La crónica verde La crónica verde

Podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera. (Pablo Neruda)

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La moda de la cría en cautividad

Hasta hace apenas cinco décadas en España todo el monte era orégano. Los animales salvajes, o se cazaban y por lo tanto servían, o eran alimañas y no servían. Entonces se pagaba un duro por cada garra de águila matada. Luego descubrimos (gracias sobre todo a Rodríguez de la Fuente) que todas las especies servían al ecosistema, y a nosotros mismos nos hacían felices con sólo verlas, o intuirlas. Empezamos así a protegerlas de escopetas, lazos, venenos, carreteras y tendidos eléctricos. Recientemente hemos dado otro gran paso en la línea correcta. No sólo se trata de conservar la Naturaleza, de cuidar lo escaso, lo amenazado. Pretendemos mejorar lo que nos queda, sacar a esas especies del farolillo rojo del peligro de extinción. Y dentro de esta nueva política de mejora de la biodiversidad, los proyectos de reintroducción tienen un valor estratégico excepcional, hasta el punto de haberse convertido, si no en la principal herramienta de gestión de las administraciones, sí al menos en la de mayor peso mediático.

Osos eslovenos para el Pirineo, quebrantahuesos austriacos para Cazorla, linces de Sierra Morena para Doñana, tortugas bobas de Cabo Verde para Canarias, buitres negros extremeños para Cataluña y Baleares, calamones en Girona, cernícalos primilla, visones europeos, pinzones azules de Gran Canaria, fochas morunas, urogallos, sapillos, peces y docenas de plantas amenazadas. Está claro. Este tipo de conservación ex situ, de cría en cautividad y posterior liberación en terrenos apropiados, está de moda.

Desgraciadamente, no todos los proyectos se están realizando con las mínimas garantías científicas. En algunos casos se derrochan ingentes cantidades de dinero mientras se descuida lo más importante: el hábitat. Por muy bien que estas especies críen en modernos centros especializados, si antes de liberarlas no hemos solucionado los problemas que provocaron su extinción no habrán valido para nada tantos esfuerzos. Las estaremos enviando a una muerte segura. Y eso es algo que nadie quiere.

Pena de muerte para los castores españoles

En Europa el castor está estrictamente protegido y son muchos los proyectos de conservación dedicados a la mejora y aumento de sus poblaciones.

En España (que por lo visto no es Europa), los matamos. Eso sí, legalmente.

No se trata de volver a cazarlos como se hizo en estas tierras hasta que los tramperos peleteros los extinguieron en el siglo XVII. Se trata, sencillamente, de exterminarlos.

¿La razón? Las introducciones las hicieron en 2003 grupos ecologistas extranjeros con animales alemanes y sin permiso de la Administración competente.

Si hubieran llegado de forma natural por sus propias patas, cruzando los Pirineos, estaríamos ahora todos tan felices. Pero vinieron sin papeles y, lo que es peor, se han adaptado maravillosamente bien a los ríos españoles (Ebro, Cidacos y Aragón, en La Rioja y Navarra) sin necesidad de gastarnos ingentes cantidades de dinero en su recuperación. Sin embargo, y como alguna pega les tenemos que poner a estos vegetarianos animales, se les acusa de dañar gravemente los árboles de los ríos e incluso frutales, aunque no existen estudios científicos que avalen tal suposición.

Condenados a muerte

Los tres primeros castores ya han sido capturados estos días en el río Ebro a su paso por Calahorra (La Rioja). Dos robustos machos y una hembra cuyos pesos superaron los 25 kilos cada uno.

La captura es tan sólo un proyecto piloto, tendente a perfeccionar los futuros sistemas de trampeo y exterminio de toda la población española, más de un centenar de ejemplares. Por eso a éstos no los han matado… todavía.

Según una nota difundida por el Gobierno riojano, los animales han sido trasladados temporalmente a un centro público de conservación de fauna salvaje en Lérida

“para su utilización con fines de educación ambiental, a la espera de un destino definitivo todavía sin determinar”.

Darles el matarile, me supongo, o mejor dicho eutanasiarlos, palabra que queda políticamente mucho más correcta. Porque eso de devolverlos a su supuesto lugar de origen, la teoría aducida frente a la UE, no se lo cree nadie. Y menos al total de la población española.

Soy el primero en lamentar estas sueltas de animales sin el más mínimo control biológico ni, mucho más peligroso, sanitario. Con toda su buena intención, estos ecoterroristas podrían haber provocado un gravísimo problema medioambiental, como hacen todas esas salvajes liberaciones de visones americanos de las granjas peleteras.

Pero la reintroducción ha funcionado, como están funcionando planes semejantes en el Reino Unido, Alemania o los Países Bajos. Por eso decidir el exterminio de una especie que ya exterminamos nosotros hace cuatro siglos y que ha regresado a sus territorios perdidos después de tanto tiempo, que tanto ayuda en la mejora ambiental de los ríos, y que cumple sin duda una importante función ecológica en el ecosistema fluvial, es un despropósito.

Un río con nutrias y ahora con castores me parece un lujo para los sentidos. ¿Apoyarías tú la erradicación de una especie sólo por haberse saltado el protocolo administrativo?

Porque no me cabe duda. Ahora los matamos y dentro de unos años sacaremos adelante un millonario proyecto para su recuperación. Eso sí, éste con todo el procedimiento burocrático impecablemente resuelto. Incluida la póliza de 25 céntimos.

El pájaro más feo de España

La pasada semana, viajando por el norte de Cáceres, me encontré en una pradera al pájaro más feo de la avifauna española. También el más raro. No me lo podía creer, pero allí estaba él. Inconfundible con esa cara de viejo prematuro, paticorto, despeluchado, un ibis eremita capturaba insectos sin parar con su largo y curvado pico rojo. Antaño mítica ave sagrada de los egipcios, desapareció de Europa hace 400 años y ya sólo quedan en el mundo dos colonias en el sur de Marruecos y otra mínima (3 parejas) en Siria. Por eso, más que amenazado, su estado de conservación es crítico.

¿Qué pintaba entonces tan excéntrico ejemplar en una dehesa extremeña?

Por suerte portaba anillas de colores en ambas patas, con sendos códigos que pude leer gracias a la ayuda del telescopio. No había duda. El ave forma parte del proyecto de reintroducción de esta especie en los riscos de Barbate (Cádiz), promovido en 2004 por la Junta de Andalucía y el Zoobotánico de Jerez. Desde entonces se están haciendo todos los años sueltas de 20-30 ejemplares, criados por cuidadores disfrazados de pájaros, con la esperanza de que acaben criando en libertad.

Pero tan difícil como poner puertas al campo es lograr que estos ibis se queden en la zona. De hecho, algunos han pasado ya nada menos que a Marruecos y otros han llegado hasta Ávila. El mío había sido liberado en noviembre, y en diciembre los coordinadores del programa habían perdido su rastro. Ahora ya saben dónde está, aunque habrá que ver cómo hacen para convencerle de que regrese a Cádiz.

Míralo una vez más. ¿No te parece feísimo?

Este ibis eremita se vio en Ávila en diciembre de 2004, hasta que una dura helada invernal acabó con él.

Un cuidador, vestido de negro y tocado con un casco que imita a un adulto de ibis eremita, da de comer a los pollos que forman parte del proyecto de reintroducción de la especie en Andalucía.

Los voluntarios disfrazados de pájaros pasean por el campo con sus ibis adoptivos.





Muere medio millar de huevos de tortuga traídos de Cabo Verde

El pasado 1 de octubre, 560 huevos de tortuga boba (Caretta caretta) fueron desenterrados de ocho nidos localizados en una playa de Cabo Verde, trasladados en avión a Gran Canaria y desde allí en helicóptero a las playas de Cofete, en el municipio de Pájara (Fuerteventura), donde fueron nuevamente enterrados en la arena. Tan costoso proceso está pagado por el Gobierno de Canarias, empeñado en un ambicioso proyecto de recuperación de las colonias de este animal bajo el paraguas de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria (ULPGC).

El año pasado fue la primera experiencia. Del millar de huevos depositados con todo el cuidado en la arena por el presidente de Canarias y un nutrido número de políticos del partido gobernante en las islas, bajo la atenta mirada de decenas de periodistas, en total nacieron en la playa majorera 143 tortuguitas.

Pero este año ha sido el desastre. De los 560 huevos enterrados, ni uno sólo ha logrado eclosionar. Fracaso total, silencio institucional. Me cuenta una persona cercana al proyecto que los embriones murieron por un problema de temperatura al haberse retrasado demasiado el transporte. Esta vez quisieron hacer las cosas bien, con todos los papeles necesarios para la exportación, evitando así las denuncias que la Guardia Civil y la Agencia Tributaria les impuso nada menos que por contrabando de especies protegidas. Demasiados trámites. Y fallaron.

El profesor de la ULPGC y director del proyecto de reintroducción, Luis Felipe López Jurado, se mostraba hace un año muy satisfecho con un éxito inicial que, en su opinión, confirma la viabilidad del programa:

«Durante 15 años traeremos de Cabo Verde entre 1.000 y 3.000 huevos, dependiendo de cómo vaya el manejo en cada momento, para enterrarlos en las playas de Fuerteventura, esperar a que eclosionen y dejarlos que ganen el mar. Después los mantendremos durante un año en cautividad para reducir el riesgo de la predación antes de liberarlos definitivamente», me explicó López.

El proyecto se desarrolla igualmente en Almería, aquí de la mano de la Junta de Andalucía y con el aval de la Estación Biológica de Doñana. En este caso el secretismo es aún mayor, aunque todo apunta a que el otro medio millar de huevos llevado al Cabo de Gata ha obtenido el mismo estrepitoso fracaso que en Fuerteventura. Con el agravante de que, como han denunciado muchos especialistas, allí se quieren liberar tortugas atlánticas, genéticamente diferentes a las mediterráneas, bajo la pueril explicación de que ayudarán a combatir las plagas de medusa. Hagan cuentas. En 10 años se traen 15.000 huevos de Cabo Verde, donde tampoco sobran tortugas, para lograr con suerte que tras una década de esfuerzos económicos regresen a criar a las playas españolas dos o tres hembras.

Pero en ambos casos las dudas son las mismas. Mientras el mar siga contaminado y sobreexplotado, los aparejos de pesca matando miles de tortugas, las costas urbanizadas, el tráfico marino en aumento ¿qué futuro podemos ofrecer a estos animales? Tan sólo la muerte. De forma lenta, al ritmo silencioso de nuestra destrucción, o rápida, robando huevos en países lejanos que después se secarán al sol en nuestras turísticas playas.

Matanza y expolio de tortugas en Cabo Verde

Más de un millar de tortugas bobas son capturadas ilegalmente estos días en las playas de Cabo Verde, situadas a 600 kilómetros de las costas de Senegal. Las matan las pobres gentes de ese pobre país africano, especialmente en la isla de Boavista, cuando los animales salen por las noches a la superficie para enterrar sus huevos en las finas arenas del litoral. Los caboverdianos llevan 30 años sufriendo una terrible sequía y para ellos no se trata de una especie en peligro de extinción, sencillamente es comida fresca.

En Cabo Verde anidan unas 10.000 tortugas, la tercera población nidificante más importante del mundo. Cuando estuve allí en una ocasión, compré varias que me ofrecieron los pescadores y las solté. Me miraron como quien mira a un loco, o a un bobo. Otros turistas, me consta, se las zampaban en sopa por eso de lo exótico.

Se comprende así que estas capturas ilegales estén poniendo en serio peligro el futuro de la especie. Pero el auténtico problema no está en la costa sino en el mar abierto, donde la pesca del palangre, las nasas, los enganches accidentales en redes a la deriva y la contaminación está diezmando sus poblaciones. Más de 20.000 mueren al año en las costas españolas.

¿Y qué hacemos nosotros para evitarlo? Robarles los huevos.

Por segundo año consecutivo, los científicos españoles han expoliado en las zonas donde desarrollan un programa de protección y vigilancia varios nidos de tortuga boba. Desde allí sus huevos han sido cuidadosamente trasladados en avión y helicóptero a España. Con ellos se pretende que las tortugas vuelvan a criar en dos simbólicos espacios naturales, Jandía en Fuerteventura y Cabo de Gata en Almería.

El proyecto es criticado por distintos colectivos ecologistas, quienes destacan el elevado coste económico del plan, cuya cantidad exacta no ha sido hecha pública, y donde los intereses mediáticos y turísticos están por encima del interés por la recuperación ambiental del entorno. Como ejemplo señalan las poco rigurosas razones dadas respecto a que este proyecto “es una medida de gestión para prevenir las plagas de medusa”, en detrimento de un análisis exhaustivo de las verdaderas causas que provocan las aguas vivas.

Además se están incumpliendo todas las recomendaciones básicas internacionales respecto a las reintroducciones: no se ha hecho un estudio genético previo, no existen datos históricos recientes que indiquen que en los lugares elegidos había antes colonias semejantes, y la pesca y la contaminación las sigue matando en mayor número incluso. Soltar allí tortugas es condenarlas a muerte.

Pero hay más. Los responsables del proyecto de reintroducción calculan que deberán estar trayendo entre 1.000 y 3.000 huevos africanos durante al menos 15 años consecutivos antes de lograr el retorno de los primeros adultos. En Estados Unidos, con colonias en México, han tardado 35 años en conseguirlo. Una llegada que, a pesar de todo, el profesor de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria y director del proyecto de reintroducción, Luis Felipe López Jurado, considera “segura”, tras el nacimiento el pasado verano de las primeras 143 crías de tortuga en las playas majoreras de Cofete.

Otro de sus responsables, el investigador de la Estación Biológica de Doñana (CSIC) Adolfo Marco, ha confirmado que sólo una cría de cada mil llega a adulto, lo cual se considera un índice de supervivencia bajísimo. Con estos datos, de las más de 15.000 tortuguitas que puedan nacer en Fuerteventura a lo largo de esos 15 años, tan sólo lograrán regresar a desovar a Cofete apenas una docena de ellas. Un magro resultado, a un precio altísimo, para una especie que no cría en Canarias desde hace varios siglos, mientras otras como el cuervo o la terrera marismeña se extinguen sin que nadie mueva un dedo. Pero claro, esas pobres venden menos, y la biología cada vez más es biopolítica.