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¿Quién teme al científico feroz? (Feliz Halloween)

Aldous Huxley hizo algo que a un servidor le gustaría hacer, si no fuera porque ya lo hizo Aldous Huxley: escribir dos novelas con el mismo planteamiento, una sociedad gobernada por la ciencia, pero con resultados contrapuestos. En la primera y más famosa, la distópica Un mundo feliz (1932), un régimen solapadamente tiránico empleaba la ciencia para subyugar y entontecer a la población. La segunda, La isla (1962), una obra de madurez, retrataba la utopía de una comunidad que se servía de la ciencia como instrumento de libertad y progreso.

El Doctor Nefario, el científico loco de 'Gru'. Imagen de Universal Pictures.

El Doctor Nefario, el científico loco de ‘Gru’. Imagen de Universal Pictures.

En el intervalo entre una y otra, a modo de prólogo a una edición posterior de Un mundo feliz, Huxley anticipó la idea que después plasmaría en La isla como una alternativa de escape para el Salvaje, el personaje central de la primera: la ciencia y la tecnología hechas al servicio del hombre, y no al contrario “como en la actualidad”, escribía.

Este experimento literario de Huxley fue tan oportuno como visionario. La época en la que le tocó vivir, primeros dos tercios del siglo XX, fue la de la generalización de los grandes avances científicos y tecnológicos que transformaron radicalmente la vida común como nunca antes en un plazo tan breve de la historia: la electricidad, la mecanización de los hogares y las oficinas, el teléfono, el automóvil, el avión, la medicina moderna, la televisión, el cine, la comida rápida… Huxley juzgaba que aquella invasión de la sociedad por la ciencia y la tecnología no se estaba encaminando hacia el bien de la humanidad, y quiso dejar constancia de cómo veía las cosas y de cómo le gustaría verlas, ya que probablemente comprendía que la ciencia y la tecnología habían llegado al barrio no solo para quedarse, sino para crecer y multiplicarse.

Hoy la ciencia está más presente que nunca en la vida pública. Muchos de los asuntos que preocupan en la calle tienen una amplia vertiente científica o tecnológica, como demuestran ejemplos recientes. Decía Ernesto Guevara, si es que lo dijo, que un pueblo que no sabe leer ni escribir es fácil de engañar. La alfabetización aún pendiente es la científica; hoy un pueblo que no sabe ciencia es fácil de engañar, como también demuestran ejemplos recientes.

Quizá porque este protagonismo de la ciencia en los asuntos de interés es a veces demasiado subrepticio, casi clandestino, no llega a comprenderse bien la necesidad de que crezca en igual grado la presencia en funciones de responsabilidad de quienes pueden explicar y conducir estas materias, científicos, ingenieros, matemáticos. Persisten enormes reticencias hacia la participación de la ciencia en la toma de decisiones, por parte de quienes prefieren vivir en la ignorancia o, sencillamente, viven de ella.

Este artículo de hoy, víspera de la noche de Halloween, trata sobre el miedo. Pero sobre un miedo particular, el miedo a la ciencia. Ignoro si tiene un nombre formal porque no lo he encontrado en las listas de fobias descritas, pero es evidente que forma parte arraigada de nuestro ser: muchas de las grandes obras del género de terror se basan en explotar este temor del ser humano a lo que algún científico loco puede hacer para eliminarnos o esclavizarnos, desde Frankenstein hasta Gru. No hay malo de James Bond que no emplee a un científico, o lo sea él mismo, para alcanzar sus perversos objetivos. Mi hijo de 10 años, que empieza a hacer sus pinitos como juntaletras, ya escribe cuentos sobre científicos locos que crean horribles seres mutantes en laboratorios ultrasecretos.

Los sociólogos suelen apuntar que un signo de las sociedades menos desarrolladas es el temor a la ciencia como un agente desconocido y amenazador. Tenemos ejemplos de ello, como las revueltas en algunos países africanos contra las campañas de vacunación, o las agresiones sufridas por algunos médicos extranjeros durante la crisis del ébola. En los países desarrollados estos miedos son menos prevalentes, pero se sofistican al tiempo que se marginalizan hacia un fenómeno de frontera: el de las teorías de la conspiración.

Recientemente estuve en contacto con Sebastián Diéguez, un neuropsicólogo suizo de ascendencia española que trabaja en la Universidad de Friburgo. Diéguez lleva un enfoque investigador muy interesante; recientemente ha publicado un estudio en el que indaga en la mente de los conspiranoicos. A propósito de esto, me comentaba que las investigaciones de otros expertos revelan “un vínculo entre la creencia en teorías conspirativas y el rechazo de la ciencia”.

Hay ejemplos muy conocidos; quizá el más popular sea el de las misiones lunares. Mi película de anoche fue Capricornio Uno, dirigida por Peter Hyams en 1977. Cuenta la historia de una misión a Marte que resulta inviable antes de ponerse en marcha. En lugar de cancelarla, el gobierno de EE. UU. decide seguir adelante, lanzar el cohete vacío sin tripulación y recluir a los astronautas en un remoto emplazamiento en el desierto, donde graban las escenas de Marte en un estudio de televisión. El plan era desviar la trayectoria de vuelta de la nave para que amerizara muy lejos de lo planeado, dando así tiempo para que un helicóptero llevara a los tripulantes hasta la cápsula. Pero surge un problema: durante la reentrada en la atmósfera, la nave se fríe debido a un fallo en el escudo térmico. El accidente solo deja una opción, eliminar a los astronautas para que no se descubra el montaje.

La ciencia es protagonista de otras muchas teorías de conspiración relacionadas con las vacunas, los cultivos transgénicos, el cambio climático o las farmacéuticas. Diéguez añadía: “También, si piensas en los principales casos de rechazo a la ciencia, como la creencia en el creacionismo, casi automáticamente requieren algún tipo de encubrimiento: la razón para que tantos expertos y biólogos acepten la teoría de la evolución TIENE QUE SER una conspiración, si realmente la teoría es tan obviamente falsa y fallida”. El neuropsicólogo agregaba que durante su investigación se había encontrado con muchas trabas, porque los conspiranoicos tendían a pensar que él mismo formaba parte de una conspiración. “¡No es una población fácil de estudiar!”, decía.

De propina, y sin otro motivo que festejar la noche más terrorífica del año, aquí les dejo un par de vídeos de los reyes del Horror Punk, que no son otros que los Misfits. Felices sustos.