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los que también son de letras

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Cómo seis pediatras tragaron cabezas de Lego para luego buscarlas en sus heces

¡Ah, la ciencia! Ese ideal de conocimiento y progreso por el que tantos han hecho tantos sacrificios. Como dice el estudio que vengo a contarles hoy, “en el campo de la medicina ha habido una noble tradición de autoexperimentación”. Ahí tenemos, como recuerdan los autores, al australiano Barry Marshall, que en 1984 se bebió un cultivo de Helicobacter pylori para demostrar que esta bacteria era responsable de la úlcera gástrica. Aquí he hablado de dos entomólogos que se han dejado acribillar deliberadamente por diversos bichos, y en otro medio conté hace tiempo la historia de los dos médicos británicos que se aplastaban científicamente los testículos para estudiar el dolor. Claro que nada comparable al estadounidense Stubbins Ffirth, que a comienzos del siglo XIX bebía vómito de enfermos de fiebre amarilla para intentar demostrar que la enfermedad no era contagiosa.

Por ello, cuando un grupo de pediatras quiso comprobar cuál es el destino de un cuerpo extraño que se ingiere por accidente, “los autores sintieron que no podían pedir nada a sus sujetos de experimentación que no harían ellos mismos”, escriben en el estudio. Y así, decidieron tragarse cada uno la cabeza de una figurita de Lego, para a continuación escrutar sus heces durante el tiempo necesario hasta descubrir unos ojillos mirándoles desde lo más marrón de las profundidades.

La idea es obra de Don’t Forget the Bubbles (DFTB), un grupo de pediatras de Australia y Reino Unido que hace unos años decidieron fundar una web y un blog para servir como referencia online y foro de discusión a la comunidad de pediatría. Según cuentan en su blog, un día se encontraron discutiendo sobre la ingestión de cuerpos extraños, uno de los grandes clásicos en las urgencias de pediatría. Se les ocurrió pensar que se han publicado innumerables estudios sobre el tránsito digestivo de las monedas, el objeto que los niños ingieren con más frecuencia; pero en cambio, apenas se ha publicado algo sobre los juguetes, el segundo tipo de cuerpo extraño que más viaja por los intestinos de los pequeños.

Así que decidieron poner remedio a este vacío científico, y para ello eligieron un juguete representativo y estandarizado: la cabeza de los muñequitos de Lego. Sin pelo ni gorro. Y dado que de ninguna manera podían contar con sus pacientes para el experimento, reclutaron de su propio grupo a seis voluntarios, tres mujeres y tres hombres, gustosos de pasar a la historia de la autoexperimentación científica.

Según cuentan en su estudio, publicado en la revista Journal of Paediatrics and Child Health, durante los tres días previos a la legofagia los voluntarios llevaron un diario de sus deposiciones según la Escala de Heces de Bristol, creada por investigadores de la Universidad de Bristol en 1997 y que sirve para valorar el estreñimiento o la diarrea en función del aspecto y la consistencia de la deyección: con forma de salchicha, como una morcilla, más o menos pastosa… En fin, ya se hacen una idea.

Escala de Heces de Bristol. Imagen de Cabot Health / Wikipedia.

Escala de Heces de Bristol. Imagen de Cabot Health / Wikipedia.

Utilizando la escala de Bristol, los autores del estudio evaluaron el hábito intestinal de cada participante según una puntuación de Dureza y Tránsito de Excrementos, en inglés Stool Hardness and Transit, o SHAT (literalmente, pasado del verbo cagar). Con esta preparación previa para estimar la idiosincrasia excretora de los voluntarios, estos procedieron a la deglución de las cabecitas, como prueba el siguiente vídeo:

Esquema de las cabezas de Lego empleadas en el estudio. Imagen de Tagg et al. / Journal of Paediatrics and Child Health.

Esquema de las cabezas de Lego empleadas en el estudio. Imagen de Tagg et al. / Journal of Paediatrics and Child Health.

Una vez pasado el mal trago, comenzaba la gran aventura de la ciencia. En los días sucesivos, los investigadores participantes debían recoger las emisiones de su esfínter e inspeccionar cada mojón concienzudamente por el método al gusto de cada cual: “Utilizando una bolsa y estrujando, depresores linguales y guantes, palillos chinos… No se dejó ni un zurullo sin remover”, escriben los autores en el blog.

Y por fin, las cabezas fueron surgiendo de entre las sombras. Los resultados fueron medidos según el Tiempo de Encontrado y Recuperado, en inglés Found and Retrieved Time, o FART (literalmente, pedo). El tiempo medio de tránsito sorprendió a los investigadores: solo 1,71 días, frente a los 3,1 a 5,8 días que suelen tardar las monedas. Los autores del estudio aventuran que quizá el tamaño y la forma del objeto pueden influir en el FART, y como experimentos futuros proponen ingerir simultáneamente cabezas de Lego y monedas; “idealmente, con una parte del estudio que incluya tragar una figurita de Lego sosteniendo una moneda”, escriben.

Sin embargo y a pesar del pequeño número de participantes, se han encontrado curiosas diferencias entre hombres y mujeres: ellas liberaron a Willy de una o dos sentadas, mientras que ellos necesitaron tres. Es más, la cabecita ingerida por uno de los sujetos masculinos, el paciente B, jamás ha podido ser recuperada, a pesar de que el individuo continuó adentrándose en lo desconocido durante dos semanas. De ello los autores concluyen: “Hay indicios de que las mujeres pueden ser más diestras rebuscando en sus excrementos que los hombres, pero esto no ha podido ser validado estadísticamente”.

¿Qué fue de la cabeza del paciente B? Jamás se sabrá. Quizá navegó libre hacia el crepúsculo, o tal vez, como escriben los autores en el blog, “algún día, dentro de muchos años, un gastroenterólogo realizando una colonoscopia la descubrirá mirándole”. Pero en cualquier caso, los investigadores extraen una importante conclusión, y es que la ingestión de un cuerpo extraño como el utilizado en el estudio normalmente no debe preocupar a los padres: ni causa molestias ni altera el hábito intestinal. Por ello recomiendan a los padres que no se inquieten, y que ni siquiera se molesten en rebuscar: “Si un médico con experiencia y con un doctorado es incapaz de encontrar objetos en sus propios excrementos, parece claro que no podemos esperar que lo hagan los padres”.

Pero naturalmente y para aquellos fácilmente escandalizables, es necesario aclarar que el estudio no pretende presentarse como ciencia seria. En ciertas revistas médicas, sobre todo en el BMJ (British Medical Journal), existe desde hace años la tradición de celebrar la Navidad publicando algunos estudios festivos, como el de la imagen de los médicos en los dibujos animados de Peppa Pig que conté aquí el año pasado. Es una costumbre divertida que parece calar cada vez más entre los investigadores y los editores de las revistas. Leyendo algunos comentarios al vídeo de los autores en YouTube, parece evidente que quienes se escandalizan no saben distinguir entre ciencia y truño; o entre cagar y darle cuerda al reloj.

Pruebas genéticas personales, el nuevo regalo de Navidad, pero cuidado con lo que prometen

El pasado abril, el periodista de la NBC Phil Rogers decidió probar consigo mismo varias pruebas genéticas que se venden directamente al consumidor y que supuestamente revelan lo escrito en el ADN de una persona respecto a la procedencia de sus ancestros o a diversos aspectos relacionados con la salud.

Pero Rogers hizo trampa; para algunos de los análisis no envió su ADN, sino el de su perra Bailey. Varias compañías le respondieron que la muestra era ilegible; pero una de ellas, Orig3n, especializada en pruebas de salud y bienestar, no solo le devolvió un informe completo de siete páginas, sino que le informaba de que el donante de la muestra tenía grandes aptitudes para el baloncesto, el boxeo, el ciclismo y el atletismo (y no, no era Goofy).

La anécdota tiene una clara moraleja: cuidado con las promesas de las compañías de pruebas genéticas. Los análisis de este tipo que se venden directamente al consumidor (DTC, según sus siglas en inglés) se han convertido en el nuevo regalo de moda para aquellas personas que ya tienen de todo; en EEUU y por segundo año consecutivo, una prueba genética de ancestros se ha situado entre los cinco artículos más vendidos por Amazon entre el Black Friday y el Cyber Monday.

En EEUU, un país poblado y construido por emigrantes, el interés por rastrear las huellas familiares está siempre muy presente, algo que no ocurre tanto en Europa. Pero si los análisis genéticos DTC relacionados con la salud no triunfan en la misma medida, es porque la autoridad reguladora, la Administración de Alimentos y Fármacos (FDA), ha sido hasta ahora muy restrictiva con respecto a la venta de estos productos, con el fin de evitar la proliferación de proclamas infundadas y no avaladas por datos científicos.

Como ejemplo, la compañía líder en pruebas genéticas DTC en EEUU, la californiana 23andMe, salió al mercado vendiendo análisis relacionados con la salud, que después tuvo que retirar por no contar con la aprobación de la FDA. Recientemente esta agencia ha comenzado a relajar su política: el pasado 31 de octubre anunciaba la autorización de una prueba de 23andMe que relaciona 33 variantes genéticas con la metabolización de ciertos fármacos. El análisis se basa en la nueva disciplina de la farmacogenómica, que estudia cómo la genética influye en la reacción a los medicamentos, y que se encuadra dentro de la corriente actual de la medicina personalizada.

Uno de los kits comercializados por 23andMe. Imagen de 23andMe.

Uno de los kits comercializados por 23andMe. Imagen de 23andMe.

Para conceder la autorización a la prueba de 23andMe, la FDA ha comprobado que el análisis es preciso y reproducible, y que no solo explica a los consumidores qué resultados ofrece y cómo deben interpretarse, sino también qué resultados no ofrece y cómo no deben interpretarse, para no crear expectativas erróneas.

Curiosamente al día siguiente, el 1 de noviembre, la FDA publicaba otra nota de prensa advirtiendo “contra el uso de muchas pruebas genéticas con proclamas no aprobadas para predecir la respuesta de los pacientes a medicaciones específicas”. La agencia alertaba así de la necesidad de que toda prueba comercializada cuente con el suficiente respaldo científico y con una aprobación formal.

Este requerimiento de basarse en ciencia sólida es especialmente crítico cuando se trata de pruebas que advierten sobre el riesgo genético de padecer distintas enfermedades, uno de los negocios a los que las compañías genéticas pretenden hincar el diente. En EEUU la FDA ha autorizado varias de estas pruebas, todas ellas de 23andMe. Esta semana, la agencia ha aprobado el uso de una base de datos de referencia sobre variantes genéticas y su relación con enfermedades, con la intención de que sirva de estándar para el desarrollo de nuevas pruebas genéticas.

Sin embargo, otra cuestión muy diferente son los análisis de bienestar general, aquellos que pretenden valorar la aptitud mental, física y deportiva o los perfiles dietéticos óptimos para una persona, sin hacer referencia a enfermedades concretas. En este campo la FDA se inhibe, al considerarlas “de bajo riesgo”: “Algunas pruebas se ofrecen con propósitos que la FDA considera de bienestar general, como las que predicen la capacidad atlética. En general, la FDA no revisa los productos de bienestar general”, dice la agencia.

Lo cual implica que aquí entramos en el territorio del salvaje oeste, donde una compañía puede vender pruebas genéticas para medir el nivel de inteligencia o el flujo del qi haciendo creer implícitamente al consumidor que el análisis cuenta con suficientes fundamentos científicos y con la aprobación de la FDA, cuando no es así.

Y si incluso en EEUU existen lagunas legales que los emprendedores avispados pueden explotar en su beneficio, cuáles no existirán en países como España, donde aún no hay una regulación legal específica de las pruebas genéticas DTC. Aquí se supone que dichos análisis están afectados por la Ley de Investigación Biomédica de 2007 y un par de reales decretos que regulan las pruebas de diagnóstico in vitro y su publicidad.

Según estas normas, los kits DTC para propósitos médicos no serían admisibles, ya que estos exámenes deben ser realizados en centros sanitarios por personal especializado. Pero en el Wild West de las pruebas de bajo riesgo, ya existen empresas españolas que comercializan análisis genéticos para predecir el rendimiento deportivo, el perfil dietético óptimo de una persona o su estado de salud general.

En principio, no se trata de descalificar de forma general estos productos ni a estas compañías, siempre que su publicidad no sea engañosa, y que el consumidor esté advertido de que el informe que va a recibir no cuenta con otro criterio ni más aval que el de la propia empresa; no es el horóscopo, pero tampoco debe caerse en el error de creer que es Ciencia con mayúscula. Las pruebas genéticas DTC son un juguete, y como tal deben regalarse y usarse.

Los científicos condenan este experimento de edición genética de bebés. Pero…

El pasado lunes saltaba de forma bastante estrambótica la noticia de que un investigador chino llamado He Jiankui ha producido por primera vez bebés con su genoma modificado por edición genética; dos niñas, presentadas con los nombres ficticios de Nana y Lulu, que según He han nacido sanas, y a las que en su etapa embrionaria se les aplicó la herramienta de edición genómica CRISPR para hacerlas resistentes al virus del sida, del que su padre es portador. He ha revelado posteriormente que existe al menos otro bebé en camino.

He ha recibido innumerables calificativos, ninguno de ellos elogioso. Pero es necesario distinguir entre quienes han tachado su experimento de prematuro o irresponsable y quienes lo han tildado de monstruoso, o han desempolvado el tópico rancio de que los científicos “juegan a ser Dios” (como si quienes rigen a diario con mano divina sobre nosotros fueran los científicos, y no otros, o como si los endiosados en esta sociedad fueran los científicos, y no otros), o se han sumado a la lapidación pública del investigador adjetivándolo extemporáneamente como “fracasado buscador de gloria”. El comportamiento de He es reprobable por varias razones, pero es evidente que lo de fracasado no es cierto. Por mucho que tiente ahora culparle también del asesinato de Kennedy o del calentamiento global.

Un embrión. Imagen de Pixabay.

Un embrión. Imagen de Pixabay.

Hay muchos motivos por los que el experimento de He es denostable. En primer lugar, su secretismo y falta de transparencia son impropios de la ciencia y enormemente dañinos para la reputación de la ciencia. Su experimento salió a la luz el pasado domingo gracias a que la revista digital MIT Technology Review, por fuentes no reveladas, supo del registro del ensayo clínico de He. Reaccionando rápidamente a la publicación de la exclusiva, He comunicó oficialmente la noticia a la agencia AP y colgó una serie de vídeos en YouTube en los que explicaba y defendía sus experimentos.

Hasta el momento, He no ha publicado sus resultados en una revista científica, pero los datos facilitados no sugieren que todo sea un inmenso engaño. Sin embargo, cuando este miércoles tuvo la oportunidad de explicarse largo y tendido en la segunda cumbre internacional sobre edición del genoma humano, celebrada esta semana en Hong Kong (y donde se le abrió de urgencia un hueco de una hora en el programa para que pudiera hacerlo), He no se dignó a levantar todos los velos ni a despejar todas las dudas sobre sus procedimientos y motivos, o sobre las acusaciones de falsificación de firmas en los trámites legales.

Claro que también merece mencionarse la sobreactuación de las autoridades chinas –“extremadamente abominable”, dijo ayer el viceministro de Ciencia– y de la comunidad científica de aquel país; lo cierto es que el registro del ensayo clínico, que especifica “aprobado por comité ético: sí” con fecha de marzo de 2017 (posibles falsificaciones aparte), no deja ni la menor sombra de duda sobre cuál era el objetivo del estudio, “obtener niños sanos para evitar el VIH”, ni su resultado esperado, “embarazo y garantizar uno o más nacimientos vivos”. Es una idea extendida que la regulación legal de la investigación en China se aplica según como se mire, y respecto a transparencia, sobra el comentario.

Otro motivo de crítica ha sido el objetivo elegido por He: la eliminación del gen de CCR5, una proteína que actúa como correceptor del VIH durante la infección. Es decir, no ha corregido una mutación genética dañina, sino que ha modificado genomas teóricamente sanos para evitar un peligro, el contagio del VIH, al que las niñas no estaban sometidas; solo su padre es portador del virus, y en estos casos el riesgo de transmisión es insignificante, más aún en una fecundación in vitro con un lavado previo del esperma. Y al hacerlo, ha privado a las niñas (a una de ellas, por completo; al parecer la otra conserva una de las dos copias intactas del gen) de un componente fisiológico del organismo cuyas funciones aún no se conocen del todo, y por tanto, cuya carencia puede tener efectos adversos aún no descritos. Es más, ni siquiera ha garantizado la protección de las niñas contra el VIH, ya que ciertas cepas utilizan otro correceptor distinto, CXCR4.

Frente a esto, podría argumentarse que tanto CCR5 como la mutación concreta introducida eran dianas técnicamente más asequibles que las necesarias para la curación de una talasemia o una anemia falciforme, que son algunos de los objetivos actualmente contemplados por otros grupos de investigación. Pero esto no deja de convertir a las niñas en meros sujetos de una prueba de concepto experimental, ya que difícilmente van a obtener ningún beneficio de su modificación genética. Ni ellas, ni tampoco la población general: es evidente que, incluso si el procedimiento funcionara a la perfección sin ninguna contrapartida, no aporta nada de cara al progreso hacia la erradicación del VIH.

Pero por encima de todo, lo más reprobado del experimento de He ha sido su carácter prematuro. Cuando aún no terminan de arrancar los ensayos clínicos de CRISPR para corregir genes dañinos en células somáticas adultas, las que forman parte de nuestro cuerpo pero no crean descendencia, He se ha saltado todos los pasos imprescindibles previos para lanzarse al vacío con la gestación de embriones modificados, sin que la seguridad del procedimiento haya sido suficientemente acreditada.

Pero…

Aquí es donde comienzan los matices. En primer lugar, conviene subrayar que los embriones de He no son los primeros editados genéticamente. Ya se hizo por primera vez en 2015, también en China, y se ha repetido después al menos en otros siete estudios en China, EEUU y Reino Unido; se continúa haciendo y se continuará haciendo. En todos estos casos se han utilizado embriones no viables (defectuosos), o bien embriones viables que no iban a destinarse a implantación para obtener una gestación.

Actualmente son varios los países que autorizan o al menos no prohíben expresamente la edición genómica de embriones humanos. Y aunque el uso de estos embriones con fines reproductivos aún no se contempla legalmente en ningún país, es necesario aclarar una confusión: según han publicado todos los medios, la comunidad científica en bloque ha repudiado el experimento de He, lo cual es cierto.

Pero muchos de esos medios, tertulianos y comentaristas han concluido que, ergo, la comunidad científica en bloque repudia la edición genómica en embriones humanos con fines reproductivos; o dicho más llanamente, la creación de bebés con genomas modificados. Lo cual está muy lejos de ser cierto. Como veremos mañana.

Las pseudoterapias inician su campaña de desinformación

El fin de semana suele ser cuando se reposan y se repasan los asuntos de los cinco días previos, y entre ellos, como conté ayer, está la puesta en marcha del Plan para la protección de la salud frente a las pseudoterapias, anunciada el pasado miércoles por María Luisa Carcedo, ministra de Sanidad, y Pedro Duque, ministro de Ciencia.

Entre esos reposos y repasos, he podido escuchar en la radio, literalmente, la siguiente interpretación de lo ocurrido esta semana: “el gobierno planea prohibir las terapias naturales”. Cualquiera que escuche esta versión claramente sesgada llegará a la conclusión de que el malvado gobierno se dispone a clausurar su herbolario favorito e impedirle comprar eucalipto para prepararse unos vahos, o tila para relajarse y conciliar el sueño.

La verdadera información está ahí para quien la quiera: el gobierno informará sobre la eficacia o falta de ella de las distintas alternativas terapéuticas con el fin de que la ciudadanía disponga de los suficientes elementos de juicio para elegir sus opciones. Quien quiera elegir pseudoterapias podrá seguir haciéndolo; pero eso sí, ni a sus prescriptores y practicantes se les permitirá la publicidad engañosa, ni podrán ejercer dentro del sistema sanitario, que como cualquiera puede entender a poco que se lo proponga, debe estar dedicado exclusivamente a la administración de tratamientos terapéuticos que sean probadamente terapéuticos.

Homeopatía. Imagen de MaxPixel.

Homeopatía. Imagen de MaxPixel.

Quisiera equivocarme, pero mucho me temo que el nuevo plan del gobierno puede prender una campaña de desinformación y fake news por parte de los defensores de las pseudoterapias. La anterior interpretación de las intenciones del gobierno es una muestra de cómo la manera de presentar un asunto busca interesadamente provocar una reacción de rechazo en la audiencia: ¡prohibir las terapias naturales! ¡Pero cómo se atreven!

A los agentes de la desinformación se ha sumado, de momento, la presentadora Ana Rosa Quintana. Como informó esta casa el pasado viernes, Quintana defendió las pseudoterapias en su programa, afirmando que “la homeopatía o la acupuntura son ciencias milenarias”. Es evidente que la opinión de Quintana sobre estos asuntos debería pesar tanto como su hipótesis sobre el origen y la causa de los Fast Radio Bursts, potentes ráfagas de emisiones de ondas de radio de procedencia aparentemente extragaláctica.

Pero también es evidente que no es así, sino que opiniones como la suya pesan; y obviamente Quintana ignora o bien lo que son la homeopatía y la acupuntura (no son ciencias), o bien lo que es la ciencia (la homeopatía y la acupuntura no lo son), o ambas cosas, y desde luego parece desconocer por completo que los 222 años de existencia de la homeopatía no cuentan como un milenio.

Otro indicio de que la maquinaria pseudoterapéutica puede preparar una intensificación de su campaña de fake news me lo ha proporcionado una persona, defensora de la homeopatía, que parece haberse propuesto espamear mi correo. A su primer mensaje respondí amablemente explicándole qué es la homeopatía, que no cura y por qué no cura, como creo que es mi obligación y hago con gusto siempre que se trate de ayudar a fomentar la información y la cultura del pensamiento. Pero descubrí entonces que esta persona no solo es inmune a la información, sino que ahora parece decidida a dejarme en el correo periódicas notas sobre su visión del mundo.

En su último correo (de los dos que me ha enviado esta misma mañana), me informa de que “la homeopatía ya es legal en Suecia”, adjuntándome un enlace y añadiendo que “como siempre, en España somos más listos”. Sobre lo de si somos más listos y como ya sugerí ayer, la idea de que debemos mimetizarnos con la manera que en otros países tienen de hacer cualquier cosa sí que tendería a indicar que somos menos listos; si no fuera porque no existen datos que demuestren diferencias de capacidades intelectuales al sur y al norte de los Pirineos.

Pero por supuesto, merece la pena indagar en el caso. El enlace me lleva a una publicación en una web de homeopatía en la que, bajo el título “Fin de la prohibición: en Suecia la homeopatía ya es legal”, se cuenta que el Tribunal Supremo de Suecia ha tumbado una sentencia que condenaba a un médico por haber tratado con homeopatía a un paciente. “Los jueces están convencidos de que el médico actuó en interés del paciente y aplicó el medicamento que según los conocimientos del médico era más adecuado para el paciente”, dice el texto.

Caramba –viene a pretender que interprete mi comunicante–: mientras que en España se planea restringir la homeopatía, justo ahora en Suecia se le da un empujón validando su eficacia. ¿No?

Bueno, lo cierto es que… no. En primer lugar, y aunque resulte muy oportuno pretender que Suecia ahora se pronuncia en favor de la homeopatía, no es exactamente así: al indagar un poco, descubro que en realidad la noticia original se publicó el 24 de septiembre de 2011. Fue hace siete años cuando el Tribunal Supremo sueco anuló la sentencia que sancionaba a este médico. Y en realidad, como voy a explicar, no se ha producido ningún cambio en el estatus legal de la homeopatía en Suecia, al contrario de lo que mi comunicante pretende hacerme creer.

La sentencia original en cuestión (no tengo la menor idea del idioma sueco, pero este enlace al traductor de Google me ofrece una traducción al inglés razonablemente legible) dice lo siguiente: “El Comité Nacional de Salud concede que los remedios homeopáticos no tienen impacto negativo en el organismo humano. Debe considerarse que el tratamiento homeopático no tiene efecto alguno, pero en general se acepta el positivo efecto placebo que se produce cuando el paciente por sí mismo adopta la iniciativa de tomar un tratamiento que cree que pueda tener un efecto en su enfermedad”.

En resumen, la sentencia absuelve al médico de negligencia porque le estaba administrando al paciente un tratamiento que no cura, pero que tampoco le perjudica, y que no hay fundamento para una sanción que solo debe aplicarse cuando un profesional “actúa poniendo en peligro la seguridad del paciente”, dice la sentencia. En otras palabras, este es el gran triunfo enarbolado por los defensores de la homeopatía: en Suecia se dictaminó (hace siete años) que administrar agua o pastillas de azúcar a un paciente no pone en riesgo su salud.

La sentencia añadía además un detalle. Basándose en ese posible efecto placebo, que no cura, pero que puede favorecer la percepción de bienestar del enfermo, los jueces citaban la postura del Comité Nacional de Salud y Bienestar de Suecia según la cual “en casos excepcionales los remedios homeopáticos pueden aceptarse como un suplemento a la medicina académica”. Pero añadía: “Esto no se aplica al tratamiento sistemático o al tratamiento DE MENORES”.

Las mayúsculas son mías; y es que, como ya comenté ayer, la defensa de la libertad de elección solo puede aplicarse a adultos que toman sus propias decisiones sobre su propia salud. Parece que no solamente Suecia no mantiene una postura más favorable a la homeopatía que España, sino que además allí existe un especial énfasis en la protección de los niños contra las pseudoterapias que aquí, al menos según lo presentado en las directrices del nuevo plan del gobierno, aún no se ha contemplado.

Pero insisto: la postura oficial sueca no es más favorable a la homeopatía que la española. Dos años después de aquella sentencia, el Comité Nacional de Salud, a resultas de una investigación encargada por el Ministerio de Asuntos Sociales (traducción al inglés aquí), insistía en la excepcionalidad de la administración de homeopatía: “Las ocasiones en las que los profesionales de la salud pueden desviarse de la ciencia y la experiencia demostrada son, por ejemplo, si un paciente terminal ha probado toda la medicina académica y quiere probar los preparados homeopáticos”.

La responsable del estudio, Lisa van Duin, decía: “Entonces, los profesionales legítimos de la salud no pueden decir que se niegan a la homeopatía, sino que en cambio pueden ayudar a que se practique con seguridad”, añadiendo que “los tratamientos de medicina alternativa no deben interferir con la medicina de modo que suponga un riesgo para el paciente”.

Homeopatía. El preparado Aconitum C30 ha sido el probado en el experimento. Imagen de pxhere.

Homeopatía. El preparado Aconitum C30 ha sido el probado en el experimento. Imagen de pxhere.

La realidad es que Suecia, como el resto de los países de la Unión, se ciñe a las actuales normativas comunitarias sobre pseudoterapias. Y para saber cuál es el estado actual de la homeopatía en aquel país, nada mejor que consultar la web de la Agencia Sueca de Productos Médicos (MPA), que por suerte sí ofrece información en inglés. Y este es el estatus actual de los remedios homeopáticos en Suecia: “Deben registrarse en la MPA para poder venderse en el mercado sueco”, dice la web.

¿Y qué necesita un producto homeopático para registrarse en la MPA sueca? La web cita los artículos 14 y 15 de la Directiva 2001/83/EC del Parlamento Europeo, así como el 17 y el 18 de la Directiva 2001/82/EC, para el caso de los productos veterinarios. Y aplicando dichas directivas, se exige a todo producto homeopático “la calidad y seguridad del producto final”, “que la fabricación se produzca en condiciones aceptables de calidad”, que “la fabricación cumpla con los métodos homeopáticos” y que “la materia prima se haya utilizado previamente en homeopatía”. Es decir, ni una palabra sobre su eficacia. O sí, pero no en el sentido en que pretenden los propagadores de fake news. La web añade: “La MPA sueca no evalúa la eficacia de los productos homeopáticos. No se requieren estudios clínicos o literatura científica de apoyo para demostrar el efecto de un producto homeopático. Aún más, no pueden sostenerse indicaciones o efectos para un producto homeopático”.

Es decir, la ley sueca tolera la venta de productos homeopáticos, aunque no curen, sin importar que no curen, pero únicamente siempre que no se afirme que curan. Respecto a qué tipo de productos homeopáticos pueden venderse, la MPA especifica que estos “no contengan más de una parte en 10.000 del principio original (equivalente a D4 en el producto final)” y que “si se emplea una sustancia activa empleada en un fármaco que requiere receta, el producto homeopático debe diluir este principio al menos 100 veces respecto a la dosis más baja que requiere prescripción”.

¿Y por qué esa dilución D4? Bueno, sencillamente porque es la dilución mínima a la que se ha probado que no existe ningún resto del principio original; en otras palabras, la ley sueca garantiza que los productos homeopáticos que se venden contienen exclusivamente agua (o azúcar, en el caso de las pastillas). Y asegurado esto, nadie puede impedir a nadie que compre agua embotellada o caramelos, aunque sea en dosis muy pequeñas a precios comparativamente astronómicos.

Bienvenido el plan contra las pseudoterapias, pero ¿quién protegerá a los niños?

La ciencia y la medicina no son de izquierdas ni de derechas. Y por tanto, la pseudociencia y la pseudomedicina tampoco lo son. Podría hacerse un retrato simplista de los grupos anticientíficos a los dos lados del arco: la derecha milagrera y la izquierda feng-shui (como acuñó el periodista Mauricio-José Schwarz). Estos grupos existen, pero sería muy aventurado decir que son algo más que estereotipos. Lo cual no significa que los estereotipos no existan. Pero no es un carnet político lo que da la razón, ni tampoco lo que la nubla.

En algunos casos sí son factores culturales, anclados en la tradición de un pueblo. En EEUU nadie consigue limitar la tenencia de armas, a pesar de lo probadamente nocivo de la barra libre, no porque lo diga la Constitución de aquel país, sino porque lo hace el espíritu que inspiró esa Constitución. En el terreno de las pseudoterapias, países como Francia y Alemania arrastran una inercia difícil de romper: el inventor de la homeopatía, Samuel Hahnemann, era alemán; y la mayor multinacional del mundo de esta pseudoterapia fraudulenta, Boiron, es francesa.

En este país nuestro existe un consolidado tic mental de dar por bueno todo lo que se hace fuera, todo lo que viene de fuera. Y este es un argumento al que suelen agarrarse los defensores de las pseudoterapias, su estatus legal o su popularidad en otros países. Noticia fresca: no existe ninguna evidencia de que los españoles seamos menos inteligentes que los extranjeros, ni más propensos a dejarnos llevar por supersticiones, mitos o bulos.

Por lo tanto, legislar sobre las pseudoterapias no debería basarse en ninguna necesidad de mimetizarnos con nuestro entorno. Pero tampoco debería depender de qué color gobierne en cada momento.

La ministra de Sanidad, María Luisa Carcedo, y el ministro de Ciencia, Pedro Duque, presentando el Plan de Protección de la Salud frente a las Pseudoterapias el pasado 14 de noviembre. Imagen del Ministerio de Ciencia.

La ministra de Sanidad, María Luisa Carcedo, y el ministro de Ciencia, Pedro Duque, presentando el Plan de Protección de la Salud frente a las Pseudoterapias el pasado 14 de noviembre. Imagen del Ministerio de Ciencia.

El primer (y esperado) paso del actual gobierno contra las pseudoterapias, concretado esta semana en el anuncio de un plan de regulación, no es un producto de una ideología política, sino del hecho de que por primera vez se da la circunstancia de que los dos puestos de máxima responsabilidad gubernamental en Ciencia y Sanidad no están ocupados por filólogos, financieros o abogados inmobiliarios, sino por dos personas (Pedro Duque y María Luisa Carcedo) guiadas por un criterio que debería exigirse en estos casos, un conocimiento profundo de la ciencia y la medicina, respectivamente.

Es decir, no basta con la titulación adecuada, que es el primer requisito esencial; como suelo pregonar aquí, nadie aceptaría a alguien al frente del Ministerio de Economía que no fuera economista, o del de Justicia sin titulación en Derecho. Pero no es un secreto que existen numerosos profesionales de la Sanidad que no solo defienden las pseudoterapias, sino que las prescriben. Hace unas semanas se publicó la estrambótica noticia de que una institución denominada Ilustre Academia de Ciencias de la Salud Ramón y Cajal ha premiado a un homeópata. Lo cual resulta aún más esperpéntico teniendo en cuenta lo que Santiago Ramón y Cajal escribió sobre la homeopatía en su último libro, El mundo visto a los ochenta años:

¿No curan lo mismo hoy los homeópatas, la Christian science de Baker-Eddy y el psicoanálisis de Freud? El hombre dispone de reservas inagotables de fe en lo sobrenatural o simplemente en el absurdo.

(La Christian science era un presunto método de sanación espiritual creado por la estadounidense Mary Baker Eddy, fundadora de la Iglesia de Cristo, Científico, y muy en boga en tiempos de Ramón y Cajal; por su parte, el psicoanálisis ha recibido acusaciones de pseudociencia desde su invención.)

Pero además, al poder y el saber debe sumarse el tercer factor: querer. La voluntad de cambiar el actual estatus de las pseudoterapias no solo se enfrenta a la inercia del sistema, sino también a los numerosos intereses económicos implicados, incluyendo grandes negocios como el de la homeopatía y la penetración de sus practicantes y prescriptores en los órganos de decisión de ciertas organizaciones profesionales.

En resumen, el plan anunciado por el gobierno analizará las propuestas terapéuticas desde el único prisma posible, el de la evidencia científica, para informar a la población sobre las diferencias entre las terapias de eficacia comprobada y las que no la tienen ni se basan en pruebas científicas. Se combatirá la publicidad engañosa de las pseudoterapias, algo espinoso pero muy necesario, y tanto las pseudoterapias como sus practicantes quedarán fuera de los centros sanitarios y de las titulaciones universitarias.

En la presentación del plan el pasado miércoles, Pedro Duque resaltaba que no se trata de dirigir las creencias de cada cual, sino de que nadie elija una pseudoterapia por una falta de acceso a la información veraz. Y si alguien quiere jugar con su salud en contra del conocimiento, que lo haga bajo su propia responsabilidad, a sabiendas de que atenta contra sí mismo.

Sin embargo, este planteamiento deja una vía de agua, y es una de extrema gravedad: ¿quién protege de las pseudoterapias a aquellos que no pueden protegerse por sí mismos? La homeopatía encuentra uno de sus filones en la pediatría, y esto es algo que el enfoque del plan no contempla, como tampoco el hecho de que son los padres quienes toman la decisión de no vacunar a sus hijos. Si se trata de proteger la salud contra las pseudoterapias, la libertad de elección no puede amparar la desprotección de la infancia.

Por qué no comemos el moho, si tiene penicilina (los errores de la quimiofobia)

Cuando al pan le crece moho, lo tiramos. No comemos pan mohoso porque, además de su aspecto francamente nauseabundo, sabemos que puede ser dañino para nosotros. Pero paradójicamente, el moho produce el fármaco más valioso de toda la historia de la medicina, el principal responsable de que vivamos muchos más años que nuestros tatarabuelos y de que nuestros hijos, en la inmensa mayoría de los casos, puedan llegar a adultos.

No, no es ninguno de los remedios de la medicina tradicional china, sino la penicilina; que, por otra parte, el médico nos receta en pastillas fabricadas industrialmente por una compañía farmacéutica, en lugar de prescribirnos que preparemos un bocadillo y esperemos seis meses para comérnoslo.

Pan mohoso. Imagen de Henry Mühlpfordt / Wikipedia.

Pan mohoso. Imagen de Henry Mühlpfordt / Wikipedia.

¿Cómo pueden entenderse todos estos sinsentidos? Es decir, si –como todo el mundo sabe– lo bueno y sano es lo natural, todo lo natural y nada más que lo natural, ¿cómo puede hacernos daño comer un organismo que produce algo tan beneficioso? ¿Deberíamos comernos el pan mohoso en lugar de tirarlo? ¿Penicilina gratis? ¿Y cómo puede ser natural, ya no digamos bueno, algo que se toma en pastillas, si –como todo el mundo sabe– las compañías farmacéuticas y sus sicarios, los médicos, viven de vendernos química para hacernos enfermar y que así consumamos más química?

No, no es una caricatura. En el planeta Tierra del siglo XXI hay infinidad de seres humanos que piensan de este modo. No hay más que encender el televisor en un canal al azar (no importa cuándo, todos estarán en el intermedio) para escuchar, en casi cualquier anuncio de productos de alimentación o incluso de cuidado personal, una invariable coletilla: “sin conservantes”; ignorando que los conservantes no estropean los alimentos ni los hacen tóxicos, sino que al contrario, los preservan en su estado óptimo y aumentan la seguridad alimentaria, por lo que los hacen más sanos. Y por lo que, como también conté aquí, una corriente entre los científicos de la alimentación está comenzando a oponerse a esta tonta moda. Pero cuando tantas marcas se han lanzado en plancha a firmar sus anuncios con la coletilla, es porque saben que mejora sus opciones de venta, lo cual es suficiente evidencia para calcular que el conocimiento informado no es lo más viral hoy en día.

Ayer me ocupé de desmontar el peligroso bulo de que el consumo de ciertas frutas y hortalizas basta para mantenerse a salvo de la gripe, difundido en internet por los (más bien poco, al parecer) responsables de un mercado español. Como ya expliqué, teniendo en cuenta que cada año esta enfermedad causa posiblemente más de medio millón de muertes en todo el mundo, y que se ceba sobre todo en los más débiles, es un problema que permite cero frivolidades; especialmente cuando estas se presentan con el caradurismo de aprovechar el tirón de una campaña de vacunación en la que una legión de profesionales comprometen su esfuerzo en el empeño de salvar vidas.

Evidentemente y aunque no fuera de forma explícita, deliberada o no, lo publicado por el mercado apelaba a la quimiofobia y al pensamiento New Age, a la idea errónea de que existen dos mundos separados, el natural y el químico, e incluso a aquella cumbre del pensamiento plano e intoxicado coronada por esa suma sacerdotisa de las pseudociencias llamada Gwyneth Paltrow: “nada que sea natural puede ser malo para ti”.

Creo que, en todo este batiburrillo de superstición y desinformación, el ejemplo de la penicilina y algún otro son útiles para derramar algo de luz ante los pasos de quien aún esté dispuesto a reconducirse hacia la senda del argumento racional y el conocimiento científico, porque estos casos ilustran perfectamente todos los puntos en los que el pensamiento quimiófobo anda tan desnortado.

Para comenzar, aquello de la gran botica de la madre naturaleza, tan sabia ella, es una idea muy bonita, pero sin ningún fundamento. Eso sí, entronca bastante con la idea del diseño inteligente defendida por los creacionistas bíblicos (concretamente con lo que en el mundo creacionista se conoce como “creación especial”): si la naturaleza hubiera sido creada al servicio del ser humano tal cual es en su forma actual, sería un detalle casi obligado que el responsable de todo ello hubiera provisto entre sus recursos los medios para curarnos de nuestros males.

Al menos, quien siga pensando así en el siglo XXI debería saber que ni siquiera Santo Tomás de Aquino en el siglo XIII entendía ya la naturaleza de esta manera (era aristotélico, y por tanto creía en una noción primitiva de evolución). Hoy sabemos de sobra que solo somos una parte más de la naturaleza, que no es sabia ni tonta. Solo es química, toda ella. Y en consecuencia, hace lo que hace la química: reaccionar.

Cuando se ponen en contacto unos compuestos químicos con otros, suelen reaccionar. Como la Tierra es un ecosistema cerrado, los nutrientes que necesitamos y otros compuestos que pueden beneficiarnos se encuentran en otros organismos. Pero también otros compuestos que nos matan. Para la naturaleza, la diferencia entre ambos casos es solo una reacción química distinta, como mejorar la fosforilación oxidativa de la mitocondria o detenerla. Incluso una misma sustancia puede beneficiarnos o matarnos dependiendo de la dosis. El mejor ejemplo: el agua. Sí, también se puede morir por beber demasiada agua.

De ello se deduce que realmente no existen plantas medicinales, sino plantas con ciertos compuestos químicos medicinales. Dado que la naturaleza no ha sido diseñada, los compuestos beneficiosos o perjudiciales para nosotros no están organizados en dos equipos distintos de plantas, las buenas y las malas. Lo cual implica que cualquier alimento natural que consumimos habitualmente podría contener también toxinas dañinas para nosotros.

Y de hecho, ocurre. El caso más conocido es la amigdalina, un compuesto presente en miles de plantas pero sobre todo en las pepitas de manzanas y peras, las almendras amargas y los huesos de melocotones, cerezas, ciruelas, albaricoques, nectarinas y otras frutas. Tras su ingestión, o también cuando entra en contacto con las enzimas de la pulpa, la amigdalina se transforma nada menos que en cianuro. Y mientras que las semillas de manzanas y peras son pequeñas, por lo que haría falta comer cientos para notar algún efecto, en cambio unos pocos huesos de fruta pueden ser letales.

Un hueso de melocotón abierto. La amigdalina está en la semilla. Imagen de An.ha / Wikipedia.

Un hueso de melocotón abierto. La amigdalina está en la semilla. Imagen de An.ha / Wikipedia.

Un estudio de 2013 calculó que 30 huesos de albaricoque o 50 almendras amargas son letales para un adulto. Pero el año pasado un británico fue internado de urgencia tras ingerir solo tres huesos de cereza, y un estadounidense siguió el mismo camino tras comprar en una boutique de alimentos naturales una bolsa de semillas secas de albaricoque y comerse unas 40, antes de leer en el dorso que no debían consumirse más de dos o tres al día por riesgo de envenenamiento agudo. Eso sí, el producto estaba etiquetado como superalimento orgánico.

Otra toxina es la solanina, presente en patatas, tomates o berenjenas. Las cantidades que llevan no suelen ser nocivas, pero sí pueden serlo en piezas estropeadas, sobre todo en las patatas que empiezan a volverse verdes. Este es también el motivo por el que conviene cortar los brotes (ojos), ya que son sitios metabólicamente activos donde también se produce la toxina. Aunque el envenenamiento por solanina no suele ser mortal, hay casos documentados de intoxicaciones masivas en colegios por haber aprovechado una partida de patatas del año anterior que debería haberse desechado.

Las patatas podridas contienen solanina. Imagen de pixabay.

Las patatas podridas contienen solanina. Imagen de pixabay.

También puede suceder lo contrario, y es que una especie no comestible contenga un compuesto beneficioso. Así llegamos a la penicilina. Por supuesto que comer pan mohoso no es en absoluto una buena idea, aunque según los expertos los típicos mohos blancos o verdeazulados no son los peores, sino los marrones o negros, que suelen contener toxinas peligrosas. Pero la diferencia entre un moho inofensivo o beneficioso y otro dañino es tan escasa como la que separa al Penicillium camemberti y el Penicillium roqueforti, que los comemos en el queso, del Penicillium chrysogenum (antes notatum), que produce penicilina, y de otras especies que producen micotoxinas como la patulina, típica de los mohos en las manzanas podridas.

Así pues, ¿cómo podemos asegurarnos de quedarnos con lo bueno apartando lo malo? La respuesta: aislando los compuestos que nos interesan de los alimentos naturales. Y así nace la farmacología. Pero después, con el progreso de la ciencia, se encuentra la manera de fabricar muchos de estos compuestos a voluntad y en masa sin necesidad de procesar penosamente inmensas cantidades de productos naturales para después tirar todo lo que sobra. Aún más, se encuentra incluso el modo de mejorar estos compuestos de origen natural para acentuar sus propiedades beneficiosas y reducir sus efectos adversos.

Y así tenemos no ya la penicilina, sino un amplio repertorio de antibióticos para distintos usos. Y tenemos la morfina, originalmente extraída de la adormidera. Y la aspirina, o ácido acetilsalicílico, obtenida mediante una reacción que mejora las propiedades de un compuesto extraído del sauce y empleado como remedio durante milenios. Y el paracetamol, encontrado como un producto del propio cuerpo humano, en la orina de pacientes que habían tomado otro medicamento.

Mohos 'Penicillium commune' (oscuro) y 'Penicillium chrysogenum' (claro). Imagen de Convallaria majalis / Wikipedia.

Mohos ‘Penicillium commune’ (oscuro) y ‘Penicillium chrysogenum’ (claro). Imagen de Convallaria majalis / Wikipedia.

Hoy hemos avanzado un paso más, o muchos pasos más. Conocemos la estructura química de los compuestos y de las moléculas con las que interaccionan en el organismo, y gracias a ello pueden diseñarse nuevos fármacos perfeccionados y optimizados como se diseña un coche de carreras, un mueble de Ikea o un nuevo modelo de smartphone. Y esto es, en definitiva, lo que muchos llaman química; la capacidad del ser humano de mejorar las propiedades de las sustancias naturales.

Pero mientras avanzamos nuevos pasos, lamentablemente al mismo tiempo estamos retrocediendo otros. Como ya conté aquí, la moda del “sin conservantes” ha llevado a muchos fabricantes de alimentos a eliminar los nitratos. Pero como estos compuestos son necesarios para evitar que la bacteria Clostridium botulinum crezca en los alimentos y los consumidores mueran de botulismo, los añaden en forma de jugo de apio, un producto natural que les permite pegar en sus productos la etiqueta “sin conservantes”. Los nitratos son exactamente los mismos; con la diferencia de que la cantidad de nitrato purificado es la necesaria y exacta para evitar la contaminación, mientras que en el zumo de apio es variable, lo que pone en riesgo la seguridad de los alimentos.

Esta es verdaderamente la gran paradoja de la naturaleza. No el moho, la manzana o la patata, sino los seres humanos; una especie que renuncia voluntariamente al progreso que tanto le ha costado conseguir… hasta que la química tiene que acudir al rescate para salvarle la vida.

Ningún alimento previene ni cura la gripe (ni otras enfermedades)

Ser científico de la alimentación o nutricionista en el siglo XXI es una heroicidad. Podríamos pensar que es al contrario, que la heroicidad era antes, cuando había mucho más territorio oscuro para la ciencia, y que el abundante conocimiento científico existente hoy facilita la tarea a estos profesionales respecto a cómo eran las cosas hace, digamos, medio siglo. Pero mirémoslo de este otro modo: cuando infinitas webs de moda, belleza y estilo cantan a coro que el ajo previene la gripe y el resfriado, ¿no es un héroe o una heroína quien tiene que asumir la penosa tarea de ir a contracorriente intentando chafar este bonito titular? ¿Y de seguir intentándolo aunque nunca lo consiga?

Hoy el conocimiento de la ciencia es mayor de lo que nunca ha sido, pero en muchos casos este saber significa no-saber-realmente (que no haya un resultado positivo no implica que pueda demostrarse un resultado negativo). Y cuando infinitas proclamas saludables sin fundamento se divulgan a través de infinitos medios digitales y anuncios publicitarios, ¿cómo pueden los nutricionistas competir con ello con las únicas armas de la ciencia, que a veces solo ofrecen incertidumbres? Es como tratar de evitar un terremoto calzando una mesa.

Imagen de Honolulu Media / Flickr / CC.

Imagen de Honolulu Media / Flickr / CC.

Esto surge a propósito de algo ocurrido esta semana: ha comenzado la campaña de vacunación contra la gripe, y en Twitter fue tendencia el hashtag de la enfermedad. Entre los muchos tuits de las entidades oficiales y los profesionales sanitarios, apareció uno curiosamente publicado por un mercado de una localidad española (ahora parece que hasta los mercados tienen community managers).

El tuit en cuestión se refería a la gripe, y decía: “si no quieres caer en sus redes te aconsejamos que consumas estos 10 alimentos”. Un enlace conducía a una página web titulada “los 10 alimentos que evitan la gripe”, los cuales, añadía, “debes consumir si quieres evitar caer enfermo esta temporada”.

No importa el nombre de la localidad o del mercado. No se trata del quién, sino del qué: combatir la desinformación con información. Y entre alguna que otra obviedad y afirmación correcta, la lista de marras contenía mucha desinformación, en forma de proclamas sobre las virtudes de los alimentos que resultarían tremendamente valiosas si estuvieran demostradas. Pero que, hasta donde se sabe, en su mayoría no lo están.

¿Es una cierta obsesión por la salud lo que lleva al intento de funcionalizar o nutraceuticalizar absolutamente todos los alimentos? Imagino que los nutricionistas tendrán una respuesta a esto, o al menos alguna teoría. Pero cuando en los telediarios aparece el reportaje sobre la feria gastronómica de turno, ya no se trata solo de mostrar manjares o de hablar de sabores y métodos de cocinado; ahora tienen que ir acompañados con una avalancha de proclamas saludables sobre lo beneficioso que es tal o cual alimento para tal o cual cosa. Quienes aparecen sosteniendo tales proclamas no suelen ser nutricionistas, médicos o biólogos, sino vendedores del producto en cuestión, restauradores o chefs. Y en muchos casos las proclamas solo alcanzan la categoría de rumores infundados, cuando no son mitos ya derribados.

Tomemos como ejemplo la lista de alimentos que supuestamente previenen o evitan la gripe. Las peras hidratan. Innegable, evidentemente. Tienen un 84% de agua. Pero como también las uvas, que tienen el mismo contenido en agua. Y aún más hidratan la lechuga (96%), la sandía (91%) o las fresas (91%). Pero también hidrata una hamburguesa del McDonald’s, en la que casi la mitad es agua (todo según datos del Departamento de Agricultura de EEUU, USDA). ¿Qué no hidrata? Eso sí, en cualquier caso hay que beber agua.

Imagen de pixabay.

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Pero más allá de las obviedades, la web añade que las peras, “según la medicina tradicional china, tienen afinidad con los pulmones e intestinos”. Dejando aparte que no se sabe muy bien qué significa eso de tener afinidad, todas las medicinas tradicionales, y la china también, sin duda reúnen un conocimiento ancestral sobre las virtudes de ciertos alimentos, sin que esto signifique que los organismos que contengan ciertos compuestos beneficiosos deban ser enteramente beneficiosos en su conjunto (mañana hablaremos con más detalle sobre esto).

Pero en concreto, la medicina tradicional china da un paso más añadiendo ciertas presuntas energías no mesurables, no detectables y probablemente inexistentes. Hasta donde se sabe, la medicina tradicional china es pseudociencia. Los estudios clínicos controlados no han podido demostrar sus beneficios, muchos de sus tratamientos son dañinos para el hígado, e incluso nada menos que el centro oficial de medicina integrativa y complementaria de los Institutos Nacionales de la Salud de EEUU reconoce que “las pruebas científicas rigurosas de su eficacia son limitadas”. Bueno, hay quien dirá que es cuestión de fe. Pero ya se sabe: por cada persona que tiene fe, siempre hay otra que no la tiene, y que también tiene razón.

La mayoría de las proclamas de la lista de los diez alimentos contra la gripe se basan en su presunta capacidad de fortalecer el sistema inmune o en su supuesta acción antiséptica. Pero ¿hay algo de cierto en todo esto? Lo hay en el caso del tomillo: el timol, o 2-isopropil-5-metilfenol, es un compuesto de esta planta (y también de otras como el orégano o el clavo) que tradicionalmente se ha empleado como antiséptico, incluso en enjuagues bucales como el Listerine. En estudios de laboratorio, el timol ha mostrado acción antiinflamatoria y actividad contra bacterias, hongos y virus como el herpes o el norovirus (a veces llamado el virus de los cruceros), y existen ciertos indicios de que podría actuar contra el virus de la gripe.

Imagen de pixabay.

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Pero dicho todo esto, y antes de que corran a prepararse una infusión de tomillo, hay una advertencia que debería escribirse con mayúsculas: una cosa es que un compuesto aislado de una planta muestre una determinada actividad en estudios de laboratorio, en cultivos celulares o en ratones, y otra muy diferente que el consumo de esa planta en humanos produzca esos mismos o parecidos beneficios.

El camino de la biomedicina está sembrado de cadáveres de productos que eran muy prometedores entre las paredes del laboratorio, pero que fallaron estrepitosamente en el mundo real de los humanos. Y respecto al tomillo, no parece que haya datos clínicos suficientes como para avalar las posibles virtudes de su consumo. Tampoco parece haberlos respecto a las setas, otro alimento de la lista. Algunos estudios sugieren interesantes cualidades farmacológicas para algunas especies, pero aún no parece haber suficientes datos agregados (y los que hay no son espectaculares).

Hasta aquí, lo que puede salvarse. Respecto al resto de alimentos de la lista y los supuestos beneficios que los adornan, un caso curioso es el del kudzu o kuzu (Pueraria), una planta asiática que forma parte de esa nómina de hierbas curalotodo en todo sitio de internet dedicado al efecto. En este caso no puede decirse que falten datos: curiosamente, la principal base de estudios de biomedicina reúne más de 1.000 en los que aparece este alimento.

Para poder sacar una conclusión de toda esta avalancha de datos, el veredicto más consistente lo recoge un metaestudio (estudio de estudios) de 69 páginas publicado en 2014: en una lista de 15 presuntos efectos beneficiosos del kuzu para el organismo, todos ellos, los 15, solo logran alcanzar la calificación de “C”: “pruebas científicas confusas o conflictivas”.

En otras palabras: ninguna de las virtudes del kuzu ha sido demostrada por la ciencia. Es más, el Memorial Sloan Kettering Cancer Center de Nueva York, uno de los centros mundiales líderes en la investigación del cáncer, advierte que el kuzu está fuertemente contraindicado en personas con ciertos tipos de cánceres de mama o que toman tamoxifeno o medicación contra la diabetes, además de ser potencialmente tóxico para el hígado.

Imagen de pixabay.

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Hay algo que conviene aclarar. En casos como el del kuzu, cuando se busca con ahínco un efecto y no puede demostrarse, cabe el recurso de pensar que algo hará, pero que el efecto es pequeño y los científicos no lo han detectado. Pero no funciona así: los estudios clínicos diferencian entre el tamaño de un efecto y su significación estadística.

Creo que se entiende bien con este ejemplo: imaginemos que medimos la duración de la luz diurna hoy y hacemos lo mismo mañana. Detectaremos que mañana el tiempo de luz solar disminuye un poco, solo unos minutos. Pero con una sola muestra no podemos descartar que se trate de una rara excepción. En cambio, si repetimos el experimento todos los días desde el 21 de junio hasta el 21 de diciembre y siempre encontramos que el día se reduce unos minutos, tendremos un efecto pequeño, pero estadísticamente significativo como para considerarlo real.

Esta confusión tan frecuente tuvo su clímax cuando muchos medios se lanzaron a titular que la carne es tan cancerígena como el tabaco. La clasificación de los agentes como cancerígenos o no se establece en función de lo demostrado (estadísticamente) que está el efecto, y no de su tamaño, que es infinitamente diferente en ambos casos: como ya expliqué aquí, el tabaco aumenta el riesgo de cáncer un 1.900%, mientras que la carne solo lo hace un 18%. Dado que el riesgo basal de cáncer de colon es de un 5%, esto significa que comer carne lo aumenta al 5,9%. Es decir, una persona que no come carne tiene un 5% de riesgo de cáncer de colon, y alguien que sí, un 5,9%. Y sin embargo, este diminuto efecto está tan estadísticamente comprobado como el enorme efecto del tabaco.

Volviendo a la lista de alimentos, lo anterior significa que, en el caso del kuzu, hasta ahora no ha podido demostrarse fehacientemente ni siquiera un pequeño efecto saludable. Algo similar ocurre con otro gran clásico, el ajo, al que se le atribuyen numerosas virtudes, también para el tratamiento o la prevención de gripes y catarros. Pero un metaestudio publicado en 2014 en la base de datos Cochrane, que es como la regla de oro de los metaestudios clínicos, concluía: “las pruebas de los ensayos clínicos son insuficientes respecto a los efectos del ajo en la prevención o el tratamiento del resfriado común”. Y por cierto, otro metaestudio tampoco lograba validar los también presuntos beneficios del ajo para el tratamiento de la hipertensión.

Pero para grandes clásicos contra gripes y resfriados, tenemos la vitamina C, y por ello las mandarinas figuran en la lista. Aquí son tres los mitos derribados. Primero, que para inflarse de vitamina C no hay nada como los cítricos. Lo cierto es que el kiwi, el brócoli, las coles de Bruselas, la guayaba, la papaya, la fresa, la grosella, el pimiento y otras frutas y hortalizas contienen más vitamina C que los cítricos.

El segundo mito es uno con el que muchos hemos crecido: que había que inflarse de vitaminas para estar más sano y fuerte. Pero las vitaminas no son nutrientes opcionales, sino esenciales, y por ello no se rigen por la regla del “cuanto más, mejor”. Cuando uno carece de vitamina C, enferma; no de catarro, sino de cosas como el escorbuto. Y cuando uno toma de más, el cuerpo se limita a expulsar la que le sobra. Si no lo hace, un exceso de vitaminas puede ser tóxico.

Imagen de pixabay.

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El tercer mito, cómo no, es la relación entre vitamina C y resfriados, una idea que fue promovida en 1970 nada menos que por el doblemente Nobel Linus Pauling. Pero como hemos dicho, la ciencia avanza incluso cuando retrocede, y de nuevo Cochrane viene a pinchar el globo: “El fracaso de los suplementos de vitamina C para reducir la incidencia de resfriados en la población general indica que la suplementación rutinaria de vitamina C no está justificada, aunque puede ser útil para las personas expuestas a breves periodos de intenso ejercicio físico”. Los Institutos Nacionales de la Salud de EEUU añaden que “la vitamina C no afecta a la duración del resfriado ni a la gravedad de los síntomas”. De la gripe ya ni hablamos.

En resumen, y aunque ciertos alimentos indudablemente aportan más valores nutricionales, o más críticos, o en mayor cantidad, o de mejor calidad que otros, ningún alimento puede curar ni evitar la gripe ni ninguna otra enfermedad; solo la vacuna contra la gripe previene la gripe, y no en todos los casos.

Pero al fin y al cabo, ¿qué mal puede hacer? ¿Qué tiene de malo que una web recomiende inocentemente una serie de alimentos como salvaguarda contra la gripe, incluso aunque no cumplan lo que prometen?

Resulta que la gripe se cobra miles de vidas cada año, sobre todo de niños, personas ancianas, inmunocomprometidas o con enfermedades crónicas. El Centro para el Control de Enfermedades de EEUU (CDC) estima la cifra anual de muertes por gripe en todo el mundo entre 291.000 y 646.000. Pero lo que es imposible saber es cuántas de estos cientos de miles de personas habían leído en algún sitio que comiendo ajo, kuzu y mandarinas iban a salvarse de pasar la gripe ese año.

Por qué el Nobel para Mojica es mucho más complicado de lo que parece

Un año más, los Nobel de ciencia se han saldado dejándonos sin premio para Francisco Martínez Mojica, el microbiólogo de la Universidad de Alicante descubridor de los fundamentos que han originado el sistema CRISPR. Para quien aún no lo sepa, resumo brevísimamente que CRISPR es una herramienta molecular de corta-pega de ADN en la que están depositadas las mayores esperanzas para la curación de enfermedades genéticas en las próximas décadas, y que por ello suele presentarse como la gran revolución genética del siglo XXI. O al menos, de este primer tramo.

Como ya expliqué ayer, CRISPR aún no se ha bregado en el campo clínico como para merecer un Nobel de Medicina, pero en cambio sí ha demostrado su enorme potencia en los laboratorios como para merecer un Nobel de Química. Conviene aclarar que estos premios los otorgan comités diferentes de instituciones distintas: el de Fisiología o Medicina depende del Instituto Karolinska, mientras que el de Química es competencia de la Real Academia Sueca de Ciencias (no de la “Academia Sueca”, como suele decirse, ya que esta solo concede el premio de Literatura).

Francisco JM Mojica. Imagen de Roberto Ruiz / Universidad de Alicante.

Francisco JM Mojica. Imagen de Roberto Ruiz / Universidad de Alicante.

Por el momento, deberemos seguir a la espera otro año más. Pero el hecho de que el hallazgo y desarrollo de CRISPR aún no haya sido distinguido con el más lustroso de los premios científicos (aunque no el mejor dotado económicamente) no es una mala noticia; cada año suenan estas seis letras en las apuestas, y hoy lo más natural es confiar en que más tarde o más temprano acabarán saliendo en la papeleta ganadora. La verdadera mala noticia sería que, cuando a CRISPR le salga el billete dorado en la chocolatina, no sea a Mojica a quien le toque.

Ayer dejé caer en el último párrafo que la decisión sobre a quiénes premiar por el hallazgo y desarrollo de CRISPR no es precisamente inmediata. Y esto requiere una explicación. Los Premios Nobel tienen pocas reglas, pero se siguen a rajatabla. Una de ellas dice que cada premio solo pueden compartirlo un máximo de tres científicos o científicas (todavía ellas son minoría), y ayer mencioné que en el caso de CRISPR hay al menos cuatro nombres en liza. Pero en realidad son más de cuatro. Y por anacrónica que resulte hoy en día la idea de que haya tres lobos solitarios trabajando en sus laboratorios del sótano y a quienes se les ocurra lo que no se le ha ocurrido a nadie más en todo el planeta, no está previsto que las normas de los Nobel vayan a cambiar.

Pero entremos en la cuestión de los nombres. Entre todos ellos hay dos que parecen indiscutibles, y ambos son de mujer. La estadounidense Jennifer Doudna y la francesa Emmanuelle Charpentier fueron las primeras en publicar la descripción de CRISPR como herramienta genética, desarrollada y adaptada a partir del descubrimiento del sistema original que en las bacterias actúa como mecanismo de inmunidad contra los virus.

Jennifer Doudna. Imagen de Jussi Puikkonen / KNAW / Wikipedia.

Jennifer Doudna. Imagen de Jussi Puikkonen / KNAW / Wikipedia.

 

Emmanuelle Charpentier. Imagen de Carries mum / Wikipedia.

Emmanuelle Charpentier. Imagen de Carries mum / Wikipedia.

En el tercer nombre es donde surgen las dudas. Mojica, quien primero publicó el hallazgo del sistema original en las bacterias (y le puso la denominación por la que ahora se conoce), es uno de los firmes candidatos. Pero por desgracia, no es el único: hay hasta tres científicos más que podrían optar a rellenar esa terna.

Comencemos por Mojica, el descubridor original del sistema. En realidad hubo otros grupos que casi de forma simultánea llegaron a conclusiones similares; pero dado que él fue el primero en publicarlas, retendría ese derecho a la primicia del descubrimiento. Las cosas comienzan a complicarse cuando avanzamos en la historia de CRISPR.

Después de Mojica, fue el argentino Luciano Marraffini, por entonces en la Universidad Northwestern de Illinois (EEUU), quien primero demostró cómo funciona CRISPR cortando ADN, una función que sería esencial para que Charpentier y Doudna convirtieran una curiosidad de la naturaleza en una herramienta utilizable.

A su vez, Marraffini colaboró con el chino Feng Zhang, del Instituto Broad de Harvard y el MIT (Instituto Tecnológico de Massachussetts), quien demostró por primera vez la utilidad de CRISPR en células no bacterianas, las de los organismos superiores y, en concreto, de los mamíferos.

Luciano Marraffini. Imagen de Sinc.

Luciano Marraffini. Imagen de Sinc.

 

Feng Zhang. Imagen de National Science Foundation.

Feng Zhang. Imagen de National Science Foundation.

El problema es que en ciencia no existe una autoridad que decida quién debe ser considerado el autor oficial de un descubrimiento, y por tanto los comités que conceden los Premios Nobel son muy libres de elegir los ingredientes que más les gusten de esta ensalada de nombres y apartar los demás. Pero ¿según qué criterio?

Un aspecto interesante es que CRISPR es un descubrimiento transformado en tecnología; y, a diferencia de lo que sucede en ciencia, en tecnología sí existe una autoridad que decide quién es su inventor: los organismos de patentes. Doudna y Charpentier poseen las patentes originales del sistema CRISPR, pero las dos investigadoras mantienen una agria disputa con Zhang por la patente de su aplicación en células de mamíferos, que finalmente ha tenido que resolverse en los tribunales.

Según han explicado los expertos en propiedad industrial, la manzana de la discordia es el significado del término “no obvio” aplicado a este caso concreto. La Oficina de Patentes y Marcas de EEUU solo concede una patente de aplicación cuando esta se considera no obvia, por lo que se admite como nueva invención. Cuando Zhang comprobó la utilidad de CRISPR en células de mamíferos (que publicó solo unas semanas antes que sus competidoras), solicitó una patente alegando que esta aplicación no era obvia, y el organismo de patentes aceptó su argumento. Pero poco después la Universidad de California, en representación de Doudna, impugnó la patente de Zhang aduciendo que se trataba de una aplicación obvia. El asunto ha coleado hasta que finalmente el pasado 10 de septiembre un tribunal federal de EEUU ha dictaminado en favor de Zhang.

Así pues, ¿sería capaz el comité Nobel de premiar a Doudna, Charpentier y Mojica, dejando fuera a quien es el poseedor en EEUU (aunque no en Europa) de la patente de aplicación de CRISPR en células humanas?

Pero la cosa aún puede complicarse más. Y es que, si se detienen a contar los nombres mencionados, notarán que todavía falta uno más para llegar a los seis que completan la primera línea de los candidatos al reconocimiento de CRISPR. Se trata del bioquímico lituano Virginijus Šikšnys, de la Universidad de Vilnius, que en 2012 y de forma independiente llegó a los mismos resultados que Doudna y Charpentier, aunque su estudio fue rechazado y terminó publicándose más tarde que el de las dos investigadoras.

Según las reglas habituales, Šikšnys perdió la primicia del descubrimiento. Pero se da la circunstancia de que presentó una solicitud de patente, que fue aprobada, semanas antes de que lo hiciera la Universidad de California, por lo que el lituano podría tumbar la patente de las dos científicas si se lo propusiera.

Virginijus Šikšnys. Imagen de NTNU / Flickr / CC.

Virginijus Šikšnys. Imagen de NTNU / Flickr / CC.

Todo lo cual sitúa a los jurados de los Nobel en un laberinto de difícil salida. Otros premios sin restricción en el número de galardonados han optado por diferentes soluciones: el Breakthrough (el mejor dotado económicamente en biomedicina) distinguió únicamente a Doudna y Charpentier, lo mismo que hizo con sonrojante ridículo nuestro Princesa de Asturias. Por su parte, el premio noruego Kavli reconoció a Doudna, Charpentier y Šikšnys. El más salomónico ha sido el Albany Medical Center Prize, el cuarto mejor dotado del mundo en biomedicina, que solo dejó fuera a Šikšnys, premiando a los otros cinco investigadores.

Pero además de este rompecabezas sin solución aparente, hay otro motivo que quizá podría detraer a los comités Nobel de conceder un premio al hallazgo y desarrollo de CRISPR en un futuro próximo, y es precisamente el vergonzoso espectáculo ofrecido por Doudna, Charpentier y Zhang con sus dentelladas por la carnaza de las patentes. Según se cuenta, ni siquiera las dos investigadoras son ya las grandes amigas que fueron. Los tres crearon sus respectivas empresas para explotar sus tecnologías. Y aunque es incuestionable que el inventor de un método para curar tiene el mismo derecho a vivir de sus hallazgos que quien inventa la rosca para clavar sombrillas, es posible que los jurados de los Nobel no se sientan ahora muy inclinados a premiar a quienes han protagonizado un ejemplo tan poco edificante para la ciencia.

Claro que, aunque no sirva de mucho, desde aquí lanzo una propuesta: ¿qué tal Mojica, Šikšnys y Marraffini?

Por qué Mojica no gana el Nobel de Medicina (pero debería ganar el de Química)

Los fallos de los Premios Nobel son tan imprevisibles como pueden serlo estas cosas. Ni siquiera los profesionales de estas apuestas (no, que yo sepa William Hill y 888 no lo cubren) atinan más de lo que fallan, y si aciertan es gracias a los premios cantados, como los de Física a los descubridores del bosón de Higgs o las ondas gravitacionales. En el fondo, se trata de la decisión de un comité que solo se atiene a sus propios criterios, siempre que encajen en las muy escuetas reglas definidas por Alfred Nobel en su testamento hace más de un siglo.

Pero en general, a lo largo de la trayectoria de los premios el Nobel de Medicina se ha concedido a investigadores que han aportado una contribución esencial de repercusiones probadas en la salud humana, o bien a aquellos que han descubierto mecanismos cruciales del funcionamiento de la biología con clara aplicación a nuestra especie; este segundo enfoque es el que suele omitirse cuando se cita el Premio Nobel de Medicina, olvidando que en realidad es de Fisiología o Medicina.

Francisco Martínez Mojica, en su laboratorio de la Universidad de Alicante. Imagen de Roberto Ruiz / Universidad de Alicante.

Francisco Martínez Mojica, en su laboratorio de la Universidad de Alicante. Imagen de Roberto Ruiz / Universidad de Alicante.

El sistema CRISPR, cuyas bases fundamentales sentó el investigador alicantino (ilicitano, para más señas) Francisco Martínez Mojica, es la herramienta de edición genética –o más llanamente, corrección de genes– más potente, sencilla y precisa jamás inventada. Dado que la terapia génica se configura como uno de los tratamientos estrella de este siglo para cualquier enfermedad que tenga algo que ver con los genes, se vaticina que en las próximas décadas CRISPR podría convertirse en un recurso clínico tan imprescindible como hoy lo son los antibióticos.

Pero ese momento aún no ha llegado. Aunque CRISPR se ha empleado ya para corregir genes humanos en sistemas experimentales (aunque con resultados a veces controvertidos), los ensayos clínicos para llevar a la práctica el poder de este tipex genético aún se resisten; y en cambio, actualmente existen numerosos ensayos con pacientes que están logrando buenos resultados con terapia génica empleando sistemas de la generación anterior.

Así, por el momento no hay una justificación clara para que Mojica y/u otros investigadores implicados en el desarrollo de CRISPR, como la estadounidense Jennifer Doudna y la francesa Emmanuelle Charpentier, reciban un premio en una categoría en la que el sistema todavía no ha demostrado su eficacia. Y dado que CRISPR es una caja de herramientas moleculares creadas a partir de mecanismos de las bacterias, tampoco representa una contribución al conocimiento de la fisiología humana.

En cambio, otro caso diferente es el del Nobel de Química. Esta es una categoría paraguas en la cual entra cualquier cosa relacionada con la química, una ciencia inmensamente amplia. En el campo concreto de la bioquímica, la química de la vida, el ámbito del premio de Química puede solapar con el de Fisiología o Medicina, pero en este caso no prima el criterio de la relevancia del descubrimiento para la salud humana.

Y desde luego, así como CRISPR aún tendrá que batirse en la arena clínica contra otros sistemas más veteranos, en cambio hoy es insustituible en el área de la investigación básica. Miles de científicos en todo el mundo han abandonado otras herramientas más antiguas, salvo casos específicos, para comenzar a utilizar CRISPR en sus experimentos de biología molecular. Basta una simple búsqueda en las bases de datos de publicaciones científicas para comprobar que ya son cerca de 11.000 los estudios en los que de un modo u otro está implicado este sistema. Lo cual es sencillamente impresionante para algo que a comienzos de esta década ni siquiera existía.

La contribución que CRISPR ya ha aportado a infinidad de proyectos de investigación sí justifica un Premio Nobel de Química. Otra cosa es que el comité encargado de la concesión sea capaz de solventar cómo seleccionar a tres ganadores –el límite impuesto por las reglas del premio– cuando son como mínimo cuatro (a Mojica, Doudna y Charpentier se suma el chino-estadounidense Feng Zhang) quienes merecerían el reconocimiento.

#StopPseudociencias: nada que celebrar, mucho que lamentar y perseguir

Termina una semana que se ha cerrado con el triste colofón de la campaña #StopPseudociencias en Twitter, una iniciativa que sus organizadores planificaron con una duración de 12 horas el pasado jueves y que la comunidad tuitera prolongó espontáneamente durante todo el día de ayer viernes. Hoy sábado aún continúan goteando incesantemente los tuits bajo este hashtag.

Pero he dicho “triste” colofón. Y es que, pese al enorme éxito de visibilidad en Twitter –y en varios medios que se hicieron eco–, esto no puede ni mucho menos considerarse una celebración o una victoria. No es el Día de la Bicicleta, o ni siquiera el del Orgullo (aunque este último también tenga un potente ingrediente de denuncia de las fobias contra las minorías sexuales). Un día de #StopPseudociencias no es una ocasión festiva, no hay carrozas, ni verbenas, ni bailes. No se trata de una comunidad de escépticos resentidos echándose a las calles de internet para reivindicar sus opiniones o su visión del mundo, como algunos aún parecen interpretar.

Homeopatía. Imagen de MaxPixel.

Homeopatía. Imagen de MaxPixel.

Para explicar la diferencia, valgan algunos ejemplos. Durante el curso de la campaña hemos conocido un caso expuesto por Joaquim Bosch-Barrera, oncólogo del Institut Català d’Oncologia y profesor de la Universidad de Girona. Bosch-Barrera contó cómo, durante una guardia en Urgencias el pasado diciembre, atendió a una mujer que llegó con un pecho “totalmente putrefacto” por un cáncer de mama que se estaba tratando con pseudoterapias, probablemente homeopatía. La paciente había rechazado el tratamiento médico por indicación de su curandero. Cuando Bosch-Barrera vio el espeluznante estado del pecho, en carne viva, con necrosis y una infección abierta y sangrante, le preguntó a la paciente:

–¿Y tu terapeuta alternativo, qué te dice de esto?

–Dice que si sale fuera de la piel es bueno, porque significa que se está oxigenando.

La mujer falleció hace dos semanas, según contaba ayer el oncólogo. El caso se difundió extensamente en Twitter (aún hoy se está haciendo) y varios medios lo recogieron (como aquí y aquí). Ante la enorme resonancia del caso, Bosch-Barrera decidió retirar la impactante fotografía por respeto a la paciente y su familia (no se le veía el rostro, pero sí el catastrófico estado de su pecho), aunque aún aparece en Twitter y en los medios.

También durante la campaña se han recordado otros muchos casos, como el de otra mujer que había tratado de combatir su cáncer de mama con ayurveda, ingesta de orina y ese preparado ilegal de lejía llamado MMS. O el caso, también muy divulgado en su día, de Mario Rodríguez, el estudiante de físicas que murió tras rechazar el tratamiento médico de su leucemia y ponerse en manos de un curandero. O el del bebé envenenado por el plomo de una pulsera homeopática que sus padres le daban a morder como remedio contra el dolor de la dentición.

También hemos sabido de individuos que pretenden curar el autismo, o de sujetos que culpan a los propios pacientes de sus enfermedades por sus “conflictos emocionales” y que recomiendan a los enfermos que imaginen a un animal devorando su cáncer. Y de canciones sanadoras, curación por imposición de manos, cristales o flores. Y se nos ha recordado que toda esta mojiganga no es inocua, sino que los pacientes que siguen terapias alternativas además de su tratamiento médico duplican su riesgo de muerte.

Un curioso cartel contra la homeopatía en la isla de Antigua. Imagen de David Stanley / Flickr / CC.

Un curioso cartel contra la homeopatía en la isla de Antigua. Imagen de David Stanley / Flickr / CC.

Frente a todo esto, en Twitter han aparecido reacciones diversas. Los más nihilistas y misántropos hablan de darwinismo, de dejar que las personas que se dejan atrapar por estas pseudoterapias eliminen sus propios genes del pool humano, alegando que legislar contra ello es paternalista y que se trata de una cuestión de libre elección. Es tanto como culpar al paciente de su suerte, al timado de dejarse timar, al allanado de no haber instalado una alarma en su casa, al atracado de caminar de noche por lugares oscuros o a la violada de no haberse resistido lo suficiente o de llevar minifalda. Legislar contra el abuso, el engaño y la agresión no es paternalismo, sino la obligación de los gobernantes de proteger a sus gobernados, y es nuestro derecho exigir que se nos proteja.

El argumento nihilista se apoya también en la abundancia de información que hoy existe para quien libremente quiera buscarla y asimilarla. Pero mercachifles, timadores y vendedores de humo sin escrúpulos se están lucrando a costa no tanto de la superstición o la ignorancia, sino sobre todo de la desesperación. Como ya he explicado aquí anteriormente, los estudios muestran que las personas que caen víctimas de las pseudoterapias no tienen estadísticamente un nivel educativo inferior a la media de la población, y ni siquiera un menor interés por la ciencia. Sin embargo, en muchos casos sí están desesperadas.

Los mecanismos por los cuales las pseudociencias triunfan entre la población mejor educada y formada de la historia, y por los cuales parte de esa población cree en su eficacia, reciben nombres como sesgo cognitivo, ilusión causal, ilusión de control o confusión entre causalidad y correlación, y todo esto es algo que no se arregla solo con información y divulgación. Con motivo de la campaña en Twitter, la psicóloga de la Universidad de Deusto Helena Matute nos lo ha recordado rescatando este artículo que recomiendo y del que cito unos párrafos:

El ejemplo clásico son las antiguas danzas de la lluvia. Cuando nuestros antepasados no sabían cómo producir lluvia se dedicaban a inventar métodos para lograrlo. Y alguien descubrió la danza de la lluvia. Lo curioso es que solía coincidir. Si un día bailaban, normalmente llovía el día siguiente, y si no el siguiente, o a lo sumo quizá hubiera que repetir el ritual al cabo de unas semanas, pero al final llovía. Así es, más o menos, como funciona nuestro sistema de asignación de causas a efectos. El primer día coincide por puro azar el evento deseado con algo que acabamos de hacer. Por tanto, repetimos esa conducta y antes o después volverá a coincidir, por lo que la asociación (ilusoria) entre nuestra conducta y el resultado esperado se irá fortaleciendo.

Así es como funcionan también muchas pseudociencias. Alguien nos comenta que determinado medicamento alternativo le ha curado. Lo probamos y nos funciona. Pero no nos damos cuenta de que cuando decimos “me funciona”, si solo tenemos un caso, dos, unos pocos, no es fiable. Lo único que podemos decir es: “ha coincidido”. Eso no es causalidad.

Para saber si A causa B debemos conocer con qué frecuencia ocurre B cada vez que ocurre A, pero también con qué frecuencia ocurre B cuando no ocurre A. Cuando un supuesto medicamento no acaba de ser reconocido oficialmente como medicamento, es porque no acaba de demostrar que la probabilidad de curarnos cuando tomamos ese medicamento sea mayor que la probabilidad de curarnos cuando lo que tomamos es un placebo. Un placebo es un producto inocuo (por ejemplo, una pastilla de sacarina), pero si nos lo dan de forma que parezca un medicamento efectivo (por el envase, el tamaño, el precio, y otra serie de factores que hacen que aumente la percepción de eficacia), y si además nos lo recomienda alguien en quien confiamos, tiene un efecto beneficioso, ante dolencias leves, y a menudo reduce también el dolor. Este efecto es psicológico, es real y está bien comprobado. También funciona con animales y con bebés. Un producto que no demuestre ser mejor que el placebo no puede ser reconocido como medicamento. Pero a menudo nos los venden en farmacias. La ley lo permite.

En este sesgo cognitivo a menudo tiene mucho que ver el rechazo al establishment médico y a la industria farmacéutica. Curiosamente, he podido comprobar que a menudo quienes repiten ese eslogan del capitalismo atroz y los abusos de las farmacéuticas no solo no son capaces de citar un solo caso concreto de corrupción o escándalo protagonizado por estas empresas, sino que, sin internet a mano, ni siquiera son capaces de citar correctamente el nombre de dos o tres compañías farmacéuticas.

Por supuesto que el abuso y la corrupción existen en la industria farmacéutica. Como en la telefonía móvil, la construcción, los hipermercados o los automóviles. Pero no parece que las ventas de coches en general hayan disminuido tras el escándalo de las emisiones (en el caso de las farmacéuticas, se repercuten los casos individuales en todo el sector). El comportamiento de una industria no anula la validez de sus productos. Ni el hecho real de que son los únicos que curan. En el fondo, e incluso con los casos reales en la mano, el argumento de la Big Pharma no es una razón motivadora, sino una justificación para tratar de disfrazar de racionalidad un sesgo cognitivo.

En resumen y como subraya Matute en su artículo, además de educar, informar y divulgar, también hay que legislar. No es paternalismo, sino protección de la población contra un abuso que en el peor de los casos mata, y en el mejor despoja a los afectados de su dinero sin ofrecerles ningún beneficio a cambio.

Por todo lo anterior, no hay nada que celebrar. Salvo quizás, un detalle. Mientras lamentablemente gobiernos como el catalán se dedican a hacer stage diving sobre los practicantes de las pseudociencias, los nuevos responsables de Ciencia (Pedro Duque) y de Sanidad (Carmen Montón) del gobierno del Estado se han sumado a la campaña #StopPseudociencias, pronunciándose explícitamente en contra de estos peligrosos abusos. Lo celebraremos cuando consigan, si es que lo consiguen, superar la oposición que van a encontrar entre sus propias filas para que estas posturas individuales se conviertan en leyes y políticas de Estado.