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Unos aperitivos científicos para celebrar Halloween

Cada año, tal día como hoy, este blog suele vestirse simbólicamente de negro y naranja para celebrar una de las fechas más divertidas del calendario. Y que, en contra de la creencia mayoritaria y como expliqué profusamente hace 365 días, no es “una fiesta yanqui”. Como escribía hace unos días Regina Hansen, de la Universidad de Boston:

Muchas prácticas asociadas con Halloween tienen sus orígenes en la religión precristiana o pagana de los celtas, los habitantes originales de las islas británicas y de partes de Francia y España.

Como ya conté, los expertos apuntan que Halloween es una tradición de fusión cristiana-pagana-céltica-mesoamericana, de raíz europea y origen mitológico gallego, que se exportó a EEUU a través de Irlanda y que los reyes mundiales del márketing nos devolvieron convertida en un producto, pero conservando símbolos y espíritus que nosotros les vendimos antes a ellos, incluyendo el terror, los dulces y las calabazas.

Imagen de Pexels.com.

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Pero antes de que esta tarde-noche el que suscribe se transmute en Roy Batty para celebrar la largamente esperada secuela de Blade Runner y soltarle a quien quiera escuchar aquello de “he visto cosas que vosotros no creeríais…”, aquí les dejo unos cuantos aperitivos de tono más o menos científico para abrir boca. Y para rematar la faena, unos minutos musicales con el punk clásico de los californianos Dead Kennedys y, desde Iowa, el psycho-surf-billy de los Surf Zombies. Feliz Halloween.

Una bola de luz flotando sobre Siberia

Según han explicado las autoridades rusas, este misterioso fenómeno observado esta semana en Rusia se debe a la burbuja de gas producida por un misil, iluminada por el sol que ya ha desaparecido bajo el horizonte del observador.

 

Secuenciado el genoma de la calabaza

Justo a tiempo para Halloween, un equipo de investigadores ha publicado el genoma de dos especies de calabaza, Cucurbita maxima y Cucurbita moschata. Estas hortalizas tienen grandes genomas distribuidos en 20 pares de cromosomas. Pero lo más curioso que han descubierto los científicos es que el genoma de la calabaza es en realidad dos subgenomas unidos, correspondientes a dos especies que se fusionaron hace entre 3 y 20 millones de años.

Sonidos siniestros del espacio

Aprovechando la celebración de Halloween, la NASA ha preparado una lista de reproducción con algunos inquietantes sonidos del espacio captados por varias sondas. Pero obviamente, como ya decían en Alien, en el espacio nadie puede oír tus gritos. En realidad se trata de emisiones electromagnéticas (por ejemplo, ondas de radio) captadas por diversos instrumentos y convertidas por los técnicos a frecuencias de sonidos audibles.

Así se crea la sangre para el cine

Atrás quedó la salsa de tomate. La sangre del cine hoy tiene bastante más química, y unos cuantos trucos para conseguir el efecto deseado.

¿No sabe de qué disfrazarse? Pregunte a la Inteligencia Artificial

A la investigadora Janelle Shane le gusta jugar con las redes neuronales y proponerles desafíos inusuales, como inventar nombres de bandas heavy o de nuevos colores. En esta ocasión Shane ha propuesto a su máquina inventar nuevos disfraces de Halloween, y el ordenador ha respondido con más de 5.000 ideas. Algunas son escasamente originales, como “Darth Vader”. Pero ¿qué me dicen de “la personificación antropomórfica del horror de la guerra”, de “bolsa de plástico llena de acondicionador de pelo”, de “pirata ninja robot zombi” o de “magnate sexy de conglomerado del acero de comienzos del siglo XX”? Ideas no les van a faltar.

Un alien en la playa

De vez en cuando el mar devuelve criaturas que parecen haber caído en el océano desde alguna nave alienígena. Es el caso de este ser que apareció en una playa de Texas tras el paso del huracán Harvey. Fue necesaria la ayuda de Kenneth Tighe, biólogo del Museo Smithsonian de Historia Natural, para identificar el animal como un Aplatophis chauliodus o anguila de colmillos.

Halloween, un viaje de ida y vuelta Europa-EEUU

Sin ánimo de pasar por el antropólogo que no soy, sino como mirón de la realidad, veo dos perfiles básicos de odiadores de Halloween: quienes aborrecen todo lo que lleve la marca de las barras y estrellas, y un sector del cristianismo empeñado, por razones que no me corresponde analizar, en erradicar una inocente diversión laica que tiene como protagonistas a los niños (quienes, por cierto, no suelen celebrarlo como una fiesta pagana). Y que pretenden reemplazar por una contraversión llamada Holywin que, no puedo evitarlo, me trae a la mente aquellos alambicados deportes pergeñados por el Estado Mundial de Un mundo feliz para mantener a la población ideológicamente encarrilada.

Imagen de Wikipedia.

Imagen de Wikipedia.

Y si se fijan, no abro un tercer taxón para los puristas de las tradiciones propias; en mi sola experiencia (ya lo he dicho, simple mirón), esto suele ser una excusa bajo la cual se esconde uno de los otros dos motivos. Hay pretendidos puristas que nunca se pierden el festival del año nuevo chino, y otros que han adoptado el Holywin con los brazos abiertos.

Tanto a unos como a otros les recomendaría una lectura nada sofisticada: la entrada sobre Halloween en la versión española de la Wikipedia. No voy a descubrir nada nuevo; ahí encontrarán, para su probable sorpresa, que la fiesta de Halloween y la mayor parte de sus tradiciones y simbología no se han inventado en la patria del Capitán América, sino que viajaron hasta allí desde la cristiana Europa ancestral para luego regresar a casa. Eso sí, convertidas en un exitoso producto comercial, que para eso no hay nadie como ellos.

Por servirles la carne magra de lo que cuenta la Wikipedia, Halloween (venga, que es muy fácil: ja-lo-güin) es una contracción de All Hallows Eve, o “víspera de Todos los Santos”; aunque otro posible origen del término sería Hellequin, nombre que daban los galos a la leyenda de las cabalgatas de muertos y espíritus que en diferentes lugares de España se conocen como Santa Compaña (Galicia), Estantiga (Castilla) o Güestia (Asturias). Misma cosa, distintos nombres.

Graffiti de la Santa Compaña en Pontevedra. Imagen de Wikipedia.

Graffiti de la Santa Compaña en Pontevedra. Imagen de Wikipedia.

En la tradición de inspiración cristiana de la víspera de Todos los Santos, llamada Noche de Difuntos, aparecen casi todos los elementos del armazón de la moderna fiesta de Halloween. Comencemos por el rollo muertos, zombis y esqueletos:

…cuando llega la noche de difuntos se oye doblar sola la campana de la capilla, y que las ánimas de los muertos, envueltas en jirones de sus sudarios, corren como en una cacería fantástica por entre las breñas y los zarzales. Los ciervos braman espantados, los lobos aúllan, las culebras dan horrorosos silbidos, y al otro día se han visto impresas en la nieve las huellas de los descarnados pies de los esqueletos.

No, no es un párrafo del guión de una de Tim Burton, sino un fragmento de El Monte de las Ánimas, el cuento de Gustavo Adolfo Bécquer sobre la leyenda de la Noche de Difuntos en Soria; cuento que, al menos antes, solía ser lectura obligatoria en los colegios, incluyendo los católicos.

¿Calabazas? Corto y pego textualmente de la Wikipedia: “dentro de Castilla, en la actual comunidad de Madrid, se tienen registros de numerosos municipios como Ambite, Canencia, El Vellón, Estremera, Manzanares el Real, Loeches, Fuentidueña de Tajo en los que se decoraban las casas con calabazas, a las que le hacían agujeros en su interior para simular una cara con ojos, nariz y boca y se introducía una vela o luz dentro de la calabaza, con el objetivo de invocar espíritus protectores y asustar a la gente generando una atmósfera de terror”.

¿Niños pidiendo chuches de puerta en puerta? Por entonces aún no se habían inventado los Peta Zetas, los Sugus ni las gominolas, pero cito de la misma fuente: “En Asturias, en el siglo XVIII, los niños llevaban lámparas y pedían comida a las puertas de las casas durante esa noche”.

Dicho todo esto, hago una salvedad, y es que por desgracia la Wikipedia tiene sus peligros. Me refiero a la calidad de las fuentes. Como suelo explicar aquí, la ventaja del sistema de las revistas científicas (también para las ciencias sociales y las humanidades) es que todo lo publicado ha sido validado por otros especialistas en la misma materia, certificando que el contenido de un estudio es legítimo y no una veleidad de los autores. La Wikipedia a menudo cita fuentes académicas, pero otras veces refiere a páginas web o blogs que a su vez no enlazan a fuentes originales contrastables.

En el caso de las tradiciones asturianas, por ejemplo, hay garantías en la referencia a una entrevista con un etnógrafo especializado en la mitología local. En cambio, lo relativo a Castilla se basa en un blog que ofrece abundante información elaborada, pero sin citar una sola fuente verificable.

Entiéndanme, no estoy calificando el blog como pura fantasía, pero hay que justificar que lo contado no se lo ha inventado uno mismo, sobre todo cuando ni siquiera se sabe quién es “uno mismo” (el blog parece ser anónimo). ¿Dónde se han publicado o documentado esas costumbres de tantos pueblos madrileños? Es el doble filo de la internet 2.0; lo bueno es que cualquiera puede publicar lo que quiera, pero lo malo es que cualquiera puede publicar lo que quiera. Con mucha frecuencia, los rumores falsos se propagan y rebotan de unas webs a otras hasta que todo el mundo los da por ciertos. Frente a este círculo vicioso, las revistas académicas crean un círculo virtuoso: estudios aprobados por expertos que citan otros estudios a su vez también aprobados por expertos.

Hecha esta salvedad y volviendo al asunto, lo que sí parece aceptado comúnmente por los eruditos es que las raíces de todo esto se remontan a más atrás, a la festividad céltica del Samhain, el fin de la cosecha y el cambio de estación, ligada al culto a los espíritus; que perdura en el paganismo, y que la Iglesia Católica trató de reconducir haciéndola coincidir con la celebración de Todos los Santos, pero que popularmente conservó sus evocaciones siniestras en la Noche de Difuntos.

Y con todo este equipaje cultural, emprendamos viaje, de Europa a América. Como es bien conocido, las tradiciones españolas se difundieron al Nuevo Continente, y en el caso que nos ocupa tomaron forma en fiestas como el Día de Muertos de México. Pero antes de que algún mexicano se me enfade, aclaremos: ellos también aportaron sus propias costumbres. Aquí sí puedo citar a un académico, el experto en historia celta Manuel Alberro, escribiendo en 2004 en Araucaria, Revista Iberoamericana de Filosofía, Política y Humanidades:

Tanto Halloween como el Día de los Difuntos y su Día de Muertos no son más que modernas versiones de las arcaicas festividades del céltico Samain y de la Festividad de los Muertos de los aztecas.

Cráneos de cerámica decorada del Día de Muertos en México. Imagen de Wikipedia.

Cráneos de cerámica decorada del Día de Muertos en México. Imagen de Wikipedia.

Es decir, que la rama céltica se enlazó con una rama cristiana, a cuyo resultado se le unió en México otra rama mesoamericana. Más al norte, la tradición llegó a EEUU desde Irlanda. A estas costumbres se les aplicaron formatos locales de acuerdo a la idiosincrasia de cada pueblo. Pero curiosamente, y para horror de los alérgicos al mestizaje (que los hay aquí, en México y en EEUU), todo acaba mezclándose: si a muchos mexicanos la versión estadounidense de la fiesta les indigna tanto o más que a muchos españoles, resulta que en algunos lugares de EEUU el Día de Muertos está comenzando a teñir también las celebraciones de Halloween.

Pero si en EEUU (y de rebote, aquí) Halloween carece de todo aquel carácter de solemnidad, de rezo y de veneración hacia los antepasados, no es más que una secularización idéntica a la que ha experimentado, por ejemplo, la Navidad, que obviamente ya no es una celebración exclusiva de los cristianos. Parecería lógico que los odiadores de Halloween por razones religiosas despreciaran con la misma contundencia todo aquello de la Navidad que no es estrictamente cristiano; y no hablo solo del árbol y el Jingle Bells: desde el turrón, que es de origen árabe, hasta la Nochevieja, una fiesta civil, y sus uvas, una costumbre de origen digamos socioagrícola. Eh, y nada de regalos a los adultos, que los Reyes Magos se fueron con las manos vacías.

Me reservo para el final la guinda del pastel. Resumiendo todo lo anterior, Halloween es una fiesta popularizada en EEUU pero llevada allí desde Irlanda, con influencia cristiana y raíz celta en la celebración del Samhain o Samaín. Pero ¿quién inventó el Samaín?

Según la mitología gallega, los descendientes del rey Breogán conquistaron Irlanda y llevaron allí las tradiciones celtas; entre ellas, el Samaín. Hoy esta fiesta se celebra como tradición recuperada en muchos lugares de Galicia. Pero resulta que también leyendas irlandesas hablan de invasiones desde la cornisa cantábrica de la Península Ibérica. Así que, si las leyendas fueran ciertas, los irlandeses habrían heredado el origen de Halloween de los celtas gallegos.

Claro que solo son leyendas. ¿O no? De hecho, ciertos estudios sugieren que tal vez realmente existan vínculos genéticos entre ambos pueblos actuales, aunque aún hay controversia al respecto (y con razón: el principal proponente de la hipótesis es Bryan Sykes, genetista de Oxford que protagonizó un gran bluf cuando publicó que el Yeti era un descendiente de un oso polar del Paleolítico, como conté aquí y aquí).

Y sin más, les dejo con unos minutos musicales para Halloween: una joya clásica de los Bauhaus, padres del post-punk gótico, y la cuasi-banda sonora oficial de la fiesta, del inclasificable Marilyn Manson, sobre (esta vez sí) vídeo de Pesadilla antes de Navidad de Tim Burton. Felices sustos.

¿Quién teme al científico feroz? (Feliz Halloween)

Aldous Huxley hizo algo que a un servidor le gustaría hacer, si no fuera porque ya lo hizo Aldous Huxley: escribir dos novelas con el mismo planteamiento, una sociedad gobernada por la ciencia, pero con resultados contrapuestos. En la primera y más famosa, la distópica Un mundo feliz (1932), un régimen solapadamente tiránico empleaba la ciencia para subyugar y entontecer a la población. La segunda, La isla (1962), una obra de madurez, retrataba la utopía de una comunidad que se servía de la ciencia como instrumento de libertad y progreso.

El Doctor Nefario, el científico loco de 'Gru'. Imagen de Universal Pictures.

El Doctor Nefario, el científico loco de ‘Gru’. Imagen de Universal Pictures.

En el intervalo entre una y otra, a modo de prólogo a una edición posterior de Un mundo feliz, Huxley anticipó la idea que después plasmaría en La isla como una alternativa de escape para el Salvaje, el personaje central de la primera: la ciencia y la tecnología hechas al servicio del hombre, y no al contrario “como en la actualidad”, escribía.

Este experimento literario de Huxley fue tan oportuno como visionario. La época en la que le tocó vivir, primeros dos tercios del siglo XX, fue la de la generalización de los grandes avances científicos y tecnológicos que transformaron radicalmente la vida común como nunca antes en un plazo tan breve de la historia: la electricidad, la mecanización de los hogares y las oficinas, el teléfono, el automóvil, el avión, la medicina moderna, la televisión, el cine, la comida rápida… Huxley juzgaba que aquella invasión de la sociedad por la ciencia y la tecnología no se estaba encaminando hacia el bien de la humanidad, y quiso dejar constancia de cómo veía las cosas y de cómo le gustaría verlas, ya que probablemente comprendía que la ciencia y la tecnología habían llegado al barrio no solo para quedarse, sino para crecer y multiplicarse.

Hoy la ciencia está más presente que nunca en la vida pública. Muchos de los asuntos que preocupan en la calle tienen una amplia vertiente científica o tecnológica, como demuestran ejemplos recientes. Decía Ernesto Guevara, si es que lo dijo, que un pueblo que no sabe leer ni escribir es fácil de engañar. La alfabetización aún pendiente es la científica; hoy un pueblo que no sabe ciencia es fácil de engañar, como también demuestran ejemplos recientes.

Quizá porque este protagonismo de la ciencia en los asuntos de interés es a veces demasiado subrepticio, casi clandestino, no llega a comprenderse bien la necesidad de que crezca en igual grado la presencia en funciones de responsabilidad de quienes pueden explicar y conducir estas materias, científicos, ingenieros, matemáticos. Persisten enormes reticencias hacia la participación de la ciencia en la toma de decisiones, por parte de quienes prefieren vivir en la ignorancia o, sencillamente, viven de ella.

Este artículo de hoy, víspera de la noche de Halloween, trata sobre el miedo. Pero sobre un miedo particular, el miedo a la ciencia. Ignoro si tiene un nombre formal porque no lo he encontrado en las listas de fobias descritas, pero es evidente que forma parte arraigada de nuestro ser: muchas de las grandes obras del género de terror se basan en explotar este temor del ser humano a lo que algún científico loco puede hacer para eliminarnos o esclavizarnos, desde Frankenstein hasta Gru. No hay malo de James Bond que no emplee a un científico, o lo sea él mismo, para alcanzar sus perversos objetivos. Mi hijo de 10 años, que empieza a hacer sus pinitos como juntaletras, ya escribe cuentos sobre científicos locos que crean horribles seres mutantes en laboratorios ultrasecretos.

Los sociólogos suelen apuntar que un signo de las sociedades menos desarrolladas es el temor a la ciencia como un agente desconocido y amenazador. Tenemos ejemplos de ello, como las revueltas en algunos países africanos contra las campañas de vacunación, o las agresiones sufridas por algunos médicos extranjeros durante la crisis del ébola. En los países desarrollados estos miedos son menos prevalentes, pero se sofistican al tiempo que se marginalizan hacia un fenómeno de frontera: el de las teorías de la conspiración.

Recientemente estuve en contacto con Sebastián Diéguez, un neuropsicólogo suizo de ascendencia española que trabaja en la Universidad de Friburgo. Diéguez lleva un enfoque investigador muy interesante; recientemente ha publicado un estudio en el que indaga en la mente de los conspiranoicos. A propósito de esto, me comentaba que las investigaciones de otros expertos revelan “un vínculo entre la creencia en teorías conspirativas y el rechazo de la ciencia”.

Hay ejemplos muy conocidos; quizá el más popular sea el de las misiones lunares. Mi película de anoche fue Capricornio Uno, dirigida por Peter Hyams en 1977. Cuenta la historia de una misión a Marte que resulta inviable antes de ponerse en marcha. En lugar de cancelarla, el gobierno de EE. UU. decide seguir adelante, lanzar el cohete vacío sin tripulación y recluir a los astronautas en un remoto emplazamiento en el desierto, donde graban las escenas de Marte en un estudio de televisión. El plan era desviar la trayectoria de vuelta de la nave para que amerizara muy lejos de lo planeado, dando así tiempo para que un helicóptero llevara a los tripulantes hasta la cápsula. Pero surge un problema: durante la reentrada en la atmósfera, la nave se fríe debido a un fallo en el escudo térmico. El accidente solo deja una opción, eliminar a los astronautas para que no se descubra el montaje.

La ciencia es protagonista de otras muchas teorías de conspiración relacionadas con las vacunas, los cultivos transgénicos, el cambio climático o las farmacéuticas. Diéguez añadía: “También, si piensas en los principales casos de rechazo a la ciencia, como la creencia en el creacionismo, casi automáticamente requieren algún tipo de encubrimiento: la razón para que tantos expertos y biólogos acepten la teoría de la evolución TIENE QUE SER una conspiración, si realmente la teoría es tan obviamente falsa y fallida”. El neuropsicólogo agregaba que durante su investigación se había encontrado con muchas trabas, porque los conspiranoicos tendían a pensar que él mismo formaba parte de una conspiración. “¡No es una población fácil de estudiar!”, decía.

De propina, y sin otro motivo que festejar la noche más terrorífica del año, aquí les dejo un par de vídeos de los reyes del Horror Punk, que no son otros que los Misfits. Felices sustos.

La ciencia del miedo y la ciencia en el miedo

No pretendo sacar los pies de mi parcela científico-mixta ni convertir este blog en algo distinto de lo que viene siendo, pero me van a permitir que ahí deje esto:

¡Viva Halloween!

A quienes vilipendian esta fiesta acogiéndose al sagrado de las tradiciones patrias, habría que recordarles que tradicionalmente hemos tirado cabras de campanarios y arrancado la cabeza a ocas vivas, por citar dos ejemplos satisfactoriamente demagógicos. Y en el caso de quienes hemos criado ya, para nuestros hijos Halloween formará parte de su tradición vital con mucha más intensidad que otros costumbrismos locales que algunos nunca hemos mamado pese a que nos cojan geográficamente cerca (explico: a este madrileño, verbenas, chotis y chulapos le resultan tan extraños o más que una haka maorí).

Un fotograma de la película 'Nosferatu, eine Symphonie des Grauens', de F. W. Murnau (1922). Imagen de Film Arts Guild.

Un fotograma de la película ‘Nosferatu, eine Symphonie des Grauens’, de F. W. Murnau (1922). Imagen de Film Arts Guild.

Dicho esto, para todo el que, como quien suscribe, se ha criado leyendo a Poe, Stoker, Shelley, Lovecraft, James, Stevenson, Le Fanu, Hoffmann, Espronceda o Bécquer, Halloween es una excusa para soltar el pelo de nuestra querencia por lo macabro, lo gótico y lo siniestro. Pero incluso para quien no comparta estos gustos literarios, desde el punto de vista científico Halloween puede entenderse como una celebración antropológica del miedo, una emoción tan vieja como nosotros y tan esencial como el dolor; si este nos advierte de que algo marcha mal en nuestro organismo para que nos ocupemos de ello, el miedo es el responsable de lo que los fisiólogos llaman reacción Fight-or-Flight (y que en castellano pierde toda la gracia: Lucha o huída).

Este mecanismo es una respuesta a situaciones de estrés (no del tipo “ejecutivo agobiado por el trabajo”, sino del tipo “me encuentro con un tigre dientes de sable en la entrada de la cueva y todo lo que llevo en la mano es una brocha para pintar bisontes”) que prepara el organismo para un rendimiento máximo en cualquiera de las opciones escogidas, ya sea pelear o escapar. Es lo que popularmente se conoce como la descarga de adrenalina, una de las hormonas que nuestras glándulas adrenales (una especie de topping en lo alto del riñón) segregan a la orden del sistema nervioso autónomo, el que se basa mayoritariamente en la médula espinal y controla sobre todo funciones involuntarias.

La respuesta Fight-or-Flight es una sofisticada maravilla fisiológica mediada por una tormenta de hormonas y neurotransmisores que desencadena una revolución en nuestro organismo: no solo se aceleran el corazón y los pulmones, algo que ya conocemos, sino que todos los recursos se destinan a favorecer la potencia física. Se movilizan las reservas de grasas y glucógeno para verter glucosa a la sangre, que se concentra en los músculos mediante la dilatación de sus vasos; se activan los sistemas de coagulación en previsión de heridas; se empieza a sudar por si hay que refrescar el cuerpo durante una carrera; se dilatan las pupilas para captar más luz, pero se pierde la visión periférica en favor de la frontal. Y al mismo tiempo, otras funciones no esenciales para ese momento se ralentizan o se suprimen, como la audición, la secreción lacrimal, la salivación, la erección, la respuesta inmunitaria, la digestión y el control de los esfínteres y la vejiga. Incluso las funciones cognitivas superiores se bloquean, una forma que nuestro cuerpo tiene para decirnos: no pienses, ¡actúa!

La cultura y nuestro complicado entendimiento intelectual ayudaron a convertir ese miedo al tigre dientes de sable en otros horrores más complejos, y de ahí nace toda la mitología en la que se basan nuestras tradiciones terroríficas: vampiros, brujas, espectros, muertos que vuelven a la vida, hombres que se transforman en bestias, bestias que se esconden en lugares prohibidos; son tradiciones arraigadas en lo más ancestral del ser humano. Las excavaciones de restos humanos del pasado a menudo desentierran esqueletos con la cabeza separada del cuerpo, o con estacas de madera o metal atravesándoles el cuerpo, o con pedruscos incrustados entre las mandíbulas. Cuando un arqueólogo encuentra estampas tales, suele sospechar que ha dado con el cadáver de alguien a quien sus coetáneos creían un vampiro. Decapitar a estas personas, fijar sus cuerpos al suelo con estacas o desencajarles las mandíbulas con un ladrillo eran estrategias destinadas a impedirles que salieran de sus tumbas para alimentarse de la sangre de los vivos. Un ejemplo de este último caso se ha encontrado en mayo de este año en Polonia, y hace unos días se informó del hallazgo en Bulgaria de un esqueleto con una estaca de metal atravesándole el pecho, un descubrimiento del arqueólogo Nikolai Ovcharov, (¿auto?) denominado el “Indiana Jones búlgaro” (juzguen ustedes por esta foto).

Enterramiento de un presunto 'vampiro' en Sozopol (Bulgaria), con una barra de hierro que le atravesaba el pecho. Imagen de Bin im Garten / Wikipedia.

Enterramiento de un presunto ‘vampiro’ en Sozopol (Bulgaria), con una barra de hierro que le atravesaba el pecho. Imagen de Bin im Garten / Wikipedia.

Pero además de la ciencia del miedo, otro territorio apasionante es el de la ciencia en el miedo. Quizá es una expresión del miedo a lo desconocido, especialmente si se trata de un poder de consecuencias imprevisibles; pero la ciencia ha formado parte del género de terror al menos desde la versión del relato popular del Doctor Fausto escrita por Christopher Marlowe en torno a 1592, según el escritor Jason Colavito, investigador escéptico de la llamada xenoarqueología (eso que algunos creen huellas extraterrestres en las antiguas culturas). “Durante casi tres siglos, el género de terror ha ofrecido un comentario continuo sobre el papel de la ciencia en nuestra sociedad”, escribe Colavito. “Ya sea en la forma de científicos locos como Víctor Frankenstein o el Dr. Moreau, o de monstruos inclasificables que desafían a la razón humana, como Damned Thing de Ambrose Bierce o las blasfemias extraterrestres de H. P. Lovecraft, las historias de terror nos muestran que la luz del conocimiento no siempre ilumina los rincones más oscuros de nuestro mundo o de nuestras almas”. Según este autor, la aureola terrorífica de la ciencia se debe a “la actitud ambivalente hacia el poder de la ciencia que permea el pensamiento moderno”.

La ciencia y los científicos están presentes en muchos de nuestros terrores favoritos, desde Frankenstein a Drácula, desde las historias de momias a las de zombis, desde el Doctor Jekyll al Doctor Moreau o los investigadores de la Universidad de Miskatonic. Un cuento con luz y sonido que tienen mis hijos trata sobre una casa encantada que esconde un monstruo en cada una de sus habitaciones. ¿Adivinan quién ocupa el sótano? “Un científico que realiza espeluznantes experimentos”. Tal vez no sea fácil explicar a tus hijos que tu antigua profesión era la misma que la de uno de los monstruos de su cuento. Pero quizá así aprendan que también se puede disfrutar del miedo. Al fin y al cabo, de eso trata esta noche. Feliz Halloween.