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¿Una vacuna para dominarlos a todos (los virus de la gripe)?

Si leyeron mi artículo de ayer, se habrán quedado con la firme impresión de que es imposible fabricar una vacuna única, un comodín que, como el anillo de Tolkien, pueda dominar a todos los virus de la gripe con independencia de si son orcos o enanos. Pero no, no lo es. Posible, sí; fácil, no. Ya tenemos una en pruebas que podría llegar a su brazo preferido en unos años.

Como les contaba ayer, el problema con la inmunización contra la gripe es que las vacunas van dirigidas contra unos pinchos con forma de arbolito en la superficie del virus, formados por dos proteínas llamadas hemaglutinina (H) y neuraminidasa (N), que tienen una pasmosa facilidad para cambiar de forma.

Ilustración del virus de la gripe disponiéndose a infectar una célula a la que se une a través de su proteína hemaglutinina. Imagen de CSIRO / Wikipedia.

Ilustración del virus de la gripe disponiéndose a infectar una célula a la que se une a través de su proteína hemaglutinina. Imagen de CSIRO / Wikipedia.

La acción de las vacunas se basa en crear una memoria inmunológica que prepare la respuesta contra futuros ataques del mismo enemigo. Estimulando el sistema inmunitario con un virus muerto (ya he contado aquí que –y por qué– soy partidario de calificar a los virus como seres vivos, pero si no están de acuerdo, cambien “muerto” por “inactivado”) o con esas proteínas sueltas, creamos esa memoria que después repelerá un ataque real con fiereza. Si no creamos antes esa memoria, el organismo también reaccionará contra el invasor, pero padeciendo la enfermedad que este le provoca.

Así, y dado que el perfil grabado por la vacuna en la memoria inmunológica viene determinado por H y N, cuando estas cambian es como si el organismo se enfrentara a un virus casi completamente nuevo, aunque todo lo que haya por debajo de esos pinchos variables sea básicamente lo mismo que antes.

La pregunta entonces es: ¿no sería posible dirigir la vacuna contra algo que no cambie tanto en el virus de la gripe? La respuesta es que sí, sí lo es, pero encontrar la estrategia perfecta es complicado. Numerosos equipos de investigación en todo el mundo están trabajando en la creación de una vacuna universal contra la gripe, que pueda protegernos de una vez y para siempre (o al menos, para un buen número de años) no solo contra la estacional de cada año, sino contra cepas más raras de las que provocan pandemias como la mal llamada “gripe española” de 1918.

Como conté aquí hace un par de años, los expertos temen que en cualquier momento pueda brotar una cepa de un tipo exótico de gripe, como H9N2 o H10N8, que de repente convierta nuestra semanita de malestar y baja laboral en una amenaza muy seria para la vida. Y la posibilidad de contar con una inmunización que actúe a largo plazo permitiría aplicar la vacuna a los niños, cuando la respuesta es más fuerte, y no como ahora a edades avanzadas cuando el sistema inmunitario ya sufre de los mismos achaques que el resto del cuerpo.

Así, los intentos actuales de los investigadores por diseñar una vacuna universal contra la gripe se resumen en estas dos líneas:

1. Utilizar la base de los pinchos, menos variable que la cabeza

Las proteínas H y N del virus de la gripe varían mucho en sus cabezas, la parte más expuesta al exterior, pero no tanto en sus tallos, la parte que está unida a la cubierta del virus. Algunos grupos de investigación están tratando de lograr que el sistema inmunitario pueda reaccionar contra la base de los pinchos; pero dado que es menos accesible que la cabeza, está menos expuesta al reconocimiento de los anticuerpos de nuestro organismo, así que el desafío consiste en encontrar la manera de que sea más visible para el sistema inmune.

Un equipo de EEUU lo está intentando con nanopartículas cubiertas de pinchos a los que se les han cortado las cabezas para dejar sus tallos expuestos. Utilizando de este modo un pincho basado en la proteína H1, los científicos han conseguido proteger totalmente a los ratones y parcialmente a los hurones (dos modelos animales muy utilizados para los estudios de gripe) contra una infección letal de otro virus, el H5N1, llamado gripe aviar. Con una idea parecida, pero con los tallos de H1 en pequeños grupos como aparecen en el virus, el Instituto de Vacunas Crucell de Leiden (Países Bajos) ha logrado también neutralizar el H5N1 en ratones y monos.

Partículas del virus de la gripe al microscopio electrónico. Imagen de Pixnio.

Partículas del virus de la gripe al microscopio electrónico. Imagen de Pixnio.

2. Utilizar antígenos internos del virus

Un antígeno es todo aquello contra lo que nuestro organismo es capaz de producir anticuerpos, moléculas en forma de Y cuyos extremos encajan con la forma del antígeno como las piezas de un puzle. Nuestras venas y arterias están continuamente patrulladas por una inmensa legión de linfocitos, células del sistema inmunitario. Uno de sus tipos, las células B, están especializadas en producir cada una un tipo de anticuerpo capaz de reconocer y unirse a un antígeno concreto, llevando este anticuerpo en la superficie. Cuando por casualidad una célula B se topa con el antígeno que encaja en sus anticuerpos, lo captura y se lo traga, rompiéndolo en trozos que luego expone de nuevo en su superficie.

Esta célula espera entonces la ayuda de otras llamadas células T helper o Th (colaboradoras). Cuando una célula Th reconoce los trozos de antígeno expuestos en la cubierta de la célula B, produce una serie de moléculas llamadas linfoquinas que obligan a la célula B a multiplicarse. Algunas de las células resultantes de esta multiplicación se convierten en células de memoria, que se quedan a la espera, preparadas para responder a una futura infección (este es uno de los mecanismos que aprovechan las vacunas), mientras que otras se convierten en células plasmáticas, capaces de producir anticuerpos en masa que se liberan a la sangre.

Una vez circulando por la sangre, estos anticuerpos esperarán a encontrarse con su antígeno diana para unirse a él, recubriendo el virus y neutralizándolo. A menudo, los virus así recubiertos de antígenos serán después engullidos y eliminados por otros tipos de células llamadas fagocitos.

He explicado esto para que se entienda cuál es el problema: los virus también llevan antígenos en su interior, pero dado que están ocultos cuando el virus circula por el organismo, no pueden disparar esta respuesta que se conoce como humoral, llamada así por los anticuerpos que viajan libres por el humor o fluido sanguíneo. Pero por suerte, nuestro sistema inmunitario cuenta con otra respuesta llamada celular. Algunas células se tragan los virus y rompen todos sus componentes, incluyendo los internos, en pedazos que después exponen en su superficie. Ciertas células T reconocerán estos trozos para poner en marcha la respuesta de anticuerpos, como he explicado arriba, pero también se activan otras llamadas T citotóxicas o Tc que matan las células infectadas por el virus.

Por lo tanto, los antígenos internos del virus también pueden disparar la respuesta celular. Pero en general las vacunas se diseñan para provocar una fuerte respuesta humoral de memoria, y en cambio son poco eficaces en la respuesta celular. Actualmente muchas investigaciones sobre vacunas buscan precisamente esto, aumentar la respuesta celular para mejorar la reacción inmunitaria y ofrecer protección a más largo plazo.

Vacuna contra la gripe. Imagen de CDC.

Vacuna contra la gripe. Imagen de CDC.

Así, si fuera posible diseñar una vacuna capaz de poner en marcha una fuerte respuesta celular contra algún antígeno interno que varíe poco a lo largo del tiempo y entre unos virus y otros, tendríamos el anillo único, la vacuna universal contra la gripe. Para provocar una mayor respuesta celular, se ensayan vacunas con virus vivos debilitados en lugar de virus muertos o trozos sueltos como en las actuales, con la idea de que dispararán una buena respuesta celular.

Aunque la perspectiva de inyectarse un virus vivo pueda sonar alarmante, las vacunas con virus atenuados son muy comunes y funcionan maravillosamente; la triple vírica que se aplica a los niños contra el sarampión, las paperas y la rubeola es una vacuna de virus atenuados, lo mismo que la de la fiebre amarilla que nos ponemos los viajeros. Una ventaja adicional de las vacunas con virus atenuados es que algunas pueden administrarse por la boca o la nariz; la vacuna oral de la polio pudo distribuirse masivamente en los países en desarrollo, y es un factor decisivo en el esfuerzo hacia la erradicación de esta enfermedad.

De hecho, ya existe la vacuna nasal de virus atenuado contra la gripe, pero no ha sido muy eficaz. Esta semana se ha publicado en la revista Science un nuevo diseño que parece muy prometedor. Investigadores de China y EEUU han obtenido un virus mutante que tiene todo lo deseable en una gripe para vacuna: se multiplica bien, lo que le permite ser muy visible para el sistema inmunitario, pero apenas produce síntomas y en cambio dispara una fuerte respuesta de células T; además, es hipersensible al interferón, un antivirus natural de nuestro organismo que el virus natural de la gripe consigue eludir. Aún le queda mucho recorrido hasta demostrar su utilidad, pero por el momento ha funcionado muy bien en ratones y hurones.

He dejado para el final la vacuna que está más cerca de llegar a convertirse en una realidad. La compañía Vaccitech, un spin-off de la Universidad de Oxford, ha montado antígenos internos de la gripe en un virus falso que se utiliza como vehículo. El objetivo de esta vacuna es combatir absolutamente todos los tipos de gripe A, la más preocupante y la que provoca mayor número de muertes.

De las tres fases de ensayos clínicos que deben cubrirse antes de que un producto farmacéutico llegue al mercado, Vaccitech está ahora en la segunda. En la primera, ya probaron que la vacuna es segura, después de demostrar su eficacia en animales. Actualmente la fase II está testando si es capaz de proteger contra la gripe en combinación con las vacunas estacionales. Esta etapa terminará en octubre de 2019. Si todo funciona según lo esperado, la fase III emprendería las pruebas finales antes de que la vacuna esté disponible, lo que podría ocurrir dentro de 5 a 7 años. Tal vez esta sea una carrera que podamos ganar antes de que llegue la próxima gran pandemia de gripe.

Por qué la vacuna de la gripe de este año funciona mal

Este mes se cumplen 100 años de la aparición de los primeros casos de la devastadora gripe de 1918, la que llegó a llamarse “gripe española” por un error de concepto en el que nadie suele reconocer un leve hálito de xenofobia. La explicación más común de este alias es que en noviembre de 1918, después de andar durante varios meses dando vueltas por otros países, la gripe comenzó a escalar en España, donde nuestros periódicos empezaron a contar la extensión de la epidemia que en otras naciones se había silenciado porque aún estaba vigente la censura informativa de la Primera Guerra Mundial.

Lo de la xenofobia es un tirón de orejas histórico; aunque hoy todos los expertos mundiales reconocen que la gripe no era de origen español, en su día se aceptó fácilmente un sobrenombre que cargaba las culpas en otro país. Pero hoy ya nadie llama a la sífilis el “mal francés”. Y si la gripe de 1957 continúa figurando en muchas referencias como “gripe asiática”, es porque, al fin y al cabo, surgió en Asia. La gripe de 1918 nació probablemente en EEUU o en China, pero es evidente que nadie va a llamarla “gripe estadounidense”. Aún hoy, sigue apareciendo mayoritariamente como “gripe española” incluso en los estudios científicos, y es dudoso que esto vaya a cambiar.

En fin, es un detalle menor que tampoco exige una sobreactuación. Incluso dándole la vuelta al argumento y por una parte que me toca profesionalmente, siempre podemos interpretar el alias de “gripe española” como un éxito del periodismo y de la libertad de prensa en este país un siglo atrás.

El virus de la gripe al microscopio electrónico, en una imagen coloreada. Las proteínas H y N son los 'pinchos' en la cubierta. Imagen de Pixnio.

El virus de la gripe al microscopio electrónico, en una imagen coloreada. Las proteínas H y N son los ‘pinchos’ en la cubierta. Imagen de Pixnio.

Lo destacable en estas fechas es que el aniversario de la pandemia que se llevó por delante —según las estimaciones científicas más usuales— entre 40 y 50 millones de vidas, la mayoría de ellas durante el otoño de 1918, nos llega precisamente cuando la vacuna de la gripe de esta temporada se ha revelado mayoritariamente ineficaz. Hoy vengo a explicarles por qué, y por qué es muy difícil evitar que esto vuelva a ocurrir.

Cuando hablamos de gripe en realidad estamos refiriéndonos a un conjunto de virus muy amplio. Por si a alguien interesa, lo conté con más detalle aquí, pero les hago un resumen sencillo: el nombre de gripe es solo una categoría taxonómica nacida de los criterios utilizados por los virólogos para nombrar los tipos de virus, del mismo modo que a todas las razas de perros las llamamos “perros” mientras que a un pariente muy próximo lo llamamos lobo.

En realidad estas distinciones no son caprichosas, sino que responden a ciertos criterios biológicos y evolutivos. Pero lo que es útil para la biología puede dar lugar a confusiones cuando se aplica a la medicina, porque en realidad estamos metiendo en el cajón de gripe varias cosas muy diferentes que podríamos diferenciar por el nombre, pero que solo diferenciamos por el apellido: gripe A, gripe B, gripe C y gripe D. La D es un nuevo virus reconocido oficialmente en junio de 2016 y que solo afecta al ganado. También podemos dejar fuera la gripe C, que hasta ahora no ha sido gran motivo de preocupación sanitaria. Nos quedamos con las dos importantes, la A y la B.

Pero dentro de estas existen además varios subtipos que son ligeramente diferentes en dos moléculas clave para la infección, denominadas hemaglutinina (H) y neuraminidasa (N). Por ejemplo, en la gripe A existen 18 formas distintas de H, denominadas de H1 a H18, y 11 de N, de N1 a N11. Así, existen diferentes gripes A, por ejemplo H1N1, H5N3, H5N8, H3N2… En cuanto a la gripe B, suelen circular dos tipos distintos que se conocen como Yamagata y Victoria.

Ahora, para complicarlo aún más: también existen diferentes subsubtipos o cepas de, por ejemplo, gripe A H1N1. La gripe de 1918 era A H1N1, pero era diferente a la A H1N1 de la pandemia de 2009 (entonces conocida como gripe porcina), la cual a su vez era diferente a la A H1N1 estacional que circulaba por entonces y a la cual llegó a reemplazar. Toda esta variabilidad se debe a que el virus de la gripe tiene una gran facilidad para mutar, dando lugar a nuevas cepas que ocasionalmente ganan a otras competidoras en su lucha por conquistar a sus víctimas, humanas o de otras especies.

De todo esto ya habrán imaginado que cada año lo que conocemos como gripe estacional es en realidad un pequeño zoológico compuesto por varias de estas diferentes criaturas, aunque suelen predominar tres: una gripe A H1N1, una gripe A H3N2, y un tipo de gripe B. Dos veces al año la Organización Mundial de la Salud revisa la información proporcionada por los centros nacionales de más de 100 países para decidir qué tipos se incluirán en la vacuna de la próxima estación respectivamente para cada hemisferio, en febrero para la próxima temporada de invierno en el norte y en septiembre para la del sur. Las vacunas suelen ser trivalentes, contra las H1N1, H3N2 y B más extendidas, o tetravalentes, cubriendo los dos tipos de B. Pero nadie tiene una bola de cristal, y por tanto la vacuna de cada año es una apuesta, que puede acertar o fallar.

Pero el problema principal de este año no ha sido que la previsión haya fallado, sino algo aún más intrincado. Seguramente habrán escuchado que el fracaso de la vacuna se debe a que el virus ha mutado. Es cierto, pero con una matización importante: la mayor parte del problema se debe no a que haya mutado el virus que se está transmitiendo en la calle, sino el que se ha empleado para elaborar la vacuna.

La gran mayoría de las vacunas contra la gripe se elaboran en huevos de gallina mondos y lirondos. La vacuna es un caldo de virus inactivado que no provoca infección, pero que dispara la respuesta protectora preventiva de nuestro sistema inmunitario. Para disponer de suficiente cantidad de virus que luego se inactiva, es necesario hacerlo crecer en algún hospedador, y el huevo es una incubadora natural perfecta y barata.

Inyectando huevos con virus de la gripe para la producción de vacunas. Imagen de FDA.

Inyectando huevos con virus de la gripe para la producción de vacunas. Imagen de FDA.

Para que el virus crezca en el huevo, tiene que adaptarse a ese nuevo hospedador. Normalmente esto se produce sin que las variaciones afecten a nada fundamental. Pero cuando los fabricantes de vacunas inyectaron huevos con la gripe A H3N2 actual para producir la vacuna del año pasado, en la temporada 2016-17, lo que sucedió fue que el virus mutó para adaptarse al ambiente del pollo de una manera que sí afecta a la respuesta inmunitaria. Como consecuencia, la reacción del sistema inmune de las personas vacunadas no es tan buena contra el H3N2 que se está propagando en la calle; aunque existe algo de reacción cruzada, la vacuna no cumple su función: en la temporada pasada, su efectividad contra el H3N2 estacional se estimó en un 34%.

Para este año se ha cambiado la cepa H1N1 empleada para las vacunas, pero este tipo es minoritario en la temporada actual. En cambio, se ha mantenido la misma H3N2 que el año pasado. La eficacia de la vacuna ahora es aún peor, bajando a entre un 10 y un 20% para H3N2. Según los expertos, a la mutación en el pollo se une que el H3N2 también está variando en la población humana; pero además hay otro factor adicional, y es que ha crecido la extensión de la gripe B Yamagata, que solo está cubierta por la vacuna tetravalente. La gripe B suele ser menos contagiosa que la A, pero sus síntomas son los mismos.

Lo peor es que el problema tiene difícil solución. La gran mayoría de la infraestructura de producción de vacunas está preparada para utilizar el huevo como incubadora del virus. Solo en personas alérgicas se emplean vacunas elaboradas en sistemas celulares de insectos o mamíferos. También existen las llamadas vacunas recombinantes, que no se basan en crecer el virus en un sistema vivo para después inactivarlo, sino que directamente fabrican solo las moléculas similares a las del virus que por sí solas pueden disparar la reacción inmunitaria. Pero tanto las vacunas basadas en células como las recombinantes son más costosas y laboriosas de producir.

Por suerte, hay otra posible solución que podría llegar en unos pocos años, y que les contaré mañana. Pero hoy quiero terminar subrayando lo evidente: incluso con vacunas deficientes como la de este año, para los grupos con mayor riesgo alguna protección es mejor que ninguna protección. La gripe mata cada año a miles de personas, e incluso una vacuna poco eficaz puede lograr que el curso de la enfermedad sea más benigno. Por último, una parte de la efectividad de las vacunas en el mundo real se basa en la llamada inmunidad grupal: cuanta más gente se vacuna, menor es la carga de virus que circula por ahí amenazando a los más débiles.

¿Fue la epilepsia o la medicación lo que llevó al suicidio a Ian Curtis (Joy Division)?

Si me atrevo a comparar a Ian Curtis con James Dean, algunos de ustedes quizá se pregunten quién demonios es Ian Curtis. Es cierto que la popularidad de ambos no es equiparable para el público español. Pero si les hablo de Enrique Urquijo o Antonio Vega, probablemente sí les resulten familiares, tanto como lo es Ian Curtis para los británicos.

Todos los mencionados son personajes de la cultura contemporánea fallecidos prematuramente. Sin embargo y a diferencia de los cantantes de Los Secretos y Nacha Pop, que antes de dejar este mundo tuvieron tiempo de consolidar un grueso legado creativo, la carrera musical de Ian y de su banda, Joy Division, se resume en solo tres años y dos álbumes, uno de ellos póstumo; además de algún que otro single y EP. Para ser más precisos, según datos de la web oficial del grupo, 43 canciones grabadas en 29 meses.

Ian Curtis. Imagen de Remko Hoving / Flickr / CC.

Ian Curtis. Imagen de Remko Hoving / Flickr / CC.

Estas cifras sí recuerdan a las de James Dean, con tres largometrajes, uno de ellos póstumo, en menos de dos años de trabajo en Hollywood. Y del mismo modo que el impacto del actor ha sido inmenso para una carrera tan efímera, en el mundo del rock es difícil encontrar otro caso similar al de Joy Division, con una influencia tan profunda derivada de una trayectoria tan corta.

Tal vez les venga a la mente el Club de los 27, esa lista de músicos que comparten el haber muerto a los 27 años y de quienes hablé aquí hace unas semanas. Algunos de ellos, como Janis Joplin, Jim Morrison, Kurt Cobain o Jimi Hendrix, han sido enormemente influyentes a pesar de que no pudieron desarrollar su carrera hasta la madurez. Pero Ian Curtis no llegó a cumplir los 24. Músicos como Buddy Holly o Eddie Cochran han perdurado en la memoria muriendo incluso más jóvenes, pero Joy Division logró inaugurar un nuevo sonido que ha inspirado a infinidad de grupos posteriores, y que marcó buena parte de los estilos musicales más prodigados en la escena española de los años 80.

Ian Curtis se suicidó el 18 de mayo de 1980 en la cocina de su casa, colgándose de una cuerda de tender la ropa. Sus compañeros de banda, que a partir de entonces continuaron su carrera bajo el nombre de New Order, quedaron profundamente afectados por una tragedia que no esperaban, incluso a pesar de que Ian ya había avisado con un par de intentos.

Joy Division en 1979. Imagen de Wikipedia / Remko Hoving.

Joy Division en 1979. Imagen de Wikipedia / Remko Hoving.

De hecho, la salud mental y emocional del cantante de Joy Division había sido una preocupación para todos los que le rodeaban, debido a un peligroso equilibrio entre la atroz epilepsia que sufría y la medicación a la que estaba sometido, a lo que se unían sus complicadas relaciones sentimentales con dos mujeres. El estado depresivo que resultaba de todo ello fue sin duda lo que llevó a Ian a tomar la decisión de quitarse la vida, pero aún hoy se discute si en aquel deterioro definitivo de su voluntad de vivir pesó más la enfermedad o el efecto de los medicamentos, y si su caso podría ser un reflejo de otros pacientes en similares situaciones de riesgo.

No hay una respuesta definitiva, y probablemente nunca la habrá. Pero en 2015, tres especialistas en epilepsia y psiquiatría de Oslo y la Universidad de Oxford (Reino Unido) se propusieron llegar lo más lejos que fuera posible a partir de los datos disponibles. En su estudio, publicado en la revista Epilepsy & Behavior, los autores recuerdan cómo Ian sufría ataques epilépticos incluso en el escenario, lo que para el público era parte de sus peculiares y frenéticos bailes en los que parecía evocar sus propios síntomas.

El cantante había sido diagnosticado con epilepsia solo 18 meses antes de su suicidio, aunque el estudio apunta que probablemente la sufría desde muchos años antes. Su mujer, Deborah, recordaba que en una ocasión, mientras asistían a un concierto, una luz estroboscópica le había provocado un ataque que fue interpretado como el efecto de alguna droga. En los últimos tiempos su mal se había acentuado, llegando a provocarle uno o dos ataques por semana.

Tumba de Ian Curtis en el cementerio de Macclesfield, Cheshire. Imagen de Wikipedia / Daniel Case.

Tumba de Ian Curtis en el cementerio de Macclesfield, Cheshire. Imagen de Wikipedia / Daniel Case.

Según los autores, durante el período posterior al diagnóstico tomó fenobarbital, fenitoína, carbamazepina, valproato… Tantos fármacos que, dice el estudio, “llegó a perder la pista sobre qué medicamento debía tomar y cuál no”. Sus compañeros de grupo observaban que la medicación le provocaba efectos adversos, sobre todo en su ánimo, y que sus ataques en el escenario le causaban una gran desazón.

Sin embargo, “los datos limitados disponibles dificultan clasificar con precisión el tipo de epilepsia de Ian Curtis”, señala el estudio. Los autores apuntan que la epilepsia a menudo va asociada a trastornos psiquiátricos, sobre todo afectivos, y que estos pacientes cuadruplican la probabilidad de suicidio respecto a la población general. Algunos fármacos como el fenobarbital pueden causar depresión, y los investigadores no descartan que la medicación pudiera tener cierta responsabilidad en el declive anímico de Ian. Pero añaden: “las pruebas actuales vinculan el aumento del riesgo de suicidio más con la epilepsia en sí misma que con los tratamientos”.

Como conclusión, el estudio no se decanta claramente por una opción, sino que achaca el suicidio de Ian Curtis a “una combinación de depresión grave recurrente y epilepsia focal farmacorresistente”. Ya les advertí de que no hay ni habrá probablemente una respuesta. O sí la hay, pero es solo esta. Puede que a la mayoría de los fans de Joy Division no les preocupe demasiado, teniendo en cuenta que el hecho en sí es irreversible. Incluso hay nihilistas para quienes la ventaja de una carrera corta es una carrera perfecta. Evidentemente, a quienes más preocupa todo esto es a quienes sufren en sus carnes (o en carnes cercanas) el azote de la epilepsia.

Y el género musical con más problemas médicos en los conciertos es…

La historia de la música ha quedado tristemente salpicada por la tragedia en varias ocasiones, ya sea por atentados, negligencia o accidentes ocurridos durante la celebración de conciertos. En la mayor desgracia que nos ha tocado de cerca en los últimos años, la fiesta de Halloween en el Madrid Arena en 2012, la casi inexistente y chapucera atención médica presente en el recinto dañó seriamente la imagen de la asistencia sanitaria en los conciertos. En la mayoría de las ocasiones, cuando no son prebendas concedidas a dedo a un amiguete, estos servicios velan por nuestra salud con verdadera dedicación y profesionalidad.

La medicina de conciertos y otros eventos multitudinarios atiende cada año en todo el mundo a miles de personas. En la mayor parte de los casos se trata de afecciones leves, pero estos servicios también salvan alguna que otra vida. Cuando pensamos en la atención médica dispensada durante los conciertos, inevitablemente nos vienen a la mente las borracheras monumentales, pero también los típicos desmayos de los/las fans y, como conté en un artículo anterior, las magulladuras y huesos rotos debidos a prácticas como el moshing y el crowd surfing.

Imagen de Pixabay.

Imagen de Pixabay.

Pero tal vez les pique la curiosidad como me ha ocurrido a mí: ¿qué clase de problemas suelen dar más trabajo a los servicios sanitarios durante los conciertos? ¿Y en qué tipo de conciertos? ¿Son más abundantes los desmayos de quinceañeras cuando Justin Bieber agita el flequillo, o los cráneos fracturados durante un pogo o un wall of death?

Hay varios estudios que han tratado la medicina de conciertos a lo largo de los años, pero sobre todo dos de ellos se han encargado específicamente de recopilar datos de una amplia muestra de conciertos, agrupándolos además en función del tipo de música.

El primero de ellos se publicó hace ya casi un par de décadas, en 1999. En aquella ocasión, un grupo de médicos de urgencias de California reunió los datos de 405 conciertos celebrados a lo largo de cinco años en cinco grandes recintos de aquel estado. De un total de asistentes de más de cuatro millones y medio, los servicios de emergencia atendieron a 1.492 pacientes. Para normalizar las cifras, los autores utilizan el índice de pacientes por cada 10.000 asistentes (PPTT, en inglés). Como promedio, la cifra de atenciones en cada concierto fue de 2,1 pacientes por cada 10.000 asistentes, o PPTT.

Para estudiar la influencia de todos los posibles factores, los autores tuvieron en cuenta el volumen de público, la temperatura o si el concierto se celebraba bajo techo o al aire libre, pero no encontraron ninguna influencia de estas variables en el mayor o menor número de casos de atención médica. Descubrieron que solo había diferencias debidas a un único factor: el género musical. Pero no en el sentido que cualquiera esperaría.

Aquí viene la sorpresa: los conciertos que se llevaron la palma de más casos de atención médica, con nada menos que 12,6 pacientes por cada 10.000 asistentes o PPTT, fueron los de música cristiana y gospel. Los propios autores se mostraban sorprendidos por este resultado, junto con el hecho de que esta categoría tuvo también la edad media más baja de los atendidos, 15 años, frente a los 48 años de media en los conciertos de música clásica, con los pacientes de mayor edad.

Sin embargo, y dado que la muestra total de conciertos solo incluía tres de este género, los autores admiten que las cifras “pueden no ser representativas de los conciertos cristianos o de gospel en general” y que este resultado “podría deberse a simple casualidad”. Por desgracia los autores no desagregan los motivos de la atención sanitaria en cada uno de los géneros, así que no sabemos qué fue lo que provocó tantas asistencias médicas en estos tres conciertos.

Por detrás de la música cristiana, el género con más casos de atención médica fue el rap, con 9,5 PPTT, aunque la muestra solo incluye un único concierto del trío femenino Salt-N-Pepa. Dado mi absoluto desinterés por este tipo de música no puedo valorarlo adecuadamente, pero no creo que este grupo sea demasiado representativo de la escena del rap en general.

Al rap le sigue la música latina, con 5,5 PPTT. Solo por detrás aparece el rock, con una cifra bastante más baja de 3,8 PPTT. Dentro del rock, los autores distinguen tres categorías: lo que llaman “rock alternativo” con una media de 4,4 PPTT, y que incluye cosas tan dispares como el punk, REM, Red Hot Chili Peppers, Morrisey, New Order y Depeche Mode, lo cual supone mezclar estilos tan diferentes que no creo que este dato indique gran cosa; el “rock clásico”, con 3,8 PPTT; y en último lugar, con el menor número de casos, 3,0 PPTT, el heavy metal. Por último, en torno a los 2 PPTT o por debajo quedan, en orden decreciente, el country, el jazz y el blues, la música ligera y la música clásica.

Claro que los datos pueden agruparse como uno quiera para quedarse con el titular que a cada cual le apetezca. Los autores dividieron los datos en dos grandes grupos, rock y no-rock, llegando a la conclusión de que los conciertos de rock tienen 2,5 veces más casos de atención médica que los de no-rock.

En general, los autores descubrieron que el motivo más frecuente para acudir a la asistencia sanitaria durante un concierto era un traumatismo, sobre todo daños óseos y musculares. Aquí hay otro detalle curioso, y es que en los conciertos de no-rock hay una mayor proporción de casos de traumatismos sobre los totales, un 60%, mientras que en los de rock la cifra es del 57%. De los casos no traumáticos, los más frecuentes en los conciertos de rock eran los provocados por el consumo de alcohol y drogas, mientras que en los de no-rock predominaban los desmayos.

Imagen de Pixabay.

Imagen de Pixabay.

El segundo estudio que vengo a contarles se ha publicado este año, y es obra de un equipo de médicos de New Jersey y Massachusetts. En este caso los autores han reunido los datos de 403 conciertos celebrados a lo largo de diez años en un mismo gran recinto al aire libre, con un total de casi 2.400.000 asistentes. En general, la media de pacientes por concierto fue de 11,4.

Probablemente estarán esperando saber qué dice este estudio sobre los conciertos cristianos y de gospel, pero los autores no incluyen este género en la muestra, así que nos quedamos sin saber si lo del estudio anterior fue solo un espejismo.

Después de ajustar los datos en función del calor, y del mayor número de pacientes cuando el concierto forma parte de un festival, los autores obtienen un índice que denota el aumento de uso de los servicios médicos en cada género musical, algo así como un indicador de riesgo. Y este es el resultado: los conciertos con más heridos y enfermos son los de rock alternativo (0,347), seguidos por el hip-hop/rap (0,327), rock moderno (0,313), heavy metal/hard rock (0,304), y ya a mayor distancia, country (0,175), pop (0,121), rock clásico (0,103), dance y electrónico (0,100).

Pero una vez más, los autores reconocen que la división entre géneros a veces es confusa. El rap/hip-hop o el heavy metal/hard rock están mejor delimitados, pero en el rock alternativo entran pelajes muy variados como Linkin Park, Blink 182, Stone Temple Pilots, Coldplay o Tori Amos, mientras que la diferencia entre rock clásico y moderno ni siquiera es generacional, como podría pensarse: en el clásico sí se incluyen veteranos como Aerosmith, Springsteen, Clapton, los Who, John Fogerty o Roger Waters, pero en la categoría de rock moderno han reunido a gente tan diversa como Creed, Nickelback o Santana.

Claro que Meatloaf aparece en heavy metal/hard rock, pero los Scorpions en rock clásico, mientras que este último apartado incluye también a Rod Stewart, Tom Petty, Joe Cocker y Peter Frampton, y en cambio Bryan Adams, Stevie Nicks, Paul Simon y Ringo Starr no aparecen clasificados como rock, sino como música “adulta contemporánea” junto a los Temptations, Lionel Richie y los New Kids on the Block, pero BB King está incluido en “variedad y otros”, mientras que los Backstreet Boys están en pop junto a Selena Gomez, Pitbull o los Jonas Brothers, pero también junto a Maroon 5 o No Doubt…

Todo lo cual implica que los fans de ciertas bandas o intérpretes de una categoría concreta no asistirían ni muertos a un concierto de otros grupos incluidos en el mismo saco. Así que mejor quedémonos con el mensaje que a cada uno le parezca pertinente, siempre que los datos lo sostengan. El mío es este: no, los conciertos de heavy metal y hard rock no entrañan más riesgo para la salud que los de otros géneros. Y de propina, me quedo también con esta conclusión que los autores extraen de sus datos: “la intoxicación por alcohol o drogas fue significativamente más común en el hip-hop y el rap”. Sí, ese tipo de música que ahora aparece hasta en los anuncios de televisión dirigidos a los niños.

La broma de Peppa Pig y los médicos, y cómo algunos medios han picado

Todos los años por estas fechas, la revista British Medical Journal (BMJ) lanza una edición navideña con unas cuantas piezas de carácter festivo. Por ejemplo, allí han tenido cabida la prevención y el tratamiento de epidemias de zombis, o la multiplicación por siete de la capacidad de las copas de vino en Inglaterra en los últimos 300 años, o si los hombres se quejan más de la gripe que las mujeres porque son inmunológicamente inferiores, o si la luna llena provoca más accidentes de moto porque los motoristas se quedan embobados mirándola, o la demostración de que Santa Claus en realidad no trae más regalos a los niños buenos, o el efecto nocivo de las campanadas del Big Ben en el sueño de los niños de un hospital cercano, o la localización de la red cerebral del espíritu de la Navidad, o si los andares de Vladimir Putin y otros líderes rusos se deben al entrenamiento del KGB para llevar un arma bajo la chaqueta, o si los personajes de dibujos animados sufren mayor riesgo de muerte que los del cine de adultos, o un estudio del tiempo de supervivencia de un bombón en la sala de espera de un hospital.

Con todos estos ejemplos, imagino que se habrán hecho una idea de qué contenidos suele traer esta edición navideña del BMJ. En ningún caso son estudios falsos, casos inventados o datos manipulados, algo que una revista científica nunca haría (deliberadamente, quiero decir). Cuando hay datos, los datos son reales y las metodologías también, aunque los enfoques sean estrafalarios y las conclusiones irrelevantes o ridículas. En otras ocasiones se trata de casos curiosos, o de ensayos satíricos, o de estudios simulados sobre situaciones imaginarias, como los zombis o los dibujos animados. El rasgo común entre todos ellos es la originalidad, según establecen las directrices de la revista para esta peculiar edición.

El Dr. Brown Bear. Imagen de Astley Baker Davies Ltd.

El Dr. Brown Bear. Imagen de Astley Baker Davies Ltd.

Este año, el artículo estelar ha sido sin duda un ingenioso y divertido trabajo escrito por la médica de familia Catherine Bell. Como tantísimos otros niños y niñas, la hija de la doctora Bell pasa largas horas ante el televisor contemplando las aventuras de la cerdita Peppa Pig. Y por deformación profesional, Bell se fijó en el médico de la serie, el doctor Brown Bear. Se le ocurrió entonces una idea para la edición navideña del BMJ: dado que al Dr. Brown Bear se le llama por cualquier nimiedad y siempre aparece como un rayo y con la cura instantánea, ¿acaso es un mal ejemplo para el usuario de la sanidad británica? ¿Alienta Peppa Pig el uso inapropiado de los recursos de atención primaria?, pregunta Bell en el título.

En su artículo, la médica general de Sheffield describe al Dr. Brown Bear como un médico que proporciona un “servicio excelente”, con “acceso telefónico inmediato y directo, cuidado continuo, horario extendido y un umbral bajo para las visitas domiciliarias”. “¿Puede este retrato de la práctica general contribuir a expectativas irreales en la atención primaria?”, añade.

A continuación, Bell expone tres casos concretos de episodios de la serie, con un estilo de exposición similar al que se emplea en los artículos médicos reales. Por ejemplo, “padres llaman al Dr. Brown Bear en sábado concerniendo a un cerdito de 18 meses con un historial de dos minutos de síntomas de resfriado tras jugar en el exterior sin su gorro de lluvia”.

Pero no todo son alabanzas. La autora pasa entonces a criticar al Dr. Brown Bear cuestionando su ética profesional, ya que en uno de los casos expuestos debería haber desviado al paciente al especialista. El hecho de que decidiera realizar “una visita a domicilio clínicamente inapropiada sugiere un posible incentivo financiero”, escribe Bell, insinuando que el Dr. Brown Bear probablemente no trabaja en el sistema sanitario público, sino que es “un médico privado sin escrúpulos”.

Y no solo esto, sino que además, añade la autora, sobremedica a sus pacientes sin necesidad. Por si fuera poco, además muestra signos de estar “quemado”, y por ello descuida tanto sus archivos como los requisitos legales sobre confidencialidad y consentimiento informado. En resumen, el Dr. Brown Bear es, a juicio de Bell, corrupto, negligente e incompetente. “Ya no es capaz de ofrecer a sus pacientes el nivel de servicio que ellos esperan”, concluye la autora.

Naturalmente, Bell ha procurado ofrecer al aludido el derecho de réplica, pero sin éxito: “se ha intentado discutir con el Dr. Brown Bear su perspectiva sobre los casos expuestos; sin embargo, no le es posible comentar al estar pendiente del resultado de una investigación sobre su aptitud para seguir ejerciendo”, escribe.

El Dr. Brown Bear. Imagen de Astley Baker Davies Ltd.

El Dr. Brown Bear. Imagen de Astley Baker Davies Ltd.

De todo lo anterior ya habrán comprendido que ni el contenido ni el tono del artículo ocultan lo que realmente es, una broma navideña destinada a arrancar una sonrisa. Pero por increíble que parezca, bastantes medios se han tomado el artículo en serio, aunque es obvio que se han copiado unos a otros sin haber leído el “estudio” sobre el que han escrito. Lo entrecomillo porque, como ya han comprendido, no existe tal estudio, sino una parodia de estudio.

Y como en el juego del teléfono roto, al presunto mensaje, que no existe en el texto de Bell, se le han ido añadiendo más gotas de sensacionalismo en cada nueva versión: que los médicos británicos consideran a Peppa Pig una perniciosa influencia o incluso su peor enemiga, que una prestigiosa revista científica cuestiona la imagen de la medicina en Peppa Pig, que la comunidad médica carga contra Peppa Pig, ¡la comunidad médica!, y que no piden la retirada de la serie pero sí un replanteamiento, o incluso que Peppa Pig ¡distorsiona la realidad! Perdonen, pero tengo que repetirlo: ¿¡¡que Peppa Pig distorsiona la realidad!!?

Todo lo explicado no quita que la autora del artículo se haya inspirado en motivaciones reales. Como médica del sistema público, es probable que a Bell le preocupe el problema de los recursos en el sistema sanitario. Pero probablemente ni siquiera la propia autora esperaba que su broma pasara en ciertos medios como una crítica verídica. Prueba de ello es que en el apartado de conflicto de intereses aclara que, pese a lo aparente, su hija no está patrocinada por Peppa Pig. Es decir, que Bell interpretaba su propio artículo como un homenaje a los dibujos de la cerdita, y no como una descalificación.

Así, en este caso la única distorsión de la realidad es presentar a la autora como la portavoz de un colectivo médico seriamente indignado por el retrato de su profesión en unos dibujos animados protagonizados por una familia de cerditos parlantes con los dos ojos al mismo lado de la nariz. En el mejor de los casos, es un esperpento; en el peor, es información falsa difundida a miles de lectores.

Tal vez Bell se sienta ahora un poco como Orson Welles cuando hizo de su guerra de los mundos radiofónica una invasión marciana real. En ninguno de los dos casos se trata de inocentadas: al comienzo de su emisión, Welles aclaró que aquello era solo una radionovela. Y aunque el artículo de Bell sobre Peppa Pig no vaya a lanzar a la gente a la calle presa del pánico, ha servido para un propósito de mayor alcance del que podría haber imaginado su autora: como experimento involuntario para poner de manifiesto el inquietante problema de la falta de credibilidad de algunos medios.

El headbanging puede dañar el cerebro, y otros riesgos del heavy metal y el punk

Sin duda conocen ustedes el codo de tenista, esa avería de los tendones causada por esfuerzos repetitivos del brazo que no solo afecta a quienes le dan a la raqueta, sino además a los carpinteros y otros trabajadores manuales. También la música tiene una parte de actividad física extenuante que acarrea sus propias dolencias. Un caso típico es la distonia focal, más conocida como distonia del músico, que causa movimientos involuntarios en algún músculo sobreexplotado por el intérprete.

La distonia es un serio problema que puede arruinar una carrera musical. Una revisión de 2015 encontró que afecta a entre el 1 y el 2% de los músicos profesionales, lo cual suma una cifra enorme si se escala a la población mundial. Pero lo curioso de la distonia del músico es que no es una enfermedad del brazo, sino del cerebro. Algunos estudios han revelado que la intensa práctica de los músicos hace que el control cerebral de las extremidades implicadas se desborde hacia otras regiones del cerebro, causando conexiones anómalas entre las neuronas; los músculos están reclutando neuronas que no les corresponden y que no saben hacer lo que se pide de ellas, y así aparecen los movimientos descontrolados.

Headbanging y black metal. Imagen de Wikipedia / Vassil.

Headbanging y black metal. Imagen de Wikipedia / Vassil.

Aunque son más conocidos los casos de pianistas que la sufren en las manos, la distonia puede afectar a intérpretes de cualquier instrumento y de cualquier género. En 2014 se describió en Alemania el caso de un batería de heavy metal de 28 años que había comenzado a sufrirla en su muslo derecho, poco después de haber comenzado a utilizar un pedal doble para el bombo. Este tipo de pedal permite ritmos más rápidos y da una base de percusión más llena también a velocidades más lentas. A costa de un esfuerzo mayor, claro.

Pero respecto a las enfermedades profesionales del heavy metal, si son aficionados al género tal vez se hayan hecho la misma pregunta que yo: si los cantantes, los profesores y otras personas que fuerzan la voz regularmente pueden sufrir problemas de garganta, ¿qué hay de los cantantes de death metal? Si no están familiarizados, les explico que en este subgénero (y en otros relacionados) los vocalistas cantan con lo que se conoce como death growls o death grunts, un gruñido gutural que sale de lo más profundo del ser y que a veces suena parecido a un eructo vocalizado. Es una especie de versión extrema de una forma de cantar utilizada desde mucho antes por músicos como Louis Armstrong, Joe Cocker, Tom Waits y otros.

En fin, es una manera poco natural de emplear la voz, y entre ensayos y bolos, los cantantes de estos grupos pueden estar torturándose la garganta si no recurren a un consejo profesional sobre cómo hacerlo sin dañarse. De hecho, la versión inglesa de la Wikipedia apunta: “El Centro Médico de Nijmegen de la Universidad de Radboud, en Holanda, informó en junio de 2007 de que, debido al aumento de la popularidad del gruñido en la región [por el death metal, se entiende], estaba tratando a varios pacientes que utilizaban la técnica incorrectamente por edemas y pólipos en las cuerdas vocales”.

Lo cual debería alarmar a los cantantes de death metal… si fuera cierto. El problema es que no parece haber manera de confirmar estos datos. La fuente de la Wikipedia es un artículo en el diario Nederlands Dagblad en el que el logopeda Piet Kooijman decía estar tratando a varios vocalistas de estos grupos, pero hasta donde he podido encontrar, Kooijman no ha publicado ningún estudio científico al respecto.

De hecho, otros expertos desmienten categóricamente esta afirmación de Kooijman. El laringólogo de la Universidad de Nottingham (Reino Unido) Julian McGlashan ha estudiado la fisiología y la mecánica de la distorsión de la voz en situaciones reales de distintas modalidades de canto, incluido el death metal. Según sus resultados, presentados en varios congresos científicos, los death growls “pueden hacerse de forma segura”, siempre que se emplee la técnica correcta con apoyo profesional.

La banda sueca de death metal melódico Amon Amarth, en Alemania en 2017. Imagen de Wikipedia / Markus Felix | PushingPixels.

La banda sueca de death metal melódico Amon Amarth, en Alemania en 2017. Imagen de Wikipedia / Markus Felix | PushingPixels.

Los resultados de McGlashan están en consonancia con un estudio de la Universidad de Santiago de Chile publicado en 2013. Los investigadores examinaron a un grupo de 21 cantantes de rock que utilizaban gruñidos y falsetes, en comparación con un grupo de control de 18 cantantes de pop. Según el estudio, estas modalidades de canto “no parecen contribuir a la presencia de ningún trastorno en las cuerdas vocales” en los sujetos del estudio. Sin embargo, los autores advierten de que su trabajo no cubre los posibles efectos a un plazo mayor con una dedicación intensa, ya que los cantantes examinados tenían una media de edad de 26 años y pertenecían a bandas amateurs.

Pero los musculares y los vocales no son los únicos posibles riesgos que pueden amenazar a metalheads y punks. Un gran clásico también estudiado por la ciencia es el headbanging, el movimiento violento de cabeza. Aunque algunos le suponen un origen más o menos reciente, fuentes bien informadas sitúan sus comienzos en los conciertos de Led Zeppelin allá por finales de los 60.

Por inofensivo que pueda parecer el headbanging, lo cierto es que hay varios estudios científicos que describen casos de daños ocasionados por esta práctica (para quien le interese, ver por ejemplo la lista de referencias en este caso reciente en Japón). El daño suele ser del mismo tipo, un hematoma subdural, o lesión en las meninges cerebrales. En algunos casos el resultado es fatal, como publicó la revista The Lancet en 1991. Hay al menos un par de casos descritos de rotura de la arteria carótida cerebral debida al headbanging, uno de ellos mortal. En 2005 se dijo que el ictus sufrido por el entonces guitarrista de Evanescence, Terry Balsamo, también fue debido al headbanging. Otro riesgo adicional son los daños en las vértebras cervicales.

Por suerte, en nuestra ayuda vienen Declan Patton y Andrew McIntosh, de la Universidad de Nueva Gales del Sur, en Sídney (Australia). En 2008, estos dos investigadores analizaron la biomecánica del headbanging para la edición de Navidad de la revista British Medical Journal, bajo los criterios estandarizados de riesgo de lesiones en la cabeza y la espina dorsal. Patton y McIntosh encontraron que, para evitar daños, a un tempo musical medio de 146 pulsaciones por minuto el ángulo de giro de la cabeza nunca debe superar los 75º. Con ritmos más rápidos, el movimiento debe ser más limitado.

Como alternativas, y ya en un tono más mordaz adecuado a la edición navideña del BMJ, los australianos aconsejaban mover la cabeza solo en un golpe de batería de cada dos, utilizar un collarín, sustituir el heavy metal por Michael Bolton, Celine Dion, Enya y Richard Clayderman, sugerir a bandas como AC/DC que toquen Moon River en lugar de Highway to Hell, y etiquetar los discos de heavy metal con advertencias contra el headbanging.

Los riesgos para los aficionados al metal o al punk aumentan aún más para quienes gustan de sumergirse en esa masa frenética llamada mosh pit, donde se practica el moshing, básicamente empujarse, golpearse y patearse unos a otros en un “estado desordenado similar al de un gas”, según un equipo de físicos que lo describió matemáticamente en 2013. Y no necesariamente es una cuestión generacional: en mis tiempos su versión en el punk se conocía como pogo, pero dado que nunca he disfrutado de que me agredan o me escupan, ni de hacérselo yo a otros, cuando la banda actuante era de las que invitaban a ello solía retirarme a un rincón discreto.

Y aún más viendo los adornos que se gastan algunas bandas, como esas muñequeras con clavos afilados que llevan los músicos de black metal. En 2006, dos médicos del Hospital Príncipe de Gales de Sídney (Australia) describieron el caso de un joven de 19 años que había sido empujado, con tan mala suerte que se clavó en el hombro una tachuela de 5 centímetros que llevaba otro tipo en la espalda de su chupa de cuero. Al parecer, en el momento el afectado estaba tan borracho que apenas se enteró, pero a la mañana siguiente tuvo que hacer una visita a Urgencias. La herida le había causado un enfisema subcutáneo, una acumulación de aire bajo la piel. Todo quedó en un susto.

Moshing. Imagen de Wikipedia / Harald S. Klungtveit.

Moshing. Imagen de Wikipedia / Harald S. Klungtveit.

Este mismo mes, tres médicos de urgencias de la Universidad de Massachusetts (EEUU) acaban de publicar una recopilación de lesiones causadas por el moshing. Los autores han reunido los casos de atención médica durante ocho grandes conciertos celebrados en un mismo recinto entre 2011 y 2014, con una asistencia total de más de 50.000 personas. Los resultados del estudio no son sorprendentes: la mayoría de los afectados, en el orden de varios cientos, eran varones con una edad media de 20 años, y que en el 64% de los casos llegaban con lesiones en la cabeza. El 28% de los heridos eran menores de 18 años; el más joven tenía 13. Y aunque el moshing era la causa más común de lesiones, un 20% de los casos se debía al crowd surfing, eso de pasar a alguien sobre las cabezas.

De todo lo anterior, tal vez les haya quedado la idea de que el heavy metal y el punk pueden ser nocivos para la salud. Pero no crean que otros géneros musicales son necesariamente más inocuos. Para la próxima entrega les reservo una sorpresa: ¿qué tipo de conciertos dirían que origina más casos de atención médica? Ni se lo imaginan.

Así es un cerebro humano fresco

Un cerebro humano fresco no es algo con lo que uno se encuentre habitualmente, salvo que se dedique profesionalmente a la neurocirugía o a la ciencia forense. Por supuesto, en la carrera de biología nunca veíamos algo así, pero incluso muchos estudiantes de medicina de todo el mundo no tienen contacto sino con cerebros conservados en formol, un agente fijador que desnaturaliza las proteínas, confiriendo una consistencia firme y gomosa muy distinta de la del tejido fresco.

Personalmente, a lo más que he llegado es al de cordero, y fue hace ya varias décadas, con ocasión de un trabajo escolar. Si no me falla la memoria, fui con mi amigo Pablo al mercado, donde compramos un blíster de plástico que contenía un seso entero y fresco. Aquella mercancía debía haber encontrado su destino más probable en unos huevos revueltos, como en aquellos Duelos y Quebrantos del Quijote. Pero aquel cerebro en concreto sirvió al improbable propósito de un trabajo de ciencias de dos críos de la extinta EGB.

Imagen de YouTube.

Imagen de YouTube.

Recuerdo que aquel órgano se notaba extremadamente delicado y frágil al tacto, como gelatina. Se le quedaba marcada la forma del blíster, y uno comprendía entonces por qué la naturaleza nos ha dado un robusto baúl de hueso para guardarlo y un cojín líquido para amortiguar los golpes.

Sin embargo, entre un cerebro de cordero y otro humano hay un enorme salto que trasciende lo evolutivo. Nos reconocemos, nos relacionamos e incluso nos gustamos o no a través de nuestra fachada. Pero en realidad todo lo que somos, lo que hemos sido y lo que seremos está en ese poco menos de kilo y medio, en su mayoría grasa, que el físico Michio Kaku y otros científicos han calificado como el objeto más complejo del universo. Así lo escribió Francis Crick, el codescubridor de la doble hélice de ADN:

Tú, tus alegrías y tus penas, tus recuerdos y ambiciones, tu sentido de identidad personal y de libre albedrío, de hecho no son más que el comportamiento de un vasto ensamblaje de células nerviosas y sus moléculas asociadas.

Hoy les traigo este vídeo con fines didácticos presentado por la neuroanatomista Suzanne Stensaas, de la Universidad de Utah (EEUU). Stensaas muestra un cerebro humano fresco extraído de una persona fallecida de cáncer que ha donado su cadáver a la ciencia. “Es mucho más blando que la mayoría de la carne que puedes ver en el mercado”, dice la doctora, explicando que el cerebro lleva un cordón atado para poder suspenderlo en un cubo y fijarlo en formol, ya que si lo dejaran simplemente en el fondo se desparramaría como lo que es, un pedazo de grasa. Pásmense ante esta increíble y vulnerable maravilla, pero no lo olviden: ahí dentro está toda una vida.

Los Nobel, uno fresco, otro rancio, y siempre dejan a alguien fuera

Como cada año por estas fechas, no puede faltar en este blog un comentario sobre lo que nos ha traído la edición de turno de los premios Nobel. Y aunque cumplo con esta autoimpuesta obligación, debo confesarles que lo hago con la boca un poco pastosa. No por desmerecer a los ganadores, siempre científicos de altísimos logros, sino por otros motivos que año tras año suelo traer aquí y que conciernen a los propios premios.

Imagen de Wikipedia.

Imagen de Wikipedia.

En primer lugar, están los merecimientos no premiados de los que siempre se quedan por debajo de la línea de corte. Ya lo he dicho aquí, y no descubro nada nuevo: ya no hay Ramones y Cajales encerrados a solas en su laboratorio. Vivimos en la época de la ciencia colaborativa y a veces incluso multitudinaria, donde algunos estudios vienen firmados por miles de autores. No exagero: hace un par de años, un estudio de estimación de la masa del bosón de Higgs batió todos los récords conocidos al venir firmado por una lista de 5.154 autores. Nueve páginas de estudio, 24 páginas de nombres.

En el caso que nos ocupa, el Nobel de Física 2017 anunciado esta semana ha premiado la detección de ondas gravitacionales, un hito histórico que se anunció y publicó por primera vez en febrero de 2016, que confirmó la predicción planteada por Einstein hace un siglo y que según los físicos abre una nueva era de la astronomía, ya que enciende una nueva luz, que en este caso no es luz, para observar el universo.

Pero aunque sin duda el hallazgo merece los máximos honores que puedan concederse en el mundo de la ciencia, el problema es que los Nobel fueron instituidos por un tipo que murió hace 121 años, cuando la ciencia era cosa de matrimonios Curies investigando en un cobertizo. Y las normas de los Nobel dicen que como máximo se puede premiar a tres científicos para cada categoría.

Los agraciados en este caso han sido Rainer Weiss, Barry Barish y Kip Thorne, los tres estadounidenses, el primero nacido en Alemania. Weiss se queda con la mitad del premio, mientras que Barish y Thorne se reparten el otro 50%.

No cabe duda de que los tres lo merecen. Weiss fue quien inventó el detector que ha servido para pescar por primera vez las arrugas en el tejido del espacio-tiempo, producidas por un evento cataclísmico como la fusión de dos agujeros negros. Thorne ha sido la cabeza más visible en el desarrollo de la teoría de las ondas gravitacionales, además de ser un divulgador mediático y popular: creó el modelo de agujero negro que aparecía en la película Interstellar. Por su parte, Barish ha sido el principal artífice de LIGO, el detector que primero observó las ondas gravitacionales y que se construyó según el modelo de Weiss apoyado en la teoría de Thorne.

Pero más de mil científicos firmaron el estudio que describió la primicia de las ondas gravitacionales. Sus diversos grados de contribución no quedan reflejados en la lista de autores, ya que en casos así no se sigue la convención clásica de situar al principal autor directo del trabajo en primer lugar y al investigador senior en el último; aquí la lista es alfabética, sin un responsable identificado. El primero de la lista era un tal Abbott, cuyo único mérito para que aquel estudio histórico ahora se cite como “Abbott et al.” fue su ventaja alfabética. De hecho, había tres Abbotts en la lista de autores.

¿Se hace justicia premiando solo a tres? Tengo para mí que los físicos especializados en la materia, sobre todo quienes hayan participado de forma más directa o indirecta en este campo de estudio, tal vez tengan la sensación de que queda alguna cuenta no saldada.

Como mínimo, habrá quienes achaquen al jurado que haya olvidado la importantísima contribución de Virgo, el socio europeo del experimento LIGO. Ambos nacieron de forma independiente en los años 80, LIGO en EEUU y Virgo en Italia como producto de una iniciativa italo-francesa. Con el paso de los años, LIGO y Virgo comenzaron a trabajar en una colaboración que estaba ya muy bien trabada antes de que el detector estadounidense lograra la primera detección de las ondas gravitacionales. La cuarta detección de ondas de este tipo, anunciada hace solo unos días, se ha producido en paralelo en LIGO y en Virgo. ¿Es justo dejar a los artífices del proyecto europeo sin el reconocimiento del Nobel?

Por supuesto, son las normas de los premios. Pero miren esto: el testamento de Nobel no mencionaba en absoluto a tres premiados por cada categoría, sino que se refería simplemente a “la persona que…”. Por lo tanto, si se trata de ceñirse estrictamente a la última voluntad del fundador de los premios, estos no deberían repartirse.

Pero la limitada representatividad de la lista de premiados no es el único defecto de los Nobel. Otro que también he comentado aquí en años anteriores es la tendencia a premiar trabajos tan antiguos que ni sus autores ya se lo esperaban, si es que siguen vivos. Y en esto tampoco se respetan las instrucciones de Alfred Nobel, ya que él especificó que los premios deberían concederse a quien “durante el año precedente haya conferido el mayor beneficio a la humanidad”.

Si al menos este año en Física se ha premiado ciencia fresca y puntera, no ocurre lo mismo con la categoría de Fisiología o Medicina. Los tres galardonados, Jeffrey Hall, Michael Rosbash y Michael Young, todos estadounidenses, lograron sus avances fundamentales sobre los mecanismos moleculares del reloj biológico (los ritmos circadianos) allá por los años 80.

De hecho, hay un dato muy ilustrativo. A diferencia del caso de las ondas gravitacionales, en el campo de los ritmos circadianos sí hay dos nombres que muy claramente deberían encabezar una lista de candidatos a recibir los honores: Seymour Benzer y su estudiante Ron Konopka, los genetistas estadounidenses que primero descubrieron las mutaciones en los genes circadianos con las cuales pudo escribirse la ciencia moderna de la cronobiología. Pero Benzer falleció en 2007, y Konopka en 2015. Y no hay Nobel póstumo. El premio en este caso se ha concedido a una segunda generación de investigadores porque se ha concedido tan a destiempo que los de la primera murieron sin el debido reconocimiento.

En este caso, los Nobel pecan una vez más de conservadurismo, de no apostar por avances más recientes cuyo impacto está hoy de plena actualidad en las páginas de las revistas científicas. Por ejemplo, CRISPR, el sistema de corrección de genes que abre la medicina del futuro y en el que nuestro país tiene un firme candidato al premio, el alicantino Francisco Martínez Mojica. Pero dado que este avance también puede optar al Nobel de Química, que se anuncia hoy miércoles dentro de un rato, de momento sigamos conteniendo la respiración.

El 99% de los microbios que viven en nosotros son desconocidos para la ciencia

La ciencia tiene algo de carrera hacia el horizonte: cuanto más corremos, más parece alejarse, ya que cada nueva respuesta levanta una cantidad ingente de preguntas. Lo importante es el nuevo territorio que descubrimos por el camino, aunque sirva también para hacernos notar todo lo que nos queda aún delante por conocer.

Uno de esos territorios entre los más desconocidos es el de los microbios, los verdaderos reyes de la naturaleza, los seres más abundantes del planeta, los que estaban aquí mucho antes que nosotros, seguirán cuando nosotros ya no estemos, y en el camino se han adueñado de todos los hábitats terrestres, incluso aquellos en los que cualquier otro ser vivo moriría cocido, asado, asfixiado, irradiado o congelado.

Incluso nuestro propio cuerpo: si contamos por número de células, somos tanto o más microbios de lo que somos nosotros mismos. Hasta hace poco solía pensarse que el organismo humano tenía diez veces más células microbianas que propias. En 2016 un estudio corrigió la estimación, calculando que ambas cifras están más próximas, unos 38 billones de bacterias frente a 30 billones de células humanas en una persona media de 70 kilos.

Bacterias Pseudomonas aeruginosa al microscopio eléctronico. Imagen de Wikipedia.

Bacterias Pseudomonas aeruginosa al microscopio eléctronico. Imagen de Wikipedia.

Claro que si añadiéramos los virus, que este estudio no incluía, las cifras volverían a volcarse masivamente a favor de nuestros pequeños huéspedes. Durante una gripe nuestro cuerpo puede verse invadido por cien billones de virus. Un estudio descubrió que cada persona sana alberga en su cuerpo una media de cinco tipos de virus que pueden hacernos enfermar, pero además llevamos dentro otros muchos que son inofensivos para nosotros, incluyendo los que no infectan a nuestras propias células, sino a esos 38 billones de bacterias. El número de ceros casi llega a marear.

La inmensa mayoría de todos estos microbios (incluyo a los virus, aunque para muchos científicos no son realmente seres vivos) son desconocidos para la ciencia. Tradicionalmente los científicos solo podían llegar a conocer los microbios que podían cultivarse en el laboratorio, y estos son solo una pequeñísima proporción, incluyendo los que requieren medios de cultivo con ingredientes tan exóticos como la sangre. Los virus, además, necesitan células en las que vivir.

Con todo esto, no sorprende que un estudio de 2016 cifrara en un 99,999% la proporción de tipos de microbios que aún no se conocen, de un total estimado de un billón de especies en la Tierra. Y esto contando bacterias, protozoos y hongos, pero sin incluir los virus.

Más recientemente, los investigadores comenzaron a ser capaces de tomar muestras complejas, por ejemplo agua del océano, y pescar la diversidad de microbios presente en ellas a través de su ADN. Es algo así como una versión genética de hacer una foto a una muchedumbre, pero el resultado es más o menos igual de frustrante: un montón de caras, o fragmentos de ADN, pertenecientes a un montón de personas, o microbios, de los que no se sabe absolutamente nada y a los que es imposible identificar.

Esta pesca de ADN en masa es la que ha aplicado ahora un equipo de investigadores de la Universidad de Stanford (EEUU) a otro peculiar océano, el que circula por nuestras venas. En realidad el propósito inicial de los científicos no era pescar microbios; su intención era examinar el ADN libre que circula por la sangre de los pacientes trasplantados para ver si podían correlacionar la cantidad de ADN del donante con el rechazo del órgano. Este estudio suele hacerse mediante una biopsia molesta e invasiva, y los investigadores trataban de comprobar si podía sustituirse por un simple análisis de sangre: si hay mucho ADN del órgano trasplantado en la sangre, significa que el cuerpo del paciente lo está destruyendo.

Pero en esta pesca masiva de ADN en el río de la sangre, los investigadores encontraron también algo que ya esperaban: innumerables trocitos de genes de microbios. Lo que no esperaban tanto era la proporción de estos microbios que son unos completos desconocidos para la ciencia: un 99%. Solo uno de cada cien de estos microbios es algo cuyos genes ya figuran en las bases de datos, según el estudio publicado en PNAS.

Lo que sí han podido hacer los científicos es comparar estos misteriosos microbios con otros que ya se conocen, y así han llegado a la conclusión de que la mayoría de las bacterias pertenecen a un grupo llamado proteobacterias. Lo cual tampoco es mucho decir, ya que se trata de un grupo inmenso que incluye bacterias tan diversas como las que causan diarreas, cólera, peste o úlceras, o las que viven en las plantas para chupar el nitrógeno de la atmósfera.

En cuanto a los virus, el resultado es más sorprendente, porque la mayoría de los detectados pertenecen a un grupo que no se descubrió hasta 1997, conocido como Torque Teno Virus (TTV) o Virus Transmitidos por Transfusión. Hasta ahora se conocían dos grupos, uno que vive en animales y otro que infecta a las personas, pero sobre este último no está del todo claro hasta qué punto son peligrosos para nosotros. Se sabe que es muy común en las personas sin síntomas aparentes, pero también que aparece en enfermedades hepáticas, sobre todo en pacientes trasplantados, y posiblemente en otras patologías.

Los TTV descubiertos por los investigadores de Stanford son totalmente nuevos, distintos a los ya conocidos en humanos y animales. Lo cual implica que no se sabe absolutamente nada sobre lo que podrían hacernos. Pero los resultados del estudio sugieren que un grupo de virus hasta ahora minoritario y casi desconocido tiene en realidad un protagonismo en nuestro cuerpo mucho mayor de lo que nadie sospechaba. Y teniendo en cuenta que están presentes hasta en más del 90% de los adultos y que se transmiten por transfusión sanguínea, ¿hace falta algo más para llegar a la conclusión de que nos conviene bastante saber más sobre los TTV?

Esta niña estuvo muerta dos horas, y hoy lleva una vida normal

En febrero de 2016, la madre de Eden Carlson estaba tomando una ducha en su casa de Fayetteville, Arkansas (EEUU), sin saber que aquel rato rutinario de aseo iba a cambiar su vida trágicamente. La pequeña de dos años, al parecer una auténtica exploradora y escapista, burló la valla antibebés, abrió la pesada puerta de su casa y caminó por el jardín hasta caer a la piscina. Cuando su madre la encontró, llevaba 15 minutos flotando en el agua, sin vida.

Eden Carlson, antes del accidente. Imagen de YouTube.

Eden Carlson, antes del accidente. Imagen de YouTube.

De inmediato, la madre le practicó Reanimación Cardiopulmonar (RCP), sin éxito. Eden fue trasladada al Centro Médico Regional Washington de su ciudad, donde los médicos comprobaron que no tenía latido cardíaco ni pulso, no respiraba, tenía las pupilas fijas y dilatadas y una temperatura corporal de 28,9 °C. En la Escala de Coma de Glasgow, que suma las puntuaciones del grado de respuesta según tres criterios diferentes, era un 3, el equivalente a la muerte.

Pero los médicos se resistían a perderla. Por fin, después de casi dos horas de resucitación y 17 inyecciones de epinefrina, el corazón de la niña volvió a latir. Una vez estabilizada, fue trasladada por aire al Hospital Infantil de Arkansas, en Little Rock, donde los médicos encontraron un panorama devastador: sus órganos vitales no funcionaban, su sangre tenía un peligroso nivel de acidez y una presión por los suelos, y los daños cerebrales eran profundos, con una extensiva pérdida de las sustancias gris y blanca. Le dieron entre 2 y 48 horas de vida.

Eden Carlson, después de su reanimación. Imagen de YouTube.

Eden Carlson, después de su reanimación. Imagen de YouTube.

Contra toda esperanza, la niña resistió. Durante 10 días recibió ventilación mecánica, hasta que pudo empezar a respirar de forma autónoma. A los 35 días de su ahogamiento fue dada de alta y regresó a casa, pero en estado semivegetativo: “sin respuesta a ningún estímulo, inmóvil, con las piernas flexionadas sobre el pecho y con constante agitación y movimiento de cabeza”, escriben los médicos en el informe del caso, publicado en la revista Medical Gas Research.

La pequeña Eden parecía encarar la perspectiva de una vida muy mermada y completamente dependiente de cuidados constantes. Pero de alguna manera que no se precisa en el estudio, sus padres oyeron hablar de la terapia hiperbárica de oxígeno aplicada por Paul Harch, un médico de la Facultad de Medicina y Hospital de la Universidad Estatal de Luisiana en Nueva Orleans.

La terapia hiperbárica de oxígeno (HBOT, en inglés) es algo que todos hemos visto en las películas de submarinismo. Son esas cámaras de alta presión donde los buceadores deben permanecer para evitar que la descompresión les forme burbujas letales en la sangre. Al reducir la presión atmosférica lentamente y no de golpe, el tamaño de las burbujas disminuye y se consigue que el gas se disuelva en la sangre sin efectos dañinos.

Este fue el uso original para el que se inventaron las cámaras hiperbáricas (de alta presión), pero con el tiempo los médicos han ido explorando otras aplicaciones, como el tratamiento de la gangrena gaseosa (la necrosis de tejidos por una infección que produce gas) o del envenenamiento con monóxido de carbono. Actualmente se ensaya su posible utilidad en un sinnúmero de enfermedades y trastornos, pero en la mayoría de los casos sin resultados convincentes.

Harch, uno de los principales especialistas mundiales en HBOT, pensó que el caso de Eden era potencialmente apto para beneficiarse de esta terapia, ya que se trataba de una niña muy pequeña, y por tanto con tejidos, incluido el cerebral, que aún conservaban una gran capacidad de regeneración. Dado que no existía cámara hiperbárica en el lugar donde Eden vive, Harch prescribió terapia normobárica (a presión ambiental) de oxígeno puro durante 45 minutos dos veces al día, comenzando en el día 55 después del ahogamiento.

“Al cabo de horas, la paciente estaba más alerta, despierta, y dejó de agitarse”, escriben Harch y su colaborador, el radiólogo Edward Fogarty. “La tasa de mejora neurológica aumentó durante los 23 días posteriores con la capacidad de reír, mover los brazos y manos, agarrar objetos con la mano izquierda, alimentación oral parcial, seguimiento con los ojos y un nivel de habla similar al preahogamiento, pero con menor vocabulario”.

La niña siguió también terapias de rehabilitación, y 78 días después del accidente se trasladó a Nueva Orleans para seguir un programa de HBOT dirigido por Harch, con un total de 40 sesiones de 45 minutos al día. Y como muestran los vídeos, el estado de Eden mejoró espectacularmente hasta un nivel, según su madre, “casi normal, excepto por la función motora general”.

Eden Carlson, nueve meses después del ahogamiento. Imagen de YouTube.

Eden Carlson, nueve meses después del ahogamiento. Imagen de YouTube.

Al término del tratamiento, esta era la situación de la niña descrita en el estudio: “camina asistida, nivel de habla superior al preahogamiento, función motora casi normal, cognición normal, mejora en casi todas las anomalías neurológicas examinadas, interrupción de la medicación, y déficits residuales emocionales, en el temperamento y la marcha”. Los escáneres cerebrales mostraban una “casi completa reversión de la atrofia cortical y de sustancia blanca”. Harch y Fogarty subrayan que, hasta donde han podido saber, la impresionante recuperación de Eden es un caso “no descrito con ninguna otra terapia”.

Pero mejor que leerlo es verlo. El primero de los vídeos recoge la historia y los progresos de Eden hasta mayo de 2016, al comienzo del tratamiento HBOT. En el segundo, publicado en noviembre de 2016, Eden da las gracias a todas las personas que la ayudaron en esta cuasimilagrosa recuperación. Así es hoy la niña que estuvo casi dos horas muerta, y para quien aquella dramática experiencia apenas dejará otra secuela que un mal recuerdo, si es que llega a recordar algo. Y les aviso: tengan los pañuelos de papel a mano.

Pero no; esperen, que aún no hemos terminado. No creo oportuno comentar nada sobre la aureola de plegarias respondidas y milagros divinos con la que los padres rodean la historia de la recuperación de Eden. Pero sí es importante indagar en las implicaciones científicas del caso, y en concreto la respuesta a la pregunta que cualquiera se formulará después de leer la historia de Eden:

¿Es la terapia hiperbárica de oxígeno una nueva panacea?

No soy yo quien puede responder a esta pregunta, excepto con una regla general: casi nada es una nueva panacea. En el caso de Eden y con independencia de la eficacia de la HBOT, se aliaban dos circunstancias sin las cuales esta deslumbrante recuperación habría sido más que improbable.

Por un lado, la pequeña cayó a la piscina en febrero. El agua, según documentan los autores del estudio, estaba a 5 °C. El frío conservó el organismo de Eden casi en hibernación, ralentizando la degeneración de los tejidos. Durante todo el proceso de resucitación, el cuerpo de la pequeña se mantuvo en hipotermia; para eso servían las fundas azules que la niña lleva en la foto de arriba.

Por otro, a la edad de dos años la capacidad de recuperación del organismo es pasmosa. Hoy se ha abandonado el dogma clásico según el cual el sistema nervioso humano era una máquina terminada sin ninguna posibilidad de reparación tras una avería; las neuronas tienen una cierta capacidad regenerativa que puede potenciarse con ayudas terapéuticas. Además, el cerebro posee también un cierto margen para desviar algo de las funciones de los circuitos dañados a otras zonas sanas, como cuando se desvía el tráfico de una carretera cortada a otra abierta. Tanto esta plasticidad cerebral como la capacidad de regeneración son especialmente aprovechables en niños pequeños, cuando el sistema nervioso aún está creciendo.

El problema con la HBOT es que, más allá de su acción física en la descompresión, en lo referente a su actuación celular y molecular aún no se sabe cómo funciona, si es que realmente funciona. Se asume que el mayor flujo de oxígeno facilita la cicatrización celular y dispara señales metabólicas que activan los procesos regenerativos para combatir los daños en los tejidos y las infecciones. En casos concretos de estas dos situaciones se ha mostrado eficaz, pero los mecanismos aún solo pueden explicarse a grandes rasgos. En su estudio, Harch y Fogarty se limitan a una especulación razonable en una sola frase para justificar la recuperación de Eden: “La explicación más probable es el crecimiento de las sustancias [cerebrales] gris y blanca inducido por la señalización génica hiperóxica e hiperbárica”.

De hecho, los dos médicos ni siquiera están seguros de hasta qué punto la secuencia concreta del tratamiento de Eden ha sido importante o no en su recuperación: “aunque es imposible concluir de este caso individual si la aplicación secuencial de oxígeno normobárico y después HBOT es más eficaz que solo HBOT, en ausencia de HBOT la terapia normobárica de oxígeno repetitiva y de corta duración puede ser una opción hasta que la HBOT esté disponible”, dice Harch en una nota de prensa.

¿Por qué entonces no se sometió a la niña a HBOT desde un principio? No se explica, pero se sospecha que la razón no es médica, sino simplemente económica; el cochino dinero. En el primer vídeo, los padres aclaran que su seguro médico no cubre la HBOT. La web de Medicare, el pálido remedo de Seguridad Social en EEUU, recoge que la HBOT está cubierta solo en ciertas circunstancias, entre las cuales no se incluyen los casos de ahogamiento, y siempre con un 20% de copago por parte del paciente. Según cifras que circulan por ahí, una hora de HBOT puede costar más de 1.000 dólares. Y dado que en sus vídeos los Carlson agradecen la ayuda de los donantes, todo indica que Eden no recibió esta terapia hasta el momento en que sus padres pudieron costearla con donaciones.

Y por supuesto, también en el caso de Eden hay un conflicto de interés que queda bien especificado en el estudio, como ahora es obligatorio en (casi) toda publicación científica, según expliqué recientemente: Harch es “copropietario de Harch Hyperbarics, Inc., una corporación dedicada a la consultoría y el testimonio experto sobre medicina hiperbárica”. Es decir, que Harch posee una empresa dedicada a promover el uso de la HBOT. También es necesario destacar que el caso de Eden se ha publicado en una revista científica muy sectorial y minoritaria, Medical Gas Research, a cuyo comité editorial pertenecen tanto Harch como los dos referees o revisores que han aprobado su estudio (en las revistas de acceso abierto como esta, a menudo los nombres de los referees se hacen públicos después de la aceptación de un estudio).

¿Significa todo esto que habría que marcar el estudio con un banderín rojo de alerta? ¿Significa que la HBOT podría caer en el terreno gris cercano a la pseudociencia?

No y no. En cuanto a lo primero, ahí están los evidentes progresos de Eden. La ventaja que tienen los médicos con casos clínicos como el de la pequeña es que los resultados son indiscutibles. Incluso aunque las causas no lo sean: los propios autores reconocen las limitaciones del estudio. Y por supuesto, no hay otras Edens que no hayan seguido el mismo curso terapéutico para comparar su evolución sin terapia normobárica, sin HBOT o sin ninguna de las dos.

Respecto a lo segundo, la medicina hiperbárica se ha ensayado desde hace siglos, desde los años 30 del siglo pasado se ha empleado en submarinismo, y desde hace décadas se estudia en una amplísima gama de trastornos. Para la mayoría de ellos no hay pruebas de eficacia real, pero sí para algunos. Si se prescribe un anticatarral contra el catarro, es ciencia; si se prescribe contra el cáncer, es pseudociencia. La HBOT también se ha probado contra el cáncer, sin éxito aparente. Harch está demostrando que puede ser útil para la neurorregeneración en ciertos casos, pero aún queda mucho camino por delante.

Así que no se apresuren a comprarse una cámara hiperbárica, si es que pueden costearla. No, Michael Jackson no dormía en una de estas cámaras. Es solo un mito: la compró para un hospital local y se hizo una foto dentro de ella para alimentar su imagen excéntrica. Y lo cierto es que la HBOT también tiene sus riesgos, razón por la cual se limitan los tiempos de tratamiento. La alta presión puede perjudicar los huecos corporales rellenos de aire, como el oído interno o los senos nasales. Tampoco se apresuren a buscar el bar de oxígeno más próximo a su casa; somos seres que nacimos respirando una atmósfera con solo un 21% de oxígeno. Una dosis más alta puede ser entre inútil y muy tóxica; tal vez incluso un factor de riesgo de cáncer. Por el momento, esperemos a ver si la HBOT va superando pequeños grandes pasos como el de Eden.