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La matanza de cormoranes en Asturias no logra frenar el declive de truchas y salmones

© Coordinadora Ecologista de Asturias

Desde hace más de 11 años, el Principado de Asturias ha matado más de 2.300 cormoranes grandes (Phalacrocorax carbo) para nada. En teoría, con tan brutal acción de control de la población invernante de este pájaro que se alimenta de peces mejorarían las poblaciones de truchas y salmones.  Es una exigencia de los pescadores. No quieren competencia en el campo. Quieren ser los únicos pescadores de los ríos.

Pero matar cormoranes no funciona. Era algo que ya se sabía. Como ha ocurrido en otros países y confirman numerosos estudios científicos, las matanzas de cormoranes no sirven para recuperar las poblaciones de los salmónidos ni consiguen reducir la densidad de estas aves. Tan solo siembran muerte.

Este año las cifras ponen los pelos de punta. Se matarán 130 cormoranes en el Nalón, 40 en el Narcea, 30 en el Sella, 20 en el Deva/Cares y el Bedón, 5 en el Esva y 5 en el Navia.

A pesar de la inutilidad de tales matanzas, varios colectivos de pescadores deportivos piden más sangre. Exigen a la administración el exterminio de la mitad de la población invernante de cormoranes grandes e incluso han pedido que se incluya en la lista de especies “a controlar” a garzas, nutrias y martines pescadores. Como se enteren de que los cangrejos de río también comen peces irán a por ellos. Exigen exclusividad fluvial.

Frente a ellos, varios colectivos ambientales asturianos han puesto en marcha una recogida de firmas pidiendo exactamente lo contrario. Solicitan cordura, el cese de las matanzas de cormoranes y la adopción de una postura firme contraria al control letal de otros depredadores, muchos de ellos protegidos por la legislación actual.

Asimismo, se solicita al Principado de Asturias que acometa las actuaciones necesarias para asegurar la conservación de las especies autóctonas de salmónidos, que deberían incluir necesariamente la recuperación de los cauces fluviales, la eliminación de obstáculos, la persecución efectiva del furtivismo, la lucha contra la contaminación y la reducción de los cupos de captura. Porque como confirman los expertos, son estos problemas, y no los cormoranes, los auténticos responsables de la pobreza de los ríos asturianos.

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Garza real

El Principado de Asturias, antiguo modelo de ecoturismo, donde la naturaleza era su principal bandera económica, está empezando a sufrir un grave proceso de ceguera ambiental. Sin estudios serios ni valoraciones sosegadas, sus responsables políticos parecen empeñados en solucionar los problemas de gestión a la vieja usanza, a tiro limpio.

¿Daños del lobo? Se les mata, igual da que estén en un Parque Nacional como el de Picos de Europa o campen por montañas desprotegidas. El número de ajusticiados se calcula a ojo, desde los despachos y valorando tan sólo el interés político de quienes protestan. Este año unos 90 ejemplares incluyendo cuatro camadas. Entre ellos dos valiosos ejemplares que formaban parte de costosísimos programas de estudio científico.

¿Daños de los cormoranes? También se les mata. Igual da dónde y cómo. El número de ajusticiados se calcula por el mismo método que con el lobo. A ojo y porque sí. ¿Por qué no? Este año más de 200 aves. Una cifra absolutamente aleatoria, decidida para calmar las protestas de esos pescadores (por suerte no todos, pero sí los más gritones) que no aceptan que un pájaro salvaje se coma delante de sus narices la trucha o el salmón que ellos podrían haber pescado.

Pero no es suficiente. Todos quieren más. Como la asociación de pescadores El Esmerillón, que ahora piden matar nutrias y garzas reales en los ríos para salvaguardar la población asturiana de truchas. No se les ocurre pedir que haya menos pescadores. No, qué va. La competencia se la quieren quitar de los que no protestan, de los animales, para garantizarse así la exclusividad de algo tan indefendible como es una actividad puramente lúdica. Los grupos ecologistas culpabilizan de estas salidas de tono directamente a los responsables políticos, más propensos por escuchar a los ruidosos que a los sensatos.

Porque por favor, no me vengan con el cuento de que son especies invasoras, alóctonas. Quien así habla demuestra una terrible ignorancia. El que especies como el cormorán grande (Phalacrocorax carbo) hayan logrado remontar siglos de persecución y tengan poblaciones en aumento por toda Europa no las hace extranjeras ni antinaturales. Precisamente este año se está haciendo un censo en toda Europa para conocer con más detalle su número y evolución, que es como se deben hacer las cosas. Con datos y no con tiros. Pero quizá no convenga saber que los escasos análisis de los estómagos realizados sobre los cormoranes que todos los años se matan en ríos de Asturias demuestran que la tasa de depredación sobre los salmones es mínima y ni siquiera llega al 5% del total de presas consumidas.

Ayer hablaba de ello con un viejo cazador y pescador. Sus argumentos eran los de siempre. Pura incultura. “Esos animales son dañinos“, me decía. “Hay que acabar con ellos, erradicarlos“.

¿Y con el exceso número de cañas y escopetas, con esos no hay que acabar?, le pregunté yo con malicia. Su respuesta fue de sorpresa: “Hombre, contra esos no podemos”.

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¿Pescamos salmones en Asturias o los exterminamos?

Este domingo, un indomable y fabuloso animal se enfrentará una temporada más a la muerte en aras de alimentar el entretenimiento de los deportistas. Es probablemente la única especie oficialmente considerada en España como “en peligro de extinción” que se sigue matando impúdicamente. Gravemente amenazada, sus captores no serán esta vez menos y más cuidadosos, sino muchos y más constantes que nunca. La acorralada especie se llama salmón, y el lugar de la desigual batalla es Asturias, donde sobrevive el 90% de su exigua población española.

En el Principado astur, la nueva normativa ha doblado el número de días de pesca de 55 a 118, todo a golpe de boletín y sin tener en cuenta las recomendaciones proteccionistas de los científicos. Por si fuera poco, cada pescador podrá llevarse a casa hasta dos salmones a la semana (a lo largo de 19 semanas),  frente al límite de tres salmones que como máximo se autorizó el año pasado. Algo absolutamente imposible de lograr pues la especie está en profundo declive debido no sólo a su sobrepesca en el mar y en los ríos, sino también a la degradación del hábitat fluvial por obras, contaminación y el aumento de los obstáculos a la subida de los peces a las zonas de desove.

Lo cierto es que cada vez hay menos salmones en España y más pescadores tratando de capturarlos, ávidos de pescar el primero, el campanu, y venderlo por 10.000 euros a los amigos de las exclusividades gastronómicas. O de tocar al menos alguna escama.

Existe una solución intermedia, la pesca sin muerte, pescarlos y devolverlos al río para que puedan continuar criando otros años. Sin matarlos podría seguir manteniéndose la especie y toda la actividad turística y deportiva asociada a ella, pero no interesa. Dicen que la razón es política y no me lo creo. Eso se llama insensatez.

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