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Contamos historias extraordinariamente cotidianas que nombran cada una de las realidades de la diversidad sexual y de género.

Yo soy tu abuela, la del mejillón

  1. Por Ana Sierra (@anasierraes) autora de “Conversaciones sexuales con mi abuela”

 Esta frase la escucho cada día desde que publiqué “Conversaciones sexuales con mi abuela”, con la editorial Kailas. Pero no es una confesión al estilo Darth Vader, “Luke, yo soy tu padre” sino la simple e inevitable identificación con una mujer nacida en 1920, por muy sorprendente que resulte. Tan lejos en años y tan próxima en risas, dudas y necesidad de aprender sobre sexualidad, relaciones afectivas y gozar, más allá de su género, orientación o historia de vida.

Pero esto no es nuevo para mí. Ya sabía yo que quedaba mucho de mi abuela en este siglo. Lo veía en los medios de comunicación, las redes sociales, en mi entorno, en consulta y hasta en mí misma, por muy sexóloga que una sea.

Adoro verme reflejada en los personajes de los libros que caen en mis manos, al igual que sucede cuando veo una película o escucho una canción. Cuando eso ocurre, noto la magia. Aunque esa magia no sea más que algo natural que generamos, de manera inconsciente, para que decidamos, por fin, trabajar alguna de nuestras asignaturas pendientes.

Cómo pica, duele y penetra en lo más profundo aquello que nos afecta, nos mueve, nos corroe o genera admiración. Mueve nuestras sombras como si fueran marionetas, pero no vemos los hilos. Por eso pensamos que no tiene que ver con nosotros, pero sí. Si me mueve, tiene que ver conmigo y si te mueve a ti, contigo.

Yo también soy mi abuela cuando me dicen que no puedo y me limito. Me encantaría escribir ‘me limitaba’, pero hace tiempo que dejé de tener ceguera y ser humilde en cuestión de crecimiento personal. Claro que me limito, como tú, por la edad, la altura, el género, los kilos, el dinero o por lo que sea. Pero lo único real es que los límites, en su gran mayoría, son una quimera. Y no escribo ‘todos’, por humildad. Y esa quimera la construyes tú, con bastante ayuda de lo que denomino educastración.

Pero también soy mi abuela cuando los supero, me demuestro que todo eso que me dijeron no es un límite para hacer lo que deseo, lo que me apetece o considero importante desarrollar y poner en práctica. Que no soy tan joven ni tan vieja para ser yo.

Con 92 años, una historia femenina de lucha y guerra, interna y externa. A pesar de todo, teniendo que pedir permiso para todo, sin poder pedir lo que desconocía y de tantas sorpresas, entre otras tener una nieta sexóloga, mi abuela aprendió. Tanto que ahora ya no me atrevo a decir, ‘yo no puedo’. Aunque no pueda evitar sentirlo en alguna ocasión.

– ¿Crecimiento qué?

– Crecimiento erótico, abuela.

– ¿Para qué? Yo ya no tengo edad para eso, niña.

– La edad es solo una actitud, abuela.

Así comenzó todo. Y se nos fue de las manos, por suerte, porque ya no paró. Cuando creces no hay vuelta atrás, has crecido y eres otra persona diferente.

¿Quién dijo que ya no funcionan bien los mayores? El deseo se construye independientemente de la edad y demás circunstancias. La sexualidad está en nuestro cerebro, y aunque nuestro cuerpo no nos siga, nuestra sexualidad puede ser muy placentera.

Y si no se ejercita es porque no se lo decimos ni les facilitamos que llegue esta información a su entorno. Por eso escribí este libro, para que la información sexual llegase a aquellas personas para las que no se suele escribir sobre sexo, aquellas que no se acercarían a un libro sobre sexualidad, y no solo las más mayores en años, porque se puede envejecer a cualquier edad. Con mi abuela descubrí que la edad es solo un número y la sexualidad un presente.

Si la tenemos en cuenta puede ser mucho más profunda, entendida y disfrutada que en la juventud. A lo largo de la vida podemos ir aprendiendo a degustar la sexualidad, pues podemos discernir qué es lo más importante para nosotras, las personas. Cuando las hormonas disminuyen, la elección es más nuestra. Los genitales cobran demasiado protagonismo en la sexualidad joven o adulta, pero en la edad de oro, brilla más la sexualidad consciente o mindfulsex. Se aprende a disfrutar con las pequeñas cosas y a saborear el presente. Por supuesto, es una elección, no todas las personas lo viven con alegría y placer, pero muchas personas no lo harán porque creen que no es para ellas. Pero sí lo es, la sexualidad está presente, de muy diversas formas, desde que venimos hasta que nos vamos de este mundo.

Si no hemos conseguido antes tomar conciencia de que solo importa el presente, la madurez es el momento para hacerlo. ¡Y que nos quiten lo bailado!

Lo que sucedió fue la mayor experiencia de sororidad que he vivido. Y puede que el mayor aprendizaje de mi vida. Lo descubrí cuando lo escribía, aunque sentí mi motivación, y la suya, mientras lo vivimos. El momento requería vivir, no pensar.

Al principio quizá fue más anecdótico y divertido que revelador, lo mismo ocurre a muchos lectores. “Lo leí rápido pues me atrapó la historia y estaba impaciente por conocer más a tu abuela y vuestras aventuras. Pero cuando lo finalicé, me dije, ahora lo leo despacio y poniéndolo en práctica”, me confiesan.

Nos cuesta imaginar a nuestros mayores practicando sexo por una cuestión educacional y por los edadismos que sufre nuestra sociedad. No respetamos los deseos y necesidades de las personas diversas. Porque en este libro no solo hablo de mayores, hablo sobre diversidad.

La realidad es que todas las personas somos envejecientes y existe una gran variedad de envejecimientos. Es muy buena noticia, sobre todo si podemos elegir cómo hacerlo.

Esta obra es una divertida guía de mindfulsexTM, para toda persona que lo necesite o desee, pero a veces, hay que dejarlo reposar para descubrir que va más allá de las risas, la diversión y hasta de la sexualidad, pues habla de nuestra vida en su totalidad y de cómo pasamos de puntillas por ella.

Quizá pienses que hablar con una abuela sobre penes o poliamor no sea necesario en la vida o no aporte los aprendizajes que considera vitales, pero quizá también esté equivocado o no sea consciente de ello.

Estamos desnutridos de sexualidad consciente, hambrientos de cariño, de pequeños placeres que ofrecen importantes beneficios para la supervivencia, para que esta sea humana.

La única consigna era hacer llegar todo esto a las personas, no solo a los expertos en sexología o a mis estudiantes de másteres y universidades. Conseguir hacer accesible la educación sexual a toda persona ajena a esta era la misión. Hacer que te llegue a ti, que nunca pensaste leer nada sobre el tema, y quizá hasta lo rechazas. Pero mi abuela lo está consiguiendo a cada página.

Poder habar de conceptos tan básicos como el mito del amor romántico, las medias naranjas y el feminismo, explicándolo llanamente para que toda persona lo entienda, e incluso desee hacerlo, es una gozada. Porque es sorprendente pero aun no se entienda, al igual que muchas otras cuestiones que hablé con mi abuela, la del mejillón.

Pero, ¿qué mejillón? Ella te lo contará con su peculiar sentido del humor, entre risas  y dosis de ingenuidad y sabiduría.

Te invito a descubrir nuestras curiosas conversaciones, a presenciar nuestra intimidad como si estuvieras con nosotras, escuchándonos tras una puerta o mirándonos por una cerradura, como imagines. Hablando claro, desenfadadas y sin tapujos, sobre sexualidad, humor, amor y vida.

Quizá te veas reflejado en mi abuela, o en mí, pero el reflejo solo sirve a quien desea mirarse. Si te miras, descubrirás que estás a tiempo de soltar lastre, mitos, tabúes, creencias y comenzar a VIVIR.

Mi abuela, la del mejillón, a sus 92 años lo consiguió.

Si mi abuela puede, tú también.

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