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Contamos historias extraordinariamente cotidianas que nombran cada una de las realidades de la diversidad sexual y de género.

Pinkwashing: Confía en el rosa y adiós manchas

Recientemente hemos visto en redes sociales, televisiones y otros medios una importante afluencia de banderas arcoíris, símbolo de las reivindicaciones del colectivo LGTBIQ+ (lesbianas, gais, transexuales, transgéneros, intersexuales, queers y cualquier otra forma de diversidad sexoafectiva) y, por extensión, icono transnacional en la lucha por la libertad y la igualdad de todas las personas. Hoy Enrique Anarte (@enriqueanarte) va más allá de esta explosión de colores.

Fotografía de Fernando Villar (EFE)

Fotografía de Fernando Villar (EFE)

La globalización y sus narrativas han reforzado el impacto de emblemas de aspiración universal como este. La escala local de esta batalla política, de la que ya se ha hablado alguna vez en este blog, merece sin duda mayor dedicación en el futuro. Hoy, no obstante, es otro el enfoque que proponemos.

El caso es que, entre tantas banderas, borrachos de una bien merecida euforia, hay quien piensa que podríamos estar a punto de bajar la guardia en un momento crucial para nuestro movimiento. Las banderas y la visibilidad no son importantes: por ahora son necesarias. ¿Pero qué visibilidad? ¿Y quién ondea esas banderas?

El pasado 28 de junio el telediario de TVE narraba los actos consistoriales en la capital como la celebración del “Orgullo Gay”. La cadena pública más importante del país cometía el mismo error (¿intencionado?) que la gran mayoría de medios de comunicación, progresistas o conservadores, del Estado español. Es frecuente obviar las siglas del colectivo, no ya las que apuestan por la verdadera diversidad (IQ+ y variantes, que siguen siendo mucho pedir), sino las, digamos, clásicas: LGTB. Las fáciles de comprender para una población que no ha recibido una educación al respecto, cuyas nuevas generaciones siguen además sin recibirla, al menos en gran parte del territorio estatal y por parte de las instituciones. Afortunado es el joven que recibe una charla de una hora al año de parte de algún colectivo implicado, con recursos suficientes para organizarla, aunque todos viven esa realidad común en la que el insulto “maricón” sea el más frecuente en las escuelas.

Un caso parecido es el del indiscutible triunfo que supone la legalización del matrimonio entre personas del mismo sexo en Estados Unidos. Apenas un par de días antes de la efeméride mundial. No vale la pena negar que se trata de un avance que hará historia; eso sí, de nada nos sirve, como defensores de los derechos humanos, convertir este hito en el velo que nos impida entender las desigualdades e injusticias del mundo. También en los relucientes Estados Unidos.

Defender los derechos humanos supone asumir que ningún derecho humano es más importante que otro. Cantar loas al “amigo americano” poco tiene que ver con esto. Podríamos cantarles sobre Guantánamo, los asesinados en nombre del interés nacional estadounidense en Yemen o la vigencia de la pena de muerte en “el país más desarrollado del mundo”. Pero no hace falta siquiera salir de la cuestión de la diversidad: ¿acaso no hay personas de identidad u orientaciones no normativas entre los deportados, a quienes Obama parece haber dado la espalda? ¿Pretenden que creamos que tras la categoría de “migración económica” que les ha evitado tener que acoger a los refugiados de muchos países centroamericanos, de tantas guerras no declaradas, no existen cientos de casos de quienes son perseguidos en su hogar por su valiente disidencia de la norma binaria y heteropatriarcal? O podríamos hablar de Israel, hijo pródigo de Occidente y supuesto defensor de los derechos de homosexuales y transexuales. Como si entre la población palestina víctima del apartheid, la colonización o el terrorismo de Estado no hubiese diversidad sexual y de género. Como si un par (o siete u ocho o ciento veintiséis) justificasen la violación sistemática de los derechos inalienables de los habitantes de Gaza, Cisjordania… y la población árabe que habita dentro de las fronteras israelíes, siempre en avance. Eso, señoras y señores, no es tolerancia: es pinkwashing, lavado rosa.

Tampoco hay que ponerse así. No seas radical, por favor, no vaya a ser que alguno de los de arriba se remueva en su silla. Y volvemos a Españistán: aquí abajo uno ve que algunos de los políticos más retrógrados de la historia reciente de nuestro país ondean hoy esta preciosa y alegre bandera. Hoy en los bares de la emblemática Chueca hay a quienes se les deniega la entrada a locales de ambiente por su color de piel. Un escalofrío recorre el cuerpo que alguna vez las fuerzas de seguridad del Estado han intentado golpear por pedir lo mismo de siempre -libertad e igualdad- y uno se pregunta: ¿será que han aprendido, o que han aprendido del “amigo americano”? ¿Será verdad aquello de “confía en el rosa y adiós manchas”?

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