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Contamos historias extraordinariamente cotidianas que nombran cada una de las realidades de la diversidad sexual y de género.

Homofobia y SIDA

Por Jesús Generelo (@JesusGenerelo) presidente de la FELGTB

Tras la avalancha de buenos propósitos y escasas políticas que acompaña al Día Mundial de la Lucha contra el Sida parece un buen momento –en realidad, siempre lo es– para reflexionar sobre una de las causas que han dificultado que la pandemia tuviera la respuesta colectiva, unánime y poderosa que merecía: la homofobia.

No están tan lejos los tiempos en los que los muertos por sida se contaban por millares mientras que el presidente de los EEUU no se dignaba a mencionar jamás la temida palabra. Ni la época en la que nuestro país encabezaba las cifras europeas de infecciones por VIH mientras la respuesta del Ministerio de Sanidad era un anuncio con un chico y una chica del brazo que abrían un paraguas. Eso, cuando no se producía un escándalo mayúsculo por unos dibujos de circulitos fornicadores.

Todo esto sucedía en el epicentro de la crisis del Sida. Años después los avances médicos  han permitido crear la conciencia colectiva de que hablamos de una enfermedad crónica y esto ha permitido que la sociedad y sus responsables políticos hayan dejado el tema en un tercer, cuarto o quinto lugar, sin que se considere relevante implementar políticas proactivas frente a la todavía gravísima amenaza del VIH/sida y contra el estigma y la discriminación que provocan.

¿Qué se esconde detrás de esta pasividad cuando no negligencia?

Sin ninguna duda, el miedo de los poderes públicos al sexo en general y, mucho más, al sexo entre hombres. La homofobia, hay que decirlo alto y claro, no solo ha condicionado decisivamente la respuesta frente al Sida sino que ha sido la mejor aliada de la expansión del virus. ¿Quién en su momento iba a pagar el precio político de  tomar medidas contra el “cáncer rosa”, el “cáncer gay”, la enfermedad de los maricones? Por no hablar de la protección de las mujeres trans que ejercían la prostitución, que eso ni se contemplaba.

Si algo positivo ha surgido de estas terribles décadas de sufrimiento ha sido que la homofobia sacó a la luz su cara más atroz y ello hizo que el colectivo LGTB se auto-organizara, se establecieran estrategias de defensa y se creara y fortaleciera un movimiento activista imprescindible para la supervivencia.

La homofobia, y todas sus variantes recogidas en el término LGTBfobia, dificultó, en primer lugar, que se hablara de Sida. Limitó los recursos económicos destinados a la investigación y, por descontado, a la prevención. Dejó bajo mínimos la educación sexual en las escuelas e incluso en las familias. Pero, además, enfrentó al colectivo HSH (hombres que tienen sexo con otros hombres) a vivir su sexualidad en un contexto de profunda estigmatización, lo que de ningún modo favorece una vivencia feliz y saludable.

El antropólogo Fernando Villaamil en su fundamental libro La transformación de la identidad gay en España habla de la “política de la vergüenza” que emana de las prácticas sociales. Esa política de la vergüenza es la que lleva a los jóvenes LGTB a afrontar sus primeras –y, en muchos casos, todas– relaciones sexuales desde la falta de autoestima. Desde una bajísima consideración que les impide acceder a ellas con capacidad de negociación y de capacidad de poner límites y protección.

El inicio del sexo para muchos jóvenes LGTB se produce desde la angustia del descubrimiento de una identidad no deseada, temida y rechazada. Una identidad que va acompañada del secreto, de la no comunicación, de la falta de información y referentes. Para mucho de ellos es una cuestión de autoafirmación donde la seguridad o las consecuencias de cara al futuro son una cuestión que queda relegada a un segundo plano. Frente a esto, el sistema educativo elude palmariamente su responsabilidad y olvida a este vulnerado sector dejándolo solo ante el peligro.

Numerosos estudios demuestran la directa relación entre la LGTBfobia social y la ausencia de una educación en diversidad sexual, de género y familiar con conductas autolesivas en el colectivo LGTB. Esto es aplicable al abuso de alcohol y drogas, a la obesidad, a los intentos de suicidio y también a la infección por VIH.

Este es otro de los motivos por los que urge la aprobación de la Ley de Igualdad LGTBI, una proposición de ley inspirada, entre otros valores, en el principio del interés superior del menor. Niñas, niños y adolescentes LGTB tienen que contar con referentes, con posibilidad de mirarse y quererse, de desarrollar una autoestima con la que afrontar la sexualidad y el desarrollo personal. Necesitamos que las próximas generaciones de personas LGTB crezcan ajenas al miedo al estigma y, también, con conciencia de la inmensa felicidad y autorrealización que la sexualidad puede aportarles pero también de los riesgos de la misma y de cómo afrontarlos con madurez.

Necesitamos, en suma, Igualdad. Hoy por hoy el colectivo LGTB todavía no la disfruta. Mucho menos el sector de menores LGTB. No nos extrañemos, por tanto, del intolerable aumento de infecciones por VIH entre jóvenes HSH. Con una Ley que desmonte la institución del armario y corrija las desigualdades por orientación sexual e identidad de género, y un Pacto de Estado frente al VIH/Sida y el estigma y la discriminación que conllevan descubriremos que la pandemia puede reducirse notablemente.

¿Vamos a esperar mucho más hasta que nuestros responsables políticos se tomen en serio estas medidas?

 

1 comentario · Escribe aquí tu comentario

  1. Dice ser la censura no es cultura

    Cuando una parte fundamental del ser humano se censura el resultado del análisis crítico de esa realidad sucumbe al fariseísmo, a la ignorancia atrevida e irresponsable, a la visceralidad como razón primaria, al miedo, en definitiva. Y un asunto tratado desde el miedo no puede generar soluciones, sino conflictos, propios y ajenos, girando en bucle en un mundo paralelo hipócritamente digno, como respuesta natural y propia del miedo y la vergüenza colectiva.

    08 diciembre 2017 | 11:35

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