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En Brasil, un edificio ocupado sirve de refugio contra el odio

Por Andrea Puggelli (@aikkomad) activista italiano LGBTQI

Foto: EFE

Una bandera multicolor arco-iris cuelga de una esquina en una habitación vacía de un edificio abandonado de San Paolo. Un edificio que, una vez, fue la sede de la Seguridad Social de Brasil en esa ciudad. La sala es el hogar de varixs lesbianas, gays, bisexuales y trans brasileñxs que buscan refugio contra la discriminación y los crímenes de odio que se cometen contra ellos en su proprio país.

Fueron invitados a vivir en estos espacios por el “Frente de lucha por la vivienda” (FLM), un grupo de activistas que promueven los derechos de las 400.000 personas sin vivienda digna en Sao Paulo. El “Frente” ofrece a las familias una vía de escape de los barrios pobres plagados de violencia y que rodean la metrópoli. 

“Este lugar ocupado es un espacio donde cada persona puede sentirse segura. En el movimiento LGBT solo queremos vivir nuestras vidas y esto significa no tener que tener miedo de quién está detrás de ti” (Rodrigo)

Brasil tiene una de las tasas más altas en el mundo de crímenes de odio LGBT, a pesar de una reputación de tolerancia sexual. El país ha reconocido el matrimonio entre personas del mismo sexo en 2013 y es el hogar de algunos de los mayores festivales del Orgullo en todo el mundo. Varias organizaciones que luchan por los derechos humanos, entre ellas Amnistía Internacional, dicen que la violencia LGTBfóbica es endémica en Brasil, donde hubo más de 650 asesinatos en la comunidad LGTB entre 2014 y 2016.

Algunos pastores católicos evangélicos, religión que se está volviendo cada vez más popular en Brasil, han adoptado una retórica abiertamente LGTBfóbica. Luciana Jesús Silva, una mujer bisexual y organizadora de la ocupación, aceptó la ayuda del FLM cuando se enteró de que uno de sus amigos gais habían sido hospitalizado después de un ataque de odio, suceso que pasó el mismo día que su madre lo echara fuera de casa diciendo que “mi hijo es obra del diablo”.

“Nosotros, que somos los más marginados y reprimidos por la sociedad, debemos estar unidos” (Luciana)

Más de veinte personas LGBT se han unido en esta ocupación de varios edificios en el centro de San Paolo. Algo que ya dura desde varios meses gracias a que la ley brasileña hace que sea difícil de desalojar a los ocupantes ilegales.

Jorge, de 31 años, es profesor de Diseño para niños y lo hace en un apartamento vacío de este gran edificio. Gaby es un chico gay de 18 años, prepara la cena cocinando en una grande olla comunitaria de la que se sirven los residentes. Con pocos muebles, algunos comen de pie o sentados en el suelo. Rodrigo, Wam y Teflon se sientan sobre un colchón y ponen en escena una improvisada exposición de la moda estirando los brazos lánguidamente como las alas de una grúa y con las piernas cruzadas. El maquillaje y la ropa estravagante son un acto de desafío por lxs LGBT brasileñxs.

Por la noche, Rodrigo y sus amigos se van a la Plaza de Arouche en el centro de Sao Paulo, un lugar de encuentro para la comunidad de gais, lesbianas, bisexuales y transexuales. Gaby se maquilla en la pequeña habitación con poca luz antes de salir. Rodrigo, Jorge y  Teflón se ponen zapatos con tacón alto y túnicas: su apariencia es una manera de llamar la atención en las calles. La pequeña plaza, donde hay una farola adornada con una bandera del orgullo, es un lugar para hacer amigos, compartir experiencias y discutir los derechos de las personas LGTB.

“No es mi culpa si vivo en una sociedad con el corazón y la mente vacíos”, se queja Fernanda, una mujer transexual y negra de 20 años. Dice que por su apariencia conseguir un trabajo es casi imposible.

“Es más difícil ser trans que ser gay porque si eres gay todavía tienes un “aspecto masculino. Mi cuerpo es una creación mía.

 

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