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Avalancha de familias en la calle: irresponsabilidad, pero no cambiará el curso de la epidemia a largo plazo

Es lógico pensar que hoy, domingo 26 de abril, se hayan iniciado nuevas cadenas de contagios del coronavirus SARS-CoV-2 de la COVID-19, de acuerdo a las imágenes de familias enteras en la calle, juntándose entre ellas. Algunos niños portadores asintomáticos, cuyas familias también hayan pasado la infección sin saberlo, quizá habrán contagiado el virus a otros niños que ahora lo llevarán a sus casas. Por desgracia, y dado que aún no se conocen los factores causales que gobiernan la aparente lotería de los síntomas de covid, es posible que algunos familiares de esos niños nuevamente contagiados desarrollen enfermedad grave.

Por todo lo anterior, hay razones para la ola de indignación que se ha levantado en las redes sociales. Puede decirse que quienes así han actuado son irresponsables, o incluso algo aún más subido de tono, ya que han decidido ignorar olímpicamente las regulaciones prescritas por las autoridades sanitarias, lo que, si no me equivoco y a falta de un abogado en la sala, supone algún tipo de contravención legal punible de las normas que todos debemos respetar.

La salida de los niños a la calle el 26 de abril. Imagen de EFE / 20 Minutos.

La salida de los niños a la calle el 26 de abril. Imagen de EFE / 20 Minutos.

Pero más allá de esto, hay algo que conviene aclarar, y es que, de acuerdo a las previsiones de los epidemiólogos y sus modelos, esto no tiene por qué suponer ninguna alteración seria del curso de la pandemia a largo plazo. Cuando en las mismas redes sociales se está diciendo que esto supone un retroceso y que va a ser gravísimamente nocivo, hay algo fundamental que se está olvidando. Y es que aún estamos solo al principio.

Lo estamos consiguiendo, ya se ve la luz, ya queda poco, está llegando a su fin, dentro de nada esto habrá acabado y volveremos a nuestra vida normal; son mensajes que se están difundiendo en estos días con una cierta euforia a la luz del descenso de las curvas de contagios y muertes, e incluso en forma de hashtags gubernamentales. Hay previsión de medidas de mayor apertura, y todo ello parece haber llevado a muchos a pensar que estamos acabando con el virus.

Pero lamentablemente, no es esto lo que los epidemiólogos llevan meses repitiéndonos.

Un virus, este virus, continuará circulando y propagándose mientras haya una población de huéspedes susceptibles. Y dado que la mayoría de la población aún es susceptible, la epidemia va a continuar progresando. Como ya he explicado aquí, lo único que podrá detenerlo es la inmunidad, no el confinamiento. El confinamiento tiene por objeto reducir la velocidad de los contagios para que los hospitales y las UCI no se vean sobrepasados y puedan tratar adecuadamente a los pacientes, y dar más tiempo a la búsqueda de posibles tratamientos.

Pero según el modelo de los epidemiólogos del Imperial College de Londres que ya he comentado aquí anteriormente, en el mejor de los casos la predicción de muertes en EEUU para la duración total de la epidemia es de 1,1 millones; en aquel país se han producido hasta ahora algo más de 54.000 fallecimientos. Esto implica, salvo que el modelo del ICL esté tan garrafalmente equivocado que deba tirarse a la basura (lo cual no es descartable; recordemos que solo los videntes, pitonisos y astrólogos ven el futuro de forma precisa e infalible; la ciencia solo puede hacer predicciones fundadas y razonables), que la inmensa mayoría de los contagios del coronavirus aún no se han producido, y que las muertes ocurridas hasta ahora son solo una pequeña fracción de las que provocará en total. Si quieren, hagan ustedes la regla de tres para calcular las cifras en España.

Esto puede sonar desalentador. No, no puede: es muy desalentador. Pero para no llevarnos a engaños, es algo que en estos momentos no debemos olvidar. Aún se ignora si la epidemia verá un descenso en verano; aunque muchos virólogos –los expertos en los malos– piensan que no será así, algunos inmunólogos –los expertos en los buenos– advierten de que no sabemos absolutamente nada sobre el comportamiento estacional del sistema inmune. Pero incluso si finalmente la epidemia nos diese una tregua en verano, volverá en otoño.

La segunda oleada de pandemias como las de gripe de 1918-19 y 1957-58 fue mucho peor que la primera. Incluso en el caso de la mal llamada gripe española del 18, fue entonces cuando comenzó a cebarse con los jóvenes y niños. Esto NO tiene por qué suceder con este virus. No existe actualmente ningún motivo conocido que apoye una posible deriva de este tipo. Pero ningún experto duda de que esto va para largo, y que probablemente el coronavirus ha venido para quedarse, al menos hasta que haya una o varias vacunas eficaces y ampliamente disponibles.

Para ilustrarlo, les traigo aquí un estudio publicado la semana pasada en la revista Science, y elaborado por el equipo de epidemiólogos de Harvard dirigido por Marc Lipsitch, uno de los grupos que más resuenan en la investigación de esta pandemia. Lipsitch y sus colaboradores han utilizado estimaciones de estacionalidad, inmunidad al virus y su posible inmunidad cruzada (una respuesta que actúa contra varios virus parecidos) con coronavirus del resfriado para predecir qué ocurrirá en los próximos años.

“Proyectamos que probablemente sucederán brotes recurrentes invernales de SARS-CoV-2 después de la ola inicial más grave”, escriben. Los autores calculan que deberán mantenerse medidas de distanciamiento social prolongadas o intermitentes como mínimo hasta 2022, pero que “incluso en el caso de una aparente eliminación, la vigilancia del SARS-CoV-2 deberá mantenerse, ya que un resurgimiento de los contagios puede producirse hasta 2024”.

Aunque la memoria inmunitaria que deja el virus es un importantísimo factor que aún no se conoce, los investigadores han considerado dos posibilidades razonables de acuerdo a lo ya sabido de otros coronavirus: si el de la covid solo proporciona inmunidad a corto plazo, unas 40 semanas, como los coronavirus del resfriado, habrá brotes anuales, mientras que si la inmunidad llega a los dos años es posible que veamos inviernos con brotes alternos, o que el virus desaparezca durante tres años para resurgir en 2024. Si los contagios descienden en verano, la oleada posterior será mayor que la primera. Y solo si la inmunidad es permanente el virus podría llegar a desaparecer por sí solo, quizá en 2021.

Pero creo que el párrafo más destacable del estudio, y el que más viene a propósito del tema de hoy sobre los niños en la calle y su efecto en el curso de la epidemia, es este, que recomiendo leer muy detenidamente:

Bajo TODOS los escenarios [mayúsculas mías], hubo un resurgimiento de la infección cuando las medidas de simulación de distanciamiento social se levantaron. Sin embargo, un distanciamiento social temporal más largo y más restrictivo no siempre se correlacionó con mayores reducciones en el tamaño de los picos de la epidemia. En el caso de un periodo de 20 semanas de distanciamiento social con una reducción del 60% de la R0 [número de personas a las que en promedio infecta cada persona contagiada], por ejemplo, el tamaño del pico del resurgimiento fue prácticamente el mismo que el tamaño del pico de la epidemia sin ningún control: el distanciamiento social fue tan eficaz que no se construyó nada de inmunidad poblacional. La mayor reducción en el tamaño de los picos vino de una intensidad y una duración del distanciamiento social que divide aproximadamente el número de casos de forma igualitaria entre los distintos picos.

En resumen, sí, llamemos irresponsables a quienes quebrantan las normas en momentos en que el respeto al orden social es más que nunca una cuestión de solidaridad. Pero no caigamos en engaños de que en tal o cual país “solo han tenido” x muertes o de que lo ocurrido el 26 de abril de 2020 va a cambiar sustancialmente el curso de la historia. Porque, o mucho se equivocan los científicos, o esta historia no ha hecho más que comenzar.

Campeones y princesas: ¿los desigualamos desde pequeñitos?

¿Educamos igual a nuestros hijos que a nuestras hijas? Sí, contestaría probablemente la mayoría de los padres y madres actuales, preocupados porque todos sus hijos tengan las mismas oportunidades en la vida. O al menos, asegurarían de buena fe estar haciendo todo lo posible según su mejor saber y entender.

Imagen de dominio público.

Imagen de dominio público.

Personalmente no puedo aplicarme este dilema, porque solo tengo niños. Pero como observador, cualquiera como yo puede notar cómo existen pequeños tics que continuamente marcan una diferencia de trato de los adultos hacia los niños y las niñas. Hay infinidad de ejemplos, desde el típico “los niños no lloran” hasta los juguetes que les regalamos a unos y a otras, sin tener en cuenta que tal vez a ese niño le gusten los peluches y esa niña prefiera los superhéroes. Un ejemplo clásico es el que menciono en el título: campeón y princesa, pero no campeona ni príncipe.

Nunca he llamado “campeón” a ninguno de mis hijos, pero no por escrúpulos de sexismo, sino simplemente porque es una palabra que no suele acudirme de forma natural; imagino que por sus implicaciones deportivas, más que por su origen militar. Tanto niños como niñas tienen perfecto derecho a sentirse lo que les dé la gana; pero ¿por qué tenemos los adultos que repartirlos en categorías ya desde pequeñitos?

Si tuviera solo niñas en lugar de niños, apostaría a que no sería tan frecuente que en el trato casual con desconocidos les espetaran a mis hijos esa típica pregunta formulada con la respetable intención de romper el hielo: “¿y tú de qué equipo eres?”. Los niños suelen callar, porque a esas edades se sienten avergonzados si no pueden responder satisfactoriamente a la pregunta de un adulto; y entonces tengo que salir rápidamente al paso para aclarar que nosotros no somos futboleros.

Cuál puede ser el impacto real de estas pequeñas diferencias en la educación, es difícil saberlo, incluso para los expertos; si traigo hoy este asunto es a causa de un interesante estudio que ha constatado la existencia de esos tics diferenciadores, pero cuyos autores reconocen: “Debemos investigar más para tratar de entender si estas diferencias sutiles pueden tener efectos importantes a largo plazo”.

Los investigadores, de la Universidad Emory (EEUU), diseñaron un ingenioso experimento para estudiar la interacción real de los padres (en este caso, solo con p) con sus hijos e hijas, evitando los típicos tests de preguntas y respuestas que no necesariamente reflejarían la realidad.

Para ello, reclutaron a un grupo de 52 voluntarios, padres de 30 niñas y 22 niños de entre uno y tres años, y los equiparon con una grabadora que se activaba periódicamente para registrar los diálogos entre ellos y sus hijos e hijas. Una vez obtenidos los datos, clasificaron las conversaciones en función de las palabras empleadas por los padres, según categorías establecidas. Por último, sometieron a los padres a un ensayo de Imagen por Resonancia Magnética Funcional (IRMf), un aparato que permite medir la actividad neuronal en distintas regiones del cerebro cuando el sujeto realiza una tarea; en este caso, mirar imágenes de adultos o niños desconocidos, o de sus propios hijos o hijas con distintas expresiones faciales.

Los resultados, publicados en la revista Behavioral Neuroscience, se resumen en el título del estudio: “El género del niño [en inglés, la palabra child es neutra] influye en el comportamiento, el lenguaje y la función cerebral del padre”. En concreto, los investigadores descubrieron que los padres estaban más atentos a las emociones de sus hijas que de sus hijos, respondiendo en mayor grado a sus llantos y cantándoles más. Con las niñas empleaban más palabras emocionales, como cry (llorar), tears (lágrimas) o lonely (solitario/a), y relacionadas con el cuerpo, como belly (tripa), cheek (moflete o mejilla), face (cara), fat (gordo/a) o feet (pies).

Por el contrario, con los niños se empleaban más palabras relacionadas con poder y logros, como best (mejor, el mejor), win (ganar, victoria), super o top, y los padres jugaban más con ellos al tipo de actividad física que en inglés llaman rough-and-tumble play; imagino que existirá una traducción técnica que ignoro, que me perdonen los expertos, pero es el clásico juego de hacer el bestia: perseguirse, tirarse por el suelo, pelearse en broma…

Por último, en el experimento de IRMf, las áreas del cerebro relacionadas con el procesamiento emocional se activaban más con las expresiones felices de las hijas y, curiosamente, con las expresiones neutras de los hijos.

En resumen: sí, las diferencias de trato son sutiles, pero comunes; algo que ya han revelado antes muchos otros estudios citados por los autores, pero que en este caso se analiza con una metodología más rigurosa.

Insisto en que los propios autores del estudio no aventuran conclusiones sobre cuáles pueden ser las consecuencias en la educación de los niños; esto es ciencia, no ideología. Pero sí mencionan el conocimiento actual sobre cómo unas actitudes y otras influyen en el desarrollo de distintas capacidades en los niños: el lenguaje emocional se asocia a la educación en la empatía, el juego físico se relaciona con la interacción social, y la atención al cuerpo se revela después en la definición y valoración de la propia imagen corporal. Si hay algo que debemos tener siempre presente, es que la mente de los niños es material muy delicado.