En los casos de odio hablemos de interseccionalidad además de diversidad

Por Violeta Assiego (@vissibles)

Foto: Mai Le Seguir

Universales, así son los derechos humanos. De todas y de todos al margen de ideas, razas, sexos, identidades, clases, religiones, orientaciones, naciones, edades… Ese es el principio fundamental del enfoque de derechos humanos. Afirmar esto, defenderlo, no es buenismo. Es un tema de justicia, de compromiso con una misma y con los tiempos que a cada uno le toque vivir.

“Quién esté libre de pecado que lance la primera piedra”. Cita bíblica.


Las injerencias en los derechos y las vidas de las personas basándose únicamente en prejuicios, estereotipos y clichés tiene nombre: racismo, xenofobia, aporofobia, machismo, lgbtfobia, islamofobia… Esas injerencias solo alimentan el desprecio hacia quienes son señalados por ideas sesgadas y hechos odiosos, porque lo son y también porque así es como se determinan jurídicamente: actos de Odio

Ninguna sociedad puede ser indiferente a estos actos por muy aislados que parezcan, y menos cuando sus incitadores ostentan algún tipo de representación, sea política, religiosa, empresarial, académica…

“Cuando los poderosos usan su posición para intimidar a los demás, todos perdemos”. Meryl Streep.

El gran desafío al que nos enfrentamos en este tiempo que nos toca vivir en la gran parte de las sociedades, especialmente las occidentales, es abordar las expresiones y conatos de odio entendiendo bien los límites del mayor de los derechos, el de la libertad de expresiónSon los tiempos de la posverdad, que no son más que mentiras que actúan como verdades porque quienes pueden y deben contrastarlas antes de difundirlas, y que en cambio ni lo hacen ni están dispuestos no vayan a perder lo que con ello pueden ganar. Pero hay que cerrar el paso a quienes manipulan de manera sesgada la información y a las víctimas que protagonizan esos hechos. Hay que tener claro que no buscan Verdad, Justicia y Reparación sino, en el mejor de los casos, reconocimiento y reputación y, en el peor, confrontación, violencia, miedo… complicidad y silencio.

“La verdad se corrompe tanto con la mentira como con el silencio”. Ciceron.

En estos últimos diez años se han deteriorado cuatro fundamentales para la cohesión social: la educación, la sanidad, el empleo y la vivienda. Un deterioro que ya han vivido en sus tiernas carnes toda una generación de jóvenes que han crecido creyendo que aquí no cabemos todos y que no tienen futuro a no ser que sean despiadadamente buenos en lo suyo. La tormenta perfecta, ¿no?. En definitiva, el ‘caldo de cultivo’ necesario para beber de los totalitarismos que usan la democracia y simplifican mensajes, nos victimizan y colocan en posición posición pasiva-agresiva. ¿Tras esta semana de ola de frío quién se acuerda ya de los refugiados que mueren congelados?. Nosotros primero, ¿no?

A nadie le extraña ya que se cuestione el estado de bienestar y los derechos humanos. Cada vez son más los que desconocen que su integración en nuestras constituciones, leyes e instituciones son lo que han permitido los grandes avances a favor de la igualdad, la participación democrática, el acceso a los servicios básicos y la no discriminación. Es decir, todo aquello que creemos amenaza nuestro mini-yo. Contradictorio, ¿no?.

“No tengo tiempo para lo políticamente correcto”. Donald Trump

A todo esto, los que defendemos el enfoque de derechos no solo nos resistimos a prescindir de él sino que demandamos más. Exigimos un enfoque interseccional. Cada vez son más los casos en los que la discriminación es múltiple, es decir -pongamos como ejemplo dos extremos- una persona no es hostigada solo por ser mujer en Melilla sino por además ser musulmana, trans y de clase baja, o un hombre en Bagdag por ser cristiano, afeminado, trabajador de una multinacional yanki y con algún grado de discapacidad. Mirar la multiplicidad de variables que anida en la discriminación es lo que se denomina enfoque de interseccionalidad.

Las estadísticas actualmente no recogen estos otros detalles que nos darían información sobre cuál es el perfil de quién agrede y contra qué agrede. Por cierto, y no menos importante, las estadísticas tampoco recogen las voces de otros colectivos que no denuncian porque temen acercarse a una comisaria (por su religión o su situación irregular), porque la agresión es una más de las que continuamente sufre en la calle (las personas sin hogar) o porque sencillamente no pueden (gente con alguna discapacidad). Por tanto, las estadísticas no reflejan en su conjunto la dimensión del problema que tenemos que afrontar.

Si solo nos fiamos de las estadísticas y de la información que recogen podemos no estar viendo la verdadera profundidad de las raíces de una intolerancia que no sabemos si se está destapando o está aumentando. Si los incidentes de odio se cuantificasen por los motivos de la agresión sin tratar de ceñirlos a uno u otro colectivo se podría evitar que se terminen simplificando las líneas de investigación policial y judicial, así como los mensajes de los medios.

El desafío actual es dejar de hablar de ‘mis derechos’ para defenderlos porque son ‘los nuestros’. Esto es lo que aporta la interseccionalidad a la diversidad: la legitimidad de la unión, la fuerza de la solidaridad y el cambio estructural.

“No hay otra alternativa que intentarlo e intentarlo. Si deseamos algo hay que luchar por ello. Si sale mal, hay que seguir intentándolo”. Bauman.

 

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