¿Debería haber un Día del Niño en España? Piden al Gobierno que sea el 26 de abril, el día que salieron de nuevo a las calles

Este año hemos vivido un día del padre confinado y un día de la madre mirando las fases de la desescalada. Pero da igual lo peculiares que hayan sido, mi hija ha vuelto a preguntarme tras celebrarlos bajo techo que porqué no hay un día del niño en España. En este 2020 añadiendo a sus argumentos para defender su existencia que en otros países como Japón sí que existen, incluso diferenciados por sexos.

Me consta que es una pregunta que hacen muchos niños, otros padres más o menos recientes me lo han chivado. Las respuestas suelen coincidir: que si los días del niño son todos, que si es el día de Reyes o de Navidad…

Todos estarían encantados con la propuesta que acaba de poner sobre la mesa la Fundación Crecer Jugando, vinculada a la Asociación Española de Fabricantes de Juguetes (AEFJ), una petición que van a elevar al Gobierno: quieren que el día 26 de abril, el día que los niños pudieron salieron de nuevo a la calle tras 42 días encerrados, sea instaurado como el Día del Niño.

Aseguran que es una manera de “reconocer el comportamiento ejemplar de los más pequeños durante este periodo de confinamiento”, también “subrayar la importancia del bienestar de todos los pequeños y reivindicar el juego y el juguete”, que “es una herramienta imprescindible para su desarrollo, ayuda a conformar su personalidad, estimula el aprendizaje, la creatividad y ayuda a socializar y reconocer los entornos más próximos del niño”.

A nadie se le escapa que también quieren vender juguetes. En un sector tan exageradamente marcado por la estacionalidad, instaurar otro día en el que regalar a los niños sería un gran logro para el sector.

En el manifiesto que han elaborado utilizan el mismo argumento que mi hija, recuerdan que “la Asamblea General de las Naciones Unidas instituyó un Día de los Derechos de los Niños en noviembre e instó a que todos los países instauraran su propio Día del Niño, sugiriendo a los gobiernos que celebraran este día en la fecha que cada uno de ellos estimara conveniente. Países como Alemania, Portugal, Polonia, Brasil, Argentina, México o Australia, entre otros, ya lo tienen contemplado”.

También que “el 28 de mayo es una fecha reconocida en muchos países por celebrarse el Día Internacional del Juego” y que el juego es un Derecho Fundamental de la infancia reconocido por la ONU”, manifestando que:

▪ Los juguetes son las herramientas con las que los niños y las niñas adquieren conocimientos y comportamientos que formarán parte de su desarrollo como personas.
▪ El juego estimula la curiosidad, motor de cualquier aprendizaje y el afán de conquista y de superación personal.
▪ Ayuda a expresar opiniones, sentimientos y desarrolla funciones físicas, psíquicas, afectivas y sociales.
▪ Además, el juego favorece la interiorización de normas y pautas de comportamiento social.

Nadie en sus cabales va a negar la importancia del juego. En nuestro país creo que está tan ampliamente aceptado que la los niños tienen que jugar, que es una necesidad para ellos, que no sé si es preciso subrayarlo instaurando un día que tal vez va a acabar desembocando en más gastos para las familias. Que sea un día que reivindique los derechos de la infancia, todos ellos, que ponga el foco también en problemáticas existentes más allá de nuestras fronteras, tal vez tendría más sentido. Pero ya hay días internacionales vinculados a la infancia de todos los colores.

No sé qué pensáis vosotros, no sé si creéis que la petición de la AEFJ tiene sentido.

Bragas menstruales: una buena opción para cualquier mujer, sobre todo para aquellas con discapacidad y niñas que empiezan con la regla

Hoy, 28 de mayo, es el Día de la Higiene Menstrual, cuyo objetivo es concienciar y educar sobre la importancia de seguir hábitos saludables, un día para erradicar mitos e informarnos con naturalidad y rigor. Un buen día para que os hable de algo que tengo pendiente hace demasiado: las bragas menstruales.

Pero antes, tengo que remontarme un par de años en el tiempo, a una conversación con una amiga que tiene una hija adolescente con discapacidad intelectual. Un feliz torbellino rebosante de sonrisas que acababa de empezar con la regla. Recuerdo perfectamente a esta amiga contándome, con muy buen humor, todo hay que decirlo, la odisea que suponía gestionar la menstruación. “Ponerle un tampón es imposible, pero las compresas se le mueven, le molestan, se las quita, y las lía muy gordas. Su hermano mayor, que es un santo, está curado de espanto y me ayuda a ponerle y quitarle las compresas sin el menor problema”.

Aquello que me contó entonces, lo he visto repetido más tarde. Adolescentes con discapacidad intelectual para las que ni compresas, ni tampones, ni copas son la mejor opción, con las sus familias y educadores tienen que trabajar para que puedan gestionar su menstruación de la manera más autónoma y correcta posible. Con ellas en mente, me topé con la existencia de las bragas menstruales y me planteé que, de ser cómodas y seguras, podían ser una buena respuesta. Además de para mujeres con discapacidad, también para niñas como mi hija, que con once años está a punto de tener su menarquia y que ya me ha dejado claro tras leer el altamente recomendable manual ilustrado ¡Hola menstruación! que tampones y copas tampoco le atraen nada en un primer momento.

Pero no solo podían ser buenas compañeras para mujeres con diversidad funcional o que empiezan a menstruar. Yo soy la primera que nunca me he sentido cómoda con tampones; me resultan especialmente incómodos al principio y final del ciclo y solo los he usado en situaciones de fuerza mayor: piscina y playa ineludibles, pero imaginar ese algodón empapándose en mi interior de agua de piscina o mar nunca ha sido santo de mi devoción. Intenté la copa menstrual, porque a mi alrededor hay mujeres felicísimas con ella, pero no acababa de sentirme segura y me parecía una solución engorrosa fuera de casa. Así que mi universo ha estado casi exclusivamente limitado a las compresas durante tres décadas.

Para comprobar si eran una buena alternativa, nada mejor que probar su eficacia y comodidad en primera persona. Estuve indagando y pronto me quedó claro que las bragas menstruales más baratas, de calidad más cuestionable, no iban a ser una buena solución. Otra amiga me confirmó que unas de ese tipo que compró por internet pueden ser un buen complemento a la compresa, copa o tampón, pero no valen por sí solas. Son más semejantes a las típicas bragas que tenemos asimiladas a los días de regla por su comodidad con un punto extra de seguridad, que un sustituto a otros sistemas.

Una de las braguitas de Cocoro.

Durante varios meses he podido probar bragas de dos marcas de calidad para flujo abundante, Saforelle y Cocoro, y la verdad es que este producto se ha convertido en algo sin lo que ahora me costaría mucho vivir. Ya no he vuelto a usar compresas, con lo que eso supone de ahorro y sostenibilidad.

Tenía muchas dudas cuando me lancé a este testeo, dudas que imagino compartirán muchas personas. La primera, y probablemente la más importante, es si eran capaces de aguantar el flujo sin escapes. Es difícil afirmar con toda seguridad que serán del todo fiables para todas las mujeres, pero en mi caso no ha habido ningún accidente y las he puesto a prueba a conciencia, saliendo a correr e incluso montando a caballo (eso con las Saforelle, que son algo más recias). Ninguna noche hubo la menor fuga, y yo soy de las que de noche necesita una compresa especialmente grande y concebida para ese momento del día, y aún así a veces me fallaban. A día de hoy voy con ellas con la absoluta seguridad de que no va a pasar nada.

La segunda es si son cómodas. De nuevo solo puedo hablar por mí, y sí que lo son. Importantísmo, porque me consta que para las mujeres con discapacidad puede ser algo especialmente relevante. Es cierto que son más robustas (las Cocoro algo menos) que las bragas que acostumbro a llevar, pero en ningún momento molestan. Bien es verdad, que son bragas que no conviene que nos aprieten y que no van a permitir el uso de esa ropa que requiere lencería que no marque, en color o en ajuste a la carne. Son negras y grandes, los pantalones blancos ajustados y los vaporosos vestidos semitransparentes tendrán que esperar en el armario días mejores.

La tercera gran duda. ¿Son prácticas? ¿No es un engorro andar limpiándolas? No me lo han parecido en absoluto. De hecho me sorprendió lo fácil que quedan perfectas a poco que se las frote bajo un grifo con agua templada y un jabón adecuado. Lo más importante es no meterlas en la lavadora (al menos con programas fuertes, las Cocoro aguantan un máximo de 30 grados sin suavizante) y no esperar, lavarlas cuanto antes. Si se las puede poner a secar al aire y al sol, mucho mejor.  Yo he estado lavando la de la noche a primera hora de la mañana bajo la ducha. Durante el día un par de ellas me han bastado. Es decir, que me he apañado perfectamente con tres unidades. Y pese a llevarlas ocho o diez horas, no experimenté ninguna sensación desagradable, como humedad por ejemplo.

Vamos a la cuarta y última pregunta. El precio. ¿De verdad compensan? Es cierto que no son bragas baratas. El culotte ultra absorbente de Saforelle se puede encontrar por un precio que oscila erte 22 y 29 euros. El equivalente de Cocoro son algo menos de 30 euros. Es decir, que tres bragas suponen una inversión de entre 80 y 90 euros. Un paquete de compresas de 32 unidades pueden costar unos cinco euros, pero en un par de ciclos se ha terminado. Un paquete de 20 tampones ronde los 3 o 4 euros. Pero a la larga es más económico, sin entrar en su sostenibilidad, exactamente igual que sucede con las copas menstruales, que también son más caras.

No digo que sean la mejor solución para todo el mundo, ni mucho menos, pero no os las estaría recomendando si no me hubieran convencido. Es una alternativa menos conocida, pero igual de válida que merece la pena sopesar. Tal vez especialmente en casos como el de mi amiga y su hija.

Es obligatorio llevar mascarilla y también recordar que hay discapacidades invisibles

Mi hijo no puede llevar mascarilla. Tiene autismo y discapacidad que le hace ser muy dependiente y no tolerarla. No es posible tampoco explicarle y que entienda la necesidad de llevarla.

Es una situación en la que se encuentran muchas personas con discapacidad de todas las edades.

Al elaborar la ley que obliga desde hoy a llevar mascarillas lo han tenido en cuenta y, en casos como el suyo, no es obligatorio.

Pero si le veis caminando a mi lado no notaréis que algo le pasa, os parecerá una adolescente sano y desmascarillado paseando junto a su madre y saltándose las normas.

De nuevo toca recordar que hay discapacidades invisibles.

Y enfermedades que también lo son. No nos precipitemos al juzgar a los demás.

Espero que no se repita, a cuenta de las mascarillas, las miradas que culpabilizan y los improperios a personas con discapacidad que trajeron los paseos al comienzo del estado de alarma.

Y para los que tenemos personas como mi hijo a nuestro cargo. Mucha prudencia por favor. Evitemos en lo posible entrar en lugares cerrados o caminar por calles muy transitadas. No salgamos si tenemos sospechas, por mínimas que sean, de que están enfermos. Extrememos el cuidado. Si enferman el aislamiento en casa sería imposible y un ingreso extremadamente complicado de gestionar.

Jaime no llevará mascarilla, pero el gel hidroalcohólico va siempre en su mochila y la conciencia de responsabilidad social en todos los que le cuidamos.

Un día de la madre en el que luchar contra la soledad y el dolor

Mis hijos tienen la doble suerte de tener a sus dos abuelas y de tenerlas muy cerca. Esta semana Julia hizo para ellas dos dibujos de sus flores preferidas, violetas y margaritas, y en el paseo con niños que está permitido a partir de las doce nos hemos acercado a dárselos. Las hemos felicitado desde la acera, alegrándonos de ver sus rostros sonrientes desde las terrazas y deseando poder abrazarnos pronto.

Somos muy afortunados. Estamos todos y estamos sanos. Soy consciente de que es un día de la madre lleno de soledad y dolor en muchos hogares.

Mucho ánimo a las madres y abuelas que estáis teniendo que celebrarlo en la distancia, tal vez solas, sin poder siquiera ver a vuestros hijos y nietos desde la altura de un balcón.

Los abrazos y los besos volverán. Solo hace falta un poco más de paciencia y de prudencia.

Pero mucho ánimo sobre todo a los hijos e hijas, a los nietos y nietos que han perdido a sus madres y abuelas durante estos días tan duros y extraños. Espero que un día como hoy las recordéis con más dulzura que dolor.

El amor que les tuvisteis sigue ahí; el cariño nunca se pierde y es la mejor constancia de que tuvieron una vida que mereció la pena, que tuvo un gran valor.

¿Qué hacemos aquellos con hijos con discapacidad mayores de catorce años y también niños pequeños?

Segundo día de paseo y de felicidad para Jaime, que este agosto cumplirá catorce años.

Por cierto, estos son los horarios que tendremos según seamos o hagamos:
– Paseos y deporte para personas sanas: de 6.00 a 10.00 y de 20.00 a 23.00.
– Salidas de personas dependientes (acompañadas por un cuidador) y de aquellos mayores de 70 años: de 10.00 a 12.00 y de 19.00 a 20.00.
– Salidas con niños (con las condiciones que existían): De 12.00 a 19.00.

Imagino que prefieren que coincidan ancianos y personas dependientes para evitar encuentros entre nietos y abuelos, poco aconsejables aún y en los que sería difícil de controlarlas distancias. Y que piensan también en las personas dependientes con una salud delicada y más riesgos si contraen Covid-19. Pero hay muchas personas dependientes sanos como robles, como mi hijo. Y muchas familias tienen que compaginar su cuidado con el de niños más pequeños.

Menos mal que Jaime tiene trece años y casi nueve meses, y pese a ser una persona dependiente que necesita pasear con un cuidador aún encaja también, por los pelos, en la categoría de niño. Si pasara de los catorce no podría compartir el paseo con su hermana. Tendría que salir con ellos dos veces. Y estar dos horas en la calle.

Si tienes una persona dependiente a tu cuidado de más de catorce años y también más niños, no puede ser que tengas que hacer varios paseos. Pero es que, además, las personas con autismo tienen una rigidez de horarios que va a hacer difícil gestionar estos cambios en las nuevas rutinas creadas desde hace mes y medio.

El sentido común debería imponerse y permitir excepciones en casos así.

Tiene autismo, no habla, pero su sonrisa expresa la felicidad de pisar al calle tras 49 días encerrado

49 días. Todo ese tiempo ha estado Jaime, de trece años y con autismo severo, sin pisar la calle. “Pero si podría haberlo salido hace mucho”, me diréis. Cierto, el ministerio de Sanidad permitió que las personas en circunstancias como la de mi hijo pudieran dar paseos terapéuticos en plena crisis, cuando el virus golpeaba con más virulencia. Unos paseos que fueron un salvavidas para muchas familias, pese a acabar en ocasiones en portada de los periódicos por los improperios recibidos por aquellos que desconocían la exención o no la identificaban al verlos.

No salimos, no por miedo a esas posibles miradas o palabras de reproche. Hace ya mucho tiempo que logré que todo eso no me afectara. No salimos en primer lugar porque Jaime ha estado tranquilo. A lo largo de estas semanas ha tenido media docena de episodios en los que se ha puesto muy nervioso, pero han sido estallidos muy intensos y de muy corta duración, que ya tenía previamente al confinamiento y que no suelen durar más de cinco minutos. La mayor parte del tiempo ha estado feliz, entretenido con su ipad, escuchando música, saliendo a la terraza (cerrada con una reja porque la seguridad es lo primero), dándose largos baños diarios, trabajando con su ipad, durmiendo mucho y comiendo bien.

Tampoco hemos salido antes por prudencia. Entendimos que esas salidas terapéuticas debían darse solamente si eran imprescindibles para minimizar riesgos. Si Jaime, que es dependiente de nosotros como un niño de dos o tres años, enfermase, sería imposible aislarle y todos en casa tendríamos muchas papeletas para contagiarnos. En caso de enfermar y agravarse su estado, el ingreso podría haber sido una pesadilla porque no podría haber estado solo. Y de ingresar nosotros, la situación en casa sería muy complicada. Si estamos pudiendo gestionar razonablemente bien la situación, combinando teletrabajo, niños y casa, es porque somos dos y hacemos un buen equipo.

Además, no sabíamos si salir iba a ser contraproducente de otras formas. Jaime ha pasado por dos episodios, uno este invierno y otro más intenso el otoño anterior, en los que sólo quería estar en la calle paseando. Pese a haber estado ya horas en la calle, le teníamos triste, llorando ante la puerta, insistiendo en ponerse sus zapatos y su abrigo para salir de nuevo. No sabemos el motivo que lo desencadenó entonces, pero no deseábamos por nada que aquello se repitiese.

Desde que el domingo permitieran salir a los niños, y con un horizonte visible de desescalada, pensamos que había llegado el momento de salir. Con él y con su hermana, que no exige, pero que también tenía ganas de abandonar el piso en el que ha estado encerrada tanto tiempo como su hermano. No fue el primer día, quisimos esperar a ver. Pero ayer ya cruzamos el umbral. Sin mascarilla, porque no tolera ponérsela (por personas como mi hijo no puede ser obligatoria); con mucho cuidado de que no tocase nada, porque tampoco entiende nuestras instrucciones en ese sentido; huyendo de los lugares y las horas con más afluencia de personas.

Y el premio que obtuvimos fue su sonrisa. Mi hijo no habla, pero ayer no le hizo falta para transmitirnos la felicidad que sentía, las ganas que tenía de volver a sentir el sol y el aire a pie de calle.

No sabemos cómo evolucionará a lo largo de este desconfinamiento. No podemos explicarle, no es capaz de entender, porqué estamos encerrados todos juntos; el motivo por el que sus rutinas han cambiado tanto. Solo puede confiar ciegamente en nosotros, que sabe que le cuidamos y queremos, y tener una paciencia asentada en esa confianza. Nosotros también tenemos que confiar en él.

No tenemos ni idea de lo que nos traerá el futuro próximo, pero hoy saldremos de nuevo buscando su luz.

Los padres debemos dar ejemplo, a nuestros hijos y a toda la sociedad, de paciencia, sentido común y responsabilidad

Aún no hemos salido. Ni Jaime, aunque por tener autismo hubiera podido hace tiempo, ni Julia. Esta es la séptima semana que pasan confinados. También mi marido. Solo yo he salido para minimizar los riesgos. Al supermercado a comprar una vez por semana y dos veces al día a dar un paseo rápido a nuestra perra.

Todo llegará, probablemente pronto porque hoy mismo mi hija ha empezado a pedirlo, sin exigencias, casi en un susurro carente de insistencia. Buscaremos el mejor momento, la hora más tranquila y las calles menos transitadas.

La paciencia es una virtud que viene fenomenal en la vida en multitud de ocasiones y me parece buena idea inculcársela a nuestros hijos. Pero no critico a aquellos que ya lo han hecho, porque hay circunstancias y necesidades muy distintas.

No lo critico, en absoluto, siempre que hayan tirado de sentido común y responsabilidad. Más virtudes que conviene cultivar en nuestros niños.

No hay mejor forma, como siempre, como en todo, que dando ejemplo. Y en esta ocasión los padres debemos dar ejemplo no solo a nuestros hijos, también a toda la sociedad, para que la desescalada gradual que afrontamos culmine con éxito y en el más optimista de los plazos. Para que cuando recuperemos la libertad de caminar sin límite de tiempo, distancia o compañía, sepamos valorarlo.

Creo sinceramente que una mayoría está cumpliendo las normas. Lo que no quita que la minoría indeterminada que no lo hace, debería ser aún más pequeña; menos que anecdótica.

Paciencia, sentido común y responsabilidad son esenciales estos días para no tirar por la borda el trabajo y sacrificio de tantos.

Hay niños jugando en nuestras calles, hay un futuro

No hay mejor sensación de contento que la que produce ver la felicidad de nuestros niños, de lo que más queremos. Ver la natural alegría de un niño al jugar caldea el corazón, nos reconforta y hace que merezca la pena todo lo gris que hay en nuestras vidas.

Vuelve a haber niños jugando en nuestras calles, ya no solo algún niño yendo rápido y furtivo a comprar con su padre o madre o a cambiar de casa en la que permanecer.

Vuelve a haber niños jugando y es imposible no sonreír al verlos. Son la esperanza de que la normalidad, que parece que hayamos olvidado, va a volver.

Nuestros niños, un ejemplo de resiliencia y adaptación del que aprender. Maestros también de que ser feliz radica en los pequeños detalles, en ser capaz de parar y apreciar el ahora.

Hay niños de nuevo jugando en nuestras calles y eso anticipa un mañana más luminoso para todos.

Un mañana complejo y lleno de retos, también de miedo y sufrimiento, un mañana que miles no podrán ver, un mañana imperfecto.

Pero ahí estará, el sol seguirá saliendo. El futuro es un hecho y nuestros niños jugando en las calles es la mejor prueba.

¿Quieres que tu hijo ame los libros? Dale libertad, busca su disfrute y deja en su mano la decisión final

Leer no admite imperativos. Es una frase que escuché hace tanto tiempo, que ni recuerdo a quién, cuándo o dónde. Pero os aseguro que se me quedó grabada porque no puede ser más verdad. Más allá de lo útil que pueda ser leer, de lo que nos enriquezca y aporte, leer tiene que ser un goce. Si no hay disfrute cuando acercamos a nuestros niños a los libros, es más fácil fracasar en nuestro empeño de convertirlos en lectores.

Que sea una experiencia gozosa es imprescindible, tanto como lo es poder leer en libertad. Tienen que poder releer lo leído tantas veces como quieran; deben poder elegir sus libros favoritos sin que nosotros lo critiquemos o intentemos forzar otros títulos entre sus predilectos. Si desean abandonar un libro sin llegar al final si no les atrapa, no pasa nada, porque su tiempo también es valioso.

(GTRES)


Debemos respetar la manera en la que se adentran en la lectura y también aprender a gestionar nuestra frustración si no acaban siendo los voraces lectores que nosotros deseábamos. Nuestros hijos no han venido al mundo a cumplir nuestras expectativas, sino a ser ellos mismos, a encontrar su propia voz y su camino.

Por supuesto que debemos hacer lo que esté en nuestra mano por invitarles a enamorarse de la magia que encierran los libros. Debemos hacerlo, en primer lugar, dando ejemplo. Como siempre, como en todo. También leyéndoles cuentos, llevándoles a cuentacuentos, a librerías y ferias del libro, poniendo a su alcance buenas lecturas según van creciendo, respetando sus ritmos y sus gustos.

Pero si no lo logramos, si la mecha del amor a la lectura no acaba de prender, no pasa nada. No debería haber culpas ni decepciones. Tal vez no sea el momento; tal vez prefieran otros universos en los que sumergirse. Y, en última instancia, nuestros hijos no son nuestros.

Termino con un vídeo de Trastadasdemamá, cuentacuentos y experta en el fomento de la lectura que todos los días a las 11 os entretiene un ratito a los niños en Instagram, sobre los diez derechos que todo lector tiene, sea niño o adulto.

Seguro que os gusta.

Este curso escolar era un naufragio anunciado

Da igual lo que decidieran para acabar el curso escolar, estaba claro desde el principio que ninguna medida, por consensuada que fuera, iba a contentar a todo el mundo. Iba a haber críticas de un tipo y de otro independientemente de las decisiones tomadas. Críticas razonables y también otras que no lo son basadas en prejuicios personales: que si los profesores no trabajan nada, que si no obligar a repetir es hacer la vida fácil a los alumnos… En este país hay una legión que sabe de educación más que los profesionales que se dedican a ello.

El problema era de una complejidad considerable. No son lo mismo los niños de Infantil y Primaria, para los que puede ser más sencillo ponerse al día, que Secundaria y Bachillerato, aunque por ser niños más pequeños su cuidado a falta de las horas escolares sea un reto nunca visto para la conciliación. No digamos ya la generación de chavales a los que ha pillado en pleno paso a la Universidad. Y dentro de los estudios superiores, poco tiene que ver una titulación en la que enseñan informática, diseño o creación de videojuegos y hay una mayoría de estudiantes con buenos equipos en casa y preparados para la formación online, que otras que requieren una educación más práctica.

Luego está la Educación Especial, que da respuesta a casi 40.000 alumnos y que son, como siempre, los últimos en los que se piensa. Pocos titulares han acaparado desde que ayer se supiera el plan de Isabel Celaá para cerrar el curso. Aquí parece que no preocupa a casi nadie si pasan curso gratis, si quedarán descolgados, si se les regala un curso o pierden unas valiosas bases.

Lo que ha quedado meridianamente claro tras todo esto es que ni la sociedad está preparada para el cierre de los colegios y tener, por tanto, que atender las necesidades de sus menores; ni los centros educativos, salvo algunas excepciones (normalmente privadas y caras), están preparados para funcionar de manera telemática, sobre todo a la hora de hacer evaluaciones.

La evaluación. Ese es el gran problema. Más o menos podemos apañarnos para impartir conocimientos si profesores y familias arrimamos el hombro. Más o menos, con muchas desigualdades de por medio, con muchos niños y padres apartados directamente de la educación por falta de medios o capacidad para dar respuesta a la situación. Pero evaluar es otra cosa, las circunstancias no garantizan la equidad y objetividad necesarias. Es imposible en una mayoría de casos hacer exámenes justos y evaluar las tareas hechas en casa este tiempo tampoco lo sería.

Era imposible, por tanto, llevar este barco a buen puerto. Al final lo que han hecho es encallarlo en el lugar que parecía menos peligroso en medio del temporal, en esa playa de arena blanda de agarrarse a los dos primeros trimestres, casi enteros, que transcurrieron con normalidad, y reaccionar hacia delante cómo buenamente se pueda y de diferentes maneras.

Lo único que nos queda es aprender del naufragio. Necesitamos estar mejor preparados por si esta situación se repite, tener un plan de contingencia articulado para que nuestros niños y jóvenes, nuestro futuro, y ya de paso sus familias, no se vean a merced de los vientos.

Pero eso tampoco va a ser tarea rápida ni fácil.

(GTRES)