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Estudio: las letras de Black Sabbath no incitan al consumo de drogas

Esta mañana he recordado un artículo que escribí hace siete años en el diario Público, en el que trabajaba entonces, y en el que dejé de trabajar cuando el millonario trotskista que se había levantado un día con el capricho de fundarlo se levantó otro día con el capricho de cerrarlo (que nadie se alarme, no tendré ningún problema en borrar esta frase, mis hijos necesitan comer).

Está mal que yo lo diga, pero me he reído releyéndome a mí mismo en aquella historia sobre un test genético que le habían practicado a Ozzy Osbourne, por entonces exvocalista de Black Sabbath, para tratar de explicar cómo era humanamente posible que siguiera vivo. “Has pasado 40 años en una juerga de alcohol y drogas. Te rompiste el cuello en un quad. Has muerto dos veces en un coma químicamente inducido. Saliste sin un rasguño después de que tu autobús de la gira fuera embestido por un avión. Tu sistema inmune estaba tan comprometido que tuviste un diagnóstico positivo de VIH durante 24 horas hasta que descubrieron el error. Y estás aquí, vivo y coleando”, le dijeron los responsables de la empresa de pruebas genéticas de la que partió la idea.

Black Sabbath, con su formación original en 1970. Imagen de Wikipedia / Vertigo Records.

Black Sabbath, con su formación original en 1970. Imagen de Wikipedia / Vertigo Records.

Aunque sin duda, lo más gracioso del artículo eran los comentarios del propio Ozzy a propósito de los resultados del test, como cuando le descubrieron un parentesco con los habitantes de Pompeya que quedaron sepultados por la erupción del Vesuvio en el año 79: “Si alguno de los Osbourne romanos bebía tanto como yo, ni siquiera habría sentido la lava”, decía.

El análisis de sus genes supuestamente atribuía su capacidad de sobrevivir al trasiego de cuatro botellas de coñac diarias (entre otros hábitos escasamente aconsejables) a una variante hiperactiva de la alcohol deshidrogenasa 4 (ADH4), una enzima metabólica encargada de procesar el alcohol. Digo supuestamente porque, hasta donde sé, el estudio jamás llegó a publicarse; ignoro por qué motivo, pero esto es de lo más irregular, ya que la ciencia solo es ciencia cuando otros científicos tienen la oportunidad de certificarla como tal (aunque a veces fallen estrepitosamente, como en el estudio que conté ayer).

El primer vocalista de Black Sabbath y padrino del heavy metal, que el día 3 de este mes ha cumplido 69, representa ese estilo de vida autodestructivo tan frecuentemente asociado a las estrellas del rock. Aunque en su caso, parece que no lograría autodestruirse ni aunque se tragara el mecanismo de autodestrucción de la nave Nostromo.

Ozzy Osbourne durante el último concierto de Black Sabbath hasta hoy, en febrero de 2017 en Birmingham. Imagen de Wikipedia / Egghead06.

Ozzy Osbourne durante el último concierto de Black Sabbath hasta hoy, en febrero de 2017 en Birmingham. Imagen de Wikipedia / Egghead06.

Sobre esto del sexo, drogas y rock & roll en los músicos y en sus seguidores, tengo en la recámara un par de estudios interesantes que les traeré otro día. Pero hoy vengo a contarles una curiosidad, un estudio que por primera vez analiza en profundidad las letras de un solo grupo de largo recorrido considerado uno de los más influyentes en la historia del heavy metal, y que lógicamente no es otro que Black Sabbath. Los autores trataban de responder a una pregunta: ¿es cierto el tópico de que las canciones de Black Sabbath incitan al consumo de drogas?

La motivación del estudio se remonta a 1985, año en que se formó en EEUU el llamado Parents Music Resource Center (Centro de Recurso de Música para Padres), un comité fundado por cuatro esposas de políticos de Washington que nació con el ánimo de censurar la música con contenidos (para ellas) ofensivos. Al parecer, la idea partió de una de sus fundadoras, Tipper Gore, mujer de Al Gore, que un día descubrió a su hija escuchando Darling Nikki de Prince, un tema con explícitas referencias a la masturbación.

Tipper Gore, promotora y confundadora del Parents Music Resource Center, en 1985. Imagen de Wikipedia / PD-USGov.

Tipper Gore, promotora y confundadora del Parents Music Resource Center, en 1985. Imagen de Wikipedia / PD-USGov.

Ante el descubrimiento de aquella verdad incómoda, la señora Gore decidió hacer todo lo que estuviera en su mano por borrarla del mapa; por ejemplo, poner toda la industria de la música patas arriba. Las fundadoras del PMRC pretendían retirar todos los discos peligrosos de la vista del público en las tiendas y de la difusión por radio y televisión, e incluso que las discográficas reconsideraran los contratos con los músicos (ir)responsables. Y como tenían maridos poderosos, lograron que su pretensión llegara al Senado de EEUU.

Como no podía ser de otra manera, una buena parte de las sesiones del comité en el Senado estuvo dedicada al heavy metal; nueve de las canciones seleccionadas por el PMRC como las “quince sucias” (The Filthy Fifteen) eran temas de grupos heavy (curiosamente, ni uno solo punk; probablemente los miembros del PMRC no se habían molestado en escucharlos, tal vez porque pensaban que sus hijos jamás caerían tan bajo, aunque más tarde Jello Biafra de los Dead Kennedys se convertiría en una de las figuras más perseguidas por esta censura). El profesor de música Joe Stuessy, de la Universidad de Texas en San Antonio, declaró lo siguiente a propósito del heavy metal:

Contiene el elemento de odio, una maldad de espíritu. Sus temas principales son, como ustedes ya han escuchado, violencia extrema, rebelión extrema, abuso de sustancias, promiscuidad sexual y perversión y satanismo. Personalmente no conozco otra forma de música popular hasta ahora que haya tenido como uno de sus elementos centrales el elemento del odio.

Y añadía, al más puro estilo de Texas:

Espero que este comité encuentre una manera de enviar un mensaje a la industria: limpiad vuestra casa, o nosotros lo haremos por vosotros.

Versión actual de la etiqueta de advertencia en los discos en EEUU. Imagen de Wikipedia / RIAA.

Versión actual de la etiqueta de advertencia en los discos en EEUU. Imagen de Wikipedia / RIAA.

Al final todo quedó en esa famosa pegatina negra y blanca con la leyenda “Parental Advisory: Explicit Lyrics que se convirtió casi en una decoración estándar de los discos en EEUU, pero que también hizo a grandes cadenas de distribución abstenerse de vender la música así etiquetada. Por otra parte, el PMRC recibió la amplia condena del mundo musical en bloque. Las señoras se quedaron con dos palmos de narices cuando incluso el cantante folk John Denver (coautor e intérprete de la gran Take Me Home, Country Roads), cuyo apoyo esperaban, declaró en el Senado que era “enérgicamente contrario a la censura de cualquier clase en nuestra sociedad o en cualquier otro lugar del mundo”. En cierto modo al PMRC le salió el tiro por la culata, ya que algunos músicos insinuaban que la pegatina aumentaba sus ventas.

Uno de los aspectos en los que el comité más insistió es en que las letras del heavy metal incitan al consumo de drogas, y según Stuessy, los mensajes se repetían hasta 30 o 40 veces en la misma canción. Así que el año pasado Kevin Conway, del Instituto Nacional de Abuso de Drogas de EEUU, y Patrick McGrain, de la Universidad Gwynedd Mercy del mismo país, decidieron destripar el contenido de todas las canciones de Black Sabbath grabadas en estudio de 1970 a 2013, un total de 156 temas en 19 álbumes, para entresacar todas las referencias a las drogas, directas o indirectas, explícitas o implícitas, y analizar su valencia (positiva o negativa; digamos, buen o mal rollo).

Black Sabbath en Brasil en 2013, durante la gira de su último álbum '13'. Imagen de Wikipedia / Robson Batista.

Black Sabbath en Brasil en 2013, durante la gira de su último álbum ’13’. Imagen de Wikipedia / Robson Batista.

Los resultados sorprenderán incluso a algunos fans de la banda: solo el 13% de las canciones de Black Sabbath contienen algún tipo de alusión a las drogas, y de estas, en el 60% de los casos las referencias son “abrumadoramente negativas, un patrón que aumentó con el tiempo”, escriben los autores. En cambio, un dato que no sorprenderá es que todos los temas que hablan de drogas excepto uno fueron cantados por ningún otro que Ozzy, y compuestos por el bajista y letrista Geezer Butler. Los autores concluyen:

Nuestros resultados no apoyan la idea de que Black Sabbath glorifica o alienta al uso de sustancias, una denuncia a veces esgrimida contra la música heavy metal. Por el contrario, las letras de las canciones en su conjunto tejen un relato de advertencia sobre cómo el uso persistente de sustancias puede secuestrar la voluntad, convertirse en el foco dominante del individuo afectado y producir una miríada de formas de miseria humana.

En varias declaraciones, los componentes de Black Sabbath han coincidido en que fueron las drogas lo que destrozó el grupo en su primera etapa, y lo que llevó al despido de Ozzy. En enero de 2016, Butler declaraba a Rolling Stone que lleva tres años limpio de alcohol y drogas. Por su parte, el hombre que llegó a arrancar de un mordisco la cabeza de un murciélago en directo recayó en el alcohol y las drogas sin conocimiento del resto del grupo mientras grababan en 2013 su (hasta hoy) último álbum, 13. Tres años antes y a propósito del test genético, y a pesar de los resultados del test genético, los investigadores de la compañía de análisis genómico habían identificado lo que en realidad le ha mantenido vivo hasta hoy: su mujer, Sharon.

¿Y qué fue de Tipper Gore?, tal vez se pregunten. Ya que me tiran de la lengua… En 2010 se separó de su marido, el exvicepresidente de EEUU y campeón medioambiental Al Gore. Sus tres hijas también han fracasado en sus matrimonios. Una de ellas, Kristin, está actualmente casada con el cantante y guitarrista de Ok Go, ese grupo que graba unos vídeos increíblemente elaborados… y que en su tema You’re A Fucking Nerd And No One Likes You repite 34 veces la palabra “fuck“. En cuanto al benjamín de la familia y único chico, Al Gore III, ha sido detenido varias veces por posesión de drogas y por conducir borracho a 160 km/h… eso sí, en un coche híbrido.

Científicos chinos dicen que el heavy metal daña el cerebro (pero sus datos no)

Géneros musicales como el punk y el metal arrastran tradicionalmente un sambenito de asociación con la violencia y con vidas, digamos, deconstruidas. En nuestras sociedades occidentales de hoy ya no suele estigmatizarse a nadie por este motivo (y quien piense que sí, probablemente no conoció la España de los 80). Pero esta asociación persiste en forma de sesgo.

Metalheads. Imagen de Flickr / Staffan Vilcans / CC.

Metalheads. Imagen de Flickr / Staffan Vilcans / CC.

Este es un ejemplo que una vez me contó un psicólogo (no he sido capaz de encontrar la fuente original, si es que existe): “¿te cuento un chiste?”, le decimos a alguien. “El gobierno va a encarcelar a todos los homosexuales, los negros y los fisioterapeutas”. Es muy probable que la respuesta de quien escucha sea: “¿y por qué a los fisioterapeutas?”.

Esto no implica en absoluto que la persona que responde así sea racista u homófoba, ni que sea favorable al encarcelamiento de nadie por su condición; es posible que una persona de color o gay también respondan de la misma manera. Simplemente, quien responde esto espera que la gracia del falso chiste-trampa esté en explicar qué tienen en común los fisioterapeutas con los otros dos grupos. Inconscientemente, la mente establece una división en dos categorías, las personas que pueden ser estigmatizables, negros y homosexuales, y quienes no, fisioterapeutas.

No es difícil encontrar ejemplos de este tipo en la prensa cuando se trata de sucesos violentos; hay datos sobre sus protagonistas que tienden a aparecer, y no así otros, porque se considera que los primeros pueden tener relación con las causas del suceso:

“¡AJÁ, ASÍ QUE LE GUSTABA EL HEAVY METAL!”

O bien:

“¡AJÁ, ASÍ QUE LE GUSTABA EL PUNK!”

Por el contrario, esto no ocurre:

“¡AJÁ, ASÍ QUE LE GUSTABA PINTAR SOLDADITOS DE PLOMO!”

Ni, ciñéndonos a la música, esto:

“¡AJÁ, ASÍ QUE LE GUSTABA JUSTIN BIEBER!”

Imagen de Wikipedia / Robin Krahl.

Imagen de Wikipedia / Robin Krahl.

Sesgo es precisamente lo que he encontrado en un estudio publicado en septiembre en la revista NeuroReport por investigadores de la Universidad Normal de Liaoning, en China. El título viene a decir lo siguiente: “Conectividad funcional alterada en estado de reposo en la red neuronal por defecto y en la red sensorimotora en los amantes de la música heavy metal”.

Traducido, el título sugiere que los amantes del heavy metal tienen un mapa de conexiones cerebrales funcionales y una actividad en reposo diferentes a otras personas; en concreto, a los amantes de la música clásica, el grupo utilizado como control. La red neuronal por defecto citada en el título es un conjunto de regiones del cerebro que permanecen activas espontáneamente cuando no estamos haciendo nada en particular; se activa cuando divagamos, y se apaga cuando realizamos una tarea. En cuanto a la red sensorimotora, es el conjunto de conexiones cerebrales encargadas de vincular nuestros movimientos con la información que recibimos a través de los sentidos corporales.

Resumiendo, el estudio trata de analizar si el cerebro de los amantes del heavy metal (para no repetirlo, utilizaré HMML de Heavy Metal Music Lovers, como hacen los autores) es diferente al de los amantes de la música clásica (CML). Y por lo que apuntan en la introducción, parece que es así: los HMML, dicen los autores, tienen una mayor actividad en tres regiones concretas, menor en una cuarta, y algunas diferencias en la conectividad entre ciertas áreas.

Todo esto en sí no es ni bueno ni malo. Una miríada de estudios emplean el mismo método, introducir a un grupo de personas (una a una, claro) en un escáner de resonancia magnética funcional (fMRI), decirlas que no piensen en nada, medir su actividad cerebral en reposo y buscar las diferencias entre participantes agrupados por una característica concreta, ya sea un trastorno o no; por ejemplo, se han hecho estudios de este tipo comparando el cerebro de atletas y de quienes no lo son, o incluso de hombres y mujeres. Sin ningún ánimo de desmerecer estos trabajos, son estudios fáciles, fast food científico; basta disponer del aparato, pensar en dos grupos de personas con alguna diferencia, hacerles la prueba, meter los datos en el software que se encarga de hacer los cálculos y las comparaciones, y muy probablemente saldrá algo que pueda publicarse.

Amon Amarth en 2016. Imagen de Wikipedia / Sven Mandel.

Amon Amarth en 2016. Imagen de Wikipedia / Sven Mandel.

Pero hay algo ya en el título del estudio que me llama la atención, y es el motivo por el que sigo leyendo: el uso del término “alterada”. Cuando se hace un estudio de este u otro tipo en un grupo de pacientes enfermos en comparación con controles sanos, parece comprensible hablar de alteraciones, ya que existe un trastorno. Sin embargo, si se compara el patrón de fMRI en reposo de atletas y no atletas, o de hombres y mujeres, no se habla de “alteraciones”, sino de “diferencias”. ¿Imaginan que un estudio dijera que las mujeres tienen “alteraciones” en sus patrones cerebrales con respecto a los hombres? Es más: repasando otros estudios, incluso he encontrado que muchos autores hablan simplemente de “diferencias” también cuando estudian trastornos como la esclerosis múltiple, la depresión o el síndrome de colon irritable.

El hecho de que los autores del estudio hablen de “alteraciones” en el cerebro de los HMML revela un evidente sesgo. Pero la alarma sube de tono cuando leo el abstract (introducción-resumen) y me encuentro lo siguiente: “los resultados pueden explicar parcialmente los trastornos cognitivos emocionales y de conducta en los HMML comparados con los CML, y son consistentes con nuestras predicciones”.

¡¿Cómo?!

¿Quién ha dicho que los amantes del heavy metal estén trastornados?

Por suerte, y al contrario de lo que ocurre en el periodismo, donde eso de la confidencialidad de las fuentes da carta blanca para publicar cualquier dato sin demostrarlo, en ciencia toda afirmación debe ir sustentada: si uno menciona en un estudio que la naranja tiene mucha vitamina C, al final de la frase hay que poner un numerito que le lleva a uno a una lista de referencias, donde se cita un estudio previo en el que unos tipos han medido el contenido en vitamina C de las naranjas.

Así que me voy al texto, y encuentro en primer lugar esta afirmación: “el estilo musical del heavy metal muestra efectos negativos relacionados con el estrés, incluyendo trastornos del sueño, fatiga y ansiedad [2, 3]”. Busco entonces la bibliografía al final del estudio, y compruebo las referencias 2 y 3. ¿Qué dicen estos dos estudios?

Pues en resumen, absolutamente nada que tenga que ver con lo que los autores afirman. Uno de ellos, publicado en 2013 en la revista Computers in Human Behavior, se titula: “Mozart o Metallica, ¿quién te hace más atractivo? Un test de música, género, personalidad y atractivo en el ciberespacio”. Y trata exactamente sobre lo que el título resume, con una curiosa conclusión: “los participantes masculinos perciben como más atractiva a una mujer con música clásica de fondo en su web, mientras que las participantes femeninas consideran más atractivo a un hombre con heavy metal de fondo en su web”. Discutible, pero en fin, no nos desviemos.

El segundo estudio es más estrambótico. Publicado en 2014 por un grupo de investigadores brasileños en la revista turca Archives of the Turkish Society of Cardiology, analiza las variaciones en el ritmo cardíaco en un grupo de hombres cuando escuchan música clásica barroca o heavy metal. Y los resultados explican por qué los autores han tenido que recorrer medio mundo para conseguir colar su estudio en algún sitio: “la estimulación musical auditiva de diferentes intensidades no influye en la regulación del ritmo cardíaco en los hombres”. Es decir, que nada de nada; al músculo cardíaco le da exactamente igual Pachelbel que Gamma Ray.

Vuelvo entonces al estudio chino, y sigo leyendo. Yan Sun y sus colaboradores vuelven a la carga, y no se lo pierdan: “entender los mecanismos neurales de los HMML puede ayudarnos a desarrollar un desarrollo saludable de un plan de personalidad para los HMML”. Sí, sí, no se fijen siquiera en la desastrosa redacción; ¿un plan saludable de personalidad para los amantes del heavy? Pero esperen, que sigue: “escuchar música heavy metal a largo plazo conduce a trastornos cognitivos de conducta y emocionales [3-5]”.

Vamos a ello. ¿Qué dicen estas referencias? La 3 era la de la revista turca, así que continuamos con las 4 y 5. Y les va a sorprender, porque estos dos estudios ¡dicen precisamente todo lo contrario de lo que defienden los autores!

Descubro que uno de los estudios es un viejo conocido, porque en su día ya lo conté aquí. Lo publicaron en 2015 las psicólogas australianas Leah Sharman y Genevieve Dingle en la revista Frontiers in Human Neuroscience. Mediante tests y parámetros biológicos en un grupo de voluntarios, las dos investigadoras ponían a prueba la hipótesis de si “la música extrema produce furia”. Y esto es lo que concluían: “los resultados indican que la música extrema no ponía furiosos a los participantes; más bien parecía encajar con su estado fisiológico y resultar en un aumento de las emociones positivas. Escuchar música extrema puede representar una manera saludable de procesar la furia para estos oyentes”. O dicho de otro modo, que géneros musicales como el punk o el metal son beneficiosos para la salud emocional de sus fans, como titulé en su momento.

Lars Ulrich, batería de Metallica, en 2008 en Londres. Imagen de Wikipedia / Kreepin Deth.

Lars Ulrich, batería de Metallica, en 2008 en Londres. Imagen de Wikipedia / Kreepin Deth.

El último cartucho que les queda a Yan Sun y sus colaboradores para tratar de justificar esas afirmaciones sobre los supuestos efectos nocivos del heavy metal es un estudio publicado en la revista Self and Identity por un grupo de investigadores de la Humboldt State University de California. Los autores se preguntaron qué había sido de los metalheads de los 80, y para ello reclutaron por Facebook a 377 músicos, fans y groupies de aquella época, a los que sometieron a una encuesta para conocer sus circunstancias actuales. Como grupos de control, utilizaron adultos de la misma generación que no eran –en términos de Yan Sun– HMML, y a jóvenes universitarios actuales.

Los resultados son demoledores para la pretensión del estudio chino: citando a los Who, los chicos están bien: “hoy, estos metalheads de mediana edad son de clase media, se ganan la vida, están relativamente bien formados y recuerdan con añoranza los tiempos salvajes de los 80″, escriben los investigadores. “Fueron significativamente más felices en su juventud y están mejor ajustados actualmente que los grupos de comparación de mediana edad o de edad universitaria”.

Naturalmente, una limitación del estudio es que a quienes no les fue tan bien ya no están aquí para contarlo, o tal vez no estén en Facebook. Pero una observación de los autores resulta especialmente reveladora, y es que según las encuestas, muchos de aquellos metalheads de los 80 atravesaron existencias problemáticas y estuvieron expuestos a conductas de riesgo; y lo superaron no a pesar del metal, sino gracias a él: “las culturas de estilo extremo pueden atraer a jóvenes con problemas que pueden implicarse en conductas de riesgo, pero también pueden ejercer una función protectora como fuente de pertenencia y conexión para jóvenes que buscan consolidar el desarrollo de su identidad”, reflexionan los autores.

Por supuesto, también en China hay heavy metal. Tang Dynasty en 2004. Imagen de Wikipedia / Paul Louis.

Por supuesto, también en China hay heavy metal. Tang Dynasty en 2004. Imagen de Wikipedia / Paul Louis.

Para terminar, vayamos al resumen de todo esto: incluso si los investigadores chinos presentan diferencias entre el cerebro de los HMML y los CML (los datos muestran diferencias, pero para rematar el desastre, las imágenes de fMRI anotadas con código de color están en blanco y negro en el PDF publicado por la revista; esto sin contar que la muestra es pequeña y que un valor p de 0,05 se considera cada vez menos estadísticamente significativo), no pueden concluir nada de ellas, por una razón.

He repetido mil veces aquí que correlación no significa causalidad. Pero aquí tenemos un caso particular de este problema especialmente interesante. Los neurocientíficos expertos en imagen hablan de la falacia de la inferencia inversa; consiste en que a partir de un estado puede observarse qué regiones del cerebro se activan, pero a partir de la activación de regiones cerebrales no puede inferirse un estado tan fácilmente; el razonamiento no funciona lo mismo hacia atrás que hacia delante. Aunque este tipo de asociaciones son frecuentes en los estudios de fMRI, los expertos advierten de que hacer inferencias inversas válidas es enormemente complicado y requiere unas ciertas condiciones adicionales, incluyendo información de contexto ajena al propio estudio; es decir, una teoría previa validada en la cual los resultados encajen.

El estudio de Yan Sun y sus colaboradores está sembrado de afirmaciones que vinculan alegremente las diferencias particulares observadas en los HMML con “comportamientos impulsivos e hiperactividad”, “menor capacidad de control cognitivo”, “trastornos del sueño, tristeza y fatiga”, “comportamientos de riesgo” o “inclinación a emprender acciones provocadoras para resolver la hostilidad y el antagonismo”. Pero lo único que los autores han hecho es un estudio de neuroimagen; ni siquiera les han preguntado a los voluntarios otra cosa que no sea el tipo de música que les gusta, ni mucho menos han realizado ninguna encuesta ni test con ellos. Así que ¿dónde está la teoría que demuestra estas conductas de los amantes del heavy metal?

Desde luego, tampoco está en las referencias que aportan. Donde sí está es en la propia fantasía de los autores: “los resultados son consistentes con nuestras predicciones”. Es decir, yo me invento que los metalheads son una panda de taraos, y luego con mis pinturas del cerebro justifico por qué son una panda de taraos. Bien por Yan Sun y compañía. O mejor, \m/.

Por si quieren seguir dañándose el cerebro, aquí les dejo una propina. Esto ocurrió el mes pasado en La Riviera (Madrid), donde una horda de impulsivos trastornados emocionales con escaso control cognitivo, tristeza y tendencias provocadoras hostiles nos reunimos para dar la bienvenida a Blackie Lawless y sus W.A.S.P. en el 25º aniversario de esa joya (para tarados) llamada The Crimson Idol. Disculpen la penosa calidad, mi móvil es de esos que en los comentarios de Amazon suelen aparecer como “se lo regalé a mi madre”.

¿Hay relación entre violencia y ciertos tipos de música?

Mi afición a la música y mi trabajo en esto de la información científica me llevan a curiosear en todo aquello que los estudios tienen que decir sobre el fenómeno musical. Uno de los avances más interesantes del conocimiento en las últimas décadas es el encuentro entre ciencias y humanidades, tradicionalmente separadas por esa frontera artificial y artificiosa del ser de letras o de ciencias. Fíjense en las tertulias radio/televisivas: ¿verdad que en alguna ocasión han escuchado a alguno de sus participantes decir “yo no sé nada de ciencia?” ¿Y alguna vez han escuchado a uno de sus participantes decir “yo no sé nada de historia/arte/literatura/música/filosofía”?

Hoy cada vez es más habitual encontrar estudios firmados al unísono por filólogos y científicos computacionales, historiadores y químicos, o arqueólogos y físicos, porque las ciencias experimentales están aportando enfoques y técnicas que permiten profundizar en las investigaciones humanísticas de una forma antes inaccesible. La frontera se ha derribado; hoy el conocimiento es multidisciplinar. Ya no es posible saber mucho sin saber algo de ciencia. Y por cierto, este es precisamente el motivo que da a este blog el título de Ciencias Mixtas.

El grupo de Black Metal Gorgoroth, cuyo exlíder Gaahl (en el centro) fue encarcelado dos veces por agresión y ha alentado a la quema de iglesias. Imagen de Wikipedia / Alina Sofia.

El grupo de Black Metal Gorgoroth, cuyo exlíder Gaahl (en el centro) fue encarcelado dos veces por agresión y ha alentado a la quema de iglesias. Imagen de Wikipedia / Alina Sofia.

En lo referente a la música, tengo amplias tragaderas. Digamos que desde Mozart a System of a Down, me cabe mucho (aunque desde luego no todo, ni muchísimo menos). Pero como he contado aquí regularmente y sabrá cualquier visitante asiduo de este blog, tengo una especial preferencia por ciertos estilos de música que convencionalmente suelen considerarse extremos, como el punk o el metal. Mis raíces estuvieron en lo primero, y lo segundo me lo aportó la otra mitad con la que comparto mi vida desde hace ya décadas.

De hecho, creo que mi caso no es nada original: en el mundo de la ciencia es frecuente encontrar gustos parecidos, y algunos científicos han llegado incluso a triunfar en estos géneros musicales; aquí conté tres casos, los de Greg Graffin (Bad Religion), Dexter Holland (The Offspring) y Milo Aukerman (Descendents). Sí, sí, también está Brian May (Queen), pero ya en otro estilo musical, alejado de los extremos y mucho más mayoritario.

El líder de Bad Religion, Greg Graffin (en el centro), es doctor en biología evolutiva. Imagen de Wikipedia / Cecil.

El líder de Bad Religion, Greg Graffin (en el centro), es doctor en biología evolutiva. Imagen de Wikipedia / Cecil.

Respecto a esta relación entre ciencia y punk (que es bastante profunda), lo que era solo mi impresión personal quedó curiosamente refrendado por un estudio que conté aquí hace algo más de un par de años, y que descubría una asociación entre los perfiles de personalidad más analíticos y el gusto por géneros musicales como el hard rock, el punk o el heavy metal; y dentro de otros géneros menos extremos, con sus versiones más duras; por ejemplo, John Coltrane y otros intérpretes de jazz de tendencia más vanguardista.

Y sin embargo, suele circular perennemente esa idea que asocia este tipo de géneros, digamos, no aptos para el hilo musical del dentista, con tendencias violentas y criminales, delincuencia, conductas antisociales y vidas desestructuradas.

No vamos a negar que el rock en general tiene su cuota de existencias problemáticas. Pero si hay adolescentes que se suicidan después de escuchar a Judas Priest, a My Chemical Romance o a Ozzy Osbourne (o a Iggy Pop, como hizo Ian Curtis de Joy Division), o desequilibrados que matan inspirándose en Slayer o en Slipknot, en ninguno de estos casos pudo sostenerse responsabilidad alguna de la música o de sus creadores. Si existe un desequilibrio ya prexistente, puede buscar un molde en el que encajarse. Y esos moldes pueden ser muy diversos: el asesino de John Lennon, Mark Chapman, que venía tarado de casa, encontró su misión precisamente en la música del propio Lennon.

Slipknot. Imagen de Wikipedia / Krash44.

Slipknot. Imagen de Wikipedia / Krash44.

Un caso particular es el del Black Metal, asociado a cultos satánicos y en algunos casos a grupos neonazis. En los años 90 esta corriente acumuló en Noruega, su cuna de origen, un macabro historial de suicidios, asesinatos, torturas y quema de iglesias; no por parte de los fans, sino de los propios músicos. Pero es evidente que la inmensa mayoría de la comunidad del Black Metal, músicos y fans, no ha hecho daño a una mosca ni piensa hacerlo, por mucho que alguno de sus líderes les anime a ello. No hay más que darse una vuelta por los comentarios de los foros para comprobar que los fans condenan la peligrosa estupidez de algunos de estos personajes, quienes simplemente han encontrado un outlet a su perversidad; parece concebible que, para quien ya viene malo de fábrica, el Black Metal tenga más glamour que la jardinería o el macramé.

Indudablemente, para algunos fans el Black Metal será solo música. Y quien piense que no es posible admirar la creación sin admirar a su creador, debería abstenerse de disfrutar de las obras de los antisemitas Degas, Renoir o T. S. Eliot, los racistas Lovecraft y Patricia Highsmith, el fascista Céline, los pedófilos Gauguin y Flaubert, el machista Picasso, el maltratador y homófobo Norman Mailer, el incestuoso Byron o incluso la madre negligente y cruel Enid Blyton (autora de Los cinco). Y por supuesto, jamás escuchar a Wagner, el antisemita favorito de Hitler. Esto, solo por citar algunos casos; con demasiada frecuencia, una gran obra no esconde detrás a una gran persona.

Una seguidora del Black Metal. Imagen de Flickr / Robert Bejil / CC.

Una seguidora del Black Metal. Imagen de Flickr / Robert Bejil / CC.

También sin duda, habrá en la comunidad del Black Metal quienes se sumerjan en ese culto sectario (no puedo evitar que me venga a la memoria aquel momento genial de El día de la bestia de Álex de la Iglesia, cuando Álex Angulo le pregunta a Santiago Segura: “tú eres satánico, ¿verdad?”. Y él responde: “Sí, señor. Y de Carabanchel”). Pero nos guste o no el oscurantismo malvado, mientras mantengan a Hitler y a Satán dentro de sus cabezas, y sus cabezas dentro de la ley, quienes defendemos la luz de la razón rechazamos el delito de pensamiento. Y no olvidemos: ¿cuántos crímenes se han perpetrado enarbolando la Biblia? Culpar a la música es como culpar a la religión musulmana en general de las atrocidades cometidas en su nombre (sí, algunos lo hacen).

Pero en fin, en realidad yo no venía a hablarles del Black Metal, aunque por lo que he podido ver, o más bien por lo que no he podido ver, sobre este género aún hay mucho campo para la investigación; abundan los estudios culturales, antropológicos y etnográficos, pero parece que aún faltan algo de psicología experimental y de sociología cuantitativa que sí se han aplicado a otros géneros.

A lo que iba: últimamente he reunido algún que otro estudio científico-musical que creo merece la pena comentar. Uno de ellos habla sobre esto de los presuntos comportamientos alterados y antisociales en los seguidores del heavy metal. ¿Quieren saber lo que dice? El próximo día se lo cuento. No se lo pierdan, que hay miga.

¿Le gustan el heavy metal o el punk? Dicen que es usted analítico

Nadie tiene que descubrirnos el hecho de que los gustos musicales están relacionados con aspectos de nuestra personalidad. Asociamos músicas a generaciones, tipos sociales, ideologías, niveles económicos… Difícilmente imaginamos a Michael Nyman sonando en una prisión, como tampoco esperaríamos encontrarnos a Lord Everett Wingham Honeycott-Lancaster, si existiera, bailando Los coches de choque de Los Desgraciaus. Decía Woody Allen que escuchando a Wagner le entraban ganas de invadir Polonia. Sin embargo, podríamos llegar a sorprendernos. Si, como dicen, Lady Gaga es fan del heavy metal, ¿por qué entonces hace lo ¡¡&%$&#@!! que hace?

James Hetfield (Metallica). Imagen de Mark Wainwright / Wikipedia.

James Hetfield (Metallica). Imagen de Mark Wainwright / Wikipedia.

Otra cosa es que sepamos en qué consiste y cómo se articula esa relación entre personalidad y música, o por qué algunos estilos nos elevan por la escalera hacia el cielo mientras que otros nos desatan la repulsa desde la fibra más honda de nuestro ser. O por qué hay quienes valoran más el mérito en la composición y/o en la interpretación que la capacidad sensorial, sensual o visceral de la música, o viceversa. O si sentimos más la música en el cerebro o en las caderas. O hasta qué punto nuestras preferencias vienen condicionadas por lo que sonaba en casa, una derivación más del viejísimo debate que en biología se conoce como Nature versus Nurture, o genética contra ambiente.

Los psicólogos hablan de cinco principales factores de personalidad a los que denominan The Big Five: apertura, extroversión, responsabilidad, amabilidad e inestabilidad emocional. Algunos estudios han tratado de vincular estas grandes dimensiones con los gustos musicales, entresacando ciertos patrones. Ahora, el saxofonista de jazz e investigador de la Universidad de Cambridge (Reino Unido) David Greenberg ha estudiado una relación interesante, la de los estilos musicales con la dicotomía emocional/intelectual.

Para ello, Greenberg ha empleado el modelo desarrollado por Simon Baron-Cohen (sí, a mí también me intrigaba, y al parecer son primos) llamado teoría de empatización-sistematización (E-S). Según Baron-Cohen, los individuos nos situamos en un punto de la escala entre dos extremos, el empatizador, que identifica y responde a las emociones de otros, y el sistematizador, que analiza reglas y patrones. Siguiendo este modelo, los psicólogos emplean cuestionarios para determinar si una persona es empatizadora, sistematizadora o equilibrada entre ambos extremos.

Como muestra de estudio, Greenberg reunió a 4.000 usuarios de la app myPersonality de Facebook, sometiéndolos a diferentes tests para definir su perfil y sus preferencias musicales. Los resultados muestran que los más empáticos prefieren música más blanda, incluyendo estilos como el country, folk, cantautores, rock suave, pop, jazz, Rythm&Blues/Soul, música electrónica contemporánea o ritmos latinos, mientras que los sistemáticos se decantan por los estilos más intensos, como el punk, el hard rock o el heavy metal. De hecho, concluye Greenberg, “el estilo cognitivo [de un individuo] –si es fuerte en empatía o fuerte en sistemas– puede predecir mejor su preferencia musical que su personalidad”.

“Los individuos de tipo E [más empáticos] prefirieron música caracterizada por una baja agitación (atributos de suavidad, calidez y sensualidad), valencia negativa (depresión y tristeza) y profundidad emocional (poética, relajante y amable), mientras que los tipo S [más sistemáticos] prefirieron música de alta excitación (fuerte, tensa y excitante) y aspectos de valencia positiva (animación) y profundidad cerebral (complejidad)”, escriben los investigadores en su estudio, publicado en PLOS One.

Para definir con más precisión los rasgos musicales que más atraen a cada uno de los dos tipos, los investigadores también estudiaron las preferencias dentro un mismo género concreto. De este modo pretendían evitar una posible contaminación por factores personales o culturales, además de huir del convencionalismo de las “etiquetas artificiales desarrolladas a lo largo de décadas por la industria discográfica, y que contienen definiciones ilusorias y connotaciones sociales”. Dicho de otra manera: la etiqueta “rock” es aplicable a estilos tan diferentes como los de Billy Joel o Guns N’ Roses. Incluso en la música clásica, la pasión impura de Tchaikovsky o la grandilocuencia de Wagner están muy alejadas, por ejemplo, del mecanicismo aséptico del barroco.

Así, Greenberg y sus colaboradores han comprobado que, por ejemplo en el caso del jazz, los empáticos prefieren el más suave y dulce, en la línea de Louis Armstrong o del swing de los años 30 y 40, mientras que los sistemáticos se decantan por el más complejo y vanguardista al estilo de John Coltrane. Las conclusiones de Greenberg traen a la memoria casos que conocemos en la cultura popular: el personaje de Hannibal Lechter, un tipo S patológico, se deleitaba escuchando las Variaciones Goldberg de Bach.

El estudio tiene dos posibles aplicaciones prácticas. Por un lado, según Greenberg, “se invierte un montón de dinero en algoritmos para elegir qué música puede apetecerte escuchar, por ejemplo en Spotify y Apple Music. Sabiendo el estilo de pensamiento de un individuo, en el futuro estos servicios podrían ser capaces de refinar sus recomendaciones musicales para cada uno”. Pero más allá de la industria musical, Greenberg augura una posible utilidad de sus investigaciones en el campo del autismo. De hecho, esta es la especialización de Baron-Cohen (Simon, no Sacha), que también ha participado en el estudio y que enfoca este conjunto de trastornos dentro del modelo E-S, por las habituales dificultades de las personas con autismo para empatizar.

Les dejo aquí dos vídeos de sendos grandes temas que Greenberg y sus colaboradores sugieren como modelos: para los más empáticos, Crazy little thing called love, de Queen; y para los más sistemáticos, Enter Sandman, de Metallica.


Noticia fresca: el heavy metal y el punk son buenos para nuestra salud emocional

Lo hemos visto y escuchado mil veces: en las películas de acción, el psicópata viaja en una destartalada furgoneta en la que suenan heavy metal o punk, mientras que los buenos escuchan pegadizos éxitos poperos. La música fuerte, el rock duro en todas sus variaciones, potencia nuestras ganas de pisar cabezas y atropellar ancianas, convirtiéndonos en potenciales delincuentes, si es que previamente aún no existía una ficha policial a nuestro nombre.

Paul Simonon destroza su bajo contra el escenario en la portada del álbum de The Clash 'London Calling'. Imagen de Epic Records.

Paul Simonon destroza su bajo contra el escenario en la portada del álbum de The Clash ‘London Calling’. Imagen de Epic Records.

Sin embargo, los que practicamos este culto casi desde nuestra tierna infancia sabemos que no es así; ni las letras provocadoras e incluso agresivas, ni los guitarrazos contundentes –ya sean rasgando las cuerdas o incluso en el sentido más literal, estrellándola contra la tarima del escenario– sacan de nosotros ningún ánimo socialmente nocivo; como me contaba Milo Aukerman, vocalista de Descendents, con ocasión de un reportaje sobre ciencia y punk, lo que provoca la música visceral es “euforia pura”, una capacidad de “inspirar y excitar”.

Ahora, un nuevo estudio viene a darnos la razón. Dos investigadoras australianas han descrito que tanto el punk como el heavy metal u otros estilos de lo que llaman “música extrema”, como el hardcore, emo, death metal o screamo, “resultan en un aumento de las emociones positivas” y ofrecen “una manera saludable de procesar la furia” para quienes disfrutamos de ellos, según escriben en su estudio, publicado en la revista Frontiers in Human Neuroscience.

Leah Sharman y Genevieve Dingle, de la Facultad de Psicología de la Universidad de Queensland, en Brisbane, reclutaron a 39 voluntarios aficionados a estilos de “música extrema” de entre 18 y 34 años. En primer lugar, les pidieron que durante 16 minutos rememorasen experiencias personales desagradables que les causaran furia o estrés. Después de este período de estimulación, debían escuchar música elegida por ellos durante diez minutos, o bien permanecer en silencio durante el mismo período. Las investigadoras monitorizaron el ritmo cardíaco de los participantes y al final del experimento los sometieron a un test estandarizado de emociones positivas y negativas.

Las psicólogas comprobaron que la música amansa a la fiera que llevamos dentro. El recuerdo de las experiencias dolorosas elevaba el ritmo cardíaco, que se mantenía alto mientras los participantes escuchaban música que expresaba su estado de ánimo. “La mitad de las canciones elegidas contenían temas de furia o agresión, mientras que el resto contenían temas como, aunque no limitados a, aislamiento y tristeza”, cuenta Sharman en una nota de prensa. Pero el estado final después del proceso era de calma y sentimientos constructivos: “la música regulaba la tristeza y potenciaba las emociones positivas”, dice la psicóloga. “Los participantes manifestaron que utilizan la música para potenciar su felicidad, sumergirse en sentimientos de amor y fomentar su bienestar”. Así, la música ejerce una función “autorreguladora” más beneficiosa que el silencio.

Lo más destacable del estudio es tal vez que las investigadoras encuentren ese factor de inspiración del que hablaba Aukerman. “El cambio más significativo registrado fue el nivel de inspiración que sentían”, señala Sharman. Con todo, las dos psicólogas son conscientes de que su abordaje experimental es limitado y que no examina en detalle los elementos y motivaciones individuales, como tampoco puede generalizarse a un contexto social real.

Pero sus resultados tampoco son triviales: las investigadoras citan una buena lista de estudios anteriores que han tratado de demostrar una traslación directa de estas formas de música en comportamientos hostiles y violentos, delincuencia, abuso de sustancias, conductas suicidas o violencia contra las mujeres. Incluso la Academia de Psiquiatría de la Infancia y Adolescencia de EE. UU. advierte a los padres para que “ayuden a sus adolescentes prestando atención a los patrones de lo que compran, descargan, escuchan o visualizan, para ayudarles a identificar la música que puede ser destructiva”.

Los tópicos pueden ser erróneos, pero hay que demostrarlo, y el estudio de Sharman y Dingle ofrece un buen cambio de rumbo. Por mi parte, solo puedo añadir que a los fans de algunas de esas formas de “música extrema” lo que verdaderamente podría desatarnos comportamientos violentamente hostiles sería que nos obligaran a escuchar a Beyoncé o a Dani Martín.

Aprovechando la circunstancia, les dejo aquí un vídeo grabado por un servidor (la calidad es la correspondiente a un teléfono móvil de lo más básico) la semana pasada durante el concierto de Kiss en el Palacio de los Deportes de Madrid. Que, por cierto, congregó a una amplísima muestra social, incluyendo a muchos niños con sus caras convenientemente pintadas a lo Gene Simmons o Paul Stanley. Disfruten de Love Gun. Paz, hermanos.