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Contamos historias extraordinariamente cotidianas que nombran cada una de las realidades de la diversidad sexual y de género.

Dos sentencias dispares, cuatro héroes y un camino

Por Enrique Anarte (@enriqueanarte)

David Mullins y Charlie Craig

Los derechos humanos de las personas LGTBI (lesbianas, gais, trans, bisexuales e intersexuales) han recibido esta semana dos importantes noticias judiciales. Estas llegaron, además, en forma de sentencia de tribunales muy distantes entre sí en términos geográficos, pertenecientes a sistemas políticos y legales completamente independientes, pero con la capacidad ambos de influir enormemente en la evolución de la situación de las minorías sexuales, quizás incluso más allá de las jurisdicciones territoriales en las que se aplican sus fallos.

El lunes, el Tribunal Supremo de Estados Unidos se pronunció a favor de un pastelero que se había negado a hacer una tarta para la boda entre dos hombres, Charlie Craig y David Mullins, alegando motivos religiosos. Aunque el fallo es más complejo, en definitiva supone que el máximo tribunal estadounidense respalda al confitero cristiano porque acceder a prestar ese servicio a una pareja homosexual “sería el equivalente a participar en una celebración contraria a sus creencias más profundas”. Lejos queda, por tanto, la consideración de los derechos LGTBI (en este caso, el matrimonio igualitario) como derechos humanos, en la línea de la tendencia a la que se suman cada vez más países y organizaciones internacionales, como la Unión Europea, el Consejo de Europa o incluso Naciones Unidas. El tribunal da así respaldo legal (y legitimidad política) a las actitudes más retrógradas que pretenden discriminar a las personas por lo que son, porque su propia naturaleza insulta a determinadas creencias.

La otra sentencia también ha tenido un protagonista norteamericano, pero nace al otro lado del Atlántico, en suelo luxemburgués pero con acento del este. El responsable de dictarla es el Tribunal de Justicia de la UE (TJUE), que se pronunció este martes pasado sobre el caso del estadounidense Claibourn Hamilton y el rumano Adrian Coman, los cuales contrajeron matrimonio en 2010 en Bélgica. Cuando intentaron mudarse al país de origen del segundo, Bucarest denegó la residencia permanente a Hamilton. La razón: este Estado no reconoce los matrimonios entre personas del mismo sexo. Decidieron luchar y ganaron: el máximo órgano judicial comunitario falló a su favor. Los cónyuges de los ciudadanos de la UE nacidos en terceros países tienen derecho a obtener la residencia permanente en territorio europeo junto a sus parejas en calidad de esposos. Da igual que sean del mismo o de distinto sexo. Da igual que el país en cuestión no reconozca el matrimonio igualitario. Da igual que, como pasó en Croacia, como pretende hacer Rumanía, se modifique la Constitución para blindar la definición heterosexual del matrimonio, como si no merecieran nombrarse en los mismos términos. Y lo más importante: esto vale para todos los Estados miembros de la Unión.

Ambos casos tienen, sobre todo, una cosa en común: han sido necesarios años de lucha por parte de dos diferentes parejas del mismo sexo y de su red de apoyo para obligar a las instituciones a pronunciarse sobre sus derechos, aunque por desgracia las conclusiones de los jueces hayan sido tan disímiles. Al conocer la sentencia estadounidense, pensé que me indignaría contra un sistema judicial que, como en tantos otros países, sigue arrastrando la lacra cultural del (cis)heteropatriarcado. Llegado el momento, no obstante, solo pude pensar en Charlie y David, en todas las horas invertidas, las noches de insomnio, sus expectativas, la intolerable realidad de tener que justificar ante la justicia su derecho a ser iguales, a ser tratados igual que cualquier otro matrimonio. Precisamente por eso, la tarde del lunes fue de frustración e impotencia, pero también, porque era igualmente importante, del agradecimiento más sincero: gracias por enarbolar una bandera tan grande como vuestro amor y, al mismo tiempo, mucho más grande que él, mucho más grande de lo que cualquiera de nosotros pueda individualmente llegar a concebir. A veces los héroes y las heroínas no ganan. A veces pierden y sufren, porque son seres humanos. Pero andar el camino es en sí mismo una victoria. Y, tras ellos, serán otras personas quienes tomen su relevo.

Al conocer la sentencia europea, también pensé en Adrian y Claybourn. Me imaginé lo que tiene que significar enfrentarte a tu país, al país de tu cónyuge, en el cual deseas tener una vida, o un trocito de ella, todo únicamente por exigir ser tratado exactamente igual que cualquier otra persona. Yo, que nada más llegar al instituto ya pude enriquecerme con la diversidad del profesorado, difícilmente podría ponerme en su piel. Pero puedo estarles eternamente agradecido, también a ellos. Por aguantar. Por un valor que yo no sé si tendría. Por demostrar que el amor no solo mueve montañas, sino que además derrota a gobiernos. Por dar fuerzas a otros tantos. Por hacer Historia, aunque nunca nadie llegue a escribir sus nombres en un libro de texto.

Iba a dedicar este texto a los valores europeos, esos valores consagrados en los Tratados fundacionales de la EU, también por sus Estados miembros. Iba a recordar la importancia de reivindicarlos, de subrayar que son nuestros, que los derechos humanos (y, en consecuencia, la diversidad sexual y de género) no son un discurso vacío. Como han demostrado Adrian y Claybourn, son nuestros derechos y por tanto nuestra mayor arma frente a la discriminación, la desigualdad y la violencia. Iba a defender la necesidad de enarbolarlos como bandera en estos tiempos en los que tantas otras banderas llaman a una misa de otra época.

Pero he decidido quedarme aquí. Me ha parecido injusto no parar un momento, mirar atrás y alrededor, y dedicar aunque sea este humilde texto a héroes (y heroínas) como ellos. Hoy son los derechos de los matrimonios homosexuales, mañana será la autodeterminación de género, pasado la integridad física de las personas intersexuales. Cada logro es asimismo un recordatorio de las luchas pendientes. Charlie y David, Adrian y Claybourn. El lunes empieza otra semana. Qué reconfortante saber que tenemos ángeles de la guarda como vosotros.

2 comentarios

  1. Dice ser Desorientad@

    Nací en un cuerpo de hombre, pero me siento mujer.
    Eso sí: mujer lesbiana. Los hombres me dan mazo asco. Las mujeres en cambio me atraen.
    ¿Qué grupo es el mío?
    Gracias.

    10 junio 2018 | 14:48

  2. Dice ser adsl

    Desorientad@ LGTBI porque tienes un poco de todo y porque seas como seas y te mole lo que te mole te van defender y hacerte respetar. Se felíz !!

    13 junio 2018 | 00:39

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