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Qué significa el nuevo hallazgo de Barbacid contra el cáncer

Imaginemos que un grupo de climatólogos construye un modelo de simulación computacional del cambio climático. Los científicos ponen su modelo a trabajar e imponen una condición: mañana, a las 9 en punto, cesan todas las emisiones antropogénicas de gases de efecto invernadero en la Tierra. Después de ejecutar la simulación, el resultado es que pasado el tiempo no solo se revierten los efectos del cambio climático hasta ahora, sino que desaparece la amenaza del calentamiento en las décadas venideras (es solo un ejemplo hipotético).

Naturalmente, los científicos estimaban que los resultados podían ser favorables, ya que están actuando sobre la causa raíz, pero resultan ser más espectaculares incluso de lo que sospechaban. Sin embargo, es solo una simulación; no existe manera humana de que mañana a las 9 cesen las emisiones de gases de efecto invernadero. Y aunque de alguna manera fuera posible, los daños colaterales superarían a los beneficios: no tendríamos transporte, energía, comunicaciones, comercio, industria, agricultura… Los centros de trabajo se vaciarían, las fábricas pararían, no habría alimentos en las tiendas, ni tendríamos electricidad, telefonía, internet. Sería un apocalipsis, un colapso de la civilización.

Este caso imaginario sirve como ejemplo para ilustrar lo que ha logrado el equipo del investigador Mariano Barbacid, y que ayer se presentó en rueda de prensa en el Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas (CNIO). Barbacid y sus colaboradores han creado un modelo de simulación del cáncer de páncreas, solo que en lugar de tratarse de un algoritmo, es un modelo biológico en ratones. A continuación han impuesto a su modelo una condición drástica, la anulación de ciertos genes implicados en el cáncer y cuya inactivación, esperaban los investigadores, podía revertir el proceso canceroso. Los resultados han superado sus expectativas, logrando en varios casos una curación total.

Pero es solo una simulación. Incluso en el caso de que fuera posible anular dichos genes en los pacientes con cáncer, que hoy por hoy no lo es, los efectos secundarios serían peores que la propia enfermedad, ya que se trata de genes que desempeñan funciones esenciales en el organismo.

Imagen de archivo del investigador Mariano Barbacid. Imagen de Chema Moya / EFE.

Imagen de archivo del investigador Mariano Barbacid. Imagen de Chema Moya / EFE.

Durante la rueda de prensa, Barbacid insistió en que sus nuevos resultados, publicados en Cancer Cell, no deben despertar falsas esperanzas entre los enfermos de cáncer, y así lo han reflejado los medios. Pero también se ha dicho que el tratamiento podría estar disponible para humanos en unos cinco años. Solo que en este caso no existe ningún tratamiento.

En los centros de investigación del cáncer no es raro recibir llamadas de familiares de pacientes, amargamente rotos y deseando agarrarse al menor resquicio de esperanza, dispuestos a abrazar cualquier posible terapia, por experimental y peligrosa que sea. Pero en este caso no hay ninguna terapia que deba demorarse unos años por el proceso de ensayos clínicos. No existe ningún fármaco nuevo, sino solo una posible estrategia, un indicio de enfoque, que es y será por mucho tiempo totalmente inaplicable en humanos.

Con todo, por supuesto que la investigación de Barbacid aporta novedades enormemente valiosas. La principal, la regresión total de este tipo de cáncer en algunos casos, algo que se ha conseguido por primera vez en un modelo experimental; hasta ahora, en los modelos de cáncer de páncreas solo se habían logrado remisiones temporales. Es especialmente destacable que se haya obtenido una paralización del proceso canceroso en los ratones trasplantados con tumores humanos, ya que el cáncer de páncreas en nuestra especie es más complejo que los modelos genéticamente modificados en ratones.

De hecho, este es el dato más intrigante del estudio de Barbacid; los investigadores aún no están seguros de por qué las células tumorales humanas resultan ser tan sensibles en los ratones a esta modificación genética, ni de por qué los efectos tóxicos son mucho más leves de lo esperado.

Curiosamente, esto último parece deberse a que la supresión de uno de los genes (c-Raf) no ha anulado la función que esta enzima desempeña en los sistemas esenciales para la supervivencia celular, algo que sí sucede cuando se emplea un fármaco que inhibe dicha enzima. Lo cual sugiere que el efecto beneficioso observado en los ratones cuando se suprime este gen no está mediado por esa actividad enzimática, sino por alguna otra función de c-Raf que aún es un misterio, y que delata lo mucho que queda por conocer sobre los mecanismos moleculares del cáncer.

Si fuera posible reproducir este último efecto en humanos, se abriría una nueva vía hacia futuros tratamientos. Pero aún quedaría por superar el escollo de cómo conseguir esta inhibición selectiva, inocua para el funcionamiento de las células normales. Esto implica obtener no solo los agentes o fármacos adecuados, sino diseñar una estrategia para su acción específica en los tumores.

Actualmente se ensayan enfoques como la inmunoterapia o la optogenética (controlar funciones de los genes con luz) que pueden lograr esta acción específica. Estudios como el de Barbacid pueden dibujar la equis sobre los genes en los que sería necesario aplicar estas nuevas técnicas para aplacar la furia proliferativa de los tumores. Aún queda mucho camino por recorrer, pero al menos ya se está recorriendo.

Razones para desterrar de una vez por todas los bastoncillos de los oídos

Hay varias buenas razones para dejar de utilizar bastoncillos de los oídos, y no es solo por la imagen que se ve a la derecha.

La estampa fue captada en aguas de Indonesia por el fotógrafo estadounidense Justin Hofman, y en 2017 quedó finalista en el concurso Wildlife Photographer of the Year organizado por el Museo de Historia Natural de Londres. Es uno de esos casos en los que la imagen vale más que mil palabras; ningún discurso sobre la contaminación plástica de los océanos puede ser tan poderoso como la visión de este frágil animalito aferrado a un pedazo de basura.

De hecho, los bastoncillos figuran en la lista de plásticos de un solo uso que quedarán prohibidos en la Unión Europea en 2021. Pero eliminado el plástico, no se acabó el problema; ya existen marcas que utilizan otros materiales degradables como el cartón. Y sin embargo, los perjuicios de los bastoncillos no son solo para el medio ambiente, sino también para el medio en el que se utilizan: el oído.

Bastoncillos para los oídos. Imagen de Pixabay.

Bastoncillos para los oídos. Imagen de Pixabay.

Los otorrinos llevan años y años desaconsejando el uso de los bastoncillos para los oídos. La Sociedad Española de Otorrinolaringología y Cirugía de Cabeza y Cuello insiste en que los bastoncillos no hacen otra cosa que “empujar la cera hacia dentro y compactarla”, por lo que pueden crear tapones y provocar infecciones. Además, en realidad no se necesitan, ya que “el cerumen ayuda a proteger al oído, funciona como hidratante del canal auditivo y lo protege del polvo y las bacterias”. El exceso se expulsa solo, y en caso de taponamiento lo recomendable y sensato es acudir al especialista.

Y a pesar de que algunos otorrinos llegan a pregonar a los cuatro vientos que en el oído no debe meterse nada más fino que un codo, parece que el mensaje no llega a calar. Para los recalcitrantes que continúan sondeándose los oídos con estos adminículos tan contaminantes como peligrosos, la revista BMJ Case Reports publica un espeluznante caso que debería servir para disuadir a los exploradores auriculares.

Al servicio de urgencias de un hospital inglés llegó una ambulancia con un hombre de 31 años presa de graves convulsiones, con náuseas, vómitos y pérdida de memoria. Antes del ingreso debido a su empeoramiento, había sufrido dolores en el oído izquierdo durante 10 días, que no habían remitido con el antibiótico oral prescrito por el médico general.

Tras un escáner TAC y los pertinentes análisis del líquido que supuraba su oído, los médicos le diagnosticaron una otitis externa maligna, una versión enfurecida de la típica otitis de los niños en las piscinas. Esta forma maligna, que suele afectar sobre todo a personas ancianas diabéticas, se extiende invadiendo hacia el interior y puede llegar al cráneo, aunque curiosamente los síntomas aparentes pueden ser menos insidiosos que en la típica otitis aguda. En el caso del paciente inglés, dijo llevar nada menos que cinco años con dolores intermitentes y pérdida de oído.

Escáner TAC del paciente. Las flechas azules marcan los lugares de la infección. Imagen de Charlton et al / BMJ Case Reports.

Escáner TAC del paciente. Las flechas azules marcan los lugares de la infección. Imagen de Charlton et al / BMJ Case Reports.

El análisis reveló que el bicho causante era Pseudomonas aeruginosa, un sospechoso habitual en estos casos. La grave infección en el interior del cráneo, rodeando el cerebro, desconcertó a los médicos, ya que era un cuadro relativamente raro en una persona joven y sana. Hasta que dieron con el culpable: al explorar el oído del paciente bajo anestesia general, descubrieron un pedazo de algodón de un bastoncillo, que probablemente llevaba años atascado allí y que los especialistas identificaron como el foco de la infección.

Por suerte, esos maravillosos sistemas de alarma que tiene el organismo, como la inflamación, el dolor y las consecuencias que provocan, permitieron atajar a tiempo lo que podría haber sido una infección mortal. Tras una cirugía y un tratamiento de choque con antibióticos intravenosos, el paciente llegó a recuperarse por completo, y se supone que se sentirá como un hombre nuevo. Y como escriben los médicos en su informe del caso, “¡lo más importante es que ya no utiliza bastoncillos de algodón para limpiarse los oídos!”. “El presente caso reitera aún más los peligros del uso de bastoncillos de algodón”, añaden.

La conclusión es obvia: por incómodo que pueda resultar que un grumo de cerumen seco le asome a uno a la oreja en el momento menos oportuno, bastante más incómodo es tener que someterse a una neurocirugía.

Facebook, YouTube, Pinterest y Amazon reaccionan contra la propaganda antivacunas

La semana pasada, un joven de 18 años de Ohio testificaba ante un comité del Senado de EEUU por un motivo insólito: se había vacunado en contra de la decisión de sus padres, que jamás le habían sometido una sola inoculación; ni a él ni a sus cuatro hermanos menores.

En febrero, el diario The Washington Post difundió el caso de Ethan Lindenberger, que en noviembre había acudido a la red social Reddit en busca de consejo: “Mis padres son como estúpidos y no creen en las vacunas. Ahora que tengo 18, ¿a dónde voy para vacunarme? ¿Puedo vacunarme a mi edad?”.

Un manifestante antivacunas en un mitin del movimiento ultraconservador estadounidense Tea Party. Imagen de Fibonacci Blue / Flickr / CC.

Un manifestante antivacunas en un mitin del movimiento ultraconservador estadounidense Tea Party. Imagen de Fibonacci Blue / Flickr / CC.

Ethan explicaba que, tan pronto como tuvo la madurez suficiente para entenderlo, supo que todos sus amigos estaban vacunados contra diversas enfermedades, pero él no. “Dios sabe cómo estoy vivo todavía”, escribía. Durante años ha discutido con su madre, para quien las vacunas son un complot del gobierno y las farmacéuticas. Ella solía publicar propaganda antivacunas en las redes sociales. Pero cuando Ethan investigó por su parte, leyó estudios científicos y webs como la del Centro para el Control de Enfermedades, y llegó a la conclusión de que “estaba claro que había muchas más pruebas a favor de las vacunas”.

No logró convencer a su madre, así que decidió actuar por su cuenta. Su llamada de auxilio en Reddit recibió más de mil comentarios, entre ellos el de una enfermera que le aconsejaba sobre la manera de proceder. En diciembre, Ethan se vacunó. Su madre dijo que se sentía como si su hijo la hubiera escupido, como si no confiara en ella. Y de hecho, en este aspecto concreto no confía, aunque se ha arrepentido de haber insultado a sus padres en su post original.

Desde entonces, Ethan defiende que se rebaje la edad a la cual los adolescentes puedan vacunarse sin el consentimiento de sus padres. De ahí su declaración en el Senado, por invitación de un comité creado a raíz de un brote de sarampión que ya ha afectado a más de 70 personas en el noroeste de EEUU, donde el movimiento antivacunas tiene uno de sus principales baluartes.

 

Ethan no está solo: a raíz de su caso, otros como él denunciaron situaciones similares en Reddit. Uno de estos adolescentes decía que la vacunación “es un asunto de salud pública y una responsabilidad personal para el beneficio de la población, no un derecho que puedas revocar a tus hijos”. Realmente sorprende encontrar tal diferencia de sensatez entre estos adolescentes y sus propios padres. La madre de Ethan, tras la declaración de su hijo en el Senado, dijo que “le han convertido en el niño modelo de la industria farmacéutica”; “le han”, al más puro estilo conspiranoico.

Para Ethan, si hay un claro cooperador necesario y esencial en la conspiranoia de su madre, tiene un nombre concreto: Facebook. Esta red social no solo ha amparado la difusión de informaciones falsas sobre vacunas, sino que la ha fomentado a través de sus recomendaciones, resultados de búsquedas y publicidad dirigida, según han denunciado diversas plataformas y organizaciones.

Pero por fin parece que algo está cambiando: Facebook ha anunciado a través de una nota de prensa que tomará “una serie de medidas para hacer frente a la información errónea sobre las vacunas, con el objetivo de reducir su distribución y proporcionar a las personas información que esté acreditada”. En concreto, la red social eliminará los contenidos antivacunas de sus anuncios, recomendaciones y opciones de segmentación, y reducirá su ranking en el news feed y en las búsquedas; incluso deshabilitará las cuentas de anuncios que reiteradamente incluyan estas falsas informaciones. Por último, “Facebook está explorando formas de compartir información educativa sobre vacunas cuando las personas encuentren información errónea sobre este tema”, dice el comunicado.

El nuevo movimiento de Facebook se suma a los de otras plataformas online. Recientemente, YouTube ha manifestado que no permitirá la publicidad en los vídeos con mensajes antivacunas, por lo que estos canales no podrán lucrarse con esta propaganda engañosa. Pinterest ha bloqueado las búsquedas de este tipo de contenidos, y Amazon ha retirado un pseudodocumental antivacunas de su servicio de streaming de vídeo.

Respecto a esto último, aún falta mucho por hacer. Los pseudodocumentales se han convertido en carnaza televisiva habitual, tanto en las plataformas digitales como en los canales en abierto. Pero al menos aquellos destinados a demostrar que Tutankamón era un alienígena, sobre los expertos testimonios de diversos propietarios de webs sobre fenómenos paranormales, difícilmente pueden causar de forma directa algo más que la risa. En cambio, otros falsos documentales pueden provocar un enorme daño. En concreto, Netflix pasa por ser hoy el paraíso de la pseudociencia televisiva; en otoño comenzará a emitir una serie donde la actriz Gwyneth Paltrow divulgará las inútiles o peligrosas pseudoterapias que promociona y vende a través de su web Goop.

La Organización Mundial de la Salud ha incluido el rechazo a las vacunas dentro de las 10 principales amenazas a la salud global para este año 2019, al mismo nivel que el ébola, la resistencia a los antibióticos o la contaminación atmosférica. Las fake news sobre política solo molestan y crean confusión, pero las fake news sobre vacunas matan. Y normalmente matan a los más débiles e indefensos; aquellos a quienes, como le ocurrió a Ethan durante años, la ley no les permite protegerse de las decisiones motivadas por la ignorancia de sus padres.

Esta es la conclusión de la ciencia sobre las flores de Bach (y sobre el efecto placebo)

Decíamos ayer que las flores de Bach vienen a ser la ocurrencia de alguien que se levantó una buena mañana deseando que el universo se comportara según sus deseos. Como quien se levanta antes del amanecer, sale a la calle y se sienta frente a una farola deseando muy fuerte que se apague.

Lo cierto es que finalmente la farola termina apagándose. Pero no porque uno lo desee muy fuerte (correlación no significa causalidad). Del mismo modo, aparentemente hay quienes prescriben las flores de Bach acogiéndose a ese famoso motivo: “a mí me funciona”. Pero no, no funciona; la farola se apaga porque está programada para ello.

Tomemos, por ejemplo, un artículo publicado en 2014 en la Revista de Enfermería, editada en Barcelona. El trabajo describe el tratamiento de un herpes zóster en un hombre de 78 años. Las dos autoras le administraron un tratamiento con flores de Bach, observando que “las lesiones se curan en un período relativamente corto de tiempo y se mejora la ansiedad que presentaba el paciente ante su estado de salud, todo ello con una gran implicación de este y su familia en el proceso de curación”. Alguien podría leer el artículo y defender que las flores de Bach funcionan porque lo dice un “estudio científico”.

Flores de Bach. Imagen de pixabay.

Flores de Bach. Imagen de pixabay.

Salvo que no es un estudio científico: un solo paciente, sin grupo de estudio, sin aleatorización, sin doble ciego, sin controles, sin placebos, sin análisis estadístico. Quien esgrimiera este caso como “estudio científico” solo estaría demostrando no saber qué es un estudio científico (y esto es habitual en el ámbito de las pseudociencias). En realidad el artículo no demuestra que las flores funcionen, ni que no funcionen; no demuestra absolutamente nada. Es solo una anécdota (técnicamente, un case report); un amimefuncionismo.

Mientras no haya demostración en contra, probablemente el efecto placebo y la regresión a la media –la mejora espontánea después de un pico en los síntomas, que es cuando se suele acudir al médico y suelen administrarse los tratamientos– expliquen perfectamente tanto la sensación subjetiva del paciente como la evolución de la enfermedad, sin necesidad de recurrir a la magia.

Y hay algo que quizá les sorprenda. Las autoras hablaban de la “gran implicación del paciente”. O mucho me equivoco, o puede entenderse que se refieren a la voluntad de curarse, de luchar mentalmente contra la enfermedad… Probablemente las autoras del artículo han creído necesario destacarlo porque creen que este es un factor decisivo en el proceso de curación. Es una idea bonita pensar que la voluntad obra milagros. Que uno se cura mejor si lo desea fuertemente. Pero como vamos a ver, la ciencia disponible no avala esta creencia.

Para obtener una valoración científica real de los posibles efectos de las flores de Bach o de cualquier otro tratamiento es necesario recurrir a ensayos clínicos controlados, que a su vez se reúnen en metaestudios, o revisiones sistemáticas de diversas pruebas rigurosas para extraer conclusiones estadísticamente válidas.

Y cuando esto se aplica a las flores de Bach, no hay sorpresas: en 2002, una revisión sistemática de todos los ensayos válidos realizados para diferentes trastornos concluía: “La hipótesis de que los remedios florales se asocian a efectos más allá de una respuesta placebo no está avalada por los datos de los ensayos clínicos rigurosos”. Otra revisión sistemática de 2009 evaluó sus efectos concretos para el dolor o problemas psicológicos como el trastorno de déficit de atención con hiperactividad. También en este caso la conclusión fue que “no hay pruebas de beneficio en comparación con una intervención placebo”.

Pero hay más: una tercera revisión en 2010 llegaba al mismo veredicto: “Todos los ensayos controlados con placebo fallaron en mostrar eficacia. Se concluye que los ensayos clínicos más fiables no muestran ninguna diferencia entre los remedios florales y los placebos”. También el mismo año, otra revisión más sobre los efectos de la homeopatía y de las flores de Bach resolvía que “el efecto placebo opera de forma significativa en ambos casos“.

En resumen, placebo, placebo y placebo. Parece suficientemente avalado como para aconsejar que no se gaste ni un céntimo más en seguir evaluando clínicamente el absurdo. Pero incluso siendo así, de cuando en cuando se escucha a ciertos profesionales de la salud que defienden la medicina con placebos, en esa creencia de que pueden mejorar el curso de la enfermedad siempre que uno desee lo suficiente curarse.

Placebos de prescripción empleados en clínica e investigación. Imagen del gobierno de EEUU / Wikipedia.

Placebos de prescripción empleados en clínica e investigación. Imagen del gobierno de EEUU / Wikipedia.

Sin embargo y por desgracia, nada de esto es cierto. Durante décadas se discutió si los placebos eran capaces de lograr mejoras reales, pero hoy parece sobradamente demostrado que solo ofrecen una sensación subjetiva de bienestar, sin ningún impacto real sobre la evolución de ninguna enfermedad. Lo cual desaconseja su uso en todos los casos: si la dolencia no va a remitir, porque puede distraer de las intervenciones realmente necesarias y eficaces (por ejemplo, muchos pacientes de cáncer sometidos a pseudoterapias abandonan sus tratamientos); y si va a remitir, precisamente por ello.

Pero es necesario añadir también que el placebo no tiene nada que ver con la fuerza de voluntad, y precisamente las flores de Bach han servido para ilustrar este error; estos remedios se han revelado como un buen instrumento para estudiar el efecto placebo, ya que no existe el menor riesgo de interferencia por un efecto terapéutico real. Así, varios estudios (ver aquí, aquí, aquí y aquí) han analizado cómo se manifiesta el efecto placebo en unas personas y en otras en función de distintos factores psicológicos.

Los resultados indican que el efecto placebo de las flores de Bach se asocia en mayor medida con factores como la espiritualidad, que sitúan a ciertas personas en lo que podríamos llamar una onda más cercana a las ideas que inspiran este tipo de remedios; curiosamente, esta conexión importa más que la creencia concreta en esta pseudoterapia o las expectativas de curación.

Es decir, que las personas espirituales, incluso si desconocen previamente las flores de Bach y no tienen una opinión formada respecto a su posible poder curativo, pueden sentir con mayor probabilidad una mejoría subjetiva si se les explica el presunto tratamiento. Por el contrario, la espiritualidad no se asocia a un mayor efecto placebo en el caso de otras falsas terapias psicológicas diseñadas deliberadamente como simulaciones.

En conclusión, tampoco se justifica el uso de estas pseudoterapias en las personas que creen en ellas por el hecho de que vayan a ayudarlas en su lucha mental contra la enfermedad. El placebo no cura, y la fuerza de voluntad tampoco. Curan los fármacos. Incluso a quienes no creen en ellos.

Pero hay enfermedades contra las cuales los fármacos aún no pueden hacer gran cosa. Las personas que nos han abandonado por una enfermedad mortal no tienen la culpa de habernos abandonado porque no desearan lo suficiente quedarse con nosotros, o porque no tuvieran una “gran implicación en el proceso de curación”. A ver si lo entendemos de una vez: la culpa de morirse no es del paciente. Es de la enfermedad.

Las flores de Bach, homeopatía elevada al surrealismo

¿Alguien puede explicar por qué cuando se trata de algo irrelevante, como los teléfonos móviles, todo el mundo parece querer la última tecnología del momento; y, sin embargo, para algo tan trascendental como la salud muchos prefieren tecnología milenaria, de los tiempos en que no se sabía nada de nada?

Esto sí es un fenómeno paranormal, y no lo de Uri Geller. Porque los remedios milenarios no son una muestra de sabiduría ancestral, sino de superstición ancestral; de lo perdido que andaba el ser humano cuando uno de cada tres niños moría antes de la adolescencia y la esperanza de vida al nacer no llegaba a los 40 años… y no había remedio que lo remediara.

La guinda del pastel es que a menudo el presunto milenarismo que popularmente se les atribuye es un mito: la homeopatía se creó en 1796, la osteopatía en 1874, la reflexología en 1913, el reiki en 1922, la acupuntura auricular en 1957… Incluso ciertos autores (leer, por ejemplo, aquí) cuestionan que la acupuntura actual tenga mucho que ver con lo que se practicaba en la antigua China, alegando que allí cayó casi en el olvido –llegó a ser prohibida como simple superstición– y fue posteriormente rehabilitada, pero en Occidente (el término se acuñó en Holanda en el siglo XVII). En todos estos casos, sus inventores habrían tenido la oportunidad de apoyarse en la ciencia de su época. Pero prefirieron ignorarla.

Lo cual nos lleva a otro ejemplo paradigmático, las flores de Bach. Ocuparme de este asunto me ha venido sugerido por mi colega Melisa Tuya, que en su blog En busca de una segunda oportunidad comentaba cómo esta pseudoterapia parece haber calado entre ciertos veterinarios. Algunos lo verán como una trivialización del cuidado sanitario de los animales de compañía: que ellos no puedan pedir ciencia sólida en sus tratamientos no es motivo para no dársela.

Pero ¿qué son las flores de Bach? Si uno introduce este término en el buscador de imágenes de Google, se encontrará de repente envuelto por la fragancia de hermosos bodegones de frasquitos vintage de vidrio oscuro, rodeados de coloridos ramilletes de flores silvestres; todo tan limpio, fresco, natural y aromático que casi le entran a uno ganas de probarlo. Vamos, que entre esto y la imagen de un blíster de paracetamol…

Flores de Bach. Imagen de pixabay.

Flores de Bach. Imagen de pixabay.

Paracetamol. Imagen de AMbrose Heron / Flickr / CC.

Paracetamol. Imagen de AMbrose Heron / Flickr / CC.

Porque será medicina herbal, ¿no? Con usos avalados por la sabiduría milenaria, ¿no? Hombre, no va a curar una enfermedad terminal, pero servirá para dolencias leves, ¿no? Y siendo todo natural, será cien por cien inocuo, ideal para niños y animales… ¿No?

Pues… no, no, no y… bueno, siempre que se tenga claro que esos frasquitos pueden llegar a contener la misma graduación alcohólica que esa bebida llamada agüita, más conocida por su nombre en ruso, vodka… Pero comencemos por el principio.

Edward Bach fue un médico inglés nacido en 1886. A la hora de elegir su profesión, dudó entre la medicina o el sacerdocio. El dato no es trivial; como vamos a ver, explica toda su trayectoria. Como médico, se especializó en homeopatía. Todo sea dicho: aunque los principios teóricos de la homeopatía no eran entonces menos absurdos que ahora, lo cierto es que aún no existían las suficientes herramientas científicas para evaluar sus efectos clínicos con todo detalle y en profundidad.

Pero la homeopatía tenía algo en especial que atraía a Bach, y era su enfoque personalizado; le interesaba más la dimensión humana de sus pacientes que la ciencia necesaria para curarlos. Sus reseñas biográficas muestran que era un médico preocupado seriamente por el bienestar de sus pacientes, lo que no es poco; pero aunque esto da fe de su calidad humana, no basta para certificar su calidad profesional. Para esto se requiere además algo que Bach no tenía: una mente científica.

Quizá Bach se equivocó de carrera y debió elegir el plan B. Porque cuando creía que la enfermedad era un mal espiritual que nacía del conflicto entre el alma y la mente, y cuando trataba de socorrer emocionalmente a sus pacientes para infundirles alegría y esperanza, tal vez estaba actuando como un buen pastor. Pero como un mal médico.

Edward Bach. Imagen de Bach Foundation / Wikipedia.

Edward Bach. Imagen de Bach Foundation / Wikipedia.

En 1930, Bach dio su salto definitivo: abandonó su carrera, su trabajo y su hogar para marcharse al campo, con la intención de encontrar lo que él creía que se escondía en la naturaleza: un sistema completo de curación de cualquier dolencia, se supone que puesto ahí por el creador. Cuando renunció a su vida anterior, se desprendió también de lo último que quedaba en él de pensamiento científico. Y así engendró una de las mayores aberraciones pseudocientíficas jamás imaginadas.

Dado que para Bach todas las enfermedades eran espirituales, no necesitaba buscar plantas para tratar, digamos, una úlcera; bastaba con atacar la emoción negativa que provocaba esa úlcera. Y como la naturaleza también era espiritual, ni siquiera era necesario emplear las plantas en sí; bastaba con cosechar su espíritu, embotellarlo y administrarlo a los pacientes.

De este modo, Bach diseñó un método alternativo tan original como increíblemente disparatado. Primero se imbuía a sí mismo de las emociones negativas que buscaba corregir. A continuación pasaba la mano sobre diferentes plantas, hasta que notaba un alivio en su malestar que interpretaba como causado por la fuerza vital o las vibraciones o el espíritu de una de ellas (escójase el término que se prefiera; ninguno de ellos designa nada real).

Una vez localizada la planta adecuada para el tratamiento de ese mal emocional, acudía por la mañana a recoger el rocío depositado en las flores, y al cual los rayos del sol naciente le habían transmitido ese algo de la planta. Para conservarlo, lo diluía a partes iguales en brandy, y así obtenía la tintura madre a partir de la cual se preparaban los remedios aplicando, cómo no, diluciones homeopáticas, preferentemente en alcohol.

Merece la pena insistir: si sus biografías le retratan fielmente, Bach no era un caradura que persiguiera lucrarse vendiendo milagros a costa de la ingenuidad de otros. Es más, se dice que trataba gratis a sus pacientes (pero hoy son otros los que se lucran prescribiendo y vendiendo sus pseudoterapias de marca registrada). Simplemente, fue uno de los pseudocientíficos más equivocados que jamás han existido. Su sistema hace que la homeopatía parezca la teoría de la relatividad.

Al menos la homeopatía tenía un principio; infundado y erróneo, pero un principio: “lo similar cura lo similar”. Las flores de Bach no se basan en nada que tenga que ver con nada, ni con el funcionamiento de la naturaleza, ni con la razón, ni con el sentido común, ni siquiera con ningún tipo de sabiduría milenaria.

Lo único que fundamentaba el sistema de Bach era el principio de correspondencias analógicas (que comenté hace unos días), la idea que desde antiguo ha inspirado supersticiones como la astrología, y que consiste en la creencia (implícita o explícita) de que la naturaleza responde a un diseño inteligente cuyo lenguaje podemos entender si desciframos las pistas que el diseñador nos ha dejado.

 

Flores de Bach. Imagen de pixabay.

Flores de Bach. Imagen de pixabay.

Todo lo cual nos lleva a una conclusión. Como conté hace unos días, hay quienes sostienen que la ciencia debería abstenerse de evaluar propuestas pretendidamente terapéuticas que no puedan aportar ni el más mínimo indicio a favor de su validez, ya que supone desperdiciar recursos que podrían encontrar un mejor uso en la investigación contra las enfermedades. Las flores de Bach son claramente un ejemplo perfecto de ello.

Y sin embargo, sí, a pesar de todo, la ciencia las ha evaluado. Si quieren saber cuál es el resultado, vuelvan mañana por aquí.

Por qué la ciencia no refuta las pseudociencias, y por qué debería dejar de testarlas

La actriz y empresaria de éxito Gwyneth Paltrow, que ha construido un imperio de 250 millones de dólares promocionando las pseudociencias y vendiendo pseudoterapias inútiles o perjudiciales para la salud (y que ya ha sido denunciada y multada por ello), justificaba así las propuestas de su portal Goop: “La ausencia de pruebas científicas no prueba nada si no se han realizado estudios”.

Es decir, que según Paltrow, mientras alguien no demuestre que es falsa, uno puede proponer absolutamente cualquier proclama pseudoterapéutica como auténtica.

(Inciso: Y venderlas. Y lucrarse con ellas. Y acusar veladamente de machismo a quienes la critican. Y fomentar la quimiofobia porque “todo” es cancerígeno, pero al mismo tiempo promocionar bebidas con alcohol, un reconocido carcinógeno. Y culpar al aluminio de todos los males, pero al mismo tiempo vender productos que contienen aluminio. ¿A qué huele todo este montaje pseudosaludable?).

Gwyneth Paltrow con su negocio Goop en la portada de The New York Times Magazine del 29 de julio de 2018.

Gwyneth Paltrow con su negocio Goop en la portada de The New York Times Magazine del 29 de julio de 2018.

Pero a lo que vamos: ¿Tiene razón Paltrow? ¿Para negar la validez de la homeopatía, la quiromancia, el reiki, la acupuntura o cualquiera de los cientos de remedios que ella vende, es necesario demostrar que no funcionan?

El problema con este tipo de afirmaciones es que se puede caminar sobre el fango y hundirse hasta las trancas, sin saber que otros ya han explorado ese terreno y conocen perfectamente por dónde cruzarlo. Por ejemplo, un actor diletante podría pensar que ha inventado una nueva y magnífica técnica de interpretación, ignorando que otros como la propia Paltrow ya han recorrido antes mil veces ese camino y saben infinitamente más de ello. De igual modo, Paltrow se lanza al diletantismo del argumento (pseudo)lógico sin tener la menor idea de que eso en lo que ella se permite aventurarse alegremente es algo sobre lo cual filósofos, epistemólogos y científicos han reflexionado durante siglos.

Y la respuesta es NO, como voy a explicar. O mejor dicho, las respuestas, concretamente tres:

  1. La ciencia NO puede demostrar que las pseudociencias no funcionan. Pero…
  2. Para descalificar las pseudociencias NO es necesario demostrar que no funcionan.
  3. Por lo tanto, la ciencia NO debería intentar demostrar si funcionan o no.

Vayamos punto por punto.

1. La ciencia no puede demostrar que las pseudociencias no funcionan.

A menudo se escucha por ahí que es imposible demostrar un negativo. Es decir, que no puede probarse que algo no existe, ya sean los unicornios, los dragones o los alienígenas. O la validez de la homeopatía, la quiromancia, el reiki o la acupuntura.

Lo cierto es que existe una cierta confusión a este respecto: para los filósofos y los matemáticos, la supuesta imposibilidad de demostrar un negativo es una sandez, un mito popular sin fundamento; la lógica se apoya en gran medida en la demostración de proposiciones negativas. Para quien quiera saber más, este pequeño artículo lo explica. Pero baste mencionar que muchos teoremas matemáticos se basan en la demostración de negativos.

Sin embargo, otro caso distinto es el terreno práctico de la ciencia empírica. Por ejemplo, si miramos los innumerables estudios que han evaluado los efectos de la homeopatía con rigor científico y sin sesgos, encontraremos que los equiparan a los de un placebo. Pero la conclusión suele formularse en términos similares a estos: “No hemos podido encontrar efectos positivos…”. Nunca, jamás de los jamases, se encontrará un estudio científico serio con la siguiente conclusión: “Por tanto, demostramos que la homeopatía no funciona”.

¿Por qué? Porque, sencillamente, los datos no pueden sostener esta conclusión. Por lo tanto, es cierto: por muchos estudios que se hagan, la ciencia es incapaz de demostrar formalmente, con carácter definitivo y sin resquicio de duda, que las pseudociencias no funcionan. Lo cual, obviamente, personas como Paltrow interpretan como un argumento en su favor. Pero se equivocan; si indagaran un poco más en ese cenagal en el que se están hundiendo por desconocimiento, descubrirían que, en realidad…

2. Para descalificar las pseudociencias no es necesario demostrar que no funcionan.

En 1952, el filósofo Bertrand Russell escribió una analogía llamada desde entonces la tetera de Russell:

Muchas personas ortodoxas hablan como si fuera la tarea de los escépticos refutar los dogmas recibidos, y no la tarea de los dogmáticos el demostrarlos. Esto es, por supuesto, un error. Si yo sugiriera que entre la Tierra y Marte existe una tetera de porcelana girando en torno al sol en una órbita elíptica, nadie sería capaz de refutar mi afirmación, siempre que yo me cuidara de añadir que la tetera es demasiado pequeña para ser vista incluso con los telescopios más potentes. Pero si yo continuara diciendo que, puesto que mi afirmación no puede refutarse, es una presunción intolerable de la razón humana dudar de ello, correctamente se me acusaría de decir tonterías.

La tetera de Russell. Imagen de Odeleongt / Wikipedia.

Parodia sobre la tetera de Russell. Imagen de Odeleongt / Wikipedia.

Russell concibió su analogía en referencia a la discusión sobre la existencia de Dios, pero puede aplicarse y de hecho se ha aplicado a otros ámbitos, como las pseudociencias. En su libro El mundo y sus demonios, Carl Sagan planteaba un ejemplo parecido, hablando de la supuesta presencia de un dragón en su garaje:

Pues bien, ¿cuál es la diferencia entre un dragón invisible, incorpóreo y flotante que escupe fuego sin calor, y la inexistencia del dragón? Si no hay manera de refutar mi afirmación, si no existe un experimento concebible que pueda rebatirla, ¿qué sentido tiene decir que mi dragón existe?

Tanto Russell como Sagan se referían a esa imposibilidad científica práctica de demostrar un negativo sin resquicio de duda. Pero la solución en ambos casos está en que la obligación de la demostración, la carga de la prueba, no depende de que una proposición sea positiva o negativa, sino que recae en quien sostiene la propuesta menos plausible: la tetera orbital y el dragón en el garaje son ideas implausibles, no avaladas por la razón ni por ningún conocimiento existente. Por el contrario, su inexistencia cuenta, si no con una demostración definitiva, sí con una plausibilidad objetiva y con suficientes indicios a su favor como para que se acepte la proposición sin necesidad de aportar más.

En resumen, Paltrow está equivocada: la ausencia de pruebas científicas basta para desechar en principio una idea que carezca de la menor plausibilidad, como el dragón o la tetera. Son quienes sostienen tales ideas quienes deben aportar pruebas, y no exigirlas a sus oponentes. Que el agua conserve el fantasma de sustancias pasadas (homeopatía), o que una especie de energía inmensurable circule por unas vías corporales invisibles e indetectables (acupuntura), son ideas implausibles, no avaladas por la razón ni por ningún conocimiento existente; y por tanto, pura fantasía, mientras no se demuestre lo contrario.

Y como consecuencia, dado que la ciencia no puede demostrar la invalidez de las pseudociencias, tal vez…

3. La ciencia debería dejar de evaluar la validez de las pseudociencias.

En el movimiento anti-Ilustración hay quienes acusan a la comunidad científica de arrogancia; lo manifiestan, entre otras maneras (algunas menos sutiles), acusando de “cientifistas” a quienes simplemente defienden la razonabilidad y la plausibilidad sobre la irrazonabilidad y la implausibilidad.

Sin duda entre los científicos y los escépticos los hay arrogantes, como entre los charcuteros o los lampistas. Pero acusar a la comunidad científica en su conjunto de arrogancia frente a las pseudociencias es ignorar que a lo largo de la historia se han gastado ingentes cantidades de dinero en tratar de evaluar científicamente la validez de pseudociencias como la homeopatía, la acupuntura y otras.

Algo que, como hemos visto, es superfluo, por lo que es sencillamente un malgasto. La razón de este malgasto ha sido precisamente la falta de arrogancia, la preferencia del conocimiento real sobre el dogma y de la prueba sobre la presunción, la necesidad de experimentar para saber incluso prescindiendo de la plausibilidad (que también en ocasiones puede estar contaminada por paradigmas incompletos o erróneos).

Pero hay quienes piensan que ya basta: que los cientos o miles de estudios infructuosos sobre la homeopatía o la acupuntura deberían cerrar ya este capítulo de la búsqueda del conocimiento. Por supuesto que esto no va a disuadir a los y las Paltrow del planeta (que tienen sus propias razones de peso, o de dólar). Pero como escribía en 2010 el psicólogo clínico Pete Greasley:

La evaluación empírica de una terapia normalmente asumiría una base racional plausible sobre su mecanismo de acción. Sin embargo, el examen de los antecedentes históricos y los principios subyacentes a la reflexología, iridología, acupuntura, acupuntura auricular y algunas medicinas herbales revela un fundamento basado en el principio de correspondencias analógicas, que es una base común del pensamiento mágico y de las creencias pseudocientíficas como la astrología y la quiromancia. Donde este sea el caso, se sugiere que someter estas terapias a evaluación empírica puede ser equivalente a evaluar el absurdo.

(Una pequeña explicación: el “principio de correspondencias analógicas” al que se refiere Greasley no es un invento suyo, sino la base de pseudociencias como la astrología, que da a los astros características derivadas de su significado mitológico a su vez basado en su aspecto, o algunas medicinas herbales, en las que se supone que una planta con la forma de una parte del cuerpo debe servir para curar esa parte del cuerpo; esto deriva, dice Greasley, de la idea de un diseñador inteligente que ha dispuesto jeroglíficos en la naturaleza para que el ser humano los descifre. La homeopatía, “lo similar cura lo similar”, procede de esta misma fantasía).

Ilustración fantástica de la raíz de la mandrágora, un ejemplo del principio de correspondencias analógicas. Imagen de pixabay.

Ilustración fantástica de la raíz de la mandrágora, un ejemplo del principio de correspondencias analógicas. Imagen de pixabay.

En resumen, prosigue Greasley, “dedicar un tiempo y unos recursos significativos a la evaluación mediante ensayos clínicos y revisiones sistemáticas puede ser un error”.

Pero de forma más gráfica y contundente que Greasley lo expresa la ginecóloga Jen Gunter, que desde su blog ha dedicado ingentes esfuerzos a analizar y desmontar sistemáticamente las proclamas del negocio de Paltrow. Y a propósito de la idea defendida por la actriz de que el sujetador causa cáncer de mama, Gunter escribía esto:

¿Qué puedes ganar de propagar entre las mujeres la mentira de que el sujetador causa cáncer de mama? ¿Alguna vez has tenido a una superviviente de cáncer en tu consulta llorando por pensar que ella misma se provocó el cáncer llevando sujetadores durante 20 años? Probablemente no. Yo sí. Cuando en tu plataforma cuentas teorías imbéciles sobre sujetadores y cáncer de mama, estás literalmente jodiendo a las supervivientes de cáncer de mama. ¿Te parece divertido? ¿Es esta tu mejor arma? Y no, no es una “teoría alternativa” ni “respaldada por investigaciones”. Esta manera de fomentar el miedo causa tanta angustia que los investigadores tienen que hacer estudios especiales, incluso si la idea es biológicamente implausible y no está avalada por los miles de estudios disponibles. Puedo pensar en mejores maneras de gastar esos dólares de la investigación del cáncer de mama.

En definitiva, una razón de peso para aconsejar que la ciencia abandone de una vez por todas la evaluación de las pseudociencias es que se está desperdiciando tiempo y dinero en la lucha contra las enfermedades; tiempo y dinero que estarían mejor invertidos en investigar lo que realmente puede funcionar. Tal vez después de todo la comunidad científica sí debería ser un poco más arrogante, y dejar de discutir con quienes nunca jamás van a aceptar que la razón valga más que la sinrazón.

Los órganos de los presos políticos impulsan el avance de la ciencia china

A finales de enero las autoridades chinas publicaron los primeros resultados de la investigación sobre He Jiankui, el científico que dijo haber creado los primeros bebés con genomas manipulados. Según la agencia estatal Xinhua, He falsificó la aprobación ética de su universidad y “condujo su investigación en busca de fama y fortuna personal”.

La situación actual de He es confusa: se dijo que el investigador estaba bajo arresto domiciliario y que incluso podía enfrentarse a una sentencia de muerte, mientras que al parecer él mismo contó a un colega que se encontraba bien y que estaba vigilado por “mutuo acuerdo” para su propia protección, pero que tenía libertad de movimientos. En cualquier caso, parece confirmado que ha sido expulsado de su universidad y que aún deberá afrontar las consecuencias legales de sus presuntos delitos. Que no se sabe cuáles son; ni las consecuencias legales, ni los delitos.

El caso de He sirve para introducir lo que vengo a contar hoy: desde el principio ha sido una historia narrada en forma de rumores, desde los propios experimentos de He –que aún no se han publicado– hasta su situación actual –si es libre, ¿por qué no ha declarado públicamente para desmentir las alegaciones sobre su cautiverio?–. Y frente a esta opacidad informativa por parte de las autoridades chinas, ha contrastado su reacción exageradamente teatral a los experimentos de He, calificándolos como “extremadamente abominables”.

Ahora la pregunta es: ¿reaccionarán estas mismas autoridades chinas con la misma contundencia contra su propia y extremadamente abominable práctica de trasplantar órganos extraídos de presos políticos y de condenados a muerte?

Operación de trasplante de órgano. Imagen de Global Panorama / Flickr / CC.

Operación de trasplante de órgano. Imagen de Global Panorama / Flickr / CC.

La revista BMJ Open ha dado a conocer un estudio dirigido por investigadores australianos, en el que se han analizado 445 trabajos de investigación publicados entre 2000 y 2017 por científicos chinos. En estos estudios, difundidos en revistas en lengua inglesa y con sistema de revisión por pares, se daba cuenta de un total de 85.477 trasplantes de pulmón, hígado o corazón.

Como puede imaginarse, toda investigación basada en trasplantes de órganos debe ir acompañada por la aprobación ética de los procedimientos, incluyendo la fuente del material trasplantado y el consentimiento del donante. Así lo exigen los estándares internacionales de la Sociedad de Trasplantes. Pero en el caso de China, investigaciones anteriores ya habían hecho notar una discrepancia entre las cifras de donantes de órganos y el número de trasplantes, y se ha alegado que muchos de los órganos trasplantados proceden de presos políticos y de condenados a muerte.

El nuevo estudio pone cifras a la situación: mientras que el 73% de estos estudios chinos dice contar con la aprobación de comités éticos, el 99% no especifica la donación voluntaria de los órganos, y el 92,5% no aclara si los órganos proceden de presos ejecutados. Más chocante, entre los que sí dicen no haber utilizado órganos de presos se encuentran 2.688 trasplantes anteriores a 2010, el año en que se puso en marcha el programa de donación voluntaria de órganos en China.

En un artículo publicado en The Conversation, dos de los autores del estudio escriben:

Un volumen creciente de pruebas creíbles sugiere que la recolección de órganos no se limita a presos condenados, sino que también incluye presos políticos. Por lo tanto, es posible –aunque no verificable en ningún caso particular– que las revistas revisadas por pares puedan contener datos obtenidos de presos de conciencia asesinados con el fin de extraer sus órganos.

Para añadir a lo ya de por sí extremadamente abominable, algunos de estos estudios se han publicado en la revista Transplantation, editada por la Sociedad de Trasplantes, la cual prohíbe la publicación de trabajos que incluyan trasplantes en los que no se especifique con total transparencia el origen de los órganos y su aprobación ética.

Los autores del estudio piden una moratoria para la publicación de cualquier trabajo sobre trasplantes procedente de China, y sugieren la celebración de una cumbre internacional en la que se solidifiquen los compromisos éticos que la comunidad médica y científica debe respaldar en relación con los trasplantes. Entretanto, solicitan la retractación de todos los estudios dudosos, algo que difícilmente va a ocurrir.

Un cartel contra la recolección de órganos para trasplante en China. Imagen de 上達 葉 / Flickr / CC.

Un cartel contra la recolección de órganos para trasplante en China. Imagen de 上達 葉 / Flickr / CC.

Hace unos días se ha celebrado en todo el mundo el año nuevo chino, una fiesta que ilustra cómo la superstición está fuertemente enraizada en todos los aspectos de la vida cotidiana en China, a un nivel que las sociedades occidentales han dejado atrás. Esto incluye también el gran arraigo de la pseudomedicina, por lo que el avance de la ciencia china es sin duda un progreso; ya he contado aquí que China está escalando hacia el primer puesto de la ciencia mundial en número de publicaciones, y que le está respirando en la nuca al líder, EEUU.

Pero mientras se discuten y condenan los abusos contra los derechos humanos en otros países, parece que China se mantiene fuera de todo debate, siempre que continúe fabricando productos baratos y comprando los nuestros.

La ciencia, que no es una institución sino simplemente el mejor sistema de conocimiento que ha inventado el ser humano, no debería caer en este juego de vendarse los ojos y doblegarse ante el yuan; su supervivencia y su credibilidad dependen de la transparencia y el respeto a los estándares éticos aceptados por la comunidad.

Las revistas científicas son negocios, y muy lucrativos. Pero si aceptan el abundante dinero de la investigación china tapándose la nariz, actúan en su propio beneficio perjudicando el fin al que sirven. Y facilitando que el liderazgo de la ciencia global caiga en manos de un sistema regido por la opacidad, la arbitrariedad y el abuso. Será una vuelta a tiempos más oscuros, cuando las instituciones políticas y religiosas decidían qué y cómo debía conocerse.

¿Qué riesgos para la salud tienen los tatuajes? Esto dice la ciencia

Posiblemente lo último que se plantea quien va a hacerse un tatuaje es si podría ser perjudicial para su salud a largo plazo, más allá de los clásicos riesgos de infección por VHC (hepatitis C) o VIH (virus del sida), que se suponen descartados en un local serio y fiable con los permisos y garantías sanitarias que mandan las leyes.

Pero no deja de ser curioso: frente a todos los bulos y fake news que se propagan sobre las vacunas, compuestos perfeccionados durante años o décadas a golpe de conocimiento científico, que se inyectan, actúan y desaparecen, y cuya seguridad está validada por toneladas de estudios, en cambio a pocos parece preocuparles el hecho de insertarse en un tejido vivo del organismo una serie de sustancias extrañas, poco o nada conocidas ni estudiadas, y que van a permanecer ahí para toda la vida. Tal vez muchos de quienes se tatúan no sepan que con ello se están inyectando directamente en el cuerpo sustancias que rechazarían tomar con cualquier alimento.

De hecho, no parecen existir muchos estudios sobre la percepción de estos posibles riesgos. El año pasado una encuesta a casi 1.200 universitarios en Polonia revelaba que el 79% se informaban sobre ello solo a través del artista tatuador y el 73% a través de internet, mientras que solo del 5 al 8% preguntaban a un médico o buscaban información científica al respecto. Así que no, no parece preocupar a casi nadie.

Pero ¿hay motivos para preocuparse?

Imagen de pxhere.

Imagen de pxhere.

El resumen, para los perezosos que no quieran leer todo lo que sigue, es que en el fondo aún no se sabe. No ha transcurrido demasiado tiempo desde que los tatuajes dejaron de ser un signo de marginalidad para convertirse en una moda mainstream, lo que además ha llevado a la introducción de nuevos tipos de pigmentos coloreados cuyo recorrido temporal aún es muy corto. Y por razones obvias, es imposible hacer ensayos clínicos controlados y aleatorizados.

Sin embargo, basta recorrer las bases de datos de estudios científicos para encontrar numerosos casos descritos de distintos tipos de enfermedades sospechosamente asociadas a los tatuajes. Asociadas quiere decir asociadas. Es decir, en general es muy difícil, por no decir imposible, saber si realmente existe una relación de causa y efecto entre el tatuaje y la enfermedad o si es una mera coincidencia. Por lo tanto, lo único que pueden hacer médicos y científicos es vigilar estrechamente estos casos, reunirlos, reportarlos y analizarlos, y lo que deben hacer las autoridades es regular cuidadosamente basándose en el conocimiento científico existente.

Cosa esta última que, al parecer, no se está haciendo adecuadamente. O al menos esto es lo que dice un grupo de investigadores italianos en un nuevo estudio publicado este mes en la revista Science of the Total Environment. En la Unión Europea, en EEUU y otros países existe cierta regulación sobre los pigmentos empleados para los tatuajes. Pero según los autores del estudio, “aún faltan regulaciones específicas”.

En la UE, dicen, “no hay regulación supranacional y solo hay cobertura de algunas normativas nacionales”, mientras que en EEUU “las tintas de tatuaje se clasifican como cosméticos pero no están aprobadas para su inyección en la dermis”. Los autores añaden que la regulación actual solo cubre “riesgos microbiológicos y químicos, olvidando por completo la nanotoxicidad”, es decir, la toxicidad debida a las nanopartículas de la tinta.

En concreto, en la UE, una resolución del Consejo de Europa de 2008 estableció unos requisitos para la seguridad de los tatuajes. Un sistema europeo de alerta llamado RAPEX (Rapid Exchange of Information System, o Sistema de Intercambio Rápido de Información) sirve para retirar del mercado los productos de consumo no alimentarios ni farmacéuticos que puedan ser peligrosos; por ejemplo, cada Navidad los telediarios suelen hablarnos de los juguetes importados que se han incautado por no cumplir la normativa.

Según los investigadores italianos, de 2007 a 2017 las alertas de RAPEX llevaron a prohibir 190 tintas de tatuaje o de maquillaje permanente, 126 de ellas importadas de EEUU (no pensemos siempre en los productos chinos). El 37% de estas tintas contenían aminas aromáticas, que pueden causar cáncer o defectos genéticos; un 32% contenían hidrocarburos aromáticos policíclicos (PAH) como los presentes en el humo del tabaco o de la quema de combustibles fósiles, y que también se relacionan con el cáncer; el 14% contenían niveles de metales pesados superiores a los permitidos. Los autores del estudio apuntan que algunas de estas tintas fueron retiradas del mercado; es decir, que posiblemente algunas personas ya las lleven en sus tatuajes.

Imagen de pixabay.

Imagen de pixabay.

El problema con las tintas, según recalcan diversos estudios, es que no son productos fabricados ni autorizados específicamente para inyectarse bajo la piel, sino para uso industrial. “La mayoría de los pigmentos usados en los tatuajes fueron desarrollados para otras aplicaciones, como la automoción o los plásticos”, apuntaba una revisión de 2015. “Solo unos pocos pigmentos están disponibles en grado cosmético, y ninguno puede comprarse en grado farmacéutico”, es decir, con la calidad y la pureza que se exige a todo producto farmacéutico destinado a introducirse en el organismo.

Por ello y aunque el objetivo ideal es que las tintas sean inertes, en la práctica, según escribían los autores israelíes del estudio que cité ayer a propósito de los tatuajes lumbares y la anestesia epidural, “la incorporación cutánea de los pigmentos ornamentales de los tatuajes no es un proceso inerte”. El artista tatuador tampoco tiene por qué saber exactamente qué contienen las tintas, ni cuenta con la formación médica necesaria para conocer sus posibles efectos sobre la salud.

Las incógnitas no se limitan solo a la composición del propio pigmento, sino también a las impurezas y la posible contaminación microbiológica. En cuanto a lo primero, la revisión de 2015 citaba que un estudio detectó en las tintas negras de carbón hasta más de 700 microgramos por gramo de diversas impurezas que “se sabe son genotóxicas o carcinogénicas”. En cuanto a la presencia de microbios, otra revisión de 2015 en la revista The Lancet citaba que “hasta el 20% de las tintas analizadas están contaminadas con bacterias”, “incluyendo tintas etiquetadas como estériles”.

Una preocupación especial, según el estudio italiano, son las nanopartículas de la tinta, puesto que aún no hay regulación al respecto. La incógnita con las nanopartículas estriba en que estas pueden llegar a cualquier lugar del organismo y depositarse allí. Desde hace años se sabe que algunas partículas de la tinta se vierten al torrente sanguíneo y acaban en los ganglios linfáticos, ya que se ha observado que estos se tiñen de los colores de los tatuajes. En 2017, investigadores del Sincrotrón Europeo descubrieron que esta tinta que recorre el organismo lo hace también en forma de nanopartículas. “Y ese es el problema: no sabemos cómo reaccionan las nanopartículas”, decía el coautor del estudio Bernard Hesse.

Otro de los autores, Hiram Castillo, explicaba que ni los tatuadores ni los tatuados suelen preocuparse por la composición química de los colores; “pero nuestro estudio muestra que quizá deberían”, decía. Se ha observado que esta acumulación de pigmentos en las células inmunitarias puede provocar síntomas similares a un linfoma, con inflamación de los ganglios o lesiones en la piel incluso muchos años después de cuando se hizo el tatuaje, y en algún caso raro estos daños han desembocado en un linfoma real.

Imagen de pexels.

Imagen de pexels.

Además de otras complicaciones cutáneas e inmunitarias, también se han dado casos en los que el tatuaje provoca síntomas semejantes a los de un melanoma. Aunque existen casos descritos de cánceres de piel asociados a los tatuajes, es esencial subrayar que una vez más se trata de correlaciones; correlación no implica causalidad, y aún no existen datos suficientes para establecer causalidades. “Los posibles efectos carcinogénicos locales y sistémicos de los tatuajes y sus tintas aún no son claros”, decía una revisión de 2012.

Tampoco parece que todos los colores tengan el mismo potencial de riesgo. Varios estudios (como este y este, o esta revisión) coinciden en que los pigmentos rojos suelen ser los más problemáticos a largo plazo, seguidos de los verdes. El rojo es el color más implicado también en los casos de pseudolinfoma. Sin embargo, se han registrado más casos de melanomas asociados a los tatuajes de color azul oscuro o negro.

Un curioso riesgo adicional es el de experimentar reacciones adversas como inflamación o quemazón en la piel tatuada después de una resonancia magnética (RM), una técnica de diagnóstico muy habitual en medicina. El efecto se debe a que ciertos pigmentos de los tatuajes contienen hierro, que reacciona al magnetismo emitido por la máquina. Sin embargo, un nuevo estudio publicado el mes pasado estima que el riesgo real es muy bajo, de solo 1,7 a 3 casos por cada 1.000, si bien también se ha advertido que en ciertas ocasiones la presencia del tatuaje puede distorsionar la imagen obtenida y anular la utilidad de la prueba.

Como conclusión, todo lo anterior no debería ser motivo de alarma para quienes ya lleven tatuajes; aún se necesitará mucha más ciencia sólida. En general, lo único que puede concluirse hoy es, como decía una revisión de 2016, que “la prevalencia de reacciones inmediatas o retardadas a las tintas y los pigmentos es oscura e impredecible”. En algunos casos concretos aún está todo por hacer; por ejemplo, el posible efecto de los tatuajes de la madre gestante sobre el desarrollo fetal.

Pero si para algo aspira a servir este artículo, es para que quienes estén pensando en pasar por la aguja tomen precauciones y sigan la recomendación de la Agencia Europea de Productos Químicos (ECHA): “Si quieres hacerte un tatuaje, haz tu investigación no solo sobre la habilidad del artista tatuador y las medidas que toma para evitar infecciones, sino también sobre las tintas que utiliza. Reúne toda la información, ¡no tengas miedo de preguntar!”.

¿Puede recibir anestesia epidural una mujer con un tatuaje lumbar?

Si pensamos en implicaciones médicas de los tatuajes, probablemente nos venga a la mente algo que todos hemos oído alguna vez: una mujer que lleve un tatuaje en la zona lumbar no podrá recibir anestesia epidural durante el parto debido al riesgo de que la tinta invada la médula espinal, y por tanto está condenada a parir con dolor. Y dado que todos lo hemos oído, debe de ser cierto, ¿no?

Un tatuaje lumbar. Imagen de Quasic / Flickr / CC.

Un tatuaje lumbar. Imagen de Quasic / Flickr / CC.

Bueno, no exactamente. Pero hay que advertir que no se trata de fake news; en efecto, durante años los expertos han debatido sobre esta cuestión, que en realidad se remonta a los tiempos anteriores a la popularización de los tatuajes. En los años 50 se describieron varios casos de niños que habían desarrollado tumores en torno a la médula espinal después de recibir antibióticos inyectados en el espacio epidural de la región lumbar.

Se supuso entonces que la aguja hueca había arrastrado hasta allí tejido epidérmico, que es muy proliferativo (por eso nos sirve para regenerar la piel). El efecto sería similar al de una perforadora cilíndrica que penetra en la roca o el hielo para extraer una muestra o testigo (en inglés se llama coring, pero ignoro cuál es la traducción adecuada).

Casos similares a los de aquellos niños se repitieron después, incluyendo en parturientas con anestesia epidural pero sin tatuajes. Y entonces, en 2002, dos anestesistas canadienses se encontraron de repente con un problema nuevo: tres mujeres parturientas que pedían anestesia epidural y que llevaban tatuajes justo en el lugar donde debía inyectarse la aguja. ¿Qué hacer?

Los dos médicos revisaron toda la literatura científica al respecto, pero no les sacó de dudas. Finalmente administraron la anestesia a las tres mujeres; en dos casos lo hicieron a través de huecos en el tatuaje que estaban libres de tinta, y en el tercero pincharon directamente a través de la piel tatuada porque el parto se complicó y la mujer estaba sufriendo, lo que les impulsó a tomar la decisión de asumir el riesgo.

Pero les quedó la duda; dado que no habían encontrado suficientes estudios al respecto, no podían saber si el procedimiento era totalmente seguro. “Basándonos en la información limitada disponible, es posible que insertar una aguja epidural o espinal a través de un tatuaje pueda causar problemas a largo plazo como aracnoiditis o una neuropatía secundaria a una reacción inflamatoria, pero no lo sabemos”, escribían.

Aquel estudio puso a los anestesistas en guardia, y motivó infinidad de discusiones posteriores. Sin embargo, es importante recordar que en los casos de referencia no había tatuajes (que, por otra parte, se emplazan en la dermis, no en la epidermis); y en todo caso, con tatuaje o sin él, interesa evitar a toda costa arrastrar tejido al lugar de la inyección. De hecho, las agujas actuales están diseñadas para tratar de reducir esta posibilidad de colocar tejido de la piel en lugares donde no debería estar. Lo cual no implica que el riesgo sea cero, y los especialistas subrayan que la paciente debe estar informada de ello.

Un tatuaje lumbar. Imagen de Lucas Cobb / Flickr / CC.

Un tatuaje lumbar. Imagen de Lucas Cobb / Flickr / CC.

En 2018, un grupo de anestesistas israelíes actualizaba el conocimiento sobre los casos conocidos de complicaciones, llegando a la conclusión de que no puede decirse que exista una respuesta definitiva, pero que tomando precauciones de acuerdo a ciertas directrices, “en ausencia de una contraindicación médica clara basada en pruebas, no debería excluirse la técnica epidural en mujeres con un tatuaje lumbar”.

El pasado diciembre, los mismos autores escribían otro artículo en el que recogían las opiniones de los anestesistas al respecto: el 40% de los encuestados aún decían que no practicarían una anestesia epidural a través de un tatuaje lumbar. Sin embargo, algunos expertos sugieren que ya es hora de cerrar el debate; como escribían en 2018 dos especialistas de sendos hospitales franceses, “no hay un riesgo adicional en llevar a cabo procedimientos neuraxiales a través de un tatuaje lumbar sano y cicatrizado, y no hay necesidad de medidas de precaución como cortar la piel tatuada. Los anestesiólogos no deberían excluir las técnicas neuraxiales en las mujeres con tatuajes lumbares”.

En definitiva, finalmente la posibilidad de que una mujer con un tatuaje lumbar reciba anestesia epidural o no dependerá de la decisión del especialista concreto que la atienda, mientras el centro hospitalario no tenga una política definida al respecto. Pero si las cifras del estudio israelí son extrapolables, parece que por cada anestesista que se niegue a practicarla, podrá recurrirse a otro que sí lo haga. Siempre, claro está, que la paciente sea consciente de que el riesgo no puede descartarse por completo.

Todo lo anterior nos lleva a una

Moraleja (una que se repite bastante en este blog):

Conocer realmente los efectos sobre la salud de casi cualquier cosa, ya sean positivos o negativos, como los presuntos beneficios o daños de un alimento, es algo que requiere numerosos estudios, y por lo tanto mucho tiempo. Todo lo demás no es ciencia, sino publicidad, por mucho que ni al público ni a los medios de comunicación les gusten las incertidumbres (un dogma del periodismo dice que nunca debe titularse con una pregunta; quien lo dictó, obviamente no sabía nada de ciencia).

Y si esto se aplica a la relación entre tatuajes lumbares y anestesia epidural, imaginarán entonces que probablemente se extienda también a los posibles efectos sobre la salud de los tatuajes en general. ¿Quieren saber qué dice la ciencia actual sobre esto? Vuelvan mañana y se lo contaré.

Los piojos han inventado uno de los pegamentos más potentes del mundo

Ayer les decía que el verdadero problema de los piojos no son los propios bichos, sino las liendres. Si estos huevos, que la hembra pone a razón de hasta 10 al día, se eliminaran fácilmente con un lavado o un cepillado, cualquier intruso en nuestras cabezas acabaría muriendo tarde o temprano sin dejar herederos a los que legar ese paisaje capilar hasta donde se extiende la vista. Sería enormemente sencillo librarnos de ellos, y probablemente los piojos se habrían extinguido mucho tiempo atrás.

Así, la mayor parte del éxito de la estrategia evolutiva del piojo, la que le ha permitido seguir infestando cada año a cientos de millones de humanos, descansa en ese firme agarre de la liendre al pelo que lo resiste casi todo, y contra el que poco pueden hacer incluso los insecticidas: el huevo solo está comunicado con el aire exterior por un poro llamado opérculo, en el que nuestras lociones apenas consiguen entrar. Digan lo que digan las campañas publicitarias, los expertos aseguran que ningún producto mata el 100% de las liendres, y ninguno de ellos es capaz de desprenderlas del pelo eficazmente.

Una liendre muerta en un pelo humano. Imagen de Gilles San Martin / Flickr / CC.

Una liendre muerta en un pelo humano. Imagen de Gilles San Martin / Flickr / CC.

Por este motivo, conocer el sistema de adhesión de la liendre al cabello es un buen primer paso para lograr, tal vez, diseñar nuevos productos antipiojos que ataquen el problema desde su raíz. Ahora, gracias a un grupo de investigadores coreanos y a su estudio publicado en la revista Scientific Reports, conocemos mucho mejor la respuesta a esta incógnita. Y la respuesta es esta: la fuerte unión de la liendre al pelo se debe a un increíble pegamento producido por los piojos hembras, y que no se parece a ningún otro conocido hasta ahora.

Analizar los componentes de la cubierta de la liendre no ha resultado tan fácil como podría preverse. Cuando los científicos quieren hacer un estudio de este tipo, lo que hacen es disolver el material de base, en este caso las liendres, utilizando algún disolvente apropiado, y después se determina la composición de la muestra líquida utilizando un aparato llamado espectrómetro de masas.

Antes se creía que la cubierta de las liendres estaba compuesta por quitina, el polisacárido (azúcar) que forma el exoesqueleto de los insectos y los crustáceos; la cáscara de la gamba, digamos. Sin embargo, estudios recientes sugerían que en su lugar parecía más bien de naturaleza proteica, así que los investigadores sumergieron las liendres en un disolvente de proteínas: la urea.

Después de este tratamiento, comprobaron que todos los embriones de los huevos habían muerto y que sus proteínas se habían disuelto en la solución de urea. Pero en cambio, las cubiertas de las liendres seguían sin inmutarse. Así que probaron con otro tratamiento más fuerte, y luego con otro, y otro. Todos fallaron. Ni los disolventes orgánicos como el DMSO (dimetilsulfóxido), el etanol o el ciclohexano, ni los detergentes de laboratorio como el SDS (dodecil sulfato sódico), el Triton X-100 o el DDAO (N-óxido de N,N-dimetildodecilamina) lograron destruir los huevos.

Ante esta especie de adamantium piojil, a los investigadores solo les quedó la opción de analizar las liendres por otros métodos indirectos y luego tratar de encajar las piezas del puzle. En primer lugar, confirmaron la naturaleza proteica de la liendre empleando una técnica llamada espectroscopía de infrarrojos de transformada de Fourier (FTIR), que es capaz de revelar las estructuras de las proteínas intactas incluso en una muestra sólida. Utilizando una sola liendre, consiguieron verificar que su cemento estaba hecho de proteínas, aunque no lograron desentrañar la estructura de estas.

A continuación pasaron al método radical: ácido clorhídrico concentrado. Por suerte, los piojos aún no han completado el camino para convertirse en los aliens de Ridley Scott. El ácido destruyó los huevos, pero también las proteínas. El resultado de este tratamiento fue una sopa de aminoácidos, los eslabones que forman las proteínas. Pero esta sopa solo contiene los eslabones sueltos, como si al agitar un libro todas sus palabras se mezclaran; imposible conocer cómo son las proteínas originales.

Sin embargo, lo que sí puede conocerse de este caldo es su lista de ingredientes, los aminoácidos concretos presentes (como glicina, alanina, valina…), y sus porcentajes. Con estos datos, los investigadores se fueron a la base de datos que contiene la secuencia del genoma del piojo. Dado que el ADN se traduce en proteínas, la tarea consistía en buscar genes de cuyas secuencias pudieran predecirse proteínas con la misma composición de aminoácidos y los mismos porcentajes que los obtenidos en la sopa de aminoácidos de liendres.

Y allí aparecieron dos genes, que los investigadores coreanos han denominado Proteína de la Cubierta de la Liendre del Piojo 1 y 2, respectivamente (en inglés, Louse Nit Sheath Protein o LNSP 1 y 2). Por último, se trataba de comprobar si efectivamente estas proteínas existían en el piojo, y de producirlas in vitro para estudiar qué hacían.

En cuanto a lo primero, el resultado mostró que los investigadores habían dado en el clavo: las LNSP 1 y 2 existen en los piojos, pero más concretamente en las hembras adultas en fase de puesta de huevos, y aún más concretamente están presentes en su glándula accesoria, la que segrega el pegamento encargado de fijar la liendre al pelo.

Para lo segundo, los autores del estudio introdujeron un fragmento del gen de la LNSP 1 en bacterias Escherichia coli, utilizadas en los laboratorios como diminutas vacas lecheras para producir cualquier proteína que se desee. De este modo, las bacterias fabricaban una LNSP 1 parcial, que luego podía purificarse para estudiar sus propiedades.

Ya al estudiar la secuencia de aminoácidos de LNSP 1 y 2, los modelos bioinformáticos utilizados por los investigadores habían pronosticado que se trataría de proteínas con una tendencia a formar cadenas β que se compactarían fuertemente en láminas β; dicho de otro modo, que serían bastante pegajosas.

Esto se confirmó al poner en marcha la producción en bacterias: a medida que aumentaba la concentración de la proteína en la solución, los investigadores vieron que se volvía pringosa, y que al evaporarse el agua era capaz de adherir un pelo humano a un tapón de plástico, o un tubo de plástico a una placa Petri.

La proteína de la liendre LNSP 1 adhiere el pelo a un tapón de plástico y un tubo a una placa Petri. Imagen de Park et al, Scientific Reports 2019 / CC.

La proteína de la liendre LNSP 1 adhiere el pelo a un tapón de plástico y un tubo a una placa Petri. Imagen de Park et al, Scientific Reports 2019 / CC.

Para evaluar el poder adhesivo de LNSP 1, los científicos lo compararon con el Tisseel, un pegamento biológico comercial que se usa en cirugía para cerrar heridas y que está compuesto por fibrina, una proteína implicada en la coagulación de la sangre. El resultado fue que el pegamento de la liendre es unas 500 veces más potente que el Tisseel, y esto solo para el fragmento parcial producido en las bacterias; según los modelos, la proteína completa será aún más potente. Y a esto se añade que probablemente el pegamento del piojo contenga otras proteínas además de LNSP 1 y 2.

De hecho, y aunque en algunos aspectos estas proteínas se parecen a la tela de araña, otras peculiaridades de sus secuencias las diferencian de cualquier otro adhesivo biológico conocido, asemejándolas más a las proteínas que se acumulan y forman grumos en el cerebro en ciertas enfermedades neurodegenerativas como el Huntington.

En resumen, todo indica que los piojos han inventado uno de los pegamentos más potentes que existen. Los investigadores sugieren que, una vez se conozca su composición con más detalle, podría desarrollarse industrialmente como adhesivo biológico de alto rendimiento. Esto ya se ha hecho, por ejemplo, con el pegamento que utilizan los mejillones para aferrarse a las rocas y a partir del cual se ha creado un adhesivo más potente que el Super Glue y resistente al agua. Al menos tal vez acabemos sacando algo aprovechable de la lacra de los piojos.