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¿Y si los alienígenas nos enviaran un virus por correo electrónico?

A estas alturas todo usuario del correo electrónico debería saber que los mensajes sospechosos se tiran sin abrirlos, e incluso sin previsualizarlos, y que jamás de los jamases debe cometerse la insensatez de pinchar en un enlace contenido en un mensaje de cuya legitimidad tengamos la más mínima duda. Imagino que a la mayoría el simple uso nos ha entrenado para saber reconocer los mensajes sospechosos, incluso cuando llegan disfrazados bajo la dirección de correo de nuestro mejor amigo.

Pero ¿y si un día recibiéramos el primer correo electrónico desde fuera de nuestro Sistema Solar? ¿Deberíamos abrirlo?

Imagen de William Warby / Flickr / CC.

Imagen de William Warby / Flickr / CC.

Esto es lo que opinan al respecto el astrónomo amateur Michael Hippke y el astrofísico John Learned, autores de un nuevo estudio disponible en la web arXiv.org y aún no publicado formalmente:

Un mensaje complejo del espacio puede requerir el uso de ordenadores para mostrarlo, analizarlo y comprenderlo. Un mensaje semejante no puede descontaminarse con seguridad, y los riesgos técnicos pueden suponer una amenaza existencial. Los mensajes complejos deberían destruirse en el caso de aversión al riesgo.

Hace algo menos de un año les hablaba aquí de la teleexploración. Actualmente los humanos estamos teleexplorando nuestro Sistema Solar, es decir, utilizando sondas robóticas que trabajan a distancia sin nuestra presencia física. Por medio de transmisiones de radio, los responsables de estas misiones reciben información de los robots y les envían comandos para ejecutar determinadas acciones, pero los aparatos también tienen una capacidad limitada de actuar por sí solos de acuerdo a su programación previa; por ejemplo, si detectan una amenaza a su integridad pueden proteger sus sistemas entrando en modo de reposo.

En el futuro, podemos esperar que el desarrollo de la Inteligencia Artificial nos lleve a fabricar sondas que sean capaces de diseñar sus propias programaciones, y que por tanto actúen de forma autónoma: a dónde dirigirse, qué muestras recoger, cómo analizarlas, cómo actuar en función de los resultados… Como conté, algunas misiones actuales ya utilizan plataformas de software con cierta capacidad de tomar decisiones complejas.

En un futuro aún más lejano, tal vez sea posible extender esta telepresencia de las máquinas a la creación de organismos biológicos en el lugar a explorar. Es decir, que los robots sean capaces de imprimir seres vivos. En los laboratorios ya se utilizan impresoras 3D que emplean células en lugar de plástico para crear tejidos y simulaciones de órganos. En otros casos, se imprime en 3D una especie de base biodegradable que sirve como esqueleto para que las células crezcan sobre él y fabriquen un tejido con la forma deseada. Un ejemplo es un estudio publicado el mes pasado, en el que científicos chinos han fabricado orejas para cinco niños con las propias células de cada paciente.

Pero el futuro de la teleimpresión biológica podría ir mucho más allá: como conté aquí, ya existe una máquina capaz de imprimir virus a distancia a partir de sus componentes básicos (los virus más simples solo son cristales de proteínas con un ADN o ARN dentro), y algunos científicos contemplan la idea de crear una especie de bacteria nodriza, a la que una máquina pueda cargarle el ADN de otra especie (por ejemplo, la humana) para recrear ese organismo (por ejemplo, un humano) en el lugar deseado. Y no son guionistas de ciencia ficción, sino investigadores líderes en biología sintética quienes fantasean con la idea de utilizar este sistema para que el ser humano se expanda por el cosmos, enviando naves ocupadas por bacterias que lleven el genoma humano o de otras especies y que puedan crear personas, animales y plantas en rincones alejados del universo. O sea, una versión futurista del Arca de Noé.

Imagen de Pixabay.

Imagen de Pixabay.

Todo lo dicho para la teleexploración podría aplicarse también a la teleinvasión. Si una civilización lo suficientemente avanzada quisiera conquistar nuevos territorios, como nuestro hermoso y fértil planeta, subyugar a distancia sería sin duda la opción recomendada por el comparador de paquetes de invasión interplanetaria. Bastaría con enviar un correo electrónico con un virus inteligente que pudiera ejecutar el programa deseado; por ejemplo, destruir todos los sistemas computacionales de la Tierra y volar por los aires todas las infraestructuras que dependen de ellos, lanzar los misiles nucleares, liberar todos los virus almacenados en los laboratorios y construir máquinas que fabriquen terminators para acabar con los flecos.

Y todo ello sin mancharse las manos o sus extremidades equivalentes; fácil, barato, rápido y limpio. Nueve de cada diez alienígenas hostiles inteligentes elegirían la teleinvasión y la recomendarían a sus amigos. Tiene mucho más sentido que otras opciones como, por ejemplo, enviar una flota de absurdas naves con forma de plato de postre que presuntamente tratan de ocultarse pero que se esconden con la misma facilidad que un elefante detrás de una palmera, ya que algún diseñador torpe las llenó de luces por todas partes. Hippke y Learned lo plantean de forma más seria:

Aunque se ha argumentado que una ETI [inteligencia extraterrestre] sostenible no será probablemente dañina, no podemos excluir esta posibilidad. Después de todo, es más barato para una ETI enviar un mensaje malicioso para erradicar a los humanos en comparación con enviar naves de guerra.

Respecto a si una ETI sería hostil o no, nadie puede saberlo. Nuestra visión fluctúa con el espíritu de los tiempos entre los invasores despiadados y los semidioses benevolentes. Desde hace años, el físico Stephen Hawking ha advertido repetidamente de que enviar mensajes al espacio delatando nuestra presencia puede no ser una buena idea. Incluso alguien que se dedica a escuchar posibles emails de las estrellas como Seth Shostak, el astrónomo jefe del Instituto SETI (Búsqueda de Inteligencia Extraterrestre), suele comparar nuestro posible encuentro con alienígenas a la llegada de los europeos a América, lo que no resultó demasiado grato para los americanos.

Si alguien decidiera teleinvadirnos, su único riesgo sería que tiráramos su correo sin abrirlo. Pero tratándose de una especie como la nuestra, incauta y deseosa de conseguir algún follower galáctico, no sería difícil hacernos caer en la trampa si recibiéramos un correo bajo el encabezado “I love you“. Sobre todo si además llevara algún emoji simpático:

Resultado de imagen de alien emoji

Ante todo este panorama, Hippke y Learned recomiendan varias líneas de acción: encerrar el mensaje en una prisión, una especie de cuarentena informática aislada de la red, aunque esto podría resultar imposible si los destinatarios fueran múltiples y en todo caso el virus podría encontrar la manera de escapar, incluso convenciendo a sus captores; descontaminarlo, aunque sería complicado garantizar una descontaminación completa, sobre todo si el mensaje no se conoce en profundidad; o simplemente imprimirlo para analizarlo, porque es difícil que el papel haga ningún daño.

Claro que en su estudio Hippke y Learned pasan por alto un salto conceptual algo aventurado, y es dar por hecho que los alienígenas serían tan expertos en nuestros sistemas de computación como para poder explotarlos en su propio beneficio. Pero en cualquier caso, concluyen que finalmente solo nos quedarían dos opciones: “podemos escoger entre destruir el mensaje o asumir el riesgo”, aunque advierten de que “los posibles beneficios de unirnos a una red galáctica podrían ser considerables”.

Por si acaso, y si reciben un mensaje de alguien que solicita su ayuda para sacar cien mil millones de créditos galácticos de una cuenta corriente en un banco de Alfa Centauri y a cambio les promete el 10%, mejor no lo abran: reenvíenlo al Instituto SETI, que ellos ya sabrán qué hacer. Y si no es así, al menos no habrán sido ustedes los responsables del exterminio de la humanidad.

No hay ovnis, según quien lleva toda la vida buscando a E.T., y estas son sus razones

Decíamos ayer que el Pentágono ha apoyado en secreto un programa (AATIP) para buscar ovnis en pleno siglo XXI, a pesar de que otros programas anteriores más ambiciosos y en varios países, por no hablar de las legiones de entusiastas, no han producido prueba alguna desde 1947, cuando el fenómeno comenzó sin razón aparente.

Sí, por supuesto, también hay quien sostiene que no empezó en 1947, sino que lleva existiendo desde el comienzo de los tiempos sin que se identificara como tal. Quienes defienden esta idea suelen citar el famoso pasaje de la visión celestial de Ezequiel, que creyó ver a Dios cuando en realidad estaba en mitad de un encuentro en la tercera fase. Claro que no he encontrado defensores de esta interpretación que expliquen lo siguiente: ¿por qué los alienígenas ordenaron a Ezequiel que cocinara el pan quemando heces humanas y, ante sus protestas, le permitieron que usara en su lugar boñigas de buey? ¿Cómo interpretamos este pasaje en clave alienígena? ¿O es que hay algún motivo que se me escapa para creer a pies juntillas en la visión de Ezequiel, pero no en su audición?

Grabado de la visión de Ezequiel, por Matthaeus (Matthäus) Merian (1593-1650). Imagen de Wikipedia.

Grabado de la visión de Ezequiel, por Matthaeus (Matthäus) Merian (1593-1650). Imagen de Wikipedia.

Respecto a la ausencia de pruebas, siempre hay también quien se escudará en el viejo aforismo, la ausencia de prueba no es prueba de ausencia. Pero cuidado: este argumento es tramposo cuando se refiere a algo que sencillamente no es razonable o de lo que deberían haberse encontrado pruebas si fuera cierto. Un ejemplo: la ausencia de pruebas de que actualmente tengo roedores en casa no es prueba de su ausencia, ya que es razonable que los tenga; los he tenido otras veces. Sin embargo, no puedo decir lo mismo de los dragones, porque no es razonable.

Los científicos suelen discutir los límites aceptables de argumentos como este para evaluar la validez de sus conclusiones, ya que en ciencia habitualmente es imposible demostrar un negativo. Por ejemplo, cuando los antivacunas piden a los científicos una demostración absoluta de que las vacunas no causan absolutamente ningún daño, o son muy tontos o muy listos: muy tontos si no saben que es imposible aportar tal demostración, o muy listos si lo saben y lo utilizan como argumento demagógico.

Aplicando todo esto al tema que nos ocupa, es obvio que no es posible demostrar la no existencia de los ovnis. Pero según lo visto, sencillamente no es razonable: su inexistencia puede justificarse sin siquiera abrir los ojos, simplemente pensando. Para justificarlo, traigo aquí las razones de Seth Shostak, que contó a Business Insider como reacción a la noticia sobre el programa AATIP del Pentágono.

Shostak es el astrónomo jefe del Instituto SETI (Búsqueda de Inteligencia Extraterrestre) en California. Nadie más interesado que él en estrechar la mano a E.T. Lleva casi toda su vida dedicado a intentarlo, y el éxito de esta búsqueda no solo sería una cumbre profesional que jamás antes se ha coronado, sino que además le convertiría en referencia ineludible del hallazgo más importante de la historia de la humanidad, aunque no lo descubriera él mismo.

Y sin embargo, estas son las razones de Shostak para no creer en los ovnis:

  • No ha habido tiempo suficiente para que nadie sepa que estamos aquí. “La única manera de que lo sepan sería, por ejemplo, captar señales de nuestros transmisores: televisión, radio, radar, todo eso”, dice Shostak. “Pero estas señales solo llevan enviándose desde la Segunda Guerra Mundial, así que, si están a más de 35 años luz de distancia, no ha habido tiempo suficiente para que nuestras señales les lleguen y para que ellos decidan: venga, vale la pena gastar el dinero para darnos una vuelta por allí”. La cifra de 35 años luz se explica porque la Segunda Guerra Mundial terminó hace más o menos 70 años, la suma de los 35 que tardaría nuestra señal en llegarles y otros 35 para que recibiéramos su respuesta o su visita. Esta última, solo si pudieran desplazarse a la velocidad de la luz. Pero naturalmente, prosigue Shostak…
  • “No pueden viajar más rápido que la luz, y probablemente tampoco a la velocidad de la luz”. Este límite, mientras nadie demuestre lo contrario (y refiero de nuevo al argumento de más arriba), es una imposibilidad física inapelable. O apelable, pero hasta ahora sin éxito.
  • En un radio de 50 años luz, advierte Shostak, solo hay unos 1.400 sistemas estelares. “Puede parecer mucho, pero es un número muy pequeño si estás buscando seres inteligentes; a menos que estén ahí mismo, lo que estadísticamente es muy improbable”.
Imagen de Pixabay / CC.

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  • ¿Por qué tomarse la molestia de venir hasta aquí para luego no hacer nada? Shostak razona que la inmensa mayoría de los casos reportados son avistamientos sin ninguna clase de interacción. “Son los mejores huéspedes de la historia, porque si están aquí, no están haciendo nada… Envían una inmensa flota de naves, preferiblemente con forma de plato de cena, solo para revolotear y agitar a la gente sin hacer nada más; es un poco raro”. Shostak suele citar el ejemplo de la llegada de los europeos a América: es evidente que los nativos americanos no tuvieron duda sobre la existencia de los europeos. Naturalmente, están los casos de presuntas abducciones, pero en estos, y volvemos una vez más al argumento de arriba, habría que refutar las hipótesis más razonables, como la parálisis del sueño (que ya conté aquí).
  • “¿Por qué están aquí ahora?”, continúa Shostak. “No estaban visitando a los padres fundadores en el siglo XVIII, pero sí a nosotros. A los romanos no les importunaban las visitas de los alienígenas”. Y ya he mencionado arriba el problema de interpretar avistamientos de ovnis en documentos de la antigüedad.
  • El hecho de que un 10% de los casos de avistamientos no puedan explicarse no significa que sean alienígenas. “Solo significa que no se han podido explicar”. Shostak razona que siempre habrá casos sin explicación, con independencia de la existencia o no de los alienígenas, por lo que estos casos no demuestran ni una cosa ni la contraria. Pero naturalmente, lo más razonable es no dar paso a las hipótesis improbables antes de haber descartado todas las probables; como decía Sherlock Holmes, “cuando todo aquello que es imposible ha sido eliminado, lo que quede, por muy improbable que parezca, es la verdad”.
  • Si fuera verdad que los gobiernos ocultan la existencia de los ovnis, como alegan los defensores de las teorías de la conspiración, ¿tiene mucho sentido que revelen voluntariamente la existencia de estos proyectos reconociendo que los han ocultado y simulando que no han descubierto nada? “El gobierno dice: bueno, sí, tuvimos un programa y lo encubrimos, pero no encontramos nada”, dice Shostak. Si alguien está realmente engañando a su pareja, ¿tiene sentido que le diga: “cariño, te comunico que he estado viéndome con X, pero no ha pasado nada”? ¿No tiene más sentido que simplemente sea verdad?

Las razones expuestas son demoledoramente razonables, como corresponde a un tipo con la lucidez de Seth Shostak. Pero si los alienígenas no se atienen a la razón ni a las leyes de la física, si pueden saber que estamos aquí solo por omnisciencia, materializarse y desmaterializarse a voluntad, estar en cualquier lugar que les apetezca en cada momento recorriendo distancias intergalácticas al instante, y no necesitar motivos para hacer algo o no hacerlo porque sus caminos son inescrutables… entonces no son alienígenas, sino otra cosa, y Ezequiel tenía razón.

…Y el Pentágono sigue investigando los ovnis

En diciembre, el New York Times publicaba una noticia insólita: de 2007 a 2012, el Pentágono financió con casi 22 millones de dólares de fondos reservados un programa llamado Identificación Avanzada de Amenazas Aeroespaciales (AATIP), dedicado a investigar… hombrecitos verdes: es decir, avistamientos de ovnis, presuntos contactos con alienígenas y artefactos recogidos a los que alguien atribuye un origen extraterrestre. La misma noticia aparecía también independientemente en la web de la revista Politico.

Imagen de Joe Ross / Flickr / CC.

Imagen de Joe Ross / Flickr / CC.

Pero ¿por qué esto ahora? ¿Después de décadas de ascensión y caída de la moda ovni, cuando varios países ya han desclasificado gran parte de sus investigaciones sobre esta materia sin ninguna prueba ni otro resultado que una montaña de, como decía Carl Sagan, casos interesantes que son poco fiables y casos fiables que son poco interesantes, cuando se destaparon fraudes como el de Roswell, cuando incluso investigadores científicos tiraron la toalla reconociendo que el fenómeno ovni no era físico, sino sociológico, y cuando al final de todo ello no ha ocurrido absolutamente nada?

La respuesta está en el hecho de que la política estadounidense parece funcionar a golpe de lobby, y el AATIP nació de uno de estos grupos de presión encabezado por dos personajes: el senador de Nevada Harry Reid, entonces líder de la mayoría demócrata en el Senado, y el empresario del New Space Robert Bigelow, un hotelero de Las Vegas que desde su compañía Bigelow Aerospace diseña y construye hábitats inflables para las órbitas terrestre y lunar.

Basándose en su convencimiento de que, pese a todo, haberlos, haylos, Reid y Bigelow consiguieron decantar en su favor los apoyos suficientes como para que el programa se financiara, en secreto y con fondos opacos. Pero no perdamos de vista un detalle: los 22 millones de dólares no fueron a otro lugar que a Bigelow Aerospace, donde presuntamente el empresario los ha empleado para subcontratar investigaciones. Repito, fondos opacos; una tarjeta black interplanetaria.

Aunque el NYT pudo confirmar la existencia del AATIP, no se ha revelado cuáles han sido las conclusiones del programa; al parecer, parte de él continúa clasificado. Lo más chocante es que en 2009 Reid solicitó mayor seguridad para proteger “descubrimientos extraordinarios”. “Se han hecho muchos progresos en la identificación de varios hallazgos aeroespaciales altamente sensibles y no convencionales”, escribía Reid en una carta a un alto funcionario de Defensa. Según el NYT, Bigelow habría habilitado algunas instalaciones en Las Vegas para almacenar ciertos artefactos encontrados. También en 2009, un informe interno del programa decía que “lo que solía considerarse ciencia ficción ahora es hecho científico”, y que EEUU era incapaz de defenderse contra algunas de las tecnologías descubiertas.

Imagen de Pixabay / CC.

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Entonces, ¿debemos ya ponernos el sombrero de Albal? Todo lo anterior suena enigmático y emocionante. Pero antes de que los verdaderos expertos nos chafen el enigma y la emoción (sí, es un spoiler), detengámonos un momento en la inconsistencia de lo anterior con las declaraciones del oficial de la Inteligencia del Pentágono que estuvo a cargo del programa, Luis Elizondo. Elizondo dijo que los fenómenos estudiados no parecían proceder de ningún otro país, y añadió: “este hecho no es algo que ningún gobierno o institución debería clasificar para mantener en secreto”. Pero si por “este hecho” se refiere a las tecnologías presuntamente descubiertas, ¿por qué piensa Elizondo que ningún gobierno tendría motivos para clasificar avances extraordinarios contra los que no existe manera de defenderse y para los que los responsables del AATIP pidieron un mayor nivel de secreto? Algo no cuadra, ¿no creen?

Por su parte y una vez agotada la financiación del programa, Elizondo y otros implicados en el programa han montado una web sobre una iniciativa algo estrambótica llamada To the Stars… Academy of Arts & Science que pretende continuar investigando el fenómeno ovni, desarrollar tecnologías y producir contenido audiovisuales para, se supone, divulgar sus hallazgos e indagaciones… pero cuya lectura enciende el piloto rojo de la pseudociencia cuando llegamos a la parte de las tradiciones esotéricas, los templos mayas y la telepatía. Por no hablar de las típicas referencias a ir más allá de las fronteras de la ciencia, desfiar el conocimiento “convencional”, hacer realidad la ciencia ficción… En fin, todo eso que ya hemos leído tantas veces.

Pero al parecer y según el NYT, aunque el AATIP ya no tenga soporte financiero, esto no significa que se le haya dado carpetazo. Desde que se cerró el grifo black, funcionarios implicados en el programa han continuado entresacando ratos de su tiempo para recoger e investigar testimonios de experiencias y avistamientos de miembros del personal de Defensa. “El programa sigue existiendo”, dice el diario.

Pero noten que en toda esta historia hasta ahora no se ha mencionado el nombre de un solo científico. No estaría mal añadir unas gotas de ciencia por parte de quien está cualificado para hacerlo, es decir, un científico experto en la materia. El próximo día seguiremos con ello.

Diez reglas que debería cumplir todo alienígena (también los de ficción)

Hace cosa de un mes, un equipo de zoólogos de la Universidad de Oxford publicaba un estudio destinado a especular sobre cuál podría ser el retrato biológico de un alienígena. Como ya he contado aquí, los científicos no suelen arriesgarse a lanzar divagaciones de este tipo, y cuando lo hacen es en tiempo de extraescolares, después de quitarse la bata. Las revistas científicas tampoco son el lugar donde ponerse a inventar ciencia ficción.

Pero el estudio de Oxford era tan contenido que resultaba casi frustrante. El trabajo de los investigadores puede resumirse en dos ideas: los alienígenas estarán sometidos a evolución por selección natural, como nosotros los terrícolas, y estarán formados por partes más pequeñas en una jerarquía de niveles, como nosotros los terrícolas (genes, células, tejidos, órganos, individuos, sociedades…).

Tal vez no parezcan pistas como para parar las máquinas, aunque como guinda y gancho de cara a los medios, los autores se permitían adornarlo con una propina: el octomita, nombre que daban a un alienígena hipotético basado en estas reglas y que les presento aquí. Aclaro que su aspecto es puramente imaginario; lo esencial del octomita es el esquema basado en niveles crecientes de organización.

El octomita, un alienígena hipotético. Imagen de Levin et al., International Journal of Astrobiology 2017.

El octomita, un alienígena hipotético. Imagen de Levin et al., International Journal of Astrobiology 2017.

Si el estudio no llegaba más allá es porque un trabajo científico (también los teóricos) solo debe llegar hasta donde le deja el suelo bajo sus pies. Mirado de este modo, el hecho de que la argumentación teórica permita sostener estos dos requisitos de la vida extraterrestre cierra bastante el campo de lo que podríamos encontrarnos por ahí fuera, si es que existe algo y si es que algún día lo encontramos.

Como ya expliqué en dos entregas anteriores (aquí y aquí), no todo vale en biología, ni aquí ni en GN-z11 (la galaxia más lejana conocida, a 13.400 millones de años luz). Por tanto, no todo vale a la hora de imaginar la vida extraterrestre. Estudios como el de Oxford, que aplican las reglas de la biología, restringen el repertorio de opciones posibles para cualquier tipo de vida que pueda considerarse como tal, con independencia de cómo sea su planeta natal.

Es más: como les conté anteriormente, y por mucho que las ideas del biólogo y divulgador Stephen Jay Gould sobre la imprevisibilidad absoluta de la evolución hayan calado no solo en la comunidad científica, sino incluso entre el público interesado en estas cosas, los experimentos tienden a quitarle al menos una parte de razón: si nos fiamos de los datos reales que tenemos hasta hoy (y no podemos fiarnos de otra cosa), parece que la evolución tiene algo de margen para lo diferente, pero también algo de determinismo, convergencia y cánones comunes; lo que el biólogo Víctor Soria Carrasco llamaba “un tema central”.

Vida en la atmósfera de un planeta similar a Júpiter, según Carl Sagan. Imagen de la serie Cosmos (1980) / PBS.

Vida en la atmósfera de un planeta similar a Júpiter, según Carl Sagan. Imagen de la serie Cosmos (1980) / PBS.

En conclusión, la idea que por ahí circula sobre vida alienígena tan diferente de nosotros que tal vez ni siquiera la veríamos delante de nuestras narices es un buen argumento para el cine, los periódicos y las charlas de café, pero no se compadece con las reglas de la biología.

Así, recogiendo trocitos como el aportado por los investigadores de Oxford y otros, y añadiendo unas gotas de biología esencial, podemos armar una lista con unos cuantos requisitos que debería cumplir todo alienígena, por muy diferente que sea de la vida terrícola; también los de ficción, si pretenden ser plausibles. Por supuesto que esta es una lista en construcción y provisional, que trataré de ir actualizando-completando-rectificando con los datos que nos traigan los nuevos estudios.

  1. Todo ser vivo debe nacer, crecer, (tener capacidad de) reproducirse y morir. De acuerdo, esto es ponerlo muy fácil; pero es la definición más básica y clásica de la vida, aunque hoy se prefiere introducir criterios metabólicos y evolutivos. Qué menos que empezar por esto, pero también tiene su miga: algo tan aparentemente sencillo es uno de los motivos (el otro es el metabolismo, a lo que iré más abajo) por los cuales se discute si los virus son seres vivos. No solamente es que sean parásitos dependientes de piezas ajenas; muchos otros seres vivos también lo son. Es que los virus no crecen.
  2. Todo ser vivo está constituido por materia. Sí, también es fácil llegar a sacar un 2 en esta prueba. Pero ¿en cuántas películas los alienígenas se nos presentan como seres de energía pura que pueden adoptar cualquier forma que se les antoje? Si algo no está formado por materia no es un ser vivo, sino un poltergeist, por muy alienígena que sea. El payaso de It no es un ser vivo.
  3. Todo ser vivo debe estar formado por unidades elementales repetidas en varios niveles jerárquicos, la más básica de las cuales es un gen. La biología se basa en un principio de construcción según el cual hay una coherencia entre las partes pequeñas y el conjunto, o entre genes, células, órganos, individuos y sociedades. Por ejemplo, con células humanas no se puede construir un perro, ni con células alienígenas se puede construir un humano. Esto implica la existencia de genes en sentido amplio; no necesariamente como los terrestres, pero sí como unidades materiales mínimas que llevan la información esencial para construir el siguiente nivel jerárquico.
  4. Todo ser vivo debe respetar las leyes universales de la física. No es posible violar los principios de conservación de la materia, la energía o la cantidad de movimiento, o las leyes de la termodinámica en general.
  5. Todo ser vivo debe estar sujeto a evolución por selección natural y exhibir un cierto grado de adaptación a su entorno de origen. La evolución funciona a escalas temporales dependientes de los procesos biológicos, y estos a su vez dependen de la velocidad de los ritmos físicos y químicos. La evolución funciona en escalas espaciales que permitan la interacción entre un ser vivo y su entorno.
  6. Todo ser vivo debe estar enclavado en un ecosistema que lo sostenga. Una especie alienígena no puede ser la única forma de vida presente en su planeta, a no ser que sea la primera (esta sería una discusión interesante, pero lo cierto es que la abiogénesis aún es una caja negra para la biología) o la última superviviente, en cuyo caso está abocada a la extinción. Un ser vivo, incluso los quimio o fotosintéticos, es parte de la biomasa, pertenece a un ecosistema que lo alimenta pero también lo limita, actuando como cinta transportadora de la energía a lo largo de la cadena alimentaria.
  7. Todo ser vivo debe mantener poblaciones mínimas viables y conexas. La idea del Arca de Noé no permite la supervivencia de una especie. Debe existir un número suficiente de ejemplares en un mismo entorno físico que asegure un tamaño de diversidad genética capaz de sostener la supervivencia de la especie. Para los científicos esta es una estimación compleja que varía para cada especie y que hoy se calcula con simulaciones matemáticas por ordenador. Pero la naturaleza lo sabe.
  8. Todo ser vivo debe tener un metabolismo y una fisiología intrínsecamente plausibles y coherentes. Por ejemplo, los procesos metabólicos producen energía, y parte de esta energía se traduce en calor. Esto impone ciertas limitaciones de cara a construir un organismo, sin importar cómo sean las condiciones de su planeta de origen. Si un ser vivo es muy grande, también lo será el calor interno generado. Su temperatura de funcionamiento debe mantener el solvente biológico (en nuestro caso, el agua) en un estado que facilite las reacciones químicas y que permita a las biomoléculas conservar su configuración estructural nativa (en nuestro caso, el ADN y las proteínas pierden su estructura a temperaturas demasiado altas). Por tanto, toda forma de vida está limitada por su propio rango de temperaturas. Por otra parte, esta regla impone también la necesidad de un metabolismo, al menos durante alguna fase de la vida. Volvemos a lo mencionado antes sobre los virus: no tienen metabolismo cuando están en forma de virión (estado libre), pero sí cuando se activan en su célula hospedadora, aunque para ello utilicen piezas ajenas (algo que también necesitan otros parásitos). Desde este punto de vista, un virión puede entenderse como una fase de resistencia, como una espora o una semilla, y un virus puede caber en la definición de ser vivo. Incluso en cierto sentido, el hecho de subcontratar el metabolismo puede interpretarse como un refinamiento evolutivo que permite ahorrar energía, al menos si es que los virus se han desarrollado a partir de otros organismos que sí tenían metabolismo propio.
  9. Todo ser vivo debe tener un metabolismo y una fisiología plausibles en las condiciones de su entorno original. Por ejemplo, para que un parásito prospere, incluso aunque sea capaz de parasitar formas de vida como los humanos con las que nunca antes haya tenido contacto (lo cual puede ocurrir), ha tenido que coevolucionar con algún hospedador original en su entorno primitivo.
  10. Todo alienígena que baje a la Tierra y prospere debe tener una biología compatible con las restricciones impuestas por las condiciones terrestres. Por ejemplo, es posible que un ser de cincuenta kilos (medidos en condiciones de gravedad terrestre) pueda flotar sin esfuerzo en la atmósfera densa de su planeta de origen, como podría ocurrir en Venus si estuviera habitado. Pero en la Tierra no puede seguir haciendo lo mismo impunemente.

¿Son plausibles los alienígenas (parecidos a nosotros) de la ciencia ficción? (II)

Un humano es un organismo con forma de tubo (boca y ano), simetría bilateral, un bloque central que contiene los órganos internos flanqueado por pares de extremidades para la movilidad y la interacción, y un control centralizado (el cerebro) situado en un apéndice específico (la cabeza) que contiene además los principales mecanismos sensoriales.

Desde los hombrecillos verdes o grises hasta las variaciones como los xenomorfos de Alien, infinidad de películas nos presentan seres antropomorfos, que comparten con nosotros estos mismos planos generales de construcción. Pero ¿es esto posible? ¿Es plausible que un alienígena se parezca tanto a nosotros?

Alienígenas de 'Encuentros en la tercera fase'. Imagen de Columbia Pictures.

Alienígenas de ‘Encuentros en la tercera fase’. Imagen de Columbia Pictures.

La respuesta corta es que nadie lo sabe, dado que, una vez más, aún no conocemos alienígena. Para la respuesta larga, debemos comenzar respondiendo a otra pregunta: ¿la evolución es determinista o indeterminista? Es decir: a partir de una situación inicial y si jugamos la partida dos veces, en la Tierra y en otro planeta, ¿cuánto se parecerá el resultado final en los dos casos?

A su vez, la respuesta corta a esta pregunta es que nadie lo sabe. Hay quienes intuyen que un alienígena debería parecerse algo a nosotros, porque… ¿no? Y hay quienes intuyen que debería ser completamente distinto, porque… también, ¿no?

Pero la simple intuición no responde a la pregunta de hasta qué punto un experimento evolutivo paralelo encontraría o no algunas de las mismas soluciones como adaptaciones favorables en un medio parecido o diferente del terrestre. Haría falta repetir el experimento completo de la evolución, primero en nuestra propia Tierra, después en otros planetas habitables.

Por desgracia, esto no está a nuestro alcance. Tal vez algún día la Inteligencia Artificial logre refinar una simulación lo bastante completa como para darnos pistas reales, pero son tantas las variables implicadas que no será tarea fácil aproximarse lo suficiente a un escenario comparable a la realidad. Sería la simulación más complicada jamás emprendida.

A pesar de todo, tampoco estamos completamente perdidos. Tenemos teorías razonables, y tenemos también algunos datos experimentales que pueden tirar algún que otro raíl en el camino hacia estas respuestas. A continuación les cuento algunas de estas pistas, pero ya les adelanto que la conclusión nos devuelve a la respuesta corta: en realidad, nadie lo sabe.

E. T. Imagen de Universal Pictures.

E. T. Imagen de Universal Pictures.

Comencemos por la teoría. En los años 70 Stephen Jay Gould, una de las mentes más preclaras de la biología evolutiva del siglo XX, defendió la hipótesis de que la evolución no es determinista sino imprevisible, y que si pudiéramos rebobinar la cinta del planeta Tierra unos cuantos millones de años y volver a ejecutar el programa, los humanos ni siquiera estaríamos aquí.

Hay que tener en cuenta que toda la vida en la Tierra (al menos la que conocemos hasta ahora) procede de un antepasado común, el cual ya había adoptado ciertas opciones evolutivas que todos hemos heredado. Al ir diversificándose en ramas separadas, estas a su vez también fueron optando por determinadas soluciones que restringían el repertorio de configuraciones de sus descendientes. Pero según la hipótesis de Gould, que siguen muchos otros biólogos evolutivos, si pudiéramos regresar al comienzo quizá la segunda vez se elegirían soluciones diferentes y todos tendríamos, por ejemplo, simetría radial, como los equinodermos (estrellas y erizos de mar).

La teoría de Gould tendería a rechazar la posibilidad de alienígenas antropomorfos. Pero no todos los expertos están de acuerdo con él. Otros biólogos evolutivos, como Richard Dawkins o Simon Conway Morris, piensan que la evolución es al menos en parte un proceso determinista. Es decir, que desde la misma situación de partida, hay sucesos que tienden a repetirse.

Para comprender lo complicado que resulta teorizar sobre esto, tengamos en cuenta que incluso desde enfoques opuestos puede llegarse a conclusiones parecidas, pero también desde un mismo enfoque puede llegarse a conclusiones opuestas. Dos ejemplos: Conway Morris es creyente, Dawkins es ateo, y ambos son deterministas. Conway Morris es determinista, Gould lo contrario, y ambos se basan en las mismas pruebas, el esquisto de Burgess, un conjunto de fósiles hallado en Canadá a comienzos del siglo XX.

Un fósil de Anomalocaris del esquisto de Burgess. Imagen de Wikipedia / Keith Schengili-Roberts.

Un fósil de Anomalocaris del esquisto de Burgess. Imagen de Wikipedia / Keith Schengili-Roberts.

La razón principal que suelen esgrimir los deterministas es la evolución convergente. A lo largo de la historia de la vida en la Tierra, ha habido innumerables ocasiones en que la evolución ha encontrado las mismas soluciones en ramas independientes del árbol genealógico de los seres vivos.

Por ejemplo, los murciélagos y las aves tienen alas, pero las desarrollaron de forma independiente. Los ojos de los pulpos son pasmosamente parecidos a los nuestros, pero es evidente que ellos y nosotros no procedemos de un antepasado común con ojos. Este año un estudio descubrió que el apéndice, ese colgajo intestinal al que tradicionalmente no se le suponía otra función que llevarnos a Urgencias, ha surgido en la evolución más de 30 veces de forma independiente en unos animales y otros. ¡Más de 30 veces! Esto no solamente nos dice que muy probablemente el apéndice sirve para algo más, sino que es otro magnífico ejemplo de evolución convergente. El propio Conway Morris ha documentado muchos ejemplos en los fósiles de Burgess.

Así que la teoría no nos ofrece una respuesta clara. Pasemos ahora a la práctica: ¿qué nos dicen los experimentos? Obviamente, no podemos regresar al pasado, volver a jugar la partida de la evolución desde el principio y ver qué ocurre. Pero sí podemos hacer lo segundo mejor: ver qué hace la naturaleza en situaciones de evolución a corto plazo, y diseñar experimentos en condiciones controladas donde puedan estudiarse estos trocitos parciales de evolución.

Sobre lo primero, se han estudiado casos en animales como peces y lagartos. Respecto a lo segundo, hace tres años y medio les conté aquí un precioso ejemplo, un experimento con insectos palo llevado a cabo por el español Víctor Soria-Carrasco en la Universidad de Sheffield (Reino Unido). Los investigadores emplearon un tipo de insecto palo californiano que prácticamente nace, vive y muere en la misma planta, y del que existen dos variedades diferentes adaptadas al camuflaje en dos tipos de arbustos. Intercambiando los bichos de planta en unos lugares y otros, podían comparar los cambios genéticos que se producían entre dos de estos experimentos evolutivos independientes.

El resultado fue que en la evolución de estos bichos palo había un 80% de cambios diferentes y un 20% de cambios comunes. O sea, que a pesar de que mayoritariamente la evolución seguía caminos distintos en dos partidas diferentes, había un 20% de evolución convergente, o un 20% de determinismo evolutivo. Por supuesto que entre este caso y la evolución de la vida en otro planeta media un abismo, pero esta era la especulación de Soria-Carrasco sobre si los alienígenas podrían seguir caminos evolutivos parecidos a los nuestros: “muchas cosas serían diferentes, pero probablemente seríamos capaces de distinguir un tema central que siempre sería el mismo”.

El experimento más extenso de la historia de la ciencia para entender cómo funciona la evolución se desarrolla desde hace 30 años en la Universidad de Harvard. En febrero de 1988, el biólogo evolutivo Richard Lenski sembró bacterias Escherichia coli en 12 frascos con medio líquido de cultivo, algo habitual en muchos laboratorios de biología. Pero Lenski dejó a las bacterias la glucosa justa solo para sobrevivir durante la noche hasta la mañana siguiente, y por la tarde recogió a las supervivientes para trasvasarlas a un nuevo cultivo. Así, día tras día, durante más de 29 años.

Con la limitación de alimento, Lenski introducía un factor de presión para dirigir la evolución de las bacterias; tal como hace la selección natural, solo las bacterias mejor adaptadas al medio sobrevivirían. Cada 75 días, lo que equivale a unas 500 generaciones de E. coli, los investigadores congelan una parte de los cultivos para capturar una foto del proceso evolutivo. Analizando los genes de las bacterias en estos distintos momentos del proceso, pueden observar cómo están evolucionando, y comparar las 12 líneas entre sí para analizar si siguen los mismos caminos evolutivos o no. En total, en los casi 30 años del experimento se han sucedido más de 68.000 generaciones de bacterias, lo que equivale a más de un millón de años de evolución humana.

Y después de todo esto, el resultado es…

Durante los primeros miles de generaciones, los investigadores observaron que las bacterias seguían caminos al menos no totalmente separados. Los diferentes cultivos tendían a mostrar mutaciones diferentes, pero en los mismos genes. E incluso con las diferencias, todas mostraban un patrón común: las células se hacían más grandes, crecían más deprisa y aprovechaban mejor la glucosa. Esto parece un claro caso de evolución convergente.

Pero ¡oh, sorpresa! De repente, transcurridas unas 31.000 generaciones, una de las 12 líneas empezó a dejar de lado la glucosa y a comer citrato, otra fuente de carbono presente en el medio. Solo una de las 12 líneas. Dado que una característica de E. coli es la incapacidad de metabolizar el citrato, esta línea está evolucionando por el camino de convertirse en una nueva especie diferente. Y esto parece un claro caso de evolución no determinista.

Con todo esto, ¿qué opinan Lenski y sus colaboradores sobre el grado de determinismo de la evolución? Según su último estudio, esto: “nuestros resultados muestran que la adaptación a largo plazo a un ambiente constante puede ser un proceso más complejo y dinámico de lo que a menudo se asume”.

Sí, sí, vuelvan a leer la frase, y la segunda vez les dirá lo mismo: nada. Una paráfrasis para decir que, en realidad, no se sabe. Ya les advertí de que aún no tenemos una respuesta definitiva sobre si Gould o Conway Morris, y por tanto sobre si sería posible que en otro planeta evolucionara una especie básicamente similar a la nuestra. Pero quiero dejarles otro ejemplo de un experimento natural que nos ha permitido observar cómo funciona la evolución. Ese experimento se llama Australia.

La idea, de la que también les hablé aquí, es del científico planetario Charley Lineweaver. Es lo que él llama “la falacia del planeta de los simios”, o la idea popular de que, como decía Carl Sagan, en otros planetas habitados debe llegarse a un equivalente funcional del ser humano. Lineweaver pone como ejemplo su propio país, una gran isla separada del resto de los continentes desde hace unos 100 millones de años.

De este modo, Australia ha sido un experimento natural de evolución independiente durante millones de años. Y como decía Lineweaver, ¿qué es lo que ha surgido allí? Canguros. La aparición de los humanos en el gran bloque Eurasiafricano no ha interferido absolutamente de ninguna manera en la evolución australiana. Y sin embargo, allí la evolución no ha producido nada similar a los seres humanos. Si Australia fuera la única tierra seca de todo el planeta, no estaríamos aquí. Y por tanto, no hay evolución convergente; si los canguros tienen brazos y piernas como nosotros, es solo porque el antepasado común que compartimos con ellos ya los tenía.

Por todo lo anterior, los científicos no suelen arriesgarse a inventar aliens, a riesgo de ver su credibilidad dañada. Hay excepciones: en los años 70, Carl Sagan propuso un ecosistema modelo para un planeta joviano, un gigante gaseoso como Júpiter. Sagan imaginó varios linajes de seres voladores que controlarían su flotación a través de los distintos niveles de densidad de la atmósfera, formando una cadena alimentaria cuya base estaría sustentada por una especie de plancton atmosférico que se alimentaría de los nutrientes moleculares presentes en el gas. Así lo contaba Sagan en su mítica serie Cosmos:

Como resumen de todo lo contado aquí, mejor quédense con esta cita del gran maestro Sagan:

La biología es más parecida a la historia que a la física. Hay que conocer el pasado para comprender el presente. No hay predicciones en la biología, igual que no hay predicciones en la historia. La razón es la misma: ambas materias son todavía demasiado complicadas para nosotros. Aunque podemos comprendernos mejor comprendiendo otros casos.

A pesar de todo, si es extremadamente difícil aventurar cómo podría ser un alienígena, en cambio es más posible predecir cómo no podría ser. Como les contaba en la entrega anterior, no todo vale, y con esto podríamos arriesgarnos a construir una lista de reglas que debería cumplir un alienígena de ficción para ser mínimamente plausible. Vuelvan otro día y se lo cuento.

¿Son plausibles los alienígenas de la ciencia ficción? (I)

En una ocasión ya conté aquí que ocurre algo muy curioso con la relación entre cine y ciencia. Mientras que múltiples expertos en mútiples webs suelen llevar las películas de ciencia ficción a la rueda de interrogatorios para destripar su plausibilidad científica y sacar a relucir sus errores, tanto los expertos como los errores suelen ceñirse a la física. En cambio, la biología suele olvidarse. Al fin y al cabo, como aún no tenemos la menor idea de cómo son los alienígenas –si es que existen–, todo vale. ¿No?

Pues no, no todo vale. De hecho, probablemente no valgan más cosas de las que valen. La biología tiene sus propias reglas. En último término, la biología es una aplicación de la física y la química, y aunque el mayor número de variables aumenta la cota de incertidumbre, está claro que hay cosas que no pueden ser de ninguna manera.

Por ejemplo, las críticas científicas de la saga Alien analizan los bocados relativos a las naves, el espacio, la presión, la gravedad y cosas por el estilo. Pero nunca he leído ninguna (aunque probablemente exista sin que yo la haya descubierto) que abra el siguiente y evidente melón: es enormemente cuestionable que un organismo pueda multiplicar su tamaño y peso de forma desmedida en horas o días; pero desde luego, es absolutamente imposible que lo haga sin alimentarse de la materia necesaria para ganar ese aumento de peso y volumen.

Alien: Covenant. Imagen de 20th Century Fox.

Alien: Covenant. Imagen de 20th Century Fox.

La materia no se crea ni se destruye; para que un ser vivo multiplique su peso por diez, necesita incorporar una cantidad de materia aún mayor, teniendo en cuenta que una gran parte de su alimento se excretará en forma de desechos o para mantener funciones básicas como la refrigeración (sudor). Conclusión: a no ser que se inflen simplemente con aire, ni un pulpo, ni un percebe ni un xenomorfo pueden crecer de la nada en unas horitas.

Plantear un alienígena plausible no es tarea fácil, dado que en efecto aún no conocemos ninguno. Pero son tantos los frentes a cubrir, el biofísico, el bioquímico, el bioenergético, el fisiológico, el ecológico o el evolutivo, que casi todo alienígena inventado corre el riesgo de hacer aguas por un lado u otro, incluso en aspectos tan aparentemente nimios como el que ya conté aquí a propósito de Chewbacca: dado que el folículo piloso y la glándula sudorípara son especializaciones de la piel mutuamente excluyentes, los animales peludos (salvo los caballos, un caso peculiar que también comenté) no sudan lo suficiente como para regular su temperatura, por lo que los wookies deberían pasarse toda la saga de Star Wars jadeando como los perros.

Ya, ya, es cierto que George Lucas nunca ha pretendido que Star Wars sea científicamente creíble. (Pero esperen: ¿no era este el mismo tipo que se inventó aquello de los midiclorianos en analogía con la teoría de la endosimbiosis para convertir la Fuerza en, según sus propias palabras, “una metáfora de una relación simbiótica que permite la existencia de vida”?)

Es más; incluso solucionar el problema del frío cubriendo a los alienígenas de una gruesa capa de pelo es cuando menos infundado. Hoy parece suficientemente demostrado que el pelo de los mamíferos y las plumas de las aves proceden evolutivamente de las escamas de los reptiles, y que los genes específicos para fabricar pelo ya existían en estos últimos antes de que engendraran las ramas que darían lugar a los otros dos grupos.

Por lo tanto, los mamíferos no inventaron realmente el material básico del pelo, sino que se limitaron a modificar algo que habían heredado de los reptiles para acomodarlo a sus necesidades (por decirlo de algún modo; entiéndase que la evolución no tiene propósitos ni intenciones); entre ellas, la protección térmica. Esto de aprovechar un invento de la evolución para otro fin diferente al original se conoce en biología como exaptación.

Pero los reptiles en los que surgió el material necesario para crear el pelo vivían en climas cálidos, por lo que originalmente este mecanismo no era un invento contra el frío. En resumen, es probable que una especie alienígena que ha evolucionado en un planeta helado no lleve pelo para abrigarse, sino algún otro tipo de ingenio evolutivo más específicamente adaptado a esa misión.

Recordando los alienígenas de casi cualquier película que nos venga a la mente, es inmediato que suelen fallar en un aspecto u otro, o en todos. Por ejemplo, todo ser complejo tiene una forma definida, ya que es una regla básica de la biología que la complejidad requiere un alto grado de especialización estructural. Así que no es posible cambiar de forma alegremente cada minuto o tomar el aspecto de otros organismos, salvo que seas algo tan poco inteligente como un moho mucilaginoso. Adiós a La cosa y a las múltiples versiones de La invasión de los ultracuerpos.

La cosa (versión de 1982). Imagen de Universal Pictures.

La cosa (versión de 1982). Imagen de Universal Pictures.

Tampoco existen los seres vivos aislados, ni como especies ni como individuos. En su día, el astrofísico Carl Sagan hizo un cálculo de cuántos monstruos del lago Ness podrían existir si existía alguno, aunque aplicó exclusivamente criterios de física de colisiones. Pero además todo organismo necesita lo que en biología se conoce como Población Mínima Viable, un número de ejemplares que permita la supervivencia de la especie con una diversidad genética suficiente como para perpetuarse sin acabar degenerando hasta la extinción. Y toda especie requiere un aporte de biomasa, así que un alienígena viable depende de un ecosistema que le sostiene.

Otro error frecuente es pasear a los alienígenas por el medio terrestre como si estuvieran en su casa. No se trata solo de la respiración de nuestra atmósfera, sino que la Tierra impone una multitud de condiciones ambientales que podrían resultar hostiles y hasta invivibles para una especie surgida en otro planeta diferente, desde nuestra gravedad hasta nuestros niveles de irradiación, o incluso las amenazas biológicas que nosotros hemos aprendido durante millones de años a mantener a raya.

Un ejemplo muy bien concebido de esto último eran los marcianos de H. G. Wells en La guerra de los mundos, que sucumbían a las bacterias terrestres al carecer de nuestra inmunidad. Wells era biólogo, así que ya hace un siglo predecía que el mayor riesgo para un marciano durante una invasión terrestre no serían los humanos, sino las infecciones.

La guerra de los mundos (versión de 2005). Imagen de Paramount Pictures / DreamWorks Pictures.

La guerra de los mundos (versión de 2005). Imagen de Paramount Pictures / DreamWorks Pictures.

En cuanto a las presuntas bioquímicas alternativas propuestas a menudo en la ciencia ficción, a veces son pura fantasía sin el menor sustento científico. El ejemplo más clásico es el silicio como alternativa al carbono. Una regla básica de la vida es que empleamos materia para alimentar nuestros procesos vitales gracias a la energía almacenada en los enlaces químicos de esas sustancias. Como resultado del proceso, generamos compuestos degradados con un nivel energético menor; es una simple resta. Cuando los organismos terrestres consumimos compuestos orgánicos para alimentarnos, producimos agua y dióxido de carbono (CO2) como productos finales. Son los residuos oxidados de la actividad biológica.

El CO2 es un gas a temperatura ambiente, motivo por el cual lo evacuamos fácilmente. Pero aunque el silicio ofrezca una estructura atómica equiparable a la del carbono en sus posibilidades de formar enlaces, algunos de sus compuestos tienen propiedades químicas notablemente diferentes.

Por ejemplo, el dióxido de silicio (SiO2) es sólido; para entendernos, básicamente es arena. Su temperatura de fusión es de 1.713 ºC, y la de ebullición es de 2.950 ºC; nos pongamos como nos pongamos, temperaturas incompatibles con cualquier forma de vida. En la Tierra, muchos organismos emplean SiO2 precisamente por su dureza, como material de construcción o defensa contra depredadores. Pero una situación muy diferente sería producirlo como residuo metabólico, ya que sería muy difícil eliminarlo de forma constante y en grandes cantidades. ¿Imaginan cómo podríamos estar continuamente expulsando arena de nuestros pulmones?

Un alienígena basado en el silicio en el episodio 'The Devil in the Dark' de la serie 'Star Trek' (1967). Imagen de CBS Television Distribution.

Un alienígena basado en el silicio en el episodio ‘The Devil in the Dark’ de la serie ‘Star Trek’ (1967). Imagen de CBS Television Distribution.

En la próxima entrega seguiremos hablando de esta cuestión, entrando en otro de los clásicos de la ciencia ficción: los alienígenas con forma más o menos humana. ¿Es plausible que en un planeta muy diferente del nuestro evolucionen seres antropomorfos?

Una vez más, los aliens somos nosotros

Recuerdo una aventura de Tintín en la que Hernández y Fernández viajan por el desierto en un jeep, buscando alguna pista para orientarse. Tras mucho vagar sin rumbo, por fin encuentran dos huellas de ruedas, y deciden seguirlas con la esperanza de que les conducirán a algún lugar habitado. Mientras siguen el rastro, descubren otro par de roderas que se unen a las primeras, y luego otras dos, lo que les convence de que han dado con una ruta muy frecuentada. Hasta que finalmente descubren que han estado conduciendo en círculos, y que son sus propias marcas las que están siguiendo.

Cuando se trata de buscar rastros alienígenas, los humanos somos Hernández y Fernández: seguimos huellas para al final descubrir que nos estamos siguiendo a nosotros mismos. Hace unos días, como conté aquí, el imponente radiotelescopio de Arecibo en Puerto Rico (por cierto, uno de los muchos lugares de interés que hacen de la isla un destino viajero muy recomendable) detectó una señal en el cielo cuyo perfil no cuadraba fácilmente con ningún fenómeno astronómico conocido y que parecía proceder de la estrella Ross 128, a unos 11 años luz de la Tierra.

Imagen del Instituto SETI.

Imagen del Instituto SETI.

El responsable del hallazgo, Abel Méndez, que dirige el Laboratorio de Habitabilidad Planetaria en la Universidad de Puerto Rico en Arecibo, difundió la observación a través del blog de su grupo, citando las tres causas más probables de la señal: una fulguración de la estrella, una emisión de algún otro objeto astronómico que casualmente se encontraba en la misma línea visual que Ross 128, o bien una interferencia de algún satélite terrestre en órbita lejana, ya que los más cercanos a la Tierra pasan por el cielo demasiado aprisa como para emitir una señal sostenida.

Por su parte, Méndez confiaba en que la causa de la señal fuera astronómica, ese gran trofeo deseado por los astrofísicos, y decía tener preparada una Piña Colada para celebrarlo. Pero en su breve informe hacía también un guiño inevitable a la posibilidad de que la emisión fuera de origen alienígena, aunque solo fuese para aclarar que esta explicación se encontraba al final de la lista.

Y por muy al final que estuviera, el guiño ya estaba hecho; de inmediato fue recogido por otros dos equipos de investigadores que no se dedican a buscar nuevos tipos de objetos astronómicos, sino a escuchar el cielo en busca de alguna voz entre las estrellas. El Instituto SETI (siglas en inglés de Búsqueda de Inteligencia Extraterrestre) dirigió entonces su Matriz de Telescopios Allen (ATA, en inglés) hacia Ross 128, y lo mismo hizo el grupo SETI de la Universidad de California en Berkeley con el radiotelescopio de Green Bank en Virginia Occidental. Por su parte, Arecibo también repetía sus observaciones.

Los tres grupos han reunido sus datos y han llegado a un veredicto. “Parece claro ahora que las detecciones de Arecibo fueron debidas a transmisiones desde satélites terrestres en órbita geosincrónica”, dice el Instituto SETI en su web. Lo mismo concluyen el grupo de SETI Berkeley en un breve estudio y Méndez en la web de su laboratorio.

La explicación. Dado que una órbita es una caída libre, para un mismo objeto la trayectoria de esa caída y su velocidad están determinadas por la distancia de la órbita a la Tierra. Los satélites en órbita baja (Low Earth Orbit, o LEO), como la Estación Espacial Internacional (a unos 400 kilómetros), pueden verse cruzando el cielo rápidamente. Pero existe una especie de punto mágico llamado órbita geoestacionaria, a unos 36.000 kilómetros de la Tierra, en el que un satélite situado a la altura del ecuador terrestre queda sincronizado con la rotación del planeta, de modo que su posición en el cielo apenas varía. Esta órbita se utiliza sobre todo para satélites meteorológicos y de comunicaciones.

Precisamente la posición de la estrella Ross 128 en el cielo queda a una declinación de casi cero grados, es decir, a la altura del ecuador celeste, así que su situación aparente coincide con los aparatos que circulan en la órbita geoestacionaria. Según Méndez, las extrañas distorsiones observadas en la señal, que le han llevado a bautizarla como señal Weird! (rara), podrían explicarse por la interferencia entre la telemetría de varios de estos satélites.

La explicación de la señal es finalmente la menos interesante de todas las posibles, aunque en el futuro ayudará a interpretar emisiones similares. Por desgracia para Méndez, no se trata de un objeto astronómico, así que su Piña Colada deberá guardarse para otra ocasión. Por desgracia para los grupos SETI, deberán seguir buscando. Por desgracia para los que practicamos el WETI (de “wait”, esperar), deberemos seguir esperando.

No es la primera vez que los humanos hacemos como Hernández y Fernández buscando huellas de otros seres en el desierto del espacio. De hecho, ocurrió en primer lugar el mismo día en que comenzó la búsqueda SETI, el 8 de abril de 1960; en aquel caso la señal procedía de un avión espía U2. Volvió a ocurrir en 1997; era una sonda de la NASA y la ESA llamada SOHO.

El caso más rocambolesco tuvo lugar en 2015, cuando la señal captada por un radiotelescopio australiano demostró ser, en efecto, de origen inteligente: se producía cuando los investigadores abrían la puerta del microondas con el que calentaban la comida, antes de que el aparato se apagara. Sí, en el siglo XXI, un microondas puede ser el mayor signo de vida inteligente en el universo.

Incluso la famosa señal Wow! de 1977, la única que ha aguantado el tipo durante décadas, ha sido recientemente explicada por el paso de dos cometas, si bien no todos los expertos compran esta explicación. ¿Qué nos queda entonces? De momento, nada. Solo la manía de empeñarnos, contra toda evidencia, en que tiene que haber alguien más en el desierto.

¿Nos extinguiremos antes de encontrar vida alienígena?

Decíamos ayer que los tardígrados, esos minúsculos animalitos de ocho patas que viven en el musgo o el césped, pero también en la Antártida, los volcanes y las fosas oceánicas, son los más firmes candidatos para sobrevivir a cualquier cataclismo global y acompañar a la Tierra hasta su destrucción final, esperemos que dentro de miles de millones de años.

Pero la historia de los tardígrados tiene además otro enfoque, no en lo que se refiere a la vida en la Tierra, sino fuera de ella. Si nuestro planeta ha llegado a criar unos seres tan asombrosamente resistentes a cualquier extinción, ¿qué hay de otros lugares del universo? Hoy nadie alberga grandes esperanzas de encontrar algún microbio vivo en Marte; menos aún después de los recientes experimentos que han revelado las condiciones marcianas como más letales de lo esperado para una bacteria especialmente dura como Bacillus subtilis.

Imagen de NASA.

Imagen de NASA.

Pero si el planeta rojo y el planeta azul fueron en sus comienzos mucho más parecidos que hoy; y si, como defienden los biooptimistas (entre los que no me cuento, como ya he explicado aquí), la vida podría ser un fenómeno frecuente en el universo… No olvidemos que Marte es mucho más pequeño que la Tierra y por tanto pudo enfriarse lo suficiente para alcanzar condiciones habitables antes que nuestro planeta. Los tardígrados existen aquí desde el Cámbrico, hace 530 millones de años, pero tal vez en Marte un organismo de este tipo pudo aparecer en una época más temprana, antes de que aquel planeta comenzara a convertirse en un mundo inhóspito.

De hecho, los autores del estudio que conté ayer sobre los cataclismos cósmicos y los tardígrados sugieren que criaturas como estas podrían ser vestigios perdurables de la presencia de vida en otros planetas; incluso aquí, en nuestro Sistema Solar, en mundos con océanos bajo el hielo como las lunas Europa y Encélado.

Quizá también en Marte, bajo la superficie. El subsuelo marciano es todo un misterio, pero por desgracia todo indica que continuará siéndolo, tras el reconocimiento de la NASA (nada sorprendente, por otra parte) de que no tiene dinero para enviar astronautas a Marte. Así que la perspectiva de poner allí un equipo de ¿astroespeleólogos? ¿espeleoastronautas? hoy solo existe en la ciencia ficción y, si acaso, en la imaginación de Elon Musk.

Pero claro, que si existen versiones alienígenas de los tardígrados en otros sistemas estelares, es algo que probablemente jamás lleguemos a saber. Y las esperanzas de que haya algo más evolucionado son solo conjeturas. Últimamente parece haber muchos científicos que se apuntan a la hipótesis del Gran Filtro, la idea de que algo siempre se tuerce antes de que una civilización llegue a estar tecnológicamente preparada para explorar el cosmos.

En nuestro caso, sostienen algunos, el Gran Filtro puede ser el cambio climático, el comienzo del fin de la habitabilidad terrestre causado por la destrucción de la estabilidad del ciclo de carbonatos-silicatos. Una vez que este equilibrio se rompe, sostienen algunos expertos, la Tierra puede entrar en una espiral catastrófica de efecto invernadero como la que sufrió Venus por causas naturales.

No sabemos cuánto tiempo le queda a la humanidad. Nuestra especie tiene 300.000 años de antigüedad, pero para ponernos al borde de nuestra autodestrucción han bastado apenas tres siglos, si consideramos la Revolución Industrial como el momento en que comenzamos a emprender un camino sin retorno. Hoy sería muy optimista pensar que vayamos a seguir aquí dentro de otros 300.000 años. Y aunque fuera así, 600.000 años son un instante en la historia del universo. Algunos proponentes del Gran Filtro piensan que nunca vamos a contactar con otras civilizaciones porque sencillamente es casi imposible que coincidamos en el tiempo; nos abocamos a nuestra propia extinción demasiado aprisa, y no hay motivos evidentes para pensar que otros seres tecnológicos sean más sensatos que nosotros.

Pese a todo, no vamos a darnos por vencidos. El pasado miércoles 12 de julio, el blog del Laboratorio de Habitabilidad Planetaria de la Universidad de Puerto Rico en Arecibo contó que el inmenso radiotelescopio puertorriqueño detectó el 12 de mayo una extraña señal procedente de la estrella Ross 128, a unos 11 años luz de nosotros. “En caso de que os estéis preguntando, la hipótesis recurrente de los alienígenas está al final de muchas otras explicaciones mejores”, escribían los investigadores. Por ejemplo, no es descartable que en realidad la señal no proceda de la estrella, sino de algo en la misma línea de visión pero mucho más cercano, tal vez un satélite terrestre.

Ayer mismo los investigadores han publicado una actualización en la que cuentan que han vuelto a observar la estrella este pasado fin de semana, y que a ellos se han unido los radiotelescopios de los proyectos SETI (Búsqueda de Inteligencia Extraterrestre) de la Universidad de Berkeley y del Instituto SETI, ambos en EEUU. “Necesitamos tener todos los datos de los otro observatorios para ponerlo todo junto y sacar una conclusión, probablemente al final de esta semana”, han escrito. Esperaremos hasta entonces, pero sin contener la respiración.

Biología sintética y los ingenieros de Alien: ¿vuelven los ‘carros de los dioses’?

Aún no he tenido ocasión de ver el nuevo fascículo de la saga Alien. Los que aún tenemos polluelos estamos un poco limitados en nuestras salidas, así que más allá de lo puramente cinematográfico, todavía ignoro qué nuevos hilos aporta Alien: Covenant sobre la trama básica de la serie que comenzó a desvelarse en Prometheus, y que planteaba el argumento de una civilización alienígena autora de nuestra existencia, a la que se daba el nombre de “los ingenieros”.

Uno de los ingenieros de 'Prometheus'. Imagen de 20th Century Fox.

Uno de los ingenieros de ‘Prometheus’. Imagen de 20th Century Fox.

La idea de que podríamos ser las criaturas de algo superior es posiblemente tan antigua como el pensamiento humano, algo natural en una especie capaz de intentar comprenderse a sí misma. Para algunos académicos, es un ejemplo de lo que el biólogo evolutivo Stephen Jay Gould llamó exaptación, una característica que surge como subproducto de una adaptación favorable: nuestra capacidad cognitiva nos resulta útil para la supervivencia, pero también nos mete en camisas de once varas a la hora de tratar de explicar la naturaleza, incluido nuestro propio origen.

Así, para algunos expertos, ideas como Dios o los llamados antiguos astronautas tienen orígenes psicológicamente parecidos. Hay quienes en la misma línea añaden otros fenómenos, como las teorías de la conspiración o lo que se conoce entre sus adeptos como el Nuevo Orden Mundial: en todos los casos se supone la existencia de una inteligencia oculta que es responsable de las cosas que ocurren, las cuales ocurren con un propósito diseñado por esa inteligencia oculta.

Es curioso, porque la idea ha ido tomando diversas formas en función del estado del conocimiento humano en cada época y de lo que se denomina el Zeitgeist, el signo de los tiempos, o lo que la gente piensa en cada momento histórico. En tiempos antiguos era lo sobrenatural: los dioses o el Dios; más modernamente la ciencia introdujo el positivismo natural; y en el siglo XX hubo quienes trataron de crear una narrativa continua entre ambas formas de pensamiento: los antiguos astronautas, popularizados en los años 70 por autores como el suizo Erich von Däniken y sus “carros de los dioses”, que para este autor y otros eran un fenómeno natural –alienígenas– interpretado por sus presuntos testigos como uno sobrenatural –dioses–.

Hay quienes han situado el origen de las ideas de von Däniken en fuentes muy dispares, desde la mitología de Cthulhu de H. P. Lovecraft y su escalofriante novela En las montañas de la locura (por cierto, mitos que el escritor inventó como simple ficción), hasta las especulaciones del mismísimo Carl Sagan sobre antiguos contactos alienígenas. También se acusó al autor suizo de haber plagiado las ideas de otros.

Pero naturalmente, la hipótesis de von Däniken es pseudociencia, no corroborable ni refutable por métodos científicos, y que por tanto puede perpetuarse en la mente de quienes creen en ello sin tener que rendirse jamás a ninguna evidencia contraria. Lo cual, entre otras cosas y unido a lo provocador de la idea, mantuvo un rentable nicho de mercado para su autor, con independencia de que él realmente creyera en ello. Otros también han encontrado su filón en argumentos similares, como el español J. J. Benítez.

Paralelamente, dentro del ámbito de la ciencia hay también una larga tradición en la propuesta de que la vida pudo llegar a la Tierra desde el espacio; se conoce como panspermia. De hecho, suele atribuirse al filósofo griego Anaxágoras la primera mención de este término, al que en el siglo XIX se le dio una definición más científica como la siembra de vida a través del universo mediante microbios presentes en cuerpos viajeros; por ejemplo, asteroides y cometas.

La panspermia ha tenido sus defensores más significados en dos astrónomos, el británico Fred Hoyle y su alumno, el ceilanés Chandra Wickramasinghe. El primero, ya fallecido, aportó valiosos hallazgos sobre los procesos físico-químicos en las estrellas, además de acuñar el término Big Bang, aunque fuera con una intención irónica hacia una teoría en la que no creía. Pero tanto Hoyle como Wickramasinghe se han distinguido por sus propuestas estrambóticas y contrarias al conocimiento científico, como el rechazo a la evolución biológica o la afirmación de que la llamada gripe española de 1918 y otras graves pandemias llegaron a la Tierra desde el espacio. Hoyle llegó a decir que la posibilidad de que surja una célula a partir de sus componentes básicos es como si un tornado barre una chatarrería y ensambla un Boeing 747.

Entre la comunidad científica, la panspermia como la definieron Hoyle y Wickramasinghe provoca ceños fruncidos, cuando no reacciones más airadas. Lo cierto es que no existe ningún indicio para pensar que un microbio pueda sobrevivir a un largo viaje espacial en una roca, ni siquiera en estados de latencia como las esporas. Por el contrario, en los últimos años se han encontrado pruebas de que ciertas moléculas orgánicas propias de la vida sí pueden hacer tales viajes, una versión más débil de la panspermia que sí cuenta con el apoyo de algunos científicos. Y que no solo es diferente, sino casi opuesta a lo defendido por Hoyle y Wickramasinghe, ya que para estos no puede surgir la vida a partir de componentes simples.

Hay una tercera modalidad de panspermia aún más arriesgada, que es la dirigida: la idea de que la vida en la Tierra ha sido deliberadamente sembrada. Así volvemos a los antiguos astronautas de von Däniken o los ingenieros de Prometheus. Lo curioso es que esta idea también pseudocientífica ha obtenido casi más interés por parte de algunos científicos que la panspermia de Hoyle y Wickramasinghe. Uno de sus proponentes más notables fue Francis Crick, el codescubridor de la doble hélice de ADN; aunque en su descargo debe aclararse que Crick publicó su hipótesis en 1973, antes de saberse que el ARN es capaz de replicarse por sí mismo sin la intervención de otras moléculas.

Ya he mencionado arriba que Sagan, sin proponérselo, inspiró a autores como von Däniken al especular sobre posibles antiguas visitas alienígenas a la Tierra. El astrofísico y divulgador fue devastadoramente crítico con las ideas del suizo, y sobre la hipótesis de Crick escribió: “aunque no sabemos de nada que rigurosamente excluya la idea de la panspermia dirigida, de igual modo no hay nada que la apoye fuertemente”. A pesar de lo que circula por internet, no hay ninguna prueba de que Sagan creyera en teorías de antiguos astronautas, y en cambio sí hay pruebas de lo contrario.

Lo más llamativo de todo esto es que, según conté ayer, hoy podemos encontrar científicos reputados como Adam Steltzner, ingeniero jefe del rover marciano Curiosity, reflexionando públicamente y sin rubor sobre ideas que no son otra cosa que panspermia dirigida, antiguos astronautas e ingenieros. Por supuesto que Steltzner no estaba sentando cátedra cuando lo dijo, pero tampoco era una charla de café, sino una conferencia anual en Washington dedicada a explorar las fronteras de la ciencia. Y Steltzner es un ejemplo, pero no el único. Los biólogos sintéticos trabajan bajo la premisa de que esta tecnología puede avanzar espectacularmente en la recreación de múltiples procesos naturales de la vida. Y como también conté ayer, algunos no son contrarios a la idea de que estos avances, tal vez conseguidos ya por civilizaciones más avanzadas, puedan propagarse a través del universo. Dos y dos son cuatro.

Cuando Elon Musk, el magnate de SpaceX que quiere llevarnos a Marte, afirma que muy probablemente seamos el resultado de una simulación informatizada de nuestros futuros descendientes, en el fondo no es más que una nueva versión digital de la panspermia dirigida. Una diferencia esencial entre gente como von Däniken y gente como Musk es que los segundos se ganan el respeto con sus progresos reales. Y con ello, están extendiendo ideas audaces que están calando entre la comunidad científica, aunque solo sea como ciencia-espectáculo.

No creo que a Ridley Scott, artífice de la saga Alien, le haya pasado por alto el hecho de que con sus ingenieros tal vez haya pinchado en una veta de renovada actualidad. Es difícil determinar cuáles son causas y cuáles efectos. Pero en fin, todo esto está bien en la medida en que favorece la reflexión, la discusión y la creación de historias para que pasemos un buen rato en el cine. Siempre que no olvidemos que a día de hoy no tenemos absolutamente ningún indicio de que realmente haya alguien más en el universo.

Teleinvasión biológica: imprimir seres vivos a distancia en otros mundos

El otro día adelanté que les contaría otra fantasía sobre teleinvasiones, palabra que designa una invasión alienígena a distancia sin que los invasores estén presentes en persona, o en lo que sea, sobre el terreno del planeta invadido.

Como les expliqué, un concepto hoy plausible es el de emplear máquinas teledirigidas; tan plausible que ya se utiliza para nuestras invasiones locales, mediante drones y otros aparatos controlados a distancia. Un paso más allá será recurrir a máquinas inteligentes capaces de tomar sus propias decisiones, no necesariamente más crueles e inhumanas que las de un comandante de carne y hueso, como demuestran las pruebas que es innecesario citar.

Pero imaginen lo siguiente, y explótenlo si les apetece para escribir una historia: la población mundial está siendo exterminada por un extraño y letal patógeno, cuyo análisis revela que no se trata de un microorganismo natural terrestre. Cuando los epidemiólogos rastrean el patrón de propagación en busca del foco inicial, encuentran que no se localiza en una zona densamente poblada, sino muy al contrario, en una región extremadamente remota, desde la cual el patógeno ha podido propagarse por la circulación atmosférica. Cuando una expedición llega al lugar, encuentra un artefacto de procedencia desconocida. Al estudiarlo, los científicos descubren que no es una nave, sino una fábrica automatizada: un sintetizador biológico que ha creado el agente invasor a partir de materias primas moleculares. Los expedicionarios destruyen el aparato, pero ya es demasiado tarde para la humanidad. Mientras, los seres que enviaron la máquina esperan a que se complete la limpieza de su nuevo hogar.

¿Pura fantasía? Hoy sí. Pero sepan que el primer prototipo de una máquina controlable a distancia y capaz de crear un patógeno a partir de componentes moleculares básicos ya existe. Se llama Convertidor de Digital a Biológico (DBC, en inglés), se ha descrito hace pocas semanas en la revista Nature Biotechnology, y se ha utilizado ya para fabricar un virus de la gripe A H1N1 y un virus que infecta a las bacterias llamado ΦX174.

Este es el aspecto del prototipo del DBC. Imagen de Craig Venter et al. / Nature Biotechnology.

Este es el aspecto del prototipo del DBC. Imagen de Craig Venter et al. / Nature Biotechnology.

El autor de este prodigio es el biólogo, empresario y millonario J. Craig Venter, en su día artífice del Proyecto Genoma Humano en su rama privada, y uno de los líderes mundiales en el campo de la biología sintética. Entre sus últimos logros figura, en marzo de 2016, la creación de una bacteria con el genoma artificial mínimo necesario para la vida, que conté aquí.

Venter lleva unos años trabajando en torno a la idea de lo que él mismo llama “teletransporte biológico”, aunque la denominación puede ser engañosa, dado que lo único que se transporta en este caso es la información. El DBC puede recibir a distancia, por internet o radio, una secuencia genética o la secuencia de aminoácidos de una proteína. Después la máquina imprime la molécula utilizando sus componentes básicos. Tampoco “imprimir” es quizá el término más adecuado, pero Venter lo emplea del mismo modo que hoy se usa para hablar de impresión en 3D. En lugar de cartuchos con tinta de colores, el DBC utiliza depósitos con los ladrillos del ADN: adenina (A), guanina (G), timina (T) y citosina (C).

El DBC es todavía un prototipo, una máquina formada por piezas sueltas. Pero funciona, y ya ha sido capaz de imprimir cadenas de ADN y ARN, proteínas y partículas virales. Y naturalmente, más allá del argumento fantástico de la teleinvasión biológica, todo esto tiene un propósito. Pero sobre el ruido de fondo del rasgado de vestiduras de los anticiencia, déjenme hundir una idea hacia el fondo: el primer propósito de la ciencia, y el único necesario para justificarla, es el conocimiento, porque el conocimiento es cultura.

Pero sí, hay aplicaciones prácticas. La idea que inspira la biología sintética es dominar la creación de la vida para obtener beneficios de una manera mejor que la actual, o que simplemente no son alcanzables de otro modo. Los microorganismos sintéticos pueden descontaminar el medio ambiente, fabricar energía o compuestos de interés, como medicamentos, alimentos, productos industriales o vacunas.

Volviendo al DBC, Venter imagina un futuro en el que estas máquinas estarán repartidas por el mundo para fabricar, por ejemplo, vacunas o fármacos. Ante una futura pandemia, y una vez que se logre obtener un remedio, no será necesario transportarlo a todas las zonas afectadas; bastará con transmitir las instrucciones a los DBC, y estos se encargarán de producirlo in situ.

Hasta aquí, tal vez algún lector biólogo replicará que los sintetizadores de oligonucleótidos existen desde hace décadas, aunque necesiten un operador humano para introducir las órdenes. Noten la diferencia, más allá de que antes se hablaba de “sintetizar” y hoy de “imprimir”: el DBC no solo crea cadenas cortas de ADN o ARN, sino genomas sencillos completos y proteínas, y los ensambla en partículas funcionales, todo ello sin que un humano esté presente. Pero el verdadero salto viene de las posibilidades futuras de esta tecnología cuando se conjuga con otros trabajos previos en biología sintética: concretamente, la posibilidad de imprimir microbios con genomas sintéticos diseñados a voluntad.

Venter es un tipo propenso a mirar de lejos que no se ha resistido a fantasear con la futura evolución de esta tecnología. Y uno de sus posibles usos, dice, sería producir microbios en Marte capaces de modificar el entorno para hacerlo más habitable para el ser humano; es lo que se conoce como terraformación, y es una posibilidad que Venter ya ha discutido con otro genio visionario embarcado en el proyecto de fundar una colonia marciana, Elon Musk.

Aquí entramos de nuevo en el terreno de la ciencia ficción, pero en una que no es teóricamente imposible. Venter quiere llegar a obtener una “célula receptora universal”, una bacteria vacía similar a la que él rellenó con un genoma artificial, pero que sea capaz de aceptar cualquier secuencia genética que se le quiera implantar para hacer lo que uno quiera que haga, o… convertirse en lo que uno quiera que se convierta. Incluso, tal vez, en un humano.

Sí, sí, un humano. Esta es la idea lanzada por George Church y Gary Ruvkun, biólogos sintéticos de la Universidad de Harvard. Church, Ruvkun y otros piensan que es ilusorio e inútil tratar de viajar a otras estrellas, y que en su lugar la expansión de la humanidad por el universo se llevará a cabo enviando bacterias cargadas con el genoma humano y utilizándolas después para imprimir humanos en el destino elegido.

Al fin y al cabo, una célula es lo que dice su genoma; una célula A puede transformarse en otra célula B si se le insertan los genes de la célula B. Y así, célula a celula, creciendo, dividiéndose y diferenciándose, una sola célula acaba creando un organismo humano completo. Esto ocurre en cada gestación. Pero también ha ocurrido a lo largo de nuestra evolución desde que éramos bacterias (o arqueas).

De hecho, si podría ocurrir, ¿cómo podemos saber que no ha ocurrido ya? Esta es la idea de Adam Steltzner, ingeniero jefe del rover marciano Curiosity en la NASA. “Puede que sea así como nosotros llegamos aquí”, dice Steltzner. ¿Y si nosotros, todos, la vida en la Tierra, fuéramos el producto de un DBC que alguien trajo aquí hace miles de millones de años?