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No hay una nueva crisis global del ébola: lo que no está ocurriendo y por qué

Desde la aparición de un nuevo brote del virus del Ébola en la República Democrática del Congo (RDC) en agosto de 2018, la epidemia no se ha extendido a los países limítrofes, en los cuales no han resultado afectadas diversas comunidades que no han multiplicado los focos de transmisión del virus. La infección no ha sido transportada por viajeros y profesionales sanitarios a otras naciones fuera de la región africana, lo que no ha llevado a la Organización Mundial de la Salud (OMS) a declarar una alerta global. En distintos países muy alejados del foco original, el virus no ha comenzado a extenderse, no causando decenas de miles de muertes, lo que no ha desatado un estado de pánico entre la población, no ha desbordado los sistemas sanitarios nacionales y no ha obligado a las diversas autoridades a adoptar medidas excepcionales ante lo que no se ha considerado la mayor emergencia sanitaria global de la historia.

Y si todo esto no ha ocurrido, es gracias a un superhéroe que responde al anodino nombre de V920, o también al aún más críptico de rVSVΔG-ZEBOV-GP. Lo cual parece una contraseña de wifi, pero en el fondo es sencillo: un virus de la estomatitis vesicular (VSV) recombinante (r), es decir, producido en laboratorio, al cual se le ha eliminado (Δ, que en genética significa deleción) su principal proteína de virulencia (G) y se le ha añadido la glicoproteína (GP) del Zaire Ebolavirus (ZEBOV).

En resumen, la vacuna del ébola. A ella le debemos que, al menos hasta ahora, todo lo relatado arriba no haya sucedido.

Ante todo, no debemos minimizar lo que sí está ocurriendo en África y está padeciendo la población africana. Aunque no atraiga la atención de los flashes porque lo que sucede en África nos importa a pocos (en comparación con todo aquello que se dice geoestratégico, que les importa a muchos), el brote de ébola continúa activo, y ya acumula 1,632 casos confirmados, con 1.048 muertes confirmadas, según cifras del 13 de mayo. La situación no está controlada, y de hecho fue hace un par de meses cuando el número de casos comenzó a dispararse.

Imagen de CDC.

Imagen de CDC.

Pero podía estar siendo mucho peor. Y no lo es, dicen los epidemiólogos, gracias a la vacuna patentada por el gobierno canadiense en 2003, que ya se ha administrado a más de 96.000 personas, incluyendo unos 30.000 profesionales sanitarios y de atención.

La vacuna, cuya eficacia supera el 97%, se ha administrado en anillo, una estrategia que consiste en vacunar al círculo de personas que han estado en contacto con un enfermo. El problema, según contaba a AP una portavoz de Médicos sin Fronteras, es que el 75% de los nuevos casos que están apareciendo no tienen ningún vínculo aparente con enfermos previos, lo que ha alarmado a las autoridades y los organismos implicados, ya que equivale a decir que no se sabe cómo ni por dónde se está propagando el virus.

Imagen al microscopio electrónico de partículas del virus del Ébola (coloreadas en verde) en una célula de riñón de mono. Imagen de BernbaumJG / Wikipedia.

Imagen al microscopio electrónico de partículas del virus del Ébola (coloreadas en verde) en una célula de riñón de mono. Imagen de BernbaumJG / Wikipedia.

Pero a pesar de lo amenazador y terrible que resulte lo que está ocurriendo, debemos subrayar lo que no está ocurriendo, y que esto es gracias a uno de los mayores esfuerzos puntuales de vacunación de la historia. Las cifras son impresionantes: 145.000 dosis de la vacuna ya distribuidas (donadas, repito, donadas por Merck, una de esas malvadas compañías farmacéuticas), otras 195.000 listas para ser enviadas y 100.000 más que lo estarán en los próximos meses.

Y entre todo ello, se da una chocante circunstancia. Hace un par de semanas, la revista The Lancet Infectious Diseases publicaba un estudio que detalla los resultados de una encuesta realizada el pasado septiembre en la región de la RDC afectada por el brote. Los datos, según escriben los autores, muestran que “la creencia en la desinformación está ampliamente extendida”: el 26% de los encuestados piensan que el ébola no existe, el 33% que el brote es un invento promovido por intereses económicos, y el 36% que tiene como fin desestabilizar la región. Casi la quinta parte creían las tres cosas.

Y naturalmente, también aparece el factor de la reticencia hacia la vacuna. Solo algo más de la mitad de los encuestados dijeron que aceptarían vacunarse contra el ébola. Las razones aducidas para no hacerlo suenan familiares: la vacuna no es segura, no funciona o no es necesaria.

Pero no debemos olvidar que estamos hablando de regiones de África donde el acceso a la educación y a las fuentes fiables de información es escaso, donde los sistemas sanitarios son deficientes, donde los conflictos son crónicos, y donde la corrupción campa a sus anchas. Como recuerda un editorial que acompaña al estudio, “la cancelación de las elecciones presidenciales de 2018 en las regiones de Beni y Butembo, afectadas por el ébola, está fuertemente vinculada en la mente del público con el amaño de las votaciones”. Por todo ello, decía el director del estudio, Patrick Vinck, “las respuestas médicas por sí solas no bastan para detener la extensión del ébola”; es necesario, añadía, “construir confianza”.

En cambio, nada de esto se aplica a los ciudadanos de los países desarrollados, donde el acceso a la educación y a las fuentes fiables de información es mayoritario, donde los sistemas sanitarios son universales y excelentes, donde disfrutamos de paz y seguridad, y donde la corrupción conduce a la cárcel. Y donde, pese a todo ello, estamos inmersos en lo que los máximos responsables de Unicef y la OMS han calificado como “una crisis global” por el aumento en un año de un 300% de los casos de sarampión, una enfermedad potencialmente letal para la cual existe una vacuna y que está repuntando en países donde casi se había eliminado, según el Centro Europeo para el Control de Enfermedades.

Y si todo esto sí está ocurriendo es por culpa de un supervillano que responde al nombre, fácilmente comprensible, de movimiento antivacunas.

Norovirus, no sólo en el agua de Andorra

Por resumir la historia que todo el mundo ya conoce, el origen de un brote de gastroenteritis en Cataluña que ha afectado a más de 4.000 personas en cientos de empresas se localizó en los water coolers, esos dispensadores de agua de garrafa tan típicos en las oficinas y, no lo nieguen, uno de los rincones preferidos de reunión y chismorreo en todo ecosistema laboral.

Garrafas de agua. Imagen de Wikipedia.

Garrafas de agua. Imagen de Wikipedia.

En este caso las aguas procedían del manantial andorrano de Arinsal, embotelladas por la empresa Aigües del Pirineu y distribuidas por la empresa Eden Springs. La Universidad de Barcelona confirmó, y la Agència de Salut Pública de Catalunya difundió, que el malvado responsable es el norovirus, detectado en el agua a títulos muy elevados en sus dos variantes, unas 5.000 copias por litro del genogrupo I y unas 10.000 del II (en fin, una barbaridad). Teniendo en cuenta que el norovirus es capaz de provocar síntomas con unas cuantas copias, a muchos les hubiera bastado un pequeño sorbito para enfermar.

Aunque la hipótesis más creíble era culpar a las garrafas reutilizables, las últimas noticias han localizado la contaminación en el propio manantial, lo cual resulta del todo raro, sobre todo teniendo en cuenta que en el agua no se ha detectado presencia bacteriana. Otro dato extraño es que la titulación del virus en el acuífero ha resultado enormemente inferior a la de los análisis en Cataluña. Esperemos que la investigación nos ofrezca más datos en los próximos días.

Lo primero que me ha sorprendido del caso, sin tratar de minimizar el suceso, es el bombo con el que muchos medios han tratado el origen del brote: “contaminación fecal humana”. And the Oscar goes to… este titular de la Cadena SER: “Caca humana causó la intoxicación del agua Eden”. Como lo leen. Pero vamos a ver: ¿de dónde pensaban que procede la contaminación de comidas o bebidas con microorganismos patógenos? ¿Acaso alguien piensa que las coliformes o las salmonelas surgen por generación espontánea, como los pulgones de Aristóteles de las gotas de rocío? En el caso del norovirus, se puede asegurar que el origen es humano. Pero ¿importa demasiado la especie de la que procedan las heces que han entrado en contacto con lo que nos llevamos a la boca?

Por situar las cosas en sus justos términos: es probable que, sin saberlo, alguna vez hayan padecido una infección por norovirus (los legisladores del mundo vírico recomiendan llamarlo por su nombre propio, virus de Norwalk, pero haremos la vista gorda). Muy oportunamente, justo ayer se ha publicado un estudio que cifra en 699 millones de personas los afectados por norovirus cada año; es decir, casi uno de cada diez habitantes del planeta cada año, con 219.000 muertes que, como siempre, tocan a los más débiles. Los norovirus son la principal causa de gastroenteritis vírica en el mundo, y en los países desarrollados probablemente la principal causa de gastroenteritis, punto.

Los norovirus son típicos de los lugares donde la gente se reúne. Junto con los rotavirus, forman el comando especial de virus de las guarderías, pero también son clásicos en caterings, campamentos, convenciones y, sobre todo y muy especialmente, cruceros. Si alguna vez han oído de un crucero suspendido por un brote de gastroenteritis, eso es, casi con total certeza, norovirus. Para que se hagan una idea de lo común que es el problema, el Centro para el Control de Enfermedades de EEUU (CDC) registra en 2015 12 brotes de gastroenteritis en otros tantos buques de crucero; 11 de ellos fueron norovirus. En lo que llevamos de 2016 ya llevamos ocho barcos afectados; en cinco de ellos se ha confirmado que la causa ha sido norovirus.

Impresión en 3D de la estructura de un virus de Norwalk (norovirus). Imagen de NIAID / Wikipedia.

Impresión en 3D de la estructura de un virus de Norwalk (norovirus). Imagen de NIAID / Wikipedia.

Y todo ello porque los norovirus son altamente contagiosos. En los cruceros suelen transmitirse por una simple cadena de contactos: boca-mano-pinzas_para_servirse_los_croissants_del_desayuno-mano-boca (la primera “boca” puede también sustituirse por su extremo contrario). Y por cierto, se ha demostrado que lavarse las manos con agua y jabón es más eficaz como método de prevención que frotarlas con productos basados en el alcohol, ya que el virus carece de la envoltura de lípidos sobre la que actúa el alcohol.

Son virus que aguantan bastante bien a la intemperie, y que además tienen la habilidad de transmitirse de persona a persona por minúsculas gotitas de agua en el aire (aerosol). Si la contaminación fecal les parecía asquerosa, a ver qué opinan de este otro caso: en 2000 se publicó un estudio que describía un brote de gastroenteritis en un restaurante donde una persona había vomitado en el suelo. Al estudiar el caso, los investigadores descubrieron que la ubicación de los afectados formaba un círculo alrededor de la mesa del enfermo, con más contagiados cuanto más cerca. La explicación: el norovirus se transmitió por diminutas gotitas de vómito que flotaron por el aire hasta las bocas de los demás comensales.

Muchos de los brotes de norovirus proceden de contaminación de alimentos, sobre todo vegetales, mejillones y ostras. En EEUU, entre 1973 y 2012 se registraron 260 brotes de gastroenteritis por norovirus causados por verduras. Otro estudio en Eslovenia publicado en 2015 descubrió que más de uno de cada diez mejillones recogidos en la costa del Adriático contenía norovirus. Otra fuente que se ha detectado con frecuencia en Europa es la fresa o frambuesa congelada, a menudo de origen chino. Y por si se lo están preguntando, sí, todos estos casos también se deben a contaminación fecal humana, que en algunos países se filtra a las redes de abastecimiento de agua. No solo en el tercer mundo: hace unos años se produjo un caso en una fábrica de Euskadi.

¿Y qué hay del agua embotellada? Las autoridades catalanas dijeron en rueda de prensa que es la primera vez en el mundo que se detecta contaminación por norovirus en agua mineral embotellada. La verdad es que no es del todo cierto: hay al menos otro caso anterior descrito en 2011 de un brote de norovirus por agua de manantial embotellada en China (y un segundo caso sospechoso no confirmado en el mismo país). Pero independientemente de esto, hay algo que estos responsables no contaron: no se han detectado anteriormente norovirus en el agua embotellada… porque no suelen buscarse. Las legislaciones habituales en los países, incluida España, obligan a un control microbiológico de las aguas embotelladas, pero sólo para la verificación de bacterias, no de virus.

El motivo de esto último es probablemente práctico. Mientras que controlar la presencia de bacterias es muy sencillo, ya que basta un simple cultivo, para detectar virus en el agua embotellada se requieren procedimientos más complicados, que incluyen una filtración/concentración y detección del ARN por técnicas moleculares. En los últimos años se han publicado diversas apuestas de protocolos de detección de virus en aguas embotelladas para consumo, pero aún no se ha adoptado un estándar. Y si bien es cierto que algunas bacterias, como las coliformes y los estreptococos fecales, pueden servir de indicadores de una contaminación que podría también acarrear norovirus, el problema es que estos son más persistentes: a las bacterias no se les da muy bien sobrevivir simplemente en agua; en cambio, los norovirus aguantan durante meses, quizá años.

Uno de los problemas para la detección de los norovirus en muestras de agua embotellada es que tienen además la molesta manía de pegarse al plástico; según un estudio, un 90% de la carga total de virus se queda adherido a las botellas de PET. Esto puede causar que la contaminación pase inadvertida o se subestime, lo que obliga primero a aplicar un procedimiento para despegar los posibles virus del envase.

Supongamos que una garrafa se rellena una y otra vez con agua contaminada que va añadiendo más copias del virus al plástico. Si en el laboratorio se aplicara un método de elución para recuperar este virus adherido, el resultado podría ser una carga viral mucho mayor que la presente originalmente en el agua. Es sólo una especulación, pero la investigación deberá aclarar la discrepancia entre las cifras de titulación del virus facilitadas por el gobierno andorrano y la Universidad de Barcelona.

De acuerdo, los zombis no existen; pero ¿podemos escapar de ellos?

Teniendo en cuenta que los zombis no pueden morir porque ya están muertos –aunque sí es posible conseguir que dejen de incordiar–, no tiene nada de raro que regresen una y otra vez para protagonizar largas sagas. George A. Romero, el padre fundador del género tal como hoy lo entendemos, ya ha rodado al menos seis películas de su serie Dead, si no me fallan las cuentas, y The Walking Dead ha sobremuerto en la competitiva cancha televisiva durante cinco temporadas, con la sexta en preparación.

'The Walking Dead'. Imagen de AMC.

‘The Walking Dead’. Imagen de AMC.

Y a pesar de que ya hemos visto zombis en todos los formatos y tamaños posibles –el año pasado les tocó a los castores–, siempre me ha llamado la atención una curiosidad: ¿por qué los protagonistas de las películas de zombis nunca han visto una película de zombis? Un ejemplo: en las historias de vampiros que nos trae el cine, es habitual que más pronto que tarde los personajes reconozcan que se encuentran ante una coyuntura de vampiros, incluso cuando no se trata estrictamente del modelo clásico, como ocurre en la serie de Guillermo del Toro y Chuck Hogan The Strain. Una vez que los protagonistas han identificado que la cosa va de vampiros, de inmediato les viene a la mente todo el repertorio estándar de ideas sobre estos seres; entre otras cosas, cómo acabar con ellos.

En cambio, no recuerdo una sola película de zombis (repito: “no recuerdo”, no “no existe”) en la cual llegue un momento en que uno de los personajes sentencie: “¡Ya está, claro, son zombis, de los de toda la vida!”. Más bien al contrario, suelen mostrar su absoluta sorpresa: “¿Qué diablos es eso? ¡Oh, se comen a la gente! ¡Y no mueren! ¡Y convierten a otros en lo mismo que ellos!”. Dichos protagonistas no llaman al pan pan y al zombi zombi, sino que se refieren a ellos con nombres ad hoc, como los “caminantes” de The Walking Dead, o sencillamente los denominan “esas cosas”. Con la ya larga tradición de películas, series, libros, dibujos animados, cómics, novelas gráficas y toda otra clase de formatos que han cubierto el género, ¿por qué los protagonistas nunca han visto/leído/oído ninguna de estas historias para saber reconocer a los zombis y llamarlos por su nombre?

Así empezó todo. El primer zombi de 'La noche de los muertos vivientes' de George A. Romero (1968). Imagen de The Walter Reade Organization.

Así empezó todo. El primer zombi de ‘La noche de los muertos vivientes’ de George A. Romero (1968). Imagen de The Walter Reade Organization.

No tema, no le ocurre nada a su pantalla. Tampoco se ha equivocado de blog. Si hoy traigo aquí esta cuestión, hay un motivo, incluso relacionado con la ciencia, porque todo esto nos conduce a una proposición: si los protagonistas de las películas de zombis supieran identificar correctamente la naturaleza de su situación desde el primer momento, contarían con mejores armas para sobrevivir. Y no me refiero a machetes o fusiles de gran calibre, sino a prevención; estar sobre aviso, saber qué hacer, qué no hacer, a dónde ir, a dónde no ir.

Y quien dice zombis, dice cualquier epidemia. La experiencia del ébola nos ha mostrado que, si en algún momento futuro sufrimos un grave brote de alguna enfermedad terriblemente contagiosa y mortal, al menos no nos vencerá el factor sorpresa; dispondremos de amplia información que nos enseñará cómo actuar, y esto puede ser decisivo en la evolución de la hipotética infección.

De esta veteranía nos beneficiamos todos: público, autoridades sanitarias y científicos; esta semana la revista Science publica una revisión sobre el estado de la cuestión en la elaboración de modelos matemáticos de epidemias infecciosas, herramientas fundamentales a la hora de guiar la respuesta frente a estas crisis. El artículo, firmado por un numeroso equipo multidisciplinar perteneciente a la colaboración Infectious Disease Dynamics (IDD) del Instituto de Ciencias Matemáticas Isaac Newton en Cambridge (Reino Unido), concluye que los modelos están mejorando y que cada vez reflejan más fielmente la dinámica de las epidemias, y ello a pesar de que la complejidad ha aumentado con el mayor tráfico internacional de personas y el aumento de las resistencias a fármacos antimicrobianos.

Hoy el panorama de la salud ha pasado de local a global, valoran los científicos, y resumiendo lo que acabo de explicar en los párrafos anteriores, “en nuestro mundo moderno de comunicación instantánea, el comportamiento cambiante de los individuos en respuesta a la publicidad sobre las epidemias puede tener efectos profundos en el curso de un brote”. Los firmantes del artículo, encabezado por el epidemiólogo de la Universidad de Utrecht (Países Bajos) Hans Heesterbeek, argumentan que el diálogo entre la comunidad científica y los responsables sanitarios es esencial para que los modelos matemáticos ayuden a tomar las decisiones correctas y a definir estrategias de control mejor informadas.

Uno de estos modelos matemáticos ha servido ahora a un grupo de investigadores de la Universidad de Cornell (EE. UU.) para simular la dinámica de una epidemia. Tal vez el estudio no tendría mayor repercusión –y, como diría la foto de Julio Iglesias, sus autores lo saben– de no ser porque la enfermedad elegida no es el ébola, ni la gripe aviar, ni la tuberculosis. Para su modelo, los autores han escogido precisamente un brote zombi en EE. UU. “En su raíz, el zombismo es solo eso: una enfermedad (ficticia), y por tanto debería ser apta para el mismo tipo de análisis y estudio del que se han beneficiado las enfermedades más tradicionales”, escriben los autores en su trabajo, disponible en la web de prepublicaciones arXiv.org.

Esta no es la primera simulación matemática de una epidemia zombi, pero como destaca el artículo de Science, los modelos mejoran y se refinan, por lo que podríamos asumir que es la mejor diseñada hasta ahora. Para su algoritmo, los investigadores, encabezados por Alexander Alemi y dirigidos por el físico James Sethna, han considerado variables particulares del fenómeno zombi que lo diferencian de otras enfermedades. Por ejemplo, los virus no buscan activamente a sus víctimas; los zombis sí. “Los zombis no vuelan en aviones”, escriben los científicos. Y cuando un zombi y un “humano” (sic; siempre me he preguntado entonces por qué al menos a los zombis no se les concede la categoría de “ex humanos”) se encuentran, la reunión puede saldarse con uno de dos resultados: el zombi muerde al humano y lo recluta para su causa (probabilidad β), o el humano “mata” (¿remata?) al zombi (probabilidad κ). Así, la virulencia se define como α = κ / β.

Una aclaración: a pesar de que los investigadores definen α como “virulencia”, la denominación es un poco confusa; tal como se calcula esta relación, cuanto mayor es α (si es mayor que 1), la situación es favorable a nosotros, mientras que con α menor que 1, lo tenemos complicado (más adelante aclaran que se trata de “virulencia inversa”). Pero incluso si α es mayor que 1, el resultado final dependerá de si el número inicial de zombis permite a los humanos matarlos a todos antes de que ellos acaben con la humanidad.

Mapa de densidad de población en EE. UU., con muchas zonas vacías en el medio oeste. Imagen de Alemi et al.

Mapa de densidad de población en EE. UU., con muchas zonas vacías en el medio oeste. Imagen de Alemi et al.

Los investigadores aplican la simulación a su país, tomando como base el censo de 2010 y la densidad de población para repartir a sus 306.675.005 habitantes, lo que da como resultado el mapa de la figura, con muchas zonas vacías en el medio oeste que desconectan ambas costas. A la virulencia α le dan un valor de 0,8 basándose en algunas películas del género. Por último, añaden movimiento a los zombis, a razón de un pie por segundo (0,3 metros). Y regresando a la cuestión con la que he abierto este artículo, aquí tampoco la población parece advertida del fenómeno zombi, ya que los investigadores asumen que los humanos no se mueven, algo que probablemente ocurriría si los sujetos de la simulación hubieran visto las cinco temporadas de The Walking Dead. Alemi y sus colaboradores lo justifican así: “Asumimos que los humanos no se mueven, no solo por eficacia computacional, sino porque, como veremos, los brotes zombi tienden a ocurrir rápidamente, y suponemos que las grandes redes de transporte dejarán de funcionar en los primeros días, confinando a la mayoría de la gente en sus casas”.

Evolución de la simulación de la epidemia zombi en EE. UU. El azul representa la población, el rojo los zombis, y el verde los zombis rematados. Imagen de Alemi et al.

Evolución de la simulación de la epidemia zombi en EE. UU. El azul representa la población, el rojo los zombis, y el verde los zombis rematados. Imagen de Alemi et al.

En resumen, y una vez que los científicos han encajado estas y otras variables en su modelo matemático, vayamos a lo práctico: hay un brote zombi en EE. UU que afecta al azar a una persona de cada millón. ¿Qué ocurre? “La mayoría de la población de EE. UU. ha sido convertida en zombis durante la primera semana”, escriben los científicos, mostrando mapas de la evolución del brote. La epidemia se extiende con rapidez por ambas costas y por la mitad oriental, la más poblada de aquel país, pero no así por el medio oeste. “Después de cuatro semanas, gran parte de Estados Unidos ha caído, pero a los zombis les lleva mucho tiempo difundirse y capturar el resto del país”. “Incluso cuatro semanas después [los famosos 28 días], áreas remotas de Montana y Nevada permanecen libres de zombis”. Así que, ya ven, hay escapatoria.

Por último, los investigadores construyen un mapa de riesgo, basado en promediar 7.000 casos distintos en los que la epidemia comienza con un solo zombi en un lugar aleatorio. En estas situaciones, como es lógico, el brote se extiende con más lentitud; en el caso de que el zombi cero aparezca en Nueva York, 28 días después solo ha caído la región noreste. Pero lo importante es que con este cálculo los científicos estiman dónde es más peligroso vivir suponiendo una epidemia que empezara de esta manera. Y quienes corren más riesgo son los que viven en zonas intermedias entre áreas metropolitanas muy pobladas, ya que el ataque les puede llegar por distintos flancos. “Por ejemplo, en California es la región cercana a Bakersfield, en el valle de San Joaquín, la que corre mayor riesgo, ya que será asediada por los zombis si estos se originan en el área de San Francisco o en la de Los Ángeles/San Diego. El área con el mayor riesgo a un mes es el noreste de Pensilvania, susceptible a brotes originados en cualquiera de las grandes áreas metropolitanas de la costa este”.

Por si alguien desea entretenerse, los investigadores han colgado su modelo funcional de simulación en internet. Basta con elegir los parámetros, hacer click en uno o varios lugares para sembrar muertos vivientes, y sentarse a contemplar cómo la epidemia zombi se extiende por EE. UU. Solo nos faltaría que alguien se animara a aplicarlo a nuestro país para saber si deberíamos escapar a Soria o Teruel, las provincias con menor densidad de población, o si sería preferible enfilar hacia Jaramillo Quemado (Burgos), donde cada habitante tiene casi tres kilómetros cuadrados y medio para él solito, o si deberíamos buscar alguna cueva remota en el Pirineo. Nos vemos allí. Si llegamos.

El ébola, de cero a cien en 24 horas (¿y de cien a cero en…?)

Fotografía coloreada de partículas del virus del Ébola al microscopio electrónico. Imagen de Thomas W. Geisbert, Boston University School of Medicine.

Fotografía coloreada de partículas del virus del Ébola al microscopio electrónico. Imagen de Thomas W. Geisbert, Boston University School of Medicine.

Parece difícil escribir hoy sobre algo que no sea el ébola. Pero el enorme despliegue actual en los medios, con telediarios casi monográficos, solo es igualado por la también palmaria indiferencia con que este asunto se ha tratado anteriormente. La presencia mediática del ébola crece de cero a cien en 24 horas y vuelve a detenerse en seco con la misma facilidad, como ocurrió al remitir la resaca de los casos de los sacerdotes españoles.

La información, ese instrumento al que se le supone una función de conciencia pública, no es lo único que ha faltado en la historia del ébola. Resulta fácil comprenderlo si se compara con el ejemplo del sida. Los primeros afectados de sida afloraron a comienzos de la década de 1980 (aunque hoy sabemos que las infecciones confirmadas se remontan al menos hasta finales de los 50). La epidemia de una enfermedad aún sin nombre se declaró en EE. UU. en junio de 1981, cuando sus casos ya merecían titulares en medios como The New York Times. A finales de ese año, aún constaban solo 121 muertes debidas a la enfermedad. El virus fue aislado por primera vez en enero de 1983, y en 1987 ya se disponía de un tratamiento específico y eficaz, el AZT, siete años después de los primeros casos. Las terapias combinadas aparecieron en 1992. Hoy, los tratamientos permiten que los pacientes cronifiquen la dolencia sin que esta amenace sus vidas. La Fundación para la Investigación del Sida, amfAR, estima que desde el principio de la pandemia unos 78 millones de personas han contraído el virus, y unos 39 millones han fallecido debido al sida. Actualmente el virus afecta a más de 35 millones de personas en todo el mundo.

Veamos ahora el caso del ébola. Los primeros enfermos aparecieron en 1976, cuando el sida aún no había brotado públicamente. Aquel año murieron 431 personas en Zaire y Sudán, y el número total de afectados superaba los 600, una cifra que el sida no alcanzaría hasta 1982. El virus se aisló en 1977 y, en los diversos estallidos detectados desde entonces, se han confirmado más de 6.000 pacientes de los cuales han muerto algo más de la mitad, aunque las cifras reales pueden ser mucho mayores. Y a pesar de que han transcurrido casi cuatro decenios desde que se conocen el virus y la enfermedad letal que provoca, aún ni siquiera existe un tratamiento universal específico y eficaz.

Conviene explicar por qué el número de casos de ébola no ha progresado más, dado que se transmite con más facilidad que el VIH. En anteriores brotes y al comienzo del actual, la infección estuvo confinada a ciertos países africanos. En términos biológicos, el virus del Ébola es un parásito mal adaptado al ser humano; o, mirado al contrario, nosotros somos malos hospedadores para el virus. A un parásito no le conviene matar a su hospedador o, si lo hace, le interesa que transcurra el tiempo suficiente para colonizar nuevas víctimas. El VIH es un corredor de fondo, mientras que el virus del Ébola en humanos es un esprinter; mata demasiado y demasiado aprisa, y solo es altamente infeccioso cuando el paciente ya presenta graves síntomas, lo que reduce la posibilidad de contacto con personas sanas. Pese a todo esto, los expertos barajan para finales de este año un número acumulado de casos de entre 30.000 y 60.000, y una dinámica exponencial de crecimiento, doblándose la cifra de afectados cada pocas semanas.

Frente a lo anterior, las autoridades de salud pública arguyen que el contagio no es probable por un contacto casual. Pero lo cierto es que, aunque el mecanismo de transmisión e infección es conocido, aún no existen suficientes datos empíricos respecto a la infectividad en condiciones reales y a la permanencia de los virus viables en el medio exterior. Como ejemplo, pasaron años antes de que se pudiera afirmar con seguridad y responsabilidad que el sida no se contagiaba por un beso o por compartir una cuchara, a pesar de que ya se conocía el requerimiento de una vía sanguínea o sexual para consumar el contagio. Una vez se supo que el VIH era parecido a otros retrovirus linfotrópicos humanos, se comprendió que no se requerían medidas excepcionales de aislamiento, como las que sí precisa el ébola. La siguiente tabla, publicada en 2007 en la revista Journal of Infectious Diseases, resume el estudio más completo hasta la fecha sobre la detección del virus del Ébola en varios tipos de muestras biológicas, y solo reúne un pequeño número de pacientes. Como conclusión, la alarma no es una buena consejera, pero las comparecencias de responsables públicos haciendo el papel del alcalde de Amity Island en Tiburón tampoco son garantía de tranquilidad.

Tabla de ensayos de presencia de virus Ébola en muestras biológicas de pacientes infectados. Cada círculo representa un paciente. Rojo: positivo. Azul: negativo.

Tabla de ensayos de presencia de virus Ébola en muestras biológicas de pacientes infectados. Cada círculo representa un paciente. Rojo: positivo. Azul: negativo.

Comparando la cronología del sida con la del ébola, surge naturalmente la pregunta de qué se ha hecho en todos estos años, o por qué no se ha hecho más para prevenir brotes como el actual. Respecto a qué se ha hecho, solo puede afirmarse que Canadá hizo sus deberes; tras los atentados del 11-S en EE. UU., el gobierno canadiense lanzó una potente iniciativa llamada CRTI, que unía esfuerzos de varias instituciones para investigar sobre la prevención y minoración de posibles ataques terroristas con armas no convencionales. El programa del CRTI incluía una línea dedicada al ébola como posible agente bioterrorista. Algunos expertos consideraron (y consideran) que el ébola es inútil como arma, debido a su patrón de infectividad. Por suerte, el gobierno de Canadá invirtió siete millones de dólares a lo largo de 11 años para investigar sobre el ébola, y fruto de ese esfuerzo son el tratamiento experimental ZMapp, desarrollado en colaboración con EE. UU., y la vacuna VSV-EBOV, también en fase de pruebas. Fármacos como estos no pueden improvisarse cuando los telediarios son monográficos.

Respecto a por qué no se ha avanzado más desde 1977, probablemente las causas son variadas. Pero hay un hecho innegable: el sida debutó públicamente matando a occidentales, algunos de ellos con nombre de celebrity. Hasta el brote actual de ébola y aún bien entrado este, muchos parecían creer que la expansión podría controlarse cerrando los espacios aéreos. Pero por muy limpia que esté una casa, si el cuarto de baño se mantiene en estado nauseabundo es seguro que alguien acabará enfermando. Y durante demasiado tiempo, occidente ha permitido y propiciado que África siga siendo el baño nauseabundo que nadie se acuerda de limpiar. Como ilustración, baste recordar un dato terrible e insólito en la ciencia moderna: el pasado agosto, la revista Science publicaba un trabajo de investigación destinado a rastrear genéticamente el itinerario infectivo del virus. Cuando el artículo se publicó, cinco de sus coautores, todos ellos africanos, habían muerto a consecuencia de la enfermedad.

Resumiendo, las cosas deberían funcionar así: demanda social genera presencia mediática, presencia mediática genera preocupación política. Algo debe de fallar cuando en muchos casos el orden es el contrario, y así es fácil que el eco se apague en cuestión de horas.