacuna en África, en casos anteriores solo se ha logrado vacunar al 49% de las personas en situación de riesgo. Según los autores, incluso hasta un 34% de las personas que habían estado expuestas al virus se negaron a vacunarse.

Otro obstáculo es el coste de un programa de vacunación masiva, apuntan los autores. Las vacunas actualmente en pruebas cuestan entre 15 y 20 dólares por dosis, pero el tamaño de la población que debería recibir la vacuna ronda los 462 millones de personas. Por todo ello, los investigadores recomiendan que los esfuerzos de vacunación se centren en el personal sanitario potencialmente expuesto y, a ser posible, en sus pacientes.

En resumen, en parte es cuestión de dinero; pero no solo es cuestión de dinero, sino también de infraestructura, logística, cobertura y acceso a zonas remotas. Pero sobre todo, el principal problema es que muchas personas no piden o rechazan la vacuna. La mayoría de estas personas no han tenido la suerte de disfrutar de un entorno cultural y una educación que les permitan apreciar por qué deberían vacunarse. Mientras, en los países ricos muchos deciden desperdiciar este capital educativo. ¿Quién dijo que el mundo estuviera bien repartido?

Claves para entender el caso de Carla, la niña con un corazón incompatible

Una de las noticias de esta semana ha sido el alta médica de Carla, la niña que el mes pasado recibió un corazón con un grupo sanguíneo incompatible con el suyo. No hay historia de amor como la que se mantiene con la propia progenie, así que San Valentín habrá tenido este año un significado auténticamente feliz para esa familia. Pero ante todo quiero subrayar lo que suele olvidarse en tales casos: Carla vive por mediación del magnífico equipo médico que la ha atendido en el Hospital Gregorio Marañón de Madrid, pero Carla vive gracias a que otros padres tuvieron el coraje de donar el órgano de su propio bebé fallecido, en medio del desconsuelo más terrible que personalmente puedo imaginar. Es poco probable que leáis esto, pero gracias. Y ánimo.

Carla. Imagen del Hospital Gregorio Marañón / Comunidad de Madrid.

Carla. Imagen del Hospital Gregorio Marañón / Comunidad de Madrid.

Y ya. A quien le baste con la noticia del feliz desenlace de la hipoplasia del ventrículo izquierdo de una niña que hace solo un par de décadas no habría sobrevivido, lo que sigue le sobra. Pero para esos inquietos que desean saber más, qué tiene de especial el trasplante de Carla, cómo se ha conseguido y si “España marca un hito en la historia de los trasplantes”, como se ha dicho en algún medio, aquí va una serie de preguntas y respuestas.

¿Qué tiene que ver el grupo sanguíneo en un trasplante?

Es sabido que todo trasplante necesita que el órgano sea compatible con el receptor. Cuando se habla de esta compatibilidad, generalmente se refiere a lo que se llama MHC o HLA. Lo primero significa Complejo Mayor de Histocompatibilidad, y lo segundo Antígeno Leucocitario Humano. Son la misma cosa, pero MHC se usa también para los animales, mientras que el nombre de HLA se reserva solo para los humanos. El MHC/HLA es un tipo de moléculas esenciales para la respuesta inmunitaria. Gracias a ellas podemos reaccionar contra los antígenos extraños y potencialmente peligrosos, como los de bacterias o virus; pero a cambio, su desventaja es que también reconocemos como extraños los MHC/HLA de otras personas. Por eso en los trasplantes se busca la compatibilidad, y por eso es más probable que esta se encuentre dentro de la misma familia, donde se comparten algunos de los mismos genes.

Sin embargo, otro factor adicional de compatibilidad es el grupo sanguíneo. Hay más de 30 clasificaciones de grupos sanguíneos, pero el más importante es el sistema AB0 (por cierto que originalmente es ABO, es decir, con una O mayúscula, aunque en España y otros países la O se sustituye por el cero, 0, mientras que en Rusia los grupos se llaman I, II, III y IV). Como sabemos, las personas del grupo A llevan en sus glóbulos rojos el antígeno A, las del grupo B el B, las del AB los dos y las del 0 ninguno de ellos. Dado que nuestro cuerpo reacciona contra lo extraño, las personas del grupo A tienen anticuerpos contra el B, las del B contra el A, las del AB contra ninguno y las del 0 contra ambos. Por este motivo las personas del grupo 0 son donantes universales, ya que su sangre está libre de esos antígenos que otros podrían rechazar, mientras que las del AB son receptores universales, dado que carecen de anticuerpos capaces de rechazar esos antígenos de la sangre de otros.

Lo mismo se aplica a los trasplantes: un órgano del grupo 0 sirve para cualquier persona, mientras que un paciente del grupo AB puede recibir un órgano de cualquier donante; por supuesto, siempre que exista compatibilidad MHC/HLA. Esto implica que las personas del grupo 0 son las que tienen más dificultad para encontrar un donante.

Los anticuerpos contra los antígenos de los grupos sanguíneos reciben el nombre particular de isohemaglutininas; iso, porque reaccionan contra antígenos de la misma especie, y aglutininas, porque su efecto es aglutinar los glóbulos rojos que llevan esos antígenos de otro grupo sanguíneo distinto al propio. Esta aglutinación es precisamente la que llevó a la identificación de los distintos grupos hace más de un siglo, ya que en el laboratorio se observaba cómo la sangre formaba grumos por efecto de estos anticuerpos. Una transfusión incompatible formaría estos grumos en nuestras venas y arterias, lo que sería letal.

¿Por qué se ha podido trasplantar a Carla?

Con las isohemaglutininas ocurre algo bastante extraño, y es que las personas estamos inmunizadas, digamos vacunadas de forma natural, contra los antígenos sanguíneos que no llevamos y con los que por tanto nunca hemos tenido contacto. Hasta donde sé, no hay una hipótesis lo suficientemente contrastada para explicar esto. Lo que suele suponerse es que algunos antígenos ajenos a nosotros pero que llegan a nuestro interior, como los de virus, bacterias o alimentos, tienen una forma parecida a los de los grupos sanguíneos, y que por tanto son reconocidos por las isohemaglutininas, actuando así como una vacunación espontánea. Personalmente la hipótesis me parece un poco traída por los pelos, pero lo cierto es que no hay otra mejor.

Pero dado que esta vacunación natural se produce durante los primeros años de vida, los recién nacidos aún apenas llevan isohemaglutininas contra los grupos sanguíneos ajenos, por lo que en principio pueden tolerar el trasplante de un órgano procedente de un donante con un grupo incompatible con el suyo. Por este motivo se dice que los bebés tienen un “privilegio inmunológico”. Esta posibilidad se sugirió por primera vez en los años 60 y se empezó a estudiar clínicamente en los 80.

Es más, en 2004 se descubrió que cuando a un bebé se le trasplanta un órgano de un grupo incompatible con el suyo, su sistema inmunitario desarrolla tolerancia hacia esos antígenos extraños, sin que se sepa con total certeza cuál es el mecanismo que lo causa; y que por tanto, exponiendo a los bebés del grupo 0 a los antígenos A y B es posible prolongar ese período en el cual pueden aceptar un órgano de un grupo incompatible.

¿Es la primera vez que se hace?

No. Los primeros trasplantes en bebés de órganos con grupos AB0 incompatibles se hicieron en 1996 en el Hospital Infantil de Toronto (Canadá) a cargo de la cardiocirujana pediátrica Lori West. Los resultados se publicaron en 2001 con un rotundo éxito, sin fallecimientos debidos a la incompatibilidad. La introducción de este procedimiento consiguió reducir en Canadá la mortalidad infantil en las listas de espera de trasplantes de un 58% a un 7%. En países como Reino Unido el trasplante cardíaco AB0 incompatible en bebés ya es estándar, pero el de Carla ha sido el primero en España.

¿Se podría aplicar a los adultos? ¿Y a otros órganos?

En los adultos es más complicado debido a que ya poseen esa vacunación natural contra los antígenos diferentes a los de su propio grupo sanguíneo. Pero en algunos casos se está aplicando, sobre todo a los trasplantes de riñón en adultos eliminando antes las isohemaglutininas y conteniendo el rechazo con la medicación. Es muy probable que en los próximos años veamos aumentar las tasas de éxito de estos trasplantes, lo que reduciría una de las barreras de las listas de espera.