Madre Reciente Madre Reciente

La maternidad es tan cambiante que siempre eres una recién llegada a ella

Posibles planes con niños para este puente en Madrid: recorrer el centro, Juvenalia y Game On

Durante el puente de diciembre, previo a las navidades, es típico para muchas familias aprovechar para recorrer el centro de Madrid, ver el alumbrado navideño, recorrer los puestos de la Plaza Mayor y acercarse a Cortilandia. Tal vez también este año recorrer la nueva Gran Vía de aceras ampliadas.

Nosotros nunca hemos sido amigos de multitudes. La última vez que llevamos a cabo un plan semejante los niños eran muy pequeños, pero aun así que haya tanta gente no comulga demasiado con nosotros. Menos aún con mi hijo mayor, que tiene autismo y para el que los bullicios no solo son poco agradables, sino también potencialmente peligrosos. No quiero imaginar que se perdiera, con su aspecto de preadolescente normal pero sin poder hablar ni medir bien los riesgos.

No obstante, es un buen plan posible. A los niños les suelen gustar las luces, jugar con algo de lo comprado en la plaza mayor y comer fuera de casa. Hay padres que redondean el plan de pasar el día recorriendo Madrid con alguna visita a un museo, como el arqueológico o el de ciencias naturales. También subiendo al bus que recorre el centro iluminado.

En fin, la cuestión es que yo quería traer aquí otros dos posibles planes para este fin de semanal largo y sin colegio. Planes en los que también hay mucha gente pero que al menos son bajo techo.

Uno es Juvenalia. Otra cita familiar clásica en Madrid. El Salón del Ocio Infantil y Juvenil, que pretende entretener y también educar a niños y jóvenes de hasta unos dieciséis años, se celebra en Ifema desde el 5 hasta el 9 de diciembre.

Es un batiburrillo de actividades pensadas para niños de distintas edades: manualidades, teatro, personaje infantiles conocidos, Lego ha preparado un scape room, juguetes Cayro tiene preparado un juego de la oca gigantes además de otros juegos de mesa, ETSI Topografía, Geodesia y Cartografía llevará un cajón de arena moldeable, la Asociación Vuela realizará talleres de trucos de magia, la Policía Nacional va también con sus propias actividades y harán exhibiciones con sus perros los días 7 y 8, habrá talleres de lactancia para padres, etc.

Conviene consultar la web para saber qué esperar y decidir cuándo conviene más ir. La entrada cuesta 9,50 euros. Hay un pase familiar de dos adultos y dos niños de 32 euros. Los menores de un año no pagan y hay un 10% de descuento para familias numerosas.

Y también tenemos la segunda edición de Game On, centrado especialmente en los juegos de mesa y organizado por la editorial Asmodee, la más grande de las que se dedican a este tipo de ocio, con la colaboración de la Asociación Ludo Ergo Sum.

Presentarán novedades, habrá más de cien mesas de juego en las que probar distintos juegos de rol, de mesa, cargas, narrativos…. presentando sus mejores juegos y novedades.

También tienen a los niños presentes, que además de poder jugar, podrán acudir a un concierto benéfico de Peter & Jack, que donarán todo lo recaudado a la ONG Los Argonautas que trabajan por, para y con las personas mayores. Tambien va a haber castillos hinchables, una yincana y un espectáculo de juegos y magia de El Mago Roncero.

En la primera edición, el curso pasado, pasaron por allí más de 5.000 personas. Para comer habrá food trucks. Será en la Nave Boetticher de viernes a domingo. La entrada general para su solo día cuesta 15 euros. Hay un pack familiar que sale mucho más a cuenta, ya que permite por veinte euros que pasen dos adultos y hasta tres menores.

El Día Internacional de las Personas con Discapacidad pone el foco en el entorno rural

Este lunes, tres de diciembre, además de día de resaca electoral andaluza, es también el Día Internacional de las Personas con Discapacidad. Y en esta ocasión el Comité Español de Representantes de Personas con Discapacidad (CERMI) y la Fundación CERMI Mujeres (FCM) han decidido poner el foco en el entorno rural.

Reclaman la aprobación de una estrategia estatal de desarrollo rural inclusivo “que permita luchar contra los elevados niveles de exclusión y carencia de recursos y apoyos que sufren las personas con discapacidad en el entorno rural, una población que supera el millón de personas en toda España”.

Me consta que es necesario. El acceso a terapias, tratamientos, escolarizaciones adecuadas, centros para adultos, opciones laborales o simplemente la accesibilidad para salir de casa y poder moverse, son muy precarios con demasiada frecuencia.

Recuerdo la historia de un pequeño pueblo en el que una mujer, que será de mi edad, con unun síndrome raro (el del último de gato) vivía encerrada en su cuarto, atendida únicamente por su madre. Recuerdo una escapada a una casa rural de la que nos trajimos la imagen de un joven con discapacidad intelectual, que paseaba largamente por los campos castellanos en compañía de sus familiares. Recuerdo a una mujer, mayor pero no anciana, confinada a su casa por depender de una silla de ruedas que era imposible mover por las calles de su pueblo.

En nuestro caso concreto, con un hijo con autismo y un grado elevado de dependencia, vivir en un entorno rural estaría descartado. En casa fantaseamos a veces con poder acabar en Asturias, viviendo tranquilamente rodeados de verde en la aldea de la que viene mi familia paterna. Nos encantaría, porque lo rural también tiene muchas ventajas que nosotros apreciamos, pero más que un sueño de difícil realización, incluso si nos atreviéramos a dar un volantazo laboral y personal.

En Madrid tenemos un centro escolar específico para personas con autismo, distintas terapias al alcance de la mano, el programa especializado del Hospital Gregorio Marañon, etc. Tal vez sea posible cuando Jaime sea adulto. ¡Quién sabe! A día de hoy es imposible.

Termino mostrando el manifiesto que el CERMI y la FCM han elaborado para visibilizar las reivindicaciones de las personas con discapacidad que residen en el entorno rural

• En España, las mujeres y los hombres con discapacidad que residen en áreas y zonas rurales constituyen un grupo poblacional numeroso, que supera el millón de personas, con índices de exclusión social y carencia de apoyos y recursos adecuados mucho mayores que los de la población urbana con discapacidad, lo que supone una presión constante y creciente para abandonar este medio. Las personas con discapacidad y sus familias deben ser consideradas como agentes clave en el proceso de transformación del medio rural en un entorno inclusivo, que bajo el prisma de la innovación social ofrezca un nuevo modelo de entorno sostenible y armónico de convivencia donde todas las personas puedan desplegar su potencial humano.

• El movimiento CERMI aboga y reclama la necesaria aprobación de una Estrategia Estatal de Desarrollo Rural Inclusivo, con vigencia para el próximo quinquenio, con enfoque de género, que promueva, planifique, programe, coordine y encauce las acciones públicas y cívicas dirigidas a las personas con discapacidad y sus familias, que residen en el entorno rural en España, a fin de mejorar su participación, acceso a derechos y bienestar social, favoreciendo su arraigo y la continuidad de la población con discapacidad en entornos rurales que actualmente corren peligro de despoblamiento y abandono. Todo ello con arreglo al marco de referencia de la Convención Internacional sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad y los Objetivos de Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas.

• Un desarrollo rural inclusivo, con apoyos efectivos y sin discriminaciones ni exclusiones frente a los estándares urbanos, no puede entenderse sin la dimensión de género, que bajo un enfoque interseccional, tenga presentes y dé respuesta a las necesidades de las mujeres y niñas con discapacidad residentes en el medio rural, las más invisibles, actualmente sometidas a índices más elevados de exclusión, pobreza y violencia, así como de las mujeres cuidadoras de personas con discapacidad. Es absolutamente preciso promover desde la sociedad civil organizada actuaciones de empoderamiento de las mujeres con discapacidad residentes en el mundo rural, dirigidas a lograr que ninguna se quede atrás.

• Las políticas públicas deben potenciar la búsqueda y generación de nuevos yacimientos de empleo en el mundo rural, incluido el emprendimiento, que permitan la creación de riqueza en este entorno, en clave de sostenibilidad que combine las oportunidades de la economía verde con la dimensión inclusiva en la creación de empleo digno y de calidad y en la transformación del entorno rural para hacerlo acogedor y amistoso con las personas con discapacidad.

• Es esencial identificar y desplegar buenas prácticas de convergencia asociativa entre entidades-plataformas- instituciones representativas de la discapacidad y de personas en riesgo de exclusión y del desarrollo rural dirigidas a atender las necesidades de cualquier persona residente en el medio rural en situación o en riesgo de exclusión social.

• Resulta asimismo imperioso poner en práctica fórmulas de gobernanza y colaboración innovadoras entre diferentes agentes participantes en el desarrollo rural, a la hora de diseñar, planificar e implantar apoyos, recursos y dispositivos de promoción y atención a las personas con discapacidad y sus familias.

• Las políticas públicas de desarrollo rural inclusivo, europeas, nacionales, autonómicas y locales, han de fortalecer el arraigo de entre las personas con discapacidad y sus familias residentes en este medio, colaborando así a atenuar la amenaza de despoblamiento que sufre España.

• Debe diseñarse una estrategia conjunta entre las distintas instancias, estructuras, plataformas y entidades en la lucha contra la despoblación del medio rural, que mitigue la presión constante a la que se ven sometidas las personas con discapacidad y sus familias para abandonar el campo y trasladarse de modo no querido a zonas urbanas. El movimiento CERMI aportará al Foro Nacional de Despoblación el enfoque del sector social de la discapacidad en relación con las estrategias contra el despoblamiento del medio rural.

• Disponer de estudios, investigaciones y análisis estadísticos, sociológicos y económicos que permitan conocer la realidad de las personas con discapacidad y de sus familias residentes en el medio rural constituye una necesidad ineludible para sustentar la futura estrategia nacional de desarrollo rural inclusivo que el movimiento CERMI reclama con urgencia a los poderes públicos.

¿Dejáis a los niños en el comedor del colegio por necesidad o porque lo consideráis mejor que comer en casa?

Hoy traigo una pregunta que me gustaría que respondierais. ¿Dejar a los niños a comedor es algo más que un mal necesario? ¿Aporta algo o es una necesidad nacida de la dificultad por conciliar, de nuestros horarios y trajines?.

Ha surgido de la conversación con una compañera, madre más reciente que yo, cuyos hijos se quedan a comer en el colegio. La mayoría lo hacen así según mi experiencia.

En el colegio de mi hija muy pocos niños vuelven a comer a casa, apenas cuatro o cinco de cincuenta. Es un colegio en el que la jornada es partida, aunque me da la impresión de que en aquellos con jornada continua no cambia demasiado la cosa.

Ahí tenéis otra pregunta. ¿Cuántos niños van a comer a casa en vuestros colegios?

Antaño no era así. Yo recuerdo a una mayoría de niños que, en los ochenta, nos íbamos a comer a casa, descansando o jugando un poquito y volviendo por la tarde al colegio. Los que comían allí eran minoría.

Mi amiga me contaba que ella también comía en casa de niña, y que sus hijos no lo hacen por una cuestión de necesidad. De hecho, me decía que la mayoría de conflictos se producen en el periodo de descanso y juego tras comer en el colegio.

Mi impresión es semejante, creo que no aporta demasiado ni a nivel educativo ni a nivel nutricional. Salvo en aquellos casos, que los hay, en los que la comida en el comedor es para los niños la mejor del día porque provienen de entornos desfavorecidos.

Soy consciente de que hay buenos monitores de comedor, amables con los niños y empáticos. Y hay que agradecerles su labor, por supuesto. Pero no todos son así, como en todos los oficios hay bueno, malo y regular. E incluso los buenos, con su mejor voluntad, pueden tener dichos y maneras que no casen con la manera en la que deseamos educar a nuestros hijos.

He oído en el pasado argumentos a favor del comedor apoyados en que “así les enseñan a comer de todo”, en que “de esa manera aprenden a probar cosas nuevas”. aunque según otros compañeros, que fueron en su infancia a comedor, lo que aprendes es a esconder comida y a realizar canjes con el compañero.

Yo ya os he contado en el pasado que jamás he querido obligar a comer a mis hijos, no he usado el chantaje emocional, el castigo o la recompensa. Yo sufrí durante mi infancia la guerra a la que se somete a los niños que son considerados malos comedores y no quería eso para ellos. Respeto su apetito y dejo que están descubriendo y desarrollando afinidad por distintos sabores con el tiempo. Será por eso o será por suerte, pero ambos comen variado y felices a día de hoy. También Jaime, que tiene autismo y no empezó a masticar hasta los dos años y medio.

Jaime va a comedor. Por necesidad. Y además el comedor de un colegio especial difiere bastante del de un colegio normal. Julia come en casa. Si le preguntas si quiere quedarse a comer en el colegio te contesta rápidamente que no, ha oído distintas historias de sus amigos que no la animan a ello. “Te obligan a comer judías verdes”, me dice.

Y es fácil que en casa acaben comiendo mejor que en el comedor del colegio a poco interés que pongamos, limitando fritos y huyendo de procesados. Lentejas, pasta integral, pescadito a la plancha, guisantes o judías verdes con un filetillo, sopa y cocido, un guiso de patatas, arroz con verduras o en plan paella…

Pero claro, hay que poder. Nuestros horarios tienen que permitirnos ir a comprar y cocinar, tienen que déjanos a los niños, alimentarlos y, con frecuencia, retornarlos al cole. O tener abuelos o cuidadoras que lo hagan por nosotros.

Así que retomo mi pregunta. ¿Creéis que es bueno que los niños vayan a comedor o van porque no hay más remedio?

EUROPA PRESS

“Me encantaría que nuestros padres y los profesores se llevasen bien”

Me encanta que nuestros padres y los profesores se lleven bien.

Es importante que se hablen y que se digan “esto Noelia lo ha hecho mal”.

Eso también sería el colegio ideal, que los padres se implicasen.

Porque al fin y al cabo tienen mucho que ver y mi educación también va a depender de los dos.

Me gusta que mis padres y los profesores se lleven bien porque si no para mí se me acabó el cole.

Los profesores te conocen en un aspecto diferente y los padres en otro, así que yo creo que la mejor educación sería que hicieran un trabajo conjunto.

Atención, porque los que dicen estas frases, que son verdades incuestionables y deseos legítimos, son niños de entre 5 y 12 años en la segunda mitad de este vídeo:

Hoy martes 27 de noviembre, día del maestro en España, es un buen momento para que todos, docentes y padres, revisemos hasta qué punto estamos cumpliendo con las lógicas peticiones de los niños y hagamos propósito de enmienda.

Es vital cultivar el respeto y la cooperación entre profes y familias. Incluso cuando discrepamos, es algo que jamas debe perderse.

En esas discrepancias tenemos que estar abiertos a escuchar al otro, por mucho que estemos convencidos de que nadie conozca a nuestro hijo como nosotros o que como su tutor creamos entendamos mejor lo que le pasa a ese niños que sus propios padres gracias a nuestra experiencia y preparación. Nadie tiene siempre la verdad absoluta.

El objetivo último tanto de unos como otros debe ser el bien del niño, su crecimiento personal y bienestar primero y su rendimiento académico a continuación. Y tenemos que cooperar en esa dirección, entendiendo que todos podemos errar y que no pasa nada por pedir disculpas para poder avanzar.

Las familias debemos involucrarnos en el centro tanto como nos sea posible, por mucho que nuestros horarios y quehaceres diarios no nos lo pongan fácil. Pero necesitamos también escuelas que nos abran sus puertas, no aquellas que nos prefieren lejos para evitar líos.

Por supuesto que hay maestros terribles, igual que hay familias tóxicas capaces de amargar, de quemar a docentes magníficos. Pero por muchas malas experiencias que se hayan acumulado, no pueden pagar justos por pecadores.

Padres y maestros tenemos que dejar de vernos en posiciones enfrentadas, como potenciales quebraderos de cabeza que es mejor que nos dejen en paz.

Son nuestros niños los que nos lo están pidiendo. Y el sentido común, la humildad y el deseo de mejora les dan la razón.

(GTRES)

 

¿Niños que molestan o una cuestión de civismo?

Este domingo mi compañero Edu Casado, autor del blog que sigue la pista a los deportistas olvidados en este mismo periódico, me mandó el siguiente tuit comentando que yo había escrito al respecto en el pasado:

Y he escrito de asuntos relacionados, cierto. De los establecimientos que no admiten niños por ejemplo, o de la niñofobia que parece estar en auge en determinados ambientes. También de cómo al ser madre de un niños con autismo, discapacidad invisible porque mi hijo no parece tener nada, y tener contacto con muchas familias en tesituras semejantes, he visto a gente catalogando rápidamente a un niño como maleducado cuando la realidad es más compleja de lo que ellos imaginan.

A esa conversación en Twitter se sumó otro compañero, Raúl Rioja que es uno de los autores de Tres al contragolpe y que aportó algo con lo que estoy de acuerdo. “A mí los niños no me molestan en absoluto de cena por ahí, pero ayer estuve en un restaurante y había un padre poniéndole en el móvil primero música tecno, después Cantajuegos, y luego varias canciones más a todo trapo. Es más cuestión de educación que otra cosa casi siempre”.

(GTRES)


Es cierto. Es una cuestión de educación, más que de sí los niños saben comportarse o no, por mucho que es cierto que los niños son niños y tienen sus momentos regulares en los que es preciso la comprensión del resto de la sociedad, que también fueron niños una vez.

El que es incívico lo será con niños, sin ellos, con perros, fumando, conduciendo y montado en patinete.

El que es cívico puede meter la pata ocasionalmente o molestar a su pesar en determinadas circunstancias. Con niños, sin ellos, con perros, fumando, etc.

El reto es ser capaz de distinguirlo cuando somos los molestados. A veces sacamos conclusiones precipitadas y confundimos a los segundos con los primeros.

Por experiencia os digo que si somos de los cívicos y nuestro hijo no se está comportando bien, los padres somos los primeros que sentimos apuro y nos apresuramos en buscar soluciones, las que creamos que mejor pueden funcionar. Desde salir temporalmente del restaurante a sacar todo el arsenal de distracciones disponibles.

También es verdad que ‪a la abundancia de incívicos se suma también la abundancia de personas poco empáticas, que deberían ponerse en el lugar del otro y preguntarse si tienen toda la información antes de juzgar. ‬

Hay momentos de estrés, intentando calmar a ese niño precisamente para. O molestar pero también para que nuestro hijo se sienta mejor, en los que las malas caras o los comentarios envenenados no ayudan precisamente.

‪Y de esos también los hay incapaces de ponerse en pellejo ajeno y que siempre se creen los reyes del mambo y los que pecan puntualmente de eso porque, por ejemplo, tienen un mal día.‬

‪También es un reto importante discernirlo.

Al final todo se resume por si solo en que todos, absolutamente todos, deberíamos tomarnos muy en serio el ser capaces de vivir en sociedad, sin tirar papeles al suelo, recogiendo las cacas de nuestros perros, dejando que esa persona que solo lleva un par de cosas pase por delante de nuestro carro cargado en el supermercado o que cedamos el asiento del metro a esos que lo necesitan más que nosotros.

La amabilidad es una virtud a reivindicar que conduce a ese civismo que mejora las sociedades.

Igual que la empatía, el no creernos el centro del universo, asumir que tal vez no lo sepamos todo y aprender a relativizar.

Una oda a lo regular, a vivir feliz en la imperfección

Este sábado tuvo lugar en Madrid un nuevo evento de Educando Hijos. Uno en el que participe subiendo a las tablas del teatro Lope de Vega junto a Jessica Gómez, escritora, ilustradora y también autora del blog de 20minutos Que fue de todos los demás.

Doce minutos compartidos sobre el escenario para reivindicar que nuestros hijos nos quieren felices y no perfectos, para entender que moverse por un territorio gris es más deseable que buscar una perecccion inalcanzable y acabar frustrados e infelices.

Os dejo el texto en el que me apoyé para esa breve charla.

Soy Melisa y tengo dos blogs, uno de maternidad y otro de protección animal. He publicado dos libros, tengos dos hijos, uno con autismo y un grado elevado de dependencia, dos perras, dos universos distintos en redes sociales y hasta hace poco dos gatos. ¡No todo va de dos en dos eh! Marido solo tengo uno. Y aficiones tengo muchas. Ahora me ha dado por aprender japonés.

Con frecuencia me preguntan aquello de “no sé cómo lo haces, cuéntame el secreto”. Mi respuesta más sincera cuando me dirigen a mí esa pregunta es “haciéndolo todo regular”. Y juro que es la verdad. Cero postureo. Tomo menos cafés con mi madre de los que debería, publico lo que escribo sin apenas revisar porque si quiero pulirlo, no sale. Y eso es aplicable también a muchos aspectos de mi vida cotidiana como madre. Un ejemplo. Este año mi hija, que tiene nueve años, ha pegado un estirón que nos pilló con el pie cambiado. Pues mira, las mallas por encima del tobillo son tendencia, que he visto yo muchos modernos el centro de Madrid con el tobillo al aire pese al frío que hace, así que a correr. Y si hace frío te pones las botas que son más altas y así no se ve que están cortas. Sí, también en clase de gimnasia. ¡La fama cuesta!

Además de hacerlo todo regular, también ayuda el hecho de que la maternidad es el mejor máster en gestión de tiempo que alguien puede hacer. ¿No pensáis también vosotros eso de “¿qué demomios hacía yo con mi tiempo cuando tenía veinte años?”. Hace un tiempo vi bastante en redes que la gente se hacía la pregunta ¿qué le dirías a tu yo veinteañero si pudieras?. No sé vosotros, pero yo lo tengo claro. “Espabila Melisa, hija, que estás a por uvas. Si te pones, con todo ese tiempo malgastado, puedes aprender a programar, a hablar francés y bailes de salón sin demasiado problema”. En fin, me lo reservo para decírselo a mi hija cuando llegue a esa edad, que por supuesto no me hará ningún caso.

Pero dejando la organización del tiempo aparte, lo que yo quería es reivindicar la mediocridad, poner en valor las medias tintas, que eso de hacerlo todo regular puede no estar tan mal. En serio. Aspiremos a no hacer nada bien del todo.

Mi hijo ha decidido últimamente que no hay nada más divertido que ser como el perrito de scotex y llenar toda la casa de trozos de papel higiénico. No pasa nada. Le gusta también desmontar el sofá para apilar los respaldos y ponerse encima. Destrozado lo tiene y lo compre hace dos años. Blanquito, más mono… como de influencer de Instagram. No pasa nada. Vamos con prisa, mi hija odia peinarse y ha salido de casa con la cabeza como un nido de pájaros. No pasa nada. ¿El lavavajillas lleva día y medio con los platos limpios sin sacar? No pasa nada. No nos ha dado tiempo de bajar al mercado y tenemos que cenar ese día sopa de sobre. No pasa nada. Tu marido lleva todo el día en casa y no se ha dado cuenta de que había ropa tendida y ha empezado a llover. Repetid conmigo, no pasa nada.

Y es verdad que no pasa nada. No son cosas importantes. Solo lo son si las hacemos importantes, si pretender tenerlo todo controlado, perfecto, nos conduce a discutir o ser infelices.

Hay que relajarse y respirar. Y disfrutar moviéndose en ese territorio ‘regular’.

Intentar ser feliz, no es intentar ser perfecto. Yo renuncié a la perfección hace mucho tiempo. Realmente, si soy sincera, nunca aspiré a alcanzarla en nada. Solo pretendo avanzar disfrutando y que los míos lo sientan igual. A no patinar en lo importante, que son muy pocas cosas.

Ser feliz y buena persona. Las únicas expectativas que los padres deberían depositar en sus hijos.

Tengo un texto escrito en este blog cuando mi hijo mayor, que ahora tiene doce años, era un bebé en el que defendía eso mismo. Cuando me dijeron que mi hijo tenía autismo y se nos rompió la foto de familia que habíamos imaginado, solo tuve que recordar aquello para encontrar de nuevo el norte.

Ser felices y buenas personas. Habrá quien nos tome por bobos, pero a mí me parece la actitud ante la vida más inteligente.

Y respecto a todo lo demás. No pasa nada.

Termino recordando otras intervenciones, todas interesantes y que invitaban a reflexionar. En la cuenta de YouTube y las redes sociales de Gestionando Hijos será posible verlas todas. Tras el hashtag #MeGustaEducar también podéis encontrar más información sobre la jornada de ayer.

La falda en los uniformes escolares no debe ser obligatoria para las niñas

Buenas noticias desde Galicia. Pequeñas buenas noticias si queréis, pero no por eso dejan de ser positivas y causa para alegrarse.

Todos los grupos del Parlamento de Galicia han llegado a un acuerdo para que, a partir del próximo curso escolar, la Xunta implante “todas las medidas pertinentes” para evitar que los colegios con uniforme obliguen a las niñas a usar falda de forma que esta sea una opción que las propias alumnas elijan.

La eliminación de obstáculos para alcanzar la igualdad también pasa por la eliminación de la vestimenta diferenciada en los centros escolares”, manifestó la diputada Luca Chao durante la defensa de la iniciativa el martes, jornada en la que aseguró que el uso de la falda puede condicionar la “libertad de movimiento” de las niñas.

Hoy no quiero entrar en el viejo debate de si los niños deben o no llevar uniforme, de si es mejor que vayan vestidos como quieras o más práctico el uniforme. Hoy simplemente quiero alegrarme por el hecho de que las niñas en Galicia a partir del curso que viene no se vean obligadas a llevar la faldita de turno si no les place.

Y quiero también desear que sea algo que se extienda a toda España. Una niña no debe verse obligada a llevar falda si no lo desea, y es algo que está pasando en demasiados colegios.

Es cierto que los hay que, por iniciativa propia, dejan a las niñas elegir. Y es de agradecer. Pero he visto demasiados casos de colegios que solo hacen excepciones cuando las niñas están en Infantil, para facilitar entre otras cosas su autonomía a la hora de ir al baño, o ese día tienen Educación Física.

Pues no. Esa capacidad de elección debería ser siempre, permanente. En todas partes.

Sé que hay niñas que preferirían ir cómodas siempre, con el chándal del colegio o pantalón, y que se ven obligadas a enfundarse unas medias y la falda o el vestido. También que una mayoría, sobre todo según crecen, prefieren la falda. Tanto unas como otras deben poder elegir.

Tanto unas como otros. Espero que si hay niños que quieren llevar falda, tampoco haya inconveniente.

El único argumento que se me ocurre que se puede aportar para defender que ellas vayan siempre en falta es que así están más monas, expresado de la manera que queráis. Y ahí coincido con Chao, que en su intervención aseguró que “estamos enseñando a nuestras hijas en los colegios a ser guapas antes que felices, queremos niñas felices que jueguen en los patios, que sean libres y dueñas de sí mismas”.

Luna Chao tambien apuntó que lo deseable sería que los uniformes fueran iguales para todos, niños y niñas. No sé a vosotros, pero a mí, el hecho de que puedan elegir, ya me parece avance bastante.

Uniformes en una gran superficie (Pepe Caballero/Archivo 20minutos)

Por cierto, termino con otra buena noticia que llegó ayer desde Valencia. Otra que ojalá se ampliara a todo el territorio nacional, para que ni menores (los que más lo sufren) ni adultos se vean expuestos a esta barbaridad propia del siglo pasado.

Los niños no son seres humanos de segunda a los que podamos pegar o faltar al respeto

Los niños son seres humanos de pleno derecho. Es algo tan obvio que no debería ser preciso recordarlo, pero a aún a día de hoy, incluso en países como el nuestro, sigue siendo necesario poner sobre la mesa que cuentan los mismos derechos, incluso más aún, que cualquier adulto; que son merecedores del mismo respeto que cualquiera con edad para votar o conducir.

Demasiadas personas, también muchas que en un plano teórico jamás discutirán que hay que proteger y cuidar a los niños, en el día a día no los tratan como iguales, no los respetan, ejercen distintos tipos de violencia sobre ellos, asumen en demasiadas circunstancias que son ciudadanos de segunda o han interiorizado que sus hijos son de su propiedad.

Sin entrar en graves vulneraciones, que podrían considerarse delictivas hay demasiados ejemplos cotidianos de lo que cuento.

Sigo sin entender que en pleno 2018 se siga justificando tanto el educar a los niños mediante la violencia física. Son legión los que dicen que no pasa nada por tirar de cachete, pellizco o coscorrón. Claro que pasa. Es una agresión y no dice nada bueno de los que la justifican. La mayoría de los que quitan hierro a pegar a un niño, no defenderían pegar a otro adulto, nuestra pareja, padre o compañero de trabajo, para corregirle o porque nos ha hecho perder los nervios.

Es solo un ejemplo, uno muy obvio, pero hay más. Les gritamos, les insultamos, tiramos con ellos de chantaje emocional, les prohibimos el acceso a determinados sitios porque molestan, les castigamos sin proporción ni remordimientos, no tenemos en cuenta su opinión o les forzamos a comer sin tener en cuenta sus gustos y apetito.

Educar, establecer normas, que entiendan que sus actos tienen consecuencias, no solo es positivo y necesario para ellos, también es nuestra obligación. Y es algo perfectamente compatible con tratarlos con respeto, no hacerles nada que no haríamos a otro adulto, teniendo siempre su bienestar como prioridad.

Somos sus guardianes, pero no son nuestros para hacer con ellos todo lo que nos parezca oportuno.

Es nuestra obligación reflexionar sobre nuestros modos de proceder, nuestras creencias, por arraigadas que sean. Es inteligente ponerlas en duda, no perpetuar sin pensar lo que nosotros vivimos siendo niños, no dar nada por sentado en nuestra relación con ellos.

Hoy es un buen día para hacerlo. Hoy, 20 de noviembre, es el Día Internacional del Niño, un día señalado por la ONU en conmemoración del aniversario de la aprobación de la Declaración de los Derechos del Niño en 1959.

(GTRES)

¿Es mejor confesar a nuestros hijos el secreto tras los Reyes Magos o dejarles que lo descubran solos?

No sé cómo y a qué edad supisteis vosotros o vuestros hijos quiénes eran los Reyes o Papá Noel. Mi hija tiene nueve años y jamás ha puesto en duda la magia que los adultos construimos tras los regalos de Navidad de los Reyes Magos. En su forma de ser está el querer creerla cierta e impermeabilizarse a los comentarios, razonamientos que invitan a sospechar y deslices que hayan podido rondarle.

Lo sé porque es mi hija y la conozco, pero también porque yo era igual. Me recuerdo siendo de las últimas de mi clase en no querer saber la realidad. Defendiendo con vehemencia con unos once años junto a otra compañera frente a todas las demás que no, que no eran los padres, aunque en el fondo sospechara estar errada.

Aquello, obviamente, cayó al poco tiempo por su propio peso, pero no me sentí en ningún caso estafada o decepcionada. No recuerdo ni cabreo ni trauma. Que haya perpetuado en mis hijos y el resto de niños que me rodean ese bienintencionado y generalizado engaño del mundo adulto al infantil es buena prueba de ello.

Sé de gente para la que no fue así, para la que sí fue un jarro de agua fría difícil de digerir. Algunos que lo descubrieron cuando aún eran demasiado pequeños o de formas poco afortunadas, incluso me han hablado de un castigo paterno que se tradujo en la revelación del secreto.

Os confieso que ando barruntando sentar a mi hija cuando cumpla en marzo los diez años, aprovechando que es un número redondo y en el límite de mantener la creencia, para que nosotros, sus padres, le contemos lo que hay de forma positiva y la hagamos parte de estar al otro lado de la magia con sus primas pequeñas y todos los demás niños. Me parece más recomendable que dejar que se mueva en la incertidumbre, en el no atreverse a confesar que ya lo sabe o que algún renuncio suyo o ajeno descubra de mejor o peor manera el pastel. Me inclino a pensar que es mejor tener controlado cómo afrontarlo, también que si nosotros la metimos en esto, es nuestra obligación sacarla de la mejor manera posible.

No obstante, no lo tengo del todo claro. ¿Qué opináis?

Me da la impresión de que no dar el paso de contarlo responde más a nuestro deseo de prolongar esa magia, esa ilusión de la que tanto disfrutamos los adultos, que a otra cosa. Aun a riesgo de que todo tenga un mal final. También tal vez a no saber cómo confesarlo. Me consta que en algunos casos hay padres que creen oportuno que se caigan ellos solos del guindo y dejarles a ver cómo reaccionan, porque lo consideran un aprendizaje.

Me inclino a desvelarlo, sí, pero no las tengo todas conmigo.

¿Qué creéis debería hacer?

(Gtres)

Dejad que los niños se acerquen a los fogones

Este es un post nacido de un hilo de Twitter. De un hilo sin aspiración ninguna, improvisado tirando de fotos conservadas de milagro en el carrete del móvil. Escrito de pie en la cocina, mientras preparaba la cena de mi hijo. Mejor lugar, imposible.

La infancia que mejor recuerdo transcurrió en Asturias, donde las cocinas y las raciones son más grandes que en Madrid y la comida parece tener más sabor. Muchos de los recuerdos de mi niñez están vinculados a la cocina. Tanto buenos como malos.

Los malos son aquellos en los que me querían obligar a comer, en los que me forzaban a probar, a tragar más, a meterme en la boca aquello que no me parecía nada apetitoso sobre el plato. Tenía fama entonces de mala comedora, de comer cuatro cosas que me entrarán por los ojos.

Los buenos son aquellos en los que me dejaban participar en la cocina. Preparar galletas con la nata de las vacas vecinas, remover un guiso, liberar los guisantes de sus vainas, pasar manzanas y asarlas o cortar judías verdes que irían en conserva. Aun a día de hoy pienso en mi abuela Maruja cuando percibo el olor de las judías frescas. Y dudo que alguna vez deje de sentirla así.

Tenía claro por tanto lo que quería para mis hijos. Jamás obligarles a comer, respetar siempre su apetito igual que, de adultos, hacemos respetar el nuestro. Y cocinar con ellos. Para cimentar recuerdos de momentos compartidos en torno a la comida, pero no solo eso.

Merece la pena perder el miedo a que se acerquen a los fogones. Con sentido común, sin forzarles, cuidando la seguridad, dejar que cocinen con nosotros no tiene más que ventajas.

Ahora sí, el hilo: