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¿Influyen las series de televisión en las creencias conspiranoicas?

Decíamos ayer que, según los estudios de los psicólogos, los niños aprenden a diferenciar la realidad de la ficción entre los tres y los cinco años. Lo cual no quiere decir que abandonen la fantasía; por ejemplo, el suelo es lava, pero ellos saben que realmente no lo es. El psicólogo de Harvard Paul Harris contaba cómo, desde la tierna edad de dos años, los niños que celebran una fiesta de té con peluches dicen que uno de ellos se ha mojado cuando se le vuelca una taza sobre la cabeza, a pesar de que ellos lo notan seco cuando lo tocan; en realidad, saben que ese “mojado” es diferente del “mojado” cuando se hunde el peluche en la bañera.

Este aprendizaje es el que les lleva a comprender que los superhéroes no son reales, o que el Mickey Mouse del parque Disney no es realmente el único e insustituible Mickey Mouse en persona, ya que este último es solo un dibujo animado. Es curioso cómo para nosotros, los adultos, comprender este desarrollo de la mente infantil es complicado a pesar de que todos hemos pasado por ello.

Un ejemplo interesante es el de la magia navideña. La psicóloga Thalia Goldstein identificaba cinco fases en el desarrollo mental del niño, desde la creencia a pies juntillas en Santa Claus, pasando por la idea de que el Santa Claus del centro comercial no es el verdadero sino una especie de emisario mágico, a la de que es solo un representante autorizado, para comprender después que es un simple imitador del auténtico, hasta finalmente descubrir todo el pastel completo.

Pero de hecho, los propios psicólogos advierten de que todo esto no es tan nítido ni tan programado como podría parecer; por ejemplo, se ha propuesto que la incapacidad de diferenciar la realidad de la fantasía es una causa primaria de los miedos nocturnos de los niños, y esto puede persistir cuando ya saben conscientemente, al menos en apariencia, que los superhéroes o los monstruos no existen en carne y hueso.

Y aún más, es evidente que no solo los niños padecen miedos nocturnos, y que muchos adultos creen en fantasmas a pesar de no haberse podido verificar ni una sola prueba sólida de su existencia. Y que no pocos sufren pesadillas o tienen miedo de sufrirlas si ven una película de terror.

Stranger Things. Imagen de Netflix.

Stranger Things. Imagen de Netflix.

Así pues, parece que la ficción nos influye también a los mayores: lloramos cuando muere un personaje, aunque ese personaje jamás haya existido. Precisamente en estos días he recibido dos mensajes de lectores de mis novelas contando cómo les habían hecho llorar. Poder provocar emociones sinceras a través de historias y personajes que son cien por cien ficticios es, en mi opinión, el mayor privilegio de un escritor.

La influencia de la ficción se manifiesta en otros aspectos: el tabaco casi ha desaparecido de las películas –excepto en aquellas ambientadas en una época en la que se fumaba mucho más que ahora– porque se piensa que su representación puede incitar a su consumo, y un viejo debate siempre presente plantea cómo la violencia en el cine o en los videojuegos puede engendrar violencia real. Y aunque estas suposiciones sean como mínimo muy cuestionables, el principio general en el que pretenden basarse no es descartable: no somos inmunes a la ficción.

Pero ¿qué hay de las pseudociencias y las teorías de la conspiración? Se diría que hoy están más presentes que nunca entre nosotros. Y si bien es cierto que tal vez solo se trate de que internet y las redes sociales las han hecho más visibles, también lo es que esta mayor visibilidad tiene el potencial de atraer más adeptos. Hace unos días, mi colega Javier Salas contaba en El País cómo incluso una idea tan descabellada como el terraplanismo puede convencer a muchas personas simplemente con unos cuantos vídeos en YouTube, y cómo incluso los moderadores de estos contenidos conspiranoicos en Facebook acaban en muchos casos atrapados por estos engaños.

De todo esto surge una pregunta: ¿puede también la ficción convencer a sus espectadores de que las teorías de la conspiración son reales? Ayer mencionaba el ejemplo de Stranger Things, una estupenda serie de trama conspiranoica y paranormal, muy recomendable… siempre que se comprenda que es un mero entretenimiento y que nada de lo retratado es real. Pero ¿se comprende?

Esta es precisamente la pregunta que se hicieron tres psicólogos de las universidades de Bruselas y Cambridge. Los investigadores hacían notar que la influencia de la ficción en las personas ha sido ampliamente estudiada, como también lo han sido los mecanismos mentales que sostienen la creencia en conspiranoias. “Sin embargo, hasta la fecha estos dos campos han evolucionado por separado, y en nuestro conocimiento ningún estudio ha examinado empíricamente el impacto de las narrativas de conspiración en las creencias conspirativas en el mundo real”, escribían los autores en su estudio, publicado el pasado año en la revista Frontiers in Psychology.

Los investigadores reunieron a cerca de 250 voluntarios, y a una parte de ellos los sentaron a ver un capítulo de otra mítica serie de televisión sobre conspiraciones, tal vez la serie de televisión sobre conspiraciones, que desde 1993 y casi hasta hoy –con algunas interrupciones– nos ha mantenido pegados a la tensión entre el conspiranoico Fox Mulder y la racional y escéptica Dana Scully; y que no es otra que Expediente X. Tanto los sujetos del experimento como el grupo de control fueron sometidos a un test para valorar sus creencias y opiniones y la posible influencia del episodio sobre ellas.

Imagen de Joe Ross / Flickr / CC.

Imagen de Joe Ross / Flickr / CC.

Y el resultado fue… negativo. “No observamos un efecto de persuasión narrativa”, escribían los investigadores, concluyendo que su estudio “apoya fuertemente la ausencia de un efecto positivo de la exposición a material narrativo en la creencia en teorías de conspiración”.

Para quienes procedemos de ciencias empíricas más puras, la psicología experimental tiene el enorme valor de aportar una solidez científica que cuesta encontrar en otras ramas de la psicología; por ejemplo, la clásica acusación de pseudociencia contra el psicoanálisis freudiano se basa en que se desarrolló como sistema basado en la observación, no en la evidencia. Esto incluye el hecho de que Freud fundó su método sobre premisas que eran simples intuiciones. Y esto a su vez está muy presente en mucha de la psicología de divulgación que se escucha por ahí, justificada más por el argumento de autoridad –la “voz del experto”– que por la prueba científica (incluso aunque esta exista).

En este caso concreto, sería fácil escuchar a cualquiera de esos psicólogos radiotelevisivos disertar sobre cómo las conspiraciones de ficción moldean la mente de la gente. Y todos nos lo creeríamos, porque resulta razonable, plausible. Tanto que los autores del estudio esperaban que su experimento lo confirmara. Pero a la hora de llevar la teoría al laboratorio, se han encontrado con una conclusión que les ha sorprendido: “Nuestras hipótesis primarias han sido refutadas”, escriben. Y esto es lo grandioso de la ciencia: reconocer que uno se ha equivocado cuando las pruebas así lo manifiestan.

Ahora bien, podríamos pensar que no es lo mismo ver un solo episodio de una serie conspiranoica como Expediente X que someterse a un tratamiento intensivo de varias temporadas en régimen de binge-watching, sobre todo en el caso de espectadores con ciertos perfiles psicológicos concretos. Esto es lo que distingue a la ciencia de lo que no lo es; uno no puede llevar sus conclusiones más allá de lo que dicen los datos derivados de las condiciones experimentales concretas. Los autores escriben: “Serían bienvenidos los estudios longitudinales examinando el impacto de la exposición a series conspiracionistas durante periodos de tiempo mucho más largos”.

Pero hay un mensaje clave con el que deberíamos quedarnos. Y es que, si existe algún ligero efecto sugerido por el estudio, aunque estadísticamente dudoso, es el contrario al esperado: “De hecho, la exposición a un episodio de Expediente X parece disminuir, en lugar de aumentar, las creencias conspirativas”, escriben los autores. Es lo que se conoce como efecto bumerán: “Las personas pueden percibir el mensaje persuasivo como un intento de restringir su libertad de pensamiento o expresión y por tanto reafirmarse en esta libertad rechazando la actitud defendida por el mensaje”.

Lo cual tiene una implicación esencial que he comentado y defendido aquí a menudo: pensar que las pseudociencias se combaten simplemente con más formación-información-divulgación científica es un gran error. Es insultar a los conspiranoicos atribuyéndoles una simpleza mental que dista mucho de la realidad; también en el caso del mensaje científico, el efecto bumerán actúa poderosamente en las personas que apoyan las pseudociencias. Como decían en Expediente X, la verdad está ahí fuera. Pero la gran pregunta es cómo convencer a los conspiranoicos de que no es la que ellos creen.

Qué hacer si despiertas con un monstruo sentado sobre el pecho

En 1982 alcanzó cierta notoriedad una película titulada El ente, a propósito del caso de una mujer que sufría los asaltos sexuales de un fantasma. Los años 60 y 70 del siglo pasado vieron florecer una edad de oro en el mundo de los fenómenos paranormales, e incluso la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA) llegó a disponer de un Laboratorio de Parapsicología que funcionó desde 1968 hasta 1978. Por su parte, el cine aprovechaba el tirón de lo sobrenatural para navegar en la exitosa estela de El exorcista con taquillazos como Poltergeist, El resplandor o La profecía. Y sin duda, no había imán más potente para el público que el elemento morboso de poder abrir la pantalla con aquella frase: “Esta película está basada en hechos reales”. Fue el caso de El exorcista, Terror en Amityville y, también, El ente.

Barbara Hershey en un fotograma de la película 'El ente' (1982), de Sidney J. Furie. Imagen de 20th Century Fox.

Barbara Hershey en un fotograma de la película ‘El ente’ (1982), de Sidney J. Furie. Imagen de 20th Century Fox.

El director Sidney J. Furie filmó el guión en el que Frank De Felitta adaptó su propia novela, la historia real de Doris Bither (o Carla Moran), una californiana que decía recibir constantes visitas de una presencia espectral obsesionada por abusar sexualmente de ella. Dado que la mujer recurrió a la ayuda de dos parapsicólogos de la UCLA que describieron los ataques sin poder explicar el cómo ni el porqué, el caso ha pasado a la posteridad como uno de los argumentos de bandera del esoterismo, y en internet abundan las páginas en las que se habla de la experiencia de Moran como de un fenómeno sobrenatural “verídico”.

Lo que no suelen mencionar los raconttos de la historia es que quien dirigió aquella investigación, el parapsicólogo y doctor en psicofisiología Barry Taff, entonces en la UCLA, lleva años pregonando que “lo paranormal no existe”. A lo largo de una vida dedicada al estudio de lo sobrenatural, con más de 4.500 casos en su haber, Taff llegó a la conclusión de que tales fenómenos son solo construcciones de la mente. Es más; el parapsicólogo opina que “lo paranormal atrae a más gente emocionalmente perturbada que ninguna otra área de interés humano”. “Lo que nos queda es una siempre creciente proporción que o bien están mentalmente enfermos o están en proceso de desarrollar serios desórdenes de personalidad y que no saben qué hacer al respecto sino culpar a una presencia maligna paranormal”, escribía Taff en un artículo que causó gran conmoción en los círculos del esoterismo. El texto estaba encabezado por una advertencia en la que aclaraba: “Recuerda, he estado ahí fuera durante más de cuatro décadas, documentando y haciendo investigación, y TÚ no”.

Respecto a la historia retratada en El ente, Taff escribió: “Al contrario de lo que muchos piensan, el caso de Doris Bither, que después se convirtió en la novela y la película El ente, no era, en mi opinión profesional, el resultado de una violación espectral, también llamada espectrofilia, sino más bien un caso perturbador de brote poltergeist“. ¿Y a qué llama Taff un poltergeist? Lo define en el mismo artículo: “La posibilidad de que el subconsciente de una persona viva pueda generar involuntariamente tanta energía como para manifestar anomalías luminosas, apariciones y eventos psicocinéticos macroscópicos”.

Otra cosa es que las teorías de Taff, basadas en algo así como campos electromagnéticos manipulados por el subconsciente humano, sean plausibles o no, testables o no, validables o no. Pero la parte que la visión del parapsicólogo sí comparte con el conocimiento científico establecido es que muchos de los fenómenos tradicionalmente considerados paranormales han sido explicados como artificios de la mente humana. Y varios de ellos se refieren a un mismo síndrome, una extraña y aterradora condición llamada parálisis del sueño. Lejos de ser una enfermedad mental, es una experiencia tan común que, según la Clasificación Internacional de Desórdenes del Sueño (ICSD), hasta un 40 o un 50% de la población lo sufre al menos una vez en su vida, y su primera descripción histórica se remonta a los textos del médico persa Akhawayni en el siglo X.

Reconstrucción de una abducción alienígena. Imagen de Travis Walton / Wikipedia.

Reconstrucción de una abducción alienígena. Imagen de Travis Walton / Wikipedia.

A principios del siglo actual, la psicóloga cognitiva Susan Clancy, en la Universidad de Harvard (EE. UU.), comenzó a estudiar casos de personas que decían haber sufrido experiencias paranormales, especialmente abducciones alienígenas. “Junto con Daniel Schacter en Harvard, estábamos interesados en los falsos recuerdos: por qué la gente normal llega a creer cosas que nunca han ocurrido”, expone Clancy a Ciencias Mixtas. “Basándonos en los datos (no existen pruebas de la existencia de abducciones alienígenas), elegimos a los abducidos como un grupo interesante para el estudio”. La investigación de Clancy y Schacter les condujo hacia un destino común: “Muchos informaban de experiencias similares a la parálisis del sueño”.

La parálisis del sueño es una parasomnia, o trastorno del sueño, consistente en una especie de despertar en falso. Durante la Fase de Movimiento Ocular Rápido (MOR, más conocida por sus siglas en inglés, REM), la última del ciclo del sueño, el cerebro está tan ocupado elaborando sueños vívidos que se ve obligado a desconectar el movimiento voluntario del cuerpo para que no actuemos. Durante la Fase REM, nuestros músculos están paralizados. En ocasiones sucede que una persona despierta sin lograr romper este estado de parálisis. Y a ello se une el que en la transición del sueño a la vigilia, como ocurre también en el proceso contrario, nos asaltan alucinaciones que creemos reales y que con gran frecuencia son pavorosas; según recoge un reciente estudio dirigido por el psicólogo clínico de la Universidad Estatal de Washington (EEUU) Brian Sharpless y publicado en la revista Behavioral Sleep Medicine, “mientras que solo el 30% de los sueños son aterradores, el miedo es característico en la parálisis del sueño aproximadamente el 90% de las veces”.

Además de los estudios científicos que detallaron sus trabajos, Clancy reunió sus investigaciones en un libro titulado Abducted: How people come to believe they were kidnapped by aliens (Abducidos: cómo las personas llegan a creer que fueron secuestradas por alienígenas) (Harvard University Press, 2007). “La parálisis del sueño es simplemente una experiencia que la gente tiene y que les pone los pelos de punta, y entonces buscan explicaciones”, prosigue Clancy. “Algunos aceptan el diagnóstico médico; otros piensan que está relacionado con fantasmas, demonios o alienígenas. De los que determinan que podrían ser alienígenas, algunos buscan ayuda psicológica de expertos en el área de las abducciones. Durante la regresión/hipnosis a menudo recuperan los recuerdos de la abducción”. “Así, la parálisis del sueño a menudo es un primer paso para que la gente llegue a creer que fueron abducidos por alienígenas”, concluye.

Varios investigadores han detallado cómo las interpretaciones de los fenómenos experimentados durante la parálisis del sueño varían según las culturas; un egipcio no atribuye tales fenómenos a los alienígenas, sino al Genio, un mito popular en los países árabes. Por el contrario, los daneses son menos propensos a buscar explicaciones sobrenaturales, mientras que los italianos de la región de los Abruzos culpan al Pandafeche, “a menudo representado como una bruja maligna, a veces como un espíritu fantasmal o un terrible gato humanoide”, según un estudio publicado este mes en el que también se detallan los métodos para ahuyentarlo, como “situar una escoba junto a la puerta o una pila de arena al lado de la cama”.

'La pesadilla' (1781), de John Henry Fuseli, representación de un íncubo. Imagen de Wikipedia.

‘La pesadilla’ (1781), de John Henry Fuseli, representación de un íncubo. Imagen de Wikipedia.

Curiosamente, una de las manifestaciones más frecuentes en las alucinaciones asociadas a la parálisis del sueño es la presencia de un ser monstruoso o demoníaco que oprime el pecho e impide respirar, un fenómeno denominado Íncubo en referencia a los demonios que en la mitología se tendían sobre sus víctimas femeninas para violarlas mientras dormían. Otra forma habitual se conoce como Experiencias Corporales Inusuales, e incluye sensaciones de abandonar el cuerpo y flotar, que popularmente reciben nombres como viaje astral o se relacionan con experiencias cercanas a la muerte.

En su reciente estudio, Sharpless entresacó a 156 estudiantes que habían sufrido episodios de parálisis del sueño a partir de una muestra de más de 2.200. A través de entrevistas, ha construido una estadística que recoge los métodos empleados por los sujetos para intentar evitar la experiencia o, en caso de sufrirla, tratar de romperla. “Las mejores maneras de prevenirlo son dormir lo suficiente, acostarse y levantarse a la misma hora cada día, no dormir sobre el estómago o la espalda, evitar el alcohol y la cafeína al menos cuatro horas antes de irse a dormir, y tratar de minimizar el nivel de estrés”, resume el psicólogo, que en junio publicará un libro titulado Sleep Paralysis: Historical, Psychological, and Medical Perspectives (Parálisis del sueño: Perspectivas históricas, psicológicas y médicas) (Oxford University Press, 2015). En caso de sufrir de algún trastorno previo, como estrés postraumático o ataques de pánico, Sharpless apunta que los tratamientos habituales también ayudarán a prevenir la parálisis.

Y ¿si ya la estamos sufriendo? Los datos de Sharpless indican que es inútil tratar de hablar con la alucinación: solo un estudiante lo intentó y no le sirvió de nada. El psicólogo recomienda mantener la calma y probar repetidamente a mover una parte pequeña del cuerpo, como un dedo de la mano o del pie. En una mayoría de casos este método suele funcionar, pero si no es así, no hay que inquietarse; pasará a los pocos minutos. Sobre todo, recuerda Sharpless, es importante “reconocer que las alucinaciones que estás teniendo no son reales”.

…Pero la precognición ataca de nuevo

Un chiste gráfico, que no puedo reproducir por no contar con el permiso de su autor (cuya identidad ignoro, pero cuya propiedad intelectual respeto; la viñeta puede encontrarse aquí), muestra a dos tipos estrechándose la mano ante un cartel que da la bienvenida a la Sociedad Nacional de Escépticos. Mientras se saludan, uno de los personajes dice: “No creo que nos hayamos conocido antes”. A lo que el otro replica: “No creo que no creas que nos hayamos conocido antes”.

Tanto el escepticismo como la fe pueden ser (repito: pueden ser, no son) posturas igualmente nacidas en las tripas de cuello para abajo, en lugar de en las tripas de cuello para arriba. Las convicciones íntimas enraizadas en la educación o simplemente en una inclinación personal son plenamente respetables, pero no son asunto de discusión en un blog de ciencia, ni siquiera de ciencias mixtas como es este. Es probable que muchos científicos críticos estén dispuestos a aceptar la existencia de fenómenos hoy ajenos a la ciencia si esta llega algún día a ofrecerles un apoyo experimental válido, suficiente y reproducible (aquel famoso I want to believe del póster de Fox Mulder en Expediente X). Otros, por el contrario, posiblemente continuarían aferrándose al volumen de pruebas contrarias y resultados negativos, que siempre los habrá. Aunque la postura coherente del científico puro parecería ser la de prudencia expectante, mente abierta y rechazo del dogma, el escepticismo es una rienda fundamental que debe obligar a los investigadores a nadar a contracorriente antes de conseguir que postulados radicalmente contradictorios con la ciencia del momento se incorporen a lo que se conoce como mainstream. Mientras, la argumentación teórica puede ser siempre fructífera cuando existe voluntad mutua de diálogo desde el razonamiento (no cuando la réplica pretende muscularse con lenguaje malsonante, ofensivo o vejatorio, en cuyo caso, al menos en este blog, los comentarios serán eliminados).

Un ejemplo de confrontación científica aún en tiempo de juego es el de los experimentos relacionados con la precognición, cuyos antecedentes resumí en el artículo anterior a este y cuyo estado actual toca repasar ahora. Decíamos ayer que los resultados del profesor emérito de la Universidad de Cornell (EE. UU.) Daryl Bem, que sugerían un efecto psicológico retroactivo anterior a la presentación del estímulo causante, fueron refutados por otros dos estudios que replicaron algunos experimentos sin hallar ninguna señal estadísticamente significativa que justificara la defensa de la precognición. Pero por su parte, Bem tampoco se quedó cruzado de brazos. En su artículo original, como es costumbre en ciencia, detallaba la metodología empleada con el fin de que sus experimentos pudieran repetirse, a lo que añadió una invitación expresa a hacerlo y el ofrecimiento de solventar cualquier duda al respecto.

En abril de este año, Bem y un grupo de colaboradores han elaborado un nuevo estudio, hasta el momento disponible en la web de prepublicaciones Social Science Research Network (SSRN), un repositorio de investigaciones en ciencias sociales que en 2013 fue calificado por el Laboratorio de Cibermetría del CSIC como el segundo del mundo en libre acceso. Sin embargo, hay que subrayar que los estudios depositados aquí aún no han sido sometidos a revisión por pares. El nuevo trabajo de Bem es un metaanálisis –una recopilación de estudios individuales con fines estadísticos– que incluye “90 experimentos de 33 laboratorios en 14 países diferentes”, según detalla el artículo. Como conclusión principal, Bem afirma que se detectó un resultado positivo con una confianza de seis sigmas, y trata de solventar las críticas al tratamiento estadístico de los datos en su estudio original. En física de partículas, se acepta un descubrimiento cuando el nivel de confianza es de al menos cinco sigmas (siendo sigma la desviación típica), como sucedió en el caso del hallazgo del bosón de Higgs en el Gran Colisionador de Hadrones (LHC). Bem y sus colaboradores aseguran que “el número de experimentos potencialmente no recogidos que mostrasen un efecto nulo y que se requerirían para reducir el efecto a un valor trivial se ha calculado con criterio conservador en 520”.

Protocolo experimental de Tressoldi. A los sujetos se les muestra una pantalla con una puerta cerrada tras la que luego aparece un arma disparando o un 'smiley'. La dilatación de las pupilas se mide antes del estímulo. Patrizio Tressoldi / Universidad de Pádua.

Protocolo experimental de Tressoldi. A los sujetos se les muestra una pantalla con una puerta cerrada tras la que luego aparece un arma disparando o un ‘smiley’. La dilatación de las pupilas se mide antes del estímulo. Patrizio Tressoldi / Universidad de Pádua.

Sin duda, el contraataque de Bem suscitará una nueva oleada de discusión, pero no es la única investigación reciente que dice presentar pruebas adicionales a favor de la precognición. Uno de los colaboradores de Bem en el metaanálisis de SSRN, el psicólogo de la Universidad de Pádua (Italia) Patrizio Tressoldi, acaba de publicar un estudio titulado “Predicción de eventos aleatorios por dilatación de las pupilas” en la revista online F1000Research. En este trabajo, Tressoldi y sus coautores, todos de la misma institución, sentaron a cien voluntarios ante pantallas en las que aparecía una puerta cerrada, que posteriormente se abría para presentarles en orden aleatorio, diez veces cada uno, un estímulo amenazante –un arma disparando– o neutral –un smiley–. Al mismo tiempo, la dilatación de su pupila se midió durante los cinco segundos anteriores al estímulo. Los resultados muestran que la predicción fue correcta en un 58,7% de los casos, por encima del esperado 50%. “La precisión observada de la predicción es entre un 5 y un 10% por encima del nivel casual esperado”, escriben los investigadores, lo que les lleva a concluir que “la dilatación de la pupila se puede utilizar para anticipar eventos aleatorios y por tanto teóricamente impredecibles de una manera implícita inconsciente, es decir, sin conocimiento consciente”, y que “esta habilidad es otra característica de los poderosos sistemas de anticipación adaptativa de nuestro sistema psicofisiológico”.

Para completar el panorama, se precisa un comentario sobre la revista que publica la investigación de Tressoldi, ya que en casos como este debe ser otro factor a considerar. F1000Research es una publicación digital de acceso abierto especializada en ciencias de la vida y nacida de la iniciativa del fundador de BioMed Central. Cuenta con sistema de revisión por pares, pero este se aplica después de la publicación, al revés que en las revistas tradicionales. También al contrario de lo habitual, la revisión es transparente: tanto las identidades de los referees (expertos encargados de la evaluación) como sus comentarios acompañan al estudio. El trabajo de Tressoldi ha sido valorado por dos referees. Uno de ellos, Leo McHugh, que recomendó la publicación sin objeciones considerables, posee amplia formación y experiencia en procesamiento estadístico de datos, pero no en psicología experimental. Por su parte, Chris Baker, experto en neurofisiología cognitiva del Instituto Nacional de la Salud Mental de EE. UU., valoró positivamente los estándares científicos, pero se quedó en una aprobación con reservas. Baker se mostró “reticente” a aceptar la explicación de Tressoldi y sugiere la posibilidad de un artefacto analítico o metodológico, aunque reconoce carecer de una explicación para ello.

Preguntado por Ciencias Mixtas, Tressoldi explica que este nuevo estudio expande trabajos previos, en especial un metaanálisis de 26 informes en los que se describían respuestas fisiológicas anticipatorias adicionales a la dilatación de las pupilas, como el latido cardíaco o la actividad eléctrica de la piel. En la recopilación, publicada en la intachable revista Frontiers in Psychology, Tressoldi y sus dos coautoras escribían: “La causa de esta actividad anticipatoria, que indudablemente cae dentro del ámbito de los procesos físicos naturales (en oposición a los sobrenaturales o paranormales), aún está por determinar”. El pasado marzo, Tressoldi y un grupo de colaboradores han publicado una revisión sobre el mismo asunto en la asimismo poco sospechosa Frontiers in Human Neuroscience, en la que acuñan para este fenómeno el nombre de Actividad Predictiva Anticipatoria (PAA), y la diferencian de la precognición en que esta es consciente, mientras que la PAA es una reacción fisiológica inconsciente.

No obstante, el efecto descrito por Tressoldi continúa siendo una reacción anterior al estímulo; es decir, una predicción de algo impredecible, acercándolo bastante a lo que entendemos por precognición y, por tanto, a un fenómeno contrario al orden natural tal como lo conocemos. “El término precognición es adecuado para la prensa popular”, explica el investigador a este blog. “Pienso que lo que observamos, tanto en los protocolos de Bem como en los nuestros, es una especie de entrelazamiento temporal de información cognitiva y emocional”. La hipótesis que Tressoldi maneja, y que apunta como “provisional”, es que “una parte de nuestro sistema cognitivo puede tener características no locales”. ¿Qué significa esto? Según menciona el psicólogo en la descripción detallada de su hipótesis, publicada en la revista Psychology, el sistema de procesamiento mental de información inconsciente “procesa no solo información local suministrada por los órganos sensoriales, sino también no local, es decir, aquella más allá del rango de detección de los órganos sensoriales”.

En la película 'Minority Report', basada en un relato de Philip K. Dick y dirigida por Steven Spielberg, tres mutantes precognoscientes 'ven' los crímenes antes de que se produzcan. DreamWorks / 20th Century Fox.

En la película ‘Minority Report’, basada en un relato de Philip K. Dick y dirigida por Steven Spielberg, tres mutantes precognoscientes ‘ven’ los crímenes antes de que se produzcan. DreamWorks / 20th Century Fox.

En otras palabras: ¿percepción extrasensorial? ¿Sexto sentido? ¿O solo mala ciencia? Como dice el viejo cliché, de nuevo la polémica está servida. Por su parte, Tressoldi se defiende ante posibles ataques a su tratamiento estadístico haciendo suyo un argumento que ya esgrimieron los propios opositores a las conclusiones de Bem: tanto los estudios del profesor de Cornell como los suyos se han ceñido estrictamente a la metodología estadística estandarizada en psicología experimental, por lo que cualquier objeción al manejo de los datos “afecta a toda la investigación en psicología (y probablemente a muchos otros campos de investigación)”, arguye. Tressoldi denuncia haber sufrido boicots por parte de algunos posibles referees. “El problema surge cuando están convencidos de que un fenómeno es imposible y de que, por tanto, los resultados se deben a artefactos o errores sin explicación, olvidando que el progreso científico no puede basarse en verdades definitivas, sino solo en pruebas provisionales que seguro cambiarán en el futuro próximo”.

Mientras, a la espera de las reacciones que serán sin duda contundentes, Tressoldi se aventura incluso a caminar un paso más: “demostrar la posibilidad de explotar este fenómeno para aplicaciones prácticas”. “Por ejemplo, actualmente estoy ensayando un aparato de cardiolaerta conectado a un smartphone que puede utilizarse para alertarnos cuando nos acerquemos a una situación potencialmente peligrosa; por ejemplo, un accidente de tráfico”. ¿Precognición aplicada a la seguridad? Los fans de Philip K. Dick y de su Minority Report, llevada al cine por Steven Spielberg, ya habrán asociado el concepto a la idea de PreCrimen. Por su parte, quien suscribe, si algún tipo de dote premonitoria puede exhibir, y si se me permite la ironía, es solo para afirmar lo siguiente: preveo para las tesis de Tressoldi un futuro enormemente problemático.

Se presentía: la precognición no es real (¿pero…?)

Cabe pensar que la postura más extendida en la comunidad científica y sus parientes y allegados –entre los cuales me incluyo– respecto a lo que entendemos como fenómenos paranormales es el absoluto descreimiento (aunque quizá las encuestas podrían llegar a sorprendernos). La justificación recurre a ese viejo amigo que recibe tan pocas visitas, el sentido común: si existiera alguna esfera de la realidad que hasta ahora hubiese escapado a la descripción científica, al menos sus manifestaciones estarían ya lo suficientemente documentadas como para que no tuviéramos dudas de su veracidad, más allá de los típicos testimonios de sustos fantasmales o de las borrosas fotos de ovnis en una época en que la mayoría de la humanidad –incluso los masáis de la sabana keniana, doy fe– llevan encima un teléfono móvil con cámara de alta definición.

Pensemos en el magnetismo, conocido desde antiguo y verificado experimentalmente una y otra vez, pero que no fue comprendido hasta la segunda mitad del siglo XIX cuando el escocés James Clerk Maxwell formuló las ecuaciones que lo describen. En un famoso vídeo, el Nobel de Física Richard Feynman desarrollaba un prolijo circunloquio para ilustrar que la atracción magnética no se puede explicar en términos de algo que resulte más familiar a los legos en física, lo que casi equivaldría a pedir un acto de fe a quienes no posean esta formación. De no ser, naturalmente, porque todo aquel que tiene una nevera y ha visitado una tienda de recuerdos durante algún viaje puede atestiguar que el magnetismo, en efecto, existe. Por el contrario, hasta ahora ningún fantasma ha podido ser convenientemente alojado en un laboratorio para su estudio, ni toda la avalancha de avistamientos de ovnis que siguieron a la acuñación original del fenómeno se ha concretado en una reunión pública y formal entre nuestra civilización y alguna de las otras (o, ya puestos, ni siquiera en una invasión en toda regla).

ESP (Percepción Extrasensorial) 'off'. Iain K. MacLeod boost ventilator vía Fickr (Creative Commons).

ESP (Percepción Extrasensorial) ‘off’. Iain K. MacLeod boost ventilator vía Fickr (Creative Commons).

Siendo así, podría concluirse que cualquier esfuerzo de someter estos fenómenos al escrutinio de la ciencia no es más que una palmaria pérdida de tiempo y dinero. Sin embargo, hay quienes no opinan así, y entre ellos se cuentan personajes tan respetados dentro y fuera del mundo científico como Carl Sagan e Isaac Asimov. Ellos y otros fueron miembros fundadores del hoy llamado Comité para la Investigación Escéptica (CSI), una organización que tiene como misión “promover la indagación científica, la investigación crítica y el uso de la razón en el examen de afirmaciones controvertidas y extraordinarias”. Uno de los promotores del CSI es el ilusionista James Randi, quien en 1996 ofreció una recompensa de un millón de dólares a quien aportase pruebas científicamente válidas de un fenómeno paranormal. El concurso continúa desierto, a pesar de que una legión de videntes en todo el mundo podría haber juzgado más cómodo y, sobre todo, más ético, reclamar una enorme cantidad de dinero destinado específicamente a ello por una gran fundación que saquear a diario a sus pequeños clientes.

El enfoque de esta postura es que el oscurantismo respecto a los fenómenos paranormales alimenta la versión de que “algo hay”, o de que, como en el famoso argumento ad ignorantiam, la ausencia de prueba no es prueba de ausencia; mientras que abrir las ventanas de la ciencia es la mejor manera de que la corriente se lleve todo aquello que, sencillamente, no es real. Esto explica por qué es importante que la ciencia no se cierre al campo de lo paranormal, sino que someta sus proclamas a la experimentación y a su maquinaria de validación o refutación.

Psi. Federica Testani vía Flickr (Creative Commons).

Psi. Federica Testani vía Flickr (Creative Commons).

Un ejemplo muy conocido de ello saltó a los medios hace tres años. En 2011, el psicólogo social de la Universidad de Cornell (EE. UU.) Daryl Bem, profesor emérito con una trayectoria fraguada en el campo de las actitudes y el comportamiento, publicó un estudio en la revista Journal of Personality and Social Psychology, una publicación de la Asociación Estadounidense de Psicología que figura entre las más reputadas de su campo. Lo insólito del caso fue que, en su estudio, Bem aseguraba aportar “pruebas experimentales de influencias retroactivas anómalas en la cognición”. En otras palabras, precognición, una de las presuntas facultades que en parapsicología se engloban bajo la denominación de psi. Naturalmente, los experimentos de Bem no eran ni mucho menos los primeros en sostener la existencia de fenómenos de percepción extrasensorial, y el propio psicólogo se había significado ya en años anteriores por argumentar a favor de los llamados experimentos ganzfeld como pruebas de la existencia de la telepatía. Sin embargo, el estudio de 2011 resonó por su metodología y por su aparición en una revista científica de gran prestigio.

Bem no empleó métodos tradicionales en los experimentos sobre clarividencia, como las cartas Zener, esos naipes que contienen símbolos. Lo astuto de su abordaje consistió en aplicar experimentos clásicos de psicología cognitiva que relacionan una causa con un efecto, pero invirtiendo el orden de ambos. Por ejemplo, en uno de ellos se presenta una lista de palabras y se pide a los voluntarios que memoricen tantas como les sea posible. A continuación se les muestra una selección de esa lista realizada al azar por un ordenador, que los sujetos deben copiar, y el experimento demuestra que la escritura refuerza la memoria, ya que las palabras escritas o categorizadas se recuerdan con más frecuencia. En la versión de Bem, se pidió a los voluntarios que escribiesen la lista de palabras antes de mostrarles la selección del ordenador y aun así, según las conclusiones del estudio, se detectó una tendencia modesta, pero estadísticamente significativa, a que los sujetos recordasen con mayor frecuencia las palabras que después se les iba a mostrar. En total, Bem realizó “nueve experimentos, incluyendo a más de mil participantes, que ensayan la influencia retroactiva invirtiendo el tiempo de efectos psicológicos bien establecidos de modo que las respuestas de los individuos se obtienen antes de que ocurran los estímulos causales”, escribía el psicólogo en su estudio.

El trabajo de Bem levantó una gran polvareda que atrajo la atención de medios como el diario The New York Times y la revista New Scientist. En la comunidad científica, el estudio provocó una oleada de réplicas que, en primer lugar, cuestionaron su tratamiento estadístico de los datos. El caso es modélico en un problema más amplio, el de los estudios estadísticos (en el ámbito médico se denominan epidemiológicos) que pueden demostrar lo que a sus autores se les antoje con solo retorcerles el cuello lo suficiente a los datos. En 2005, el profesor de medicina de la Universidad de Stanford (EE. UU.) John P. A. Ioannidis publicó en la revista PLoS Medicine un estudio titulado “Por qué la mayoría de los resultados de investigación publicados son falsos”, en el que revelaba las frecuentes interpretaciones erróneas de los resultados debido a diseños experimentales defectuosos y al manejo sesgado de las estadísticas. El año siguiente, el profesor de la Universidad de Toronto (Canadá) Peter Austin se basó en los registros clínicos de Ontario para demostrar que los nacidos bajo el signo de leo tenían más probabilidad de ingresar en un hospital con hemorragia gastrointestinal, mientras que los sagitario sufrían más fracturas de húmero. Por supuesto, Austin no pretendía defender tales conclusiones, sino destapar lo sencillo que resulta demostrar lo que a uno le convenga cuando se trata de hipótesis del tipo “hacer _____ aumenta el riesgo de padecer _____”.

La controversia desatada por el estudio de Bem repercutió en un juicio más general, no solo contra los estándares actuales de la psicología experimental a los que el investigador se ciñó estrictamente, sino también contra el sistema de revisión por pares, validación y publicación de resultados en las revistas científicas. El editor de JPSP, Charles Judd, se defendió entonces argumentando que el trabajo había sido evaluado por expertos solventes en la materia y que el veredicto global había sido favorable a su publicación. El asunto se caldeó aún más cuando, en 2012, otros tres psicólogos británicos repitieron uno de los experimentos de Bem sin encontrar prueba alguna a favor de la precognición, pero su estudio fue rechazado por JPSP bajo la excusa de que la revista “no publica replicaciones [de experimentos]”. Tras otros intentos infructuosos, los investigadores lograron por fin publicar su trabajo en la revista PLoS One. Por fin, JPSP publicó el mismo año otro estudio titulado “Corrigiendo el pasado: fracasos en la replicación de psi”, en el que cuatro investigadores trataron de reproducir los resultados de Bem, también sin éxito.

¿Asunto zanjado? Podría decirse. Y sin embargo, pese a todo…

(Continuará)