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Podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera. (Pablo Neruda)

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Viernes Santo sin carne ¿Penitencia o ecologismo?

El Viernes Santo recuerda cada año recuerda la muerte de Jesús de Nazaret. Desde el Concilio de Nicea (año 325) la fecha varía cada año al regirse por el calendario lunar siguiendo la tradición judía. De esta forma el Domingo de Resurrección es siempre el primer domingo después de la primera luna llena de primavera, de tal manera que la Semana Santa nunca será antes del 21 de marzo ni después del 23 de abril.

Otra curiosidad de este viernes es la obligatoriedad entre los cristianos de practicar el ayuno y abstinencia de carne. Dieta estricta y vegetarianismo, que diríamos ahora. En realidad el Canon 1251 del derecho Canónico amplía el ser vegetariano a todos los viernes del año:

Todos los viernes, a no ser que coincidan con una solemnidad, debe guardarse la abstinencia de carne, o de otro alimento que haya determinado la Conferencia Episcopal; ayuno y abstinencia se guardarán el miércoles de Ceniza y el Viernes Santo.

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Me rindo. No habrá Navidad vegetariana

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© Wikimedia Commons

Los vendedores de fruta y verdura lo saben y aceptan con resignación la llegada de unas semanas de incomprensión generalizada hacia sus productos. Por mucho que se empiece a notar en España una leve recuperación en el gasto alimenticio navideño, lo verde sigue teniendo poco espacio en la cesta de la compra de estos días de contenido derroche. De hecho, la Navidad es para fruteros y verduleros su peor época del año.

Mariscos, cordero, merluza, pavo, jamones, besugo, bacalao o ternera han desbancado de las mesas de Nochebuena y Año Nuevo a todo producto vegetal. De aparecer alguno será, a lo sumo, como guarnición o en ensalada. Y salvo las uvas en Nochevieja y alguna que otra piña tropical, los polvorones, turrones, mazapanes y chocolates mandan rotundos en los postres.

Quizá aparezca algún cuñado vegetariano, el rarito de la familia, poniendo caras y pidiendo plato especial, pero lo tradicional es y ha sido siempre relacionar una buena comida con abundantes manjares de origen animal. Porque como recuerda el sabio refrán castellano, “de un cólico de acelgas nunca murió rey ni reina”. Y para un par de días que nos vemos todos al año, tampoco es cuestión de enredarse en discusiones sobre el impacto ambiental de consumir tanta carne y pescado, los peligros para la salud de toda esa medicación con la que los atiborramos o el inmenso sufrimiento infringido a las ocas para producir el denostado foie. O proponer un cambio de dieta a la familia. ¡Ni se te ocurra!

Por todo ello me temo que, una Navidad más, mi militancia ecologista deberá decretar el temporal cese de las hostilidades. Y puesto que “no hay más alta virtud que la prudencia“, prometo eludir las discusiones sobre política, religión, fútbol o vegetarianismo. No se me vaya a enfadar el personal y descubra aquello tan terrible de “tripa vacía, corazón sin alegría”.

Pues eso, que ¡Feliz Navidad!

Pregunta para el debate: ¿Alguno de vosotros tiene problemas en las comidas navideñas por ser vegetariano? Contadnos, contadnos.

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Hasta (en) los huevos de las superbacterias

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Si la Organización Mundial de la Salud (OMS) está preocupada, todos deberíamos estarlo, y mucho. Pero no lo estamos. En realidad no hacemos caso a sus científicos, que llevan años encendiendo todas las alarmas, cada vez más angustiosas, respecto al peligro de las superbacterias, aquellas resistentes a los antibióticos.

Frente a ellas no tenemos armas. 25.000 personas mueren al año en Europa por su culpa. Y esta terrible cifra no para de crecer, hipotecando nuestro futuro y el de nuestros hijos.

En el último siglo, gracias a Fleming, Chain y Florey, la medicina moderna ha salvado millones de vidas tras vencer a la mayoría de las enfermedades infecciosas. Un gigantesco avance ahora amenazado por culpa del mal uso que hacemos de los antibióticos.

Los usamos cuando no son necesarios (eliminan bacterias, nunca virus como gripe o catarros), los dejamos de usar antes de concluido el tratamiento (reforzando involuntariamente sus defensas en lugar de las nuestras) o los tomamos sin enterarnos, ocultos en la carne, el queso o la leche.

Sí claro. ¿No lo sabías? La comida también tiene antibióticos. En pequeñas cantidades, pero los tiene.

Este tipo de fármacos se usan ya más con los animales que con las personas, incluso aunque estén sanos, pues con ellos se acelera su crecimiento, engordan más y se previenen enfermedades. Vamos, que así son económicamente más rentables para ese monstruo empresarial al que llamamos industria alimentaria.

En la Unión Europea y Estados Unidos los animales de granja ya reciben más de 10.000 toneladas de antibióticos al año, por encima del doble que nosotros. Como para extrañarnos luego de la existencia de superbacterias y alergias.

¿Antibióticos hasta en la leche? Y hasta (en) los huevos estoy yo de tanta mierda que comemos sin enterarnos.

Si quieres conocer con más detalle este tremendo problema de las superbacterias y la resistencia a los antimicrobianos, te recomiendo los siguientes enlaces:

Foto: Pixabay

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Carnismo, el nuevo palabro de los vegetarianos estrictos

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Me acabo de encontrar con un palabro, con un nuevo concepto, que no deja indiferente a nadie: carnismo. Dícese de aquel sistema de creencias que nos condiciona a comer determinados animales, a alimentarnos básicamente de carne.

Lo han adoptado los vegetarianos estrictos, los veganos, como contraposición a su elección, más que alimentaria, vital. Abstenerse del consumo o uso de productos de origen animal. No sólo comerlos. También usar pieles, lanas, aromas, tintes o cueros.

Yo no soy ni lo uno ni lo otro, pero he de reconocer que ambos términos me hacen pensar.

Melanie Joy, profesora de Psicología y Sociología en la Universidad de Massachussetts, es una de las que más están publicitando el carnismo por todo el mundo. Tiene la culpa su último libro, titulado: “Por qué amamos a los perros, nos comemos a los cerdos y nos vestimos con las vacas” (Editorial Plaza y Valdés, colección Liber Ánima).

Porque así se ha hecho toda la vida, dirá más de uno. Pero no es verdad. Hay mucho de cultural en los hábitos alimentarios; perfectamente lógico comerse un perro en China e inadmisible matar una vaca en India.

En nuestra cultura fue siempre así, justificará alguno. Pero tampoco. Hace apenas un siglo la carne era un aderezo en los platos de verduras y legumbres, en pequeñas cantidades, y ahora ocurre exactamente lo contrario, las verduras son un acompañamiento poco más que decorativo del filete.

Al margen de éticas y conceptos, la actual y planetaria tendencia social hacia el carnismo o como lo queramos llamar tiene efectos demoledores sobre el medio ambiente y nuestra salud. A más carne, más ganado y más cultivos de forraje. También más contaminación.

¿Solución? Quizá apostar por otro palabro: locávoro. Comer productos cercanos, apoyar a nuestra agroganadería más sostenible. Incluso en Navidad, cuando nos convertimos en consumidores compulsivos de todo: ¿Totalvoros?

Foto: Retrato de Rudolf II. Giuseppe Arcimboldo (circa 1590).

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Por qué me he hecho vegetariano

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Hace unos años yo mismo me sorprendía cuando os contaba en esta misma columna la campaña lanzada por el ex Beatles Paul McCartney. El famoso cantante nos proponía hacernos vegetarianos una vez por semana, exactamente los lunes, como contribución de la Humanidad para luchar contra el cambio climático. Ello es debido tanto a la producción de piensos para el ganado, lo que ha provocado una gigantesca y creciente deforestación planetaria, como al hecho de que los rumiantes emiten con sus flatulencias gran cantidad de metano, un gas 23 veces más perjudicial que el CO2 como agente del calentamiento global.

Más tarde os informé de las advertencias de la Organización Mundial de la Salud (OMS) respecto al peligro del exceso de antibióticos en la alimentación animal. Cuyo resultado son carnes trufadas de medicamentos que ingerimos con total desconocimiento de sus posibles repercusiones en nuestra salud.

Y al final tenía que ocurrir. Me he hecho vegetariano. O casi, pues en realidad tan sólo he eliminado de mi dieta la carne. Como pescado, huevos y queso, junto a fruta y todo producto vegetal proveniente de la huerta. Pero desde hace un año no pruebo chuletones, ni chorizo ni morcilla, algo sorprendente en un burgalés como yo. Yo mismo no me lo creo.

Algunos pensaréis que lo hago por novelería, como denominan en Canarias al esnobismo. En absoluto. Es tan sólo el resultado de una profunda reflexión personal. De una actitud y de un modo de vida que pretende ser más respetuoso con su entorno. De una necesidad de vivir de manera más saludable, sin tantos aditivos ni hormonas. Sin provocar tanto sufrimiento a los animales de granja.

Es una decisión individual, alejada de cualquier radicalismo. Paso de Paul McCartney y de los lunes sin carne. Soy vegetariano. Y me siento mejor.

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Cada vez comemos más hamburguesas de caballo, queramos o no

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Toda la vida he escuchado en casa una divertida anécdota familiar. Un día vino a comer el jefe de mi padre, que se las daba de gourmet (además de chulo insufrible) y mi madre, como gran venganza, le preparó un guiso de caballo asegurándole que se trataba de novillo. El hombre salió encantado y mi madre aún se ríe de él, pues ofrecerle ese plato secreto le resultó mucho más repelente, y más vengativo, que darle gato por liebre.

Tradicionalmente, comer carne de caballo en España estaba relacionado con la pobreza y la necesidad. Por eso me ha sorprendido la noticia de que cada vez se consume más equino en nuestro país. Casi 15.000 toneladas el año pasado. Y no lo elegimos por ser más saludable y tener menos grasa, sino básicamente por ser más barato.

Su asequible precio está relacionado con algo aún más terrible. Ante la crisis económica y el aumento del precio de los piensos, la falta de mercado de venta, alquiler o doma de los animales vivos ha provocado el repunte de su producción cárnica. En lugar de disfrutar con montar tan maravillosos seres los estamos enviando masivamente al matadero; los estamos convirtiendo en comida para perros o albóndigas de bajo coste.

Tristemente relacionado con ello es el reciente escándalo de las hamburguesas británicas e irlandesas, supuestamente de ternera, pero que en un alto porcentaje están hechas con caballo, casi seguro español. Aunque si allí ha llegado esa carne que nunca han comido, imagínense lo que puede haber en las nuestras. Prefiero no saberlo.

Se trata de una estafa al consumidor sin repercusión para la salud, pero para un inglés el engaño es mucho peor que el perpetrado por mi madre. En ese país perros, gatos y caballos son considerados queridas mascotas. Y nadie es tan salvaje como para comérselas.

Yo en el fondo tampoco. Veo en el supermercado carne de potro y se me saltan las lágrimas. ¿Comida de crisis? Por eso me estoy haciendo vegetariano.

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Comer mucha carne provoca hambre

Nuestra sociedad siempre ha estado subyugada a los pecados y peligros de la carne. Según el párroco de mi pueblo, la mayoría de los problemas del mundo venían precisamente de allí, de esas bajas pasiones tan cárnicas. Superado el trauma religioso me vuelve ahora el miedo a la carne, pero esta vez desde el punto de vista de la sostenibilidad. Sin ser vegano ni vegetariano, cuanto más analizo este tema menos apetecibles se me antojan los chuletones. Os explico la razón.

La producción mundial de carne se ha disparado hasta los 228 millones de toneladas anuales. Con el actual ritmo de crecimiento de la población y de consumo, la FAO calcula que en 2050 deberá ser el doble o no habrá comida para todos. Al no existir  suficientes pastos, los países desarrollados nos llevamos lo mejor y dejamos el hambre y los desequilibrios a los más desfavorecidos. Como resultado fatídico, cuanta más carne comemos más hambre provocamos. ¿Paradójico verdad?

Con 52 kilos por persona y año España es el octavo país más carnívoro del planeta, muy por encima de la media europea. Y vamos a más, empeñados como estamos en marginar la dieta mediterránea a cambio de grandes filetes diarios. Se nos olvida que su producción tiene terribles consecuencias. Obtener un kilo de carne consume 15.000 litros de agua frente a los modestos 500 litros de un kilo de patatas. Y resulta tan dañino para la atmósfera como conducir 1.600 kilómetros en coche. El excesivo consumo es igualmente perjudicial para nuestra salud, y eso sin hablar de los nocivos efectos de las hormonas y antibióticos con los que inflamos a ganado y consumidores.

Tan monótona alimentación nos hace además terriblemente dependientes. No sólo de las exportaciones cárnicas. Las lustrosas vacas o los gordos cerdos patrios se alimentan de selva tropical a un ritmo anual de deforestación de 600.000 hectáreas sólo en Sudamérica. De ahí proceden los piensos que integran la mayor parte de su dieta, a base de soja venida de Brasil o Argentina y cultivada en lugares donde hace poco tiempo había impenetrables bosques. Quedaros con otra cifra. Hacen falta 9 kilos de piensos para producir un solo chuletón.

¿Qué podemos hacer entonces? Evidentemente, reducir el consumo cárnico. Comer más verdura. Y quizá volver a los consejos del viejo párroco de no probar carne los viernes. De la nutritiva, se entiende. Del otro tipo ya no es pecado.

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Ni vegetariano ni carnívoro ¿Sabes lo que significa ser locávoro?

Me confieso. Soy locávoro. Ni vegetariano ni carnívoro: omnívoro concienciado, consumidor de productos locales. No en su totalidad, pues vivo en una isla, pero sí al menos en lo que está a mi alcance en el pequeño pueblo de Fuerteventura donde habito.

La señora Isabel me trae todos los días leche recién ordeñada de sus dos vacas, unos animales formidables a los que trata y cuida como a queridas mascotas. Cuando la recojo está aún tibia. Y después de hervirla queda flotando una nata maravillosa, fantástica para hacer postres. Los huevos son de gallinas felices, esas que aún corretean por la calle y escarban en las cunetas. Y el pescado lo compro en la cofradía, recién capturado con viejas técnicas artesanales. Por no hablar del queso de cabra que hace Felipa, uno de los mejores del mundo.

Alarmados por nuestro desmedido impacto ambiental, cada vez somos más los que nos preocupamos por elegir productos de cercanía y de temporada, a ser posible ecológicos y mejor aún de razas y variedades autóctonas, las nuestras. Menos transporte significa menos consumo de combustibles fósiles, menos contaminación, pero también menos intermediarios. Un comercio más justo donde el productor recibe el dinero que vale lo que nos vende, con el reconocimiento del consumidor a su trabajo como inmejorable pago añadido.

Desgraciadamente, lo normal es lo contrario. En el mercado los productos vienen del otro extremo del planeta. Según un estudio de Amigos de la Tierra, los alimentos importados por España recorren más de 5.000 kilómetros hasta llegar a nuestra mesa. Ello supone la emisión anual de 4,7 millones de toneladas de CO2, un 67 % más que en 1995. Los productos más viajeros son cereales y piensos, pescados y mariscos, café, cacao y especias, frutas y legumbres. Vamos, casi todos.

Muy viajados, es verdad, pero yo prefiero la comida sin marear.

Foto: Efeagro

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Bill Clinton se hace vegano

El ex presidente de los Estados Unidos Bill Clinton, famoso por su afición a la comida basura (especialmente hamburguesas) en cantidades ingentes y frecuentes, se ha hecho vegano. ¿No sabes lo que significa ser vegano? Consiste en ser aún más estricto que un vegetariano. Te obliga a renunciar a comer cualquier proteína no vegetal, incluidos los productos lácteos, los huevos y todo tipo de carne o pescado.

Muchos lo hacen porque no quieren ser culpables del sufrimiento animal, pero en el caso de Clinton las razones han sido médicas y estéticas. Llevaba un  bypass cuádruple desde 2004 y su corazón le suele dar sustos periódicamente. Aunque el cambio de dieta lo hizo sobre todo con el fin de perder peso para estar presentable en la boda de su hija Chelsea. Desde entonces ha perdido 24 kilos y dice sentirse muy bien.

“Estoy intentando mantenerme lo suficientemente sano para poder ver a mis nietos”, afirmó Clinton con una sonrisa al ser preguntado por la posibilidad de que su hija pueda hacerlo abuelo en un futuro próximo.

Algunos aseguran que esto del veganismo es una moda de la gente snob. Porque además de Clinton ya han abrazado la dieta herbívora el cofundador de Twitter, el presidente de Ford, el multimillonario propietario del diario Daily News e incluso la popular Madonna o la sirena Daryl Hannah.

Pero quienes lo defienden recuerdan el impacto ambiental de la producción ganadera en el planeta y sus terribles efectos tanto para el medio ambiente como para nuestra salud, cada día más habituados a una dieta cárnica donde las verduras son poco más que adornos en el plato.

Otros, sin embargo, acusan a los veganos de ser una secta que antepone el bienestar de los animales al de las personas.

¿Y tú que opinas? ¿Es el veganismo una moda o la necesidad de una sociedad más sensible y comprometida con el futuro? Yo todavía no lo soy y quizá vuestras respuestas me ayuden a decidirme.

Foto: Getty Images.

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Paul McCartney propone los lunes vegetarianos

Los lunes al sol… y sin comer carne. El famoso cantante británico Paul McCartney y su familia han lanzado una campaña para que rechacemos la carne y nos hagamos vegetarianos una vez por semana. No un día cualquiera, exactamente los lunes. Aseguran que con ello la Humanidad ayudaría enormemente a luchar contra el cambio climático.

El ex Beatle y su hija, la diseñadora Stella McCartney, ambos vegetarianos convencidos, proponen el Meat Free Mondays, los lunes libres de carne, como mejor ayuda para reducir el exceso de emisiones de CO2 a la atmósfera.

Según la Organización de las Naciones Unidas para la agricultura y la alimentación (FAO), la producción de carne es responsable de 18% de las emisiones de gases de efecto invernadero en el planeta, casi una quinta parte del total, frente al 13% estimado para el transporte. Ello es debido tanto a la producción de piensos para el ganado como al hecho de que los rumiantes, particularmente las vacas, emiten con sus flatulencias gran cantidad de metano, 23 veces más perjudicial que el CO2 como agente del calentamiento global.

Varios famosos más se han unido a la idea. Entre ellos el multimillonario Richard Branson, una de las personas más ricas del mundo, propietario del grupo Virgin, quien ha manifestado al diario Daily Telegraph:

“Me gusta comer carne, pero mucho más me gusta nuestro planeta, por lo que me uniré a esta campaña y dejaré de comer carne al menos un día a la semana”.

Y a vosotros ¿qué os parece la propuesta? ¿Veis factible que nos hagamos todos vegetarianos al menos una vez por semana?

A mi la idea no me parece mala, incluso hasta saludable, pero sólo le pongo una pega. Si vamos a volver a la abstinencia de comer carne una vez por semana, al menos que sea los viernes, como hacían nuestros católicos abuelos. Y que tengamos la posibilidad de lograr alguna bula pontificia para barbacoas esporádicas, no vayamos a caer en el pecado.

Bueno en serio. Hacer lo que os plazca, sólo es una propuesta. Que os explica en el siguiente vídeo (en inglés) el mismísimo Sir Paul McCartney.